NOTAS DEL AUTOR: ¡Achtung, Herr Tarmo Flake ist hier!

Bien, después de casi un mes ausente y de que el mundo creyera que finalmente se había deshecho de mí, aparezco de la nada y actualizo esta odisea de tinta virtual. Ya saben, hierba mala nunca muere.

En fin, la vez anterior los dejé expectantes al revelar que nuestra empusa favorita no resultó ser realmente la que creímos, así que, sabiendo que lo esperaban, aquí tienen un episodio que espero satisfaga su curiosidad o al menos les dé nuevas razones para ignorar esta historia. Lo que más les guste.

¡Comenzamos!

Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Familia Lorelei es la más poderosa del océano Pacífico, Tepito y la Sierra Mazateca!


NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE

CAPÍTULO 56


– "Giovanna, arriba. Ya es hora."

Desperté.

Lo primero de lo que me percaté después de abrir los ojos y estirar mi cuerpo mientras bostezaba, fue el ligero sudor que me recorría el cuerpo. Las mañanas a mediados del verano en Mitilene suelen ser bastante cálidas y en el verano no eran excepción, con los aciagos y hambrientos mosquitos rondando de noche. De no ser por mis extremidades cubiertas de impenetrable quitina, el resto de mi figura también ostentaría las evidencias irrefutables del hematófago apetito de aquellos molestos vampiros en miniatura. Palpando las ligeramente húmedas sábanas y frunciendo el seño al saborear ese incómodo aliento matutino, me incorporé de la cama y tallé mis globos oculares nuevamente, parpadeando para enfocarme. Una vez mi vista se normalizó, los rayos que se filtraban por la diminuta ventana me permitieron admirar el lugar donde me encontraba.

Cuatro grises paredes de roca que albergaban un solitario escritorio de madera, una hamaca, y algunos muebles variados y vetustos, además de una infeliz bombilla en el techo. También había un ventilador color crema a lado de la fuente de luz, pero hace mucho que dejó de funcionar por falta de mantenimiento. Además de la radio de fabricación taiwanesa, algunos libros encima de un ropero y observar la eterna marcha de las hormigas recorrer la pared norte, el entretenimiento era prácticamente nulo en lo que podría llamarse mi habitación. El olor imperante seguía siendo el mismo aroma a campo y la humedad de las rocas, con estas dando albergue a hongos que poco a poco se comían las páginas de los libros. Sabiendo que sería otro día regular y que la persona que me había sacado de los reinos de Morfeo seguía esperando, bostecé de nuevo y me coloqué mis viejas sandalias cafés para empezar la rutina diaria.

– "Kaliméra sas, Tomoko." – Le di los buenos días a la mujer frente a mí. – "¿Dormiste bien?"

– "Kaliméra. Supongo que sí." – Respondió ella, observando el reloj encima de la mesa de noche. – "El desayuno comienza en quince minutos, ve a bañarte. Te espero en el comedor."

– "Nai." – Afirmé, moviéndome. – "¿Qué tendremos para comer hoy?"

– "Si no me equivoco, puré de patatas. Date prisa."

– "Sí, Señora."

Sin dilación, salí del cuarto y me dirigí al salón de aseo. Recorrí el solitario pasillo de quince metros hasta toparme con una puerta de madera blanca con la imagen desdibujada de lo que sería una flor morada. Aquella planta difusa era, sin exagerar, una de las pocas bellezas que podrían ofrecer esas paredes de roca cubierta por verdín y escarabajos que servían para alimentar a las hormigas y arañas que las pululaban. Hace mucho que tan insípido y claustrofóbico escenario dejó de importarme; yo tenía otras cosas de que preocuparme. Entrando al baño, me deshice que mi camisón y mi ropa interior para tomar un bote y echarme encima el agua que la cubeta de madera a lado de este contenía. Había una ducha, pero estaba en reparación. Con la calinosa temperatura que posteriormente aumentaría su intensidad, sentir el líquido empaparme el cuerpo caía realmente bien.

No tardé demasiado, el disfrutar del aseo matutino no estaba entre mis prioridades. Quitándome el último rastro de jabón y shampoo echándome el agua de la cubeta por completo, tomé mi cepillo y el dentífrico para lavarme la dentadura. Ya con el aliento neutro, tomé mi ropa y me atavié en mis habituales pantalones cortos de mezclilla y camisa de franela, complementándolo con un overol y un sombrero de paja ancho. Así, salí de ahí directamente hacia la izquierda del baño, dando un pequeño giro para encontrarme con una reja color rojo y a Tomoko, tomando el tiempo con su reloj de pulsera. Aprobando mi eficiente ahorro de tres minutos, afirmando con la cabeza, tomó la llave y abrió las puertas metálicas, indicándome que la siguiera.

Contrastando absolutamente con el triste gris indeleble que permeaba mi refugio anterior, el exterior rebosaba de una variopinta cantidad de cromáticas tonalidades, que iban desde el imperante añil de la bóveda celeste hasta el sempiterno cetrino del pasto, con la cornucopia tecnicolor de los árboles, flores y fauna que adornaban los campos de la villa Bakos, los dominios de la mansión del mismo nombre, en mi natal Mitilene. A pesar del ambiente similar a las viviendas italianas, el dueño era actualmente un hombre de Lamía, en la Grecia Central. Haciendo un silente ademán, la mujer que fungía como mi tutora me facilitó una azada y señaló un pedazo de tierra a medio labrar. Siendo la otra mitad también obra mía, me dispuse a completarla sin respingar.

Arar el suelo, crear los surcos y así dejarlo listo para las plantaciones próximas. Éramos solamente mi azadón y yo en la faena de preparar cien metros cuadrados. Era una tarea que cualquier maquinaria o bestia podría realizar con mayor rapidez y eficiencia que una sola niña y su apero de labranza, pero los caballos eran mucho más valiosos que yo y no estaban criados para tales faenas. Tampoco es que pudiera quejarme, mi trabajo era mi obligación y debía cumplir; además, esos tomates no iban a cultivarse solos. Sentir el sol tostarme la piel, palpar la acritud de mis dedos y el dolor de espalda que las jornadas dejaban para mi diminuto ser de siete años eran mi pan de cada día; mi objetivo indeleble, mi sempiterna función, mi perfecta utilidad.

Mi salvación.

No es fácil ser una liminal, especialmente una criada en el abyecto mundo de la mafia. Tuve la suerte de haber sido acogida por una de las familias criminales menos facinerosas del país, aunque, para términos del bajo mundo, sería como decir que un grupo que trafica estupefacientes y armas es más recto que uno que cobra sangre durante los enfrentamientos entre cárteles; una nimiedad. La familia Bakos tenía sus raíces en Kilkís, en la Macedonia Central, donde fue formada a partir de un conglomerado de exiliados turcos, italianos e incluso rusos que encontraron amparo en tierras helénicas. Desde principios del siglo XX, ellos han estado envueltos en toda clase de negocios sucios, como toda buena mafia. Lavado de dinero, fraude, intimidación, corrupción, el clásico robo; cualquier clase de ilegalidad disponible, Bakos ya tenía experiencia en ello.

Incluso cooperaron con las fuerzas del Eje después de que Grecia cayera en manos de Hitler y Mussolini, especialmente en el tráfico de armas. Por supuesto, nunca mantuvieron alianza con los fascistas y mucho del arsenal que obtenían de las filas germanas fue a parar a manos de los partisanos de la resistencia griega. Los italianos hicieron lo mismo cuando los americanos desembarcaron en Sicilia y los yakuza florecieron en Japón durante la breve anarquía post-guerra, cimentando su poder. El ciclo era normal en cada nación y la familia liderada por Ioannis Bakos no era la excepción. Y, aunque una no deseara formar parte de tal organización, tal cosa era inevitable.

Como extraespecie, me era imposible ser aceptada en la sociedad humana. Mis congéneres debían pasar sus vidas escondidas, ocultas, formando sus propias colonias mientras el hombre continuaba expandiéndose y esparciendo su caos alrededor de lo que alguna vez fueron tierras de todos. Era irónico cómo la tierra que nos dio origen se volvió nuestra enemiga y nos convirtió en extranjeras. Éramos parias, rechazadas en nuestra propia patria. Vivir en las sombras dio origen a inmortalizarnos como leyendas y mitología, mientras que en el ámbito cotidiano, nos hizo extravagancias o demonios vivientes. Sí, había uno que otro que dejaba de vernos como monstruos y nos trataba, al menos, como seres conscientes; mi existencia misma es prueba contundente de ello. Empero, ni la más bondadosa alma sería capaz de redimirnos ante los ojos del mundo del antropocentrista Homo Sapiens. El hampa, con todo y sus amorales formas de existencia, era, irónicamente, la única manera de existir decentemente.

Después de todo, nunca tuve opción de elegir.

Mi madre murió cuando yo era una bebé y el único recuerdo que tenía de ella es una vieja fotografía que guardaba dentro de los cajones de la mesa de noche. Jamás conocí a mi padre. Crecí aquí, fui criada en las mismas habitaciones de piedra, aisladas de la casa principal y la población en general. Antes de ser una niña para ellos, era una liminal, una no-humana; y fui tratada como tal desde siempre. Me era prohibido interactuar con alguien más que no fueran los habitantes de la mansión, lo cuales eran en su mayoría, si no es que todos, asociados, esbirros y demás miembros de la familia delictiva. Mis protectores eternos eran los soldados y sus capos, mi mejor amiga era mi tutora y solamente pude ver en persona al Don en una ocasión, cuando celebraba su cumpleaños aquí en lugar de su ciudad natal. Y aún así, entre una vida de muros, trabajo extenuante, restricciones draconianas y una extremadamente limitada interacción social, yo era mucho más libre que lo que podría esperar en el mundo exterior.

Una prisión libertadora, inusual paradoja.

– "Listo, Señora." – Declaré una vez finalicé mi labor, limpiándome el sudor de la frente. – "¿He realizado un trabajo suficientemente satisfactorio?"

– "Aparentemente." – Opinó la mujer, asintiendo. – "Bien hecho, Giovanna. Prosigue cortando el césped de los rosales y entonces desayunaremos."

– "Sí, Señora."

Sacudiendo mis manos y estirándome, me dirigí hacia mi siguiente tarea: segar el pasto. El ciertamente hermoso jardín de los Bakos era una belleza perfectamente cuidada y digna de admiración, con toda una variedad de la flora disponible en las tierras helénicas, capaz de albergar especies que el clima costero no podría sostener. Lo mismo aplicaba para la diminuta granja en sí, que era una rareza en estos lados de Mitilene, acogiendo muchos cultivos poco comunes. Extravagancias de las cuales yo y mi tutora estábamos a cargo. Y por nuestro bienestar, debíamos asegurarnos de tratarlos con el respeto debido. Nuevamente, un montón de plantas poseían más valor que las personas que se encargaban de mantenerlas; un perfecta dicotomía de la justicia que se predicaba y que jamás era aplicada. Tampoco es que me importara, sólo era una niña.

No necesitaba herramientas para este encargo; ya poseía mis espolones mantoideos, los cuales fungían como eficientes guadañas y arrancaban el césped y malas hierbas por igual. Una vez intenté hacerlo con una hoz, para adelantar tiempo, pero nunca pude sincronizar perfectamente mis movimientos y únicamente obtuve un severo regaño y la negación de mi desayuno por retrasarme. Había aprendido mi lección y simplemente me dediqué a hacer lo que me ordenaban, evitando toda clase de problemas de esa manera. Terminé enseguida, con el sol ya habiendo recorrido un poco más su trayecto y señalando que el desayuno, acostumbrado a ser servido un poco más tarde de lo tradicional, estaba listo. Con una afirmación de parte de mi guardiana, me encaminé a ducharme para disfrutar del primer alimento del día.

– "Arkantos dice que de lograr cultivar esos tomates, podremos obtener una nueva radio." – Mencionó la mujer, degustando su puré de patatas. – "Incluso un tocadiscos, si la cosecha es realmente buena."

– "Sería mejor arreglar el ventilador." – Opiné, deglutiendo. – "El calor no me deja dormir, sin hablar de los mosquitos."

– "La instalación eléctrica tomaría más tiempo, lo dudo." – Refutó. – "Pero intentaré solicitar uno de pedestal. Yo también detesto a esos insectos."

– "¿Crees que tengamos éxito?"

– "Hemos trabajado toda la semana, deberíamos." – Replicó. – "¿Has repasado tus clases de japonés?"

– "Hai." – Afirmé. – "Aunque sigo teniendo problemas memorizando los kanjis como Niigata y Okinawa. ¿Cómo sabes cuál línea cambia por completo el significado, cuando lucen tan similares?"

– "Memorizándolos." – Aseveró, tomando su bebida. – "Sé que una lambda es más sencilla que nueve pinceladas para formar 'haru', pero todo se puede con el denuedo de tu insistencia."

– "La obstinación es éxito."

– "Correcto." – Confirmó. – "Hoy habrá reunión con unos tipos de los Raptis, tengo entendido. Limpiaremos el salón principal, y trata de que el sillón de Arkantos quede perfectamente brillante."

– "Sí, Señora." – Asentí. – "¿Podrías insistir en el ventilador? En verdad lo necesitamos."

– "Lo haré, pero no te hagas ilusiones. Deja impecable el asiento de ese capo de segunda y quizás acepte."

– "Quisiera poder expresarme de él de esa manera."

– "¿Qué es lo que te he dicho?"

– "Ser alguien antes de hablar despectivamente de otro."

– "Correcto. Termina tu plato, Giovanna."

– "Sí, Señora."

Nunca la desobedecía, mi tutora y guardiana. Ella emigró ilegalmente de una isla cercana a Japón cuando tenía veinte años, recorriendo casi toda Asia en su travesía hasta llegar a Mitilene en un barco de mercancías turco. Debido a que muchas de las familias criminales griegas han adoptado una estancia similar a la italiana, particularmente la siciliana, ella fue acogida como una sirvienta más, sin posibilidad de escalar a alguna posición que no fuera la de una peona. Pero, al contrario de mí, ella se había ganado el privilegio de tener mayor contacto con lo que sucedía alrededor, todo gracias a su trabajo duro y correcta obediencia. Era mi principal y virtualmente única fuente de información, aunque nunca revelaba los escasos secretos de los que se enteraba. Siempre se aseguró que yo supiera únicamente lo necesario.

Eso no evitaba que mantuviera su actitud orgullosa, mostrándose en ocasiones hasta desafiante con alguno de los soldados de la familia, pero jamás lo haría con un capo ni mucho menos los altos mandos. Ella, como se aseguraba de recordarme, respetaba el poder y aceptaba su posición en la jerarquía. Era alta, bella y con una mente aguda, sin contar su fortaleza tanto física como mental, pero no iba a ponerse en contra de sus superiores. Olvidar eso la mataría, literalmente; incluyéndome. Empero, el respeto que le guardaba era innegable. Me acogió desde el fallecimiento de mi progenitora, me crió y aseguró de mi bienestar. Le debía todo, a pesar de que, como me contaba en sus relatos, nuestros antepasados intentaran destruirse.

Después de todo, ella era una arachne.

Con dos metros de altura, cabello negro, seis ojos rojos, piel blanca y un exoesqueleto color ligeramente naranja y con rayas negras, Tomoko Tachibana era una Tigrosa helluo (araña lobo) sobresaliente y no sólo por su estatus como liminal. Tenía estudios de medicina, aunque las academias actuales lo considerarían como rudimentario. Pero estos eran los suficientemente buenos para que los Bakos consideraran tomarla bajo su protección en primer lugar, al haberle ayudado a Cosmetato, teniente importante en una operación por apoderarse del barrio durante una reyerta contra la familia Dabiza, a recuperarse de un disparo que pudo quitarle la vida cuando no había otros doctores cerca.

Fue su milagroso golpe de suerte que le proveyó techo y comida sin necesidad de vagar las calles de noche, como un insecto rastrero. Por supuesto, aquello sólo le aseguró un lugar para residir, el resto de los privilegios vendrían de su valor como persona. Y ahí, mientras yo tomaba un trapeador y una cubeta de agua enjabonada para dejar reluciente el piso de fina madera que decoraba el salón de reuniones de la mansión, donde los asociados de la familia se reunirían para celebrar sus tertulias semanales y discutir sus lóbregos asuntos, era cuando yo ejercía la filosofía principal de la araña, aquella que me inculcó desde que mis memorias dejaron de ser simples interpretaciones difusas de sensaciones y sentimientos:

Ser siempre útil.

Nosotras, en nuestra más pura esencia, éramos meras herramientas. Como un martillo ayuda a insertar un clavo en la pared, yo prestaba mi capacidad motriz y consciente para servir a quienes me acogieron. Ya sea cortando el pasto, creando surcos en la tierra o aseando el suelo, debía demostrar que era benéfica para la familia y sus intereses. Es el aforismo implícito en el que se basa la sociedad misma, la naturaleza de los seres vivos; la dura y cruda verdad que se esconde detrás de los discursos de comprensión y amor que el mundo se ha convencido esparcir hasta creer que son reales. Antes de ser una empusa, una liminal o incluso una persona, yo era lo que profesaba; mi trabajo, labor, mi utilidad. Primero actúo, luego existo.

Nunca olvidaré esa noche…

– "¿Por qué estás cubierta de sangre?" – Le pregunté a la japonesa, sorprendida por la hemoglobina en sus ropas. – "¿Qué te pasó? ¿Te hirieron?"

– "Le dieron a Papagos en el estómago." – Respondió ella, abriendo los cajones del ropero. – "No quiero manchar mis ropas, tómalas. Sígueme, me ayudarás a lavarme la espalda."

– "Sí, Señora." – Obedecí. – "¿Cómo sucedió?"

– "Un soplón." – Respondió, encaminándose al baño. – "La reunión explotó en un tiroteo y el idiota fue el único lastimado. Va a ser nuestra ruina si continúan plantando espías en nuestras filas."

– "¿Se vengaron?"

– "Thanos ya tomó a todos los hombres disponibles para atacar las posibles guaridas de esos granujas." – Contestó, abriendo la puerta de la sala de aseo. – "Onasis ordenó al resto fortificar nuestros dominios, por las represalias."

– "¿Quiénes fueron esta vez?"

– "Ucranianos." – Masculló. – "Malditos bolcheviques; no les basta con joder su mugrosa tierra comunista como para arruinar la nuestra."

– "Pero tú eres japonesa."

– "Lycosiana, enana." – Esclareció. – "Vengo de Lycosios, no Japón, aunque compartamos el mismo idioma y costumbres. Y aunque no haya nacido aquí, esta es la tierra donde he florecido y deseo defenderla."

– "Es iránico…"

– "Irónico." – Corrigió. – "Y lo es, pero la sociedad está en sí construida sobre las bases de esas contradicciones. ¿Sabes por qué ayudé a ese maldito de Papagos, a pesar de que me detesta con toda el alma?"

– "¿Humillarlo al ser curado por su enemiga?"

– "En parte, pero también porque es letal con un francotirador." – Afirmó, sentándose en el suelo del baño y pasándome un cepillo. – "Es capaz de darle a las alas de un escarabajo en pleno vuelo; no podemos permitirnos perder tan habilidoso soldado. Arkantos lo odia también, pero reconoce su plusvalía. Un poco más y podría ser capo."

– "Valemos por lo que hacemos."

– "Precisamente. Al mundo le importa un bledo si eres un vulgar mujeriego y alcohólico como Papagos, o una pesadilla viviente como yo, mientras demuestres que le beneficioso, serás respetada. Nunca olvides ser útil, Giovanna; o la sociedad se olvidará de ti."

Una verdad que nosotras habíamos comprobado desde hace mucho.

– "Sí, Señora." – Proseguí tallándola. Entonces, quise resolverme una duda. – "¿Tomoko?"

– "¿Qué sucede?"

– "¿Por qué me adoptaste?"

– "Porque tu madre lo pidió antes de morir, ya lo sabes."

– "Sí, ¿pero por qué? ¿Era tu mejor amiga?"

– "La amistad es sólo una alianza creada por dos personas interesadas en un mismo fin en común; tu madre no compartía los mismos que yo, así que no había coligación alguna." – Aclaró. – "Pero si realmente deseas la verdad, simplemente diré que es por conveniencia. Como ahora, ayudas a la familia y tu mantenimiento es imperceptible en su economía. Proclamándome tu guardiana y sacando ventaja de tu encanto infantil, a pesar de ser una empusa, puedo aspirar a ser mejor tratada."

– "Me usas."

– "Es la ley de la vida. La sociedad únicamente está interesada en lo que puede obtener de ti." – Afirmó. – "Te pondré un ejemplo: ¿Recuerdas a la chica que limpia los baños principales de la mansión?"

– "¿La negra británica que tenía las colitas?"

– "Beth, precisamente. ¿Alguna vez hablaste con ella, antes que la despidieran?"

– "Jamás tuve otra oportunidad."

– "La veías diario, cuando desayunábamos."

– "No quería interrumpirla."

– "Sabes que no le molestaba hablar con alguien, como demostraba su constante parlotear con las otras sirvientas." – Acotó. – "No, ¿quieres saber la auténtica razón? Sencillamente no te importaba. Y ella pensaba lo mismo."

– "¿Por qué lo dices?"

– "¿Tenían algo en común?"

– "Ambas limpiábamos baños."

– "Tú no, en ese entonces; eras jardinera, no sirvienta. ¿Sentiste alguna vez conexión con Beth? ¿Algún deseo de ir con ella y darle al menos los buenos días? ¿Sabías siquiera su nombre antes de preguntármelo después de no verla luego de tres días?"

– "Bueno… no."

– "Exacto. ¿Sabes por qué? Porque no te ofrecía nada, no te apoyaba en nada que pudiera auxiliarte a ti o tu oficio. Beth no tenía idea de cómo rayos cortar una mala hierba, así que sus intereses mutuos eran nulos. Pero su sustituta, Carola, arreglaba impecablemente los floreros de la casa, y tú misma le pediste consejo, ¿recuerdas?"

– "Sí…"

– "¿También remembras lo increíblemente molesta que era su voz chillona y su actitud altanera que la llevó a terminar en la calle, en comparación de la dulce y trabajadora Beth, que jamás usaba palabrotas, como su contraparte? Y aún así, a la británica jamás le dirigiste la palabra; todo porque Carola sabía más de botánica que la otra. ¿Quién te fue más útil?"

– "Entiendo…"

– "Eso espero. Talla mi exoesqueleto."

– "Sí, Señora."

Tachibana era demasiado directa, a veces cruel, como la verdad en sí. Pero ella tenía razón: jamás me importó la tal Beth hasta que su ausencia de hizo aparente, días después. Y, junto a Carola, terminaron en la calle, donde regresarían al anonimato y el rechazo de la sociedad. Sus únicas virtudes eran la servidumbre, y sin nadie a quién ofrecer sus servicios domésticos, deberían rebajarse a abandonar sus morales si es que deseaban sobrevivir. La mafia misma era el ejemplo más evidente de tal realidad, ya que Papagos no hubiera recibido tal trato médico de no ser por su excepcional puntería. Muchos soldados y colaboradores en el fondo de la pirámide de la escala jerárquica habían sido descartados al primer signo de problemas, ya sea entregados a su suerte junto a la policía, sin posibilidad de revelar los secretos de la familia sin perder la vida; o dejarlos sangrantes e inermes al ser heridos.

Crimen, violencia, indiferencia; todo era un execrable producto de la propia sociedad que renegaba de ser la causa principal de sus propios males. Era en esos momentos donde un cáncer tan infeccioso como el hampa parecía el menor de los problemas, encarado contra la apatía del mundo. Bakos, las familias mafiosas helénicas, la darwiniana visión que se llevaba a cabo en estas; todo aquello era, paradójicamente, la verdadera cara de humanidad. Las personas siempre buscarían sacar el provecho de las otras, y las desecharían una vez su utilidad cesara de complacerles. La bondad, la filantropía, el altruismo que se predicaba desde los hogares humildes hasta las majestuosas catedrales europeas; todo eso era un bonito pensamiento utópico, pero también inalcanzable, imposible, etéreo.

Somos meras herramientas.

Regresé a la realidad, terminando de comer mi puré de patatas y encaminándome a mi siguiente tarea: limpiar los baños. Había heredado el trabajo de quienes remembraba hace unos momentos, tomando su lugar. Pero, al contrario de mis antecesoras, había seguido las reglas y asegurado mi puesto desempeñándome como mis superiores esperaban, en ocasiones superando las expectativas. Esa era mi vida, el mundo donde me crecí; un axioma de mediocridad cuyo futuro era tan inerte y gris como las paredes que me rodeaban. No tenía aspiraciones más allá de vivir el día a día, no había otro objetivo que no fuera esperar a que mi buen comportamiento me recompensara con alguna generosa dádiva para hacer la existencia más amena. Quizás, en mis infantiles fantasías, pudiera lograr algún reconocimiento y ser tratada como una persona hecha y derecha, como Tomoko, pero sabía que aquello no pasaría de lo intangible.

– "Estás muy callada esta noche, Giovanna." – Mencionó la arachne, leyendo en nuestra habitación. – "Me agrada, pero es inusual en ti. ¿Algo que te inquiete?"

– "Únicamente preguntándome si algún día seremos algo más que esclavas." – Respondí, viendo al techo cuarteado.

– "¿Tienes alguna clase de autoridad que te conceda el privilegio?"

– "No, pero esa es la cuestión. ¿Tendremos oportunidad de obtener ese poder? ¿Ser respetadas y tratadas como individuos, no objetos?"

– "Tú no." – Contestó, fríamente y sin dejar de leer. – "Jamás pasarás de una criada. Si deseas progresar, debes encontrar la oportunidad perfecta para demostrar de qué estás hecha."

– "¿Cómo tú cuando le salvaste la vida a Cosmetato?"

– "Correcto. Ya sabes todo esto, ¿por qué lo preguntas ahora?"

– "Ignoro cuándo llegue mi chance. Y en caso de ocurrir, ¿cuál es mi habilidad sobresaliente? Dudo que sea la agricultura, jardinería, lavandería o el aseo general de la casa."

– "¿Te parece poco desempeñarte en tantas áreas a pesar de no tener ni una década de vida?"

– "No sobresalgo en nada de esas cuatro. Soy útil en todo ello, pero maestra de ninguno." – Afirmé. – "Aunque parezca impresionante, en conjunto es mediocre."

– "En eso tienes razón." – Asintió. – "Sin embargo, incluso con tan desmoralizante contradicción, puedes encontrar la circunstancia que necesitas, sólo sigue buscando."

– "Lo haré." – Suspiré. – "Será mejor que duerma. Oyasuminasai, Tomoko-sensei."

– "Oyasumi, Gio-chan."

Odiaba darle la razón cuando esta dolía, pero mi tutora nunca erraba. Mis probabilidades de abandonar mi puesto eran inexistentes a menos que algo se presentara. El pensamiento decayó rápido conforme los meses pasaban y la monotonía enterraba todo deseo de intentar algo. Eran los pequeños éxitos los que me otorgaban la excusa perfecta para abandonar mis pretensiones de superación y relegarme al conformismo. No podía quejarme, apenas había cumplido ocho años y mi niñez entera había sido adoctrinarme para aceptar mi realidad; prefería la seguridad a desarrollar ideales que pusieran en peligro el techo y alimento que ya poseía. Después de todo, el riesgo implicaba en ser devuelta al mundo que me rechazaba, caer nuevamente en la inopia, todo por un nimio arrebato de idiosincrasia infantil.

Además, entre esas diminutas victorias de las que hablaba, se encontraba nuestro triunfo respecto a la plantación de tomates. Ver a los retoños de la planta brotar de los surcos que tanto me esforcé en crear y volver el monótono café de la tierra en un hermoso verde puso una genuina sonrisa en mi cara. Aunque tales frutos fueran comunes en toda Europa, la acidez del suelo y la geografía isleña de Lesbos tornaban una hazaña lograr que las plantas solanáceas pudieran crecer ahí, pero lo habíamos logrado; por un pequeño momento, muy efímero, nos elevamos de categoría ante nuestros superiores. La recompensa fue una mejor selección de alimentos (no los tomates, esos apenas habían nacido y eran exclusivos de la Familia) y, por fin, la reparación del ventilador del techo junto a un flamante fonógrafo. Era una pieza vieja y olvidada sacada de algún sótano mohoso, pero aún podía reproducir los antiguos acetatos.

– "Bien hecho, Gio. Ganamos más de lo esperado." – Me congratuló Tomoko, soplando un disco de vinilo. – "Finalmente tendremos algo de cultura musical con buena calidad."

– "Arigato, sensei." – Sonreí, sentada en mi cama y meneando mis piernas. – "¿Crees que esta fue nuestra oportunidad?"

– "¿La que necesitábamos? Por supuesto." – Replicó, colocándola en el aparato. – "¿La que tú buscabas? No realmente, pero es un comienzo."

– "Por lo menos demostramos que valemos más de lo que creemos, ¿cierto?"

– "No importa lo que nosotras creamos, sino lo que ellos crean de nosotras. Reafirmamos nuestra utilidad y nos obsequiaron lo que pedimos, eso sería suficiente para regresar al statu quo en los próximos días."

– "¿Se olvidarán de todo lo que hicimos?"

– "Claro que no." – Sonrió. – "No mientras los tomates sigan creciendo."

– "¿Y cuando estén maduros?"

– "Para ese entonces, espero que hayamos aprovechado esto para levantarnos del territorio de la nada." – Encendió el fonógrafo. – "Por mientras, trataré de convencerlos de que me otorguen un puesto como auxiliar permanente de Marinos. El pobre médico no podrá solo con la oleada de heridos que resultará en las próximas semanas."

– "¿Otra guerra de familias?" – Suspiré. – "¿Quién es en esta ocasión?"

– "Rusos. Imagina ucranianos, pero aún más bastardos. Como si eso fuera posible." – Rió tenuemente. – "Tú no te preocupes y dedícate a encontrar esa oportunidad que buscas. Podríamos ascender juntas."

– "Con la suerte de Tique, lo lograremos."

– "Al carajo Tique; sólo los idiotas tienen fe en esa perra engañosa." – Espetó. – "Prefiero a Niké; ella es triunfo encarnado, no una vaga promesa de victoria. Las cosas suceden porque las hacemos, no por esperar a que todo salga bien. Recuerda, Giovanna, el lema de Lycosios: I dýnami eínai níki."

– "La fuerza es victoria." – Repetí. – "Actúa, no hables, pues la gloria no espera a quienes se quedan quietos."

– "Correcto." – Sonrió. – "Pero suficiente de aforismos, ¿sí? Disfrutemos algo del buen Amadeus."

Der Hollë Rache kocht in meinem Herzen…

Mozart, La Flauta Mágica, aria de la Reina de la Noche, tercera escena; todo un exquisito deleite para los oídos. La voz de la soprano resonaba por las cuatro paredes y el resto de la edificación. No había problema por despertar a los habitantes de la mansión, pues estábamos apartadas de la casa, en nuestra pequeña fortaleza de la soledad, donde sólo nosotras y el canto de Lucia Popp siendo reproducida en monoaural a treinta y tres revoluciones por minuto eran las únicas despiertas bajo el cielo estrellado que se filtraba por los barrotes de las paredes. Otra paradoja de la vida se había manifestado ahí mismo; la prisión que nos albergaba se había vuelto un pequeño castillo de libertad, donde, por un ínfimo momento en la existencia, nos elevamos tan alto como las notas que la mujer en el disco, cuya vocalización ascendía su entonación conforme el clímax de su canción se acercaba.

Libre albedrío.

El regalo más preciado, el privilegio que ha dotado a hombre y liminal de avanzar hacia el futuro. Nací sin aquella hermosa prerrogativa, mi único derecho era resignarme al papel de peona eterna, hasta el fin de mis días. El mundo me lo arrebató desde que fui concebida, desde que la sociedad misma me clasificó como una indeseada entre sus pulcras calles, carcomidas por la hipocresía detrás de sus níveas máscaras de honradez. No era nada, nadie, una oscura pieza inexistente flotando en el vacío; y por ende, carecía del poder de la elección. Pero hoy no, hoy había reclamado lo que por derecho era mío, nuestro. El trabajo nos otorgó la oportunidad de recuperar un poco de la prebenda que muchos claman carecer, sin saber que ya la poseen, manifestada ahí mismo, en ese vetusto tocadiscos que proseguía tocando las majestuosas piezas del compositor austriaco.

Éramos alguien.

Era un evento tan apoteósicamente único que olvidé por un momento la depresiva situación en la que nos encontrábamos y, embelesada por la soprano, me levanté de mi cama y empecé a dar vueltas por la habitación. No seguía coreografía o patrón alguno, pues jamás había visto alguna clase de danza; únicamente me dejé llevar por mi propia alegría y el ritmo en mi cabeza, más deífico que la pieza actual, guió mis infantiles pasos. Di vueltas, gesticulé con mis manos, imitando en cámara el aleteo de las aves que tanto me entretenían con su diario trinar, posadas en el viejo abedul en medio del patio, disfruté de volar como ellas. Compartiendo el sentimiento, Tomoko abandonó su sempiterno estoicismo y echó a reír por mi desordenado baile, con su sonora risa fundiéndose con la mía y la música. Parecía demasiado por un simple fonógrafo, pero para quienes estaban destinadas a jamás salir del fondo, era un regalo divino. Nos sentíamos tan afortunadas, felices, motivadas, vivas.

Libres.

Los días pasaron, los tomates crecieron y con estos, disminuyó el interés sobre la hazaña de la arachne y la empusa con sus habilidades agriculturales. Afortunadamente, Tomoko había encontrado la manera de mantener su plusvalía e incluso elevarla, al volverse a través de insistencia y perseverancia la mano derecha de Arkadios Marinos, el médico semi-oficial de la Familia. El tipo vivía en la ciudad, alejado de la colina que daba a la propiedad Bakos, su consultorio siendo uno de los mejores en Mitilene. Por supuesto, la arachne no saldría de la mansión, así que su trabajo se limitaba a auxiliar cuando el doctor era llamado durante una emergencia. Dado que la guerra que Tachibana había profetizado se llevó a cabo y resultó en muchos heridos, especialmente de algunos capos importantes, ella estuvo muy ocupada en esas largas semanas que sumieron a la ciudad entera en una zona de batalla.

Malo para los pobres diablos que se sacrificaron para expulsar a los rusos de las tierras helénicas, pero provechoso para la nativa de Lycosios, levantando su reputación entre los hombres, especialmente los de mayor rango. Yo también seguí su ejemplo y, aunque mis conocimientos sobre medicina fueran nulos y apenas fuera una infante, me propuse a alegrarle la vida a los habitantes con mis mediocres pero aceptables dotes para el canto. Recitaba las obras que Tomoko repetía una y otra vez en el fonógrafo, sin importarme que mi pronunciación de palabras extranjeras fuera terrible, pues los oyentes tampoco comprendían el idioma. No es que mi vocación fuera el canto amateur, ni tampoco tenía deseos de aspirar a ser artista, sólo era un astuto movimiento para generarme simpatía entre los que frecuentaban el lugar sacando ventaja de mi corta edad y mi singularidad como extraespecie. Y quizás, aunque fuera por corto tiempo, experimentar esa libertad que la música me otorgaba.

No funcionó.

El canto no era lo mío, y los escuchas no dilataron en hacérmelo saber. Ni siquiera mi encanto infantil fue suficiente para derretir el corazón de aquellos que no poseían alguno. Y al final, tenían razón. Si deseaban escuchar a alguien haciendo alarde de su voz, acudirían a algún cabaret de mala muerte con espectáculo incluido y hasta podrían acostarse con la cantante; no necesitaban romperse los tímpanos con una mantis que pretendía perder el tiempo en lugar de trabajar, como era su deber. Era una jardinera, una sirvienta, una agricultora, no un ave canora; no era libre. Mi ambición era válida, pero erré en la ejecución y perdí mi oportunidad. Regresé a lo que sabía, a lo que ya dominaba y de lo cual jamás había queja.

Terminando las labores de podar las plantas y regar los rosales, me encaminaba hasta los límites de la mansión, hacia un pequeño podio natural de piedra donde podía subirme y desde ahí obtener una paradisiaca vista de toda Mitilene.

Admiraba la homogeneidad de los techos rojos, con la uniformidad apenas interrumpida por unos cuantos edificios o la iglesia de San Teraphon, erigiéndose sobre el horizonte urbano. En otra colina, en el este, el castillo que fue alzado durante el imperio de Justiniano I seguía de pie, atrayendo turistas a sus majestuosas ruinas. Y, sobre toda esas maravillas arquitectónicas, el azul del mar colocaba la guinda en el lienzo; rugiendo con ímpetu y sirviendo como la frontera entre Grecia y Turquía. Podía observar los barcos recorriendo las añiles aguas, transportando gente y materiales que enriquecían o degeneraban, dependiendo d la carga, a tan pequeña ciudad costera. Estiraba mi mano en su dirección, soñando con que algún día, podría disfrutar de esa belleza directamente frente a mí, donde yo vivía, pero que no podía alcanzar. Necesitaba encontrar mi oportunidad.

Y entonces, llegó.

Había cumplido recientemente nueve años, habiendo celebrado con un pedazo de pastel de fresa. Mi aniversario era el único momento cuando podía disfrutar de un postre, así que me demoraba en consumir tan preciado platillo dulce, degustando cada pequeño pedazo del pan y el merengue, intentando prolongar la seráfica experiencia lo más que pudiera. Tomoko quien era la única enterada de ello, era quien me proveía con tal manjar; a nadie más le interesaba el día que vine al mundo, la misma fecha que comenzó la batalla de Creta en la Segunda Guerra Mundial. Pero en lugar de fallschirmjägers germanos cayendo en paracaídas, era una pequeña niña de diez quien descendía del cielo en un helicóptero EC120B Colibri. Era gracioso: los alemanes se esforzaron mucho por conquistar tierras helénicas en esa ocasión, perdiendo muchos de sus hombres, pero esta infanta, de apenas una década de edad, ya era prácticamente dueña de la isla desde que nació.

Su nombre era Olympia, igual que la madre de Alejandro Magno, la única hija de Phoibos Bakos, quien era el primogénito de Ioannis Bakos y próximo heredero de su imperio criminal. Ella y su padre habían pasado a alojarse a la mansión durante sus vacaciones, lejos de la bulliciosa Atenas. Él se relajaría en los aposentos de su familia, ella estaba aquí para desestresarse y disfrutar las atenciones de los sirvientes. Y siendo ella la nieta del jefe, los peones no tardaron en colmarla con su servidumbre y cumplir cuantos caprichos tuviera. Con sus cabellos dorados, herencia de su madre italiana, ojos increíblemente verdes y la belleza de su estirpe mixta, la niña era una monarca, reina absoluta de su castillo de concreto y losa; mi oportunidad.

Y ahora, esa todopoderosa se reuniría con una nadie.

Por supuesto, había que encontrar la manera de lograr que ella notara mi existencia en primer lugar. Desde que el pájaro metálico aterrizó, ella y su padre hicieron gala de aparición con dos guardias y prontamente fueron recibidos el mayordomo y varios leales lacayos que resguardarían a sus superiores con su vida, de ser necesario. Como toda soberana, era impensable que una plebeya anónima como yo tuviera siquiera chance de lustrarle esos hermosos zapatos de importación que cargaba, pero no me rendí. Siguiendo mi rutina diaria de limpieza, traté de mantenerme lo más cercana a ella que pudiera, pero sin tratar de aparentar que la estaba siguiendo. Tampoco debía esforzarme mucho, era difícil que ella pasara un segundo sin nadie a su lado. Y aunque nuestras miradas se cruzaran en ocasiones, yo continuaba siendo inexistente ante sus ojos.

– "Eres una tonta, ¿lo sabías?" – Opinó Tomoko cuando le conté sobre mis fallidos intentos durante el almuerzo. – "Te aplaudo lo osado de tu plan, pero no lograrás nada."

– "Querer es poder." – Refuté. – "Es lo que me has enseñado."

– "No; querer es buscar el momento idóneo para llevarlo a cabo." – Aclaró. – "Piénsalo detenidamente; si logras que esa chiquilla te dirija la palabra, ¿después qué? ¿Qué la haría querer volverse tu amiga?"

– "Tenemos la misma edad."

– "Y también viven en la misma casa, pero eso no las convierte automáticamente en compañeras, ¿verdad? Joder, tu nombre es italiano pero eso tampoco vuelve a su madre en tu pariente." – Retrucó. – "No, Giovanna, necesitas algo, un gancho; ¿qué es lo que ella puede obtener de ti?"

– "Servidumbre."

– "Eso ya lo tiene, a raudales. Tu puesto es intercambiable y podría encontrar a cien mejores candidatos en esta condenada ciudad, u otra, si lo deseara." – Aseveró. – "Y antes que menciones el milagro de los tomates, te recuerdo que: uno, lo hicimos entre las dos, segundo, fue hace mucho, y tercero, a ella le importan un bledo. Necesitarás otro método para lograr la conexión."

– "¿Qué me recomiendas, entonces?"

– "¿Y yo qué carajos voy a saber? No estoy interesado en hacer amistad con una niña, aunque sea la nieta del Don, al menos no más allá del plano formal. Tú eres la del dilema, tú resuélvelo."

– "Eres de mucha ayuda, ¿sabes?"

– "Lamento que los problemas ajenos y que no me afectan sean de nulo interés para mí, su Alteza." – Replicó con el doble de sarcasmo. – "Trato de comer, ¿puedo?"

– "Como quieras."

Deglutí de mala gana y regresé a mi ronda diaria. Decidí saltarme el pequeño receso después del almuerzo y me dirigí a la sala para proseguir con el aseo. Al menos podía contar con que una casa grande requería limpieza constante, perfecta coartada para justificar mi presencia. Empero, Olympia seguía ausente y protegida por demasiados guardaespaldas como para siquiera pedirle la hora, la cual era indicada por el viejo reloj de péndulo en la sala principal y marcaba que faltaba poco para las siete de la noche. Aquello no eran buenas noticias; ignoraba a qué hora se iría ella a acostar, y aunque esté de vacaciones, desconocía si querría pasar el tiempo encerrada en la solitaria fortaleza de su familia o preferiría disfrutar de las infinitas amenidades que la ciudad ofrecía, lo cual era lo más probable. Las manecillas no se detenían y la noche se cerniría conforme estas avanzaban el recorrido sin fin.

Y entonces, la escuché.

No a ella, sino a sus manos; o más bien, al sonido que sus manos producían. Un allegretto, siendo interpretado en La mayor, comenzó a resonar desde el cuarto de la niña. La conocía perfectamente, era el tercer movimiento de la sonata para piano número once de Mozart. Si bien había vivido nueve años en aquella posada y conocía cada rincón de esta, nunca supe qué cosas se resguardaban dentro de las habitaciones, siendo territorio totalmente prohibido para otra que no fueran las mucamas veteranas. Por ende, me sorprendí al oír que la recámara de la joven Bakos estaba bajo el encanto de las notas de un inesperado piano, cuyas partituras creadas en el siglo XVIII por autor austriaco traían un muy bienvenido cambio a las habituales tonadas griegas que solían permear el ambiente, cuando no eran reemplazadas por el silencio del secretismo de las reuniones del hampa.

Eso era lo que buscaba, podría hacer uso de mis conocimientos adquiridos en esos ratos de deleitarme los oídos con la radio y el tocadiscos de Tomoko, que siempre tenía alguna pieza en su repertorio todas las noches. Tachibana me había cultivado el aprecio por la música clásica y ahora todo eso rendía frutos, ya tenía la conexión que necesitaba. Dentro de su recámara, la niña se hallaría sola y sin nadie quien nos interrumpiera. Empero, aún faltaba una excusa para poder obtener acceso a sus aposentos. Mi aguda mente se puso a trabajar de inmediato, con las llamas que fulguraban en la cima del Olimpo mitológico iluminándome la mente con una idea algo arriesgada, pero con muchas posibilidades de éxito. La diosa Niké me sonreiría, estaba convencida.

Raudamente me dirigí a la cocina y, asegurándome que no hubiera moros en la costa (literalmente, las cocineras eran inmigrantes turcas, descendientes de los bereberes), abrí la nevera y tomé uno de los exquisitos flanes que se habían reservado para Phoibos y sus compañeros y, bajo la lobreguez de la noche naciente, llevé el manjar en mis manos hasta la entrada de la puerta de refinado ébano que resguardaba la habitación de quien esperaba fuera mi nueva amiga. Mi cuerpo entero temblaba mientras mis quitinosas manos tocaban la entrada, tanto por la incertidumbre de saber si mi estratagema daría resultados como por cargar con algo que estaba reservado para la persona más importante, después de la niña. Si ella me delataba, estaba más que muerta. O peor, lo usaría para chantajearme. Pero ya estaba ahí y era demasiado tarde para arrepentirse.

– "¿Quién es?" – Preguntó Olympia, interrumpiendo su melodía.

– "Disculpe, señorita Bakos, soy una de las sirvientas y vengo a entregarle un obsequio." – Respondí, usando el tono más humilde que pude. – "Es un flan, sólo para usted. Si fuera tan amable de permitirme entregárselo."

– "¿Flan?" – La oí caminar. – "No recuerdo que se me permitiera comerlo. Es exclusivo de mi padre y sus amigos."

– "Bueno, es mi cumpleaños, así que me lo dieron." – Contesté, mintiendo sólo a medias. – "Sin embargo, y si me perdona sacar conjeturas apresuradas, me imagino que usted querría probarlo."

– "¿Por qué, si es tuyo?"

– "Todo aquí pertenece a su familia, así que también lo mío es suyo."

– "Jamás había escuchado algo así de una sirvienta." – Abrió la puerta. Se detuvo al verme. – "Oh, eres la niña grillo."

– "Buenas noches, señorita Bakos." – Hice una reverencia. – "Soy Giovanna, para servirle. Soy una empusa."

– "¿Empusa? ¿Qué es eso?"

– "Una enviada de la diosa Hécate. Tenemos más parentesco con las mantis que con los grillos."

– "Nunca había escuchado de la tal Hécate."

– "Es una deidad para nuestra especie, venerada en la Grecia antigua."

– "Ah. ¿Ese es el flan que decías? ¿Es para mí?"

– "Por supuesto, señorita. Tómelo, le pertenece."

– "¿No te gusta el flan? El que preparaban en la mansión del abuelo en Macedonia era muy bueno."

– "Digamos que soy intolerante a la lactosa y comerlo me haría mal." – Acoté. – "Sería una lástima que se desperdiciara."

– "Como la abuelita Eirini, la leche le afectaba." – Lo agarró. – "Gracias. ¿Quieres pasar?"

– "Si no es molestia."

Tomé su sonrisa como un 'sí' y me introduje a su recámara. No necesito mencionar que el contraste entre ésta y la mía eran el ejemplo perfecto de extremos opuestos. Las níveas paredes albergaban un conjunto de primorosos muebles hechos de la madera más fina y tan acolchados que podrían haber pertenecido al más sobresaliente sultán. Una variopinta galería de cuadros, todos originales sabría después, decoraban el lugar, pero quedaban empequeñecidos por la ostentosa chimenea en medio de la sala, frente a un sofá tan grande que podría albergar a un coloso. Aunque, a pesar de tanto esplendor y suntuosidad que las estatuillas y la conglomeración de aparatos electrónicos que creaban una dicotomía entre lo clásico y lo moderno, mi interés estaba puesto exclusivamente en la diversidad de animales de felpa que decoraban la soberbia cama tamaño king size.

Osos, unicornios, elefantes y dragones; un zoológico de criaturas de peluche se había reunido encima del colchón, formando un polícromo ecosistema más que atractivo para mi infantil ser. Quizás fuera la ternura de los juguetes, tal vez la suavidad que mi dura cama y sólida quitina nunca me dejarían palpar, o a lo mejor era porque nunca en mi vida poseí nada similar; pero mi primer instinto fue acercarme a la cetrina tortuga marina encima de su esponjosa almohada. Empero, ella fue rápida en tomarla en sus manos y acercarla a su pecho, silentemente recordándome que aquel quelonio era de su propiedad. Me detuve de inmediato, lo había olvidado; no soy nadie y nada me pertenece. Haciendo una sutil reverencia de disculpa, regresé a mi pose servil, esperando las instrucciones de la joven mandamás.

– "¿Te gustan las tortugas?" – Preguntó.

– "Me gustan los animales marinos."

– "Yo vi muchos en Quersoneso, aunque me gustó más el acuario de Livorno; había muchos tiburones." – Explicó, acariciando su peluche. – "¿Has visto alguno?"

– "No, jamás he salido de aquí."

– "Ah, porque eres una extraespecie."

– "Así es." – Asentí. – "Y aunque pudiera hacerlo, no tengo otro lugar a donde ir y no conozco nada más allá de la mansión."

– "Eso suena muy aburrido. ¿Qué haces para divertirte?"

– "Estudio japonés, leo o escucho música. Sólo cuando no estoy trabajando, claro."

– "Ugh, yo odio estudiar." – Hizo mueca de desagrado. – "¿No hay nadie con quien juegues o algo así?"

– "Somos las únicas niñas en la mansión; la sirvienta más joven tiene dieciséis y no hablamos."

– "Ya veo." – Miró hacia el otro lado. – "Gracias por el flan."

Ahí supe que ella estaba perdiendo interés y que necesitaba reavivarlo antes que me solicitara salir de su habitación.

– "¿Tocas el piano?" – Pregunté, señalando el instrumento en el rincón.

– "Sí, no me gusta mucho, pero mi padre me obliga a tomar clases."

– "Me parece que lo haces muy bien." – Sonreí. – "Estabas interpretando Rondo alla Turca de Mozart, ¿verdad?"

– "Correcto. ¿Lo conoces?"

– "Claro, mi tutora tiene varios discos de él y lo escuchamos a diario."

– "Oh, qué bueno." – Observó el piano. – "Y, ¿de verdad crees que soy buena?"

– "¡Por supuesto!" – Me apresuré a reafirmar. – "Si no te molesta, Olympia, me gustaría escucharte de nuevo. ¿Por mi cumpleaños?"

– "Bueno… Está bien. ¿Qué quieres que toque?"

– "Lo que desees."

– "Tú eliges."

– "Oh, bien. Claro de luna de Beethoven, ¿la sabes?"

– "Fue de las primeras que me enseñaron." – Elucidó, tomando asiento. – "Ponte cómoda… ¿Cuál era tu nombre?"

– "Giovanna." – Respondí. – "Giovanna Schiaparelli."

Con eso, la rubia empezó a hojear su repertorio de partituras que residía en medio de su bruno piano vertical, un auténtico Steinway & Sons Model 1098 acabado en lustroso ébano. Encontrando la pieza que había solicitado, Olympia flexionó sus dedos y pronto las notas en Do sostenido menor del adagio resonaron de las dicromáticas teclas de marfil. Yo permanecía sentada, remembrando cuantas veces aquella tonada tan conocida y practicada por artistas primerizos en todo el mundo aparecía en las sintonizaciones de radio, siendo actualmente muy escasa su transmisión. Aún así, la dicotomía entre la simplicidad de las notas y lo complejo de los sentimientos que estas evocaban, lograron capturarme desde la primera vez que la escuché. Y ahora, una amistad parecía estar naciendo con aquella hermosa canción. Hubiera sido un momento verdaderamente mágico de no ser por un pequeño pero importante detalle.

Ella era terrible tocando.

Sé que una simple neófita en el ambiente musical no debería criticar a una pequeña de diez años cuyo ímpetu respecto a adiestrarse en tal materia es menos del esperado, pero como espectadora, también tengo derecho a juzgar el espectáculo que se me ha ofrecido; y este era simplemente malo. Por supuesto, no era tan estúpida como para externar tal opinión y volverla mi epitafio. En lugar de firmar mi sentencia de muerte, preferí guardarme mis palabras y disfrutar de ese inusual momento de paz que la pésima interpretación de la obra de Ludwig van Beethoven brindaba. Y recalco lo peculiar de tal situación, porque entre todo mi criticismo y mis pocos escrúpulos en querer entablar amistad por conveniencia, el disfrutar de una muy tranquila sesión de piano en una recámara tan opulenta, como si fuera una individua libre, era algo que había deseado desde hace mucho.

Esa es la razón por la cual la idea de disgustarme por su exigua eficiencia melódica fue descartada rápidamente y me centré en relajarme. Regalarme un momento para olvidar mi posición en el fondo de la pirámide jerárquica y nula trascendencia existencial era un verdadero alivio. Volvía a ser una persona, libre; era el mejor obsequio de cumpleaños que podría esperar. Al finalizar ella, yo aplaudí entusiastamente; no por intentar agradarle, sino por lo agradecida que estaba por haberme brindado otro rayo de luz en mi vida con esa, sinceramente, agradable pausa musical. Era como respirar el aire fresco después de haber recorrido una lóbrega cueva, y yo prácticamente vivía como una cavernaria en aquellas paredes tan solitarias. Quizás nuestro encuentro haya sido una estratagema premeditada, pero mi gratitud era genuina.

– "Gracias, Olympia, me agradó mucho." – Congratulé. No me había fijado cuándo comencé a tutearla. – "Me has alegrado mi cumpleaños con tan magnificente amenidad."

– "De nada. Hablas muy raro, ¿sabes? Me recuerdas a mi profesora de piano."

– "Así me ha enseñado mi tutora a expresarme." – Hice una reverencia. – "En todo caso, creo que es momento de retirarme. Te agradezco nuevamente el brindarme la oportunidad de atestiguar tu talento innato. Nos vemos."

– "¡Espera!" – Se apresuró a detenerme. – "¿No quieres escuchar algo más? Me aburro mucho aquí sola."

– "No deseo quitarte más tu tiempo, además, ya es algo tarde y podrían molestarse si no regreso a mis labores."

– "Nadie te dirá nada si estás conmigo." – Aseguró. Yo sabía que era verdad. – "Anda, podremos ver televisión si lo deseas."

– "¿No te molesta mi presencia?"

– "Para nada. Quieres ser mi amiga, ¿no?"

Lotería.

– "¡Por supuesto!" – Repliqué con entusiasmo.

– "Me alegra." – Sonrió. – "Entonces, ¿qué quieres hacer?"

– "Bien… ¿podrías tocar algo más, por favor, amiga?"

– "¿Algo en especial?"

– "Sorpréndame, maestra."

– "Je, cómo quieras." – Rió tenuemente. – "Ojalá te agrade Bach."

Claro que sí, diría yo. Hubiera aceptado cualquier cosa, pues mi objetivo principal había sido conseguido. Sólo era el primer paso, pero sin duda era primordial en asegurar mi bienestar en la morada. Ahora que contaba con la simpatía directa de la descendiente del futuro jefe, podía confiar en que no volvería a ser simplemente la desconocida niña grillo. Faltaba aún para que subiera a la extremadamente lejana cima hipotética, pero peldaño a peldaño, me acercaba a la cumbre; no de la fama o el poder, sino la libertad, mi amado escape de esta prisión. Ignoraba si esta alianza duraría mucho, pero mientras pudiera, seguiría tratando de que mi nombre, mi individualidad, fuera relevante.

Además, siempre quise una amiga real.

Dolorosamente, en mis nueve años de ser una infante, jamás tuve niñez. Crecí como peona, una paria, privada tanto de una identidad digna como de un desarrollo normal para una menor, o persona. Tomoko y la vida misma me enseñaron a madurar desde que mi red sináptica me permitió retener las memorias por más de veinticuatro horas, adiestrándome en las crudas verdades del comportamiento social. Para simplificar las cosas, todo se resumía a que éramos seres que necesitábamos beneficiarnos mutuamente para vivir como era debido. La amistad, la más clara de esas simbiosis personales, era simplemente un acuerdo entre varios individuos, cosa que yo había demostrado al proporcionarle a Olympia compañía mientras ella me otorgaba la llave a mi ascenso. Esa era la base tal coligación, el gancho que nos unía; nos usábamos para satisfacer una carencia, una necesidad.

Éramos herramientas.

Por lo tanto, cuando la pequeña Bakos, con una amplia sonrisa en su rostro greco-italiano, me convidó de su postre, la vorágine de contradicciones en mi interior arreció con fuerza. No creía en la bondad, el altruismo era una fachada de nuestro ego, una máscara que camuflaba la verdadera naturaleza humana del sentirse bien con uno mismo. La prodigalidad sólo nacía para complacer ese instinto, y desparecía una vez el objetivo se cumplía. Dar una moneda a un pordiosero, donar a los necesitados, dar un cumplido; aquello buscaba el mismo fin, egoísta por definición, pero glorificado por la melaza de la supuesta virtud de la magnanimidad. Yo lo había padecido toda mi vida, estaba aquí, en esta habitación, por mis propios fines egocentristas. No era su amiga, no era una buena persona, sólo éramos yo y mi ambición; estaba totalmente convencida de ello.

Entonces, ¿por qué cuando ese alimento a base de leche y caramelo impregnó mis papilas gustativas, me costaba predicarme la filosofía que había moldeado mi existencia entera? ¿Por qué me quedé paralizada al degustar el manjar más dulce que haya conocido? ¿La náusea que experimenté era debido a una verdadera intolerancia a la lactosa, o se trataba de mi interior queriéndose purgar de aquello que ahora mi alma trataba de rechazar? ¿En verdad… quería crecer tan sociópata?

No deseaba aceptarlo, Tomoko me recriminaría y perdería el poco respeto que guardaba para mi insignificante ser. De hacerlo, de darle la espalda a todo ese nihilismo que me deprimía más que hacerme aún más fuerte, concedería el que mi vida había sido desperdiciada en abstenerme de disfrutarla por catalogarla como una pérdida de tiempo. Tal dilema era inverosímil para alguien que aún no llegaba a la adolescencia, pero era real, era demasiado real. Entre más lo pensaba, más alienada me sentía, como si el ser una mera leyenda inexistente no fuera suficiente tortura. Odiaba admitirlo, detestaba reconocer que mi verdadero sueño no era la libertad, sino ser aceptada, tolerada, formar parte de la misma sociedad que me repudiaba. Y que jamás podría hacerlo, que nunca sería uno de ellos, porque era demasiado diferente.

Porque yo no podía aceptar esa falsedad.

La verdad era enemiga de la felicidad; la mentira mantenía las ilusiones a flote, intactas, eternas. Quería eso, quería caer en el dulce engaño de la fantasía, sumergirme de lleno en las aguas de esa artificial dicha y borrar el pesar que me partía el alma. Y por otro lado, algo dentro de mí me decía que todo lo que creía, lo que había dado por sentado, era la auténtica falacia. Ese algo, esa mitad de mi inconsciente, me susurraba que Tomoko se equivocaba, que sus enseñanzas sólo eran una demostración de recursividad para mantenerme bajo sus pies, destruirme todo deseo de autosuperación y dominarme mientras ella fraguaba su ascenso, traicionándome. La vida no era una ficción tras otra, no era un teatro de marionetas con nosotras y nuestros sueños como títeres principales; no, todo aquello era la mentira que había tomado como realidad. Nuestras especies eran enemigas naturales, ¿qué otra cosa sino podría ser, proviniendo de esa mezquina arachne, sino un engaño?

Y aún así, mi consciencia me recordaba que a pesar de toda la frialdad que Tachibana mostraba conmigo, de todo el desprendimiento de nuestra relación, ella era quien me había criado y protegido. Sus muestras de generosidad eran sutiles, escasas y siempre había una razón detrás de ellas, pero ella también estuvo ahí para auxiliarme, sugerirme, dirigirme por el camino correcto a su manera. Yo era una herramienta para sus fines, una que había conservado por demasiado tiempo. Deseaba rechazarla a ella y su filosofía, pero me era imposible, porque sería odiarme a mí misma. Sería hipócrita recriminarle por algo que yo había elegido creer, que volví mis propias ideas de vida.

Elegir…

Gracioso, nunca me di cuenta que tuve la opción de seguir mi propio camino todo este tiempo. Tomoko no me había obligado a nada, nunca me forzó a seguir su férrea doctrina, ni siquiera me castigó físicamente por impugnar en ocasiones contra sus mandatos. Durante nuestras reyertas, ella simplemente me negaba la palabra y dejaba que la propia existencia me mostrara la verdad de esas gélidas palabras que su ideología predicaba. No, la culpable aquí era alguien más. Todo esto, el dilema en sí, fue causado no por la arachne, por Olympia o el flan que desencadenó este conflicto interno: fui yo, sólo yo.

Tomoko misma me advirtió de no caer en las mezquinas trampas del ego, en el espejismo de las salidas fáciles, las que nos volvían débiles. La ira era un arma de doble filo; podía usarse para encaminarnos a nuestro objetivo, o envenenarnos el alma, destruyéndonos. En mi intento por descargar mi propia furia y miedos, proyecté mis temores en mi tutora, en un aciago intento por buscar un chivo expiatorio, alguien a quien atribuirle la responsabilidad de la que yo deseaba inconscientemente evadir. Sacudí mi cabeza, me estaba perdiendo, estaba dejándome llevar por mis sentimientos, mis emociones, todo lo contrario a lo que yo predicaba. Me estaba envenenando, tornándome débil.

Hipócrita.

Sacudí vehementemente mi cabeza, debía dispersar tales dudas, evaporarlas, evitar que prosiguieran consumiéndome y confundiéndome. La sensiblería y demás obstáculos no me ayudarían en mi misión; debía ser firme y cesar las vacilaciones. Tomando otro bocado de ese flan y preparando una explicación para mi súbita tolerancia a la lactosa, continué tratando de encontrar más conexiones con mi nueva aliada, más razones para que ella evitara deshacerse de mí. Sí, esta era la única manera de tratar con ella, con su familia, con el mundo que me veía como cualquier cosa, menos una persona. Quizás ella no estuviera arruinada por aquello todavía, tal vez su bondad aún fuera inocentemente genuina, pero no permitiría que eso me detuviera. De estar en mi lugar, Olympia haría lo mismo, lo sé.

– "Es bueno tener alguien con quien conversar." – Relató ella, acariciando un tiburón de felpa. – "Siempre me he sentido muy sola desde que mamá murió, ¿sabes?"

No…

– "Se llamaba Eurídice y tenía el corazón muy débil. Falleció cuando yo era muy pequeña; solamente la recuerdo por sus fotografías." – Prosiguió. – "Según mi papá y mi abuelo, ella tocaba el piano como una profesional. Llegó a interpretar en el teatro La Scala, en Milán, antes de la renovación."

Detente…

– "Por eso ellos insisten en que tome estas clases, para recordarla. Y sinceramente, no me gusta. No es que yo las deteste, no deseo faltarles el respeto a ellos, o a mamá, pero me es difícil pensar en que puedo superarla, y eso me quita las ganas de continuar."

Sólo eres una herramienta…

– "El abuelo dice que papá cambió desde ella se fue, se tornó más melin… melan… muy triste." – Afirmó. – "Nunca está en casa, siempre en esas reuniones de negocios. A veces, él sale a la ciudad y regresa de noche con una mujer. Siempre es una diferente, y siempre es más joven que él."

Únicamente te estoy usando…

– "Vuelve tarde, con un horrible olor en su ropa y lleno de pintura para labios. Se tambalea por la ebriedad y si no se desploma en su cama, lo hace en cualquiera de los muebles." – Dilucidó, con lágrimas formándose en las comisuras de sus ojos. – "Muchas veces es arrastrado por alguno de los guardias o sus amigos. Yo lo espero, aunque sea entrada la noche. Él no me dice nada cuando me ve, pero observarlo tan… así, me duele, especialmente cuando el retrato de mamá nos observa desde la sala, colgado arriba de la entrada."

No me interesa…

– "Él no es malo, siempre me compra lo que le pido. Como siempre estoy sola y soy alérgica a las mascotas, me regaló todo estos peluches para que me hicieran compañía." – Abrazó aún más al juguete. – "Pero, por muchos animales que yo posea, sólo quiero pasar más tiempo con él. Pero, cuando lo estoy, lo siento muy distante, como si estuviera pensando en otras cosas, ignorándome. Ni siquiera responde a mis abrazos, sólo me obsequia más presentes."

Mi amistad no es real…

– "Por eso me alegro que estés aquí, Giovanna." – Sonrió. – "Siempre… siempre quise una amiga verdadera."

¡No tenemos ningún lazo!

– "Debo irme." – Me incorporé de inmediato. – "Olvidé que tengo mucho que hacer. Muchas gracias por la velada, que descanse, señorita Bakos."

– "¿Eh? ¡No, espera, quédate un poco más!" – Tomó mi mano. – "¡Podemos hacer muchas cosas!"

– "Me temo que me es imposible." – Me zafé de su agarre. – "Mi turno empieza temprano y no puedo desvelarme. Hasta mañana."

– "¡Detente!" – Insistió, agarrándome nuevamente. – "Al menos… al menos promete que jugarás conmigo de nuevo. No conozco a nadie más de mi edad."

– "Siempre estoy muy ocupada, hoy fue la excepción por mi cumpleaños."

– "Hazlo en tu rato libre."

– "No poseo, más que para comer. Tengo muchas ocupaciones y no puedo faltar a estas."

– "Ordenaré que alguien más se encargue de ellas." – Colocó su otra mano. – "Por favor, Giovanna. Somos amigas, ¿recuerdas?"

– "…"

– "¿Giovanna?"

– "¿Lo somos?"

– "Sí; las mejores."

– "¿De verdad?"

– "Lo juro con el dedo chiquito."

– "De… de acuerdo." – Accedí. – "Pero primero, debo terminar mis deberes."

– "Está bien, te esperaré mañana, aquí." – Sonrió. Entonces, me acercó el peluche que cargaba. – "Toma, para que te acompañe a ti y tu tutora. Feliz cumpleaños."

– "No puedo aceptarlo."

– "Sí, sí puedes." – Acotó. – "Anda, tómalo."

– "Bien." – Obedecí. – "Gracias, Olympia. Nos vemos mañana."

– "Que descanses, Gio. Buenas noches."

Ella intentó cerrar nuestra despedida con un abrazo, pero yo fui más rápida y me apresuré a la salida. Sin detenerme, sin mirar atrás, me dirigí raudamente hacia mi habitación, ignorando todo a mi alrededor, incluso cenar. Abriendo la puerta de mi recámara, metí el selacio de felpa en uno de los cajones y rápidamente me desplomé sobre la cama, cubriéndome con las sábanas. No quería saber de nadie, de nada, sólo cerrar los ojos y adentrarme a los reinos de Morfeo lo más pronto posible. Olympia era peligrosa, demasiado arriesgada para mí. Crear lazos sentimentales significaba caer en la inopia de la dependencia, ser susceptible a las emociones y por ende, a la perdición. Si algo le sucedía o si rompíamos nuestra amistad, cualquier clase de fluctuación en tal relación, la carga emocional arruinaría todos mis planes. No debía involucrarme, no a ese nivel; exponer el corazón era volverse inerme, vulnerable al dolor.

Y aún así, quería hacerlo.

Sabía que estaba mal, que ponía en peligro mi plan original por una ilusión que no duraría por mucho. Y yo la deseaba, vivir esa entelequia, experimentar el ínfimo pero seráfico gozo de la amistad. Mi niñez perdida y mi presente escepticismo se habían enfrascado en una batalla que me impedía conceder el sueño, un escozor que me retorcía el pensamiento, emulando mi desesperado rodar en el colchón. No debería tener esta duda, se suponía que ya había madurado lo suficiente, había abierto los ojos ante la injusticia del mundo y había jurado no dejarme influenciar por discordancias ideológicas, por muy tentadoras que fueran. Golpeé mi cabeza repetidamente contra la cabecera de la cama hasta dejarme un chichón, debía purgarme de tal flaqueza, tal debilidad

– "Felicidades, Schiaparelli." – Habló de repente mi guardiana. – "Cumpliste tu palabra."

– "¡Tomoko!" – Me incorporé. – "¡¿Desde cuándo estás aquí?!"

– "¿Importa? Después de todo, lograste tu cometido, ¿cierto?" – Se acercó. – "La nieta del jefe; admiro tu ambición, pequeña."

– "Sí, supongo que sí." – Repliqué, cabizbaja. – "Tomoko, ¿puedo preguntarte…?"

– "¿Quieres internarte a la madriguera del conejo, Alicia?" – Preguntó, referenciando a la historia que solía leer yo en ocasiones. – "¿Vivir en tu País de las Maravillas con tu nueva amiga? Adelante, estás a un mar de lágrimas de conocer a tu Reina de Corazones y que te corten la cabeza."

– "Nunca he tenido amistades, aparte de ti." – Volteé mi rostro. – "Olympia es la primera que es genuinamente amable conmigo. ¿Puedes culparme?"

– "No voy a juzgarte, pero te recuerdo que si persigues el seductor rastro de la pirita, descubrirás que la gente del espejo no era precisamente lo que aparentaba."

– "Oro de tontos…" – Musité. – "Te entiendo, pero, es que…"

– "Tienen mucho en común." – Completó. – "Lo sé, conozco su historia. Su mirada denotaba su soledad, una que ambas llenan mutuamente."

– "¿Es malo querer subsanarla?"

– "¿Acaso es erróneo querer sentirse mejor?" – Cuestionó. – "¿No es el confort propio lo que deberías valorar más que nada?"

– "¿Vale la pena el riesgo?" – Sollocé. – "Darle vueltas al molinillo de esperanzas no me garantiza que el resultado sea satisfactorio a largo plazo."

– "La vida es demasiado corta para no disfrutarla."

– "¿Por qué me dices todo esto ahora? ¿No va en contra de tus enseñanzas?"

– "¿Acaso estoy en posición de darte órdenes? Tú eres la que lleva la carta de la preponderancia ahora." – Sonrió sarcásticamente. – "¿O quizás, es que no sabes cómo proceder? ¿El debate moral sobre ver a la pequeña Bakos como un mero instrumento te impide actuar como se supone que te he instruido?"

– "Ella no tiene la culpa de ser genuinamente bondadosa."

– "Al menos no conscientemente. En el fondo, sólo trata de llenar el vacío que su difunta madre ha dejado, igual que tú. Entiendo perfectamente cómo te sientes, y sinceramente, pienso que el beneficio supera a los inconvenientes, siempre y cuando uses la cabeza."

– "¿Dices que debo ceder a la opción utópica?"

– "Cuentas con el privilegio de elegir. ¿Crees tener oportunidad en el futuro?" – Recalcó. – "Pero lo importante no es lo que desee yo, sino tú. ¿Qué es lo que quieres?"

Sólo quiero sentirme viva.

Estaba decidida; sería la amiga de Olympia, y nada más. No entablaría algo más que implicara ser más cercanas, no proyectaría mis propias carencias en ella ni trataría de sustituir mi dolor con el suyo. Resarciríamos nuestro pesar a través de la interacción cotidiana, una simbiosis en nuestro favor que no pasaría de la alianza. No debía olvidar que por muy parecidas que fuéramos, ella seguía siendo una actriz temporal en mi teatro existencial, un ave de paso que abandonaría el nido cuando el tiempo acordado llegara a su fin. No soy su pariente, no tenemos lazos que justifiquen el mantenerme a su lado. Debía aceptarlo, jamás sería igual que ella; yo siempre sería una peona para su persona, para el mundo. Si verdaderamente deseaba volverme alguien, no sería a su lado. Olympia era un medio para lograrlo, no el camino.

Era una herramienta, sólo una herramienta.

Miré fijamente a Tachibana. Ella comprendió mi afásico mensaje y sonrió, afirmando silentemente. La duda que me martirizaba había desaparecido, la preocupación por usar a la heredera de los Bakos no me atormentaba. En un momento revelador, redescubrí la dicha de la indiferencia. Cuando dejamos de angustiarnos por los problemas ajenos, nada puede afectarnos. Contradiciendo a la moral y pensamiento común, el encerrarnos tras una fría coraza de insensibilidad no nos convertía en prisioneras del dolor, sino nos quitaba la vendas de la ojos y rompía las cadenas de la esclavitud de la ingrata pesadumbre que el danzar con las siempre fluctuantes emociones implicaba.

Amar es dolor, odiar es amar obsesionarse con el dolor ajeno; el desinterés es libertad.

Ya tranquila y con el peso de la ansiedad habiendo sido levantado de mí, pude relajarme y conciliar un merecido descanso. Pero antes de perderme en el mundo onírico, mi aparato digestivo me recordó que había postergado la cena para sumirme en mi neurastenia infantil. Mis sonoras entrañas no pasaron desapercibidas para mi arácnida compañera y, con una tenue risa, se dirigió a la cocina a buscar si podía hacerse con algo para mi consumo. No me extrañé que pudiera hacerlo a tales horas, después de todo, yo no era la única que había obtenido uno que otro privilegio. Además, seguía siendo mi cumpleaños. Ella regresó con un poco de pasta; fría pero comestible, y la deglutí con ahínco. El sabor no se perdía, al menos.

Con mi hambre sosegada y mis dientes limpios, pues la súbita obtención de beneficios no justificaba una exigua higiene, me preparé para dormir. Pero, aunque ya estaba resuelta en seguir con mi objetivo de no estrechar lazos con Olympia, no evité el tomar al pequeño tiburón de peluche que ella me obsequió y pegarlo a mi pecho para que me acompañara al mundo donde las fantasías se volvían fugaces realidades y nuestro inconsciente corría con la libertad que anhelábamos. Un diminuto selacio que englobaba un sencillo acto de altruismo puro y que yo, la empusa más precozmente cínica que pudiera existir, apreciaba. Quizás yo no compartiera la misma opinión que Olympia respecto a la pureza de nuestras acciones, pero le agradecía que se tomara las molestias para alegrarle el día a una liminal con el alma quebrada y, sin querer, le ofreciera una excelente metáfora de sus sueños.

Ese tiburón, ese depredador al que todos temían y respetaban, sería yo.

A partir de los siguientes días, me convertí en la sombra de la niña rubia, acompañándola a donde su frágil salud le permitiera y disfrutando de no tener que trabajar incansablemente. Entre sus vacuas charlas y la alícuota cercanía personal de sus experiencias sobre crecer emocionalmente aislada, me costaba cada vez más seguir portándome como únicamente una socia. No es fácil fingir no tener simpatía, especialmente si una desea ser recíproca en esta. Lo había jurado, no iba a retractarme, pero de verdad que era difícil no ser genuina junto a ella. A pesar de haberme puesto mi impasible máscara de indiferencia, de jugar a seguirle la corriente mientras me fuera útil, la benignidad de Olympia era tan sincera que las dudas que pensé haber expurgado, regresaron. Fue una constante sesión de disciplina, un ejercicio supremo de autocontrol lo que me permitió proseguir con mi estrategia.

Y debo admitirlo, funcionaba muy bien.

La inocencia de Bakos era arcilla fresca para ser moldeada. Mi prematura madurez me hizo darme cuenta de lo sencillo que era persuadirle, guiarla en la dirección de mis premeditados designios, manipularla a mi antojo. Era una canalla abyecta recurriendo a un engaño para mi beneficio personal, no lo negaré, pero tomando en cuenta lo que la familia de la niña hacía a diario, lo mío era literalmente un juego de niños. Y ella no se quejaba, no se oponía a que yo tomara las riendas de nuestras actividades; su necesidad de compañía era tal que estaba dispuesta a cederme el control sin rechistar. Demasiado fácil, demasiado adictivo. Empero, Tomoko me recordó que Ícaro perdió sus alas por querer volar demasiado cerca del sol. Tenía razón, mi súbito ascenso no debía quitarme los pies de la tierra; mi influjo sobre Olympia era temporal, y controlarla a ella no me daría autoridad alguna sobre su familia.

Pero eso era suficiente.

Como dije, ella era una herramienta para llegar a mi destino, y debía extraer de ella cualquier medio que pudiera serme útil a la brevedad posible. Bakos me informó que tendría veinte días más antes de que regresara a sus estudios en Atenas, casi tres semanas para obtener algo valioso; y en su caso, eso sería el talento del que ella carecía: el piano. Sonaría como un pensamiento al azar, una tontería sin conexión con mi situación, pero los frutos de aprender a tocar el instrumento de teclas se darían en el futuro. Así como sucedía con una cínica absoluta como Tomoko o yo, la música era capaz de traspasar esa barrera nihilista e inspirarnos sentimientos profundos, aunque fueran muy efímeros. Romance, tristezas, patriotismo o simple diversión; el poder que una tonada podía despertar en un individuo, grupo o incluso nación no debía desestimarse.

Y yo obtendría ese poder.

Olympia protestó al oír mi solicitud de ser instruida por ella; seguía sin ser de su agrado. Sin embargo, mi lengua de serpiente fue capaz de convencerla y, aunque lo hiciera de mala gana, pronto me vi sentada en el bruno taburete, frente a las teclas, cuyas dicromáticas tonalidades podían simbolizar una perfecta metáfora sobre la blanca y pura alma de mi compañera, contrastada con mi ennegrecida ánima corrupta. Y a pesar de esa antítesis primordial que nos distinguía, nos aliábamos para crear una hermosa melodía que satisfaría a ambos bandos. Esta falsa camaradería, esta auténtica mentira, era una descarada oda sinfónica a la falsedad en la que me había crecido. Era una lástima que la cándida Bakos formara parte de ese engaño, pero nadie dijo que la vida era justa.

Cada vez era más fácil. La ambición de seguir ganando conocimientos en las artes armónicas, el nutrirme de cultura y armarme con la habilidad de denotar mi plusvalía volvían las sesiones con mi, honestamente, inepta maestra, mucho más digeribles. Estaba consciente que ella en lugar de ayudarme, me retrasaría en demasía si le permitía instruirme completamente, por lo que me vi obligada a aprender por mi cuenta. Fue un alivio que ella actualmente fuera mejor leyendo las partituras que interpretándolas, así que me familiaricé con el jargón musical a la brevedad posible y pronto esas figuras que antes me parecían indescifrables como herméticos jeroglíficos, se volvieron un infinito universo de obras maestras que resonaban en mi mente.

Arpegios, allegrettos, stacattos, vibratos, ruhigs y langsams; una cornucopia de idiomas fusionados en una misma lengua melódica y cuyos artísticos secretos me pertenecían. Lo más sorpresivo de todo, fue descubrir que yo poseía talento. De todas las aptitudes posibles para una huérfana neófita, encontrar que mi destreza para el teclado era sobresaliente, fue una auténtica apoteosis para mi mayormente inexistente autoestima. Siempre he creído que la individualidad lleva al engreimiento y posteriormente a la decepción una vez se descubre que al final, todos somos la misma basura, el mismo estiércol del mismo abono; nadie es especial, nadie es único. Pero, incluso cuando tal idiosincrasia es inaceptable, uno puede permitirse destacar en ciertas áreas que el resto carece.

Aquello era necesario, una sola persona es incapaz de cubrir todas las bases y siempre necesitaríamos de otros para completarnos. Mi conocimiento en jardinería le era inútil a Olympia, pues ella nunca debería preocuparse por cortar malas hierbas, así como su sabiduría en ajedrez no era de mi interés, especialmente porque sabía que ninguno de los habitantes de la mansión lo practicaba, siendo innecesario el adiestramiento en tal materia. La música sí; todos la disfrutaban y una artista es siempre más respetada que una simple sirvienta. También los modales y las relaciones de los miembros de la familia Bakos me servirían, así que igualmente me empeñé en aprenderme todos los intrincados detalles que la niña soltaba despreocupadamente sobre mis actuales superiores. Conocimiento es poder, y el poder lo es todo.

Tan embriagada estaba de éste que logré inducirla a conseguirme un piano adicional, con la excusa de que podríamos practicar juntas. Convencida por el gran compañerismo que ya habíamos desarrollado en el curso de pocos días y los métodos de persuasión que Tomoko me había instruido, pues esta unión también le beneficiaría, mi aliada de ojos verdes le solicitó uno a su padre. Dado que Phoibos se hallaba en mayor estado de ebriedad que antes y el dinero nunca le era problema, accedió al instante a la súplica del único recuerdo que quedaba de su difunta esposa y yo me hice con un teclado electrónico Yamaha de setenta y seis teclas completamente nuevo. Era una verdadera belleza, con una computadora interna para memorias USB y grabar mis propias pistas. Mucho, mucho más de lo que pude soñar en poseer, demasiado. Por ende, cuando abracé a la pequeña Bakos, con lágrimas en mis ojos, ambas supimos que mi gratitud era más que genuina.

La duda, mi eterna némesis, volvía a asaltarme, esta vez acompañada de remordimiento. Olympia era una herramienta estupenda, una excelente cartera con crematísticos recursos virtualmente infinitos y que podría seguir explotando con la maestría de una titiritera; el instrumento que necesitaba en el momento justo. Pero ella carecía de esa infausta maldad que me impregnaba mi ignominioso corazón, no poseía mi sucia ambición ni se escondía tras una máscara farisea como yo. Era tan impoluta y seráfica como un hipotético ángel, una virtuosa inocente de carne y hueso que había caído bajo el influjo de esta súcubo de cetrina quitina que únicamente pretendía reciprocar su amistad. Mis sonrisas eran falsas, mi afecto era una farsa, todo sobre mí era mentira. Y ella seguía viéndome con bondad.

No debía importarme ya, había ignorado la recriminación de mi amoral proceder con éxito. Y ella lo hacía tan difícil, que recurría al regazo de Tomoko por las noches para expiarme de mis pecados mentales. Le agradecí a la arachne por su paciencia, ella me recordaba que lo hacía por el beneficio que le traería, yo sabía que tenía razón. Empero, nunca dejaría de sentirme mal por la joven Bakos; sería el secreto que le ocultaría a mi nipona tutora. Despejaba mi mente practicando hasta la madrugada con mi teclado, usando audífonos para no interrumpir el sueño de Tachibana. Ya que el trabajo matutino no disminuía, la falta de sueño me afectaba, pero supe sobreponerme a este, sólo quedaban cinco días más antes que mi amiga partiera. Para ese entonces, ya podía defenderme con interpretaciones aceptables de piezas musicales conocidas. Mozart, Beethoven y Chopin conformaban mi triunvirato principal de mi repertorio disponible, elegido cuidadosamente para ser digerible para el mayor número de personas posibles.

Entonces, llegó el día.

Las casi tres semanas se cumplieron, cuatrocientos ochenta horas donde nunca me sentí más fuerte que antes, deglutiendo un poco del paraíso que por nueve años se me estuvo prohibido. Desgraciadamente, mi tiempo de seguir bebiendo de la deífica ambrosía acabó tan rápido como se presentó, dejándome con únicamente unas pocas horas para convivir con la chica rubia. No necesito resaltar que nos habíamos encariñado lo suficiente como para invitarla a mi lugar elevado particular, cerca de los límites de la propiedad, para pasar el tiempo admirando la ciudad en la lejanía, sólo nosotras dos. Desde que era una diminuta mantis, ese punto geográfico se volvió mi zona de escape, mi pequeña burbuja temporal para darle alas a mis sueños, imaginando la empírea libertad que me aguardaba una vez reuniera los medios suficientes para obtenerla.

– "Woah…" – Musitó la rubia, impresionada por la urbe. – "Nunca me había fijado en lo grande que era."

– "Es hermosa, ¿cierto? Como una pintura de Albert Bierstadt."

– "Luce mejor desde aquí que desde el helicóptero." – Aseguró la greco-italiana. – "Y se ve más bonita con el mar de fondo."

– "Atenas es más enorme y preciosa."

– "Grande sí, pero preciosa…" – Disintió lentamente. – "No lo sé, Gio. Si te soy honesta, prefiero la simplicidad de este lugar a la bulliciosa selva de…"

– "Vidrio y concreto." – Completé. – "Veo que te pegué mi forma de hablar."

– "Sí, es muy divertido." – Rió tenuemente. – "Pero lo digo en serio, quisiera quedarme aquí. Hace mucho que no disfruto de tanta tranquilidad, especialmente con una amiga."

– "¿No tienes en casa?"

– "Papá y el abuelo dicen que solamente debería juntarme con personas que sean como nosotros, ¿entiendes? Tengo unas cuantas primas, por así decirles, de uno de los amigos del abuelo, pero ellas están en Mesolongi."

– "¿Y las hijas de los amigos de tu padre?"

– "La mayoría ya están casadas. Y como mis clases escolares son caseras, no tengo posibilidad de ver a alguien más."

– "¿Cómo has soportado todos estos años algo así?"

– "No lo sé. Supongo que lo he tolerado por todo lo que papá me compra." – Suspiró. – "¿Qué tal tú?"

– "Tomoko y mi trabajo me bastan. Aunque no negaré que es muy monótono."

– "Te entiendo. Qué bueno que nos encontráramos, ¿no?"

– "Sí, tienes razón." – Sonreí, sin falsedad. – "¿Qué harás cuando vuelvas?"

– "Aburrirme." – Encogió los hombros. – "Quisiera llevarte conmigo, pero sé que no me dejarían. ¿Te gustaría acompañarme?"

– "Sabes que sí, Oly." – Repliqué, nuevamente con sinceridad. – "Pero no hay nada que podamos hacer. Al menos podremos vernos en las vacaciones de invierno."

– "No lo sé. Papá me ha dicho que quiere mudarse a Italia, quizás buscar a alguien más para reemplazar a mamá." – Exhaló. – "Dice que los negocios de la familia necesitan reforzar su presencia en el resto de los países vecinos. Quizás ya no regrese."

Odiaba admitir que eso me rompía el corazón.

– "Comprendo." – Miré al suelo, decepcionada. – "Olympia, ¿te divertiste todo este tiempo? Sólo nos las pasamos encerradas en la propiedad, practicando piano, leyendo o viendo televisión. ¿Cuántas veces jugamos en el patio? ¿Dos, tres veces? Incluyendo esta ocasión, no hicimos mucho. Y hasta te obligué a conseguirme un piano."

– "No lo hubiera hecho si no me la hubiera pasado bien." – La sonrisa regresó a su rostro. – "Además, haría lo que fuera por mi mejor amiga."

– "Mereces alguien mejor que una grilla egoísta."

– "No lo eres, Gio. Y eres una empusa, no un grillito."

– "Je, eres demasiado buena, Oly." – Reí suavemente. – "Voy a extrañarte. No tuve tiempo para mostrarte la canción que había creado."

– "¿Eh? ¿Compusiste una canción?"

– "Es sólo una tonada que se me ocurrió de noche. Me salió de repente, ni siquiera la anoté."

– "Quisiera escucharla."

– "No está finalizada, y es terrible después de todo."

– "Yo creo que sería muy bonita." – Colocó su mano sobre la mía. – "Porque la hizo una buena persona."

– "Gracias, amiga." – Sonreí. Sentí una aguda punzada en mi pétreo corazón. – "Ojalá te vaya bien; lo mereces."

– "Tú también, Gio. Todos merecemos ser felices."

– "¿Realmente lo crees?"

– "¿Tú no?"

– "Cosechas lo que siembras." – Respondí. – "Dudo que, por ejemplo, alguien que robe y quiebre las leyes deba ser feliz."

– "Bueno, de ser así, tú deberías haber sido castigada por tomar ese flan si permiso, ¿no te parece?"

– "Touché." – Me sorprendí por su excelente tino. – "Buen trabajo, Oly."

– "Lo aprendí de la mejor." – Guiñó, riendo. – "Ah, sí que te echaré de menos, Gio. Escucha, voy a decirle a papá que hable con el abuelo y lo convenza de que te mude con nosotros, como nuestra sirvienta. No harías mucho trabajo, claro, pero sólo así aceptarían. Podremos jugar y tocar el piano todos los días, ¿qué dices?"

– "¿En verdad lo harías?"

– "¡Claro! ¿Para qué somos las amigas?"

– "Uhm, no lo sé…" – La rodeé con mi brazo. – "¿Para comprarle más cosas caras?"

– "Ay, qué avariciosa eres." – Me pinchó una mejilla. – "Tonta."

Reímos tanto que perdimos equilibrio y caímos al suelo. No nos lastimamos, pero incluso si la altura hubiera sido incómoda, no la hubiéramos sentido por el éxtasis de felicidad que experimentábamos en ese momento. Rodar en el suelo, llenándonos las vestimentas de tierra, como gatos salvajes; era liberador. No nos dimos cuenta, pero pronto terminamos abrazadas, dando más vueltas por el ligeramente desigual piso, aplastando algunas flores e insectos en el proceso; todo sin parar de carcajearnos. Lo necesitaba, lo necesitaba en demasía. Había pasado mi vida siendo tan fría y obtusa que regodearme en la flor de mi niñez me sentaba extremadamente bien. Sí, todavía era fiel a mi filosofía y estaba convencida que todo era por mi beneficio personal; ¡pero, demonios! Iba a disfrutarlo tanto como pudiera. Acabando nuestro jolgorio, ambas terminamos boca arriba, observando a un solitario pero libre halcón dando vueltas alrededor del astro rey, este iluminando las tierras griegas con su amarillo fulgor solar.

– "Giovanna." – Habló Bakos, incorporándose. – "Nunca has salido de los límites de la propiedad, ¿verdad?"

– "No. ¿Por qué?"

– "¿Quieres recorrer la ciudad?"

– "¿Eh?" – Me paré de inmediato. – "¿La ciudad?"

– "Sí. Puedo pedirle a uno de los choferes que nos dé una vuelta en la limusina."

– "Bueno, me encantaría, claro; pero, ¿te dejarían hacerlo?"

– "Por supuesto que sí." – Puso sus manos en la cintura. – "¡Soy la Reina de Corazones, la gran Olympia Bakos! ¡Todos deben obedecer o les corto la cabeza!"

– "Sabía que no debí prestarte ese libro." – Reí. – "Si podemos hacerlo, acepto."

– "¡Excelente!" – Tomó mi mano. – "¡Vamos, antes que regrese mi papá!"

Con la misma velocidad que la famosa Alicia era llevada de un escenario a otro al cruzar al otro lado del espejo, la más joven heredera de la Familia me llevó hasta su habitación y raudamente empezó a cambiarse sus atavíos al tiempo que me ordenaba hacer lo mismo. Comprendía su generosidad, pero mi físico liminal sería una impedimenta para llevar a cabo tal tarea, ya que ninguna de sus prendas poseía espacio para mis brazos debajo de mis espolones mantoideos. Yo siempre llevaba camisas sin mangas especialmente zurcidas por Tomoko, que aunque no pudiera producir seda, era una buena tejedora; los vestidos finos de la rubia costaban mucho más que yo como para arriesgarme a arruinarlos.

Al final, la solución llegó cuando me dio un saco negro para ocultar la tierra de mi ropa y un sombrero enorme del mismo color para cubrirme la cabeza. Con unos lentes para sol en forma de corazón, mi identidad como extraespecie quedaría suficientemente oculta para el testigo casual, y dudaba que alguien prestara atención a mi persona cuando los automóviles que sus familiares poseían eran si duda mucho más atractivos. Me sentía como una espía de novelas antiguas, pero al menos no lucía tan mal y podía pasar desapercibida. Ya lista y sin soltar la mano de mi compañera, ella me trasladó hacia la entrada de la propiedad y solicitó a un chofer que nos llevara de paseo. Éste quiso confirmarlo primero con algún superior, pero la niña insistió y amenazó con hacer una rabieta de no cumplir con sus demandas, convenciendo al sujeto, quien pronto nos invitó a tomar asiento en la amplía limusina de lujo. Uno de los soldados actuaría como nuestro guardia personal.

Acomodándonos en la parte trasera, suficientemente alejada del chofer para garantizar nuestra privacidad, por si el vidrio oscurecido entre la parte delantera y el resto no fuera suficiente, nos colocamos los cinturones de seguridad y sin dilaciones iniciamos nuestro recorrido por las calles de mi nativa Mitilene. Decir que mi corazón latía con la potencia de un buque de guerra sería subestimación; estaba tan nerviosa que casi le trituro la mano a Olympia y le hago un hueco al asiento de piel. Mi compañera me instó a calmarme y que disfrutara del paseo, lográndome sosegar con sinceras palmaditas en el hombro. Ya más tranquila, pero ahora los nervios siendo reemplazados por impaciencia, me pegué a la ventana para poder contemplar de cerca, por primera vez en mi vida, a la urbe con la cual hasta ahora sólo había podido fantasear.

Había que confesarlo, para ser una circunspecta cínica por nueve años, quedé boquiabierta como pescado salido del agua por demasiado tiempo. El rojo de los techos que imperaba desde mi punto privado en el patio de la mansión nunca me dejó admirar el variopinto paisaje que aguardaba al internarse entre los albugíneos y rústicos edificios de la capital de Lesbos. Estaba acostumbrada a los conglomerados de gente, especialmente después que estaban las reyertas entre Familias criminales y la residencia se llenaba de guardias a diestra y siniestra. Empero, en esta ocasión las personas no iban armadas ni lucían paranoicas por una posible represalia; simplemente se mostraban como gente alegre yendo de un lado a otro, sin preocupaciones más allá de las cotidianas. Crecida en el mundo donde un error significaba una bala en la cabeza o envuelta en un saco y arrojada al mar, observar tanta normalidad me parecía alienante.

Más que recordar a la gente y los lugares, lo que se quedó grabado en mi mente fueron las sensaciones que toda esa auténtica libertad había despertado en mí. Jamás me había sentido tan pequeña y diminuta, pero no por la impotencia o miedo, sino por la majestuosidad de la ciudad misma, la suntuosidad al haberme dado cuenta que apenas éramos una ínfima gota de agua entre el vasto océano que era el país y el mundo entero. Ahí comprendí el verdadero significado de las palabras de Tomoko y sus lecciones; en verdad que no éramos nada, sólo una piedra más del montón. Pero era nuestro deber probar que éramos la más útil de todas, la que sería elegida entre el resto, aunque sea temporalmente. Más que refutarme las ideas preconcebidas, ese respiro de aire fresco me reforzó mi ideología.

Y al mismo tiempo, me despejaba los pesares de mi corazón, llenándolos con esperanza, sentimiento prohibido en mi nihilista mentalidad, pero aceptable si nos alimentaba la ambición de auto-superación. Esta suntuosidad, la grandiosidad de la libertad me motivaba más en mi afán de arrancarme los grilletes de la servidumbre y escalar peldaños. En una extremadamente breve y salvaje sinapsis neuronal, me vi como la dueña de Mitilene misma, el metafórico tiburón intocable y respetado al tope de la cadena alimenticia. Volví a mis sentidos enseguida, aquello era demasiado hasta para el más optimista. Además, la realidad ya era suficientemente deífica con mi entusiasta compañera sirviéndome de guía, señalando los lugares de interés. Su alegría era contagiosa.

Lo mejor fue recorrer la costa. Contemplé el intenso añil de las hermosas aguas mediterráneas decorada por gigantescas embarcaciones, tanto de carga como turísticas. El brillo del mar, el resplandor del líquido, el fulgor del metal iluminado por el sol y la policromía de los individuos, muchos de nacionalidad extranjera, conformaban el cuadro artístico que definía a Lesbos como un punto de encuentro bullicioso en actividad. Mientras Olympia proseguía decantándose por contarme anécdotas de sus viajes a otros puertos alrededor del Mediterráneo, yo me centraba en una familia inmigrante, recién llegada y de aspecto eslavo, conformada de un padre y sus dos pequeñas. A juzgar por la ligereza de sus pertenencias y mirada desesperada del jefe de familia, sabía que no contaban con más de lo suficiente para sobrevivir un par de días.

Esa era una oportunidad dorada para los cazadores de talentos, como solía decirle. Siempre había sangre nueva, mucha de ella queriendo hallar trabajo honesto. Pero otras, cuya situación no les favorecía, eran seducidas por las lucrativas ofertas que las filas del bajo mundo ofrecían. De eso sí estaba segura, conocía las señas que los esbirros de los Bakos y seguramente otros hacían para comunicarse en secreto al encontrar prospectos. Daba igual que fuera a plena luz del día, tal era el poder de la mafia y la corrupción. No es que yo los condenara; no era hipócrita. La honradez, irónicamente, no es apreciada por quienes se jactan de profesarla. A pesar de ser una isla colindante con Turquía y destino de infinidad de extranjeros, el nacionalismo, pecado arraigado a los genes tribales que aún permeaban a los seres vivos, impedía a cualquiera que no fuera nativo helénico conseguir la oportunidad que deseaban.

Un país nacido de inmigrantes, una isla que se nutre con ellos, una ciudad cuyo motor económico principal son los extranjeros; y la nación los repudiaba. El absurdo no es exclusivo de las dictaduras. Por ende, no me sorprendí cuando vi al sujeto hablando discretamente con un tipo vestido de manera presentable, con ropa y zapatos caros y una infinidad de anillos en sus dedos. Cuando el mundo te da la espalda, uno también abandona los ideales; las virtudes se vuelven cadenas que nos relegan a la mediocridad y sufrimiento. No juzgué a ese pobre diablo cuando aceptó el dinero del mafioso, una interesada muestra de falso aprecio en forma de donativo para alimentar a las pequeñas que acompañaban al desdichado padre, gancho perfecto para agregarlo a sus filas. Sabía que él volvería, siempre lo hacen.

Y no podía culparlos.

Para ejemplo, a unos cuantos metros, escondido por la sombra de los ostentosos edificios y un par de carteles que invitaban al turista a visitar la caritativa iglesia de San Teraphon, yacía un vagabundo sentado sobre un lecho hecho de periódicos y el palo de una escoba como bastón mientras frente a sus descalzos pies se encontraba una taza que nadie se dignaba a alimentar con cambio. Su exigua pulcritud, su andrajosa cara decorada por una sucia barba y su silente expresión resignada eran el testimonio de la indiferencia que la sociedad ejercía mientras pregonaba altruismo. El indigente vivía rodeado de una mayestática hipocresía urbana, un mundo aparentemente perfecto que lo había arrojado por no proveer recursos de los cuales beneficiarse. La humanidad, cual sanguijuela, clavaba sus dientes en nuestra yugular, nos chupaba la sangre y nos desechaba al dejarnos secos, repitiendo el ciclo al tiempo que de su boca escapaban palabras de aliento, amor y demás falsedades que al final nos llevaban a abrir los ojos sobre la verdadera naturaleza de la moral, orden y realidad.

– "Gio, ¿qué tal si vamos al muelle?"

Pero, ¿acaso esa hipocresía nacía o se hacía?

Olympia era ese enigma que continuaba sacudiendo los cimientos de la realidad que yo había aceptado. Así como un zelota tiembla cuando el sentido común le demuestra que su dios es mentira, mi ser se estremecía al ver la mirada llena de alegría de Bakos; porque carecía de toda la podredumbre que el mundo alrededor de ella emanaba, cual chimenea. La rubia me había tomado de la mano y con entusiasmo me condujo hasta uno de los extremos del puerto, habiéndonos estacionado cerca del museo arqueológico. Pudimos observar un gigantesco ferry que estaba siendo abordado por infinidad de extranjeros, todos ellos turistas, no inmigrantes, así que eran recibidos con los brazos abiertos por todos alrededor, mientras los comerciantes los bañaban de zalamerías y lisonjas. El tamaño de la embarcación era proporcional al fariseísmo social. Por suerte, mi compañera sabía sacarme de despectivos comentarios afásicos con su sonrisa. Así, y asegurándome de no permitir que nadie notara mi naturaleza liminal, la seguí hasta llegar a nuestro destino, símbolo perfecto de lo que significaba aquella experiencia a su lado.

La Estatua de la Libertad de Mitilene.

Igual que su famosa homónima norteamericana, la efigie de quince metros se alzaba sobre su base de mármol, portando una corona de laureles y ostentando una antorcha encendida en su brazo derecho mientras observaba hacia el Egeo. Un emblema que pretendía alzar la moral de todo aquel que la admirara, una alegoría a la unión y fuerza para la humanidad misma hecha en bronce y creada en 1922 en Alemania y otorgada a la ciudad como acto de buena fe. Increíble que fuera la misma nación que nos invadiera al estallar la Segunda Guerra Mundial; la estatua debió servirle a los habitantes bajo la dictadura para evitar perder la fe en la caída del Eje. Y ahora una descendiente de italianos, los principales cooperadores en apropiarse de la patria helénica, era la atrapada que veía a la mujer artificial de la tea en mano con un aire de esperanza, deseando esa libertad.

– "Es hermosa, ¿cierto?" – Olympia me sacó de mis pensamientos, sentada en una banca. – "Mirando al horizonte, como si los sueños estuvieran del otro lado."

– "Del otro lado está Turquía, quien nos conquistara en el pasado." – Acoté, a su lado. – "Pobres turcos, atrapados entre una identidad musulmana y europea, queriendo ser libres de ambos al mismo tiempo. Quizás tal aforismo visual les sea más útil a ellos, ¿no te parece?"

– "Todos queremos escapar de algo." – Aseguró ella, alzando la vista al cielo azul. – "Yo del aburrimiento, tú de ser servidumbre; y estoy segura que quisiéramos que las personas que velan por nosotros nos mostraran más interés. ¿O me equivoco?"

– "No, tienes razón en todo."

– "Por eso la estatua sigue ahí, sin moverse; para recordarnos que debemos mirar siempre hacia adelante si queremos lograr lo que nos proponemos."

– "Eso es actualmente profundo, Oly." – Afirmé. – "Y sigues teniendo razón. Eres muy inteligente, ¿sabes?"

– "Tú me enseñaste, Gio. Sin ti, no diría cosas tan listas."

– "Yo soy como un escultor y tú una estatua."

– "¿Cómo es eso?"

– "Tú siempre estuviste dentro de la roca, yo sólo quité lo sobrante. Siempre has sido así de perspicaz, únicamente requerías el estímulo necesario."

– "¿Ves? Me das la razón."

– "No, tú la das al demostrarlo. Eres más brillante de lo crees, Olympia, jamás lo olvides."

– "Gracias." – Sonrió, tomando mi mano. – "Tú lo eres más."

– "No, tú lo eres." – Repliqué.

– "Tú."

– "Que tú."

– "Tú."

– "Bueno, tienes razón."

– "Ya te dije que… ¡Hey!" – Me dio un golpecito en el brazo. – "¡Engreída!"

Ambas reímos por tan infantil broma (éramos niñas después de todo) y volvimos a seguir contemplando las olas del mar en su vaivén. Desgraciadamente, relajarnos con el bullicio de las gaviotas y el olor a sal llegó a su fin cuando nuestro chaperón nos indicó que faltaban treinta minutos para la hora de partir de la nieta del jefe Bakos. Suspirando, volvimos al lujoso transporte y regresamos hacia la propiedad de la Familia, conmigo dándole un último vistazo a la ciudad, sin saber cuándo volvería a disfrutarla. Fue un viaje corto y poco interactivo, apenas siendo espectadoras fugaces en una metrópoli con tantos sitios históricos disponibles sin explorar; un mero raspado a la superficie, demasiado pequeño para satisfacer mi curiosidad. Pero lo había disfrutando, sin duda, incluso si también había reforzado mi pesimismo respecto a la sociedad.

Dos automóviles (el nuestro y otro con más guardias) atravesaron bien protegidas las rejas de la propiedad y nosotras nos encaminamos a la habitación de la rubia. Con diez minutos de sobra y sus pertenencias ya empacadas previamente, lo único que nos quedaba hacer era estar pensativas, sentadas sobre la cama, tratando de encontrar algo que decirnos. Tomando la iniciativa, me incorporé y me senté frente al piano. En silencio, troné mis quitinosos dedos y, con un suspiro, me propuse a darle un último regalo de despedida, algo que ella seguramente había estado esperando:

La canción que compuse.

Jamás sería una erudita musical como los sempiternos genios del pasado, cuyas tonadas los inmortalizaron por los eones venideros; tampoco que jactaba de ser una sabihonda en las partituras, a pesar de mi sorpresiva destreza para interpretarlas. Sin embargo, para Olympia, en ese momento donde mis dedos se deslizaban sobre el dicromático teclado de marfil, yo me convertí en la mismísima musa Euterpe, quien había bajado del Olimpo para deleitarla con una empírea sinfonía de piano, exclusiva para ella. Era meramente una canción sencilla de notas igual de simples, cosa de principiantes, sin los onerosos arreglos de Mozart o el virtuosismo de Chopin; nada sobresaliente en una neófita. Pero la cara embelesada de mi amiga, la única que creía en mí, lo decía todo: la amaba, adoraba la música que había salido de mi cabeza y ahora se manifestaba de forma auditiva.

Yo la quería también.

Me importaba un bledo si Tomoko se enojaba conmigo, si estaba traicionando a su filosofía o si sonaba hipócrita; yo era libre, no estaba atada a una ideología ni mucho menos me volvería esclava de tal doctrina. Sí, aún creía que todo el mundo está podrido en el fondo y corrupción simplemente significa aceptar ese lado tan oscuro, igual que mi metáfora sobre escultor y estatuas. La verdadera naturaleza del hombre o las extraespecies es el mal, el egoísmo y demás defectos; y el concepto de civilización, de humanidad, es ir contra esa naturaleza y suprimir los instintos que esta nos otorgó. Pero, también creía que Olympia era la excepción de la regla. Ambas habíamos pasado por situaciones similares, aisladas y atrapadas; su caso no era tan extremo como el mío, no había sido adoctrinada por Tachibana o quizás ignorara el verdadero negocio de su familia. Yo intenté lo mismo con ella, usándola para mi beneficio.

Y aún así, ella había evitado impregnarse con mi envilecimiento, con la perversión de mi deshonestidad, mostrándome siempre una sonrisa y aprecio genuinos en cada acto y palabra. Mi moral era en sí muy ínfima y no me arrepentía de lo que había hecho, pero ella lograba hacerme debatir esa postura. Me sentía como un demonio esparciendo la peste sobre la virginal mente de Bakos, la única persona impoluta en un auténtico mundo de pérfida podredumbre, un níveo ángel de benevolencia de dorados cabellos y ojos color esmeralda; un ángel que yo estaba corrompiendo. ¿Estaba mal sentirme así? ¿Era acaso una debilidad pensar que alguien posee mejores valores que uno mismo? ¿Desde cuándo la virtud es pecado?

Y lo más importante, ¿estaba mal… que deseara protegerla de todo eso?

Demasiado pura para este planeta enviciado, Olympia merecía ser resguardada de lo que a mí ya me había devorado. Ella podía caminar por el pantano que su propia familia fomentaba y mantenerse limpiamente inmaculada, pero estaba segura que al final las turbias aguas podrían ahogarle si continuaba demasiado tiempo expuesta a tanta inmoralidad existencial. Y eso me parecía execrable. Algo dentro de mí me impulsaba a querer preservarla tan perfecta como lucía en ese momento, con sus verdes ventanas del alma brillando mágicamente, hechizados con ese optimismo y sentido del asombro infantil que yo nunca poseí. Sabía que esa bondad era vulnerable y fácilmente maleable, que ese axioma de honradez que ella representaba podría transformarse en un parangón de cinismo.

Sabía que podría convertirse en alguien como yo.

La canción acabó pronto, era muy corta y no tuve mucho tiempo de arreglarla, siendo la mayoría de la interpretación una improvisación nacida de una súbita inspiración. Poca duración, pocos segundos de una pizca de paraíso, igual que mi tiempo con Olympia. La ironía de las cosas es cómo lo agradable es efímero, mientras el dolor parece ser eterno; la felicidad era meramente el fugaz intervalo de tranquilidad entre sufrimiento infinito, un singular respiro para seguir soportando la inagotable tortura.

– "¡Qué bonita!" – Exclamó la greco-italiana, aplaudiendo. – "¡De verdad, me gustó mucho, Gio!"

– "Gracias." – Respondí, sonriendo con resignación. – "Algún día la terminaré."

– "Quiero estar ahí cuando lo hagas."

– "Yo también, Oly." – Alcé la mirada. – "¿Crees que volveremos a vernos?"

– "Claro que sí. No es que te vayas a algún lado, ¿o sí?"

– "Lo digo por ti. Imagina que finalmente consigues más amigas, tu vida mejora. ¿Seguiría importándote este grillo que sólo sabe pedirte cosas?"

– "Giovanna." – Se incorporó, caminando hacia mí. – "Yo no voy a abandonarte."

– "Sé que no, pero incluso si lo hicieras, no te culparía." – Sonreí. – "No te merezco, Oly."

– "¿Otra vez con eso?" – Colocó sus manos en la cintura. – "¿Por qué eres tan negativa, Gio? Así nunca serás feliz."

– "¿Tú lo eres?"

– "Claro que sí; tengo a papá, a mi tío, a mi abuelo, mucho dinero." – Asintió, enumerando. Entonces, tomó mi mano con la suya. – "Y también a ti."

– "Oly…"

– "Te quiero mucho, Giovanna."

Hay momentos que definen a alguien de por vida, experiencias que sacuden la existencia entera y marcan la pauta a seguir de una persona por los años venideros. Un par de disparos al archiduque Ferdinand desencadenaron la Primera Guerra Mundial, un hombre es rechazado de la escuela de arte y termina llevando a la civilización entera en un segundo conflicto, una mujer clama tener un parto virgen y su bastardo se convierte en un símbolo religioso de redención. Engaños, asesinatos, venganza; la violencia era el combustible que alimentaba al motor de la máquina humana, recorriendo sus caminos pavimentados con sangre.

Empero, para mí, el cambio fue un simple abrazo.

La forma más sencilla y honesta de afecto, la manifestación de cariño en su expresión más pura y primordial, fue la que creó un hito en mi alma, impactándome directamente con la fuerza de cien bombas de hidrógeno. No era el acto de rodearme con sus brazos y pegar su cuerpo lo que me estremeció, eso ya lo había hecho Tomoko cuando me encontraba enferma o me cargaba a la cama cuando quedaba exhausta; fue el sentimiento detrás de la acción, la deífica calidez de su joven persona irradiando amor, sosegando mis intranquilidades afásicamente. Instintivamente, respondí a su tierno achuchón y permanecí un rato sin decir nada o moverme, únicamente disfrutando del primer abrazo lleno del amor que no había experimentado desde que mi madre me trajo a este mundo.

Las lágrimas recorrieron mis mejillas.

Olympia era suave, muy suave. Más delicada que su más fino muñeco de felpa y tan blanda como la más esponjosa almohada, su entidad corpórea era igual que el terso algodón y la satinada seda combinados en una fastuosa singularidad de exquisitez táctil. Mis duros dedos se hundían en su blanca piel bajo su vestido, perfectamente conservada por su manceba edad y su correcto alimentar. Contrario a mis rasposas extremidades, sus gráciles manos recorrían mi adelgazado cuerpo, torneado por años de trabajo físico bajo el inclemente sol. Igual que la célebre historia de Mark Twain, ella era la princesa y yo la mendiga. Dos mundos diferentes que encontraron la alianza de la amistad (como todas) gracias a compartir un objetivo común. Yo por motivos egoístas, ella por ser incondicionalmente noble, ambas por estar solas.

– "No llores, Gio." – Dijo ella, sin despegarse. – "No me gusta que estés triste. Quiero que lo último que vea de ti sea una empusa feliz."

– "Lo estoy, Oly." – Respondí, sollozando muy discretamente. – "Más de lo crees. Sólo quería expresarlo de manera más profunda."

– "Nunca he visto que alguien llore porque está contento."

– "Estoy seguro que tu mamá lo hizo cuando se casó con tu padre, y ambos lo hicieron cuando naciste." – Declaré. – "Llorar no es tristeza, sino la culminación del cenit de los sentimientos, una exteriorización de nuestro más profundo ser. El plañir puede expresar tanto como un tierno abrazo, porque son honestos."

– "¿Entonces lloras porque me quieres tanto como yo a ti?"

– "Por eso y más. Porque, y aunque sigas refutándolo, eres demasiado buena como para preocuparte por esta mantis caprichosa."

– "Querer es preocuparse por alguien, aunque parezca que no lo merece."

– "Eso se me hace una idea demasiado egoísta."

– "Entonces ya estamos igual." – Rió. – "¿Lo aceptas ahora?"

– "Sí, supongo que sí." – La imité. – "Gracias, Oly."

– "Alexandra."

– "¿Eh?"

– "Mi segundo nombre es Alexandra." – Reiteró. – "La forma femenina de Alejandro Magno; ¿recuerdas?"

– "Sabía que eras especial." – Sonreí. "¿Puedo llamarte Ale?"

– "Por supuesto."

– "Entonces, Ale…" – Me separé un poco de ella. – "¿Me harías un último favor?"

– "Claro, ¿qué deseas?"

– "¿P-pu-puedo…?" –

Titubeé. Jamás creí que lo diría, pero siempre hay una primera vez para todo.

– "¿P-puedo…?" – Tartamudeé de nuevo. – "¿Puedo beber tu sangre?"

– "¿Q-qué?" – Se sorprendió. – "¿Mi sangre?"

– "Sí. Verás…" – Volteé la mirada. – "Las empusas somos consideradas mitad vampiro; ¿sabes? Necesitamos consumir sangre al menos una vez por semana."

– "¿D-de verdad?"

– "Sí. Cantidades pequeñas, claro. Incluso una cucharada nos basta." – Manifesté. – "Yo suelo tomarla de la que trae la carne, juntándola de poco en poco gracias a Tomoko. Suena horrible, lo sé, pero prefiero eso a tomarla de los animales vivos. Me lanzarían a la calle si hiero a las vacas o a los caballos de la familia, y no quiero cazar ardillas o pájaros, como una salvaje."

– "¿Tu tutora no te deja tomar la suya?"

– "Definitivamente no; ella me explicó que en su cultura, succionar la hemoglobina simboliza una unión especial o algo así." – Elucidé. – "Además, nuestras especies han sido enemigas desde el pasado y ella jamás dejaría que ponga mis dientes en ella. Y, al igual que ella, esto es especial."

– "¿Porque somos amigas?"

– "Sí." – Asentí. – "Pero también porque creo que jamás encontraré a alguien tan buena. Quiero… quiero algo de esa bondad, Alexandra. Quiero probar a qué sabe una persona tan digna y majestuosa como tú."

– "Exageras, Gio, yo no soy tan buena como dices." – Miró al otro lado. – "Seguro mi sangre sabe horrible."

– "Imposible." – Negué vehementemente con la cabeza. – "Una niña tan dulce debe poseer una sapidez similar. Por favor, sólo será un poco. Prometo ser gentil y no dejarte marcas."

– "B-bueno, por ti no tendría problema, pero…" – Juntó sus dedos tímidamente. Lucía muy tierna haciéndolo. – "¿No me convertiré en vampiro o algo así?"

– "Descuida, esas sólo son leyendas. Nuestra hematofagia es nuestro único lazo con otras criaturas similares. Apenas y sería como el piquete de un mosquito, pero sin enfermedades transmisibles; te lo garantizo."

– "Es que… ¿prometes…? ¿Prometes que no dolerá?"

– "No estoy segura, jamás lo he hecho antes." – Repliqué. – "Hubiera practicado conmigo, pero mis brazos están completamente cubiertos de quitina. Seré cuidadosa, ¿vale?"

– "De acuerdo." – Suspiró. – "¿Dónde lo harás?"

– "Tu brazo está bien. ¿En verdad me dejarás?"

– "Para eso somos las amigas." – Sonrió. – "Adelante, Gio."

– "Gracias, Ale." – Devolví el gesto. – "No demoraré."

Con delicadeza, tomé su brazo izquierdo y recorrí un poco la manga de su vestido, dejando al descubierto más de esa lechosa piel de italiana ascendencia que la heredera de los Bakos poseía, con ligeras pecas y el rojo de su rubor empañándole el cuerpo entero. Parsimoniosamente acerqué mi rostro a su extremidad, oliendo ese perfume a fresillas que ella usaba, por si se necesitara remarcar lo dulce que ella me resultaba. Sus venas se remarcaban bajo su clara epidermis, igual de trémulas que su dueña al sentir mi cálida respiración acariciarla, nerviosa por la desesperación. Era la idea del dolor lo que preocupaba más que el dolor en sí, así que para evitarle más sufrimiento a mi generosa compañera, usé mis afilados caninos para clavarlos con la mayor meticulosidad posible en la piel, haciéndole emitir un pequeño quejido.

Creando dos diminutas incisiones, dos pequeñas gotas del vital líquido se conglomeraron en las heridas lo suficiente para ser degustadas por mi húmeda lengua, que ni lenta ni tosca se apresuró a absorber los nutrientes del virgen torrente sanguíneo de Olympia. El hierro de la hemoglobina cubrió mis papilas gustativas y comprobé que, en efecto, el sabor era muy superior al de la carne de la cocina. No, era mayor que eso; la sangre de Bakos era una apoteósica ambrosía de tonalidades carmesí, la panacea de todos los males contenida en bermellón paquete acuoso. Con brío, seguí catando la exquisita sapidez de mi amiga, moviendo rápidamente mi órgano bucal para estimular el brote y darme más de esa adictiva sustancia.

Ya satisfecha y habiéndome excedido un poco en la duración, propiné una última lamida y puse mis manos en la herida y su sistema inmunológico se encargó de resellar la fuga prontamente. Finalizando, la miré directamente a sus ojos, tan verdes como los míos. Sonreímos, no había sido tan malo. Incorporándome, extendí mis cuatro extremidades, ofreciéndole abrazarme nuevamente, aceptando ella alegremente. Seguía sin merecerla, sin ser digna de su fastuosidad, pero ella no se negaría a rechazarme. Tal vez ese optimismo tan contagioso que ella irradiaba fue lo que me llevó a dar otro evento importante más en mi vida. Y el de ella también.

La besé.

Sorpresivamente, mis furtivos labios se encontraron con los suyos, palpando la delicada e impoluta virginidad de la boca de Alexandra. Apenas llevábamos una década de vida, menos de diez años de existencia, así que tal ósculo carecía completamente de pecaminosas índoles o tonos cargados de concupiscencia alguna. Únicamente era mi manera de agradecerle por todo, de la forma más honesta que pudiera concebir. Sabía el significado de tal contacto bucal y las implicaciones que connotaban, pero mi único afán era inmaculadamente inocente, por mucho que mi interior estuviera corrupto. Mi idea de qué me llevó realmente a realizar tal acto cambió conforme llegué a la adolescencia, pero en ese entonces, sólo era un beso casto e inofensivo entre dos amigas.

Al menos hasta que, y haciendo honor a los mitos respecto a los liminales hematófagos, probé el sabor de su cálida saliva cual vampiro lascivo, degustando el interior de su boca. Para esa edad, seguía desconociendo el impulso detrás de tan ciertamente impuro despliegue, así que sólo lo tomé como una manera muy física de querer absorber algo de esa benignidad que a ella le sobraba; deseaba, inconscientemente, obtener esas virtudes, recuperar la inocencia y benevolencia que yo había perdido hace mucho. O quizás nunca tuve. Daba igual, mi objetivo de disfrutar tanto como pudiera los últimos momentos con Olympia se estaba cumpliendo satisfactoriamente. Ese ósculo, la descarga eléctrica que reemplazó mi sinapsis y recorrió mi cuerpo, eran la guinda perfecta para concluir nuestra cercanía.

Cesando el contacto bucal, nuestros rostros se habían tornado en tomates tan rojos como los que crecían en la plantación trasera de la mansión y podíamos escuchar nuestros corazones latiendo entre nuestra ligeramente agitada respiración. Yo llevaba una pequeña sonrisa que contrastaba con la absorta expresión de Bakos, tan afásica y tan tierna que casi me provocaban un segundo beso de mi parte. Admito que en cierta medida, mi dominio sobre ella era adictivo, el poder me era tan atractivo como sus dorados cabellos y sus esmeraldas oculares. Empero, era más grande mi cariño que mis impulsos de subyugación y sencillamente tomé ambas manos con las mías, ofreciéndole la misma mueca de alegría, agradeciéndole afónicamente su generosidad.

– "¿Por qué lo hiciste?" – Preguntó la niña, saliendo del trance.

– "Para que diga que alguna vez me atreví a hacerlo. ¿Te molestó?"

– "¿Eh? No, no creo." – Negó con la cabeza. – "Es sólo que no lo esperaba."

– "Siento haber actuado impulsivamente, Ale." – Acaricié sus dedos. – "Es sólo… sólo que nadie me había demostrado tanto cariño antes, así que yo también quería mostrarte el intenso amor que te tengo."

– "Bueno, ahora sé que sí me quieres." – Rió tenuemente. – "Aunque yo lo hubiera esperado en la mejilla o en otro lado. Besar en la boca es algo que sólo he visto a los adultos hacer."

– "Tampoco creo que haya algo de malo en que nosotras lo hagamos." – Declaré. – "Especialmente si es un acto de cariño, ¿no crees?"

– "Sí, supongo tienes razón." – Sonrió aún más. – "Bien, gracias, Giovanna. Yo también te quiero mucho."

– "¿No te molestó que mi boca aún tuviera sangre?"

– "No la sentí para nada. Además, creo que me gustó."

– "Entonces… ¿lo repetimos?"

– "B-bueno, tal vez un-"

– "¿Señorita Olympia?" – Alguien llamó desde afuera; una sirvienta. – "Señorita Olympia, ¿dónde está? Su padre le llama."

– "Rayos…" – Mascullé, cabizbaja. – "Creo que este es el adiós, Ale."

– "Nos volveremos a ver, Gio, te lo prometo." – Aseguró, afianzando el agarre de mi mano. – "Insistiré a papá en que tú y tu tutora se muden con nosotros en Atenas. Nos harían más falta ahí."

– "Gracias, amiga. Ojalá tu deseo se cumpla."

– "Siempre lo hacen, pero sólo si realmente luchamos por ellos. Pero, ¿puedo pedirte un favor, Gio?"

– "Lo que quieras."

– "¿Podrías seguir componiendo esa hermosa melodía tuya? Me encantaría realmente oírla una vez completa."

– "Por supuesto." – Confirmé. – "Si lo deseas, agregaré letra, para que sea una canción completa y ambas la recitemos."

– "¡Sí, suena genial!" – Dio unos cuantos saltitos. Entonces, se ruborizó de nuevo. – "Y, bueno, si estamos juntas… ya no tendrías que tomar la sangre de las sobras. ¿Te parece?"

– "Alexandra…"

– "¿Señorita Olympia?" – Insistieron desde afuera.

– "Vamos, ábrele." – Me resigné. – "Les ayudo a cargar tus cosas."

– "Gracias, amiga."

Tomando la enorme caja que restaba en su recámara, cosa sencilla con mis cuatro extremidades, salimos de su habitación en camino a la bruna limusina que la transportaría hacia el Aeropuerto Internacional de Mitilene; lejos, muy lejos de mí. Abriendo la cajuela y siendo auxiliada (es decir, reemplazada) por el chofer, se metió la caja en esta y quedamos unos momentos esperando a que el progenitor de la niña apareciera para que pudiera partir. Yo me mantuve lo más cerca posible de la rubia, sin decir nada, sintiéndome segura a su lado y sin importarme que casi todos los ojos se posaran en mi persona. Seguía siendo una empusa, una extranjera, pero me daba igual cuando Olympia me acompañaba. Si ella era un ángel, entonces también logró donarme alas, pues ya me encontraba con la moral muy elevada.

– "¿Gio?" – Habló ella.

– "¿Sí?"

– "Olvidé mi sombrero en mi cuarto, en el cajón de la mesita de noche. ¿Podrías ir a buscarlo, por favor?"

– "Claro, pero me temo que lo cerraste con llave al salir."

– "Descuida, una de las sirvientas te la abrirá." – Hizo seña a una de ellas para que se acercara. – "¿Podrías llevar a Gio a mi habitación y dejarle entrar?"

– "Como ordene, señorita." – La aludida hizo una reverencia.

– "Gracias."

– "No tardaré." – Le dije a mi compañera.

Con celeridad, me dirigí hacia los aposentos de la joven Bakos. No me di cuenta, pero ella yo quien guiaba a la sirvienta, invirtiendo los papeles que por nueve años yo mantuve. Veinte días fueron suficientes para quebrar el eterno ciclo de aislamiento y nulas esperanzas. No había duda, Olympia me había cambiado demasiado la vida, iluminándola con su resplandor divino, bajado de los reinos de Urano. Y ahora estaba pensando en metáforas sobre deíficas apariciones celestiales en su honor, realmente me estaba transformando, por muy embarazosos que tales pensamientos me parecieran después en el futuro. Con el seguro retirado por la criada, entré a la recámara y prontamente abrí el cajón indicado para recuperar la prenda solicitada. Empero, en lugar del sombrero blanco que ella solía llevar, me topé con algo diferente.

Un peluche.

Ostentando un dicromático verde con amarillo y con una tierna apariencia, una esponjosa tortuga marina de juguete era quien me veía con sus profundos ojos de muñeco. No lucía muy nueva, pero se mantenía perfectamente conservada, denotando su posible valor nostálgico. Amarrada en su aleta izquierda, una cinta sostenía una hoja de papel. Abriéndola, leí un breve mensaje, de apenas cinco palabras; un quinteto que me sacudió al instante y obligó a mis ojos a empañarse cuando las lágrimas los invadieron.

'De mi madre, para ti.'

Demasiado para mí, Olympia era demasiado para una indigna como yo. Su admirable bondad se desperdiciaba con mi sucia e ingrata persona. La usé y ella me ofreció una sonrisa, le mentí y me dio su amistad; profané su sangre, sus labios, sus sentimientos, y ella me entregó su pasado. El material sintético se humedeció por mi plañir, abrazándolo con fuerza, pegándolo lo más que pudiera a mi pecho, cerca de mi corazón. Quería que su pureza me purgara la impía alma, que me iluminara el interior por siempre, que jamás me abandonara y me dejara en esa aciaga oscuridad de la que tanto me ayudó a escapar. Pero, en lugar de correr a su lado, de abrazarle como nunca lo había hecho y nunca volver a soltarle en mi vida, simplemente permanecí ahí; inerte, afásica, triste.

Solitaria.

No tenía sentido perseguirla, sabía que aquello había sido una distracción para evitar que la despedida se dilatara y pudiera darse el valor de retirarse sin mirar atrás. Los sentimientos encontrados en mi interior, la vorágine de incertidumbre, esa infausta molestia volvía a asaltarme. Ella pensaba igual que yo, deseaba que no nos separáramos. Eso me alegraba, me colocaría una titánica sonrisa en mi rostro al instante; en verdad que habíamos hecho una profunda conexión. Pero, por el otro lado, aquello significaba que me estaba volviendo una carga, una cadena que le impediría retornar a su hogar, una debilidad. Tal dependencia no debió surgir, sólo sus familiares deberían tener esa importancia; ella no debía preocuparse por mí y ser propensa a sufrir por ello.

Ignoro cuánto tiempo estuve sollozando, cuántas lágrimas impregnaron el peludo exterior del muñeco o cuándo se retiró la sirvienta, pero para cuando me digné a salir de mi afligido estado, hacía mucho que la limusina que transportaba a Olympia había emprendido camino al aeropuerto. Nadie me recriminó el prolongar mi estancia en los dominios de la nieta del Don o que cargara con uno de sus juguetes, especialmente el que contenía mayor valor sentimental para ella; tal vez porque ignoraban la importancia de un sencillo quelonio de felpa y el de una desdichada empusa que paseaba lenta y pesadamente por los pasillos de la gigantesca morada, hasta llegar a su refugio, aislándose del mundo por el resto del día. Pasé en cama las siguientes horas, llorando hasta que me dolieron los ojos y mi garganta no soportaba el escozor de mi plañir. Y todo, sin soltar a la tortuga.

– "Te dije que el crear lazos con esa niña eventualmente terminaría contigo en este estado." – Mencionó Tomoko, trayéndome la cena. – "Pero la única culpable aquí eres tú; sabías las consecuencias, después de todo."

– "No me importan las consecuencias." – Repliqué, con la cabeza hundida bajo la almohada. – "Lo que experimentamos valió la pena."

– "En eso te doy la razón. Le sacaste provecho a su amistad." – Contestó, colocando el plato en la mesa de noche. – "Órgano electrónico, dos juguetes, paseos por la ciudad y disfrutar del privilegio de que los esbirros a quienes nunca importaste, ahora defendieran tu vida con la suya, de ser necesario. Viviste como reina por casi un mes, nada despreciable."

– "Los bienes materiales y sociales no me importan." – Refuté.

– "Ah, ahora eres una noble aliada, magnánima y honesta." – Rió, sardónicamente. – "Me encanta la falacia de la amistad, el placebo del podio moral que unos segundos del goce del paraíso pueden desencadenar en una mente impresionable. Claro, puedes clamar que ustedes dos eran almas hermanas unidas por una coligación inquebrantable, pero eso no cambia el hecho que la utilizaste para llenarte el vacío del mismo corazón que ahora llora por la ausencia de tu principal fuente de combustible moral. Te hiciste dependiente de ella, por ello sufres."

– "Nosotras dependemos de ganarnos el favor de esta familia con nuestro trabajo. ¿Qué diferencia hay de colocar la fuente de felicidad en un individuo?"

– "Que el trabajo es infinito, siempre está disponible y no se limita a una sola raíz." – Elucidó. – "Sí, los resultados no son tan instantáneos como la gratificación física provee, pero estos no te abandonan una vez el origen cambia de circunstancias. Las labores no son efímeras, Schiaparelli."

– "Nosotras tampoco. Y da igual que siempre tengamos posibilidades, pues en cualquier momento nuestra existencia cesaría si nuestros superiores deciden finalizarla."

– "¿Tan ínfima consideras tu vida? ¿Ya asumes que no durarás lo suficiente y te decantas por la fugaz satisfacción? Esto es peor, ahora te estás volviendo suicida."

– "¿Es tu visión nihilista mucho más positiva?"

– "No se trata de dividirlo en un espectro axiomático moral, sino de considerar la versión menos fatalista." – Manifestó, asentándose a mi lado. – "¿Quieres darle la razón al darwinismo social y probar que eres demasiado débil para ser útil? Adelante, pero estarías decepcionando a la vida por claudicar al primer tropiezo sentimental. Y también a Olympia."

– "¿Qué sabes de ella? ¿Qué sabes de lo que compartimos, más allá de una simpatía por circunstancias similares?"

– "Nada más allá de lo que tú misma me has contado." – Respondió. – "Pero esta tribulación es manifestación evidente de que esperas verla de nuevo, que has depositado tus esperanzas en un sueño que quizás no vuelva a cumplirse. Es esa fe lo que lo convierte en doloroso, y sé que no quieres darte por vencida; no por ti, sino por ella. ¿O me equivoco?"

– "No." – Admití, retirándome la almohada. – "No quiero fallarle, no voy a defraudarla. Nos volveremos a ver, se lo prometí. No faltaré a mi palabra."

– "Esa es la actitud. Ahora, espero que te levantes y hagas las cosas, no sólo hables."

– "Lo haré. Pero, ¿por qué me apoyas ahora?"

– "Mientras sigas siendo útil, me da igual que tus motivaciones provengan de un objetivo fútilmente inalcanzable como esa niña." – Declaró. – "Una vez ella crezca, hallará lo que necesita en otro lado y eventualmente te reemplazará, pero por ahora, es tu inspiración para no rendirte. Y eso es lo único que importa."

No discutí más, me encontraba demasiado afectada para comenzar a debatir con la arachne y al final, era verdad, el volver a ver a mi amiga era motivación para evitar acongojarme por más tiempo. Llorar no la traería de vuelta, la inactividad no haría cambiar mágicamente la situación; Olympia se había ido por ahora, pero regresaría. Con eso y con mi resolución puesta en reencontrarme con ella, me incorporé de la cama y empecé a degustar el plato que Tachibana me había proveído. Agradeciéndole la molestia y ya mejorada mi moral, tomé el teclado electrónico y me coloqué los audífonos. Esa noche, mi misión fue expandir y pulir la promesa musical que le había hecho a Bakos. Usando papel y lápiz, comencé a plasmar las partituras de mi primera obra original. Ya fuera en un mes, año o décadas, ella sería la primera en escucharla.

Los siguientes días, regresé a mi rutina diaria, con el pulir mis habilidades musicales agregadas a mi itinerario. Los tomates finalmente habían alcanzado el estado óptimo de madurez y era mi labor recoger los literales frutos de mi trabajo. En todo ese tiempo que pasaba por el plantío, arrancando las rojas esferas y depositándolas en la canasta, no dejaba de pensar en que Olympia y yo hubiéramos compartido un exquisito plato de domatokeftedes, es decir, tomates fritos. O quizás, haciendo honor a sus raíces italianas, disfrutar de pasta con salsa fresca hecha a partir de las solanáceas recién cosechadas. Cualquier platillo se volvería manjar mientras disfrutara de su compañía. Literalmente; comer con Olympia fue la primera vez que no tuve que conformarme con sobras de baja calidad. Incluso Tomoko llegó a envidiar mis constantes codeos con la gastronomía reservada únicamente para la élite.

Nunca olvidaré la ocasión que mis papilas gustativas sintieron el empíreo sabor de los pimientos rellenos de carne y queso, derritiendo mi paladar con su distintiva cornucopia tri-sabor y cimentándolo como mi alimento favorito. Volver a vivir aquellos fastuosos momentos de felicidad, experimentar el ser tratada prácticamente como una igual, me incitaba a seguir demostrando mi valor como persona. Trabajé con mayor ahínco, incluso solicitando más labores, por muy nimias que fueran; sólo quería que mi nombre siguiera siendo relevante, que mi existencia se justificara. Alexandra haría de su parte por lograr que me reconocieran lo suficiente y yo también debía poner empeño. La luz se elevaba en el horizonte de mi futuro, prometiendo un porvenir más que apoteósico. Días después de su partida, Tomoko me sorprendió con algo que jamás esperé recibir:

Una carta de Olympia.

Dejando a un lado mis estudios del idioma nipón, tomé el sobre y mis espolones lo abrieron de inmediato, con mi corazón latiéndome fuertemente apenas posé mis globos oculares en el albugíneo pedazo de papel. Quizás la habilidad musical de Alexandra fuera mediocre, pero debía reconocer que poseía talento para exhibir la caligrafía más impecable que haya conocido en mi vida, ya sea niño o adulto el redactor. Perfectamente legibles y plasmadas con hermosa tinta negra, como mi cabello, empecé a leer entusiasmadamente la misiva. Las cosas habían mejorado para mi compañera: su padre, relajado por las vacaciones, aceptó la idea de enviarla a un colegio privado, así que finalmente tendría la oportunidad de hacer amistades. No mencionó nada de él abandonando sus antiguas juergas o, lo que más esperaba, algo respecto al plan de mudarme a su residencia, pero sabía que era demasiado temprano para que los cambios se dieran, saber que se encontraba bien era suficiente para mí.

Fue un mensaje corto, sin mucho detalle excepto recalcando cuanto extrañaba la calma de Mitilene y lo entusiasmada que estaba por empezar sus estudios. También esperaba que su último regalo hubiera sido de mi agrado y me enviaba más metafóricos abrazos y besos en caso de que su tortuga no fuera suficiente. Sonriendo por su inagotable bondad que ese arcoíris viviente emanaba, me puse prontamente a estructurar mi respuesta, donde la agradecía infinitamente por haberme confiado un tesoro tan valioso como el ahora nombrado Señor Tortuga, los eventos cotidianos en la mansión de su abuelo y, como lo mínimo que podía hacer para mostrar mi gratitud, las partituras originales de la pieza musical que había refinado lo suficiente para darle una segunda previsualizacion aceptable. Ya las tenía memorizadas, así que sólo sería cuestión de seguirlas mejorando.

Jamás formulé un mensaje tan rápido en mi vida; mi felicidad estaba por las nubes y me importó poco que hubiera quebrado el bolígrafo al apretarlo demasiado por la emoción, dejando un manchón de tinta en los costados de la hoja. Tomoko me facilitó un sobre y le rogué que solicitara que la enviaran lo más pronto posible. Desgraciadamente, ambas éramos aún peonas y no iban a molestarse con la correspondencia de individuas de baja categoría, incluso si iba dirigida a una miembro de la Familia. Me decepcioné por no poder comunicarle de inmediato mis pensamientos a mi compañera y me resigné a esperar a que Tachibana fuera capaz de convencer a alguien para que la misiva llegara a manos de la niña. Pero, mientras esperaba a que ese día llegara, pude permitirme soñar, tener fe, sonreír con optimismo. Después de nueve años, el sol de la felicidad me iluminaba el rostro; todo iría bien.

Y entonces, el sol se apagó.

La vida es una perra engañosa. Juega con nosotros, nos mima y acaricia con sus deleites y placeres tanto terrenales como intangibles. Nos seduce con sus besos de pequeñas victorias, alimenta con las mieles de la esperanza y nos eleva tan alto como un ave. Y entonces, mostrando su verdadera faceta, sádica y cruel, nos corta las alas cuando estamos en el cenit del cielo. Caemos precipitadamente, como Ícaro, al mar de la desesperanza, hasta que las oscuras aguas del pesimismo finalmente nos inundan los pulmones, ahogándonos. Nos entierra la daga de la traición lo más lenta y profundamente posible, retorciendo el filo y sacando la mayor cantidad de sangre entre más protestamos que cese, a pesar que sabemos que es caer en la inopia. Nos tortura y mata con salvajismo, nos arroja a las llamas del infierno existencial y aviva las flamas entre más alto gritamos. No nos odia, simplemente le somos tan indiferentes que nuestro sufrimiento le es cosa común.

Demasiado común.

Cuando las noticias de que el automóvil en el que ella y su padre abordaron explotó en mil pedazos por una bomba escondida mientras se dirigían a una noche en el teatro, mi sentido de la credulidad se apresuró a negarlo. Era absurdo, no tenía sentido, sonaba completamente inverosímil y sacado de las más irrisoria historia sensacionalista creada por algún diario amarillista. Empero, era real, demasiado real: Olympia había muerto, y con ella, todo lo hermoso que conocí. El mundo tan bello y lleno de idílicas esperanzas ardieron más que las flamas que devoraron el cuerpo de la pobre niña, consumiéndome la poca felicidad que quedaba en mi corazón y calcinándome el alma. La luz se extinguió, las sonrisas desparecieron, los sueños se destrozaron en trozos irreconocibles y fueron pulverizados hasta formar una masa negra y amorfa que representaba al futuro muerto. Había acabado, la alegría cesó su existencia; el mundo entero se tornó monocromático.

La energía fue succionada de la mansión en un instante y los rostros de los que aún poseían sentimientos se tornaron taciturnos, mas no hubo lágrimas. Sin embargo, el luto fue breve para ellos; la muerte del hijo mayor y la nieta del mismísimo Don era una noticia importante e impactante, sin duda, y se esparció como pólvora entre todos los habitantes de la residencia, pero no había tiempo para llorarles demasiado, pues había que comenzar las represalias de inmediato. El efímero silencio fue reemplazado por gritos furiosos de los caporegimes dando órdenes a todo el personal disponible, dando las alertas y exigiendo las cabezas de los responsables. Las armas se alistaron, los neumáticos dejaron rastros en el pavimento y la cacería marcó el inicio de la vendetta. Una cruenta guerra estalló como aquella bomba, una que reclamaría incontables vidas. Aquello no me importaba...

Yo ya estaba muerta.

Olympia fue una auténtica serendipia. No era pirita, como clamó Tomoko, sino verdadero oro que hallé buscando simple hierro, el golpe de suerte más grande que jamás merecí, pero que llegó a mí sin condiciones. Cuando su sonrisa se extinguió, la mía también. La oscuridad retornó y se sentó en su trono de desesperanza, blandiendo el cetro de la decepción y proclamándose la emperatriz absoluta de mis moribundas ilusiones. Ese fue mi punto de quiebre, el nadir de mi júbilo, el segundo evento que marcó mi existencia y rigió férreamente el resto del futuro. Mi alma retrocedió en el tiempo y regresó a su solitaria crisálida, para nunca abandonar el capullo. El mundo era demasiado incoloro e insípido y yo era una larva sin apetito ni energías.

Permanecí de un humor letárgico el resto de la semana; estaba tan desanimada que Tomoko tenía que meterme la cuchara en la boca para obligarme a consumir alimento. El ambiente seguía siendo tan caótico en la casa que a nadie le importó que faltara por dos días enteros a mis labores; comparada con los deseos de los Bakos de vengarse de los turcos, los perpetradores de tan infausta infamia, yo continuaba siendo la menor de las preocupaciones. Después de tres días de estupor y auto-compadecerme, mostré señales de lo más parecido a movimiento propio, un facsímil de energía consciente, una marioneta que pretendía dar la ilusión de haber cobrado vida; solamente cumplía mi deber rutinario para cauterizar la herida que continuaba abierta. El trabajo me despejaba la mente, filtraba el dolor con esfuerzo físico, aunque jamás lo sanara.

– "El Don enfermó del corazón." – Mencionó mi tutora, mientras me lavaba la espalda. – "Según Arkantos, lo internaron en el hospital de Lamía hoy en la madrugada."

– "Ya veo." – Contesté, desganada.

– "Debería importarte más, Schiaparelli. Janus, el único hijo que le queda, se convirtió en el segundo al mando y probablemente sea el nuevo jefe en unos días. Ignoro qué tenga preparado, pero ese condenado es realmente un sanguinario hijo de perra. Lo peor, el detestable de Papagos es su mano derecha y consejero."

– "¿Qué diferencia habría?" – Interrogué, observando el jabón escurrirse por mi cuerpo. – "No es que los Bakos o el resto del hampa sean ajenos a la crueldad. Un Don desalmado era el curso esperado después de haber perdido a su hermano."

– "Que ese maldito no es el viejo Ioannis o el difunto Phoibos; su política es peor que la de un dictador." – Manifestó, pasándome la esponja. – "Mató a todos sus secuaces de origen turco cuando oyó las noticias, a todos los veintisiete; y solamente hablo de los que había en su grupo en ese momento. Y no contento con eso, acribilló a medio mundo en un restaurante de una familia de Estambul."

– "Repito, ¿eso qué tiene de novedoso?"

– "¿Piensas que a un hombre así le interesan las plantaciones de tomates, mantener sus rosales o las dulces sinfonías recreadas en el piano?" – Cuestionó, sardónicamente. – "Lo siento, Bach, pero necesitarás más que habilidad con las teclas para mantenerte relevante."

– "¿Dices que me desecharán una vez Janus tome el poder?"

– "Quizás. Incluso mis dotes médicos pasarán a segundo plano; es más fácil y barato encontrar sangre nueva que tratar de reparar heridas."

– "Me da igual, Tomoko." – Contesté. – "Si ese Janus o Papagos o quien sea, deciden meterme una bala en la nuca o arrojarme al Egeo con zapatos de cemento, que lo hagan."

– "¿Podrías dejar esa maldita actitud de una vez? La que se murió fue Olympia, no tú."

– "Descuida, pronto lo estaré de verdad y dejaré de incordiar tu positiva visión de la vida."

Ella me pellizcó la oreja.

– "Gran Arachne, suenas peor que una adolescente con padres negligentes." – Disintió con la cabeza. – "Tienes, ¿qué, nueve años? Y ya te quieres suicidar por haber perdido a tu primera amiga. Sé que duele, sé lo especial que resultaba y cuán profunda es la cicatriz que ha dejado su ausencia, pero la vida continúa, con o sin ella."

– "¿Cuál es el objetivo ya, si la persona que te importaba dejó de existir?" – Contesté, tallando mi lóbulo.

– "Vivir." – Aseveró. – "Piénsalo, ¿crees que de estar en tu lugar, esa niña se hubiera quedado para siempre en su cuarto, gimoteando por una mantis que conoció por menos de un mes? Era la hija de la familia criminal más poderosa de toda Grecia, pudo conseguirse un ejército de empusas de desearlo. Tú únicamente fuiste la que le dio compañía por tres semanas, y quizás haya parecido generosa regalándote ese teclado y hasta peluches, pero solamente deseaba comprarte con obsequios mientras le fueras útil."

– "No te atrevas a decir que Alexandra era una interesada, Tomoko."

– "Al menos en el sentido tradicional, ella no sabía que estaba sobornándote. No es de extrañar, está rodeada todo el tiempo de los mercenarios que su familia ha comprado desde siempre." – Reiteró. – "Y no eres nadie para quejarte, que seguir fingiendo que te has reformado de tus egoístas intenciones para entablar alianza con ella es inútil. Ella ya no te proveerá beneficio, no te es útil; despídete del pasado y mira hacia adelante."

– "¿Pretendes que olvide a mi mejor amiga?"

– "No, sino que des vuelta a la página del ayer. Como dijo Benvolio al afligido Romeo: absorbe un nuevo veneno y el antiguo perderá su ponzoñosa acritud." – Recalcó. – "Pero sé que te negarás, ¿sabes por qué? Porque nadie podría sustituir los beneficios que tu querida compañera ofrecía. Si realmente fuera amistad lo que quisieras, hace mucho que la hubieras encontrado con las sirvientas o cualquier otro trabajador. Olympia era una mina de oro, una excelente proveedora, garantía de protección y estatus en su presencia; es de familia, lo lleva en la sangre y la cartera."

– "¿Tanto te cuesta aceptar que Oly era honesta?"

– "¿Y por qué no sigues su ejemplo y tú admites que tengo razón? ¿Quieres comprobarlo? ¿Por qué no eres tan generosa como ella y regalas ese valioso teclado o los peluches a alguien más? Podrías encontrar otra alma gemela nuevamente, o al menos alegrarle el día a una persona."

– "Son el único recuerdo que tengo de ella."

– "La tienes en la mente y tu corazón, además de una tumba en Atenas que perdurará por siempre y las plegarias de su familia. ¿No es eso suficiente para evitar que la olviden?"

– "Me las dio a mí, Tomoko." – Insistí. – "Me valoraba lo suficiente para dármelas. La tortuga era de su difunta madre, por Hécate, ¿piensas que me entregaría algo así si no yo le importara?"

– "Lo hizo porque tú le dabas compañía inmediata; una muerta no podría hacer lo mismo. El valor sentimental del muñeco no importaba, sólo era la moneda de cambio para obtener tu beneficio y funcionó."

– "¿Qué sabes tú de amistad?"

– "Más que tú de cómo funciona el mundo. Niega todo lo que quieras, refuta mis argumentos, pero en el fondo no podrás impugnar los indelebles hechos: Olympia Alexandra Bakos murió y con ella todas sus ventajas." – Manifestó. – "¿Quieres recordar su memoria y no decepcionarla? Entonces deja de lamentarte por lo irremediable y muévete hacia adelante. Si tanto te quería, lo que menos querría ella es ver que la grandiosa Giovanna Schiaparelli prefiere llorar como una Magdalena y permanecer en su mundo de nihilistas inopias en lugar de luchar por ser alguien. Si valoras su nombre, empieza por valorar el tuyo, maldita sea."

La personalidad de Tachibana era realmente pedante y ácida; pero, detrás de esa corrosiva mordacidad y el cinismo tan incisivo, se escondía la sabiduría de una mujer que había visto suficiente para sobrevivir. Su manera de transmitirme ese conocimiento era agresivo e hiriente, pero lograba llegarme lo suficientemente claro para, muy a mi pesar, admitir que tenía demasiada razón. Discrepaba en su opinión que los motivos de Oly fueran facinerosos, pero ella estaba en lo cierto en cuanto a decepcionarla por mi actitud tan retraída. Se suponía que saldría de esta prisión y elevaría el vuelo. Alexandra me abrió las puertas, me dio herramientas, alas y motivación para lograrlo, y lo hice.

Aprendí a tocar el piano, compuse una melodía por mi propia cuenta ¿acaso su ausencia me impedía seguirlo haciendo? Había perdido a un gran apoyo para cumplir lo que me proponía, ¿pero no era la amistad de Bakos un medio para lograrlo, no el objetivo? Sí, la quería y mucho, pero su muerte no debería ser el fin de todo. El fallecimiento de su madre no detuvo a su padre, y el fenecimiento de este no significó que su abuelo o su tío decidieran arrojar la toalla. Yo aún estaba viva, poseía los conocimientos y la voluntad para hacerlo, ¿qué rayos lograba con plañir en la soledad? ¿Qué ganaba atándome al pasado? Sonaba frío, pero era necesario. Sequé las lágrimas que se habían formado en mis ojos durante mi litigio verbal con la araña y acomodé mis pensamientos antes de volver a abrir la boca.

– "¿Qué propones?" – Le pregunté. – "Si mis funciones actuales no bastan, ¿en qué puedo desempeñarme para proseguir exhibiendo mi plusvalía?"

– "¿Qué estás dispuesta a hacer?"

– "Lo suficiente."

– "Eso bastará." – Asintió con la cabeza. – "Arkantos me propuso mudarme a la casa de seguridad de la bahía de Kalloni. Podría trabajar como una soldado."

– "¿Serás una de ellos?"

– "Si del cielo te caen limones…" – Encogió los hombros. – "¿Esperabas algo diferente en la mafia?"

– "Lo sé, pero, no pensé que quisieras pertenecer a esos desgraciados. ¿Estás segura, Tomoko?"

– "Haré lo que sea para salir adelante, Giovanna. ¿De qué me sirve aferrarme a la supuesta moral, cuando la sociedad misma te empuja a perderla? No somos nadie, carecemos del privilegio de elegir; es esto o sufrir constantemente en la irrelevancia, para finalmente perecer en la intrascendencia. Listo, tu turno de lavarme la espalda."

– "Comprendo, ¿pero por qué crees que van a reclutarte, si incluso como enfermera no pasas de estar en el fondo de la pirámide?" – Cambié de lugar, subiéndome en su tórax arácnido.

– "Podría decirte que una arachne cazadora es un arma mortal viviente, pero la verdadera razón es que soy prescindible, grillita." – Afirmó. – "Nadie me extrañará, nadie reclamará mi muerte ni buscará venganza. Y nadie creería que una araña gigante es quien estaría detrás de tan infames crímenes, haciéndome exactamente la clase de herramienta anónima y desechable que esta insaciable picadora de carne necesita."

– "¿Qué hay de las armas? Jamás te he visto usar una."

– "Lycosios estuvo dominada por más de quinientos años por esas malditas nazis de Sparassus y, aparte de esclavitud, nos dejaron su legado militar." – Masculló. – "Sé jalar el gatillo correctamente, niña. Además, no olvides que de joven descuartizaba jabalíes salvajes con mis garras, un humano es mucho más sencillo."

– "Entiendo." – Suspiré, siguiendo mi tallado. – "¿Qué hay de mí?"

– "Tienes suerte, Schiaparelli, porque nuevamente tendrás la dicha de elegir." – Contestó. – "Arkantos lo autorizó, puedes acompañarme. Seguramente nos darán una pocilga como habitación, pero ya no estaremos aisladas."

– "Prefiero la distancia." – Respondí, remojando la esponja. – "Nadie nos molesta ni dicta que más hacer una vez nuestra labor finaliza."

– "¿Te decantas por el conformismo de la mediocridad? Me decepcionas."

– "Voy por lo seguro, Tomoko. ¿Qué te garantiza que el volverte otra matona no evite que nos vaya peor? ¿Qué tal si intentan algo contigo, o conmigo?"

– "Incluso con mi cuerpo desarrollado y medidas envidiables, seguimos siendo monstruos, niña. Le resultamos tan repugnantes como una vaca muerta; y al menos a ellas puedes comerlas."

– "No confío en esos desgraciados, Tomoko."

– "¿Y crees que yo sí? Pero tampoco es que podamos esperar algo mejor al quedarnos aquí. Janus tomará pronto el lugar de su padre y convertirá este castillo de falsa pureza en otra fortaleza de esta guerra que apenas comienza. Dile adiós a los tomates, a los rosales, las tardes observando la ciudad desde tu lugar secreto y tocar tu piano en las noches." – Expuso. – "Yo me iré, Giovanna; las oportunidades son para aprovecharlas. ¿Vienes conmigo o prefieres quedarte sola con tus peluches y la nula compasión de sus futuros habitantes?"

Permanecí en silencio, deteniéndome. El único sonido eran las gotas de agua escurriéndose de nuestros cuerpos y cayendo al húmedo piso, mientras mi respiración disminuía su ritmo al tiempo que me concentraba en formular una respuesta. ¿Qué podría contestar? Por una parte, sabía que Janus Bakos, así como el resto de sus secuaces, era todo lo contrario a su tradicional y hasta relativamente amable padre. El viejo Ioannis se regía por un código de honor heredado por sus antecesores y, aunque siguiera siendo el líder de un infausto imperio criminal, mantenía cierto prestigio y se encargaba de poner límites a sus hombres, logrando mantener el poder de su organización estable por largo tiempo. Su hijo era un animal rabioso a punto de estallar; y con el dominio absoluto en sus manos, no había barreras que lo contuvieran.

Irónico, pasé toda mi vida deseando salir de estas cuatro paredes, y ahora que tengo la oportunidad de escaparlas, me aferro como un náufrago en altamar a lo único que me brinda seguridad. Me volví el lugar que habitaba, me convertí en esos campos de tomates, en las flores del jardín y el podio elevado que fungía como mi torre de vigía. Pero esos tiempos se habían terminado, Olympia marcó un antes y después en la historia de Mitilene misma, y ahora yo estaba en medio de la tormenta que se alzaba en el horizonte. Sabía que sin Tachibana, estaría tan desnuda como mi estado en ese momento, vulnerable y sin nadie que mostrara simpatía por una solitaria empusa. No había razón para quedarme; la vida continuaría conmigo o sin mí.

Y yo quería continuar.

– "¿Cuándo nos iremos?" – Hablé, retomando mi tarea.

– "Esta noche. Pule mi exoesqueleto." – Replicó, pasándome el cepillo especial. – "Empacaremos tan pronto salgamos. No olvides comer y hacer tus necesidades antes."

– "Sí, Señora." – Comencé a tallar su abdomen arácnido. – "Uhm, ¿Tomoko?"

– "¿Qué pasa?"

– "¿Qué se supone que haré una vez ahí? ¿Esperas que también me vuelva una sicaria?"

– "¿Estarías dispuesta a llegar a ese punto?"

– "No lo sé. Tal vez pueda fungir como sirvienta, como aquí, al menos."

– "Siempre serás una peona si te encasillas de esa manera, mantis. Al menos piensa en volverte mensajera o estibadora, cualquier función que se note directamente. Ojalá hubieras aprendido a cocinar; un estómago lleno siempre es agradecido."

– "Como si hubiera tenido el chance de haberme instruido."

– "Claro que sí, pero jamás quisiste coligarte con las cocineras. Por lo menos sabes cultivar los ingredientes usados, aunque dudo que la agricultura te sea útil ahí."

– "¿Qué hay de ti? No eras enfermera las veinticuatro horas y sólo laborabas como tal después de ayudarme en el jardín. Pudiste aprovechar para profundizar en las artes cisorias."

– "Mi sentido del gusto es terrible. Créeme, ya lo intenté y me acusaron de exagerar en el uso del cloruro de sodio." – Declaró. – "Eso fue cuando aún vivía en Lycosios. Jamás me arriesgaría a cometer semejante metida de pata aquí. Y mira que tengo ocho."

– "¿Entonces qué hago?"

– "Ya te dije, busca una función más. Sé que no quieres hacer lo mismo que yo y logro respetarlo, pero debes encontrarte utilidad en algo relevante para ellos si quieres existir."

– "No lo sé." – Disentí con la cabeza. – "Lo discutiremos mejor cuando estemos ahí, ¿vale?"

– "Sí, supongo que será más fácil cuando compruebes que en ocasiones, si queremos ver nuestros deseos cumplidos, muchos de nuestros sueños deben morir primero."

El pesimismo de Tachibana no perdía su mordacidad; ni tampoco su sabiduría. Esa noche, como anunció, nos mudamos a nuestra nueva estancia: la casa de seguridad ubicada en la Bahía de Kalloni, a cuarenta kilómetros de Mitilene. Ubicada en una histórica zona geográfica donde cientos de caminos se congregaban, era un lugar perfecto para un escondite, o más bien base, como descubrimos al llegar. Imaginaba que nos encontraríamos con un edificio oculto entre las montañas y los árboles, lejos de la urbe. En su lugar, hallamos un edificio bastante amplio de tres pisos con más facha de una pequeña villa vacacional que una guarida ilegal. Por supuesto, cuando se es la familia criminal reinante de Lesbos, se puede ser tan ostentoso como se desee. Además, el nombre no estaba de más, pues había suficientes guardias para repeler cualquier clase de agresión, incluyendo un perfecto puesto elevado para que un vigía o francotirador cubriera toda el área en la redonda.

Bajando del camión que nos transportaba, junto a varias cosas más que serían útiles para el confort de sus habitantes, como muebles y demás, el caporegime Thanos nos indicó lo que sería nuestra habitación. No me extrañé que nos relegaran a una pieza de veintiséis metros cuadrados, con una cama junto a una mesita de noche y un sencillo ropero. Un solitario foco y un ventilador de techo más un baño completaban nuestros nuevos aposentos. Nada estaba ajustado para el tamaño de mi arácnida tutora, excepto que el colchón era tamaño king size, aunque no estaba muy bien conservado. No era el lujo que esperábamos, pero ya habíamos tomado la decisión y, sin rechistar, comenzamos a desempacar nuestras pertenencias.

Ya que era de noche, nos fuimos a dormir después de que Thanos nos diera indicaciones de que mañana empezaríamos con nuestras labores. No nos dijo cuáles serían esas precisamente, pero tampoco discutimos y nos acostamos. No me molestaba compartir la cama con Tomoko, habiéndolo hecho varias veces en el pasado cuando ella detestaba descansar en el frío suelo durante el invierno. Lo incómodo del colchón y la dura quitina de mi amiga no ayudaban a conciliar el reposo fácilmente, pero esa era la menor de mis preocupaciones. Pasé el resto de la noche pensando en lo que acontecería mañana, en mi futuro y, por supuesto, en Olympia. Su ausencia había traído demasiados cambios en muy poco tiempo y salir de mi zona de confort para sumergirme directamente a las líneas frontales tan abruptamente me era una experiencia inquietante. Finalmente, logré cerrar los ojos y entrar al mundo onírico; mañana sería otro día.

– "Giovanna, despierta. Ya es hora."

La historia se repite. O más bien, los acontecimientos que conforman el registro de sucesos a lo largo de la vida de una persona siempre resultan similares a los que los precedieron. Nuevamente, me incorporaba de la cama y estiraba mis extremidades mientras badallaba y la luz del sol se filtraba por la única ventana disponible, iluminando las cuatro paredes que conformaban mi recámara. A excepción de que las paredes ahora eran albugíneamente relucientes y los mosquitos no me tapizaron con sus hematófagas evidencias dérmicas, el resto permanecía igual. Tomoko ya estaba levantada y aseada, vistiéndose para dar inicio a la faena que aún desconocíamos. No le pregunté cómo logro darse un baño cuando éste no posee las dimensiones para que ella cupiera cómodamente, pero la regadera móvil y el agua que se escurría debajo de la puerta me resolvieron toda duda. Estaba segura que ella empezaba a echar de menos nuestra antigua estancia.

– "Dúchate y espérame aquí, veré si consigo algo de comer." – Indicó la nipona, acomodándose su camisa. – "Preguntaré a Thanos o Arkantos en qué puesto pueden ubicarte. Acostúmbrate a ellos, son los únicos que aún poseen algo parecido a compasión aquí; pero tampoco esperes sonrisas a menos que encuentren utilidad en ti."

– "Sí, Señora." – Asentí. – "¿Tomoko?"

– "¿Sí?"

– "¿Qué utilidad tengo para ti? ¿Por qué me trajiste en primer lugar?"

– "Le di mi promesa a tu madre que te criaría hasta que pudieras valerte por ti misma."

– "¿Cuál es el beneficio que te sigue trayendo el juramento a un muerto?"

– "¿Ahora eres tú quien me lo pregunta?" – Rió, sardónicamente. – "En fin, supongo que eras una perfecta carta para apelar a los sentimientos parentales de nuestros superiores. Al viejo Ioannis siempre le agradaron los niños y yo sabía que volverme tu guardiana me otorgaría cierta protección."

– "¿Me desecharás cuando crezca?"

– "No, si continúas demostrando que educarte no fue una pérdida de tiempo." – Esclareció. – "Aunque, siendo sincera, aunque sólo me seas una herramienta, confieso que no sería lo mismo charlar con esa grillita que he cuidado desde que tenía dientes de leche."

– "Sigo preguntándome qué fue lo que te hizo ser fiel a tu palabra, especialmente con una empusa, tu enemiga natural."

– "La vida está llena de contradicciones, Giovanna. Y soy una arachne, jamás faltamos a nuestra palabra, por muy poco que las declaraciones intangibles valgan. El único resto de honor que me queda."

– "Y lo perderás cuando decidas volverte un gatillo más en las filas de esos miserables."

– "Los mismos que me han dado alimento y techo, igual que a ti." – Retrucó, dirigiéndose a la puerta. – "No lo olvides, Schiaparelli: no dejes que tu orgullo se transforme en obstinada soberbia; no hasta que tengas el suficiente poder para defenderla."

– "Sí, Señora."

Aún era una nadie, una insignificante mantis religiosa sancta antropomorfa de nueve años. Mis únicas virtudes eran mi voluntad para trabajar y mi destreza musical; y solamente una de ellas tendría valor real aquí. Debía aceptarlo, al crecer literalmente bajo el techo del hampa, tarde o temprano me volvería uno de ellos. Tomoko se había adelantado desde hace mucho al no sostenerse de los valores morales que condenaban el tornarse al camino del crimen organizado, no teniendo razón alguna para aferrarse a los dictámenes que una humanidad que la rechazaba trataba de imponerle. Para mí, no era tan sencillo; Olympia y su genuina pureza cada día se volvían más mi beata metáfora, mi aforismo ideológico que insistía en que no debía convertirme en una cooperadora directa de las maquinaciones que sus consanguíneos fraguaban.

Ella murió por ello.

Alexandra era inocente y jamás hizo daño a nadie; inclusive con las actividades ilícitas que permeaban el nombre de su familia y que seguramente no pasaron desapercibidas para una niña tan lista, ella se mantenía como un axioma de integridad y honradez, virtudes tan diáfanas como las cristalinas y verdes ventanas del alma que llamaba ojos. Y aún así, sin haber cometido errores, fue inmolada por los pecados del padre, del abuelo y sus antepasados. Eso era lo que realmente me impedía abandonar toda ética, la extrema injusticia de la que me volvería parte si cedía. Un día podría despertar y terminar afectado a cientos de Olympias más; no tan directa y violentamente como plantar explosivos sobre mis víctimas, pero ayudando a los monstruos que realizaban tales acciones.

Yo sólo me dedicaba a cuidar vegetales y limpiar; decir que eso también me hacía una colaboradora sería implicar que los empleados que proveían luz, agua y demás servicios a la ciudad de Mitilene entera eran cómplices, pues la mafia necesitaba de tales amenidades para funcionar correctamente. Hasta ese momento, no estaba involucrada de ninguna manera en nada ilegal, no podían culparme de haber faltado a las normas que jamás aplicaron para mí en primer lugar. Y es por Alexandra que me mantenía firme en mi resolución de mantenerme responsablemente impoluta. Podría estar en la mismísima boca del lobo, incluso podría admitir que estaba dispuesta a cooperar con ellos si eso significaba seguir con vida, pero jamás me volvería un monstruo.

Es lo que Olympia hubiera querido.

Tomoko volvió, y me tenía buenas noticias: iniciaría probando mi suerte en la cocina. No como la creadora de exquisitas viandas, sino como ayudante. Mi tutora en las artes culinarias sería una mujer ya pasada de los cuarenta años de edad y el doble de peso llamada Kaneís. Prontamente y sin dilación, me vi llevando ingredientes y cortándolos tanto con cuchillos como con mis espolones mantoideos. Yo no me convertí en experta al instante, no descubrí un talento oculto; ella me superaba por mucho y tanto mi torpeza como mi lentitud me costaron muchas reprimendas los primeros minutos. No era una comprensiva anciana que dulcemente guiaría a su nieta por el camino de la perfección gastronómica, sino una férrea jueza y verdugo que no dudaría en clavarme el cuchillo carnicero a la próxima falta que cometiera. Y aún así, con las amenazas cuasi-racistas sobre mi origen tanto italiano como liminal, no podía contradecirla, por mucho que practicarle una reducción de peso instantánea al abrirle el estómago fuera una idea en extremo tentadora.

Ella tenía poder, yo no.

Kaneís era de las trabajadoras más veteranas de la familia, atendiendo ella misma a los retoños del viejo Ioannis; fueron sus platos los mismos que me alimentaron por nueve años, los que me proveyeron combustible para proseguir con mis tareas y fortalecer mi cuerpo en crecimiento. Me di cuenta nuevamente de la ironía de las cosas; jamás presté atención a que ella fue parte importante de mi vida, siempre dado por sentado que cuando yo trabajara y llegara el momento de comer, habría alimento en el plato. Su puesto era de los más ingratos, como mi anterior declaración dejaba en claro, pero ella poseía mayor autoridad sobre mí o incluso varios de los soldados, a quienes no dudaba en regañar cuando sus modales en la mesa eran inaceptables. No entendía tal paradoja, tal contradicción. ¿Cómo es que una anciana obesa y maleducada era tan importante, cuando su lugar era tan desechable como el resto? Entonces, escuchando las opiniones y cuchicheos de todos los presentes en el comedor, descubrí que la respuesta era tan obvia que la descarté a la primera:

Su comida era jodidamente buena.

Me sentí estúpida para no darme cuenta antes, pero era evidente que su longevidad, a pesar de mostrarse altanera con sujetos más numerosos y peligrosos que ella, se debía a su maestría en su campo culinario. Mi disgusto por su exigua tolerancia a mis errores de primeriza se transformó en respeto; ella era el perfecto ejemplo de lograr obtener autoridad y relevancia con sobresaliente trabajo constante. Lograr ese reconocimiento no debió serle sencillo, incluso con su eminente destreza gastronómica, pero el humano es débil y adulador ante la satisfacción de un estómago lleno. Así, poco a poco fue ganando hacerse un nombre y destacar entre la miríada de trabajadoras que iban y venían en la Familia Bakos.

Su legado fue pasado entre los miembros veteranos, que continuaban ahí por haber sobrevivido a los primeros años de violencia en el frente, intervalo temporal donde se pone a prueba la sangre nueva y se separan los débiles de los fuertes. Ella llegó cuando el actual Jefe heredó el puesto de su padre y, como es tradición con cada nueva generación, hubo una purga para acabar con los miembros menos leales. Con eso, únicamente quedaron los que habían obtenido el favor del nuevo mandamás, y Kaneís fue la que se encargó de poner comida esas bocas hambrientas. Futuras leyendas creando otras en el proceso, era una situación sinérgica e ideal para la todavía joven cocinera.

Ese era el verdadero secreto de su éxito. Daba igual que fuera más fea que una anatema, que su voz sonara a un ganso con laringitis o que sus algunos de sus comentarios solieran sonar racistas, incluso para los propios griegos; lo que necesitaban de ella era su energía para alimentar a las tropas y de forma sobresaliente. Al mundo le dan igual tus defectos y tu ideología mientras pueda usarte. De la misma manera, nuestros sueños y metas le son completamente indiferentes a la sociedad, pues es, a final de cuentas, los recursos que ofrecemos los que realmente les beneficiarán.

Los Bakos no requerían una belleza ni una compasionada persona, sino una maldita cocinera cuyas creaciones no causaran infecciones estomacales; y Kaneís cumplió con creces. Su nombre y rostro se volvieron sinónimo de sustento y satisfacción, su reputación se fue cimentando conforme cada platillo llegaba a una nueva boca y pronto tomó identidad. Los sujetos con quienes ella convivía podían deshacerse de otro sin problemas, matar les era tan mundano como respirar; pero ahora que conocían a la persona detrás de cada manjar que deglutían, que la reconocían como un ser pensante y consciente, dejaba de ser una figura anónima para convertirse en alguien. Existimos cuando nos recuerdan, nos recuerdan cuando somos personas, y somos personas cuando el mundo se beneficia de nosotros.

Trabajamos para vivir, literalmente.

Aquello selló el pacto, y mis labios. No más protestas, reproches ni pérdidas de tiempo; no más errores. Si deseaba ser alguien, debía trabajar, y eso fue exactamente lo que hice. Seguía sin pasar de un nivel mediocremente aceptable, pero era suficiente para anular los regaños de la obesa tutora y ganarme el derecho a degustar los platillos que ella preparara. Terminada mi sesión entre verduras, aderezos y utensilios sucios, el resto del día lo dediqué a ejercer mi rutina habitual al trapear pisos y limpiar muebles, labor que afortunadamente también estaba entre las primordiales. En todo ese tiempo, sólo me comuniqué con Kaneís o Arkantos y Thanos. Tomoko aún no regresaba y los soldados me tenían sin importancia. Eso no mermó mi objetivo de desempeñarme fastuosamente.

– "Tú, niña." – Me llamó el capo Arkantos.

– "Giovanna, señor."

– "Sí, eso. Limpia el baño del tercer piso. Usa lejía, no jabón, como ese muchacho… ¿Cómo se llamaba?"

– "Creo que Goldstein o un apellido judío parecido." – Respondió su colega, Thanos. – "Era igual que ese del libro que leía el Jefe; ese de un tal George Irwin o algo así."

– "George Orwell, señor." – Hablé yo, usando una pose cortés. – "Disculpe mi atrevimiento, pero creo que se refiere a su obra '1984', señor. Muy buena lectura, si me permite agregar."

– "Ah, sí, ese." – Asintió Thanos. – "En todo caso, haz caso y deja esos pisos relucientes. Ya me cansé de verlos más amarillos que los dientes de Onasis cada vez que vengo. Date prisa… ¿Cuál era tu nombre?"

– "Giovanna, señor." – Realicé una reverencia. – "Giovanna Schiaparelli."

– "Apresúrate, Giovanna."

– "Sí, Señor."

Cuando se es desechable, recordarles mi identidad a cada oportunidad, asegurarse que mi rostro, voz y, lo más importante, mi utilidad se quedaran grabadas en sus mentes, era absolutamente imperativo. Adularlos también, aunque eso venía después de afianzar mi plusvalía; hasta para repartir zalamerías eficientemente se requería de un protocolo. Me acostumbré a comportarme como un robot por nueve años, lo tenía bien practicado. Después de batallar por remover los hongos y demás mugre que permeaban ese desafortunado baño, sin contar que tratar de eliminar el olor a orina y bebidas alcohólicas fue otra odisea en sí que puso a prueba mi resistencia a las náuseas, me retiré para comer y regresar a mi habitación.

Mientras esperaba el regreso de Tachibana, ya siendo más de las diez de la noche, encendí el tocadiscos y me propuse a seguir practicando las tonadas en mi teclado electrónico. Bajando el volumen para no perturbar a los demás, me deleité un rato con remembrar las piezas del pasado. Mientras proseguía imitando a los eruditos compositores con mis todavía novatas habilidades, no evitaba remembrar a la razón de que pudiera disfrutar de tan relajante pasatiempo en primer lugar. El sólo pensar en Olympia colocaba una sonrisa en mi rostro y me instaba a no darme por vencida en mi meta. El dolor de su partida todavía estaba fresco, pero soporté las lágrimas y continué sin ceder al llanto.

A casi medianoche, conmigo ya habiéndome duchado y acostada en la cama, Tomoko hizo acto de aparición. Raudamente me incorporé del lecho y esperé a que ella encendiera la luz para que su rostro me dijera cómo le fue en su primer día de trabajo como matona. Moviéndose lentamente entre la lobreguez de la habitación, con la pobre iluminación del astro selenita siendo insuficiente para abarcar su extensa figura arácnida, la nativa de Lycosios abrió la puerta del baño y abrió la llave del grifo de lavabo, sin encender la lámpara. Ella se lavaba la cara en las penumbras mientras yo continuaba esperando alguna respuesta de su parte, pero ese incómodo silencio y el correr del agua me hacían pensar que la arachne trataba de borrar la violenta evidencia de su labor. Mi corazón latía con fuerza.

– "Somos simples herramientas, utensilios desechables, instrumentos pasajeros." – Mencionó ella al terminar, aún en la oscuridad. – "Artefactos cuyo valor se mide en nuestro desempeño útil y aumenta proporcionalmente conforme la eficiencia de este se eleva. Pero la gloria es efímera, el rendimiento decae y nuestra importancia también. Entonces la vida misma nos sustituye por la siguiente bolsa de sangre, reluciente y virginal, perfecta para exprimir hasta saciarse."

– "Lo sé, pero, ¿a qué viene eso?" – Interrogué, nerviosa.

– "Giovanna. ¿Recuerdas cuando regresé esa noche, llena de sangre después de que le dispararan a Papagos?"

– "Nunca la olvidaré."

– "¿Qué aprendiste de eso?"

– "¿Que mientras seamos útiles, seremos valiosos?"

– "No, aparte de eso. Algo más relacionado a este lugar, a los riesgos que conlleva."

– "¿Que todos somos mortales?"

– "Lotería." – Asintió entre las sombras. – "Incluso el más fuerte y aguerrido del mundo se convierte en el mismo polvo nimio cuando la guadaña de la muerte deja caer su juicio. No importa cuánto luchemos, cuán impresionantes y deslumbrantes sean nuestros logros; todos pertenecemos a la misma pila de cadáveres putrefactos que alimentarán a los gusanos, repitiendo el ciclo para la próxima generación de abono. Al final de la vida, todo es un gran depósito de estiércol que se alimenta de sí mismo."

– "Tomoko, ¿por qué me dices esto?"

– "Porque, verás, Schiaparelli." – Encendió la luz. – "¡Hoy todo estuvo aburridamente de la mierda!"

El incandescente resplandor del foco en el techo reveló la apariencia de mi arácnida compañera, esperando yo que, después de un día entero entre los rangos de los criminales que fungían como carne de cañón, su figura y atavío estuvieran cubiertos de sangre de sus víctimas, o al menos de la tierra usada para sepultar los cuerpos. Empero, en lugar de obtener una lúgubre imagen de mi tutora después de haber cruzado la línea, me encontré con la Tachibana de siempre, con sus seis ojos rojos, largo cabello negro y esa sonrisa sardónica, facsímil gestual que se ha vuelto lo más parecido a una mueca de alegría para la taciturna nipona. Su ropa lucía sudada y el olor a pólvora emanaba de ella como perfume francés, pero más allá de su cansada apariencia, no había indicios de haber recurrido a violentas reacciones. Al menos no que pudieran percatarse a simple vista.

– "¿No hiciste nada?" – Pregunté.

– "Bueno, aparte de practicar un poco con una escopeta, no pude ni dispararle a una cucaracha." – Contestó, quitándose la ropa. – "Obviamente no puedo ir caminando por ahí sin llamar la atención, así que tuve que esperar hasta que Nix nos cubriera con su oscuro manto para poder actuar."

– "¿Qué te pusieron a hacer?"

– "Ser guardia mientras el resto de los hombres coaccionaban a uno de nuestros contactos 'voluntarios' a soltar información sobre los turcos." – Reveló. – "Sugerí que yo acompañara al grupo para lograr una intimidación más eficiente, pero una novata no tiene derecho a elegir. En fin, logramos sacarle su cumpleaños, color favorito y hasta su fetiche de ser meado encima, pero nada que nos ayudara con el paradero de esos desgraciados. Eso fue todo; aburrido, ¿cierto?"

– "Sí, supongo." – Suspiré. – "Me alegra que estés de vuelta, Tomoko."

– "No me agarres cariño, Schiaparelli; ahora más que nunca es imperativo que abandones tus impulsos por crear lazos sentimentales con alguien. Mañana, los que aprecias ya no podrían estar aquí."

– "Ambas sabemos perfectamente eso." – Contesté, sombría y cabizbaja. – "Ya perdí a Olympia, no quiero perderte a ti."

– "Es inevitable, mantis." – Replicó, fríamente. – "Ya sea por balas, enfermedad o accidente, no seré eterna. Vete haciendo de una vez a la idea de que todo a quien conozcas no durará mucho, especialmente si son tan prescindibles como nosotras."

– "Quisiera que no fuera así, pero quien paga es el que manda."

– "Y bien que lo hacen." – Sonrió. – "Al menos eso espero. No me esperanzo de efectivo, que sinceramente sería superfluo para miembros no deseados en la sociedad humana, pero lograr uno que otro privilegio hace que arriesgarse a recibir plomo en la cara valga la pena."

– "Si vamos a morir, disfrutemos el tiempo que nos queda."

– "Finalmente lo entiendes." – Asintió lentamente. – "Y antes que menciones el disfrutar tu tiempo conmigo, te recuerdo que el deleite con alguien quien te trata tan rígidamente como yo es nulo. A menos que hayas desarrollado síndrome de Estocolmo en estos años."

– "Eres la mujer que me crió desde que era una bebé, Tomoko." – Reiteré. – "Me has tomado bajo tu tutela por más tiempo que mi difunta madre. Sabes que no puedo considerarte menos que importante."

– "Te agradezco que sea alguien en tu vida, pero sería mejor que me bajaras de ese pedestal. Sólo te transmití lo que sé mientras te usaba de coartada para ser admitida en la Familia; no lo hice por amor o compasión, sino para mi propio provecho. No soy tu madre, ni tu protectora, sino una actriz temporal que espera no llores su ausencia cuando su tiempo llegue. Sé fría, Giovanna; la indiferencia nos libra de mucho sufrimiento."

– "Me es difícil aceptar algo así."

– "Por ahora, pero espera a que lo veas."

– "¿Qué?"

– "Lo que la vida hace con nuestros ideales."

Con eso, ella aplanó su cuerpo lo más que pudo y, tomando la regadera móvil, se introdujo de manera reversa al cuarto de baño, cerrando la puerta. Con el sonido del agua saliendo a presión de la ducha portátil resonando en la habitación, silentemente retomé mi lugar en la cama y cerré los ojos, meditando sobre las palabras de mi amiga. Ella siempre me convencía, no insistiendo con sermones, sino demostrándolo. Y yo continuaba ofreciendo débil, pero existente resistencia; Olympia seguía despertando mi temprano sentimiento rebelde que seguía cuestionando las enseñanzas y paradigmas que acepté toda mi vida. Aunque Tachibana no lo aceptara y me advirtiera hasta hartarse, me era imposible no guardarle cariño. Y entre el aprecio que le tenía a ella y Olympia, mi cabeza se debatía entre el cielo y el infierno que las dos representaban ideológicamente.

Tomoko se acomodó para dormir y yo, aunque ya en medio del camino a los reinos de Morfeo, levanté ligeramente mis piernas para permitir paso a las suyas, debajo de estas. Podía apostar que el primer beneficio que ella pediría si lograba ganarse el favor de nuestros superiores sería una cama para ella sola. Se rindió al sueño rápidamente, con sus ronquidos haciendo acto de presencia en cuestión de un minuto. Desde que tengo memoria, ella nunca me abrazaba y hacía un mes que había dejado de darme las buenas noches, así como los días; hacía todo lo posible para distanciarse emocionalmente de mí, esperando que hiciera lo mismo. Medité sobre mi suposición anterior, quizás fue algo apresurada: lo primero que ella haría, de tener la oportunidad, sería solicitar una habitación para ella misma. De esa manera y con el roncar mi compañera como canción de cuna, me rendí al sueño.

Los siguientes días fueron una reiteración insistente del déjà vu rutinario: me levantaba, Tomoko se iba, le daba los buenos días a Kaneís, cocinábamos, servía los platos, limpiaba el inmueble e intentaba repetir mi nombre cuantas veces me fuera posible. Tachibana llegaba tarde, la mayoría del tiempo sin nada qué reportar aparte de las notables ocasiones en que lograba hacer uso de su naturaleza extraespecie y se infiltraba secretamente en donde se le ordenara para causar un efecto de pánico y asombro ante el enemigo. Realmente le agradaba actuar como el monstruo de la semana, como evidenciaba su entusiasmo al relatar tales pericias con detalle. Yo disfrutaba de esos momentos, porque si bien las descripciones de las violentas acciones que ella llevaba a cabo no eran muy agradables de escuchar, la arachne se volvía fugazmente una colega de habitación, eufórica por empezar a formarse su propia leyenda y hacerse notar en el siempre competitivo bajo mundo.

Mientras ella escalaba lentamente su prominencia, el adversario también. Los tan odiados grupos de criminales turcos, que se habían convertido en los némesis de los Bakos, no tardaron en responder a las agresiones y la acostumbrada paz pronto sería reemplazada por otro periodo de guerra. No era la primera que vivía, pero era la primera que encarnizaba en las líneas del frente, en las trincheras en las cercanías del oponente. La mansión era un castillo inexpugnable, hallada en un punto donde planear un ataque directo, además de suicida, sería imposible. Pero aquí, en esta intersección geográfica en el centro de la isla, el enemigo podría aparecer de cualquier lado. La seguridad y los guardias armadas aumentaban, así como la lealtad era puesta a prueba en cada enfrentamiento, una purga implícita que dejaba a los más fuertes y reciclaba los eslabones débiles.

La oportunidad perfecta para mí.

La paranoia y el cansancio son una combinación desastrosa para cualquiera. Entre la monomanía de arriesgar la vida y la fatiga diaria, los hombres necesitaban momentos para relajarse y regresar a la exhaustiva faena. Aquello lo satisfacían con visitar cualquier club local, especialmente de noche, para despejar la mente con jolgorio, alcohol y los placeres de la carne. Empero, en tiempos de guerra, el servicio era de tiempo completo y la presión ya empezaba a corroer la voluntad de los más dedicados a una vida de excesos que a defender los intereses de la familia. Éstos pronto se verían sin la gracia que les ofreció tales gozos en primer lugar, pero ellos no me importaban; mi objetivo eran aquellos que habían demostrado tener lo necesario para soportar una campaña de venganza seria, los que prevalecerían en las filas.

Con su prolongada estancia en la casa de seguridad, los hombres necesitaban hallar la manera de distraerse. Y la tecnología y el entretenimiento con cartas y dados sólo ofrecían satisfacción limitada. Para realmente devolverles la moral y, haciendo uso ingenioso de la fácilmente manipulable nostalgia maternal, se requería de alegrarles el estómago con verdadera comida de casera preparación; apaciguadora del hambre y gatillo de las memorias del agradable pasado. Haciendo uso de mi todavía notable dulzura infantil y mi asociación con una cocinera sobresaliente, me fui ganando la notabilidad entre las tropas cada vez que les servía sus platillos. Cuando los escuchaba llamarme por mi nombre y de vez en cuando recibir las gracias, supe que el plan estaba rindiendo frutos.

Y yo quise ir más allá.

Tomoko me inculcó que en la vida hay dos clases de oportunidades. La primera es la casualidad, formada a partir de hallar el lugar correcto en el momento justo y actuar lo más pronto posible, sin olvidarse de tener la seguridad de quererlo, para asegurar el lograrlo. La fragilidad de todo aquello reside en que tales chances no son cotidianas, requieren de un ojo atento para detectarlas y son fácilmente arruinadas por un pequeño pero importante momento de flaqueza en la voluntad, desperdiciando dicho golpe de suerte. El azar es un marionetista indiferente e injusto, jalando hilos arrítmicamente y ofreciendo sus bondades a justos e injustos por igual. La metáfora perfecta de la existencia.

La segunda clase de oportunidad, y la más descartada porque actualmente requiere un esfuerzo por parte del involucrado, es la que nosotros mismos creamos. El mundo seguirá adelante con o sin nosotros sin importar lo que hagamos, y la naturaleza mortal de preferir la pereza es lo que nos condena al eterno vacío de la mediocridad y a culpar causas externas por la desdicha que nosotros provocamos. El mundo sólo se detendrá a considerarte cuando uno lo fuerce a ello, cuando se tenga la voluntad suficiente de tomar decisión y usar esa fuerza interior para obligar a que la fortuna nos sonría. El débil, el que espera que espera a que la suerte le caiga del cielo, era igual que el mendigo que vi en esa ocasión en el puerto de Mitilene; un desgraciado esperando bondad de una sociedad que lo ignora y cuya miseria nunca mejorará en la inopia.

El fuerte es el que toma las monedas directamente de su bote.

Eso sonará cruel, y lo es, pero así es la verdadera ley de la naturaleza. Los conceptos de la igualdad, equidad y compasión son utópicas ilusiones creadas por la ficción social conocida como humanidad, un espejismo sumamente atractivo que ha servido como la etérea base del experimento llamado civilización; uno bastante endeble, si la constante decadencia de ésta a lo largo de la historia es suficiente prueba empírica. El león no detiene su ataque porque la víctima es una buena persona y reza todos los días, este destrozará a su presa sin piedad alguna porque el felino no pidió salvación o bondad, sino alimentarse. Y porque, realmente le importa un bledo, así como a la sociedad no le concierne nuestro pensar, sino únicamente nuestro actuar. Aquella brutal, gélida y despiadada realidad es la verdadera ley que nos gobierna, nos guste o no.

Y por supuesto, a nadie le agrada.

La vida no es dolor, la existencia lo es; ésta es la más demente y fría psicópata que haya existido. Nos rompe los huesos, nos asedia constantemente, y nos aplasta mientras tratamos de obtener aire, sin detenerse por un segundo. Abusará de nosotros y después bailará sobre nuestras tumbas indiscriminadamente hasta encontrar nuevas víctimas. Hacerle frente a todo eso, a esa atrocidad omnipotente, requiere decisión, valor y determinación. Podemos ser el pedigüeño con una taza y rogarle por caridad… O fortalecernos para devolverle los golpes a la cara. Enfrentarnos a la crueldad del sempiterno ciclo, liberarnos de su impasible yugo, aunque sea por unos momentos, era vivir. La vida es una guerra eterna, y si no somos soldados, somos cadáveres.

La mafia, el crimen, era una manifestación pura de todo aquello. Una entidad considerada dañina, negativa y que engloba todo lo que está mal con el mundo; un catalizador más en la máquina insaciable de la maldad humana. Absurdo. Admito que me sentí honestamente terrible cuando decidí aceptarlo de manera definitiva, pero los Bakos y el resto del hampa no éramos los villanos, sino una creación de la sociedad misma. Nos formamos porque nos quitamos la venda de los ojos y observamos el rostro más grotesco de la humanidad, la cara que nos injuriaba por no cumplir sus expectativas y no conformarnos con sus dogmas diseñados para mantenernos en el fondo. Ahí, con la vista clara y la voluntad de no dejarse pisotear por un mundo hipócrita, tomamos las riendas de nuestro destino y libramos una guerra desde las sombras.

Éramos expertos en fingir, en jugar el juego que la sociedad nos obligaba a ejecutar con tal de encajar y permitirnos mover las piezas correctas. Una perfecta mentira coligándose con una excelente falsedad; una simbiosis que nadie menciona, pero que todos construyen, ya sea que lo quieran o no. Y una vez dentro, ya habiéndonos expandido por la misma telaraña que la humanidad armó a base de sus fariseas mentiras e hipocresías, nos adueñábamos de lo que por derecho de fuerza era nuestro. Aquello era la razón de que nos repudiaran: logramos recuperar el poder que se nos fue negado, usando la propia fuerza que ellos nos proporcionaron y demostrando la increíble debilidad de su estructura social.

Y al final, la gente terminaba aceptándonos. Sus prohibiciones y reglas, esas virtudes que tanto se jactaron de haber sostenido, se volvieron contra ellos. Sus instintos imploraban romper esos grilletes morales, pero el miedo que éstos mismos habían desarrollado por años de conformismo les impedían llevarlo a cabo. Entonces, recurrían a nosotros. Si un comerciante necesitaba a la competencia fuera de su área de influencia, nuestros puños y gatillos estaban dispuestos a apoyar su economía. Si sus narices protestaban por hundirse en la euforia que los albugíneos polvos u otros estupefacientes proveían, nosotros alimentábamos su vicio sin juzgar. Armas, alcohol, drogas, mujeres; todo lo que ellos deseaban pero sus reglamentos les impedían obtener, nosotros lo conseguíamos.

Éramos los que metían las manos en la podredumbre para que el resto mantuvieran las manos limpias, los parias que liberaban de responsabilidad al contratista y evitaban que su impoluta falsedad se viera afectada ante los ojos ajenos; el demonio al que todos temen, pero recurren cuando su falsa dignidad prueba ser una mala imitación de honor, rogándole de rodillas al diablo que truene sus dedos y milagrosamente resuelva sus problemas. Todos nos conocían, pero sus bocas nunca nos mencionaban. Nos detestaban, pero respetaban. Nos usaban, y nosotros a ellos; dicotómicas herramientas simbióticas que formaban parte de la misma mentira. Por suerte, no todas las oportunidades deben nacer de mezquinos deseos egoístas; en ocasiones, es nuestra habilidad quien la coloca en nuestra mesa.

– "¡Elías, animal estúpido! ¡Arruinaste la maldita bocina!" – Vociferó el capo Thanos a su subordinado. – "¡Te dije que jalaras el azul, retrasado!"

– "¡Lo siento, jefe! ¡No era mi intención!" – Se disculpó el sujeto. – "¡Pero el sistema ya estaba viejo, era cuestión de que fallara en cualquier momento!"

– "¡No me salgas con ridiculeces, condenado cretense del demonio! ¡¿Y ahora en qué carajos voy a oír mi jazz?!" – Imprecó nuestro superior. – "¡Arregla esa mierda o te vuelo la puta cabeza, subnormal!"

– "¡Vale, vale, no se exalte!" – El tipo puso manos a la obra. – "Pero no puedo repararlo sin abrirlo. ¿Tiene un desarmador?"

– "¿Acaso crees que arriesgaré a que lo jodas aún más?"

– "¿Y cómo se supone que lo componga?"

– "Ese es tu problema, mozalbete. Cinco minutos."

– "¡Pero…!"

– "Cuatro y medio."

– "Uhm, disculpe, señor Thanos." – Fue mi turno de injerir, alzando mi mano y extremidad mantoidea al mismo tiempo. – "Si requiere de música, yo, con gusto, puedo ayudarle."

– "¿De qué hablas, empusa?" – Cuestionó el capo, mirándome de reojo. – "¿No pensarás en proponer ese tocadiscos viejo que les regalaron a ti y tu amiga araña, o sí?"

– "No, señor. Hablo de una alternativa de expresión musical directa." – Respondí, sonriendo. – "Si es de su agrado, puedo entretenerlo tocando en mi teclado."

– "¿El piano? ¿Qué sabes tocar?"

– "Piezas clásicas, principalmente, pero podría interpretar algo más de su gusto."

– "¿Conoces las de Strauss, pequeña?" – Habló de repente el capo Arkantos, encendiendo un cigarrillo. – "Toca la del Danubio Azul y sorpréndeme."

– "Siempre escuchando a ese condenado austriaco." – Thanos disintió con la cabeza. – "Mejor obligamos al imbécil de Elías a conseguir otro aparato."

– "Hazlo si quieres; yo sí aprecio la cultura, macedonio palurdo." – Rió Arkantos, sentándose en una mesa frente a mí. – "Date prisa, chiquilla."

Con saludo casi marcial, me retiré a mi habitación y con presteza tomé mi Yamaha YPG-235, la base portátil y el cargador de corriente externo y regresé a colocarme en la sala, cerca de los caporegimes, que ya se habían servido un vaso de whiskey Jack Daniels y esperaban pacientemente por mi actuación. Había otros esbirros más presentes, pero ellos se encontraban afuera, haciendo turnos de guardia. El tal Elías, cuya torpeza me brindó el chance de esta ocasión, no se hallaba por ningún lado, posiblemente castigado. Me sentiría mal si me importara. Acomodando mi argento instrumento y tomando un banco libre para sentarme, conecté el teclado. Ajusté el volumen y demás parámetros y estiré mis dedos. Suspiré, estaba nerviosa, pero mantuve la compostura.

Sin hacer esperar más a mi público, inicié con el andantino en re mayor característico de una de las obras más famosas de Johann Strauss segundo, tratando de dejar mi ansiedad atrás por cada nota que mis dedos y espolones mantoideos desataban a cada momento. La música es concentración y pasión, pero sobre todo, naturalidad; interpretar tratando de no arruinarlo generalmente lleva a esforzarse demasiado y menguando el resultado. No es fácil tocar para un superior, uno de ellos conocedor, y que decidía mi triunfo o éxito posteriores. Aún así y, sabiendo el riesgo que conllevaba, no me molesté en tomar las partituras; si realmente quería impresionar a ambos, debía demostrar mi capacidad de autonomía ahora que había captado su atención total.

Usando toda mi capacidad posible, mis dígitos bailaron sobre las teclas y los sonidos producidos por las biaurales bocinas parecieron sentar bien a mis espectadores, especialmente a Arkantos, cuya tenue sonrisa era suficiente motivación para proseguir con mi denuedo musical. La historia se repetía; él nos entregó la radio y después el tocadiscos donde yo me aprendía de memoria las melodías que a él gustaban. Entonces, llegó Olympia y me proveyó con las herramientas necesarias para que yo estuviera aquí, entreteniendo a la misma persona que sentó las bases de mi interés en tal rama artística. Tal ciclo hubiera procedido sin incluirme si yo no hubiera sido lo suficientemente lista para darme cuenta de que el barco hacia el reconocimiento se encontraba zarpando. Con la nota final siendo marcada y mi primer 'concierto' desde Alexandra, me mantuve silente en mi lugar, esperando el veredicto de mis oyentes. La música había cesado y fue reemplazada por mi acelerado latir.

Aplaudieron.

Thanos lo hizo como cortesía y Arkantos se mostraba más complacido que su contraparte, pero ambos habían disfrutado de mis diez minutos de tonadas del siglo XIX. Sus aprobaciones eran un pequeño paso más hacia el respeto. Eso me quedó claro cuando, ávidos de continuar la agradable sesión, ordenaron (no solicitaron) que reviviera los trabajos de Amadeus Mozart y Beethoven. Artistas clásicos y que todo entusiasta del piano habría tocado alguna vez en su vida, haciéndolos algo trillados, pero que jamás pasaban de moda. Así, los mandamases de la casa de seguridad en la Bahía de Kalloni se relajaron con una agradable combinación de sublimes tonadas, alcohol y tabaco. El humo de los cigarrillos se elevaba como mi fama y me encontraba tan encendida como éstos, pero yo no deseaba acabar como los grises e inertes restos que llenaban el cenicero, sino ser tan embriagante como el whisky y grabarme en sus cabezas.

Y lo más importante, ganarme, aunque fuera mínimamente, su respeto.

– "Ah, a eso es lo que llamo un sobresaliente 'Estudio Revolucionario' de Chopin." – Congratuló Arkantos, asintiendo. – "Un poco falto del virtuosismo característico del artista, pero muy impresionante para una niña tan pequeña."

– "Muchas gracias por los halagos, señor Arkantos." – Hice una reverencia. – "¿Desea escuchar algo más?"

– "No, de hecho, se nos hará tarde para ir a visitar al patrón." – Respondió, incorporándose. – "Pero fue interesante escucharte. Bien hecho, niña. ¿Cuál era tu nombre?"

– "Giovanna." – Repliqué, sonriendo. – "Giovanna Schiaparelli."

Él le dio unas palmaditas a mi cabeza y regresó con su colega a sus negocios habituales. Mientras tanto, yo me permití regodearme en la vanagloria de mi triunfo e inflando mi pecho y ego, tomé mis instrumentos y los guardé en mi habitación para seguir elogiándome con un exquisito almuerzo. Victoria, el nombre en latín para la diosa Niké; hoy ella me había sonreído y brindado el laureado éxito que estaba esperando. O mejor dicho, mi osadía y trabajo duro fueron los responsables; soy atea actualmente y la religión es meramente una representación filosófica de los conceptos aplicables a la vida diaria. Cuando me llamo descendiente de Hécate, me refiero a que mi estirpe ha heredado la fama de criaturas nocturnas, cazadoras de las sombras, hábiles y peligrosas.

Tenían razón.

El resto del día sucedió como era habitual, pero mi ánimo era considerablemente superior a ocasiones anteriores y el entusiasmo le fue evidente a la anciana Kaneís y a Tomoko, cuando regresó de sus labores. Jactanciosamente relaté a la nativa de Lycosios mi bravura e inteligencia en aprovechar el chance presentado, con ella contemplándome con una mirada impávida durante mi despliegue de desvergonzada soberbia. Al terminar, esperaba un reproche de su parte por dejarme llevar por mi fatuidad, actuando como una ganadora cuando únicamente había escarbado la superficie de la pirámide jerárquica. La altivez estaba reservada para los poderosos, no las pianistas amateur que no tienen edad siquiera de conducir.

Ella sonrió.

Tachibana estaba actualmente satisfecha por mi proceder, usando las circunstancias a mi favor e inmaculadamente asestando mi golpe con artística gracia. Y yo también; había demostrado que el tiempo que compartí con Olympia resultó de utilidad. Iniciaba mi ascenso, y Alexandra, incluso sin encontrarse entre los vivos, había sido parte importante. Jamás podría agradecerle por ello, pero honraría su memoria en cada pieza, tonada y opus magnum que mis dedos y teclas interpretaran con brío. Ironías de la vida, Olympia, al fenecer, se volvió una mártir, una santa y beatificada musa; la muerte fue la manera de inmortalizarla. Vivimos después de perecer, somos alguien cuando no somos nada y estamos siempre presentes al cesar de existir.

Y lo hizo porque era importante, era alguien; no se desvaneció en el olvido, como una anónima gota en medio del mar. Ella se esfumó literalmente en una llamarada, con los aciagos fuegos artificiales del dispositivo explosivo que dejaron grabada tan infausta tragedia en la mente de todo habitante. La prensa se encargó de cubrir los sucesos posteriores, de asegurarse de que cada habitante en tierras helénicas no olvidara la identidad de los occisos. Incluso cuando perteneciera al bajo mundo, Olympia era más que una lápida en el panteón, más que el nombre de moda en redes sociales; era una inspiración. Yo quería eso, deseaba que tanto en vida y muerte se me fuera recordada; ser una tragedia, no una estadística más. Dejar mi huella en la incansable rueda del tiempo y el mundo.

Incluso si era en la infamia.

Los meses siguieron su curso y pasé de la niña sirvienta y ayudante de cocina a una empusa que sabía fungir como gramola viviente. Habiéndome ganado el favor de mis superiores, me gané el papel como intérprete en el bar improvisado en el que se había convertido la sala de reuniones principal. Ahí, en uno de los rincones del inmueble, yo residía tocando para un público cuyos únicos integrantes que mantenían consistencia en sus asistencias eran los propios capos. Los esbirros cambiaban su aparición cada tres días o incluso diario, pero los 'capitanes' del ejército de criminales se habían convertido en mis mayores admiradores. Claro, no es que yo fuera la atracción principal, ya que la bebida, tabaco, juegos y el intercambio de anécdotas eran (curiosamente) más interesantes que una mantis con un órgano tocando canciones de siglos anteriores, pero por lo menos, me habían aceptado como una persona, no una esclava.

Las cuatro etapas del éxito eran fama, admiración, respeto y poder. Habiendo alcanzado la segunda fase, sólo necesitaba seguir presionando. Los últimos peldaños serían los más difíciles de escalar; me tomó una combinación de voluntad, insistencia y suerte llegar hasta donde estaba, y apenas era una niña que no había existido lo suficiente. Mi conocimiento del mundo era, en su mayoría, simple teoría; necesitaba experimentarlo en carne propia, preferiblemente junto a alguno de los mandamases, para descifrarlos mejor y tornar la balanza a mi favor. Tomoko hacía precisamente eso, coligándose con la carne de cañón y creando lazos profesionales, ganando poco a poco prestigio. Las dos liberábamos la batalla en ambos frente, y si bien el mío era más seguro y culturalmente más estimulante, la de la arachne no carecía de apreciación.

Y entonces, sucedió.

Octubre doce, el día que Atenas fue liberada de la influencia del Eje durante la Segunda Guerra. Tomoko me despertó a mitad de la noche, cuando yo estaba sumergida de lleno en el mundo onírico y sus rondas empezaban a hacer nuestros encuentros cada vez más esporádicos. Tallándome mis ojos, precisé saber cuál era el motivo y ella, sin dilación, me ordenó vestirme, pues tenía un inusual regalo para mí. Extrañada por recibir un obsequio a casi la una de la mañana pero sin contradecir a mi tutora, me coloqué una camisa y pantalones blancos, siendo las primeras que mis dedos tomaron en medio de la oscuridad y seguí a la arachne al tiempo que yo luchaba por no volver a mi somnoliento estado. El resto de la casa permanecía en las penumbras y la argenta luz de la luna filtrándose por las ventanas le otorgaba un aspecto realmente tétrico.

Cuando llegamos al exterior, el sueño se esfumó de inmediato y fue reemplazado por incertidumbre y terror. Todos los hombres estaban reunidos en medio del patio de la propiedad, donde las palmeras y la albugínea fuente convertían al sitio en un lugar ideal para relajarse al aire libre. Empero, la zona ahora se había transformado en la escena preludio de una historia de horror al contemplar a los matones que habitaban ahí perfectamente armados y con una mirada estoica en sus igualmente circunspectos rostros, con todos sus ojos posados directamente sobre nosotras. Instintivamente tomé la mano de Tomoko y la estreché, pegándome lo más que podía a ella.

Ellos formaban un círculo y la conglomeración se hizo a un lado para permitir el paso a los cuatro caporegimes más importantes: Arkantos, Thanos, Onasis y, el francotirador experto, Papagos. Pero encontrarme con los grandes reunidos no era nada comparado con la figura central que estaba siendo protegida por aquel cuarteto que conformaba su guardia de élite: el mismísimo heredero absoluto de la Familia Bakos. Con su corte militar, barba en rastrojo, un áureo anillo en cada dedo, traje refinado oscuro y ostentando un solo ojo en su lozano pero cicatrizado rostro, Janus "el Tuerto" Bakos era una dicotomía de juventud y veteranía, elegancia y barbarie; la clase de monstruo que englobaba perfectamente la enérgica y violenta ambición del bajo mundo. No necesito mencionar que yo estaba atónita por la presencia del primogénito del viejo Ioannis, especialmente porque su finísimo traje mostraba salpicaduras de sangre. Tachibana soltó mi mano y, con un ligero empujón, me dejó frente al hombre, cuya ropa no ocultaba su poca sanidad mental.

– "¿Tú eres Giovanna?" – Interrogó él, con una voz macabramente fría.

– "S-sí, Señor." – Respondí, temblando como si sufriera severo mal de Parkinson. – "G-G-Giovanna Schiaparelli."

– "La granjera y sirvienta de la mansión de mi padre." – Afirmó. – "Y amiga de mi difunta sobrina, que en paz descanse."

– "O-Olympia, Señor. Era una niña muy tierna y buena." – Me apresuré a contestar. – "También muy generosa. Me regaló un teclado."

– "Era una santa, lo sé." – Se dio la vuelta. – "Sígueme."

Obedeciendo y pasando entre esa pared humana, Janus me condujo hasta el centro del círculo. Ahí, como si me hubiera metido en medio de un aquelarre, yacía un hombre amarrado y de rodillas. Poseía una bolsa negra en su cabeza, tapándole la cara. Lo que sí era visible, y muy notablemente, eran las marcas indelebles de violencia sobre su persona, apenas ocultas por su exigua ropa. Los hematomas se sobreponían a sus tatuajes y la sangre le decoraba el resto de la epidermis. Por sus sollozos ahogados y la humedad que la luz del satélite selenita dejaba ver en la tela, sabía que se encontraba amordazado y llorando, en un vano intento por dilatar lo inevitable. Miré espantada a Tomoko, esperando respuesta alguna, pero ella compartía la misma afásica y gélida mirada que el resto, con sus seis ojos rojos luciendo más amenazadores que nunca.

Janus colocó un revólver en mis manos.

Anonadada, mis manos temblaban sin parar, siendo detenidas por las del hombre para evitar que soltara la monstruosa herramienta que residían en mis pequeños dedos. Con un cuerpo de acero inoxidable, tan argento como el astro selenita, cachas de bruno polímero con una roja línea en la parte trasera y su nombre claramente grabado en el cañón, se trataba nada menos que de un Taurus Raging Bull 444. Con ciento sesenta y cinco centímetros de longitud, kilo y medio de peso y calibre .44 Magnum, el revólver era un instrumento diseñado para la cacería de animales salvajes, un auténtico titán destructor cuyo único fin era pulverizar a la presa. Contemplar esa herramienta de muerte, sentirla en mis diminutas manos, era espeluznante.

– "Mátalo."

Pero no tanto como esa orden.

– "¿Q-q-qué?" – Pregunté, absorta.

– "Que lo mates." – Reafirmo el Tuerto, afianzando su agarre. – "Jala el gatillo y mándalo directo al infierno."

– "N-n-no quiero, s-señor…"

– "No te estoy pidiendo tu opinión, empusa." – Conminó. – "Dispara."

– "¡¿Pero por qué?! ¡¿Qué tengo que ver yo en esto?!"

– "Porque este maldito turco de mierda…" – Le quitó la bolsa de un jalón. – "Es el desgraciado que colocó la bomba en el auto."

El mundo entero se detuvo. Esas palabras fueron más intensas que las seis balas que el revólver contenía en el cilindro y me sacudieron tan profundamente que mi temblequeo cesó de inmediato. Sólo una noticia de tan inmensa magnitud es capaz de enmudecer los colores del ambiente y dejar únicamente un terrible vacío monocromático en su lugar. Olympia, mi primera amiga verdadera, la única que no me vio como una herramienta más, un alma inocente, falleció por culpa del sujeto que tenía frente a mí. Había pasado noches enteras con insomnio y días completos con jaquecas por la infausta pérdida de una de las personas más importantes en mi vida. La amistad fue corta, así como el tiempo de conocernos; un parpadeo fugaz, pero que no carecía absolutamente de importancia.

Siempre me pregunté en cuál sería mi proceder ante esta precisa situación. Es decir, ¿qué respuesta era la plausiblemente correcta? ¿Había que seguir a la consciencia moral o dejarse envolver por el instinto de la vendetta? ¿Y desde cuándo una niña de nueve debe cuestionarse sobre el hipotético escenario de encontrarse con el asesino de su amiga? Era una decisión que jamás debería tomar, nunca debió suceder en primer lugar, pero el momento ahí estaba, frente a mí; amordazado, llorando, sudado, sangrando y con hematomas en su maltrecho rostro. Él no tendría más de diecinueve, apenas un año que había alcanzado la mayoría de edad, y ya había desatado una guerra en el bajo mundo, arrancado la vida no sólo a Alexandra y su padre, sino de decenas más que cayeron en las constantes represalias, y sellando su fúnebre futuro. Un poco de fuego y el mundo entero se viene abajo.

– "Mi padre está muerto." – Mencionó Janus, su voz suavizándose. – "Recibí la noticia hace unas horas. Su pulso cesó de existir. Era un hombre fuerte y realmente me asombra que haya resistido tanto tiempo, aunque ni la medicina más milagrosa hubiera podido reconstruir los pedazos de su corazón roto. Phoibos siempre fue su pequeño consentido, y Olympia nunca falló en colocar una sonrisa en su arrugado rostro. Perder a ambos fue tan devastador como si él mismo hubiera estado en la explosión."

– "Lo siento…" – Musité. – "Siempre… siempre he apreciado la bondad de su padre al acogernos."

– "Todo lo aprendió de mi madre, ¿sabes? Ella fue la primera en partir de este mundo, llevándose gran parte de la alegría de mi viejo con ella." – Reveló. – "No tengo hijos. Yo tenía una esposa, pero ella prefirió irse con otro, así que nosotros tres éramos los únicos que quedábamos para mi padre. Aún recuerdo que, cuando nos hicimos partícipes en los asuntos de papá, él estaba contento no por los negocios, sino por tener a su familia cerca de él. La ironía de los Bakos: una Familia criminal tan poderosa y extensa, pero sólo cuatro miembros actuales que llevaban el apellido insignia."

– "No sé qué decir…"

– "No es necesario. Sé lo importante que era mi sobrina para ti, lo mucho que te ayudó y estoy completamente seguro que no pasa un día en que la recuerdes con el honesto cariño que solamente un niño puede concebir." – Aseguró, su tono ahora era casi sentimental. – "Ese teclado que ella te consiguió no fue cosa nimia, poseía mucho significado. Me gustaba escucharla interpretar las obras de Nikos Skalkottas."

– "¿En verdad?"

– "Sí. De hecho, ¿sabías que yo fui quien le compró el piano que está su habitación? Lo he conservado junto a su recámara, tal y como ella lo dejó al partir." – Dilucidó, soltando mis manos. – "Volví la mansión una fortaleza, pero esa habitación, esa pequeña cápsula del tiempo que simboliza una inocencia perdida, se quedará congelada por siempre, como una invaluable fotografía. Un humilde mausoleo casero me parece más digno que una ostentoso monumento a su tragedia."

– "Es lo que ella hubiera querido."

– "Así es. Era un verdadero ángel."

Entonces, su voz se tornó terrorífica nuevamente. Incorporándose, se acercó a él y le dio un puñetazo directo en la mandíbula. La mordaza mantuvo sus gritos a bajos decibeles, pero la expresión de dolor era claramente visible mientras se desplomaba en el suelo. La nube de polvo se internó en sus pulmones y mientras tosía inútilmente, Janus continuó su furioso soliloquio.

– "Y este sucio, pérfido, asqueroso, execrable y maldito bastardo hijo de puta le arrancó la existencia. Este cerdo que luce y huele peor que uno, es el responsable de que mi progenitor, el hombre que me trajo al mundo, haya fenecido. Me arrancó a mi familia, ¡mi sangre!" – Vociferó, caminando alrededor del preso. – "¡¿Y sabes por qué lo hizo?! Porque mi hermano le calló la boca de una trompada cuando este animal, estando ebrio, empezó a hablar mal de él. Tan débil era su dignidad que la perdió al primer golpe y decidió vengarse de la manera más cobarde y abyecta posible, como el perro fariseo que él y toda su estirpe han sido desde que él y sus ratas turcas fueron concebidas."

Con una patada, lo impactó en el costado. Tomando en cuenta el ya magullado estado del extranjero, quizás le terminó de romper un par de costillas.

– "Vienen a este país, consumen lo mejor de nuestra tierra, se creen los dueños del mundo y, en lugar de hacer negocios como mi padre lo hizo por décadas, prefieren matarse como bárbaros. Quizás seamos tan sucios como ellos, seamos parte de la misma mentira, pero al menos nosotros tenemos honor, respeto, dignidad." – Le escupió la cara. – "Y no matamos niños inocentes. ¿Somos unos asquerosos criminales hijos de puta? Jamás lo negaremos. ¿Pero somos tan desalmados para cesar la vida de una pequeña de diez que únicamente deseaba visitar el teatro con su padre, por un rencoroso despliegue de soberbia? Prefiero que me decapiten."

Lo pateó con rabia en la espalda, casi quebrándole la espina. Entonces, volvió a agacharse a mi lado, quedando a mi altura, viendo al infeliz retorcerse como una larva en el suelo. Puso su mano sobre las mías, alzando el pesado revólver que apenas y lograba sostenerse entre mis débiles dedos.

– "Podría golpearlo literalmente hasta que mis nudillos se aplanaran, debería ser yo quien le dictara sentencia y ejecutara el juicio, atravesándole el cráneo con una bala. Lo que él ha hecho es completamente imperdonable y merece castigo. No sólo por los difuntos, sino por el honor de la Familia misma y lo que esta representa." – Manifestó, controlando sus ímpetus de seguir torturándolo. Me miró directamente y yo lo observaba de reojo. – "Estuve en casa de Phoibos un día antes de que falleciera. Parece que había encontrado una mujer que logró llamar lo suficiente su atención para hacerlo recapacitar sobre el rumbo de su vida. Estaba arrepentido por haber negado tanto tiempo el amor necesario a su hija, admitiendo que su egoísmo lo hizo distanciarse del fruto que él y su esposa hicieron con cariño. Ese viaje al teatro era el primer paso en demostrarle a la niña que trataba de reconciliarse con su pasado, ella y él mismo."

– "Yo no sabía eso…" – Respondí, alicaída. – "Acaso… ¿Acaso sabe qué dijo Alexandra de todo eso?"

– "No estaba enterada, supongo que Phoibos pensaba contárselo después, como una sorpresa." – Contestó. – "Pero si de algo sí hablaba, era de la liminal que había conocido en la mansión de su abuelo, y de la increíble música que componía con sus verdes manos. Debiste verla; la alegría que ella siempre debió tener y que los años de soledad le negaron, regresó a su carita. Me rogó que hablara con mi padre sobre mudarlas a ti y tu tutora a su casa en Atenas; yo le repliqué que lo intentaría. Ella en verdad te apreciaba."

– "Nunca fui digna de su bondad."

– "Escucha, sé que estás asustada, que esto es extremadamente repentino y que a tu corta edad no deberías verte envuelta en asuntos tan perturbadores, especialmente cuando involucran algo tan personal. Créeme, tampoco me gusta la idea de ver a otra infanta perder la inocencia de manera tan cruel, pero es necesario." – Aseveró. – "Olympia era parte importante de tu vida, un pedazo irremplazable en tu alma, y él te la quitó, porque le daba igual. A tu mejor amiga, a alguien que te hizo muy feliz durante su corta estancia porque siempre habló con el corazón, a una de las pocas joyas impolutas que no había caído en las garras de este mundo. Pero ya es demasiado tarde, has visto la crueldad de la que él es capaz, de la injusticia que permea este vomitivo mundo. Abandona tus temores, tus miedos, tus grilletes mentales que te aprisionan."

– "¿Y después qué?"

– "Vivir." – Afirmó, incorporando al hombre y dejándolo de rodillas. – "Esta arma representa más que un instrumento de muerte; es tu primer paso a la libertad. Siempre fuiste una criada, una peona; entonces, llegó Olympia y te mostró que no siempre tuvo que ser así. Ella pudo llevarte a la grandeza, y este miserable te arrebató la oportunidad, condenándote a la inopia nuevamente. Ahora, tienes la opción de elegir sobre la existencia de este animal, de elevarte hasta la cima y volverte jueza y verdugo con sencillamente apretar el gatillo. Recupera esa libertad que te fue negada, reclama la oportunidad que se te rechazó."

Se acercó aún más y susurró a mi oído.

– "Disfruta del poder."

Como un moderno Mefistófeles griego, Janus me ofreció la tentación de regodearme en la crapulencia de la violencia, de gozar del privilegio del libertinaje que sólo los que se hallan al tope de la cadena alimenticia poseen, embriagarme con las ínfulas de la fatua supremacía sobre lo que sería mi enemigo. Y ahora, la herramienta necesaria para llevar aquello a cabo residía en mis manos, temblando, pero sin querer soltarse. Entre más pensaba en Alexandra y su honesta sonrisa, más remembraba que esta ya no estaría aquí para que el mundo pudiera disfrutarla, por más indigno que este fuera de tan fastuoso privilegio. Mucho de mi optimismo empezó a rejuvenecer a su lado, me hizo sentir que la existencia era más que un evento de situaciones al azar donde podíamos ser o no partícipes activos.

Y este monstruo la mató.

Podía culpar a la violencia inherente que crecer en la mafia involucra, a la suciedad con la que su familia trata y lucra todos los días, a hallarse en el lugar equivocado en la hora incorrecta; pero todo eso quedaba en segundo plano. Ahora, el desalmado que se atrevió a destruir mi gran bastión de esperanza, el que continuaba llorando con sus negros ojos, rogando afásicamente al cielo porque yo mostrara la piedad que él jamás tuvo, se hallaba a menos de treinta centímetros del extremo del cañón del revólver. Todos los sentimientos que me embargaron durante estos meses: la decepción, sufrimiento, pesar y, sobre todo, ira, estaban concentrados en los seis proyectiles del arma. La distancia entre su cráneo y el cañón disminuyó, hasta que el arma tocó su temblorosa y sudada piel, el volumen de su plañir aumentó, la expectativa del público estaba por las nubes.

Podía hacerlo.

Las lágrimas que recorrían mis mejillas cesarían y de él fluiría un río de sangre, derramando la misma cantidad que yo solté en mi duelo. El monstruo, el enemigo, el némesis, sería eliminado con justicia. Una sola bala, y el mundo se torna pequeño, pues mi grandeza sería demasiado para cualquiera. Decisión, autoridad, poder; aquello que siempre deseé, por fin estaba en mis manos. No habría otra oportunidad, no podría repetir tan única acción por mi propia cuenta; si desperdiciaba el privilegio, me arrepentiría el resto de mi patética vida. Esto me marcaría, me cambiaría la existencia entera; y me haría alguien. Dejaría de ser una anónima mantis, me convertiría en algo que los Bakos siempre necesitan: una más de ellos, una aliada, una herramienta útil y confiable. Y sólo necesitaba probar mi lealtad con jalar del gatillo.

No lo hice.

Sabía que me ganaría el repudio por tal acción, pero no deseaba exterminar su vida de esa manera. Lentamente, mis manos disidieron en su afán de seguir sosteniendo ese pesado instrumento y, para sorpresa grupal, el revólver cayó al piso, soltando algunos cartuchos al impactarlo. Hubo ligeros resoplos y gruñidos de decepción por parte de los presentes, incluso cuchicheos sobre lo esperado de mi proceder y otros condenando mi aparente cobardía. Los ignoré, mi atención entera estaba en el infeliz sujeto cuya mirada se debatía entre el terror absoluto y la incredulidad total. Sabiendo lo que había hecho, las consecuencias de sus acciones y rodeado de los mayores asesinos de toda Grecia, jamás hubiera esperado compasión de una de ellos. Comprender mi reticencia era sencillo: el moriría de cualquier manera u otra, matarlo no cambiaría nada. Los muertos resultados en la guerra que se desató no volverían a la vida si lo extinguiera, la animosidad entre los grupos criminales no disminuiría al asesinarlo; dispararle no me regresaría a Olympia.

Pero me satisfaría la venganza.

Con la misma velocidad que Alexandra se esfumó de este plano existencial, en una infausta nube de metal y fuego, mi espolón se dirigió como una saeta hacia él. Mis extremidades mantoideas, a pesar de mi edad, eran lo suficientemente poderosas y duras para atravesar madera con el grosor de una puerta común y corriente. Así que cuando mi espolón derecho entró directamente por su ojo izquierdo, la quitinosa punta se abrió paso por la cuenca ocular hasta chocar contra su lóbulo frontal. Mi vesania era tal que incluso cuando el shock causado por la destrucción de su nervio óptico lo había puesto en un estado de coma, seguí moviendo mi extremidad para dañar lo más posible su cerebro. Pude sentir el crujir del hueso craneal y los líquidos cefálicos escurrirse mientras yo continuaba moliendo su impía sesera.

Con el espolón cubierto de sangre, hueso pulverizado y líquido cefalorraquídeo, el tipo, más que muerto, cayó boca arriba cuando lo empujé para liberarme. Al impactar su vacía cabeza el piso, su rostro lentamente quedó de lato soltó un brote de sangre por la herida ocular y pronto su nariz y boca también empezaron a dejar escapar la hemoglobina. Escupí al cadáver; una líquida vituperación que denostaba todo mi odio en un poco de saliva. No hubo otro sonido más que el de los insectos nocturnos, el lejano sonido de la ciudad, mi respiración agitada y el corazón acelerado. Ni una sola alma se atrevió a pronunciar palabra mientras la sangre formaba un charco carmesí que la luna se encargó de otorgar un etéreamente lúgubre brillo.

Lo había hecho, le quité la vida personalmente al cerdo que arrancó las alas al último ángel y obligó a este demonio a surgir de las flamas de la venganza. Y junto con él, el último rastro de humanidad en mí también pereció. No sentí asco, arrepentimiento o dolor alguno, sólo un siniestro sentimiento de satisfacción y soberbia; disfruté del poder, y lo amaba. Fue sólo un momento efímero, pero el placer de haberme impuesto sobre mi enemigo era ciertamente duradero, y muy embriagador. Alzando la mirada, contemplé el plateado rostro del astro selenita, cubriéndome con su argento manto nocturno. Esta era la verdadera yo, la que siempre quise llegar a ser, la temible y poderosa descendiente de Hécate que nadie podía atreverse a tocar. No había vuelta atrás, el destino estaba decidido.

Finalmente, era una de ellos.

Los aplausos y ovaciones rompieron la afonía ambiental y, en un instante, mi nombre se elevó entre las voces de los eufóricos testigos, complacidos por haber cumplido con la orden de su superior de manera tan inefablemente violenta. El tétrico ritual estaba completo y la mano del diablo mismo me congratuló silentemente acariciando mi cabeza, dándome la bienvenida al Cocito por las puertas que yo misma había abierto. Tenía las manos sucias y no podría borrarlo de mi pasado; un rojo sello que me tatuaría la existencia eternamente. La niña que mi madre trajo al mundo, la que Tomoko cuidó y Alexandra apreció, había desaparecido en un mar de hemoglobina y aclamaciones. La ironía volvía a hacerse presente; terminé una vida para empezar una nueva: la mía.

El precio de admisión se cobraba en sangre, y yo pagué con gusto.

Una sonriente Tachibana, la única cuyo apoyo actualmente venía de nuestra amistad y no de mi despliegue asesino, me condujo de vuelta a nuestra habitación. Mientras nos alejábamos, pude ver a un par de hombres tomando una gran bolsa negra para deshacerse del cuerpo. La infernal sinfonía de las risas y mi nombre a coro fue una experiencia tanto gratificante como tétrica. Yo continuaba muda, tratando de hilar mis pensamientos y pronto me vi empapada por el agua de la ducha y las manos de la arachne tallando mi cuerpo con una esponja. Mientras el líquido lavaba los restos que me marcaban como la ejecutora estrella de esa noche y observaba el agua escurrirse por el drenaje, mi consciencia se tensaba en la condena que había puesto sobre mi persona. Los ímpetus se habían sosegado, la euforia del momento y la adrenalina cedieron; ¿en verdad lo anterior había sucedido? ¿Era ese el camino que había tomado?

– "La primera vez nunca se olvida." – Dijo de repente Tomoko, enjuagando mi cabello. – "Más allá del temblor en el cuerpo, los horrísonos acúfenos que te taladran los oídos en el silencio y las vívidas memorias del acto impregnadas en tu cabeza, será el conflicto moral lo que no te dejará dormir esta noche."

– "A pesar de que matar a ese miserable no me parece incorrecto…" – Musité. – "Siento que le he fallado a Olympia."

– "Ella estaba enterada de lo que su familia hacía. No la subestimes por su edad, sabes muy bien que la niñez no nos hace menos peligrosas, Schiaparelli." – Opinó. – "Cierto, se asustaría al saber que su amiga no era tan inocente como creía, pero al final te aceptaría. Mientras siguieras brindándole compañía, no le importaría que hubieras destrozado el cráneo de ese infeliz con un mazo."

– "Me cuesta creer que alguien tan inocente pudiera aceptar algo tan barbárico."

– "¿Cuántas veces debo recordarte que tú eres prueba viviente de que la inocencia no está ligada a nuestra capacidad de causar daño?" – Recalcó. – "Hace unos meses tú recogías tomates y te manchabas los overoles de tierra. Mírate ahora, dejando tuerta a tu primera víctima. Por cierto, fue gracioso que eligieras ese método estando a lado del jefe; tienes agallas, niña."

– "Dudo que siga siendo una menor." – Disentí. – "Ni siquiera recuerdo haber tenido niñez, para empezar."

– "No es que la necesites mucho cuando te encuentras en el fondo del Tártaro. La inocencia, a final de cuentas, es sólo una ilusión que muere con el ariete de la realidad. Agradece que estuviste del lado correcto cuando lo descubriste."

– "¿Somos el lado correcto?" – Reí, sardónicamente. – "¿El que deja a una menor de edad matar?"

– "El que te deja elegir." – Aseveró. – "¿Piensas que el mundo tan idílico en el que crees te aceptaría? No pasarías de una atracción de circo o una exótica esclava vendida a algún degenerado. Tu inocencia hubiera muerto desde hace mucho en tu idealizada sociedad, Giovanna. Esta vida criminal, aunque suene contradictorio, es el menor de ambos males."

– "Esos son ejemplos extremos de una sociedad villanizada. Las posibilidades son más que trágicas conclusiones, Tomoko." – Acoté.

– "Adelante." – Extendió su brazo, señalando hacia la salida. – "Si tanto crees que el mundo va a tratarte mejor, eres libre de irte. Vamos, Dorothy, sigue el camino de ladrillo amarillo al castillo de Oz. No tienes que quedarte en este inicuo y corrupto nido de maldad pura."

– "¿Piensas que la mafia me dejará irme sin meterme una bala apenas cruce los límites de la propiedad?"

– "¿Piensas que eres tan importante para ellos? Gio, aunque lo niegues, sigues siendo una niñita." – Rió otra vez. – "Podrías despedirte de todos públicamente y nadie intentaría detenerte. ¿Sabes por qué? Por lo mismo que acabamos de hablar: saben que si no terminas como el fenómeno principal en un circo ambulante, serás explotada de manera aún peor. Pero anda, que nadie se interpondrá en tu sueño de integrarte a la falsedad de la sociedad. Luego me envías una postal desde el calabozo donde te hayan encerrado, ¿vale?"

Quise replicarle con la misma mordacidad y quitarle esa sonrisa burlona de su rostro, pero sería inútil discutir con ella. Y lo que más me enfurecía, es que aunque continuaba discrepando con su fatalista retórica, debía aceptar que tenía razón respecto a mis escasas probabilidades de conseguir algo mejor ahí afuera. ¿Realmente podía esperar bondad en ese mundo que continuaba comiéndose a sí mismo? ¿Habría habido un giro radical de ciento ochenta grados que hiciera cambiar a la misma sociedad que seguía marginando a quienes consideraba no aptos para sus clasistas estándares, como el vagabundo en el puerto continuaba denotando? ¿La piedad nacería repentinamente y esta mantis antropomorfa sería amada?

Olympia lo hizo, sí, pero yo era empleada de su familia, sabía que podía confiar en mí y las particulares circunstancias la hicieron más recíproca hacia mi amistad. Incluso si hallara otra pequeña en la misma situación de la occisa Alexandra y lograra generar simpatía, el resto de su mundo no me admitiría. La Familia Bakos pudo deshacerme de mí cuando pudo, pero yo crecí entre ellos, trabajé exclusivamente bajo su tutela, me conocían lo suficiente para saber que yo poseía suficiente valor para ser conservada. Tomoko era mi protectora, y Olympia también lo fue por todo el tiempo que la conocí; me otorgaron la suficiente inmunidad y poder para garantizar mi estancia. Aquí también, habiéndome ganado ya el reconocimiento de los capos y el nuevo Don, sin contar al resto de los hombres.

Allá afuera, estaba sola, completamente incapaz de defenderme. Y si lo hacía, si respondía a sus agresiones, sería marcada de por vida. No tenía opción real: esta era ahora mi casa, mi hogar, el único lugar donde se reconocían mis talentos y poseía una identidad y nombre; una vida. Dejé que mi compañera nipona terminara el aseo y, aceptando el inicio de esta nueva etapa, me fui a dormir. No lloré, no me lamenté más; desperdiciar energías añorando el inflexible pasado era absurdo. Los hermosos ideales, aunque nobles, no me darían lo que pido sin sufrir aún más. Era un camino demasiado incierto, demasiado inseguro. Los Bakos eran la mejor opción, la más sensata. La muerte, la violencia, la sempiterna lucha de todo ser vivo por sobrevivir; aceptar las verdades inevitables de la existencia eran vitales.

Quién sabe, quizás al final, podría llegar a gustarme.

Al siguiente día, todo transcurrió de manera regular, con nadie más mencionando el incidente, pero sonriendo y afirmando silentemente con la cabeza al verme. De ser 'la grillita' pasé a ser 'la niña mantis'; un sobrenombre nimio pero al menos era correcto y me ayudaba a calmarme los nervios por tener lo sucedido aún fresco. Me encontraba en medio de lavar los platos cuando Arkantos, llamándome por mi nombre, me ordenó a que lo acompañara. Siguiéndolo, llegamos hasta la parte trasera de la propiedad, la cual daba a un vasto terreno abierto. Estaba fuera de la reja delimitadora y era una especie de jardín al aire libre. Había algunos manzanos y otros árboles que daban un buen aspecto a la fachada. Ahí, abriendo una pequeña bodega de madera, reveló un rifle de aire Daisy Red Ryder 1938 y me lo entregó.

Sin pronunciar todavía palabra, tomó un bote con balines y gesticuló señalando un compartimiento en el cañón del arma. Obedeciendo, inserté una decena de las bolitas de metal y el capo hizo ademán de que jalara la palanca, cargando el arma. Con eso, apuntó hacia un grupo de botellas vacías a quince metros de distancia, alineadas sobre una vieja valla de madera, restos de la antigua edificación antes de ser remodelada. Entendiendo que mi trabajo era derribarlas, me arrodillé para obtener mejor estabilidad, aunque no es que la necesitara con un rifle tan ligero. Él rápidamente me corrigió y me tomó del brazo, indicando que debía hacerlo erguida. Asintiendo y retomando mi tarea, centrando el alza en una botella de color verde, me tomé un par de segundos hasta apretar el gatillo y liberar un balín a cien metros por segundo.

Y no le di.

A pesar de no usar pólvora y no tener virtualmente potencia para sacarme de balance, erré el disparo. Arkantos no reaccionó y siguió observando las botellas. Recargué el rifle y volví a tratar. Un retintín confirmó mi éxito. El capo sonrió y me congratuló acariciando mi cabeza, provocándome alegrarme también. Él me prestó un sombrero viejo de paja para protegerme del sol y, así, pasé la tarde arrojando bolitas de metal a envases de diáfano vidrio, mejorando (marginalmente) mi puntería y ciertamente divirtiéndome bajo los cielos de Kalloni. Sabía que detrás de tan aparentemente inocuo entretenimiento estaba el objetivo de familiarizarme con lo que sería mi verdadera vocación en el futuro, pero no me quejé; si iba a volverme una matona, si debía recorrer el sendero oscuro de la vida, disfrutaría el camino tanto como pudiera.

Los meses prosiguieron su cauce regular, conmigo volviéndome una experta en impactar botellas conforme el tiempo pasaba. Después de una semana de haber atacado vidrios vacíos a distancias infantiles, se me fue entregado otro rifle de aire, esta vez de calibre .22, ideal para cazar alimañas como ratas y ardillas a mayores distancias. Disparar a presas vivas era más estimulante que a objetos inanimados y pronto la población de pequeños animales fue reducida en los alrededores de la propiedad. También proseguía divirtiendo en ocasiones a los habitantes con una relajante sesión de música de piano electrónico. Tomoko continuaba su rutina de intimidante nocturna, notándola cada vez más animada conmigo y dispuesta a contarme sobre su día.

Era como si matar a ese turco hubiera sido la respuesta a todo. Ahora que estábamos casi en el mismo oficio, Tachibana trataba de crear los lazos amistosos que ella estuvo evitando por tantos años conmigo. Sólo fue una mejoría muy leve, la arachne seguía siendo circunspecta y me recordaba que no me encariñara tanto con ella. Al menos los buenos días y noches habían regresado a su vocabulario. Yo intentaba hacerle caso, sabía que la frialdad sería crucial para mantener mi estabilidad mental cuando llegara mi turno de volverme una soldado hecha y derecha. Cada vez que mi arma cobraba la vida de otro roedor, trataba de visualizar que sería igual que acabar con una persona, borrando la línea moral y lógica entre ser y no ser pensante. Todos somos animales después de todo, así que mi comparación no estaba muy alejada de la realidad.

Supe que estaba suficientemente preparada cuando Tomoko volvió un día con la ropa cubierta de sangre y mi primer pensamiento fue en lo difícil que sería retirar las manchas de la tela. Exigí saber qué había sucedido, claro, pero no expresaba ese temor aplastante que yo hubiera demostrado tiempo atrás. No me extrañé por su tétrica sonrisa y el que revelara un argento revólver Smith & Wesson modelo 29 de su cinturón, ostentándolo con terrorífico orgullo; yo sabía que tarde o temprano ambas estaríamos a la par en cuanto a sangre.

Matar es parte indeleble de la naturaleza, y yo lo acepté con toda la naturalidad que una menor de edad que careció de niñez podía concebir. No hubo debates morales, nada de conflictos internos ni miedo paralizante; sólo le di la bienvenida a mi compañera, mis palabras de felicitación y nos dispusimos a descansar. Ya no me importaba si había matado a uno o a cien, una vez reclamada una vida, los siguientes números sólo eran estadísticas. No valía la pena preocuparse por cantidades y cifras de gente que no volvería.

La indiferencia era libertad.

Al siguiente año, justo en el mismo mes que había comenzado a trabajar en la plantación de tomates de la mansión Bakos, Arkantos nos llamó a mí y mi amiga hacia el despacho de Janus. El nuevo Don nunca estaba más de un día en el mismo sitio, siempre viajando y atendiendo asuntos como el jefe de la Familia, así que era una ocasión especial y privilegio el visitarlo personalmente. Al atravesar las decoradas puertas de albugínea madera, nos encontramos con él mandamás, sentado y leyendo tranquilamente en su escritorio de ébano. Él nos invitó a tomar asiento e incluso nos invitó a tomar un dulce de su reserva personal en su tazón, como si de un viejo doctor familiar se tratara. Todo era una fachada, claro, pero él era bueno manteniendo apariencias.

– "Díganme, chicas, ¿cómo se sienten viviendo aquí?" – Preguntó Janus, directo al grano. – "¿Disfrutan su estancia?"

– "Sí, Señor." – Respondimos al unísono.

– "Sé que dicen la verdad. Y lo mismo es para los demás; ellos no tienen quejas de ustedes." – Aseguró. – "Han servido lealmente a los Bakos por muchos años, a pesar de que parecían que sus estatus como peonas no mejoraría. E hicieron los últimos días de mi difunta sobrina los mejores de su corta vida. Esa fidelidad no se puede comprar y me alegra que estén de nuestro lado."

– "Gracias, Señor." – Tachibana hizo una reverencia. – "Sólo estamos agradecidas con la Familia por acogernos."

– "Estoy seguro que sí. Es por eso que les tengo una propuesta que no podrán rechazar." – Encendió un cigarrillo. – "Quiero que se muden a mi casa y fortaleza principal, en las afueras de Atenas. Es un lugar precioso, cerca del Monte Pentélico. A su lado, la mansión de mi padre es una triste choza. ¿Qué dicen?"

– "Estaríamos extremadamente honradas de tal privilegio, Don." – Fue mi turno de replicar. – "Yo no tengo objeciones."

– "Ni yo tampoco, Señor." – Se unió la arachne pelinegra. – "Será un placer servirle en su hogar."

– "Perfecto." – Asintió, degustando su tabaco. – "Empaquen de una vez, se irán en una hora."

– "¡Sí, Señor!"

Una reunión corta, veloz, pero radical; así eran los cambios que nos marcaban de por vida. Esa misma noche, nos vimos en la parte trasera de un gran camión que nos transportaba a nosotras y varias posesiones de la Familia que serían trasladadas a sus nuevos aposentos en la capital nacional. Dado que nos dirigíamos hacia el aeropuerto de Mitilene, no pude dejar de pensar en último día que vi a Olympia, pero no lloré; ya eran demasiadas lágrimas derramadas. Sacando eso de mi cabeza y volviendo a mi estoicismo, arribamos hacia una pista reservada para el vuelo privado a nombre de Janus. Me hubiera gustado decir que disfruté mi primer viaje en avión como pasajera de primera clase, pero en realidad mi experiencia se resumió en esperar escondida en una caja de carga hasta que la aeronave aterrizó en el Eleftherios Venizelos, el aeropuerto internacional de Atenas, para repetir la acción hasta arribar a la fortaleza del Jefe.

Cuando Janus comparó la mansión de su occiso padre con una edificación humilde, no exageraba. La del nuevo Jefe era una comarca esplendorosa, un ostentoso palacio digno del mafioso más poderoso de las tierras helénicas, residiendo a las faldas del imponente Pentélico, el lugar donde provenía el mármol para alzar el famoso Partenón. Pero los minuciosos detalles de las pruebas arquitectónicas del imperio criminal de los Bakos no me eran de importancia, mi atención se centraba en cuáles serían mis obligaciones en tan lujosos aposentos. Pronto lo descubriría. Arkantos y Thanos se quedaron en Lesbos, así que tendríamos que empezar a familiarizarnos con los caporegimes Onasis y, el hijo de puta más letal con un francotirador que haya conocido, Papagos. Fue el primero quien nos condujo hasta nuestra habitación.

Ciertamente era más de lo esperábamos: habían dos camas, una de ellas con tamaño suficiente para el enorme físico de mi amiga arácnida, un baño de dimensiones perfectas y espacio libre que hacían parecer las suites de los hoteles de lujo como claustrofóbicas prisiones soviéticas. Nuestros puestos no cambiarían, conmigo ayudando a la vieja Kaneís, quien también se había mudado, en la cocina, haciendo la limpieza y tocando el teclado electrónico de vez en cuando en el bar personal que la mansión poseía. Aprendí nuevas tonadas y mi repertorio empezó a incluir piezas más modernas para satisfacer los gustos del variado público. Mi amor por la música clásica no disminuyó y eran mis favoritas de interpretar.

Tomoko también volvió a su trabajo como matona, aunque ahora sus obligaciones se extendieron a guardia nocturna de los cargamentos de la mercancía que llegaba desde los puertos. Eso marcó el inicio del consumo de sustancias enervantes para soportar las largas jornadas y sus cada vez más exiguas horas de descanso. Me preocupé por la salud de Tachibana al principio, pero con el paso de los días, recordé que nadie desea ser salvado y que las decisiones personales de la nativa de Lycosios no eran de mi incumbencia, así que preferí guardarme mis comentarios. Ciertamente no me afectaba, así que pude dejarlo pasar. Además, eso me motivó a volverme mejor en mi trabajo y esforzarme más, para inmunizarme en caso que la naciente adicción de la arachne la llevara a perder el favor de la Familia.

Ella misma me ha inculcado que la única persona que debe importarme, soy yo.

Los siguientes meses se caracterizaron por una relativamente pacífica estancia, al menos para mí, haciendo caso al protocolo habitual. Las festividades, como Navidad o Año Nuevo, eran meras celebraciones privadas entre la arácnida y yo. Yo era llamada para entretener musicalmente a los habitantes en la tarde, pero en la noche todos preferían darse la gran vida en clubes nocturnos y nuestra presencia era innecesaria en tales ocasiones. Tampoco es que nos importaran; las fiestas humanas no eran asunto nuestro y mientras nos otorgaran el día libre por hallarse celebrando, no había queja alguna. Era curioso cómo, nuevamente, no creábamos amistades con otros que no fueran los capos y el Don. Tal vez fuera soberbia, quizás sabíamos que el poder era lo único que importaba, pero era una regla implícita en nosotras el coligarnos oligárquicamente e ignorar al resto.

Yo no pasaría mucho tiempo siendo la sirvienta/artista de la mansión de Janus. A casi estar a dos años desde la muerte de Olympia, Onasis, el gordo pelirrojo que era el brazo más fuerte del grupo, me ordenó seguirlo hasta la bodega. Conocía esa mirada, y era más marcada que la de Arkantos en esa ocasión que me ofreció el rifle de balines. En parte nerviosa y en parte expectante, seguí al caporegime hasta el lugar indicado, una de las tantas armerías con las que contaban, y empezó a hurgar entre las armas hasta encontrar lo que sería mi primera herramienta seria de trabajo: una escopeta semiautomática Remington 11-87 Sportstman. Con su acabado en negro de material sintético, capacidad para cuatro disparos calibre de cartucho número veinte y un cuerpo de cuarenta pulgadas de longitud, era un modelo comúnmente conocido como 'juvenil'. Esto era por ser generalmente usado para cacería de patos y tiro al plato, pero una escopeta es una escopeta y seguía siendo un arma letal, especialmente en manos de alguien que sabía cómo usarla.

Asintiendo con la cabeza, decidida, él regresó el gesto y, tomando varias cajas de municiones, nos dirigimos a la parte trasera. Era una tradición implícita que los campos de tiro se llevaran detrás de las mansiones de los Bakos, supuse. A diferencia de la casa de seguridad en Kalloni, los objetos a disparar eran actualmente maniquíes de madera y otros blancos hechos de plástico y metal, a distancias de hasta cien metros o más, reservadas para francotiradores. Yo sólo necesitaba cuarenta. Onasis pensó lo mismo y me señaló con el dedo el colocarme en punto indicado. Mostrándome cómo cargar el arma, insertó cuatro cartuchos en la recámara y me la dio de nuevo. Adoptando la postura que desarrollé en mis prácticas con mi rifle calibre .22, afianzando mis pies en la suave tierra helénica, jalé del gatillo.

Fallé de nuevo.

La patada de una escopeta real era diferente a un sencillo rifle a base de aire comprimido y los acúfenos en mis oídos me desorientaron mientras me recuperaba de la explosión. Onasis se rió por mi penoso primer disparo y esperó a que mi siguiente fuera menos vergonzoso. Molesta por mi torpeza y dispuesta a comprobar mi plusvalía, retomé posición y liberé la segunda carga de calibre veinte. Si bien unos cuantos perdigones dieron en el costado del blanco, la mayoría de estos pasaron de largo al objetivo. El maniquí parecía burlarse de mí, aunado por la risa del obeso capo. Escupiendo el suelo, volví a tomar postura y decidí que la tercera sería la vencida. Tomándome un poco más para ajustar el meneo de mis manos y centrándome en el punto distante, accioné mi arma.

Mi venganza contra el cuerpo artificial fue gloriosa. Los perdigones volaron directamente hasta impactar la cabeza del muñeco y aunque el peso de los proyectiles individuales hacía que perdieran fuerza a tal distancia, lograron decorarle el rostro carente de facciones con un negro tatuaje. No contenta con el éxito inicial, descargué el cartucho restante y sacudí esa sesera falsa con un segundo impacto directo. Los pájaros se habían alejado de los árboles circundantes con aquellas dos descargas y la risa de Onasis pasó de burlona a satisfactoria. Con un par de palmaditas en la cabeza, me instó a seguir puliendo mi técnica, aceptando yo con gusto.

Aparte de las carcajadas del capo, no pronunciamos palabra en todo el proceso; yo tenía claro mi objetivo y posición, así que simplemente seguía órdenes y me ahorraba desperdiciar tiempo en innecesarios intercambios verbales. Además, la regla de oro en toda organización criminal es siempre, absolutamente siempre mantener la boca cerrada. Eso se aplicaba en el sentido de la discreción y evitar esparcir rumores, pero yo prefería extenderlo a comunicarme oralmente únicamente cuando fuera necesario. Finalizada la práctica y con mis oídos zumbando y mi hombro adolorido, Onasis me felicitó por una decente demostración. Aunque esos dos disparos a la cabeza fueron sobresalientes, el resto fue bastante mediocre, tirando a malo, pero suficiente para pasar la prueba y ganarme el almuerzo de ese día.

Así sucedía mi vida; una cornucopia de altibajos y experiencias que iban desde deleitar musicalmente a las esposas de los superiores y algunos asociados de alto calibre mientras ocultaba mi verdadera naturaleza liminal con abrigos y lentes oscuros, a ayudar a Tomoko a vomitar en el sanitario después de embriagarse con demasiado café combinado con vodka celebrando la Nochebuena. Por suerte, su adicción a las drogas había disminuido, pero de vez en cuando, cuando estaba a punto de expulsar las tripas durante sus resacas, me recordaba que si las balas no la mataban, sería el veneno que seguía ingiriendo todos los días los que le hiciera visitar el río Estigia un día de estos. Ella bromeaba que al menos yo me quedaría con la otra cama y yo le seguía el juego diciéndole que su cadáver sería perfecto para alimentar la chimenea de la sala.

En realidad, únicamente trataba de ocultar que me preocupaba.

Pero necesitaba seguir callando esas virtudes que me impedirían hacer mi labor. Fría, habría que ser indiferente; no podía permitirme bajarme la moral ahora que todo parecía ir bien para mí. Es lo que ella decía, es lo que yo debía creer, era lo mejor para ambas. La única excepción a mi falta de emociones, era en mi cumpleaños, donde era de mis pocas oportunidades de hacerme con libros, música o ropa nueva por parte de Tomoko. Los superiores también me felicitaban, pero sus obsequios eran sencillos postres o una buena comida… cuando se acordaban, cosa que no sucedía a menos que la arachne les comunicara de antemano. Yo desconocía el aniversario de Tachibana, y ella nunca me lo reveló, así que nunca insistí en descifrarlo. Pero incluso el día de mi nacimiento me parecía irrisorio comparado con la fecha que me marcaría para siempre.

El día que Olympia murió.

Veintidós de junio, fecha de innumerables tragedias: Durante la Primera Guerra Mundial, un chofer de tren en Indiana se dormita en la cabina y mata a ochenta y seis personas, además de herir a ciento veintisiete más. Francia firma armisticio ante los alemanes en durante el segundo conflicto. Al año siguiente, en el mismo día, los Nazis invaden la Unión Soviética. Vehículos, venganza y traición; todo ello englobaba lacónicamente el momento en que mi amiga dejó este mundo. A pesar de estar cerca de Atenas y poder visitar su tumba, me negué a pedir permiso para ello; no quería llorarle a una lápida, aunque fuera de manera simbólica. Tal vez porque sabía que ir al panteón y leer ese nombre que tanta alegría albergara, me destrozaría de nuevo. No era tan fuerte para soportarlo, aún no. Tomoko nunca lo propuso ni nadie más que supiera mi amistad.

Pero, cada vez que aquella fecha llegaba, yo tocaba la pieza que a ella tanto le encantaba por ser de mi autoría. La había mejorado, y las alabanzas de los escuchas y Tachibana me lo confirmaban. Aunque, siempre que preguntaban el nombre de la canción, yo contestaba que estaba todavía pendiente. Había muchas opciones, la más tentadora siendo el nombre de la niña, pero sentía que ni aunque tuviera el talento de todos los grandes compositores juntos, jamás podría hacerle justicia a ella. Aquella música sin título era la última pieza de felicidad y esperanza que permitía residir en mi aciago y pétreo corazón, y la cuidaba con ahínco. Podría olvidar mi humanidad, pero nunca a Alexandra.

La época dorada, aquella dónde disfruté de la calma y una vida modestamente segura, llegó a su fin cuando estaba en la flor de mi adolescencia. Para ese entonces, Tomoko y yo éramos conocidas por todos los que habían sobrevivido a la guerra entre Familias que hace mucho parecía que terminaría con una paulatina y silenciosa victoria para los Bakos, habiendo recuperado lentamente las zonas de influencia que los turcos habían ocupado. Podía hacer paralelos sobre las batallas del hampa y las históricas entre ambas naciones, pero el mensaje ya estaba más que claro: la historia siempre se repite. Nuevamente fui convocada ante el despacho de Janus, cuya barriga había aumentado tanto como su poder y había desarrollado un gusto por el whiskey Vat 69, hallando varias botellas de diferente presentación en su escritorio. Me invitó a sentarme.

– "Dime, Giovanna." – Habló él, encendiendo un habano. – "¿Qué edad tienes?"

– "Catorce, Señor." – Contesté.

– "Qué divina edad. Yo a tu edad estaba observando la nave Discovery ser lanzada al espacio por primera vez; qué tiempos." – Meneó la cabeza, nostálgicamente. – "¿Cuándo los cumpliste?"

– "Los cumplí hace dos semanas."

– "Ah, sí, ya recuerdo. Me encontraba en mi natal Macedonia en unos negocios con O'Brien, pero envié flores para felicitarte. ¿Te gustaron?"

Me paralicé en ese momento. No recuerdo haber recibido regalo de nadie excepto un poco de ropa de Tomoko. Pero mi preocupación no era por la falta de obsequios, sino porque estaba segura que esa pregunta fue hecha adrede. Era una trampa, una perfecta máscara envuelta en incógnita para certificar mi lealtad. En este ambiente compuesto de contradicciones, las dobles caras son nuestro rostro diario, las mentiras son la realidad innegable, y cada pregunta, cada pequeña duda, es una prueba. Una respuesta incorrecta, y mi reputación moriría, acabando con mis privilegios, mi libertad y mi vida. Tenía la opción de decir la verdad o mentir, pero ninguna podría ser la correcta, o todas podrían estar mal. Esa era la mayor tortura, volver el privilegio de elegir una negativa experiencia, poner en contra de una la manifestación de libertad y poder. Janus jugaba su papel de demonio a la perfección.

– "Me temo que no recibí ningunas flores, Señor." – Opté por la verdad. Intenté tragar saliva, pero mi boca estaba seca.

– "¿Estás segura? Yo mismo las compré en la florería de la vieja señora Charrington, cerca de la casa donde nací."

– "Sí, Señor, estoy segura. Quizás la paquetería se equivocó."

– "Imposible, yo siempre uso a mis propios hombres para hacer mis entregas personales." – Aseveró, sacudiendo el puro sobre el cenicero. – "No confío en los servicios de terceros. Debieron llegarte, no hay duda."

– "En ese caso…" – Suspiré. – "Me gustaron mucho, Señor. Muchas gracias por su regalo."

– "¿Por qué cambias de opinión ahora, después de negarlo dos veces?"

– "Porque usted tiene el poder aquí, y si usted afirma que envió esas flores y estas arribaron, entonces es verdad." – Respondí. – "Dos y dos son cinco."

Janus sonrió, soltando una ligera risa.

– "Eres más inteligente de lo que pensé, empusa." – Disintió con la cabeza. – "¿Cómo supiste que intentaba jugar contigo?"

– "Yo también he leído a George Orwell, Señor. Las tres referencias a su obra más conocida eran demasiado evidentes."

– "Admito que la sutileza no es mi fuerte, sin embargo, me temo que en realidad sólo hubo dos alusiones." – Se sirvió un poco de whiskey. – "Yo tenía catorce años en 1984 y en verdad observé el primer despegue del Discovery. Mi padre no pudo elegir mejor momento para llevarme de tour por los Estados Unidos."

– "Es impresionante, Señor."

– "No tanto como haber conocido a Ronald Reagan y la primera dama." – Rió de nuevo. – "Digan lo que quieran de los Republicanos, pero saben usar el dinero de los impuestos para dar fiestas inolvidables. Fue ahí que en verdad comprendí lo que era el poder y cómo nos abre las puertas al verdadero paraíso, aquí, en la tierra. Más que un presente de cumpleaños, ese viaje fue una lección de vida que mi padre dio."

– "Lo comprendo muy bien, Señor, y opino igual que usted."

– "Me alegra, porque entonces aceptarás lo que voy a proponerte."

– "¿Una tarea en el campo de batalla para mí?"

– "Me agradas, mantis, vas directamente al grano. Conoces perfectamente tu función y no lo debates." – Asintió. – "Sí, tengo algo para ti. Un cargamento llegará al puerto del Pireo esta noche en el barco MV Ajax y necesito suficientes guardias para proteger a mis negociadores, en caso de que algo salga mal. Tú serás parte de la escolta."

– "Eso, ¿es todo?"

– "Sí. Bastante fácil." – Exhaló un aro de humo. – "¿Esperabas una misión de infiltración secreta, como si fueras una miembro de las fuerzas especiales o algo así?"

– "No, Señor; es sólo que aún no entiendo para qué me citó aquí para una tarea tan rutinaria."

– "Tú y esa araña tienen potencial para ser alguien." – Dilucidó. – "Al ser liminales, son más fuertes y envejecen más lento. Cuando mis mejores soldados estén usando bastón, ustedes todavía podrán estar en medio de la batalla. Longevidad, fortaleza y lealtad; esa excelente combinación no se consigue en cualquier lado. Es tu oportunidad, Giovanna. ¿Quieres unirte al equipo ganador y ganar el respeto que mereces, o deseas seguir barriendo pisos, ensuciando tu hermoso teclado y la memoria de mi difunta sobrina con el polvo de la mediocridad?"

– "Usted saber que aceptaré, Señor." – Contesté, alzando la mirada. – "¿Cuándo nos movemos?"

– "A las diez de la noche. Reúnete afuera cinco minutos antes, los capos te darán instrucciones y te llevarán a tu destino. No me falles, ¿entendido?"

– "Claro, Señor." – Hice una reverencia. – "Pero, ¿no me acompañará Tomoko? Es mi tutora."

– "Ella estará cubriendo otro asunto. Además, ya estás bastante grandecita para cuidarte sola, ¿no lo crees?"

– "Sí, Señor."

La vida no es tan impresionante como en las películas. Confieso que esperaba una labor exclusiva para mi persona, una gran prueba que, de ser exitosa, me elevaría hasta la cima. Pero, entre las palabras de aliento y la simplicidad de mi nuevo trabajo, sabía que la razón real se debía a que era una peona al final del día. No debía olvidar que somos herramientas y muy desechables, nuestro nombre es recordado y nuestra utilidad valorada, pero no respetada, no lo suficiente. Si algo salía mal, si los contactos nos traicionaban y éramos atrapadas o heridas, podrían desligarse de nosotras fácilmente. Una araña gigante y una mantis humanoide son más llamativas e intrigantes en los medios que una transacción del bajo mundo; éramos una perfecta coartada para desviar la atención, una precisa pantalla de humo que podía jalar unos cuantos gatillos. Así se es la existencia cuando se es prescindible.

Cuando se es nadie.

Esto era lo que necesitaba para dejar de serlo. Tachibana se había ganado algo de respeto después de años de servicio y cada vez la veía menos. Y cuando lo hacía, estaba demasiado drogada como para hablarme. Ella y yo nos distanciábamos cada día más y nos volvíamos cada vez más independientes, necesitándonos aún menos. Tal vez lo hiciera a propósito, por mi bien; Tomoko no podía permitir que sus problemas me cortaran las alas antes de empezar. O quizás, ella ya no me servía tanto como antes. Ya no recurría a su consejo o a intercambiar otras palabras aparte de unas cuantas trivialidades. Lo cierto era que su filosofía de que solamente nos interesamos en alguien mientras nos sea útil estaba probando ser verdad. Mi adoctrinamiento estaba prácticamente completo, el lazo que me unía a mi tutora, mi pasado, la antigua yo, podía cortarse sin problemas.

Pero, ¿realmente quería hacerlo?

Pensaría en ello en otra ocasión; después de practicar con mi escopeta toda la tarde, la noche llegó más rápido de lo que pensé y era momento de comprobar de qué estaba hecha. Papagos sería nuestro líder en la misión y después de darnos los detalles de esta, nos embarcamos en los automóviles en dirección al puerto del Pireo, el más grande de toda Grecia. Los Audi TT en los que nos transportábamos no tardaron en llegar a su destino. Yo me encontraba suficientemente nerviosa como para disfrutar el paseo y poder admirar la faceta nocturna capital del país que me vio crecer. No importaba, si todo salía bien, un día de estos yo podría recorrerla por mi cuenta, sin necesidad de esconderme en las sombras como una rata.

Con el francotirador estrella de los Bakos al frente, nos ordenaron bajar y, sosteniendo con fuerza mi arma, seguí a los demás hasta el punto de reunión. La zona de descarga industrial estaba viva las veinticuatro horas, pero en esa época del año, la cantidad de tráfico marítimo era menor y los astilleros lucían más vacíos, volviéndolos perfectos para esta clase de reuniones clandestinas. El lugar elegido descansaba sobre una zona aislada, con apenas unas cuantas luces que iluminaban el lóbrego camino y nula presencia de la seguridad. No es que nos preocupara, ningún guardia de quinta que apreciara su vida se hubiera atrevido a meterse con la Familia.

Mientras nos movíamos, pude notar las risas burlonas de los hombres por mi evidente nerviosismo, haciéndome estar menos tranquila. Todos ellos tenían más experiencia y edad que yo, caminaban con paso tranquilo, portaban armas que hacían ver a mi Remington aún más como una escopeta de juguete y, sin la presencia de Tomoko, me sentía como la niña que en verdad era. Sacudiendo mi cabeza e intentando calmar mis nervios, tomé la posición que se me ordenó y esperé en la retaguardia. En mi estado tan paranoico, mis dedos se mantenían demasiado cerca del gatillo, listos para actuar de inmediato. Ese hábito se me quedaría.

Los negociadores aparecieron, un grupo de ucranianos. Con ellos, uno podía esperar tráfico armas de toda clase, confirmando la clase de transacción que se estaba llevando a cabo. Los líderes de ambos bandos intercambiaron palabras y se dieron la mano. Como predije, los eslavos comerciaban armamento y estaban mostrándole un rifle francotirador SV-98 a Papagos, convenciéndolo de aceptar el trato con extrema facilidad. Luego de minutos de inspeccionar y evaluar arsenal proveniente de las estepas rusas, los dos hombres se dieron la mano. Se nos ordenó que los camiones se acercaran para iniciar a cargar la mercancía, apareciendo estos al minuto. La misión estaba fluyendo como habíamos esperando.

Entonces, dimos el paso final.

– "¡Fuego!"

En un abrir y cerrar de ojos, la oscuridad imperante cedió ante las ráfagas de nuestras escopetas, pistolas y las ametralladoras de las tropas que fueron reveladas al abrirse las puertas traseras de nuestros camiones. Los ucranianos no tuvieron tiempo de reaccionar, la vorágine de plomo arrasó a los eslavos con fuerza literalmente impactante y los pocos que tuvieron la osadía de tratar de responder al ataque fueron eficientemente neutralizados por el preciso revólver Taurus Raging Bull, el mismo que se me ofreció para eliminar al asesino de Olympia. Mientras las balas y perdigones eran despachados a diestra y siniestra, uno de los ucranianos, herido del brazo, intentó huir de la escena, escapando detrás de los contenedores industriales.

No por mucho.

Yo había permanecido inerte durante el asalto, incapaz de hacer algo útil con mi ciertamente poco potente escopeta y esperando a que nadie se hubiera fijado de ello en medio del caos. No era por miedo, aunque no negaré que estaba asustada, sino porque la posición en donde me encontraba, con mis aliados bloqueando mi campo de tiro, me dificultaba el actuar. Pero ahora, había encontrado la oportunidad para dejar de ser un peso muerto y contribuir al éxito de nuestra tarea. Sin pensarlo mucho, sin considerar que continuaba con el dedo en el gatillo e ignoraba todas las reglas de seguridad básicas, corrí detrás del fugitivo a todo lo que mis piernas daban. Mi naturaleza nocturna fue de gran ayuda para seguir el rastro en la lobreguez, además de que la sangre que iba dejando a su paso facilitaba la faena.

Me mantenía en forma gracias a mi régimen de correr detrás de la mansión cuando no tenía labores asignadas, para reemplazar el ejercicio que obtenía de mis anteriores obligaciones como granjera, así que no tardé en alcanzar al desesperado sujeto. No hubo peleas ni intentos por detenerme, tampoco vacilaciones ni contemplaciones del rompimiento del horizonte moral y ni siquiera tiempo para disfrutar de la cacería; todo sucedió tan rápido que, en una fracción de segundo, mi espolón derecho ya se hallaba incrustado en la parte trasera de su cuello, atravesándole como un sable la garganta con su reforzada quitina afilada. Fue un golpe certero, limpio, con sólo la sangre de su tráquea siendo la única derramada en el proceso.

Con mi objetivo finalizado, pude haberme deshecho de este y arrojarlo al mar, pero mi anterior despliegue de circunspección frente a la acción no me favorecía como para separarme de la prueba tangible de mi utilidad. Sin retirar mi extremidad mantoidea del cuerpo, me encaminé de regreso hasta el grupo. Cuando me encontré con el resto, a pesar de estar rodeados de cadáveres frescos, los ojos de todos se posaron sobre mí y mi trofeo que seguía cubriendo mi verde espolón con su acuoso manto carmesí. De un solo movimiento con mi mano, me desprendí del cuerpo, deslizándose este por mi extremidad y cayendo pesadamente al suelo, derramando el resto de su sangre. Mi cuerpo, sudoroso, temblaba. Mi hiperventilación estaba a todo su apogeo y mi corazón bombeaba a potencia. Pero, aquello ya no era por miedo o duda por mis acciones…

Era satisfacción.

La adrenalina en mi torrente sanguíneo era apoteósica, la sensación de pasar de servidumbre a cazadora era una deífica descarga de complacencia pura. La capacidad de decidir entre la vida y muerte de alguien, el juicio máximo… el poder; era más que adictivo. Las sonrisas llenas de maldad de los testigos se convertían en afásicos cánticos que celebraban mi entrada formal a su mundo, aplausos implícitos de aprobación grupal que me marcaban como una de ellos. Unos asentían con la cabeza, otros reían tenuemente, algunos opinaban de mi buen trabajo. Mi nombre no era pronunciado, pero sabían quién era, mi persona ahora tenía rostro, identidad, significado.

Era alguien.

– "Bien hecho, empusa." – Congratuló Papagos. – "¿Cuál era tu nombre?"

– "Me gustan los tiburones."

Todos rieron sonoramente. Unos por el non sequitur de mi declaración, una réplica aparentemente al azar por mi eufórico estado, pero el líder sonreía porque estaba satisfecho por el significado de tal manifiesto y la asertividad de mis palabras. Igual que la célebre historia de Lewis Carroll, caí por la madriguera del Conejo Blanco, aunque en lugar de aterrizar en el País de las Maravillas, me vi envuelta en la Nación de la Violencia. Y lo amaba. La metamorfosis estaba completa, el demonio había extendido sus alas, el tiempo para las cosas amargas había llegado; Giovanna Schiaparelli ya no era una niña, sino una cazadora, una depredadora, una autoproclamada selacia hambrienta cuya hambre de superioridad sólo podía ser saciada con más poder.

¿Demasiada soberbia para ser una novata con apenas dos muertes confirmadas? Quizás, pero en este mundo, es la ambición, no la modestia, los nos lleva a la grandeza. Los gloriosos imperios no se levantaron por líderes tímidos, las guerras no se ganaron por generales púdicos, la cadena alimenticia no es dominada por las circunspectas presas. Somos los fuertes los que manipulamos los hilos, los que movemos al mundo, los que dirigimos el cauce del indomable río; los que la sociedad respeta en público, envidia en secreto y teme en el fondo, porque nos atrevimos a hacer lo que ellos no. Y mi voluntad exigía que siguiera demostrando mi denuedo en mi compromiso de seguir luchando por mantener mi dominio.

A partir de ese día, me integré totalmente al mundo del crimen. Complacido, Janus me relevó de mis deberes como sirvienta y cocinera y pasé a ser una matona. Aún conservaba mi puesto como la pianista, aunque el tiempo para ejercerlo era cada día más exiguo. Desde que eliminé a mi primera víctima usando mi escopeta, con un certero disparo dentro de su cavidad bucal, debo recalcar, prefería el que mis dedos recorrieran el férreo cuerpo metálico de un arma que las teclas hechas de polímeros de un piano. Tal vez fueran placeres barbáricos y pérfidos, no iba a negarlo, pero nadie se atrevía a criticarme; sabían perfectamente que esta mantis no tenía los espolones de adorno. Y todos me apreciaban por ello, así que era una situación favorable para mí.

Tomoko y yo, ya estando en el mismo lado del frente de batalla, recobramos nuestro entusiasmo y las charlas volvieron a ser comunes entre las dos. Ella seguía con su adicción, como evidenciaba su rostro cada vez más afectado por esta, pero había disminuido su consumo porque comenzaba a interferir seriamente con su trabajo, cosa que me tranquilizó. A pesar de mi frialdad y distanciamiento, no quería perderla. Ella me congratuló por mi vehemente ambición y poner en práctica lo que aprendí todos estos años, otorgándome el título de 'Sameko', niña tiburón, en su idioma natal, el cual se convirtió en mi nombre más conocido desde su primera iteración. Me encantaba, combinaba bien con el del ella: 'Lýkos', lobo.

La pasión por la lectura y la música se transformaron en furor por la acción. La noche se convirtió en mi hora preferida del día, pues era ahí cuando esta descendiente de Hécate revivía las leyendas mitológicas y llevaba a la perdición a todo hombre que se cruzara en su camino, reclamando su sangre en el proceso. Tachibana y yo queríamos ser parte del folklor local, ser inmortalizadas en los relatos urbanos y el pseudo-misticismo que el escéptico siglo XXI podía permitir cuando el miedo precedía a la razón. Así, desde las sombras, crearíamos nuestra verdadera leyenda, como habíamos soñado desde el inicio. Quizás ésta ya había empezado a escribirse, y no lo sabíamos.

Lo mejor era cuando las dos podíamos actuar en la misma unidad, siendo un equipo increíblemente efectivo en cuestión de eficiencia. Si mis veloces espolones no eran suficientes para neutralizar al adversario, era la celeridad de la arachne quien daba el golpe final. Incluso nos divertíamos apostando sobre el número de bajas que podíamos lograr en un intervalo determinado de tiempo, estando empatadas, con ella gradualmente dominando la racha de victorias. Tomoko y yo éramos una simbiosis laboral, una coligación exacta que se imponía sobre el resto y nos hacía destacar fastuosamente. Aún éramos soldados, jamás seríamos caporegimes, pero ya habíamos ganado suficiente reputación entre las tropas y los superiores como para que nuestros nombres empezaran a ser usados junto a nuestros apodos.

Eso era respeto.

Ser una empusa joven y atractiva sería una combinación peligrosa en un ambiente formado exclusivamente por hombres con pocos escrúpulos y sin problemas para cometer cualquier clase de felonía, especialmente si se trataba de satisfacer los primitivos placeres de la carne. Afortunadamente, mi propia reputación precedía cualquier opinión positiva que pudiera desatar deseo hacia mi persona, sin contar que, sorprendentemente, muchos de ellos preferían desahogarse con sus parejas, ya sean en relaciones estables o pasajeras. Y la figura arácnida de Tachibana era suficiente detrimento a las pasiones de hasta el más valiente. Además, los humanos no debían esconderse como nosotras, así que preferían la facilidad de conquistar las mujeres de su propia estirpe con dinero o coacciones, que arriesgarse a morir a manos de literales monstruos.

Por mi parte, mi frialdad y vehemente estoicismo eran suficientes para hacerle frente a los problemas que la adolescencia y el desequilibrio hormonal traían consigo y nulificar sus efectos. La sangre nocturna de Hécate corría en mis venas, su vampírica bendición siendo la inmunidad a los deseos animales que el plenilunio desataba en el resto de las especies animales. Carente de concupiscentes impulsos y con un pétreo corazón incapaz de sentir afecto alguno, mi devoción se concentraba totalmente en mi trabajo y deber. Mis superiores respetaban esa decisión, y estaban más que complacidos; una herramienta que desarrolla lazos sentimentales es demasiado inestable para seguir siendo eficiente, sin contar que algo como el embarazo finalizaría completamente su utilidad. Además, nunca sentí atracción hacia nadie, lo más cercano a amor sería Olympia, y eso era por nuestra amistad.

Tomoko, por su parte, me daría otra lección de vida…

– "Son las once de la noche, sensei." – Acoté, con sarcasmo en mi honorífico. – "Es el cumpleaños del Don, nadie trabaja hoy. ¿Qué te mantuvo tan ocupada? ¿Encontraste la cocaína pura de Papagos?"

– "Sí, mientras la aspiraba de su hediondo trasero." – Contestó ella, retirándose la ropa para ducharse. – "Ojalá fuera broma."

– "Gracias, patas largas, necesitaba esa imagen en mi cabeza." – Mascullé, cerrando el libro que leía. – "Tomoko, no soy quién para decirte qué hacer con tu vida, ¿pero por qué terminaste acostándote con ese hijo de puta que tanto te odia?"

– "Los hombres son de instintos fácilmente manipulables, Schiaparelli. Es increíble lo rápido que ponen sus prejuicios en segundo plano cuando se trata de obtener complacencia física." – Manifestó. – "Intento que el bastardo convenza al Jefe de otorgarme un pelotón. Soy una arachne, maldita sea, fui creada para dar órdenes a los esbirros, no al revés."

– "Somos liminales, sabes que los puestos de autoridad están fuera de nuestro alcance."

– "¿No has aprendido nada en estos años o sólo me estás jodiendo? Mira a dónde hemos llegado, lo que hemos conseguido con nuestra voluntad. Debemos aprovechar todos los medios que tengamos disponibles para lograr nuestros objetivos, y mi cuerpo aún resiste."

– "¿Y vale la pena el precio? ¿Por qué recurrir a tan bajos métodos de coerción, especialmente con alguien que detestas?"

– "¿Realmente estás en posición de debatir la moralidad de mis acciones, Sameko? Joder, matar, ¿qué diferencia hay?"

– "Al carajo la moralidad, me refiero al honor. Tú misma lo has dicho, eres una arachne digna de respeto, ¿por qué faltártelo, ofreciéndote como una mujerzuela a ese papanatas?"

– "Porque de no ser yo la elegida para tan ignominioso sacrificio…" – Me miró fijamente. – "Serías tú."

Con eso, ella cerró la puerta del baño y se dispuso a ducharse. Yo permanecí en mi cama, inmóvil, afásica y pensativa. Era verdad, Papagos era un sociópata empedernido (más que nosotras) y no dudaba en que viera a las mujeres como simples hoyos de carne para follar. Mi posición como buena soldado y todavía la pianista de la mansión me habían mantenido a salvo, pero era el martirio de Tachibana lo que realmente me escudaba de las intenciones que el caporegime o alguien más pudiera desear conmigo. Seguía siendo liminal, inferior, y mi única garantía de protección seguía siendo el realizar mi trabajo tan bien como me fuera posible, mientras proseguía sin mostrar emoción alguna, para disminuir mi atractivo.

Usé ropa más recatada, dejé de coligarme tanto con las tropas y realcé mi apariencia monstruosa cortándome el pelo, dejando la mitad de mi cabeza calva. Realcé ese look de anarquista con una bandana amarrada a mi boca, ostentando un diseño que imitaba a la boca de un terrorífico selacio. Tal combinación visual, aunada a mi circunspecta actitud, fue suficiente para bajarme puntos en la hipotética escala de belleza y mantener a cualquiera lo más alejado posible. Confieso que no poseía vanidad alguna como para incomodarme por mi apariencia, pero detestaba que tuviera que recurrir a tales métodos. Necesitaba más fama, más respeto y autoridad, volverme un objetivo inalcanzable para el resto.

Pero, con o sin nuevo look, mi meta, igual que Tomoko, era ganarme la oportunidad de dirigir mi propio grupo. El privilegio del liderazgo era el símbolo más irrefutable de respeto y, de obtenerlo, mis únicas preocupaciones serían no morir en batalla. Me convertí en una trabajólica para lograrlo, ofreciéndome en asistir a cada misión que Janus ordenara, en ocasiones si debía prescindir del sueño. Funcionaba. El Don me llamaba por mi nombre y personalmente me comandaba a ser parte de las operaciones actualmente significantes. Llegó un momento en que ya no era necesario su mandato explícito, yo tomaba mi participación como un hecho y esta era bien apreciada.

Me vi recompensada con tratos preferenciales, como comer en la misma cocina reservada para el Jefe y sus allegados, aunque yo no perteneciera oficialmente a ellos. Recibí un revólver Smith & Wesson modelo 27 para hacerle compañía a la escopeta Mossberg 500 calibre doce que hace mucho había sustituido a mi risible Remington. Cuando Janus me privilegió con, y aunque suene inverosímil en este negocio, recibir un sueldo, supe que había tomado la decisión correcta en haber aceptado este camino tan turbio. Mi sonrisa genuina, que sólo aparecía cuando realizaba un buen trabajo, se hizo presente en mi rostro. Papel moneda, glorioso recurso que funge como elemento primordial del combustible del capitalismo.

Muchos le llaman la raíz de todos los males y problemas, crematísticos instigadores responsables de innumerables atrocidades; pero, en realidad, el dinero es meramente el chivo expiatorio preferido para evitar aceptar que es meramente un pecuniario instrumento que representa físicamente la ambición humana. Si no nos matamos por riquezas, lo haremos por recursos, placer o simple psicopatía. Yo he quitado la vida a muchos por diferentes razones, pero el principal motivo era el deseo de no ser una peona. El dinero me daba igual, yo quería poder. Y los billetes suelen ayudar a conseguirlo, así que siempre eran bienvenidos.

Me hice con muchas amenidades, mi más preciada siendo un primoroso piano de cola Kawai GX-1 importado de la tierra del sol naciente, en un lustroso acabado de madera blanca. Era el modelo más barato y pequeño, pero no por eso el más austero. Aunque de sólo ciento sesenta y seis centímetros de altura y metro y medio de ancho, contaba con todas las características esperadas en un piano profesional; y el sonido producido por las verdaderas piezas mecánicas eran las auténticas maravillas que el teclado electrónico jamás podría igualar. Aquel instrumento era mi tesoro y, por mucho que pudiera juntar para comprar otro, no me atreví a usarlo para deleitar a los demás.

El sonido de tan finísimas notas era sólo para mí y Tomoko, cuando esta se encontraba. No es que al resto le importara, el interés en escucharme tocar ya había decaído y mi última presentación fue en el cumpleaños de Arkantos, que nos visitaba en esa ocasión, hacía cinco meses. Me alegré al descubrir que vivir acompañada de la muerte a diario no había mermado mi capacidad para interpretar las obras maestras del pasado y recorrí todo mi catálogo que mi memoria aún alojaba, sin necesidad de ver las partituras. Mis dedos volvían a bailar su danza favorita sobre las dicromáticas teclas, reviviendo los ayeres dorados cuando en lugar de sangre me sacudía tierra y en vez de contemplar el último aliento de mis víctimas, observaba el cielo azul irradiar sobre la ciudad de Mitilene.

Cuando Olympia vivía.

Años de entrenarse en el arte de matar no borraban semanas de felicidad verdadera. La efectividad de balas y perdigones no sustituían la eficiencia de una sonrisa sincera, y la sensación de una cartera llena jamás igualaría la satisfacción de un caluroso abrazo otorgado por un verdadero ángel. Alexandra era la persona de la que ya nadie hablaba, que nadie parecía recordar en medio de los tiroteos y el poder sin precedentes que la expansión de los Bakos había alcanzado. Su nombre y lo que representaba se perdió en el humo del pasado y la calígine de la indiferencia, incluso para su tío, cuya hambre de poder era insaciable. Ella se volvió finalmente un fantasma, dejó realmente de existir.

Excepto para mí.

Jamás la olvidaría, nunca dejaría de llorarle en el aniversario de su muerte. La más pequeña de la familia Bakos era esa diminuta voz de la razón que aún resonaba en mi cabeza cuando la bestia interna que me dominaba tomaba un descanso. Sus palabras solían hacerme llorar en privado, mostrándome tan vulnerable como la niña que alguna vez fui en la mansión del difunto Ioannis, cuando aún creía en que podía mantenerme alejada del oscuro mundo que eventualmente terminaría aceptando como mi verdadero ser. Todavía conservaba sus animales de felpa, el teclado electrónico era limpiado cada semana y la pieza musical que tanto adoraba era recreada todavía en el día que ella se fue. Mientras yo viviera, ella también lo haría, por muy muerta que yo estuviera por dentro.

Cuando tenía ya veintiún años, llegó el momento que marcó el tercer hito en mi vida y quizás uno de los más importantes en la historia: la revelación mundial de las extraespecies. La humanidad entera se sacudió y por meses, los liminales y su presencia se convirtieron en la moda imperante en todo medio conocido. Era increíble cómo pudieron ignorarnos todo este tiempo; siempre estuvimos ahí, justo al lado de ellos, y estos jamás se dieron cuenta. Las historias de liminales rompiendo el silencio y los humanos que los ayudaron se volvieron en la manera más lucrativa para los medios y los participantes; los políticos se apresuraron a ganarse el favor apoyando a los extraespecie y las naciones se enfrascaron en una hipócrita carrera por demostrar quién era la más tolerante y progresiva en el asunto de aceptar a sus nuevos habitantes.

Tomoko y yo reíamos por la irrisoria ingenuidad de la humanidad y todo el absurdo circo cómico de facundias y demás fruslerías mediáticas. Pero al menos eso significaba que ya no era necesario que siguiéramos en las sombras, ahora éramos libres de integrarnos a la sociedad que apenas unos días nos hubiera declarado abominaciones. Por supuesto, no caeríamos en la farisea trampa de una humanidad que pretendía extendernos la mano y nuestras actividades no cambiaron ni un ápice, excepto que ahora disfrutábamos caminar por las calles de Atenas, aunque sólo fuera para burlarnos internamente de esa mentira llamada tolerancia. Todos eran marionetas de su falso optimismo y bolsas de sangre a las cuales nosotros exprimiríamos.

Nuestros competidores no perdieron el tiempo y pronto se volvió costumbre encontrar liminales en las filas de rusos, albanos y demás grupos criminales que osaban disputarse el territorio de los Bakos. Únicamente los italianos eran los permitidos el compartirlo, alianza que ni siquiera las guerras lograron romper. Los turcos hacía mucho que dejaron de ser perseguidos, ya habían perdido mucha de su fuerza en nuestras áreas principales de influencia y los problemas del siglo XXI los mantenían lo suficientemente ocupados en su tierra natal como para preocuparse por la nación helénica.

Nosotros igual reclutábamos a varias especies que sin duda serían útiles, como minotauros, orcos y ogros, además de que uno que otro demonio siempre estaba dispuesto a unirse de nuestras filas. Curiosamente, ninguna arachne o empusa formaban parte de las recientes adiciones, aunque no era que nos importara. Empero, jamás pudimos conocer a los nuevos rostros, pues aquello sucedía en los territorios aledaños, fuera de la capital. Janus era más honesto que la sociedad y no parecía confiar mucho en los extraespecie sin antes darse un tiempo para ponerlos a prueba. Yo y Tachibana parecíamos ser la única excepción, y eso solamente debido a nuestros años de servicio. Ahora éramos veteranas en toda la extensión de la palabra.

Y entonces, llegó el día.

Julio trece, yo tenía veintidós años y nuestra misión, exclusiva para la arachne y yo, era asegurarnos que cierto rival democrático del partido Vinozito no hablara en la siguiente asamblea del parlamento y arruinara los planes de nuestro contratista. No era nada inusual que los execrables roedores gubernamentales nos usaran para sus funestas maniobras; ambos pertenecíamos a la misma calaña de seres despiadados y sinvergüenzas. La diferencia era que nosotros robábamos un cargamento de drogas, algo que todos consumían pero nunca admitían, y nos llamaban criminales. Mientras tanto, ellos le hurtaban al país entero, saqueaban la nación y los llamaban respetuosamente políticos. Cuando ellos morían, era una tragedia; nosotros, una estadística. Algunas cosas nunca cambian.

Al menos esta clase de trabajos nos daban la satisfacción de demostrarles a esos cerdos quienes movían los hilos realmente y regodearnos en el placer de exponer sus asquerosidades al mundo. Algunos usaban su carisma y demagogia para cambiar el curso político del país, la mayoría recurría al dinero; nosotros usábamos miedo. Esta misión era sencilla, prácticamente rutina: infiltrarse de noche en la residencia del objetivo, eliminarlo, preferentemente sin hacer ruido y regresar. Yo y mi amiga arácnida éramos las elegidas para esta clase de trabajos que requerían sigilo; nos movíamos silentemente, ella podía escalar paredes mientras yo poseía buena visión nocturna, además de que nuestra quitina carecía de huellas digitales que dejaran evidencia alguna.

Por eso siempre cargaba con un cuchillo largo cuando se trataba de asesinato; sin los rastros digitales, nadie sospecharía que las heridas eran causadas por espolones mantoideos y no por un arma blanca. Claro que, por si las dudas, cargaba también con armas. Me había hecho con una MP5 y una Glock 17 que obtuve durante un altercado con la Guardia Costera Helénica, los malditos tendiéndonos una trampa en lo que parecía una transacción normal con nuestros contactos belgas. Onasis murió ese día, igual que cinco más. Esos condenados realmente tenían puntería y disciplina, siendo capaces de ponernos tras las cuerdas con apenas un pelotón de diez. Pero el tino de Papagos seguía siendo insuperable, dándonos él la oportunidad para poder defendernos de ellos y vengarnos de nuestros compañeros fenecidos. Esas armas, más que trofeos de guerra, eran tributos a los caídos.

Salí de mis pensamientos cuando yo, habiéndome introducido por una ventana, di con la habitación de Móira Ptósi, pez gordo en el congreso y mi objetivo. No me interesaban los turbios litigios políticos ni demás fruslerías en las que se encontraba metido él como para merecer el ser eliminado, a mí únicamente me importaba completar mi faena y mantener mi reputación. Con cuidado y moviéndome con la delicadeza de una sombra en medio de la oscuridad, llegué hasta la puerta de sus aposentos y, sacando un clip escondido en mi cabello, hurgué la cerradura hasta destrabarla. Sonaba como un cliché de películas baratas, pero en verdad funcionaba. Entrar por la ventana estaba descartada, poseía barrotes y el resto de la casa contaba con cámaras de seguridad.

Tomoko esperaba afuera, vigilando la periferia. La casa no contaba con guardias, aunque los perros fueron un problema del que ella se encargó rápidamente al atravesarles la garganta y arrancarles la cabeza. Sí que odiaba a los canes; esa vez que un pastor alemán le mordió el abdomen nunca se nos olvidará. Paulatina y cuidadosamente, como el parsimonioso adagio de una obra, me introduje a la recamara del parlamentario y preparé mis espolones para darle fin a la brevedad posible. Veni, vidi, vici.

La primera vez que realicé una acción similar, mis nervios casi arruinan el trabajo. Estaba acompañada del resto de los esbirros, así que eso me ayudó a mantener la compostura y degollar al pobre diablo de esa ocasión. Pero ahora, mi respiración era apenas perceptible, mi corazón se mantenía en un ritmo cardiaco aceptable y el sudor ya no me recorría la piel; me había acostumbrado a caminar en la sombra del valle de la muerte y su frío manto era mi sábana de noche.

Me acerqué a la cama donde Móira se encontraba, sumido en un profundo sueño. A su lado, su esposa también lo acompañaba en su recorrido por los reinos oníricos. Parecía que debería usar ambos espolones al final. Ella sería un cadáver más, un obituario extra en los diarios y una futura mártir. La muerte la exoneraría ante el mundo de cualquier pecado que su esposo haya cometido en su profesión, no era un mal trato. Alzando mis extremidades mantoideas, reuniendo energía para asestar las incisiones letales, me incorporé al llegar a su lado. Estaban de espaldas, así que no se enterarían siquiera de cuándo murieron. Sólo había un pequeño problema:

Su hija estaba en medio de ellos dos.

Detuve al instante mis intenciones y permanecí inerte, congelada en el tiempo al contemplar a esa pequeñita descansar plácidamente entre sus progenitores, abrazando un dinosaurio de felpa casi tan grande como ella. No es necesario mencionar que las memorias de Olympia reaparecieron proyectadas en la menor. Entre más observaba su calmada respiración, su inocente rostro, sin preocupación alguna en el mundo, más afloraba nuevamente ese conflicto interno que creí había dejado atrás. Hesité no sólo por el recuerdo y paralelos con mi difunta compañera, sino porque, en todos mis años al servicio de la mafia, nunca había hallado alguien que no mereciera recibir el fatal abrazo de mis guadañas naturales.

Todos mis objetivos, mis victimas, habían cometido fechorías de variable magnitud, pero siempre podía decir que ellos habían aceptado tal destino. Políticos, mafiosos, drogadictos estúpidos y deudores; todos ellos sabían lo que les esperaba, no los eliminábamos al azar, todo se justificaba. Incluso los agentes de la ley conocían lo peligroso de su trabajo y, al menos yo, jamás abrí fuego contra ellos si no era atacada primero. No trataba de excusarme por los horrores que cometí, eso era innegable, pero tampoco pretendía que se viera a mis blancos como mártires. La primera vez que derramé sangre ajena, fue para exterminar a un maldito infanticida, una aciaga línea que, a pesar de mi amoral y nihilista actitud, jamás me atreví a cruzar.

Y ahora, la historia se repetía, las paradójicas circunstancias me habían traído a ocupar el lugar del monstruo que me arrastró a esta situación. Yo era la criminal desalmada que amenazaba a una niña indefensa que no tenía idea de que estaba a centímetros del demonio mismo. Los síntomas de los que me curé, regresaron. El corazón latía con fuerza, la respiración se agitaba y el sudor me impregnó la epidermis; y la voz de Olympia me imploraba que no me transformara completamente en lo que la llevó a perder la vida. Ignoro cuántos minutos pasaron, mis memorias de ese momento se tornaron difusas, brumosas, y sólo recuerdo el asco que comenzaba a sentir de mi propia persona.

No lo hice.

No iba a cruzar el horizonte moral, no iba a condenarme con tan imperdonable culpa sobre mi consciencia, por muchas que ya poseyera. Yo era irredimible, una mujer sin sentimientos y una criminal imputable a todos los atropellos de la ley, aquello jamás de disputaría. Pero, incluso si soy la forma de vida más baja que pueda existir en este planeta, nunca me atrevería a caer aún más al abismo adjudicándome la vida de una niña cuyo único pecado fue tener un padre que no era apreciado por sus rivales. El poder absoluto no valía el alma de una inofensiva pequeña, ni sacrificar el último rastro de honor que mi inicuo ser aún pudiera contener.

Tan silentemente como llegué, abandoné el lugar, asegurándome de dejar todo como se encontraba. Sería inaudito ante los ojos de todos, impensable para Tomoko e inadmisible para mis superiores, pero me importaba un bledo; mi orgullo me decía que no lo hiciera y yo lo respetaba lo suficiente para hacerle caso. Cuando Tachibana me vio salir, supo que algo había sucedido, pero esa máscara inexpresiva que yo había esculpido por tanto tiempo me ayudó a fingir que había completado la misión. Ella se extrañó de no ver mis espolones ensangrentados o haber oído disparos, pero aseguré que había recurrido a quebrarle el cuello al objetivo, concluyendo la charla hasta que repetí las mismas mentiras a mis jefes. Esa noche, tres personas ignoraban que pudieron haber muerto.

Yo seguiría al día siguiente.

El sentido común me decía que debía escapar, que entre más tiempo me quedar ahí, menos oportunidades tendría de salir con vida. Tan pronto regresamos, lo primero que hice fue tomar la foto de mi madre y los peluches de Olympia para meterlos dentro de una caja mientras Tomoko tomaba un baño. Excusándome, salí hacia la parte trasera de la mansión y, encontrando una pala en una bodega, cavé lo más rápido posible un hoyo a lado de un azarollo e introduje ahí el paquete. Al menos ahí estaría seguro, pensé. Regresé adentro y me acosté a descansar, nadie se extrañó de lo que hice, ya poseía la suficiente reputación para no ser cuestionada por nadie. No iba a huir, a correr; aceptaría mi destino, porque en el fondo, me detestaba a cada momento que pasaba. Sólo quería acabar con esto, ser castigada y perder mis privilegios. Prefería volver a ser una peona que ser un inefable monstruo. Ese era el precio que elegí.

Uno demasiado alto.

A la mañana siguiente, un par de esbirros me dieron los buenos días jalándome del cabello y noqueándome antes de que pudiera abrir los ojos por completo. Cuando desperté por segunda ocasión, me encontraba amarrada con soga y mis extremidades estaban aseguradas por esposas metálicas. Otro puñetazo en la cara me hizo abrir los ojos por completo. Sacudiendo mi cabeza, contemplé que el lugar elegido se hallaba a lado de una desolada pendiente, en las alturas del monte Pentélico. Al lado derecho de mí posición, un barranco de varios metros de altura se presentaba ante mi vista. A mi izquierda, Janus y el resto de su grupo, incluyendo a Tomoko, se encontraban reunidos, observándome con desdén. Sí, estaba totalmente jodida.

– "No puedo creerlo, en verdad que no puedo creerlo…" – Disintió con la cabeza un muy furioso Janus. – "Criada en mi familia desde que eras una bebé, ¡mi familia! Te dimos todo, te formamos y te ofrecimos las puertas del paraíso, libertad absoluta. Y entonces, decides traicionarnos. Resulta absurdo."

– "Jamás lo traicioné, Señor." – Respondí, tratando de incorporarme. – "Siempre le he sido leal a los Bakos."

– "Entonces, señorita lealtad…" – Colocó su revólver Raging Bull en mi frente. – "¿Puedo preguntar por qué carajos decidiste dejar vivo a ese maldito político de mierda y arruinarlo todo?"

– "Su hija estaba durmiendo con él y su esposa." – Confesé. – "No podía hacerlo."

Él respondió pateándome el estómago.

– "¡¿Me estás jodiendo?! ¡¿Echaste a perder meses de trabajo y planeación porque su maldita niña se encontraba a su lado?!" – Volvió a arremeter contra mí. – "¡Dime que es una puta broma! ¡Dímelo o te vuelo los malditos sesos, animal!"

– "Le digo la verdad, Señor." – Tosí. – "Me era imposible proceder con ella presente. Me recordó demasiado a Olymp-¡Gah!"

– "Y además me mentirme a la cara, te atreves a usar a mi difunta sobrina." – Meneó la cabeza, pateando mi espalda. – "Maldita manipuladora; la explotaste para tus propios fines y ahora quieres pretender que te preocupabas por ella. No tienes remedio, farisea asquerosa. Estás acabada."

– "No miento, Señor, en verdad la apreciab-¡Agh!"

– "¡Silencio, imbécil! ¡Silencio!" – Vociferó, golpeándome el estómago. – "¡No intentes desviar el tema principal, cerda de mierda! ¡¿Tienes puta idea de qué jodido lío tu arrebato de bondad acaba de desatar?! ¡Ese hijo de perra de Ptósi se dio cuenta del atentado al ver que sus perros yacían destrozados, armó un maldito circo mediático y ahora está protegido por más guardias que el puto Pentágono! ¡Debiste matarlo, cumplir tu trabajo, y no lo hiciste!"

– "Puedo hacerlo ahora." – Aseveré. – "No me importa si lo hago en medio del parlamento, puedo eliminarl-¡Gah!"

– "Eres más ingenua de lo que pensé. ¡¿De qué serviría deshacerse de él?! ¡Adelantó su discurso ante el congreso y todos, todos nuestros clientes acaban de cortar relaciones con nosotros! ¡Esta era mi oportunidad de adueñarme de toda Grecia, retrasada!" – Volví a sentir su bota maltratándome. – "¡Siete, siete malditos meses cultivando a esos idiotas del Vinozito para que nos abrieran las piernas de Macedonia! ¡Expulsaría a esos putos albanos de mi territorio y mi poder sería absoluto! ¡Ahora esos condenados políticos se sienten debidamente traicionados y debo asegurarme que no abran la boca de más! ¡Y todo por una maldita niña! Ya tuve suficiente de ti, ¡jódete!"

La culata de su arma me impactó la boca y quedé el borde del barranco. Reaccioné y traté de moverme, pero era difícil con mis piernas sujetas. Mi corazón casi se detiene cuando miré la tierra y piedras deslizarse por el acantilado, cayendo en cámara lenta hacia el fondo. Me detuve cuando una conocida sombra se cernió sobre mí, descubriendo al voltearme que se trataba de Tomoko, apuntándome con su revólver S&W Modelo 29, con el cañón calibre .44 Magnum demasiado cerca de mi sesera. Sus seis ojos rojos nunca me parecieron más escalofriantes ante la luz del día. De todos los posibles verdugos que pudiera conjeturar para que me dieran muerte, jamás imaginé que sería la misma persona que me cuidó desde pequeña.

– "¿Por qué, Tomoko?" – Pregunté, desesperanzada.

– "Te dije que la virtud sería tu perdición, Giovanna. La moralidad se convirtió en tus grilletes y ahora estás atrapada, literalmente, por tus despliegues de bondad." – Afirmó. – "¿Te soy honesta? Siempre estuve orgullosa de ti, eras casi como una hija, quizás la única persona que aún quería incondicionalmente. Pero me has decepcionado y ya no me eres útil."

– "Tu nunca fuiste una herramienta para mí, Tomoko."

– "Lo siento, Schiaparelli, me gustaría decir lo mismo de ti." – Amartilló su arma. – "Sayonara, Sameko-chan."

El terror en mí era titánico, mi cuerpo entero temblaba y podría jurar que sentí mi piernas mojarse, pero no cerré los ojos. Quería observar cómo el fulgor del pesado proyectil me destrozaba el cráneo, igual que mi primera víctima contempló mi espolón atravesándole el globo ocular y triturándole el cerebro. Veintidós años de infierno absoluto, dos décadas de haber conocido únicamente el lado negativo de la vida y la fantasía del poder que nunca me perteneció. Todo eso terminaría ahí. Finalmente, sería libre en la muerte. Mi consciencia, aunque llena de culpa, se encontraba tranquila por haberle perdonado la existencia a esa pequeña desconocida y no cruzar la delgada línea que todavía me separaba de los monstruos absolutos. Podía fenecer en paz.

Pero eso no sucedió.

Con pleno uso de su velocidad de arachne cazadora, Tachibana dirigió el revólver hacia su izquierda y, con una única bala, acabó con la vida de Papagos al atravesarle la frente. Su némesis, el hombre que la detestaba, caía ante la mujer que lo odiaba aún más. Mientras la sangre del caporegime se esparcía en el aire, la nativa de Lycosios se dio la vuelta e intentó repetir la acción con el jefe de la Familia Bakos, pero este logró adelantársele y jaló del gatillo de su Raging Bull. El resplandor del disparo me hizo cerrar los ojos, pero pude captar el momento en que el cuerpo de la araña caía hacia el fondo del barranco, con un enorme hoyo ensangrentado donde se encontraba su corazón. En un parpadeo, la persona de me enseñó todo en la vida, que me protegió desde que apenas pude articular palabras enteras, había entregado la suya en un blanco destello de negro plomo y roja hemoglobina.

Y entonces, el mundo se volvió completamente oscuro.

Era la tercera vez que despertaba, y como en todas las ocasiones anteriores, me levanté con una terrible jaqueca y el cuerpo adolorido, además de la incertidumbre de no desconocer mi paradero. Me encontraba libre de mis ataduras, pero ahora estaba cubierta de varias equimosis. Al menos conservaba mis ropas, aunque el camisón y los pantalones cortos no fueran tan abrigadores en el gélido lugar donde me hallaba. Cuando mi vista pudo enfocarse, me sorprendí al hallarme encerrada en una jaula, como si de un animal salvaje me tratara. Los gruesos barrotes lucían muy sólidos y apenas me dejaban observar con claridad el resto de la instalación. Tan pronto hice movimiento, observé dos figuras acercarse a mi dirección. La primera habló, reconociendo ese execrable acento del centro de Ática.

– "¿Dormiste bien, mantis?" – Preguntó burlonamente Janus. – "Actualmente me da igual, pero quiero saber si puedes escucharme."

– "¿Dónde estoy?" – Cuestioné. – "¿Qué hago aquí?"

– "En un hotel de lujo, o lo más cercano para una traidora como tú. Pero, ya que eventualmente olvidarás todo esto, supongo puedo revelártelo. Sólo para torturarte con falsas esperanzas." – Replicó, sin perder lo sardónico. – "Estás en el sub-departamento de investigación científica de las industrias Bakos. O así es como se llamaría de haber sido completada la misión como se suponía y obtener el control de Macedonia gracias a mis contactos en el gobierno. Desgraciadamente, tu estupidez ha retrasado por al menos un año mis planes y te ha condenado a esta prisión de hierro. Por lo menos estás en el lugar del cual nunca debiste salir, empusa."

– "¿Qué rayos planean hacerme?"

– "Qué no vamos a hacerte, deberías preguntar." – Rió. – "Alégrate, grillita. A pesar de las inexorables blasfemias contra la lealtad que tú y esa araña cometieron, te he seleccionado personalmente para ser parte del siguiente gran proyecto del glorioso apellido Bakos. Felicidades, liminal, dejarás tu huella en la historia, literalmente."

– "No me has respondido claramente, bastardo."

– "¿Ves? Por eso tú estás encerrada como una perra y yo visto relojes de ochocientos euros: no tienes respeto." – Acomodó despreocupadamente el suyo. – "Pero, si realmente te interesa, te usaremos como conejilla de Indias para probar nuestra droga experimental. Sí, como oíste, maleducada; ya que la política deberá esperar y ahora parece que será más difícil que antes ganarnos el favor de esos demagogos, me vi en necesidad de acelerar este proyecto. Y contigo y esa arachne fuera del juego, nada se interpondrá en mis designios."

– "¿Droga? ¿Para qué?"

– "Para garantizar que nuestras herramientas se comporten tal y como se deben." – Sonrió, tétricamente. – "Dudo que tu cociente intelectual sea lo suficientemente avanzado para comprender la complejidad de los procesos involucrados, así que lo simplificaré para tu primitivo raciocinio: es una droga de control mental."

– "¿Qué?"

– "Oh, diablos, ¿debo rebajarme a un léxico más simple, si es posible?" – Cuestionó con sarcasmo. – "Tal y cómo lo escuchaste, ignorante. Te usaremos para comprobar la eficacia del medicamento y ayudarnos a mejorarlo. Así, ustedes, malditos extraespecies, aprenderán su lugar en este mundo: debajo de nuestras botas, lamiéndolas sumisamente, como siempre debió ser."

Aquello sonaba inverosímil, pero siendo una criatura considerada una mera leyenda hace poco, no podría descartar tal posibilidad. Janus estaba demente, de eso no había duda, y era capaz de hacer algo así.

– "Eres un maldito psicópata."

– "Prefiero el término 'visionario', si no es mucha molestia." – Acotó, jactanciosamente. – "Imagina el poder de un ejército de minotauros, perfectamente obedientes. Un pelotón de ogros capaces de realizar cualquier tarea sin vacilación. Soldados y esclavos reunidos en un solo ser, herramientas perfeccionadas para nuestro servicio. Infinidad de especies diferentes, infinidad de posibilidades. Y nosotros somos capaces de lograr hacernos con todas ellas. Y vamos a hacerlo, porque la voluntad es fuerza, y esa fuerza nos llevará a todos, a mí, a la grandeza. Pasaré a la historia como un maldito innovador y todas las puertas querrán abrirse ante mi magnificencia."

– "Has perdido la maldita cabeza." – Mascullé. – "Si tu padre estuviera vivo, te desconocería."

– "Lo sé, por eso me encargué de tomar su lugar. Es una lástima que ni él ni mi hermano me consideraran siquiera para dirigir nuestro imperio." – Espetó. – "A pesar de ser el más listo de los dos, el anciano Ioannis prefería al inútil de Phoibos porque él poseía más carisma y sensatez, decía. Ridículo. Mis métodos quizás no sean los más ortodoxos, pero rinden frutos, y eso es lo único que importa. Eso es lo que mi estúpido hermano jamás logró entender, siempre oponiéndose a mis ideas y rehusándose a cooperar con esta increíble visión."

– "Me haces llorar."

– "Y yo lo hice volar."

– "¿A qué te refieres?"

– "Oh, niña ingenua, es una pena que debas desaparecer de este mundo junto con tu candidez."

Él solicitó al sujeto que lo acompañaba que nos dejara solos y este se retiró. Su sonrisa se tornó, si cabía, aún más terrorífica. De todos los demonios que habían sido revelados al mundo, Janus seguía siendo la personificación del emperador del Cocito.

– "Yo soy quien colocó la bomba en el auto."

Los golpes de ese día jamás se compararon con aquellas palabras. La historia se repetía, nuevamente la boca del líder del grupo criminal más poderoso de Grecia volvía a detener al mundo en su totalidad. Tenía más de mil pensamientos en la cabeza, pero el único que lograba distinguirse, era el saber que toda mi vida, mi existencia entera, se basó en una mentira. Mi alma, mi voluntad, todo lo que yo representaba en sí, se vieron destrozados en ese momento. Abrir los ojos después de haber nadado en medio del pantano y sentir el hedor de tus propios pecados inundándote los pulmones, manchando tu cuerpo, recordándote lo imbécil que fuiste al haber aceptado voluntariamente introducirte en él.

Y aquello fue mi culpa.

Me ofrecieron el poder de elegir, el privilegio de la decisión, y opté por derramar sangre para vengar egoístamente a una difunta. Despojé de la vida a alguien a quien creí la raíz de mis problemas, y resultó ser una farsa. Ese hito que me sacudió en su momento, fue un espejismo, un caliginoso embuste que yo preferí adoptar como realidad. Olympia había muerto por culpa de un desalmado que compartía su sangre, y yo lo seguí, lo obedecí, juré lealtad y hasta agradecí por haberme permitido el servirle. Y él me engañó, me vio la cara y me succionó la sangre hasta que dejé de serle útil. Janus se transformó en la crueldad de la vida, una metáfora tangible que jugó conmigo de la manera más pérfida e inefable. Le vendí mi alma al diablo, y este se burló de mí.

– "Phoibos era el elegido para heredar nuestro legado, pero el idiota no tendría las agallas para llevarlo a la majestuosidad como mi padre, o yo." – Declaró. – "Desde la muerte de su esposa, perdió toda dirección y se lanzó en una maratón autodestructiva para subsanar la pérdida de su amada. Estúpido. Pudo haberse conseguido a la mujer que quisiera cuando se le antojara, pero estaba tan sumido en su depresión que nunca se dio cuenta del poder que ostentaba. Y aún así, con esa visión tan cerrada, mi padre no me concedía el título de su sucesor, todo por ser el menor."

Sacó un puro de su chaqueta y lo encendió.

– "Las mujeres siempre han sido una maldición en nuestra familia, ¿sabes? Cuando mi madre pereció, el viejo Ioannis también perdió ese filo que nos colocó en la cima y nuestra influencia mermó por ello. Los malditos turcos se adueñaron de gran parte de nuestro territorio y de no ser por nuestra alianza con los italianos, estaríamos reducidos a una pandilla de quinta." – Manifestó, gesticulando como un orador. – "Yo me esforcé por mantener nuestro nombre fortalecido, yo tuve los cojones para evitar que nuestro apellido se viera opacado. Mientras mi padre y mi hermano perdían el tiempo llorando por sus queridas difuntas, yo me hacía de influencias para mantener el respeto que por derecho nos pertenecía. Todo esto, esta vastedad, es gracias a mí. Y si tenía que deshacerme del obstáculo que era mi propia sangre, entonces que así fuera."

– "¿Qué hay de Olympia?" – Interrogué. – "¿Acaso tenía ella que ver en todo esto? ¿Era su muerte necesaria?"

– "¿Lo era la del turco que asesinaste? ¿O al tipo del puerto? ¿Qué hay del resto? ¿Extinguir sus vidas te benefició en algo?"

– "¿Mataste a tu familia por tu ambición de poder?"

– "No." – Aseveró. – "Fue su falta de ambición lo que los mató a ellos."

– "Me repugnas."

– "El sentimiento es mutuo." – Rió. – "Tranquila, todo eso dejará de importarte en el futuro. Podrás gozar la dicha de tener la conciencia limpia, literalmente."

Con otra risa mefistofélica, Janus se alejó de ahí y la otra figura, alguna clase de médico clandestino, regresó. Yo continuaba ahí, maldiciéndome por la impotencia y mascullando contra ese estafador que me explotó como una idiota, haciéndome odiarme aún más por ser tan ilusa. Las lágrimas inundaban mis ojos cuando por cuarta ocasión, perdí la consciencia. A partir de ese momento, ya me es imposible recordar cuantas veces estuve dormida o despierta, de tanto que la frecuencia de siestas obligatorias aumentaron. Ni siquiera podía distinguir del mundo real o del onírico, mis redes sinápticas eran asaltadas a cada momento por una cantidad indescriptible de sensaciones que atestaban mi capacidad de pensar con claridad. Y, al final, sólo podía experimentar dolor, tanto físico como moral.

Entre la nebulosa de quimeras especulativas y espejismos caliginosos que conformaban mis fracturadas memorias, podía recordar hallarme sujeta de mis extremidades a lo que supuse era una mesa de operaciones. Me es imposible precisar detalles, tal vez porque en verdad lo he olvidado o mi propio cerebro se rehúsa a revivir tan espeluznantes recuerdos. Pero la respiración desesperada, el olor a desconocidos químicos, el punzante sonido de herramientas cortantes y los horrísonos gritos de sufrimiento (provenientes de mí o alguien más, no estoy segura) siempre estarían grabados en mi cabeza, impregnados con sangre y cincelados como ignominiosos tatuajes de odio.

El tiempo pasó, con la distinción de días, semanas y meses habiendo perdido significado. Cada vez que abría los ojos, me veía más delgada, la boca se encontraba más seca y mi voluntad de vivir se había reducido a un primitivo instinto de subsistencia animal. En lugar de ser recibida por la cálida luz de Helios en el cielo, era una fría lámpara incandescente la que me obligaba a levantarme, y jamás se apagaba. Era necesario que sintiera un diminuto pinchazo en alguna parte de mi cuerpo para que volviera a cerrar los ojos. Prefería eso, prefería dormir y ya nunca levantarme. La realidad era tan insoportable que los reinos de Morfeo parecían el único consuelo que me quedaba. No estoy segura si las súplicas por darme el descanso eterno fueron reales o sólo pedazos falsos de mi imaginación, o ambos. Ya me daba igual.

Había momentos en los que perdía los sentidos completamente, pero no el raciocinio. No escuchaba nada, no palpaba, saboreaba ni veía. El sentimiento era indescriptible, como estar sumida en oscuridad absoluta y poder gritar tan fuerte como fuera posible, pero sin ser capaz de oírlo, o sentir que la boca se movía, o que cualquier cosa sucediera. El cuerpo no respondía y la sensación de futilidad era una desmoralizante pesadilla de la que jamás parecía despertarme. Y entonces, cuando ese tormento finalizaba, me encontraba con uno peor. En una ocasión, una que quisiera no haber presenciado, desperté por los cacofónicos sonidos emitidos por alguien en mi cercanía. Moverme me era imposible, pero mi cabeza podía girar ligeramente a pesar de estar amarrada a la mesa. Volteándola lentamente, logré localizar la fuente de tan atronadores bramidos.

El horror.

Los liminales que se supone habíamos reclutado en nuestras filas, se encontraban justo allí, encerrados y dándose de golpes mientras externaban alaridos infernales de dolor o locura. Era el zoológico más infausto y execrable que pudiera haber presenciado, y apenas era el inicio. Uno de los ogros, una mujer, era la que destrozaba sus pulmones mientras uno de los sujetos contratados por Janus, auxiliado por otro, abrían una incisión en su cabeza rasurada. La ogresa usaba todas sus fuerzas para liberarse, pero el material de la cama la sostenía firmemente en su lugar. No sabía qué era lo que más me asustaba; presenciar ese acto tan nauseabundo, o la posibilidad de que yo estuviera alguna vez en su lugar, si no es que yo sería la próxima. Los clamores de la fémina callaron cuando una aguja hipodérmica insertó un líquido transparente en su torrente sanguíneo y ella entró en un profundo sueño.

Y entonces, sentí un pinchazo en mi hombro.

Una luz diferente a la habitual me despertó, aunque la familiar jaqueca y dolor corporal todavía seguían ahí. Podía escuchar la voz de alguien, palabras, pero sonaban difusas, lejanas y reverberantes, igual que una caverna. Parpadeé con fuerza y paulatinamente pude darme cuenta que podía mover mi cabeza libremente. Tal anomalía del aprisionamiento me despertó enteramente y alcé la mirada. Me encontré con el mismo sujeto en bata médica y su asistente, cargando con una diminuta lámpara y tomando notas, respectivamente. Aunque estaban frente a mí, sus movimientos lucían borrosos, como si me encontrara entre en un estado somnoliento, a pesar de estar plenamente funcional.

– "¿Es?" – Preguntó él.

– "¿Qué?"

– "Puede oírnos, Ermis." – Afirmó a su colega. – "Anota: Cinco miligramos logran el mismo efecto que ocho."

– "¿Qué rayos sucede?" – Insistí.

– "¿Cuántos dedos ves?" – Interrogó el tipo, mostrando su palma, ocultando su pulgar.

– "Cuatro."

– "Incorrecto, son cinco." – Replicó.

– "El pulgar no cuenta, idiota."

– "Ermis, otra dosis."

Oscuridad.

Volví a despertar, mismos sujetos, mismas preguntas, jaqueca aún más fuerte.

– "¿Cuántos dedos ves?" – Cuestionó el hombre. – "Solamente cuenta los extendidos."

– "Cuatro." – Respondí.

– "No, estás viendo cinco."

– "Son cuatro, maldita sea, ¡cuatro!"

– "Son cinco."

– "¡Excelente! ¡Entonces métetelos en el culo!"

– "Ermis, dos dosis."

Oscuridad nuevamente.

El proceso se repitió hasta el hastío. Él imbécil mostraba sólo cuatro dedos y él insistía en que eran media decena. La cabeza me mataba, los sonidos se escuchaban cada vez más etéreos y ahora las tan famosas dosis consistían en dilacerantes descargas eléctricas que me freían la piel e impactaban el cerebro como mil azotes. Las sesiones de contar dígitos y ser corregida a base de electricidad se prolongaron hasta que perdí las ganas de abrir la boca por miedo a seguir recibiendo tal castigo. El estómago me mataba, me imploraba alimento. Me mantenían a base de sueros intravenosos que sostenían mi sistema con vida, pero esa hambre jamás era saciada y me impedía pensar, dormir o sentir otra cosa que no fuera ese escozor en general. La propia existencia era sufrimiento tangible y me había taladrado el ánima.

– "Dime, mantis." – Habló mi torturador. – "¿Cuántos dedos ves?"

– "¿Cuál es el propósito de todo esto?" – Cuestioné. – "¿Qué base científica es la que te impulsa a este repetitivo y macabro juego de subyugación numérica?"

– "Sustituir tu realidad por la nuestra." – Replicó, secamente. – "Es la base del dominio, la piedra angular de nuestra superioridad sobre el curso del tiempo y una directa exhibición del poder de nuestra voluntad ante el axioma de lo aparentemente irremediable."

– "¿Sabe, doc? Si intenta imitar a O'Brien de '1984', podría pagarle a un vagabundo mudo para que me ofreciera una actuación más auténtica." – Retruqué. – "Este pésimo facsímil de la habitación 101 en el Minimor es más risible que sus patéticos esfuerzos por tratar de confundirme con facundias de secundaria."

– "Tu resistencia a nuestra solución es realmente admirable, empusa." – Mencionó el sujeto, anotando en su libreta. – "O quizás nuestros estudios no son los correctos. En todo caso, si estabas al tanto de esa supuesta imitación, como la llamas, sabrías que hubiera sido mejor seguirnos el juego."

– "Pero usted sabría que no sería sincera. ¿Acaso pretende que mienta?"

– "Tomando en cuenta tu paupérrima condición, sería la opción más complaciente para ambos partidos."

– "Patético." – Sonreí, aunque doliera mover los músculos de mi cara. – "Es usted quien quiere negar la realidad aquí. ¿Por qué, doc? ¿Siente asco de usted mismo cada vez que se ve al espejo? ¿Una pantalla de humo para distraerme de sus carencias de su falsa profesión?"

– "Me temo que en esta ocasión, tu intuición ha fallado, querida 'Winston Smith'." – Fue su turno de sonreír, tomando una bolsa de papel a su lado. – "Sólo es para comprobar que nuestro experimento funciona. Por cierto, es hora del almuerzo, ¿no quieres comer?"

De la bolsa, el tipo reveló un emparedado. No había nada extraño aparentemente, únicamente era un sándwich común y corriente. Él lo acercó a mi boca, pero yo la cerré de inmediato y moví mi rostro para evitarlo; no tenía idea de qué clase de basura contendría en su interior. Riendo tenuemente, jactancioso, el hombre lo partió a la mitad y devoró la suya de un gran bocado. Masticando lentamente, lo deglutió. No hubo efecto adverso y no hizo esfuerzo por escupir. Volvió a acercar la mitad restante, pero yo continué evadiéndolo. Mi estómago gruñía, se sentía inmensamente vacío todo el tiempo, pero ahora, estando frente a comida gratuita, justo a mi alcance, el hambre se detenía y era sustituida por una ahogante nausea y un malestar general indescriptible.

Satisfecho, él devoró el pedazo de emparedado y anotó algo más en su libreta. Su asistente apareció con una jeringa y yo, sin poder oponer resistencia, observé como ese diáfano líquido era introducido en mis venas. No sentí nada, excepto una extraña satisfacción, una inexplicable sensación de placidez y calma. No era morfina, Valium o alguna otra clase de droga relajante, que yo supiera; solamente paz y tranquilidad. Con eso, el doctor se incorporó y usó una lámpara para examinar mi rostro.

– "Nada como un buen almuerzo para calmar esos temblores, ¿cierto?" – Manifestó, checando mis ojos. – "Deberías alegrarte, ahora hemos hecho un buen progreso, pequeña rebelde."

– "¿Qué fue lo que me hizo?" – Cuestioné, con una inusual calma.

– "El primer efecto de nuestro milagroso producto: felicidad." – Explicó. – "¿Sabías que no has comido ni bebido nada en más de un mes? Eso es el tiempo más largo que alguien ha sobrevivido en una dieta a base de nuestro suero. Tus funciones corporales se han reducido a orinar, y eso es esporádicamente. Eres la única sobreviviente del primer lote. Felicidades."

– "Bromea."

– "No, querida, es el poder de la ciencia, y está viniendo con fuerza. Ya no aceptas comida, el compuesto que te inyectamos es tu alimento ahora y, cuando lo perfeccionemos, tu dependencia a este será total." – Respondió. – "Ahora, nuestro brebaje, al cual apodamos cariñosamente 'GC-01', ha tenido una lenta y parsimoniosa evolución. Empezó como una mera alternativa al benzodiacepina, pero se descubrió que se podría utilizar para algo más que sosegar dolores. Es ahí donde yo y unos cuantos colegas entramos y transformamos una medicina genérica en el siguiente paso a evitar que los monstruos como ustedes se alcen contra sus amos."

– "¿Quién rayos se cree usted? ¿El dueño del mundo?"

– "Me basta con demostrarte que soy el tuyo." – Colocó otra jeringa. – "Dulces sueños, princesa."

Oscuridad.

No sabía si él decía la verdad o si intentaba confundirme con una excelente mentira, como su jefe lo hacía, pero algo que no podía negar es que esa basura que me inoculaban se estaba convirtiendo en una adicción. Era increíble que se dedicaran a tortúrame para probar una maldita droga, aunque tampoco me sorprendía que un diabólico demente trabajara para el psicópata de Janus. Igual que Josef Mengele en Auschswitz, el enajenado doctor proseguía con su dantesco juego de preguntas alfanuméricas y administración intravenosa de su aborrecible veneno. Nuevas víctimas iban y venían, pero los gritos se quedaban. Yo continuaba observando, inerte, inútil, incapaz de hacer otra cosa que no fuera escucharlos clamar piedad. Mi empeño en seguir resistiendo se debilitaba día a día, pero aún no me rendía, no podrían quebrarme fácilmente.

Un día, los efectos de ese compuesto cambiaron, o eso fue lo que dijo el loco en bata. Parecía ser que Janus no deseaba un adicto a tal brebaje, sino un suero de obediencia absoluta. El hombre, que por fin descubrí que se llamaba Loukas, exclamó que era parte primordial del proceso de acondicionamiento mental y que mi capacidad de retener mi mordacidad incluso estando desnutrida era prueba irrefutable del éxito de su descubrimiento. Empero, el Don retrucó recordándole que de nada le servía una herramienta si lucía peor que una víctima del Holocausto y le ordenó que prosiguiera con la investigación del control mental que él exigió. El doctor se vio obligado a obedecer. Eso significaba que me comenzaron a alimentar debidamente. Y también que mi tortura volvería a su punto de arranque inicial.

Ni siquiera Dante imaginó un infierno más horrible.

– "¿Cómo va por fin tu avance, Loukas?" – Cuestionó Janus, en una de sus inspecciones. – "Ya son siete meses y lo único que veo es que esta saltamontes luce igual de fea sin importar su peso corporal. ¿La convertiste en tu mascota o algo así?"

– "Bueno, yo estaba logrando algo sólido hasta que me ordenaste empezar de nuevo." – Acotó el doctor. – "Por suerte los nuevos pedazos de carne que conseguiste serán perfectos para seguir aplicando mis valiosas teorías."

– "Me importan un carajo tus teorías, ¿Qué hay de lo que te pedí?"

– "A eso voy, pero me temo que no te tengo buenas noticias." – Aseguró, tomando una jeringa. – "Observa, esta es sangre que extraje de esa mantis, en perfecto estado al alimentarla correctamente. Ahora, voy a ponerla dentro de esta solución del suero. ¿Notas algo extraño?"

– "Para nada."

– "Exactamente, no sucede nada. ¿Podrías apagar esa luz por favor?" – Pidió Loukas, su aliado realizó lo solicitado. – "Gracias. Bien, se supone que la reacción química debería hacer que la sangre emitiera un contraste evidente bajo esta lámpara de luz ultravioleta, pero permanece igual que siempre."

– "Ve al grano, maldita sea."

– "Tu niña verde es incompatible con el brebaje." – Replicó. – "Éste no surte efecto alguno en su sistema. Su sangre liminal es inmune a ceder su capacidad cognoscitiva. No hemos avanzado nada en ella, o en los otros sujetos de prueba."

– "¿Me estás tomando el pelo, Loukas?" – Interrogó Janus. – "El maldito de Berlini me tiene rompiéndome las pelotas desde que invirtió en este proyecto, ¿y me sales que no hemos hecho nada en todo este tiempo?"

– "Por todos los cielos, ¿acaso crees que los avances científicos ocurren de la noche a la mañana? Hay cientos de investigadores alrededor del mundo tratando de luchar contra el cáncer, y apenas han escarbado la superficie de comprenderlo. Apenas soy yo y mis dos asistentes en esto, tenme un poco de paciencia."

– "Ya he tenido suficiente contigo. Escucha, no tengo tiempo para seguir discutiendo. Pero te advierto: si pierdo a ese condenado italiano, tú serás el que termine en una puta jaula, ¿entendiste? Date prisa y no quiero más estupideces."

– "Por suerte he estado desarrollando una alternativa. Podría experimentar agregando veneno de serket, sus enzimas son perfectas para ablandar tejido cerebral de sus presas, pero necesito tener una en primer lugar."

– "La tendrás. Y no quiero excusas la próxima vez, o te reemplazo por alguien que sí ofrezca resultados, ¿entendido?"

– "No soy desechable, Janus. ¿Piensas que puedes conseguir otro que esté dispuesto a hacer lo que yo o mis colegas?"

– "Científicos locos abundan en el mundo, y hasta más baratos."

– "El dinero no lo compra todo, Bakos."

– "Pero compró a tu ex-esposa." – Retrucó el aludido. – "¿Cierto, señor 'ella me engañaba con un geólogo millonario'?"

Riéndose, el jefe de la Familia se retiró y dejó a un muy enfurecido Loukas, rabiando y maldiciendo su nombre repetidamente. Disfruté de ese pequeño momento de humillación ajena y la rutina de ser administrada más de ese detestable suero volvió a su cauce normal, para mi desgracia. Como le prometieron, una mujer escorpión le fue entregada y el proceso de domarla para extraerle el veneno fue completado en poco tiempo. Crear un compuesto nuevo tomaba semanas, pero entre más se alargaran los intervalos, más nerviosa me ponía.

Nadie me inoculaba ni apresaba, más que para ponerme a dormir para así limpiar tranquilamente los vergonzosos desechos de mi impúdica jaula, pero era la espera la que desesperaba y carcomía internamente. El no saber cuando ese demente podría regresar con sus diabólicos experimentos era una tortura de igual magnitud que sufrirla directamente. Finalmente, Loukas pareció satisfecho con su más reciente invención y, con esa sonrisa macabra, se acercó a mí, blandiendo una cánula llena de transparente líquido. Como esperaba, yo era la conejilla de Indias seleccionada para tener el inicuo honor de probarlas. Me pusieron a dormir y desperté sujeta de pies a cabeza a la camilla de operaciones.

– "Bueno mantis, todo termina aquí. No más metáforas ni referencias a literatura clásica." – Enunció el sujeto. – "Esta cosa es más fuerte que todo lo probado anteriormente y sinceramente ni yo estoy seguro de qué suceda cuando tu torrente sanguíneo se mezcle con ella. Pero mientras no termines con parálisis medular inducida por envenenamiento, lo declararé un experimento exitoso."

– "¿No sería mejor que lo hicieras con alguien menos valioso?"

– "Exacto, por eso inicio contigo. ¿Sigues pensando que te mantuvimos viva porque eras especial?" – Rió. – "Janus únicamente quería que sufrieras todo lo que pudieras hasta que estiraras la pata, y quizás hoy lo complazca."

– "Excelente. Se chuparán mutuamente el pito y tal vez así logres olvidar a tu ex-esposa, perdedor."

– "Ah, los insultos juveniles, me traen tantos recuerdos." – Le dio un golpecito a la aguja. – "¿Una última palabra antes de pudrirte en una fosa común, empusa?"

– "Sí: lávate la boca cuando comas cebollas." – Me mofé. – "Ahora entiendo por qué ella te dejó."

– "Elocuente." – Fingió sonreír. – "Bien, hora de despedirse. Buenas noches, princesa."

El mundo se tornó blanco.

Literalmente; todo se vio envuelto en un fulgurante destello y una explosión enmudeció por completo el ambiente. Los acúfenos y la ceguera tardaron varios segundos en desparecer, siendo la vista la primera en ser recuperada. Con mis oídos zumbando y mis ojos tratando de enfocar entre el manto borroso de la desorientación y el humo, distinguí una figura oscura que se acercaba hacia mi dirección. Sonreí cuando divisé que el objeto en lo que parecía ser su mano tenía la forma de un arma; posiblemente la policía, mi antigua enemiga, me había salvado de las garras de mis anteriores aliados. La vida nunca dejaría de sorprendernos con sus paradójicos reveses.

Y entonces, lo volvió a hacer.

– "¿Me extrañaste, Sameko-chan?"

– "¿T-Tomoko?" – Cuestioné. – "¡Tomoko, ¿q-q-qué haces aquí?!"

– "Te estoy rescatando, genio." – Respondió con su característica mordacidad. – "¿Esa mierda que te metieron te dejó más tonta de lo que ya eras?"

– "¡¿P-pero cómo es que sigues viva?! ¡Te vi morir y caer al barranco!"

– "Me viste caer, pero no perecer." – Aseguró, desatando mis amarres. – "Si ese estúpido de Janus se hubiera preocupado por aprender sobre nosotras, sabría que las arachnes tenemos el corazón en el abdomen arácnido. Esa bala también me destruyó un pulmón, pero puedo respirar por mis filotráqueas."

– "¿Cómo sobreviviste al impacto?"

– "Quisiera no haberlo hecho, me rompí casi todas las costillas y ya nunca podré flexionar correctamente mis pata trasera." – Me liberó. – "Uf, listo. En todo caso, me alegro que estés viva, Schiaparelli."

– "Yo también, sensei." – Me incorporé, abrazándola. – "Hécate te bendiga, Tomoko."

– "Estás en buenas manos, Gio." – Acarició mi espalda. – "Pero guarda los mimos para otro día, ¿quieres? La policía arribará en cualquier momento y aún tenemos a un hijo de puta del cual vengarnos."

– "¿Iremos a por Janus?"

– "Nadie se mete con una arachne o sus seres queridos. Nunca." – Afirmó, tornándose seria. – "Ese bastardo no merece quedar impune. ¿Vienes o te quedas?"

– "¿Tienes una escopeta?"

– "¿Calibre veinte o doce?"

– "¿Por qué no las dos?"

– "Esa es la actitud." – Sonrió, entregándome mi Remington y mi Mossberg. – "No son las mismas, pero estas son más nuevas."

– "Me gustan." – Revisé la munición. – "Tengo muchas preguntas, pero la principal es: ¿Cómo me encontraste?"

– "Un pajarito me lo dijo." – Encogió los hombros. – "De verdad, ella me está acompañando."

La arachne señaló a su izquierda y de entre la nube de polvo que la explosión empleada para irrumpir en el edificio y el humo de una granada de gas usada para desorientar, apareció una mujer morena con una ametralladora FN Minimi en sus manos. Con dos cintas para su arma alrededor de su corta camisa sin mangas, varias granadas en su chaleco, la pistola Desert Eagle en su cinturón y la boina negra en su cabeza, lucía como toda una mercenaria. Llevaba un pantalón con patrón de camuflaje urbano, pero no llevaba botas. Ninguna clase de calzado le serviría de todas maneras.

Era una arpía corredora.

Aunque era la más baja de nosotras, con un metro sesenta de altura, sabía lucir dominante, especialmente con esos lentes oscuros que cargaba. Pero lo más llamativo no era su buen gusto para la moda guerrillera, sino lo que traía en sus emplumadas manos. Una perfecta presa, indefensa, asustada y rogando por su vida: el malnacido de Loukas. Arrojándolo como un costal de papas al suelo, la corredora lo dejó frente a mí y asintió silentemente. Devolviéndole el gesto, alisté mi Mossberg 500 y, alzando a esa desgracia que se hacía llamar científico, coloqué el cañón dentro de su boca y bombeé el arma.

– "Dígame, doctor farsante." – Le mostré el dedo medio. – "¿Cuántos dedos ve?"

Jalando el gatillo, los perdigones atravesaron su cámara craneal y esparcieron su materia gris por todo el lugar, decorándolo con una polícroma capa de sangre y sesos. Dulce, dulce venganza; ambrosía y veneno, panacea y enfermedad, dicotómica satisfacción. Agradecida, ofrecí mi mano a la emplumada.

– "Giovanna Schiaparelli." – Sonreí. – "Ex-miembro de la Familia Bakos."

– "Brianna Warner." – La estrechó. Su acento parecía americano. – "Mercenaria a sueldo."

– "Gracias por ayudarme. ¿Cómo te contrató esta araña tacaña?"

– "Le debía un favor y se lo estoy pagando."

– "¿Qué clase de favor?"

– "Es una larga historia."

– "Sí, sí, que interesante." – Injirió Tachibana. – "Si ya dejaron de cuchichear como viejas chismosas, debemos partir antes que tengamos a las fuerzas especiales en el trasero. ¿Nos vamos ya?"

– "¿Qué hay de los ayudantes de ese desgraciado?"

– "Fueron los primeros en caer. Nunca supieron de dónde vino el balazo." – Dijo la arachne. – "Por cierto, excelente puntería, pajarraca. Debes prestarme esa ametralladora algún día."

– "No tienes para cubrir el coste de mi hermosa Mimi, pulga." – Bromeó la arpía.

– "¿Mimi?" – Cuestioné. – "¿Le pusiste nombre a tu arma?"

– "¿Qué esperabas de una jodida hoplófila? Seguramente se estimula con el cañón, la muy degenerada." – Comentó Tomoko. – "¿Nos largamos de una maldita vez?"

– "Espera, aún hay liminales presos aquí." – Señalé. – "Deberíamos dejarlos libres antes de irnos."

– "¿Quién eres? ¿La madre Teresa? No hay tiempo, ¡huyamos, ya!"

– "Están en pésimas condiciones, necesitan atención médica que nosotras no tenemos." – Reafirmó Brianna. – "Los policías se encargarán de su bienestar. Salgamos de aquí, que el tiempo apremia."

No contenta con la idea pero aceptando que tenía razón, las tres nos retiramos del lugar hasta llegar a una furgoneta negra con el logo de un cráneo de lobo y las letras BC sobre este, seguramente robada. No es que me importara la procedencia mientras pudiéramos huir a toda velocidad. Tomando nuestras armas y escondiéndolas en un compartimiento secreto, Tachibana se metió conmigo en la parte trasera mientras Warner tomaba el asiento del piloto y sin dilación nos vimos en la carretera, en dirección a Eleusis. Si mis cálculos eran correctos, el laboratorio se encontraba en una zona alejada de Mégara, a casi una hora de Atenas.

Tomoko me ofreció un emparedado que guardaba en el transporte y que yo con gusto devoré y, entendiblemente, me hizo llorar en su regazo por haber sido rescatada. Ella jamás lo demostró, pero siempre se preocupó por mí, realmente le importaba a pesar de esa tonta ideología que seguía. Ella volvió a abrazarme y sosegarme mientras la arpía se estacionaba en las cercanías de Ática, donde planearíamos nuestro asalto a nuestro blanco principal. Ya que Brianna poseía pase independiente y credenciales que la identificaban como una miembro de seguridad privada, todas falsificadas por ella misma, cargamos gasolina y comimos algo para seguir fraguando nuestro ataque usando un mapa. Había pasado una hora y cinco minutos desde que escapamos y ya era de noche.

– "Janus es un animal de costumbres, nunca cambia sus escondites." – Aseguró la nativa de Lycosios. – "Hoy es miércoles, así que lo hallaremos en las colinas de Kaisariani. El muy hipócrita suele visitar el monasterio cercano para rezar como un buen devoto."

– "¿Por qué no estaría en su mansión?" – Indagó Warner. – "¿Para qué arriesgarse a salir de su castillo?"

– "Su paranoia es tal que ni él mismo tiene confianza en su propia casa, así que prefiere ir de aquí para allá, para evitar ser capturado." – Explicó. – "Aunque tampoco es que se pueda culparlo, sus negocios han flaqueado desde que eliminó a demasiados competidores y su fama de sanguinario terminó aislándolo de potenciales aliados."

– "¿Cómo sabes todo eso?" – Pregunté.

– "Papagos tenía una boca muy floja cuando estaba bajo la influencia de las drogas y el alcohol." – Reveló la arachne. – "Tenía la lengua más larga que esa miseria que se cargaba entre las piernas. Condenado enano, ni malditas cosquillas podía hacerme."

– "Me alegra saber de tu insatisfactoria vida sexual, patas largas, pero se nos hace tarde." – Injirió Brianna. – "¿Qué sabemos de la seguridad?"

– "Eliminé a su último caporegime y dado que él siempre aboga por veteranía, dudo que haya encontrado otro que le inspire tanta confianza para que lo cuide. Posiblemente tenga un pelotón de ocho esbirros, quizás más, para hacerlo sentir seguro. Así lo hacía antes y así debe seguir todavía; animal de costumbres."

– "Bien, habrá suficiente para todas." – La emplumada enrolló el mapa. – "Entonces, será como lo discutimos: Cegadoras y atacar rápida y contundentemente. Nunca esperan que alguien los desafíe de esa manera, así que los tomaremos por verdadera sorpresa."

– "¿Nos dividimos?"

– "Yo por el frente, tú y la mantis marimacha por atrás."

– "¡Hey!" – Protesté.

– "Vamos, Gio, se te nota a simple vista." – Opinó Tomoko. – "Digo, ese corte se parece al de una lesbiana estereotípica."

– "¡Jódete, araña! ¡Me abrieron la sesera!"

– "Negarlo no lo desmiente."

– "¡Te odio, Tachibana!"

– "¿Terminaron, mocosas? Ya es hora." – Interrumpió Warner, revisando su arsenal. – "Lock n' load, bitches. The motherfuckin' party starts right now."

Con esa orden y confirmando la ascendencia anglosajona de la arpía, las tres partimos en dirección a las afueras de Kaisariani. Ascendimos por el elevado camino montañoso hasta desviarnos entre los árboles, estacionándonos cerca de la iglesia de los Santos Arcángeles y el derruido monasterio, donde varios miembros de los partisanos griegos perdieron la vida cuando los Nazis los rodearon durante la invasión a tierras helénicas. Ahora, otro ataque se desarrollaría en aquella zona geográfica, y nuevamente serían los extranjeros quienes rodearían a los atenieses en su propia fortaleza. Asintiendo las tres afásicamente, nos movimos entre las sombras en dirección hacia el escondite.

Fueron apenas diez minutos, pero se sintieron como horas durante el tiempo que nos trasladamos como las guerrilleras que éramos entre los matorrales. Me sentía algo adolorida aún, pero la adrenalina en mi sangre y las ganas de hacerle pagar a ese malnacido por toda su traición me mantenían con energías. Mi visión fue muy útil en nuestro recorrido y, gracias a Niké, dimos con la casa de seguridad donde ese infeliz se encontraba. Los guardias, siendo ocho, en el exterior, posiblemente más adentro, no lucían alertas o preocupados. Quizás las noticias de lo sucedido aún no fueran de su conocimiento, lo cual sería un muy apreciado golpe de suerte.

Suspiré, había escapado de una muerte segura para arrojarme a otra. Pude haber escapado, las tres tuvimos opción de huir de Atenas, del país, y forjar una nueva vida en otra nación. El mundo nos había aceptado y Brianna era una excelente falsificadora, así que no habría problemas con mudarnos. Empero, elegimos quedarnos y encarar al enemigo, condenándonos a ser capturadas y sufrir un castigo mucho peor. Más que desmoralizarme, me hizo sentir más viva que antes. Tuvimos el privilegio de tomar una decisión por nuestra propia cuenta, nadie nos la impuso, nació de nosotras; esa era la libertad que tanto buscábamos, el poder que queríamos. Más listas que nunca, preparamos armas y dimos marcha al plan. Niké nos guíe a la victoria.

– "¡Fuego!"

La luna no fue lo único que brilló en el momento que esas palabras fueron declaradas. Con una ensordecedora explosión, el ambiente se volvió un manto homogéneo de albugínea luz cegadora y los únicos sonidos eran los campaneos en los oídos. Con tan sorpresiva estrategia para un insospechado enemigo, pudimos actuar con fastuosa celeridad y poner en práctica nuestras aptitudes para la lucha relámpago. Cada segundo contaba, cada pequeña ventana de oportunidad debía ser aprovechada cuando se trata de vencer a la superioridad numérica. Habiéndonos dividido, nuestros objetivos eran ocho personas, a su vez agrupadas en un grupo de cuatro en la parte trasera, con los otros tres restantes en la zona de la entrada principal. No había francotiradores pero sí dos centinelas, los cuales fueron neutralizados con regia puntería del arma de Brianna.

Por nuestra parte, la Mossberg 500 era una excelente panacea para todos los males antropomorfos, con sus perdigones calibre doce destrozando las piernas de mis adversarios y rematándolos con una descarga extra en el pecho. Tomoko rindió tributo a su personaje de películas favorito y les abrió un nuevo trasero a sus blancos con los proyectiles Magnum de su S&W Modelo 29. Terminamos rápido, moviéndonos lo más apresuradamente posible para evitar que nuestro objetivo escapara. No hubo impresionantes maniobras, momentos de extrema tensión ni batallas consistentes en cubrirse y regresar el fuego, sólo violencia y disparos.

La vida no es una producción fílmica ni un juego de video, donde los participantes tienen tiempo de fríamente calcular sus movimientos. Los enfrentamientos armados terminan con la misma abrupta manera como comienzan y en un furtivo parpadeo, la sangre y los cuerpos yacen en el suelo. Quien dispara primero, quien toma la iniciativa de atacar, preferiblemente de forma inesperada, es quien decide el veredicto de las efímeras batallas. Nos bastaron pocos segundos para neutralizar las amenazas exteriores y, sin siquiera con tiempo para felicitarnos por un trabajo bien hecho, ingresamos al interior del edificio y empezamos la búsqueda de Janus.

Los acúfenos desaparecieron y pudimos distinguir sonidos provenientes de la parte superior. Tachibana intuyó que el desgraciado trataría de escapar y regresó al exterior para asegurarse que Bakos no huyera al tiempo que yo me encontraba con Brianna. Ambas subimos las escaleras, siempre alertas y preparadas para contestar el fuego. La suerte estaba de nuestro lado y solamente hallamos dos guardaespaldas más dentro de la vivienda, los cuales cayeron al instante por la combinación escopeta-ametralladora. Debía admitir que luchar en la oscuridad contra un número superior de enemigos para acabar con un la cabecilla principal de un grupo criminal, imitando a los célebres equipos de operaciones especiales, era una sensación apoteósica. Por un pequeño momento, me imaginé como un miembro de la ley, castigando uno por uno a todas esas ratas mafiosas a las que alguna demente vez respeté.

No sería moralmente mejor que ellos, pero al menos yo conservaba mi honor.

Alcanzamos el cuarto final, donde sabíamos que el cobarde de Janus se encontraba. Pudimos derrumbar la puerta y pulverizarlo con plomo entre las tres, pero estábamos conscientes que sería caer directo en su trampa. Usando la radio, la araña nos informó que podía entrar por la única ventana que daba su habitación. He ahí el dilema: ¿cuál sería la forma de asaltar la boca del lobo? Su paranoia debía tenerlo más que listo para volarnos la cabeza tan pronto cruzáramos la entrada, pero la ventana también era sitio vulnerable y no dudaba que el cañón de un arma estuviera apuntando en ese lugar. Poseíamos ventaja al rodearlo, pero nuestro fin era no sufrir bajas. Y todavía no considerábamos la posibilidad de que haya escapado por una salida secreta.

La solución era simple: explosivos.

Brianna cargaba con C4 en su chaleco y no tardó en adherirlo a la pared para crear una entrada alterna y confundir a la rata atrapada. Colocando rápidamente el cable al polímero y preparando el detonador, informamos por radio de nuestro plan a Tomoko y nos sincronizamos para atacar al unísono, con nosotras dos escondiéndonos de los escombros que saldrían volando. A la señal, el explosivo detonó y creó un hoyo en la pared, no demasiado grande pero con tamaño para introducir el cañón de un arma. Eso no fue necesario, pues mientras nos dirigíamos a la puerta y nuestros oídos zumbaban, la entrada de la recámara se abrió violentamente y Janus, ostentando un diente menos, cayó ante nuestros pies, cortesía de la nativa de Lycosios.

Sin dilación, Warner usó sus poderosas piernas para aplastar la espalda del mafioso y patearlo de vuelta hacia su cuarto. La arachne se le unió y el líder de los Bakos se vio envuelto en un huracán de golpes por parte de dos vesánicas liminales, una de ellas con verdaderos motivos para descargar su ira sobre el frágil cuerpo homínido del hombre que ya no era capaz de exclamar su agonía a falta de aire en sus pulmones. Terminando con su sesión de pugilismo unilateral, mi tutora arrojó el patético moribundo hacia mis pies. Sin decir nada, lo tomé del pelo y lo alcé hasta quedar cara a cara, mirándolo fijamente a su único ojo de roedor asustado, de fariseo derrotado, de cerdo condenado.

De sucio traidor.

El monstruo que provocó todas las desgracias que nos atormentaron por más de la mitad de nuestras vidas, ahora yacía inerme entre mis manos, con la misma mirada suplicante y asustada del sujeto de turca ascendencia a quien él se atrevió inculpar por sus propios pecados. El gusano desalmado que me arrebató a mi mejor amiga, que asesinó a su consanguíneo y causó el cruel y parsimonioso fallecimiento de su progenitor. No iba a darle un discurso sobre sus inexcusables blasfemias ni remembrarle las infinitas anatemas contra nosotras; él ya las sabía perfectamente, hablar era innecesario. Un ingrato desleal y execrable excusa de ser humano no merecía el placer de una última palabra. No más demoras, sólo matarlo.

Escupiéndole la cara, le propiné un fuerte puñetazo en el centro de su cabeza que lo envió al suelo, dejándolo en posición de rodillas. Con él inmóvil, me hice un poco hacia atrás para preparar mis espolones, abriéndolos hasta su envergadura máxima. Entonces, y en un abrir y cerrar de ojos, los bordes aserrados de mis quitinosas extremidades mantoideas se juntaron a toda potencia sobre el cuello de Janus, decapitándolo limpiamente en un instante. La sangre brotó a chorros del cuerpo acéfalo, tiñendo de impío rojo la blancura que imperaba en sus muebles y emporcando la alfombra persa de líquido carmesí. Escupiendo el cadáver por segunda ocasión, tomé el ostentoso reloj de pulsera que tanto me presumía y me lo adjudiqué. Estaba hecho, mi venganza estaba al fin completa y finalizada.

– "Sí que tienes talento con esas guadañas, grillita." – Me congratuló la arpía, revisando los cajones del escritorio. – "Y tú también arachne. Las dos me servirían mucho en mi profesión."

– "Estoy retirada, Brianna." – Respondió Tachibana, tallándose el hombro. – "Carajo, extraño ser joven. Esto me fastidiará todo el día."

– "Como sea, estoy segura que nuestro show ya atrajo la atención y debemos irnos cuanto antes. Tengo un buen escondite por ahí, estaremos a salvo mientras todo se calma."

– "Te lo agradecemos, Brianna, pero ahora, si no te molesta, quisiera estar un minuto a solas con Giovanna."

– "Tomoko…"

– "Insisto." – Sonrió. – "Gracias por todo, pajarita."

– "Meh, nuestra cuenta ya está saldada." – La susodicha encogió los hombros. – "Es tu vida, araña. No se besuqueen por mucho, ¿sí?"

– "El día que permita que una arachne profane mis labios, me arranco la lengua." – Aseveré. – "Pero antes mato a la invertebrada."

– "¿Cómo? ¿Metiéndose el dedo hasta desmayarse?"

– "Ya lárgate, pajarraca." – Instó Tachibana. – "Vete a comer alpiste a la cocina o algo."

– "Bah, que te den por el culo, patas flacas." – Retrucó la corredora.

– "A ti, para que se te quite lo amargada."

Mostrándonos el dedo medio, la anglosajona cerró la puerta y nos dejó solas. No había mucha privacidad para empezar, como la ventana rota y el agujero en la pared evidenciaban, pero se agradecía el gesto. Así, permanecimos calladas por unos momentos, con mucho para contarnos, pero que la adrenalina en la sangre y el furor de la carnicería reciente nos impedía expresar. Después de un minuto sumidas en el mutismo, mi tutora tomó su revólver y me lo entregó en las manos. En otras ocasiones, aquello sería su regalo final antes de ya no vernos para siempre, pero la expresión taciturna de la arácnida decía que darme un obsequio de despedida no era la clase de adiós que esperaba. Ella se arrodilló en el suelo y me miró fijamente con sus seis ojos rojos, esos globos oculares que siempre parecían inexpresivos, pero irradiaban un implícito cariño exclusivo para mi persona.

– "¿Qué haces, Tomoko?"

– "Aquí es donde partimos caminos eternamente, Giovanna." – Respondió. – "Fue un honor luchar a tu lado, estoy orgullosa de ti."

– "Y yo también, pero, ¿por qué me das tu arma?"

– "Para que acabes con todos aquellos que te han hecho daño."

– "Acabo de hacerlo. Las dos." – Reiteré. – "Y ya no quiero hacerlo de nuevo."

– "Aún te queda alguien, la persona que más te afectó y que todavía sigue en pie."

– "¿Quién?"

– "Yo."

– "¿De qué hablas?"

– "Giovanna…"

Acercándose aún más, tomó mis manos, sosteniendo el revólver y colocó el cañón en su frente.

– "Yo fui quien mató a tu madre."

Incluso después de haber purgado al mundo de los demonios que lo azotaban, la ingrata existencia me agradecía con más golpes directos, asediándome constantemente con revelaciones que me hacían cuestionar mi propia realidad y despertaban una miríada de sentimientos encontrados en mi ya demasiado confundido interior. Simplemente no tenía palabras para procesar tal frase, tan inimaginable revelación. Las mentiras seguían fluyendo, eran imparables, pero escuchar que Tachibana, la persona que me tomó bajo su tutoría y se responsabilizó por mí era quien había acabado con la mujer que me trajo al mundo, fue demasiado.

– "¿Q-q-qué estás diciendo Tomoko?" – Tartamudeé al lograr acomodar mis pensamientos.

– "Yo soy la culpable de que seas huérfana, Schiaparelli. Por eso terminaste aquí, en este estado, torturada y con demasiada sangre en tus manos. Todo es mi culpa."

– "Por favor…" – Cerré mis ojos, intentando calmarme. – "Sólo… sólo dime todo desde el principio."

Ella suspiró y, sin dejar de sostener mi mano y yo manteniendo mi trémulo dedo en el gatillo, la arachne comenzó a relatar.

– "Tomoko Tachibana no es mi nombre real. Soy actualmente de ascendencia italiana y escapé cuando era joven de la isla de Lycosios. Ahí hablamos dos idiomas, por eso sé japonés. Llegué a Grecia por vía italiana y me vi aceptada en la familia Bakos cuando salvé la vida al capo Cosmetato, como bien sabes. Por supuesto, un acto de bondad hacia un humano y aceptar volverme parte de la servidumbre no era suficiente y me vi en necesidad de probar mi plusvalía en los verdaderos asuntos de la mafia. Resumiendo todo, cierto día, mi tarea consistía en deshacerme de un antiguo banquero colaborador de nosotros que residía en el poblado de Agiasos y cuyos pocos escrúpulos amenazaban con poner en evidencia los movimientos financieros del Don Ioannis.

No actué sola, pero yo fui la elegida para infiltrarme silenciosamente a la residencia del sujeto. Llegué a su cuarto y, siendo todavía una novata, tardé demasiado en actuar. Él se despertó, al igual que el resto de la casa. Sin pensarlo, usé mis garras para arrancarle el cuello y pronto me vi envuelta en un tiroteo por sus hijos, que resultaron ser miembros de la policía. Usando el mismo modelo de arma que tienes en tus manos, eliminé a los dos retoños del banquero y a su esposa, para no dejar testigos.

El escándalo obligó a mis tres acompañantes a actuar también, aunque su tarea se redujo a neutralizar a un par de sirvientas que residían también ahí. Dado que la casa estaba en una loma algo alejada del pueblo, nadie se habría enterado de la masacre, pero seguimos indagando el lugar para estar seguros que nadie abriría la boca. Entonces, oí los sollozos de alguien en el sótano y bajé a investigar. Estaba oscuro y tan pronto prendí la luz, me encontré con una empusa corriendo hacia mí, con sus espolones listos para clavarse en mi piel.

Disparé.

El calibre .44 Magnum atravesó su ojo derecho y le deshizo en cerebro. Ella cayó, creando un ahogado eco al impactar el suelo. Recuperándome del tintineo en mis oídos, distinguí nuevamente el sollozo detrás de una puerta, la bodega. Abriéndola rápidamente y encañonando mi arma, descubrí que la fuente no era nadie más que una bebita de dos años: tú, con tu boca tapada por un trapo amarrado alrededor de tu cabeza, para silenciar el llanto que se manifestó a todo pulmón cuando te retiré el pedazo de tela. Mientras tú descargabas un torrente de lágrimas, yo me quedé paralizada por lo que había hecho.

Nunca me arrepentí de todo lo que había realizado para sobrevivir hasta entonces, jamás cuestioné la ley implícita de la naturaleza ni perdí el sueño por las vidas que quité. Pero, el verte ahí, tan indefensa e inocente, me hizo experimentar el verdadero y aciago sentimiento de la culpa y el remordimiento. Decidí adoptarte y criarte para pagar esa deuda que le debía a tu difunta progenitora. Los Bakos, especialmente el sentimental Ioannis, aceptaron el que yo cuidara de ti, siempre y cuando realizara mis labores como servidumbre y te moldeara para serles útiles a ellos en el futuro. Así es como llegaste a mi vida, iluminándola después de arruinar la tuya.

Estaba asustada, no era mi intención, pero lo hecho, hecho está, y nada podrá cambiar lo que hice. Soy una asesina imperdonable y una mentirosa que te usó para sus propios fines. Y al mismo tiempo, traté de que fueras mi redención, de que lograras lo que yo misma evité que fueras. Pero, en algún punto, fallé, me volví egoísta y te adoctriné de tal manera que sigue dándome asco. Y mírate ahora, aún escuchándome en lugar de silenciarme de la misma forma que lo hice con tu madre.

No rogaré por tu perdón, o siquiera comprensión, no merezco tu simpatía. Sólo jala el gatillo y pon fin a mi tormento. Completa tu venganza, destruye al monstruo que queda vivo y libra al mundo de su presencia. Por favor, si aún deseas seguir escuchando a esta araña vieja y patética, hazlo. Te lo suplico."

Afásica, anonadada y confundida, así permanecí mientras las lágrimas recorrían las mejillas de la italiana. Sentía que cada pieza importante de mi vida, que cada memoria que me forjó hasta lo que había llegado a ser en ese momento, terminaría siendo otra ilusión. Mi mano se tensó, y ella la soltó, sabiendo que yo haría caso a su súplica y la enviaría al río Estigia. Pero, por otra parte, aunque ella fuera la asesina de mi madre, le seguía queriendo por estar a mi lado todo este tiempo, incluso rescatarme cuando no ganaba nada con ello. Me dio dolor y dicha, felicidad y tristeza, cielo e infierno; una dualidad que emulaba lacónicamente la vida en sí.

– "¿Cuál es tu nombre real?" – Pregunté.

– "Lo has sabido toda tu vida."

– "Giovanna…" – Musité. – "¿Por qué elegiste Tomoko como tu nueva identidad?"

– "Fue la primera persona a quien maté."

– "¿Cuál es mi nombre verdadero?"

– "No lo sé, de verdad." – Negó con la cabeza. – "Jamás supe la identidad de tu madre, no había documento alguno que arrojara luz sobre ella o de ti. Ni siquiera conozco tu nacionalidad."

– "¿Qué hacía ella en esa casa?"

– "Había un traje de sirvienta adaptado para sus cuatro extremidades colgado en la cama del sótano, lo más seguro es que fuera una criada. No había cuna, así que debía dormir contigo en ese humilde lecho."

– "¿Qué sucedió con su cuerpo?"

– "Le prendí fuego, para cuando la policía inevitablemente investigara el asesinato, jamás hallaran su cadáver. Era mejor que encontraran cenizas en vez de un festín de gusanos."

– "¿Qué más? ¿Qué mas tienes respecto a mi pasado?"

– "Lo siento, es todo lo que sé."

– "¿Quién soy, entonces? ¿Qué soy ahora?"

– "Lo que desees, eres libre." – Afirmó. – "Tienes el poder de ser la persona que quieras, forjar una identidad por tu cuenta. Hazlo, sé feliz; lo mereces más que nadie."

– "Eso… ¿eso es todo lo que querías decirme?"

– "Aún tengo un último consejo, pero no sé si querrás escucharlo de esta mentirosa."

– "Elijo hacerlo."

– "Gracias." – Sonrió tenuemente. – "Redímete, mi pequeña. Lucha por quienes sufrieron como tú, pelea por quienes poseen el talento y la capacidad de hacer este un mundo mejor, pero que carecen de la oportunidad para lograrlo. Conoces el sendero del sufrimiento, no permitas que otros tengan la desdicha. No por enorgullecerme a mí, a tu madre o a Olympia, sino por ti. Siéntete feliz de estar viva y de aportar esa utilidad en pos del progreso. Así tendrás la clase de respeto que realmente importa: el propio."

– "¿Algo más?"

– "No, es todo. Perdón por quitarte tanto tiempo, soy una vieja sentimental." – Exhaló, sonriendo. – "Sayonara, Sameko-chan."

– "Sayonara, Giovanna-sensei."

La bala atravesó su ojo derecho, pulverizándole el cráneo al instante. El cuerpo exánime de la arachne cayó pesadamente al suelo, creando un fugaz eco. Las lágrimas que empañaron mis ojos y mancharon el piso, mezclándose con la sangre derramada, decían todo lo que mi boca no se atrevió a decir. Ella marcó el inicio y el fin de mi vida como una mafiosa, el alfa y el omega de mi existencia como Giovanna Schiaparelli. Así, empezaba el ciclo de mi nueva etapa, la era en que la ambición de poder era reemplazada por una de redención y búsqueda de identidad. Al final del día, debía saber quién era esta empusa realmente y qué es lo que quería. No sería una tarea fácil, pero habría que intentarlo.

Colocando el arma en las manos de su dueña, salí de ese mausoleo a la autodestrucción y, uniéndome a una comprensiva Brianna, me dispuse a experimentar mi primer día como una persona libre. Nos resguardamos en una casita en Psychikó, donde pasé unas semanas recuperándome de los efectos del suero y ayudaba a mi compañera con los quehaceres diarios. Los dolores y las jaquecas desaparecieron y mi apariencia regresó a la normalidad, además de que mi cabello creció un poco más y lo peiné al estilo de la occisa arachne. Hubiera incinerado su cuerpo, darle un despido honorable, pero ella sabía que sería mejor dejarla en la escena del crimen e inculparla de toda responsabilidad. La estimaba más que odiarla, y así no olvidaba lo que ella hizo por mí, haya sido bueno o malo. Aún conservaba algo de mi frialdad, así que el luto no me afectó tanto. Es lo que ella hubiera querido.

La arpía no hizo preguntas sobre mi pasado o sobre 'Tomoko', aunque de vez en cuando mencionaba que la extrañaría. De igual manera, yo nunca indagué sobre el ayer de la corredora, nuestra amistad era estrictamente profesional. Warner y yo vivíamos solas y su compañía era agradable, pero no deseaba ser una carga y pronto me puse a investigar a donde me mudaría. Me iría de Europa, eso era definitivo. Quería estar lo más lejos posible de todo esto, un lugar donde nadie me conociera y pudiera empezar de nuevo.

La arpía se puso manos a la obra e inició para crearme una identidad falsa, incluyendo un pasado en la Guardia Costera y demás condecoraciones. Le dije que nadie creería que yo había alcanzado el rango de subteniente siendo tan joven, pero ella aseguró que una mentira tan evidente sería demasiado obvia, por lo tanto y aplicando psicología inversa, debería ser verdad. Admito que estaba impresionada con su habilidad para crear documentos apócrifos con sus materiales en casa, sin duda adquiridos en una larga carrera fraguando mentiras. Mi existencia entera lo fue por casi veintitrés años, una más no haría daño.

– "¿Y bien? ¿Ya te decantaste por algún lugar para comenzar desde cero, grillita?" – Preguntó Brianna, dando los toques finales a mis papeles. – "Déjame adivinar… ¿México?"

– "No escapé de un mundo violento para caer en otro."

– "¿Argentina?"

– "Para nada, están en el hemisferio sur y todo es al revés. Ahí los emparedados se comen a la gente."

– "Je, buena referencia." – Rió. – "Bueno, iba a sugerir mi natal Arizona, pero ahí todos son tontos o racistas."

– "¿Tú cual eres?"

– "Ambos." – Volvió a reír. – "Hablando en serio, ¿tienes idea de donde viajar?"

– "Estuve pensándolo, y creo que intentaré en Japón." – Declaré. – "Bajo índice de criminalidad, gente cortés a pesar de la xenofobia, valoran el trabajo como yo, conozco el idioma. Me irá bien."

– "Ah, sí, sabía que esa araña te influenciaría de una manera u otra. Me saludas a Godzilla, ¿vale?"

– "Te enviaré su autógrafo."

– "Thanks." – Entonces, presentó su más reciente obra de arte. – "¿Qué te parece? La firma es idéntica a la del general Tatopoulos, el actual. Creo que me he superado esta vez. Sólo necesito rellenar unos últimos campos y tu boleto a la tierra del sol naciente estará completo."

– "Vale, ¿qué necesitas?"

– "Cosas rápidas. ¿Fecha de nacimiento?"

– "La misma que mi tutora me eligió: veinte de mayo."

– "Mayo veinte…" – Introdujo ella en la máquina de escribir mecánica, dándole autenticidad. – "¿Lugar de origen?"

– "Mitilene, Lesbos."

– "¿Nombre de tu madre?"

– "Olympia."

– "¿Del padre?"

– "Alexander."

– "¿Especialización militar?"

– "Zapadora de primera clase."

– "¿Razón de haber dimitido del puesto?"

– "Deseos de dejar la vida militar al terminar mi periodo de servicio obligatorio. Explorar el mundo."

– "Excelente." – Agregó los datos. – "Y ahora, lo más importante: ¿cuál es tu nombre?"

Mi nombre, el título con el que se referirían a mí, si mi rango ficticio no me precedía. Había muchas posibilidades, muchas opciones atrayentes, especialmente las de mi tutora y Oly. Pero yo no era digna de usarlos, así que los reservaría en caso de que realmente hubiera ganado el derecho de ostentar tan importantes denominaciones personales. Ya que me crié y siempre consideré griega, decidí que necesitaba uno que recalcara mis raíces helénicas y me hiciera conocer como una hija del Egeo. Meditando unos minutos, la antorcha del Olimpo se encendió dentro de mi cabeza y la respuesta llegó al remembrar el aforismo nacional de Lycosios: I dýnami eínai níki, la fuerza es victoria. Era perfecto, representaba exactamente lo que yo quería ser, lo que yo debía ser. Decidida, volteé a ver a la arpía directamente a los ojos. En mis verdes ojos se reflejaba el intenso fuego de mi alma avivada.

– "Dyne…" – Respondí, sonriendo. – "Dyne Nikos."


NOTAS DEL AUTOR: ¡Puf! ¡Sí que la grillita tenía mucho que contar! ¡Y ya superamos las 800, 000 palabras en esta historia! ¡Celebremos!

Bien, ahí lo tienen, el pasado de la misteriosa mantis cuya hosca actitud escondía una persona afectada por el lado más horrible de la existencia. Dyne es de los personajes cuyos ayeres dilaté en revelar porque su personalidad me recuerda en gran parte a la mía y necesitaba tiempo para estar listo de practicar esta catarsis literaria y expiarme de mis propios demonios.

Quería reflejar el eterno conflicto entre la sociópata filosofía que le habían inculcado desde pequeña y sus deseos personales por seguir su propio destino, el litigio entre dos ideologías que poseían elementos atrayentes pero que conflictivamente resultaban demasiado opuestas. Nikos, siendo una liminal muy humana, optó por adoptar un poco de ambos lados para formar su propio pensamiento.

Al mismo tiempo, Olympia actúa como su consciencia y su último bastión para conservar sus virtudes en un mundo que te obliga a perderlas para sobrevivir. Ahí es donde descubrimos las aptitudes iniciales de la empusa, con sus deseos de proteger a su amiga de la iniquidad del impío ambiente que las rodeaba que posteriormente evolucionarían a formar parte de MOE. Y quizás así, podría redimirse de sus incontables errores.

Hay muchas referencias a libros y música que me acompañaron en la creación de este capítulo, pero ya me he extendido lo suficiente explicando, y considero que es mejor que el resto lo deje a la interpretación personal del público. Yo les agradezco a todos por leerme y disfrutar de este humilde relato, que cada día crece más de lo que imaginé en un principio. Ojalá les haya agradado y continúe deleitándolos en los siguientes episodios.

Los invito a dejar sus reseñas y comentarios en la sección correspondiente, que su opinión siempre es bienvenida. Les mando un saludo a mis compañeros del grupo Los Extraditables, que si bien no somos tan poderosos e influyentes como la Familia Bakos, al menos nos mantenemos unidos. Y tuvieron la paciencia suficiente para esperar a mi siguiente fruslería literaria.

¡Gracias por continuar conmigo! ¡Nos vemos hasta la próxima! ¡Auf Wiedersehen!