Algunas cosas llamaron la atención de Ross durante los días siguientes. La primera, y la que más lo había sorprendido, era que no lo habían despedido. Al parecer la Señorita Carne no le había dicho a nadie sobre las impertinentes palabras que el le había dicho aquella primera tarde trabajando para ella, porque todos eran muy atentos con el. Eso era la segunda de las cosas que llamaban su atención. Allí, alejados de los vaivenes del pueblo en esa casita junto al mar a la que casi nunca nadie iba, se respiraba un aire sereno que Ross rara vez había conocido. Si es que lo había hecho alguna vez. Ross no había vuelto a hablar con su ama desde aquel primer día, pero todos los ocupantes de la casa lo trataban con amabilidad. Amabilidad que no demostrarían si ella hubiera dicho algo. Jim, a pesar de ser un joven flacucho que no podía trabajar más de una hora sin agitarse y tener que sentarse a descansar, era una agradable compañía. En los ratos que iba a ayudarle con el campo le había contado de su familia y de como él debía mantener a su madre y a sus hermanas, pero que trabajar en la mina ya no era posible debido a sus malos pulmones y cuanto agradecía a la Srta. Demelza por haberle dado ese trabajo. También le hablaba mucho de Jinny, y Ross sospechaba que había más de una amistad entre esos dos. A menudo los veía hablando en el establo y aún a lo lejos podía ver como la jovencita se ponía colorada cuando el parecía decirle algo gracioso. Por su parte, su relación con Jinny se limitaba a las comidas. Y si que Ross las apreciaba mucho. Jamás había comido tanto y cosas tan ricas como en esos días. Y no eran comidas simples o hechas a las apuradas. No eran una sardina asada en una roca sobre un tímido fuego o una patata hervida con solo su propio caldo de acompañamiento. Los almuerzos eran comidas bien preparadas y parecían, al paladar de Ross, un banquete de lo más sofisticado. Pasteles de carne de cerdo, suculentas sopas con todo tipo de verduras, carne de cordero asada acompañada de dulces batatas, tartas de pescado… todo siempre acompañado por un buen vaso de cerveza y un exquisito pan recién salido del horno que era lo primero que se acababa. Pero lo que más gustaba a Ross, y varias noches se le había hecho agua la boca de solo pensar en el, era el pastel de manzanas. Siempre después de comer, como dulce, Jinny llevaba los platos a la cocina y volvía con un pastel de manzanas. Ross se creía capaz de trabajar gratis si toda su paga era una porción de ese pastel. Debía decirle a Jinny cuanto le gustaba. El primer trato que había tenido con ella fue al segundo día, durante la mañana la joven de acercó al borde del pastizal que estaba limpiando y agitó la mano llamándolo. Cuando se acercó le dio un par de camisas. Usadas, pero limpias y recientemente encojidas a su talla. "Prudie me pidió que te diera esto." Dijo con tímidamente. Así que también debía agradecer a la gorda Prudie, pero a ella tampoco la había vuelto a ver desde el día en que lo habían contratado en la biblioteca. "Demasiado ocupada con cosas de la casa." Le había dicho Jud cuando le preguntó por ella. Ross le daría las gracias cuando la viera.
Otro de los motivos de sorpresa era el comportamiento de Garrick. Inseparables desde que Ross lo había rescatado siendo un cachorro, su perro siempre solía estar jugando a su alrededor. También cuando el estaba trabajando y ese era uno de los motivos por el que lo habían echado de las otras granjas. Además de que a Garrick le gustaba perseguir y asustar a las gallinas. Pero ahora su perro no se quedaba junto a el mientras trabajaba. Apenas llegaban a Nampara se iba corriendo alegremente hacia la casa, y más extraño aún era que de la casa nadie lo corría. Allí se quedaba durante todo el día. Un par de veces mas Ross había visto a la jovencita sacarlo al patio a darle un baño, pero Garrick ya no se resistía. Es más, parecía disfrutarlo. O al menos eso era lo que el creía ver desde la lejanía y por sus alegres ladridos. Ross se preguntaba que harían durante todo el día dentro de la casa. Por las noches le preguntaba a Garrick pero el parecía no querer contarle nada.
"¿Tú haces esto cuando me voy? Sabes que me las puedo arreglar solo." Le había preguntado una mañana a Jim. Los dos parados frente a una limpia porción de campo que el no había desmalezado. Así había ocurrido todos los días. Cuando se iba por las tardes Ross controlaba el trabajo hecho pero a la mañana siguiente siempre había algunos metros cuadrados limpios más de los que el había hecho el día anterior. Al principio había supuesto que Jud era quien se ponía a trabajar mientras el no estaba, pero lo había estado observando atentamente últimamente y había llegado a la conclusión de que el anciano estaba muy viejo para adelantar tanto en solo unas horas, y además no lo veía capaz de molestarse en hacerlo. Jud se pasaba casi todo el día en el gallinero y allí lo había visto al caer la tarde con una botella de ron. Ross no sabía que las borracheras lo volvieran a uno más trabajador.
"No, yo no lo he hecho Ross." Le contestó Jim encogiendo los hombros. Ross se puso a trabajar sin más. Jim lo ayudó un rato pero pronto se fue a darle de comer a los animales. Bajo el tibio sol del temprano verano de Cornwall le daba vueltas y vueltas al asunto en su mente. Pues si Jim no era, y Jud claramente tampoco, no quedaban muchas alternativas. A Prudie y a Jinny las había descartado.
Los últimos días de Demelza habían sido agotadores. Estaba tan cansada que todo su cuerpo le dolía. Además de la limpieza de la casa y arreglar los cuartos, repasando cada uno de arriba abajo, y los animales, había comenzado a plantar vegetales a un costado de la casa, refugiados del clima hostil entre la pared y una línea de rocas que hacían de valla. Con eso se ahorrarían algo de gastos en alimentos y también los podrían vender en el pueblo, junto con los huevos de las gallinas de Jud, mucho antes de que la cosecha estuviese lista. La cosecha. Ese era el motivo principal por el que le dolían los brazos y la cintura. Desde aquel pequeño altercado con su nuevo sirviente, Demelza había estado trabajando en el campo al anochecer. No entendía porqué lo hacía y no era como si ella se estuviera escondiendo, solo que no quería verlo. Lo tendría que haber despedido por impertinente en ese mismo momento. No que lo que le había dicho fuera particularmente ofensivo. Al fin y al cabo eso era lo que la mayoría de la gente pensaba, pero Demelza no estaba acostumbrada a ser contradecida en su propia casa. Menos aún que un hombre al que ella empleaba le dijera que era propio o no hacer cuando ni siquiera la conocía. Pero aún así se había ofendido, y para demostrarle que ella era capaz de hacer lo que quisiera su antojo todos los días se había quedado labrando el campo y además, para demostrarle a ese pobre hombre que también era capaz de hacer todo lo que se esperaba de ella, aquella noche había tomado dos camisas de su padre y bajo la pobre luz de una vela las había encogido hasta lo que le pareció que era su talla, pinchándose unas cuantas veces por querer acabar rápido y cosiendo bruscamente. Nada podría haber sido más ridículo.
Pero ahora ya habían pasado unos días y ella ya se había calmado. No debía dejar que su temperamento se llevara lo mejor de ella, eso le decía su madre. Así que desde ese día había tratado de mantenerse lo más alejada posible de los campos durante el día. Ross Poldark podría tener una lengua afilada pero al parecer era un buen trabajador. Algunas veces durante el día Demelza espiaba a través de la ventana de la cocina y lo veía trabajar con la guadaña en la distancia. Cada vez que lo hacía lo veía trabajando. También le habría preguntado a Jud que opinaba de su nuevo empleado y este había torcido la cabeza y solo había respondido con un "'Ta bien." Lo que en el lenguaje de Jud era lo más cercano a un halago, y ella también controlaba el avance de su labor por las tardes cuando revisaba el terreno limpiado durante la jornada.
Lo más agradable sin duda de haber contratado a ese hombre era su perro. En sus pocos días allí, Garrick se había convertido en una simpática compañía. Todas las mañanas llegaba moviendo la cola a saludarla y se quedaba con ella mientras leía en la biblioteca o cuando preparaba la comida o ayudaba a Jim con los animales. Por suerte ya casi estaba libre de garrapatas y aunque tenía la mala costumbre de perseguir a las gallinas, Demelza no era tan dura con el cuando lo regañaba. Desde pequeña siempre le habían gustado los animales y su padre le había regalado un perro cuando cumplió seis años pero días después había habido un incidente con el perro y la gata que pertenecía a su madre, y Tom Carne se había vuelto a llevar al canino. Demelza había llorado durante días, pero al crecer comprendió lo que había sucedido y porque su madre había llorado también. Pero ahora no había gatos en la casa y Demelza se encariñaba cada vez más con su amigo salvador y cada día que pasaba se entristecía más cuando, por la tarde, escuchaba que el muchacho llamaba a su perro para irse a su casa, Garrick paraba una oreja y salía por la puerta al encuentro de su amo.
Fue justamente Garrick quién primero advirtió a Ross que algo no estaba bien. Ross levantó la cabeza sobre los pastizales al oír a su perro ladrar y salir corriendo de la casa hacia donde el estaba, llegando rápidamente a su lado y ladrarle sin parar. Jim lo había visto pasar confundido. Fue entonces que Jinny se asomó a la puerta que daba a la cocina y comenzó a llamarlo "¡Señor Poldark! ¡Venga rápido por favor!" Agitando sus brazos al aire para llamar su atención. Ross dejó caer la guadaña al suelo y se apresuró detrás de Garrick que parecía querer que lo siguiera.
"¿Qué sucede, Jinny?" lo escuchó preguntar a Jim, que llegó a la puerta al mismo tiempo que el.
"La señorita Dem…"
Pero Ross no terminó de escuchar, la esquivó y entró corriendo a la casa detrás de Garrick.
Su perro lo guió a través de la pequeña antesala y hacia la cocina. De un primer vistazo Ross no comprendió muy bien lo que sucedía. Prudie estaba parada con los brazos en jarra y cara de preocupación dando retos a su marido que maldecía. Jud estaba agachado, su cuerpo doblado y su cara colorada haciendo fuerzas intentando levantar un gran mueble que al parecer se había caído. Fue Garrick nuevamente quien llamó su atención al rodear el pesado aparador e ir a olfatear algo que estaba debajo.
"¡Judas! ¿Pero qué…?" Ross se acercó unos pasos más y vio la cabellera colorada de la Señorita Demelza en el piso, debajo del mueble.
"A ver si me das una mano, muchacho." Gruñó Jud y Ross miro a Demelza atrapada, sus manos en su pecho intentando sostener el peso del mueble de sobre su cuerpo y luego a la vieja Prudie que le dijo que la Señorita intentó mover el mueble para limpiar detrás de el cuando se le vino encima. Ross emitió un bufido. Esa chiquilla, lo única que hacía era meterse en problemas. Ross la miró una vez más, ella lo miraba también, Garrick se había acostado junto a su cabeza.
"Bien," – dijo poniéndose en acción, - "Prudie, Jinny, cuando levantemos el mueble lo suficiente saquen a la Señorita de ahí abajo. Jud, Jim ven aquí, a la cuenta de tres levantamos este lado para que ellas la puedan sacar." Jim fue a pararse a su lado y el se ubicó cerca de la señorita Demelza. Ya levantarían luego el mueble, lo importante era sacar a la niña de ahí abajo. El peso del aparador le estaba presionando el pecho. "Uno, dos… tres." Ross fue el que tuvo que hacer más fuerza para sostener el peso el tiempo suficiente para que las mujeres la tomaran de los brazos y la arrastraran de debajo del mueble. Ross escuchó el suspiro de alivio de su ama cuando estuvo libre y entonces dejó caer el peso muerto del mueble de nuevo al piso.
"¿Se encuentra bien, señorita Demelza?" preguntó Prudie consternada. Demelza asintió pero cuando se quiso poner de pie sus piernas tambalearon y volvió a sentarse en el piso.
Sin pensarlo ni decir nada, Ross se acercó a ella, se agachó y la tomó en sus brazos. Demelza abrió los ojos sorprendida, la joven no pesaba nada. Ross preguntó a Prudie adonde estaba su habitación y la vieja se apresuró a indicarle el camino a través de la sala y hacia las escaleras y luego a su dormitorio.
Demelza estaba paralizada en los brazos de su sirviente. Se había dado un buen susto cuando, luego de sacar para lavar todos los platos, vasos, copas y demás objetos, había querido mover el pesado mueble para barrer y pasar un trapo por detrás y este se le vino encima dejándola atrapada. Por fortuna no la había aplastado por completo. Demelza había logrado acomodar su cuerpo en la parte hueca del aparador y apenas sujetarlo con sus manos para que no cayera y aplastara su pecho. Ningún hueso se había roto, aunque de seguro tendría algunos moretones. Era más que nada el shock y el enojo con el inútil de Jud que no había podido rescatarla el solo cuando lo llamó. Se había armado un gran alboroto, Jud sin poder hacer mucho, Prudie retando a su marido casi en lágrimas, Garrick ladrando había salido disparando y Jinny que al no saber que hacer había ido a buscar al muchacho que trabajaba en el campo. Y ahora el la cargaba camino a su habitación. No le había dicho nada, solo la había mirado mientras ella estaba en el piso aún conmocionada con esa mirada entre fastidio y desdén que siempre tenía. Demelza levantó un poco su cara para observarlo. Tenía puesta la camisa que ella le había hecho noches atrás e irradiaba un calor de su cuerpo que le daba una extraña sensación de seguridad. Su piel se notaba pegajosa y traspirada de trabajar bajo los rayos del sol. En su pecho asomando bajo la camisa Demelza veía un abundante colchón de pelo oscuro. Bajó la mirada inmediatamente.
Prudie abrió la puerta de la habitación, y también las mantas de una cama como la que Ross no había visto nunca antes. Una columna labrada con formas de flores y pájaros en cada esquina, con un dosel del que colgaban pesadas cortinas de terciopelo azul. Había varias mesitas en la habitación, una chimenea, un ropero y un viejo mueble con varios cajones y un espejo. Era muy luminosa, la luz de la mañana se colaba por sus varias ventanas. Ross apoyó la rodilla sobre la cama y con el cuidado como si Demelza estuviera hecha de cristal, la recostó sobre las sábanas. Ross se alejó unos pasos aún observándola. La vieja la cubrió con las mantas hasta el cuello y revoloteaba nerviosa a su alrededor. "Ay, mi niña. Que susto le ha dado a la pobre Prudie…" – "Estoy bien Prudie…" – "Le diré a Jinny que te prepare un té. Hoy se quedará todo el día en la cama, mi niña." Y con eso Prudie salió de la habitación, dejando a Ross ahí parado sin saber muy bien que hacer y sin darse cuenta lo inapropiado que era dejar a un hombre solo en el dormitorio de una dama, y ella estando en la cama…
Demelza se tapó aún más con las sábanas. No se atrevía ni a mirarlo. Si, ella era una joven educada y acostumbrada a hablar y tratar con toda clase de personas, pero aún así era una joven inocente y un hombre en su habitación no era algo a lo que estuviese acostumbrada. Ni a ser cargada de esa forma. Con Francis, cada vez que salían a pasear o cuando pasaban tiempo juntos, Prudie generalmente estaba con ellos y cuando no, el respetaba las distancias. Solo un suave contacto de sus dedos, o un roce de sus labios en su mano cuando se despedían. Demelza aún se despertaba pensando en el beso que le había dado tanto tiempo atrás cuando se despidieron. Francis era un caballero…
"¿Esta bien?" Le preguntó el muchacho. Demelza lo miró. Ese hombre era todo lo contrario a Francis. Alto, moreno y oscuro. Parecía una criatura salvaje. Su mirada se desvió de nuevo a la abertura de su camisa. La llevaba completamente desabotonada y podía ver su pecho con abundante pelo y algo de la piel de su estómago.
"Sss… si." Dijo ella aclarándose la garganta. "Ya puede retirarse." Ross la observó por un instante más, su mirada indescifrable y luego se fue sin decir nada. Demelza se dio vuelta en la cama e intentando no pensar en él ni en que no le había dado las gracias, se quedó dormida.
Ross descendió bufando y maldiciendo entre dientes sin saber a quien o por qué. En el camino se cruzó con Jinny que ya llevaba una bandeja con una fina taza y una tetera y una porción del pastel de manzanas que a el tanto le gustaba. No sabía por qué le molestaba tanto que la atendieran como si fuera una princesa. Ni las gracias le había dado por salvarla. Garrick le ladró cuando lo vio. ' Garrick, yo la salve esta vez, tú no te llevaras de nuevo el crédito', pensó.
Ross ayudó a Jud y a Jim a levantar el aparador y ponerlo de nuevo en su lugar, aunque fue el quien hizo todo el esfuerzo claro. Cuando terminaron Jinny había preparado la mesa en la cocina y allí almorzaron todos juntos. Prudie había sacado una botella de un buen ron para convidarle en agradecimiento por lo que había hecho. "Debería decirle a la Señorita que no se meta en tantos problemas, señora." Fue Jud quien dijo que si la Señorita Demelza no se metiera en problemas ninguno de ellos tendría que comer, así que Ross no hizo ningún otro comentario en contra de la dueña de casa.
Demelza no bajó a almorzar. Jinny había dicho que se había quedado dormida y Prudie ordenó no molestarla. Mientras las mujeres levantaban la mesa y los hombres se disponían a volver al trabajo, Ross se acercó a la mujer.
"Discúlpeme, Señora. Solo, solo quería agradecerle por las camisas." Ross no era una persona que estuviera acostumbrada a dar las gracias, principalmente porque en su vida tenía poco que agradecer.
"¿Porqué, muchacho?"
"Las camisas que me obsequió. Le quería darlas gracias por tomarse el trabajo de arreglarlas para mi."
"Pues no tienes nada que agradecerme a mi. Yo solo se las di a Jinny para que te las diera. Fue la Señorita Demelza quien las arregló. Ahora iré a verla, le subiré el almuerzo a la niña." Garrick subió las escaleras detrás de ella.
De vuelta bajo el ardiente sol de verano, Ross no podía dejar de pensar en la joven. Era una molestia, sin duda, siempre metiéndose en problemas por hacer cosas que una dama no debería hacer, pero tenía el respeto de la gente que trabajaba para ella. Varias veces había intentado iniciar una conversación con un comentario en contra de la Señorita y nunca nadie se había unido a él en la crítica. Jinny, que era quien pasaba más tiempo con ella en la casa parecía admirarla y Jim le estaba infinitamente agradecido por haberle dado trabajo. Con Prudie no hablaba mucho pero solo ese día fue suficiente para ver cuanto la consentía y Jud, que lo único que hacía era refunfuñar, también había salido en su defensa. Quizás Garrick tenía razón. Quizás no debería pre juzgarla de esa manera. Al fin y al cabo ella también había sido generosa con el y ahora el debía agradecerle a ella por las camisas.
Al caer la tarde como todos los días Ross se acercó a la casa para refrescarse y beber algo. Había sido un día muy caluroso y el cielo estaba completamente despejado. No parecía que la temperatura fuera a bajar durante la noche. Ross iría a darse un baño a la cala que quedaba escondida entre dos riscos no muy lejos de allí, hacía varios días la había descubierto y allí iba a limpiarse para mantener los estándares que la Señorita le había dicho que debía cumplir si trabajaba para ella. Ross golpeó la puerta abierta de la cocina antes de entrar. Prudie estaba sentada a la mesa con una hogaza de pan y una taza de té delante de ella. "Quería preguntar como esta la Señorita. ¿Ya se ha levantado? ¿Cree que podría hablar con ella?"
Prudie lo observó de arriba abajo. Si fuera por ella no dejaría que ese hombre siquiera pisara la casa con ese aspecto. El pelo negro enmarañado y traspirado luego de trabajar todo el día, la camisa desabotonada hasta la cintura, los pantalones gastados… pero ese día había sido útil y había salvado a su niña así que se mordería la lengua. Solo por ese día. "Aún descansa. No creo que se levante hoy."
"Pero… ¿se encuentra bien?"
"Estará bien. Fue solo un susto. Pero le hará bien descansar unas horas después de todo lo que hace…"
Demelza se despertó cuando Garrick brinco de la cama y salió de la habitación. Al parecer había dormido toda la tarde y ya era hora de que el muchacho se fuera a su casa. No se había comportado bien con él ese día.
Dios, que calor que hacía. Antes de volver a dormir por la noche Prudie había llevado la bañera a su habitación y se había dado un buen baño, pero luego de descansar toda la tarde y la temperatura que no había bajado durante la noche no podía dormir más. Dándose por vencida se levantó de la cama y comenzó a vestirse. Aún era de madrugada, el aire se sentía pegajoso, en el horizonte apenas una línea rojiza indicaba el comienzo de un nuevo día. Que fastidio era vestirse. La enagua, el corset, el vestido largo. Dejaría los calzones y las medias por ahora, nadie la vería después de todo. Demelza se sujetó el pelo y salió de su habitación en puntas de pie. En la sala observó que el aparador ya estaba en su lugar y con todas las cosas ordenadas dentro de él. No tenía hambre así que, luego de buscar una guadaña del cuarto de las herramientas, salió directo hacia el campo. Otra vez había un gran avance. El muchacho trabajaba rápido. Un par de días más y ya podrían preparar la tierra para sembrar. Tendría que ir al pueblo a comprar más semillas. Demelza trabajó durante un par de horas, el implacable sol ya asomaba sobre la costa. Otro día de calor insoportable. Las gotas de transpiración corrían por su frente y las sentía recorrer toda su espalda y entre las piernas. Ya era suficiente por esa mañana. Demelza fue a ver a los animales y a su cabra Blanquita. Le diría a Jim que construyera un resguardo más amplio en el corral para que se refugiara del sol y debería controlar que no les faltara agua fresca en ningún momento. La mañana tenía un aire de paz. Todo era silencio. Ni el gallo había cantado aún. Decidió caminar por los campos y por sobre el verde pasto de los acantilados.
Demelza se había quitado los zapatos y descalza aquí y allá se detenía a cortar flores que le parecían bonitas para llevar a su casa. Cuando su madre vivía la casa solía estar llena de flores, quizás ella podría hacer lo mismo ahora. El dolor en su cintura ya había comenzado. Siempre aparecía ese ardor luego de trabajar con la guadaña. Quizás debería hacerle caso a Prudie y dejar ese trabajo, que no era propio de una dama, para los hombres. Demelza sonrió pensando en eso. A la distancia vio un granero. Era de su padre, estaba al borde de sus tierras y era donde solían guardar el heno para cuando sacaban a pastar a los muchos animales que tenían antes a los campos más alejados de la casa. Ahora era de ella. Demelza llegó sin hacer ruido y se metió adentro apreciando el refugio del sol. El lugar estaba fresco y vacío. O fue lo que ella pensó. Cerca de la entrada había unos cuantos paquetes de paja que parecían estar desparramados por todo el lugar. Demelza se sentó sobre uno de ellos y recostó su espalda sobre la pared disfrutando de la frescura del lugar. Levantó la tela de su vestido y su enagua hasta los muslos para secar sus piernas y allí se quedó inmóvil un momento y estuvo a punto de quedarse dormida cuando Garrick la hizo saltar de un susto dando un ladrido.
A Ross también lo despertó. Había dormido las últimas tres noches allí en ese granero abandonado que había encontrado y que estaba muy cerca de la casa y así no debía ir y volver de Sawle todos los días. Se puso de pie de un salto, su cama era una pila improvisada de pajas sueltas en un rincón. Demelza lo miro incrédula. Sus ojos verdes bien abiertos como si hubiera visto al diablo mismo. El muchacho se apareció ante ella, descalzo y con su definido torso desnudo. Su mirada se desvió a sus piernas. Demelza se bajó la falda de inmediato y se puso de pie también, el muchacho se dio la vuelta para preservar el decoro. Demelza nunca había visto la espalda de un hombre antes. Su piel parecía dorada con amplios hombros y una cintura tan esbelta como la de ella. Ross se volvió hacia su improvisada cama, tomo la camisa y se la puso rápido por sobre su cabeza.
"¿Qué hace aquí?" Preguntoó Demelza cuando encontró las palabras para hablar.
Judas. ¡Maldición! Ahora si lo despediría. ¿Qué hacía ella aquí a esas horas? Apenas si había amanecido…
"Yo…"
"¿Qué dices muchacho? Habla de una vez, ¿qué haces aquí?" El muchacho se dio vuelta lentamente, pero no levantó la cabeza para mirarla. Su vista estaba clavada en un punto en el piso en el espacio entre ambos. Garrick no había vuelto a ladrar una vez que la había reconocido. Se había vuelto a acostar sobre el pajar, al parecer desinteresado de lo que ocurría entre su dueño y su nueva amiga. Aún le faltaban unos cuantos minutos de descanso antes de comenzar su día.
"Yo… dormí aquí. He dormido aquí las tres últimas noches."
"¿Por qué razón dormirías aquí? ¿No tienes una casa adonde ir?"… Oh.
Ross movió la cabeza de un lado al otro avergonzado.
Oh.
"Disculpe, no quería abusar de su…"
"¿Porqué no me lo dijo? Esta es la clase de cosas que debería haberme dicho antes de emplearlo…"
"Lo siento, yo…"
"¿Desde hace cuanto que no tiene un hogar?"
Ross levantó la vista hacia ella entonces. "Desde que me fui de mi casa." Dijo con la mandíbula apretada. "Mi padre… mi padre no era un buen hombre. Lo único me mantenía en Illugan era la mina, pero luego cerró y yo ya no tenía motivos para quedarme. Vivir el la calle era mejor que compartir el techo con ese hombre y desde entonces he estado aquí y allá pero en ningún lugar que pueda llamar hogar y no estoy seguro de si alguna vez lo tuve."
Demelza permaneció en silencio unos minutos. Ese muchacho estaba realmente lleno de contradicciones. Le parecía que era la primera vez que tenía una verdadera conversación con él, la primera vez que bajaba la guardia. El estaba sólo, tal y como lo estaba ella. Y no era pena lo que sentía si no otra cosa, algo que no llegaba a comprender del todo. Compasión. Compresión. La voluntad de querer ayudarlo…
"Lo comprenderé si ya no quiere que trabaje para usted."
"La semana de prueba a finalizado…"
"Entiendo. Nos iremos de inmediato."
"Quiero decir, ha demostrado ser un trabajador competente. Puede seguir trabajando aquí, de forma permanente… si usted lo desea. Si está conforme…"
"Si, si estoy conforme... ¿no me despedirá entonces?"
"No. No con lo cerca que estamos de poder sembrar los campos. Pero… no se puede quedar aquí…"
"Por supuesto, no volverá a ocurrir. Garrick y yo volveremos a Sawle…"
"Se puede quedar en Nampara."
"¿Qué?"
"Hay varias habitaciones vacías en el sector de servicio. Aunque me temo que están en pobre estado y requerirán algunos arreglos."
Fue Ross quien la observó con asombro entonces. Esa niña era la criatura más extraña que había conocido. Generosa o completamente chiflada. Descuidada en su propio bien personal pero también consentida como toda niña rica.
"¿Esta segura? ¿No debería consultarlo con alg…"
"¿Con quién?" Demelza respondió desafiante.
"No lo sé… ¿con Jud?" dijo el casi sonriendo y a ella pareció causarle gracia también pues pareció relajarse un poco.
"No tengo necesidad de consultar con nadie. Tengo la autoridad para hacer mi voluntad en mi propia casa, pero no tolerare más mentiras ¿está claro? ¿Hay algo más que deba saber?"
Ross titubeó un segundo. "No, Señorita."
"Muy bien muchacho, supongo que nos veremos en un rato."
Sin más la joven se fue, dejándolo a Ross allí parado en medio de un granero abandonado, la camisa aún por fuera de los pantalones y sin poder creer si lo que había sucedido era real o producto de su imaginación.
