Disclaimer: Ni los personajes que le pertenecen a la maravillosa J.K Rowling ni la trama de esta fantástica historia que le pertenece a Rizzle (encontrareis el enlace a la historia original en historias favoritas, en mi perfil), son de mi propiedad, yo sólo traduzco la historia para que pueda llegar a más gente.
.- Una historia de Rizzle -.
Capítulo 41 – Time (Tiempo)
Los arreglos para dormir la hicieron sonreír. Eso era bueno. Había muy pocas cosas por las que sonreír últimamente.
Primero, localizaron los colchones más pequeños que pudieron encontrar. Resultaron ser de una de las habitaciones de invitados de arriba. No había manera de bajarlos por las escaleras aparte de tirarlos. Inclinaron el primer colchón sobre la barandilla y aterrizó en el vestíbulo de entrada con un gran estruendo, provocando una gran nube de polvo en el aire. Hermione se inclinó sobre la barandilla para echar un vistazo, ahogando un resoplido ante lo ridículo que parecía el colchón desnudo, cayendo justo en mitad de la mansión del fallecido Lucius Malfoy. Draco tenía una idea mejor de cómo llevar el segundo hasta la planta baja. En retrospectiva, debería haberlo visto venir. La agarró por la cintura, ignorando su grito de protesta, la situó en el colchón junto a él y los empujó hacia abajo. Bajaron, chocando suave y rápidamente los escalones con la improvisada balsa. El segundo colchón se deslizó por el vestíbulo, derrapando suavemente hasta detenerse justo al lado del primero. Draco parecía levemente satisfecho.
Hermione todavía estaba tumbada sobre su espalda. Se puso una mano sobre los ojos y se echó a reír.
- No puedo creer que hayas hecho eso.
Draco se cernió sobre ella, apoyándose con los codos.
- ¿Te gustaría volver a hacerlo? – preguntó, poniéndose serio repentinamente.
Ella dejó de sonreír, consciente de que su cuerpo estaba encima de ella, aunque apoyara su peso sobre los brazos.
- Creo que ya hemos surfeado suficiente con el colchón por un día.
Draco la ayudó a levantarse y ella lo ayudó a empujar y arrastrar los colchones y la ropa de cama hasta la biblioteca.
Montaron las camas a pocos metros de distancia, pero cerca de la chimenea y rodeados de una pila de libros que Hermione había preseleccionado con entusiasmo. Si había una palabra apta para describir la disposición, sería "acogedora".
Romántica también, suponía. Pero esa palabra tenia demasiadas expectativas.
Las comidas en la Mansión eran algo secundario. Lucius Malfoy (el primero) fue el que ideó, en opinión de Hermione, un brillante método para almacenar suministros secretos de alimentos.
El primer Lucius había sido bastante impopular tanto entre los sangre pura como entre los muggles con los que se relacionaba en la Inglaterra del siglo XVI. Esa última situación fue sin duda la razón de la primera. Tampoco ayudaban los abundantes rumores de las calabazas que le había dado la Reina Isabel y se decía que fue él quien perpetró una maldición contra la monarca con un poder tan duradero que nunca consideró conveniente casarse con nadie más. Todo sonaba muy fantástico, pero nunca se sabía, viniendo de los Malfoy.
En cualquier caso, después de esos supuestos eventos, Lucius llevó una existencia paranoica. Estaba convencido de que un asedio o una decapitación le esperaban a la vuelta de la esquina. Aunque era muy posible sellar un hogar mágico para evitar peligros externos durante un tiempo, el acceso a alimentos y otras necesidades eventualmente se convertirían en un problema. Los muggles a menudo se confundían suponiendo que la gente mágica podía convocar e invocar todo lo que quisieran. Esto sólo era cierto para ciertos hechizos que no requerían un resultado corpóreo. Para la mayoría de otros hechizos, los componentes físicos de los objetos tenían que estar disponibles en alguna parte para empezar y tenías que tener derechos de Invocación sobre ellos. Esa era la razón por la que las despensas y bodegas de los hogares tradicionalmente mágicos tenían algunas de las barreras protectoras más fuertes de la casa. De lo contrario, tu suministro de azúcar glas podía desaparecer si un vecino irreflexivo tenía una inclinación a confeccionar unas galletas de mantequilla de almendras sin los ingredientes necesarios a su alcance. No era posible crear nada de la nada, y desafortunadamente, nadie había calculado como transformar los muebles en pudín. Pudín sin astillas, a poder ser.
Lucius el Primero en consecuencia fraguó la idea de ocultar las reservas de alimentos conservadas mágicamente en un lugar que nadie (excepto quizás los expertos en historia del arte) probablemente miraría; las pinturas. Los cuadros eran tan omnipresentes en las majestuosas casas de los magos que nadie tendía a pensar en ellos. El padre de Draco, el Lucius más reciente, había seguido muy bien la planificación de su homónimo. A lo largo de los años, había añadido cosas a la colección, por lo que Hermione y Draco no tendrían que depender únicamente de platos Tudor como el cisne asado, cabeza de jabalí y el estómago revuelto.
Había platos más ordinarios y contemporáneos como el pollo asado, fruta y queso, pasteles y en un extravagante cuadro – de un Séptimo Malfoy embriagado con una toga blanca sentado sobre un corcel negro – seis botellas de excepcional claret. Todo eso era mucho más apetecible que la comida enlatada que habían traído de la flota. Había un cuadro más colocado en la biblioteca que contaba con el difunto Lucius el Segundo, sentado en una silla con una jarra de cristal llena de brandy junto a él.
- Lastima que no podamos meter nada más complejo que carne, patatas y alcohol en las pinturas. – reflexionó Hermione. Habló con la boca llena de comida mientras miraba fijamente a un ceñudo Lucius pintado al óleo. A Draco no le importó la falta de modales porque estaba igual de hambriento. Sin embargo, no lo parecía por la forma en la que comía. Era el tipo de persona que podía consumir alimentos, mientras tenía una conversación con alguien sin que se diera cuenta que había estado comiendo en absoluto.
Hermione, por el contrario, tenía que hacer una pausa cada tanto para secarse los dedos y asegurarse que no tenía comida pegada entre los dientes. Bebían de unas copas de cristal cortado que probablemente costaban más que toda la colección de porcelana de la herencia de Molly Weasley. Tenían un trozo de pan en un plato, adquirido de un bodegón en una de las pinturas del vestíbulo. Ambos lo alcanzaron al mismo tiempo.
- Para ti. – dijo Hermione, empujando el plato hacia él. Estaba bien informada de la cantidad de comida que Harry y Ron podían consumir de una sola sentada.
- Hay más. Iré a por él.
Hermione se limpió las manos en los vaqueros.
- Espera, voy contigo. Me gustaría ver cómo lo haces.
Justo en el exterior de la biblioteca había un cuadro de la difunta Narcissa Malfoy en un picnic de la familia Black. No era un picnic ordinario teniendo en cuenta que había algún tipo de marquesina en el fondo y algunos elfos domésticos empujaban carritos con pastelería y una bebida gaseosa de color rosa. Narcisa parecía joven, probablemente más joven de lo que sería en esos momentos. Estaba parada bajo el sol, vestía una túnica azul celeste y sostenía una sombrilla de encaje para dar sombra a su piel clara. Aunque la escena era festiva, no parecía feliz.
- Parece angustiada. – susurró Hermione, sintiéndose incómoda. El paseo nocturno en busca de comida ahora parecía menos emocionante repentinamente. Se percató de lo oscuro que estaba el entorno fuera del radio de luz de su linterna.
Draco miraba la pintura con una curiosa expresión.
- Nunca la he visto así. Esta pieza era de mi madre. La añadió a nuestra colección cuando se casó con mi padre. Fue pintado con ocasión de su décimo octavo cumpleaños. Generalmente está muy feliz.
- ¿Y si le preguntas? – sugirió Hermione.
- Madre, ¿algo va mal?
La pintura de Narcissa Malfoy respondió a su hijo, pero no de manera agradable. Su cara se contorsionó en una expresión casi grotesca. Abrió la boca antinaturalmente, forzando la línea natural de la mandíbula, con un aullido largo y agónico. Pero no logró soltar ningún sonido. Y entonces, como una animación que había llegado a su fin, reanudó su anterior expresión angustiada, pareciendo humana una vez más.
El bello de la parte posterior del cuello de Hermione se había erizado. No era terriblemente inusual que las pinturas se comportaran de manera extraña, pero, sin embargo, no tenía sentido permanecer en ese oscuro pasillo.
- Vamos a por la comida y larguémonos. – le sugirió a Draco.
Se le ocurrió que probablemente también debería decirle algo reconfortante y correcto, pero sentía que las palabras más significativas y quizás más elocuentes estaban fuera de su alcance. Su discapacitado cerebro no podía juntar variaciones del "Lo siento, debes echarla de menos" y del "Te quería mucho" en una frase apropiada. También le venía bien que Draco no fuera un sentimental de todos modos. Se preparó para recuperar la comida, arremangándose el jersey. Hermione podía sentir que estaba vacilando.
- ¿Te ha dolido cuando lo has hecho antes? – le preguntó ella. Se horrorizó al pensar que en realidad podía ser doloroso para él.
- No. – dijo él – Pero el hechizo se toma un pequeño pago cuando el usuario interactúa con la magia. Psicológicamente, sientes que estás metiendo el brazo en unas aguas muy oscuras y profundas sin saber lo que está nadando en el interior…
Magia Oscura. La Mansión estaba plagada de ella. No era intrínsecamente más poderosa que la Blanca, pero era famosamente más fácil de dirigir una vez habías conseguido el reto de convocarla y manejarla. La desventaja, por supuesto, era que la magia oscura nunca se practicaba sin cobrar un peaje al lanzador.
Hermione observó cómo Draco metía muy lentamente la mano en la pintura, los dedos primero. Vio la descolorida Marca Oscura en la pálida piel de su brazo y se maravilló de lo completamente impasible que estaba por verla en ese momento. ¿Tal vez sólo era su actual estado mental que afectaba a su reacción habitual ante ese símbolo? Seguía mirándola fijamente, intentando evocar los recuerdos de miedo, pánico y pérdida que había asociado al Mosmorde durante tantos años. Los recuerdos estaban ahí, pero los sentimientos estaban tan descoloridos como el tatuaje. La Marca Oscura había significado mucho una vez; un símbolo para unir y motivar a los partidarios de Voldemort y para aterrorizar y excluir a todos los demás.
Draco observó su fija mirada en el tatuaje.
- No puede hacerte daño, Kiska. – le dijo, y había una ternura tan poco característica en su voz que ella no tuvo corazón para decirle que no era la Marca lo que le había perturbado.
Ahí estaba el uso del apodo otra vez. No lo había usado en mucho tiempo, pero supuso que las últimas semanas no les habían brindado muchas oportunidades para tratarse cariñosamente.
- Lo sé. – respondió ella.
Para demostrarlo, colocó la mano en su brazo, sobre la piel tatuada. Lo que sentía era sutil, pero extraordinario. Corrientes de magia recorrían su brazo, esencialmente desde él hacia la pintura. Ese era el precio del hechizo, porque en este caso, no podía haber algo por nada. Él alimentaba el hechizo. La interacción de Draco con la pintura no se representó en el lienzo, pero cuando sacó el brazo, sostenía dos grandes trozos de pan y una tarta de limón ligeramente aplastada. Como había pasado con toda la comida que había extraído previamente, estaba tan fresca como si hubiera sido hecha por Elfos esa misma tarde. Hermione observó de cerca la pintura y, realmente, había un espacio en blanco sobre uno de los carritos de donde había desaparecido la comida. Estratégicamente evitó mirar la perturbadora figura inmóvil de Narcissa.
- Extraordinario. – dijo Hermione.
Draco recolocó los trozos de pan en su mano derecha para dividir la tarta en dos piezas.
- ¿Funcionaria si lo intentara yo?
- Adelante. – le ofreció él.
Estaba parado desconcertantemente cerca de ella, así que Hermione se alegró de tener una razón para poner un poco de espacio entre ambos mientras se acercaba a la pintura.
Apretó la mano contra el cuadro. Todo lo que sintió fue el lienzo y las protuberantes crestas de la pintura al óleo seca.
- Vaya. ¿Supongo que este es otro truco de los Malfoy?
Draco movió las cejas hacia ella mientras se comía la mitad de la tarta. Esa petulancia le hacía parecer una década más joven. Muy bien podrían haber estado en el colegio. Hermione le dirigió una astuta mirada.
- ¿A qué más tienes acceso en esta casa? La mitad de las habitaciones están cerradas.
- No hay ninguna parte de la casa a la que no pueda llegar. Al igual que los portones del exterior, ninguna puerta interior de la Mansión puede bloquearse a un miembro de la familia que intente abrirla.
- ¿Pero no hay varitas aquí?
- Tenemos doce varitas sin utilizar en total, pero están guardadas en la bóveda familiar en Gringotts. Lo que quiero coger de aquí es un Traslador.
El latido de Hermione se aceleró.
- ¿Dónde está?
- Tengo algunas ideas sobre dónde podría estar.
Volvieron al calor de la biblioteca, Hermione iluminaba el camino con la linterna y Draco llevaba el pan. Detrás de ellos, la oscuridad recuperaba cada sección del pasillo que ellos desocupaban. Draco se adelantó y entró en la biblioteca primero.
Hermione se detuvo en la puerta, frunciendo el ceño hacia la oscuridad de la que acababan de salir.
Ron le había dicho una vez que el problema con la oscuridad no era lo que allí había, sino la propensión de la mente humana a imaginar lo que podía haber. Era esa misma propensión lo que le daba al Boggart su poder. A menudo, cuanto más tiempo mirabas hacia la negra oscuridad, más comenzabas a ver formas uniéndose. Así era como la capa de la puerta de su dormitorio se convertía en el Bogeyman cuando las luces se apagaban.
Ahora observaba una… forma. Cuanto más miraba más se convertía en una figura encorvada, caminando lentamente hacia ella a lo largo del pasillo. Hermione enfocó allí la luz de la linterna, sin sorprenderse de encontrar el pasillo vacío, pero la desagradable sensación permaneció en su interior.
La mayoría de las noches, sus sueños eran pesadillas. O mejor dicho, todos sus sueños podían calificarse como tal.
¿Cómo llamarías a esos sueños donde monstruos te persiguen y la gente es destrozada en pedazos, sino? Hermione recordaba hacía mucho tiempo haberse quejado a Harry de lo aburridos que eran sus sueños y de lo poco capaz que parecía de poder recordarlos al despertar. Harry soñaba con aventuras, peligros y con acabar con Voldemort. Hermione soñaba con que se olvidaba de entregar las tareas al profesor Snape y, unos años después, que se olvidaba de entregar los documentos del Ministerio a tiempo y que la despedían.
Ahora soñaba que estaba arrodillada en el suelo, en algún lugar luminoso sin paredes ni techo. Estaba calmadamente concentrada en recomponer los órganos desparramados de Padma dentro del cuerpo de su amiga. Era como el juego muggle de Operación, pero al revés. No había ninguna pequeña luz roja que pitara para decirle a Hermione que había puesto incorrectamente alguno de los órganos. La Hermione del sueño no parecía afectada por el trauma. Era formidable y decisiva. Hizo el trabajo y siempre le quedaba suficiente humanidad, después de completar las horribles labores, para hacerse una taza de té y asegurarse que todo mejoraría pronto.
- Esto también pasará. – susurró para sí misma. O tal vez para Padma.
Los hermosos y brillantes ojos almendrados de Padma estaban abiertos, aunque estuviera dividida de cuello a ombligo. Una obra maestra para los entusiastas de la anatomía humana. Podría haber sido un espécimen robado del propio Víctor Frankenstein. En ese momento, estaba lucida y miraba a Hermione con una genuina curiosidad a medida que avanzaba en su trabajo. Su cabello oscuro como la tinta se desplegaba a su alrededor como si lo hubieran arreglado.
Hermione era metódica, porque esa era la única manera de hacerlo. Cogió el hígado, sopesando el órgano entre sus manos. Las personas que nunca hayan visto un hígado humano a menudo se sorprenderían de lo grande y denso que era.
- Echo de menos el colegio. – dijo Padma. Podría haber suspirado, sólo que Hermione aun no le había vuelto a poner los pulmones – Allí nadie intentaba comerte.
Hermione hizo una pausa para mirar a su vieja amiga con una escéptica y arqueada ceja.
- ¿A qué colegio fuiste tú?
- Bueno, bien. – admitió Padma – Supongo que había mucho más peligro si eras amigo cercano de Harry Potter. Pero el resto lo teníamos más fácil.
- ¿Sabes cuál es la causa de muerte más común en niños mágicos menores de dieciséis años? – preguntó Hermione.
- Imagino que será la misma que para niños muggles, ¿los accidentes?
Los pulmones de Padma se inflaban y desinflaban incluso cuando Hermione los manejaba. El corazón latía en sus manos.
Hermione asintió.
- Sí, pero accidentes debidos a un percance mágico, no por caerse de un árbol o estrellarse con la bicicleta o ahogarse en la piscina familiar. Estamos hablando de muerte, desmembramiento o discapacidad permanente debido a la magia.
Padma se encogió de hombros, haciendo que su interior parcialmente vacío se sacudiera ligeramente.
- La magia puede ser volátil.
- Los padres y los colegios mágicos adoptan una actitud muy laxa con respecto a la seguridad. – dijo Hermione. Busco entre la pila de órganos y membranas que tenía al lado, preguntándose si faltaba el estómago de Padma. No. Ahí estaba – Aunque cuando se trataba de Fred y George Weasley, no creo que hubiera nada que Molly pudiera haber hecho para mantenerlos a salvo. Es un milagro que uno de ellos sobreviviera.
Hermione puso el estómago en su lugar. Al igual que el resto de órganos, echó raíces, volviendo a unirse a Padma.
- ¿Qué hay de ti? – preguntó Padma.
- ¿Qué hay de mí?
- ¿Adoptaras una actitud laxa ante la seguridad de tus hijos?
- No soy madre.
- Aún no, pero lo serás.
- No lo sé, Padma. – dijo Hermione con cierta incredulidad - ¿Te parece un buen momento para tener hijos?
- Mmm, – murmuró Padma, observando como Hermione ponía los riñones en su lugar – no. Y pasarás por momentos difíciles por eso.
- ¿Qué, no hay padre en la imagen?
- Tus hijos morirán, después morirá Draco y entonces estarás sola.
Hermione se detuvo, con un trozo de intestino entre sus manos.
- ¿Chicos? ¿Cómo sabes que tendré hijos? ¿Cómo sabes todo esto?
- Todo el mundo al que ames morirá. Y al final, tú también desearas estarlo.
- ¿Por qué dices eso? – susurró Hermione. Miró sus manos, apenas dándose cuenta de que estaban empapadas de sangre hasta los codos. Dejó caer el trozo de íleon que había estado sosteniendo – Nunca me dirías algo así…
Padma se incorporó, haciendo que algún de sus órganos se deslizaran hacia adelante.
- Yo no te estoy diciendo nada Hermione. Estoy muerta.
"… Estoy muerta."
Hermione sintió las manos firmes de Draco sobre sus hombros, sacudiéndola para que se despertara. Se sentó de golpe, con los ojos muy abiertos y temblando.
- Estabas soñando. – dijo él, con la voz llena de sueño. Estaba acuclillado al lado de su cama. La habitación estaba casi totalmente a oscuras. Sólo había unos cuantos troncos crepitantes en la chimenea. Un vistazo a la cama de Draco le reveló unas hojas arrugadas y un libro abierto. Había estado leyendo una enciclopedia de pociones antes de dormirse - ¿Otra vez sobre Patil?
Ella sólo pudo asentir. Era el mismo sueño, pero terminaba de manera diferente y siempre antes de que Hermione lograra recomponer a Padma.
- Esta es la tercera noche consecutiva. ¿Quieres hablar de ello?
No. No había necesidad de contestarle. Él podía sentir su reticencia.
Permanecieron en silencio durante un largo momento. Y entonces Draco se levantó. Había estado vistiendo una camisa negra y el largo abrigo de lana de Amarov durante la mayor parte del día. Pero se había cambiado, poniéndose en su lugar una sudadera gris y descolorida antes de meterse en la cama esa noche. Atravesó la estancia y tomó el brandy de su padre del cuadro más cercano, deteniéndose en una mesa para coger una copa de vino vacía.
Draco se sentó en el borde del colchón de Hermione y llenó la copa.
- Bebe.
- Es demasiado temprano. – dijo ella, como protesta, aunque en realidad no tenía ni idea de que hora era.
- Nunca es demasiado temprano para una bebida fortificante. – dijo Draco con autoridad.
Aun así, Hermione dudó.
- A Zabini le funcionaba. – había una nota de impaciencia en su voz. Hermione sintió una punzada de culpa. El pobre y agotado hombre sólo quería dormir una noche ininterrumpida. Durante la última semana había estado registrando la casa de manera sistemática, buscando el Traslador.
Cogió la copa y bebió, tosiendo, mientras el líquido ardiente se deslizaba por su garganta. Él le sirvió otra copa. También se la bebió entera. Y entonces Draco se sentó en el suelo junto a la cama y le dijo que se acostara de nuevo. Sólo cuando ella obedeció, levantó una rodilla y apoyó la barbilla en ella, cerrando los ojos.
- Quiero olvidar. – dijo Hermione. Miraba fijamente el intrincado techo.
- A falta de magia o un golpe en la cabeza, no hay nada que pueda hacerte olvidar. – respondió con los ojos todavía cerrados – A lo que sobrevives se hace parte de ti. Te hace más fuerte.
- ¿Por eso eres tan resistente? ¿Qué te ha pasado? ¿Qué has tenido que pasar para convertirte en… esto? – no pretendió que "esto" sonara peyorativo, pero era demasiado tarde para cambiarlo ahora.
Draco no pareció ofendido en lo más mínimo. Ni siquiera abrió los ojos.
- ¿Tan diferente soy a lo que recuerdas del colegio?
Sí y no, pensó Hermione. Los pequeños matones a veces se convertían en hombres que usaban el poder y la influencia para intimidar. Con un padre como Lucius, había muchas posibilidades de que la manzana no cayera tan lejos del árbol. Pero, ¿quién habría imaginado que la atracción de la tecnología y ciencia muggles sería como un canto de sirena para Draco? ¿O tal vez no fuera tan sorprendente después de todo? La curiosidad era una poderosa fuerza de motivación y podía entender como Draco podía estar intrigado por el extraño y prohibido mundo paralelo al suyo. Lucius podría haber puesto un letrero gigante en todas las cosas muggles: "¡Peligro! ¡No tocar!".
- No muy diferente, supongo. – dijo Hermione – Y te equivocas, hay algo que puede hacerme olvidar.
Sus ojos plateados se abrieron y esta vez parecía divertido.
- ¿Más brandy?
Hermione sabía exactamente lo que le estaba pasando en ese momento. No era muy diferente al incidente en la piscina en el barco de Amarov. Desafortunadamente, esa imagen no significaba que iba a abstenerse de usar a Draco para que la ayudara a olvidar. ¿Tal vez sólo estaba usando el trauma como una excusa para permitir que sus deseos se manifestaran sin control?
Era algo inusual que ella lo sorprendiera y lo hizo simplemente inclinándose, agarrando sus mejillas y tirando de él para poder besarlo. El brandy con el estómago vacío ayudaba, por supuesto. Estaba envalentonada, pero sobre todo, estaba impulsada por la necesidad de borrar momentáneamente de su mente la imagen del sufrimiento y muerte de Padma. El beso fue suave y tentativo. Él estaba pasivo, dejándola cambiar el ángulo y la profundidad. No la apartó, pero tampoco cooperaba exactamente.
- Devuélveme el beso. – dijo ella. Delineó su labio inferior y después el superior con los suyos, intentando abrirle la boca.
- ¿Es eso lo que quieres? – él habló contra sus labios. Aparte de sus bocas y la mano de Hermione contra su pálida mejilla, ninguna otra parte de ellos se tocaba. Ella pensó que sería bastante deliberado, aunque si estiraba el cuello un poco más, podría perder el equilibrio, caer del colchón y aterrizar en su regazo. Ahora estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas.
- Sí. – respondió Hermione - ¿Qué quieres tú?
- Quiero que te recompongas antes de intentar esto.
Ella le besó el pómulo y después justo por encima de la ceja donde tenía una cicatriz que había conseguido cuando él solo había tomado posesión del Morning Star.
- Esto es lo que es. Recuperación. – besó el puente de su aristócrata nariz antes de desplazarse hasta su cuello, parcialmente oculto por la gruesa sudadera con capucha. Se había dado una ducha esa mañana temprano y olía maravillosamente para ella – Dime lo que realmente quieres. No para mí, sino para ti.
Draco no era uno de los que disfrutaban del juego cuando era él uno de los juguetes. El cambio era impresionante. Pasó del sueño a estar en alerta en un instante. Agarró su barbilla, manteniendo sus besos a raya. El agarre no era tosco, pero tampoco una caricia. Le habló al oído, su cálido aliento y la incipiente barba le rozaban la sensible piel de debajo del lóbulo de la oreja.
- Hermione Granger, lo que me gustaría hacerte no es propicio para tu bienestar mental en este momento y requiere tu completa participación. Túmbate, duerme un poco y mañana por la mañana podremos hablar sobre todas las muchas y variadas cosas que quiero.
El corazón de Hermione comenzó a martillear en su pecho. El salvaje temor revoloteaba cerca. Y lo quiso mantener a distancia.
- Quiero lo mismo… – se oyó decir y se sintió terriblemente avergonzada – Bueno, ahora mismo sólo parte de ello…
- ¿Parte de ello? – preguntó Draco, arqueando una ceja – Cuéntame.
- No tienes que parecer tan divertido.
- Lo siento. – aunque no parecía menos divertido. Pero relajó la postura previamente rígida – Dime que es lo que quieres y decidiré si lo tendrás.
Era un imbécil arrogante. Pero Hermione también pensó que podría estar dándole algo de tiempo para poner a prueba la veracidad de sus deseos. Al diablo con el auto-respeto, decidió. Ella se inclinó hacia adelante y le susurró algo al oído, con la cara tan roja casi como la cabellera de un Weasley.
Cuando terminó, se reclinó sobre el colchón, mirando fijamente sus propias manos entrelazadas sobre su regazo. Oh, era un cruel desgraciado por pretender estar contemplando su petición. Después de lo que parecieron eones, le pidió que le hiciera algo de espacio en el colchón junto a ella.
Oh Dios, pensó Hermione. ¿Tal vez no fuera una buena idea después de todo? Empezó a temblar de nuevo cuando sintió las grandes manos de Draco sobre los botones de la gruesa camisa que vestía.
Él se detuvo.
- Va bien. – le aseguró ella – Procede, por favor.
- ¿Procede, por favor? – repitió, ligeramente incrédulo – No estoy seguro de haber recibido nunca una invitación tan motivadora.
Hermione giró la cabeza, para enterrar su ruborizada cara en su hombro.
- Draco.
- Cierra los ojos. – sugirió él. Hermione lo hizo y se perdió la sonrisa en su rostro.
Tardó demasiado tiempo en desabrochar su camisa. Lo estaba haciendo deliberadamente. Cuando terminó con el último botón, la abrió y dejó su delicada piel desnuda al descubierto. Hacia fresco, pero no frío dentro de la biblioteca, gracias al permanente fuego. Sin embargo, era inevitable que se le erizara la piel y endurecieran los pezones. Era demasiado tarde para preocuparse por sus propias inseguridades físicas y, como cualquier otra mujer, tenía una letanía de ellas. Ambos ya habían superado eso en ese momento.
Hermione podía distinguir las respiraciones lentas y constantes de Draco. No hacía más que mirarla. Sentía los pechos doloridos y pesados por la falta de tacto. Pero él no los rozó y sabía exactamente por qué; porque no había sido eso lo que le había pedido. Maldito fuera él y su predilección por la precisión.
Hermione contuvo el aliento cuando Draco levantó una mano, pero la situó sobre su barbilla. Tiró suavemente hacia abajo para abrirle la boca y luego, para su sorpresa, introdujo el pulgar para humedecerlo. Entonces, lo arrastró por su barbilla, a lo largo del esternón, entre sus pechos y más allá de su ombligo, dejando un húmedo y hormigueante sendero hasta la cintura de los pantalones que aún llevaba puestos. Se sintió mareada.
- Suaviza la respiración, Kiska, o te desmayarás. Esta vez no habrá pesadillas, lo prometo.
Se acostó junto a ella y la besó. Oh, era un delirio inducido. Hacía que los besos que le había dado ella parecieran infantiles en comparación. Le abrió la boca, tomándose su tiempo, explorándola en profundidad con un toque de curiosidad que le hizo ansiar que usara más fuerza. Y tal vez esa era la genialidad de su seducción; hacerla anhelar el poder masculino que previamente le había causado daño.
Y mientras estaba distraída, él desabrochó sus pantalones (con una sola mano) y bajó la cremallera. Cuando los dedos de Draco rozaron su pubis por dentro de la ropa interior, Hermione arqueó las caderas para encontrarse con su mano y aumentar el contacto. Ella sabía lo que quería ahora y estaba tan cerca, tan al alcance de su mano y sí, estaba olvidando todo el horror anterior.
- ¿Más? – dijo él, contra su boca.
Sí.
Deslizó un solitario dedo hacia abajo, dándole justo donde ella más ansiaba.
Hermione jadeó.
- Yo… oh. Oh.
- Estás mojada. ¿Era eso lo que querías decir? – tenía la voz baja, burlona y, si eso era posible, aún más excitante que lo que estaba haciendo con su mano.
Hermione había querido decir que no estaba segura, pero vale, "mojada" estaba. Oh, Dios. Realmente estaba pasando.
- ¿Más aún?
Sí.
Añadió un segundo dedo y uso las almohadillas para hacer pequeños y ligeros círculos. La observaba, cambiando el movimiento de sus dedos en concierto con lo que la hacía gemir, contraerse o retorcerse, dándole más y parando, haciendo que fuera un ovillo retorciéndose de necesidad en cuestión de minutos. Sin embargo, estaba lejos de parecer afectado. Podía sentir su longitud presionándole la cadera, dura como el acero.
- Por favor… – Hermione estaba tan cerca.
Él reclamó su boca con su habitual beso hipnotizante mientras deslizaba suavemente un pegajoso dedo en el interior de Hermione. Ella apartó la boca bruscamente, haciendo un ruido de protesta. Inmediatamente apretó las piernas, atrapando la mano de Draco entre ellas. Esto no era lo que habían discutido.
-Está bien. No te haré daño.
No, no lo haría, pero su estúpida mente maltrecha acabaría dañando a ambos al hacerle entrar en pánico y retirarse. Y entonces, lo arruinaría todo. Otra vez.
- Podemos hacer esto. – le aseguró él – Juntos. – y fue ese simple uso del "nosotros" en lugar del "tú" que puso la situación en una nueva perspectiva. Esto no iba sólo con ella. No estaba sola en el deseo. Él estaba allí. Eran compañeros.
Hermione relajó las piernas y él se obligó a mover lentamente el dedo adentro y afuera, ocasionalmente curvándolo para explorarla con más profundidad. Eso la hizo jadear.
- Eres tan blanda. Tan frágil. Podría dejar marcas en ti sin siquiera intentarlo…
Ella lo estaba enloqueciendo un poco, se percató. Tenía la voz espesa, la respiración era áspera y sus palabras no eran tan nítidas y coherentes como lo solían ser.
- No soy blanda. – protestó.
- No. No toda tú. – admitió Draco. Introdujo un segundo dedo - ¿Ves? Ahí está, deliciosa resistencia.
Hermione inmediatamente agarró su mano, deteniendo los movimientos. Dolía ligeramente. Ahora la presión era más incómoda, el placer disminuía. Apartó la cabeza cuando la boca de Draco la buscó.
La observó de cerca, incluso mientras quitaba los dedos, aunque todavía se cernían sobre esa parte de ella que ansiaba tocar. Cuando volvió a fijar la mirada en él, tenía una expresión de suave reflexión.
- ¿Cuánto tiempo estuviste con Weasley?
- Yo… nunca estuvimos juntos como tal, pero tuvimos momentos íntimos en varias ocasiones.
- ¿Y hubo alguien más?
- No. Sólo Ron.
Oh Dios. Ahí venía. Supuso que era inevitable. Por cómo se estaban desarrollando las cosas, probablemente lo descubriría. Aunque la respuesta a la pregunta de si alguna vez había estado con un hombre no debía ser algo que la avergonzara (ni siquiera a su edad). Afortunadamente, no insistió en el tema.
En su lugar volvió a presionar los dedos contra ella, con más fuerza esta vez, moviéndolos rápida y aleatoriamente variando la presión y la velocidad hasta que Hermione empezó a retorcerse bruscamente, frustrada por no ser capaz de predecir lo que haría a continuación. Podía sentir la liberación en el horizonte, creciente, a su alcance. Incluso si no se producía, el viaje hasta ese punto había valido la pena. Todas las demás preocupaciones habían huido. Estaba decidida a la necesidad de sumergirse en el momento, olvidando todo lo demás.
- Por favor…
Los labios de Draco se apretaban contra su sien. Había deslizado la mano libre bajo su torso, de manera que la tenía sujeta a su lado, mientras su otra mano seguía la gran labor. Hermione agradeció el anclaje porque sabía que el desenlace era inminente.
- Dime que es lo que quieres. – dijo Draco, con voz áspera.
- Ya lo sabes. – protestó ella.
- Dilo. – le ordenó, ralentizando cruelmente los movimientos de su mano. Los pálidos dedos revoloteaban sobre su resbaladiza e hinchada carne.
Hermione gimió, sacudiendo las caderas sobre la cama y arañando las sábanas con las manos.
- Draco…
- Dilo.
Hermione pensó en lo que debería parecerle en ese momento. Con los pechos expuestos y el cuerpo dorado bajo la luz del fuego, sus respiraciones largas y profundas, la espalda arqueada, los dedos de los pies encrespados y una expresión afligida e intencionada. La imagen; su propia imagen era erótica para ella y se maravilló del poder de la misma. Además, si él no continuaba, iba a tener que terminar ella sola justo delante de sus narices.
- Por favor, hazme llegar. – suplicó, abandonando toda vergüenza.
Complacido, parecía saber exactamente como le gustaba que la tocaran. Todo lo anterior había sido investigación y experimentación. La parte académica del cerebro de Hermione le decía que los ruidos que estaba haciendo eran ridículos. Eran primitivos y animalescos. Enfocó la mirada a través de sus pestañas y observó la expresión de Draco. No parecía estar pensando que era ridícula en absoluto. Sus plateados ojos le recorrieron el rostro, los pechos y, finalmente, se detuvieron en los movimientos de su propia mano dentro de sus pantalones. Y eso fue lo que la envió al borde de la locura; la visión de Draco mirándola mientras la tocaba.
El clímax fue, bueno, anticlimático dada su propensión a la vocalización en la fase previa. Hizo implosión en lugar de explosión. Draco sacó la mano y la soltó justo cuando Hermione se acurrucó en un ovillo y se estremeció. Él no hizo nada más para tocarla y ella lo agradeció, porque no podría haber soportado un contacto adicional.
Fue… ella… la liberación le llegó en oleadas y la sintió como la más extraña, estimulante y maravillosa clase de ansiedad. Podía sentir contracciones internas, veloces, en sucesión y, entonces, se relajaron, de manera que pudo desplegarse y derretirse directamente sobre el colchón. Y por supuesto Draco debía de ser un genio en la práctica sexual para saber precisamente que en ese momento necesitaba que la arrastra hasta al calor de su cuerpo y la abrazara al mismo tiempo que ella rompía a llorar.
Merlín la ayudara, no quería llorar, pero no había fuerza en el universo que pudiera detener el arranque. Hermione estaba segura de que nunca había llorado tanto en su vida. Los sollozos eran fuertes, largos y miserables, llegando desde las profundidades de su ser. Fue una liberación en un profundo sentido. No era un alivio del todo, pero si era inmenso. Draco la mantenía a ella y a su lamentable llanto dentro de los confines de sus brazos y tenía una pierna sobre las suyas. No decía nada, porque él no era del tipo que parloteaba. Draco era sólido, seguro y de confianza. Y eso era todo lo que importaba.
La figura que había estado parada y escuchando en el exterior de la biblioteca siguió adelante, deteniéndose sólo cuando el retrato de la joven Narcissa Malfoy le habló.
- ¡Déjalos! – imploró Narcissa, sombrilla en mano, con una expresión en su rostro de afilada angustia - ¡No les he dicho nada, pero por favor, te lo ruego! Ya ha habido suficiente muerte en esta casa. Es mi hijo, yo…
Un cuchillo atravesó la pintura. Dejó como una macabra boca abierta en mitad del rasgado lienzo y ya no hubo más ruegos que escuchar.
Nota de la Autora (Rizzle): En interés de la alfabetización científica (teórica o de otro tipo), me veo en la necesidad de señalar que Lawrence Krauss está convencido de que efectivamente puede haber algo de la nada.
¡AHHHHHHHHH! Creo que es uno de los caps más interesantes de lo que llevamos de historia. Cuanta intensidad en un solo capítulo, por favor... entre el sueño de Hermione, el encuentro entre ambos y esa extraña figura del final, madre mía, me va a dar un telele xD
Espero que os haya gustado el cap, además de ser uno de los más largos ^^
Tengo muchas ganas de leer vuestras opiniones, así que contadme que os ha parecido, ¿habéis disfrutado?
¡Nos leemos!
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¡Gracias y besotes zombificados!
