"Prudie… ¿Cómo, cómo se hacen los bebés?" Demelza preguntó metida en la bañadera esa noche. La idea había quedado dando vueltas desde que se había enterado del embarazo de Elizabeth y luego, desde esa mañana cuando había estado nadando en la caleta con el muchacho. No que eso tuviera mucho que ver, se dijo, pero la duda estaba allí. El cómo, exactamente. Demelza creía que ese tipo de conversaciones eran las que una madre debería tener con una hija, pero ella ya no tenía madre. Lo más cercano a una era su dama de compañía y Prudie era, después de todo, una mujer casada, aunque ella y Jud no habían tenido hijos. Y así, media escondida dentro de la bañera de metal, Demelza se había asomado tímidamente al borde y en voz baja había formulado la pregunta. Prudie, sentada al pie de la cama, había levantado la vista y dejado caer el bastidor en el que bordaba al oír semejante cosa.

"¿Pero qué cosas dices niña? Esas cosas no se preguntan."

"Pero…"

"¡Pero nada! Ya se enterará cuando se case."

"Pero… ¿Como sabré que hacer? Quiero decir, yo sé… he visto a los animales hacerlo. Pero no me puedo imaginar cómo, entre un hombre y una mujer…" continuó Demelza vacilante aún mas escondida en la bañadera.

"¡Pues no debe pensar en eso Señorita! Las jóvenes respetables no piensan en ello. Cuando se case lo averiguará. Cuando llegue su noche de bodas, sabrá que hacer."

"¿Tu me lo dirás?"

La mujer suspiró "Dios me ampare... Si, y su marido le dirá que hacer también."

"¿El sabrá qué hacer?"

"Si. Los hombres llegan al matrimonio con mas… experiencia."

"¿Todos?"

"Bueno, no todos. Pero la mayoría."

Demelza se quedó un momento en silencio, el perfume del jabón con pétalos de rosas que había traído de Francia inundaba sus sentidos. Cerró los ojos. Con sus manos bajo el agua, Demelza apretó los lados de su cintura, en el mismo lugar en el que el muchacho, Ross, como le había pedido que lo llamara, la había tocado. ¿Sabría él que hacer? ¿Lo habría sabido Francis?...

"¿Crees que Francis sabía qué hacer?"

Eso pareció colmar la paciencia de Prudie, quien se puso de pie y se acercó a la bañera con una toalla y la urgió a salir del agua y dejar de decir tonterías.

Ross y Demelza no mencionaron lo que había ocurrido esa mañana a nadie, ni siquiera entre ellos mismos. La única prueba de que algo había ocurrido era que la Señorita Demelza, cuando estaban solos, ahora lo llamaba por su nombre. Aunque seguía siendo 'muchacho' cuando le hablaba adelante de alguien. Ross había escuchado con atención cuando durante el desayuno Jinny le había preguntado cómo estuvo la fiesta y la Señorita se había puesto muy seria y había contado que la noche había sido muy calurosa y había demasiada gente como para poder disfrutarla. Aunque si había conocido a una joven muy simpática, le había dicho a Jinny. Una heredera, sobrina de un importante hacendado del condado. Luego, al pasar, mientras Ross terminaba su segunda rodaja de pan con manteca y mermelada y Jinny ya comenzaba a levantar los platos, dijo "Oh, y Elizabeth y Francis van a tener un hijo. Iré a ayudar a Jim con los animales. Muchacho, ve a ver si puedes encontrar un par de conejos para que Jinny prepare un estofado, mientras puedes comenzar con el pan ¿sí, Jinny?" – la jovencita asintió – "Jud, tengo una lista de cosas que debes traer del pueblo." Todos la miraron y luego cruzaron miradas entre ellos mientras ella evitaba mirar a alguien. Uno a uno se fueron levantando a hacer sus quehaceres, todos excepto Prudie que se acercó a Demelza. Ross la escuchó preguntarle si estaba bien, y a la Señorita responder que sí, que deseaba que fueran felices, aunque todos se habían dado cuenta cuán afectada estaba por la noticia.

Ross pensó en esa mañana durante varios días, cuán molesta estaba cuando la había encontrado y porque la había encontrado allí sola, cuando el estúpido de Francis Chynoweth debería haberla traído a casa en el mismo carruaje en que la había ido a buscar. Ross se molestó al pensar en la Señorita Demelza caminando sola al amanecer desde donde fuera que quedara la casa de su familia. La próxima vez el mismo se encargaría de que eso no volviera a suceder. Si es que alguna vez había una próxima vez, porque desde ese día la Señorita rara vez salía de la casa. Solo para ir a Sawle, a comprar cosas. Harina, azúcar, sal, y cosas que necesitaban para la casa. Demelza iba con Jinny, aunque ella se quedaba en el puesto que tenía su madre en la feria con algunas de las verduras que al fin habían cosechado de la pequeña huerta que la Señorita había sembrado junto a la casa. Demelza también aprovechaba esas oportunidades para ir al banco y visitar al viejo Pascoe que había sido íntimo amigo de su padre y se encargaba de llevar sus asuntos. Sus cuentas no habían mejorado mucho desde que ella había regresado, aún quedaban deudas por pagar y la situación de sus inquilinos no auguraba un buen fututo, aún con la cosecha, no era suficiente.

Ross la esperaba cerca de la posada, ya había cargado todas las compras en el caballo y estaba listo para volver a Nampara. El también, por consejo de la Señorita, había abierto una cuenta en el banco adonde depositaba su humilde sueldo. Demelza le había presentado al Sr. Pascoe, de quien le había dicho era un hombre de confianza y quizás en un futuro podría ayudarlo cuando necesitara algo. Era extraño para Ross pensar en el futuro. El, que siempre había vivido día a día y nunca había tenido nada. Ahora ya tenía varios sueldos ahorrados, menos lo que se había gastado unos meses atrás, y no tenía ningún tipo de gastos. El techo y la comida los proveía su ama y el no necesitaba nada más. Trabajaba duro, a la par de ella, aún cuando Jud y Prudie, que eran los otros dos sirvientes que vivían en la casa, eran un par de holgazanes. Ross se lo había mencionado a la Señorita en una ocasión y ella le había dicho que eran los sirvientes de su padre y los habían ayudado en los momentos más difíciles y, además, Prudie era como una madre para ella. Ross había tenido oportunidad de hablar bastante con Demelza. Ella le había contado la historia de su familia, sobre su madre y su padre, su viaje, sobre su tío en Trenwith aunque había omitido mencionar al Sr. Francis. Ross también le había contado sobre su vida, mucho menos interesante y llena de miseria, pero ella lo escuchaba con atención, le hacía preguntas y parecía realmente interesada.

Ross guió el caballo de la Señorita por las calles de Sawle, no era la primera vez que el la esperaba para volver, y como las veces anteriores, se daba cuenta de las miradas chismosas de los pueblerinos que los observaban y murmuraban al verlos pasar. La Señorita Demelza parecía no notarlo, pero a Ross realmente le molestaba. No quería que nadie hablara mal de ella, no se lo merecía. Si bien era muy joven, su ama era una persona amable y generosa, con la cabeza bien puesta y mucho más capaz que los hombres más importantes del condado. De haber sido hombre, Ross creía, hubiera sido una persona muy influyente, y nadie hubiera siquiera volteado la cabeza al verla pasar para murmurar, pero ver a una joven hermosa, huérfana y con algo de dinero acompañada por su joven sirviente solamente generaba cotorrerío. Más porque Ross ya no era el mismo desde que vivía en Nampara. Además de la cuenta en el banco, Ross ahora estaba siempre aseado y bien vestido. Demelza había revuelto entre la ropa de su padre y había encontrado unas cuantas camisas, un par de chalecos y pantalones que habían arreglado a su talla junto con Prudie. Hasta Jud había colaborado y le había obsequiado un tricornio porque "ningún hombre es hombre sin un sombrero", había dicho. Ross se había comprado un par de pañuelos para el cuello en una de las visitas al pueblo. No había vuelto a ir a ver a Margaret, pero si se la había cruzado mientras recorría la feria para hacer tiempo una vez. Ella se lo mencionó, se le insinuó prácticamente. Le dijo que la próxima no haría falta que le pagara y que podía visitarla cuando quisiera. A Ross le había causado gracia que finalmente lo que sus amigos resultó ser cierto, pero la sonrisa en su rostro se había borrado cuando la mujer había agregado "Si eres suficiente para esa niña rica, seguro lo serás para mí." Ross se había alejado sin siquiera despedirse.

Demelza miraba ausente las figuras que los rayos de sol formaban al pasar entre las copas de los árboles. La reunión la había dejado preocupada, a pesar de todo su trabajo aún no era suficiente. ¿Qué más podría hacer? Sacar un préstamo no era una solución viable, obtendría dinero rápido pero ¿cómo lo pagaría después? La cosecha, por más campos plantados que tuviera, no era una apuesta segura. Una lluvia, un fuerte viento, una sequía y se podría perder. Lo que cosecharán hoy no era seguro que se repitiera el año entrante. No, debía pensar en otra cosa…

"Esta muy callada hoy." Ross dijo interrumpiendo sus pensamientos. El joven iba caminando al lado del caballo, guiándolo por las riendas.

"Oh. Disculpe, tengo la cabeza en cualquier lado. ¿Quiere subir?" Demelza acomodó su cuerpo acercándose al pomo del caballo y saco el pie del estribo. Así hacían habitualmente cuando iban al pueblo, el muchacho cargaba las cosas y guiaba al animal hasta que estaban lo suficientemente alejados del pueblo y luego él se subía al caballo también y juntos cabalgaban hasta Nampara. Demelza no veía nada de malo en ello, después de todo solo tenía un caballo y ni Morena iría a paso de hombre ni ella dejaría atrás al muchacho cuando había una solución perfectamente razonable. Aún así Ross había sugerido que evitaran el camino cuando montaban juntos. No sea cosa que alguien los viera y desparramara el cuento por ahí. A Demelza le importaba muy poco si alguien los veía, pero aún así había aceptado su sugerencia. Ross montó detrás de ella, y ella aceleró el paso de Morena y la guió hacia los árboles.

"¿Malas noticias?" pregunto Ross junto a su oído. Cuando cabalgaban así, por más que el muchacho procuraba mantener cierta distancia, era imposible que sus cuerpos no se tocaran. El subir y bajar del caballo hacía que se acercaran, Ross la tomaba de la firmemente de la cintura para sujetarse, estirando sus brazos, pero era imposible. Al cabo de un rato la espalda de Demelza se rozaba con el frente de su cuerpo, su trasero bien cubierto por la tela de su capa y vestido terminaba sentado prácticamente sobre su muslo y Ross siempre se olvidaba de que debía mantener sus brazos firmes y terminaba con las manos descansando sobre sus caderas.

"Nada que no supiera. Mi padre tenía deudas y me llevara un tiempo pagarlas… Lo haré algún día, eso no es lo que me preocupa."

"¿Y qué le preocupa?"

"La gente." Dijo ella suspirando.

"La gente sin comida, sin techo ni abrigo para pasar el invierno…"

"¿Los considera su responsabilidad?"

"¿De quién si no? Por más que la cosecha sea abundante, no será suficiente. Tiene que haber algo más que se pueda hacer…"

"La gente necesita trabajo…" dijo Ross – "quizás pueda contratarlos a todos y ofrecerles comida, trabajo y techo tal y como hizo conmigo." Ross apretó levemente los dedos en su cintura. Desde atrás de ella como estaba, logró ver un leve sonrisa, Demelza se dio vuelta para mirarlo un segundo y él sonrió también.

"Lo haría si pudiera, pero tiene que haber otra cosa que pueda hacer."

Lentamente Morena fue dejando atrás los pequeños grupos de árboles, ahora cabalgan un poco más rápido sobre los morros de la costa, el mar ya se dibujaba a su lado y aquí y allá podían ven en la distancia asomar las chimeneas de lo que habían sido las minas de cobre que se habían explotado durante generaciones en ese rincón de la tierra. Demelza las contemplo también. Fue Ross quien dijo "Esta es una tierra minera." Como si hubiera leído su mente. "Hay trabajo abajo, en las minas. Pero los dueños no quieren contratar más gente, no quieren invertir dinero en buscar nuevas vetas. Y las hay. Todos mis amigos dicen que hay mucho cobre ahí abajo para desenterrar."

"¿En qué mina trabajan sus amigos?"

"Wheal Leisure."

"La mina de mi padre."

"Si." Dijo Ross y ambos continuaron lo que quedaba del camino en silencio, cada uno absorto en sus pensamientos que se dirigían hacia la misma dirección, al igual que ellos.

Cuando Nampara estuvo a la vista Demelza detuvo un momento el caballo para que Ross se bajara. Ella siguió a trote y el la siguió caminando detrás. No hacía falta decir nada, así se lo había sugerido él la primera vez que habían montado a Morena juntos, "así evitará que Prudie la regañe y que Jud me regañe a mí", había dicho y eso habían hecho cada vez que volvían del pueblo. Ross y su ama tenían un cómplice entendimiento del que no hacía falta hablar. Generalmente lo demostraban cuando trabajaban, uno a la par del otro, o cuando tenían que lidiar con algún animal enfermo, o simplemente llevar a los animales de vuelta al granero cuando una lluvia los sorprendía. Demelza los rodeaba con Morena colina arriba y el los guiaba junto a Garrick de vuelta a casa. La señorita había escuchado su sugerencia de comprar varias vacas más y todos los días las llevaban a pastar cerca de uno de los acantilados. Ross le había preguntado si no compraría otra cabra y ella le había dicho que aún no, que con Blanquita era suficiente y "menos mal, porque no se para que tiene a esa." Le había dicho él. Semanas después Demelza le había preparado una cena exclusivamente para el, pan y el queso más exquisito que jamás había probado y un vaso de leche para acompañar. Demelza lo miraba divertida mientras comía y él había tenido que admitir que tenía razón. Esa noche la Señorita en vez de sacar las cartas del cajón había traído una pluma, el tintero y varios papeles.

"¿Qué es esto?"

"Va a aprender a leer Sr. Poldark." No había sido una pregunta, se lo había dicho.

La Señorita Demelza mojó la punta de la pluma en la tinta negra y cuidadosamente había escrito dos palabras en una de las hojas, luego la había puesto frente a él. "¿Sabes que dice aquí?" Ross contempló el papel un momento y negó con la cabeza algo avergonzado.

"Este es tu nombre. Aquí dice Ross Poldark. Ya aprenderás a escribirlo, y muchas otras cosas. Comenzaremos con las letras…"

"Mi segundo nombre es Vennor."

Demelza tomo el papel de nuevo y sonriendo volvió a escribir. "Aquí tienes, Ross Vennor Poldark… ahora comenzaremos con las vocales…"

Y así durante las noches se quedaban a estudiar. Ross ya había aprendido todas las letras del abecedario y tambien había practicado escribir su nombre, copiandolo de aquella hoja que Demelza había escrito la primera vez. También había aprendido a escribir Demelza. "Dime una palabra que empiece con A." le había preguntado ella una noche. "Árbol." – "Con B" "Barco." Demelza anotaba una palabra en cada hoja para que luego él las copiara. Lo que más le costaba era dibujar los trazos pequeños, las letras de la Señorita era prolijas y las de él torpes y grandes. Ella le había dicho que lo importante era que entendiera lo que escribía, que con práctica ya mejoraría la caligrafía. "Con C." "Caligrafía." – "Esa es una difícil. Con D?" "…Demelza." Demelza había sonreído y había escrito su nombre en el papel. "Con E…" y él había aprendido a escribirlo. No era tan complicado una vez que recordaba que sonido correspondía a cada letra.

Demelza también esperaba que llegara la noche para poder enseñarle. A veces por las tardes, mientras trabajaban, Ross le preguntaba cómo se escribía cierta palabra y ella se la deletreaba y lo veía esforzarse tratando de recordarla para escribirla por la noche, pero no tenían mucho tiempo durante el día. Su sirviente la había impresionado con lo rápido que aprendió el abecedario y ya era hora de que pasaran a algo más complejo. Demelza le había comprado un libro ese día en el pueblo, ya se lo daría cuando creyera que estuviera listo.

Habían pasado varios meses ya desde la noche del baile y Demelza había hecho todo lo posible para no pensar en ella. La panza de Elizabeth debería estar redonda ahora, y Demelza pensaba que si no fuera porque Francis era el padre ella podría visitarla y compartir ese hermoso momento de su vida como siempre habían compartido todo cuando eran niñas. Quizás no era tan extraño, pensó Demelza, que compartieran el amor por un mismo hombre ahora. Aunque no había nada que compartir, claro, porque Francis estaba con ella y Demelza no lo había vuelto a ver. Nampara había florecido en esos meses, la llegada del otoño no la había marchitado, al contrario, el cambio de aire, las cortinas flotando en el viento, las velas encendidas al caer la tarde, le habían dado una vida que ella no recordaba que tuviera desde que su madre vivía. Todos parecían satisfechos al terminar el día, aunque a ella la atormentaban otros problemas, como como pasarían sus inquilinos el invierno, aún así ella se sentía complacida al final del día también, cuando por la noche se quedaba enseñando a leer y escribir al muchacho, a Ross. Durante esos meses el hombre se había vuelto parte integral de la casa, como si hubiera estado siempre allí. Demelza no podía imaginarse Nampara sin él y para ella también era una agradable compañía. Se había establecido entre ellos una comunicación que muchas veces no necesitaba de palabras, aunque pudieran hablar durante horas a la luz de una vela cuando todos ya se habían ido a dormir. Y cuando su cabeza caía rendida en la almohada Demelza no podía evitar pensar en ese día en la caleta. En su cabello y su pecho mojado, en el contorno de su trasero bajo el ondular del agua viniendo hacia ella… Prudie le había dicho que no estaba bien que una dama pensara en esas cosas, que eso ya llegaría con el matrimonio, pero a este paso Demelza estaba casi convencida de que se convertiría en una solterona. "Pero que cosas dice, niña. Con 17 años aún tiene mucho tiempo por delante" le había dicho Prudie cuando ella se lo dijo. Pero no le había dicho nada más, Demelza se había dado cuenta que Prudie no era la persona con quien debía hablar de eso. En esos meses había intercambiado cartas con Caroline Penvenen. Aunque por supuesto no había sido tan abierta por correspondencia, Demelza creía que con ella podría compartir sus pensamientos y, aunque quizás ella no tendría respuestas, al menos se podrían reír un rato. Pero Caroline continuaba en Londres y sin planes de regresar a Cornwall en un futuro cercano.

Se había levantado un fuerte viento una mañana. Demelza estaba en la cocina ayudando a Jinny a preparar el almuerzo. El cielo se había oscurecido de repente y había caído un rayo que retumbó en toda la casa e hizo temblar las ventanas. De repente se había largado a llover torrencialmente. Demelza, limpiándose las manos en el delantal se asomó a la puerta de la cocina. Jud corría detrás de las gallinas tratando de que entraran al gallinero, Ross y Jim habían llevado a los animales a pastar al acantilado. Fue Garrick quien la alertó que algo no andaba bien. Mirando hacia afuera junto a ella en la puerta, sus orejas se pararon alertas, el perro dio un fuerte ladrido y salió corriendo bajo la lluvia. Demelza lo miró sorprendida y con preocupación dirigió su mirada hacia la dirección del acantilado, hacia donde el perro había corrido y hacia adonde esperaba que Ross y Jim aparecieran con los animales en cualquier momento, pero no lo hicieron.