¡Feliz Halloween anticipadoooo!

Me voy corriendo a hacer la maleta que mañana me esperan 3 horas de tren nada más despertarme... T-T

¡Disfrutad del capítulo muuuaaAJjajAJjajJAjaAAAAA!

Disclaimer: Ni los personajes que le pertenecen a la maravillosa J.K Rowling ni la trama de esta fantástica historia que le pertenece a Rizzle (encontrareis el enlace a la historia original en historias favoritas, en mi perfil), son de mi propiedad, yo sólo traduzco la historia para que pueda llegar a más gente.


.- Una historia de Rizzle -.


N/A: Ahora estamos llegando al meollo de la cuestión, donde si podremos aplicar las apropiadas advertencias para este género. Soy consciente de que no muchos de vosotros está habituado a este tipo de género ni mucho menos es vuestro favorito, así que por favor, tened en cuenta que este capítulo contiene horror y violencia (al igual que el siguiente).

No saldrá Hermione hasta el próximo capítulo, ni Dramione hasta probablemente dos o tres capítulos desde ahora. Mientras tanto, TODO este es de Draco. ¡Hay luz al final de este largo túnel, lo admito, así que aguantad!


Capítulo 18 – Rules (Reglas)

Los huevos estaban realmente fríos en el momento que llegó a ellos, pero últimamente Draco tendía a ver las comidas como un reabastecimiento de combustible en lugar de un consciente ejercicio para saborear. Era cierto que también había una pila de tostadas y café negro desafortunadamente endulzado. Miró en la bandeja buscando la leche.

- Si estás buscando leche, me temo que no tenemos nada en este momento. – dijo el siempre atento Desmond. Se las arregló para sonar alegre al respecto.

Draco arrancó un trozo de pan por la mitad.

- ¿No hay vacas lecheras en la flota que todo lo tiene?

- No hay vacas lecheras. – confirmó Desmond – Gestionar la ganadería es problemático. Sin embargo, tenemos un montón de gallinas. – añadió, inclinando la cabeza hacia los huevos revueltos.

A medida que se iba consumiendo la comida, Desmond seguía revoloteando juntó a él. Y Anatoli seguía junto a la puerta, de brazos cruzados. Draco se bebió el resto del café y dejó la taza vacía en la bandeja. Decir que se sintió restaurado era poco.

- Gracias, Desmond. Esto era muy necesario.

- ¿Cuándo fue la última vez que comiste?

Draco se lo pensó.

Brandy y café en una taza astillada. Eso fue lo último que había consumido en Grimmauld Place. Si cerraba los ojos, aun podía oler el brandy y sentir el ligero peso de la taza y… a Hermione Granger inclinada sobre él mirando la pantalla del ordenador, su pelo largo escapándose de una destartalada coleta hecha desde hacía doce horas, algunos rizos sueltos rozaban su cara mientras ella fruncía el ceño a los resultados del modelo de efectos del ReGen. Ella no era una criatura de grandes hábitos, más allá de su formidable ética de trabajo, pero tenía muchos pequeños; cuando estaba preocupada se mordía el labio inferior con los dientes, daba golpecitos con la uña mordisqueada del dedo índice contra el escritorio o el teclado cuando estaba concentrada y la absoluta manera en la que irradiaba como si se iluminara desde dentro en las raras ocasiones que tenía buenas noticias. Su capacidad de emocionarse podría hacer que una persona se sintiera bastante vieja y cansada.

- ¿Señor? – preguntó Desmond.

- Hace un tiempo. – respondió Draco tardíamente. Se sacudió las migas de los pantalones y se puso en pie. Ahora que había reposado y alimentado, ya era hora de hacer cuentas, por así decirlo. Era un viejo hábito adquirido después de asistir siete años a un colegio lleno de rincones oscuros donde el noventa y cinco por ciento de la población estudiantil quería lanzarlo por las escaleras. Cuando crecías rodeado de ese conocimiento, te entrenabas por encontrar las salidas velozmente. Desmond el eficiente y simpático octogenario no era un elemento de disuasión para la huida y, ciertamente, no era una amenaza. Eso se lo dejábamos al guardia; Anatoli. En altura, Draco lo era tanto como el hombre, aunque ni mucho menos era igual de ancho. Pero lo que a Draco le faltaba en anchura, probablemente lo compensara en velocidad.

Le dedicó a Anatoli un casual y evaluativo vistazo. Calculo que podría contigo.

Para diversión de Draco, Anatoli le devolvió la mirada con una ceja arqueada sutilmente.

Inténtalo.


Después del desayuno, Draco fue acompañado fuera de su cuarto, aparentemente para hacer un recorrido por las instalaciones científicas de la flota, ubicada en otro lugar del mismo buque. Era un barco grande. En total, tardaron veinte minutos en caminar hasta el extremo opuesto, dos pisos más abajo. Pasaron por el lujoso recibidor de la noche anterior, donde Draco medio esperaba ver a Honoria otra vez. Pero en esta ocasión, no hizo acto de presencia, pero había un montón de otras personas; algunas con uniformes blancos almidonados, otros con ropa normal. Todos parecían muy ocupados. De otros miembros "pasajeros" no había ni rastro, pero Desmond le había afirmado que el barco tenía otros residentes.

Eventualmente, Draco entró en un laboratorio que era tres veces el tamaño del que había estado trabajando hasta ahora por el Proyecto Navidad. Apartó la mirada un momento para adaptarse a la inmaculada blancura del lugar. La organización de Amarov no poseía las incompatibles tosquedad y calidad de la operación en Grimmauld Place. Pero entonces el Proyecto Navidad no era tratado por un equipo de científicos que parecía estar a punto de desmayarse por la ansiedad.

Había más de una docena de ellos, quietos como estatuas en sus batas blancas de laboratorio. Parecía como si alguien hubiera pulsado el botón de "pausa" en una escena previamente atareada. Un miembro del grupo dio un paso adelante. Había vacilación en su expresión, pero no estaba nervioso.

- Dobreyah ootrah. – le dijo Draco al hombre, que era pequeño, enjuto y completamente calvo – Soy Draco Malfoy.

El hombre le tendió una temblorosa mano. Draco la tomó, bajando la mirada a las manos unidas. Tomó nota de las contusiones en decoloración que el hombre tenía alrededor de la muñeca y los callos del roce característico de unas esposas. Desgraciadamente, nada de eso fue sorprendente.

- Nos dijeron que vendrías. – dijo el científico. Inclinó la cabeza hacia una plataforma de acero inoxidable donde habían puesto claramente las notas y los datos del Proyecto Navidad, aparentemente ya inspeccionadas – Soy el profesor Vadim Belikov. Puede utilizar el inglés, señor Malfoy. Todos lo hablamos en los laboratorios.

- ¿Tú estás a cargo de esta operación?

Belikov se encogió de hombros.

- Digamos, que soy el de más alto nivel y el primero en ser alistado. – sonrió irónicamente – Y de vez en cuando hablo en nombre de los demás.

Draco contempló los pálidos y afligidos rostros de la sala. Vio algunas miradas nerviosas y otras que no miraban en absoluto; las tenían firmemente fijas en el suelo. Vio la manera en que las tres mujeres de la habitación estaban casi ocultas, conducidas de manera protectora a la parte posterior del laboratorio por parte de sus colegas masculinos. El grupo estaba tremendamente silencioso e inmóvil, casi como si pensaran que respirar audiblemente llamaría la atención sobre su persona. Anatoli observaba desde su lugar favorito – la puerta – pareciendo reveladoramente descontento e incómodo. Draco sintió un familiar hormigueo recorrerle la parte superior de las manos, danzando entre los metacarpianos, culminando en una cálida vibración en la punta de los dedos. Pasó con delicadeza la yema de los pulgares sobre las espirales de sus huellas dactilares en la punta de los dedos. Podía sentir la magia estancada a su alrededor, impulsada por sus emociones más oscuras. Pero no había ningún conducto para canalizarla. No había varita.

Ya había experimentado esto antes, por supuesto. Todos los prisioneros de Azkaban lo hacían. Esto era lo que se sentía cuando te despojaban de tu magia durante demasiado tiempo. Después de que la principal adrenalina por la captura se disipara, llegaba por primera vez como una picazón, seguido de una constricción que daban ganas de escarbar hasta sacarlo de tu propia piel. Toda esa magia y sin manera de gastarla. No podías morir por ello, pero en las malas noches, desearías poder hacerlo. Draco lo sintió ahora. Después de las últimas semanas usando una varita cuidadosamente supervisado (invariablemente por Granger) sintió su inesperada ausencia de manera afilada. Respiró lentamente y flexionó los dedos de la mano izquierda, consciente de la especulativa mirada de Belikov.

- Eres mago, además de científico. – señaló el profesor – Eso no nos lo dijeron.

- No tienes que temer. – respondió Draco, tal vez con demasiada sequedad en la voz. Todavía estaba intentando calmar la picazón de una varita.

Para sorpresa de Draco, Belikov sacudió la cabeza.

- No, joven. No temo de ti. Temo por ti.

- ¿Por qué?

En repuesta, Belikov echó un vistazo a su reloj de pulsera y luego a Anatoli, volviendo al ruso en beneficio del guardia.

- Si puedes acompañar a nuestro invitado ahora, lo podrá ver por sí mismo.

Anatoli le dedicó al científico una mirada de incredulidad.

- ¿Y qué te hace pensar que enseñarle el Pozo lo convencerá de trabajar contigo?

Belikov resopló.

- El trabajará por la misma razón que lo haces tú. Por la misma razón por la que estamos todos aquí. – Belikov volvió de nuevo su atención a Draco - ¿Tienes familia contigo? ¿Familia que Amarov ha amenazado con alimentar a los lobos si te niegas a ayudarnos con la cura?

Draco le respondió con otra pregunta.

- ¿Es por eso qué estás tú aquí? ¿A cambio de la seguridad de tu familia?

- Tengo dos nietas, señor Malfoy. Ellas son todo lo que queda de mi familia. – Belikov sonrió con tristeza - ¿Tú qué harías para mantener a salvo lo que es más valioso para ti?

Hubo una pausa embarazosa.

- Bien, lo llevaré. – anunció Anatoli, no pareciendo muy feliz por ello.

Belikov asintió.

- Ten en cuenta que Honoria probablemente se molestará por enseñarle a nuestro invitado desviaciones menos civilizadas de la flota poco después de haber llegado.

El guardia se encogió de hombros.

- Si Amarov vuelve, se lo enseñará al mago tarde o temprano, ¿no?

- Querrás decir cuando Amarov vuelva. – lo corrigió Belikov – Ese hombre tiene siete vidas.

Anatoli resopló.

- Si vuelve, no será por falta de mis oraciones para que no lo haga.

Draco desviaba la mirada del profesor al guardia.

- Me da la sensación de que ninguno de vosotros es excesivamente aficionado a vuestro multimillonario sociópata.

Belikov parecía estar escogiendo las palabras con prudencia.

- Amarov tiene muchos amigos aquí de su vida anterior; amigos que ha ido adquiriendo en sus viajes y negocios. Ellos se sienten atraídos por él, porque son iguales, y como él, son vanidosos, crueles y sádicos. Aun con la endémica corrupción que prosperó antes de que la plaga se afianzara, todavía había reglas que incluso los ricos tenían que seguir.

- Pero ahora no hay reglas. – dijo Draco.

- Por el contrario, señor Malfoy. Hay muchas reglas que Alexander Amarov espera que cumplamos. Se ve a sí mismo como nuestro Leviatán. Para sus compañeros, él es un príncipe y ellos sus cortesanos. Gobierna impunemente.

Realmente no había nada más que hacer. Y teniendo en cuenta que aparentemente se trataba de algo que Honoria no quería que viera… Draco se aceró a Anatoli.

- Muy bien, llévame al Pozo.


Esto requirió un rápido paseo en bote y una venda en los ojos.

Draco no vio nada del océano, excepto pequeñas briznas de luz solar que se colaban por debajo de la bufanda que Anatoli había atado alrededor de su cabeza, pero pudo sentir la leve inclinación y el tambaleo del pequeño bote, así como oler la sal en el viento. Se escuchaban pájaros, lo que significaba que no estaban muy alejados de tierra. Anatoli habló brevemente con el patrón de lo que era de suponer una intra-flota de buques de transporte. Había otros pasajeros a bordo, aunque no hablaban mucho y, cuando lo hacían, las bromas eran rígidas. Sin duda, la presencia de un hombre con los ojos vendados suscitaba conversaciones sofocadas. El capitán intentó llenar el silencio. Habló sobre el tiempo, la situación de abastecimiento de la flota, la perpetua escasez de leche fresca y cómo en uno de los otros barcos había habido recientemente un brote de piojos.

Fue un viaje corto hasta el buque. Los otros pasajeros desembarcaron primero y luego Draco sintió a Anatoli agarrándolo por la parte trasera de su camiseta, empujándolo hacia adelante. Una vez estuvieron a bordo, le quitaron la venda. Inmediatamente Draco sintió la intensa humedad, el aire estancado y la rejilla metálica bajo sus pies; aquí no había moqueta mullida. Se escuchó un crujido metálico de lo que presumiblemente era un buque de carga o un petrolero. El pasillo de la nave estaba oscuro, sólo las endebles luces piloto de color ámbar salpicaban sobre los estrechos pasillos. Otros hombre llegaron, sus sombreados rostros estaban sombríos.

- ¿Qué es esto?

- Los juegos. – dijo Anatoli.

Draco arqueó las cejas, esperando que le diera más detalles. Incluso sin la vacilante explicación de Anatoli, el creciente hedor era explicación suficiente. Zombies; cerca y muchos.

Y entonces entraron en lo que debía ser el eje central del barco. Había cuatro niveles dispuestos alrededor de una arena circular. Los niveles del segundo al cuarto estaban consistidos mayoritariamente por hombres, ninguno de los cuales parecían encantados de estar ahí. Muchos iban vestidos con ropa de trabajo; monos manchados de grasa, botas de trabajo con punta de acero, mangas arremangadas y algún que otro casco protector. Draco supuso que algún tipo de aviso había sonado por la flota y los hombres habían venido para asistir a los juegos. Algunos estaban apoyados en las barandillas de metal, a la espera. El resto tenían una pétrea expresión, mirando hacia los boletos rojos en sus manos, fumando y comprobando sus relojes cada poco.

El nivel más bajo estaba aproximadamente a cinco metros del suelo de la arena y la veintena de espectadores de ese nivel eran los más coloridos y bulliciosos. Tenían que ser los amigos de Amarov, a juzgar por sus atuendos, sus conductas y el hecho de que era el único nivel que tenía chicas en lencería sirviendo comida y bebidas en bandejas. Las mujeres parecían acribilladas por la ansiedad y unas nerviosas sonrisas se extendían en sus rostros demasiado maquillados.

Anatoli y Draco entraron en el cuarto nivel, rodeados de miradas abiertamente hostiles. Tomaron una escalera de metal hasta el primer nivel y fueron recibidos por un hombre enorme, que sudaba profusamente dentro de un traje y corbata de seda blanca.

- El Gordo. – susurró en ruso Anatoli – Aunque llámaselo a la cara y serás un hombre más valiente que yo. Es Louis Renauld, maestro de juegos de la flota.

- ¿A quién tenemos aquí? – exclamó Renauld – Honoria me mencionó que había traído a uno de los científicos británicos consigo desde la misión en Londres. ¿Sabe ella que te han traído a los juegos hoy? – el inglés del hombre tenía un fuerte acento francés y Draco podía asegurar que Anatoli estaba luchando por intentar comprenderlo.

- Todavía no. – habló Draco por Anatoli – Pero tengo la sensación de que las palabras viajan rápido por la flota.

Renauld sonrió.

- Que así sea, especialmente si no tengo nada que decir al respecto. – hizo un gesto hacia una de las chicas que servía – Ve a buscar a Honoria. Dile que nuestro nuevo huésped se encuentra con nosotros en el Pozo. – Renauld procedió a quitarse la corbata y a limpiarse el sudor de la cara. Cuando eso no fue suficiente para calmarlo, sacó un abanico de sándalo del interior de su chaqueta, lo abrió con un golpe seco y empezó a abanicarse con vigor – Vaya, vaya. No todos los magos son como tú, ¿verdad? – le dijo Renauld a Draco, la catalogación de su mirada era de sincero agradecimiento.

- Imagino que tampoco todos los muggles son como tú. – respondió Draco – O tendrían que duplicar las tarifas de autobuses.

Anatoli compuso una mueca, pero Renauld se limitó a bufar.

- Eres de alta cuna, ¿verdad? Puedo oler tu título. Alexander me dijo una vez que algunos de tu especie podían rastrear su linaje mágico hasta unas diez generaciones. ¿Cuál es la palabra que utiliza? Hay un término para ello, pero ahora no puedo recordarlo… - Renauld empezó a abanicarse con más vigor mientras reflexionaba.

Draco lo ayudó, pero por ninguna otra razón que detener la compulsión del abanico del francés y su asalto con él.

- Sangre pura.

- ¡Sí! Sangre pura. En todo momento, tenemos alrededor de un millar de tu gente en esta nave y nos las hemos arreglado para aprender un poco sobre los de tu especie. Sois un grupo reservado, pero es sorprendente lo comunicativos que podéis ser cuando hacemos las preguntas correctas, ¿oui? Algunos de tus compañeros me han hablado de un tipo bastante desagradable llamado Voldemort. Al parecer, estaba obsesionado con la pureza de la sangre. ¿Lo conoces?

Draco se encogió de hombros.

- Me suena.

Todo rastro de simpatía desapareció de la sudorosa cara de Renauld.

- Por supuesto que jodidamente te suena. Era un genocida criminal de guerra, pero no era sangre pura, ¿verdad?

La pregunta era retórica, así que Draco no se molestó en responder.

- Y sin embargo, seguía siendo uno de los magos más poderosos y temidos. – continuó Renauld – Explícame eso.

- La supuesta superioridad de la sangre pura mágica es un ideal, señor Renauld. Para algunas personas es un ideal muy motivador, pero no tiene ninguna base real, científica.

Los ojos de Renauld estaban febrilmente brillantes. Esto era claramente un tema que le fascinaba.

- ¿Y crees que vuestra magia puede ser explicada por la ciencia?

Los focos se encendieron. La mirada de Draco se posó en el suelo de la arena. No había ninguna duda de los restos y manchas en el suelo o de los restos salpicados por las paredes.

- Muchas preguntas fluyendo en una sola dirección. ¿No tengo permitido lanzar algunas propias? – preguntó Draco.

- No, mi querido muchacho, no lo tienes permitido. En este, el barco de los juegos, yo decido si vives o mueres. Pero teniendo en cuenta que estás por encima de esos tristes límites, te imploro que te comportes. No hagas que tenga que pedirle a uno de mis hombres que te tallen la palabra rusa para "humildad" en tu bonita cara.

Draco arqueó una ceja.

- Es una palabra larga. Me sorprendería que tus matones supieran escribirla.

- Empieza el juego. – soltó bruscamente Anatoli, probablemente con la intención de difuminar la creciente ira de Renauld.

El francés seguía mirando a Draco fijamente mientras llamaba a una chica del servicio y tomaba una bebida de la bandeja.

- Hablas de ideales que motivan, y esta flota es uno de esos ideales. Es un ideal de Alexander y uno poderoso. Los juegos ocasionales son una pequeña parte de ello. Te encontrarás con un gran espectáculo hoy, mi mágico amigo. – levantó su copa – Disfruta.

Se escuchó una fuerte alarma. Anatoli empujó a Draco más cerca de la barandilla. Desde ese punto de vista, pudieron ver dos escotillas en lados opuestos de la pista circular. Una de las escotillas se abrió después de un largo zumbido eléctrico que vibró atravesando las barandillas de metal. Un hombre entró en la arena, vestido con los irregulares restos de una túnica de mago negra. Protegía sus ojos con el antebrazo de los brillantes focos. En ese momento, Draco bajó uno de sus brazos y se agarró a la barandilla, hasta dejar sus nudillos blancos.

Blaise Zabini. Y en brazos llevaba lo que parecía ser una pequeña criatura; un niño.

- Chyort voz'mi. – dijo Anatoli - Han traído niños esta vez.

Tres niveles de espectadores estallaron en protestas. Un hombre gritó y maldijo, agitando los brazos y lanzando los boletos rojos a la arena. Blaise se puso en pie en mitad de ese torbellino, ya sea resuelto o aterrado, o tal vez ambas cosas. Billetes rojos llovían a su alrededor.

Draco se giró para ver cómo estaba reaccionando el círculo interno. Parecían preocupados ante la evidente desaprobación de la multitud, pero su estado de ánimo mejoró cuando le entregaron a Renauld un micrófono de mano con un largo cable. Caminó hasta la barandilla y fulminó con la mirada a los tres niveles superiores. El sistema de intercomunicación crujió una vez, antes de que una ráfaga de comentarios hiciera acallar a los espectadores ligeramente.

- ¿Me permitís recordaros que todos vosotros estáis aquí gracias a la generosidad de Alexander Amarov? – dijo Renauld en un perfecto ruso y su voz arrastrando las palabras parecía serpentear por el barco - ¿Sí o no?

Silencio.

- Sí. – respondió por ellos, con una sonrisa en sus labios – Tenéis un lugar seguro de la plaga y de los impíos monstruos que andan por las calles de nuestras ciudades. Vosotros y vuestras familias tenéis alimentos y ropa. Cuando estáis enfermos, nuestros médicos os atienden. Vuestras mujeres e hijos están a salvo aquí. ¿Sí o no? – preguntó y, esta vez, no había duda de la ira en la cuestión.

Silencio.

- ¡Sí! – dijo otra vez – ¡Y todo gracias a Alexander Amarov! Si alguno de vosotros desea rechazar la generosidad de mi buen amigo, que ese hombre de un paso adelante. Vamos, quiero verte. Deja que todos lo veamos.

Draco miraba desde detrás de Renauld a la multitud, señalando que ninguno de ellos se movió.

- Vuestro camarote en esta flota no es gratis, camaradas. Pagáis por vuestro pasaje, al igual que yo. Ese precio es que trabajemos para mantener a flote esta ciudad y seguir las reglas, porque una ciudad sin reglas pronto desencadena la anarquía. ¿Sí o no?

Esta vez hubo respuesta de la multitud. No fue estridente, pero hubo un murmullo general de acuerdo.

- Bien. – dijo Renauld. Dejó caer su corpulento cuerpo en una silla y arrojó de nuevo el micrófono a la chica que servía a cambio de otra bebida – Reanudemos los juegos. – ordenó, tomando un largo y ruidoso sorbo. Miró fijamente a Draco mientras hablaba, con una sonrisa en el rostro – La gente común necesita juegos.

Se escuchó otro largo zumbido eléctrico y la segunda compuerta se abrió. Draco observó cómo Blaise adoptaba una posición de combate, con un brazo envuelto protectoramente alrededor del niño. Miró a la multitud y alzó el otro brazo. La expresión de su cara era bastante fácil de interpretar.

Por favor.

- No puede llevar armas encima a la arena. – le susurró Anatoli a Draco – Depende de la multitud darle lo que necesita.

- ¡Entonces, dale tu pistola! – dijo Draco entre dientes.

Anatoli sacudió la cabeza.

- Nada de pistolas. Reglas de Amarov.

Tres barras de acero cayeron en la arena con un fuerte ruido metálico. Alguien había sido lo suficientemente laborioso para afilarlas en los puntos precisos. Además, había un trozo de cadena, una sierra oxidada, dos barras de hierro y un bate de béisbol.

- Esto es un asesinato. No podéis hacerlo.

El guardia resopló.

- ¿Qué quieres que yo haga, mago?

- Calmaos, caballeros. – dijo Renauld, observando la agitación de Draco con deleite – Este en particular ha sido campeón del Pozo antes y ha sobrevivido.

- Aparentemente, ¿no con un niño que proteger?

Renauld se encogió de hombros.

- A pesar de nuestras instrucciones, terminó con los monstruos con demasiada rapidez la última vez. Resultó un espectáculo muy aburrido, me temo. Tal vez su hijo le añada un poco de interés al espectáculo, ¿no?

Draco dio un paso hacia Renauld.

- Para esto ahora mismo o me negaré a trabajar para Amarov.

- Amenázame otra vez y me aseguraré de que Honoria se deshaga de tus amigos de Londres, uno por uno. Tengo entendido que es el trato que ella hizo contigo; ¿tu cooperación o la muerte segura de tus amigos? Y después de que hayamos terminado con ellos, te cortaré las piernas y las usaré de alimento. No las necesitamos, sólo tu cabeza.

Draco sintió la mano de Anatoli en su brazo.

- Este no es el camino. – le dijo en el oído.

El ruido de la multitud se elevó y Draco volvió a regañadientes a la barandilla para observar. Tres zombies arrastraban los pies en el Pozo. Eran lentos y estaban muy descompuestos, uno parecía estar a punto de derrumbarse bajo lo que parecía una pierna rota con el hueso astillado sobresaliéndole por encima del muslo. Los otros dos, ambas hembras, continuaban hacia Blaise, con los brazos extendidos y las bocas abiertas. Su hijo se agarró a él como un koala, con la cara enterrada firmemente contra su cuello. De las armas ofrecidas, Draco observó que Blaise eligió una de las picas de acero; un arma que producía un daño máximo y un máximo alcance.

Blaise no vaciló. Agarrándola con ambas manos, levantó la pica por encima de su cabeza y la dejó caer hacia la derecha en la parte superior del cráneo del zombie más cercano. Perforó la cabeza de la criatura, saliendo justo por debajo de la barbilla. No hubo ni siquiera un gorgoteo. Con el cerebro gravemente dañado, cayó al suelo. El segundo zombie casi lo había alcanzado en ese momento. Blaise cogió el bate que tenía junto a sus pies y lo balanceó trazando un amplio arco. Se estrelló contra el costado de la cabeza del zombie con un golpe seco, sordo. La criatura aulló, arañándose el lugar donde debería estar su ojo. El globo ocular había estallado, colgando los restos del nervio óptico. Se desplomó en el suelo, rodando totalmente desorientado. Blaise se apartó de ella, balanceándose ligeramente sobre sus propios pies.

- Acaba con esto. – susurró Draco en voz baja.

- No alimentan bien a los prisioneros. – comentó Anatoli – Míralo. Está débil.

Pero entonces, Blaise pareció volver a reenfocarse. Se paró junto a la criatura y empezó a golpear la cabeza con el bate una y otra vez hasta que fuera un desastre oscuro y viscoso. Y luego se dejó caer en el suelo, pareciendo aturdido. Apartó a su hijo de él para comprobar que estaba bien, limpiándole las salpicaduras de sangre de los brazos usando el dobladillo de su túnica.

Se escuchó un tercer zumbido y la segunda compuerta volvió a abrirse. Cuatro zombies más entraron en la arena; más frescos en esta ocasión. Se movían con mayor ímpetu. Blaise se apresuró a levantarse.

Draco se giró para fulminar a Anatoli, quien había estado esperando la pregunta no formulada.

- Tres rondas. – aclaró el guardia – Esas son las reglas.

- ¡Probablemente no sobrevivirá a la jodida segunda ronda!

- Ese es el punto, mago. Este ha sido el campeón del Pozo tres veces anteriormente. Ya ha estado ganando durante demasiado tiempo.

- ¿Y qué pasa si sobrevive esta y la siguiente ronda?

El guardia lo miró fijamente.

- No lo hará.

Draco volvió a mirar de nuevo a la arena para verificar el progreso de Blaise. Zabini golpeó la segunda pica de acero contra uno de los nuevos zombies, pero dio en el cuello de la criatura, limitándose a ralentizarlo. La multitud gritaba consejos y sugerencias en una docena de idiomas diferentes. Blaise estaba claramente agotado. Draco podía ver la descuidada oscilación del bate, el temblor de su brazo y la manera en que empezaba a arrastrar los pies. Se estaba quedando sin energías.

Para empeorar las cosas, el hijo de Blaise estaba empezando a perder el agarre alrededor del cuello de su padre, sin duda a causa de la sangre y el sudor que escurría del cuerpo del adulto.

Dos de los zombies avanzaron, uno de ellos agarrando un trozo de la larga túnica de Blaise. Su hijo gritaba y empezó a patear a la criatura que gruñía.

Draco se inclinó sobre la barandilla, examinando la caída. Se volvió hacia Anatoli y tuvo que agarrarlo de la parte delantera de la camisa para desviar la atención del guarida de lo que estaba ocurriendo en la arena.

- Esas reglas… - dijo Draco, gritando por encima del estruendo de la multitud – Un campeón sólo puede utilizar lo que le da la multitud, ¿correcto?

Anatoli asintió.

- ¿Pero pistolas no?

- Pistolas no. Nada automático, ni de fuego, sólo… no, ¡no puedes estar hablando en serio!

- ¿Iría contra las reglas?

- ¡Por supuesto! – pero luego se contradijo a sí mismo – Pero un hombre no es una pistola. – estaba lo suficientemente aturdido para cambiar momentáneamente al inglés. Parpadeó hacia Draco – ¿Tal vez no iría contra las reglas?

- Un hombre no es un arma. – repitió Draco, asintiendo - ¿Alguien lo ha intentado antes?

- ¡Nyet! ¡Nadie está tan loco!

- El objetivo del juego es entretener y servir de recordatorio de nuestra buena fortuna, ¿verdad? Estos amigos de Amarov quieren un buen espectáculo y creen que es lo que necesita la flota, ¿verdad? Reglas de Amarov.

Anatoli simplemente volvió a parpadear.

- Mago, vas a morir.

Draco sacudió la cabeza.

- No, voy a darles un buen espectáculo.

Y entonces, Anatoli observó con absoluta incredulidad como Draco se subía encima de la barandilla y se dejaba caer sin hacer apenas ruido sobre sus talones, en el interior del Pozo.