NOTAS DEL AUTOR: ¡Achtung, Herr Tarmo Flake ist hier!
Bueno, llegamos a los sesenta episodios, seis decenas de tinta virtual que todavía no terminan de contar toda la historia. Un camino que me ha tomado recorrer casi dos años de mi vida, pero que jamás me he arrepentido de hacerlo. Y aquí sigo, esforzándome por ofrecerles una lectura lo suficientemente amena para entretenerlos en sus ratos de ocio. Ojalá continúen disfrutándolo.
¡Fanfic bereit! ¡Feuer frei!
Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena ofrece seguro médico de por vida! ¡El único requisito es venderle tu alma!
NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE
CAPÍTULO 60
¿Ya te sientes como una heroína?
No sé dónde estoy.
El mundo se había tornado oscuro y, con impaciente hambre, había engullido a la fundación de los sentidos. En una paradójica escena abstracta de las virtualmente nulas sensaciones corporales, me hallaba flotando como una sombra dentro de la oscura y eterna vacuidad de la nada. Esa era la descripción más acertada que podría otorgarle a esa ausencia casi total de percepciones. Mi vocabulario no es tan extenso para lograr una superior descripción de aquella indiferencia existencial en la que me mantenía. O más bien, mi mente era incapaz de articular los pensamientos de manera suficiente para fraguar una sentencia coherente y arrojar luz a la lobreguez que me rodeaba. La existencia en sí era inconexa.
¿No era esto lo que buscabas?
No podía ver, pero era capaz de observar la negrura misma del infinito vacío. Era incapaz de oír, pero escuchaba los indefinidos susurros de la indeterminación universal. Me era imposible sentir algo, pero palpaba la entropía amorfa de la irrealidad. Entre más lo pensaba, más lo meditaba, menos sentido hallaba a mis propias ilaciones mentales. La lógica carecía de noción, era tan irrisoriamente falsa. Y era su antónimo conceptual el que parecía haber tomado la exclusividad de la razón misma. De haber podido mover mis manos, me tallaría la sien, tratando de entender los desvaríos mi cabeza. Me encontraba llena de vacío, y el vacío me llenaba en su totalidad.
No entendía nada.
¿Cuánto más crees que resistirás?
Medité más tiempo. ¿Qué había sucedido? Mis últimas memorias, después de haber derrotado a esa abyecta nidhögg, son, más que imágenes ordenadas por mis redes sinápticas, simples sensaciones perdidas entre el caliginoso océano de confusión que eran mis recuerdos. Océano… agua… humedad… precipitación… caída. Y luego, nada, sólo más de esta difusa incoherencia imperante. Quizás, pensé, el hipotético Ragnarök se había cumplido y yo, la ahora defensora de mi propio Asgard de nipona procedencia, había perecido en el conflicto final. Morir. ¿Esto era la muerte? Lo dudaba, pero también lo hacía con la lógica, por lo que, siguiendo esa anómala línea de pensamiento imperfecto, entonces debía ser verdad.
¿Cuánto más crees que ellos también?
Si esto es el exhalar el último aliento, el camino que lleva al descanso eterno, no es tan malo. Incluso cuando soy incapaz de sentir algo más que una oquedad sensorial en todo mi ser, el estar rodeada de toda esta inocuidad es, ciertamente, tranquilizador. Existe una especie de calma y paz que no había experimentado en mucho tiempo, una serenidad sumamente agradable, un plácido sosiego tanto físico como mental, igual que una apacible tarde de verano bajo el cálido sol de los cielos europeos, a la sombra de los frondosos azarollos, con el deleitoso trino de los pajarillos evocando una idílica estampa poética. Sentía que no había necesidad de pelear más, seguir yendo contra la corriente. Debería estar aterrada, pero los problemas se esfuman entre menos se preocupe una por ellos, y entre menos preocupaciones, la tranquilidad se va apoderando de mí.
¿Pero… acaso vale la pena?
¿Piensas que no les afectas?
Es decir, sólo tengo veinte años de vida, dos decenas de existir. Y apenas en ese corto mes y semanas, es cuando finalmente he podido ser libre, conocer mi vocación e incluso el amor, dos veces. En ese pequeño parpadeo, aquel ínfimo instante, una nada en la vastedad de la infinita y sempiterna rueda del tiempo, logré mucho más que el resto de mi presencia en la tierra; empecé realmente a vivir. Y perder todo eso, ese increíble milagro que tuve la dicha de experimentar, se esfumaría en un igualmente efímero chasquido de dedos. ¿Es preferible acabar con ese diminuto, pero significativo sueño? ¿Acaso no demostré que mis acciones son más importantes de lo que pensaba? ¿Pienso realmente en abandonar a aquellos que me esperan?
¿Qué harás cuando el tiempo de cosechar lo que siembras llegue?
No.
Ella no está aquí, y sin su presencia, no puedo pasar a la otra vida. No debo. Fue una promesa, una que ella ni yo romperíamos. Finalmente comprendí: esto no es la muerte, no es el camino a la barca de Caronte y al descanso eterno. Esto es miedo; el temor que yo misma intento crear para evitar abrir los ojos. Son mis fobias y prejuicios, congregados en un solo punto, un infausto aquelarre mental esforzándose por hacerme resignar. Tirar la toalla es fácil, ondear la bandera blanca es la salida rápida. ¿Y después qué? ¿La tranquilidad de arrojar todo aquello por la borda? Qué vana ilusión.
¿Qué harás cuando lo que más temas, se haga finalmente realidad?
Debo despertar. No puedo permitir que mis problemas se desvanezcan en un espejismo de atractivas falsedades y promesas tan vacías como este abismo eterno que me rodea. Es un bulo, un engaño, una hermosa mentira que juega con nuestros temores y apela al conformismo que caracterizan a nuestras debilidades instintivas. Es fácil darse por vencida, es sencillo permitir a algo más tomar el control y dejar que sus patrañas nos convenzan de que hacemos lo correcto. No para mí, yo tengo el control de mi vida y debo hacerme responsable de ella. No había más qué discutir, más qué cavilar, sólo abrir los ojos y enfrentar la realidad. Estiré mi mano, intentando alcanzar la trémula y borrosa luz añil que se había manifestado frente a mí. Debo seguir luchando.
¿Realmente eres tan fuerte?
Siempre.
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Desperté.
Mis seis ojos se abrieron de inmediato al tiempo que mi boca se abrió para permitir paso a una profunda bocanada de aire. El sonido de tal inhalación fue subyugado por una barrera plástica. Sintiendo la calidez de mi súbita respiración bajar lentamente la temperatura, comprendí que mi boca y nariz se hallaban rodeadas de una máscara de oxígeno transparente. Contemplé el albugíneo techo, casi impoluto salvo por unas diminutas manchas de desgaste sobre el lechoso lienzo lustrado. Observé el resto de mis alrededores, notando primero el ascendente pitido de una máquina de electrocardiogramas, unida a mi pecho y brazo, junto a una pequeña manguera conectada a una bolsa de suero, a mi lado. El reloj en la pared frente a mí indicaba que eran las diez de la mañana. El olor a alcohol etílico que flotaba en el ambiente eran más que pruebas empíricas de que me hallaba en un hospital.
Viva.
Repentinamente, sentí mis extremidades adoloridas. Suspiré de alivio. No sólo por encontrarme bajo cuidados médicos, o continuar en este trémulo barco con rumbo indefinido llamado vida, sino porque el hecho que aún experimentara dolor en tales partes de mi cuerpo, significaba que aún eran parte de mí. Estaba completa, no había quedado inválida, no me habían removido nada, más allá de la sangre y el vómito dracónida que me empapaba antes de perder el conocimiento. Por supuesto, eso no sosegaba el malestar, aunque era menor del esperado. Ignoraba cuánto tiempo había pasado ahí, en esa enorme cama que albergaba mis gigantescas dimensiones, pero al menos el horrible escozor que me recorrían las heridas que la dragona me dejó y la paralizante dolencia en el brazo eran mucho más tolerables.
Llevé mi mano derecha, la que no estaba vendada, hacia mi rostro. Pude sentir el reborde de la enorme herida facial que ahora cargaba por la eternidad. No había signos de puntos de sutura, pero sí de la costra que se forma al secarse la sangre, por lo que debía significar que debieron dejarla sanar naturalmente. Agradecía mentalmente a cualquiera que me hubiera atendido, pues conocía mis deseos de conservarla intacta. Pero, regresando al punto anterior, más que aún ostentar aquella cutánea presea, era el hecho de haber sobrevivido para poder presumirla lo que me alegraba. Sonriendo, giré la cabeza a mi derecha.
Mi sonrisa se hizo más grande.
Soy de panteón griego, ergo, las deidades que representan los conceptos religiosos de mi vida son también helénicos. Arachne es mi diosa principal, mi lacónica representación del abstracto concepto que simboliza la fe. Pero, en ese momento, mis ojos estaban convencidos de que los había posado directamente sobre un auténtico y deífico ángel celestial. Una apoteósica criatura, que si bien carecía de alas en su espalda, harpa y un halo sobre su cabeza, podía invocar los seráficos coros del Paraíso con su presencia, y me iluminaba el interior del alma con la bella música de su voz. Y lo más importante, era, más que una santa, mi salvadora, mi abadía, mi templo de peregrinaje. La diosa a quien adoro eternamente.
Lala.
Sentada en una silla, descansando sobre su brazo derecho apoyado en el pequeño escritorio a lado de mi cama, y con su mano izquierda reposando sobre la mía, se encontraba mi amada irlandesa de platinados cabellos. Con una serenidad que sólo ayudaba a remarcar esa parsimoniosa tranquilidad que ella me hacía experimentar con su cálido amor, además de resaltar su incomparable belleza celta, mi gloriosa dullahan dormía. Sin importarle la incómoda posición en la que su reposar, posiblemente prolongado, le había dejado, ella continuaba velando por esta torpe arachne, aguardando por mi despertar. Una leal guardiana que, aunque la espera fuera larga, no claudicaba a su puesto. Lo sabía, estaba segura de todo ello, porque la segadora era perfectamente noble. Creía tanto en ello, en ella, como creo fielmente en la salida del sol cada mañana.
Moviendo mi brazo derecho, asegurándome de no romper la conexión entre éste y la delgada manguera unida al suero, acaricié esos delicados y femeninos dedos irlandeses, palpando la tersura de su inmaculada piel azul. Los sostuve entre los míos, remarcando la diferencia entre la impoluta suavidad de su epidermis y la rugosa dureza de mi quitina arácnida. El dolor de mis extremidades desaparecía entre más tocaba esa blanda textura de la chica del Éire y contemplaba su pacífico semblante; tan bella, tan hermosa, tan exquisitamente majestuosa. Esa era la mujer que amaba, la que me robó el corazón cuando retiré la máscara de psicopompo delirante, para encontrarme con una gloriosa diosa de hipnotizantes ojos poseedores de doradas pupilas y negra esclerótica, una maravilla viviente cuya sola existencia empequeñecía los placeres mundanos de este plano mortal.
Esa era mi Lala.
Con lentitud, deposité su mano sobre mi estómago, y me retiré la máscara de respiración. El frío e insípido olor del oxígeno médico fue reemplazado por una mayor intensidad en las fragancias que permeaban el pabellón hospitalario. Mis pulmones se llenaron por el cálido sentimiento del aire ambiental, aún estéril, pero más natural. Pero, entre ese océano de asépticos perfumes, aún podía distinguir el agradable aroma de mi irlandesa, tan enigmático como sólo podía ser una hija del Abismo. Me reí para mí misma; apenas despierto de lo que pudo ser mi descanso final, y lo primero que hago es alabar infinitamente a mi bella dama peliblanca durmiente. Pero así es el amor, que nos hace ignorar cualquier negatividad para centrarnos en la dicha de continuar al lado de esa persona especial.
¿Para qué rayos meditar sobre la muerte, si lo que todos deseamos es vivir?
Lala me hacía sentir viva, y yo vivía por ella. La dullahan era otra paradójica incógnita que permeaba mi vida: una mensajera de la muerte, me daba razones para seguir existiendo. Y yo la adoraba por eso, porque, al igual que esta arachne, ambas éramos lo contrario a nuestra naturaleza. O quizás, éramos contrarias a los prejuicios que el mundo tenía sobre nosotras. Después de todo, ¿qué cosa más natural puede haber que amar sinceramente? Reí de nuevo, nosotras estábamos bien, son los demás quienes están al revés. Tomé la mano de mi añil novia y le planté un tierno beso, con la delicadeza que una plebeya besaría la mano de una emperatriz.
Y, reaccionando a tal estímulo, mi reina europea abrió sus radiantes ojos, lenta, parsimoniosamente, permitiendo que el resplandor de la nívea iluminación artificial le acariciara las retinas. Levantando su cabeza, dejando ver las marcas en su mejilla producidas por el largo reposo sobre sus fibras capilares, badalló un tierno bostezo con su angelical voz, siempre procurando taparse la boca con la mano. Parpadeando para ajustar su vista, giró lentamente hasta hacer contacto con mis globos oculares, que la observaban con infinito cariño. El tiempo se detuvo en ese instante.
Las ventanas del alma de la Abismal, áureos orbes creados en el Caos Eterno, se paralizaron en su lugar, igual que su dueña. Los únicos sonidos audibles eran los electrónicos pitidos de los aparatos, el bisbiseo de la urbe que se filtraba por las ventanas, y el vago eco de la bocina, solicitando la presencia médica en la sala de oncología. Paulatinamente, el murmullo de los latidos del céltico corazón de la segadora se hacía más intenso, hasta que éste pasó de ser un débil susurro a una sinfonía cardiaca que había ahogado al retintín del electrocardiógrafo. La expresión estupefacta de la irlandesa se mantuvo por varios segundos, hasta que de mis labios, en perpetua sonrisa, se separaron para forman un triunvirato de palabras que nos regresaron a la cotidianidad que tanto adorábamos.
– "Guten Morgen, Spatzi."
No pronunció pío alguno. En lugar de alguna frase en señal de alivio o repetir continuamente mi nombre, como lo he imaginado después de haberme barnizado en la melcocha del romanticismo idealista durante mi época adolescente, la dullahan me envolvió en un firme pero suave abrazo mientras su rostro de hundió en mi pecho. Luego de un segundo de permanecer inmóvil por la sorpresiva velocidad de la chica para rodearme con sus brazos y no estrujarme la espalda en el proceso, mi sonrisa se hizo aún mayor y, con una dicotómica lentitud, le devolví el gesto, emanándole el calor de mi sempiterno afecto, sosegando sus preocupaciones.
Amándola.
Sentí una ligera tibieza en mi pecho, una acogedora humedad repartida inicialmente con un cuentagotas, pero que enseguida se transformó en un caudaloso torrente continuo. El silente plañir de la segadora prosiguió gradualmente hasta manifestarse completamente con el acompañamiento de un sollozo, contrastando con mi serena expresión comprensiva. Eso bastaba para decirlo todo, para proclamar su sentir y desahogar la aflicción que sin duda le causó mi vulnerable estado. Ella era un axioma de hermosos sentimientos, que tanto en la risa como en el llanto, siempre eran profundos. Las lágrimas y gemidos siguieron mientras yo acariciaba su larga cabellera, deleitándome con esa sedosa textura de su pelo, tornándose ligeramente azulado al ser irradiado por el reflejo de su vestimenta habitual.
Permanecimos en la misma posición por varios minutos, hasta que la peliblanca disminuyó la intensidad de su gimoteo y lentamente se separó para mirarme directamente a los ojos, sin romper el abrazo. El vestigio de su llorar quedó grabado en mi bata hospitalaria como un húmedo rastro por donde sus aún frescas lágrimas se deslizaron. Ella continuó sin hablar, casi como si aún el hecho de palparme y tocarme no fuera suficiente para convencerla de que su querida arachne estaba viva. No podía culparla, yo comparto esa misma inseguridad. Desde siempre palpar mis bolsillos para confirmar que no he olvidado las llaves y el jamás abandonar mis maletas de equipaje en un viaje, siento la vehemente necesidad de corroborar las cosas múltiples veces antes de aceptarlas.
Para ratificarle que no se trataba de una caprichosa ilusión de sus deseos, limpié una de las lágrimas que deseaban escaparse de sus empañados ojos, pasando tiernamente mi índice y recogiendo la gotita en la quitina punta de este. El resto de mis dedos acariciaron las hermosas facciones de su cara, tan apoteósicamente perfectas, esculpidas con una precisión que ninguna mortal podría igualar. Continuando con nuestro afásico momento, acerqué mi rostro al suyo y, haciéndola inhalar en señal de anticipación, junté mi labios con los suyos, enfrascándonos en un muy necesario ósculo.
Mi eterna fobia, mi mal aliento, ese cruel fantasma que me había transformado en una usuaria obsesiva del dentífrico, estaba ausente. La halitosis y la acritud que siempre me martirizaban al despertar se habían esfumado, dejándome vía libre para disfrutar ese dulce beso, sin pecado alguno. Besar, un acto tan sencillo, pero cargado de un significado tan vasto que expresaba el corazón y alma de los involucrados al realizarse. Era la panacea de todo mal, la ambrosía que alimentaba nuestras pasiones, la miel que endulzaba la existencia, comprimida en tan íntimo paquete bucal. Podría continuar todo el día, pero sería reafirmar lo que yo y todo el mundo sabe bien: no hay mejor bienvenida que un beso del ser amado.
Separándonos, unidas por un delgado hilo de saliva, el semblante de la irlandesa ahora estaba decorado por una deífica sonrisa, aunque sus mejillas continuaban esmaltadas por la brillosa capa acuosa de sus lágrimas. Quise romper el silencio, pero Lala se me adelantó y volvió a pegarme a ella, descansando sobre mi pecho, aún húmedo por su plañir anterior.
– "Go raibh maith agat." – Susurró la dullahan. – "Go raibh míle maith agat, A chuisle."
– "Spatzi, soy yo quien debe agradecerte." – Repliqué, tallando mi mejilla con su pelo. – "Te agradezco por tantas cosas, más de las que imaginas, pero la razón más importante es por siempre estar a mi lado."
– "Y yo te agradezco por seguir aquí." – Aseguró, viéndome a los ojos. – "Para que yo pueda seguir estando ahí para ti. No soy nada sin ti, A chuisle."
– "Ambas nos necesitamos, ¿cierto?" – Respondí, juntando nuestras frentes.
– "Demasiado." – Acotó. – "Quiero que así sea siempre."
– "¿Contigo preocupándote por esta torpe araña todo el tiempo?"
– "No." – Alzó la mirada, al igual que mi barbilla, encarándome. – "Con nosotras así de cerca, así de íntimas, conectadas."
– "Así de enamoradas." – Sonreí. – "Concuerdo, linda."
Otro beso. Un segundo ósculo para reafirmar nuestro compromiso y para secarse las lágrimas. Pero mientras las gotas dejaban de fluir de la Abismal, mis tres pares de globos oculares iniciaban a tornarse acuosos.
– "Perdóname, Lala…" – Expresé, bajando la cabeza. – "No quería afligirte. Casi muero, y tú…"
Ella colocó un dedo en mi boca, silenciándome y ofreciendo una sonrisa al tiempo que disentía con la cabeza.
– "Aria, lo único que me importa es que estés viva, junto a mí." – Declaró. – "Por favor, no oscurezcamos nuestro humor con innecesarios nubarrones de inexistente culpa. Los riesgos de tu trabajo son algo que acepté desde que tomaste la decisión de ofrecer tu vida en pos de la justicia. Mientras continúes iluminándome el corazón con tu presencia, los pormenores de las intranquilidades que vengan con la profesión son meras rachas, tan efímeras como las luciérnagas de marzo. Tengo una eternidad para llorarte, así que aprovecharé cada segundo para apreciarte en vida. Después de todo, amamos para vivir…"
– "Y vivimos para amar." – Completé, sonriendo. – "Nadie te supera en cuestión de discursos, querida. Y acabas de ahorrarme un mar de lágrimas."
– "Esa es el motivo del manifiesto, A chuisle. Si juntamos las mías, terminaríamos ahogadas."
Reímos, conmigo ignorando el ligero dolor en el pecho al mover mi diafragma tan rápido. Ella tenía razón, hace mucho que había dado por hecho que algo así sucedería tarde o temprano. Y aún así, la irlandesa seguía ahí, firme, con la lealtad cincelada en su corazón. Era afortunada, había sido divinamente favorecida con una mujer tan maravillosa como la segadora. Empero, a pesar de tan bellas palabras que me tranquilizaban el corazón, la niebla del malestar, esa canalla que había logrado contener en una botella, seguía rondándome el alma. Y únicamente se disiparía si destapaba el corcho.
– "Me gusta tu atavío." – Mencioné, apoyando mi cara en su pecho. – "Resalta tu venusina figura celta."
– "Son las ropas de siempre."
– "Precisamente. Sólo tú puedes llevar tan ordinaria vestimenta tan mayestáticamente."
– "Gura míle, A chuisle."
– "¿Te molesta si pongo a prueba su impermeabilidad?"
– "Es necesario después de todo, ¿cierto?"
– "Demasiado."
– "Adelante." – Besó mi frente. – "No te contengas."
Lloré.
Gimoteé, lagrimeé, hipé y sollocé como nunca. Igual que un soldado germano que ha andado por la tierra de nadie después del bombardeo de artillería más intenso durante la brutal batalla del Somme, los sentimientos de haber sobrevivido el evento más violento y devastador en la vida afloraron con toda la potencia de un cañón. La calma que había mantenido con un aparente estoicismo finalmente cedió ante la vorágine de penurias que ese infausto encuentro con la nidhögg me provocó; la máscara de impasibilidad se quebró con el choque de la realidad, mostrando a la vulnerable y aterrada mujer debajo del espejismo. Mi cuerpo temblaba, mis heridas habían recobrado su impacto y escozor, finalmente había caído en la realización de la magnitud de las cosas.
Arachne mía, estoy viva, ¡viva, demonios! Enfrenté a un dragón gigante la especie más poderosa que existe, la que dio origen a las leyendas y que demostró que todas eran ciertas. Luché con ésta, la vi destruir todo obstáculo posible, y aún así, con todas las probabilidades en mi contra, triunfé. Me tatuó el cuerpo con cicatrices indelebles y me dejó pesadillas que estoy segura ya nunca me abandonarán, pero fui capaz de ponerle fin a sus excesivos desastres. Fue un acto que jamás esperé realizar en toda mi existencia, pero lo hice. Debería sentirme grande, infatuada de mi misma en un arrebato de vanagloria, como una laureada heroína, una cazadragones, igual que las grandes figuras históricas de mi nación.
Y por poco muero.
Casi pierdo la vida ante una bestia indomable, terminando como el bolo alimenticio de un auténtico monstruo, la mismísima devoradora de almas del Inframundo. Nunca imaginé que me sucediera, que yo formara parte de una situación tan extremadamente única. Y fue demasiado, realmente demasiado para una simple arachne de piernas largas que únicamente deseaba encontrar su significado en este mundo. El bautizo de fuego más extremo que existe me recordó lo efímera que soy, lo endeble que es nuestra existencia, la delgadez de la finita línea que nos separa del descanso eterno. Todo por lo que luché, el amor que encontré, el propósito que hallé, la felicidad que obtuve… casi desparece.
No podía precisar qué era específicamente lo que me embargaba. ¿Era el shock de sobrevivir a lo imposible? ¿Las permanentes heridas tapizadas en mi mente? ¿El terror de perder lo importante en mi vida, más que la existencia misma? O, acaso, ¿es que sigo considerándome indigna de tanta fortuna? Me era imposible decidir, mi cabeza era un caos y en lo único en que podía concentrarme era en la catarsis de llorar. Cada lágrima me purgaba el interior, sin saber cuál era la aflicción, pero funcionaba, me era imperativo. Los minutos pasaban, el torrente que salía despedido de mis ojos proseguía su marcha sobre la ropa de la irlandesa, tornándola oscura por la humedad. El dolor en la garganta fue ganando terreno junto a mis sollozos. Pensé que había encontrado la respuesta, la razón detrás de esta intranquilidad: esta no será la última vez.
No para mí, sino para mis seres queridos.
Derrotar a una nidhögg es más que noticia pasajera, es un evento destacable, y con ello, los involucrados se hacen de fama. Más que preocuparlos, ahora los ponía en la línea de fuego al volverme una figura pública. Al unirme a MON y enfrentarme al mundo criminal, abrí una enorme caja de Pandora. Sí, todos conocían el riesgo al que mi puesto los hacía vulnerables, y lo aceptaron, pero una no es consciente de la amenaza hasta que la vive. Me sucedió una vez, no estuve disponible para resguardar a la irlandesa, pero afortunadamente un buen amigo protegió a mi amada dullahan.
Empero, ¿qué pasará cuando ningún héroe esté presente para recibir todo ese dolor? ¿Qué sucederá cuando mis mayores temores se desaten sobre quienes aprecio? ¿Realmente puedo protegerlos todo el tiempo? ¿Y qué pasará cuando….? Mi cabeza continuaba siendo un desbarajuste, una masa inconexa de sinsentidos; todo había sucedido demasiado rápido. Una noche, unas pocas horas, y el mundo entero se vino abajo. Pasé de la seguridad del hogar, de la calidez de mi amada nativa de Wicklow, de su amor… al horror del terrorismo y un mar de hambrientas y dilacerantes llamas. Mi optimismo fue devorado por el fuego del terror, consumido hasta convertirse en cenizas. Abandoné mi zona de confort para ser arrojada a la crueldad de la realidad.
Tenía miedo, estaba simple y totalmente asustada. Las abominaciones que los encuentros con el bajo mundo aguardaran no se comparaban con lo infausto de imaginar a mi familia y amistades atrapadas en esa podredumbre, conmigo incapaz de acudir en su ayuda. Y temía a que yo terminara sucumbiendo a ese mismo terror, que claudicara antes de tiempo para prevenir dañarlos… decepcionándolos en el proceso. Me sentía atrapada entre la espada y la pared de mis fobias internas. Las inseguridades y el pesimismo que desarrollé desde pequeña se amalgamaron en un execrable sentimiento de impotencia que me impedían salir de la inopia. Caía en la trampa del pavor, mi incapacidad de valorarme me colocaron en la guillotina de la pusilanimidad.
Y me odiaba por eso.
– "¿Sabes, A chuisle? Ya perdí la cuenta de cuántas veces te he llorado desde que partiste, esa noche." – Habló Lala, acariciando mi espalda. – "El temor de ya no verte nunca más, de que tu vida se extinga y no sea capaz de reclamar tu alma, perdiéndote para la eternidad, me carcomía la mente y me impidió el sueño desde entonces. No podría imaginar un infierno más cruel que el ya no tenerte. Cuando me enteré de que estabas malherida, quizás en riesgo de muerte, el mundo entero se paralizó para mí. Los cronones detuvieron su marcha y los fulgurantes colores fueron drenados de la existencia, para ser reemplazados por la lobreguez de un frígido panorama monocromático e insípido.
En palabras simples, tenía miedo.
No recibí el aviso hasta tres horas después, cuando la agente Smith dio las malas nuevas a nuestro casero de lo sucedido. Me dirigí hacia aquí lo más rápido que pude, sin importarme que estuviera a kilómetros de distancia, en otra prefectura, o siquiera hubiera olvidado mi calzado; necesitaba verte, era imperativo. Corrí, me convertí en niebla, hice todo lo necesario para apresurar el paso hasta que Rachnera, que fue tras de mí, me detuvo el paso para hacerme abordar el transporte privado que Meroune había conseguido. Tan pronto me subí, nos dirigimos con celeridad hasta alcanzarte aquí, en el hospital general de Okayado.
La coordinadora no nos ofreció muchos detalles, debido a la saturación de trabajo que el departamento policiaco sufría en esos momentos, y para no preocuparnos. Empero, las noticias ya circulaban por todos los medios: una fábrica en ruinas, cadáveres tanto humanos como liminales, y lo más aterrador, una pesadilla nórdica viviente. Incluso para una hija del Abismo como yo, creada del Caos Eterno, sonaba difícil de imaginar. Por mi mente comenzó un aciago carnaval sin final de trágicos escenarios que ni Dante, Poe o Sófocles hubieran podido fraguar en sus fúnebres escritos; calamidad pura que me dilaceraba la psiquis con impía crueldad, subyugándome en la pérfida discordia conforme los minutos pasaban.
Una vez aquí, le rogué a todo médico y enfermera que me permitieran el acceso a verte, incluso a tus superiores, quienes me impidieron hacerlo y ni siquiera mis lágrimas sinceras pudieron convencerles de autorizarlo. Estabas grave, y necesitabas atención urgente, mi presencia estaba restringida. Aguardé en la sala de espera, horas, días, desconozco la cuenta exacta, sólo para obtener noticias de que la esperanza que aguardaba en mi corazón aún podía seguir brillando, como un faro en medio de la calígine que cubría a la oscura noche. Ni siquiera estoy segura de cuando me vi rodeada del abrazo de Papi y Suu, pero les agradecí profundamente el gesto, uniéndoseme en el plañir. Finalmente, ataviado en su albugíneo uniforme de trabajo, uno de los galenos nos dio la noticia.
Estabas a salvo.
Delicada, pero vivirías, y afortunadamente, sin necesidad de requerir de prótesis u otra forma de auxilio artificial. Sentí como si el peso del mundo, cual Atlas, se me fuera retirado de encima. Dado que el tiempo en que seguirías bajo cuidados intensivos sería extenso, y a insistencia de la familia, me retiré para asearme y comer algo. No dormí, me era innecesario. Ni siquiera pude terminar el único plato que he consumido hasta ahora; sólo deseaba estar cerca de ti lo más pronto posible. Tendría que esperar setenta y dos horas hasta que se me fuera concedido el permiso.
No necesito mencionar que las lágrimas, mis nuevas fieles compañeras, regresaron a retomar su trayectoria habitual, humedeciendo mi atuendo y el níveo suelo conforme me acercaba a tu cama. Lucías tan inerme y vulnerable que la necesidad de protegerte fue instantánea, y casi invoco a Seelenverkaufer instintivamente. Quise llorarte como mártir, hundirme en un océano de mortificación y autocompasión hasta que mi bruna esclerótica se volviera tan roja como la cicatriz facial que te decoraba el semblante. Incluso los Abismales sufrimos de debilidades bastante humanas.
Y es que, me sentía tan patéticamente inútil. Soy inmortal, poseo la capacidad de influenciar el destino de los finitos mortales, jueza y verdugo de sus existencias, un ente cuyos límites resultan incomprensibles para la mayoría del mundo. Todo ese poder, esos vastos conocimientos milenarios… y a pesar de ello, no podía hacer nada por ti. Con mucho pésame y vergüenza personal, tengo que admitir que era incapaz de siquiera velar por tu propia ánima. Mi entrenamiento con mi matriarca jamás fue concluido satisfactoriamente bajo sus estrictos términos, ergo, muchas de las habilidades que debería dominar intrínsecamente como dullahan, están ausentes. Fue un golpe duro para mí, una devastadora revelación el reconocer que no podía cumplir la promesa que con tanto ahínco defendí respecto a mis capacidades.
De haber muerto, nunca hubiera podido guiar a tu alma.
Te resultará inverosímil, pero es verdad. Esta psicopompo ha fallado en su función principal como segadora y mensajera de la Muerte. Únicamente podía transportarte temporalmente a una pequeña región que pude construir, un limbo diseñado a la semejanza de un campo tranquilo. Nuestro casero lo conoce, pues en varias ocasiones lo mantuve ahí cuando estaba en peligro de cruzar a la otra vida. Pero eso es todo, debía suceder mientras mantuvieras la consciencia, no podía hacer hacerlo si morías. No pude haber resguardado tu alma para residir conmigo, en ese idílico mundo eterno, como te garanticé. Jamás mentí, no inventé facundias para crearte un efecto placebo que te tranquilizara mientras arriesgabas la existencia; en verdad creí que yo era capaz de lograr todo lo propuesto. Empero, la verdad me abofeteó la cara como un martillo.
Experimenté la azarosa impotencia que sufriste cuando mi lugar de trabajo fue asaltado en esa ocasión, la acritud de la agenesia de mis poderes, una ineptitud tan profunda que me sentía incapaz de seguir llamándome dullahan. Ni siquiera era capaz de donarte el rojo líquido que tanto necesitabas, pues mi sangre es tóxica para los mortales. Tal era mi inutilidad, mi vergüenza, mi dolor que incluso las palabras de odio de mi progenitora, esos nefastos oprobios que espetara en su ira despectiva, comenzaban a parecerme ciertos. Deseaba odiarme, lastimarme con el látigo del autodesprecio por mi deshonra, no sólo como miembro de mi estirpe, sino como pareja. Y quería llorar, seguir llorando para que el inefectivo ciclo catártico hiciera efecto en mí.
Pero me detuve.
No sólo porque necesitaba guardar la compostura en la clínica, no únicamente por orgullo, sino porque esa no era la manera en la que tú quisieras verme. Después de todo lo que sufriste, por lo que arriesgaste tu vida hasta ser literalmente aporreada por lo peor del crimen, lo que menos necesitabas es ver a la mujer que amas convertida en una Magdalena de eterno gimoteo; más muestras de dolor que eran insignificantes comparadas con el tuyo. A pesar de que te mantenías en un estado permanente de reposo, yo sabía perfectamente lo que me dirías si atisbaras a tu amada irlandesa en un estado tan paupérrimo.
Me alabarías.
Puede sonarte bastante ampuloso el afirmar tal prosopopeya sobre ti, pero estoy segura que tu bondad sería tal que podrías hacer caso omiso a mis faltas y decantarte por enaltecerme con repetidas lisonjas, para sosegarme la aflicción. Es lo que has hecho desde siempre, el solamente ver ese idílico lado bueno de esta ciertamente presuntuosa dullahan. Pero más que esperar por tus adulaciones, me mantuve firme porque eso es lo que me enseñaste con el idealismo de tu corazón y tus acciones, a resistir, a encarar a la adversidad con valor. Quizás clames que nunca has poseído tal atributo, que tu fortaleza proviene del apoyo que yo y el resto te ofrecemos; y no negaré el gran soporte moral que todo ello proporciona, pero también debes reconocer que ese denuedo, coraje y bravura, son parte inherente de ti. Eres una sparassediana, una soldado, una arachne.
Eres Aria. Mi Aria.
Y mientras estés junto a mí, mi fuerza, igual que nuestro amor, jamás se extinguirá."
Silencio.
Lala finalizó el soliloquio, y yo permanecí callada, sin romper el abrazo o siquiera despegarme de su pecho. Sólo pude mantenerme inerte, anonadada por las evocativas palabras que habían sido proclamadas con su céltico acento. No eran únicamente una declaración de su afecto incondicional, o una confesión de sus mermadas capacidades como segadora de almas; eran una muestra de cómo ambas somos lo mismo. El paralelo entre la peliblanca y yo era tan diáfano como el cristal de la ventana, que dejaba pasar un haz de luz sola y ahora nos iluminaba a las dos, otorgándole un ligero toque etéreo a la escena.
Ella era inmortal, con dones que yo jamás obtendría o comprendería del todo, y seguía siendo tan vulnerable, tan llena de mis mismos temores, tan humana. Sabía que su intención era subirme los ánimos por medio de esa comparación aplicada a ella misma, que notara que tanto ella como yo compartíamos exactamente el sentimiento respecto a nuestra plusvalía como personas, parejas y hasta nuestra naturaleza. Yo me sentía una poderosa depredadora abrumada por el miedo de no tener a mis seres amados, y ella una dullahan sin la capacidad de guiar almas, igualmente asustada por perder a las personas que le importan.
Lala era tan fuerte como yo, y viceversa; nos necesitábamos. Éramos nuestro bastión, nuestra ancla, la raison d'etre por la que continuamos luchando. ¿Cómo pude olvidarlo? ¿Cómo dejé que el miedo me nublara la mente y me impidiera recordar lo que he remarcado infinidad de veces en el pasado? Rendirse no es una opción, no para mí, para nadie. No me dejaría doblegar, mantendría siempre la cabeza en alto. Estoy viva, y mientras me quede aliento, puedo seguir peleando, proteger, esforzarme por los me aprecian.
Y lo más importante, ellos harían lo mismo.
Ese era el verdadero mensaje: incluso si no estoy ahí para protegerlos, no debo temer, porque mis seres queridos serán capaces de hacerle frente a todo obstáculo, lo darán todo para salir airosos. Todos luchamos, todos libramos nuestras propias batallas, en grupo o por separado, pero mientras tengamos nuestro amor, nadie estará solo. Lo comprendía, lo aceptaba, y era un alivio para mi alma. Sonriendo, la pesadez que me embargaba se disipó como una metafórica niebla conforme la iluminación de Helios aumentaba en la habitación. Aspiré la mucosidad que se había congestionado en mi nariz y levanté la vista para hallarme con la de mi ángel de añil epidermis, ofreciéndome la misma sonrisa conciliadora que brillaba más que el astro rey.
– "Danke, Spatzi."
– "'Sé do bheatha, A chuisle."
Con un tierno beso, dimos por clausuradas nuestras lágrimas. Reposamos por un momento, con nuestras frentes unidas, sin decir más. Siempre podía contar con la elocuente Lala para convencerme de que la tristeza no me quedaba.
– "¿No estás decepcionada de que no pueda resguardar tu alma?" – Preguntó ella, bajando la mirada. – "¿Te desilusiona el saber que las áureas promesas de esta supuesta mensajera de la muerte, fueran meramente un espejismo recubierto de engañosa pirita?"
– "Lala, podrías ser el ser más común que residiera en la faz de esta realidad existencial, y yo te seguiría adorando como una deidad omnipotente." – Repliqué, alzándole la barbilla. – "Me importas tú, tu hermosa persona, no tus habilidades. Además, ya sabes lo que diré."
– "Que cumpliré mi palabra." – Afirmó. – "Que no me rendiré y encontraré la manera de hacer que mis garantías no sean simples falsedades."
– "¿Lo ves? Me comprendes a la perfección." – Besé sus labios. – "Esa es habilidad más que suficiente para mí."
– "Gura míle, A chuisle." – La sonrisa regresó a su rostro. – "Juro que continuaré perfeccionando mis poderes, y podremos compartir la eternidad."
– "Yo sé que sí, linda, yo sé que sí." – Acaricié su cabello. – "Y yo juro no darte razones para cancelar tales planes."
Ambas reímos fuerte. Nos hacía falta para deshacernos de los últimos restos de malestar. Por suerte, sólo éramos nosotras dos en la habitación, sin nadie más que estuviera para atestiguar nuestro melodrama digno de telenovela. Demasiado vacío, de hecho.
– "Spatzi, ¿dónde está Cetania?" – Interrogué, seria. – "Por favor, dime que…"
– "Tranquila, amor, ella está a salvo. Está en la sala contigua." – Contestó, colocando un dedo en mi boca. – "No puedo decir que completamente incólume, pues su brazo izquierdo está en las mismas condiciones que el tuyo, pero afortunadamente la falconiforme no corre peligro. Esa garantía sí puedo avalarla."
– "Bien, me alegro. Gracias a Arachne." – Suspiré. – "¿Qué hay de Dyne?"
– "La descendiente de Hécate se encuentra milagrosamente bien, aparte de numerosos hematomas y cicatrices en su cuerpo." – Se pausó un momento. – "Aunque, bueno, no sé si estés enterada, pero…"
– "Perdió un ojo, lo sé. Todas vimos cómo la púa de la nidhögg casi le atraviesa la caja craneal."
– "Es un milagro que únicamente su globo ocular haya sido el afectado; estuvo a milímetros de morir, parafraseando las palabras del médico." – Opinó, suspirando. – "No tengo más detalles, pero podrás discutirlos con ella en cuanto puedas levantarte, A chuisle. Pero eso será después, ahora las tres necesitan reposo."
– "¿Cuánto tiempo llevamos aquí?"
– "Una semana." – Respondió. – "Siete días, ciento sesenta y ocho horas demasiado largas para una imperecedera hija del Abismo."
– "Y para mí también." – Comencé a incorporarme. – "Una cazadora no puede estar inactiva por… Auch, mi espalda…"
– "La cazadora debe seguir las recomendaciones del médico si desea recuperarse." – Insistió la irlandesa, volviéndome a acostar. – "Paciencia, A chuisle, que el Ragnarök fue detenido y el mundo no se acabará."
– "Vale, linda, me porto bien."
Exhalé. Odiaba la inmovilidad prolongada, pero tampoco es que pudiera hacer mucho con el cuerpo adolorido. En vez de tercamente pelear contra las equimosis que me decoraban el físico, seguí preguntando sobre lo sucedido en estos días.
– "¿Cómo está la familia? Espero no haberlos preocupado demasiado."
– "Somos afortunadas en demasía, amor. Cada día, dos de los inquilinos se quedaban conmigo, asistiéndome en cuidarte a ti y a tus aliadas, desde el alba hasta el crepúsculo." – Aseguró, acariciando ella mi pelo. – "Y todos se ofrecieron voluntariamente, ni siquiera tuve que sugerir la idea. Nuestra familia es en verdad unida. Más que una muestra del auténtico éxito de este ambicioso Programa de Intercambio, es prueba fehaciente del cariño sincero que nos tenemos. Y del que tú formas parte."
– "Hermoso. Más razones para no darnos por vencidas, linda." – Sonreí. – "Espero el dúo plumitas-gelatina no te haya dado muchos problemas. O a las chicas."
– "Para nada, A chuisle." – Declaró la segadora. – "Parece que su tiempo extendido en las clases de Meroune rindieron frutos, mostrándose bastante serviciales y ordenadas. Aunado a su encanto infantil, Papi y Suu fueron un verdadero rayo de sol para la americana, e incluso la griega. Incluso hicieron unos cuantos dibujos para las tres, luego te los mostraré."
– "Parece poco, pero esas dos ayudan más de lo que creemos." – Opiné. – "¿Qué hay del resto? ¿Nuestra adicta a las tragedias no dio rienda suelta en este terreno fértil para tan funestas maquinaciones?"
– "Ten un poco más de fe en la heredera del Reino Neptune, A chuisle. Meroune, junto a Rachnera, fue la más devota respecto a tu cuidado." – Aseveró la peliblanca. – "Fue la influencia de la princesa lo que me concedió el permiso de quedarme permanentemente a tu lado. Le estoy eternamente agradecida por su ayuda."
– "Vale, sólo bromeaba, querida. Sé lo increíblemente generosa que es la sirenita." – Alcé ligeramente mi mano vendada. – "Uhm, dime que no perdí el reloj que ella y Cerea me regalaron."
– "Tus pertenencias están guardadas en casa, incluyendo tu daga ceremonial." – Reconfortó. – "También el collar con la edelweiss. Cetania mantuvo su palabra, resguardándolo perfectamente impoluto en una caja metálica."
– "Es una mujer de honor, linda. Ahora soy yo la que te pida tenerle más fe a la arpía."
– "Lo hice desde el momento que le confíe el regalo tan preciado que me obsequiaste, amor." – Acotó. – "Mi opinión de ella ha mejorado significativamente. Pero aún me sigue pareciendo un incordio alado."
– "Bueno, es un avance." – Encogí los hombros. Ahí, decidí tomar el riesgo. – "Por cierto, ella me confesó lo que sucedió en la fiesta."
La dullahan se sonrojó de inmediato.
– "¿Podemos tratarlo en otro momento, A chuisle? Prefiero esperar hasta estar en la privacidad del hogar."
– "De acuerdo, guapa. No me mortifiques." – Le di un beso rápido. – "Pero sólo para confirmar: gracias, de verdad."
– "De nada…" – Susurró. Tosió, para enfatizar que deseaba cambiar el tema inmediatamente – "Como iba diciendo, las empresarias caseras fueron bastante útiles. Fue Arachnera quien proveyó los vendajes para ti y tus compañeras. Considera que su seda natural es menos irritante para el uso prolongado que las gasas regulares."
– "Sin duda, es muy suave." – Moví ligeramente mi brazo vendado. – "¿No te dijeron si me lo rompí o algo así?"
– "Rupturas relativamente menores en el material óseo y heridas musculares que enfatizan el dolor, pero nada grave." – Informó ella. – "El sistema inmunológico de los liminales es una maravilla. En siete días se recuperaron de lesiones que podrían tomar incluso meses de rehabilitación."
– "Es un jodido milagro que continúe respirando." – Comenté, exhalando. – "Ni siquiera recuerdo haber soñado algo. Tan pronto cerré los ojos, el mundo se sumió en oscuridad total, hasta despertar."
– "Un trauma tan severo obliga al cerebro a cesar las funciones que podrían desencadenar remembranzas negativas." – Dilucidó la dullahan. – "Tu mente está bloqueando las memorias."
– "Eso me preocupa, Lala. Ignoro qué sucederá cuando éstas resurjan." – Respondí, consternada. – "No quiero despertar a medianoche, gritando como una maldita demente. O dañarte a ti o a la familia en uno de mis ataques de pánico."
– "Aria, por favor tranquilízate. Nada de eso sucederá." – Me abrazó. – "Sí, estoy consciente de que aquello te dejó cicatrices mentales profundas y de sus efectos, pero te aseguro que podremos sobrellevarlas. Confía en mí, y en tu fortaleza. Eres mi guerrera, juntas saldremos adelante."
– "Gracias." – La abracé más fuerte. – "Te amo, Lala."
– "Lo sé."
– "¿No te cansas de esta llorona?"
– "Quizás sea el aspecto melodramático lo que me atrae de ti."
– "¿Por qué no te enamoraste de Mero entonces?"
– "No me gusta el pescado."
Reímos. Ella conocía cómo sosegarme, evitando una vez más que mis temores me invadieran y arruinaran el bello momento que experimentábamos. Siempre agradeceré la dicha de haber conocido a tan invaluable mujer.
– "¿Qué hay del resto, linda?" – Retomé el diálogo. – "¿Nos visitaron las amistades?"
– "Contamos con buenos amigos. Yuuko fue de las primeras en llegar, junto con Mio." – Replicó, acomodándose en su asiento. – "Se hallaba bastante atribulada por el estado de Cetania, pero permanecieron a su lado por varios días, hasta que tuvieron que irse ayer por motivos de trabajo. En verdad la aprecian, tanto ella como su pareja le donaron sangre a la arpía cuando los médicos lo solicitaron."
– "Yo misma le hubiera dado la mía, pero mi sangre no es compatible." – Me pausé. – "Dyne seguramente necesitó también del rojo líquido. ¿Quién se lo proveyó?"
– "Había reservas suficientes en el banco de hemoglobina para ella. Una liminal de su tamaño consume lo mismo que un humano."
– "Me alegro. Ella no tiene a nadie, excepto nosotras."
– "La camaradería entre las tres es realmente fuerte, A chuisle." – Sonrió. – "Esa unión es lo que las mantuvo vivas."
– "Somos hermanas de armas, Spatzi. Derramamos sudor y sangre juntas." – Afirmé. – "¿Alguien más? ¿MON no pasó para al menos a ofrecernos un ascenso?"
– "Me temo que tus superiores ahora tienen las manos bastante ocupadas arreglando los asuntos concernientes a este inmenso operativo." – Comentó, cruzándose de brazos. – "Aún así, se han comunicado frecuentemente con nosotras y nos ruegan les disculpen su infortunada ausencia."
– "Ah, está bien. Tampoco deseaba despertar y que lo primero que viera fuera la cara de Smith." – Reí. – "Me pasó cuando me enfermé bajo la lluvia, no quiero que se repita la historia."
– "Yo estaría más preocupada por el diluvio carmesí en el que te viste envuelta." – Injirió. – "Por muy antiséptica que sea la sangre de dragón, no quiero pensar que pescaste alguna infección al bañarte completamente en esta."
– "Igual me podría volver casi invencible como cuando Sigfrido derrotó a Fafnir. Además, la verdadera preocupación debería ser que no quedé con un horrible aroma a pescado" – Bromeé, tocando mi cicatriz – "Y entonces, ¿qué dices, Spatzi? ¿Me queda el look de la gran Kriegtochter? ¿O me volví más fea de lo que ya era?"
– "Siempre serás igual de hermosa para mí, Aria."
– "¡Ay, entonces sigo siendo horrenda! ¡No lo soporto más, mejor me muero!" – Fingí fenecer e imité el sonido del pulso nulo en el cardiógrafo. – "Piii…" – Me pausé para una última voluntad. – "La mitad de mi fortuna para ti y la otra para la pajarita. Entiérrenme en mi natal Weidmann y planten un azarollo a mi lado para que no me queme el sol." – Regresé a mi estado exánime. – "Piii…"
– "Veinte años y apenas has madurado, Aria."
– "Hey, no puedes culparme. Mi abuela y mi madre eran bastante estrictas y no me permitieron…" – Me pausé. – "¿Eh?"
Esa última frase no fue pronunciada por mi Lala. Entrando a la habitación, cargando una bandeja con comida en sus manos, apareció una mujer de dos metros de alto y un porte muy marcial. Perdí el aliento de inmediato. Su largo cabello rubio estaba arreglado en un bollo, dejando un fleco cubriéndole el lado derecho de su rostro, y su mejilla izquierda ostentaba algunas cicatrices. Caminó hacia nosotras y depositó la bandeja sobre la mesita en la que la irlandesa se hallaba, agradeciéndola esta y la mujer regresando el gesto aprobativo. Ella volteó a verme, con sus ojos color escarlata portando una mirada comprensiva, pero que continuaba imponiendo autoridad, afásicamente. La Cruz de Hierro en el cuello de su uniforme militar también contribuyó a que mi reacción primaria fuera enderezarme de inmediato; no por miedo, sino por respeto y, lo más importante, sorpresa.
Una muy familiar.
– "¿Mamá?"
– "Guten Morgen, töchterlein."
Nos unimos en un cálido y muy necesario abrazo. Vera Jaëgersturm, la mujer que me trajo al mundo, la persona que, aunque estuvo ausente por prácticamente toda mi vida, jamás abandonó mi corazón, había vuelto. Tuvimos dificultades en el pasado, nos separamos de una manera más que física, incluso llegué a odiarla, pero eso ya había quedado atrás. La última vez que nos vimos, el ambiente estaba sumido en la neblina de la precipitación matutina y mi alma estaba llena de rencor hacia su persona. Ahora, en ese hermoso momento donde el presente disipa la acritud del ayer y el cielo ilumina la añil bóveda celeste, sólo deseaba sentir el amor de mi progenitora, cuyo abrazo se tornaba cada vez más deífico conforme transcurrían los segundos; amor de madre, único e inigualable.
– "Gracias por venir, mutti." – Le dije al separarme. – "Pero, ¿qué haces aquí?"
– "¿Acaso no puedo aprovechar mis vacaciones para visitar a mi pequeña?" – Respondió. – "Llegué hace una semana, después de casi diez días de viaje junto a una wyvern que se queja de mi aroma, la comida es un asco, diluvia todo un monzón, y apenas pongo las piernas afuera del barco, congelándome por el frío, me entero de que estás hospitalizado. Ten un poco de consideración con esta anciana, ¿quieres?"
– "Vale, no te alteres, madre." – Me acosté. – "En todo caso, me alegra que regresaras. Tengo tanto para contarte."
– "Lala ya me ha informado de todo lo acontecido desde la última vez que nos vimos, hija." – Aseguró, sonriéndole a la aludida. – "Tus altibajos en el campo laboral, tu incursión a la seguridad nacional, el inmenso afecto que se tienen. Estoy tan orgullosa de mi Aria."
– "Danke, mutti."
– "No me llamas 'mami' desde que tenías siete años."
– "Casi no te veía desde que los cumplí." – Retruqué. – "Te veía una vez al mes. Ni siquiera te aparecías en mi cumpleaños."
– "No es momento para recriminarme, töchterlein." – Miró a la segadora. – "Lala, ¿podrías dejarnos a solas por un momento, si no es molestia?"
– "Por supuesto, Vera, no hay problema." – Replicó la dullahan. – "Mientras tanto, iré a revisar el estado de las descendientes de Taumas y Hécate."
– "De acuerdo, gracias." – Alzó una ceja con complicidad. – "Y te dije que puedes llamarme 'mamá', o al menos 'suegra'."
– "E-está bien." – La peliblanca sonrojó sus azules mejillas. – "Pero aún no me acostumbro a referirme de manera tan afectuosa a la venerada matriarca de Mo chuisle."
– "Podrías usar algún término en gaélico. Anda, que aún te he oído decirlo todavía."
– "Oh, vamos, mutti, no la presiones." – Injerí.
– "Ah, de acuerdo. Igual me haría sentir más vieja de lo que ya soy." – Disintió con la cabeza. – "Vale, puedes retirarte, nuera."
– "De acuerdo, las veo después." – La Abismal hizo una reverencia. – "Con su permiso… s-suegra."
Antes que pudiéramos seguir admirando las rojas tonalidades del rubor de la irlandesa, esta me dio un beso rápido en la boca y salió presurosamente de la sala. La miré con una sonrisa y luego atisbé a mi progenitora, quien me regresó el gesto y me guiñó tres ojos.
– "Eres cruel, mutti." – Disentí con la cabeza. – "Mira que manipular así a mi novia."
– "¿Qué tiene de raro que la futura esposa de mi hija se dirija a mí por el título correcto?" – Tomó dos vasos de la bandeja y me ofreció uno. – "Convivimos por siete días, nos hicimos amigas y anda enseñando las piernas con esos vestidos tan cortos, ¿pero le apena llamarme suegra?"
– "Sólo es tímida, no es para que seas tan mala." – Tomé la bebida. Era jugo de durazno. – "Y su ropa no es tan reveladora. Además, me encantan sus piernas."
– "Lo sé, es broma." – Me pasó un plato de omuraisu. – "Come, lo necesitas."
– "Danke, mutti. Guten Appetit." – Comencé a devorar. – "Después de una semana a base de suero, esto no está mal. Pero nada supera a la que prepara mi Spatzi."
– "Spatzi." – Sonrió. – "¿Es ese su mote?"
– "Ja. Inicialmente era mausi."
– "¿De verdad?"
– "Síp, pero me gusta más llamarle gorrioncito que ratón. ¿Por qué la pregunta?"
– "Mausi era el apodo que tu padre usaba conmigo. Qué recuerdos." – Suspiró, observando al techo, nostálgica. Me miró, sin perder la sonrisa – "¿Eres feliz con ella, hija?"
– "No conocí la verdadera felicidad hasta encontrarme con ella, madre." – Afirmé con vehemencia. – "Lala es el alfa y el omega de mi existencia, mi fortaleza, mi todo; mi amor."
– "La enjundia de tu pasión lo dice todo." – Esgrimió otra sonrisa, más grande. – "Cuídala mucho. Y consérvala, mujer tan devota como ella no encontrarás aquí ni en el Inframundo."
– "¿Quién creería que la mujer que me dejó a cargo de una anciana Nazi para arreglar mi homosexualismo eventualmente hablaría dádivas sobre mi pareja lesbiana?"
– "Aria, sé que estás molesta por nuestro distanciamiento, y estoy arrepentida de ello." – Aseguró, volteando la mirada. – "No es necesario que me lo restriegues en la cara con tanta mordacidad."
– "Está bien, mutter. No te odio, sólo deseaba remarcar el evidente contraste del cambio que has tenido." – Declaré, tomando su mano. – "Además, eventualmente todo eso me trajo aquí, donde hallé a la persona indicada. Supongo debo agradecerte."
– "Nunca cambié, töchterlein, siempre fui así, esta es la verdadera Vera." – Observó la ventana. – "Pero confieso que por mucho tiempo fui demasiado cobarde para hacerle frente a tu abuela, permitiéndole controlarme, como intentó contigo. Mi irresponsabilidad justifican el poco aprecio que tengas por mí."
– "Vamos, no digas eso, mamá." – La acerqué hacia mí. – "Ven, dame otro abrazo."
Otro achuchón, esta vez más lento, sentimental, catártico. Mi progenitora ya no era la fría arachne que nunca estuvo presente para mí, concentrándose en su carrera militar, la que apenas enviaba un telegrama corto para felicitarme cuando alcanzaba un año más de vida, y que incluso se atrevió a llamarme error. La tormenta ártica se había alejado de su aislado corazón, con el calor de nuestro cariño como madre e hija derritiendo los témpanos que aprisionaban a su alma en gélida cárcel. Reí al darme cuenta que, si bien Lala clamaba no ser una dullahan completa, ella pudo exorcizar al fantasma de mi abuela que afligía a mi matriarca, revelando a la auténtica Jaëgersturm, al grado de llegar a apreciarla sin importarle sus preferencias, sin usar ninguna especie de poder sobrenatural. Y así es como, inadvertidamente, mi madre me hizo apreciar aún más a la Abismal; qué hermosa ironía.
– "¿Dónde te has hospedado todo este tiempo, mutti?" – Le pregunté, separándome. – "¿Algún hotel o posada? ¿Mi casero te ofreció un cuarto?"
– "Más bien, fue una de sus inquilinas quien lo hizo." – Replicó, tomando un plato para ella. – "No quiero que se enfríe el omuraisu. Como decía, una de tus amigas, la señorita Lorelei, fue bastante amable en ofrecerme acogida en un lujoso hotel de cuatro estrellas, muy cerca de aquí. Se disculpó infinidad de veces por no conseguirme uno de cinco, pero le dije que no era problema. Es de familia acomodada, supongo."
– "Es una empresaria exitosa." – Dije, con algo de ironía. Mi madre no tenía idea del verdadero poder de Mero. – "¿Ahí también se ha quedado el resto de la familia?"
– "Correcto, aunque solían intercambiar a diario, siempre de dos en dos. Primero fueron tu casero y la lamia, luego la centáuride, a cargo de ese par de niñas." – Dilucidó, deglutiendo su alimento de manera parsimoniosa. – "Por cierto, esa arpía y la limo son bastante enérgicas, quizás demasiado. Querían que me les uniera en una batalla de agua cerca de la fuente central. Por suerte, la centáuride y el frío las hicieron dimitir de tan absurda solicitud."
– "Cuesta creer que sean adultas, ¿cierto?" – Reí. Le entregué mi plato vacío. – "Danke, mutter. Pero, entre sus infantiles juegos y fruslerías, están las dos gotitas de miel más dulces que existen. Son una monada ese par de pilluelas cuando las conoces bien."
– "Para ti, quizás." – Clavó su tenedor en la corteza frita del omuraisu. – "No me agradan las malditas arpías."
Tragué saliva. Por poco olvidaba que aún quedaba el pequeño detalle de Cetania y mis intenciones de una relación poliamorosa con la pajarita. Mi madre, aunque ahora lucía menos estricta, no dejaba de ser una ciudadana leal a nuestras tradiciones monógamas y las viejas costumbres que mi abuela y nación le inculcaron. Que aceptara mi lesbianismo después de haber huido, condenando yo así a su progenitora a pagar con su vida, era un hito insólito en sí. Si le revelaba lo de la rapaz, no tenía idea de cómo reaccionaría, pero estaba segura que no sería de su agrado. Preferí postergar tal confesión y en su lugar optar por una táctica más sutil.
– "Bueno, pues a mi casero sí." – Mencioné. – "Igual que las lamias, sirenas, arachnes, etcétera. Él es un axioma de aceptación, un ícono del Programa de Intercambio, tanto que va a casarse con sus seis huéspedes, ¿puedes creerlo?"
– "Lo que hagan los japoneses con sus costumbres no es de mi incumbencia, Aria." – Opinó, sin quitar su vista del platillo.
– "Vale. Lo decía porque demuestra la efectividad del Programa." – Comenté. – "Es más, eso significa que una de nuestras congéneres está en la lista de futuras señoras Kurusu. Creo que ya conoces a Rachnera, la tejedora."
– "La socia de Lorelei." – Acotó. – "Me agrada que use sus habilidades natas para sobresalir, y me parece una chica agradable, a pesar de no ser nativa de nuestra gloriosa nación. Tal vez es por eso que se viste de manera tan escandalosa."
– "Ay, mamá, no comiences de nuevo." – Me crucé de brazos. – "No todas las arachnes se criaron a la antigua como tú. Joder, eres igual que la abuela; ni siquiera me dejaba usar faldas cortas en verano porque decía que lucía como mujerzuela de Pólemos."
– "¿Crees que eso era cruel? Yo no podía andar con el cabello suelto porque decía que no era digno de una soldado de Weidmann." – Retrucó. – "De no ser porque Stahlherz III comenzó a llevarlo de la misma manera, tú tendrías uno igual al de la vieja Diva."
– "De la que me salvé." – Torcí la boca. – "No querría parecer anciana gruñona."
– "Si continúas haciendo esos gestos, envejecerás antes de tiempo." – Rió tenuemente. – "Además, una inmadura como tú no debe preocuparse por la edad."
Giré los ojos. Y luego dicen que mis bromas son malas.
– "Sí, sí." – Disentí con la cabeza. – "Al menos esperaba que estuvieras feliz porque una de nuestras hermanas encontró el amor, así esparcirá la gloria de Arachne por una nueva generación."
– "Nuestra especie siempre conquista su objetivo, hija, nada del otro mundo." – Opinó, terminando su plato. – "Sólo espero que tu casero la trate propiamente, como nuestra orgullosa estirpe merece."
– "Por eso no te preocupes, Herr Kommandant está embelesado por los encantos de la tejedora." – Aseveré. – "Por ejemplo, cuando ella demostró sus habilidades como cantante durante la fiesta de la jefa de mi Spatzi, él terminó tan impresionado que la besó enfrente de todos los presentes, incluyendo a nuestra coordinadora, a pesar de que sabía de que estaba rompiendo la ley."
– "Lo sé, Rachnera misma me lo contó." – Dio un último trago a su vaso y lo depositó en la bandeja. – "Hablaba del señor Kurusu con el mismo brío que tú de la dullahan."
– "Bueno, ahí lo tienes, la prueba irrefutable de que serán un matrimonio feliz." – Manifesté. – "Y de paso se hará con cinco esposas más. Toda una conquistadora."
– "¿Cuánto tiempo más seguirás intentando evadir el tema que deseas tratar, hija?"
– "¿Eh? ¿De qué hablas?"
– "Aria, yo te di a luz, te tuve siete meses en mi vientre, llevas mi sangre." – Enunció. – "Y a pesar de que estuve ausente por casi toda tu vida, te conozco mejor de lo que crees. Y eso no es todo…"
Ella acercó su rostro a mí, con su expresión retornada al intimidante estoicismo que desde pequeña me hacía temblar, aún más que mi propia abuela. Tragué saliva sonoramente.
– "Además de enterarme que una de tus compañeras de trabajo es una execrable empusa, descubro que la otra, una halcón, está impregnada con tu aroma." – Expuso. – "Ha pasado una semana, y les habrán dado un baño desinfectante, tiempo suficiente para que el olor de alguien desaparezca del cuerpo… a menos que se pase mucho tiempo con esa persona, uno muy íntimo. Así que, dime, Aria, ¿por qué esa maldita arpía huele tanto a ti y viceversa?"
Con sus seis ojos carmesí ostentando esa penetrante mirada fijada en los míos, me paralicé de inmediato. Ni siquiera retrocedí, me hallaba demasiado temerosa para moverme, sin contar que seguía acostada y no podía otra cosa en primer lugar. El sudor se manifestó en mi epidermis, con una fría gota escapándose de la línea de mi cuero cabelludo, recorriendo el terreno de mi frente y desviándose por el surco de mi cicatriz facial. Mis tímpanos se encontraban retumbando por el sonido de mi corazón latiendo, ignorando la acusadora respiración de mi madre, que continuaba con ese ominoso juicio afásico a base de avasalladoras contemplaciones oculares. Antes que decidiera ignorar mi estado y salir corriendo en bata médica por los pasillos, la puerta se abrió de repente.
– "Disculpen, lamento la súbita interrupción." – Habló una persona con un fuerte acento conocido y leyendo algo en la pantalla de su celular. – "Mi japonés no es muy bueno, ¿pero por casualidad se encuentra aquí al señorita Aria Jaëgerst…?" – Alzó la mirada. – "Mein gott…"
Silencio.
Las tres entidades presentes en la habitación perdimos la voz de inmediato, permaneciendo congeladas en nuestro lugar. Fue como si un rayo nos hubiera alcanzado al mismo tiempo, con una fulminante carga que enmudeció todo sonido que no fueran nuestros corazones latiendo con vehemencia. Ante nosotras dos se encontraba un hombre de europeas facciones, con alrededor de un metro ochenta de estatura, cabello rubio, ojos azules y una complexión delgada pero que dejaba ver un cuerpo torneado por el trabajo físico. Junto a su uniforme de servicio gris con la bandera alemana en su hombro y su boina negra ostentando una flor edelweiss metálica, lo hacían lucir como el soldado germano que era. Él fue el primero en romper la afonía ambiental.
– "¿Vera?"
– "Meine göttin…" – Susurró mi madre. – "¿Helmutt?"
Ese nombre me hizo abrir completamente los ojos. Después de tantos años, finalmente ocurría. No podía creerlo.
– "¿Papá?"
NOTAS DEL AUTOR: Aria se habrá salvado se los coletazos, pisotones y llamaradas de una dragona, evadiendo a la muerte, pero la vida siempre se encarga de impactarla de maneras insospechadas.
Sí, confieso que este episodio es bastante corto comparado a los maratónicos escritos a los que los tengo acostumbrados, pero en sí, este es sólo el inicio de este nuevo arco, un capítulo de transición para sentar las bases de lo que vendrá a futuro. Hay más preguntas que faltan por responder, y la aparición del progenitor de nuestra arácnida heroína, la persona que jamás espero encontrar alguna vez en su vida, sólo abren más interrogantes. Descuiden, que las respuestas eventualmente serán contestadas.
Hace mucho que deseaba tocar el tema de la imposibilidad de Lala para poder resguardar el alma de su amada, materia que implica que Aria actualmente corre peligro de realmente perder lo que aprecia, en caso de morir, sin posibilidad de reunirse en la otra vida con su dullahan. Es sin duda un artículo más a la lista de adversidades por superar, pero podemos confiar en que nuestras protagonistas no se rendirán hasta superarlas.
Y hablando de superación, Vera, la progenitora de la arañita, ha dejado de lado uno de sus mayores prejuicios, aceptando que la felicidad de su hija es más importante que los erróneos preconceptos que tenía sobre el lesbianismo, gracias en parte a Lala, quien le demostró en esa semana que lo importante no reside en el género, sino el corazón. Por supuesto, aún queda el tema de su desdén por las empusas y las arpías, ésta última siendo la más importante para la nativa de Weidmann y sus deseos de una relación de tres.
¿Qué sorpresas le depara el futuro a la heredera de los Jaëgersturm? Eso y más en el siguiente episodio. Mientras tanto, los invito cordialmente a dejar su opinión en la sección correspondiente. Les envío un saludo al grupo Los Extraditables, que siempre me apoyan y se mantienen atentos a mis actualizaciones; y también a todos mis lectores que continúan estas dementes aventuras con toque arácnido. ¡Nos vemos hasta la próxima! ¡Auf Wiedersehen!
