Disclaimer: Ni los personajes que le pertenecen a la maravillosa J.K Rowling ni la trama de esta fantástica historia que le pertenece a Rizzle (encontrareis el enlace a la historia original en historias favoritas, en mi perfil), son de mi propiedad, yo sólo traduzco la historia para que pueda llegar a más gente.


.- Una historia de Rizzle -.


Capítulo 61 – Deliverance (Salvación)

Nada le hizo apreciar más la precisión de los viajes mágicos modernos, que ser transportada a través de un antiguo Traslador de dudosa calidad. Hermione sentía que su cuerpo se deformaba y estiraba rebasando los límites de la resistencia humana. Y sin embargo, podía soportarlo.

No dolía, exactamente. Pero tampoco era particularmente agradable. Apretó los dientes y se obligó a no ceder ante el mareo del movimiento, no por otra razón que su propio vomito le golpeara en la cara. Padma le había explicado una vez que la cinetosis (mareo) era un desencadenante evolutivo para advertir a los humanos en las ocasiones que podían haber sido envenenados. En una época donde la dieta humana dependía de la recolección de alimentos, las náuseas te advertían que esas bayas estaban malas o que ese hongo era, de hecho, una seta venenosa. Entonces vomitabas y tenías que recordar que habías comido.

Su cuerpo le anunciaba que no le gustaba lo que estaba sucediendo, ni pizca. Y tendría que pasar mucho tiempo para poder olvidar esa miserable sensación. Hermione se revolvía como un calcetín solitario en una secadora, entonces, le sobrevino un repentino y fuerte impacto de aire frío y seco antes de aterrizar de bruces sobre la nieve.

Se sentó como pudo, escupiendo nieve derretida. Se secó la cara con la parte posterior de los guantes y se puso de rodillas. La notable falta de peso sobre sus hombros significaba que su mochila había salido volando. La localizó, semienterrada en la nieve varios metros a su izquierda. Estiró un brazo para alcanzarla.

– ¡Mueve un solo músculo y te dispararé!


Después de estar a nivel del mar durante tanto tiempo, el aire de las montañas era comparativamente ligero. La gradualmente cambiante bioquímica de Hermione probablemente le hizo notar ese hecho aún más. Sentía el pecho apretado, como si una banda elástica la presionara después de cada profunda respiración. Se recordó a sí misma que debía respirar a través del diafragma para evitar la hiperventilación, aunque era difícil resistir la tentación de aspirar grande e inútiles bocanadas. No obstante, la adrenalina la impulsaba, al igual que su inherente naturaleza completista. Ella era la responsable de completar esa tarea y estaba seriamente responsabilizada.

En ese momento, estaba en el interior de la abrigada tibieza de la cabaña en el bosque de la Secretaria del Senado Mágico, después de haber sido escoltada hasta allí y antes de que se estableciera cierta apariencia de confianza. Una saludable lumbre crepitaba en la chimenea directamente frente al sillón que ocupaba Hermione. La cabaña no era exactamente pequeña, aunque era acogedora debido a la combinación del fuego y la magia. Tenía una cocina en forma de L con todas las comodidades, incluida una Thermomix. Hermione no tenía ni idea de por qué una persona mágica necesitaba tal dispositivo, pero tampoco nunca había sido capaz de explicar adecuadamente la obsesión de Arthur Weasley con las cosas muggles. La espaciosa sala de estar quedaba al lado de la cocina y frente a un pequeño pasillo que llevaba a dos habitaciones y un baño. Una gran alfombra, roja y negra, con estampado Azteca cubría el suelo junto a la chimenea, sobre la cual descansaba un sofá de cuero de cuatro piezas color chocolate con cojines que combinaba perfectamente con la alfombra. Había una suave manta de chenilla con ribetes ondulados sobre uno de los reposabrazos. Hermione intentó (y fracasó) imaginarse al Ministro de Magia en la cabaña, relajado y con la guardia baja… sonriendo indulgentemente a la alta y sombría mujer que aun miraba sin parpadear las notas y documentos que Hermione había traído.

– Pensaba que serías más alta. – le ofreció Rebecca Beaumont, sin levantar la mirada. Pasó una página de uno de los muchos cuadernos de Draco. Había una pila en el suelo que comprendía el papeleo que ya había leído en la última hora. Alguien la había abastecido con papel de sobra, bolígrafos y un rotulador.

Hermione asintió.

– Ya me han dicho eso antes.

– Tienes suerte de que no te haya matado, ¿sabes? Ese Traslador tuyo colapsó temporalmente todas mis protecciones. Venir hasta aquí como lo has hecho ha sido arriesgado.

– La vida ahora mismo es arriesgada. – murmuró Hermione.

Beaumont finalmente levantó la mirada.

– Posiblemente. Nuestro derecho a existir se ha convertido en un campo de batalla.

– Desafortunadamente hay algunas personas que piensan que vivir es un privilegio, no un derecho. – añadió Hermione.

La mujer más mayor suspiró, mirando las notas una vez más.

– Sí. Alexander Amarov. Me ha proporcionado una lectura bastante intensa, señorita Granger. ¿Aquí dice que sigue vivo y que lo retenéis en su flota?

– No es su flota.

– No. – aceptó Beaumont – Ya no.

– Lo tenemos retenido, pero se lo entregaremos lo antes posible.

Beaumont asintió.

– El Almirante estará encantado de quitároslo de las manos, estoy segura.

– ¿El Almirante?

– Almirante Titus Grey. El actual comandante de la respuesta de Estados Unidos al brote.

Hermione frunció el ceño.

– No lo entiendo. ¿No eres la Secretaria del Senado Mágico? – ciertamente, eso explicaría por qué estaba en esa cabaña y no dirigiendo operaciones en la Capital.

– Ya no. Dimití cuando se determinó que el Proyecto Navidad, mi creación, fue un rotundo fracaso.

– ¡No hemos fracasado! – insistió Hermione – ¡No teníamos manera de comunicarnos con usted antes!

– Un supuesto que no pasó desapercibido para nadie, te lo aseguro. Hay creado un interés entre algunos en el poder, en el lanzamiento de ese ataque aéreo.

Hermione no lo dudaba, pero no estaba interesada en sus disputas políticas mágico/muggle.

– Querías que creáramos una cura. Y eso hemos hecho. ¡El trato era que dejarías Londres en paz!

– Hermione, tú y yo queremos lo mismo. No es a mí a quien tienes que convencer de… – levantó la pila de cuadernos – todo esto.

– ¿Entonces tengo que hablar con el Almirante Grey?

– Contactaré con él inmediatamente. Hemos mantenido abierta una única y segura Red Flu para las comunicaciones nacionales e internacionales con nuestros aliados en la OTAN y lo que queda del Consejo de Seguridad de la ONU. Le pediré a Grey que añada tu flota a la Red lo antes posible. ¿Dices que esos barcos se dirigen a Boston?

–Sí. Y quiero que me garantices su seguridad. Y la mía.

– No puedo garantizarte nada, Hermione. Ya no tengo autoridad. Y seamos sinceros, Grey no es mago y es de gatillo fácil en el mejor de los casos. Hará lo que sea necesario, incluso si eso significa abrirte de cuello a ombligo para obtener lo que necesita de ti.

Hermione guardó silencio por un momento.

– Que agradable saber que Alexander Amarov no parece tener la patente de la barbarie.

– Una de las muchas razones por las que dimití. – dijo Beaumont, cansada – Escucha, sé algo sobre ti por lo que he leído y por lo que Rufus Scrimgeour me ha contado. Soy consciente de lo que es probable que sacrifiques si eso significa que podemos cosecharte la cura.

Hermione palideció. "Cosechar" debería sonar como concepto saludable, pero no fue así en la manera de decirlo de Rebecca Beaumont.

– No era mi intención asustarla, señorita Granger. Solo declaro los hechos como lo veo. Y el Almirante también los verá así.

– No he venido hasta aquí a morir ni a asesinar a mi hijo nonato. – respondió Hermione con fuerza.

– Por supuesto que no. – Beaumont la miró larga y duramente. Y entonces, se levantó – Descansa, Hermione. Bebe. Come. Da la impresión que hace mucho tiempo que no duermes. Tu embarazo apenas ha comenzado a echar raíces y es imperativo que no sufras un aborto espontáneo.

– Estrés. – Hermione resopló – Este bebé no ha sido concebido en nada más. – miró a Beaumont – ¿Tienes hijos?

La pregunta de Hermione pareció pillarlas a ambas por sorpresa.

– Sí. Y nietos, también. – una pregunta sin respuesta colgaba en el aire. Para sorpresa de Hermione, Rebecca Beaumont se echó a reír – Oh, Dios, no. ¡Con Rufus no! Tu Ministro y yo fuimos… fue hace mucho tiempo.

– ¿Tu familia está a salvo, entonces? – preguntó Hermione.

– Todos vivos y a salvo. Y continuaran estándolo, gracias a ti. – ahora había un brillo en sus ojos – Lo has conseguido, tal como Rufus dijo que harías.

– A un alto precio, me temo.

La antes cálida sonrisa de Beaumont se enfrió considerablemente.

– No lo dudo. Los milagros son limitados en mi experiencia y nunca, sin un alto precio.


Pasaron dos días.

El Almirante Titus Grey llegó con un escuadrón de soldados y tres agentes del Senado Mágico, cortados por las mismas robustas tijeras que el Agente Barnaby Richards. Sinceramente, podrían haber sido clones (excepto por el sombrero que era marca registrada del Vaquero). Hermione sintió un poco de nostalgia tan solo con mirarlos. El Almirante no se detuvo con muchas ceremonias. Marchó hacia el porche y golpeó la puerta de la cabaña de una manera que sugería que estaba enfadado de encontrar una puerta cerrada contra él.

No había mucho cariño entre la ex jefa del brazo político del Senado y el corpulento comandante militar de rostro colorado. Hermione se percató de la magnitud de la animosidad entre Beaumont y Grey y eso hizo que su confianza decayera. ¿Era demasiado esperar que sus poderosos aliados estadounidenses lograran llevarse bien entre ellos? Probablemente. Después de todo, la presente armonía de la flota no había existido sin pasar por un bautismo de sangre y fuego, literalmente. Nada probaba la cooperación burocrática como un apocalipsis zombie, supuso.

Si Grey era tan belicista como Beaumont sugería, tendría que estar profundamente convencido del probable éxito de la cura para la Infección del Proyecto Navidad. No parecía del tipo que tomara la palabra de nadie, y menos de Beaumont. Tampoco parecía del tipo de hombre que se sentaba a tomar una taza de té para estudiar fórmulas químicas rúnicas. Hermione temía que querría una vívida demostración.

– Límpiate los zapatos antes de entrar. – dijo Beaumont, con la voz más gélida que el tiempo en el exterior. Grey obedeció. Era corpulento; fácilmente tres veces el tamaño de Hermione, pero no era un hombre muy alto. La ex Secretaria lo miró por encima del hombro mientras pasaba.

Los soldados esperaron afuera, dejando al Almirante entrar, flanqueado por los agentes del Senado. Se quitó una boina negra, metiéndola en el ancho cinturón de su uniforme. Debajo del sombrero estaba completamente calvo, salvo por una poblada y blanca barba. Un Santa Militar, pensó Hermione. El Proyecto Navidad ha completado el círculo.

– ¿Es ella? – dijo el hombre, evaluando a Hermione.

– Hermione Granger. – dijo Hermione, tendiéndole la mano. Por un momento, pareció que Grey no la tomaría, pero entonces, lo hizo. El apretón fue firme y vigoroso. La chica sintió que la mirada del hombre se deslizaba desde sus ojos hasta su abdomen, deteniéndose allí brevemente. Beaumont le advirtió que no se había dejado ningún detalle al Almirante.

– Hubiera preferido lidiar con tu Ministro. – dijo Grey sin rodeos.

– Desafortunadamente, el Ministro Scrimgeour no era apto para el viaje.

El Almirante gruñó.

– La Secretaria me ha comunicado que usaste un Traslador de unos dos mil años que encontraste en la finca Malfoy para llegar hasta aquí.

– Lo hice, sí. Al desmantelar las redes Flu, tuvimos que improvisar.

Él asintió. Bajo la barba y el ceño fruncido, Hermione tuvo la impresión de que realmente parecía algo impresionado.

– Inteligente. Y peligroso viajar hasta esa parte de Inglaterra sin ninguna potencia de fuego mágica. La Mansión Malfoy es una mina de oro de artefactos oscuros, o eso he oído. ¿Qué otras cosas interesantes encontraste?

Lucius Malfoy. Narcissa Malfoy. Una mazmorra llena de carne de zombie asesinada. Amor condenado.

– No mucho más, en realidad.

– Tú y tu gente habéis hecho vuestra parte. Tomaré la cura de tus manos.

Hermione sacó una hoja de papel doblada.

– Estamos más que felices de dártela. Pero primero, tengo condiciones.

Grey ignoró el papel que le ofrecía, alzando una ceja espesa y blanca en su lugar hacia Beaumont con una mirada que decía: "¿Qué cojones es esto?"

A lo que Beaumont le respondió con una mirada igualmente seca que decía: "Simplemente léelo."

El Almirante volvió de nuevo su atención a Hermione.

– Jovencita, lo único que me interesa es lo que la ex Secretaria dice que podría ser el fin de la plaga.

Hermione asintió.

– Y me necesitas para fabricar más cantidad a toda prisa.

– Bien. Entonces te tomaremos a ti también.

El sutil cambio de postura en los tres agentes de la estancia apenas se notó, pero prestando la suficiente atención, se percibía.

El infierno debía estar congelándose, decidió Hermione, porque realmente se estaba preguntando que podría hacer Draco Malfoy en esa situación. Ella tendía a mostrarse enfática y exasperada cuando otros se obstinaban. Sin embargo, Draco se quedaba muy callado y apático.

– Puedes intentarlo. – dijo Hermione, con una mano sobre la varita de Ron, que seguía guardada en la funda. Ella sabía que Grey sabía que la superaban en número, en armas y, que por lo tanto, era un farol. Pero el farol de Hermione era una abreviatura para el tipo de desesperación que provocaría que al menos algunos pocos miembros del séquito del Almirante salieran seriamente lastimados. Y eso, Grey también lo sabía.

– ¡Estamos perdiendo un tiempo que no tenemos! – intervino Beaumont – Titus, el equipo británico ha entregado lo que nos prometieron. Lo menos que puedes hacer es suspender el bombardeo hasta que nuestra gente determine la legitimidad de esta cura.

Grey parecía inmóvil, pero las esperanzas de Hermione aumentaron cuando ladró:

– Enséñame tus condiciones.

Hermione le entregó el papel. Ambas mujeres esperaron mientras el Almirante escaneaba el contenido.

– La flota debe conservar su soberanía hasta el momento que los residentes opten por desembarcar. – leyó el hombre, con una perpleja mirada hacia Hermione – ¿Crees que sois un país flotante?

– Por ahora, sí.

– Algunos de los equipos y suministros de vuestros barcos pueden ser valiosos para nuestra causa. Tenéis aceite y la capacidad de refinarlo vosotros mismos. Tenéis un dispositivo de desalinización de agua a gran escala.

Hermione se lo esperaba.

– Estaremos encantados de compartir lo que tenemos, comerciando. No nos quitaras nada de lo que no estemos dispuestos a desprendernos. Eso incluye a las personas. Continuó leyendo la lista.

– ¿Pides clemencia para Draco Malfoy? ¿Por qué? ¿Creía que ya tenía el indulto de Scrimgeour?

– El indulto de Draco se aplica solo al Reino Unido. El contexto que pido es… internacional.

– Solo la CPI puede tomar esa decisión y, lamento informarte, pero hace tiempo que no tenemos noticias de La Haya.

– Hasta que se reconvoque la CPI, quiero tu garantía de que Estados Unidos apoyará la petición de Draco Malfoy, en caso de que se produzca.

– ¡Señorita Granger, Estados Unidos no tiene la costumbre de apoyar peticiones de indulto ante la Corte Penal Internacional, cuando ni siquiera sabemos para qué es el indulto!

– No obstante, esas son mis condiciones.

Grey le lanzó una mirada con ojos entrecerrados.

– Es el padre de tu hijo, ¿verdad?

No tenía sentido mentir.

– Sí.

– Me gustaría hablar afuera con la ex Secretaria. – dijo Grey.

Beaumont y los tres agentes dejaron sola a Hermione en la cabaña. Con algo de alivio, se sentó en el asiento más cercano al fuego y apretó fuertemente sus manos para detener el temblor. Lo que fuera que hablaron los estadounidenses, no les llevó mucho tiempo. Todos volvieron al interior después de unos diez minutos de deliberación, incluido el escuadrón de soldados al completo que ahora parecían bastante helados y miserables. Llenaron la estancia y Hermione se esforzó por no sacar la varita. Si optaban por subyugarla, no habría nada que pudiera hacer. El mundo, el invierno y todos, de alguna manera lograron contener la respiración.

Fue Beaumont quien rompió el silencio y dio las buenas noticias.

– Recoge tus cosas, Hermione. Volvemos a la base. Tu flota puede reunirse con nosotros en Thompson Island.

– Dije que los esperaría aquí. – informó Hermione – Solo porque Scrimgeour conoce la ubicación de esta cabaña. No tengo forma de contactar con ellos para hacer ajustes alternativos.

El Almirante Grey parecía casi insultado.

– Tenemos a nuestra disposición lo que queda de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos y la Armada. Ten por seguro que encontraremos tu flota y se lo haremos saber.


Había algo, se atrevería a decir, mágico, que parecía sucederle a los calcetines de Henry cuando estaban fuera de sus pequeños pies. Para ser precisos, desaparecían. Draco descolgó toda la ropa limpia que se había estado secando en un tendedero improvisado en el baño, arrojándola sobre la cama. La colgó, dobló y enrolló toda hasta que quedaron solo cinco prendas, todos calcetines desparejados. Incluso con el beneficio de la replicación mágica, no era práctico estar constantemente conjurando más ropa. Todos los residentes de la flota habían recibido un suministro que les debía durar.

– Henry. – dijo Draco, llamando al niño que estaba dibujando.

Henry se levantó y se puso solemnemente junto a su tutor.

– ¿Sí?

– ¿Sabes el paradero de tus calcetines perdidos?

– No. – contestó Henry, predeciblemente. Miró la dispar exhibición de calcetines en la cama, sumido en sus pensamientos. Eventualmente, dijo – ¿Quizás se los han llevado los elfos?

– Por mucho que eso haría que Hermione estuviera muy satisfecha, dudo que hayan sido los elfos. – lo que le siguió fue una breve charla sobre el Cuidado de las Cosas y que los Calcetines no crecían en los árboles, aunque Henry no tenía ni idea sobre una especie particular de lana de roble ruso que era la excepción de la regla.

Draco no tenía nada contra las tareas domésticas, pero la diferencia entre lavar la ropa, la loca y desesperada intensidad del trabajo en el laboratorio y la ocasional matanza de zombies y otras criaturas, fue suficiente para darle un latigazo mental. No es que no hubiera mucho que hacer en la flota. Era simplemente que ninguno de ellos estaba acostumbrado a la falta de urgencia. Crear la cura había sido agotador y para muchos en el equipo del Proyecto Navidad, los había consumido por completo.

Draco no pudo evitar recordar el circo mágico que pasó por la finca familiar cuando tan solo era un poco mayor que Henry. Había ilusionistas, malabaristas, una casa de fieras móvil y un zancudo que era tan alto que podía ver claramente por encima de la Mansión Malfoy. Draco, quien no tenía problemas con las alturas, lo supo porque se subió al tejado de la casa para saludar al hombre cuando el circo se marchaba del pueblo.

"¿Cómo lo haces?" le había gritado la pregunta el pequeño Draco. Era cuestión de habilidad, equilibrio y práctica, supuso, porque en los pocos días que había estado el circo por los alrededores, el zancudo nunca se había parado.

Con una sonrisa, el hombre le gritó la respuesta: "¡Te paras, te caes!"

Y así fue para muchos del equipo del Proyecto Navidad. Hubo una breve euforia, pero le siguió la depresión. Se habían caído. Algunas personas no habían logrado levantarse de la cama todavía. También había pequeñas apuestas, muy poco amables, en marcha sobre cuando Draco arrojaría la proverbial toalla y se marcharía, abandonando a Henry y a la ausente Hermione. Nadie sabía que Draco participaba en estas apuestas, por supuesto, incluso si Harry le decía "por dónde tirar" al menos una vez al día.

Draco ayudó a Henry a vestirse e hizo la cama mientras el niño se cepillaba los dientes. El desayuno era lo siguiente en la agenda cuando Vadim Belikov apareció en la puerta.

La mirada en el rostro del anciano era familiar, bienvenida y temida, todo al mismo tiempo.

– ¡Te necesitan en cubierta! ¡Hay un helicóptero!

– ¿Quiénes son? – preguntó Draco, mientras ya se ponía las botas. Henry estaba en la puerta del baño, con el cepillo de dientes inmóvil en su boca.

– ¡Los estadounidenses! ¡Hermione lo ha conseguido!


¡FELIZ AÑO NUEVO A TODOOOOS! Espero que este año os traiga lo mejor de lo mejor a todos, que luchéis con fuerza por lo que queréis y que nada os haga dudar de lo mucho que valéis. ¡Gracias por otro año lleno de Dramione y gente maravillosa!

Bueno, bueno, el capítulo ha sido algo tenso al principio, ¿no creéis? Ese Almirante no da muy buena espina... ¿las apariencias engañan o no? ¿Y qué os parece ese Draco amo de casa? xD

¿Qué pasará ahora? ¿Ya se ha a solucionado todo?

Mi deseo de año nuevo es que Rizzle termine la historia y podamos ver su final pronto, tengo fe ^^

¡Siento que las actualizaciones de este fic se ralenticen! Pero es que ya queda poco para llegar al ultimo capítulo que ha actualizado Rizzle T-T

Gracias por comentar el cap anterior a: *Dreiana* *Loonydraconian* *LluviaDeOro* *guiguita* *SALESIA* *Carmen* *aurablack16* *johannna* *Cote* *Doristarazona*

¡Besos!