NOTAS DEL AUTOR: Hola, fans de MonMusu; Tarmo Flake regresa con más drama para satisfacer a su Meroune interior. Si, lo sé, la sirena rosa es mala influencia, pero es muy convincente. Espero les agrade.

Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. Este es un fanfic hecho con el simple propósito de entretener y creado sin fines de lucro.


NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE

CAPÍTULO 6


No es fácil ser una Jaëgersturm.

De hecho, tampoco lo es el ser una habitante de Weidmann. Llevé dieciocho años aprendiendo tal lección.

Como hija única de Vera Jaëgerstum y futura heredera de la familia, fui indoctrinada desde pequeña para asegurar mi porvenir al tomar el puesto. Al estar mi madre ausente debido a su estadía en la guardia nacional de Sparassus, fue mi abuela, Diva, quien se encargó de criarme por varios años. Tal adoctrinamiento fue difícilmente laxo, siendo mi abuela una mujer absorbida por las rígidas y cuasi-dictatoriales tradiciones familiares. "Lealtad es honor", era su lema casi oficial.

Crecí aprendiendo sobre el papel de mi familia en la historia de Weidmann y Sparassus. No solo habíamos introducido el concepto de las armas de fuego en nuestro ejército, sino que también lo renovamos con sustanciales cambios para aumentar su eficiencia y versatilidad. Hicimos de nuestra nación un estado eficiente y militarizado. Si bien eso es posible resultado de nuestra herencia bélica en el pasado, parte de la razón por la cual mi nación adoptó tan única visión política se debe a la tumultuosa historia de esta.

Antes de la intervención familiar, Sparassus carecía de un sistema centralizado de gobierno, basado más en pequeños grupos conformados por la unión de diferentes clanes autónomos. Esta forma de vida casi tribal, trajo una serie de conflictos en los diferentes grupos que anhelaban el poder, lo cual desembocó en una guerra civil. Es ahí cuando los Jaëgersturm hacemos nuestra entrada.

Para no hacer la historia aún más larga, simplemente diré que mis ancestros no solo ayudaron a la consolidación y estabilización de nuestra nación; La habían cuidado, alimentado y salvado de la anarquía total. Los Jaëgersturm éramos, según mi abuela, Sparassus misma.

Es esa misma razón por la cual jamás pude disfrutar una vida sin ser nada menos que la célebre heredera de mi prestigioso clan. Si bien la fama y prestigio suena al sueño que todos desean alcanzar, todo estaba más lejos de la verdad.

El hecho de llevar mi apellido significaba que jamás difícilmente conocería una sonrisa sincera por parte de cualquier persona ajena a mi familia, que casi todo estaría a mi disposición en bandeja de plata y no sabría de valores como humildad o templanza; Era una Jaëgersturm, el mundo era mío. Tal ideal tan egoísta es solo un sueño vacío. Yo era una pobre niña enfrascada en el lujo y la inopia.

O al menos, eso diría si nuestra "fama" no fuera más que un mito olvidado.

La realidad es que si bien mis ancestros eran parte importante de nuestra historia y fueron pioneros en su modernización, una vez formada una nación estable y sin enemigos que combatir, su importancia comenzó a ceder rápidamente. Pasaron de ser héroes de guerra a solo un apellido más, especialmente cuando cada nueva generación no veía necesidad de continuar el régimen totalitario que sus predecesores fundaron.

No teníamos riquezas ni gran opulencia, la casa en que vivíamos era modesta y nuestra supuesta influencia estaba limitada a algo de reconocimiento por parte de los habitantes de Weidmann. Lo único que evitaba que la gente olvidara nuestro pasado eran las anécdotas en nuestros libros de historia. Incluso la academia militar en la ciudad principal poseía un busto en marfil de Serhilda Jaëgersturm, la heroína del asedio de Holconia. Fuera de eso, no destacábamos en nada.

Eso jamás detuvo a mi abuela, quien seguía convencida de nuestra gloria, hasta el punto de entrar en negación absoluta. Su obsesión por mantener lo que consideraba prestigio por derecho, la llevó a moldear a su hija, mi madre, en un prototipo de su visión ideal de la arachne perfecta.

Lo peor, ella siempre apoyo la idea de que las cazadoras éramos, por mucho, una especie superior de arachne. Estudié libros sobre eugenesia que hoy resultarían absurdos y ofensivos. Cada simple virtud que mi tutora se esmeraba en cultivarme, era alguna idea anticuada, ridícula y sin fundamento. Mi educación casera podría ser comparada con la misma que recibiría un infante alemán durante el auge del régimen Nacionalsocialista. Afortunadamente, es ahí donde las similitudes acaban, ya que ella no exigía el genocidio de las otras especies o atrocidades similares. Solo se limitaba a menospreciar a quienes ella consideraba no tan perfectos como nosotros. Sin embargo, el hecho que por años fui forzada a tratar de creer tales patrañas me sigue llenando de rabia hasta estos días.

Al cumplir mis dieciséis años, mi madre volvió después de un lustro de ausencia, siendo ahora la elogiada Mayor Jaëgersturm. Un admirable ascenso, considerando que a mi abuela le tomó casi el doble llegar al mismo rango. Solo estaría unos meses antes de regresar a los regimientos en la capital, Opistholium, donde continuaría su carrera militar. Mi abuela había servido de la misma forma y aunque no estaba en servicio activo, aún formaba parte de la guardia nacional. Tal era nuestro destino en la vida.

Y aún así, mi sentido común me decía que todo aquello no debía ser. ¿Por qué debería enfrascarme con el único objetivo de ser una herramienta más en esta oligarquía dictatorial? ¿Y por que debería apoyar tal ideal en primer lugar? Después de todo ¿No tengo libre albedrío?

Para mí (mala) fortuna, solo mi aldea, Weidmann, había sido infectada por el virus del militarismo. Sparassus cada vez más abría su mente hacia ideales menos belicosos, siendo el hecho que ahora los gobernantes fueran elegidos democráticamente, no por estatus social o rango militar. Si bien no era perfecto, era mejor que el régimen marcial que mi familia apoyaba. Sin embargo, aún faltaba mucho para que hubiera un cambio notable.

El colegio fue el punto clave donde decidí que tal vida no era para mí, todo empezando cuando conocí a Akantha, una Arachnoidea Gasteracanthaidae; Es decir, una arachne de abdomen espinoso.

Aún recuerdo nuestro primer encuentro. Yo era muy introvertida en ese entonces, siendo adolescente y demás problemas por los cambios hormonales en la pubertad, tímida como ratón asustado. La perfecta antítesis de una cazadora. Me hallaba tratando de encontrar mi separador de hojas favorito, ya que siempre acostumbraba a leer durante el receso de clases. Si, era una nerd, lo admito. Aún lo sigo siendo, en cierta manera.

– "¡Hey, tú, flacucha!" – Me llamó una aguda voz.

– "¿Uh?"

Volteé y me topé con una pequeña arachne espinosa. Cabello rojo hasta los hombros, tres pares de ojos del mismo color y un exoesqueleto negro complementado por su ancho abdomen blanco y negro con puntiagudas protuberancias color carmesí. Su apariencia reflejaba perfectamente lo extravagante de su personalidad.

– "¿Buscas esto?" – Preguntó la chica, mostrando el separador.

– "¡Oh! Precisamente. ¡Danke schön!" – Respondí.

– "¿La princesa Tomate y la guerrera Patata? ¿Tu lees esa cosa?" – Cuestionó con una sonrisa sardónica.

– "S-si… ¿Algún problema?" – Dije tratando de sonar desafiante. No sería la primera vez que alguien se burlara por mi afición al manga. Y es que cuando tus libros están llenos de calcomanías de tales personajes, es difícil que pase desapercibido.

– "Nah, a mi me gusta también. ¿Tomoyo o Mariya?" – Cuestionó.

– "¡Mariya!" – Contesté de inmediato. – "¡La furia de las patatas caerá sobre sus enemigos!"

La espinosa solo reía ante mi entusiasta respuesta. Era agradable hallar alguien quien simplemente no me mirara feo después de tal despliegue de frikismo. Naturalmente, nos hicimos amigas de inmediato.

Era muy enérgica y muy honesta, aunque su personalidad fuera algo explosiva cuando algo salía mal. Con su reducido tamaño, que la hacía parecer una Saltarina a pesar de ser Tejedora, ella era un pequeño torbellino de problemas, siendo una bromista irreverente de corazón. La pequeña sabía cómo manipularme, en parte por mi docilidad y porque ella era un demonio en miniatura.

– "Ugh, pescado otra vez. Aria, ¿Qué te dieron para comer?" – Dijo la chica al ver su platillo para el receso escolar.

– "Korokke de carne." – Respondí mientras degustaba mi alimento. Al menos mi abuela era una cocinera aceptable.

– "Dámelo, estoy harta del pescado."

– "No, Aka, es la tercera vez esta semana que cambiamos. Pídele a tu madre que te prepare otra cosa la próxima vez."

– "¡La vieja bruja no escucha! Dice que es bueno para mí crecimiento y blah, blah, blah." – Bufó la tejedora.

– "Quizás lo necesites, enanita." – Respondí burlonamente. Eso la enfureció.

– "¡Dame ese korokke, flacucha, o le diré a la profesora que traes pornografía al colegio!" – Amenazó la pequeña.

– "¡Sabes que es mentira!"

Rápidamente tomó mi mochila y sacó una revista que de alguna manera ella introdujo previamente. La agitó con fuerza en el aire.

– "¡Hey todos, Aria tiene el último número de PlaySpider!" – Anunció Akantha, mostrando la obscena publicación.

– "¡De acuerdo, de acuerdo, toma mi comida! ¡Guarda eso ahora mismo!" – Exclamé ruborizada en voz baja mientras le tapaba la boca y escondía las incriminatorias páginas. Ella sonrió, victoriosa.

– "Me gusta cuando hablamos el mismo idioma, flaquita." – Se jactó la espinosa llevándose un pedazo de carne frita a la boca.

– "Eres una idiota, ¿lo sabías?" – Le dije, resignándome a consumir su plato. Odio el pescado también.

– "Y tú eres una flacucha. ¿Tienes planes para esta noche?" – Prosiguió la tejedora, cambiando el tema.

– "¿Eh? Nein, pensaba repasar lo que nos dejo la profesora."

– "Es viernes, Aria. V-i-e-r-n-e-s. Deja el estudio y vayamos a fastidiar a alguien."

– "Diablos, Aka. La última vez Pacelli casi descubre que nosotras derramamos pintura roja en su ropa interior."

– "¡Se lo merecía por no invitarnos a su fiesta!"

– "¡Era el funeral de su tía!"

– "¡Y no nos invitó!"

Siempre era lo mismo con ella. Y aún así, no la quería en otro lugar que no fuera a mi lado. Éramos el ying y el yang perfecto, nuestra dicotomía nos complementaba.

Mi abuela la odiaba, siempre decía que era una mala influencia y le costaba ocultar su hostilidad hacia la espinosa. De la misma manera, Akantha nunca mantuvo en secreto su desdén por mi tutora y siempre le llamaba por apodos que le recordaran su avanzada edad. Y si bien la tejedora no era precisamente un buen ejemplo de modales finos, al menos me ayudó a salir de mi pequeña burbuja de inadaptabilidad social y su presencia anunciaba que nunca pasaría un momento aburrido.

– "Grr. Esa bruja de Mugi de nuevo nos dejó fuera de su cumpleaños." – Se quejó la espinosa al no ser invitada a la fiesta de cierta tejedora que estudiaba en su clase.

– "Usaste las hojas de su cuaderno como papel higiénico, ¿Qué esperabas?" – Le recordé a ella.

– "¿Y qué? ¿Qué acaso ella nunca tuvo una emergencia estomacal? ¿Esperaba que me limpiara el trasero con la mano?"

– "Me lo hubieras pedido a mí y te ahorrabas problemas."

– "¡No había tiempo para ir a tu aula! ¡Un poco más y se me salen las telarañas en medio del pasillo!"

– "Mi aula está al lado de la tuya."

– "Y su cuaderno a mi lado, la distancia más corta gana." – Respondió ella, muy despreocupada. Suspiré.

– "¿Qué voy a hacer contigo, Akantha?"

– "Lo mismo que hacemos todas las noches, flacucha. ¡Tratar de conquistar Sparassus!"

– "Eres una araña tonta." – Repliqué, riendo por sus tonterías. Era una boba, pero era mi amiga boba.

A pesar de su afán de fastidiar a todo el mundo, ella se portaba relativamente normal conmigo, y hasta donde sabía, con nadie más. También suprimía sus instintos de tejedora y nunca me envolvió en alguna de sus telarañas. Me sentía algo orgullosa de ser la única que conocía el lado normal de Akantha. Cuando estábamos solas, la chica podía ser muy atenta y civilizada. Siguiendo su espíritu libre, ella anhelaba el salir de la prisión que era nuestra isla.

– "Aria, ¿Qué harás cuando te gradúes?" – Preguntó la espinosa mientras observábamos el cielo estrellado.

– "Conseguir trabajo e ir a la academia militar, como todos en mi familia." – Contesté.

– "Que aburrido. ¿Tu gruñona abuela aún te tiene convencida de volverte otra soldado?"

– "Es lo que soy, Aka. Es lo que todas las Jaëgersturm somos."

– "Rayos, flaquita. No quiero que te vuelvas como esa fría anciana."

– "Sabes que es mi destino. Además, siempre he tenido afinidad por lo militar, no veo el problema."

– "Pero tú podrías ser algo más que otra marioneta con casco. Es decir, eres demasiado inteligente para solo dedicarte a seguir órdenes el resto de tu vida."

– "Quizás obtenga un rango importante."

– "Para cuando tengas, ¿Qué, ochenta años? ¡A la fanática de tu abuela le tomó cincuenta llegar a ser Coronel antes de que la trasladaran a la reserva nacional e incluso así no llegó a ser gran cosa, ¿O sí?!" – Replicó la chica, molesta.

– "Pero…" – Traté de responder, aunque sabía que ella tenía razón. Incluso los Jaëgersturm teníamos dificultad para obtener un puesto valioso en nuestro ejército. Demasiada corrupción y una plutocracia asentada se interponían en el camino.

– "Sinceramente, Aria, deberíamos irnos de esta isla. Esa tontería del acta de Intercambio o como se llame finalmente nos serviría de algo." – Mencionó la espinosa, volteando a ver los astros en el firmamento.

– "¿A dónde? Los humanos no son muy amigables con una araña gigante. ¿Recuerdas que Azusa volvió en menos de un mes porque no soportaba la discriminación?"

– "Bah, esa cazadora es una idiota. Ni su familia la soporta."

– "Aún así, Sparassus es nuestro hogar y debemos serle fieles a la patria."

– "Ya suenas a la vieja Diva. Mira, no necesitamos ir precisamente a una ciudad humana, solo irnos de aquí. ¿Qué tal Maratus, esa isla australiana llena de Saltarinas?"

– "Rompimos relaciones diplomáticas hace meses."

– "Agh, los políticos siempre arruinan todo. Uhm ¿La nación de Lycosios?"

– "Guerra civil."

– "¿Skyrim?"

– "Eso es de un videojuego."

– "¡Diablos, flacucha, no ayudas!"

– "Si quieres salir de aquí, hazlo. No veo él porque debo detenerte."

– "¿Qué? ¡Ni soñarlo! ¡Nunca me iría sin ti!" – Declaró Akantha llevando sus manos a su cadera.

– "¿Uh? Oh, g-gracias… ¿Por qué?" – Pregunté, algo sonrojada por las palabras de la tejedora.

– "Porque si estoy sola, ¿A cual araña tonta voy a explotar después?" – Contestó con su sonrisa burlona.

– "También te aprecio, enana." – Dije sonriendo ante tal respuesta. Típica Akantha.

– "Lo sé, flacucha. Soy un encanto."

Para ese entonces, mi atracción hacia la espinosa se hacía cada vez más evidente. Tomando en cuenta que era mi mejor amiga y pasábamos tanto tiempo en compañía de la otra, sin olvidar mi atracción hacia el género femenino, el enamorarme de ella no era sorpresa. Pensaba en la tejedora a cada momento, mi corazón se aceleraba cuando la tenía cerca y trataba de aumentar nuestro tiempo juntas. No necesito mencionar que ella era la protagonista de mis fantasías en mis momentos de soledad.

Sin embargo, me era difícil expresar tales sentimientos. No solo había riesgo de perder su amistad, sino que también debía tomar en cuenta que estaría confesando mi lesbianismo, un tema, incluso en estos tiempos, tabú en Sparassus.

Parecía irónico (y absurdo) que en una isla conformada absolutamente por mujeres, la homosexualidad femenina fuera tan poco apreciada, pero cuando tu nación nace de la violencia y la necesidad de reproducirse para crear más soldados, la sociedad termina aceptando estancias contradictorias. Incluso con nuestro poco interés por los humanos, los necesitábamos para procrear, ya que, hasta donde sé, no existen arachnes machos.

Weidmann era la ciudad más apegada a las viejas tradiciones, así que mi situación era mucho menos favorable. Por costumbre, una vez llegada a nuestra adultez, debíamos buscar un hombre en alguna isla cercana, siendo el archipiélago Japonés un destino popular. La Marina de Sparassus era la encargada de organizar tales viajes y asegurarse que todas las pasajeras regresaran con la semilla humana en sus vientres. Ignoro cómo diablos los humanos nunca nos notaron.

Las arachnes que optaban por el ejército obtenían la ventaja de elegir el tipo de persona con la cual procrear y no se escatimaban recursos en lograr que se encontrara al candidato adecuado. La única condición para tan aparentemente benévolo acuerdo, era que la descendencia de tales arachnes debía servir en la milicia, al igual que las hijas de estas, por básicamente, la eternidad. Mi familia había seguido tal costumbre fielmente desde que el inicio. Mi abuelo había sido piloto en la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial, mi padre fue miembro de la Landstreitkräfte en Alemania del Este.

Nunca los conocí y jamás supe cómo eran, incluso sus nombres me son un misterio. Ninguna de mis familiares guardó fotos o algún otro recuerdo, excepto la Eisernes Kreuz que mi abuelo le dejó como obsequio a su mujer. No hubo historias de amor o de heroísmo. Básicamente, sus encuentros fueron estrictamente para aparearse, sin ninguna clase de sentimiento. Mi concepción fue solo el siguiente paso en el frío legado de los Jaëgersturm.

Eso era lo más devastador de todo, el saber que estaba condenada a la esclavitud de un régimen totalitario en una vida sin amor. Me destrozaba por dentro, me atormentaba. ¿Quién desearía un futuro tan infausto?

Huir de de este estado fascista junto con Akantha era una opción que siempre consideraba, aunque le hiciera creer que estaba en contra de ello. Quizás, también finalmente confesarle mi sentir y con algo de suerte ella me correspondería. Huiríamos lejos y seríamos felices. Era una fantasía muy optimista.

Un día finalmente tuve coraje para formular un plan para comprobar si mis fantasías se volverían realidad. Siendo adolescente, las hormonas suelen opacar al cerebro y deduje que el no llevar sostén podría hacerle notar a la espinosa mi interés por ella. Era un plan muy estúpido, pero mi calenturienta mente no ideaba algo mejor.

Ese día... Ese infame día, recordé que la realidad es un cruel golpe en la cara.

– "¿Te sucede algo, patas de alambre? Te veo algo inquieta." – Comentó la pequeña tejedora mientras leíamos mangas en mi cuarto.

– "N-no, solo… estaba pensando." – Respondí con nerviosidad. No había nadie en la casa, solo nosotras dos y entre más pensaba en ello más difícil me era concentrarme.

– "¿En qué? ¿En cómo ser tan inteligente como yo?" – Dijo burlonamente.

– "S-si, eso, eso…"

– "¿Uh? ¿Te sientes bien?" – Preguntó Akantha, notando lo obviamente distraída que me encontraba.

– "Te dije que sí. Solo estoy algo cansada."

– "Ya te advertí sobre ponerse a leer esos libros aburridos por la noche. Dijiste que querías ser una soldado, no bibliotecaria."

– "Un cuerpo fuerte se complementa con una mente aguda."

– "Con ese flacucho cuerpecito, no has de esforzarte mucho entonces."

– "¿Ah sí? Supongo que con ese diminuto tamaño, el contar hasta diez debe darte jaqueca."

– "¿Me estás llamando idiota?" – Expresó molesta la espinosa.

– "No, ¿Cómo crees? Prefiero llamarte Akantha." – Contesté y sonreí con sarcasmo.

– "Última advertencia, BobAria…"

– "Baka-ntha…"

– "¡Ya estuvo!" – Declaró al lanzarme sobre mí.

Su reducida estatura no le impedía el atacar con fuerza. Incluso para alguien tan grande como una cazadora, contener a esta chica era muy difícil, sin mencionar que su ancho y espinoso abdomen endurecido dificultaría cualquier intento por dominarla. Pero el tenerla sobre mí, tan pegada a su cuerpo, evitaba cualquier intento por quitármela de encima.

– "¡Auch, ow! ¡Bien, bien, lo siento, ya detente!" – Exclamé. No es que sus golpes dolieran o que me estuviera atacando en serio.

– "Jum. Y no te doy otra…" – Amenazó la tejedora agitando sus puños.

– "¿Cómo puede una garrapatita como tú tener tanta energía?" – Bromeé acomodándome el cabello.

– "¡Porque soy la gran Akantha! ¡Tengo ocho piernas y todas ellas patean abdómenes!" – Manifestó la pelirroja con orgullo.

– "Como digas, trasero gordo." – Dije sonriendo maliciosamente.

– "¡No le digas gordo a mi lindo posterior, tú… tú… tetas flacas!" – Expresó la tejedora. Se sonrojó al realizar lo tonto que sonó tal insulto.

– "¿Oh?" – Sonreí burlonamente. – "¿Hablas de mis lindas gemelas?" – Acto seguido, agité mis pechos de un lado a otro. – "¿Celosa?"

– "¡No, son demasiado grandes para una esquelética como tú!"

– "Siento mucho que mis agraciados atributos te parezcan enormes, pequeñita. Ser tan perfecta no es una virtud apreciada por muchos…" – Continué provocándole, haciendo saltar mis senos con mis manos. – "Apuesto a que darías tus ocho patas por tener estás bellezas." – Dije mientras me acercaba a ella.

– "En tus sueños, patas de fideo. Mis pech… Umh, no llevas sostén…" – Mencionó ella al notar mi falta de tal prenda. Sonreí mentalmente, era lo que quería.

– "Oh, eso. Me estorbaba. Mucha restricción. Prefiero dejar a mis bebés libres."

– "Es la primera vez que te oigo decir algo así. Siempre eres tan pudorosa. Ni siquiera quieres usar minifalda."

– "Hay cosas que no sabes de mí, Aka. Puedo ser muy misteriosa." – Declaré acortando la distancia entre nosotras aún más.

– "¿Aria? ¿Q-qué haces?" – Cuestionó la pelirroja nerviosa. Una de las muy escasas veces que la veía en tal estado. El ser yo la dominante, me incitaba a continuar.

– "Solo quiero compartir la gloria de mis pechos… contigo…" – Confesé en un tono seductor. En ese momento, el deseo había tomado control de mí por completo.

– "¿D-de que hablas? O-oye, no sig-" – Pausó ella al tener mis atributos frente a ella. La había acorralado junto a la pared. El hecho que yo fuera mucho más alta que ella me hacía ver más imponente.

– "Libéralos…" – Ordené a la sumamente ruborizada tejedora.

Ella no respondía de la sorpresa. Tomando la iniciativa, desabotoné mi camisa sin quitármela por completo y permití que admirara mi sudado escote. Ella aún continuaba sin habla. Mi respiración se agitaba y mi temperatura corporal iba en aumento. Solo nosotras dos, nadie más en el mundo que se interpusiera. La tenía a mi merced.

– "A-Aria, creo que esta broma ya fue muy lejos…" – Dijo nerviosa la espinosa.

– "No es una broma, es una confesión." – Afirmé poniendo mis manos en sus hombros.

– "¿Q-q-qué?" – Cuestionó anonadada.

– "Me gustas, Akantha. Siempre me has gustado." – Declaré recorriendo sus brazos. Amaba como esa piel tan suave y tersa contrastaba con la dureza de su exoesqueleto. – "Paso noches enteras deseando que me mires más que como una amiga."

– "¿Y-yo t-t-te g-gusto? ¿E-eres les-bi-bi-ana?" – Tartamudeó la impactada arachne.

– "Correcto, mi hermosa tejedora." – Le confirmé. Ahora recorría su firme espalda. Deseaba tanto arrancar su ropa y delinear su blanca piel con mi boca. – "¿Qué te parece si exploramos las artes sáficas?"

– "D-detente, Aria. No sigas…" – Protestó Akantha. Mis pedipalpos rodearon sus caderas y la pegué a mi cuerpo. Ella hizo a un lado la cabeza para evitar hacer contacto directo con mis pechos. – "Yo no… yo no soy así…"

– "No tengas miedo de confesar lo que sientes, Aka. Estamos completamente solas, nadie nos juzgará." – Aseguré. Acaricié su cabello, cosa que ella evitaba moviendo la cabeza, pero eso solo la hacía que su rostro se encontrara con mis senos.

– "Dije… ¡Dije que no!" – Exclamó de repente, liberando sus manos y empujándome.

Trató de huir hacia la puerta, pero mi instinto de cazadora se lo impidió. La sostuve de los brazos y aunque forcejeó para librarse de mi agarre, mi tamaño y fuerza eran superiores. La contuve y la aprisioné contra la pared, me deshice de mi camisa y presionando mi cuerpo contra su espalda, me deleité con mis pezones recorriendo su piel. Su abdomen espinoso no era problema porque mi altura fácilmente me permitió reposar encima de este. La tejedora estaba completamente bajo mi poder. Era mi presa y yo estaba ávida de devorarla.

– "¡Aléjate, pervertida!" – Protestó la pelirroja inútilmente. Intentó arrojar su tela, pero en su alterado estado y con mi velocidad, solo me proveyó una buena soga para inmovilizar sus brazos.

– "No hay escape ahora, tejedora." – Susurré a su oído. Mi voz en ese momento sonaba aterradora. – "Lass uns spielen…"

Años de represión suprimiendo mis deseos e instintos estallaron en ese momento de la peor forma posible. Desgarré la vestimenta de mi víctima, exponiendo su sostén. Recorrí sus desnudos hombros con mi lengua al tiempo que mis manos estimulaban sus pechos. Teniendo en cuenta la estatura de su dueña, estos eran relativamente normales, pero muy firmes y suaves al tacto. Continué haciendo mía su espalda, ensalivándola con mi húmeda lengua y transformando sus protestas en gemidos involuntarios. Yo me extasié con su vergonzoso despliegue, verla tan vulnerable era adictivo.

Mi lujuria se desbordaba en exceso. Me deshice de mi vestido y estimulé mi entrepierna con la espalda baja de la atrapada arachne. Tal contacto me enloquecía por completo. Estaba fuera de mí, era una persona completamente diferente. Proseguí mi salvaje asalto despojando a mi victima de su vestimenta, quedando ambas en mera ropa interior. Con una mano recorría sus pechos y con la otra me dirigí hacía su punto más vulnerable. Los ojos de Akantha se abrieron por completo al sentir mis lascivos dedos tan cerca de su intimidad. Mordí su oreja instintivamente, deseaba saborear cada parte de mi hermosa presa.

Pero la diminuta arachne no se dio por vencida. Ella, aprovechando que yo estaba concentrada en mi placer, agitó su abdomen y lo hizo chocar con el mío. Fue un movimiento efectivo, haciéndome retroceder y dándole oportunidad de aflojar los amarres que aprisionaban sus brazos, liberándose. Intenté someterla de nuevo pero su las protuberancias de su acorazado posterior se encontraron con mi piel descubierta.

Sus espinas lograron rasgar el lado derecho de mi estómago. El dolor fue suficiente para hacerme gritar y recobrar la consciencia. Llevé mis manos a mi herida, la sangre se derramaba y Akantha me miraba con ojos llenos de odio puro. Estaba despierta pero atrapada en una terrible pesadilla.

Y como toda pesadilla, solo podía empeorar.

Mi abuela, quien había regresado junto con mi madre, acudió a investigar al oír mis agudos quejidos. Al abrir la puerta, ambas se encontraron con un par de adolescentes desnudas, una de ellas siendo su familiar, su sangre, tratando de evitar que la suya siguiera brotando de su cuerpo. Era la peor escena del crimen que ellas pudieran imaginar. Y la perpetradora aún seguí ahí.

En una instancia que se repetiría en el futuro, Akantha tomó lo que quedaba de su ropa y se apresuró a huir del lugar. Mis tutoras se hicieron a un lado y volvieron a mirarme fijamente, sus expresiones fusionadas en ira, vergüenza y decepción. Yo estaba paralizada, no sabía que responder. Aún si mi lengua obedeciera, ignoro que podría decir. No era necesario hablar, yo era culpable. Era una acosadora, una violadora.

Un monstruo.

La arachne mayor se acercó, sin decir una palabra. Quise incorporarme y defenderme, pero su puño en mi cara fue más expresivo que cientos de sermones. A pesar de su edad, la fuerza del impacto me hizo besar el suelo. Dolió en demasía, pero el golpe más devastador lo daría mi madre. Moviendo débilmente mi cabeza, pude observar como las lágrimas de decepción se deslizaban por sus mejillas. No se movió de su lugar, solo continuaba mirando a su fracaso de hija quien se arrastraba como un gusano por la manchada alfombra.

– "Eres un error." – Fueron sus palabras. Las últimas que escucharía de ella.

Ambas se macharon, cerrando la puerta y dejándome a solas con mi infamia. No pude siquiera llorar para apaciguar el sufrimiento. De todas las heridas, eran las de mi alma las que más dolor me causaban. Quedé horas en el suelo, inmóvil, inmutada, inutilizada.

Imperdonable.

En los días siguientes, mi casa se volvió mi celda implícita. No deseaba salir, ya no podía formar parte del mundo. Mi abuela dejaba comida en la puerta de mi cuarto y ropa limpia. Me sentía indigna por tal trato. No merecía alimento o vestimentas, solo rechazo. Aún así, ella fue la única que tuvo el coraje suficiente para hacerse cargo de mí, ahora que mi madre, justificadamente molesta, se había marchado a la academia militar de manera permanente. No volví a verla o recibir comunicación alguna. No puedo culparla.

De la misma manera, Akantha y su familia desaparecieron de mi vida y Weidmann para siempre. Fue lo mejor para ambas, sería imposible existir en el mismo lugar. Al menos no mientras yo viviera. O incluso muerta, yo le había dejado cicatrices en su vida más profundas y dolorosas que las de mi cuerpo. Mis heridas serían testimonio de mis acciones, recordándome por la eternidad que soy una idiota, una estúpida.

Un error.

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– "Mi abuela nunca habló del incidente, jamás indagó sobre ello. Quizás sabía que no tenía caso desperdiciar aliento en recriminarme. Ella dejaría que la culpa misma me consumiera, un juicio silencioso en el que yo sabía el veredicto. Pasé el resto de mis días cerrando mis sentimientos y borrando todo semblante de emoción. Deduje que al volverme un ser frío, evitaría que mi monstruo interior despertara de nuevo."

Miré mis manos. Era como si la sangre aún siguiera allí.

– "Y aún así, no podía vivir conmigo misma. Odiaba lo que era por dentro y odiaba en lo que la cultura de mi nación me convertiría. Me desesperé y decidí largarme." – Calmé mi respiración antes de continuar. – "Esa es la verdadera razón por la cual huí de Sparassus. No era experiencia, no era conocer el mundo, solo deseaba escapar del pasado." – Confesé llevando mis brazos alrededor de mi cuerpo. – "Cuando llegué este país, me sentí libre, libre en verdad. Era como si la vida me diera un nuevo comienzo y de alguna manera me sería posible rectificar mis acciones."

Miré a Lala. Ella había escuchado atentamente a mi historia sin interrumpir. Le agradecí silenciosamente por su paciencia. Mi rostro se tornó triste al recordar lo que le había hecho.

–"Pero al final lo arruiné de nuevo. Dejé que mi instinto me dominara, perdí el control, me volví ese animal que tanto temo. Y te ataqué. Me diste tu confianza y yo abusé de ella. Ahora me doy cuenta que no puedo huir de mis errores, porque el error soy yo."

Al terminar mi relato, hacía mucho que las lágrimas resbalaban por mi rostro y manchaban el suelo de la habitación. Cerré mis ojos y evité contacto visual con la dullahan, quien simplemente permanecía enmudecida. El silencio siguió por varios minutos, tiempo en el que ninguna se decidió a comentar algo. Mi historia, a pesar de su longitud, solo fue una versión abreviada del todo, pero lo principal había quedado claro.

– "Lamento haber manchado el piso." – Me disculpé con Lala mientras me dirigía a la salida. No había nada más que charlar. Había escuchado mi anécdota como prometió y era tiempo de cumplir la mía. Tal vez Smith pueda llevarme temprano al puerto más cercano y embarcarme de nuevo a mi isla. Acepté mi derrota y me resigné a que si iba a ser una rechazada, que sea al menos en mi propio hogar.

Sin embargo, algo me detuvo. Lala, aún sin hablar, sostenía la manga de mi camisa. Jaló suavemente, invitándome a darme la vuelta. Le obedecí y entonces se acercó. Cerré los ojos con temor, quizás deseara darme una última bofetada como despedida. Lo merecía por completo.

En su lugar, dos brazos me rodearon y un cálido cuerpo se pegó al mío. Me sorprendí al verla abrazándome. No percibía ira o enojo, sino comprensión. No esperaba esto. No me sentía digna de tan generoso acto. Quise alejarla pero su abrazo se intensificó, dejando claro que no me dejaría ir tan fácilmente.

¿Por qué lo hacía? ¿Por qué me estaba perdonando? ¿Por qué siento que no me dejará libre hasta que… hasta que…?

Lloré. Lloré como nunca lo había hecho en años, a cántaros, como una niña pequeña. La abracé de vuelta mientras mi llanto se intensificaba. Necesitaba esto, en verdad que sí. Era lo que mi abuela o mi madre nunca hicieron por mí, solo escuchar y dejar que me desahogara en sus brazos. Un cálido hombro en el cual llorar es tan simple, pero tan necesario.

Cuando mis sollozos cesaron, me separé lentamente para mirar a la dullahan a los ojos. Los míos estaban nublados y húmedos, los de ella igual. Lala había soltado lágrimas, por mí. Ella no debería hacerlo por alguien como yo, pero aún así me sentí tan afortunada por su empatía.

– "Danke." – Dije con toda sinceridad. Una débil pero genuina sonrisa había regresado a mi rostro. – "Lamento que hayas tenido que soportarme. Molestarte tan temprano para aburrirte con mi patética melancolía…"

– "No sigas degradándote, cazadora." – Interrumpió la mujer con voz firme. – "Detén tu intento por menospreciar tu persona."

– "Lo… Lo siento. Pasé tanto tiempo haciéndolo que es casi instintivo."

– "Tus lamentaciones son justificadas y comprendo la culpa detrás de ellas, pero tu proceder solo fue el resultado de una educación inadecuada, indiferencia familiar y represión mental. Todo aquello deja marcas que no podemos borrar, pero ha pasado el tiempo suficiente para comenzar a mirar hacia adelante."

– "Lala. No necesitas hacer esto. No seas tan amable. No… No necesitas simpatizar conmigo."

– "Lo hago porque no somos tan diferentes." – Respondió la dullahan.

– "¿A qué te refieres?" – Pregunté intrigada.

– "También tengo un pasado que suele atormentarme." – Contestó ella, cruzando sus brazos. – "No pasé precisamente por lo mismo que tú, pero de la misma manera, compartimos el tener problemas con los miembros de nuestra familia."

Lala caminó al centro de la habitación. Exhaló lentamente y volteó a verme con melancolía en sus ojos.

– "Aria." – Me habló. Sonreí mentalmente al escucharla pronunciar mi nombre. – "¿Tienes tiempo para escuchar sobre los grises ayeres de esta dullahan?" – Solicitó la mujer de dorados ojos.

– "Por supuesto, Lala." – Afirmé honestamente. Esto sería lo menos que podía hacer para agradecerle. Ella sonrió un poco.

– "Gracias." – Dijo y miró al techo, como si se remontara al pasado. – "Antes de llegar a este país, antes de volverme la Mensajera de la Muerte; Yo era una simple niña irlandesa. Mi vida no era nada del otro mundo, al menos hasta el día… del ritual. El ritual para ser lo que soy."

Su mirada se tornó triste y sus brazos apretaron con fuerza a su cuerpo. Sin duda, un recuerdo doloroso.

– "Soy una dullahan. Es mi deber quitar la vida a quienes la hora les haya llegado y guiarlas hacia el aposento del Más Allá. Es el Abismo mismo quien decide al que debe recibir el agudo metal de mi hoz." – Prosiguió tomando su arma. – "Y mi ritual consistía en ejecutar a mi primera víctima. Alguien a quien nunca olvidaré."

– "¿D-de qué hablas?" – Cuestioné con suma preocupación.

Me miró, miró al techo después. Sea lo que fuese, no le era agradable rememorarlo. Habló de nuevo, con una voz que solo puedo describir como el lamento de un alma siendo consumida por la oscuridad y el sufrimiento.

– "Mi primera víctima, fue mi madre."


NOTAS DEL AUTOR: Les agradezco que hayan tomado su tiempo para leer. Danke schön. Les invito a dejar un comentario y a que esperen el próximo capítulo. Auf wiedersehen!