Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.

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Hiccup.

"¿Todavía estoy a tiempo de largarme?" se preguntó y sus esperanzas se fueron al demonio al encontrarse en la habitación principal. "Es solo una chica, cómo cualquier otra. Cómo Astrid".

Claro que no lo era, pero quería convencerse a sí mismo de que sí.

Era hombre y tenía debilidad por las muchachas bonitas, y Merida— su esposa— era una bastante bonita.

"Hermosa".

Aun así, no quitaba el hecho de que era una completa extraña, una desconocida con la que había intercambiado pequeñas frases en contadas ocasiones. ¿Cómo pretendían que pasara la noche con ella, así nada más?

"Es lo que los matrimonios arreglados hacen".

Imitó a su esposa— quien se deshizo de sus botas— él se quitó la única que usaba y la capa de piel, procedió a colgarla antes de tener el detalle de ayudar a Merida a hacer lo mismo con la suya; removió los troncos en la chimenea para avivar el fuego y que la habitación estuviera más cálida.

"Si ya vamos a acostarnos…"

Entonces las vio sobre la mesa: una botella nueva de hidromiel y dos copas los esperaban. Hiccup sintió que eran como un regalo de los dioses.

Tanto él como su esposa habían bebido en la fiesta, pero buen cuidado pusieron en no tomar demasiado, Hiccup estaba seguro que ni su madre ni sus ahora suegros tolerarían un desaire de parte de ambos provocado por una borrachera; al mirar a la pelirroja entendió que ella pensaba lo mismo.

Ahí— en esas cuatro paredes y lejos de los ojos escrutadores de los demás— podían aprovechar esa ventaja para ganar valor.

—¿Quieres un poco? —preguntó educadamente mientras se acercaba y abría la botella. Merida asintió y le recibió una copa.

—Gracias —respondió, bebiéndose de golpe el contenido.

Aparentemente, ella tenía pensado el mismo plan. Mejor así.

Para cuando la botella estaba vacía, ambos novios reían a mandíbula batiente, sentados en la enorme cama y hablando con más libertad.

—Y mi… mi madre… ella… ella me dijo —relató el rey entrecortadamente por el licor—: Tienes que acostarte con ella… para… que tengas un… heredero.

La chica soltó una carcajada enorme ante la ebria imitación que hacía su esposo de su ahora suegra.

—La mía dijo… dijo que la Anciana… que ella miraría la… la sabana y diría cuando ten… tendríamos un… bebé.

Más risas. Merida incluso se apoyó en el hombro de Hiccup para recuperar el aire.

—Aún no quiero hijos —confesó el varón con un naciente tono coqueto mientras se acercaba a los labios de su esposa.

—Tranquilo, no los habrá —acortó la distancia que los separaba para besarlo.

Los besos subieron de nivel y de alguna manera, el castaño logró quedar encima de ella.

—Mataría por ver que se… que se esconde bajo este… este vestido tan lindo —confesó el joven rey, su esposa soltó una carcajada borracha.

Se lo quitó de encima para ponerse de pie— envalentonada por el hidromiel que corría por sus venas— y se quitó el vestido coquetamente delante de los ojos extasiados del castaño, quien parecía perdido en sus curvas. Gruñó ligeramente al ver el escote del diminuto camisón que cubría a la pelirroja.

—Tu tur… no —lo retó la ahora reina.

No tuvo que decírselo de nuevo porque Hiccup se puso de pie de inmediato— tambaleándose en el proceso— y se quitó la parte superior del traje y el cinturón; antes de poder hacer nada más, Merida se acercó para besarlo.

Hiccup la empujó hasta la cama, se quitó la prótesis y se posicionó encima de ella antes de atrapar su boca con fuerza; Merida lo recibió con gusto y soltó un jadeo al sentir la masculinidad de su marido presionándose sobre su estómago. Una oleada de calor que nunca había sentido le recorrió la espalda.

Hiccup le quitó el camisón de encima con impaciencia— rasgándolo un poco en el proceso— liberando los pechos grandes y lechosos de su esposa mientras ella acariciaba su estómago marcado: tenía la piel muy blanca y salpicada de pecas que le daban un aire apetecible, la cobriza no se quedó atrás y sentándose, casi le arrancó el pantalón y la ropa interior a su esposo.

Afortunadamente ya tenía las mejillas coloreadas por el licor, igualmente ver a Hiccup como había llegado al mundo le quitó el aliento, y mientras él devoraba sus pechos, ella acariciaba su miembro; los gemidos y jadeos empezaban a inundar la habitación.

Cuando estuvo lo suficientemente lista, Merida abrió las piernas e Hiccup entendió lo que quería… porque él también lo deseaba como no pensó que haría; se posicionó— listo para entrar— y mientras la besaba, se estrelló de golpe, arrancándole un gritito a la pelirroja y también su virginidad.

Estuvo quieto algunos segundos, dándole tiempo para que el cuerpo inexperto de su la colorada se acostumbrara, y solo se movió hasta que ella comenzó a hacerlo primero.

Los gemidos y jadeos fueron subiendo de tono con cada empuje. Hiccup se desplomó sobre Merida cuando acabó, exhaustos y con una pequeña capa de sudor cubriendo sus pieles.

"Y tu que no quería estar con una desconocida".

Para cuando terminaron la última vez, después de breves períodos de sueño, el sol ya había salido y ambos cayeron finalmente rendidos, cansados y saciados.


Merida.

Lo primero que vieron sus ojos al abrirse fue el rostro dormido bocabajo de Hiccup a centímetros del suyo, apretó los dientes para no gritar.

Sentía el cuerpo un poco pesado y tuvo que retenerse para no gritar una segunda vez al notarse totalmente desnuda bajo las mantas cálidas, dirigió su mirada hacia su marido para comprobar que— en efecto— se encontraba en la misma situación que ella.

Así que lo habían hecho.

"Espero que ya estés contenta, mamá".

Un toque en la puerta la hizo saltar ligeramente, se levantó de la cama— con cuidado de no despertar a su marido— y buscó una túnica; no se sorprendió al encontrar ropa suya en el armario de roble, se miró en el espejo del tocador y admitió que al menos no lucía mal.

El alivio la inundó cuando vio a Maudie sosteniendo una pequeña charola con una taza llena de un líquido violáceo.

—Bebe o embarázate —dijo la mujer mayor y Merida tomó la taza de inmediato—. Con cuidado, está caliente.

—¿Qué hora es?

Salió de la habitación y cerró la puerta, lo último que quería era lidiar con Hiccup en ese momento, así que estaban hablando en el pasillo mientras ella sorbía el té.

—Media tarde, la comida está lista por si tienes hambre dímelo —informó Maudie y la pelirroja agradeció que su nana no hiciera comentario alguno sobre lo que evidentemente había pasado entre Hiccup y ella.

—Comer algo estaría bien…

Fue interrumpida cuando otra mujer— dedujo que era la vikinga que ayudaría a Maudie a atenderlos— llegó hasta ellas.

—Lamento molestarla, alteza, pero la Anciana está esperando por usted y por el rey… sus madres también.

Merida sintió que el color se le iba del rostro.

—Denos… denos un par de minutos.

Le regresó la taza vacía a Maudie y las dos mucamas se retiraron, suspiró y entró a la habitación. Hiccup ya no estaba dormido, sino que salía del baño con el pantalón y la prótesis puesta.

"Gracias a los dioses" pensó, no quería verlo desnudo… de momento.

—Me acaban de decir que la Anciana y nuestras madres están esperando fuera —informó, mirándolo directamente a los ojos.

No dejaría que pensara que estaba incómoda por lo de la madrugada.

—Al mal paso darle prisa —contestó, tocaron a la puerta—. Pase.

La diminuta mujer que era la Anciana entró, seguida de Valka y Elinor.

—Buenas tardes —dijeron ambas madres, mirando encantadas a sus hijos.

Ellos no contestaron. La Anciana miró a los recién casados de forma insistente.

Ambos se hicieron a un lado para cederle el paso, la viejecilla miró detenidamente la arrugada y manchada sabana que alguna vez fue blanca antes de levantar cuatro dedos temblorosos y huesudos.

A Merida se le encogió el estómago.

—¿Cuatro días? —preguntó Elinor—, ¿en cuatro días quedarán embarazados?

La pelirroja no pasó por alto el evidente entusiasmo de su madre, más sin en cambio la Anciana negó con la cabeza.

—¿Cuatro semanas? ¿Cuatro meses? —fue el turno de Valka para preguntar.

Ella negó de nuevo.

—¿Cuatro años?

La viejecita sonrió y la nueva reina de Berk se contuvo para no soltar un suspiro que dejara entrever su alivio.

Cuatro años eran los que tenía antes de darle un hijo a Hiccup.

En ese momento pensó muchas cosas: tenía cuatro años antes que trajera a un bebé a ese mundo, antes de que se convirtiera en madre. También pensó en cómo debían lucir: ella con una túnica cubriendo su desnudez, Hiccup vistiendo solo unos pantalones; ambos descalzos y despeinados, pálidos con las mejillas arreboladas de la indignación y la vergüenza.

Cuatro años parecían demasiado y al mismo tiempo nada.


—REVIEWS—

Guest: Hola, no te preocupes porque no pasa nada, me alegra saber que alguien está feliz con esta historia que— en realidad— no pensé que le gustaría a nadie. Siguen más capítulos, gracias por comentar. Sé que vamos a leernos. Harry.

Wand: Hola chiquilla distraída, déjame decirte que tu situación me pasa… seguido, pero así es esto, gracias por comentar y— en efecto— lo prometido es deuda, aquí el nuevo cap. hago changuitos para que este también te guste. ¿Nos leemos o hasta después? un beso, Harry.

A Frozen Fan: Ah, la tía Frozen, la reina del Helsa; chica, pienso que estás entrando en los brazos del Mericcup y ojalá que esta historia te esté gustando.

Gracias por leer y dejar esos bellísimos, suculentos y gorditos reviews; cada que veo que tengo uno tuyo, mi corazoncito salta. Disfruta del nuevo y goloso capítulo. ¿Nos leemos? Saludos, Harry.


Hola, espero que este capítulo haya logrado sus expectativas.

Entonces qué... ¿Review? ¿No? Ok.

Harry.