Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi. Violencia. Acción.
Descarga de responsabilidad: Ya lo saben. Haikyuu! no es mío, ojalá lo fuera.
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El circo de las rarezas.
Por St. Yukiona.
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Primer acto: El escapista.
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—Señor, encontramos a Sakurai Shiiro-kun.
—Ese bastardo hijo de puta...
Sostuvo su peso sobre sus piernas apenas el mareo de los narcóticos se disolvió y sacudió la pijama para partir rumbo a su guardarropa y buscar un traje que fuera digno de usar.
—¿Lo seguimos?
—Iré con ustedes, perras locas. Si los mando solos volverán a perder a la comadreja escurridiza —gruñó el hombre que colocaba sus pantalones de vestir y rebuscaba en el fondo del cesto de la ropa sucia las fornituras para calzar los revolvers, una de esas balas tenía el nombre de Sakurai "Bastardo come mierda" Shiiro. El muy pendejo se había tirado a su hija a su esposa y le debía un montón de dinero.
Si alguien hubiera dicho que iba a encontrar al hijo de puta que le destrozó la vida sin saberlo justo en la mañana en que había decidido quitarse la vida, jamás lo habría creído porque sólo dios sabía lo mucho que había buscado al bastardo come mierda de Shiiro durante meses sin encontrar resultados. Shiiro come mierda-kun, como lo llamaba con cariño, lo había conocido cuando éste jugaba en la preparatoria y él intentaba encontrar alguna mula que vendiera droga en clubes nocturnos y escuelas de educación media, no obstante, Atsuki Kenjiro –un traficante que trabajaba para el Yakuza—se encontró cierto día en un partido de práctica de la preparatoria Karasuno donde vio volar a ese que llamaban Pequeño Gigante, como solía ocurrir, el hombre se vio eclipsado y empezó un nuevo negocio en su haber: apuestas –obviamente ilegales—dentro de la federación de vóley de escuelas preparatorias. Había cierto dinerito que se movía ahí pues había un puñado de gánster que les gustaba el vóley y otro puñado de lúdopatas que les gustaba apostar solo porque sí.
En todo caso, Sakurai Shiiro le hizo ganar dinero –no mucho pero si sustantioso—el tiempo que jugó con Karasuno y después cuando estuvo en la universidad, irremediablemente se acercó a él y probablemente Kenjiro tuvo la culpa que el jugador empezara en su decadencia con el mundo de la droga, quién lo podía saber, solo ellos dos.
Kenjiro había perdido la complexión atlética a través de los años y Shiiro cierta gracia para jugar después de la lesión y varios gramos de cocaína que se surtía al día con patrocinio de Atsuki. El Yakuza le ayudó varias veces para que no la pasara tan mal en el retiro y hasta le abrió las puertas de su hogar. Grandísimo error. Shiiro terminó enredado en un extraño triángulo amoroso donde se involucraba una madre y una hija, donde una mató a la otra y Kenjiro no vio más culpables que Shiiro.
El moreno al verse en peligro no hizo más que dar media vuelta a su camino cada vez que veía a los hombres de Kenjiro cerca. No es que huyera de él, sino que simplemente prefería huir un rato más de la muerte. No quería que Tsukishima sufriera, después de todo el menor no se lo merecía.
Para el caso, Kenjiro iba todo decidido a acabar de una vez por todas con Shiiro, acabar con su miseria y cobrar venganza de la muerte ocasionada por su causa. Si alguien le hubiera realmente dicho que esa mañana en que había tenido intenciones de matarse después del desayuno iba a encontrar al Shiiro come mierda-kun, probablemente no hubiese asesinado a su esposa el día anterior.
Qué se le iba a hacer.
—¿Dónde lo encontraron? —preguntó el Yakuza.
Los hombres bajo su mando se miraron entre sí y torcieron los labios sorteando quién se lo diría al jefe.
—En su casa.
Kenjiro detuvo los preparativos ante su persecución.
—¿En su casa?
—Sí —repuso uno con cierto temor removiéndose incómodo.
—¿No se les ocurrió en primer lugar buscarlo en su casa cuando les dije que necesitaba encontrar a ese hijo de puta? —preguntó con toda la calma del mundo Kenjiro.
—...—los hombres se volvieron a ver entre sí.
...
Para mas, el pequeño cuervo parecía concentrado en tratar de canalizar el dolor que sentía en sus pies enfundados en los tenis que llevaba a diario para la escuela y no en el terror de haber casi muerto. Sus rodillas temblaban y había perdido la cuenta de las veces que había vomitado ante la tensión, la boca tenía una extraña textura pastosa y por algún motivo que no comprendía su cabeza estaba totalmente despejada, abierta, así como cuando estaba en su mejor momento dentro de la cancha. Miró sus calcetas que llevaba ya a medio tobillo pues con la persecución poco tiempo le había dado de atender su arreglo personal. Hubiese preferido colocarse mínimo los tenis con los que practicaba pues de ese modo la carrera por su vida hubiese sido menos incómoda. Pero... ¿Qué importaba eso cuando sus vidas estaban en peligro? Shiiro se había ofrecido a llevarlo a cuesta sin embargo Hinata como el regio rematador del Karasuno, y próximo as, se había negado totalmente, él podía caminar tanto como su ídolo se lo pidiera.
Shiiro solo se detuvo en un callejón donde había una toma de agua y más al medio una tapa que daba a los drenajes de la ciudad. No tuvo que imaginar nada el pelirrojo cuando el moreno la destapó con esfuerzo y se metió ahí, su mano llamó a Hinata que lo siguió irremediablemente, sentía esas terribles ganas de ir al baño, esa sensación que la ansiedad ocasionaba. Shiiro subió por las escaleras para tirar de la pesada tapa de fierro y encubrir su huída, avanzarían por las cañerías.
—¿Me puedes decir ya qué es lo que pasa? —preguntó Shoyo por fin mirando a Shiiro que respiraba con dificultad ahí donde se escuchaba alguna gota de agua filtrada y el correr de las aguas residuales en sus tobillos, ambos soportaban con brío el hedor que los estaba impregnando, a Shoyo no le quedaba nada más para vomitar y la adrenalina lo hacía mantenerse firme.
—Le debo a unos tipos, de acuerdo, estaba bien porque no sabían donde vivía, ahora lo saben, ahora me quieren matar.
—¿Y ya intentaste hablar con ellos?
—Con estos tipos no se habla, Hinata —Shiiro lo miró y suspiró. Se maldijo por haber arrastrado al menor en todo eso, sin embargo, la culpa era de Hinata por siempre estar ahí con él, ahora no solo su vida estaba en peligro sino la vida del niño.
—¿Y hasta dónde caminaremos? ¿Hasta el fin del mundo? —cuestionó sin recató el pelirrojo, que caminara a pesar del dolor y siguiera ciegamente las instrucciones del mayor no significaba que no se quejara pues aquella situación era absurda, aunque por las películas que había visto sabía que si no se movía realmente iba a morir. Los nervios le arrebataron un jadeo involuntario.
–Pues si es necesario caminaremos hasta allá –argumentó el moreno mientras pasaba sus manos por su cabello oscuro apartándolo de su rostro, sus ojos oscuros no dudaban. Sacó su móvil que siempre llevaba consigo, quiso llamar a Tsukishima pero negó, no sabía a cuanta tecnología tenían acceso esos tipos y de tener intervenido su móvil sabrían de inmediato su puerto seguro. No sería tan estúpido como exponer su ubicación.
El deber de Shiiro era cuidar de Shoyo sin importar el coste pues había sido su culpa que acabara en medio de fuego cruzado. La frustración invadió a Shiiro mientras avanzaba. No podía dejar a Hinata en la puerta de su casa y ya, pues esos tipos habían visto su rostro y seguramente lo encontrarían, no había muchas personas en Sendai que compartieran rasgos con Hinata. Maldijo las expresiones y vistas únicas del menor. No sabía qué hacer y Hinata le estaba taladrando la nuca.
–Iremos con un amigo que nos ayudará –anunció el mayor.
El menor afirmó mientras que se apresuraba a caminar a lado de Shiiro que le dedicó una mirada rápida de reojo y volvieron a andar caminando por las sucias alcantarillas que atravesaban la ciudad en el subsuelo. Olía terrible y Shoyo temeroso se apegaba lo más que podía a su ídolo que alumbraba el camino con la lámpara de su smartphone. Él también tenía miedo, demasiado debía de asegurar, más que en ningún momento de su vida, pero ahí era el mayor, era el que estaba a cargo del renacuajo y de su propia seguridad.
Akiteru siempre habían hablado con él de forma abierta haciéndole saber que era un pendejo, y como tal las cosas que hacía siempre terminarían sumamente mal, terminarían pésimo. En varias ocasiones tuvo la oportunidad de dejar toda su mierda de lado y regresar al camino del bien, pero ahora, ahora estaba jodido, su única salvación sería volverse un auténtico prófugo y huir para salvar su vida o dar la cara y enfrentar las consecuencias, pero Kenjiro estaba loco y dudaba mucho que el hombre le perdonara la vida. Cuan acertado había estado Tsukishima y Shiiro solo sentía la impotencia crecer en su pecho.
La primera vez que habló con Kenjiro fue después de un importante partido. Karasuno había logrado ir a las nacionales por segundo año consecutivo, él estaba en tercero y salía de la escuela. Ahí había estado Kenjiro parado contra un postet mirando a los estudiantes salir. Shiiro lo había visto varias veces en diferentes juegos, incluso en partidos amistosos donde podía entrar el público pero no creyó, por la finta, que fuera algún aficionado o exjugador de la escuadra negra.
—Shiiro-kun —habló en aquel momento Akiteru sosteniéndolo de la correa de la mochila, pues el moreno como abeja al néctar había querido ir a encarar al sujeto con finta de mafioso. Shiiro tenía cierta vena masoquista, estúpida y arriesgada que iba tras todo aquello que estaba prohíbido: un deporte para altos, enamorarse de un hombre, hacerse perforaciones donde no debían de ir, y se le agregó hacerse amigo de un mafioso.
—Atsuki Kenjiro —se presentó ese castaño ofreciendo su mano, y en la otra su tarjeta de presentación, esa que solo rezaba un nombre, un número telefónico y un puesto, "empresario".
—Sakurai Shiiro —respondió el moreno estrechando la mano y tomando la tarjeta.
—Tú no lo sabes, pero somos socios, Shiiro-kun.
El moreno se vio extrañado. Más cuando el hombre tomó del piso una bolsa de zapatos Nike y se los entregó a Shiiro, éste cogió los zapatos. Eran de su talla, un modelo limitado y bastante caro, por cierto.
Muchos años después, sin saber, esa decisión tomada –quizás al azar y por capricho pues olía a peligro— tenía ciertas –peligrosas y pésimas— repercusiones que lo obligaban a remover con esfuerzo la tapa de la alcantarilla de otro callejón al otro lado del pueblo para asomarse con cuidado esperando ver algo inusual, no hubo nada y enseguida terminó de mover la tapa. Los brazos le dolieron más de lo que sus pies le estaban lastimando. Su resistencia estaba llegando a su límite y seguramente Shoyo no la estaba pasando mejor, lo supo al ver el puchero que había en el rostro del pequeño rematador que se negaba en seguir avanzando, o más bien su cuerpo se negaba, apenas salió de la alcantarilla se tiró contra el piso de rodillas ignorando el escozor que la acción ocasionó al lesionarle las mismas en un raspón al rojo. Volvió a vomitar y sus ojos se cristalizaron, el pánico ya le estaba alcanzando los sentidos eclipsados por la adrenalina.
Todo parecía parte de una horrible pesadilla.
–Vamos, Shoyo. Por favor... date prisa –suplicó el exuniversitario mientras que le extendía la mano para ayudarlo a caminar. El pelirrojo atendió a su nombre llamado por su ídolo y se sostuvo de la palma de su hermano. Éste haló todo el peso del pelirrojo para reponerle, sintió un estirón en los músculos y ligamentos de su brazo y aguantó las ganas de llorar pues también su cuerpo estaba llegando a su límite pero estaban a un paso de una victoria.
Apenas tuvieron que avanzar poco menos de una cuadra para encontrar un bar al que sin titubeos entró el moreno y el pelirrojo un poco más temeroso dudó, pero al final no le quedaba más que avanzar junto con el contrario, pegándose a la espalda sudada y mojada del mayor. El par se hizo paso entre las mesas frente a la mirada atónita de un grupo de personas que disfrutaba de los placeres de los adultos el par de niños caminaba con dirección a las escaleras que había al fondo del lugar y estaban en apariencia obstruidas por dos sujetos robustos de apariencia peligrosa.
–Oye, no pueden estar aquí –dijo el bartender mientras que los increpaba antes de llegar a su destino. Shiiro le dedicó una mirada enrojecida de la molestia y cansada al tipo que demostraba la frustración y el miedo que estaba haciendo mella en él, a esas alturas no sabía si tenía fuerzas para seguir, no iba aguantar mucho y su voluntad comenzaba a quebrantarse pues cada paso se sentía más cercanos los pasos de sus perseguidores. Él no quería morir, no quería que Shoyo muriera.
–Me importa mierda, muévete –escupió con odio Shiiro, en un tono prepotente y fuerte.
–No es bueno que le hables así a un adulto –dijo una voz que bajaba por las escaleras, y que enseguida reconoció Shiiro. Al girarse violentamente encontró a una mujer que con apariencia fría le estudiaba recargándose del barandal de madera.
Por la postura relajada y la expresión serena Shoyo dedujo que de algún modo era conocida de Shiiro, aunque no sabía cuán bueno era eso pues la mujer lucía igual o más peligrosa que mucha de las personas en el bar, que simplemente decidieron girarse a sus asuntos apenas la mujer apareció en escena.
—Cállate y dile a este bastardo que nos deje en paz —gruñó Sakurai.
—Siempre de malhumor, hermanito, por eso te metes en problemas... —rezó la chica haciendo un movimiento de mano para que los tipos se alejaran del par. Reparó en el enano que seguía a su hermano y suspiró.
Shiiro le dedicó una mirada más llena de odio al bartender que había abandonado su posición y se acomodó la chamarra azul para caminar hacia la chica que le esperaba en las escaleras. Empezó a subir y Shiiro y compañía la siguieron, no obstante para ese momento Shiiro empujó a Hinata delante de él empezándolo a guiar por los hombros pues no estaba muy seguro en qué momento iba a desmayarse el pelirrojo, y de ser así una caída podía resultar en una lesión. Ante todo debía salvaguardar el bienestar de su "pupilo", si es que se le podía llamar así.
La mujer, una japonesa a todas luces de cabellos oscuros y lacios solo sabía caminar delante de ellos, usaba un yukata de diario con las mangas alzadas dejando los brazos descubiertos, éstos tatuados desde los puños hasta allá donde la prenda de vestir cubría.
—Deben darse un jodido baño —recalcó ella mientras que abría una puerta en el pasillo de la segunda planta. El resto del bar, como el bartender decidieron apartar la mirada, si esos niños (porque incluso Shiiro con sus veintitantos años parecía un niño) estaban con ella, era mejor no involucrarse y fingir que nada había ocurrido, que ellos nunca habían entrado ahí para acudir a Sakurai Shika. Era mejor alejarse de ella y de sus asuntos.
Apenas entraron a aquel lugar que tenía más pinta de apartamento que de oficina como había rezado el letrero de la puerta Shiiro se tiró en el sillón que tuvo a la vista y Shoyo se quedó parado como piedra a un lado de la puerta sin saber donde desmayarse. La chica jaló una silla y se sentó en ella cruzándose de piernas y sacando una cajetilla de cigarrillos del interior del cuello de la yukata. Lo encendió en dos movimientos y dio una larga calada.
—¿En qué mierda te metiste? Y no hablo literalmente.
—¿Puede Shoyo ir...
—Él está involucrado, así que lo mejor es que se siente y ambos canten, o los mataré.
El pelirrojo palideció ante la frialdad y soltura con que la chica lo dijo, y no supo si tensarse más o simplemente suspirar aliviado cuando ella empezó a reír de forma cantarina.
—Bromeo, rélajate, enano... siéntate —ordenó otra vez seria señalando con su mentón la plaza a un lado de Shiiro, el pelirrojo lo agradeció y ahí se desplomó—. Entonces...
—Me acosté con la esposa y la hija de Atsuki Kenjiro —dijo sin más el moreno, si existía una persona a la cual no podía mentirle, además de Akiteru, esa era Shika, su hermana mayor.
—¿Y Tsukishima-kun lo sabe? —preguntó directa.
Hinata abrió mucho los ojos. ¿Qué tenía que ver Amargashima en todo eso? ¡¿También Kei estaba involucrado?! ¡¿Por qué Tsukishima conocía al Pequeño Gigante y él no sabía sobre eso?!
—Obviamente lo sabe, esto fue hace mucho, hace como un año —replicó ofendido el moreno.
—Bueno, te acostaste con ellas. Te quiere muerto, es obvio, ¿y el enano que tiene que ver? ¿Hicieron trío? ¿desde cuando tienes parafilias, tú asqueroso enfermo? —riñó ella.
—¿Qu-eé? ¡No! —Shiiro se puso de pie de golpe—. Yo... Shoyo es... —¿Cómo lo explicaba?
—Soy Hinata Shoyo —respondió el pelirrojo—. No me diga enano, por favor —suplicó—. Y... estaba entrenando en casa de Shiiro-san cuando...
—¿Entrenando? ¿Ya das clases para contrabandear droga? —ella parecía totalmente divertida, cambio una pierna debajo de la otra recargándose del respaldo de la silla.
—¡No! ¡Shiiro-san me está ayudando con el vóley! —gimió el menor y de pronto Shika pareció quedar sin palabras, parpadeó.
—¿Estás jugando, Shiiro?
El aludido bufó desviando la mirada. Ella sonrió débilmente y suspiró.
—Cómo sea. Es obvio que no saldrán vivos si se quedan aquí en Sendai. Tendrán que irse para Kioto donde está Hatsumoto-san, el rival de Kenjiro-san —resolvió ella con simpleza—. No tardan en llegar a preguntar, de eso estoy segura.
Y como si hubiera sido un balde de agua fría tanto Shiiro como Shoyo parecieron palidecer y entreabrieron los labios acongojados. Shoyo un poco estupefacto. Shiiro fue el que actuó con más presteza pues fue el que primero se puso de pie, obviamente que había considerado el hecho que tendría que irse de la ciudad, pero creyó que su hermana tendría una opción que no implicara el tener que huir al otro extremo del país, y mucho menos de forma tan apresurada.
—No puedo irme —replicó el moreno.
—¿Por qué? Ay perdón, cierto vas a dejar una jodida vida hecha atrás —agregó ella con ironía—. No me jodas, Shiiro. No estás dejando nada atrás, si te quedas te matan o te desaparecen, tú decide —argumentó ella—. Es tiempo de que dejes de jugar y empieces a tomar tu vida en serio. Deberías estar satisfecho al haber involucrado a un niño en toda tu mierda ¿no? —señaló a Shoyo que aún parecía estupefacto.
—Pe-pero —¿Y Akiteru?.
Ella suspiró rascándose la frente con sus dedos largos, sus uñas pintadas de rosa eléctrico.
—Si le explicas la situación a Tsukishima-kun seguro lo entiende, aniki, pero —gruñó ella y bufó—. Pero... ¿no crees que ya has jodido suficiente?
—Necesito hablar con él...
—Veré que puedo hacer, de momento tendrán que irse a dar un baño y descansar, veré que arreglo para que se vayan lo más pronto posible.
Nuevamente Shoyo rebobino y se incorporó como en un efecto retardado.
—¿Qué? ¡No me puedo ir!
No ahora que habían ganado las nacionales y eran una escuela defensora de un título, además, su mamá, y su papá, su hermana. ¡Y Kageyama! ¿Y los chicos? ¡Las tardes de vóley! ¡Los veranos de entrenamientos! Ahora se estaba alterando.
—¡No puedo irme! —volvió a rugir.
Shiiro sintió una patada en los testículos cuando escuchó al menor y bajó el rostro avergonzado, su hermana y Akiteru tenían razón, y ahora pagaba las consecuencias. Iba a abrir la boca para apelar, pero la única manera de que perdonaran a Shoyo seguramente era entregándose sin embargo no había garantía de que Kenjiro simplemente aceptará de buenas a primeras perdonarle la vida a Hinata, sobre todo si lo relacionaban con él. Se hundió en hombros y fue Shika la que se puso de pie peinando hacia atrás el cabello corto.
Ella dejó una mano sobre el hombro del pelirrojo, y colocó una mano debajo del mentón del menor. Era alta por las sandalias de plataforma que usaba, así que terminó por flexionarse un poco para mirarlo de frente. Los ojos avellanas se habían cristalizado y eran trémulos a punto de volverse un sólido llanto de desesperación, la chica se jactaba de tener buen ojo para ver el potencial en las personas y notaba lo valiente que era el pelirrojo, limpió un poco de barro o mierda que había en su mejilla, no le molestaba ensuciarse las manos.
—¿No le advertiste a este niño que estar contigo era peligroso? —murmuró la mujer a su hermano que con puños entornados en furia afirmó—. Si te lo advirtieron, ¿por qué insististe en estar con Shiiro, Shoyo-niichan?
—Po-porque ¡Es el pequeño gigante! —respondió titubeando solo al principio, sus labios se arrugaron en un puchero que amenazaba enojo, molestia y temor de lo que el futuro deparaba. Shika comprendió de lo que se trataba y suspiró, sin soltar al contrario.
—Encontraste al conejo dentro del sombrero, Shoyo-niichan, es hora de que juegues al escapista... porque una vez que le descubres el truco al mago la magia termina... esto es la realidad y debes de enfrentarla —besó la frente—. Tomen un baño, veré lo de su escape y... Shoyo-niichan, veremos qué podemos resolver —indicó ella alejándose del todo. Caminó hacia la salida por donde antes habían entrado y dio varias palmadas a la espalda transpirada de su hermano—. Bien hecho, Shiiro-chan. Bien hecho.
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Cronopios del autor: ¡¿Qué está pasando doctor García?! ¿No iba a ser esto un au escolar? ¡¿En qué momento nos convertimos en un au de gánsters y mafiosos?! PLZ es Yukiona la que escribe xD que no los sorprenda. ¿Qué tal? ¿Les gustó el capítulo? Lamento la espera, no era mi intención hacerlos esperar tanto. Espero de todo corazón lo disfruten. ¡Gracias por leer!
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St. Yukiona
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
