Capítulo 1
7 de febrero. Año 2016
—Estimados pasajeros, lamentamos informar que se han inundado las vías debido a la intensidad de la tormenta y el servicio debe ser cancelado. Disculpe las molestias.
Y cuando menos lo esperaba, ¡zas! El día empeoraba más y más. Primero aquella pegajosa humedad que se había instalado desde el día de ayer, segundo, la copiosa lluvia traída por la humedad que calaba los huesos, tercero, el viaje en tren con todos los vagones abarrotados en los cuales apenas se podía respirar, cuarto, sus profesores se habían puesto de acuerdo para tomar examen en todas las materias y, para finalizar con broche de oro, ahora suspendían el servicio justo cuando tenía que volver a su casa. Ah, faltaba agregar que la lluvia obstaculizaba el normal funcionamiento de las torres de telefonía y carecía de señal para avisarle a su madre donde se encontraba.
Poco a poco, entre quejas e insultos, las personas fueron vaciando la estación y sólo quedó ella, refugiada en el techo de chapa esperando a que aflojara un poco la terrible tempestad. Se sentó en un banco y se puso a jugar con las pocas monedas que tenía en el bolsillo de su sobretodo. Había gastado el poco dinero que tenía en un sándwich en la escuela que no había satisfecho ni un poco su hambre, por ende tampoco tenía para otro medio de transporte.
—Sin dudas hoy es tu día, Kagome —resopló para sí misma mientras tiritaba de frío. Su sobretodo estaba tan empapado que, lejos de abrigarla, absorbía toda la potencia del vendaval.
Permaneció más de una hora allí y, lejos de mejorar, el chubasco se intensificó: la lluvia caía como si fuese una cortina de agua que obstaculizaba la visión y el viento soplaba con mucha más fuerza. Acurrucada en un rincón, se preguntaba qué tan amplio sería el vocabulario de insultos que le dedicaría su madre cuando pudiera comunicarse con ella. Aquel, junto con la responsabilidad que había adquirido de advertirles a todos los que llegaban que el tren no pasaría, se habían vuelto sus dos únicas maneras de pasar el tiempo.
Un sujeto llegó a la estación con paso raudo y, con tanta abstracción, que pasó de largo sin percatarse de su presencia. Otro apurado, pensó Kagome, poniéndose de pie para alcanzarlo pese al hambre, el cansancio y el frío que le quitaban las fuerzas.
— ¡Ey! —Llevó las manos a sus labios para aumentar el volumen de su voz— ¡Señor, el tren no pasará!
El hombre volteó y se sonrió, deteniendo su marcha y retrocediendo hasta donde ella se encontraba. Llevaba un largo sobretodo negro, guantes de cuero y una boina que cubría su cabello del contacto con el agua. Por su rostro dedujo que no tendría mucho más de veinticinco años.
—Disculpa, no te he visto, ¿has dicho que el tren no pasará?
—Así es, el servicio fue suspendido por la inundación de las vías —citó, fiel al megáfono que había escuchado antes.
—Esto me pasa por salir sin mirar antes las noticias —se quejó, dando una suave patada al suelo. Se aproximó al andén para comprobar lo que la joven le había dicho, luego observó la estación y volvió a centrarse en la joven. —Debí haberlo supuesto por lo desolado de este lugar. —La miró de arriba abajo. — Parece que también te sorprendió el chubasco, ¿no?
La joven se encogió de hombros y titubeó unos segundos, aunque él la interrumpió antes de que pudiera contestar algo.
—No me digas nada, estás varada porque no puedes volver a casa y que un extraño venga y que con toda la naturalidad del mundo te hable, te genera desconfianza. —Le dedicó una amplia sonrisa afable. — Entiendo a la perfección, así que sólo diré una cosa más: si quieres resguardarte en un lugar mejor, te invito a que vengas a esta iglesia… —y señaló una cúspide no muy alta entre varios edificios—… ahí tendrás una manta y algo caliente en el estómago.
Sin esperar respuesta alguna se despidió y salió de la estación. Kagome volvió a sentarse en el mismo lugar que ocupara antes mientras contaba mentalmente hasta cien. Incluso antes de terminar ya se encontró alejándose de la estación, siguiendo los pasos del desconocido.
El viento le soplaba la lluvia en la cara y tuvo que detenerse varias veces para evitar que éste la empujase debido a su intensidad. Caía tanta agua que el asfalto estaba inundado y pronto los cordones de las veredas, por lo cual ahora también tenía los zapatos y las medias mojadas. Si no se enfermaba con semejante temporal podría considerarse inmune a todos los males del mundo.
Pronto divisó la iglesia: era un edificio alto aunque bastante estrecho en cuanto a longitud. Se encontraba en el extremo superior de la cuesta que formaba la senda, por lo tanto se hallaba más resguardada de la inundación. Subió y golpeó la puerta, la cual fue abierta por el mismo joven de la estación.
— ¡Bienvenida! —Ahora sin el sobretodo y la boina, pudo apreciar mejor su rostro simpático. Traía puesto un sweater y, sobre este, colgaba un rosario de cuentas de plata. Dejó que pasara adentro y cerró la puerta rápido para evitar que entrara el frío— Me alegra mucho que vinieras, me dejó preocupado la sola idea de que una muchacha permaneciera mucho tiempo sola en una estación. Veo que la tempestad fue más fuerte que tu desconfianza.
—La oferta era demasiado tentadora como para rechazarla —sonrió.
—Siéntate, iré a buscarte una manta.
La iglesia era mucho más modesta por dentro que por fuera. Era una galería corta pero alta, con el altar en la otra punta, donde lucía una gran estatua de Jesucristo en la cruz, y bancos largos en el centro. Había otras personas a parte de ella, quienes al carecer de hogar, fueron a refugiarse allí.
Vio cómo el muchacho desaparecía en una puerta al costado del altar y fue a sentarse en uno de los bancos, quitándose el empapado sobretodo y dejando la pesada mochila en el suelo. Sacó su celular y descubrió que allí tenía señal… y cerca de veinte llamadas perdidas de su madre. Marcó su número y esperó a que atendiera.
— ¡KAGOME! ¿Por qué me atendía el contestador? ¿Por qué no me llamaste antes? ¿Dónde estás? ¿Por qué no estás acá en casa?
—Espera mamá, por favor. Cancelaron el servicio de trenes justo cuando necesitaba tomarlo y fui a refugiarme en la iglesia cercana a la escuela. Es mejor que quedarse en la estación.
— ¡Mi pobre niña! ¡Ni se te ocurra quedarte dormida allí, no confíes en nadie! Dime que no estás sola… ¡se acabó, voy ya mismo a buscarte!
—No tenemos auto y la lluvia no hace más que empeorar. —Negó con la cabeza y luego recordó que su madre no podía verla — Olvídalo, mejor quédate con Sota y el abuelo, prometo mantenerte al tanto de la situación.
—Te llamaré más tarde —dejó escapar un fuerte suspiro de derrota sobre el auricular. — Por favor, cuídate cariño.
—Lo haré mamá. Adiós —y colgó.
Lejos de casa, sin dinero y abandonada a su suerte en una iglesia donde no conocía a nadie. Bueno, era momento de sacar a luz su madurez y su astucia para sobrellevar las adversidades.
—Aquí tienes —el joven reapareció y le ofreció una manta con un estampado de los Power Ranger y una taza humeante. — Espero que te guste el café con edulcorante.
—Está bien, muchas gracias —se envolvió con la cobija seca y dio un trago largo a la bebida. Estaba demasiado dulce para su gusto, pero eso no evitó que soltara un suspiro de satisfacción al sentir el líquido caliente recorriendo su esófago. —Increíble pero esto fue lo mejor que me pasó hoy.
—Mal día, ¿eh? —Se sentó en el banco a su lado mientras abría un paquete de galletitas y sonreía por la mirada brillante de la joven. — Por lo menos estás recuperando un poco el color, estabas muy pálida en la estación. Una niña con uniforme escolar de diecisiete… o dieciocho años…
—Dieciocho.
—... de dieciocho años no puede permanecer sola en una estación tan desolada, estando tan próxima a caer la noche. —Notó la mirada de hastío de la joven y desvió la conversación. — En fin, no soy el padre Mushin para andar dando sermones. Mi nombre es Miroku.
—Kagome.
—Un gusto, Kagome. —Se puso de pie y señaló la puerta donde había entrado antes— Come todas las que quiera y descansa, en unas horas el padre Mushin y yo prepararemos la cena para todos. Si necesitas pedirme algo, no dudes en entrar a buscarme.
Y se retiró por la susodicha puerta. La joven engulló varias galletitas y luego pasó el paquete a las otras personas. Acomodó su mochila empapada encima del banco y, bien envuelta con la manta seca, se recostó y cerró los ojos. No quería dormirse pero deseaba que aquel día terminara cuanto antes, además de que los párpados se le caían después de aquel café calentito. Luego de unos minutos se rindió, cayendo en un sueño liviano e intranquilo.
Despertó algunas horas después debido al potente rugido de un trueno. Alzó la cabeza en el momento justo en el cual un rayo centelleaba con tal fuerza que la encegueció. Una vez que su luz se extinguió, notó que ya se había cernido la noche.
Se incorporó sobre su asiento con todos los músculos adoloridos por la dureza del banco y la cabeza que le daba vueltas. Se puso de pie y caminó hacia la puerta donde se había marchado Miroku y, al encontrarla entreabierta, la empujó y entró.
Aquel cuarto no era más que una pequeña cocina que constaba de sólo un horno y una pequeña heladera, el resto eran muebles con muchos cajones. El joven se encontraba junto con un hombre viejo, panzón y calvo, ambos dándole la espalda sentados en sillas mientras veían una vieja televisión apoyada sobre una mesita. La furia de la tormenta generaba interferencias y su pantalla se veía borrosa.
—Y tu padre que creía que era mala idea colocar la iglesia encima de la cuesta —bufó el hombre. — Pero sólo lo decía porque no tenía ganas de subir la escalinata.
—Puede ser —repuso Miroku, abstraído en unas carpetas que tenía sobre su regazo, cuyas tapas estaban decoradas con los personajes de Los Simpsons. — Tsk, no sé cómo puedes estar tan relajado cuando no tenemos idea alguna de dónde va a caer. Imagínate qué podría pasar si tan sól-
—Deja eso, no podemos hacer nada al respecto. Hay varias iglesias donde se están congregando varios ministros religiosos ahora mismo pese al temporal, es más probable que aparezca allí —replicó el hombre, rascando su voluminoso estómago.
—Disculpen, —ambos voltearon la cabeza al escuchar la voz de la joven— vi la puerta entreabierta y pasé…
—Oh, no te preocupes, pasa —el rostro afable del viejo y sus espesos bigotes canosos le sonrieron. Traía puesta una camisa negra que le quedaba ajustada por el grosor de su vientre y el alzacuello característico. — Miroku, no me dijiste que era un jovencita tan linda.
—Tan bonita y con dieciocho años, —el aludido le dedicó una mirada filosa que luego se tornó amable al dirigirse a la muchacha— Kagome, él es el padre Mushin.
—Lamento mucho haberlos interrumpido… ¿tienen alguna noticia acerca del clima?
En aquel instante resonó la televisión con un vibrante "último momento" y los tres permanecieron callados. La pantalla mostraba la imagen de una periodista en el centro de la ciudad, parada en la mitad de la calle. La inundación era tal que el agua le llegaba casi hasta la cadera.
—… aquí reportando en el peor aluvión de la historia de nuestro país. —Su voz sonaba apagada debido al rugido de la tormenta. — Como ven a mí alrededor, todos los autos quedaron abnegados y arruinados por el agua, y la evacuación de los ciudadanos se ejecuta lo más pronto posible, aunque la intensidad de la tempestad dificulta… —y siguió hablando aunque nadie más pudo seguir escuchándola.
Detrás suyo la cámara enfocó cómo se generaba un remolino de agua. Primero, con mucha lentitud, el líquido comenzó a girar alrededor de un mismo vórtice y luego, con una velocidad pasmosa, aumentó de tamaño, arrastrando y tragando todos los vehículos que habían quedado ahí varados. Era tal la fuerza que había adquirido que, pese a estar varios metros más alejada, la periodista fue empujada y luego engullida junto con el camarógrafo. La transmisión se cortó justo cuando la cámara fue sumergida.
Con el control remoto en la mano, Miroku apagó la televisión.
Kagome permaneció allí estática, el rostro pálido por la impresión y sin fuerzas para siquiera moverse. Sintió cómo el pánico agarrotaba sus músculos y sólo su corazón le respondía, latiendo cada vez más rápido. Mushin notó cómo se descomponía su semblante y, tomando una botella de coñac de una de las alacenas, le sirvió un vaso.
—Gracias —la bebida espesa prendió fuego su garganta a medida que la tragaba, confiando en que aquello la relajara un poco.
—Relájate, muchacha —el padre palmeó con suavidad su espalda— el agua no puede llegar hasta aquí.
—Pero mi familia…
—Si resisten hasta medianoche estarán bien. Llámalos.
Si entender bien a qué se refería cuando hablaba de la medianoche, tomó su celular y discó el número de su madre. Pero por más que sonara y sonara, no respondía.
— ¿No contestan? —casi imperceptiblemente, Kagome asintió. — Quizás las señales estén obstruidas por la tormenta, no te preocupes.
— ¿Quieres ayudarnos a preparar la cena? —inquirió Miroku, buscando con qué distraerla. — Sólo es pelar papas, cebollas, batatas y otros tubérculos, pero somos bastantes personas y otra mano no nos vendría mal.
Aceptó de buena gana. Era una buena forma de matar el tiempo y pensar en otra cosa mientras retribuía un poquito el favor que hacían aquellos hombres con ella.
Durante una hora se sumergieron en los tubérculos y los vegetales, cortando y pelando. Pusieron una gigantesca cacerola al fuego y fueron volcando todos los ingredientes. Una vez que todo estuvo cocido, lo sirvieron en platos y lo repartieron entre todas las personas allí presentes.
—Lástima que no teníamos nada de carne —lamentó Miroku, tomando un largo sorbo. — La tormenta nos sorprendió con pocos víveres.
—Pero la sopa está increíble —le animó la muchacha. —Me aplacó el hambre. En serio, muchas gracias por lo que has hecho por mí.
—Hice lo que todo caballero debe hacer cuando ve a una dama en apuros —concluyó con simpleza.
Kagome terminó su sopa y volvió al banco donde había dejado sus pertenencias. Ya con el estómago lleno se propuso volver a recostarse. Intentó una vez más comunicarse con su familia y otra vez fracasó, así que decidió olvidarse y dormir.
Una vez más su sueño fue intranquilo e incómodo, aunque esta vez fue interrumpido por los alaridos de las personas que se encontraban cerca suyo. Saltó del banco como un resorte y notó cómo, sobre el altar y la estatua de Jesucristo crucificado, se dibujaba un gran corte transversal que, al abrirse, despidió una luz enceguecedora que obligó a todos a cubrirse los ojos en medio de la estupefacción. Luego de unos segundos, ésta fue amainando su intensidad poco a poco hasta desaparecer.
Todos volvieron sus miradas hacia el lugar donde había surgido el extraño corte y observaron que todo estaba en su respectivo lugar… salvo porque en frente del altar había aparecido la figura de un joven vestido con una antigua prenda roja, el cabello largo de color negro y los ojos oscuros que rebotaban de un lado al otro, desconcertados por la extraña imagen que le ofrecían.
—Maldita Midoriko, ¿dónde mierda estoy? —rugió.
CHA CHAAAAAAAAN (?
Predecible? Sah, un poco (? Ya sé que todos dirán que no es la gran cosa, pero este capítulo resultó ser un verdadero dolor de cabeza... costó imaginar una razón por la cual una joven siguiera a un desconocido... y muchas otras cosas que después tendrán repercusión.
Debo aclarar que, como se habrá dado cuenta (mi sagaz lector), opté por cambiarle las edades a los personajes... no entiendo cómo Miroku puede tener dieciocho en el anime, o Sesshomaru diecinueve... en serio, incluso Inuyasha aparenta diecisiete? Naaaaaah, por eso preferí hacerme la interesante y cambiarle un poquito las edades a los personajes. Creo que Kagome queda bien con quince, pero preferí aumentarle un poquito para que no haya tanta diferencia con los demás.
Gracias por pasarte! No sabes lo que eso significa para mi 3 Deja una crítica al final para decirme qué tal te pareció o de qué forma me cercenarías los brazos para que deje de escribir cosas de esta índole porque no se me da c:
-Aguante Chaca-
