¡Holaaaaaaa!

¡Feliz Nocheviejaaaaa! Espero que tengáis una bienvenida al nuevo año espectacular y que el 2017 esté lleno de buenos momentos, con vuestros seres queridos y, claro, que se cumplan todos vuestros propósitos :D

El cap de hoy es cortito, pero si mañana tengo tiempo (después de la fiesta de esta noche y la comida de mañana) subiré el primer capítulo del año.

¡Millones de besos!

Disclaimer: Ni los personajes que le pertenecen a la maravillosa J.K Rowling ni la trama de esta fantástica historia que le pertenece a Rizzle (encontrareis el enlace a la historia original en historias favoritas, en mi perfil), son de mi propiedad, yo sólo traduzco la historia para que pueda llegar a más gente.


.- Una historia de Rizzle -.


Capítulo 29 – Trade (Trato)

El capitán del Cassiopeia estaba descontento. Afortunadamente, hablaba varios idiomas incluyendo el inglés, así que el descontento no se debía a las barreras lingüísticas. Se debía principalmente al desconcierto.

- ¿Puedes repetirlo?

- Quiero que traslades los cuatro contenedores sobre cubierta y después los arrojes al mar. – dijo Blaise de nuevo.

El hombre estaba masticando algo. No era chicle. Probablemente, era tabaco.

- Esos no van a flotar. Se hundirán.

Blaise poseía grandes cantidades de paciencia.

- Esa, buen hombre, es la idea general. Los contenedores flotantes constituirían un riesgo de colisión.

La segunda a bordo del capitán era una mujer. Blaise la reconoció como la espectadora que había ayudado tanto a Draco como a él durante el combate en el Pozo. La ayuda del Cassiopeia durante esos Juegos no había pasado desapercibida para Renauld, quien había cortado el suministro de raciones durante una semana a ese barco. Sin embargo, no parecía haber ningún tipo de resentimiento hacia Blaise, por parte del capitán o de la segunda a bordo. Parecía que el Cassiopeia no guardaba rencor.

- No hay nada dentro de las cajas. – dijo la segunda oficial a Blaise. Era mucho más astuta que el capitán. Sonando sospechosamente a interrogación – Quieres que lancemos cajas vacías.

Blaise le respondió con una expresión alegre y neutral.

- Correcto. Pesan demasiado a bordo del barco y ocupan un espacio que de otro modo se podría utilizar de manera más eficiente. No los echaran de menos. Amarov quiere aligerar la carga de la flota y ahorrar combustible cuando nos pongamos en marcha de nuevo.

- ¿Cuándo quiere que hagamos esto? – espetó el capitán.

- Tan pronto como sea posible.

El hombre se frotó la barba.

- Bien. Lo podemos hacer esta tarde.

Blaise le agradeció su cooperación.

La segunda a bordo llevó a Blaise hasta su bote. Estaba claramente acostumbrada a tomar las decisiones en el Cassiopeia, pese a su juventud.

- Lo que os hicieron a tu hijo y a ti… estuvo muy mal.

- Sí, lo estuvo. – Blaise asintió – Y habrá más situaciones así en un futuro, siempre y cuando Amarov esté al cargo.

- Entonces tendremos que encontrar a alguien que no sea Amarov para que tome el cargo. – sugirió ella.

Blaise se detuvo mientras bajaba por una escalera fija y metálica hasta el bote que lo esperaba. Todavía tenía que visitar ocho barcos más antes de finalizar su labor de ese día.

- Yo tendría cuidado de a quien le dices eso.

Ella se lo quedó mirando momentáneamente, con una mueca divertida.

- Da. Por eso te lo he dicho a ti. Ten cuidado, señor Zabini. Y si necesitas ayuda del Cassiopeia en algún momento, pregunta por Marina. Ese es mi nombre.

Era tentador seguir hablando de la sedición, pero era demasiado peligroso. Como había dicho Draco, el conocimiento podría ser muy peligroso en manos equivocadas; incluso en las manos del propio Blaise. Después de la reunión improvisada de hacía dos noches en los laboratorios, un plan estaba en movimiento y ni siquiera Blaise, Anatoli o Desmond conocían todos los detalles. Todo lo que sabían era que tenían que deshacerse discretamente de esos contenedores antes de que llamara la atención de Amarov. Durante las últimas semanas, las visitas de Blaise de barco en barco con su carpeta de inventarios se habían convertido en una imagen familiar y mundana. Ellos contaban con que esa familiaridad disminuyera el riesgo de levantar sospechas entre los capitanes de los barcos como para que se pusieran en contacto con Amarov con respecto a la supuesta orden de descargar los contenedores vacíos. Ningún capitán había hecho esa llamada hasta ahora, probablemente porque nadie quería molestar a un ya agobiado Amarov.

Pero Blaise había aprendido algo en esa última visita al barco. Draco estaría encantado de escucharlo, sin duda. La flota estaba más cerca del motín de lo que habían sospechado. Incluso si odiaban al contingente mágico, los muggles tenían conciencia y la Ley de Amarov los había estado poniendo a prueba más allá de su resistencia.


Hermione estaba sentada en un vistoso escritorio rococó francés, en los aposentos personales de Amarov. Era la primera visita a sus habitaciones y la primera vez que se le había dado algo productivo que hacer. Se percató de que él había superado el enfado inicial con ella por haber interrumpido públicamente el encuentro entre Belikov y Wallen en el Pozo.

En esta ocasión, le habían permitido usar su "atuendo de prisión"; los pantalones de mezclilla del profesor Belikov y, desafortunadamente, una camisa a juego. Alguien había visto apropiado lavarlos y devolvérselos a la habitación, planchados y doblados. También le habían dejado unos calcetines y unas deportivas blancas de su talla. ¡Al fin! Calzado práctico. Hermione no tenía ni idea de lo que había hecho para ganarse esas particulares concesiones, no obstante, estaba agradecida por ello. Los zapatos significaban una mayor movilidad y una menor sensación de que era una especie de niña rebelde que se mantenía en su habitación como castigo.

Al parecer, Honoria estaba ocupada en otras cosas, por lo que se le había pedido a Hermione que ocupara su lugar como escriba y oyente. Frente a ella sobre el escritorio había una carta apresuradamente garabateada por Sir Terrence Gillies, un magnate inmobiliario británico que hasta entonces había evitado lo peor de la Infección con su familia en el interior de un bunker subterráneo en su palaciego hogar en Bath. Gillies se había visto obligao a abandonar la seguridad del bunker cuando se le agotaron las provisiones. Había estado saqueando almacenes a lo largo del puerto de Avonmouth cuando accidentalmente se topó con los hombres de Amarov cargando un barco con suministros de la ciudad. Gillies se sintió obligado a escribirle una nota a Amarov. Los hombres habían subido el mensaje a la flota y ahora se encontraba frente a Hermione, abierto a la consideración.

- Decían que era un lunático por construir ese bunker. – comentó Amarov – Conocí a Terrence, por supuesto. Es un imbécil innato, pero dejemos que los libros de historia reflejen que era un imbécil preparado.

- Si es un lunático por construir un bunker personal, ¿en qué te convierte esto a ti?

Amarov le guiñó un ojo.

- En un excéntrico.

Hermione reanudó la labor de escudriñar el largo párrafo de artículos que Gilles les ofrecía por un trato. La escritura del hombre era un testamento de su desesperación. La errática nota hablaba de una extrema necesidad de combustible, si tenía que mantener en funcionamiento los generadores del bunker.

- No puede haber nada que tenga que necesitemos. – meditó Amarov.

- No estoy tan segura de eso. – dijo Hermione – Dice que tiene un dispositivo portátil de desalinización.

- ¿Lo tiene, ahora? – preguntó Amarov, con los ojos azules ardiendo con un nuevo interés. Para inquietud de Hermione, repentinamente la abordó, con las palmas apoyadas a ambos lados de ella sobre el escritorio y la cara a pocos centímetros de distancia. Llevaba un anillo de oro y ónix en el dedo índice de la mano izquierda. Su colonia era diferente ese día. No era desagradable ni repulsivo a todas luces. De hecho, había estado fríamente cortés y distante desde el incidente con Belikov. Este era el rato más largo que había estado en su presencia desde entonces.

Hermione se aclaró la garganta.

- Si los recientes informes de Zabini sobre la flota son tan meticulosos como él insiste, tenemos mucho de todo lo que Gillies quiere intercambiar, pero el dispositivo de desalinización no tiene precio.

- Entonces, ¿por qué renunciar a él?

Hermione examinó la nota, intentando encontrar sentido a los garabatos de Gillies.

- Al parecer, no sabe cómo usarlo.

Amarov resopló.

- Como he dicho; un imbécil.

- Si funciona, sería un gran beneficio para la flota. Ya no habrá escasez de agua dulce. – Hermione leyó más de la nota – Está por piezas, así que podría ser prudente verificar que está en buen estado antes de darle combustible.

Él hizo un gesto con la mano de desestimación.

- Yo puedo hacer eso.

Eso le valió una mirada sorprendida de Hermione.

- ¿Tú?

- Antes de entrar en el negocio farmacéutico familiar, estoy licenciado en Ingeniería en Cambridge. – él le sonrió – No es Hogwarts, pero aprendí un par de cosas.

- ¿Seguro que no hay otro ingeniero en la flota que puedas enviar?

- Tal vez, pero prefiero ver eso por mí mismo. La microgestión es un desafortunado rasgo de la familia Amarov.

Hermione se lo había estado preguntando por un tiempo y ya no podía contener más la pregunta.

- ¿Qué le pasó a tu familia?

Amarov se dirigió hacia un alto armario de caoba para servirse un trago. Después de revisar varias botellas de cristal, las cuales estaban todas vacías, cogió una nueva del fondo del estante y la abrió con una mueca.

- Supongo que era demasiado esperar que Gillies tuviera algún whisky de origen por el que negociar. Se me está agotando.

- ¿No quieres hablar de tu familia? – insistió Hermione.

- ¿Quieres una copa? – preguntó, simultáneamente respondiendo a su pregunta.

- No, gracias. Y veo que, obviamente, hablar de tu familia te molesta.

Amarov se acercó a un sofá de cuero y se sentó, bebiendo de un vaso de tallado cristal.

- Sí. – admitió él – Y tengo la suerte de estar en una posición donde pocas cosas me pueden llegar a molestar. Me sorprende que no hayas sido informada de mis antecedentes por ese agente estadounidense… ¿cómo se llamaba?

Una breve punzada sacudió el estómago de Hermione.

- Barnaby Richards. ¿Lo mataste, recuerdas?

- Por supuesto que lo recuerdo. Recuerdo que lo tenía que hacer. Por lo que sabía, podría haber estado aliado con tu Ministerio.

- No hay forma de confirmar si Richards sabía el intento del Ministerio por encubrir la existencia de la Infección. – insistió Hermione.

Amarov asintió.

- Es cierto. No había manera de confirmarlo, así que tomé una decisión. ¿Cuál es el dicho? ¿Es mejor pedir perdón que permiso? Y no iba a pedirle permiso al agente Richards para nada. No tenía garantía de mi seguridad.

- Nunca te perdonaré lo que hiciste. – siseó ella.

- Notarás que no he pedido tu perdón. – dijo él, tomando otro trago. Le dirigió una perspicaz mirada – Todavía no. – Amarov dejó el vaso sobre una amplia mesa de café de mármol y se echó hacia adelante en su asiento. Apoyó los antebrazos en sus rodillas. Como siempre, iba vestido con un traje, a pesar de haberse deshecho de la chaqueta hacia horas – En ningún momento iba a darte el Kunlun Peach. ¿Qué habrías hecho entonces, Hermione? ¿Secuestrarme? ¿Forzarme a aceptar? – con una sola mano, se desabrochó los dos primeros botones de la camisa para dejar a la vista el dispositivo de bioretroalimentación – Pero no tenías idea de esto. – dijo – cualquier daño accidental a mi persona habría destruido la flota, el Kunlun Peach y cualquier avance con el ReGen.

Maldita sea. Tenía razón. Era un sociópata con tendencias sádicas, pero también tenía razón en este caso. Richards había estado más que dispuesto a obligar a Amarov a entregarle el melocotón y dada la desagradable historia de Amarov con el Ministerio de Magia, no tenía ninguna razón para confiar en nada de lo que Richards le hubiera dicho. La misión de rescate había estado condenada desde el principio. Y teniendo en cuenta lo meticuloso que era Richards estratégicamente hablando, eso sólo podía significar que no tenía conocimiento de la relación previa de Amarov con el Ministerio. Scrimgeour no se lo había dicho.

- Tenía una prometida. Desde hacía muy poco, de hecho. – esa fue la tardía respuesta a la pregunta de Hermione. Levantó la mano izquierda, mostrándole el anillo que había visto antes – Ella me lo dio en nuestro compromiso, sólo un mes antes del brote. Mi padre murió hace muchos años, pero mi madre estaba viva y sana cuando la Infección llegó hasta nosotros. Como mis dos hermanas menores. Una de ellas tenía dos hijos pequeños; mis sobrinos gemelos. Vivían en Londres no muy lejos de mí. También tenía cuatro tías, tres tíos y un total de dieciocho primos. Muchos de ellos con jóvenes familias. ¿Responde eso a tu pregunta?

La había mirado atentamente mientras le revelaba todo eso.

- Ya no están. – dijo Hermione, en voz baja. No había necesidad de formularlo como una pregunta. Si incluso un solo miembro lejano de la familia de Amarov hubiera sobrevivido, estarían aquí con él.

Él acabó con el resto del whisky y comenzó a rodar el frío vaso entre las palmas de sus manos.

- Reuniste a la flota después de que murieran, ¿verdad? – conjeturó Hermione.

Así que era eso; la flota era el resultado de su dolor, rabia y, probablemente, sus políticas inhumanas provenían de algún nivel de culpa dirigido a toda la gente mágica. Cuando se enfrentaban al dolor del duelo, algunas personas gritaban, lloraban, vociferaban o tal vez se lanzaban a situaciones de riesgo (Harry era un buen ejemplo de ello).

¿Qué podías hacer cuando tenías las conexiones, la influencia y el dinero de Amarov?

Podías crear una ciudad flotante donde tuvieras control total sobre sus habitantes, incluyendo una residente comunidad mágica. Microgestión, como él había dicho. Insistía que mantenía a los magos a bordo por beneficio propio, pero ahora Hermione sospechaba que lo estaba haciendo como una especie de castigo indirecto.

No respondió a su pregunta, volviendo al tema principal de discusión.

- Haremos el trato con Gillies. Aunque primero tendré que echarle un vistazo al aparato, por supuesto.

Hermione se dirigió hacia un mapa enmarcado que había colgado en la pared. Trazó una línea con el dedo.

- Para que esto funcione, tendrás que llevar a la flota hasta el puerto más cercano. Eso al parecer es Avonmouth, que es donde Gillies se topó con tus hombres. ¿Puedes enviarle un mensaje para que lleve la maquina hasta el muelle? – se volvió para mirarlo con preocupación - ¿Cuánto puedes alejarte de la flota antes de que…

- ¿Bum? – preguntó Amarov, divertido – No te preocupes, pequeña bruja, con la flota anclada en el puerto, puedo desembarcar con seguridad y mantener una charla con Gillies sin volar a todos por los aires.

- Bueno es saberlo. – murmuró Hermione, aunque realmente deseaba que le dijera el límite de proximidad preciso para la detonación – Sin embargo, ¿es necesario que vayas personalmente?

Amarov se levantó y caminó hacia ella.

- ¿Es preocupación por mi bienestar lo que oigo?

- Sabes muy bien que ese infernal dispositivo al que nos has sometido a todos hace que cualquier preocupación por tu bienestar sea discutible. Si mueres, todos morimos.

- No te preocupes, todo estará bien. – le dijo, con una pequeña sonrisa. Era horrible lo mucho que le recordaba a Malfoy en ese instante – Estoy seguro de que seré capaz de comprobar que el aparato tenga todos sus componentes y regresar antes de la puesta de sol. Si parece intacto, Gillies podrá conseguir su combustible. – Amarov se detuvo cuando estuvo frente a ella. La observaba de cerca – Te sienta bien.

- ¿El qué? – preguntó ella, mirando fijamente el panel del dispositivo de bioretroalimentación. Parpadeaba con una luz roja.

- Ayudarme.

Ella supuso que tenía que pasar. Sin duda, había llegado el momento. Aunque la realidad de un beso todavía no era algo para lo que se había preparado adecuadamente. Amarov era un poco más alto que ella, así que lo único que necesitaba era una casi imperceptible inclinación de cabeza para alentar el descenso de su boca. Si él había vacilado antes, ahora no había pruebas de ello. Sus labios tocaron los de ella, al tiempo que cerraba los ojos. Él levantó una mano hasta ponerla bajo su barbilla, agarrando su rostro mientras se apretaba más contra su cuerpo, abriéndole la boca con la suya y ahondando en ella con la lengua. Hermione soltó un sonido asustado y ahogado. No requirió apartarse, su alarma era bastante palpable. Amarov respondió alejándose, parpadeando hacia su rostro. La mano que sostenía su barbilla cayó sobre su hombro.

Se escucharon unos golpes en la puerta.

- Adelante. – dijo Amarov, sin apartarse de ella.

Honoria entró, sorprendida de encontrarse a Hermione todavía ahí. La camisa abierta de Amarov, su mano sobre Hermione y la bebida sobre la mesa no ayudaban nada. Con el rostro encendido, Hermione se sintió obligada a dar un paso alejándose de Amarov, aunque eso no impidió que Honoria mirara con tal aversión a Hermione que hasta él lo notó.

- ¿Cómo va nuestro progreso en los laboratorios? – le preguntó Amarov.

Le llevó un momento para que toda la animosidad se desvaneciera en los ojos de Honoria. Su expresión fue más contenida cuando se dirigió a su jefe.

- Sigue adelante. Belikov ha vuelto al trabajo con lo que parece un renovado vigor.

- ¿Sin duda, Malfoy estará complacido de tenerlo de vuelta?

Honoria suspiró.

- Parece que hay pocas cosas que puedan complacer visiblemente a Draco Malfoy.

- Excepto, ¿una visita improvisada de su antigua colega, tal vez? – dijo Amarov, lanzándole una mirada de reproche a Hermione – Les diste a los guardias un buen susto el otro día.

Hermione sonrió fríamente a cambio.

- Prerrogativa de Prisioneros.

Dirigiéndose a Honoria, Amarov dijo:

- Parece que Sir Terrence Gillies tiene una unidad portátil de desalinización de agua que nosotros queremos. Dile que aceptamos el trato. Lo encontrarás en su propiedad familiar. ¿Conoces el lugar?

Honoria asintió.

- Trae a Gillies y su dispositivo al puerto de Avonmouth. Lleva tantos hombres como necesites. – Amarov miró su reloj de pulsera – Danos unas cuatro horas. La flota se reunirá contigo en el puerto. Inspeccionaré la máquina y si está en condiciones, transferiremos la cantidad de combustible solicitada por Gillies.

- Alexander, siento la necesidad de señalar que la última vez que saliste de la flota, ¡te secuestraron durante tres semanas!

- Que sirva como advertencia. – dijo él – No estaré desprevenido y, ciertamente, no estaré solo.

- Me sentiría mejor si llevaras a Anatoli también contigo. Encontraré a alguien que vigile a Malfoy mientras tanto.

- Bien. – dijo Amarov – Haz los arreglos necesarios.

Honoria miró fijamente a Hermione mientras se marchaba.

- Como siempre, déjamelo a mí.


Draco levantó la mirada del centrifugador que estaba cargando. Empujó unas gafas de seguridad por encima de su cabeza.

- ¿Lo sentís?

Al otro lado del laboratorio, Belikov y los asistentes también lo habían notado.

- Nos estamos moviendo.

- ¿Por qué? – preguntó Draco a la única persona entre ellos que era probable que lo supiera.

Anatoli se encogió de hombros. Estaba sentado a horcajadas sobre una silla giratoria, hojeando con desgana una revista de coches deportivos.

- Podría haber muchas razones. Podría no haber ninguna.

Draco rodó los ojos.

- Eso es de gran ayuda, pero, ¿hay alguna manera de averiguarlo?

La respuesta se presentó cuando Honoria y cuatro guardias aparecieron en el laboratorio. Esto causó cierta ansiedad entre el personal científico, los cuales se retiraron cautelosamente a la parte posterior de la estancia. La reciente experiencia de Belikov en el Pozo aún estaba muy presente en las mentes de todos. Honoria iba vestida para salir al exterior y, como los hombres que la acompañaban, estaba armada. Apenas miró a los demás, en lugar de eso, señaló con un dedo a Anatoli, hablando en ruso.

- Vas a ayudar a Alexander en una misión comercial.

Anatoli dejó caer la revista y se levantó. No parecía muy complacido con la nueva asignación. El último intento de misión comercial había salido bastante mal.

- ¿Qué pasa con él? – preguntó, señalando con la cabeza hacia su carga.

- Malfoy se queda aquí. – se volvió hacia los cuatro guardias – De hecho, bajo ninguna circunstancia nadie saldrá de este laboratorio hasta que regrese. Si alguien lo intenta, hacedles daño.

Honoria y Anatoli se marcharon, dejando a los guardias parados justo a las afueras de la puerta del laboratorio. Dos de ellos cargaban rifles de asalto automáticos además de pistolas, que parecían el arma habitual para todos los guardias de la flota.

Draco volvió a cargar el centrifugador, aunque no antes de que él y Belikov compartieran una mutua mirada de inquietud.