"¡Tramposo!"
"¿Como es que cada vez que yo gano soy un tramposo y cada vez que usted gana es justo?" Rió Ross, tomando las cartas de sobre la mesa y comenzándolas a mezclar de nuevo. Ya era tarde, Jud y Prudie se habían ido a dormir o a quien sabe donde después de cenar. Garrick los miraba aburrido desde su nuevo lugar favorito junto a la puerta de la cocina que daba a la sala de estar, la Señorita había colocado una vieja alfombra con una manta doblada encima a modo de colchón para que el de acostara encima, se había vuelto un perro de lo más consentido en esos días. Y Demelza, como siempre, se había quedado levantada preparando la masa del pan para dejarla leudar durante la noche y que Jinny hornearía al día siguiente a primera hora. Allí en la cocina la había encontrado noches atrás, cuando creyó que todos en la casa estaban durmiendo, y él estaba dando una última inspección alrededor de la casa para asegurarse que todo estaba en orden antes de irse a dormir.
Su relación con la Señorita Demelza había cambiado completamente desde que el vivía allí. Ya sin ningún tipo de recelo, Ross finalmente había reconocido el buen talante de su ama y su generosa predisposición para con todos sus sirvientes. Incluido él. Demelza ya no trataba de evitarlo y los dos, junto con Jim, habían terminado de limpiar el campo, preparado la tierra y finalmente habían podido sembrar unos días atrás. Ahora solo les quedaba esperar. Prudie había encendido una vela sobre la ventana donde había colocado la figura de un santo que había traído de Francia y todas las noches decía una plegaria para pedir, en principio por una lluvia que regara la siembra, y por una buena cosecha. Ross la miraba de reojo y movía la cabeza incrédulo cada vez que lo hacía. Ross también había terminado de reparar el techo, durante el día ayudaba con los animales y por las tardes tenía tareas dentro de la casa. Arreglar las ventanas rotas, cambiar tirantes de madera que estaban podridos, emparchar paredes ennegrecidas por la humedad… siempre había algo que hacer. Pero en las dos semanas desde que Ross vivía allí podía notar una gran diferencia. Ya no parecía una vieja cabaña abandonada y derruida por el tiempo, había cobrado vida y color. La Señorita y Prudie estaban cociendo cortinas para las ventanas y tejiendo manteles que colocaban sobre los muebles. A veces la Señorita Demelza le enseñaba a Jinny como tejer también y le permitía a la jovencita llevarse los manteles para adornar su casa. A Ross nunca se le había ocurrido adornar una casa, y no creía que la cabaña ruinosa donde había crecido fuera a cambiar mucho con unas cortinas, pero aún así debía de reconocer la agradable impresión que los manteles y las flores que la Señorita juntaba de los prados le daban a uno cada vez que entraba en una habitación.
Tan agradable como sentarse por las noches a jugar cartas con la Señorita. Ross y Demelza se habían encontrado solos después de cenar. Eran, después de todo, los más jóvenes de la casa. Demelza estaba acostumbrada a quedarse sola después de la cena compartida con Jud y Prudie, preparando no solo el pan si no también la comida para el día siguiente, incluido el pastel de manzana. Así la había encontrado Ross un día luego de que volviera de revisar a los animales antes de ir a su habitación. El tampoco solía irse a dormir temprano y aunque en Sawle, o donde quiera que pasara las noches antes, siempre había alguna distracción, la taberna y alguien con quien hablar, jugar a las cartas y beber un trago, Ross se encontró con que las noches en Nampara tampoco eran solitarias.
"Porque eres un tramposo, muchacho. No le puedes ganar a tu Señora."
"Claro que si puedo…. ¿Se atreve a apostar?" Demelza lo pensó un momento. "O acaso tiene miedo de perder de nuevo."
"Claro que no. ¿Qué quiere apostar?"
"Que tal… que tal ese pastel de manzana suyo. Si yo gano me hará uno para mí solo." Demelza trato de ocultar su sonrisa. Al parecer al muchacho le encantaba su pastel de manzanas. La primera noche que había entrado en la cocina mientras ella peleaba manzanas se había quedado boquiabierto y le había preguntado asombrado si era ella quien hacía el pastel.
"¿Y si gano yo?"
"Mmmhhh… si usted gana, cosa que es muy poco probable, yo le haré uno a usted."
Cuando Ross entró a la cocina la mañana siguiente encontró sobre la mesa una fuente llena de manzanas, la bolsa de harina, manteca, huevos y un saco de azúcar y a la Señorita Demelza con una sonrisa brillante en su rostro. La lluvia por fin había llegado y todos no pudieron más que agradecerle a Prudie por sus rezos. El aguacero caía con una estruendosa fiereza y Ross respiró aliviado al comprobar que los arreglos que había hecho resistían en paso del agua. Había revisado parche por parche y atendido a los animales, que esa mañana se quedarían en el granero, había mirado a las gallinas de Jud ya que el viejo no daba señales de moverse de adentro de la casa bajo ese vendaval y le había asegurado a la Señorita que su cabra estaba bien refugiada de la lluvia. "Entonces ahora tiene tiempo de cumplir su palabra y preparar el pastel." Ross puso los ojos en blanco. Estaba convencido de que había sido ella la que había hecho trampa la noche anterior pero no tenía forma de comprobarlo y le había ganado el último juego de cartas. Y ahora el debía cumplir con la apuesta.
Luego de desayunar y entre risas comenzaron a preparar el pastel. Demelza le daba indicaciones sentada en la cabecera de la mesa y Jud los miraba de reojo mientras el pelaba las frutas. No tenía idea de lo que hacía. Una vez peladas y cortadas, fueron a parar a una olla con limón, canela y algo de azúcar y luego al fuego. Jinny había llegado para entonces y se había quedado sorprendida ante la imagen que se encontró en la cocina.
"¡Jinny! ¿Qué haces aquí con esta lluvia? Sabes que puedes quedarte en tu casa cuando hace este clima… pero ya que estás aquí ven y siéntate cerca del fuego. El muchacho nos está preparando un pastel de manzanas para variar." La joven se quitó la capa mojada y se sentó junto al pequeño fuego a observarlo también. No faltó mucho para que Ross estuviera cubierto de harina y con todas las mujeres riéndose a costa de él. A Ross no le importaba mientras su ama estuviera satisfecha y la Señorita parecía estarlo. Garrick fue el primero en levantar las orejas en alerta, luego las risas fueron acalladas abruptamente por los golpes en la puerta principal.
"¿Quién podrá ser con esta lluvia?" Preguntó Jinny mirándola a Demelza, mientras que Prudie dejaba el bastidor con su bordado a un lado y se levantaba pesadamente dirigiéndose hacia la sala a ver quien llamaba. Un momento después un hombre completamente empapado se apareció en la puerta de la cocina y titubeó un momento antes de entrar. Ross tenía las manos enterradas en un recipiente adonde estaba formando la masa, sus brazos y el frente de su cuerpo cubierto de harina. Su cara también ya que se había pasado la mano para quitarse el pelo de la frente y era lo que causaba tanta gracia a Jinny. Demelza se puso de pie de inmediato al ver al extraño.
"Siento interrumpir." Dijo observando la escena dentro de la cocina.
"¡Judas! Francis… pescaras un resfriado. Ven, acércate a la cocina. Jud, ve a encender el fuego en la chimenea de la sala. Jinny, trae una manta de arriba." La señorita se había acercado al extraño, pálido como estaba, se veía que había pasado un buen rato bajo la lluvia de la mañana. Demelza lo tomó del brazo para acercarlo al calor del tímido fuego donde se cocinaban las manzanas y le ayudo a quitarse el pesado y mojado abrigo luego de que el hombre dejara el sombrero sobre la mesa junto a Ross, quien no se había movido y aún apretaba la masa que estaba intentando formar entre sus dedos.
"Estas temblando…" Demelza envolvió al hombre con la manta que Jinny le trajo. Garrick le ladró un par de veces pero Demelza lo calló y el perro se fue a sentar de nuevo cerca de Ross bajo la mesa.
"Llueve como un demonio." Dijo el hombre tiritando y tratando de secarse con la manta. La Señorita tomó una de las toallas de la cocina y comenzó a secarle el rostro y la cabeza. Al parecer ella lo conocía bien. Luego de que Jud les avisara que ya había encendido el fuego, ambos se fueron a la sala. El joven lo miró de reojo al salir, pero ni el ni Ross se dijeron nada.
"¿Qué haces aquí?" le preguntó Demelza una vez que Francis se había sentado junto al fuego y ella le sirvió una copa de ron. Se había olvidado de lo que estaba haciendo en el momento que lo había visto a Francis, la había tomado completamente por sorpresa verlo allí otra vez luego de lo que se habían dicho la última vez, y con ese día. Desde aquella vez se había prometido sacar de su mente el recuerdo de lo que habían compartido y el resentimiento por que él había echado todo al viento. No necesitaba pensar en ello cuando tenía tantas cosas por hacer, tantas cosas en que distraerse. Pero ahora estaba aquí, sentado frente a ella, y era como si el tiempo no hubiera transcurrido para nada.
"Vine a ver porqué aún no has confirmado la invitación a la fiesta. Es esta noche ¿lo recuerdas? Tu tío me dijo que enviarías un mensaje si ibas pero no recibimos nada y vine a asegurarme que asistirás."
Demelza se sirvió una copa también y distraídamente limpió un poco de harina que también había caído en su falda. "Efectivamente. Dije que enviaría un mensaje si es que asistía, como no lo haré, no lo envíe."
"Tu tío quiere que vayas. Sabes como es cuando se le mete algo en la cabeza y ¿cuándo fue la ultima vez que organizó alguna celebración en Trenwith?... Exacto. Yo tampoco lo recuerdo. Creo que la ha organizado en honor a tu regreso. Elizabeth… Elizabeth y Verity están ansiosas por verte también. No has salido de esta casa desde que volviste."
"Tengo muchas cosas que hacer. No tengo tiempo para fiestas."
Las mejillas de Francis tomaron un simpático color rosado que contrastaba con su pálida piel. Su mirada gentil, Demelza bajó la vista hacia su copa.
"Yo quiero que vayas." – susurró Francis – "Sabes lo tedioso que encuentro ese tipo de reuniones."
"Pues ahora tienes a Elizabeth para hacerte compañía." Replicó ella susurrando también. Levantó la vista cuando el no respondió nada. Francis se bajó el contenido de su copa de un solo trago y se puso de pie.
"Vendré a buscarte a las siete."
"Dije que no iría…"
"Te quiero allí… Toda tu familia te quiere allí."
Cuando Francis entró a la cocina a buscar su sombrero miró de nuevo al hombre que estaba allí. Un nuevo sirviente de seguro. A Francis no le gustó la forma en que lo observaba pero como todo señor acostumbrado a la servidumbre no le preocupó en lo mas mínimo. Demelza no volvió a la cocina luego de que escucharan abrir y cerrarse la puerta cuando el hombre se retiró. Jinny se encargó de lo que faltaba hacer para completar el pastel, su ama se fue a su habitación.
Ross no había vuelto a ver a Demelza en todo el día. Solo Prudie había vuelto a aparecer en la cocina refunfuñando que debía planchar un vestido y echándole maldiciones por lo bajo al hombre que había ido a la casa esa mañana. Jud le había contado a Ross quien era. A decir verdad se lo había dicho con cizaña, después de que la Señorita Demelza saliera preocupada detrás de el para que se sentara junto al fuego a secarse. "¿Sabes quién es el, muchacho? Ese joven es Francis Chynoweth, era el prometido de la Señorita Demelza. Su amor. Así que no te hagas ningún tipo de ilusiones ni creas que un pobre muerto de hambre como tú tiene derecho siquiera a mirarla…"
"Yo no…"
"No te hagas el tonto conmigo." Dijo mirando sus manos que aún estaban cubiertas de masa y harina – "Ni siquiera pienses que ella podría interesarse en alguien como tú, ese es más su tipo." Añadió señalando hacia la sala.
Ross se limpió las manos, sentía un calor en sus mejillas. Que el, que el pudiera pensar eso de la Señorita Demelza… "Conozco cual es mi lugar, Jud." – "Pues más te vale." – "Y… ¿qué pasó? Digo, entre la Señorita y ese hombre, dijiste que estaban comprometidos."
"El… La señorita se fue de viaje con su padre, su padre se enfermó en el continente y tuvieron que quedarse allí más de lo previsto. Cuando regresaron el se había casado con su prima."
¡Judas! Pero que… idiota infeliz. Hacerle eso a la Señorita Demelza, solo un estúpido la dejaría así… Ross no podía comprender que un hombre eligiera a cualquier otra mujer por sobre la Señorita Demelza, siendo ella tan buena y generosa. Era algo cascarrabias y cabeza dura, es verdad pero eso no cambiaba lo bonita que era, más aún cuando sonreía y todo su rostro parecía iluminarse. Ross movió la cabeza tratando de sacudir esos pensamientos. No, no era como Jud había dicho, el no pensaba en la joven de esa manera, el sabía cual era su lugar y no se arriesgaría perder tan buen trabajo por una tontería que el viejo había dicho. De seguro en algo tenía razón, ella correspondía a un hombre de su clase. No pasaría mucho para que la casa estuviera llena de pretendientes, si es que alguna vez salía de ese escondite que era Nampara.
La lluvia había parado luego del mediodía y Ross llevó a los animales a pastar sobre la pequeña colina que estaba cerca se la casa, adonde no era todo barro. De tanto en tanto dirigía su mirada hacia la casa, la Señorita no asomó la cabeza afuera para nada. Generalmente solía pasar un rato por las tardes con su cabra, vaya a saber Dios porque, pero ese día ni Blanquita había recibido su atención.
Ya caía la tarde cuando Ross escuchó el sonido de cascos que se acercaban, el estaba terminando de alimentar a los animales luego de encerrarlos en sus corrales y estaba más sucio que los mismos puercos, pero aún así se acercó a ver quien era. Un hermoso carruaje, tirado por dos caballos de enormes y largas patas, Ross volvió a ver al hombre que había visto esa mañana. Francis Chynoweth está vez estaba finamente vestido y seco. Parecía más alto y su mirada pareció de desprecio cuando lo vio ahí parado. "¿No tienes otra cosa que hacer más que mirar?" le dijo, Ross ya lo odiaba. Francis llamó a la puerta principal y un momento después salió la Señorita. O al menos el creía que era su ama. Acostumbrado a verla siempre trabajando o moviéndose apurada dentro de la casa, siempre vistiendo ropas de buena tela, pero sencillas y practicas, a veces con un delantal atado a la cintura y con el pelo recogido con un pañuelo, Ross casi no la reconoció en ese momento. La persona que salió de la casa era una joven aristocrática, vestida con un fino vestido dorado que parecía hecho de oro que apretaba sus pechos y marcaba su pequeña cintura. Sus cabellos cobrizos sueltos, caían en prolijos bucles sobre sus hombros. Ross la vio sonrojarse cuando el joven estuvo frente a ella y le dijo que lucía hermosa y besó su mano. Y luego, con mucho cuidado de no embarrar el vestido, la condujo hacia el carruaje y la ayudó a subir. Mientras se alejaban le pareció que la Señorita lo miraba, allí, parado cerca de la entrada y embarrado de pies a cabeza, Ross la vio partir junto al joven rico que arriaba a los caballos.
Jud tenía razón, definitivamente. Ross daba vueltas en su cama. Garrick, ante la ausencia de su nueva dueña, había ido a dormir en su habitación y lo observaba somnoliento mientras el alternaba entre mirar la vela en la mesita al costado de la cama y mirar el techo. Hiciera lo que hiciera no se podía sacar de la cabeza a la Señorita Demelza en ese vestido dorado, y lo peor era que ahora también recordaba el encuentro que habían tenido semanas atrás en el granero. Lo largas y atractivas que eran sus piernas debajo de la falda. No, no debería pensar en eso. Además ella estaba enamorada de ese tal Francis, no que eso hiciera mucha diferencia, se dijo. Ella es tu ama y nada más. Y bastante tonta es también si sigue enamorada de un hombre que la traicionó de esa manera. Estaba molesto con ella, una joven tan inteligente, que podría tener a cualquier hombre que quisiera y aún se dejaba seducir por un estúpido como ese. Y tú eres más estúpido aún por preocuparte por ello. Es su vida, que haga con ella lo que quiera. Cansado, se sentó en la cama. Y tú deberías hacer lo que quieras también. ¿Hace cuánto que no visitas a Margaret? Hacia varios meses, en efecto. Margaret siempre había sido muy generosa con el y no le cobraba como a los demás muchachos del pueblo. Los demás bromeaban que ella estaba enamorada de él, pero el creía que era más pena lo que sentía. Pero ahora el tenía algo de dinero y la pena no sería necesaria. Ross se levantó, se vistió rápidamente y salió camino a Sawle.
