Cuando Ross despertó aún era de noche. Garrick dormía acurrucado a su lado, medio enterrado debajo de una montaña de paja. El estaba todo acalambrado, era el quinto día que se colaba en un granero para dormir. Esa mañana al menos no tenía hambre, había podido pagarse una buena comida con las monedas que esa niña le había dado y aún le quedaba algo con lo que podría pagar algo caliente para desayunar esa mañana. Necesitaba encontrar trabajo, y lo necesitaba rápido. En los últimos días ya había recorrido todas las minas que había en la zona pero en ninguna estaban tomando más trabajadores, menos aún tributarios, así que Ross se había conformado con cualquier trabajo en las granjas. Pero de eso tampoco había mucha demanda en ese rincón olvidado de Inglaterra. Y tampoco mucha gente lo quería aceptar cuando lo veían con un perro revoloteando a sus pies. Garrick había estado junto a él durante los últimos dos años, y era su mejor amigo, el no lo abandonaría.
El perro puso de pie de un salto cuando el se levantó. "Vamos Garrick, tenemos que salir de aquí antes de que se haga de día." Susurró sacudiendo su cabeza para quitarse la paja enredada en su pelo, igual que Garrick. "Gracias a ti hoy podremos desayunar. La niña a la que salvaste te dio unos peniques, supongo que no te molestara que los gaste en algo para mí también."
Ross hizo lo mejor que pudo para lavarse la cara en un pequeño arroyo que corría hacia el mar entre las casitas derruidas de Sawle, pero el agua estaba casi congelada esa mañana. De buen humor, con las monedas tintineando en su bolsillo llegó a la posada que ya estaba bastante abarrotada de hombres que venían a tomar algo que les diera energía para afrontar el arduo día de trabajo. Casi todos bebían ron. El pidió un te con un bizcocho y se fue a sentar a la mesa en que había algunos mineros que el conocía.
"¿Por qué no tomas una bebida como los hombres, Ross?" bromeó Mark Daniel. Pues porque el ron salía tres veces más que el te.
"No bebo antes de las ocho de la mañana, Mark. Lo sabes. ¿Siguen sin tomar gente en la mina?"
"No, Ross. Lo siento. Aunque, el otro día lo escuché a Zacky preguntar si alguien quería trabajar en una granja."
"Oh, ¿en serio? ¿En dónde?"
"No lo sé. Espera… Zacky!?" Mark se dio vuelta y llamó a otro hombre que estaba sentado dos mesas más allá de ellos. Era un hombre algo mayor, con pelo de estropajo y una graciosa barba. Se dio vuelta cuando escuchó que Mark lo llamaba. "¿Adonde era que buscaban trabajadores para una granja el otro día?"
"Nampara" contestó Zacky, "Los Carne."
"¿Sabe si siguen buscando?", preguntó Ross
"Me temo que no. Ya han contratado a Jim, y mi Jinny está trabajando allí también."
Pues menuda suerte, si tan solo se hubiera enterado antes.
"Pfff… si solo contrataron a Jim seguirán necesitando ayuda. El chico apenas es capaz de levantar una gallina." Mark dijo en voz baja cuando Zacky ya no escuchaba.
"Y si la gallina hecha a correr, no creo que sea capaz de alcanzarla." Añadió otro de los hombres sentado en su mesa para risa de todos.
"Deberías ir a preguntar. No perderás nada." Mark y los demás hombres se levantaron para irse a la mina, su amigo estrechó su mano y le acercó la botella de ron en la que aún quedaban un par de tragos. Luego de beberlos, decidió ir a probar su suerte en Nampara.
Ross encontró el rumbo preguntando a algunas mujeres que se cruzaban en su camino. Era bastante sencillo, solo tenía que seguir el sendero que recorría el borde de los acantilados. El viento proveniente del mar era algo frío pero se sentía agradable en su rostro. El cielo estaba despejado y al mirar sobre las indomables aguas Ross creía ver otras tierras en la lejanía. El prospecto de tener la oportunidad de conseguir un trabajo lo había puesto de buen talante y Ross tarareaba una canción que su madre le cantaba cuando era pequeño mientras esquivaba las salientes de los riscos y Garrick movía la cola contento junto a sus pies. "Deberás comportarte, Garrick. Sin ladrar, al menos cuando lleguemos."
Demelza también había comenzado su día junto al alba. A los gansos, patos y cerdos los habían llevado muy temprano a la mañana y ella había tenido que ayudar a Jim a evitar que se escapen mientras Jud terminaba de clavar los alambres en los postes que harían de corral y luego había tenido que mostrarle al joven como alimentar y lavar a los cerdos, lo que la obligó a darse un baño antes de que llegara el mediodía. Mientras estaba en la bañera Demelza se preguntó si su nuevo sirviente sería capaz de cumplir con todo el trabajo que la granja requería. Jud se encargaría más que nada de las gallinas y los patos y de mantener las cercas, pero sabía que no podía pedirle mucho más. Ya estaba algo viejo. Y además de los animales había que ocuparse de los campos. Ya lo había enviado a Jim a comenzar con el trabajo y por la tarde ella misma iría a ayudarlo a quitar las malezas para poder sembrar. De a dos lo harían más rápido. Luego de un rápido almuerzo, Demelza se retiró a la biblioteca, debía aún terminar con la lista de sus bienes y activos para llevarlo al banco antes de salir a arar los campos. Prudie estaba sentada con ella, tejiendo un nuevo gorro para Jud cuando escucharon el alboroto en la puerta.
Ross ya podía divisar la tosca casa de roca asomando sobre los campos cuando junto a él pasó una carreta. El viejo que llevaba las riendas iba sólo y en la parte de atrás llevaba una cabra que iba echada comiendo el heno que seguramente le habían dado para que no molestara durante el viaje. Ross apresuró el paso tras la carreta.
Cuando llegó a la casa otro viejo ya había recibido al hombre, de el llegó a escuchar "…le diré a Jim que venga a ayudar." Y luego gritar hacia el campo "¡Jiiim!"
Ross miró hacia el campo también, el susodicho Jim estaba muy lejos, y pareció no haber escuchado al viejo porque ni vuelta se dio cuando lo llamaron por segunda vez. "Yo lo puedo ayudar." Dijo Ross acercándose a la carreta para ayudar a bajar a la cabra.
"¿Y este quién es?" Pregunto Jud mirando al hombre sucio que se había aparecido de la nada y al perro pulguiento que lo seguía.
Desde la biblioteca Demelza llegaba a escuchar la voz de Jud discutiendo con alguien. "Pues nadie te ha pedido que ayudaras, ahora ¡vete!" "Me han dicho que hay trabajo aquí. Sin tan solo pudiera preguntarle a su amo…"
"Ya hemos contratado la ayuda que necesitamos. Vete muchacho."
"Pues ese escuálido no va a poder ayudarles demasiado si ni siquiera puede llegar hasta la puerta se la casa sin agitarse. Por favor, déjeme hablar con su Señor…"
Todo esto acompañando por un coro de ladridos y beees de la oveja que aparentemente acababa de llegar.
"Prudie, ve a ver que sucede." Pero antes de que Prudie levantara su pesado cuerpo de la silla se escuchó un "¡No, Garrick!" y un momento después un perro entró trotando torpemente a la habitación. Demelza lo reconoció inmediatamente, era su salvador.
"¡Quédate aquí muchacho, no te muevas! Iré a buscar a tu mugriento perro y luego te irás de aquí…"
Cuando Jud entró a la biblioteca el canino había dejado de ladrar y estaba apoyando su cabeza afectuosamente en la falda de Demelza mientras ella lo acariciaba detrás de las orejas.
"¿Qué es todo ese alboroto, Jud?"
"Nada, señorita Demelza."
"Pues no se escucha como si fuera nada."
"Un pobre muchacho. Vino a pedir trabajo. Le dije que ya habíamos contratado y solo vine por ese garrapiento para que se vaya de una buena vez."
Demelza pensó por un momento mientras sonreía al afectuoso animal, al parecer el la recordaba también. "Hazlo pasar."
"Pero Señorita…"
"Haz lo que te digo Jud."
Jud salió gruñendo de la habitación y Demelza hizo señas a Prudie para que se sentara junto a la chimenea y dejara libre la silla frente a ella. Demelza acomodó los papeles, el tintero y los libros sobre su escritorio mientras escuchaba la voz de Jud indicandole el camino a la biblioteca al hombre que tan groseramente se había portado con ella el día anterior. Demelza no era una persona rencorosa, sus padres no la habían educado así, pero tenía ganas de ver la cara del muchacho cuando se diera cuenta a quien le estaba pidiendo trabajo. Quizás era su orgullo el que estaba herido por la vergüenza que le había hecho pasar al llamarla 'niña tonta' en la posada y frente a todos.
Su reacción no la decepcionó. En el momento en que se asomó bajo el marco de la puerta su boca se abrió como la de un pez tratando de respirar en tierra firme, sus ojos incrédulos mirándola fijamente como si estuvieran viendo al mismo diablo.
"Siéntate muchacho." Dijo con voz firme pero el hombre no se dio por aludido.
Por un momento, Demelza observó sus ropas. Los pantalones gastados y los zapatos con más agujeros de los que deberían tener. No llevaba medias y la camisa que tenía puesta era de un color que no sabía como describir y estaba rasgada en varias partes. Se sintió avergonzada por sentir rencor hacia esa persona que estaba tan por debajo de su nivel social, por querer ver como un pobre hombre reaccionaba al ver a una joven rica y tenerle que pedir trabajo. No que ella fuera rica, pero de seguro lo era a sus ojos. Afortunadamente el sentimiento de pena solo le duró hasta que el muchacho abrió la boca.
Ross se quedó helado hasta los pies cuando vio quien era. La niña que le había dado la limosna, a quién Garrick había salvado cuando quisieron robarle. Quería que la tierra lo tragara entero ¿Acaso ella vivía allí? Giró su cabeza para decirle algo a Jud pero el viejo ya se había esfumado. Pues ahora si estaba sonado. La joven de seguro le contaría a su padre lo que había sucedido el día anterior, como el la había tratado y de seguro no le darían trabajo.
"Quiero hablar con el Señor de la casa, Señorita." Dijo con los dientes apretados y cruzando la puerta. Recién allí vio que había alguien más en la habitación, una mujer gorda sentada junto al fuego.
"¿En qué te puedo ayudar, muchacho?" La joven estaba sentada detrás del escritorio de su padre, seguramente escribiendo frívolas cartas a sus amigas ricas mientras su padre no estaba.
"¿Esta su padre en casa?" Insistió Ross tratando de aparentar que nunca se habían visto antes "Me gustaría hablar con el."
Demelza lo miró un momento sin decir palabra. Alguien era muy orgulloso también. Su rostro estaba limpio, surcado por la sombra de una barba que oscurecía su barbilla y casi todas sus mejillas. Su pelo continuaba siendo una masa indescifrable de tierra y cabello, muy parecida al pelaje de su perro, sucio al igual que el resto de su cuerpo.
"Mi padre no esta aquí."
"¿Y cuando volverá?"
"Mi padre está muerto, muchacho. ¿Qué es lo que quieres?" Demelza ya estaba perdiendo la paciencia y Prudie, Ross notó, miraba con ojos de vaca aburrida de uno a otro lado.
"Su marido entonces." Dijo Ross y miró rápidamente su mano izquierda para ver que no tenía anillo.
"Bien, ya fue suficiente. ¡Jud! Prudie, ve a llamar a Jud para que lo acompañe a la puerta."
Demelza se había puesto de pie y Garrick salió de debajo del escritorio adonde había estado todo ese tiempo sin que Ross se diera cuenta.
"No, espere." Dijo Ross cuando las mujeres se pusieron de pie "Solo quiero hablar con el dueño de casa."
Demelza levantó la cabeza al decirle "Estas hablando con ella."
Ross la miró sorprendido por segunda vez. Pues que lo arrastraran a los más profundos de los infiernos. Ahora si que había jodido cualquier oportunidad de que le dieran empleo.
"Me dirás que es lo que quieres, muchacho o ya deja de hacerme perder el tiempo." De verdad no sabía de donde salía la brusquedad con que estaba hablando.
Ross agachó la cabeza. Tenía ganas de dar media vuelta y salir corriendo de allí. Pero necesitaba conseguir trabajo, no podía durar mucho tiempo más durmiendo en graneros y caballerizas y de las migajas que sus amigos podían compartirle. "Si. Yo…"
"Siéntate."
Ross obedeció esta vez.
"Me han dicho que estaban buscando gente para trabajar en la granja…"
"Creo que el Sr. Paynter ya te ha dicho que hemos contratado a alguien."
"Si, lo hizo. Pero…"
"¿Pero?" La chiquilla levantó una ceja. Hasta ese momento no había notado lo celestes que eran sus ojos. ¿Pero que sabía ella de cuidar una granja? De seguro la habrían criado entre algodones sin que nada le faltara. La habrían preparado para convertirse en esposa de algún joven rico que supiera como dirigir una casa como esta. Especialmente con un rostro tan bonito como ese, con mejillas redondeadas y labios color de las fresas. Si, ¿qué sabría ella?
"Pero creo que aún le hace falta personal. Salvo que quiera cosechar para cuando llegue el nuevo siglo."
Pero que insolente era. Atrevido y… con razón.
Demelza se volvió a sentar y apoyó sus brazos sobre el escritorio juntando las palmas de sus manos. Ross pudo sentir un ligero aroma a rosas proveniente de su cuerpo.
"¿Cómo te llamas muchacho?"
"Ross. Ross Poldark."
"¿Qué experiencia tienes?" A Ross le sorprendió la pregunta. ¿Acaso aún tenía alguna chance?
"Uhm… trabaje en una mina desde que tuve diez años, en superficie primero y luego ayudé a mi padre que era tributario por algunos años."
"¿Y qué sucedió?"
"La mina cerró." A Demelza no le sorprendió, muchas minas habían cerrado en los últimos años a lo largo se Cornwall. Su propia familia era de sangre minera, aunque su padre había vendido la mina que había heredado para poder adquirir más campos, construir la casa y comprar alguna otra propiedad.
"¿Y tienes experiencia trabajando en granjas?"
"Si." Se apresuró a agregar Ross. "He trabajado en campos desde que la mina cerró. Aquí y allá. Y en pequeñas granjas cercanas a Sawle en los últimos meses."
"¿Y por eso es que sabes que necesito otro par de manos para trabajar aquí?"
Ross asintió con la cabeza. Si, ella también lo sabía. Cuanto más rápido sembrarán más rápido podrían vender los granos. Demelza suspiró mirándola a Prudie, que no se había atrevido a decir palabra.
"Si trabajas para mi deberás hacerme caso en lo que diga." Dijo al cabo de un momento. Ross levantó la cabeza sin poder creer lo que decía.
"¿Entendido?"
"Si, señorita."
"Y deberás estar limpio. Vendrás temprano, a las siete de la mañana hasta las seis de la tarde."
"Si, señorita."
"Tendrás comida al mediodía y podrás tomar el té por la tarde antes de irte. Se te pagará 10 chelines por quincena…"
Ross no podía creer su suerte y asentía a todo lo que la jovencita decía. "Estarás a prueba, durante una semana. Y no me causaras ningún problema muchacho o te irás de inmediato."
"No, señorita." Ross se puso de pie mientras su nueva señora también rodeaba el escritorio. Era esbelta, con largos brazos y movimientos gráciles.
"Mi nombre es Demelza Carne. ¿Cuándo puedes empezar?"
"De inmediato."
"Bien. Dile a Jud que te lleve a la bomba de agua para que te laves y luego el te dirá que hacer." Pues esa eran las cosas que los pobres tenían que aceptar de los quisquillosos terratenientes. Pero Ross se tragó su orgullo en ese momento. La perspectiva de dos comidas diarias y un sueldo más que decente podría atar la lengua de cualquiera.
"Vamos, Garrick." Ross llamó a su perro al salir de la biblioteca, pero el animal solo levantó la cabeza al oírlo.
"Déjalo. Te seguirá cuando te vayas."
Prudie y Demelza lo observaron abandonar la habitación.
"Espero que sepa lo que hace, señorita." Si, yo también lo espero – pensó Demelza.
Mientras trabajaba en el campo, Ross no podía creer su suerte. Ni tampoco entendía porque esa niña le había dado una oportunidad ni como era que ella era la dueña de todo lo que sus ojos llegaban a ver. ¿Acaso no tenía familia? Los pobres como él estaban acostumbrados a estar solos, a menudo familias enteras desaparecían cuando alguna enfermedad que no podían combatir invadía el pueblo, o los inviernos crueles también hacían de verdugos para los que no tenían refugio o los medios para calentar su cuerpo. O, como él, muchos dejaban sus familias atrás en busca de una mejor vida aunque casi nunca lo conseguían. Pero los ricos, los que pertenecían a la aristocracia y a familias cuyos apellidos se remontaban a años inmemorables raramente estaban solos. Siempre había más de uno, se movían en clanes y se juntaban con otros de su clase para engendrar más descendencia y así asegurar su supremacía sobre los pobres como él. Cualquiera fuera el motivo por el que la Señorita Carne estaba sola seguramente no importaría y pronto habría un marido que fuera capaz de ocuparse de todo. Ross se detuvo un momento a tomar agua y observó a su alrededor, tenía trabajo para varios días limpiando las malezas de ese enorme campo. Jud le había enseñado el lugar luego de que hundiera su cabeza entera bajo el agua fría de la bomba, el borde de las tierras estaba limitada por un lado por los riscos que colgaban sobre el mar y por el otro por una plantación alineada de árboles de manzana. Ross decidió que antes de irse iría por uno o dos frutos para comer durante la noche. La casa era bastante osca. Por fuera era de una oscura roca gris con pequeñas ventanas, a algunas de ellas le faltaban los vidrios y el techo de paja se veía raído aquí y allá en la distancia. Pero aún así era un edificio imponente, grande y con varias alas. Lo poco que había visto adentro le había parecido muy elegante. Los muebles eran pocos pero de buena calidad y todo estaba muy limpio aunque se veía que le hacían falta varios arreglos. Ross continuó arando el campo hasta que escuchó ladrar a Garrick y levantó su cabeza por sobre los pastizales. La joven lo llevaba sujeto de detrás de las orejas saliendo de la casa. Ross se dispuso a ir de inmediato en defensa de su perro, pero se detuvo cuando la joven lo acercó a la bomba y lo metió a la pileta llena de agua. Garrick intentó salir, pero ella lo detuvo sin miedo y comenzó a mojar todo su cuerpo y a enjabonar su pelo. Garrick se quedó muy quieto mientras ella lavaba su cabeza, lomo y muslos. El muy traidor. Ross volvió a trabajar, mirándolos de reojo. Ella reía y su perro ladraba de tanto en tanto, no enojado, si no un ladrido de deleite que ella imitaba y luego volvía a reír. Esa niña… estaba loca.
Luego de darle un buen baño a su perro salvador, Demelza fue a darle de comer a los animales y a ver a su cabra Blanquita que acababa de llegar. Las gallinas se paseaban ociosas dentro de su corral y Garrick, que la había seguido, las olfateaba desde el otro lado del alambre dando un ladrido de vez en cuando que generaba un alboroto de cacareos, aleteos y plumas. Demelza estaba contenta de estar de vuelta en casa. Sin importar lo que hubiera sucedido, ese era su lugar. Ella lo sacaría adelante.
Cuando terminó de alimentar a los animales decidió ir a relevar a Jim. Sabia que no debía agitarse mucho por su problema en los pulmones y con la escusa de que quería que le demostrara que había aprendido lo que le había enseñado esa mañana lo envió al chiquero a que lavara a los cerdos y les diera agua. Demelza comenzó a trabajar en su campo. La guadaña era pesada y algo larga para ella pero estaba bien afilada y la labor, si bien ardua, era sencilla. No había visto que su nuevo sirviente estaba trabajando cerca de ella también. Ella se había arremangado las mangas de su vestido y sujetado el pelo con un pañuelo en la nuca. Se había detenido un momento acalorada, pasándose la mano por la frente para secar su transpiración.
"Este no es trabajo para una dama." Dijo una voz grave a su lado. Demelza pegó un salto, no sabia que había alguien en ese sector del campo.
"¿A si? ¿Y quién lo dice?"
"Cualquiera que la vea." Respondió Ross. La joven estaba colorada de pies a cabeza, o al menos todo lo que llegaba a ver de ella. Tenía rizos sudados pegados a la frente y la guadaña era un pie más alta que ella.
"Pues nadie me ve muchacho." Que fastidio era ese hombre.
"¿Acaso no tiene algo más que hacer? ¿Coser una falda o bordar un almohadón? ¿Por qué no le deja el trabajo a quienes saben hacerlo?"
Maldición.
Demelza lo miro con odio y estuvo a punto de soltarle un montón de groserías que efectivamente no eran nada propias de una dama. Ese hombre la sacaba se quicio, ¿Por qué lo había contratado? Por un momento pensó en tirarle la guadaña por la cabeza, pero también se contuvo y en vez de eso la dejó caer junto a sus pies, se dio la vuelta y volvió a la casa.
Maldición, el y su afilada lengua. De seguro lo despedirían como lo habían hecho de las granjas anteriores. Pero era verdad lo que había dicho. Esa jovencita… no debería estar trabajando en el campo.
Ross no volvió a ver a Demelza ese día. Cuando cayó la tarde Jim lo llamó para que vaya a tomar algo fresco. Jinny, según se la habían presentado, había preparado una tabla con unas banquetas en el patio y había traído panes con manteca, te y cerveza y los tres junto con Jud merendaron al terminar el día. De la señorita no se vio nada más ese día y el tampoco se atrevió a preguntar por miedo a que se acordara de que debía despedirlo. Pronto estuvo listo para irse y Garrick vino corriendo a su lado cuando lo llamó y juntos emprendieron el camino de vuelta a Sawle, tenían que llegar a buscar un establo adonde pasar la noche.
