La carroza en que Francis la había recogido se tambaleaba de un lado a otro cuando, su ahora primo, guiaba los caballos fuera del camino para evitar que las pesadas ruedas quedaran empantanadas en los charcos que se habían formado esa mañana. El cielo ya estaba despejado y una húmeda corriente de aire proveniente del mar alborotaba los recién peinados cabellos de Demelza. No se había puesto sombrero. En un par de ocasiones, mientras los caballos pasaban con dificultad sobre los pastos al costado del camino, la carroza se había movido tan bruscamente que debió sujetarse para no caer. Demelza se había aferrado fuertemente al borde de la carreta con una mano y al brazo de Francis con la otra. A la tercera ambos rieron.
"¿Es tu intención que lleguemos ilesos a esa fiesta?"
"No se preocupe, Mi lady, no dejaré que nada le pase." Demelza había dejado la mano apoyada sobre la manga de Francis. El estaba sonriendo aún. Hacía años que no lo veía sonreír, su encanto era el mismo de siempre. "Dudo que puedas hacer algo si los caballos se asustan y deciden correr al borde del precipicio y la carroza cae por el acantilado." Francis volvió a reír y un instante después giró su mano entrelazando sus dedos con los de ella.
"Te he extrañado, Melza." Su mano estaba fría. Instintivamente, Demelza la cubrió con su otra mano también. Así siguieron viaje por un tiempo, recorrer el camino les llevó más de lo habitual por el barro y porque Francis había disminuido el paso de los caballos. Demelza le contó sobre su viaje y los espantosos caminos por donde habían tenido que ir, algunas de las cosas que habían visto mientras viajaban. Allí, en los más remotos de los lugares, habían encontrado las más hermosas de las experiencias. La gente, los paisajes, la naturaleza. Siempre había sido tan fácil hablar con Francis, el la escuchaba y preguntaba por las cosas que había visto. Por un rato, todo fue como antes, como debió haber sido.
Al pasar una colina Trenwith estuvo a la vista y Francis retiró su mano lentamente.
Demelza solicitó ir inmediatamente a su habitación. Era temprano, los invitados aún estaban llegando y ni el tío Charles ni Elizabeth habían bajado todavía. El trayecto a la vieja casa de su familia había dejado a Demelza acalorada y el viento bastante despeinada. Una de las sirvientes fue a ayudarle, pero para cuando llegó ella ya se las había arreglado sola. Las noches de verano no dejaban de ser calurosas ese año, y esa en particular también era muy húmeda. Demelza no ansiaba mucho estar en la reunión, en una habitación llena de gente y velas encendidas, el ambiente podía ser sofocante. Pero hacia allí fue cuando la música empezó a sonar alto. A la primera persona que vio fue a su tía Agatha, sentada en una silla mecedora cerca de la puerta, todos los invitados debían pasar a su lado y saludarla antes de entrar al salón. "¡Mi niña! ¿Te has dignado a venir?"
"Tía…" Demelza se acercó y besó sus dos mejillas. "Déjame verte… has crecido mucho mi niña, ya eres casi una mujer."
Las carcajadas falsas del tío Charles retumban en el salón. Hacía mucho que no lo oía reír así. Era un sonido familiar y lejano al mismo tiempo, de una vida pasada en donde todos habían compartido una vida feliz pero que ahora a Demelza le parecía extraña. Antes, Trenwith había sido como su propia casa, pero Demelza no la sentía así ahora. Su hogar, aún no sabía adónde estaba.
Cuando Demelza se hizo lugar entre la gente para ir a saludar a su tío se dio cuenta de que Elizabeth estaba de pie junto él. A su lado, Francis.
"¡Mi querida prima!" exclamó Elizabeth al verla y corrió a abrazarla. "Estoy tan contenta de que hayas venido." Demelza palmeó el brazo que la rodeaba y apenas si pudo murmurar sus felicitaciones, aunque no dijo porque, mientras su prima alababa su vestido. Francis se acercó entonces a darle oficialmente la bienvenida, y besó su mano. A Elizabeth no pareció molestarle. Luego, para no acaparar toda la atención de los anfitriones, Demelza se acercó a una de las mesas que estaba finamente decorada y llena de delicias de todo tipo. Uno de los sirvientes le ofreció una copa de brandy. Francis la había seguido, y ella casi se lo lleva por delante cuando se dio vuelta. "Uy, lo siento… la casa se ve muy bonita."
"¿Te gusta? Elizabeth se encargó de supervisar todos los arreglos. A decir verdad a mi me parece un poco sobrecargado." Dijo en voz baja. Demelza escondió su sonrisa mientras daba un sorbo a su copa.
"¿Ya te has acostumbrado a vivir aquí? Recuerdo que solías odiar venir aquí cuando eras joven."
"Porque ahora soy tan viejo…"
"No, quise decir…"
"Ya lo sé, estoy bromeando. Está bien, aunque hay mucho trabajo que hacer aquí. Más de lo que imaginaba."
En ese momento Verity llegó a la fiesta. Al ver a Demelza fue directo hacia donde ellos estaban "¿Demelza? Oh, mi querida, al fin nos vemos." Dijo tomando gentilmente sus manos y dándole un beso en cada mejilla – "Siento mucho lo de tu padre, querida. Debes contarme todo acerca de tu viaje." Allí permanecieron durante algunos minutos, los tres juntos escuchando el relato de Demelza. Verity apretó sus dedos cuando relató la enfermedad de su padre y Demelza sintió el suave contacto de la mano de Francis en su espalda brindando consuelo, pero no quería explayarse demasiado en temas tristes, era una fiesta después de todo.
"Francis, aquí estás. Ven, debes ayudar a entretener a los invitados, eres el anfitrión después de todo." Dijo Elizabeth acercándose al grupo y tomando a Francis del brazo se lo llevó con ella. Las dos, Verity y Demelza, se los quedaron mirando alejarse.
"Debe haberte sorprendido enterarte de su boda." Dijo Verity.
"Lo hecho, hecho está. No hay motivo para dar vueltas sobre ello."
"Oh, querida… yo le dije a nuestra madre, pero fue imposible hacerla cambiar de opinión."
Demelza sonrió, aunque la sonrisa no alcanzó a sus ojos. No quería volver a pensar en eso, ya había sufrido lo suficiente. El se podría haber negado, fue lo que pensó decir, pero no lo hizo. Ella sabía lo persuasiva que podía ser la madre de Francis. Quizás eso había sido. Tal vez el aún la amara pero no había podido desobedecer a la Sra. Chynoweth. Verity permaneció junto a Demelza un rato más pero también, al igual que a su hermano, Elizabeth vino a buscarla para que la asistiera en algo. Demelza no estaba interesada en saber que era.
Tal y como se lo esperaba el ambiente era pesado y a medida que pasaban las horas hacía más calor y la gente bebía más y hablaba cada vez más fuerte. La banda no había dejado de tocar ni un minuto. Demelza se había acercado a la pista de baile pero no estuvo mucho allí, un joven la había querido sacar a bailar y ella simplemente no tenía ganas. Francis y Elizabeth estaban en la pista. Buscando un poco de aire fresco salió al patio alejándose del bullicio. Las altas paredes la ocultaban de ojos chismosos, cerrando sus parpados apoyó la cabeza y su espalda en la fría piedra.
"¿Te ocultas de algún pretendiente?" Demelza dio un salto.
"Oh, lo siento. No quise asustarte."
"No, no lo hiciste. Solo que pensé que estaba sola, salí a tomar un poco de aire."
"Pues yo si me estoy ocultando de alguien. El insufrible de Unwin Trevaunance. Hoy a estado más aburrido que de costumbre. ¿Lo conoces?"
"No ¿es tu prometido?"
"Oh por Dios, no. Aunque él quiere serlo. Es candidato a MP por Truro, ya te imaginarás… que descortesía de mi parte, no me he presentado. Soy Caroline Penvenen."
"Demelza Carne. ¿Eres la hija de Ray Penvenen?"
"Su sobrina."
Caroline le cayó bien inmediatamente. Era una joven refinada y hermosa, y Demelza no tenía dudas de que decía la verdad cuando le contó de todos los pretendientes que tenía. Ambas eran herederas de antiguas familias, pero a diferencia de ella, Caroline si heredaría una pequeña fortuna. Fortuna que no pensaba compartir con ninguno de los hombres codiciosos del condado, que solo la querían por su dinero.
"Mi tío insiste en que debo casarme."
"El mío también" dijo Demelza, ambas tenían muchas cosas en común. "¿y no hay ninguno que creas aceptable?"
"Oh, sí que lo hay. Pero no aquí. En Londres. Y no es como ninguno de los jóvenes de familias poderosas que se creen los dueños del mundo pero no son capaces de ver más allá de sus narices."
"Suena interesante."
"Lo es. Aunque él me considera una fría niña rica… debes venir a visitarme, así lo conocerás."
"¿A Londres? No lo creo, tengo cosas que hacer aquí."
"Pues es una pena. Sería divertido, podríamos ir al teatro y a fiestas mucho más divertidas que esta. Yo parto mañana, mi tío ya se fue y debo acompañarlo. Pero puedes ir cuando lo desees y quedarte en nuestra casa, siempre serás bienvenida y mi invitada de honor."
A Demelza la entristeció un poco saber que esa extraña que acababa de conocer se iría de la zona tan pronto. Realmente le había caído muy bien, y hubiera sido agradable tener una amiga de su edad con quien hablar. Así, charlando, las encontró Unwin un largo rato después.
"Caroline. ¿Que haces aquí escondida? Te he estado buscando por todos lados…"
"Evidentemente no en todos lados. Y no me estoy escondiendo, estoy disfrutando de una placentera noche junto a mi nueva amiga. Demelza, el es el Unwin de quien te hable. Unwin ella es Demelza Carne."
Unwin, al oír su nombre adoptó una graciosa postura, su espalda recta, un brazo tras él y extendió el otro para besar su mano. "Un placer, Señorita Carne. ¿Es pariente de Don Charles?"
"Si, es mi tío." Contesto Demelza.
"Oh! Usted es la sobrina que estuvo de viaje por el continente… debe haber sido una experiencia maravillosa…"
"¿Que querías Unwin?" lo interrumpió Caroline impaciente.
"Oh sí. Debes venir adentro. Están por hacer un anuncio. Supongo que usted también Señorita Carne."
Caroline y Demelza se miraron y a regañadientes volvieron con Unwin a la fiesta. Efectivamente Verity la estaba buscando y le dijo que debía ir con ella hacia el centro de la mesa principal, junto con su familia, su tío iba a anunciar algo. Demelza se despidió rápidamente de Caroline. "Si no nos vemos después, recuerda que puedes venir a visitarme a Londres. Te escribiré para darte los detalles." Dijo, y se quedó junto a Unwin, mirándolo con mala cara mientras él estaba de pie orgulloso a su lado. Que simpática era.
Verity guió a Demelza hacia un pequeño círculo de gente frente a la larga mesa adonde estaba la comida. Su tío Charles, la tía Agatha, Francis y Elizabeth estaban allí. "¡Aquí estas! Por fin, ya estamos todos papá." Exclamó esta última. Demelza no tenía idea de lo que sucedía. Cuando miro a Francis él no le devolvió la mirada, parecía más pálido que de costumbre.
"Queridos amigos." -comenzó el tío Charles en voz alta, y todos se volvieron a verlo. Un sirviente les acercó unas copas de vino y Demelza vio a otros repartiendo copas también entre los invitados. "Con gran placer les doy nuevamente la bienvenida a mi hogar. A esta casa que ha estado por generaciones en posesión de la familia Carne, y así lo estará por muchas generaciones venideras. El motivo de esta reunión era dar la bienvenida a una parte de esa familia, a mi querida sobrina que hace poco ha regresado de una penosa aventura por el continente y les pido, amigos míos, que levantemos nuestras copas por Demelza y por mi querido hermano Thomas, que en paz descanse…" Las mejillas de Demelza ardían cuando todos los presentes alzaron sus copas y repitieron "Por Demelza y por Thomas" y bebieron a su salud. "Pero así como un miembro de la familia nos deja, hoy tenemos otro motivo para celebrar. Mi querida hija Elizabeth me acaba de informar que la descendencia Carne está asegurada y que en ocho meses daremos la bienvenida a mi primer nieto…."
Demelza se sintió desfallecer. Charles continuaba hablando pero ella ya no escuchaba. Un hijo. Francis y Elizabeth iban a tener un hijo. En todo este tiempo el… un fuerte aplauso la volvió al presente. Demelza se bebió el contenido de su copa de un solo trago, pronto estuvo rodeada de gente que se amontonaba para saludar a su tío y a los futuros padres. Algunos, cuando pasaban a su lado, también la felicitaban. En la multitud busco a Francis, el la miró un momento mientras estrechaba las manos de quienes lo saludaban, pero desvió la vista inmediatamente. Ya no podía soportarlo. Que tonta había sido. Demelza volvió a su habitación y se tiró sobre la cama. Si alguien se había dado cuenta o no de que se había ido no le importaba. Allí se quedó durante el resto de la noche, echa una bolita sobre la cama. No quería llorar otra vez, pero lo hizo. El dolor, otra vez, era como un fuego que quemaba su pecho. Y pensar que esa tarde se había permitido pensar que las cosas eran como antes, por un rato en el carruaje, Francis fue el mismo muchacho que ella recordaba. Que tonta. Se odiaba por haberse sentido así, lo odiaba a él. Los hijos venían del amor, o eso creía ella, y ahora Francis iba a tener un hijo con su prima. Durante la noche Demelza también llegó a la conclusión de que le habían tendido una trampa. No estaba segura muy buen quien. Su tío no sabía nada de la previa relación de Francis con ella, y Francis le había dicho que la fiesta era en su honor y la había convencido de que el la quería allí. ¿Para refregarme esto en la cara? Demelza no lo habría creído capaz, pero ahora le parecía un extraño, un hombre que no conocía. Elisabeth, ella sí era capaz.
Demelza no durmió en lo que quedaba de la noche. Los invitados ya se habían ido, salvo los que se quedarían a dormir en la casa, la música había parado hacia horas. Con los primeros rayos del sol Demelza decidió que se iría a casa. No quería ver a nadie esa mañana, ni posiblemente nunca. Se puso la capa, tomo su valijita en donde llevaba sus artículos personales y con sigilo salió de la habitación y bajo las escaleras. Cuando estaba por llegar a la puerta lo vio, sentado en la mecedora adonde había estado la Tía Agatha hacía unas horas estaba Francis, quien se puso de pie de inmediato al verla pero no le dijo nada. Demelza continuó su camino pero se detuvo antes de salir.
"¿Lo sabías?" su voz no fue más fuerte que un susurro. Francis movió la cabeza de un lado a otro muy despacio.
"No. Yo también me enteré anoche. Demelza…"
"Felicidades." Susurró de nuevo. "Y Francis… por favor no vuelvas a Nampara." Con eso Demelza se fue de Trenwith. El camino era largo pero le haría bien despejar su mente. A poco de salir de los terrenos de su familia se quitó los zapatos y continuó descalza. Para cuando llegó a sus propias tierras el sol brillaba reflejándose en el calmo mar. El calor ya era agobiante. Demelza decidió bajar a la caleta de Nampara a darse un baño, nadie nunca iba a allí y menos a esas horas. Con cuidado se quitó el vestido, el corset, las medias y los calzones y escondió todo detrás de una roca a un costado de la pequeña playa. Solo en su enagua se metió al mar.
Ross había amanecido en una cama extraña. Lo había despertado el ruido de la calle que entraba por la ventana, tan distinto a los silenciosos campos que rodeaban Nampara a los que ya parecía haberse acostumbrado. Era casi de madrugada aún, pero las carretas ya se oían, los caballos relinchaban y algún que otro borracho pasaba cantando alto camino vaya a saber adónde. Ross mismo no podía decir que él no estaba ebrio, o al menos lo había estado la noche anterior, cuando se bebió todo lo que su sueldo había podido comprar. Alguien se movió a su lado y solo entonces Ross recordó como había terminado la noche. En una mugrienta habitación sobre la posada, con Margaret. Ella pareció alegrarse al verlo, y después, también pareció satisfecha, pero el encuentro no había sido tan satisfactorio para Ross. El acto en si sí lo había sido, como siempre, pero Ross habia ido allí con un propósito, no pensar en la Señorita Demelza, y en eso había fallado. Porque ahora estaba pensando en ella y en como le habría ido en esa fiesta, si habría pasado una bonita velada y en si los jóvenes ricos de la zona le habrían hecho cumplidos. Ross se maldijo, y su suspiro pareció despertar a Margaret que estiró su cuerpo desnudo a su lado. Ross se levantó y comenzó a vestirse antes de que le dijera algo, cuando se dio vuelta ella lo miraba divertida con la cabeza apoyada en la mano y mordiéndose el labio.
"Hacía mucho tiempo que no venías a verme, Ross."
"He estado ocupado."
"Dicen que te conseguiste una heredera que te mantiene mientras tú la mantienes a ella contenta." Ross captó la insinuación enseguida y la miró duramente.
"Hago mi trabajo. En el campo y en la granja, y eso es todo."
"Pero vives con ella."
"Como su sirviente. No soy el único." Margaret levantó una ceja con picardía. Ross no quería otra cosa más que salir de allí. De su bolsillo sacó un par de monedas y las dejó sobre la mesita que estaba al lado de la cama.
"Sabes que no tienes que pagarme."
"Lo sé, pero aún así… Que tengas un buen día, Margaret."
Ross vio el sol elevarse sobre la línea del horizonte mientras caminaba por los rocosos acantilados de vuelta a Nampara. ¡Pero que chusma era la gente! ¿Cómo podían inventar semejantes mentiras?. Ross esperaba que ese rumor no fuera más que un cotorrerío pasajero. No le gustaba que la Señorita Demelza fuera la comidilla del pueblo, menos por culpa suya. Algunas veces durante la noche mientras tenía sexo con Margaret, Ross había cerrado los ojos y en su mente se había imaginado que era la Señorita Demelza quien estaba con él, había sido solo un segundo. Un producto de su inconsciente que él no fue capaz de controlar. Y la noche con Margaret lejos de alejar esos pensamientos inoportunos no habían hecho más que exacerbarlos. Ella era solo una niña. ¿Cuantos años tendría? Ross se sacudió el pelo como si así pudiera sacudir esos pensamientos que no tenía ningún derecho ni siquiera a imaginar. Jud tenía razón, el debía conocer su lugar. El no era más que un sirviente. Enojado, todo el dinero que había gastado no había servido para comprar lo que él buscaba. A lo lejos vio la cabaña gris surgir detrás de una elevación del terreno, pero él no quería llegar todavía. Sería otro día de calor, y a decir verdad le vendría bien un baño. Para limpiarse de los aromas de la noche, y también para enfriar su acalorado cuerpo. Ross se desvió del camino y descendió entre las rocas hacia la caleta.
El mar estaba calmo y la temperatura del agua perfecta. Demelza, que conocía cada rincón de esa playa, había nadado a unos metros de la orilla hasta quedar oculta detrás de una gran piedra que sabía la ocultaba de cualquier ojo curioso que pudiera observar desde la costa. Cuando era pequeña, solía ir allí con Elizabeth. Ahí, ocultas del mundo terrenal pero con el mar abierto por delante solían jugar y soñar que un príncipe emergía de las profundidades del mar y llegaba a ellas para llevárselas lejos, adonde serían felices. No eran más que cuentos de niñas. El mar estaba tan tranquilo que Demelza podía flotar en él, su cuerpo y la mitad de su cabeza sumergidos y sus ojos observando el infinito cielo. No había otro lugar que a ella le gustara más que este en el mundo. Elizabeth ya había encontrado a su príncipe, pensó Demelza, y su perezosa mente vago hacia temas más privados. Prohibidos quizás. ¿Como llegaban los bebés al mundo?. Ella nunca lo había pensado… el cómo, el acto en sí. Suponía que sería como el resto de los animales. El macho se apareaba con una hembra y la hembra quedaba preñada, eso sí lo había visto muchas veces. Pero Demelza nunca había pensado en que eso era lo que hacían las personas casadas, nunca había pensado en Francis de esa manera. Demelza trató de imaginarse a Francis completamente desnudo pero no podía hacerlo. En realidad nunca había visto a un hombre desnudo… Demelza flotaba plácidamente, las palmas de las manos apoyadas en la superficie del agua y que de tanto en tanto hundía rápidamente lo que generaba pequeñas burbujas que hacían cosquillas en su cuerpo sumergido cuando de repente escuchó un ruido, un chapoteo cerca. Al principio pensó que se podía tratar de un pez pero un momento después alguien apareció detrás de la gran roca. Demelza hundió su cuerpo de inmediato, sobre la superficie del agua asomaba solo su cabeza cuando se dio cuenta quien era.
"¡¿Qué haces aquí, muchacho?!" Gritó, dando un buen susto a Ross que lo que menos esperaba era encontrar a alguien metido en el mar. "Esta es una caleta privada, ¡no puedes estar aquí!" Dijo enfurecida.
Ross, sorprendido, también hundió todo su cuerpo bajo el agua. Aún estaba enojado por lo que había sucedido la noche anterior, con él, con ella, con ese estúpido de Francis Chynoweth.
"¿Qué hace usted aquí? ¿No debería estar en su estúpida fiesta?" Ross se arrepintió de la elección de palabras en el momento en que salieron de su boca. La joven estaba a algunos metros, todo lo que veía era su rostro y sus cobrizos cabellos empapados pegados en su piel. El no se veía muy distinto para Demelza.
"¿Como se atreve a hablarme de esa forma?... ¿Acaso no ha visto el cartel? No puede estar aquí, muchacho."
"No, no lo vi." Ambos estaban enojados tras pasar una noche bastante decepcionante. Y se quedaron por un momento en silencio, ambos pataleando debajo del agua para mantenerse a flote. Demelza notó en su mirada algo peculiar, aún en la distancia, podía ver que tenía los ojos rojos. Los de ella no eran muy distintos, después de llorar durante la noche.
"¿A dónde ha estado?" pregunto ella al fin, pero Ross no respondió.
"Ya veo. Es muy decepcionante, muchacho. Apenas consigues unas monedas y ya se las va a gastar en la taberna…"
"Muchacho… muchacho. Ya deje de llamarme muchacho. Soy mucho mayor que usted ¿sabe? Y puedo hacer con mi dinero lo que me plazca." Con eso Ross creyó que había logrado callarla, aunque no sabía porque le había dolido cuando le dijo que él la decepcionaba. El estaba bastante decepcionado también. A pesar del clima cálido, Demelza estaba empezando a tener algo de frío por estar tanto tiempo en el agua sin moverse.
"Creo que debería irse… vuelva a la casa."
"No puedo... No tengo ropa puesta." Demelza desvió la mirada y a su mente vino otra vez el pecho de Ross Poldark que ella ya había admirado antes. Se preguntó cómo se vería el desnudo, así estaba a solo unos metros de ella. Ross interpretó el sonrojo de sus mejillas como vergüenza, pero no pudo evitar bromear… "Temo que usted me espíe cuando salga." Demelza volvió a mirarlo y abrió la boca sorprendida. Sin pensarlo, sacó la mano del agua y salpicó un buen chorro de agua en su dirección. A Ross, a quien tomó por sorpresa, le mojó toda la cara. Demelza, al ver la cara que puso cuando el agua empapó su rostro, no pudo evitar reírse. Ross inmediatamente le devolvió la gentileza y rápidamente la tensa discusión se convirtió en una guerra de agua, chapoteos y risas. Ross tenía la ventaja, pues él podía sacar todo el brazo del agua para salpicarla, mientras que Demelza solo podía usar sus manos para no arriesgarse a que su torso saliera fuera de la superficie del agua, nadaban en círculos a un par de metros uno del otro. Fue el momento más divertido que Demelza había vivido en años, y para Ross no era muy distinto. Pronto ambos estuvieron agitados, los fantasmas que los agobiaban olvidados en ese momento.
Aún riendo, Demelza lo vio nadar en círculos a su alrededor, hasta que de repente Ross se hundió bajo el agua y tardó mucho en salir. Ella comenzó a preocuparse y pataleando intentó levantar un poco su cabeza sobre el agua para ver mejor cuando lo vio. Bajo el agua cristalina lo vio venir, su masa de cabello negro nadando hacia ella como un tiburón. Demelza intentó alejarse pero el ya estaba casi junto a ella. Al pasar a su lado sus manos pellizcaron su cintura. Fue solo un instante, pero sus dedos la apretaron de tal forma que Demelza dio un grito. Antes de que cerrara la boca Ross ya había salido unos metros más allá riendo a carcajadas. Ella sonrió también.
"Salga usted primero, Señorita. Yo me quedaré detrás de la roca." Le dijo cuando se calmaron, nadando hacia la gran piedra.
Demelza le hizo caso, y se volvió hacia la costa. Su respiración aún agitada y con más calor que con el que había entrado. Ross, olvidándose que no quería pensar en la Señorita Demelza, se asomó sigilosamente sobre una saliente de la roca y rápidamente revisó que no hubiera nadie mirando sobre los acantilados. Esa era su intención, no espiar a la Señorita. Pero al bajar su vista no pudo evitarlo. Demelza emergía como una sirena del mar hacia la playa y esa enagua empapada era como su no tuviera nada sobre su piel. Le tomaría mucho tiempo a Ross olvidar el cabello que caía goteando sobre su espalda, su pequeñísima cintura y su generoso trasero de donde comenzaban las piernas que el ya sabía eran eternas. Ross sumergió la cabeza en el agua.
Demelza se había secado un poco con sus largos calzones y luego los había metido junto con las medias en su pequeña valija. Se había puesto el corset, aunque no lo había ajustado del todo y arriba en vestido que se pegaba entre las piernas debido a la enagua mojada. Pero cuando llego a la cima del acantilado ya estaba casi seca. Allí espero un rato, el suficiente para que su pelo se secara un poco y pudiera hacer una trenza, hasta que su sirviente apareció.
"Aquí, ¿que dice aquí, muchacho?"
Ross le hizo mala cara, ella le estaba señalando un viejo cartel de madera.
"Está bien, ya entendí. No volverá a pasar."
"¿Qué es lo que dice?"
"No pasar." Intentó adivinar Ross. En realidad decía 'Propiedad Privada'. Demelza no hizo ningún comentario.
"¿Y cómo se supone que debo llamarlo, muchacho?" dijo tomando su valijita del piso, su capa y sus zapatos en su otra mano.
"Ross." Demelza asintió, Ross tomó la valijita de sus manos y juntos emprendieron el camino de regreso a Nampara.
