NOTAS DEL AUTOR: ¡Y que estamos de vuelta!
Episodio cortito, pero muchas cosas que suceden en tan poco espacio de tiempo. Recuerden, no importa el tamaño, sino cómo lo usen.
¡No, no estoy implicando nada! ¡Dejen de reírse y comencemos de una maldita vez!
Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena les recuerda que su biografía oficial se encuentra disponible en la Universidad de Miskatonic! ¡Sólo busquen el signo amarillo!
NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE
CAPÍTULO 64
– "¿Segura que no quieres quedarte, Schwesterchen?"
– "Debo entrenar cuanto antes si deseo ser de utilidad para cuando regresemos."
– "¿Cuántas veces debo repetirte que son vacaciones y aún estás en recuperación?"
– "Una no mejora haciendo nada, Jaëgersturm."
– "Típico de ti, trabajólica." – Reí tenuemente. – "Escucha, mañana tenía planeado salir a pasear con Lala y Cetania. ¿Quieres venir?"
– "Lo siento, planeo seguir adiestrándome los próximos días." – Disintió con la cabeza. – "Tendré tiempo para el ocio cuando visitemos el onsen."
– "Me sorprende que no lo hayas rechazado también." – Afirmé. – "Es decir, ¿quién querría estar en un ambiente propicio para que esta degenerada dé rienda suelta a sus sicalípticas tendencias híper-sáficas?"
– "Mi deseo de disfrutar mi merecida recompensa, mimando a mis músculos bajo los deíficos efectos de las aguas termales, es superior a mi aversión hacia tu obscena actitud." – Respondió. – "Además, no iba a rechazar un obsequio de la capitana, especialmente desde que fue cubierto con mis propios fondos."
– "Casi me convences, Pepperoni, pero he aprendido a distinguir las sutiles inflexiones de tu voz, y sé cuando estás mintiendo." – Le aseguré. – "¿Por qué no aceptas que deseas pasar más tiempo con tu hermanita y tu futura cuñada?"
– "Porque esa eres tú hablando, no yo, Potato." – Retrucó, cruzándose de brazos. – "Y no me llames Pepperoni. No fue gracioso antes, y no lo será ahora."
– "Amargada." – Mascullé, torciendo la boca. – "Pero admite que tengo algo de razón, pimientín. Ya no eres la ermitaña princesa de hielo que no salía ni para asolearse."
– "Es verdad que he laxado mi usual adustez desde que compartimos mayor tiempo juntas. Lo cual es un gran logro, con lo insoportable que eres." – Declaró. – "Pero eso no significa que me halle extática por el prospecto de mayor tiempo en compañía suya."
– "¿Entonces por qué decidiste venir, en primer lugar?"
– "Comida gratis, ameritadas ovaciones y una ingeniosa justificación respecto a mi degradación de rango." – Contestó. Ahí, se tornó un poco cabizbaja. – "Además, deseaba conocer un poco más de mi difunta madre."
– "Lo siento."
– "No es que pueda hacer algo ya." – Disintió lentamente, suspirando. – "Bien, me despido ya. Agradéceles de nuevo a todos por su amabilidad. Ci vediamo."
Ella se dio la vuelta y emprendió la marcha hacia la salida. Antes que la empusa atravesara el marco de la puerta, la tomé de la mano y, con un ligero movimiento, la atraje hasta pegarla hacia mí. Con suavidad, la rodeé con mis brazos y planté un tierno beso en su cabeza, palpando bucalmente la sedosidad de su bruna cabellera. No era sólo una emotiva reacción por la mención de su progenitora, sino un honesto gesto por el enorme aprecio que le tenía a aliada y mi consanguínea.
– "Gracias por venir. En verdad lo aprecio." – Hice el abrazo aún más fuerte. – "Te quiero, hermana."
– "De acuerdo, de acuerdo, ya entendí." – Intentó liberarse. Sentí una ligera caricia en la espalda. – "G-gracias."
– "Bitter sehr, Dyne." – Mimé la suya también. – "Nos vemos en tres días entonces, Ale. Cuídate."
– "Tú también." – La escuché susurrar. – "Ciao."
Ostentando un rubor carmesí en su mediterráneo rostro, con paso presuroso la mantis se encaminó hacia la limusina que Meroune aún mantenía reservada para los invitados. Por un infinitésimo nanosegundo, fui capaz de atisbar una sutil mueca de felicidad en la pelinegra antes de que abordara el vehículo. Ya adentro, el transporte aceleró raudamente, delineando el camino en dirección a la base de MON, resplandeciendo con el manto ligeramente naranja de la tarde. Nikos prescindía con mayor periodicidad de ese hosco antifaz de circunspección, dejando ver a la verdadera persona debajo de la máscara, aunque sabía que esa aspereza era parte indeleble de su indómito ser.
Y al final, eso era lo que la hacía tan única.
Riendo tenuemente, cerré la puerta y regresé a la sala. Al igual que mi hermana, yo esbocé una sonrisa en mis labios. Había muchas cosas por las cuales sentirse perfectamente bien ese día. Cetania, con su ala ya mejorada, se hallaba en una reñida disputa con el dúo plumitas-gelatina por el primer lugar en las carreras virtuales; mis progenitores disfrutaban de un buen té mientras mi padre relataba a Kimihito y las inquilinas sobre la integración liminal en Alemania; y Lala, quien también escuchaba, me ofrecía una dulce mirada llena de cariño, invitándome tácitamente a acompañarle, obedeciendo yo con gusto. Besando sus labios, me asenté a su lado, sintiendo el agradable calor de su suave cuerpo recostarse contra mi arácnida figura.
Definitivamente era un día para sentirse bien.
– "¿En verdad soportó veinte años solo, señor Jäger?" – Interrogó Rachnera. – "Es decir, ¿no intentó siquiera conocer a otras mujeres?"
– "Rachnee-sama, no haga tal clase de bochornosas cuestiones a nuestro invitado, por favor." – Le instó Lorelei. – "Su esposa podría enfadarse."
– "Es una cuestión legítima, Mero." – Acotó la tejedora. – "No es que ponga en duda la lealtad de un soldado, pero no me extrañaría que alguna vez haya considerado el poner fin a su soledad, al menos hipotéticamente."
– "¿Tú le serías infiel a tu pareja, Rachnera?" – Preguntó Centorea, cruzada de brazos.
– "Lo consideraría si llevara más de una década sin saber de ésta; sin tener la certeza de que volvería a encontrarla en la vida." – Replicó la arachne. – "Además, es gracias a la infidelidad que llegaste a este mundo en primer lugar, ¿o me equivoco, señorita con padre humano?"
– "¡E-ese no es el punto!" – Contestó la centáuride, ruborizada. – "La fidelidad es un axioma importante del amor, y creo que debe ser respetada. Creí que pensabas lo mismo."
– "Y lo hago, Cerea." – Aseveró la tejedora. – "Soy tan devota a mi Querido como tú y el resto de esta casa, rubia, nunca dudes del honor de una arachne."
– "No es lo que parece con tales declaraciones." – Opinó Miia.
– "Dije que consideraría la posibilidad, no que sería lo primero que haría, gusanita." – Arguyó Rachnera. – "No traten de usar mis palabras para volverme la mala. Después de todo, no fue mi madre la que intentó raptar a nuestro casero."
– "¡Eso es jugar sucio, garrapata!" – Siseó la lamia. – "¡Por lo menos no intenté ahogarlo, como la loca de Mero!"
– "¡Miia-san!" – Protestó la sirena.
– "¡Ehem!"
Kimihito las interrumpió tosiendo con fuerza. Las belicosas integrantes de su clan cesaron inmediatamente la trifulca y ocuparon sus asientos civilizadamente. Kurusu no será un apotegma de liderazgo, pero ha aprendido la manera de imponerse ante las combativas filas de su harem.
– "Chicas, le pediré que guarden la calma frente a nuestros invitados." – Dictó calmadamente el pelinegro. – "Rachnee, sé que tu curiosidad es legítima, pero me parece que son cuestiones personales que el señor Helmutt se reserva para él mismo."
– "No tengo problema alguno en responder, Herr Kurusu." – Injirió mi padre. Aclaró su voz antes de proseguir. – "Le concedo que usted posee el privilegio de la razón, Fräulein Arachnera. Admito que después de que el país se estabilizara y yo me encontrara nuevamente en las filas de la Bundeswehr, llegué a ponderar la probabilidad de encontrar a una mujer que me subsanara el vacío en el corazón. Y con nuestra política más abierta respecto a liminales, no habría problema en hallarla. Sin embargo, por muchas posibilidades que estuvieran a mi alcance, la huella que Alexandra y Vera dejaron en mí es irremplazable. Lo escucharon antes, lo sé, pero no me canso de repetirlo. Además, yo sentía… bien…"
– "¿Sí, Helmutt?" – Preguntó mi madre, esperando respuesta.
– "Bueno, después de que Alexandra se fuera, y tú también partieras, querida, sinceramente no me sentía con suficiente confianza para intentarlo en una tercera ocasión." – Reveló, suspirando. – "Supongo que tenía miedo de volver a quedar con el corazón roto."
– "Todos tememos a ser heridos, incluso si no es la intención de la otra persona el hacernos sentir de esa manera." – Opinó Lala. – "Aún así, usted lo soportó dos veces."
– "Así es, aunque fue bastante difícil." – Asintió. – "Desde pequeño era tímido, introvertido; difícilmente podrían imaginarse que eventualmente sería el hombre que ven ahora. Pero todo ese retraimiento desaparecía cuando me encontraba junto a las damas que amé. Ellas son la razón de que me atreviera a desafiar las reglas, a liberarme de los grilletes del miedo y dar el salto de valentía para recobrar la confianza que el hijo de un militar debería poseer. Ambas mujeres fueron como un milagro para mí, mis catalizadoras primordiales para moverme hacia adelante… y ninguna otra se le podría comparar."
Él sonrió.
– "Por eso fui capaz de mantenerme firme en mi promesa de continuar esperando." – Declaró, alzando su vaso de té. – "Cualquier otra relación posterior jamás podría superar a las anteriores; y sinceramente, yo quiero únicamente lo mejor."
– "Helmutt..." – Musitó mi madre, abrazando a su marido. – "Ich liebe dich."
– "Esa es la actitud, señor Jäger." – Sonrió Rachnera, alzando su bebida. – "Un brindis por los leales a su palabra. ¡Kanpai!"
Nos unimos en el ofrecimiento y bebimos de nuestro té para celebrar. Mi padre volvía a dejar en evidencia el honor militar de nuestra familia, expresado por su sempiterna fidelidad a sus seres queridos. Yo, aunque no había pasado por una prueba tan larga y extenuante como la de mi progenitor, conocía lo difícil que es la devoción hacia nuestros votos, lo fácil que es caer en la tentación de rendirse y terminar traicionando a nuestra propia persona. El hipotético Mefistófeles se manifiesta de diversas maneras, y sólo un alma férrea es capaz de soportar el asedio de tan seductor embaucador. Por suerte, los alemanes somos bastante resistentes.
– "Vaya, pronto serán las ocho de la noche." – Dijo Kimihito, revisando el reloj de la sala. – "Deberíamos empezar a preparar la cena."
– "Pero no tiene mucho que comimos, Cariño." – Señaló la lamia, apuntando a su estómago. – "Además de que quedamos bastante satisfechas, como siempre."
– "No querrás que subamos de peso, ¿o sí, Querido?" – Injirió Rachnera. – "A menos que las mujeres llenitas sean tu fetiche."
– "En ese caso, Miia-san es quien lleva aventajada delantera." – Comentó una inesperadamente mordaz Meroune, bebiendo tranquilamente su té.
– "¡Mero!" – Protestó la ofidia pelirroja.
– "Mero-sama…" – Musitó Centorea, con la mano en la boca.
– "No te conocía ese lado, socia." – Sonrió la tejedora. Chocó manos con ella. – "Très bien."
Antes que pudiéramos cuestionar la sorpresiva actitud de la heredera del reino Neptune, un pequeño rugido nos distrajo, haciéndonos voltear al unánimemente en su dirección.
– "Esposo, tengo hambre." – Habló Papi, tallando su pancita. – "¿Hay más de esa sopita de letras? Suu también quiere."
– "Claro, Papi, en un momento estará." – Le sonrió el muchacho. – "Señora Vera, señor Helmutt, ¿se quedarán a cenar?"
– "Le agradecemos la invitación, Herr Kurusu, pero no quisiéramos seguir abusando de su hospitalidad." – Replicó mi madre, incorporándose. – "Yo y mi marido nos regresamos al hotel. Tenemos muchas cosas de qué hablar."
– "Concuerdo con mi esposa, hay mucho tiempo qué recuperar." – Se le unió mi padre, levantándose de su asiento. – "Se hace tarde, y sinceramente nos hace falta un descanso después de este día tan agitado."
– "Entiendo." – Asintió nuestro casero, comprensivo. Les ofreció la mano. – "Bueno, nos vemos entonces, amigos. Cuídense. Y recuerden, mi casa es su casa; siempre serán bienvenidos cuando quieran."
– "Apreciamos su bondad, Herr Kurusu." – Mi progenitora la estrechó. – "Siempre estaremos agradecidos por cuidar de nuestra hija."
– "Si usted o sus inquilinas necesitan algo, no duden en contar con nosotros." – Secundó mi padre. – "Gracias a todos por sus atenciones. Y les deseo suerte en su futuro."
– "¿Eh? ¡Ah, sí! Je, gracias." – Rió tímidamente Kimihito, aún nervioso por lo de su harem. – "Sé que debes parecerle osado algo así, pero es algo que deseo cumplir al pie de la palabra. Todas merecen ser felices."
– "Hey, yo y mi hija te apoyamos en esto, compañero." – Le guiñó papá, rodeándole el cuello con el brazo y acercándose a su oído. – "Y recuerda que una arachne, por muy dominante que sea, se comporta bastante sumisa si las tratas de la manera adecuada."
– "Oh, ya veo. Gracias por el dato, señor Jäger." – El chico miró hacia ambos lados antes de proceder. – "¿Cuál es la más efectiva?"
– "Tállale debajo de su abdomen arácnido, cerca de su entrada trasera. Son muy sensibl-¡Ay!"
– "Helmutt, no le quites más el tiempo a nuestro anfitrión." – Mi madre jaló de la oreja a su marido.
Ella volteó a vernos, haciéndonos ademán de acercarnos.
– "Töchterlein, Lala, ya nos vamos."
– "Aww, quería que se quedarán a cenar." – Me acerqué, abrazándolos a ambos. – "Cuídate, mamá; tú también, papá. Gracias por venir."
– "Tú también, hija." – Mi progenitor besó mi mejilla. – "Te queremos mucho."
– "Recuerda que siempre estaremos orgullosos de ti." – Dijo mi madre, acariciando mi espalda. – "Sigue demostrando el honor de nuestra familia." – Ahí, abrazó a la dullahan. – "Y tú también, Lala. Cuida bien de nuestra pequeña."
– "Es mi misión principal en mi sempiterna existencia, Vera." – Respondió la irlandesa. – "Y la cumpliré con mucho gusto."
– "Sabemos que lo harás, Lala." – Fue el turno de papá. – "Cuídate. Y sabes que puedes llamarnos suegros."
– "¿Tienen planes para mañana?" – Pregunté. – "Deseaba salir de paseo con las chicas. Así conocerán más la ciudad."
– "No hija, tu padre y yo pasaremos tiempo juntos." – Replicó la coronel. – "Ustedes dos también deberían, que la vida da demasiadas vueltas y no sabemos lo que nos depara el mañana."
– "Y solamente la fuerza del amor nos proveerá de fuerzas para hacerle frente." – Acotó Cetania de repente, acercándose a nosotros. – "Estoy segura que usted sabe de qué hablo, Vera."
– "¿Qué quieres decir, arpía?"
– "Que amar significa que por más lejos que nos encontremos, siempre estaremos juntos." – La rapaz le guiñó a mi padre. – "¿No es así, suegro?"
– "Muy ingeniosa metáfora, pajarita. Y muy cierta." – Sonrió él, asintiendo con la cabeza.
– "Elocuente." – Dijo mi madre, sin ocultar su sarcasmo. Agachó su cuerpo. – "De acuerdo, hora de irnos. Helmutt, súbete."
– "Un momento, Mausi." – Mi progenitor se despidió de la falconiforme, abrazándola. – "Gracias por proteger a Aria, Cetania. Siempre serás parte de esta familia. Cuídate, yerna."
– "Gracias, suegro. Usted cuídese también." – Replicó la halcón. – "Especialmente de su esposa."
– "Sobre todo esta noch-¡Agh!"
– "Que te subas, dije." – Mi madre lo tomó del cuello de la camisa y lo alzó hasta depositarlo en su tórax arácnido. – "Nos vemos en unos días. Auf Wiedersehen."
– "¡Un momento, señora Jaëgersturm!"
La voz de Rachnera detuvo el caminar de mi progenitora. La tejedora traía consigo una caja de color rosado, sellado con un lazo negro, sin ninguna pista de su contenido más allá de las iniciales GS. Mi congénere se la entregó a la veterana arachne.
– "Un obsequio de parte mía y mi socia Meroune." – Declaró Arachnera. – "Nuestro modelo más reciente del exclusivo catálogo de Grandeur Silk. Sólo para usted."
– "¿Es lo que pienso que es?" – Preguntó mamá.
– "Así es. Confieso que su creación no fue sencilla porque deseaba que fuera sorpresa, así que no solicité sus medidas exactas en ningún momento." – Explicó la tejedora. – "Sin embargo, tomando en cuenta su físico y estatura, puedo asegurar que usted y yo compartimos tallas similares, así que partí de las mías como base."
– "Me halagas al decir que tengo el cuerpo de una joven." – Rió tenuemente mamá. – "Aún así, ¿crees que me quede?"
– "Los hacemos elásticos para ajustarse a cualquier figura, sin que eso los vuelva incómodos, o pierdan su fino diseño."
– "La calidad esperada de nuestra especie." – Le ofreció la mano. – "Danke schön, Rachnera."
– "Su esposo será quien le agradezca." – Le guiñó. – "Satisfacción garantizada o le devolvemos las pasiones despertadas."
Con otra risa y una reverencia, mi progenitora se despidió de nosotras, abordando la limusina que esperaba por ella y su marido. El transporte privado, que regresaría una vez alcanzado los pasajeros su destino, se alejó por las calles vagamente resplandecientes con los últimos destellos de Helios y las primeras iteraciones de la iluminación artificial. Pero al contrario del horario para seguir disfrutando de la luz del astro rey, Rachnera aún no había finalizado, y nos pidió a las tres que aguardáramos en nuestro lugar. Acatando su solicitud, esperamos unos momentos y luego la vimos regresar con dos cajas, similares a la anterior. Me otorgó una a mí y otra a la americana.
– "Ahora entiendo por qué tocaste el tema de la ropa cuando platicaste conmigo en la fiesta, tejedora." – Comentó la nativa de Montana. – "Me sacaste toda la información de mis medidas, y yo sin saberlo."
– "Un pequeño recordatorio de que siempre hay que estar alertas, pajarita." – Sonrió jactanciosa Rachnee. – "Pero al menos me lo agradecerás cuando este regalo cumpla su trabajo."
– "Prefiero hacerlo ahora." – Le ofreció el ala. – "Thanks, Rach. Much appreciated."
– "You're welcome." – La arachne me miró entonces. – "Éste es para tu hermana, cazadora. Considero que sería mejor si su consanguínea se lo entrega personalmente, en privado. El viaje al onsen será la ocasión perfecta para ello."
– "Me leíste el pensamiento." – Cerré la caja y amarré nuevamente el listón – "Danke, Rachnee; sé que apreciará tus buenas intenciones."
– "Hmm, siempre tuve curiosidad, Rach." – Habló la estadounidense. – "¿Nunca sentiste aversión hacia las empusas? ¿U otra especie?"
– "Si yo y Aria somos pruebas fehacientes, la enemistad entre liminales parece más un aspecto cultural que instintivo." – Arguyó la tejedora. – "No he sentido necesidad de entablar trifulcas con otros individuos sin razón alguna, y el convivir en esta morada me ha enseñado que prefiero llevar tan pacífica visión en mi vida."
Y en mi caso, hubiera expresado yo, simplemente nunca hallé lógica en imbuirme con el genocida sentimiento hacia las mantis que mi nación exudaba en su primordial esencia. La guerra, el pilar fundamental de nuestra cultura, había cesado siglos atrás, y el mundo se había trasladado hacia un futuro menos dependiente de los conflictos bélicos. Afianzarse a una arcaica tradición de odio hacia un enemigo que ya ni siquiera existía en ningún rincón de nuestra sagrada tierra era un vano ejercicio de inopia que únicamente envenenaba nuestra propia mente. Sin contar que comportarme con el mismo racismo de mi difunta abuela era lo que menos deseaba hacer.
– "¿Pero qué hay de ti, halcón? ¿Tu estirpe odia a otras liminales?" – Cuestionó Rachnera. – "¿Es la rivalidad con nuestra chica del Éire algo más allá de la competencia sentimental?"
– "Nah, es porque esta enana no me cae bien." – Le sacó la lengua a la dullahan. La aludida únicamente respondió con un mohín de fastidio. – "Pero respecto a lo otro, sí, las rapaces solemos ver a especies derivadas de animales de presa como potenciales capturas. No podemos evitarlo. Conejos, ratones, lagartijas, peces, incluso otras arpías de menor tamaño; todas solían ser parte de mi menú disponible como ave cazadora. Y sólo era una ozuye de segunda clase en mi tribu; las de primera no tenían miedo de enfrentarse a especies más grandes, como osos, bisontes, o alguna infortunada loba."
– "¿Alguna vez llegaste a quitarle la vida a una?" – Interrogó la peliblanca, no de manera acusadora, sino con genuina curiosidad.
– "No, segadora, yo me conformaba con sus versiones animales." – Contestó la arpía, meneando la cabeza. – "Darle muerte a una criatura tan humana como yo es algo que aún no me he atrevido a hacer, por más furiosa que me encuentre."
– "¿Estaban las arachnes incluidas en su pirámide alimenticia?" – Pregunté.
– "Tranquila, flaca, que, con excepción de los cangrejos, los invertebrados eran considerados poco dignos de majestuosas diosas aladas como nosotras." – Contestó, con ligera sonrisa burlona. – "Pero ya sabes que yo sí deseo comerte."
– "Ya realizaste esa vulgar befa con anterioridad, descendiente de Taumas. Y sigo sin hallar la hilaridad en ella." – Comentó la Abismal, apuntando hacia la puerta. – "¿No es muy tarde ya para que las urracas continúen deambulando fuera de sus nidos?"
– "Yep, tienes razón, Pitufina." – La falconiforme entonces tomó a la dullahan de los hombros, y la giró en dirección a la salida. – "Recuerda mirar hacia ambos lados antes de arrancar en tu escoba, que se te cae la cabeza. Cuidadito de los cables de electricidad, y no invoques demonios sin supervisión de un adulto. Bye, me saludas a todos en el aquelarre."
– "Vale, vale, no peleen, lindas." – Las separé, aguantando la risa. – "Vengan, que la cena estará lista pronto."
Debía confesar que la emplumada había ejecutado un excelente revés ante la mordacidad de la hija del Abismo, pero ésta última no iba a concederle la victoria tan fácilmente y, durante la siguiente hora que precedió al festín nocturno, ambos partidos intercambiaron sus mejores zaherimientos y frases cargadas de irónica sátira. Aún así, entre dimes y diretes, la intensidad de sus oprobios no se elevaba más allá de compararse con aves de mal agüero, diminutos seres de añil epidermis y hechiceras con afinidad a las calderas y escobas volantes. Debajo de esa capa de ácida acritud verbal, podía palparse la amistad que entre ellas dos se había ido desarrollando; esa que las hacía reír al final de cada sesión de inocuos insultos.
Y que me hacía sonreír de dicha.
– "¿Ya decidiste a dónde iremos mañana, flaca?" – Preguntó la rapaz, degustando pollo gratinado. – "Podríamos regresar al acuario Tokuma y finalmente ver el show de sirenas en vivo."
– "No es mala opción, Süsse, pero tantos peces reunidos me recordará al pestífero vómito de esa condenada nidhögg." – Respondí, comiéndome otro cottage pie. – "Hagámoslo cuando invitemos a mi hermana y Mei; ellas lo disfrutaron más la última vez."
– "Para ver pescados pestilentes ya tenemos suficiente con Mero…" – Masculló en voz baja la lamia.
– "¡Miia!" – Le reprendió Centorea. – "¡No comiences de nuevo!"
– "Una vez acordamos visitar el Museo Nacional de Ciencias Naturales, cerca del Parque Ueno." – Comentó Lala, ignorando la pelea entre las chicas. – "La última vez estaba cerrado, pero mañana será día hábil. Y dado que no estaremos vigilando a la semilla del profesor Sarver, nuestra estadía se hallará ausente de los pormenores de un infante."
– "Esa es buena idea, Spatzi." – Asentí. – "Siempre he querido ir. No se limita únicamente al estudio de la naturaleza, sino también a tecnología e historia. Quiero ver por fin ese caza Mitsubishi Zero."
– "Está decidido entonces."
– "De vez en cuando se te ilumina la cabeza, azulosa." – Dijo la arpía. – "¿A qué hora saldremos?"
– "Según su sitio web, abren desde las nueve de la mañana hasta las cinco." – Confirmé, revisando mi teléfono. – "Si queremos aprovechar el día, sugiero nos levantemos a las ocho y nos reunamos aquí media hora después. ¿Vale?"
– "You betcha, Blondie." – Aceptó la castaña. – "¿Qué hay de ti, canosa? ¿Mio ya te despidió para que tengas tanto tiempo libre?"
– "En estos días la afluencia de clientela es menor, así que pueden prescindir de mi presencia sin que eso complique la eficiencia habitual del equipo." – Afirmó la segadora, probando otro poco de su currywurst. – "Lo compensaré laborando con mayor ahínco a mi regreso de esta breve temporada de asueto."
– "Además que ser la pareja de la cazadora de dragones le concede mayores prerrogativas para disfrutar de extendidas suspensiones de labores en compañía de ésta." – Añadí, viendo de reojo a Kimihito intervenir en la discusión de sus inquilinas. – "Bien, creo que ya está todo listo. Aunque hubiera sido mejor si Smith nos hubiera adelantado nuestro sueldo; planeaba comprarle algo a todos para agradecerles."
– "Por dinero no te preocupes, flaca, que yo te ayudo a cubrirlo." – Acotó la americana, tomando su bebida. – "Este té de durazno es genial. Como decía, yo también quiero mostrar mi gratitud a todos por su apoyo."
– "Sumaré mis pecuniarias reservas para asegurar una satisfactoria adquisición de souvenirs." – Agregó la irlandesa. – "El salario que Aizawa me provee siempre es generoso."
– "Excelente." – Sonreí y, riendo, rodeé sus cuellos con mis brazos, pegándolas a mí. – "Entonces, lindas, les sugiero que mañana se pongan más guapas de lo que ya son, y también un impermeable, porque este trío va a traer una tormenta a la urbe tokiota como nadie espera."
– "¡No, Miia, no!" – Exclamó Kurusu. – "¡Suelta el arma! ¡Suéltala!"
Si podíamos calmar primero la tempestad que se desarrollaba dentro la morada, claro. Afortunadamente, el arma en cuestión era únicamente la pistola de plástico que Papi y Suu usaban para dispararle a los patitos en sus juegos de video, aunque la serpiente igualmente podía usarla como una efectiva cachiporra contra su sirénida oponente. Cierto, siempre hago hincapié en que las residentes de mi hogar huésped han finalmente alcanzado un estado de paz estable y duradera, pero eso no significa que la tranquilidad no se rompa de vez en cuando. Además, como era de esperarse, el pleito terminó con las involucradas dándose la mano a manera de disculpa, y un par de abrazos mágicos de nuestro juvenil dúo, restaurando la civilidad habitual.
– "Ahh, seré un ave, pero confieso que tenemos excelente sabor. Ese pollo estaba para chuparse las plumas." – Proclamó la halcón, tallando su estómago lleno. – "Te otorgaré el placer del triunfo en esta ocasión, segadora; pero tu destreza en la cocina no es nada comparada con mi habilidad en batalla."
– "¿Es tu deseo obligarme a repetir el innegable éxito que obtuve ante tu persona durante nuestra lid suscitada en el centro comercial, arpía?" – Le recordó la nativa del Éire. – "¿O quizás debería mostrarte el verdadero poder del Abismo, condenando su irrisoria ánima a ser una ínfima pieza más del Caos Primordial?"
– "Auhm…" – Bostezó la falconiforme. – "¿Eh? Oh, perdona, me dio sueño de repente al escuchar tus trilladas chácharas."
– "No se van a poner así mañana, o cuando vayamos a las aguas termales, ¿verdad, lindas?" – Injerí.
– "Ay, flaca, te preocupas demasiado. Sabes que no lo decimos en serio." – La emplumada me tocó la nariz con su pulgar. – "Ya, nos portaremos bien mañana. Al menos yo lo prometo; ignoro si esta hija de Papá Pitufo también."
– "Poseo más civilidad que una bárbara oriunda de los salvajes páramos de las Montañas Rocosas." – Aseveró la Abismal. – "De todas formas confío en que abandonarás tus incultos hábitos para que nuestra excursión por la jungla de concreto sea lo más amena posible."
– "Me pondré ropa interior limpia." – Provocó la rapaz. Me dio un besito en los labios. – "Bien, hora de que esta bonita pajarita se vaya a su casita, y se acueste en la camita. Hasta mañana, flaquita. Y que se te caiga la sesera a ti, canosa enanita."
– "¿Qué tal si uso mi guadañita para perforarte la cloaquita y ahorrarnos el soportar más de tus infinitas jaranitas, ladina avechucha de rapiñita?" – Retrucó la irlandesa.
– "Las batallas de rap más intensas, sólo en la residencia Kurusu." – Reí. Le devolví el ósculo a la castaña. – "Vale, Süsse, nos vemos mañana. Cuídate y dale las gracias a tu casera. Ich liebe dich."
– "I love ya too, Blondie." – Sonrió. Ahí, miró a la segadora, apuntando al collar de edelweiss que le regalé. – "Cumplí la promesa, azulosa."
– "Lo sé." – Contestó la aludida, sosteniéndolo en sus manos. Sonrió entonces. – "Gracias, Cetania. Protegiste a Mo chuisle valientemente."
– "La única manera que conoce una fastuosa halcón." – La americana le ofreció el ala. – "See ya tomorrow, Lala. Take care."
– "Igualmente." – La estrechó. – "Slán abhaile."
Así, de la manera más perfecta, la castaña que más amo realizó una reverencia y, con su collar en forma de rojo corazón brillando bajo el destello del satélite natural terrestre, se dirigió a abordar la bruna limusina. La segadora y yo nos quedamos un momento después de que el motor del vehículo dejara de retumbar por el vecindario, observando el negriazul del cielo iluminado por las titilantes estrellas. Con el corazón brincándome de alegría, tomé briosamente a mi adorada nativa de Irlanda en brazos, junté sus labios con los míos, y la cargué como una princesa hacia el interior de nuestra morada. Mi brazo se sentía mejor, y me había retirado la venda. Me encaminé con mi dama hacia el cuarto de baño para una relajante ducha antes de acostarnos, no sin antes desearles las buenas noches al resto de la casa.
– "Bonne nuit, Aria-sama, Lala-sama." – Se retiró Meroune, con una reverencia. – "Que descansen."
– "Y no se preocupen por continuar la celebración en privado." – Agregó Rachnera, colocándose tapones en los oídos. – "Hasta mañana, tortolitas. No sean bruscas, que acaban de volver del hospital."
Nosotras permanecimos sonrojadas mientras la tejedora dirigía a su socia sirena hacia su habitación. Nuestras intimidades no eran secreto para nuestra familia huésped, y las bromas de tal índole eran bastante comunes, pero sabíamos que siempre contábamos con su apoyo para no cesar nuestros concupiscentes encuentros amorosos. La pena desapareció pronto y nos echamos a reír con complicidad, dirigiéndonos a la sala de aseo. Pero me detuve antes de alcanzar nuestro destino, ya que yo había consumido mucho té sabor durazno y requería del uso del retrete. La Abismal se adelantó al baño.
Habiendo terminado, entré al baño y me desvestí. Antes de unirme a la dullahan, me lavé los dientes, escuchándola a ella enjuagarse con la regadera de mano, y tararear una alegre melodía. Esgrimí una sonrisa al ver la seductora espalda añil de la irlandesa en todo su húmedo esplendor, sin ser obstaculizada por su níveo cabello, pues ella se había retirado la cabeza para permitirme el atenderla. Ya junto a mi peliblanca, y bajo la privacidad del vapor creada por la tibieza del agua, le pedí que se levantara de su banco, sin voltearse. Un poco extrañada por la solicitud, obedeció.
– "A chuisle, ¿qué haces?" – Preguntó ella, colocándose tranquilamente su cabeza.
– "Necesitaba esto, Spatzi." – Comenté a la Abismal, esbozando una idílica expresión. – "En verdad que sí."
Arrodillándome, rodeé su cadera con mis brazos y, salivando en anticipación, acerqué su glorioso, deífico, apoteósico trasero hacia mi rostro. Iniciando con un parsimonioso y casi inocente ósculo en cada uno de sus hermosos glúteos, hundí mi cara entre aquellas carnosas montañas y restregué mi semblante lentamente en éstas, degustando cada milímetro de esas increíblemente suaves y agraciadas posaderas. Mi cuerpo lo requería; mi alma lo exigía; era imperante que entrara en contacto directo e íntimo con la zona posterior de mi emperatriz del Éire. Una semana, una semana sin deleitarme con el atributo más prominente de su venusina figura y ya me sentía como una abstemia que imploraba un sorbo de alcohol.
Excepto que mi adicción era mucho más dulce.
Consentí a mis labios y lengua besando con ahínco sus majestuosas nalgas. Recompensé a mis dedos hundiendo mis manos en esas seráficas masas de carne, palpando la tersa piel azul que las recubría, haciéndolas rebotar mientras mi rostro se internaba lo más posible en esas asentaderas. El sabor, el olor, la blandura; todo aquello envuelto en tan voluptuoso paquete, coronado por ligeros gemidos por parte de la complacida Abismal. Más que cualquier sicalíptica intención que aquella pícara acción pudiera demostrar, mi propósito era sencillamente el tranquilizarme al sentir el familiar cuerpo de mi amada. Era, muy a mi manera, la mejor forma de sentirme nuevamente en casa.
– "Mi vida depende tanto de ti, Spatzi." – Declaré, sin despegarme de ella. – "Me haces experimentar lo que siempre necesité en mi vida: paz. Desde que nací, he sido imbuida con la esencia de la guerra, la idea de que la existencia es una lucha constante e interminable; ser soldado es nuestro destino desde que tomamos la primera bocanada de oxígeno. Y yo creo que aquello es verdad, porque debemos esforzarnos por alcanzar lo que deseamos, y defenderlo fieramente una vez que lo obtenemos."
Incorporándome, le di la vuelta y la abracé nuevamente, esta vez mirándola a sus áureos globos oculares.
– "Cetania me hace sentir segura; su presencia me brinda el apoyo que necesito en batalla, y la fuerza para hacerle frente a la vida. La necesito, y la amo." – Aseguré, tomando su barbilla con mi mano. – "Pero tú, mi inigualable irlandesa, la que me robó el corazón con la contundencia de un relámpago, me haces experimentar la tranquilidad y serenidad absoluta que tanto le hace falta a esta guerrera."
Junté nuestras frentes, mientras acariciaba su cabello.
– "Eres un baño caliente después de un día extenuante; una cobija abrigadora durante el invierno; la ambrosía divina para un alma sedienta; una brisa arrulladora en una noche de verano; la panacea a todas mis inseguridades." – Proseguí. – "Tú me brindas más cariño maternal que ni mi propia progenitora puede ofrecer; un valioso sentimiento de equilibrio conmigo misma y todo lo que me rodea. Nunca pasará un día en que no te recuerde lo completamente importante que eres mí, y lo mucho que te necesito. Eres primordial en mi vida; una parte indeleble de mí, para toda la eternidad. Así de simple, así de hermoso."
Acto seguido, la besé en sus labios delicadamente, saboreando la sapidez de su boca, y palpando la calidez de su aliento. Al separarnos del prolongado contacto bucal, nuestros corazones latían sincronizados.
– "Por eso no voy a indagar sobre lo que sucedió entre tú y Cetania durante la fiesta." – Afirmé. – "Porque los detalles no importan, sino el resultado. Y el resultado, es que me lograste hacerme aún más feliz que antes. Te amo, Lala; te amo con toda el alma."
La dullahan sencillamente hundió su rostro, húmedo por el agua y por sus lágrimas de felicidad, en mi pecho, haciendo el abrazo aún más intenso. Ella no respondió con palabras, sino con sentimientos, cuya voz resuena con más fuerza en mi corazón que un coro masivo. Acaricié su cabello y espalda con ternura, permitiéndole a su discreto plañir seguir su ininterrumpido curso, hasta que, después de unos minutos, el único sonido que rompía la apacible afonía ambiental eran nuestros latidos y la calmada respiración. La segadora ahora era la que restregaba lentamente su rostro en mi cuerpo, como una cariñosa gatita, impregnándose de mi aroma; y yo del suyo.
Tan tierna, tan hermosa, tan gloriosa; así era mi Lala.
– "Sólo dime una cosa, amor." – Hablé, mimando sus ruborizadas mejillas. – "¿Te gustó?"
– "Dijiste que no insistirías…" – Su sonrojo se intensificó.
– "Únicamente para saber si experimentaste la misma felicidad que yo al sentir los delicados labios de la rapaz." – Aseguré, trazando un círculo alrededor de su boca. – "Anda, sólo dame un 'sí' o 'no', Spatzi."
– "…"
– "¿Spatzi?"
– "N-no fue desagradable…" – Musitó, casi inaudible.
– "Eso me basta, querida." – Besé su frente. – "Danke."
– "'Sé do bheatha." – Replicó ella, descansando en mi pecho.
– "¿Te parece si continuamos nuestros arrumacos en la cama, linda? Tanta humedad me pone la piel arrugada."
– "¿Quizás estás envejeciendo prematuramente?" – Bromeó la peliblanca, haciendo circulitos en mi brazo. – "¿Requieres tu baño de esponja?"
– "No cheach incholente, jovenchita." – Le seguí el juego. – "En mis tiempos, nosotras teníamos qué trabajar de sol a sol para conseguir media barra de jabón; y se hacía de grasa de cerdo pura."
– "Suenas como una versión alemana de la vieja señora McFee, en el rancho donde laboraba. Le faltaban los dientes, así como la cordura." – Contestó la dullahan. – "Entonces, abuelita Jaëgersturm, enséñeme cómo debo asearme correctamente."
– "Muy bien, chiquitita." – Hice ademán con mi dedo. – "Quíteche la cabecha y pácheme el champú."
Entre risas y el vapor que impregnaba el cuarto, pasamos una agradable sesión de limpieza. Me deleité el sentido del tacto (tanto de los dedos como de la boca) recorriendo la venusina figura de la Abismal, enjabonando briosamente su cuerpo desnudo, asegurándome de no dejar ni un solo rincón sin cubrir. Como era de esperarse entre dos jóvenes almas llenas de energía, cada movimiento estaba cargado de voluptuoso erotismo, pero nos absteníamos de profundizar más allá de caricias furtivas y ligeros roces; después de todo, no queríamos prolongar aun más el tiempo que quedaba para finalizar el asunto en nuestro nido de amor.
Con la irlandesa ya limpia y resplandeciente, llegó el turno de que ella me adecentara. Subiéndose a mi tórax arácnido, la nativa del Éire me cepilló la espalda. Mientras las cerdas del utensilio me exfoliaban la epidermis, hubo un breve momento donde uno de los dedos de la peliblanca recorrió la colosal cicatriz que me atravesaba diagonalmente la espalda. Su índice trazó parsimoniosamente la enrojecida superficie de piel endurecida, llena de rebordes y grietas dermales. No dolía, la herida no era lo suficientemente profunda para provocarme dolor, pero igualmente me recordaba el sufrimiento que pasé al obtenerla. Pude palpar diminutas y cálidas gotas deslizarse por mi espalda, antes de sentir un tierno beso en ésta. Lala resumió entonces la limpieza.
Sé lo que pensaba; nuestra conexión era lo suficientemente profunda para comunicar todo a base de miradas y caricias, sin necesidad de palabras. La noche en que partí, ella debió sentirlo nuevamente: la punzada en su corazón que le advertía que me encontraba en gran peligro. El temor de que un fatídico día quien toque a la puerta no sea esta cazadora, sino una soldado de mi patria con una bandera plegada en sus manos, siempre estará presente en la segadora. Casi me pierde a manos del fuego, metal y garras del enemigo; y yo debería exponerme a tan siniestros peligros cada día de mi vida hasta que la edad o la muerte me obliguen a retirarme. El riesgo siempre estaría ahí.
Pero Lala sabía que la mujer que amaba no dimitiría aunque su existencia de encontrara en juego. Había aceptado, al igual que yo, que el servir a la justicia es un sacrificio para el bienestar no sólo de su familia, sino del país entero. No ponía en duda que yo era el escudo que evitaba que las garras del crimen se hicieran con quienes nos importaban; que cada herida que yo ganaba, era una menos en nuestros seres queridos; que cada gota de sangre que derramaba junto a mis aliadas, era un monstruo menos para aterrorizar a la nación; cada cicatriz era un sueño que no sería destruido por la infausta mano de la injusticia.
No es fácil ser una heroína, pero alguien tiene qué hacerlo.
– "Gracias por volver a casa, A chuisle." – Dijo ella al finalizar el aseo, dándome un beso.
– "Gracias a ti por siempre esperarme, Spatzi." – Repliqué. – "Además, te dije que no puedo morir sin tu permiso. Esta araña no se irá a ningún lugar que no sea a tu lado."
– "Excepto cuando prefieres la cercanía de esa peste alada." – Colocó su índice en la punta de mi nariz. – "¿O me equivoco?"
– "Ella podría ser más cercana a ti también si lo deseas, linda." – Tomé su dedo y lo besé. – "Ya disfrutaste de un ósculo, ¿por qué no darse el buffet completo?"
– "No permitas que la mejoría en mi amistad con la hija de Taumas te engañe, descendiente de Arachne; tu fantasioso objetivo aún está demasiado lejos de volverse realidad." – Insertó lentamente el índice dentro de mi boca. – "Parece que necesitaré reafirmarte las razones de por qué yo soy la única quien ostentará el título de la suntuosa señora Jaëgersturm."
– "¿Qué tiene en mente, mi reina?" – Chupé su dedo.
– "Una sorpresa que te espera en nuestro cuarto, cazadora." – Sacó su dígito de mi boca y me acarició con éste la barbilla. – "Cinco minutos; no te molestes en ponerte ropa."
– "Jawohl, meine Königin."
Pasando libidinosa y fugazmente su lengua por mis labios, la dullahan se dio la vuelta, permitiéndole a su larga y nívea cabellera ondearse provocativamente, y se dirigió hacia la salida contoneando seductoramente sus gloriosas caderas. El cosquilleo y humedad en mi entrepierna aumentaron al contemplar sus sicalípticas nalgas, brillantes por la humedad, rebotando a cada paso que daba, remarcando el exorbitante erotismo que sólo una devota a las artes sáficas podía emanar. Cuando la mujer de piel azul se propinó una sonora palmada en sus glúteos antes de cerrar la puerta, mi clítoris y mis pezones estaban alcanzando el cenit de su rigidez máxima.
Oh, sí; el banquete aun no termina.
Habiendo pasado los cinco minutos más largos hasta entonces, donde me debatía si debía distraerme contando las losetas del piso, o matar la impaciencia estirando mis dedos y practicar mis movimientos de cadera, me levanté como relámpago. Después de secarme y lavarme los dientes por segunda ocasión, me encaminé hacia mi habitación, sin nada encima excepto mi cuerpo visiblemente excitado. Asegurándome de que no había moros en la costa, salí del baño mientras intentaba calmar a mis pedipalpos, que repiqueteaban el suelo involuntariamente en anticipación. Mi abdomen estaba igualmente inquieto, junto a mi palpitante corazón, cuyo latido se acrecentaba conforme la distancia entre mi persona y mi concupiscente segadora de almas se hacía más corta.
– "Cierra los ojos antes de entrar, A chuisle." – Me indicó ella tan pronto abrí la puerta. – "Pasa, lentamente."
Obedeciendo, mis seis ojos cerraron sus párpados y, con la dilación que ella solicitó, me introduje a nuestra recámara. Pude percibir que las luces se mantenían apagadas, para asegurarse que mi inquisitiva curiosidad no revelara la sorpresa antes de tiempo. Recordando los regalos que Rachnera había entregado a nuestras invitadas, podía imaginarme la clase de obsequio que la peliblanca me había preparado. Me relamí los labios, mientras mi 'otro' par también salivaba impaciente. El dolor en mi brazo había desaparecido por completo; fuera cual fuera la revelación, yo estaba más que lista para terminar lo que dejamos pendiente desde la semana pasada. La oí acercarse, deteniéndose frente a mí, encendiendo el interruptor de la iluminación; y encendiéndome a mí.
– "Ábrelos."
– "Jawohl, meine…" – Me pausé. – "Königin…"
No cabe duda que quedé sorprendida.
En lugar de hallarme frente a una extremadamente epicúrea dullahan ataviada en un igualmente lujurioso juego de lencería, me encontré con una azulita vestida con una de mis camisas blancas, sonriendo plácidamente mientras sostenía una caja color verde en sus manos. Sosegando mis indecentes pensamientos, me hice con el obsequio y removí la tapa del paquete. Mis tres pares de globos oculares se abrieron, atónitos.
– "Lala…"
En el interior de la caja residía una hermosa bufanda. Nada más, sólo una bella prenda para el cuello. Anonadada, la extendí para admirar lo bello de su negro color, decorada en uno de los extremos por la germánica cruz paté, mientras el otro ostentaba un trébol de cuatro hojas, ambos cosidos en blanco relieve. Como guinda de tan exquisita prenda, en medio podía leerse con letras cursivas 'Virtus, Robur, Fides, Diligentia'; palabras en latín para 'coraje, fuerza, lealtad y afecto'. Un excelente aforismo que englobaba las virtudes primordiales que toda guerrera axiomáticamente debería poseer. Era increíble cómo tan sencilla pieza de vestir podía significar tanto.
– "Una vez te comuniqué que Rachnera se propuso a enseñarme a tejer. Después de haberte hecho la banda para el brazo, quise un reto mayor." – Dijo tímidamente la irlandesa. – "Elegí una bufanda porque era relativamente sencilla, pero al mismo tiempo representa el profundo vínculo que tú y yo poseemos, encarnada en la primera prenda que compartí contigo, cuando partiste a tu trabajo."
– "Aún lo recuerdas." – Sonreí, mis ojos humedecidos. – "Tu aroma me hizo sentir bastante tranquila ese día; era el perfume más dulce que hubiera tenido el placer de portar."
– "Me halagas, A chuisle." – Su sonrojo aumentó. – "Pero es prueba de lo significativo que es una bufanda como ésta."
La dullahan se hizo con ella y la enrolló en mi cuello; la longitud era suficiente para que ella también emulara el acto con el suyo, quedando enlazadas en un suave abrazo hecho a partir de seda de arachne.
– "Tenías razón, cazadora." – Proclamó ella. – "Nunca te irás de mi lado. Estaremos unidas para la toda la eternidad."
– "Hasta el fin de los tiempos." – Afirmé. – "Te amo, Lala."
– "Y yo a ti, Aria."
Retirándonos la poca ropa, nos encadenamos en un largo y apasionado beso, con las lágrimas de infinita felicidad deslizándose por mis mejillas. Me encontraba llena de dicha porque, al final, el mejor regalo que podía recibir era el sempiterno amor y lealtad de esta majestuosa irlandesa. Una simple mortal como yo no era digna de tan seráfico privilegio, pero no pasaría ni un segundo donde no me hallara perpetuamente agradecida por contar con la deífica oportunidad de gozarlo. Jamás la dejaría, jamás la abandonaría; yo le pertenecía completamente, y ella a mí. El deseo carnal que tenía anteriormente había sido reemplazado por el sencillo afán de disfrutar más tiempo con ella. Únicamente me bastaba estar junto a ella para satisfacerme.
– "¿Spatzi?" – Hablé, con la respiración entrecortada.
– "¿Sí, A chuisle?" – Respondió, jadeando.
– "Tengo ganas, muchas, de hecho." – Aseguré. – "Pero debemos guardar fuerzas para mañana. Hay que despertar temprano para disfrutar el día."
– "Aria, ha sido una semana entera. Me hace mucha falta; demasiada." – Ella se puso a acariciar mis glúteos humanoides. – "La última vez nos interrumpieron, y ahora es el momento perfecto de celebrar tu retorno. Concluyámoslo."
– "Y yo también lo necesito, pero si lo hacemos, no despertaremos sino hasta la hora del almuerzo." – Alcé su barbilla, mirándola fijamente. – "Tranquila, ya tendremos ocasión de disfrutar hasta perder el conocimiento."
– "¿No es que acaso planeas mantenerme expectante hasta nuestra reunión con la arpía en aquellas aguas termales?" – Cuestionó. – "¿Y una vez juntas, aprovecharte de mi estimulado instinto animal para cumplir con tu depravada fantasía del ménage-à-trois con esa pecaminosa emplumada?"
– "Actualmente planeaba que lo hiciéramos después del viaje, porque así estaríamos perfectamente relajadas y deseosas, pero me agrada más tu propuesta." – Respondí. – "¿Quieres invitar también a MON, para cumplir el resto de mis entelequias?"
– "Aria, no tienes remedio." – Torció la boca.
– "Sabes que bromeo, amor." – Le di una nalgadita. – "Pero en serio, esperemos hasta después. Además, las heridas aún no sanan totalmente; el brazo comienza a molestarme si lo muevo mucho."
– "¿De verdad?"
– "Perdona, linda. Tu soldado estrella requiere de más reposo." – Besé su frente. – "A lo mucho, podríamos…"
La antorcha del Olimpo se encendió en mi cabeza.
– "Spatzi, todos están perfectamente dormidos y con el sentido del oído bloqueado, ¿verdad?"
– "La palabra de tu congénere fue muy sincera, ¿por qué lo preguntas?"
– "No te preocupes, sólo sígueme." – Apunté al ropero. – "Ponte tu bufanda, hace frío."
– "¿Qué planeas, A chuisle?"
– "Tu estrella no te decepcionará." – Guiñé. – "Vamos, que hay que aprovechar el tiempo."
Todavía sin comprender qué era lo que yo tenía en mente, la Abismal accedió y se hizo con la prenda característica que ella siempre cargaba alrededor de su cuello. La detuve cuando abrió uno de los cajones para ponerse su ropa.
– "¿Por qué no, amor?" – Cuestionó.
– "A donde vamos, no la necesitamos."
Con un beso, calmé a mi azulita y proseguí con mi plan. Al igual que ella, únicamente llevaba mi bufanda encima. Abriendo el ropero, encontré mi colcha de viaje, la que usaba para reposar los primeros días de mi estancia en la residencia. Asentándome, le hice señas a la dullahan que se subiera a mi tórax, obedeciendo ella. La segadora continuaba confundida, pero la intriga le alimentaba la cada vez más creciente curiosidad. De esa manera, y con apenas una ligera protesta por parte de la peliblanca, caminamos completamente desnudas por los pasillos de la casa, subiendo lo más silentemente posible las escaleras hasta alcanzar mi objetivo final:
La azotea del segundo piso.
El balcón donde se colgaba la ropa era lo suficientemente extenso para que las indumentarias de todos los inquilinos cupieran. Y todo ese espacio resguardaba una pequeña salida trasera, donde se podía admirar la ciudad. Fue ahí, en ese preciso lugar, donde solía charlar con Lala en las noches, contándole ya sea anécdotas de mis torpezas infantiles, o confesándole mis temores de ser deportada. Fueron los árboles que rodeaban a la morada quienes conformaron los únicos testigos de mi solitaria confesión hacia la atracción que sentía por la segadora; y también quienes cantaron junto a nuestros enamorados corazones, haciendo ulular el viento a través de sus ramas mientras yo y la nativa de Wicklow disfrutábamos de un jubiloso baile al ritmo de los años setenta.
Fue también ahí donde Rachnera solía cantar en las madrugadas (algo que no hacía cuando sabía que yo y la irlandesa estaríamos ocupadas), y donde ella me hizo deshacerme de mi atavío, como una alegoría de que debía liberarme de todo lo que me ataba al pasado, y me restringía a sincerarme conmigo misma. Y tenía razón. Necesitaba renunciar a los grilletes del ayer; abandonar mis prejuicios; aceptar lo que era en el fondo. Fue gracias a eso que ahora me encontraba de nuevo en el mismo lugar que fuera escenario de momentos importantes en mi corta estancia. Después de sobrevivir al operativo, me sentía renacida; ¿qué mejor manera de dejarlo en claro que volviendo a este punto primordial?
– "Son hermosas, ¿no lo crees?" – Le pregunté a mi acompañante, viendo a las estrellas. – "Tan distantes, con una luz que tarda hasta millones de años en alcanzarnos, pero con un resplandor que nos hace sentir que nunca estamos solas."
– "Es una hermosa parábola, A chuisle. P-pero, ¿por qué estamos en el exterior, en ausencia de nuestro vestuario?"
– "Porque esto es lo que somos, Spatzi." – Repliqué, asentándome. – "Bajo nuestros ajuares, uniformes y demás indumentaria, todas somos almas desnudas ante la infinidad del firmamento. Somos pequeños suspiros para la inmensidad de la vida; susurros que desparecen en un abrir y cerrar de ojos."
– "Somos efímeros, lo sé." – Asintió, bajándose de mi tórax. – "Incluso para una inmortal como yo, mi existencia aún es bastante corta."
– "Exacto. Y ahora, más que nunca, estamos conscientes de lo ínfimos que significamos para la vastedad del todo." – Coloqué mis manos en sus hombros. – "Pero, sin importar que tan diminutos seamos para el universo, siempre nos consideraremos gigantescas para nosotras, porque el amor abarca todo el espacio conocido, nos llena completamente."
– "¿Cuál es tu punto, A chuisle?"
– "Que disfrutemos esta corta vida tanto como podamos." – Manifesté. – "Liberémonos de vez en cuando de lo que pretendemos ser, y gocemos de lo que somos debajo de las apariencias: dos mujeres enamoradas."
– "¿Deduzco que deseas que nos sumerjamos en las artes amatorias bajo el manto de los astros?"
– "Sí, mi amor, pero no de la forma que crees." – La abracé, besando su frente. – "Únicamente me apetece disfrutar de la felicidad y libertad que encontré al conocerte. Regocijarnos en la dicha que tenernos la una a la otra, compartiendo un lecho aquí, al cuidado la bóveda celeste, donde las estrellas brillan tanto como nuestros corazones."
– "¿Dormir desnudas, a la intemperie?" – Volvió a interrogar, ruborizada. – "Me parece una idea idílicamente romántica, pero…"
– "Este es nuestro espacio seguro, linda." – Puse mi dedo en su boca. – "Ninguna de las paredes de las residencias circundantes poseen ventanas en esta dirección. Protegidas por la vegetación que rodea a la morada y el bruno velo de Nix, no debemos preocuparnos por las miradas indiscretas. Únicamente somos tú, yo, y la Vía Láctea. ¿Qué dices?"
– "P-por mí no hay problema…" – Admitió, sonrojada a más no poder. – "¿Pero qué hay de los hematófagos dípteros nocturnos? ¿O el hecho que podríamos ser descubiertas por el resto de la familia si prolongamos nuestra intrépida estancia?"
– "Es invierno, querida; los mosquitos no serán problema. Y cualquier otro insecto será repelido por mi aroma a depredadora." – Garanticé. – "Los demás duermen después de tan satisfactoria cena. Además, mi reloj aún funciona, y lo programé para que nos despierte antes de que la familia madrugue. Vamos, Spatzi, hagamos algo atrevido mientras somos tan jóvenes como la noche; mientras estamos vivas."
– "Sí que sueles tener ideas bastante temerarias, descendiente de Arachne." – Desvió la mirada al suelo, tallando su brazo. Entonces, alzó la vista. – "Y lo peor, es que siempre logras convencerme de acceder a tus locuras."
– "Porque estoy loquita por ti, segadora." – Le guiñé. – "Entonces, ¿aceptas?"
Suspirando y meneando la cabeza, pero dejando ver una sonrisa en sus azules labios, la dullahan no tuvo más opción que acatar mis deseos. Sellando el pacto con un rico beso, ambas colocamos la colcha en el suelo, asegurándonos de no hacer mucho ruido. Con la cama improvisada ya lista, yo fui la primera en acostarme sobre mi costado izquierdo. La irlandesa se me unió enseguida, uniéndonos en otro abrazo y un par de ósculos más. Aunque el clima invernal tenía como resultado un aire gélido, el calor que ambas emanábamos impedía que el frío nos afectara, a pesar de la ausencia de atavíos. De esa manera, enlazadas por nuestro achuchón y un indeleble cariño, contemplamos las maravillas que el espacio exterior, sin verse mermado por las luminarias citadinas, ofrecía a un par de amantes.
– "¿Aún sigues pidiéndoles deseos a las estrellas fugaces, A chuisle?" – Preguntó la Abismal.
– "Sí, pero ya no es necesario." – Disentí con la cabeza, sonriendo con los ojos cerrados. – "Tengo a mi sueño hecho realidad justamente a mi lado."
– "Eres tan aduladora, arachne." – Rió, acariciando mi mano. – "Pero, ¿qué hay de ese incordio alado?"
– "Aquí." – Me di unas palmadas en mi pecho, donde residía mi corazón. – "Amar significa que por más lejos que nos encontremos, siempre estaremos juntas."
– "A pesar de que tal aforismo no es precisamente el más original, es verdaderamente cierto." – Admitió, reposando tranquilamente. – "¿Aria?"
– "¿Sí?"
– "¿Le deseaste buenas noches a Cetania?"
– "¿Por qué el interés?"
– "Ninguno en particular, descendiente de Arachne." – Hundió su rostro en mi pecho. – "Sólo… sólo quiero que la competencia sea justa."
– "Mi Spatzi." – Mimé su albugíneo cabello. – "Te quiero tanto."
Propinándole un ósculo a la sonrojada peliblanca, me incorporé para ingresar de nuevo a la casa, en busca de mi teléfono. Recorrí los silenciosos pasillos, aliviada de que la tranquilidad de sus durmientes inquilinos se mantuviera imperturbable. Entrando a mi habitación, me hice con el aparato móvil y lo encendí. A pesar de que ya faltaba poco para medianoche, y la emplumada era bastante puntual, todavía podía ser posible que se encontrara despierta. Y en caso de no estarlo, podría arrancarle una hermosa sonrisa en la mañana, al ver mi mensaje a primera hora del día. Cuando estuve en medio de escribir el breve recado, el diablito en mi cabeza tuvo una pícara idea.
Soy Aria Jaëgersturm, claro que iba a hacerlo.
Con una concupiscente mueca en mi rostro, tomé a Seely, la guadaña de Lala y, riéndome por lo osado de mi comportamiento, me la coloqué en medio de los pechos. Sin perder tiempo prendí la luz, alcé el celular, y activé la aplicación fotográfica. Oprimiendo el botón virtual en la pantalla de cristal líquido, la imagen de una pervertida zanquilarga vistiendo únicamente una bufanda en su cuello, y apretando una tétrica dalla entre sus voluptuosos senos mientras ostentaba una erótica expresión en su semblante, fue capturada digitalmente con la fidelidad de trece megapixeles. Acto seguido, y entre risas internas, escribí con celeridad una veloz misiva ('Sueña conmigo') y me encaminé de regreso con la irlandesa.
– "Pensé que te habías topado con alguien e intentabas darles una explicación." – Mencionó la chica del Éire al verme abrir la puerta. – "¿Por qué la demora?"
– "El sistema operativo de mi móvil no es tan rápido como antes." – Respondí, acostándome junto a ella. – "Cuando reciba mi salario, me compraré uno que Smith no haya decomisado. En fin, ya le deseé dulces sueños a la halconcita, Spatzi. Traje el teléfono, por si responde."
– "¿Le diste también los buenos deseos de mi parte?"
– "Oh…" – Musité. – "Mea culpa, linda, no sabía que tú también."
– "Soy ecuánime, A chuisle. Además, aún le estoy agradecida por haber vuelto con la edelweiss."
– "Le diste buena suerte, querida." – Sonreí. – "Bien, ¿qué recado deseas comunicarle?"
– "Lo dejo a tu criterio."
– "Vale." – Comencé a teclear, recitando lo que escribía. – "Querida Cetania, eres la arpía más sensual que mis áureos globos oculares hayan tenido el seráfico privilegio de contemp-¡Auch!"
– "No pongas palabras apócrifas en mi boca, cazadora." – Aseveró, pinchándome el brazo.
– "Ow, era broma, linda." – Me pausé cuando el teléfono vibró de repente. – "Oh, entonces sí estaba despierta."
La respuesta de la falconiforme también había sido una fotografía, según el mensaje en la barra superior. Anteriormente pude haber experimentado un afásico debate interno, donde me decidía entre mostrarle a la Abismal la muy posiblemente pecaminosa imagen que la rapaz había creado para su pervertida arachne, o simplemente fingir demencia y arrojar el aparato para esconder toda evidencia. Pero, después de haberle declarado todo un soliloquio a la segadora de cómo debíamos vivir libremente, y ya encontrándonos bastante a gusto con andar de exhibicionistas en la azotea, sin contar el viaje al onsen que nos esperaba, supuse que echarle un vistazo a la venusina figura desnuda de la americana no haría daño a nadie.
Quién sabe, incluso podría gustarle a la irlandesa.
– "Sorpréndenos, pajarita." – Mencioné, abriendo el recado. – "Que queremos tener buenos… sueños…"
La foto actualmente era de Zoe. Desnuda.
Cubriéndose los pechos con un brazo, y sosteniendo su móvil con la otra mano, la pelirroja que funge como nuestra teniente en Monster Ops se había retratado tal y como viniera originalmente al mundo. La obscena pose que había elegido, sentada en su cama, dejaba virtualmente nada a la imaginación; especialmente desde que se colocó frente a ella una bala de calibre .50 BMG, la misma que empleaba el rifle anti-material de Manako, como el único método de censura para ocultar su glabra feminidad y su entrada trasera. En otras circunstancias, tal imagen hubiera provocado que mis dedos ya se hallaran estimulando mi zona íntima. Pero en ese momento, lo único que tenía sentido es que empezara a recitar mis epitafios.
Mientras mis redes sinápticas se ponían de acuerdo en el torbellino caótico que era mi mente en ese momento, un pequeño destello de lucidez me hizo dar con la explicación a tan sorpresivo revés de planes. Mi teléfono, el maldito objeto infernal que esa urraca con apariencia humana llamada Kuroko Smith me entregara, siempre tenía la costumbre de presentar mi lista de contactos organizándolos de acuerdo a la frecuencia con la que me comunicaba con éstos, en lugar de la clásica lista alfabética. Después de Cetania y Lala, Zombina era con quien más platicaba por mensajería instantánea, así que erróneamente seleccioné su nombre en lugar de la rapaz cuando envié mi electrónica misiva.
Eso me pasa por calenturienta.
Sin embargo, la gravedad de haberme confundido de destinataria palidecía ante el terror que experimentaba cuando un viento gélido, tan frío como una ventisca polar, comenzó a soplar repentinamente, creando una demoniaca sinfonía que las ramas de los árboles alrededor nuestro interpretaban al unísono. Podía jurar que una oscura neblina nos rodeó paulatinamente, sin que yo pudiera determinar su procedencia exacta. El corazón casi me salta del pecho al escuchar el lejano graznido de una parvada de cuervos, salidos de quién sabe dónde. Al tiempo podía percibir, más no realmente estar segura de que sucedía en verdad, un tenebroso canto que susurraba inefables palabras en un idioma perdido entre los eones.
Mientras el aire ululaba con su dantesco coro, y la luna en el cielo lucía cada vez más como una sangrienta bola incandescente, mi lívido rostro volteó lentamente en dirección de la dullahan, paralizándome al momento. Los ojos de la segadora, habitualmente calmados y brillantes con ese atractivo áureo color, ahora refulgían de un espeluznante rojo intenso, acrecentado por su negra esclerótica. Su semblante era una estampa tan indescriptible que únicamente podía describirla como una granada a punto de estallar. Las estrellas imitaron el amenazante resplandor de los globos oculares de la irlandesa, otorgándole a la noche un atemorizante toque de desesperanza absoluta.
Yo me quedé ahí, inerme, muda, incapaz de pensar en algo para evitar que la Abismal me enviara dolorosamente a las regiones más recónditas del Caos Primordial, donde mi alma sería dilacerada por media eternidad hasta volverme parte del Vacío Infinito.
– "Lala…" – Me atreví a hablar, temblando a más no poder. – "Puedo explicarlo..."
No pude. El juicio del Horror Eterno cayó sobre mí y me declaró culpable. Ignoro si pude salvar completamente mi alma, pero, afortunadamente, podía seguir viva para jamás olvidar que ésta ya tenía dueña. Esa noche, aprendí que Lala no necesita de su falce para provocar intenso dolor; que dormir a la intemperie con nada más que una bufanda era una terrible idea cuando estábamos en invierno…
Y que a los malditos mosquitos les importa un bledo que sea diciembre.
NOTAS DEL AUTOR: Lovecraft y Derleth usaron a los Primigenios, a los Dioses Exteriores y los Arquetípicos para despertar los atávicos horrores en los lectores. Aria sólo necesita que su novia se ponga de malas para que ésta opaque a cualquier malevolente deidad cósmica.
Y bueno, originalmente este sería un episodio más largo, describiendo el paseo que tanto había planeado Jaëgersturm para visitar el famoso Museo de Ciencias Naturales, pero terminé extendiéndome al grado que, lo que apenas sería la mitad del relato, se convirtió en un capítulo propio. Considero que fue una mejor decisión, pues pude agregar un par de escenas que deseaba plasmar desde hace tiempo (como la confusión de la araña al enviar la foto), y me dará más tiempo para pulir un par de detalles en el siguiente. Además, así no los tengo esperando por demasiado tiempo.
Nuevamente, vemos cómo ha cambiado el ambiente en la residencia Kurusu, con sus inquilinas, aunque todavía con la bravura que las caracteriza, ya habiendo aprendido que es mejor darse la mano que darse trompadas a puño limpio. Esta fue la oportunidad perfecta para regresar a las escenas de la azotea, lugar que fuera testigo de importantes acontecimientos entre la germana y la segadora; donde ambas cultivaban ese amor que en aquel entonces todavía no se confesaba abiertamente, pero podía palparse con suma claridad.
A pesar del dramático final para nuestra heroína, fue un momento para enfatizar la transformación que ella y sus seres queridos han tenido a lo largo de estos más de sesenta y cuatro episodios.
Y todavía quedan más por venir.
En todo caso, espero que hayan disfrutado este capítulo, y los invito a dejar su opinión, que siempre es más que bienvenida. Aprovecho para enviar un saludo a mis compañeros del grupo Los Extraditables, por su apoyo y haber compartido un par de ideas para esta entrega. Seguimos unidos, seguimos triunfando. Insiste, persequere, noli relinquere.
Sin nada más qué agregar, me despido. ¡Gracias por leer! ¡Hasta la próxima! ¡Y no hagan enojar a una Abismal, a menos que adoren el castigo del Caos Eterno! ¡Auf Wiedersehen!
