Demelza estaba sentada en la oficina de la de la mina abanicándose con un par de hojas mientras intentaba pasar en limpio los libros de los últimos dos meses. Hacía un calor terrible y ese pequeño cuarto de madera parecía un horno. Afuera el sol era fulminante y de verdad hubiera preferido bajar a recorrer los túneles adonde al menos la luz del sol no se colaba. Pero el muchacho, o el Capitán Poldark como debía decirle, había bajado a inspeccionar los avances para actualizar los mapas de cada nivel y así poder tomar una decisión acerca de lo que harían a continuación. Eso es lo que ella le había ordenado. De esa forma no se verían tanto. Demelza aún estaba molesta por todo lo que el le había dicho e insinuado en su primer día en la mina y, si tenían que trabajar juntos, prefería no tener que pasar tanto tiempo con el para evitar alguna otra confrontación. Así que lo había exiliado a los túneles. Había pedido que bajaran una mesa y una silla para que pudiera dibujar los planos de cada nivel y de esa forma, mientras ella trabajaba y controlaba las labores en la superficie, evitaba verlo la mayor parte del día. Aunque ahora daría cualquier cosa por bajar a la fresca oscuridad donde él estaba.

Cuando Ross subió a la oficina la Señorita Demelza estaba acomodando los documentos y cuadernos en un mueble con llave que tenían cerca del escritorio. Ross se había quedado hasta tarde el primer día limpiando la pequeña oficina, había reemplazado la destartalada mesa y sillas por unas más presentables y había ordenado a uno de los trabajadores que reparara las goteras que había en el techo. La lluvia ya no entraba, pero el sol se colaba por cada rendija que había entre las maderas que hacían de paredes. Demelza estaba transpirando. Su piel color marfil estaba cubierta por una capa de sudor con un leve tono rosado y de tanto en tanto se abanicaba con los papeles que estaba ordenando. "¿Todo bien por aquí arriba?"

"Si. Todo en orden." Esa era, más o menos, toda la conversación que habían tenido en los últimos días. Ross sabía que ella lo estaba evitando y el mismo no sabía muy bien cómo actuar o que decir cuando estaba cerca de ella. Como volver a esa cordial y amistosa relación que parecía haber entre ellos antes de que ella partiera, antes de aquella noche y que por un momento había sentido que aún estaba allí mientras bailaban en la fiesta. Quería decirle que lo sentía, que había mal interpretado el gesto de la canasta, quería decirle que la extrañaba, que lo había hecho durante todos esos meses, pero sobre todo quería decirle que George Warleggan no era el hombre para ella. Ella se merecía más, mucho más. Y eso le daba rabia, que ella se hubiera prometido a ese hombre y entonces creía que no sería capaz de dirigirle la palabra sin ser brusco o torpe… o celoso. Y entonces no decía mucho, ni ella tampoco. Lo había exiliado a los túneles para no tener que verlo.

"Continuaré con esto mañana." Demelza dijo pasándose la mano por la frente y agitando la otra para darse aire. El la miraba de reojo.

"¿Se siente bien?"

"Si, solo es el calor." Le respondió intentando aparentar que nada le sucedía. En realidad la cabeza se le partía. De todas formas ya era hora de irse, tenía que estar en Nampara temprano ese día, George iría a visitarla. Aunque la caminata bajo los ardientes rayos de sol de la media tarde no la entusiasmaban.

"Tomé, beba un poco de agua." Ross le ofreció la cantimplora que llevaba colgada en la cintura. Demelza vaciló un instante pero la tomo de sus manos. Del pico bebió el agua, se sentía fresca en su garganta y la hizo sentirse un poco mejor, aunque aún se sentía bastante agobiada.

"Gracias. Debo irme."

"¿Tan temprano?" Ross habló sin pensar mientras tomaba de vuelta la cantimplora de sus manos. No había tenido intención de que sonara como un reproche pero así había salido y Demelza lo fulminó con la mirada, pero al ver sus ojos no lo encontró enojado, más bien sorprendido como ella frente al tono de su propia voz y quizás, tal vez algo preocupado.

"Tengo que hacer cosas en Nampara." Dijo ella decidiendo que lo que el había dicho no había sido una crítica. Rápidamente se puso el sombrero y con dedos torpes lo sujetó a su cabello para que la brisa del mar no se lo volara, poco haría por protegerla del sol a esa hora de la tarde. Ross continuó acomodando y guardando los papeles mientras ella se preparaba, no se veía nada bien. De vez en cuando seguía agitando la mano frente a su cara y al respirar exhalaba por la boca, como quien quiere controlar su respiración para evitar desmayarse. Cuando finalmente pudo sujetar su sombrero y estaba a punto de irse Ross le dijo que la acompañaría.

"No es necesario, puedo ir a mi casa perfectamente bien sola." Si las paredes no hubieran estado llenas de huecos su voz habría retumbado alrededor de ellos. La cabeza se le partía. "Lo siento. No quise ser grosera."

"No hace falta que se disculpe, si alguien tiene derecho a gritar en esta mina es usted. No es el primer dueño que lo hace. Quizás hasta su padre lo haya hecho, gritar al Capitán."

Con derecho o no, esa no había sido su intención. Demelza no respondió al comentario sobre su padre, no tenía las fuerzas para hacerlo. El calor era agobiante y creía que se iba a desmayar en cualquier momento. "Me iré…"

"Voy con usted."

"No…"

"No puedo dejar que vaya sola en estas condiciones, si no quiere que vaya con usted pues bien, caminare detrás suyo. Dudo que eso pueda prohibírmelo." Ross era el molesto ahora. Demelza no se volvió a negar y juntos salieron hacia Nampara. Demelza veía puntos verdes delante suyo. El sol que refulgía sobre su cabeza parecía oscurecer su vista. Ross caminaba unos pasos por detrás preocupado. La Señorita caminaba muy despacio y tambaleándose, como a punto de caer y unos pasos después, cuando estuvo a punto de hacerlo, el estuvo a su lado en un instante sujetándola por la cintura para estabilizarla.

"Debe salir de abajo del sol, beba más agua." Ross podía sentir su cuerpo hirviendo aún a través de las capas de ropa que tenía puesta, eso no debía ayudar tampoco. Mientras ella bebía e intentaba recomponerse el buscó a su alrededor por algún lugar donde refugiarse de los rayos del sol pero no había nada más que campos, acantilados y mar. A lo lejos se veían pequeños grupos de árboles pero estaban a mucha distancia para que ella caminara, quizás podría cargarla… pero en ese momento tuvo otra ocurrencia.

Demelza le devolvió la cantimplora y se dejó llevar cuando el muchacho dijo "Venga, tengo una idea." Nampara no estaba tan lejos, aunque aún faltaba un buen trecho. Juntos caminaron un poco más. El con su mano rozando su espalda baja, en caso de que ella se desvaneciera, pero el agua le había hecho bien, aunque ya había tomado la última gota que había en su cantimplora. Un rato después entraron a los campos de Nampara pero en vez de seguir el camino que subía a la casa el muchacho la guió hacia el otro lado, rumbo al mar. Pronto estuvieron junto al cartel que decía "Propiedad Privada" allí adonde habían estado meses atrás. Una vez entendió lo que pretendía, en verdad que la idea de sumergirse en el frío agua de mar la entusiasmaba. "La ayudaré a bajar." Dijo el muchacho y tomó su mano para ayudarla a descender por la rocosa pendiente que bajaba a la caleta. Demelza apretó su mano y se sujetó de sus hombros cuando había alguna roca particularmente alta o resbaladiza. Cualquier otro día ella hubiera podido descender esa pendiente con los ojos cerrados, la conocía de memoria, pero con lo mal que se sentía estaba agradecida de que el muchacho estuviera allí para brindarle apoyo y levantarla por la cintura cuando debía dar algún salto.

Cuando estuvieron en la playa una pequeña parte quedaba cubierta por la sombra de la pared de un risco y hacia allí la llevó el, alzándola en sus brazos directamente. Ella no se quejó ni dijo nada. Cuando la dejo sobre la arena Demelza tomó bocanadas de aire, un poco más aliviada al no estar bajo el sol directo e intentando que el aire del mar llegara a sus pulmones. Ross se quedó frente a ella sujetándola hasta que abrió los ojos. "¿Crees que puedes meterte sola? Yo me quedaré allí cuidando de que no venga nadie, cualquier cosa llámame." La Señorita asintió, era extraño que estuviera tan callada. Cuando soltó sus hombros Ross se dio la vuelta y fue a pararse en la entrada a la caleta, de espaldas al mar, para darle privacidad. Cuando se sintió algo más fuerte comenzó a tirar de las cintas de su chaqueta, le costó bastante trabajo quitársela. Luego aflojó su corset, y al liberar su pecho su vista volvió a nublarse, su pecho subiendo y bajando rápidamente hasta que niveló su respiración aunque creía que no podría dar un paso sin caerse, todo alrededor parecía mecerse de un lado a otro. Demelza se quitó el sombrero e intentó desatar su pollera, estaba sujeta por detrás. Lo intento una vez, y luego otra pero lo único que consiguió fue apretar aún más el nudo.

"Ross…" Ross escuchó la débil voz que lo llamaba la primera vez. "Ross." Dijo una voz algo más clara. El se apresuró a ir hacia ella. La encontró adonde la había dejado, solo que estaba algo más pálida y no tenía la chaqueta y el corset tenía las cintas flojas. "¿Me ayudas? No puedo…" dijo ella con voz temblorosa y le dio la espalda llevando sus manos hacia el cordón que sujetaba su falda. A el le tomo un momento entender lo que quería y cuando lo hizo y se acercó, sus manos temblaban más que las de ella. Un momento después la pollera estuvo en la arena y cuando se volvió a dar vuelta y Ross terminó de desatar el corset. Demelza se quedó solo con la enagua y los calzones, el se había agachado y rápidamente le había quitado los zapatos y las medias, tan rápido que casi no sintió el contacto de sus dedos con la piel de sus piernas. Ross estaba intentando ser metódico y tocarla lo menos posible. Después de todo el solo quería ayudarla, ella no se sentía bien. Demelza se sostenía de sus hombros. Sus brazos estaban desnudos, la enagua que llevaba puesta no tenía mangas.

Apoyando las manos en sus hombros Demelza se sentía más segura. Deseaba ya meterse al mar, sumergir su cuerpo entero en el fría agua, pero así como estaba no creía poder dar un paso. "¿Puedes continuar sola?" Demelza negó con la cabeza y vio como el la miraba preocupado y a continuación se agachaba a quitarse las botas y las medias. Era todo lo que se quitaría, ya habían pasado un momento embarazoso con anterioridad. Ross la tomó suavemente en sus brazos, un brazo en su espalda, el otro detrás de las rodillas y se dirigió hacia el mar. Suavemente el agua golpeaba contra sus piernas mientras el se sumergía. El agua estaba fría pero no helada, de seguro le sentaría bien a la Señorita. Cuando el agua le llegó a la cintura se detuvo y bajo sus brazos hasta que Demelza hizo pie en la arena del fondo. Ella no alejó sus manos de él en ningún momento. El alivio fue casi inmediato. El cambio de temperatura en su cuerpo la hizo temblar, pero fue como si se evaporara todo el malestar que sentía. Tras dar unos pequeños pasos se sumergió por completo bajo el agua, había sujetado al muchacho, a Ross, de la mano y no lo había soltado, el tampoco. Sus dedos entrelazados bajo el agua. Cuando emergió sobre la superficie del mar su enagua empapada se adhirió a su cuerpo como una segunda piel revelando sus pechos desnudos y esta vez Ross estaba demasiado cerca para no verlos. Ella pareció no darse cuenta, no como la otra vez en la que solo asomaba su cabeza. Ahora el agua rodeaba su cintura y bien podría no haber tenido nada de ropa. Finalmente Demelza se dio cuenta cuando pudo enfocar sus ojos en el, ya no se sentía tan mal. El tenía los ojos fijos en otro lado.

El color volvió a sus mejillas de golpe y ella se sumergió hasta el cuello y soltó su mano y comenzó a nadar en dirección a la gran roca hasta quedar oculta tras ella. Cuando Ross recuperó un poco la razón se maldijo por mirar. ¿Pero cómo no hacerlo si esa criatura fantástica emergía a su lado de esa manera? ¿Y qué debía hacer ahora? ¿Tenia que salir del agua? ¿Irse y dejarla sola? ¿Se habría enfadado de nuevo con el o, mejor dicho, habría recordado que ya estaba enojada? Ross no tuvo tiempo de deliberarlo mucho. Otra vez desde el mar lo llamó una voz "Ross." Y como si estuviera bajo un hechizo se dirigió hacia ella. Mientras nadaba hacia la roca se le vino a la mente la idea que siempre lo haría, que siempre respondería a su llamado, que siempre querría ayudarla, que siempre sería su fiel servidor si ella lo dejaba… Cuando dio la vuelta a la piedra la vio, otra vez solo se asomaba su cabeza, pero eso era suficiente para el, y el hecho que se la veía con mejor semblante. Cuando estuvo frente a ella el también escondió su cuerpo bajo el agua. Lo que hacían sus manos bajo la superficie solo ellos lo sabrían. El malestar y el ligero mareo de Demelza se convirtieron en otra cosa completamente. Su corazón latía rápido pero por otros motivos, el calor de su piel ya no era debido a la temperatura.

"No fue mi intención que se enojara con mi regalo…"

"No, yo no…"

"Solo pensé que, que después de tantos meses le gustaría volver a probar el queso de Blanquita que a ti tanto te gustaba…"

"No debí enojarme… ¿Cómo esta la cabra?"

"Ella…" Ross no la dejó responder. Demelza, cuyos dedos estaban entrelazados con los suyos bajo el agua, había soltado su mano y la había apoyado en su pecho. Eso fue todo lo que necesitó. Después de meses de pensar en ella, en su regreso, si la volvería a ver, al fin la tenía en sus brazos, sus labios contra los suyos. Los besos fueron tiernos al principio, solo pequeñas caricias aún titubeantes mientras Ross acariciaba su rostro, pero no pasó mucho tiempo para que los dulces roces se convirtieran en algo más. Ross la rodeó por la cintura y Demelza instintivamente rodeó su cintura con las piernas. Ross era quien los mantenía a flote. Más tarde se preguntaría como lo había hecho porque no recordaba el movimiento de sus piernas bajo el agua. Solo recordaría sus brazos rodeando sus hombros, sus dedos acariciando su pelo, la suavidad de sus labios y su respiración un mismo aliento.

Cuando se separaron Demelza estaba un poco mareada, aunque nada tenía que ver con su previo malestar. Ross la sostuvo un momento más, hasta que ella levantó la vista para mirarlo a los ojos y regalarle una dulce sonrisa. El la besó brevemente de nuevo. "Tengo que irme, tengo que estar en Nampara…" susurró ella, aunque en verdad no quería decirle para que debía estar en casa temprano y sin soltar su mano volvieron a la orilla.

Cuando salieron del agua la timidez se apoderó de ella nuevamente, e intentó cubrirse como pudo con sus brazos y manos. Ross, también avergonzado, le dijo que la esperaría junto a la entrada a la caleta mientras ella se vestía y hacia allí se dirigió, su mente reviviendo una y otra vez lo que había ocurrido tras la roca mientras la esperaba.

Cuando Demelza se unió a él llevaba el corset, las medias y los zapatos en una mano y dijo algo como que no podía ponérselo sobre la enagua mojada. Ross la volvió a tomar de la mano

"¿Cómo te sientes?" preguntó.

"Bbbien… pero tengo que ir a casa." Ross la ayudó a subir camino arriba nuevamente, aunque ya no había necesidad, Demelza ya no se sentía mal.

"Creo que seguiré sola desde aquí" - dijo cuando llegaron a la cima del acantilado. Desde allí solo quedaba una corta caminata hasta llegar a la casa y los campos eran llanos, nada que representara ningun incoveniente para ella aunque aún no se sintiera bien.

"Te acompañaré." – "No, no es necesario." Ross se dio cuenta de que había algo que ella no le quería decir, alguna razón por la que no quería que fuera a Nampara y de inmediato se dio cuenta el porqué. Sus ojos se oscurecieron y Ross dio un paso atrás alejandose de ella y soltando su mano, pero ella se acercó a el, rozó su mejilla y volvió a besar rapidamente sus labios. "Nos vemos mañana en la mina." - dijo y dio otro beso y Ross no pudo más que sonreír aún sabiendo quien la esperaba en su casa. "Hasta mañana." Dijo el y se separaron. George iría a tomar el té y pasar la tarde con ella en Nampara y Ross lo sabía, o se imaginaba quien era el que la estaba esperando. Importaba poco, poco despues de lo que había sucedido esa tarde. Por ahora eso era suficiente.


NA: Perdón por la demora y muchas gracias por leer!