NOTAS DEL AUTOR: ¡Achtung, Tarmo Flake ist hier!
Después de un buen tiempecito de haberse librado de mí, regreso para atormentarlos una vez más. No tengo mucho qué decir, excepto que me sentí bastante inspirado para hacer este episodio, así que espero mi entusiasmo los contagie también.
¡Disfruten la lectura! ¡Comenzamos!
Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena los invita a visitar el Museo de las Estrellas, en la universidad de Miskatonic! ¡Exhibición exclusiva del Trapezoedro Resplandeciente!
NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE
CAPÍTULO 65
¡Achú!
Finalmente cumplí mi pequeña fantasía de dormir desnuda a la intemperie, con los astros celestes como única manta. Desgraciadamente, un cálculo erróneo en las virtuales misivas de la comunicación telefónica hizo que tal noche pasara de ser una experiencia de dos, a una práctica en solitario. Lala, después de haberme propinado un merecido castigo y advertirme de ni siquiera pensar en acercarme a su habitación, me dejó abandonada en la terraza de la residencia, congelándome por el frío decembrino y a merced de inicuos insectos hematófagos que se burlan de las temporadas en las que no deberían estar activos.
Me alegra que la irlandesa me haya dado un somnífero coscorrón en la sesera; de lo contrario, las picaduras de mosquito y las bajas temperaturas me hubieran impedido el descanso. Tallándome la cabeza, revisé mi reloj, la electrónica luz azul indicando que eran las seis de la mañana. El sol aún estaba aproximadamente a treinta minutos de hacer su aparición, y la oscuridad prevenía que alguien pudiera contemplar a una torpe y adolorida arachne zanquilarga enrollar su colcha de viaje bajo el brazo. Busqué en todos lados por mi teléfono, pero la segadora debió tomarlo para deshacerse de la incriminatoria prueba de que mi infatuación con Zoe aún está vigente.
Eso o el celular ahora yace hecho polvo entre el jardín de los vecinos.
Espero le haya sacado la tarjeta SD primero; esos videos que Redguard envió no se consiguen en YouTube. O legalmente. Regresando al interior de la morada, rascándome las ronchitas dejadas por los condenados vampiritos dípteros, y esperando a que no me hubiera ganado un escarmiento adicional a base de malaria, me encontré con nuestra equina residente de británica ascendencia, preparándose para otro de sus galopes matutinos. No necesito decir que al ver a su arácnida compañera bajando las escaleras como una muerte viviente, ausente totalmente de vestimenta y ostentando un chichón en la cabeza, su semblante adquirió instantáneamente un rojo color, visible incluso bajo la escasa luz de la madrugada.
– "No preguntes."
Evitándole una incómoda charla a la centáuride, que permaneció afásica y patidifusa en su lugar con el pulgar alzado, me encaminé al cuarto de baño. Deshaciéndome de la incomodidad del frío matutino bajo los efectos del agua tibia, y cubriéndome de la crema con extracto de aloe vera que usa Miia, sosegando el prurito de las picaduras, permití escapar un largo suspiro. Sí, sin duda debí dejarme de tonterías y aceptar la lúbrica oferta de la peliblanca; hubiera despertado en una cómoda cama junto al cálido cuerpo de la Abismal, ambas satisfechas tras una noche de intensa pasión. Pero al menos me sirvió de moraleja para pensarme mejor las cosas antes de hacer alguna tontería.
Y le eché un vistazo más íntimo a la teniente; nada mal.
Ya habiéndome aseado y más relajada, me lavé los dientes y me vestí. Saliendo del baño, quince minutos después de las seis, el resto de la residencia continuaba bajo el hechizo de Morfeo. Me dirigí hasta la habitación que comparto con la dullahan y, tragando saliva, giré la perilla con parsimoniosa lentitud, intentando que el rechinar de la puerta abriéndose no despertara a la segadora. Ingresando silentemente, me di el placer de admirar a mi amada nativa del Éire, durmiendo plácidamente en nuestro lecho, vistiendo únicamente una de mis camisas. Olvidándome de cualquier preocupación, me acerqué sonriente a su lado para contemplarla más de cerca.
El tenue sonido de su respirar complementaba la absoluta expresión pacífica de su angelical rostro irlandés. La tranquilidad de tan divina escena englobaba silenciosamente la paz que Lala representaba para mí, como había declarado el día anterior. Una deífica armonía que yo debía proteger a toda costa, sin importar las heridas y cicatrices resultantes en tan noble causa. Mesmerizada por la inherente hermosura que la mujer de piel azul irradiaba, no pude evitar el plantar un suave beso en una de sus mejillas. Pude percibir, aunque muy discretamente, la sutil mueca de felicidad que se dibujó en sus añiles labios, habiendo endulzado sus sueños con onírica azúcar en forma de ósculo.
Al tiempo que me incorporaba y planeaba retirarme del cuarto para sorprenderla con un desayuno hecho por mí, sentí una muy femenina mano aferrarse a la mía. Me detuve de inmediato, esgrimiendo una sonrisa mucho mayor. Dándome la vuelta, sin romper la unión, me encontré con los áureos globos oculares de la dullahan, mirándome tímidamente desde su aletargada posición. Asenté mi cuerpo, y me acerqué a su rostro, observándola con la misma ternura que no puede faltar al poner mis ojos en ella.
Así, con el cariño que residía en su alma, la segadora me permitió hacer contacto bucal con sus labios, iluminándome el interior más que el resplandor del astro rey, que ya había comenzado su ascendencia por los reinos de Urano. Nos fundimos en un afectuoso abrazo. No necesitamos de palabras para expresarnos, sólo requeríamos demostrarnos el amor que nos teníamos para despejar las negras nubes de la discordia. Así es como se debían resolver nuestros problemas; no con gritos, no con rencores, sino con ese fastuoso sentimiento que habita en nuestros corazones.
Amar significa que no se necesitan palabras para decir 'lo siento'.
De esa manera, y con todo ya todo perdonado, acordamos el bañarnos juntas. Aunque ya me había aseado con anterioridad, hacerlo sin la presencia de alguna de mis damas se sentía bastante vacío. Además, nada supera a las charlas mañaneras junto a la persona amada, donde el jabón y el shampoo agregan olor a las trivialidades orales intercambiadas, sin contar la deliciosa sensación de lavarse mutuamente, afianzando los ya de por sí fuertes lazos sentimentales expresados en la acción de adecentarse una a la otra.
– "¡Achú!"
– "Dia linn, A chuisle."
– "Danke, Spatzi." – Respondí. – "Vivir cerca de la costa me acostumbró al calor. Lo primero que noté al llegar a Japón, es que es mucho más frío que Sparassus."
– "Podrías pedirle algo a Cerea para evitar la complicación nasal." – Mencionó ella, lavándome la espalda. – "Aunque me imagino seguirá confundida por lo sucedido en la mañana. Al menos podemos contar con que será discreta."
– "Ah, tranquila, que sólo es un poco de congestión, no la influenza." – Encogí los hombros. – "Además, si no me mató una dragona, mucho menos un resfriado."
– "En todo caso, espero esto te enseñe a reconsiderar mejor tus impulsos, A chuisle." – Comentó, tallando entre mis glúteos humanoides. – "Y no me refiero sólo a tus concupiscentes deseos, sino a todo efusivo sentimiento que te haga caer en lo irreflexivo. Como la líder de tu grupo, debes tenerlo en claro."
– "Qué miedo, casi suenas como Smith, linda." – Temblé. – "Pero te concedo la razón; se acabó el tiempo de comportarse como una adolescente."
– "Pero aunque sabemos que eso verdad, no debemos negar que ambas ahora cargamos con grandes responsabilidades, y apenas llevamos más de dos décadas de existencia." – Aseguró. – "Somos bastante jóvenes, después de todo."
– "Cierto, pero no justifica actuar como tonta." – Opiné, suspirando. – "Más de un mes viviendo aquí y ya debo resguardar el bienestar de más de diez millones de tokiotas, tanto humanos como liminales."
– "Y a pesar de que el oficio de cocinera en un restaurante parezca insignificante comparado al trabajo de una agente de la ley, es mi deber el mantener el alto estándar esperado de un negocio de renombre como el Aizawa." – Agregó la irlandesa. – "Hay que vigilar la calidad y sanidad de los alimentos servidos; asegurarse que el comensal resulte satisfecho con su pedido, elevando el prestigio de todos los involucrados; y proveer de un ingreso estable para mantener la economía familiar a flote."
– "Y todavía hacerte cargo de una araña demasiado lasciva para su propio bien." – Añadí, riendo. – "Nos encanta complicarnos la vida, ¿cierto, linda?"
– "Podremos quejarnos de cualquier cosa, pero nunca de aburrirnos." – Sonrió, acostándose sobre mi espalda. – "Especialmente cuando estoy contigo, A chuisle."
– "Eres tan dulce, Spatzi." – Hice mis brazos hacia atrás, tomando su cabeza. – "Y el sentimiento es mutuo, linda. Dame un bechito, prechocha."
Entre ósculos y demás palabras afectuosas, había mucha razón en que aún éramos bastante mancebas para estar tan comprometidas con todas aquellas obligaciones. Pero en cierto modo, el madurar rápidamente era un aspecto compartido entre mi familia. Mi padre debió aprender a ganarse el pan con el sudor de su frente desde niño; Lala, Cetania y yo nos vimos subyugadas bajo el adoctrinamiento de estrictos tutores y culturas; y mi hermana ni siquiera gozó de una correcta niñez. El mundo era un lugar cruel, donde el radical punto de vista darwiniano parecía ser la ley de facto de la existencia misma. Pero en eso residía la fuerza, en soportar a la implacable crudeza de la vida, para asegurar de que las sonrisas de quienes apreciamos sigan siendo el tesoro que nos recompensan el esfuerzo diario.
Enjuagadas y rechinando de limpiecitas, nos apresuramos a correr sin ropa a nuestro cuarto, aprovechando los últimos minutos antes de que los demás se despertaran. Ignoro cuándo se empezó a volver costumbre el que anduviéramos desnudas por la casa, pero hasta a mí me sorprendió que lo tomáramos como un reto implícito. Quizás después de nuestra charla sobre responsabilidad y madurez, queríamos inconscientemente desafiarnos con algo tan atrevido. Sea cual sea la razón, jamás desperdiciaría la oportunidad de compartir un momento tan divertido con mi azulita. Eso, y porque no hay nada mejor que sentir su pachoncito trasero hundirse entre mis dedos mientras la cargaba en brazos.
La perversión no está peleada con la madurez, después de todo.
Viendo que faltaba una hora y media para el arribo de la falconiforme, yo y la dullahan nos vestimos casualmente y sin mucho esmero con prendas viejas; aún quedaba preparar el desayuno y no deseábamos manchar nuestras buenas ropas. Aunque me hubiera encantado esperar a la halcón y comer las tres juntas en algún restaurante, deseaba ahorrar dinero y tiempo en lo que pudiera. Tomando en cuenta que el museo no era la única atracción en Ueno, las expensas de la excursión podrían elevarse imprevisiblemente.
El hecho que mi azulita sea toda una experta en las artes cisorias también elevaba la balanza a decantarme por la comida casera. Ese cottage pie es una ambrosía caída del cielo. Con ella sirviéndose un caliente currywurst germano, que se había vuelto su platillo favorito, nos sentamos a consentirnos el paladar.
– "Guten Morgen, Cerea." – Saludé a la centáuride, que acababa de regresar. – "¿Cómo estuvo la caminata?"
– "Productiva y vigorizante, como siempre. Gracias por preguntar, Aria." – Sonrió la ojizarca. – "Buenos días, Lala."
– "Dia dhuit ar maidin, Centorea." – Reverenció la peliblanca. – "¿Deseas compartir la mesa con nosotras, después de tu aseo matutino? Puedo agregar vegetales al arroz en lo que tomas un baño"
– "Oh, no es necesaria la molestia, segadora." – Disintió la rubia. – "Puedo esperar a que mi Señor y Miia preparen los alimentos. Ustedes dos deben reunirse con Cetania pronto, ¿cierto?"
– "Tiempo para la familia siempre hay, descendiente de Néfele." – Respondió la irlandesa, incorporándose. – "Adelante, tendré listo un plato para ti cuando concluyas tu aseo."
– "Ya que insistes. Gracias, Lala." – La equina reverenció. – "Provecho, chicas, regreso enseguida."
Shianus se retiró a adecentarse mientras la Abismal le preparaba un desayuno vegetariano. No hizo mención alguna del incidente en la madrugada, y dudo que tuviera intenciones de indagar en ello. Yo ralenticé mi degustación, para no terminar con un plato vacío mientras las tres charlábamos. No pasó más de un minuto cuando Miia hizo su aparición y nos saludó antes de unirse a su compañera cuadrúpeda. Me ofrecí a ayudar a la dullahan en el guiso para la lamia. Eventualmente la poiquiloterma nos ayudó también, y las cuatro nos sentamos a comer.
– "Les pido perdón por mi comportamiento reciente, chicas." – Habló la ofidia, deglutiendo un omelette de huevo. – "Me pongo bastante insoportable en mis días."
– "Me imaginé que eso era. Olías ligeramente diferente." – Comenté. – "La mía fue unos días antes de llegar al país. Casi me agarro a golpes con los demás pasajeros del barco de lo irritable que estaba."
– "Aria suertuda, las arachnes sólo la sufren cada dos meses." – Respondió la serpiente. – "A veces quisiera ser como Lala, que no tiene. Y con la pena que aún me da pedirle a mi Cariño que me consiga toallas íntimas."
– "A Mi Señor no le incomoda, Miia, despreocúpate." – Aclaró Cerea, sonrojándose. – "Es decir, al menos tú no sufres lo que los centauros."
– "Ustedes tienen ciclos estriales, ¿cierto?" – Preguntó Abismal.
– "Correcto. Nos sucede dos veces al año, en diferentes estaciones." – Asintió la ojizarca. – "Los míos se suscitan en primavera y otoño. No sangramos, pero es como estar bajo un influjo moderado de la luna llena por quince días seguidos."
– "Las arpías, además de poner huevos mensuales, también sufren de tales ciclos, aunque sólo una vez al año." – Añadí. – "Cetania me contó las dificultades que tenía cada verano para calmar sus ansias. No es fácil ser lesbiana en una familia que te odia por ello."
– "Por suerte, ahora cuenta contigo para sosegarle el deseo, Aria." – Rió tenuemente Miia. – "No te enojes, Lala. Tú y la rapaz ya se notan más amigas que antes."
– "Descuida, lamia, que sé que al final yo triunfaré en la disputa por el anillo matrimonial." – Declaró la peliblanca, cruzándose de brazos. – "Que mi animadversión hacia la hija de Electra haya disminuido no se traduce en una aceptación de compartir el amor de Mo chuisle. Seguimos siendo enemigas acérrimas."
Tanto la pelirroja como la rubia esbozaron unas sonrisitas de complicidad. Yo permanecí callada, pero igualmente feliz. Me alegraba que incluso ellas notaran los cambios que se suscitaban entre la azulita y la emplumada. La esperanza de un final feliz aún podía atisbarse.
– "Claro, claro." – Desestimó la serpiente. – "Volviendo al tema, aún no sé cómo le harán Suu o Mero. ¿Acaso ellas tienen?"
– "Le aseguro que mi especie también posee ciclo menstrual, Miia-san." – Aseguró Meroune, siendo empujada por Rachnera. Hizo una reverencia. – "Bonjour, mes amis. Bon appétit."
– "Buenos días, Mero-sama. Rachnera, buenos días también para ti." – Regresó el gesto la centáuride. Nosotras la imitamos. – "¿Decía usted, Mero-sama?"
– "Las sirenas igualmente tenemos regla, como los humanos." – Prosiguió la acuática. – "Sin embargo, la nuestra se manifiesta en pequeñas esferas muy parecidas a las secreciones de nácar endurecida producidas por los moluscos; es decir, perlas."
– "¿Perlas?" – Cuestioné. – "¿Cómo las de las almejas?"
– "Correcto, Aria-sama." – Asintió la princesa. – "Debido a que la presencia de sangre atraería a depredadores inmediatamente, las sirenas expulsamos pequeñas perlas de diversos tonos, según la especie. Son muy similares a las halladas en los bivalvos, aunque los colores y el reflejo no son tan finos como los de una perla real."
– "Me imagino que aquello las habrá hecho blancos de cazadores de joyas." – Comentó la tejedora. – "Más allá de la cromática y calidad, una perla es una perla."
– "Desgraciadamente así es, Rachnee-sama." – Suspiró la mujer de pelo rosa. – "Empero, el valor de tales objetos son muy inferiores, por lo que la caza de éstos decayó rápidamente. Además, sufríamos más con redes de pesca, conflictos en altamar o contaminación que por la depredación."
– "Espera un momento, Mero." – Injirió la lamia. – "Te he visto llevar un collar de perlas en ocasiones. ¿Acaso…?"
– "¡Por Dagon, por supuesto que no, Miia-san!" – Se apresuró a dilucidar Lorelei. – "Aquellas prendas son regalos de nuestros familiares de las costas Innsmouth. Bajo ninguna circunstancia me atrevería a tales disparates que sugiere."
– "Aún así, tales perlitas son excelentes para armar juguetes eróticos." – Agregó una maliciosa Rachnera, alejándose con la sirena. – "Prepárennos algo rico mientras nos bañamos. Que aprovechen."
La arachne dejó a cuatro mujeres mudas y con los rostros tan rojos como tomates mientras profería una risilla de complicidad junto a su igualmente ruborizada compañera marítima. Cuando se trata de Rachnera, sabemos que sus provocaciones no siempre están alejadas de la realidad. Decidimos, por nuestro bien, ignorar tal comentario y proseguir con el desayuno. Miia ya había finalizado y se apresuró a despejar la mente cocinando.
– "Confieso que nunca esperé a alguien como Mero coligándose con alguien como Arachnera." – Dijo Cerea, regresando a su arroz. – "Es decir, son casi polares opuestos."
– "Obedecen las leyes del magnetismo entonces." – Bromeé. – "Y Sparassus ha sido aliada del Reino Sirena del Pacífico desde que el Reich se fundó; no es nada nuevo."
– "Además, no olvidemos que muchas de nosotros alguna vez se imaginó hallarse en el lugar que estamos ahora." – Añadió la dullahan.
– "Dímelo a mí, Lala." – Expresó la lamia, meneando el cucharón en la sopa. – "Por lo menos ahora la tejedora emplea su seda para el trabajo, y no para sus fetiches sadomasoquistas."
– "Me pregunto si recurrió a tales tretas para convencer a la sirena." – Comentó la centáuride. – "No sería la primera vez."
– "¿Molesta por ya no ser quien le empuje la silla a Su Acuática Majestad, rubia?" – Provocó la pelirroja. – "¿Temes perder el favor de la heredera de la corona?"
– "No exageres, Miia, sólo lo digo por lo inesperado de algo así." – Arguyó la ojizarca. – "Además, es natural que como descendiente de una noble estirpe de caballeros, mi deseo sea servir a un miembro de la realeza. Pienso que es el orden natural de las cosas."
– "Sólo estás celosa, yegüita." – Rió la serpiente. – "Mi madre es la matriarca de nuestra aldea; eso me hace una especie de princesa. ¿Por qué no me sirves a mí también?"
– "Tú no cuentas."
– "¡Hey!"
La segadora y yo reímos. Como militar, yo comprendía la postura de Shianus, siempre anteponiendo el honor y las costumbres de su gente, aunque en ocasiones (como ésta) llegara a ser innecesaria. Pero no la culpaba; después de todo, yo siempre serviría fielmente a mi emperatriz del Éire y mi reina de Montana.
– "Buenos días." – Escuchamos entonces, seguido de un bostezo. – "Tengo hambre."
– "Buenos días." – Habló la segunda voz, también badallando.
– "Ah, buenos días, niñas." – Les saludó la ofidia. – "La comida estará lista para cuando terminen de asearse. No demoren."
– "Y Suu." – Le indicó la equina. – "Mantén a la tejedora bajo vigilancia."
– "Jawohl." – La limo realizó un saludo militar a medio bostezo.
– "Y tanto que la defendiste ayer." – La poiquiloterma meneó su cabeza. – "Al final vamos a ser de la misma familia, no sé que tanto te preocupas, paranoica."
– "Ahora eres tú la que está a favor de compartir, Sprins." – Retrucó Cerea. – "Y tanto que monopolizabas a Mi Señor cuando te conocí."
– "No negaré que al principio rechacé la idea de un harem. Era igual que tú, opuesta a las costumbres polígamas de nuestras especies." – Elucidó la lamia. – "Pero, sinceramente, entre más tiempo pasaba con ustedes, más tranquila me sentía. Tú, Mero, Rachnee, todas son buenas personas. Pienso que merecen encontrar a la persona indicada; y honestamente, no hay nadie más indicado para nosotras que Cariño, ¿no lo crees así?"
– "Wow… Gracias, Miia."
– "Y hablando del rey de Roma." – Rió la ofidia al oír al recién llegado. – "Buenos días, Cariño."
– "Buenos días, chicas." – Se acercó el aludido. – "Muy buenos, de hecho. Nada mejor que escuchar tales halagos al despertar."
– "Sólo expongo la verdad, Cariño." – La pelirroja se acercó a darle un beso. – "Las demás se están bañando, ¿quieres desayunar primero?"
– "Me temo que no, Miia, pronto deberé ir a trabajar." – Respondió él, dándose la vuelta mientras bostezaba. – "Voy a unírmeles para ahorrar tiempo y agua."
– "¡Ah, me acabo de manchar!" – Exclamó Cerea, con su bebida derramada en su blusa. – "Espéreme, Mi Señor, que también debo limpiarme."
Así, tomándolo del brazo, la centáuride ojizarca se dirigió al baño junto a su casero. Las palabras de la lamia le daban la razón, ya que el afecto de Kimihito era el principal motivo del gran cambio en la actitud de las chicas, tanto en su amistad como en el asunto de la relación que tendrían con su hospedador.
– "¡Condenada yegua tetona!" – La ofidia corrió tras de ellos, removiéndose la ropa en el camino. – "¡Esperen, yo también quiero!"
Por supuesto, la calentura también jugaba un papel importante.
– "Que no digan que el Programa no funciona." – Mencioné, continuando con mi plato. – "¿Crees que Herr Kommandant y las chicas…?"
– "Por mucho que el instinto animal domine el hipotálamo de nuestras compañeras, ellas respetarán el deseo de Kurusu de conservarse casto hasta el matrimonio." – Replicó la Abismal. – "Saben que faltar a este mandato tornaría nula la amistad que tanto les costó formar, sin que garantizara que obtendrían el favor exclusivo de su casero. No vale la pena destruir este pacífico santuario por un deseo tan egoísta y arriesgado."
– "¿Qué tal si lo hacen en grupo?"
– "En ese caso nosotras seremos quienes deberemos comenzar a usar tapones auditivos."
Ambas reímos. Ella tenía razón, las chicas, por muy deseosas que estuvieran de 'ordeñar' a Kimihito, esperarían hasta que él les colocara el anillo para dar rienda suelta a sus pasiones, y posteriormente hacerle desmayar cuando llegue la hora de mantener a tantos niños. Por Arachne, no quiero imaginar el caos que será toda una miríada de pequeñitas saltando, volando y reptando por toda la casa; las visitas de los abuelos, amigos, etcétera; sin contar las cuentas por alimento, educación, seguro médico y… bueno, digamos que me alegro de ser lesbiana. Concluyendo nuestro desayuno, y faltando ya poco para la hora acordada, comenzamos a ataviarnos para nuestro viaje.
Nos vestimos con nuestras mejores prendas disponibles. Yo me engalané con uno de los negros uniformes a la usanza de la Schutzstaffel que Rachnera me hizo, decorándolo con la banda roja del brazo con el emblema de la guadaña; la que Lala me tejió con esmero. Me daba igual que luciera como una fascista, adoro este traje. Completando la indumentaria, agregué los pines de tanque y guadaña en mi pecho, más la gorra Schirmmütze que vino incluida con el uniforme que compré en la tienda de ropa. No usaría la que me regaló mi madre, esa la reservaba para un día bastante especial.
Como guinda perfecta, y porque el clima lo requería, me coloqué la hermosa bufanda que mi azulita me había hecho. Tan deífica suavidad alrededor de mi cuello, irradiando el cálido amor que mi dama europea me profesaba, era suficiente para mantener a raya al más implacable vendaval invernal. La segadora se hizo con su añil vestimenta de las WAVES americanas, incluyendo el sombrerito blanco, inaugurando su primer uso desde que le compré el atavío. Con su pin dorado de araña en el pecho, la negra bufanda y el collar de la blanca flor, la irlandesa estaba lista para la aventura.
– "¿Sabes, Spatzi? Creo que voy a tener qué cancelar todo."
– "¿Por qué lo dices?"
– "Porque es ilegal que vayas por ahí rompiendo los corazones de quienes te vean pasar." – Reí tenuemente, mientras la abrazaba. – "Estás aún más hermosa, linda. ¿Cómo le haces?"
– "Nunca subestimes la perfección del Abismo, mortal." – Me acarició la barbilla. – "Tú también eres preciosa, A chuisle."
– "No exageres, que parezco la próxima invasora de Polonia."
– "Es verdad, pero no quería hacerte sentir mal."
– "Ay, tú, muy chistosa."
Riendo y dándonos un beso, nos dimos unos últimos retoques antes de reunirnos con los demás miembros la familia, que charlaban y degustaban en la mesa antes de retirarse a sus rutinas diarias. No pasó mucho cuando escuchamos sonar al timbre. El tiempo había llegado. Abriendo la puerta, la segadora y yo nos encontramos con una muy atractiva ave de presa, emperifollada con una camiseta (o remera) negra de mangas cortas, y de mitad de longitud, dejando al descubierto su abdomen y ombligo. Como era de esperarse de la pajarita, la remera se hallaba estampada con la carátula del disco The Trooper, de Iron Maiden. El zombie dibujado, de tener vida, se sentiría en el paraíso por encontrarse entre las voluptuosas montañas pectorales de la americana.
Ella complementaba el atuendo con unos descoloridos pantalones vaqueros azules, con algunas roturas en la tela, que remarcaban sus perfectas caderas; además de un grueso cinturón café colgando de su cintura, que le daba el aire libre que caracterizaba a la rebelde rapaz. Los aretes en forma de atrapasueños colgando de sus puntiagudas orejas y el rojo collar de corazón en su cuello eran la cereza de tan exquisito postre visual. La adulé con un silbido, con ella respondiendo inflando (aún más) su pecho, orgullosa. Lala, simplemente giró los ojos. A su manera de vestir, las dos representaban la dualidad entre lo elegante y lo casual que me atraía de ambas; los dos aspectos que, al unirse, me complementaban a la perfección.
– "Me encanta que me comas con la vista, flaquita, pero modérate un poco." – Proclamó la castaña, haciendo una pose sexy. – "Podría darte indigestión de ricura."
– "Al contrario, contemplarte por tiempo prolongado ocasiona efectos similares a ingerir laxantes." – Retrucó la dullahan.
– "Y a ti la suciedad se te escapa por la boca, enana del demonio." – La halcón torció la boca. – "Fuck, Blondie, ¿no podemos dejar a Pitufa Amargada amarrada a un árbol o algo así?"
– "Y ni siquiera ha pasado un minuto." – Suspiré. – "Prometieron portarse bien hoy."
– "Vale, vale, ya nos calmamos, flaca." – Desestimó con el ala la estadunidense. – "Pero que conste que fue esta cabeza floja quien comenzó."
– "Buscabas contestación a tu irrisoria coquetería, yo atendí al llamado." – Replicó la segadora. – "Que la respuesta no haya sido la que esperabas no significa que ésta carezca de verdad."
– "¿Lo ves? Y encima la cínica lo justifica."
– "Si no soportas la realidad, sugiero no salir nuevamente de tu choza tribal, peste alada."
– "Yo voy donde se me pega la regalada gana, maldita hija ilegítima del Monstruo Comegalletas." – La arpía le sacó la lengua. – "Bleh, olvídalo, que no quiero amargarme el día. ¿Ya nos vamos, flaca?"
– "Sí, la estación está a nueve minutos. Podemos llegar temprano tomando la Línea Tobu-Tojo." – Respondí, observando mi reloj. – "Ahora, espero que guarden la compostura de ahora en adelante, que no estoy de humor para soportar niñas chiquitas."
Ahí, sentí la sensación de suaves plumas rozarme el abdomen arácnido.
– "Aria-nee, Aria-nee." – Me habló Papi. – "¿Ya se van de paseo?"
– "¿Eh? Ah, sí, Papi, estamos partiendo ahora."
– "Oh, ¿y tienen mucha prisa?"
– "Si queremos aprovechar el día, entonces sí. ¿Por qué lo preguntas?"
– "Es que…" – Juntó sus alitas. – "Bueno… ayer las escuchamos platicar sobre algo y…"
– "Papi, ¿quieres acompañarnos al museo?" – Injirió Lala.
– "¡Sí!" – Contestó con entusiasmo la arpía azul. – "¡Suu también quiere ir! ¿Verdad, Suu?"
– "¡Museo!" – Dijo la limo, agitando la probóscide de su cabeza.
– "¿Podemos ir? ¿Porfis?"
– "Spatzi…" – Le murmuré a la Abismal. – "El plan éramos nosotras tres."
– "No veo razón que este pequeño ajuste en el programa afecte nuestra convivencia." – Me replicó. – "Además, sería una excelente excursión didáctica para las niñas."
– "Flaca, no olvides que es la hija de ya sabes quién." – Me susurró Cetania.
– "Pero ni ella ni el superintendente lo saben." – Respondí.
– "Cierto, pero imagina que su entusiasmo la haga querer seguirnos y salga volando tras nosotras." – Argumentó. – "Si se pierde, lastima, o peor, el único paseo que haremos será por el Estigia."
– "¿Ya hicieron sus deberes las dos?" – Le preguntó la irlandesa, acariciando sus cabezas. – "¿Limpiaron su habitación? ¿No tienen tareas pendientes de las clases de Meroune? ¿Han comido sus vegetales?"
– "¡Sí, hemos sido muy obedientes!" – Proclamó la jovencita emplumada. – "¡Lo juramos con el dedo chiquito!"
– "¿Lo ves, flaca? Son buenas chicas." – Me sonrió la rapaz. – "Anda, acepta. La familia debe estar unida, ¿recuerdas?"
– "Bien, ustedes ganan." – Suspiré. Me agaché hacia las pequeñas. – "Con una sola condición, niñas: no se despegarán de nosotras y obedecerán en todo lo que digamos, ¿de acuerdo? Anden, vayan a vestirse, aquí las esperamos."
– "¡Jabón!" – Contestó Papi.
– "Jawohl." – Le corrigió la limo.
– "¡Sí, eso! ¡Jaibol!" – La arpía hizo un saludo marcial. – "¡Enseguida volvemos! ¡De prisa, Suu!"
Con la gelatinosa chica volviéndose bolita y subiéndose a la cabeza de su añil compañera, el hiperactivo dúo corrió con celeridad hacia su cuarto, extasiadas de alegría. Yo disentí con la cabeza, riendo tenuemente. No podía decirle que no a ese par de revoltosas, tenían la misma curiosidad y entusiasmo que yo cuando era una pulguita de apenas metro y medio; una visita al museo sería perfecta para calmar su curiosidad y mantenerlas contentas. Además, los abrazos de esas dos eran la panacea a todas las disputas, y mantendrían sosegados los ímpetus combativos de la americana y la irlandesa. Ni siquiera mi madre fue capaz de resistirse a los achuchones del dúo plumitas-gelatina.
Espero también sirvan por si tratan de corrernos del lugar…
Pasados un par de minutos, las dos regresaron ostentando sus relucientes atavíos. Papi se había trajeado con un níveo vestido de una sola pieza, con un negro listón alrededor de la cintura. Como en sí la tela era algo transparente, me alegré que también vistiera su camisa de tirantes negra y unos pantaloncitos cortos del mismo tono, debajo de la prenda; así nadie le vería los calzones como a Marilyn Monroe cuando arrecie el viento. Suu, por su parte, llevaba su nuevo impermeable de ibis crestado, basado en el personaje homónimo del anime Kemono Cuatas. Venía incluido con un bolso rojo, y la capucha llevaba un par de alitas blancas de puntas rojas, haciéndola ver muy mona. Dándole un abrazo de despedida a su casero, las niñas partieron junto a nosotras en dirección a la estación más cercana.
– "¿Te sientes mejor del ala, Süsse?" – Le pregunté a la halcón. – "No la llevas vendada."
– "Un poquito. No duele, pero aún no puedo volar o levantar cosas muy pesadas." – La movió. – "Debería estar sanada totalmente en unos días. Parece poco, pero la resistencia del viento a alturas superiores exigen mucha fortaleza."
– "Mi mamá siempre decía que jamás debíamos volar muy alto durante el invierno." – Comentó Papi. – "Porque incluso con el calor del sol, nuestro cuerpo es muy susceptible a enfriarse y tensar nuestros músculos. En ocasiones yo lo olvidaba y casi paso a estrellarme contra el suelo cuando iba a atrapar pescaditos al río."
– "Yup. Se necesita una masa corporal y plumaje como el mío para soportar las bajas temperaturas." – Continuó la falconiforme. – "Sin embargo, a mayor altura, la densidad de oxígeno es menor, lo que se traduce en mayor esfuerzo muscular y más energía necesaria; energía que una rapaz debería concentrar en someter a su presa. Menor efectividad es igual a menor oportunidad de sobrevivir, así de simple."
– "Los problemas de estar al tope de la cadena alimenticia." – Opiné. – "Es peor para una Cazadora. A menos que hayamos perdido una extremidad o estemos en condiciones delicadas, el dolor no debe ser impedimento para desempeñarte como depredadora. O soldado."
– "¿Te obligaban a entrenar a pesar de hallarte herida, A chuisle?" – Cuestionó Lala.
– "Era lo común en Sparassus." – Repliqué. – "Por eso me recuperé relativamente rápido; estaba acostumbrada a sanar bajo estrés. Claro que, jamás tuve que reposar por enfrentarme a un dragón."
– "Y te quejabas de que Dyne sólo piensa en adiestrarse, flaca." – Rió Cetania. – "A veces creo que el viejo Helmutt se hizo bolas con las suyas, y le dio los genes militarizados a la grillita."
– "Han de ser los cromosomas rusos de mi abuela." – Respondí. – "Ya sabes cómo son los eslavos: fríos, belicosos y testarudos como la estepa siberiana."
– "¿Entonces los alemanes son torpes y concupiscentes?" – Bromeó la nativa de Montana.
– "Y propensos a luchar en dos frente al mismo tiempo." – Agregó la dullahan.
– "Y a romper sus pactos." – La estadounidense me echó una mirada acusadora. – "Como andar coqueteando con una muerte viviente…"
– "Y a cometer equivocaciones tácticas." – La segadora añadió. Entonces susurró. – "Como con la mensajería instantánea..."
– "Y a que les salga el tiro por la culata." – Prosiguió la rapaz. – "Como besar a su consanguínea…"
– "O como lograr que antiguas naciones enemigas se alíen por un objetivo común." – Retruqué, tomándolas a ambas del brazo. – "¿Lo ven? ¿Qué harían sin los germanos?"
– "No habría jabones." – Declaró Papi, alzando su pulgar con aire inteligente. – "Porque Esposo dice que el jabón es para combatir gérmenes."
No pudimos evitar estallar en una carcajada por tan jocosa confusión por parte de la arpía menor, uniéndose ella y la limo en la risa grupal. Sí, traerlas había sido la decisión correcta. Llegamos a la estación de Asaka y abordamos el tren, esperando hacer cortas escalas en once paradas. Las chicas y las niñas platicábamos sobre asuntos triviales, aunque Papi dejaba escapar una que otra interesante anécdota de su tiempo como miembro de su propia tribu, cuando pequeña.
No recuerda muchos detalles de ello, como la localización de su pueblo o incluso si tiene más parientes (aunque nos aseguró que posee muchas primas), pero recuerda que siempre habló japonés, por lo que debía ser nativa nipona. Suu no remembraba nada antes de salir por el fregadero de la residencia Kurusu. Justo al cambiar de vagón de la Línea Yamamoto, en la parada de la estación de Ikebukuro, vimos a dos conocidas figuras abordar el transporte, demasiado enfrascadas en su conversación como para notarnos.
– "¿Puedo preguntar para qué demonios compraste ese espantoso helado?" – Cuestionó la primera mujer. – "¿Y puedo saber por qué rayos usaste mi dinero para ello?"
– "En primera, porque la araña me lo recomendó." – Le contestó su amiga, secándose los dedos con un pañuelo. – "¿Tenía razón ella sobre su exquisitez? No, pero ya es tarde para quejarse."
– "Te dije que 'tinta de calamar' era sólo un título comercial, no un ingrediente."
– "Seh, seh." – Desestimó con la mano. – "Y en segunda, el efectivo pertenece a ambas para costear este condenado viaje, así que no veo problema en un pequeño refrigerio."
– "Efectivo que nuestra superior dejó bajo mi supervisión." – Contraatacó la primera. – "Y que únicamente está permitido gastar en lo estrictamente necesario. Si nos quedamos sin numismáticas reservas, acabaremos varadas a mitad del jodido Taitō sin un centavo. De suceder, me regreso a los cuarteles sin ti."
– "¿Serías capaz de tanta crueldad?" – Su amiga hizo pose exagerada. – "¿Es acaso tan negro tu corazón como tu piel?"
– "Lo único negro aquí serán tus ojos, y no lo digo por esas ojeras que te cargas, mapache argentino."
– "Relájate, Vany, que se te amargará el relleno de chocolate."
– "Te odio."
– "Yo también te quiero, negrita." – Comenzó a pestañear rápidamente. – "¿Verdad que soy un amorsh?"
– "¡Hey!" – Les habló Cetania. – "¡No se roben mis frases!"
Las dos finalmente notaron nuestra presencia. Ambas poseían llamativos ojos verdes, pero una era de tez oscura, mientras la otra era dicotómicamente de piel blanca, con un largo cabello rubio. No eran otras sino Saadia Redguard y Emily Wilde, respectivamente; ésta última fungiendo como nuestra psicóloga.
– "Vaya, vaya, pero si son las estrellas del momento, junto con toda la familia." – Declaró Redguard, acercándose. – "Smith nos informó de que ya habían salido del hospital, pero no esperaba verlas por ahí tan pronto. ¿Qué hacen aquí?"
– "Vamos al Museo de Ciencias Naturales, en Ueno." – Respondí. Apunté a mi novia de añil epidermis. – "Chicas, les presento a Lala, mi amada reina proveniente de la lejana Irlanda."
– "Saadia Vanessa Redguard, graduada del MIT, para servirte." – Saludó la afroamericana, ofreciéndole la mano a la susodicha. – "Seré una zombie, pero sigo siendo la de menta más viva en todo MON."
– "Emily Adeline Wilde." – Se unió la rubia, estrechando la otra. – "Je, piel azul, pelo blanco y ojos dorados; los mismos colores de la bandera de mi natal Argentina."
– "Un gusto en conocerlas." – Sonrió la Abismal, devolviendo el gesto. – "Mo chuisle me ha hablado mucho de ustedes."
– "Espero que sean cosas buenas." – Dijo la muerta viviente, viéndome de soslayo. – "Sería una pena que en el próximo reporte de entrenamiento figurara un bajo desempeño de su parte."
– "Y luego te preguntas por qué no quieren a los negros, Sandy." – Comentó la argentina. – "¿Quiénes son las niñas?"
– "¡Hola, soy Papi!" – Saludó la joven arpía, sonriendo. – "¡Ella es Suu! ¡Diles hola, Suu!"
– "Hola, Suu." – Contestó la limo. Clásico chiste.
– "Hmm…" – Wilde miró a la verde pequeña, con expresión meditativa. – "Interesante."
– "¿Qué sucede, tetas aguadas?" – Le preguntó Vanessa a su amiga.
– "Masa corporal informe, glauca tonalidad epidérmica..." – Comentó la rubia. – "No cabe duda, es un moco viviente."
Ahí, Suu le tocó la nariz con su probóscide.
– "¿Eh? ¿Qué haces?" – Interrogó Emily.
– "Pinocho." – Respondió la limo.
– "¡Andá a cagar a la reconchísima del pato en tanga, gil-atina pelotuda!" – Zahirió una furiosa argentina, en su florida lengua natal. – "¡Que te culee el trabuco de tu madre, la puta que te parió, sorete!"
– "Emy, tranquila, no hagas una escena aquí." – Saadia la sostuvo de los hombros, aguantando la risa. – "Tú te lo buscaste por payasa, cálmate."
– "¡No me rompás lo huevos, conchuda!" – Se intentó zafar. – "¡Soltáme que mato a esta hija del orto!"
– "Su estructura molecular líquida es inmune a tus ataques físicos, sin contar que es un delito atacar a un liminal." – Insistió la doctora de Chicago. – "Anda, déjate de tonterías, que la gente nos está viendo."
– "Sandía-nee." – Le habló entonces Papi, tocándole el brazo con un ala. – "¿Le duele mucho?
– "Me llamo Saadia, niña. ¿Y qué cosa dices que me duele?"
– "Su piel." – Afirmó la arpía, preocupada. – "Es que… está toda quemada."
Desconozco si en verdad ellas dos son inocentes, o sólo se aprovechan de su infantil apariencia para salirse con la suya. La rapaz y yo mantuvimos a raya la rabia del dúo bicolor, mientras les recordábamos los años que deberían pasar en el 'hotel barra-gris' si llegaran a tocarle un pelo a las pequeñas, especialmente a la hija del superintendente. Por suerte la castaña y yo siempre cargábamos con nuestra identificación de repuesto, indicando que éramos agentes capacitadas, en caso de que algún policía decidiera intervenir. Con los ánimos ya sosegados, las belicosas se sentaron a nuestro lado, con la segadora asegurándose de que las diablillas no invocaran la vesánica ira de las doctoras.
– "Y, ¿qué las trae por aquí?" – Interrogó la halcón. – "¿Smith les dio el día libre?"
– "Esa bruja no es tan magnánima, Montana." – Contestó la afroamericana. – "La muy ladina nos envió a mí y a esta rubia oxigenada para asistir a la Expo-Neko que se desarrollará en Akihabara."
– "Como su nombre lo indica, es un evento para celebrar la influencia de los liminales felinos en Japón y el mundo." – Agregó Wilde. – "Una reunión masiva de gatos, literalmente."
– "¿Y qué espera obtener la capitana de ello?" – Pregunté. – "¿Técnicas para deshacerse de ratones?"
– "Reunir información para actualizar nuestras guías sobre las extraespecies." – Dilucidó Redguard. – "Lo crean o no, el Programa de Intercambio lleva más de tres años sin renovar sus datos respecto a liminales, y nosotras fuimos las elegidas para hacer un reporte sobre las especies gatunas. Entrevistas, datos culturales y científicos, etcétera. Todo un día indagando sobre nuestros amigos maulladores, en pos del avance de nuestra sagrada Acta."
– "Un asunto muy peliagudo." – Bromeó la falconiforme. – "Pero, ¿por qué precisamente ustedes? ¿No tiene el Programa gente especializada en ese campo?"
– "Agradézcanle a esta mujerzuela de pechos caídos y a su impertinente lengua." – La zombie apuntó a Emily. – "Kuroko se encontraba charlando con sus subordinadas sobre cómo cooperar para el proyecto, porque MON siempre debe ayudar en lo que pueda, blah-blah, su discurso trillado de siempre. Bien, ella mencionó que Kanna, siendo una nekomata, podía servir para que nosotras aportáramos nuestro granito de arena."
– "Aunque ignoro qué valiosa información obtendrían de una simple conserje." – Masculló la argentina.
– "Sí, y precisamente esa fue la frase que la hizo amonestarnos con entrevistar a alguien más importante que una gata lava-retretes, según tus propias palabras." – Bufó Vanessa, cruzándose de brazos. – "Muchísimas gracias, pelotuda."
– "¿Cómo iba a saber que Kanna estaba lo suficientemente cerca para escuchar mis comentarios?" – Le recriminó la rubia. – "¡¿Y qué luego exigiera un aumento por supuestos daños a su dignidad?!"
– "¡Es una felina, nariguda mongólica! ¡Podría incluso oler que no te cambias los calzones en una semana!"
– "¡¿Qué culpa tengo que Smith sea tan hinchapelotas para castigarnos con esto?!"
– "¡¿Qué culpa tuve yo para que me amonestaran junto a ti?!"
– "¡Somos amigas, ¿no?!" – Aseguró Emily. – "¡Pues nos jodemos juntas, te guste o no!"
– "¡Ay, qué buena amiga eres, Wilde! ¡Te aprecio tanto, compañera del alma! ¡No sabes cómo me encanta que me traten como negra!"
– "¡Pues es lo que eres!"
– "¡Negro tienes el culo!"
– "¡¿No te mordiste la lengua, changa mugrosa?!"
– "¡Ya no peleen!"
La reyerta verbal llegó a un alto absoluto cuando ambas voltearon la vista para encontrarse con una pequeña arpía de azul plumaje, temblorosa, con sus enormes ojos naranja humedecidos, amenazando con tornar las rosadas mejillas de su dueña en un cauce acuático improvisado. Percatándose de que el resto de los pasajeros las observaban azorados, y que estaban arriesgándose a tomar aún más mala fama al hacer llorar a una niña liminal, las agitadas contrincantes firmaron un implícito armisticio para reconfortar a la afligida pajarita. El proceso de pacificación fue acelerado cuando la doctora Wilde reveló dos paletas de caramelo y se las entregó a la arpía y la limo. Daba igual que los dulces estuvieran medio derretidos, a las pequeñas les encantaba la sacarina concentrada.
– "Lamentamos ese inicuo despliegue de compañerismo malsano, chicas." – Comentó Saadia, suspirando. – "Debemos comportarnos como las profesionales que somos."
– "Carajo, odio darle la razón a la bruja de Smith." – Espetó la rubia. – "Pero la negra tiene razón, no hay que regresar a la era cavernaria."
– "El estrés siempre saca lo peor de una." – Opinó Lala, acariciando la cabeza de Suu. – "Yo misma me he visto en penosos altercados por la presión del súbito aumento de comensales, aunque siempre me recuerdo que la civilidad es primero. El uniforme nos exige responsabilidad."
– "Y yo ignoro cómo diablos no le he metido un balazo a la desgraciada de Titania. Aunque logramos combatirlo inventando insultos sobre ella." – Añadí. – "¿Cuántos términos despectivos llevamos ya, Süsse?"
– "No tantos como ella tiene para las tres." – Replicó la falconiforme, con Papi sentada en sus piernas. – "Juro que con esa habilidad de combinar insultos en japonés y español, ha creado un nuevo idioma exclusivamente a base de palabras soeces."
– "Yo cuento con esta narizona para desquitarme." – Afirmó Vanessa, apuntando a su amiga. Ésta le sacó la lengua. – "Pero generalmente sucede en privado, sin daños colaterales. O al menos en terceras personas."
– "Y Smith se desquita con ambas. Qué hermoso ciclo." – Dijo sarcásticamente Emily.
– "Todos somos el puerquito de otro." – Expresó Cetania. Ahí notó a Papi jugando con su celular. – "¿Qué haces, hermanita?"
– "No quiero que nadie más esté triste, así que voy a hacerlas reír." – Musitó la niña. – "¡Ah, lo encontré! ¡Sandía-nee, Pinocha-nee, miren!"
Soy un pingüinito y tengo aletitas~
Era una suerte que diez segundos después hubiéramos llegado a la estación Okachimachi, y las puertas del vagón nos proveyeran una salida de escape veloz. De lo contrario, ignoro qué tan lejos Redguard y Wilde habrían volado del golpe que les hubiera dado en la boca para silenciar sus estrepitosas y endemoniadas carcajadas. La culpa era de Papi por mostrarles en primer lugar esa embarazosa grabación, claro, pero ella poseía inmunidad diplomática por estar emparentada con los altos mandos. Dejando a la zombie y la psicóloga destartalarse de la risa en el tren, emprendimos la caminata hacia el Parque de Ueno, a un par de minutos de distancia.
Era una suerte que ese día toda la atención estuviera sobre la Expo-Neko, o seguramente alguien de la prensa nos hubiera reconocido al notar a nuestro variopinto grupo; en particular desde que yo andaba ataviada como si fuera a iniciar la Tercera Guerra Mundial. Por suerte, el parque era una zona de gran afluencia de extraespecies, con varios liminales pululando el lugar junto a sus caseros y compañeros, camuflándonos con facilidad. Además, estando en un centro donde se coligaban la tradición, cultura e innovación, representada por los sitios históricos y los numerosos museos respectivamente, nosotras éramos lo de menos.
Teníamos a nuestra disposición una miríada de opciones para entretenernos. Podíamos revisitar el pasado del país del sol naciente con atracciones como la pagoda de Kan'ei-ji, que fuera destruida durante la batalla de Ueno, al final de la era Tokugawa; el monumento al Shōgitai y el mausoleo al shogun Tokugawa, facciones beligerantes en dicho conflicto; el templo a la bodhisattva Kannon; o el dedicado a la diosa Benzaiten. Y por el otro lado, contábamos con toda una plétora de museos para escoger, como el Arte Metropolitano; el de Arte Occidental; y por supuesto, el de Ciencias Naturales.
– "Aria-nee, Aria-nee." – Habló Papi. – "Esposo una vez mencionó que por aquí había un zoológico. ¿Podemos ir?"
– "Quizás en otra ocasión, pajarita. Hoy vamos al museo." – Respondí. – "Además, el de Tama está más grande y bonito."
– "Aww, pero yo quería ver a los changuitos." – Dijo la arpía. No la azul, sino la castaña. – "Digo, ya vimos a dos en el tren, pero esas estaban rabiosas y llenas de piojos."
– "Suficiente tenemos contigo para satisfacer nuestra curiosidad de animales salvajes, peste alada." – Bromeó Lala. – "Suu, no te alejes mucho."
– "Rana." – La limo señaló a su izquierda: una fuente con forma del mencionado anfibio.
– "Ah, qué lindo anuro." – Opinó la irlandesa. – "Tienes sed, ¿cierto Suu?"
La gelatinosa chica afirmó con la cabeza y, sentándonos en las bancas alrededor de la susodicha fuente batracia, después de haber comprado unas bebidas, admiramos la hermosa vista de la concurrencia reunida por los caminos de tan importante centro histórico. Había mucho qué hacer, mucho para ver, pero lamentablemente veinticuatro horas y un presupuesto limitado no son suficientes para darnos un tour completo de las maravillas de Ueno. Sin embargo, el objetivo principal, disfrutar en familia, se cumplía satisfactoriamente.
– "¿Pueden creer que alguna vez por aquí, el único panorama fuera un campo de batalla cubierto cadáveres y edificios humeantes?" – Comenté, viendo a las niñas acariciar un gatito que paseaba por ahí. – "Y ahora, rebosa de vida y tranquilidad. Una prueba más de que únicamente la paz conservará la belleza inherente de lo que nos rodea."
– "Para personas como tú y yo, flaca, que nacimos en la batalla constante, eso posee mucha importancia." – Opinó la rapaz, relajándose en su asiento, viendo al cielo. – "Tú también, ¿cierto, azulosa? Libras una lucha diaria a tu manera."
– "Una muy acertada metáfora, halcón." – Asintió la dullahan. – "Mi lucha no se compara con la magnitud de la que ustedes forman parte, pero esos aparentemente conflictos aislados son parte de una contienda mucho más grande: la que se encarga de mantener al mundo andando."
– "Yo siempre afirmé que la vida era una guerra." – Injerí. – "Pero nunca supe si la paz era la recompensa al concluir la pelea. Ahora me doy cuenta de que esa paz no es una consecuencia al finalizar el conflicto, sino el fruto directo de la constante batalla. Ninguna paz es eterna, se debe luchar siempre por ésta si es que deseamos disfrutarla en primer lugar."
– "La gran paradoja de la vida." – La americana colocó su ala sobre mi mano. – "Pero, hey, siempre hay que pelear por lo que deseamos. Desde el bienestar de la nación, hasta conquistar el corazón de quien amamos."
– "Y las tres somos distinguidas soldados del amor."
– "Me gusta cuando eres tan cursi, A chuisle." – Rió tenuemente la segadora. – "Es señal de que te sientes tranquila."
– "Estoy en un hermoso sitio declarado patrimonio de la humanidad, junto a dos aún más radiantes bellezas." – Afirmé, sonriendo. – "Mi alma no puede estar más alegre."
– "Ya le diste cuerda, enana." – La halcón disintió con la cabeza. – "Ahora va a decir que sería más feliz si las tres nos estuviéramos besuqueando con todo y lengua."
– "Y sin ropa alguna." – Agregó la irlandesa.
– "Ahora estoy contenta porque me conocen perfectamente." – Reí. – "Pero les aseguro que todo eso sucederá."
– "Cuando los cerdos vuelen, araña." – Aseveró la estadounidense.
– "¡Ah, qué bonito!" – Exclamó Papi. – "¡Suu, mira!"
Alzando la vista a donde el añil pulgar de la pajarita señalaba, atisbamos un pequeño biplano monoplaza color rojo llevando un enorme banner publicitario en la cola. El anuncio, con las letras más chillonas y claras, leía 'El Demente Emporio del Orco Loco – Rebajas hasta del 99%', y mostraba la caricatura del liminal aludido, que guardaba mucho parecido con el porcino piloto al mando, fácilmente visible desde la cabina sin cubrir del avión. Mientras el aeroplano se alejaba en el horizonte, con el sonido del aspa produciendo un languideciente eco alrededor, mi condescendiente sonrisa se mantenía en su cenit. Al mismo tiempo, contemplaba de reojo a Cetania y la gota de sudor que le recorría desde la frente hasta la circunferencia de sus mejillas.
Tal vez los orcos aún posean el estigma que el aumento en la participación de su estirpe en actividades ilícitas les otorgó, y es posible que yo tampoco tuviera una buena imagen de ellos. Empero, en ese momento, aquel liminal de porcunas facciones fue como un ángel de justicia divina que me concedió una esplendorosa victoria ante la rapaz. No dije nada, sencillamente disfruté de la fresca brisa que meneaba las hojas sueltas por el aire, formando fugaces torbellinos vegetales. Lala se mantenía igualmente callada, posiblemente debatiéndose entre alegrarse por ver a su rival comerse sus propias palabras, o preocuparse de que el aforismo de la castaña hubiera presagiado el desenlace que más me favorecía.
El calor del sol nunca se sintió tan bien.
– "Creo que ya deberíamos movernos." – Insté a las chicas. – "¿O quieren ver algo más? Tiempo actualmente sobra."
– "Ya que lo mencionas, tengo curiosidad en visitar el santuario dedicado a la diosa Benzaiten." – Contestó la dullahan. – "Se encuentra ahí, rodeado del estanque Shinobazu."
– "Uhm, ella era una de las Siete Kamis de la Fortuna, ¿no?" – Preguntó la americana. – "¿Por qué el interés, azulosa?"
– "La deidad es representada generalmente con una serpiente blanca, que trae buena fortuna a quien sueñe con ésta." – Respondió la segadora. – "Aunque no era de albugíneas escamas, hoy soñé con una sierpe pequeña. Los Abismales no creemos en los panteones mortales, pero la idea detrás del folklore instiga mi curiosidad."
– "Quizás sea una señal, enana." – La castaña estiró su cuerpo. – "Yuuko me confesó que un día ella soñó que volaba junto a una bandada de aves a través del Pacífico. Ese mismo día, Smith la asignó como mi casera. Qué coincidencia, ¿cierto?"
– "El Abismo tenga piedad." – Expresó la irlandesa. – "Un presagio de mal agüero que se hace realidad."
– "Kiss my peachy ass, pipsqueak." – La halcón le sacó la lengua. – "¿Qué hay de ti, flaca? ¿Has tenido tales premoniciones oníricas?"
– "El día antes de los atentados, mi visita a los reinos de Morfeo se transformó en un escape de los dominios de Fobétor. Es decir, tuve una pesadilla." – Afirmé. – "Soñé con un espantoso tornado, negro como la noche más oscura. Giraba amenazadoramente frente a mí, el torbellino elevando escombros y perforándome los tímpanos con la horrísona cacofonía, pero sin moverse de su sitio. Sólo éramos aquel inicuo remolino y yo, pero sentía que en algún momento, yo debería saltar adentro… o él mismo me absorbería."
– "Funesto augurio de lo que desgraciadamente se tornaría real." – Opinó la nativa del Éire. – "Nunca me contaste sobre tan peculiar vaticinio, A chuisle."
– "Porque no era la primera vez que sucedía, querida." – Respondí, sonriendo para calmarle. – "Estoy segura que ese impetuoso embudo de aire era meramente una manifestación de mis temores internos girando alrededor de la incertidumbre del futuro. Tarde o temprano tendría que enfrentarme a estos. Tranquila, que después de todo lo que ha sucedido, la nidhögg ha reemplazado al tornado en mis pesadillas."
– "Y al menos sabes que a esa puedes vencerla." – Dijo la falconiforme. – "No olvides soñar con esta pajarita, para que te ayude."
– "Ah, por eso no se preocupen, lindas, que ustedes son las estrellas indiscutibles de todas mi fantasías nocturnas." – Aseguré, sonriendo pícaramente. – "Les daría detalles, pero hay niños presentes."
– "Eres incorregible, cazadora." – La peliblanca disintió con la cabeza. – "Por cierto, ¿dónde están las pequeñas?"
Hallamos nuestra respuesta al ver al dúo plumas-gelatina transformado en líderes de su propio desfile. Por alguna razón, las chiquillas habían logrado amasar su pequeño ejército de gatos, y ahora los felinos las seguían casi ordenadamente. Ver a las niñas formar su trenecito de mininos era una imagen bastante tierna, y apremió que todos los presentes inmortalizaran el momento con las fotográficas lentes. Empero, el hechizo se quebró de inmediato cuando se reveló que la razón de la gatuna escolta se debía a que Suu llevaba el cadáver aplastado de una ardilla en una de sus gruesas botas para lluvia, aún fresco, naturalmente atrayendo la atención del peludo séquito cuadrúpedo.
Después de dispersar a esos sacos de pulgas maulladores, y haber lavado el calzado de la limo en un baño cercano, aprovechando también para un vistazo rápido al monumento del Shōgitai, emprendimos nuestra caminata hacia el templo de la deidad budista. Atravesamos la calle que lleva al lugar, en medio de uno de los entronques más populares del lugar, lleno de coloridos edificios y demás atracciones que capturaban la atención de las niñas. Luego de cumplirles a esas dos el capricho de tomarse una foto junto a un par de arbustos con forma de panda, llegamos a nuestro destino.
Recorrimos la vía que lleva hasta el edificio. Como dijo Lala, había sido construido en una pequeña península en medio del estanque Shinobazu, cuyas aguas estaban ocultas tras la tupida capa de verdes lirios y lotos que lo tapizaban. Ya que era invierno, las flores aún no hacían su purpúrea aparición, pero los insectos revoloteaban con total libertad entre las hojas. Había una sección del estanque donde los cormoranes solían anidar, pero en esa época del año habían emigrado a lugares más cálidos. Subiendo las escaleras que llevan a la entrada, nos encontramos una agradable sorpresa de casi dos metros de alto, contemplando la enorme caja de donaciones.
– "¡Amanda-nee, eres tú!" – Corrió a saludarla la jubilosa Papi. – "¡Hola, hola!"
– "¡Ah, bonjour, Papi-chan, Suu-chan!" – Sonrió la minotauro, agachándose para abrazarlas. – "No las veía desde la fiesta. ¿Qué cuentan, pequeñas?"
– "¡Venimos a ver el Museo de Nietas Censurables!" – Replicó la arpía.
– "Ciencias Naturales." – Corrigió la limo.
– "¡Sí, eso! ¡Dicen que hay dinosaurios, y quiero verlos! ¡Venimos con Aria-nee y sus novias!"
– "Futuras esposas, Papi." – Le dije, acercándonos. – "Guten Morgen, Amanda."
– "Buenos días." – Saludaron también las demás.
– "Bonjour, chicas. Gusto en verlas nuevamente." – La francesa reverenció. – "¿Futuras esposas? ¿Acaso ya se planean casar las tres?"
– "Ja, ni en los sueños de esta araña ambiciosa, vaquita." – Contestó la americana. – "¿Qué haces tan solita por aquí?"
– "Recorriendo el parque, como ustedes. Pero no estoy sola; este lugar es demasiado hermoso para disfrutarse por una sola persona." – Dilucidó. Señaló detrás de nosotras. – "Oh, ahí vienen."
Volteándonos nos encontramos con el casero de la minotauro, Roberto, caminando hacia nuestra dirección. Sin embargo el soldado mexicano cargaba algo que no esperábamos. Con un larga cola escamosa, del mismo color carmesí que su cabello, vistiendo una pijamita rosa y llevando un chupete en la boca, una bebé lamia residía entre la cuna que formaban los brazos del militar. Tan pronto nos vio, el latino nos saludó, y las niñas, mesmerizadas por la lindura de la infante ofidia, corrieron a recibirle. Dándonos los saludos habituales, la chiquilla se convirtió en el foco de atención de nuestro grupo. La francesa la cargó en brazos, con la niña mirándonos con curiosidad con sus dorados ojos.
– "Qué cosita tan mona. Dan ganas de llevársela a casa." – Dijo Cetania, acariciando su cara con sus plumas. – "¿Cómo se llama?"
– "Aki." – Respondió la bovina. – "Igual que 'aka' (rojo). Es un nombre simple, pero creemos que le queda perfectamente."
– "Opino lo mismo. Y parece agradarle, ¿cierto, Aki?" – Fue el turno de Lala, mimando uno de sus cachetitos. – "¿Qué edad tiene?"
– "Cinco meses, pero es bastante inteligente para ser tan joven." – Afirmó García. – "¿Pueden creer que en ocasiones me dice papá, o mamá a Amanda?"
– "Los liminales deben madurar rápido para sobrevivir. Por eso en Sparassus aprendemos a usar armas desde los cinco años." – Comenté, sonriéndole a la pareja. – "¿Cuándo la adoptaron?"
– "Oh, no, no la hemos adoptado." – Se apresuró a aclarar la gala, sonrojada. – "Sólo la cuidamos por hoy. Es decir, Robbie y yo ni siquiera…"
– "Está bien, era broma." – Desestimé con la mano. – "Estoy segura que ustedes primero le darían una hermanita a esta cosita linda, para que no se sienta tan sola."
– "P-p-pero…"
– "Ay, ya déjate de payasadas, flaca." – La rapaz me dio un golpecito. – "Y bueno, ¿cómo terminaron a su cargo? ¿Su madre se los pidió como un favor o algo así?"
– "Bien, eso…" – Musitó Roberto, viendo con expresión dudosa a su compañera. – "Amanda, ¿qué tal si llevas a las niñas a ver el resto del estanque detrás del templo?"
– "Ah, claro, buena idea." – Le respondió la mencionada, apresurándose. – "Vengan, pequeñas, veamos a los botes. Son muy bonitos."
Con ellas dirigiéndose hacia la parte trasera, quedamos a solas con el soldado. Nos acomodamos en un lugar bajo la sombra de los árboles (no había bancas), y él suspiró, mirando al cielo despejado.
– "En primera, déjenme felicitarlas por lo que ustedes hicieron en Okayado. Amanda, yo; incluso algunos elementos de BrutalCorp; todo el mundo está sorprendido de su hazaña." – Afirmó Roberto, sonriendo. – "¿La prensa no ha invadido su privacidad aún? ¿O ya están acostumbradas?"
– "Sorprendentemente nadie nos ha siquiera saludado." – Repliqué. – "Incluso cuando andamos vestidas de esta manera. Ha pasado más de una semana, pero esperaba que al menos alguien nos reconociera."
– "La gente de las grandes ciudades no suele ser muy comunicativa, compañeras." – Aseguró García. – "Viven de prisa, estresadas, sin mucho tiempo para preocuparse por los acontecimientos que están fuera de su control. ¿Un dragón gigante casi destruye la urbe? Ni modo, mañana hay trabajo. No es que pasen desapercibidas, es sólo que la vida no se detiene por nada ni nadie."
– "Eso es en parte un alivio, odiaría tener que cuidarme cada vez que salgo de casa para evitar a los paparazzi." – Opinó la estadounidense. – "Y no es que realmente no interese la fama mediática; sabemos que lo verdaderamente importante es mantener la paz."
– "Correcto. Como la que disfrutamos en este momento." – Él miró hacia los lirios y lotos del lago. – "Esa tranquilidad es como el agua; hermosa, diáfana, pero propensa a alterarse con facilidad, especialmente por cosas que no siempre vemos a simple vista. Nosotros somos la vegetación que la cubre, manteniendo la apariencia exterior de calma. Sé que es una metáfora débil, pero se entiende."
– "Scheisse." – Dije, cruzándome de brazos. – "¿Entonces sólo somos una fachada?"
– "Estos lirios y lotos de vez en cuando ustedes florecen, recordándole al mundo la belleza que reside a su alrededor." – Injirió la dullahan, observando una paloma volar en el cielo. – "Son parte de un ecosistema complejo que ofrece alimento y albergue para diferentes especies que han hecho el lugar su hábitat. Sin estas plantas, muchos peces e insectos perderían una gran fuente de oxígeno, haciendo peligrar a las aves y otros animales que dependen de ellos para subsistir. Esa aparentemente capa superficial es pieza intrínseca de la forma de vida del lago, y posee una importancia que no puede ser subestimada."
Siempre me sentiré orgullosa de la capacidad de mi irlandesa para interpretar y formular tales alegorías.
– "Exactamente. Bien dicho, Lala." – Sonrió el mexicano. – "Y ahora, los indefensos, como Aki, dependen de personas como nosotros más que nunca."
– "¿Qué fue lo que sucedió, Unteroffizier?" – Cuestioné.
– "Cierto, a eso iba. Disculpen por divagar, no es un tema bonito para recordar." – Exhaló. – "En realidad, Amanda y yo encontramos a la lamia cerca de un callejón trasero, mientras salíamos del Club Deportivo Kobold. La habían abandonado."
– "Meine göttin…" – Disentí con la cabeza. – "Pero hemos estado en el gimnasio, es un área bastante concurrida, en medio de la ciudad. ¿Cómo es que pudieron dejarla ahí?"
– "Era un lugar poco transitado, casi oculto. Y con la lluvia que imperaba, casi nadie estaba en las calles." – Explicó Roberto. – "Entonces, escuché el leve sonido de un distante plañir. Creí que era mi imaginación o una ilusión del torrencial, pero mi curiosidad me llevó a acercarme, comprobando que era un llanto bastante real. La descubrimos ahí, envuelta en una manta rosada; mojada, hambrienta, y temblando de frío. A Amanda se le partió el corazón… a mí me acrecentó la bilis del coraje."
– "Incluso el simplemente escucharlo produce un efecto similar." – Expresó la segadora, haciendo mohín de disgusto. – "¿Qué sucedió después?"
– "Nos apresuramos a comprar un biberón y demás en una tienda cercana. Luego, tomamos un taxi que nos llevara lo más prontamente a casa." – Dilucidó el militar, tallando su sien. – "Estaba tan furioso que casi me peleo con el chofer. No estaba dentro de mí, me pareció lo mayor infamia de todas. Afortunadamente, la niña se calmó y pasó la noche en compañía nuestra. Amanda fue la heroína de esa noche, devolviéndole la sonrisa a ese angelito inocente. Al final, terminé durmiendo en el sofá, con ella en brazos. Aún así, no cerré los ojos sin antes jurar que llevaría a la justicia a quienes se atrevieron a cometer tan execrable delito."
– "Motherfuckers." – Masculló la castaña. – "Dime que reportaron el incidente a la policía y eventualmente encontraron a los irresponsables."
– "Le dimos el reporte a las autoridades. Desgraciadamente la suerte no nos sonríe en esta ocasión." – Replicó él, suspirando. – "Una cámara de vigilancia cercana logró esclarecer el paradero de sus progenitores. No quiero entrar en detalles, porque no deseo amargarme el día tan temprano, pero sólo diré que la mujer que trajo a la vida a esa niña tan hermosa, se extinguió bajo el resplandor de un cañón y su proyectil de 5.7 milímetros. Pero confío en que al final, se hará justicia."
– "Cuenta con nosotros para ello, Rob." – Aseveré. – "¿MON lo sabe?"
– "Fue a Smith precisamente quien le comunicamos el asunto, y MON ayudó en la investigación. Los malhechores resultaron ser personas buscadas por BrutalCorp, así que ahora son jurisdicción de la corporación." – Contestó. – "Eso no significa que ustedes no puedan cooperar de darse la oportunidad. Fue la ANP quien nos concedió la autorización para hacernos cargo en primer lugar, y ustedes son parte de ella."
– "Lo haremos con gusto, Big Boy." – Sonrió la arpía de Montana.
– "Se que así será. Gracias, chicas."
Seguramente era uno de los tantos asuntos que ocurrieron mientras nosotras convalecíamos en el hospital. Sé que Kuroko nos instó disfrutar de las vacaciones, pero las ganas de tomar las armas y cazar a esos miserables no faltaban.
– "¿Cuándo sucedió todo esto?" – Interrogué.
– "Justamente un día antes del incidente en Okayado. Identificamos a los malhechores al tercer día." – Replicó, disintiendo con la cabeza. – "Es como si repentinamente todo el condenado mundo se viniera abajo. Y no creo que esto vaya a disminuir prontamente."
– "Hay que estar preparados." – La falconiforme me miró a los ojos. – "¿No lo crees, flaca?"
– "Jawohl." – Asentí con la cabeza. – "Mi hermana tenía razón, hay que entrenar."
– "¿Tu hermana?" – Cuestionó García.
– "Oh, claro, aún no están enterados. Es tan irreal que parece bulo de Internet." – Reí tenuemente. – "Bien, para no alargar mucho el cuento, todo se resume en lo siguiente: mi madre vino a visitarme al hospital; mi padre, a quien jamás había conocido, nos encontró después de veinte años; y reveló que, para sorpresa de todos, Dyne y yo compartimos los mismos genes paternos."
– "No la chingues." – Expresó incrédulo él, en su lengua natal. – "¿De verdad?"
– "Todas fuimos testigo de tan monumental confesión." – Injirió Lala. – "Pero aunque la descendiente de Hécate no lo tomó muy bien al principio, igual que la progenitora de Mo chuisle, afortunadamente ambas están ya en mejores términos."
– "Quisimos invitarla hoy, pero ya conoces cómo es Pepper." – Agregó la rapaz. – "En estos momentos debe estar castigando a los blancos de la zona de tiro."
– "Me recuerda a cierta tarántula que conozco." – Comentó Roberto. – "Pero en serio, jamás hubiera esperado que ella y Jaëgersturm fueran parientes. Qué pequeño es el mundo, ¿cierto?"
– "Es el nombre del show, Unteroffizier." – Reí tenuemente. – "Nadie más aparte de la familia y MON lo saben."
– "Guarda el secreto por ahora, Big Boy." – Dijo la castaña. – "Luego la prensa nos acusará de nepotismo."
– "Igual que la política mexicana. Pero ustedes sí son honestas." – Rió ligeramente. Se tornó serio entonces. – "Por cierto, ¿es cierto lo que dicen las noticias? ¿Qué ella perdió…?"
– "Sí." – Afirmé, suspirando. – "Pero la ausencia de un globo ocular no la detuvo ni siquiera cuando la nidhögg continuó asediándonos. De ser una arachne, sería la sparassediana ejemplar."
– "Lo dices como si tú no lo fueras, flaca." – La americana me acarició la espalda. – "No por nada eres la nueva líder de MOE."
– "Ah, ¿incluso te ascendieron? Te estás rayando, araña." – Silbó el mexicano. – "Reencontrar a tu familia, volverte una heroína, y encima de todo obtener el puesto principal. No, pos como decimos en mi tierra: ¡fierro, pariente!"
– "Danke. Simplemente soy una arachne que hace su trabajo, Rob." – Alcé la mirada. – "Ah, ya regresaron."
Amanda volvió con las niñas, acercándose después de que su compañero le confirmara que podía unirse nuevamente a la charla. Intercambiamos conversaciones triviales, y decidimos que ya que nos encontrábamos en un lugar sagrado, y que prácticamente somos ciudadanos japoneses, lo más natural era ofrecerle nuestros respetos a la deidad consagrada del santuario. Ciertamente continuábamos siendo extranjeros, pero era común que los visitantes realizaran tales rituales. Para personas como nosotros, con un panteón diferente al sintoísta o budista, era más bien una actividad para afianzar nuestros lazos sociales.
Seguimos el protocolo habitual: usamos el recipiente con agua y cucharones de madera para 'purificarnos', como dicta la tradición; arrojamos una moneda dentro del saisen-bako (la caja de donaciones), escuchando el retintín del metal crear un diminuto eco dentro del recipiente; jalamos la gruesa cuerda para anunciar a los dioses de nuestra presencia; reverenciamos y aplaudimos dos veces, dando nuestros silentes respetos a los kamis. Después de eso, compramos emas, que son pequeñas plaquitas de madera donde escribimos nuestros deseos y los colgamos cerca del templo. Eventualmente, estos llegarán a las deidades en eventos donde las emas son quemadas en eventos sagrados, liberándolas del mundo mortal.
Jamás se desea algo para sí mismo, especialmente dinero, ya que los dioses no harán caso a alguien tan egoísta. Ergo, el mío fue que la fortuna, lo que representaba la gran Benzaiten, le sonriera a mi familia y amigos. Podía estar segura que Amanda y Roberto desearon lo mismo para la pequeña Aki. Con el ritual terminado, nos compramos omamoris, que son pequeñas bolsitas que actúan como amuletos. Había de muchos para elegir, incluyendo algunos con llamativas figuras de personajes animados; eso no disminuía su valor sagrado.
Nuestros amigos se hicieron con unos para asegurar el bienestar familiar, mientras las chicas y yo elegimos uno para atraer la buena fortuna. Las niñas (incluso la bebé) eligieron uno para tener felicidad, simple y llana. Ahí, y como acto de amistad (y porque sabía la reacción que obtendría), les entregué dos más al mexicano y la francesa.
– "Tengan, compañeros." – Se los di en la mano. – "Perfectos para los dos."
– "Oh…" – Expresó la minotauro. – "V-vaya…"
Eran amuletos con las imágenes de los farallones de Meoto Iwa, dos grandes rocas unidas por una shimenawa (soga sagrada), mejor conocidos como 'Las Rocas Casadas', consideradas como un símbolo de la unión entre Izanami e Izanagi, los dioses creadores en la religión sintoísta. Debido a ello, también son el símbolo predilecto del matrimonio. Naturalmente, al entender el significado de tales talismanes, ambos se sonrojaron de inmediato, riendo nerviosamente. Agradeciendo ellos el gesto, y yo guiñándoles, proseguimos nuestro camino.
– "¿Así que vinieron a ver el zoológico?" – Comentó la halcón, con Suu en hombros. – "Ya van dos con éste. Se volverá su ritual personal el ver a los animales."
– "Una se acostumbra a lidiar con bestias." – Dijo sardónicamente Lala, mirando de soslayo a la falconiforme.
– "Y siempre nos salen con algo nuevo cada vez que los encontramos en uno." – Resumió la arpía, ignorando a la dullahan. – "Primero fue la prótesis, ahora es la pequeñita. Me preguntó qué será la próxima vez."
– "La invitación a la boda." – Bromeé. – "O el anuncio del primer bebé, si es que se apresuran."
– "Oh, vamos, Aria; no digas esas cosas." – Respondió una ruborizada Amanda, cargando a la lamia.
– "Y pensé que Valeria era la única que fastidiaría con eso." – El latino giró los ojos. – "Nos gusta el zoológico porque después de estar rodeado de edificios y demás constructos artificiales, un poco de naturaleza siempre hace bien al alma. Además, estamos seguros que Aki lo disfrutará."
– "Nosotras también queremos ir." – Habló Papi, en hombros de la irlandesa. – "Pero Aria-nee dice que el museo es más interesante."
– "Otro día, Papi, ya te lo dije." – Injerí. – "Obtendremos nuestros salarios y tendremos más dinero para recorrer más lugares."
– "¿Lo prometes?"
– "Con el dedo chiquito." – Le mostré el meñique. – "Si no, que se muera Smith."
– "¿Y qué esa pelirroja cerebro-podrido la reemplace?" – La americana levantó la ceja. – "No gracias, me quedo con la bruja original."
– "No sería tan ma-¡Auch!" – Me quejé al sentir un codazo en mi costado. – "¡Spatzi!"
– "No arruines tan bello día mencionando pestíferos cadáveres reanimados, descendiente de Arachne." – Conminó la nativa del Éire, señalando a su derecha. – "Sólo por eso, deberás saldar tu deuda trocando mi perdón por una de esas aves antárticas de juguete, disponibles en aquel puesto."
– "Un peluche para mí también." – Se unió Cetania, tajante. – "Y con tu propio dinero."
– "¡Ay, qué bonitos pingüinitos!" – Exclamó Papi. Pronto, ella y Suu jalaron de mi uniforme. – "¡Aria-nee, cómpranos uno! ¿Sí, sí, sí?"
– "¿Es en serio?" – Protesté. – "¿Sólo por decir que una agente experimentada como Zoe no sería mala sustituta de Smith?"
– "¡Y volviste a mencionar a ese saco de gusanos!" – Bufó la rapaz. – "¡Sólo por eso me comprarás también la ballenita!"
– "¡No se vale!" – Miré hacia la dirección del militar. – "¡Rob, ayúdame aquí!"
– "Creo que Aria tiene razón, chicas. Bina sería una excel-" – García se detuvo en seco al sentir la intimidante mirada de su bovina compañera sobre él. – "Q-quiero decir, me parecen que son peluches a buen precio. Y no hay nada de malo en consentir a tus novias, ¿verdad?"
Era una batalla de dos contra tres (seis, si contamos que las niñas, incluso Aki, se unieron); una victoria imposible. El mexicano y yo claudicamos y, escuchando a nuestras carteras llorar por la pecuniaria carestía, tuvimos que apaciguar a nuestras acompañantes haciéndonos con esos condenados peluches. Casi todos mis ahorros se esfumaron en aquellos animales, y para colmo eran viles imitaciones chinas. De la Madrid no se fue incólume, y también tuvo que desembolsar de su salario para regalarle una ofrenda de paz a la francesa y la pequeña lamia. Sí, seremos militares con años de entrenamiento y experiencia en las letales artes bélicas; pero no somos sino carne de cañón cuando se trata de enfrentar a nuestras dictatoriales domadoras.
Al menos ellas estaban contentas.
– "Mira lo que mamá Aria nos compró, pequeña." – La irlandesa jugaba con la lamia. – "¿Cuál crees que posee más beldad? ¿El pingüino o la ballena?"
– "¡Baba!" – Balbuceó la bebé.
– "Correcto, la respuesta es ambos."
– "Eso es trampa, enana. No le inventes palabras a la bebita." – Comentó la halcón, sacudiendo un peluche frente a la infante. – "A ver, Aki, ¿quién es más bonita? ¿Yo o Pitufina?"
– "Mmm…" – La ofidia pareció meditarlo. – "¡Baba!"
– "Eso es: Cetania." – Proclamó la emplumada, jactanciosa. – "Qué niña tan lista eres."
– "¿Quién es la tramposa ahora, incordio alado?"
– "No lo dije yo, lo dijo la niña." – Aseguró la arpía. – "Probemos de nuevo, para que te quede claro. A ver, Aki, ¿quién es la más fea?"
– "¡Bwa-aba!"
– "Exacto, es Lala." – La rapaz le dio un beso en la frente. – "¿Lo ves? Los niños siempre dicen la verdad."
– "Eres una idiota, peste alada." – Acotó la peliblanca. – "Y no le des ósculos, que le pegarás alguna infección cutánea."
– "Ya está vacunada." – Dijo Amanda, riendo nerviosamente por las tonterías de esas dos. – "Uhm, ¿quieren cargarla?"
– "Damn, lástima que no tengo mis manos postizas, o con gusto aceptaría." – Exhaló la castaña. – "No se la des a esta chaparra, tendrá pesadillas con esa cara de mono rabioso."
– "Farfulla, hija de Electra, que tu rostro es más repugnante que contemplar el semblante de un shoggoth." – Aseveró la Abismal, tomando a la serpientita. – "Ah, es tan suave. Posee una blandura que rivaliza con estos muñecos afelpados. Y ligera, considerando su longitud."
– "Al principio creímos que estaba desnutrida, pero las lamias en sí pesan poco hasta que comienzan a producir proteínas en sus músculos, para erguirse." – Dilucidó la francesa, sacando un biberón de su bolso. – "He cuidado bebés desde que era joven, pero nunca lamias. Ha sido toda una experiencia para mí y Robbie."
– "Tu experiencia te ha servido, ella luce muy feliz." – Comentó la dullahan, agarrando el recipiente. – "Gracias. Estas pequeñas y frágiles criaturas impactan nuestras vidas en más de una manera, ¿cierto?"
– "Ni que lo digas." – La minotauro sonrió. – "A pesar de que llevamos poco tiempo de conocerla, Aki ha sido un cálido rayito de sol para ambos."
Mientras las chicas continuaban platicando, y las niñas se entretenían admirando sus peluches, yo y García observábamos satisfechos tan pacíficas escenas.
– "Somos afortunados, Unteroffizier." – Opiné, acomodando mi bufanda. – "Tenemos todo lo que un par de soldados pueden pedir en la vida. Sólo hace falta volverlo oficial, ¿no es verdad?"
– "Je, sé a lo que te refieres." – Rió tenuemente. – "Es lo mismo que me dice Valeria todo el tiempo."
– "Ella es tu hermana, ¿cierto?" – Pregunté. – "Recuerdo que mencionaste en la fiesta que ella era arquitecta."
– "Correcto; funge como superintendente o directiva de la compañía, según sea el caso." – Asintió él – "Ella misma ha supervisado algunas construcciones en la ciudad, mucho antes que yo me mudara al país."
– "Uhm, ya veo." – Le hice ademán de que se acercara. – "Roberto, ¿sería posible que Valeria pueda auxiliarme con un asunto privado?"
– "¿Qué tenías en mente?"
– "Bueno, estuve meditándolo ayer, bajo el manto de las estrellas." – Me recargué en una balaustrada, viendo el lago. – "Eventualmente llegará el día en que un fastuoso anillo de compromiso decore los dígitos de las personas que amo. Ergo, el buscar un techo acogedor para las tres será imperativo. Ya que ella sabe del tema, y lleva viviendo más tiempo que tú o yo aquí, dime: ¿crees que ella podría ayudarme a encontrar una buena casa?"
– "Entiendo. Bien, en primera te felicito por querer prepararte para tan importante paso." – Afirmó con una sonrisa. – "En segunda, bueno, estás de suerte, porque ella suele tratar el asunto de bienes raíces junto con mi madre. Desconozco cuándo esté libre, ya que actualmente está ocupada con la planeación de unos proyectos, pero podría preguntarle. ¿Estarás libre estos días?"
– "Sí, tengo vacaciones hasta el año nuevo."
– "Bueno, entonces te daré su número." – Tomó su celular. – "Le diré que deseas comunicarte con ella, así sabrá que eres tú. En estos momentos debe estar fuera, pero podrías consultarla en la tarde. Ahí te va."
– "Sehr gut." – Le sonreí, recibiendo la información. – "Te agradezco la ayuda, Rob, de verdad. Cuando llegue el día especial, a ti y Amanda les reservaré los mejores asientos. ¿Vendrán?"
– "Si yo te hiciera la misma pregunta, ¿qué responderías, compañera?"
– "Que depende de qué tan bueno esté el pastel."
– "En ese caso…" – Miró hacia ambos lados, asegurándose que estuviéramos solos. – "Bina saldría bailando de éste en la despedida de soltero. ¿Qué tal?"
– "Resérvame la primera mordida entonces."
– "Segunda. Es mi idea, después de todo."
– "Yo la vi primero, Unteroffizier. Y como líder de MOE, tengo mayores privilegios."
– "¿Mitad y mitad?"
– "¿Y si la clonamos? Una para cada uno."
– "¿Y por qué sólo una?"
– "Ahora hablamos el mismo idioma."
Ambos nos echamos a reír. Dándole la mano y agradeciéndole nuevamente por cooperar con la planeación de mi futuro, los dos nos reunimos con las demás. Era momento de separarnos, pero no me iría sin antes llevarme un buen recuerdo de la ofidia más tierna que haya conocido. Lo siento por la pequeña Ami, la sobrina de Miia; sus doradas escamas fueron superadas por la ternura de una congénere más joven.
– "¿Puedes decir mi nombre, culebrita?" – Le repetía a la lamia, sosteniéndola encima de mí. – "Soy Aria."
– "¡Baba!" – Contestó la chiquilla.
– "No, Aria. Repítelo: A-ri-a."
– "Es muy pequeña para eso, flaca." – Instó la rapaz. – "Al menos no te dijo fea, como Haruhiko."
– "No compares a esta angelita con ese demonio del averno, Süsse." – Volví a ver a la serpiente pelirroja. – "Vamos, Aki: Aria, dime Aria."
– "A…" – La aludida abrió la boca.
– "Eso, empiezas bien."
– "Aba."
– "Cerca, pero aún lejos." – Señalé a Amanda. – "Dime, ¿quién es ella?"
– "¡Mama!"
– "Eso, es tu mamá. ¡Bravo!" – La felicité. Ella rió, y la minotauro se sonrojó. – "¿Y esa guapura azul de allá?"
– "¡Ala!"
– "¡Das ist gut! ¡Eres muy lista, Aki!" – La congratulé de nuevo. Su mueca de alegría es contagiosa. – "Ahora, dilo: Aria."
– "A…"
– "¿Sí?"
– "Al…"
– "Ya casi~"
– "A… ¡ACHÚ!"
Y así es como recordé que no les dicen mocosos por nada.
Limpiándome la suciedad que el pequeño estornudo de la poiquiloterma regó por todo mi semblante, yo y la familia nos despedimos de la pareja. Ellos tomaron dirección al zoológico, y nosotras el lado contrario, hacia el museo. Fue una caminata relativamente corta, donde pudimos seguir disfrutando de la dicotómica unión entre el paisaje natural del bosque en medio de la bulliciosa jungla de asfalto. Finalmente, saliendo de la sombra de los árboles, el resplandor de Helios iluminó majestuosamente el enorme edificio que se cernía sobre nosotras, con la bandera del sol naciente ondeando al compás de la suave brisa.
Era una fachada exteriormente poco llamativa desde nuestra terrenal perspectiva, pero el verdadero tesoro podía apreciarse desde el aire, donde su estructura, reminiscente a la de un aeroplano, brillaba en todo su glauco esplendor. Además, acompañando a la vista tan regular de la arquitectura, a ambos lados del edificio yacían dos enormes estatuas que eran el centro de muchas fotografías en un lugar ya de por sí rodeado de maravillas visuales. A la derecha, una locomotora de vapor del siglo XX les daba la bienvenida a los visitantes; toda una hermosa representante del progreso del transporte.
De lado izquierdo, y la exhibición que se volvió de mis favoritas, era la enorme estatua a tamaño real de una ballena azul, con todos sus treinta metros de longitud recreadas a exquisita perfección. Era una suerte que las niñas quisieran también una foto con el rorcual, así no me sentiría solita al ser retratada por las cámaras de las chicas. No podía evitarlo, las ballenas representan la majestuosidad que una soldado como yo siempre deseó. Pagando nuestros boletos (y recurriendo a un par de mentiritas blancas sobre la edad real de las pequeñas, para ahorrar dinero), nos internamos al lugar y tomamos unos folletos para guiarnos.
– "La cafetería y la tienda están en este piso, igual que el teatro 36-O." – Mencionó Lala, leyendo el panfleto. – "Podríamos dejar los souvenirs y los alimentos para último."
– "Yep, estoy llena de por sí." – Acotó la arpía de presa. – "¿Visitaremos todas las salas en orden, o hay alguna que deseen ver primero?"
– "¡Quiero ver los dinosaurios!" – Injirió Papi, señalando los fósiles del folleto. – "Pero, también quiero ver al perrito Hachiko."
– "¡Woof!" – Ladró Suu.
– "Los dinos están en la Galería Global, Papi, en el otro edificio." – Le dije. – "Este edificio está dedicado a la historia japonesa, pero aquí también hay fósiles, en el tercer piso. Tranquilas, que recorreremos todo el lugar. Y será en orden, para no perdernos de nada."
– "¿Qué dices del teatro 36O, flaca?" – Preguntó la castaña. – "Este mes están exhibiendo precisamente sobre dinosaurios."
– "Suena interesante, aunque sería al regreso." – Contesté, ajustando mi cinturón. – "¿Listas, guapas?"
– "Afirmativo." – La irlandesa guardó el panfleto. – "Vamos."
Luego de deleitarnos con el gigantesco péndulo de Foucault, un titán de veinte metros que servía para demostrar la rotación de la tierra, comenzamos el recorrido con la primera galería. Ésta estaba dedicada a aparatos de medición, como cronómetros antiquísimos, calendarios históricos e incluso sismógrafos. No era precisamente algo que nos asombrara, pero era un recordatorio de cómo las comodidades actuales, como mi reloj de pulsera multifunciones, partieron de tan ingeniosas ideas en la antigüedad. Y si bien nuestro interés era bajo, servía para familiarizarse con el funcionamiento del museo, como el uso de pantallas táctiles que detallaban la información de cada exhibición en cuatro lenguajes.
Ya que la otra sala estaba destinada a exhibiciones especiales, pero actualmente se hallaba bajo remodelación, subimos las escaleras al siguiente piso. Me alegraba que el edificio también haya sido adaptado para las extraespecies, con suficiente espacio para mi voluminoso cuerpo. Noté también que después de tres años a la declaración del Acta, la presencia de liminales era bastante común, así que las miradas de extraños se limitaban a fijarse en nuestra indumentaria, o simplemente en la singularidad de nuestro variopinto grupo. Claro que era de esperarse en un área tan transitada por turistas como Ueno, pero demostraba que la convivencia con los humanos estaba por buen camino, por mucho que los criminales y antropocéntricos inconformes intentaran separarnos.
En el segundo piso, entramos primero al ala sur, donde se desplegaba parte de fauna y flora del archipiélago japonés, y evidencia geológica de su evolución. Las niñas se divirtieron admirando la galería de animales nativos, mientras Lala observaba la hermosura de las flores, y Cetania curioseaba a los especímenes de diversas aves disecadas desplegadas. El ala norte fue de las más interesantes, porque presentaba la historia de los primeros habitantes del país, desde el Paleolítico hasta la era moderna. Había una selección de dioramas retratando diversas estampas de la evolución del hombre nipón, así como algunos fósiles humanos, algunos con más de 20,000 años de antigüedad, e incluso una tétrica momia de la era Tokugawa.
– "¡Cetania-nee, mira, mira!" – Exclamó Papi, jalando el ala de la halcón. – "¡Es Hachiko!"
– "Ah, qué lindo perrito." – Respondió la americana, acercándose a la exhibición. – "He escuchado mucho de este can, pero admito que desconozco su historia."
– "Era un perro encontrado por Hidesaburo Ueno, profesor en la Universidad de Tokio." – Explayó de repente Suu. – "Hachiko siempre se despedía de su amo en la estación Shibuya cuando éste se iba a trabajar, y de la misma manera, lo recibía al regresar. Así lo hizo, hasta que el profesor falleció repentinamente y jamás volvió. Hachiko, sin embargo, lo esperó fielmente en la estación, incluso si debía esperar nueve años hasta que finalmente sucumbiera al cáncer. La fama del can convirtió su nombre en sinónimo de lealtad, y posteriormente se alzaron estatuas en su honor y su amo en diferentes lugares el país."
– "What a story." – Opinó sorprendida la falconiforme. – "¿Cómo es que sabes todo eso, limita?"
– "La guía." – Suu señaló la pantalla interactiva con su probóscide.
– "Je, aún así me sorprendiste. Eres una limo lista." – La castaña acarició la cabeza de la pequeña. – "¿Es éste el real?"
– "Sip, aquí dice que es el perrito en persona, disecado." – Injerí, leyendo el resto de la información. – "Incluso un simple cánido demuestra que los animales suelen ser más fieles a sus ideales que las personas."
– "Tú también eres bastante leal, A chuisle, como todo buen soldado." – Me aseguró la dullahan, acariciando mi brazo. Entonces, lo pinchó. – "Incluso cuando tu atención se desvía hacia ciertos incordios alados."
– "La fidelidad no implica rechazar otras oportunidades, canosa." – Proclamó la castaña. – "El corazón es sabio."
– "¿Eso también aplica para occisas pelirrojas?"
– "Retiro lo dicho."
– "¿Creen que…?" – Habló la arpía azul, con ojos temblorosos. – "¿Creen que Hachiko se haya reunido de nuevo con su dueño, en la otra vida?"
– "Estoy segura que sí, Papi." – La reconfortó la irlandesa, hincándose a su lado. – "Los animales suelen poseer almas más puras, y el indeleble amor que él le tenía a su amo es prueba irrefutable de ello. Puedes confiar en que ambos se encuentran felizmente reunidos en el Más Allá, disfrutando de su compañía en la eternidad."
– "¿De verdad?"
– "Por supuesto. Confía en mí." – La peliblanca le sonrió. – "Soy una dullahan."
Las palabras de la Abismal le devolvieron la fulgurante sonrisa a la joven emplumada de inmediato. Podría pensarse que Lala declaró aquello sólo para disipar las preocupaciones de la niña, pero no dudaba en la palabra de una segadora del Inframundo; confiaba en que sus afirmaciones eran completamente ciertas. Con Papi y Suu despidiéndose del disecado Hachiko, ascendimos hacia el tercer piso. Tomamos el ala sur, dedicada a la naturaleza de la nación. Desde insectos, peces, tiburones pequeños y calamares, hasta esos horribles isópodos que parecen salidos de la literatura Lovecraftiana, era una galería llamativa, principalmente de la fauna marina.
– "Mira, flaca." – Me llamó la falconiforme. – "Ese cangrejo tiene patas tan largas como las tuyas."
– "Esos solían atraparlos las sirenas pescadoras en Weidmann." – Comenté. – "Viven en zonas profundas, y son escasos, pero nunca llegué a probar alguno. Se los vendían a los potentados como un fino y raro manjar a precios elevados, igual que aquí. Jamás entendí la manía por esas cosas."
– "Ah, te comprendo, araña. En Montana uno de esos platillos raros son las criadillas, llamadas también 'caviar vaquero'. Son actualmente testículos de toro molidos con sal y pimienta."
– "Yuck." – Saqué la lengua. – "¿Los comiste alguna vez?"
– "Ugh, claro que no. Una vecina los solía preparar con los de búfalos cazados, y olían a mil rayos. No quiero imaginar el sabor." – Aseveró. – "Además, soy lesbiana; no tengo interés en meterme las bolas de nadie a la boca."
– "Bueno, al menos los crustáceos que he comido han estado sabrosos." – Suspiré. – "Pobre Pincitas, tan joven, inocente… y delicioso."
– "Uhm, eso me recuerda." – Injirió la irlandesa. – "Además de los langostinos, ¿alguna otra criatura marina que sea de tu agrado para consumir, A chuisle?"
– "Je, ¿planeas consentirme el estómago al volver, Spatzi? ¿A qué se debe tu curiosidad?"
– "Nunca tocas los platillos con pescado o calamar que hacen Kimihito o Miia, porque sé que no te gustan. Por el contrario, el pulpo siempre está en tu lista de mariscos favoritos." – Arguyó. – "Únicamente deseo asegurarme de no errar en tus gustos."
– "Me conoces bien, linda, me decanto por los pulpos." – Contesté. – "Aunque, te sonará extraño, pero al mismo tiempo me dan cosa."
– "¿No te agradan los octópodos?"
Suspiré, con un pequeño dejo de nostalgia.
– "Cuando era pequeña, me gustaba recorrer la playa que quedaba cerca de mi casa, cazando los cangrejitos que solían recorrer el litoral y esconderse en las rocas submarinas." – Expliqué. – "Los solía atrapar en una cubetita y luego soltarlos después de admirarlos. Incluso les hacía castillos de arena para que vivieran ahí, pero difícilmente se quedaban."
– "Aww, qué tierna, flaquita." – Expresó la rapaz.
– "Sí, bueno, en una ocasión intenté seguir a uno particularmente escurridizo que se refugió en una pequeña cueva." – Dilucidé. – "Metí la mano para tomarlo, cuando sentí algo pegajoso rodear mi extremidad. Rápidamente la saqué de aquella oquedad, descubriendo para mi disgusto que un condenado pulpo, negro como una trinchera abisal, se mantenía aferrado a mi brazo con sus ocho tentáculos, e intentaba morderme con el pico de su boca a través de mi quitina."
– "¿Insertaste tu brazo sin pensar que algo podría estar dentro?" – Interrogó la dullahan.
– "Lo sé, era una niña idiota." – Encogí los hombros. – "En fin, el desgraciado molusco no tenía intención de soltarse por las buenas, y ese maldito pico seguía taladrándome, así que tomé mi cubeta y le pegué tan fuerte como podía, pero su cuerpo era tan maleable que parecía no tener efecto. Ya desesperada, y comenzando a sentir que me atravesaría la quitina, usé mis garras para atravesarle la cabeza, desparramando sus tripas cefálicas y tinta por todo mi cuerpo. Murió, pero sus ventosas continuaban adheridas a mí. Nunca olvidaré esa imagen ni el terror que sentí en aquel momento."
– "Me imagino. Todos viscosos y babosos; yuck." – Cetania tembló. – "¿Por eso te los comes ahora, flaca? ¿Para vengarte?"
– "Y porque son exquisitos en coctel y arroz." – Repliqué, riendo tenuemente. – "Recuerdo que cuando llegué a la oficina de inmigración de Okayado, había una escila esperando su turno, justo a mi lado. Preferí cederle mi lugar a una chica abeja, detrás de mí. Entre el susto que tuve niña y los mangas hentai que he leído, los tentáculos me hacen sentir incómoda."
– "No son tan malas. Yo conocí varias cuando vivía en Hachijo-jima." – Comentó la castaña. – "Y al contrario de las cochinadas que lees, son bien educadas. Déjate esos prejuicios, flaca, que somos representantes del Acta."
– "Sea lo que sea, me quedo con sus versiones comestibles." – Encogí los hombros. – "Ya fue suficiente de hurgar mi pulposo pasado, sigamos."
Luego de admirar algunos meteoritos, tomar algunas fotos, y que Lala acompañara a las niñas al baño, nos dirigimos a la sala norte, la última del edificio. Apenas entramos fuimos recibidas por el majestuoso esqueleto reconstruido del Futabasaurus suzukii, un plesiosaurio descubierto en la prefectura de Fukushima. El saurio extinto era sin duda la estrella de la sala, ya que también estaba presente una reconstrucción de sus fósiles al ser descubiertos, abiertos a que el público los tocara, además de los huesos reales, protegidos en recipientes transparentes. El dúo plumitas-gelatina no esperó a pasar sus alas y acuosos apéndices por la rugosa textura de la roca. Nosotras contemplábamos la gran galería de fósiles del ecosistema prehistórico.
– "¿Pueden creer que alguna vez los mares estuvieran poblados por estos monstruos?" – Expresó la estadounidense, admirando al enorme esqueleto. – "Y tú aterrorizada por un insignificante pulpito, flaca."
– "Ya me gustaría ver que ese pulpito te mordiera las nalgas, pajarraca." – Le repliqué. – "Además, estas lagartijotas no son nada comparadas con un mosasaurus, un megalodón, o incluso una jörmundgander actual. Y ni hablemos de la reptil que nos regaló estas cicatrices."
– "Aún así, son animales impresionantes. ¿Tú qué dices, enana?"
– "Estas criaturas titánicas palidecen junto a los inefables horrores que habitan en las inicuas profundidades de la ciudad sumergida." – Musitó la Abismal, circunspecta. – "Pero afortunadamente, yacen dormidas."
– "Iä, Iä, Lorelei fhtagn…" – Oímos susurrar a Papi.
– "Hambre." – Dijo entonces Suu. – "Aria-nee, comida."
– "Claro, Suu." – Asentí. – "Vamos, equipo; tanto hueso seco me dio antojo de un helado."
– "Podemos ir al restaurante de la Galería Global." – Sugirió Lala.
– "Excelente idea, Spatzi." – Asenté mi cuerpo. – "Súbanse, niñas. Comeremos y veremos muchos más dinosaurios, ¿vale?"
– "¡¿En serio?!" – Preguntó una ilusionada arpía azul. – "¡Eeehhh!"
De un salto, las pequeñas se treparon a mi tórax secundario, y nos encaminamos hacia la salida hacia el edificio adyacente: la Galería Global, donde residían las mejores (en mi opinión) exhibiciones de todo el museo. Nos tomamos una pequeña desviación hacia la parte norte para admirar la lanzadera espacial Lambda 4S original, la cual pusiera el primer satélite japonés en órbita, en 1970. Tomándole una foto, ingresamos por la entrada que llevaba directo al restaurante estilo mezzanine. Ya que desconocíamos a qué hora regresaríamos a casa, y ya que estábamos ahí, decidimos comer algo ligero. El metabolismo de una liminal requiere más energías de todas maneras, y el olor de la cocina nos despertó el apetito nuevamente.
– "¡Aria-nee! ¡Quiero el pandita, el pandita!" – Me insistió Papi, señalando el menú. – "¡Lo quiero, lo quiero!"
– "¡Panda, panda!" – Se unió la limo.
– "Vale, vale, no me jalen el uniforme, que se arruga. Veamos…" – Le eché un vistazo a los platillos. Ahí, mis ojos casi se salen de sus órbitas. – "¡Santa araña patona! ¡¿1,250 yenes por un condenado omelette?! ¡¿Pues de qué rayos son esos huevos?! ¡¿De dinosaurio?!"
– "Pero… el pandita…" – La arpía añil puso ojitos aguados. – "Por favor…"
– "Ay, ya, flaca, no seas tacaña." – La halcón me dio un golpecito en el hombro. – "Es más, yo pago. Total, tengo mucho ahorrado."
– "No intentes presumir tus ostentosas reservas crematísticas tan descaradamente, invasora capitalista." – Acotó la irlandesa. – "A chuisle, me ofrezco a cubrir el importe de nuestros alimentos consumidos."
– "Ah, ah; nada de eso, vaquera." – La falconiforme la hizo petulantemente a un lado, negando con su dígito. – "Si no quieres que bombardeemos y le quitemos el petróleo a la aldea de Papá Pitufo, te sugiero hacerte a un lado, que esta americana trae los dólares rebosándole de la cartera."
– "No te dejes llevar por las ínfulas de la vanagloria, que la arrogancia será el talón de Aquiles de tu ínfimo orgullo."
– "And no fucks were given that day." – La rapaz desestimó con el ala.
– "¿Entonces qué tal si también pagas lo nuestro, urraca altanera?"
– "Faltaba menos. ¡O, jo, jo!" – Rió insolentemente la castaña. – "Niñas, pidan lo que quieran, que la tía Cetania no es una marginada."
– "¡Sí! ¡Gracias, Cetania-nee!" – Las pequeñas le dieron un abrazo a la nativa de Montana. – "¡Entonces quiero al panda, y el helado de pandita, ¡no, que sean dos!, y el pastel de fresita, y…!"
– "Pastel de fresa, y suflé de queso. También una porción grande de milanesa de cerdo con curry, y té helado, por favor." – Ordenó la dullahan a la cajera, ya formada. – "A chuisle, ¿qué pedirás?"
– "Filete hambagu con arroz, y un ginger ale para tomar. Agrega pastel de fresitas." – Repliqué. – "Süsse, ¿tú que deseas?"
– "Aprender a callar mi gran bocota." – Suspiró una arrepentida Cetania.
Con la segadora llevando la voz jactanciosa en su malévola risa ante tan dulce triunfo, nos sentamos a comer en el área abierta de la terraza. El clima era excelente, y aunque comenzaba a hacer más frío, era un ambiente agradable bajo los rayos del sol. La rapaz pidió pollo salteado con pan y una coca-cola, que le devolvieron un poco el ánimo luego de morderse su propia lengua presumida. La calidad de los platillos no justificaba el alto coste, pero tampoco sabían mal. Y mi filete tenía forma de huella de dinosaurio, con salsa de champiñones que le daban un toque jurásico. Las niñas ya habían extinguido a sus pandas con celeridad, yendo por el asalto hacia sus demás postres de frutas.
– "Desde que llegué aquí, me doy cuenta de lo caro que es vivir en una ciudad de este calibre." – Comentó la halcón, meneando su bebida. – "Ahora entiendo por qué la cultura enfatiza el trabajo sobre todo; no puedes sobrevivir si careces de plata."
– "Me pregunto cómo le hace Mio para poder ofrecer excelentes platos a precios tan asequibles." – Hablé yo, sonriéndole a la peliblanca. – "Claro que las cocineras tienen mucho que ver, pero una pensaría que por esa excelencia se cobraría más al público."
– "Si bien es justo que un servicio de buena categoría requiera de un importe mayor, lo cierto es que el prestigio verdadero está en mantener esa calidad al consumidor, sin necesidad de inflar el valor del producto ofrecido." – Arguyó Lala, apoyando el mentón en las manos. – "Buen trato y precios más bajos se traducen en mayor afluencia de comensales, y ésta se transforma en un más amplio esparcimiento de buena palabra por parte de los clientes. Ergo, el prestigio aumenta al tiempo que el público va en alza."
– "Mio misma se crió en una familia modesta, lejos de los excesos y la vanidad de la clase alta." – Comentó la estadounidense. – "El negocio de sus padres le enseñó que toda la parafernalia de los restaurantes caros no puede sustituir la calidad de un buen plato. Y los clientes te agradecen honestamente por tu buen trabajo, no porque la comida les costó una semana de salario."
– "Y nos permite a los simples mortales disfrutar de las viandas de los mismísimos dioses." – Reí tenuemente, sacando mi celular. – "¿Recuerdas cuando pensaste en trabajar en ese restaurante francés, Spatzi?"
– "Ignoro cuál sería mi situación laboral actual de no haber permutado mi decisión al último minuto. Mis superiores no serían tan benévolos como Mio, de eso no tengo duda." – Replicó la irlandesa. Entonces, sonrió a la falconiforme. – "Te sigo agradeciendo el hablar con tu casera para facilitar mi ingreso al Aizawa, Cetania."
– "You're welcome, Blueberry." – Asintió la aludida. Ahí volteó a verme. – "¿Uhm? ¿Qué haces, flaca?"
– "Le envío una foto nuestra a Dyne, para que no se sienta solita." – Alcé el teléfono. – "¡Digan whisky!"
– "¡Cerveza!" – Exclamó la rapaz.
– "Té." – Bromeó la dullahan.
– "¡Burp!" – Eructaron las niñas.
Ignoro qué reacción habrá tenido mi hermana al recibir tan disparatada estampa de nuestro grupo haciendo caras absurdas, pero esperaba que no me respondiera con amenazas de muerte por interrumpirla en su entrenamiento. No pregunté cómo estaba o si deseaba charlar; conocía bien a la empusa, la contestación sería un rotundo 'No fastidies, Potato' o similar. Pero no importaba que tan hosca se comportara, lo importante era que Nikos recordara que siempre contaría con una amorosa familia que piensa en ella. Guardando el teléfono y deglutiendo el resto de mi filete, resumimos el tour. Tomamos el elevador al primer piso, una enorme sala de tres exhibiciones que resguardaba una excelente sorpresa para las pequeñas.
– "¡Aria-nee, mira!" – Papi, tomada de mi mano, señaló hacia al enorme esqueleto central. – "¿Qué dinosaurio es ese?"
– "Es un Grandotesaurio." – Bromeé.
– "¿Y qué comía?"
– "Seguramente cereal Kiki Krispis con lechita para ser tan altote."
– "¿Y dónde vivía?"
– "En una mansión, porque en una casa no entra."
– "¿Y de qué familia era?"
– "De una tan pobre que quedaron en los puros huesitos del hambre."
– "¿Y si era tan grandote, por qué se murió?"
– "Fue arrollado por el coche de una Kurokosauria."
– "¿Y eres así de payasa todos los días, o sólo los miércoles?"
Eso último no provino de la arpía. Dándome la vuelta me encontré con una mujer de bruno cabello y seis globos oculares tan rojos como los míos. Su cuerpo invertebrado poseía una larga cola terminada en un prominente aguijón, sin contar las pinzas que sobresalían en el lugar donde yo tendría mis pedipalpos. Éstos hacían juego con sus brazos humanos, cubiertos de la misma dura quitina de su exoesqueleto. No era otra sino la serket amiga de Draco y el profesor Geber.
– "Hola, soy Aiur." – Se presentó la escorpiona, alzando la mano. – "Tal vez me recuerden de encuentros anteriores, como la plática en el Aizawa y la fiesta de cumpleaños. ¿Cómo están?"
– "Ah, Guten Morgen, Aiur." – Le ofrecí la mano. – "Estamos bien, gracias. ¿Qué haces aquí?"
– "Me gustaría decir que en una meticulosa investigación respecto a la fauna del Jurásico tardío, pero en realidad estoy disfrutando de unas merecidas vacaciones." – Afirmó, estrechándola. – "Nada como contemplar titanes extintos para recodarse lo pequeñas que realmente somos en el mundo. Por supuesto, el mensaje sería más efectivo si aún rondarán por aquí."
– "No gracias, me gustan más de esta manera." – Disentí con la cabeza. – "Los huesos no te persiguen, escupen fuego, o te intentan atravesar con sus garras."
– "Oh, claro, lo de Okayado..." – Reaccionó la quelicerada. – "De no ser por la abundancia de fuentes, creería que todo era una ingeniosa broma. En serio, ¿una nidhögg? Ustedes son las que deberían ser guardadas en el museo, para la posteridad. ¿Qué se siente ser Dovahkiines reales?"
– "No hay juegos salvados ni magia de restauración en la vida real, por mucho que deseemos lo contrario." – Respondí, exhalando. – "Sé que es genial que hayamos recreado una batalla como las de Skyrim, Aiur, pero no queremos hablar ahora de eso, ¿vale? Sólo el ver estos fósiles ya es suficiente para recordar el horror que vivimos."
– "De acuerdo, no era mi intención incomodarlas." – Asintió la serket. – "Bueno, ¿y qué hacen aquí? ¿Paseando con las chiquillas?"
– "Igual que tú, alacrancita, gozando de un bien ganado asueto." – Replicó la rapaz, ofreciendo su ala. – "Y hablando de escamosas, ¿dónde dejaste a Draco?"
– "En la cama, con treinta y dos." – Respondió, regresándole el saludo.
– "¿Cómo es que caben todos?"
– "Ay, ese chiste ya está viejo, plumífera." – Acotó Aiur, desestimando con la mano. – "Pero sí, el frío no es favorable para una criatura poiquiloterma. Ya fuimos con el doctor y le recetó unos días de reposo, así que se quedará con su madre, que está de visita. Menudas vacaciones, ¿no?"
– "Lamentamos el estado de su salud, y le deseamos una pronta recuperación." – Habló Lala, saludándole también. – "Aunque, si me permites expresar mi opinión personal, considero que su mejoría sería aún más pronta contigo a su lado."
– "Tranquila, chica azul, que esta visita es parte de ese preciso plan. Le llevaré unos cuantos recuerdos y varias fotografías" – Replicó la escorpiona. Se llevó las manos a la cadera – "Pero bueno, ya que estamos aquí y yo conozco el museo como el veneno de mi telson, ¿quieren que una sexy serket les dé un tour completo por el resto de la galería?"
– "Por supuesto, sería un placer." – Asentí. Entonces, hice ademán de mirar hacia los alrededores. – "¿Y dónde dices que está esa serk-¡Ay!"
– "Por payasa." – Contestó ella, habiéndome pinchado con una de sus pinzas. – "Por aquí, señoritas. Mantengan los brazos dentro del vehículo en todo momento. Personas frágiles de corazón y embarazadas deben consultar al médico antes de subirse. No introduzcan alimentos, y usen ropa interior limpia. ¡Victoria o Sovngarde!"
Y luego la payasa es una.
En la misma sala, Aiur nos presentó las exhibiciones con lujo de detalle, casi como si fuera una guía profesional. Después de despejarle la duda a las niñas respecto a la identidad del dinosaurio que se imponía en la plataforma central (un alosaurio, pariente menor del famoso T-Rex), nos explicó el video que se transmitía en la gigantesca pantalla que rodeaba al lugar, donde se resumía la evolución desde el cosmogénesis hasta nuestra era actual. Era inspirador ver a la escórpida tan absorbida al dilucidar sobre el pasado del planeta, especialmente los datos geológicos de las diversas rocas prehistóricas. Ese entusiasmo era prueba fehaciente de alguien que adoraba la futura profesión a la que se dedicaría una vez terminara sus estudios. Y no nos cobraba ni un centavo, que era lo mejor.
– "Physeter macrocephalus, conocido comúnmente como cachalote." – Elucidaba la quelicerada, señalando el enorme esqueleto cetáceo en el techo. – "Con sus veintiún metros de longitud, veintiséis dientes de un kilogramo cada uno, y el cerebro más grande en todo el reino animal, este titán marino es el mayor carnívoro existente, exceptuando algunos liminales gigantes."
– "Pueden sumergirse hasta dos kilómetros de profundidad, y soportar la respiración hasta por noventa minutos, en busca de comida. Su metabolismo se ralentiza para permitir tan extendidas proezas." – Injerí yo. – "Son famosos por ser los depredadores por excelencia de los calamares gigantes, y con frecuencia portan las cicatrices de sus encarnizadas batallas con tales cefalópodos, realizadas comúnmente bajo la eterna oscuridad de la zona batipelágica."
– "Excelente, arañita. Muy bien." – Me congratuló Aiur, aplaudiendo tenuemente. – "¿Cómo sabes tanto?"
– "Es mi ballena favorita desde niña." – Encogí los hombros. – "Predadora máxima; imponente; resistente; guerrera imparable. Un aforismo viviente de lo que siempre he querido ser, ¿cómo no va a gustarme?"
– "Y porque querías mucho a Ballenita, tu peluche." – Agregó Papi. – "La vimos cuando tu mamá nos mostró el álbum de fotos. ¡Incluso comían juntas!"
– "Aww, qué ternura." – Expresó la serket. – "Dime que aún la tienes."
– "Mi abuela la desapareció un día que me fui a la escuela. Jamás la volví a encontrar." – Respondí, exhalando. – "Había muchos cachalotes de peluche en todo Sparassus y Japón, pero solamente una Ballenita. Espero se encuentre en un lugar mejor."
– "Descuida, A chuisle." – Lala me dio un beso en la mejilla. – "Quizás haya sido donada a otra familia, alegrándole el día a alguna afortunada pequeña, como lo hizo contigo."
– "Buscaremos ese peluchito hasta encontrarlo, ¿vale, flaquita?" – Cetania me dio uno en el otro cachete. – "No te deprimas, que no te queda."
– "Danke, lindas, eso espero." – Emulé el ósculo en ambas. – "Lamento la interrupción, profesora Aiur. Continúe, por favor."
– "Ah, está bien, alemana. Me agrada saber que debajo de esa apariencia de fascista que te cargas, hay una buena persona." – Opinó la escorpiona, ofreciendo una sonrisa. – "Bien, si fijan ahora su atención hacia este pequeñín, notarán que es un Paradoxides mureroensis, un trilobites que habitó los mares del Cámbrico medio, alrededor de hace…"
La sesión prosiguió su curso normal, con mis amadas tomadas de mi brazo, escuchando atentamente a nuestra quitinosa guía viviente parlar sobre los demás especímenes, aunque de vez en cuando se desviaba para hablar más sobre las propiedades de las rocas que resguardaban los fósiles que de los organismos contenidos en éstas. Cosas de geólogos. Ya finalizadas de recorrer la sala, llegó la hora de decidir si debíamos ascender a los dos pisos superiores, o visitar los tres subterráneos. Las pequeñas encontraron cautivadora la presentación de la quelicerada, y deseaban ver más fósiles bajo su mesmerizante narración, así que descendimos al piso inferior, donde se concentraban la galería de dinosaurios.
– "¡Un triceratops!" – Señaló una ensimismada Papi. – "¡Mira, Suu, es el de la película!"
– "¿Sabías que yo soy un dinosaurio, pajarita?" – Comentó Cetania.
– "¿Eh? ¿De verdad?"
– "La yankee tiene razón: científicamente, las aves son también dinosaurios, sólo que más chiquitos y con más plumas." – Injirió Aiur. – "La sinapomorfía de un pájaro es idéntica a la de un saurio terópodo del Cretácico superior, y ambos pertenecen al clado Eumaniraptora, de dónde descienden los velocirraptores, el archaeopteryx, y también las aves actuales."
– "Entonces…" – Los ojos de la pequeña emplumada brillaban. – "¿Soy un dinosaurio también?"
– "Correcto." – Asintió la serket. – "¿Ves ese deinonychus? Tú y él son parientes."
– "¡Suu, ¿escuchaste?!" – Papi sacudió a su compañera. – "¡Soy un dino-nikos!"
– "¡Roar!" – Rugió la limo, imitando al reptil extinto.
– "¡Ahh, un Gelatinosaurio!" – Bromeé. – "Buena réplica, limita. ¿Cómo suena el brontosaurio?"
– "¡Ruu!" – La gelatinosa moduló un suave gruñir.
– "¿Y el tiranosaurio?"
– "¡Groar!" – Agudizó la voz.
– "¿Y ese de ahí? ¿El hombre de las cavernas?"
– "¡Vilmaaa!"
Habrá tenido un cero en exactitud científica, pero un diez perfecto en hacernos reír. Nada como un poco de humor para unirnos aún más como familia. Chocando manos con la limo por su excelente referencia nostálgica, continuamos admirando las maravillas del pasado en los pisos siguientes. Observando las evidencias de los ayeres que nuestro planeta vivió a lo largo de sus más de cuatro billones y medio años de edad, una realmente comprendía lo infinitésimamente ínfima que era nuestra existencia, y que eran estos pequeños momentos con nuestros seres queridos los que le otorgaban el mayor valor a ésta. Somos pequeñas criaturas en la inmensidad del universo, pero es gracias a esas personas que hacen especial nuestra vida que realmente podemos decir que existimos.
Mientras yo miraba un meteorito lunar, medité sobre los variados orígenes de todas las extraespecies que conformaban mi círculo familiar. Yo y mi madre somos alemanas; la segadora es irlandesa; la rapaz es estadounidense; Dyne es italiana; Miia es libia; Centorea es británica (aunque creo se crió en Japón); y Mero afirma ser francesa, dejando sólo a Rachnee, Papi y Suu como posibles niponas nativas de la residencia, aunque jamás les he preguntado. Tampoco es que fuera algo importante; simplemente era curioso cómo tantas naciones distintas se unieron bajo un mismo techo, en el otro lado del mundo; ése que seguía siendo tan pequeño como sus habitantes.
Una diminuta esfera azul flotando en el infinito espacio.
– "Süsse, acércate un momento." – Llamé a la castaña. – "Mira lo que dice este recorte de aquí."
– "Teoría M: las branas y la undécima dimensión." – La falconiforme recitó el título. – "Interesante, aunque no sé nada de cosmología cuántica, flaca."
– "Y yo ni las tablas de multiplicar me sé, pero ese no es el punto. Observa a quién acreditan por el artículo."
– "Holy fuck, you gotta be kiddin' me." – Exclamó, estupefacta. – "¿Crees que lo sepa?"
– "Lo sabrá pronto, en caso de que no sea así." – Tomé mi celular. – "¿Estará prohibido sacar fotos aquí?"
– "No veo ningún cartel que lo impida. Y conocemos al autor, no veo problema."
– "Sehr gut." – Capturé la imagen. – "Un poquito borrosa, pero se distingue. No hay señal aquí abajo; se la enviaré al subir."
Guardando el tesoro gráfico en mi celular, disfruté el resto de la exhibición. De ahí, tomamos el elevador, por suerte con espacio suficiente para todo nuestro voluminoso grupo, hasta el segundo piso. Aiur quedó encantada con una muestra de la minería en el antiguo periodo Edo, dándonos una cátedra completa de las rocas encontradas. Las niñas y yo comenzamos a tambalearnos de lo mareadas que terminábamos cuando a la quelicerada se le daba cuerda, aunque no podíamos culparla por querer compartir sus extensos conocimientos geológicos. Mientras mi cabeza se llenaba de datos minerales, mis tres pares de globos oculares se fijaron en un objeto en particular, ubicado en el extremo contrario del gigantesco piso.
– "Meine göttin…"
Sí, era lo que deseaba ver desde un principio. Una belleza de atavío color verde oscuro, decorado en la parte inferior con albugíneo blanco y el símbolo del sol naciente. Aunque lucía evidentemente dañada por un conflicto del pasado, había sido restaurada magníficamente. Con sus nueve metros de longitud, un par de robustas alas con doce metros de envergadura y el número de serie 53-122 tatuado en su zona posterior, mi boca esgrimió una evidente sonrisa por hallarme tan cerca de una honorable pieza fundamental de la historia.
– "¡Este es un caza Mitsubishi A6M2 Modelo 21, mejor conocido como 'Zero'! ¡Uno de los aviones más emblemáticos del Teatro del Pacífico!" – Declaré entusiasmada al grupo, golpeteando mis pedipalpos en el suelo. – "¡Podía alcanzar velocidades de quinientos kilómetros por hora y ascender hasta diez mil metros de altura! Ahora, ¿ven esos hoyos en las alas? Poseía dos ametralladoras Type-99 con sesenta balas cada una, más dos Type-97 con quinientas municiones en la capucha del motor. ¡Era capaz de recorrer hasta tres kilómetros de vuelo! ¡Más del doble de sus contrapartes Aliadas!"
– "Vale, vale, era un avión formidable. Ya entendimos, flaca." – La americana colocó sus alas en mis hombros. – "Tranquilízate, que nos van a correr por escandalosas."
– "¡Pero es una belleza, Süsse!"
– "Lo sabemos, pero ya cálmate, que no tienes ocho años." – Suspiró, disintiendo con la cabeza. – "En serio que no te entiendo, flacucha: aquí tienes a toda una gloriosa maestra del aire, y tú mojándote las bragas por un pedazo de chatarr-¡Ack!"
– "¡Ese pedazo de chatarra hundió tus acorazados en Pearl Harbor, matando a más de dos mil de tus compatriotas y lanzando a tu país a la Segunda Guerra Mundial!" – Le contesté mientras la zarandeaba de la garganta. – "¡Tus antepasados pudieron perecer por uno de éstos! ¡Guarda más respeto a tan venerable veterano de guerra, yankee insolent-¡Ack!"
– "¡A-a mí no me ahorcas, condenada garrapata!" – La halcón respondió asfixiándome con sus alas, sus pulgares clavándose en mi cuello. – "¡Sué-éltame de una vez!"
– "¡Discúlpate!"
– "¡Oblígame!"
– "¡Eso es lo que ha-¡Argh!"
– "¡Ay!"
– "¡Sosiéguense ustedes dos, por el Eterno Abismo!" – Ordeno la dullahan. – "¡Van a expulsarnos a patadas! ¡¿Es así como se comportan dos agentes de élite?!"
Lala, furiosa, se había trepado a mi tórax arácnido y, tomando nuestras cabezas en sus manos, hizo estrellarnos nuestras frentes, cesando la reyerta de inmediato. Aunque la colisión cefálica nos dejó un par de chichones, fue una medida necesaria para evitar que la visita se arruinara por una simple discrepancia. Admito que quizás pude actuar desmedidamente por una inofensiva selección de palabras respecto a la dignidad de un artilugio de guerra, pero sólo deseaba que se mostrara la debida cortesía a un caza tan afamado.
Lo usual sería hacer las paces con un beso rápido, y recibir otro par de golpes en la cabeza por parte de mis novias por empezar la disputa por una razón absurda, prosiguiendo con nuestro itinerario. Empero, defender el honor del avión tuvo un coste muy alto. La falconiforme y la segadora no estarían totalmente satisfechas hasta hacerme escarmentar por mi mal comportamiento, así que recurrieron al arma definitiva para recordarme que la guerra nunca había traído finales felices a los alemanes. Entre las carcajadas de la serket y el de las pequeñas, yo deseaba haber sido derribada igual que aquel avión.
Soy un pingüinito y tengo dos patitas~
– "¡Ay, por… por Talos! ¡No puedo… no puedo respirar!" – Proclamó Aiur, hipando por la risa. – "¡Es lo más gracioso que existe en esta galaxia!"
– "Y eso no es nada, alacrana. Espera al ver la versión cumbia." – Dijo la nativa de Montana, reproduciendo otro video. – "Incluye dueto con el marcianito cien por ciento real, no fake."
– "¡Ah, no mentías, pajarita!" – La escórpida volvió a desternillarse a carcajadas.
– "¿Ya terminaron?" – Cuestioné, roja como tomate y hecha una bolita en el suelo.
– "Nope, ahora a ver uno de abuelitos sufriendo arritmia de tanto reírse con la araña pingüino." – Acotó la rapaz, disfrutando de la tortura. – "Ahorita te paso el MP3, para que lo pongas como ringtone, y lo compartas con Draco."
– "La vida es dolor…" – Musité, hundiéndome aún más.
– "Cosechas lo que siembras, descendiente de Arachne." – Injirió la peliblanca.
Intentaría replicar a ese aforismo, pero seguramente las consecuencias serían peores. Gracias a Tique que únicamente la serket fue la más reciente testigo de tan bochornosa representación de mi pasado; no había ventana lo suficientemente cercana para arrojarme sin que primero me derritiera de la vergüenza pública. Ya con mi lección perfectamente aprendida, y finalmente siéndome otorgado el sacrosanto perdón de las (algo tiránicas…) dueñas de mi corazón, resumimos el resto del tour.
Ahí descubrimos que la última sala en el programa, reservada para padres con niños pequeños, requería de un pase aparte. A pesar de que el dúo plumas-gelatina puede aparentar fácilmente una edad mucho menor a su adultez real, de que las pequeñas poseían una enorme facilidad para socializar con otros infantes, y de que dichos pases eran actualmente gratuitos, decidimos posponer la visita en una futura ocasión. Las niñas estaban algo decepcionadas, pero les prometimos compensarlas con otro helado en forma de oso panda, retornándoles la sonrisa a sus juveniles caritas.
– "Bien, entonces creo que es hora de despedirme, chicas." – Dijo la escorpiona, extendiendo la mano. – "Gracias por acompañarme. En serio, ni siquiera cuando vengo con el resto de la clase me divierto tanto."
– "Lo mismo pensamos de ti, Aiur." – La irlandesa la estrechó. – "Tu presencia volvió aún más interesante nuestra primera experiencia en esta sublime colección de conocimiento."
– "Sí, fue bastante educativo. Tienes talento para esto, ¿sabes?" – Le agradeció la estadounidense. – "Y al contrario de esta pulga patona, no te sale lo genocida por faltarle el respeto a un pedazo de metal."
– "Creí que ya me habías perdonado, pajarucha." – Hablé.
– "Yo sí, pero mi esófago no." – Me sacó la lengua.
– "Aiur-nee, cuídate." – La abrazó Papi. Suu también. – "¿Cuándo nos contarás sobre dinosaurios de nuevo?"
– "Suelo venir seguido, así que si lo desean, podemos planear una salida juntas." – Contestó la aludida. – "Y de hecho, en el mes que viene habrá una presentación especial de fauna prehistórica de España, así que tendrán más dinosaurios para ver."
– "¿De verdad? ¡Genial!"
– "Para la próxima deberías invitar a Draco." – Sugirió la rapaz. – "Así podremos divertirnos en parejas, bajo el romántico velo de reptiles gigantes extintos."
– "Oh, qué cosas dices, Cetania." – La serket se ruborizó. – "Draco y yo no somos… bueno, yo…"
– "Claro, claro, sólo son grandes amistades." – La arpía le guiñó. – "Descuida, que su secreto está a salvo con nosotras. Nuestro bando debe apoyarse, después de todo."
– "¿El bando del amor?"
– "El sáfico." – Aclaró la rapaz. – "Ya sabes, todas somos chicas y eso."
– "Un momento, ¿de qué hablas, emplumada?" – Interrogó la pelinegra, confusa. – "Draco no será el axioma de la masculinidad, pero es perfectamente todo un caballero de cola a cabeza. No vuelvas a decir que él es una chica."
– "¿The fuck are ya talkin' about?" – Cuestionó la americana. – "¿Estás jugando con nosotras o algo así?"
– "A ver, hagamos un paréntesis primero." – Intervine. – "¿Hablamos de la misma persona? ¿Dragonewt? ¿Cabello rubio? ¿Escamas verdes?"
– "Sí, Draco, el mismo con el que siempre ando." – Aseguró la escórpida.
– "Aiur…" – Me torné seria. – "Draco es una chica."
– "¿Qué?"
– "Es una mujer; y lesbiana, como nosotras." – Reafirmé. – "Lo sabías, ¿verdad?"
– "…"
– "…"
– "¿Me estás gastando una broma, araña?"
– "Hablo muy en serio."
– "…"
– "…"
– "T-tengo qué hacer una llamada…"
Con una reverencia a medias, la serket se retiró de inmediato, hurgando desesperadamente en sus bolsas hasta localizar su teléfono móvil. Era tanto el nerviosismo que casi se le cae de las manos, mientras la veíamos desaparecer detrás de las argentas puertas del elevador. Las chicas y yo nos miramos unas a las otras, preguntándonos si inadvertidamente no habremos destruido una futura relación con nuestra intromisión. Por un lado, la pelinegra no podía seguir desconociendo el género verdadero de su (posible ex)compañera; y por el otro, hubiera sido mejor que ella misma la descubriera. Permanecimos en nuestros lugares, observando estupefactamente en dirección donde la quelicerada se había ido.
– "¿Creen que ella la deje?" – Pregunté, aún anonadada.
– "Quizás." – Replicó la irlandesa. – "Todo depende si la aceptación hacia nuestras preferencias es la misma cuando se trata de ella misma."
– "¿Y si resulta que no, y luego una vengativa Draco desea imitar a la nidhögg?"
– "Bueno, ya tenemos experiencia con su estirpe." – Contestó la falconiforme. – "¿Hicimos bien al decírselo?"
– "¿Si te vieras envuelta en una situación similar, te gustaría estar en las penumbras del desconocimiento, emplumada?" – Cuestionó la nativa del Éire.
– "La testosterona otorga un olor distintivo a los hombres; no podría confundirme de género." – Afirmó la halcón, suspirando. – "Pero bueno, la gata ya salió del costal. Ahora a esperar a despertar apresadas en una mazmorra junto a una iracunda dragonewt."
– "O quizás la escorpioncita descubra un nuevo mundo, sumando una nueva integrante a nuestras sáficas filas." – Encogí los hombros. – "Hay que ser positivas."
– "Como sea, creo que nosotras también deberíamos volver." – Acotó la dullahan, exhalando. – "Quizás un gélido postre a base de lácteos y extracto de frutas despeje nuestras mentes de tan incómoda situación."
– "Concuerdo, Spatzi, un helado caería muy bien ahora."
– "¿Puedo pedir otro mantecado de pandita?" – Preguntó Papi.
– "¿Y pastel de chocolate?" – Se unió Suu.
– "Por supuesto." – Asintió la peliblanca. – "La peste alada invita."
– "¡¿The fuck?!" – Protestó la americana. – "¡Ah, hell naw! ¡No fuckin' way, Smurfette!"
Aún así, bajo floridas imprecaciones y un tesauro de improperios en el idioma anglosajón, la arpía de presa no tuvo más remedio que seguir disminuyendo el grosor de su cartera ante la hambrienta máquina registradora y el insaciable estómago de las niñas. Por suerte para la estadounidense, las pequeñas tuvieron piedad y aceptaron probar los mantecados ofrecidos en la cafetería Atelier de Rêve, de la Galería Japonesa, en el primer edificio, de precios más aceptables y con disponibilidad de galletitas con formas de dinosaurio. Me dio curiosidad y (pagándolo con mi dinero) pedí un chill-dog, la versión antónima del hot-dog, debido a que se servía casi congelado. El veredicto de la calidad se dio a la primera mordida.
– "Definitivamente prefiero las salchichas calientes." – Comenté, haciendo mohín de disgusto. – "Nada como pagar unos yenes más para asegurarse de que la decepción duela el doble."
– "Por mensa." – Dijo la castaña, con el rostro en la mesa. – "¿Y ahora qué hacemos? ¿Dejarme en bancarrota total, vendiéndole mi alma al diablo?"
– "Ofrecer algo de nulo valor no es una oferta tentadora para el demonio, incordio alado." – Respondió la Abismal, degustando un cono sabor vainilla. – "Pronto serán las tres de la tarde, ¿qué deseas hacer, A chuisle?"
– "Tanto para ver en Ueno, y sólo una vida para disfrutarlo." – Contesté, meditando. – "Honestamente, mientras esté con ustedes, lindas, disfrutaré el lugar donde me encuentre."
– "¿Qué tal si simplemente caminamos por ahí y admiramos el paisaje?" – Sugirió Cetania, alzando la cabeza. – "Si pasamos más tiempo bajo techo vamos a sentirnos parte de la exhibición. Necesitamos aire fresco."
– "Concuerdo, Süsse. Y después de haberme comido todo esto, me hace falta ejercicio." – Le ofrecí mi comida, a la mitad. – "¿Salchicha al estilo antártico, guapa?"
– "Thanks, Blondie." – Le dio una mordida. – "Ugh, sabe horrible. ¿Y pagaste cuatrocientos setenta yenes por esto?"
– "Lo sé, lo sé. Soy rubia tonta." – Terminé de darle un último bocado. – "Bien, ¿les parece que pasemos antes a la tienda del museo? Aún no compro recuerdos para los demás."
– "Ah, fuck, lo olvidé por completo. Apenas me alcanzaría para el viaje de vuelta, y no puedo volar." – La estadounidense volvió a desplomar su cara en la mesa. – "Maldita pobreza. Cómo desearía que Smith nos hubiera pagado ya."
– "¿Dónde quedó la jactanciosa hija de la tierra de la libertad y sus ilimitadas reservas crematísticas?" – Se mofó la irlandesa, sonriendo sardónicamente. – "Si tal es tu crisis económica, entonces me ofrezco a aliviar la exigüidad de capital con mis propios fondos pecuniarios."
– "Uy, gracias. Qué magnánima eres, enana." – La arpía volteó los ojos. – "¿Cuál es el truco, Mefistófeles?"
– "Atormentar tu alma mientras continúo disfrutando de verte en precaria situación, por supuesto, Fausto." – Contestó, su sonrisa haciéndose aún más grande. – "Y recordarte que estarías en buenos términos con tu casera y su pareja gracias a mi prodigalidad. Dos pájaros de un tiro."
– "Retiro lo dicho, ni el enviado de Lucifer sería tan cruel como tú, canosa." – Aseguró la falconiforme. – "Bleh, cómo quieras, decapitada. Ya me vengaré."
– "No es necesario pelearse, lindas, que pactamos apoyarnos monetariamente en estos casos, ¿recuerdan?" – Argüí. – "Yo también pondré de mi bolsa. Después de todo, fui yo quien propuso venir aquí."
Con eso, nos levantamos de nuestros asientos y fuimos al ala del extremo contrario, a la tienda del museo. Como era de esperarse, el lugar estaba repleto de souvernirs que iban desde las clásicas gorras y camisetas alusivas, hasta juguetes didácticos, álbumes de fotografías de las exhibiciones, películas, dulces, e incluso meteoritos, aunque pequeños y de calidad nada sobresaliente, posiblemente réplicas. Las niñas inspeccionaban los modelos en miniatura de las atracciones del museo, como el edificio en sí, escarabajos, el famoso perro Hachiko, y dos versiones del futabasaurio. Ambas eligieron al perrito y al reptil. Yo había seleccionado unas toallas chicas con estampas de dinosaurios y una caja de chocolates con forma de fósil de trilobites para Mio y la casera de Cetania, cuando escuché a las pequeñas entusiasmarse.
– "¡Lala-nee, Lala-nee!" – Papi siempre tomaba la palabra por el dúo. Apuntó hacia una repisa a su izquierda. – "¡Mira, es una figura de tiranosaurio! ¡Está bien bonita! ¡Cómpramela, cómpramela!"
– "¡Roar!" – Rugió Suu, señalando un muñeco de estegosaurio.
– "Sosiega tu impetuosa algarabía, chiquilla, que me tirarás la cabeza." – Le calmó la dullahan. Observó los precios, y la escuché tragar saliva sonoramente. – "Uhm, me temo que el valor requerido excede nuestras posibilidades de adquisición actuales. Sugiero postergar la posesión de tales artículos para una visita posterior. Además, ya poseen efigies con la misma calidad y…"
– "¡Pero éste está más grandote y bonito!" – La arpía la sujetó de su saco y la zarandeó. – "¡Anda, prometiste que nos comprarías, Lala-nee!"
– "¡Promesa, promesa!" – Se unió la limo. – "¡Una Abismal no rompe su palabra!"
– "L-lo sé, pero sigue siendo algo caro." – Intentó dialogar la segadora. – "¿Qué tal si eligen otra de las más peque-¡Hey!"
– "¡Spatzi, mira, tienen un modelo a escala del cachalote!" – Fue mi turno de sacudirla, emocionada. – "¡Sólo hay ese en existencia! ¡Cómpramelo, linda! ¡Bitte!"
– "¡A chuisle, n-no tú también!" – Protestó la irlandesa, asaltada por tres frentes. – "¡Aah, Cetania, un poco de ayuda!"
– "Oh, flaquita~" – Me habló la rapaz, sonriendo con tono melódico. – "Aquí hay uno de tu avioncito querido~"
– "¡Infausto incordio alado! ¡El juicio del Abismo caerá sobre-¡Ay!"
– "¡Meine göttin, es hermoso! ¡Ay, cómpramelo también, Spatzi, no seas mala!" – La sacudida se hizo mayor. – "¡Anda, hazlo por nuestro eterno amor y eso! ¡Di que sí!"
– "¡Lala-nee, el tiranosaurio!" – Suplicaba Papi.
– "¡Promesa, promesa!" – Insistía Suu.
– "¡Abismo Eterno, ten piedad!"
En un irónico giro simbólico, la estadounidense fue quien usara el mítico Mitsubishi Zero para tornar la guerra a su favor, clamando una devastadora victoria ante las fuerzas irlandesas. Aceptando finalmente el cumplir las demandas del porfiado trío, el cual no cesaría de asediarla hasta poseer las efigies deseadas, la nativa del Éire terminó comprando las figuras. Empero, al final el conflicto terminó en un tratado de cooperación, ya que la cuenta de todo lo comprado estaba más allá del presupuesto disponible para la peliblanca, así que la falconiforme y yo agregamos el dinero restante. Con recuerdos, peluches y (condenadamente costosos) modelos a escala en mano, el grupo se despidió del museo y se dirigió hacia la enorme fuente ubicada en la zona central del parque.
El clima era frío, aunque el sol brillaba sobre el cielo despejado, y me acomodé la bufanda al tiempo que me asentaba en una banca sin respaldo frente a la gran fuente cuadrada que decoraba al lugar, observando cómo el sistema de bombeo arrojaba sólidos chorros, formando acuosas torres de albugínea espuma, sincronizadas en una implícita coreografía. Mientras el líquido retozaba en el aire, un pequeño baloncito con los siete colores del arcoíris entró en nuestra periferia, rodando hacia nuestra dirección.
Un grupo mixto de niños, no mayores de siete años, iban detrás del esférico objeto con el afán de reanudar su improvisado partido de futbol. Se detuvieron a mitad del camino, al notar que su pelota había llegado hasta donde cinco liminales desconocidas descansaban. Papi y Suu se apresuraron a recoger el balón y, con toda la energía de la juventud, lo patearon hacia los niños.
Y entonces, sonreímos.
Con toda la naturalidad del mundo; con toda la lógica esperada de una sociedad civilizada; con toda la honestidad de las almas más puras, las niñas se unieron al juego de aquel grupo de chiquillos desconocidos, brincando tan alegremente como las aguas de la fuente. No hubo necesidad de preguntar sus identidades, de solicitar autorización por adelantado, o algún disgusto por el hecho de que dos extraespecies fueran las participantes; el que la arpía y la limo desearan formar parte de su equipo fue todo el acuerdo implícito que se necesitó para que ellas también se agregaran a las filas de alegres jugadores callejeros.
Era una escena que, por más mundana y sencilla que pudiera ser en el fondo, englobaba absolutamente toda la culminación de los esfuerzos del Acta, del Programa de Intercambio, y de nuestra lucha diaria: la convivencia pacífica. Toda una coligación de juventud, inocencia y benigna voluntad que ahora se exhibía para el deleite de todos los presentes; una galería que nos recordaba el valor del entendimiento y tolerancia; una alianza formada por diferentes orígenes, reunidos bajo el mismo techo de la fastuosa amistad.
La presentación más digna en este gigantesco museo llamado vida.
– "¡Lala-nee, Cetania-nee, Aria-nee! ¡Anoté un gol!" – Declaró la joven arpía, corriendo hacia nosotras. – "¡Y lo hice de palomita!"
– "¡Yo ayudé!" – Agregó también Suu.
– "¡Hey, pajarita!" – Le llamó uno de los chicos. – "¡Te toca el siguiente tiro!"
– "¡Ya voy!" – Anunció Papi, comenzando a correr hacia él. – "¡Gracias por habernos traído!"
– "¡Gracias!" – Agradeció la limo, detrás de su amiga.
El dúo continuó haciendo despliegue de sus habilidades deportivas, disfrutando de las nuevas amistades que un humilde balón había creado. Contemplando cómo esas pequeñas criaturas jugaban bajo el resplandeciente astro rey, cuyos rayos al atravesar las gotas arrojadas por la fuente formaban un arcoíris tan policromático como la afamada pelota, estiré mis brazos para rodear a las mujeres que amaba, atrayéndolas hacia mí. Sin decir nada, y compartiendo la felicidad que irradiaban aquellos juguetones chicuelos, mi cuerpo se vio envuelto bajo la calidez de tersa piel azul y suaves plumas castañas, y rodeado en su totalidad por la deífica sensación de su eterno cariño. Alcé la mirada al cielo añil, divisando una bandada de tres palomas que ascendían como una saeta hacia una nívea nube, más allá de los enormes rascacielos y la bulliciosa jungla de concreto, en dirección del edén de la libertad.
– "Mientras estemos juntas…" – Dije, sin borrar la sonrisa de mi rostro. – "Volaremos tan alto como deseemos."
NOTAS DEL AUTOR: Ah, nada como un sencillo paseo por la ciudad para alegrarle el día a uno, ¿cierto?
Para este episodio especial, donde el Museo de Ciencias Naturales sería el afásico protagonista, me aseguré de investigar a fondo sobre su organización y exhibiciones disponibles. Desde las presentaciones, horarios e incluso el menú disponible, traté de recrear lo más fielmente posible la experiencia real. De esta manera, la lectura no sólo sería para desarrollar el capítulo, sino para que el lector aprenda un poco de tan interesante lugar. Aunque mi burda narración no se comparará nunca con una visita auténtica, es al menos una buena simulación del panorama que engloba la cultura y conocimientos contenidos bajo el mismo techo.
De la misma manera, deseaba retratar cómo la convivencia de nuestro trío favorito había avanzado desde la última vez, con Lala y Cetania ya tolerándose mucho más de lo habitual, incluso sonando juguetonas en sus mordacidades habituales. Aún falta para que la araña cumpla su sueño de un ménage-à-trois hecho y derecho, pero al menos la alemana puede seguir confiando en que su plan se desenvuelve por buen camino. Por supuesto, si es que no termina encontrándose con otra nidhögg salvaje.
Y como habrán notado, hoy sí que llovieron referencias por todos lados, desde menciones a cierta serie animada sobre la edad de piedra, hasta cameos de los personajes creados por mis compañeros del grupo "Los Extraditables".
Comenzamos con la amiga de la doctora Redguard, la argentina Emily Wilde, propiedad de JB-Default, exponiendo su excentricidad característica. De ahí, los populares Roberto García y Amanda Dufort, creaciones de mi amigo Onix Star, nos presentaron a la pequeña Aki, una lamia tan tierna y bonita que engloba la belleza del mundo. Para finalizar, el compañero Arconte nos regala la aparición de Aiur, la escorpioncita gamer más aplicada en el mundo de la geología. Y aunque los guiños hacia ellos fueron más breves, los amigos Paradoja el Inquisidor y Alther no se quedan atrás. A todos y cada uno les agradezco el apoyo que siempre me muestran. Los aprecio, compadres.
No tengo más que agregar, excepto agradecer a mis lectores por seguir en este viaje, y recordarles que sus opiniones serán siempre bienvenidas. Si desean más de cierto personaje, o tienen ideas de lo que podría suceder en el futuro, por favor, compártanlas en una reseña, que su palabra es muy importante. ¡Nos vemos hasta la próxima! ¡Visiten los museos cercanos a ustedes! ¡Auf Wiedersehen!
