Disclaimer: Ni los personajes que le pertenecen a la maravillosa J.K Rowling ni la trama de esta fantástica historia que le pertenece a Rizzle (encontrareis el enlace a la historia original en historias favoritas, en mi perfil), son de mi propiedad, yo sólo traduzco la historia para que pueda llegar a más gente.
.- Una historia de Rizzle -.
Capítulo 46 – Pilgrimage (Peregrinaje)
El cuartel general de Grimmauld Place era una casa grande, vacía y laberíntica cuando sólo había dos personas y una lechuza mensajera que la ocupara.
A Harry le parecía deprimente.
No había mucha conversación que uno pudiera mantener - corrección, intentar mantener – con el agente Barnaby Richards antes de renunciar a ello y mantener las distancias. Harry sabía que el hombre era bastante capaz de hablar con la gente sin gritar, pero al parecer había algo en Harry que le molestaba.
La molestia de Richards probablemente se debía a la obstinada insistencia de Harry de que alguien permaneciera en Londres para continuar la búsqueda de los miembros del equipo desaparecidos y mantener las llamas de la chimenea encendidas. Todos los demás habían sido trasladados a la isla de Taransay para unirse a la población de refugiados que estaban siendo atendidos por Ginny y el resto de los Weasley. Richards no estaba nada de acuerdo con la decisión de quedarse, pero eso no era nada nuevo para Harry. Estaba acostumbrado a oponerse a la percepción de una opinión mejor de otras personas. Demonios, estaba acostumbrado a Hermione.
Después de una cena de maíz y atún enlatados, Harry se dirigió hacia la cocina para hacerse una taza de té. Aunque sabía que era inútil, empezó a rebuscar en la despensa el whisky de la doctora Kate McAlister, pero, por supuesto, se lo había llevado con ella a Taransay. No quedaba alcohol en Grimmauld Place, ni siquiera una botella de vino malo, lo cual era una lástima porque Harry esperaba un toque de algo más fortificante que el té favorito de Scrimgeour, el Darjeeling.
El ruido de la cucharita contra la taza era molesto y ruidoso en la vacía cocina. La casa necesitaba más ruido ambiental. No había científicos sentados alrededor de la mesa del comedor, poniéndose distraídamente mantequilla sobre las tostadas mientras discutían sus hallazgos. No estaba Hermione, siempre pensativa y ocupada, con una mirada de complicidad que decía: "Oh, Harry." No estaba el preocupado y cansado Scrimgeour, ni el apacible Neville, ni Ginny, con su amable resiliencia e inhumana paciencia.
El Proyecto Navidad estaba en ruinas y lo más triste de todo era que Harry no sabía por qué. Nadie podía confirmar lo que les había pasado a sus desaparecidos amigos. Sólo había sospechas y el último paradero conocido.
Sintiéndose malhumorado, Harry se hizo el té. Se echó las hojas y gastó lo último que les quedaba de leche evaporada (ja, chúpate esa, Richards) y se lo bebió. Acababa de terminar de alimentar a la lechuza residente cuando la fachada de la casa se derrumbó.
"Tiempo y distancia, querida." le dijo Molly Weasley "Algunos problemas son como piedras afiladas. Demasiado punzantes para cogerlos. Mejor dejarlos solos, por el momento. Rodaran junto a ti, con los bordes ásperos y trote accidentado. Pero con el tiempo, comenzaran a suavizarse, desgastándose por el camino. Y ahí es cuando podrás pararte y encargarte de ellos."
Molly se refirió a Ron, durante unas vacaciones de verano, cuando Hermione había estado lo suficientemente desesperada como para confiar en la matriarca de los Weasley sobre los problemas de pareja.
Si Ron era una piedra afilada, Draco Malfoy era toda una maldita cantera. Muy difícil de manejar. Imposible de coger. Algo que debía ser explorado y cartografiado para que otros sepan dónde no pisar.
Draco procesaba los sentimientos de manera diferente a otras personas; los trataba como veneno para absorberlos y tolerarlos, en lugar de asimilarlos. Eso significaba que hablar de ellos era lo último que estaba dispuesto a hacer. Presionarlo no ayudaba. No cedía ante la urgencia de desahogarse. No habría un gran avance, llevado por el inevitable cansancio y la legendaria perseverancia de Hermione, se sentaría junto a ella cerca del fuego y hablarían hasta que saliera el sol.
No, nada era tan fácil.
El lago junto a la Mansión era inmensamente pacífico y Hermione podría haber permanecido allí durante unas horas más si no hubiera empezado a perder la sensación en sus extremidades. Así que regresó a la gran casa de Malfoy, temerosa ante la perspectiva de encontrarse con Draco. ¿Qué se le podía decir a alguien que acababa de matar a su padre? ¿Qué consuelo podría darle que fuera aceptable?
Aun así el consejo de Molly podía seguir aplicándose; Draco necesitaba espacio, en grandes cantidades.
Hermione quería volver al ático, por si aún seguía allí. ¿Tal vez necesitara su ayuda con el Traslador o con los aspectos prácticos después de la muerte de Lucius? Lo dudaba. Él lo consideraría una intromisión innecesaria. La intuición le decía que su presencia en ese momento no sería apreciada.
Sus sospechas se confirmaron cuando entró en la biblioteca y vio que Draco había estado ahí y se había ido. Había una nota escrita en una página arrancada de uno de los libros de las estanterías. Eso debería haber sido una profanación, pero aparentemente el libro era de Adivinación. En otro momento y lugar, Hermione podría haber sonreído. Ver su caligrafía le produjo una nostálgica punzada. Durante los meses en Grimmauld Place, debió de haber leído decenas de páginas de sus meticulosos registros.
Su caligrafía era terriblemente anticuada, casi como si fuera de otra época.
Toca el Traslador para activarlo.
Dios mío, funcionaba. El antiguo Traslador estaba vivo. El ritual se había completado, lo que significaba que Lucius estaba muerto.
Hermione se sentó pesadamente en uno de los sillones de cuero, agarrando la nota. Miró hacia abajo, leyéndola una y otra vez, como si los pensamientos de Draco fueran, de algún modo, perceptibles en esas pocas palabras. Le dolía que no quisiera o necesitara su presencia en ese momento, especialmente cuando no parecía haber nada de carácter más práctico que pudiera hacer por él. Sentía los ojos calientes y con picazón, pero Hermione sabía que no tenía derecho a dar rienda suelta a su propio dolor. No era su momento para llorar, pero tampoco iba a exigir que él lo hiciera.
Fue entonces cuando se dio cuenta del pequeño montón de alimentos que había en el suelo, todos los artículos no propensos a estropearse sin refrigeración. Había cogido pasta, queso duro, carne seca y frutas de los retratos de la mansión. Y todo estaba apilado junto a una librería. Había algo triste en el pequeño montón. Fuera lo que fuese lo que Draco sentía actualmente por ella, no había huido de las responsabilidades que percibía por sí mismo. Deseaba que le permitiera devolverle el favor.
Hermione se levantó y echó un rápido vistazo entre los suministros que tenían en la estancia, con la esperanza de encontrar una pista en cuanto a su estado de ánimo. Varias armas habían desaparecido, incluyendo un rifle, ropa y algunas municiones.
Y también todo el alcohol.
Oh Dios.
El ruido fue ensordecedor.
Al principio fue como el bostezo de un gigante, amplificado. Esto fue seguido por la grieta y el choque del techo derrumbándose, cayendo varios pisos y destruyendo la fachada frontal del domicilio de Grimmauld Place. Sin embargo, nada era tan fuerte y resonante como los gritos de Barnaby Richards.
– ¡Han abierto una brecha, Potter! ¡Saca tu culo de aquí!
Varita en mano, Harry corrió a través de la planta baja, pasando por delante de habitaciones donde el techo empezaba a agrietarse bajo el inmenso peso de los derrumbados pisos superiores. No había tiempo de mandar la lechuza a Taransay para que bajaran las barreras protectoras y les permitieran la Aparición. Tendría que enviarles un mensaje de otra manera. Pero no se iría a ninguna parte sin el Vaquero.
Los gritos de Richards habían venido claramente desde el frente de la casa, desde algún lugar dentro de los escombros. Un espeso polvo llenaba el aire. Empezó a picar los ojos a Harry y le cubrió la garganta, haciéndole toser y escupir mientras subía por lo que parecía una combinación de tejas y muebles de los pisos superiores.
– ¡Richards! – gritó – ¿Dónde estás?
– ¡Lárgate de aquí! – fue la previsible respuesta, seguida de una gran maldición. Eso le fue bien, porque Harry siguió el sonido, trepando sobre ladrillos y cemento hasta que encontró al Vaquero, enterrado hasta los hombros entre pedazos de tejado desmenuzado – ¡Jesucristo! ¿Eres estúpido o simplemente sordo? – rugió Richards. La sangre se deslizaba hasta sus ojos desde un corte en la cabeza.
Dos detalles adicionales golpearon a Harry. Uno de ellos era el crudo, freso y frío aire que ahora se colaba libremente a través de la casa abierta. Le golpeó en la cara, tan frígido que fue momentáneamente impactante para su sistema. El otro detalle fue que ese aire se convirtió rápidamente en el hedor de la decadencia y la muerte, porque más allá de la derrumbada fachada, donde la puerta principal (y nada más) todavía seguía cómicamente en pie, había varios cientos de zombies.
Había tantos que era imposible distinguir la calle. Algunos de los ejemplares más frescos estaban trepando hacia él. Habían hecho exactamente lo que Richards temió; precipitarse hacia las barreras simultáneamente, derribando los poderosos hechizos protectores y llevándose el techo con ellos también. Menos mal, entonces, que el resto de habitantes de la casa ya hubieran sido evacuados a Taransay. Atribuyendo el mérito de eso a la planificación de Scrimgeour y el Vaquero. No quedaba nada en Londres para nadie que aún viviera.
Los únicos que quedaban eran Harry y Richards y la diaria búsqueda costera de la flota de Amarov.
– ¿Dónde está tu varita? – preguntó Harry.
– En algún lugar a mi lado. ¡No puedo llegar a ella! ¡Lárgate de aquí, chico!
"Chico", le llamaba. Harry se había acostumbrado a eso, pero seguía irritándole. Palmeó con una mano el hombro de Richards.
Richards era muy consciente de lo que Harry intentaba hacer.
– ¡No funcionará! ¡Necesitarías que sacarme de este desastre primero!
Si no funcionaba, Harry se arriesgaba a la despartición de uno o de los dos, o a crear alguna horrible quimera Harry-Richards. Pero a Harry Potter no se le podía decir que algo era imposible y peligroso sin que intentara hacerlo por lo menos una vez. O dos.
Sintió que el hechizo se apoderaba de él, empezando a envolverlo junto a Richards, para entonces comenzar a fallar al tener dificultades para discernir dónde terminaba Richards y empezaban los escombros. Hubo una fuerte sacudida, el aire alrededor de ellos empezó a brillar, pero Harry sabía lo suficiente como para detener el hechizo antes de que llegara la despartición.
Seguían lloviendo trozos de madera, hormigón y cristal. Una enorme losa de cemento cayó frente a ellos, casi golpeando la parte superior de la cabeza de Harry.
– ¡Están llegando! – advirtió Richards.
Y así era. Harry atacó, incineró, cortó, congeló y explotó una docena, dos docenas, cincuenta… utilizó su hechizo motosierra y por un momento, llovió sangre. Las criaturas intentaban rodearlos, pero Harry no lo permitió. Si llegaran a hacerlo, realmente tendría que dejar a Richards o ambos morirían.
Pero repentinamente, hubo una tregua.
Se le ocurrió tardíamente que no sólo los humanos de la casa habían atraído a las criaturas. Muchos de los zombies ignoraban a Harry y Richards por completo. Parecían trastabillar sobre los escombros en una especie de eufórico aturdimiento, absorbiendo la atmósfera mágica que emanaba de la casa. Algunos de ellos se derrumbaban en el suelo y se retorcían sobre sí mismos, como gatos revolcándose en la irresistible gatera.
Otros eran aún más siniestros. Harry vio a un zombie caer de rodillas ante un retrato de Sirius y comenzar a acariciar el lienzo, observó con curiosidad como Sirius componía una mueca, intentando librarse de las manos de la criatura. Otro grupo de zombies parecía que estaban intentando coger recuerdos de entre los escombros, recogiendo objetos aleatorios, sintiéndolos, dejándolos caer y recogiendo otro. Esa era demasiada inteligencia a la que hacer frente.
Como un faro, el variado surtido de barreras y artefactos protectores de Grimmauld Place había atraído a todos los no-muertos mágicos de la ciudad. Habían hecho una especie de impía peregrinación hasta allí, tal vez sin comprender por qué, pero sabiendo que si desde fuera de la casa se sentía placentero, en el interior debía de ser aún mejor. Los bastardos habían partido la casa como un huevo de Pascua y ahora se estaban dando un festín con sus derramadas entrañas. Merlín, no era de extrañar que no les hubiera ido bien a las comunidades mágicas durante el brote. Eran imanes de zombies. Ya no era un misterio el por qué Hogwarts había sido invadido tan rápidamente.
– ¿Estás viendo eso? – susurró Harry, intentando simultáneamente desenterrar a Richards lo más silenciosamente posible, utilizando el Leviosa para mover los trozos más grandes de roca.
– Lo veo y no lo creo. – gruñó Richards en respuesta.
Harry apartó cuidadosamente una viga de metal que casi había logrado perforar la caja torácica de Richards. Parecía que el hombre tenía la clavícula rota. Debía de estar sufriendo mucho dolor.
– Tienes que llegar hasta tu varita o de lo contrario estamos muertos. – dijo Harry – ¿En qué lado está?
– Izquierda. – respondió Richards, con los dientes apretados – Tienes que irte. – y el tono tranquilo, casi suave del hombre hizo que Harry se detuviera y lo mirara. Era irónico, que hubiera tenido que pasar eso para que Richards dejara de gritarle.
Se deshizo de varias rocas enormes y, entonces, Harry pudo ver la parte superior del antebrazo izquierdo del Vaquero.
– ¿Qué son un centenar de muertos vivientes cuando eres el salvador del mundo mágico?
Richards rio entre dientes.
– Eres un maldito gilipollas.
– Oh, hey, puntos extras por usar el término "gilipollas". Ya eres prácticamente británico.
– Dar la patada a un mago caído, ¿por qué tú no?
Incluso si Richards conseguía localizar su varita, una Aparición exitosa seguía requiriendo que estuviera libre de escombros. Harry seguía desenterrando y levitando, moviendo a veces tres o cuatro piezas de hormigón de una sola vez. Lo estaban haciendo bien.
Pero ahora había un nuevo problema.
Mientras los no-muertos mágicos estaban distraídos, la variedad normal de zombies muggles no tenía complicaciones en buscar a Harry y Richards. Se estaban acercando bastantes de ellos, atraídos a la zona por el ruido de la casa al derrumbarse y los chillidos de las demás criaturas.
– Potter… – dijo Richards, enviándole una mirada de advertencia.
Harry se puso en pie, empezando a lanzar hechizos, con una fuerza impresionante y una precisión excelente. El montón de cuerpos en la calle creció, causando un práctico obstáculo de podridos cadáveres. Pero todo ese nuevo alboroto, inevitablemente, llamó la renovada atención de la horda mágica.
Había tantos. Se habían reunido alrededor de Harry y Richards, donde una pared de cuerpos no paraba de crecer.
– ¡Vete! – gritó Richards, cuando uno de los zombies se lanzó contra él. Harry se volteó para petrificarlo, quedando momentáneamente aturdido cuando la cabeza de la criatura explotó repentinamente.
Ese no era un efecto secundario habitual del Petrificus.
Más cabezas explotaron. Algunos torsos, también. El sonido de los disparos era ensordecedor. Harry cayó al suelo sobre Richards, mientras cuerpos, sangre y balas llovían sobre ellos. Merlín, hubo varias explosiones que sacudieron el suelo y causaron la caída de más escombros. Granadas. Alguien estaba lanzando granadas hacia allí. Varias de las criaturas no estaban fatalmente heridas y continuaron arrastrándose hacia ambos. Harry fácilmente acabó con ellos.
Después de lo que parecieron horas, pero que probablemente habían sido sólo unos minutos, los disparos se detuvieron. El ambiente estaba inundado de humo, polvo y un mezclado olor nauseabundo de pólvora y carne podrida. Harry rodó sobre su espalda. Escuchó el sonido de zapatos crujiendo sobre la grava y, entonces, una cara familiar se cernió sobre él.
Las chicas siempre habían encontrado a Blaise Zabini de buen ver. En ese momento, Harry también pensó que era una hermosa imagen.
– ¡Dios mío! ¡No sé de dónde demonios has salido, Zabini, pero gracias!
– Hola, Potter. – dijo el ex-compañero de Harry – ¿Sólo estás tú aquí? Me han dicho que recoja a todo un equipo científico.
– Sólo Richards y yo. Tienes que sacarlo de aquí. Los demás están en un refugio en la isla de Taransay.
Mientras hablaba, Richards ya estaba siendo desenterrado por uno de los hombres muggles más grandes que Harry había visto. También había otros. Todos parecían hábiles, mezquinos y militares, a excepción de Blaise, que vestía pantalones vaqueros. Iban cargados con suficientes armas como para hacerse con un pequeño país. Eso era algo bueno porque todavía había más criaturas deambulando libremente. No estaban a salvo al aire libre.
Richards estaba en mal estado. El hombre realmente no tenía un descanso. Apenas se había recuperado de un disparo en el pecho, por el amor de Dios. Harry notó que Blaise estaba observando su varita con una expresión casi lasciva. No parecía tener una propia.
– Ayudaría a acelerar el proceso si me dijeras lo que estás haciendo aquí. – dijo Harry. Empezó a quitarse pedacitos de zombie de la ropa y el pelo.
– Draco me envía.
Harry se quedó aturdido. Agarró la parte delantera de la chaqueta de Blaise, ese rápido movimiento hizo que una pequeña nube de polvo se levantara en el aire.
– ¿Hermione está con él? ¿Está bien? ¿Qué hay de Padma y Wallen? ¿Vienes de la flota, entonces?
Blaise no se tomó con amabilidad el zarandeo. Bajó la mirada hasta las manos de Harry, que se apretaban firmemente en su chaqueta.
– Quítame las manos de encima, Potter.
Harry soltó a Blaise, estrechando los ojos en su dirección.
– ¿Dónde está tu varita?
– ¡Tenemos que irnos! – dijo el hombre extremadamente grande que tenía un brazo alrededor de Richards, ayudándolo a mantenerse en pie – Están viniendo más.
En efecto, ahí estaban. Harry podía escuchar los lejanos gemidos de las criaturas, cada vez más cerca.
– Mi varita, desgraciadamente, está en algún lugar en el fondo del Canal de Bristol, junto con otras casi mil varitas. – informó Blaise tardíamente.
– Maldita sea. Siento que es una historia de mucho dolor y miseria. – dijo Harry, leyendo entre líneas.
– No sabes ni la mitad. – los dos hombres salieron a la calle, pasando por encima de los escombros a su paso – Te lo contaremos cuando volvamos. – miró la varita de Harry una vez más – Ya que no sabes la ubicación de la flota, tendré que Aparecernos en grupos. ¿A menos que pienses que conducir hasta el muelle y el barco es una mejor opción?
A Harry no le gustaba la idea de dejar su varita, pero no tenía muchas opciones. Miró el arma que sostenía Zabini.
– Negociemos.
Blaise le entregó el arma a Harry a cambio de su varita. Tan pronto tocó el palo de madera, casi se derrumbó de la sensación.
Harry lo atrapó, frunciendo el ceño.
– Zabini, ¿qué demonios?
– Está… bien. Ha pasado mucho tiempo, eso es todo. ¡Maldita sea, Potter, tu varita es como un puñetazo en el pecho! – dijo Blaise en tono acusador. Se enderezó y respiró hondo – Llevaré primero al herido.
– ¡Rápido, están llegando! – advirtió el gigante. Depositó a Richards cuidadosamente sobre los brazos de Blaise, antes de alejarse hacia la calle y eliminar a los zombies que se iban acercando con el rifle.
Harry corrió hacia la parte trasera de la casa para coger a la lechuza de su gran jaula. Contempló cargar con ella, pero decidió que era una tontería. Así que abrió la jaula y soltó el pájaro.
– Encuéntrame, si puedes. – le susurró.
La lechuza ululó una sola vez y emprendió el vuelo.
Blaise les dedicó un satisfecho saludo.
– Volveré. – se desapareció con Richards y, como acababa de prometer, regresó varios minutos después. Pero en ese pequeño intervalo de tiempo, casi todos los hombres del equipo de rescate de Blaise habían comenzado a disparar sus armas. La calle estaba repleta de zombies. Blaise se llevó a dos hombres más con él, volvió llevándose a otros tres y después a tres más.
Quedaban seis hombres, incluyendo a Harry y el gigante.
Los estaban conduciendo calle abajo. El enorme hombre estaba gritando órdenes en lo que parecía ruso. Las tradujo, en beneficio de Harry.
– Les estoy diciendo que no pierdan su posición. Si nos movemos de aquí, entonces Zabini aparecerá justo encima de los zombies, ¿no?
– Sí. – Harry estaba de acuerdo con esa evaluación de riesgos – Y no queremos eso.
Pero era imposible no moverse, dado el tamaño de la horda a la que se estaban enfrentando. Harry y los demás eran constantemente conducidos hasta el extremo opuesto de la calle por los invasores no-muertos. Con cada Aparición, perdían más poder de fuego. Harry no era tan bueno con la pistola como lo era con la varita. No había tenido mucha práctica. Afortunadamente, sus compañeros no tenían tales limitaciones.
Blaise reapareció, se tambaleó hacia los hombres y se llevó a cuatro más de vuelta con él. Para ese entonces, parecía que estaba a punto de colapsar, sin duda debido a la combinación del sobreesfuerzo por las apariciones y posiblemente por la distancia del trayecto. Harry no tenía ni idea desde donde había venido Blaise.
Las cosas fueron nefastas. Harry estaba hombro con hombro con el gigante (o hombro con brazo, más bien). Su compañero lanzó una granada hacia la parte posterior de la horda. Explotó, causando una pulverización de restos que era, literalmente, rosada. Lo malo de los zombies era que incluso faltándoles extremidades o, en alguno casos, hasta la mitad de un torso, seguían avanzando.
El arma de Harry se quedó vacía. El hombre enrome le lanzó un nuevo cargador. Apenas había resuelto como insertarlo cuando el zombie más cercano saltó sobre él. Le propinó una patada y fue derribado al suelo por otro. Harry se volteó, montándose a horcajadas sobre la criatura y le disparó en el rostro gruñendo.
Blaise apareció en la calle para la carrera final. Tal era la fatiga del mago que cayó sobre una rodilla. Harry estaba sólo a unos metros de distancia cuando pasó lo impensable.
El zombie de la sudadera roja había subido sobre los escombros, por encima de Blaise. Fue escarbando a través de lo que había sido el segundo piso de la casa. Harry lo vio, vio lo que estaba a punto de suceder y soltó un grito de advertencia, disparando a la criatura mientras lo hacía.
¡Maldición! No era un buen tirador, logrando acertar en todas partes, excepto en la cabeza. La criatura cayó sobre Blaise, desgarrándole uno de los lados del cuello mientras el chico lanzaba un hechizo que hizo un agujero limpio en el abdomen del zombie. Los intestinos de un color parduzco quedaron descolgados, pero eso no impidió que el zombie continuara rasgando pedazos de Blaise, mientras intentaba agarrar la varita de Harry de la mano del chico.
Una bala se estrelló contra la frente de la criatura. Harry se giró para ver al gigante bajar el rifle. Ambos se apresuraron rápidamente hacia Blaise, que hacia todo lo posible por mantener cerrada la herida de su cuello.
– ¡Zabini, aguanta! – Harry se quitó la chaqueta, sujetándole firmemente contra el desgarrón. Gran cantidad de sangre brotaba entre los dedos de Blaise. Harry cogió su varita, rompiéndose el cerebro por encontrar un hechizo adecuado.
– Tienes que irte. – resolló Blaise – Ves con Anatoli…
– ¡De ninguna manera! – replicó Harry. Miró al hombre llamado Anatoli – Lo voy a petrificar para que podamos levitarlo…
Blaise agarró las manos de Harry, con la suficiente fuerza como para que le doliera.
– Potter. Llega hasta el muelle. Toma… el barco. No… mueras aquí. La flota necesita magia.
Harry sintió lo que suponía era la enorme mano de Anatoli en la parte de atrás de su camisa. Se encogió de hombros.
– Podemos arreglarlo. – insistió Harry. Lanzó hechizos de sutura, a pesar de que eso nunca debía hacerse en caso de lesiones internas mayores, a menos que lo realizara un Medimago profesional entrenado. Harry hubiera dado cualquier cosa para que Padma estuviera justo ahí en ese momento. No sabía si podían mover a Blaise o cómo podían hacerlo sin empeorar las cosas.
La hemorragia no se detuvo y Blaise comenzó a sacudirse. Anatoli había empezado a disparar de nuevo.
– ¡Tenemos que irnos ahora! – gritó el gigante.
– ¡Tú has sacado a Richards de aquí y nosotros te sacaremos a ti! – le dijo Harry a Blaise.
– Harry… – Blaise lo agarró por la camisa, acercándolo a él – Cuéntaselo a Draco. Y a G-Granger. Están… están en la Mansión Malfoy. Ve a buscarlos. Llévales a Henry. Prométemelo…
Harry asintió violentamente.
– Te lo prometo.
Anatoli se acercó, agachándose junto a Blaise.
– Lo siento, Zabini.
La voz de Blaise era apenas audible. Fijó la mirada en Anatoli.
– Lleva a Harry Potter a la flota.
Harry se sobresaltó cuando Anatoli le quitó el arma de las manos y la colocaba en la de Blaise. Prácticamente fue arrastrado de allí por el gigante. Estaban casi al final de la calle cuando escucharon el disparo de la pistola. Harry se libró del agarre de Anatoli, volviéndose para mirar. El cuerpo de Blaise distraía a algunos de la horda, pero seguía habiendo muchos.
– ¿Dónde está el barco? – gritó Harry mientras corrían por la calle.
– El muelle de Cah-nar-ree . – respondió Anatoli, aparentemente teniendo problemas con el nombre.
Harry conocía el lugar. Se inclinó sobre Anatoli y se Apareció en el muelle. Desgraciadamente, no quedaron cerca de donde estaba amarrado el barco, así que Anatoli tuvo que señalarle puntos de referencia a la distancia y Harry lo intentó de nuevo. Esa vez, aparecieron justo en el embarcadero. Había unas pocas criaturas pululando por los alrededores, pero estaban demasiado lejos para representar una amenaza.
Ambos abordaron el barco. Anatoli encendió el motor y los condujo de vuelta a mar abierto. No volvieron a hablar hasta que Harry salió del lujoso cuarto de baño bajo la cubierta, habiéndose lavado la sangre de Richards y Blaise de las manos. Se unió al gigante junto al timón, mirando hacia el mar más allá de las ventanas. Era culpa de Harry que eso hubiera pasado. Todavía no sabía cómo procesar ese hecho, pero en algún momento lo haría. Deseaba con todas sus fuerzas estar dirigiéndose hacia Ginny, en lugar de a esa misteriosa flota.
– Gracias por lo que hiciste.
Anatoli asintió. Harry se percató de que el ruso era un hombre de pocas palabras. Podría haber parecido que estaba tallado en mármol, pero no dejaba de verse afectado por la muerte de Blaise.
– Siento lo de Zabini. – agregó Harry y realmente lo sentía – ¿Erais muy cercanos? – Harry se preguntó si él lo había sido. ¿Ir juntos al colegio contaba?
– Todo el mundo es cercano ahora. – fue la criptica respuesta.
Permanecieron en silencio durante un largo rato. Harry quería preguntar por la flota, pero decidió esperar. Había otra pregunta más pertinente.
– ¿Quién es Henry?
Anatoli suspiró. Fue un gran sonido de un enorme hombre.
– Henry Miles Greengrass Zabini.
Harry cerró los ojos, maldiciendo entre dientes. Las últimas palabras de Blaise habían sido dar el cuidado de su hijo a Draco y Hermione.
Ahora, obviamente, había una infernal historia detrás de eso.
Uffff... de verdad, no tenéis ni idea de lo que me costó traducir este capítulo (semanas), cada vez que lo leo una parte de mí muere con Zabini. ¡Maldito zombie de la sudadera roja! ¿Os acordabais de él? ¡Aquí tenéis su gran papel en la historia! ¡Ojala le hubieran pegado un tiro en la frente cuando tuvieron la oportunidad! Blaise es uno de mis personajes favoritos y aunque puedo entender el motivo de su muerte (si no lo habéis hecho ya, lo haréis pronto) no puedo superar este cap... ¡Que bien lo ha hecho Rizzle muy a mi pesar! T-T
¿Quiero saber si lo habéis sentido tanto como yo? ¿Si soy a la única que se le ha partido el corazón en mil pedazos? ¡Espero no estar sola en este dolor!
¡Nos leemos!
Gracias por comentar el capítulo anterior a: *Doristarazona* *Carmen-114* *FeltonNat88* *SALESIA* *LadyBasilisco220282* *Loonydraconian* *guiguita* *Mantara* *Sally Elizabeth. HR* *Carmen* *LluviaDeOro* *Florr Nott* *Beckisita* *AliceMlfy* *LadyWildhex*
¡Besos!
