NOTAS DEL AUTOR: ¡Salve la Poderosa Meroune! ¡Tarmo Flake les da la bienvenida, queridos lectores!
Ah, que capítulo resultó más largo de lo planeado, pero así funciono yo. Me ayuda a distraerme del fastidio del trabajo y evita que las voces en mi cabeza sigan ordenándome que invada Polonia. Aún falta para llevar a cabo ese plan. En fin, que se acaben las malas bromas y demos paso a nuestro episodio de hoy. ¡Disfruten!
Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener, creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena castiga a los herejes haciéndolos leer esta historia!
NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE
CAPÍTULO 43
– "¿Mamá?"
– "¿Sí, hija?"
– "¿Por qué luchamos?"
– "Para proteger lo que amamos."
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Que alguien me proteja.
Hemos pasado dos de las implacables pruebas que Kuroko Smith, el Departamento de Justicia y al menos una docena de vejetes que de alguna manera siguen a cargo del gobierno han impuesto sobre Cetania, Dyne y yo. Incluso cuando el enemigo no usa munición real y se trata sólo de un entrenamiento, los ensayos serían considerados absurdamente crueles por cualquiera con sentido común, incluyendo a las mismas integrantes del equipo del cual deseamos formar oficialmente parte. Neutralizar al menos cincuenta oponentes sin recibir una sola bala de estos no es hazaña sencilla, por no decir casi imposible, pero de alguna manera, las tres prospectos para el escuadrón MOE hemos logrado hacerlo. Quizás nuestras técnicas sean tan heterodoxas como este adiestramiento, pero en verdad que ofrecemos resultados. El arduo sufrimiento que experimentamos toda la semana y algo de suerte por parte de Tique han rendido frutos y finalmente hemos podido llegar hasta este punto que alguna vez pareció lejano. Tenemos la habilidad, fuerza y convicción necesarias para seguir avanzando hasta donde queramos.
Y aún así, me sigo sintiendo tan vulnerable.
– "Jaëgersturm!" – Me habló mi compañera empusa. – "¡No te quedes ahí! ¡Abre fuego, idiota!"
– "¡Ah! ¡J-jawohl!"
Apreté el gatillo de mi CETME Ameli, liberando desesperadas ráfagas de proyectiles de 5.56 milímetros hacia un enemigo que de alguna manera había logrado voltear nuestra jugada y sorprendernos apenas mi amiga y yo decidimos irrumpir en el rojo edificio que debíamos limpiar de pies a cabeza. Pensamos que nuestra técnica de fingir una infiltración por una abertura alterna y negarles el sentido de la visión con granadas cegadoras sería suficiente para ofrecernos una ventaja significativa y eliminar a la resistencia inicial con relativa facilidad. Pero, por supuesto, los planes no son infalibles y ahora nos encontrábamos frente a todo un pequeño destacamento de seis sujetos armados con subfusiles MP5. Por un lado, con nuestra fastuosa entrada, anunciamos como un par de gallos cantores nuestra posición; Y por el otro, mi idea de usar no una sino dos flashbangs actualmente dio resultado y esos oponentes que ya hubieran cambiado el color de nuestros negros chalecos a un brillante azul, se encontraban aturdidos por el artefacto e incapaces de defenderse durante unas escasas pero afortunadas centésimas de segundo. Naturalmente, era nuestra milagrosa oportunidad y nos apresuramos a dejarlos fuera de combate.
– "¡Poderosa Hécate, casi no la contamos!" – Exclamó Nikos, apresurada en agregar más cartuchos a su escopeta y avanzar por la habitación. – "Bien pensado al usar dos cegadoras, araña. Seis menos de quien preocuparnos."
– "Danke, Dyne." – La seguí sin dejar de apuntar hacia la dirección del posible contrincante. – "Pero ahora todos estarán en alerta, esperándonos. Y nosotras estamos en desventaja al estar abajo."
– "Cierto, esto apenas fue el primer paso de nuestro largo y duro camino que conduce del infierno hacia la luz."
– "Eso es de John Milton, no Dante." – Reiteré, aprovechando para alistar más granadas a mi chaleco para uso rápido. – "Pero igual funciona. ¿Cuál es el siguiente paso?"
– "Creí que tú eras la de los consejos, Virgilio." – Retrucó la mantis, colocándose una máscara de gas. – "Pero si insistes en ser iluminada, ser inferior, sugiero que protejamos la boca por si desean darnos una probada de nuestra gaseosa medicina."
– "Vale, cúbreme." – Saqué la mía de la bolsa. – "Que bueno que resistieron junto a las gafas nocturnas al ataque de Tionishia. Estas cosas sí que están bien construidas."
– "Reza porque nosotras también aguantemos tanto." – Dijo ella, con la voz apaciguada por el filtro. – "Debieron darnos al menos goggles protectores."
– "Oíste a la sabia de Kuroko; Si no necesitamos casco, mucho menos requerimos de protección ocular." – Mencioné con sarcasmo. – "Yo creo que en el fondo ella odia a MOE."
– "Smith no odia a este equipo, Jaëgersturm." – Bombeó su Mossberg. – "Te odia a ti."
– "Gracias, sargento." – Reí. Excelente broma sardónica. – "¿Tu escudo aún funciona?"
– "Pasó de transparente a azul, pero todavía resiste." – Mostró la protección cubierta de pintura. – "Descuida, si lo pierdo, puedo usar tu trasero para cubrirme."
– "Eres mi mejor amiga, insecto rastrero." – Encendí la lámpara en el cañón de mi arma. – "Usemos nuestras luces tácticas. Ya sabes, cegar y desorientar al enemigo."
– "Me leíste la mente, araña." – Prendió la suya. – "Bien, estamos listas. Yo iré al frente, tú abriga mi retaguardia y ten listas esas cegadoras a la mano."
– "Jawohl, Unteroffizierin."
Comenzar bien no es poco, pero tampoco es mucho, y la victoria todavía no nos sonríe. Los tipos que derrotamos se mantuvieron descansando en sus lugares y, ya que usaban la misma munición en sus armas, la mediterránea se hizo con varios cargadores para su MP5. Ellos no se quejaron y hasta les agradecimos por reabastecernos. Me concentré en cuidar los flancos que la escopeta de mi aliada no cubriera y mantener el dedo cerca de la parte inferior del guardamontes, todo sin intentar tropezar con la mantis en los estrechos escalones. El primer piso era extenso y no poseía muebles o decoración alguna, siendo un cuadro completamente gris y vacío. Las escaleras, del mismo material que la construcción y sin barandal, muy parecidas a las usadas por los edificios de oficinas, conducían directamente al siguiente nivel. La poca zona para maniobrar nos obligaba a comprimirnos y dejarnos en vulnerable posición conforme ascendíamos, sin saber que esperar en la próxima área. Y al ser un edificio tan alto, la larga subida nos exasperaba. Divisamos la entrada del próximo sector, donde el color de las paredes cambiaba a bermellón, como sangre. Nos pegamos al pequeño muro que cubría el camino de los escalones, ralentizamos la marcha y la griega me solicitó una flashbang, la cual le ofrecí.
Ella la arrojó sin exponerse, haciéndola rebotar en la pared y volteamos la vista, oyéndola explotar. Raudamente, la helénica con escudo en pinza y Mossberg 590 en manos, se dio una vuelta de noventa grados al tiempo que yo me apresuraba a vigilar la sección que me correspondía. El cuarto entero poseía apenas unos muebles y extrañamente, una cama, muy parecida a una habitación matrimonial. Sin embargo, lo único romántico era una pintura encima de esta, representando a Paris y Helena, catalizadores de la Guerra de Troya. Pero yo no tuve tiempo para admirar el arte francés sobre mitología griega puesto que en la recámara se encontraban al menos cinco tipos con subfusiles MP5K, uno ya abatido por la chica de ojos verdes.
Había un soldado desorientado con su arma apuntando a la derecha de mi amiga y a su alcance, pero esta no le disparó porque la pelinegra, siguiendo el protocolo que aprendimos en el entrenamiento, debía confiar plenamente en mí para que yo eliminara la amenaza, cosa que cumplí en toda regla. La fe en los compañeros es lo que hace fuerte a un equipo y ahora la empusa y yo nos sentíamos seguras de que ninguna la fallaría a la otra. Imaginar que hace una semana nosotras hubiéramos pensado en meternos plomo a la primera provocación habla mucho de lo efectivo de nuestro adiestramiento y de lo lejos que hemos avanzado en nuestra amistad. Me alegré, la mantis es en verdad una excelente guerrera y me honra luchar a su lado.
– ¡Detrás de mí, Jaëgersturm!" – Ordenó ella, atacando a un contrincante detrás de una pequeña pared. – "¡Enemigo a mi izquierda!"
– "¡Jawohl!" – Abrí fuego contra otro oponente que asomaba su cuerpo y conseguí sacarlo del juego, todo mientras yo me resguardaba tras el pequeño escudito de la sargento. – "¡Linke Seite ist klar, Unteroffizierin!"
– "¡Supresión a mi derecha! ¡Rodearé al enemigo!"
– "¡Ja! ¡Feuerschutz!"
La Ameli logró mantener al sujeto escondido detrás de su cubierta de concreto y Nikos pudo circundar su escondite, neutralizándolo sin demora. El único restante nos esperaba detrás de un sofá, acorralándose en una esquina, pero bien guarecido y asomando su herramienta para disparar a ráfagas ciegas. Yo me hallaba tras una mesita para café, totalmente pequeña para mi enorme físico pero probando ser una barrera improvisada al tiempo que regresaba los disparos. La mediterránea no perdió tiempo y se acercó lentamente su dirección. Sabiendo que no tenía opción, el hombre probó su suerte y salió de su guarida, empujando el mueble para detener a mi compañera. Chocó con ella y trató de saltar el sofá para desarmarla, pero el escudo balístico de esta no cedió y con su libre extremidad de mantis cerrada, le propinó un contundente golpe en el pecho que lo envió al suelo de inmediato. Por suerte llevaba casco, así el impactar el piso no fue tan doloroso y no perdió la consciencia. La helénica lo levantó de su chaleco y lo encaró, con el pobre soldado mirándola fijamente, anonadado.
– "¿Tengo algo en la cara?" – Preguntó la pelinegra – "¿Por qué me observas de esa manera?"
– "Tú…" – Musitó el tipo, ruborizándose. – "Tú… Eres muy guapa…"
La sargento agradeció el halago del chico noqueándolo con un puñetazo en la frente. Lo soltó sin gracia alguna en la manchada alfombra.
– "Joder, Dyne." – Hablé, disintiendo con la cabeza lentamente. – "Te dicen cosas bonitas y tú les pegas. Y eso que tienes la fea máscara puesta. Por esa actitud tan violenta terminarás sola y virgen."
– "Vine a luchar, no a cortejar esbirros en uniforme." – Tronó sus dedos. – "Además, te dije que no siento nada por nadie."
– "¿Qué hay cuando te hice sonrojar con mis palabras?"
– "Eso fue diferente." – Estiró sus brazos. – "Una reacción alérgica a tu sáfico hedor. Y si ya terminaste de farfullar boberías, ¿Podrías decirme por qué no lo sosegaste cuando se descubrió?"
– "Mi arma se trabó, la cinta quedó atascada." – Me dispuse a arreglar el problema. – "Creo que no la limpiaron desde que la usé el primer día. Para cuando quise recurrir a la pistola, tú ya lo habías apaciguado."
– "Me alegro de haber limpiado las mías." – Recargó la Mossberg y miró alrededor nuestro. – "Linda recámara, ¿no crees? Me gusta el rojo."
– "Si ignoramos los disparos y las manchas de pintura, sería perfecto para una velada romántica." – Hice mueca burlona. – "¿Quieres probarla con tu nuevo novio, mantisita?"
– "Volveré este lugar aún más rojo con tu sangre, araña." – Se dirigió a la escalera. – "Continuemos."
– "Al menos coloquemos al desgraciado que noqueaste en la cama."
– "No."
– "Pobre de quien se enamore de ti, princesa de hielo."
– "El sentimiento es mutuo. Sígueme."
Ignorando tanta frialdad en el corazón de mi quitinosa amiga y agradeciendo a Tique por permitirnos despejar otro sector sin ser heridas, proseguimos con nuestra misión. El bermellón del piso anterior dio lentamente paso a un rosado claro conforme subíamos los escalones. Nikos solicitó otra granada cegadora y repetimos el paso de la anterior. Gastar nuestras reservas no era de tanta importancia como el asegurarnos que resultáramos ilesas. Además, con suerte, el contrincante también tendría algunas en su posesión para nuestro uso. El artefacto se activó y dimos la vuelta a la pared, preparadas, pero en lugar de encontrar otro grupo de sujetos armados, sólo hayamos a uno muy grande y forzudo usando una máscara de visor opaco. Eso debió protegerlo de la granada, puesto que apenas él nos notó, abrió fuego con un rifle Howa 64 en su mano derecha, mientras en la otra ostentaba una carabina M4 con una escopeta auxiliar MASS debajo del cañón, efectivamente dándole tres armas útiles. La helénica me empujó al regresar de inmediato detrás del muro.
– "¡Ficke dich!" – Espeté, viendo cómo parte de la pintura manchaba la pared que estaba frente a nosotras. – "¡Dyne, usa tu escudo!"
– "¡Ni eso me protegería! ¡Tanta potencia me derribaría al instante!"
– "¡¿Entonces qué hacemos?! ¡¿Regresar?!"
– "¡Trae a uno de los soldados que vencimos y usémoslo como carnada para distraerlo!"
– "¡Carajo, mantis! ¡Somos policías, no la maldita mafia!"
– "¡¿Entonces qué sugieres?!"
– "¡Lo mismo que mis antepasados cuando combatieron a esos condenados franceses en la Gran Guerra! ¡Inundémoslo con gas!"
– "¡Está usando una máscara para ello!"
– "¡El humo le impedirá ver y atacaremos!"
– "¡Nosotras también quedaremos ciegas!"
– "¡No hay otra salida! ¡Toma!" – Le ofrecí una granada. – "¡Hazlo!"
– "¡Malditos alemanes y sus dementes ideas!" – La arrojó. – "¡Prepárate!"
Lanzó el artefacto y escuchamos el estallido característico. Dado que sólo era humo, no gas irritante, no nos afectaría seriamente los ojos al entrar al cuarto inundado. Y con suerte el tipo no nos tendría otra sorpresa preparada. Pasados un par de segundos, le indiqué a mi camarada que se arriesgara y, protegida con su barrera transparente, tratara de hacer un par de disparos ciegos para despistar o hasta neutralizar la amenaza. Ella se atrevió y usando su MP5, abrió fuego hacia la habitación que ya empezaba a nublar la visión. Recibió como respuesta un huracán de balas pigmentadas, afortunadamente ninguna tocando su cuerpo y regresó a la seguridad de su posición.
– "Viene hacia aquí." – Informó. – "Lentamente. Hay demasiados muebles ahí para moverse libremente, como si fuera una bodega desordenada."
– "¿Qué loco diseñó este lugar?"
– "¿Eso importa? El humo es inútil y mis balas no le hicieron nada a su chaleco, es un maldito mastodonte."
– "Falange."
– "¿Qué?"
– "Una falange griega." – Reiteré. – "Carga contra él con tu escudo y empújalo hasta derrumbarlo."
– "¿Estás loca? ¡Te dije que no hay manera de caminar por ahí sin tropezarse! ¡Y no tengo tanta fuerza para tumbarlo!"
– "Pero me tienes a mí." – Coloqué una mano en su hombro. – "La unión hace la fuerza, y las dos podremos derribar cualquier muro que nos impongan. Honorem et Gloriam."
– "¿Por qué siempre se te ocurren los planes más dementes, araña?"
– "Es de familia." – Le guiñé. – "Vamos."
– "Maldita sea…" – Alistó el escudo. – "¡Bueno, al diablo! ¡Todos los acontecimientos terribles e inesperados son bienvenidos! ¡Ahora!"
Aventurándonos a una laureada victoria o un estrepitoso fracaso, mi compañera de Lesbos y yo nos lanzamos hacia el adversario como un T-34 en una carga suicida durante la batalla de Kursk. Ya no somos ese tanque impenetrable de hace unos momentos, pero este blindado doble aún posee fuerza suficiente para enfrentar a la adversidad, incluso si eso lo deja fuera del juego. Y en este trabajo, hay que estar preparada para el sacrificio. Con un sonoro grito para alimentar nuestra adrenalina en las venas, nos abrimos pasos a través del humo sofocante, las balas en el aire estrellándose contra el escudo y la particularmente tupida estancia, plagada de objetos regados por el suelo que trataban de frenar nuestro brioso avance, pero que cedía ante la voluntad de hierro de nuestra vigorosa acometida. Nuestra embestida, y agradezco enormemente a los dioses por esto, dio el resultado esperado y pudimos abatir al titánico soldado con un contundente impacto directo, haciéndolo desplomarse como un pesado costal de plomo.
– "¡Ignoro de dónde hemos sacado tanta suerte, pero mientras esta nos sonría, la aprovecharemos!" – Exclamó la nativa de Mitilene, tosiendo. – "¡Pero este maldito humo me está matando los ojos! ¡Excelente idea, arachne idiota!"
– "¡Bueno, no soy perfecta!" – Tosí. – "¡Lo siento, ¿de acuerdo?! ¡Gah! ¡Incluso con esta máscara, huele a mil diablos!"
– "Al menos no hiede tanto como tú." – Rió entre carraspeos. – "¿No tiene nada que pueda servirnos?"
– "Únicamente balas sueltas para la MP5 y la Mossberg." - Pestañeé por la irritación. – "Nada de granadas."
– "Toma todo lo que puedas, incluyendo las armas y larguémonos antes de quedar ciegas."
– "Vale."
Me hice con todas las municiones, cargadores y la carabina M4 con todo y aditamentos, aunque no los necesitara. Incluso tomé el Howa aunque su capacidad de veinte balas sea muy baja para mi gusto y tenga un diseño muy feo. La bolsa de provisiones quedó muy pesada con tanta carga, pero podía con ella. Lagrimeando por el aire saturado de suciedad, subimos las escaleras para el cuarto piso. La apariencia de las paredes pasó a un llamativo color dorado y con ornamentales diseños complejos en el fino papel que las cubría, como los esperados en una suite de algún engalanado penthouse. Haciendo caso omiso al singular decorado artístico del lugar, nos detuvimos al ver que no habría muro en el cual resguardarnos como los pisos anteriores.
– "Rayos. Si alzamos la cabeza, nos la vuelan." – Bufó la mantis, aún afectada por el humo. – "Jaëgersturm, dame una cegadora."
– "Es la última, ¿segura?"
– "Te dije que me la des, araña."
– "De acuerdo, pero no te enojes." – Se la entregué. – "Carpe diem."
– "¡Tráguense esto!"
La última flashbang se despidió de nosotras y agachamos la sesera, esperando ese 'boom' que indicaba que era seguro asomarse. Pero, como la intensa luz que aquellos artilugios descargan sobre el insospechado contrincante, la sangre se nos heló cuando dos granadas idénticas a la nuestra cayeron frente a nosotras.
– "Ay, mamá araña…"
El mundo se tornó completamente blanco, como la nieve que cubría a Moscú durante la Operación Tifón. Y al igual que la cruenta batalla por la capital rusa, el enemigo resultó más osado de lo que esperábamos, dándonos una brillante probada de nuestra propia medicina. Aunque cerramos los ojos instintivamente, el destello atravesó la minúscula barrera de nuestros párpados y nuestros oídos perdieron contacto con el mundo por cortos, pero decisivos segundos que el retador podría aprovechar para eliminarnos en tal vulnerable estado. Con la irritación del humo, el fulgor y la sordera temporal nos hubiera neutralizado la capacidad combativa, pero nosotras no nos dimos por vencidas y disparamos a intervalos nuestras armas, valiéndome yo de mi alta cantidad de munición para mantener al adversario a raya mientras nuestro sentidos salían de su desorientado mundo. La empusa usó su transparente protector balístico para cubrirnos a ambas, dejando escapar alguna descarga del cañón de su herramienta.
Pero, de alguna manera, los contrincantes no se movieron de sus lugares en todo ese tiempo. Cuando el resplandor se disipó de nuestros globos oculares, nos extrañamos que ninguno hubiera tratado de erradicarnos en tan preciada ventana de oportunidad. Tampoco íbamos a quejarnos por seguir intactas, así que preferimos volver a encararlos. Pero, antes de aventurarnos a colorear nuestras cabezas de azul, sugerí que arrojáramos los restos vacíos de los artefactos que ellos nos lanzaron para engañarlos, aunque sea por medio segundo, lapso escaso pero suficiente para acabar con un par de ellos y encontrar refugio rápidamente. Aceptando ella, tomamos las carcasas de las granadas usadas y las aventamos en dirección del oponente, anunciándolo a todo pulmón para que cayeran en la trampa. Debió funcionar, porque pudimos oír a algunos de ellos ordenar cubrirse, lo cual tomamos como indicativo que era momento de actuar.
Saliendo del escondite del desnivel de los escalones, encañonamos nuestras armas y abrimos fuego contra los soldados detrás de una barricada creada por la unión de diversos y finos muebles tallados en bella madera. La pelinegra se deshizo de un rival que dejó al descubierto sus piernas detrás de un ropero victoriano blanco al tiempo que mi Ameli descargaba su furia de 5.56 milímetros sobre las molleras de los incautos que los selectos enseres para sentarse no lograban cubrir. Sin embargo, entre todo el ajetreo y el rápido movimiento, choqué contra un buró negro que atrapó mi bolsa de provisiones en una afilada esquina, rompiéndola y regando todos nuestros reabastecimientos por el suelo. Como si la mala suerte me persiguiera, mi ametralladora decidió que ese era el mejor momento para trabar la cinta alimentadora y dejar de funcionar. Traté de recurrir a los artilugios capturados en encuentro anterior, pero la carabina M4 únicamente tenía una reserva de cuatro proyectiles antes de descargarse. La Howa 64 no me consoló al hallarse igualmente vacía y me resguardé tras un impoluto piano vertical blanco que pronto se tiñó de azul al ser impactado por las balas de pintura.
– "¡Carajo, alemana estúpida! ¡¿Siempre tienes que arruinarlo todo?!" – Vociferó la mediterránea, detrás de su escudo y cubriéndose parcialmente con el ropero. – "¡Regaste todas las malditas municiones, imbécil!"
– "¡Fue tu idea el sobrecargar la bolsa, saltamontes subdesarrollado!" – Le contesté, haciéndome con Hummel y la USP de Cetania. – "¡Cúbreme, la Ameli se trabó!"
Asomé la cabeza para atacar a manera akimbo al adversario, evitando que ellos se alzaran, pero sin lograr sacarlos de su escondite. Tenían buena cobertura y sus constantes disparos evidenciaban que se hallaban perfectamente abastecidos, pero no me explicaba por qué se rehusaban a moverse de sus posiciones. Sin embargo, el plan les resultaba sin querer, ya que nosotras habíamos perdido nuestras provisiones y las de nuestras armas escaseaban. Pasamos de exceso completo a exigüidad absoluta en un abrir de ojos. Mascullé mi suerte, oyendo al piano tocar una desentonada melodía al ser atacado por los añiles proyectiles. Nuestra canción de muerte.
– "¡A este paso nos quedaremos secas!" – Espetó la mujer de ojos verdes, habiendo recurrido a su subfusil. – "¡¿Alguna de tus brillantes ideas, Rommel?!"
– "¡Aunque fuera sarcasmo, gracias por llamarme como el legendario Zorro del Desierto!" – Le sonreí. – "¡Lamento decepcionarte, Dyne! ¡Mis neuronas también están vacías!"
– "¡Eso ya lo sabía, cabeza hueca!" – Agregó otro cargador a su arma. – "¡No te quedes ahí y dispara!"
Obedecí y mis pistolas arremetieron contra el enemigo, pero fueron opacadas por los rifles de asalto que ellos tenían a su disposición. Las paredes del bien arreglado cuarto aún mantenían ese aire hoi oligoi a pesar de estar cubiertas de cromo azul, como si se empeñara a que el infierno en el que estábamos no le afectara. Lo viejo no deseaba ceder su aspecto ante la agresión del siglo moderno. Fue entonces que la Olímpica antorcha en mi cerebro volvió a encender otra demente idea en este.
– "Shiroyama." – Musité.
– "¡¿Qué?!" – Cuestionó mi compañera, usando su P226.
– "¡La Batalla de Shiroyama, al final de la rebelión Satsuma!" – Reiteré. – "¡Más de 500 samuráis se enfrentaron 30,000 tropas Imperiales para defender sus antiguos ideales a pesar de estar en completa desventaja!"
– "¡Sé a qué te refieres! ¡¿Pero qué tiene que ver con nosotras?!"
– "¡Hagamos lo mismo!" – La miré fijamente. – "¡Honremos al código bushidō con un ataque despiadado cuerpo a cuerpo!"
– "¡¿El humo te afectó los sesos, retrasada?! ¡Nos harán trizas apenas intentemos acercarnos!"
– "¡Los muebles! ¡Empujemos los muebles hasta su posición! ¡Es nuestra única oportunidad, Dyne, hagámoslo!"
– "¡Divina Hécate, dame fuerzas para sobrevivir a esta demente arachne!" – Exclamó la mantis. – "¡De acuerdo! ¡Vamos, pulga chiflada!"
Impulsando los pesados artefactos y resistiendo el asedio de cuatro bien armados pero inmóviles oponentes, nos hicimos con espacio suficiente para maniobrar alrededor de los extremos de la improvisada barrera y nos lanzamos en un sincronizado ataque melee, tomando cada una a uno de cada lado e impulsándonos como arietes para noquearlos. Aquello tuvo efecto y el último sujeto salto de su lugar para evitar ser aplastada por los cuerpos de sus aliados. Antes que este pudiera tomar posesión de su herramienta escupidora de balas, le arrojé un cojín encima para despistarlo y la nativa de Mitilene raudamente saltó el mueble para apaciguar al hombre colocando su rodilla sobre el pecho de este y apuntándole con su arma. Yo también le apunté a los que no quedaron aturdidos lo suficiente por nuestra sorpresiva maniobra a quemarropa. Aquella proeza fue bastante convincente para obligar a rendirse al contrincante pacíficamente y dejarnos esposarlos a todos.
– "Aún no me explico cómo es que estas barbaridades funcionan, araña." – Expresó Dyne, recogiendo municiones del suelo. – "Ya estaríamos más que cubiertas de pies a cabeza si hubiéramos cometido un pequeño error."
– "Yo también estoy sorprendida, amiga." – Destrabé mi ametralladora. – "Tique actúa de formas extrañas. Pero hay que agradecer que continúe sonriéndonos."
– "De todas maneras, deberíamos acabar con esto de una vez. Si nos seguimos retrasando, quien sabe que más desagradables artimañas tengan preparadas para nosotras mientras el reloj continúa corriendo."
– "Sí, te entiendo." – Acomodé mi máscara. – "Hagamos nuestra propia guerra relámpago y ataquemos el siguiente como locas, para que nos neutralicen por jugar a ser heroínas de acción."
– "Gracias por el sarcasmo, señorita que se lanza contra el adversario." – Replicó ella. – "Pero descuida, puedo callar esa boca haciendo cantar a otra."
Nikos tomó al último tipo que apresamos y, con la máscara que ellos cargaban habiendo sido retirada, le apuntó su escopeta en la barbilla.
– "Ya que fuiste detenido, quizás puedas ayudarnos cooperando con nuestro trabajo." – Le dijo la empusa, con voz casi gutural. – "Dime, ¿Qué podemos esperar en los siguientes pisos?"
– "Yo no…" – Titubeó el chico, apenas un cabo joven. – "No puedo revela-"
Su balbuceo se interrumpió cuando la mantis activó su Mossberg, arrojando una carga de perdigones plásticos que, mientras unos se pegaron al techo, otros cayeron sobre el azarado soldado, sudando por la intimidante actitud de su captora. Quise intervenir, pero ella me ordenó detenerme.
– "Decreté que hablaras…" – Aseveró la griega, encañonando la escopeta nuevamente debajo del cuello. – "Me importa un carajo si esto te parece ilegal. Ustedes no han sido muy amables con nosotras, así que soy igual de dura contigo."
– "P-por favor, s-señorita… Yo no…"
– "¡Escúpelo!" – Golpeó sus extremidades mantoideas en el suelo, creando un sonido tan fuerte como un disparo. – "¡Última oportunidad o te convierto en un puto eunuco! ¡Y en verdad que lo haré!"
– "L-le ruego que…"
– "¡Suficiente!"
Antes que el espolón derecho dejara sin descendencia al aterrorizado sujeto, detuve a la iracunda pelinegra con ambas manos. En verdad que tiene fuerza a pesar de ser más pequeña que yo.
– "¡¿Perdiste los estribos, mantis del demonio?!" – Le grité. – "¡Arachne mía, suéltalo ya! ¡No necesitamos hacer esto!"
– "¡No me des órdenes, araña sáfica! ¡Estoy harta de todo este maldito teatro y quiero respuestas ya!"
– "¡Tampoco es para que recurras a estas tácticas tan nefastas!"
– "¡Haré lo que sea para obtener información y mi paciencia tiene un límite! ¡Suéltame o te decapito con la otra pinza!"
– "¡Diablos, Dyne! ¡Hay que poner el ejemplo!"
– "¡Y yo le pondré fin a la vida de este hijo de puta si no comienza a soltar toda la sopa!" – Su timbre se tornó tenebroso. – "¡Habla ya, maldita sea! ¡Confiesa!"
– "¡D-de acuerdo!" – Se rindió el tipo. – "¡El piso superior está protegido por personas armadas con rifles automáticos y una ametralladora! ¡Al darse la vuelta, hallarán una pared con un gran espejo y apenas entren, las atacarán por la izquierda y derecha al mismo tiempo!"
– "¡Dime la cantidad!"
– "¡No estoy seguro, pero son muchos! ¡Detrás del muro hallarán a dos hombres esperando sorprenderlas! ¡Es todo lo que se, lo juro! ¡No tengo idea que haya en el piso después de siguiente!"
Con eso, la helénica lo soltó violentamente, se levantó y jaló el sistema de bombeo de su escopeta, dirigiéndose con celeridad a las escaleras, con los ojos llenos de ira y bufando como un toro salvaje. Le ofrecí una reverencia al alarmado chico y seguí a la colérica líder del escuadrón. Sin embargo, ella se dio la vuelta y se encaminó hacia el vapuleado piano que pasó de blanco a azul en centésimas de segundos luego de nuestra ardua pelea. Ella ignoró el pésimo estado en que el instrumento musical se encontraba y puso sus manos en las teclas, haciéndolas interpretar una melodía que no pude reconocer claramente.
– "No es genuino." – Masculló la mediterránea.
Le dio una patada al objeto y ella volvió a alejarse, conmigo siguiéndola. No le pregunté por tan extraña actitud pero en ese momento lo importante era continuar avanzando y esperar a que su impaciencia no nos costara la victoria. Incluso mis intrépidos planes han sido resultado de desesperación y afortunadas coincidencias que nos llevaron al triunfo, así que se que la insolente actitud de mi compañera podría resultar contraproducente. Al subir los escalones, notamos que estos se hacían más estrechos y se volvían de color naranja intenso. Nikos ordenó en voz baja que yo cubriera su izquierda y ella el lado contrario. Asintiendo silenciosamente, cuidé la espalda de mi aliada y sin retraso, nos enfocamos en abatir a quienes nos esperaban en los flancos tan pronto divisamos la pared con el gran espejo.
Y funcionó.
Fue rápido, realmente veloz; Yo dejé que la Ameli corriera libre mientras la griega repartía puñetazos condensados en sus balas de goma endurecida. Sucedió tan vertiginosamente que no recuerdo mucho detalle, excepto que el destrozo que causamos con nuestros desatados disparos, hicieron un caos aún más grande en el ya desordenado cuarto. La mediterránea no se limitó a usar sus armas y ya fuera con el escudo, sus brazos de mantis o arrojándole cualquier objeto contundente al adversario, ella se encargó de neutralizar todas las amenazas en tiempo récord. Diez personas abatidas en fugaces segundos. Claro que, la agresividad de la lesbia se propasó un poco y lo único que quedó después de la casi literal masacre, fueron los quejidos de los golpeados contrincantes. Les ofrecí agua y hasta sanar sus heridas, pero la sargento me ordenó continuar, con esa mirada pétrea cincelada en su igualmente estoico rostro y con un soldado a modo de rehén en su mano, el cual avanzaba a punta de pistola.
– "¡¿Por el amor de Afrodita, qué te sucede, Dyne?!" – Le cuestioné a la mediterránea, anonadada por su actitud. – "¿Por qué este explosivo impulso tan repentino?"
– "Necesitamos proseguir, no continuar retrasándonos con estratagemas complejas y absurdos desenlaces." – Contestó sin dejar de mirar hacia adelante. – "Hemos perdido demasiado tiempo jugando a las escondidas."
– "¿Y para eso requieres tomar prisioneros? ¡Creí que teníamos que rescatarlos, no crearlos!"
– "Es un voluntario que está cooperando alegremente con nuestra investigación y se ha ofrecido personalmente a escoltarnos por el edificio." – Replicó sin siquiera parpadear. – "Como tu superior, te ordeno callar y cubrirme la espalda apenas entremos en la zona contigua. ¿Entendido?"
– "Dyne… Esto no es correcto."
– "Correcto, incorrecto, da lo mismo. Nuestro trabajo es limpiar este maldito edificio y eso es lo que hago."
– "¡Usando personas como escudo humano no es seguir las reglas!"
– "¡¿Reglas?!" – Ella se detuvo, volteando finalmente a verme. – "¡¿Has notado en que maldito lugar estamos?! ¡Nos apuntaron con una jodida ametralladora anti-aérea! ¡Y estamos combatiendo a estos sujetos en estas elaboradas habitaciones en un edificio sin valor táctico real con métodos nada ortodoxos! ¡Nada aquí sigue las malditas reglas!"
– "¿Esa es tu justificación para actuar como una maldita psicópata?"
– "¡¿Psicópata?! ¡Yo no soy la maldita araña que se viste como una puta Nacionalsocialista! ¡Deja ya ese maldito idealismo tan ingenuo! ¡¿Acaso te crees una santa inmaculada como para darme una miserable cátedra sobre moralidad?!" – Vociferó ella. – "¡Guárdate tus sermones para alguien que se los crea! ¡Nos ordenaron neutralizar la amenaza pero nunca especificaron de que manera hacerlo! ¡Y hasta donde yo sé, si es válido volarte la cabeza con proyectiles de veinte milímetros, nosotras podemos obligar a estos miserables a dar su integridad física por nosotras! ¡Ahora deja de hacerme perder el tiempo y acaba con todo estos hijos de puta apenas los veas!"
– "Dyne…" – Coloqué mi mano en su hombro. – "¿Qué te hizo cambiar tan rápido en un instante?"
– "¿No te has dado cuenta, idiota? Esos tipos del cuarto piso nos tenían acorraladas y no aprovecharon la oportunidad. Están jugando con nosotras, todo esto es una vil ilusión, tan artificial como ese jodido piano de hace un momento." – Manifestó. – "Podríamos quedarnos aquí todo el día y nadie vendría por nosotras, porque es un maldito constructo ficticio para ofrecer la fantasía de presión. Y podemos explotar esa debilidad. Tú lo dijiste, las tropas siguen reglas, aprovechémonos de ello a nuestro favor."
Incluso con toda la ira que irradiaba la mujer, sus palabras cargaban demasiada verdad una vez analizadas. Tenía demasiada lógica y honestamente, yo lo había deducido desde hace mucho, pero aquí todo ello tenía más sentido.
– "Smith no debió tener mucho tiempo para arreglar algo mejor en tan poco tiempo." – Aseguró. – "Una semana sería inaceptable para entrenar a un grupo como nosotras, por ende las intensas sesiones y los bruscos cambios de temática en el adiestramiento en un lapso increíblemente corto. Llenar su prorrata obligatoria y satisfacer a los altos mandos arrojándonos todo de una vez, para convencerlos de que somos capaces de superar cualquier clase de peligro. No me parece el método más efectivo, pero sí el más rápido. No sé si Kuroko es una verdadera genio o una excelente oportunista."
– "Quizás tengas razón, Nikos." – Alcé la vista. – "Pero debes admitir que lo que hemos logrado hasta ahora no se debe a una escasa preparación. Es decir, ¿alguna vez imaginaste usar un arma con tanta eficiencia y hallarte ilesa después de lo que sería una muerte segura para cualquiera? Poder derrotar a dos agentes profesionales no es cosa para tomarse a la ligera. Ninguna neófita, por más suertuda que sea, alcanzaría ese nivel de desempeño sin haber aprendido una o dos cosas antes."
– "Es por eso que no me decido como considerar las acciones de la Jerarca." – Suspiró. – "Pero si podemos acabar con este infernal entrenamiento y volvernos miembros oficiales de la justicia, ella habrá comprobado que sus métodos serán heterodoxos pero efectivos. Y al final, lo que importa es probar que obtienes resultados. Honestamente, respeto a esa demente; Ella es más osada que nosotras al arriesgarse el puesto de esa manera. Por ello, no debemos decepcionarla."
– "Sí." – Sonreí ligeramente. – "Te comprendo. Bueno, entonces sugiero que continuemos demostrando lo jodidamente buenas que somos, ¿no crees?"
– "Finalmente." – Volvió a ver al frente. – "Llevemos a nuestro amigo a saludar a sus camaradas. Muévete."
– "Esto me sigue pareciendo mal, mantis."
– "Prometo no hacerlo cuando estemos en una misión real, ¿de acuerdo? Demonios, araña, no soy una desalmada. Permitámonos romper las reglas de vez en cuando." – Sonrió maliciosamente. – "Y descuida, estos niños sabrán mantener su boquita callada."
– "Y creí que yo era la rebelde."
– "Las apariencias engañan, ¿cierto?"
– "Ni que lo digas."
Sexto piso, obligamos a nuestro rehén a asomar la cabeza y fingir que todo estaba bien, cosa que aprovechamos para sacar de la jugada a los confiados oponentes cuando brotamos detrás de la pared, color azul cielo como el resto de la habitación, causando caos y dejando al pobre chico, cuyo nombre ni siquiera nos molestamos en preguntar, completamente cubierto de pintura gracias a sus confundidos aliados. De nueva cuenta, limpiamos el sector en un santiamén. Odio admitirlo, pero después de todo, la griega me comprobó que ella sabe cómo cumplir el trabajo, incluso si debemos ignorar una o dos veces el código ético para lograrlo. Tal vez eso también sea una lección que Smith nos tenía preparadas; Aprender a que en ocasiones, hay que hacer caso omiso a la rectitud y asegurarse de que el objetivo se ejecute de manera satisfactoria. Sólo espero no debamos recurrir a eso muy seguido, no deseo sentirme como una hipócrita cuando represento a la propia ley. Bueno, en cualquier caso, le echo la culpa a la mantis por corromperme y me hago la inocente.
Séptimo piso. Aquí no tomamos ni prisioneros ni hicimos jugarretas porque en primera, no somos tan mezquinas para seguir fiándonos de tales tácticas. Y en segunda, porque si bien la hazaña anterior nos concedió la victoria, la helénica terminó con un muy claro manchón color índigo en la espalda de su chaleco, producto de un furtivo disparo de uno de nuestros contrincantes. Decir que eso encolerizó a la mediterránea sería subestimar la capacidad de mi compañera para desatar su vesania. La chica de ojos esmeraldas le propinó una muy amistosa patada en la entrepierna a su atacante y, como poseída por el mismísimo Ares cargando a la batalla, la pelinegra subió las escaleras y arremetió como una fiera contra todos los presentes en la angosta recámara, color verde como sus extremidades. Tan violento despliegue de rabia debió tener algún efecto psicológico en el enemigo, ya que la nativa de Lesbos se mantuvo intacta durante su vehemente ataque. Tampoco iba a dejar que ella se lleve todo el crédito y también ayudé, eliminando a los contrincantes que la impetuosa sargento omitía en su ensañado estado berserker. Ni los más audaces Sturmtruppen podrían superar esa eficiencia destructiva.
– "Joder, empusa." – Suspiré aliviada. – "Eres toda una guerrera espartana para lanzarte tu solita en tan suicida misión."
– "¿Eres alguien para criticarme, araña kamikaze?"
– "¿Criticarte? ¡Te aplaudo tu osadía!" – Afirmé, extendiendo los brazos. – "Claro, tuve que cubrir tu redondito trasero cuanto te arrojaste como una loca con tu escudito ante un grupo de hombres armados, pero te concedo que tu imprudente técnica resultó exitosa."
– "Y eso es lo único que importa."
– "Sí, sí, ya sé." – Desestimé con la mano. – "¿Pero tenías que desquitarte con la recámara también? Hasta te ajusticiaste a la estatuita del minotauro en ese escritorio. ¿Qué culpa tienen los muebles?"
– "No me fastidies, Jaëgersturm. Yo no le tengo aprecio a los objetos inanimados como tú, fetichista de las armas" – Se quitó la máscara. – "Argh, ya estoy harta de esta cosa. Toda mi maldita saliva se queda impregnada en ella."
– "Cierto, se siente como una mordaza para sadomasoquismo." – Me retiré la mía. – "Y parece que nuestras lamparitas tampoco sirvieron de mucho después de todo. Creo que aún somos completas novatas al final del día."
– "Bueno, estamos aquí para aprender, Aria." – Se sentó en el suelo y se recargó en la pared. – "Al menos ya tenemos lo conocimientos suficientes para destrozar recámaras eficientemente."
– "Ya debes sentirte mejor para volver a llamarme por mi nombre y empezar a hacer bromas, Dyne." – Sonreí ligeramente, asentándome frente a ella. – "Me gusta cuando dejas de ser tan gruñona, podrías convencer a alguien que actualmente tienes corazón, princesa de hielo."
– "Ya son dos veces que me dices princesa, araña." – Se cruzó de brazos. – "O en verdad mi apariencia es la de una soberana o intentas obtener algo más de mí con tus repetidas lisonjas."
– "Oh no, descubrió mi malvado plan para seducirla, su Majestad." – Repliqué sardónicamente, revisando mi ametralladora. – "Demonios, verdosa, nadie debe haberte dicho muchos cumplidos antes si confundes tal sobrenombre con alabanzas. Pero hablando en serio, en verdad pareces alguien de fina prosapia. Que no te sorprenda si la gente te confunde con la hija de algún magnate."
– "Tus estándares de belleza deben ser realmente bajos si crees que mi ordinaria fachada es tan distinguida." – Rió tenuemente. – "¿Por qué eres tan amable con alguien que te trata tan mal como yo, Aria?"
– "En primera, gracias por llamarme por mi nombre de nuevo, me encanta ese acento griego." – Le di un pulgar arriba. – "Y en segunda… Bien, yo pasé por lo mismo que tú, ¿sabes? Nadie le diría cosas agradables a una araña gigante si no fuera sarcasmo o burla, incluso mi familia era fría conmigo. Pero, al llegar aquí, tuve la enorme fortuna de conocer a gente honesta y sincera que me enseñaron a que valgo más de lo que mi pesimista interior creía ser. No soy la mujer más agraciada o admirable en este mundo, pero al menos no soy solamente un estúpido adefesio sáfico de ocho patas que luce como una integrante del Tercer Reich."
– "Pero tú eres precisamente eso."
– "¿Un adefesio?"
– "Una mujer agracia…" – Se pausó inmediatamente. – "A-admirable."
Su cara se ruborizó de inmediato y volteó la mirada. Tales eventos son tan raros que incluso una torpe en aprender operaciones aritméticas como yo podría contarlas fácilmente.
– "Oh, vaya, danke." – Sonreí. – "¿Pero que tengo de admirable?"
– "E-estar aquí y querer ser p-parte de esto, enfrentarte a tantas adversidades y… ¡N-no necesito repetir lo que ya sabes, ¿o sí?!"
– "Ya veo." – Me tallé detrás del cuello. – "De todas maneras, cuando te digo que eres una persona con ponderadas cualidades, estoy siendo sincera. Abriré la boca sin pensar y sonaré muy directa en ocasiones, pero así soy yo. Y, aunque sé que soy una completa insoportable, te agradezco me aceptes tal como soy, Dyne."
– "Esta bien…" – Volteó a verme, sonriendo suavemente. – "Gracias por hacer lo mismo conmigo, Aria."
– "Bitte sehr." – Le ofrecí mi mano. – "Vamos, Dante, que aún hay que aún quedan círculos más para salir del infierno."
– "Como digas, Virgilio." – Rió, tomándola para incorporarse. – "¿Sabes? Tu acento alemán también es curioso. Siempre pronuncias mi nombre como Dai-ne en lugar de Di-ni."
– "Y tú enuncias el mío como Ar-ya. Y admito que cuando llamas Zetaña a la pajarita, no puedo evitar sonreír por dentro."
– "La Jerarca una vez comentó que le parece gracioso que te refieras a ella como Kurroko Schmith."
– "Son esos pequeños detalles los que nos hacen únicas, 'Daine'." – Bromeé. – "Pero hablando en serio, ¿puedo preguntarte algo?"
– "Ya lo hiciste, ¿Qué deseas?"
– "¿Por qué mencionaste que el piano en el cuarto piso era falso?"
– "Yo… Yo solía tocarlo de niña." – Admitió sin cesar su avance. – "Me sorprendí al descubrir uno aquí. Obviamente fui demasiado ingenua al creer que un Kawai K-500 genuino residiría en un lugar como este. Continuemos."
No indagué más en el tema. Nikos es muy reservada respecto a su pasado y le respeto el derecho a no desear compartirlo. Pero, al menos ahora conozco algo más sobre nuestra peculiar empusa. Entonces, se me ocurrió una idea.
– "¿Dyne?"
– "¿Sí?"
– "Bueno… No sé si la pajarita te haya contado, pero Yuuko, la casera de Cetania, posee un piano en su casa y el cumpleaños de su novia, Mio, será en cuatro días. Lo celebraremos ahí." – Mencioné, juntando mis dedos. – "Y si quieres, podrías acompañarnos y divertirte con nosotras. Y tal vez, no lo sé, tocar un poco, si lo deseas."
– "¿Me estás invitando a una fiesta?"
– "Erm, ¿sí?"
– "¿Crees que la tal Yuuko acepte a una desconocida en la conmemoración anual de su pareja?"
– "Eres la amiga de su huésped, Dyne. Por supuesto que te recibirá." – Le afirmé. – "La rapaz invitó a mi familia anfitriona también, a todos los nueve. Incluso le pidió a mi novia, Lala, su propia rival, que le ayude con la comida. Y estoy segura que a todos les encantará contar con tu presencia."
– "…"
– "¿Dyne?"
– "D-de acuerdo…" – Musitó. – "Acepto."
– "Gracias. Le informaremos tan pronto la veamos."
Con eso, proseguimos subiendo los escalones. Me sorprendí de lo inusualmente alto que parecía llegar hasta el octavo piso, pero al alcanzar hasta nuestro destino, una habitación de diversos colores sin patrón alguno en las paredes y varias pinturas de temáticas no específicas, nos encontramos con un simple soldado descansando en una solitaria silla, leyendo un libro sobre animales ponzoñosos y cuyo uniforme pareció haber sido impactado por los mismos proyectiles multicolores que usamos cuando entrenamos en el Campo Asaka. La mantis y yo nos vimos por un momento, confundidas por tan austera recepción. Esperábamos un destacamento, otro escuadrón preparado, no una sola persona despreocupada y un cuarto sin muebles.
– "Buenas tardes, señoritas. Estoy aquí para asegurarme que han logrado salir ilesas. Veo que ya obtuvieron sus cicatrices polícromas, pero aún pueden continuar, como es lo establecido." – Declaró calmadamente el hombre, sin moverse de su pose de lectura y alzando únicamente los ojos en nuestra dirección. – "Se me informó que se encontraban acompañadas de una arpía. ¿Puedo saber que sucedió con ella?"
– "Una seria herida le obligó a tomar un descanso." – Habló la griega. – "Tionishia, integrante de MON, recomendó dejarla bajo su cuidado. Ella nos aseguró que no había problema por ello."
– "Entiendo." – Cerró su libro y lo colocó bajo su brazo, levantándose y haciendo una reverencia. – "Por favor, sean tan amables de seguirme por aquí."
Obedecimos y lo acompañamos por el lugar hasta las escaleras. Sin confiarnos del todo, manteníamos las manos cerca de nuestras armas, por si decidía prepararnos una sorpresa. El tipo de oscura tez, a pesar de estar cubierto de tan irisados cromos, mantenía un aire casi académico, aumentado aún más por sus elegantes anteojos color dorado, su bien arreglado y corto cabello platino y su cortesía. De no ser por la tan aporreada vestimenta militar, podría confundirse fácilmente con un reconocido profesor universitario.
– "Me temo que estoy desarmado, así que un simple humano como yo no representa algún peligro para un par de liminales entrenadas. Sugiero que se relajen y desistan en su afán por actuar hostilmente para conmigo, si no es mucha molestia." – Mencionó él, sin darse la vuelta. Acatamos la orden. – "En todo caso, supongo que es momento para que continúen su ascenso hasta la cima. Su prueba siguiente en este edificio se encuentra detrás de esa puerta. Una vez que la superen, deberán ir a la azotea y recibir instrucciones de la persona que las espera en esta. Pueden pasar cuando deseen o incluso regresar si no se sienten lo suficientemente seguras. Debo advertirles; Cruzada la entrada, la cerraré fuertemente y no habrá marcha atrás, incluso si resultan heridas de gravedad. El único camino será hacia adelante. Ahora, debo hacer la pregunta obligatoria, ¿quieren proseguir o renunciar?"
– "No vinimos hasta aquí para retractarnos." – Aseveré, golpeando el centro de mi pecho. La helénica hizo lo mismo. – "Honorem et Gloriam."
– "Comprendo." – Hizo una reverencia y extendió sus manos. – "Es también mi tarea informarles que les solicitaré humildemente que sean tan amables de entregarme toda clase de arma que lleven consigo. Eso incluye explosivos, objetos punzocortantes o equipo especializado como máscaras o gafas."
– "¿Es necesario?" – Cuestionó la pelinegra.
– "Debo insistir, señorita empusa." – Contestó el hombre. – "Lo siento, no puedo ayudarles con las razones detrás de tal decreto. Les ruego que confíen en mi palabra."
– "Ya veo." – La mediterránea le entregó su Mossberg, P226 y demás artilugios. – "Las recobraremos después de esto, ¿cierto?"
– "Su deducción es correcta, señorita. Gracias." – Se dirigió a mí. – "¿Las suyas, amiga arachne?"
– "Aquí tiene." – Le di las mías. – "Cuídelas, por favor. La P30L es un obsequio de mi superior."
– "Le aseguro que estarán en buenas manos, señorita." – Las tomó con cuidado. – "Muchas gracias por su cooperación, futuras agentes. Ahora, debo hacerme a un lado y no continuar interponiéndome en su camino al éxito. Les deseo la mejor de las suertes. Que tengan un excelente día."
Nosotras le dimos un saludo militar y el soldado se hizo a un lado, regresando el mismo gesto. Con eso, mi amiga y yo inhalamos profundamente para exhalar de la misma manera. Con una silenciosa afirmación de ambas, giré la perilla de la gruesa puerta gris y lentamente la abrí, provocando un agudo chillido como si fuera el de una casona abandonada, a pesar de que estuviera hecha de metal. La iluminación no era la mejor y no pudimos visualizar que nos esperaba del otro lado, pero aún así procedimos a cruzar tan misterioso portal hacia el destino final. Tan pronto lo hicimos, la puerta detrás nosotras se cerró y la escuchamos ser asegurada, dejándonos a oscuras. Suspiramos, no había retirada alguna. Sólo esperaba que aquello no empeorara tanto como mi activa mente pudiera imaginar.
Y entonces, lo oímos.
Era un sonido profundo, grave, como el de una bestia recién despertando. Mi bomba sanguínea aceleró su marcha y mis pulmones volvieron a activar la sobrecarga, consumiendo el tenso aire que permeaba el ambiente. Podía escuchar fácilmente el corazón de mi compañera agitarse tanto como su respiración, signos de que compartíamos la misma incertidumbre debido a la falta de luz e información sobre donde estábamos. Instintivamente nos acercamos hasta sentir nuestros cuerpos, esperando a que ese temible ruido volviera a aparecer. Cuando sucedió por segunda vez, tensamos nuestros músculos y nos preparamos para cualquier cosa. Un batallón, un reducido grupo de luchadores experimentados, lo que fuera.
– "¿No escondiste algún arma?" – Pregunté a mi aliada.
– "Sólo contamos con nuestras extremidades y nuestra inteligencia, araña."
– "Carajo…" – Reí nerviosamente. – "Me arrepiento de ser una idiota…"
De repente, las luces se encendieron. Cuatro blanquecinos tubos luminosos rellenos de argón destellaron en las cuatro esquinas de la habitación, protegidos por una gruesa placa de plástico resistente que no impedía que la luz alumbrara lo suficiente para notar en la clase de lugar en el que estábamos. Un espacio completamente vacío, con paredes color morado y cubiertas por protuberancias que le daban apariencia de espinas. No eran lo suficientemente puntiagudas para causar daños o cortarnos, pero por la inclinación, me sería imposible escalar las paredes o el techo, relegándome estrictamente al suelo. Y aunque hubiera podido huir a la seguridad de las alturas del amplío aposento, sería completamente inútil para escapar del verdadero terror que nos esperaba en el centro de la desierta recámara.
Alzándose poco más de dos metros y con un cuerpo tan grande y forzudo como el de un Titán durante la guerra contra los dioses Olímpicos, un verdadero gigante reveló ser nuestro oponente. Vestía una especie de uniforme protector que lo hacía lucir más poderoso, sin contar la tétrica máscara anti-gas cubriendo todo indicio humano de su rostro por completo, sumado a esos enormemente terribles e intimidantes bastones eléctricos en sus manos que le otorgaban una apariencia salida de la más escalofriante pesadilla. Lo peor eran los intensos sonidos que el sujeto emitía, con su honda respiración, como el ulular del viento en un extenso cañón… O un demonio del inframundo. La empusa y yo nos paralizamos por varios segundos, preguntándonos si Smith aún deseaba probar nuestra resistencia o simplemente ambicionara matarnos despiadadamente. Y cualquiera que fuera la respuesta, ninguna sería suficiente para justificar tan brutal método.
– "¡Molon labe!"
Exclamando la famosa frase que, según Plutarco, el rey espartano Leónidas I proclamara a los invasores persas durante la legendaria batalla de las Termópilas para desafiar al enemigo a que tratara de tomar sus armas, mi amiga griega hizo honor a su helénica sangre guerrera lanzándose a la batalla, blandiendo sus afiladas garras raptoras y dos puños en posición para castigar al oponente. De un vigoroso salto, ella logró hacer contacto con el adversario e impactar su pecho con las cuatro extremidades, pero este no se inmuto por el ataque y simplemente le propinó una sonora descarga eléctrica con sus bastones, haciéndola retroceder al instante. Habrá tocado únicamente su chaleco antibalas, pero los voltios lograron traspasar tal barrera y afectar a la pelinegra. Yo no me quedé atrás y me arrojé a derribarlo, apuntando mi puño a su máscara; Sin embargo, fui abatida por suficiente electricidad para hacer arquear mi torso humanoide y alejarme de él.
– "¡Ficke dich!"
Injurié contra él en mi lengua nativa y volví a la carga, apuntando a su estómgao para derribarle, fallando gracias al largo alcance y resistencia de sus varas. El tipo era rápido para reaccionar, obviamente entrenado en combate cuerpo a cuerpo y no nos ofrecía muchas oportunidades, a pesar de enfrentarse a dos poderosas liminales cuya especialidad era la lucha cercana. Como si aquello fuera poco, las luces prontamente se ausentaron y el lugar quedó completamente a oscuras. Desorientadas, nuestros gritos al recibir tan violentas descargas eran la única prueba de que seguíamos vivas en las penumbras. Y, si no era energía paralizante, eran contundentes puñetazos, aumentados en severidad y dolor gracias a nuestras heridas previas. Mis hematomas aún estaban a mitad del camino a curarse y ahora regresarían con el doble de sufrimiento gracias a nuestro acérrimo oponente. Sentí algo detrás de mi abdomen y sin dilación usé mis piernas traseras unidas para asestar una mortal patada a mi atacante.
– "¡Ay! ¡Hijo de perra!" – Vociferó una voz femenina.
– "¡Dyne!" – Realicé de quien se trataba. – "¡¿Qué haces detrás de mí!?"
– "¡Que haces tú detrás de mí, araña imbéci-GAH!"
– "¡Dyn-ARGH!"
Totalmente ciegas y sin capacidad de prever la dirección del contrincante, éramos blanco fácil para la agresión de nuestro adiestrado retador. Esa máscara debía poseer visión nocturna para ser tan hábil en la negrura completa. O quizás era algún liminal nocturno, cualquier cosa era posible. Otra descarga en mi vulnerable espalda me hizo desear que pudiéramos enfrentarnos a Tio nuevamente, al menos ella nos ofreció oportunidad de huir. La iluminación regresó y el repentino acto me hizo cerrar los seis ojos de inmediato, cuando un fuerte brazo me tomó de la garganta y me alzó raudamente. Apenas abrí mis globos oculares, un soberbio puño me envió al suelo nuevamente. La mediterránea quiso usar esa oportunidad para un ataque sorpresa por atrás, pero ni la fuerza de sus espolones fue suficiente para distraerlo, rebotando después de producir un sonido seco en el durísimo material reforzado del casco. Una tremenda patada en su costado hizo que mi camarada de verde quitina se alejara y el enemigo se encaminara a mi dirección.
Me levanté tan pronto como pude y evité que su enorme bota me triturara la caja torácica, sólo para tragarme otro choque eléctrico en la espalda. Ahí fue el momento que la griega usó un ataque doble en el costado del gigantesco adversario, haciéndole emitir un quejido enmascarado. Este reaccionó y trató de impactar la cabeza de la helénica con su garrote, siendo la nativa de Mitilene lo bastante inteligente para deslizarse debajo del retador y con su calzado reforzado, asestar un destructor asalto a su entrepierna. Tan audaz (y dolorosa) técnica rindió frutos, provocando un hondo sonido de dolor al rival, pero no fue tan efectivo como esperábamos. Quizás tan delicada estuviera protegida para evitar tales tácticas o el tipo fuera más férreo con sus joyas familiares para soportar tal castigo, pero este pudo patear de nuevo a la lesbia con la parte trasera de su bota e impactar el hombro de la mantis. Yo quise golpear otra vez su máscara, pero el constante movimiento de su mano derecha agitando su arma eléctrica me impedía acercarme.
La luz se fue de nuevo y Nikos exclamó un grito en la oscuridad. Intenté arremeter contra el hombre y sólo encontré vacío en la última dirección en que lo vi. Sea lo que sea, es muy ágil. No pude admirar tanta celeridad física porque la corriente me recorrió el cuerpo y un puñetazo desarmador en la mejilla derecha me sacó de balance. Mientras caía al suelo, las lámparas comenzaron a encenderse y apagarse intermitentemente, ofreciendo escasas centésimas de segundo para observar con horror como la desafortunada Dyne trataba de contrarrestar el continuo embate del adversario y sus lacerantes cachiporras. Como una película corriendo a escasos fotogramas, miré incapaz de hacer algo por mi amiga que se mantenía bajo el constante asedio de la electricidad cada vez que la claridad inundaba mis retinas bermellón. Con un impacto final al centro del pecho de la pelinegra, la punta de un bastón se clavó sádicamente en ella y después de más de un segundo de emitir un ahogado quejido y sacudirse violentamente, la empusa pasó a un estado de absoluta inmovilidad. Con las extremidades extendidas y sus apagados ojos viendo en mi dirección, la mediterránea inconsciente yacía igual que una muerta en el suelo. El sujeto se levantó lentamente y me miró fijamente detrás de su oscuro visor.
Yo estaba sola.
El miedo trató de apoderarse de mí, mis ocho piernas desencadenaron una ligera vibración que se convirtió en temblequeo extendido a mi cuerpo y el sudor, frío como el hielo, se escapó de mis glándulas sudoríparas, cubriendo mi figura humana y empapando mi uniforme. El contrincante era descomunalmente ágil, adiestrado y brutalmente resistente. Activando al máximo sus armas de energía eléctrica, caminó lentamente hacia mí. Esa fue mi llamada para tratar de huir de ahí, escapar como fuera y evitar acabar letárgica en el piso. No contaba con armas u otro artilugio para auxiliarme, no tendría ayuda externa ni espacio en donde refugiarme. Mis afiladas garras eran inútiles contra su armadura y mi fuerza no era suficiente para someterlo. Miré nuevamente a mi compañera, inerte, con la vista hacia la nada y sus ojos esmeraldas luciendo vacíos y exánimes. Ese marchito estado parecía el destino que mi enemigo me tenía reservado. Todo intento por defenderme sería caer en la inopia. Con tan lúgubre futuro, sólo pude hacer lo que una torpe aldeana que escapó de su nación podría hacer.
Luché.
Enfrentándome a la derrota segura e ignorando las pruebas empíricas que declaraban nulas probabilidades de victoria, asumí posición de combate y comencé a rezar en voz alta a nuestra deidad principal a manera de mantra alentadora.
– "Divina Arachne, madre de mi madre y creadora de mi vida…" – Recité, doblando mi cuello. – "Te suplico escuches a esta pecadora y atiendas mis plegarias en esta enorme encrucijada…"
Con audacia, el soldado arremetió contra mi costado con su bastón, pero mi velocidad de Sparassidae fue suficiente para evitar la punta por escasos milímetros y tomé la oportunidad para impactar su cabeza. No tuvo mucho efecto.
– "Eres mi esperanza, mi refugio… ¡Gah!" – Absorbí un golpe seco en mi estómago. – "Mi inexpugnable ciudadela al igual que mi imparable conquistadora y mi laureada libertadora… ¡Agh!"
Me arrojó al piso tan fuerte que casi pierdo el conocimiento, pero me mantuve firme y traté de envolverlo de un salto. Logré hacerlo, pero sus dos macanas me provocaron soltarme de inmediato. No me rendí y lo encaré nuevamente.
– "Bendíceme con tu beatífica gracia y tu infinita fuerza para resistir el implacable asedio de mis enemigos…" – Bloqueé su brazo con el mío y le devolví el golpe en su pecho, con poco efecto. – "Y cuando el adversario se muestre inclemente, fortalece mi espíritu con el tuyo para evitar mi fracaso…"
Como un ariete de ocho patas, me lancé hacia el hombre con vehemencia y sostuve sus brazos para evitarle usar sus bastones de choque. Mis pedipalpos no fueron lo suficientemente rápidos para detener sus piernas y sus botas me hicieron desistir. Retrocedí y me quejé cuando el cátodo me laceró el brazo izquierdo. El dolor era monstruoso por el exceso de voltaje, pero la adrenalina de mi cuerpo me permitía resistirlo. Estábamos demasiado cerca de Dyne y se corría el riesgo que ella resultara lastimada en su indefensa condición. Sin pensarlo, corrí a cubrir su cuerpo con el mío.
– "Maravillosa señora mía, no me conviertas en una cruel espada que destruya quienes deseen oponérseme…" – Imploré aguantando sus patadas en mi espalda y abdomen. – "Sino en un escudo protector que defienda a los que amo de las viles artimañas de mis oponentes y dame tu energía para soportarlo. Que el fuego de mi corazón arda con más fuerza que las llamas del contrincante."
Logré arrastrarme con el cuerpo de mi amiga y colocarla en un lugar alejado. Volví a la carga y con brío, mis pedipalpos atizaron sus piernas y lo hicieron doblar. Fue mi turno de que él conociera la fuerza de mi puño en su estómago, esta vez obteniendo mejor resultado. No continué porque sus armas regresaron a mecerse demasiado cerca. Mi moral regresaba lentamente.
– "Tu palabra me da esperanza y refuerza mi fe en tu completa bondad… ¡Dah!" – Grité al sentir otra descarga en mi brazo. – "Pero son tus celestiales actos los que mantienen mi indeleble lealtad hacia tu paradisiaca persona. Te alabo y ovaciono, grandiosa creadora."
Escapando de un segundo asalto eléctrico, sostuve el brazo ofensor y apliqué un fuerte golpe desarmador debajo de este. Me mantenía en constante movimiento, rodeándolo y haciéndolo girar para estar frente a mí. En ese tiempo, yo proseguía asestando puñetazos con manos, piernas y pedipalpos, sin dejar de recibir uno que otro ataque de su parte. En una oportunidad dorada, mis garras perforaron el plástico de su visor y le forzaron a deshacerse del casco, revelando una apariencia muy similar al tipo que nos recibió en el piso anterior. Aquella similitud no me importó porque ahora la balanza se nivelaba.
– "No soy digna de tu indulgencia, no merezco tu magnánimo perdón…" – Caí al suelo por una severa trompada sorpresiva en mi frente y me incorporé mareada. – "No soy meritoria de tu amnistía ni de tus reconfortantes generosidades. Y acepto mi sufrimiento como parte de tus catárticos designios, porque tú obras de maneras misteriosas que mi mortal ser no logra comprender aún."
Me levantó del cuello y asaltó sin tregua a mi estómago. Quise luchar de vuelta, pero su agarre era demasiado poderoso. A pesar de la falta de aire y el punzante tormento, mi efusivo soliloquio no cedió en su impulsiva declamación.
– "No permitas, oh, diosa mía, que sea humillada por mis pérfidos detractores… ¡Ghh!... Que sus sucias maquinaciones no logren alcanzar mi ser… ¡Agh!.. O pisoteen con virulenta rabia mi honor…" – Solté lágrimas del dolor. – "Y recompensa a las personas que me ofrecieron su mano cuando las necesité… ¡Ack!... Y me continúan apoyando a pesar de mis errores… ¡Ngh!... Porque de ellas será la dicha de tu eterno amor…"
Besé el piso al ser aventada a este. Mi visión se tornó difusa y los acúfenos en mi oído me hicieron sentir como si una poderosa pieza de artillería hubiera explotado cerca. El cuerpo estaba tan magullado que únicamente respirar era suficiente para que mi sistema nervioso se sobrecargara al unísono. Los brazos tiemblaban, la cabeza me palpitaba y el sabor a hemoglobina se había filtrado a mi boca. Escupí con poca energía y la saliva ensangrentada cayó con languidez de mi boca al suelo. Las luces se extinguieron y me encontré en el aire, tomada de los hombros, inerme y endeble.
Esa fue mi oportunidad.
Usando mis últimas fuerzas y con el peligro de la visión nocturna neutralizada, mis patas traseras se apoyaron firmemente y me impulsaron a pinchar con las delanteras los costados de mi retador, haciéndole aflojar su agarre. Con mis manos, me aferré a sus brazos y en un arranque de coraje, impacté mi cabeza con la del oponente en la completa oscuridad, confirmando mi acierto con mi liberación y un sonoro grito expedido de su boca. La claridad regresó y también mi denuedo. Como los soviéticos en Kursk, ahora sería el adversario quien retrocedería ante mi constante ataque. Sin dilación ni refrenarme, mis puños desencadenaron una dolorosa presión a la sesera del sujeto, ahora sin fuerza alguna para defenderse de la furiosa araña que se encargaba de grabar sus quitinosos nudillos en su rostro y no paraba de recitar sus impetuosas oraciones.
– "Pero, ¡Oh, Diosa mía! No calles a los herejes que osen blasfemar tu inmaculado nombre con sus lenguas llenas de calumnias y sus dientes repletos de ponzoña…" – El hombre logró asestarme una descarga en mi costado izquierdo, el cual resistí. – "Déjales seguir imprecando contra tu impoluto prestigio, que sus bocas traten de esparcir falacias tóxicas y sus inmorales mentes conjeturen repulsivas intenciones…"
Con otra solemne trompada a la boca del retador, logré que sus manos perdieran fuerza y soltaran aquellos bastones eléctricos. Sin peligro por parte de tan fastidiosas armas, mi motivación para aplacar al adversario se hizo más grande así como la vehemencia en mis palabras y mi intensa irrupción a su zona cefálica.
– "Porque serán sus artimañas las que los traicionen y se infectarán la sangre con sus propias dagas envenenadas, así como ellos intentaron contagiar al mundo con sus execrables engaños…" – Golpeé su barbilla, enviándolo al suelo. – "Y cuando los traidores sean alcanzados por tu fuego purificador, el resplandor de la verdad les abrirá esos ofuscados ojos que únicamente vieron odio ante tu perfecta existencia y jamás apreciaron tu venerable excelencia…"
Lo apresé con mi cuerpo y mis puños no cesaban en asediar su cara, tiñéndola de los mismos hematomas que la de mi amiga y la mía ostentaban. Mis guantes amortiguaban el impacto, pero mi vesánica energía los convertían en letales martillos de guerra. Completamente derrotado, sus cachiporras, que anteriormente me castigaron sin cuartel, yacían a su lado sin ser usadas. Tomé los aparatos y oprimí el rojo botón, sintiendo un ligero zumbido al activarlos, indicando que estaban listos para devolverle el chocante favor a mi contrincante.
– "Y cuando mis enemigos caigan ante tu superioridad, me impondré sobre ellos como una majestuosa e inamovible montaña, demostrando nuestra eterna supremacía y grandiosidad…" – Alcé ambas armas en el aire, apuntando amenazadoramente al hombre cansado en el suelo. – "Y con sus energías vaciadas, sus voluntades quebradas y sus mentiras expuestas, terminarán indefensos ante mi iracundo juicio. Entonces, alzaré mi mano, lista para declarar su implacable sentencia…"
Clavé los bastones con fuerza, logrando que se quebraran... En el suelo, lejos del sujeto derrotado a mi merced.
– "Y les perdonaré sus ofensas…" – Volví a alzarme. – "Porque no soy una cruel juez ni un desalmado verdugo. No soy una espada, soy un escudo. Gran Diosa mía, no permitas que mi victoria se transforme en arrogancia ni mi orgullo en soberbia. Aléjame de la tentación de la venganza y evita que caiga en la senda de la oscuridad…"
Calmando mi respiración, le ofrecí la mano al vencido. Él, vapuleado y lleno de moretones pero aún consciente, se mantuvo incrédulo ante mi repentino cese de hostilidades, posiblemente pensando que era una treta para neutralizarlo definitivamente. Pero no lo hice, porque no soy una traidora. Aceptando que mis acciones eran genuinas, tomó mis dedos y lo ayudé a incorporarse.
– "Y guía a todos aquellos que han perdido el rumbo de nuevo a tu iluminado camino, porque tu magnanimidad es imperecedera, así como tu compasión…" – Lo miré fijamente. – "Los justos unen a las personas, los monstruos las separan."
Miré fijamente al soldado con mis seis ojos escarlata, sin parpadear. Y con nuestras manos aún unidas, agité la mía, devolviendo este el gesto, sellando implícitamente su rendición pacífica y posterior alianza para ayudar a la empusa desmayada. Le sonreí, y el también; Estábamos en paz. Golpeé el centro de mi pecho.
– "Gloria eterna a Arachne."
Así, afirmando silenciosamente con nuestras cabezas, nos dirigimos a levantar a la mantis. El hombre le alzó el torso y la sostuvo en sus brazos mientras yo me ocupaba en darle ligeras palmadas a su mejilla. Paulatinamente, el conocimiento regresó a la griega y la tomé en mis manos, llamando su nombre. Emitiendo unos ligeros quejidos por el dolor y parpadeando repetidamente, la helénica finalmente volvió en sí, siendo recibida por mi sonrisa y mi aliviado suspirar. La tomé en mis manos y ella se sorprendió un poco al verme tan cerca de ella, pero también ofreció una ligera mueca de felicidad al reconocer que estaba a salvo. Sin moverme mucho, abrí el pequeño kit médico en mi cintura y saqué algo de ungüento para curar sus múltiples equimosis subcutáneas que decoraban su cara y seguramente el resto de su cuerpo. Reaccionó de manera adversa al ver a su atacante, pero le calmé, explicando que el ya había dictado su capitulación.
– "¿Te sientes bien, princesa durmiente?" – Le pregunté a la mediterránea, esparciendo pomada en su moradas mejillas. – "¿Qué dice el viejo Morfeo de tu prematuro viaje a sus aposentos?"
– "Que dejes de visitar su reino cuando estás despierta, araña idealista." – Replicó sardónicamente. – "¡Ay! ¡Oye, no seas tan brusca, rubia torpe!"
– "Pues deja de moverte, tonta. ¿Aún puedes seguir luchando?"
– "Lo suficiente para dejarte aún más fea de lo que ya eres." – Fingió disgusto. – "Ugh, deberías darte un baño apenas salgamos de aquí. Tu hedor a lesbiana me está mareando de nuevo."
– "Ay, sí que eres una aduladora de primera." – Apreté uno de sus hematomas. – "Deberías volverte diplomática."
– "¡Auch! ¡Hija de tu araña madre, eso duele!" – Hizo a un lado mi mano. – "¡No eres más estúpida sólo porque no eres más grande!"
– "Dyne, si sigues diciéndome cosas tan bonitas…" – Coloqué mi índice en su nariz. – "Me voy a enamorar de ti."
– "¡Y-ya deja de decir idioteces!" – Se sonrojó y trató de liberarse. – "¡Suéltame! ¡Suéltame ahora!"
– "Vale, vale." – Le obedecí, riendo. Le di mi cantimplora, ya que la suya estaba vacía. – "Lucías tan vulnerable que no pude resistirme. Es broma, ¿sí?"
– "¡No es momento para juegos, cabeza hueca!" – Se sacudió con las manos y bebió del recipiente. Me lo regresó. – "¡¿Y por qué este tipo sigue aquí?!"
– "Se rindió, no lo olvides." – Acoté, arreglando mi uniforme. – "No habla mucho pero creo que con su derrota finalmente logramos superar esta prueba. Ahora, me gustaría saber en dónde está ese sujeto con nuestro equipo."
Como si me hubieran leído la mente, una puerta, muy bien oculta al ser del mismo color que las paredes, se abrió de repente y el mismo soldado que nos recibió en la sala anterior apareció nuevamente. No cargaba nada consigo y sin decir una sola palabra, nos indicó que lo siguiéramos. Alzó su mano para despedirse de su aliado sin mirarlo y abandonamos la solitaria habitación. A pesar de todas las demencias que habíamos pasado, aún nos sentíamos confundidas por tan inusuales métodos de instrucción. Traté de no pensar mucho en ello, lo importante era que esta fase estaba completa y podríamos ir a la última etapa. Con suerte, saldríamos de aquí invictas. Como el nombre de la ciudad indica, aún hay esperanza. Llegamos a una antesala, que imaginé llevaba a la salida. No había nada, excepto por que las paredes eran completamente negras y no había otra decoración que no fuera la escasa iluminación provista por el enorme tragaluz en el techo, cubierto por vidrio opaco, dándole al lugar un aspecto más lúgubre del que ya poseía.
– "Las felicito por haber llegado hasta la meta, señoritas." – Habló el militar, dándose la vuelta con sus manos en la espalda. – "Se alegrarán al saber que su objetivo, el rehén, se encuentra perfectamente a salvo en la azotea. No hallarán más enemigos ahí, así que sólo deben ir y liberarlo para dar por terminado este episodio. Simple."
– "Uhm… Gracias." – Hice una leve reverencia. – "¿Al menos podemos saber tu nombre?"
– "¿Realmente importa? Únicamente soy un actor temporal en su vida y mi actuación ha terminado. El telón debe caer sobre mi persona y es momento de despedirme." – Respondió, indiferente y arreglando sus gafas. – "Mi identidad es irrelevante puesto que mi función ha concluido."
– "Suena como tú, reina sociópata." – Le susurré a la pelinegra. – "¿Segura que no te gusta?"
– "Vete al diablo, Jaëgersturm." – Retrucó ella y dio un paso adelante. – "Tú, como te llames, ¿Dónde están nuestras armas?"
– "Junto al rehén, perfectamente conservadas al igual que el resto de sus herramientas, señorita empusa." – Replicó el aludido y señaló a su derecha. – "Si fueran tan amables de tomar esta puerta, hallarán el despejado camino a su destino. Buena suerte."
– "Danke." – Hice un tenue saludo marcial. – "Vamos, Princesa Espartana, que el tiempo apremia."
– "Deja de llamarme así, Jaëgersturm."
– "¿Prefieres subir la escala jerárquica entonces? ¿Qué tal Reina? ¿Emperatriz? ¿Presidenta electa?"
– "Eres una imbécil."
– "¿Sabes? Comienzo a arrepentirme de haberte despertado. Eres más agradable cuando no abres la boca."
– "Sigue moviendo la tuya y serás tú la que no…" – Abrió la puerta indicada. – "Despierte…"
Frente a nosotras no había salida alguna, únicamente cuatro espejos triangulares que juntos formaban un rombo. Dyne se reflejaba en uno y yo en otro. Desconozco que clase burdo simbolismo trataran de decirnos, pero el ruido de una pistola siendo empuñada nos hizo voltear y darnos cuenta que el sujeto de anteojos ahora cargaba la P30L de Zoe en sus manos, y la tenía apuntada a nosotras.
– "Pobres de aquellos que confíen ciegamente en el demonio, puesto que la duda es la madre de todas las precauciones y nunca debe ser olvidada, especialmente al adentrarse en su Reino." – Declaró el hombre con una sonrisa casi malévola. – "Pero más desdichados serán quienes aún no comprendan que el peor enemigo, son ellos mismos."
– "¿De qué carajo hablas, traidor?" – Gruñó Nikos.
– "¿Traidor? La única culpable aquí han sido ustedes, queridas." – Respondió burlonamente.
– "Nunca mencionaste que nos atacarías." – Injerí yo.
– "Y tampoco dije lo contrario. ¿Esperaban que alguien no se les opusiera dentro de este maldito edificio? Soy un contrincante, como todos aquí."
– "¿Por qué no lo hiciste antes?" – Interrogó la nativa de Mitilene.
– "Porque estaba desarmado, Princesa." – Contestó mordazmente. – "Bueno, al menos hasta que ustedes amablemente me otorgaron las suyas. Y en verdad les agradezco tanta generosidad. Ahora puedo realizar correctamente mi trabajo, que es detenerlas. ¿Alguna última palabra, señoritas?"
– "¿Deseas ver fracasar a unas futuras defensoras de la ley?" – Fue mi turno de hablar.
– "No es nada personal, amiga, sólo sigo órdenes." – Encogió sus hombros y amartilló el arma. – "Y, sinceramente, estamos demasiado alejados del suelo como para que las leyes terrenales nos importen. ¿No es irónico? Tan cerca de Dios y tan lejos de la justicia."
– "¡La justicia llueve del cielo!" – Exclamó alguien de repente.
¡Crash! Algo atravesó el vidrio del techo a velocidad supersónica y con la fuerza del meteorito que sacudió al mundo al final del Cretácico, este aplastó despiadadamente a nuestro sorpresivo atacante sin darle tiempo de reaccionar. Antes que el canalla pudiera moverse al besar el piso, una afilada garra le apresó el cuello y lo inmovilizó con una salvaje descarga eléctrica, provocando un fuerte grito de malestar al miserable y callándolo abruptamente. El agresor inesperado extendió sus extensas y coloridas alas de manera dramática, con el brillo del sol iluminando su curvilínea figura desde atrás y brindándole una apariencia heroica, aunada a su orgulloso porte natural de cazadora.
– "Y entonces…" – Dijo Cetania. – "¿Soy genial o no?"
– "Llegas tarde, arpía." – Afirmó la sargento. – "¿Qué estabas haciendo?"
– "Oh, nada importante. Solamente recuperándome de las heridas que me impedían volar, su Majestad." – Torció la boca. – "Y de nada, deténgase con los excesivos agradecimientos."
– "Danke schön, Süsse. Ich liebe dich." – Abracé a la rapaz y le di un beso rápido en sus labios. – "Ignora a la Princesa, su sangre azul no le lleva suficiente oxígeno a su cerebro."
– "Ah, finalmente alguien que reconoce mi invaluable contribución al equipo." – Me regaló otro ósculo. – "¿Estás bien, flaca? Digo, ignorando los moretones y lo mal que luces. No, espera, de por sí ya eras fea."
– "Oh, no arruines el momento, tonta." – Le di un golpecito en la cabeza. – "¿Te sientes mejor del hombro?"
– "Aún duele un poquito, pero nada que me evite alzar vuelo. Descuida, tu hermosa halconcita es un auténtico caza de combate y está más que lista para bombardear al enemigo."
– "¿Dónde está Tio?" – Cuestionó la empusa, aprovechando para patear al tipo inconsciente y entregarme la pistola. Le agradecí. – "¿Viste a alguien más?"
– "La dejé en el mismo lugar donde descansamos, justo ahora. Charlamos un poco y una vez que me repuse, me elevé hasta sobrevolar el techo. No había nadie ahí, así que supuse que todos estaban ocupados luchando contra ustedes, vaqueras. Apenas llegué y las encuentro a punta de pistola." – Explicó. – "¿Y ustedes que cuentan? ¿Se divirtieron en su cita romántica?"
– "No fastidies, emplumada. Aún tenemos un trabajo que hacer, vamos."
– "Ya extrañaba tu agradable compañía, Princesa." – Volteó los ojos la castaña.
– "¿Podrías dejar de llamarme así?"
– "No."
– "Te queda perfectamente, Dyne." – Opiné. – "Es mejor que Grillo Gruñón. O Hija de Puta. O Sociópata Virgi-¡AY!"
La aludida me pateó el estómago y salió de ahí refunfuñando. Qué bueno que mi parte humanoide sólo contiene un alargado esófago y mi verdadero aparato digestivo se encuentra en mi abdomen arácnido, de lo contrario, hubiera devuelto mi desayuno entero. Mi pancita se infla cuando como porque ahí se guarda el alimento antes de ser digerido por completo. Maravillas de la creación.
– "¿Cómo soportaste estar encerrada con ella por tanto tiempo, flaca?" – Me susurró la falconiforme.
– "¿Sabes que es lo peor? La invité a la fiesta de Mio." – Contesté. – "No te molesta, ¿verdad?"
– "No hay problema. ¿Y ella aceptó?"
– "Lo sé, tampoco lo esperaba. Pero, debajo de toda esa antipatía quitinosa, hay una buena chica. Además, es nuestra amiga."
– "Y muy amistosa." – Se rió. – "Pero en fin, ¿Lista para la prueba final, Aria?"
– "Después de lo que pasamos, podría conquistar el mundo yo sola."
– "¿Quieres ayuda de la fuerza aérea americana para llevar a cabo tan ambicioso plan, general Jaëgersturm?"
– "Por supuesto, mi querida secuaz." – La rodeé con mi brazo y caminamos juntas. – "Ahora vayamos por su Majestad, que debe sentirse muy solita."
Dejando a la traicionera persona cocinándose directamente bajo los rayos del sol que el tragaluz roto dejaba pasar, las dos subimos las cortas escaleras hacia afuera y cerramos la puerta. Ahí nos encontramos con la griega, apoyada contra la pared del cubículo que cubría la salida a la azotea.
– "¿Estás bien, Dyne?" – Interrogó mi amiga voladora. – "¿Qué pasa?"
– "Nada, sólo… Pensando en lo lejos que hemos llegado." – Replicó con seriedad, viendo al cielo. – "Yo… Bueno… Les agradezco por haberme acompañado en esta travesía."
– "Nosotras también te agradecemos el mantenerte a nuestro lado, compañera." – Le reafirmé sosteniendo su hombro. – "Sólo un poco más y seremos un equipo oficial. Y no lo hubiéramos logrado sin ti."
– "Estoy de acuerdo." – Se unió la rapaz. – "Gracias por ser nuestra amiga."
– "De nada." – Nos miró, sonriendo con inusual sinceridad. – "Y por cierto, Cetania..."
– "¿Sí?"
– "Jaëgersturm me invitó a una celebración que se llevaría a cabo en la morada de tu hospedadora, y…" – Rascó detrás de su cuello nerviosamente. – "Bueno, yo acepté, pero quería saber si tú…"
– "Por supuesto que estás invitada, Dyne." – Aseguró la castaña. – "Será un placer contar con tu presencia."
– "Efharistó polí." – Reverenció. – "Busquemos entonces a ese rehén, chicas. Quiero acabar con esto."
Con la orden dada, buscamos a nuestra persona objetivo. Si bien no había nadie alrededor, la amplía terraza ofrecía suficiente espacio para esconder alguna sorpresa. No nos confiamos y anduvimos con cuidado, con la falconiforme decidiendo no volar para ahorrar algo de energía. Oímos a alguien quejándose ahogadamente, como si estuviera amordazado. Esa fue nuestra indicación para ir a la extrema derecha, justo detrás de una pequeña cabina de mantenimiento donde se resguardaban las conexiones eléctricas del edificio. Ahí hallamos nuestras armas, perfectamente ordenadas y a su lado, como esperábamos, la supuesta víctima, amarrada y con un saco cubriendo la cara. Por la ropa y el color de piel, supimos que no era esa molesta gnómida.
– "¿Cuánto a que es la doctora Redguard?" – Insinué yo.
– "Es Redguard." – Se unió la castaña. – "¿Quién está igual de negra que ella?"
– "Sí, sí, son unas detectives impresionantes." – Dijo la helénica, volviendo a su actitud habitual. – "¿Y de que sirve hacer una apuesta si todas sabemos el resultado? Como sea, sin duda que es Saadia."
Nikos retiró la cubierta del rostro de la pobre persona y, contra todas las probabilidades, descubrimos que nuestra apuesta hubiera fallado de haber sido en serio.
– "¡¿Doppel?!" – Exclamamos las tres al unísono, estupefactas.
– "Sorpresa." – Respondió la cambiaformas, casi indiferente y retornando a su forma habitual. – "Creí que habían huido de tanto que las esperé. ¿Saben lo jodidamente aburrido que estar horas en este pedacito de concreto, fingiendo estar atrapada y sin nada que hacer? De no ser una Abismal, hubiera muerto del hastío y el calor."
– "¿Qué haces aquí, en primer lugar?" – Preguntó la mediterránea.
– "Me dieron órdenes de ser quien informara de su progreso en la segunda fase y me otorgaron el honor de ocupar este fantástico puesto, Princesa." – Contestó la peliblanca sin ocultar su fastidio. – "Quise unirme a la acción y usar un método personal para entrenarlas, pero Kuroko me lo impidió. Al menos esos moretones demuestran que mi espera no fue en vano. Admito que superaron mis expectativas, tomates. Ahora puedo salir de este maldito hervidero."
Tomando una radio que tenía guardada junto a ella, la integrante de MON alertó a sus superiores que habíamos triunfado y que era momento de recogernos. Le indicaron que esperara algunos minutos en los que el Blackhawk reabastecía combustible y volaba hasta nuestra posición, así que esperamos a la intemperie. El espacio donde Doppel se había resguardado era claustrofóbicamente pequeño y apenas había lugar para ella y nuestro equipo. Por qué diablos se quedó ahí todo el tiempo o no adoptó un tamaño más adecuado, no tengo idea, pero al menos demostró que está empeñada en cumplir con sus órdenes al pie de la letra, por más incómodas que sean. Eso es lealtad, y de una Abismal, ni más ni menos. Y sé de primera mano que no es fácil conseguirla, ¿Acaso Smith…?
– "¿Por qué no aprovechan para curarse en lo que esperamos?" – Sugirió la cambiaformas. – "Esos hematomas les fastidiarán en combate y mañana serán peor si no los tratan enseguida."
– "¿Eh? Oh, cierto. Buena idea, Doppel." – Le agradecí y todas tomamos nuestros botiquines personales. – "Y perdona la pregunta, ¿pero cuál era el método que planeabas usar con nosotras?"
– "Transportarlas a algún plano Abismal y probar su resistencia mental a base de los horrores indescriptibles que pululan el Eterno Vacío. Lo usual."
Y si hasta la demente de Kuroko consideró que eso era excesivo, no quiero imaginar lo terrible que pudo ser. No queriendo profundizar más en ese escalofriante tema, nos aplicamos medicamentos para apaciguar ese punzante ardor que las heridas nos dejaron. Cetania era la menor afectada y se ofreció a cuidar de las mías. Después de eso, revisamos y recargamos nuestras armas. Las nubes comenzaban a ennegrecerse, anunciando una segunda lluvia, más fuerte que la anterior, si el tamaño de los cumulonimbos era prueba suficiente. Al menos eso bloqueó el ardiente asedio hipertérmico del astro rey.
– "Ojalá se helicóptero se apure." – Mencionó Dyne. – "Este aguacero será de los buenos."
– "Descuida, Princesa." – Le contesté. – "Tus atavíos reales no serán mermados de su belleza."
– "Vete al diablo, Jaëgersturm."
– "Contigo me basta y me sobra, mantis del demonio. Además, ¿qué es un poquito de lluvia?"
Cuando el primer relámpago cayó en la antena pararrayos del edificio, seguido de un fuerte granizo, me costó un buen tiempo convencer a mis compañeras de que no me arrojaran de la azotea.
NOTAS DEL AUTOR: Ese extraño momento cuando deseas terminar un arco y entonces te surge otra idea que extiende la trama nuevamente. Ya parezco escritor de telenovelas. Y al menos a esos, les pagan y tienen mejor capacidad narrativa que yo.
En este episodio usé tantas referencias y alegorías a La Divina Comedia de Dante Alighieri, especialmente la cántica Infierno, que cualquiera podría verlas a kilómetros de distancia en medio de la noche y con los ojos cerrados. Tengo la sutileza de un martillo de guerra en la cara, lo sé. Ojalá mi burdo intento amateur les haya parecido medianamente aceptable. Y me disculpo con el poeta florentino, que debe estar revolcándose en su tumba por lo cruelmente que mancillé su famosa obra con mis habilidades de Neandertal. Diría que tengo un lugar reservado en el Cocito mismo por mis imperdonables pecados contra el mundo literario, pero soy ateo. (O casi, le soy fiel a la Gran Sirena, nuestra Divina Salvadora)
En fin, como ya saben, los invito a dejarme sus reseñas y comentarios, que siempre me alegran el día. Y recuerden, de no hacerlo, la Poderosa Meroune los condenará por la eternidad a leer más historias mías sin parar y a cargar el pelo rosado mientras visten atuendos góticos y son continuamente atormentados (sensualmente) por (igualmente sensuales) sirenas. Sí, así de feo es el castigo; Nuestra Salvadora también puede ser infinitamente cruel. A menos que eso les guste.
¡Nos vemos hasta la próxima! ¡Pórtense mal! ¡Auf Wiedersehen!
