NOTAS DEL AUTOR: ¡Achtung, Herr Tarmo Flake ist hier!
Sí, otra vez más retrasos en actualizar, pero si me han seguido de cerca o si me espían igual que el duende rosado invisible debajo de mi cama, recordarán que invertí parte de mi tiempo creando el reporte sobre las arachnes para el grupo de Los Extraditables, así que espero comprendan la demora. También soy un flojo, así que quizás eso influyó.
Generalmente tengo más qué decir antes de empezar un episodio nuevo, pero el frío me hace aún más bruto y estoy seguro que ustedes no quieren leer mis fruslerías, sino las de nuestra querida araña germana. Así que comencemos de una buena vez. ¡Disfruten!
Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena siempre compra en Andariel's! ¡Descuentos en balas y explosivos!
NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE
CAPÍTULO 57
"Las riquezas mueren, los familiares mueren,
uno también debe morir;
Sé de una cosa que jamás muere:
la reputación de cada hombre muerto."
– Hávamal, Gestaþáttr, sección 77
Despertamos.
Metafóricamente. Habíamos abierto los ojos y, después de una sobrecogedora revelación, descubrimos quién era realmente la mujer detrás de la máscara. Escuchamos cada palabra, cada frase y expresión en su totalidad por quién sabe cuánto tiempo. Y aún así, después de que la hermética mantis nos expusiera su alma de la forma más desnuda que pudiéramos esperar, continuábamos incrédulas. Dyne Nikos, nuestra sargento, la empusa que formaba parte de Monster Ops: Extermination y nos había guiado a mí y Cetania en la batalla, nuestra amiga… una ex-integrante de la mafia. Cuando ella finalizó su relato, el silencio reinó por varios minutos, roto ocasionalmente por nuestra respiración. No podíamos digerirlo.
¿Qué otra reacción podríamos tener después de una confesión de tremendo calibre? ¿Cómo puede alguien no sentirse estupefacta luego de descubrir que la individua en que depositaste tu confianza no era quien clamaba ser? ¿Qué se hace cuando te das cuenta que la persona con quien derramaste sudor y lágrimas derramó demasiada sangre por su cuenta? ¿Qué se dice cuando adviertes que tu mayor aliada contra el aciago crimen era briosa partícipe activa en este?
Y lo más importante, ¿estábamos en posición de recriminarle?
'Sí', podríamos replicar de inmediato. La mediterránea era una criminal, una matona, una asesina; había cometido suficientes delitos para encerrarla de por vida sin oportunidad del más mínimo perdón. Y, siguiendo la lógica, había escapado de todo ello para refugiarse lo más lejos posible de la nación a la que ayudó a destruir lentamente, formando parte del pérfido engranaje del crimen organizado, ayudando a que su acre veneno se esparciera por todo el territorio. Bajo la ley, Nikos era culpable de todo cargo, y nuestro deber era detenerla en el acto para dejar que la justicia cayera con todo su peso, haciéndole pagar por sus inefables pecados. Después de todo, juramos hacerla valer.
Pero, ¿en verdad querríamos hacerlo?
Juzgar es fácil, realmente sencillo. Incluso, es adictivo. La empusa misma lo vivió y nos exhibió en su cruda historia; la sociedad nunca dilata en apuntar con el dedo e inculpar a quien consideren indigno de cohabitar con esta. Buscará chivos expiatorios para odiar, detestar, cargar con las responsabilidades de las que nosotros deseamos deshacernos, y se volverá juez y verdugo para satisfacer su hambre de justicia envenenada. Dyne era el blanco perfecto, su historial era el ideal para convertirla en una paria y sentirnos bien al declarar que somos mejores que una miserable homicida, enarbolando la bandera de la rectitud moral. Lo necesitamos, requerimos de adversarios para rechazar, de enemigos que se nos opongan para motivarnos a defender nuestros ideales. Este trabajo era la forma más directa de comprobarlo, ostentándonos como las defensoras del bien, enfrentándonos al imperdonable monstruo del terrorismo, colocándonos ante los ojos del mundo como parangones de honradez.
Necesitamos de monstruos que nos distraigan de nuestros propios errores.
Yo sabía perfectamente eso. La cicatriz en mi costado, reflejada en el diáfano espejo cada mañana, siempre me recordaba el pecado que me dejó marcada de por vida y que jamás podría cambiar. Cierto, lo que le hice a Akantha podría parecer menos grave comparado con los horrores que la mantis cometió, pero la aparente exigüidad de severidad en la falta no la hace menos nimia. He tratado de redimirme todos los días, intentando reparar mi daño, subsanando las heridas que no cicatrizan. El amor de mis amistades, familia y las mujeres que amo me ha ayudado a resistir el asedio de la culpa, la carga que me pesa en el alma y me oprime el corazón, pero el dolor siempre seguirá ahí, señalándome como el monstruo que soy. He logrado ocultarlo bien, esconderme tras una máscara, sin que el mundo sepa el pesar detrás de mi sonrisa.
Culpar de falsedad a Dyne sería hipócrita.
Después de todo lo que habíamos vivido juntas, lo que sufrimos y disfrutamos, reímos y lloramos, luchamos y soportamos, Nikos había probado su plusvalía no sólo como una agente de élite, sino como persona. Nada cambiaría lo que hizo, sus muertos no revivirían y la sangre no se lavaría de su pasado; ella cargaría con eso por el resto de su existencia. Pero habíamos combatido bajo la tormenta de balas, fuego y odio que nuestros oponentes actuales nos habían lanzado. La empusa se sacrificó junto a nosotras para acabar con uno de los mayores peligros que esta nación tuvo la desgracia de encarar, ofreció su vida para evitar que aquellos desalmados continuaran infectando este país que nos acogió con brazos abiertos a pesar de ser completas extranjeras.
Las tres compartíamos el no haber tenido una juventud fácil, el tener que callar lo que pensamos en nuestras prisiones al aire libre porque nos condenaríamos a un sufrimiento mayor. Y Dyne lo tuvo peor que la rapaz o yo. La vida la colocó en el lugar menos favorable debido a situaciones que ella no pudo evitar y la condenó a seguir el camino de las sombras para sobrevivir. No iba a debatir la naturaleza de la moralidad relativa y las excepciones provocadas por las circunstancias, tampoco la esencia dual de nuestros valores ni la composición de aspectos individuales y colectivos que conforman el ser. Yo, igual que la arpía, comprendía perfectamente las razones que llevaron mi compañera pelinegra a caer en la trampa de la infamia.
Sí, a pesar de todo, de que la helénica nos mintió y mantuvo en secreto su ayer criminal, la seguía considerando mi amiga. La mediterránea siempre fue difícil de tratar, cerrada y socialmente exigua, incluso insoportable, especialmente conmigo; pero todo aquello nunca significó que no estuviera ahí para nosotras, que no pudiéramos contar con ella para hacerle frente a la adversidad, que no pudiéramos confiarle nuestras vidas cuando hubiera sido más sencillo dejarnos a nuestra suerte. Si ella había crecido creyendo que una sólo debe preocuparse por sí misma, entonces hace mucho que abandonó esa ideología. Luego de haber quedado libre y obtener una segunda oportunidad, Nikos se unió, de todos los puestos posibles, a una fuerza policiaca que exigía el máximo grado de disciplina, honor y empeño. Cualquier otro se hubiera rendido, ella siguió adelante, sin detenerse, sin frenar su avance, caminando con pasos firmes hasta alcanzar su victoria.
Y ahora, aquí estaba, peleando junto a dos personas a quien no les debe realmente nada en un país que la sigue catalogando como una visitante. En cierto modo, el mundo que la ve diferente sigue ahí, sólo que ahora debe fingir que ella les agrada. Hay excepciones, claro, como Kimihito, Yuuko o la propia Smith; pero, después de todo, la humanidad en general todavía se rehúsa a aceptarnos como iguales. Incluso si era para honrar la memoria de la difunta Olympia y encontrar perdón a través de sus buenas acciones, pudo haberlo hecho de una manera mucho más sencilla, sin riesgos, sin tener que unirse al bando que alguna vez fuera su enemigo. En su lugar, nos eligió a nosotras, a MOE, a la justicia. Puede que su corazón haya experimentado la vileza desde hace tiempo, pero su alma sigue siendo noble.
Y sé que ella, a pesar de todo, es una buena persona.
En todo este tiempo que la griega nos relató su historia, yo me mantuve asentada en el suelo mientras ella permanecía a mi lado, temblando, rodeando sus piernas con sus manos, como una niña temerosa. Las lágrimas no habían parado de fluir de sus ojos, recorriéndole las mejillas, manchando su uniforme y purgándole parsimoniosamente el dolor dentro de ella. No rompimos el silencio ni los débiles sollozos de la empusa que parecían cobrar más fuerza conforme las manecillas del reloj continuaban su carrera sin cesar. Observé en dirección a Cetania, ella hizo lo mismo. ¿Qué haríamos con Dyne? Nos miramos y permanecimos afásicas; nuestros ojos parecían decir todo de manera implícita. Después de un minuto de esa silente discusión ocular, asentimos con la cabeza al mismo tiempo.
La abrazamos.
Pareciera una decisión demasiado apresurada. Incluso puede lucir una elección parcial el perdonar a una mafiosa confesa sólo porque resulta ser nuestra compañera, pero ella se expuso completamente y detalló parsimoniosamente los escabrosos momentos que conformaron los ladrillos que eventualmente crearían esa prisión de dolor a su alrededor. Cada palabra de su pasado que ella nos recitaba era como contemplar una daga siendo retorcida en una herida que no paraba de sangrar, una tortura que le dilaceraba la totalidad de su ser, pero no se detuvo hasta que la última gota de la ponzoñosa acritud que infectaba su alma fuera exhibida, incluso si eso la convertía en la paria a la que el mundo la condenó desde su nacimiento. Sus lágrimas, sus palabras, su mirada, su actitud; todo eso eran parte de su auténtico arrepentimiento.
El llanto de la pelinegra aumentó de intensidad, así como la exoneración que le regalábamos en forma de contacto físico. La impasible helénica ahora se mostraba vulnerable, inerme, totalmente débil y quebrada; el golpe de remembrar el amargo ayer fue demasiado después de arrastrarse por el infierno, en el que aún seguía atrapada. Ella estaba consciente de que al hacerlo, estaría destruyendo su reputación y todo el respeto que por años trató de obtener. Y nosotras simplemente no podíamos permitir eso. Dejarla caer nuevamente al abismo del que ella intentó salir sería la antítesis de la justicia que nosotras defendemos, una crueldad innecesaria que no nos haría mejores que cualquier malhechor.
La americana y yo éramos testigos del enorme esfuerzo que Dyne había hecho por no dejarse doblegar y por enfrentarse al bajo mundo del que escapó, de su genuina convicción con la ley y el progreso de la sociedad. Su deseo de cambiar, de remediar el mal que hizo, aunque fuera sólo un poco, era genuino. Por eso la perdonábamos: porque en el fondo, con todo y errores, ella era tan honorable como cualquier heroína. Permanecimos a su lado por varios minutos, hasta que su plañir disminuyó paulatinamente. Para ese entonces, la pintura facial había empezado ya a sucumbir a sus lágrimas.
– "No soy una víctima." – Habló finalmente Nikos, en voz baja e hipando. – "No utilizaré la excusa de ser una huérfana criada en el hampa para justificar mis iniquidades. Sí, no contaba con muchas opciones, pero yo elegí ese camino, fue mi decisión el recorrerlo y embarrarme en el lodo de la infamia. Tuve la oportunidad de disfrutar del libre albedrío, y opté por la prisión de la ignominia. Yo soy la responsable de todas esas muertes, de haberme regocijado en el aciago océano de perversión homicida y cooperar con un grupo de traidores que alguna vez idolatrara. Yo soy el monstruo, la culpa es mía."
– "Cierto." – Afirmé, sin dejar de rodearla con mis brazos. – "Pero cuando se vive entre cerdos, es difícil estar limpia."
– "Y es más fácil sancionar esa suciedad desde nuestros palcos en el coliseo, como emperadores romanos." – Acotó Cetania, acariciando suavemente la cabeza de la mantis. – "Exigiendo a los leones derramar la sangre de los condenados, para después revolcarnos con ella en nuestra propia podredumbre de morales pervertidas que confundimos con justicia."
– "Somos lo que hacemos." – Reafirmó la pelinegra. – "Jamás poseí pasado, nombre o identidad. Y cuando obtuve todo aquello, cuando pude ser alguien, me volví una asesina."
– "Fuiste alguien mucho antes de manchar tus manos." – Aseguré. – "La redención de Giovanna, la amiga de Olympia, el orgullo de tu difunta madre. Y ahora eres una laureada agente de MON."
– "Soy un fraude." – Hipó.
– "Lo que has hecho desde que te nos uniste no es ningún engaño." – Habló la americana. – "¿Piensas que una mentirosa hubiera soportado por tanto tiempo lo que Smith y Jättelund nos prepararon? ¿Una falsa guerrera estaría aquí, combatiendo a la basura más profunda y patearles el trasero lo suficiente para que medio ejército te persiga?"
– "¿Acaso pretenden que mis nimios logros aquí me eximan de lo que hice?"
– "Se llama redención." – Acaricié su espalda. – "Toda gran obra tiene inicios pequeños."
– "El pasado no cambiará, pero ahora tienes la elección de poder remendar todo el mal que provocaste." – Complementó la falconiforme. – "Es mejor a no hacer nada al respecto."
– "Dyne…" – Proseguí. – "Sé que piensas que no mereces perdón, que nuestra indulgencia se basa en la amistad que hemos desarrollado en este tiempo, especialmente los lazos de hermandad en la batalla. No negaremos que nuestra opinión es parcial contigo, pero eso sólo prueba que te aceptamos a pesar de tu pasado."
– "Tu decisión de embarcarte en esta odisea, de aguantar un calvario inhumano, de arriesgar tu propia vida hasta estas consecuencias, habla mucho del buen corazón que aún posees." – La halcón agregó. – "Nadie toleraría dantesca tortura si no estuviera convencida de que su causa es verdadera. Incluso si clamas que es por la promesa que le hiciste a Alexandra, esa es una razón más que suficiente para que te aceptemos."
– "¿Y después qué?" – Cuestionó la mantis. – "¿Fingir que soy un axioma de bondad?"
– "¿No es lo que pretendemos ser todos en la vida?" – Respondí. – "Todos usamos una máscara para soportar el día a día ante esta sociedad de doble cara. Fingimos sonrisas para desconocidos que no nos importan y viceversa. Somos actores y actrices de este teatro llamado civilización y nuestro papel principal siempre será el de pretender ser ciudadanos ejemplares."
– "Sin embargo, los amigos, la familia, aquellos por quienes en verdad nos preocupamos, son los que poseen las sonrisas reales y las palabras genuinas." – Añadió la arpía. – "Fingimos ante el mundo, pero no ante quienes nos importan. Esa la ironía de la existencia: la verdadera libertad no es ante el público, sino en un pequeño rincón privado representado por nuestros seres queridos."
– "¿Acaso ustedes son falsedades?" – Interrogó retóricamente la empusa. – "¿Puede cualquier error que ustedes hayan cometido superar a mi genocidio?"
– "Quizás no en cuestión de cifras, cuerpos y sangre derramada." – Injerí. – "Pero de la misma manera, destruí la inocencia de alguien que confió demasiado en mí. Mi mayor pecado, el crimen que debería sentenciarme de por vida al sufrimiento, la prueba de que soy la villana disfrazada de heroína."
– "¿De qué hablas, Jaëgersturm?"
– "Yo…" – Suspiré. – "Intenté abusar de mi mejor amiga."
La helénica ahora se sumaba a la lista de personas que conocían mi secreto. Hasta ahora, sólo mi familia, Lala, Cetania y Draco eran los únicos enterados de mi degenerado proceder con la que fuera mi única amistad en Sparassus. Titania sabía que había cometido algo terrible, pero nunca indagó más en el tema. Pareciera que a estas alturas ya sonara trivial el confesarlo, pero eso sería menospreciar la gravedad una revelación de esa magnitud. Un abuso así, especialmente el de índole sexual, es más que inaceptable. Pero yo lo cometí, yo lo hice, y me arrepiento a cada segundo por ello. Aunque no llegué a completar mis infaustas intenciones en esa ocasión con mi compañera, el daño que le causé fue permanente e igual de execrable que cualquier número de cadáveres que la griega hubiera reunido.
– "Akantha, tejedora espinosa, dieciséis años, mi primer amor." – Esclarecí. – "La acorralé e intenté removerle el sostén. Me detuvo antes que yo pudiera ir más lejos y me dejó una cicatriz en mi costado con sus espinas. Mi madre y mi abuela me descubrieron al oír sus gritos y ella huyó. Jamás la volví a ver a ella o su familia en mi vida, y dudo que vuelva a hacerlo. Me dio su amistad, su confidencia, me mostró su lado más vulnerable; y yo me aproveché de ello. Akantha no lo merecía, nadie merece algo así. Fue el acto más vomitivo y egoísta que haya cometido, y ya nunca podré borrarlo de mi pasado."
Permanecimos varios minutos calladas, habiendo los sollozos de la pelinegra cesado casi en su totalidad. La rapaz, que aún tenía sus alas sobre nuestra compañera, me acarició suavemente la mejilla con sus plumas, haciéndome esbozar una pequeña sonrisa.
– "Pero aquí sigo." – Retomé el diálogo. – "Luchando por lo que creo correcto, aún con ese estigma sobre mí. Estoy consciente que lo tuyo es mucho más severo, que lo hiciste por mucho más tiempo e incluso llegaste a disfrutarlo; ¿pero qué otra opción tenías? ¿Qué hubieras hecho que fuera diferente a cómo reaccionaría la gente en una situación similar? ¿Cuántos tuvieron más poder e influencia que tú y jamás cambiaron?"
– "Yo hubiera continuado ese camino si no hubiera mostrado piedad a esa pequeña durmiendo con sus padres." – Afirmó Nikos.
– "Sí, tú no abriste los ojos hasta que finalmente contemplaste las consecuencias de tus actos reflejadas en esa niña, ¿pero, como Janus dejó en evidencia, cuántos más no estuvieron en situaciones similares y no tuvieron ni la más mínima pizca de misericordia?" – Cuestioné. – "Al perdonarles la vida ese día a esos desconocidos, cuya muerte te hubiera beneficiado a la larga, demostraste ser más humana que aquellos que te consideraban inferior. Tienes el suficiente corazón para aceptar que hiciste mal y te arrepientes. Una asesina desalmada no sentiría remordimiento alguno por tres cifras más a su historial."
– "El punto es que a pesar de que estemos quebradas por dentro, nuestra voluntad es la suficiente para continuar de pie y enfrentarse a la adversidad." – Injirió la castaña. – "No eres perfecta, no eres una inmaculada beata ni una santa, pero sigues siendo una heroína para el mundo. Y para nosotras también."
– "¿Por qué?" – La aludida alzó tenuemente la mirada. – "No tiene sentido. He tratado de distanciarme lo suficiente de ustedes, de evitar crear lazos más allá de los profesionales. ¿Por qué no me odian, como yo odio en lo que me convertí para escapar de lo que era antes?"
– "Porque lo que eres ahora es lo que siempre fuiste." – Aseveré, tomando su barbilla y volteándola hacia mí. – "No la sociópata que sólo veía por sí misma, la fría verdugo que ejecutaba a su víctima sin dilación ni la herramienta de un grupo de criminales empedernidos. No, la verdadera mujer que tenemos frente a nosotras es la que creaba hermosas melodías con sus manos, la que brindó una excelente amistad a una solitaria niña, la que iluminó los días de una vieja arachne que había perdido todo; y aún puede hacerlo."
– "Jamás dejaste de ser esa pequeña cuya objetivo en la vida era ser libre." – Cetania hizo lo mismo con su ala. – "Esa en quien confiamos y apreciamos, y a quien perdonamos por su pasado."
– "Porque si alguien merece una segunda oportunidad y ser feliz, eres tú." – Volví a hacerla mirarme a los ojos. – "Porque eres Dyne Nikos."
Lágrimas.
El llanto de la mantis incrementó sus decibeles e intensidad, así como el abrazo que jamás rompimos. No podía culparla por mantener la incredulidad ante nuestras declaraciones, pero ella sabía que eran genuinas y terminó por aceptarlas. Ella buscaba, más que absolución, la redención y la solidaridad. Nosotras también; yo quería remendar mis pecados con Akantha. Y Cetania, quien siempre se sintió sola, buscaba el apoyo de sus compañeras. Las tres podíamos encontrar las respuestas que buscábamos en nuestra alianza, y necesitábamos de esa coligación para fortalecernos, especialmente en medio de esa misión. Ignorábamos qué pensaría el resto, pero para nosotras, la mediterránea siempre sería la misma fastuosa empusa con alma de fuego que llegamos a considerar una auténtica amistad invaluable. Soltándola, la dejamos recostarse.
– "Efharistó." – Agradeció la pelinegra, recuperando una muy sutil sonrisa y limpiando sus lágrimas. – "No merezco amigas como ustedes."
– "Por fin nos dices amigas sin sarcasmo de por medio." – Rió tenuemente la rapaz. – "Pensé que tendríamos que salir vivas de aquí primero para escuchar algo así."
– "Lo fuimos desde que sobrevivimos a la primera semana de entrenamiento." – Afirmó. – "Ni siquiera las chicas de MON me generan el mismo sentimiento que ustedes dos. En verdad las aprecio."
– "Ay, Arachne nuestra, no te vayas a poner sentimental de nuevo, pimientosa." – Bromeé. – "Pero también te agradecemos por seguir con este par de bobas insoportables."
– "Sigo pensando que es la peor idea que he tenido, pero ya es tarde para retractarse." – Rió tenuemente. – "En todo caso, lo que me preocupa es lo que dirá el resto de MON. Smith no sabe nada de esto."
– "Eres una grillita bastante útil." – Aseguré. – "Dudo que Kuroko te despida o te arreste, no porque su reputación se dañe al reclutar a una ex-mafiosa, sino porque ella valora tus habilidades y los beneficios de estas."
– "Además, ella tampoco es una beata impoluta." – Comentó la halcón. – "¿Acaso ella te contó sobre…?"
– "Kahvi. Sí, lo hizo." – Aclaró. – "Pero ella acabó con el sujeto que actualmente asesinó a la pequeña, y sólo fue una vez."
– "Aún así, ella entenderá tu situación." – Opiné. – "Estoy segura que sospecha que tu historia no es del todo genuina, pero te dejó entrar porque pudo identificarse con ese espíritu combativo que ella también posee. Quién sabe, quizás actualmente esté enterada y ella sea quien finja jugar a la despistada."
– "Cierto, la Jerarca es más lista de lo que aparenta." – Nikos suspiró. – "Al menos puedo contar con ustedes para defenderme. O hacerme compañía en la celda."
– "Tú serás la que recoja los jabones en la ducha." – Reí. – "Y nos limpie los retretes. Total, ya tienes amplia experiencia, Sameko-chan."
– "Y contigo serán dos arachnes que mato, idiota."
– "Sí, definitivamente ya estás mejor."
– "Ahora, dinos la verdad, Pepper." – Habló la falconiforme. – "¿Todo este tiempo tú fuiste…?"
– "¿No es obvio, Peaches?" – Contestó, sardónicamente. – "Por eso las toleré, aunque ustedes lo hacen tan difícil. ¿Deben ser siempre tan descaradas?"
– "Somos apasionadas en lo que disfrutamos, pimientín." – Encogí los hombros. – "Por cierto, ¿tú, una arachne y una arpía enfrentándose a criminales? ¿En serio?"
– "La historia se repite, Jaëgersturm. Admito que sentí algo de nostalgia al descubrir que mis compañeras en MON serían de la misma especie." – La helénica encogió los suyos. – "Pero no te emociones, Giovanna era mucho mejor combatiente que tú. Y más agradable."
– "Bleh, era una Lycosiana." – Saqué la lengua. – "Siempre en guerra civil, por eso las dominamos por más de dos siglos. Sparassus über Alles."
– "Ella te hubiera dominado tan pronto abrieras la boca, araña engreída."
– "¿Y qué hay de Brianna?" – Preguntó la rapaz. – "Suena a que hubiéramos sido buenas amigas."
– "No, ella no era una pajarraca metiche como tú." – Retrucó la mediterránea. – "Y no hacía un maldito escándalo cuando ponía huevos. Al menos tenía la decencia de avisar previamente y hacerlo ella sola para no incomodar a nadie. Y no se escapaba a cocinas ajenas para comerlos a escondidas."
– "Bah, jódete, Pepper." – La castaña le sacó la lengua. – "Sólo por eso no te invito omelette la próxima vez."
– "Los de ella eran más ricos."
Ese inusual despliegue de humor fue suficiente para hacernos reír. Lo necesitábamos, era necesario recuperar algo de jovialidad en medio de la acritud del ambiente. Pero todavía había más dudas que nos quedaban y deseábamos resolverlas.
– "¿Qué sucedió después de que completaste tu venganza?" – Interrogué. – "¿Cómo reaccionaron las autoridades?"
– "Lo primero que encontraron fue el laboratorio clandestino. Lo mantuvieron en secreto porque hubieran causado una terrible impresión ante el mundo, algo indeseable en los tiempos de elecciones." – Relató. – "Las noticias lo reportaron como una fábrica de metanfetaminas, ninguna mención de los liminales o las drogas reales que ahí desarrollaban. No hubo más información después de ello y yo no quise saber nada más."
– "¿Y respecto a Janus?" – Fue el turno de Cetania.
– "Eso sí fue primicia. Nuestro tiroteo llamó la suficiente atención para ser reportado y encontraron su cadáver en cuestión de horas. Giovanna cargó con la culpa de haber sido la ejecutora, aunque la evidencia apuntara a que no fue la única tiradora." – Prosiguió. – "Tenían al jefe de la familia Bakos, daba igual si fue una arachne o cien quien lo eliminara. La muerte de Janus se convirtió en propaganda política y en un irónico Judas para odiar. Los mismos políticos corruptos que contrataran los servicios de la mafia ahora se regocijaban con la sangre de su antiguo aliado; cerdos devastándose a sí mismos, lo normal."
– "Todos necesitamos un némesis para lavarnos las manos." – Comentó la falconiforme. – "¿Los Bakos fueron eliminados?"
– "Lo ignoro, pero su muerte le dio suficiente valor al gobierno para arremeter contra su acéfalo imperio. Hasta donde sé, las propiedades fueron incautadas y los fondos monetarios, los que pudieron rastrear, fueron congelados. Hubo muchos arrestos, pero la mayoría seguramente se dispersó a otros países. No me sorprendería que algunos trataran de ser admitidos por sus viejos enemigos turcos."
– "¿Nunca intentaste recuperar las cosas que enterraste cerca del árbol?" – Pregunté.
– "No, todo mi pasado se quedó en Grecia, junto con la sangre que derramé. No quise volver al lugar del cual escapé; tengo mis recuerdos y estos son más que suficientes."
– "¿Cómo hiciste para llegar hasta Japón?" – Indagó la arpía.
– "Me inscribí en el Programa y arribé a Okayado. No quería estar bajo ninguna familia huésped, no deseaba crear lazos amistosos con nadie, no quería involucrarlos, además de que no deseaba perder mi independencia; así que permanecí en los cuartos que el Programa tiene para los liminales que continúan sin anfitrión, en Tokio. Fue alrededor de un mes antes de aplicar la entrada a MON. Y no, no conocí a las chicas antes de eso, mi coordinador era otro."
– "¿Qué hiciste en todo ese tiempo?"
– "Trabajé como ayudante en un supermercado. Era la única forma de obtener un pase independiente." – Reveló la helénica. – "Limpiar pisos, baños, acomodar estantes. Volví a la servidumbre para recuperar mi libertad, pero ya no debía temer por mi vida."
– "Una segunda oportunidad y un comienzo humilde, como todas nosotras." – Le sonreí. – "¿Cómo decidiste unirte a MON?"
Ella suspiró y miró al techo.
– "Hubo muchos antecedentes, como observar la imposibilidad de los liminales de defenderse ante las agresiones y viceversa." – Contestó. – "¿Recuerdan cómo conocí a Roberto, deteniendo a un sujeto que intentaba asaltar el Andariel's? Yo no pude hacer nada, porque sería romper la ley y meterme en demasiados problemas. Pero esa fue otra razón para motivarme a no quedarme de brazos cruzados; García no poseía una pierna, andaba en muletas, era un extranjero sin autoridad alguna, y aún así tuvo el valor para enfrentarse a alguien armado y que podría tener ventaja. Yo poseía todas mis extremidades, y sin embargo no actué. Me sentí inútil, y tuve un conflicto moral; el primero desde que llegué al país. Sinceramente, detestaba ser eso, una simple ciudadana.
Gracioso, lo sé; pasé todo el tiempo deseando una vida normal, y cuando por fin la obtuve, limpia de todos mis pecados, era como si de repente extrañara el poder que tenía antes. Sin alguna clase de autoridad, seguiría siendo una espectadora a merced de cualquier amenaza. El Acta mantenía mis manos atadas, mis opciones se reducían a seguir siendo una peona de la sociedad a menos que buscara una oportunidad en algún área que permitiera alguna autorización de responder a cualquier agresión. En este país, sólo hay tres maneras de lograrlo para una extraespecie: la policía, el ejército y la seguridad privada.
La primera quedaba descartada. Los extranjeros humanos no pueden ascender a puestos altos gracias a la xenofobia que desgraciadamente aún impera en las instituciones gubernamentales y los prejuicios de los ancianos en el poder hacen imposible que una liminal tenga acceso más allá de los trabajos base. Quizás suene soberbia, y lo soy, pero ser una pobre diabla en uniforme no era para mí. En cuanto al ejército, incluso con mis antecedentes, sería imposible ser más que una soldado, pero sin capacidad de realmente actuar. Únicamente restaba la tercera opción, pero requería haber probado primero una estadía pacífica por cierto tiempo y contar con un hogar anfitrión, esto último algo que yo no deseaba.
Y entonces, el suceso que fuera el catalizador para optar por unirme a la ley, apareció: el atentado al centro comercial.
Estaba saliendo de mi turno, cuando escuché la explosión. Estaba lejos, como a dos cuadras, pero el estruendo sacudió el lugar. El humo se asomaba por encima de la línea urbana y contemplé inerte cómo el caos comenzaba a esparcirse desde el epicentro del siniestro. Las sirenas de los sistemas de seguridad de los automóviles creaban una horrísona cacofonía y el mundo entero parecía venirse abajo desde ese punto oculto en el horizonte. Ahí, entre los sonidos del tiroteo que se había desatado y la lobreguez que el humo proveía al oscurecer el cielo, volví a sentir ese miedo por mi vida, esa inutilidad e incapacidad de actuar.
Lo peor, fue volver a revivir el pasado. Los fantasmas del terrorismo habían puesto sus miradas en tierras niponas y sus garras ahora parecían alcanzarme al otro lado del mundo. Había escapado de todo ello, pero siempre volvía a encontrarme. Y no solo a mí me afectaba, sino a todos alrededor de mí. Se creó un embotellamiento en las cercanías, los automovilistas sólo deseaban salir de ahí tan pronto fuera posible y el tráfico se convirtió también en humano. Cuando observé desde la ventana en la que me encontraba a una mujer aterrada, temblorosa, vulnerable, sosteniendo a su igualmente inerme bebé en brazos, comencé a proyectarme en la pequeña que no paraba de llorar.
Y también en el miedo que se respiraba.
Yo pertenecí a ese mundo de mentiras y traiciones, a esa execrable peste que arruina la vida de otros para sus propios fines egoístas y persiste el ciclo de sufrimiento para revolcarse en la crapulencia de su aciaga y desalmada fatuidad que cimienta ese imperio riquezas y poder malsanos. Y ahora, ese monstruo y sus fauces habían retornado, tratando de destruir esta vida que deseaba construir, sin contar las que, como esa bebé, apenas comenzaban a tener. Ahí, mis deseos de defenderme comenzaban a mutar en protegerme ya no sólo a mí, sino al resto. No sé si suene creíble o poco pretencioso, pero experimenté un pequeño aunque significativo deseo de justicia real, de luchar por aquellos que no pueden hacerlo, porque también fui como ellos.
Pero aún no podía hacer nada.
Lo detestaba, odiaba admitirlo, pero aquello estaba fuera de mis capacidades. No sólo por el lado legal, sino por mis propias habilidades. Un acto así, la magnitud de tal evento, era obra de auténticos psicópatas. Yo había combatido a lado de sanguinarios desalmados e incluso logré enfrentarme a la Guardia Costera en mi patria, pero jamás a terroristas, verdaderos dementes que les importa un bledo si mueren en el intento de lograr sus infaustos objetivos. Yo nunca fui una luchadora invencible, un parangón de excelencia combativa; sólo era una empusa que sabía jalar el gatillo. Los blancos más comunes a los que ejecutaba eran civiles que jamás me veían venir, oculta bajo el manto de la noche. Y los sujetos armados que se nos oponían no pasaban de ser simples esbirros. Nunca enfrenté enemigos más allá de mi nivel.
Me dirigí directamente a los cuartos que fungían como mi hogar, observando a la gente correr aterrada. El lejano sonido de las sirenas de las patrullas podía distinguirse, pero todavía no estaba lo suficientemente cerca. Evadiendo la marea humana de personas asustadas en las calles, llegué al edificio principal, donde el caos continuaba reinando entre los ejecutores de la ley. Una atareada Smith, que no era mi coordinadora en ese momento, estaba saliendo rápidamente junto a MON para atender el problema. Ahí, por un efímero intervalo temporal, nuestras miradas se cruzaron antes que ella enfocara sus ojos de nuevo hacia el frente. Esa contemplación tan fugaz no significó nada, pero era un preludio de lo que vendría después.
Pasé el día en mi habitación, meditando, pensando en qué haría con mi vida. Tenía miedo de ser descubierta y perder la libertad que recuperé, tenía miedo de que me viera en una situación en la que no pudiera responder, perdiendo la vida. Y también temía por no poder hallar manera de honrar las memorias de Giovanna u Olympia de forma apropiada. Ser una buena ciudadana no me bastaba, necesitaba retribuirle algo al mundo para purificarme catárticamente de mis fantasmas. Pero necesitaba poder, requería de alguna autoridad para ello, porque, nuevamente, no era nadie.
Smith regresó después de que el problema cesara, preocupada, molesta; pero, también con un extraño brillo en sus ojos. Los rumores de que alguien había intervenido en la neutralización de esos criminales se esparcieron por el lugar, al igual que el tema de una segunda unidad de apoyo para MON se volvió el tópico en boga de la estación. Mi curiosidad se elevó en ese momento, esa podría ser la oportunidad que estaba buscando. Aún sin saber exactamente los detalles de lo sucedido e inusualmente haciendo caso a los secretos a voces que se esparcían entre los empleados, me dirigí hacia la agente pelinegra y pregunté sobre confirmar los murmullos respecto a la segunda unidad de respuesta ante amenazas como la anterior.
Era verdad, había planes sobre crear un grupo de élite extra, o al menos aumentar las filas de Monster Ops. Los atentados dejaron claro que cuatro agentes activas, incluso siendo veteranas sumamente efectivas, no eran suficientes para una nación de más ciento veintiséis millones sin contar el creciente número de extraespecies que entraban diario al país. Ella preguntó por mi interés en el tema y yo, quizás en un intento por asegurar que mi verdadero pasado no se revelara, expuse mi versión falsa sobre mi antiguo puesto militar y mis deseos de querer seguir sirviendo a la sociedad, incluso en una nación diferente.
Desconozco si ella realmente creyó todo aquello, pero su siguiente pregunta fue sobre mi interés en querer formar parte de alguna unidad policiaca, sugiriendo con exigua sutileza si deseaba probar mi suerte con su selecto grupo. Aunque no contesté positivamente, tampoco negué posibilidad; sí, estaba interesada, pero también indecisa. No, en realidad estaba aterrada; ¿quién pensaría que me ofrecerían la oportunidad de unirme a MON? Por supuesto, cualquiera tendría sus dudas por tan generosa oferta; no es que una simple inmigrante sea la primera opción para enlistarse en los rangos de una fuerza especializada en un país extranjero.
Sin embargo, era sencillo deducir el porqué se me dio un chance que en otras circunstancias sería una mera fantasía: miedo, incertidumbre y duda. La seguridad nacional se había visto comprometida y, según palabras de la coordinadora, los perpetradores se hubieran valido de un vacío legal para evitar ser capturados hasta la tardía aparición de MON. Su grupo, su cuarteto de élite y orgullo, había arribado a escena después del tiempo necesario, y de no ser por aquellas que decidieron detener a los malhechores, estos hubieran huido intactos y mancharían la reputación no sólo de las fuerzas policiacas y demás departamentos de seguridad, sino de la estabilidad social en sí. Su puesto, reputación y honor, junto con los de la Agencia Nacional de Policía estaban en juego.
En pocas palabras, Smith necesitaba más agentes con urgencia, y yo podría ser una de ellas.
Pero yo no estaba lista, aún no. Para mí, que viví por veintitrés años entre la mugre y me revolqué en esta a diario, sin contar que tenía plena autorización para cesar la vida de mis objetivos, enfrentarse al terrorismo era una meta demasiado ambiciosa. Nunca perdí miedo a la muerte, jamás dejé de temblar cada vez que mis espolones se alzaban o mi dedo apretaba el gatillo para dar el golpe final; era una mortal, una simple mantis vampírica que tuvo la suerte de siempre acabar con blancos desprotegidos y contar con apoyo cuando se trataban de sujetos armados. Incluso en el asalto final a Janus, Brianna y Giovanna fueron las que hicieron la mayoría del trabajo. Sí, sabía que era capaz de mejorar, pero confieso que me hallaba demasiado temerosa para dar ese paso.
Y entonces, las vi.
Las noticias de las inesperadas apariciones de una arachne y una arpía inundaron las noticias y las pantallas del televisor, así como las páginas de Internet y demás medios de comunicación. Yo estaba ahí, observando junto al resto de los presentes de las oficinas el resumen informativo que se exhibía en la pantalla de cristal líquido. Los presentadores parloteaban sobre los rumores de las identidades de aquellas heroínas anónimas, pero mi atención estaba enfocada en los diversos videos que se proyectaban, esas imágenes en movimiento donde ustedes eran las borrosas protagonistas en su intento por frenar la destrucción que cuatro dementes armados empezaron.
Ustedes, simples ciudadanas, luchando por su vida contra criminales fanáticos. Sonaba inverosímil, pero nuestra existencia, y lo que yo viví, también se escucharía implausible para cualquiera. Cierto, eventualmente descubriría que una de ellas laboró en la policía de su nación y la otra era una cazadora innata de Montana, pero en ese entonces, ninguna estaba ejerciendo tales labores; sólo eran un par de mujeres que decidieron no quedarse de brazos cruzados mientras su nuevo hogar era amenazado por la sombra del terrorismo internacional. Así como los habitantes romanos se alzaban en armas contra el enemigo durante emergencias, ustedes respondieron al llamado del deber, sin importar que quebrantaran la ley en el proceso; defender sus vidas y las del resto estaba más allá de los estatutos legales o los límites de la justicia establecida.
Luchar por lo que creían; eso era lo correcto.
Eso fue todo lo que necesitaba para aceptar. Me hallaba inspirada y decidida. Poseía los conocimientos, los antecedentes y, lo más importante, la voluntad suficiente para hacerlo. Admito que ustedes me recordaron a mis antiguas aliadas y ese factor también influenció en mi resolución. Al día siguiente, me presenté ante Smith, aceptando ella mi inclusión casi de inmediato. La opinión del público hacia ustedes era favorable, el departamento de policía contaba con heroínas para mejorar su reputación y Kuroko podía dar marcha a su plan; todo estaba a mi favor. El resto, bueno, ya lo saben.
Sé que no he sido la compañera más comprensible o incluso una persona agradable; las he tratado mal desde el principio y las he llamado simples herramientas impuestas para cumplir mi trabajo. Traté demasiado tiempo de convencerme de tales mentiras, pero ustedes siempre insistieron en ver más allá de mi antipática máscara y tratarme con respeto genuino. Sigo creyendo que el mundo está podrido, que la verdadera naturaleza de los seres vivos es la violencia y lo que llamamos sociedad es meramente una terapia grupal para evitar obedecer a nuestros instintos. Pero individuas como ustedes, como Olympia, y muchas de las personas que he conocido en este país, me demuestran que aún hay algo que vale la pena preservar y proteger.
Tal vez haya sido una agente del caos, una egoísta sociópata y una homicida, pero aún creo en que puedo ser útil para evitar en que más vidas caigan en garras del mal que casi me convierte en el monstruo que siempre he temido. Ya no puedo deshacer el ayer, pero puedo forjar un mejor mañana; es lo que Olympia, Giovanna y mi madre querrían. Quizás no valga nada para la humanidad, a lo mejor yo, nosotros, todas somos objetos desechables cuyos nombres serán puestos en un obituario que se olvidará con la siguiente noticia de moda; pero mientras le importe a gente honesta como ustedes, entonces tengo motivos para no rendirme.
Gracias por estar conmigo."
Al concluir su revelador soliloquio, Dyne ostentaba la mueca de felicidad más genuina que hayamos atestiguado observar de su parte. Nosotras también sonreíamos, no sólo porque la hermética empusa había expuesto prácticamente toda la gama de emociones que por años mantuvo reprimidas, sino porque finalmente había comenzado a hacer las paces con su propio pasado. El dolor tardaría tiempo en sanar y quizás nunca se iría, pero ya no sería una pesada cruz que le rompa la espalda. Volvimos a rodear a la mantis con nuestros brazos y permanecimos alrededor de un minuto en silencio, disfrutando de ese generoso momento de paz, tanto para el cuerpo como para el alma.
– "También te queremos, grillita." – Dijo Cetania, acariciando su cabeza. – "Sabes que nunca te abandonaremos."
– "Nos honra que nos consideres parte importante en tu vida." – Mencioné. – "Aquí estaremos para ti."
– "Lo sé, son las únicas en quienes confío ahora." – Afirmó la pelinegra. – "Lo cual es más triste aún. Diablos, ¿por qué mis mejores amigas siempre deben ser arañas y aves?"
– "Oh, vamos, Pepper, no es tan malo." – La rapaz le pinchó una mejilla suavemente. – "Somos del mismo equipo después de todo, ¿no?"
– "En todo caso, deberíamos proseguir con la misión." – Injerí, levantándome y tomando un contenedor de esa sustancia. – "¿Dices que este líquido es usado para controlar la mente?"
– "Básicamente. Debilita las redes sinápticas y hace más susceptible al individuo a cualquier clase de sugestión externa." – Dilucidó la griega. – "Posee la particularidad de que debe brillar ligeramente bajo luz ultravioleta cuando el ingrediente activo ha infectado correctamente el torrente sanguíneo. Mi sangre era incompatible, pero como atestiguaron, parece que finalmente lograron hacerla funcionar."
– "Carajo." – Mascullé. – "¿Crees que alguien de la policía griega o lo que desmantelaron el laboratorio recuperó las investigaciones de ese científico loco?"
– "Lo dudo. Lo más seguro es que Janus haya compartido muestras con alguno de sus asociados. Era cuestión de tiempo que alguien continuara con sus experimentos."
– "¿Tendrá relación con la supuesta máquina en esa fábrica abandonada que escuchamos discutir a las demás chicas en aquella ocasión?" – Cuestionó la arpía.
– "Puedes apostar a que sí." – La helénica meneó la cabeza, hastiada. – "Maldita sea, ¿por qué demonios no destruimos ese maldito lugar? ¿Por qué no actué?"
– "Olvídalo, no tiene caso lamentarse por ello." – Hablé, arrojando un contenedor a la pared. – "Aún tenemos una misión qué completar."
– "¿Qué hacemos primero?" – Preguntó la castaña.
– "Nuestra prioridad debería ser liberar a los liminales encerrados y ponerlos a salvo." – Indiqué, apuntando a las jaulas. – "No sabemos cuánto tiempo más tengamos antes de que esos malnacidos logren ingresar. Cetania, cura a los que necesiten ayuda."
– "Haré lo que pueda." – La aludida se incorporó. – "Deberíamos tratar de hallar una salida también."
– "Jerkson y sus secuaces la harán por nosotras. Estamos a la defensiva ahora, habrá que sobrevivir hasta entonces." – Repliqué, revisando la munición de mi MG3. – "Dyne, ¿qué recomiendas?"
– "No me siento bien, chicas." – Respondió la mediterránea, disintiendo con la cabeza. – "Denme unos minutos a solas. Necesito… necesito pensar."
– "Lo siento, Nikos, pero no podemos darnos ese lujo ahora." – Argüí, extendiéndole la mano. – "Anda, ya tendrás tiempo de reflexionar cuando estemos en casa."
– "¿Crees que podremos salir vivas de esta trituradora?"
– "Aunque sea en una camilla, pero lo haremos." – Insistí. – "Schnell, unteroffizierin. El mundo necesita héroes, pero tendrá que conformarse con nosotras."
– "Te lo concedo, Jaëgersturm, tienes mejor sentido del humor que Schiaparelli." – Tomó mi mano, incorporándose. – "Ustedes revisen las jaulas, yo inspeccionaré el lugar para planear una mejor defensa. Adelante, MOE."
De vuelta al juego y asintiendo, la halcón y yo nos dirigimos hacia las infaustas prisiones. Pasar del mundo de los dolorosos recuerdos al real no fue precisamente agradable, pues el espectáculo de infamia se desarrollaba frente a nosotras mientras contemplábamos atónitas los horrores que esos miserables habían practicado con las inocentes personas atrapadas en aquellas cárceles, como si de animales salvajes se trataran. Estábamos seguras que la empusa no deseaba ver de nuevo tan cruel despliegue de iniquidad que alguna vez experimentara en carne propia. No podíamos culparla; cada segundo que pasábamos en ese santuario al odio puro, nos proveía con más motivos para abandonar toda esperanza en la humanidad.
La primera en ser liberada fue una muy demacrada mujer tigre, cuyo níveo pelaje había comenzado a caerse desde hace tiempo, dejando puntos calvos en la cabeza de su dueña y permitiendo observar las cicatrices de los cortes que debieron practicarle durante esas tortuosas sesiones de cirugía barbárica. Se encontraba tan delgada como un preso en un campo de concentración, aunque sus costillas apenas comenzaban a ser grotescamente visibles. No teníamos llave, así que cargué las balas perforadoras en mi ametralladora y disparé al candado hasta destruirlo.
Ella no reaccionó, la chica estaba tan débil que sus ojos apenas se alzaron al vernos entrar a la celda. La rapaz tomó rápidamente su botiquín y comenzó a checar los signos vitales de la tigresa. Le dejé hacer su trabajo y me encaminé a libertar al resto. Tuve que contenerme de volver el estómago cuando veía el decadente estado en el que habían terminado. Era más que repugnante, completamente vituperable. Nikos tenía razón, el odio es muy fácil de provocar, sumamente seductor. Nuestra fortaleza, lo que nos separaba de volvernos igual que los desalmados que cometieron estas pútridas acciones, era el poder controlar nuestro instinto de venganza. Era difícil, lo admito, pero necesario.
– "¿Puedes creer tanta maldad, flaca?" – Habló Cetania, igual de asqueada que yo.
– "No soy precisamente la más indicada para tratar tal tema desde un punto moralmente aceptable sin sonar hipócrita. Ya sabes quienes fueron mis antepasados." – Comenté, rompiendo otro candado. – "Pero esta clase de sadismo, tanta inhumanidad reunida en un solo punto… Ni siquiera una descendiente de un soldado del Tercer Reich como yo puede concebir estas execrables atrocidades sin sentir náuseas."
– "La situación es una mierda jodida, ¿cierto?"
– "Demasiado." – Me pausé. – "Simijo. Finalmente lo entiendo."
– "Oh, así que eso es lo que significaba. Creí que era un chiste privado entre las demás." – Empezó a revisar a una lamia medusa en estado de desnutrición. – "¿Cuántas van con esta?"
– "Once. Tres muertos."
– "Son bastante menos de las que esperaría. O apenas estaban iniciando sus experimentos, o el resto hace mucho que fue desechado."
– "Sinceramente, no me gustaría averiguarlo. No quiero más motivos para enfriar mi corazón." – Gruñí tenuemente – "¿Crees que podamos mantenerlas vivas?"
– "Necesitan atención médica especializada. No cuento con los medicamentos específicos, aparte de unos cuantos tranquilizantes." – Respondió, inyectando a la medusa en el brazo. – "No están deshidratadas, pero sí famélicas y cualquier desbalance hormonal sería peligroso. No hay raciones y esto es lo mejor que tengo hasta que logremos escapar."
– "Me alegra que hayas superado tu fobia a las agujas, linda."
– "Aún no, pero la necesidad es la madre de toda valentía, flaca." – Desechó la jeringa hipodérmica y sostuvo la mano de la serpiente. – "Descansa, compañera, la ayuda llegará pronto."
Viendo una ligera mueca de aprobación por parte de la lamia, esta cerró sus ojos y se propuso a dormir. La castaña suspiró y se dio un tiempo para reponerse; lo necesitaba. Desconocíamos si podríamos rescatarlas a tiempo, o incluso lograr que sobrevivan, así que dormirlas era una medida preventiva en caso que falláramos en nuestra misión. Era desagradable el pensar en tal posibilidad, pero había que ser realistas. No estaban en condiciones de declarar o brindarnos alguna información; y las pocas que podían, con dificultad, hablaban idiomas extranjeros. Muchas debieron ser engañadas por traficantes, jamás esperando tan inefable destino.
Lamias, tigresas, trolles, mujeres lagarto; diferentes entre sí, pero tratadas como la misma clase de basura y reducidas a la nada. Todas eran mujeres, aunque había un centauro macho que desgraciadamente formaba parte de los cadáveres. Tal variedad era necesaria para probar la viabilidad de sus funestos experimentos. Sacudí mi cabeza, entre más lo pensaba, más ira hervía dentro de mí; necesitábamos destruir el veneno, no consumirlo desde el interior. Sólo restaba una celda más, otra prisión donde convalecía la última víctima de la abyecta mano del terrorismo. Preparé mi arma y me dirigí hasta el objetivo final, quería acabar pronto.
Y entonces, vi el horror.
La arpía reaccionó cuando me escuchó tirar mi ametralladora al suelo y corrió a mi lado, preguntándome la razón de mi proceder. Su respuesta fue mostrada al voltear en la misma dirección que yo y perder el aliento. No era la jaula en paupérrimo estado, llena de golpes y abolladuras que eran testimonios de fallidos intentos de escape, la suciedad alrededor de esta, consistente en sangre y materia fecal, o la nula posibilidad de hallar aunque sea un recipiente con agua. La razón por la cual la estadounidense también dejó caer su rifle de asalto al piso de inmediato, era la identidad de la torturada víctima que yacía inerme dentro de su prisión.
Una arachne.
Y no cualquier arachne, sino una tarántula… o lo que quedaba de ella. Su pelaje monocromático, el rasgo distintivo y orgullo de su especie, lucía frágil y quebradizo, apenas cubriendo su cuerpo y dejando su piel, llena de hematomas, desnuda. Su estado era el peor de todos, con sus costillas tétricamente visibles y la epidermis mostrando signos de xerosis. Se mantenía casi inerte, asentada en el suelo de su diminuta caja, apenas mostrando señas de vida. Lentamente me acerqué hacia mi congénere, distinguiendo el patrón con forma de luna menguante en su abdomen arácnido, lleno de cicatrices y casi calvo por la pérdida crónica de cabello. Ella volteó, observándome con dificultad. Sus ocho ojos rojos lucían apagados, perdidos, igual que su alma. En su lado derecho, una cicatriz se encontraba en el lugar que sus globos oculares centrales anteriormente ocuparían, dejándola parcialmente ciega. La habían torturado en demasía.
– "¿Verstehen Sie, schwester?" – Pregunté, colocando mi mano sobre los barrotes.
– "Ja." – Susurró la peluda, casi inaudible.
– "¿Bist du aus dem Mutterland?"
– "Kriegsritter." – Confirmó. – "Wasser, bitte…"
– "Meine göttin…"
– "¿Qué significa eso, flaca?" – Cuestionó la americana.
– "Es Sparassediana." – Repliqué.
– "Por todos los cielos…"
– "Está deshidratada." – Preparé mi arma. – "A un lado."
Jalé del gatillo y los mil trescientos disparos de mi MG3 destrozaron el enorme candado, cayendo este al suelo pesadamente. Abriendo la puerta, Cetania se acercó y le ofreció un trago de su cantimplora. La arachne aún tenía fuerza para moverse y, con un ligero brillo en sus ojos carmesí, bebió el vital líquido con sumo ahínco. Las hendiduras de sus resecos labios se inundaron con la fresca agua y su sedienta garganta acabó con las reservas de la arpía en segundos. Sonriendo tenuemente a manera de agradecimiento, la tarántula devolvió la pertenencia a su dueña y con lentitud salió de la jaula, ayudándole nosotras. La nativa de Montana tomó el brazo de la araña y revisó que sus signos vitales fueran correctos; mientras tanto, decidí interrogar a mi compatriota.
– "¿Qué sucedió, hermana?" – Me dirigí a la tarántula, en japonés. – "¿Cómo terminaste aquí?"
– "Escapé…" – Replicó ella, tosiendo tenuemente. – "Quedé varada, me rescataron, me traicionaron."
– "¿Cuánto tiempo llevas en este lugar?"
– "Ich weiss nicht… El suero… me duele la cabeza."
– "Ich bedaure, no quería presionarte." – Me disculpé. – "¿Necesitas algo?"
– "Tengo hambre. Me arde el estómago."
– "Perdona de nuevo, no tenemos nada que darte."
– "Tenemos esto." – Dijo Nikos, apareciendo detrás de nosotras con un meronpan en una bolsa de plástico.
– "Pan de melón." – Comenté. – "¿Dónde lo encontraste?"
– "Un contenedor de refrigerios en la zona de tiro. Están en buenas condiciones."
– "Danke, Dyne." – Le sonreí a la aludida.
– "Thanks, Pepper." – Congratuló también la rapaz. – "¿Hay más para el resto? Son once y lo requieren de inmediato."
– "Sólo encontré cinco piezas más, lo lamento." – Contestó.
– "Está bien, aparte de la lamia, ella es la más grande. Podemos dividirlos en pedazos iguales cuando despierten." – Le ofrecí la comida a la tarántula. – "Ten, hermana, es lo mejor que podemos ofrecer."
– "Empusa…" – La peluda gruñó. Casi olvidaba nuestra rivalidad entre ambas especies.
– "No te preocupes, es nuestra aliada. Vertraue mir." – Afirmé.
– "Tiene razones suficientes para desconfiar." – Aseguró la mantis. – "En parte, es mi culpa que ella terminara así."
– "No era tu intención ser parte de algo tan nefasto, Nikos." – Opiné. Me dirigí de nuevo a la araña. – "Come, amiga, lo necesitas."
Acto seguido, la arachne de negro cabello tomó la bolsa de mis manos y, después de abrirla para olfatear el pan, comenzó a degustarlo para sosegar, aunque fuera marginalmente, el hambre que podría llevar semanas sin ser saciada. Era apenas una migaja para una mujer tan grande y de aspecto hético, pero no podíamos darle algo mejor. Además, según las indicaciones que Saadia nos diera en los entrenamientos, alimentar demasiado a una persona en su estado tan débil era contraproducente, pues su cuerpo podría tener una reacción adversa a la súbita ingesta, por más contradictorio que aquello sonara. A la recomendación de la falconiforme, la arachne devoró el pan con parsimonia para evitar tal problema.
– "Sybille." – Sonrió ella, revelando su nombre. – "Danke schön."
– "Bitte sehr, schwester." – Regresé el gesto. – "Sparassus über alles."
– "Über alles."
Así, Sybille nos señaló una bodega donde ella y las demás podrían esconderse. Asintiendo, guié a tarántula hasta el lugar y mis amigas fueron en busca del resto, que descansaban. Haciendo a un lado algunas cajas, la dejé reposar detrás de estas y ayudé a mis compañeras a cargar a las liminales. No fue difícil, incluso con especies tan grandes como la medusa, pues se hallaban tan delgadas y ligeras que las trasladamos delicadamente para evitar lastimarles. Ya con todas resguardadas, la arachne hizo una reverencia y estiró su brazo, señalando sus ojeras con la otra mano.
Entendiendo, la estadounidense le colocó otra jeringa desechable y administró suficiente calmante para que Sybille se adentrara a los reinos de Morfeo. Había ventilación adentro, así que cerramos la puerta, habiéndole dejado a la chica los demás panes y dándonos ella su palabra de repartirlo equitativamente si despertaban. Nos alejamos de ahí y volvimos a la armería para reabastecernos. Más que nerviosas por el inminente ataque, nos encontrábamos indignadas por semejante injusticia por la que unas simples inmigrantes que buscaban una mejor vida tuvieron que sufrir.
– "Les han estado inyectando el suero de suplemento alimentico, podrán sobrevivir incluso con sus estómagos vacíos." – Aclaró la griega. – "No es bonito, pero al menos no morirán por inanición."
– "Aún no entiendo, si la usan para reajustarle la mente, ¿para qué torturarla?" – Interrogó Cetania. – "Incluso le arrancaron dos ojos."
– "Eso es actualmente resultado del mismo suero." – Acotó la helénica. – "Había tres variantes del mismo, cuando experimentaron conmigo. Si el sujeto no es compatible con la solución, entonces el cuerpo rechaza el líquido intruso y se manifiesta en lesiones subcutáneas o empieza a destruir órganos varios. La infección se propaga hasta afectar al sistema entero. Supongo le administraron una dosis incorrecta y tuvieron que extirpar el ojo para evitar que feneciera. No fue por bondad, sino porque la necesitan viva para sus macabras investigaciones."
– "Comienzo a comprenderte mejor, Pepper." – La emplumada disintió con la cabeza. – "¿Ahora entiendes por qué te perdonamos?"
– "No dejes que el odio te infecte, Peaches. La miel de la ira es actualmente amarga." – Declaró la pelinegra. – "En todo caso, no sé cómo las sacaremos de aquí. Aparte de la ventilación en el techo, no encontré ninguna especie de salida de emergencia, el lugar está prácticamente sellado."
– "Allá tampoco, parece que la única vía de escape es la que bloqueamos." – Suspiró la americana. – "¿Qué dices flaca? ¿Crees que esos malnacidos hagan lo que los xenomorfos y traten de entrar por arriba?... ¿Flaca?"
Yo no respondí.
Me encontraba meditativa, absorta en mis pensamientos. Este día había sido pesado, excesivamente pesado. No sólo había sido arrojada a la guarida del lobo y encontré que la manada entera se hallaba resguardándola, sino que descubrí la verdadera identidad de mi aliada mediterránea y, como si necesitara más sorpresas, a una compatriota tratada como basura para una finalidad execrablemente ruin. Era demasiado en poco tiempo, la presión se hacía insoportable y todavía debíamos esperar a que los bárbaros nos asediaran. Mantener la calma en un momento así era fácil de pensar, pero no de actuar. Permanecí ahí, viendo al suelo, inerte, con mi respiración aumentando de intensidad.
Mi patria, mi nación, mi hogar; esos miserables se habían metido con la tierra que me vio nacer y que, incluso en mi exilio auto-impuesto, le sigo siendo completamente leal. Lo de las armas era entendible, pero su adquisición ilegal seguramente implicó la agresión a nuestras flotas mercantes y nuestras ciudadanas, muy posiblemente su muerte. Eso, para mí, ya era motivo suficiente para poner a cada uno detrás de las rejas bajo la condena más severa que existiera. Pero Sybille fue demasiado, inaceptable. Habían tomado a una mujer indefensa que sólo buscaba libertad y esas abominaciones abusaron de su poder para transformarla en una esclava. Usaron irresponsablemente a mi gente, les trataron como animales y trataron de destruir su mente. Todo para sus repudiables intentos por dominar el libre albedrío, nuestra posesión más sagrada. Pero no era sólo que ahora los afectados fueran compatriotas, sino la visión de todo aquel vituperable panorama, el verdadero peligro que se cernía sobre esta ciudad y el país entero.
Estos criminales, estos asesinos desalmados quieren jugar a ser dioses, y al igual que las deidades, no poseen corazón alguno en su afán del poder absoluto, destruyendo todo y a todos hasta alcanzar el cenit de su vomitivo deseo tiránico. Habían vendido su humanidad al demonio de la ambición y se desconectaron tanto de la realidad que, en su vanagloria, crearon una nueva para justificar sus delitos. Se encerraron en ese mundo hundido de vacua soberbia que el hedor de su propia podredumbre les nubló la mente y le hizo ver sus mentiras como verdades innegables. Y los afectados por ese despliegue de irresponsabilidad moral, eran siempre los inocentes, como Olympia, Dyne, Sybille; todos aquellos que han sufrido por la crueldad a manos de los auténticos monstruos.
La verdadera peste que debía ser exterminada.
– "Aria, ¿estás bien?" – Volvió a hablar la arpía.
– "No moriremos aquí." – Declaré, alzando la vista. – "Tenemos el poder para acabar con estos desgraciados, y vamos a asegurarnos de que así sea. No podemos permitirnos el fallar en una responsabilidad tan grande. Volveremos a casa, victoriosas."
– "Por supuesto que sí, esa es la idea."
– "Lo sé, pero ahora estoy más convencida que nunca de nuestra misión."
– "Te creo, Jaëgersturm. El fuego en tus ojos no miente." – Expresó Dyne. – "¿Has perdido el temor a la muerte?"
– "Siempre tendré miedo a morir." – Repliqué. – "Pero estoy más aterrada de pensar en lo que estos bastardos podrían hacerle a los seres que amamos si eso sucede. Acabamos de obtener una pequeña muestra de ello, y es peor que cualquier pesadilla."
– "Bien, estás decidida, pero sensata." – Asintió la nativa de Mitilene. – "Cuando la muerte deja de importarnos, es que ya perdimos la esperanza."
– "Tienes toda la razón, grillita." – Sonreí. – "Y yo tengo la esperanza de seguir disfrutando la vida a lado de mi familia."
– "Ay, que tiernas, ahora se quieren como hermanitas." – Rió tenuemente la rapaz. – "Y pensar que hace unas semanas ustedes dos se querían triturar la tráquea a la mínima provocación."
– "Nosotros pocos, nosotros felizmente pocos, nosotros somos una banda de hermanos…" – Declamé.
– "Porque el que hoy derrame su sangre conmigo, será mi hermano, por muy vil que sea." – Continuó la griega.
– "Shakespeare, Enrique Quinto." – Acotó la estadounidense. – "Sí, estoy de acuerdo. Después de haber sufrido todo esto, ya somos como hermanas."
– "Entonces si tú y Aria se aman…" – Habló Nikos. – "¿Sería incesto?"
– "Oh, fuck off, Pepper." – La falconiforme le mostró el dedo medio de su mano protética. – "A ti también te besó esta condenada araña, así que eso aplica para ti igual."
– "Pero yo no soy la que comparte orgasmos con la arachne al depositar un huevo, y después comérselo." – Retrucó la helénica. – "O la que confiesa tener sueños húmedos con su hermana adoptiva."
– "Flaca, ¿recuérdame por qué perdonamos tan fácil a esta grilla insolente y no la tenemos esposada en este momento?"
– "Porque a menos que seamos invulnerables, necesitamos toda la ayuda posible para salir vivas de esta ratonera, Süsse." – Contesté, riendo ligeramente. – "Así que reservemos lo de esposarla para la orgía de celebración, ¿vale? Yo pido arriba."
– "Si ustedes no me disparan, yo misma lo haré." – Masculló la Lesbia. – "Diablos, debí entregarme a la policía cuando pude."
– "Pero tú eres una, pimientín." – Mencionó la halcón. – "Si te resistes al arresto, ¿te golpeas tú misma para aplacarte?"
– "Vale, suficiente de malas bromas." – Injerí. – "Hagamos un recuento de existencias, tenemos munición suficiente para soportar el asedio, ¿pero ustedes tomaron más, por si las dudas? Prefiero cargar balas reales ahora."
– "Afirmativo, Potato." – Asintió la pelinegra, mostrando sus bolsillos con cartuchos. – "Tomé algunas granadas de fragmentación y todo el C4 que pude. No pretendo matar a nadie, pero tampoco deseo fenecer aquí."
– "Te entiendo. Y ya te habías tardado en llamarme por ese feo apodo."
– "¿Creen que nos concedan el derecho de elegir unos nuevos si salimos de aquí?" – Preguntó la emplumada. – "En verdad quería ser llamada Raptor."
– "Ah, sinceramente me gusta Peaches, pajarita. Te sienta perfectamente." – Aseguré. – "Tienes las pompis suavecitas como un duraz-¡GAH!"
El mundo reventó en su totalidad.
Con un destello fulgurante, nuestra visión fue cegada para después caer súbitamente en la oscuridad absoluta y la pared de sonido que asaltó nuestros oídos fue sustituida por agudos acúfenos que escondían un silencio imperante. La explosión que azotó a la estructura fue tal que ni siquiera pudimos sentir nuestros cuerpos golpeando el suelo sino hasta segundos después de haber recuperado la capacidad motriz. Nos levantamos con torpeza y entre la calígine de la borrosa visión apenas logramos distinguir una resplandeciente fuente de luz rodeada de completa negrura. Podía delinear el humo y los escombros cayendo de las paredes entre la nebulosidad de la difusa iluminación. A pesar de lo confundidas por la sacudida, nuestra primera reacción fue tomar cobertura de inmediato mientras más detonaciones a nuestro alrededor iluminaban el edificio como ominosos destellos que inutilizaban nuestros ojos y oídos.
Las granadas aturdidoras descargaron su horrísono estruendo y tornaron el horizonte en un escalofriante espectáculo dicromático de luz y oscuridad que parecía no tener fin. El acérrimo ataque a los sentidos nos mantuvo inertes por demasiado tiempo y nuestros tímpanos exclamaban piedad por tan violento asedio mientras los globos oculares se mantenían tan cerrados como nuestros párpados y extremidades lograban escudarlos del excesivo brillo. Entonces, la lluvia de explosivos cegadores cesó y cuando nos atrevimos a mirar, abrimos los ojos por completo cuando confirmamos lo que más temíamos.
Finalmente, los bárbaros estaban aquí.
No tuvimos tiempo de admirar por demasiado tiempo a nuestros ejecutores, pues raudamente el tintineo en los oídos fue reemplazado por la cacofonía de las armas de fuego enemigas arrojando sus llamaradas de plomo y muerte en nuestra dirección. Dado que la única iluminación ahora provenía del hueco que dejó la explosión inicial, no podía distinguir correctamente si el lugar que elegí para resguardarme era lo suficientemente grande o resistente para protegerme. Espeté mentalmente al tiempo que mi audición regresaba junto a la infausta orquesta que el traqueteo del arsenal del adversario interpretaba con vesánica furia. Desconcertada y desesperada, mi prioridad fue asegurarme de hallar al resto de mis aliadas entre la lúgubre tormenta de fuego. Dyne se mantenía detrás de una caja metálica y su escudo balístico. Por su lado, Cetania había encontrado refugio en un grupo de barriles apoyados por una viga de acero. Estaban bien, por ahora; era momento de actuar.
– "¡Feuerschutz!"
Exclamando en mi lengua natal y sin importarme que mi munición fuera actualmente letal, salí de de mi escondite para regresar el fuego con mi Maschinengewehr 3 hacia esos desgraciados que no paraban de redecorar el interior de la sala a base de balas. Eran ellos o nosotras, y prefería cargar con una cifra de muertos en mi espalda que abandonar este mundo. Los mil trescientos disparos por minuto de la ametralladora lograron suprimir parcialmente el ataque, pero los oponentes eran demasiados testarudos y volvían a la carga. No había duda de que deseaban vengarse, pues en lugar de agredirnos desde afuera y exterminarnos mientras permanecíamos inmóviles, prefirieron entrar directamente por nosotras, aún en las condiciones lóbregas y sin saber dónde nos encontrábamos exactamente.
Aunque eso los volvería blancos fáciles para nuestras miras, no tuvimos tiempo de prepararnos correctamente y nosotras simplemente intentábamos resistir devolviendo los disparos entre intervalos. La luz daba directo en nuestra dirección y volvía inútiles a nuestras gafas de visión nocturna, sin contar que el resplandor de las armas enemigas en sí dificultaban la correcta concentración. No nos daban descanso, no tenían piedad; era una lucha donde sólo el más hábil sobreviviría y nosotras estábamos en desventaja numérica. El ambiente alternaba entre fugaces destellos donde podía apreciar instantáneas de los rostros de mis aliadas, gritando, vituperando, combatiendo por sus vidas. Yo las acompañaba en todos esos intensos sentimientos y la adrenalina junto al terror nos motivaban a no rendirnos.
– "¡Argh! ¡You fuckers!" – Oí exclamar de repente a la rapaz desde la radio. Nuestra audición había mejorado. – "¡I'm hit, I'm hit! ¡Fuck, fuck, fuck!"
– "¡Scheisse! ¡¿Estás bien, Cetania?!" – Grité.
– "¡¿Te parece que lo estoy, araña?! ¡Fuck!"
– "¡¿Dónde te hirieron, Peaches?!" – Cuestionó Nikos.
– "¡Gah! ¡El costado derecho!" – Replicó. Por un segundo, pude observarla levantarse. – "¡El chaleco me protegió, pero arde como mil diablos!"
– "¡Te dije que íbamos a salir vivas de aquí, Süsse!" – Declaré, aliviada. – "¡Devuélveles el favor a estos hijos de puta! ¡Arrójales cegadoras con el lanzagranadas y llénalos de plomo!"
– "¡Eso quiero, pero no veo bien! ¡Tomé de fragmentación y no quiero confundirme!"
– "¡Usa la lámpara para auxiliarte!" – Proclamé. – "¡Nosotras los distraemos! ¡Dyne, granada de humo para cubrir a Cetania y concentra el fuego a la izquierda!"
– "¡Katalavéno!" – Confirmó la Lesbia, preparando una granada. – "¡Skatá ston táfo sou!"
Zahiriendo en su idioma natal, la pelinegra arrojó el objeto hacia los bastardos y este liberó una densa nube de humo que le dio tiempo suficiente a la americana de encontrar la munición indicada. Hallando su reserva correcta, la estadounidense insertó el proyectil de cuarenta milímetros en su lanzagranadas M203 y lo disparó contra el adversario después de advertirnos para cubrirnos. Al tiempo que la cegadora suprimía al oponente, nosotras nos colocamos las máscaras antigás por las posibles represalias que seguramente comenzarían.
Y dicho y hecho, los granujas contestaron arrojando también sus propias granadas de humo, aunque muchas no llegaron muy lejos gracias a nuestra efectiva supresión. Desgraciadamente, otras sí alcanzaron su objetivo y tuvimos que huir de nuestros escondites para evitar que el gas nos asfixiara e irritara los ojos. Aprovechando el humo en sí, escapé hasta quedar detrás de una pared. La nativa de Montana se reunió conmigo. Tan pronto la falconiforme estuvo a mi lado, le di un beso rápido, feliz de que estuviera viva, haciéndola sonreír antes de volver a quejarse por su herida. Era extraño que los granujas no recurrieran a explosivos para volarnos en pedazos, pero supongo sus órdenes eran capturarnos para agregarnos a su colección de experimentos.
– "Dame luz, Aria, voy a inyectarme." – Ordenó la arpía, tomando su bolsa médica. – "No puedo apuntar bien con este maldito dolor."
– "Date prisa, linda, necesitaré recargar pronto." – Aseveré, usando la lámpara de mi P30L. – "¿Dónde está la saltamontes?"
– "¡Moriremos si seguimos aquí!" – Se quejó la mediterránea, corriendo hacia nosotras y tosiendo. – "¡Carajo, ¿por qué no nos dieron simples goggles?! ¡No puedo usar las gafas nocturnas!"
– "¡Trata de darle a las lámparas de afuera! ¡Así quedarán a oscuras!" – Sugerí. – "¡Yo disparo a los miserables mientras tanto!"
– "¡Lo intentaré!" – La griega tomó su MP5. – "¡¿Qué demonios haces, Peaches?!"
– "¡Intento curarme, genio!" – Contestó la rapaz, tratando de insertar la aguja en su brazo. – "¡Nos estamos gastando las reservas demasiado rápido, pero no lo haría si no fuera necesario!"
– "¡Dyne, toma la M4 de Cetania y lánzales otra flashbang!" – Sugerí. – "¡Se me está agotando la cinta!"
– "¡Buena idea, flaca! ¡Pepper, las tengo en mi cintura, tómalas!"
– "¡Vale, no te muevas!" – Dijo la mediterránea. – "Mierda, el humo no me deja ver bien."
– "¡Ese es mi trasero, Nikos!"
– "¡Agh, lo siento!"
– "¡Carajo, Dyne! ¡No toques a mi pajarita sin mi previo permiso!" – Protesté. – "¡Y luego dices que yo soy la pervertida!"
– "¡Con un demonio, que ustedes son más problemáticas que los terroristas!" – Espetó la pelinegra, cargando el M203. – "¡Aquí voy!"
Jalando el gatillo, una granada M4090 salió disparada en dirección hacia donde el mayor conglomerado que podíamos percibir a través del humo y los rayos de luz que se filtraban entre la humareda. La castaña terminó de administrarse el medicamento y retomó su arma. Aproveché esa ventana de tiempo para recargar mi ametralladora, esta vez con balas de goma. La euforia del shock inicial había disminuido lo suficiente para hacerme revalorar mis intenciones y evitar romper el juramento implícito que nuestro lema representaba. Cada segundo de aquel infierno sólo ayudaba a comprender más a la empusa; la ira nubla fácilmente la mente y nuestra moralidad es opacada por los instintos. Mantener la calma en medio de la tormenta era vital para evitar desgracias y yo casi permitía que mis impulsos me dominaran.
Afinando su puntería, la Lesbia logró darle a suficientes lámparas que iluminaban el pasillo, dejando las penumbras necesarias para que nuestros aparatos de visión nocturna no ampliaran el espectro visible en demasía. Con la visión del enemigo severamente reducida y nosotras equipadas, finalmente pudimos asestar los golpes que necesitábamos. Incluso en medio de la oscuridad, la diferencia entre nuestro entrenamiento y la indisciplina del adversario era tan diáfana como el cristal, eliminando a muchos de ellos con precisos disparos a sus hombros, piernas o brazos. La balanza comenzaba a inclinarse a nuestro favor, nuestra moral se alzaba conforme ellos caían y los sonidos de nuestro arsenal empezaban a ganar terreno sobre los del oponente.
Y nuestra buena racha se esfumó al instante.
Sacudiéndonos y tornando nuevamente la visión completamente blanca y retornando los acúfenos a los oídos, los extremistas abrieron una brecha en la pared detrás de nosotras con una explosión, que si bien no fue tan poderosa como la primera, nos sacó de balance de inmediato. Obligadas a retirarnos la visión nocturna por el súbito ingreso de iluminación, tratamos de regresar el fuego a ciegas mientras el segundo grupo de terroristas también iniciaba su asalto. No estábamos seguras cómo se conectaban las secciones que se suponía estaban separadas, pero la preocupación por diseños arquitectónicos no era prioridad; nos hallábamos rodeadas y debíamos escapar cuanto antes.
– "¡Shit, shit! ¡We're fucked!" – Espetó la arpía. – "¡¿Qué hacemos ahora?!"
– "¡Gebt Sperrfeuer!" – Prorrumpí. – "¡Concentren fuego a la izquierda, vamos a salir!"
– "¡¿Hacia dónde?!" – Cuestionó la pelinegra.
– "¡Hacia ellos! ¡La primera entrada!" – Proclamé. – "¡Estarán aturdidos por la luz también! ¡Es nuestra oportunidad de huir de esta trampa!"
– "¡Aria, ¿perdiste la cabeza?!" – Protestó la rapaz. – "¡¿Quieres que corramos directamente a esos malnacidos?!"
– "¡No tenemos opción, Süsse! ¡No podemos luchar en dos frentes!"
– "¡Lo hicimos en el entrenamiento! ¡Cuando enfrentamos a Manako!"
– "¡Contábamos con mejor protección en esa ocasión, además de oscuridad total!" – Reiteró la empusa.
– "¡Esperen! ¡¿Qué hay de las liminales que liberamos?!"
– "¡Las tres somos el objetivo ahora!" – Aseguré. – "¡Nos perseguirán y podremos mantener a esos malditos alejados de las chicas!
– "¡A mí tampoco me gusta la idea, Peaches, pero así son las cosas!" – Mencionó la nativa de Mitilene. – "¡Larguémonos!"
– "¡Ay, simijo!" – Gritó la castaña cuando una bala impactó a centímetros de ella. – "¡Vale, ya entendí! ¡Adelante!"
Un par de proyectiles más pasaron extremadamente cerca de nosotras mientras emprendíamos la rauda huída hacia la salida que aún permanecía en sombras. No era precisamente la idea más sensata, pero era la única que nos ofrecía una oportunidad de sobrevivir sin comprometer a las prisioneras. La estadounidense arrojó otra flashbang hacia el conglomerado de oponentes y corrimos tan rápido como pudimos al tiempo que disparábamos al aturdido enemigo. Éste no esperaba que fuéramos directamente hacia él y la sorpresa funcionó perfectamente. Sin embargo, antes de salir completamente de esa caliente caldera de violencia, contemplamos a la griega sacar una granada de fragmentación y arrojarla en dirección de la armería.
– "¡¿Qué haces, mantis?!" – Exigí saber.
– "¡Corre, maldita sea!" – Ordenó. – "¡Corre!"
El artefacto detonó y, en una fracción de segundo, lo que alguna vez fuera una zona de entrenamiento y bodega para el arsenal enemigo, se convirtió en una bola de fuego que arrojó pedazos de concreto y escombró al aire con una horrísona explosión. La fuerza nos cimbró el cuerpo entero y el de los malhechores, pero nosotras pudimos mantener el paso y proseguir dejando fuera de combate a los oponentes conforme avanzábamos por el pasillo por el que llegáramos. La emplumada se mantenía arrojando granadas de humo detrás del grupo y disparando a las luces para mantener nuestra ventaja. Ciertamente esperábamos más resistencia, especialmente cuando los miserables tuvieron tiempo de prepararse mejor contra un objetivo encerrado y rodeado, pero tampoco es que pudiéramos dar mucho crédito táctico a un grupo de psicópatas. Por supuesto que, si de locos hablábamos, las acciones de la helénica no eran las más cuerdas.
– "¡¿Qué carajo fue eso, Pepper?!" – Cuestionó exaltada la americana, recargando su rifle. – "¡¿Era una granada o una bomba nuclear?!"
– "¡C4! ¡Todas las reservas que encontré!" – Respondió la aludida. – "¡Los coloqué a manera de prevención en caso que algo así sucediera! ¡Si algún arma sobrevivió, estará demasiado dañada para ser útil!"
– "¡Por el martillo de Hefesto, Nikos! ¡¿Acaso querías seguir aumentando tu récord de muertos?!" – Vociferé. – "¡La próxima vez avisa!"
– "¡Eso iba a hacer, pero resulta que nos atacaron!"
– "¡Todo por ponerte a contar tu historia! ¡Ni El Quijote es tan largo!"
– "¡Ay, perdón por revelarte el pasado que nadie debería saber! ¡Qué buena amiga eres, Nazi del demonio!"
– "¡Y tú bien aprovechada, tocándole el trasero a la pajarraca!"
– "¡No me llames así, flacucha!" – Se quejó la falconiforme.
– "¡Cállate, Süsse, que te estoy defendiendo!"
– "¡Te dije que fue un accidente!" – Afirmó la mediterránea.
– "¡Al menos tócame el mío también!" – Exclamé. – "¡Hay que ser equitativas!"
– "¡Eres una imbécil, Potato! ¡Y ni nalgas tienes!"
– "¡Holy fuck! ¡Machinegun ahead!" – Profirió de repente. – "¡Hit the mothefuckin' floor!"
– "¡¿Qué dijiste, Süs-?!" – Me pausé de inmediato. – "¡Por Melínoe! ¡Pecho a tierra!"
Abrazamos el suelo al instante cuando contemplamos a un ogro de más de dos metros blandiendo una gigantesca ametralladora M60. Estaba protegido en todas sus extremidades, incluyendo su único cuerno en la cabeza, con un grueso chaleco de placas cerámicas, más resistente a las balas que el kevlar, por lo que derribarlo sería una faena. También poseía una máscara antigás junto a goggles opacos, para escudarle de flashbangs. Las memorias de Tionishia y su infernal M61 Vulcan durante el entrenamiento regresaron a nuestras mentes mientras nos arrastrábamos por el piso, tratando de esquivar la lluvia de proyectiles que una de las armas más características de la guerra de Vietnam despedía a seiscientos cincuenta tiros por minuto. La ligera curvatura del pasillo era la única protección con la que contábamos, pero el tipo se acercaba a cada segundo, sin contar que sus secuaces aún estabas detrás.
– "¡Fahr zur Hölle, du Bastard!" – Zaherí, pegándome a la pared. – "¡El desgraciado me dio en el brazo!"
– "Es sólo un roce, flaca, estarás bien." – Dijo la halcón, del lado contrario. – "Ahora, ¿cómo rayos detendremos a ese mastodonte? Es decir, sin matarlo."
– "No puedes volar sin arriesgarte, Potato no puede escalar paredes sin exponerse y mi escudo no resistirá el asedio." – Enumeró Dyne. – "Granadas cegadoras quedan descartadas, su casco lo protege. Y no podemos destruir las luces para dejarlo a oscuras sin que nos vuelen los sesos."
– "¿Qué nos queda?" – Pregunté.
– "Ataquemos las tres al mismo tiempo." – Habló la arpía. – "Nos darán de todas maneras si estamos aquí, al menos dos podrán salvarse."
– "¿Por qué de repente todas tienen ideas suicidas?" – Se cuestionó Nikos. – "Mejor nos colocamos la bala en el cerebro y nos ahorramos tanta ridiculez."
– "Be my guest, Pepper." – Replicó sardónicamente la rapaz. – "Hablando en serio, ¿se te ocurre algo mejor, Leónidas?"
– "¡Eso es!" – Exclamé. – "¡Dyne, Operación Falange! ¡Súbete encima de mí y coloca el escudo frente a las dos! ¡Cetania arroja una granada de humo y nos lanzamos hacia él!"
– "¡Estás loca, araña chiflada!" – Protestó la griega. Entonces, una bala detrás de nosotras pasó volando.
– "¡Ya están aquí! ¡De prisa!"
– "¡Con un demonio!" – La helénica aceptó a regañadientes. – "¡Bien, al menos moriremos como heroínas!"
– "¡Ese es el espíritu, grillita!" – Exclamé, empuñando mi ametralladora. – "¡Angriff, bewegung!"
La pelinegra de ojos verdes puso su escudo balístico frente a mí con su espolón y blandió sus armas con sus manos. Con Mugi en las mías y la halcón en el aire, cargamos briosamente a la batalla como los famosos guerreros de helénicas tierras formando impenetrables paredes humanas con lanzas, escudos y una férrea voluntad. No éramos trescientos hoplitas espartanos, pero el enemigo era igual de enorme y numeroso que el ejército de Jerjes I. Y al igual que los estados griegos, no permitiríamos que el invasor persa se saliera con la suya o feneceríamos en una gloriosa kalós thanatos, una muerte heroica en combate. Los proyectiles de 7.62x51 milímetros de mi MG3 se encontraron con los del mismo calibre de la M60 adversaria. Él contaba con un chaleco especializado, nosotras un pequeño escudo, ambos lados podrían perecer, nadie retrocedería.
– "¡Molon labe, ilithios!"
Vituperando a todo pulmón, la mediterránea alzó el escudo para impactar con fuerza al sujeto cerca del cuello, seguido de un choque completo de mi parte. Empero, eso no fue suficiente para derribar a un ser tan tozudo como un ogro. No había duda, era igual que cuando enfrentamos a Tio, excepto que este parecía poseer más fuerza, por si eso fuera posible. Las dos intentamos arrancar el arma de sus manos, pero el traje, aunque no una armadura como la ogresa de MON, era resistente y la fuerza de su dueño nos dificultaba movernos sin ceder terreno. Forcejeamos por unos momentos en una batalla de músculos y terquedad que el tipo definitivamente parecía estar ganando. Nikos recurrió a su espolón libre para agredirle, pero las placas cerámicas desviaban los ataques.
– "¡Justice rains from above, motherfucker!"
Haciendo honor a su especie y evocando una frase que nuestra amiga Aiur había usado en más de una ocasión, la falconiforme cayó como una cazadora sobre su presa y, con una velocidad impresionante, propinó una patada doble a la cabeza del malnacido lo suficientemente poderosa para hacerle retroceder. El casco protegió al malhechor de recibir una descarga paralizante, pero la distracción nos dio tiempo para propinarle más golpes entre las tres. Un triunvirato contra un solo blanco parecería injusto, pero no es que la igualdad nos importara cuando la vida estaba en juego. Además, era un ogro protegido por un traje antibalas; era igual que tratar de derribar un árbol a golpes. Le disparamos al mismo tiempo, pero ese chaleco era muy resistente y se movía demasiado para permitirnos apuntar con precisión zonas vulnerables.
Desgraciadamente, aunque conectamos muchos impactos, ninguno parecía afectarle y logró derribarnos a la empusa y a mí de un empujón, haciéndonos chocar con la pared. Dyne se levantó y trató de arrebatarle su ametralladora, cumpliendo su objetivo pero recibiendo un golpe en el estómago con la culata del arma en el proceso. Fue el turno de la rapaz de intentar otra segunda patada y se preparó para alzar vuelo. Empero, el bastardo logró tomarla del cuello y la estampó en el suelo. Yo aún seguía aturdida por el impacto y levanté la cabeza al momento que él alzaba a la castaña y se preparaba para propinarle un puñetazo en la cara.
El tiempo corrió en cámara lenta mientras sus dedos formaban un doloroso mazo cubierto de material antibalas y concentraba toda la fuerza en ese punto para pulverizar brutalmente a mi amada nativa de Montana. La sangre me hirvió en ese instante, mis ojos rojos, resaltados por la negra franja de pintura facial, se encendieron como las llamas del Hades y mi expresión se volvió la vesania en su estado más puro. Cetania y yo habíamos aceptado que podíamos ser heridas fatalmente en batalla, era un riesgo que corríamos a pesar de que protegernos a toda costa era un juramento innegable en dos personas enamoradas. Por eso podía mantener la calma incluso en el más acérrimo ataque en el que nuestro bienestar peligrara.
Pero verla ser destruida de esa manera, perecer literalmente a manos de un execrable monstruo terrorista no era la forma en la que una digna guerrera debía caer. Mi hermosa ave de presa viviría, eso lo juré por mi propia alma. Sin quitarle la vista de encima, dirigí mi mano hacia el martillo que guardaba y, corriendo en dirección de ese desalmado, lo blandí para atacar un punto vulnerable. Sí, estaba cubierto de pies a cabeza por un traje protector y su fortitud era impresionante, pero hasta el más inexpugnable castillo bizantino cayó ante los turcos otomanos cuando las tropas de Constantino XI olvidaron proteger una entrada a la ciudad. Y al igual que los jenízaros, yo explotaría esa debilidad atacando directamente al punto más delicado de esa fortaleza viviente.
¡Sus mugrosas bolas!
– "¡Fick dich, Arschloch!"
No quiero imaginar lo que la pesada cabeza de acero del martillo le hizo a las hediondas pelotas de ese animal, porque a pesar de ser mujer hasta a mí me duele el pensarlo, pero por la manera en que la punta cilíndrica se hundió sin problemas en su entrepierna, estoy segura que por un momento sus testículos se convirtieron en ovarios por lo profundo que debí meterlos dentro de su cuerpo. Y por el volumen de sus gritos, debió ser hasta el fondo. En otra ocasión, esa castración forzada me hubiera parecido extremadamente cruel. Pero por otro lado, meterse con mi rapaz merecería un castigo reminiscente a las ejecuciones llevadas a cabo en Auchswitz, así que actualmente fui muy, por muy magnánima.
Además, me las debía por esa herida en el brazo.
Él soltó a la halcón al instante, pero yo no terminaba aún. Sin detenerme, retiré mi herramienta de sus destrozadas joyas familiares y la volví a alzar para un segundo ataque, esta vez sobre la sesera del sujeto, protegida parcialmente por su casco. El impacto, aumentado por mi rabia, fue tan brutal que el ogro se tambaleó hacia adelante y el mango del martillo se quebró. Antes de que el bastardo pudiera recuperar el equilibrio o el control de sus paralizadas extremidades, recibió un golpe en la quijada por parte del escudo de Nikos, fracturándolo y partiéndolo a la mitad. El tiro de gracia provino de la americana, que cayó con otra soberbia picada sobre la cabeza del enemigo, estampándolo en el suelo, boca arriba. Como guinda, le abrí la boca al tipo inconsciente y coloqué una granada de humo que prontamente activé para resumir nuestra faena de huir de ese corredor.
– "¿Lo habremos matado?" – Preguntó la helénica, volando el resto de las luces.
– "¿Importa?" – Contesté, recargando mi MG3. – "Nadie se mete con mi Cetania."
– "Nada como el amor para justificar la violencia, ¿cierto?" – Dijo ella mientras cambiaba cargador. – "Aunque tampoco es que sea quién para juzgarte. Buen trabajo, Potato; los Bakos te aceptarían con gusto."
– "¿Ya puedo ser caporegime?"
– "Necesitó más escopetazos en las bolas, pero supongo estuvo bien." – Rió.
– "Desde aquí se pueden oír sus cuchicheos, escandalosas." – Habló la castaña, volando encima de nosotras. – "¿A dónde nos dirigimos?"
– "A la zona central de la fábrica." – Repliqué. – "Ahí tendremos señal para contactar a alguien."
– "¿Crees que Smith ya se haya dado cuenta de que Jerkson está aquí?" – Cuestionó la emplumada. – "Quizás ya se encuentra camino a este lugar."
– "O tal vez aún esperan a que se presente, cosa que nunca sucederá." – Opinó la mediterránea. – "Podemos contar con que estaremos solas por un buen tiempo."
– "Somos MOE, siempre estamos solas." – Reafirmé. – "Me preocupan las reservas de granadas. Tengo una flashbang y dos de humo."
– "Me gasté las mías, pero tengo dos de fragmentación y una de gas." – Contestó la griega. – "Tengo suficientes balas de todas maneras."
– "Dos cegadoras, dos de fragmentación, una de humo, todas de cuarenta milímetros." – Informó la falconiforme. – "Usémoslas sabiamente. Por cierto, ¿no teníamos dardos tranquilizantes?"
– "No, los míos se rompieron." – Contesté. – "La pistola aún funciona, creo."
– "Son demasiado frágiles, incluso en su estuche." – Acotó la Lesbia. – "Aunque poco nos hubieran ayudado si todos andan protegidos como ese gorila."
– "Las entiendo, los míos igual se quebraron." – Suspiró la chica de Montana. – "¿Creen que aún nos persigan esos papanatas?"
La respuesta llegó cuando los enemigos aparecieron por el camino que daba al sector A, abriendo fuego como una turba uniforme de plomo y fuego. Aceleramos el paso y regresamos los disparos hasta alcanzar la puerta que daba al exterior, al final del corredor. Para nuestra (ya acostumbrada) mala suerte, ésta se encontraba cerrada, dejándonos atrapadas ante el adversario, cuya distancia continuaba acortándose a cada segundo, no así sus gritos de furia que eran como los ladridos de Cerbero dándonos la bienvenida al Hades. Antes que pudiéramos pensar en nuestro epitafio, la pelinegra reveló un pequeño rectángulo de verde envoltura y una mirada seria. La arpía y yo cruzamos miradas y, tragando saliva, asentimos afásicamente.
– "¡In Deckung gehen!"
Ordenándoles a mis compañeras cubrirse cuando Dyne quitó el anillo de seguridad a la granada, besamos el suelo de inmediato y preparamos nuestras armas en caso que el oponente nos alcanzara mientras la puerta volaba en mil pedazos por la detonación del C4 que Nikos le colocó. No sabía si fueron los conocimientos sobre explosivos que ella obtuvo de Brianna o si fue pura suerte lo que evitó que no termináramos decorando las paredes con nuestras tripas y sangre, pero agradecimos que la empusa supiera lo que hacía y escapamos de ahí tan pronto pudimos. Nuevamente estábamos en la planta principal de la fábrica y nos apresuramos a las escaleras para tomar posiciones altas y poder emboscar a nuestros perseguidores si se atrevían a salir.
– "¡Fuck!" – Gritó de repente la rapaz. – "¡Watch out!"
Una bala de calibre 7.62x54 disparada desde la planta superior rozó el costado del chaleco de la mantis, obligándole a aumentar la celeridad de sus pasos para evitar que el segundo proyectil le diera. Sin detenerme, abrí fuego en la dirección general de donde provenía la bala, suprimiendo al tirador por el tiempo suficiente para a mis compañeras de buscar cobertura. Debí hacer lo mismo y esconderme, pero sabía que darle un respiro a ese miserable era lo necesario para que volviera a arremeter contra nosotras, así que continué disparando en intervalos para mantener la presión sobre su posición.
– "¡Aria, ¿qué haces ahí?!" – Cuestionó la castaña. – "¡Ven o te van a dar!"
– "¡Bien pensado, Jaëgersturm!" – Me congratuló la helénica, ayudándome con su subfusil. – "¡Peaches, tú sabes dónde está ese francotirador! ¡Lanza una granada de humo en su dirección! ¡De prisa, que no duraremos mucho!"
– "¡Roger that, Pepper!" – La americana alistó su M203. – "¡Fire in the hole!"
Apretando el gatillo del lanzagranadas, la falconiforme arrojó un proyectil balístico hacia el lugar donde el tirador se ocultaba, liberando una gris nube de asfixiante humo al impactar. Prontamente, nuestro pésimo imitador de Simo Häyhä salió de su escondite cargando un rifle Snayperskaya Vintovka Dragunova (SVD), sólo para ser abatido en la pierna por la certera puntería de la chica halcón y su M4A1. Con el atacante fuera de combate, la arpía se removió sus manos postizas para emprender vuelo y noquear al tipo con una paralizante descarga eléctrica. Lo que pudo ser un largo e indeseado enfrentamiento a larga distancia, terminó velozmente por nuestro rápido actuar y disciplina de batalla; cada vez dejábamos de ser más novatas. La pelinegra y yo cuidábamos la retaguardia, caminando en reversa.
– "Bien hecho, chicas." – Sonreí, recargando mi glotona ametralladora. – "Süsse, ¿ves peligro desde ahí?"
– "Sin moros en la costa." – Confirmó la mencionada. – "Me resulta extraño que únicamente estuviera este papanatas cubriendo el área. Presiento una trampa."
– "No vimos a Jerkson en ninguno de los pelotones que nos perseguían, quizás huyó y planeaba dejar al resto atrapado." – Sugirió la chica de ojos verdes. – "Tal vez el tirador activaría un explosivo si intentaban abrir la puerta, pero nos adelantamos."
– "Un plan demasiado específico como para atinarle, pimientosa." – Opiné. – "Espera, lo hiciste alguna vez, ¿cierto?"
– "Yo no, pero el fanfarrón de Papagos se vanagloriaba de haber exterminado a siete turcos con una granada usando la misma estrategia." – Aseguró la griega. – "No me jacto de conocer los planes de un terrorista, pero estoy familiarizado lo suficiente para conjeturar su manera de pensar."
– "¿Lo ves? Y todavía piensas que Smith va a mandarte al Guantánamo."
– "¿Por qué soy una herramienta desechable con conocimientos útiles y que puede ser fácilmente usada como chivo expiatorio de ser necesario, gracias a un pasado criminal?"
– "Porque usas tus conocimientos para el bien." – Injirió Cetania. – "Ya te dijimos que eres niña buena, Pepper, acéptalo y deja de menospreciarte."
– "Te agradezco la confianza, Peaches. Ojalá pudiera decir lo mismo de la situación." – La mediterránea cambió la frecuencia de la radio. – "Sin señal, ¿acaso compraron estas cosas en una tienda china?"
– "Han de ser donados por el demente de Sarver." – Bromeé, subiendo las escaleras hasta la plataforma con la emplumada. – "Hablando de eso, ¿no sería genial que MON apareciera en la Dama de Hierro, atravesando la pared como en una película de acción?"
– "Sí, y combatiremos dragones, salvaremos a la princesa y seremos coronadas generales del ejército de su Majestad Kuroko I del reino de Smithsonia." – Replicó son sarcasmo la mantis.
– "De hecho, eso fue lo que actualmente sucedió en Sparassus durante la guerra contra tu especie, grillita." – Retruqué. – "Mi antepasada y sus aliadas le quebraron los cráneos a unas cuantas lagartijas voladoras y las ascendieron a Grandes Damas de la Orden Arachne Sagrada. Excepto que la princesa era la nación de Sparassus en sí."
– "Guárdate las lecciones de historia, Potato, que el enemigo podría apa-"
Las luces enteras de apagaron de repente.
– "Tenías que abrir tu bocota, ¿cierto, pepino amargado?" – Murmuré sardónicamente, pegándome de espalda a ella.
– "Me pegaste tu mala suerte, garrapata gigante." – Masculló, emulándome. – "Bajen la voz y no se coloquen los lentes de visión nocturna, eso es lo que quieren."
– "¿Encenderán la iluminación cuando nos confiemos y nos acribillarán cuando el destello nos ciegue? ¿Flashbangs?" – Enumeró la rapaz, uniéndose. – "¿Les sucedió a ti y Giovanna, grillita?"
– "Correcto, Peaches. La Guardia Costera nos sorprendió cuando inspeccionábamos un barco de carga." – Relató la helénica. – "Nos habíamos acostumbrado a la exigua iluminación cuando nos apuntaron de repente con sus lámparas. Arkantos murió ese día."
– "No puedo decir que lo siento, pero entiendo." – Expresé. – "¿Puedes ver algo en esta lobreguez?"
– "Lo suficiente para confirmar que estamos sol…" – Se pausó. – "¡Mierda!"
Obedecimos la orden implícita que ese improperio significaba sin rechistar y nuestra visión se tornó enteramente blanca a pesar de haberla protegido con nuestros brazos. Como predijimos, los granujas nos arrojaron granadas cegadoras antes de comenzar su asalto. Ya que también creaban un estallido ensordecedor, nos era difícil ubicarnos entre las plataformas elevadas y la oscuridad total. Nuestra única esperanza de supervivencia era que los enemigos no se acercarían mientras continuaran asediándonos con las flashbangs a menos que también quisieran quedar expuestos. Arriesgándome, tomé las manos de mis compañeras y la hice seguirme hacia un débil resplandor iluminado por la luna en medio de la negrura.
Afortunadamente, mi corazonada fue correcta y resultó ser el brillo de una viga metálica que sostenía una pared que a su vez protegía una escalera. Estábamos parcialmente protegidas del destello de las granadas y las balas, dándonos tiempo suficiente para pensar en un contraataque. Por suerte no cometimos el error de disparar a ciegas o hubiéramos revelado nuestra posición exacta, que el adversario todavía desconocía, pues de otra manera hubiéramos perecido. Usando nuestras lámparas para revisar nuestro equipo e intentando enfocar nuestra borrosa vista, Dyne nos ordenó aguardar a que el bombardeo finalizara y los desgraciados decidieran entrar, ahí podríamos esperar a si encendían las luces o si proseguían a oscuras para que sacáramos ventaja de nuestras gafas especiales.
Sucedió lo segundo.
Usando su habilidad natural como especie nocturna, la empusa notó al pelotón adentrarse a la zona y nos indicó que nos colocáramos los visores. Con el poder de la amplificación del espectro de luz visible, observamos a través del verde filtro de nuestras lentes a los terroristas avanzar lentamente, buscándonos entre los rincones. Muchos usaban apuntadores láser, fácilmente distinguibles, y algunos pocos, quienes supusimos eran los líderes de escuadrón, cargaban con cascos de visión de noche. Las tres estábamos perfectamente ocultas y seguimos aguardando a los movimientos del rival, que continuaba avanzando cautelosamente. Las cazadoras son pacientes y la presa comenzaba a sentir el miedo ante aquellas depredadoras que había probado ser dignas de ocupar la cabeza de la cadena alimenticia.
Se dividieron en dos, manteniendo cierta distancia entre cada pelotón pero todavía lo suficientemente juntos para no sentirse aislados. Nada de nuestro equipo sería detectable ante sus amplificadores de luz mientras nos mantuviéramos quietas y permanecimos estoicas, respirando lentamente y sin hacer ruido alguno que nos delatara, como fantasmas. Nikos señaló con sus manos en la espalda al grupo más alejado, luego apuntó a su cuchillo, después a una granada de fragmentación y finalmente a la luz de su subfusil. Con un ademán, indicó que arrojaran el objeto punzocortante a manera de distracción hacia el grupo que se encontraba más lejos para confundirlos. La castaña y yo entendíamos, pero nos preocupaba la granada.
– "Dime que no quieres volarlos en mil pedazos, saltamontes." – Le susurré a la Lesbia, lo más tenue que pude. – "No es que me importen esos granujas, pero nuestro lema no es de adorno."
– "Creí que ya habían aceptado que me había reformado, patata frita." – Respondió, emulándome. – "Me refería a una granada de luz. Cuando escuchen el ruido del cuchillo cayendo, Peaches dispara la cegadora al grupo más cercano y eliminamos al más alejado, aprovechando que los primeros perderán el sentido del oído por más tiempo y no escucharán nuestros disparos."
– "¿Tendremos tiempo para neutralizarlos?" – Indagó la americana. – "¿Cómo sabemos que no hay un tercer grupo esperando a que nos revelemos?"
– "Es un riesgo que deberemos tomar, arpía."
– "Pensé que debíamos ser pacientes." – Expresé. – "¿Por qué la repentina prisa?"
– "Aprovecha mientras el enemigo está nervioso y propenso a abrir fuego incluso contra sus aliados." – Respondió la griega, entregándome el cuchillo. – "No falles, Potato. A mi señal… ahora."
Obedeciendo, arrojé el objeto hacia el segundo pelotón. La herramienta voló por los aires silentemente y chocó contra un pedazo de metal al impactar el suelo, creando un sonido que captó instantáneamente la atención del contrincante y, con la mínima provocación, dispararon hacia aquella dirección sin pensar por un segundo. Con la cacofonía del traqueteo, la falconiforme lanzó una granada cegadora hacia el escuadrón indicado. La detonación iluminó la habitación y ensordeció los oídos por completo al tiempo que las tres emergimos del escondite para fulminar al primer pelotón. El ángulo no era el más óptimo, pero pudimos darles a todos los integrantes en unos pocos segundos.
Lo más lógico hubiera sido regresar a nuestras posiciones después de tan fastuoso y eficiente ataque, pero la halcón captó el movimiento de un tercer escuadrón en la periferia. Ella tuvo razón, los malditos aguardaron a que nos descubriéramos. Sin dilación, la chica de Montana disparó su última cegadora hacia el tercer pelotón y tan pronto esta detonó, salimos de nuestros escondites a toda velocidad, disparando contra el primer grupo que ya había sido aturdido dos veces por las flashbangs. Era la opción más fácil y cercana, así que era mejor eliminarlos en lugar de desperdiciar la oportunidad en el otro; nuestra posición nos hubiera evitado atinarles correctamente a éstos últimos.
La helénica y yo nos mantuvimos juntas mientras la rapaz alzaba vuelo del lado contrario, buscando una superficie aún más elevada. La mediterránea se aseguró de tomar el rifle SVD del francotirador en la huída, por si nos hacía falta. Los malhechores salieron de su confusión para entrar a otra cuando nuestro aluvión de proyectiles comenzó a dejarlos fuera de la jugada tan pronto alcanzamos un buen punto para defendernos. Hubo unos cuantos que lograron escapar, pero habíamos mermado enormemente su capacidad combativa. Estábamos eufóricas, habíamos realizado las maniobras con profesionalismo a pesar de improvisar la mayoría del tiempo. Tal vez fuera suerte de principiante, quizás actualmente poseíamos suficiente talento para salir bien libradas, tal vez ellos fueran idiotas; no importaba, nuestro trabajo debía finalizarse y eso era lo que íbamos a hacer.
– "¡Detrás de nosotras!"
Si la fortuna no nos abandonaba primero.
La estadounidense nos advirtió del peligro en forma de un cuarto pelotón apareciendo en nuestra retaguardia, efectivamente dejándonos rodeadas… nuevamente. Tique dejó de sonreírnos y nuestra ascendente superioridad numérica desapareció en un instante. Apretamos los dientes, no iban a concedernos una victoria pronto ni nos permitirían salir relativamente incólumes; iba a doler. Dyne, haciéndose con el SVD, se encargó del tercer batallón mientras la falconiforme y yo nos centramos en la más reciente amenaza. El concierto de muerte continuaba irrumpiendo en el ambiente y el intercambio de fuego era intenso, con nuestra única ventaja residiendo en la disciplina y elevación. Era una suerte que no decidieran usar liminales voladores en sus filas más allá de demonios, aunque las alas de estos últimos sólo permitían planear.
– "¡Sector limpio!" – Informó la mantis, volteándose a nuestro lado. – "¡Ocho disparos para tres blancos! ¡Necesitamos una maldita francotiradora en el equipo!"
– "¡Lo sé, lo vengo diciendo desde el entrenamiento!" – Afirmé. – "¿Y el rifle?"
– "Sin balas, lo tir-¡Gah!" – La pelinegra recibió un disparo cerca de la pierna. – "¡Bastardos!"
– "¡¿Estás bien, Nikos?!"
– "¡Sí, es sólo el escozor del roce!" – Se levantó para seguir disparando. – "¡No me vencerán tan fácilmente!"
– "¡¿De dónde salen tantos?!"
– "¡Todas las obreras acuden para proteger a su reina, flaca!" – Exclamó la halcón. Un proyectil chocó cerca de ella. – "¡Fuck! ¡Estos hijos de puta traen chalecos! ¡Las malditas balas de goma no son suficientemente rápidas para derribarlos!"
– "¡No nos queda de otra, cambiemos a las reales!" – Sugerí. – "¡Traen de seguir dándole a las piernas! ¡Los cerdos caen más rápido bajo su propio peso!"
– "¡Cúbranme entonces! ¡Recargando!" – Ordenó la empusa. Ella me dio su granada de gas. – "¡Las que tenían en su armería! ¡Asfíxialos, Potato!"
– "¡Bromuro de xililo! ¡Es ilegal!"
– "¿Importa?"
– "¡Claro que no! ¡Que se jodan!" – Sonreí. – "¡Hier! ¡Ein Geschenk von der Sparassus Armee, idioten!"
Arrojé el objeto con todas mis fuerzas hacia el conglomerado de desgraciados y una espesa nube del mismo tóxico gas usado en las trincheras de la Gran Guerra invadió ojos y pulmones de esos malnacidos, obligándolos a abandonar sus escondites y dispersarse como cucarachas. No era una granada como las modernas, sino una consistente en un tosco cilindro metálico con un perno de seguridad y los ingredientes químicos impresos en inglés, sin otros datos que identificaran su procedencia. No me sorprendía que los criminales usaran químicos prohibidos por la Convención de Geneva, pero sí que poseyeran una forma más refinada que nos fueran los crudos contenedores habituales. Locos con acceso a buen armamento, incluso olvidado; debíamos exterminarlos a toda costa.
Tomándome tiempo de cambiar a una cinta con munición real, apoyé a mis aliadas a incapacitar a las fuerzas adversarias. Sin luces y con la visión de color verde por nuestros aparatos, la lucha se desarrollaba en intervalos de disparar por medio segundo y cubrirse inmediatamente. Los terroristas tentaban demasiado su suerte y permanecían más tiempo expuestos, debilidad que explotábamos para mis compañeras los eliminaran mientras mi MG3 los suprimía. Aunque en el proceso nos hubiéramos ganado un par de heridas por roces de proyectiles de diversos calibres, por enésima ocasión inclinábamos la balanza hacia nuestro favor.
– "¡Oh, fuck me!" – Zahirió la arpía a todo pulmón. – "¡Enemigos las doce en punto!"
– "¡Simijo!" – Imprecó la mediterránea. – "¡Potato, suprímelos!"
– "¡Gran Arachne, dame fuerzas!" – Me di la vuelta. – "¡Feuerschutz!"
Igual que las hordas soviéticas, el adversario parecía tener una reserva ilimitada de efectivos y regresábamos a la primera casilla, envueltas en un ataque por ambos frentes. El quinto pelotón contaba con más hombres y parecían mejor equipados que los anteriores. Nuestra munición, aunque abundante, no lo era, igual que la suerte; y ambas parecían que se agotarían en cualquier momento. Desconocíamos por qué demonios parecían asaltarnos en intervalos de oleadas en lugar de aplastarnos devastadoramente como las tácticas de pinzas de la Blitzkrieg, pero no íbamos a quejarnos por las pésimas decisiones del enemigo. Si su estupidez nos permitía abatirlos, bienvenida sea.
– "¿Pero qué carajo?" – Murmuré, al observar cierta anomalía. – "¿Acaso eso es… es un lanzacohetes?"
Sí, lo era.
Un Carl Gustav M2, para ser precisa. No era raro verlos usar armas suecas, pero sí que se decantaran por una tan devastadora y cara cuando un RPG-7 es mucho más asequible y abundante. O ese era el único que les quedaba o sólo querían matarnos de la manera más dolorosa posible, pero no íbamos a quedarnos para averiguarlo y raudamente salimos de la cobertura para alejarnos lo más que pudiéramos de esos misiles antitanque de ochenta y cuatro milímetros. No recuerdo cómo o por qué, pero pude escapar al monstruoso impacto del devastador proyectil. Usar un arma así en un espacio cerrado era una completa locura, pues las esquirlas del cohete, dependiendo de la munición usada, estaban diseñadas para desintegrar infantería en espacios abiertos, incluyendo al tirador.
Ya fuera que estuvieran tan desesperados para recurrir a tácticas suicidas o no, tuvimos la enorme fortuna de que el tirador apuntara demasiado alto y el techo, derruido por los años, cediera ante el empuje de 255 milímetros por segundo, sin explotar sobre nosotras y enviarnos en un viaje expreso al Estigia. Desgraciadamente, si bien no detonó al golpear el techo, el proyectil reventó un segundo después en el aire, iluminando el cielo y destruyendo el resto de la estructura encima de nosotras. Ambos bandos se cubrieron de los escombros de metal y vidrio cayendo al suelo, algunos hallando refugio y otros siendo alcanzados por los trozos expedidos a tremenda velocidad, pero todos acabaron aturdidos.
Era nuestra oportunidad.
Recurriendo a nuestra última flashbang, lancé la granada hacia esos psicópatas para mantenerlos a raya mientras nosotras salíamos de nuestros escondites, cargando hacia ellos en un contraataque desesperado. No podíamos darle otra oportunidad o no sobreviviríamos a esta constante escalada de peligros; quién sabe qué artimañas podrían usar la próxima vez, pero arrojar un cohete para deshacerse de tres personas era excesivo hasta para el más pirado. Entre toda esa vorágine de fuego, plomo y suciedad flotando en el aire ennegrecido, agradecí profundamente el estar viva. El poder admirar tan infausto despliegue de violencia y meditar sobre el horror del peligro que acechaba al país significaba que yo aún existía y podía hacer algo para detenerlo. Vivir entre la muerte para evitarla, heroica paradoja.
Aunque nosotras no salimos incólumes de los destrozos que el misil dejó, con nuestro cabello aún ostentando pedazos de metal y polvo, además de algunas cortaduras por el vidrio, sin contar de que nuestros oídos y vista se mantenían afectados por la detonación del cohete y la granada, aquello no nos impidió continuar en nuestro afán de hacerles pagar por el infierno que sufríamos. Era una idea estúpida, suicida, pero no es que quisiéramos prolongar la batalla hasta quedar sin medios para continuar; la munición escasearía y nuestras energías se mermaban a cada minuto. Debíamos terminar, concluir de una maldita vez.
Logramos pasarlos de largo, inutilizando a varios en el proceso y huimos hacia otra sección en busca de una posición más favorable. Ellos tampoco se dejarían vencer y, a pesar de tener los sentidos aturdidos, abrieron fuego en direcciones aleatorias, tanto con sus armas de fuego como sus granadas, creando una red de balas y destellos que no distinguía de amigos o enemigos. Interrumpimos nuestro correr para encontrar un escondite prematuramente en uno de los corredores que conectaban las secciones, pues el huracán de furia nos alcanzó demasiado rápido. Esta era, era la batalla que decidiría todo.
Arachne, dame fuerzas.
– "¡Verdammt, Ich bin getroffen!" – Exclamé al recibir una bala. – "¡Scheisse, scheisse!"
– "¡¿Estás bien?!" – Interrogó Cetania, oculta del lado izquierdo, detrás de una gran caja de hierro. – "¡¿Dónde te dieron?!"
– "¡El hombro, de nuevo! ¡Arde como mil diablos!" – Le mostré la herida. – "¿Lo ves? ¿Te parece grave?"
– "¡Fue de rebote! ¡Naciste con buena estrella, flaca!" – Sonrió la rapaz, aliviada y regresando el fuego. – "¡Pepper, ¿dónde estás?!"
– "¡Detrás de esta araña!" – La pelinegra se reveló. – "¡Hazte a un lado o te meto otra bala en la boca, trasero gordo!"
– "¡También me alegro de verte, pepino amargado!" – Sonreí, recargando. – "¡Sólo dos cintas más! ¡No sé cuánto más resistiremos!"
– "¡Yo igual me estoy quedando seca!" – Anunció la castaña, usando a Helena, su pistola. – "¡Aria, necesito balas!"
– "¡Sírvete, linda!" – Le arrojé mi bolsa de abastecimiento. – "Simijo, esto se pone peor. Estoy cada vez más tentada a pedirte que uses las granadas de fragmentación, Dyne."
– "Sonará hipócrita de mí, pero es ahora, bajo presión, cuando debemos mantener nuestro juramento de no matar." – Replicó la empusa, colocando un cargador nuevo a su MP5. – "Quizás debamos regresar a la armería, puede que haya algo que nos sirva."
– "Acabamos de salir de ahí de milagro, Pepper." – Reiteró la estadounidense. – "Sé que tenemos que volver por las prisioneras, pero lo haremos cuando terminemos con estos granujas."
– "Estamos atrapadas de todas maneras, tendremos más oportunidad de vi-¡Gah!"
– "¡Ah, scheisse!" – Tomé a la helénica en mis manos. – "¡Dyne, ¿estás b-?! ¡Agh!"
– "¡Aria!" – La halcón intentó correr hacia mí, pero le detuve.
– "¡Estoy bien, estoy bien! Es sólo una esquirla en la pierna." – Me incorporé. – "Nikos, ¿cómo te sientes?"
– "Peor que tu cara." – Respondió la aludida, tomando mi mano. – "Únicamente fue la pierna, de rebote."
– "Cuando dijimos que éramos hermanas no significaba que me imitaras en todo."
– "¡Suelta las bromas, ¿quieres, Potato?! ¡Estas paredes son demasiado delgadas! ¡Regresamos a la armería!"
– "¡Jawohl, Unteroffizierin!" – Comencé a retroceder. – "¡Süsse, nos largamos!"
– "¡Roger tha…!" – Se pausó. – "¿Oyeron eso?"
– "¿De qué hab-?"
No tuvimos tiempo de terminar cuando el acceso que daba a la planta baja, ya de por sí destruido por los explosivos, se derrumbó por completo. Pero el colapso no fue debido al daño estructural causado por el C4, sino a, sorpresivamente, la aparición del maldito ogro que dejáramos inconsciente en nuestra huída. Igual que cierto superhéroe de verde epidermis de los cómics, el musculoso sujeto emergió de las ruinas con un grito amenazador que hizo eco entre las paredes de metal y concreto. Ya no poseía su casco ni chaleco y pudimos admirar su horrible rostro, lleno de furia, así como sus ojos chispeantes. La bestia había regresado y estaba ebria de rabia. Para demostrar que no nos había olvidado, nos saludó con una amistosa embestida, dirigiéndose como una locomotora sin frenos hacia nuestra dirección.
Nosotras le disparamos.
Sin su equipo protector, su cuerpo era presa fácil para nuestras balas y pronto una panoplia de proyectiles de igualmente variopintos calibres se internó en los músculos de sus extremidades inferiores. Por supuesto que, tomando en cuenta su impresionante velocidad y grosor de su piel, era como tratar de detener un rinoceronte a pedradas. Ignorando el hecho que sus secuaces aún proseguían disparando en su dirección, ese mastodonte tozudo comenzó a destruir todo conforme continuaba chocando y arrojando golpes casi al azar en nuestra dirección general. No estaba dentro de sí, no razonaba, sólo era un toro alimentado por vesánica venganza y nosotras simples topos que luchaban contra él y sus aliados al mismo tiempo. Tratar de darle a un blanco tan fácil era más difícil de lo esperado cuando este te arroja barriles, cajas y demás objetos para aplastarte.
Era increíble que el fuego concentrado de un rifle de asalto, una escopeta y una ametralladora en sus piernas no parecieran ralentizarlo, pero en su estado de frenesí, la adrenalina y su fortaleza liminal le proporcionaba una tolerancia insólita al dolor. Durante uno de sus ataques, mientras yo esquivaba su puñetazo, el dolor por la herida de bala en mi pierna delantera me hizo dar un paso en falso y el ogro me tomó del cuello con una sola mano. La helénica intentó clavar sus espolones pero fue empujada contra un grupo de cajas. Yo intenté zafarme como pude, pero el agarre era literalmente asfixiante y pronto la anoxia me robó todas las fuerzas. Clavé mis garras en su musculoso brazo, sin efecto. La vista se volvió borrosa, sentí cómo mi tráquea cedía y cómo sería seguida de mi cuello triturado.
Hasta que mi ángel me salvó.
Cetania era mi protectora caída del cielo desde que la conocí, siempre estando ahí para brindarme apoyo moral o salvarme el quitinoso trasero cuando metía las ocho patas. Y ahora, esa guardiana alada había vuelto a rescatarme del oscuro abrazo del demonio cuando le propinó una soberbia patada voladora, clavando sus ocho garras de halcón en la cara de ese bastardo cornudo. Los pinchos eléctricos de sus pies le propinaron una soberana descarga eléctrica que lo hizo aflojar su agarre, pero no soltarme. El liminal intentó tomar a la emplumada con su mano y ella probó emprender vuelo, pero fue atrapada de una pierna. La rapaz no se quedó quieta y forcejó, tratando de picarle los ojos haciendo uso de su flexibilidad, logrando cortarle el rostro pero no liberarse.
Fue el turno de la empusa.
La mantis se había recuperado del impacto y arremetió contra ese mastodonte, clavando sus extremidades mantoideas directamente a la parte trasera de sus rodillas. El ogro se debilitó y cayó hincado, liberándonos. Mientras la castaña y yo nos incorporábamos, Nikos era pateada por el gigante sujeto, que aún poseía fuerzas y furia suficientes para ofrecer dura resistencia. Era nuestra oportunidad de devolverle el favor a la griega. Alcé un barril vacío y lo arrojé directamente a la cara de ese malnacido. Si bien aquello no le hizo mucho daño, lo distrajo lo suficiente para que la arpía se elevara en el cielo y le pateara la sesera desde atrás, sosteniéndola con sus garras hasta estamparlo contra el suelo. Iracundo, el monstruo se levantó y empujó a la americana, listo para eliminarla.
La mediterránea se incorporó y arremetió de nuevo con sus espolones, pero el hijo de perra logró percatarse y trató de patearla desde atrás al tiempo que la pelinegra ya tenía preparadas sus extremidades para clavarse en él. Él logró darle y la nativa de Mitilene apenas pudo aferrarse con su espolón a la tela de su pantalón, arrancando el material y hasta parte de la ropa interior, dejando el hediondo trasero de ese animal al aire. Antes que pudiera darse cuenta, usé a mi ametralladora como ariete e impacté su cuerno con la culata seguido de un golpe en la garganta, cortándole el aire. Parecía poco, pero un ataque preciso era capaz de debilitar hasta al más poderoso, como Zombina y Titania nos enseñaron en el entrenamiento, y la zona más sensible de un ogro eran sus cuernos. Cayendo él de rodillas, queriendo recuperar oxígeno, efectué otro asalto a su sesera y lo hice irse boca abajo, quedando con su posterior alzado.
Hora de patearle el trasero.
Raudamente fui hasta donde Cetania y, después de asegurarme que estuviera bien, tomé el lanzagranadas de su rifle y una carga de humo, posicionándome detrás de ese cerdo. Recurriendo a mi lado más sádico, coloqué el proyectil dentro del tubo y, aunque suene vulgar, apunté el extremo del lanzador en la entrada de su execrable recto y jalé del gatillo. Una granada balística de 40x46 milímetros salió disparada del conducto y, como el supositorio más grande y doloroso que pudiera existir, se internó dentro del trasero de ese miserable. Sí, era un acto increíblemente cruel para alguien que defendía la ley, pero tomando en cuenta que el ogro trató de matarnos violentamente en dos ocasiones, cualquier represalia sería demasiado suave para un desalmado como él.
La munición balística de humo es activada con el percutor del lanzador, así que a pesar de ser arrojada a quemarropa, la granada se activó dentro de sus paredes rectales y, con celeridad, un cúmulo de la gaseosa sustancia empezó a escapar de esas inmundas tripas que sólo el más infausto parásito intestinal tendría la deshonra de haber recorrido. El infeliz reaccionó de inmediato y, con un grito que podría oírse a kilómetros, se echó a correr sin dirección alguna al tiempo que intentaba removerse el invasor de su trasero, destruyendo todo a su alrededor y dejando un rastro de humo en el proceso. Los químicos que hacen funcionar a la granada causan al proyectil calentarse mientras se consume para producir el gas, así que la sensación de tener el recto calcinarse debía ser un dantesco castigo.
Literalmente le estaba quemando el culo.
Apuntando mi arma hacia los enemigos, continué disparándoles mientras dejaba que el liminal, desesperado y perdido en el dolor, se alejara hacia su dirección, noqueando a varios en el proceso. La helénica y la estadounidense se me unieron con prontitud hasta que, finalmente y luego de una extensa contienda, logramos eliminarlos. El ogro hace mucho que se había desmayado del dolor, yaciendo inmóvil en el suelo junto a los restos de su destrucción.
Sin dilación, corrimos a su dirección y noqueamos a cualquiera que continuara consciente mientras yo me aseguraba de colocarle esposas plásticas al musculoso extraespecie. Lo apresé con seis juegos de esposas, tres en las manos y otras tres en las piernas. Estaban diseñadas para soportar liminales grandes, así que no habría peligro que se liberara, sin contar que con sus partes (nada) nobles tan castigadas, dudaba que quisiera meterse con nosotras de nuevo. Nos miramos y sonreímos; nos habíamos mantenido fieles a nuestro juramento y ganamos la batalla.
Pero aún faltaba la guerra…
NOTAS DEL AUTOR: ¿Querían balazos? ¡Pues tengan los que deseen, con todo y misiles incluidos!
Sí, me encanta escribir escenas de acción cuando se trata de armas y arachnes, especialmente alemanas. Puede me haya extendido con éstas e incluso parezcan increíblemente absurdas, lo confieso, pero en parte, esa era la intención; mostrar lo duro y extremadamente inusual que es un trabajo como el que las MON y ahora MOE deben realizar.
No sólo se pone la vida de uno mismo en riesgo, sino también de los involucrados, y todo debe llevarse a cabo en situaciones generalmente desfavorables. Cierto, nadie esperaba que actualmente toda la guarnición terrorista se encontrara reunida en un mismo lugar, pero hacerle frente a obstáculos inesperados es parte del entrenamiento y siempre deben estar preparadas para lo peor, como acaban de comprobar.
Ahora, quizás crean que la manera tan rápida en que Aria y Cetania aceptaron exonerar a Dyne fue algo apresurada, pero eso es porque, a pesar de los horrores que la empusa cometió, su historia dejó muy en claro que todo partió debido a una mentira. Eso, aunado al ambiente tan inclemente donde se crió y las prácticamente nulas oportunidades que tenía a la mano, sin contar el miedo inherente que siente toda joven ante el futuro, crearon las condiciones idóneas para que la pelinegra tomara del tentador veneno de la ambición e infectara su alma; la cual ahora se esfuerza por purificar. Y sí, Dyne Nikos es su nombre permanente. Prácticamente nunca tuvo y ella lo eligió, así que esa es su identidad.
En todo caso, espero esta sesión de disparos, balas y explosiones haya sido de su agrado. ¿Qué aún faltan más? Por supuesto. De hecho, tuve que dividir este episodio porque era realmente largo y sentía que estaba tardando demasiado. Esperen la próxima parte muy pronto.
Agradezco a mis compañeros del grupo Los Extraditables por sus sugerencias y constante apoyo, saben que aprecio su amistad. Y a ustedes también, mis lectores, que sin público, yo no sería nadie. Los invito a dejar su opinión en forma de reseñas, alabanzas y declaraciones de guerra, que con gusto las acepto. ¡Hasta la próxima! ¡Contraten a MOE para sus fiestas y bautizos, cobran barato! ¡Auf Wiedersehen!
