NOTAS DEL AUTOR: ¡Achtung, Herr Tarmo Flake ist hier!

Sí, un capítulo relativamente corto, comparado a los que ya los tengo acostumbrados, pero sinceramente, no vi necesidad de extender este episodio más de lo necesario, pues encontré lo justo que necesitaba para iniciarlo y concluir satisfactoriamente.

Pero suficiente de mí parloteo, que es hora de iniciar con la primera misión de Monster Ops: Extermination. Arachne nuestra, ten piedad de las novatas y cuídalas de toda tacañería de Smith.

Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena ofrece trabajos en su red criminal! ¡Pagamos en efectivo y con pescado fresco!


NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE

CAPÍTULO 55


Tenemos una misión…

Sucedió.

Finalmente, el momento que más temía, había llegado. La razón de mi ausencia por dos semanas de casa, la causa de los numerosos hematomas que me tatuaban la epidermis, el origen de compartir el dolor junto a mis compañeras durante los adiestramientos; todo eso con el único objetivo de prepararnos para este preciso instante en nuestras vidas. Smith nos había llamado a las armas y yo, como la soldado que soy, tenía la obligación de responder, ofreciendo mi vida en pos de la defensa de la justicia. Una vorágine de sentimientos encontrados se arremolinó en mi todavía trémulo interior; como un mar agitado por la tempestad y con mi voluntad atrapada como un pequeño velero en medio del vendaval.

Por un lado, mi sangre de guerrera se regocijaba en la oportunidad de hacer uso de las habilidades para las que fui criada desde pequeña y las que he seguido refinando desde entonces. Y por el otro, el miedo y la incertidumbre no dejaban espacio para relajarse. Lo único seguro en ese océano de lo desconocido, es que pondría mi existencia en juego a partir de ese momento, quizás para nunca volver. El ambiente enmudecido no permitía paso ni a los acúfenos que he desarrollado desde que practico a diario con armas de fuego; el nerviosismo era tal que después de proclamar esas tres palabras, permanecí inerte y afásica hasta que un par de brazos me rodearon de repente.

Lala.

El cuerpo desnudo de mi amada dullahan, tan suave y cálido, me regresó a la realidad. Silentemente y sonriendo, regresé el gesto y besé su platinado cabello, agradeciendo que evitara el perderme en ese abismo de la inopia. Hundiendo su rostro en mi pecho, permanecimos un buen tiempo unidas, afásicas y con nuestras respiraciones como el único sonido en la habitación. Habíamos discutido este momento con anterioridad infinidad de veces, acordando que, cuando llegara, no armaríamos una escena. Aún así, las lágrimas de la irlandesa no se hicieron esperar y estas recorrieron el sendero de mi abdomen hasta mi estómago, bifurcándose ligeramente en un torrente semi-constante. Reconforté a la segadora por otro rato, propinando ósculos a su cabeza y acariciando su tersa espalda.

– "Los largos sollozos de los violines de otoño…" – Habló ella.

– "Hieren mi corazón con monótona languidez…" – Repliqué.

El famoso extracto del poema de Paul Verlaine utilizado en los desembarcos de Normandía y que anunciaba a la resistencia francesa que los Aliados pronto estarían en las costas, preparándolos para el inicio de la liberación del yugo Nazi, ahora volvía a repetirse, con la irónica participación de una alemana en el papel de los galos. Tan enigmáticas palabras eran más que adecuadas para expresar la dicotómica angustia y esperanza que aquellos partisanos, tras cuatro años de dominio fascista, experimentaron al escuchar las radios retransmitir los reveladores versos. Hermosa metáforas del siglo diecinueve usadas en el veinte y revividas en el veintiuno; líricos aforismos de calma como preludio de una cruel guerra.

– "¿Qué tan grave?" – Preguntó la peliblanca.

– "Máxima prioridad." – Respondí.

– "¿Cuánto tiempo?"

– "Diez minutos."

– "No perdamos más, entonces." – Se separó sin dejar de mirarme. – "Te amo, Aria."

– "Yo también, Lala. Por siempre."

Un profundo beso después, nos secamos las lágrimas y recogimos nuestras ropas para dirigirnos raudamente al baño. Sin dilación, enjaboné mi parte frontal al tiempo que la dullahan hacía lo mismo con mi espalda, aunque eso le hiciera demorar en su propio aseo. Agradeciéndole a base de ósculos el tomarse la molestia, abrillanté mi exoesqueleto y removí todo rastro superficial sobre la agitada noche que el oficio interrumpió. Sin embargo, la esencia de la segadora no se quitaría nunca y viceversa; seguramente Cetania me recriminaría por el intenso olor a sexo en mis feromonas, pero no importaba. Ya limpias, salimos con apenas unos pocos minutos para que el transporte de MON pasara a recogerme.

Mi corazón no paró de latir en todo ese tiempo. El histerismo se mantenía a raya gracias al apoyo de mi irlandesa, pero ni su más efusivo abrazo era capaz de sosegarme la inquietud del interior. La calígine de la ansiedad se asentaba sobre mi alma y únicamente el denuedo de mi voluntad y las palabras de amor de mi pareja me guiaban a través de esa espesa niebla. Me vestí velozmente, sin muchos retoques, pero siempre presentable, como buena alemana. Observé la Cruz de Hierro de mi abuelo, encima del ropero, y la tomé en mis manos. Cavilé sobre si sería digna de volver a llevarla, si podría volver a ataviarme con tan honorable presea a mi regreso.

O si regresaría, en primer lugar.

No hubo tiempo para meditaciones largas, pues el sonido del potente motor de un Rheinmetall YAK hizo acto de presencia, imponiendo sus doscientos cincuenta caballos de fuerza desde la lejanía. Depositando la medalla de vuelta en su lugar, me dirigí a la entrada, con la segadora tomada fuertemente de mi brazo. El sudor amenazaba con arruinar mi reciente baño, pero mi pulso tan acelerado dificultaba que mis glándulas sudoríparas trabajaran correctamente. Abracé a la peliblanca con ahínco, escudándome en el confort de su cuerpo para que el mío, aunque más grande y preparado, se sintiera un poco menos nervioso.

Gracioso, me aferré a Lala de la misma manera que me sostuve de los pedipalpos de mi madre en mi primer día de escuela. La irlandesa, con todo y sus diferencias, irradiaba ese mismísimo aire maternal que mi progenitora poseía, por mucho que supiera ocultarlo perfectamente. Y es ahí, en el momento de la verdad, donde realmente debemos dejar de ser niños; abandonar la seguridad del amor materno y la protección del hogar para enfrentarnos al mundo. Y al contrario del salón de clases, las paredes no eran construcciones de cemento y hormigón, sino claustrofóbicas edificaciones creadas por nuestros propios temores. Pero, ya sea con instrucción académica o el fragor del combate, una termina madurando rigurosamente después de sobrevivir.

Tragué saliva cuando las fulgurantes luces del gigantesco vehículo iluminaron el lóbrego interior de la residencia y los seis neumáticos de material reforzado frenaron frente a la casa, rechinando en el pavimento y dejando únicamente el estruendo del motor en reposo como acompañamiento. Afianzándome aún más de la segadora, abrí la puerta y obtuvimos una vista del monstruo metálico que conformaba nuestro más reciente transporte, conducido, si la opaca silueta desde mi ángulo no me engañaba, por Mei. Tan pronto dimos unos cuantos pasos, Cetania bajó del blindado y nos observó, ostentando la misma mirada debatida entre lobreguez y resolución. Intercambiando miradas, asentimos con la cabeza.

Era hora.

Besé a mi diosa Abismal, degustándola, saboreando su dulce boca y respirando su delicado aroma mientras mis manos se esforzaban por grabarse la empírea sensación de su blanda e inmaculada piel añil, sus perfectas redondeces y, sobre todo, ese apoteósico calor del intenso amor que emanaba de ella, el cual nunca fallaba en darme todos los ánimos necesarios para esforzarme al máximo. Concluyendo el contacto bucal, nos miramos, con nuestros ojos en similar estado acuoso, empañados más en ella y haciendo brillar sus áureas ventanas del alma bajo la luz de la luna, tan plateada como el resplandor de su sedoso cabello. Mi amada Lala, mi querida irlandesa, mi gran amor.

– "¿A chuisle?"

– ¿Sí, Spatzi?"

– "Te prohíbo morir."

– "Las arachnes nunca mueren." – Aseguré, acariciando su deífico rostro europeo. – "No feneceré sin tu permiso."

– "Te amo, Aria."

– "Y yo a ti, Lala. Auf Wiedersehen."

– "Slán go foill. Ádh mór ort." – Replicó, en gaélico. – "Y una última cosa."

– "¿Sí?"

– "Los héroes no matan."

– "Jawohl, meine Königin."

Dándome un golpe en el pecho, juré con mi alma que regresaría; entera o en piezas, pero estaría de vuelta junto a la mujer de mi vida. No había cabida para dilatar la partida, para extensos monólogos justificando el separarnos ni parsimoniosos despliegues de llanto, lágrimas y sollozos, pues el tiempo se hacía cada vez más exiguo y entre más demoráramos la despedida, más dolorosa sería esta. Los abrazos, caricias y besos dijeron todo lo que nuestras voces podrían articular, no había más que decir. Sólo ir, marchar hacia el destino, hacia el deber, y demostrarle al mundo de que está hecha una arachne. Con suerte, la victoria sería uno los componentes primordiales. De esa manera y con lágrimas en mis ojos, me dirigí al transporte.

Pero aún no había terminado.

Cetania caminó directamente hacia Lala hasta quedar frente a frente, permaneciendo mudas por varios segundos y mirándose a los ojos. Silentemente, la arpía se quitó el collar en forma de corazón que colgaba de su cuello, el cual contenía mi fotografía y la de ella en su interior, y se lo ofreció a la dullahan. Ésta, sin decir nada, se removió el suyo con la flor de edelweiss, ofreciéndoselo a la rapaz. Asintiendo con la cabeza al mismo tiempo, ambas mujeres intercambiaron objetos, y ostentaron la prenda de la otra, firmando así un tácito pacto y colocando una genuina sonrisa en mi taciturno rostro. Nuevamente, las palabras fueron innecesarias para declarar lo que ese trueque significaba. El mensaje más breve, pero más importante de todos.

Vuelvan.

Con la americana realizando un saludo marcial, contestado por la segadora con un brioso golpe en el pecho, la despedida llegó a su fin y la falconiforme y yo abordamos el vehículo. Me permití atisbar por unos segundos a la irlandesa antes de cerrar la puerta: ella continuaba en la misma pose, firme, fuerte, decidida; una afásica metáfora visual sobre la impasibilidad que debíamos demostrar en ese momento. Pero, era quizás esa preocupada expresión en sus nublados ojos la mejor representación de nuestro estado actual; esperanzadas del triunfo, pero conscientes de lo difícil que sería obtenerlo. Preferí centrarme en los virtuosos intangibles positivos.

Era irónico, sólo se necesitó una llamada para romper el hábito de nuestras costumbres, sacándonos de nuestra zona de confort, deshaciendo ese balance que creímos se mantendría siempre, recordándonos que la vida está siempre en movimiento y debemos adaptarnos a la corriente, no al revés. Somos marionetas de las circunstancias, herramientas del tiempo, carne de cañón para la existencia. Nos encargamos de imponer el orden en el caos de la realidad misma, de luchar contra todo sobre la nada. Pareciera que aquello era en vano, innecesario, intrascendental; pero, siempre puedo contar con algo que me reafirme la razón de seguir combatiendo en medio de la inopia.

Cetania.

Con la cálida respiración de la arpía acariciando mi piel, su brazo sujetando al mío y su cabeza reposando tranquilamente sobre mi cuerpo, me permití volver a sonreír en medio de esos pensamientos tan oscuros, feliz de ese halo de luz que tanto la rapaz como la dullahan representaban para mí. Lucho por ellas, por lo que creen y defienden. Una libra esa batalla a mi lado, dispuesta a ofrecer su vida de ser necesario; y la otra, combate en el frente de la vida diaria, ya sea en el campo laboral o el hogareño, cuyo papel es imprescindible para mantener la paz en el ámbito social. La castaña y yo protegemos la estabilidad de la nación, Lala salvaguarda que esa sociedad continúe funcionando prestando sus servicios como cocinera y, al mismo tiempo, cuida de que el equilibrio en la casa permanezca intacto, estrechando los lazos familiares.

Todas somos soldados en esta guerra eterna llamada vida.

Alzando la mirada, observé a Silica y su afásico conducir, con la mirada concentrada en el camino, apenas desviándola para mirar el espejo retrovisor a su lado. Por un momento, pensé que la gecko nos llevaría directo a la misión, pero recordé que ella sólo era la mecánica y chofer, Dyne no se encontraba por ningún lado y todavía no recibíamos instrucciones de Smith. Sacudí mi cabeza, los nervios ofuscaban el sentido común. Acaricié el cabello de la emplumada para calmarme, contemplando el resplandor de la urbe tokiota y sus despreocupados habitantes, algunos celebrando bajo el manto de la noche, otros durmiendo pacíficamente en sus hogares, algunos trabajando su faena nocturna; y todos desconociendo el peligro que ahora acechaba a la ciudad. El evitar que se enteraran, al menos no hasta después de neutralizar la amenaza, era nuestro deber.

– "Debo estar realmente fuera de mí." – Habló Cetania, descansando sobre mis pedipalpos. – "Emanas el aroma extremadamente fresco de tu apasionada noche con esa Abismal, y aún así, no siento repulsión."

– "Hace una semana, ese olor era nuestro, linda." – Respondí, mimando su mejilla con suavidad. – "Y de la misma manera, es un perfume que me encantaría llevar por siempre."

– "¿Quieres oler siempre a sexo?"

– "No." – Me acerqué hacia su rostro. – "Quiero oler siempre a nuestro intenso amor."

– "Estás loca, flaca; ¿lo sabías?" – Rió tenuemente. – "¿Por qué te quiero tanto?"

– "Porque al igual que yo, estás fuera de ti."

– "Totalmente."

Cerramos tan inusual diálogo con un honesto beso. Era un comentario válido, pero salido de la nada; un pequeño intento de disipar esa tensión que continuaba embargándonos. Funcionó por unos momentos, hasta que logramos divisar los cuarteles en el horizonte. Tomé el dígito de la falconiforme, tragando saliva al igual que ella conforme nos acercábamos, sosegando parcialmente nuestro temblequeo. Nos detuvimos en la salida del edificio, donde ya habíamos atisbado a Zoe, esperándonos en las cristalinas puertas de la estación. Exhalamos antes de bajar. Mei nos saludó marcialmente al salir del vehículo, contestándole con el mismo ademán y sonriéndole.

Tales expresiones desparecieron al posar nuestros ojos en el estoico semblante de la teniente, ataviada en su uniforme de batalla y cruzada de brazos, con sus heterocromáticos globos oculares penetrándonos el alma. Admito que la imagen de la zombi, envuelta en el claroscuro de la luz selenita, era intimidante. Afónicamente, se dio la vuelta y nos indicó que la siguiéramos. Caminando detrás de ella, saludamos con una tenue reverencia a Chiasa en la recepción y a Kanna, que se encontraba trapeando el piso. Uno de los focos que iluminaba el pasillo estaba fallando, creando un contraste constante de luz y tinieblas, asociándole yo con alguna de las tantas metáforas sobre lo incierto que era nuestro destino. Suelo tratar de encontrarle paralelos simbólicos a todo cuando me desespero, y en ese momento, el frío sudor que me recorría la frente era prueba irrefutable de mi azorado estado.

Tomamos el ascensor, bajando hasta la armería. Ahí, Zombina hizo un gesto a Keiko, la guardia, y esta nos permitió acceso al área, oprimiendo un botón y haciendo a un lado la reja de protección. En esta ocasión, nos desviamos a la izquierda, entrando por una puerta que siempre veíamos, pero jamás preguntamos qué resguardaba. Tal cuestión fue contestada al abrirla y encontrarnos con Dyne, Titania y el resto de MON, sentadas alrededor de una gran mesa redonda de caoba y posando sus miradas directamente sobre nosotras dos. Los ojos de todas imitaban a los de la pelirroja, excepto los de la mantis, quien emulaba nuestro mismo rostro preocupado. La distinción entre las veteranas y las novatas era realmente palpable.

Mientras tanto, Kuroko, sentada en el hipotético borde central del mueble circular, permanecía con sus codos apostados en la mesa y sus manos juntas, con una seriedad resaltada por su falta de las habituales gafas oscuras. La muerta viviente señaló dos sillas vacías y tomamos nuestros lugares. No tenían respaldo, así que pude acomodarme sin dificultad. Detrás de la coordinadora, había un proyector en funcionamiento, plasmando su luz en la albugínea pantalla vacía. Doppel, que estaba calentando café, le entregó una taza a su superior, agradeciendo esta con un sutil movimiento de cabeza.

– "Quince minutos de retraso, granates." – Dijo la capitana, colocando su bebida en la mesa. – "Hoy tenemos algo de tiempo, la próxima vez puedo no ser tan benevolente."

– "Lo sentimos, Hauptmann." – Me disculpé. – "Pero, díganos, ¿es verdad lo que dijo por teléfono?"

– "¿Crees que te interrumpiría en tus asuntos de pareja por algo menos que serio, novata?" – Replicó mordazmente, tomando otro sorbo y exhalando. – "En caso que lo dudues, sí, ellos regresaron."

– "Los terroristas." – Musitó la rapaz.

– "Los mismos responsables por los atentados de hace un mes." – Habló Nikos.

– "Así es, granates, esos condenados bastardos volvieron." – Afirmó la agente. – "Finalmente encontramos pistas sólidas sobre su paradero, incluyendo a uno de sus líderes. Entraremos directamente a la boca del lobo."

– "Scheisse." – Espeté. – "Supongo que apoyaremos a MON en esta operación, ¿cierto? ¿Obtendremos ayuda también del SAT u otro grupo especializado?"

– "Eso sería lo más sensato, granate. Y de hecho, fue mi primera, segunda, y tercera proposición." – Declaró. – "Desgraciadamente, me temo que nuestros superiores no comparten mi opinión. Su entrenamiento cuesta, las municiones, el acuerdo con el ejército para facilitarnos sus instalaciones, este edificio; todo viene de los fondos gubernamentales, y la escasez de estos ha formado una opinión unánime en los altos mandos."

– "¿Qué está insinuando, Chief?" – Cuestionó la arpía, preocupada.

– "Que los vejetes que dirigen esta institución desean ver la inversión de los impuestos en acción, justo ahora." – Reveló Smith – "Irán solas, granates. Nada de MON, ni SAT o algún equipo antiterrorista, únicamente ustedes tres."

Sin darnos tiempo de procesar tan impactante noticia, Kuroko tomó un último trago de su bebida cafeinada, se incorporó y se hizo con un control remoto. Apuntándolo al proyector, la imagen exhibida cambió a una serie de fotografías de sujetos armados y retratos criminales, algunas algo difusas, tomadas desde ángulos poco convenientes, lo que supusimos eran los miembros del grupo que dejaran su infame huella en el suelo nipón. Por su pinta tan caucásica, era obvio que muchos no eran de aquí, igual que aquellos que atacaron el centro comercial.

– "Fimbulveter. Radicalistas formados por ex-miembros de otros grupos como el Vit Ära y Röd Fågel a finales de 1997, en su mayoría escandinavos de Noruega y Finlandia, pero en los últimos años sus filas se han vuelto racialmente más diversas, incluyendo liminales." – Masculló. – "Nexos con otras organizaciones alrededor del mundo, contrabando de armas, drogas, y, por supuesto, terrorismo. Decidieron que esto último era lo que Japón necesitaba. Ejemplos perfectos de que incluso los países más civilizados engendran verdaderos monstruos."

Cambiando las fotografías, se detuvo al llegar a un tipo de tupida barba negra y una mancha cutánea que cubría la mitad de su cara, saliendo de un automóvil.

– "Völund Jerkson, conocido como Blodvarg; el Lobo Sangriento. Alrededor de treinta y siete años, amante de los deportes y líder principal de Fimbulveter. Un auténtico hijo de puta salido de la provincia de Norrbotten, Suecia. Nació de padres acomodados e incluso estudió medicina en el Instituto Karolinska, cerca de Estocolmo. De alguna manera, y desconocemos por qué, decidió volverse el bastardo que es ahora." – Explicó la coordinadora, presentando otras diapositivas del sujeto. – "En todo caso, él y sus secuaces parecen estar operando en el país. Los sucesos del centro comercial son prueba de su éxito en reclutar sangre nueva, siendo tan execrable acto perpetrado por novatos. Sí, granates, esos cuatro desgraciados solamente eran primerizos, como ustedes. Lamentablemente, eso también significa no sabían mucho de los planes de los extremistas y por ello, a pesar de nuestras insistentes interrogaciones, apenas y pudimos unir las pistas necesarias para dar con el grupo principal."

Oprimiendo el botón de avance, la pelinegra exhibió en el proyector fotos de lo que supusimos eran fábricas antiguas del país.

– "La vieja maquiladora Uragiri, en la antigua área industrial de Okayado, abandonada después del traslado de las factorías hacia la zona portuaria de Yadokari. Escondite perfecto para cualquier congregación delictiva. Se supone que está bajo constante vigilancia para evitar que eso pase, empero, es obvio que han logrado comprar la lealtad de los supuestos guardianes de la ley." – Elucidó. – "Fueron esos cerdos corruptos precisamente quienes completaron el rompecabezas, permitiéndonos armar este plan después de confesar. Por supuesto, no todo es fácil. Los radicalistas nunca se conglomeran en un solo lugar, sino que distribuyen por el resto del país, siendo el barrio de Chūō y los distritos de Tsukishima, Ginza y Muroachi las rutas principales de reunión."

Las imágenes cambiaron a una serie de hoteles, clubes nocturnos, centros comerciales y demás edificios localizados en los distritos que Smith había mencionado con anterioridad.

– "El Tokyu Plaza, el teatro Kabuki-za, la torre Nihonbashi Mitsui, la lista es interminable; todos sitios famosos y atiborrados de visitantes las veinticuatro horas del día. Exactamente la clase de lugares que un grupo delictivo evitaría. Excepto estos, por supuesto. Siendo los territorios mencionados esferas turísticas, la presencia de extranjeros es completamente normal, lo que cual les permite pasar inadvertidos y llevar a cabo reuniones clandestinas." – Informó Smith, siéndole facilitada otra taza por la cambiaformas. – "Gracias, Dop. Usando los datos reunidos de los confesores y nuestros amigos en TALIO, desciframos los días en los que los peces gordos realizan sus asambleas. Y justamente hoy es ese día, con la presencia exclusiva de Jerkson. Es ahí donde MON y el SAT entrarán, acordonando el área y arrestando a todo bastardo involucrado que agarraremos con las manos en la masa, incluyendo al cabecilla. Sin el corazón latiendo, la estructura podrida se vendrá abajo."

Las fotografías regresaron a las fábricas.

– "Ustedes se encargarán de la factoría, donde almacenan la basura que distribuyen. No estamos muy seguras de qué podrían encontrar, pero todo apunta a que ahí se fabrican los materiales que luego formarán parte de su arsenal anárquico. Armas, productos químicos, todo contrabando; si logramos aplastarlos ahí, en el centro de su red de distribución, el golpe será devastador." – Siguió relatando. – "Dado que el lugar es de suma importancia, esperamos que esté fuertemente custodiado. No esperen que sea sencillo a pesar de que el jefe y sus guardaespaldas se encuentren ausentes, pero al menos no tendrán que lidiar con sus fanáticos. Ya hemos empezado a correr nuestra red de desinformación, atribuyendo un supuesto operativo que se llevará a cabo en Tama, a casi cincuenta kilómetros de su locación. Con eso esperamos que esos malditos se relajen y podamos tomarlos por sorpresa. Con eso, concluimos la explicación."

Las luces se encendieron y el proyector se apagó, dejando un mutismo ambiental absoluto. Estábamos estupefactas, tanto por toda la cantidad de información develada como el súbito conocimiento de nuestro rol principal en tan significativa tarea. Me pellizqué el brazo, comprobando que, en efecto, no era un sueño, sino la más inesperada realidad. Mis compañeras opinaban lo mismo, viéndonos entre nosotras con miradas indecisas, sin saber que responder. Smith, palpando nuestra inseguridad y tomando otro sorbo de su café, exhaló y miró hacia la castaña madera de la mesa, igual de preocupada que las demás.

– "Chicas, no voy a mentirles: ustedes son las últimas a quienes quisiera para una misión de este calibre. Incluso con todo el adiestramiento, están aún demasiado verdes. Se los permitiría quizás si actuaran como guardias del perímetro o de encargarse de una guarida menor, custodiada por simples esbirros, pero no la planta principal. No estoy tan loca para enviarlas a su propia muerte." – Confesó, alzando la vista y observándonos a las tres. – "Pero tal decisión no viene de mí, sino de arriba. Mañana es la asamblea con los directivos principales del Keiji-kyoku, la Oficina de Asuntos Criminales, en las Oficinas de la Policía Metropolitana, aquí en Tokio. Esto, de tener éxito, sería una excelente manera de demostrar que Japón sigue siendo de los países más seguros en el mundo y que el Acta de Intercambio ha traído una perfecta cooperación entre especies. Además, lograríamos mayores fondos y de esa manera podríamos reforzar no sólo MON, sino a la ANP entera"

Estampando su puño en la mesa, haciéndonos sobresaltar un poco, ella elevó los decibeles de su voz.

– "El prestigio de todos los departamentos de la Agencia Nacional de Policía está en juego aquí, especialmente el nuestro. Por ende, se ha declarado que ustedes también deben demostrar que son capaces de lidiar con eventos de esta magnitud. Sé que les están pidiendo demasiado; incluso para MON sería algo que no puede tomarse a la ligera, pero la orden ya está dada." – Expresó, suavizando su semblante, pero sin perder seriedad. – "Aún así, es mi deber preguntarles, granates: ¿están preparadas para la hora de la verdad, enfrentándose a un número superior de auténticos sanguinarios que no dudarán en arrancarles la existencia? ¿Se encuentran listas para luchar a cambio de un mañana que aún no podemos asegurar que esté cerca? ¿Aceptan que, al embarcarse en esta monumental responsabilidad, sus acciones decidirán el futuro de Monster Ops, incluyendo su posible cese de operaciones? Y lo más importante, ¿se sienten capaces ofrecer su vida en aras de nuestros ideales, los cuales podrían conducirlas hasta la irreversible muerte?"

El silencio, en esta ocasión, fue corto. Incorporándome, mis seis globos oculares se posaron sobre los iris negros de la capitana, acción emulada por mis compañeras. Sí, era arriesgado en extremo, casi una sentencia suicida inapelable; pero no íbamos a retractarnos por el temor, no ahora, después de haber entrenado bajo un régimen diario de dolor y disciplina. Teníamos que hacerlo ya, no más retrasos.

– "Somos soldados, Hauptmann." – Manifesté. – "Morir es lo que hacemos."

– "E incluso muertas, seguiremos luchando." – Afirmó la rapaz.

– "Honorem et Gloriam, Jerarca." – Acotó la helénica.

Smith sonrió.

– "Bien. Están listas." – La aludida asintió tenuemente con la cabeza. – "Zoe, los planos."

Al instante, la teniente colocó y extendió los diagramas de la factoría, así como más fotografías. Eran las mismas del proyector, pero era más fácil estudiarlas de cerca. Cubriéndolas con un protector plástico que permitía escribir en él, comenzamos a planear nuestra entrada. Todas se congregaron alrededor de los papeles y cavilaron silenciosamente. Obviamente, nosotras no poseíamos experiencia real además de nuestro entrenamiento, asaltando esa fábrica falsa donde nos graduamos, y dejamos que las veteranas decidieran el mejor curso de acción por tomar, pero sin olvidar nuestra participación. Seremos primerizas, pero nuestra opinión también contaba.

– "¿Cómo entraremos?" – Interrogó la mediterránea.

– "La Dama de Hierro queda descartada, sería demasiado llamativa y necesitamos sigilo." – Opiné. – "¿Vía aérea, Hauptmann?"

– "Correcto, granate. Se infiltrarán desde un Black Hawk, el mismo de sus ensayos." – Respondió Kuroko, señalando el área general del edificio. – "Contamos con al menos tres maneras de entrar, ya sea por los ductos de ventilación, los abanicos industriales o las cañerías."

– "Sería el mismo plan que usamos en los adiestramientos." – Opinó la estadounidense. – "¿Funcionará dos veces?"

– "No. Por eso usaremos la cuarta opción." –Injirió Titania, señalando una fotografía de construcciones adyacentes. – "La fábrica de calzado Odoroki está entrelazada a Uragiri, pues eran prácticamente factorías hermanas de los mismos empresarios. Los tubos de desagüe de ambos lugares convergen en este punto, y así, serían capaces de infiltrarse por las alcantarillas, desapercibidas."

– "Literalmente, nos arrastraremos entre la mierda para entrar a un mundo aún más repugnante." – Dijo la falconiforme, disintiendo con la cabeza. – "Fuckin' nice."

Una excelente metáfora de nuestra situación. La vida misma se encarga de materializar lo abstracto.

– "¿Qué haremos ya adentro?" – Preguntó la nativa de Mitilene.

– "Capturar a todos los que puedan." – Acotó Zombina. – "Cada uno de ellos es parte de esta infame maquinaria, y entre más tengamos, más fácilmente podremos detenerla. En cuanto a lo que encuentren, ya sean sustancias ilícitas o material peligroso, es mejor que aíslen el área y se aseguren que nada de la evidencia se pierda. Nada de prenderle fuego a las cosas o pulverizarlas, requerimos que permanezcan tan intactas para poder inculpar a los que atrapen."

– "¿Podremos solicitar ayuda adicional, en caso que las cosas se salgan de control?" – Cuestioné. – "¿Tendremos a alguien cubriéndonos la espalda afuera o al menos protegiendo el perímetro?"

– "Lo sentimos, chicas, pero todas nuestras fuerzas se centrarán en la urbe tokiota." – Replicó Tionisha, con una sonrisa de resignación. – "Créannos, nos encantaría y hasta insistimos en que alguna de nosotras las acompañara, pero los altos mandos decidieron que esta era su prueba de fuego, la que decidiría si continúan o MOE desparece; esto último, ya sea que sobrevivan o no."

– "Y dada la naturaleza sigilosa, incluso un acordonamiento de la zona llamaría demasiado la atención." – Aseveró Doppel. – "Sabemos que es una locura y las probabilidades de que varios de esos malnacidos logren escapar son altas, pero al menos lograrían desmantelar unas de sus bases. Que unas cuantas cucarachas sueltas no les distraigan del tesoro principal."

– "No se desanimen, compañeras." – Habló Manako. – "Han demostrado que son capaces de salir incólumes de situaciones similares. Somos testigos directas de ello, y confiamos en su éxito."

– "El mejor metal se obtiene martilleándolo constantemente. Y necesitamos que ustedes sean realmente fuertes." – Declaró Smith. – "En todo caso, trataremos de detener a esos miserables con celeridad para auxiliarlas tan pronto nos sea posible. Aunque, sinceramente y a pesar de que no lo parezca, tengo fe en ustedes, granates. Son mi más reciente orgullo y todas compartimos el sentimiento."

– "Denles duro, chicas." – Zombina acercó su puño. – "Y regresen para celebrar en grande. Iremos al Moonchild, cantaremos Iron Maiden en el karaoke, beberemos hasta besarnos, lo que ustedes quieran."

– "Jawohl, Leutnant." – Reí, chocando el mío con el de ella. – "Pero que los ósculos sean en la mejilla. Nos reservamos los bucales hasta ser oficiales."

– "Aunque conociéndote, araña ambiciosa, no querrías esperar tanto." – La halcón me pinchó el brazo con su pulgar. – "Vale, trataremos de no joderlo y morir en el intento."

– "Estamos preparadas, Jerarca." – Aseguró Nikos. – "Cuando usted diga."

– "Perfecto, manos a la obra." – Sonrió la mencionada. – "Titania, que los granates se alisten, ya sabes el protocolo. Nos vemos en la azotea. De prisa."

– "Como digas, Smith." – La gnómida se levantó de su asiento. – "Vamos, niñas, vístanse de inmediato y desciendan de nuevo a la armería. Cinco minutos, máximo. ¡Muevan el culo, ahora!"

– "¡Sí, señora!" – Contestamos, al unísono.

Con un saludo marcial, que todas devolvieron, salimos de ahí a toda prisa. Keiko también realizó el ademán militar al hacer a un lado la reja y tomamos el elevador hasta el tercer piso. Con celeridad, entramos al baño y nos apresuramos a cambiarnos. En esta ocasión, el colocarse el añil uniforme y el oscuro chaleco antibalas no era la rutina clásica, ataviándonos con abúlica pesadumbre. No, esto sería lo único que nos protegería de los proyectiles enemigos, además de nuestra perspicacia. Seguía siendo desconcertante el cómo cambiaba una el sentimiento hacia las cosas según las circunstancias. Me di un golpe en el chaleco, comprobando su robustez, como si intentara rogarle que hiciera su mejor esfuerzo por resguardarme. Ignoramos la ausencia del casco, sería mayor motivación para no vacilar en el trabajo.

Saliendo de ahí, les pedí a mis compañeras que me esperaran, pues necesitaba recoger algo en mi habitación. Agradeciéndoles la paciencia, me metí rápidamente a mi cuarto y tomé la daga que mi madre me entregó. Mirándola un par de segundos, admirando su solemne belleza, la guardé en una bolsa de mi uniforme, preparada para el uso inmediato. Pero, si de beldad se trataba, ni la más sublime cuchilla ceremonial podría compararse con la de mi deífica Lala, quien me sonreía desde su marco fotográfico. Dándole un beso a sus labios azules, empañando el vidrio del retrato, hice mi juramento de golpe en el pecho y me retiré. Me aseguré de también tomar el martillo que usé para colocar el clavo en la pared; nunca estaba de más tener un arma extra, como aconsejaba la coordinadora.

Regresando con el grupo, bajamos hasta la armería y nos encontramos con Jättelund, quien nos indicó que tomáramos nuestras herramientas. Me hice con Mugi, perfectamente limpia y alistada con los aditamentos necesarios. Sonriendo, me hice con una caja de doscientos cincuenta balas y preparé a mi bebé de auténtico acero alemán. No me olvidé de cargar con mis cañones de repuesto, incluyendo la que se volviera mi cómplice en satisfacer los deseos carnales de la rapaz, a quien se lo recordé con un discreto guiño, obteniendo un ligero sonrojo y una lengua de fuera de su parte. Hummel y Erika también se unieron, en su gloria lustrada, con las miras nocturnas y linternas. Ajusté sus cargadores llenos con balas calibre Smith & Wesson .40 y metí el resto en sus compartimientos. Colocándome a la P30, regalo de Zoe, en mi funda de la cadera, dejé a la P226 TacOps como auxiliar en la de mi costado derecho.

Me hice con las bolsas donde cargaría la munición extra, distribuyéndome alrededor del cuerpo al menos cuatro cajas con doscientos cincuenta proyectiles cada una. De esa manera, tenía mil doscientas cincuenta balas de 7.62x51 milímetros disponibles para repartir justicia a diestra y siniestra. Sonaría excesivo para lo que debería ser una operación sigilosa, donde neutralizar al enemigo de manera silenciosa era el método de ataque principal; pero, de ponerse las cosas realmente peliagudas, como esperaba que sucediera, necesitaría que mi glotona MG3 se mantuviera perfectamente alimentada. Esos mil trescientos disparos por segundo consumían sus reservas en un parpadeo.

Mi bolsa mayor, que reabastecería a mis compañeras, estaba cargada con cartuchos de escopeta, cargadores de pistola y del rifle de asalto de la arpía. Contando el casco de visión nocturna, mi propia arma y toda la munición, debería estar llevando mi propio peso en equipo y accesorios. No me era problema, la reducción en velocidad era ínfima y podría estar así sin agotarme. La emplumada había cargado su M4A1 y revisaba a su pistola VP40, Helena, colocándola nuevamente en su funda. La instructora le otorgó varios proyectiles balísticos de cuarenta milímetros para su lanzagranadas, de humo y cegadoras, además de las tradicionales para arrojar a mano. Nosotras igualmente contábamos con esas. También llevaba su bolsa médica, para las emergencias. Esperaba que su fobia por la jeringas no le detuviera en caso de ser heridas, pero preferiría que no tuviéramos que resultar lastimadas en primer lugar.

La griega se aseguraba que su Mossberg 590A1, su subfusil MP5A3 y su P226, Gorgo, también estuvieran correctamente abastecidos. En ambas piernas se ostentaban doble hilera de cartuchos para escopeta, más las disponibles en sus bolsas y las adicionales en los racks del arma misma. Le otorgaron un par de diminutas cargas explosivas en forma de candado, pensadas para colocarlas en la cerradura de las puertas en caso de que su escopeta y nuestra fuerza bruta no fueran suficientes para abrir cualquier acceso bloqueado. Llevando un escudo balístico en su espolón y con sus conocimientos sobre explosivos, estaba más que lista para actuar como zapadora y sargento del grupo.

Para completar el look, usamos pintura facial. Había varios colores disponibles, pero todos con tonos tenues y apagados para no llamar demasiado la atención y perder su valor táctico; aunque en nuestro caso, nuestra naturaleza liminal destacaba sobre cualquier otra cosa. No era necesario usarla, pero igualmente ayudaba a levantarnos la moral, haciéndonos ver más intimidantes. Dyne no perdió tiempo en diseños complicados y pintó verticalmente su mitad derecha de azul puro, luciendo más como una guerrera celta que una hoplita helénica, pero le quedaba bien.

La pajarita optó por hacer honor a sus raíces amerindias y, tomando el colorante rojo, se pintó una franja horizontal que atravesaba desde su frente hasta la mitad de su nariz, acentuando sus hermosos ojos dorados y esa apariencia de cazadora nata que ya irradiaba. Debajo de esta, en la frontera con sus mejillas, aplicó una delgada línea blanca. De su barbilla hasta el borde de su labio superior, una línea vertical roja lo atravesaba por la mitad. Ya debía tener experiencia, pues lo hizo mejor que la mantis o yo a velocidad considerable. El toque final fue puesto cuando su frente fue decorada con seis puntos negros, a manera de ojos de araña, rindiendo tributo a la leyenda lakota del espíritu Iktomi. Ahí fue cuando pasó de intimidante a sublime y le di un beso en su mejilla para felicitarla por la excelente elección

Por mi parte, me decidí por algo que no sorprendería a nadie. Con franjas negras horizontales cubriéndome desde las cejas hasta la línea del cuero cabelludo, rojas entre mis ojos hasta llegar a la punta de mi nariz y el resto de amarillo, la bandera alemana había sido plasmada en mi semblante teutón. Mis abuelos, mis padres, mi sangre entera era puramente germana, y la llevaba con orgullo. Usando un poco de negro en las mejillas, grabé las letra en mi derecha e izquierda, respectivamente, dejando en claro quiénes eran las mujeres más importantes en mi vida. Daba igual si lucíamos como integrantes salidas de alguna convención cosplay, estábamos disfrutando el personalizarnos para la batalla.

– "Lo admito, lucen como verdaderas profesionales. Ojalá esa excelencia no sea únicamente en la apariencia. Excepto tú, Potato; pareces fanática de partido de futbol." – Rió Titania, abriendo un contenedor. – "Tengan, por si necesitan apaciguar hasta al bastardo más reticente. No deberían necesitarlas si realizan bien su trabajo, aunque siempre hay que estar preparadas."

La gnómida nos entregó munición real, balas perforadoras recubiertas de cuproníquel: full metal jacket. Tenía razón, los proyectiles de goma serían inefectivos contra blancos blindados o liminales de piel gruesa. Agregando quinientas reservas más a mis existencias disponibles para mi ametralladora, ya comenzaba a sentirme como mula de carga; la más letal que haya existido. También teníamos para las pistolas, el fusil de la estadounidense y perdigones para la helénica, además de cuchillos KM-730 New J-Defender para la americana y la nativa de Mitilene. Ya que nos infiltraríamos por las cañerías y debido a los problemas que tuvimos con granadas de humo durante el asalto a la Torre Roja, también nos dieron máscaras antigás que no estorbaran con las de visión nocturna.

Aunque, lo que más nos llamó la atención, fueron las pistolas tranquilizadoras, cuyo diseño me recordaba mucho a la Welrod británica. Con tres dardos sedantes cada una, los proyectiles poseían diferente color, indicando su potencia: amarillo para liminales de tamaño humano o menor, azul para mayores y rojo para los más poderosos, suficiente para dormitar a un ogro o quizás una wyvern. Curioso, eran los mismos colores de los proyectiles de nuestros primeros entrenamientos, cuya intensidad determinaba cuantas nos oportunidades nos restaban antes de ser descalificadas; la historia se repite. Confieso que me sentí como una heroína de película con tanto aditamento. Empero, ni el más fastuoso sentimiento ni la más cinematográfica apariencia podrían sosegarnos los nervios que todavía sentíamos recorrernos la espina dorsal.

– "A huevo, ahora sí dan miedo, cabronas." – Sonrió la mexicana. – "Cuiden este equipo, novatas, que llevan como cuarenta por ciento de nuestras reservas. Ya están grandecitas, así que no necesitan más consejos, excepto que siempre estén alertas y no olviden todo lo que les enseñamos. Bien, las esperan arriba. De prisa, MOE."

– "¿Instructora?" – Habló la rapaz. – "¿Me permite agradecerle, en nombre del grupo, por habernos entrenado?"

– "Háganlo cuando regresen, Peaches." – La latina ofreció su mano. – "Hasta ahora lo han hecho bastante bien, novatas. No me hagan perseguirlas al jodido averno para reprenderlas. Buena suerte."

– "Sí, Señora." – Contestamos al unísono, turnándonos para devolver el gesto.

Así, tomamos el ascensor hasta el tercer piso y subimos las escaleras hasta la azotea. Era la primera vez que visitábamos el lugar, descubriendo que contábamos con una pista de aterrizaje para helicópteros, muy similar a la de Tokio, quizás finalizada en uno de los días en que estábamos ocupadas. Esperamos un minuto a que un pájaro de metal aterrizara, y, dicho y hecho, un UH-60JA Black Hawk hizo acto de aparición, descendiendo lentamente sobre el círculo designado. Mientras el viento de las hélices levantaba el polvo y nos despeinaba el cabello, Smith se colocó frente a las tres, con mirada seria.

– "Bien, granates, ya lo habrán escuchado infinidad de veces esta noche, pero esperamos que cumplan suntuosamente con su deber. Los ojos del mundo entero se posan sobre ustedes, incluso cuando no pueden verlas, así que no se sentirán solas. Usen el tercer canal de su radio para comunicarse cuando finalicen, o por si necesitan auxilio. Estaremos lejos del alcance, pero trataremos de apoyarlas a la brevedad posible." – Entonces, ella sonrió. – "Sigo estando orgullosa de sus logros, y espero que continúen a nuestro lado cuando el futuro que anhelamos llegue por darse. No vacilen, no teman y sobre todo, no se rindan. Son la fuerza, la élite, la justicia; son MOE. Nullus heros quemquam occidit."

– "Honorem et Gloriam." – Contestamos al mismo tiempo.

Además de ella, el resto de las chicas nos abrazaron, incluso la estoica Doppel. Con tantas muestras de afecto y el incondicional apoyo que recibíamos, nuestra moral volvía a elevarse, ignorando ese miedo inherente que jamás podríamos suprimir, pero sí controlar. Dominio, el mando de una misma era la clave del éxito. La piloto y su ayudante (también chicas, curiosamente) nos indicaron que estaban listas para despegar y, con un ademán, Kuroko nos ordenó abordar el pájaro metálico. No queriendo prolongar más la misión, nos subimos al helicóptero. Entonces, una mano sosteniendo la mía me detuvo, haciéndome voltear; era Zombina.

– "Ten, Jaëgersturm, para ti y las demás." – Dijo la pelirroja, entregándome un pequeño frasco. – "Espero jamás suceda, pero de pasar, todas merecen una segunda oportunidad."

Quedé anonadada por unos segundos, el frasco contenía nada menos que tres triangulares figuras flotando sobre líquido conservador. Eran los dientes de la zombi. La etiqueta indicaba que duraría tres horas antes de comenzar a expirar, ventana de tiempo suficiente para hacer el trabajo. Mirándola extrañada, ella sonrió tenuemente, encogiendo los hombros. Después de un momento, asentí con la cabeza, sonriendo también. Entendía su preocupación, y aunque transformarnos en muertas vivientes no estaba en nuestros planes, tampoco es que contáramos con muchas opciones al encontrarnos al borde del abismo. Dándole a la castaña el contenedor y guardándolo ella en su bolsa médica, ofrecimos un último saludo a las veteranas mientras nos elevábamos a los reinos de Urano.

Mantuve la mueca positiva en mi rostro y un pulgar arriba conforme ascendíamos. El vértigo era el menor de mis preocupaciones y me puse cómoda, admirando el paisaje nocturno de la ciudad. Cubierta por el manto de las estrellas y Selene, los edificios brillaban como pequeñas antorchas que comenzaban a dilapidarse mientras nos alejábamos de las urbes principales. El tapiz de destellos bajo nosotros poco a poco daba paso a la negrura de la inactividad citadina, aunado a que nuestro transporte no hacía uso de sus luces, para no romper el sigilo. Heroínas anónimas flotando en la noche, listas para enfrentarse al oscuro mundo criminal; eso haría un excelente encabezado metafórico en los periódicos. Ojalá sobrevivamos para poder verlo.

– "Lo trajiste, Süsse." – Le dije a Cetania, abrazándola a mi lado. – "El collar. Danke."

– "Supuse que esa canosa le había colocado alguna especie de poder protector Abismal o algo así. Me estafó." – Rió tenuemente, metiéndolo dentro de su uniforme. – "Hablando en serio, sólo es muestra de que a pesar de que ella es mi rival, la respeto como tal. Así, cuando le gane, será una buena perdedora y no nos acosará como una psicópata obsesiva."

– "Lo dices porque eso es lo que harías tú, ¿cierto, linda?"

– "No; yo te mataría para que ella no pueda reclamar tu alma." – Pestañeó rápidamente. – "Si no puedo tenerte, nadie podrá."

– "¿Y sí revivimos con los dientes mágicos de Bina?"

– "Te dejo para que seas feliz con tu bruja pelirroja." – Replicó, sardónica. – "Y no digas que te agrada o te arrojo del helicóptero."

– "¿Serías capaz de deshacerte de tu adorada arañita, Süsse?"

– "Pepper…" – La estadounidense le habló a la mediterránea por el comunicador. – "¿Me ayudas a expulsar a esta garrapata?"

– "Con gusto." – Sonrió Nikos, quitándose el cinturón de seguridad. – "¿La pateamos, le disparamos o la ejecutamos al estilo mafia, amarrándole una soga al cuello y dejándola caer?"

– "¿Por qué no las tres?"

– "Vale, ya entendí, malhumoradas." – Respondí. – "Scheisse, ustedes se toman todo demasiado en serio."

– "Deberías disfrutarlo, Potato." – Contestó la pelinegra. – "Quizás ya no podamos después."

Los comunicadores se tornaron silentes al instante, igual que nosotras. La imposibilidad del retorno era un escenario demasiado incómodo y plausible. Incluso la propia helénica pareció arrepentirse por un momento de haberlo dicho, pero su orgullo le evitó que se disculpara, aunque tampoco es que pudiéramos recriminarle por decir la verdad absoluta. No dejaba de doler, de todas maneras. La radio poseía dos canales, así que las pilotos no se percataron de la súbita afonía de las novatas detrás de ellas. Pasaron varios afásicos y tensos minutos, hasta que tuve una idea para distraernos un momento.

– "Chicas…" – Tomé la palabra. – "Ya que vamos directamente a que nos ejecuten, ¿qué tal si confesamos algo? No sé, puede ser lo que sea."

– "Nadie más puede escucharnos, ¿cierto?" – Cuestionó la falconiforme.

– "Descuida, el primer canal es privado." – Replicó la empusa. – "Y respecto a tu propuesta, Potato; aceptamos si tú revelas algo primero."

– "Concuerdo con Pepper, flaca." – Asintió la halcón. – "Sólo no nos salgas con alguna fruslería o en verdad te arrojamos fuera."

– "Supongo que es lo justo." – Suspiré. – "Bueno; ya que Smith nos sorprendió a mí y a mi azulita en medio de… ehem, ya saben, y nos dio poco tiempo para alistarnos, tuvimos qué vestirnos con celeridad. Y bien, ya que a pesar del shock inicial todavía estábamos bajo la influencia de la pasión, nos propusimos que intercambiáramos ropa interior. Para estar juntas a pesar de la distancia o algo así."

– "No esperaría menos de ti, degenerada." – Espetó la mantis. – "No debimos darnos cuenta cuando nos cambiábamos."

– "Sí que has corrompido a esa decapitada, flaca." – La arpía disintió con la cabeza. – "Pero, ¿cómo lograste que la ropa se adaptara a tu figura? Es decir, posees más busto que ella y tus bragas deben ser especialmente diseñadas para arachnes."

– "Ese es el punto, linda." – Me ruboricé, aunque no se notaría. – "Dado que ninguna de sus piezas me quedaría, opté por simplemente no molestarme. No llevo nada debajo del uniforme."

– "¿De verdad?" – Preguntó la castaña. – "Bueno, tampoco es que me disguste, pero sí que es osado, flaca. ¿Qué pasa si tienes una fuga, por el miedo?"

– "Por eso me esforzaré en no tenerlo." – Encogí los hombros. – "Pobre Kanna, no quiero que tenga que lavar mi falda orinada."

– "¿Y también vas a andar mostrándole la raja a los criminales? ¿Para distraerlos?"

– "Mientras ustedes estaban distraídas camuflándose la cara, discretamente me puse un poco de pintura negra ahí. ¿Quieren que se la muestre? No es tóxica."

– "Blegh." – Masculló la griega. – "Eres detestable."

– "No es un método que yo aprobaría, pero es efectivo; no se ve nada." – Opinó la rapaz, iluminándome el área privada con la lámpara de su arma. – "Aún así, sigues estando demente, araña. Ojalá te salgan ladillas, por mensa."

Diría que no, porque ellas saben que mi zona íntima es totalmente glabra, pero no quería seguir ruborizándome por confesar mi exhibicionismo, por mucho que Rachnera estuviera orgullosa de su alumna, de enterarse. Además, faltaban las confesiones de las dos restantes.

– "Su turno, santurronas." – Insistí. – "¿Duraznín? ¿Algún oscuro secreto que desees compartir antes de hacer los aposentos de Hades nuestra posada permanente?"

– "Hmm…" – La falconiforme meditó un momento. – "Suelo dejar vegetales sin comer y discretamente los arrojo a la basura cuando nadie me ve."

– "Eso ya lo sabíamos, pajarraca." – Acotó la pelinegra. – "Y si no es con los desechos, los pones en los platos ajenos, como el mío. ¿Por qué no lo haces con la araña?"

– "A ella tampoco le gustan mucho."

– "¿No podrías simplemente ofrecerlos, si no vas a consumirlos, emplumada?" – Interrogué. – "O tomarlos, en primer lugar."

– "Como tampoco he oído a nadie quejarse." – La aludida encogió los hombros. – "Ya, sigues tú, pimientosa."

– "Espera, ¿ese fue tu gran secreto, Süsse?"

– "Tú dijiste que podría ser lo que sea, jamás especificaste la magnitud de la revelación permitida."

– "Pues tendremos emperador y todo, pero este país es parlamentario. Y dada la ausencia de la Dieta Estatal, habremos que fungir como la asamblea gubernamental." – Declaré. – "¿Me apoya, sargento Nikos?"

– "Correcto. La mayoría manda." – Se unió la griega. – "Merecemos algo mejor que algo tan trivial como tu desdén por los vegetales, Peaches. Y esa es una orden."

– "Ay, ahora sí son amigas del alma, ¿verdad?" – La castaña nos mostró la lengua. – "¡Bien! ¿Quieres secretos jugosos, grillo metiche? Yo y tu pervertida aliada arácnida estuvimos estimulándonos a la mitad de la noche como auténticas bestias salvajes, justo al lado de tu habitación. Nos pasamos la lengua hasta por las orejas, dejamos el piso húmedo y no hablo de sudor, sin contar que la rubia usó un cañón de su ametralladora para masturbarme. Oh, y creo que la escuché musitar tu nombre en medio del frenesí orgásmico; ¿contenta?"

– "Admiro tu capacidad para formular estupideces apócrifas de improviso, arpía, pero me temo que no caeré en tu…" – La mediterránea se pausó cuando me vio voltear la mirada, imitándome al instante. – "Carajo. Las odio como no se imaginan, par de…"

– "Checkmate, grasshopper." – Guiñó la emplumada.

– "¿Por qué todo lo relacionado a ustedes siempre tiene que ver con sus degeneraciones?"

– "¿Quizás porque aparte de nuestro ávido safismo, actualmente somos muy normales y sin nada extravagante?" – Respondí.

– "Rayos, flaca, ¿en verdad somos tan aburridas?" – Cuestionó la halcón. – "¿No tenemos nada más para contar?"

– "Es lo irónico de trabajar en MOE, pajarita." – Injerí. – "Que nos disparen, nos pongan a cuidar bebés que nos obliguen a quemar cantidades significantes de dinero, además de ser perseguidas por avispones, Abismales y gnómidas armadas con machetes es lo cotidiano."

– "Al menos estamos vivas para contarlo." – Sonrió la americana. – "En todo caso, sigue siendo tu turno, Pepper. Y recuerda, algo que sí valga la pena."

– "Ugh. Sólo porque nunca falto a mi palabra." – La mantis exhaló. – "Bien, si insisten, yo…"

Decir que la helénica jamás se atrevía a compartir secretos, sería una subestimación. La nativa de Mitilene era tan hermética como la CIA y el FBI en investigación encubierta, así que verla tornarse preocupada por verse a exhibir un poco más de su misteriosa persona no era cosa de todos los días. Era curioso cómo el trabajo invertía los papeles consuetudinarios, transmutando lo habitual por insólito y viceversa. Y si bien la confidencialidad era sagrada, sin importar circunstancias, tampoco le estábamos exigiendo que nos revelara algo demasiado personal. No iba a morderme la lengua por no informarle a la mantis sobre mi infausto proceder abusivo en mi adolescencia; aún no estaba lista para decírselo. Únicamente queríamos conocer un poco más a nuestra compañera.

– "El beso que Jaëgersturm me dio en esa ocasión…" – Musitó, volteando la mirada. – "No es el primero que me da una mujer…"

Mutismo inmediato del triunvirato. Yo y mi compañera alada nos encontramos absortas; tan inesperada declaración era más reveladora que cualquier otro suceso, opacando momentáneamente a la misión actual. Estábamos conscientes de que las circunstancias actuales fueron las que propiciaran ese ínfimo destello de honestidad de parte de la reservada pelinegra, elevando un poco la preocupación que nos carcomía. Para disipar la evidente tensión, le sonreímos reconfortantemente a nuestra amiga, recordándole que su secreto estaría a salvo con nosotras y no indagaríamos en el tema, respetando su voluntad implícita. Con una muy imperceptible mueca de comprensión de su parte, proseguimos el trayecto en silencio.

Las luces de la ciudad se convirtieron en pretérito visual y divisamos, entre la oscuridad y la opacidad de la neblina nocturna. La piloto nos habló por el canal secundario de la radio y nos informó que nos preparáramos. No se necesitó del comunicador para escuchar claramente nuestro tragar sincronizado de saliva al oír la noticia. El helicóptero bajó lentamente, provocando que las vaporosas nubes alrededor formaran un efímero remolino al apartarse. Aunque el clima era perfectamente claro y nuestro transporte, aún sin luz alguna, podría ser fácilmente identificable en medio de la tranquilidad que uno esperaría en una noche tan serena, el Black Hawk no era la elección de las fuerzas especiales alrededor del mundo por nada.

Con apenas ochenta decibeles de ruido producido, el motor y sus hélices eran realmente silenciosos para una máquina tan grande. Como referencia, un camión de carga a diez metros de distancia provocaría un ruido de noventa decibeles. Suspendidas a más de treinta metros de altura y con el viento soplando, éramos un débil susurro para cualquiera en los alrededores. Y tomando en cuenta que estábamos alejadas del punto de reunión principal de los criminales, pasaríamos perfectamente desapercibidas. El foco rojo de la salida se encendió y nosotras nos retiramos los cinturones de seguridad conforme el vehículo ralentizaba su vuelo para estabilizarse.

La cuerda descendió, llegando hasta el techo de la fábrica de zapatos abandonada. Dyne fue la primera en tomar su lugar cuando la luz verde hizo su aparición; era momento. Con un breve intercambio de miradas y asintiendo con la cabeza, Nikos se asió a la soga y descendió raudamente por esta, seguida rápidamente por mí y por la falconiforme, quien se arrojó por el lado contrario, planeando en círculos con sus coloridas alas. El frío del ambiente fue amplificado por el rápido descendimiento y sentí un fuerte escalofrío mientras trataba de distinguir a mi compañera debajo de mí, pues tampoco podíamos usar las luces para alumbrar el suelo. Por fortuna yo usaba medias en mis pedipalpos, o la fricción me hubiera sido incómoda mientras bajaba.

La mediterránea llegó al piso y prontamente se hizo a un lado para permitirme descender correctamente, con la halcón de Montana uniéndose con tres segundos de diferencia. Usando la lámpara de su MP5A3, la griega señaló a las chicas del helicóptero que ya estábamos en posición. Con eso, el Black Hawk y todo el apoyo con el que pudiéramos contar, se alejó por los silenciosos cielos de Okayado, como un pájaro nocturno. Estábamos solas a partir de ahora. Exhalando, las tres nos colocamos las máscaras de visión nocturna y las mascarillas antigás, tornando nuestra visión ligeramente verduzca. Nuestra pintura especializada ocultaba muy bien el brillo del sudor, así como nada de nuestro equipo nos delataba bajo el espectro visible amplificado digital. Nuestra habilidad para el sigilo sería la que decidiría nuestro éxito.

– "Bien, aquí estamos, MOE. Comprobemos que somos más que niñas con armas y ganémonos el respeto que merecemos, ¿vale?" – Mencionó la helénica, nosotras asentimos. – "Bien, revisión completa de equipo. Potato, ¿cuántas granadas tienes?"

– "Dos cegadoras y de humo disponibles en el pecho, más otras dos de reserva en la bolsa." – Respondí, checando la munición de Mugi. – "Peaches, ¿Qué tal andas de las balísticas? Yo tengo cuatro para tu M203."

– "Cuatro de cada una, más otras cuatro de las regulares. Soy toda una granadera." – Contestó la arpía, inspeccionando el accesorio en cuestión. – "Creí que no te gustaba llamarme por nuestros apodos, Aria."

– "Decirte Süsse me recuerda mucho a casa y me pondría sentimental." – Repliqué, comprobando que mis pistolas estuvieras preparadas. – "Pero te seguiré llamando linda y demás cursilerías; sabes que te quiero."

– "Yo también, Blondie." – Rió tenuemente, su voz camuflada por la mascarilla. – "Balas en la recámara, calzado de descarga eléctrica en las garras y fuego en las plumas. Ya estoy lista, Pepper, cuando digas."

– "Lo mismo." – Afirmé, jalando la palanca de carga de mi MG3. – "¿Sus órdenes, Unteroffizierin?"

– "Síganme, la fiesta empieza ahora." – La empusa jaló la corredera de su escopeta. – "Es un mundo de mierda, y vamos directo a él. Nullus heros quemquam occidit."

Repitiendo nuestro aforismo grupal, la sargento y yo nos encaminamos hacia la entrada de las tuberías del desagüe mientras la castaña permaneció por unos momentos inspeccionando el área para informarnos de algún movimiento exterior. Hubiéramos querido que nos proporcionaran mejor equipo que unos binoculares que se consiguen en cualquier tienda comercial, pero el presupuesto no crecería a menos que hiciéramos bien nuestros trabajos. Al menos nuestros visores nocturnos eran de buena calidad y permitían ajustar la intensidad del espectro visible; era necesario, las cañerías estaban totalmente oscuras y no deseábamos que nuestras lámparas nos delataran por algún hoyo que revelara el destello afuera.

– "¿Alguna novedad, Peaches?" – Interrogó la mantis por la radio, avanzando lentamente.

– "All quiet in the western front, Pepper." – Contestó la estadounidense. – "¿Qué hay de ustedes? ¿Cómo va su paseo por Ciudad Estiércol?"

– "Intentamos interrogar a una rata, pero ya estaba muerta." – Bromeé, cubriendo el flanco izquierdo de la pelinegra. – "Qué bueno que me puse medias protectoras en mis piernas o tendría que lavármelas con lejía para quitar el olor a excremento seco."

– "Y estas máscaras son efectivas, apenas siento el apeste." – Añadió la empusa, doblando a la derecha. – "No, esperen; ese es sólo el hedor de Potato."

– "Ese chiste ya está muy gastado, chapulín mohoso." – Opiné, siguiéndola. – "Sigo creyendo que estás verde por infección fúngica. Cuidado, no vayas a pegarle tus hongos a las bacterias."

– "Tu jocosidad me es lacrimógena, arachne." – Respondió ella, evadiendo un montículo de ratas muertas. – "Y concéntrate en el camino, no mi trasero; puedo sentir tu mirada, pervertida."

– "Déjame admirarlo antes que te lo rellenen de plomo, gruñona." – Reí, alejándome de otro. – "Aunque si es tan duro como tu corazón, entonces no debes preocuparte si le hinco el diente."

– "Pepper, ¿podrías golpear a Potato en la sesera por mí?" – Solicitó la halcón, la aludida obedeció y se escuchó mi quejido de dolor. – "Thank you."

– "Auch, y eso que tú confesaste lo de estimularnos a lado del cuarto de la mantis, pajarraca." – Tallé ligeramente mi cabeza. – "Ahora, ¿soy yo o hay demasiados cadáveres de roedores por aquí?"

– "Tu poca higiene tiene repercusiones inmediatas, araña." – Bromeó la griega, alejándose otro montón de ratas occisas. – "Hablando en serio, he notado la inusual cantidad de mamíferos fenecidos, además de que el agua posee un extraño tinte fosforescente. Potato, puedes ver luz ultravioleta, enciende tu lámpara y comprueba si lo notas a simple vista."

– "Supongo que no nos delataríamos en este lugar tan aislado." – Encendí el foco de mi ametralladora. – "Afirmativo, lo detecto. Es vagamente verde en el espectro visible. ¿Qué rayos significa?"

– "Deben estar fabricando sustancias ilegales en Uragiri, quizás drogas o explosivos." – Replicó la mediterránea. – "Esta cosa es literalmente tóxica. La Jerarca tenía razón, esto será una operación importante."

– "Se supone que las cañerías convergen más adelante, ¿qué hacen en el torrente de la fábrica de zapatos?" – Cuestionó la americana.

– "Desviación del cauce, para evitar sospechas. Nadie arrojaría material tan fácilmente detectable en el desagüe regular." – Respondió la pelinegra. – "Seguramente encontraremos que la bifurcación está cerrada y agregaron un tubo extra para arrojar los desechos en un lugar oculto, posiblemente bajo tierra. Las fotografías que vimos debieron ser anteriores a la remodelación. Carajo, piensan en todo. Estos tipos son de temer."

– "¿Solían realizar esta clase de operaciones en la Guardia Costera muy seguido?" – Interrogué. – "Porque es raro que te muestres tan nerviosa cuando ya tienes experiencia."

– "Únicamente éramos apoyo auxiliar, Potato, jamás estuve en una misión tan riesgosa." – Contestó la helénica. – "Mucho menos enfrentarnos a terroristas. Para eso están los EKAM, la unidad especializada griega. Eso no significa que no tuviera agallas de enfrentarme a esos malnacidos."

– "¿Por qué no te les uniste, Pepper?" – Fue el turno de la falconiforme. – "Hubieras sido buena."

– "No aceptaban liminales." – Elucidó la nativa de Mitilene. – "Suficiente de la clase de historia. Peaches, si no hay ningún guardia a la vista, alza vuelo y dinos si distingues alguna desviación en los tubos."

– "De hecho, puedo notarla desde aquí." – Respondió la emplumada. – "Esos montículos de tierra son demasiado largos para ser simples escombros. Está como a quince metros de la convergencia con la cañería de Uragiri, con un extremo despareciendo bajo tierra."

– "Lo sabía. Buen trabajo, cabo; elévate y dirígete hacia un lugar seguro de la fábrica." – Ordenó la sargento. – "Sé sigilosa y trataremos de encontrarnos los restos del ala oeste, como lo vimos en los planos. Potato, por aquí."

Acatando el mandato, la rapaz confirmó que se dirigiría hacia la factoría y yo seguí a Nikos, evitando más cadáveres de animales muertos por intoxicación. Nos guiaríamos por el resplandor que esa extraña sustancia brillante dejaba, pero este se concentraba en un charco en medio del camino, sin más rastro. Avanzando un poco más, descubrimos que el camino no se desviaba hacia uno, sino a tres destinos diferentes, Sea lo que sea que hagan allí dentro, era importante y no iba a gustarnos para nada. Decidimos que tomar el trayecto con menos cadáveres era lo más sensato, pues no sabíamos si la toxicidad imperante se limitaría al contacto físico o si corríamos riesgo de contraer alguna enfermedad por vía respiratoria, ignorando las máscaras.

El eco de nuestros pasos resonó cuando el tubo elevó su altura y sólo quedó el metal corroído; por suerte, no había nadie para escucharlo. Al final, encontramos una serie de peldaños que daban hacia una tapa metálica, como una alcantarilla. Dado que el resto del camino era entrar directamente a los desechos, subimos por el acceso, con suficiente espacio para que pudiéramos pasar sin problema con el escudo de la griega y mi tamaño. Informándole a la arpía de nuestro movimiento, la pelinegra retiró la tapa con cuidado. No había luz al quitarla, indicando que la zona estaría abandonada y no seríamos descubiertas. El corazón se me aceleró conforme el pedazo de metal oxidado se hacía a un lado, creando un muy sutil pero escalofriante chillido que me seguía recordando que estábamos ingresando a la boca del lobo.

Asomando la cabeza como un perrito de las praderas en su madriguera, Dyne inspeccionó los alrededores y, después de confirmar que no había moros en la costa, dimos marcha a la primera fase real de la misión. Le comunicamos a la castaña que estábamos adentro, afirmando ella que buscaría alguna entrada, estando los ventiladores industriales perfectamente activos. No había duda, este era el lugar correcto. En medio de la oscuridad, solas y contra un ejército de número desconocido, cada paso nuestro era realizado con precisión y precaución. No podía repetirle a Nikos sobre la disciplina de gatillo, especialmente cuando su dedo lucía algo trémulo, pues yo también estaba con el miedo flor de piel y paranoica.

– "Contrólate, Potato." – Susurró la mediterránea, avanzando. – "El sudor podría revelarnos, ya sea dejando el rastro en el piso o brillando en cámaras termales."

– "Yo creo que nuestro físico sería una mayor evidencia." – Respondí, cubriéndole siempre el flanco izquierdo. – "Es una lástima que todo este peso no me permita escalar las paredes. Necesitaría deshacerme al menos de dos cintas para Mugi."

– "Esa maldita ametralladora va a delatarnos. Al menos tus pistolas poseen supresor."

– "Unteroffizierin, cuando llegue el momento de usar esta MG3, de lo que menos tendremos que preocuparnos es del sigilo." – Contesté. – "Y deberías la última en quejarte, fräulein Mossberg. ¿Vas a disparar algodón o algo así?"

– "La escopeta es para encuentros cercanos; para lo demás, está la MP5."

– "Parecen matrimonio de ancianos de tanto que discuten." – Habló la falconiforme. – "Pueden oírlas hasta los cuarteles, super espías. ¿Aún nada?"

– "Seguimos vivas, Duraznín, así todavía no hemos hecho contacto." – Reí tenuemente. – "¿Qué hay de ti? ¿Disfrutando la cita al aire libre?"

– "El servicio es pésimo, y huele a rata podrida." – Bromeó. – "Sigo intentando entrar, pero sin éxito. Me siento como más como una gata que una halcón, andando por los techos, buscando dónde meterme."

– "Nosotras estamos en lo que parece ser una bodega vacía." – Mencionó la chica de Lesbos. – "Lo cual me extraña, pues pensé que daríamos directamente con la mercancía de estos tipos. ¿Has visto guardias o alguna otra anomalía?"

– "Negativo. No nos habremos equivocado de fábrica, ¿verdad?"

– "Es posible, aunque si este lugar es su base, dudo que quieran mover la maquinaria y el contrabando a otro lado."

– "A menos que ese contrabando sea móvil." – Injerí. – "¿Qué tal si actualmente estos malditos son traficantes de personas?"

– "El brillo en el agua era demasiado reciente, aquí el asunto tiene que ver con químicos." – Aseguró la empusa. – "No sería la primera red de tratantes de blancas que desmantelo. Fue de las primeras misiones que realicé en la Guardia. Esto es drogas o alguna factoría de sintéticos ilegales. Si Peaches estuviera aquí, podría distinguir el olor."

– "Eres más terca que una mula, saltamontes."

– "¿Quién es la que tiene mayor experiencia aquí, Potato? ¿Una veterana de la Guardia Costera o una policía citadina que llegó aquí hace poco más de un mes?"

– "Al menos en la Schutzpolizei me enseñaron a no tener el dedo en el disparador en todo momento." – Espeté. – "Honestamente, me cuesta creer que llegaras a ser subteniente con esa actitud. Diablos, sigo sin entender cómo pudiste formar parte del ejército antes del Acta de Intercambio, ¿no se supone que su existencia era secreta?"

– "¡Y yo aún no comprendo por qué no te callas la maldita bo-!"

– "¡Watch out! ¡Actividad enemiga!" – Interrumpió de repente la estadounidense. – "Un convoy de camiones grandes se acerca hacia aquí, como a trescientos metros de mi posición."

– "Diablos." – Masculló la mantis. – "Bien; Peaches, continúa informando de los movimientos del adversario y trata de encontrar una manera de entrar. Potato, apresurémonos, creo que podremos interceptarlos por aquí."

Obedeciendo, seguí el paso a la sargento mientras la emplumada daba su reporte constante sobre los vehículos. En una disciplinada fila, los camiones seguían a un transporte blindado a la cabeza, que era su única fuente de luz y guía. La barda que divide la zona los ocultó perfectamente hasta ahora, por eso la arpía no pudo detectarlos antes, sin contar que la vista de su especie, aunque mejor que la de las comunes, era menor de noche, incluso con la ayuda de las gafas especiales. Con celeridad, pero tratando de mantener la prudencia, nos dirigimos hacia la puerta más cercana y tratamos de buscar un lugar alto para observar la operación.

Empero, tuvimos que detener nuestras ansias de espionaje, pues los ruidos de personas se hicieron presentes tan pronto salimos de nuestro punto de acceso clandestino. Moviéndonos entre las sombras, proseguimos paulatinamente para obtener una mejor vista del panorama. Hallando cobertura tras los restos de una viga metálica y la lobreguez del refugio, finalmente hicimos contacto con nuestro objetivo: los terroristas. Armados con diversas armas, que iban desde las clásicas Kalashnikov y UZIs hasta ametralladoras PKM, los tipos se comenzaban a congregar en las entradas principales del edificio, escuchándolos dar órdenes en japonés, no sueco u otro idioma escandinavo. Deberían ser los simples esbirros, supusimos, recibiendo a sus superiores extranjeros.

– "Menos de ciento cincuenta metros, alrededor de cuatro, ¡no!, cinco semirremolques." – Afirmó la castaña. – "Holy fuck, ¿qué tanto traen ahí? ¿Un circo clandestino? ¿Las reservas enteras de Fort Knox?"

– "Da igual, nuestro objetivo es acabar con estos bastardos." – Dijo Nikos, revisando su subfusil. – "Peaches, halla una maldita entrada de una vez o yo misma te infiltraré de las alas. Date prisa."

– "Dame un minuto, princesa mandona. Desgraciadamente el acceso inmediato a agentes de la ley no estaba en los planes de los criminales, ¿sabes?" – Bufó la americana. – "No hay ni ventanas para meter la cabeza."

– "Tranquila, pajarita. Sólo no te demores." – Le reconforté. – "Tampoco es que vayamos a actuar enseguida. Únicamente te necesitamos cubriéndonos el trasero desde el aire."

– "Lo intento, flaca."

– "¿Cómo van los vehículos?" – Preguntó la pelinegra. – "¿Nada detrás de los tráileres?"

– "Un par de transportes blindados, diría que Humvees. Acaban de encender las luces, ya deben sentirse seguros. Los perderé de vista desde este ángulo, no quiero arriesgarme a que me descubran si vuelo, la luna todavía ilumina."

– "Bien, sigue intentando infiltrarte; Potato y yo continuaremos buscando un lugar alto." – Manifestó la mediterránea. – "Tengan sus granadas cegadoras a la mano, algo me dice que esto sólo empeorará."

– "Roger, Pepper. ¿Cómo creen que le vaya a MON?"

– "Seguramente preguntándose lo mismo de nosotras. Diablos, no quiero imaginarme cómo estará de protegido el tal Lobo Sangriento." – Respondí. Entonces, noté algo, dándome una idea. – "Unteroffizierin, mira; ese tipo de ahí, en la plataforma, está perfectamente aislado. Si pudiéramos eliminarlo, tendríamos vía libre para escabullirnos y salir de aquí."

– "Sí, lo sé, ¿pero cómo esperas lograrlo?" – Cuestionó la griega. – "Un disparo, incluso con supresor, llamaría la atención. ¿Esperarás hasta que el ruido de los camiones ahoguen el tiro?"

– "No es mala idea, pero no estamos seguras si una bala de goma sería suficiente para neutralizarlo de inmediato. No sin matarlo." – Argüí. – "Propongo algo más complicado pero relativamente más seguro. Peaches crea una distracción arrojando algo a uno de los ventiladores del techo, el más alejado del guardia. Así, cuando todos investiguen la causa, usaremos un dardo tranquilizante y el sujeto quedará fuera de juego."

– "Demasiado arriesgado. Aunque el sedante surta efecto instantáneo, la caída del cuerpo y su arma crearían demasiado ruido, y no podemos garantizar que no haya más testigos cerca del guardia." – Aseveró Nikos. – "Ni siquiera estamos seguras que el rango del dardo será suficiente a esta distancia. Deberíamos esperar a que Peaches entre y, quizás entonces, intentar dejar en la oscuridad a ese idiota; pero no sé si pueda entrar a tiempo o encontrarnos lo suficientemente rápido."

– "Entonces intentemos algo más simple." – Respondí, apuntando a una abertura en lo alto, a nuestra izquierda. – "Puedes intentar meterte en ese conducto de aire e intentar obtener una mejor vista desde ahí. ¿Qué dices?"

– "¿Por qué no lo dijiste antes?"

– "Acabo de notarlo. ¿Lo harás?"

– "Es lo mejor que tenemos hasta ahora, lo cual es bastante triste. Bien, ¿cómo llegaré ahí?"

Depositando a Mugi en el suelo junto al resto de mi munición de reserva, le indiqué a la pelinegra que se subiera a mi tórax arácnido y se sostuviera. Obviamente, la idea de hacer contacto físico directo conmigo nunca sería de su agrado, pero las circunstancias la habían forzado a hacer un lado su aversión hacia mi persona y, dejando su escudo y emitiendo un bufido, ella se montó sobre mí, rodeándome el estómago con sus brazos. Con menos peso encima, pude escalar fácilmente la pared y dejar a la sargento a la altura necesaria. Tomando su pistola de dardos, la helénica se metió en el pequeño espacio y se arrastró mientras yo esperaba su reporte, sin moverme de mi lugar y armada con la escopeta de mi amiga.

– "Está solo. Ningún compañero, cámaras u otro obstáculo; al menos desde este ángulo" – Confirmó la griega. – "Voy a decirlo: tu plan es plausible, pero sigue siendo realmente arriesgado. ¿Cómo garantizamos que la supuesta distracción permitirá la neutralización de manera imperceptible?"

– "Tú misma lo dijiste, Pepper." – Injirió de repente Cetania. – "Dejemos todo en la oscuridad."

– "¿Has estado escuchando, Peaches?"

– "Canal abierto, grillita, ¿lo olvidaste? En todo caso, encontré la caja de fusibles y podríamos crear un apagón." – Sugirió la rapaz. – "Denme la señal y el lugar quedará más negro que el trasero de Saadia."

– "Este lugar está oficialmente abandonado, cortaron el suministro eléctrico hace mucho." – Replicó la nativa de Mitilene. – "Debe contar con alguna fuente externa que le provea energía, así que alterar la caja general de protección sería inútil."

– "No perdemos nada con intentarlo." – Opiné. – "Podría al menos extinguir algunos focos."

– "Pondríamos a toda la base en alerta, entonces sería peor." – Afirmó la empusa.

– "Dyne, o les jodemos la iluminación, o ellos nos joden con plomo." – Aseveré. – "¿Quieres completar esta misión o no? Aprovechemos las oportunidades que tenemos, maldita sea."

– "No quiero arruinarlo, arachne. No cuando todo lo que somos depende de esto." – Respondió ella. – "Escuchen, quiero acabar con la misión tanto como ustedes, pero necesitamos certeza antes de proceder. Un maldito error y todo se irá al diablo."

– "Cada segundo que estamos discutiendo es un segundo donde no estamos actuando, sargento." – Reafirmé. – "No vinimos a evaluar las probabilidades, vinimos a completar el trabajo. ¿No es esa tu política, ser asertivas?"

– "Dyne, sé que este plan suena muy osado, pero no olvidemos que fueron esas locuras las que nos salvaron el trasero en los entrenamientos." – Añadió la falconiforme. – "No digo que debamos recurrir siempre a la opción más arriesgada, pero la inactividad no nos llevará a la respuesta."

– "Mierda…" – Masculló la mantis. – "De acuerdo, pero al menos esperen a que los vehículos pasen por la puerta, así asociarán el fallo con la fuerza de los motores."

– "Eso no tiene sentido." – Acoté.

– "Como tu plan, Potato, y aún así lo estamos siguiendo. ¿Contenta?" – Retrucó. – "A mi señal, Peaches. Araña, toma tus cosas y prepárate a correr cuando la aciaga oscuridad se cierna sobre nosotras."

– "Qué tétrica suenas, ¿quién eres? ¿Edgar Allan Poe?" – Reí tenuemente. – "Cuando digas, chapulín."

– "Reza porque no sea yo quien te mate."

Colocándonos en nuestros puestos, esperamos un poco más hasta que uno de los sujetos ordenó que las puertas se abrieran por completo. Obedeciéndole, sus esbirros las hicieron a un lado, creando un chirrido estridente. La lentitud y el sonido eran la oportunidad que buscábamos y Nikos no dilató en declarar que diéramos marcha al ataque.

– "¡Ahora, Peaches, ahora!"

– "¡Apagando las luces!"

Funcionó; la castaña cortó el suministro eléctrico y los focos principales, el mayor obstáculo a nuestra cobertura, cedieron a las penumbras. Acatando el mandato de la mediterránea, tomé mis cosas y, apoyándome con mi velocidad de sparassidae y el casco de visión nocturna, salí de mi escondite para buscar un lugar nuevo. Durante aquellos tensos segundos, los criminales se tornaron sorprendidos por la súbita exigüidad luminaria, permitiéndome moverme como un fantasma entre la confusión y sus gritos de demandar sobre la situación. Mientras yo encontraba un lugar más alto, tomando las escaleras para ocultarme en una zona elevada, la helénica disparó un dardo desde su posición hacia el guardia en la plataforma, impactándole en la pierna y demostrando la efectividad del sedante al tumbarlo en ese preciso instante.

Con el obstáculo final removido y el desconcierto todavía plagando los sentidos del enemigo, la pelinegra retiró una reja del ducto y escapó a toda prisa para reunirse conmigo en el momento que le ordenaba a la estadounidense que devolviera la iluminación. Con el resplandor de los focos restaurado, los malhechores permanecieron un par de segundos intentando hallar respuesta al misterio, siendo contestado de ingeniosa manera cuando la halcón volvió a apagarlas y encenderlas de manera intermitente, simulando un perfectamente explicable falseo de energía. Ya que aquello era algo que se esperaría en una instalación clandestina, todos regresaron a sus actividades regulares, sin percatarse que uno de sus aliados había sido sacado de batalla. La balaustrada enmascaraba el cuerpo del tipo perfectamente, así que tendríamos un poco de tiempo antes de que su ausencia fuera notada.

– "¿Qué fue lo que te dije, patas verdes?" – Sonreí jactanciosamente. – "Esta alemana sabe de qué lado masca la iguana."

– "Esas frases suenan mejor en la instructora o García, araña idiota." – Refutó la griega. – "Tuvimos suerte, así de simple; no esperes a que tus planes siempre resulten a la primera."

– "Déjame regodearme en la vanagloria, pepino amargado. Empezamos con el pie derecho, celébralo."

– "Lo haré cuando terminemos esto. Y cállate, que aquí vienen los camiones."

Observamos a los transportes desfilar, con el vehículo blindado (actualmente un Humvee de grado militar, como sospechaba la arpía) a la cabeza y estacionándose a un lado. De éste, vimos bajar a cuatro personas, con dos de ellas ataviadas con chalecos antibalas y rifles automáticos FN SCAR-H y FN F2000 Tactical, denotando que no eran simples esbirros. Sin embargo, no fue el armamento superior en sus manos o su porte totalmente escandinavo lo que nos hizo abrir los ojos como platos de inmediato, sino que uno de ellos ostentaba una bruna barba y la mitad de su cara estaba decorada por una mancha cutánea de color rosado oscuro. Sí, esto era mucho peor de lo que pensábamos.

Völund 'Blodvarg' Jerkson; el mismísimo Lobo Sangriento, en carne y hueso.

El diablo en persona, el monstruo en directo, la mente detrás de los engendros mefistofélicos que intentaran arrebatarnos la vida a mí y a Cetania en el centro comercial, junto al resto de la población. Se suponía que él y sus secuaces se encontrarían rodeados por los mejores elementos policiacos de Japón, atrapado como una sucia rata en una habilidosa trampa fraguada por la justicia. Empero, las engañadas, las acorraladas como roedores éramos nosotras, escondidas en medio de la fortaleza enemiga y maquinando parsimoniosas estratagemas contra un solo individuo. La victoria, o al menos un resultado incólume, parecía cada vez más lejos conforme los segundos continuaban su sempiterno trayecto.

– "Jag sa till dig, Vilkas, spionen är äkta." – Dijo el líder a uno de sus secuaces, en su lengua madre. – "Polisen har ingen aning om oss."

– "Vi hade tur den här gången." – Respondió el aludido. – "¿Är alla redo?"

– "Ja, vi behöver bara några dagar mer, min vän." – El jefe le dio palmadas en el hombro. – "Några dagar senare, och pengar kommer att regna från himlen."

– "Det är bra. Skynda dig, jag är hungrig."

No tenía idea alguna de qué demonios estuvieran hablando; el sueco, a pesar de tener muchas similitudes lejanas con el alemán (ambos usaban la misma palabra para 'sí') al haber descendido del mismo dialecto nórdico, no está en mis idiomas conocidos. Las habilidades políglotas de Doppel nos serían de mucha utilidad, o hasta de mi Lala, pero ninguna estaba disponible y nuestra única forma de comunicación con el exterior era un radiocomunicador de tres bandas para avisar de nuestro (cada vez más imposible) triunfo. Völund volvió al idioma japonés, aunque sólo fuera para darles órdenes a los demás peones de que se apresuraran a llevar la carga de los camiones al lugar indicado.

– "Estamos jodidas." – Mascullé, disintiendo con la cabeza. – "Literalmente caímos en las fauces de la bestia."

– "Todavía no, araña. Aún podemos hacer algo." – Replicó Dyne.

– "Si tan sólo tuviéramos a Manako; le volaría ambas piernas con su Barrett.

– "Tentador, pero ahora tendremos qué conformarnos con carecer de francotirador."

– "Acabo de entrar." – Injirió Cetania. – "Creo que fundí uno de los ventiladores con el apagón. No las escuché bien, ¿qué sucedió, chicas?"

– "Jerkson está aquí." – Contesté.

– "¿Who's a jerk?"

– "Völund Jerkson."

– "Espera, ¿el líder? ¿Aquí?

– "Ja."

– "¿Me estás jodiendo, Blondie?"

– "Me temo que no."

– "Estamos jodidas."

– "Bienvenida al club."

– "¿Dónde te encuentras, Peaches?" – Preguntó Nikos.

– "Conductos de aire superiores, entré desde el centro, pero más cercana al lado trasero del inmueble." – Replicó. La escuchábamos arrastrarse. – "Espacio cerrado, cucarachas muertas por todos lados, y para colmo, debo ir lento para no crear ruido. Fantástico."

– "No te quejes, estás acostumbrada al hedor de tu novia alemana." – Bromeó la chica de Mitilene. – "Estamos en una plataforma, justo en las puertas principales. Apresúrate, la fiesta apenas va a comenzar."

– "¿Podremos salir vivas, Pepper? ¿O al menos en una pieza?"

– "Volveremos a casa, Peaches." – La helénica revisó su subfusil. – "O moriremos en el intento."

– "Qué alivio." – Expresé, sardónicamente. – "¿Cuál es el plan, Sargento Fatalista?"

– "Veamos adónde llevan su preciosa carga, y quizás podamos iniciar dándoles donde más les duele." – La mediterránea sonrió maliciosamente. – "Voy a ser honesta, estoy orinándome del miedo, pero tengo ganas de rellenar el trasero de estos malditos con goma y plomo."

–"Igual yo." – Inspeccioné mi MG3. – "Si vamos a morir o no, que se decida pronto."

– "Nada como la sed de sangre para congeniar." – Rió la rapaz. – "Encontré una salida. Parece despejada y está en penumbras. Voy a arriesgarme."

– "Ten cuidado, pajarita."

– "Apresúrate, plumífera; están descargando las cosas de los tráileres." – Ordenó la griega. - "Y parece que es realmente grande."

Como la mantis había afirmado, los dos primeros camiones se estacionaron en reversa dentro del edificio, abriendo sus compuertas y revelando varias cajas de madera en su interior. No podíamos distinguir lo escrito en los costados, incluso con binoculares, pero era fácil deducir que se trataban de armas. La respuesta fue corroborada cuando uno de los colegas de Völund abrió una de ellas y mostró en su interior una reluciente ametralladora Heckler & Koch MG36, junto a todos los accesorios esperados de un arma militar. Una hermosa pieza de ingeniería alemana, desgraciadamente arruinada por su diseño que la hace sobrecalentarse durante el uso continuo, razón que la llevó a ser retirada de la Bundeswehr después de una demanda a la compañía. Pero los fallos de los fabricantes de mi P30L no eran el asunto en ese momento, sino el resto de los artilugios que los criminales seguían descargando.

Steyr AUG austriacas, AN-94 rusas, P-90 belgas, incluso francotiradores chinos QBU-88; una cornucopia de nacionalidades y generaciones tecnológicas se mezclaban indiscriminadamente en manos de verdaderos canallas, convirtiéndose en meras extensiones de dolor y muerte, vilezas inherentes de sus amorales dueños, cimentando su execrable reputación entre la propia infamia. No negaré que un arma está destinada a herir a alguien, no pretendo romantizar el concepto de la violencia misma, pero me hervía la sangre al saber que esas herramientas no estaban en posesión de quienes las emplearían como medios para mantener la paz, disuadiendo a cualquiera que intentara en dañar la estabilidad social o usarla para aplacar esa plaga del bajo mundo; como nosotras lo hacíamos.

Pero la mercancía no se limitó a un arsenal de internacional índole, pues la otras dos unidades móviles revelaron un cargamento lleno de animales de felpa. Tan curioso contenido sonaría absurdo, pero mi compañera descendiente de Hécate identificó rápidamente que las tiernas criaturas de peluche contenían drogas en su interior, muy posiblemente cocaína. Exponiendo su conocimiento adquirido durante su estancia en la Guardia Costera, ella explicó que la razón de tomarse la molestia de insertar los narcóticos dentro de los muñecos en lugar de simplemente transportar los paquetes en cantidades mayores se debía a que la coca ya había sido adulterada para su distribución comercial y el lugar era apenas el centro de distribución.

– "Joder, Pepper. ¿Dices que entonces es seguro que compradores principales se reunirán aquí para recoger la droga?" – Interrogué. – "Dime por favor que los yakuzas no vendrán tampoco, para completar la bonita reunión de hijos de puta."

– "Quizás, aunque ni siquiera los más viles del bōryokudan querrían asociarse con terroristas." – Respondió la empusa, observando con los prismáticos. – "Al menos no directamente. Deben recurrir a intermediarios para la distribución, y seguramente varios grupos del yakuza y policías corruptos son sus mejores clientes. Las redes criminales son demasiado profundas para erradicarlas completamente, arachne. Esa una cruel realidad de la naturaleza humana y liminal, por desgracia."

– "Bueno, tal vez no podamos arrancar el problema de raíz directamente, pero al menos podemos asegurarnos de mantener sus manos lo más alejadas de la gente lo más posible." – Opiné. – "La mala hierba requiere ser segada constantemente con la guadaña de la ley."

– "Nunca pierdas oportunidad de mencionar a tu dullahan, ¿cierto?"

– "Si algún insólito día llegas a enamorarte, sabrás lo que siento por mi reina Abismal, princesa de hielo." – Reí. – "Aunque eso será cuando los planetas del sistema solar se alineen, la tierra invierta su campo magnético y Smith nos aumente el sueldo."

– "En eso estamos de acuerdo." – Imitó el gesto. – "Si caer en las garras de Eros significa que me volveré una melosa sin remedio como tú, me quedo permanentemente con mi asexualidad."

– "Lo sé; también me es difícil pensar en ti experimentando otro sentimiento que no sea misantropía sempiterna." – Bromeé. – "Aunque tú y Mei se veían muy tiernas abrazándose en la Dama de Hierro. Si no la tomas tú, seré yo quien la reclame."

– "Deja en paz a Silica, ella es demasiado inocente para que intentes corromperla, sucia Nazi. Tampoco es como Peaches para caer en tu vil brujería sáfica."

– "Eso es lo más cercano que has demostrado a celos, ¿sabes?"

– "Jódete, Potato."

– "Me encanta cuando niegan lo obvio." – Volví a reír. – "Duraznín, ¿cómo va todo?"

– "Ah, qué sorpresa." – Respondió la castaña. – "Creí que me habías olvidado por pensar en tu pitufo canosa."

– "No empieces ahora, emplumada." – Le advertí. – "Los camiones ya se alejan y dan paso al último. ¿Nos quedaremos aquí admirando la eficiencia de los cargadores o haremos algo, saltamontes?"

– "Paciencia, cabo." – Declaró la pelinegra. – "Imagina que carguen con C4 y comencemos un tiroteo. Por mi puedes ser desintegrada en la explosión si lo deseas, yo prefiero vivir. Sin ti, preferentemente."

– "El C4 es un polímero inerte a menos que agregues un detonante especializado." – Aclaré. – "Podrías dispararle directamente con balas incendiarias y la ciclonita seguiría tan inofensiva como un pedazo de plastilina. Esto es conocimiento básico, ¿no eras zapadora en el ejército?"

– "¿Y si traen el detonador incluido? La descarga eléctrica de una jodida batería podría activarlo."

– "¿Quién carajo es tan idiota para arriesgarse a guardar explosivos con fulminantes agregados?"

– "Lo ignoro, ¿quizás extremistas, como los que tenemos enfrente?"

Iba a retrucarle, pero ella tenía razón, estos malditos están dementes. El último tráiler, de mayores dimensiones y longitud, aparcó y reveló su mercancía. En esta ocasión, eran enormes cajas de metal sin identificación alguna que no fuera un simple número. Su tamaño hizo que fueran necesarios dos montacargas para poder bajarlos del vehículo. Ignoramos que contenían, pero eso era lo de menos, ya que Cetania nos avisó que estaba en el lugar donde la mercancía era resguardada, con Völund dándoles algunas instrucciones a los hombres y charlando con sus compañeros cercanos, aunque no entendía debido a que recurrieron a su lengua natal. Ya que toda la atención ahora estaba centrada en esos contenedores, aprovechamos el momento para movernos de ahí, siempre vigilantes de pasar desapercibidas. Era una verdadera suerte que no hubiera cámaras de seguridad, o nuestra fortuna hubiera muerto junto nosotras desde hace mucho.

Ellos eran las alimañas ponzoñosas esparciendo veneno por el país, pero éramos nosotras las que se ocultaban como insectos rastreros por la sombras; armadas hasta los dientes y esperando a la oportunidad perfecta para asestar el contundente golpe. El miedo inicial había cedido a un insistente deseo de enfrentarme al adversario, encarar el peligro y un sentimiento de intranquilidad; todo eso era peligroso, me estaba desesperando. Sacudí mi cabeza para despejarme de mis impulsos, la impaciencia era la antítesis de una cazadora, una vergonzosa indisciplina para una soldado entrenada, cianuro para la misión. Nos movíamos de escondite a escondite, a veces en cuestión de segundos, otras esperando minutos eternos; era tedioso, pero necesario. Finalmente logramos atisbar a la rapaz, escondida tras una polea industrial oxidada, volando ella hacia nuestra posición.

– "Me alegro de verte, linda." – La saludé al aterrizar. – "¿Algo que hayas visto en tu recorrido, además de blatodeos muertos? Por cierto, tienes el cadáver de uno en tu hombro."

– "Yack, ni me lo recuerdes." – Se quitó la cucaracha. – "Había algunas rejillas para espiar, pero sólo encontré lugares vacíos. Al menos ese sistema de ventilación está muy bien conservado, aunque el olor es igual de horrible afuera que adentro."

– "¿No es extraño que hasta ahora todo parezca tan relativamente vacío, cuando se supone que esto es el centro de distribución principal de armas y estupefacientes de esos orates?"

– "¿Esperabas una fortaleza atiborrada, como en las películas, Potato?" – Cuestionó con sarcasmo Nikos. – "Estos perros han de tener todo en el sótano. Peaches, ¿dónde queda la bodega que viste?"

– "Por aquí." – La castaña señaló a la derecha. – "Tendremos que buscar una manera de infiltrarnos, porque está perfectamente resguardada con guardias, incluyendo una ametralladora en una plataforma elevada."

– "Sabía que no sería sencillo." – La mantis suspiró. – "¿Alguna manea de rodearlos? ¿Entradas alternativas?"

– "Sorry, Pepper, we're shit outta luck." – Exhaló la americana. – "No tenía la mejor vista en ese lugar tan claustrofóbico. ¿Por qué ustedes no dispararon al jefe cuando pudieron?"

– "Lo mismo, nuestro ángulo de tiro era terrible. Y revelaríamos nuestra posición." – Acoté. – "Necesitamos una francotiradora para MOE."

– "Si finalizamos el trabajo, quizás las reclutas comiencen a aparecer. Si salimos de aquí primero, claro." – Opinó la estadounidense. – "Podríamos tratar de hallar otro camino por los conductos, pero Blondie no cabría."

– "No es mi culpa ser tan grande." – Encogí los hombros. – "Podría quedarme aquí y vigilar mientras ustedes se escabullen."

– "Estamos juntas en esto, Potato." – Afirmó la helénica. – "Vienes con nosotras, no podemos dejarte atrás."

– "Aww, sí me quieres después de todo, grillita."

– "Por supuesto que sí; ¿qué otra idiota puedo usar de señuelo para atraer los disparos?"

– "Eres todo un amor, saltamontes." – Acaricié su cabeza, ella quitó mi mano de inmediato. – "¿Ahora qué hacemos?"

– "Primero, necesitamos saber a cuántos malnacidos nos enfrentamos." – Declaró la mediterránea. – "Peaches, ¿cuántos exactamente cuidan el exterior de la bodega principal?"

– "Cuatro en el suelo, más uno en la plataforma. Aparte de la ametralladora, el resto son rifles Steyr AUG." – Informó la halcón. – "Seguridad relativamente escasa; supongo no esperan que alguien realmente decida enfrentarlos."

– "O actualmente son verdaderos profesionales y no necesitan demasiados tiradores." – Opiné. – "Quizás todos se concentren adentro de la bodega. Scheisse, esto es demasiado suicida."

– "Somos soldados, Jaëgersturm, morir es lo que hacemos." – Expresó la sargento, parafraseándome. – "Vamos, no perdamos más tiempo."

Ahora era Dyne la entusiasta y yo la que deseaba ir con cuidado. Los papeles siempre estaban intercambiándose entre nosotras, manteniendo el statu quo que evitaba que nos saliéramos de control. Un dicotómico balance que nos caracterizaba y equilibraba. Con diez ojos alerta, seis de ellos míos, recorrimos el panorama en busca de alguna pequeña abertura para ingresar a la verdadera cueva del tesoro, donde las drogas y el arsenal habían sido resguardados y esperando a esparcirse como la peste por las inicuas ratas escandinavas. Desgraciadamente, el lugar parecía un bunker, sin ninguna clase de entrada trasera y, como era de esperarse, cinco tipos perfectamente alistados para darnos baja prematura a base de balas.

Y entonces, Tique nos sonrió.

Como enviada por la deidad de la fortuna misma, la oportunidad que esperábamos se manifestó en forma de repentino apagón. Las luces enteras se volvieron tinieblas absolutas y la incertidumbre cundió a todos los presentes, excepto a nosotras tres. Aunque también desconcertadas por la falta de energía sin nuestra intervención, no dilatamos en poner en marcha nuestra estrategia, con la rapaz como la primera en escena. Colocándose su máscara de visión nocturna y ajustando sus tres lentes especializadas, la arpía discutió brevemente los parámetros con Nikos y con la velocidad de su estirpe, voló hacia la plataforma donde el sujeto con la ametralladora PKM se encontraba, acercándose lentamente detrás de él. Sus garras podrían haber hecho ruido con el suelo metálico, pero la castaña era habilidosa y sabía moverse sin que sus afiladas extremidades aviares la delataran.

Sucedió.

Con la misma destreza que cierto superhéroe de quiróptero atuendo y estrella indiscutible de los cómics, así como los videojuegos que tanto disfrutan las niñas en casa, la americana rodeó con su brazo alado al guardia de un fugaz movimiento y, aplicando lo que nuestras entrenadoras nos habían enseñado, aplicó un golpe efectivo en la nuca de su víctima, sacándola de combate al instante en completo silencio. Asegurándose de sostenerlo para evitar que su pesada arma, la cual por suerte estaba unida a una cinta alrededor del sujeto, hiciera ruido, la falconiforme arrastró cuidadosamente al tipo inconsciente hasta depositarlo fuera de la vista, en caso que la iluminación volviera. Por supuesto, no íbamos a dejar que la pajarita se llevara toda la diversión jugando a la halcón de la noche.

Mientras la emplumada sometía al hombre, la mantis y yo también fuimos por nuestras presas, las cuatro restantes. No sabía qué era lo que me preocupaba más; el saber que esos bastardos lucían mejor entrenados que los otros esbirros, que intentaba ser sigilosa cargando con toda la munición y mi MG3, o que mi corazón era más ruidoso que el posible tiroteo que surgiría en cualquier segundo. De cualquier forma, incluso cuando el sudor gélido y el temblequeo en mis extremidades parecía amenazar nuestra cobertura, no desistí en mi denuedo por probarme a mí misma; para eso estábamos aquí, para eso habíamos entrenado, era nuestro destino.

Soy una cazadora, después de todo.

Gracias a la ventaja que nos ofrecía la oscuridad y nuestro equipo especializado, pudimos hacer despliegue de nuestra destreza en métodos de pacificación directa en base a precisos movimientos de combate personal. Titania nos adiestró en los procedimientos para defendernos y desarmar al enemigo de forma inmediata, mientras Zoe fue instructora en el arte de repartir justicia concentrada en puños y demás fórmulas de agresión para deshacerse del adversario lo más raudamente posible. Cetania contaba con el vuelo, rapidez y garras, además de su calzado eléctrico. Dyne era una experta en lucha cuerpo a cuerpo, tanto con sus brazos cubiertos de gruesa quitina, sus enérgicas patadas y, claro, las extremidades mantoideas que podrían atravesar paredes delgadas o puertas con facilidad.

Yo tenía a Mugi.

Aunque no hubiera sido diseñada para tal tarea y no fuera algo que se esperaría de una digna guerrera disciplinada como yo, mi Maschinengewehr 3 servía perfectamente como un garrote, especialmente su dura culata sintética. Con celeridad y sin preocuparme por la ética de provocar un trauma craneal a las víctimas por el impacto directo, aporreé la cabeza de mi primera presa con suficiente fuerza para hacerle tambalear, entonces la rematé con otro porrazo en la nuca, sacándolo del juego. Era bestial, violento y más ligado a los bárbaros germanos que a los honorables soldados alemanes, ¡pero, demonios! ¡Sí que era efectivo! Además, si mi antepasada, Serhilda Jaëgersturm, fue capaz de reclamar Holconia contra un ejército entero de empusas a base de hachas y guadañas, yo podría descalabrar a unos cuantos terroristas a porrazos.

Era más seguro que destrozarlo con mis garras.

Y hablando de invertebradas, nuestra sargento también demostraba el porqué su especie le hizo la vida imposible a mis compatriotas durante la conquista de Sparassus. Recurriendo a tres ágiles movimientos, ella había noqueado a su contrincante con maestría. Sin recurrir a su escudo y empezando con un ataque directo al estómago con el trocánter de su espolón, seguido de un uppercut directo a la mandíbula y finalizado con otro trocánter en la sesera, la mantis les regalaba un viaje exprés a los reinos de Morfeo sin que éstos supieran siquiera qué los había impactado. Lo admito, la chica era una verdadera descendiente de los conquistadores helénicos, y me alegraba tenerla a mi lado.

Por su parte, la falconiforme se adjudicó el privilegio de regalarle una poderosa patada en el pecho al tercer sujeto, enviándolo al piso. Sin darle tiempo de recuperarse del golpe, la rapaz dejó caer su rodilla directamente sobre la entrepierna del pobre diablo, y dado que esta se encontraba reforzada por la rodillera, las escamas aviares y la fuerza liminal de la castaña, tan brutal ataque a las joyas familiares debió ser particularmente doloroso. Para no alargar la agonía del miserable y prevenir que sus gritos alertaran a sus aliados, la americana emuló mi técnica sedante y propinó un fuerte golpe a la sesera del malhechor con la culata de su M4A1.

Cuatro fuera, quedaba uno.

El caos todavía imperaba en el resto de las tropas, así como las tinieblas. Eufóricas por nuestra, honestamente, sorpresiva eficiencia, las tres nos incorporamos y arremetimos directamente contra el tipo restante. La griega fue la primera en impactar su espolón cerrado en las manos del guardia, que en el pánico de sus amigos derribados en la oscuridad reinante, apuntaba desesperadamente con su rifle de asalto hacia la nada. Con el arma fuera de su posesión, llegó el turno de la arpía para patearlo en el costado derecho y luego, cederle la oportunidad a la mediterránea, quien lo hizo retroceder de un puñetazo en la cara. Quedando él desorientado y justamente conmigo detrás de él, alcé a mi MG3 para asestar el golpe final. Imparables, invisibles, invencibles, eso era MOE.

Y entonces, la suerte nos abandonó.

Sin previo aviso, la energía eléctrica fue restablecida y el súbito fulgor, aumentado por la visión nocturna, nos cegó como una supernova a las tres. Fue apenas un par de segundos donde retrocedimos y nos deshicimos de los cascos; un intervalo extremadamente pequeño pero suficiente para que el miserable a punto de perder la consciencia nos regresara los golpes que le habíamos dado. Sentí el aire ser expulsado de mis pulmones cuando la culata de su rifle impactó el centro de mi pecho bruscamente, nublándome el pensamiento para recurrir a mis filotráqueas abdominales. No se detuvo conmigo y pronto pateó el costado izquierdo de la estadounidense, demasiado distraída para ofrecer resistencia.

Por fortuna, la nativa de Lesbos detuvo el frenesí del miserable con un contundente ataque doble a su estómago con sus extremidades de mantis, finalizándolo con un puñetazo en el centro de su frente, azotándolo contra el piso y neutralizándolo. Recuperándonos, la emplumada y yo nos apresuramos a usar nuestras esposas, las correas plásticas, para amarrar a los desmayados y evitar que causaran más problemas, si es que despertaban antes. Era una tarea veloz, pero dificultada por los nervios y la desesperación de estar en medio del territorio enemigo y a plena vista de este. Apresándolos de las muñecas y las piernas, además de improvisando las vendas que la halcón guardaba en su bolso médico como mordazas, los arrastramos hacia un sitio escondido, apilándolos como la basura que eran. Si éramos lo suficientemente rápidas y afortunadas, nadie se habría percatado de lo sucedido.

No lo fuimos.

La primera bala, como fantasma de cuerpo metálico y alma de plomo envuelto en el fuego del infierno, voló directamente en mi dirección, alcanzándome el brazo derecho, en mi parte no protegida por quitina. Sólo fue superficial, apenas unos milímetros de piel y músculo junto a la tela de mi uniforme, pero el escozor, la irritación, el ardor que me quemaba la carne como las llamas del Hades era en extremo insoportable. Mi grito de dolor fue ahogado por el sonido de cientos de proyectiles de diferente calibre volando en nuestra dirección, chocando contra el concreto, metal y plástico de los alrededores, creando una horrísona cacofonía que nos taladraba la mente e impedía el escuchar nuestros propios pensamientos con claridad. Tuvimos que basarnos en los gestos de Dyne bajo esa letal vorágine de munición para entender que deseaba que la siguiéramos, obedeciéndole en el acto.

Desgraciadamente, Cetania se tuvo que separar de nosotras para evitar que el aluvión continuara desgarrándole las plumas, alzando vuelo en dirección desconocida. Con mi brazo languideciendo y sangrante, con la epidermis calcinada, busqué refugio detrás de la maquinaria antigua y oxidada, residuos de la pasadas glorias del futuro perdido de la industria nipona y que fungían como un improvisado barrera de las abrasadoras flamas del gigantesco y aciago veneno criminal que infectaba a la nación, concentrando su ira y furia en ese pequeño punto contra tres mujeres, como una cruel metáfora sobre el verdadero tamaño de la terrorífica hidra extremista a la que nos enfrentábamos realmente. Intentando concentrarme y regresar el fuego, tomé mi MG3 y me preparé para suprimir a nuestros acosadores, tarea que no podría cumplir al ser alcanzada por otra bala, rozando mi hombro izquierdo y quemándome tan infaustamente como la vez anterior.

– "¡Carajo, Jaëgersturm, siempre tienes que joderla!" – Exclamó Nikos, protegida por su escudo y un par de barriles. – "¡Arroja una cegadora antes de asomar la cabeza, idiota!"

– "¡Maldita sea, mantis! ¡Acaban de dispararme, me duele el puto brazo, no puedo pensar claramente!" – Repliqué, gruñendo por el dolor. – "¡Además, Cetania podría estar ahí! ¡Si la ciego, caería presa de esos miserables!"

– "¡¿Crees que Peaches sería tan estúpida como tú para no estar cubriéndose ahora mismo?!" – Replicó, tomando una flashbang. – "¡Prepárate idiota, que aquí voy!"

Quitándole el seguro, la pelinegra lanzó una granada cegadora M7290 hacia los criminales. Nos cubrimos las orejas y cerramos los ojos. Medio segundo después, un ensordecedor estruendo de ciento setenta y cinco decibeles y un efímero pero potente resplandor de alrededor de dos millones de candelas, similar al fulgor directo de la luz de un faro diseñado para atravesar la bruma, estremecieron el lugar en su totalidad, silenciando por completo nuestros sentidos auditivos. El súbito mutismo ambiental no significaba que el enemigo hubiera cesado su ataque, pero no tuve tiempo de conjeturarlo y, con rapidez, tomé mi arma y apreté el gatillo tan pronto tuve contacto visual con el área en general, tratando de si bien no darle a nadie en particular, forzarlos a alejarse de mis aniquiladoras mil trescientas balas por minuto.

Derivada de su antecesora, veterana Segunda Guerra Mundial y mejor conocida por los americanos como la 'sierra circular de Hitler' o 'destripadora de linóleo' por los soviéticos, la cadencia de disparo de la MG3 era excesivamente bestial. Incluso cuando había utilizado un perno de mayor peso para reducir la velocidad a ochocientos proyectiles por minuto y no recurría al fuego automático y así conservar munición, cada vez que jalaba del gatillo parecía que la bocacha escupía los truenos de Zeus. Bastaban un par de ráfagas para que el cañón humeara y los casquillos vacíos empezaran a arremolinarse, con su característico retintín cuando caían al suelo; sonido ahogado por el atronador infierno acústico del intercambio balístico que se estaba llevando a cabo en ese momento.

Mi papel como artillera era mantener al adversario inhabilitado y suprimido, resultado fácilmente logrado por Mugi, habiendo sofocado algunos activos, obligándolos a buscar cobertura, aunque sin herir a ninguno. No importaba, pues el papel de la ejecutora corría a cargo de mi compañera helénica y su precisa MPA3 con mira de punto rojo, cuyo fuego semiautomático era lo bastante exacto para alcanzar a su blanco a doscientos metros. A pesar de haber vaciado medio cargador, la griega no logró atinarle a ninguno, tanto por que muchos se encontraban tras paredes o porque algunos proseguían disparándonos al azar en nuestra dirección, imposibilitando fuego sostenido sin arriesgarnos a ser alcanzadas.

– "¡Mierda, mierda, mierda!" – Espetó la sargento de Mitilene, cubriéndose. – "¡No tengo ni dos segundos para apuntar correctamente!"

– "¡Trata de nuevo!" – Insistí, disparando. – "¡Tu escudo balístico es capaz de resistir estos calibres!"

– "¡Más fácil decirlo que hacerlo, Potato!" – Contestó, revisando sus reservas. – "¡Teníamos que elegir tan pésimo sitio! ¡Apenas y puedo ver una pequeña fracción!"

– "¡Yo mantengo este lado anulado, intenta al menos deshacerte de los más cercanos a nosotras!"

– "¡La mayor parte viene del lado este! ¡Tú no puedes verlos desde tu ángulo! ¡Sin ellos fuera, me es difícil hacerlo!"

– "¡Usemos las granadas de humo!"

– "¡Lo mismo, desde esta posición no llegarían! ¡Nos atacan desde la planta alta, el efecto sería trivial!"

– "¡Scheisse, sí tan sólo pudiéramos deshacernos de esos miserables!"

– "¡Take cover!"

Invocada como un acto divino, un proyectil M4090 de cuarenta milímetros apareció desde el sector oeste y voló directamente hacia el lado donde se concentraba el fuego enemigo. Haciendo caso a la advertencia en idioma anglosajón, yo y mi aliada tapamos nuestros oídos y cerramos nuestros ojos, intentando alejarnos lo más posible del exterior. Pronto, el ambiente se tornó afásico nuevamente al manifestarse una explosión de ciento ochenta decibeles y un cegador destello con siete millones de candelas de intensidad, tan rutilante como las luces usadas en estaciones antiaéreas, que tornaron todo de color blanco por unos cuantos milisegundos, incapacitando a los agresores. Nos había escuchado, nuestro ángel salvador de coloridas alas había hecho caso a nuestras plegarias.

– "¡Te amo, Cetania!" – Exclamé, sonriente. – "¡Vamos, Dyne, ahora!"

Con la moral y esperanza restauradas, tomé la oportunidad que la americana nos había entregado y, con la empusa cubriéndome la espalda, salí de mi escondite y descargué el resto de mi munición sobre aquellos que habían quedado demasiado desorientados como para percatarse de que sus objetivos ahora se dirigían hacia ellos. La ventana de tiempo para escapar era demasiado corta y aprovechamos lo más que pudimos al tomar las escaleras y dejar un par de granadas de humo conforme ascendíamos a los corredores superiores, ocultándonos primero del sector oeste para eliminar a los del lado este, aún aturdidos por la explosión y vulnerables. Jamás olvidaré quién tuvo el honor de volverse el primer abatido real por las balas de calibre 7.62 de Mugi: un pobre diablo.

Literalmente, era un demonio.

De entre todos los esbirros bajo el yugo de Fimbulvetr, me tocó un liminal para bautizarme oficialmente en el combate a distancia desde que me volví agente. Sin consideración por su inerme estado, viéndolo apuntar inútilmente su Kalashnikov hacia mi dirección, disparé una ráfaga de tres disparos en su pierna izquierda, con él yéndose de narices al piso metálico, gritando de dolor. A una distancia de seis metros, las balas de goma creaban una herida no letal pero considerable en la carne, incluso en un extraespecie resistente como un demonio menor. Aunque pareciera mucho, era actualmente nada comparado con el poder de las balas reales, las cuales nos amenazaban a nosotras y que, de darnos directamente, no nos darían oportunidad de quejarnos como mi primera víctima, retorciéndose en el suelo.

Poniendo fin a los quejidos del infortunado, dejándolo inconsciente de una patada en la cabeza con mis pedipalpos, proseguí a cubrir el flanco de mi compañera mantis. Nikos había cambiado de su subfusil a su Mossberg 590A1, tanto porque las cortas distancias eran la especialidad de su contundente escopeta como por la furia que invadía a la nativa de Mitilene, deseosa de aplacarlos con el férreo puño de la justicia contenida en su munición de calibre doce. Confieso que la pelinegra jalando la corredera, expulsando un traslúcido cartucho en el aire y jalando el gatillo nuevamente para expulsar otra descarga de goma reforzada hacia el contrincante, era una imagen muy atractiva.

Una de las desventajas de nuestras balas con menos letalidad, es la efectividad que perdían al aumentar la distancia entre tirador y blanco, transformando a los chalecos de kevlar y similares una barrera impenetrable a largas distancias. Por lo tanto, apuntar a las partes vulnerables, exceptuando la cabeza, era imperativo para asegurarse que el objetivo sería abatido correctamente. Para contrarrestar tal mengua, contábamos con nuestra eficiente puntería adquirida en las interminables horas de entrenamiento, la cual era lo suficientemente precisa para asegurar un impacto directo, neutralizar al criminal y cambiar rápidamente al siguiente. No es fácil ser tan eficaz; se requiere una gran concentración, disciplina y temple de acero para apaciguar los nervios y el miedo de estar en medio de la zona de combate. Esa determinación era nuestra carta ganadora contra los números mayores de contrincantes.

Por mucho que me gustara sentirme toda una heroína de acción, sólo pude eliminar a tres sujetos mientras la helénica anuló a cuatro a base de escopetazos. Con el efecto de la flashbang habiéndose desvanecido, los disparos enemigos aumentaron, excepto en el corredor donde nos encontrábamos. Durante el enfrentamiento contra el último miserable, escondido tras un par de barriles de agua, la mediterránea erró su último disparo y recurrió a su MP5 tan pronto pudo, pero el terrorista ya la tenía en la mira de su UZI. Para colmo, mi MG3 sufrió un agotamiento de municiones y ni siquiera mi rapidez de sparassidae bastó para tomar mi P226 a tiempo. Únicamente pude observar en funesta cámara lenta cómo es malnacido apretaba el gatillo y arrojaba una mortal ráfaga de proyectiles hacia mi amiga, cuyo escudo yacía en el suelo después de arrojarlo anteriormente para acabar con un reticente criminal a distancia.

Le dio.

Afortunadamente, no fue un impacto directo, pero el calibre nueve milímetros Parabellum del subfusil enemigo era excesivamente doloroso a corta distancia, tal como lo comprobó uno de sus espolones al ser alcanzado superficialmente en la parte superior de la coxa, al igual que su costado izquierdo, tumbando a la empusa al suelo de inmediato. Furibunda por ello, apunté hacia ese hijo de perra con mi pistola y descargué las quince balas S&W .40 de mi cargador, pero sin lograr atinarle cuando se escondió tras un sólido parapeto metálico. Traté de recurrir a mi P30L, pero fui interrumpida por fuego enemigo del lado oeste y tuve que agacharme o terminaría peor que las perforadas paredes. Nikos, sangrante, se había arrastrado hasta su escudo, iracunda por haberse visto en tan desfavorable estado.

Y el ángel regresó.

Prometeo fue encadenado por los dioses y su hígado era devorado a diario por un ave de presa, el rey Fineo de Tracia, quien sacrificó la vista por la inmortalidad, era torturado por las arpías al comer estas sus alimentos. Para un extremista que había herido a una integrante de MOE, la condena eran cincuenta mil voltios directos a su sistema nervioso, suministrados por una furtiva patada en su sesera, paralizándolo y neutralizándolo con presteza y limpiando el ala este de ratas.

Pero nuestra salvación encarnada no se detuvo ahí y, sin importarle que los proyectiles del sector contrario continuaran lloviendo cual tifón del Pacífico, se hizo con su herramienta de justicia y, tomando una pose que recordaba a cierto actor austriaco de películas de acción ochenteras, cargó otro contenedor de divina luz en su lanzador especial. Jalando el instrumento activador, el fulgor que escuece las oscuras almas de los herejes voló hacia su destino, el sector oeste, creando otro destello purificador que nos brindaría otro breve momento de efímera calma; suficiente para salir de ahí. Aunque ignorábamos cómo lo haríamos; apenas una pared de concreto que dividía las secciones de la fábrica siendo nuestro escudo.

– "¡Joder, pajarita, eres totalmente gloriosa! ¡Otra vez que nos salvas el trasero!" – Congratulé a Cetania, corriendo junto a nosotras. – "¡Te amo, mujer! ¡Pondré en tu dígito el anillo con el diamante más exorbitante que existe!"

– "¡Yo también te quiero, flaca, pero ahórrate los piropos para después!" – Respondió ella, manteniendo un perfil bajo. – "¡Es un maldito panal de avispas! ¡Le di como a tres, pero estaba rodeada! ¡Acabo de gastarme la última granada cegadora! ¡Casi me despluman a plomazos!"

– "¿En el ala oeste?" – Interrogó Dyne, recargando sus armas. – "¿Cuantas cucarachas?"

– "Demasiadas para contarlas. Meramente lacayos y con puntería mediocre, pero bien abastecidos." – Replicó la arpía. Entonces, notó mis heridas. – "¡Fuck, ¿necesitas ayuda, Blondie?! ¡¿Te duele?!"

– "Estoy bien, sólo es superficial. Me he lastimado peor con mis propias garras." – Desestimé con la mano. – "Lo importante ahora es saber qué coño vamos a hacer. Si vienen a por nosotras, aquí, volveremos a quedar atrapadas como al principio."

– "Incluso si intentáramos escapar de la fábrica, no sabríamos a dónde dirigirnos y nos capturarían en los alrededores." – Acotó la mantis. – "No tenemos opción, seguiremos el plan original y nos resguardaremos en la bodega."

– "¿Perdiste la razón, Pepper? ¡La base entera está en alerta ahora! ¡Vamos a salir de una trampa para dirigirnos a la ejecución inmediata!" – Exclamó la americana. – "¡Todos, incluyendo al jodido líder, están ahí dentro, esperándonos! ¡Quiero terminar esta misión tanto como tú, pero no deseo acabar en un ataúd!"

– "¡Precisamente, Cetania!" – Respondí. – "¡Estaremos al menos seguras que estos malditos no se atreverán a disparar cuando su jefe se encuentra en medio del fuego cruzado! ¡Suena a locura, pero no tenemos otra opción que intentarlo! ¡Quién sabe, podríamos tener suerte!"

– "¡Somos guerreras!" – Aseveró la griega. – "¡Si vamos a morir, que sea luchando! ¡¿Vienes o te quedas?!"

– "Fuck me…" – Masculló la falconiforme. – "¡Bien, de prisa, que ya vienen!"

Apresurándonos y lanzando yo otra flashbang, seguida de una granada de humo por parte de la nativa de Mitilene, corrimos hacia las puertas de la construcción que daba hacia la zona donde se guardaba la mercancía. La bodega, como le decíamos y cuyo interior desconocíamos, en realidad era una especie de gigantesca construcción reforzada de concreto, igual un búnker, con una entrada consistente en dos enormes puertas con el tamaño para que los montacargas pudieran acceder. Era de suponerse que el camino daba al subterráneo, de mayores dimensiones.

Obviamente tal estructura no era parte de los planes de una simple factoría, y para colmo, las enormes puertas blindadas no pensaban permitirnos el acceso. Arrojé varias ráfagas en dirección de la única entrada que dirigía a nuestra posición para retrasar al enemigo, con sus gritos y el traqueteo de sus armas cada vez más cerca. En otro de esos afortunados momentos que me hacen pensar que Tique se ha pasado lanzando monedas todo el día, las compuertas del reducto empezaron a abrirse lentamente, revelando que estaba atiborrado de tropas, las cuales intentaron acudir en auxilio de sus aliados.

No lo hicieron.

Habiéndonos adelantado a la primera señal de movimiento, la sargento destapó otra granada aturdidora y la arrojó tan pronto pudo. Fue efectivo y tan pronto reaccionamos después del ensordecedor estallido, la pelinegra usó su resistente escudo balístico como una falange espartana y cargó directamente hacia el conglomerado de bastardos que se encontraban desorientados, quitándolos de su camino como una pala cargadora hace a un lado los escombros. Mientras ella se adentraba, gritando y disparando su escopeta contra cualquiera le estorbara, la halcón y yo la seguimos de cerca, cubriéndole la espalda al golpear a uno que otro criminal en la cara para llenar de balas de goma los cuerpos de los malditos hasta dejarlos tirados. Ignoramos cuántos abatimos, pero acabamos con esa primera oleada sin ser dañadas; Tique aún nos quería.

Dejando una granada de humo para sofocar a los que se atrevieran a seguirnos, proseguimos. Como habíamos predicho, la estructura era mucho, pero mucho mayor por dentro. Con un espacioso camino de concreto perfectamente iluminado en el techo y una línea divisoria de tránsito que corría por el piso, que nos recordaban a las estaciones del tren subterráneas o, más apropiadamente, una base militar, las dimensiones confirmaban nuestras sospechas que el lugar era el verdadero objetivo. Era espeluznante, puesto que tanto empeño en erigir tal edificación demostraba que estos tipos poseían más recursos que el terrorista promedio. Alguien los estaba financiando, de eso no había duda, pero el problema que nos concernía en ese momento, era otro.

Estábamos seguras por atrás, conmigo disparando a intervalos para disuadir a los perseguidores, y parecía funcionar. Empero, alcanzamos una bifurcación, separando el camino en direcciones opuestas. A la derecha, la flecha pintada en la pared mostraba la letra A, con la B en el izquierdo, sin tener idea de cuál llevaba a dónde. No tuvimos que meditarlo mucho, el resto de los guarecidos apareció del lado A y nos saludó con una lluvia de balas con FN F2000, ametralladoras MG36 y algunas pistolas, por si fuera necesario hacer la tormenta aún más mortífera. Sin realmente mucho con qué protegernos, excepto la ligera curvatura de la pared y el escudo de Nikos, retrocedimos, dejando otra granada de humo e intentando repeler el fuego mientras las armas del contrincante resonaban con espantoso eco en el pasillo.

Le dieron a Cetania.

Una infausta bala, de todas las que trataban de eliminarnos, logró alcanzar el pecho de la halcón al tiempo que ella intentaba pegarse a la pared. El corazón se me detuvo al instante cuando observé, como una execrable pesadilla, al proyectil impactar la zona pectoral de mi amada, arrojándola hacia atrás y sin darme oportunidad de frenarla. A pesar de la cacofonía que el clamor del arsenal enemigo provocaban, mis sentidos se centraron tanto en la arpía que funestos escalofríos recorrieron mi sistema nervioso entero al escucharla caer, con todo y arma. Ignorando todo, tomé a la estadounidense en mis manos y la acerqué a mí mientras las lágrimas se me escapaban de los ojos.

– "¡Cetania! ¡Cetania, ¿estás bien?!" – Grité, sacudiéndola desesperada. – "¡Responde, te lo ruego!"

– "¡Motherfuckers! ¡Gah!" – Exclamó, apretando los dientes. – "¡It fuckin' hurts like hell!"

– "¡¿Qué te duele?! ¡Dime!"

– "¡El pecho, maldita sea!"

– "¡L-lo sé! ¡Pero, ¿estás bien?!"

– "¡Sí, supongo! ¡Gah, fuck!" – Intentó incorporarse. – "¡Me dio en el chaleco, nada grave! ¡Ayúdame!"

– "Danke schön, meine Göttin." – Agradecí a Arachne mientras le auxiliaba a pararse. – "Me alegro, linda. Pensé que te había perdido."

– "Se necesita más que eso para matarme." – Se levantó, tallando el área afectada. – "Carajo, sí que golpean estas mierdas. Ni poner un huevo se compara con esto."

– "¡¿Ya terminaron, tortolitas?!" – Vociferó la empusa, pegándose a nosotras y protegiéndonos con el escudo. – "¡Muévanse, con un demonio!"

– "¡Rayos, mantis, ten un poco de consideración!" – Reclamé. – "¡Ella pudo haber mu-!"

Me dieron a mí.

Tentando al destino, la desgracia me agredió con la fuerza de una bala de calibre 5.56 milímetros, justo en el costado derecho, cerca de las costillas. Al contrario de la que impactó a la rapaz, esta logró abrirse paso a través del tejido de kevlar y alcanzarme la piel. Ya había sentido el escozor de las balas en dos ocasiones, pero esta era la primera que me lastimaba con seriedad. Me derrumbé de inmediato, gruñendo por el calor que me calcinaba la piel, marcándome como si fuera simple ganado. Los papeles se invirtieron y fue la castaña quién ahora me sostenía, con toda la preocupación del mundo plasmada en su asustado rostro, rogándome por que respondiera.

– "¡Maldita sea, Jaëgersturm, ¿qué fue lo te dije?!" – Gritó una furibunda helénica. – "¡Peaches, tu araña aún está viva! ¡Arrástrala y sígueme, ya!"

No hubo intercambio de palabras de aliento ni alivio al encontrar que mi estado no era fatal, sólo pude hilar mis pensamientos y concentrarlos en tomar mi pistola para defenderme al tiempo que mis compañeras me jalaban del chaleco y me alejaban del escuadrón de fusilamiento. Recuperando la fuerza y no queriendo retrasar a ambas, me incorporé y, aunque el dolor me calaba hasta los huesos, me trasladé con celeridad hasta el final del largo pasillo, donde otra de esas puertas enormes nos impedía el paso. Espetamos, si no lográbamos ingresar, nos convertiríamos en la sangrienta decoración permanente en las paredes. Sin otra opción que aceptar el destino, preparamos las armas para una última resistencia.

O quizás no.

Súbitamente, la entrada al paraíso fue despejada y, de esta, todo un ejército de querubines, con albugíneos atavíos que denotaban su elevado cociente intelectual especializado en los métodos del entendimiento empírico, acudió a nuestro rescate, tocando una empírea fanfarria con la celestial trompeta vocal de los dioses. O, en términos menos metafóricos, un grupo de personas en batas médicas salió corriendo y gritando, con todos tan aterrorizados que ignoraron a las tres liminales a su lado. Hubiéramos aprovechado para dispararles, pero al no llevar ellos arma alguna, sería contra las reglas. Y sinceramente, no íbamos a desperdiciar el chance que esa inesperada estampida humana nos había regalado.

Sin hacernos más preguntas y esperando a que los terroristas no estuvieran tan locos como para tratar de acribillarnos sacrificando a sus aparentes colaboradores, nos infiltramos con celeridad y con presteza buscamos alguna manera de cerrar la compuerta. Hallamos un panel numérico, que seguramente controlaba la entrada, pero no contábamos con forma de saber que clave o contraseña introducir, o siquiera cómo operarlo en primer lugar. La primera reacción fue probar números al azar, pero eso no arreglaría nada. Podíamos escuchar los gritos de los extremistas, acercándose a cada segundo, como una inferna jauría de perros rabiosos ávida de destrozar a sus presas. Desesperada y con el dolor nublándome la mente, recurrí a mi mejor recurso.

¡Violencia!

Igual que una vikinga saqueando aldeas, tomé el martillo que cargaba conmigo y, con la furia de una úlfhéðinn en frenesí, destrocé los controles con exceso de brutalidad, arrojando pedazos de metal y plástico por doquier al desintegrar los electrónicos con la pesada cabeza de hierro de mi herramienta hogareña. Probando que en ocasiones la respuesta es actuar igual que una vehemente troglodita del cuaternario, la entrada activó su mecanismo de defensa y no sólo una, sino dos pesadas compuertas sellaron el área al momento que los enemigos hacían su aparición. Alejándonos de ahí, escuchamos el sonido ahogado de los disparos chocando con el acero blindado. Estábamos seguras.

Por ahora.

– "Busquemos algo con qué reforzarlas." – Ordenó la pelinegra. – "Dilatemos a esos bastardos lo más que podamos mientras pensamos cómo salir de esta ratonera."

– "¡Este montacargas tiene las llaves puestas!" – Señaló la rapaz, atendiendo mis heridas. – "Esos tipos sí que tenían prisa en irse."

– "¿Quiénes rayos eran esos sujetos, por cierto?" – Interrogué, retirándome el chaleco. – "¿Por qué iban vestidos como si fueran a una convención de cirujanos?"

– "Seguramente son los encargados de manufacturar narcóticos. Sabía que esto no era una sencilla base." – Opinó la empusa, dirigiéndose al vehículo. – "La madriguera del conejo sólo se hace más y más profunda."

– "Curiorífico." – Dije, entendiendo la referencia y quitándome la camisa del uniforme. – "Ah, ¿es grave, doctora plumitas?"

– "No, parece que la bala te dio te rebote. Te quemó la dermis, pero el proyectil se desintegró en el chaleco." – Afirmó la aludida, aplicando desinfectante a mi herida. – "Tus heridas del brazo me conciernen más. ¿Siguen doliendo?"

– "Comienzo a acostumbrarme." – Reí. Sentí un ligero dolor. – "Auch. Lamento haberles causado problemas, chicas. Debería ser menos dramática y más sensata."

– "Estás viva, que es lo que importa. Por mucho que no quiera." – Afirmó Nikos, encendiendo el montacargas. – "Peaches, termina de ponerle un curita a esa garrapata llorona y encontremos qué clase de factoría es esta en realidad."

– "¿Sabes usar una de esas, Pepper?" – Cuestionó la falconiforme al verla en el vehículo. - ¿No quieres que atiendas tus heridas también?"

– "No." – Respondió, estacionándola frente a la puerta. – "Y esto servirá como barrera extra."

La enorme carretilla elevadora tenía casi el mismo tamaño de la entrada, tapándola bien. Con ayuda de algunas unidades extras, mas varias cajas y barriles, reforzamos nuestra protección, esperando a que nos diera un par de segundos más para pensar en qué hacer. No tardamos más que un par de minutos, tiempo que parecería desperdiciado en situación tan crítica, pero que era necesario para sosegar nuestra aturdida mente y evitar tomar decisiones equivocadas por la adrenalina que todavía corría por nuestro torrente sanguíneo. Además, aprovechamos para echarle un vistazo al lugar, el cual era bastante amplio. No había señalamientos de ningún tipo, tal vez como manera de despistar a cualquiera que no estuviera familiarizado y detectar espías por el comportamiento errático. Era una idea absurda, pero no se me ocurría nada mejor en ese momento.

El área parecía ser la de descarga, donde la mercancía era recibida. Había otras puertas que daban a otros sectores, esta vez siendo regulares y cómodamente dejadas abiertas y sin resguardar por los despavoridos sujetos que salieron huyendo. Optando por revisar primero la habitación media, fueron los peluches quienes nos recibieron. Jamás pensé que la vista de osos, conejos y gatitos de felpa me resultara tan desagradable, pero el saber que en su interior se resguardaban estupefacientes que estaban destinados a ser vendidos en el bajo mundo del territorio nipón, me recordaba que las apariencias inocentes no son precisamente las más confiables. Sin molestarnos en tocarlos, proseguimos a la segunda más cercana.

Hallamos las armas, en una habitación más grande y con toda una galaxia armamentística acomodadas en mesas, contenedores, racks de la pared y, lo que nunca esperábamos: una galería de tiro. Si bien las dimensiones no eran las de nuestros cuarteles o la estación central en la capital, ofrecía espacio para siete personas simultáneas y distancias alrededor de sesenta metros. No era la mejor equipada, pero era suficiente para probar sus juguetes. Y a juzgar por los blancos y maniquíes que fungían como blancos repletos de hoyos y algunos sin extremidades, en verdad que adoraban ensayar. Sin embargo, que nos encontráramos con todo ello, perfectamente cuidado y organizado, a quién sabe cuántos metros bajo tierra, implicaba algo mucho más siniestro.

– "No las están vendiendo." – Aseguré, preocupada. – "Están entrenando a sus tropas."

– "Holy fuck…" – Musitó una anonadada rapaz. – "¿Qué clase de trabajo es el que aceptamos?"

– "Volaron el centro comercial, ya sabíamos que estaban dementes." – Reiteró la mantis. – "Lo que no entiendo, ¿es para qué tomarse tanta molestia de toda esta infraestructura para algo tan simple como un campo de ensayos? ¿Y para qué traer aquí la droga, junto a las armas? ¿Cuál es el motivo de la paranoia de estar tan protegidos en un sitio tan aislado?"

– "Deben ser narcóticos muy buenos." – Injerí. – "De la clase que vuelven hasta al más santo en adicto empedernido. Y eso es realmente aterrador. "

– "¿Y qué ganarían con sus actos terroristas? ¿Cuál es el beneficio que obtienen si pueden hacerse millonarios con estupefacientes?" – Cuestionó la helénica. – "No tiene lógica. Aquí hay gato encerrado."

– "Aria…" – Me habló la castaña, inspeccionando una de las cajas, inquieta. – "Necesitas ver esto."

Curiosa por saber de qué se trataba, me acerqué a la cazadora de Montana y chequé el contenedor de madera. Pronto entendí lo que deseaba mostrarme, abriendo mis seis ojos de la tajante impresión y tornándome afásica en ese mismo instante. Mi mandíbula tembló, el frío abrazo del sudor se manifestó en mi piel y mis manos se aferraron a la caja mientras yo permanecía incrédula ante lo que tenía frente a mí.

El cargamento provenía de Sparassus.

Mi nación, mi tierra, mi hogar; de alguna aciaga manera, esos monstruos, esos aborrecibles esperpentos, habían logrado hacerse con armas forjadas en mi patria. Reaccionando vesánicamente, me retiré mis guantes y, enérgicamente, clavé mis afiladas garras en una de las esquinas, arrancando una enorme pieza de madera y descubriendo en su interior varios contenedores de mediano tamaño, protegidos por el sistema de seguridad usado la capital: Ophistolium. Tomé uno. Había un papel que explicaba las diferentes maneras de retirar el candado, pero yo conocía perfectamente los métodos y lo quité sin problemas. Ahí, revelé una Reichesiegpistole Modell 88, o P-88, para abreviar; un arma creada para conmemorar el centésimo aniversario de la creación del partido dominante en mi país.

Modelada a semejanza de la pistola Walther PPK alemana, pero con tecnología Sparassediana; la P-88 usaba el calibre .357 Magnum, haciéndola más voluminosa y devastadora que la original. Además, se encontraba bañada de un fino acabado color dorado, con el escudo de la araña grabado en relieve en la corredera y las cachas. Siendo un arma escasa, únicamente destinadas para uso exclusivo de las SturmSchütze y la mismísima Brunhilde Stalherz, estaba segura que estas valiosas piezas serían propiedad del propio Völund Jerkson y sus secuaces más cercanos. Una presea demasiado hermosa y dignificada para caer en las execrables manos de infames criminales.

– "Aria…" – Cetania volvió a tomar la palabra. – "¿Acaso crees que…?"

– "No." – Negué con la cabeza, acariciando el arma. – "Mi patria no caería tan bajo para comerciar con terroristas."

– "¿Cómo puedes estar segura?"

– "Todo lo que exportamos con los contratos legales hacia otros países no contiene la protección usada en nuestra nación, como estos contenedores." – Elucidé. – "Además, incluso cuando sí llegamos a distribuir estas pistolas de edición limitada, dudo que estos bastardos las hayan obtenido de manera honesta."

– "¿Dices que lo robaron?"

– "Correcto; sólo lanzamos la primera edición y cesamos de comerciarlas en la primera semana, apenas hace dos meses." – Expliqué, guardando el arma en su lugar. – "Créanme, no lo digo solamente por ser mi hogar, sino porque de toda la gama que ofrecemos, comprar solamente pistolas sería absurdo."

– "Entiendo, y me alegro." – Suspiró. – "¿No te llevarás una, como recuerdo?"

– "Eeh, no me gusta el diseño." – Encogí los hombros. – "Y está basado en el arma con la que se suicidó Hitler. No, gracias. Revisemos el resto, ¿sí?"

Abrimos las demás cajas, encontrando más armas de diferentes fabricantes y nacionalidades, como ya sabíamos, pero nada más que perteneciera a Sparassus. Era evidente que todas habían sido obtenidas de medios ilegales, quizás revendedores chinos, rusos o coreanos; tal vez ellos mismos. Daba igual, todo era evidencia que incriminaría a estos psicópatas por los eones venideros, enviándolos a la prisión más recóndita que existe o directamente al paredón. Nosotras preferimos reabastecernos con munición, esta vez real, tomando yo un par de cintas más para Mugi que colgué a mí alrededor como una guerrillera, y cargadores para mis pistolas, cuyos calibres estaban disponibles en abundancia. No había granadas cegadoras, pero sí de humo, más poderosas (e ilegales) que las nuestras. Era en nombre de la justicia, y ladrón que roba a ladrón…

– "Hey, grillita." – Llamé la atención de la Lesbia. – "¿No tomarás tambi-?"

Me detuve cuando noté que la sargento no se encontraba con nosotras. Extrañadas, salimos de ahí y buscamos por los alrededores, observando la puerta que tomamos primero abierta. Nos dirigimos al lugar, encontrándola a ella sentada en una silla con un peluche en forma de gato en sus piernas. Al contrario de lo que se podría pensar, no estaba mostrando su lado tierno, mimándolo en secreto; en lugar de eso, la empusa lo había destrozado por completo, dejándolo en menudos retazos y jirones. En sus manos reposaba un extraño envase cilíndrico conteniendo un transparente líquido en su interior. Su expresión tan abstraída, su trémulo comportamiento corporal y sus repetidas negaciones en voz baja denotaban que estaba demasiado alterada por ese hallazgo.

– "Pepper, ¿qué sucede?" – Preguntó la falconiforme. – "¿Por qué tiemblas?"

– "No…" – Musitaba la pelinegra, absorta. – "No… no…"

– "Unteroffizierin." – La tomé del hombro, haciéndole sobresaltarse. – "¿Qué te pasa?"

– "A-Aria…" – Dijo ella. Me sorprendí de oírla llamarme por mi nombre. – "¿Me prestas tu daga?"

– "¿Eh? ¿Para qué?"

– "Sólo dámela."

– "Primero dime qué es lo que tienes."

– "¡Qué me la des, Jaëgersturm!" – Vociferó briosamente. – "¡Es una puta orden, cabo!"

– "Vale, no te alteres." – Retiré mi ehrendolch de su funda. – "Sólo no hagas algo de lo que me arrepienta."

– "Aún no." – Aseveró. – "Esto no se acerca en lo más mínimo."

Con tan crípticas palabras, la mediterránea tomó el objeto punzocortante y, sin previo aviso, lo clavó a un costado de su estómago, atravesando su uniforme. Nosotras perdimos el color al creer que ella se había apuñalado en un inexplicable ataque de histeria, pero nuestros temores se calmaron al ver que únicamente se había cortado superficialmente. Eso no explicaba la razón de auto-infligirse daño. Antes que pudiéramos empezar a cuestionar su acción y su estabilidad mental, la helénica retiró la daga, habiendo reunido algo de su sangre en el filo. Así, y en otro de esos perturbadores arranques impulsivos, ella arrojó el frasco al suelo, esparciéndolo sobre este. Incorporándose de su asiento, la griega dejó caer la gota de hemoglobina sobre el líquido traslúcido.

No sucedió nada.

Ninguna clase de reacción ni explicación. Devolviéndome mi pertenencia, ella permaneció contemplando el charco, afónica. Ya estábamos suficientemente alarmadas por su sanidad mental cuando imprevistamente usó su P226 para destruir la iluminación del cuarto, tornando todo en penumbras y provocándonos cubrirnos de los escombros.

– "¡¿Qué carajos tienes, chiflada?!" – Grité, asustada. – "¡Si vas a perder la razón, al menos espera a que salgamos de aquí!"

– "Pónganse los cascos de visión nocturna." – Manifestó, alumbrando el derrame con su lámpara. – "No pregunten, sólo háganlo."

– "Estás loca, Nikos." – Obedecí a regañadientes. – "Ya no sé a qué le tengo más miedo; si a los terrorist… Oh."

– "¿Eh? ¿Qué?" – Se preguntó la americana, usando los suyos. – "No veo nada, ¿qué sucede?"

– "¿Brilla, Jaëgersturm?" – Interrogó la empusa.

– "Igual que el líquido del desagüe." – Respondí.

– "¿Alguien puede decirme qué sucede?" – Habló de nuevo la emplumada.

– "Peaches, ¿puedes olerlo?" – Le preguntó la pelinegra. – "¿Algún aroma extraño?"

– "No, ni siquiera sé de qué rayos se trata esto."

– "El brillo es visible en el espectro de luz ultravioleta." – Aclaré. – "Encontramos lo mismo al recorrer las cañerías."

– "Ya veo, ¿pero qué significa?"

– "Carajo…" – Masculló la griega, saliendo del lugar. – "¡Carajo!"

Hiperventilada, la mediterránea tomó su escopeta y la cargó con cartuchos reales, de plomo. Sin decir nada más aparte de espetar improperios repetidamente, se dirigió a la última puerta que restaba, protegida por un candado de sólida apariencia. Bombeando la corredera de su Mossberg, la sargento disparó contra el seguro metálico, con la descarga de fulgurantes perdigones creando un poderoso eco que nos perforó los tímpanos. Empero, a pesar del impacto que una 590A1 es capaz de producir, la cerradura se mantuvo impasible, intacta. Necesitaría más fuerza, algo como sus detonantes, específicamente diseñados para esta clase de acontecimientos.

Por supuesto, conociendo a la mantis, ella haría sufrir a la puerta.

Internándose en la armería, ella rápidamente empezó a hurgar los contenedores hasta hallar un pedazo de albugíneo polímero y el resto de sus componentes: C4, explosivos plásticos. Sucedió, Dyne finalmente perdió la cordura. La falconiforme y yo intentamos detenerla, pero ella simplemente nos arrojó una mirada fulminante, furibunda, y retrocedimos al instante. Sus bellos ojos esmeraldas ardían de una vesania indescriptible, y ella continuaba sin aclarar lo que pasaba. Entonces, colocando el detonador en el pedazo de plástico y pegándolo a la puerta, dio varios pasos hacia atrás, extendiendo el cable que transmitiría la señal eléctrica del activador. Iba a hacerlo, esa maldita hija del demonio iba a hacerlo.

Tomando ella cobertura con su escudo y nosotras alejándonos lo más posible de esa psicópata mediterránea, presionó el botón y prontamente el horrísono estruendo más el cegador resplandor de la ciclonita estallando nos azotó el cuerpo. Por suerte, ella sabía cómo moldear el plástico para que la explosión no nos afectara. Con los agudos acúfenos resonando en nuestros oídos y colocándonos las máscaras antigás para no asfixiarnos por el polvo, seguimos a Nikos hacia el interior de la sección a la que había accedido de manera tan impactante, habiendo destrozado la mitad de la metálica puerta y tornando el resto de las paredes a su alrededor completamente negras, con varios pedazos de escombro aún cayendo de estas. Sacudiendo las manos para alejar la polvareda, la rapaz y yo volvimos a atolondrarnos al descubrir lo que residía dentro de esa misteriosa sala.

– "Meine Göttin…"

Aquella expresión no sería suficiente para explicar lo azoradas que resultamos al contemplar el lugar. De narrarlo a cualquiera que no fuera testigo ocular de tan maquiavélico espectáculo, creería que las dementes éramos nosotras. No había palabras para describirlo, estómago para digerirlo ni mente para comprenderlo; sencillamente, era inaudito, imposible de creer. Como salidas de la más infausta alucinación, la más aciaga pesadilla, el más funesto abismo, se erigían frente a nosotras una obscena galería de injusticias, horror y sufrimiento. Las dantescas visiones del infierno palidecían comparadas con tan nefasto espectáculo.

Decenas de liminales de diferentes especies yacían encerrados en claustrofóbicas jaulas; muchos temblando, otros postrados y haciendo trémulos gestos con la cabeza, el resto se mantenía inerte, inconsciente, quizás muertos. Su físico era desagradable a la vista, debilitado por la desnutrición y el constante insomnio que las fulgurantes luces sobre ellos debían provocar. Los ojos de los que aún podían levantar la mirada, estaban tan hundidos que casi desparecían en las cuencas oculares del cráneo, apagados, extinguidos de la chispa de la vida. Muchos poseían marcas, cicatrices, especialmente en su cabeza. No tenían mal olor, a pesar de estar atrapados en condiciones paupérrimamente insalubres, con apenas un plato de agua a su lado. No había moscas ni ratas para acentuar su miseria, pero la muerte rondaba a su alrededor, esperando pacientemente a tomar la próxima alma con su tétrica mano fúnebre.

Había maquinaria, algunas ostentando tecnología relativamente avanzada, contrastantemente ajena al resto del lugar. Los escritorios estaban repletos de varios papeles y tubos de ensayo, algunos vacíos, otros a la mitad, junto a fotografías y algunas computadoras. También había camillas quirúrgicas, o más bien, toscas mesas que fungían como tales, salpicadas con sangre seca. A su lado, residían instrumentos para cirugía, o más bien, monstruosas herramientas de tortura. En los extremos de las mesas, grilletes de diversos tamaño aseguraban que el desafortunado paciente no pudiera moverse, algunos oxidados y otros con manchas de hemoglobina. No era un laboratorio, sino una carnicería de ominosa índole donde las pesadillas eran creadas a base de sueños cercenados.

Por un momento, los horrores que el Nacionalsocialismo infligió al mundo vinieron a mi mente, carcomiéndome el alma, así como mi optimismo era rápidamente erosionado y reemplazado por el vacío de la desesperanza. No comprendía que estaba sucediendo, nadie lo sabría decir con certeza. Pensar que algo así, tan abominablemente cruel, pudiera repetirse en este siglo, era inimaginable. Remembré las palabras de Roberto; tenía razón, este trabajo iba a matarnos en más de una forma. Dyne parecía ser la más afectada, habiendo dejado caer su arma y escudo al suelo, arrodillándose frente a los interminables horrores que esta misión nos había expuesto.

– "¿Qué rayos es esto?" – Interrogó una atemorizada Cetania, saliendo de la impresión. – "¿En dónde demonios vinimos a parar? ¿Qué es este lugar?"

– "Donde el veneno del pasado..." – Replicó Dyne, estupefacta. – "Contamina la esperanza del futuro..."

Y entonces, ella lloró.

Como si se necesitaran más sucesos indescriptibles en este día tan imposiblemente atroz, la fiera nativa de Mitilene, aquella que jamás mostraba una sola muestra de sentimentalismo, se había rendido a las lágrimas, caminando hacia la nada como un soldado que ha contemplado el horror de la más cruenta guerra. Y nosotras también, habíamos atestiguado el punto más bajo que podíamos concebir. O quizás, esto sólo fuera la punta del iceberg, pero no queríamos enterarnos; no resistiríamos. Observando aquella cornucopia de crímenes contra la existencia misma, yo y la rapaz permanecimos tan abstraídas como nuestra compañera helénica.

Ella reaccionó.

Repentinamente, la empusa emitió un grito de rabia y, con ayuda de su arsenal, arremetió contra todos los instrumentos y máquinas como un vengativo huracán, impetuosa, vehemente, encolerizada. Vidrio, metal, madera; ningún material se resistía a la vesania de la nativa de Mitilene y los proyectiles que sus furiosas herramientas proferían con estrepitoso denuedo violento. Los contenedores de ese enigmático líquido explotaron, derramándose y perdiéndose entre las coladeras del piso. Los papeles, los ordenadores, todo aquello fueron atravesados por balas y perdigones para posteriormente ser desintegrados por los enérgicos espolones de la mantis, que no paró hasta que lo único que quedara en pie fuera la estructura del edificio.

Con sus armas humeantes y exhausta, la mediterránea cayó al suelo, arrodillada, inerme. Con otro aterrador grito, dio un puñetazo al piso con su extremidad mantoidea y colocó sus manos en su cabeza, emitiendo clamores aún más espeluznantes, cargados con una tristeza que nunca esperé de mi amiga pelinegra. Las lágrimas de convirtieron en torrente y asumió una trémula posición fetal, sollozando y negando continuamente, como si deseara despertar de esta vituperable pesadilla, aunque supiera que era imposible.

– "¡No, maldita sea, no!" – Exclamaba ella, desgarrándose la garganta. – "¡No de nuevo, no otra vez!"

– "¡Dyne, tranquila!" – Me apresuré a tomarla en mis brazos. – "¡Cálmate, por favor! ¡No te alteres!"

– "¡El ayer no regresa, el pasado ya no existe!" – Se repetía, ignorándome. – "¡Las cenizas no arden!"

– "¡Dyne, te lo rogamos, detente!" – Cetania me auxilió, sosteniendo sus manos. – "¡¿Qué es eso que dices?! ¡¿De qué hablas?!"

– "¡Ya no pueden alcanzarme!" – Gritó la griega. – "¡Ya no pueden atormentarme!"

– "¡Por la Gran Arachne, reacciona, mujer!" – La sacudí violentamente. – "¡¿Qué rayos tienes?! ¡¿Por qué actúas tan errática?!"

– "No… no de nuevo…" – Musitó, con la mirada perdida y disintiendo con la cabeza. – "Por favor, no de nuevo…"

– "Amiga, descuida, estamos aquí." – La rapaz colocó su ala en el rostro de la mediterránea. – "Tranquilízate, todo está bien, estamos a salvo."

– "No, no lo están…" – Negó la aludida, más temblorosa que antes. – "Nunca lo estuvimos…"

– "¿Por qué lo dices?" – Cuestioné.

– "El pasado… el ayer..." – Se levantó de repente y comenzó a correr. – "¡No quiero estar aquí, no otra vez!"

– "¡Carajo, Dyne, detente!" – La sostuve de los hombros. – "¡Contrólate ya! ¡Así no actúa una suboficial del ejército!"

– "¡Jamás estuve en el ejército!" – Declaró ella, alejando mis manos. – "¡Ni siquiera me llamo Dyne!"

– "¿Q-qué estás diciendo?" – Interrogó la americana.

– "Yo…"

Tambaleándose, la empusa se desplomó en el suelo, sentándose y apoyándose junto a una viga de hierro. Con sus manos sobre la cabeza, apretándola como si deseas exprimírsela, la mediterránea había cesado su llanto, pero sin abandonar la azorada expresión en su rostro y la hiperventilación en sus pulmones. Pasado un momento de tensa afonía ambiental, ella finalmente habló.

– "Yo he estado aquí, en un lugar como este. Jamás creí que regresaría a lo que siempre me atormentará por el resto de mi vida." – Confesó, con la voz quebrada. – "Pero lo merezco. Lo merezco por ser una farsa, un engaño, una embustera."

– "Para, por favor." – Insistió la halcón. – "No lo eres."

– "Sí, lo soy. Mi vida entera ha sido un facsímil de falsedad absoluta. Una mala copia de una apócrifa imitación." – Replicó la acongojada helénica. – "Chicas, todo lo que el mundo sabe de mí, lo que piensa que soy o fui, es una mentira, falso. Porque, verán…"

Alzando su cabeza, ella nos observó fijamente con una mirada que afónicamente buscaba redención por confesar un gigantesco pecado.

– "Yo era una integrante de la mafia…"


NOTAS DEL AUTOR: ¡Otro cliffhanger, y esta vez más impactante!

Sí, finalmente las chicas vivieron en carne propia lo que es ser una verdadera agente de Monster Ops y la pesadilla y horror que el mundo criminal tiene preparado para cualquiera que se arriesgue a descender a los círculos más profundos del dantesco infierno. Desde los violentos enfrentamientos armados hasta los crímenes más abominables jamás pensados, la tortura no deja en paz ni un segundo a nuestras novatas heroínas, cuya habilidad para resistir el constante asedio que los terroristas lanzan contra ellas es lo que las ha mantenido de pie.

Y lo que es más, aprendimos la verdadera naturaleza de la sargento Nikos, cuyo pasado ya había sido esperado a ser revelado por muchos de mis lectores. Había planeado hacerlo desde hace mucho, pero encontrar el momento perfecto para develarlo, para que esa confesión tan fulminante mantuviera su impacto, fue un juego de larga espera de mi parte y de mis seguidores. Demasiadas preguntas, demasiadas incógnitas, cuestiones que espero responder en los siguientes episodios.

Pero, haciendo a un lado lo terrible del mundo criminal y sus pecados, me divertí escribiendo este capítulo, especialmente al desarrollar los diálogos entre las protagonistas. El entrenamiento ha rendido frutos, no sólo en su capacidad combativa, sino también en su coordinación como grupo, permitiéndoles trabajar al unísono y permanecer vivas a pesar de estar injustamente superadas en número y atrapadas en un aparente callejón sin salida. Como siempre digo, la unión hace la fuerza.

Y saber usar un arma, eso también ayuda.

En todo caso, espero este pedacito más en mi larguísima saga en las desventuras de Aria y compañía hayan sido de su agrado. Aprovecho para enviar un saludo a mis compañeros escritores y miembros de nuestro grupo, Los Extraditables, por su constante apoyo en este camino, así como a mis fieles lectores que continúan tolerando mis interminables fruslerías. Los invito cordialmente a dejar sus opiniones y a esperar la siguiente entrega, que ojalá llene sus expectativas.

¡Muchas gracias por leerme! ¡Nos vemos hasta la próxima! ¡Auf Wiedersehen!