NOTAS DEL AUTOR: ¡He vuelto! ¡Corran a las colinas, por su salud mental!

Bien, me tardé demasiado para escribir este episodio tan corto, pero cuando el trabajo, el dantesco calor, y el vicio de los juegos regresa al instalar títulos clásicos, el procrastinar se vuelve casi mi filosofía de facto. Pero descuiden, que la flojera no es sempiterna y al final uno siempre vuelve a la carga. Y espero la espera haya valido la pena. ¡Podría estar perdiendo el tiempo matando dragones en lugar de publicar estas fruslerías!

En fin, ¡disfruten!

Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena dejará su mensaje habitual en otra ocasión!


NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE

CAPÍTULO 62


Dyne es mi hermana.

Una frase que anteriormente fuera inferida por mis redes sinápticas para enfatizar los lazos de camaradería que la empusa, Cetania y yo compartíamos después de combatir al crimen durante esa demoniaca noche de fuego y plomo. Empero, la vida, la sempiterna bromista de nuestra irrisoria existencia, disfruta de ver nuestros estupefactos rostros cuando las alegorías y metáforas se tornan tan literales como el hecho que ahora sé que comparto los mismos genes paternos que mi amiga helénica. El mundo se hacía más pequeño a cada iteración de tal aforismo, y ahora se había reducido a una infinitésima partícula que enlazaba a una araña germana con una mantis griega.

No necesito remarcar que escuchar una breve pero rotunda declaración de mi progenitor, exponiendo tal parentesco, nos robó el aliento y mantuvo anonadados a todos los presentes, como si hubieran presenciado la detonación de una hypernova en la cercana Andrómeda. Mi padre era tanquista, y sus palabras fueron más poderosas que un obús perforador, asediando nuestra cordura con la confesión más absortamente impactante en lo que iba en un día bastante lleno ya de demasiadas sorpresas. Mi vida era una montaña rusa, y apenas habíamos comenzado a descender del carril más elevado. Lo peor de todo no era tan súbito golpe de realidad directo a la cara lo que me preocupaba, sino algo mucho más severo…

¡Carajo, besé a mi hermana en la boca!

¡Y cuántas veces no pensé en lo bien formado de su trasero y la manera en que deseaba propinarle unas buenas nalgadas! ¡Demonios, incluso fantaseé con sodomizarla! Y lo peor es que ésta última se lo hice saber a ella. Sí, admito que soy asidua a las atrevidas ideas de la más sicalíptica índole; soy una concupiscente devota a las artes sáficas; una pervertida araña adicta a las agraciadas redondeces del posterior femenino; e incluso todo lo anterior lo proclamo con orgullo. Por el martillo de Hefesto, no sería la primera. La mitología griega nació directamente de la unión entre Gea y su retoño Urano, además de que Japón es famoso por su edípica obsesión con las relaciones entre familiares…

¡Pero el incesto no está dentro de mis condenados fetiches!

¡Argh, odio cuando la depravación que tanto he leído en esos desenfrenados mangas de mi juventud finalmente se convierte en realidad y me muerde el quitinoso trasero! ¡Y no hay nada gracioso en ello, sólo la acritud de saber que me salió el tiro por la culata debido a mi propia erotomanía! Ya sé que seguramente lo tenía merecido por mi atrevimiento, eventualmente mi ambición me llevaría a la ruina de una manera u otra… ¡y aun así, se siente horrible!

¡¿Y por qué demonios tenía que ser precisamente Nikos la que resultara mi consanguínea?! ¡¿Por qué rayos no se trató de alguien a quien no conociera; alguien con quien no haya tenido una clase de contactos tan pecaminosos?! Pero, entre esa maraña de dimes y diretes que se fraguaba privadamente en mi mente, me alegré de que, al menos, se tratara de alguien a quien no hubiera desarrollado sentimientos más allá de una fuerte camaradería. Tan volátil revelación pudo ser peor, mucho peor, tornándose hacia uno de mis objetos de afecto y obligándome a aceptar una relación tan ignominiosamente prohibida.

Es decir, al menos mi padre no confesó que la arpía y yo estábamos emparentadas.

– "De hecho, eso explica el por qué Cetania y Lala me cayeron tan bien." – Habló de repente mi progenitor. – "Lo extrañamente familiar que ellas me resultaban."

Ay, carajo, no… ¡Santa Arachne, no! ¡NO, NO, NO!

– "Esa mirada, tan viva, tan decidida…" – Continuó él. – "Era la misma que la madre de Dyne poseía. El fuego de una mujer fuerte, con convicción en el interior. Algo que me enamora de una mujer, lo que me cautiva, es su mirada; y ella la ostentaba, así como Vera la tiene también. Me es irresistible."

Oh, gracias, Arachne mía, falsa alarma. Y encontré otro punto en común que comparto con mi padre. ¡Pero por favor, deja de darme esos tremendos sustos, papá! ¡Articula mejor tus sentencias la próxima vez! ¡Soy demasiado joven para experimentar un arresto cardiaco!

– "El mundo es demasiado pequeño." – Musitó él, suspirando ligeramente. – "Pero, estoy seguro que desean escuchar todo desde el prin-¡Gah!"

No pudo terminar el diálogo, pues, para sorpresa de todos los presentes, mi madre se había lanzado contra su propio marido y, con la ingénita velocidad de una Cazadora, lo arrojó al suelo, apresándolo del cuello. La ocre mano de mi progenitora apretaba con airoso ahínco la garganta de su esposo, sus filosas garras punzando la zona yugular, balanceándose peligrosamente en la casi invisible frontera entre la más diminuta herida cutánea y el homicidio en tercer grado. La mirada de la arachne mayor, esa que tanto mesmerizara a mi padre, ahora se había vuelto un vesánico despliegue de concentrada inestabilidad ocular.

Ella bufaba entre su entrecortada respiración, gruñendo audiblemente, como la bomba a punto de explotar en la que se había transformado. Temblaba, como si sufriera de la hipotermia que seguramente le asediaba el corazón, intentando enfriarlo lo suficiente para hacerle dar el golpe final hacia la arteria vital del hombre que, esperábamos, aún amaba. Pero tal paroxismo de cólera no se limitaba al pobre tanquista que yacía inmóvil ante la fuerza de la mujer que lo sometía sin esfuerzo, ya que, haciendo hincapié a las tradiciones sparassedianas, mi madre colocó su mano libre encima de su propio cuello, con sus garras acariciando tensamente su yugular, lista para derramar rojas lágrimas de sangre.

– "Helmutt…" – Habló mi progenitora, con voz tensa y temblorosa. – "Antes de enviarnos a ambos a las recónditas profundidades del reino de Hades, dime: ¿por qué, de todas las mujeres con las que pudiste engañarme, elegiste a una empusa?"

– "Vera, si aún me amas, te rogaré que me concedas un último deseo." – Replicó mi padre, con sorprendente circunspección. – "Quítame el atavío que cargo ahora."

– "Te amo." – Contestó ella, sonando aún más dolida. – "Por eso moriremos antes de que yo piense en dejar de hacerlo."

– "Sería un honor perecer a manos de una mayestática sparassediana." – Afirmó. – "Empero, cúmpleme este favor primero, querida. Insisto, remueve mi saco y mi camisa."

– "¿No es más digno para un soldado fenecer en su uniforme?"

– "Pero sé que no lo haré." – Sonrió. – "Porque de realmente querer eliminarme, hace mucho que yo estaría viajando por el Estigia. Te lo suplico, linda, quítame las prendas."

– "No intentes apelar al cariño que todavía siento para obtener amnistía, Jäger."

– "No lo hago, Mausi. Prefiero recurrir a tu sentido común." – Acotó él. – "¿Por favor?"

– "De acuerdo." – Asintió la arachne mayor. – "Aunque te recuerdo que sería insensato intentar huir."

– "Jamás lo haría. Lo primero que hice, al tener la oportunidad, fue venir directamente a la familia que tú y yo empezamos." – Declaró mi padre – "Panzer vor, Mausi."

Con tan excelente aforismo digno de un tanquista alemán, mi progenitora aceptó la particular petición de su esposo y, tratando de contener la furia que le recorría los vasos sanguíneos, le desabrochó el saco gris y albugínea camisa, mostrando el torso desnudo del veterano de guerra, ostentando su parvo vello en pecho, casi lampiño, junto a algunas cicatrices. Mi padre no era precisamente muy fornido, y su descripción corporal podría considerarse delgada, trato que me heredó a mí. Pero entre su exigüidad de capilaridad dérmica y el conjunto de huellas cutáneas, había una que sobresalía por su singularidad.

Eran dos, de hecho; dos pequeñas oquedades de ocre tonalidad que residían en la región izquierda de su cuello. Diminutas marcas, como las dejadas por un cuidadoso vampiro que hubiera tratado de evitar arrancarle la existencia a su víctima, sin tocar alguna vena crítica. Las hendiduras se habían plasmado permanentemente, inmunes a los cambios del tiempo; certificados indelebles de una sempiterna declaración hecha en el pasado. Yo conocía esa marca; y mi madre, cuya expresión se había transformado en un sincretismo de sorpresa y nostalgia, también.

– "La firma eterna de nuestro imperecedero amor." – Proclamó el militar. – "Esgrimida con indisoluble afecto por tu boca durante nuestra primera noche de pasión. Con tal acción, sellamos nuestro destino y nos unimos en el sagrado himeneo de tu madre patria. Nuestro anillo de compromiso; nuestros votos matrimoniales, cincelados por tus colmillos, sellados por nuestros corazones. "

La circunspección de mi madre comenzaba a flaquear.

– "Se supone que deberían ser dos, uno en la cadera y otro en el cuello, pero tú me consideraste lo suficientemente honorable para volverme el hombre de tu vida sin necesidad de exordios. Y siempre estaré agradecido por elegirme para ostentar tan dichoso lugar, a tu lado" – Continuó él. – "He llevado este hermoso tatuaje conmigo, como la más preciada medalla, porque representa, hasta que volví a encontrarte a ti y a nuestra hija, el momento más dichoso de mi existencia. Te amo, Vera Jaëgersturm, eternamente."

Era un soliloquio corto, pero cargado con toda la verdad del mundo. Mi padre tomó la mano de su mujer con las suyas y, sin romper el contacto visual con ella, acercó las garras arácnidas hacia aquellas marcas. Mi progenitora permitió una grieta en su máscara de impasibilidad al remembrar los sentimientos despertados por el sencillo contacto con aquella memoria física del pasado. Esa que le recordaba que el hombre al que le entregó su amor, estaba de nuevo con ella. Las diáfanas lágrimas se filtraban por las cada vez mayores fisuras del antifaz de la ira, subsanando a cada ínfima gota el dolor de la veterana matriarca.

Empero, no era suficiente para calmarla.

– "Desde el inicio." – Aseveró ella, delineando la vena yugular de su esposo con un dedo. – "Todo."

Estaba segura que esa era la intención principal de mi progenitor antes de ser interrumpido, pero no iba a recriminarle a su mujer en ese momento, y asintió con la cabeza. Concediéndole amnistía temporal, mi madre retiró sus manos del cuello de su marido y le ayudó a colocarse su atavío. Incluso si estaba furiosa, el cariño que sentía por su amado Helmutt era tan palpable como las sutiles caricias que ella le propinaba, pasando sus dedos por el pecho desnudo de su esposo, sintiendo la textura de su piel sudada a pesar de llevar guantes. Veinte años sin volver a recorrer el físico de su hombre le hacían sosegar su ira, aunque fuera temporalmente. Sonreí para mis adentros; las llamas del amor no se extinguen fácilmente, pero las de la pasión arden con mayor brío.

Sentándose, mi padre nos indicó que nos acomodáramos, obedeciéndole nosotras. Mi madre se colocó junto a él, y aunque no lo abrazó o le permitió tener contacto físico como antes, asumió una pose marcial, como el de un guardia protegiendo una valiosa posesión. Y todo, sin dejar de mirar a la empusa que se había convertido esa mañana en su hijastra. Instintivamente, y porque era nuestra compañera después de todo, la rapaz y yo nos colocamos junto a la mantis. Noté cómo ella se negaba a mirarme, prefiriendo mantenerse del lado más cercano a la arpía. No podía culparla, esto era demasiado para un solo día. El abrazo de mi querida Lala me tranquilizó.

– "Antes que nada, les pido perdón por todos los disgustos que estoy causando. Incluso ahora, siendo un hombre mayor, sigo siendo un problemático, lo quiera o no." – Se disculpó mi progenitor. Suspiró antes de proseguir. – "Bien, al grano. Sí, estoy completamente seguro que Dyne es mi hija. Conocí a su madre tres años antes de encontrarme con Vera, antes de siquiera ser un soldado. Yo tenía dieciséis, atrapado entre el infierno de un Estado socialista y una madre recién fallecida. Éramos granjeros en una cooperativa agrícola, o LPG, en las afueras de Jena, en el estado de Turingia. Aquel lugar la perfecta evidencia de las mentiras del sueño comunista que los soviéticos pregonaban desde sus podios.

Se supone que tales organizaciones eran la panacea para evitar a 'los abyectos' monopolios que, según nuestros 'sabios' líderes, sufrían en las granjas privadas de Alemania Occidental o, el supuesto enemigo de todo habitante atrapado tras la Cortina de Hierro, Estados Unidos. Como imaginarán, todo estaba muy lejos de la realidad. El Estado poseía tales granjas colectivas, e incluso tenía el descaro de establecer las Volkseigenes Gut, que eran el equivalente privatizado de nuestras organizaciones agrícolas. Como han de suponerse, los trabajadores se partían la espalda labrando la tierra de sol a sol mientras los mandos superiores inflaban sus billeteras y estómagos con el papel moneda que se supone era la raíz de todas las desgracias del capitalismo.

¿Por qué me desvío para despotricar contra una más de las mentiras del comunismo?

Porque es gracias a esa injusticia que Nadja, mi progenitora, no recibiera el tratamiento adecuado para su influenza, resultado de las inadecuadas condiciones de vida en esos, honestamente, paupérrimos campos de labor forzada. La atención médica en Alemania del Este, que presuntamente era un axioma de eficiencia entre las naciones subyugadas por la Unión Soviética, únicamente lo era para los privilegiados. Nosotros no lo éramos, así que cuando la mujer que me trajo al mundo finalmente perdió la batalla contra la enfermedad, casi aislada en una mohosa sala por la cuarentena, supe que la única manera de sobrevivir en una nación bajo las garras de un gobierno corrupto era volverse parte del grupo que ostente algún poder.

Y al mismo tiempo, estaba realmente deprimido como para intentar algo. Es decir, pierdes a la persona más importante de tu vida, te encuentras solo de repente y abres los ojos ante la cruel realidad, que se burla de nosotros dilacerándonos con la acritud de su indiferencia. Jena era famosa por su universidad, donde grandes visionarios como Max Reger o Carl Zeiss se cultivaron para ofrecerle su talento al mundo. La ciudad era una cuna de cultura e innovación, un apotegma de progreso… excepto para un ínfimo granjero como yo. No contaba con nadie, no era nadie; me sentía realmente abandonado. Tenía la moral por los suelos, el mundo se tornó gris, la existencia se me hizo cosa baladí.

Ahí entró ella.

La primera mujer que amé, aunque fuera por un efímero instante en la incansable rueda del tiempo, la que además de devolverme la esperanza, me hizo observar el mundo más allá de la férrea barrera que nuestra especie había erigido alrededor de sí misma. Recuerdo que fue un día (o más bien, noche) en que me hallaba componiendo (o intentándolo) uno de los vetustos tractores que usábamos en el campo, haciendo uso de mis habilidades innatas para los vehículos, preludio de mi futuro puesto en blindados. Estaba disfrutando del paisaje nocturno bajo un viejo azarollo, en los límites de la plantación, cuando escuché un movimiento detrás de un grupo de arbustos. Pensé que sería alguna furtiva liebre o un zorro cazando, así que no presté mucha atención y volví a mi tarea anterior.

Hasta que escuché un diminuto gemido muy humano.

Me gustaría relatar que fue un encuentro casi idílico, digno de algún bucólico poema del Renacimiento, al toparme con una tímida jovencita de al menos diecinueve asustada por haber sido descubierta robando comida. Poseía una larga y sedosa cabellera, tan negro como el aceite que me tapizaba mi ropa de trabajo, y dos bellísimos ojos, tan verdes como el pimiento que intentaba ocultar en sus manos. Pero lo realmente llamativo, como sería de esperar, eran las extremidades mantoideas y el par de brazos extra, recubiertos de dura quitina. Mi primer contacto con una extraespecie era con una descendiente de la diosa Hécate, y era dueña de una hermosura fuera de este mundo mortal. Todo bajo la luz del astro selenita y sus compañeras estrellas. Sí, sin duda sería una historia que me encantaría contar.

Excepto que aquel gemido de temor… era mío.

No conté con tiempo suficiente para admirar sus venusinas facciones, pues, como un selacio embiste a su presa, pronto me vi boca arriba, con ambos brazos inmovilizados por los de ella, e incapaz de formular algún otro sonido que no fueran básicas vocalizaciones, ya que el borde aserrado de uno de sus espolones reposaba peligrosamente cerca de mi cuello. El otro apéndice se había alzado en el aire, resplandeciendo bajo el manto luminoso de Selene como una guadaña hecha de queratina, anunciando un ignominioso final. Aunque realmente tantas precauciones no eran necesarias; perdí el habla de inmediato al verla por primera vez, y me mantenía igual de estupefacto al tenerla encima.

Yo me encontraba anonadado por todo en lo que mi vida se había vuelto hasta ese punto. Era un muchacho huérfano, esclavo de un campo de labores controlado por un Estado títere, sin posibilidad de realmente escapar de aquel mundo de rojas estrellas en banderas y apócrifas promesas de equidad. Envuelta en el argento fulgor de la luna, la mantis antropomórfica frente a mí era casi una lírica encarnación de las tragedias helénicas, un poético desenlace para un desdichado don nadie. Tal vez fuera una alucinación, a lo mejor mi mente finalmente había sucumbido a la esquizofrenia, pero en ese instante de fantasmagóricas posibilidades, logré articular un corto epitafio a la que apuntaba a ser mi segadora de almas.

– 'Schöner Tod.' – Hablé yo.

– 'Bella morte.' – Expresó ella.

Yo no sabía nada de italiano, pero comprendí que había replicado mi aforismo en su lengua madre. El tiempo se detuvo ahí, con ninguno de nosotros moviéndonos, sin romper la afonía ambiental o el contacto visual. Quizás era el shock de la situación, tal vez fuera el hecho que no haya intentado darme muerte a pesar de no opuse resistencia alguna, o a lo mejor se debiera a que me perdí en esas deíficas esmeraldas oculares a las que llamaba ojos, pero terminé mostrándole una sonrisa. No de temor, no de mordacidad u algún sórdido sentimiento; sólo quise hacerle saber que me encontraba en paz en ese momento y, que en el fondo, no la encontraba desagradable.

Después de todo, mujer tan apolínea no había visto jamás.

El tiempo decidió salir de su momentáneo letargo y, mientras la brisa nocturna hacía ondear su largo cabello majestuosamente, ella abandonó su estancia agresiva, templándose. No me quitaba los brazos humanoides de encima, claro, y sus espolones todavía se mantenían alerta, aunque ya no parecía una carnicera a punto de ejecutar a su siguiente oveja. Usando una de sus extremidades de mantis, señaló al solitario pimiento que había dejado caer en el ajetreo. No dirigió palabra alguna, pero su mirada comandaba afásicamente que le acercara el verde fruto, accediendo yo con una afirmación de cabeza.

Retirando sus brazos, sin dejar de mirarme fijamente o levantarse encima de mí, me dejó libre y pude estirar una de mis manos para tomar al alimento en cuestión. Ya agarrado, se lo ofrecí como ofrenda de paz a la empusa, quien la tomó en sus manos y pinchó ligeramente las mías con los espolones para que las alejara, acatando la silenciosa orden de inmediato. Usando tales apéndices, ella partió el pimiento en dos y cuidadosamente le retiró las semillas, procurando mantener la carne del interior y el jugo intactos. De esa manera, tomó una mitad y la introdujo en su boca, degustando el sabor de lo que parecía ser un bocadillo agradable.

Me ofreció el otro pedazo.

Sin tratar de refutarle, pues lo insólito de la situación no me había bloqueado el sentido común, abrí la boca y ella insertó el pimiento. Aunque tales frutos carecen de capsaicina y por ende no son picantes, las semillas son amargas y la mantis no las había retirado de mi mitad. Ignoro cuánto tiempo pasó, pero nadie nos interrumpió, más allá del canto de los insectos noctívagos y el ulular del viento sobre el campo. Terminé de degustar el inusual bocadillo. La pelinegra lo aceptó como la firma de paz, y se incorporó, permitiéndome admirar más detalladamente su esbelta figura, no opacada tras el sencillo y sucio overol de tirantes color azul y la manchada camisa verde, complementado por las enlodadas botas industriales.

Hasta este día, desconozco si tal indumentaria, adaptada y remendada por ella para su físico tetrabraquial, se debía a que laboraba en la industria agrícola igual que yo o alguna otra actividad relacionada, pero tal atavío me hizo sentir un poco más tranquilo, queriendo encontrar un punto en común entre nosotros. Cierto, no la comprendía, pero cualquier recurso para intentar crear un puente entre ella y yo me bastaba. Sosegando mi nerviosismo, e intentando no hacer movimientos bruscos, llevé mi mano a mi pecho y me señalé. Ahí, pronuncié mi nombre, presentándome. Ella, entendiendo que yo trataba de portarme cordial, me reveló el suyo:

Alexandra..."

'Qué pequeño es el mundo', hubiera pronunciado yo al escuchar aquello, pero no era necesario repetir ad nauseam lo que seguía comprobándose conforme mi padre avanzaba en su relato. Volteé mi vista en dirección de Cetania, intercambiamos miradas y ambas observamos a Dyne, absorta, pasmada por tan impactante confesión. Yo y la rapaz conocíamos perfectamente el significado que encerraba aquel nombre, las memorias que despertaba, lo intrínsecamente importantes que esas cuatro sílabas representaban para la griega. Creí que esa sobrecogedora revelación le haría romper su afonía, demandar una segunda confirmación de aquella declamación, pero la conmoción era tal que la mantis permaneció completamente inerte en su lugar, igual que nosotras. Mi padre continuó.

– "El viento se tornaba más gélido conforme avanzaban las manecillas, así que extendí mi prórroga de paz y la invité a que nos refugiáramos en el granero que también fungía como garaje." – Dilucidó. –"No esperaba que accediera a la primera, pero viendo que un simple muchacho tan flacucho como yo no oponía peligro para una empusa, aceptó mi ofrecimiento, manteniendo su distancia y un espolón en alerta. Yo estaba asustado todavía, sí, pero mi fascinación tan única persona era mayor a mi miedo. Es decir, ¿en verdad tenía a una criatura que sólo existía en las leyendas, auténtica y viviente, frente a mí? ¿O acaso mis sospechas de que mi mente había claudicado a la locura absoluta eran ciertas?

Ya fuera ilusión o realidad, yo deseaba permanecer hasta el final. Mi madre me heredó la curiosidad por la lectura, y aunque fuéramos prácticamente de humildes recursos, y muchas de las publicaciones estuvieran sancionadas, ella siempre se aseguró de proveerme con buenos libros para asegurarme que, al expandir mis conocimientos, mi futuro no fuera tan desdichado. Siempre estaré agradecido por ello. Ahí, entre las limitadas opciones de los pocos ejemplares que poseíamos, hallé la fascinación por la mitología griega.

Los relatos de héroes y villanos, tanto divinos como mortales, eran en sí una rica fuente de inspiración, pero las criaturas fantásticas que pululaban la cosmogonía helénica me eran irresistibles. Para mí, atrapado entre la inopia social y el hastío de lo mundano, las historias de poderosos seres con habilidades más allá de las humanas, tan magistrales y, sobre todo, libres, me parecía lo mejor del mundo. Representaban perfectamente lo que yo anhelaba: ser más de lo que se podía esperar. Y al ser ellos, para cualquiera en ese entonces, entes inexistentes y por ende inalcanzables, los hacía aún más atractivos para la imaginación.

Ella debió notar la manera en que la observaba. No era la típica desconfianza humana hacia lo desconocido, escudriñando cualquier indicio fuera de lo común para determinar si se consideraba entablar comunicación formal o rechazarle, sino una genuina fascinación hacia su persona, sin importar si se generaban lazos de amistad alguna. La apreciaba como un geólogo contempla a un espécimen fósil perfectamente conservado; igual que un joyero examina una rara piedra preciosa; como un niño descubre el presente de Navidad que tanto había soñado. En palabras románticas, no podía despegarle los ojos de encima. Ahí, en medio de la noche y la lámpara de queroseno en el techo, se manifestaron un par de mejillas sonrojadas:

Las mías.

Me di cuenta que la estaba mirando fijamente, como un insecto mesmerizado por una lámpara. El rubor se apoderó con mayor fuerza de mi semblante cuando Alexandra comenzó a reír en voz baja, entretenida por mi avergonzado estado. Yo no podía evitarlo, además de mi madre y unas cuantas amistades de niño, yo era todo un inexperto en tratar con mujeres, especialmente tan hermosas. Lo admito, sueno a un terrible adolescente con aspiraciones de trovador de quinta que utiliza las expresiones más trilladas existentes, pero mis afirmaciones cliché son muy reales. O simplemente era un idiota, lo cual no negaré. Aún así, con ineptitud digna de una terrible comedia barata, sonreí al verla abandonar su mesurada expresión, deleitándome con esa suave voz de mediterráneo acento.

Pero eso no era suficiente para hacerle ganar confianza. Yo aún era un desconocido y potencial amenaza a su anonimato, así como el resto de la granja que, con excepción de los guardias nocturnos (los cuales afortunadamente no estaban cerca para descubrirnos), dormía plácidamente. Sólo éramos nosotros dos, acobijados por Selene, el tapiz polícromo de la Vía Láctea y el techo de madera, pero yo era suficiente para romper la paz de la noche. Y yo, joven e hipnotizado por el hecho de conocer a una persona que encarnaba mis sueños de pequeño, no deseaba que tan mágico momento llegara a su fin. Necesitaba hallar algo que disipara las tensiones palpables en el aire.

Y entonces, el estómago de ella rugió.

Debo decir que mi madre se educó sin religión alguna; mientras que mi padre perdió su fe bajo la crudeza de la guerra, así que me crié de la misma manera ateísta. Empero, en ese momento, y aunque parezca que no va de acuerdo al énfasis romántico que pretendo evocar, aquel sonido de su aparato digestivo me pareció la deífica trompeta de los arcángeles señalando la oportunidad dorada que necesitaba. Haciendo ademán de que esperara, y terminando convenciéndome ella, por medio de sus espolones, que me acompañaría, recorrimos juntos el tramo entre el granero a la bodega de conserva, ocultos bajo la oscuras sombras que Nix, la noche, proveyó para nosotros.

La escabullida fue un éxito y pudimos asaltar las reservas de alimentos frescos. Evitamos encender las luces y nos mantuvimos protegidos por la ausencia de éstas. Colarse a la bodega y tomar parte de las provisiones no podía considerarse robar, ya que básicamente estaba tomando una parte de lo que literalmente ayudé a plantar y cosechar. Además, dudaba que nuestros superiores se enfuriaran por un par de patatas y pimientos perdidos. Había alcohol en una nevera, pero no deseaba hacerle creer que mi intención era embriagarla, así que opté por agua. Nos aseguramos de tomar un par de duraznos de la reserva privada del capataz para completar el banquete nocturno.

No me preocupaba por esto último; días atrás yo y mis colegas de trabajo habíamos reportado avistamiento de ratas en las cercanías, pero fuimos ignorados; ahora tales melocotones faltantes servirían como catalizadores para que finalmente el problema sea arreglado. Cerciorándome de dejar rastros de comida en el suelo, simulando una típica irrupción por parte de roedores (y echando a perder la reputación de nuestro gato guardián en el proceso), ambos regresamos al garaje. Noté que en el trayecto de vuelta, ella había dejado de actuar de forma tan cautelosa.

Aunque la guarnición era bastante sencilla y no tuvimos acceso a siquiera una fuente de fuego para calentar los alimentos, degustamos nuestro botín con ahínco, especialmente Alexandra, que devoraba los pimientos como si fueran los últimos del planeta. Yo me entretuve pelando mis tubérculos con una hoz, saboreando la sapidez cruda de la solanácea. A pesar de que nunca he negado que muchos estereotipos sobre la miseria que el comunismo impuso en su régimen eran reales, comer patatas crudas nunca fue uno de ellos. Siempre las había probado bien cocinadas. Ergo, no pude evitar batallar contra el amargo sabor que el alimento no cocido poseía. La empusa simplemente reía tenuemente al verme sufrir.

Yo reía al verla sonreír.

Luego de comprobar lo mucho que apreciaba las papas perfectamente asadas y formando parte de un currywurst, terminé al mismo tiempo que ella y tomamos los rosados duraznos. Alexandra empleó sus extremidades mantoideas como una sagaz katana nipona y partió en dos la fruta, con todo y semilla. No evité emitir una vocalización de impresión al atestiguar el poder de una liminal, aunque fuera con una demostración sencilla. La simplicidad de lo mundano no era lo que me deslumbraba, sino el potencial que veía en ella. Alguien como la mantis… ¡no, todas la extraespecies!, beneficiarían en gran medida a la humanidad si intentáramos integrarlos a nuestra sociedad.

Curioso, sólo necesité ser casi decapitado por una liminal para volverme partidario de las mismas ideas que eventualmente darían nacimiento al Acta de Intercambio. La vida está llena de ironías así. Yo procedía a usar la hoz para partir el melocotón e, imitándole, blandí la herramienta en el aire, asestándole un fuerte golpe sagital… y fallando en el proceso. Resulta que la semilla de la fruta era más resistente de lo esperado, así que cuando el oxidado filo hizo contacto con el hueso del durazno, la herramienta rebotó de mis manos y me impactó la frente. Por suerte, fue el lado del metal sin filo el que me tocó, pero dolió.

Alexandra rió audiblemente.

Habíamos mantenido un perfil bajo hasta ese momento, pero después de verme fallar al intentar emularla, ella abandonó toda prudencia y se decantó por una canora risotada que resonó por las paredes del cuarto, camufladas parcialmente por el canto nocturno de los grillos. Me le uní, encontrando la situación bastante graciosa y amena. Templando su hilaridad, la pelinegra tomó el melocotón y lo partió limpiamente en dos con su espolón, entregándomelo. Agradeciéndole con una reverencia, me dispuse a degustar el dulce sabor. Esa pequeña muestra de amistad recíproca fue lo necesario para romper el hielo, cesar hostilidades definitivamente y comenzar a hilar las hebras de lo que sería una experiencia que jamás olvidaría.

Aunque tratamos de intercambiar diálogo, intentando de que por alguna milagrosa manera lográramos romper las barreras del idioma, era un ejercicio de futilidad, así que nos resignamos a continuar con las gesticulaciones y pantomimas para hacer llegar el mensaje. Ya que el suelo era de tierra, empleábamos nuestros dedos para escribir en aquella improvisada pizarra, apoyándonos con dibujos burdos y demás imágenes. Yo tenía muchas preguntas, pero apenas pude obtener respuestas simples, como saber que poseía veinte años; era nativa de Milán, en Italia; y como había dejado en claro, adoraba los pimientos.

Un pernicioso mosquito penetró en el lugar, deseoso de hacerse con nuestra sangre para saciar su hambre. Yo detestaba a esos insectos, especialmente cuando se aprovechan de nuestra vulnerabilidad en las noches calurosas, cuando la temperatura vuelve un horno insoportable la existencia, y taparse para protegerse de los zancudos es peor que lanzarse a las incandescentes flamas de una fogata. Traté de triturarlo entre las palmas de mis manos pero su velocidad sólo lograba hacerme aplaudir como tonto. Alexandra lucía divertida por mi enfrentamiento con el díptero.

Enojándome con tan fastidioso visitante de agudo zumbido, especialmente por hacerme quedar mal ante la chica, perseguí al escurridizo fugitivo por todo el lugar, con mis palmadas denotando mi ineficiencia en deshacerme de pestes voladoras cada vez que éstas sólo hallaban aire al chocar. Furioso, y sintiéndome como si en lugar de un insecto batallara contra un endemoniado dragón, tomé la hoz que usé para partir el durazno y lo arrojé vehementemente contra ese miserable transmisor de enfermedades. Como era de esperarse, yo no era un ninja o algún guerrero entrenado en el arte de la eliminación de mosquitos a base de armas punzocortantes, así que únicamente logré que la herramienta se clavara en el techo.

Sí, era un idiota.

Aún más colérico por aquello, con el mosco revoloteando cerca de mí, casi burlándose con ese maldito zumbido, aunado al creciente volumen en la risa de la pelinegra, me hice con el trapo que había usado para limpiar mi sudor al arreglar el tractor y correteé al animal. Finalmente, lo dirigí hasta una esquina del edificio, donde una solitaria araña y su níveo hogar en forma de red esperaban pacientemente. Sonreí triunfante al ver al zancudo ser apresado por las pegajosas hebras de la telaraña, con la amarilla residente apresurándose a envolverlo con su seda para consumirlo con posterioridad. Una excelente premonición de la fortuna que las invertebradas de ocho patas me traerían en el futuro.

Exultante ante mi victoria sobre ese minúsculo pero detestable ectoparásito vampírico, me coloqué frente a Alexandra e inflé mi pecho igual que un teutón luego de derrotar a los sarracenos en una Cruzada. Por supuesto, mi (nulo) heroísmo fue recompensado por la fuerza de gravedad al hacer caer la hoz en el techo directamente en la cabeza, impactándome ésta con el mango en el centro de la sesera, haciéndome caer al suelo mientras me tallaba la herida. Fue ahí que, por casualidades del destino, hallamos la manera de entendernos mutuamente, al escucharla pronunciar una sencilla frase.

– '¡Ty ochen' smeshnoy!' – Expresó ella, carajeándose.

– 'Spasibo.' – Repliqué, apaciguando el dolor. – 'Vy prekrasny."

Irónico; siempre clamé que Rusia había divido a nuestro país y a la mitad del mundo, después de instaurar la Cortina de Hierro sobre Europa. Pero ahora, era su idioma lo que hizo que dos personas, separadas por el océano del lenguaje, encontraran el lazo que los uniera. Mi madre, Nadja Borísovna Kisherrah, era rusa. Se trasladó de su natal Petrogrado (posteriormente Leningrado durante la revolución bolchevique, hoy San Petersburgo) a Alemania para fungir como enfermera, en un hospital del Sarre. Ahí conoció a mi padre.

Todo esto fue antes de que los germanos rompieran el pacto Ribbentrop-Mólotov, cuando ambas naciones eran amigas de alma y Hitler y Stalin recorrían los campos tomados de la mano, jurándose amor eterno. La ilusión no duró mucho y estalló el conflicto. Gracias a que la guerra nunca sufrirá escasez de heridos y necesidad de personas que los alivien, mi progenitora pudo conservar la vida ante el odio que sufrían los eslavos por parte de los Nazis. De la misma manera, cuando los soviéticos penetraron en territorio alemán, su ascendencia rusa y utilidad la mantuvieron a salvo de las atrocidades perpetradas por las hordas rojas.

Pero me estoy desviando del tema, lo siento.

Volviendo al asunto del idioma, mi madre me había enseñado lo básico, y era capaz de articular una conversación sencilla en su lengua natal. Aunque Alexandra poseía un fuerte acento italiano, podía entenderle. Ella había comentado que yo era muy gracioso, haciéndome agradecerle y elogiar su beldad. Al pronunciar aquellas palabras, la empusa enmudeció. Eso provocó la primera instancia en que sus mejillas adquirieron una tonalidad carmesí, y sus verdes ojos emitieron un fugaz brillo al recibir tan melosa dádiva. Yo decía la verdad, ofreciéndole una sonrisa honesta. Aunque sus globos oculares carecieran de pupilas, podía notar lo que su idílica mirada clamaba diáfanamente. Debió ser la primera vez que encontraba a algún humano que no la veía como un monstruo, sino como una persona, una mujer.

Y ella también sonrió.

Finalmente intercambiamos algo más que miradas y expresiones, sentándonos toda la noche para resolver todas las incógnitas que rogaban por ser contestadas. Resumiendo toda nuestra extensa charla, aprendí que ella jamás conoció a sus progenitores, y de su madre sólo sabía que le había dado a luz en Milán y que le confirió ese nombre porque era el de su padre. Se crió (infaustamente, debo opinar) en el mundo de las carpas, algodones de azúcar y maestros de ceremonias. Era una de las atracciones de un circo ambulante dirigido por húngaros, el cual recorría las ciudades principales de Europa. No estaba sola, pues entre sus compañeros de trabajo se encontraban otras especies, como minotauros, mujeres tigre, dragonewts e incluso arpías pingüino. Todo un freak show liminal.

Ella era la única empusa, encargada de cortar diversidad de objetos con sus espolones para deleite del público. Ahí aprendió también a expandir su plusvalía más allá de los espectáculos, cultivándose en las artes galenas gracias a una mujer lagarto con experiencia, quien también le enseñó el idioma eslavo. Aunque era evidente que, aparte de los tiempos que pasaba con sus amigas, no debió serle una época agradable, así que preferí no indagar más en el tema y arruinar nuestro momento. En todo caso, ella logró escapar de aquella esclavitud junto a algunas de sus aliadas y encontraron refugio en Alemania.

No me detalló los eventos que la hicieron llegar hasta donde nos encontrábamos. No era necesario, el hecho que también se hubiera desempeñado como enfermera me hizo recordar a mi propia madre. Ergo, nuestra conexión se hizo más profunda, a mi parecer. Yo le revelé lo que había sido de mi vida hasta ese momento; lo difícil que fue para mis padres la época durante y después de la guerra; las dificultades de perder a mi progenitor de pequeño; y a mi madre meses atrás. Al finalizarle mi relato, mi voluntad de permanecer estoico para impresionarla finalmente se quebró y terminé hundiendo mi rostro entre mis piernas, empapando mi ropa y el suelo con mis lágrimas.

Estaba demasiado solo.

Sentí su acorazada mano acariciar mi cabeza con ternura, sosegando parcialmente mi pesar al tiempo que mi llanto me purgaba catárticamente el resto del dolor en mi corazón. Alcé la mirada y me encontré de nuevo con su benévola sonrisa, sus labios brillando bajo el destello del satélite natural en el cielo que se filtraba por las hendiduras del techo, opacando al de la lámpara de queroseno sobre nosotros. No sabía si era el hecho de que ella me mostrara bondad; que fuera la primera persona en consolarme con cariño, recordándome a mi difunta madre; o si era que conforme transcurrían los minutos, ella se me hiciera cada vez más hermosa.

Y entonces, la besé.

Fue algo que no esperaba y presentí que sus espolones se habían colocado en posición para convertir a mis entrañas en picadillo. Empero, su resistencia cedió ante el contacto labial que le había propinado, en compañía de un audaz abrazo alrededor de su curvilínea figura. Yo era un muchacho torpe y con el acné todavía en la cara, sin experiencia alguna con mujeres. Cuando eres un peón en la jerarquía social, no hay tiempo para conocer el amor; sólo trabajar desde el amanecer al ocaso. Mi ósculo no poseía técnica alguna y era más saliva que beso, pero contenía una enorme pasión. Tal vez ella la primera experiencia para ella, ergo, mi inepto ósculo le pareció lo suficientemente aceptable para no descuartizarme en el acto y rodearme también con sus brazos.

Glorioso.

Aquél beso era, bueno, apoteósico para un par de jovenzuelos inexpertos, especialmente para uno tan desdichado como yo. La presión sanguínea se acrecentaba en mis venas de tal manera que mis oídos dejaron de percibir el canto de los grillos y el ulular del viento, para concentrarse en los briosos latidos de mi corazón, resonando como un desfile militar dentro de mi cabeza. Sentía el torrente de hemoglobina invadirme la cara, y el calor que me impregnaba cada vena y arteria del cuerpo. La temperatura se elevaba en mi interior, así como el infinito gozo que experimentaba a cada segundo que nuestra saliva se intercambiaba oralmente. El sabor de Alexandra era dulce, más fuerte que la sapidez de los melocotones; y me estaba haciendo adicto a ella al momento que los engranajes del tiempo trasladaban la manecilla horaria del reloj.

La anoxia finalmente nos alcanzó y tuvimos que romper el beso para recuperar el aliento. Un delgado hilo de tibia saliva unía nuestros labios. Aquella frágil cadena acuosa fue quebrada cuando ambos fuimos por la segunda ronda, esta vez con mayor decisión por parte de la pelinegra. Eros había llamado a las puertas de nuestro corazón, y nosotros aceptamos gustosos la invitación. Nuestras lenguas, que habían permanecido tímidas en la primera experiencia, se liberaron de sus grilletes y se entrelazaron en una sicalíptica danza húmeda, cálida, apasionada. Mis manos recorrían la espalda de la chica con ahínco, palpando la suavidad de la tersa piel escondida debajo de su ropa; y ella hacía lo mismo.

Y finalmente, nos deshicimos de ésta.

Caímos al suelo, con ella encima de mí, sin romper el contacto bucal hasta que el oxígeno volvió a escasear. La hiperventilación se hizo presente, elevando el sonido de nuestra entrecortada respiración. Pero los decibeles de los jadeos no se comparaban con la celeridad con la que las llamas del deseo se erguían desde el fondo de nuestras almas, esparciendo su concupiscente ardor por nuestros cuerpos, manifestándose en un rubor total y el funcionamiento completo de nuestras glándulas sudoríparas. Mis manos, hartas de sentir únicamente tela, comenzaron a retirar la indumentaria de la empusa. Pero entre el nerviosismo y la intensidad del momento, mis movimientos eran demasiado torpes. Alexandra, siendo alguien que prefería tomar la iniciativa, me ayudó con la tarea.

Se arrancó la ropa.

Con un preciso movimiento de sus espolones, la mezclilla y la tela, los tirantes y la camisa de su atavío, fueron partidos a la mitad, dejando al descubierto el voluptuoso tesoro que habían protegido con recelo. Perdí el aliento de inmediato. Entre la afanosa demostración con las extremidades mantoideas, el descubrir que no llevaba prenda interior alguna, y mi propia excitación, quedé completamente afónico. No era necesario pronunciar palabra alguna, pues la masculinidad que descansaba mi entrepierna, alzándose como una torre del homenaje, había proclamado una inconmensurable satisfacción ante tan deífica vista.

Si antes me parecía hermosa, ahora, contemplar sin censura alguna su venusino cuerpo, aunado a la expresión de deseo en su lozano rostro, la hacía lucir como la auténtica diosa del Olimpo que era. Se acercó a mí y, esta vez con tierna parsimonia, tomó ambas de mis manos y las colocó en sus pechos. Yo sonreí, y ella también. Éramos un par de almas jóvenes que no tenían a nada ni nadie más en el mundo, atrapados entre la pared de la inopia social y la indiferencia existencial; pero habíamos hallado nuestra pequeña isla paradisiaca entre la tierra, el olor a aceite de los tractores y los aperos de labranza. Un pedacito de felicidad del cual únicamente la noche fue testigo.

Una noche que nos recordó la dicha de estar vivos.

Ah, pero en todo caso, no creo que sea necesario explayarme con los explícitos detalles, ¿cierto? Lamento si las imágenes mentales les son perturbadoras. Al final, terminamos uniéndonos en cuerpo y alma, o al menos lo más que podíamos en ese momento. Al día siguiente, antes que el sol se alzara y la aurora tiñera al cielo de hermosos tonos con sus rosáceos dedos, me desperté desnudo, confundido y, para mi decepción, completamente solo. Llamé su nombre en medio de la oscuridad pero era fútil; Alexandra brillaba por su ausencia.

Aún podía sentir el calor de su cuerpo; su aliento tibio, igual que su saliva; su corazón latiendo en sincronía con el mío; y su voz repitiendo mi nombre entre gemidos. Suspiré; la ambrosía que la vida ofrece es demasiado efímera. Lo único que me quedó de ella fueron su ropa hecha jirones, una marca de colmillos en mi brazo derecho… y un dolor en todo el cuerpo acompañado de algunos rasguños, especialmente en el trasero. Nuestra juventud emulaba nuestro salvajismo, si me permiten tan pecaminosa expresión.

Pero eso no era todo.

Mientras me apresuraba a tomar sus prendas rotas para cubrirme, pues ella se había llevado las mías, noté una flecha delineada en la tierra del suelo. Ésta apuntaba a otra que señalaba una oxidada caja metálica de herramientas. Abriéndola, me encontré con el áureo collar que ella cargaba, pero en el cual nunca me había fijado con detenimiento, siempre manteniéndose éste opacado por la belleza innata de su dueña. Debajo de la dorada prenda se hallaba un pedazo de papel donde ella había escrito un mensaje con un pedazo de carbón. Sentí una punzada en lo más profundo del alma al leer las palabras remarcadas con el bruno grafito.

'Mereces a alguien mejor.'

Después de regalarme algo que le pertenecía; de haberse asegurado que ya nunca podría olvidarla; de habernos conocido en la intimidad y compartir un fugaz pero profundo momento de amor… ella clama que no es digna de alguien como yo. Le hubiera refutado tal declaración, y le hubiera rogado que permaneciera a mi lado, sin importarme las consecuencias. Pero la mujer había tomado su decisión y, con esa presea en mano, empapada por mis lágrimas, Alexandra desapareció para siempre de mi vida. Jamás volví a verla.

Pero aunque su persona se esfumó como la niebla ante el fulgor de Helios, ella jamás abandonó mi ser. La tenía presente en todo momento, y puedo afirmar con seguridad que su personalidad tan decidida tuvo un efecto contundente en mí. Alexandra fue la pieza necesaria para que yo recuperara la esperanza en el futuro y pusiera mis engranes en marcha para salir de la inopia. Cuando tuve edad suficiente, pude alistarme en el ejército, lo que eventualmente me llevaría a ser conductor de blindados, a conocer a quien sería mi verdadera esposa y, finalmente, a ser el orgulloso padre de dos hijas.

Escuchen, Dyne, Aria; sé que todo esto no justifica mi ausencia, tampoco que lo haya revelado hasta ahora o, ¡diablos! nada que pueda excusarme de todos los errores que he cometido. Únicamente puedo pedir… no, puedo implorar porque me otorguen una ínfima pizca de perdón, que acepten mis más sinceras disculpas, aunque sé que no merezco tal bondad. Es muy tarde ya para súplicas de mi parte. Ninguna explicación sanará las heridas que he abierto; no sólo a ustedes, sino a quienes los rodean. Acabo de poner su mundo de cabeza, y no puedo hacer mucho para arreglarlo. Sólo soy un simple hombre.

Sin embargo, créanme que jamás he dejado de preocuparme por la familia que aún no conocía. Siempre albergué en mi corazón los hermosos recuerdos de las mujeres que me entregaron todo. Las he amado más que a mi vida, más que a cualquier otra cosa. Y sigue siendo así. Ahora que soy padre, ustedes, hijas mías, lo son todo para mí. No puedo arreglar el pasado ni remendar mis errores, pero puedo luchar por el presente para construir un mejor futuro. Uno que deseo al lado de quienes representan lo mejor que he logrado en toda mi existencia.

Y sé que no lo merezco…"

Mi padre interrumpió su monólogo para suprimir los deseos de rendirse al plañir. Nosotras permanecimos en silencio, sin saber qué contestar. Yo comprendía su sentir, lo increíblemente difícil que debía ser el confesarlo todo en menos de un día de volver a reencontrarse con su familia. Y al mismo tiempo, me hallaba igual de absorta por tantas revelaciones inesperadas. No era fácil pedir perdón, algo que mi padre clamaba no buscar. Yo deseaba eximirlo, pues era el hombre que me dio la vida y al cual le debo todo lo que he logrado en ésta, pero también reprenderle por todo el dolor despertado en nosotras con tal confesión.

Esperen, ¿qué demonios estoy diciendo?

Me di cuenta que lo anterior era absurdamente incoherente. Estaba molesta con él por algo que no pudo controlar, que nadie podría haber predicho. Y aun de poder hacerlo, el mundo no cambiaría por su voluntad. Él seguiría atrapado en una granja de Alemania del Este, Alexandra se hubiera marchado y él sería el tanquista que mi madre elegiría para procrearme. Esos errores, al final, resultaron en mi génesis, el de mi hermana, y nuestra actual reunión. ¿Cómo podría estar furiosa por algo que, honestamente, es grandioso? ¿Cómo puedo recriminarle el darnos la vida a mí y mi consanguínea? ¿Una vida que, después de todo, es mejor de lo que pudimos imaginar? Es mi padre, no puedo odiarlo por permitirme el disfrutar de la existencia.

Además, no es que yo posea un pasado impoluto.

Sin embargo, esa era mi opinión personal, concerniente únicamente a mi persona. El asunto principal, el verdadero meollo de esta intrincada controversia filial, era lo que Dyne opinaba. Ésta se mantenía igual de inerte en su posición, sin que su expresión petrificada se inmutara en lo más mínimo. Tantas cuestiones, respondidas al tiempo que el doble de incógnitas se materializaba, eran evidentemente abrumadoras para la más estoica del grupo. El saber que su progenitora vagó por el mundo, escondiéndose entre las sombras, para después alejarse de su padre y conocer un aciago final a manos de quien sería su tutora dentro de la mafia… nadie podía imaginar el huracán que se desarrollaba dentro de la consternada empusa.

– "Aria, Dyne…" – Mi progenitor habló de nuevo. – "Si aún guardan una infinitésima pizca de bondad reservada para este estúpido e irresponsable perro viejo, quisiera… Perdonen, no estoy en posición de exigir, casi lo olvido. Yo sólo… sólo quiero que me reconozcan como su padre. Ódienme, rechácenme e ignórenme si lo desean, lo tendré merecido; pero permítanme continuar gozando del privilegio de seguir siendo considerado como parte de su familia. Ustedes son lo único que queda de la mía; no quiero perderla. No de nuevo."

Una furtiva lágrima se escapó de los zarcos ojos del cabizbajo soldado. Las demás presentes permanecimos afásicas, tallando nuestros brazos nerviosamente, sin realmente saber qué decir. Miré a Lala, luego a Cetania, las dos estaban tan preocupadas como yo. La reacción que tuvo mi madre antes fue suficiente para tensar el ambiente; aunque aparente lo ha perdonado. Sin embargo, ahora el mutismo de la empusa se hacía cada vez más desesperante. La intriga, duda y temor cómo la imperiosa pelinegra podría responder nos resonaban en la mente. Antes que pudiéramos continuar conjeturando los posibles desenlaces, la mantis se levantó de su lugar.

Y se fue.

No quería hacer una alusión referente a que imitó a su progenitora; sería una comparación injusta. Ella sencillamente necesitaba estar sola para procesarlo todo. Juzgarla era innecesario; yo hubiera hecho lo mismo en su lugar. Pasó de ser una niña de nadie a matona mafiosa, para luego volverse conejillo de indias, regresar al anonimato, y exorcizar sus demonios, reencarnado en una heroína en busca de redención. Y ahora, después de pasar veintitrés años siendo huérfana, la vida de la un giro de ciento ochenta grados a su existencia entera, devolviéndole a la familia que pensó haber perdido. Decir que eso debería alegrarla sería subestimar que más de dos décadas de soledad no desaparecen en un día.

Mi padre quiso ir tras ella, pero mi madre se lo impidió. Mi progenitora no lo hizo con desdén, sino porque entendía que Nikos requería privacidad. Su esposo acató la implícita orden y regresó a su lugar, suspirando pesadamente. Yo igualmente exhalé, acercando a la arpía y la dullahan hacia mí. Las dos debían estar incómodas por sentirse ajenas a tan intenso espectáculo melodramático privado. Les recordaría que esto también les concernía desde que son prácticamente parte de la familia, pero estaba segura que ellas mismas llegarían a la misma conclusión por su cuenta.

– "¿Por qué nunca me lo dijiste antes?" – Interrogó mi madre, rompiendo el silencio.

– "Segundo día de conocernos. Nuestra primera estancia en el departamento que renté." – Contestó él. – "Una mantis religiosa se posó en la ventana y tú hablaste de la guerra que Sparassus libró hace siglos contra las empusas. Tu vehemente desdén por la especie me hizo callar. Perdona, Vera, yo me sentía mayestáticamente feliz contigo; y en ese momento no deseaba arruinar el poco tiempo que tuviera para permanecer a tu lado."

– "No intentes apelar a la exigüidad de días para justificar el hecho que me ocultaste tan importante asunto por veinte años, Jäger."

– "Te mencioné que hubo una mujer antes de ti, ¿recuerdas?" – Respondió papá. – "Sólo reservé el detalle de su origen liminal. No ha habido nadie después de ti, Vera, puedo jurártelo."

– "Pero no comprobarlo." – Retrucó ella.

Mi madre se acercó a su esposo y lo tomó de los hombros, mirándolo fijamente. Yo y las chicas no pensamos que fuera a dañarlo, pero seguíamos alertas.

– "¿Cómo sé que puedo confiar en ti ahora, Helmutt?" – Cuestionó mi progenitora. – "¿Cómo estar segura que no me has mentido en otras ocasiones? ¿O que no lo haces en este momento?"

– "Vera, mírame a los ojos y dime si sería capaz de engañar a la madre de mi pequeña." – Aseveró mi padre. – "Si deseara mentirte, aquello hubiera continuado en secreto. Pero lo develé, porque no podía permitir que mi hija no supiera la verdad." – Prosiguió. – "Tienes razón en desconfiar de mi palabra, no te juzgo por ello, pero jamás pienses que podría llegar al grado de cometer tal infamia hacia tu persona."

– "¿Y tú piensas que te hubiera amado menos si me revelabas que una empusa te tomó primero? ¿Crees que mi orgullo se antepondría a mi corazón?"

– "Tenía miedo de que te fueras si lo sabías." – Replicó él, triste. – "No quería ser menos digno de ti. No soportaría que alguien más se esfumara de mi vida nuevamente; no soy tan fuerte."

– "Ambos sabíamos que tendríamos que separarnos en algún punto al final del día."

– "Sí, pero sería un 'hasta pronto', no un 'adiós' definitivo. Partiríamos por caminos diferentes, pero seguiríamos unidos a pesar de la distancia." – Dilucidó él. – "Me aterraba pensar en que el sueño acabaría tan abruptamente como el primero. Actué mal, lo reconozco, pero lo hice con las mejores intenciones."

– "El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones."

– "Largo y arduo es el camino del infierno a la luz." – Retrucó mi padre, citando a John Milton. – "Todos erramos alguna vez, querida. Sólo así aprendemos de nuestros errores. Y yo he cometido suficientes para no querer repetirlos. Que el estar contigo, con las personas que son más valiosas que mi propia vida, sea mi catarsis y redención."

– "¿Qué garantía tengo para creer que lo que dices es verdad?"

– "Ehre und Treue." – Declaró él, citando el lema nacional de nuestra patria. – "Honor y lealtad, Vera. Somos soldados, guerreros alemanes; la fidelidad es nuestro axiomático adagio existencial. Nunca he dudado de tu palabra, y el hecho que yo aún siga vivo comprueba que en el fondo sabes que confías en mí."

Mi padre tomó con lentitud la mano de su esposa y la volvió a colocar en la marca de mordida en su cuello.

– "Las cicatrices no mienten, amor…" – Recitó él. – "Así como el corazón."

Haciendo gala de su valor como militar, y demostrando su denuedo como tanquista veterano, mi padre le robó un audaz beso a su mujer; lento, parsimonioso, disfrutando cada segundo del éxtasis bucal. Mi progenitora era bastante testaruda y orgullosa, pero aquel ósculo, precedido por las dulces palabras de su marido, atravesaron el pétreo blindaje de la impasible coronel arácnida, concediéndole la victoria al osado ojizarco, firmando la declaración de paz con un discreto gemido de satisfacción. Mi padre no es un donjuán ni un rompecorazones, pero había que reconocer que sabía cómo aplacar la furia de su tozuda cónyuge. Ojalá me haya heredado esa habilidad, me sería muy útil con la rapaz y la segadora.

– "Te amo, Süsser." – Exhaló mi madre al terminar el beso.

– "También te amo, Mau-"

– "Siempre creí que esas marcas en el brazo eran resultado de tu trabajo." – Ella lo miró fijamente, apretando la garganta de su esposo con una mano. – "¿Eso significa que esa empusa te reclamó primero como su esposo, y la engañaste conmigo? ¿Me has convertido en la usurpadora de esta historia?"

Qué efímero es el amor…

– "M-Mausi…" – Se esforzó mi progenitor para responder. – "N-no… puedo… respirar…"

– "Sehr gut." – Le soltó la garganta. Entonces, le apretó la entrepierna. – "Explícate entonces, o te regresas a Alemania como un eunuco."

– "¡Santa Araña patona! ¡Mamá, no exageres!" – Intervine. – "¡Papá dice la verdad! ¡No lo prives de las joyas de la familia!"

– "Descuida, hija." – Replicó ella, sin voltear a verme. – "No le cortaré la manguera; sólo me aseguraré de que ésta no vuelva a esparcir su contenido dentro de grillos calenturientos."

– "Vera, lo escuchaste de la propia boca de mi Dyne: su madre murió cuando ella era una bebé." – Aseguró él, sorprendentemente calmado. – "Técnicamente era un viudo cuando te conocí, así que no pude engañar a Alexandra."

– "Disculpen, siento inmiscuirme en un asunto privado, pero considero que es mi deber avalar el testimonio del señor Jäger." – Cetania alzó un ala. – "Corroboro que nuestra compañera empusa perdió a su matriarca antes de que pudiera formar memorias de ella. La señora Alexandra abandonó este mundo demasiado pronto, y la única evidencia que le dejó a su pequeña fue una fotografía, la cual, desgraciadamente, ya no conserva. Tomando en cuenta la edad que Dyne debía poseer en ese entonces, es factible que la declaración de viudez sea válida."

– "Aún así, le clavó los dientes en su carne, probó su sangre." – Acotó mi progenitora. – "Si eso no marca su unión eterna, entonces no sé que pueda significar."

– "Me temo que no es tan sencillo, Vera." – Fue el turno de Lala, realizando un pequeño ademán de disculpa. – "No cabe duda que las tradiciones de cortejo de las descendientes de Hécate son emuladas por las hijas de Arachne, pero de la misma manera que éstas son una yuxtaposición cultural, también difieren en ciertos aspectos."

– "Ve al grano." – Demandó mi madre.

– "Las empusas son de naturaleza vampírica, y necesitan consumir por lo menos una vez al mes el rojo líquido vital." – Elucidó la peliblanca. – "Considerando que ella se encontraba en un estado poco favorable, casi famélico, como evidencia su ahínco por la degustación de pimientos crudos, la mantis debió tomar la sangre de su marido únicamente para satisfacer su hematófago apetito."

– "Sin contar que el recolectar la hemoglobina de otra persona es un símbolo de confianza para ellas." – Añadió la estadounidense. – "Dyne realizó el mismo acto con su amiga de la infancia, y lo hizo porque había depositado su fe en la amistad que había desarrollado con ésta. Además, Alexandra y Helmutt se unieron carnalmente, procrearon a su retoño; el dejar un par de marcas en la epidermis es lo de menos."

– "La prioridad ahora debería ser que padre e hija recuperen el tiempo perdido y hagan las paces." – Instó la irlandesa. – "¿No es eso parte del honor, no sólo como soldado, sino como familia?"

– "Helmutt no huyó del problema, asumió la responsabilidad de sus actos y ahora intenta remendarlos." – Agregó la falconiforme. – "El volver aquí y haberlo confesado todo, a pesar de arriesgarse a esta clase de represalias, certifican su compromiso y lealtad. Alguien que se queda de pie a encarar la contingencia, que permanece fiel a su convicción, es digno del perdón."

Sonreí visiblemente al escuchar a mis amadas aliarse para defender a mi progenitor. Ellas fueron las heroínas del momento, las verdaderas merecedoras de las medallas y gloria. Él las congratuló silentemente asintiendo la cabeza. Mi madre permaneció muda unos segundos y observó nuevamente a su marido. La mirada en los añiles ojos del tanquista se mostraba con el mismo cariño que había clamado desde que él atravesó la puerta y se hallaron con las rojas joyas oculares de la arachne. Exhalando, reconociendo que una sola coronel no podría ganar la guerra contra la triple entente que formaban su hija y sus dos parejas, mi madre asintió y lo soltó, concluyendo, por fin, la reyerta.

– "Danke, Mausi." – Le agradeció papá a su esposa, juntando su frente con la de ella. – "Ich liebe dich, für immer."

– "Yo también te quiero, Süsser." – Mi progenitora le acarició la barbilla. – "Por eso únicamente dormirás solo en el sofá del hotel por dos días, mientras yo me quedo en el hogar huésped de nuestra pequeña. ¿Verstanden?"

– "Pero…"

– "¿Ver-stan-den?" – Remarcó ella, apretándole la nariz.

– "Jawohl, meine Kaiserin." – Aceptó él, suspirando. – "¿Podemos posponer el castigo para mañana? Quiero pasar más tiempo con ustedes."

– "Sigues siendo un flaco demasiado crédulo." – Rió mamá, dándole un golpecito en la nariz con el dedo. – "No creíste que realmente iba desperdiciar la semana después de todos estos años sin vernos, ¿o sí?"

– "Auch. Me atrapaste, amor." – Respondió papá, tallándose. – "Tú sigues siendo una excelente actriz."

– "Eso sí, no esperes piedad cuando estemos solos." – Conminó mi madre, jalándolo de la corbata. – "Así que consíguete una lavativa y hazte un enema, porque esta noche te voy a poner en cuatro y met-"

– "¡Ehem!"

Interrumpir tan bochornosa plática para recodarles a mis progenitores que nosotras todavía estábamos presentes era cuestión no sólo de privacidad, sino de conservar la sanidad mental. Definitivamente no deseábamos enterarnos de los sicalípticos planes que mis padres tenían reservados para sus momentos íntimos. Con un brillante color carmesí que imitaba al de nuestros rostros, la apenada pareja volteó hacia el lado contrario, seguido de una incómoda afonía. Lo más embarazoso de todo, era que esa clase de descuidos verbales son algo que yo haría. Está comprobado: la torpeza de la familia Jaëgersturm se lleva en los genes.

– "En todo caso, si en verdad es tu hija, aún no entiendo cómo es que ella y Aria nunca notaron algún parecido." – Mamá decidió cambiar el tema. – "Incluso sus amistades debieron percatarse de la consanguinidad."

– "Los cromosomas X son bastante dominantes en las especies monogénero." – Informó la dullahan. – "Ergo, las características físicas hereditarias de la descendencia se basan en casi más del noventa por ciento en la madre, sin importar origen. Incluso de haber sabido con anterioridad el parentesco compartido entre Mo chuisle y Nikos, sería difícil hallar indicios visibles de éste."

– "Pero incluso si las crías son idénticas a sus progenitoras, siempre queda un rasgo distintivo del padre." – Retrucó mamá. – "No puedo explicarlo, pero cada vez que veía a Aria, era como ver una parte de Helmutt plasmada en ella. Y no me refiero a lo obviamente filial."

– "Las orejas." – Injirió la halcón, haciendo a un lado su cabello. – "Las dos poseen orejas bastante humanas comparadas con las usualmente puntiagudas de los liminales, como las mías."

– "¿A qué te refieres, arpía?" – Preguntó mi madre. – "Las mías también lucen humanas. Es un rasgo común en mi familia."

– "Señora Vera, nótese que su hélix y la fosa escafoidea se pronuncian ligeramente de manera triangular." – La castaña señaló entonces las mías. – "Ahora, observe las de Aria; son idénticas a las del señor Helmutt. Si podemos compararlas con las de la mantis, veremos que tengo razón."

– "Tengo varias fotos que tomé durante la fiesta. Podríamos hallar alguna que nos sirva, sin necesidad de molestar a la empusa ausente." – Añadió Lala, mostrando su celular. – "Ah, ésta podría concluir tan exasperante duda."

La peliblanca exhibió una de las tantas imágenes que daban fe al agradable ambiente que se desarrolló durante la celebración del aniversario de Yuuko. Ésta en especial resaltaba por ser una de las pocas donde la mediterránea denotaba otra expresión que no fuera apatía emocional o disgustada abulia. Ella, la americana y yo posábamos para la cámara unidas en un abrazo grupal. Estampa digital de tiempo congelado que capturaba perfectamente la dicha de tres mujeres que jamás imaginaron hallarse reunidas bajo el mismo techo, felices, disfrutando la dicha de encontrarse rodeadas de tan buenas personas. Aunque fuera de manera casi imperceptible, Dyne también se nos unió con la sonrisa en esa ocasión, cuando el flash nos inmortalizó en forma de virtuales pixeles.

– "Hermanas de armas." – Musité, con mueca de alegría. – "Quién diría que lo seríamos de manera tan profunda."

– "Qué…" – Dijo la dullahan.

– "Pequeño…" – Continuó la arpía.

– "Es…" – Prosiguió mi madre.

– "El mundo." – Remató papá. – "Tenías razón, Cetania, las orejas son idénticas."

– "Gracias, suegro. La vista de un halcón nunca se equivoca." – La aludida le guiñó. – "Además, se ahorró una prueba de ADN. Y que le pinchen el brazo con una endemoniada aguja."

– "Ah, ¿tú también? Me alegra no ser el único." – Expresó él. – "Una vez me invitaron a esos masajes chinos de acupuntura, y de no ser porque deseaba que mi amigo me pagara un préstamo que le hice anteriormente, hubiera salido corriendo del local como alma que lleva el diablo."

– "¿Lo ve? Usted si sabe, suegro." – La falconiforme pestañeó rápidamente. – "¿Verdad que soy mejor opción para su niña que esta pitufo?"

– "No pierdes la oportunidad de demostrar tus oportunistas tendencias, ¿cierto, peste alada?" – Recriminó la irlandesa, cruzándose de brazos.

– "Concuerdo." – Agregó mi madre.

Genial, mis temores respecto a la ascendencia de Cetania comienzan a resurgir, y para colmo, mis padres parecen empezar a tomar partidos opuestos respecto a mis amadas. ¿Qué sigue? ¿Una guerra civil?

– "Hey, no se molesten con la pajarita." – Expresó mi padre. – "El mundo es pequeño, ¿recuerdan?"

– "Y ahora parece que todos estamos relacionados." – Opiné. – "Papá, ¿estás seguro que no tuviste una aventura con una rapaz de Montana?"

– "De hecho, me dijo que era de Arizon-¡Argh!" – Él se detuvo al sentir las garras de su esposa en su entrepierna. De nuevo. – "¡Vera, es broma, es broma! ¡Suéltame por favor, querida!"

– "Escúchame bien, Helmutt. Primero, nada de tonterías." – Aseveró ella, sosteniéndole las gónadas. – "Y en segunda, bien, aceptaré que ese grillo, para bien o para mal, es tu vástago, pero no esperes que me sienta a gusto junto a ella, que intente crear amistad; o peor, que la trate como si fuera mi hija. Sólo tengo una, y es una gloriosa arachne como su madre, ¿verstanden?"

– "Bueno, mamá, tampoco es que tú me hayas tratado muy bien que di-¡Gah!" – Fue mi turno de experimentar el apretón de la otra garra materna, en mi cuello. – "¡¿L-lo ves?!"

– "Y tú, Töchterlein, no insistas en que haga las paces con esa tal Dynos Nicols."

– "D-Dyne Nikos." – Corregí, luchando por encontrar aire.

– "Lo que sea. Tampoco le otorgaré nuestro apellido; ninguna empusa cargará jamás con nuestro legado." – Nos soltó a ambos. Suspiró. – "Sigo sin estar de acuerdo esto, empero, tampoco es que tenga remedio. Al final, la vida sigue con o sin nosotros."

– "Pero mientras estemos juntos, siempre nos moveremos hacia adelante." – Acotó mi padre, sonriéndole a pesar de que le dolían sus partes nobles. – "¿No lo crees así, Mausi?"

– "No seas tan cursi, Süsser." – Mi progenitora lo hizo a un lado, juguetonamente. – "Y deja de tallarte, que ni te los apreté tan fuerte. Además, no seas cochino, que no están viendo."

– "Perdón, no era mi intención, Pero lo dices sólo porque no conoces el sufrimiento de un hombre cuando atacan a sus amigos de toda la vida, Mausi." – Replicó él. Se volteó a ver a mis novias y les hizo una reverencia. – "Y bueno, les agradezco por su apoyo, chicas. Sé que se sienten ajenas a todo este asunto, pero desde que Aria las eligió para hacer su vida junto a ustedes, también se han vuelto parte de esta familia. Me siento honrado de llamarlas nueras."

– "El sentimiento es mutuo, señor Helmutt." – Lala regresó el gesto. – "Nos halaga al concedernos tan espléndido honor. Y aseguramos que nuestro proceder, respecto a respaldar su testimonio, no se debieron a un gesto impuesto por nuestro deseo de agradarle al progenitor de la mujer que amamos, sino un acto voluntario por probar la inocencia de un hombre honorable."

– "She's right, mister Helmutt." – La halcón también reverenció. – "Además, si me permite agregar algo personal, tanto la dullahan como yo crecimos en ambientes familiares bastante fracturados. Ergo, y afirmo con seguridad, no podíamos dejar que un malentendido destruyera un matrimonio que el tiempo y las circunstancias trataron de socavar. Las familias deben permanecer unidas, es lo correcto."

– "Y encima de todo, poseen un noble corazón." – Sonrió mi padre. – "Por eso sé que Aria hará lo mismo con ustedes y no permitirá que se separen. Sinceramente, lucen mejor cuando están juntas."

Manifesté lo que mi padre había enunciado rodeando a ambas chicas con mis brazos (la irlandesa se tuvo qué acercar porque el izquierdo estaba vendado) y les di un besito rápido en los labios. Necesitábamos esto, un descanso que nos permitiera respirar nuevamente, alejando los tensos humos de la discordia. Y lo mejor, la dicha de disfrutar en familia seguía brillando tan fulgurante como la corona solar del astro rey. Excepto que aún faltaba un miembro importante de este inusual y variopinto clan: Dyne. No debía olvidar que ahora tenía una consanguínea, que también fungía como mi compañera de trabajo y una persona en quien podía confiar mi propia vida. Más que nunca, era imperativo que tratara de afianzar nuestros lazos, de acercarnos; no sólo como parientes, sino aliadas.

Después de todo, compartíamos algo más que los genes.

– "Iré a ver a mi hermana." – Me incorporé. – "Necesita alguien con quien hablar."

– "¿Quieres que te acompañe, flaca?" – Preguntó la castaña.

– "Gracias, Süsse, pero conmigo basta. Descansa y platica con la familia." – Besé su frente. Le di otro ósculo a la peliblanca. – "Tu también, Spatzi. Recítales el chiste que contó Mio en la fiesta, ¿vale? Ya vuelvo."

– "Te espero, A chuisle." – Asintió ella.

– "Espera, Aria." – Me detuvo mi padre.

Metiendo su mano dentro una de las bolsas de su saco, mi progenitor reveló una pequeña caja blanca y me la entregó. No necesité preguntarle cuál era el contenido, yo sabía muy bien de qué se trataba.

– "Planeaba dártelo a ti, pero le pertenece a ella después de todo." – Dijo el soldado. – "Perdona de nuevo por todo esto. Espero no haya arruinado su amistad."

– "Tranquila, papá, estaremos bien." – Le sonreí, guardando la caja. – "Quizás Dyne se muestre bastante ermitaña y poco sociable, pero sé que en el fondo ella también está feliz de tener una familia."

– "Estoy seguro que ella hubiera querido una mejor."

– "Ya lo somos, papá." – Afirmé. – "Porque no la dejaremos sola."

Guiñándole, me retiré en busca de mi consanguínea. Conocía lo suficiente a la mantis, sabía que ella regresaría a la habitación contigua porque había pasado una semana ahí, y eso le daba una sensación de seguridad. Es lo que yo hubiera hecho. Llegué a mi destino y pensé en tocar la puerta, pero me detuve al recordar que nadie contestaría. Cerciorándome de no intranquilizar a la mediterránea, giré la perilla y lentamente abrí la puerta. Ahí contemplé la silueta de Nikos, transparentada a través de la persiana instalada a lado de su cama designada. No hizo movimiento alguno cuando escuchó la puerta abrirse, o a mis ocho quitinosas extremidades hacer su sonido característico, manteniéndose inerte.

Parsimoniosamente me acerqué a ella, con el corazón latiéndome conforme la distancia entre ambas disminuía. Avancé un poco más, hasta que alrededor de ciento cincuenta centímetros delineaban la invisible frontera entre la estabilidad y el caos. Me detuve antes de continuar arriesgando a romper la tensa tranquilidad reinante. Bastaron unas pocas horas para que regresáramos al punto de partida, cuando recién éramos novatas desconocidas, con más improperios intercambiados que palabras de amistad. Paradójica metáfora de cómo de repente me sentía tan lejos de ella a pesar de la cercanía.

Asentándome en suelo, esperé a que las manecillas transcurrieran su camino. Hacía un hermoso día afuera, y aunque no podía verla claramente detrás de la persiana, supe que Dyne se mantenía observando su ventana, en silencio. Pensé en quebrar tal afonía e intentar empezar a zurcir nuestras discrepancias con diálogo, pero desistí; sólo debía concederle más tiempo. Esperé dos, cinco, diez minutos, sin obtener otro sonido de ella que no fuera su respiración. Yo era paciente; lo sería el tiempo que fuera necesario. Nada me haría retirarme de su lado.

– "Yo nunca he sido nadie." – Habló ella de repente, sin dejar de observar al exterior. – "Desde que tengo edad para retener memorias, no recuerdo que alguna vez fuera realmente lo que creía ser. Una herramienta; una amiga; una criminal; una policía. Distintas facetas, diferentes máscaras; todas falsas, irreales. Cada vez que me acostumbraba a mi vida actual, algo nuevo aparecía y echaba todo aquello abajo, demoliendo aquellos castillos de aire erigidos en efímeras nubes que se disipan tan rápido como se forman. Ayer era griega, hoy soy italiana. Hace veinticuatro horas yo tenía a nadie en el mundo, ahora poseo un padre y una hermana alemanes.

¿Qué sucederá mañana, o después? ¿Seguiré siendo la elogiada agente que ayudó a evitar que una ciudad quedara destrozada? ¿O los fantasmas del ayer regresarán para atormentarme, exponiendo mi oscuro pasado? Cada vez que lo entierro, creyendo que puedo mirar hacia adelante, otra parte de éste resurge, y el insaciable uróboros existencial regresa al punto de partida para seguirse devorando a sí mismo. Al final, me di cuenta de la triste realidad: en verdad soy nadie.

Y por el bien de todos, es mejor que así sea."

Silencio.

La última frase fue pronunciada con un tono que mantenía la impasibilidad, pero dejó escapar un minúsculo índice de arrepentimiento, delatando su verdadero sentir. No respondí, opté por continuar en mi sitio. La afásica atmósfera había regresado y el encuentro que yo había imaginado jamás llegó a materializarse, quedando en otro ejercicio de insistente inopia. El orgullo innato de su especie era opacado por la terquedad que le imponía su propio sentimiento de culpa, obligándola a recitar tan cortantes declaraciones. Podía retirarme y dejarla a solas, esperando a que nuestra ausencia le hiciera recapacitar y serenar su impetuoso ostracismo auto-impuesto, como Edipo se arrancó los ojos para no ver más sus errores.

Pero no iba a quedarme de brazos cruzados.

Suspirando para mis adentros, me atreví a cruzar la pared imaginaria que había entre nosotras y recorrí las persianas hacia un lado. Nikos, cabizbaja, volteó a verme, exhibiendo una solitaria acuosidad de verdes reflejos en la comisura de su único globo ocular. Silentemente, regresó la mirada a la ventana. No objetó al verme acercármele hasta quedar a su lado, donde permanecí alrededor de un minuto con los labios sellados. Ahí, tomé la albugínea caja y, sin que ella opusiera resistencia, tomé su mano para depositar el paquete en ésta. Ninguna habló, y ella parecía no estar interesada en revisar su contenido, pero la curiosidad era más fuerte que su falsa indiferencia y decidió echarle un vistazo.

– "Eres Dyne Nikos." – Rompí el silencio mientras ella observaba el contenido. – "Hija, hermana, heroína."

Tentando a la suerte, pero con la convicción brillando en mis globos oculares, me acerqué a la pelinegra y le di un pequeño beso en la frente. Ella persistió inerte en su asiento, reaccionando con un ligero gesto de sorpresa. Con eso pasé a retirarme, pero la mano de la italiana se asió a mi brazo vendado antes de salir fuera de su alcance. Lentamente, sin quebrar tal unión, retrocedí hasta hallarnos frente a frente. La miré a su único ojo, tan verde como una esmeralda, humedecido y tembloroso; una faceta que la milanesa únicamente mostraba en el más elusivo momento de intimidad. Y ahora lo exhibía porque sabía que se encontraba con una persona de confianza, que no cambiaría de opinión respecto a ella ni le haría daño en sus instancias más vulnerables.

Nos abrazamos.

Un gesto honesto que sosegaba al corazón y purificaba al alma. La mediterránea había desactivado sus defensas y me otorgaba el privilegio de entrar en el círculo más personal de su ser. Ahora que se nos había iluminado respecto a nuestro compartido linaje, aquel achuchón llevaba más peso que cualquier otra clase de acercamiento que hubiéramos tenido con anterioridad. En otras palabras, el disfrutar de un inocente y sereno momento entre hermanas era una catártica apoteosis. Acaricié su sedosa cabellera bruna al sentir la calidez de sus lágrimas empapar mi atavío de hospital, dejándole expulsar todo lo reunido junto a su plañir. Ella lo requería, y yo también.

– "Alexandra." – Dijo ella al separarse.

– "¿Eh?"

– "Ese será mi nombre." – Reiteró. – "Dyne Alexandra Nikos."

– "Me gusta." – Sonreí. – "El nombre de un conquistador para una valiente guerrera."

– "Trataré de ser lo suficientemente digna para honrar a las mujeres que lo ostentaron." – Aseveró. – "Espero estar a la altura de enaltecer tan veneradas memorias."

– "Lo estás." – Coloqué mi mano en su hombro. – "Tu madre y Olympia estarían muy orgullosas de ti. Papá lo está, y yo también."

– "Gracias, Aria." – Una mueca de felicidad se dibujó en su rostro, y un ligero rubor invadió sus mejillas. – "Eso no significa que vaya a tratarte mejor. Sigues siendo una patata torpe, pervertida e insoportable."

– "Y tú un pimiento amargado y fastidioso, pero eso es lo que me agrada de mi adorada hermanita."

– "No me digas así, soy mayor que tú."

– "Pero soy sargento primero." – Retruqué.

– "Me vale un pepino. Y deja de resaltar tanto nuestro parentesco, que aún no se me olvida ese condenado beso, araña degenerada."

– "¡Agh, ni me lo recuerdes!" – Esbocé un mohín y sacudí mi cabeza. – "Olvídalo, ¿al menos te pondrás el collar?"

– "No, lo mantendré tan perfectamente conservado como se encuentra." – Replicó, guardando la prenda. – "Significa demasiado como para arriesgarme a extraviarlo o dañarlo. Ya perdí a mi madre, no quiero quedarme sin su único recuerdo." – Suspiró. – "Simijo. Este día ha sido más pesado que combatir a esa dragona."

– "Dímelo a mí." – Asentí. – "¿Quieres que te deje descansar, Ale?"

– "No, voy a buscar mi ropa y a pedir que me den de alta." – Hurgó los cajones a lado de su cama. – "Ya me cansé de este maldito olor a alcohol esterilizado y la insípida comida precalentada."

– "Tienes toda la razón, grillita." – Exhalé. – "Ya extraño los platillos hogareños, el bullicio del dúo plumitas-gelatina, las reyertas verbales entre Miia y Rachnera, sin contar el reposar en un colchón que no me haga sentir paciente de tortícolis crónica."

Familia. Esa era la palabra que lacónicamente describía este alocado día. Ya sea un simple hogar huésped o la repentina aparición de seres queridos, una no podía negar el importante papel que representaba la unión de diferentes miembros compartiendo un mismo enlace sentimental en común. Sonriendo, y con los ánimos despertados, estiré mi mano y se la ofrecí a la empusa.

– "Ven, hermana." – Le dije. – "Vamos a casa."


NOTAS DEL AUTOR: Y así concluye este corto arco, con un final aún más meloso que las telenovelas de la televisión. Sólo me faltó la música dramática de stock y que una rosa blanca apareciera a lado de Dyne. Pero luego me demandan por plagio.

En fin, sé que la historia de Helmutt revela demasiadas coincidencias durante su encuentro con la empusa mayor, pero como siempre digo, esa es parte de la filosofía que permea al relato. Y por si aún se lo preguntan, sí, Dyne es el resultado de esa noche de pasión entre Helmutt y Alexandra. Y aunque nuestros personajes no lo hayan podido comprobar, Nikos llegó al mundo en la ciudad natal de su madre, Milán; haciéndola efectivamente italiana. (O italo-germana, para ser más específicos)

De todas maneras, será de ustedes el veredicto final de este episodio, el cual pueden hacérmelo saber en forma de reseña, las cuales siempre son bienvenidas. Y en el caso de los lectores anónimos, los invito también a registrarse y dejar sus comentarios, así podré contestarles con mensajes personales. No me gusta la idea de andar contestándoles públicamente a los lectores en las historias, yo valoro la privacidad que mis seguidores merecen. Sé que también merecen leer algo más digno que mis tonterías, y por eso les recomiendo las historias de los otros miembros del grupo Los Extraditables, a quienes les envío un saludo por su eterno apoyo.

¡Nos vemos hasta la próxima, misma hora, mismo canal! ¡Los dramas televisivos son mejores con chicas monstruo! ¡Auf Wiedersehen!