"¿Te sientes bien, querida?" George observaba a su prometida detenidamente. Desde que ambos habían vuelto de Londres apenas si tuvieron tiempo para pasar un rato a solas, el estaba ocupado con los negocios de su familia y ella, ella pasaba la mayor parte del día en esa vieja mina. En un par de ocasiones la había invitado a que fuera a almorzar con él en las oficinas de su banco en Truro, pero ella se había excusado que no, que estaba ocupada poniéndose al día con la administración de Wheal Leisure y que ir y volver de Truro le tomaría todo el día y que no podía apartarse de su trabajo por tanto tiempo.
Cuando George y Demelza se conocieron en el gran salón de la residencia Penvenen meses atrás, la obstinación de la joven fue una de la primeras cosas que le habían llamado la atención. George no era, ni nunca sería, un joven para quien las mujeres fueran su primera prioridad. Aún recordaba sus años adolescentes cuando todos sus compañeros del internado aguardaban impacientes la llegada del fin de semana para asistir a algún evento y así poder coquetear y bailar con las doncellas mientras él, hasta el día de hoy, no sabía muy bien que decirles. Para George una mujer era una mera distracción, algo que hacía perder el tiempo a los hombres cuando deberían estar haciendo cosas más importantes y significativas que corretear detrás de una jovencita. Pero su tío ya se lo había dicho en varias oportunidades, George estaba en edad de casarse. A decir verdad ya hacía varios años que debería haber tenido hijos, una descendencia, pero él nunca le había dado importancia ni había conocido a nadie a quien pudiera considerar tolerable. Pero aquella tarde en Londres, cuando su tío prácticamente lo había obligado a ir a visitar a Caroline Penvenen, una joven de buena cuna y adinerada que sería un gran partido para él, allí conoció a Demelza y su indiferencia captó su atención más que cualquier otra joven que hubiera conocido antes. Al principio ninguno de los dos habló mucho, Caroline se encargaba de eso, pero cuando ella comenzó a platicar lo hizo de temas que sorprendieron a George. Lo sorprendieron porque no era tópicos de los cuales una jovencita hablara habitualmente, de negocios, inversiones, proyectos. Demelza Carne tenía una pequeña granja en Cornwall y otra en el interior de Francia la cual pensaba liquidar para comprar una vieja mina y así poder ayudar a la gente pobre de su pueblo, mina de la cual el mismo poseía parte de las acciones. Eso captó la atención de Demelza de inmediato. Desde entonces, George la había ayudado a vender la finca francesa, a repatriar el dinero y a buscar accionista por accionista de Wheal Leisure y convencerlos de que le vendieran su parte. No fue muy difícil, la mina no era muy prolifera y la mayoría estaban contentos, aunque no lo decían, de sacarse de encima las acciones que poco valían a cambio de buen dinero en mano. Y pronto solo quedaron las acciones del mismo George. Para el también la acciones tenían poco valor comparadas con la fortuna de su familia y poco habría perdido con vendérselas a la Srta. Carne. Pero en el momento se le antojó otra cosa, lo que su tío tanto le había pedido, y en vez de aceptar la propuesta de Demelza el hizo una contrapropuesta propia. Ella no aceptó inmediatamente, y el tiempo que se tomó para pensarlo no le pareció el tiempo que una joven se toma para pretender pensar si aceptar o no la mano de un joven cuando en realidad solo está aplazando la respuesta que en su corazón ya es afirmativa por el solo hecho de crear un suspenso romántico que se acrecienta con la expectativa y que hace que el corazón del joven en cuestión se pregunte si él es lo suficiente para la dama y hace que el hombre la quiera aún más. No, no había nada de eso entre ellos. Ni el sintió que la ansiedad por ser aceptado lo consumía en esos días ni ella lo hizo para incrementar el romanticismo. No había nada de romance entre ellos. El necesitaba una esposa y ella quería ser dueña de una mina.
Cuando Demelza volvió con su respuesta primero propuso un importe de dinero mayor que le ofrecía por sus acciones, "Cuando nos casemos, ese será mi regalo de bodas." Había dicho él, como si estuviera negociando con cualquier otro comerciante – "Si nos casamos, todo lo que poseo será tuyo." Había contestado ella. Y eso era lo que le atraía de Demelza. Ella era inteligente, una buena negociadora que no dejaba que la pasaran por encima, no sin ella decir algo también. "Tu granja y una mina. Te prometo que serán tuyas, no son de gran interés para mí. Cuando seas mi esposa transferiré las acciones de Wheal Leisure a tu nombre, tienes mi palabra." Y así, luego de pensarlo un poco más ella lo había aceptado. Solo un simple acuerdo más de negocios, no había sido tan difícil. Nada de las sensiblerías que el siempre supuso acompañaban a una mujer. Aunque desde entonces algunas cosas sí habían cambiado en su trato con ella. Pequeños cumplidos, tomarla de la mano cuando bajaban de un carruaje o su palma rozando levemente su cintura cuando se encontraban de pie juntos en alguna reunión. O como ahora, momentos que pasaban relativamente solos almorzando o tomando el té, cuando el empleaba palabras como "querida" o "cariño" solo porque creía que era la manera apropiada de tratar con su prometida.
"¿Demelza?"
Demelza volvió el rostro distraído hacia él, la taza de porcelana que sostenía suspendida en medio del viaje entre el plato y sus labios.
"¿Dijiste algo, George?"
George resopló entre dientes, una expresión entre simpatía y fastidio de la que su prometida no se percató. "Te pregunté si te ocurre algo, pareces un tanto distraída y estás algo pálida. ¿Te encuentras bien?"
Demelza suspiró y bebió un sorbo de su té. Debía componerse, no podía decir a George bajo ninguna circunstancia lo que pasaba por su mente en ese momento, no le podía decir que en su mente solo veía los rayos de sol recortando los cabellos del muchacho cuando su rostro estaba a milímetros del de ella a punto de besarla, ni el suave contacto de sus labios cuando lo hizo. La pausa se alargó.
Esta era justamente la clase de situaciones que George encontraba superfluas e improductivas en las jóvenes. Si algo le ocurriera preferiría que se lo dijera de una vez, sin rodeos, y no que lo hiciera perder el tiempo con silencios intrigantes que a el no le interesaban. George reacomodó su cuerpo en la silla impaciente.
"Si, todo está bien." Dijo ella finalmente, "Es solo que esta mañana con tanto calor no me sentía del todo bien y creo que estoy algo cansada."
"¿Estas segura de te encuentras bien? Quizás sería conveniente llamar al Dr. Choake…"
"Oh no, George. Eso no es necesario. Solo debo descansar y se me pasará del todo, no hay nada que una buena noche de sueño no pueda curar."
"Te sobre exiges demasiado en esa mina, ese no es lugar para una dama. Deberías dejar que yo la maneje, junto con mis otras minas. Tengo gente que sabe cómo hacerlo."
Como llevarlas a la quiebra, querrás decir. Pensó Demelza.
"Lo sé, George y te lo agradezco. Pero prefiero interiorizarme y aprender cómo funciona yo misma, y no hay forma mejor de hacerlo que estar allí cada día."
"No lo podrás hacer siempre, cuando nos casemos tendrás otras responsabilidades." Ella lo miró fijamente, sus ojos bien abiertos. No era la primera vez que lo hacía. A veces él decía algo que originaba en ella esa mirada que parecía expresar más de lo que ella decía con palabras. Una mezcla de reproche, sorpresa y decepción que siempre parecía alejarla de él. Ahora vendría su respuesta formal, una excusa educada y elegante que terminaría con su cita. No, George no era bueno en tratar con jovencitas y no le interesaba serlo en lo más mínimo tampoco.
"Tal vez tienes razón, supongo que ya lo veremos. Por lo pronto si me siento algo cansada, quizás deba subir y recostarme a descansar un momento."
Un momento después Demelza acompañó a George a la puerta de Nampara. Él le hizo prometer que por la mañana enviaría una nota haciéndole saber cómo se sentía y el a su vez prometió que uno de estos días haría una visita a Wheal Leisure para ver cómo funcionaba bajo su mando, aunque Demelza no se lo había pedido y no era algo que quisiera que el hiciera particularmente. A veces tenía la sensación que George la controlaba en esos aspectos, claro que el la había ayudado en Londres y la había presentado a los previos accionistas de Wheal Leisure, pero había sido ella quien llevó a cabo las negociaciones. George a veces creía pensar que ella había actuado bajo su tutela y lo había hecho en su nombre. Y así también a veces George hablaba como si su trabajo en la mina fuera algo que le concernía más de lo que en realidad correspondía. Pero ese día la mente de Demelza estaba en otro lado, y cuando en cualquier otro momento ella lo hubiera convencido de que no era necesario, todo lo que hizo fue un leve movimiento de desdeñosa con sus hombros, y la cita quedó concertada.
De seguro Demelza tenía muchas cosas en que pensar y de seguro debería sentir muchas otras también. Ross Poldark la había vuelto a besar, ¿o fue ella quien lo hizo? Fue más natural esta vez, sin la sorpresa ni la incertidumbre de la primera vez. Sin que el dijera nada que la hubiera ofendido después, al contrario, le parecía que al le había gustado también. Por la forma en sus labios buscaron los suyos, cada segundo que pasaba acercándose un poco más, por como la sostenía con sus manos por debajo del agua, por como la había mirado cuando se habían separado y sus rostros quedaron tan cerca del otro. Se debería sentir avergonzada, besarse en el mar con un sirviente… aunque el muchacho ya no era un sirviente si no el Capitán de una mina, aunque habría poca diferencia en ello para la clase social a la que ella pertenecía. Era curioso que a ella no le molestara en lo más mínimo. Solo eran dos personas, un hombre y una mujer, creados de la misma forma y habitando el mismo mundo, nada más. De seguro debería sentir remordimiento por hacerle esto a George. ¿Engañarlo? ¿Era esa la palabra? En realidad no creía que a George le interesara demasiado. George aún no la había besado en los labios, se tomaba otras libertades, propias de un prometido, como tomarla de la mano o besársela de tanto en tanto, o apoyar su mano en su espalda cuando estaban parados uno junto al otro, gesto a Demelza le parecía algo posesivo. A veces susurraba palabras a su oído, pero no eran palabras románticas ni íntimas, siempre era para comentar algo sobre alguien que estaba presente en alguna reunión o para mencionarle algo referido a sus negocios que quería comentarle cuando estuvieran solos. Solo tres veces había besado su mejilla, el gesto incómodo y extraño en el. A Demelza no le disgustaba que fuera de esa manera, es más, hasta prefería que fuera así. La idea que George la besara de la misma forma en que lo había hecho el muchacho esa tarde era completamente irrisoria, no podía ni siquiera imaginarlo. Entonces ¿porque había aceptado casarse con él? Demelza acomodó su cuerpo sobre el suave colchón de su cama, por las pequeñas ventanas de su habitación podía ver que ya había oscurecido y una suave brisa de verano hacia bailar tímidamente las cortinas de gasa. No se había cubierto con las sábanas y antes de acostarse se había quitado todas las prendas excepto la enagua y a esta la había subido hasta sus muslos para evitar tener más calor. ¿Acaso una podría hacer eso cuando estaba casada? ¿Cuando existía el riesgo de que en cualquier momento el marido entrara sin llamar a la habitación y la viera así?. Casi que podía imaginar el rostro horrorizado de George, su rápido pedido de disculpas y la puerta cerrándose detrás de él tras su rápida y avergonzada salida de la habitación. ¿Que haría el muchacho? ¿Que haría Francis? ¿Acaso la habría sorprendido alguna vez así a Elizabeth? O tal vez no fuera que la sorprendía sino que ella lo esperaba así, o tal vez desnuda, sobre su cama. Demelza sintió algo doler dentro de ella y se volvió a retorcer en la cama enterrando su rostro en la almohada y luchó por momento en borrar esa imagen de su cabeza para lo cual el recuerdo del muchacho en el agua dio un buen resultado. Lo recordó saliendo del agua, la camisa empapada pegada a su piel y a los músculos que eran resultado de las largas horas de trabajo en las granjas y, ahora, en la mina. Dudaba que Francis tuviera tanta cantidad de músculos, mucho menos George.
Se despertó una vez durante la madrugada. Su modesta enagua enrollada en su estómago, para nada decorosa en esa posición, nada propio de una dama, mucho menos de la esposa de George Warleggan. ¿Sabría el que hacer en la noche de bodas? Demelza tendía a pensar que quizás ella sabía más que George… él era amable con ella, pensó acomodando la liviana tela de nuevo sobre sus piernas, y la trataba como una persona pensante e inteligente. Siempre era directo al hablar de negocios, aunque eso fuera de todo de lo que hablara. No era como los otros jóvenes que había conocido en Londres, medio ebrios y creyéndose superiores solo por el hecho de ser hombres y para los cuales ella daba lo mismo que cualquier otra joven en el salón de baile. George pareció verla de inmediato y darse cuenta que no era como las demás. El era un buen amigo, y si ella había de casarse con alguien, había razonado en aquel momento, pues prefería que fuera con alguien para quien ella no fuera un mero objeto de decoración para sacar a pasear a los bailes. Además, George era dueño de la última fracción de las acciones de la mina. Demelza se avergonzaba cuando ese pensamiento aparecía en su mente. Claro que ella no se había prometido porque quería esas acciones y George se había negado a vendérselas a menos de que se casaran, o al menos no solo por eso. Se había comprometido porque creía que George Warleggan la consideraba una igual y que así sería en su matrimonio. Ni por un instante la palabra amor entró en consideración. Su amor seguramente estaba compartiendo la cama con su prima en ese momento.
La tibia mañana auspiciaba otro día caluroso, la bañera había quedado en la habitación desde la tarde anterior así que Demelza decidió darse otro baño antes de comenzar el día, pese a las quejas de Prudie que había tenido que subir un balde con agua por las escaleras mientras que Jinny y ella habían llevado tres cada una.
"¿Cómo está el bebé, Jinny?"
"Ya patea, Señorita. Especialmente cuando veo algo que quiere comer. Creo que tiene el diente dulce."
"¿Segura que puedes seguir trabajando?"
"Oh si, Señorita. Mi ma dice que aún me faltan un varios meses más y que debo aprovechar para trabajar ahora, antes de que me ponga más gorda y no pueda moverme."
Pues Demelza ya la veía bastante redondita. Al volver a casa se había encontrado con la noticia de que sus dos empleados, Jim y Jinny, estaban comprometidos y se habían casado hacía unas semanas en la Iglesia de Sawle y ahora Jinny estaba embarazada. A Demelza no le quedaba claro cuál de las dos cosas, el compromiso o el embarazo, había ocurrido primero.
"Luego tendremos que depender sólo del sueldo de Jim, así que quiero ahorrar lo más posible ahora…"
"¡Shhh! Niña, no seas impertinente con la Señorita Demelza. Suficiente que te emplea en estas condiciones."
"¡Prudie! No le hagas caso Jinny, siempre tendrás un empleo esperándote aquí. Incluso con el niño, cuando estés recuperada y puedas volver a trabajar lo puedes traer contigo."
"¡Oh! Gracias Señorita Demelza, muchas gracias."
Prudie emitió un gruñido de desaprobación y Demelza la envió abajo a que terminara de preparar el desayuno. El agua de la bañera estaba fresca y Jinny había echado unas gotas de una colonia que Caroline le había obsequiado y olía a rosas. Quizás era un desperdicio usarlas cuando en unos minutos estaría toda transpirada y llena del polvo de Leisure. Aún así, Demelza pidió a Jinny que preparara unos de sus vestidos nuevos, la tela es fina y fresca, explicó a la joven, también pidió la enagua que tenía brocado en el borde del escote y los puños.
"¿Jinny?"
"¿Si Señorita?"
Demelza vaciló un momento, el sonido de su chapoteo en el agua llenando la habitación. "¿Cómo está Jim?"
"¿Jim?" repitió algo sorprendida por la pregunta "El está bien… Algo ansioso por la llegada del niño y porque, bueno, está pensando en volver a trabajar en la mina. Dice que allí ganará más…"
"Pero no puede, sus pulmones…"
"Es lo que yo le digo, y no necesitamos mucho más, pero cuando se encapricha con algo…"
"No te preocupes, Jinny, hablaré con él. Además, sin ti y si él se va, esta casa se caería a pedazos. Tampoco te preocupes por el dinero, le ofreceré un aumento, hace mucho que lo merece y ahora que la mina comenzara a producir puedo permitírmelo."
"Gracias Señorita, usted es muy buena con nosotros, pero, por favor, no le diga que yo le hablé de esto. No me lo perdonaría."
"Mis labios están sellados."
Demelza permaneció en la bañera un rato más, hasta que Prudie dio un grito desde el pie de la escalera que el desayuno ya estaba servido. Jinny la ayudó a vestirse, era mucho más bajita que ella. Un poco más de panza y Demelza pensó que el peso la vencería y caería de narices hacia adelante.
"¿Es Jim bueno contigo?" preguntó mientras sujetaba la cinta del corset, Jinny levantó la vista tímidamente para mirarla a la cara. "Quiero decir, ¿Es un buen esposo?"
"¡Oh!... Si." Sus mejillas se tornaron de un color rosado. "Si. Es dulce y se preocupa por mí, por nosotros. Claro que tiene sus cosas también, y después de todo es como cualquier hombre, ya sabe, aunque ha sido paciente conmigo en estas últimas semanas…"
"Claro. Paciente."
"Si, usted sabe." Fueron las mejillas de Demelza las que cambiaron de color entonces. ¿Sabía ella en verdad? Fue entonces cuando se dio cuenta que quizás su joven sirvienta sería la persona ideal con la que hablar de esos asuntos que a ella la intrigaban tanto, y como ya estaban en el tema…
"Te refieres a… a ¿el dormitorio?"
Jinny sonrió tímidamente y respondió moviendo la cabeza arriba y abajo rápidamente.
"Oh… yo no… no sé si sepa a lo que te refieres." Dijo casi susurrando.
"Lo siento Señorita Demelza, no quise incomodarla."
"No, no te avergüences, no me incomoda, al contrario. Me gustaría poder hablar con alguien sobre eso. Yo no tengo una madre y Prudie no me quiere decir ni pío. Y mi amiga Caroline, pues ella se hace la que sabe pero tiene menos idea que una monja… ¡Judas!"
Ambas se echaron a reír.
"Pues yo no sé demasiado tampoco, el único hombre con quien he estado es con Jim, pero imagino que usted debe tener muchas dudas ahora que va a casarse." – Mi esposo, claro. Pensó Demelza. – "El Señor George no ha intentado aún…?"
"¡¿George?! Oh no no, quiero decir, no antes de que nos hayamos casado. ¿Acaso Jim y tú…?"
La jovencita le contó entonces todos sus conocimientos sobre el tema. Como Jim se metía bajo las mantas casi todas las noches, levantaba su camisón, se ponía sobre ella y la tomaba. Todo parecía muy mecánico. "¿Y a ti te gusta?" le había preguntado, "Si, supongo que sí." Esa respuesta no la había convencido mucho, por lo que Jinny añadió "Es que duele un poco al principio, y siempre está el riesgo de… bueno…" e hizo un ademán señalando su creciente barriga. Eso era lo que más había impresionado a Demelza. Que así se pudiera crear una nueva vida y que pudiera suceder tan rápido. Cuando Prudie entró en la habitación las encontró a las dos sentadas en el borde de la cama riendo como dos niñas. Jinny le había contado que había quedado embarazada luego de la primera vez y de lo embarazoso que había sido tener que contarle a su madre y luego ¡a su padre! el porqué debía casarse tan deprisa. Su padre aún creía que podía encontrar algo mejor que Jim Carter.
"¡Niña holgazana! ¡El té ya debe estar frío! ¿Qué es lo que hace aún aquí? ¿No tiene que ir a esa bendita mina?"
Demelza le dio un beso en la mejilla al pasar junto a ella.
Tanto Ross como Demelza hicieron un buen trabajo en disimular lo que había ocurrido entre ellos cuando se vieron de nuevo en la pequeña oficina de la mina. Ross estaba sentado en el escritorio cuando ella llegó. A Demelza le ardieron un poco las mejillas cuando su sintió su mirada recorrer su cuerpo, al parecer su vestido había sido una buena elección.
"Buen día, Capitán Poldark."
"Buen día Señorita Demelza." Se saludaron cordialmente, con más amabilidad que la que habían tenido desde su regreso. Al levantarse, Ross tiró varios papeles al piso y un tintero se derramó también, la negra tinta esparciéndose sobre las tablas del piso. El la miró avergonzado y se apresuró a limpiar la mancha, absorbiéndola con una hoja. No fue la primera vez durante ese día que Ross se sintió torpe alrededor de la Señorita. De seguro dormir tan poco por pensar en ella toda la noche no ayudaba. Soñar despierto, imaginarse cómo sería cuando ella llegara en la mañana a la mina y le sonriera. Ross se veía a sí mismo acercándose a ella, rodeando su esbelta cintura con sus manos y besándola. Y ese era uno de sus pensamientos más inocentes porque en la soledad de su cama, Ross dejaba volar su imaginación hacia lugares prohibidos. La imaginaba allí, con él, en sus brazos. Se imaginaba tocándola y besándola, no solo sus labios que ya había probado en un par de ocasiones y que quería seguir probando a cada momento, si lo también todo su cuerpo. De seguro no eran pensamientos muy decorosos, de seguro no era la forma de pensar sobre una dama. Y de seguro no estaba en su lugar ni en su derecho en pensar así de ella, podría ir a la horca si alguien leyera sus pensamientos o si él intentara hacerlos realidad.
Demelza había decidido bajar a los túneles ese día a ayudarlo a relevar los avances e inspeccionar las vetas. Y esta vez era ella la que extendía su mano hacia el pidiendo asistencia para subir y bajar las escaleras, y ella la que sostenía la linterna en los rincones oscuros mientras el dibujaba bosquejos improvisados en un cuaderno que luego pasaría en limpio en los mapas. Ross caminaba detrás muy consciente de cada uno de sus movimientos y tuvo muchas oportunidades de demostrar su torpeza ese día. Varias veces se tropezó en el lodo o se encontró guiándolos a un túnel sin salida convencido de que había una salida que no estaba allí, Ross la escuchaba tratar de contener la risa en la oscuridad a su espalda, o no sabía bien a qué distancia de ella parase cuando se detenían a hablar con los mineros.
Cuando emergieron de los confines de la tierra por la tarde Ross no pudo evitar sonreír al verla toda cubierta de lodo. "Creo que Prudie le dará un sermón."
Demelza observó el estado de su vestido nuevo y sonrió también. "Sin duda." El día había pasado volando y a su vez, parecía que una eternidad habían pasado allí abajo. Era una de las características de las minas. Cuando uno descendía a las profundidades de la tierra, volver a salir, volver a sentir el aire del mar, el calor del verano, la luz del sol, era como volver al mundo desde un lugar extraño y lejano que estaba a solo meros metros bajos sus pies. Quería decirle eso al muchacho, hablarle de sus pensamientos y planes para Wheal Leisure y preguntarle qué opinaba. Durante el día había pensado en invitarlo a Nampara a cenar pero tal vez no sería apropiado, quizás podía pedirle que la acompañara a inspeccionar la granja y los campos pero para cuando terminaron de repasar los libros y preparase para el día de pago que seguía ya casi era de noche. El barro se había secado en su vestido, y ella misma sentía su piel pegajosa y llena de polvo. El calor no cedía a pesar de que el sol ya se había escondido tras el mar. "Creo que ya me iré." Ross estaba terminando de preparar el cuadro de pagos para el día siguiente y estuvo a punto de preguntar si quería que la acompañara pero ella agregó primero "Quizás pase por Nampara Cove de camino a casa para quitar toda esta tierra que llevo encima." El comentario fue seguido por una leve sonrisa y antes de que él pudiera decir algo Demelza ya se había ido.
Para cuando Ross llegó a la caleta el vestido carmesí de la Señorita Demelza estaba secándose sobre una roca, sus zapatos, medias y corset amontonados a un lado sobre la arena. El se apresuró a quitarse las botas, sus medias y chaleco, y en camisa y pantalones se metió al mar a toda prisa. El agua estaba tibia luego de que los rayos del sol la calentaran durante todo el día. Ross nadó a toda la velocidad que sus brazos y piernas le permitían hacia la gran roca. El mar estaba calmo, la luna no había salido aún y solo una línea de resplandor quedaba enmarcando el horizonte. Demelza le sonrió cuando finalmente rodeó la gran piedra que los ocultaba del resto del mundo. Unas brazadas más hacia ella, Ross sonreía también. Ella lo recibió con sus brazos abiertos y sus labios preparados para el beso que durante todo el día él había querido darle.
