¡Y regresamos con un nuevo OS!
No sé si el fallo de fanfiction estos días (QUÉ SORPRESÓN), el hecho de que fuera domingo... o de que fuera mi primer angst influyeron en el número de RW, pero os he echado en falta chicas! Me encantaría saber qué os pareció aunque no sea a lo que os tenga acostumbradas y, por otro lado, como ya comenté, aquí podríamos encontrar ff de todo tipo, angst incluido :P (De todas formas, si queréis quejaros a alguien, podéis echarle la culpa a una mala influencia en mi vida: ShadowDianne. Para quienes no la conozcáis es una de mis niñas swen pero, sobre todo, una autora maravillosa! Os la recomiendo a todas encarecidamente aunque... a veces tiene tendencia al Angst y yo sigo diciendo que parte de culpa del último ff la tiene ella :P)
Sobre este nuevo FF... se titula Frustración y sólo decir dos cosas. La primera, lo mío con los títulos es una espantosa que viene de lejos y me cuesta horrores bautizar cualquier ff y texto. Y el nombre de este... vais a averiguar rápidamente de dónde viene :P Pero tengo curiosidad por saber cómo lo habríais titulado vosotras! Leedlo y decidme qué se os ocurriría a vosotras! ^^
Y segundo, como ha pedido Eristea en su review... ahí va algo hot o fluffy o similar, dejémoslo ahí,... para redimirme por el anterior :P Espero que os guste y contadme qué os parece!
Por cierto... parece que OUAT escuchó nuestras plegarias y la temporada no pinta mal... no? Una duda, soy la única a la que todo esto le suena a arco de despedida de la serie o no es sólo cosa mía?
Bueno, ahora sí que sí, me callo porque para variar el hablar me pierde. Gracias chicas por estar ahí y... ¡a leer! ^^
Frustración
Frustración. Regina está cargada de frustración. Y de nervios crispados y de falta de paciencia. Es un volcán en erupción. O peor aún, es un volcán al que no dejan explotar. Y tiembla y se remueve y no para quieta, y la lava bulle dentro de ella cómo una olla a presión rozando el límite.
Por eso está limpiando la mansión de arriba abajo. Sin dejarse ni una esquina, ni una mota de polvo, ni una arruga sin estirar ni un cojín sin ahuecar. Odia limpiar y desde que recuperó su magia, hace casi dos años, no ha vuelto a hacerlo. Al menos no a la manera tradicional. Eso es para las personas sin magia o una ayuda doméstica. Pero no para alguien cómo Regina.
A no ser que tiemble de frustración y necesite desfogarse de alguna forma. En ese caso, limpiar se convierte en su principal desahogo. Y con cada trasto que tira y cada habitación que deja reluciente, su crispación disminuye. Poco, pero disminuye. Por eso, la habitación de Henry es un tesoro para sus nervios. Ropa por todas partes, libros tirados, una cama que lleva días sin hacerse y algún que otro resto de comida. Un paraíso para la versión más alterada de Regina. Cualquier otro día, pegaría un grito que pondría a su pre adolescéntico hijo firme y con una escoba en la mano. Pero no hoy. No. Hoy ese paraíso de desorden y un poco de mugre es entero para ella.
Incluso aunque odie el desorden, odie limpiar y encima sea Henry su principal razón para estar frustrada.
Pero no es culpa del jovencito príncipe. En el fondo, muy muy en el fondo, bajo capas de frustración, nervios crispados y contracturas musculares por culpa del estrés, está feliz por Henry. Y no es para menos. Su reservado y tímido hijo tiene un nuevo mejor amigo y es alguien de su edad y de su mismo curso, y no su psicólogo Archie Pepito Hooper, ni sus abuelos los Charming, ni cualquier otro adulto de esa ciudad. No, por una vez Henry tiene un amigo de verdad con el que relacionarse. Y Regina es muy feliz. Pero lo sería más todavía si Henry dejara de estar en todos lados e ir a todas partes con ese risueño Patrick.
E ir a todas partes es a TO-DAS PAR-TES. Mire donde mire, cuando menos se lo espera, aparecen los inseparables amigos. En la mansión, en el ayuntamiento, en la cafetería, en las oficinas del sheriff. Nunca se separan y nunca paran de trastear. Y por esa misma razón, Regina no deja de limpiar de arriba abajo ese cuarto con cómics y envoltorios de chocolatina incluso bajo el escritorio.
Patrick entró en sus vidas cuando regresaron de Nunca Jamás con un barco cargado de huérfanos. Él era uno de los más pequeños e inocentes y durante el periodo de cautiverio de Henry fue uno de los más amables y atentos. Y esa amistad se prolongó hasta que llegaron a Storybrooke.
Por desgracia, eso no es lo único que aconteció en la tierra del siniestro Peter Pan. Allí, entre junglas y lagos, Regina se vino abajo. Solo un par de noches, mientras todos dormían. Pero la ex reina malvada tuvo sus pequeños, insignificantes y secretos momentos de debilidad. Así como por el día era la tiránica y fría mujer que dirigía la expedición e instruía a Emma en la magia, por la noche la soledad y el silencio imperante en esa inhóspita tierra se apoderaban de ella. Lloró en silencio, sin más gesto de debilidad que las leves sacudidas de su cuerpo. Lloró por permitir que secuestraran a Henry, por no ser lo suficiente poderosa como para protegerle de todo, por no encontrarle y haber fallado como madre. Y lo hizo mientras todos dormían. Todos menos Emma.
La primera vez que ocurrió ni siquiera la escuchó llegar. Solamente advirtió su mano posándose en su hombro y acariciándolo con una dulzura casi reverencial. Regina se quedó quieta, inmóvil y sin respirar. Más que fingir que dormía, parecía que simulara estar muerta y embalsamada. Pero Emma no se lo creyó.
La primera vez, Regina ni siquiera llegó a verle la cara a la salvadora. Únicamente sintió su mano y, acto seguido, mientras ella intentaba disimular, sintió su olor acercándose, su calor cada vez más próximo y, por último, el cuerpo de la salvadora amoldándose a su espalda. Emma la estaba abrazando. Sin mediar palabra, sin tratar de consolarla con palabras huecas y repetidas hasta la saciedad. Sólo apretándose contra su espalda, colando un brazo bajo su cuello y respirando sobre su hombro. Incluso advirtió como la tela de su chaqueta se humedecía allí donde las lágrimas de la salvadora tocaban su hombro.
Era demasiado. Demasiada cercanía, demasiada intimidad, demasiada incomodidad. Mucho más allá de lo tolerable. Pero Regina fue incapaz de mandarla a la mierda y decirle que se fuera por donde había venido. No. Permaneció en silencio. Al menos hasta que el cuerpo tras ella gimoteó tan tan tan bajito que no estaba segura de haberlo oído. Y aun así fue suficiente. Suficiente para que las lágrimas de Regina volvieran a desencadenarse, para que su cuerpo se sacudiese con sollozos sigilosos y para que su mano, estúpida y anárquica mano, agarrara la de Emma y la estrechase con toda la angustia que estaba padeciendo.
No se giró. Ni siquiera levantó la vista para mirarla. Únicamente se quedó ahí, dejándose consolar en silencio, sintiéndose comprendida, acompañada y un poquito menos desgraciada.
A la mañana siguiente despertó sin recordar haberse quedado dormida. Emma ya no estaba junto a ella, sino recogiendo su propio petate, y el campamento volvía a la vida. Ella adoptó de nuevo su rol de fría y distante mujer y se puso al frente de la expedición, echándose a la espalda todo el peso de esa responsabilidad.
Pero, por una vez, permitió que Emma fuese a su lado, ayudando a decidir el camino y tomar las decisiones. No intercambiaron palabras más allá de las necesarias para planear sus siguientes pasos, pero no hubo hostilidades ni tensiones, sólo una calmada tregua.
Esa misma noche, con el campamento escondido y resguardado en un pequeño valle, Regina volvió a sentirse aún más pequeña y más desamparada. Una sensación que crecía según aumentaban los días y que la atormentaba cada hora que pasaba lejos de Henry. La expedición entera dormía víctima del cansancio, pero los demonios internos de Regina no le consentían cerrar los ojos en paz. Pensaba en Henry, en lo que le depararía si no daban rápidamente con él, en los peligros que podían estar acechándole en manos de Peter Pan…
Demasiadas imágenes para dormir, demasiados temores como para que la angustia no se apoderara de ella. Y, de nuevo, rompió a llorar en total silencio y juraría que en total soledad.
Sin embargo, dos lágrimas y un pinchazo en el pecho después, una presencia se hizo tangible a su espalda. Emma estaba allí, como si Regina hubiera roto a llorar a pleno pulmón y ella hubiera escuchado sus sollozos. Pero no hubo un solo ruido. Ni cuando Emma atravesó todo el campamento hasta sus mantas, ni cuando se tumbó a su lado estrechándola con fuerza, ni cuando Regina se rompió estremeciéndose por las lágrimas y la agonía de no saber dónde o cómo estaría Henry.
A su espalda, Emma era el faro que le indicaba que no estaba sola, a la deriva, en pleno mar adentro. Pero el faro también se sacudió. En completo silencio y sin casi demostrarlo. Pero el cuerpo de la salvadora también gimoteo y respiró entrecortadamente. Regina supo que Emma no estaba sólo consolándola, sino también buscando consuelo. Y nadie podría entenderla como lo hacía la alcaldesa.
Regina se movió entre sus brazos y Emma se quedó instantáneamente rígida. Sin saber a qué atenerse o qué hacer. La reina malvada podía morderla por haberse atrevido a semejante desfachatez. Dos veces. Podía mandarla de un bocado y tres gritos a su cama, avergonzada y sintiéndose patética. Pero nada de eso ocurrió.
La morena se removió entre sus brazos, pero lentamente, hasta girar todo el cuerpo y enfrentarla. Sólo entonces Emma entendió que no estaba frente a la reina malvada, ni siquiera frente a la alcaldesa tirana o la líder de esa expedición. No, estaba frente a algo mucho más intimidante. Sus ojos claros se clavaron en los ojos marrones de Regina, en los de la otra madre de Henry, en los de la mujer que se escondía tras todas esas frías y controladoras personalidades.
Tragó hondo, engullendo sus propias lágrimas y sus miedos, y esperó. Los ojos marrones brillaron, pestañearon dos veces, como si necesitara corroborar que fuera ella, y se cerraron dejando escapar dos nuevas lágrimas. Antes de que Emma pudiese apartarlas o decir nada, Regina se hizo un ovillo contra ella, hundiendo el rostro en su cuello y dejando que sus sollozos casi indetectables murieran contra la curva de su hombro. La salvadora respiró hondo, aceptando que acababa de observar algo que muy pocas personas habían vivido. Cuando los brazos de Regina se envolvieron comprensivos en torno a ella, no lo soportó ni un segundo más y se echó a llorar como la morena hacia entre sus brazos.
Y aunque tardó casi una hora en dormirse, y aunque por la mañana le dolían los ojos y costaba disimular la rojez y las ojeras, Emma, aquel día, se despertó más animada que nunca. Más resuelta, con más confianza y con energías renovadas.
Aunque Pan se les escapó por los pelos y apenas pudieron hablar con Henry un par de segundos a través de un espejo encantado, ese día Emma fue otra. Incluso Regina mostró una determinación que días atrás no brillaba en sus ojos. Un apoyo silencioso que caló en ambas mujeres incluso al marcharse a dormir.
Emma, desde su petate, observó el cuerpo de Regina dándole la espalda. Ya no parecía esa distante mujer rodeada de un aura de fragilidad y tristeza mal disimulada. La morena no se encogió sobre si misma esa noche, ni los espasmos de los gimoteos eran tan frecuentes, pero aun así Emma fue incapaz de quitar los ojos de ella. El cuerpo de Regina ocupaba apenas media manta, colocado estratégicamente de perfil. Como si le sobrara la mitad de su cama, si es que a eso se le podía llamar cama. Como si esperara compartirlo con alguien, si es que Emma podía tener la desfachatez de pensar algo así.
Aguantó. Aguantó la mirada y las ganas. Aguantó los nervios agazapados en su estómago. Aguantó hasta que no pudo más. Hasta que se dio cuenta que necesitaba ocupar ese lugar que quizás la morena hubiese dejado reservado para ella. Incluso aunque se arriesgara a regresar a su cama con los cinco dedos de Regina grabados a fuego en su mejilla. Esta vez no había razones para tomarse esas confianzas, no había excusas para levantarse a consolar a alguien que parecía plácidamente dormida. Pero Emma sentía que había más motivos que nunca. Empezando porque era incapaz de resistirse a esa manta a medio ocupar.
Se puso en pie muy despacito. Casi como dando tiempo al destino a mandarle cualquier señal de que se detuviese o de que estaba loca, directamente. Pero ya estaba erguida y nada había pasado. Dio un primer paso, silencioso y muy pequeño. Y Regina se movió. Apenas un centímetro. Lo justo para mover su mano hasta la manta con la que se estaba cubriendo y apartarla. Lo justo como para remarcar el sitio libre junto a ella, bajo esa misma manta
Emma dejó de respirar. Una invitación. Ese gesto era una tácita invitación. Y si estaba loca y estaba malinterpretando todo, ya era demasiado tarde para reflexionar. Caminó por el campamento, regañándose mentalmente por hacer más ruido que ninguna otra noche. Pero sólo podía pensar en ese hueco entre las sábanas, contra la espalda de Regina, y en esa mano que no soltaba la manta ni dejaba de apartarla oportunamente.
Una bocanada de aire, un último paso, y se agachó junto a Regina. La morena no dijo nada, no hizo nada, y Emma lo aceptó como una segunda invitación a continuar. Su cuerpo se amoldó por tercera noche a la espalda de Regina, igual que si lo hubiera hecho toda la vida y, sólo entonces, Regina soltó la manta dejándola caer sobre ambas.
Emma sonrió y respiró aliviada, encaminando sus brazos a rodearla. Pero los movimientos de Regina detuvieron sus planes. Dejó de sentir su espalda, aunque no su calor corporal, y se mantuvo firme e inmóvil hasta que Regina estuvo frente a frente, mirándola a los ojos. A tan pocos centímetros de su propio rostro que era embarazosamente perturbador.
La salvadora jamás podría decir si aquella mirada duró segundos, minutos o una vida. Ni si fue ella, Regina o las dos quienes se acercaron lentamente a la otra, casi como si las meciera el aire, como si no fuesen conscientes de lo que estaba ocurriendo, de lo que estaban haciendo. Mantuvieron el ceremonioso silencio previo a esos momentos únicos en la vida que suceden precisamente para cambiártela por completo durante lo que parecieron minutos, horas y días. Y después Regina, o Emma, o ambas, o el destino descendieron hacia los labios contrarios, hacia un beso. Tímido y suave y lento y delicioso. Pero sobre todo breve.
Regina, con el corazón palpitando en su garganta, y Emma, con sus sentidos anulados más allá de sus labios vibrando con un indescriptible cosquilleo, esperaron. Esperaron a que el mundo se viniera abajo, a que las tormentas se desataran, a que la otra gritara espantada, a que se sucediera cualquier tragedia que el destino les tuviera reservada por semejante atrevimiento. Pero nada de eso ocurrió. Continuó el silencio, continuó su indestructible contacto visual, y continuaron sus ganas de volver a repetir ese beso.
Y cuando nada pasó, las dos se lanzaron a la boca de la otra. Esta vez sí quedó claro el mutuo acuerdo, las ganas, el hambre y la realidad de lo que estaba ocurriendo. Y si guardar silencio mientras se abrazaban entre sollozos fue difícil, silenciar lo que ocurrió a continuación fue casi imposible. Pero lo lograron. Y nadie, nadie en ese campamento supo nunca la íntima forma en que Emma y Regina compartieron esas incómodas mantas. Ni cómo terminaron con la marca de gravilla y hierba en sus traseros, o por qué los tirabuzones de Emma escondían alguna ramilla del suelo. Nadie nunca lo supo. Nadie, excepto ellas dos.
Igual que la siguiente noche y la siguiente. Hasta que tres días después, Henry regresaba con sus madres y Pan era supuestamente vencido. Emma y Regina abrazaron a su hijo e intercambiaron la más delatadora de las miradas manteniendo en secreto su secreto a voces. Y nadie supo nada.
Pero Pan logró escaparse, logró intercambiarse con Henry y logró engañar a todos hasta que su maquinación salió a la luz. En todo ese tiempo, no ocurrió nada. Regina y Emma no se acercaron más allá de lo imprescindible. Al menos no hasta que Gold se sacrificó matando a su padre adolescente y detuvo la inminente amenaza de una nueva maldición. Había demasiada gente, demasiados peligros, demasiados asuntos que requerían de su total atención, y ni la salvadora ni la alcaldesa se atrevieron a jugar con lo que fuera aquello. Ni una sola vez.
Pero cuando Storybrooke volvió a la normalidad, habiéndose salvado de un nuevo apocalipsis de cuento, y todos recuperaron sus tranquilas rutinas, los ojos de Regina buscaron una mirada cómplice en la de Emma, y la mano de la salvadora tanteó bajo la mesa la de alcaldesa. Si hubiese dependido de Regina apenas unas horas después de superar su última amenaza, ambas se habrían enredado en una maraña de besos, abrazos, mucha piel y placer sin límites. Y esta vez sí, en una cama de verdad. Sin ramitas inoportunas en el pelo ni en otras partes del cuerpo. Pero de nuevo tuvieron que posponerlo. La muerte de Gold paralizó la ciudad y la salvadora se puso al frente de la misma acompañada por los Charming y Regina.
Y desde entonces había pasado una eternidad. Vale, puede que una eternidad no. Solo dos semanas, pero eso se traducía en una eternidad para sus hormonas fuera de control y su cuerpo crispado y cargado de una tensión sexual acumulada como no había conocido nunca. Y todo por culpa de Henry. De Henry y de Patrick.
La primera vez había ocurrido dos días después del entierro de Gold. El rito había sido algo simbólico, principalmente porque no había cuerpo, pero el pueblo se volcó con su muerte dándole los honores que merecía un héroe. Cuando regresaron a la calma, Henry pidió permiso para ir a merendar al orfanato, donde habían ido a parar todos los niños perdidos. Desde la llegada de los huérfanos, aquel lugar parecía un parque infantil. Lejos de tener ese halo de abandono y tristeza constante, los recién llegados habían llenado de vida el lugar. Y Henry disfrutaba pasando tiempo allí con Patrick ahora que era libre de Pan.
Sorprendentemente, sus dos madres dieron su consentimiento casi gritando de emoción, mucho más contentas de lo que Henry esperaba antes de contarles que tenía un nuevo amigo. Lo que el pequeño no advirtió es que ambas mujeres estaban teniendo grandes dificultades para encontrar un momento a solas desde su regreso de Nunca Jamás y la mera idea de tener una tarde para ellas resultaba irresistible.
Henry salió de casa, a pie, a las 4.30pm. Emma llamó al timbre a las 4.32pm. E insistió una segunda vez a las 4.32 con diez segundos. No sabía cómo reaccionar ni qué hacer. No se habían vuelto a ver a solas desde Nunca Jamás. Ni siquiera habían hablado sobre lo ocurrido. Pero cuando Henry preguntó si podía merendar con Patrick ambas gritaron el sí e intercambiaron una larga y densa mirada. No hubo más. Ni palabras ni acuerdos. Sólo esa mirada y Henry anunciando que, en ese caso, se marcharía a las 4,30. Y Emma se grabó la hora a fuego en su cabeza.
Esa era la razón por la que dos minutos más tarde estaba en la puerta de la mansión, histérica pérdida pero sin saber qué ocurriría ni qué esperaba Regina que hiciese. Confiaba en haber entendido bien su mirada y no quedar como una mamarracha fuera de lugar.
Pero cuando a las 4.33 Regina abrió la puerta de un tirón, habría jurado que no estaba equivocada. Y cuando la alcaldesa le dirigió media sonrisa y gruñó un "llega tarde, señorita Swan", le faltó saliva y el aliento. Sus pies se quedaron clavados al suelo, sobrepasada por la repentina avalancha de sentimientos que sacudió su cuerpo. Pero gracias a dios su parálisis no fue contagiosa y el puño de la alcaldesa se cerró agarrando el cuello de su camiseta. Emma acabó en el interior de la mansión de un tirón y Regina cerró a su espalda con un portazo. Esa misma puerta en la que, dos segundos más tarde, estampó a Emma. Con el golpe, la parálisis de la Salvadora se convirtió en historia. Agarró sus brazos, pegándolos a su costado, y tiró de ella hasta que ambos alientos se entremezclaron. Sólo unos milímetros de distancia que sabían a placer.
"Llego justo a tiempo…" El gruñido nació de sus entrañas y acabó estrellándose en los labios de Regina. Su queja murió para dar paso al primer beso en días y todo sabía a poco. No hacían falta explicaciones, no hacía falta entender nada, sólo desahogar ese calor, esa necesidad que se había acumulado hasta doler. Quizás no podían explicarlo, quizás sobraba explicar lo que era obvio. Lo que Regina tenía claro es que necesitaba a Emma ahí y ahora. No más esperas, ni siquiera para subir unas escaleras. Abandonó los enrojecidos labios de Emma, descendió hasta morder su cuello y gimió: "Sofá".
No hicieron falta más palabras. Emma hubiera corrido hacia allí de haber podido hacerlo sin separarse del cuerpo de Regina. En su lugar, trastabillaron una contra otra por todo el recibidor, bajaron los dos escalones que lo separaban del pasillo, se estrellaron contra la pared. Al sofá, se repitió mentalmente la alcaldesa con las manos de Emma desabrochando su sujetador, iban al sofá.
Dio dos pasos torpes a la derecha, desabrochó el pantalón de la salvadora, y cuando advirtió el reposabrazos giró llevándose consigo a Emma. La salvadora se dejaba hacer, pendiente sólo del cuerpo de Regina, al menos hasta que recibió un empujón. Un segundo después se caía como una tortuga panza arriba sobre el sofá de Regina y la alcaldesa, frente a ella se quitaba su camisa por la cabeza sin casi desabrocharla. Emma, lejos de enfadarse por el empellón, se relamió ante la imagen de una alcaldesa semi desnuda y entera a su disposición. Regina se dejó caer una vez más contra ella, besándola con más hambre que cuidado, mientras Emma soñaba con formas de quitarle de encima ese sujetador ya desabrochado.
Regina era lo único que Emma echaba de menos de Nunca Jamás. Odiaba la humedad, la jungla, los niños armados y las sombras trastornadas. Pero oh dios si no habría dado lo que fuera por dormir cada noche en ese incómodo y desangelado campamento con tal de compartir mantas con Regina. Pero ahora estaban en la civilización y podía disfrutar de ella en un cómodo sofá. Y quizás en su habitación. Y también en la cocina, después de recuperar fuerzas. Y la ducha. Una ducha con Regina Mills… Dios.
"Se te va a salir el corazón del pecho…" subrayó Regina con una sonrisita burlona antes de morder su esternón. Emma gimió en una especie de queja, gruñido, gemido y confirmación, todo a una. Todo tan descontrolado como su propia excitación que bailaba de alegría a la espera de lo que soñó durante días.
No pudo más. Todo iba desquiciantemente lento para su gusto. Agarró la cinturilla de sus propios pantalones, Regina leyó sus intenciones y se echó a un lado, mordiendo el comienzo de su pecho y dejándole sitio para que se deshiciera de ellos de una maldita vez. Lo siguiente sería su propia falda y Regina pensaba mandarla tan lejos… Descendió a bocados por el receptivo cuerpo de Emma y disfrutó de una sinfonía de ruidos y gemidos que jamás pudo arrancar a la salvadora en las silenciosas noches de Nunca Jamás.
Esto era lo que faltaba a esas noches. Esa calma, esa libertad para devorar a la salvadora, esos cojines en lugar de las malditas mantas y la soledad total en lugar de la perturbadora presencia de los malditos Charming roncando a unos metros de distancia. Esto, Emma, sus besos, era lo que el cuerpo de Regina exigía a gritos. Y ahora que estaba mordiendo el vientre de la salvadora y descendiendo con prisas, su ansiedad parecía cerca de calmarse.
El estómago de Emma se tensó y sus pulmones se llenaron con un chillido. "Pasos, pasos, ¡pasos!"
Regina se quedó paralizada. Primero por el grito. Después por el ruido de pasos en su porche.
"Henry" murmuró contra la tripa de Emma. Porque ahí era donde estaba, entre las piernas de la salvadora, mordiendo su vientre, con un sujetador a medio caer y con Emma casi desnuda en su sofá. Y su hijo en el porche.
Las dos miraron a la pared buscando con ojos acusicas el reloj. Pero eran apenas las 4.50h.
"No tiene sentido" lloriqueó Emma. Pero el ruido de llaves ya era un hecho.
"Si quieres seguimos y cuando entre le decimos que ha llegado muy pronto" respondió Regina en pleno ataque de pánico, vistiéndose sobre el cuerpo a medio desnudar de Emma. La salvadora la miraba con cara de espanto y sin mover un dedo. "¡Emma, es broma, mueve tu culo, YA!" gritó tirándole a la cara su camiseta, que ni siquiera supo de donde había recogido.
Henry llevaba diez minutos hablando de las maravillas de las consolas y a Patrick ese concepto le sonaba a magia más avanzada que la del Dark One. Un juego que salía por una de esas pantallas de luz en la que podías mover muñecos y avanzar por escenarios… Eso no tenía sentido, tenía que verlo por sus propios ojos. Y aun así Patrick dudaba que pudiera creerlo.
Pero después de todo el camino de vuelta desde el orfanato escuchando a Henry hablar de las bondades de los videojuenoseque y de lo divertidos que eran, ya era un enamorado más de esa máquina llamada consola y se moría de ganas por utilizarla. Funcionase como funcionase.
"¿A tu madre le parecerá bien?" preguntó esperando a que Henry abriera la puerta de su casa.
"Claro, estaban encantadas cuando supieron que iba a verte" exclamó convencido, pasando. "Seguro que se mueren de ganas por conocerte"
Patrick aquel día fue consciente de que entre la época en que él nació y la de Henry había grandes diferencias. Como la consola. Pero los padres no habían cambiado tanto. Y un sexto sentido le chivo que aquellas dos mujeres sentadas cada una en una punta del sofá con las espaldas rectas y la sonrisa congelada en la cara no se esperaban esa visita ni estaban tan muertas de ganas por conocerle.
"¡Henry!" Un saludo totalmente falto de naturalidad. Y más para venir de alguien como Regina. "¿Qué haces ya aquí?"
"Queríamos que Patrick conociera las consolas. Pero en el orfanato no tienen" se lamentó. Regina apunto en su cabeza destinar una partida extra al orfanato para que instalaran una de esas maquinitas del infierno en cada una de las salas comunes del edificio.
"Claro…" sonrió mascullando entre dientes. "Es un placer Patrick, Henry nos ha hablado muchísimo de ti"
"Sí, encantada, Patrick" añadió Emma abriendo la boca por primera vez.
"Señoras…" respondió sonriente.
Henry sonrió dándole un codazo con una sonrisa divertida. "Te he dicho que eso ya no se dice…" Patrick asintió convencido repetidas veces, aunque Henry estaba seguro de que continuaría hablando como un crío del siglo 19. "¿Y tú que haces aquí, mamá?" preguntó apoyándose en la pared y mirando directamente a Emma.
Pero la cabeza de la salvadora aun parecía estar perdida entre los cojines de ese sofá en el que segundos antes se restregaba contra Regina y boqueo como un pez.
"Estábamos hablando de ti, Henry" atajó Regina, con un regusto a culpabilidad. "De donde dejar tus cosas, donde dormirás… ya sabes" improvisó.
El pequeño torció el morro mirándolas alternativamente. "Prometedme que no vais a discutir"
"Prometido" carraspeo Emma levantando la mano como un boy scout.
Regina intentó no resoplar ante la imagen de culpa total de Emma. "Subid a jugar, ahora os llevaré algo de merendar, ¿queréis?"
"¡Sí, gracias señora!" exclamó el niño perdido.
"¡Patrick!" exclamó entre risas Henry, mientras salía a la carrera escaleras arriba.
Esperaron a escuchar los primeros disparos de tanques y bombas de guerra, antes de volver a dirigirse una sola mirada entre ellas y atreverse a hablar.
"¿En serio, Swan?" fue la primera pregunta de Regina, que intentaba fulminarla con la mirada. Pero Emma, frente a ella, seguía atorada y muerta de la vergüenza y costaba estar enfadada ante su falta total de reacción.
"Yo…" Abrió y cerró la boca un par de veces.
"Ya…" bromeó Regina. "No es necesario que te explayes"
"Debería irme, ¿no…?"
Regina se rascó la frente, carraspeando. "Sí, supongo que sí"
"Vale…" murmuró solo para levantarse del sofá y descubrir que le temblaban las piernas. "¿Llevo toda la ropa en su sitio?" Una pregunta medio en broma, medio en serio.
Lo suficiente tierna y divertida como para robar una pequeña sonrisa de Regina. "Sí, sorprendentemente sí, Sheriff"
"Bien…" Pero nada está bien. Lo estaba hacía diez minutos. En ese instante todo era confuso, y frustrante, y Emma no tenía muy claro que había pasado. Caminó intentando volver en sí, y poco a poco, muy lentamente, su raciocinio fue regresando. Regina abrió la puerta, Emma aceptó la señal y caminó hasta ese porche que ahora no le hacía ilusión observar. Pero al dar media vuelta, la imagen de una Regina bajo el marco de su puerta, lista para despedirse y cerrar a su espalda, le hizo torcer la boca. No quería marcharse, pero ya que iba a hacerlo al menos aclararía las cosas. Si su raciocinio estaba por la labor, por supuesto. "No vine solo por…" Hasta ahí llegó su atascado cerebro.
Regina se lamió los labios, torció el rostro. "¿Por?"
"Por…" El color rojo ascendió por su cuello como las palabras. Mejor no contestar a esa pregunta. "Yo… También…" ¡Por favor, intelecto, vuelve!, suplicó harta de hacer el ridículo ante Regina. "También quería hablar… yo…" Pero el intelecto, el raciocinio y su juicio parecían haberse tomado vacaciones en presencia de la alcaldesa.
"Yo también, Emma" se apiadó Regina, interrumpiéndola y dando un paso al frente. Pequeño pero más simbólico que cualquier palabra. Emma, a pesar del sonrojo, dejó escapar una sonrisita atolondrada. Dio también un pasito, midieron las distancias, bajaron ambos ojos a los labios contrarios y…
"¡Mamá, Patrick no conoce la crema de cacahuete!"
"Estupendo" masculló Regina remarcando la ese, con un tonito que sonaba a cualquier cosa menos satisfacción. "Parece que tu hijo me está sugiriendo sutilmente lo que quiere de merienda"
"Nuestro hijo" remarcó impidiéndole librarse de las culpas de la oportuna presencia de Henry. "¿Hablamos?" preguntó tragando hondo, sin querer asumir que ella se iba y Regina se quedaba allí, a muchos metros de su apartamento.
"Hablamos" masculló Regina chasqueando la lengua y observando detalladamente como Emma se marchaba a paso lento y desganado.
Desde entonces, efectivamente habían hablado. Y mucho. Principalmente por teléfono, y por unos cuantos mensajes. Y no habían dejado de hablar.
Pero ya.
Nada más
Sólo hablar. Porque Henry y Patrick estaban en todas partes. Siempre.
Regina se sentía fatal por desear que su hijo no tuviera amigos, pero en ocasiones estaba segura de que acabaría gritando de la frustración. Patrick por aquí, Patrick por allá y en tres semanas no había podido hacer desaparecer a ambos chavales para, acto seguido hacer desaparecer la ropa de Emma.
Dios… Habían hablado. Claro que habían hablado. Pero decían más sus miradas, esos cruces por la calle en los que intercambiaban un breve saludo y se rozaban las manos como por casualidad, esos breves intercambios de mesa a mesa cuando coincidían en la cafetería de la abuelita. Habían hablado, muchísimo, y cuanto más hablaban, menos quería Regina usar la boca para eso.
Emma recuperó su raciocinio en cuanto salió de la mansión y desde entonces habían empezado a intercambiar mensajes y llamadas sin descanso. Y Regina no tenía claro cuando sufría más, si cuando las conversaciones subían de tono hasta obligarla a tomar una ducha tras otra… o cuando Emma optaba por sincerarse. Era verdad lo que había dicho la salvadora. Aquella tarde pretendía hablar con ella y desde entonces, Regina había escuchado todo lo que Emma tenía guardado.
Se encontró a si misma colgada del teléfono como una colegiala, escuchando con la baba cayendo todo lo que la salvadora sentía por ella. Si el teléfono no hubiera sido inalámbrico se pasaría el día jugando con el cable igual que una niña pequeña. Y lo peor fue que la sinceridad de la salvadora desencadenó la suya. A pesar de sus reticencias, a pesar de sus muros y de sus desconfianzas… escuchar a la Salvadora abriendo su corazón devoró sus entrañas convirtiéndolas en un millón de maripositas revoloteantes.
Vamos, como una maldita adolescente enamorada.
Y no pudo contenerse. ¿Cuánto tiempo hacia que había caído en las redes de la salvadora? Ni ella misma lo sabía… Pero tenía tantas cosas que contarle, tanto que confesar, que se fue abriendo casi sin darse cuenta.
Y eso no hizo más que empeorar las cosas.
Cuando se cruzaban por la calle las miradas habían pasado de hambrientas a puro canibalismo. Regina estaba segura de que, si respondiese a los saludos con sonrisa pícara que Emma le dedicaba al cruzarse por la calle, su voz sonaría como un jodido gemido.
¡No podía más!
Todo empezó a torcerse la misma tarde en la que Henry le presentó a Patrick su maldita consola y de ahí fue en picado a peor. El joven huérfano se quedaba noche sí y noche también a dormir allí y Regina no podía decirles que no. Era un niño muy educado y se entendía a la perfección con Henry, no podía desear mejor compañía para su hijo… pero le estaba matando.
Emma escribió un mensaje esa primera noche. Al anochecer iría a la mansión. A hablar y… a hablar, explicó torpemente. Regina sonrió partícipe de esas mismas ganas y sólo respondió que sí, que por supuesto, que en cuanto Henry cayese dormido le escribiría.
Dicho y hecho.
Henry y Patrick cayeron agotados a las 11 de la noche y Regina ya tenía el número de Emma marcado en la pantalla. A los veinte minutos, la salvadora escribía un breve mensaje, "Abajo", y Regina abría la puerta silenciosa dejándola pasar.
"Hola" susurró muy bajito Regina.
Las palabras sobraban, la ropa sobraba, y la tensión podía cortarse con un cuchillo.
"Hola" fue cuanto contestó.
"Sígueme…" Una orden con forma de súplica. Regina corrió escaleras arriba sin casi esperarla y dos segundos más tarde Emma iba tras ella. Entró en el dormitorio principal, cerrando tras de sí con la imagen de una Regina, a la luz de la luna, sentada en el colchón con un camisón de tirantes y raso, y mirándola como si Emma fuera el plato fuerte de la primera comida de su vida. "Ven aquí…"
La salvadora jamás fue tan obediente como aquella vez. Tres zancadas y se abalanzaba sobre Regina. Cerró los ojos con la placentera presión de aquellos labios sobre los suyos y recorrió su cuerpo deshaciéndose del camisón de un tirón. Esta vez nada podía pararla.
Excepto dos golpes en la puerta y un tímido: "¿Mamá?"
Emma, fuera de sí, apoyó la frente contra el hombro de Regina mascullando: "¡No, no, no, no….!"
La morena detuvo las palabras de la salvadora agarrando sus labios con dos dedos y reprendiéndola con la mirada. "¡Dime Henry!"
"¿Podemos pasar?"
"¿Qué?" preguntó con pánico. "¿Es… Estáis los dos?"
"¡Sí!" insistió Henry. "¿Podemos pasar?"
"Dame un momento, cariño" suplicó lívida, mirando a Emma. La salvadora salió disparada hacia el suelo, intentando meterse bajo la cama. "Emma…" susurró. "¡Emma!" Pero un segundo después era Emma la que volvía arriba mirándola con pánico.
"¿Pero cuantas cajas de zapatos tienes ahí abajo?" espetó.
"Como comprenderás, este no es el momento" gruñó recuperando su camisón. "Al armario, ya"
"¡¿Qué?!"
"¡Vamos!"
"No me lo puedo creer…"
Un segundo después, Regina entreabría la puerta con su mejor sonrisa. "¿Qué ocurre, Henry?"
"Es Patrick. Está seguro de haber escuchado un ruido"
"¿Qué? ¿Qué tipo de ruido?"
"De la puerta de la calle, señora"
"Patrick…"
"Seguro que no era nada, Patrick. Esta casa es muy antigua, a veces suenan las paredes"
"No señora, estoy seguro. Era la puerta de la calle"
"¿No podemos llamar a Emma o David para que echen un vistazo?"
"¡¿Qué?! No, no, nada de llamar. Henry, no será nada, y no son horas"
"Mamá, yo no estoy tan seguro"
"Henry…" murmuró Regina suplicante. "¿Quién iba a ser?" intentó lanzando una última bala. Pero no acertó. Henry seguía en sus trece, y realmente parecía preocupado.
"Mami…"
Emma, desde el armario, supo que ya no había que hacer. Ante ese "mami" Regina estaba vendida.
"Está bien, Henry… ¿Qué necesitas?"
"¿Puedes bajar y mirar que no haya nadie…?"
"Claro, cariño. Vamos"
"¿…Y podemos ver una película contigo?"
"Henry…"
"Sino no voy a poder dormir, mami…"
Emma negó con la cabeza dentro del armario, Regina suspiró vencida. "Yo…"
"¿Por favor?"
"Está bien… vamos abajo a ver una película…" murmuró un poco más alto por si acaso su invitada en el armario no les hubiera escuchado. Dentro, Emma asentía resignada abriendo y cerrando los puños. Y un par de minutos después, salía lentamente del armario dándose cuenta de lo irónico de aquella situación. Bajo sus pies comenzaba a sonar una película de animación con animales que hablaban, u objetos que hablaban, o personas con pinta de personajes de cómic. A Emma le daba igual. Se tiró en la cama, tumbada bocarriba contando un misisipi, dos misisipis, tres misisipis, veinte misisipis…. Mil ciento quince misisipis. Y se dio por vencida. Si no había cerrado los ojos víctima del sueño era, exclusivamente, por el cóctel de adrenalina con hormonas que recorría sus venas. Pero, probablemente, terminaría por irse a dormir con ese mismo cóctel aun torturándola. Fuera apenas llegaba el murmullo de la televisión y dudaba que, tras mil ciento quince misisipis, nadie estuviera aun en pie. Bajó por las escaleras midiendo cada paso, sin hacer ningún ruido más fuerte que su propia respiración.
Y al asomarse al salón se encontró con la escena más temida. Su fría y controladora alcaldesa compartiendo una manta con los dos niños, uno a cada lado de ella, apoyados en sus hombros y profundamente dormidos, como la propia Regina. Y a pesar de todo, con esa escena frente a si, no pudo enfurruñarse lo más mínimo. Cogió su chaqueta y se dijo a sí misma que no pasaba nada. Podían esperar unas horas.
Pero no fueron unas horas, fueron unos días y unas semanas.
Lo intentaron una vez más la noche siguiente. Regina prometió esperar hasta que hubieran pasado unas horas, para asegurarse de que Henry estuviera profundamente dormido antes de abrirle la puerta. Pero, de nuevo, Patrick apareció allí. Por lo visto en el orfanato había acelgas, y el pequeño huyó despavorido pidiendo asilo en casa de Regina y, con la intervención de Henry, la alcaldesa no supo decir que no. Les hizo prometer que se irían a dormir pronto, después del exceso de haber visto una película la madrugada anterior. Los niños aceptaron, pero a cambio pidieron hacer un campamento indio. Regina aceptó casi sin hacerles caso, un tanto distraída por un mensaje en el que Emma especificaba los usos que le daría a la nata que Regina guardaba en su nevera.
Por desgracia, ese despiste supuso que ambos pequeños montaran su "campamento indio", es decir, recopilaron los cojines del sofá y montaron una especie de tienda de campaña blandita dispuestos a dormir en sacos de campamento mirando las estrellas… del techo del distribuidor, una de las salas más espaciosas de la casa y donde el techo tenía más altura. Regina no sabía dónde meterse al llamar a Emma y explicarle que no podría entrar por el piso de abajo porque, en el centro de la habitación, tenían a dos "indios" con su tienda de campaña montada.
La salvadora decidió no darse por vencida y a las dos de la mañana, cuando estimaron que los niños ya estarían profunda y totalmente dormidos, fue a la mansión. Conocía un truco, cortesía del fallecido Graham, y pensaba recurrir a él. Regina observaba atónita como Emma, de verdad, pretendía subir por la fachada de su casa. Y no solo lo pretendió sino que llegó a lograrlo. Como Rapunzel, la alcaldesa se apartó dejando pasar a su princesa azul.
La salvadora se encogió para pasar por el marco de la ventana antes de desentumecerse con una sonrisa hambrienta y satisfecha. Regina, frente a ella, esperaba recta, tensa, aguardando el momento adecuado para embestir a Emma sin que corriera peligro de terminar tirándola por la ventana. Durante 30 años Graham atravesó esa misma ventana al menos una noche al mes. Eso sumaba más de 300 veces. Y, sin embargo, no recordaba una sola ocasión en la que hubiera sufrido semejante nerviosismo al observar al pobre sheriff-cazador apareciendo por su ventana. No, ni una vez. Con Emma todo era nuevo. Con Emma no había límites, ni control, ni medida.
Emma cerró la ventana y Regina gritó para sí Ya basta. Arremetió contra ella, pero algo frío se interpuso entre ellas. La alcaldesa descendió la mirada lentamente, mirando con desprecio ese objeto frío y sin identificar que se interponía entre Emma y ella. La salvadora sonreía encantada consigo misma y Regina elevó una ceja.
"He traído nata"
"Olvídate de la nata… ¿Qué cojones haces aún vestida?" Un ladrido, una orden implícita y una ola de placentera excitación rompiendo contra Emma. Antes siquiera de poder replicar, Regina tiró de su nuca sin contemplaciones y la salvadora dejó caer el bote al suelo. Sus manos afanándose únicamente en quitarse toda esa molesta ropa y sus piernas tratando de seguir el ritmo de Regina que la arrastraba hasta la cama clavando las uñas en su espalda.
Tras ellas dejó un rastro de prendas. Pantalones arrugados, una camisa con algún botón menos, un par de botas a tiradas de cualquier forma. Pero no tenía más interés que llegar a esa cama con Regina y hacerlo con la menor ropa posible. La alcaldesa hundió ambas manos en los tirabuzones claros y tiró de ella hasta derrumbarse juntas en la cama.
"Así me gusta" gruñó Regina tocando toda la piel de Emma que quedaba al descubierto sin ser consciente de la humedad que su sola voz llegaba provocar en la salvadora. Emma atrapó su labio inferior con un mordisco nada delicado antes de descender por su cuello sin cuidado, y marcar su esternón con los dientes. Subió el maldito camisón de Regina por sus piernas, apretando sus muslos y apartándolo hasta sus hombros sin intención de quitárselo. Sus ojos brillaron de hambre con el espectáculo que se desplegó frente a sus ojos. Un hambre tangible en su rostro y que hizo estremecer a Regina.
Los largos dedos de Emma se colaron por su espalda. Tiró de ella hasta obligarla a arquearse y su boca se lanzó en picado contra el pecho erguido. La piel erizada y predispuesta a lo que los labios, los dientes y la lengua de Emma tuvieran en mente para ella. La hambrienta boca serpenteó de un pecho a otro y Regina enterró las manos en su pelo, cerrando los ojos y lamiendo sus labios, gozando de la montaña rusa en la que Emma la tenía sumida.
"Más…" soltó por fin junto con un gemido profundo y grave.
Emma lamió su estómago sin preámbulos. "Mucho más…" Coló sus uñas en la cinturilla del delicado encaje de su ropa interior, descendiéndola por sus piernas a la vez que su boca resbalaba hacia su entrepierna. El simple aroma de Regina fue suficiente para nublar sus sentidos y que el placer alcanzase cotas insostenibles.
Pero antes siquiera de acercarse a ese húmedo manjar… una pequeña vocecita se coló en el dormitorio, amortiguada por la madera de la puerta.
"Mamá…"
Emma abrió los ojos, más cabreada que asustada. No soltó ninguna barbaridad porque Regina la apartó de su cuerpo con un empujón y tapó su boca con ambas manos y con firmeza. Bajo sus palmas, Emma intentaba escaparse, mientras ella misma buscaba su voz para contestar, procurando sonar dormida.
"¿Henry?"
"Soy yo, mamá…" insistió esa misma voz desde el pasillo.
"¿Por qué no has llamado a la puerta?"
"No quería que el ruido despertara a Patrick, ¿puedo pasar?"
Fingió un bostezo con Emma mordiendo su mano intentando liberarse. Dejó su boca libre pero le rogó paciencia con la mirada y silencio con un dedo sobre sus labios. "¿Por qué? ¿Qué pasa, Henry?"
"Yo… he tenido una pesadilla…"
Regina resopló. "Henry…"
"Con Nunca Jamás"
Un escalofrío recorrió la espalda de Regina al escuchar esas palabras, y Emma intuyó lo que vendría a continuación. "Al armario…" suplicó la morena tan sólo moviendo los labios.
"Nononono…"
"¿Mamá?"
"Al armario, Emma"
"Me cago en…"
"Sí Henry, puedes pasar…" tosió Regina tratando de borrar la sospechosa ronquez de su voz, al ver el cuerpo desnudo de la salvadora recogiendo sus pantalones, su camiseta, sus botas e incluso el bote de la nata antes de desaparecer en el enorme armario, entre sus abrigos, vestidos y chaquetas. Al menos, toda su ropa olería a la salvadora, se consoló a sí misma al verla cerrar la puerta con cara de perros. "¿Cariño…?" insistió ante la falta de respuesta. La pequeña cabecita morena se asomó con una sonrisa tímida y con ojos culpables.
"¿Seguro que no te importa…?"
Regina torció su sonrisa con una dulzura que reservaba sólo para Henry. "Anda, ven aquí" Acogió al pequeño intentando imponer su amor como madre, al pánico que sentía en ese momento como amante. Si Emma hacía el más mínimo ruido, Henry podría descubrirlas. "¿Quieres contarme esa pesadilla?" El asintió efusivamente. "Soy toda oídos"
"Estaba con Pan, pero yo no sabía que era Pan, y entonces…"
Emma dejó que su mal humor se fuera templando con el relato de su hijo y que la fiebre que estaba padeciendo todo su cuerpo desapareciera lentamente… al mismo tiempo que empezaba a dominarla el sueño. Ahí, rodeada de algodón, lana y seda… Tan calentita. Tan a oscuras. Tan imposible de no dormirse… Tan…
Lo siguiente que vio fue la cara mortificada de Regina a contra luz abriendo de golpe la puerta del armario. Abrió los ojos con dificultad, cegada por la repentina claridad. Costaba ver más allá de la luz blanca que quedaba a la espalda de Regina y su boca estaba pastosa y pesada. Pero lo peor, sin comparación alguna, fue el pinchazo en su cuello. Vio las estrellas al tratar de moverse. Incluso pestañear parecía una tortura para su entumecido cuello.
"¿Estás bien?" susurró Regina desprendiendo culpabilidad. Emma continuaba en la misma posición en la que ella la había visto desaparecer al cerrar la puerta: con su ropa arrebuñada sobre sus piernas, encogida en posición fetal y el pelo desordenado.
"Ey…" sonrió medio alucinada. "¿Qué hora es?"
"Las ocho…"
"¡¿Ya?! ¡Mis padres!" chilló asustada.
"Lo sé, lo sé… pero Henry no se fue en toda la noche"
"¿Y…?"
"¿Y me quedé un poco traspuesta…?"
"¡Regina!"
"Lo siento, lo siento… ¿Puedes salir?" pregunto ayudándola a moverse.
"Sí…" gimió soltando un suave ¡Ah! con cada movimiento. Sostuvo el bote de nata con gesto de derrota. "Esto no salió como yo había pensado…"
"Lo sé…" murmuró Regina con media sonrisa afectada. Se acercó dándole un suave beso de buenos días, pero al mover el rostro de Emma, la salvadora soltó un pequeño 'duele'. "Perdona…"
"Merece la pena" siseó devolviéndoselo con ganas. "¿Y Henry?"
"Ha bajado corriendo, quiere preparar tortitas con Patrick"
"¿Y le has dejado? ¿Tú? ¿La señora limpieza de apellido orden?"
Regina frunció el ceño. "No me hace mucha gracia imaginar mi cocina con huevo hasta en el techo… Pero Henry lo propuso y no tenía muchas más formas de mantenerles alejados de la puerta principal… ¿O prefieres salir otra vez por la ventana?"
"No, no…" exclamó veloz. "La puerta principal estará bien, gracias" Estiró su ropa con movimientos similares a Robocop, arrancándole una piadosa carcajada a Regina
"Ven, deja que te eche una mano" propuso ayudándola a ponerse la camiseta y abrocharse los pantalones.
"Dios…" lloriqueó. "¡Esto tendría que ocurrir al revés!"
Y durante dos semanas esa había sido prácticamente su tónica diaria. Las noches habían quedado descartadas por el recién descubierto pánico de Emma a acabar encerrada en un armario. Y por el día las cosas no iban mucho mejor. Intentaron convertir el ayuntamiento en su nueva guarida, pero el edificio siempre estaba lleno de funcionarios y agentes del orden. La única hora muerta, a las seis de la tarde, cuando todos recogían y abandonaban la oficina corriendo a casa, era su principal oportunidad.
Pero Patrick y Henry aparecieron aburridos con una cuestión importantísima para Regina. Si podían cenar pizza aquella noche. La alcaldesa accedió sin rechistar, añadiendo incluso que le parecía una buenísima idea, que bajaran corriendo a su coche y la esperaran allí. Ni siquiera reparó en que el día anterior ya habían cenado pizza.
Y quizás de esto tuvo culpa la presencia de Emma, escondida tras su archivador, aguantando la respiración y rezando por que no advirtieran el desorden de la mesa de Regina. Mesa donde un par de minutos antes estaban rodando y peleando por desnudarse. Ambos niños salieron al trote por el ayuntamiento gritando "¡Pizza!" y Regina bajo la frente hasta golpearse con la mesa de su despacho. Varias veces.
Y para Emma las cosas tampoco marchaban mucho mejor. Si el ayuntamiento estaba repleto de ciudadanos y trabajadores, la comisaría era un remanso de paz y soledad. Y, por no jugársela, mejor a la hora del colegio, cuando todos los infantes del maldito pueblo estuvieran en clase. Siempre y cuando uno de los alumnos de Mary Margareth no se hubiera cortado en clases de manualidades construyendo una casita de pájaros y la señora Charming hubiera dado las clases por acabadas para poder llevarle con el doctor Whale.
Mientras, en todo su esplendor de inocencia, Regina le enseñaba a Emma el partido que se le podía sacar a la silla del sheriff. Las torneadas piernas de Regina descansaban a ambos lados de Emma y su boca no daba tregua a la de la salvadora, aprovechando su ventajosa altura para devorarla sin compasión. Con tanta lengua, saliva y pasión como desesperación desprendía tras más de una semana de frustrados intentos. Pero no esta vez. Todos los cabos estaban atados. La puerta de la comisaría cerrada, las clases escolares en pleno desarrollo, y Regina y Emma decididas a empañar los cristales del despacho de la sheriff.
"Fuera, ya" exigió la alcaldesa con voz ronca sacándole la camisa de los pantalones. Emma comenzó a desabrocharla, sabiendo por experiencia que le quedaban quince segundos antes de que Regina empezara a arrancar botones. La alcaldesa no le concedió tregua alguna y tiró de ella para darle un beso feroz, que Emma igualó en intensidad. Las manos de Regina se deslizaron hasta sus hombros, apartando la tela de ellos, mientras las de Emma agarraron su trasero pegándola contra sí. Regina separó su boca de la suya sólo para balancear sus caderas contra las largas piernas de Emma, pegando ambas pelvis. "¿Mas ropa?" gruñó tirando con aversión de la camiseta de tirantes que se escondía bajo la camisa de Emma.
"¿Alguien está ansiosa, alcaldesa?"
"No… Pero por tu bien no vuelvas a ponerte nunca camisetas básicas" bufó y, sin esperar respuesta se inclinó para morder y torturar la curva del suculento cuello.
"Básicas no, vale… oh Dios, sí, ahí… Hmmmm…" rogó con voz grave, enredando su mano entre los mechones negros. "¿Soy… soy mala madre por soñar en ocasiones con escolarizar a Henry incluso sábados y domingos…?"
La carcajada de Regina contra la clavícula de Emma se pareció sospechosamente a un gruñido. "Salvadora, algunas noches sueño con clases nocturnas para pre adolescentes…" Su voz convertida en un murmullo mientras las manos de Emma apartaban la camisa de su cuello, sacándola por su cabeza. "No, no somos malas madres. Joder, nadie que viva esto nos culparía…" rezongó.
Emma sonrío de lado, asintiendo, y tiró su cuello para perderse en un beso sin tregua. Advirtió los dedos de Regina trasteando con el botón de su pantalón y cuando los tuvo medio desatados, deslizó la mano dentro. El ruido que hizo la silla con la sacudida del cuerpo de Emma sólo fue superado por el gemido que profirió la rubia. Regina no tenía intención alguna de andarse con rodeos y sus dedos se habían sumergido de golpe hasta empaparse entre sus pliegues.
Dos golpes. Luego tres y un gritito.
Emma se quedó rígida. Ese ruido no provenia de ellas. Ni siquiera del despacho. Aguantó la respiración por pura cabezonería. Por no gritar a pleno pulmón: ¡NO! Frente a ella, Regina se apartó lentamente de su cuerpo, con movimientos precisos y muy furiosos. Cuando se miraron, cara a cara, y el ruido volvió a repetirse, los ojos de Regina se tornaron casi negros, apretó los labios hasta dejarlos blancos e incluso las aletas de su nariz se dilataron amenazadoramente.
Y cuando un "¡mamá!" resonó por la comisaría, desde la puerta principal, la mirada de la alcaldesa se tornó aún más oscura. Tanto que Emma se estremeció, y no por la mano que aún permanecía contra su centro.
"Tranquila, fiera. Es tu hijo… no puedes agredirle" susurró ella, tratando de bromear y apaciguarla. Pero la mano de Regina salió de sus pantalones y acto seguido bajó de la silla, y todo ello sin quitar la cara de pocos amigos. Únicamente masculló:
"Deshazte de él… Yo voy buscando cómo matricularle en un colegio 24 horas…"
Emma salió al pasillo tratando de contener la risa mientras Regina se escondía bajo la mesa, ocultándose entre la madera del mueble y las patas de la silla. La alcaldesa ya había perdido la cuenta de las veces que habían tenido que hacer algo tan raro como eso en las últimas semanas. Y con el hándicap de tener un calentón capaz de anular hasta su lado más sensato y racional. Es su hijo y le quiere, es su hijo y le quiere… se repitió una y otra vez al ver a Emma alejarse y escuchar como desbloqueaba la puerta de la comisaría.
"¡Mamá! ¿Por qué tardabas tanto?"
"¡Señora!"
"Patrick, Henry, ¿qué… qué hacéis aquí?"
"¡Un accidente en clase de manualidades ha adelantado la hora de salida y pensamos en venir a verte!" Henry era un torbellino de energía sin botón de apagado. "¿Y qué hacías tú? ¿Por qué tardabas tanto?"
"Trabajar, Henry, ¿qué querías que hiciese?"
"Oh… ¿y por qué cerraste la puerta?"
"Para que no me molestasen y poder concentrarme en… mi trabajo" farfulló Emma entre dientes.
"¿Y si hubiera alguna emergencia?" insistió frunciendo el ceño.
"En ese caso… podrían llamar a la puerta y gritar para que les abriese" respondió mirándoles alternativamente. Pero ninguno de los dos pareció entender la similitud.
Henry entrecerró los ojos pensativos, observándola. Y Emma tragó hondo, mirándose a sí misma de soslayo por si hubiera en ella algún detalle sospechoso, alguna prenda fuera de lugar, o quizás un mechón ridículamente despeinado. No encontró nada, así que tragó hondo y esperó a lo que fuera que tuviese su quisquilloso hijo en mente. "¿Mi mamá te deja venir a trabajar así?"
La salvadora prácticamente resopló de alivio. "No exactamente…" tartamudeó recordando la reciente prohibición de llevar camisetas básicas. "Así que mejor no le digamos nada, ¿te parece?" Ambos niños sonrieron y cerraron sus labios con un gesto de cremallera. "Perfecto"
"¿Y ahora nos podemos ir a merendar?"
"¡Henry asegura que sus tortitas son las más ricas de la villa!"
"¡Que se dice ciudad, no villa"
"Oh, sí, disculparme…"
"Yo, yo… Henry, tengo mucho trabajo, ahora no puedo desatender la comisaría y…"
"Venga, he visto que hora es. Tu turno acaba en diez minutos… Anda, mamá, ¿por favor?"
"Henry, aún tengo algo de papeleo y no sé…"
"Pues entramos y te esperamos. Haremos tiempo enseñándole la comisaría a Patrick"
"¡¿Qué?! No, no, no, ¿sabes qué? Tienes razón, por hoy ya he terminado…" masculló forzando una sonrisa. "¿Por qué no me esperáis fuera? Recojo y nos vamos a preparar esas tortitas"
"¡Sí!" exclamaron al unísono.
"Perfecto, pues venga, los dos fuera"
"¿No podemos entrar ni un momento rápido?"
"¡No, no!"
"Vale…" suspiró Henry decepcionado. "¿Y podemos esperarte en el coche patrulla…?"
"Sí, sí, corre"
"¡Bien!" gritaron ambos por el pasillo, corriendo escaleras abajo hasta el parking de la comisaría. Dos segundos después Emma regresaba a su despacho y fuera se escuchaba resonar la bocina del vehículo oficial.
"Ey…" murmuró Emma dando un par de golpecitos contra la madera de la mesa. La cabecita morena se asomó con cara de pocos amigos. "Por los pelos…" celebró la sheriff con una sonrisa resignada, mientras la alcaldesa, en sujetador, salía de debajo de su escritorio.
"¿Crees que se ha olido algo?"
"Nada de nada…" respondió orgullosa. "Pero deberías esperar unos minutos para que nos hayamos alejado lo suficiente y después salir…"
"Sí…" masculló, sentándose sobre la mesa y recuperando su camisa. "Como siempre"
"Como siempre no… Esta vez la que se ha escondido eres tú, eso es un cambio" bromeó Emma acariciando su mejilla. Regina se relajó contra el tracto de esa mano y humedeció sus labios en un gesto inconsciente. Emma siguió con detenimiento el paseo de esa lengua acariciando los suaves labios de Regina y sintió como su propia garganta se resecaba. "Sabes… los niños están entretenidos…" balbuceó sin apartar la vista de esa boca, esa cicatriz, esos dientes perfectos y esa sonrisa que poco a poco iba asomando. Regina despeinada y en sujetador era sin lugar a dudas una de las visiones más excitantes que Emma podía imaginar. Pero si además sonreía, su raciocinio salía por la ventana deseándole buena suerte y dejándola a merced del torbellino de sentimientos que despertaba Regina en ella. "Quizás puedan jugar un ratito… ellos solos" continuó colocando las manos sobre la mesa, una a cada lado de Regina hasta retenerla contra la mesa.
"¿En qué está pensando, sheriff?" ronroneó tirando de su cinturón, donde aún colgaba la placa, hasta que ambas cinturas chocaron.
"En que…" siseó contra su oído "quizás…" un pequeño mordisco en su lóbulo, obligándola a contener un gemido "podríamos terminar…" agarró su mano, invitándola a soltar su camisa y arañando suavemente su piel "lo que hemos empezado" concluyó desabrochando su sujetador y paseando su mano sobre un arrugado y sensible pezón.
La espalda de Regina se curvó en favor de esa intrépida mano. "Quizás… Pero…"
Emma la interrumpió con un beso. "Seguro que podemos ser muy rápidas…" Sus dedos se cerraron sobre su pecho, arrancándole un nuevo gemido. Su otra mano encontró el camino a la cinturilla de su pantalón e indagó sin compasión.
"Mucho… Muy rápidas" gimió sin controlarse las ganas, perdiendo todo el control. Si Emma quería velocidad, Regina está segura de poder correrse con tan sólo dos roces certeros. Y se moría por comprobarlo. Entrelazó sus dedos con los de Emma y les invitó a ir más lejos, más profundo. "No puede pasar nada malo porque esperen un poquito, ¿verdad?" murmuró mientras los dedos de la salvadora sobrepasaban la frontera de su ropa interior.
Emma meditó la respuesta más de lo normal"….Hmmmmm, no…"
"¿Emma?" La pregunta desprendió un punto amenazante y Regina retuvo la muñeca de la salvadora, impidiendo que intentase distraerla con una suculenta estrategia. Pupila contra pupila, pidiéndole franqueza.
"Puede…" Emma es consciente de que, en cuanto termine esa frase, habrá terminado también su encuentro. "…puede que haya un par de armas en el coche…" reconoció del tirón, intentando arrimarse a ella.
"¡Emma!" exclamó Regina, golpeando su hombro, mucho más entera a pesar de su semi desnudez que su pareja.
La sheriff intentó un último golpe desesperado. "¡Si seguro que no dan con ellas!"
Pero los ojos marrones se mantuvieron firmes y severos. "A por ellos. Ya"
Y esa era la historia de cómo, a pesar de estar entre semana y en horario escolar, Emma terminó con dos niños colgados del brazo gritando ¡tortitas, tortitas! Y la tortura aún no se había dado por concluida. Al llegar al apartamento de Mary Margareth, la salvadora les dejó en la cocina buscando todos los ingredientes de la receta. Mientras, ella se concedió una ducha muy fría con el pretexto de haber trabajado hasta terminar sudando. Regresó a la cocina un poco más relajada y tranquila, incluso medio sonriendo.
Hasta que lo vio.
Ostras.
Literalmente. Ostras frescas, sobre la encimera de su cocina.
"¿Qué hacéis con eso? No es uno de los ingrediente para las tortitas, ¿sabéis?" intentó burlarse sin mirar fijamente a esas cosas de caparazones rugosos e interior viscoso.
"Es que estaban en la nevera"
"Bueno, ese es el sitio en el que suelen guardarse, Henry"
"Sí, ¿pero de quién son?" preguntó confuso. Emma abrió la boca dispuesta a responder… pero recordó que su principal tapadera, los Charming, no comían marisco. A James le salían ronchas por todo el cuerpo y Snow, en consideración, tampoco solía disfrutarlas a menudo.
Y se vio a si misma diciendo lo que jamás pudo esperar decir: "Son mías, Henry"
"Tuyas" torció el morro observándolas en su bolsa antes de volver a mirar a su madre. "¿Tú comes ostras?"
¡NO!, gritó su mente. "Sí, claro..."
"Y te las has comprado para…" continuó un tanto impertinente.
Emma apretó los dientes y simuló una sonrisa. En su cabeza corrían furiosas varias respuestas… Para prepararle una cena romántica a tu otra madre… Porque son afrodisiacas… Porque sé que las adora y en Storybrooke son imposibles de encontrar… Porque quiero celebrar con ella que por primera vez me ha confesado sus sentimientos… por teléfono, porque no podemos dormir juntas por ti, pero algo es algo… Y sin embargo se contuvo. Una vez más. Qué importaba un gramito más de frustración cuando toda ella rezumaba frustración "Por darme un capricho, hacía mucho que no encontraba ostras en Storybrooke, Henry. Anda, guardarlas, no quiero que se estropeen"
"Ah…" respondió Henry con simpleza.
"¿Y cómo se come eso, señora?" interrogó Patrick sosteniendo uno de los moluscos como si fuera un extraterrestre.
"¿Qué?" balbuceo Emma.
"Sí… ¿es como los cocos? ¿Los golpeas y arañas para comer lo de dentro?"
"Algo así, sí…" confirmó Emma. "¿No había ostras en Nunca Jamás?"
"Creo que no, señora"
"Mamá, ¿vas a dejar que vaya por ahí comiendo ostras a golpes?" preguntó Henry divertido ante la escueta explicación de su madre. "Enséñale cómo se preparan" pidió con una sonrisa tierna.
"¿Qué?" pronunció sin color en la cara y con un gallo en la voz. "Henry, ahora no tengo hambre… y vamos a preparar tortitas…"
"No hace falta que prepares todas ahora. Sólo una, para que Patrick entienda cómo se comen"
"Yo…" Cuatro pares de ojos pestañearon a la vez, brillantes, enormes y emocionados. Y Emma no fue capaz de defraudarles. "Claro, por qué no…" respondió con naturalidad. Sostuvo uno de esos malditos bichos con una mano, asqueándose sólo con el tacto de su concha. Las almejas estaban bien, o los mejillones, e incluso las chirlas… Pero no las ostras. Nunca entendió la pasión desmesurada de Regina por esos bichos. No sólo tenían una concha con pinta de piedra rugosa con cal sino que encima esa cosa viscosa era enorme… y estaba viva. Esa era la peor parte para Emma. Verla moverse… Sólo de imaginarlo las arcadas acudían a ella.
Respiró hondo, trató de ignorar el olor a mar y se hizo con un cuchillo de punta afilada. Tal y como le había enseñado el pescadero de Boston a quien se las había comprado, clavó la punta del cuchillo entre ambas conchas y dio un giro limpio. El molusco cedió, y pudo dejar a un lado el cuchillo para terminar de abrirlo.
"Y así es cómo se hace…" remató enseñándole el bicho viscoso a aquel curioso niño perdido.
"Ooohhh…" murmuró con fascinación. "¿Y ahora?"
"Ahora…" reprimió las náuseas "Se le echa limón y se come"
"Toma mamá" Henry, a su lado, le tendió un limón por la mitad, recién cortado. "Ya lo tienes todo" añadió contento con una gran sonrisa.
"Chicos, no quiero ser maleducada…" recogiendo el limón y echándole por encima bastante más zumo del habitual "Henry, ¿te apetece a ti?" El moreno negó con la cabeza, apartándose de aquello para reafirmarse. "¿Y tú, Patrick? Es un sabor único"
"Creo que no, señora" respondió oteando por encima de la ostra con desconfianza. "Puede comérsela usted, no se preocupe por nosotros. Con las tortitas y el chocolate nos conformamos"
"Geniaaaaal…" masculló mirando la ostra con lo que pretendían ser ojos golosos. Pero por más que intentaba acercársela a la boca, su cuerpo siempre se alejaba de su propio brazo, con pavor. Henry y Patrick la miraban con curiosidad, esperando su reacción al comer ese manjar que, supuestamente, había comprado para disfrutarlo ella misma. Suspiró dócilmente, se dijo a si misma que hacía eso por Regina y por ella… y se la metió a la boca de un mordisco. Sin abrir los ojos y sin poder dar más de un par de mordiscos. Cuando el sabor de la ostra explotó en su boca e inundó sus pupilas gustativas, trató de ingerirlo, de pasar el mal trago. Pero no. Su garganta se negaba a tragar y sus arcadas regresaban con brío.
Se tapó la boca y tuvo el tiempo suficiente para correr hasta el baño y subir la tapa del váter. Las arcadas se escucharon desde la cocina y Emma fue incapaz de dejar de vomitar hasta que el sabor de la ostra no fue sustituido por el de su bilis. Para cuando pudo hablar, aun apoyada en el retrete, gritó con su mejor voz tranquila:
"Perdón chicos… ¡creo que esa estaba mala!"
Y desde la cocina pudo escuchar como Henry se lo explicaba a su mejor amigo. "Sí, esas cosas a veces ocurren, como están vivas… ¡No te preocupes mamá!"
Y aquel había sido el último capítulo de una serie de desgraciadas desdichas que mantenían a Regina al borde de la histeria y a Emma de ducha fría en ducha fría. Eran incapaces de compartir cama ni momentos a solas, sólo frustración. Y mucha.
Y por esa razón, Regina ya había aspirado, barrido y fregado todo el piso inferior de su casa. Y mientras el suelo se secaba, había empezado con la planta de arriba, donde se encontraban las habitaciones, entre ellas la de Henry.
Cuando empezó a ordenar y limpiarla, se sintió mucho mejor. Al menos hasta que, al ventilar el edredón de la cama un pequeño cuadernito salió volando. Dejó las sábanas en su sitio y se agachó para recoger la pequeña libreta. No era más grande que su mano, y no tenía mucho grosor, pero parecía muy usada. Las esquinas tenían las hojas desgastadas y en las pastas parecía haber arañazos de tierra o barro.
La ojeó muy por encima, más por curiosidad que por descifrarla. Todas las hojas parecían seguir un mismo patrón. Una frase o dos en cada página, y debajo el nombre de Henry y Patrick. En ocasiones uno de los dos estaba tachado y el otro no y Regina se encontró preguntándose qué podía ser ese cuaderno exactamente. En otro momento, con menos frustración y más raciocinio, no le habría prestado más atención que la necesaria para guardarlo en la estantería. Pero con su mente volando a kilómetros de sí misma y su cuerpo en plena revolución hormonal, agradecía la distracción que le concedía aquella libreta.
Abrió la primera hoja de nuevo y lo que encontró le dio una idea bastante aproximada de lo que contenía. La frase que abría la lista era una afirmación que estremeció a Regina. Con la letra redonda y uniforme de Henry se podía leer: Mis madres vendrán a por mí y me rescatarán. Bajo ella, tachado con muchas ganas estaba el nombre de Henry y, al otro lado, impolutas, las palabras: Niño Perdido.
Regina podía estar equivocándose, pero habría puesto la mano en el fuego porque aquello era una libreta de apuestas. Y sonrió al sentir que Henry había apostado por ellas desde el principio. Su pequeño príncipe siempre confió en que le rescatarían, y nada podía hacerla más feliz en ese momento que ser consciente de que no le había fallado, no como tantas otras veces en el pasado. Siguió pasando hojas, poco a poco, sonriendo como una boba. Hasta que fue leyendo otras apuestas, cada vez más iguales, cada vez más centradas.
Empezó a pasar las páginas con dos dedos, tirando de cada una de ellas, cambiando paulatinamente la sonrisa por una mueca asesina. Leyó cada una de las hojas advirtiendo como su frustración mutaba monstruosamente en una furia de proporciones épicas. Aquella pequeña y manoseada libreta acababa de despertar a la Evil Queen que dormía dentro de Regina. Y cualquier persona a menos de un kilómetro a la redonda de la casa pudo escuchar el grito que profirió al aire.
Emma conducía como una demente, agradeciendo estar en las desérticas calles residenciales de Storybrooke y no en pleno centro de Boston. Esos volantazos al estilo a todo gas serían mucho más peligrosos si no fuera la hora de comer y estuvieran en una pequeña ciudad. Era consciente de su inconsciencia al conducir de ese modo. Pero el mensaje de Regina había sido claro y conciso: Swan, ven a la mansión, urgente. Trató de llamarla, pero no respondió. Ni al teléfono de casa ni al móvil. Así que salió de la comisaría sin cerrar la puerta y arrancó su escarabajo antes casi de haberse sentado.
Urgente. Regina nunca usaba las palabras en balde. Y desde luego, nunca usaba Urgente. Y eso, sumado a que no cogía el teléfono, había atacado sus nervios. La sola idea de la alcaldesa en peligro le obligó a pisar más a fondo el acelerador y no levantó el pie hasta que giró y la mansión apareció ante ella. Frenó, desabrochó su cinturón, quitó las llaves del contacto y salió de su coche a la carrera.
Recorrió la entrada en tres pasos y el porche en uno y medio. Pero no tuvo tiempo de golpear la puerta. Se abrió de golpe, frente a ella. Y por un momento Emma discurrió que, si Regina estaba allí de pie, esperándola, quizás no era nada tan malo o tan preocupante. Quizás Regina no estuviera en peligro como había temido durante todo el trayecto.
No, quizás no.
De hecho, al encontrarse cara a cara con la alcaldesa Mills de repente sintió que, quizás, era ella misma quien estaba en peligro.
"Re… Regina, ¿qué ocurre?" tartamudeó enfrentando el semblante rígido y amenazante de la reina malvada.
"Swan" Eso fue todo. Swan. Y un tirón feroz al agarrar el cuello de su camiseta. Un segundo después, la puerta de la mansión se cerraba a su espalda con un portazo y Regina empujaba su cuerpo contra ella sin tacto alguno.
"¿Qué está pasando?" preguntó Emma en conflicto consigo misma sin saber si excitarse o acojonarse ante el comportamiento de la alcaldesa. Regina avanzó hasta extinguir la distancia entre ambos cuerpos, acariciando con su mejilla la de Emma, hasta que sus labios rozaron su oído.
"Tienes 90 segundos para entenderlo"
Un susurro suave, limpio, gutural. Y Emma tragó saliva confusa y definitivamente cachonda.
Tosió tratando de aclarar su garganta y sus ideas. "¿Entender que…?" La boca de Regina asaltó su lóbulo con un mordisco nada misericordioso y Emma gimió cerrando sus labios a tiempo. "Regina…"
"Esto…" gruñó como si le molestara usar la boca para hablar. Emma advirtió entonces algo que sus obnubilados sentidos habían pasado por alto. Una presión en su pecho, donde la mano de Regina descansaba, sosteniendo un cuadernito que ella jamás había visto.
"¿Qué demonios…?" cuestionó sosteniéndolo mientras la boca de Regina ya serpenteaba por la curva de su cuello.
"80 segundos, Swan…" ladró incendiando cada terminación nerviosa de Emma. Su apellido, ese tono de voz, las embestidas de su cuerpo, la mano que perfilaba su trasero clavando las uñas en él… ¿Cómo pretendía Regina que entendiera nada así?
"¿Qué pasará después de esos 80 segundos…?"
"Que dejaré a un lado mi indulgencia… y, lo hayas entendido o no, mis manos dejarán de pasear por encima de tu ropa…"
Tragó hondo. "¿Para…?"
"Para hacerlo por dentro…" gruñó mordiendo su yugular. "Muy, muy adentro" El lloriqueo de Emma no logró más que aumentar el hambre de Regina. "Lee de una maldita vez" exigió rozando su estómago y ese tentador reborde de su camiseta que invitaba a quitársela de un solo tirón.
"¿Qué es?" preguntó abriendo el extraño cuaderno rodeando el cuerpo de Regina, tentadoramente pegado al suyo. Recibió un mordisco justo en el comienzo de su pecho y gimió entendiendo el aviso sin palabras de la alcaldesa. "Sí, sí, que lea…" murmuró prácticamente sin voz ni voluntad.
Sin concentración, con las manos temblorosas y los brazos estirados para evitar molestar la minuciosa inspección de Regina de su cuerpo, costaba centrarse. Pero lo intentó. Con todas sus fuerzas. Y frente a sus ojos empezaron a aparecer palabras inconexas que, con lentitud, se convirtieron en frases y párrafos con sentido.
"50 segundos, señorita Swan" advirtió Regina cerrando su mano en torno a un turgente pecho, robándole la respiración sin ninguna consideración. Escuchar la voz de Regina vibrando con esa ronquez y pronunciando ese tentador Señorita Swan, no ayudaba en nada a mantener su atención en el maldito cuadernito. Pero si esas hojas tenían la respuesta al comportamiento de Regina, estaba dispuesta a desentrañarlo.
Mientras la lengua de Regina se desplazaba por la base de su cuello, erizando la piel a su paso, Emma encontró un patrón a duras penas. Todas las páginas funcionaban de la misma forma. Una oración, un enunciado y debajo el nombre de su hijo y de su nuevo mejor amigo. El único cambio de unas a otras era la cruz que a veces tachaba un nombre u otro y, en ocasiones, los dos. Releyó un par de veces algunas de las oraciones, intentando encontrar el sentido, la clave de ese extraño esquema. Regresó a la primera de las hojas, confiando en que, empezar por el principio era lo mejor. La primera oración rezaba: Mis madres vendrán a por mí y me rescatarán, y bajo ella el nombre de Henry aparecía tachado con ímpetu. Cómo si alguien, victorioso, hubiera pasado el bolígrafo las suficientes veces para llegar casi a atravesar el papel. Como si alguien hubiese ganado.
"¡Es un cuaderno de apuestas!"
"Bien, Swan… Pero hay más y te quedan 20 segundos…." Jadeó contra su oído. No importaba que Emma estuviese concentrada en esa libreta. Regina se estaba dando un banquete con su cuerpo, sus caderas bailoteaban inconscientemente frotándose con las de Emma y la paciencia estaba desapareciendo para dejar paso con urgencia a toda esa excitación que llevaba días acumulándose sin consideración. Y esa marejada de hormonas y pura pasión se tradujo en un tono de voz tan vibrante, tan grave, que Emma apenas pudo seguir el hilo de sus pensamientos.
Pero lo consiguió, se repuso de ese tono de voz y siguió buscando más información dentro de esa maldita libreta. "Hay más…" se repitió para sí misma, pasando el resto de las hojas. En la siguiente página ponía: "Peter Pan no es inmortal" y el nombre de Henry volvía a estar tachado. En la siguiente aparecían un par de frases sobre el viaje y Storybrooke y dos hojas después, Emma dio con una que contenía sus nombres, los de ambas: "Emma y Regina han dormido juntas en Nunca Jamás". Abrió los ojos, buscando aterrada la cruz sobre el nombre, pero en esta ocasión ninguno de ellos estaba tachado. Aún no habían decidido ganador. Sintió un pequeño y breve consuelo. Pero sus nervios comenzaron a remover sus tripas. Esa apuesta no dejaba lugar a muchas dudas. Su hijo se había jugado, bueno, lo que demonios se hubiera jugado, a que sus madres habían o no dormido juntas. Juntas. Eso no sonaba a haber compartido campamento en la isla de Pan, ¿verdad?
Pasó compulsivamente otras tantas hojas, leyendo por encima. Cada vez desaparecían más las apuestas casuales y se centraban más en ellas dos. Hasta que únicamente encontró apuestas sobre ellas. Regina nos dejará ver una película a partir de las doce. Regina nos dejará montar un campamento indio en casa. Cenaremos pizza. Cenaremos pizza por segunda vez. Emma escalará hasta la ventana de Regina. Emma dormirá en el armario de Regina. Emma nos dejará jugar en el coche patrulla. Emma comerá ostras. Esta casualmente no tenía ningún nombre tachado, como si tampoco tuviese ganador. Sólo una interrogación junto a la apuesta. ¿Es que acaso el haberla vomitado la invalidaba? ¿Habían pretendido hacerle pasar por eso una segunda vez? ¡Malditos psicópatas!
Y lo peor es que la lista continuaba con auténticas barbaridades. "¡¿Emma aguanta la respiración más de treinta segundos?! ¡¿Pero qué demonios les pasa a estos por la cabeza?!" gritó indignada.
"Tengo una bañera donde cabemos las dos… perfectamente" gimió Regina contra su oído, obligándola a tragar hondo y a preguntarse si era una repentina invitación. Sus neuronas no lograban casar la respuesta de Regina con su pregunta, pero estaba segura de que tendría un por qué. "Así que imagina por donde iría esa apuesta…" añadió dándole la clave. Emma asintió sumando dos más dos, e imaginándose a sí misma rodeada de espuma y piel de Regina. "Por cierto, ¿comiste ostras?"
Emma torció el gesto con una mueca de genuino asco. "Psi…"
"¿Cuándo?" insistió elevando ambas cejas.
"Hace unos días…" murmuró. "Bueno… sé que te encantan. Y cuando… cuando te dije por teléfono que yo te quería… Yo sólo quería repetir ese momento, preparar un picnic, una cena, algo… aunque tuviera que ser subidas en mi maldito coche. Y quería que cuando te lo dijera en persona fuera especial… Pero esos malditos enanos dieron con las ostras en mi nevera… y me hicieron probarlas para demostrar que las compré porque me gustaban"
"Comiste ostras por mí…" susurró Regina con una sonrisa inocente, cargada de dulzura.
Emma carraspeó tímida, advirtiendo cómo su rostro se teñía de un adorable color rojo. Trató de desviar el tema y su vergüenza, cambiando torpemente de tema "Entonces han…" Tosió al escucharse soltar dos gallos cuando los labios de Regina regresaron a su tortura. "¿Han estado jugando con nosotras? Todos esos días, todas esas casualidades… ¿no eran más que apuestas entre dos niños cabritos con un sentido del humor macabro?"
Regina se separó de la piel de su cuello apenas dos centímetros para poder enfrentarla. "Eso parece. Tu hijo decidió matar el tiempo en Nunca Jamás con apuestas… y luego debió cogerle el gusto" gimió jugando a entrechocar sus narices, sobrevolando sus labios.
"Sabía que no habíamos disimulado bien aquel maldito día de los videojuegos…" rezongó más para sí que para Regina.
"Se la va a cargar" agregó con la más severa de las miradas que vaticinaba un castigo de los que hacían historia.
"¿Pero entiendes lo que esto significa?" preguntó Emma con media sonrisa, moviendo la libreta junto a ellas. "Que Henry lo sabe… y que lo acepta" resolvió con una adorable sonrisa que hizo sus labios mucho más besables. Regina estaba cabreada y muy decepcionada con su hijo e intentó que la dulzura de esa deducción no echara abajo su fachada de madre enfadada. Pero Emma la leyó como un libro abierto. O como una libreta de apuestas abierta. Y estaba segura de que esa aprobación de Henry era un sueño para su dura e insensible alcaldesa. Así que ella sonrío por las dos y abrazó su cintura con amor.
"Ya…" masculló Regina. "Pero eso no le librará de su castigo" gruñó arremetiendo contra la boca de Emma.
"Por supuesto que no…." farfulló sin controlar su voz ni sus pulsaciones.
"Tres, dos, uno… y se acabaron los 90 segundos Swan" gruñó sonando tan amenazante y terrorífica, que la saliva de Emma desapareció de su boca. Un segundo después era devorada por el beso más urgente y descarnado al que Regina nunca le hubiera sometido. Toda ella se volcó en favor de él. Jadeó fuera de sí y un gemido profundo y desesperado se escapó de su garganta cuando los dientes de Regina mordieron su labio inferior y sus manos agarraron el borde de su camiseta, tirando de ella hasta apartarla de su cuerpo. Por fin.
Emma se encontró a si misma temblando como una niña pequeña, en sujetador y en el rellano de la mansión. Su piel incendiándose ante los ojos oscuros de Regina. Pero tartamudeó, dudosa. Después de todos esos días, todas esas interrupciones, su instinto salía a relucir.
"Espera… ¿Y si aparece Henry?"
La sonrisa ladeada y perversa de Regina electrificó su columna vertebral y el tono de voz aceleró sus pulsaciones. "Oh, créame Swan, ese mocoso no se atreverá a pisar la mansión. Al menos durante los próximos dos días" Arañó su estómago hasta rozar la cinturilla de su pantalón. "Me he encargado de ello"
Emma no necesitó que se lo repitiera. Estrechó el cuerpo de Regina entre sus brazos con una urgencia casi palpable, arrasó su boca con un beso nada gentil, elevó su cuerpo lo suficiente para que sus pies no tocaran el suelo y pudiera caminar con ella hasta el pasillo sin que Regina opusiera resistencia. Algo que la alcaldesa no habría hecho jamás. Echó los brazos a su cuello, se inclinó contra ella y se dejó hacer con una excitante docilidad nada propia en ella. Pero nada le importaba en ese momento. Ni la imagen que pudiera dar, ni lo que nadie fuese a pensar.
Emma. Eso es lo único que le importaba. Emma y sus manos colándose por sus pantalones y desabrochando su cinturilla. Gimió contra la boca de la salvadora, desabrochó los botones de su propia camisa y continuó caminando de espaldas, guiada por los empellones de las caderas de Emma. Dos días… repitió para sí. Dos días para recuperar esas últimas semanas. Y dios si no pensaba recuperar cada minuto, segundo y beso de esa maldita tortura inhumana a la que se habían visto sometidas.
Cuando empezaron a subir las escaleras a duras penas no llevaban más que la ropa interior y tras ellas fue quedando un reguero de prendas desperdigadas, olvidadas e inútiles. En el dormitorio ni siquiera llegaron a entrar las braguitas y los sujetadores. Nada, excepto ellas. Ellas y el sonido de sus besos, los ruidos que escapan de sus gargantas y el aroma de sus cuerpos, que se entremezclaban dispuestos a no volver a separarse. Al menos por ahora.
En el porche, a la hora del almuerzo, aparecieron dos pequeños amigos, caminando encantados al pensar en lo que Regina habría preparado para comer. Todo parecía en orden. Todo menos una nota pegada a la ventana de la entrada. Subieron las escaleras de dos en dos, mirándose entre ellos y Patrick alargó la mano hasta el papel. Pero antes de empezar a leerlo, Henry se lo arrebató.
"Esto es para mí"
"Porque tú lo digas" defendió el niño perdido.
"¡Mira!" argumentó señalando la primera frase, que consistía básicamente en su nombre y dos puntos.
"Vale…. ¡pues léela que me muero de hambre!"
"Creo que es de mi madre… Henry: hoy coméis con tus abuelos. Y, por vuestro bien, os recomiendo que os quedéis allí a dormir durante los próximos dos días. Inventaros una excusa creíble." Recitó de carrerilla antes de frenar y mirar a Patrick, que se mostró tan confuso como él. "¿Qué?"
"Esto no pinta bien, Henry" respondió lívido. Frente a él, el joven permanecía con la mirada perdida y la boca abierta y Patrick se vio obligado a darle un codazo. "¡Pero lee en voz alta!"
"Vuestro libro de apuestas queda confiscado. Un abrazo, mamá" pronunció bajando la voz con cada palabra.
"¿Y ya?" susurró con un miedo patente en su forma de tragar saliva.
Henry se limitó a negar con la cabeza, pero sin ser capaz de decir nada más ni seguir leyendo. Patrick le arrebató el papel, deslizando sus ojos ávidamente releyendo lo que ya había visto hasta llegar a una frase nueva. Carraspeo, temeroso, y comenzó a leer.
"P.d.: ¿Quién apostó por qué dormimos juntas en Nunca jamás? Porque ganó. Y muchas veces"
"Ugh…. ¡Mamá!" regañó al aire como si pudieran escucharle. Acababa de perder una apuesta. Patrick fue quien aseguró y afirmó una vez tras otra que habían interrumpido a sus madres al llegar a la mansión aquella vez en la que él descubrió los videojuegos. Henry se mantuvo firme, defendiendo que eso era imposible. Hasta que las evidencias fueron llegando una tras otra. Y el verdadero creyente terminó por creer la versión de Patrick y aceptar que sus madres estaban juntas. Y el niño perdido fue aún más allá afirmando que, seguramente, aquello sucedía desde antes de regresar. Algo que Henry había negado tajantemente. Motivo por el cual había acabado dentro de la libreta de apuestas, como otras tantas.
Pero a Henry ni siquiera le importó perder esa apuesta. Lo verdaderamente desagradable era imaginar siquiera lo que sugería esa posdata. Y encima varias veces… ¡Que se trataba de sus madres, por dios!
Pero Patrick no le concedió ni un segundo para borrar esa escena de su cabeza y continuó leyendo, inquieto y alarmado. "Pd2: Estáis castigados por los próximos dos meses. Como mínimo."
"Mierda…" masculló Henry golpeando el suelo con un puntapié.
"Pd3: Oh, y yo que vosotros me iría rápidamente al piso de Mary Margareth y no me acercaría por aquí –para nada- si no queréis escuchar o ver algo que seguramente preferiríais no oír ni ver. Quien avisa…"
Ambos chicos se miraron entre ellos, con pavor y abriendo los ojos hasta que las cejas se confundieron con el comienzo del pelo. Patrick dejó caer el papel al suelo y gritó. "¡Corre!" Desapareció escaleras abajo, abandonando la mansión a la carrera, con Henry pisándole los talones, con los dedos tapándose los oídos y gritando "lalalalalala…" para asegurarse de que ninguno de esos posibles sonidos alcanzara nunca sus oídos.
Y mientras corría tuvo que admitir que, debajo de todo ese pánico a enfrentar a sus madres, del miedo a los dos meses de castigo, de la aversión a imaginárselas haciendo… uuugghh, eso, estaba feliz. Eufórico. Iba a estar mucho tiempo castigado… Pero serían sus madres las carceleras, y no Peter Pan. Y lo mejor de todo, le castigarían juntas, como una familia, como su familia. Y siguió corriendo sin parar hasta llegar a casa de los Charming, igual de asustado y asqueado… pero con una sonrisita.
FIN
Lo prometido es deuda, nada de lágrimita esta vez! Y además ha sido de los largos! ¿Quedo redimida? ¿Os ha gustado? :) Y qué otro nombre escogeríais para mi inspirado "frustración"?
Para quienes ya me hayáis leído antes, habréis notado que aunque el arco argumental en Neverland está considerado como uno de los más coñazos (por eso de que daban vueltas y vueltas sobre el mismo decorado durante cien capítulos) a mí hubo algo de ellas dos que me cautivó. No sé si fue esos momentos en los que se les escapaba el SQ por los poros a raudales, o si fue al ver el nacimiento de los celos y el odio de Regina por Hook o Emma en modo novia protectora cuando Regina estaba desaparecida... pero me encantó. Y no descarto que mi mente y mi musa vuelvan por esos derroteros de nuevo... :)
Nos vemos en el siguiente y recordad que los comentarios, criticas, reviews y ánimos seguramente ayuden a acortar la espera!
