NOTAS DEL AUTOR: ¡Achtung, Herr Tarmo Flake ist hier!
– Era Aria una araña, que tenía un gusto muy particular;
Le gustaban las dullahans, y pajaritas por igual.
Todas sus compañeras, la golpeaban sin parar,
Porque la muy cochina, no las dejaba de manosear. –
Ah, cómo me gustan las canciones tradicionales de la época. En fin, aquí está un episodio más de esta larguísima saga. ¿Sobrevivirán las MOE? ¿Smith les dará un aumento? ¿Alguien realmente lee lo que escribo?
Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena les desea felices fiesta y próspero año nuevo! ¡Y que la obedezcan incondicionalmente! ¡No hay reembolsos!
NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE
CAPÍTULO 58
"Una Era de hachas, una era de espadas,
de escudos destruidos;
una era de vientos, una era de lobos,
antes que el mundo se derrumbe;
ni los hombres se respetarán entre ellos."
– Völuspá, Edda poética, estrofa 45
No es fácil ser agente de MOE.
Después de haber neutralizado a básicamente toda la guarnición de esbirros y guardias en la base principal del infame grupo terrorista, Fimbulvetr, nuestros cuerpos (y almas) terminaron tan vapuleados que de no ser porque aún nos quedaba trabajo qué hacer, hubiéramos acompañado a los enemigos caídos, yaciendo inertes en el suelo. A pesar de haber sucedido apenas unos minutos antes, todavía se sentía como un sueño. Acabar con tal cantidad de adversarios en la primera misión real era algo que sólo era posible en la ficción, pero nosotras éramos la evidencia, afortunadamente, viviente de tal hazaña. No teníamos idea de cómo lo logramos, pero íbamos a disfrutar de la dulce y merecida victoria.
Si el dolor de las heridas cesaba primero, claro.
– "Debo confesarlo, flaca, estoy asombrada por tus extremos métodos para lidiar con la escoria." – Comentó Cetania mientras nos curaba. – "¿Qué haría la gente si nos viera practicando proctología improvisada a los malhechores?"
– "Nos pedirían nuestro autógrafo y algún director hollywoodense se ofrecería a dirigir nuestra película." – Bromeé. – "Eso o nos meten a una prisión donde nos regresarían el favor en las duchas. Lo que salga más barato."
– "Aún así, me sorprende que ese mastodonte no haya muerto del shock." – La rapaz me inyectó. – "Prácticamente lo castraste y le destrozaste el ojete. ¿No es eso…? Cierto, que se joda."
– "Sigo siendo fiel a nuestro lema, Süsse, pero no soy ajena a usar maneras más severas para ejecutar justicia." – Reí tenuemente. – "No matamos, pero nadie dijo nada de castigarlos como merecen."
– "Ya se han desengañado de la naturaleza simple de la moralidad. Así es como maduramos en este trabajo." – Habló Dyne. – "Nadie lo hace hasta que lo vive."
– "Si esto es madurar, quisiera ser una niña por siempre." – Suspiré. Miré de reojo a Nikos. – "Ni se te ocurra decirlo, grillo bocón."
– "Tú eres la que lo sugiere, no yo." – Rió tenuemente. – "¿Qué se siente su primera experiencia real en el Cocito?"
– "Esperaba que combatir al mismísimo Diablo fuera más épico." – La halcón encogió los hombros. Empezó a curar a la pelinegra. – "Eso de atacarnos en oleadas parece sacado de algún videojuego barato de zombis."
– "Sí, eso de casi ser desintegradas por un misil antitanque es cosa de todos los días." – Acoté. – "¿Viviste algo así de intenso en tus días como Sameko-chan, grillita?"
– "No, esto también es prácticamente nuevo para mí." – Aseguró la aludida. – "Los pocos enfrentamientos que viví eran bastante rápidos y nosotros solíamos tener ventaja. Con excepción de la Guardia Costera y el asalto a Janus, no me esforcé mucho en mis victorias."
– "Ahora disfrutarás de la ambrosía del triunfo como una heroína, Dyne." – Sonreí, mirando al techo, parcialmente derruido. – "Es una hermosa noche para redimirse."
– "¿Qué creen que estén pensando ahora nuestras familias?" – Cuestionó la estadounidense. – "Es decir, aparte de desear que regresemos incólumes."
– "En lo orgullosas que deben estar de ustedes." – Afirmó la griega. – "Y lo mucho que merecen el reconocimiento de arriesgar su vida por el prójimo, además de felicidad eterna por tan inigualable sacrificio."
– "Es inusual escucharte hablar así, Pepper, pero te lo agradecemos." – Sonrió la nativa de Montana. – "Me agrada cuando eres tan amable."
– "Y honesta." – Agregué.
– "Sólo es ese maldito humo, es como alcohol para una mantis." – Contestó la ligeramente sonrojada pelinegra.
– "Tu madre también estaría orgullosa de ti, Dyne." – Le aseguré. – "Igual que nosotras."
– "Efharistó." – Agradeció, con una sutil mueca de felicidad. – "Ya estamos recuperadas. Vamos, esas liminales que liberamos nos esperan."
Nos incorporamos y regresamos al 'sótano', donde habíamos dejado a las chicas prisioneras. Con todas las luces habiendo sido suprimidas en el tiroteo, comprendimos que nuestro triunfo se debió en parte a la oscuridad y la incapacidad del adversario de aprovechar sus números superiores para eliminarnos. Eso y nuestras extensas reservas de granadas auxiliares; en verdad que eran útiles. Aunque ya habíamos neutralizado todas las amenazas, avanzamos cautelosas por los pasillos, vigilando cada rincón y prestando atención a cada sonido que el tinnitus en nuestros oídos dejado por demasiadas detonaciones permitía escuchar. Si bien era difícil que los oponentes se hubieran recuperado después de nuestra contundente paliza, puede que alguno haya logrado escabullirse como una rata y nos esperara con el gatillo en el dedo detrás de la siguiente esquina.
– "¿Creen que el malnacido de Jerkson continúe por aquí?" – Se preguntó la castaña, cubriéndome la espalda. – "¿Habrá huido, como el cobarde que es?"
– "Me decanto por la segunda opción. Aunque siempre hay posibilidad de que sea obcecadamente vengativo." – Repliqué. – "Destruimos su base de operaciones, descubrimos sus planes de desarrollar esa maldita sustancia y acabamos con muchas de sus tropas. Yo estaría deseosa de abrirles los intestinos con un cuchillo oxidado de estar en su lugar."
– "Ojalá use un machete contigo, garrapata." – Dijo mordazmente la mediterránea. – "Por cierto, ya que no parece haber señal para comunicarnos con los superiores en esta zona geográfica, supongo que deberemos evacuar a las prisioneras y a los criminales en algún camión. Si es que dejaron alguno. Obviamente necesitarán ser transportes separados, ¿alguien sabe conducir?"
– "Podrías dejarnos aquí mientras te diriges a algún lugar donde tengas señal." – Sugirió la americana. – "Aunque no lo merezcan, puede que algunos necesiten asistencia médica especializada."
– "Está bien; que no digan que no somos magnánimas." – Acordó la helénica.
– "¿Qué haremos con el resto del lugar?" – Pregunté. – "Sé que Smith dijo que debíamos dejar evidencia para los equipos de investigación, pero me siento incómoda si dejamos algo funcional en ese maldito laboratorio."
– "Me leíste la mente, araña. Vamos a incendiar todo el lugar antes de irnos. Esa basura no debe infectar a nadie mientras vivamos."
– "Jawohl, Unteroffizierin."
Arribamos de nuevo al lugar que abandonamos y que contenía la armería y la entrada al laboratorio. Los tipos que derribamos continuaban ahí, inconscientes. Algunos parecían haber sido movidos, quizás ayudados por sus compañeros durante nuestra huída. Casi no había armas en el suelo, comprobando que algunas sobrevivieron a la explosión y el adversario se había hecho con algunas mientras nos perseguían. Asegurándonos que no había moros en la costa, proseguimos a averiguar que nuestras mujeres rescatadas siguieran intactas. Según mi reloj, pasamos apenas media hora luchando contra esos malnacidos, intervalo efímero de tiempo que concentró una infausta cantidad de dolor, lágrimas y amargas experiencias que se volverían cicatrices en nuestras mentes. No parecía haber rastro de que hubieran prestado atención a tal sección y entramos al laboratorio.
Y entonces, perdimos el conocimiento.
Cuando despertamos, nos encontrábamos, además de confusas y con migraña, encerradas en jaulas, similares a las del laboratorio, pero el lugar dónde nos hallábamos era diferente. Al contrario de las grises y frías bodegas austeras que distinguían la infraestructura subterránea de esta sorpresiva base secreta, estábamos localizadas en una especie de oficina. Estaba onerosamente decorada con finas cortinas persas y exquisitas estatuas de mármol blanco, sin contar las plantas y los cuadros alusivos a paisajes nevados que decoraban las albugíneas paredes, otorgando una apariencia sumamente ostentosa al cuarto.
No contábamos con nuestras armas u otra clase de equipo más allá de nuestro uniforme. Nuestras pertenencias como relojes, placas o el collar de edelweiss que Lala le había dado a Cetania, tampoco estaban. Antes que pudiéramos procesar lo sucedido, una figura bípeda se acercó hacia nosotros, haciendo resonar las suelas de sus brunos zapatos sobre la alfombra dorada, vistiendo un smoking completamente blanco y tomando un vaso de alguna bebida alcohólica. Todo aquello describiría a una persona refinada si no fuera porque se trataba de todo menos de alguien que calificara como persona siquiera.
Völund 'Blodvarg' Jerkson, el Lobo Sangriento.
– "Buenas noches, señoritas. ¿Se encuentran bien?" – Preguntó con una petulancia que me revolvía el estómago. – "Por favor, perdonen que tuviera que recurrir a un método tan burdo como los dardos tranquilizantes, pero era necesario para que ustedes aceptaran esta velada conmigo de manera pacífica y civilizada. Normalmente empezaría por presentarme, pero me parece que ya conocen mi nombre."
– "¿Dónde están nuestras cosas?" – Interrogué.
– "Le ruego tenga paciencia, agente…" – El sujeto tenía mi placa y la leyó. – "Jaëgersturm. Le aseguro que sus pertenencias se encuentran perfectamente a salvo. No tengo interés en los objetos personales de mis invitadas, especialmente de unas tan especiales como ustedes. Soy un caballero después de todo, no me decanto por algo tan bajo como el robo."
– "Tu sarcasmo es realmente patético." – Espetó la empusa. – "¿Por qué demonios no nos disparas y terminas este absurdo teatro? ¿Pretendes convencernos de unirnos a ti? ¿Pedir nuestro rescate?"
– "Agente Nikos, me parece que su tono de voz no es adecuado tomando en cuenta el cordial trato que le estoy dando." – Respondió Völund. – "Después de que ustedes básicamente interrumpieran mis operaciones, congelaran mi desarrollo financiero al destruir mucho de mi equipo costoso y acabaran con mi personal, me parece que este poco de modales de mi parte es lo suficientemente amable para evitar que usted o sus amigas se dirijan a mí de manera tan hostil."
– "¿Qué rayos quieres entonces, miserable?" – Fue el turno de la falconiforme.
– "Ah, ese es el problema de los jóvenes de hoy en día, no tienen paciencia para nada." – Tomó un trago de su bebida. – "Todo es efímero, ínfimo e instantáneo, ya nadie disfruta de una buena charla que eventualmente resuelva sus dudas. Las cosas deben probarse parsimoniosamente, catarlas con lentitud o no se alcanzan a apreciar los distintivos sabores de las experiencias. Este Tequila Sunrise, por ejemplo, posee un gusto que la naranja y la granadina guardan herméticamente entre su capa de acidez, pero que la bebida homónima y el hielo, a pesar de ser tan fríos, son capaces de liberar. Después de todo, no es lo mismo beber que degust-"
– "¿Qué rayos es lo que hacen aquí, Jerkson?" – Interrogué. – "Sabemos que esa sustancia que le has estado dando a esos pobres liminales se usa para debilitar su mente y posteriormente controlarlos. ¿Pero para qué las torturas? ¿Los atentados? ¿Qué ganas con toda esta violenc-¡Gah!"
– "Le pediré que no vuelva a interrumpirme cuando no he terminado de hablar, agente." – El malnacido me había atacado con un bastón eléctrico. – "Podría al menos solicitar su turno para tomar la palab-"
– "Fick dich." – Contesté después de escupirle la cara.
– "Toda una dama." – Jerkson se retiró la saliva de su rostro, conteniendo su ira. – "Digno de una vituperable especie como la tuya."
Disintiendo con la cabeza, él se dio la vuelta, en dirección a su escritorio. Entonces, se volteó nuevamente y arremetió contra mí usando ese condenado bastón de electricidad. La jaula era demasiado pequeña e impedía cualquier movimiento para evitar el lacerante asalto de su herramienta chocando con mi piel. Yo apretaba los dientes, resistiendo la tortura para evitar darle el placer a ese bastardo de oírme gritar. Había sobrevivido a los golpes, balas e incluso un cohete antivehículo; no permitiría que unas cuantos voltios excesivos me doblegaran en ese momento. Viendo que no iba a obtener mis sonoras quejas de mi garganta, el líder de Fimbulvetr cesó su ataque y con una última descarga a mi costado, guardó su bastón para tomar otro trago de su brebaje.
– "Tienen agallas, lo reconozco. A pesar de que sus oportunidades de triunfar eran peores que sus execrables caras, lograron darme un buen contratiempo con sus granadas de lucecitas y risibles balas de goma. A su salud." – Brindó sarcásticamente. – "Pero, bueno, aunque no entienda la prisa que tengan por saber la razón de mis operaciones, dado que no irán ya a ningún lado, supongo debería saltarme toda esta facundia para ir directo al grano. Lástima, esperaba que un trío de abnegadas defensoras de la ley me proveyeran de una enriquecedora plática antes de ser retiradas como los gatillos desechables que en realidad son."
– "¿No te aburres de escucharte?" – Dijo Nikos. – "Intentas sonar intelectual, pero aún actúas con la misma pretensión de un universitario rico malcriado que cree haber descubierto la respuesta a la vida en algún libro marxista."
– "Eso es demasiado específico para alguien que acusa a otro de pretensión." – Hizo una mueca soberbia.
– "Conocí a muchos irrisorios facsímiles con delirios de filósofos en mi vida, como tú. Todos no son más que pobres viejos que jamás maduraron por su propia ambición." – Aseveró la griega. – "No debiste lograr nada de esto solo, pero seguramente eliminaste a tus socios para usurpar sus puestos. Estoy segura que en el fondo, lo que más te duele de nuestras acciones, fue demostrar lo peripatético de tu liderazgo."
– "Nuevamente, ambiciosas acusaciones para alguien que únicamente conoce de los resultados de mis acciones y no a la persona detrás de estas." – El criminal rió tenuemente, viendo su vaso vacío mientras lo agitaba. – "Pero admito que es hilarante tratar fútilmente el desmoralizarme con tan ínfimos comentarios falsos. Confieso que me decepcionan, agentes, esperaba mucho más de ustedes."
– "Nosotras podemos decir lo mismo de tus secuaces." – Retrucó Cetania. – "He matado cucarachas más inteligentes que tus hordas sin cerebro. ¿Y dices que te preocupas por la pérdida de esos idiotas?"
– "Y aún así, aquí están." – Contraatacó el tipo. – "Atrapadas como ratas frente al hombre que deberían capturar en primer lugar. ¿Prefieren crear un caos antes de cumplir su objetivo principal? Me parece poco profesional."
– "Nuestra misión era neutralizar la amenaza, que eran todos esos esbirros, la basura que producían y el tráfico de liminales." – Declaré. – "Tú sólo eres un nombre más en la lista de insectos a fumigar."
– "¿Sabes lo increíblemente estúpidos que se oyen tus peripatéticos intentos de mordacidad?"
– "Son mejores que tus pésimas actuaciones de inexistente sofisticación." – Retruqué. – "¿Y no se supone que ibas ir al grano de una maldita vez?"
– "Lo haría si dejaran de distraerme con sus nimiedades."
– "¿Entonces por qué le haces caso a tales insignificancias en primer lugar?"
– "Se llama amabilidad, inculta."
– "No, se llama inmadurez." – Sonreí sardónicamente. – "¿Qué se siente sufrir criptorquidia mental, bastardo?"
Él respondió dándome otra sesión de dolor con su arma eléctrica. Mientras los voltios me tensaban los músculos y dilaceraban la epidermis, mi sonrisa no desaparecía entre muecas de disgusto; había desatado su ira, dándome la implícita razón del argumento. Soberbia, tan fácil de provocar y predecir. Cansado de no lograr hacerme gritar, desistió de su represalia y se dirigió a su escritorio para sentarse unos momentos, contemplándonos en silencio, meditativo. Disintiendo con la cabeza, se inclinó hacia una pequeña heladera de la cual sacó una botella de vodka y se sirvió un poco. Tomando la bebida rusa, suspiró y su semblante volvió a la calma y después de unos segundos, reveló de su níveo saco una cigarrera y tomó un puro de esta. Völund hurgó en su saco de nuevo y mostró un encendedor estilo 'zippo' color carmesí, con el cual procedió a encender su tabaco.
Como si hubiera recordado alguna anécdota graciosa, rió ligeramente para sí mismo y regresó con nosotras, quedando frente a mí. Su expresión tan arrogante era en verdad insoportable, y de no ser por lo estrecho de los barrotes, ya lo hubiera tomado del cuello para triturarle el esófago. El infeliz colocó otro poco del diáfano líquido en el vaso hasta llenarlo y repentinamente arrojármelo a la cara. Mi mueca de burla se mantenía en pie y él prosiguió vaciando el resto de la botella sobre mí. Empapada yo del alcohol, Jerkson dio otra bocanada a su puro y lo arrojó dentro de mi jaula. Las azules llamas características del etílico líquido se hicieron presentes cuando la punta ardiente del tabaco impactó en mi vestimenta completamente cubierta de alcohol.
Predecible.
Tranquilamente y sin quitarle la vista de encima con mis ojos centrales, apagué las añiles flamas con mis manos. Mi serenidad se mantuvo debido a que si bien el alcohol es una sustancia inflamable, se necesita que la temperatura de los gases que emanan del líquido sea la ideal para permitir la ignición. Ya que el vodka se encontraba frío, los gases no eran correctamente despedidos y el resultado era sumamente pobre. Volví a reírme, a pesar de su edad, actuaba como un maldito principiante. Seguí desafiándolo con la mirada y él sencillamente exhaló, disintiendo afásicamente, fingiendo no estar impresionado. Y entonces, de un súbito movimiento, arrojó la botella vacía, chocando esta con la jaula y cubriéndome de pedazos de vidrios rotos. Más que dañarme, lo hizo por furia. Encendiendo otro puro, Völund exhaló una bocanada de humo y, adquiriendo una pose meditativa, comenzó a monologar.
– "No sé si llamarlas osadas o imbéciles por seguir tan desafiantes en tan paupérrimo estado, pero no hay duda que son insoportables." – Masculló. – "En todo caso, querían respuestas antes de ser los siguientes obituarios en el diario, y aunque no lo merecen, soy un caballero que desgraciadamente es débil ante los infortunios de la virtud, así que me portaré generoso."
Fumó otro poco antes de continuar.
– "El crimen es parte indeleble de la naturaleza, tanto humana como animal." – Relató él. – "Siempre estamos infringiendo las reglas artificiales de la sociedad de una manera u otra. Incluso cuando nuestras acciones sean legales dentro de nuestro círculo social, le serán inadmisibles a otro grupo y siempre habrá discrepancias entre lo que constituye un crimen y qué no. Pero, si en algo todos estamos de acuerdo sin importar que tan álgidos o exiguos sean nuestros llamados valores morales, es en que los actos terroristas son una grave amenaza para la estabilidad social y la paz en general. Y que son el medio perfecto para captar la atención.
Es ahí donde entran los liminales.
La revelación de las extraespecies era la oportunidad que alguien como yo, que siempre se asegura de dejar el mensaje claro, necesitaba. Se integraron a la sociedad, llegando en enormes números, atiborrando de trabajo las oficinas de inmigración y forzando al gobierno a colocar restricciones para evitar una saturación que se les salga de las manos. Y gracias a esos límites, muchos de ellos, ávidos de experimentar la interacción en la sociedad humana, recurrieron a métodos no autorizados para lograrlo. Y ya sea que apoyen o se opongan a nuestra filosofía, nos servirían de cualquier manera. Son fuertes, resistentes, poseen habilidades sumamente útiles y, lo mejor, pueden ser más razonables que los humanos mismos. Son soldados perfectos.
El único problema, era que sus instintos los hacen impredecibles.
Por mucho que se parezcan y hasta se reproduzcan con nosotros, los liminales son incapaces de controlar cuando se dejan dominar tanto por su naturaleza más salvaje o sus obcecados ideales. No diré que los humanos somos menos propensos a ser violentos o testarudos, no soy hipócrita, pero las extraespecie son en verdad de temer cuando se les mete algo en la cabeza o son dominados por sus tendencias animales. La reacción de muchas ante la luna llena es suficiente prueba empírica y los actos criminales que algunos han cometido dejan en claro que, a pesar de todo, siguen teniendo sangre de monstruo en las venas. No por nada hay una lista de liminales de acceso denegado al Programa de Intercambio.
Es ahí donde entro yo.
Todos tememos a lo que un ogro puede hacer cuando está furioso, lo letal que es una lamia en celo y la imprevisibilidad de un Abismal vengativo. Quién sabe de lo que podamos encontrar después; quizás seres tan poderosos que sean considerados dioses o más allá. Lo peor, sus números son mayores a los esperados y fácilmente podrían tomar el control que los humanos celamos con ahínco. Miedo, queridas agentes; el temor a ser superados es parte importante de todo esto. Somos seres tribales, pensamos exclusivamente en el bienestar de los que son iguales o piensan como nosotros, descartando o demonizando al resto. Y las extraespecies son, a final de cuentas, diferentes.
Ahora, ¿qué tal si hubiera una forma de garantizar el control sobre estos seres de manera permanente, sin involucrar leyes o cambiar nuestra amada estructura social? ¿Si fuéramos capaces de dominar a esa bestia latente en su interior y domarla a nuestra voluntad? ¿Qué mejor sentimiento que el poder absoluto?
Y yo poseía la llave a ese poder.
Gracias a mis diversos contactos y amistades, pude hacerme con varias muestras de lo que me gusta llamar la sustancia Kevsadrom, la misma palabra misteriosa que se repetía en aquel sueño que me inspiró a entrar a este mundo. Fue una suerte el dar con éste, pues casi toda la producción inicial en Grecia se perdió después de una redada, pero mis asociados habían logrado obtener algunos prototipos que me facilitaron, ya que contaba con los recursos, el tiempo suficiente y, lo más importante, la ambición para continuar con las investigaciones. Aún estaba en fases experimentales, pero ya había mostrado avances, según mi proveedor. Logré conseguir más aliados y me establecí en este país como la nueva sede de mi experimento.
Las primeras pruebas no fueron exitosas, pues el problema de compatibilidad con sangre, anticuerpos y demás hacía imposible hallar una sustancia que funcionara universalmente con toda la miríada de liminales existente. Los científicos a mi disposición encontraron la respuesta en el veneno de las serkets y las lamias, excelentes coagulantes que, combinados con los químicos correctos, ablandan las paredes celulares del cerebro y permiten, para no extendernos tanto, influir en el pensamiento del liminal que reciba el tratamiento.
Era real; una medicina casi mágica que eliminara todos los inconvenientes de la naturaleza extraespecie y nos diera dominio absoluto sobre ese poder que poseían. Las posibilidades eran infinitas, así como las ganancias que podíamos obtener vendiéndola. Cualquiera, ya sea ciudadano, político o demás estratificación social, estaría deseoso de hacerse con algo así; ya sea para simplemente acostarse con cuantas liminales le fuera posible o incluso empezar su propio ejército de monstruos. A mí me daba igual mientras me hiciera rico.
Cierto, debido a que las dosis deben ser concentradas para no volverse tediosamente regulares, el daño eventualmente se vuelve permanente y el usuario se hace adicto, sin contar que al final termina afectando tanto al cerebro que termina por destruirle toda semblante de consciencia y voluntad, pero es un pequeño precio a pagar por los beneficios de tan deífica solución. Por supuesto, era obvio que algo tan poderoso no era barato de crear y debía ser igualmente costoso de obtener. Ningún maldito muerto de hambre tendría ni en sus sueños la cantidad mínima para pagar por algo así. No importaba, porque el público, el proletariado, el vulgo común, no era nuestro objetivo.
No, nuestros clientes serían los del mismo mundo criminal.
Sólo un mafioso, cacique o jefe terrorista es capaz de costear nuestro producto, y todos ellos hacen uso de extraespecies en sus filas. Dado que el dominio es su mayor ambición, el Kevsadrom sería irresistible para esos titiriteros de sus patéticos mundos. Los yakuza, la mafia rusa, italiana y griega, los líderes revolucionarios de países tercermundistas y los políticos más corruptos; todos harían fila por nuestra milagrosa respuesta a su búsqueda de egoísta supremacía. Y yo pasaría a la historia. Empero, había un pequeño detalle que arruinaría mis planes.
Los liminales se habían integrado pacíficamente a la sociedad.
A pesar de varias excepciones, esos monstruos que deberían causar caos en un mundo que los rechazó por demasiado tiempo actualmente habían aprendido a convivir en paz entre la humanidad. Pronto lo que empezó como una exótica novedad se convirtió en lo cotidiano y en estos cortos tres años las extraespecies se han vuelto parte normal de nuestras vidas; ustedes son la prueba más clara de que cada vez dejan de ser extranjeras para volverse integrantes habituales de la civilización. Incluso en los rangos del bajo mundo, habían probado ser bastante confiables.
Admito que mis secuaces no humanos han sido muy útiles y respeto su invaluable ayuda. Pero eso no ayudaba a mis finanzas, así que necesitaba de crear una manera de volver a despertar ese temor de los primeros días, ese miedo que los haría correr hacia mis pies y rogar por la divina medicina que podría prevenir alguna insurrección dentro de sus patéticos castillos de vanagloria. Necesitaba algo que les recordara que, por mucho que pudiéramos encontrar paralelos entre liminales y nosotros, ellos seguían siendo criaturas inhumanas y peligrosas. ¿Cómo convencer al mundo de ese peligro después de tres años demostrando que el riesgo era mínimo?
Fácil: prende fuego al mundo y culpa a los monstruos.
Igual que los Nazis incendiando el Reichstag, necesitábamos actos que hicieran hincapié en la amenaza latente que sus habitantes de sangre no humana representaban. No buscarían chivos expiatorios, al menos no inicialmente, pero sembraríamos las semillas del caos y dejaríamos a las plantas del temor crecer dentro de sus almas. Por eso la destrucción del centro comercial; era la forma más directa de llamar la atención y cultivar la desconfianza que eventualmente lo llevaría hacia mí y el Kevsadrom. Y lo mejor, nadie tendría idea de Fimbulvetr eran los responsables por ello, ya que dejaríamos pistas falsas que guiarían a cualquier investigador forense y analista a un camino sin salida. Era el plan perfecto.
Hasta que ustedes se involucraron.
Ustedes, malditas entrometidas, han convertido años de investigación e inversión en polvo. Me culpo en parte por creer que estaba completamente seguro en un país con un bajo índice de criminalidad, pero es demasiado tarde para lamentarse. Está bien, es sólo un contratiempo. Los datos han sido compartidos con mis asociados y puedo recuperarlos una vez encuentre una nueva estadía, lo cual será muy sencillo en este país tan corrupto por dentro. Me temo, queridas agentes, que arriesgaron su vida en vano, pues esta hidra continuará creciendo más cabezas conforme la corten. Entre más intenten frenarnos, más les demostraremos lo fútil que es el enfrentarse a una fuerza indetenible.
Pero suficiente de palabras; hora de su ejecución."
Tronando los dedos, Völund oprimió discretamente un botón en su escritorio y los candados de nuestras jaulas cedieron, abriendo las puertas, para nuestra incredulidad. Extrañadas, las tres nos miramos en confusión. Jerkson se mantenía tranquilo, sirviéndose un vaso con otra botella de vodka. Permanecimos varios segundos sin saber cómo proceder. El bastardo estaba frente a nosotras, enteramente a nuestra disposición, y todavía ostentando esa maldita mueca que incitaba a partirle los dientes. Por supuesto, por mucho que anheláramos practicar vivisección con sus putrefactas tripas, no íbamos a caer en una trampa tan obvia y permanecimos en nuestros lugares.
– "Les aseguro, damiselas, que no corren peligro si deciden posar un pie fuera de esa claustrofóbica prisión." – Declaró Jerkson, alzando su mano. – "Sé que no confían ni un ápice en mi palabra, pero puedo jurar que no estoy armado con nada más que mi encendedor y esta botella para defenderme. Tampoco cuento con armas escondidas en el escritorio o alguna especie de cámara de seguridad armada. Créanme, no recurro a esas paranoias que a esos rednecks americanos les encanta plasmar en sus befas dizque-cinematográficas. Un hombre seguro de sí mismo no necesita dudar de su propio bienestar."
Era impresionante, pero en verdad podía sonar aún más estúpido si se le daba la oportunidad. Ninguna mordió el cebo y continuamos aguardando posiciones.
– "No las culpo por no intentar nada. El miedo es la base de todo este embrollo en primer lugar, ¿cierto? Pero, ya que aparentemente se encuentran demasiado temerosas de intentar siquiera mover un dedo, les ayudaré a reconsiderar tal decisión." – Bostezó. – "Hay alrededor de seis metros de distancia entre nosotros, las puertas de las jaulas le permitirían salir sin impedimentos, además de que la velocidad de una arachne cazadora y una arpía rapaz es muy superior a la de cualquier humano. Incluso si, de alguna manera, revelara un arma escondida, apenas tendría tiempo para defenderme de una sola de tres agentes entrenadas."
Proseguimos en nuestra firme resolución de no caer en provocaciones. Riendo y disintiendo con la cabeza, Jerkson abrió un cajón del mueble y sacó una pequeña caja que pronto se puso a hurgar. El primer objeto que tomó fue el reloj que Meroune y Cerea me regalaron al graduarme del entrenamiento. Lo comparó con el suyo, de áureos tonos y rió ligeramente. Después, siguió el de Dyne, al también catalogó de basura. Prosiguió con el cuchillo J-Defender de Cetania, admirándolo por unos momentos, dándole vueltas entre sus manos y guardándolo.
No parecía tener mucho interés en ninguna de nuestras pertenencias, simplemente deseaba burlarse de la diferencia crematística entre él y nosotras. Era un idiota creyéndose superior por sus riquezas, y ninguna cayó en su juego tan burdo e inmaduro. Empero, el último objeto que ese pérfido granuja tomó en sus pútridas manos me hizo desistir en mi apatía, capturando totalmente mi atención, provocándome apretar mis puños.
El collar de Lala.
– "Ah, una edelweiss. Supongo es propiedad de usted, agente Jaëgersturm." – Dijo ese miserable, repasando el dije entre sus impíos dedos. – "Linda, muy linda. Posee una exquisita dicotomía de finura y sencillez. ¿Le molesta si me la quedo? Obviamente no vale mucho, pero el toque sentimental que una flor que le recuerda a su patria le provee un valor más allá del evidentemente reducido coste monetario."
No respondí. No necesitaba expresarme con palabras cuando mi rostro decía todo de manera tan clara. Ese hijo de puta, ese maldito monstruo había tomado algo que representaba mi compromiso con la mujer que amo, y que esta le obsequió a la segunda mujer en mi vida como un acto de amistad y, sobre todo, esperanza. Más allá del objeto físico, que podía ser fácilmente reemplazable, estaba el hecho que ese collar condensaba todos mis sentimientos hacia Lala, Cetania y mi propia resolución con la vida. Y él sabía eso, estaba consciente de que había tocado una fibra sensible al adjudicarse tan preciada prenda.
Corrí hacia él.
Tal y como había dicho, pude salir sin problemas, apenas perdiendo medio segundo en liberar mi cuerpo de esa diminuta prisión. Mi rapidez de Sparassidae me permitió moverme con celeridad y en menos de un segundo ya estaba a poco menos de dos metros de ese malnacido, cuya mueca confiada no se afectó en lo más mínimo al verme correr hacia él con mi puño listo para reconfigurar su estructura facial. Me importaba un bledo si eso lo dejaba en coma de por vida o si me ganaba una larga sentencia entre los barrotes por asesinato en segundo grado; nadie se adueña de lo que le pertenece a una arachne. Con un grito y a menos de un metro, mis nudillos serían los primeros en impactarle su insufrible cara y atravesarle la caja craneal.
Pero fui detenida.
A tan sólo centímetros de que Jerkson conociera de primera mano la dureza de mi quitina, algo me impactó el costado derecho a gran velocidad, nublando mi vista y sacándome el aire. Caí pesadamente al suelo. Dado el ángulo del golpe y mi anatomía, me extrañé de percatarme de hallarme en posición boca abajo. Me hubiera incorporado de inmediato pero fue ahí que me di cuenta que mis manos y varias de mis piernas habían sido apresadas por alguien. A pesar de mi fuerza, el agarre de aquella persona desconocida era lo suficientemente firme para evitar mi huída. Estaba sentada encima de mi segundo tórax, restándome energía.
– "Suéltala, Kia." – Oí decir a Völund. – "Tu presa no se escapará."
Mi captor gruñó y se quitó de encima, liberando mis extremidades. Tan pronto este se retiró de mi tórax, me impulsé hacia un lado y me incorporé, asumiendo una pose defensiva. En ese momento, mis seis ojos se encontraron con una mujer de casi dos metros de altura. Su indumentaria consistía en una especie de armadura ligera en forma de vestido café, muy reminiscente a las imágenes clásicas de los guerreros vikingos de la literatura popular, con varios retazos uniendo los distintos parches de cuero e incluso una correa con una argenta runa en el centro. Guardaba un mazo de guerra ornamental en su cintura. También vestía una especie capa negra hecha de pelamen, como una berserker, y poseía una especie de cinturón hecho enteramente de dientes, haciéndola lucir más intimidante y acentuando su aspecto nórdico.
Pero, a pesar de tan escandinavo atuendo, lo que en realidad llamaba la atención era el pelaje que recubría tanto sus manos como sus pies, terminadas en garras animales. El pelo en sus extremidades era rojo vivo, como el de su cabello, el cual ostentaba un par de orejas animales y su larga cola peluda se mantenía erecta, alerta. Su cuerpo, si no musculoso, era atlético y podía distinguirse fácilmente la fuerza que ella poseía. Tenía un par de cicatrices de garras en la mejilla, producto de peleas o quizás ella misma se las hizo. Llevaba pintura facial consistente en una franja roja que cruzaba sus ojos azules. En su cuello, un collar dorado con un igualmente áureo candado reposaba, símbolo relacionado con sus orígenes mitológicos. Me miraba con desprecio, gruñendo, incluso salivando como un perro rabioso. Esta última descripción era muy adecuada.
Era una fenrir.
– "Una descendiente del famoso lobo que sería desatado durante el Ragnarök, la batalla final de los dioses nórdicos. Y al igual que tan legendaria bestia, ésta será parte de la maquinaria del fin del mundo. O al menos del suyo." – Dijo Jerkson, colocando su mano en el hombro de la mujer. – "Kia Ulfsark, nuestro primer experimento exitoso. Tienes suerte de estar completa, arachne; mi mascota adora arrancarle las manos a quienes osen amenazar a su líder. ¿Ves los dientes de su cintura? Son los restos de aquellos que se atrevieron a desafiarla. El resto fue comido."
– "La compadezco que se haya convertido en tu secuaz contra su voluntad." – Espeté. – "Le lavaste el cerebro, no es respeto real."
– "Gracias por la preocupación, pero pronto descubrirás que no deberías sentir lástima por quien será tu ejecutora." – Rió él. – "Oh, y descuida, que tus amigas también tienen derecho a divertirse."
Tronando Völund sus dedos nuevamente, de la ligera oscuridad de los confines de su oficina aparecieron tres figuras femeninas. Las primeras dos, de alrededor de un metro sesenta de altura y delgados cuerpos, eran idénticas: arpías cuervo gemelas. No eran tengus córvidas o yatagarasus, pues su bruno plumaje se mantenía salvajemente desaliñado como su cabello y su piel era muy pálida, casi blanca, además que sus pupilas eran completamente rojas, otorgándoles el toque tétrico característico de las liminales evolucionadas del Corvus corax. La única manera de distinguirlas era que una llevaba un moño blanco en su pelo. Vestían igual que la fenrir y llevaban en su rostro una especie de antifaz negro, hecho de escamas duras. Mirando ambas al unísono a su superior, señalaron silenciosamente a Cetania con sus alas, asintiendo él con la cabeza.
La tercera persona era mucho más grande, con un cuerpo más voluptuoso y, al igual que la fenrir, de férrea apariencia a pesar de no lucir fornida. Su cara estaba decorada por negra pintura facial que resaltaba con su blanca piel, diseñada a la usanza de un cráneo, resaltando sus rojas pupilas. Su atavío era similar a las otras, aunque estaba cubierta por una armadura lamelar de escamas negras. Su cabeza poseía dos enormes cuernos de al menos treinta centímetros de altura y su largo cabello añil oscuro igualaba el color de las escamas que cubrían sus brazos, puntiagudas orejas, parte de sus mejillas y su increíblemente masiva cola serpentina de doce metros, según mis cálculos. No era una lamia común, ni una equidna, medusa o melusina; esta era una serpiente marina, pero no cualquier clase de ofidio acuático. No, esta era la serpiente que residía en Midgard, hija del dios Loki y la giganta Angrboda, hermana mitológica de los fenrir y las helas; el monstruo que envenenará los cielos y se batirá en una lucha a muerte con Thor.
Una jörmundgander.
– "Hügina y Münina. Dos excelentes espías, como los cuervos de Odín. Hügina es la del moño." – Jerkson presentó a las arpías. Entonces, señaló a la sierpe – "Y Ragnhild Märna, nuestra más reciente adición y orgullo como guardaespaldas. Ya que todas las demás han elegido a su compañera de juegos, usted deberá hacerle compañía a la serpiente, agente Nikos. ¿Comenzamos?"
– "Fimbulvetr, los tres crudos inviernos que preceden al Ragnarök." – Mencioné. – "Realmente te tomaste en serio las Eddas. ¿Quién te crees? ¿Loki engañando a los dioses y liberando a tus hijos para destruir al mundo?"
– "Prefiero que me comparen con Surt, el monarca de Muspelheim cuya resplandeciente espada partirá los cielos e incinerará al planeta entero con su fuego purificador, dando comienzo a la nueva era." – Declaró Jerkson, brioso. – "¡Es lo que soy! ¡El coloso que desatará las llamas que traerán el siguiente orden universal! ¡El innovador líder que se atrevió a hacer lo que nadie pudo, rompiendo esquemas y destruyendo los paradigmas preestablecidos! ¡El siguiente capítulo en la historia de este triste mundo!"
– "Sólo eres un psicópata con delirios de grandeza." – Retruqué.
– "Cuando ese psicópata tiene poder y ambición, entonces se le llama Dios." – Aseveró, sonriendo como un demente. Entonces, su expresión se ensombreció. – "Y esto es lo que pasa cuando blasfeman contra el nombre de uno. Mátenlas."
[–+–+–+– "Una era de espadas…" –+–+–+–]
Völund tronó sus dedos y prontamente la loba me tomó del cuello para llevarme con celeridad hasta un cuarto vacío en la parte trasera. Apenas pude reaccionar cuando me estampó contra la puerta metálica, abriéndola del golpe. No se detuvo hasta que me hizo chocar en la pared de la habitación, soltándome después de darme un soberbio puñetazo en la cara. La fuerza de esa desgraciada me dejó confusa y sacudí mi cabeza al tiempo que la observaba trabar la puerta con la barra que actuaba como candado. Cerró definitivamente la puerta con llave, por si necesitara asegurarse aún más que nadie saldría de ahí. Para reafirmarlo, abrió la boca y, con un estoicismo que ya debía tener practicado infinidad de veces, dejó caer la llave en esta, engulléndola.
– "¿Hasta la muerte?" – Cuestioné, incorporándome.
Ella afirmó ligeramente con la cabeza. Suspiré, era inevitable. El cuarto poseía el tamaño suficiente para movernos libremente. Estaba vacío, con nada más que un pequeño conducto de ventilación para permitir la entrada de aire. Las blancas paredes contenían restos de sangre seca y varias marcas cerca de la puerta, al menos una docena. La lupina, confiada y sin romper contacto visual, usó su garra para crear otra marca más, anunciando prematuramente su victoria. Pero al contrario del pelmazo de Völund, tal engreimiento estaba perfectamente justificado. Ahí se me ocurrió que podía aprovechar lo que podría ser mi última batalla para morir de manera digna.
– "¿Sabes? Soy de Sparassus, una isla de raíces germanas y nórdicas. Somos soldados por naturaleza, criadas para la guerra desde pequeñas y orgullosas de llamarnos las combatientes más fuertes que existen." – Comencé a relatar. – "Una de nuestras tradiciones es que al tener la primera menstruación, ya podemos considerarnos cazadoras adultas y debemos demostrarlo cazando una fiera salvaje sólo con los medios que la naturaleza nos proveyó. Muchas son seguidoras del panteón escandinavo y ellas valoran el sagrado rito más que nadie. Dime, Kia, ¿te consideras una nórdica noble, una fastuosa luchadora fiel a tus orígenes?"
La fenrir asintió de nuevo, con un brillo en sus ojos que denotaba que una chispa se había encendido dentro de ella.
– "Entonces combatamos como lo harían dos honorables guerreras dignas de entrar al Valhalla." – Expresé, estirando mis manos para enfatizar mis palabras. – "Sin armas, sin trucos, sin ignominias que mermen la gloria. Únicamente nuestra habilidad, voluntad y fuerza para determinar quien será la que se lleve la victoria."
Sonreí.
– "Luchemos desnudas."
Ella también.
Sin dilación, comenzamos a removernos nuestros atavíos. Me deshice de mi chaleco antibalas y después de la camisa de mi uniforme, seguido de mi falda. Ya que no llevaba ropa interior alguna, terminé pronto. Sentí una ligera sensación de libertad al quedar tal y como vine al mundo, era estimulante estar al natural. Kia Ulfsark también estaba ansiosa y rompió su armadura de cuero con sus garras, dejando caer su capa y su mazo, haciéndolos a un lado para que no estorbaran. Lo único que mantuvo fue su collar, cuya llave debía estar en posesión de Jerkson. Contemplé su esbelto cuerpo lleno de cicatrices, evidencias visuales de su violento pasado y pruebas de que era una veterana. O al menos, eso quería creer; no deseaba disminuir el entusiasmo de nuestro enfrentamiento.
Una propuesta excéntrica, incluso pervertida, para cualquiera que la hubiera escuchado. Excepto la loba, quien provenía de una estirpe que nació para la batalla, como yo. Ergo, no me preocupé que ella rompiera su palabra de contender limpiamente. Estaba segura que ella sintió el fuego de la lid avivar su corazón de vikinga, la sangre de mil combatientes escandinavos ardiendo dentro de sus venas y llamándola a su destino con alguien que podría proveerle el intenso placer de una majestuosa contienda. Yo también experimenté aquello, mi naturaleza de depredadora me obligaba a probarme a mí misma enfrentándome a una auténtica descendiente de las leyendas que forjaron la cultura de mi patria.
Quizás hubiera nacido en un país ubicado en el mar austral-nipón y mi panteón sea griego, pero mi corazón era tan germano como los bárbaros que llegaron desde el norte de Europa. Mi ídolo de la niñez, Erika Kriegtochter, afirmaba que dentro de toda alemana yace el alma de una valkiria y es nuestro deber comportarnos como una, no sólo en el sentido bélico, sino en los aspectos de nuestra existencia, defendiendo lo que amamos y siendo un ejemplo para otros, inspirándolos para la lucha de la vida diaria. Y yo era una gloriosa valkiria escudera, una hija de la guerra que protegería lo que cree y ama. Ambas nos miramos a los ojos y golpeamos el centro de nuestro pecho al unísono. Por fin, una pelea donde no debería preocuparme por contenerme, donde podía dar todo de mí y demostrar que mi título de cazadora no era de adorno. Ella y yo nos alejamos un poco y asumimos posiciones de combate; hora del show.
Arachne mía, ten piedad de mí.
Me hubiera gustado decir que la pugna inició con un poderoso grito de combate y me enfrasqué con la mujer lupina en un honorable intercambio de golpes, contraataques y estrategias de lucha, donde cada una calculaba el siguiente movimiento de la adversaria, envueltas en la euforia del litigio. Empero, la vida no es una historia barata que algún vago escribe en su tiempo libre para el deleite de millones de extraños en la Internet y, sin deífica gloria ni fastuosa dignidad, la fenrir me clavó un puñetazo en la mejilla tan contundente que para cuando terminé de meditar estas mismas palabras, yo yacía con mi rostro en el suelo, un punzante escozor en la cara y una muy furibunda loba tratando de decorar las níveas paredes con mis intestinos.
Por eso odio a los perros.
Tan pronto dio inicio la riña, se convirtió en una prueba de resistencia para mí, un examen de vida o muerte donde el primer error era expulsión definitiva. La realidad de una lucha con una predadora tan poderosa era que no había tiempo para planear ni prever ninguna clase de movimiento, todo ocurría tan rápido que la posibilidad de acabar como un cadáver en un parpadeo era extremadamente alta. No estaba enfrentándome a un esbirro menor armado con un subfusil, no era un simple malhechor que se sentía invencible porque llevaba una escopeta en las manos; era una maldita liminal con el cerebro lavado cuya fiereza sólo podía compararse con el dolor que sus golpes dilacerándome el cuerpo me hacían experimentar.
Cualquier idea preconcebida que tuviera de una batalla a la usanza vikinga más pura quedaba descartada cuando recordé que me hallaba encerrada sin salida con una maldita criatura con el cerebro lavado y todas las intenciones de matarme. Ella me azotó en el suelo y fue gracias a mis reflejos de Sparassidae que logré esquivar sus garras dirigidas como saetas a mi yugular. Kia no tenía piedad y se lanzaba directamente a mis zonas vulnerables para concluir lo más raudamente posible. No deseaba extenderse innecesariamente, quería acabarme rápida y eficientemente, como una cazadora debe hacer.
Sin darme cuenta, dejé una pequeña brecha de mi defensa abierta y Ulfsark, sin dilación alguna, se arrojó a mi costado izquierdo expuesto y sus garras se internaron dentro de mi piel. La canina trató de arrancarme aquel pedazo, pero logré pinchar su espalda con mis quitinosas piernas y empujarla hacia un lado. Furiosa, me incorporé y le clavé un puñetazo directo a la quijada, sintiendo el hueso bajo la epidermis hacer contacto con mis nudillos y enviándola a la lona. La lupina respondió a ello impulsándose hacia atrás y clavando una patada directamente al centro de mi pecho, dejando sangrientas cicatrices sobre este. Dos heridas en menos de cinco segundos, no estaba jugando.
Bien, hora de quitarle las pulgas a porrazos.
Gritando a todo pulmón, la embestí como un ariete y ella, sin intentar hacerse a un lado, recibió el golpe directo, clavando sus cuatro extremidades en mi espalda. Mi intención era aplastarla contra la pared, pero ella me soltó al instante y terminé estrellándome contra el muro, pequeña ventana de tiempo que ella aprovechó para ir de nuevo por mi costado. Reaccionando con celeridad, logré apresar su mano y luego la otra cuando intentó rasguñarme la cara, pero sus piernas seguían libres y de un poderoso salto logró patear la zona gástrica de mi abdomen humanoide. Desafortunadamente, para ella, mi estómago real se encuentra en mi abdomen arácnido y el impacto, aunque doloroso, no tuvo el efecto esperado y respondí a su ataque golpeándole el suyo con mis pedipalpos.
Intenté repetir la acción, pero ella prefirió darme un cabezazo directo. Dado que no la solté, ella insistió con el mismo movimiento y aprovechó mi confusión para rodearme la cintura con sus piernas de un brinco, acortando la distancia entre nosotras. En otras circunstancias, una mujer desnuda realizando tal acto sería considerado una invitación directa a perder el control de nuestras pasiones. Pero en ese momento no había nada de erotismo, sentimientos o una pizca de mi habitual safismo; no estábamos jugando, no intentábamos seducirnos.
Queríamos matarnos.
Con ella tratando de morderme y sin querer despegarse de mí, me dejé caer al suelo para aplastarle la espalda, pero ella aprovechó para propinarme otro cabezazo y hacerme hesitar para darle tiempo de soltar sus piernas, tocar el piso con estas e impulsarse para patearme la zona abdominal repetidamente. A la tercera patada, clavé un pedipalpo en su pierna y la jalé para hacerle perder equilibrio y estamparla en el suelo, aplastando su estómago con ambos pedipalpos. La solté de las manos y el intercambio de golpes aumentó de intensidad. No luchábamos como artistas marciales ni practicábamos una elaborada coreografía, todo se trataba de crearle la mayor cantidad de dolor a la contrincante hasta derrotarla.
La fenrir me azotó la cara en la pared y yo inserté mis garras en su costado, a lo que ella respondió pateando mi costado y tratando de quebrarme el brazo en lo que yo intentaba clavar una de mis piernas en su espalda. Cada movimiento abría oportunidad para que el otro ejecutara un contraataque, cada pequeño suceso debía aprovecharse, cada error evitarse y, cada chance desperdiciado, castigarse. La loba rasguñó mi espalda, mi estómago, mis brazos; y yo hice lo mismo, tapizando su epidermis con cicatrices frescas al tiempo que cada puñetazo nos trituraba los huesos. Ignoro cuántas veces nos azotamos en las paredes, pero ya habíamos comenzado a dejar sangre esparcida en esta, especialmente la mía.
Kia era rápida y fuerte, no paraba de golpear incluso después de haber sido atacada, siempre intentando explotar alguna brecha en mi defensa, por muy pequeña y fugaz que fuera. Yo aprendía a evitar que ella tomara ventaja de mis descuidos, pero eso sucedía después de que yo cometiera el error demasiadas veces. Lo peor, ella me estaba cansando. Mis fuerzas se mermaban rápidamente tanto por la paliza que me propinaba como por el miedo mismo que yo experimentaba al notarla tan enérgica como el principio. Ya fuera que la maldita droga que Völund le proveyó le suprimiera toda sensación de fatiga o simplemente supiera mantener el brío por más tiempo que una novata, sabía que de no terminar con ella pronto, esa marca de victoria en la pared no sería una mera conjetura. Después de haber sufrido otro porrazo que me dejó en el suelo, me incorporé con celeridad para romperle los dientes.
Y ella me atravesó el brazo.
No literalmente, pero logró insertar sus afiladas garras dentro de mi extremidad derecha, atravesando piel y músculos, dañando mi bíceps y tríceps. Pude retirar su mano golpeando su tráquea, no sin que ella antes me rasguñara la cara, dejando una cicatriz cerca en la zona inferior de mi mejilla izquierda, extendiéndose hasta llegar cerca de la aleta de mi nariz. Gruñí por el escozor en mi extremidad y mi rostro mientras Kia arremetía como un toro, tumbándome al piso. Yaciendo adolorida, ella comenzó a pulverizar mi cabeza a puñetazos. Pronto, el eco de sus nudillos impactando mi cráneo y la sangre salpicando su pelaje resonó lejanamente dentro de mi sesera.
Se había apoyado sobre mí de manera que mi brazo fuera apresado por su pierna y el resto de su cuerpo me impidiera recurrir a mis pedipalpos. Mis piernas tampoco podían doblarse en un ángulo para atacarle, excepto las traseras, cuya longitud podría llegar hasta alguna parte de su espalda. Era una oportunidad dorada, donde la lupina se encontraba tan concentrada en usar mi sesera como pera de boxeo que dejó su trasero completamente vulnerable. La sádica (y sáfica) que residía en mi interior podría aprovechar la insertar una de mis filosas piernas en sus zonas privadas, deteniéndola de inmediato por el shock, entregándome una victoria veloz.
Pero no lo hice.
La fenrir, aunque despiadada, había respetado nuestro código de batalla y nunca intentó nada mezquino para vencerme, como atacar mi segundo tórax o la zona inferior de mi abdomen arácnido. No recurrió a trucos sucios, únicamente explotando las debilidades de mi defensa, como una guerrera noble haría. Y yo respetaba eso, estimaba una pelea justa, por más dura que esta fuera. Si yo merecía el triunfo, debía demostrarlo limpiamente. En lugar de sodomizarla sorpresivamente con quitina o jalar de su cola, usé la punta de mi pierna para pinchar su costado y hacerla hesitar lo suficiente para liberar mi brazo y arrojarla a un lado, parándome de inmediato.
La loba embistió de nuevo pero se detuvo de inmediato cuando mis piernas fungieron como lanzas en una falange; poderosas alabardas cuya dureza amenazaban con empalar la inerme piel de mi atacante. La longitud de mis extremidades me brindaba una ventaja para mantener la distancia, alternándolas para evitar perder equilibrio y dándome tiempo para pensar en una estrategia. La idea le impacientaba a la pelirroja; no quería estar a la defensiva, especialmente cuando empecé a moverme en su dirección, arrinconándola. No intenté nada más, solamente la mantenía alejada hasta que ella topó con la pared. Ahí, calculé mal y perdí un poco el equilibrio, tambaleándome, error que ella aprovecharía para contraatacar.
Justo lo que yo quería.
Ávida por retomar su puesto como la combatiente dominante, la euforia de Ulfsark le hizo olvidar de cubrirse propiamente el estómago al correr en mi dirección. Emulando su técnica de embestida, bajé mi cabeza cuando la mamífera se acercó y esta impactó su estómago al tiempo que me incorporaba. Como un rinoceronte arrojando una infeliz hiena, alcé a la fenrir con la sesera y espalda, echándola detrás de mí cuando el resto de su cuerpo reposó en el mío por el insospechado cabezazo en su zona gástrica. Con ella en el suelo, le di un golpe detrás de la cabeza con mis pedipalpos al momento que ella pateaba mi zona abdominal. Era difícil agredirle sin que ella regresara al mismo tiempo un contraataque, pero no desistí y, después de que ella me rasguñara el hombro, la tomé del cuello, aprovechando un espacio en su collar, con mi brazo izquierdo y la estampé contra la pared.
Ya que mi lado derecho permanecía aún adolorido y con pocas fuerzas como para rematarla a puñetazos, preferí azotarla una y otra vez en el piso. Kia no se permitiría caer con una treta tan barata y, simulando atacarme con la rodilla para que arqueara mi cuerpo, me propinó una patada justo en la entrepierna. Seré una arachne que disfruta del salvajismo en la cama, pero que golpeen la vagina de una no es algo que ni la más ávida sadomasoquista disfrute. Incapacitada momentáneamente por el furtivo asalto a mi zona íntima, la pelirroja se liberó de mi agarre y fue mi turno de ser la abatida contra la pared, comiéndome sus nudillos sin ofrecer nada más débil resistencia.
Si quería jugar rudo, entonces que así sea.
El proceder de la lupina me recordó el consejo que Zoe nos diera en el adiestramiento, explicando los nervios que constituían los puntos débiles en el cuerpo. Yo había recurrido a varios, como golpear la garganta y la unión de las piernas, así como la fenrir hirió mis costados y mi brazo. Todos eran movimientos permitidos en el implícito código de honor. Pero arremeter contra mis partes privadas era ir más allá de lo acordado, y si ella deseaba hacer uso de movimientos tan mezquinos, entonces la complacería con mi propio repertorio de sorpresas. Siendo sincera, lo hubiera hecho desde el principio, pues el tiroteo anterior me había dejado cansada como para desear una pelea extendida, pero jamás vi la oportunidad que necesitaba para llevarla a cabo. Y porque quería admirar el trasero de la loba antes de llenarlo de moretones.
Diablos, Dyne tenía razón: no tengo remedio.
Jalando su pierna con una de las mías, la saqué de balance y le di un golpe de 'rodilla' con mis pedipalpos, en su estómago. Para ese entonces, este ya se había vuelto mi método de castigo principal, pues mis brazos y manos siempre se encontraban bloqueando los de ella. Sacándole el aire con ese impacto, le di un codazo en la sesera, y aunque no la envié directo al piso, la desconcerté lo suficiente para escapar de la esquina donde me tenía atrapada. Furiosa, ella intentó atacar mi rostro, pero anticipé mi mano para bloquear la suya, notándolo ella y aprovechando para preparar su otro puño directamente a mi costado. Cayó en la trampa.
Capturando su brazo que pretendía castigar mis costillas, la jalé hacia mí, dándole la vuelta y, sin darle tiempo de reaccionar, le asesté poderosos puñetazos pugilistas justo la entrada de su trasero. Era una manera barbárica de dañar su nervio ciático e impedirle moverse correctamente al debilitar contundentemente sus piernas, pero ella había dado el primer paso al infligir daños al monte sagrado que sólo mi amada Lala (y eventualmente Cetania, de salir todo bien) tiene acceso. Seré muy adicta a las mujeres, pero soy una arachne respetable y no iba a dejar que cualquier perra pulgosa me tocara sin mi permiso.
El plan funcionó y la lupina nórdica perdió toda la fuerza. Mi siguiente movimiento fue estamparla en el piso y dictarle una nueva dieta a base de puñetazos el estómago, dándole un festín de nudillos hasta hartarse. Ella, aunque todavía débil, respondió rasguñando mi cuello, peligrosamente cerca de mi yugular. No fue mortal, pero me dolió lo suficiente para interrumpirme en la golpiza. La loba intentó incorporarse pero yo fui más rápida y su quijada se convirtió en mi nuevo blanco. Intercambié objetivo temporalmente, impactando su garganta y asaltando su frente. La fenrir aún mantenía energías para hincar sus zarpas en mi piel, con su rojo pelaje ocultando muy bien la sangre que desde hace mucho las decoraban. Ella golpeaba mis costados, yo su estómago, ambas rugíamos como animales salvajes, como bersekers en trance.
Como monstruos.
Impulsada por la adrenalina y queriendo parar esta vulgar exhibición de fuerza bruta y violencia, junté mis dos manos y, alzándolas hasta su cenit, las descargué con todas mis energías sobre el centro de su frente, gritando en el proceso como si fuera una invasora germana partiendo el cráneo de un soldado romano con un martillo de guerra. Eso fue lo que se necesitó para finalmente aplacar a la salvaje loba; había ganado. Permanecí ahí, sentada encima de ella, hiperventilada y con la euforia de la batalla disminuyendo paulatinamente hasta que, con una extremadamente difusa muestra de alegría, caí rendida hacia un lado; exhausta, adolorida, herida.
Triunfante.
Demasiada sangre para una obtener una dura pero necesaria victoria. Así debió sentirse el Ejército Rojo al colocar la bandera soviética sobre el Reichstag, simbolizando el fin del Tercer Reich y la guerra en Europa; con la corona de laureles sobre sus cabezas, pero los cuerpos de sus camaradas yaciendo en las calles por la brutal contienda, recordándoles que cada conquista se paga con la vida. Quizás este pequeño éxito no se comparara con los veinte millones que perecieron defendiendo la patria rusa, pero comprendía mejor el gigantesco esfuerzo que se requiere para vencer a la adversidad cuando parece que todas las cartas estaban en nuestra contra. Valiosa lección, debo decir.
Kia regresó a la vida después de un minuto en donde comencé a preocuparme que la hubiera enviado al Helheim. Tosiendo, apenas pudo incorporarse torpemente para luego hacer arcadas. Los movimientos de su estómago y garganta se acrecentaron para concluir con un súbito vómito. Cerré los ojos y volteé la cara en disgusto hasta que la oí terminar de devolver todo su interior y desplomarse nuevamente en el piso. Tomándome otro poco de tiempo para recuperar energías y escupir algo de sangre, me levanté con pesadez y, después de asegurarme que la lupina tuviera su pulso activo, me coloqué mi uniforme.
Con el atavío puesto, regresé con la fenrir y tomé la llave que ella había regurgitado, agradeciendo a mis guantes por mantener mis manos ensangrentadas pero libres de material gástrico expulsado. Antes de salir de ahí, tomé las ropas de la pelirroja inconsciente y las puse encima de ella para cubrir su desnudez, no sin antes tomar su cinturón de dientes, eligiendo el colmillo más grande para tallar mi nombre en la pared, justo arriba de su cuenta de victorias. Decidí quedarme con su mazo de batalla, era un excelente trofeo de guerra. Y necesitaba un arma para defenderme de todas maneras.
Esperaba que mi pajarita y esa mantis gruñona se encontraran bien. Esta maldita misión resultó ser casi literalmente un apocalipsis y aunque apenas fuera el primer invierno de los tres consecutivos que precedían al Ragnarök, casi terminaba con nuestra existencia. Medité unos momentos sobre lo que se había convertido mi vida hasta ahora. Había pasado de una ingenua policía que escapó de su país, para finalmente madurar en un país extranjero. Un mes para transformarme de nadie a una exterminadora psicópatas, terroristas y lobas con el cerebro lavado. Suspiré.
No es fácil ser Aria Jaëgersturm.
[–+–+–+– "Una era de lobos…" –+–+–+–]
– "¡Aria!"
Eso fue lo último que pude decir antes de recibir una patada en el estómago y ser arrastrada de mi uniforme por dos arpías hasta salir de aquella oficina mientras ese malnacido de Völund se reía jactanciosamente. Parecía insólito que dos emplumadas comunes pudieran contra una rapaz entrenada, pero las desgraciadas gemelas trabajaban perfectamente sincronizadas, con una golpeándome al tiempo que la otra me llevaba entre sus garras, intercambiando papeles constantemente. Dado que destruimos casi todas las luces de la base y los cuervos ven mejor de noche que una halcón, ellas se valían de la oscuridad para evitar que pudiera contraatacar correctamente.
No contaba con mi equipo auxiliar, especialmente las gafas de visión nocturna, pero pude distinguir por el vago resplandor de la noche estrellada que recorríamos los mismos pasillos que habíamos limpiado de criminales, hasta que terminamos en una zona bastante amplia, donde me dejaron caer. Logré amortiguar el descenso extendiendo mis alas y contemplé el lugar donde me encontraba. Parecía ser una de las secciones de la fábrica, lleno de cajas y estructuras derruidas, similar al resto del edificio. No había nada especial excepto que la única fuente de iluminación provenía de un solo hoyo en el techo, lo suficientemente grande para alumbrar un círculo de apenas dos metros de diámetro, y yo me encontraba en el centro.
Era de esperarse.
Al ser más pequeñas que yo, se valían de tácticas sorpresa para derrotarme. Yo estaba en relativa desventaja, ya que no podría verlas y los acúfenos en mis oídos no me permitirían escucharlas moverse. Además, el lugar poseía una gran cantidad de olores industriales fuertes, por lo que mi olfato también sería inútil para rastrearlas. La noche era su aliada y la luna no brillaba lo suficiente para auxiliarme. Esperé varios segundos, incluso minutos, sin que ninguna hiciera acto de presencia. No me impaciente, sabía que todo eso era parte de su parsimonioso juego de desesperar a su víctima para que esta baje su defensa.
Los cuervos son quizás de las aves más pertinaces del reino animal, además de unos oportunistas naturales. También son bastante violentos, atacando otros pájaros, incluyendo rapaces, especialmente búhos y lechuzas, con quienes antagonizan siempre. Las arpías de estas especies poseen una rivalidad comparable a las de arachnes y empusas. Odiaban la competencia, y una depredadora como yo invadiendo su territorio debía serles insoportable, y más si su libre albedrío había sido suprimido para jurar lealtad eterna al malnacido de Jerkson. Pero yo era una majestuosa Falco femoralis, una hábil cazadora de las gélidas montañas del Parque Nacional de los Glaciares en Montana; conocía los trucos de mis congéneres comunes, no iba a dejarme sorprender por un par de urracas que se creían las enviadas de un dios nórdico.
Reí internamente cuando escuché caer una pieza de metal en la oscuridad; un intento demasiado burdo para distraerme. Y me sentí ligeramente ofendida porque esas gemelas engreídas menospreciaran mi inteligencia al creer que caería en una treta tan ridícula. Debían estar realmente afectadas por el suero para tomarme por una idiota. Volteando hacia el otro lado de la fuente del ruido, pude detectar una figura envuelta en la lobreguez dirigiéndose hacia mí. Sonriendo, la atrapé en el aire a pesar de no contar con mis manos postizas. No sé si realmente intentaban burlarse de mí o en verdad eran tan estúpidas, pero me sorprendía que consideraran tremenda novatada para derrotarme.
– "Nice try, kiddo." – Reí, sosteniendo a una de ellas. – "Necesitarás algo mejor que… ¿eh?"
Era un avioncito de papel.
Recibí una patada directa detrás de la cabeza y casi me voy de boca al suelo, pero un segundo ataque a mi frente me regresó a mi lugar. Pasó tan rápido que no me di cuenta del tercero, en mi costado derecho, hasta que me encontré en el piso. Sin demorarse, ese par de demonios emplumados cayeron sobre mí con una vorágine de fuertes patadas y rasguños con sus afiladas garras. Gruñí en disgusto. No por las heridas, sino conmigo misma; había atrapado el anzuelo que juré no morder y me vi como una zopenca. Me incorporé de inmediato al tiempo que las dos se desvanecían de nuevo en la negrura imperante. No me enojé mucho, me merecía esa paliza por confiarme tanto.
Nuevamente silencio. Las tinieblas escondían a mis presas y estas ahora eran las que se mofaban de la predadora con el uniforme rasguñado que observaba cada rincón, con poco éxito gracias a la ausencia de luz. Podría escapar por el agujero en el techo, pero este estaba bloqueado por una reja metálica que apenas dejaría pasar mi cabeza. No había otras salidas visibles y con mi audición recuperándose, podía escucharlas moverse en la oscuridad, golpeteando sus garras en el piso y riéndose, provocándome a intentar seguirlas y quedar aún más expuesta. Necesitaba pensar en algo y rápido. Entonces, la epifanía llegó a mí.
La oscuridad misma.
Sonaba absurdo, pero la negrura nocturna era la respuesta más sencilla. Por muy buena que fuera la vista de una córvida, eran incapaces de ver en completa lobreguez. Arriesgándome a ser impactada por las gemelas, corrí rápidamente al punto menos iluminado, planeando un poco para evitar tropezarme y descendía de nuevo para no ser derribada en pleno vuelo. Las córvidas no perdieron tiempo y una cayó sobre mi espalda mientras estaba en el aire, pero eso era algo que yo esperaba. Tomando en cuenta el ángulo del impacto, debió provenir del este, por lo que tal lugar les daba suficiente luz para distinguirme. Requería de salir de su campo visual disponible para esfumarme.
Pero no iba a averiguarlo dejando que me atacaran.
Aunque la arpía me derribó y me apresó las alas con sus piernas, permaneció encima de mí el tiempo suficiente para que yo, haciendo uso de mi gran flexibilidad y altura, doblara mis piernas para agarrarla del trasero. Hundiendo mis garras aviares en sus huesudas nalgas, haciéndola gritar, la azoté con fuerza en el piso y, tan pronto me liberé, me hice a un lado. Cuando mencioné que conocía los trucos, no mentía. La hermana de la infortunada con el culo rasguñado y que yacía en el suelo, había descendido para apoyarla, pero me adelanté a su estratagema y, distinguiendo solamente su silueta difusa, traté de clavarle un codazo en el cuello, pero se lo di en el pecho.
Erré mi oportunidad y ellas me castigaron contraatacando. La primera que golpeé se vengó pateando mi entrepierna, aunque por suerte la hija de puta no usó también sus garras. Saltando por una agresión tan mezquina, su gemela me asestó otra en el estómago, arrojándome a una pila de cajas de cartón. Agradecí el aterrizaje relativamente suave y reaccioné rápidamente, pegándome a la pared más cercana y alzando mis garras de manera preventiva. La fortuna me sonreía, porque una de las córvidas se encontró con el filo de mis extremidades inferiores cuando intentó otro asalto. Deteniéndola entre mis zarpas, usé los espolones de mis alas para incrustarlas en la espalda de esa rata voladora, siendo interrumpida por su consanguínea, que me pateó la cabeza para que la soltara.
Luchamos en el bruno manto de las tinieblas, a ciegas. No era nada sencillo y más que un enfrentamiento entre tres arpías, se trataba del asedio constante a una rapaz por dos molestas pestes aladas. La pelea se volvía más unilateral conforme transcurrían los segundos, pues mi visión no se ajustaba a la negrura, pero ellas ahora coordinaban mejor su asalto y el radio de golpes asestados de mi parte disminuía paulatinamente, ganándome varios rasguños más en mi cuerpo. Nuevamente viéndome acorralada por su superioridad numérica y habilidad nocturna, opté por buscar la salida de ese lugar, pero primero debía hallarla entre la ominosa oscuridad. Y requería de una distracción para evitar que supieran mi plan.
La solución eran los abrazos.
Literalmente. Aprovechando que una de las cuervos trató de impactarme el estómago, habiéndole esquivado yo por suerte su pierna, la tomé de esta y la sujeté lo más que pude, pegándola a mí y enterré las garras de mis alas en su espalda que evitar soltarla. Asegurada, comencé a rodar e impactarla contra la pared, sin dejar de moverme y soportando sus intentos por escapar y las intervenciones de su hermana, rasgándome la piel en el intento. Más que azotarle la cabeza, que era en parte mi estrategia, el plan era encontrar la salida, oculta completamente por ninguna fuente de luz que revelara su posición.
Finalmente, escuchando un sonido grave de metálica índole al prensar a la arpía en lo que pensé que era una pared, supe que había dado con la puerta. Dándole un cabezazo a mi rehén y soltándola, comencé a palpar desesperadamente hasta toparme lo que parecía ser una barra de seguridad. Alzándola, la jalé y prontamente un débil pero deífico fulgor me fue revelado; la había encontrado. Sin dilación, salí de ahí y noté que si bien no estaba en completa oscuridad, la luz seguía siendo insuficiente para luchar correctamente. No me quedé para esperarlas salir por la puerta, sabía que ellas tenían un medio de escape alterno y lo tomarían para rodearme. Mi prioridad en ese momento era encontrar iluminación.
Me sorprendí de lo grande que era la construcción subterránea, empequeñeciendo a la ya de por sí enorme fábrica del exterior; Völund se encontraba muy bien financiado y nosotras en verdad le dimos un golpe fuerte para querer buscar venganza, en lugar de escapar, al grado de arrojarnos a sus guardias de élite, o eso suponía yo. Me daba igual si Jerkson sólo era el esbirro de un pez más gordo; el sufrimiento que pasé ameritaba que le partiera las piernas con mis propias alas, si es que detenía a esas endemoniadas gemelas primero. Debía invertir los papeles, los cuales ya lo estaban. Yo era la depredadora, ellas presas, debía ser yo quien dominara.
Pero ellas continuaban superándome.
Ignoro de dónde hayan salido, pero mientras me dirigía a una zona con mayor claridad, Hügina, la córvida del moño, repentinamente atravesó la rejilla de una toma de aire y se dirigió hacia mí. Reaccioné y me cubrí para el inminente impacto, pero Münina, su hermana, apareció desde un agujero en el techo y cayó justo encima de mi espalda. En el suelo, intenté nuevamente agarrarla con mis zarpas, pero ésta voló y la otra me pateó la cabeza. Con celeridad se arremolinaron como buitres sobre un cadáver y volvieron a castigarme a base de puntapiés. Sin embargo, a pesar de la relativa protección de mi uniforme, especialmente el chaleco, sentía las garras de las oponentes más duras, internándose más profundo, como dolorosamente descubrí. Rodando en el suelo para escapar de su tortura, logré retroceder y fue ahí que noté la razón de tan punzantes heridas que me tapizaban ahora la dermis.
Usaban cuchillas en las garras.
Así como yo llevaba un calzado especial con agujas inductoras de electricidad, y que me fueron removidas mientras estaba inconsciente, las gemelas cargaban con una especie de funda para sus garras, terminando en puntas hechas de afiladas y largas cuchillas curvas. Gruñí, no por el peligro de los punzocortantes objetos, sino por el hecho que utilicen sustitutos para sus zarpas naturales cuando estas todavía son perfectamente funcionales. La habilidad de capturar y someter al objetivo con las garras es nuestro orgullo como arpías, especialmente rapaces; reemplazarlas sin necesidad es un despliegue de vacuidad y rechazo a nuestra naturaleza. Incluso si ellas eran cuervos comunes, insultaban a toda la estirpe con sus prendas de asesinas, cerebro lavado o no. Debía corregirlas.
Haciendo un ademán con el dígito de mi ala, retándolas a venir por mí, el dúo se lanzó al aire para caerme como meteoritos. Yo no iba a quedarme inerte y también batí mis alas, elevándome hasta el techo para comenzar una violenta batalla aérea. Como cazas de combate, todo se decidía sobre quién era la perseguidora y la perseguida, conmigo tratando de obtener ventaja sobre alguna de las dos. Ellas maniobraban para rodearme y yo ascendía o descendía para hacer lo mismo. En medio de las penumbras, con la noche plutónica envolviéndonos, cada error podría ser el último.
Ambas podrían cortar mis alas, y viceversa, terminando de inmediato con la batalla y la vida de la perdedora. Era una lucha veloz, efímera, que parecía no tener la intensidad de los clásicos puñetazos y movimientos tan refinados que uno imagina al visualizar una reyerta, pero cuya letalidad no debía ser subestimada por la aparente falta de acción. Aquellos que jamás han experimentado las conflagraciones entre especies voladoras, no entenderían la complejidad que se necesita para salir vivas estas. Tales enfrentamientos implicaban estrategia tanto de combate como de vuelo decidida en fracciones de segundo, todos mientras se evita porque un descuido les cueste caro a los participantes.
Los míos me estaban costando mucho.
Una justa en las sombras era el terreno ideal de las arpías nocturnas, y los cuervos son bastante ágiles y maniobran expertamente en espacios cerrados, además de gran resistencia a las vueltas abruptas. Perdí muchas plumas y gané muchas cicatrices tratando de esquivarlas, siendo las mellizas muy diestras para rasgarme en vuelo, distrayéndome con súbitos cambios de trayectoria cuando perseguía a alguna de las dos. Una halcón como yo requería de espacios abiertos para hacer uso de mi dinamismo correctamente, además de una buena luz. Hasta ahora, todos mis campos de batalla se habían desarrollado con espacio de sobra para permitirme realizar maniobras efectivas. Debía regresar al exterior para obtener ventaja, necesitaba hallar la salida.
Y si no encontraba una, entonces la crearía.
Jugándome el todo o nada con la suerte, aceleré mi vuelo y embestí con fuerza un ventilador inactivo, la única salida disponible de mi tamaño. Protegiendo mis alas, impacté el aparato con mi espalda, azotándome fuertemente pero logrando mi cometido, arrancando el oxidado objeto de su base y encontrándome con la amada libertad. Mientras partículas de metal, plástico y polvo se esparcían en el frío aire de la noche, yo rompí mi pose casi fetal y, como la empírea ave de presa que era, extendí mis gloriosas alas y me elevé con renovada fuerza por el cielo nocturno.
Nunca me alegré más en mi vida de contemplar las estrellas con toda claridad, observando el panorama citadino en el horizonte, con la actividad de la urbe ininterrumpida. El mundo se mantenía completamente ajeno a la fiera guerra que se desarrollaba tan cerca de él, una que, incluso de ser ganada en nuestro favor, apenas le importaría. Pero yo no arriesgaba mi existencia por desconocidos indiferentes, por mucho que mi juramento como elemento de la ley me obligara a decir lo contrario, sino por los que creían en los mismos ideales que juramos valorar y defender. Y, por supuesto, por las personas que amaba.
Y yo seguiría viviendo para amarlas.
El dúo de bastardas apareció prontamente y volaron hacia mí, como cohetes antiaéreos. Ahora en mis dominios y con una vista más efectiva, podría dejar de preocuparme por espacios cerrados y hacer gala de mi superioridad como cazadora. Usando la constelación de la Osa Mayor como guía, el conglomerado de estrellas que en mi tribu se conocía en idioma lakota como Wičhákhiyuhapi y que nos era bastante útil para la navegación nocturna, ascendí las alturas con celeridad, con las hermanas cuervo siguiéndome muy de cerca y acortando la distancia. Logramos elevarnos alrededor de ciento veinte metros, decena más, decena menos, acto inversamente proporcional a la temperatura, la cual disminuía raudamente conforme seguíamos escalando el firmamento.
Caí.
Sorpresivamente, cesé mi vigoroso aleteo para permitir a la gravedad tomar las riendas de mi trayectoria y, envolviéndome en mis alas como una momia, me desplomé en dirección semi-vertical hacia el suelo. Tan inesperada acción tenía un propósito: quedar detrás de las incautas córvidas, que a la velocidad que llevaban, reaccionaron demasiado tarde para cuando volví a extender mis extremidades y retomé mi vuelo, siendo ahora ellas las perseguidas. Elegí a Münina para ser mi objetivo y le di caza, con su hermana muy cerca de mí. La cuervo fugitiva descendía y giraba abruptamente de dirección, estando yo consciente que esa era señal para que su consanguínea de moño atacara al hallarse en posición ideal. Ahí era cuando me convertía en una estatua viviente y me dejaba caer para evadir las cuchillas de Hügina y proseguir correteando a Münina.
La estrategia era efectiva, aunque era obvio que las adversarias cambiarían la suya pronto. En la siguiente evasión que la pelinegra sin moño realizó, en vez de dejarme caer, me alcé repentinamente, dando un giro y quedando justo detrás de Hügina. Ésta ya tenía preparadas las cuchillas para insertarlas en mi piel y logré invertir de nuevo los papeles. No era la primera vez que realizaba tales ejercicios, pues practicaba tácticas con mis otras compañeras cazadoras en Montana, aunque esta era de las pocas ocasiones en que resultaba a la primera. Dado que mis victorias eran contadas, el poder superar a dos simpatizantes de terroristas me era apoteósico.
Noté que la zona posterior de su vestido estaba bastante dañada, denotándola como la infeliz a quien le dejé cicatrices en sus nalgas aguadas. Me propuse a crearle más y me abalancé sobre la córvida de moño, lista para demostrarle lo que las garras auténticas eran capaces de lograr sin necesidad de aditamentos artificiales. Las arpías debemos infligir daño primero con los medios que la naturaleza nos dio, es parte de nuestra cultura. Incluso cuando yo usaba tasers en la mías, eran sólo un remate de lo que mis zarpas ya podían lograr por sí solas. Además de detener a un par de criminales, el derrotar a esa dos era una cuestión de honor para la especie.
Descendí encima de Hügina, alcanzando su espalda debido a su constante movimiento. Empero, fui sorprendida por su familiar, quien actualmente cumplió la venganza de su consanguínea al hundir sus cuchillas en mi trasero. En la escena más bizarra (y dolorosa para mí) que haya concebido, yo insertaba mis zarpas en la espalda de una cuervo a la vez que otra me ensartaba punzocortantes cuchillos en los glúteos, todo en pleno vuelo. Lograr mantener la estabilidad era demasiado difícil y mantener prisionera a la córvida no valía lo suficiente para justiciar el riesgo de perder fuerza y quedar a su merced, así que la liberé.
Con la arpía suelta y con el peso disminuido, pude aletear hacia atrás para impulsarme y propinarle un cabezazo trasero a Münina, obligándola a dejar de torturar mi posterior al momento que Hügina me sostuvo del pecho con sus patas y, sin soltarme, se dejó caer en picada. Pude aletear, pero su gemela me atrapó por atrás, sosteniendo mis alas. Sudé más frío que el aire invernal que se respiraba mientras contemplaba cómo la fábrica y el suelo se hacían cada vez más grandes mientras descendíamos igual que un asteroide a punto de causar la siguiente extinción masiva. La horrísona cacofonía del viento en nuestros oídos por la extrema velocidad sería insoportable para cualquiera. Ya fuera que pretendieran soltarme a última hora para dejarme estrellarme o decidieran morir conmigo, debía hacer algo.
Por suerte, yo era una halcón.
La celeridad era mi fuerte, era capaz de descender a doscientos cincuenta kilómetros por hora en picada, soportando el vértigo que una aceleración de tal calibre causaría. Las córvidas no, sus cuerpos no habían sido diseñados para tal intensidad y su agarre disminuyó. Ergo, no era de extrañarse que, a pesar de encontrarme apresada por ambos frentes, yo todavía poseyera energía suficiente para liberarme de mis captoras y emprender vuelo antes que chocáramos con el techo de la factoría. La celeridad de la gravedad hizo a mis contrincantes el recuperar el vuelo tardíamente, brindándome otra oportunidad para atrapar a una de ellas. Opté por Münina, ya que era la más cercana y también porque me las debía por herirme el trasero.
Los halcones no capturan a sus presas, las destrozan. Cuando posé mis ocho garras en el enjuto culo de esa córvida endemoniada, me aseguré de que estas se le quedaran perfectamente grabadas y penetraran lo más recóndito de su impío ser mientras me dejaba caer hacia el piso. Antes de chocar con el techo de la fábrica, alcé vuelo y volví a elevarme, soltando por un segundo a mi captura y tomándola de los hombros. Estaba castigándola antes de rematarla en el suelo. Ese fue el momento en el que su hermana intervino y me propinó una fuerte patadas con ambas piernas en el costado, pero sin hacerme soltar a su consanguínea. Acelerando mi aleteo, gané suficiente altura para descender en picada hacia la zona donde se hallaban los tubos de desagüe de la factoría, dejando a Hügina atrás.
Estrellé a Münina contra el lodo, estampándole la cara directamente entre el barro y el agua sucia. Daba igual si tragaba una panoplia de bacterias, ella ya estaba acostumbrada a regodearse con la podredumbre del mundo; sólo la devolvía a su estado natural. Su gemela arremetió por enésima ocasión, recibiéndola yo con una furtiva patada directamente en su horrible rostro. El golpe fue certero y su negro antifaz moldeado como el visor de algún yelmo se soltó. Contemplé horrorizada al ver que la máscara escondía un par de ojos mutilados, con la piel alrededor de las cuencas oculares cicatrizada y llena de granos, algunos infectados con cetrina pus.
Esta debía ser la clase de reacciones adversas al suero de las que Dyne nos advirtió; una execrable muestra del exiguo valor que posee la vida cuando se cae en las garras del crimen. Por un efímero intervalo de tiempo, sentí lástima por la mujer frente a mí, cuya vista no estaba perdida, pero igualmente había sido cegada en su mente por la mano del terrorismo. Pero, al mismo tiempo, ella aún poseía la suficiente consciencia para hacerme daño a mí y al mundo, por lo que era mi obligación dejarla fuera de combate. Eliminando la compasión hacia la cuervo por ser un cruel experimento, continué descargando golpes sobre ella.
Hasta que su hermana me electrocutó.
Münina, habiéndose adjudicado uno de mis tasers, colocándoselo en su pulgar, me paralizó con una contundente descarga y aprovechó mi inmovilidad para estamparme con el suelo al tiempo que su gemela se le unía. Mientras yo era dilacerada, Hügina se retiró el cinturón de su vestimenta y lo usó para amarrarme los brazos. Traté de zafarme y su gemela volvió a darme otra descarga, paralizándome. Revelando las esposas plásticas que nosotras cargábamos, me apresaron las piernas y mis dígitos, negándome toda posibilidad de escape. Malditas tramposas.
Quedando a su merced, la pelinegra del moño, después de patearme el estómago, me tomó de los hombros y comenzó a elevarme. El cielo había empezado a tapizarse de cumulonimbos, anunciando una inminente tormenta. El horizonte quedaba por debajo de la altura usual conforme pasaban los segundos, con Hügina aumentando la fuerza de sus aleteos y ascendiendo a más de ciento cincuenta metros en el aire. Cuando la desgraciada me soltó, pude jurar que mi ropa interior había cambiado a color amarillo y mi corazón se detuvo por completo.
No había peor pesadilla para una especie voladora que no poder extender sus alas cuando se está en precipitación completa a más de una centena y media del piso. Con el aire golpeándome los tímpanos como tambores por la excesiva velocidad, apreté los dientes y esperé a que mi muerte fuera instantánea. Mi vida entera comenzó a pasar frente a mis ojos, desde que era una polluela con sus primeras plumas hasta el momento que me hallé derrotando un batallón de terroristas a lado de mis aliadas, especialmente mi amada arachne.
Y entonces, Münina me detuvo.
A centímetros de haberme pulverizado en la tierra, la cuervo detuvo mi caída en seco y repitió la acción de su hermana, elevándose al cenit del firmamento, ya nublado. Las negras nubes de los ominosos cumulonimbos a sotavento se arremolinaban sobre nosotras, con la córvida riéndose, haciendo una tétrica alusión que prontamente yo imitaría a una gota en la precipitación. Yo no había perdido las esperanzas de quedar libre, pero entre las ataduras y el cansancio, mis energías no bastarían para escapar. Estaban jugando conmigo como con pedazo de trapo desechable, se mofaban de haber convertido a lo que sería su predadora natural en su juguete. No tenían la mente atrofiada, sólo eran unas desalmadas; traidoras a nuestras raíces, a nuestra especie y al mundo entero.
Indispuesta a morir de una manera tan indigna para una arpía, inicié a balancearme como un péndulo en el aire; no para tratar de doblarme acrobáticamente y golpear a mi captora, sino crear un lastre por medio de la gravedad y retrasarla en su ascenso. Los cuervos son fuertes, pero no tanto como una relativamente pesada rapaz y sus alas cedían a mi constante vaivén. Necesitaba desesperadamente tiempo para que mi plan funcionara ya que la otra hermana se apresuró a detenerme. Finalmente, la fortuna cayó literalmente del cielo: lluvia. El agua era un serio inconveniente para las plumas de un arpía aérea, tornándolas pesadas y denegando un vuelo, incluso entre las subespecies más poderosas. Pero, si el aguacero no era suficiente para convencerlas de cesar en su intento de asesinato, entonces los electrones en la atmósfera se encargarían de obligarlas a detenerse de una buena vez.
Relámpagos.
Los rayos son el némesis natural de toda arpía, representando la furia en bruto de la naturaleza misma concentrada en un luminoso y letal envase eléctrico. Las descargas de energía, saetas tan veloces y cortantes como Gungnir, la devastadora lanza mágica de Odín, comenzaron a hacer su aparición, iluminando el firmamento de blanco puro por centésimas de segundo antes de devolverle a la oscuridad sus dominios. Aterradas y paralizadas por la repentina aparición de un enemigo que no podrían subyugar, Münina me soltó inadvertidamente y caí como un saco de cemento desde una altura de quince metros, estrellándome con el techo de la fábrica.
Si no terminé con mi esqueleto destruido y parapléjica fue debido a que el metal del edificio era lo suficiente duro para detenerme y, al mismo tiempo, se hallaba tan débil que el choque fue amortiguado al quebrarse durante el impacto. Para aumentar mi buena suerte, mi destino final fue un grupo de cajas de cartón, aunque el porrazo me sacó todo el aire. Recuperándome de la anoxia (pero no del dolor) y tosiendo por el polvo de los escombros, empecé la búsqueda de algún material filoso que me liberara de mis ligaduras. El cinturón fue cortado sin problemas por un extremo metálico de una viga oxidada, pero las esposas plásticas requerirían algo más fuerte. Estaban diseñadas para soportar hasta ogros, así que no bastaría con un cuchillo.
Desgraciadamente, mis inquisidoras de bruno plumaje empapado por la tormenta no dilataron en aparecer desde las sombras con su cabello mojado cubriéndoles el rostro, apenas dejando ver una sola de sus rojas pupilas y esclerótica cubierta de vasos sanguíneos. Me preocupé y mascullé al mismo tiempo; ambas bastardas se hicieron con mis manos protéticas y en estas cargaban con un skeggöx, el hacha de batalla característica de los guerreros nórdicos, recordándome a las tomahawk ornamentales de mi tribu. Estaban decoradas en sus hojas con la figura de una serpiente; símbolo perfecto para unas ponzoñosas traidoras como ellas. Se acercaron por ambos frentes, caminando lentamente y relamiéndose los labios. Jodidas psicópatas.
Hügina fue la primera en atacar, logrando mover mi cuello lo suficientemente veloz para esquivar el mortal filo de su hacha, incrustándose esta en el suelo. Mis extremidades todavía permanecían apresadas y lo único que podía hacer era rodar para evitar perderlas. Estando yo en extrema desventaja ante las dos, en una triste ironía, me alegré que optaran por torturarme mentalmente al caminar con parsimonia y darme tiempo para moverme en lugar de simplemente cortarme la cabeza, siendo tan absurdamente fácil. Reían, me escupían mientras yo me arrastraba con dificultad por el piso como una lombriz, oyendo el chirriar de sus navajas rasgar las plataformas metálicas y el sonido de sus armas chocando con estas, erizándome la piel y las plumas.
Empero, inversamente proporcional al recorrer de las manecillas, su paciencia se agotaba a cada segundo y arremetían con mayor intensidad, cada vez con menos tolerancia, reduciendo la ventana de tiempo que me permitiera escapar. Cuando parte de las escamas aviares de mis piernas fueron marginalmente laceradas de un furtivo hachazo, supe que ya no deseaban prolongar su juego. No supe si moriría cercenada o por el paro cardiaco que amenazaba con darme a cualquier segundo, pero estando completamente indefensa ante dos dementes armadas era demasiado para mi joven bomba cardiaca.
Desesperada y aterrada, frenéticamente rodé tanto como pude, tratando de bajarme de las plataformas en donde me encontraba, incluso si debía dejarme caer como una alfombra enrollada sobre cajas y barriles. El dolor y los moretones se curaban, perder una extremidad no. Inadvertidamente, acabé en un callejón sin salida, con las dos acercándose tétricamente a mi posición. La lluvia escurriéndose por los agujeros en el techo, los relámpagos creando sombras profundas y blancos puros en una dicotómica fracción de segundo, el rechinar de los vetustos andamios y la risa psicótica de mis ejecutoras; una escena sacada de mis más horribles pesadillas, y aún así seguía siendo inconcebible. Hügina lanzó un grito y saltó para abrirme el cráneo con su arma; yo cerré los ojos.
Y la plataforma se vino abajo.
El peso aumentado por el impacto del brinco terminó por quebrar el oxidado andamio y la estructura entera se vino abajo. Las córvidas no pudieron volar debido a las manos postizas y cayeron junto a mí, perdiendo ambas sus armas. Tuve la enorme fortuna de un pedazo de hierro se le viniera encima las gemelas, dándome tiempo para acercarme a una de las hachas e intentar cortar alguna de mis ataduras. Münina fue la primera en recuperarse y cargar hacía mí, blandiendo la skeggöx. Para mi buena suerte, el escombro en sus ojos, el cabello alborotado más la furia debieron hacerle perder el sentido de la profundidad porque, a pesar de que yo no pude hacer nada más que moverme torpemente para intentar evadirla, el filo del arma actualmente no me rebanó las piernas, sino que terminó cortando el plástico endurecido de las esposas. Estaba libre.
Volví al juego. Con un soberbio puntapié en la sesera de la cuervo, me incorporé y empecé a castigarla a base de patadas. Aprender a defenderse y atacar con las piernas es vital para toda especie que no posee manos, y mi elasticidad iba bien con la destreza de mis extremidades inferiores. Aunque tampoco es que recuperar mi caminar me hubiera dado la victoria instantánea: todavía estaba aferrándome a sobrevivir y las oponentes aún tenían demasiada ventaja, sólo que ahora poseía mejores oportunidades para inclinar la balanza. Yo seguía esquivando con dificultad a Münina, tratando de mantener el equilibrio con alas atadas al tiempo que su gemela se levantaba y tomaba su arma, corriendo a auxiliar a su consanguínea.
Me estaba cansando, ya llevaba demasiado atrapada en esa prisión de metal y concreto, además de que las heridas y la sangre perdida me estaban afectado desde que finalizamos nuestro último tiroteo. Las medicinas y tranquilizantes calmaban hasta cierto punto, pero entre cuchillas, caídas y la fatiga del esfuerzo físico, ya no soportaría por más tiempo. Mis plumas continuaban siendo retiradas una por una en la trifulca, así como algunas hebras de mi cabello, ya sea por mis bruscos movimientos defensivos o el letal filo de la cabeza de la skeggöx, que ya me había cortado suficiente para hacer a mi uniforme un pedazo de trapo más que un atavío profesional. Hügina era la más peligrosa y su agresividad era la que más daño me había hecho. Harta de que yo prosiguiera escapando de su arma, la córvida la arrojó en dirección a mi cabeza, pudiendo yo agacharme raudamente para evitarla.
El hacha impactó a su hermana.
Münina, quien se encontraba detrás de mí después de haberse escondido en las sombras para emboscarme, fue quien recibió el golpe en seco del filo del arma de su consanguínea en su extremidad superior derecha. No se la cercenó, pero el objeto se enterró profundamente en la unión del brazo y antebrazo, destruyéndole el hueso, los nervios y demás ligamentos, efectivamente inutilizándole el ala. Todas contemplamos horrorizadas cómo los borbotones de roja sangre fluían como una cascada de tan infausta herida, arrojando a la víctima de rodillas al suelo mientras se desgarraba la garganta del indescriptible dolor. La cuervo lesionada intentaba removerse fútilmente el hacha con sus dígitos mientras la hemoglobina proseguía escapándose y tiñendo sus negras plumas del color del granate. Ese debió ser el fin de la pelea, con Hügina haciéndome a un lado para auxiliar a su hermana, quizás rogándome que le ayudara a evitar que pereciera.
Nada de eso sucedió.
Ignorando el dolor y más furibunda que antes, Münina optó por incorporarse y regresar a la carga contra mí, apoyada por su gemela. Me parecía insólito que prefiriera intentar asesinarme estando ella al borde de perder la vida por desangramiento, pero quizás era el efecto nocivo de ese suero, habiéndola convertido en una máquina de matar carente de todo sentido de autopreservación, o quizás era el trance berseker que su sangre nórdica le dictaba. Fuera cual fuera la razón, ni siquiera un accidente de tal magnitud detendrían a mis adversarias en su vesánica misión. Golpear, maniobrar, salvarse de suerte, repetir; era increíble como el luchar por la vida de una podía sonar tan monótono si no se experimenta en carne propia tan inefable infierno. Los corredores no eran infinitos y yo me estaba viendo acorralada nuevamente; el destino parecía quererme muerta.
Y se hizo la luz.
Aquello sucedió cuando un relámpago cayó cerca de nosotras, iluminando el lugar a través de las aberturas de los ventiladores industriales y ensordeciendo el ambiente con un cacofónico estruendo, paralizando a mis atacantes. Con un golpe de suerte literalmente caído del cielo, aproveché la confusión y salí de mi propia astrafobia para desarmar a mis enemigas y deshacerme de sus hachas. Logré dejar fuera de combate a la arpía con el ala herida y traté de hacer lo mismo con la del moño, pero esta última reaccionó y blandió su arma contra mí, esquivándole y cortando ella por accidente las esposas en mis alas cuando las contraje instintivamente para protegerme. Finalmente, podía volar.
No desperdicié el regalo que la electricidad natural me obsequió y me elevé en los aires para ir por Hügina. Ésta se deshizo de su mano artificial y arma para perseguirme, sin embargo, yo resulté más veloz y pronto ella se encontró con mis garras impactando su frente, sometiéndola. Volteé a ver a la otra córvida, levantándose pesadamente, respirando con dificultad y tercamente sosteniendo su skeggöx. Alzando ella su arma y, para incrédula sorpresa mía, la pelinegra, babeando como un animal rabioso, terminó por finalizar lo que su consanguínea inició y se cortó su extremidad. El ala cercenada cayó al suelo, así como el resto de la sangre, esparciendo el líquido hasta que el torrente disminuyó de intensidad.
Así es como ella murió.
El exánime cuerpo de Münina se desplomó boca abajo en el piso, quedando como un funesto testamento de lo que sucede cuando la mente se destruye por completo. Absurdo, totalmente absurdo. Decidió morir porque su eficiencia había sido reducida, así como su utilidad para Völund. El crimen les arrancó el libre albedrío y les entregó vidas incompletas, voluntades arruinadas. Sólo eran un cadáver anónimo que nadie recordaría, cosa que sucedió frente a mis ojos. Sentí lástima por una congénere menos, pero no era momento para sentimentalismos, pues su gemela, sin dilación o consternación alguna por la súbita pérdida de su propia familiar, cargó directamente hacia mí.
Ya estaba harta de esto.
Fastidiada de tan interminable litigio sin sentido y hastiada de ver tan poco aprecio por la vida, especialmente el de la familia, me di la vuelta y le propiné un soberbio rodillazo en el estómago, tumbándola. Quitándole el guante postizo y colocándomelo, intenté montarme encima de ella y molerle el rostro a puñetazos. Empero, Hügina alzó sus piernas y una de las cuchillas en sus garras me alcanzó justo arriba de la ceja izquierda. Grité en agonía al sentir el frío acero recorrer verticalmente mi epidermis, creando un doloroso surco hasta detenerse en la mejilla. De no ser por el desnivel de la cuenca ocular, mi ojo también hubiera sido rasgado por el dilacerante metal y hasta pude haberlo perdido. Sentí la sangre, aún caliente, brotar de mi herida.
Retrocedí parcialmente por la punzada, gruñendo guturalmente, pero no detuve mi acometida y empecé a destruirle la cara a base de golpes, estrellando su cabeza contra el piso. Mi fuerza superior de rapaz y coraje fueron piezas clave para subyugarla de inmediato, pero más lo era mi vesánica cólera. Ya no quería pensar en que era una congénere o en que sus acciones fueron en parte motivadas contra su voluntad original, sólo deseaba acabar con ella y poner fin a esto de una vez por todas. Detestaba admitirlo, pero era mucho más sencillo cumplir mi trabajo cuando dejaba de considerar al oponente como persona y lo reducía a un concepto vilificado fácilmente acusable.
No era técnicamente algo moralmente aceptable, pero sí bastante justificable. Y mientras ayudara a concluir la misión, era válido. Sin embargo, siendo sincera, mi mayor motivo para seguir usando su fea cara como mi saco de golpeo anti-estrés era el hecho de que ellas intentaran deshacerse de mí tan ignominiosamente con métodos igual de infaustos, rechazando su orgullo como arpías. Clavándole un último puñetazo en la quijada, dejándola débil, le di la vuelta, tomé una de sus alas con las mías y le pisé el codo, doblándolo invertidamente en una especie de llave para mantenerla sometida. Gruñendo y sin soltarla, me incliné hacia ella.
– "La naturaleza nos proveyó con las armas necesarias para ser excelentes depredadoras. Energía en las alas para surcar los cielos, agilidad en los músculos para atacar, resistencia en los huesos para defendernos y, sobre todo, fuerza en las garras para cazar. Somos armas poderosas y perfectas; el resto son herramientas para auxiliarnos en nuestra labor, no hacer el trabajo por nosotras." – Declaré, tensando su ala. – "A pesar de que recurro a fusiles, pistolas y demás artilugios, sólo son para complementar mi destreza innata. Y lo más importante: jamás uso las armas para matar. En el extremo caso que me viera obligada a quitarle la vida a alguien, lo haría con garras, alas y dientes, no con balas, cuchillos, explosivos…"
Me acerqué aun más a ella.
– "O la gravedad…" – Aseveré. – "Cuando dejas que ésta sea quien le arrebate la existencia a tu captura, renuncias a tu responsabilidad de tus actos y le das la espalda a todo compromiso como cazadora al tomar una opción fácil. Yo quizás me haya desligado de mi familia y tribu, pero jamás abandoné mi legado como rapaz, como arpía. Ahora tú, además de tus pecados como cooperadora terrorista y asesina, con ese imperdonable acto de cobardía sobre mí y deshonor hacia nuestra estirpe, has perdido todo derecho a ser considerada parte de nosotras."
Con fuerza, empecé a torcerle el brazo más pronunciadamente.
– "Yo, Cetania, Ozuye de segunda clase de la tribu Wankatanka y siguiendo el código de nuestra estirpe…" – Promulgué. – "Sentencio que tú, Hügina, traidora y criminal, ya no perteneces a nuestra especie y te niego el privilegio de ser llamada arpía. Ergo, te condeno a pagar la mayor vergüenza: desterrarte del cielo."
Raudamente y sin titubear, doblé completamente su ala, rompiéndosela. Ella emitió un agudo y dolido grito de inconmensurable dolor al sentir sus huesos quebrarse, inutilizando su habilidad principal, humillándola tanto su cuerpo como su orgullo. Parecía cruel, pero esa era la ley en mi tribu y, aunque ella fuera una cuervo común, mi posición como rapaz y agente de MOE me otorgaba la autoridad para impartirle justicia a una terrorista. Incluso si lograba recuperarse, debería pasar el resto de su vida sabiendo que recibió el máximo castigo no letal de su especie. Podría elevarse en el firmamento, pero siempre estaría atrapada en la culpa e infamia, sabiendo que fue derrotada y rechazada.
Sin pronunciar otra palabra y ella demasiado inapetente para oponer resistencia alguna, la tomé de su otra ala y, buscando en su ropa, encontré otra esposa plástica. Amarrándola a una viga de metal, la despojé de su calzado de cuchillas y me hice con su skeggöx; sería un excelente trofeo de guerra. Dejé a la pelinegra ahí, deprimida y adolorida. Me acerqué a su hermana fallecida y recuperé mi segunda mano postiza, así como su arma. Dejé de sentir lástima u odio por ambas, ya no me importaba lo que les sucediera, sólo quería irme a casa antes que terminara por deshumanizarme.
Había suficiente luz para permitir verme reflejada en la argenta hoja del hacha y contemplé la enorme cicatriz en mi ojo derecho, con sangre escurriendo en pocas cantidades, tiñéndome aún más de rojo el rostro pintado y el suelo. Suspiré tanto por resignación como por alivio; esta aventura me había marcado de por vida, literalmente, pero había sobrevivido. Y, con suerte, también me fortalecería. Antes de retirarme y regresar a buscar a ese infeliz de Jerkson, observé a la peripatética córvida, viéndome con ojos que todavía guardaban rencor hacia mi persona. Suspirando de nuevo, empecé a revisar mi uniforme maltratado hasta que encontré con lo que buscaba: vendas médicas, las únicas que no me retiraron.
– "Patch you up." – Le dije, arrojándoselas cerca de ella. – "Bitch."
Sin siquiera esperar alguna clase de respuesta, me alejé de ahí, aún tenía un trabajo qué terminar.
[–+–+–+– "Una era de hachas…" –+–+–+–]
– "¡Hija de…!"
No tuve tiempo de gritar cuando Jaëgersturm y Cetania fueron atacadas por sus contrincantes, ya que Ragnhild Märna, la jörmundgander, me sostuvo del cuello y reptó a gran velocidad hasta salir de las oficinas de ese miserable sueco malnacido. Su agarre me trituraba la tráquea y pudo matarme en cualquier momento, pero la reptil quería jugar conmigo antes de eliminarme. Eso me preocupaba; significaba que tenía larga experiencia quitando vidas y que disfrutaba de prolongar el sufrimiento, confiada, segura de su victoria. Un fanático motivado es doblemente peligroso, y una descendiente de la serpiente de Midgard lo es aún más. Ella siguió llevándome en sus manos hasta arrojarme hacia una pila de barriles vacíos.
Me incorporé de inmediato, pero el lugar se mantenía en completa oscuridad, sin alguna fuente de luz para guiarme. Escuché a la mujer seguir reptando y me guié por el sonido para rastrearla, manteniéndome siempre a la defensiva. A pesar de ser una especie vampírica y por lo tanto nocturna, siempre odié la oscuridad. Detestaba perder la ventaja de la vista y la eficiencia de mis reflejos, además de que las penumbras me recordaban a mi turbio pasado, cuando las sombras eran el presagio de mi aparición para mis incautas víctimas a manos de mis quitinosas extremidades. Bajo el manto de las tinieblas, la vida se extingue y la sangre no puede verse, pero sí palparse, olerse y escucharse.
Y jamás olvidarse.
Sacudí mi cabeza. La sierpe no lo sabía, no tenía idea de mis memorias invocadas; no debía preocuparme porque intentara usar mis debilidades, sólo en defenderme y derrotarla. Continué oyéndola moverse, esta vez agregándose distintos sonidos metálicos graves, como si cargara alguna especie de contenedor. Me extrañé y preparé mis espolones en alerta, con aquellos ruidos siguiéndose generando. Entonces, la respuesta al enigma de aquellas resonancias llegó no sólo a mis oídos, sino también a mi sistema olfativo. La inconfundible reverberación del líquido junto al evidente olor del combustible me hizo sudar frío y espetar el nombre de la poiquiloterma. No había duda: era gasolina.
La jörmundgander esparcía el combustible por varios lugares, según mis deducciones, más nunca atacó. Tragué saliva y traté de buscar algún lugar alto, pero la enorme cola de la escamosa me impedía moverme, arrojándome de nuevo a mi zona. Comprendiendo que ella me quería dentro de tal espacio y que mis posibilidades de escapar estando ciega eran demasiado bajas, preferí esperar a que se revelara; si iba a morir, no sería huyendo. Ahí, ella encendió un tubo de metal con un pedazo de tela, a manera de antorcha. La naranja luz iluminó el rostro de la sierpe, ostentando una macabra sonrisa. Descubrí que ella pudo moverse en la oscuridad gracias a que se había hecho con mis goggles de visión nocturna. Sus albugíneos dientes y rojas pupilas hacían juego con la pintura facial con diseño de cráneo, parcialmente ocultos por su larga cabellera añil.
Sin borrar su siniestra mueca, encendió un rastro de gasolina en el suelo, creándose así un camino de fuego que prontamente alumbró el lugar, descubriendo que me encontraba en alguna bodega de la fábrica, quizás la sección donde yo y la arachne nos introducimos. Las flamas se esparcieron en un parpadeo y crearon un anillo de fuego alrededor de la estructura, marcando el perímetro donde nuestra batalla se llevaría a cabo. Las puertas se mantenían cerradas, no había ventanas, los filtros de aire en el techo evitarían que el humo nos asfixiara por un tiempo hasta saturarse y la poiquiloterma también se había hecho con mi máscara antigás, pero esa no era mi preocupación en ese momento. Lo que me quitó el aliento y me hizo casi caerme al piso, fue darme cuenta de qué era lo que ella había usado como antorchas adicionales del improvisado cuadrilátero.
Personas vivas.
Los malhechores a los que nos habíamos enfrentado eran las verdaderas lámparas que brindaban luz y calor, envueltos en hambrientas llamaradas. Ya fueran que estuvieran empalados en las paredes por varas de metal o yaciendo en el piso, amarrados de sus extremidades y amordazados, todos a quienes derrotamos se convirtieron en combustible viviente para tan inefable fogata. Cuando las mordazas en sus bocas fueron también consumidas por el fuego, fuimos invadidas con una horrísona cacofonía de gritos de excesivo dolor y agonía, un infernal concierto de horror y muerte que carcomía con cruel parsimonia la carne y huesos de los desafortunados. La sangre ardía, la piel se calcinaba, los dantescos gritos desaparecían entre la vorágine incandescente y la risa de mi adversaria sólo parecía aumentar sus decibeles.
Víctima de experimentación mental o no, la jörmundgander no estaba loca, sino que era una completa psicópata extrema, asesina y pirómana desalmada que no dilataría en volverme parte de su colección de execrables antorchas biológicas. Como si necesitara dejarlo en claro, tomó las piernas de dos de los ahora occisos, todavía ardiendo, y los blandió como si fueran espadas, creando espeluznantes formas en el aire mientras les daba vueltas en sus manos. No sabía que me paralizaba más: la infausta imagen de esa demente usando cadáveres como armas o la sangre combinada con gasolina que su constante rotar arrojaba a mi dirección, volviéndome aún más inflamable.
Besé el suelo tan pronto ella inició su ataque. Creí que trataría de golpearme con los cuerpos, pero la reptil optó por arrojarme a los muertos, tiñendo las paredes con sangre y esparciendo restos ardientes tan pronto impactaban en esta, creando un nefasto collage rojinegro iluminado por las flamas del odio. Mientras los muertos eran usados para decorar los grises muros, yo intentaba mantenerme viva para planear alguna estrategia. A pesar de ser básicamente una lamia marina y requerir de la humedad para sentirse a gusto, las jörmundganders poseen genes dracónidas, volviéndolas bastante resistentes al intenso calor que de otra manera le hubiera sofocado. Ojalá yo también contara con sangre de dragón para soportar el insoportable bochorno.
Ataqué directamente.
Era una idea suicida, pero el esperar a que mi endotermia superara a la de mi adversaria y la obligara a crear una salida antes de asfixiarse había sido una idea descartada, especialmente desde que esta poseía mi máscara antigás y fácilmente podría dejarme encerrada después de huir. Si bien no podría vencerla con rapidez, podría hacerla moverse y dejar que su masivo cuerpo creara alguna ruta de escape por accidente. Empero, ella no permitía acercarme lo suficiente sin que su poderosa y larga cola me detuviera, todo sin necesidad de trasladar su torso. Dirigir mi asalto hacia la cola, especialmente la punta, que era bastante sensible, me sería igual de dificultoso sin terminar primero apresada entre sus constrictores músculos.
Cuando estuve a punto de lograr acercarme a cuatro metros del punto ciego de su torso, fui impactada por uno de sus proyectiles en el costado, un pedazo de carne chamuscada que anteriormente fuera un demonio, noqueándome e incendiando mi uniforme en el proceso. Me apresuré a apagar las llamas al tiempo que evitaba más cuerpos arrojados, una tarea para nada sencilla, con el constante movimiento avivando las flamas. Finalmente logré extinguirlas, pero el abastecimiento de occisos no parecía tener fin para la imparable sierpe, que continuaba recogiéndolos y lanzándolos.
Fue en uno de esos momentos que noté que ella jamás recogía los que habían quedado fuera del anillo de fuego. Ya que ella también estaba cubierta del mismo combustible y por ende también estaba en riesgo de envolverse en las flamas, me extrañaba la inusual aversión. No fue hasta que, en un pequeño intervalo en el que Ragnhild buscó otro cadáver disponible, avisté el material que recubría sus brazos, justo debajo de su armadura de escamas: vendas. Tal vez para ocultar heridas o alguna otra razón desconocida, pero ahora conocía la razón para que ella evitara cruzarse por el fuego. Sonaba absurdo al estar rodeado por éste, pero seguramente su piel no poseía la resistencia de sus escamas.
Eso era lo que necesitaba.
Con su punto vulnerable revelado, sólo requería de la oportunidad para explotarlo. Por un momento pensé en arrojarle de nuevo los cadáveres, pero sacudí mi cabeza para borrar tal pensamiento; esa era la antigua yo, el fantasma de la inhumana asesina que aún se negaba a morir por completo. Si deseaba probar que mi redención era real, y lo era, entonces debía alejarme de esas funestas maquinaciones. Soy una empusa, una orgullosa descendiente de Hécate y una agente de la ley; podré ser violenta y fría, pero nunca amoral. En lugar de recurrir a los cuerpos exánimes de mis enemigos, usé mis espolones para cortar las uniones de mi chaleco antibalas e incendiarlo.
No necesité de vara, pues mi extremidad mantoidea era suficiente para cargar con el objeto ardiendo mientras arremetía contra la jörmundgander. Ésta trató naturalmente de usar su gigantesca cola, pero me escabullí por los pequeños huecos que el anillo de fuego poseía, espacios por los que ella no se atrevía a cruzar y que me ayudaron a rodearla. Había explotado su primera debilidad: los límites que ella misma impuso. Giovanna me instruyó siempre en ese punto, en atacar las flaquezas del adversario y no decantarse en nivelar el campo de juego para obtener un enfrentamiento justo.
En eso difería con mis compañeras. Estaba segura que Jaëgersturm y la rapaz, cazadoras innatas, tratarían de luchar contra sus oponentes en términos similares, por honor, especialmente la arachne. A mí me daba igual el concepto de pelea equitativa, la superioridad debe obtenerse de manera rápida y eficiente para evitar darle oportunidad al enemigo de responder. Un pequeño chance al contrincante y una podría terminar muerta. Una de las mayores realidades que aprendí como una matona de los Bakos fue que en ocasiones una debe colocar su orgullo a un lado e ir por la victoria directa. No hay nada más peligroso que esperar a que el retador luche limpiamente, no hay prestigio que ganar al enfrentarlos; eso sólo se logra cuando los derrotamos.
Saltando sobre el fuego, me aferré con un espolón a su cuerpo, la dureza de mi quitina permitiéndome sostenerme firmemente al atravesar esa dura capa de escamas reforzadas, vestigio de su linaje dracónida. Resistí lo que pude, tratando de no caerme y aguantando sus bruscos movimientos. Märna intentó envolverme y triturarme con su cola, pero yo regresaba a la (irónica) seguridad del fuego y arremetía de nuevo. No podría continuar con tal treta por demasiado tiempo, pues mi chaleco ya se estaba consumiendo en su totalidad y yo no soportaría más el dantesco calor, así que me arrojé de una vez por todas, escalando su cuerpo serpentino hasta llegar a su torso.
Le aventé la prenda en llamas directamente a la cara y ella lo bloqueó con facilidad. Ese era mi objetivo, distraerla lo suficiente para permitirme rodearle y terminar en su espalda. Como una jinete sobre un bronco mustango, me esforcé por no ser expelida en el aire e inserté con fuerza mis extremidades filosas en su armadura. Empero, las escamas que le recubrían la parte superior resultaron ser más sólidas de lo esperado y de no ser por unas pocas hendiduras que me sostuvieron, hubiera caído directamente al fuego. Escalando de nuevo, logré llegar hasta la cercanía de su cuello, donde podría atacar directamente a su cabeza o al menos removerle la máscara antigás.
Ella me atrapó.
Como si de una molesta mosca me tratara, la sierpe de pelo azul me tomó en sus garras y, sin demorarse, me acercó a su boca abierta. Contemplé en horror sus terroríficas fauces, una profunda cueva cubierta de afilados dientes, saliva y, por si necesitara más problemas, colmillos llenos de veneno. Igual que en los mitos nórdicos, las jörmundganders eran ponzoñosas, con un efecto más tóxico que paralizante, muy similar a la mordida infecciosa de un dragón de Komodo. Sin dejarme vencer por la reptil, logré liberar uno de mis espolones y, estando a centímetros de recibir la letal mordida, lo clavé en el techo de su boca, obligándola a liberarme por el dolor.
Caí al suelo y tan pronto me incorporé, volví a cargar contra ella. Furiosa, la lamia golpeó el suelo violentamente, creando un pequeño temblor que casi me saca de balance, pero que no evitó que volviera a subirme encima de ella. Ésta comenzó a rodar en un intento por aplastarme al tiempo que sus garras me buscaban alrededor de su cuerpo, pero fui más audaz y logré sostenerme del cuello de su armadura. Descubriendo que también gran parte de las vendas se encontraban al descubierto en tal región, me di a la tarea de encontrar algo para lograr incendiarla. Pensé en removerme mi camisa pero ahí noté que un pedazo de la tela era lo suficientemente largo para poder ser arrancado.
Tomándolo en mis manos, la arrancada fui yo cuando Ragnhild me arrojó directo a las flamas de un manotazo. No perdí el tiempo y, aunque me hallara literalmente en llamas, volví a correr en su dirección, escalando su espalda. Parecía obcecación en insistir en la misma técnica y en el mismo punto, pero estaba empecinada en terminarlo por la vía rápida. El enemigo nunca espera ataques directos cuando se encuentra en desventaja e incluso puede sonar que le estaba regalando una victoria fácil con mi aparente inmolación, pero esa era mi mejor oportunidad para sobrevivir a un enfrentamiento tan imposible.
Salté a ella, esta vez escalando mejor al conocer los puntos huecos de su armadura, llegando hasta su cuello y encendiendo tanto su cabello como las vendas debajo de su vestimenta. Märna me agarró otra vez y me alejó con un manotazo, esta vez sus garras cortándome en el hombro izquierdo. Caí a centímetros de las llamas, con extremo calor lastimándome e incitándome a alejarme de ahí lo más rápido posible. Mientras tanto, la jörmundgander se mantenía ocupada intentando extinguir las flamas que se comenzaban a extender por su cabellera y ropa. Eso debió alegrarme, había logrado mi objetivo y ahora podía atacarle mientras se hallara distraída.
Empero, yo me estaba quemando.
Mi contraataque quedaría cancelado para concentrarme en neutralizar el fuego en mí misma, rodando por el suelo y usando mis manos para apagar al resto. Justo cuando alejé la última llamarada de mi ropa, la reptil me aventó hacia la pared con un coletazo. Afortunadamente, fue más bien un empujón involuntario por intentar extinguirse las flamas o de lo contrario sus diez metros de músculos me hubieran pulverizado los huesos. Eso no significa que no doliera, habiéndome impactado justo donde la herida de la bala todavía seguía fresca. Parándome, observé a la nórdica detrás del anillo incandescente, consumiéndose aún por el infierno que ella creó. Desesperada y sin poder apaciguar la combustión, rompió las uniones de su armadura y la dejó caer, revelando lo oculto debajo de esta.
Crueldad.
Los vendajes cedieron lentamente, devoradas por las llamas, y un cuerpo completamente mutilado apareció después del fulgor. Indescriptible sería la forma lacónica de expresarlo, porque de recordar ver la epidermis quemada, llena de llagas y cortadas, casi similar a la de los cadáveres envueltos en las flamas, me era inaceptable por mi propia salud mental. El sólo saber que desde el inicio de su torso hasta el cuello la jörmundgander había sido víctima de tan obsceno acto de horror corpóreo era más que suficiente razón para dejar de verla como una bestia afectada por un detestable experimento inhumano. Sí, aún trataba de matarme, pero al menos comprendía mejor que la llevó a perder la cabeza y a degradarse por su nefasto comportamiento. Estaba dañada, completamente corrupta, arruinada; y la violencia era su mejor manera de lidiar con tan fatídica realidad.
Obviamente ella no estaba muy contenta al tener que mostrarse tan vulnerable.
Si parecía que hasta ese momento yo había tenido las cosas fáciles, algo que jamás pasó por mi cabeza, entonces ahora tal argumento carecía de validez total al hallarme corriendo constantemente de la pesada cola constrictora de mi adversaria. Ragnhild había abandonado el contenerse e inició a destruir todo a su alrededor con su cuerpo ofidio, arrasando con objetos inanimados y los enemigos chamuscados esparcidos por paredes y piso, creando otro collage de carne y sangre quemada. Vesánica ira brotaba de su boca, igual que la tóxica saliva. Ya no jugaría, ya no se divertiría torturándome; ahora me devoraría hasta el último átomo. Ya no eran huesos calcinados lo que me asediaba, sino pedazos de metal y concreto que la demolición de la poiquiloterma provocaba. Algunos de esos escombros me dieron, pero logré recuperarme al no ser letales.
Sin importarle ya si se incendiaba, empezó a perseguirme a través del fuego, ávida de hacerse con mi persona y maniobrando con sorprendente agilidad para poseer una figura tan voluminosa. Tuve miedo desde que la avisté, estaba al tanto del poder de una especie con linaje dracónida, pero ahora sentía auténtico pavor; observar a un monstruo legendario moverse con un furor atroz es una experiencia inefablemente aterradora. Siempre aparento frialdad y estoicismo frente a todo, pero he aprendido a no mostrarme débil ante el adversario; aunque en esta ocasión era todo un reto no paralizarse por tan inaudito despliegue de cólera nórdica sobre las llamas del mismísimo Inframundo. Comenzó a golpear la pared a base de puños, deseaba hacerme estragos, liquidarme como un inerme insecto.
Y creó una salida.
En su furibundo estado, la ofidia impactó tan vehementemente una de los muros que este se derrumbó y formó un agujero con espacio suficiente para que yo escapara. No lo pensé dos veces y pronto me dirigí a ese portal que significaba mi libertad. Estaba un poco alto y brinqué, aferrándome con mis espolones para escalar hasta finalmente subir por completo. Antes de salir de ese averno, un barril, afortunadamente vacío y de plástico, me dio en la espalda y caí al suelo lodoso. Estaba lloviendo y mi temperatura pasó de bochorno dantesco a húmedo frío en un instante, aunque prefería el congelarme y embarrarme con barro a continuar asfixiándome. Adolorida, intenté levantarme y recuperar el aire perdido por el golpe, pero volví a caer; el condenado barril fue más certero de lo esperado. Procurando ignorar tal dolencia y espetando el nombre de esa serpiente, pude incorporarme.
El discreto mascullar se volvió audible vituperación cuando Ragnhild, ya imbuida en la vesania absoluta, emergió de la estructura, derrumbando por completo la pared de metal y concreto con una briosa embestida. Rugió a todo pulmón como el monstruo que era, tornándose todavía más tétrica debido a la tormenta eléctrica que se desarrollaba. Me miró con todo el desprecio que podía concebirse y saltó directamente hacia mí, con sus garras listas para degollarme. Desesperadamente me hice a un lado, recibiendo un susto tremendo cuando el lodo atrapó uno de mis pies y casi permite que la jörmundgander me hiciera añicos al quedar yo demasiado cerca de sus manos.
No me trituró, pero la garra de su índice pudo alcanzarme la pestaña derecha, recorriendo hasta la mejilla. Fue un efímero instante, un veloz parpadeo, un roce no muy profundo, pero la herida ya estaba hecha, plasmando una vertical cicatriz en mi rostro. Tuve la enorme fortuna que lograra moverme a tiempo para evitar perder también mi ojo, aunque la sangre se me metía en este. Sacando mi pierna atorada al momento que Märna iba por la segunda acometida, proseguí escapando de su furia. Usando su cola, barrió una gran porción de la tierra enlodada, arrastrándome junto con esta y atrayéndola hacia ella misma. Tan pronto quedé a su alcance, sus puños iniciaron su contundente ofensiva.
Salvé por centímetros de volverme parte del barro y usé su cola para tomar impulso en la huída. Sólo podía correr, escalar de nuevo a su espalda y tratar de herirla en alguna zona vulnerable me sería difícil con el tremendo dolor que me afligía. Mi zona izquierda estaba casi entumecida y correr se me dificultaba aún más con las condiciones lluviosas del suelo. La lamia, por el contrario, no tenía problemas en trasladarse y atacó sin cesar, una y otra vez clavando sus garras en el piso y arrastrando tierra con su cola, cercándome. Viéndome sin salida, me arriesgué una última vez a un asalto final y me lancé atacarle, tratando de llegar a su espalda.
Saliendo del perímetro que delineó con su cuerpo y aprovechando que ella vacilaba sus movimientos de vez en cuando por los relámpagos, pude escabullirme detrás de ella y treparla. Advirtiendo el peligro, la jörmundgander se arrojó de espaldas para aplastarme, pero yo escalé por su hombro y quedé justo en el lugar que quería: su cara. No esperando a que ella se recuperara de su posición, alcé uno de mis espolones y ataqué directamente a su ojo derecho. La cegaría y le regresaría el favor de la cicatriz que me dejó de manera aún más sangrienta de un solo sablazo.
Ella simplemente me arrojó hacia un lado.
Me desplomé en el piso, amortiguado parcialmente por el barro, pero herida del costado por sus afiladas garras. El dolor me punzaba y me impedía moverme correctamente. Observé en pánico cómo ella se alzaba y se preparaba para aplastar definitivamente mi inerme persona que yacía patéticamente empapada por la lluvia, embarrada de lodo e incapaz de defenderse. La gigantesca lamia, saboreando su evidente triunfo, tomó en sus manos una enorme viga metálica oxidada y la aporreó en el suelo, para probar su firmeza. Convencida de su resistencia, Ragnhild reptó parsimoniosamente hacia mí, esbozando una demente sonrisa en sus ponzoñosos labios.
Apreté los dientes y la maldije mientras me arrastraba lentamente por la suciedad, hasta llegar a un contenedor vacío, donde me resguardé. Era imposible escapar ahora y sólo dilataría mi evidente aniquilación. Cerré los ojos cuando el primer impacto creó un horrísono eco dentro de esa caja que fungiría como mi metálico ataúd. La siguiente maldición fue sobre mi persona, odiaba que no pudiera contraatacar o hacer otra cosa que no fuera esperar la muerte, pero toda la medicina nos había sido removida y no contaba con calmantes para apaciguar el dolor y regresar a la lucha.
Podría escapar mientras ella se distraía, pero uno de los golpes había deformado la salida, negándome posibilidad de huir de ahí antes de ser aplastada. Era en ese momento cuando más deseaba tener a la mano uno de los dientes que Zombina nos regaló, al menos así podría regresar el descanso eterno y vengarme de esa ofidia que continuaba asediándome sin descanso. La estructura cedía poco a poco y me puse en paz conmigo misma; parecía que finalmente pagaría por mis crímenes. Debería alegrarme por morir ante el mundo como una heroína, pero era una lástima no haber vivido lo suficiente para probarlo.
Y entonces, el mundo se tornó blanco.
La furia de la jörmundgander sólo era igualada por la vesania de la tormenta sobre nuestras cabezas, y esta última decidió comprobarlo al dejar libre una de sus muestras más claras de su avasallador poder, dejando caer un relámpago. Con un cegador destello, aún más poderoso que nuestras granadas flashbang, el extremo calor provocado por la peligrosa cercanía del rayo y la explosión generada al impactar el suelo casi me revientan los tímpanos y me sacudieron lo suficiente para hacerme caer, aunque estuviera sentada. La detonación desapareció con un violento eco, conmigo terminando con los pelos literalmente de punta por la excesiva estática reventada. Aproveché para poder escapar y lentamente me arrastré, dando un vistazo rápido al exterior, buscando a mi hostigadora de sangre fría.
Le dio.
Ragnhild había sido alcanzada por la brutal descarga eléctrica y ahora permanecía boca abajo en el piso, inerte, ostentando las llamadas marcas de Lichtenberg en su cola abultada y quizás también en su cuerpo cicatrizado. Su cabeza había perdido cabello alrededor de la línea entre los huesos parietal y frontal, creando un círculo chamuscado. Permanecí petrificada mientras el monzón proseguía inundando la tierra y las oscuras nubes tormentosas se iluminaban intermitentemente, anonadada por lo sucedido. Pasado un minuto y con lentitud, me acerqué a la jörmundgander, asegurándome de tener listos mis espolones de ser necesaria acción inmediata.
Tomando una piedra, la arrojé para obtener una respuesta de la inmóvil mujer. Al no haberla, me aventuré a rodearla y picar su espalda, por si se despertaba. Pero no lo hizo. No hubo siquiera un reflejo involuntario post-mortem; sólo siguió ahí, exánime. Decidida a comprobar si en verdad la lucha había concluido o si ella sólo esperaba a que me distrajera, me olvidé de la seguridad y alcé su cabeza para cerciorarme.
Los ojos le habían estallado.
Evocando a una imagen que me recordó al rey Edipo luego de cegarse violentamente a sí mismo al saber la magnitud de sus pecados, la serpiente había perecido y sus globos oculares reventaron debido al exceso de voltaje que recorrió su cuerpo, con la sangre medio calcinada habiéndose plasmado en su rostro. Rojizas lágrimas que se tatuaron en su epidermis y llegaban demasiado tarde para expiarla de sus errores a pesar de perecer, pero eran suficientes para brindarle paz a su afligida existencia. Irónico, pensé; había fenecido tal y como se supone que cuentan las leyendas: a manos del poder principal de Thor, el dios del trueno. Soltando su cabeza, me desplomé junto a ella, boca arriba. Lo había logrado, gané la batalla. Sonreí ligeramente antes de tornarme seria.
Medité.
No la había derrotado con fuerza o habilidad, sino por mi eficiencia en mantenerme viva lo mayor posible. Dilaté tanto como pude el tiempo y, aunque mis ataques directos fueron poco efectivos, mi estrategia de incendiarla fue la que me trajo eventualmente una oportunidad. No era un triunfo del cual sentirse orgullosa; sólo había escapado y prolongado lo que iba a ser mi inminente funeral en el estómago de la poiquiloterma, salvada a última hora por un evento impredecible de la naturaleza. Daba igual; todavía podía cumplir mi misión principal. Estaba de una pieza para contarlo, viviría para luchar otro día más, aún era útil; eso era lo único importante. Empero, mi preocupación en ese momento no era la supuesta falta del intangible honor o etéreo orgullo que un guerrero supuestamente debe honrar, sino en lo que mi vida se había tornado hasta este punto tan importante.
Pude huir de la muerte, pero no de mi pasado. Lo oculté perfectamente, y sus fantasmas volvieron a hallarme. Juré enterrarlo, pero éste se negaba a morir, tratando de intercambiar los papeles y convertirme en el cadáver. Bakos, Jerkson, Märna; daba igual el nombre que poseyeran, todos representaban el mismo mal que había prometido combatir. Y aquí estaba, haciendo precisamente eso… y el resultado es más muerte. Las gotas continuaban cayendo sobre mí, confundiéndose con mis lágrimas, queriendo limpiar mi cuerpo fútilmente de las impurezas de mi alma. Sí, estaba viva y relativamente intacta, pero mi mente había sido dañada desde hace mucho. Alcé la mano hacia las brunas nebulosidades del firmamento, bañadas por el resplandor de los relámpagos. No era una heroína, jamás sería digna de ser llamada de tan fastuosa manera.
Sólo era una empusa bajo la lluvia.
[–+–+–+– "De escudos destruidos…" –+–+–+–]
Me dolía todo.
Después de derrotar a esa fenrir, hasta el respirar era fatigoso. Caminé sosteniéndome de la pared, llenando mis pulmones de manera que mi diafragma no me torturara a cada inhalación y exhalación que el ciclo del oxígeno requería. En mi otra mano, el martillo estaba preparado para defenderme de cualquier agresión, siempre y cuando me diera tiempo para recuperar fuerzas. Al menos el pasillo que recorría estaba perfectamente iluminado y los vería llegar. Volví a maldecir a la lupina por el castigo que me dio, en verdad me molió los huesos. Lo primero que haría al reunirme con mis compañeras, si es que podía, sería pedirle una dosis doble a Cetania de morfina o lo que sea que use como tranquilizante; el efecto de la última ya había perdido efecto y en verdad me hacía falta.
Escuché un ruido.
Me puse en alerta inmediata y alisté mi mazo, con el corazón latiéndome a cien por minuto. Mis oídos aún estaban afectados por las constantes detonaciones de flashbangs y el sonido tuvo que ser lo suficientemente fuerte para que pudiera captarlo, así que el o los responsables debían estar más cerca de lo imaginado. Me hallaba exhausta, pero aún podía luchar; no iba a retirarme sin tener a ese sueco bastardo subyugado a mis pies. Y definitivamente no rompería mi promesa a Lala de volver a casa. El ruido se hizo más pronunciado; pasos de aparentemente un individuo bípedo. Era un alivio, no deseaba enfrentarme con esa enorme jörmundgander y acabar como cena para serpiente. Alcé el martillo y esperé a que esa persona se revelara, apareciendo esta por una esquina.
– "¿Aria?" – Preguntó ella.
– "Cetania." – Sonreí, bajando el arma y corriendo hacia ella. – "¡Estás viva, Süsse! ¡Gracias a Arachne!"
– "¡Auch! Yo también te quiero, flaca, pero me aprietes que me quiebro." – Respondió, tratando de zafarse de mi abrazo. – "¡Hey, no me agarres las pompis que me duelen! ¡Hablo en serio!"
– "¿Estás bien, linda? ¿Qué te pasó?" – Interrogué, soltándola. – "¡Meine göttin, mira esa cicatriz!"
– "Descuida, no es nada. Sólo es la herida, nada grave." – Aseguró. – "Y si de cicatrices hablamos, deberías ver la tuya. ¿Te divertiste revolcándote con esa perra pelirroja?"
– "Acabamos encueradas en el suelo. En serio." – Repliqué. – "Pero no le dejé mi teléfono; no era mi tipo. Y le hacía falta una buena depilada. Por lo menos me traje este juguete conmigo."
– "Lo importante es que estés bien, flaquita." – Asintió. – "Quisiera curarte, pero no tengo mi equipo a la mano. ¿Puedes continuar?"
– "Sobreviviré." – Contesté. – "¿Te tocaron las córvidas?"
– "Yep. Trataron de matarme dejándome caer, así que le rompí el ala a la idiota del moño." – Encogió los hombros. – "Debía enseñarle a respetar a nuestra especie."
– "Suena brutal. Me gusta." – Afirmé. – "¿Y la otra?"
– "En el Helheim." – Ella enseñó la sangre en una de sus hachas. – "Se arrancó el brazo con esto hasta desangrarse. ¿Puedes creer que a su hermana le importó un bledo el verla morir?"
– "Llenaron sus cascarones vacíos con violencia. Esa mierda que Jerkson les dio en verdad es peligrosa." – Disentí, mascullado. – "En todo caso, ¿has visto a Dyne?"
– "Aún no, ¿crees que la jörmundgander le esté dando problemas?"
– "Con la actitud que tiene, ha de ser al revés." – Reí. Entonces, me torné seria. – "Busquémosla, ella es prioridad. ¿Por dónde llegaste?"
– "Hay un camino que da directo a la oficina de Völund. Las arpías lo usaron para trasladarme al piso superior; esa sería nuestra ruta de escape alternativa." – Apuntó a la derecha. – "Pero no hay nada ahí que pueda ayudarnos. El bastardo también tomó nuestras cosas con él. Quizás huyó por fin."
– "Es demasiado engreído para eso; seguramente está con las rehenes y tiene una última sorpresa preparada para su venganza." – Comenté, observando el mazo. – "Por eso debemos encontrar a Nikos primero. Si es que la sierpe la dejó viva."
– "De acuerdo, flaca."
Nos encaminamos por los pasillos, recorriendo desde la oficina vacía de Jerkson hasta la salida de esa sala, llegando al mismo lugar por el que habíamos llegado. Tomamos una desviación, entrando en una zona que no conocíamos. Lo hicimos con cuidado al no haber luz, guiándonos por nuestra relativa visión nocturna natural y los débiles destellos de claridad que se filtraban entre las penumbras. Llegamos hasta una escalera y la subimos, conmigo a la cabeza. Había suficiente tamaño para mí, así que debía haber sido construida para permitir el paso a la masiva jörmundgander y agilizar la navegación.
Habíamos alcanzado regresar a la fábrica y los relámpagos de la tormenta que se había desarrollado mientras nosotras luchábamos era la única fuente de iluminación. Entre más recorríamos ese vasto complejo arquitectónico, más me sorprendían las dimensiones del poder del terrorismo. Si la ANP no nos daba aunque fueran medallas de chocolate por haber desmantelado tan gigantesca base de operaciones, el martillo iría a parar a sus cabezotas.
– "Izquierda." – Susurró la rapaz. – "Alguien se acerca."
Esperamos y alistamos las armas. Los pasos resonaban ahogadamente por el pasillo, así que no era la jörmundgander, pero podía ser un enemigo; quizás Völund o algún esbirro recuperado. Diablos, habría posibilidad que ese malnacido ogro se hubiera podido levantar y quisiera vengarse, a pesar de que las pisadas no parecían tan grandes. Ambas ya estábamos preparadas cuando observamos a la sombra de la persona aparecer en la tenue luz que se filtraba por el techo derruido, junto a la lluvia. Estando yo más cerca de la puerta, esperé a que el sujeto se revelara.
– "Incluso cuando este lugar está saturado del aroma del metal y el óxido, aún puedo distinguir tu horrible olor, araña."
– "Dyne." – Sonreí al ver a la mantis aparecer. – "Nos alegra que estés viva."
– "Y de una pieza." – Injirió la castaña. – "¿Qué hay de la…?"
– "Muerta." – Replicó secamente. – "Mjölnir se manifestó en su forma más pura y le dio el mismo final que en las Eddas. Trágico y poético al mismo tiempo."
– "¿Eh?"
– "Fue víctima de un rayo." – Dilucidé. – "No seas tan críptica con tus metáforas, grillita, no tiene sentido usarlas si nadie las entiende. ¿Le hiciste daño al menos, antes de que se volviera culebra frita?"
– "Sabes que sí. Incluso la obligué a deshacerse de su vestimenta." – Se pausó. – "Ni se te ocurra decirlo, Potato."
– "Tú eres la que lo sugiere, grillo amargado." – Reí tenuemente. – "¿Tienes noticias de Jerkson?"
– "No, pero puedes estar segura que ese ogro no será el único castrado." – Tronó sus dedos, pero se detuvo por el dolor. – "Mierda. ¿Tienes algún tranquilizante, Peaches?"
– "¿Te sirven una palmadita en la espalda y mis buenos deseos?" – Contestó la americana. – "Sorry, Pepper, we are shit outta luck."
– "Carajo. Esa serpiente me dejó peor que un saco de boxeo."
– "Bueno, ahora tú serás la que quiebre huesos." – Hablé, dándole mi martillo. – "¿No te parece así, Thor?"
– "Correcto, Skadi." – Lo tomó, sonriendo. – "Vamos, Valkirias, hora de defender Asgard."
Asintiendo, las tres nos encaminamos en busca de nuestro enemigo principal. La falconiforme me facilitó una de sus hachas y nos mantuvimos juntas, cubriéndonos los flancos. La pelinegra había conseguido hacerse con las gafas de visión nocturna que la lamia le había quitado primero y era la que encabezaba nuestra patrulla. No nos preguntamos por nada más respecto a nuestras peleas, estábamos vivas, nada más importaba. Ya tendríamos tiempo de compartir experiencias después de finalizar la misión. Habiendo revisado todos los rincones del complejo subterráneo, el último punto que quedaba era el laboratorio donde dejamos a las liminales liberadas. Las luces habían regresado en la antesala de la armería y los cuerpos de quienes derrotamos ya no estaban.
– "La jörmundgander los tomó a todos." – Explicó la empusa, sin que preguntáramos. – "Los usó como antorchas vivientes durante nuestra pelea para atacarme. Humanos, demonios, incluso ese condenado ogro. Diría que pagaron todos sus pecados, pero ni siquiera en mis tiempos de mafiosa me tocó ver tan dantesco crematorio."
– "Imagina lo que esos bastardos han causado a cientos más." – Mencionó la halcón.
– "Y lo que Völund seguirá haciendo de no detenerlo." – Fue mi turno. – "Apresurémonos."
Nos habíamos tornado un poco frías en poco tiempo, siendo la constante batalla constante el catalizador de la insensibilidad necesaria para soportar la faena. Las advertencias que Roberto nos dio se hacían realidad a cada momento: perdíamos fe y esperanza en la humanidad entre más nos arrastráramos entre la basura, pero era un sacrificio necesario para que nuestros seres queridos, aquellos para quienes reservábamos nuestros restos de felicidad, continuaran sonriendo e iluminando nuestros mundos. Nadie dijo que sería fácil combatir el crimen. Acelerando el paso, entramos al laboratorio, también iluminado. Tan pronto llegamos al lugar donde dejamos a las rescatadas, espetamos el nombre del enemigo: ya no estaban.
– "Sabía que este día llegaría, pero esperaba enfrentarme a alguien más digno que un trío de niñas jugando a ser soldados."
Nos dimos la vuelta, reconociendo el acento escandinavo de ese infeliz al instante. Estuve a punto de arrojarle el hacha y clavársela en su execrable cráneo, pero me detuve de inmediato.
– "Ah, ah, no es una buena idea poner el peligro la ciertamente desechable vida de una inocente, agente."
Ese desalmado tenía en sus manos a una de las rehenes, una chica lagarto, amarrada y amordazada, con una pistola apuntándole a la cabeza. Ella se encontraba débil, desnutrida y sus ojos, ya casi faltos de color, nos observaban con resignación detrás de la mirada; clamaba afásica no por su salvación, sino por un final rápido. No hizo esfuerzo por liberarse, estaba rendida, había aceptado su destino a manos del hijo de puta. Y para colmo, el arma usada era una P-88, las que él robó a mi patria. Mascullé mentalmente, este bastardo las había hecho preferir la muerte a seguir viviendo otro momento en ese infierno. Y yo me encargaría de enviarlo directamente ahí.
– "Estamos a menos de cinco metros, tienes siete disparos y cuatro blancos, tres de ellos armados y que pueden quebrarte con facilidad." – Declaré. – "Incluso si lograras darle a más de una, serías sometido rápidamente. ¿Por qué arriesgarte y quedar en tan evidente desventaja?"
– "No negaré que pude escapar cuando pude, dos veces. Y las dos veces pude simplemente matarlas." – Replicó. – "Pero ¿acaso piensan que me huiría como un cobarde después de ver este grandioso imperio que planeaba formar, destruido por un trío de novatas? Por mi honor, debo asegurarme de que ninguna regrese con vida. Y, si de alguna milagrosa manera pudieran hacerlo, entonces será estando demasiado dañadas para considerarse vivas."
– "¿Qué sabe una rata traicionera como tú de honor?"
– "Más que una maldita puta nativa de un país fascista." – Retrucó. – "Y más que una redneck imperialista emplumada. Grecia está tan sumida en crisis económica que ni siquiera importa."
– "¿Redneck? ¿Es ese tu mejor insulto?" – Cetania escupió el piso. – "Patético."
– "No es la primera vez que trato con animales de tu calaña, pero me sorprende lo increíblemente inmaduro que has resultado." – Opinó Dyne. – "Creí que a tu edad no deberías esforzarte demasiado en aparentar la sofisticación de la cual careces."
– "Fingen muy bien el profesionalismo, pero honestamente ya me aburrí de estos soliloquios." – Respondió Völund. – "Descuiden, no les haré perder más tiempo. Ejecutaré a esta perra y mientras ustedes tratan de arrancarme la vida, cumpliré mi destino como la reencarnación del destructor del universo y envolveré al mundo en llamas."
– "Nos harás sentir terribles por matarte después de haber fallado en nuestro objetivo de rescatar a las prisioneras." – Injerí. – "Linda metáfora, y quizás posea parcial validez. Pero incluso si realmente te creyeras toda tu demencia de ser una leyenda nórdica, ¿es esta tu gloriosa despedida? ¿Piensas que los Aesir en el Valhalla te admitirán con una muerte tan irrisoria?"
– "Soy Surt, araña ignorante; mi objetivo no es la inmortalidad sino traer un nuevo mundo con mi muerte y destrucción." – Aseveró, sardónico. – "¿Crees saber más que un experto en el tema, patilarga palurda?"
– "¿Y tú conoces siquiera el valor del arma que tienes en manos?" – Interrogué.
– "Te sorprenderías, pero sí. Odio a tu miserable especie y su país de vituperables nacionalsocialistas, pero admito que su industria nos sería bastante provechosa." – Manifestó. – "De todas las armas que habían en ese maldito barco comerciante, confieso que el áureo acabado y el perfil de una pistola legendaria como la Walther PPK fue irresistible para un amante de lo clásico como yo. Ergo, reservaría su uso exclusivamente a mis hombres de confianza y mi propia persona. No fue un asalto sencillo; los cargamentos contenían un arsenal valioso y la seguridad, mercenarios bien pagados, era bastante buena y gastamos mucho en información para dar con el paradero de la embarcación, así como eliminarlos, pero admito que valió la pena el hacerse con tan atractivos trofeos. Y ahora, gracias a su inoportuna intervención, me veré obligado a estrenar mi nuevo juguete con los sesos de esta maldita lagartija."
Sonreí. Nunca perdía la oportunidad de jactarse de haberse hecho con material único, ostentoso y singular, desestimando el valor de sus propios hombres. Era la clase de discurso predecible que esperaría de ese perdedor.
– "Es más que la crematística cantidad comercial que puedas adjudicarle al dorado exterior." – Retruqué. – "La Reichsiegpistole Modell 88, calibre .357 Magnum, fue creada para conmemorar el primer siglo de la creación del Grosses Sparassus Siegpartei, el partido dominante en la isla. Únicamente nuestra líder, Brunhilda Stalherz y su guardia personal, las SturmSchütze, son las autorizadas para portarlas.
Pero la celebración del centenario del nacimiento de la dictadura actual era el momento perfecto para hacérselo saber al mundo y obtener beneficios mientras elevábamos nuestro prestigio. De esa manera, se hizo una relativamente pequeña cantidad para su exportación, destinadas a mercados especializados en compradores selectos que apreciaran la elegante mano de obra Sparassediana. Empero, debido a nuestro cese de relaciones diplomáticas con la nación de Maratus, de donde provenían importantes reservas mineras auríferas y metalúrgicas, hubo una escasez de material para cumplir la demanda de las unidades acordadas.
Fue un desastre, tanto para nuestra reputación como para la industria. La producción se vio plagada de una mano de obra deficiente, incluyendo algunos modelos con acabados incompletos y cachas endebles. No podíamos permitir avergonzarnos y por ende tuvimos que cancelar el proyecto. El cargamento con el que te hiciste no sólo es valioso por su rareza, sino porque representa una tremenda metida de pata para nuestra industria armamentística y golpe a nuestro orgullo."
Él sólo rió.
– "Qué interesante historia, pero ultimadamente innecesaria." – Declaró. – "Da igual si el acabado es tosco o si no cumple con los absurdos estándares de calidad de su risible nación, lo importante es que cumpla el trabajo."
– "Una afirmación bastante contradictoria para alguien que aprecia la singularidad y perfección." – Fue mi turno de burlarme. – "¿Sabes, Jerkson? Más que un hombre que se esfuerza demasiado en verse digno, eres un niño desesperado por aprobación; y al no recibirla, recurres a la mordacidad en tus palabras para descargar la frustración de ser un don Nadie. Creciste siendo el infeliz que nunca destacó en nada, ¿cierto? Eras tan común que jamás sobresaliste en algo, sólo eras más carne fresca para alimentar la trituradora social, aumentando el rencor de tu intrascendental existencia hasta explotar en este inmaduro en cuerpo de viejo. ¿Fue el terrorismo la manera de compensar el ser uno más del montón, a pesar de nacer monetariamente privilegiado? ¿O sencillamente deseas dejar tu marca en la infamia porque no posees otro talento que no sea siendo un malnacido?"
– "¿Acaso confiesas tu propia mediocridad?"
– "No, yo fui la paria por ser diferente a pesar de querer siempre encajar." – Repliqué. – "Admito que eso me llevó a cometer muchos errores, algunos bastante graves. Pero al contrario de ti, no permití que aquello me transformara en un monstruo. No soy perfecta, ni siquiera especial, únicamente soy una simple arachne de piernas largas; pero soy mucho mejor persona como para ceder a un impulso tan fatuo como el odio nacido del resentimiento. "
– "¿Y dices que yo soy el soberbio? Vaya hipócrita." – Bufó burlonamente. – "Pero suficiente de esta inútil de distracción, ¿unas últimas palabras para esta lagartija? ¿Desean mentirle, decirle que todo está bien antes de desparramar sus sesos en el piso?"
– "No te preocupes, compañera." – Le dije a la reptiliana. – "Este cerdo arderá como merece."
– "Predecible. Lástima, esperaba algo mejor de alguien tan única." – Dijo Völund, sarcásticamente. – "Hej då, din kuksugar hora."
Jerkson apretó el gatillo. Y nada sucedió.
– "Lástima." – Comenté, sonriendo sardónicamente. – "Esperaba que supieras que entre los fallos del arma se encontraban los percutores defectuosos."
Sin esperar una reacción de él, corrí tan rápido como me permitió mi velocidad de Sparassidae y, procurando no dañar a la poiquiloterma, le clavé un brutal puñetazo en la quijada de ese desgraciado criminal, enmudeciéndolo y enviándolo al suelo de inmediato. Debió agradecer que llevara puestos mis guantes que amortiguaran el impacto o mi quitina se hubiera quedado grabada en lo que quedara de su hueso maxilar. Cetania se apresuró a tomar a la mujer lagarto en sus manos para evitar que cayera después de desmayarse y Dyne raudamente se aseguró de colocar sus botas encima de los brazos de Jerkson, inmovilizándolo y amenazándolo con partirlo a la mitad con sus espolones y mazo.
– "¿Ella está bien?" – Le pregunté a la rapaz sobre la reptil.
– "Sólo está inconsciente, no te preocupes." – La arpía le daba palmaditas en la mejilla para despertarla. – "¿Sabías que el arma no dispararía?"
– "No realmente." – Admití. – "Pero él jalaría el gatillo de cualquier manera, no teníamos muchas opciones, excepto esperar. Tuvimos suerte que el idiota no la hubiera probado antes."
– "Debiste actuar antes, Potato." – Comentó Nikos. – "Pero no negaré que lograste distraerlo lo suficiente para evitar que notara que me estaba acercando a él con lentitud."
– "Si te digo que ese era mi plan, ¿me creerías?"
– "No, eres un idiota."
– "Como sea. Süsse, busca al resto de las chicas y asegúrate de encontrar tu botiquín. No escatimes en medicamentos, ellas los necesitan más que nosotras." – Ordené.
– "Roger that, Blondie." – Confirmó la castaña.
– "Unteroffizierin, localiza nuestro equipo e intenta comunicarte con Smith." – Le dije a la mantis. – "Revisa que no haya más trampas en esta ratonera."
– "De acuerdo." – Afirmó la empusa. – "Procura que este aborto no escape."
– "Descuida, grillita, él no irá a ninguna parte que no sea el Tártaro." – Coloqué mis pedipalpos encima de Völund y mi mano en su cuello. – "Ahora es personal."
Con el criminal más que asegurado, mis aliadas obedecieron y después de un par de minutos, la pelinegra regresó con nuestras armas y el resto del equipo. Reemplazó su chaleco con uno usado por los esbirros, con suficiente espacio para sus extremidades. Mantuve al cerdo en su posición mientras la griega le esposaba de espaldas en una viga metálica, con tres juegos de esposas en ambas extremidades, además de amordazarlo; nunca había nada como demasiada seguridad contra un terrorista internacional. La americana confirmó que el resto de las rehenes se encontraban bien, si bien suficientemente asustadas por el horrible tiroteo que las despertó de su sueño y que no paró hasta verse cara a cara con ese desgraciado de nuevo. Quitándome de encima de Jerkson, no sin darle otro puñetazo en el pómulo izquierdo, tomé mis pertenencias.
– "Gracias a Arachne ese canalla no le hizo nada." – Dije aliviada al encontrar el collar de Lala. – "Süsse, esto te pertenece."
– "Diablos, creí que finalmente me había deshecho de éste." – Bromeó la falconiforme, colocándoselo. – "Pero una promesa es una promesa. A ver si esa pitufo finalmente me respeta como la agente que soy; este collar está prácticamente incólume y yo casi pierdo el cuello a base de hachazos."
– "Yo no me opondría si ella quisiera besarte para felicitarte, linda."
– "Ugh, mejor me decapito aquí mismo." – La arpía sacó la lengua. – "Hablando de heridas, me quedan únicamente dos inyecciones, ¿quién las necesita?"
– "Adminístrame una, la espalda me está matando." – Respondió la helénica. Su traje ya contenía suficientes huecos, así que no tuvo que alzarse la manga.
– "Vale." – La halcón la dosificó. – "¿Qué hay de ti, flaca?"
– "Resérvala para emergencias, pajarita, tengo suficiente adrenalina hirviendo en estos momentos." – Aseguré. – "Dyne, ¿pudiste comunicarte con los mandos?"
– "Negativo, no hay señal u otro medio para contactarlos." – Replicó la mediterránea. – "Si ya tenemos todo, deberíamos largarnos de aquí."
– "No. Aún no." – Contesté y volteé a ver a Jerkson. – "Préstame el martillo."
– "No estarás pensando en hacer lo que creo, ¿o sí?"
– "¿Crees que soy capaz?"
– "Tus ojos me dicen todo lo necesario, Jaëgersturm."
– "Por algo son las ventanas del alma." – Acoté. – "¿Te opones, sargento?"
– "Nunca dije eso." – Declaró la nativa de Mitilene, dándome su herramienta.
– "Danke." – Le agradecí y miré a la rapaz. – "¿Cetania?"
La aludida simplemente se acercó al bastardo y le escupió la cara. Sonreí.
– "Quítenle las esposas." – Ordené.
– "¿Escuché bien, flaca?" – Cuestionó la estadounidense. – "¿Quieres que lo soltemos?"
– "Correcto. Retírenselas."
– "¿Perdiste la cabeza, Aria?"
– "Jaëgersturm." – Habló Nikos. – "No dejes que la soberbia arruine la misión y permitan a este malnacido el escapar."
– "Tranquilas, que no lo hará. Tienen mi palabra." – Troné los huesos de mi cuello. – "Pueden apuntarle si lo desean, yo sólo lo quiero libre de ataduras."
– "¿Por qué?"
– "Me gusta que mi presa se mueva."
Disintiendo con la cabeza, la pelinegra se preparó para cortar esposas, pero primero se cercioró de que su arma funcionara, sin querer el mismo error que el enemigo. Luego de que las tres comprobáramos que éstas disparaban a la perfección y sin que la americana y la griega dejaran de apuntarle, esta última usó sus espolones para liberar al malnacido, no sin antes dejarle una cicatriz en la espalda como pequeña parte de su venganza. A petición mía, el sujeto mantuvo la mordaza; detestaba escuchar los agudos chillidos de un cerdo moribundo, especialmente de uno tan repugnante. Por su parte, la nativa de Montana le propinó una soberbia patada a su cabeza desde atrás, arrojándolo en mi dirección y haciéndolo irse de boca al suelo.
Yo me mantuve sin inmutarme y, jalándolo del pelo, lo alcé hasta dejarlo arrodillado, viéndome él con odio puro. Hice que frunciera aún más el ceño al patearle la quijada con uno de mis pedipalpos y usar el otro para azotar su frente por segunda vez en el suelo. Tomándolo del pelo, escuchando sus gritos ahogados y casi arrancándole el cuero cabelludo, lo lancé como un muñeco de trapo contra uno de los escritorios, estrellándolo contra la pantalla de un ordenador destruido anteriormente por la helénica. Era de las que todavía usaban tubos de rayos catódicos y su cabeza empezó a sangrar por chocar contra el vidrio de la pantalla.
Sin darle tiempo para procesar el golpe, volví a jalarlo y arrojarlo de narices al piso. El granuja estaba tan adolorido que ni siquiera intentó escapar. Reí mentalmente; schadenfreude, el término alemán para la felicidad derivada del dolor ajeno, era precisamente lo que yo experimentaba en ese momento. Era equivocado e indiscutiblemente malévolo para una proclamada defensora de la ley el regodearse en tan aciago sentimiento, pero después de atestiguar y sufrir a manos de ese psicópata, cualquier castigo no letal de nuestra parte era demasiado benévolo para un insecto imperdonable.
Sin ocultar mi sádica mueca de satisfacción, lo alcé del pelo, quedando establecido ya como mi método favorito para captar su atención, me quité los guantes y le retiré la mordaza, cortándole las mejillas en el proceso. Jerkson gruñó sonoramente e intentó escupirme, pero le clavé un puñetazo del otro lado de la mandíbula, interrumpiéndolo. Acomodándose la boca, quizás medio dislocada, el miserable volvió a mirarme, desafiante, pero sin tratar de atacarme. Bien, ya estaba entendiendo.
– "Qué decepcionante. Creí que podría escuchar tus gritos mejor ahora que no tienes la boca tapada." – Dije, sarcásticamente. – "¿No espetarás tu usual verborrea en contra de mi ignominiosa especie, destructor del universo?"
– "Un dios no se humilla." – Masculló.
– "Pero Surt no era un dios, sino el rey de los gigantes de fuego." – Retruqué, acercándome a su vituperable rostro. – "¿Quién es el ignorante ahora, palurdo?"
Völund respondió con un veloz movimiento, previamente habiendo su mano hacia el lugar indicado, y reveló una daga que guardaba en su cinturón, oculta perfectamente por su saco. Afortunadamente, mis reflejos de cazadora fueron más veloces que él y detuve su mano con la mía, apretándola de manera que no pudiera moverse por el dolor. Mis amigas quitaron los dedos del gatillo al ver que tenía la situación bajo control.
– "Daga de batalla Fairbairn-Sykes, veintinueve centímetros de longitud, hoja de acero de siete pulgadas." – Elucidé, casi monótonamente. – "Fabricado en Shanghái por un par de ingleses y utilizado durante la Segunda Guerra Mundial por diversas unidades de la Commonwealth. Frecuentemente asociada a los SAS británicos, es una herramienta bastante sólida y confiable que sin duda acabó con la vida de muchos soldados del Tercer Reich, y que aún sigue demostrando su plusvalía en los tiempos actuales."
Sonreí.
– "La mía es más grande."
En un parpadeo, el regalo que mi progenitora me envió desde casa se enterró en la muñeca de ese hijo de perra hasta atravesarla, provocándole emitir un grito que resonó con eco por todo el laboratorio. Tan rauda como entró, retiré el punzocortante objeto, dejando una gran herida de la cual brotó roja sangre, manchando el albugíneo atavío del desgraciado. Mientras él se retorcía en su lugar, invadido por el dolor, le sostuve el otro brazo y apresé sus piernas con mis pedipalpos.
– "Sparassusreich Ehrendolch, copia fidedigna de la daga de honor de la Schutzstaffel. Treinta y siete centímetros de longitud, hoja de veintidós centímetros; ocho pulgadas hechas de acero damasquino." – Dilucidé. Mi voz se tornaba tétrica a cada sílaba. – "Creada bajo las más estrictas normas de calidad en las fábricas de Ophistolium y Palystes. Reservada para oficiales de alto rango, con la firma exclusiva de nuestra líder. Más que un símbolo de respeto y decoro, es una sólida herramienta entregada para que cada soldado defienda a su familia y país con fiereza."
Solté la otra mano y esta pronto se le unió a su contraparte al ser también atravesada en la muñeca. Los gritos de Völund se intensificaron.
– "Esa es la diferencia entre tú y yo." – Aseveré. – "Tú usas tu daga para atacar como un cobarde, yo para proteger el bienestar y honor de quienes me importan. Clavas el filoso veneno sin compasión por la espalda, todo un fariseo, un desleal judas alevoso y traidor con viperina lengua."
Mi sonrisa desapareció.
– "Por ende, debes lucir como tal."
Retiré mi arma de su muñeca y me incorporé para tomar mi martillo. Alzándolo briosamente con ambos brazos, dejé caer la pesada cabeza de acero sobre su rodilla izquierda, triturándole la rótula, reventando los vasos sanguíneos y esparciendo la hemoglobina al abrirse la epidermis por la presión. Desconozco si lo más dañado fueron los huesos o la garganta de la inicua rata al gritar a todo pulmón. No bastándome, repetí el proceso en la extremidad restante, esta vez destruyendo su tibia debido a su constante movimiento, pero obteniendo los resultados deseados al inutilizar sus piernas. Sin parar de vociferar en su lengua madre, se arrastró por el suelo como la ponzoñosa serpiente que era. Tanto yo como mis compañeras permanecimos indiferentes a su sufrimiento.
No merecía la piedad que jamás tuvo.
– "Süsse, ¿Te gusta el country?" – Me dirigí casualmente a la halcón, ignorando los chillidos del malnacido.
– "¿A qué redneck no?" – Rió ella. – "¿Tenías algo específico en mente?"
– "Hay una canción que recuerdo haber escuchado en los vinilos más recientes que mi difunta abuela poseía." – Comencé a tararear. – "You can run on for a long time…"
– "Run on for a long time…" – Prosiguió ella. – "Run on for a long time…"
– "Sooner or later, God'll cut you down…" – Se unió la mediterránea.
– "Sooner or later, God'll cut you down." – Terminó la rapaz, tronando sus dedos protéticos. – "Canción folklórica, bastante famosa en mi tierra natal. No sabía que la conocieras también, Pepper."
– "A Brianna le gustaba la versión de Johnny Cash." – Reveló la mantis. – "Decía que de no ser mercenaria, sería cantante. Me alegro de que no lograra su sueño, su voz me daba tinnitus por semanas."
– "Sí, esa era precisamente a la que me refería. Gracias, chicas." – Volteé hacia Jerkson. – "Y conozco a alguien que no es un dios, pero igualmente caerá."
– "¿Deseas pista karaoke, flaca?" – Interrogó la estadounidense.
– "Si no es molestia."
– "Con mucho gusto." – Asintió la empusa.
Tarareando ellas dos las notas iniciales de la música, yo me dirigí hacia el terrorista. Lo hice a paso tranquilo, parsimonioso, meticulosamente avasallador. Dejándome envolver por la vanagloria, mostré el hacha que la falconiforme me facilitó y la agité al ritmo de la flemática melodía. Era una depredadora jugando con la aterrorizada presa, la cual ni lenta ni perezosa se apresuró a alejarse lo más rápido que sus atrofiadas extremidades le permitían. Dejando él un rastro carmesí en el piso, desangrándose entre más esfuerzo hacía, yo continué mi serena marcha, blandiendo el arma con una irónicamente alegre lobreguez que resultaba bizarra.
Esa era la intención, infundir miedo al enemigo por medio de la dicotomía entre la jubilosa actitud y la sombría seriedad de la situación. Él estaba totalmente zafado de la cabeza, así que debería estar acostumbrado, pero el horror en su horrible rostro sangrante era bastante real. Para completar la macabra escena, comencé a cantar. Compartiera o no las creencias originales implícitas de la tonada, lo importante es lo que la letra implicaba y era perfecta para la ocasión. Ya lo he dicho antes: la música es intrínsecamente neutral, el significado depende del que nosotros le demos.
Y ahora, el significado era venganza.
– "Puedes correr todo lo que quieras, correr todo lo que quieras, correr todo lo que quieras…" – Interpreté. – "Tarde o temprano, Dios te hará caer. Tarde o temprano, Dios te hará caer."
Corté varios tubos de ensayo vacíos que se encontraban en los escritorios, sin detener mi marcha ni quitar mis seis ojos de Jerkson, quien tampoco cesó su patética fuga.
– "Dile a ese mentiroso lengua larga, dile al fugitivo sinvergüenza, al charlatán, al apostador, al traidor…" – Proseguí, arrojando papeles y demás objetos rotos hacia él. – "Diles que Dios los hará caer. Diles que Dios los hará caer…"
El martillo fue agregado al carnaval de destrucción, demoliendo todo lo que encontrara a su paso, incluyendo equipo de laboratorio, ordenadores y escombros. Völund aceleró sus movimientos fútilmente, sin oportunidad real de escapar, pero que en su azorado estado no podía procesar.
– "Arachne mía, deja que te cuente las noticias: el rocío de medianoche me empapó la cara. He estado de rodillas hablando con la mujer del Eterno Abismo." – Continué, deformando la letra a mi gusto. – "Me habló con una voz tan dulce, creí oír a un ángel arrastrar los pies. Dijo mi nombre y el corazón se me detuvo cuando ella dijo…"
Lo agarré del cabello y lo jalé hasta encararlo.
– "¡Aria, ve a hacer mi voluntad!"
Le metí un puñetazo directo en la cara, partiéndole la nariz y arrojándolo sobre una mesa de cirugía. Se aporreó la cabeza y repitió el acto al caer al piso, donde resumió su risible evasión. Yo lo seguí, aumentando la potencia de mi garganta, inspirada.
– "¡Puedes lanzar la piedra y esconder la mano, conspirando en la oscuridad contra tu prójimo!" – Golpeé mis herramientas como enérgicos tambores de batalla al ritmo de la tonada. – "¡Pero así como Arachne creó el negro y el blanco, lo que se hace en las sombras saldrá a la luz!"
Deshaciéndome del hacha y el mazo, saqué mis dos pistolas, Hummel y Erika. Les removí el seguro y, sin perder el ritmo, la disparé intermitentemente cerca del bastardo, arreándolo como ganado por el camino que las balas le indicaban.
– "¡Puedes vociferar todo lo que quieras, gritar todo lo que quieras, llorar todo lo que quieras…!" – Mi P226 y mi P30L destellaban su calibre .40 S&W. – "¡Tarde o temprano, Arachne te hará caer! ¡Tarde o temprano, Arachne te hará pagar!"
Völund llegó el agujero que sus esbirros hicieron y que daba a la otra sección, pero se paró en seco cuando un proyectil de 5.56 perteneciente a un fusil M4A1 impactó a centímetros frente a él.
– "¡Dile al desalmado que esparza su veneno…!" – Se unió la rapaz, sin importarle que no rimara en su lengua natal. – "¡Dile al imbécil que apoye tal basura…!
Jerkson recibió una patada en la cara que lo hizo cambiar nuevamente de dirección.
– "¡Al criminal, al terrorista…!" – Terció la helénica, disparando su escopeta Mossberg. – "¡Al monstruo…!
Añadí un golpe más a su rostro, haciéndolo caer boca arriba.
– "¡Diles que Arachne los va a joder!" – Continué, acercándome. – "¡Diles que Arachne los va a joder!"
Ahí, las tres disparamos sin cesar hasta vaciar nuestras armas, pulverizando todo alrededor de ese sinvergüenza, contemplándolo cubrirse fútilmente de la tormenta de plomo del triunvirato que hizo derrumbar su imperio de la misma manera que el concreto de las paredes cedía al aluvión explosivo. Cuando Dyne gastó la munición de su escopeta, usó su P226 y su MP5, con Cetania haciendo lo mismo cuando su rifle consumió su cargador de treinta proyectiles. Al final, mi MG3 fue la que cerró la horrísona sinfonía violenta, con doscientas cincuenta balas que sobrecalentaron el barril del arma. Estando éste al rojo vivo, me coloqué uno de mis guantes y quité el seguro que protegía la pieza, diseñada para un cambio rápido en combate, tomando el cañón humeante en mis manos.
– "Diles que Arachne…" – Terminé el último verso de la alterada canción. – "Los va a joder."
Arrastré el objeto ardiendo por su aciaga cara, calcinándole la piel, delineando una roja línea diagonal en medio y evaporando las lágrimas que tocaban el caliente metal. Con una gigantesca cicatriz que paulatinamente se tornó negra, el hombre a cargo de Fimbulvetr fue marcado de por vida como la infausta peste humana que era. Y aún así, incluso habiendo experimentado la misma impotencia que sus víctimas sintieron al hallarse rodeadas por las inhumanas fuerzas que conformaban tan execrable grupo criminal, Jerkson continuaba desafiante, resistiéndose a hablar. Eso me gustaba; quería únicamente gritos o silencio de él, no palabras inútiles.
Sabiendo que no se movería y con mis amigas cubriéndome, recargué mi ametralladora con la munición que la pelinegra logró conseguir, coloqué un nuevo cañón y agarré del cabello a ese insecto que se hacía llamar hombre. Poniendo la punta del arma cerca de su oreja, apreté el gatillo por sólo tres segundos, tiempo suficiente para gastar casi la mitad de mis balas gracias a la insana cadencia de disparo de mi artilugio alemán. Dado que una descarga tan estruendosa debió dejarle acúfenos ensordecedores a los oídos de Völund, me acerqué a su otra oreja.
– "¿Oyes eso, hijo de perra? ¿Sientes el escozor? ¿Palpas el dolor que te producen?" – Interrogué, furiosa. – "Son más de cuatrocientas mil voces Sparassedianas insultándote, vituperando tu nombre, maldiciendo tu persona, repudiando tu existencia, odiando lo que representas. Y esto no se limita sólo a mi patria. Estas son las almas de todos aquellos que no están presentes, pero que te condenan al sufrimiento eterno por haber atrevido a mancillarlos. Son el corazón de todos a quienes dañaste, los deseos de las familias a las que separaste, los sueños de las amistades que destruiste, las súplicas de los individuos a quienes convertiste en cascarones vacíos para controlar su mente."
Lo alcé del cuello con una mano.
– "Son la venganza del mundo entero."
Un regio uppercut lo envió al suelo, azotándose como un costal de abono. Intentó incorporarse, pero sus extremidades se debilitaban cada vez más. Viendo lo inútil que él resultaba, lo aventé hacia una viga de concreto, quedando él sentado. Bajé mi altura para quedar a la suya, alzándole la cabeza con la mano, pues el desgraciado ya ni podía mantenerla erguida. Un rastro de roja sangre se escapaba de la comisura de sus labios, contrastando por sus azules hematomas en la piel que pronto se tornarían moradas equimosis.
– "¿Percibes eso en tu lengua? Es el sabor de la aplastante derrota, la sapidez de la justicia impactándote la infausta cara y haciéndote tragar todo el acerbo veneno que se escapa de tu pútrida boca." – Golpeé ligeramente su garganta. – "Y este eres tú ahogándote en tu propio estiércol, nadando en un infame océano de tu propio vómito, alimentado de tus mentiras, tus traiciones, tus delitos. Consumes las esperanzas y sueños del mundo, regurgitándolas como basura, diluyendo todo para tus egoístas fines. No puedes clamar arrepentimiento, no puedes suplicar piedad, no puedes pedir perdón; porque no conoces tales términos.
No eres una figura trágica, un anti-héroe que defiende lo que cree ni un villano creado por la crueldad social; sólo eres un maldito cerdo que utilizó las oportunidades que la vida de un privilegiado nacido en cuna de oro te ofrecía para dedicarte a arruinar las de aquellos menos afortunados. Puedo notarlo en tu insoportable actitud, en tu vituperable ego y en tu absurdo afán por aparentar lo que jamás fuiste: alguien que valiera la pena. Nadie te obligó, nadie te crió para fungir como un animal con delirios de grandeza; fue tu decisión, tú tomaste este repudiable camino por tus propios términos, esto es tu responsabilidad. Una que no deseas admitir.
Por eso les destruyes la mente a tus víctimas, les borras todo rastro de personalidad y las moldeas a la tuya; para obligarlas a hacer tu repugnante voluntad sin que asumas compromiso alguno. No deseas soldados leales, sino marionetas sin voluntad para jugar con estas a tu antojo, desligándote por sus actos, como el pusilánime cobarde que siempre has sido. Incluso puedo afirmar que Völund Jerkson no es tu nombre real, sino un alias mental, un alter-ego para perderte dentro de ese idílico mundo de mentiras que edificaste cuando la realidad le pareció demasiado intimidante a tu inferior persona.
Tienes miedo; pero no de mí, no de mi especie o los liminales en general: sino de ti mismo.
Estás asustado a lo que puedas encontrar si te miras al espejo y finalmente aceptes atisbar al peripatético e impío ser en el que te has transformado. El reflejo siempre estuvo ahí, mostrándote tan solitario como ahora, porque nadie soporta estar con un insufrible como tú. Y, creciendo en ese rencor, dirigiste tu frustración hacia las extraespecie, porque representaban la fuerza que jamás poseíste. Por ende, eres un monstruo, porque envidias lo que el resto tenía, y deseaste destruirlo en una caprichosa rabieta que consumió tu existencia entera. Todo esto, todo este supuesto imperio que clamaste tener, sólo era un berrinche que debió ser corregido desde hace mucho."
Lo agarré del cuello con ambas manos, procurando no triturarle por completo la tráquea.
– "Un vulgar despliegue de arrogancia que llegó a su límite cuando atacaste a mi nación." – Apreté con más fuerza, cortando el suministro de oxígeno. – "Llámalo moralidad parcial si lo deseas, porque esto es más que dañar a mi estirpe, sino lo que nosotras somos, lo que representamos. Las arachnes somos el triunfo que tú nunca tuviste, la gloria que siempre deseaste, el éxito que anhelabas para ti mismo pero jamás lograste. Eso resume todo lo que has hecho hasta ahora: ambición frustrada que se convirtió en envidia y posteriormente en odio. Y no sólo a mi especie, sino al mundo en general; lo aborreces que siempre haya alguien mejor que tú, y tu mente es tan obcecada que te imposibilita aceptarlo."
Solté su garganta, estampando su espalda contra la pared.
– "No puedo hablar por todas las especies e individuos de este planeta, pero sí por la mía. Así que te digo esto: ódianos. Adelante, sé que quieres hacerlo." – Afirmé. – "Vitupera nuestro nombre, escúpenos, aborrécenos, destrúyenos la mente, arrójanos desde cien metros de altura, incendia nuestros cuerpos e injúrianos hasta quedar afásico; por cada una de nuestras hermanas que perdemos, diez más se alzarán para vengarlas. Tierra, mar o aire, no habrá límites en nuestro afán de encontrarte y aplastarte. Todas, al unísono, se irán contra ti, contra lo que representas y piensan igual que tú, hasta borrarlos por completo de la existencia misma."
Levantándole la cabeza, lo abofeteé fuertemente por cada sentencia que yo dictada.
– "Somos la hidra que crece más cabezas conforme las cortan, el fuego que se aviva entre más traten de extinguirlo, la fuerza que se redobla al tratar de ser frenada." – Proseguí castigándolo. – "Somos la pesadilla que te consume por las noches, la daga que quiebra la armadura más poderosa, el ariete que derrumba la muralla más inexpugnable, el tanque que aplasta al adversario más acérrimo, la tormenta que arrasa con todo quien ose enfrentársele."
Me detuve y lo miré directo a sus resignados ojos.
– "Somos arachnes."
Le escupí la cara y lo solté. El maldito se desplomó de narices al suelo, de manera tan enclenque que más que satisfacción, me provocó casi lástima. Dejando que la adrenalina y las endorfinas de mi cerebro cesaran de alimentar mi cólera, cerré mis ojos y suspiré, sosegando mi respiración. Necesitaba esto, purgarme de toda la ira que había acumulado durante esta operación, una muy purificadora catarsis para evitar volverme un monstruo completamente. La furia es adictiva, la soberbia lo es más, y no quiero caer en la trampa de sus melíferas mentiras. Sacudí mi cabeza, no permitiría que el rencor me consumiera, pero tampoco iba a dejar que ese desgraciado homicida escapara del castigo que merecía.
Lo incorporé, dejándolo sentado nuevamente, recargándose endeblemente contra la pared. Estaba más que derrotado, humillado tanto como puede se puede pisotear el fatuo orgullo de un criminal, pero su mirada de odio no abandonaba sus globos oculares. Era como si él mismo deseara que prosiguiera torturándolo, provocándonos con esa insufrible risa de psicópata que, sólo cuando sabe que no hay esperanza, recurre a su último bastión de cordura para simular indiferencia. Ya fuera que estuviera genuinamente loco (y lo estaba, era un terrorista después de todo) o si sólo era un masoquista extremo, eso hacía más fácil el insensibilizarme respecto a su elegiaco estado.
– "¿Ya te sientes como una ganadora?" – Cuestionó Jerkson. – "Crees que saboreas la ambrosía de la victoria en tus fauces y degustas el dulce vino de la soberbia con tu impura lengua, ¿pero oyes eso? Es el sonido de tu inexistente moralidad mostrando sus verdaderos colores. No debes tener miedo de corromperte, porque siempre lo estuviste, igual que todo el maldito mundo. Esto es lo que eres en el fondo, un monstruo que se regodea en la violencia para satisfacer sus instintos, una bestia que usa una máscara de civilización para mentirle a todos mientras en su interior se fragua una infausta orgía de sangre y odio puro."
– "No, sólo estás describiéndote a la perfección." – Retruqué. – "Felicidades, acabas de ser honesto contigo mismo y aceptar al reflejo en el espejo. Es el primer paso a la madurez."
– "¿Cuánto más pretenderás llevar a cabo esta farsa disfrazada de justicia?"
– "El tiempo que sea necesario para evitar que patógenos antropomorfos como tú continúen infectando al mundo."
– "¿Aceptas que eres una mentira?"
– "No, tú eres el que lo hace. Si en verdad creyeras tu propia verborrea ponzoñosa, entonces no cuestionarías mis actos, porque serían el resultado justo de tus acciones. Pero desde que juzgas el mismo trato que nos ofreciste, es obvio que el único que miente en su proceder, eres tú."
– "Dudo que creas en esa elocuente facundia que acabas de vomitar."
– "Por supuesto que piensas de esa manera, jamás has creído en nada, ni siquiera en ti mismo." – Afirmé. – "Esa es la razón de que seas tan cruel; no valoras a nada ni nadie, ves todo con una inhumana indiferencia, la vida te importa poco. Eres el perfecto sociópata. Descuida, nos aseguraremos que continúes solo y aislado el resto de tu vida en una celda."
– "¿La cárcel? ¿Piensas que voy a arrepentirme por todo lo que hice?" – Rió. – "Lamento decepcionarte, espurio de ocho patas, pero yo no me hubiera arriesgado a ser capturado si tuviera la más mínima preocupación de pasar el resto de mis días detrás de los barrotes. Salvarme de la pena de muerte, atención médica, comida y, lo más importante, nadie que me fastidie; después de todo lo que he vivido, la prisión será un excelente lugar de retiro."
– "Me importa un carajo lo que hagas, sólo te quiero donde ya no puedas hacerle daño a nadie."
– "¿Entonces por qué no te aseguras de que ya jamás regrese, y me arrancas la existencia?"
– "Los héroes no matan." – Acoté. Entonces, sonreí sombríamente. – "Pero quizás tengas mejor suerte con ella."
– "¿Quién?"
Su respuesta fue contestada cuando una gran mano lo tomó desde atrás por el cuello y lo hizo volar hasta estrellarlo contra una de las jaulas que anteriormente encerraban a las liminales. Tosiendo y arqueándose por la dolencia en su costado, Völund alzó la vista para encontrarse con Sybille, la tarántula de bruno pelaje y compatriota, aquella que ese granuja había engañado para usarla como conejillo de Indias. Incluso con varias vendas cubriendo su llagado cuerpo calvo y desnudo, en sus ocho ojos brillaban las rojas llamas de la guerra, denotando la mirada de una verdadera Sparassediana.
En una de sus garras sostenía una de las aspas metálicas de los ventiladores industriales, quebrada de manera que poseía la forma de un colmillo, perfecto para rebanar cuellos o clavarse hasta el fondo de las cajas torácicas. Su respiración, si bien no era agitada, era muy enérgica; no ocultaba las ganas que tenía de hacerle pagar a su captor por todo lo que ella sufrió. Jerkson permaneció en su lugar, anonadado de ver una de sus víctimas invertir los papeles y tenerlo a él en desventaja. Dándole espacio a la peluda, acerqué mi mano extendida, apuntando a su arma, solicitándole silentemente el facilitármela. La nativa de Kriegsritter aceptó y agradeciéndole con una reverencia, me dirigí hacia una pila de escombros que el tiroteo ocurrido en la armería dejó y busqué hasta encontrar justamente lo que necesitaba: una vara de acero.
Usando el mazo, comencé a clavar la afilada aspa de acero en la estrecha hendidura de la vara metálica, con el tamaño necesario para brindar firmeza, además de algo de tela para rellenar huecos y agregar solidez. Algunos contenedores de combustible habían derramado su líquido en el suelo, pero aún conservaban un poco dentro, usándolo yo para bañar el aspa en el comburente. Acerqué el metal a la boca del cañón de mi MG3 y disparé una ráfaga corta, despertando a las fulgurantes flamas. Estaba lista. Regresé hacia mi congénere y ella sonrió al ver la herramienta que le había construido:
Una guadaña.
El arma insignia de mi amada dullahan; la herramienta asociada con Serhilda Jaëgersturm, mi antepasada histórica; el símbolo inequívoco de la muerte; una falce en llamas era la menor manera de castigar a un imperdonable monstruo desalmado. Tomándola en sus garras y creando un rastro de fuego en el aire después de practicar un par de movimientos, Sybille se colocó frente a su némesis, quien sólo podía mirar desesperanzado a su futura verdugo. Llamé a Cetania y señalé que le inyectara la última dosis de adrenalina a Völund. Naturalmente, ella se extrañó por tan incongruente solicitud, pero entendió que la intención era evitar que éste muriera por el dolor antes de tiempo y aceptó.
– "Sólo tienes un par de minutos antes de que la sangre se escape de tus heridas junto con el medicamento, así que seré breve." – Conminé al infeliz, cara a cara. – "Nunca jodas con una arachne."
Le escupí la cara y me levanté para dejar hacer su trabajo a la tarántula, que ya no podía contener por más tiempo su vendetta.
– "¿Cuál es el límite?" – Me preguntó Sybille al pasar a su lado.
– "Libre albedrío, hermana." – Le contesté y continué mi camino.
Ella sonrió.
Me reuní con mis amigas y, asentándonos, disfrutamos del espectáculo. A pesar de que lo anterior sonara a actividad villana, no era que nos importara mucho; después de intentar destruir la ciudad y sacrificar a sus propios hombres a manos de extraespecies producto de sus inefables experimentos, cualquier forma de tortura que fraguáramos contra Jerkson era cosa de niños. Ergo, no nos inmutamos cuando la peluda clavó la punta de su dalla en el muslo derecho del hijo de puta y lo elevó hasta estrellarlo en el suelo, formando un semicírculo perfecto en el aire. El jefe de los terroristas, despierto en su totalidad por la adrenalina en su cuerpo, gritó como una mandrágora al caer sobre su pierna rota, salpicando sangre y trozos de hueso. Las llamas cauterizaban parcialmente las heridas, evitando que el sangrado fuera mayor.
El proceso se repitió varias veces, con Sybile encontrando nuevas maneras de lanzar por los aires a su nuevo juguete para morder viviente. El fuego hacía el proceso todavía más dilacerante, consumiéndole la piel al tiempo que el metal de la hoja le cortaba los nervios y músculos. Tan violento show se tornaba cada vez menos fácil de digerir, incluso cuando estábamos de acuerdo en que no lo detendríamos. La rapaz y la empusa me miraron algo preocupadas pero yo mantuve la calma y mostré uno de los frascos que Bina nos había obsequiado, vacío. Ellas se tranquilizaron; si algo pasaba, Völund sería oficialmente un liminal y la tarántula no podría romper la ley.
Aunque, lo que la peluda hacía técnicamente no era ilegal; las leyes Sparassedianas permiten venganza sobre cualquier especie ajena que haya dañado a una arachne y los estatutos de nuestra nación conservaban validez fuera de ella. Ese bastardo intentó quitarle el libre albedrío, su raciocinio e identidad, básicamente matándola en vida. Y sólo una arachne puede matar a otra. Por esa razón, y gracias a esa pequeña cláusula en el Programa que reconocía las constituciones escritas de naciones liminales independientes, Sybille era completamente libre de arrastrar a ese inmundo insecto bípedo como le placiera.
No era muy humano, pero ninguno de los presentes tampoco lo era.
La tarántula finalizó arrojando hacia arriba a ese pedazo inútil de lágrimas, gritos y carne ensangrentada, elevándolo casi siete metros para terminar desplomándose sobre un grupo de tubos de ese condenado suero, incrustándose brutalmente varios pedazos de vidrio en su ya excesivamente castigado cuerpo. El porrazo fue tan fuerte y había terminado tan vapuleado que en lugar de un alarido largo y profundo, su reacción fue un anticlimático sollozo. Por lo menos la efímera flama que la guadaña provocó en su herida marcó una conclusión aceptablemente satisfactoria.
Pero aún faltaba un último acto.
Yaciendo él inerme en el suelo, Sybille se acercó a aquel execrable poco hombre, sosteniendo con fuerza su herramienta, casi doblando el acero de tanto que lo apretaba. Después de quién sabe cuánto tiempo encerrada y sujeta a ser un ratón de laboratorio contra su voluntad, ella necesitaba más que poner en práctica sus dotes de segadora para estar satisfecha. Yo y las chicas pausamos la respiración cuando la arachne alzó su arma hasta el cenit de su cabeza, apuntando peligrosamente a la de Jerkson. No había duda, iba a hacerlo. Preparándonos para atestiguar la caída que vaticinamos, el tiempo se detuvo mientras observábamos la falce caer en dirección a la sesera del terrorista.
Y la guadaña se clavó en el piso.
Sólo fueron unos centímetros de distancia, pero eso marcaba la delgada línea que dividía al truhán de la vida y la muerte, aunque mereciera completamente la última sin rechistar. No lo hizo, Sybille decidió no condenarse a cargar con una muerte en su espalda y, en un acto de suma misericordia, le perdonó la existencia a un infeliz indigno de tan deífica oportunidad. Nosotras sonreímos, antes de ser una arachne vengativa, era una guerrera que sabía que no había honor qué ganar ejecutando a alguien que nunca lo tuvo. Escupiendo al bastardo, la peluda regresó hacia nosotras, señalando mi cantimplora que con gusto le convidé.
– "¿Evitar volverse en el monstruo, hermana?" – Le pregunté.
– "No." – Respondió, asentándose. – "Sólo que ya ha sido demasiada sangre el día de hoy."
– "En eso tienes razón. Descansa, Sybille." – Habló la arpía y se dirigió a la pelinegra y yo. – "Entonces, ¿misión cumplida?"
– "Desmantelamos una base secreta, destruimos toda su infraestructura, acabamos con casi todo un ejército de asesinos, incluyendo al cabecilla, rescatamos a rehenes usadas para experimentos ilegales…" – Enumeré. – "Y estamos vivas. Si eso no clausura esta condenada operación, renuncio."
– "Entonces deberíamos salir de aquí, ya me harté de tanto gris empañado de rojo." – Suspiró la halcón. – "Puedo volar hasta la estación más cercana y contactar a nuestros superiores desde ahí."
– "Sí, supongo que ya no hay problema." – Asintió la griega. – "Potato y yo llevaremos a las demás hasta la planta principal y esperaremos a tu regreso."
– "¿Qué dirán Smith y el resto cuando vean todo este maldito desastre?"
– "¿Que ellas hubieran terminado la misión con menos balas?" – Repliqué.
– "O menos muertos." – Declaró la mediterránea. – "Joder, si no nos aseguramos de explicar la razón de tantos cadáveres, la prensa va a hundirnos junto a toda la ANP."
– "¿Quién lloraría por un montón de terroristas, Pepper?" – Interrogó la castaña. – "Ni siquiera el más obstinado de los pro-vida abogaría a favor de esos dementes. Somos Exterminadoras, es nuestro trabajo acabar con tales plagas."
– "Y al final, ellos mismos fueron quienes se exterminaron, ¿no?" – Dije.
– "Correcto, esa maldita jörmundgander era una auténtica genocida." – Respondió la empusa, tomando de su cantimplora. – "¿Soy yo o la demencia es inherente a la sangre dracónida? Una vez estaba comprando una tarta de fresa en el centro comercial y una wyve-"
Nos pausamos de inmediato al sentir un ligero temblor.
– "¿Será MON, entrando dinámicamente?" – Pregunté, confundida.
– "Nein, eso provino de abajo." – Contestó Sybille. Volvimos a experimentarlo. – "¿Lo ven?"
– "Ay, simijo." – Se quejó Cetania. – "No me digan que la estructura está colapsando."
– "Tal vez la planta principal de la fábrica se viene abajo, quedó muy debilitada." – Opinó Nikos. – "Deberíamos irnos."
– "Ya es muy tarde para evadir el destino."
Ese último comentario provino de un burlón Völund, riéndose siniestramente mientras luchaba para mantenerse erguido con sus exiguas fuerzas. Un temblor más se hizo presente y varios escombros del techo cayeron sobre nosotras.
– "¿De qué carajo hablas, bastardo?" – Indagó la mantis, retirándose el polvo de encima.
– "El sol se oscurece, se hunde la tierra en el mar, se agitan del cielo las brillantes estrellas…" – Recitó Jerkson. – "Surge vapor furioso, el fuego se alza, y llega el calor hasta el mismísimo cielo."
– "Völuspa, estrofa cincuenta y siete." – Elucidó la tarántula. – "El Ragnarök."
– "Les dije que Surt partiría el firmamento e incendiaría al mundo entero. Mis profecías nunca mienten." – Siguió riendo el sinvergüenza. – "Yggdrasil, el árbol de los nueve mundos, será consumido por las llamas del juicio final. Y cuando todo muera, el nuevo mundo renacerá de sus cenizas; el que yo decidí. Disfruten del fin del mundo mientras sus almas son devoradas, perras."
Él se carcajeó al tiempo que el sismo se hacía más pronunciado. No era un movimiento telúrico natural, sino que parecía hecho adrede, como golpes de un ariete de asedio. Éste se intensificó y claramente pudimos sentir que la fuente estaba justamente debajo de nosotras. Temiendo que el suelo se viniera abajo y cayéramos hacia alguna especie de piso inferior, le ordenamos a Sybille escapar junto con las demás mientras nosotras preparábamos nuestro equipo para cualquier contrariedad. Con el lugar vibrando, el concreto comenzaba a resquebrajarse y a llenar todo de polvo.
Le presté a la griega mi máscara antigás, ya que yo podía respirar por mis filotráqueas abdominales. Juntándonos las tres, alertas, y Völund sin parar de desternillarse como una hiena, el suelo se partió. Nos cubrimos asustadas cuando del piso surgió una detonación, desorientándonos de inmediato. Nos incorporamos y descubrimos la causa de aquel temblor, revelándose con brutal estruendo. El polvo, aunque abundante, no impidió que atestiguáramos la razón de que en ese momento nos invadiera un terror indescriptible. De todos los motivos para que la tierra misma cediera, este era el que menos imaginábamos.
Una dragona.
Pero no cualquier mujer dracónida que hayamos visto en el pasado o que quisiéramos encontrarnos alguna vez en la vida. Un cuerpo torneado lleno de cicatrices, dos poderosos brazos y piernas cubiertos de escamas de un negro profundo combinadas con rojas espinas, una cabeza llena de cuatro enormes cuernos que ostentaba un antifaz hecho de sus propias escamas y ocultaba un par de ojos color carmesí, llenos de ira. Todo envuelto en una armadura ligera, también creado a partir de sus láminas reptilianas. Sin embargo, lo más sobresaliente eran sus cuatro gigantescas alas, con el patagio teñido de un rojo vivo, como las llamas del Helheim, sin contar sus completamente avasalladores siete metros de altura que la elevaban como una torre.
Ella rugió con ensordecedora potencia salvaje, dándonos una muestra de su horripilante dentadura doble y la envergadura total de sus inmensas alas. Comprendí de inmediato las palabras de Jerkson. Era el golpeador lleno de odio, la bestia que roe las raíces de Yggdrasil, la serpiente que devora los cuerpos de los muertos en el Náströnd y se dará un banquete con los cadáveres de los caídos durante el Ragnarök. El monstruo proveniente de Nidafjöll cuyos dientes penetran toda coraza y escudo, el heraldo del fin de los tiempos, la fuerza destructora que incluso los Aesir temen. El epítome de la raza de los dragones, la subespecie más poderosa y el ancestro de la estirpe entera. Una verdadera leyenda viviente, frente a nosotras.
Una Nidhögg.
– "¡Yol…!" – Habló la reptil con profunda voz.
– "Ay, no…" – Protesté, aterrada. Esa palabra se hacía conocida.
– "¡Toor…!" – Continuó.
– "¡No, por favor no!"
– "¡SHUL!"
Una gigantesca llamarada salió de la boca de la dracónida, incendiando de inmediato todo a su alrededor, como un volcán en plena erupción. De todas las sorpresas que ese malnacido nos tenía preparadas, esta era la más peligrosa y letal. Fue precisamente una nidhögg la que sorprendió a las más grandes heroínas en Sparassus durante la guerra contra las empusas, arrasando con las filas de mi patria y requiriendo tres divisiones en su totalidad para detenerla. Mi antecesora, Serhilda, perdió tres piernas en la batalla, marcando el fin de su carrera militar como Gran Dama de la Orden Arachne, siendo la última Jaëgersturm en alcanzar un puesto militar tan importante. Maldije mentalmente mi suerte, la historia se repetía y las pesadillas del ayer habían regresado para acabar con el linaje de mi familia y el mundo entero.
Oh, Arachne mía, ten piedad de mi alma.
NOTAS DEL AUTOR: Justo cuando creemos que todo mejora, ¡una dragona salvaje aparece!
El año pasado, también en diciembre, concluí con un capítulo que marcaba el inicio de lo que sería la nueva vida de Aria Jaëgersturm. Cetania confesó sus sentimientos hacia la araña, ambas sobrevivieron a un atentado terrorista, la germana finalmente se le declaró a Lala. Ahora, el ciclo se completa cuando nuestra heroína se enfrenta a los monstruos que desencadenaron tal cadena de eventos, ya no como una simple ciudadana, sino como una agente entrenada. Un uróboros metafórico que simboliza el ciclo eterno, y que la aparición de una leyenda parece romper esa constante, ya sea la nidhögg o el nacimiento de las nuevas heroínas, como deseen tomarlo.
Sí, esto parece un videojuego donde vamos escalando rápidamente la dificultad hasta llegar a la jefa final. De ser así, me temo que los créditos se me han acabado y las infortunadas MOE únicamente cuentan con una sola vida. Pero sí, tenía mucho que deseaba escribir este episodio y revelar a la especie más poderosa de la raza dracónida, según las leyendas. Por supuesto, siguiendo con el tema de la mitología nórdica, el brutal Nidhögg fue el elegido para representar tan impresionante papel. Además, después de años de jugar The Elder Scrolls V: Skyrim, tenía que plasmar tantas horas derrotando lagartijotas, ¿no?
Völund Jerkson terminó siendo un auténtico hijo de puta que no sólo hizo sufrir a nuestras heroínas, sino a demasiadas personas desde que él decidió unirse a las filas del terrorismo internacional. Ergo, no es de extrañar que sufriera un castigo monumental a manos las protagonistas e incluso una de las rehenes a quienes torturó. Podrá haber parecido cruel, pero a pesar de tan dantesco escarmiento, Völund continuó viviendo, sin que las MOE quebraran su juramento o Sybille se volviera una homicida. Incluso con toda la cólera justificable, permanecieron reacias a cruzar esa línea que los diferenciaba de los sanguinarios fanáticos. Los héroes no matan.
Pero bueno, aunque hay más puntos que me gustaría discutir, creo que ya me extendí demasiado. Espero hayan disfrutado de esta entrega como yo me entretuve escribiéndola. Los invito a dejar sus opiniones y comentarios en la sección correspondientes, que saben que siempre son bien recibidas. Aprovecho para mandar un gran saludo a mis compañeros del grupo Los Extraditables: Paradoja el Inquisidor, Onix Star, Arconte, JB-Defalt y Alther, quienes siempre me han apoyado desde que los conocí y han seguido a mi lado a pesar de que el sentido común les dictaría que se mantengan al menos a diez países de distancia de mí. Siempre estaré agradecido por su ayuda y comprensión en estos largos meses que hemos creado este pequeño universo en el fandom de MonMusu. Y espero seguir haciéndolo por un buen tiempo.
Y con esto, queridas y queridos lectores, me despido de ustedes para tomarme mis vacaciones y regresar con las pilas cargadas el próximo año. Les agradezco profundamente que se tomen la molestia de continuar leyendo mis interminables tonterías y que se diviertan con mi humilde creación. Cada lector que me agrega a favoritos o su lista de seguimiento, es un tesoro, porque significa que mi trabajo les agrada lo suficiente para agregarlo a una colección. ¡Muchísimas gracias a todos y les deseo unas muy felices fiestas!
¡Y recuerden, si este 25 de diciembre escuchan sonidos raros, es sólo Aria dándole su regalo de Navidad a Lala! ¡Hasta el año que viene! ¡Obedezcan a la Gran Sirena y les traerá regalos, de lo contrario, los hará caer! ¡Auf Wiedersehen!
