NOTAS DEL AUTOR: Más de sesenta y un capítulos; más de novecientas mil palabras; y sigo aquí.
Este episodio fue algo que llevaba planeando desde hace tiempo, junto al arco de la primera misión, la aparición de Völund, la nidhögg, y el padre de Aria. Armar finalmente lo que se tenía cocinando en mi cabeza por alrededor de un año fue vigorizante, y catártico. Ojalá lo disfruten tanto como yo. ¡Comenzamos!
Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena los invita a visitar a su progenitor, en R'lyeh!
NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE
CAPÍTULO 61
[Siete días después del Día D – 1033 horas.]
– "¿Papá?"
Aún me costaba trabajo creerlo.
En Sparassus, las arachnes no tenemos padre. Dada nuestra cultura aislacionista, y la ley que prohíbe la entrada a los humanos (excepto a diplomáticos del Acta), ninguna de nuestras ciudadanas tiene contacto posterior alguno con su progenitor. Ni siquiera los desafortunados que naufragan en nuestras costas cuentan con el privilegio de disfrutar su estancia una vez reciben la ayuda necesaria, siendo deportados a su lugar de origen a través de la embajada del Programa de Intercambio. El crecer sin un patriarca y no saber su identidad, más allá de su nombre y descripción física, era algo que aceptábamos desde pequeñas. Nunca me afectó, y sinceramente, no me importaba. Aunque no negaré que todas las madres extrañan en menor o mayor medida a las personas con quienes compartieron un momento de amor, y cuyas descendientes llevan su sangre.
Pero ahora, Helmutt Jäger, mi padre; el soldado que fue el esposo de mi madre por únicamente cinco días en la Alemania del Este; el hombre que hace mucho di por sentado que jamás encontraría e incluso llegué a darle por muerto… había regresado. Mentiría si dijera que de vez en cuando no imaginé que, por algún capricho del veleidoso destino y la volátil casualidad, pudiera hallarme frente a mi progenitor, quizás sin saberlo. Esas fantasías ya no eran necesarias, pues él mismo se reveló ante nosotras, la familia que no conoció hasta veinte años después. Dos décadas sin saber de nosotras, cuatro lustros sin que supiéramos de él. El mundo siempre me pareció pequeño, pero son las personas las que expanden la distancia.
Vera, mi matriarca, proseguía con su papel de estatua viviente, plantada en su sitio; absorta, petrificada, incrédula ante el suceso que se desarrollaba frente a sus seis ojos carmesí. No podía culparla, luego de tantos años; de obligarse a sí misma a olvidar a la persona a quien le entregó su mundo; de admitir que el ayer debe quedarse atrás para siempre; la vida le demuestra que es la entropía quien lleva la carta ganadora en cuestión de serendipias. Y es en esa paradójica situación cuando la verdad palpable y las pruebas fehacientes resultan tan irreales como un espejismo en medio del caliginoso desierto. Saliendo con dificultad de su patidifuso estado, mi madre logró articular algo en nuestro idioma étnico.
– "Helmutt…" – Musitó, anonadada. – "¿Bist du das wirklich?"
– "Ja, ich bin es…" – Él sonrió. – "Mausi."
Mi madre corrió hacia él y lo envolvió briosamente en sus brazos, levantándolo del suelo y pegándolo a su cuerpo con ahínco, pensando sin duda que jamás lo volvería a dejar ir. Lo frugalidad de su comportamiento cedió ante la intensidad del sentimentalismo y, abandonando el estoicismo habitual, la arachne mayor humedeció la epidermis facial al dejar a las lágrimas correr libres, tan sueltas y emancipadas con áureas alas que las elevaban a un lugar más allá del cielo, emulando el sentir de su palpitante corazón y derritiendo completamente todo rastro de glacial impasibilidad que aún albergara en éste. Sollozando, agradeciéndole a nuestra deidad principal repetidamente, sosteniendo al amor de su vida entre sus extremidades, mi progenitora mostraba su lado más humano y honesto; uno que yo compartía.
Y mi padre también.
Aunque estuviera prácticamente flotando en el aire, y el achuchón de la arácnida le estrujara la espalda, el militar germano logró liberar sus brazos y usarlos para reciprocarle el gesto a su mujer. Ahí, ambos se unieron en la danza lacrimal que les pintaba las ropas con su húmedo pincel, exponiendo su corazón y purgándose el dolor de su prolongada ausencia a cada picolitro cúbico de lágrimas que dejaban fluir. Yo, conmovida no sólo por conocer finalmente al hombre que me brindó la vida, sino también por atestiguar tan apoteósica escena, formé un triunvirato de sentimientos compartidos con mi plañir. Entre hipos y sollozos, mi boca esgrimía una sonrisa de cuantiosa alegría y dicha. Me sentía enteramente íntegra: había encontrado buenas amistades, a los amores de mi vida, y ahora, finalmente, mi familia volvía a estar completa.
La guinda de tan deífico pastel fue agregada cuando mi padre, separándose ligeramente del agarre de la efusiva arachne, colocó sus manos sobre el rostro de su mujer y, con una parsimonia que les permitió disfrutar los segundos previos, plantó un tierno beso en sus expectantes labios. Yo, que no puedo vivir sin los ósculos de Lala y Cetania, sólo pude conjeturar el seráfico gozo y la explosión de regocijo que debió experimentar mi madre, sintiendo el primer contacto bucal de su marido humedecerle la boca después de dos décadas sin haberlos probado. Las lágrimas que corrían por su cara aumentaron su cauce e, inhalando otro trago de aire, regresó el gesto a su amado con el doble de pasión, obligándolo a él a perder el aliento. Sparassus contraatacaba siempre con más fuerza.
Y siempre vence.
– "Te extrañé tanto, Helmutt." – Declaró mi madre en alemán, separándose, sonriendo. – "No pasó un día de estos veinte años en que no pensara en ti."
– "También te eché de menos, Vera." – Mi padre le acarició la mejilla. – "Aunque haya pasado el tiempo, sigues siendo tan hermosa como la última vez que nos vimos."
– "Y tú continúas estando tan guapo." – Juntó su frente con la de su marido. – "Gracias por volver, Süsser. Te amo."
– "También te amo, meine Mausi." – Regresó el gesto. – "¿Cómo has estado?"
– "Hay tanto qué contarte, querido, pero primero…" – Hizo ademán de que volteara su cabeza. – "Saluda a tu hija."
– "Nuestra pequeña." – Musitó él.
Sin borrar la mueca de alegría y sorpresa, mi progenitor se acercó lentamente al lecho donde yo yacía, viéndome cargar la misma expresión de arrobamiento por tan idílico encuentro. Con parsimonia, se colocó a mi lado y se hincó, sin quitarme la mirada de los ojos. No le importó que me hallara hospitalizada, conectada aún al suero y con el brazo vendado, o el semblante sombrío de mis cicatrices de guerra; sencillamente deseaba admirar de cerca al fruto de la unión con su mujer. Las lágrimas regresaron, así como el mutismo de su parte. Para tranquilizarle, acerqué mi mano derecha hacia su dirección, con él estrechándola con la suya, palpando la textura de mi quitina. Hubo un dicotómico sentimiento de extrañeza y familiaridad en aquel acto.
– "¿Qué es lo que dice un hombre tan pequeño como yo…?" – Preguntó, con voz quebradiza. – "¿Cuando se encuentra a lo más grande que ha hecho en la vida?"
– "Yo creo que…" – Sonreí. – "Un 'hola' será suficiente."
– "Sí, tienes razón." – Rió tenuemente, mirando al suelo. Alzó la vista nuevamente. – "Hallo, Tochter."
– "Hallo, Vater."
Incorporándose, extendió sus brazos. Reciprocándole, estiré el mío y nos unimos en un abrazo. Disfruté por primera vez lo que era sentir un achuchón de mi progenitor, el cariño y amor patriarcal que jamás formaron parte de sensaciones esperadas. Era otro de los grandes placeres con los que nos sorprendía la vida, y una de las razones para continuar recorriendo sus misteriosos senderos, luchando por defenderla. A manera de sonar redundantemente flagrante, él era un extranjero al que sentí que conocía toda la vida, más allá de la obviedad de nuestra consanguinidad. Me sentía más afín a él que lo sentía con mi madre; quizás por la expresión bondadosa que él ostentaba, o porque estaba tan embelesada con su regreso que deseaba encontrar cualquier indicio que pudiera enlazarme profundamente con mi progenitor.
– "Perdona por el tiempo perdido, hija." – Expresó él, separándose. – "Créeme, lo que más deseaba era encontrar a la familia que jamás conocí. Lamento hacerlo tan tarde."
– "Descuida, papá, que lo importante es que ya estás aquí." – Le reconforté. – "No te angusties, prefiero verte feliz."
– "Estoy tan contento como puede estar un viejo soldado, y tan dichoso como solamente un padre es capaz de experimentar." – Afirmó. – "Es decir, mírate, una gloriosa arachne, tan hermosa como tu madre. Estoy completamente orgulloso de ti, Aria. Más que eso, estoy orgulloso de que seas mi hija, mi sangre..."
– "Tu todo." – Completé.
Él sonrió, asintiendo. No había duda que éramos padre e hija.
– "¿Cómo diste con nosotras, papá?" – Cuestioné. – "¿Noticias, investigación en Internet, algo por el estilo?
– "Bueno, pienso que sería mejor que les contara todo desde el principio." – Se sentó en la silla e hizo ademán a mi madre para que se acercara. – "No soy bueno narrando relatos. Soy más como un Oscar Wilde borracho que un Herman Hesse, pero haré mi mejor esfuerzo. Satisfacción no garantizada, come frutas y chatarra."
– "Déjate de payasadas, Helmutt." – Mamá le dio un golpecito en la cabeza al sentarse junto a él.
– "Auch, vale, ya voy, Mausi." – Papá la rodeó con su brazo. – "Hmm, ¿sigues usando el perfume Belladona?"
– "De hecho es Schnee. Ya no tengo veintitrés, Süsser." – Ella le señaló entonces su segundo tórax. – "Ven, siéntate aquí, como en los viejos tiempos."
– "Oh, no te molestes, linda. Ya de por sí tengo el trasero adolorido del largo viaje, así que…"
– "¿Insinúas que tu esposa no es cómoda?"
– "¿Eh? ¡No, me refería a que…!"
– "¡Helmutt Jäger!"
– "Ay, mamá, mi nombre completo."
– "Te digo que te sientes en mi abdomen, ahora."
– "Pero…"
– "A-ho-ra…"
– "J-jawohl, meine Kaiserin."
Sí, en verdad que somos padre e hija. Resignado y sin contradecir a su impávida mujer, que lo conminaba silentemente cruzada de brazos y con avasalladora mirada, el militar se subió encima de ella y se acomodó lo mejor que pudo. Entiendo que permitir a alguien el montarse en nuestra parte más vulnerable sea importante para nuestra especie, pero comprendía que mi progenitor se encontrara exhausto después de trasladarse desde el otro lado del mundo. Al menos Lala y Cetania poseen un trasero bastante pachoncito que les funge como excelente cojín para mi dura quitina.
– "Estás más suave de lo que recuerdo, amor." – Comentó él. – "Aunque después de años conduciendo tanques, supongo tengo el trasero poco exigente."
– "Siempre he sido suave, Süsser." – Replicó mamá.
– "¿Aún conduces blindados, papá?" – Pregunté con entusiasmo, incorporándome. – "¿Cuál es? ¡Dime que un Leopard 2!"
– "¡Ja, por supuesto que sí, Aria! ¡El glorioso corcel germano!" – Rió con júbilo. – "Contamos con la variante 2A6, pero esperamos que nos entreguen algunos 2A7 el siguiente a-"
– "¡Ehem!"
El toser de mi madre nos sacó del mundo de los carros de combate y tomamos nuestras posiciones originales. Parece que papá en verdad me heredó todo, incluso el poseer parejas bastante dominantes. Quizás nuestra predilección a recibir órdenes es lo que nos hizo ser soldados.
– "Sí, como decía." – Prosiguió mi progenitor. – "Conocí a Vera en una tarde de octubre, en Dresden, la Alemania del Este. Yo era un tanquista en la Panzerdivision del tercer distrito de la Landstreitkräfte. Mi rango era unterfeldwebel, que en esos tiempos equivaldría al sargento de la Bundeswehr actual. Tenía veintiún años, recién cumplidos el primero de septiembre. Yo me encontraba en el hangar, dándole el mantenimiento al tanque T-72M de mi equipo, usando un maldito trapo sucio. Estaba prosiguiendo el rígido castigo que mi superior me dejó por no limpiar mis botas correctamente ese día, cuando atisbé un ligero destello color rojo en medio de dos cajas de munición, casi ocultas por la oscuridad. Me pareció ser un simple reflejo de la luz, así que no le presté atención, pero sentí curiosidad de volver a mirar.
Perdí el aliento.
Es decir, ¿quién esperaría que de las lúgubres sombras, en medio de un hangar militar, rodeado de material bélico, en un estado dominado por una debilitada Unión Soviética… hiciera acto de aparición un ser mitad araña? Pero ahí estaba, frente a mí, una criatura que uno únicamente encontraría en las más maquiavélicas pesadillas. Un terror viviente cuya única existencia, cuya mera presencia física en el espacio-tiempo era merecedora a ser purgada a la brevedad posible. Era lo que dictaría la prejuiciosa moral, el desconfiado sentido común.
Pero yo estaba cansado de seguir dictámenes.
Siempre fui afín al ejército, porque detrás de la disciplina y básicamente desempeñarse en el oficio de matar, residía el honor más grande que un simple hombre puede obtener: defender lo que ama. Siempre estuve orgulloso de ser parte de la fuerza que podría hacerle frente al enemigo en caso de un conflicto armado, volverme un escudo para resguardar a mi familia, a mi nación, de todo peligro. Y al mismo tiempo, detestaba esa tiránica autocracia en la que estábamos sumidos. La grandiosa tierra de la igualdad y felicidad para el obrero soviético no era más que una mentira tan infausta como las que usara el Tercer Reich en el pasado, un desértico espejismo envuelto en la calígine de la falsedad.
Quizás fuera esa insurrecta idiosincrasia a la autoridad imperante la que me hizo alejar la mano instintivamente del arma en mi cintura. Fue una suerte el que no contara con alguna para empezar, pues dudo que Vera se hubiera atrevido a acercarse si me encontrara armado. Con una cándida timidez que emulaba a una adolescente espiando al profesor dueño de su infatuación juvenil, la apocada fémina rehuyó de su escondite para revelar a una auténtica mujer de más de dos metros de alto, lustroso cabello rubio, voluptuosas facciones germanas y una belleza que empequeñecería a la más agraciada de las valkirias nórdicas. Simplemente hermosa.
Incluso con ese abdomen arácnido.
Puedo asegurar que hasta el día de hoy, Vera y yo desconocemos qué fue lo que realmente nos hizo perder ese miedo inicial que, con otros actores involucrados, hubiera resultado en caos absoluto, concluyendo aciagamente con algunos de los dos (o ambos, siendo realistas) recibiendo una dieta a base de plomo, cortesía de mis superiores. Afortunadamente, mi curiosidad superó a mi pavor y, revelándome contra mi propia consciencia, entablé conversación con la persona frente a mí, recibiendo una muy cohibida contestación, pintándome la ya de por sí sorprendida cara con una expresión mayor de sorpresa al escuchar las sílabas pronunciadas en mi idioma. No podía distinguir la región de origen de su singular acento, pero sin duda era alemán.
No es que importara, me encontraba tan embelesado por ella que un detalle tan nimio era propiamente irrelevante. Imitando su parsimonioso retraimiento, cuidadoso de no azararla, como quien desea palpar una valiosa pintura con sus impías manos, me le acerqué, ofreciéndole mi extremidad en señal de paz y amistad. Vera retribuyó el gesto, cerrando el trato e iniciando lo que serían los cinco días más idílicos de mi ciertamente gris existencia. Entrar en detalles de lo que siguió después sería explayarme innecesariamente, además de superfluo, pues no tiene cabida el repetir lo que mi fidelidad sentimental hacia la arachne que me robó el corazón ha probado en todos estos años: que por cinco seráficos días, ciento veinte deíficas horas, fui el hombre más feliz del planeta.
Influidos por la apoteósica dicha del amor y la irreflexiva audacia de la juventud, escapamos a un pequeño rincón para inyectarnos el adictivo opio del romance, directo a las venas de nuestras almas. Dado que era la Alemania dominada por los días finales de un gobierno decadente, y nosotros unos melifluos sediciosos pasionales, nos volvimos parte de las fugitivas corrientes que se rebelaban contra la oligarquía soviética. Pero en lugar de protestar abiertamente e intentar saltar el insorteable muro que dividía a nuestra nación, nuestra sublevación se manifestaba en ocultarnos bajo las sombras de la jungla de concreto, escapándonos de nuestros superiores para dedicarnos exclusivamente a nuestro idilio.
Literalmente, hacíamos el amor, no la guerra.
No es fácil ser un par de fugitivos en medio de una dictadura, y ambos teníamos experiencia de sobra, sabiendo que era igual incluso de restrictivo con militares como nosotros, como con meros ciudadanos. Empero, por lo que sentíamos, por lo que nuestros corazones nos gritaban a todo pulmón, la libertad en nuestro interior nos impulsaba a olvidarnos de las draconianas restricciones civiles, las patrullas nocturnas y los ojos indagadores de la opresora ley, reminiscentes a la distopía que George Orwell plasmara en su obra más famosa. Cabe recalcar que me hice con tales escritos por medio de mis amigos, quienes tenían nexos con los contrabandistas. Curioso, la cultura se restringía y censuraba con la misma dureza que sustancias nocivas, como predijera el autor. Por suerte, mis únicos vicios eran leer y deleitarme con la música de Mozart.
Jamás olvidaré las ínfimas pero íntimas noches de bailar en un cuarto oscuro, rentado a algún dependiente que deseaba ganar dinero extra para mudarse al lado oeste, la prometida República Federal de Alemania, donde las endebles garras del comunismo ya no podrían exprimirle la vida, como lo hizo a sus familiares. Desconozco si estaba enterado de la naturaleza de mi mujer, ya que ella siempre se mantenía oculta y yo aparté la habitación para mí solo; pero si alguna vez lo supo, mantuvo perfectamente el secreto.
A partir de ahí, dimos rienda suelta al amor. Consagrar nuestra silueta bajo los platinados rayos del astro selenita, decolorando las paredes con nuestro sudor y demás manifestaciones de la pasión juvenil, aspirando nuestro aroma, el calor de nuestros cuerpos derritiendo metafóricamente los barrotes que nos tenían aprisionados por tanto tiempo. Ahí, en medio de un represivo estado absolutista en vías de extinción, nosotros dos hicimos nuestro propio jardín de las Hespérides.
Empero, tan utópico paraíso no podía sobrevivir en medio de las fauces de las dictaduras a las que pertenecíamos y, con el corazón afligido, tuvimos que separarnos voluntariamente, antes que alguien más lo hiciera a la fuerza y nos uniera en la eternidad, después de un disparo en la cabeza. Antes de que mi amada Vera volviera a su patria, para no verla más, le prometí que la buscaría cuando el martillo y la hoz soviéticos cayeran, para forjar una nueva vida en una Alemania reunificada; en paz, libres. Era un sueño bastante optimista, pero la juventud nos excusa la ingenuidad.
Y el tiempo nos cede la victoria.
Llegó noviembre, y con sus gélidos vientos, también el acontecimiento que avivó los fuegos de los que mantuvieron la fe en sus corazones: Alemania volvía a ser una. El muro berlinés cayó, metafórica y físicamente, junto a la Unión Soviética. Adiós Lenin, adiós Marx, adiós a la basura comunista y sus mentiras. Pero sobre todo, adiós a los grilletes que nuestros verdugos soviéticos nos colocaron alrededor del cuello. No digo que la Alemania Oriental y la influencia de la OTAN fueran ángeles, especialmente cuando los británicos y franceses se oponen a que tu nación regrese a ser una sola, pero prefiero las imperfecciones de los cerdos capitalistas a las falsedades del comunismo. Además, finalmente éramos libres.
O eso creía.
Aunque pude escapar de cualquier sanción que mis superiores militares me hubieran preparado, el fin de la estrella roja sobre la Europa Oriental trajo varios problemas para los miembros de las difuntas fuerzas armadas. Lo peor, con la fracturación de los antiguos estados soviéticos, el peligro de insurrecciones y desestabilización social amenazaban con irrumpir la paz que continuábamos celebrando. Aunque ya no había nada que me atara a quedarme, sinceramente no tenía lugar a dónde ir. ¿Y a dónde querría ir, en primer lugar? Alemania era mi casa, mi hogar, y debía estar ahí para defenderla. Con el trabajo que la reestructuración traería, y el hecho de que cualquier información sobre el paradero de mi adorada arachne fuera inexistente, mi única opción era formar parte nuevamente del ejército, en la recién creada Bundeswehr.
Fue un martirio, porque incluso aunque era un soldado experimentado (y un tanquista, sobre todo), debía soportar el propio rechazo de la nueva ideología política. Como ex-miembro del Ejército Popular Nacional, me veían como un comunista con el cerebro lavado, uno cuyos colores partidarios no serían bienvenidos en la democracia de la nueva Alemania. Los antiguos oficiales fueron dados de alta, ¿qué sería de un simple sargento como yo? No podía culparlos por pensar eso de mí, pero era irónico cómo me volvía un paria después de apoyar la caída del viejo régimen. Afortunadamente, tuve la suerte de contar con buenos compañeros que me estimaban lo suficiente (y poseían suficiente influencia) para lograr que me enlistara de nuevo en la Heer moderna, donde descubrieron que las habilidades de un conductor de panzers no tenían desperdicio.
Volví a ser un suboficial, pero al menos hacía lo que me gustaba. Confieso que estando en tiempos de paz y con los liminales siendo meramente leyendas, mi efusividad respecto a seguir buscando por Vera fue apagándose paulatinamente, hasta que llegó el día en que acepté, muy a mi pesar, de que quizás nunca la volvería a ver. No fue sino hasta que, hace tres años, su existencia fue por fin confirmada y, junto con la curiosidad del mundo, mi misión de encontrarla volvió a resurgir. Empero, mi vehemente deseo debería ceder concesión al trabajo que aceptar a cientos de especies no humanas implicaba.
Si la afluencia de inmigrantes actual es evidencia empírica suficiente, entonces la dificultad de arreglar la situación con extraespecies explica la razón de mi aparente demora. Alemania es diferente a Japón respecto a sus leyes, por lo que ahí no hubo sanciones ni restricciones para los liminales, incluyendo relaciones sentimentales. Los gobiernos del mundo acordaron cooperar con las especies no humanas, así que prescindir de prohibiciones innecesarias que impidieran su correcta integración con nuestras sociedades era un paso natural. Y para muestra, un botón: Constanze Weymarn, nuestra actual ministra de defensa, es una elfina casada felizmente con un humano.
Pero si bien les dimos libertad entera para volverse ciudadanos germanos, les restringimos severamente algunos de sus privilegios. Para empezar, y provocado por la percibida mala experiencia con refugiados de países tercermundistas, además de la propaganda amarillista de los manipulativos medios, limitamos el acceso de inmigrantes liminales a cierta cantidad fija, y únicamente aceptamos a las especies que estuvieron presentes durante la firma del acuerdo internacional.
Eso significó que extraespecies sin representación formal política recibieron poca o nula ayuda respecto a formar parte de la sociedad germana. Aquello marcó un sinfín de contrariedades para especies tribales, sin presencia diplomática dentro de organismos gubernamentales. Como resultado, la población de liminales en Alemania es de las menores en la Unión Europea. Y, para colmo, incluso si contaban con la representación adecuada de sus naciones, algunas no eran precisamente bien vistas.
Como Sparassus.
Después de haber sido sometidos a dos conflictos mundiales y al peor despertar post-guerra, con plena justificación los alemanes ya no deseaban ser asociados con un país que fuera prácticamente una emulación del Tercer Reich, desde los atavíos hasta el nombre mismo. Lycosios se mantenía inestable con su guerra civil y Maratus no poseía representantes en sí; así que, para mi sorpresa (y desgracia), las arachnes son increíblemente escasas en la nación germana.
Lo único que evitó que Sparassus apelara por denunciar tal falta al Acta, fue el hecho que aceptamos comerciar con ellos, beneficiándonos de su producción petrolera y creando lazos con la industria armamentista. Sus armas eran de costo menor y con una excelente mano de obra, auxiliando así al sector privado y gubernamental en proveer material para nuestras fuerzas de seguridad y militares. Así se logró la paz, comprándolos. Después de todo, el dinero es el embajador diplomático más persuasivo y efectivo, poseedor del toque de Midas y una lengua de plata que convence a los involucrados de olvidar sus diferencias filosóficas para darse la mano.
Ya lo dijo Lord Palmerston: Las naciones no tienen amigos, sólo intereses.
Sin embargo, mientras nuestros líderes forjaban sus amistades por métodos crematísticos, el ciudadano común, incluso el soldado, no tenía posibilidad alguna de cumplir su sueño, su promesa de vivir con la mujer de su vida en el país que vio nacer su amor. Sparassus tampoco lo hacía fácil, prohibiendo su entrada a los humanos. Yo no era nadie, no poseía influencia alguna para cambiar las leyes, así que me resigné a seguir indagando por cuenta propia en alguna manera de no defraudar a Vera y a mí mismo, insistiendo recalcitrantemente. Un soldado no se rinde hasta el último aliento.
Hasta que llegaste tú, Aria.
Aunque las noticias sobre liminales demostrando su plusvalía como defensoras de la ley eran algo cotidiano en todo el mundo, el que tres mujeres combatan a una bestia tan hercúlea y titánica como una nidhögg es, bueno, tan legendario como el dragón en sí. La noticia recorrió el globo al instante, los medios se le ofrecían un banquete al hambriento público… y ustedes tres se consagraban en la historia. Confieso que al principio creí que se trataba de una muy ingeniosa campaña publicitaria para una película de monstruos gigantes, tan famosas en el país del sol naciente, pero al ver tu nombre claramente mostrado en la pantalla, siendo pronunciado a través de las bocinas del televisor, ordenador, teléfono u otro método de audiovisualización existente, supe que era bastante real.
Yo me encontraba tomando un descanso en el bar Hemingway, en Erfurt, cuando el atisbo de las imágenes en la pantalla de cristal líquido de sesenta pulgadas llamó mi atención. La cerveza que planeaba consumir esa noche se terminó volviendo jugadora solitaria en el tarro, pues mis sentidos se concentraban al cien por ciento en los sucesos narrados casi monótonamente por la presentadora en el monitor. Le solicité al barman que aumentara la cantidad de decibeles al volumen del televisor. A pesar de la cacofonía de la estridente música ambiental, pude distinguir el vago eco de las palabras que complementaban las increíbles muestras gráficas exhibidas. Admito que mi interés era únicamente en ti, hija. Sé que tienes otras dos compañeras, pero por las prisas y el shock, ya olvidé sus apariencias, excepto que creo una de ellas es un grillo.
En fin, sin pensarlo dos veces, pagué el importe de mi bebida sin siquiera probarla, y me dirigí a un lugar menos fragoroso para saciar el fuego que, como fénix, revivió en mi alma. Luego de veinte años, tanto tiempo sin poder hallar respuesta a mi búsqueda, el destino fue quien me encontró a mí. La esperanza de reencontrarme con mi familia, la panacea que aliviaría el sufrimiento de dos décadas de soledad, finalmente todo era recompensado. Con vehemente denuedo, investigué por todos los medios posibles para confirmar lo que mi corazón ya sabía: tenía una hija, una heroica arachne. Debía hallarla, conocerla, hacerle saber que su padre estaba orgulloso de ella.
Y compensar el tiempo que el mundo no nos permitió compartir."
Para cuando mi padre terminó el relato, sus ojos zarcos poseían una acuosa capa de lágrimas que humedecían el atavío de su esposa, igual de conmovida por las palabras de su marido. Rodeándolo con su brazo hasta bajarlo de su tórax, mi progenitora le propinó un afectuoso achuchón y un tierno beso en sus labios. La vehemencia en su narración complementaron las descripciones, que si bien fueron breves para encapsular tantos años, remarcaron perfectamente el intenso sentir del hombre que no perdió la fe, incluso cuando sus sueños parecían verse obstruidos por una alegórica pared que continuamente se alzaba frente a él. Una que también la unión y fuerza germana lograron derribar.
– "Después de eso, fue cuestión de esperar a que pudiera estar fuera de servicio para poder realizar el viaje a Japón." – Reanudó, sentándose en la silla. – "Con las fiestas decembrinas acercándose y mi rango, pude alojar tiempo necesario para lograr mi cometido. Y, bueno, creo que todo el enorme soliloquio que tenía preparado para pedirte perdón a ti y tu madre por mi ausencia ya no será necesario. Aquí estoy, aunque no pueda ofrecer más que abrazos atrasados y pedir disculpas. Mientras ustedes sigan siendo las grandiosas mujeres que conozco, me doy por satisfecho."
– "Oh, Helmutt…" – Suspiró mi madre, sonriente. – "Siempre tan dramático y afín al romanticismo. ¿Qué voy a hacer contigo?"
– "¿Qué tal otro beso, Mausi? Llevo dos décadas sobrio de ellos, y necesito más que un par de dosis."
– "Bien, estamos en un hospital, supongo puedo darte un poco más de tu medicina."
Acto seguido, regresaron a su sesión de profundos ósculos.
– "Ay, Arachne mía, consíganse un cuarto, ¿quieren?" – Bromeé. – "No quiero imaginarme cómo serán cuando estén a solas."
– "Y no querrás, hija." – Afirmó mi progenitor. – "Si vieras cómo se pone tu madre de caliente cuando le tallas debajo del abd-¡Auch!"
– "Déjate de tonterías, Helmutt, que es una reunión familiar." – Mamá le pinchó el brazo, rodeándolo con el suyo. – "Mejor dinos, ¿Dónde planeas hospedarte? ¿Y cuánto tiempo tienes para quedarte?"
– "Pasé la noche en un hostal cerca, pero estaba buscando un hotel a precio decente. Seré capitán ahora, pero mi paga no es tan jugosa como la de nuestra canciller." – Explicó él. – "Podré estar dos semanas, y entre el viaje, buscar alojamiento y hacerme entender con mi pésimo manejo del lenguaje, ya han trascurrido casi dos días. Por suerte mi inglés es mejor que el nipón, o no hubiera podido conseguir siquiera un vaso de sopa instantánea."
– "Ahora te quedarás conmigo, Süsser, en mi cuarto de hotel. Cuatro estrellas, gastos pagados, sólo lo mejor." – Dijo mamá. – "Soy coronel, y son días de descanso en Sparassus. No necesitaré regresar sino hasta pasado el año nuevo."
– "Suena excelente para mí, Mausi."
– "Mamá, papá, puedo pedirle a Herr Kommandant que les haga un espacio en su casa." – Injerí.
– "¿Herr Kommandant?" – Interrogó mi padre. – "¿Vives en una base militar o algo así, Aria?"
– "Así le digo a mi casero, papá. Kimihito Kurusu, el hombre que me da albergue en su casa." – Repliqué. – "Bueno, legalmente soy una ciudadana japonesa y no hay más necesidad de ello, pero su hogar sigue siendo el mío."
– "Ah, claro, lo de las familias anfitrionas y eso. En Alemania no tenemos ese sistema, ahí los liminales son libres de vivir por su cuenta." – Explicó. – "No es por ser progresistas, sino porque así el gobierno no debe desembolsar nada para pagar su manutención. Mira lo que le sucedió a Grecia por querer implementar el mismo método."
– "Oh, hablando de griegos, también me gustaría que conocieran a mis compañeras. Son una excéntricas, como yo, pero muy agradables."
– "Te agradecemos la molestia, hija, pero no deseamos importunar a tu casero con nuestra presencia." – Replicó mi madre.
– "No sería ninguna molestia, mutti. Herr Kommandant es más afable que el mejor embajador internacional." – Repuse. – "Aceptará con gusto."
– "Sé que sí, pero yo y tu padre necesitamos un momento para ponernos al día. ¿Entiendes?"
– "Pueden hacerlo con nosotros. Techo, comida y buena compañía no faltarán."
– "Hija, lo que tu madre quiere decir es que requerimos de cierta… privacidad matrimonial." – Acotó mi padre, guiñando. – "Son veinte años sin vernos, después de todo. ¿Verstanden?"
– "Oh… ¡Oh!" – Me ruboricé al entender precisamente a qué se refería. – "Ehem, s-sí, entiendo. B-bueno, aún así, después podrían conocerlos, si lo desean."
– "Por supuesto, Aria." – Afirmó mi progenitora. – "Después de todo, mi última visita fue demasiado corta."
– "En todo caso, ¿no habrá problema por lo nuestro, Mausi?" – Le cuestionó mi padre. – "Escuché que las relaciones interespecies eran ilegales aquí."
– "Le aseguro que no tendrá problema alguno en pasar tiempo de calidad con su mujer, señor Jäger."
Los tres volteamos de inmediato a la fuente original de esa última frase, dicha en perfecto alemán. Emperifollada en su atuendo monocromático y vistiendo brunos zapatos de tacón, sin olvidarse de sus permanentes lentes para sol, la agente Smith se había hecho al interior de la habitación con sorprendente sigilo. Cerrando la puerta, avanzó hacia nosotros con paso firme. Aunque lucía tan profesional e impecable, como se esperaba de una trabajadora gubernamental, yo pude notar la expresión oculta detrás de la diáfana sonrisa y los ojos camuflados por las gafas oscuras; fuera lo que fuera, era importante. Ofreció su mano a mi madre, recibiendo saludo cordial de ésta.
– "Mucho gusto en conocerla, Frau Jaëgersturm." – Terminó de estrechar la mano y se la ofreció a mi padre. Regresó al japonés. – "Y a usted también, señor Jäger. Agente Kuroko Smith, coordinadora en el Programa de Intercambio y líder de la división Monster Ops, para servirles. Si no es molestia, prefiero charlar en mi idioma natal; mi alemán está algo oxidado."
– "No hay problema. Gusto en conocerla, agente." – Reciprocó mi progenitora. – "Deduzco que usted es la jefa de mi hija."
– "Así es Frau Jaëgersturm, soy su superior." – La pelinegra buscó una silla libre. – "Capitana, para ser precisa."
– "Fräulein Smith, puede usar ésta." – Mi padre se levantó de su asiento.
– "Danke schön, herr Jäger." – Agradeció la coordinadora. – "Por favor, llámenme sólo Kuroko. Los padres de una de mis mejores agentes son también mis amigos."
– "Como desee, Kuroko. Puede llamarme Vera." – Acotó mamá. – "¿A qué se refería con su comentario anterior?"
– "Oh, a que no hay impedimento para que usted y su marido, ehem, disfruten de su vida conyugal." – Dilucidó Smith. Tomó una de las galletas en la bandeja de comida. – "Son extranjeros; realizaron su unión en la antigua Alemania del Este, en una época cuando el Acta ni siquiera había sido concebida; tampoco están afiliados al Programa de Intercambio; y ya son padres desde hace más de dos décadas, por lo que se encuentran excluidos de cualquier sanción impuesta por esta nación."
Ella se acercó, sonriendo con complicidad.
– "Además, ¿piensan que el gobierno se atrevería a deportar a los progenitores de la heroína local más reciente? No somos la Rusia stalinista." – Formuló la capitana. – "Y aquí en privado, sinceramente considero esa prohibición una reverenda estupidez. Nos jactamos de ser el país más tolerante hacia las extraespecies pero les impedimos el sentimiento más básico de todo ser vivo, uno que ayudaría de sobremanera a fortalecer los lazos entre humanos y liminales. Pero, la oligarquía dominante es demasiado obtusa para aceptar tal cambio."
– "Comparto su opinión, Kuroko." – Comentó mi madre. – "Amo a Sparassus, pero esa política tan aislacionista me parece inaceptable, incluso para una dictadura totalitaria. Cuando las familias se deben quedar a medias porque nuestra principal fuente de reproducción no tiene permitido pisar nuestro suelo, me pregunto si realmente hay un beneficio."
– "Los rostros cambian, la contumacia no." – Añadió mi padre. – "Sé de qué hablan. Después de años de servir a mi país fielmente, éste casi se olvida de mí debido a los prejuicios desarrollados por la Cortina de Hierro."
– "No es fácil ser un simple ciudadano, ¿no les parece?" – Contestó la agente. – "Pero son personas excepcionales, como Aria, quienes nos ayudan a que las coercitivas normas cambien en pos del verdadero progreso. Es un camino largo y lleno de riesgos, como su estado actual evidencia, pero no perdemos la fe en que lograremos nuestro objetivo de librarnos de las cadenas impuestas por los arcaicos preceptos de nuestros reticentes líderes."
– "Scheisse, sonamos como un grupo de insurrectos a punto de dar un golpe de estado." – Declaró mi progenitora.
– "Todos somos revolucionarios a nuestra manera, Mausi. Hasta los más patriotas." – Manifestó papá. – "Nuestro amor floreció gracias a la indomabilidad de nuestros corazones, aunque fuéramos unos leales soldados, ¿recuerdas?"
– "Y le heredaste esa rebeldía a nuestra pequeña." – Mi madre disintió con la cabeza. – "Incluso su obsesión con los tanques. ¿Sabías que de niña se hizo un traje de un Panzerkapfwagen Tiger usando cartón? Fue una sorpresa encontrarla en su cuarto vistiendo las cajas de pizza vacías y haciendo sonidos de disparos de obuses."
– "¡Mamá!" – Protesté, avergonzada.
– "Oh, vamos, Töchterlein, te veías muy tierna, creyéndote la próxima Michael Wittmann" – Rió. – "Hasta a la gruñona de tu abuela se le ablandó el corazón de piedra al oírte proclamarle lealtad a la Führerin Ballenita con tus briosos golpes de pechito."
– "¿Ballenita?" – Preguntó mi padre, divertido.
– "Su peluche favorito. Le juró que retomaría Francia y declararía ilegales las matemáticas."
– "¡Mutter, bitte!" – Exclamé, tan roja como un tomate.
– "Hasta tenías tu propio himno, ¿recuerdas, Aria?"
– "¡Mamáaa!"
En la eterna paradoja tragicómica que era mi vida, me hallaba deseando estar muerta justo después de haber escapado al descanso eterno. Pero incluso aunque fuera transportada a las profundidades abisales del Vacío Infinito, no habría oscuridad suficiente para esconder el intenso color granate que me tapizaba el rostro, como una luz de neón en medio de la noche. Mis padres perdieron el habla de tanto carcajearse y Smith, la condenada Smith, se desternillaba en una risotada que la hizo casi caerse de su asiento. Ignoro cuándo el venerable hospital general de Okayado se convirtió en una representación de pantomimas a granel, conmigo de estrella principal, pero me preocupaba que me dieran de alta prematuramente, por el escándalo que creábamos.
– "Tranquila, Töchterlein, que no hay nada de malo en revelar algo del pasado de mi querida Pulguita." – Aseguró mi progenitora. – "¿Te acuerdas cuando querías atrapar un pajarito? ¿Y luego saltaste para agarrarlo… estando en la orilla del techo de la casa?"
– "¡Vera, ya basta, por favor!" – Mi padre volvió a soltar una carcajada. – "¡Me voy a… me voy a desmayar de tanta risa!"
– "Y eso que no les he contado cuando salió de osita panda en la escuela…"
– "¡Mutter, halt die Klappe!" – Insistí. – "¡Bitte!"
– "Vale, vale, me detengo." – Rió mamá. – "Pero ahora ya tengo material para romper el hielo cuando visitemos tu hogar huésped."
– "¡Aaargh!"
– "Oh, cielo santo, necesitaba esto, en verdad que sí." – Comentó la agente, recuperando el aliento. – "Gracias, Vera, este trabajo nos hace olvidar en ocasiones los buenos momentos de la vida."
– "¡¿Qué tienen de buenos?!" – Protesté, aún ocultando mi rostro con la almohada.
– "Descuida, hija, nos reímos contigo." – Señaló mi padre, dándole palmaditas a brazo. – "Tu madre me contó algunas de sus tonterías de niña, luego te las relato."
– "No te atrevas, Helmutt." – Le conminó su esposa, lanzándole una mirada adusta.
– "Jawohl, meine Kaiserin."
– "Bueno, señores, me encantaría seguir escuchando las anécdotas de 'Pulguita', en verdad." – Acotó Kuroko. – "Pero, espero nos disculpen y nos permitan estar un momento a solas. Necesitamos discutir ciertos asuntos privados, si no es molestia."
– "Oh, entendemos, agente." – Mi progenitora se incorporó. – "Nosotros volveremos en un rato. Helmutt y yo también necesitamos charlar. Ven, querido, ¿tienes hambre?"
– "Podría devorar un dragón entero, con todo y cola." – Bromeó mi padre. Se inclinó y me dio un beso en la cabeza. – "Te dejamos con tu jefa, hija; no tardamos. Agente, gracias por todo. Auf Wiedersehen."
– "Auf Wiedersehen, Herr Jäger." – Respondió la aludida. – "No demoraré más de quince minutos. Guten Appetit."
Con mis padres retirándose, la pelinegra suspiró y, acomodándose en su asiento, se acomodó de las gafas de sol. Yo exhalé y coloqué la almohada detrás de mí. Debe ser una ley universal el que los padres humillen a sus hijos de la manera más embarazosa posible. Qué horror, los pocos recuerdos que tengo de mi madre conviviendo conmigo, son todas situaciones donde yo soy el remate de la guasa. Miré a Smith, quien me contemplaba con una mirada extrañamente nostálgica.
– "Hola, Aria. ¿Te alegras de verme?"
– "Como Prometeo encadenado se alegraba de ver al ave rapaz que le devoraba los intestinos cada…" – Me pausé. – "Un momento, ya hicimos esto una vez."
– "La primera vez que te enfermaste por andar bajo la lluvia." – Remembró. – "Y como en esa ocasión, no fue para emular al legendario Gene Kelly. La historia adora repetirse, ¿cierto?"
– "Si esto fuera una novela, los lectores ya estarían hartos de escuchar esa frase a cada momento." – Opiné. – "Lo peor, es casi el apotegma secundario de mi vida."
– "¿Cuál es el primero?"
– "Qué pequeño es el mundo."
– "Al menos no podrían acusarte de mentirosa, en verdad lo es." – Sostuvo. – "Además, puedes estar segura que mantendrías al público interesado con tus intrépidas hazañas, cazadragones."
– "Nada como casi volverse brochetas germanas para volverse un best seller."
– "Sin duda; ni siquiera cuando tú y tu novia alada detuvieron el atentado en el centro comercial obtuvieron tanta atención internacional como ahora." – Afirmó. – "Quizás únicamente yo me haya presentado hasta hoy, pero toda la ANP ha estado ocupada desde la semana pasada cubriendo las consecuencias de tan impredecible operativo."
– "¿Trabajo o prensa?"
– "Ambos. Pero aunque abrimos la caja de Pandora con esto, nada se compara con la prensa." – Aseveró. – "Ésta se volvió loca; mientras MOE se debatía entre recorrer el Sanzu o quedarse en esta vida, los medios estaban hambrientos de la exclusiva de tan impresionante gesta. Aunque respetaron su privacidad en el hospital, a nosotros nos bombardearon toda clase de reporteros. Ugh, llegué a odiar a las nutrias."
– "Comparto el sentimiento, Hauptmann." – Suspiré. – "¿Habló con Cetania y Dyne?"
– "Vengo precisamente de su cuarto. La arpía se encontraba dormida, pero tuve una interesante charla con la empusa."
Ella se removió las gafas y me miró directamente a los ojos. Sus globos oculares, tan brunos como su cabellera, mostraban esa expresión decidida y seria, digna de una líder, pero también consternación.
– "Tenemos que hablar."
[Siete días después del Día D – 1023 horas.]
Abrí el ojo
Frase hecha en singular. Desde hace veinticuatro horas que finalmente me he acostumbrado a aceptarme como una cíclope improvisada, gracias a la daga dactilar de mi dracónida adversaria. Instintivamente llevé mi mano hacia el lado derecho de mi semblante, palpando con delicadeza la textura irregular del parche de algodón que oculta mi antiestética cicatriz facial, el único vestigio que certifica la anterior existencia de un globo ocular de esmeralda tonalidad. La ausencia de profundidad y la vista borrosa han desparecido, empero, el tiempo necesario para que mi ojo estabilice la perspectiva, me recordó que la visión binocular ahora forma parte del pretérito de mi vida. Los oprobios personales, esos que por cortesía no me atrevía a espetar entre las níveas paredes del sanatorio, pero que repartía indistintamente en la privacidad de mi cabeza, no tardaron en manifestarse.
Había perdido la mitad de mi campo visual, y con ello también el cincuenta por ciento de mi efectividad a larga distancia, maniatándome al rol de combate estrictamente cercano. Con mi escopeta, escudo balístico y extremidades mantoideas, naturalmente diseñadas para la pelea cuerpo a cuerpo, mi función por defecto en Monster Ops era precisamente el ataque a quemarropa, mi especialidad; pero no deseaba encasillarme en una sola particularidad. La versatilidad es la cualidad más valiosa en un ambiente tan impredecible y constantemente variable como el campo de batalla; al encerrarme en un aspecto singular, me condenaba a ser inútil en caso que debiéramos cambiar los papeles preconcebidos de nuestro grupo.
– "Si es que todavía sigo siendo parte de éste." – Musité para mí misma.
Desconocía lo que mis superiores pensarían de esta empusa, a quien eligieron como líder de lo que sería la esperanza para el futuro de la justicia en el país nipón, la laureada heroína que ayudó a proteger la ciudad de Okayado de la furia nórdica, y que seguramente los medios habían barnizado con una capa de gloria y dadivosos elogios, resultara ser una farsa; un facsímil; una mentira; una mafiosa. Smith me condenaría a cadena perpetua, el superintendente Kuribayashi exigiría mi ejecución inmediata, y los medios de comunicación, los eternos titiriteros que mueven los hilos de las masas, harían su agosto organizando sus aquelarres mediáticos para convertirme en la Judas nacional. Al menos podía confiar en que dos personas permanecerían a mi lado.
– "Simijo…" – Maldije.
Jaëgersturm y Cetania me habían aceptado como su aliada, compañera y amiga. Tal vez esa apresurada absolución se debiera al consuetudinario acto de coligación cooperativa a la que nuestro puesto nos obligó, así como el sobrevivir, juntas, a lo peor del entrenamiento y la primera misión real, culminando en la dantesca tarea de derrotar a esa iracunda reptil titánica. O quizás, retirándome ese velo de cinismo, al que llamo mi yo verdadero, debería dar por sentado que su amistad es real. Lo haría, sé que somos incondicionales camaradas, incluso compartiendo la mismas preferencias de género… pero realmente disfruto rechazar tal convencionalismo, para regodearme en el ufano placer de la idiosincrasia.
Sencillamente, me gusta hacerme la difícil.
Gruñí internamente, sorprendiéndome de mis reflexiones. ¿Desde cuándo acepto tan jovialmente que mi acerba personalidad es una fachada? La cordura debió escaparse por la oquedad que mi ojo pulverizado dejó. Colocando tales abstracciones introspectivas dentro de mi caja fuerte mental, observé a mí alrededor. La limitada visión de un singular globo ocular me obligaba a usar la totalidad de mis músculos cervicales, haciéndome girando el cuello como si fuera una lechuza, para contemplar el panorama. Nada había cambiado, admirando por enésima ocasión la solitaria mancha en el lechoso techo y la mortecina luz artificial, que parpadeaba como presagio de su pronto óbito.
Esperen, ¿por qué me estoy expresando con tanta perífrasis?
– "Ah, maidin mhaith, Dyne. ¿Te encuentras bien?"
– "Kaliméra, Lala. Sí, estoy bien, gracias."
Por supuesto, es Lala quien me ha influenciado, en más de un aspecto. Tal es el poder del Abismo.
Volví a la consciencia hace tres días. Me recuperé velozmente, mi voluntad no me permitiría seguir inactiva en la inopia. Los músculos me dolían, y no estaba en condiciones de regresar a casa, naturalmente, pero al menos dejé de ser una maniquí sumida en un profundo sueño. Desde que atisbé nuevamente la luz del alba colarse por la ventana hacia mis retinas, la dullahan se ha convertido en mi enfermera casi personal, atendiéndome cuando los encargados del hospital se hallan ausentes. Ella estaba aquí para velar por Jaëgersturm, como era su deber como segadora de almas, pero según los reportes de la propia irlandesa, la arachne aún no había despertado de su letargo.
La mujer de añil epidermis no tenía razón, más allá de la formal, para custodiarme, a veces de manera casi maternal; pero aún así, lo hacía. Incluso sus amistades, las de su hogar huésped, quienes la auxiliaron en hacerse cargo de nosotras, se mostraban con soltura y naturalidad, sin pretender mera cortesía para conmigo. Me hallaba confusa; a pesar de que en todos nuestros encuentros anteriores con ellos yo no era más que una invitada, reservada y limitada a portarme como era debido, la familia anfitriona de la peliblanca (y Jaëgersturm), se tomaba la molestia de atenderme como si me conocieran de toda la vida.
Pude desdeñarlo como su deber para saldar la deuda de haber ayudado a la arachne en su misión, una pantomima adyacente al contrato moral de la sociedad, especialmente una empecinada en reciprocar los favores como la japonesa. Pero, eso no explicaría la razón del porqué sonreía mentalmente al ver a la dullahan fungir como nuestra guardiana no oficial, o ese inusual sentimiento de tranquilidad cuando la pequeña arpía azul y la glauca limo, que residen con ella, me abrazaron con candor infantil al desearme una pronta recuperación. La falsedad no me haría cuestionarme tales acciones, por lo que, por lógica, debían ser muestras de amistad genuina.
No podía agradecerlo.
Porque no conocían la verdad; no sabían quién era realmente la mujer detrás de la corona de laureles que su bondad me otorgó; no tenían idea de que esta dizque-heroína era una cínica, indiferente, nihilista y criminal. Empero, no podía evitar sentirme mal, continuaba sin sentirme merecedora de todo aquello. Hice mi esfuerzo por distanciarme, por mostrarme fría, acto que he dominado a la perfección. Desconozco si funcionó; ninguna integrante del hogar Kurusu se quedó más de veinticuatro horas, y la mayoría del tiempo estaban más ocupadas charlando con Lala sobre el estado de la arachne, o entablando conversación con la recién despertada Cetania, quien abrió los ojos hace dos días. Sólo la irlandesa permaneció a mi lado, y me seguía mostrando una sonrisa legítima a pesar de mi displicente actitud. Sabía que era real, que no fingía. Incluso una idiota como Jaëgersturm no se atrevería a enamorarse de una persona falsa.
¿Por qué sigo pensando en esa condenada araña?
– "Traigo buenas nuevas, Dyne." – Habló la nativa del Éire. – "Aria ha salido de los laberínticos caminos de la inconsciencia, y nos complace con gozar nuevamente de su presencia."
Cierto, la dullahan…
– "Me alegra informar que se encuentra en buen estado, con sólo el malestar físico como única aflicción." – Prosiguió. – "Desea intercambiar experiencias contigo y la descendiente de Taumas tan pronto pueda incorporarse propiamente, lo cual confío será en menos de veinticuatro horas, o antes, si todo va bien."
– "Ya era hora." – Repliqué. – "Después de tanto esforzarnos por salvar su quitinoso abdomen, sería el colmo que esa perezosa nunca despertara para agradecérnoslo."
– "Mo chuisle es muy resistente." – Mencionó, observando su reloj de pulsera. – "Son las diez horas, más veintitrés minutos. ¿Tienes hambre?"
– "Aún no, gracias por preguntar. ¿Podrías pasarme el cepillo dental, por favor?"
Lala nunca reaccionaba negativamente a mis despectivos comentarios hacia su germana; conocía la mordacidad habitual con la que trataba a la alemana, y sabía que no eran afirmaciones serias. Asintiendo, la peliblanca me facilitó un vaso de agua y un cepillo, junto al dentífrico, en una bandeja, e inicié mi rutina de higiene bucal. La doctora Redguard nos advirtió que después de dos días en la estancia médica, las bacterias que habitan en el hospital reemplazan a las nuestras, y éstas no son precisamente las más pulcras, por lo que mantener una limpieza habitual es primordial para evitar infecciones inesperadas. La sangre de dragón nos evitó contraer enfermedades, pero no la gingivitis sorpresa.
Mientras retiraba la halitosis de mis dientes, observé cómo la segadora acomodaba persiana de la cama de Cetania, con quien recién había charlado, para darle un poco de privacidad ahora que la halcón dormía. Atestiguar a la psicopompo velar por el bienestar de su rival sentimental me hizo reír inaudiblemente; esa zanquilarga será una boba, pero su ambicioso plan de lograr su sáfico ménage-à-trois parecía ir viento en popa. Había un pequeño lavabo a mi lado, donde escupí el agua al finalizar el cepillado. Secándome la boca con un pañuelo, agradecí a la celta por sus atenciones. Mis intestinos fueron los únicos en quejarse.
– "Creo que después de todo, sí necesito algo en estómago." – Mencioné, algo apenada. – "¿Podrías tratar de conseguir esas galletas de fresa nuevamente, por favor, Lala?"
– "Por supuesto, no hay problema." – Afirmó con la cabeza, dirigiéndose a la salida. – "Regreso enseguida."
– "Te lo agradezco." – Me pausé un momento. – "Uhm, ¿Lala?"
– "¿Sí?" – Se volteó.
– "Aria es una mujer muy valiente."
– "Go raibh maith agat, Dyne." – Hizo una ligera reverencia, sonriendo. – "Ella opina lo mismo de ti."
– "Lo sé." – Devolví el gesto.
Antes que yo realizara que había dicho aquello de manera espontánea, y deseara haber perdido la lengua en vez del ojo, la puerta se abrió de repente. Nos sorprendimos al notar a la fémina que era mi superior, ataviada en monocromático atuendo. Paso su mano por uno de los flecos de su larga cabellera, tan oscura como sus lentes de sol, los cuales no se retiraba ni siquiera en interiores. Después de dirigir una mirada rápida al lugar donde reposaba la falconiforme, se dirigió hacia nosotras, ofreciendo su mano a la irlandesa. Intercambiando un diálogo breve e inaudible con la segadora, y entregándole una pequeña caja envuelta en lustroso papel púrpura, ésta última se retiró para ir en busca de mi desayuno.
Con la peliblanca ausente, Kuroko buscó un asiento y lo colocó a mi lado. Retirándose las gafas de sol y usando un pañuelo para secarse la frente, ella exhaló, admirando por unos segundos lo austero del hipoalergénico ambiente y las níveas paredes del hospital. Luego de apreciar la parca arquitectura y su escasa decoración, cruzamos las miradas. Ofreciendo una tenue sonrisa, sin obtener lo mismo de mi parte, inició el diálogo de manera casual, para hacerme entrar en confianza.
– "Kaliméra sas, Nikos." – Saludó, en mi lengua madre. Excelente acento. – "¿Estás bien?"
– "Kaliméra, Jerarca. Me siento mejor, gracias."
– "Me alegra que sigas con nosotros, amiga." – Afirmó. – "No sólo eres una buena agente, sino una heroína local. La razón por la cual no estás inundada de cartas de admiradores en estos momentos es porque se respeta tu privacidad mientras estés en el hospital."
– "No hago esto por fama, Jerarca." – Declaré. – "Es mi trabajo, lo que elegimos para vivir."
– "Si trabajas para vivir, ¿por qué te matas trabajando, literalmente?"
– "Porque si pasamos todo el tiempo preocupándonos por la muerte, jamás viviremos."
– "Una mente afilada, como tus espolones." – Manifestó. – "Sabía que tomé la decisión correcta al hacerte la líder de MOE."
– "Efharistó, Jerarca."
– "Llámame sólo Kuroko." – Guiñó. – "Ya no eres una simple novata, Dyne. Eres la clase de guerrera que necesitábamos para avanzar en nuestro sueño. Por eso yo soy la que te agradece."
– "No debería."
– "Vamos, no seas tan modesta." – Colocó su mano en mi hombro. – "Una nidhögg, una victoria contra lo imposible; sabes que mereces los elogios."
– "Si usted lo dice." – Suspiré. – "¿Qué pasó con el resto del operativo?"
La capitana exhaló, mirando al techo por unos momentos para volver a encararme.
– "El torrencial diluvio de esa noche era casi una manifestación física de la frase llover sobre mojado." – Contestó, con ligera acrimonia en su voz. – "En primera, nuestro plan de atrapar a los cabecillas de Fimbulvetr resultó un revés, donde nosotros fuimos los sorprendidos. Ningún pez gordo, o cualquier otra presa, se presentó en el lugar que esperábamos. Nos vieron la cara, mientras ustedes se comían el plato principal."
– "¿Un informante?"
– "Dos, de hecho. Policías de bajo nivel operando en Ginza. Traidores." – Reveló, con evidente acritud. – "Doppel, nuestra detectora de mentiras viviente, notó las actitudes nerviosas de los susodichos cuando se nos informó de lo ocurrido en la fábrica. Eran novatos, no sabían ocultarlo; obviamente había gato encerrado con ellos."
– "¿Razón de los fariseos?"
– "Dinero." – Replicó, sin necesidad de explayarse más. – "Dado que teníamos prisa, Doppel se ofreció a vigilarlos en secreto mientras el resto de MON y la fuerza se dirigían a su rescate. Cuando todo acabó, la cambiaformas los interrogó, hasta quebrarlos. Combinado con las otras pruebas fehacientes, como ausencias al trabajo evidentes en el registro, pudimos encarcelarlos. Cooperación con terroristas es cadena perpetua. No volveremos a saber de ellos."
– "¿Qué sucedió después de que vencimos a la dragona? ¿Cómo nos encontraron?"
– "Si no fue por el horrible despliegue pirotécnico que esa reptil exhibió a todo Okayado, los innumerables reportes de un monstruo gigante causando destrozos en la zona portuaria fueron las alertas que nos movilizaron de inmediato." – Ella se talló la sien. – "Fue un infierno. Casi toda la zona de almacenamiento terminó en ruinas cuando llegamos, encontrándonos con vehículos del SAT calcinados, reportes de oficiales heridos y un mar de sangre que albergaba infinidad de cadáveres pisciformes. Con ustedes tres y una dragona inconsciente siendo la guinda de tan innombrable pastel de horror. No te haré preguntas ahora sobre qué sucedió específicamente, lo dejaré para cuando puedas ofrecer un reporte completo de la misión."
– "Sí, entiendo…"
– "Te noto distraída, ¿necesitas descansar?"
– "Acabo de despertar."
– "¿Te sientes mal por lo de tu vista?"
– "Ya no, Hécate me otorgó un repuesto para seguir siendo útil." – Dije, mirando al techo. – "No, en realidad, se trata de… otra cosa…"
– "¿Qué es?"
– "Bien…" – Volteé la mirada. – "No… no es fácil de decirlo."
– "Le dije a Lala que nos dejara solas por al menos veinte minutos. Puedes ser honesta conmigo, Dyne."
Usó su mano para tomarme de la barbilla y, con parsimoniosa tranquilidad, giró mi cabeza para hacerme encararla. El corazón me latía con vehemente fuerza y el sudor se apoderaba de mi piel. A pesar de que su mirada y expresión eran un proverbio de serenidad, los nervios no se despejaban. Me era imposible soltar lo que llevaba a adentro, lo que realmente deseaba gritar. Tal era mi propia culpa que aumentaba la intensidad de sus pupilas enfocadas en mi verde globo ocular restante, penetrándome el cuerpo con la vista hasta llegar a mi inerme alma asustada. Decidí girar la conversación para permitirme reunir valor antes de soltar la bomba.
– "¿Por qué me aceptó, capitana?" – Cuestioné. – "¿Qué ve en mí que le hizo darme este enorme privilegio?"
– "Sería fácil mencionar tu pasado como subteniente de la Guardia Costera Helénica, el que eres una soldado con experiencia, o simplemente por mi entusiasmo por hallar candidatas lo que me hizo ofrecerte un espacio con nosotras, Nikos. Pero sería mentir." – Proclamó. – "En realidad, lo que me convenció de que mi decisión fue la idónea se debe al fuego en el interior de esa joven descendiente de Hécate. Una coligación entre las ínfulas del orgullo griego y el sentido del deber, que la llevaron a ofrecerse voluntariamente a lo que entonces era una volátil proposición en un pedazo de papel. En resumen, fue tu convicción lo que te trajo aquí."
– "¿A la sala de cuidados intensivos?"
– "A la élite, donde perteneces." – Resolvió. – "Escucha, sé que debes estar más que confundida por todo lo que ha sucedido, pero estoy segura que dudar de tu papel en MOE no es algo que tú harías. Así que dime, ¿qué es lo que realmente quieres decirme, Dyne?"
– "Jamás estuve en el ejército helénico." – Confesé, yendo directo al grano. Ahora o nunca. – "Yo era una matona de la familia criminal Bakos, en Mitilene; una integrante de la mafia."
El semblante de la pelinegra se tornó circunspecto de inmediato, su pequeña sonrisa transformándose en una horizontal barra geométricamente plana, inexpresiva, parca. Yo permanecía quieta, atemorizada, pero no por su seriedad instantánea, sino por la ciertamente desconcertante neutralidad absoluta que su rostro exhibía. La agente se mantenía adusta, reflexiva, como la funesta displicencia de un cadáver. Por más que mi ávido ojo recorriera la capa cutánea de su cara, hallar indicios de una ira en ebullición, una decepción en crecimiento, o cualquier clase de silente represalia, mi búsqueda no registró indicio alguno de disgusto. Aquella insólita anomalía me acrecentó el miedo de sobremanera, mucho más que si hubiera recibido un tesauro de encendidos vituperios. Si había algo más espeluznante que una Smith iracunda, era una sin emociones.
Que no me soltara, mirándome fijamente, tampoco ayudaba a relajarme.
– "Desde el inicio." – Ordenó, como si hablara hacia la nada. – "Todo."
[Siete días después del Día D – 1016 horas.]
– "No tienes qué hacer esto, ¿sabes?" – Acotó ella. – "Para eso están las enfermeras."
– "Ya lo hicieron, pero te hallaron todavía sumida en el idílico mundo de la inconsciencia." – Le repliqué. – "Además, los trabajadores médicos no te darán la atención necesaria una vez el peligro inmediato de las profundas dilaceraciones físicas de alto riesgo hayan sido sosegadas correctamente. Aunque se trate de su profesión y hayan realizado el juramento hipocrático universal, sólo les basta certificar que el bienestar de los pacientes se halle dentro de los límites aceptables para dar por satisfecho su envolvimiento con estos."
– "¿Dices que no le importo a los doctores?"
– "Es una reacción natural del instinto de preservación implícito de la mente humana." – Dilucidé. – "El constante contacto con el aspecto más lastimero y doloroso de las personas es pesado para la mente, llegando a generar traumas y otros indeseados efectos adversos psicológicos. Para los galenos y demás empleados de esta institución, el observar todos los días a personas en su estado más vulnerable, especialmente si padecen de enfermedades y trastornos incurables, debe serles fatigante, sin contar que les drenaría la moral."
– "Como el trastorno de stress post-traumático que sufren los veteranos de guerra."
– "Precisamente." – Asentí con la cabeza. – "La diferencia es que un médico civil, al contrario de un soldado, no se encuentra bajo la presión de mantener un lazo con sus pacientes, por lo que puede darse el lujo de distanciarse de ellos; bloquear de su mente todo aspecto que los humanice, les otorgue una identidad. De esa manera, los enfermos dejan de ser seres en sufrimiento y se convierten en simplemente la suma de sus partes, facilitando el trabajo. Retirarle objetos personales, vestirlos en ropas idénticas y colocarlos en cuartos desprovistos de individualidad alguna, ni siquiera referirse a los dolientes por su nombre; todo aquello es una fría pero necesaria mecanización para evitar sucumbir a la acritud de un ambiente donde la fría mano de la muerte ronda detrás de cada pared."
– "Viniendo de ti, es lo más profundamente irónico que he escuchado." – Rió tenuemente. – "Pero es verdad, la frialdad es necesaria cuando se trabaja en un ambiente psicológicamente estresante. Yo doy fe de ello; aunque en mi caso, los criminales nos facilitan mucho el proceso de insensibilización."
– "Por eso es fácil ser tan insensible en tu presencia, peste alada."
– "Oh, vete al diablo, enana canosa." – Torció la boca.
Reí tenuemente.
Las pláticas con la descendiente de Taumas habían resultado lo suficientemente entretenidas para hacer, aunque fuera temporalmente, a un lado nuestra animadversión y llegar a tolerar nuestra cercanía. Era necesario, no sólo porque eso era lo que Mo chuisle desearía, sino porque no deseaba armar escándalo en el edificio, perdiéndome en innecesarias reyertas verbales con la arpía. Además, a pesar de que me costaba aceptarlo, convivir con mi rival no era la hecatombe civil que tanto temía. Me encontraba sentada en la silla contigua, recostada en la pared mientras ella deglutía su desayuno habitual, consistente en carne y guarnición característica del país del sol naciente.
– "Gracias por la comida, azulosa." – Me congratuló, dándome la bandeja.
– "Tá failté romhat." – Respondí, depositándola en un mueble cercano. – "Ciertamente los alimentos servidos aquí son tolerables, pero carecen de ese toque casero que les brinda una sapidez especial."
– "Lo sé. Un paquete pre-congelado y puesto en un microondas no es manera de recuperarse con lucidez."
– "Me hubiera gustado demostrarte el avance de mis habilidades gastronómicas, pero mi lugar es a lado de Mo chuisle." – Mencioné. – "Podrás degustar tales vituallas, si lo deseas, una vez te mejores."
– "Ay no, apenas acabo de recobrarme y ya quieres envenenarme de nuevo."
– "Podrías mejorar también tu inexorable sentido del humor, vástago de Electra."
– "¿Quizás tú eres la única amargada aquí, pitufita?" – Pestañeó rápidamente.
– "Tienes razón, peste alada."
– "¿En que eres más agria que un pepino?"
– "No, en que deseo emponzoñarte nuevamente." – Sentencié. – "Aunque sería más fácil si simplemente te decapito bajo el filo de mi dalla."
– "Uy, qué agresiva. En todo caso, ¿qué te hizo tocar tan tétrico tema?" – Preguntó la mujer alada, buscando algo alrededor. – "¿Matarme la felicidad de saber que Aria se encuentra bien?"
– "No, sólo deseaba exponer mi punto de vista sobre una de las interesantes charlas que sostuve con Centorea." – Expliqué, acercándole una servilleta. – "Ella se encuentra en estos momentos asistiendo a la universidad, para cultivarse en el campo de las galenas profesiones. Según sus propias palabras, no pudo evitar escuchar los diálogos de los miembros prominentes en tal campo de la institución. Todos estos intercambios verbales amistosos se encontraban cargados de términos abstractos y científicos que aún eran desconocidos para una simple estudiante de medicina primeriza, pero comenzó a advertir cierto patrón repetitivo detrás de la inaccesible jerga. Mientras se absorbían en sus debates, las discusiones polarizaban entre sintaxis de tecnicismos e ilaciones académicas muy ilustrativas, pero carentes de humanidad."
– "Lala, todo eso lo entiendo, y contesta a la pregunta." – Injirió la estadounidense. – "Pero no a la verdadera cuestión."
– "¿De qué hablas?"
– "De que tú sueles ser más directa conmigo, no te decantas por una trabajada facundia para responder a algo tan simple." – Aseguró ella. – "Hiciste lo mismo en la fiesta, intentando prorrogar la conversación el mayor tiempo posible. Por favor, cesa los circunloquios y dime lo que realmente quieres decirme."
Suspiré.
Soy demasiado transparente cuando algo me inquieta, y ni siquiera esa máscara natural de circunspección inherente de toda segadora de almas me ayudaba a ocultarlo. Separándome de la pared, demoré unos momentos jugando con los finos pliegues de mi bruna falda. Generalmente recurriría a mi característica bufanda para amenizar los efectos del nerviosismo que me invadía, pero había dejado tan distintiva prenda a lado de la cama de mi apreciada arachne. Cuando el creciente sonido de las manecillas del aparato cronométrico en mi muñeca empezó a opacar al bullicio urbano que se filtraba por las ventanas, decidí romper mi insufrible afonía.
– "Tengo miedo… miedo de que eso suceda con Aria." – Confesé, observando el suelo. – "Me azora la posibilidad de que el asedio sin cuartel de la infamia criminal le drene, cual sanguijuela, el buen corazón que posee, y que tanto adoro. Me asusta el que la crueldad constante a la que será sometida le vuelva cada vez más pétrea; que la sonrisa que me ilumina el interior se fugue paulatinamente a cada bala que sale expedida de su arma; que a cada herida que reciba, la hemorragia sea más de sensibilidad que de hemoglobina. Que al final, su sonrisa desaparezca para ser reemplazada por apatía, y que lo único que le haga esgrimir una mueca de alegría nuevamente sea el malsano placer de la violencia, obligándola a buscar esas funestas descargas de adrenalina, repitiéndose en un ciclo de infausta adicción para satisfacer la insaciable hambre de agresividad.
Te parecerá una fatalista conclusión, absurda resolución negativa y radical para que se manifieste en la cálida y amorosa mujer que tu y yo elegimos como nuestra pareja de por vida. Ambas sabemos que ella necesita más que mirar al abismo a la cara para que este nos devuelva la mirada, como aseguraba Nietzsche. Pero no somos inmunes a la realidad, ni invulnerables a las arpaduras del horror. Los diamantes se rasgan con los golpes, el metal se doblega ante el insistente martillo, el espíritu se quiebra ante la desesperanza; y nosotros somos tan ínfimos, tan inermes ante la vida, que terminamos como parte del humus terrestre.
Lo sé, porque mi matriarca era así.
Como dullahans, somos un aforismo viviente de muerte, así que desde pequeña, cuando el poder del Abismo aún no despertaba en mí y mi apariencia era virtualmente humana, fui instruida en el nefasto arte de brindar el fin a los seres vivos, usando mi falce como arma principal. Mi madre, imbuida por el Caos Eterno del cuál provenimos, quería que me transformara en un abyecto ser carente de sentimientos y aprecio por la vida ajena, el arquetipo perfecto de mi abisal estirpe. Comprensible desde el punto de una criatura del Inframundo, pero no justificable para alguien con una pizca de moral restante; alguien como yo, una simple niña que únicamente deseaba disfrutar su vida a lado de su mejor amiga, tan inocente yo pretendía ser.
Trabajé, a porfiada insistencia de mi progenitora, como una empleada más de un matadero, sacrificando corderos y otros animales para su consumo. Cada día, desde mi primer y torpe intento por cumplir mi tarea, que resultó en un ensayo abortado y un cordero en agonía por mi inexperiencia, hasta el día final, la sangre y balidos de terror fueron mi pan de cada día. Al principio estaba tan asustada que casi me vuelvo una vegetariana compulsoria, pero eventualmente la ignominiosa estratagema de mi madre dio resultado, y acepté mi destino como verdugo. Me sorprendí descubriendo que todo se hacía más sencillo si abandonaba la idea de aplicar ética hacia los seres considerados inferiores, no sufría, no me paralizaba por sus alaridos de aflicción. Sólo era asestar el mortal golpe, y todo terminaba.
Ergo, dejé de preocuparme por cualquier criatura que no fuera antropomórfica, acepté que, al final, eran animales, así que tratar de imponer una deontología comparativa con la nuestra era intrínsecamente superfluo. Por supuesto, no permitiría que ese desapego abarcara más allá del espectro animal. Las personas son seres con sentimientos, sueños y metas, no sacrificios en potencia ni meros pedazos de carne útiles para cumplir con nuestro objetivo; no iba a volverme la indiferente segadora que mi progenitora deseaba.
Pero ella no se daría por vencida. Tratándome de manera dura, azotándome no con golpes, sino con un gélido distanciamiento sentimental, decidió llevar su plan al extremo radical; la prueba definitiva que me convertiría en una pieza más de las infinitas huestes bestiales del Vacío Eterno, un engranaje más en la sanguinaria maquinaria del Abismo. Irónico y barbárico fin para entes supuestamente civilizados. Un día, me llevó a un campo abierto, cargando nuestras herramientas segadoras. Cuando nos detuvimos, habló de lo mucho que me apreciaba como su retoño, elogiaba que hubiera sido concebida por el mismísimo Abismo durante el Draiochtion, cuando el poder de la Eterna Oscuridad es diez veces mayor.
Yo estaba literalmente en lágrimas. El contacto sentimental con ella era esporádico, básicamente inexistente, así que al oírla pronunciar dulces palabras dadivosas respecto a mi existencia, me llenaban de ufano orgullo y, sobre todo, felicidad. Entonces, me develó que para completar mi entrenamiento, haciéndome una psicopompo hecha y derecha, debía acabar con la mujer que me trajo al mundo. Estaba más que estupefacta de oírla declamar tan inefable proposición, y me negué a seguir el vituperable mandato.
Ella me golpeó.
No fue el lacerante puño en mi quijada, la epidermis hinchada o el escozor facial lo que me dolió, sino su rechazo. Me negué a perder mi pizca de humanidad, y ella me dio la espalda, enviándome lejos de su persona, de mi natal Irlanda. Así llegué aquí, esa es la razón por la cual me hallo a miles de kilómetros de las colinas de Wicklow. En esta tierra, yo fingí ser precisamente eso que tanto tiempo intenté no ser, volverme la caricatura de una ejecutora sobrenatural para alejar a todos de mí, para evitar sentir algo. Y esa era la paradoja, porque en lugar de simplemente aislarme, seguí tratando inadvertidamente de crear lazos de amistad, llevándome decepciones en el proceso, casi justificando las viciosas palabras de mi matriarca.
Hasta que conocí a las residentes del hogar Kurusu y, mi mayor serendipia en la vida: Aria.
Perdona si esta atropellada narración carece de estructura coherente o se siente incompleta, únicamente trato de colocar mis esparcidos pensamientos inconexos a través de la vorágine de sentimientos que revuelan en mi interior. Empero, es mi deseo externarlos, porque sólo así puedo darte una idea de lo vital que es para esta inmortal el que esa felicidad y alegría no se pierdan, no con la mujer que amo. Detrás de la máscara, detrás de mi fría mirada y el folklor que precede a mi fatídica naturaleza, se halla esta frágil y vulnerable mariposa; una niña perdidamente enamorada que no quiere ver cómo la oscuridad, como un parásito, devora a Aria desde el interior.
Tengo miedo… de perderla en vida."
Externé físicamente mi amargura, concentrada en líquidas secreciones oculares y ahogadas vocalizaciones de aflicción. Tal vez fuera un pensamiento demasiado pesimista, más afín a la tragedia constitutiva de las sirenas, pero negar que aquellos temores aletearan en mi mente, como execrables moscas ávidas de posarse sobre el cadáver de mi cordura, sería caer en una inopia de evidente andrómina. A veces ni yo misma me entendía, pero era necesario el dejarlo salir. Desconocía inicialmente el por qué decidí mostrarme tan abierta con mi rival, en lugar de la propia Aria; pero estando ahí, después de verla convalecer por días como resultado de un impresionante sacrificio, conviviendo y conociéndola mejor, me sentí más segura de permitirle atisbar mi inseguridad.
Debía admitir que confiaba en Cetania.
Permanecí encorvada, manchando el piso con mi plañir, desahogando mis penas en un medido sollozo para no incomodar a la descendiente de Hécate, que aún dormía en la cama contigua. Ahí, la sensación de diminutas barbillas queratinosas, envueltas bajo un suave manto de calidez, recorriendo la circunferencia de mi dermis facial, me hizo interrumpir el sollozo. Igual que un selecto velo aterciopelado, y con la misma exquisita finura del algodón egipcio, la placentera sensación ascendió por mi mejilla, hasta toparse con el húmedo canal que mí llorar había dejado. Abriendo los ojos, contemplé sorprendida cómo una de las plumas de las coloridas alas de la arpía absorbía una de mis lágrimas fugitivas, internándose en el espesor de su blando plumaje, despareciendo como una axiomática catarsis purgadora.
La nativa de Montana me observaba directamente a los ojos. Los áureos matices de su iris se concentraban en la dorada melanina de los míos, con una expresión que instaba afásicamente a sosegar las tempestuosas aguas de mi océano de lágrimas. Esa mirada, tan fija y penetrante, invasiva no se experimentó, sino bastante apaciguadora y tranquilizante fue. Parsimoniosamente, el cauce de mi plañir cedió ante un aumento de la ruborizada pigmentación bajo la epidermis de mis añiles mejillas, acompañado de la acrecencia de mi pulso cardiaco. Las áuricas joyas oculares de la rapaz, junto a la sensación ofrecida por sus tersas plumas continuando el delicado contacto físico, me mantuvieron tan dócil como la niña que alguna vez fui en Wicklow.
– "Dimite de tus penas, segadora, pues son infundadas." – Declaró la estadounidense. – "Que el corazón de tu amada jamás osará albergar algo que no sea amor incondicional a tu persona."
– "¿Es ilógico el no poder ignorar el riesgo que conlleva el sacrificio anímico en pos del bienestar social?"
– "No, pero lo es el afirmar que el alma noble de una intachable guerrera es capaz de olvidar a la mujer que funge como su ancla moral, que la sujeta con firmeza en su honorable sitio, ignorando el inefable vendaval de iniquidad a su alrededor."
– "Incluso las cadenas del áncora más resistente pueden ceder ante la erosión del cruel océano."
– "No cuando sus enlaces están compuestos del más sólido cariño diamantino, barnizados por una abundante capa de afecto inoxidable y reforzados por imperecedera pasión." – Retrucó. – "Odiseo no hubiera atravesado todo el Egeo, después de una década de guerra, si no fuera porque contaba con una esposa e hijo, que le infundían razones para regresar a Ítaca. Tú eres la fiel Penélope, infundiéndole a tu soldado esperanzas y motivos para no dejar que la masacre de Troya le arranque la humanidad. No olvides que eres la musa de Aria, la reina con quien comparte el trono, la apoteósica diosa de su mundo."
Incorporándose ella, realizó un ligero movimiento con su ala, sin aplicar fuerza real alguna, y me hizo acercarme hasta a quedar a centímetros de su rostro, como si me hallara en un trance que me invitaba a obedecerla.
– "Tú eres Lala."
Con esa lacónica pero contundente frase, el ala de la falconiforme rompió el contacto físico y su dueña volvió a recostarse. Afónica permanecí, pero desde la comisura de mi estupefacta boca, aunque tímida, una sonrisa genuina se plasmó, con la arpía uniéndose con una también. Estaba segura que el color carmesí que empezaba a transfigurarse debajo de sus mejillas no era un efecto del espectro luminoso visible atravesando mis ojos acuosos, así como me mantenía convencida que su pecho resguardaba un corazón con el pulso igual de palpitante que el mío. Tal vez fuéramos contrincantes en el juego del amor, pero, y aunque seguía sin desear aceptarlo, podía confiar en que contaba con una buena amiga.
– "Gracias, Cetania."
– "De nada, azulosa. Te lo debo por tus atenciones."
– "¿Sabes? Confieso que antes, mi tarea de vigilancia hubiera sido una mera obligación moral, un encargo para mostrar la esperada cortesía ante la sociedad." – Revelé. – "Pero ahora, mis motivos son de una simpatía honesta."
– "¿Porque soy un amorsh?"
– "Por tus acciones." – Acoté. – "No sólo has demostrado tu dignidad y honor ante el mundo, sino reforzado la idea que acepté desde hace mucho sobre ti, por mucho que me negara a concederla."
– "¿Cuál?"
– "Que en verdad mereces a Aria."
– "De acuerdo, ¿quién eres y qué hiciste con la verdadera pitufo que me odiaba con toda su Abismal alma?"
– "Lo sé, incluso yo me encuentro sorprendida de las inefables palabras que mi insolente boca pronuncia." – Repliqué. – "Sin embargo, mis afirmaciones son enteramente genuinas. Felicidades, has logrado que esta impasible hija del Eterno Vacío reconsidere el inapelable juicio que había dictado sobre tu frágil persona, vástago de Taumas."
– "Yay…" – Expresó sin afán de ocultar su sarcasmo. – "Pero en serio, ¿no habías dicho eso ya?"
– "Correcto, empero, ahora no hay duda alguna que me haga objetar de tal decisión." – Suspiré. – "Eso no significa que esté consienta del todo tus osados avances con la heredera de los Jaëgersturm, especialmente los de sicalíptica índole, como los realizados en esa noche que me volví perturbada testigo de tu desenfrenada erotomanía auditiva."
– "No es que te mantuviera contra tu voluntad en el teléfono para escuchar mis concupiscentes gemidos de placer." – Retrucó. – "Y vamos, a mí tampoco me gusta la idea que me oyeras en ese estado, convertida en un lúbrico animal… y culminada en ese glorioso orgasmo."
– "Te suplico no vuelvas a aludir tan incómodo episodio; se ha cincelado en mi memoria y se impugna a abandonar mi mente. Es tan obcecado como el recuerdo de ese ósculo prohibido que compartim…"
Enmudecí de inmediato, ella también. El rubor que poblaba nuestras mejillas clamó territorio en el resto de nuestro semblante, con un fulgor carmesí tan cegador que volteamos la mirada para evitar el embarazoso resplandor facial. Sin darnos cuenta, al menos de manera consciente, acabamos elevando el riesgo de nuestros comentarios y la temperatura en tan bochornosa justa verbal, concluyendo en la remembranza de aquel beso que, por alguna disparatada jugarreta del destino, decidí aceptar de su parte durante el festejo realizado en su casa.
Las manecillas de mi reloj interpretaban la sinfonía del fugaz tiempo al compás de nuestras agitadas bombas sanguíneas, opacando el eco del rumor urbano y los pitidos de los aparatos médicos. Era en esa clase de enrevesadas estancaciones que una inmortal preferiría intercambiar su perpetuidad para precipitar la finitud de su existencia; esfumarse como la endeble bruma ante el alba; pero ni siquiera mi habilidad de transformarme en bruna niebla me evitaría esconder lo que mi indiscreta lengua expuso sin reparaciones. Lo que más me perturbaba, es que el desasosiego no se debía a una ausencia de veracidad en las promulgaciones, sino a una incipiente realidad innegable.
– "¿Aria te ha…?" – Cetania rompió la insoportable afonía. – "¿Te ha cuestionado sobre eso?"
– "Sí…" – Confesé. – "Pero postergué discutirlo hasta que nos encontremos de vuelta bajo el privado hermetismo de nuestra habitación."
– "E-entiendo." – La escuché moverse. – "Me siento algo exhausta, voy a tomar una siesta."
– "De acuerdo." – Contesté, aún sin mirarla. – "Que descanses."
– "Gracias…"
Aquello instauró un breve instante de varios segundos ahitados de mutismo, sin que tuviéramos valor de mirarnos a los ojos.
– "¿Lala?" – Ella quebró el silencio, nuevamente.
– "¿Qué sucede?"
– "Tú… tú no me odias, ¿verdad?"
– "No sería una afirmación errónea…"
– "Me alegro, en verdad. Ese era, sinceramente, mi único problema contigo."
– "¿A qué te refieres?"
– "A que no me vieras como una igual." – Afirmó. – "Al principio, me creías y tratabas como una plebeya con privilegios limitados. Yo aborrecía eso, el ser considerada una criatura inferior. Es lo que hemos combatido con nuestro afán de integrarnos a la sociedad humana; es lo que sufrido desde que era una cazadora de segunda clase en mi tribu; lo que lloré cuando mi propia familia adoptiva me rechazaba por mis preferencias; uno de los fines más importantes de nuestro trabajo en MOE: acabar con esas diferencias, evitar más clasismo y separaciones basadas en aspectos ínfimos. Todos somos iguales, yo lo soy, y tú también."
– "Comprendo perfectamente. Y sí, admito con vergüenza que no te tenía en muy alta estima al principio, pero jamás pensé en ti de manera despectiva." – Declaré. – "Barriendo ese infame evento donde permitimos a la impulsividad de la fatua ira el exhibirnos violentamente en el centro comercial, siempre te consideré una persona como cualquier otra. Pero ahora, me doy cuenta de que tu bien intencionado aforismo de equidad se halla en un error."
– ¿Por qué lo dices?"
– "Porque no eres una persona cualquiera, sino una individua sumamente extraordinaria." – Contesté, volteando hacia ella. – "Tú, Dyne y Mo chuisle. Para la institución para la que prestan servicio, para el mundo, son más que ciudadanas ejemplares; son un axioma de honor, eso lo sabes muy bien. Ergo, considerarte menos que eso sería un insulto a mi propia honestidad. Te respeto, Cetania. Incluso… podría decir que te admiro."
– "Gracias, Lala." – Ella también volteó, sonriendo. – "Pienso lo mismo."
– "¿Me admiras?"
– "No, que soy digna de admirar."
Reaccioné torciendo la boca y entrecerrando mis ojos, sardónicamente. Ella respondió con una mueca inocente y exhibiendo su lengua. Acto seguido, ambas reímos. Necesitábamos esto, disipar nuevamente esa tensión que se encontraba ávida de arrancar el sosiego que se había asentado plácidamente entre nosotras. Era interesante cómo un par de minutos dialogando y exponiéndome un poco más profunda con la falconiforme, bastaran para deshacerme de los impíos prejuicios que aún pudieran residir en mí, respecto a su persona. Fue una muy necesaria catarsis, pues esa era la clase de defectos de las que intenté escapar alguna vez, y no permitiría que mis ideas erróneas me evitaran abandonar tales faltas.
– "Sí, eres una persona venerable, azulosa." – Admitió ella, apaciguando su risa. – "Supongo que podemos llamarnos amigas, ¿no?"
– "Pensé que ya lo éramos. Cierto, las grescas verbales no faltan, pero veo en ti una auténtica amistad desde hace tiempo."
– "Normalmente respondería que tu actitud no fue precisamente la más amistosa, pero Dyne es la antítesis de afabilidad, y aún así es prácticamente una hermana para mí y la flaquita."
– "Tú tampoco te comportaste muy sociable, emplumada." – Le recordé. – "Tú iniciaste la guerra de mordacidad en esa ocasión que fuiste amablemente invitada a degustar mis creaciones gastronómicas."
– "Y tú no dejabas de verme como si fuera a emular a Bruto, clavándote un puñal en la espalda, Julio César." – Protestó. – "Además, en esa época ni siquiera te le habías confesado, así que no puedes alegar que Aria ya había sido tomada."
– "Lo que el Abismo reclama, no vuelve a soltarlo, hija de Electra, incluso si no lo expone explícitamente." – Aseveré. Alcé la mano en señal de alto. – "Sin embargo, creo que esas reyertas han sido abandonadas en el pasado ya. No vale la pena indagar en lo imborrable del tiempo pretérito, así que cesemos de remembrarnos tales disgustos."
– "Lo sé, lo sé. Ya no somos niñas de preescolar." – Suspiró. – "Pero seguimos siendo contrincantes, ¿cierto?"
– "Nunca lo dudes ni por un segundo, peste alada." – Contesté, extendiéndole la mano. – "En todo caso, ya sea quien termine ataviada con el velo nupcial a lado de Jaëgersturm, no dejemos que aquello arruine nuestra amistad. ¿Es un trato?"
– "Sí, ¿por qué no?" – Encogió. – "Somos oponentes en el amor, no en la vida."
– "Pero Aria es nuestra vida..."
– "¡Ay, no arruines el momento, enana canosa!"
Iba a responderle, pero no caí en una obvia provocación. Además, ambas estábamos conscientes de que no deseábamos cortar los lazos amistosos que habíamos forjado hasta ahora. Reí para tranquilizarle.
– "Lala, ¿puedo…?" – Meditó unos segundos. – "¿Podemos hacer un pacto, las dos?"
– "Te escucho."
– "Quiero que me reconozcas como la novia de Aria." – Expuso.
– "¿La novia?"
– "Correcto. No como una intrusa, usurpadora, la 'otra', carne de segunda… sino como una pareja auténtica de la arachne." – Dilucidó. – "Sí, tú ostentas ese título, eso jamás se ha puesto en duda, pero me parece que yo también lo merezco. Es decir, lo que ella y yo compartimos va más allá de un simple idilio juvenil; no es una aventura; en verdad nos amamos. Sabes que es verdad."
– "Debo darte la razón en esa afirmación, aunque, yo ya había llegado a esa conclusión antes."
– "Lo sé, pero me refiero a que, cuando la gente pregunte, no lo niegues o hagas evasivas." – Aclaró. – "Aunque les sorprenda, hazles saber que esta arpía también es una prometida de la arachne. Yo te respeto, y reconozco el lazo que compartes con ella. Jamás he negado que eres su pretendiente. Así que, si nos vemos como iguales, deseo que también seamos lo mismo para el mundo."
Permanecí meditativa por varios segundos. ¿Qué podría contestar? Me estaba pidiendo, aunque fuera de manera discreta, que admitiera una derrota parcial hacia mi orgullo y le permitiera compartir el privilegio de ser una candidata predilecta de la germana. Podía entenderla, ella me había revelado pequeños atisbos de su pasado. Cetania detestaba ser vista como algo menos de lo que era; desde ser degradada a una cazadora de menor calaña en su tribu, hasta ser soslayada por su propia familia por el natural acto de preferir la compañía femenina. Para la halcón, una orgullosa ave de presa, una auténtica cazadora, era un asunto más allá de la semántica de un título formal; era cuestión de honor. Para mí, era bajarme de mi orondo pedestal que yo misma erigí, para aceptar a alguien más en la posición que creí dominar.
Pero, ¿es posible que dos regentes reinen sobre un mismo territorio?
– "¿Lala?"
– "De… de acuerdo." – Musité, casi inaudible.
– "Thank you." – Ella sonrió. Se acomodó en su cama de nuevo. – "Eres buena chica, azulosa, mereces una medalla de chocolate. Bien, fue agradable charlar y todo, pero tengo sueñito."
– "Está bien, te dejo descansar, falconiforme." – Me incorporé. – "Veré si Dyne necesita algo y volveré con Mo chuisle."
– "¿Sigue su madre aquí?"
– "Hasta que su hija sea dada de alta."
– "Necesito entonces más tiempo para recuperar energías. Si voy a presentarme con mi futura suegra, y por cómo la describen tú y la flaca, debo lucir fuerte ante ella para causar una buena impresión."
– "Ella no es precisamente muy simpatizante de tu estirpe. Ni siquiera Papi pudo derretir el gélido trato hacia las féminas de aviaria índole, así que no creo que tengas muchas oportunidades."
– "Si pude ganarme tu respeto, también podré con mamá Jaëgersturm." – Se levantó ligeramente para guiñarme un ojo. – "No soy cualquier pajarucha, segadora, sino la gran Cetania."
– "Precisamente por eso."
– "Bueno, que se joda la vieja, entonces. Y tú también, por grosera." – Me sacó la lengua. – "Ya, sáquese. Cierra la persiana, que se mete el chiflón."
Disintiendo con la cabeza, pero riéndome internamente por su especial sentido del humor, me alcé de mi asiento para dirigirme a realizar mi vigía en los territorios de la empusa. Mientras tomaba la bandeja vacía y me preparaba para retirarme, pensé en lo mucho que la americana y yo habíamos avanzado desde nuestro primer encuentro. Ha sido un camino largo, pedregoso y lleno de abruptas oquedades viarias, pero de alguna manera, hemos forjado una inusual simpatía. Estábamos lejos de ser las confraternales camaradas que Mo chuisle soñaba, pero al menos para su fortuna (y honestamente, también la nuestra), su deseo de convivir con mayor civilidad se estaba cumpliendo.
– "¿Sabes…?" – Habló ella, a punto de dormirse. – "Te ves tierna cuando te sonrojas."
Me alegraba que, arrobada en los aposentos de Morfeo, la rapaz no comprobara la veracidad de sus palabras.
[Siete días después del Día D – 1049 horas.]
– "Debo decir que realmente no me esperaba esto. Supongo nadie lo hizo." – Dijo Smith, recostándose en su asiento y mirando al techo. – "En este mundo con arañas parlantes y seres inmortales conviviendo en la sociedad, la realidad siempre encuentra maneras de continuar sorprendiéndonos."
– "Entiendo, Hauptmann." – Me mantuve pensativa. – "Empero, no podemos culpar a Dyne por haber sido criada en una cuna de infamia. Con quien lobos anda…"
– "Nunca alegué tal cosa, Aria. El relato de Nikos detalló perfectamente las dificultades por las que tuvo que pasar, y los motivos que la llevaron por tan censurable senda." – Aseveró la pelinegra, viéndome de nuevo. – "Sé que ella me dijo la verdad, no detecté ningún ápice de falsedad en su declaración. Tratar de mentir al revelar actos tan horrendos sería una contradicción absurda, algo que ella no fraguaría ni siquiera en desesperación."
– "Parece que la defiende, Hauptmann."
– "Sus virtudes lo hacen." – Acotó. – "Empero, no encuentro ética alguna que la escude de la ausencia de moral en su proceder criminal. Tal vez haya tenido que adoptar el estigma que la execrable mafia impuso sobre ella, pero no podemos negar que, al final, ella actuó bajo el libre albedrío. Los gatillos no se jalan solos, y esos muertos no se limpian con una confesión, ¿sabes?"
– "¿Acaso arrestará a la mantis?"
– "¿Y abrir la jaula de los leones mediáticos, para que devoren ignominiosamente la validez de este operativo, el honor de la Agencia Nacional de Policía, la credibilidad de MON, y destruyan absolutamente el progreso del Programa de Intercambio?" – Cuestionó, retóricamente. Se enderezó y se cruzó de brazos. – "No, Jaëgersturm, su compañera empusa seguirá luchando a su lado. No sacrificaré todo lo logrado por un fatuo sentimiento de jurisprudencia. La ley es la ley, y la defiendo; pero el sentido común evoluciona más rápido que los estatutos escritos, y siempre me deseo mantener actualizada."
Dyne siempre clamó que mientras demostráramos nuestra utilidad, no nos desecharían tan fácilmente. Las resoluciones de Kuroko le conferían la victoria a la griega. Ayudar a derrotar a una célula terrorista y aplacar a una imponente dragona era toda evidencia necesaria para cimentar la plusvalía de la mediterránea. Y al final, tampoco es que la capitana se encontrara bastante limpia como para juzgar a la lesbia de manera tan severa.
– "Tenía razón, Hauptmann; llega un momento en que las leyes de convierten en grilletes, en esposas que nos atan las manos de forma irónicamente injusta." – Opiné. – "Por eso no me parece que haya errado en querer romperlas para permitir, paradójicamente, el seguir sirviendo a ésta."
– "Yo diría que más que quebrarlas, sólo las estoy doblando un poco." – Respondió. – "La infractora no quedará sin castigo."
– "Me lo suponía." – Suspiré. – "¿Qué le hará a la sargento?"
– "Para empezar, dejarán de llamarla así; la degradé a cabo." – Replicó, con voz circunspecta. – "Además, con excepción de emergencia médica, su entrenamiento y las misiones que surjan, Nikos quedará bajo arresto domiciliario por un mes entero, orden entrando en efectividad tan pronto sea dada de alta. Eso significa que no podrá salir a ningún lugar sin autorización explícita de mi parte o la de mis superiores."
– "Duro, pero justo."
– "No he terminado aún, arachne." – Se apresuró a replicar. – "El salario mensual correspondiente al mes de diciembre será denegado, incluyendo el bono de fin de año. Tomando en cuenta que su única vivienda consiste en los apartamentos de MON, y las necesidades básicas como comida y techo están cubiertas, dudo que tenga dificultades con cumplir esa pena. Para terminar, y poder purgarse de sus pecados, deberá realizar alrededor de cien horas de servicio comunitario. Todo estará propiamente vigilado por alguna agente de MON, según dicta el protocolo oficial."
– "Santa Arachne."
– "¿Crees que eso es malo? Lo anterior no es más que un juego de niños comparado a lo que le esperaría si no gozara del privilegio de ser liminal." – Aseveró. – "Aunque sea legalmente una ciudadana japonesa, sus delitos la harían merecedora de ser inmediatamente extraditada a las autoridades helénicas correspondientes. La Familia Bakos no era cualquier pandilla de segunda, Jaëgersturm; sus acciones crearon un impacto en la política nacional y alteraron el curso del país. El gobierno griego estaría más que agradecido de poder capturar a una de sus antiguas integrantes. No lo haré; tu amiga tiene suerte que mi corazón no sea aún tan negro como mi nombre."
– "Aunque sí duro…" – Musité.
– "¿Piensas que soy demasiado severa con una ex-mafiosa, Jaëgersturm?"
– "No, es sólo…" – Disentí con la cabeza. – "Olvídelo, usted es la capitana aquí."
– "Correcto, soldado, me alegra que seas sensata." – Respondió, prácticamente conminando. Metiendo su mano de su saco, reveló su teléfono. – "El testimonio de nuestra apreciada mantis se encuentra seguro en este pequeñín. Será una excelente evidencia de sus fechorías, y pronto estará perfectamente resguardada en el archivo de la ANP, junto a su expediente criminal pasado y demás pruebas incriminatorias."
Oprimiendo el botón virtual de su celular, ella me permitió visualizar un extracto del video que había capturado, con Nikos como la azorada estrella principal, donde la lesbia declaraba una versión sintetizada del relato que Cetania y yo escuchamos en la fábrica, pero sin eximir los puntos más importantes, por más dolorosos que fueran recordar tan lóbrego pasado. Acto seguido, Kuroko colocó pausa a la reproducción y, sin dejarme de mostrar claramente la pantalla del aparato, sus dedos se movieron hasta una de las opciones disponibles del archivo crítico, la certificación electrónica cuya posesión era un arma más peligrosa que cualquiera de nuestro arsenal…
Y borró el archivo.
– "¿Por qué?" – Cuestioné, aún anonadada.
– "Porque es lo correcto, Aria." – Respondió, guardando el teléfono. – "Necesitamos de agentes dispuestos a darlo todo por el país, guerreros decididos a defender lo que construimos. Y lo más importante, necesitamos recompensar los sueños de todos aquellos que creen en lo que representamos. La justicia es más que seguir férreos códigos, impasibles edictos e inflexibles formulismos basados en normas preconcebidas. Debemos ver más allá de la objetividad de nuestras limitadas reglas para admirar el panorama completo y formarnos un mejor criterio."
Se incorporó, prosiguiendo su encendido soliloquio.
– "En mi opinión personal, la mantis tiene razón. La sociedad se erigió bajo el concepto de que necesitábamos adaptarnos a las reglas de la mayoría si no deseábamos convertirnos en extraños, señalados, y eventualmente parias. Incluso cuando nuestras intenciones pudieran contener la chispa de la benevolencia, aún seguimos cargando con las flaquezas de nuestro egoísmo moral, como demuestran nuestras restricciones para las extraespecies." – Exclamó, impetuosa. – "Antes de ser imparcial, soy analística; y mi conclusión es que en ocasiones, por indulgente que parezca, debemos hacer caso omiso de las faltas para salvaguardar un bien mayor." – Extendió los brazos de manera majestuosa, como un arconte declamando en el magistrado ateniense. – "¿En qué beneficiaría a la causa el prescindir de nuestras filas de un elemento tan valioso como Nikos? ¿Cómo podríamos avanzar en el ideal axiomático del Programa, que construimos sobre bases de tolerancia y aceptación? ¿Cómo podemos lograr más, si nos hacemos menos? ¿Quién de nosotros es tan impoluto para atreverse a arrojar la primera piedra?"
Ella se acercó a mí, inclinándose hasta quedar a la altura de mi rostro.
– "¿Crees que la empusa es la única con un pasado criminal?"
Aquel enigmático y contundente comentario dejó caer el telón de su brioso despliegue como oradora. Tenía la curiosidad de preguntar si ese alguien hipotético de su afirmación se trataba de ella misma o alguien más del equipo, y bien podía referirse no sólo a una, pero opté por no indagar en ese momento. Lo importante, es que nuestra mediterránea compañera había recibido la apoteosis de la amnistía, y continuaría a nuestro lado. Comparado con el privilegio del perdón, omitir su deshonorable pasado era un sacrificio moralmente cuestionable, pero altruistamente necesario.
Después de todo, si los americanos indultaron al emperador Hirohito de su responsabilidad en la guerra del Pacífico, debido a que sabían la importancia del mandamás para el pueblo nipón, MON puede darse el lujo de encubrir a una disidente de la mafia griega para que pueda seguir impartiendo justicia. Sonreí internamente, olvidé mencionar a Kuroko que el tercer aforismo que permeaba mi vida era el estar siempre rodeada de contradicciones, pero estaba segura que ella ya estaba acostumbrada a tales dicotomías. Ya había tenido suficiente de tal tema y preferí informarme de lo sucedido después de nuestra hazaña.
– "¿Qué pasó con el resto del operativo, Hauptmann? ¿Atraparon a alguien?"
– "Únicamente a los traidores que fungían como informantes de Jerkson." – Dijo, cruzando los brazos. – "Tranquila, ya están tras las rejas; y aunque no poseían mucha información valiosa, ustedes tres lograron efectivamente convertir a Fimbulvetr en un recuerdo del pasado. Así que podría decirse que nuestro plan, aunque no procedió de acuerdo a los designios previstos, sin duda fue un éxito."
– "Aún me impresiona el hecho que hayamos salido vivas de ese infierno." – Exhalé, incrédula. – "No sé si los reportes lo confirmaron, pero sinceramente debería ofrecerle un sacrificio a Tique y Niké por salvarnos el trasero repetidamente. Cuando me desperté, esperaba encontrarme con menos patas unidas a mi cuerpo."
– "Quizás porque no se enfrentaron a las tropas de Völund."
– "¡Por supuesto que sí!; ¡Hordas interminables de bastardos armados hasta los dientes no paraban de rodearnos!; ¡Era como la defensa de las colinas de Seelow, con nosotros fungiendo como los alemanes atrincherados!; ¡Por Arachne, nos arrojaron un condenado misil antitanque!" – Expresé. – "Al menos pudimos acabar con ellos y el condenado Jerkson. El bastardo tuvo una ejecución poética a manos de las incineradoras fauces de la nidhögg. Quería ser como Surt y brindar el fin del mundo con fuego; al menos obtuvo su parte del trato, consumiéndose en su propia devastación."
– "Sí, y todos estamos impresionados con su extraordinario heroísmo." – Me sonrió, dándome palmaditas en mi mano vendada. – "Pero me temo que si bien atraparon a Jerkson, no se hicieron con Völund."
– "¿De qué habla?"
– "Tan pronto encontramos el cuerpo incinerado de ese miserable, después de asegurarnos que ustedes fueran enviadas al hospital, contactamos a las autoridades suecas para informar sobre el deceso de uno de sus criminales más buscados." – Dilucidó la pelinegra. – "Y según los datos recabados del reporte facilitado por la SäPo, el Servicio de Seguridad Sueco, nuestro odiado Völund Jerkson ha estado muerto desde hace un año."
– "¿Entonces era un zombi?" – Me incorporé, turbada.
– "Nada de eso. Aparentemente, Völund tenía un hermano gemelo, Egil." – Reveló. – "Éste debió usurpar el puesto de su consanguíneo, asesinándolo, reclamando el trono de Fimbulvetr. Dado que muchos de sus miembros eran fieles a Völund, estos también fueron purgados de las filas, y reemplazados por nuevos integrantes, leales a su nuevo líder."
– "¿Cómo saben todo eso?"
– "Los forenses suecos encontraron un cuerpo en una zanja cerca del lago Mälar, en Uppland, cercenado y decapitado, con una hendidura en su espalda, provocada por una puñalada bastante profunda. No lograron dar con la identidad, pero por los tatuajes en su cuerpo, se supo que era de Fimbulvetr." – Explicó, mostrándome fotos en su teléfono. – "Cuando hallamos el cadáver de su terrorista, quemado pero no consumido totalmente, el cual poseía un parecido idéntico a Völund, enviamos directamente los restos a Suecia. La respuesta llegó a los pocos días: compartía el mismo ADN del primer occiso. Cuando encontramos entre todo el caos un cuchillo Fairbairn-Sykes, las medidas de la hoja correspondían a las dimensiones de la herida que el primer cuerpo poseía en la zona dorsal. Aunado a las enigmáticas confesiones de miembros capturados con anterioridad en Suecia, pudimos completar el rompecabezas."
Me dejé caer en la cama, exhalando y gruñendo. Cuando creíamos alcanzar la cima, la cruel bruma se disipaba, revelando el resto de la montaña, alejando la ansiada cúspide a niveles estratosféricos.
– "Joder, Hauptmann." – Coloqué mi mano en la frente. – "¿Me está diciendo que después de todo ese maldito calvario, de ser baleadas, vapuleadas y hasta casi vaporizadas… nos enfrentamos a un montón de novatos?"
– "Bueno, no podrán culparnos de enviarlas a una misión fuera de su nivel, ¿cierto?"
– "Wunderbar…" – Repliqué sarcásticamente. – "No me diga que la dragona también era una primeriza."
– "Los nidhögg poseen una altura máxima de diez metros, y casi el doble de longitud. El espécimen que ustedes derrotaron era una joven en camino a la adultez. Descuida, no era una menor, pero aún no llegaba al cenit de su poder máximo. De lo contrario, nadie hubiera podido apresarla en primer lugar. No quiero imaginar los problemas para capturar a una liminal tan aterradora."
– "Si nuestra pelea con una fenrir, dos arpías córvidas y una jörmundgander fueron prueba suficiente, es que a Völ… digo, Egil, le importaba un bledo cuántas vidas fueran necesarias sacrificar para lograr sus objetivos." – Discurrí. – "Según las palabras de Dyne, la jörmundgander tomó a todos criminales y los usó como antorchas humanas. Le creo, esas liminales estaban dementes. La fenrir que combatí, a pesar de estar envuelta en sangre y débil, se lanzó directo a la dragona, para morir a la usanza vikinga."
– "También considero que las palabras de la ex-sargento son verdad, ¿sabes?" – Contestó Kuroko. – "Y para prueba, tenemos a las únicas terroristas sobrevivientes: una cuervo y la dragona misma."
– "¿Qué sucedió con ellas?"
– "El fanatismo es mortal, Jaëgersturm." – Suspiró, disintiendo con la cabeza. – "La cuervo fue hallada esposada a una viga metálica. Tan pronto nos apresuramos a liberarla, ella escupió en nuestra dirección y se mordió la lengua, hasta desangrarse. Con la cantidad perdida anteriormente por sus heridas, fue cuestión de un minuto hasta fenecer."
– "Scheisse. ¿Y la nidhögg?"
– "Estaba desmayada, así que nos apresuramos a retenerla con todos los medios posibles. Yo y las chicas fuimos apoyadas por el CESS, SAT y hasta el ejército." – Informó. Se levantó de su asiento para estirarse un poco. – "A éste último se le concedió un permiso especial para utilizar fuerza letal, en caso de emergencia. Una excepción que existe en los estatutos, pero sólo hasta ahora se había puesto en práctica. En todo caso, mientras intentábamos colocarle los cables de alta resistencia, para retenerla mientras buscábamos cómo transportarla a un lugar seguro, la dracónida se despertó de repente. Malherida, se incorporó, ignorando la lluvia de tranquilizantes que le arrojamos. Contempló, indiferente a nuestros intentos por apaciguarla, el cielo tormentoso y, con una voz lastimera, pronunció 'kendov paak', de acuerdo a la traducción de Doppel."
– "¿Qué significa?"
– "Es dracónido para 'deshonra de guerrero'. Había fallado a su honor al perder ante ustedes, según sus costumbres, y ya no se consideraba digna de existir." – Acotó. – "Imagina nuestra sorpresa cuando ella, recurriendo a sus ya exiguas fuerzas restantes, se clavó las garras de su mano derecha en el cuello… y se arrancó un trozo de garganta, con todo y parte del esófago. A tan funesto espectáculo le siguió un chorro de sangre que se homogenizó con la que ya abundaba en el suelo, para concluir lúgubremente con el cuerpo exánime de la reptil desplomándose en el océano."
– "Se lo dije, Hauptmann. Incluso muertas, no desperdiciarán oportunidad de dar fe de las Eddas poéticas."
– "Ignoro qué tenga de poético dejar un cadáver gigante para lidiemos con él, araña." – Disintió con la cabeza. – "Al final, se decidió que los barcos grúa dragaran a la occisa para trasladarla hasta mar abierto y despejar el puerto. Que los peces se den un festín nórdico, nuestro trabajo con ella había terminado."
Aunque Smith era casi un aforismo físico de apatía y negligencia, podía comprender que su prioridad no fuera el preocuparse por servicios funerarios para una bestia con un largo historial de delitos en su haber. De la misma manera, no trató el tema de los criminales muertos en el conflicto. Eran terroristas; recibieron una cucharada de su propia medicina, a manos de sus propios aliados; nadie los extrañaría. Tenía asuntos más importantes que atender.
– "¿Qué pasó con las rehenes? Si mal no recuerdo, fueron doce." – Remembré. – "Cetania las dejó en la fábrica conexa."
– "Sí, las encontramos reunidas en una bodega cercana. Las atendimos de inmediato y las enviamos al Instituto Hopkins, en Tokio, para su recuperación." – Informó. – "Afortunadamente ya han sido purgadas del suero. Es una suerte que muchas de ellas poseyeran una increíble resistencia a la sustancia. Sus horribles experiencias corroboran que los datos que Dyne proveyó en su relato son correctos, así que necesitaremos encontrar un antídoto por lo que apunta a ser una droga bastante peligrosa. Te alegrará saber que tu compatriota rescatada podría formar parte de esa salvación."
– "¿Sybille, la Tarántula? ¿Por qué lo dice?"
– "Los análisis confirmaron lo que habíamos sospechado desde el incidente con la máquina de control mental, como el extenso uso de veneno de serket para la creación de tan infausta sustancia, además de que su desarrollo es de origen extranjero. Aún no tenemos pistas sobre dónde pudo ser creada originalmente, pero ahora que sabemos del envolvimiento de la familia Bakos y Jerkson, podemos empezar a encajar las piezas." – Explayó, gesticulando con sus dedos. – "Disculpa, me estoy saliendo del tema. Hablaba de que tu paisana arachne podría ser parte de la solución al inherente problema de sustancias ilícitas. Como seguramente sabrás, el veneno de las Tarántulas no es mortal ni doloroso, pero posee una alta concentración de químicos de rápida acción."
– "Además de que nosotras somos bastante resistentes al veneno de las escórpidas."
– "Precisamente. Si logramos aislar los componentes clave de esa inmunidad, seríamos capaces de dar con un antídoto de fácil producción y, lo más importante, de pronta masificación." – Alegó. – "Eso, claro, es trabajo de los investigadores científicos, pero sin duda es un paso enorme para nuestras relaciones interespecie. Después de todo, ¿no es el coadyuvar con los liminales parte importante de nuestro objetivo?"
– "Sin duda. ¿Convencieron a Sybille para cooperar con ello?"
– "Ella se ofreció, voluntariamente. Está muy agradecida por haber sido salvada de las fauces del demonio sueco."
O quizás simplemente no deseaba ser deportada después de sobrevivir tremendo calvario. Sería bastante ingrato truncar su sueño de escapar, sin siquiera haber empezado a vivirlo.
– "Nobleza de Sparassediana, Hauptmann." – Expresé. – "¿Qué sucederá con el resto de las rescatadas?"
– "Vinieron aquí para quedarse, y aunque su primera experiencia fue la peor pesadilla que pudieran imaginarse, aún desean ser parte de nuestra sociedad, así que les apoyaremos en todo lo posible para integrarse exitosamente en el Programa." – Arguyó la agente, sonriendo. – "Por ahora, mientras su tratamiento continúa, vivirán en los cuartos reservados del edificio principal de operaciones, en la capital, como en los que residía Nikos. Eventualmente les hallaremos familias huéspedes. Voluntarios que no dudo que falten, ahora que todos conocen la horrible situación de la que escaparon."
– "Me alegro." – Me pausé. – "Espere, no las enviará al primer resultado que arroje Facebook, ¿verdad?"
– "Tranquila, Jaëgersturm, que todos mis movimientos están fríamente calculados." – Se jactó. Mostró un pulgar arriba. – "Además, estoy segura que el buen Cariño-kun ya está posee experiencia en recibir nuevos inquilinos en su acogedora morada."
– "Ni si siquiera bromee con eso, jefa."
– "Oh, vamos, ¿acaso tienes miedo que alguna de ellas resulte de tu equipo y trate de robarte a tu amada dullahan, o a la pajarita?"
– "No, temo que mi trío se convierta en cuarteto." – Retruqué. – "Y ya tengo ese espacio reservado para Zoe."
Ambas reímos. Lo necesitábamos después de remembrar instantes poco gratos. Ella revisó su argento reloj de pulsera.
– "Bien, Cronos continúa marchando y el trabajo no termina para nosotras." – Informó la coordinadora, tocando mi brazo vendado. – "Escucha, no se preocupen por lo demás, ustedes recupérense con tranquilidad. Les daré el resto de diciembre libre a ustedes tres, con toda su paga y bonos incluidos. Regresarán a trabajar dos días después del año nuevo. Mientras tanto, convivan con sus familias, disfruten la vida que tan valientemente defendieron; lo tienen más que merecido."
– "Danke, Hauptmann." – Le sonreí. – "¿Estará libre para celebrar en la residencia Kurusu, cuando nos den de alta? Yo invito."
– "Siempre tengo tiempo para festejar con mi equipo, y disfrutar del café de Cariño-kun, Aria." – Guiñó, incorporándose. – "Vale, es momento de retirarme. Salúdame al resto de la familia, ya nos veremos cuando mejores."
– "Claro, jefa. Salúdeme al resto de MON. Le agradezco la visita. " – Le ofrecí la mano. – "Nullus heros quemquam occidit."
– "Honorem et Gloriam."
Ahí, en ese estrechón de despedida, palpé la sensación de ligera rugosidad, descubriendo que la capitana había dejado una pequeña cajita color morado en mi mano. Miré con extrañeza a la pelinegra, recibiendo un sutil asentimiento de cabeza de ella, instándome a retirar el pequeño listón que recubría al paquete. Retirando la cintilla carmesí, removí la tapa de la caja, siendo recibida por un pequeño destello que emulaba al de mis incrédulos ojos. Residiendo en su lecho de albugínea gomaespuma, yacía un pin rectangular de áureas tonalidades, con una joya central, color púrpura, cortada meticulosamente con la forma geométrica de un cuadrado de esquinas redondeadas. Miré de nuevo a Smith, estupefacta, y ella sencillamente sonrió.
Me ascendió a Amatista.
El siguiente peldaño, tanto en nuestro singular escalafón militar como en la escala de Friedrich Mohs; el próximo paso hacia mi ascenso al epíteto de diáfano diamante; lo había obtenido. Atrás quedó el título de granate; me despedí del mote de novata; ya era una agente hecha y derecha. Toda esa gloria, ese honor y privilegio, contenidos en tan diminuto paquete mineral de morada cromática. Admiré la belleza de la piedra labrada, degustando visualmente cómo el espectro de luz visible atravesaba su cristalino interior, tornándose purpúreamente elegante. Entonces, noté que aún restaban un par de objetos debajo de tal presea.
Si mi reacción a volverme Amatista fue de estupor completo, ahora me encontraba absolutamente patidifusa. Reposando tranquilamente, en toda su inerte gloria pasiva, me hallé con dos esplendorosas insignias diseñadas para ser vestidas en los cuellos de nuestros trajes formales. Generalmente, éstas serían parches bordados de un enmudecido verde militar, pero en nuestra idiosincrasia, las nuestras eran broches dorados, tan refulgentes como el orgullo que era el portarlos. Pero más que la intrínseca belleza de la áurica gama que el brillante metal irradiaba, era el símbolo que representaba. Con dos espigas militares apuntando a hacia el cielo, señalando a una flor de cerezo, la insignia por excelencia de las fuerzas armadas niponas, quedé afásica al darme cuenta del rango que se me estaba otorgando: OR-6.
Sargento primero.
– "Hauptmann…" – Le hablé a mi superior, aún anonadada. – "¿Por qué?"
– "¿Es una pregunta retórica? Es obvio que tu hazaña no iba a quedar sin recompensa." – Me dio palmaditas en el hombro. – "Sabes que lo mereces, araña."
– "Pero, ¿por qué un ascenso tan alígero? Es decir, hace unos segundos era una simple cabo."
– "Las tres recibieron la promoción." – Aseguró la coordinadora. – "Tú y Cetania se ganaron el rango, junto con Nikos. Empero, y a pesar de mi indulgencia, la mantis deseaba recibir un castigo, pues no se sentiría bien del todo si simplemente ignoraba sus acciones. Era cuestión de purgarse de la acritud que envenenaba su orgullo, así que le ofrecí un castigo que la satisficiera: despojarla de la autoridad que poseía sobre ustedes, al menos como líder grupal. Degradarla a cabo fue lo más sensato para ella."
– "Y me dio su rango a mí." – Injerí. – "Eso es lo que me no me explico, Hauptmann, ¿por qué yo?"
– "Sé que puede parecerte repentino esta súbita ascensión jerárquica, pero te aseguro que fue decisión de la misma Dyne, Aria." – Arguyó. – "Desde que pusimos a prueba sus habilidades en los entrenamientos, tú has ido refinando los vastos conocimientos bélicos obtenidos en tu patria, plasmando con creces la efectividad del adiestramiento recibido en ésta y en la nuestra. Tu progreso ha sido sobresaliente, como el resto del equipo, pero tú, en especial, te has comportado como la laureada soldado que siempre fuiste."
– "No tengo nada de especial, capitana." – Contesté. – "Apenas era una policía en Weidmann, cualquier Sparassediana en el ejército podría hacer lo que yo, y mucho mejor."
– "Quizás, pero ninguna sería una lideresa innata para el equipo como tú." – Argumentó. – "¿Aún no piensas que seas digna de ser considerada la gerifalte de MOE? Dime, ¿quién fue la que, durante la fase final del entrenamiento, pudo sacarlas a las tres de una emboscada, convirtiéndose en un tanque a base de puertas y pedazos de madera arrancadas? ¿Quién fue la que logró que Tio se removiera el casco, para que su aliada griega le sorprendiera con una granada de humo? ¿O la persona que sugirió usar una escopeta como lanzagranadas improvisado, al hallarse rodeada de enemigos, en medio de la oscuridad absoluta?"
– "Eso no basta."
– "¿Necesitas más ejemplos? No sé si es modestia o vanidad." – Rió tenuemente, cruzándose de brazos. – "¿La que hizo a un lado a su compañera mediterránea inconsciente, para evitar que fuera herida durante la trifulca contra un mastodonte humano armado con bastones electrificados? ¿Qué hay de ocasión en que fungieron como auténticas exterminadoras, librando al parque de avispones y abejas con una incineradora nube abrasadora, ideada por ti? ¿Quién más es la que, según las palabras de la helénica, tomó el papel de estratega táctica durante su primera misión real?"
– "Sólo hice lo primero lo que se vino a la cabeza, estaba asustada."
– "Y aún así, hiciste lo correcto: actuar." – Declaró Smith, con convicción. – "Ni siquiera la sargento en turno pudo contradecirte, obedeciendo casi por instinto. Estuviste a la cabeza de la misión, comportándote como lo hace una agente, aún bajo el temor de la muerte inminente. No retrocediste, no claudicaste; lo diste todo, y triunfaste."
Se levantó de su asiento y se sentó en el borde de la cama. Usaba un velo facial de comprensión y sabiduría, como un padre dando consejo a su retoño.
– "Aria, un líder es algo más que un sujeto comandando a un grupo, usando una imponente voz que retumba en el campo de batalla, y el dedo apuntando hacia adelante." – Dilucidó. – "Un líder, es quien desempeña el papel más importante: mantener la unidad y moral grupal. Has sido un eslabón primordial de MOE, más de lo que imaginas. Fuiste la que nos defendió del primer atentado. Convenciste a Cetania de unírsenos, sin contar que la halcón te seguiría hasta el fin del mundo, sin importar qué. Lograste que una ex-mafiosa nihilista trabajara en equipo a pesar de laborar con una estirpe que ha sido su enemiga natural desde tiempos remotos. Eres la más excéntrica y problemática de todas, pero también la más enérgica y decidida. Dime, ¿también necesito recordarte lo mucho que has ayudado a tu familia anfitriona, Lala siendo el ejemplo más claro?"
– "No es nada extraordinario, jefa." – Seguí negando. – "Además, no hubiera logrado nada de eso si usted no me hubiera puesto en la residencia de Herr Kommandant en primer lugar. El crédito es suyo, y de las personas que me rodean."
– "Olvidas que fuiste tú la que decidió emigrar a Japón, alemana." – Acotó. – "Y tú misma acabas de decirlo: TÚ no lo hubieras logrado. Incluso cuando desdeñas tus triunfos, no olvidas que son de tu autoría, realizados por tu voluntad. Las cosas suceden porque actuamos, Aria. Ya sea que lo tengamos planeado o no, es el espíritu decidido lo que mueve al mundo."
– "¿Piensa que estoy hecha para una responsabilidad así?" – Cuestioné nuevamente. – "Es decir, ¿Qué soy, sino un impulsivo estereotipo germano con una concupiscente atracción hacia las mujeres, y los problemas?"
– "¿Qué es Zoe sino una hiperactiva demente con poco aprecio por las reglas de batalla y más afinidad por las armas? ¿Qué soy yo sino una manipuladora adicta al café, que utilizar el poder otorgado por su puesto para mover los hilos desde el manto de la oscuridad legal?" – Blandió el sable de la ingeniosa retórica. – "Respóndeme a esto; ¿por qué piensas que una loca, que es capaz de fraguar algo tan descabellado como perseguirlas por media ciudad con un hacha, es tu capitana? ¿Por qué elegí a una cíclope tímida, una ogresa afable y una descendiente del Caos Reptante como mi fuerza de élite, con una zombi tan estrambótica para guiarlas en combate?"
– "Como diría Dyne, porque son excelentes llevando a cabo lo que importa realmente: su trabajo."
– "¿Ves? Conoces bien a los miembros de tu equipo." – Señaló. – "Si intentas encasillarte en tan lacónico estereotipo, podrías hacerlo con cualquiera fácilmente. Pero somos más que arquetipos de alguna pésima historia ficticia, araña. Las acciones son nuestra lengua, y llevamos la voz cantante en ese aspecto. Yo no poseo la fuerza y resistencia de Tionishia, la puntería y disciplina de Manako, la inmortalidad y energía de Zoe, o el ingenio y audacia de Doppel, pero contaba con el denuedo de juntar a todas esas talentosas mujeres para volverlas excelsas defensoras de la justicia. Sólo soy una simple Homo sapiens, pero el brío del espíritu humano es tan sólido como los diamantes que llevamos en nuestras insignias."
Tomó mi rostro en sus manos y, con una mirada tan penetrante como arrobadora, demostró la veracidad de sus palabras, dándome una muestra implícita de la fuerza de liderazgo que ella poseía.
– "Un diamante que tú y tus amigas llegarán a ser, si continúan creyendo en sí mismas." – Expresó. – "Eres sargento primero ahora, soldado; demuéstrale al mundo de lo que estás hecho. No me falles, ¿Verstanden?"
– "Jawohl, Hauptmann."
– "Sehr gut." – Me soltó, suavizando la severidad de su semblante. – "Ah, me alegro que hayamos aclarado todo. Bien, entonces nos veremos cuando te liberen de este imperio de níveas batas e inoculaciones. ¿Se te ofrece algo más?"
– "No, descuide, me siento mejor, no le quito más su tiempo." – Le sonreí. – "Gracias de nuevo, jefa, de verdad. Prometo cumplir con honor mis obligaciones."
– "Sé que lo harás, sargento Jaëgersturm." – Asintió, remarcando mi rango para que me quedara claro de una vez por todas. – "Oh, y antes de que se me olvide, te tengo una noticia buena y una… erm, bueno, ¿cuál quieres oír primero?"
– "La que duela menos."
– "Bien, resulta que sus acciones no pasaron desapercibidas para tu nación. He ahí otras de las razones para haberte ganado el puesto." – Develó, con gusto. – "Así que, en un milagroso acto de magnificencia (e intereses comerciales), la industria armamentística del Grosses Sparassus Reich nos ha ofrecido la oportunidad de coligarnos en una provechosa alianza, para abastecer con su excelente arsenal a los departamentos policiacos, empezando por Monster Ops. Armas sparassedianas, amatista; ya no tendremos que preocuparnos por éstas, munición y disponibilidad de todas las facilidades para las herramientas de trabajo. Naturalmente, aceptamos. Incluso hay planes de hacer un trato con el ejército. ¿Qué te parece?"
– "Ehre und Treue." – Exclamé el lema de mi patria, sonriendo orgullosa.
– "Opino lo mismo." – Emuló el gesto. – "Ahora, el otro detalle es referente a nuestro buen amigo, el profesor Sarver."
– "Ay, no." – Mi sonrisa desapareció. – "¿No me diga que nos pide cuidar a ese engendro del demon-Digo, a su lindo bebito?"
– "Descuida, que ya encontraron otra alma en desgracia para tan ignominioso sacrificio." – Bromeó. – "No, Sarver nos ofreció hacerle un regalo a sus heroínas favoritas."
– "¿Qué clase de obsequio? ¿Monetario?"
– "Me temo que lo referente a lo crematístico no será en esta ocasión." – Disintió con la cabeza. – "Más bien, le pensaba en alguna herramienta personalizada, algo para auxiliarles en el trabajo. Por ejemplo, Dyne solicitó un escudo balístico más resistente y ligero. Cetania se encontraba dormida, así que me gustaría saber si piensas en algo que tu novia necesite."
– "Oh, ya veo." – Cavilé por unos segundos. – "Uhm, Süsse siempre ha clamado que no necesita ninguna ayuda adicional para cumplir su labor. Ya sabe, orgullo de rapaz y eso; pero sus quejas siempre se concentraron de dos puntos: no poder volar cuando usa las manos postizas, y no poder volar bajo la lluvia."
– "Sí, es comprensible." – La agente asintió. – "Bien, veré qué solución ofrece el demente de Karu. Y me aseguraré de que no le agregue explosivos nucleares, ya sabes cómo es. ¿Y qué hay de ti, araña? ¿Qué podrías pedirle a Sarver Claus?"
Ni siquiera tuve que pensarlo. Sonriendo, le dejé saber mi deseo a la pelinegra de forma afásica, señalando a la cicatriz facial que la nidhögg me obsequió. Ella tomó un par de segundos para descifrar el críptico mensaje y asentir en silencio, confirmándolo con una mueca de aprobación. Incorporándose, Smith realizó un saludo marcial, respondiéndole yo con un golpe en mi pecho de mi mano derecha. Así, ella se encaminó a la puerta. Mientras los brunos tacones de su calzado creaban un pequeño eco cada vez que pisaban el suelo, diseñado para minimizar el ruido de las pisadas, recordé algo importante.
– "Uhm, ¿Hauptmann?"
– "¿Sí, sargento?" – Se volteó.
– "Dígale a Zoe que me debe una cita."
– "Le ordenaré que se depile el bigote."
Guiñando, y conmigo suprimiendo la risa, la coordinadora se despidió agitando ligeramente su mano, despareciendo detrás de la puerta. Pasado medio segundo, ésta volvió a abrirse, habiendo atrapado un pedazo de la larga cabellera negra de la capitana, quien se apresuró a retirarse sin siquiera hacer contacto visual conmigo, no sin antes comenzar las represalias, dándole un puntapié a la madera. Pude entender su enfado con un objeto inanimado (y la ira de que éste no responda a nuestras muestras de furia), ya que incidentes similares me sucedían cuando llevaba el cabello de longitudes parecidas. Esa, sin contar las largas horas para mantenerlo perfectamente peinado para evitar las quejas de mi estricta abuela, era una de las razones para habérmelo cortado. Además, si hablamos de melenas hermosas, mi irlandesa y mi americana poseen unas soberbias.
Reí para mis adentros, no sólo por el infortunio de Smith, sino porque el aforismo que nos permeaba la existencia, y que tanto discutíamos, volvía a manifestarse: la historia, en medidas macro y nanoscópicas, siempre se repetía. Estando un momento a solas, palpando la metálica sensación de mis nuevas insignias, me permití meditar en lo mucho que había progresado desde que puse una pierna fuera del crucero de transporte, forjando una nueva vida en este país tan pequeño, pero tan interesante. Amistades auténticas, un empleo sobresaliente, y dos perfectas mujeres que me entregaron su corazón. Quizás yo no me considerara una persona remarcable, pero sin duda estaba rodeada de personas maravillosas, a quienes les debo todo.
La puerta sonó, sacándome de mis ilaciones privadas.
– "¡Komm herein!"
– "¿Qué dijo?" – Oí musitar una voz masculina.
– "Creo que podemos pasar." – Le respondió una mujer.
La perilla giró y permitió el paso a unas muy agradables visitas. Uno de ellos, era un hombre de facciones latinas, con una próstesis que reemplazaba a su pierna perdida; la otra, una mujer minotauro de hermoso cabello castaño y un aire casi maternal.
– "Amanda, Roberto." – Les sonreí a los invitados. – "Qué gusto verlos de nuevo."
– "Igualmente, Aria." – Respondió el mexicano.
– "Y la tardanza." – Añadió la minotauro. – "Hemos estado ocupados, especialmente Robie."
– "Descuiden, que apenas si hoy recuperé la consciencia." – Contesté. Ahí noté un delicioso aroma. – "Hmm, ¿qué huele tan bien por aquí?"
– "¡Ah, les trajimos un poco de gastronomía gala a las heroínas del momento!" – Anunció la francesa con una sonrisa, mostrando un recipiente con comida. – "Meroune nos informó que ustedes podrían recibir alimentos, espero no sea contra las reglas después de todo."
– "No se preocupen, su majestad Lorelei les otorga inmunidad diplomática." – Bromeé. – "¿Viajaron desde Asaka?"
– "Sí, directo hacia aquí." – Dijo el soldado. – "De hecho, es una tremenda coincidencia que hayamos elegido este día para visitarlas. Lala nos envió un mensaje hace dos días, informándonos de que Dyne y Cetania habían despertado."
– "Queríamos venir a verlas cuanto antes, pero desde lo ocurrido en la fábrica, la cantidad de trabajo para los miembros de BrutalCorp se ha cuadruplicado." – Prosiguió la bovina, colocando los envases en la mesa contigua. – "Y si crees que los clientes que los contrataron se mostraban paranoicos, deberías haber visto cómo se encontraba Robie."
– "Oh, vamos, Amanda; sólo intentaba mantenerte a salvo."
– "Prohibirme salir hasta que todo tu equipo asegurara la zona era demasiado." – Retrucó. – "Ni que fuera la emperatriz de Roma para necesitar mi guardia pretoriana."
– "Bueno, al menos mi hermana no se quejó el sentirse como una VIP."
– "Más bien, no quería reprender a su consanguíneo frente a sus subordinados. En todo caso, hoy pudimos tener el día libre. Es una suerte que hayas despertado, Aria." – Replicó la europea, abriendo uno de los recipientes, revelando unas tartitas calientes. – "Es quiche aug champignons; cocina tradicional de la región de Champagne. Queso, jamón, champiñones, nuez moscada, una pizca de pimienta negra con aceite de oliva, y el toquecito extra de la receta familiar. ¿Qué te parece?"
Mi estómago gruñendo fue toda la respuesta que la vaquita necesitaba.
– "Las tripas nunca mienten." – Rió el latino. – "Sabemos que son pequeñas, pero eran para que pasaran desapercibidas en caso de que estuviera prohibido. Nos sentimos como la Resistencia Francesa, traficando armas durante la invasión de Normandía."
– "Ah, ah, muy mal, Rob." – Moví mi dedo índice, negativamente. – "Me temo que deberé reportarte con la Hauptsturmführerin von Smith, por contrabando."
– "Nada de eso, Frau Jaëgersturm." – Amanda me entregó la bandeja de comida. – "Se encuentra herida, sola, y rodeada por la Brigada Dufort, sin medio de escape alguno. No le queda más remedio que firmar la claudicación definitiva."
Siguiendo nuestra improvisada representación histriónica, corté un trocito de la tarta con la cuchara y, con vanagloriosa suntuosidad, trasladé la pieza hasta mi boca para ser degustada por mi exigente paladar. Firmé afónicamente mi rendición incondicional al imbuirme por completo la fastuosidad del franco platillo. La deífica sensación del queso y los champiñones homogéneamente combinados con el jamón salado, envueltos en la seráfica sapidez que la nuez moscada, y lo que deduje era un pequeño indicio de vino, crearon una apoteosis de sabor en mis papilas gustativas.
Estaba exquisito.
Aunque yo era totalmente devota a las maravillas cisorias de mi amada irlandesa, su estancia permanente le había impedido el demostrar sus dotes en la cocina durante toda la semana. Y dado que mi dieta por todos esos días había consistido en invasivas infusiones intravenosas y el insípido desayuno congelado que el hospital servía, el volver a hincarle el diente a una verdadera obra de arte comestible era como probar un poco del paraíso. Tal vez Amanda no sea una valkiria nórdica, pero me había provisto de un pedacito del festín eterno del Valhalla. Qué hermoso es estar viva.
– "¿Y bien, general? ¿Aceptará el armisticio?" – Cuestionó Roberto, continuando el juego. – "¿O deberemos recurrir a medidas más drásticas para hacerle depositar las armas?"
– "Parece que la Gran Germania deberá admitir una justa derrota, Herr García. Mi estómago no puede repeler sabrosura de tal magnitud." – Di otro bocado. – "Hmm, felicidades, Amanda, está de rechupete. Les gradezco, en verdad."
– "Avec plaisir, Aria. Es lo menos que podemos hacer por ustedes." – Sonrió la aludida. – "Y, ¿cómo has estado? ¿Qué dice la cazadragones de Sparassus?"
– "¿Así es como me llaman en los medios?" – Fui por el cuarto bocado. Mi apetito regresó con una venganza. – "En serio, no tengo idea de qué es lo que cuentan las noticias de nosotras. ¿Al menos no salí tan fea?"
– "Bueno, más allá del sensacionalismo habitual y los memes que inundan las redes sociales, creo que las han pintado de manera positiva." – Opinó García. – "Eso sí, la mayoría de los detalles de su proeza son conjeturas basadas en los reportes oficiales de la policía y las mujeres rescatadas. Pero aunque ninguna de ustedes ha presentado su versión de la historia, prácticamente casi todo el mundo no las baja de heroínas. Y digo 'casi' porque los trabajadores del puerto siguen molestos por toda la destrucción causada."
– "Que recuperen el cuerpo de la nidhögg y vendan sus partes. Pagarán bien en el mercado negro." – Ya casi acababa mi plato. – "Me gané esta cicatriz, una más grande en la espalda, un brazo vendado y un vago olor a sangre y pescado, todo por protegerlos de morir incinerados. Y no hablemos de lo que pasamos en la maldita fábrica. Joder, esperen a ver a Dyne y comprenderán."
– "Lo sabemos, las lúgubres noticias no se hicieron esperar." – Comentó la minotauro, entristecida. – "No puedo imaginar lo que ustedes habrán sufrido. Incluso cuando Robie ha pasado por cosas similares y vivimos en el mismo apartamento, tampoco soy capaz de concebirlo, me abruma, y asusta. Empero, puedo comprender el enorme sacrificio que él, ustedes, todos los cuerpos de seguridad, realizan a diario. Poner su vida ante todo, arriesgarla por un ideal tan noble, creo que es demasiado admirable para la persona común, y creo que por eso es que no todos son capaces de apreciar tan abnegadas acciones. Pero pueden contar con que la mayoría del país… ¡No, del mundo! Les estamos más que agradecidos por lo que unos pocos de ustedes hacen por tantos de nosotros."
Concluyendo su pequeño monólogo, la cabeza baja de la francesa fue acariciada por su sonriente compañero, arrancándole una sonrisa a esos labios previamente arqueados hacia el sur, y borrando las lágrimas que comenzaron a manifestarse en las esquinas de sus ojos. El brillo de la alegría volvía a iluminar a la gala, como evidenciaban sus animadas orejas y cola bovinas. Y también a mí, pues su discurso cargaba con todo el peso de la verdad en cada inspirada palabra que pronunciaba. Amanda me recordó la manera en que Lala me alentaba en continuar adelante con este sueño, incluso si mi existencia se mantenía en juego en el proceso. Los paralelos con Roberto eran más que evidentes; ambos contábamos con fastuosas mujeres de enorme corazón, uno hecho de oro puro.
Sin contar que, sin duda, debían tener una paciencia aún mayor para poder soportarnos.
Era precisamente aquello lo que aún continuaba aflorando en mí de vez en cuando, detrás de mi cabeza, como una frugal voz que susurraba pequeñas dosis de incómoda realidad fatalista dentro de ésta, recordándome el estrés que tan peligrosa profesión imponía encima de las espaldas de nuestros seres queridos. La irlandesa me había reiterado su apoyo eterno, pero mi testaruda y recalcitrante inseguridad me hacía seguir indagando en un tema que ya debería haber dado por cerrado. Miré al latino, contemplando la prótesis robótica que había reemplazado su miembro inferior. Si había alguien que podría comprender perfectamente mis temores, era un veterano como el mexicano.
– "¿Rob?" – Le llamé. – "Si no te molesta, ¿podríamos hablar a solas? Es un asunto delicado."
– "Por supuesto." – Asintió el mencionado. Miró a su compañera. – "Amanda, ¿nos darías unos minutos, por favor?"
– "Oh, claro, je comprends. De todas formas, necesito llevarles sus platillos a las demás." – La minotauro se hizo con los demás recipientes. – "Están en la habitación contigua, ¿cierto?"
– "Así es. Estoy segura que les alegrarás el día." – Le sonreí. – "Gracias por todo, Amanda."
Esgrimiendo otra de esas fulgurantes sonrisas, la francesa se retiró, dejándome sola con su casero. No hizo preguntas, no cuestionó la razón de mi particular solicitud; entendía el significado que encerraba tan personal petición. Era posible que ya hubiera pasado por algo similar con García, tal vez más de una vez. Conocía el protocolo habitual, si es que puede llamársele así, de esta clase de situaciones. Y por parte del subteniente, tampoco ofreció otra cosa que no fuera una mirada de entendimiento implícito, como un viejo guerrero que discernía el temor de uno de sus reclutas y debía ofrecerle consejo. Con más experiencia que yo, únicamente le bastaba observar mi comportamiento para deducir lo que tendría de decir. Se sentó en la silla a lado de mí, esperando que iniciara.
– "Smith estuvo aquí, hace unos momentos, quizás se encontraron con ella mientras se retiraba." – Mencioné. Él asintió. – "Por mis ilustres logros, dijo ella, me ascendió a sargento primero. Estoy al mando de MOE ahora."
– "Felicidades, Aria." – Congratuló el latino, ofreciendo la mano. – "Lo mereces."
– "Danke schön." – La estreché. – "Pero…"
– "¿Temes no ser una buena líder? ¿Requieres asesoramiento para un mando eficiente?"
– "¿Eh? No, nada eso. Con MON, Dyne y mi formación en Sparassus tengo suficiente experiencia a mi alcance." – Negué con la cabeza. – "Una de las ventajas de pasar toda la vida tomando órdenes es que aprendes el proceso de cómo darlas también. En realidad, mi duda es sobre…"
– "No te preocupas por ti, sino por los que amas. Por lo que pueda pasarles a partir de ahora."
– "Sí…" – Suspiré, después de una breve pausa. – "¿Cómo lo…?"
– "He tenido esa mirada antes, Aria. La contemplé muchas veces frente al espejo." – Aseguró. – "Incluso podría afirmar que aún la avizoro en ocasiones, en mis momentos más vulnerables. Sé lo que es contemplar por primera vez el infierno en carne propia, compañera. Conozco las cicatrices que dejan dentro de ti, y estoy más que acostumbrado a que dudemos de nosotros mismos, por más que todos insistan en que no hay que mortificarse."
– "¿Cómo lograste minimizar ese temor?"
– "Afortunadamente, cuento con una buena amiga y una amorosa familia que siempre están ahí para ofrecerme el apoyo necesario, como una muleta metafórica para mi alma." – Sonrió, tenuemente. – "Aunque jamás hubiera perdido mi pierna, yo hubiera caído en más de una ocasión de no ser por ellos. Los protejo con ahínco porque no sería nada sin tan invaluable sostén moral."
No había duda, sabía exactamente lo que me agobiaba.
– "Y esa es precisamente la razón de todo esto." – Argüí. – "Lala me dice que no me preocupe, que ella es más fuerte de lo que pienso, y estoy seguro que el resto de mi familia diría lo mismo. Y sé que tienen razón, que me alentaron a tomar tan importante decisión porque estaban completamente de acuerdo con ésta en primer lugar. Pero, aún así, el pavor de que mi profesión los volverá blanco del resquemor criminal sigue presente. Dime, Roberto, tú que vienes de una nación actualmente azotada por la inicua violencia, ¿cómo lo sobrellevaste?"
Él miró hacia la ventana, echando un vistazo a una fugaz mariposa que revoloteaba afuera en ese momento. Exhaló, con un dejo de pesadez.
– "Con mucha dificultad." – Replicó. – "Sí, conozco a las termitas de la ansiedad que te carcomen el alma. Mi primera misión en el ejército mexicano, fue en el norte del país, cerca de la frontera estadounidense. Habíamos dado con el paradero de un capo del narco y sus secuaces, desatándose todo en un violento tiroteo. Yo estaba ahí sólo como apoyo, siendo apenas un novato, pero el horrísono estruendo de los proyectiles siendo detonados, el observar como las mortales balas volaban encima de nuestras cabezas, el traqueteo de las armas interpretando una cacofonía dantesca; eso jamás se me borrará de la mente. La primera experiencia real en el campo de batalla marca un antes y un después en ti. Te transforma.
¿Recuerdas lo que platicamos durante la fiesta de Mio? ¿Sobre cómo la moral las abandonaría paulatinamente entre más bajaran por la madriguera del conejo, cual trágicas Alicias en su país de las pesadillas? Bueno, ahora sabes a lo que me refería. A todos nos sucede, sin excepción alguna. Estoy seguro que la semilla de la discordia fue sembrada desde los atentados del centro comercial, pero en esa ocasión, al ser una heroína 'anónima', por así decirle, tu preocupación se limitó a tu propia capacidad de volver a lograr algo de la misma magnitud. Lo superaste y te uniste a MOE, pero el miedo continuaba ahí, escondido entre las capas del sedimento de la psiquis.
Y ahora, que viviste lo que nadie la vida debería experimentar, el temor regresa con resquemor, fortalecido por la frescura del trauma emocional, filtrándose por tus heridas y alimentándose de éstas como un parásito, acrecentando las yagas, envenenándote con la incertidumbre. Te empiezas a preguntar, ¿qué sucederá cuando yo no esté ahí, para salvarles? ¿Quién será el valiente Áyax con escudo de siete capas que rescate a Helena y la proteja de las hordas troyanas, cuando Odiseo no se halle presente? ¿En verdad vale la pena arriesgar la vida por otros, cuando lo más importante es velar por los nuestros?
¿Y sabes algo? Nuestras sospechas no son infundadas.
En México, dominado casi en su totalidad por el narcotráfico, basta con que sepan que perteneces a alguna institución de la justicia para que tu familia esté en la mira de la peor escoria criminal que existe. Incluso cuando nos asegurábamos de jamás mostrar la cara y ocultar nuestras identidades con absoluto hermetismo, cada día que colocábamos un pie fuera de nuestro hogar, y nos encaminábamos a acabar con el cáncer que infectaba a la patria, podría ser la última vez que lo viéramos habitado. Diablos, la situación es tan desastrosa que daba igual si estabas incluso del lado de los malos; la muerte no tiene bandos preferidos.
Cada vez que me dirigía por las calles de mi México, en camino a mi morada, luego de extendidas ausencias por estar al servicio del país, me preocupaba si al regresar y cruzar la puerta principal, aún encontraría a quienes siempre, sin falta, me recibían con una sonrisa, besos y abrazos, para disfrutar como la disfuncional, pero sumamente amorosa familia que éramos. No estábamos ajenos al caos que esos malditos sicarios habían desatado en toda la nación, siendo precisamente un encuentro muy, pero muy doloroso lo que me motivó a querer combatirlos en primer lugar. Sé lo que es perder a alguien sumamente importante a manos de la execrable violencia, la impotencia de no poder hacer nada mientras la sangre de los inocentes se esparce por el suelo, tiñéndolo de un fúnebre tinte rojo.
Es ahí cuando el hombre que ves ahora, el denodado héroe, como me consideran, se quiebra.
El miedo es ponzoñoso, es un virus que se esparce por todo el cuerpo y se apodera de nuestra mente, absorbiéndonos la vida, lenta y parsimoniosamente, hasta dejarnos secos. Me he despertado en medio de la noche, confundido, ofuscado, incapaz de ordenar las ilaciones de mis redes sinápticas. Pronto, toda esa valentía que uno irradiaba al principio, se transforma en terror. Es decir, si uno, que ha entrenado por años y está dispuesto a arrastrarse por el pestífero fango, sacrificando su propia integridad mental en el proceso, sufre tales ataques de pánico desesperado… ¿qué puede hacer un simple civil, como nuestra familia, cuando el mundo arde a su alrededor? ¿Qué sucederá cuando las llamas del odio los alcancen también?
Pero es entonces, en ese preciso momento, en el nadir de nuestra existencia, en el punto de quiebre máximo, que no debemos olvidar el motivo que justifica todo ese sufrimiento, y erradica todo apocamiento que el miedo, nuestro enemigo eterno, haya tratado de sembrar. Dime, Aria, como germana, ¿cuál era la táctica militar que llevó a un país como Alemania, recién reconstruido de una depresión económica y una aplastadora derrota en la Gran Guerra, a conquistar a una nación tan poderosa como Francia? Ésta última fue la piedra en el zapato teutón por los cuatro años que duró el primer conflicto… y los alemanes los acabaron en menos de seis semanas.
La Blitzkrieg, la guerra relámpago, se basa en no darle tiempo de reacción al enemigo.
Lo sabes perfectamente. El ejército germano avanzó a un paso que tomó por absoluta sorpresa, no sólo a Francia, sino a toda Europa. Polonia lo comprobó primero en 1939, con los Países Bajos y Bélgica siendo subyugados por el puño Nazi después. Todo porque nadie pudo prever un ataque a tal escala contra alguien tan perfectamente preparado como el país que venció al atacante previamente. Y así, como los franceses vieron a la esvástica alzarse sobre la torre Eiffel, absortos por una derrota tan humillante, los criminales que nosotros combatimos resultarán demasiado sorprendidos por el ataque devastador que nosotros les lanzaremos.
Cada batalla que nosotros libramos, cada célula criminal que colocamos tras las rejas, cada cargamento ilícito que detenemos, cada infierno por el que vivimos, es para evitar que esos pérfidos desalmados, tengan oportunidad de posar sus abominables garras en la sociedad. Tú y yo, compañera, somos lo mismo: exterminadores. Los guardianes velan en busca del enemigo, esperan por él, vigilan el perímetro con ojos avispados, reaccionando cuando éste aparece. Pero nosotros no esperamos a que el lobo decida entrar al gallinero para poder saltarle encima, sino que vamos directamente a su guarida, sin previo aviso, incluso si nos encontramos rodeados de sus aliados.
Y los degollamos.
Porque no hay que esperar a que el niño se ahogue para tapar el pozo. Si podemos evitar que el asesino clave el cuchillo antes de rondar por las calles, entonces habremos ganado desde el inicio. Ya sea alguien como yo, destruyendo una fábrica clandestina de anfetaminas, o ustedes irrumpiendo en un laboratorio donde se llevan a cabo inhumanos experimentos; siempre estaremos ahí, primero que nadie. Y no dejaremos que nadie ose amenazar lo que estimamos, lo que amamos, lo que creemos. Luchamos para prevenir, luchamos para salvar, luchamos para inspirar…"
El mexicano se acercó, dándose un brioso golpe en el pecho, lleno de convicción en sus encendidos ojos.
– "Luchamos… para que nadie tenga que preocuparse jamás."
Con tan lacónica declamación, García cerró regiamente su inspirado soliloquio. Y también pudo apaciguar mis inquietudes. Necesitaba eso, requería de las palabras de un verdadero veterano para que, por fin, aquello que yo ya sabía, lograra vencer a mi terca negatividad y aceptarlo de una buena vez por todas. A veces, por más que estemos enterados de la verdad, por más que la evidencia se pasee frente a nuestras narices, es necesario que alguien más, con mayor experiencia, nos despeje de la duda de la inseguridad. Y me alegraba que contara con alguien tan noble para ello.
– "Danke schön, Roberto. Tienes toda la razón." – Le sonreí. – "Disculpa que tuvieras que perder el tiempo recordándole a esta cabeza dura algo tan obvio."
– "Ah, descuida, amiga, no es nada." – Desestimó con la mano. – "Yo ya debía tener harta a mi hermana cuando le tocaba hacerla de psicóloga cada vez que me sentía mal."
– "¿Qué hay de Amanda?"
– "Aún no recibe el honor." – Rió tenuemente. – "Pero hablando en serio, será tu familia la que más te ayudará a superar esta clase de dificultades existenciales. Nadie te comprenderá mejor que ésta."
– "Lo sé, no sé qué rayos estaría haciendo sin toda la gente que he conocido aquí. Sin las mujeres que amo." – Suspiré. – "Probablemente seguiría laborando como prisionera de guerra en el Fried Harpy, usando un gorrito con olor a cucaracha. Santa Arachne, dime que los medios no han revivido ese rumor."
– "¿De qué hablas?"
– "Nada, nada." – Me apresuré a desestimar lo anterior. Qué suerte que no está enterado. – "Y, además del trabajo, ¿qué cuentas de BrutalCorp? ¿Los envían a misiones antiterroristas también?"
– "No, de hecho, mi división no posee esa clase de autorización. La comparación de hace un momento la hice refiriéndome a mis tiempos en el ejército mexicano." – Dilucidó. – "Actualmente soy un guardaespaldas. Ya sabes, políticos, embajadores, estrellas internacionales, toda clase de cliente que requiera de seguridad profesional; y que pueda costearla."
– "¿Alguien interesante? ¿Alguna estrella de cine?"
– "Sólo a una cantante y uno que otro ricachón con posesiones valiosas. Nada inusual, aún."
– "Es mejor así. Imagina que te hallaras escoltando a alguien importante, como una regente o heredera al trono de alguna nación lejana." – Opiné. – "Un pequeño rasguño a la princesa Cachemira de Quedabienlejostán, ¡y boom! Se declara la Tercera Guerra Mundial."
O que sean tan bobos como esas trabajadoras de TALIO, según palabras de Kimihito. Eso de confundir el nombre de Mero por Suu es algo que esperaríamos de algún manga barato, escrito por alguna especie de crustáceo de solitarias tendencias. Scheisse, ¿de dónde saco esta clase de metáforas tan absurdas? ¿Qué clase de amateur escribe la historia de mi vida?
– "Para eso tenemos divisiones especializadas en esa clase de clientes." – Contestó. – "Yo y mi equipo no lidiamos con asuntos tan excesivamente delicados. Eso no nos hace menos efectivos, claro."
– "¿Tu equipo? ¿Estás al mando del tuyo?"
– "Sí, en la División de Choque. Sloan, Mizuki, Dina, Catalina y Janet." – Enumeró. – "Las dos últimas son paisanas tuyas. Saltarina y Tarántula, respectivamente."
– "¿En serio? Bueno, entonces tus afirmaciones de ser competentes deben ser genuinas." – Comenté. – "Pero lo serían más si alguna de ellas estuviera al mando."
– "¡Hey!"
– "Broma, broma." – Reí. – "¿Y cómo te tratan? ¿Comprobaste la excelente disciplina teutona de nuestras ejemplares ciudadanas?"
– "Si te refieres a que desobedecen órdenes y no tienen reparos en hacérmelo saber, entonces sí." – Replicó. – "Catalina al menos se comporta, pero Janet… No te ofendas, Aria, pero en serio que hay tremendos pelmazos en tu patria."
– "Si no lo sabré. Mi abuela era peor que Hitler, créeme. Y al menos el Führer amaba a los animales." – Revelé. – "Una vez rescaté a una langosta herida en la playa, a punto de ser devorada por un pulpo, y la llevé a casa. La puse en una vieja pecera y la alimenté; le gustaban las papitas. Al día siguiente, al volver de la escuela, la vieja Diva la había servido con mantequilla y cebollines. Estaba sabrosa y todo, ¡pero Pincitas merecía una muerte más digna!"
Y para colmo, me soltó el estómago, aunque no iba a revelárselo.
– "Híjole, y creí que la chancla voladora doble de mi madre era para tener pesadillas." – Opinó. – "Descanse en paz, Pincitas."
– "Como sea, gente pesada hay en todo el mundo, Rob. No dejes que unas cuantas semillas podridas te arruinen el día." – Aseguré. – "Además, las Tarántulas en sí son problemáticas. Una de ellas casi me arranca los pedipalpos cuando yo era policía en Weidmann; todo porque una vecina Tejedora le había dejado marcas de colmillos en el cuello a un hombre que la Peluda había reclamado meses antes, denotándolo como suyo. ¿Seguro que no intentaste coquetear con alguien que le gusta a la tal Janet?"
– "Claro que no. No ando de donjuán por ahí con mi equipo, Aria." – Protestó. – "Es decir, Mizuki está tan amargada como la Peluda; Dina, una wyvern, ya tiene pareja; y Catalina me recuerda a una pequeña demasiado joven. ¿Quién me queda? ¿Sloan? ¿Ese condenado demente escocés?"
– "Bueno, viendo que aún no vemos anillo alguno en el dedo de la vaquita, quizás signifique que juegas para el otro equipo."
– "Ah, conque a esas vamos, ¿no?" – Sonrió maliciosamente, aceptando el reto. – "Pues siento decepcionarte, araña, porque únicamente tengo ojos para las féminas. De hecho, soy tan macho que en mi cita con Bina, a pesar de haber perdido una apuesta, recibí mi merecido premio en forma de ósculo."
– "Oh, ¿en serio?"
– "Así es. La pelirroja no pudo resistirse a mi encanto mexicano y hombría regia." – Se cruzó de brazos, jactanciosamente. – "Claro, fue sólo un besito en la mejilla, pero cerró la noche apoteósicamente. Incluso me atrevo a decir que estuvo a centímetros de otorgármelo en la boca."
– "Y dime, casanova…" – Me acerqué a él. – "De haber sucedido, ¿le hubieras rechazado?"
– "¿Bromeas? Aunque esté literalmente muerta, Zombina es carne de primera." – Declaró, acercándose también. – "Y me encanta comer bien."
– "Yo llegué primero, Rob; fui la primera en posar mis seis globos oculares en las orbes heterocromáticas de la teniente." – Hice mueca maliciosa. – "No intentes robarle su presa a una cazadora, podría irte mal."
– "Oh, ¿en serio?" – Contestó, imitándome. – "Pues lo siento, sargento Jaëgersturm, porque soy igual que Pancho Villa: con sus viejas a la orilla. Donde pongo el ojo, pongo la bala; y a esa zombi le voy a poner unos buenos arrimo-"
– "¡Roberto García de la Madrid!"
Igual que un relámpago partiendo el cielo con estruendoso destello, paralizando todo alrededor con el atronador trueno que le sigue, el ambiente enmudeció de inmediato al escuchar tan estentórea voz declarar el nombre completo del soldado. El mexicano permanecía inmóvil, perfectamente inerte, en la pose que había adoptado previamente, como si el tiempo hubiera sido congelado. Quizás eso hubiera sido lo mejor, porque detrás del yerto hombre, una muy, pero muy seria Amanda se mantenía erguida y de brazos cruzados. Sus orejas bovinas retenían una horizontalidad geométricamente perfecta; su cola bóvida se arqueaba en una 'U', como la de un escorpión.
Para completar tan tétrica imagen, los enormes cuernos en su cabeza y la pétrea expresión, ornamentados por un par de ojos de lúgubre mirada, le otorgaban a la francesa el aspecto necesario para avasallar no sólo a su compañero, sino también a esta estupefacta araña, quien únicamente se limitaba a contemplar, hecha bolita en su cama, el afásico juicio al cual el latino estaba siendo sometido. Y por la forma en que el cardiógrafo comenzó a emitir un pitido continuo, simulando la ausencia de ritmo cardiaco, el veredicto no parecía muy favorable para el subteniente. La tercera intervención francesa en México acababa de dar comienzo.
– "¿A-Amanda?" – Habló finalmente Roberto, rompiendo el estado de maniquí. – "¿C-cuando entraste?"
– "¿Realmente importa, mariscal García?" – Replicó la aludida, con una escalofriante circunspección. – "Empero, me gustaría que ratificara su anterior declaración respecto a cierta occisa, si fuera tan amable."
– "¡Espera, Amandita, no es lo que crees!" – Él se apresuró a levantar las manos en gesto defensivo. – "¡Sólo estábamos bromeando! ¡Aria, dile que es cierto! ¡Sólo jugábamos!"
Pero aquella solicitud no podría ser completada, pues yo, haciendo uso de mis capacidades histriónicas, fingía haberme rendido a la influencia de Morfeo. Lo lamento, Rob, pero así como tu país se mantuvo neutral en la Gran Guerra, cuando la oferta por parte de Alemania por recuperar su territorio perdido fue interceptada por los americanos, yo me mantendré al margen del inminente conflicto. Además, no quiero volver a perder la consciencia por otra semana. Con sumo cuidado, mantuve mi ojo superior derecho, el más oculto de todos, entreabierto; tampoco quería perderme la ejecución.
– "¿Et tu, Aria?" – Se lamentó el soldado, parafraseando las últimas palabras de Julio César.
– "Alea iacta est." – Replicó la minotauro, ingeniosamente empleando también al emperador romano. – "Creo que es hora de irnos, mariscal. Despídase."
– "Pero… aún no visito a Cetania y Dyne."
– "Es mi deber reportar que ambas se encuentran descansando, y sería de exigua educación el molestarlas en este momento." – Contestó la gala. Tronó sus dedos, con poca sutileza. – "Aunque conozco una manera para que pueda acompañarlas, mariscal…"
– "N-no gracias, señora." – Respondió García, con tono marcial. Se volteó a mi dirección. – "Nos vemos, Aria. Si ves a mi hermana, dile que yo fui quien le rompió su tarea de matemáticas en la primaria."
– "Ya es hora." – La francesa lo tomó del cuello de la camisa, casi arrastrándolo. – "Vámonos."
– "¡Espera, el recipiente de la comida…!"
– "Luego volveré por éste. De prisa." – Miró en mi dirección. – "Au revoir, Aria. Remets-toi vite."
Con eso, ambos salieron por la puerta. Fue ella quien se encargó de cerrarla, usando tal fuerza que pude discernir el sonido de la madera crujiendo al ser estampada. Esperando unos segundos, hasta que pude estar segura de que la francófona no iba a recrear al mítico toro humanoide del laberinto de Minos, atravesándome con uno de sus cuernos, finalmente pude relajarme y reconectar el cable del cardiógrafo a mi brazo, escuchando de nuevo el intermitente pitido de mi acelerado corazón. Scheisse, si el demonio existe, debe ser francés. Con razón nos derrotaron dos veces. Mis indagaciones mentales sobre el posible origen mefistofélico de los habitantes de la Galia fueron interrumpidas cuando llamaron a la puerta de nuevo.
– "Totcher, ¿kann ich reinkommen?" – Me preguntaron.
– "Ja, komm herein." – Le respondí. Él entró. – "No tienes que pedir permiso para verme, papá."
– "Es la costumbre, hija." – Replicó, quitándose la boina. – "Créeme, cuando abres sin avisar, puedes descubrir que al coronel del regimiento le gustaba llevar las hombres de color a su oficina, y no precisamente porque apreciara la diversidad racial."
– "Ya me imagino. O más bien, no quiero hacerlo." – Hice mueca de horror. – "¿Qué hiciste cuando descubriste esos… íntimos intercambios culturales?"
– "Me degradaron de teniente segundo. Tardé tres años en volver a ser capitán." – Rió tenuemente, sentándose. – "Espero que no te haya heredado mi mala suerte."
– "Un poquito." – Señalé sardónicamente mi cicatriz. – "¿Dónde está mutti?"
– "En el baño. Le dije que la comida canadiense le iba a sentar mal, pero no me hizo caso." – Encogió los hombros. – "De cualquier forma, ¿Quiénes eran el barbudo y la vaquita que acaban de salir?"
– "Roberto y Amanda, un par de buenos amigos nuestros." – Apunté al recipiente vacío. – "Nos trajeron comida francesa a las tres. Quedó un pedacito de quiche, pruébalo."
– "Hey, está rico. Y nosotros gastando demasiado en un restaurante de segunda." – Opinó, degustándolo. – "¿Qué hizo el tal Roberto? El pobre tenía expresión de ternera llevada al matadero."
– "Comprobó que no hay que ponerle los cuernos a una minotauro." – Bromeé. – "Eso me recuerda, papá, ¿nunca buscaste otra mujer después que mamá se fuera? Veinte años son muchos hasta para un cura."
– "Aunque te sorprenda, Töchterlein, soy un hombre de palabra." – Afirmó. – "Le prometí fidelidad absoluta a Vera, y lo he cumplido fielmente desde nuestro último encuentro. Y como ves, mi perseverancia rindió frutos. ¿Por qué la pregunta?"
– "Ya que en Sparassus nunca volvemos a ver a nuestros padres, y sin nada que los ate a sus arácnidas parejas, no es raro que la mayoría de la población suela poseer parientes que jamás conocerán." – Dilucidé. – "¿Tampoco tienes hermanos, primos?"
– "Me temo que soy hijo único, Aria. Mis padres, tus abuelos, se conocieron durante la Segunda Guerra." – Explicó él, recargándose en el asiento. – "Tu abuelo, también llamado Helmutt, se encontraba enfermo por el cautiverio soviético, y él era joven al ser liberado, éste lo debilitó en demasía. Murió cuando yo era pequeño."
– "¿Cautiverio? ¿El abuelo luchó en la guerra?"
Suspirando, observó al techo. Tal parecía que esa especie de ritual era algo común, cuando uno se veía obligado a recordar recuerdos nada gratos. Me sentí un poco mal por hacerle eso a mi progenitor.
– "Röttenführer de la 12ª SS-Panzer-Division "Hitlerjugend", en el 25º Regimiento Panzergrenadier. Era artillero de ametralladora." – Declaró. – "Capturado en marzo de 1945, en Hungría, durante la Ofensiva del Lago Balatón. Tuvo suerte de ser eximido por tener apenas diecisiete años, la mayoría del 6º Ejército SS Panzer fue masacrado por los rusos. Lo liberaron en el 55, demacrado como una momia; aunque fue la guerra, no el aislamiento, lo que realmente le succionó la vida. Encontró a tu abuela y vivieron juntos hasta su fallecimiento."
– "¿Fue bueno contigo?"
– "Lo fue, hija. Era un hombre justo, aunque severo. Éramos granjeros, y me enseñó el valor del trabajo duro, y a apreciar las pocas cosas que podríamos obtener en nuestra modesta situación económica." – Remembró. – "Jamás le pregunté lo que vivió o hizo durante la guerra, ningún veterano deseaba recordar una época tan violenta. Ignoro si cometió crímenes de guerra, aunque es muy probable. Le gustaba beber, posiblemente para olvidarse de tan dolorosas memorias. Eso no cambió mi opinión de él, lo extrañé mucho cuando partió a la otra vida."
– "Lo siento, papá."
– "So ist das Leben, Aria. Además, el me inspiró a volverme tanquista, lo que me llevó a conocer a tu madre." – Sonrió. – "Las cosas suceden por alguna razón, hija. Y si perseveramos, hallaremos el lado bueno es éstas."
– "Concuerdo, papá." – Asentí con la cabeza. – "Desde que llegué aquí, a pesar de toda esta locura en la que estoy metida, encontré la verdadera felicidad."
– "¿Tienes a alguien especial en tu vida, mi pequeña?"
Tal como si esas palabras hubieran invocado un hechizo, la puerta volvió a abrirse, esta vez revelando a justamente quien deseaba ver: Lala. Habiendo ella vuelto de estar con mis amigas, y seguramente también de platicar con Amanda, la nativa del Éire entró con paso parsimonioso al notar a mi padre, sin duda preguntándose de quién podría tratarse. Aunque el evidente atuendo germano parecía ser una pista bastante obvia, el desconcierto la hizo olvidarse de tales detalles. Mi progenitor también se sorprendió al atisbar a la peliblanca. No debía haber muchas Abismales donde él residía, o al menos no muchas dullahans.
– "¿Qué especie de liminal es ella, hija?" – Me susurró mi progenitor, en alemán, sin dejar de verla.
– "Una dullahan." – Musité. – "Mensajera de la muerte; una segadora de almas, del folklor irlandés."
– "Ah, irlandesa. Ya veo." – Asintió. – "Es muy bonita."
– "Heredé tu buen gusto, papá." – Reí tenuemente. – "Y te doy toda la razón."
– "Sin duda. Mira qué trasero se carga."
– "No me hagas golpearte, vater." – Dije con seriedad.
– "¿Eh? ¿Por qué, qué dije?"
– "¿A chuisle?" – Habló la aludida, aún extrañada. – "¿Quién es el caballero que te acompaña?"
– "Oh, permítame presentarme, señorita." – Mi padre se levantó y se acercó, ofreciendo su mano. – "Soy Helmutt Jäger, para servirle. Mucho gusto en conocerla."
– "Helmutt Jäger…" – Los ojos de la peliblanca se abrieron de repente. – "Por Azathoth…"
– "¿Eh? ¿Qué pasa?"
– "¡N-nada! ¡Ignore mi nulo estupor en este momento!" – La dullahan, nerviosa, se apresuró a estrecharle la mano. – "S-soy Lala, ¡una orgullosa hija del E-Eterno Abismo!; ¡La jueza de la vida y la muerte!; ¡El inescapable omega de la efímera existencia de los inermes mortales!; ¡La omnipotente mensajera de-!"
– "Será una azulita bastante teatral, pero es todo un amor cuando la conoces bien." – Injerí. – "¿Cierto, Spatzi?"
– "¡A-Aria!" – Protestó una apenada dullahan. – "¡N-no frente a tu patriarca!"
– "¿Spatzi?" – Se cuestionó mi padre. – "¿Son amigas cercanas? ¿Es también parte de tu equipo, hija?"
– "Ayúdenme a pararme primero, ¿vale?" – Sugerí. – "Ya me siento mucho mejor."
Concediéndome la solicitud, ambos me auxiliaron a levantarme de la cama. Después de una semana acostada, más la energía extra del platillo francés, mis piernas necesitaban estirarse. Una cazadora no puede estar demasiado tiempo inactiva. Tomándome de los hombros, mi progenitor y la irlandesa colocaron mis brazos alrededor de sus cuellos, fungiendo como muletas, mientras esperaban a que mis ocho piernas arácnidas tocaran el suelo. Las heridas en la espalda aún dolían al moverme, y la sensación se había exacerbado por el extenso tiempo reposando, pero no era nada que no pudiera soportar.
Ya erguida, experimentando la familiar sensación del suelo, les agradecí a ambos y me coloqué frente a Lala, que continuaba apocada por el inesperado encuentro con quien era prácticamente su suegro. Era un día de sorpresas para todos, y éste apenas comenzaba. Sin darle tiempo de hablar, rodeé a la segadora con mis brazos (o el único que no estaba vendado) y, con la mayor ternura y pasión que pudiera reunir en ese preciso momento, junté sus perfectos labios con los míos, uniéndonos junto a nuestros corazones en un apoteósico baile de amor, simbolizado por el glorioso beso que compartíamos.
Después de varios segundos, degustando el apetitoso sabor de mi querida Abismal, sin realmente querer detener el ósculo, nos separamos, ostentando las mismas miradas idílicas que ocurrían después de cada contacto bucal. Nunca me cansaría de la seráfica sonrisa de la peliblanca, con sus níveos dientes haciendo perfecto juego contrastante con sus áureos globos oculares y el rubor en sus mejillas. Acariciando su añil barbilla con mi índice, volteé a ver a mi padre. Él nos contemplaba con una expresión de sorpresa y, si mis seis ojos no me engañaban, divisé una mueca de satisfacción formándose lentamente en su boca. Nosotras permanecimos calladas, esperando a que mi progenitor pronunciara la primera palabra.
– "No mentiré, hija, esto no me lo esperaba." – Habló finalmente él.
– "So ist das Leben, vater." – Repliqué.
– "Lo sé. Es decir, besas exactamente igual que yo."
– "Ay, papá, no le quites lo bonito al momento." – Torcí la boca. – "En todo caso, ¿qué opinas de que tu pequeña pulguita sea lesbiana?"
– "Aria, soy tu padre, mi esposa es una arachne, una liminal." – Sonrió, comprensivo. – "¿Crees que hubiera vuelto a su lado si no soportara lo que el resto del mundo considera poco común?; ¿O que me importe lo que los demás piensan?; ¿Crees que me disgustaría algo tan natural como encontrar el amor?; ¿Especialmente si se trata de la felicidad de mi pequeña, el mayor orgullo que poseo? Además, estuve ausente por las dos décadas que llevas existiendo, ¿quién soy yo para decirte qué hacer con tu vida?"
– "Oh, bueno, lo decía porque tú y mamá se criaron en una época diferente, y…"
– "Töchterlein, tu abuelo estuvo en las SS, combatió en ambos frentes de la guerra, incluso me inspiró a ser tanquista. Me influenció mucho, pero no me ves jurándole lealtad a ese demente austriaco y persiguiendo judíos, ¿verdad?" – Retrucó. – "¿O acaso tú eres tan cruel y fría, según palabras de tu propia madre, como la difunta Diva?"
– "Entiendo. Perdona por desconfiar." – Suspiré. Lo abracé entonces. – "Gracias por apoyarme, papá."
– "Siempre voy a quererte, Aria, igual que a tu madre. Nunca lo pongas en duda." – Acarició mi espalda, al ser más bajo que yo. – "Lo único que me importa, es que mi familia sea feliz."
– "Lo sé." – Volteé en dirección de la irlandesa. – "Además, ¿cómo podrías rechazar mi decisión, cuando mi novia es la más hermosa de este mundo?"
– "Aria…" – La aludida miró al suelo, ruborizada, pero sonriente. – "No exaltes tales lisonjas."
– "Muy cierto, Töchterlein, sin duda es una belleza." – Agregó mi padre. – "El dorado de sus ojos combina muy bien con la piel azul."
– "Y aunque sea una mensajera de la muerte, su sonrisa me devuelve la vida cada vez que la veo." – Añadí. – "Ni Afrodita o Freyja se comparan con la deífica beldad de mi gloriosa Spatzi."
– "Veo que la consanguinidad también comparte la predilección por las melifluas zalamerías." – Opinó una muy sonrojada dullahan, disintiendo con la cabeza – "Empero, permítame expresar también mi gratitud por su magnificencia y aceptación, señor Jäger. Es de mi agrado el ver que es un hombre tan digno como Mo chuisle."
– "Eres de la familia ahora, Lala, llámame simplemente Helmutt." – Sugirió mi progenitor, guiñándole. – "Aunque si optas por 'suegro' o 'papá', no me opondré… nuerita."
– "En ese caso, ¡hola, suegrito!"
Aquella última frase no provino de los labios de la segadora. Todos dirigimos de inmediato la mirada hacia la puerta, encontrándonos con una recuperada Cetania, aún vendada de un ala y cojeando un poco de su pierna izquierda, pero sin perder la vivacidad que caracterizaba a la nativa de Montana. Era graciosamente paradójico cómo la falconiforme era la más sigilosa de MOE, la que se valía de las sombras y el cielo para mantenerse fuera del radar del enemigo, eventualmente sorprendiéndolo cuando menos se lo espera. Y aunque en esta ocasión, su inesperada aparición era algo similar a la metáfora anterior, la emplumada no se preocupó por mantener un perfil bajo, anunciándose con el bombo y platino de su explosivo encanto norteamericano.
Ese que yo tanto amaba de ella.
– "¡Süsse!" – Exclamé, corriendo a abrazarla. – "¡Qué gusto verte, pajarita!"
– "¡Lo mismo digo, flaca!" – Me recibió con gusto. – "¡Auch! No aprietes tan fuerte, que sigo malita."
– "Perdón, linda, sólo estoy contenta de que esté bien." – Disminuí la presión, sin soltarla. – "¿Te sientes mejor?"
– "Como si un par de golpes de una lagartija super-desarrollada fueran suficientes para detener por tanto tiempo a esta fastuosa cazadora, araña." – Contestó, ufana. Acarició mi barbilla con uno de sus dígitos. – "A la única a quien le permito mantenerme atada a la cama, es a ti, Blondie."
– "Disculpen la interrupción." – Injirió mi progenitor. – "¿Pero podrían informarme de lo que está sucediendo?"
– "¡Oh, perdone mi descortesía!" – La rapaz extendió su ala hacia mi padre. – "Cetania, sargento Cetania, para servirle. Mucho gusto en conocerlo, señor Jäger. ¿Puedo llamarlo también por su nombre?"
– "Supongo." – Él estrechó su extremidad alada. – "Un placer, Cetania. Tú eres del equipo de mi hija, ¿cierto?"
– "¿Se refiere a ser miembro de MOE?" – La arpía sonrió pícaramente. – "¿O a ser lesbiana?"
– "Uhm, yo…"
– "Porque ambas son la respuesta correcta, señor Helmutt." – Completó, con las alas en la cintura. – "Ya sea pateando el trasero de los criminales, o lamiendo el de las chicas, especialmente el de su hija, soy la rapaz más bella y audaz. ¡Kickin' asses and kissin' lasses, baby!"
Guiñando, exhibiendo una sonrisa que dejaba admirar sus blancos dientes, y apuntándose con el dedo, la castaña nos mostró todo lo necesario para dejar en claro la excentricidad estadounidense que la definía lacónicamente. Sí, el contraste de actitudes de su patria era bastante evidente, comparado con la circunspección habitual de las culturas germanas y niponas, pero eso era lo que la hacía tan única. Lala mantenía su rostro oculto tras su mano extendida, disintiendo lentamente su sesera, apenada por tan efervescente despliegue de personalidad. Yo también permanecía embelesada, tanto por la jovialidad de la halcón como por no saber la reacción que obtendría de mi padre. Éste último observaba a la falconiforme con mirada estupefacta, la misma exhibida durante el beso que compartí con la dullahan, excepto que no vi indicios de sonrisa por ninguna parte.
Y entonces, él se desternilló de la risa.
– "¡Kickin' asses! ¡Kissin' lasses!" – Evocó mi padre, entre carcajadas. – "¡Das ist sehr lustig!"
– "Uhm… ¿Papá?" – Hablé. – "¿Estás bien?"
– "Mach dir keine Sorgen, Töchterlein." – Desestimó con la mano, serenándose parcialmente. – "Pero, dime, ¡¿de dónde sacaste a la pajarita?! ¡Me encanta su estilo!"
– "¿Eh?"
– "Oye, que tu señor padre tiene excelente gusto, flaca." – Afirmó la emplumada, con un pulgar arriba. – "Ahora entiendo de dónde sacaste la inteligencia."
– "Quizás sólo intenta ser amable ante tu estomagante talante, peste alada." – Acotó la segadora. – "¿Podrías al menos comportarte debidamente? Nos encontramos en un hospital, no en un anfiteatro de indecentes farsas."
– "Helmutt, ¿cómo es que aceptó tan rápido a esta pitufo tan pretenciosa?" – Interrogó la castaña. – "Es decir, si su hija quisiera una criatura enana que se crea mejor que todos, podría conseguirse un gato. Y los mininos son más lindos."
– "Y si deseáramos un indómito animal que parlara infantiles befas a excesivos decibeles, nos haríamos con un loro." – Retrucó la peliblanca. – "Al menos los psitaciformes son más inteligentes, y menos propensos a incoherencias verbales."
– "¡Ay, eres insoportable, enana!"
– "El sentimiento es mutuo, calamidad emplumada."
– "Chicas, chicas, no hagamos una escena ahora." – Me interpuse entre ambas. – "Es momento de celebrar. Tranquilícense, ¿vale? ¿Qué va a pensar mi padre de tales reyertas?"
– "Está bien, A chuisle, tienes razón." – Suspiró la dullahan. – "Lamentamos este comportamiento tan exiguo de civilidad, Helmutt."
– "Cierto, nos dejamos llevar. Disculpe." – Agregó la rapaz.
– "Ah, descuiden, esto no es nada. Si conocieran a mis padres, la caída de Berlín les parecería un paseo por el parque. Mi madre era de las que en lugar del cuchillo, amenazaban con hoz en mano." – Expresó mi progenitor, sonriendo. – "Aún así, ¿por qué pelean, en primer lugar? ¿Cuál es la manzana de la discordia aquí?"
Con sonrisa de complicidad, Cetania se acercó a mí y, aprovechando el ínfimo instante en que nos golpea la sorpresa y la mente intenta racionalizarlo, clavó un intenso beso en mi boca. Las memorias de aquel ósculo recibido en el tren a Tokio, ese que fungiera como el cisma catalizador de la animadversión entre la irlandesa y la arpía, que las llevó a enfrentarse violentamente, se hicieron presentes en mi mente por un fugaz segundo. Empero, ese ingrato destello de amargura fue reemplazado de inmediato por la celestial dulzura de los labios de mi adorada falconiforme, junto al calor de su ardiente amor que emanaba de cada una de sus frondosas plumas de policromáticas tendencias. La rodeé con mi brazo y ella correspondió haciendo lo mismo con su ala. Ella siempre gemía ligeramente al compartir nuestros besos, que eran música para mis oídos.
Sí, definitivamente es un momento para celebrar.
– "¡¿Qué demonios está sucediendo aquí?!"
Ay, no…
– "¡Mamá!" – Exclamé, separándome del beso. – "¡¿Cuándo llegaste?!"
– "¡Justo en el momento que me encuentro besuqueándote con esta maldita zorra!" – Ella empujó a la halcón. – "¡Aléjate, mujerzuela!"
– "¡Mutter, halt! ¡No la agredas!" – La sostuve de un hombro. – "¡Déjame explicarte!"
– "¡Qué explicaciones ni que nada! ¡Cometiendo adulterio con una cualquiera! ¡Y frente a tu propia pareja!" – Mi madre arrojó una mirada furiosa a Lala. – "¡¿Y tú, por qué no hiciste nada, dullahan?! ¡Si no actúas, entonces yo lo haré!"
– "¡Sosiegue la tormenta de su impetuoso arrebato, por favor!" – Instó la segadora, corriendo a detenerla, sujetándola del brazo. – "¡Le ruego permita escucharnos primero!"
– "Vera…" – Mi padre colocó su mano en el hombro de su mujer. – "Yo también estoy tan asombrado como tú, pero te sugiero te calmes primero."
– "Suéltame, Helmutt." – Ordenó mi madre.
– "Lo haré cuando te tranquilices."
– "¡No me digas qué hacer, Jäger!"
– "¡Vera, compórtate!" – Aseveró mi padre. – "Eres una coronel, una sparassediana; escucha sus términos antes de declarar la guerra."
Las palabas de su marido hicieron efecto. Haciendo un último esfuerzo por liberarse de nuestro agarre, mi progenitora emitió un bufido furibundo y, cruzándose de brazos, se asentó en el suelo, erguida tan recta como una regla, y tan solemne como una juez. Con un sutil movimiento de cabeza, me indicó que comenzara mi testimonio. Suspiré, después de sobrevivir a la misión, no pesaba sufrir nuevamente demasiadas emociones en cuestión de un reducido intervalo de tiempo. Pero ahora, no eran balas ni llamaradas las que me dilaceraban el cuerpo, sino la infausta intolerancia que aún residía en el interior de mi propia madre. Arachne mía, ten piedad.
– "De acuerdo, no me andaré con circunloquios: Cetania está enamorada de mí, y yo de ella." – Opté por un asalto frontal. – "Lala es mi novia, la mujer a quien he elegido para ser mi compañera por toda la eternidad. Eso jamás se pondrá en duda. Pasé por mucho para ganarme su corazón, luché duro por obtenerlo, y ella me recompensó con su indubitable cariño. La amo tanto como se puede amar a alguien, incluso más. Si necesitan confirmación más clara, yo, en este momento, refuerzo mi juramento de que Lala será mi esposa, me casaré con ella, y jamás de los jamases voy a abandonarla o traicionarla. Lo prometo por todo lo que puedo valer, aunque sea poco.
Y, al mismo tiempo, siento lo mismo por Cetania.
Ella fue mi primera amiga, el primer rostro amigable desde que puse un pie fuera de mi patria. Sonará a una excusa bastante débil, pero la primera risa que compartimos me ayudó mucho a calmar mi desasosiego en una tierra desconocida. Eventualmente, aunque partimos caminos diferentes desde esa misma instancia, el destino se encargó de reunirnos nuevamente al poco tiempo, descubriendo en el proceso que ambas teníamos más en común de lo que creíamos. Me apena admitir que mi perspicacia no es precisamente la más avispada, así que no fui capaz de notar los indicios de los sentimientos que comenzaban a aflorar en la rapaz hacia mí.
Pero, incluso con mi impotencia para notar algo tan obvio, yo siempre me sentí a gusto a lado de ella, como si supiera que, en su presencia, podría ser tan honesta como deseara, aunque no supiera en ese entonces la razón. Hasta que, el día que marcaría un antes y después en nuestras vidas, ella tomó mi primer beso, abriéndome por completo los ojos. En ese día también ocurrieron los otros dos sucesos que jamás olvidaré: los atentados, y mi confesión de amor a Lala. A partir de ahí, en ese periodo tan corto de tiempo, hemos tenido un sinfín de momentos que, aunque no han carecido de sus nadires, siempre terminan por comprobar lo que ahora no se puede negar: que amo a ambas con toda el alma.
Sé que esto suena a una fantasía arrancada de un absurdo idilio adolescente, salpicado de las aguas de la ingenuidad, inexperiencia y el cándido idealismo de una idiota enamorada sumergida en la inopia. Quizás lo sea. Pero, lo que mi corazón siente, lo que mi ánima me exclama con toda claridad, no es ninguna ilusión. Quiero a Lala, y quiero a Cetania, las adoro ecuánimemente. Ninguna es mejor que la otra, ninguna es un trofeo extra, o una presea de segunda categoría; las dos son igual de importantes para mí, ambas son lo que más quiero en la vida… y yo también lo soy para ellas.
¿No es eso amor?
Por supuesto, las dos no estuvieron de acuerdo cuando les propuse tan, lo admito, disparatada idea. Por más que intentara crear lazos entre ellas, parecían agua y aceite, una heterogénea mezcla incompatible que me hacía lucir más como una niña ilusa que como una positiva romántica. Y aún así, ellas mismas han comprobado que, después de todo, las diferencias y discrepancias palidecían ante las cosas que ellas poseen en común. Siguiendo el lema axiomático de mi vida, las dos debieron aceptar que el mundo es verdaderamente pequeño, y que, al final, la enemistad acérrima no era la respuesta. Las guerras no son necesarias si todos somos aliados.
Escuchen, tal vez sea un deseo egoísta, quizás soy yo tratando de imponer injustamente esto sobre ellas, y no culpo a nadie por pensar que está destinado al fracaso. Sin embargo, soy una soldado, no voy a darme por vencida sin luchar. Una sparassediana no claudica, una arachne no retrocede… una Jaëgersturm siempre avanza. Y honestamente, si tengo que ir hacia adelante sola, entonces lo haré, porque estoy harta de huir y tratar de refugiarme cobardemente en mi propia inseguridad. Si pierdo, al menos lo haré sabiendo que lo intenté, y que lo di todo hasta el final.
Ya no tengo miedo."
Erguida, con la cabeza en alto, tomé a la arpía y la dullahan de los brazos, y los uní con los míos, incluso si uno de ellos estaba herido. Miré fijamente a mis padres, con todo el valor que pudiera concebir, concentrado en mis palabras.
– "Y sé que ellas tampoco me abandonarán." – Proclamé. – "Si existe palabra que pueda resumir lacónicamente a estas dos extraordinariamente inigualables mujeres, estos auténticos invaluables tesoros que son mi razón de vida, sería 'fidelidad'. A veces me preguntaba la razón de su increíble lealtad, llegaba a dudar de que su paciencia fuera tan vasta para poder soportar a alguien como yo, cuando podrían hallar a alguien mucho mejor que esta obtusa arachne. Pero estaba errada, totalmente equivocada; porque era yo quien no deseaba aceptar que en el mundo existen personas con más valor, más virtuosas y fuertes que yo. Ahora lo comprendo a la perfección, y con su amor, redescubrí la valentía que residió en mí todo este tiempo."
Sin romper la unión con mis amadas, las tres caminamos hacia mi progenitora.
– "Lo juro ante todo el mundo, madre. Voy a casarme con ambas, y voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para que sean las personas más felices que puedan existir." – Prometí. – "Porque creo en el amor, creo en el ideal que me llevó a esto, y creo en mí misma. Te guste o no, esta es la decisión que he tomado, y no voy a retractarme por nada ni nadie. Ni siquiera por ti. Nunca."
– "Yo no te crié de esta manera, Aria." – Acotó, con impasibilidad.
– "Tú jamás me criaste en primer lugar." – Retruqué. – "Papá se ausentó porque el mundo le impidió estar a mi lado. Tú, porque así lo decidiste."
– "¿Y esta es tu respuesta a mi abandono? ¿Darle la espalda a nuestras tradiciones?"
– "Nuestras leyes no prohíben el poliamorío, ni siquiera el lesbianismo." – Argüí. – "La mismísima dictadora Stalherz posee cuatro hijas de dos hombres diferentes."
– "Nosotras somos soldados. Ella es la líder de nuestra nación, la mandamás absoluta, podría tener a cien maridos al mismo tiempo si lo deseara."
– "¿Y qué nos hace diferentes de ella? ¿No somos todas las sparassedianas hermanas? ¿No fuimos creadas y bendecidas por la gran Arachne, sin distinción alguna?" – Respondí. – "¿No fueron nuestras antepasadas que proclamaron que conquistar el corazón de alguien es igual de heroico que conquistar una nación? ¿Quién es la que se está olvidando de nuestras tradiciones ahora?"
– "Estás manchando nuestro legado."
– "Uno que fue olvidado desde el final de la guerra contra las empusas, en el siglo XV. No hemos sido nadie en poco más de medio milenio, madre. Ni siquiera nuestro apellido logró absolver a la difunta Diva de ser ejecutada como una infractora común, por las mismas tradiciones que defendía." – Señalé. – "Y honestamente, ese legado basado en las glorias muertas de un pasado sangriento podría importarme poco menos. Ahora que soy libre de las cadenas que me ataban a ser una parte más de la irrelevancia, finalmente puedo escribir mi propio legado, uno basado en lo que es nuestro aforismo nacional: lealtad. A mi familia, a las mujeres que amo, incluso a ti, porque siempre serás mi madre y jamás podría odiarte."
La miré fijamente a sus seis ojos.
– "Ehre und Treue, mutter." – Recité el lema de nuestra patria. – "Honor y lealtad. Yo poseo todo esto, ¿qué hay de ti?"
Silencio.
La azorada Vera desvió la mirada, con evidente mueca de fastidio cincelada en su semblante. Yo no me moví de mi lugar, sintiendo el firme agarre de Lala y Cetania, decididas a no dejarme sola. Pude jurar que nuestros corazones latían en perfecta sincronía, unidos con una cadena irrompible que enlazaba también a nuestras almas, formando una coligación perfectamente homogénea de fuerza y unión. Mi padre, absteniéndose de pronunciar palabra, tomó la quitinosa mano de su esposa, acariciándola con delicadeza. Sin que su mujer opusiera resistencia, mi progenitor se acercó a su rostro y la besó con ternura en sus labios, haciéndole escapar un muy tenue gemido. Era como si toda la ira que se cocinaba en su interior, fuera purgada por tan sencillo ósculo. Después de intercambiar una mirada con su querido Helmutt, mi progenitora rompió el breve mutismo ambiental.
– "Lala, eres a quien yo aprobé como la compañera de mi hija." – Dijo, con voz circunspecta. – "Tú… ¿estás de acuerdo con esto?"
– "Una hija del Abismo como yo jamás se hace cuestiones de tan enrevesada índole, pues la disposición de los arreglos sentimentales nos son meros pestañeos en el sempiterno uroboros del tiempo." – Dispuso la irlandesa. – "Pero Aria se ha vuelto parte tan indisoluble de mí, que ha llegado a cambiar la manera en que miro al mundo. Al principio, yo reaccioné como usted lo hizo, Vera. Me parecía que Mo chuisle había cruzado el límite con esa ambiciosa proposición; incluso, nuestra relación casi finaliza por completo, pero fuimos más fuertes que el odio, y lo superamos."
Ella acarició mi brazo, para que la acritud de ese momento desapareciera prontamente.
– "Al mismo tiempo, he atestiguado que las repetidas promesas de amor de la descendiente de la hija de Taumas hacia Mo chuisle carecen de apócrifas intenciones." – Prosiguió. – "A pesar de hallarse en clara desventaja, pues eligió hacerle saber su amor a Aria cuando ésta ya me había elegido, no desistió en probar su plusvalía y, con un denuedo que sólo puedo calificar de admirable, demostró que sus palabras no eran vacías promesas fugaces. El vulnerable estado en el que ella se encuentra ahora es debido a que hizo el sacrificio más noble, el de arriesgar la vida, para proteger a esta ciudad, a sus habitantes, aún cuando no es oriunda de esta nación. Si derrotar a una leyenda viviente tan abnegadamente no demuestra su heroísmo, y le concede el derecho de obtener la mano de la mujer que ama, entonces no sé que más se necesite."
– "Aún no contestas mi pregunta, segadora."
Le di un beso a la peliblanca en su añil mejilla al terminar, haciéndola sonreír y ruborizarse. Intercambiamos una mirada silenciosa, y ella observó a mi progenitora.
– "Sí, estoy de acuerdo." – Promulgó. – "Ella haría lo mismo por mí."
Acaricié la cabeza de la nativa del Éire. No significaba que aceptara dar paso a la relación poliamorosa, sabía que no diría algo así; pero al menos había dado su consentimiento definitivo respecto a mi propuesta. Ahora era una posibilidad palpable, todavía lejana, pero muy real. Mi madre dirigió la estoica vista a Cetania.
– "¿Y tú, arpía? ¿Qué dices a tu favor?"
La invocada no profirió comentario alguno, optando por darme otro beso en la boca, acto que no rechacé. Aunque tal respuesta era, sin duda alguna, un desafío a mi madre, aplaudí mentalmente la temeridad a la emplumada, nunca dejándose doblegar por nadie. La dullahan nos observaba, pero no con desdén o intentando ignorar a su rival, sino disintiendo sutilmente con la cabeza, esbozando una igualmente camuflada sonrisa, sabiendo que la actitud de la castaña no tenía remedio. Mi progenitora, por otro lado, entrecerró sus ojos y dejó oír un gutural gruñido a bajos decibeles. Si algo odiaba ella, era que desacataran su autoridad, especialmente si era una especie que detestaba.
– "Querida…" – Mi padre le acarició el cabello. – "¿No te recuerdan a cierta jovencita que desafío a la autoridad, fugándose por cinco días con el imberbe chiquillo del cual estaba perdidamente enamorada?"
– "No uses los bellos ayeres contra mí, Helmutt."
– "Jamás lo haría. Al contrario, intento que entiendas que cada persona se rebela de una manera u otra cuando siente el amor. Tu hija simplemente está rechazando los convencionalismos tradicionales, siguiendo los deseos de su corazón, igual que nosotros."
– "El matrimonio es sagrado."
– "¿Y no es exactamente lo que Aria busca? Ya la oíste, quiere casarse, hacerlas sus esposas. Simplemente habrá una persona más vistiendo el velo nupcial en el altar, ¿es eso un pecado? La monogamia ni siquiera es un concepto en tu panteón griego."
– "No estoy de acuerdo con esto, Helmutt."
– "Mausi, tú misma dijiste que tu madre tampoco estuvo de acuerdo con que eligieras a este 'sucio comunista' para ser tu esposo. Y, honestamente, ¿no es la felicidad del fruto de nuestra unión lo que más deseamos?"
– "¿Por qué estás tan tranquilo ante esta revelación?"
– "Porque no pasé la mayor parte de mi deseando ser libre, sólo para volverme un tirano opresor con mi propia hija." – Aseguró, alzando la barbilla de su esposa con el dedo. La miró fijamente. – "La llevaste en tu vientre, la alimentaste con tu amor y le diste la vida. Por favor, Mausi, no se la arranques ahora."
– "…"
– "…"
– "…"
– "¿Vera?"
Inhalando profundamente, seguido de una equivalente exhalación, mi madre extendió su mano hacia la irlandesa. Sin perder tiempo, la segadora la estrechó, esbozando una pequeña mueca de aprobación, gesto no compartido por la indefectible seriedad de mi progenitora. Enseguida, hizo lo mismo con la castaña, extendiendo su extremidad superior. La falconiforme titubeó unos segundos, hasta que, suspirando catárticamente, firmó la paz al aceptar el gesto de la arachne mayor. Llegado mi turno, la marcial Vera realizó nuestro solemne golpe en el centro del pecho con el puño, la señal de respeto militar. Imitándola, finalmente la amenizar la tensión, y sus labios se arquearon tenuemente hacia arriba. Con otro beso por parte de su esposo, las hostilidades habían finalizado.
– "Por Hécate, que trato de dormir..." – Se escuchó a alguien pronunciar mientras abría la puerta. – "¡Potato! ¿Qué es todo ese maldito escánda…lo?"
Ay, no… Dyne…
– "Empusa…" – Gruñó mi madre al verla entrar. ¡Ay, no!
– "¡Mamá, espera! ¡Ella es nuestra aliada!" – Le imploré en nuestro idioma, para disimular. La sostuve de los hombros. – "Tranquilízate, no estamos en Sparassus."
– "Mantenla alejada de mí lo más posible, y no habrá problemas." – Masculló ella, en germano. – "Espera, ¿acaso ella también…?"
– "¡Santa Araña patona, claro que no!" – Repliqué, indignada. – "¡No digas esa clase de locuras!"
– "¿Qué demonios está pasando aquí?" – Cuestionó la mantis. – "Jaëgersturm, ¿es ella tu madre?"
– "Ah, sí, lo es." – Fingí calma. – "Mamá, te presento a Dyne Nikos, mi compañera de trabajo. Dyne, esta es Vera, mi linda mamita."
– "Entiendo, ya su." – La griega se limitó a alzarle la mano. Uf, por fin me alegro de su adustez. – "¿Y deduzco que él es…?"
– "Mein gott…" – Injirió mi padre, como si lo hubiera alcanzado un rayo. – "No puedo creerlo…"
– "¿Papá?" – Llamé su atención. – "¿Qué sucede?"
Sin arrancar el asombro de su semblante, mi progenitor se dirigió hacia la lesbia y, parándose frente a ella, permaneció contemplándola, fijamente. La helénica se hallaba incómoda por la indiscreta inspección ocular a la cual era sujeta por ese desconocido, e instintivamente comenzó a asumir una pose defensiva. Cetania, intentando prevenir otro desastre, corrió hacia la mediterránea y le susurró que se calmara, explicando brevemente la identidad del sujeto que no paraba de mirarla. La dullahan se había colocado a lado de mi madre, a quien los movimientos de la empusa le habían hecho activar sus alarmas. El aire podía cortarse con un cuchillo por tanta pesadez.
– "Te llamas Dyne, ¿cierto?" – Preguntó papá.
– "Es correcto." – Asintió. – "Usted es el padre de Jaëgersturm."
– "En efecto, lo soy." – Ofreció la mano. La expresión anonadada no lo abandonaba. – "Helmutt Jäger, Hauptmann de la cuarta compañía del Gebirgspanzerbataillon 8 alemán."
– "¿Eh?" – Una confundida Nikos estrechó su extremidad.
– "Capitán del octavo batallón de tanques. Lamento si mi alemán es confuso." – Aclaró. – "Ahora, por favor disculpa que te haga esta pregunta personal, pero, ¿cómo se llamaba tu madre?"
– "Papá…" – Traté de interrumpirlo.
– "¿Por qué quiere saberlo?" – Interrogó la oriunda de Mitilene. Noté su tono áspero.
– "Creo que llegué a conocerla." – Respondió él.
– "Lo dudo mucho." – Replicó la mantis, seria.
– "Quizás la haya visto recientemente. Hay muchas empusas en Alemania."
– "Imposible." – Aseveró la pelinegra. – "Está muerta, desde hace veintitrés años, cuando yo era una bebé."
– "Oh. L-lo siento, de verdad no lo sabía." – Mi padre hizo mohín de tristeza. – "Perdona que haya preguntado, pero me recuerdas mucho a la persona en cuestión."
– "Hay muchas empusas en el mundo que comparten mi apariencia."
– "Lo sé, pero tú eres idéntica, excepto que ella poseía un lunar en la mejilla izquierda, cerca de la comisura del ojo, donde tenía una cicatriz sagital que le dividía la ceja cerca a la mitad." – Expuso él. – "Además de que siempre cargaba en su cuello un collar dorado, con el centro decorado por un…"
– "Lirio de pétalos color púrpura…" – Completó Dyne, atónita. – "¿Cómo… cómo es que lo sabe?"
– "Bueno, verás…" – Mi padre suspiró. – "La conocí una noche de verano. Ella se fue al día siguiente, y jamás la volví a ver. Jamás la olvidaré a ella… y la noche que hicimos el amor."
Oh, Arachne mía, no puedo creerlo…
Dyne…
¡Dyne es mi hermana!
NOTAS DEL AUTOR: ¿Oyen eso? Es el sonido de la explosión que la bomba nuclear de Helmutt ha detonado.
Y posiblemente el grito de las almas en pena que esperan al señor Jäger después que Vera lo asesina a sangre fría. Pero, aparte del tremendo drama sirenil que acaba de acontecer, me alegra haber revelado una de las mayores sorpresas de esta historia. Sí, sé que parece un giro de tuerca sacado de alguna bizarra (e ignominiosa) fusión entre M. Night Shyamalan y las telenovelas producidas en México, pero les aseguro que todo esto estaba fríamente calculado desde el inicio. Ahora, espero contestar las innumerables incógnitas que esta impactante declaración ha hecho eclosionar.
Desgraciadamente, eso significa que ya no podremos repetir escenas de besos entre la araña y la mantis… ¿A menos que eso le guste al público…?
Pasando a otros temas menos inmorales, ojalá Helmutt Jäger haya sido un personaje de su agrado. Como pueden ver, él y Aria con prácticamente idénticos, y escribirlo fue un deleite. Sus diálogos e historia fueron creados con mucha naturalidad, quizás por la familiaridad que tengo al redactar las aventuras de su pequeña Pulguita. Y sí, ahora saben de dónde viene el amor por lo tanques y la mala suerte de la arachne. So ist das Leben.
Al mismo tiempo, espero hayan disfrutado el punto de vista de Dyne, quien, aunque no se dejó doblegar por haber perdido un globo ocular, no podía soportar el peso de la culpa que su más infausto secreto había puesto sobre ella. Y también, que el momento entre la dullahan y la rapaz también haya sido de su agrado. Las dos ciertamente han evolucionado desde sus primeras interacciones, pasando por desdén absoluto, a tolerancia, y finalmente a lo que apunta a ser una buena amistad. La alemana parece estar haciendo bien su trabajo.
Pero, en fin, es momento de que les recuerde que sus opiniones y comentarios siempre serán bien recibidos, y los invito a dejarlos en la sección correspondiente.
De la misma manera, les agradezco a mis compañeros del grupo Los Extraditables, por siempre estar atentos a mis humildes creaciones y por su invaluable amistad. Un saludo especial al amigo Onix Star, por autorizarme el uso de sus personajes, Roberto y Amanda, para una de las escenas más importantes de este episodio. Y claro, a todos los lectores que aún continúan en este barco. Sin su constante apoyo, esta loca historia no habría alcanzado esta longitud, ni hubiera podido mantener el entusiasmo. Igual que Aria, le debo todo a las personas que me rodean. Danke schön.
Sin nada más qué decir, me despido. ¡Hasta la próxima! ¡No besen a sus hermanas... sin invitarme primero! ¡Auf Wiedersehen!
