La vida podía ser tan simple para un hombre como Ross. A sus 27 años, nacido en la pobreza, de padre minero, destinado él también a trabajar en las minas de cobre, podría seguir el mismo camino que la mayoría de los jóvenes de la región. Conocer a una joven, quizás hija de un minero también, quizás una de las pedreras que separaban la roca del mineral, o quizás la hija de un humilde granjero, una joven sencilla a quien él pudiera cortejar y con quien luego pudiera casarse y formar una pequeña familia. Pero eso no era posible, su corazón no se lo permitía y no tenía a nadie a quien culpar por ello más que así mismo. Por meses había mantenido encendida una luz de esperanza en su interior de que él podía ser digno de una mujer como la Señorita Demelza. Que lo que ganaba en la mina lo hacía más loable, que podría invitarla a su casa ahora que tenía una, o que podrían caminar juntos por las calles de Sawle sin que la gente se volviera a verlos porque él era un pobre diablo. Que tonto había sido. ¿Como lo podría haberlo siquiera imaginado? En esos meses en que él había estado pensando en ella, ella se había comprometido con otro hombre. Y ese hombre no podía ser más distinto a él. Y no podía creer que la Señorita Carne lo hubiera elegido a él entre todos en el mundo para darle su mano. George Warleggan. Oh, Ross lo conocía bien. No a él directamente, pero a su nombre. Los Warleggan eran hombres de negocios en la región, entre ellos eran dueños de varias minas. De Wheal Reath y de la mina en la que él trabajaba años atrás, la que habían cerrado sin importar dejar a todos sus trabajadores en la calle. Caballeros ricos y sin escrúpulos a los que lo único que les importaba era obtener ganancias y a la primera señal de que la mina disminuía su rendimiento la cerraban sin más. Y ella había elegido al heredero Warleggan para que sea su esposo. Ross no salía de su asombro, la cabeza le explotaba. Claro que él no era nada para ella. Solo su sirviente, su granjero, y lo demás no había sido más que un juego, algo con que pasar el tiempo. Digno solo de limosnas.
"¡Capitán Poldark!" lo había llamado Jinny cuando salía de Nampara a toda velocidad. "Espere un momento, la Señorita Demelza dejó algo para usted." Pues él no quería nada de ella. Nada proveniente de una mujer que podía ser tan estúpida como para comprometerse con un Warleggan. La joven regresó un instante después con una canasta que dejó en sus manos y volvió adentro con una sonrisa cómplice que él no llegó a ver. Como tampoco vio el contenido de la canasta hasta que llegó a su pequeña casa. Caminando de un lado a otro, al fin había levantado el mantel que cubría su contenido. Varias hogazas de pan, dos hormas de queso, tres frascos con preservas de distintas frutas y dos botellas de leche. Caridad. Perfecto.
Pero el no necesitaba de sus dádivas. Y la mañana siguiente Demelza se sobresaltó cuando Ross dejó caer la pesada canasta sobre la destartalada mesa que hacía de escritorio en el cuarto que hacía de oficina en la mina. Demelza había madrugado y allí se había dirigido en una carreta llevando de vuelta los libros. Se había quedado casi toda la noche despierta estudiándolos. No entendía la mitad de lo que estaba escrito, la letra era ilegible, y lo que sí llegaba a entender tenía tantas inconsistencias y errores que le sorprendía que Leisure no hubiera presentado la quiebra por mala administración. Estaba tan concentrada que no lo escuchó entrar, solo el ruido de la canasta que casi la hace caer de la silla. Demelza miró primero la canasta que con tanto cuidado y apuro había preparado la tarde anterior, cuando había regresado a casa después de visitar la mina y de enterarse que el muchacho sería el nuevo capitán. Tenía la intención de dársela en persona pero Ross se había escabullido en medio de la gente que la saludaba, por suerte Jinny había alcanzado a dársela.
"¿No le gustó el…"
"No necesito de sus limosnas."
"¿Qué?"
"¿George Warleggan? ¿En serio va a casarse con George Warleggan?" – Ross tampoco había podido pegar un ojo durante la noche. Dando vueltas en la cama una y otra vez. Estaba furioso. Con ella, con el. Con ese estúpido advenedizo que de seguro lo único que quería era su dinero. Y ella era tan tonta como para casarse con él, y el tan idiota como para importarle. – "¿Acaso no sabe quién es él? ¿Lo que su familia le ha hecho a la gente pobre, lo que hacen a sus trabajadores? Acaso es tan ingenua, tan…. estúpida como para comprometerse con alguien como el?"
Demelza se había puesto de pie. Enfadada también.
"Será mejor que cuides tu lengua muchacho. ¿O acaso te olvidas con quien estás hablando? Háblame una vez más con ese tono y verás quién es el ingenuo si crees que voy a dejar que te dirijas a mí de esa manera. No tienes ningún derecho a cuestionar mis decisiones respecto a mi vida personal…"
"Quizás no, pero soy el capitán de esta mina y tengo la obligación de cuidar de sus trabajadores y los Warleggan tienen una larga tradición en deshacerse de ellos sin ningún escrúpulo…"
"Los Warleggan no son dueños de esta mina, yo lo soy."
"Si pero el dijo…"
"Yo tengo la mayoría de las acciones y yo tomaré todas las decisiones en lo que se refiere a Wheal Leisure. Si eso es lo que le preocupa le aseguro que George ni siquiera se aparecerá por aquí, tiene otros negocios más importantes que atender. Ahora si podemos empezar a trabajar de una buena vez…"
Demelza había permanecido distante toda la mañana. Enojada con el muchacho por atreverse a hablarle de esa forma. No era quien para cuestionar con quien decidía ella casarse. No cuando eso era exactamente lo que él le había sugerido meses atrás. Hacer lo que una dama en su posición debía hacer. Encontrar un marido de familia respetable y con dinero. Al menos George no la desestimaba por ser mujer, después de todo, ella había demostrado ser más astuta que él en los negocios. A su tío Charles la noticia lo había complacido mucho, el también conocía a la familia Warleggan. Demelza había descubierto que su tío estaba muy endeudado y la mayoría de sus créditos estaban en posesión del banco de la familia de George. Seguramente su tío pensaba obtener algún beneficio al unirse George a la familia. Francis apenas si le había hablado después de que ella diera la noticia y Elizabeth se había mostrado genuinamente contenta, la había abrazado y felicitado, y había comenzado a decir cosas sin sentido como que los cuatro saldrían a fiestas juntos o se reunirían en Trenwith o que sus hijos jugarían juntos. Francis pareció palidecer. Pero la irreverencia demostrada por el muchacho esa mañana, eso sí la había disgustado. Y el parecía estar molesto también. Apenas si la miraba. Ross se había sentado al otro lado del escritorio y había comenzado a revisar los libros también, después de todo tampoco los había visto. Ambos estuvieron de acuerdo en que eran un desastre. Llamar a Tholly para que les aclarara lo que no entendían no serviría de nada, probablemente el tampoco lo sabría. Así que habían decidido empezar de cero. Harían un inventario de cada activo de Wheal Leisure, Ross se aseguraría de que los mapas de la mina estuvieran actualizados y juntos bajarían a revisar cada veta y a hablar con los mineros personalmente.
Henshawe llegó sobre el mediodía pero para entonces ya todo estaba encaminado. Por suerte el si tenía un poco más de idea de los ingresos y gastos de la mina ya que trataba habitualmente con los antiguos accionistas de los cuales podía conseguir los balances de los últimos años para que la Señorita los viera. Como era la costumbre en los hombres que trabajaban bajo tierra la labor no se detenía durante la hora del almuerzo y la actividad no disminuía aún cuando comían pero Demelza, siendo su primer día, había ordenado a Jinny que le llevara la comida a Leisure. Y también le había pedido que llevara comida suficiente para dos, pensando en que almorzaría con el muchacho. No sabía porque había pensado en que las cosas entre ellos podrían seguir como eran antes, aún con lo que había sucedido había creído que podrían seguir trabajando juntos y siendo… amigos. Al final, Demelza le pidió a Jinny que se quedara a almorzar con ella. Ross observó como ambas buscaron un rincón cubierto de pasto cerca del borde del acantilado y se sentaron a comer. Las dos conversaban animadas, Ross las espiaba disimuladamente comer sus pasteles y beber la cerveza que de seguro habían fermentado en el cuartito detrás de la cocina de Nampara. El sol del mediodía se reflejaba en el agua del mar y parecía hacer brillar los acantilados como si fueran de oro. La leve brisa de verano besaba la hierba y la hacía danzar perezosa alrededor de la mina, mientras ellas seguían hablando y a veces riendo. Ross pensó que podría acercarse y sentarse allí también, quizás le convidarían un pastel, pero de seguro eso pondría de mal humor a la Señorita. Se la veía resplandecer sobre el inmenso mar, contenta cuando hablaba con Jinny. Quizás lo estaba, sin dudas la frialdad con la que lo había tratado ese día era debido al arrebato que había tenido con ella esa mañana, después de todo no se había comportado así con él en la fiesta, mientras bailaban. Tal vez ella si era feliz, se suponía que uno era feliz cuando estaba por casarse. Ross descartó la idea si el prometido era George Warleggan.
Jinny también estaba comprometida. Eso le había contado a Demelza durante el almuerzo. Jim y ella habían cuidado muy bien de Nampara durante su ausencia y ahora ella quería recompensarlos dándoles un lugar adonde vivir. Cuando tuviera tiempo iría a visitar las cabañas a ver si alguna estaba en buen estado para dárselas. Cuando volvió a la oficina su humor había mejorado bastante y la próxima tarea le emocionaba también. Había llegado la hora de bajar a los túneles. Ross no dijo nada mientras ella se cambiaba los zapatos por unas botas adecuadas para a andar en el barro y se sujetaba el cabello, pero si se aseguró de que nadie entrara a la oficina mientras lo hacía. Luego encendió un par de velas y le dio una a Demelza. Pero al momento de bajar por la escalerilla Ross se dio cuenta que no podría hacerlo si debía sujetarse la falda, sostener el candelero y agarrarse de la escalera.
"Espere." Dijo el al verla titubear.
"Puedo hacerlo." Respondió ella, más por capricho que por creerse realmente capaz, pero estaba claro que no podría hacerlo. Ross no le dijo nada más, solo buscó algo mientras ella intentaba encontrar la forma de bajar por la trampilla.
"Permítame." Ross le quitó la vela de la mano y antes de que ella protestara colocó un pesado casco de metal en su cabeza que sujeto con una tira de cuero bajo su barbilla. Demelza permaneció muy quieta mientras lo hacía pero solo fue un instante y Ross tuvo mucho cuidado de no rozar su rostro con sus dedos. Luego tomo la vela y la volvió a encender y la aseguró en la pequeña hendidura que el casco tenía para ello justo arriba de su cabeza.
"Listo. Ahora puede usar las dos manos para bajar." Dijo el sin mirarla y desapareció con su vela por la pequeña puerta en el piso.
Demelza no se quedó mucho tiempo allí pensando lo ridícula que seguramente se veía con una vela encendida en su coronilla, pronto estuvo descendiendo la escalerilla también. Sus ojos tardaron un momento en adaptarse a la oscuridad, y tampoco era sencillo ver cuando intentaba mantener su cuello recto para que la vela no se cayera de su cabeza. Pero finalmente consiguió bajar de nuevo. Esta vez Ross no la ayudó a descender el último escalón pero ella recordaba que era más largo que los demás y lo pudo sortear sola y con bastante gracia. Ross ya había encendido un par de lámparas y ella se quitó el casco y juntos empezaron el recorrido. La mina era inmensa y los túneles formaban laberintos de los que sería imposible salir si uno se perdiera en ellos. Internamente agradeció que el muchacho estuviera allí para guiarla, que fuera él y no cualquier otra persona. ¡Judas! Definitivamente no le hubiera gustado recorrer esos túneles sola con Tholly Tregirls, el solo pensarlo le daba escalofríos.
"¿Se encuentra bien?" le había preguntado Ross entre las sombras, la había visto tiritar y caminar de prisa detrás suyo. Si no la conociera se atrevería a decir que estaba un poco asustada.
"Si, si… es como un laberinto aquí."
"Lo es. No se preocupe, pronto conocerá estos túneles como la palma de su mano."
Demelza esperaba que fuera así en verdad. Primero recorrieron los lugares que ya estaban siendo explotados, luego de la fiesta de la noche anterior todos saludaban cordialmente a Demelza mientras ella inspeccionaba las vetas y hablaban acerca de la calidad y cantidad de cobre que podrían sacar de allí. Cada vez que tenían que descender un nivel, ella se volvía a poner el casco y Ross se acercaba a encender la vela sobre su cabeza sin decir palabra. Recorrer todo el lugar les llevaría días, documentar toda la mina seria trabajo para varias semanas. Cuando decidieron que ya era hora de volver a subir Ross se acercó de nuevo, estaban en el nivel más profundo y no había nadie allí. Ross encendió la pequeña llama que parpadeo unos segundos antes de encenderse pero esta vez no se quedó en silencio. Demelza estaba cubierta de barro, no solo su vestido también tenía sucia las manos con las que había manchado sus mejillas y su nariz.
"¿Lo amas?" preguntó Ross. Demelza levantó la cara para mirarlo y la luz volvió a parpadear en su coronilla. Por un momento todo lo que se escuchó fue su respiración. Ella no amaba a George, claro que no. Al fin y al cabo nadie le había dicho que buscara alguien a quien amar, lo que le habían dicho era que buscara un marido, y eso había hecho.
"¿Porqué te casarás con el si no lo amas?" su vos sonaba a reproche, como si en eso también tuviera derecho a criticarla.
"George es dueño del 15% de las acciones de Wheal Leisure. Cuando nos casemos, la mina será mía." Dijo ella en una voz tan baja que ni el eco la había oído. Pero el si…
"Cuando te cases con él, será él quien será el dueño. Así como lo será de todo lo que posees. De seguro eso no le pasó inadvertido."
"¿Porque la única razón por la que alguien se casaría conmigo es por mi dinero?" Demelza se dio vuelta de manera tan brusca para comenzar a subir la escalera que la llama de la vela se apagó sobre su cabeza. Ella no esperó a encenderla de nuevo. A tientas en la oscuridad subió lo más de prisa que pudo. Nivel tras nivel, Ross la seguía detrás pidiéndole que no subiera tan deprisa, que se podía caer. Pero la única vez que se detuvo fue cuando necesitó ayuda en el último tramo, para lograr alcanzar el primer escalón. Demelza trató de buscar en las sombras algo para usar como taburete, pero no fue necesario. Ross llegó también y sin decir nada apoyo la lámpara que sostenía en el suelo y la tomó por la cintura para ayudarle a subir.
"No le preparé esa canasta para que pensara que le estaba dando limosnas." Dijo cuando hizo pie en el escalón – "Se la quise dar como un presente, un regalo para felicitarlo por su nuevo cargo."
Demelza subió rápidamente la escalerilla y salió a la oficina. Tironeando del nudo bajo su barbilla se quitó el casco, tomó sus zapatos y la canasta de arriba del escritorio y su fue. Ross la llegó a ver mientras salían por la puerta.
Maldición. La vida era todo excepto simple.
NA: Gracias por leer!
