NOTAS DE MERO: ¡Iä, iä! ¡Su Diosa Inmaculada está aquí!

Bien, leales súbditos, un nuevo año significan 365 días de seguir adorándome y mostrar eterna devoción hacia mi impoluta persona. Pero eso no es necesario recordárselos, pues ustedes siempre deben exhibir esa completa sumisión hacia su Salvadora Eterna, la única que les trae más capítulos de esta extensa e interesante historia. Yo no soy la protagonista (aún…), pero eso no demerita su valor.

En todo caso, he aquí la conclusión de este largo arco argumental, una gran lucha entre nuestras heroínas principales y la personificación del fin del mundo mismo. ¿Quién vivirá? ¿Quién caerá ante el enemigo? ¿Me juras fidelidad absoluta?

Oh, ¡y Feliz Año Nuevo! ¡Ahora, vuelvan a las minas de sal!

Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena garantiza entradas VIP al Valhalla! ¡No hay reembolsos!


NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE

CAPÍTULO 59


"Vendrá entonces el reino en el juicio final,

llegará poderoso, quien todo lo rige."

"Llegará volando el oscuro dragón,

la sierpe brillante, desde Nídafjöll;

llevará en sus plumas los muertos a Nidhögg.

Allí se hundirá."

– Völuspá, Edda poética, estrofas 65 y 66.

¡Yol toor shul!

Fuego.

El inflamable resultado del triunvirato conformado por calor, energía y combustible. La fulgurante chispa fundamental cuyo control le otorgó a las especies pensantes la llave para convertirse en las dueñas del planeta y subyugar a sus enemigos con un brillante ardor. Venerado desde tiempos inmortales, ya sea en su estado natural o su artificial creación, simboliza tanto la vida naciente como su destrucción, siendo la encarnación de pasión y energía en su estado más puro. Incluso yo lo llevo en mi abdomen arácnido, tatuado con un intenso rojo sobre mi ocre quitina, y convirtiéndose en el emblema de mi familia. Representa perfectamente mi espíritu de guerrera, mi orgullo de arachne y el calor de mi amor por las mujeres más importantes en mi vida.

Empero, ahora se había transformado en catástrofe completa.

De todos los peligros imaginables, al final nos tocó combatir a un dragón. Por si luchar contra una estirpe tan poderosa no fuera suficiente, el espécimen elegido para ser nuestro contrincante resultó ser una nidhögg, la especie primordial que dio origen a la raza entera y, como era de esperarse, la más letal de todas. Con sus imponentes siete metros de altura y la capacidad de arrojar calcinadoras llamaradas, la titánica dracónida era el mayor reto que cualquiera de nosotras, MON o incluso la Agencia Nacional de Policía entera hubiera pensado enfrentar. Habíamos tenido suerte hasta ahora, con enemigos que nos superaban en números, pero no tácticas, permitiéndonos sobrevivir.

Desgraciadamente, toda esperanza de salir incólume de tan funesto predicamento se había consumido entre las llamas de la gigantesca reptil. Nos entrenaron para hacerle frente a criaturas increíblemente resistentes, pero no prácticamente invencibles. Al menos, lo era para tres simples mortales armadas con munición limitada, exhaustas por las intensas batallas anteriores y heridas por estas. Yo y mis compañeras permanecimos paralizadas mientras los alrededores se venían abajo, envueltos en las flamas que ahora aludían nuestro ominoso final, fulgurándonos la existencia hasta transformarnos en irreconocible polvo inerte. Aciaga conclusión para un sacrificio tan grande.

– "¡Yol…!"

– "¡Cúbranse!"

Ordené a mis aliadas de inmediato al escuchar esas endemoniadas palabras que alguna vez creí pertenecían al ficticio mundo del entretenimiento electrónico, pero que ahora comprobaba su veracidad, de la manera más avasalladora. Cada vez que la nidhögg pronunciaba tal frase en idioma dracónida, de su inmensa boca, llena de una hilera doble de afilados colmillos, se liberaba una arrasadora pared de dantesco fuego, devorando todo a su paso como un flamante ariete de ferocidad pura, haciendo honor a su estirpe.

El suelo temblaba, las paredes se quebraban y el techo se venía encima, con la guinda de tan mefistofélico despliegue de furia concentrada siendo un ensordecedor rugido. Un salvaje producto de su colosal garganta inmune al fuego y sus cuerdas vocales reforzadas, logrando hacerse escuchar a kilómetros, marcando su territorio y seguramente alertando a sus congéneres de menor categoría. Sin contar que, como era de esperarse, nos congelaba hasta la médula ósea del horror. En verdad, el enemigo había guardado su mejor carta para el final. Völund, ya sin nada que perder, gritaba a todo pulmón al tiempo que se revolcaba en su demencia, carcajeándose como el psicópata que era.

– "¡Eso es! ¡Acábalas! ¡Destruye todo!" – Exclamaba Jerkson, totalmente imbuido en la locura. – "¡Que sufran, que sufran todos! ¡Cumple la profecía y haz que esta impía realidad sea purificada por el fuego del juicio divino! ¡Ese es nuestro destino! ¡Es nuestro único fin!"

Quizás fuera que dentro de la psiquis destruida de la dragona aún quedaran vestigios de algo más allá que ira concentrada, o quizás sólo estuviera harta de la insoportable risa del miserable terrorista, pero la reptil pareció entender el mandato del hombre que la había convertido en una esclava irracional y, acercándose a él, gruñendo con odio, dejó escapar un horrísono rugido que debió destruirle los tímpanos al malnacido. La piel del miserable se sacudía como si fuera un pedazo de papel en el viento y la saliva lo cubrió parcialmente. Völund detuvo momentáneamente su risa, antes de continuar. Entonces, y sin necesidad de proferir las palabras en su lengua ancestral, la nidhögg escupió su abrasador fuego sobre su antiguo torturador.

Pero no lo quemó por completo.

En lugar de descargar una fulgurante llamarada, la dragona profirió sólo una llama relativamente pequeña, suficiente para envolver a su enemigo, pero sin calcinarlo instantáneamente. Jerkson cesó de inmediato sus desquiciadas muescas burlescas para sumirse en una vorágine de lacerantes gritos e injurias a todo lo que su garganta daba mientras su piel se consumía abrasadoramente a fuego lento, retorciéndose violentamente, intentando apaciguar el infierno que le destruía el cuerpo con una dicotómica enjundia parsimoniosa. Estábamos aterradas; no por ver a un desalmado que obtuvo lo que merecía morir de manera tan cruenta, sino porque, después de todo, la mujer de brunas escamas todavía poseía suficiente conciencia para atacar a voluntad.

Y entonces, volteó a vernos.

No hubo tiempo de gritar una obvia orden de cubrirse, ya que tan pronto observamos la boca de la titánica mujer abrirse en nuestra dirección, corrimos hacia trayectorias indefinidas para escapar de su flameante tormenta bucal. A pesar de que nos hallábamos fuera del rango directo del fogonazo, el calor perforaba la capa de nuestros uniformes y hacía hervir la epidermis ignominiosamente. Parecía obcecadamente estúpido el que todo este tiempo hubiéramos permanecido inmóviles, sin tratar de huir de una situación totalmente desesperanzadora, pero la lógica había desaparecido junto con el suelo cuando una leyenda viviente hizo su aparición. Sólo un loco pensaría en liberar a una imparable máquina de destrucción absoluta, así que en nuestras cabezas no cabía siquiera espacio para reaccionar adecuadamente a la incoherencia mental que sucedía frente a nosotras.

– "¡Ah, fuck!" – Exclamó de repente Cetania. – "¡Help me!"

El chaleco de la rapaz había sido alcanzado por los escombros ardientes que caían del techo y el material se había incendiado. Era sólo una pequeña flama, pero se esparciría rápidamente mientras envolvía a mi amada arpía en su fulgurante ira. Intenté correr hacia ella pero un pedazo de concreto se desplomó justo frente a mí, bloqueándome el paso. La espinosa cola de la nidhögg, cuyo extremo terminaba en una maza ósea, como un anquilosaurio, pasó cerca de nosotras y besamos el suelo para evitar esa peligrosa porra caudal. Mientras el polvo se clareaba, pude ver a Dyne correr hacia la castaña y, con un sagaz movimiento, cortar las uniones del chaleco en llamas, liberando a la americana y conduciéndola lejos de la lluvia de escombros. Sonriendo porque mi estadounidense se hallaba a salvo, me incorporé y, tomando a mi ametralladora con brío, disparé directamente hacia los ojos de la dragona.

Por supuesto, eso sólo la hizo enfadar aún más.

Incluso siendo la tercera mejor tiradora de la Schutzpolizei de Weidmann y habiendo sido entrenada intensamente por prácticamente toda mi vida en el arte de las armas, el atinar a los globos oculares de una presa tan grande era sorpresivamente difícil. Mi blanco se movía constantemente y debía cuidarme de no quedar aplastada bajo alguno de sus miembros o los destrozos estructurales que continuaban cayendo, sin contar que el antifaz que poseía era completamente inmune a nuestras balas, así como sus férreas escamas faciales. Empero, si hubiera sido capaz de acertar mis 7.62 milímetros de plomo en sus córneas y lograra cegarle, mi objetivo real era llamar la atención de la nórdica para permitir a mis compañeras huir, al igual que las rehenes liberadas, que todavía continuaban en la zona de peligro.

Con sus ojos rojos concentrados en mí, la dragona usó sus monstruosas garras para convertirme en brochetas arácnidas, pero pude escapar gracias a mi velocidad. No pude disparar, siendo el esquivar a la liminal y sus destrozos mi principal prioridad mientras me reunía con mis compañeras. Casi me paralizo cuando la bola demoledora que era la cola de la poiquiloterma se alzó ominosamente encima de mí, lista para triturarme de un solo azote. Afortunadamente, Cetania no había abandonado su papel de ser mi ángel guardiana y, demostrando su maestría en el vuelo, clavó sus garras en una de las mejillas de la nidhögg, retirándose velozmente antes que las manos de la contrincante la apresaran.

No le hicieron el mínimo daño, pero distrajo suficiente a la oponente para permitirme alcanzar a Nikos. Las rehenes ya habían logrado salir de su escondite, dirigiéndose raudamente hacia la salida, lideradas por Sybille. Cuando la cola de la lamia, la más débil y lenta de todas, desapareció por la puerta, nos enfocamos en seguir llamando la atención de la dracónida. Nuestra amiga tarántula necesitaba tiempo para recorrer los largos pasillos de la estructura hasta conseguir llegar a la superficie. Y todavía, de poder alcanzarla, estarían en peligro mortal por la cercanía de la nidhögg. Aún quedaba el hecho de que necesitábamos contactar urgentemente a Smith o cualquier autoridad competente, especialmente el ejército, así que debíamos continuar molestando a nuestra adversaria y mantenernos vivas hasta que pudiéramos huir a toda velocidad hacia los pisos superiores.

Pero ignorábamos cuánto más resistiríamos.

Usábamos balas perforadoras, las de núcleo de cuproníquel que Zoe nos facilitó, pero incluso la piel humanoide de la contrincante era capaz de resistir el asedio de nuestros proyectiles. Estos penetraban la epidermis, pero apenas y eran un ligero escozor de mosquito para la dragona. En su estado demente, la droga y su furia aumentaban su tolerancia al dolor. La empusa y yo nos refugiamos tras una viga al escucharla proferir esas condenadas palabras que presagiaban otra llamarada. La falconiforme voló a toda velocidad cuando la nidhögg, sin dejar de expulsar fuego, alzó la boca hacia su dirección. Un pedazo del techo, de tamaño considerable, cayó encima de la cabeza de la vikinga, haciéndola rabiar y provocándole arrojar más fogonazos en direcciones aleatorias.

Observar la garganta dracónida hincharse al expulsar las flamas y ver parte de su saliva caliente manchar el suelo, con un rastro de humo siendo expulsado del líquido ardiente, era tanto hipnotizante como horripilante; una muestra del indomable poder que justificaba las leyendas, tanto escandinavas como las que permeaban el folklor de mi nación. Mientras la reptil rugía y destruía el resto del edificio, imbuida totalmente en su colérico trance, la halcón pudo descender sobre nuestra posición. Sin decir nada, le di un beso rápido antes de regresar a revisar la munición, cosa que mis aliadas emularon. No había tiempo para muestras de afecto o sentimentalismos, no en medio del infierno.

– "Treinta balas, todo lo que me queda. Perdí el resto cuando se incendió mi chaleco." – Mencionó la arpía, colocando un cargador nuevo en su fusil. – "Dime que tienes más, flaca."

– "Sírvete, Süsse." – Le arrojé mi bolsa de municiones. – "Contando la tira en uso, sólo me quedan doscientos cincuenta balas más para la MG3. ¿Dyne?"

– "Treinta cartuchos de escopeta y tres cargadores de MP5." – Replicó la aludida. – "¿Pero realmente importa? Esa dragona es inm-¡Carajo!"

La charla se vio interrumpida cuando la maza caudal de la escamosa impactó la viga metálica donde nos hallábamos, arrancándola del suelo como si de una mala hierba se tratara. Aterrorizadas, emprendimos la huída de ahí mientras la giganta arremetía vesánicamente con el resto del interior. Saliendo a la armería, nos apresuramos a abastecernos con toda la munición disponible, aunque después de literalmente volarla, no había mucho de dónde elegir. Por suerte, pude hacerme con una cinta más para mi ametralladora y un par de subfusiles UZI. Mis amigas también tomaron todo lo que pudieran conseguir antes que la nidhögg notara nuestra ausencia.

Explosivos, balas de materiales ilegales, todo estaba permitido. Aunque suene irónico, las leyes pueden tomarse un receso cuando la vida está en juego. Como esperábamos, la reptiliana derribó la pared que separaba las secciones, embistiéndola como un toro. Ninguna de las rehenes liberadas estaban a la vista, por lo que supusimos que se habían escabullido desde hace mucho. Sin nada que nos atara a quedarnos, proseguimos en nuestro intento de alcanzar la superficie. La poiquiloterma hizo otro despliegue de su habilidad con el fuego y nostras respondimos con el nuestro, por muy fútil que aquello pareciera.

– "¡Tratemos con la nariz!" – Exclamé, arrojando ráfagas hacia la zona mencionada, sin dejar de moverme. – "¡Se valen de una respiración eficiente para crear llamas poderosas!"

– "¿Les enseñan todo eso en Sparassus?" – Cuestionó la mantis, usando su subfusil.

– "¡Correcto! ¡Y si no podemos detenerla, al menos mermaremos su arma más peligrosa!"

Claro que, en el caso de una dragona primordial, ella era un arma en sí. Si no perecíamos calcinadas, serían sus dientes, garras, maza caudal o infinidad de espinas que recorrían sus escamas quienes nos dieran final. En el fondo, sabíamos que únicamente podíamos retrasar lo inevitable, ganar segundos para distanciarnos lo más posible de volvernos la cena de un dragón iracundo; pero mientras nuestro corazón latiera, seguiríamos luchando, incluso si la victoria era pírrica. Era nuestro juramento, nuestro deber; lo correcto.

Y lo correcto duele.

Concentrando nuestro fuego en la zona nasal de la nórdica, logramos herirla, creando una incisión en su fosa derecha. Fue un tiro de suerte, ya que muchos proyectiles rebotaban en la impenetrable coraza del antifaz que protegía la parte superior de su nariz. Eso la disgustó, demasiado. Rugiendo, exhaló otra destructiva ola flameante al techo y, de un soberbio puñetazo, lo fracturó, dejando caer pedazos en llamas sobre nosotras. Cesamos de disparar y simplemente huimos, con el fuego alcanzando nuestras ropas. Correr avivaba la lumbre y no podíamos detenernos. Yo era la que menos problemas tenía, siendo mi quitina resistente, pero Cetania era la más afectada, con sus plumas siendo inflamables.

– "¡You bitch!" – Vociferaba la rapaz, agitándose fútilmente. – "¡Fuck you, fuck y'all!"

La dracónida respondió a las vituperaciones de la castaña expulsando ráfaga tras ráfaga de ignominioso fuego infernal, con la curvatura de las paredes y el estrecho pasillo siendo nuestra única ventaja contra la furibunda adversaria. Cuando llegamos a la bifurcación de caminos, la que llevaba hacia la superficie, divisamos a las liminales liberadas, todavía intentando escapar, ralentizadas por sus propias heridas. Apreté los dientes, la reptil se acercaba demasiado rápido y no podíamos forzar a las debilitadas fugitivas a moverse con mayor celeridad. Con la reptiliana habiendo atorado sus dos pares de alas en las paredes y nosotras apagando las llamas de nuestros uniformes, cubrimos la retaguardia de las rescatadas mientras discutíamos qué acción tomar.

– "¡¿Qué rayos hacemos ahora?!" – Interrogó la falconiforme. – "¡Esta perra no nos dejará en paz ni un segundo!"

– "¡Seguirla atacando, atraerla para desviar su atención de las rehenes!" – Respondí, revisando mi cinta de munición. – "¡Que nos siga hasta la oficina de Völund! ¡Daremos un rodeo y volveremos a la salida!"

– "¿Piensas que esa bestia nos dejará el camino libre?" – Preguntó la griega. – "¿O que el maldito sitio no nos caerá encima primero?"

– "¡Sé que es una locura, pero nuestra prioridad es el bienestar ciudadano!" – Reafirmé, cerrando la tapa del arma. – "¡Ya sabíamos que íbamos a morir de una manera u otra! ¡Al menos, hagámoslo como heroínas!"

– "¡La gloria se disfruta estando viva, flaca!" – Acotó la americana. – "¡Y el ser mártires es una terrible compensación para quienes amamos! ¡Carajo, ni siquiera a Lala le gustaría tener que transportar tu alma al Estigia!"

La nidhögg logró zafarse y continuó su marcha de destrucción hacia nosotras. Contemplar esa masa de músculos y rabia dirigirse en nuestra dirección, demoliendo todo a su alrededor con su sola presencia, siempre sería la vista más aterradora que pudiéramos concebir. Y también, la perfecta representación lacónicamente gráfica del peligro al que habíamos aceptados combatir; la amenaza de la cual juramos proteger a quienes nos importaban. El veredicto estaba dado. Las tres nos miramos y, aunque fuera con renuencia, mis aliadas optaron por luchar a mi lado. Sonriendo, jalé la palanca de carga de mi Maschinengewehr 3 y asedié el rostro de la dragona con ráfagas de tres disparos, tanto para ahorrar munición como para mantener la puntería estable en movimiento.

– "¡Apunten a los ojos!" – Ordené. – "¡Sus córneas son a prueba de fuego, no balas!"

Con tres cañones entrenados escupiendo sus letales proyectiles al mismo tiempo, las probabilidades de atravesar la capa protectora de sus globos oculares eran mayores. Empero, la reptil no se quedaría quieta, esperando a que la cegáramos y continuaba arrojándonos esas dantescas llamaradas, obligándonos a parar nuestros ataques para buscar cobertura. Aunado a ese antifaz y los escombros que no cesaban de caer, Tique y su fortuna no nos sonreirían pronto. Como planeamos, logramos evitar que la poiquiloterma dañara a las rehenes y alcanzamos recorrer vivas el corredor que daba directo a la oficina de Jerkson. No es que esperáramos hallar algo que nos sirviera, pero sabíamos que había salidas de emergencia que podrían sernos útiles.

El lugar era más estrecho y el material reforzado, emulando al de los búnkeres, pudo ralentizar a nuestra implacable perseguidora. Aquello serían buenas noticias si no fuera porque el reducido espacio significó que la oficina se convirtió en uno de los dantescos círculos infernales tan pronto la nórdica exhaló otra de sus ráfagas mefistofélicas, saturando el oxígeno de gases inflamables. Si no moríamos incineradas, nos ahogaríamos intoxicadas.

El albugíneo mueble de lustrosa madera que conformaba el escritorio de Völund se partió en dos, crujiendo estrepitosamente, igual que el resto de la sala. Las cortinas persas, las arabescas alfombras y las vigas barrocas que creaban ese distintivo collage cosmopolita se habían unido en una sola amalgamación de cenizas y polvo. Bellas creaciones, frágilmente devoradas por el odio, la perfecta metáfora para todo este conflicto. Desgraciadamente, el pasillo que conectaba hacia el laboratorio estaba bloqueado por una enorme llamarada, dejándonos con nulas opciones de escape.

– "¡Cetania, ¿dónde está la salida de emergencia?!" – Le pregunté a la halcón, colocándome mi máscara antigás. – "¡La que usaron las cuervos!"

– "¡Detrás de esa dragona!" – Replicó ella, habiéndosela puesto primero. – "¡A menos que nos conceda permiso, estamos atrapadas!"

– "¡Nada de eso, Peaches!" – Contestó la helénica. – "¡La salida al pasillo está ahí mismo! ¡Que un poco de fuego no nos detenga!"

– "¡Mis plumas se abrasarían!"

– "¡Eso es!" – Exclamé, iluminada. – "¡Yo te sostengo, Süsse! ¡Mi quitina no es fácilmente inflamable!"

– "¡Me preguntaba cuándo te darías cuenta, cabeza dura!" – Dijo la mediterránea. – "¡De prisa, muévanse!"

Corriendo hacia la arpía y abrazándola con todas mis fuerzas, aceleré en reversa hacia la pared de fuego que nos separaba del Cócito y el escape al Limbo. Y aunque no fuera Virgilio guiando a Dante fuera del reino infernal, me arrojé con el mismo ímpetu hacia las flamas, protegiendo a mi amada nativa de Montana en brazos. Duró apenas una fracción de segundo, conmigo dando un brioso salto para acelerar el proceso, pero el calor casi me carboniza la epidermis, sin contar que mi atavío y munición estaban en peligro de incendiarse también. Afortunadamente, el ínfimo instante no permitió combustión alguna y mi salto resultó incólume. Depositando a la estadounidense en el suelo, sana y salva, las tres continuamos nuestra huída.

Y entonces, la fenrir regresó.

Casi olvidaba que el camino conducía a la habitación donde la lupina y yo combatimos a muerte. Y ahora, la loba, Kia Ulfsark, había regresado con el pelo erizado y las cicatrices sangrantes cubriéndole todavía el cuerpo desnudo. Gruñía, con saliva escapando de su boca y cayendo al suelo, como si de un animal rabioso se tratase. Sus ojos todavía conservaban esa furia demencial, producto de la droga y el deseo de venganza que hervía en su alma. Nosotras le apuntamos de inmediato con nuestro arsenal, sin que eso le hiciera desistir de su obvio afán de luchar, asumiendo posición de batalla, tercamente fiel a su vikingo linaje. Una adversaria admirable, lo admitía, pero ese no era el momento para el orgullo nórdico.

El horrísono rugido de la nidhögg le hizo recapacitar.

Bastó escuchar el monstruoso clamor de la dracónida voz para que la canina saliera de su trance momentáneamente. Ella debió oírlo desde hace mucho, pero ahora el bramido bestial venía acompañado del temblor provocado por los puñetazos de la dragona, junto a una fulgurante ráfaga incendiaria que nos hizo compactarnos lo más posible al suelo para evitarla. No había mejor antídoto para su exacerbación que otra criatura del Ragnarök. Estupefacta, la lupina nos ignoró de inmediato y huyó hacia el lugar más seguro que conocíamos.

O eso creímos.

En lugar de seguir al sentido común y resguardarse de la ira de la nidhögg, Kia se lanzó directamente en su dirección. Mientras corría, emitió un grito que palidecía en comparación de potencia contra la dragona, pero que contenía la misma vehemencia fanática. Dio un poderoso salto a través de la pared de fuego, con garras extendidas, sin duda decidida a morir luchando contra el enemigo más poderoso que pudiera encontrar. Sí, estaba completamente loca, pero, demonios, tenía el corazón de una guerrera vikinga. No nos quedamos a esperar el predecible final, y continuamos con nuestra escabullida. Aún así, me tomé la molestia de voltear hacia atrás y mostrar un saludo marcial a la lupina; al menos, logrará ganarse su entrada al Valhalla.

– "¡Por aquí! ¡Puedo oler la lluvia!" – Indicó la rapaz hacia un hueco en el techo. – "¡Es estrecho, pero quizás podríamos caber!"

– "¡Tú primero, Süsse!" – Ordené. – "¡Lleva el mensaje hasta cualquier autoridad! ¡Descuida, estaremos bien!"

– "¡No quiero abandonarte, Aria!"

– "¡Es nuestro deber!"

– "¡Maldita sea, muévanse! ¡Ya se acerca!" – Vociferó la mediterránea. – "¡Peaches, lleva el puto mensaje de una jodida vez o yo misma te disparo!"

– "¡Vale, vale, ya voy!" – Se apresuró la aludida. Nos dio sus armas. – "¡Las necesitan más que yo! ¡Resistan hasta que regrese!"

– "Tranquila, no iremos a ningún lado." – Nikos cargó una granada de fragmentación en el rifle de la castaña. – "Buena suerte, Peaches."

– "I'll be back." – Declaró la falconiforme, escalando.

Así, la halcón se retiró rápidamente mientras yo y la pelinegra aguardábamos nuestro turno. Con ella ya habiendo recorrido parte del tramo, llegó el turno de la mantis. Dándome el M4A1 de la americana, la empusa empezó a subir por la escalera metálica. No esperaba hacer mucho con el arma, pero una granada de fragmentación bien colocada dentro de la garganta de la dragona podrían dañarla gravemente. Sabía que era esperar demasiado, pero no podía dejar que mi moral decayera en un momento tan crítico. Por lo menos, podríamos aguantar hasta que los refuerzos volvieran; todo dependía de que nos sostuviéramos a la más pequeña y exigua esperanza.

Pero la nidhögg se encargó de destruirla.

Con un brutal puñetazo, la escamosa mano de la reptil atravesó las paredes de concreto y, para nuestra desgracia, arrasó con la salida, bloqueándola. Estuvo a centímetros de empalar a la helénica con sus garras. Dyne, herida su hombro por una de las espinas que cubrían a la mano de la poiquiloterma, se soltó de inmediato, sosteniéndola yo antes de que impactara el suelo, y raudamente nos retiramos del lugar. Maldecimos nuestra suerte, la bestia nos tenía donde quería y desconocíamos si todavía contábamos con ruta de escape alguna que haya sobrevivido a la demolición de la dracónida. Todo se venía abajo.

Incluso yo.

Un trozo del techo cayó encima de mí, justo sobre mi segundo tórax, la parte más vulnerable de mi cuerpo. Perdí fuerza en mis ocho piernas y pedipalpos, desplomándome de inmediato. No me quebró la quitina, siendo esa parte la más reforzada también de nuestra anatomía, pero el golpe fue contundente, paralizándome. Mascullando, la mediterránea me arrastró con todas sus fuerzas al tiempo que el resto del sitio continuaba derrumbándose. Una ráfaga llameante fue expedida por nuestra hostigadora, recorriendo el pasillo y, aunque no nos dio directamente, incendió mi chaleco. Era una flama pequeña, pero pronto se extendería.

– "¡Por Hécate, Jaëgersturm! ¡Estás más salada que el Mar Muerto!" – Me reprimió la pelinegra, jalándome, desesperada. – "¡Resiste las llamas, no podemos detenernos ahora!"

– "¡Perdona por esto, Dyne! ¡Mi cuerpo no responde bien!" – Intenté moverme, sin éxito.

– "¡En verdad que ustedes, arañas, sólo son problemas para mí!" – Disintió con la cabeza. – "¿Puedes disparar?"

– "Lo intentaré." – Encañoné el fusil, mirando hacia atrás. – "Gracias por no dejarme atrás, grillita. Prometo recompensarte si salimos vivas."

– "¡Tramposa, sabes que no lo haremos!"

– "En ese caso, le pediré a Lala que nos reúna a todas en la otra vida."

– "¡¿Pasar la eternidad cerca de ti?! ¡No me hagas soltarte, Potato!"

– "Sí, definitivamente somos como hermanas." – Reí. Entonces, gruñí por el calor. – "¡Scheisse, ahora sí me estoy quemando!"

– "¡Aguanta, ya casi llegamos!"

Recuperando poco a poco mi movilidad, logré controlar mis piernas traseras y auxiliar a la heroica oriunda de Lesbos en el escape. Alcanzamos la entrada improvisada al laboratorio, donde todo comenzó. La historia se repite, pero esperábamos no ser parte póstuma de ella prematuramente. Con algo de tiempo ganado, la helénica tomó su propio chaleco para sosegar las llamas en el mío. Agradeciéndole y sintiéndome con las energías recuperadas, me incorporé y preparé la ametralladora, dándole el rifle a ella, todo sin parar de correr. 'Retirada', la palabra que ningún soldado desea escuchar de su propio bando, pero que es necesaria, por mucho que el orgullo se sienta herido. Vivir para luchar otro día, aquello valía más que el sacrificio. Dimos otro rodeo y llegamos hasta la bifurcación central.

– "Gracias a Niké." – Sonrió la empusa. – "La salida sigue intacta. ¡Acelera, araña!"

– "¡Súbete encima de mí, te lo debo por ayudarme! ¡Cúbreme la espalda mientras tanto!"

– "¡Detesto hacerlo! ¡Tu quitina me lastima el trasero!" – Obedeció, de todas maneras. – "¿Crees que Peaches logre contactar a la Jerarca a tiempo?"

– "Eso espero. Joder, ojalá traigan a toda la JGSDF con ellas." – Externé. – "Y de paso a la Marina, Fuerza Aérea, la Guardia Imperial, TALIO, BrutalCorp; incluso a esa condenada wyvern que siempre quiere matarme."

– "¿Para ver pelea entre dragones o para que te ejecute primero?"

– "¿Por qué no ambas?"

– "Confieso que, aunque encuentro tu irrisorio sentido del humor nulamente gracioso, no me aburre." – Declaró. – "Me recuerda cuando escuchaba practicar a Olympia. Era pésima, pero no me desagradaba, porque lograba entretenerme."

– "Dyne, no vamos a morir." – Afirmé. – "No es necesario que me compares con tu tesoro más preciado."

– "No te comparo con Oly, sino con sus errores. Eres un fallo bastante entretenido."

– "¿Es eso un halago o un insulto?"

– "¿Por qué no ambos?"

– "Oh, verpiss dich, grilla fastidiosa."

Era un momento bastante inusual para intercambiar nuestras típicas mordacidades, pero esos actos cotidianos eran necesarios para mantener la cordura. Nuestros fuertes latidos y el sudor que nos recorría la epidermis revelaban lo que en nuestro interior deseaba exteriorizar, pero no podíamos dejar salir, no en medio de la misión. La mente de un soldado en batalla necesita aferrarse a la familiaridad, sentirse que aún en casa, o corre el riesgo de perderse dentro de su propio miedo. La desesperanza es veneno, y una palabra, una sonrisa, cualquier acto, por más insignificante que pareciera, era vital.

Y también lo era el regresar a la superficie.

Ver la escasa, pero existente luz al final del pasillo fue apoteósico, como si hubiéramos ascendido por las ramas de Yggdrasil desde el Niflheim hasta Asgard. Quizás no nos guiarían valkirias hasta los Aesir a las puertas de Fólkvangr, pero igualmente nos sentíamos afortunadas de probar la ambrosía de la libertad y el privilegio de respirar el aire, que aunque cargado del pestífero olor del plomo, óxido y sangre, se sentía como una panacea comparado con el exceso de sofocante dióxido de carbono a temperaturas excesivas. La griega se bajó de mí y ambas buscamos por rastros de las rehenes al tiempo que nos hacíamos hasta las afueras de la fábrica. La única iluminación provenía de los relámpagos en el cielo y el vago resplandor detrás de las negras nubes tormentosas, así que nos apoyábamos en nuestros lentes de visión nocturna, que en verdad habían probado ser resistentes hasta ahora.

– "¿Suerte alguna con la radio, pimientín?" – Le pregunté a mi compañera.

– "Negativo. No sé si es la lejanía o la tormenta, pero la señal está muerta." – Contestó, mirando alrededor. – "¿Ves a alguna de las rehenes?"

– "Nein. Son listas, dudo que ellas quisieran quedarse aquí, tormenta o no." – Contesté. – "Deberíamos irnos también, pero esa dragona no nos dejará en paz."

– "Debiste darle un beso a Cetania antes de despedirte, Jaëgersturm. Cuando ella regresé, ya no estarás aquí."

– "Gracias por el apoyo, grillo pesimista. ¿Por qué no nos ahorramos el sufrimiento y nos matamos mutuamente?"

– "Lo decía porque escaparemos en uno los camiones que están afuera, garrapata fatalista." – Esclareció, sardónicamente. – "Uno de esos bastardos tenía una llave, supongo le funcionará a algún transporte."

– "¿Qué hay de las rescatadas?"

– "Tú misma lo dijiste; si son listas, ya estarán lejos. Quizás las hallemos en el camino."

– "Espero tengas razón." – Suspiré. – "Te sigo, tiburona."

Sonriendo, apresuramos (todavía más) el paso y corrimos hasta la salida más cercana. Empero, ese fue el momento en que el optimismo, que se desarrolló durante nuestra corta charla, se extinguió cuando los temblores a los que nos habíamos acostumbrado se transformaron en estrepitoso estruendo al emerger nuestra gigantesca hostigadora de la planta baja, destrozando el suelo y emitiendo otro ensordecedor rugido que penetró lastimosamente nuestros tímpanos. Nos retiramos las gafas nocturnas, el fuego que ella arrojó directamente hacia nosotras era iluminación suficiente, fungiendo también como advertencia para que abandonáramos tan pronto nos fuera posible. Saltamos en oposiciones opuestas para esquivar esa descarga calcinadora.

Con un alcance de aproximadamente quince metros y con un tiempo de recarga bastante bajo, las llamaradas de la nidhögg podían convertirnos en polvo mucho antes que pudiéramos siquiera intentar correr de nuevo. Sabiendo que nos hallábamos acorraladas, pero aún sin saber dónde nos encontrábamos exactamente, la dracónida optó por incendiar todo. Aguardamos en nuestros lugares, inmóviles, patidifusas, esperando a que las vigas metálicas que consistían en nuestra única barrera entre nosotras y el aliento mortal de la reptil soportara lo suficiente. Más que temerosa, me sentía furiosa; la incapacidad de actuar era un desmoralizante golpe a nuestro orgullo como guerreras.

Por un ínfimo segundo, tuve el impulso de devolverle el fuego, pero logré mantener la cordura. Les prometí a Lala y Cetania que regresaría a su lado, no podía dejar que las ínfulas de la soberbia me hicieran cometer alguna estupidez. Las llamas impactaron la columna a mi espalda, calentándola tanto que pude observarla tornarse lentamente al rojo vivo. Para colmo, la maza caudal de la dragona proseguía su trabajo de bola demoledora, dejándonos caer pedazos de metal y concreto encima. Ella se acercaba a cada segundo, asegurándose de no dejar nada intacto a su paso.

Con otro violento golpe de su cola, lastimándome los oídos del impacto, la nórdica dobló la viga, como si de un pedazo de masilla se tratara. Para dejar en claro aún más su superioridad física, tomó con ambos brazos el metal y lo arrancó del suelo, arrojándolo hacia una pared, derribándola. No supe si la humedad que sentía era la torrencial lluvia que caía o si mi vejiga había tenido una fuga prematura al contemplar en terror cómo la nidhögg se cernía. La titánica sombra que proyectaba oscureció todo a mí alrededor, con sus letales dientes y rojos ojos brillando por los relámpagos en el cielo.

Dyne acudió a mi rescate, disparando su MP5 y la M4A1 en cada mano, corriendo para llamar la atención de la dragona. Una de las balas le dio en los dientes, y aunque no sería suficiente para arrancarle el grueso colmillo, creó una aguda incisión que le hizo voltear en dirección de la pelinegra. Aquello me sacó de mi trance y, blandiendo mi MG3, abrí fuego hacia uno de los globos oculares de la bestia. A pesar de la cercanía, el ángulo y ese endemoniado antifaz protegieron su córnea. Aún así, algunos proyectiles le dieron en el párpado, dilacerándola aún más.

Pronto, la mantis y yo nos unimos en un baile semi-sincronizado, dando vueltas alrededor de la poiquiloterma, ametrallándola con todo nuestro arsenal. No era sencillo, pues la cola, sus espinosas escamas y las llamaradas continuaban siendo una seria amenaza. Pudimos mantenernos vivas para juntarnos y resumir la fuga. Empero, la dragona, más que vesánica, usó sus dos puños y, descargando su inconmensurable poder, golpeó el suelo de manera que la onda expansiva abrió y levantó el piso, haciéndonos caer. Cuando parecía que obteníamos cierta ventaja, el enemigo se encargaba de destruir todas nuestras oportunidades. Sin dejarse derrotar fácilmente, Nikos usó el M203 del rifle de asalto para arrojar una granada de fragmentación hacia el rostro de la adversaria.

No le hizo nada.

La explosión esperada no se materializó debido a la corta distancia, dándole tiempo insuficiente al detonador para activarse, rebotando inocuamente sobre la piel de la dracónida. Hubo un par de incómodos segundos donde el único sonido fueron la lluvia del exterior y el patético eco del inofensivo proyectil cayendo al suelo. El mutismo ambiental fue reemplazado por un violento rugido de la reptil, más que harta de seguir siendo distraída por dos enanas y sus ridículos juguetes. Escupiendo flamas, creó una barrera circular detrás de nosotras. Cercadas, ella alzó una de sus patas, dispuesta a deshacerse de ambas como las cucarachas que éramos.

– "¡Get fucking down!"

No puedo asegurar si hice caso a tales palabras en anglosajona lengua por instinto o voluntad propia, especialmente desde que, debido a los acúfenos provocados por el bramido de la nidhögg, llegaron a mis tímpanos como un susurro lejano, pero me alegré de que yo decidiera colocar mi mano en la espalda de la mediterránea, obligándola a agacharnos de inmediato. La zona fue iluminada por un cegador destello que rivalizó a los provocados por los truenos del monzón, seguido de un horrísono estallido que silenció todo sonido posterior, sin contar un abrasador calor que pudo opacar al de la dragona. Logrando acomodar mis pensamientos, volteé en dirección de donde esa profética voz provenía. Sonreí.

Cetania nos había salvado.

Con ayuda del lanzacohetes M2 Carl Gustav, la rapaz logró impactar el cuerpo de la gigante, dañándola visiblemente. El misil HEAT, diseñado para penetrar blindajes de los carros de combate, había detonado en una de las cuatro alas de la reptil, destrozándola en el proceso y creando hoyos en el patagio de la otra. Las férreas escamas de su armadura, aunque aún manteniéndose la mayoría en su lugar, habían sido pulverizadas, con algunos pedazos siendo arrancados y exponiendo la piel debajo, expuesta, achicharrada. Fue un golpe devastador, el primero que en verdad nos recordaba que incluso las leyendas no son inmortales. Era nuestra oportunidad.

– "¡Feuer frei!"

En ocasiones, se necesita de un milagro para que la esperanza se recupere en medio de la inicua futilidad. En nuestro caso, fue necesario un proyectil anticarro para sacarnos de nuestro escondite y motivarnos a defendernos propiamente. No era invulnerable, la nidhögg no era una pesadilla indestructible; podíamos ganar. La moral había regresado, la adrenalina nos recorría nuevamente el sistema circulatorio y el deseo de regresarle el dolor que nos había infligido nos brindaba determinación suficiente para tratar de intercambiar los papeles. Volando hacia nosotros, a la castaña se le fue facilitada su M4A1 y se nos unió en el triunvirato de tiro, asediando sin piedad la carne calcinada y herida de la dragona con nuestra tormenta de plomo proveniente de todo el arsenal disponible, haciéndola, por primera vez en todo el encuentro, retroceder.

Fue glorioso.

Avanzar parsimoniosamente, decididas, inmutables, jalando el gatillo para contener a una dracónida descomunal es quizás uno de los momentos más memorables de mi vida. Y tenía efecto, en verdad funcionaba. Era una hazaña que sólo se puede esperar en la ficción, en las fantasías más imposibles que se pudieran conjeturar con idílico ahínco. Pero ahí estábamos, enfrentándonos al terrible dragón legendario igual que el Sigfrido derrotando a Fafnir o la valiente Helga Langschwert neutralizando a una aciaga nidhögg durante el asalto de Palystes, cuyo monstruoso esqueleto reside en el museo de Himmelsrand. Era nuestro pequeño minuto para brillar como las laureadas heroínas que el mundo esperaba que fuéramos, el ínfimo rayito de fe que nos iluminaba en la noche más oscura.

– "¡Yol…!"

Excepto por eso.

Nuestro optimismo despareció en una combustión instantánea, cortesía del despliegue de poder más directa que la reptil poseía, reiterando su posición como la depredadora alfa. Abracé a Cetania con brío al tiempo que nos arrojábamos hacia la cobertura más cercana para evadir la llamarada. Nikos también lo hizo junto a nosotras, aterrizando sobre la falconiforme, lastimándose parcialmente la espalda baja con sus garras. La halcón se disculpó y, soltándose de mi agarre, se incorporó para intentar darle con una granada de fragmentación. Fue la mantis quien la jaló de nuevo al suelo, salvándola de ser achicharrada por otra descarga fulgurante. Aprovechando el trance furioso de la dragona, donde destruía todo al azar y sin prestar atención, huimos a toda velocidad de ahí. Llegamos al punto donde el techo había sido volado por un misil anterior y la lluvia nos caía encima, aunque también mitigaba parte de las llamas.

– "¡¿Qué haces todavía aquí, Peaches?!" – Le cuestionó la empusa. – "¡Se supone que debías buscar ayuda!"

– "¡Está lloviendo, no puedo volar con las plumas mojadas!" – Respondió ella. – "¡Y si no me hubiera quedado, esa perra las habría convertido en puré!"

– "¡Y te lo agradecemos, Süsse! ¡Fue un excelente disparo!" – La congratulé. – "¡Aunque casi nos fulminas a nosotras! ¡Debiste darle cuando estaba más alejada!"

– "¡Ay, perdón por tener qué descifrar cómo usar ese condenado lanzacohetes en la oscuridad! ¡Sólo te salvé la vida, araña malagradec-Mff!"

– "Te amo, Cetania." – Reiteré, después de tomarla en brazos y besarla, sin dejar de moverme.

– "Aria…"

– "¡No es momento para cursilerías, besuconas!" – Nos recriminó la helénica. – "¡Peaches, ¿sabes si las rehenes están bien?!"

– "¡Roger, Pepper! ¡Yo misma las guié hasta la otra fábrica! ¡Están cansadas, pero a salvo!" – Confirmó la americana. – "¡Los transportes siguen afuera, ¿podemos conducirlos?!"

– "¡Afirmativo!" – La pelinegra mostró la llave. – "¡Sonará a un plan idiota, como los que tiene Potato…!"

– "¡Hey!" – Protesté.

– "¡…Pero podemos conducir y guiar a la nidhögg lejos de aquí!" – Prosiguió. – "¡Ya sea por el tamaño, el ruido o el fuego que nos lance, logrará alertar a cualquiera que la vea!"

– "¡Quizás podamos contactar a Smith!" – Agregó la estadounidense.

– "¿Pero acaso podremos escapar a tiempo?" – Interrogué. – "Incluso con un ala menos, la dragona puede seguir volando."

– "Tenemos oportunidad. No podrá maniobrar bien en el aire con esa herida." – Aseguró la arpía. – "Estará fuera de balance y su velocidad se reducirá si vamos a contraviento."

– "Vale. ¿No tienes otro cohete, por si las dudas?"

– "Sorry, Blondie, sólo había una carg-¡FUCK!"

Uno de los relámpagos iluminó desde atrás, revelando una ominosa sombra que se agrandaba a cada segundo, haciéndonos voltear y abrir los ojos hasta casi desorbitarse. Como si en verdad deseara comprobar que la teoría de la rapaz era errónea, y vengarse por ese tenaz ataque, la dracónida hizo gala de su habilidad superior de vuelo y se lanzó hacia nosotras con celeridad, extendiendo su mano para apresar a la castaña, quien se encontraba directamente a su alcance. Arrastraba las garras en el suelo, creando profundos surcos en éste, una excelente táctica psicológica para paralizarnos implícitamente con esa demostración de su poder. Reaccionando con mis reflejos arácnidos, me impulsé para empujar a la falconiforme y dejarla fuera del paso de la escamosa y letal mano de nuestra oponente.

Me atrapó.

Cetania estaba a salvo, ofreciéndome yo como el sacrificio de la nidhögg, quien sin importarle que no fuera su blanco esperado, me sostuvo férreamente, asfixiándome, pero no estrujándome. Sin titubear, atravesó la pared de la factoría y, con un vigoroso aletazo triple, se elevó a los oscuros cielos de la noche plutónica. La humedad de recibir la gélida precipitación encima no se comparaba al congelado sudor que emanaba de mi cuerpo al verme elevada a decenas de metros del suelo, acrecentando mi acrofobia conforme el paisaje terrestre disminuía al continuar ascendiendo. Odiaba las alturas, pero más detestaba no poder hacer nada más que observar indefensa, como una patética muñeca de trapo. Lo peor, desconocía con qué propósito ella había decidido tomarme como rehén. Entonces, la antorcha del Olimpo se encendió.

– "¡Du arschloch, me estás usando de carnada!"

Un señuelo, la manera más fácil de provocar al enemigo. La desgraciada había invertido soberbiamente los papeles y era ella quien ahora jugaba a fingir una huída conmigo para atraer a mis compañeras. El hecho que volara a velocidad relativamente baja y escupiera ráfagas infernales por intervalos, a manera de faro, eran prueba evidente de su estratagema. Gruñí, no debía subestimar la inteligencia de mi alevosa adversaria. Por mucho que su mente haya sido torturada hasta volverla un animal rabioso descontrolado, aún podía fraguar maquiavélicos planes. Parecía absurdo que una criatura tan majestuosa urdiera una artimaña tan relativamente complicada para deshacerse de tres insignificantes insecto, pero, como exhibía su ala perdida, habíamos probado que nuestro tamaño no era impedimento para representarle una amenaza.

Después de un par de minutos, pude distinguir el destello de algo moviéndose en el lejano suelo, con un parpadeante haz de luz serpenteando que denotaba su errática trayectoria. No había duda, mis aliadas nos estaban siguiendo en uno de los transportes. Les agradecía por querer rescatarme, pero maldije a mi captora por desempeñar su plan como ella esperaba. Confiaba en que mis amigas dedujeran las intenciones de la dragona, que, aunque perspicaz, no era precisamente sutil, con sus expulsiones flameantes aumentando de intensidad al notar al camión que nos perseguía.

La dracónida tenía el poder de eliminarnos de la manera que deseara en cualquier momento, pero se decantaba por jugar con nosotras, gastando tiempo y energía en tres insignificantes insectos. Y lo hacía porque podía, porque sentía la inflexible necesidad de probar su preponderancia a todo ser viviente que lograra quebrar su insular escudo de orgullo, por insignificante que pareciera. Porque, al final, poseía el sentimiento que caracterizaba a toda su estirpe, sin importar especie:

Soberbia.

Las ínfulas de los humos de su vanagloria eran un axioma de su existencia, algo que yo, como depredadora, podía comprender. Y muy, muy en el fondo, podía apoyar. Las arachnes no somos muy diferentes en cuanto a arrogancia, si mi nación fascista es la prueba más evidente de ello. Diablos, yo misma he tenido mis episodios de engreimiento, siendo la tortura del miserable de Jerkson el pináculo de mi jactancia envuelta en la fatuidad de la venganza. Gruñí inaudiblemente, odiaba reconocer que la dragona y yo podíamos ser la misma clase de bestia ampulosa.

Lo único que me mantenía los pies en la tierra, dentro de la línea moral, eran mi dignidad como persona y el saber que decepcionar a mis seres queridos sería inaceptable para una soldado como yo. Lala, Cetania, MON, mi familia, el hogar Kurusu; todos ellos eran mis anclas a esta vida, mi raison d'être, el motivo primordial para no rendirme.

Ahí, mientras surcábamos los borrascosos vendavales en un inusual momento de calma en medio del caos imperante que nos envolvía, medité sobre la razón de la reptil para continuar esta destructiva lucha a pesar de que había escapado del yugo de su torturador e incluso ejecutado personalmente. Más allá del control mental, el cual obviamente Jerkson jamás pudo imponer en ella, o de su petulancia inherente, no había razón plausible para que una mujer tan poderosa y regia, descendiente de un linaje tan solemne, se decantara por esta violencia sin sentido que terminó en este aciago resarcimiento entre ella y las que se suponía que la rescatarían.

Por supuesto, estaba ignorando la tortura.

No sólo descifré la causa de toda esta ira, sino que remembré una de las razones que me diferenciaban de ser también un monstruo cuando todo lucía tan lúgubremente fútil: empatía. A pesar de que la nidhögg había intentado pulverizarme y en ese momento era parte de esa maquinaria de muerte que pretendía incluir a mis compañeras, podía comprender lo que llevó a una liminal de presencia tan mayestática a rebajarse al instinto más primitivo.

Ella no era un monstruo sediento de sangre, no era un vilificado paradigma físico al cual podía usar de chivo expiatorio, ni un arquetipo demonizado para señalar y culpar; simplemente era una persona dañada de manera tan infausta que se había aislado en la guerra eterna como el último bastión para lo que creía que podía protegerla de recibir más daño. Y, desgraciadamente, aunque esa medida tan radical para lidiar con el trauma era completamente equivocada, nuestras acciones tampoco le habían dado muchos motivos para recapacitar. Le respondimos con violencia, furia y miedo. La rechazamos igual que el mundo lo haría, la juzgamos por lo que ella representaba para nosotras, no por lo que era. En pocas palabras, la tratamos como un monstruo.

Y al mismo tiempo, ella hizo lo mismo.

La dragona actuó de la misma forma, descargando su rabia acumulada por quién sabe cuánto tiempo en forma de combustión bucal después de haber sido desatada. Por más afectada, por más víctima que ella fuera, por más inocente que pudiera haber sido, su manera de atacarnos a la primera instancia fue el detonante de nuestra represalia. Ese era mi argumento para justificar mi proceder, mi fuero que me daba la autoridad para aplacarla por cualquier medio necesario. Sí, tal vez sonara a excusa que un villano formularía para respaldar sus amorales motivos, quizás era un esfuerzo para evitar humanizarla demasiado, dificultando mi tarea. Pero, detrás de toda mi necesidad de no querer faltar a mi palabra y orgullo, había demasiada verdad en mis palabras. Después de todo, no deseábamos matarla, no intentábamos cruzar ese horizonte, sólo evitar que continuara siendo un peligro para nosotras y ella misma.

Frente a nosotras, la negrura del suelo dio paso a la fosforescencia de la siguiente urbe. Sentí un pequeño golpe de nostalgia al divisar el pequeño istmo, ornamentado en su longitud con luces policromáticas, y que concluía en la península decorada con un albugíneo faro. Los reservorios, los muelles, los astilleros; a pesar de que todo Japón poseía prácticamente la misma estructura costera, podía reconocer aquella en particular. La historia se repite, pensé con una sutil sonrisa. En nuestra travesía sin barreras, llegamos hasta donde todo dio inicio para mí, Cetania, Lala y muchas personas más; el punto de partida de esta gigantesca odisea que conformaba mi vida como arachne en un nuevo mundo:

La ciudad de Okayado.

Aunque técnicamente la fábrica Uragiri ya se encontraba legalmente dentro del distrito, su localización a las afueras la dejaban geográficamente en la prefectura de Kanagawa, por lo que se podría decir que esta era mi primera vez regresando al inicio de la travesía. Rugiendo, infestando los cuatro vientos con su sauria voz de trueno y transformando el oxígeno en combustiones aéreas, la nidhögg anunció su llegada y descendió con presteza. Aunque la velocidad del viento azotando mi rostro me impedía escuchar y visualizar correctamente, podía discernir entre las sombras fugaces de mi vista a los aterrados ciudadanos que habían atestiguado la aparición de espeluznante monstruo volador. El país del sol naciente poseía una larga cultura de bestias gigantes, sus películas de kaijus y sus series sobre mechas siendo mundialmente populares, pero encontrarse con una de tales criaturas en la vida real, especialmente una tan espantosa como una dragona de siete metros, debía ser más que estremecedor.

– "¡Cuidado, lagartija desgraciada!"

Impertinentemente imprequé infinidad de injuriosos improperios con impasible ímpetu. La reptil decidió aterrizar de golpe cerca de los puertos, sin importarle que en su descenso chocara con los aparejos diseñados para dar servicio a las embarcaciones. Para ella, atravesar estructuras metálicas era como cruzar un pequeño matorral; para mí, significaba que podría terminar decapitada por la polea de una grúa cubierta de salitre. El chillido del metal resonó como uñas en una pizarra y el eco del resto de la construcción retumbó por toda la bahía artificial. Con otro violento rugido, la dracónida se encargó de proclamarse la dueña del lugar y alejar a cualquier desafortunado que aún no hubiera optado por escapar lo más posible de esa escamosa amenaza.

Usando sus tremendas garras, la nórdica abrió uno de los enormes contenedores que ahí se hallaban y me arrojó adentro de este, como un pedazo de basura prescindible. Le maldije al estrellarme sin gracia en el piso, golpeándome el hombro herido por la bala. Y también espeté contra mí misma, por haber rechazado el tranquilizante cuando Cetania me lo ofreció. El dolor ya me estaba pasando factura y todo empeoraba a cada segundo. Incorporándome, espiando a través de una de las aberturas del contenedor, pude contemplar a la poiquiloterma olfatear el aire y dirigirse a uno de los almacenes.

Emulando a conocida estrella de cine reptiliana de titánicas proporciones y aliento nuclear, la nidhögg atravesó la pared del edificio, sin esfuerzo. Moviéndome hacia el otro extremo del contenedor y pegando los ojos a otro hoyo, comprendí la razón de haber elegido este lugar en particular: era una bodega de pescado. La dragona estaba hambrienta, seguramente habiendo pasado quién sabe cuántos días o semanas sin un alimento auténtico, y por la forma en que hundía su cara en las pilas de peces congelados, su apetito era tan feroz como su brioso temperamento. Confieso que gané un poco más de respeto por ella; al menos no satisfizo su inanición conmigo.

O tal vez no quiso comerme porque piensa que tengo mal sabor, la muy exigente.

Engullendo las reservas de marinos alimentos disponibles, la dracónida eructó toscamente y comenzó a buscar agua fresca para después continuar devorando. La gélida sensación que escapaba de la estructura, producto del constante suplemento de aire refrigerado, no afectaba en lo más mínimo a una criatura supuestamente poiquiloterma. Una nidhögg de su tamaño, proveniente de tierras escandinavas y capaz de arrojar fuego sin herirse, es inmune a cualquier cambio de temperatura. Fue en ese momento que escuché algo más que el masticar de mi escamosa captora, al distinguir el inconfundible sonido de las sirenas y ambulancias que habían acudido a investigar los innumerables reportes de destrozos en el puerto.

Sí, eso me beneficiaría, pues tener contacto con las autoridades competentes era uno de nuestras metas desde que el infierno se desató. Empero, a menos que se tratara de MON o el ejército, una fuerza no militar carecería de medios para siquiera resistir ante esa montaña viviente. Miré con un dejo de desesperanza a los autos patrulla y vehículos blindados hacer su aparición detrás de uno de los almacenes, con sus luces rojas y azules impregnando las brunas paredes de las construcciones adyacentes con su destello bicolor, y creando una cacofonía asincrónica con el intenso ulular de sus alarmas.

Deteniéndose a distancia que consideraron prudente, los oficiales de policía y, más que nada, los miembros del Equipo Especial de Asalto (SAT), se acuartelaron detrás de sus transportes y apuntaron su panoplia armamentística. El arsenal consistía en humildes revólveres New Nambu M60 para los policías regulares, mientras los del cuerpo antiterrorista contaban con subfusiles MP5, rifles de asalto Howa 69 y francotiradores Sako TRG-42, incluso lanzagranadas de cargas de humo y escudos balísticos. Un arsenal respetable, pero, desgraciadamente, fútil. Uno de los camiones blindados contaba con una bocina y la voz de quien supuse era el líder del escuadrón del SAT, afirmó que el lugar se encontraba rodeado y ordenó a los involucrados que salieran de manera pacífica, con las manos en alto.

La dragona suspiró.

Me uní en su sentimiento, no porque tuviera nulo respeto por mis aliados de la ley, sino porque tal demanda por parte del mandamás era una soberana incoherencia. Tal vez no supiera qué especie específica de dragón es con la que trataba, pues las luces de los reflectores policiacos no lograban iluminar el inmenso interior que escondía a la reptil entre las sombras; quizás era ese orgullo y falta de miedo que había que demostrar ante el enemigo, cosa que una soldado como yo comprendería perfectamente. O, a lo mejor, simplemente era un idiota engreído. Fuera cual fuera el caso, sus exigencias seguían siendo disparatadas. El hombre volvió a insistir en su instancia, esta vez con mayor brío.

– "Oh, Arachne mía…" – Musité al observar la respuesta de la dragona. – "Esto se va a poner feo."

Aunque encontrarse con una endemoniada nidhögg ya era suficiente para asombrarse de por vida, las inesperadas situaciones de bizarra índole todavía eran capaces de dejarnos boquiabiertos, dadas las condiciones adecuadas. Me uní a los oficiales al contemplar, totalmente anonadada, cómo caía del cielo el cuerpo exánime de un inmenso tiburón peregrino de ocho metros de largo, insólito regalo arrojado a decenas de metros por una dracónida con un demente sentido del humor. Y lo era más porque la captura de tal animal seguramente estaba prohibida, pero la pesca ilegal no era el problema en ese momento. El cadáver del pez se desplomó tan pesadamente como sólo un objeto de casi cuatro toneladas puede hacerlo: aplastando la barrera conformada por los automóviles al caer encima de estos, desintegrándose ambos en el proceso.

Con restos de pescado muerto esparcidos por todos lados, los oficiales decidieron retirarse para intentar removerse las tripas condrictias, dejando únicamente a los elementos del SAT, que se rehusaron a abandonar su puesto y regresaron a sus posiciones originales, bañados en sangre y jugos gástricos de tiburón. Era una batalla de egos donde nadie cedería a su territorio. Y en ambos aspectos, era la nórdica quien poseía ventaja. Afásicamente, ella hizo acto de aparición, estampando sus pies en el suelo, haciéndolo retumbar a manera de avasallador presagio.

Revelándose ella paulatinamente, los presentes enmudecieron al instante cuando comprendieron la longitud de su enemigo, que se alzaba preeminentemente desde las sombras como una adversa torre viviente, con los truenos atmosféricos iluminando los cielos, la perfecta guinda de tan escalofriante escena. Extendiendo sus escamosas alas, la afonía policiaca se hizo completa y pasaron varios segundos donde ambos partidos se mantuvieron inmóviles. Los elementos del SAT rápidamente perdieron el estoicismo y lentamente, muchos comenzaron a retroceder. La policía hacía mucho que había abandonado la escena. Si poseían sentido común, los del cuerpo de élite los imitarían.

– "¡Abran fuego!"

No lo hicieron. Contra todas las expectativas, contra la selección natural misma, e incluso contra las leyes del Acta, el Equipo Especial de Asalto apretó el gatillo contra la nórdica, liberando el rugir de su arsenal completo. Proyectiles de diversos calibres y potencia azotaron el cuerpo de la dragona, rebotando inermemente al chocar contra la impenetrable armadura vikinga. La aludida únicamente permanecía en su lugar, con su inflexible rostro denotando la inanidad de los esfuerzos del SAT por apaciguarla. Aquello no detuvo a estos últimos, quienes se aseguraron de gastar toda la munición posible hasta que la neblina de la gélida lluvia se mezclara con la humareda de la pólvora gastada. Al finalizar, los casquillos, vacios y humeantes, yacían apilados a los pies de los oficiales. Nadie pronunció palabra alguna. La nidhögg dio su respuesta.

– "¡Yol toor shul!"

Dejando en claro la abismal diferencia de poderes, la escandinava incineró la zona, comenzando con los vehículos estacionados, detrás de los agentes. Con una brutal llamarada, los transportes se convirtieron en improvisadas antorchas que ni siquiera la torrencial lluvia era capaz de sosegar. Del vehículo que ostentaba el altavoz en el techo, salió corriendo el líder de escuadrón, envuelto en llamas y lanzándose al charco más cercano para extinguirlas. Algunos de sus compañeros quisieron auxiliarlo, pero otra ráfaga fulminante los rodeó, cercándolos en un anillo de fuego que impedía escape alguno. Los hombres dispararon contra la reptiliana, en un desesperado intento por alejarla.

Fueron calcinados.

Pronunciando las tres palabras en su idioma dracónida, la nidhögg dejó caer una segunda tormenta sobre los infortunados elementos antiterroristas, compuesta de hidrógeno y metano, gases combustibles que residían dentro de los sacos gástricos de la dragona. Al ser expulsados, la mezcla gaseosa hacía contacto con el platino hallado en los dientes de su dueña, y se encendía de inmediato, dando nacimiento a ese abrasador fuego que ahora se había apoderado del equipo de respuesta. Gruñí en disgusto al observar a esos hombres, que únicamente hacían su trabajo, correr desesperados a través de la pared ardiente para arrojarse sin titubear hacia las aguas portuarias, gritando en horror al verse envueltos por las dantescas flamas de un enemigo igualmente ignominioso. Vi a muchos huir, pero desconocía si todos habían escapado con vida.

La gasolina de los vehículos reaccionó, creando una explosión ensordecedora y arrojando al aire pedazos de caucho, combustible y metal. Aquello no inmutó a la dragona, que se jactó de su victoria expulsando fuego al aire, petulante. Yo me cubrí los oídos, ya que los estallidos de los transportes resonaban con horrísono eco dentro del contenedor. No podía escalar para escapar, porque las paredes se encontraban frías y mojadas, negándome mi habilidad arácnida. Sólo podía observar inerme cómo todo obstáculo era destruido por esa violenta montaña cubierta de escamas.

Detestaba eso, aborrecía el sentirme inútil mientras el mundo a mi alrededor literalmente arde. Me enfermaba quedarme sin otra alternativa que mirar de brazos cruzados mientras la gente muere, porque eventualmente ese caos podría llevado hacia mis seres amados. Experimenté esa infausta impotencia que sentí cuando el Aizawa fue asaltado y no estuve ahí para proteger a Lala. Esa sensación, esa imagen de mí, fallándole a la persona que más adoraba, siempre me persigue. Y ahora volvía a asaltarme mientras la criatura alada demolía el puerto, la ciudad, el país. Al tiempo que mascullaba, un objeto entró por la abertura del techo y cayó cerca de mí. Acercándome a inspeccionar, noté que mi dilema a mi incapacidad de represalias había sido contestado al confirmar la identidad de tal aparato:

Un lanzagranadas.

Milkor Stopper, de calibre de cuarenta milímetros, para ser precisa; diseñada para redadas y control de disturbios. Tomé el arma y quité el seguro, descubriendo un proyectil ya preparado en el tubo de la recámara. Cerrando el pistón de la herramienta, tomé mi ametralladora, que había sobrevivido milagrosamente al viaje, aunque con ligeras deformaciones en el alza, el bípode y la carcasa. Afortunadamente, el cañón y la caja de mecanismos funcionaban perfectamente, por lo que pude descargar sus mil trescientas balas por minuto sobre la gigantesca reptiliana. Dándole cerca de la parte descubierta de la nariz, hice que volteara a verme. Con ráfagas controladas, continué atacando y provocando. Ella, cansada de mi ridiculez, abrió la boca para exclamar las palabras previas a una expulsión de llamas.

Justo lo que quería.

Sin dilación, revelé mi as bajo la manga y activé el lanzagranadas, arrojando un proyectil cilíndrico directamente a la garganta de la dracónida. Agradecí inmensamente a Tique por brindarme toda la fortuna posible, ya que un par de centésimas de segundo más y una bola de fuego hubiera sido condensada en la boca de la nidhögg, acabando conmigo de la manera más dolorosa concebible. La granada se alojó de inmediato en su esófago, deteniendo de inmediato el ataque de mi adversaria. Tomando en cuenta el tamaño de la dragona, un proyectil pequeño debería haber pasado sin problemas hasta su estómago, pero, al mismo tiempo, sus paredes gastrointestinales poseían las hendiduras con el tamaño correcto para atrapar y retener la granada, sin ser afectada por la mucosidad que la hubiera hecho deslizarse.

– "Bon appétit, hija de perra."

Los gases lacrimógenos contenidos en el cilindro de cuarenta milímetros se liberaron y pronto saturaron el tracto esofágico de la reptiliana. Ella resistiría el calor, frío y fuego, pero no el ahogarse por vapores altamente irritantes y tóxicos dentro de su garganta. El carraspeo no se hizo esperar, tratando de expulsar al invasor en su interior, sin éxito. Admito que, incluso si fuera una táctica sucia, disfruté de verla en tal estado. Hasta ese momento, se había mantenido mayormente impávida ante toda clase de acción para detenerla, siempre negando cualquier ventaja que pudiéramos tener. Ahora, estaba en los planos mortales, lejos de su arrogante pedestal, tosiendo patéticamente y con nauseas por un aparato de reducidas dimensiones. Un pequeño escarmiento para ella, una gran satisfacción para mí.

Hasta que ella se vengó.

Acercándose y expectorando violentamente, la nidhögg se apoyó en el contenedor, doblándolo y casi aplastándome en el proceso, haciéndome correr hacia el otro extremo. Con ella frente a mí, alisté mi arma. La dragona se alzó por encima de mi persona y su garganta empezó a flexionarse con vehemencia. Contemplé patidifusa esos espeluznantes espasmos esofágicos acompañados de fuertes golpes en su pecho, luchando contra ese objeto extranjero cuya gaseosa carga, de un color rojo, ya se escapaba por la garganta de la nórdica. Con una arcada final, la dragona expulsó finalmente a la granada, dejándola caer sobre mí.

Con todo y jugos gástricos.

La desgraciada me había vomitado, inundando el contenedor con el repugnante interior de sus pestíferas tripas. Fue un ejercicio de voluntad suprema el poder suprimir mis propios deseos de regurgitar también al verme hallada en ese mar de putrefacción compuesto de bilis, quimo y sangre; todo decorado con un execrable olor a pescado que tardaría días en quitarse. Con un color tan rojo como la hemoglobina, quedé bañada de pies a cabeza en los restos de su emesis. La granada vacía flotó inermemente cerca de mí, como si el destino me recordara que yo misma provoqué esa misma situación. Y para colmo, la miserable reptil me eructó al terminar.

No conté con más tiempo para recriminarle al karma, porque de repente mi campo visual dio un giro de trescientos sesenta grados cuando el contenedor fue alcanzado por las garras de la dracónida, haciéndome dar vueltas hasta quedar de cabeza. Afortunadamente, el vómito se había vaciado en cada revolución y no terminé aún más embarrada de ese nauseabundo líquido rojizo. La caja metálica se dobló por completo, casi triturándome, pero resulté ilesa. Arrastrándome por una abolladura, logré liberarme y con celeridad me incorporé para buscar refugio de la furibunda escamosa, que rugía con restos de baba glutinosa escapando de su boca, y que ella planeaba limpiar usándome a mí como mondadientes.

– "¡Yol…!"

O quizás no.

Ya recuperada, la bestia hizo gala de su poderosa habilidad como lanzallamas y corrí tras otro contenedor para resguardarme del voraz fogonazo. No duré ni cinco segundos cuando la estructura metálica se dobló con un devastador impacto de la maza caudal de la dragona, obligándome a huir nuevamente. La lluvia y el vómito en mi cuerpo dificultaban mi correr, y hubiera resbalado muchas veces de no ser porque mis ocho piernas mantenían el balance. Pude huir a cualquier lado y alejarme lo mayormente posible de la zona de conflicto, pero no quería conducir a esa loca ciudad adentro. Aunque me colocara en riesgo mortal, debía mantenerla aislada en ese lugar hasta que llegaran los refuerzos.

Las bodegas de almacenamiento fueron mis baluartes durante mi fuga, usando cajas llenas de mariscos, maquinaria de carga y demás objetos para protegerme de las flamas y los golpes que la nidhögg repartía con vesánica ira. Empero, cuando el enemigo es capaz de cruzar cualquier barrera como si fuera de papel, hallar un escudo resistente era una tarea tan titánica como mi perseguidora. Y si no era ella quien me dañara, serían los destrozos que terminarían con mi vida. Los techos se venían abajo, las paredes amenazaban con aplastarme y toda viga se convertía en un peligro inmediato tan pronto eran derribadas. Y todo, envuelto en llamas.

Lo peor, las heridas en mi cuerpo me pasaban la cuenta cada vez que algo me caía encima y me dilaceraban las equimosis y cortes de mi figura. En uno de esos desafortunados encuentros, con una pila de pescado congelado que casi me entierra viva bajo una capa de hielo, resbalé y fui alcanzada en la cara por una de las garras de la dracónida. Fue un roce marginal, o no hubiera sobrevivido, pero en verdad que sólo se necesitaron unos cuantos milímetros de esas sólidas uñas animales para dejarme una enorme cicatriz sangrante en el rostro.

Uno de las cajas que contenían mariscos, tirada junto a mí, era metálica y de superficie reflejante, permitiéndome admirarme. Debió ser cosa del destino o un caprichoso golpe de suerte divino, expresé mentalmente al verme en el espejo improvisado. La herida, que empezó desde el lado derecho de mi frente, atravesando diagonalmente por el puente de mi nariz hasta el lado izquierdo de esta, se acopló a la que la fenrir me había hecho anteriormente, formando una sola cicatriz gigante que me decoraba la faz de manera idéntica a la que llevaba mi heroína, Erika Kriegtochter. Incluso con mi pintura facial, el rojo vibrante era claramente visible. No había duda, la historia se repite, en todos los sentidos.

Sonreí.

Era mi primera cicatriz seria, la prueba indeleble de combate real con un adversario digno. Para una arachne, especialmente Sparassediana, las cicatrices de batalla son tan prestigiosas como las medallas y se llevan con orgullo. Estéticamente incomprensible para los estándares de belleza actuales, pero dignificantes para una guerrera, me hacían sentir bella, poderosa, majestuosa. Ya no era una novata, sino una soldado. Desgraciadamente, tampoco pude contemplar mi nuevo tatuaje fisonómico por demasiado tiempo, ya que aún tenía a una psicópata escamosa de la cual encargarme. Espeté, si quería ostentar mis preseas cutáneas, necesitaba salir viva primero. Haciendo un esfuerzo monumental por moverme en medio de esa pila de hielo y peces muertos, la cual ralentizaba mi cuerpo arácnido debido a que no somos completamente endotermas, tuve que sumergirme en esta para esquivar un monstruoso puñetazo de la nidhögg.

La mitad del hielo fue apartada por el impacto, conmigo incólume, pero expuesta y a centímetros de volverme puré, suerte que no corrieron los pescados que quedaron atrapados bajo la extremidad de la nórdica, creando un enorme hoyo en el suelo. Ese desnivel me colocaba en peligro, porque yo intentaba aferrarme al resto de la pila de escarcha y balancearme en el resbaloso piso húmedo para evitar caer directamente sobre una de las puntiagudas púas que sobresalían de la mano de la mujer. La dracónida alzó su otro puño y, desesperada, preferí usar la primera mano para apoyarme y saltar fuera del área de peligro. Mi corazón casi se detiene cuando escuché el golpe del segundo puño cayendo, triturando el agua en estado sólido y creando otro hoyo en el suelo. Pudo incinerarme con facilidad, pero ella deseaba pulverizarme.

La huída se resumía.

Ni la más poderosa bola de derribo se compararía con la eficiencia de una dragona vikinga para arrasar con un edificio, como comprobaba el rastro de escombros que ella dejaba a su paso, restos que alguna vez fueran almacenes de alimentos. Y yo la estaba conduciendo a ello. Ahora debía preocuparme no sólo porque estaba provocando destrozos en la infraestructura urbana, sino que el arruinar tantas reservas de alimentos marinos dañaría al mercado pesquero de Okayado. Si sobrevivía a la reptil, las demandas de los trabajadores y comerciantes sindicalizados me condenarían de por vida. Pero ya tendría tiempo de lidiar con la industria piscícola después, mi prioridad en ese momento era no tropezar por la sangre de la cicatriz que se filtraba a mis ojos y el frío de la lluvia que me hacía resbalar y entorpecer el movimiento de mis extremidades.

Ella volvió a atraparme.

Un enorme estante se vino abajo después de ser arrojado, y aunque pude resguardarme en una esquina, el metal se dobló lo suficiente para aplastarme parcialmente, con los pedazos de las vigas rotas cortándome la piel. Sólo eran heridas superficiales, nada que no pudiera resistir, pero el armazón me impedía moverme y la escandinava volvía a arremeter. Como pude, tomé mi MG3 y le disparé directo en la cara, con apenas unas balas impactando piel no protegida por su antifaz o sus escamas faciales. Desgraciadamente, eso apenas le hizo cosquillas y, de un soberano mordisco, me arrancó la ametralladora de las manos.

Sin piedad, la trituró con su hilera doble de colmillos y la escupió hacia mí, cayendo a mi lado como un patético pedazo de basura. Mi arma insignia, el instrumento que sólo las más prestigiosas combatientes podían llevar en mi patria, el glorioso diseño alemán que aterrorizara a los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial, el rugido de sus más de mil balas por minuto resonando por los cuatro vientos mientras repartía dolor y justicia en una sinfonía de fuego, acero y plomo; todo aquello finalizado como un infausto trozo inútil. Horror.

– "¡Du hurensohn! ¡Fahr zu Hölle, Schlampe!" – Vociferé. – "¡Fick dich! ¡Fick dich!"

Mis pistolas se habían caído cuando fui atrapada por esa perra escamosa, pero aún contaba con las UZIs que tomé de la armería y, sin dilación o piedad, abrí fuego contra la malnacida, profiriendo todo un tesauro de improperios hacia su vituperable persona. Mugi había muerto, terminó sus días asesinada despiadadamente por esa desalmada y no sobrevivió para celebrar nuestro bautizo de fuego. Al menos, pereció luchando con honor y sería remembrada en la posteridad.

Pero más que el tener qué decirle adiós a mi herramienta de trabajo principal, mi arma más preciada, la rabia que me invadía era por verme acorralada como un insecto mientras ella se divertía a placer, torturándome con esta cacería absurda en lugar de sencillamente deshacerse de mí. Quizás era que me veía reflejada dicotómicamente en ella, alguien que disfruta el placer de la persecución antes del golpe final; y ver al enemigo realizarlo también, me hacía hervir la sangre.

Esquivando la maza en su cola, que destruyó la pared, pude liberarme y seguir provocando a la dracónida con mis subfusiles. Tal vez ella también notó lo innecesario y poco gratificante de perseguir a un blanco tan escurridizo e insignificante, porque abandonó la idea de hacerme añicos con sus miembros y recurrió a la tradicional técnica de escupir fuego. Usando mis dos últimos cargadores, tuve que fraguar algún plan para hacer algo más que proseguir corriendo. El problema era que nada la detenía, no existía estructura u obstáculo humano que pudiera suponer una barrera contra una criatura que era la esencia misma del apocalipsis.

– "¡Gah!"

Precipitándome hacia una de las salidas, la dragona golpeó una de las puertas y la arrancó, arrastrándome junto con esta. Las puertas metálicas eran gruesas y no se destruían al primer impacto, además de que eran capaces de amortiguar los golpes, si estos no eran demasiado fuertes, pero la potencia del puñetazo sin duda repercutía en todo el cuerpo. Una de las espinas de su mano logró atravesar tanto el acero que llegó a rasgar mi espalda, cortando como un cuchillo. El impulso me separó del portón a mitad del camino, con este cayendo al agua y yo lastimándome aún más con las púas de la dracónida. Perdiendo el aire cuando me estampé contra uno de los sostenes de una grúa fija, en los astilleros, grité al golpearme mi dilacerada espalda.

Mi abdomen arácnido había recibido varios golpes también, pero la quitina era mucho más sólida que mi endeble epidermis y el dolor en esa zona podía tolerarse. No así en mi cuerpo humano, que entre porrazos, vómito y la maldita lluvia invernal, me acongojaban como un látigo. Respiré con dificultad al tiempo que alzaba la cabeza, alicaída, observando a esa masa de músculo puro emerger del último edificio. Avanzaba con paso lento, avasallador, parsimoniosamente reafirmando su poderío como la mayor depredadora. Quedando ella frente a mí, permanecí inmóvil, viéndola directamente a sus rojos ojos.

No hubo relámpagos que la hicieran ver tétrica, pues su tamaño y apariencia eran suficientemente ominosos para causar ese efecto. La precipitación recorría los surcos de sus espinosas escamas, cayendo directamente sobre mí, al igual que la saliva que brotaba de la comisura de sus labios, cual perro rabioso. No iba a llorar, no iba a rogar por piedad; una arachne únicamente muere de dos maneras: luchando hasta el final, o aceptando el destino. Suspirando, le ofrecí una última sonrisa a la dragona, con un ligero dejo de soberbia. La seguiría desafiando incluso en la apabullante desgracia. Ella únicamente abrió la boca, preparándose para convertirme en una pila de insípidas cenizas. Así es como se sella el Ragnarök para los Aesir, incinerándose mientras el mundo entero se hunde en un mar de fuego.

Que poéticamente trágica conclusión.

– "Adiós, Lala…" – Declaré al aire, con pesar. – "Adiós, Cetania…"

– "¡Yol…!"

– "Adiós, familia, adiós amigos…" – Proseguí. – "Pero, sobre todo…"

– "¡Toor…!"

Sonreí.

– "Adiós, perra."

Las valkirias arribaron.

Pero en vez de laureadas guerreras nórdicas cabalgando poderosos corceles de batalla, las escuderas aparecieron montando una poderosa bestia de acero de más de cuarenta toneladas. Sin esperarlo, estando totalmente absorta con su afán de calcinarme, la nidhögg fue impactada de lleno por un tráiler de doble remolque. El camión, el que supuse era el que conducían mis aliadas cuando fui raptada por la dracónida, chocó dolorosamente contra la entrepierna de la escandinava cuando esta se volteó, como el ariete más veloz que se pudiera concebir. El parabrisas y el techo se desintegraron al instante, levantándose en el aire al detenerse en seco. El resto de los vastos cajones del vehículo, los utilizados para transportar a las liminales que liberamos, también se pulverizaron cuando se impactaron contra el resto del cuerpo de la escamosa.

Con la velocidad y peso repentinos de ese mastodonte de acero, la nidhögg perdió balance y cayó junto con el camión por el borde de la plataforma portuaria, directamente al mar. Aquello creó una salpicadura tan enorme como ambos, con el volumen del agua marina superando a la lluvia misma. Sacudiendo mi cuerpo para removerme el salado líquido oceánico de los ojos, pude contemplar las tremendas burbujas que el hundimiento dejó como rastro del más impresionante desastre carretero que haya atestiguado en mi vida. Pero, entonces, el sentido común me advirtió que me alejara de ahí lo más pronto posible; esto no acababa todavía.

Sucedió.

El océano, tan negro como la zona abisopelágica, se vio de repente iluminado por un par de fugaces destellos. Aquel despliegue de luces submarinas fue reemplazado por una explosión que sacudió completamente al puerto y casi revienta los tímpanos de cualquiera que se hallara presente. El agua fue desplazada con fuerza, como si un meteorito la hubiera azotado, superando por completo a la precipitación atmosférica, creando olas que arrastraron los objetos que se encontraban en la orilla al chocar con esta. Tal fue la potencia que yo caí al suelo al ser golpeada por la onda expansiva, que de no haber sido mitigada por suceder debajo del agua, me hubiera pulverizado los órganos internos. Mientras me recuperaba de los acúfenos en mis oídos, vi a una conocida figura que me regresó la mueca de alegría a mi estupefacto semblante.

– "¡Dyne!" – Exclamé, jubilosa y abrazándola. – "¡Volviste por mí! ¡Danke schön, amiga, me salvaste la vida!"

– "¡Jódete, garrapata! ¡Peaches es la que se preocupa por ti!" – Afirmó la mantis, alejándome. – "¡Yo sólo vine porque es mi trabajo!"

– "¡También te quiero, pepino amargado! ¿Dónde está Cetania?"

– "En el camión. El que acaba de hundirse."

– "¡¿QUÉ QUÉ?!"

– "O estaba ahí antes que saltara de éste, ¡no lo sé!" – Encogió los hombros. – "La emplumada se retrasó porque casi olvidaba ese collar que carga, o algo así."

Antes que le perforara la garganta a Nikos con mis garras por decir fruslerías en un momento crítico, escuché una deífica voz que disipó por completo mis preocupaciones. Corrí hacia la recién llegada, recibiéndola con un efusivo abrazo.

– "¡Süsse, estás bien!" – Apretujé a la rapaz contra mi pecho. – "¡Gracias, Arachne mía! ¡Muchas gracias!"

– "¡Yo también me alegro de encontrarte, flaca, pero me estás asfixiando!" – Reclamó la castaña. – "¡Ay, hueles peor que un excusado del Burger Fox! ¡¿No me digas que te hiciste encima, cochina?!"

– "¡Lo mismo puedo decir de ti, pajarraca! ¡Estás cubierta de lodo!" – Retruqué – "¡¿Te anduviste revolcando con la empusa cuando pensaste que ya no volverías a verme?!"

– "¡Sí, se nota que me quieres, araña del demonio!"

– "¡Ignoro por qué lo sigo haciendo, cotorra bocona!"

– "¡Perdón por arriesgar mi vida para salvarte!"

– "¡Perdón por obligarte a arriesgar tu vida para salvarme!"

Repentinamente, sellamos nuestra reyerta verbal con un apasionado beso. El torrencial diluvio, el salitre del mar, el lodo y la baba de la dragona no impidieron que nos demostráramos nuestro intenso amor con un apoteósico ósculo. Al separarnos, volvimos a darnos un cálido achuchón que ni la tempestad y los cadáveres de los peces muertos, que llovían del cielo debido a la explosión, pudieron arruinar. El sentir el cariño de la persona amada era la panacea de todo mal, esa era una verdad innegable. No importaba cuánto peleáramos, nuestro amor superaba toda clase de disputa.

– "Gracias por salvarme el pellejo, chicas. Les estaré agradecidas por la eternidad." – Congratulé a ambas, separándome de la americana. – "¿Cómo lograron la hazaña?"

– "Yo era la que conducía y usé el cuchillo de la arpía para trabar el acelerador." – Explicó la pelinegra. – "Abandoné el asiento tan pronto pude alinear el tráiler con la dragona."

– "Además de que encontramos que el remolque estaba cargado con unas cuantas armas y algo de munición." – Agregó la halcón, cargando una M4A1 extra. – "También contenían explosivos C4. Pepper les colocó los detonadores y supongo estos se activaron con el choque."

– "Eso explica esta lluvia de pescado." – Bromeé. – "¿Tienen algo para mí? Lamento informar que hoy Mugi ha caído en acción."

– "Mis pésames, flaca. Ten." – Me entregó una ametralladora M240. – "No es alemana pero igual es calibre 7.62x51, como te gustan."

– "Me conoces perfectamente, linda. Y gracias, de nuevo, en verdad me hacía falta." – Sonreí, inspeccionando la herramienta. – "Perdí a Hummel y Erika cuando la reptil me atrapó. ¿Las vieron?"

– "Lo lamento, Potato, partimos tan pronto fuiste abducida." – Replicó la griega. – "Tuve que convencer a coscorrones a esta plumífera para que me dejara tomar el volante. Se sentía toda una Terminator cuando te vio por los aires."

– "Así es. No permitiré que cualquier lagartija voladora se lleve a mi germana." – Afirmó la falconiforme, apuntándose jactanciosamente con el pulgar. – "Digo, luego esa maldita pitufo va a fastidiarme de por vida por no haberla salvado y eso. No gracias."

– "Te traigo loca, pajarita." – Reí. Entonces, me torné seria, apuntando a la pila de patrullas chamuscadas. – "La policía del distrito y el SAT estuvieron aquí primero, pero fueron vaporizados. No sé si haya muertos. Por favor, díganme que lograron hacer contacto con MON."

– "Negativo, araña. Las radios se dañaron en el ajetreo. Descuida, con todo este caos, seguramente ya vienen en camino" – Contestó la helénica, revisando su escopeta. – "Lo que me interesa ahora es saber si esto por fin se terminó."

Un sonido ahogado nos dio la respuesta.

– "Simijo." – Mascullé. – "¿Recuento de arsenal?"

– "Dos rifles, siete cargadores, dos granadas de fragmentación del cuarenta, una pistola con cuatro cargas." – Respondió la arpía. – "El resto se encontraba en el camión."

– "Treinta cartuchos de escopeta, cinco cargadores de subfusil, tres de pistola y una granada estándar." – Enumeró la mediterránea. Ahí, señaló al objeto en su espalda. – "Lanzacohetes RPG-7, dos misiles. Desconozco si funcione bajo este condenado monzón."

– "Bueno, eso lo averiguaremos en unos momentos. Alístalo." – Revisé mi ametralladora. – "Y ustedes también. Arachne nos proteja."

– "¿Aria?" – Habló la rapaz.

– "¿Sí, Süsse?"

– "Bueno, no es fácil confesarlo, pero si vamos a morir, mereces saberlo." – Confesó. – "¿Recuerdas esa vez en la fiesta, cuando aparecí llena de suciedad por la puerta?"

– "Y casi riñes con Lala al entrar. Claro que recuerdo." – Afirmé. – "¿Acaso pelearon?"

– "Correcto." – Suspiró. – "Es porque… porque la besé. En la boca."

– "Oh, ya v-" – Me pausé. – "¡ESPERA, ¿QU-?!"

El murmullo sofocado se convirtió en súbito estruendo, y el agua marina volvió a superar el volumen de la lluvia, junto a los peces fenecidos que diluviaban sin cesar. Detrás de ese espectáculo de fauna marina muerta y monóxido de dihidrógeno lleno de cloruro de sodio, apareció la espantosa imagen de la nidhögg, saltando del mar, rugiendo y extendiendo sus alas como un auténtico monstruo Lovecraftiano. Apoyándose en la plataforma del puerto, clavando sus garras en el duro concreto, la dragona se alzó fuera del agua, evidenciando que la explosión del camión en verdad la había afectado.

Se hallaba desnuda. La armadura que la protegía había sido pulverizada, quedando solamente restos destruidos colgando, terminando de caer al salir del océano. El antifaz también había cedido, dejando al descubierto sus cicatrices faciales y el color rojo furia de sus penetrantes ojos. Sus escamas y piel sufrieron graves daños, confundiéndose la una con la otra debido a que gran parte de la epidermis terminó chamuscada. Algunos trozos de ésta estaban arrancados, exponiendo la roja carne ensangrentada debajo. Había perdido tres garras en su mano derecha, incluyendo el dedo meñique.

Además, el patagio de sus alas sangrantes contenía una gran cantidad de hoyos, y ahora sólo le quedaban dos funcionales del lado derecho, con el ala izquierda siendo nada más que un simple muñón. Ya no podría volar. Inhalando con fuerza, emitió el rugido más horrísono que hayamos escuchado en nuestras vidas, la cacofonía de una bestia completamente imbuida en la venganza. El desmoralizante terror recorrió nuestras espinas dorsales cuando observamos cómo de su cuello se extendía una capa de piel con espinas cartilaginosas, formando una especie de abanico alrededor de su cabeza, como la de un clamidosaurio de King.

Sí, estábamos jodidas.

– "¡Dyne!" – Exclamé. – "¡El lanzacohetes, ahora!"

– "¡Cúbranse!"

Obedeciéndole, la rapaz y yo nos hicimos a un lado para esquivar la descarga del misil siendo arrojado a ciento quince metros por segundo. El proyectil HEAT, ya en vuelo, aumentó su velocidad y se dirigió directamente a la cabeza de la dragona, que seguía escalando fuera del agua. Daba igual si eso la decapitaba, nosotras buscábamos sobrevivir. Desgraciadamente, el viento y la lluvia desviaron la carga demasiado alto, a la izquierda, con la reptil evitando que el cohete le destrozara el cráneo con un veloz movimiento cefálico. Antes que Nikos pudiera preparar la segunda carga, la nórdica ya había salido completamente del mar.

– "¡Yol toor shul!"

Tres palabras, dos segundos de advertencia, quince metros de odio condensados en una violenta llamarada que nos ordenó una retirada presurosa. El fuego atravesó como la espada de Surt la barrera de agua que creaba la lluvia, evaporándola al instante, sin poder impedir que ese demoniaco fogonazo incendiara todo lo que tocara. Igual que un león, la dragona se lanzó contra nosotras, corriendo en sus cuatro extremidades, haciendo temblar la tierra y dejando huellas colosales a su paso. Habiendo cumplido su plan de atraer a mis compañeras y habiendo recibido un castigo por ello, la dracónida ya no jugaría más, no fraguaría estratagemas ni se detendría. Cumpliría con su destino como la devoradora del fin del mundo.

– "¡Separémonos!" – Dictaminé. – "¡Traten de buscar un lugar elevado y denle en los ojos! ¡Vamos!"

Asintiendo al unísono, mis amigas bifurcaron sus caminos y mientras ellas se dirigían a los almacenes, yo abrí fuego contra la titánide, captando su atención y guiándola por puerto, lejos de mis compañeras. No funcionó. La reptil ignoró mis disparos y fue detrás de la pelinegra, sabiendo que ella cargaba todavía con el lanzacohetes y suponía el mayor peligro. Mascullando, fui tras la escandinava, intentando lastimarle las heridas, sin aval, siendo su constante movimiento y alas protegiendo sus zonas expuestas el principal obstáculo. Fue Cetania quien logró quitársela de encima a la helénica, arrojándole una granada balística que detonó en las costillas de la reptil. Un buen tiro, dándole justamente donde su epidermis se hallaba chamuscada y vulnerable.

Con eso, la nidhögg cambió de objetivo y fue por la americana, quien, impedida para volar con sus alas mojadas, tuvo que emular a sus parientes terrestres y emprender una fugaz huída a pie. Ahora, más motivada que nunca, perseguí a la dracónida, llenándole de plomo las partes más descubiertas: los glúteos. Podría bromear sobre cómo estaba literalmente persiguiendo el trasero de una mujer desnuda, pero, igual que con la fenrir, no había nada de erotismo; sólo ira, horror y fuego. Y un insoportable olor a vómito con un dejo de pescado.

– "¿Por… qué… no… reaccionas?" – Espetaba, siguiendo a la vikinga. – "¡Gah, maldito culo duro! ¡Si tan sólo tuviera a Mugi!"

La M240 era un arma formidable, sólida y confiable, pero era más grande y pesada que mí herramienta anterior, además de que la cadencia de disparo de 650 tiros por minuto no se comparaba con los 1,300 de la fallecida Mugi. Parecía un detalle intrascendental, ya que las armas eran letales sin importar el volumen de fuego, pero una mayor cantidad de balas por descarga significaba una mayor probabilidad de penetración uniforme. A la distancia que me encontraba, la MG3 hubiera perforado la gruesa piel de la dragona como una aguja, cosa que la M240 no podía. Tal vez sólo buscaba excusas para menospreciar una ametralladora que no fuera mi MG3, pero no podía negar que mi arma actual no era del todo satisfactoria.

– "¡Argh! ¡You fuckin' bitch!" – Vituperó la estadounidense, eludiendo un puñetazo dracónico. – "¡Fuck you! ¡Gah! ¡Fuck you, fuck you!"

Molesta por no poder ayudar a mi amada halcón, apresuré el paso y, importándome un bledo si era aplastada en el proceso, me posicioné debajo de la entrepierna de la nidhögg y abrí fuego. Sostuve el gatillo mientras corría a todo lo que mi cuerpo daba para rebasar a la gigante. No tuve tiempo de admirar a qué parte fueron a parar los proyectiles, porque tan pronto solté el gatillo, aceleré la marcha para tomar a la falconiforme en mis manos y sacarle de ahí. Hubiera sido un acto heroico digno de las óperas Wagnerianas. Empero, atacar las partes privadas de una criatura de siete metros de alto no es precisamente la mejor manera de tratar con esta, especialmente cuando posee la capacidad de convertirnos en cenizas con sólo abrir la boca.

Aunque pudimos esquivar las pisadas y manotazos que la dragona nos arrojaba, las llamaradas nos cortaron el paso, incendiando el camino frente a nosotras en un semicírculo que nos cercó. Desgraciadamente, no podría repetir la hazaña que hice en la zona subterránea de la fábrica, pues las flamas eran de mayor tamaño, una fulgurante pared alimentada por el aceite de los peces y los objetos alrededor. Encontrando un diminuto refugio, le ordené a la arpía que se montara en mi segundo tórax y se sostuviera, porque intentaría algo más demente aún que tratar de atravesar el fuego: correr debajo de la iracunda dracónida.

– "¡Ya sé que vamos a perecer, flaca!" – Declaró la nativa de Montana. – "¡Pero no significa que quiera adelantarme!"

– "¡Somos un tanque arácnido, linda!" – Repliqué, evadiendo las flamas detrás de una viga. – "¡Y las arachnes no mueren!"

– "¡Pero las arpías sí! ¡Estás loca!"

– "¿Me sigues amando, Süsse? ¿Confías en mí, aunque esté zafada de la cabeza?"

– "¡No me queda de otra!" – Empuñó su otro rifle. – "¡No te detengas o nos hacemos puré!"

– "¡Tú tampoco! ¡Prepárate a descargar toda la munición!" – Me di la vuelta. – "¡Y trata de meterle una granada en medio de su mugroso culo!"

– "¡Ay, flaca, tú y tus fetiches! ¡No quiero imaginar lo que haces con esa pitufo!"

– "¡Sólo sostente!" – Volteé hacia ella, guiñando tres ojos. – "Además, ya te mostré cómo mantenía lubricado el cañón de Mugi, querida."

– "¡Me estás tentando a llenarte de plomo el crá-¡Holy fuck!"

De no ser por el anatema verbal en anglosajón de la rapaz que me advirtió a tiempo, Lala hubiera reclamado a la nidhögg por quitarle el privilegio de decapitarme. Me comprimí todo lo que pude, tomando a la castaña en mis brazos y protegiéndola. La dracónida había perdido su maza en la punta de su cola, pero conservaba esas puntiagudas púas, peligrosas como agujas. Aún así, y prácticamente habiéndonos transformado en una alfombra de lo pegadas al suelo que estábamos, una de las enormes espinas caudales de la dragona logró alcanzarme y, partiendo mi chaleco en dos, me cortó diagonalmente la espalda, como un cuchillo, dejando una marca desde mi omóplato izquierdo hasta mi espalda baja derecha.

Grité de agonía, el escozor dilacerándome vehementemente, torturándome tanto como si el fuego me hubiera incinerado la piel. Estaba segura que esa sería una tremenda cicatriz. Yo las apreciaba, pero ya había obtenido una lo suficientemente llamativa de por vida, no deseaba otra más, y más cuando el sangrado en esa ocasión podría ser mortal. La americana se mantenía pegada a mí, comprimiendo mi lesión con sus alas, tratando fútilmente de contener la hemorragia. La bestia continuaba amenazándonos y alzó la cola de nuevo, para empalarnos en el suelo.

La adrenalina fluía por mi torrente sanguíneo, y fuera de este, por las diversas heridas que me tatuaban la epidermis, dándome la fuerza para soportar el dolor e incorporarme, sin soltar a la halcón. Estaba viva, los liminales nos curamos más rápido que los humanos, podría resistir. Su apéndice impactó el suelo, clavando las imponentes púas con furia en el piso de concreto, partiéndolo, pero lejos de nosotras dos. Habiendo fallado, la escandinava nos cercó el paso nuevamente con las flamas, tapando toda ruta de escape y dejándonos sin otra salida que no fuera la muerte. Desesperada, decidí arriesgarme.

– "¡Arroja una granada a la pared!" – Dicté a Cetania. – "¡Voy a saltar a través del fuego!"

– "¡Entiendo, pero es el único explosivo que nos queda!"

– "¡Carpe diem, Süsse! ¡Un minuto de vida aún es vida!"

– "¡As you wish!" – Cargó el proyectil. – "¡Fire in the ho-GAH!"

Una hercúlea pierna nos bloqueó el camino, estampándose como un martillo en el suelo y haciéndonos dar un salto. Antes de procesar lo sucedido, la dracónida se nos vino encima, tratando de aplastarnos con un sentón. Confieso que el hecho de que yo escapara de una entrepierna desnuda en mi dirección era inesperado, pero mis fetiches no llegaban al grado de querer ser pulverizada por una zona íntima gigante. Huyendo de ser aplanada instantáneamente, caímos en otra trampa cuando la dragona colocó su mano frente a las dos, lista para agarrarnos.

Di un giro de casi ciento ochenta grados para eludirle, pero la cola de la vikinga actuó de nuevo, dándonos a ambas y arrojándonos fuera del anillo de fuego. Dada la distancia, el golpe fue con la parte gruesa de su apéndice, a baja velocidad, así que la fuerza usada no fue tanta o habríamos muerto tan pronto nos impactara. Empero, aquello nos dejó adoloridas y sin fuerzas para hacer otra cosa más que arrastrarnos patéticamente. Quise incorporarme, pero el brazo derecho me dolía intensamente, y me desplomé de nuevo. Scheisse, parece que la maldita me lo quebró, o al menos lo entumió tanto que lo inutilizó. La rapaz, que había sido protegida parcialmente por mi cuerpo, quiso pararse para alejarme de ahí.

La nidhögg la capturó.

Ignominiosamente, la estadounidense se vio envuelta en el triturador agarre de su adversaria. Una arpía de presa es mucho más férrea que el resto de su especie, así que sus huesos no sucumbirían tan fácilmente por golpes o caídas, e incluso un estrujón como el que la oponente le proveía, pero eso no era lo que nos preocupaba. La escandinava, deteniendo su vesania impulsiva, se tomó el tiempo para acercar paulatinamente a la falconiforme hacia su boca abierta, enseñándolo el infausto destino que agradaba al ser triturada por los hambrientos dientes y pasar hasta su pestífero estómago. Por la saliva que escapaba de sus labios, la reptil debía estar disfrutando esa tortura.

Con uno de sus colmillos, partió en dos el chaleco y la camisa del uniforme de la emplumada, dejando su espalda al descubierto. Lenta y tortuosamente, emulando lo que su cola hizo conmigo, la dragona tatuó con su diente desde el omóplato derecho hasta la espalda baja izquierda, dejando una horripilante herida hemorrágica a la rapaz, que lloró de dolor por tan cruel trato. La sangre me hervía, tanto por ese repugnante acto de vileza como por mi exigua movilidad. De nuevo, esa sensación de asco por ser una inútil me invadía, esta vez con la atrocidad afectando directamente a la mujer que amo, frente a mis ojos. Debía hacer algo, debía rescatarla, aunque fuera lo último que hiciera.

Apreté los dientes mientras ignoraba el dolor y estiraba mi mano para hacerme con uno de los rifles de Cetania. Eran más ligeros y controlables que la pesada ametralladora, además que estaban más cerca. Logré tomar el que MON le entregó, identificable porque poseía mira EOTech, y jalé la palanca de amartillado, comprobando que poseía munición. Sin dilación, alcé el arma y apunté hacia la cabeza de la dracónida, específicamente los ojos. Sin su antifaz, podía cegarla. Empero, el ángulo no me favorecía, ya que la desalmada se disponía a engullir de un solo trago a la arpía, balanceándola de una pierna sobre su boca abierta. Si tenía hambre, entonces le daría de comer.

– "Trágate esto, puta."

En lugar de apretar el gatillo principal, preferí optar por el lanzagranadas M203, aventando un proyectil balístico de cuarenta milímetros en dirección al techo de la boca de la bastarda. A la distancia que me encontraba, el explosivo detonaría tan pronto la tocara. Eso suponía un riesgo también para la americana, pero de no intentarlo, sin duda sería devorada. Rezando a Arachne, el tiempo se ralentizó mientras la granada giraba para mantener la estabilidad en el aire. Lo único que escuchaba eran los latidos de mi corazón, tan fuertes que enmudecieron al resto de los sonidos ambientales. Sólo una oportunidad, sólo una esperanza.

Pero la dragona lo bloqueó.

Como si hubiera previsto mi estrategia, aprendiendo del pasado, la nidhögg interpuso su ala para cubrirse de la granada. El explosivo, sin la distancia requerida para activarse, rebotó de forma inerme en el patagio reptiliano, cayendo frente a mí como el pedazo de basura en que se transformó tan deshonrosamente. Sin darme por vencida, abrí fuego contra ella. Usando esta vez su cola pala arrancarme el fusil de las manos, la hija de perra sonrió; jactanciosa, soberbia, victoriosa. Resumió su tarea anterior, lista para engullir a la falconiforme. Para echar más sal a la herida, la maldita alzó su pata y la dejó caer para aplastarme mientras veía cómo se tragaba a la halcón.

– "¡Fus… Ro DAH!"

El mundo entero se tornó blanco por un instante. El destello cegador fue seguido por un estruendo y una onda expansiva que me sacudió el cuerpo. La afonía ambiental y el fulgor resplandeciente en mis ojos me hicieron cubrirme; y también suspirar de alivio: conocía muy bien qué había causado aquello. Ya habiendo pasado el peligro inicial, alcé la vista para descubrir que los planes de la nidhögg fueron interrumpidos por la detonación que le destrozó la pierna derecha, calcinándole la región lumbar y el muslo en el proceso, la explosión cumpliendo su objetivo de demoler el blindaje natural de la bestia. La sangre fue cauterizada y las escamas cayeron al suelo, exponiendo la carne viva, latiendo, ardiendo. Sonreí para mis adentros, ella me había salvado de nuevo. Sabía que era una heroína después de todo.

Dyne.

La empusa había hecho gala de su puntería con el lanzacohetes y ahora recurría a su MP5 para penetrar la epidermis chamuscada, nunca perdiendo tiempo en atacar sin descanso al enemigo. La dragona se hallaba aún absorta por lo sucedido, casi paralizada, y soltó a la castaña, dejándole caer. Afortunadamente, el calor había secado las alas de la falconiforme y, aunque herida de la espalda, ella logró extender sus extremidades para planear hasta donde me encontraba. Confirmándole yo que me hallaba a salvo, me entregó mi ametralladora, me tomó de mi camisa con sus garras, rasgando un poco mi espalda y alzando raudamente el vuelo, lejos de ese infierno. Aterrizamos cerca de la mediterránea. Tan pronto tocamos suelo, nos unimos en el ataque mientras retrocedíamos.

– "¡Gracias por salvarnos el trasero, Pepper!" – Agradeció la arpía, recargando su rifle. – "¡Si no estuviéramos lastimadas, te besaríamos!"

– "¡Ahora no, plumífera!" – Reprendió la aludida, disparando su subfusil. – "¡Ésta condenada es jodidamente inmortal! ¡Necesitamos más potencia de fuego!"

– "¡La bastarda nos dejó sin granadas del cuarenta!" – Anuncié, colocando una cinta a mi arma. – "¡Setenta y cinco balas, es todo lo que me queda!"

– "¡¿Qué coño haremos?!" – Cuestionó la rapaz.

– "¡Ya no puede volar, está cansada, herida y perdiendo sangre!"

– "¡Nosotras también!"

– "¡Y somos más!" – Afirmé. – "¡Hay que cegarla, para evitar que pueda detectarnos!"

– "¡¿Y después qué?!" – Interrogó la pelinegra. – "¡El perder los ojos elevará su adrenalina y la enfurecerá más allá de los límites!"

– "¿Aún posees la granada de fragmentación?"

– "¡Afirmativo! ¡Espera, ¿planeas que Peaches la deje caer sobre la nidhögg?!"

– "¡Me leíste la mente, mantis!" – Sonreí. – "¡Cetania, eres la liminal voladora más hábil que conozco! ¡Necesito que vueles hacia la boca de esa miserable y le metas la granada en la garganta! ¡Si no la matamos, al menos ya no podrá arrojarnos fuego!"

– "¡Demasiado arriesgado!" – Declaró la estadounidense. – "¡Por eso lo haré! ¡Siempre quise ser un bombardero viviente!"

– "¡Sehr gut, 'Operación Stuka' comienza ahora! ¡Prepárense!" – Comandé. – "¡Dyne, Cetania, intercambien armas! ¡Nikos, tú y yo concentraremos fuego en el ojo izquierdo! ¡Tan pronto parpadee, Süsse tratará de arrojarle el explosivo!"

– "Siempre eliges los lados izquierdos, flaca." – Comentó la halcón, dándole su M4 a la helénica. – "¿Es porque eres zurda?"

– "La primera vez que te vi a ti y a Lala, fue con mis ojos izquierdos." – Le guiñé con los mencionados. – "Por eso me enamoré de ustedes; es el lado más cercano a mi corazón."

– "Por Hécate, Jaëgersturm." – La empusa disintió con la cabeza. – "¿Cómo es que no has matado a esa escamosa con tus cursilerías?"

– "No es mi culpa que tu corazón sea más duro que sus escamas, grilla." – Le respondí. – "¿Y desde cuándo hablas idioma dracónida? Ese Fus Ro Dah te salió perfecto."

– "Brianna adoraba ese condenado juego y estaba pegada a su computadora por horas. Luego, tú y esa serket se pusieron a platicar sobre ese título durante la fiesta." – Replicó la pelinegra, cambiando a su pistola. – "El grito que la nidhögg hace es el mismo que ustedes discutí-¡ABAJO!"

La dragona, sin previo aviso, arrojó otra de sus llamaradas hacia nosotras. A pesar de que el lugar en sí se encontraba envuelto en las flamas, la intensidad de tal fogonazo se sintió mucho mayor que los anteriores, cubriendo una mayor zona y prendiendo fuego al resto de la estructura. Aunque con dificultad debido a su pierna herida, nos lanzó un soberbio puñetazo, destrozando una de las paredes interiores y derribando el techo. Escapamos sin tiempo de poder poner en práctica nuestro plan, con la escandinava persiguiéndonos a sorpresiva velocidad. La furia debía serle combustible para alimentar sus vengativos deseos e ignorar el dolor que debía estar experimentando.

No había nada más desmoralizante que jamás obtener fruición en nuestros objetivos, siendo la nidhögg demasiado impredecible para fraguar una estrategia segura. Ese es el peor enemigo que un soldado pudiera encontrar, uno que no obedece a la lógica y echa por la borda cualquier clase de táctica militar. Y era ahí, cuando las reglas son desafiadas, que el guerrero demuestra realmente lo que vale, adaptándose a la antítesis de lo convencional y el orden. Me repetía a mí misma mi propio código de honor, mi orgullo como Sparassediana, como arachne. Debía luchar, dominar, vencer. Nadie es invencible, nadie es indestructible, nada es imposible. Un caballo puede caer aunque tenga cuatro patas.

Eso me dio una idea.

Una de las ventajas de vivir en una aldea costera como Weidmann, es que estaba familiarizada con los peces que mi abuela solía preparar. Los almacenes que nos rodeaban, aunque siendo únicamente ruinas, contenían grandes cantidades de peces ricos en aceite, como atunes y anguilas, regados en el suelo. Si lográbamos conducir a la titánide hasta ahí, haciéndola pisar ese piso oleaginoso, su pierna lastimada le haría resbalar y nos daría la oportunidad de insertarle el explosivo en la boca. Una completa locura, dependiente de que el aceite fuera suficiente para hacerle perder el equilibrio a la dracónida, pero era nuestra mejor opción hasta ese momento.

– "¡Todas, síganme, por aquí!" – Indiqué a mis compañeras. – "¡Vamos al almacén contiguo!"

– "¡¿Para qué?!" – Cuestionó la griega. – "¡Éste es el último edificio en pie! ¡No hay protección ahí!"

– "¡Tampoco aquí! ¡Este lugar se viene encima y no podemos llevarla a la ciudad!"

– "¡Holy fuck!" – Imprecó de repente la falconiforme. – "¡Watch out!"

Saltamos a los lados para ponernos a salvo de una llamarada concentrada, arrojada como una ignominiosa bola de fuego. Confieso que no tenía idea de que la dragona fuera capaz de usar con mayor precisión su arma más mortífera, pero por suerte no nos dio. Ahí, la observamos darse la vuelta para azotarnos con ese látigo escamoso al que llamaba cola. La extremidad de la vikinga casi nos vuela la cabeza, pero besamos el suelo con celeridad. Una de esas malditas púas caudales me rozó la espalda, delineando un rastro semicurvo desde el hombro derecho al izquierdo. Sin embargo el cacofónico grito que dejé salir de mi garganta no se comparó con el verdadero dolor que experimenté cuando me di cuenta que no había sido la única afectada por tan infernales espinas.

Atraparon a Dyne.

Intentando buscar refugio de la flama, la empusa había brincado hacia la seguridad de una viga metálica que aún se mantenía en pie. Para su mala suerte, la cola de la dracónida le había alcanzado. En una imagen que tardé en procesar e incluso negar por lo execrablemente infausto que resultaba, una de las espinas, del tamaño de un cuchillo, se había clavado en el ojo derecho de la pelinegra, deteniéndose justamente en la longitud exacta para evitar atravesarle el cráneo, pero sí dejarla tuerta. Cetania, quien se trataba de incorporar, ahogó un grito de horror al ver cómo su compañera permanecía empalada de su globo ocular perforado. Con aviesa parsimonia, la reptil retiró su extremidad y el cuerpo de la griega cayó boca abajo, sangrante, inerme, inerte.

Muerto.

Dyne Nikos, la empusa que nació en el círculo infernal de la mafia griega y que jamás conoció su identidad real, la mantis que ocultó su infame pasado para intentar reformarse, la heroína que luchó incansablemente contra el monstruo al que alguna vez perteneció, la aliada que derramó sangre y sudor a nuestro lado. Y, sobre todo, la amiga que nos confió sus últimas memorias personales, exponiendo su alma, arriesgándose a perder todo lo que había logrado; recibiendo el perdón que había esperado, que tanto necesitaba. Nos ofreció su fuerza, su inteligencia y experiencia, por muy reticente que luciera en el exterior. Detrás de cada mordacidad, se hallaba una palabra de aliento; detrás de cada regaño, un discurso de motivación; dentro de cada mirada fría, habitaba una auténtica sonrisa de amistad.

Y ahora, esa sonrisa se había apagado.

– "¡You fuckin' slut! ¡You son of a fuckin' cuntslut!" – Vituperó la arpía a la dragona, saliendo del trance y abriendo fuego. – "¡Fuck you! ¡Fuck you all to hell! ¡I'll rip you guts out, fucker!"

– "¡Fick dich, fick dich!" – Me le uní, tomando mi ametralladora. – "¡Fahr zu Hölle, Drachen bastard!"

Estábamos ardiendo en rabia, más que las dilacerantes llamas que decoraban el violento panorama. Perdimos a nuestra compañera, a nuestra hermana de armas, a una parte irremplazable de nosotras mismas. La reptil arrojó otra llamarada, pero preferimos apresurar el paso y colocarnos debajo de ella, fuera de su campo de tiro. Nos arriesgábamos a morir aplastadas, sin que aquello nos detuviera. Cuando la munición de la estadounidense se agotó, emprendió el vuelo directamente hacia la bestia. Yo distraía a la dracónida asediando su entrepierna, agujereando sin piedad su epidermis casi a quemarropa. La pierna herida le evitaba girar eficientemente, con su lentitud dándome tiempo para evadir sus pisadas.

– "¡Go fuck yourself, cocksucker!"

Imprecando en su lengua natal, la rapaz pudo aterrizar en el rostro de la gigante y rápidamente tomar su pistola P226 para dispararle justo en su gigantesco ojo. Los proyectiles, a pesar de la distancia, rebotaron en el tercer párpado de la nidhögg, el cual es transparente y la protege contra suciedad que pudiera afectar su visión en vuelo. Aún así, eso no detuvo el inclemente ataque de la castaña, hasta que, con la última bala, fue capaz de perforar la barrera e impactar la acuosa retina de su adversaria. Ésta, rugiendo de furia y dolor, trató de aplastar a la nativa de Montana con una mano, como si fuera un mosquito, pero yo proseguía mi asedio a sus partes nobles, distrayéndola.

Cegada por la furia y sin sentido de autopreservación, escalé su gruesa pierna, aferrándome de las espinas que sobresalían de esas duras escamas. Necesitaba acercarme hasta llegar a su punto más débil, tenerlo en la mira para regresarle una minúscula pero desgarradora parte del daño que ella nos infligió al asesinar a nuestra amiga. Con la falconiforme distrayendo a la dragona, llegué hasta obtener una vista perfecta de la unión de su cola a su coxis. Era un punto débil de los reptiloides bípedos, donde las reservas de grasa se mezclaban con los nervios y el resto del aparato circulatorio. Aunque el noventa por ciento era bastante fuerte e inmune al dolor, a excepción de la punta de la cola en algunas especies, el área de reducido tamaño a la que me refería era lo suficientemente suave y vulnerable para permitir que un ataque la debilitara.

Apreté el gatillo y no lo pensaba soltar hasta obtener la respuesta deseada. La conseguí, y la dracónida prontamente se paralizó casi por completo, con su cola tensándose y sus piernas perdiendo fuerza. Aunque ella se tambaleaba y casi me arroja fuera de mi lugar, me mantuve firme hasta que mi munición desapareció, agrandando la herida. Intentando correr, sin éxito, la nidhögg dio unos cuantos pasos torpes y se desplomó completamente sobre la pared del edificio, derrumbándola. Me solté de inmediato y apresuré a cubrirme de los restos del complejo que caían por la destrucción. La arpía planeó hasta aterrizar, haciéndolo algo pesadamente, con sus alas demasiado húmedas para volar.

Pero la atraparon también.

La vikinga, aunque decaída, pudo arrojar una muy débil llamarada a la americana. A pesar de que la potencia era relativamente minúscula para una criatura de su tamaño y de que la lluvia mermara aún más al fuego, fue lo suficientemente poderosa para incendiar la herida en la espalda de la emplumada, arrojándola al piso de inmediato mientras insultaba en su lengua madre. Yo, violentada, me di la vuelta y corrí hacia la dragona, extendiendo mis brazos para clavárselos en cualquier lugar. Ella iniciaba a recitar las palabras en su idioma para calcinarme. No me importaba nada, incluso si desaparecía entre el resplandor que saldría de sus fauces, únicamente deseaba hacerle sufrir tanto como me fuera posible. Ella era caos, yo era la entropía que le respondía en la vorágine del anárquico desorden universal.

Y parte primordial de ello, son las sorpresas.

– "¡Ái gamísou!"

De la nada, un bólido de cetrinas tonalidades se lanzó a toda velocidad hacia la dragona y, como una saeta, atravesó con brutalidad el globo ocular derecho de la hercúlea vikinga. La nidhögg, sin idea de que aquel proyectil le asediaría el nervio óptico o que algo más que esta vengativa araña se atrevería a atacarle, alzó su cabeza, emitiendo un horrísono y penetrante lamento al aire, cayendo de nuevo debido a que continuaba débil. Arrojando fuertes fogonazos al aire y tratando de arrancarse el malestar, usando infructuosamente sus inutilizadas manos, la dracónida sacudió con vehemencia la cabeza. Ninguno de sus actos funcionaban, pues el proyectil que la impactó era más que un invasor: era la esencia de la ley del talión misma. No sé cuántas veces me ha rescatado, pero en verdad me alegro que continúe protegiéndome.

Dyne.

La helénica, todavía viva y sin intenciones de perecer tan infaustamente a manos de una lagartija nórdica, había regresado de la muerte para devolverle el favor a su fallida homicida. Con vesánica vehemencia, la mantis había clavado profundamente sus espolones dentro las ventanas de la negra alma de su enemiga. Sin perder tiempo tomó su escopeta y descargó ocho fulminantes disparos, salpicándola de líquidos oculares, sangre y destruyendo por completo el nervio óptico de la reptil. Ahora estaban igual, aunque era la griega quien poseía la herida mayor, con la cuenca donde alguna vez residiera su ojo luciendo completamente vacía y sangrante. Pero, incluso tuerta, la pelinegra no perdía esa mirada tan avasalladora que la caracterizaba.

– "¡¿Qué estás esperando, idiota?!" – Me gritó la mediterránea. – "¡Ataca el otro, bruta!"

Reaccionando y saliendo de mi estupefacto estado, me apresuré a neutralizar el órgano ocular restante a la escandinava, subiéndome encima de ella y preparando mis garras. Ésta no paraba de sacudirse y me aferré con mis pedipalpos cuando volvió a alzar la sesera. Sus extremidades ya comenzaban a responder, así como su cuerpo, así que tuve que ser lo más veloz posible. Antes de hacerle conocer a su retina la dureza de mi quitina, tomé la daga ceremonial de mi patria y, sosteniéndola entre mis dedos como si fuera el dedo medio, lo inserté con brío dentro de la cuenca de mi oponente, manchándome de los líquidos internos de sus rojos ojos. La sangre le siguió y la escandinava empezó a rodar por el suelo. Saltamos de inmediato.

– "¡Gracias por salvarme! ¡¿Pero cómo es que sigues viva?!" – Indagué a la empusa, incorporándome.

– "¡Me destruyó el ojo, no el cerebro!

– "¡¿Te hiciste zombi con el diente de Zoe?!"

– "¡Soy demasiado testaruda para volverme una muerte viviente! ¡O morir en primer lugar!" – Afirmó. Me entregó su MP5. – "¡Treinta balas, haz que cuenten!"

– "¡¿Aún tienes la granada?!"

– "¡No, se la di a-!"

– "¡Fire in the motherfuckin' hole!"

Nikos no pudo concluir su frase cuando, sorprendiéndonos a ambas, Cetania apareció corriendo detrás de nosotras y, siempre con ese lenguaje tan florido de su tierra americana, arrojó el objeto explosivo del cuál hablábamos con fuerza en dirección hacia la boca de la nidhögg, que recién se incorporaba y ya estaba en camino de crear un dantesco fogonazo. La granada voló por los aires, dando vueltas sobre su eje y, con Tique sonriéndonos, internándose en las profundidades del esófago dracónico. Sin preguntar o dilación, nos alejamos de ahí y nos arrojamos hacia la cobertura más cercana. No teníamos idea de qué sucedería después del obvio destello que se suscitaría en unos segundos.

Sucedió.

Mirando de soslayo pude atestiguar cómo la garganta de la reptil aumentó casi dos veces su grosor en un parpadeo, el ligero resplandor que apareció de la negrura de su boca y la expresión de estupefacción absoluta que ostentó en sus ojos. Algunas escamas cedieron a la expansión de piel repentina y la epidermis llegó a formar rojas estrías. La detonación hubiera sido instantáneamente letal para cualquier otra criatura que no fuera un recio dragón de titánicas proporciones y con una capacidad de regeneración superior a cualquier mortal. Sin embargo, una explosión de ese calibre tardaría, para una especie tan poderosa, meses en recuperarse. Era un método cruel, pero necesario para sobrevivir.

Con violentas arcadas, la bestial mujer recuperó fuerzas para incorporarse, sin dejar de carraspear con dificultad, tambaleándose hasta casi caer de nuevo. La escuchamos pronunciar esa temidas palabras que presagiaban el fuego infernal. Su espíritu nórdico era testarudamente fiero, como el estallido que sucedió en su interior. Intentábamos matarnos, y ninguna deseaba aceptar tan funesto destino aún. Nosotras nos levantamos con presteza y alistamos las armas cuando de pronto nos vimos envueltas con algo igual de aterrador que las mefistofélicas flamas del Inframundo: sangre.

Un chorro de atezada hemoglobina casi nos ahoga al ser vomitado con la potencia de un tsunami por parte de la dragona, habiendo fallado en su intento por carbonizarnos. Nuestras armas de inutilizaron de inmediato por la invasión de rojo líquido, aunque no era que nos sirvieran de mucho ya. Pero no era la idea de quedar bañadas en su totalidad de bilis ensangrentada o el repugnante sabor a muerte de la pegajosa emesis lo que nos casi nos hace devolver el estómago. Era el calor que su llamarada fallida le proveyó a su sangre, la cual le daba una sensación de ácido, lo que nos paralizó. No nos quemaba como el fuego, pero producía un horrible escozor en nuestras heridas, dejándonos tan inermes como la dracónida.

Y esto, maldita sea, no terminaba.

La nidhögg estaba casi agonizante, la habíamos asediado sin cesar con garras, dientes, plomo y explosivos. Y nosotras habíamos soportado todo lo que arrojó contra nosotras en un despliegue de insólita resistencia. Pero aquello todavía no era suficiente para aplacarla. Usando sus exiguas fuerzas, alimentadas por su indómita voluntad, la reptil nos apartó con una de sus alas como quien aleja moscas de su vista. La primera en ser impactada fue la mantis, quien fue arrojada hacia varios metros en el aire, fuera de nuestra vista por la negrura de la noche y la niebla de la gélida tormenta.

En menos de medio segundo, ella nos golpeó a Cetania y a mí, siendo yo dilacerada en la espalda por el latigazo de sus delgados dedos que se unían con el patagio para formar sus alas. Mi mente se tornó borrosa al caer, sin saber dónde había caído la arpía o si se encontraba bien. Ni siquiera pude pensar en otra cosa que no fuera la aflicción del monstruoso porrazo que recibí. Estaba segura que mi brazo se había roto por fin. Ahí, hincada bajo la lluvia, un relámpago iluminó el cielo y, como la personificación lacónica de mis miedos más profundos, apareció la silueta de la nidhögg, sin poder erguirse del todo, pero todavía llena de ira.

– "¡Yol toor shul!"

Fuego.

La historia se repite. El primer encuentro con ella había sido con esa exhibición de piromanía suprema. Y ahora, también sería mi último. El uróboros metafórico de la vida había dado la vuelta entera y se devoraba a sí mismo, conmigo incluida, para dar paso al principio del nuevo ciclo infinito. La combustión flotó en el aire, con una luz debilitada por el magro estado de su invocadora, pero del tamaño suficiente para incinerarme lenta y dolorosamente, igual que lo hizo con Völund. Sin otra posibilidad que esperar lo indefectible, extendí los brazos para abrazar a la flameante muerte que ansiosa me llevaría, con suerte, al Valhalla.

Las lágrimas se fundieron con el vómito que me impregnaba la cara, en una paradoja de desdicha y aceptación que simbolizaban mi sentir hasta ese momento. No me molestaba morir; yo siempre me arrepentiría de lo que le hice a Akantha, siempre me recriminaría haberle arruinado la vida, y por eso aceptaba cualquier clase de castigo que la vida osara imponerme. No lloraría, no rogaría, jamás pediría clemencia por algo tan insignificante como mi existencia. Me odiaba lo suficiente como para incluso desear desparecer de este mundo tan vil. Lo merecía.

Sin embargo, mi verdadera preocupación, la causa auténtica de mi plañir, era que dejaría atrás a las mujeres que amaba, a mi familia y amistades, las únicas razones por las cuales soportar la culpa de mi pasado valía la pena. Antes que pudiera seguir lamentándome sobre todo el dolor que les causaría a mis seres queridos por mi partida, las flamas me envolvieron por completo. Efímeras lumbreras somos, ínfimos destellos en un cielo oscuro, cuyas tinieblas jamás perecen. Y cómo las estrellas que decoran el firmamento, yo también me hallaba en llamas.

Pero no me quemé.

Permanecí afásica al ver cómo aquella ráfaga me rodeaba, iluminándome con su abrasadora intensidad, pero sin calcinarme el cuerpo, como esperaba que sucediera. En lugar de morir horriblemente en esa hoguera dracónida, las flamas me pasaron de largo, como un pasajero fantasma que atravesaba las paredes en su camino al otro mundo. Creí que era una alucinación, un espejismo producto de haberme internado en los Campos Elíseos, pero todavía seguía en ese mismo puerto, bajo la misma tormenta y con el mismo escozor que me castigaba las heridas. Sí, milagrosamente y demostrando la veracidad de la entropía venciendo a lo premeditado, me encontraba aún con vida. ¿Pero, por qué? ¿Qué me hizo salir incólume de tan inevitable conclusión crematoria? Ahí, me di cuenta que la respuesta residía en mi propia persona.

La sangre de dragón.

Por supuesto, la hemoglobina de una nidhögg además de ser aséptica, combustible, y el líquido vital del sistema circulatorio, también era ignífuga. Las llamas que intentaban formarse en mi cuerpo, desaparecían con rapidez, dejando sólo un dejo de calor que me protegía de cualquier quemadura. Me di cuenta que el intenso frío del diluvio había sido sosegado por esa roja capa de vómito, demostrando su capacidad impermeable. Arachne, los dioses del Olimpo, los Aesir y Vanir en Asgard; todos parecían haberme brindado una deífica segunda oportunidad.

Una de victoria.

Las fuerzas regresaron a mí, el dolor que hace momentos me retenía desapareció. Las cadenas de la preocupación y el miedo fueron quebradas para ser sustituidas por coraje, decisión y una apoteósica sensación de bravura. Me incorporé dramáticamente, sin perder contacto visual con la dragona, quien rugió ante mi afásico desafío. Con denuedo, me arranqué las ropas con las garras y la sangre comenzó a esparcirse por mi cuerpo desnudo. Sólo así, sin atavío alguno, me sentiría completamente liberada. Gruñendo y golpeando mi pecho como un belicoso tambor de batalla, busqué a mi alrededor para encontrar algo que me auxiliara en lo que sería, ciertamente, mi jugada definitiva. Con otro rayo iluminándonos, noté el resplandor de una muy bienvenida herramienta, dejada atrás por los trabajadores del puerto.

Un mazo.

La historia se repite. Erika Kriegtochter, mi inspiración y legendaria militar de mi nación, cargaba con un gigantesco martillo de guerra. Con tan gloriosa arma, la impetuosa arachne quebró cientos de cráneos y pulverizó miles de huesos, con su última gran hazaña siendo la conquista de Geminia y, junto a Serhilda, mi antepasada, la victoria sobre una nidhögg durante la guerra entre arachnes y empusas que decidiría el futuro de Sparassus. Ahora, siglos después, una Jaëgersturm tenía en sus manos el poder de derrotar a la bestia nórdica que amenazaba el país que tanto amaba. Destino, profecía, capricho de la vida; no importaba qué nos condujo hasta ese momento en nuestra historia, pero ahora no podía perder, nunca.

La reptil reunió toda la energía contenida en su vasto ser y se arrastró con sus poderosos brazos a mi dirección, abriendo la boca para la llamarada final. Yo también corrí, directo hacia ella, en mi último ataque. Mi brazo derecho estaba roto, pero la adrenalina y el metafórico fuego en mi interior me proporcionaban la fuerza para ignorar la aflicción. La lluvia arreció, el mar también. Blandiendo yo mi martillo y ella extendiendo sus alas, la distancia entre nosotras se hizo cada vez más exigua. La dragona rugió, yo me daba ánimos.

– "¡Soy la valiente Helga, la matadragones de Palystes!"

Las olas rompen en el impetuoso océano. Hay fuego en mis ojos y corazón. Aquí, en este mar de sangre, enfrentaré a mi destino.

– "¡Soy la poderosa Erika, la conquistadora de Geminia!"

Los truenos crean una sinfonía de ira y poder incontenibles. Perdida en esta dura realidad llamada vida, enfrentaré a mi fortuna.

– "¡Soy la gloriosa Serhilda, la segadora de Weidmann!"

El viento sopla con vigor mientras dos almas luchan por su vida. En este lugar, donde reina el caos, cumpliré mi profecía.

– "¡Soy la daga que atraviesa la armadura más impenetrable!"

Una tormenta nos envuelve, presagiando el choque de voluntades. Yo alzo mi arma, mi adversaria abre su boca. Es victoria o muerte.

– "¡Soy el ariete que destruye la muralla más inexpugnable.

El suelo tiembla y se quiebra a nuestro alrededor. El mundo entero parece hundirse en un océano ensangrentado. Pero la furia contenida en esas dos guerreras es más fuerte que el inclemente clima.

– "¡Soy el tanque que aplasta al enemigo más acérrimo!"

Dos universos se enfrentan, dos oponentes se retan, dos mujeres gritan. Sólo una obtendrá la victoria.

– "¡Soy una inmaculada descendiente de Arachne!"

Reuniendo todas mis fuerzas en la punta de mi mazo, doy un salto y floto en el aire. El Valhalla espera a la vencedora.

– "¡Soy Aria Jaëgersturm!"

El fuego me envuelve y mi mundo se torna brillante, pero mis brazos son tan firmes como mi voluntad y, descargando absolutamente toda mi energía, golpeo la frente de la dragona, hundiendo la cabeza metálica en la piel. El impacto y la dureza del cráneo draconiano quiebran mi herramienta al superar esta su punto de resistencia máximo. La potencia se esfuma de mi cuerpo, la adrenalina cesa y el coraje de desvanece como el martillo. Inerme, me desplomo en el mojado suelo, con la nidhögg cayendo a mi lado. Todo ha terminado.

Puedo escuchar el sonido de las sirena policiacas entre la continua precipitación atmosférica y, aunque mi visión se halla borrosa, distingo un helicóptero en el cielo, iluminándonos con su celestial luz artificial. Antes de perder el conocimiento, colocó mi temblorosa mano encima del labio superior de mi adversaria, sintiendo la débil pero existente cálida respiración. Sonrío con dicha; a pesar de todo, había seguido fiel a mi palabra. Cierro los ojos, dejo que la lluvia sea mi manta y los truenos mi canción de cuna mientras susurro a la nada.

– "Los héroes no matan…"

Por fin, puedo descansar en paz.


NOTAS DE MERO: Es irónico que iniciemos el nuevo año cerrando un arco narrativo, especialmente desarrollando el desenlace en la ciudad que vio nacer el principio de la historia, pero me encantan estas dicotomías tan evocadoras.

De acuerdo a las palabras de mi esclavo, Aria-sama demostró aquí el verdadero ser que ha dormitado en ella todo este tiempo, apareciendo anteriormente por pequeños intervalos. Y no nos referimos a la aparente crueldad que suele tener contra los enemigos más acérrimos, la cual aplica para todas sus compañeras, considerando las circunstancias, sino algo relativo a su calidad como militar, cazadora y Sparassediana: dominio.

Aria-sama no era precisamente una persona que se impusiera, habiendo sido criada desde su infancia a seguir órdenes, en especial en el ámbito familiar, gracias a su estricta abuela. Con el complejo de culpa que la ha invadido desde ese aciago episodio de su adolescencia, jamás pudo ejercer esa actitud que caracteriza a su especie y que es inherente a una arachne zanquilarga. Curiosamente, el único momento donde ella tomaba las riendas y el control, era en los momentos de intimidad con sus seres amadas. Pero incluso ahí, ella demostraba que prefería igualdad y no autoridad absoluta.

Tal vez se deba a que yo adoro el poderío incondicional y no comprenda del todo la filosofía moral de Aria-sama, pero me sigue resultando intrigante ver este cambio tan substancial en ella. Cetania-sama y Dyne-sama también han evolucionado como personajes en este viaje, y han demostrado estar bastante capacitadas para un trabajo tan extremadamente peligroso, incluso cuando la amenaza está más allá de lo imaginable. Podría explayarme en cómo se han dado tales progresos, pero creo que verlas trabajar con un verdadero equipo para derrotar a una oponente casi invencible habla por sí mismo. Ya no son tres niñas novatas jugando a ser policías, sino una sola unidad dispuesta a no dejarse doblegar por la adversidad.

Pasando a otros asuntos, Flake-san deseaba terminar esta parte tan crítica en la historia de su historia más famosa de manera épica, igual que las leyendas nórdicas. La nidhögg demostró la inaudita resiliencia de su estirpe al soportar no una, ni dos, sino cuatro explosiones sin morir, dos de ellas provocadas por misiles antitanque. Originalmente, la RPG-7 de Dyne-sama sería un Panzerfaust 3 germano, pero consideró que el lanzacohetes soviético quedaría mejor para ser usado por una ex-mafiosa.

Oh, y sabemos que la muerte de la valiente Mugi-sama debió extremadamente dolorosa para muchos de nuestros lectores. Le rogamos que entiendan que ella dio su vida por una noble causa y que ahora se encuentra en un lugar mejor. En todo caso, me he extendido demasiado, así que sólo me queda el invitarlos a dejar su opinión, que siempre, y repito, siempre, será bienvenida.

Le mandamos un saludo a nuestros escl-Digo, compañeros de Los Extraditables: Paradoja el Inquisidor, Onix Star, JB Defalt, Arconte y Alther, por su constante apoyo, consejos y paciencia. Y también a todos nuestros lectores, tanto registrados como anónimos, que continúan en esta travesía desde hace más de un año, pues sin ellos no seríamos nada y el viaje hubiera sido muy, pero muy corto. Nuevamente, yo y mi esclavo les deseamos Feliz Año y todos los buenos deseos para que continúen adorándome y alabándome. Su Salvadora y Gloriosa Deidad, Meroune Lorelei Du R'lyeh, se despide, mis fieles súbditos.

¡Hasta la próxima! ¡La obediencia eterna es el único camino seguro! ¡Au revoir!