Descarga de responsabilidad: Haikyuu! con todo y sus momentos súper geniales no me pertenece.

Advertencia: Yaoi. Romance. AU. Lemon. Spoilers. No beteado.

Cronopios del autor: ¡Chan! Regresamos con las actualizaciones semanales de el Circo, vamos en el capítulo 4 y todo empieza a tomar más forma, este capítulo en especial me gustó, lo hice en un día. No lo subí antes porque quería tener avanzados algunos otros capítulos. Lamento mucho la demora pero a mi pc no le gustaba lo que llevaba del fic y lo borró, éste junto con "Los reyes de la montaña" y "Las mil plumas del cuervo". Tuve que parar éste y Los Reyes porque es los que menos forma tenían, Las mil plumas como sea todo está bien claro en mi cabeza. Otra vez una disculpa, gracias por esperar y aquí se los dejo. Disfruten.

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El circo de las rarezas.

por St. Yukiona

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4.- Domador de bestias.

—Shoyo… ¿sabes elevar? —cuestionó el Pequeño gigante mientras que fumaba un cigarrillo, entre sus dedos, en la mano contraria, una lata de cerveza tibia, la había sacado hacía un buen rato y ya se le había pasado lo frío, le daba igual mientras el resultado final fuera el mismo. Observaba con detenimiento como Hinata botaba el balón contra la pared de la barda en el patio trasero de la casa del mayor.

El acoso por parte del de cabellos naranja había sido tal que lo había empezado a tomar como especie de rutina. Una que si bien no le parecía "correcto" a alguna parte del cerebro, una minúscula y silenciosa, al resto le daba igual, así que le dejaba estar siempre y cuando no hiciera preguntas molestas. Hinata, siendo Hinata, le había costado tres golpes rendir aquella petición, era idiota no masoquista así que sólo se conformaba por estar cerca de su ídolo y respirar el mismo aire que él. Viéndolo bien no era un mocoso tan insoportable como al principio creyó que era. Se mantenía en silencio haciendo su tarea, a veces lo veía fijamente y el Pequeño Gigante sólo seguía en lo suyo, cuando ambos tenían hambre era Hinata el que pedía la comida y Shiiro pagaba, comía poco y recogía los trastes sucios dejándolos junto al resto. Akiteru se encargaba de lavarlos. El enano parecía ser no desagradable.

Habiendo pasado una semana desde las visitas regulares del enano del Karasuno a su casa, Shiiro le había permitido ir hasta más allá de las paredes de su hogar, traspasando hasta el que durante mucho tiempo, años, había sido su templo, su sagrado lugar. Ahí en la estrecha yarda entre maleza y basura se encontraba oculta una cancha de voleibol. Estaban los postes erguidos, oxidados por el paso del tiempo, no existía red alguna y las marcas que delimitaban la cancha habían sido borradas por la mala yerba que se expandió y creció sin control.

El rostro del menor se iluminó en el momento en que vio el lugar donde su ídolo había entrenado, y sin que nadie se lo indicara empezó recoger las latas de cerveza que había apiladas desde saber dios qué día, y de aquello había hecho su misión Shoyo cada vez que iba a casa de Shiiro y no tenía tareas qué hacer. Cuando se aburría o se cansaba de tratar de limpiar mientras que Sakurai lo ignoraba o sencillamente se ponía a beber para verlo, empezaba a rematar contra una pared que había al otro extremo y delimitaba con la parte trasera de la casa de tres pisos del vecino de Shiiro.

—¿Elevar?

—Sí, colocar… —indicó Shiiro, ese día en específico se cumplían tres semanas desde que Shoyo había estado yendo a ver (y limpiar el patio) al Pequeño gigante.

El avance en la cancha era notorio: tres pacas grandes de latas, varias bolsas de basura y naturaleza muerta que había sido arrancada esperaban en una esquina del patio por ser llevadas por los recolectores de basura, aunque las tres pacas con aluminio serían vendidas. Shoyo había pedido permiso a Shiiro para darles aquel uso y al moreno le indicó, textualmente: "me vale mierda, haz lo que quieras".

—Soy rematador —contestó Hinata seguía rematando aunque las piernas le dolían, las practicas en el equipo se habían vuelto más pesadas para los de grados inferiores pues debían entrenar los hoyos en la defensa que Daichi iba a dejar.

Shiiro gruñó mientras se incorporaba fastidiado, le dolía la cadera y el trasero.

—Eres un puto grano en el culo —ofendió con un tono bastante duro, aunque la grosería y la expresión dejó de tener sentido para Hinata que juraba en ese momento el mundo se detenía, pues Shiiro le arrebataba el balón tricolor de sus manos—. Sólo lo explicaré una vez… si la jodes volveré a aplastarme —advirtió y no pudo evitar apretar sus labios para que una sonrisita pendeja no se apareciera en su boca al ver la expresión de niño en navidad que Shoyo le estaba regalando. Por algún motivo quiso saltar sobre Hinata para abrazarlo y embutirlo de dulces, no tenía un solo dulces solo pepinillos en conserva, pero eso serviría a sus ojos.

—¡Te pondré atención! ¡Lo juro! —gimió desesperado Shoyo mientras que entregaba apresurado el balón al Pequeño gigante que hizo rebotar el mismo, hacía tanto tiempo que no cogía uno que sintió cierta nostalgia doliente, misma que se disipó de inmediato, podía sentir la respiración y mirada del menor sobre sí. Era raro porque estaba a uno o dos metros de él. Torció la sonrisa el mayor antes de lanzar el balón al aire y adaptarse un poco al tacto para no estropear su explicación, por algún motivo deseaba hacerlo de forma adecuada para que Hinata entendiera.

Fue en ese instante que recordó la tarde anterior que había hablado con Akiteru, sobre Hinata, para variar. El moreno había ido hasta el campus donde estudiaba el rubio, quejándose de las visitas constantes del jugador de Karasuno, lo fastidiado que estaba y su inexplicable insistencia:

—Hinata te busca porque eres su ídolo, Shiiro —dijo el universitario sin apartar la mirada de un libro que mantenía sobre sus piernas.

—Hmp… ¿Y qué supone que haga? —se quejó, habían tenido la misma discusión un montón de veces al transcurrir de sus citas en las últimas semanas, y siempre, sencillamente acababan en el mismo lugar, con él irritado y Akiteru yéndose, en esa ocasión se encontraban ambos en la habitación del rubio en la casa que arrendaba con otros cinco estudiantes cerca a la universidad.

Pequeño gigante fumaba en la ventaba al tanto observaba al otro con gesto molesto, Shiiro no entendía muy bien a Hinata, y más que buscar consejo para tratar de "ayudar" con sus necesidades a Shoyo lo que quería escuchar era el cómo sacarse de encima al pelirrojo.

—No lo sé, Shiiro… ¿nunca tuviste un ídolo?

—Tú eres mi ídolo… vivir en este piso de mierda y pagar… ¿cuánto? Diez mil yenes al mes…

—No es tu asunto, Shiiro —bufó el rubio.

—Vale, vale… sólo jugaba pero… ya intenté de todo, hablarle feo, pedirle por favor que lo dejé de joder a la mierda y nada… —El Pequeño gigante tiró la colilla por la ventana asomándose para ver si tenía la fortuna de que le cayera a alguien, de preferencia en el ojo, pero por desgracia la calle estaba desolada. Sonrió cuando vio del otro lado de la calle a una chica castaña que llevaba sus manos ocupadas por varios tomos gruesos de libros.

—¿Por qué no intentas dejarlo estar? Si tanto te molesta… ignóralo… —sugirió Tsukishima.

—Lo dejo estar… pero si lo dejo estar más tiempo temo que un día aparezca con todas sus cosas para mudarse a mi casa —advirtió—. Ha estado limpiando las últimas semanas el patio de atrás…

—¿Dónde jugábamos cuando éramos más jóvenes? —cuestionó el rubio sin alzar la mirada, pero si con entera curiosidad.

Sakurai viró su atención a su interlocutor antes de sonreír de medio lado observando lo concentrado que estaba, esa lucha por mantenerse entero y receptivo a todo lo que aquellas letras le estaban diciendo. El Pequeño gigante se enamoró de ese gesto imperturbable que veía fijamente el libro de cálculo avanzado cuando ambos estaban dentro de la heteronormativa, pero no hubo confesión sino tiempo después, de hecho nunca existió una confesión como tal sólo pasó y ya, como las cosas que la naturaleza hace y que el mundo le busca explicación. Buscarle entendimiento al modo en que la respiración de Akiteru se acompasaba de inmediato a la de Shiiro cada vez que se encontraban era un desperdicio, era restarle la magia como Isaac Newton lo hizo con el caer de las manzanas de los árboles, que escenario más romántico el de encontrarte con tu amante bajo un manzano y que la fuerza del amor fuera tal que provocara que hasta los frutos de árbol cayeran rendido.

—Pff… —bufó Shiiro relamiéndose los labios, luego decían que él no tenía pensamientos profundos.

Se quedó quieto observando el movimiento de los ojos ámbar, apresurados por contener toda la información. Su tenacidad era una rareza oculta debajo de esa pasividad y alegría desbordante. Cuan diferente era de su pequeño hermano al cual Shiiro no tenía el gusto de conocer más que solo de mención. Durante todos esos años el moreno se había negado a una presentación formal con la familia de Akiteru pues temía a que descubrieran que estaba enamorado de su hijo mayor, tan enamorado de esas largas pestañas que parecían pesar cada segundo un poco más, la piel pálida que endurecía para dejar la de un hombre, las manos que sabían rematar con fiereza y acariciar con calma, amaba el ritmo desbocado que podía alcanzar en el sexo cuando tenía mal día y se negaba a ahablar. Sakurai Shiiro amaba con una terrible desesperación a Tsukishima que durante un tiempo había creído que moriría de amor y nadie iba poder intervenir.

De pronto el tema de Hinata había dejado de tener importancia.

Su vena egoísta había saltado y amarrado con fuerza al salvaje animal que normalmente era él.

El único con la capacidad de hacer que el Pequeño gigante dimitiera de toda consciencia.

El circo de las rarezas, que era la vida de Shiiro, se complacía en presentar al único, inigualable:

Domador de bestias.

—Tsukki… estoy aburrido —el tono del Pequeño gigante había cambiado, como si de un ship se tratase. El otro tragó saliva sin alzar la mirada, conocía ese tono, lo advertía, algo en su instinto natural le decía que debía coger del brazo a Shiiro y llevarlo a la bañera, dejarlo ahí hasta que se tranquilizara.

—Debo terminar esto, Shiiro, cuando terminemos pues salimos un rato —contestó el rubio con un deje de frustración, no tenía que adivinar cómo acabaría aquello y de verdad tenía que soportar para estudiar. Aquellos algoritmos se le resistían, pero él era persistente.

A Shiiro se le hacía irresistible que tan persistente podía ser. Los números cederían como todas las ciencias exactas cedían en algún punto, era por eso que amaba los números, siempre se podía encontrar el valor de la incógnita y el resultado jamás sería variable, no eran como… Sakurai Shiiro, el Pequeño gigante, por ejemplo, los ojos ámbar se alzaron al aludido en sus pensamientos. El moreno siempre se resistía hasta el último minuto. Haciendo de sus deseos una voluntad, y de sus caprichos la prioridad en la vida de la gente que le rodeaba. Esa gente, por cierto, se reducía sólo a Akiteru que en ese momento se quedó congelado por el modo provocativo en que el otro caminaba hacia él.

No era un andar femenino y contoneado, no, era la marcha de un emperador, de un conquistador que pisaba la tierra ganada, el suelo le rendía pleitesía por saberse dichoso por servir de algo a Sakurai Shiiro. Aquellos eran pasos firmes y devastadoramente excitantes, los de un gigante. Con el garbo insolente que le caracterizaba al menor y la mirada fría, fija en su objetivo. Akiteru no podía despegar la mirada de esa figura que se había alzado hacia él y ahora estaba delante suyo, con manos pálidas y venosas retirando el libro de su agarre, escuchándolo rebotar en saber dios que hoyo de su alcoba. Los muslos del moreno a cada lado de su cuerpo. Esas mismas manos, descorteces manos, ahora hacían de su cabello un desorden igual o peor del que la lengua del exjugador numero 10 hacía en su boca.

Sabor a alcohol amargo, cigarros y matcha.

Tsukishima sólo supo pasar el tacto frío de sus palmas por la cintura firme del otro, colándolo debajo debajo de la camisa para atraerlo más hacia sí, aferrándolo con posesividad. Haciendo que su lado más territorial quedará al descubierto. Los números, sus incógnitas y resultados dejaron de ser prioridad en el momento en que escuchó al otro respirar entrecortadamente a su oído al tiempo que sus dientes se encajaban en el cuello del menor, hundiéndose en marcas que otros amantes habían dejado y él borraría. Ninguno de esos importaba si Akiteru tenía la posibilidad de estar así un poco más, siendo espectador único de ese sonrojo que se formaba debajo de los parpados del menor cuando está a punto de gemir descuidadamente alertando al resto de las personas que está a punto de comenzar un concierto único.

El Pequeño gigante supo que ganó en el instante en que Tsukishima se desesperó en desabrochar la camisa y termina por tironearla hacia arriba. Aprovechando a pasar sus labios sobre el pecho que fue quedando desnudo. Sorbiendo en la clavícula que se marca masculina por encima de los pectorales. Las drogas, el alcohol y el exceso no han permitido que Shiiro ganase peso en los últimos tres años de retiro del deporte sin embargo la grasa suelta en el estomago no es propia de ese cuerpo que en tiempos mejores había lucido firme. El Pequeño gigantea atravesó una pequeña crisis al tener que mostrar un cuerpo como ese a Akiteru, con cualquier otra persona le daba igual que le vieran como lo vieran: carne suelta, huesos remarcados contra la piel y manchas de amantes fortuitos sin nombre. Pero con Akiteru, era un tema totalmente diferente, que de a poco comenzó a ser desplazado con los tiernos besos que le proporciona en los brazos, en el cuello. Las manos del menor acercándolo desde la espalda y él soltando de a poco su vientre que trataba de ocultar, no era algo anormal, era un ritual que ambos se sabían de memoria.

Shiiro hubiera deseado sólo haberse entregado a esas manos, a esa mirada, a ese aliento, a ese deseo, su primer amor, pero el destino rara vez conspiraba a favor de alguien, y el resto del tiempo fue la desdicha que el cosmos vertía sobre ciertos individuos que vivían malditos toda su vida preguntándose ¿qué están haciendo mal?, individuos como el propio Pequeño gigante.

En menos de lo que se da cuenta ya se encuentran ambos desnudos. Él temblando en cada embestida al tanto sube y baja sin control sosteniéndose de los hombros del otro, había transpiración perlando su espalda que era marcada por uñas celosas, ese ardor dolería mañana que se bañará y el efecto de los besos que dulcemente le regalan en ese momento hubiera pasado, pero por un instante, eran un perfecto analgésico.

Su boca no paro un segundo de proliferar ruidos fuertes y roncos, mientras que la de Akiteru se clavaba en su hombro dejando saliva y palabras dulces. El sillón donde decidieron hacer su pequeño nido se mantenía firme sin moverse, es el lugar que más le gustaba en el mundo a Shiiro, pues mantenía el olor a tantas veces que habían acabado por correrse ambos sobre él, pero también mantenía las memorias de tardes enteras donde sólo bastaba una frazada y un abrazo, quedarse en silencio viendo alguna película desde la computadora del rubio. En esas ocasiones de paz absoluta sus manos quedaban resquicios de tranquilidad los siguientes dos o tres días y todo parecía ser perfecto. Debajo de las cobijas buscando mostrarse cariño encontraban la calma que en ningún otro lugar encontraban. Akiteru solía sostenerle las manos a Akiteru para darles calor, no obstante, en ese momento en que estaban con pechos desnudos y sentimientos al descubiertos, donde el deseo imperaba, las mismas manos ambables se enterraban desesperadas en la negra, halándola para exponer el cuello y abusar de él al tanto el moreno subía y bajaba sobre la erección que parecía endurecerse más y más. Haciendo que la voz se elevara.

Akiteru no le impedía que alzara su voz, por el contrario, presionaba más las caderas para que se dejara caer con más fuerza y así Shiiro gimiera con más fuerza, eso le excitaba, después de todo estaba seguro que no había nadie en la casa donde arrendaba con otros cinco estudiantes, todos tenían compromisos, pero Shiiro sabía que hacía raro ya no estaban solos.

Sabía que había alguien más ahí. Sabía que alguien los escuchaba. Sabía que alguien los observaba desde la puerta que accidentalmente había dejado entreabierta y desde donde el corazón se le rompía a una preciosa castaña que aplastaba su boca con sus manos, al tanto sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Mío… —dijo posesivo el Pequeño gigante guiando la cabeza de Akiteru hacia su pecho sólo para que el más alto mordiera con fuerza y demanda la piel. Los orbes grises perdidos y nublados por el deseo se clavaban en la chica, esa perra que había intentado apartarlo de su Akiteru. No lo cedería, jamás a nadie, se lo habían entregado a él, ni ahora ni nunca iba a permitir que se lo arrebataran—. ¡Akiteru! —lo llamó con desesperación volviendo a ignorar a la pequeña zorra que había coqueteado descaradamente con Tsukishima días atrás, expresando el asco y "repulsión" que sentía por los gays, obligando con su atroz comentario a Tsukishima a decir algo que "simpatizaba" con esa frase. Shiiro en ese momento lo había visto desconcertado. Habiéndose propuesto hacerla pagar y alejarla por completo. Al parecer lo estaba logrando; sin embargo la venganza dejó de tener sentido cuando la mano de Tsukki se aferró a su miembro y lo estimulaba en forma furiosa para hacerlo correrse. Lo que desconocía el mayor es que el Pequeño gigante estaba tan excitado que sólo basto un par de embestidas, la voz ronca de su amante gemir contra su oído y el violento toque para que se viniera encima, apretando más su intimidad, dilatándola contra la hombría de Akiteru provocando en él el mismo resultado que lograra Shiiro.

Carne, semen y sudor. Respiraciones maltrechas. Un abrazo desesperado. Lagrimas de placer. Palabras de amor dichas dentro del mismo frenesí.

—Nunca me dejes… —suplicó Shiiro a Akiteru quien correspondió besando donde pudo aún respirando por la boca. Viviendo de un corazón que no lograba calmarse. Su mano subiendo por la espalda ajena sintiendo la peligrosa delgadez del cuerpo del exjugador número 10 del Karasuno. Besó otra vez al moreno sabiendo que él era el único domador que podía lidiar con esa feroz bestia.

—Jamás lo haría… tonto…

La primera vez que sus cuerpos se encontraron había sido también la primera vez que había probado suerte un accidente en toda regla. El Pequeño gigante había corrido con desesperación, precipitándose contra la red y cogiendo el vuelo, para rematar, pero demasiado tarde calculó su aterrizaje, terminando por darlo sobre uno de sus compañeros, Akiteru que recibió el impacto. El moreno quedó tendido sobre el rubio quién amablemente le sonrió.

—Menos mal que no estás herido.

—Idiota, pero tú te caíste…

—Hubiera sido un problema que nuestra estrella se dañara.

Fueron palabras secas cargadas de un extraño sentimiento que invitaron al moreno a quedarse callado y no hacer ningún tipo de comentario cortante, o hiriente como siempre hacía con el resto de sus compañeros. En cambio, pasó el resto del entrenamiento observando silenciosamente el humilde actuar de aquel rubio. Por esos años el equipo gozaba de un alto número de jugadores y sólo los mejores lograban entrar a las batallas. Pequeño gigante se había ganado a base de lágrimas, sudor y esfuerzo su posición, nadie se la había regalado, nadie lo había apoyado, sólo él y su rabia contra el mundo, contra el destino por hacerlo un ente inferior en estatura.

Tenía motivos de sobra para despreciar al resto de sus compañeros quienes a pesar de poseer la altura y la fuerza no lograban sacar lo mejor de sí mismo, se mimaban con la excusa que hacían lo mejor que podía cuando en realidad podían hacer más, llevar al limite sus habilidades, los débiles lo desesperaban.

—¡Soy veinte centímetros más bajo que tú y aún así no puedes hacer ese puto remate! —había rugido en más de una ocasión contra Chigane, el otro bloqueador lateral quien era el más alto pero el más torpe, perezoso y molesto del equipo, poseía un malhumor igual al del Pequeño gigante que no se cortaba cuando de marcar los errores de los otros se trataba.

No era raro que ambos se vieran envueltos en riñas constante que muchas veces acababa con juegos de manos peligrosos que tenían que ser detenidos por los sempais. Shiiro solía ser altanero y malhumorado, pero jamás descortés, jamás tirado al desafiar las reglas, prefería irse y volver antes que levantar la voz contra el alto mando que era el entrenador, el consejero o el capitán.

—Tsukishima… —habló el entrenador Ukai cruzándose de brazos al filo de la cancha, desde su posición podía observar al par al borde de los golpes. El rubio se adelanto cuando escuchó ser llamado—. Acompaña a Sakurai a tomar aire —ordenó con voz autoritaria a lo que el aludido sólo apretó los labios chasqueando la lengua y virando su tura hacia la salida.

Akiteru no le quedó más que seguir al número diez que estando afuera lejos de la mirada del entrenador y de su equipo general arremetió contra una pequeña plantita que alguien había tenido la desdicha de dejar olvidada. La tierra oscura salpico aquella que estaba endurecida por el concurrido transito que tenía todos los días sobre ella. La flor salió volando varios metros lejos de la meseta pero hasta ella fue el furioso cuervo para machacar a la pobre planta con toda la cólera que le estaba comiendo por dentro. El rubio caminó hacia él sin saber cómo empezar a hablarle o si debía mejor apartarse y permitir que siguiera descargando su frustración. El problema vino cuando un gato saltó delante de Shiiro, Akiteru adivinó lo que cruzó por la cabeza del bloqueador así que antes de que el Pequeño gigante alzara el pie para coger vuelo y hacer al gato víctima de su furia, él saltó hacia el otro haciéndolos rodar.

Como respuesta Shiiro golpeó con el codo el rostro de aquel que le había derribado, de aquel le había hecho comer polvo. Akiteru no comprendió porque reaccionó al golpe, apretando el agarre y estrellándolo de nuevo al piso.

Terminaron por convertirse en unmar de golpes, mordidas y jadeos, tierra levantada. El gato los miraba desde una ventana a la que había subido y la planta masacrada seguía donde la furia de Shiiro la había estampado. Entrenador y compañeros salieron para detenerlos. Ambos fueron suspendidos durante dos semanas del entrenamiento, la parte positiva es que nadie más se había dado cuenta de lo ocurrido.

Shiiro era de naturaleza agresiva, cualquier cosa lo ponía irritable, explotando con facilidad. Pero Akiteru, Akiteru era distinto. Ni siquiera él entendía porque había respondido al ataque del otro, sabía que lo había empujado para detener el maltrato contra el gato, pero… ¿por qué seguirle el hilo de golpes cuando el otro empezó a agredirlo?

—¿Estás frustrado no? —susurró Shiiro con una bolsa de hielo sobre el ojo.

El rubio que mantenía una igual pero contra su mejilla miró a quemarropa al más bajito.

—Lo he visto en tu cara cuando entrenamos y rematamos los titulares… juegas bien, sigue esforzándote, hazte más fuerte y lucha por tus propios medios, el rencor y la envidia sólo te harán sentir miserable.

Akiteru miró a Shiiro que volvió su atención al frente.

—Solías ser cool… —susurró el mayor de ambos mientras besaba la cabeza húmeda del moreno. La sesión había acabado con dos rondas completas, apenas calzando su respiración a la del otro. Shiiro recostado contra el pecho del rubio.

—Cállate… —gruñó malhumorado. Sí, solía ser buena onda.

Akiteru miró a Shiiro que volvía aponer aquella expresión seria, mejillas sonrojadas y ceño fruncido.

Bufó cuando Hinata pudo elevar el balón, Shiiro corrió a rematar aunque el balón se fue de largo.

—¡¿Eres estúpido o algo por el estilo?! —gimió el Pequeño gigante—. ¡Tus colocaciones son horribles!

—¡Perdón por no ser Kageyama! ¡O el Gran rey!

—¿El Gran rey?

—Sus saques son de muerte, y sus colocaciones son geniales, aunque no tan geniales como las de Kageyama, como a Kageyama lo llamaban "El Rey de la cancha", pues yo le puse "El Gran rel" a Oikawa-san.

—¿Esa nena presumida?

El pelirrojo se quedó callado sólo para reír de forma divertida, Shiiro sonrió ante la risa contagiosa del menor. Se dejó caer en el piso de su patio al que aún le faltaba un poco de mantenimiento. Hinata se sentó frente a él. Y siguió narrando sus encuentros contra el Seijoh y cómo habían ganado valientemente, Shiiro lo escuchó con cuidado, y se burló cuando pudo, en otras ocasiones él enriqueció la anécdota según lo que había oído de la boca de Akiteru que a su vez su hermano le había contado a él. Hinata se emocionaba pensando que de algún modo Shiiro había escuchado de él.

—"Juegas bien, sigue esforzándote, hazte más fuerte y lucha por tus propios medios" —interrumpió la anécdota que contaba el menor. A lo que éste abrió mucho los ojos por las palabras de aliento. Pequeño gigante hizo un pequeño puchero desvió la mirada al cielo que se volvía atardecer—. Me lo dijo la persona que me enseñó a jugar voleibol… después se lo dije a alguien que quiero mucho —farfulló—. Ahora te lo digo a ti… ese es el "secreto" de Sakurai Shiiro… —Volvió tímidamente la mirada a Hinata pero ni así fue capaz de prevenir el instante en que el Sol de Karasuno saltó hacia él. Riendo feliz y llorando con jadeos conmocionados—. ¡Idiota! ¡No llores! ¡Deja de llorar! ¡Quítate de encima! ¡¿Qué demonios haces?! ¡Hinata! ¡Hinata!

Él había tenido un héroe y también había sido así de estúpido.

Rezaría para que Hinata no se convirtiera en una bestia que necesitara un domador.

Y si necesitaba domador, fuera tan bueno como el suyo.

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Muchas gracias por los favs, follows y review, son lo más.

Review:

Yukie: Lamento mucho que tardará un mes completo la actualización pero los imprevistos con las tecnologías no las controlamos. Mi pc es muy confiable pero creo que de verdad no le gustaba lo que tenía escrito -inserte risas de programa de televisión-, pero bueno, espero que el capítulo haya compensado la espera y ese comentario de "Shiiro y Akiteru montándosela" pues... hahahaahahahaha, creo que ya quedó claro ¿cierto? Bueno, el Pequeño gigante siento que es diferente al sol de Karasuno en muchos aspectos y en personalidad, trato de hacerlo como un eclipse, Hinata es el Sol pues Shiiro es un eclipse parte sol, parte luna, así que es retorcido pero tiene sus partes "deslumbrantes". En todo caso, apenas estamos comenzando y no te encariñes con nadie, nah mentira, encariñate con todos. Por cierto, muchas gracias por leer ambas historias, leer tus reviews me hacen feliz -inserte corazón ghei-. Saludos y nos leemos c:

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Gracias a todos por leer.

St. Yukionna.

Quien los ama de corazón, costilla y pulmón.