NOTAS DEL AUTOR: Saludos, queridos lectores, Tarmo Flake volvió. Lo sé, que horror. En fin, aquí otro capítulo, esta vez enfocado en el pasado de nuestra dullahan favorita: Lela, digo, Lala. Disfruten.

Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado, de lo contrario, la serie se llamaría "Rachnera y el porqué las arachnes son la especie superior" y sería 100% yuri.

Este es un fanfic hecho con el simple propósito de entretener y creado sin fines de lucro.


NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE

CAPÍTULO 7


– "Lala, arriba. Ya es hora."

Desperté. Me levanté con la Aurora, la de rosáceos dedos, como todas las mañanas. El día comenzaba en Irlanda y el sol iluminaba mi pequeña aldea en el Condado de Wicklow, situada entre la región montañosa homónima.

– "Maidin mhaith, matriarca." – Bostecé quitando las lagañas de mis orbes oculares y dando los buenos días a mi progenitora; Laetitia.

– "Maidin mhait, Lala. Ingiere tus alimentos y prepara tu vestimenta. Nuestra tarea de hoy es la granja de la señora Doyle." – Informó ella.

– "Entendido, matriarca."

Yo desayunaba mientras mi madre preparaba su atuendo habitual. Siendo una dullahan, el vivir en una aldea humana le obligaba a ocultar su singular apariencia. Tomó su máscara hecha con piel de oveja y acomodó su cabello bajo un pañuelo. Ella usaba ropa que cubriera toda parte descubierta de su azulada piel, incluyendo una bufanda. Curiosamente, prefería vestimenta de colores oscuros, aún cuando pasáramos tiempo bajo el sol. Tomó sus lentillas hechas con vidrio y queratina, pero en lugar de cubrir su irises, estos estaban diseñados para ocultar su negra esclerótica. El cabello blanco no necesitaba ser teñido, siempre era confundido por rubio platinado intenso o simples canas.

Por el contrario, yo lucía humana en su totalidad, el Abismo aun no habiendo despertado mi naturaleza todavía. Lo único que compartía, además del parecido físico, era la blanca cabellera. Al finalizar mis alimentos y arroparme, mi madre y yo tomamos nuestras herramientas para comenzar la faena diaria como típicas granjeras. Parecería que un trabajo como simples campesinas no era una tarea digna de un par de seres sobrenaturales, pero un inicio humilde no tiene nada que ver con nuestro supuesto honor, decía mi madre. Además, era lo que el Abismo nos asignó y no podíamos desobedecer.

Mi progenitora tomó su enorme guadaña y yo cargué con las demás herramientas con una cubeta. Nos dirigimos a la parcela de nuestra vecina más cercana; Emily Doyle, una anciana que vivía sola con su nieta. Era una persona amable y dado que su familiar era aún muy pequeña, ella siempre nos pedía ayuda para cuidar de sus ovejas y sus hortalizas. Tal trato nos proveía con productos como lana, vegetales y carne por parte de la agradecida mujer.

Dejando mis herramientas junto a mi madre, tomé un cayado y abrí la reja para comenzar mi trabajo. Las ovejas balaron al verme, me conocían desde hace tiempo. Yo les sonreí, eran como buenas amigas para mí. Las guié hacia los campos, abundantes en pastos fértiles y nutritivos. El clima anunciaba una mañana soleada y probabilidades de precipitación al atardecer. Era lo habitual en Irlanda.

Cuidar de los animales era algo cansado, ya que la señora Doyle no contaba con perro pastor u otro apoyo para vigilar a los ovinos. Siempre terminaba exhausta después de recorrer las distancias que las ovejas necesitaban para satisfacer su apetito. En ocasiones, cuando estas permanecían muy juntas y nos hallábamos bajo buena sombra, me relajaba leyendo un libro. Afortunadamente, los depredadores eran escasos y podía ahuyentarlos si intentaban atacar el rebaño.

Mi madre atendía las hortalizas y cortaba leña, según necesitara la dueña de la granja. Su habilidad para llevar a cabo sus tareas con gran eficiencia era algo que siempre admiré de ella. Al finalizar el día, la anciana Doyle nos invitaba a comer en su casa junto con su joven nieta.

La niña, Eve, apenas tendría seis años de edad, pero era muy entusiasta y amigable. Ella jamás pronunciaría su propio nombre, ya que era completamente muda. Aprendí el lenguaje de señas gracias a ella.

Eve me acompañaba en ocasiones durante el trabajo, actuando como un par extra de ojos. Llevaba una pequeña campana por si necesitaba informar de problemas. Por suerte no era sorda, lo que facilitaba darle órdenes precisas. También podía leerle historias cuando descansábamos, siendo la literatura británica su preferida. Tal amor por los libros nos hacía muy unidas, me encantaba representar escenas de sus obras favoritas y ella siempre alababa mi actuación. Gracias a su pasión por los libros, enseñarle a escribir y leer fue más fácil de lo esperado. Era una lástima que nunca la escucharía recitar sus pasajes favoritos. Aún así, llegué a considerarla una hermana menor y ella me respetaba como la mayor. La quería mucho.

Cuando no atendíamos a los Doyle, trabajábamos en la granja de los Carmody. Esta era mucho más grande y el señor Carmody poseía toda clase de cultivos y ganado. Las labores eran más agotadoras pero la paga era muy buena. Si bien el dueño podía darse el lujo de contratar cualquier cantidad de trabajadores, eran las habilidades innatas de mi madre lo que lo convencían de seguir contratando nuestros servicios. Eso y porque el sueldo de dos personas es mucho más bajo.

– "¡Laetitia Sheehy y la pequeña Lala; Justo a quienes esperaba!" – Anunció el adinerado hombre con una sonrisa al vernos. Era una suerte que su fortuna no le haya quitado lo amistoso.

– "Gusto en verlo de nuevo, señor Carmody." – Saludó mi progenitora. Usábamos el apellido Sheehy como parte de nuestro disfraz humano. Las criaturas del Abismo no necesitamos apellido; Todos somos parte de la Eterna Oscuridad.

– "Por favor, llámeme Fergus, lo de "señor" me hace sentir viejo." – Sugirió el pelirrojo sujeto.

– "Si esa es su desición, Fergus. ¿Deduzco que los días de cosecha están próximos?" – Preguntó mi madre, señalando las cajas apiladas cerca del molino.

– "Así es, Laetitia, los cultivos ya están maduros y en perfecto estado para su venta. Vamos a demostrarle a esos citadinos que ningún pesticida ni maquinaria pesada sustituye el trabajo honesto del agricultor." – Contestó el granjero, siempre orgulloso de la calidad de los productos salidos de su propiedad. Admito que él tenía razón para estarlo.

– "Entonces no se diga más. Nuestra faena inicia ahora." – Anunció la mujer. – "Lala, trae la canasta. Nos espera un día atareado." – Me ordenó mi madre. Y así comenzaba lo que sería una agotadora semana.

Ya sea recogiendo tomates u ordeñando vacas, el lugar nos mantenía ocupadas todo el día. Mi matriarca poseía una energía inagotable, además de una técnica con su hoz perfeccionada por los años de experiencia y su naturaleza como dullahan. Siempre me asombraba al verla girar su herramienta con velocidad y cortar las malas hierbas con extrema precisión. Yo entrenaba con una hoz de madera en mis ratos libres, soñando en llegar a ser tan eficaz como mi progenitora.

Pero, aunque el lugar fuera más grande y diverso, no sustituía la familiaridad que sentía con los Doyle. Quizás era porque el viejo Fergus vivía solo con su esposa y sus hijos ya eran mayores. Incluso cuando mi madre me acompañara, laborar ahí podía ser algo solitario. Además, nadie podía sustituir mi amistad con Eve.

Terminadas nuestras labores, nos dirigíamos de vuelta a casa. La distancia entre la propiedad Carmody y nuestro hogar era considerable y el tener que caminar agregaba otro motivo para desplomarse en la cama al llegar. Mi madre, como siempre, no mostraba fatiga alguna, la energía del Abismo era inagotable.

Después de comer y asearnos, yo regresaba a mi lectura. Poseía una pequeña cantidad de material para entretenerme a la luz de las velas, siendo el ruido de los animales nocturnos o la lluvia el acompañamiento habitual.

Mi madre se dedicaba a zurcir su atuendo, siempre necesitado de constante mantenimiento para proseguir con nuestro ardid como humanas. Ella misma había fabricado su máscara y creado sus lentillas, además de coser nuestra ropa, todo esto demostrando la gran versatilidad que la mujer poseía.

Por la noche, toda pretensión de pasar por una mortal desaparecía. Ella se dirigía al cuarto secreto, sus puertas ocultas detrás de un enorme ropero vacío. Es ahí donde alojaba su antigua armadura y auténtica hoz de dullahan.

Como las leyendas, su armadura era oscura con pocos ornamentos dorados. Acero pesado, moldeado con precisión para ajustarse a la figura de su portadora sin sacrificar protección. Aunque ahora pareciera exagerado el uso de tan extravagante armazón, tal costumbre proviene de los antiguos tiempos cuando las islas británicas estaban en constante guerra con sus vecinos e invasores de ultramar. Además, mi madre adoraba lo intimidante que su blindaje la hacía lucir.

Su guadaña, la verdadera, era excepcionalmente afilada y completaba su atuendo. Sus ojos brillaban como llamas y un aura oscura la rodeaba. Una vez lista, mi matriarca salía a rondar por el condado bajo la luz de las estrellas. No se despedía, simplemente partía cumplir su trabajo, su deber, el que yo alguna vez heredaría cuando el Abismo me llamara.

Sí, el Abismo, nuestro creador y padre de todas las criaturas de la noche.

Nací un veinticinco de diciembre en la noche, durante el Draíochtion; Evento cósmico que se suscita cada cien años cuando la luna se halla en la séptima casa de Acuario. La fuerza de la Eterna Oscuridad es diez veces mayor en ese momento y los seres abismales, bajo su influencia, desbordan poder ya sea en un aumento de habilidades o convirtiendo la energía en algo más. En el caso de mi madre, el exceso de tal energía se transformó en… vida.

Partenogénesis, el acto de concebir sin fecundación previa. Un nacimiento virgen.

No sería inusual. La reproducción asexual se halla en la naturaleza, como insectos, reptiles y peces. Para un ser nacido del Caos Infinito, es cosa simple. El Abismo, mi padre, plantó su caótica semilla y así vine a este mundo, como hija única de la poderosa Laetitia, la Segadora del Leinster.

Prefería no pensar mucho en ello. Mi herencia como futura mensajera de la Muerte aún estaba lejos y la vida actual me parecía suficientemente placentera como para preocuparme por el mañana. Sin contar que, si uno lo analiza detenidamente, el Abismo prácticamente embarazó a su propia creación. Es tan perturbador como suena.

Aunque, ver a mi progenitora partir cada noche siempre me recordaba que en algún momento yo ocuparía su lugar. Sería yo quien recorriera entre las sombras, vestida en inhumana indumentaria y blandiendo feroz filo, en busca de las almas de los infortunados. Siempre había alguien a quien el Más Allá esperara, siempre había sangre que derramar. El trabajo de nuestra estirpe era la vigilia constante.

Dormía; Dormía para despejar mi mente. El conflicto moral dentro de mí no tendría cabida, diría mi madre. Soy una segadora, el instrumento predilecto de nuestro ominoso creador para ejecutar su palabra, la mesías de la Muerte misma; Una dullahan.

El escapar hacia el mundo onírico dejaría de ser un desahogo viable cuando la pubertad me alcanzó. A diferencia del Homo Sapiens, nuestra madurez se da alrededor de los quince o dieciséis años, siguiendo la medida del tiempo del calendario gregoriano. Yo supe que la mía había llegado cuando un día desperté con la mirada a ras del suelo.

Mi primera reacción fue el pánico, estaba desorbitada y no lograba sentir mis extremidades. El miedo se hizo mayor cuando vi mi cuerpo decapitado moviéndose por sí mismo en la cama, agitando sus brazos y piernas frenéticamente. Grité de inmediato, rogué por mi madre que acudiera a auxiliarme. Ella ya estaba despierta, sentada en una silla contigua y mis suplicas no parecían inquietarle en lo más mínimo.

– "Cesa tu llanto de inmediato, criatura." – Ordenó ella con tono seco.

– "¡Ma-mamá! ¿Q-que pasó?" – Pregunté aterrada, tratando de ordenar mi mente.

– "Tu tiempo ha llegado. La oscuridad despertó en ti. Levántate, tu verdadero entrenamiento comienza desde hoy." – Informó mi progenitora.

– "P-pero… ¡Ayúdame! ¡Mi cuerpo… no puedo controlarlo!"

– "Serena tu temple y pronto podrás asumir el mando total de él."

– "D-de acuerdo…" – Musité.

Aunque me resultara difícil en tal estado, intenté calmarme. Lentamente, las sensaciones de mi parte corpórea regresaban. Me asombré al ver mi propio cuerpo azulado acercarse torpemente hacia mí. Con cuidado, tomé mi cabeza e intenté ajustarla a su lugar original. Fue una extraña experiencia el unirla, podía percibir los músculos y nervios acoplarse al resto de mi figura. Al menos no fue doloroso.

– "Excelente. Ten, necesitarás esto." – Dijo mi madre entregándome una máscara de piel de oveja y un par de lentillas. ¿Tanto he cambiado? Me pregunté.

Me miré al espejo. La respuesta era sí. Además del obvio tono azul de mi piel, mis ojos pasaron de marrón a dorados, con rojas pupilas, rodeados de esclerótica negra como la noche. Los cambios no solo eran físicos, también podía percibir una fuerte energía dentro de mí. Era el poder del Abismo, en demasía. Demasiado abrumador para mi persona.

– "Me siento rara." – Externé preocupada. La noche anterior era solo una adolescente de pelo blanco, hoy, soy esto.

– "El regalo de la Oscuridad es abundante. Ahora es parte de ti, deja que tu ser lo acepte en cuerpo y alma." – Manifestó mi progenitora. – "Sígueme, esto apenas inicia."

– "De acuerdo. Voy a buscar un sombrero para cubrirme del sol."

– "No es necesario. Tu melanina abismal te protege de la radiación electromagnética producida por la estrella de este sistema planetario. Vamos."

Le obedecí y salimos hacia la parte trasera de nuestra casa. Vivíamos algo aisladas y no había peligro de ser vistas, pero la precaución nunca estaba de más. Ella tomó su verdadera y demoniaca hoz y yo la mía, de madera. De repente, mi progenitora se volteó y con un veloz movimiento de su herramienta, cortó la mía a la mitad.

– "¡¿Por qué hiciste eso!?" – Protesté molesta por su acción.

– "Eres una dullahan, usa una hoz real." – Contestó sin mirar a verme, encaminada al espacio abierto donde solía afinar sus habilidades.

Agarré una metálica. Mi entrenamiento real comenzaba.

– "¿Ves ese azarollo?" – Preguntó mi madre, apuntando al árbol caducifolio frente a nosotras. – "Se le conoce como serbal de los cazadores. Posee fuerte madera fina."

– "Ya veo."

– "Córtalo." – Ordenó a secas.

– "¡¿Q-qué?! Pero… ¿No sería más fácil con un hacha?"

– "Eres una dullahan, hazlo."

– "P-p-pero…"

– "¡Hazlo!" – Exclamó con fuerza, haciéndome retroceder.

Tímidamente me acerqué al árbol en cuestión. Me parecía imposible seguir tal decreto con mi herramienta. Estaba diseñada para sesgar, no talar, además de que el grosor del metal no resistiría. Suspiré y procedí a golpear torpemente la madera con mi inefectiva arma. Como esperaba, el golpe hizo vibrar la hoz y me sacudió, sin tener efecto alguno en el azarollo.

– "De nuevo." – Manifestó inflexible mi matriarca.

Mi segundo intento obtuvo el mismo resultado. Los siguientes fueron también en vano, una hoz no puede cortar un tronco.

– "Es imposible." – Admití derrotada.

Mi madre suspiró. Se acercó y me hizo a un lado. Sosteniendo su macabro instrumento, tomó posición de ataque. El artefacto comenzó a emanar un aura color rojo oscuro y los ojos de su dueña brillaron. Aún en plena luz del día era muy evidente. Como un destello, hizo un movimiento fugaz y el árbol que antes se erigía inamovible ahora se hallaba en el suelo. Lo había logrado, contra toda física y probabilidad ella había cortado el grueso tronco.

– "Quizás no poseas una Herramienta Abismal como la mía, pero es la voluntad lo que logra tales hazañas." – Declaró mi progenitora. – "Mi laxitud respecto a tu educación trajo como consecuencia un retraso en el desarrollo de tus habilidades. Será necesario que empieces con algo más básico."

Acto seguido, nos encaminamos a terreno abierto. La vista era hermosa, especialmente por el gigantesco campo de flores que se extendía por casi todo el horizonte. Un bello campo amarillo de dientes de león a todo esplendor. Tal felicidad no duró mucho.

– "No quiero verlas al caer la noche." – Aseveró mi madre.

– "¡¿Qué?! ¡¿Quieres que corte todas estas flores en un solo día?!" – Exclamé sorprendida por tan osada solicitud. Si no fuera una dullahan, diría que perdió la cabeza.

– "Será mucho más fácil que un árbol." – Dijo ella tomando descanso bajo uno y abriendo un libro. – "Tienes aproximadamente once horas para lograr tu cometido, sugiero iniciar lo más pronto posible."

Estaba atónita. Mi madre siempre fue fría y demandante, pero ahora sus deseos parecían ridículamente exigentes. Miré las flores, abarcaban casi toda la vista. No terminaría nunca. Mi progenitora no parecía importarle y continuó su lectura. Suspiré resignada, tomé mi herramienta y traté de llevar a cabo tan titánica faena.

Una flor es más fácil de cortar que un árbol crecido, era verdad, pero cuando estas se cuentan por millones, el árbol es un objetivo más realista. Mi técnica con la hoz era aún inaceptable, si bien la podía hacer girar con ambas manos como mamá, el peso del metal y mi inexperiencia solo lograban resultados insatisfactorios. Pasada una hora, mi avance no progresaba como era de esperarse.

– "Mamá…" – Musité cansada.

– "Matriarca, así debes llamarme." – Declaró ella.

– "P-perdón, matriarca. Estoy agotada, no puedo continuar."

– "¿Has trabajado la tierra y animales por años y ahora te es imposible arrancar flores? Me decepcionas."

– "¡No es lo mismo! Cosechar hortalizas y cuidar ganado es mucho más sencillo que mi tarea actual."

– "Tus patéticas excusas suenan demasiado humanas. Tal vez fue un error criarte tan cerca de ellos." – Espetó molesta. – "Si aún dudas de tus capacidades, entonces observa como lo hace una orgullosa hija del Abismo."

Dicho esto, la mujer comenzó a girar su guadaña a gran velocidad, todo con una sola mano. La rapidez del arma creaba un chirriante sonido al arrasar con las flores a su paso. Era como una hélice infernal cortando al ras del suelo, ni el herbicida más poderoso se compararía con tal herramienta. En pocos minutos, mi madre había hecho diez veces más de lo que yo en una hora.

– "Deja de escudarte tras absurdos pretextos. Ya no eres una niña." – Expresó pasando junto a mí, sin voltear a verme. – "Nueve horas."

Me esforcé por lograr mi cometido con renovado vigor, tanto por complacerla como por mi orgullo. Debía probar que era digna de mi especie. Si bien no logré completar lo planeado, el resultado no estaba nada mal, creía. Miré a mi madre, esperando nerviosa su veredicto. Ella observó, juzgando en silencio.

– "Debajo del estándar, pero aceptable."

– "Gracias, mam… matriarca."

– "El ocaso está próximo. Regresemos a nuestra morada." – Ordenó ella dándose la vuelta.

– "¿Sabes? Es extraño, no siento cansancio o hambre después de tanta actividad física."

– "Tu energía es mayor ahora que tus poderes innatos se manifestaron. Dormir y comer perderán importancia conforme te desarrolles."

Entrada la noche me dispuse a cenar y a preparar mi cama. Mi madre se mantenía ocupada cosiendo ropa.

– "¿Es para mí?" – Pregunté al notar el estilo similar de tales prendas a la suya.

– "Correcto. Deberás vestir de manera que tu piel quede oculta. Tu temperatura corporal será mayor debido al volumen de tu indumentaria, pero es un sacrificio necesario."

– "Ya veo."

– "Si tienes más dudas, ahora es el momento para externarlas."

– "Uhm…. Bueno, siempre me pregunté… ¿Cómo pasó esto tan rápido? Es decir, ayer lucía completamente humana."

– "Cuando la Oscuridad despierta, lo hace de manera abrupta. Debiste sentirte diferente antes de irte a conciliar el sueño la noche anterior."

– "Un poco, de hecho me dolía algo la cabeza y el cuerpo, pero creí que era un resfriado."

– "Observé tu transformación toda la noche. Tu piel se tornó del pigmento actual y sentí la energía del Infinito Vacío emanar de tu ser."

– "¿Por eso no saliste ayer?"

– "Así es."

– "Y sobre mi cuerpo, este se movía solo, sin que yo lo controlara. ¿Qué sucedió ahí?"

– "Tu cabeza y cuerpo siguen siendo una entidad, pero al separarse también lo hace parte de tu conciencia." – Explicó ella usando sus manos como ejemplo visual. – "Tu cerebro mantiene la mitad cognitiva consciente, el Yo, mientras tu cuerpo actúa como el Ello o inconsciente. Podría decirse que tu cuerpo suele actuar de manera más instintiva en este caso."

– "¿Personalidades separadas?"

– "No realmente, solo dos caras de la misma moneda. Según madures, tal dicotomía entre tus mitades irá desapareciendo."

– "¿Qué pasaría si la gente supiera que somos dullahan?"

– "Te rechazarían." – Respondió de inmediato. – "Nunca reveles tu identidad sin haber dominado tu poderes primero. Incluso una inmortal puede ser dañada de gravedad en tu estado."

– "¿Alguna vez te han descubierto?"

– "Jamás. Solo aquellos quienes su alma vayas a reclamar pueden conocer tu verdadero ser. Nunca lo olvides."

– "Entendido, matriarca."

– "Duerme, necesitarás toda tu energía para mañana."

– "¿No saldrás a rondar esta noche?"

– "No detecté potenciales condenados en mi última patrulla, además que no he sido alertada por el Abismo aún."

– "Oh y por cierto… ¿Por qué siempre haces tus rondas a pie? Me contaste que las dullahan recorrían las planicies en caballos o carretas."

– "Eso era en las épocas más antiguas cuando el transporte equino era considerado un sello de la gente privilegiada. El prestigio es siempre inherente para nosotras. Pero en la actualidad, tales pertenencias han perdido su novedad y ahora son innecesarias."

– "¿Y la armadura?"

– "Eran tiempos más violentos. Y aunque somos inmortales, no somos inmunes al dolor. Además, considero que agregan cierto atractivo estético. ¿Algo más?"

– "Por ahora creo que es suficiente. Gracias, matriarca, buenas noches."

– "Oíche mhaith."

Mientras trataba de conciliar el sueño, ella continuaba tejiendo en su vieja máquina de coser. Lo hizo toda la noche, sin descanso. Al llegar el nuevo día, su trabajo estaba listo. Era una gabardina morado oscuro, con un cuello muy alto que cubría parte de mi cara. Era complementado por un largo vestido del mismo tono, combinando con mis negras botas y guantes de granjera. Una bufanda negra era el toque final.

– "Vístete y come. Hoy iremos con los McFee." – Aseguró mi matriarca, arropándose.

– "Ellos ya poseen muchos trabajadores y maquinaria." – Opiné mientras me sentaba para desayunar.

– "Solo necesitan a alguien extra para un solo trabajo. El tuyo."

– "¿Que haré?"

– "Lo sabrás cuando estés ahí."

Arribamos al lugar, alejado de nuestra aldea, muy cerca de Kilbride. El rancho de los McFee era gigantesco, proporcional a la vasta fortuna de sus dueños. Tan imponente propiedad hacía ver a los Carmody como humildes granjeros. Eso también significaba que eran el centro no oficial de la región.

Después de saludar y presentarnos, visitamos los extensos campos de trigo, orgullo de los propietarios. Rápidamente comprendí cual sería mi tarea. Sin nada que argumentar, tomé mi hoz y comencé a trillar las plantas. Cada cierto número de trigo cortado, debía juntarlo y amarrarlo. Era laborioso y sumamente lento, pero no podía negarme a los deseos de mi madre. Mi entrenamiento era severo y debía aceptarlo.

Por semanas, me dediqué a cosechar la plantación, y aunque pareciera trivial, mi técnica mejoraba. Hallar el balance entre mi fuerza y la aceleración de mi herramienta me permitió aumentar mi eficiencia y acelerar mi progreso. Pronto, y para mi alivio, el plantío de cereal había sido cosechado por fin. Fue una toda una hazaña.

– "Buen trabajo, Lala." – Me felicitó mi progenitora. – "Y antes de lo esperado. Has hecho honor a tus ancestros."

– "Go raibh maith agat." – Agradecí. No era común verla satisfecha.

– "El dueño nos ha otorgado no solo dinero, sino parte del trigo como forma de pago. Como recompensa, te daré la oportunidad de elegir el destino de nuestra cosecha."

– "¡Dárselo a la señora Doyle, puede prepararnos algo! ¡Pan, quiero pan!" – Respondí de inmediato con entusiasmo.

– "Sabía que tu decisión sería tal. Se lo entregaremos hoy y mañana le ayudarás a moler los granos."

– "¡Si, matriarca!"

Al regresar le dimos la noticia a la anciana Emily y a Eve, ambas asombradas por mi logro, especialmente al oír la verbosa narración de mi madre. Me sentía feliz, había trabajado duro y mi progenitora estaba satisfecha con ello.

Llegado el nuevo día, la señora Doyle ya se hallaba preparando el molino. Como mi madre propuso, ayudé a moler el cereal hasta convertirlo en harina. Incluso Eve se unió al trabajo. Mi matriarca cortó la leña para el horno. Todo rindió frutos cuando los panes caseros recién hechos llegaron a la mesa. El sabor era grandioso, especialmente sabiendo que se había hecho con mi esfuerzo. La mejor recompensa a un trabajo bien hecho.

Después de saciar el apetito y agradecer a nuestras anfitrionas, mi progenitora y yo volvimos a nuestro hogar. Yo aún estaba radiante de felicidad, caminando con pasos largos y tarareando canciones folklóricas tradicionales.

– "¡Fue estimulante, matriarca! ¡Deberíamos hacerlo más seguido!" – Declaré. – "¡Eve resultó ser buena ayudante de cocina!"

– "Tu entusiasmo es evidente. Espero los días siguientes no disminuyan tu buen humor."

– "¿Seguiré cosechando más cultivos?"

– "Por el momento no. La vida vegetal es buen entrenamiento pero necesitas practicar tus técnicas con seres conscientes."

– "¿A qué punto quieres llegar, matriarca?" – Pregunté temerosa. No me gustaba el tono en que ella se expresaba.

– "Pasarás de cortar trigo… A degollar animales." – Afirmó con seriedad.

Mi sonrisa desapareció. Lo había olvidado. Había olvidado mi destino como dullahan… como verdugo. Pasé la noche entera pensando en ello. No podía escapar de mi legado, de mis raíces. De mi ser.

Al siguiente amanecer, fui trasladada al matadero más cercano. De nuevo, era un lugar enorme. Los animales condenados se hallaban dentro de pequeños espacios enjaulados, tan juntos que moverse les era difícil. El olor de la sangre y carne nos recibió de inmediato, las moscas revoloteaban y podía escuchar el sonido de las máquinas cortando huesos y músculos. Todo aquello era abrumador.

Mi madre nos presentó con el capataz. Este aceptó nuestra oferta y fuimos llevadas a un pequeño paseo por las instalaciones. No contaré con detalle, pero al final me quedó claro lo que mi trabajo sería y nos dirigimos a la sala de ejecución, ahí fui recibida por un par de obreros y un grupo de corderos, listos para ser degollados. Nos dejaron solos a mi madre y a mí. Al menos agradecí no tener más público, no deseaba que nadie me viera quitándole la vida a algo.

– "Arrancar tallos vegetales no es igual a quebrar huesos y piel, pero el principio es el mismo: Movimientos precisos y rápidos." – Decía mi progenitora, moviendo una hoz regular. Nunca mostraría su verdadera arma a plena luz del día.

– "E-e-e-entendido." – Tartamudeé por lo nerviosa que estaba. No estaba lista para esto, pero tampoco había marcha atrás.

– "Observa y aprende." – Anunció ella, tomando un cordero y acariciándolo. – "Normalmente se requiere mantener a un animal quieto con cadenas o sogas para facilitar el trabajo, pero si desarrollas tu técnica, solo necesitarás ser veloz."

Diciendo esto, ella ejecutó un movimiento con tal rapidez en el cuello del animal que la cabeza de este aún continuó unida por medio segundo para luego caer. Tan pronto tocó el suelo, la sangre del cuerpo brotó a chorros como una fuente, el cual aún se movía por el reflejo nervioso, pero obviamente sin vida alguna. Habiendo derramado suficiente líquido, el cordero decapitado quedó inerte. Mi madre lo hizo a un lado y tomó a su siguiente víctima. El animal lanzó sonoros balidos, aterrado al ver a su compañero muerto junto a él. Mi progenitora simplemente le cercenó el cuello con otro furtivo movimiento de su herramienta.

Estaba tan asombrada como aturdida. La expresión neutral de mi madre no cambió en todo este tiempo. Estar cubierta de sangre y oír los lamentos de las juveniles ovejas no le perturbaban en lo absoluto. Tanta frialdad me recordaba que ella no era humana. Y yo tampoco.

– "Tu turno." – Mencionó despreocupadamente mi matriarca., agitando su hoz para limpiarla y tiñendo las paredes con más sangre.

– "Yo… no… no puedo hacerlo." – Contesté aterrorizada.

– "Estas criaturas morirán de todas maneras, ya sea en tu manos o las de los trabajadores."

– "No… No quiero."

– "¿Osas contradecirme?"

– "Yo… no, pero…"

– "Hazlo."

– "No puedo…"

– "¡Hazlo, Lala!" – Vociferó mi madre, enojada.

Asustada por tal reacción, obedecí de inmediato. Guié al cordero donde sus hermanos habían perecido y traté de calmarlo con caricias. No podía detener el temblor en mi cuerpo, así que menos podría tranquilizar al horrorizado animal. Decidí que era mejor terminar lo más pronto posible y tragando saliva sonoramente, alcé mi herramienta para asestar el golpe mortal.

– "Perdóname…" – Susurré a la criatura.

Acabar con su vida de manera rápida e indolora hubiera sido lo más correcto. Desgraciadamente, mi torpeza dejó al animal con una profunda herida en su pescuezo que le provocaba gritar de agonía. Me paralicé ante ello, sus lamentos me helaban el alma y la sangre salpicando mi ropa no ayudaba a disipar el shock. Mi matriarca tuvo que ejecutarlo para terminar su sufrimiento, luego se acercó a mí y me propinó una bofetada.

– "¡Vacilar en tu trabajo no está permitido! ¡No toleraré estos errores!" – Declaró ella mientras me recuperaba del golpe. – "¡Deja de avergonzarme y dale muerte a estos malditos pedazos de carne!" – Ordenó arrojándome un cordero, el pobre animal gritó lastimosamente por tan brusco trato.

Estaba más que aterrorizada, me sentía sumamente impotente como para negarme a mi madre. Con lágrimas en los ojos, hice a un lado al joven mamífero y me preparé para quitarle la vida. No podía cambiar el destino, debía acabar con esto de una buena vez. Cerrando los ojos y usando toda mi fuerza, arremetí mi hoz contra la cría.

Funcionó. Con un corte veloz y efectivo. El animal yacía decapitado y sin vida. La sangre en mi ropa lo confirmaba; Lo había hecho, finalmente yo lo había hecho.

– "Buen trabajo." – Me felicitó mi progenitora. – "Acaba con el resto y regresemos a nuestra morada."

Le obedecí, pero fue casi como si la muerta fuera yo. Mis movimientos eran mecánicos, sin pensarlos. Tal desconexión con mi consciencia facilitó todo, pero no sentía nada, estaba hueca por dentro. ¿Era aquello lo que se sentía ser completamente absorbida por el Eterno Vacío? ¿Cómo puede algo tan vacío estar tan lleno de horror? Tal oxímoron me parecía incomprensible.

Habiendo acabado, regresé a mi hogar. Mis ojos se hallaban con la mirada perdida, mi mente en blanco, no sentía ninguna emoción que no fuera melancolía. Mi madre no dijo ni una palabra durante el trayecto. Ya estando adentro, me quité la ropa y procedí a asearme. La sangre se lavaba pero mi alma estaba sucia.

No, no podía estarlo. Soy una criatura del Abismo, no poseo alma en primer lugar, solo una infinita energía provista por la Infinita Oscuridad. Y aún así, el dolor en mi interior no cesaba. Debería estar libre de conflictos morales, pero la presión dentro de mí aún continuaba ahí. No importaba cuanto tratara de justificar mis actos, no lo sentía correcto.

– "¿Por qué?" – Cuestioné a mi progenitora cuando salí del baño. – "¿Por qué me obligas a esto?"

– "Ignoro la razón de tu sentimiento de culpa." – Respondió. – "Has consumido la carne de animales por años y jamás has renegado del origen de tal alimento. No solo eso, también has saciado tu hambre con la vida vegetal y nunca te vi sentir remordimiento por ello."

– "Las plantas no son lo mismo que seres conscientes."

– "Que no puedas establecer comunicación verbal con ellas no significa que sean diferentes. Te recuerdo que seres como las dríades y mandrágoras poseen inteligencia y estarían muy ofendidas de ser consideradas inferiores."

– "Si, pero… eso…"

– "La vida es vida, sin importar la categoría taxonómica a la que pertenezca. Consumir otras formas vivientes es parte del ciclo de esta, la muerte incluida. ¿Alguna vez te has sentido mal por matar a una mosca? ¿Hormigas? ¿Las bacterias que cesan de existir cuando te lavas las manos?"

No respondí. Ella continuó.

– "Tal vez te haya parecido cruel la forma tan vulgar en la que los animales son sacrificados, pero aunque tú no hubieras participado, su destino estaba decidido. No puedes detenerlo, y aunque pudieras, no evitarás que el resto del mundo continúe haciéndolo."

– "No… No me molesta si debían morir… Eso lo entiendo… Solo que no quiero hacerlo directamente."

– "Si te rehúsas a brindar fin a un simple mamífero cuadrúpedo ¿Como esperas reaccionar cuando debas tomar un alma humana?"

– "¡No quiero matar a nadie!"

– "Es tu deber el tomar la esencia vital de aquellos a quienes el Abismo marque."

– "¡Al carajo con el Abismo!"

Lo siguiente fue una violenta serie de bofetadas por parte de mi enfurecida matriarca. No opuse resistencia, sería inútil huir de su ira. No hubo más palabras. Con mis mejillas adoloridas y mi ánimo inexistente, me tumbé en la cama a desahogarme en llanto. No tenía ropa y había frío, pero no me importaba, solo deseaba estar sola. Mi madre debió tener la misma idea y se retiró, posiblemente a iniciar su rutina más temprano de lo normal.

Pasé la noche sin dormir, cavilando sobre la naturaleza de la vida y la muerte. Por más que odiara la idea, mi progenitora tenía razón; Todos mueren. No cambiaría el mundo, no evitaría el fallecimiento de nadie, no tengo ese poder. Y aunque renunciara a cumplir mis obligaciones como dullahan, sería otra quien tome mi lugar, al fin y al cabo no éramos las únicas en ese país. Continué llorando hasta que el cansancio me venció.

Los días pasaron. Y yo, reconociendo lo que era, continué siendo verdugo de corderos, semovientes y cualquier clase de animal que se me ordenara. No dejé de comer se carne ni sus productos derivados y el volverme vegetariana brindaría el mismo dilema si recordaba que las plantas también estaban vivas. Me resigné, al final admití que era ridículo el deprimirme por ello. Si ellos estuvieran en mi lugar, también lo harían. El juicio del Abismo les llega a todos por igual, eso pude aceptarlo.

Pero cuando tal juicio llegó a quienes yo estimaba, recordé que aceptar el dolor es un trago demasiado amargo.

Eve, mi pequeña y única amiga, enfermó de gravedad. No era la primera vez que sucedía, siendo una niña frágil desde su nacimiento, pero esta vez los síntomas eran peores. La anciana Doyle pidió auxilio a mi madre, quien ejercía como médico no oficial de la aldea. Suena irónico que una agente de la Muerte se postulara para tal función, pero era una buena excusa para saber quien había sido marcado por la Eterna Oscuridad. Yo también me sumé a la ayuda, para contribuir en lo que pudiera.

Observar a mi compañera sufrir en su cama era doloroso. Como revelé anteriormente, recientemente ella había aprendido a escribir y al menos con eso podíamos identificar mejor sus síntomas. Pero no era sencillo, incluso los años de experiencia de mi matriarca no le serían de mucho provecho. Doctores profesionales habían estudiado el caso de Eve desde antes y jamás habían llegado a una conclusión satisfactoria. Nadie sabía que era lo que agobiaba a la niña y ella tampoco.

Yo me esforcé por darle ánimos y calmar el sufrimiento de mi amiga. Le leía historias para dormirla y le cantaba para alegrarla. Ella realmente apreciaba tal compañía, siempre ofreciendo una sonrisa sincera en agradecimiento. Eve, aún con el dolor que la aquejaba, seguía siendo optimista.

Luego de unos días, hizo una pregunta importante.

– "¿Estás triste, hermana?" – Escribió ella en su pequeña pizarra. Era un regalo mío para ayudarle a practicar su escritura.

– "¿Eh? No, Eve, para nada. No te preocupes. Mejor dime como te sientes."

– "Mejor." – Eso fue lo que interpreté de la carita sonriente que dibujó.

– "Me alegro. ¿Tienes hambre, sed?"

Ella negó con la cabeza.

– "De acuerdo. Sigue descansando, te recuperarás pronto."

– "¿Puedo preguntarte algo, hermana?"

– "Claro."

– "¿Si muero, mi alma será reclamada por una dullahan?"

Perdí el habla por completo. ¿Qué le respondería?, ¿qué de hecho ella estaba al cuidado de dos y que la madre de la más joven sería la encargada de transportarla al Más Allá?, ¿mentirle para tranquilizarla?, ¿o acaso ella sospechaba de mi identidad?

Ignoraba cómo reaccionar. Comencé a sudar, algo incómodo por llevar mi máscara puesta.

– "N-no pienses en ello, tu sanarás y volveremos a jugar como siempre." – Contesté con nerviosismo.

– "A veces siento que la muerte me observa." – Plasmó la niña en la pizarra.

Eve tenía tanta razón que me helaba la sangre. Tenía la sensación de que mi farsa como humana pronto sería descubierta.

– "Por supuesto que no, Eve. Mi matriarca te curará, deja de pensar en cosas tan lúgubres."

Me miró como si dudara de mi palabra. Quizás ya sabe que no soy una mortal, que le he mentido toda su vida. Yo tenía tanto miedo. Ella volvió a su instrumento para comunicarse.

– "¿Crees que Dios me odia?"

Otra pregunta que no esperaba en lo absoluto. ¿Qué respuesta podría darle un ser nacido del mismo Abismo?

Provengo de la oscuridad misma, del Eterno Vacío, el lugar al que los mortales como Eve llamarían el Infierno. Soy considerada, en esencia, un demonio. No crecí con ideologías dogmáticas de fe alguna, no creo en las doctrinas de alguna creencia teísta. El Abismo es nuestro inicio y nuestro fin, el Alfa y Omega de la existencia misma, no existe dios o criatura que sean superiores a este. Nada es superior a quien controla a la muerte.

Y la muerte en sí no es ninguna entidad física, es solo el nombre para un concepto abstracto del orden establecido en la naturaleza que rige los seres vivos. Una idea que rige la existencia de esta dimensión debidamente llamada mortal. No creo en dioses terrestres porque simplemente no los hay, solo seres con diferentes habilidades. Los verdaderos seres omnipotentes, las auténticas deidades, serían los Abismales Ancestrales, pero eso es algo que no planeo profundizar más.

Todo este complicado conflicto religioso nunca me importó. Los humanos tienen sus ideas y nosotros las nuestras. Jamás me molesté en debatir tal tema con alguien, prefería concentrarme en vivir en paz. Pero Eve esperaba una respuesta y yo no la tenía. No podía decirle que su Dios me era inexistente a menos que mi intención fuera destruir su esperanza. Y por supuesto que jamás haría eso, jamás le haría daño.

– "No. Nadie te odia, Eve. Nadie puede odiar a alguien tan buena e inocente como tú."

– "¿Por qué me pasa esto entonces?"

– "Las cosas solo suceden. A veces malas, a veces buenas, pero nunca porque seas detestada."

Eso la tranquilizó y a mí también, no quería continuar con el tema. Era una respuesta vaga, pero por ahora estaba satisfecha con calmarla. Mi madre regresó y me ordenó salir para que ella prosiguiera con su rutina médica. Obedecí y esperé en la sala. La Sra. Doyle se mostraba preocupada de igual manera, si algo le sucedía a Eve, ella quedaría sola. Había visto morir a su hija por la misma enfermedad y no deseaba pasar por lo mismo con su nieta. La abracé para animarla, algo que ella apreció enormemente.

Mi matriarca apareció de nuevo, habiendo logrado que la niña se durmiera. Regresaríamos al día siguiente, dando unos consejos más a la afligida anciana antes de despedirse. En el camino, noté su expresión neutral, pero sabía que algo andaba mal.

– "¿Qué sucede con Eve?" – Cuestioné a mi madre al alejarnos de la propiedad.

– "Está dormida. El dolor en sus huesos ha cesado por el momento."

– "¿Se recuperará?"

Mi progenitora se paró frente a mí. No dijo nada, solo se hincó y puso sus manos en mis hombros. Sabía que serían malas noticias.

– "No." – Contestó con seriedad.

Directa, sin vacilar. Era una respuesta fría pero sincera. El mundo se detuvo de repente.

– "¿Q-q-qué? ¡No! ¡No puedes decir eso, estás mintiendo!" – Refuté con lágrimas en mis ojos.

– "Sabes que es verdad. La sangre de esa mortal está infectada y la Oscuridad la reclama para sus aposentos."

– "No…" – Musité con mis esperanzas muriendo. – "Por favor dime que podemos hacer algo."

– "Lo lamento, pero el Abismo ha hablado."

– "¿C-cuanto le queda entonces de vida?"

– "Hasta esta noche. Debo ir a casa y preparar mi herramienta."

– "¡¿Qué?! Pero…"

Era peor de lo que pensaba. Mi mejor amiga iba a perecer sin remedio y solo tenía pocas horas antes de verla por última vez.

– "¡Déjame regresar! ¡Si ella debe morir, entonces quiero pasar sus últimos junto a ella!" – Supliqué.

– "No deberías encariñarte con algo tan efímero como la vida de una mortal; Pero si tanto te importa, eres libre de hacerle compañía."

– "Lo haré."

– "Su destino está decidido, Lala. Hoy en la noche, no lo olvides."

Asintiendo, retorné aprisa a la residencia Doyle. La anciana Emily no se extrañó de ello y aceptó mi propuesta de acompañar el resto del día a su nieta. Entré al cuarto de la pequeña con cuidado de no despertarla, pero ella abrió los ojos tan pronto cerré la puerta.

– "Lo siento, no quería despertarte. Solo quería verte de nuevo." – Me disculpé con la niña. Le sonreí un poco y ella hizo lo mismo, asintiendo. Me senté a su lado. – "Si no te molesta, quiero dormir a tu lado esta noche. Tu abuela me dio permiso."

Ella asintió de nuevo. Me alegré por ello.

– "Gracias, Eve. ¿Quieres que te lea una historia?"

Confirmó con su cabeza por tercera ocasión. Tomé uno de los ya conocidos libros junto a su cama, uno de sus favoritos, y empecé a leer. Cada minuto, cada hora, recordaba que ella no volvería a disfrutar de sus cuentos antes de dormir. No volvería a abrazar a su abuela, a degustar sus panes o jugar con sus ovejas. No volvería a verme. A mitad de mi lectura, las lágrimas me traicionaron.

– "¿Qué sucede, hermana?" – Expresó la pequeña Doyle en su pizarra.

– "Perdón… es solo… que recordé… algo triste." – Dije entre gimoteos.

– "Recuerda siempre olvidar las cosas que te entristecieron…" – Escribió ella.

– "…Pero no olvides recordar las cosas que te alegraron." – Completé la frase. Una popular bendición Celta. Puede apreciar lo reconfortante de un dicho tan simple.

Agradeciéndole, retomé mi lectura. Su abuela nos trajo un poco de pan casero y con gusto lo degustamos.

– "Hermana." – Escribió ella. – "Voy a morir, lo sé."

Casi me atraganto por tan fatídica declaración de su parte.

– "¡No! ¿Qué te hace pensarlo?" – Cuestioné preocupada.

– "Mi madre se apareció en mi sueño. Dijo que volveríamos a estar juntas."

Ignoro si solo fue una fantasía del subconsciente o si mi madre era responsable por tal cosa. Quizás algún poder que desconociera de ella. Quizás la niña solo deliraba por su enfermedad.

– "Eve, tu…" – Pausé mordiéndome los labios. – "Tu quieres estar con tu madre, ¿cierto?"

La pequeña asintió. La comprendía, difícilmente la conoció y había fallecido por el mismo mal. Incluso Eve sabía que el tiempo se le agotaba. Era conflictivo; Por una parte, yo odiaba que ella pensara en morir; Por otro lado, había aceptado lo inevitable y parecía estar de acuerdo. Mi madre concordaría con lo último, haría todo más fácil.

Pero, detestaba saber que no podía cambiar nada. Ninguna acción mía afectaría lo destinado a suceder.

– "Hermana, cuando muera, no te pongas triste."

– "¿Por qué me pides algo imposible?"

– "Porque podrás visitarme en la otra vida."

– "No esperaré hasta morir para volver a vernos."

– "Una dullahan no necesita hacerlo."

No, no era mi imaginación. Ella había escrito aquello. Lo sabía, Eve lo sabía.

– "Eve…" – Exclamé petrificada. – "Tú… como… ¿Cómo lo descubriste?"

La pequeña abrió los ojos de inmediato. Rápidamente volvió a tratar de decirme algo escribiendo, pero sus manos le temblaban. ¿Acaso ella...?

– "Ya veo, me hiciste confesarlo." – Admití, la niña había jugado bien sus cartas. – "Es verdad, soy una dullahan como mi madre."

Habiendo sido descubierta, me deshice de mi máscara y lentillas, dejándole ver mi verdadera apariencia. La joven Doyle se tensó por unos momentos, pero se relajó, sonriendo.

– "Lo sabía. Sabía que eras especial." – Plasmó en su pizarra.

– "¿Desde cuándo sospechabas?"

– "Hace mucho. Por la forma en la que ustedes hablan."

– "Es evidente que nuestro léxico no es tan común para un par de simples aldeanas, pero solo es no es suficiente…"

– "Y porque siempre usan ropa que cubra su piel."

– "De todas formas…"

– "Y porque siempre cargan con hoces."

– "Bueno, somos granjeras y…"

– "Y porque he visto a tu mamá vagar por la noche en su armadura."

Eso lo explica todo.

– "Así que al final lo dedujiste correctamente. Eres más inteligente de lo que creía." – Confesé a la infante. Ella sonrió ante mi halago. – "Pero, ahora que lo sabes… ¿No vas a odiarme, cierto?"

La niña solo negó.

– "Eres mi hermana mayor, nunca podría odiarte."

– "Gracias, hermanita."

La abracé instintivamente. Admito que mis emociones volvieron a traicionarme.

– "Perdón por ser tan llorona, Eve."

De repente, una oscura niebla apareció junto a nosotras y una figura familiar se visualizó entre esta. El tiempo había pasado demasiado rápido al parecer.

– "¡Matriarca!" – Exclamé al ver a mi madre materializarse. La pequeña sujetó mi brazo con fuerza.

– "Lala. Veo que has revelado tu identidad a esta mortal."

– "L-lo siento, pero ella ya lo sabía desde hace tiempo. Lo descifró por su cuenta y…"

– "Carece de importancia ya. Ambas saben la razón de mi presencia."

A pesar del miedo, ambas afirmamos con la cabeza. Eve, armándose de valor, escribió algo en su pizarra.

– "Señora Sheehy, ¿puede prometerme algo antes de tomar mi alma?"

– "Mi tarea es guiarte a las puertas del Más Allá, no cumplir deseos." – Respondió mi progenitora.

– "Matriarca, por favor. Te suplico considerar lo que tiene que decir." – Intervine.

– "Lala, te advertí sobre encariñarte con un mortal." – Dijo y suspiró. – "Pero si tanto te importa, entonces que exprese su propuesta."

Rápidamente, la pequeña plasmó su opinión.

– "Quiero que me llevé con mi madre."

Mi progenitora solo alzó una ceja, aunque pude notar que también se sorprendió un poco.

– "Una petición sencilla y entendible. Desgraciadamente no puedo prometer el cumplirla."

– "¿Por qué?" – Pregunté confundida. Eve me imitó en el sentimiento.

– "El alma de esa mortal se halla en el plano Abismal. Yo solo me encargo de llevar a los muertos a las puertas del Otro Mundo. Donde residirán por la eternidad depende del juicio que reciban. Aquello está fuera de mi control."

La niña entristeció por ello. Lágrimas de resbalaron por sus mejillas y la abracé para calmarla. Miré a mi madre con ojos de suplica, pero ella seguía impasible.

– "Sin embargo…" – Volvió a hablar. – "Si el veredicto de tu juicio resulta benévolo, reunirse con su persona sería una posibilidad."

No era mucho, pero fue suficiente para satisfacer a la pequeña Doyle. Le sonreí a mi madre, agradeciendo por ese pequeño e inusual acto de bondad de su parte.

– "En todo caso..." – Dijo apretando su hoz y tornando su mirada tétrica, al igual que su voz. – "La Oscuridad Eterna reclama tu existencia, mortal, y es mi deber como su mensajera el asegurarme que eso suceda. Prepárate."

Eve se sujetó a mí con fuerza. Ambas compartíamos el sentimiento. Había visto a mi matriarca acabar con la vida de animales, pero nunca un humano. Ya estaba acostumbrada a la muerte y aún así ver su infernal apariencia me parecía aterrador. Me hizo a un lado y yo me encaminé a la salida. No podía ver esto.

– "Lala, quédate. Necesitas observar el poder del Abismo mismo." – Declaró ella.

– "N-n-no quiero… No quiero ver."

– "¡Es una orden!" – Vociferó, furiosa.

Nunca tuve valor para contradecirla. Resignándome a obedecer sus mandatos, le brindé una última mirada triste a mi mejor amiga. Me sonrió, diciéndome con ello que no me preocupara. Ella se hallaba en paz con la vida y había aceptado el destino. Dolía, pero era imposible detenerlo ya.

Sosteniendo con fuerza la espeluznante guadaña, mi matriarca comenzó a recitar las palabras rituales que se dan antes de brindar el golpe final. Un lenguaje indescifrable para un mortal y sobrecogedoras para un Abismal. Sus ojos dorados brillaban como fuego, la negra niebla rodeó su figura y el aire se tornó pesado. Alzó su arma con firmeza, era la hora. Traté de voltear pero mi cuerpo no respondía. Estaba paralizada y no podía apartar la mirada.

Entonces, sucedió; Con velocidad y precisión, la hoz hizo contacto con el cuello de la pequeña. Por una fracción de segundo, mi madre brilló con una intensa luz roja y en un parpadeo, desapareció por completo. Medio segundo después, Eve también se esfumó.

Quedé atónita y más confundida que antes. Ninguna se hallaba en la habitación, simplemente se desvanecieron del cuarto sin ningún rastro. Corrí hacia la cama pero no había nada, absolutamente vacía. Continué buscando inútilmente hasta que repentinamente, mi madre se materializó de nuevo con la oscura neblina.

– "¡¿Q-que sucedió!?" – Cuestioné desconcertada.

– "Está hecho. He transportado a esa mortal a las puertas del Más Allá." – Respondió ella como si nada.

– "¡Solo fueron unos minutos!"

– "El tiempo en el Inframundo es diferente a esta dimensión humana. Ya deberías saberlo."

– "¡¿Pero… donde está Eve!? ¡No veo su cuerpo!"

– "Aquella mortal ya no es parte en este mundo. Tanto en carne como en pensamiento."

– "¿De qué hablas?"

– "Hizo un pacto. Sacrificó su presencia terrenal para asegurar su estancia con su progenitora."

– "No… No puede ser… Entonces…"

– "Nadie la recordará, incluso su abuela. Esa niña nunca existió."

Enmudecí por completo. Todas las memorias, las alegrías y sinsabores que Eve y yo compartimos, jamás pasaron. Tenía demasiadas preguntas, pero ninguna respuesta me devolvería a mi amiga.

– "¿Cómo… como es que aún puedo recordarla?"

– "Porque no eres mortal. La realidad el Abismo es la nuestra, así como lo es ahora para ella."

– "La señora Doyle no se explicará esta habitación o nuestra presencia en su casa a partir de ahora."

– "Tendrá un vacío en su memoria y estará confundida, pero no se olvidará de nosotras. Aún somos la familia Sheehy que conoce de toda la vida."

– "Es demasiado confuso."

– "Aún eres joven. Entre más madures, mas entenderás."

Regresamos a nuestro hogar. La anciana Doyle dormía en su habitación y evitamos despertarla. Durante el trayecto, pensé en la decisión que Eve tomó. ¿Había sido una petición egoísta o el hecho de que, nadie la recordara y por ende nadie extrañaría su ausencia, evitando el dolor, era lo mejor?

El tiempo pasó y nunca hallé respuesta a tal intriga. No podría visitarla porque yo aún no estaba lista para visitar el Inframundo. Aún no era una dullahan por completo. Logré superar un poco la partida de mi amiga con los constantes y duros entrenamientos que mi matriarca imponía. Dejé el trabajo de granja para el combate personal.

Era agotador, mi madre siendo una proficiente guerrera tanto con la hoz como la lucha cuerpo a cuerpo. Afortunadamente mi piel ya era azul, así que los abundantes moretones no eran tan evidentes. Así continuó mi vida hasta que el destino tomo una drástica decisión. Lo recuerdo como si fuera ayer; Ella me citó una noche de luna menguante en el mismo lugar donde había cortado el azarollo. Se hallaba de espaldas, viendo al satélite selenita iluminar las montañas de Wicklow.

– "Matriarca, ¿Qué se te ofrece?" – Pregunté al reunirme.

– "Lala." – Habló con tono serio. – "Después que el Abismo depositó su semilla, estuviste nueve meses en mi vientre. Nueve meses en los que, por un efímero momento en el plano temporal, estuve tanto intrigada como feliz."

– "¿De qué hablas, matriarca?"

– "Hija…" – Explicó colocando sus manos en mis hombros. Volverla a escuchar llamarme 'hija', algo muy poco común en ella, me hizo sonreír. – "Eres una dullahan de sangre pura, el poder de la Eterna Oscuridad corre por tus venas. No hay nada que me haga sentir más orgullosa que haber dado a luz a tal perfección."

– "Gra-gracias, matriarca." – Contesté suprimiendo mis lágrimas. Oírla decir que mi existencia la honraba, era gratificante.

– "Nuestro padre, el Omnipotente Abismo, también lo está. Es por eso que me siento sumamente afortunada por haber sido elegida para el ritual." – Expresó incorporándose y extendiendo sus brazos a sus anchas.

– "¿Eh? ¿Ritual? ¿C-cual ritual?"

– "El ritual de sucesión, Lala, cuando nuestro padre selecciona a una digna heredera a tomar su lugar como una prestigiosa Mensajera de la Muerte. Y esa heredera… eres tú."

– "¿Heredera? ¿Hablas de tu puesto?"

– "Correcto. Pero antes de reclamar tu trono, es tu deber darle una baja honorable a esta antigua segadora. Empecemos con el procedimiento." – Ordenó poniendo su hoz en mis manos.

– "¿Y cuál es ese?"

Sonrió, a pesar de lo que iba a decir.

– "Mátame."

Mi corazón casi se detiene por completo y tropecé de la impresión. Dudé de la mujer frente a mí. ¿En verdad me había pedido matarla?

– "¡¿Q-q-qué?!"

– "Mátame, Lala. Termina con mi vida."

– "¡¿Cómo puedes pedirme tal monstruosidad!?"

– "Es la voluntad del Abismo. Eres una dullahan y mi sucesora. Acaba con mi existencia y toma mi lugar."

– "¡No! ¡Nunca!" – Refuté llorando. – "¡Jamás haría tal barbaridad! ¡Me rehúso!"

– "Sabes que no puedes impugnar contra los deseos de nuestro creador. Y yo estoy de acuerdo."

– "¡No me importa! Además… No tengo fuerza ni experiencia suficientes para ser tu sustituta."

– "Es por eso que el pacto es necesario. Una vez que yo perezca, mis poderes serán transferidos a ti. Tus habilidades estarán completas."

– "¡No!"

– "¿Acaso no lo entiendes, Lala?" – Cuestionó sacudiendo mis hombros. – "La fuerza pura y absoluta del Abismo corre en tus venas. Tu nacimiento fue único entre nosotras, las hijas del Eterno Vacío. Si obtuvieras mi poder, serías una ilustre segadora. Estarías a la par de las leyendas de nuestro pasado."

– "¡El poder no me interesa! ¡No quiero hacerte daño, mamá!"

– "¡No le des la espalda a tu destino, Lala! ¡Hazlo, abáteme con tu hoz y dame la gloria de la oscuridad eterna!"

– "¡Nunca!"

Encolerizada, mi madre me abofeteó con toda su fuerza. No se detenía y el dolor era excesivo, pero aún así, no hice esfuerzo por recriminarle. Me oponía a ser su ejecutora. Una vez disminuida su ira, me dejó arrojada en el suelo.

– "¿Por qué…? ¿Por qué debo ser yo quien te dé muerte?" – Indagué tratando de ignorar el ardor de mis mejillas.

– "Soy una inmortal. No puedo ser destruida por nadie más que otra criatura del Abismo. Y qué mejor que morir a manos de la elegida."

– "¡No soy la elegida de nada! ¡Solo soy una simple campesina de Irlanda! ¡Y tú también!"

– "¡Soy una orgullosa dullahan! ¡Nunca me compares con esos miserables mortales!"

– "¡Ellos no son miserables! ¡Tienen vidas más hermosas e interesantes que el ser peones de un monstruo cruel como el maldito Abismo!"

– "¡El humano te ha corrompido, ahora blasfemas contra nuestro Padre mismo!"

– "¡Si decir la verdad es blasfemar, entonces soy la más grande execradora!"

Su puño golpeó tan fuerte que mi vista se tornó borrosa por unos segundos.

– "Me has decepcionado, Lala. Has faltado el respeto a tus raíces y prefieres defender a esos insignificantes mamíferos que honrar a tu familia."

– "A veces creo que no eres mi familia. Incluso Eve me respetaba más que tú."

Su rostro dibujó una sonrisa maliciosa al oírme decir eso.

– "Esa niña era un infeliz gusano que ahora sufre eternamente como lo merece."

Perdí la razón. No debió haber dicho eso. Insultar a Eve me hizo reaccionar con violencia y me lancé contra ella sin pensarlo dos veces. La ira me daba fuerzas para atacar con ahínco y aunque ella fuera una peleadora experimentada, algunos de mis golpes le impactaron directamente. Sus quejidos confirmaban que surtían efecto. Pero, a pesar de mi imparable asalto, ella seguía sonriendo de manera burlona, provocándome.

– "¡Sí! ¡Golpéame! ¡Deja que el odio te consuma! ¡¿O acaso eres una cobarde?!"

Cegada por la furia, le propiné un puñetazo que la arrojó al suelo. Inmovilizada por ello, aproveché el momento y tomé la enorme guadaña en mis manos. La alcé hasta donde pude, cerniéndole sobre la mujer indefensa. El arma se rodeó por la negra neblina, presagio de la Muerte. E incluso en tan vulnerable posición, la sonrisa de mi madre no desparecía.

– "De vuelta al vacío…" – La oí musitar.

Gritando a todo pulmón, descargué toda mi fuerza en un enérgico ataque. La hoz brilló con un rojo intenso en su trayecto y un destello me cegó cuando hizo contacto.

– "Se acabó…" – Dije en voz baja.

No pude hacerlo, jamás lo haría. Sin importar sus golpes o sus insultos, nunca me atrevería a quitarle la vida a la mujer que me trajo al mundo. Ella solo quedó mirándome anonadada. La hoz a su lado, clavada en el suelo, no se le tocó ni un solo cabello.

– "¿Por qué, Lala?" – Preguntó llorando con enfado. – "¿Por qué después de criarte con el corazón frío, aún te rehúsas a darme gloria?"

– "Porque prefiero vivir siendo odiada que vivir sin madre." – Confesé dejándome caer al piso, estaba agotada.

– "No eres una segadora de almas. Tu no… Tu no perteneces aquí." – Masculló ella mirando al piso. Su cabello le cubría los ojos y sus lágrimas manchaban el suelo. – "Vete, Lala. Vete lejos y nunca regreses."

– "¿Acaso me he ganado tu desprecio eterno, matriarca?"

Ella no contestó, solo le levantó y quitó el polvo de su ropa para después regresar a la casa. Yo me quedé unos minutos aún sin moverme, intentando calmarme. De nuevo, sensaciones conflictivas hervían en mi interior; Felicidad de no ser la verdugo de mi propia sangre y tristeza por su rechazo.

Al regresar, el silencio reinó entre nosotras, pasamos el día sin hablarnos en lo absoluto. No dije nada, temía que al abrir mi boca arruinaría las cosas aún más. Al siguiente día, desperté y no la vi por ningún lado. Me di un baño y al salir, descubrí que mis cosas habían sido empacadas en una gran maleta. Antes de que pudiera decir algo, el ensordecedor ruido de un motor irrumpió en la casa. Mi progenitora se apresuró a abrir la puerta para recibir a sus invitados.

– "Dia dhuit ar maidin, Sra. Sheehy. Soy el agente McAllister y vengo del Programa de Intercambio Cultural Interespecies, División Británica. Supongo sabe porque estoy aquí." – Saludó un hombre pelirrojo vestido en traje negro con gafas de sol.

– "Dia dhuit ar maidin, agente. Esperaba su llegada. Ella ya está lista para partir." – Contestó mi madre, invitando al hombre adentro. Este me saludó al verme.

– "Hola, tú debes ser Lala, ¿cierto?" – Preguntó el hombre, yo afirmé con la cabeza. – "Tu madre dice que deseas unirte a nuestro programa. Bueno, no sé si hayas escuchado todo sobre nosotros pero nuestro trabajo es asegurar el contacto entre las especies liminales y los humanos. Para no extenderme más, solo te diré que si deseas explorar el mundo, somos las personas indicadas para asistirte con ello. Si estás dispuesta a acompañarnos, podemos partir ahora mismo. ¿Qué dices, Lala?"

No contesté. Sabía del Intercambio Cultural, había iniciado en Japón y se extendía por el resto de los países conforme mas especies liminales se sumaban al programa. Mi madre había orquestado esto, ¿cierto? Ella me quería lejos y que mejor que este experimento del gobierno para lograrlo. Me sentía desdichada; No lo consultó conmigo, no pidió mi opinión. Pero reconocí que mi vida junto a ella no era más una posibilidad y yo, recién siendo una mayor de edad, podría tomar esta oportunidad para comenzar de nuevo mi vida.

– "Acepto." – Declaré tomando mis pertenencias.

– "Excelente. Bienvenida seas, Lala. Te aseguro que hallaremos un buen hogar para ti." – Contestó entusiasmado el sujeto, estrechando mi mano.

Antes de salir, volteé en dirección a mi matriarca. Ni una sola despedida o palabras de aliento, ni siquiera agitar su mano para darme el adiós. Resignada, acompañé al hombre hasta el helicóptero que usaba como transporte. Admiré por última vez el sol brillar sobre los campos de dientes de león, pintando de un bello color dorado a las montañas del Leinster. Me despedí en silencio de mi hogar, de Wicklow, de Irlanda.

De mi madre.

~º~º~º~º~º~º~º~º~º~º~

– "Elegí este país para estar lo más lejos de Irlanda. Deseaba empezar de nuevo, alejarme de todo el asunto sobre las almas y el Abismo." – Expresó la dullahan. – "Pero, el mundo siempre me recordaba que no puedo huir de mis orígenes. Alguien como yo, con mi apariencia y con una cabeza removible, es y siempre será, un monstruo ante los ojos de cualquiera."

Lala entrecerró los ojos, apretando sus puños.

– "Y aún así, en vez de desplomarme, decidí usar tal percepción sobre mi especie a mi favor. Si el mundo me ve solo como un presagio de su ruina, entonces que así sea. Usar lenguaje innecesariamente complicado, blandir una hoz y declararme la gran Segadora de la Oscuridad, entre otros enaltecidos títulos, se volverían mi identidad. Y nadie lo tomó en serio."

– "Pero, ¿por qué? ¿No te parece algo degradante?" – Pregunté extrañada por tan inusual decisión.

– "Porque… Solo volviéndome un cliché ambulante, dejarían de observarme como un ser ajeno. Con jugar a pretender ser lo que soy en realidad, nadie me temería, nadie se alejaría, nadie me dejaría sola."

Comprendí a la dullahan. Después de su experiencia, la soledad es lo menos que uno desea.

– "Y además, es mi manera de rebelarme ante el Abismo. No seguiré su juego, no cederé a sus demandas. Ridiculizar su nombre aunque deba humillar el mío, es mi venganza." – Masculló la mujer, con un tono de resentimiento. – "No me importa si algún día debo responder por mis imprecaciones, seguiré firme en negarme a volverme otra esclava suya."

– "Entiendo. Lamento todo lo que debiste sufrir, Lala."

– "Ha pasado tiempo ya. Poco a poco la ira en mi interior va cediendo. No significa que mis ideales flaqueen por ello. Quiero reivindicarme." – Confesó ella, alzando su mirada al techo. – "Por ella."

– "¿Eve?"

– "Así es. Por las personas como Eve que no tuvieron segundas oportunidades, por aquellas a quienes el Abismo se llevó egoístamente. Quiero combatir a la muerte misma."

Un irónico giro para una dullahan, pero un acto noble después de todo.

– "¿Cómo planeas hacerlo?" – Cuestioné.

– "Aún no lo decido. Pero… ya he dado un gran paso, a mi parecer."

– "¿Has… evitado la muerte de alguien?"

– "Si. En cierta forma, la he burlado."

– "¿De quién? Digo, si no es molestia la pregunta."

– "Yuuhi. Yuuhi Hajime." – Recordó con una ligera sonrisa en sus labios. – "Una buena niña. La primera verdadera amiga desde que llegué a Japón."

– "Oh, ya veo. ¿Cómo la conociste?"

– "Fue cuando visité al dueño de esta casa en el hospital. Después de un… incidente con la familia de esa extravagante sirena, el mortal fue ingresado para ayudarle a recuperar de sus heridas. Dado que las habitantes de la casa son tan enérgicas y poseen un físico poco adecuado para las instalaciones humanas, se decidió que yo acudiera a hacerle compañía."

– "Sabía que había algo peligroso acerca de Mero."

– "Coincido. La afable personalidad del mortal lo hizo entablar amistad con los niños del lugar. Es ahí donde observé a una tímida infante acechar desde la puerta. Me sorprendí al realizar que su atención no estaba en el humano, sino en mí." – Explicó. – "Yuuhi. Una niña solitaria, sin poder hacer amigos. Su parecido físico con Eve era casi impresionante. Pocas razones necesité para interesarme en su problema."

Sentándose, observó la ventana. Podía ver el sol filtrándose por las cortinas. Suspirando, prosiguió.

– "Tomó en serio mi declaración de ser la mensajera de la muerte. Y aún así, le agradó. Yo le parecía genuinamente agradable. Confesó que deseaba ser mi amiga y yo acepté." – Su sonrisa se desvaneció y frotó sus manos nerviosamente. – "Me preguntó si su alma viviría después de fallecer. No supe que responderle. Aún tengo algo de ansiedad social desde que vine al país y preferí pedir consejo al humano. Ahí me enteré del estado grave en el que Yuuhi se encontraba."

– "¿Enfermedad terminal?"

– "Correcto. El día que la conocí, fue internada en la unidad de cuidados intensivos. No pasaría de la noche." – Lala apretó con fuerza sus manos y una mueca de disgusto se dibujó en su rostro. – "Las memorias de Eve regresaron a mí. Me sentía maldita. De nuevo, otra persona con quien entablo amistad y el Abismo pretende quitármela. Afortunadamente, ese mortal me dio ánimos para fortalecerme. No podía tolerar el quedarme sin hacer nada, estaba determinada a cambiar el destino de esa niña."

– "Entonces… ¿Qué hiciste?"

– "Cometí un pecado ante los ojos del Abismo. Decidí que la Muerte no podría arrancarle la existencia y al igual que Prometeo le robó el fuego a los dioses para entregárselo a los humanos, yo le ofrecí a Yuuhi el regalo prohibido de la vida eterna."

– "¿C-como es posible?"

– "No puedo usar mis poderes para ello, la energía abismal pura es fatal para los humanos. Pero, la inmortalidad se puede conseguir de muchas maneras. A veces, solo se necesita algo tan pequeño como el diente de un muerto viviente."

– "Hablas de…"

– "Un zombie." – Confesó.

– "Pero, ¿de dónde?"

– "Esa mujer, Smith, posee compañeras muy diversas y útiles."

– "Creo que se a quien te refieres, es esa chica, Zombina, ¿cierto? ¿Cómo la convenciste para ayudarte?" – Recordé a la pelirroja de la foto en el despacho de Smith.

– "No precisé de su aprobación para ello. Un poco de sigilo y un par de pinzas hacen maravillas."

– "Eres una caja de sorpresas, azulita. ¿Y Yuuhi, estuvo de acuerdo?"

– "No objetó. El verla disfrutar de su nueva vida junto a sus nuevos amigos fueron más que evidencia suficiente para demostrar que tomé la decisión correcta." – Volvió a sonreír. – "Cuando ella reía, era como si Eve lo hiciera también."

Mis ojos se tornaron húmedos, era conmovedor.

– "Eso es hermoso, Lala." – Declaré con sinceridad, poniendo mi brazo alrededor suyo y pegándola a mí. – "Eres una buena persona."

– "G-g-gracias. Es solo un pequeño paso en la dirección correcta, espero."

– "Un pequeño paso para una dullahan, pero un gran salto para la humanidad."

– "¿Quién se plagia frases famosas ahora?"

– "Je, lo sé, lo sé." – Bromeé sacando mi lengua y guiñando tres ojos. – "De todas formas, te agradezco el compartir esto conmigo. Supongo que no me guardas rencor entonces."

– "Bueno, admito que aún estoy algo molesta por la forma tan lasciva en que me trataste, pero…" – Se sonrojó. – "Solo… trata de no hacerlo... tan seguido..."

– "Clar… ¿¡Eh!?" – Exclamé ruborizándome igual.

– "¡N-nada, dije que te perdono, mortal!"

– "¡Oh! ¡Claro, si, danke! Je…"

Ambas nos separamos y volteamos la mirada, rojas como tomates. No si ella hablaba sobre lo mismo que estoy pensando, pero prefiero no crear más malentendidos de nuevo.

– "Ehem…" – Hablé aclarando mi garganta. – "Supongo que ya estamos a mano."

– "Claro… Err… Me disculpo por mi comportamiento inicial. Solo estaba actuando, no planeo tomar tu alma o algo así."

– "Si, entiendo, entiendo. Uhm… Pido perdón por lo que hice… y bueno, ya me disculpé antes, pero lo hago de nuevo."

– "Eh, si, si, por supuesto."

Diantres, esto era muy incómodo. ¿Dónde hay una distracción cuando se le necesita?

*(gruñido)*

Salvada por mi estómago. Gracias, ácido gástrico.

– "Creo que es tiempo de retirarme. Lamento el quitarte tu tiempo matutino, Lala."

– "No hay necesidad de disculpas, descendiente de Arachne, también oíste mi anécdota."

– "Bueno, la tuya es más interesante. La mía es la típica idiota que huye de casa."

– "No es diferente a la tonta idealista rebelándose contra las tradiciones familiares."

– "Supongo. Ambas somos unas bobas, ¿no lo crees?"

– "Estoy de acuerdo contigo, mortal."

– "Entonces, ¿Me haría el honor de acompañar a esta idiota a la cocina para satisfacer sus necesidades alimenticias, fraülein Sheehy?" – Bromeé ofreciendo mi brazo.

– "Teniendo en cuenta que el platillo que me ofreciste anteriormente ha perdido su temperatura ideal y que su sabor no era el más apto, me temo que acepto tu propuesta. Guía el camino, Aria Jaëgersturm." – Aceptó tomándolo. Su voz pronunciando mi nombre es realmente angelical.

Reímos un poco. Nos dirigimos a la cocina a buscar algo para desayunar. O a esperar a que Kimihito consiguiera más provisiones, ya que si mal no recuerdo, el sekihan fue lo último que quedaba. En todo caso, lo que importaba era que Lala y yo habíamos arreglado nuestras diferencias y que, por ahora, el mundo estaba en paz.

Era una hermosa mañana en compañía de una buena amiga y agradezco a los dioses por ello.

– "¡Hey gente, hola gente! ¡El café se me acabó y necesito uno deprisa, que llego tarde al trabajo! ¿Dónde está Cariño-kun?"

¡Te odio, Smith!


NOTAS DEL AUTOR: Gracias por leer. Ojalá mi versión del pasado de la gran Lala les haya gustado. Y por cierto, ella realmente nació el veinticinco de diciembre, según el twitter oficial de la serie.

En fin, con esto doy por finalizado el periodo Merótico y los siguientes capítulos volverán al tono humorístico habitual. Claro que la influencia de la sirena puede que me haga agregar uno que otro momento trágico, pero será en pequeñas dosis.* Nos leemos en el siguiente número.

*Las pequeñas dosis pueden variar en cantidad y ser de tamaño mayor al indicado. Cierta sirena rosada no se hace responsable de las posibles tragedias que puedan desarrollarse. Consume comida chatarra.