Tu siempre serás mi excepción favorita,
Esa regla que he roto varias veces,
Eso que negué, lo inimaginable, eso a lo que dije nunca más.
"Anónimo"
.
.
.
.
.
.
Y así pasaron los días, los meses y los años, la mayoría de sus amigos estaban en la universidad, los otros estaban trabajando en algún parte de la misma y gastada ciudad pero que tenía ese encanto que no permitía que se fueran de aquel lugar. Todo seguía como siempre… todo menos ella. Caminaba por esa ciudad en las tardes de otoño y podía verla en cada lugar, aun podía oír su voz, su risa, sus regaños; podía verla y podía sentirla suya aun a pesar de que jamás lo fue.
Había decidido estudiar leyes en la universidad, se le daba bien ya que siempre defendía a la gente y no muchos se sorprendieron de su elección, era bueno en sus estudios, era aplicado y al mismo tiempo era popular entre las chicas, pero ya no importaba mucho ¿verdad?
"viejo, Helga se fue, debes seguir con tu vida"
Lo sabía, sabía que debía seguir, pero no se lo permitía ¿Cómo podía ser feliz? ¿Cómo podía continuar sabiendo lo que le hizo? Podía recordar ese día tan claramente, ese día le seguía atormentando día y noche, mientras dormía, mientras soñaba podía ver claramente los ojos hechos aguas de la rubia.
Todos le preguntaban por la chica de ojos azules, pero su respuesta era siempre la misma "no se de ella desde hace 10 años" y cada palabra le dolía, sentía como se le desgarraba el corazón. Hace 7 años que no sabía de la rubia de ojos azules, hace 5 que había salido de la universidad y ejercía como abogado. La ciudad en esos 10 años había cambiado un poco, la modernidad había llegado, pero mantenía un poco su esencia. Ese día le había tocado un caso de divorcio, ambas partes se odiaban y había sido un caos todo el proceso. Se sentó en una banca del parque y prendió un cigarro. Que se podía decir, había cogido algunas mañas. Miro el cielo y boto el humo de ese cigarrillo.
- ¿Qué estarás haciendo Pataki? –
En otro lugar lejano de aquella ciudad, una rubia caminaba con paso acelerado. Iba con una falda tubo ajustada a su cuerpo, una blusa blanca ceñida y su cabello iba suelto moviéndose con el viento y con sus pasos que casi se convertían en una corrida.
- ¡Ian! – exclamo –
- Helga –
Entro a la habitación de un hospital, dejo su cartera y tomo las manos de un hombre que estaba acostado en la cama, cabello castaño, ojos grises y tez blanca, una débil sonrisa acompañaba su rostro.
- es tiempo, querida –
- no digas idioteces si no quieres que te golpee – respondió – te pondrás bien – aliso las sabanas de la orilla – siempre te pones bien… -
- no creo que pueda esta vez, estoy cansado –
- No Ian, debes seguir peleando – susurro – por ti… por mi – cerro sus ojos –
- siempre me pregunte – dijo con dificultad –
- ¿Qué cosa? –
- cómo era el hombre que te conquisto –
- de que hablas… -
- siempre lo supe – sonrió mirando el techo – no soy la razón de tus suspiros Hel –
- ¡no digas eso! – apretó su mano – Ian… yo te quiero y lo sabes –
- yo te amo Helga – le miro seriamente – te amo como no tienes idea, y preferí quedarme contigo sabiendo que jamás me amarías con esa intensidad que tienes para hacer las cosas, a pesar de que te casaste conmigo, que formamos una familia… a pesar de ser mía nunca lo fuiste realmente –
- Ian… - susurro llorando –
- nunca me importo y sigue sin importarme porque pude despertar viendo tu rostro cada mañana… jamás olvidare el día que te vi entrar en la editorial como practicante –
- una muy mala practicante que no sabía hacer ni café– sonrió –
- sabes que no me importaba mucho el café, ni siquiera tomo café, pero tenías ese espíritu, el cual me cautivo inmediatamente –
- y después en la editorial preguntaban cómo había sido que la practicante había enamorado al dueño – rio –
- esas cosas pasan – rio con ella -
- que artimañas use para conquistarlo señor Mcguiller – acaricio su mejilla – tal vez use magia negra -volvió a reír-
- lamento tanto el tener que irme, perdóname por no ser más fuerte –
- saldremos de esta –
- es este cáncer que no me dejara seguir contigo mi querida Helga –
- te estoy tan agradecida por todo – respondió -
- y yo a ti… - le miro – vive Helga… vive como quieras vivir –
- Ian –
- vive por todos los años que no viviste, no te preocupes por nada mas que por vivir – acaricia la mejilla de la ojiazul – siempre estaré cuidándote –
La mano del hombre cayo suavemente en la cama y la maquina hizo un sonido constante, todo fue en cámara lenta para Helga, aquel hombre que estaba muriendo en esa cama, ese hombre le había devuelto la sonrisa, la alegría y la esperanza de ser feliz pero ahora se iba. Hace un año le habían detectado cáncer terminal, buscaron por cielo mar y tierra alguna cura o procedimiento para frenar el avance su enfermedad, pero era en vano. Vio como entraron las enfermeras y los médicos a la habitación y hacían lo posible por resucitarle, pero ahí estaba él, con una sonrisa en su rostro, comprendido que estaba bien, que él se había ido en paz.
-hora de defunción 16:20 hrs – dijo el médico – lo siento mucho, señora Mcguiller –
No sabía que responder, simplemente se volvió a sentar al lado de su marido, beso una vez más sus labios y lloro en su pecho. Los funerales fueron rápidos, llamo al asistente de su marido y pidió su ayuda, la familia de él la acogió con la perdida, tal como la habían acogido cuando llego a esa familia, con amor y comprensión.
- Mi querida Helga – dijo una mujer –
- Leonor – abrazo a la dueña de la voz-
Leonor era una mujer alta y de contextura delgada, si había que describirla en una palabra era elegancia, usaba un abrigo negro largo, su cabello iba recogido y llevaba anteojos de sol negros.
- no estás sola quería – susurro – siempre estaremos contigo a pesar de que mi hijo ha fallecido –
- gracias Leonor, es muy importante para mí lo que dices –
- siempre serás bienvenida, es más ven a quedarte con nosotros unos días a la casa de playa – agrego un hombre de bigote blanco –
- Gracias Edward – asintió – es tan solo que… -
- no lo puedes creer… - termino la frase –
- Sophie –
- Tranquila Hel, sé que hicieron lo posible e imposible para encontrar una cura – abraza a la rubia – es tan solo que… Dios era tan joven – comienza a llorar – no merecía ser consumido por ese estúpido cáncer –
Sophie era la hermana menor de Ian, de cabello castaño el cual llegaba a sus hombros. Era conocida por ser una diseñadora famosa, al momento de enterrase de la noticia estaba en Milán, en un desfile de modas mostrando su última colección.
- Lo que necesites viajare por ti a cualquier lugar Helga – exclamo sujetando sus hombros y mirándola a los ojos – lo que siempre vayas a necesitar, estaremos aquí –
- gracias ustedes son… mi familia –
- oh querida, y tú siempre serás nuestra hija –
- siempre – agrego Edward - ¿iras con nosotros a la casa de playa?
- lamento detener que decir no… me han llamado del hospital –
- ¿el hospital? –
- mi padre, Bob, tuvo un ataque al corazón. Me contacto mi hermana – dijo seria –
- ¡no deberías ir! –
- ¡Sophie! –
- ¡pero mamá! ¿Por qué debe ir luego de todo lo que le sucedió?
Helga miraba como Sophie discutía con sus padres, ella había sido tan honesta con Ian y con sus padres desde un comienzo, le explico el porque estaba sola, por qué nunca recibía una carta o porque no iba de vuelta para las festividades a su ciudad.
"No tengo lugar al cual volver"
Esa había sido su respuesta, pero ahora, luego de 10 años tendría que ir a esa ciudad, aquella ciudad donde había dejado todo y todos.
- iré contigo – exclamo la castaña –
- ¡Sophie! –
- estaré bien – agrego Helga- si necesito algo llamare, creo que debo hacer esto sola – explico –
- es verdad – asintió Leonor – pero Helga, querida, si necesitas algo por favor da aviso inmediato y llegaremos, no importa donde sea, la hora que sea. A lo que a mi concierne, tu eres y seguirás siendo la esposa de Ian, seguirás siendo mi hija –
Helga simplemente abrazo a la mujer, con ella había conocido la preocupación y el amor de una madre, el que velara por ella cada vez que algo sucedía, su corazón se apretó fuertemente y comenzó a llorar, las lágrimas no se detenían y seguían saliendo una tras otras, sintió como Leonor la abrazo con mayor fuerza y como se unía a su llanto, luego Edward y Sophie, estaban los cuatro llorando la partida de Ian.
A la semana siguiente estaba sentada en un avión rumbo a Hillwood, estaba nerviosa, extasiada, enojada, triste, alegre, tatas emociones que no podía definir bien el cómo se sentía del todo. ¿Cómo estaría todo? ¿habría cambiado? ¿seguirá igual? ¿Pheobe estaría tan cambiada como se veía en las fotografías? ¿Y Gerald? Cielos, estaba tan nerviosa ¿Cómo se vería su mamá? ¿su padre? ¿Y Olga? Recordó que unas veces intento comunicarse con ella, pero no pudo y nunca estaba en el mismo lugar, tal vez eso de ser actriz era así, que iba a saber ella. Suspiro acomodándose más en aquel asiento. ¿Arnold seguiría en aquella ciudad? Su corazón se apretó fuertemente, aun dolía… dolía el recordarlo porque aún había sentimientos anidados en su corazón por él, aunque lo odiase.
El avión aterrizo y pidió un taxi, dio la dirección del nuevo hotel de la ciudad. Algunas habían cambiado, podía ver a medida que el automóvil avanzaba, las calles estaban más modernas, había gente que no podía reconocer, nuevas tiendas, departamentos… si Hillwood había tenido sus cambios en estos 10 años. Se registro en el hotel y fue rumbo al hospital. Se puso una falda larga de color azul que le llegaba a la cintura, una polera sin mangas ceñida, su cabello suelto, sus labios de color rosa, una cartera café y un sombrero para el sol, decidió ponerse sus lentes de sol, aún estaba nerviosa. Camino asombrada por las calles de la ciudad, sonreía para ella, recordado como era antes y el cómo era ahora. Al llegar al hospital se dirigió a la mesa de atención.
- disculpe –
- ¿si dígame? –
- busco la habitación de Pataki, Bob Pataki –
- déjeme buscar – silencio – sí, es la habitación 508 –
- gracias –
Camino con tranquilidad hasta el ascensor, apretó el botón y espero que este llegara, miles de pensamientos y emociones estaban en su cabeza y corazón, pero debía ser firme, ellos no habían cambiado tal vez, debían seguir igual… ni siquiera habían preguntado por ella, no habían intentado contactarla, ella no tenía padres según respectaba para si misma pero entonces ¿Por qué estaba ahí? ¿Por qué cuando le dijeron que Bob estaba en el hospital se asustó? Sin darse cuenta estaba en la puerta 508, respiro profundo y golpe –
- adelante –
Giro la manilla y entro, en la cama podía ver a su padre, esos 10 años se notaban en él y no para bien, se veía avejentado, cansado. Su cabello estaba mas blanco que gris, a su lado una mujer que tenia el cabello largo rubio en una trenza, usaba un vestido de color verde y anteojos sin marco, y en la ventana una muchacha de cabellos largos, bonita figura.
- ¿sí? – dijo la mujer de anteojos – ¿le podemos ayudar en algo? –
- ¿no puedes siquiera reconocer a tu hija? – dijo molesta –
Una rabia se apodero de ella, se sacó sus anteojos de sol y su sombrero, los ojos de Miriam se abrieron de par en par y se levantó, Bob se sentó en la cama y Olga se quedó viéndola atónita.
- ¿Helga? – susurro Miriam- ¿Eres tú?
- Si, soy yo Miriam – respondió -
Un silencio se hizo presente en la habitación, un silencio incómodo para Helga, ya que para ella estaba lleno de ansiedad ¿no dirían nada?
- Al parecer estás bien, Bob – agrego –
- fue un susto – agrego Olga – Helga estas hermosa – sonrió tomándole las manos – no te veía hace- -
- diez años – interrumpió ella – hace 10 años que me fui de casa – mira a Miriam y a Bob - ¿se dieron cuenta? ¿lo notaron de inmediato? O se dieron cuenta porque no llegue con las cervezas que pediste ¿lo notaste cuando estabas sobria? – decía sin parar – dime ¿Cuándo? ¿te importo? ¿sentiste lastima? ¿alegría? ¿satisfacción?
- ¡Por dios Helga no! – exclamo su madre - ¿¡cómo me iba alegrar que mi hija se fuera de casa a los 18 años!?
- ¡¿Entonces?! – exclamo - ¿¡te diste cuenta de que ese día llegue a las 11 de la noche!? ¿recordaste que ese día fue mi graduación?
- y-yo… -
- Helga no seas tan dura… -
- ¿y qué sabes tú? – la miro – cuanto tu ibas todo era perfecto, ellos eran perfectos contigo ¿no? ¿Saben? No sé a qué vine, me alegro de que estés bien Bob.
- Helga – suplico su madre –
- soy licenciada en literatura – dijo dando la espalda y poniéndose su sombrero y lentes de sol – terminé mis estudios en Londres, por si les interesa saber dónde estuve todo este tiempo. Me titulé con todos los honores, fui nombrada la mejor estudiante de la generación. Trabaje en una de las editoriales más famosa de Londres. – silencio – me case… ya no soy una Pataki – voltea a verlos – Ya no soy una Pataki, soy Mcguiller. Y por si les llega a interesar, no, él no vino porque hace una semana que enviude – limpia una lagrima- ¿eso es suficiente para que por fin me noten?
Diciendo eso la muchacha salió de aquella habitación aguantando las lágrimas, pero no podía, bajo las escaleras necesitaba salir de ahí, necesitaba escapar de dicho sitio ¿Por qué dolía tanto? ¡no debía doler tanto! Ellos jamás le habían hecho caso, pero aun dolía esa indiferencia de parte de ellos, salió del hospital corriendo, intento calmarse. Seco sus lágrimas y respiro profundamente, saco su celular para recordar la dirección del hotel, al no ver por dónde iba choco con alguien de frente, cayendo sus anteojos.
- disculpa fue mi culpa no me fije por donde iba – dijo mirando el suelo buscando sus cosas –
- ¿Helga? –
Su mundo se detuvo, sintió un escalofrió por todo su cuerpo, levanto su rostro y sus ojos se encontraron con esos ojos de color esmeralda, aquellos ojos que seguían persiguiéndola cada día de su vida. Ahí estaba el dueño de sus desvelos y de sus suspiros, el dueño de muchos de sus pensamientos y sueños, y el culpable de una promesa que se había hecho hace tanto tiempo atrás que era difícil de recordar, pero el dolor y la tristeza no, al mismo tiempo de sentir eso el dolor volvió a ella ¿había sido así de rencorosa? ¿era tan rencorosa? Así parecía. No quería decir su nombre, porque sería como un encantamiento, ninguno de los dos decía palabra alguna, estaban quietos, catatónicos de volverse a ver en todo ese tiempo. No debía decir el nombre de ese hombre, no debía ser encantada nuevamente, pero una extraña magia le estaba obligando sus labios ardían por decirlo.
- Arnold – y comenzó su condena -
