NOTAS DEL AUTOR: ¡Achtung, meine Kameraden, Herr Kommandant Tarmo Flake ist hier!

Dos años.

Setenta episodios.

Más de un millón de palabras.

Celebremos con una buena lectura, ¿vale?

Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena los invita a su fiesta! ¡Sólo se necesita un sacrificio humano, o dos animales, para entrar! ¡Las arañas entran gratis!


NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE

CAPÍTULO 70


– "Por aquí, ya casi llegamos." – Afirmé. – "¿Están bien, lindas?"

– "Sabes que soporto más adversidades en los entrenamientos, flaca." – Respondió Cetania, flexionando un ala. – "Pero Pitufina aquí parece que va a desfallecer. Ya hasta se puso azul."

– "Deberías considerar que la exigüidad de público implica refinar tu rutina cómica, incordio alado." – Le replicó Lala. – "Las preocupaciones son innecesarias, A chuisle. Recuerda que me crié con la faena agricultural diaria."

– "Con razón hueles a abono, enana." – Bromeó la arpía.

– "Irónica declaración por parte de gallinácea locutora." – Retrucó la dullahan. – "Mas es menester remembrarte que mi pasada profesión consistía en brindar prematura conclusión a la existencia de animales para consumo humano, incluyendo aves de corral."

– "Y tú no olvides que yo nací para destripar bestias montañesas. Un wapití salvaje es más difícil de atrapar que una oveja en matadero, ¿sabes?" – Contestó la rapaz. – "Además, con esa oxidada guadaña, cualquiera se moriría primero de tétanos, canosa."

– "Eso no merma la utilidad de mi apero de labranza." – Aseguró la irlandesa. – "Incluso Mo chuisle comparte el sentimiento al haber agregado su hacha de petos a nuestra travesía."

– "Lo sé, y seguramente tú la influenciaste, azulosa." – Respondió la americana. – "¿Para qué trajiste tu alabarda, flaca? Conseguimos licencia para cazar ciervos y jabalíes, no osos."

– "Versatilidad, Süsse. Ya oíste a Rachel, sirve hasta para romper piedras sin perder filo." – Repliqué, consultando el mapa. – "Además, no hay nada de malo en ser precavidas. ¿Qué tal si el oso es maloso y mafioso y trae a sus amigos con él?"

– "La ofrecemos a ella en sacrificio." – Respondieron ambas, apuntándose y mirándose al unísono. – "Qué original eres."

– "Finalmente las tengo en sonido surround, lindas." – Reí. – "¿Pero ya lo ven? Comienzan a pensar igual; son lo mismo en el fondo."

– "Claro que no, flacucha; yo soy más hermosa." – Contestó ufanamente la halcón. – "Es una lástima que Pepper no haya querido venir; fue ella quien lo propuso, pero rechazó la invitación."

– "Así es Ale, Süsse; aún falta para que desee seguir conviviendo más seguido con estas tres degeneradas, como nos llama." – Repliqué, mirando alrededor. – "Doblamos a la izquierda y seguimos por aquí. Adelante."

Estábamos lejos de casa.

Habiendo pasado unos días desde lo del incidente en el onsen, nos encontrábamos en camino hacia la cabaña en medio del bosque de Gunma, la misma que pertenecía a Kenta, el novio y futuro esposo de Sanae. El plan que nosotras divisamos junto con Smith dio los resultados esperados, y el agradecido oficial de policía nos otorgó el privilegio para que yo y mis amadas disfrutáramos de un pequeño retiro en lo que fueran los aposentos de su padre. Se supone que tal morada sería habitada por Kenta y sus dos parejas mientras encontraban otro hogar, todo con tal de acelerar la transferencia hacia la jurisdicción de nuestra capitana, pero el muchacho nos informó que podría residir temporalmente en la casa de su tía.

El superintendente Kuribayashi fue informado de la situación, y aunque le tomó por sorpresa el inusual convenio de tres personas en la misma relación, tampoco mostró disgusto, y aceptó apoyarnos en todo lo necesario. La bondad de Papi quizás tenga mucho del lado paterno, después de todo. Sanae e Ingegärd, la dragonewt enfermera, se alegraron de que su novio fuera transferido a las oficinas centrales en Tokio, donde no sólo recibiría un aumento, sino que también pondría ayudar más directamente al Programa de Intercambio que tanta felicidad les había traído a ellos.

Fue un excelente golpe de suerte; no sólo obtuvimos el ansiado techo para acampar, sino que finalmente pudimos relajarnos al saber que el porvenir de la pequeña niña creciendo en el vientre de la lámpades había sido asegurado. No lo hicimos por el soberbio deseo de lucirnos frente a nuestros superiores, o por intentar apelar a la simpatía del público, sino porque era lo correcto. Empero, no negaremos que las alentadoras palabras de aquel trío, junto al río de lágrimas que tácitamente agradecían tan magnánimo acto de nobleza, fueron la recompensa más valiosa de todas.

– "Aria Jaëgersturm, Guten Tag." – Respondí a mi teléfono, que había comenzado a sonar. – "¿Quién habla?"

– "¿Töchterlein? Ich bin es."

– "¡Ah, Vater, qué sorpresa!" – Exclamé jubilosa al saludar a mi padre. – "Por fin; creí que se habían fugado. ¿Cómo están tú y mamá?"

– "Nos encontramos bien, hija. Estamos en la habitación del hotel." – Respondió él. – "Discúlpanos por no comunicarnos antes, pero entre recuperar el tiempo perdido y las responsabilidades que ustedes han de tener, no quisimos incordiarles. Además, sabes que tu madre puede ser algo insistente en… los deberes matrimoniales."

– "¿Seguro que no seré la hermana de en medio en siete meses?"

– "Oh, vamos, hija; que no me haya presentado hasta veinte años después no me hace un irresponsable." – Respondió él. Creo que lo oí morderse la lengua. – "Eso sí, ¿sabes lo difícil que es para un extranjero pedir preservativos?"

– "¿Problemas con la ley por el asunto de tu pareja liminal?"

– "Afortunadamente ninguno hasta ahora, pero la barrera del idioma sigue dándome lata." – Le escuché suspirar. – "Mi acento da lugar a uno que otro malentendido, especialmente cuando se trata de algo tan íntimo. Tu madre maneja mucho mejor el japonés, y sé que poseemos inmunidad, pero preferimos evitar los percances por las prohibiciones del Acta."

– "Ya me imagino. ¿Y qué sucedió? ¿Usaste envoltorios de salchichas como substituto?"

– "Eso me hubiera ahorrado muchos contratiempos, actualmente." – Rió papá – "Resulta que me encontraba intentando que la encargada de la farmacia entendiera que deseaba condones, pero debió tocarme una retrasada, porque sólo repetía que no hablaba inglés. Tenía que lidiar con ella y mi compañero entre las piernas, deseoso de vestir su traje de látex."

– "Ay, papá, no pongas esas imágenes en mi cabeza, incluso con eufemismos."

– "Disculpa, se me chispoteó. En fin, ya desesperado por la ineptitud de esa bruta, opté por recurrir a la pantomima con mis manos." – Dilucidó. – "Y debió ser contagioso ser tan tonta, porque yo, actuando como otro idiota, decidí que la manera más clara que hacerle llegar mi necesidad era mostrarle el dedo medio. Eso sí que lo entendió, y también el grandulón detrás de ella, que creo era su esposo."

– "¿Y no te lanzaste a una feroz lucha cuerpo a cuerpo, digna de un laureado veterano de la Bundeswehr?"

– "Si hubieras visto en persona a ese gigante peludo, también pensarías en que era un gorila disfrazado." – Rió. – "En fin, decidí dejarme de tonterías y comprarlas en un supermercado. Y para ahorrarme más bochornos, me hice con una caja grande."

– "Bueno, ya me siento tranquila al saber que no vas a dejar panzona a mamá por segunda vez."

– "¿Sabes qué es lo gracioso? Apenas hemos usado como tres. Tu madre prefiere hacerlo por at-"

Con pésame en el corazón, pero alivio para mi estabilidad mental, oprimí el rojo botón en la pantalla de cristal líquido, cesando de inmediato la conversación. Me gustaría quejarme de que mi padre tiene una boca demasiado imprudente, pero es obvio que tampoco estoy en posición para ello. A los pocos segundos, el teléfono volvió a repetir su melodioso tono de llamada.

– "Uhm, lamento eso, hija, de verdad." – Se disculpó mi progenitor. – "Creo que todos estos días de achuchones con tu madre me acostumbraron a expresarme indiscretamente."

– "Está bien, al menos no te puse en altavoz para que las demás te oyeran soltar la sopa." – Disentí con la cabeza. – "En fin, ¿dónde está Mutti? Quiero saludarla también."

– "Durmiendo. Estoy usando el teléfono que se encuentra en el baño para no interrumpir su paseo por los aposentos de Morfeo." – Reveló. – "Finalmente puede darse el lujo de reposar hasta tarde, después de tantos años de estricto régimen militar. Y bien que le ha servido; está tan contenta que si la vieras ahora, no la reconocerías."

– "Ese retiro sirvió para cambiar muchas cosas para bien, papá." – Sonreí. – "Y qué coincidencia que yo también me encuentre en las mismas circunstancias."

– "Sí, leí tus mensajes, hija. Y yo que pensaba visitar algún día ese onsen." – Respondió. – "¿Dónde estás ahora? ¿En la casa de Herr Kurusu?"

– "Nope, estoy en medio de la naturaleza, con las mujeres más hermosas del mundo."

Ahí, activé la opción de altavoz.

– "Díganle hola a su futuro suegro, lindas." – Expresé.

– "Dia dhuit ar maidin, Herr Jäger." – Saludó la peliblanca. – "Nos alegra que usted y Frau Jaëgersturm se encuentren bien."

– "Guten Morgen, Lala. Danke." – Reciprocó mi padre. – "Pero por favor no seas tan formal, que eres de la familia. Ya oíste a Aria, puedes decirme suegro o papá, si lo deseas."

– "Está bien, suegro." – La Abismal se ruborizó ligeramente. – "Aunque al igual que con su esposa, me sigue tomando un poco acostumbrarme."

– "Ay, qué quisquillosa eres, enana. Sáquese, que estorba." – Habló la falconiforme, haciéndola a un lado. – "¿Howdy, Pops? Aquí está su nuera favorita reportando que Pulguita se halla en buenas alas. ¿Qué cuenta el suegro más bonito de todos?"

– "Eres inconfundible, Cetania." – Rió mi progenitor. – "Nada, sólo lo usual entre un viejo soldado y su querida arachne. No deseas saber los detalles, créeme."

– "Oídos agudos, suegro; escuché cada palabra del chisme. Desventajas de ser halcón." – La arpía tembló. – "En fin, estamos de viaje en las montañas, camino a pasar la noche en una pequeña cabaña del bosque. Sería perfecta si esta enana hubiera permanecido en su aldea pitufo, pero qué se le va a hacer."

– "El sentimiento es mutuo, incordio alado." – Injirió la segadora. – "Herr Jä… Suegro, ¿hasta cuándo planea cesar su estancia en el país? Sería ameno volver a reunirnos e intercambiar anécdotas antes de que parta."

– "Bueno, a petición de Vera, extendí mi permiso por unos días más. Regresaría aproximadamente en una semana, a partir de hoy." – Aclaró. – "Y concuerdo, Lala; nada me encantaría más que pasar tiempo con mi pequeña y mis nueras. Por cierto, ¿está Dyne con ustedes?"

– "No, papá, ya sabes cómo es ella. Se quedó en los cuarteles, para practicar y eso." – Respondí. – "¿No se ha comunicado contigo, por mensajes u otro medio?"

– "Tampoco, hija, y eso me preocupa." – Le escuchamos suspirar. – "Espero no esté molesta conmigo."

– "Descuide, Pops, que la grillita será huraña, pero no le guardaría rencor a su padre." – Opinó la rapaz. – "Es decir, a su propia hermana le llevó más de un mes de convivencia y golpes para finalmente lograr un abrazo."

– "No es fácil obtener una familia de repente, por lo que los sentimientos todavía siguen confundiéndose en su interior." – Agregó la dullahan. – "Más no prosiga afligiéndose, que puedo asegurarle que Dyne guarda únicamente cariño para el hombre que le dio la vida, por muy exiguas que parezcan las evidencias. Confíe en el amor de una hija."

– "Danke, chicas." – Contestó mi padre. – "Sí, creo que tienen razón, era sólo paranoia mía."

Ahí, logramos distinguir una voz femenina tocando una puerta.

– "Süsser, ¿estás ahí dentro?" – Cuestionó mi madre, con un tono inusualmente seductor. – "¿Eh, por qué pusiste seguro? Vamos, Helmutt, ¿no quieres desayunar con tu amada arañita? Tengo tu platillo favorito aquí mismo~"

– "¡Ya voy, Mausi! ¡Sólo me estoy lavando en la tina!" – Le contestó mi progenitor. – "Disculpen chicas, una importante misión se ha presentado, y el deber me llama. Prometo volver a llamarles luego, ¿de acuerdo?"

– "No te preocupes, papá. Disfruta de tus vacaciones." – Repliqué. – "Saluda a mamá de nuestra parte y dile que la quiero mucho."

– "Ella también, Aria, al igual que yo." – Lo oímos mandarme un beso por el auricular. – "Ustedes también, nueritas, cuiden a mi Pulguita. O mejor dicho, cuídense de ella, que tiene mucho de su madre."

– "¡Papá!"

– "Con mucho gusto, suegro." – Rió suavemente la irlandesa. – "Espero nos veamos pronto. Slán go fóill."

– "Heeelmuuutt~ Ya toca, ya toca~" – Habló nuevamente mamá. – "Abre, mi amor~"

– "Y dígale a su esposa que no se sobrepase; la muerte por snu-snu es real." – Bromeó la castaña. Entendí esa referencia. – "¡See ya, Pops! ¡Have fun!"

– "¡Auf Wiedersehen! ¡Viel Glück!" – Entonces, oímos un repentino golpe. – "¡Mein Gott, Vera! ¡¿Qué haces con esa hach-"

Hubo un efímero destello de estática e inmediatamente el auricular interpretó absoluto mutismo. Las jabonosas aguas de la tina fueron la líquida tumba del infortunado teléfono, llevándose con él el secreto de aquellas últimas palabras. Optando por no indagar más en ello, guardé mi celular y resumimos el camino. Habíamos llegado en autobús, luego de tomar el tren, tomando el camino de tierra que apenas se divisaba en el entronque indicado. Eran alrededor de las siete de la mañana, y la matutina neblina pintaba su albugíneo lienzo en el nemoroso paisaje.

Las invernales temperaturas me pasaban factura, a pesar de estar envuelta en ropas térmicas. La nativa del Parque de los Glaciares no sufría por el frío, y la hija del Abismo se reía en cara del gélido clima. Aún así, todas íbamos ataviadas con abrigos y bufandas. Yo cargaba con una enorme mochila de viaje, además de unas cuantas más, mientras mis amadas cargaban con unas más ligeras. Mientras ascendíamos las ligeramente escabrosas cumbres, el aire fresco del bosque nos llenaba los pulmones, y también mis filotráqueas de un muy agradable júbilo. Era un buen ejercicio.

– "Ah, creo que los diviso." – Informó la segadora. – "Los tres abetos junto al puente de piedra."

– "En efecto, Spatzi. Ya estamos cerca." – Afirmé, reacomodando mi mochila. – "Muevan las piernas, guapas. La última en llegar dormirá entre los bichos."

– "Como digas, flaca." – La estadounidense comenzó a trotar. – "Vamos, Pitufina; imagina que te persigue Gargamel."

– "Descuida, A chuisle, los invertebrados no te molestarán mucho." – Mencionó la nativa del Éire, acelerando. – "Nos vemos en nuestro destino."

– "¡Hey, esperen!" – Me apresuré a seguirlas.

Fue una corta persecución desde los mencionados abetos, junto a los restos de lo que era un pequeño puente sobre un riachuelo, hasta la meta. Con todo y ser la que llegara en el tercer puesto, sonreí por la felicidad que se respiraba en el ambiente. Nuestras risas se combinaron con el tenue rumor de los pajarillos e insectos que pululaban entre los frondosos árboles. Esquivando un pequeño círculo de honguitos y evitando volver damnificadas a un grupo de afanosas hormigas, saltando su nido, logramos atisbar el claro que indicaba el final de la travesía.

Erguiéndose en medio del verde prado, contemplamos la vivienda que sería nuestro refugio. Diseñada al más puro estilo tradicional nipón, era una casita lo suficientemente espaciosa y sin mucha pompa. Había un pozo para aprovechar las cristalinas aguas naturales de la región, junto a un jardincito que hace mucho imploraba por una podada para recuperar su gloria original. Una cerca de madera alrededor de la estructura, aún de pie, delineaba los límites del territorio, aunque no es que hubiera alguien más allá de nosotras tres.

La vegetación apenas había reclamado unas cuantas partes de las paredes exteriores, pero por el idílico aspecto que proporcionaban, su expansión debió ser planeada. Corriendo las puertas, hallamos el sitio relativamente limpio, con una muy fina capa de polvo por cubierta. Mis primas animales habían construido sus nidos en las esquinas del techo, colgándose libremente en sus viviendas de seda. Baño, cama matrimonial, una espaciosa sala y demás habitaciones estaban presentes. Aparte de unas cuantos detalles más, el lugar lucía perfectamente intacto, con únicamente una manita de gato (o de oso, para ir con el tema boscoso) para devolverle el esplendor.

– "Bueno, lindas, a lo que venimos." – Troné mis dedos. – "¡Panzer vor! ¡Angriff!"

Sin dilación, acomodamos nuestro equipaje, nos retiramos los abrigos y pusimos manos a la obra. Nuestro trato con Kenta era simple: nosotras limpiábamos el lugar, y a cambio podíamos residir libremente unos días, como si fuera totalmente nuestra. Empero, el acuerdo original no incluía la remodelación; esa fue nuestra idea. Sentíamos que si aceptábamos, estaríamos abusando de la generosidad de nuestros compañeros, por lo que renovar el techo que se nos concedía era la forma más directa de agradecerles su bondad. Tanto mis amadas como yo hallábamos satisfacción en trabajar para ganarnos el derecho de disfrutar tales amenidades, otro de los aspectos que compartíamos intrínsecamente.

– "Spatzi, tú podarás el jardín y los alrededores. Süsse, tú te encargarás de barrer el interior." – Dicté las órdenes. – "Yo me encargo de resanar las paredes y el techo. ¿Tenemos pintura?"

– "Aquí hay un poco, A chuisle." – Contestó la peliblanca, sacando una lata del cobertizo. – "Me impresiona lo perfectamente que se ha conservado el lugar, a pesar de tener casi un año sin ser visitado."

– "Y se nota; hasta las escobas tienen telarañas." – Comentó la falconiforme, sacudiendo la suya. – "Tus primas animales se me suben a las alas, flaca. Creo que soy naturalmente atractiva para las criaturas de ocho patas."

– "Tal vez sólo detectaron tu aroma, pollo parlante." – Bromeó la Abismal, revisando el resto del cobertizo. – "Los aperos de labranza disponibles se hallan indispuestos a auxiliarme en mi tarea, A chuisle. El óxido ha reclamado su afilado metal."

– "¿Quieres que te preste a Asynjörd, linda?" – Le ofrecí mi alabarda. – "Es su primera vez, así que sé gentil."

– "Agradezco la oferta, pero no será necesario, A chuisle." – Sonrió la irlandesa, alzando su mano al aire. – "Hacía mucho que yo y mi vieja compañera nos coligábamos para tales faenas."

Con una ligera y bruna niebla arremolinándose alrededor de la extremidad de mi amada de añil epidermis, Seelenverkäufer, su icónica guadaña, se materializó entre la negra nube. Si bien su filo no se hallaba en muy óptimas condiciones, se encontraba en mejores que las demás herramientas guardadas. Además, tan pronto la nativa del Éire la tuvo en sus manos, procedió a darnos una contundente demostración del porqué con su falce bastaba y sobraba para completar satisfactoriamente la tarea. La técnica con la que giraba su hoz para remover eficazmente la maleza, como si de las cuchillas de una podadora se tratara, nos dejaron absortas a mí y a la arpía.

Mirándonos y encogiendo los hombros, comenzamos con las demás labores. La castaña afanosamente liberaba los interiores del polvo y demás impurezas, valiéndose tanto de su escoba como de su plumaje. Lala no perdía la oportunidad de remarcar el parecido entre la americana y un plumero, contestando ésta con igualmente mordaces comentarios acerca de la dullahan, pero sin que el trabajo se interrumpiera. Por mi parte, sonreía al escuchar sus inofensivas agresiones, que transpiraban una genuina amistad detrás de la ficticia acritud de los insultos.

Además de repintar algunas secciones de la pared y poner a prueba mis habilidades de reparación de grietas y hoyos en el techo, me aseguré de que lo demás también se hallara en buenas condiciones. Me alegré al oír el rugir del generador a base de gasolina al ser encendido, prometiendo que energía eléctrica no faltaría. Tampoco había fugas en la tubería. Envidiaba a Sanae y su familia; vivienda tan idílicamente perfecta no se encontraba tan fácilmente en cualquier lado. Habiendo pasado suficiente tiempo, nos tomamos un descanso.

– "Puf, incluso con el invierno, el sol sigue quemando." – Comenté, tomando de mi cantimplora. – "Pero es divertido, ¿no, lindas?"

– "Ciertamente. Me recuerda a las buenas memorias de mis inicios en Wicklow." – Expresó la segadora. – "Sólo necesito el pastorear ovejas y cosechar los cultivos para sentirme como en casa."

– "No me imagino a ti haciéndola de labradora, azulosa." – Habló la americana, acostada entre la recién cortada hierba. – "De no haber sido transferida a la residencia Kurusu, ¿hubieras vivido en una granja, o algo así?"

– "Es muy posible. Confieso que antes de conocer a mi familia actual, esperaba que al menos se me ubicara dentro del ambiente agrícola." – Reveló la Abismal. – "Empero, no era más que un impulso nostálgico para no sentirme tan lejos de casa."

– "Sólo por curiosidad, ¿cuál sería su morada perfecta, chicas?" – Indagué. – "Yo admito que un lugar como éste me caería bastante bien, con todo y frío. Sólo necesita un río por aquí, y un bonito campo de flores edelweiss para poder acostarse; como sacado de un bucólico poema sobre la inmensidad y hermosura de los Alpes Bávaros."

– "Je, me recuerda a La Novicia Rebelde, con Julie Andrews." – Dijo Cetania. – "Siempre añoré un lugar con menos nieve, por mucho que adorara revolotear sobre los diáfanos y gélidos lagos de Montana. Yo vivía prácticamente entre esos paisajes, aunque era menos cantar en las montañas, y más de congelarse las plumas entre cacerías. Aunque al contrario de los protagonistas de ese filme, a mí sí me atraparon los alemanes."

– "Y ya no van a soltarte, guapa." – Bromeé, dándole un besito rápido. – "Entonces, ¿quieres algo bonito pero calientito?"

– "Precisamente, flaca. Un sitio más cálido, pero con la misma belleza de aquellos majestuosos parajes naturales, y con vista al mar." – Asintió. – "Y las islas japonesas son precisamente eso. Hawái también ofrece tropical paraíso, pero la actividad volcánica es mucho mayor, y el humo de las fumarolas es brutalmente tóxico. Únicamente pensaba en irme de ahí cuando me hallaba emigrando."

– "Entonces, ¿has hallado en las playas niponas aquí tu edén terrestre, Cetania?" – Le preguntó la irlandesa.

– "Hmm, sí y no, segadora." – Le respondió la castaña, levantándose para sentarse. – "Si bien hay todo lo que buscaba, siento que aquí es algo… ¿cómo decirlo? ¿Modesto? La sociedad aquí es más reservada. Incluso en Hachijō-jima, donde residí, los habitantes costeros no eran tan abiertos. No lo sé, creo que espero algo más ferviente, animado."

– "¿Como Brasil?" – Opiné yo.

– "Ah, diste en el blanco, flaca. Brasil sería maravilloso." – Contestó la estadounidense, suspirando. – "¿Recuerdas que propusimos ir allá en nuestra luna de miel? Aún quiero ir."

– "Podríamos hacerlo." – Afirmé. – "Si ahorramos lo suficiente, nos costearíamos un viaje decente las próximas vaciones. No nos mudaríamos, pero al menos habremos disfrutado de tales maravillas. ¿Qué dicen?"

– "Cuenta conmigo para hacer ese sueño realidad, flaca." – Acotó la falconiforme.

– "Suena demasiado tentador como para dejar pasar tal oportunidad." – Se unió la nativa del Éire. – "Mi salario no se compara con el suyo, pero aumentará nuestras pecuniarias reservas."

– "Entonces no se diga más, guapas." – Declaré, extendiendo mi mano. – "Ir a Brasil será nuestra meta, ¿verstanden?"

Sonriendo, mis amadas colocaron sus manos y alas sobre la mía, sellando tácitamente el pacto. Parecería una decisión bastante apresurada, pero sabíamos que era un objetivo muy plausible. No había imposibles si nos uníamos.

– "Sol, mar, fiesta y algarabía carnavalesca." – Enumeré, mirando al cielo. – "Nadar en las añiles aguas, dejar nuestras huellas en la arena, y tostarnos la piel mientras aplico sensualmente bloqueador solar a sus apoteósicas espaldas."

– "Y disfrutar del atractivo visual que ofrecen las féminas del lugar." – Añadió la dullahan. – "Suntuosa beldad se exalta aún más bajo el fulgurante resplandor del Helios tropical."

– "Vaya, vaya. Ni siquiera la circunspecta segadora puede ocultar su entusiasmo por admirar a las bellezas brasileñas." – Rió la arpía. – "Pero no puedo culparte, enana, los portugueses les heredaron buenos genes a esas ricuras."

– "Con las caderas que se carga esta azulita, bien podría ser una de ellas." – Comenté, dándole un beso a la peliblanca. – "Deberíamos invitar a Ale. Ya vieron lo bien que se la pasó en el onsen."

– "Sería lo mejor, flaca. Así juntamos la plata más rápido." – Bromeó la rapaz. – "Y a lo mejor la mantis sólo necesita un poquito de amor carioca para quitarle lo amargada."

– "¿Invitaríamos a alguien más?" – Preguntó la irlandesa.

– "Bueno, tenía pensado que fuéramos únicamente nosotras cuatro." – Respondí. – "Aunque igual un par de personas extra no haría daño. Podemos agregar a cierta pelirroja..."

– "Ni se te ocurra sugerirlo, flacucha." – Advirtió la americana, entrecerrando los ojos.

– "…Nativa de Osaka, y que seguramente estaría contenta de visitar la patria de su madre." – Terminé, inclinando la cabeza.

– "Ah, bueno, así pos sí. Me agrada la escamosa." – Asintió la halcón, calmándose. – "Me gustaría también añadir a Yuuko y Mio pero, aquí entre nos, esas dos son algo ruidosas. No nos dejarían dormir."

– "Lo mismo sucedía en la casa del hospedador de Atseelia, ¿no, Süsse?"

– "Ugh, Atseelia abría la boca como abría las piernas." – Se talló la sien. – "¿Por qué siempre me tocan escandalosos?"

– "Y lo dice una adepta a la estrambótica música de guitarras eléctricas y retumbantes baterías." – Retrucó la Abismal. – "Además, acorde a las empíricas pruebas de esa apasionada noche que compartiste con Mo chuisle, y de la que fui testigo por teléfono, tú tampoco eres analogía de canora modestia, incordio alado."

– "Ay, pero bien que te gustó escucharnos, pitufo voyerista." – La chica de Montana le sacó la lengua. – "Como sea, creo que ya deberíamos desayunar propiamente. Ese pancito y la taza de chocolate antes de venir no llenan. ¿Cómo le hace la loca de Wilde para rendir con tan desahuciada cantidad a diario?"

– "Ya viste el mapa, linda; Argentina está de cabeza, y todo es al revés ahí." – Me incorporé, estirándome. – "Entonces, ¿qué desean comer, guapas? ¿Quieren que esta cazadora haga honor a su estirpe y les traiga un jugoso jabalí?"

– "Sólo que los obtengas del zoológico de Tomioka, A chuisle." – Dijo Lala. – "Los jabalíes no circundan a estas alturas, y menos en esta época del año."

Ah, scheisse, y yo que deseaba un codillo de cerdo schweinshaxe a la bávara. Al menos habrá algún ciervo que no sea tan quisquilloso con su hábitat.

– "Mas lanzarte en animada persecución de presas será innecesario, pues nuestras provisiones alimenticias no escasean." – Agregó la segadora. – "Empero, sería de mucha ayuda si iniciaran una abundante recolección de leña para alimentar las llamas que calentarán los manjares; la reserva de gas propano de la estufa se encuentra agotada."

– "Jawohl, meine Königin." – Acepté. Entonces, recordé un pequeño detalle. – "Espera, Spatzi, ¿en dónde cocinarás entonces?"

– "Yo me encargo de eso, A chuisle." – Acarició mi barbilla, dirigiéndose al interior. – "Sólo consigue la madera. Cetania, ¿quieres apoyarme con el corte de ingredientes?"

– "I'm with ya, Blueberry." – La castaña siguió a la peliblanca. – "No te vayas a astillar, flaquita."

– "Bueno, ¿entonces la recojo de los alrededores?" – Cuestioné. – "¿Incluyo las piñas secas de las coníferas?"

La Abismal señaló la alabarda en mi cintura, y luego a la bodega. Con eso, ambas tomaron sus mochilas y se internaron a la casa para preparar las viandas mañaneras. Abriendo la puerta de la bodega, me hallé con varios troncos secos, listos para ser convertidos en lignario combustible al filo de mi hacha. Suspirando, desenfundé a Asynjörd y, activando el interruptor para aumentar su longitud, me dispuse a mi primera experiencia como leñadora. No debía ser muy difícil, pensé. Alzar herramienta, dejarla caer sobre el tronco, partirlo en dos, repetir. Opté por una prueba inicial con uno delgado, encontrándome satisfecha por el desempeño de la afilada hoja del hacha.

No así con mis habilidades para cortar madera.

Los troncos, aunque se partían con facilidad, no lo hacía con la uniformidad esperada, arrojando gajos demasiado pequeños para servir de utilidad más allá de una fogatita. Y órdenes de mi azul emperatriz son mandatos que hay qué seguir al pie de la letra. Ser neófita en tal tema tampoco ayudaba. La pesada cabeza de hacha caía sobre el sólido cuerpo, atravesándolo como un cuchillo al rojo vivo se abre paso sobre la epidermis, pero sólo resultaban en más inútiles astillas.

– "¡Condenado árbol podrido, no te burlarás de mí!" – Vociferé, colocando el leño de nuevo en posición. – "¡Te partiré como la poderosa Serhilda abría en dos a sus enemigas! ¡Angriff!"

– "No es que piense menos de ti, A chuisle, pero sugiero recapacites en tu técnica actual." – Habló entonces la segadora, viéndome desde la ventana. – "¿Deseas que te instruya en lo básico? Sólo tomará un minuto."

– "Descuida, linda, sólo son troncos renuentes." – Empuñé mi alabarda. – "Este día es para que te relajes."

– "Te ayudaré. Insisto." – Declaró la irlandesa, dirigiéndose a la salida.

Ya a mi lado, y a pedido suyo, le entregué mi arma a la peliblanca, habiéndole reducido el tamaño a petición suya. Ella, con parsimoniosa calma, colocó en el suelo un par de leños decentes que yo había cortado, y colocó uno nuevo entre ambos. Entonces, alzando la alabarda hasta el cenit de sus brazos, la dejó caer sobre el madero, dividiéndolo con una precisión insuperable, como si hubiera sido cortado con un diamante.

– "Un mango más corto conserva mejor el impulso natural de los músculos." – Dilucidó mi novia de añil piel. – "Deja que la gravedad se ocupe de atravesar el tronco; tú debes mantener los brazos firmes, ¿entendido, A chuisle?"

– "A la perfección, linda." – Confirmé. – "Perdona que debas interrumpir tu labor por culpa de esta torpe arachne."

– "Nadie nace sabiendo, A chuisle. Y es un placer compartir mis conocimientos contigo." – Me recompensó con un beso. – "Yo tuve que adiestrarme por cuenta propia. Las laceraciones cutáneas tapizaron mis dígitos con doloroso denuedo, pero no permití que el escozor me impidiera pulir mis habilidades."

– "Y no hay nada que más me enamore que una mujer trabajadora. Cada día te quiero más, Spatzi." – Le devolví el ósculo. – "Tienes buena técnica con el hacha, ¿sabes? Me gustaría decir que serias una sobresaliente agente en MON, pero no deseo por nada del mundo ponerte en peligro."

– "Ay, qué fresca, ¿y yo qué?" – Interrogó entonces Cetania, asomándose por la ventana. – "¿No te importa que tu pajarita se convierta en el próximo menú del Fried Harpy?"

– "¿Qué tendría eso de malo?" – Bromeó la dullahan.

– "Bésame el trasero, enana." – La halcón le sacó la lengua. – "Además, Cetania sólo hay una; pitufos sobran a montones. Pero veo que esta flacucha no lo aprecia."

– "Al contrario, Süsse, significa que te alabo." – Le repliqué. – "Insinúo que te considero aún más capaz que la azulita para sobrevivir a las hostilidades del crimen. ¡Ay! ¡Spatzi!"

– "¿Entonces me crees más débil que la hija de Taumas, descendiente de Arachne?" – Preguntó la segadora, jalándome de la oreja. – "Qué insolencia la tuya el colocarme en inferior posición de una mortal."

– "¿Qué te dije, enana? Esta zanquilarga no nos valora." – Acotó la falconiforme. – "Y todavía tiene el descaro de decírtelo a la cara."

– "¿De qué lado estás, plumífera? ¡Ay, ya, Spatzi, me vas la vas a arrancar!" – Me quejé. Ella la soltó. – "Auch, me la dejarás puntiagudas y fea-¡Ay, Süsse!"

– "Las orejas puntiagudas son bonitas, flacucha." – Me reprendió la arpía, jalándome la otra. – "Y tú, canosa, termina tu parte, que los vegetales ya están listos."

– "La responsabilidad de una segadora nunca termina." – La irlandesa disintió con la cabeza. – "Prosigue tu tarea, A chuisle. Corta mucha, necesitamos asegurarnos de no quedar sin reservas en este gélido clima."

– "Jawohl, meine Königin." – Asentí.

– "Cuando termines, llévalas atrás de la casa, no a la cocina." – Me regaló un besito en la mejilla. – "Te esperamos."

De esa manera, y con mejores ánimos, resumí partiendo leños hasta hacerme con una respetable cantidad. Tomé algunos y guardé el resto en la bodega, encaminándome hacia la parte trasera de la morada. Ahí, me encontré que las chicas habían tomado la parrilla de la estufa y la colocaron sobre un par de piedras rectangulares, creando así un asador improvisado. Encime de éste, había una plancha de cocción, y a su lado, una olla.

Les entregué la madera y prontamente la dullahan las acomodó debajo de la plancha. La castaña tampoco se quedó atrás y, con gran maestría, tomó dos piedras de color negro, chocándolas para dar nacimiento a una pequeña flama cuyas dimensiones aumentaban conforme devoraba la leña. El bruno humo contrastó dicotómicamente la muy leve neblina blanca que aún permeaba el bosque.

– "Sobresaliente, voladora." – Afirmó la irlandesa con la cabeza. – "No es fácil invocar fuego usando minerales a bajas temperaturas. Solicito despejes las dudas sobre tu tenaz secreto."

– "Heliotropos. Las calcedonias son excelentes catalizadores de combustión." – La emplumada mostró las oscuras piedras. – "Los encontré en el camino y pensé que nos servirían. Ya saben, conocer la utilidad de la propia naturaleza es parte esencial de toda cazadora de la tribu; no es nada del otro mundo."

– "Ahora soy yo la que siente la menos capacitada." – Comenté, riendo tenuemente. – "Conozco de máquinas y herramientas bélicas; sé de estrategias usada por las grandes mentes militares; conozco más de una guerra que no viví que de mi propia familia; incluso soy la líder de un grupo antiterrorista… y no puedo ni cortar un pedazo de leña."

– "Todos esos conocimientos fueron vitales en mantenernos vivas, Aria. Siempre improvisas algo para sacarnos del apuro." – Reiteró la estadounidense, acariciando con su ala mi mejilla. – "¿Recuerdas cómo creaste una llama usando una batería y papel de goma de mascar, cuando nos perseguían los avispones en el parque? ¿O cuando volviste la escopeta de Dyne en un lanzagranadas improvisado, durante el entrenamiento? ¿Y qué decir de volvernos un tanque para atravesar la emboscada enemiga?"

– "Toda persona posee virtudes diferentes, A chuisle." – Fue el turno de la irlandesa, mimando mi otra mejilla. – "La tuya es ser una guerrera preparada para el vehemente combate, e ingeniártelas para evitar claudicar ante la infausta adversidad. Y deberías sentirte orgullosa por ello. Después de todo, ¿quién puede encomiarse de haber vencido a una fiera legendaria, comandando a la mujer que ama y a su hermana?"

– ¿O de seducir a una jueza de la vida y la muerte misma?" – Agregó la falconiforme, sonriéndome. – "Aria, míranos; Lala y yo nos detestábamos, incluso llegamos a odiarnos, pero ahora somos buenas amigas. Y estamos aquí, compartiendo estos momentos contigo. Tú lo lograste, y nadie puede negar lo indispensable que es tu existencia para nosotras, para tu familia, para tu equipo."

– "Eres una Jaëgersturm." – Reafirmó la nativa del Éire, esgrimiendo una mueca de satisfacción. – "Vales el triple de lo imprescindible."

– "Danke, lindas. Me reanimaron como sólo ustedes pueden." – Mis labios dibujaron una tercera sonrisa. – "Je, a veces creo que sólo digo estas cosas para verlas reconfortarm-¡Ay!"

– "Y también el triple de torpe." – La rapaz me reprendió, jalándome de una oreja.

– "Nadie más puede arruinar tan hermosas instancias con su impertinente lengua." – Declaró la Abismal, emulándola con la otra. – "Baladí es ansiar cambio, pues irreverente actitud se mantiene impasible como pétreo monolito."

Entre sus amonestaciones y mis orejas siendo pinchadas, yo no paré de reírme, gozando el momento, y siendo prontamente acompañada por ellas dos para unirnos en un triunvirato de honestas carcajadas. Con la algarabía que me infundía escuchar las deíficas voces de las mujeres más hermosas que he conocido, las tomé de la cintura y atraje a ambas hacia mí, propinándole un apasionado beso a cada una en sus tiernos labios. Ambrosía más dulce sólo habría en el Valhalla.

– "Ustedes son todo mi universo." – Expresé, besando sus frentes. – "Gracias por estar conmigo."

– "Te queremos, flaquita." – La nativa de Montana le dio un empujoncito a mi cara. – "Pero ya, cesa lo cursi, o nos dará indigestión. ¿No íbamos a comer?"

– "Sin duda; imperante es que iniciemos con la sesión gastronómica." – La peliblanca se incorporó. – "Cetania, revuelve por favor los vegetales en esa olla y agrega un poco más de agua. Yo me encargo del pan. A chuisle, ¿podrías buscar en mi mochila un paquete de hongos? Están empacados."

– "Jawohl, meine Königin." – Asentí.

Revisé el equipaje de mi azulita, hallando los mencionados hongos. Según la etiqueta, escrita a mano, incluía champiñones, setas shiitake, nameko y seta de cardo. Eran orgánicos, y se hallaban enteros. Ignoraba aún qué plato nos prepararía, pero la segadora venía preparada para seguirnos demostrando sus dotes culinarias internacionales. Regresé con las chicas, habiendo ellas agregado unos cuantos utensilios más a la estufa improvisada. Lala, quien cargaba la batuta de chef principal, me dio una olla y me solicitó calentar agua para purificarla. La embotellada que llevábamos era para tomar en el camino, así que no había mucha.

– "Luce bastante diáfana para venir de un simple pozo." – Comenté, calentando el líquido. – "La contaminación aún no merma la pureza de este lugar."

– "No dejes que la limpidez te engañe, flaca." – Dijo la arpía, volteando la carne asándose. – "Las aguas del lago Saint Mary eran más cristalinas, pero provocaban diarrea si no se hervían o se les agregaba cloro. Créeme, lo aprendí a los ocho años, cuando anduve con la cola suelta por tres días."

– "Es una suerte que mi naturaleza me otorgue inmunidad a tales enfermedades." – Mencionó la irlandesa, revolviendo una cacerola. – "La potabilidad del agua en los campos de Wicklow era sorprendentemente menor a lo esperado en un área con baja urbanización. Recuerdo que incluso al asearme, podía sentir los restos de minerales darle una consistencia arenosa al líquido."

– "Quizás simplemente nos hemos vuelto más vulnerables por la genética humana." – Declaré, tapando la olla. – "Es decir, no recuerdo que ni la más salvaje cazadora sparassediana consumiera carne cruda. Hasta el sushi nos hacía mal, si nuestro estómago no soportaba."

– "Tampoco en mi tribu; siempre había una fogata aquí o por allá, con una presa cociéndose entre las fulgurantes llamas." – Añadió la rapaz. – "Je, aún recuerdo mi primera caza: un conejito montañés de cola blanca. Apenas me vio pasar volando, intentó esconderse bajo la capa de nieve que tapizaba al bosque, pero él no contaba con mi aguda vista, y me lancé directo hacia él."

– "Uy, pobre orejudo. No tenía oportunidad." – Opiné. – "¿Qué edad tenías, Süsse?"

– "Cinco años, a dos meses de cumplir seis. Justamente en diciembre." – Elucidó. – "Recién me había recuperado del ala rota que gané al fallar mi primera prueba de vuelo. Atrapar a ese roedor era mi redención de tan humillante derrota. Y precisamente la vieja Palakya eligió el día que azotaba una ventisca para expurgarme de mis faltas."

– "Lamentamos que debieras sufrir bajo tan aciagas condiciones siendo tan joven, Cetania." – Dijo la dullahan.

– "Nacimos para ser fuertes, azulosa. Un poquito de aire helado no es nada." – Encogió los hombros. – "En fin, con todo y el ventarrón, pude mantenerme lo suficientemente estable para caerle encima con tremenda precisión a esa bola peluda. Y como no deseaba fallar en mi única oportunidad, me aseguré de estrujarlo tan pronto sentí mis garras hundirse en su cuerpo. Entonces, ¡crack!, lo escuché tronar."

– "Auch, hasta a mí me dolió." – Temblé ligeramente. – "¿Fue el cráneo?"

– "Correcto, flaca. Llegué hasta la masa encefálica." – Aseguró. – "El níveo manto invernal se tiñó de rojo cuando alcé mi garra, descubriendo el eximio y casi acéfalo cuerpo de mi víctima. Era un conejo joven, como yo; pero fui la rapaz quien sobrevivió en el eterno ciclo de la vida. Desde pequeña entendí mi posición en la cadena alimenticia."

– "Diría que es un evento bastante tétrico para marcar tu laureado triunfo." – Opinó la peliblanca. – "Pero una hija del Abismo no es la más indicada para juzgar la cimentada ley de la naturaleza."

– "C'est la vie, enanita. De todas maneras, fue una victoria pírrica." – Respondió la americana. – "Regresé con mi trofeo a casa y obtuve el apreciado perdón de Palakya. Como dictaba la ley, debía cenar a mi presa, aunque con el pequeño tamaño, y la mitad del cuerpo hecho trizas, no fue precisamente un abundante manjar."

– "Pero recuperaste tu orgullo de cazadora, linda." – Le sonreí. – "Valió la pena el congelarse a la intemperie y apenas llenar el estómago."

– "Espero también el tremendo resfriado que me gané haya pensado lo mismo." – Rió la halcón, girando un pedazo de carne. – "Ya casi está, azulosa. ¿Pongo las salchichas ahora?"

– "Afirmativo. No olvides tampoco la guarnición." – Ordenó la irlandesa, revisando mi olla y vaciándola en otra. – "Buen trabajo, A chuisle. Llénala a la mitad y calienta un poco más."

Continuamos hasta que, después de varios minutos creando humo en medio del nemoroso paisaje, y saturando el ambiente cercano con el aroma de carnes y vegetales cocidos, finalmente el desayuno estaba listo. Salivamos al ver a la nativa del Éire llenar los platos con unas crepas hecha de patata, parecidos a los hot-cakes, pero algo más delgadas. Doblándolas como una tortilla de taco mexicano, las rellenó con la carne y las salchichas picadas. Agregó la guarnición de vegetales, y coronó todo agregando salsa hecha de los hongos que me encargó buscar. Nuestros estómagos agradecieron sonoramente antes que nuestras lenguas por tan apetitoso banquete que nos esperaba.

– "¡Yum! Tastes like heaven, Blueberry." – Calificó Cetania, complacida. – "¿Cómo dices que se llama?"

– "Boxty; una variante campesina de mi natal Wicklow." – Respondió la segadora, degustando. – "Los trabajadores de la granja de los Carmody solían prepararla cada Día de Todos los Santos de esta manera, a la intemperie. La aprendí ayudando a la abuela de Eve, la señora Doyle. Sólo agregué mi toque personal."

– "Te quedó tan exquisito que podrías purificar al Abismo con tanta divinidad, Spatzi." – Opiné, gimiendo del sabor. – "¡Hmm! ¿Puedes hacerlo más seguido? Rivaliza con el cottage pie para ser mi favorito."

– "Siempre dices eso cada vez que pruebas algún platillo nuevo, A chuisle." – Rió levemente. – "Permíteme empaparme de las ínfulas de la vanagloria si eso significa que mi destreza es tal para superarme a cada iteración gastronómica."

– "Presume lo que quieras, linda, que te lo mereces." – Le di un besito rápido. – "¿Sabes, Spatzi? Deberías considerar tener tu propio restaurante. Ni los gourmets imperiales se comparan con tus viandas."

– "Agradezco el optimismo, amor, pero no creo que mi pericia en las artes cisorias se ponderen tanto en el siempre competitivo mundo culinario." – Disintió con la cabeza. – "No he siquiera avanzado al siguiente peldaño del escalafón en el Aizawa. Sigo siendo una sencilla novata; falta mucho para que pueda iniciar con una tarea de tal magnitud."

– "Vamos, canosa; si el Fried Harpy sigue siendo exitoso, con todo y cucarachas, tú podrías ser la próxima sensación gastronómica de Asaka." – Habló la americana. – "Claro, cuentan con todo un respaldo publicitario y dinero a raudales, pero tampoco es que vayas a comenzar tu propia cadena internacional. Hasta con un puesto de teriyaki callejero podrías defenderte."

– "Y no tendrías que hacerlo sola, linda." – Injerí. – "Podrías reclutar a quienes necesiten de una oportunidad para demostrar su talento, como tú conociste alguna vez. Mejor maestra no podrían pedir."

– "Hey, ¿qué hay de Amanda, la minotauro?" – Sugirió la falconiforme. – "Todos alabamos sus platillos en la fiesta. Imaginen lo que lograrían juntas."

– "Santa Arachne, Süsse. Queremos que Lala triunfe, no que deje en bancarrota a toda la industria restaurantera." – Bromeé. – "Hablando en serio, esa es una excelente sugerencia. Aunque no sé si la vaquita esté disponible, o si Roberto nos la preste en primer lugar. Ya de a perdido reclutamos a Miia, antes que Herr Kommandant lo haga para el American Food."

– "Tantas lisonjas provocarán que mis mejillas se tornen sempiternamente color granate." – Sonrió una ruborizada Abismal. – "Gura míle, chicas; sus adulaciones me vigorizan el alma. Empero, me temo que todavía es demasiado pronto para fantasear sobre hipotéticos futuros."

– "Pero confiamos en que se cumplirá." – Guiñé. – "Si esta torpe araña llegó a ser líder de MOE, cualquier cosa es posible."

– "Y si no lo logras, pues nada de valor se pierde, enana." – Retrucó Cetania.

La amistad no es sinónimo de ausencia de mordacidad. Luego de que ellas intercambiaran un par de sardónicos comentarios más, proseguimos devorando. Una vez concluido el desayuno, agradecimos a nuestra chef de añil epidermis por su trabajo, y decidimos darnos un baño para retirarnos el sudor y demás impurezas de toda una mañana de trabajo. Sólo había un pequeño problema: el cuarto de baño era demasiado pequeño. Siendo una cabaña pensada para humanos, la rapaz y la Abismal no tendrían problema, pero mi enorme mitad arácnida quedaría más apretada que sardina en lata dentro de la diminuta cabina.

Ya que sólo habría espacio para una persona a la vez, Lala fue la primera en lavarse. Le seguiría la castaña, ya que su plumaje requería de más tiempo en asear y acicalar. En cuanto a mí, no había remedio: debería bañarme afuera. Tampoco es que fuera problema, ya que estábamos a kilómetros de la civilización y, aparte de los insectos, los pajarillos y un triste sapo de montaña, no había nadie alrededor. Reclamé una tina de madera, la llené de agua caliente y, tomando mi jabón y mis demás productos higiénicos, comencé a adecentarme.

– "¡Brrr, qué frío!" – Exclamé, sintiendo el líquido escurrir por mi físico. – "Cómo me hace extrañar el onsen."

– "Esto apenas es un fresquito comparado con el invierno de Montana, flaca." – Comentó la halcón, sentada en un tocón, esperando a que Lala terminara. – "Recuerda, muchos lagos, muchas oportunidades para nadar en piscinas naturales. Quince grados bajo cero, a la intemperie. Las tetas se me ponían azules después de cada sesión, pero salía rechinando de limpia."

– "¿Pero, por qué asearse al aire libre con tan imperioso clima?" – Interrogó la segadora, acercándose habiendo ya salido del baño. – "¿No sería más fácil hacerlo dentro de tu morada?"

– "Tranquilidad. La vieja Palakya y Atseelia se tomaban sesiones más largas que la cuaresma, y difícilmente podía disfrutar de mi baño sin que me apuraran a salir." – Le respondió la falconiforme. – "En parte tenían razón; la higiene de una cazadora debe ser minuciosa. Un cuerpo limpio es menos propenso a obtener infecciones, especialmente de heridas. Además, nada mejor que relajarse ante las preciosas vistas, dejando al sol calentar tu piel."

Lo cual me hacía recordar los tiempos en que recorría las doradas arenas de la playa, en Weidmann. Aunque después del incidente del pulpo, mis visitas a la mar fueron menos frecuentes.

– "Al menos te entrenaste desde pequeña para resistir el gélido soplido del aire invernal, Süsse." – Dije yo, remojándome el cabello.

– "Y eso que los halcones aplomados no somos nativos de la región norte de Estados Unidos." – Expresó la arpía. – "Tampoco negaré que fue fácil adaptarse. No poseo un plumaje espeso como un halcón gerifalte, o un gavilán septentrional, así que los primeros años yo casi no salía de mi cueva. Atseelia siempre me decía mimada por preferir quedarme en casa. Cosa hipócrita, porque ella era la favorita indiscutible de Palakya."

– "Entre más escucho de tu familia adoptiva, más aciaga me parece su actitud hacia ti, Cetania." – Opinó la irlandesa. – "Comprendo que no compartieran la misma sangre, y que tus preferencias les parecieran adversas de la filosofía imperante en tu tribu, pero realmente no entiendo cómo pudieron tratarte con la misma frialdad del glaciar que habitaban."

– "Así eran todas, Lala." – Suspiró la americana. – "Somos predadoras, debemos ser duras y de corazón gélido para mantenernos al tope de la metafórica torre de la vida. Yo aún me pregunto por qué diablos me mantuvieron a su lado aún cuando era obvio que yo no les agradaba."

– "Bueno, Süsse, sé que no conozco tanto de eso como tú, pero el que te hayan adoptado en primer lugar demuestra que les importabas." – Injerí. – "Podemos alegar que eras una bebé, y que tampoco esperaban que te rebelaras con sus conceptos establecidos, pero el que continuaran aceptándote como miembro de su familia hasta el último minuto me parece prueba suficiente de que no te menospreciaban tanto como crees."

– "Tal vez, Aria; aunque, no lo sé; igual podrían haberme tolerado debido a que no deseaban manchar el orgullo al desterrarme." – Exhaló la estadounidense. – "Es decir, Palakya se tomó la molestia de embaucar a un pobre diablo, con la esperanza de 'enderezarme'. Por eso le devolví mi amuleto tribal, deslindándome para siempre de todo. Era lo mejor para ambas."

– "Comprendemos completamente tus puntos; ninguna de las tres tuvo buenas relaciones con sus tutoras." – Dijo la peliblanca. – "Pero, si me permites la osadía, creo que no deberías albergar más rencor hacia ella o Atseelia. Ya las hiciste pagar por el ostracismo que te impusieron al excluirte de su familia; en mi muy personal y humilde opinión, ahora sería buen momento para quizás dialogar con ellas y dejar todo en buenos términos."

– "Pero esa precisamente la razón de haberme emancipado de ella y los Wankatanka, segadora." – Afirmó la castaña. – "No quería que mi ira escalara y yo dijera, o hiciera, algo de lo que luego me arrepentiría. Ustedes saben que puedo ser impulsiva, así que preferí cesar todo por nuestro propio bien. Quizás hayamos partido con lágrimas, pero esas gotas eran tan libres como nosotras. Ahora podemos volar hacia donde queramos; y yo estoy aquí, porque aquí pertenezco."

Los ojos de la rapaz brillaron por un instante. No porque se hallara molesta, sino por el denuedo en su decisión.

– "Entiendo tu razonamiento y respeto tu juicio." – Asintió la Abismal, haciendo una reverencia. – "Disculpa si parezco inquisitiva; incluso yo misma llego a obstinarme tanto que casi proyecto mis propios temores en alguien más. Perdona, creo que me vi reflejada en ti."

– "Creo que todos los hacemos en algún momento, segadora." – Le sonrió la halcón. – "Tú tampoco tuviste una correcta despedida con tu madre, ¿cierto?"

– "Me atrapaste." – Fue el turno de la dullahan para exhalar. – "El recuerdo de aquél desventurado momento en que nuestro linaje se distanció, tanto metafórica como literalmente, sigue fresco en mis redes sinápticas. Y aunque sé que fue decisión suya, me siento mal porque fueron mis acciones lo que la obligaron a tomar tan desdichada resolución."

– "Lala, tu madre solicitó que realizaras una tarea demasiado funesta, hasta para una Abismal." – Detuve mi baño para acariciar la espalda de mi novia. – "De haberla cumplido, se hubieran separado sempiternamente, y cargarías con una culpa aún mayor. Desobedeciste sus mandatos porque sabías que rehusarte era lo correcto. Por favor, no te aflijas, mi amor."

– "Está bien, A chuisle, sólo deseaba externarlo." – Me sonrió tenuemente ella, recobrando el ánimo. – "Pienso también que tomé la decisión correcta."

– "La única válida, segadora." – Opinó la americana. – "A nadie le gustaría escuchar a su progenitora pedirles que acaben con su vida. Bien hecho al oponerte a tal orden; yo hubiera hecho lo mismo."

– "Gura míle, Cetania." – La irlandesa le sonrió a la nativa de Montana. – "Otro elemento más a nuestra lista, ¿cierto?"

– "Ya hasta le engrapé una hoja adicional, azulosa."

– "¿Eh? ¿De qué lista hablan, lindas?" – Pregunté.

– "Nada, A chuisle. Gracias por tu indeleble apoyo." – Rió suavemente Lala, acariciando mi barbilla. – "Dilatado mucho nuestra charla hemos ya; el baño se haya disponible para ti, Cetania."

– "¿Y por qué encerrarse en tan claustrofóbico cuartito, cuando aquí hay más libertad?" – Contesté. Ahí comencé a parodiar a cierto filme sobre sirenas. – "Báñate aquí~ Báñate aquí~ Hay arañitas, y dullanhitas; báñate aquí~"

– "En primera, espero que la compañía del ratón te demande por derechos de autor, y mutilar tan bonita canción." – Respondió la rapaz. – "Y en segunda, créeme que aceptaría tu propuesta con entusiasmo, flaca, pero me temo que en esta ocasión tomaré la oferta de la canosa."

– "¿Ah? ¿Y eso por qué?" – Puse mis manos en la cadera. – "¿Temes que esa rana de ahí te vea en cueros? ¿El pajarito en la rama?"

– "Nope. Simplemente no deseo precipitarme, flaquita." – Dijo la halcón, encaminándose adentro. – "Vámonos, enana, que el aire se siente tempestuosamente frío y luego nuestras narices sacarán orvallos por la gripe."

– "¡Hey, no me dejen solita!" – Protesté. – "¿Y qué diablos significa todo lo que dijiste, plumífera?"

Y entonces, comenzó a llover.

Por supuesto, parecía que ser amiga de la nativa del Éire había influenciado lo suficiente a la falconiforme para hacerle expresar crípticas alegorías atmosféricas. Aunque tampoco podía culparlas por aprovechar la oportunidad de gastarme tal broma. El cielo decembrino se mantenía de un insípido gris semi-uniforme. Aunado a la neblina y a lo tupida barrera verde de las frondosas coníferas sobre nosotras, advertir del diluvio que se avecinó durante todo este tiempo era bastante difícil. Conociendo a la estadounidense, debió valerse de su sensible olfato para detectar el cambio de aroma que vaticinaba el chubasco. Y la irlandesa ya estaba acostumbrada a tales condiciones meteorológicas como para predecirlas.

Sin desear un baño express a la natural, me cubrí parcialmente con la tina, echándome el resto del agua encima y corrí hacia adentro. Luego de darles un suave jalón de orejas a mis chicas por no avisarme, terminé mi aseo en el baño de la casa antes que la emplumada. Era ciertamente una imagen jocosa ver mi mitad arácnida afuera de la puerta, mientras me lavaba mi parte humanoide, pero en serio que ese cuarto era diminuto. La segadora se ofreció a ayudarme para asear mi abdomen, dándome la vuelta y ella tallándome adentro. La dullahan no podía estar muy cómoda con tan poco espacio, pero le agradecía el empeño.

– "¡Uf!"

– "¡Ay, perdón, Spatzi!" – Me disculpé al haberla aplastado con mi abdomen. – "El agua enjabonada se escurre y me hace perder el equilibrio. ¿Estás bien?"

– "Tranquila, A chuisle; tu quitina es más suave en esta zona." – Replicó la aludida. – "Pero, ¿podrías darme un poco de espacio? Encuentro poco eficiente el asearte de manera acéfala."

Me apresuré a sacar mi cuerpo y recoger la cabeza de mi amada, que había quedando flotando como una boya náutica dentro de la tina, mientras le pedía una y mil disculpas por mi torpeza. No es fácil ser tan grande. Ya limpia, le permitimos a la halcón asearse. Luego de un viaje rápido a la cocina, me encontré a la azulita sentada cerca de la entrada, contemplando la precipitación impactar el suelo, resonando en el bosque con su tenue melodía tormentosa.

– "Toma, Spatzi." – Le ofrecí una taza al tiempo que me asentaba y colocaba la bandeja en el suelo. – "Chocolate Abuelita Fana, calientito y con malvavisco en forma de luna."

– "Go raibh maith agat, A chuisle." – Agradeció la dullahan, soplando la taza. – "Con que ese era el agradable aroma que emanaba de la cocina. ¿Cómo lo preparaste, si carecemos de gas para la estufa?"

– "Me encontré una parrilla eléctrica guardada detrás de unas cajas." – Di un sorbo a la bebida. – "Ahh, no seré una experta cocinera, pero tampoco negaré que me quedó rico."

– "El toque de canela ciertamente resalta la dulzura del brebaje." – Opinó la irlandesa, tomando de su taza. – "Me recuerda al que preparaba la señora Doyle para mí, luego de un día de trabajo, junto a una pequeña selección de pan dulce casero. Gracias por remembrarme tan hermosas memorias, A chuisle."

– "Agradécele a la pajarita, linda, ella trajo los ingredientes." – La rodeé con mi brazo, pegándola a mí. – "¿Disfrutas el viaje, amor?"

– "Bastante; esta dicotómica escapada hacia la solitud de la naturaleza en compañía de ustedes sigue trazando paralelos con mis amados pretéritos en Wicklow." – Respondió, reposando su cabeza en mis pedipalpos. – "Me siento en casa, tanto por los recuerdos que este rústico lugar evoca, como por hallarme contigo, Aria."

– "Danke, Lala." – Separé su cabeza para darle un beso. – "También te quiero, azulita. Eres tan tierna."

– "Y ustedes dos son tan cursis." – Comentó la rapaz, ya habiendo salido del baño. – "Ah, sabía que era chocolate lo que olía. ¿Hicieron algo para mí?"

– "Claro, linda, aquí tienes." – Le serví una taza de la bebida, aún caliente. – "¿Quieres malvavisco de luna o estrella?"

– "¿Por qué no los dos?" – Contestó. Yo obedecí. – "Thanks, Blondie. Hmm, te voy a ser honesta, flaca: te quedó mejor que el de Yuuko. Aunque, bueno, mi casera es más de yogurts y café."

– "Oh, vamos, Süsse, tampoco exageres." – Desestimé con la mano. – "Aunque aprecio la zalamería. Después de aprender a preparar cereal con leche y calentar huevos, el chocolate fue de mis primeras victorias de niña en la cocina. Y de las pocas que logré sin arruinarlo de alguna manera."

– "Tique seguramente ha de preferir el cacao." – Bromeó la arpía, dando otro sorbo. – "Pero, ¿qué no esto contiene cafeína, flaca? ¿Piensas romper tu promesa de nunca embriagarte?"

– "Dosis bastante imperceptibles, actualmente." – Informó la Abismal. – "Se necesitarían cantidades excesivas para igualar a la cafeína contenida en una taza de café."

– "Y tomando en cuenta que la fórmula en polvo en realidad posee más ingredientes artificiales que chocolate puro, apenas y hay rastros de cafeína en él." – Añadí. – "De hecho, el extracto de vainilla es más dañino, ¿saben? Posee el mismo contenido alcohólico que el vodka o el whiskey, pero aún así personas de todas las edades consumen el producto sin temor a emborracharse."

Aunque eso explicaría que la receta ultra-vainillosa de mi ex-jefa Winona fuera la más popular de la nevería. Condenada enana, y todavía fui cómplice de ello. Pero le quedaba divino.

– "Si es así, entonces empezaremos a celebrar en dulcerías en lugar de bares." – Rió la castaña. – "Hablando en serio, esto sabe mejor bajo este tiempo, ¿no lo creen?"

– "Especialmente cuando una está rodeada de tanta belleza." – Acerqué a la halcón hacia mí, mimando su cabeza. – "Y no hablo de la hermosura del bosque."

– "Ay, no empieces otra vez, flaca. Bueno, está bien, pero sólo porque reconoces que soy la pajarita más bonita." – Dijo la americana regalándome un beso, y acurrucándose en mi cuerpo. – "Umm, qué calientita estás, Aria. ¿Saben? No me agradaba mucho la lluvia; por los rayos y eso, pero creo que comienzo a hallarle el sentido. Se percibe tan pacífica, casi romántica. ¿Es por eso que te gusta contemplarla, azulosa?"

– "Deducción correcta, Cetania." – Asintió la peliblanca. – "Tal vez se deba a la familiaridad de mi hogar, o a que la precipitación recurrente auguraba buena cosecha, pero hay algo hipnotizante en observar la vívida manifestación del ciclo del agua."

– "Tengo la teoría de que la lluvia es el primer evento 'impresionante' que atisbamos cuando somos bebés." – Comenté, acariciando el cabello de ambas. – "Desde que poseemos conciencia aprendemos empíricamente a que lo grande es pesado; a que el fuego quema; a que el sol nos ciega si lo vemos directamente. Y todo aquello lo aceptamos. Pero ver tanta agua arrojarse desde la lejanas nubes, más allá de donde las aves pueden alcanzar, nos parece sencillamente extraordinario, y ergo, es inolvidable."

– "Una hipótesis con la que concuerdo, A chuisle." – Aseguró la irlandesa. – "Eve también solía disfrutarla, especialmente cuando el chubasco nos obligaba a ambas a quedarnos dentro de la casa. Su abuela poseía una vieja radio de baquelita, y a pesar de ser una reliquia, todavía era capaz de captar las frecuencias modernas. Amábamos sentarnos en la ventana, oyendo las clásicas melodías de la estación favorita de la abuela Doyle."

– "Qué pequeño es el mundo, Spatzi. Yo solía escuchar junto a la vieja Diva la música monoaural de nuestro antiguo tocadiscos." – Dije yo, esbozando una mirada nostálgica. – "El chasquido característico de la grabación, las ondulaciones del disco en la consola, el arte de colocar la aguja en el lugar justo. Cuántos recuerdos."

– "Nuevas o viejas generaciones, todas experimentan la misma magia a través de las acústicas notas." – Agregó la dullahan. – "La estación solía repetir las mismas canciones, pero nunca aburrían. Una de nuestras favoritas, y que a Eve le hubiera encantado cantar de no ser por su mutismo, era una balada americana. Country roads, take me home~"

– "To the place I belong~" – Tarareó entonces Cetania, levantándose para cantar mejor, sin romper el ritmo. – "West Virginia, mountain mamma~"

– "Take me home, country roads~" – Me uní también, conociendo la tonada.

Sin pausarnos, sin necesidad de practicar, pronto nos unimos en una sincronizada versión acapella de la icónica canción que John Denver popularizara en el país natal de la halcón. En un pequeño destello de coincidente fortuna, las tres conocíamos la misma pieza musical. Tremenda e inesperada casualidad, pero sumamente bienvenida sincronía que nos unió bajo el mismo techo, mientras las nubes proseguían descargando su torrencial diluvio sobre los cielos de Gunma.

– "I hear her voice in the morning hour she calls me~"

Mis pedipalpos repiquetearon ligeramente el suelo de madera, la Abismal tronaba sus dedos para marcar el ritmo, y la falconiforme elevaba su voz, cual ave canora. No éramos las más dotadas vocalmente, y la combinación del acento americano, gaélico y alemán era más jocoso que melodioso, pero en ese momento, el triunvirato pasó a ser una sola voz. Una coligación que se mezcló con el resto de la sinfónica natural de las gotas impactando el suelo, la vegetación y nuestra morada, creando nuestro propio concierto del que únicamente la fauna y flora circundante fueron testigos.

Como si Tique estuviera excelsamente magnánima en esa ocasión, tan pronto trovamos las últimas estrofas de la canción, la precipitación cesó por completo, envolviendo al ambiente con un efímero y afásico momento de silencio absoluto; mutismo roto de inmediato por nuestras sonoras carcajadas. Riendo, chocamos nuestras manos, congratulándonos por ese honesto impromptu musical. Aún ignoraba qué lista era la que habían referenciado mis amadas con anterioridad, pero de alguna manera estaba segura que un elemento más se había agregado al inventario.

– "Esa fue una excelente interpretación, chicas." – Opinó la estadounidense, reposando nuevamente en mis pedipalpos. – "Incluso el tempo nos salió casi a la perfección."

– "Yo me la aprendí con una versión interpretada por una cantante sparassediana." – Respondí, mimando sus cabezas. – "Pero si mal no recuerdo, la etiqueta del vinilo indicaba que era un cover de… ya ni me acuerdo. ¿Cómo se llamaba la actriz que salió en ese musical con Travolta? Ay, ¿cuál era la película? ¿Vitacilina? ¿Lubricante?"

– "Vaselina." – Esclareció la emplumada. – "Creo que te refieres a Olivia Newton-John, flaca."

– "Sí, precisamente su adaptación era la que la estación de Wicklow solía emitir." – Confirmó Lala, acostada también. – "¿Es la misma que conoces, Cetania?"

– "Me sé varias, pero justamente la de Newton-John es la que más me gusta. Ese acento británico-australiano combina bien con el country." – Afirmó la castaña. – "Al menos ahora sabemos que los irlandeses también poseen buen gusto. ¿Qué otras te sabes, segadora?"

– "No tantas como esperarían." – La Abismal meneó la cabeza. – "Esa es la única que pude memorizar lo suficiente. La abuela Doyle solía tomar sus siestas en la sala, y no deseábamos interrumpirlas, así que pocas veces podía dármelas de soprano para complacer a mi amiga."

– "Aún así, es un detalle muy tierno el que compartieras tan bonitos momentos con Eve, mi amor." – Acaricié su mejilla. – "Serías una madre sumamente cariñosa."

– "Go raibh maith agat, Aria." – La aludida se sonrojó, tomando mi mano para cubrirlo.

– "No intentes ocultar el rubor, enana." – Le provocó la arpía, sacudiendo un ala en su cara.

– "¡Ah, detente, emplumada!" – La nativa de Wicklow intentaba alejar las plumas, riendo ligeramente por las cosquillas. – "Sólo estás celosa porque Mo chuisle alaba mis dotes maternales, denotando mi madurez."

– "Claro que no." – La rapaz se detuvo, pero reanudó otra vez. – "Ok, sólo un poquito. ¡Toma!"

– "Ya, lindas, no peleen. Ambas serían excelentes esposas y progenitoras." – Intervine, alzándolas y plantando un ósculo en sus bocas. – "Lala sería la estricta pero tierna madre que te contaría cuentos antes de irte a visitar los reinos de Morfeo y te cosería bonitos suéteres en invierno, como te daría un largo sermón por comerte todas las galletas. ¿Acerté, Spatzi?"

– "Me gusta concordar con tu interpretación, A chuisle." – Asintió la dullahan. – "Aunque debo señalar que recurriría al diálogo antes de increparte por una falta."

– "¿Y yo, flaquita?" – La americana pestañeó rápidamente.

– "Hmm…" – Medité un segundo. – "Serías a la que regañarían por comerse la galletas en primer lugar."

La halcón estuvo a punto de protestar, pero luego de un momento de autorreflexión, encogió los hombros, aceptando que era verdad. Ahí volvimos a soltar una carcajada grupal.

– "¿Qué hay de ti, A chuisle?" – Preguntó la irlandesa. – "¿Qué clase de matriarca serías?"

– "La que les sacaría la ametralladora a los pretendientes de mis retoños." – Bromeé. – "Hablando en serio, creo que sería muy consentidora. Llenaría de juguetes la habitación, les compraría todo lo que pidieran, y sería muy permisiva. ¿Es malcriar a los niños? Por supuesto; pero para eso contaría con ustedes, para mantenerlos a ellos y a mí bajo control."

– "Uf, contigo tendríamos que usar una cadena de titanio. Te conocemos bien, Pulguita." – Rió la castaña, acomodándose en mi cuerpo. – "¿Quieren que les cuente un secreto? Yo le digo 'mamá' a Yuuko todo el tiempo. Únicamente lo hago cuando estamos solas en la casa, y a ella le agrada."

– "¿De verdad, linda?"

– "Sí. Porque honestamente, ella se merece el título." – Declaró la nativa de Montana. – "A pesar de que quedé bajo su cuidado sin previo aviso, y de que soy un incordio alado, en verdad me trata como si fuera de su familia. Es bastante comprensiva conmigo, más de lo esperado para alguien a quien apenas llevo poco tiempo conociendo. En menos de dos meses, poseo una mayor conexión con ella que con diecinueve años bajo la tutela de Palakya."

– "Puedo afirmar lo mismo respecto a la residencia Kurusu; son la familia que nunca tuve." – Agregó la segadora.

– "Somos dos, Spatzi." – Injerí. – "Incluso habiendo hecho las paces con mi madre, y reencontrarme con mi padre y consanguínea, las chicas y Herr Kommandant me proveyeron del cariño que carecía en mi hogar. Tengo todo el apoyo que deseaba desde pequeña, y siempre estaré profundamente agradecida con todos. Y pienso que Yuuko también se sintió sola todo este tiempo, así que empatiza con tu situación, Süsse."

– "Bueno, una vez les conté que sus padres eran algo estrictos con ella. Aunado a lo de ser también una lesbiana de clóset, se entiende lo parecidas que somos." – Dilucidó Cetania, dibujándose en ella una mueca de alegría. – "Al demonio, le empezaré a decir mamá todo el tiempo a partir de ahora. No hay necesidad de ocultar lo orgullosa que estoy de ella."

– "A veces necesitamos externar primero nuestras decisiones para aceptarlas. – Le di un beso rápido. – "Te felicitamos por tomar la tuya, Süsse."

– "Y qué bueno, ya deseaba sacármelo del pecho." – Suspiró la arpía. – "Ojalá no sea ahora a ella a quien le apene, o que Mio le empiece a fastidiar llamándole viejita o algo así. En fin, gracias por el aliento, chicas, me hacía falta."

– "Aunque ahora me surge la duda." – Habló la irlandesa. – "¿No has pensado en buscar a tu progenitora real? ¿O has pensado en qué sucedería si, gracias a tu fama en MON, ella te encontrara?"

– "Sinceramente prefiero no pensar mucho en ello por ahora, segadora. Suficiente tengo en la cabeza ya para calentármela." – Le replicó la americana. – "Además, ya viste lo que sucedió con esta flacucha, con familiares brotándole por todos lados. No quisiera luego descubrir que Smith y yo somos hermanas perdidas."

– "Lo dudo." – Disentí con la cabeza. – "No estás tan peluda."

Los árboles llevaron el eco de nuestra algarabía por su frondoso territorio, desvaneciéndose una vez alejada del epicentro. Nuestro goce era una aislada burbuja anónima, un pequeño reducto de placentera paz para darle el merecido sosiego al alma. El sol se erguía en el firmamento y, si bien una fina capa gris de bajas temperaturas disminuía su dorado color y la intensidad de sus rayos, poseía potencia suficiente para secar la húmeda tierra. Nuestro receso había terminado.

– "Bien, lindas, ¿qué les parece si salimos a estirar las piernas por un rato?" – Propuse. – "Ninguna escapada hacia la naturaleza estaría completa sin admirar la beldad de ésta. Y si se trata de belleza, quiero presumirle a estos soberbios árboles las que tengo aquí"

– "Ya hiciste esa alegoría antes, flaca, no hagas trampa." - La falconiforme puso su dedo la punta de mi nariz. – "Pero tienes razón, estar inactiva no es divertido."

– "Apoyo la moción, tengo curiosidad por explorar." – Externó la peliblanca. – "Pero sugiero nos carguemos de un poco más de energía a base de cacao, lácteos y sacáridos."

– "Lamento informar que nuestras reservas de chocolate se han agotado, Spatzi." – Le mostré el recipiente vacío, sonriendo maliciosamente. – "Parece que a alguien le gusta demasiado."

– "Por otro lado, el consumo de bebidas hechas de azúcares y endulzantes artificiales debe ser moderado para conservar la salud." – Se incorporó. – "Vamos, que el tiempo apremia y hay que ejercitarse."

La emplumada y yo no evitamos mirarnos, encogiendo los hombros. Orgullo Abismal, indeleble e incorregible. Antes de comenzar nuestra caminata, nos hicimos con unas cuantas provisiones que cargué en mi mochila, además de nuestras identificaciones, incluyendo las que nos acreditaban como agentes de MON. No me olvidé de llevar mi alabarda, por si surgían problemas. Precaución garantiza satisfacción, como diría mi instructora militar en Sparassus.

La halcón y yo, aunque carecíamos de calzado, nos habíamos hecho con unas fundas especiales para nuestras piernas, parecidas a calcetas, para poder explorar sin mancharnos. Lala, por su parte, llevaba sus botas acorazadas, que aunque serían un fastidio para limpiarles el lodo que se metía en las placas, cumplían su función de protegerla. Usaba sandalias dentro de la casa, así que no había problema de ensuciar el suelo.

Conmigo a la cabeza, y con los instintos de cazadora que compartía con la nativa de Montana, dirigí la expedición por el camino más despejado, asegurándome de marcar los árboles con mi navaja. Contábamos con el GPS de nuestros celulares, pero mi orgullo de arachne prefería el método tradicional para guiarnos. Además, no me hice con una auténtica brújula alemana de la Segunda Guerra Mundial y una navaja suiza genuina para no experimentar la verdadera sensación de recorrer los vastos e inexplorados secretos del bosque con las herramientas clásicas.

Y con lo que me costaron, por supuesto que iba a sacarles partido.

– "A chuisle, observa a nuestra izquierda." – La dullahan señaló a tronco lleno de musgo. – "Creo que hemos hallado a una de tus parientes."

– "Hmm, sin duda, Spatzi. Una de mis primas." – Me acerqué a la arañita que yacía plácidamente en su tela. – "Heteropoda venatoria; araña cazadora o cangrejo gigante. Precisamente la misma especie primordial que yo."

– "Cuando te conocí, pensé que eras una araña lobo, por la forma en que vestías." – Dijo la arpía. – "No había muchas arachnes en Montana, si apenas una que otra tarántula escondida en una cueva, pero difícilmente se acercaban a nuestros gélidos territorios. ¿Qué puede decirnos de este género en particular, profesora Aria?"

– "Son bastante activas, y prefieren buscar a su presa en lugar de que ésta caiga en su red, que en sí sólo es para marcar territorio, no para atrapar." – Elucidé. – "Ésta es una hembra, como lo denota su abdomen más grande, y patas algo más cortas. Los machos se caracterizan por golpetear el suelo para cortejar a su pareja con el particular sonido."

– "La hibridación liminal-humana debió otorgarles ciertas características masculinas a las arachnes." – Opinó Lala, hincándose para mirarla más de cerca.

– "Así es, linda. Heredamos las piernas aún más largas, los abdómenes delgados, y los rituales de apareamiento." – Concordé, extendiendo mi mano para que la araña se trepara. – "Cuando se es una especie monogénero, hay que contar con todas las herramientas disponibles para asegurar la supervivencia."

– "Las aves hembra suelen poseer colores menos vivos que los machos; las arpías no tenemos ese problema, nuestros plumajes siendo bastante vivos, atrayendo la atención de la pareja." – Añadió la americana, viendo al animalito recorrer mi brazo. – "Aspectos como el baile también se derivan del comportamiento de aves masculinas, aunque debo decir que los nuestros son más bonitos."

– "Combinamos lo mejor de ambos géneros para crear especies extraordinarias que se coloquen al tope de la pirámide." – Expresé, depositando al invertebrado en su lugar. – "Y aunque esta pequeña no sea una fastuosa arachne, es también una invencible guerrera cuya descendencia proseguirá demostrando la innegable superioridad de su gloriosa estirpe."

Y entonces, un pajarito apareció y se comió a la araña.

– "No digas nada, Süsse." – Le advertí a Cetania.

– "No es necesario, flaca. La naturaleza ya lo dejó muy claro." – Replicó la aludida, intentando contener la risa.

– "Creí que las aves no depredadoras temían la presencia de una rapaz." – Comentó la segadora.

– "Es una cetia japonesa, le importa un bledo los predadores." – Respondió la falconiforme. – "Además, dudo que haya muchos halcones aplomados como para que me reconociera. Eso, o soy demasiado guapa como para inspirar terror."

– "Realmente te hacía falta el baño."

– "Y a ti un buen coscorrón, pitufo insolente." – La castaña le sacó la lengua.

– "Bueno, se acabó el especial de NatGeo, continuemos." – Acomodé mi mochila. – "Por aquí, lindas. Cuidado con esos helechos, son venenosos."

– "¿Y por qué los estás pisando, flaca?"

– "¿Eh? ¡Aaay!"

Qué suerte que llevara esos protectores para las piernas, o me hubiera desgastado la quitina de tanto rascarme. Y dudaba que el repelente para mosquitos a base de aloe vera fuera eficaz contra la urticaria. En cualquier caso, la irlandesa había sido lo suficientemente lista para traer ungüentos para tales emergencias. Conmigo avispando mis seis ojos para no terminar metida en otra trampa de vegetales ponzoñosos, continuamos el trecho cuesta arriba, siendo una caminata sin mucho qué destacar, pero esa era parte de la intención, un sencillo momento de pacífico ejercicio. Además, lo importante era pasar tiempo juntas, deleitándonos con los pequeños tesoros que nos rodeaban.

– "Mira, flaca, una ardillita. Qué bonita." – La estadounidense señaló al roedor que consumía una piña conífera. – "Se ha abastecido bien para el invierno, parece balón de básquetbol."

– "Creo que es de las que vuelan, Süsse." – Deduje. Ahí, el animalito planeó hacia otro árbol. – "¿Lo ves? El patagio entre sus patas las hace ver más gorditas. Pero éstas son más monas que las de mi patria. Recuerdo que en el colegio había muchas tamias, las ardillas terrestres, y las condenadas se ponían agresivas cuando intentaban robarse cualquier cosa para comer."

– "Pero saben deliciosas. Eran buen entremés si las asabas a fuego lento." – Contestó la emplumada, haciendo ademán de estómago satisfecho. – "Hablando de tentempiés, ¿cómo es que no hemos encontrado ni un ciervo desnutrido hasta ahora?"

– "A lo mejor el padre de Kenta los cazó hasta ahuyentarlos cuando instaló la cabaña. Ya viste la colección de cuchillos que guardaba en la cocina."

– "¿Qué tal si actualmente era un asesino en serie, y poseía una puerta secreta donde coleccionaba los tétricos trofeos óseos de sus infortunadas víctimas?"

– "Pues sería el criminal más atlético en existencia, porque recorrer más de cuatro kilómetros hasta el poblado más cercano no es senci-"

– "¡Aaay!"

Por un segundo creí que las palabras de la halcón se habían vuelto realidad al escuchar a Lala exclamar tan sorpresivo grito. Por acto de reflejo, me llevé de inmediato la mano hacia mi alabarda. Empero, me detuve al notar que no era pérfido homicida quien nos asediaba, sino que se trataba de la anodina ardilla voladora que, por alguna razón, decidió planear hasta la cabeza de mi azulita y tratar de internarse en la calidez de su bruna bufanda, la muy ladina.

– "¡Ni se te ocurra, desgraciada hija bastarda de Chip y Dale!" – Vociferé, agarrando al roedor de la cola. – "¡Si quieres calentarte, te podemos hacer en estofado!"

No tengo capacidad de comunicarme con los animales, pero juro que esa infausta bola de pelos insultó a toda mi estirpe mientras chillaba incesantemente al tiempo que saltaba hacia mi cara, jalando de mi cabello y rasguñando con sus diminutas pero afiladas garras. Intenté darle un manotazo para aplastarla, pero sólo terminé golpeándome la sesera al tiempo que esa rata voladora se alejaba de un salto, escapando como la escurridiza peste que era. Pude dejarla ir y recordarlo como un molesto suceso, quizás algo jocoso, pero daba igual que fueran personas o animales: nadie, y repito, nadie, se atreve a tocar a mi irlandesa y sale vivo para contarlo.

– "¡Fahr zur Hölle!"

Tomando la piedra más grande que pude hallar, la arrojé directo a esa traicionera peluda, pero erré el tino. La persecución se desató: la ardilla brincaba y planeaba con loable agilidad, haciendo gala de sus expertas habilidades arbóreas; pero no contaba con que su adversaria podía desplazarse a gran velocidad y, apoyada por seis globos oculares color carmesí, capaz de evadir cualquier obstáculo mientras continuaba bombardeándole pétreas granadas sin mermar su celeridad.

– "¡Stirb, du elende Ratte!"

Ares, dios de la guerra, me concedió la victoria en tan rauda contienda al guiar a mi rocoso proyectil hacia la vulnerable cola del roedor, confirmándolo éste con un agudo chillido y arrojándose sin gracia alguna hacia el suelo, intentando maniobrar inútilmente para no terminar como alfombra de piel genuina. Empero, igual que un Supermarine Spitfire inglés siendo derribado por un Messerschmitt Bf-109 germano, era inútil luchar contra el fatal daño en los alerones traseros, y la ardilla desplomó sonoramente en un montón de piñas coníferas. La Luftwaffe se clamaba otro triunfo.

Cómo adoro narrar las irrisorias trivialidades como si fueran épicos enfrentamientos bélicos.

– "Hey, flaca, no vuelvas a salir corriendo así." – Me reprendió Cetania, alcanzándome. – "Ni que fueras sabueso para perseguir animalejos por ahí."

– "Te ruego me disculpes por eso, Süsse, pero fuiste testigo directa de la ignominiosa fechoría de ese sucio roedor." – Le respondí, buscando a la ardilla en la pila de piñas. – "El honor de mi dullahan no podía permanecer mancillado por ese oprobio de peluda cola."

– "Sí, mucho honor que defender, pero ni siquiera te aseguras de que la canosa esté bien en primer lugar." – Retrucó. – "A la pobre se le cayó la cabeza del susto, y fue a terminar rodando hasta una charca llena de verdín. Aparte de fea, terminó sucia y con un sapo como sombrero."

– "Tampoco implantes falsos hechos, plumífera, que únicamente exclamé por la sorpresa." – Le respondió la irlandesa, acercándose a nosotras. – "Comprendo tu proceder, A chuisle, pero debo concordar con la arpía respecto a tu impetuoso comportamiento. Deberías controlarte un poco, es sólo un roedor."

– "De acuerdo, linda, tienes razón." – Suspiré. – "¿Estás bien? ¿No te hizo daño esa rata coluda?"

– "Reitero que únicamente fue la sorpresa; la ardilla no poseía viles intenciones." – Sonrió. – "Vamos, reanudemos nuestra exploración."

– "Jawohl, meine Kön…" – Me pausé. – "Süsse, ¿hueles eso?"

– "Yo no fui." – Se apresuró a contestar. – "No, espera, puedo captar algo. ¿No crees que sea…?"

– "Schnell, meine Frauen." – Hice ademán de que se subieran a mi abdomen. – "Tengo un buen presentimiento."

Ambas se montaron sobre mí y partimos hacia la aventura. Sólo era una corazonada de nuestras narices, pero un singular aroma captó de inmediato nuestra atención, persiguiendo el rastro, el cual se hacía más prominente conforme avanzábamos. Paulatinamente, un sutil y moderado rumor comenzó a tomar protagonismo, augurando que nuestras deducciones se hallaban en lo correcto. Sorteando un camino algo tupido, improvisando un atajo entre los matorrales, finalmente dimos con la respuesta. Cinco pares de ojos se abrieron para contemplar la encomiable maravilla que encontramos.

Un riachuelo.

O arroyo, no recordaba la terminología hidrogeológica en ese momento, ya que mi mente continuaba pasmada por tan magnífico hallazgo. La corriente, proveniente quizás de algún río que desembocaba en el lago Ono, era poco caudalosa y de baja profundidad, apenas llegándose a las rodillas de la nativa del Éire. Pero la verdadera atracción se encontraba en el estanque adjunto que, haciendo mancuerna con una pequeña cascada de tres metros y las diáfanas aguas fluviales, formaban una majestuosa piscina natural.

– "¿Y bien? ¿Qué dicen, lindas?" – Les pregunté a mis novias. – "¿Un chapuzón?"

– "¿Y por qué sólo uno, flaca?" – Respondió una sonriente castaña. – "Esto es mejor que el onsen. Y gratis."

– "Me agrego a la lista de entusiastas por zambullirse en tan cristalino chapoteadero." – Se unió la peliblanca. – "Sin embargo, me temo que no planeé tal evento, y carezco de apropiado atuendo para nadar."

– "¿Y quién necesita traje de baño, Spatzi?" – Respondí, colocando mi mochila en el piso. – "La naturaleza nos ha obsequiado este fastuoso presente. Lo correcto es agradecerle de la manera más natural, ¿no te parece?"

– "B-bueno, entiendo tu punto…" – La dullahan se ruborizó. – "Pero…"

– "Vamos, enana, que bien sabes que te mueres por hacerlo." – Insistió Cetania, retirándose la bufanda. – "No hay nadie en kilómetros, y dudo que este estanque sea propiedad privada; prescinde del pudor y divirtámonos un poco."

– "Hoy somos totalmente libres, Spatzi." – Declaré, acariciando el añil sonrojado de la Abismal. – "Sin preocupaciones, sin cadenas, sin obstáculos; somos únicamente nosotras y nuestra felicidad. ¿No quieres formar parte de ella?"

La respuesta de la irlandesa se manifestó en una sonrisa tan hermosa como su dueña, seguida de un tierno ósculo en mis labios. Entre risas de complicidad y entusiasmo, la tela dio paso a la piel, y de esa manera no sólo nos deshicimos de nuestra ropa, sino que nos emancipábamos de toda atadura del mundo exterior, exhibiendo únicamente lo que éramos debajo de nuestros recatados atavíos: tres simples mujeres que deseaban disfrutar del milagro de vivir. No había mejor sensación que experimentar el volverse una con el ambiente, ser parte de ese enorme ecosistema carente de junglas de concreto y opresivas jaulas de vidrio y smog.

Libertad, plena y pura. Gloria eterna a Arachne.

Una vez nos arropamos con el último grito de la moda nudista, exhalando los pesares e inhalando la pureza ambiental, me apunté para comprobar la profundidad del estanque. Con parsimoniosa calma, y porque honestamente había mucho frío, me metí lentamente al agua, descubriendo que mis dos metros con treinta centímetros de altura comenzaban a quedarse cortos. Colocándome de puntillas, mi altura llega casi hasta los cuatro metros, pero también me sorprendí al ver cómo éstos eran engullidos por lo generosamente hondo del suelo.

– "Scheisse, que esto parece más un océano." – Comenté, sumergida hasta los hombros. – "Guapas, ¿me pasan a Asynjörd? Ya no tengo más cuerpo."

– "¿Segura que la puedes sumergir?" – Cuestionó la americana, tomando la alabarda. – "No vaya a ser que te pegue una descarga eléctrica apenas toque el agua. Aunque por el lado positivo, cenaríamos caldo de araña frita."

– "Te agradezco la preocupación, pajarucha." – Torcí la boca. – "Descuida, que según el instructivo, es a prueba de hasta explosiones nucleares. Lánzala."

– "Alright." – La arrojó. – "¡Atrápala, flaca!"

– "¡La teng-¡AUCH!"

– "Sorry."

Morir electrocutada era un destino más benévolo, pensé al sentir el arma impactarme la sesera. En todo caso, con mi alabarda completamente extendida, pude deducir que el centro del estanque poseía alrededor de cinco metros y medio de profundidad, perfecto hasta para que esta alemana pudiera imitar a un U-Boat de la Kriegsmarine. Dejando mi herramienta en su lugar, le ofrecí a Lala subirse en mi tórax para sumergirnos juntas. Ya que su altura la dejaría flotando como nutria, nos conformamos con una profundidad media, con el agua a la altura de sus hombros, mientras que a mí me llegaba justo debajo de los pechos. Cetania, por el otro lado…

– "¡Cannonball!"

La nativa de Montana sencillamente no podía resistir a lanzarse como meteorito, usando la plataforma de la cascada como trampolín. Dando un salto, un desnudo asteroide castaño se internó con una perfecta zambullida en el agua, creando una onda expansiva (y explosiva) que arrojó el líquido por los aires. Irónico, una descendiente de dinosaurios imitando uno de los eventos que los extinguieron; aunque dudaba que aquel bólido espacial fuera tan sensual como la pajarita. Luego de unos segundos de explorar el fondo, ella salió a flote.

– "¡Brrr! Está helada." – Expresó la arpía, nadando hacia nosotras. – "Pero así se siente más rica, ¿cierto?"

– "Te despierta el cuerpo con más rapidez que una ducha. Y abajo se siente calientita." – Opiné, recibiéndola con un besito. – "Excelente salto el que hiciste, Süsse; hasta las sirenas envidiarían esa fastuosa gracilidad de ninfa que posees."

– "Gracias, flaquita, pero ése apenas fue un chapuzón de balneario público." – Replicó ella, acomodándose a mi lado. – "Si esta fuera una cascada lo suficientemente alta, verían mi magnífica 'bomba atómica'. Tres vueltas en el aire y ¡boom!, zambullida nuclear."

– "Evidencias ser adepta a las actividades acuáticas, Cetania." – Comentó la irlandesa, remojándose el cabello. – "¿Practicabas mucho en tu natal Montana?"

– "Uf, si te dijera, chaparra. A veces pienso que mi antepasados eran pingüinos de lo mucho que me la pasaba en el agua." – La rapaz remojó sus plumas. – "Con tantos lagos y despeñaderos disponibles, sería un desperdicio no aprovecharlo. Eso sí, nunca me aventé de más de diez metros; una vez calculé mal el brinco y caí de panzazo. Si hubiera estado más alto, me trituraba los huesos."

– "Auch, pobrecita." – Le dio otro beso para compensar. – "¿Y también lo hacías al natural, linda?"

– "Ya sabes que todo es natural en mí, flaca." – Guiñó ella, meneando sus senos sobre la superficie. – "Aunque era algo aburrido, ¿saben? Es decir, ¿de qué sirve tener este cuerpazo, si no hay nadie quien lo admire?"

– "Puedo asegurar que si lo realizaras en público obtendrías bastante atención." – Dijo la segadora.

– "Lo sé, enanita, soy un paradigma de sensualidad." – La castaña se incorporó, inflando ufanamente su pecho. – "Aunque, por supuesto, únicamente reservo el honor de contemplar tan escultural figura a quienes considere dignos de tan suntuoso privilegio."

– "¿Entonces formo parte de la lista, rapaz?"

– "Muestra gratis de cortesía."

Ambas se echaron a reír por tan buen chascarrillo. Ignoraba por qué, pero sentía que ambas ya habían hecho esa broma antes. Fuera como fuera, yo adoraba verlas tan felices, así que les regalé un ósculo a ambas. Las dos instintivamente se pegaron nuevamente a mi cuerpo.

– "Ahh, sí, cómo me encanta esto." – La americana se dejó hundir levemente, relajada – "¿Les soy honesta, chicas? Si tuviera casa propia, estar desnuda sería la regla. Quiero andar con mis gemelas al aire sin problemas, y dejar respirar a mi piel a placer. No venimos al mundo vestidas, ¿por qué apresar nuestros cuerpos con ropa entonces?"

– "Apoyo la moción con toda concupiscencia, amor." – Reí ligeramente. – "Pero, ¿qué pasaría cuando tuvieras visitas?"

– "Para eso estás tú, flaca. Serías quien las recibiría, elegantemente ataviada, como siempre, para mantener apariencias." – Dilucidó la halcón, creando olitas en el agua. – "Y únicamente permitirías la entrada a chicas con nuestra preferencia. Así, puedo presentarme y tratar de convencerlas de unirse a nuestra hermandad naturista."

– "Al Depravado Culto de la Arpía, mejor dicho." – Bromeé. – "¿Acaso planeas formar tu harem masivo, Süsse?"

– "Finalmente hemos encontrado a la verdadera mente maestra detrás de tus polígamas ideas, A chuisle." – Se unió la Abismal. – "Hablando en serio, Cetania, ¿realmente harías algo así?"

– "¿Lo del nudismo? Por supuesto, azulosa; lo adoro." – Afirmó la emplumada. – "¿No se lo has contado aún a la araña?"

– "¿Qué cosa, Süsse?" – Pregunté.

– "Que Yuuko me permite andar sin ropa libremente por la casa, sin problemas." – Aseguró la halcón. – "Sí, lo autoriza únicamente cuando no hay nadie más, y cerramos las ventanas para que nadie espíe, pero es genial saber que a mi casera no le incomoda su exhibicionista huésped."

– "Espera, ¿de verdad?" – Respondí, sorprendida. – "Eso… ¡es fantástico, Süsse! ¿Ella también lo hace?"

– "Nah, ella es una monja pura e inocente. Solamente pone a prueba su fuerza de voluntad ante esta demonia tentadora."

– "Aún así, qué suerte tener una hospedadora así de benévola. De no ser porque estoy muy a gusto en la residencia Kurusu, pediría mi cambio a tu hogar."

– "Eres bienvenida cuando quieras, flaca. Y aún nos queda lo de ver películas juntas, no lo olvides." – Señaló la castaña. – "Sólo no vayas a llegar encuerada, porque Yuuko te veta la entrada a sartenazos y, en la más grande de las ironías, llama a la policía para que te arresten."

– "Tranquila, linda, voy a presentarme en bragas." – Bromeé. – "Ya sin juegos, ¿podemos formar parte del club naturista, una vez dentro? Ya no me puedo sacar la idea de la cabeza."

– "Si no lo proponías tú, lo haría yo, flaquita." – La arpía le guiñó a la dullahan. – "Además, estoy segura que no estamos solas en tal resolución, ¿cierto, Blueberry?"

– "Por muy pecaminosamente sicalíptica que sea tal invitación, me temo que mi curiosidad es demasiada como para rechazarla." – Contestó la ruborizada segadora, ocultando una diminuta sonrisa. – "Aunque advierto que por respeto a los aposentos de la señorita Honda, me limitaré a vestir mi ropa interior."

– "Buena idea, pitufita. Vamos a ver películas de terror, y podrías manchar los muebles del susto." – Provocó la rapaz. – "Solamente informémosle a Yuuko de antemano, ¿vale? No vaya a ser que nos corra a las tres por pensar que estamos armando una orgía en medio de la sala."

O que luego aparezca Mio de improviso y crea que su novia la está engañando. O, Arachne nos libre, sus padres lleguen de visita. Habría qué asegurarnos de ponerle doble seguro a la puerta, y conseguirnos de esos neuralizadores que usaba Will Smith en Men in Black para borrar la mente de las personas. Huir del país también era una opción válida.

– "Vale, confieso que no me esperaba algo así de tu casera, Süsse." – Dije, sumergiéndome un poco más. – "Las apariencias engañan, ¿cierto?"

– "Literalmente, flaca. Recuerda las bromas de Doppel." – Mencionó la aludida. – "Pero tienes razón; mira a Pepper. ¿Quién imaginaba ver a la hosca grillita dormir abrazada tiernamente a su hermana menor, como si fuera oso de peluche?"

– "Ah, sigo lamentando que Ale no haya venido." – Suspiré. – "Le envié un mensaje para avisarle que habíamos encontrado la cabaña. Je, le dije que la estábamos esperando y que podía unírsenos si lo deseaba. Aún no contesta."

– "La señal es bastante errática aquí. Yo también confirmé a Sanae de nuestro incólume arribo, pero parece que la misiva continúa en el electrónico limbo." – Comentó Lala. – "De todas maneras, me agradaría que Dyne se nos uniera sorpresivamente, A chuisle. He interactuado relativamente poco con tu hermana, pero siento una genuinidad en la amistad que ha mostrado conmigo. Y no lo afirmo únicamente por el parentesco que ustedes comparten."

– "Danke, Spatzi." – Acaricié su cabeza. – "Estoy segura que Alexandra también te considera una buena amiga, más allá de que seas su cuñada. En el fondo, ella desea congeniar, pero digamos que… no tuvo una infancia sencilla. No es fácil abrir un corazón que ha sido herido, así que agradezco que le ofrezcas tu amistad sincera."

– "Lo hago con gusto, A chuisle. Una persona que arriesga su vida para proteger al país, y a la persona que amo, lo merece." – Afirmó la Abismal. Miró a la estadounidense. – "Eso también va para ti, Cetania. Gracias por proteger a Mo chuisle. Eres digna de admirar."

– "Ay, párale con la zalamería, canosa." – La mencionada la empujó ligeramente hacia atrás. – "Pero sí, hubiera sido más divertido si la italiana nos acompañara. Se notaba tan libre en las aguas termales; creo que hubiéramos visto una nueva faceta de ella aquí."

– "¿Y si la invitamos a la noche de películas?" – Propuse. – "Digo, se sintió lo suficientemente a gusto con nosotras como para compartir la misma habitación, e incluso se unió a nuestra moda nudista, aunque fuera innecesario. Podría terminar gustándole."

– "Tal vez lo suficiente para que se agregara permanentemente al grupo." – Añadió la irlandesa. – "Podría sentirse segura al lado de sus aliadas, pero sin la presión de hacerlo debido al trabajo. Así se mostraría más sincera con nosotras y consigo misma."

– "Sí que te muestras entusiasta con el asunto de la mantis, azulosa. Demasiado." – La castaña sonrió maliciosamente. – "¿No será que tú fuiste la ambiciosa todo este tiempo, y ahora deseas conquistar también al miembro restante de la familia?"

– "No." – La peliblanca se cruzó de brazos, sonriendo con desafío. – "Sólo me aseguro de contar con una amistad que sí valga la pena."

– "¡Ay, condenada pitufo del demonio!" – La americana le arrojó agua con sus alas. – "¡Y así me pagas el que te soporte!"

Las dos se enfrascaron en una ferviente batalla naval, con ambas galeras de guerra izando las velas del ímpetu, lanzando raudos proyectiles líquidos con sus poderosos cañones dobles, siendo el barco SS Montana quien poseía ventaja en ese aspecto, ya que su armamento incluía amplias plumas que magnificaban el calibre de su acuosa munición. Pero más que un fiero enfrentamiento, las chicas esbozaban una genuina sonrisa mientras seguían arrojándose agua enérgicamente, gozando de chapotear como niñas pequeñas. Felices, despreocupadas, honestas.

Libres.

– "¡Atomrakete!"

Si la pajarita se había lanzado al estanque exclamando "bola de cañón", yo, como la aficionada a la guerra, decidí contrarrestar su artillería pesada con un humilde misil nuclear. Y la alegoría no era meramente fatua hipérbole, pues mi sustancioso tamaño me convertía en un proyectil sumamente voluminoso y peligroso. Mis amadas lo comprobaron al contemplar a esta quitinosa bomba color ocre atigrado levantar una monumental salpicadura, elevando el agua como las rugientes olas de un maremoto, empapándolas en mayor volumen que con sus chapoteos.

– "¡Kritischer Treffer!" – Manifesté, alzándome briosamente fuera del agua. – "Alemania demuestra nuevamente su superioridad táctica."

– "Ah, ¿con que con esas zaínas artimañas vamos, araña?" – La estadounidense comenzó a amarrarse el cabello. – "Almirante Lala, propongo un armisticio a nuestra contienda; debemos acabar con la teutona enemiga, juntas."

– "Nuestras banderas se izarán mano a mano, Almirante Cetania." – Declaró la irlandesa, emulándola. – "Pondremos fin a la abyecta influencia de la invasora germana."

– "¡Ja! Típicas locuacidades del bando Aliado." – Les di unos golpecitos a mis pechos, haciéndolos rebotar. – "Que vengan las que quieran, porque traigo los torpedos cargados."

– "¡A ella, azulosa!" – Exclamó la nativa de Montana. – "¡Go Marines!"

Confieso que no soy experta en maniobras navales, pero puedo asegurar que la lid desatada en ese pequeño estanque era tan intensa como los combates desarrollados en el Teatro del Pacífico, durante la Segunda Guerra. Aunque las aventajaba en cuestión de altura, mis contrincantes eran bastante ágiles y, doblándome en cantidad, retener sus fuerzas combinadas era una tarea difícil. Mis garras y pedipalpos producían grandes salpicaduras y olas decentes, pero no podían competir contra el asalto doble de las aliadas.

– "Admiro su fortaleza, mis adversarias. Son dignas rivales." – Comenté, cubriéndome con los brazos. – "Pero finalmente han despertado a la gigante dormida, y ahora conocerán su vesania. ¡Deutschland über alles!"

– "¡Si será tramposa, Baronesa Jaëgersturm!" – Se quejó una sonriente halcón. – "¡Usar tus ocho patas califica como agresión capital! ¡Nos las pagarás!"

– "¡Alto, compañera! El bombardeo superficial es demasiado para nuestras naves. Atacar de frente es caer en la inopia." – Manifestó la segadora, sosteniéndola del hombro. – "Pero la Marina Real Británica y la Armada Estadounidense cuentan con un as bajo la manga contra los acorazados alemanes."

– "¿Te refieres a…?"

– "Así es. ¡Periscopios abajo!"

Sincronizadas, ambas tomaron una profunda bocanada de oxígeno antes de sumergirse y perderse en las ligeramente nebulosas aguas, nadando alrededor de mí como un par de submarinos cercando a su presa. Aunque el líquido era bastante traslúcido, la turbulencia provocada por la catarata dificultaba su localización, apenas distinguiendo sus fugaces siluetas y el rastro de burbujas que su desplazamiento dejaba.

– "¡Ajá! ¡Reconozco ese seráfico posterior añil!" – Prorrumpí, señalando el prominente trasero de la Abismal, asomándose en la superficie. – "¡Voy a hincarle los dient-¡Hey!"

– "¡Caíste, alemana!" – Se burló la falconiforme, apareciendo del lado contrario. – "¡La retaguardia fue tu perdición!"

– "¡Mi única debilidad! ¡Sufrirás las consecuencias de tu alevosa felonía, yankee!" – Me lancé sobre la emplumada. – "¡Te hundirás como el Yorktown durante la batalla de Midwa-¡Ah!"

– "¡No ataques a un segundo adversario cuando aún no derrotas al primero, arachne!" – Contraatacó la nativa del Éire, mojándome desde el otro extremo. – "¡Ese fue el error del Reich!"

– "¡Ahora sí que la hicieron! ¡No más Señora Gentil!" – Agité mis extremidades con toda fuerza. – "¡Si caigo, caerán conmigo! ¡Guerra total!"

Daba igual que el concepto de empaparnos mientras nadábamos fuera una redundancia, o que pusiéramos más énfasis en nuestros ampulosos discursos que en la lucha en sí; la satisfacción de disfrutar de tan incomparable momento con las diosas que eran dueñas de mi corazón y alma, era apoteósicamente gloriosa. Juguetear con total soltura de manera tan inmadura era, irónicamente, el signo de que nuestra relación se encontraba tan madura como los imponentes árboles que se alzaban encima de nosotras, testigos silenciosos de cómo tres mujeres se convertían en una sola entidad de felicidad pura.

– "¡Te tengo, Amerikanisch!" – Declaré, apresando a la arpía en mis brazos. – "¿Dónde está tu salvadora irlandesa ahora?"

– "¡Ja! ¡Intenta derrotarme, pervertida Jerry!" – Respondió ella, simulando forcejear. – "¡Nunca podrás derrotar mis férreas defensas!"

– "Eso lo veremos."

Con ahínco, nos enfrascamos en una intensa lucha bucal, siendo nuestras lenguas las combatientes principales, intentando dominarse entre sí. Una deliciosa batalla que no deseábamos cesar. Nuestros dedos recorrían con denuedo nuestros cuerpos, degustando el tacto con las suaves redondeces de nuestras femeninas figuras. Mis manos, con sumada delicadeza, pero sin perder el entusiasmo, apretaron los firmes glúteos de la rapaz, obteniendo aún más gemidos de la estadounidense, quien me envolvió con sus hermosas piernas para afianzar la apasionada unión.

– "¡Dúpholl!"

Nadie esperaba un tercer ataque, esta vez provocado por un sorpresivo bólido azul arrojándose al agua. A pesar del menor tamaño de la dullahan, y por ende de la potencia de su salpicadura, la precisión del salto la hizo quedar bastante cerca de nosotras, empapándonos por completo, siendo la más efectiva en cuanto a ataques acuáticos se trataba. Siguiendo el juego, la castaña y yo nos separamos, tomando posiciones.

– "Thanks, Blueberry." – Le agradeció la halcón, nadando hacia la irlandesa. – "Me tenía atrapada en su red, pero la araña cayó nuevamente en nuestra estratagema."

– "¿Realmente? Porque parecías bastante a gusto en brazos del adversario." – Le contestó la segadora, acomodándose el cabello. – "¿Por casualidad planeabas cambiar de bando, yankee?"

– "Me hizo una oferta demasiado generosa." – Rió la castaña. – "Por cierto, ese salto fue genial, canosa. Mis alas no me permiten volverme una espera perfecta como la tuya. ¿Ya tenías práctica?"

– "Primera vez, actualmente. No había muchos lugares para nadar en mi aldea." – La peliblanca esgrimió una pequeña sonrisa. – "Y agradezco el cumplido."

– "¿Por qué tanto cuchicheo, mis deliciosas presas?" – Injerí, estirando mis piernas. – "¿Discutiendo la manera menos humillante de rendirse ante el poderío del Cuarto Reich?"

– "Imprudente sería regodearse prematuramente en el fatuo trono de la vanagloria, Führerin Jaëgersturm." – Replicó la Abismal, haciendo lo mismo con sus hombros. – "¿Estrategia, compañera?"

– "Estando en aguas niponas, hay que pensar como una, enanita." – Le respondió la falconiforme, sumergiéndose hasta la barbilla. – "Súbete."

– "¿Eh? ¿Por qué?"

– "La araña es más alta que cualquiera de nosotras, así que debemos emparejar la situación." – Afirmó la emplumada. – "Anda, que dudo que ésta permanezca quiet-¡Ah!"

– "¡Mucho hablar y poco actuar, meine Fräulein!" – Expresé, atacando con todo. – "¡Toma, toma!"

– "¡De prisa, azul, o nos derrotará!"

– "¡Y a ti también te toca, nalgona!" – Salpiqué a la dullahan. – "¡Intenten detenerme! ¡Sí es que pueden!"

– "¡Ah, es demasiado fuerte!" – La chica de negra esclerótica se cubrió. – "¡De acuerdo, rapaz! ¡Fusionémonos, ahora!"

La falconiforme hizo a un lado su largo cabello y raudamente, y rindiendo honor a las famosas animaciones japonesas sobre robots transformables y películas de lagartijas gigantes con aliento atómico, la irlandesa se montó en la espalda de la americana. Lala rodeó el cuello de Cetania con sus piernas, y ésta la sostuvo con sus manos, creando así un tótem viviente; uno cuya mirada centelleaba como el sol sobre nosotras, aceptando mi reto. Salimos un poco hacia la orilla, para permitirnos maniobrar mejor.

Sonriendo, desatamos la batalla final en medio de nuestro campo de guerra acuático. La segadora me tomó de las manos y simulamos forcejear, tratando de derribarnos. Aunque yo fuera más fuerte que la nativa del Éire, la arpía le ofrecía un punto de apoyo firme a su peliblanca compañera, evitando que perdieran en aquel juego tan fundamentalmente tonto, pero sumamente divertido. Ahí, entre risas y salpicaduras, continuábamos cultivando nuestra espléndida amistad.

Y nuestro apoteósico amor.

– "Estás atrapada, Spatzi." – Le dije a la dullahan, abrazándola.

– "Mi estrategia no fue exitosa y he perdido la contienda." – Respondió juguetonamente ella, acariciando mi espalda. – "Presento mi rendición formal, A chuisle. ¿Cuáles son los términos de paz?"

– "Deberás costear las reparaciones de guerra con una cuantiosa cantidad de dulces besos." – Le repliqué, acercándome a su boca. – "Te amo, Lala."

– "Y yo a ti, Aria." – Unió sus labios a los míos. Entonces, dio un pequeño sobresalto. – "¡A-A chuisle!"

– "Tranquila, linda, sólo compruebo lo pachoncitos que están." – Le calmé, acariciando delicadamente sus glúteos. – "Mmm, siguen tan infladitos, como me encantan. Eres hermosa, mi Spatzi."

– "Go raibh maith agat, A chuisle." – Sonrió, ruborizada. – "¿No piensas que se hayan tornado demasiado suaves porque mi masa corporal haya aumentado?"

– "Mi reina, perder tu esbelta figura es algo que no cuadra en ninguna dimensión, y francamente imposible." – Le di otro beso. – "Pero si aún te preocupa, podríamos ejercitarnos apasionadamente. Continuamente, para asegurar un resultado positivo."

– "Una idea que, sinceramente, apoyo con toda el alma, A chuisle."

La sensación de suave plumaje recorrió mi estómago, haciéndome reír tenuemente.

– "Hey, par de tortolitas, yo aún sigo aquí, ¿saben?" – Habló la rapaz, todavía sosteniendo a la irlandesa. – "Y tú, flaca, ¿no hay nada para quien te protege el trasero en batalla?"

– "Por supuesto, Süsse, si no me olvidado de mi portentosa cazadora del aire." – Me sumergí para rodearle la cintura, pegándola a mí. – "No te pongas celosa, linda. Sabes que solamente soy muy detallista con demostrarle afecto a las mujeres más hermosas que existen."

– "Es que eres tan cariñosa con esta enana que no puedo evitarlo." – La castaña torció la boca coquetamente. – "Soy sargento, poseo prioridad sobre una civi-Ohhh…"

– "Ya, querida, sabes que eres mi pajarita consentida." – Le respondí, acariciando lentamente sus firmes nalgas. – "¿Te gusta, linda?"

– "Mmm, sabes que sí, flaquita." – Sonrió ella, haciendo lo propio con las mías. – "No estaré muy caderona, pero creo que me defiendo bien con mi posterior, ¿no lo crees?"

– "Eres y siempre serás preciosa, Cetania. Nunca lo olvides" – Acerqué mis labios a los suyos. – "Te amo."

– "Y yo a ti, Aria." – Nos besamos tiernamente. La irlandesa alzó las piernas para permitirlo con más facilidad. – "Je, gracias, azulosa. Disculpa por interrumpirlas antes."

– "Descuida, entiendo tu punto de vista." – Le contestó la mencionada, sonriéndole. – "Además, incluso si se trata de tan lasciva situación, no deseaba arruinar una escena tan bonita."

– "Danke, Spatzi. Du bist der beste." – Me alcé para darle un ósculo a la nativa del Éire. – "¿No les incomoda que lo haga mientras están montadas?"

– "Por mí no hay problema, flaca. Esta nalgona es bastante ligera." – Afirmó la halcón, sonriendo maliciosamente. – "Además, con este frío, me agrada la sensación. Tiene la conchita caliente."

La sorpresiva declaración hizo que la chica de azul epidermis se tornara roja y, al igual que su cabeza, perdiera equilibrio, desplomándose de espaldas hacia el agua. Mientras la segadora se incorporaba, ayudándole yo a unirle la sesera al cuerpo, la estadounidense se desternillaba a carcajadas. La Abismal, con la mirada fija en ella, comenzó a darle persecución.

Ver a la emplumada salir huyendo, sin dejar de carcajearse, con la peliblanca detrás de ella, me hizo reír también para mis adentros, remembrando las nostálgicas memorias de cierta serie animada sobre coyotes y correcaminos. Ya fuera del agua, dieron un pequeño rodeo alrededor, subiendo por la pequeña cascada para regresar al estanque.

Eufóricamente, la arpía corrió hasta el borde y, emitiendo con algarabía otra alusión a los proyectiles de artillería, dio un enorme salto y se zambulló cerca de mí. Al tiempo que la rapaz se sumergía, regresé la vista a la cascada para contemplar a la dullahan emularla, profiriendo otra frase en su idioma natal mientras se volvía una pelotita añil para caer con precisión cerca de nosotras. Emergiendo, las dos resumieron la bulliciosa lucha inicial, uniéndome también a la batalla campal, salpicándonos, riéndonos, regodeándonos en la paradisiaca gloria de la dichosa libertad.

– "Véngache pa' acá, guapa." – Le dije a Cetania, abrazándola y llenándola de besos. – "Declaro la anschluss y te anexo a mi territorio; eres mía para siempre."

– "Tú ganas, flaca, te lo doy todo." – Respondió la americana, acurrucándose en mi pecho. – "Lo siento, canosa, pero abandono la causa Aliada. Ahora soy totalmente alemana."

– "Siento quebrar tus irrisorias ilusiones, emplumada, pero hace mucho que la bandera irlandesa ondea sobre Mo chuisle." – Le contestó la segadora, subiéndose a mis hombros. – "Yo soy su emperatriz absoluta y sempiterna. Ella me pertenece, y todo lo que posee."

– "No puedo permitir tal injusticia, Pitufina." – Replicó la castaña, separándose. – "¡Toma!"

Entonces, la nativa de Montana usó sus dedos para pincharle un glúteo a su adversaria, haciéndole dar un sobresalto y arrojándola de inmediato al agua. Antes que pudiera socorrer a la dullahan, la estadounidense se trepó a mi espalda, asentándose en mis hombros. Extendió las alas, triunfante.

– "¡I'm the motherfuckin' queen of the world, bitches!" – Exclamó la jubilosa falconiforme. – "¡Todo le pertenece a la Gran Arpía!"

– "¡Ah! Sabía que eras ladina, rapaz, pero no imaginé que también traicionera." – Reclamó la segadora, saliendo a la superficie. – "Atreverte a usar mi punto débil con tanta alevosía."

– "Ju ju, atrévete a atraparme aquí arriba, enanita." – Se burló la arpía, realizando un pequeño baile. – "Soy más alta que tú, no puedes alcanza-¡Ay!"

Tomé a la rapaz y coloqué su estómago en mi hombro derecho, sosteniéndola de las piernas, de manera de que su trasero quedara al frente.

– "¡Pajarita mala, eso no se hace!" – La reprendí, dándole leves nalgadas. – "¡No se le toca el trasero a mi Spatzi sin mi permiso! ¡Tenga, tenga!"

– "¡Ay, qué rico! Más duro, flaca…" – Pidió la castaña. – "¡Ah! Quiero decir, ¡ay, ay, mi colita! ¡Ya no me pegues, mami Aria!"

– "Aún no, sigues siendo una niña malcriada. ¡Mala, mala!" – Acaté a sus deseos y le di un poco más fuerte. – "Confiesa, ¿qué otras travesuras hiciste?"

– "¡Bua, bua!" – Simuló llorar y forcejear, sin aguantarse la risa. – "¡No quiero decirte!"

– "¡Que sí lo harás!" – Proseguí. La emplumada se meneaba del goce. – "¡Confiesa, maleducada!"

– "¡Ay, ay! ¡Vale, lo admito!" – Me dio golpecitos en la espalda. – "¡Hoy no traje ropa interior! ¡Ni siquiera muda nueva!"

– "Espera, ¿en serio?" – Le susurré.

– "Yep. Toda la dejé en casa." – Reveló. – "Como sabía que estaría contigo, supuse que no la necesitaría."

– "Mmm, qué atrevida eres, Süsse." – Me mordí los labios. – "¡Es decir, qué atrevida resultaste, cochina! ¡Mereces más castigo!"

– "¡Uy! ¡Ay, ay!" – La halcón no paraba de reír. – "¡Y lo volveré a hacer!"

– "¡Pero qué terca! ¡Máxima sentencia!" – Empecé a darle palmaditas a sus glúteos por separado. – "¡Una para ti! ¡Y otra para ti! ¡Y dos para ambas!"

– "¡Hell yeah, Blondie! ¡Slap that booty!" – Exclamó en su lengua natal. – "¡Slap me harder! ¡I'm such a bad girl!"

– "¿Te gusta, niña sucia? Sí, te encanta, pervertida." – Le pegué con más ahínco. Ahí, me acerqué a la irlandesa, que había permanecido afásicamente sumergida. – "Spatzi, no te quedes ahí, mi amor. ¡Ven, castiga también a esta plumífera tan lasciva!"

– "¿Eh?" – La segadora sacudió su cabeza, saliendo del trance y ruborizándose. – "¡P-pero…!"

– "¡Sí, qué diablos, canosa, hazlo!" – Declaró una entusiasta Cetania, meneándose enérgicamente. – "¡Pero dame una fuerte! ¡Que se escuche hasta Montana!"

– "Vamos, Lala, incluso ella lo desea." – Abrí ligeramente las nalgas de la falconiforme. – "¿O es que quieres poner tus dedos en sus otros tesoros?"

– "¡N-no!" – La Abismal se apresuró a disentir. – "¡Es s-sólo que…!"

– "Por cierto, ¿por qué estás tan alejada, en la parte honda, enana?" – Le interrogó la americana. – "¿Qué acaso se te perdió el cuerpo en el fondo?"

– "B-bueno, sólo deseaba nadar más a gusto y…"

– "Spatzi…" – Le hablé, depositando a la rapaz en el agua. La castaña y yo compartíamos la misma curiosidad. – "¿Acaso te estabas…?"

– "¡N-no! ¡Sólo deseaba desnu-Digo, nadar!" – Aseveró, tornándose tan roja como un granate y negando con vehemencia. – "¡No es lo que piens…!"

El nerviosismo de la irlandesa cesó cuando sintió la calidez que emanaba del cuerpo de su querida alemana, envolviéndola tiernamente con mis brazos, pegándola hacia mi pecho mientras acariciaba suavemente su cuerpo. Permanecimos silentes por unos segundos, ignorando todo alrededor nuestro, excepto nuestros corazones latiendo con la habitual sincronía que desarrollaron desde que aceptamos nuestro amor. Entonces, un par de coloridas alas se unieron al abrazo desde atrás, de la misma silenciosa y parsimoniosa manera, haciéndole saber que se encontraba completamente segura entre las dos.

– "Te amo, Lala." – Rompí la afonía, besándola. – "Descuida, linda, que está bien. Todas lo hacemos."

– "No te aflijas, Blueberry, que aquí estamos de tu lado." – Le afirmó la estadounidense, dándole palmaditas en su hombro. – "Es decir, Aria y yo te estábamos ofreciendo tremendo y sicalíptico despliegue de perversión. Por supuesto que ibas a encenderte."

– "Honestas, Spatzi; hoy lo somos más que nunca." – Mimé su mejilla. – "Sólo así seremos verdaderamente libres. Y felices."

– "No hay necesidad de guardarse secretos, azulada." – Agregó la halcón. – "Especialmente entre nosotras. Si hay algo que nos une ahora, es la completa confianza."

– "Entiendo. Sí, supongo tienen razón." – La dullahan esbozó una gradualmente creciente sonrisa. – "Disculpen mi retraído comportamiento, no era mi intención. Trato de ser lo más abierta posible, pero aún me toma por sorpresa lo temerarias que pueden resultar."

– "Está bien, amor, te comprendemos." – Le reconforté. – "Digo, a mí hasta me crearon una fantasmagórica leyenda por andar de calenturienta; sé cómo te sentiste."

– "Somos un par de degeneradas incorregibles, chaparra, lo aceptamos." – Rió la arpía. – "Pero también eres parte del club; únete sin remordimientos a la perversión. Entre más seamos, mejor."

– "Nadie va a juzgarte por ser quien eres, Lala, porque somos igual que tú." – La miré fijamente a sus áureos ojos, plantándole un beso. – "Así que relájate, ¿vale, querida? Sigámonos divirtiendo, juntas."

– "De acuerdo, A chuisle. Go raibh maith agat." – La irlandesa sonrió plenamente. Ahí, miró a su compañera, sonrojándose levemente. – "Entonces, Cetania, ¿la oferta… sigue en pie?"

Sonriendo pícaramente, la nativa de Montana se dirigió hasta la base de la cascada, donde la plataforma elevada formaba una especie de cueva, el tamaño suficiente para las tres. Con sensual parsimonia, la castaña contoneaba su venusino cuerpo a cada paso que la profundidad del agua disminuía, hasta ofrecernos una excelente vista de su bello trasero y su torneada espalda. La enorme cicatriz en ésta, producto de nuestra fiera lucha con la dragona, no disminuía la beldad de su portadora; al contrario, la hacía lucir como la imperiosa agente de élite que era.

La más hermosa de todas.

Ya bajo el rocoso techo y fuera del agua, la arpía meneó su cadera como sólo ella podía hacerlo, gracias a años de práctica en las danzas rituales de su tribu. Cada grácil movimiento, cada suntuoso contoneo; la rapaz dominaba el arte de la seducción corporal como toda una experta. Entonces se detuvo y, apoyándose en la pared de la cueva, la castaña se inclinó, alzando su posterior, moviéndolo ligeramente y dándose sonoras nalgadas, invitándonos a desenfrenarnos por completo. Aquella catarata nublaba la visión con su líquida cortina, pero pudimos atisbar sin problemas cómo la americana dirigió uno de sus dedos hacia su entrepierna.

Ahí, y asegurándose de hacerlo lo más lentamente posible, su dígito recorrió la rosa hendidura de su glabra feminidad al tiempo que la halcón gemía provocativamente. Una vez el dedo postizo peregrinó tan húmedo y cálido trayecto, la falconiforme se lo llevó hacia la boca, siendo recibido sicalípticamente por su hambrienta lengua, lamiéndolo descaradamente, degustándolo con lúbrico ahínco. Sin que mis seis ojos perdieran detalle alguno de ese tanto impúdico como deífico espectáculo, coloqué mi mano en la entrepierna de la irlandesa. Y en respuesta, ella hizo lo mismo con la mía. Ambas nos miramos de reojo, y sonreímos.

Las teníamos bastante calientitas.

– "Primero tú, flaquita." – Ordenó Cetania, dándose palmaditas en el glúteo izquierdo. – "En ésta, porque es tu lado favorito."

– "¿Está bien si lo hago sin guantes, Süsse?" – Le pregunté, estirando mi brazo. – "Quiero sentir tu piel al natural."

– "Al natural es la regla de hoy, flaca. Dame bien rico."

Fiel a sus órdenes, estiré mis dedos y los preparé para un impacto de primera. La última vez que la arpía me solicitó el mismo tratamiento, resbalé en el suelo de baño, y Kanna casi sufre un infarto al pillarnos inesperadamente. Pero ahora, mi paso era firme, mi denuedo más sólido que el roble más robusto, y mi lujuria ardía como mil supernovas. Sin esperar más, descargué un fuerte manotazo al trasero de la pajarita, creando un sonoro eco en la pequeña cueva mientras mi quitinosa extremidad se hundía en esa suave piel, y la rapaz emitía un profundo gemido, arqueando su espalda. Pude observar cómo un diáfano líquido, ajeno al agua circundante, se escurría por las piernas de la castaña.

– "Ahh, que buena cachetada, flaca. Me hizo chorrearme." – Expresó sin tapujos la americana, feliz de mejilla a mejilla. – "Se ve que tienes practicado con tu azulita. ¿A ella también le das hasta dejárselas rojas?"

– "Actualmente prefiero las sublimes caricias de los labios de Mo chuisle a las salvajes palmadas posteriores." – Elucidó la dullahan. – "No soy realmente adepta a los juegos de masoquismo."

– "Ni yo tampoco, enana, pero unas buenas tundas amorosas son muy sabrosas." – Le guiñó la halcón. – "Además, con esos bongós que te cargas, ha de antojársele usarte de tambor a cada rato."

– "Eso no lo niego; hacen música más deífica que la sinfónica de Londres. ¿Cierto, linda?" – Le guiñé a la cegadora, ella sólo rió. – "Pero tus pompis no están nada mal, Süsse. Tienes el relleno bien puesto en su lugar."

– "La mayoría se aloja en mis orgullosas bebés, flaquita." – Le dio palmaditas a sus pechos. – "En fin, te toca ahora, Blueberry. Ya sabes, nada de contenerse."

– "¿Te parece bien si mejor uso mi guadaña?" – Jugó la irlandesa. – "Sería más higiénico."

– "Yo soy la que debería decir tal cosa, enana." – Le respondió la falconiforme. – "Después de todo, tú eres la que tenía metida la mano en la raja."

La peliblanca torció la boca y tronó sus dedos; la nativa de Montana la había hecho. Incluso creo que se arrepintió de provocarla cuando vio cómo la Abismal flexionó su cuerpo con denuedo, estirando sus brazos y golpeando sus puños. La oriunda de Wicklow se alejó un poco, buscando suficiente espacio para tomar velocidad. Oír a la arpía tragar saliva sonoramente marcó el disparo de salida, y la dullahan emprendió una corta carrera en dirección a las posaderas de su castaño objetivo, abriendo lo más posible la mano para mayor efecto. Yo deseaba cerrar mis ojos, pero la curiosidad me obligaba a mantenerlos abiertos. La irlandesa finalmente quedó a centímetros de esas inocentes nalguitas, recibiendo pronto su merecido.

Un beso.

Afásica, contemplé cómo Lala, con total gentileza, detenía abruptamente su enérgica carrera para hincarse ante las vulnerables posaderas de la americana y tiernamente plantar un ósculo en uno de sus glúteos, rematando con unas suaves palmaditas. La rapaz, igualmente pasmada, volteó a verla para cerciorarse de que sus dorados ojos no le mentían. Mas no era ilusión ni fantasmagoría, en verdad que la peliblanca lo había hecho. La chica de añil epidermis simplemente encogió los hombros, inocentemente.

Ambas sonrieron.

La halcón se encontraba complacida por tan lascivo detalle y, con entusiasmo recargado, asumió nuevamente su posición mientras meneaba ligeramente sus caderas de la emoción. La segadora, apretando suavemente una de las igualmente blanditas nalgas, hizo ademán con su dedo índice para que me uniera a la diversión, oferta que acepté al instante. Besando a mi adorada dullahan, me hinqué a su lado y miré más de cerca esa maravilla trasera, rebotando juguetonamente, esperándonos, incitándonos con ese irresistible aroma de feromonas puras a abandonar toda traba y comportarnos como animales salvajes.

Y entonces, sucedió.

– "Süsse…" – Me incorporé. – "¿Oíste eso?"

– "Sí." – La falconiforme me emuló. – "Fue leve, pero inconfundible."

– "¿Dirección?"

– "Noroeste." – Indicó con el ala. – "Salgamos de aquí, no puedo olerlo claramente."

– "Vistámonos."

– "A chuisle, ¿de qué hablan?" – Cuestionó preocupada Lala.

– "Oso." – Respondí, seria. – "Y bastante cerca."

La fauna del bosque nipón no posee muchas amenazas para un par de agentes entrenadas, excepto por los osos, especialmente los pardos. Con su tamaño, peso y fuerza, son capaces de abrirle el cráneo a cualquiera como si de una nuez se tratara; sin contar que son bastante territoriales, provocándoles romper su usual dieta vegetariana en caso de defender el área que reclamen. Sin dilación, nos ataviamos mientras seguíamos alertas por otra señal del mamífero.

– "¿Llevarás la alabarda, flaca?" – Preguntó Cetania, colocándose la camisa.

– "Nein, mis garras sobran y bastan." – Repliqué, ajustándome el cinturón. – "Será como en los viejos tiempos en Weidmann, pero con presas más grandes."

– "¿Irán tras él?" – Interrogó la dullahan, colocándose la bufanda. – "¿Por qué?"

– "Los osos extienden y defienden sus territorios con ahínco." – Elucidó la arpía, subiéndose los pantalones. – "Este estanque debe ser el suyo, y con la ausencia de habitantes en meses, quizás la cabaña también."

– "Aún así, estarás más segura ahí, Spatzi. Ve." – Le ordené a la dullahan, acomodando mi camisa. – "No te preocupes por las cosas, nosotras llevaremos el resto después."

– "Pero, ¡ni siquiera llevan armas!" – Señaló la irlandesa. – "¡Pueden salir lastimadas!"

– "Pudimos con un dragón, podemos con esto." – Afirmé, tronando mis dedos. – "No olvides que somos cazadoras, linda. Unas cuantas cicatrices son el pan de cada día"

– "No, necesitan toda la ayuda posible." – Respondió, invocando a su guadaña. – "Voy con ustedes; me rehúso a dejarlas solas."

– "Lala, no. Es mi… nuestro deber protegerte, y no debes arriesgarte." – Insistí, sosteniéndola de los hombros. – "Estaremos bien, quizás sólo lo ahuyentemos. Regresa y mantente a salvo."

– "Aria." – La segadora me miró fijamente. – "Sé que no tengo su entrenamiento, pero sé defenderme. Aún tengo las memorias de ese fatídico día donde casi te pierdo, y juré que estaría allí, siempre a tu lado. Por favor, no quiero abandonarlas."

– "Spatzi…"

– "Yo la cuidaré, flaca." – Declaró la castaña, colocando su dígito en mi hombro. – "Estará bien conmigo. En cualquier emergencia, la sacaré volando de ahí, ¿vale?"

– "Pero, Süsse…" – Hesité. – "¿Estás segura?"

– "Mírala, tiene la mirada de fuego. Y no hay voluntad más fuerte que la de una mujer luchando por los suyos." – Sonrió. – "Anda, que sea testigo ocular de cómo actúan las heroínas de Okayado."

– "De acuerdo, no puedo contra dos." – Suspiré, mirando a la peliblanca. – "Si ves que es peligroso, te regresarás sin oponerte, ¿de acuerdo?"

– "Jawohl, meine Kommandant." – Asintió ella, emulando mi golpe de pecho.

– "Sehr gut. Lo haremos juntas." – Le di un beso. – "Detrás de Cetania. Usa la guadaña de Asynjörd, tiene más filo que Seely. Síganme."

Asintiendo, la Abismal se hizo con mi alabarda y activó el modo guadaña. Como precaución extra, también desenvainó la hoja de espada en la parte superior. Con la estadounidense protegiéndola, nos encaminamos hacia el origen de aquellos profundos rugidos. Incluso si decidíamos abandonar el lugar, y el oso se mantenía en sus dominios, eventualmente el animal hallaría el camino hasta la cabaña, poniendo en peligro a la familia de Kenta. Cazar osos no estaba en nuestra licencia, y sabíamos que una especie estaba considerada como vulnerable, pero sólo deseábamos asegurarnos que no habría problemas con su presencia.

El aroma y ruidos nos conducían hacia un camino escarpado, algo resbaloso y de difícil acceso. Sería el perfecto disuasorio para cualquier intruso, si es que hallar a una bestia tan imponente no lo era ya. Habíamos recorrido alrededor de trescientos metros desde el estanque, que aunque parecía mucho, en realidad era nada en términos territoriales. Además, daba una buena idea de qué tan grande era el animal para que sus ecos pudieran oírse desde tan lejos.

Los rugidos se intensificaron, y observé a Lala apretar sus manos en el mango de la alabarda, pero sin acobardarse ni un segundo. Sí, quizás no fuera una soldado como nosotras, pero seguía siendo una mensajera de la Muerte, una hija del Eterno Abismo; era el oso quien debía mostrar pavor. Finalmente, llegamos hacia una pequeña zona elevada. Agachamos el cuerpo, como sturmtruppen alemanes preparando el asalto directo a una trinchera francesa en la Gran Guerra. Del otro lado, el enemigo aguardaba. Y aunque no pudiéramos verlo aún, la estrategia ya se desarrollaba.

– "Prepárense." – Ordené, susurrando. – "Süsse, te necesito del lado contrario. Spatzi, permanece aquí y mantén lista a Asynjörd. Defiéndete, pero no intervengas. No quiero que te hieran."

– "¿Qué harás tú, A chuisle?" – Cuestionó la dullahan.

– "Distraerlo." – Afirmé. – "Luchar con él sería lo último que deseo; esos rugidos no son de un pandita. Con su atención sobre mí, Süsse le cae encima y podemos darle el golpe final. La velocidad y precisión son la clave."

– "Estoy lista, flaca." – Aseguró la arpía. – "Sólo dame la orden."

– "En unos momentos, linda, primero debo echar un vistazo." – Me acerqué. – "Manténganse ocultas."

Lentamente alcé mi cabeza por sobre el cúmulo de tierra, mis ojos superiores atisbando la inconfundible silueta de la osuna criatura, dando vueltas alrededor del centro de una pequeña depresión de tierra. Sí, definitivamente era un oso, ¡y qué oso! De negro pelaje, junto a una marca en forma de media luna en el pecho, el animal se identificaba como el famoso oso negro japonés. Tales animales llegan a tener menos de metro y medio de longitud, siendo incluso más bajos que Lala o Manako; pero éste parecía haber consumido todos los esteroides anabólicos disponibles, ya que fácilmente le calculaba unos dos metros de altura, por lo menos.

Para hacer tan inusual espécimen aún más impresionante, su masa corporal era realmente intimidante, y de un peso de alrededor de media tonelada. Ignoraba de qué demonios se alimentaba, pero la bestia podría darle fiera batalla a una tarántula, e incluso Tionishia; quizás hasta ganar. Posiblemente fuera un híbrido entre oso negro y el pardo del Ussuri, que son de dimensiones similares. O sencillamente tenía mala suerte con los oponentes que me tocaban enfrentar.

Aún así, mi instinto de cazadora (y mi orgullo como tal) no se mermaron por tan imponente adversario; después de la nidhögg, ya nada se sentía imposible de conquistar. Pero más allá de su atemorizante aspecto, o ese cacofónico rugido que perforaba los tímpanos, lo que realmente capturó mi atención era lo que aquella criatura rondaba con tanto ahínco, completamente enfocada en ello que ni siquiera se percató de los tres pares de globos oculares color carmesí que le espiaban.

– "Lindas, vengan." – Susurré a las demás. – "Deben ver esto."

– "No me digas que son dos, flaca." – Habló la rapaz, alzando la cabeza. – "Holy molly."

– "La intriga matará mi inmortal alma." – Comentó la irlandesa, emulándola. – "Oh… ¿Acaso eso es?"

– "Yep." – Asentí. – "Sospechaste bien, Süsse."

Un osezno.

No encontramos ni salvaje bestia, ni barbárica criatura; la razón de que aquél animal emitiera tan profundos bramidos, se debía a que, como toda madre en el mundo, el dolor le oprimía el corazón al hallarse incapaz de ayudar al pequeño osito que, por crueles azares del destino, había caído en un profundo agujero. La joven criatura permanecía casi inmóvil, apresada entre una capa de tierra y rocas que, si bien no les asfixiaban, le causaba un tremendo dolor, como evidenciaban sus diminutas súplicas ahogadas por los rugidos de su progenitora, rogando por alivio.

– "Si lo dejamos ahí, estará condenado a morir lentamente de inanición y frío." – Masculló la castaña. – "Su madre no puede acercarse más, o corre el riesgo de caerle encima al niño."

– "¿Piensas lo mismo que yo, Süsse?" – Le pregunté.

– "Traje el botiquín casero en mi mochila; podría ayudarle a reducir el dolor y evitar alguna infección." – Respondió, volviéndose a ocultar. – "Pero tampoco es que podamos acercarnos con mamá osa ahí."

– "Y será imposible distraerla. No se alejará de ahí por nada." – Suspiré. – "Si tuviéramos tranquilizantes, podríamos sacarlo de ahí, y dejarlo con su madre como si nada."

– "¿Crees que alguien podría auxiliarles? ¿Llamar a los de protección ambiental?"

– "Es la naturaleza, linda; nos dirán que la dejemos ser." – Manifesté. – "Y ese hoyo es natural, no fue hecho por cazadores, así que ninguna autoridad competente nos ayudará."

– "Fuck, sólo estamos nosotras." – Suspiró la americana. – "Qué ironía que un par de depredadoras, axiomas de la supervivencia del más fuerte, deseen ofrecerles una mano."

– "La empatía es universal, Süsse." – Exhalé también. – "Spatzi, ¿sugieres algo para…? ¿Spatzi?"

La halcón y yo abrimos los ojos como platos al contemplar que la mencionada había abandonado el anonimato de nuestra posición, para hallarse en dirección al afligido mamífero que seguía tratando en vano de encontrar solución al dilema. Rompiendo la cobertura, me apresuré a ir tras la errante Abismal, pero ella simplemente me indicó que permaneciera en mi lugar mientras continuaba acercándose a la osa. Como cualquiera esperaría, la voluminosa criatura se alzó en sus dos patas tan pronto notó a la mujer de añil epidermis acortar la distancia entre ambas, rugiendo a todo pulmón, y dándonos una excelente vista de su poderosa mandíbula trituradora y letales garras.

Lala siguió caminando.

Antes que yo rompiera mis propias restricciones morales, arrojándome como un ariete hacia la úrsida para dejarla atrapada en su profunda tumba, y rescatar a mi amada, la peliblanca metió su mano en su bolso, revelando una bolsa llena de carne que empleáramos para preparar nuestro desayuno. Calmadamente, se detuvo a unos metros de la furiosa bestia, abrió la bolsa y vació en contenido frente a ella; todo sin perder contacto visual con la osa. Pasaron varios segundos en que la incertidumbre había caído sobre nosotras con su pesado aire, como una gruesa neblina que los rugidos y amenazas del mamífero, sólo interrumpidas por los gritos de su retoño, no ayudaban a disipar.

– "Nafl mghri." – Musitó la dullahan; no amenazante, ni sumisa, sino firme. – "Bthnkornah vulgtmor."

– "Lala, sal de ahí." – Le susurré, sin perder de vista al animal. – "Por favor, sólo vámonos de aquí."

– "Las tres compartimos la misma meta, A chuisle." – Contestó ella, todavía ofreciendo la comida. – "Este será un esfuerzo de tres. Únicamente estoy poniendo de mi parte para lograrla."

– "¿Sacrificándote?" – Interrogó la falconiforme.

– "No, Cetania." – Sonrió. – "Apelando a la empatía universal: el amor a la familia."

Ahí, la osa, deteniendo su concierto de gruñidos e intimidación a base de demostraciones físicas, se acercó a la irlandesa. A pesar de que lo hizo caminando, cada paso firme, remarcado, asegurando de dejar en claro su fuerza por cada gigantesca huella que sellaba en la tierra. La arpía y yo permanecíamos listas para actuar, acercándonos disimuladamente cada vez más hacia el animal, hasta que nos detuvimos cuando éste se paró frente a la segadora. La úrsida volvió a rugir, abriendo lo más posible su boca y haciendo sacudir la piel de sus mejillas, para acentuar visualmente la potencia.

Pero Lala ni se inmuta.

Viendo que intentar atemorizar a una hija del Eterno Abismo era cosa baladí, el animal bufó para luego concentrarse en la ofrenda alimenticia que la peliblanca dejaba a su disposición. Escrupulosamente olió la carne, le dio uno que otro piquete con sus garras, hasta que, tal vez porque sólo deseaba algo para amenizar su sufrimiento, engulló la vianda de un solo bocado, sin molestarse en masticar o degustar. Empero, la sapidez no pasó inadvertida para ella, relamiéndose los labios al terminar. La osa miró a los dorados ojos de la dullahan y, con ese afásico intercambio visual, parecieron firmar un tácito pacto de no agresión.

– "Go raibh maith agat, iompróidh cara." – Dijo la irlandesa, haciendo una reverencia a la úrsida. Ahí, volteó a vernos. – "Traten de acercarse paulatinamente al pequeño, sin movimientos bruscos."

Obedeciendo, caminamos con lentitud hacia el agujero donde el osezno continuaba emitiendo los lastimeros alaridos. La madre gruñó amenazadoramente cuando estuvimos a poca distancia, pero la segadora hizo un ademán de que mantuviera la calma, haciéndola ceder en su intento de devorarnos, no sin antes bufar de insatisfacción. Desconocíamos cómo lo había logrado la peliblanca para domar a la criatura, pero no íbamos a desperdiciar tan única oportunidad y pronto empezamos la operación de rescate.

– "¿Tenemos alguna cuerda, flaca?" – Cuestionó la rapaz, flexionando sus alas. – "El agujero es demasiado pequeño para que lo saque volando."

– "Nein; vinimos preparadas para combatir osos, no salvamento." – Repliqué, palpando la tierra. – "Y el suelo es extremadamente resbaladizo, no podría salir una vez dentro. Tal vez podría correr hasta la cabaña y buscar alguna soga."

– "No hay tiempo para eso; con el golpe y el clima, el osezno necesita atención de inmediato." – Elucidó la castaña, disintiendo con la cabeza. – "En estos momentos nos vendría bien que produjeras seda, flaca."

– "¡Süsse, eso es!" – Chasqueé los dedos. – "¡Mi bufanda! ¡Está hecha de la seda de Rachnera; usémosla de cuerda!"

– "Tique nos sonríe. Pero, ¿no es un regalo de Lala? Podrías dañarlo."

– "Bufandas hay muchas; hijos sólo uno, Cetania." – Aseguró la Abismal, retirándose la suya. – "Tomen la mía si lo desean; lo importante es sacar a la criatura de ahí."

– "Y la mía, enana. La unión hace la fuerza." – Dijo la estadounidense, quitándose la propia también. – "De acuerdo, flaca, ¿cuál es el siguiente paso?"

– "El hoyo posee alrededor de nueve metros de profundidad, ni siquiera con mis piernas estiradas sería capaz de llegar sólo con las bufandas." – Expliqué, mirando alrededor. – "¡Ya sé! Amarren un extremo a la cabeza de Asynjörd, y la otra a las tibias de mis piernas. Me desplazaré de manera horizontal."

– "Roger that, Blondie." – Asintió la halcón. – "Enana, ¿una manita, por favor?"

De esa manera, las chicas sujetaron en un extremo mis dos piernas centrales, con la unión de tres bufandas, mientras que la otra la amarraron a la parte superior de mi alabarda. Con cuidado, clavé mis piernas restantes dentro de la pared de tierra y lodo, procurando sostenerme lo más firmemente, no sólo para evitar quedar atrapada junto al pequeño, sino para aligerar el peso a mis amadas, que me sostenían con todas sus fuerzas. Era una suerte que las arachnes poseamos exoesqueletos bastante ligeros, o ya seríamos cuatro las víctimas de las depresiones geológicas.

– "Descuida, chiquitín, tía Jaëgersturm está aquí para llevarte con tu mami." – Le decía al osito mientras removía las piedras y escombros con mis piernas. – "Pronto volverás a correr por el bosque, a nadar en los riachuelos y a robarte las canastas de picnic a espaldas del guardabosques."

Hey, no podía evitarlo; esa bolita de pelos me recordaba mucho los dibujos animados que veía de niña. Empero, ni ser comparado con el oso más famoso de Jellystone fue suficiente de convencer al cachorro de aferrarse a mí. Tampoco es que pueda culparlo por no confiar en una araña gigante con la cara cicatrizada. Eso o era un oso prejuici-oso. Malas bromas aparte, aunque ahora la criaturita se hallaba libre, debía hallar una forma de tomarlo. Mis manos no alcanzaban, y las fuerzas de mis novias no serían eternas.

¡Rawr!

Mamá osa al rescate. Como toda progenitora, la úrsida mayor tuvo que reprender verbalmente a su niño para que éste obedeciera. Entendiendo que no se le puede decir que no a los mandatos de mamá, especialmente cuando ella mide dos metros y pesa media tonelada, el osezno prontamente se aferró a una de mis piernas, dándonos señal para retirarlo de esa mortal trampa. Afortunadamente llevaba mis protectores, así que no se cortaría con mi quitina. Usando mis fuerzas, lo levanté hasta que pude tomarlo entre brazos y, sujetándolo adicionalmente con mis pedipalpos, empezamos a ascender.

– "¡Auch! Chiquitín, te tengo bien agarrado, no me claves tanto tus garritas." – Le solicité, sintiéndolas en mis costados. – "La ropa resiste, pero mi piel no. ¡Ay!"

Al menos ya puedo presumir que poseo cicatrices hechas por un úrsido. Y con la madre de aquel pilluelo uniéndose a la grúa liminal, pronto el cachorro volvió a sentir los rayos del sol sobre su bruno pelaje abrazarle tanto como el amor de su progenitora, quien ni lenta ni perezosa se apresuró a rodear al hijo de sus entrañas en sus peludos brazos tan pronto lo dejé en el suelo, lamiéndolo con ahínco y total alegría en su corazón. Yo y mis amadas contemplamos con unas igualmente amplias sonrisas tan hermosa escena.

Ahí, en medio del bosque, entre la esterilidad del frío invernal y las silenciosas coníferas, fuimos testigos de que el amor por nuestros seres queridos no es exclusivo de liminales o humanos. La empatía en verdad era universal. Una vez la osuna madre recibió a su pequeño, llegó el turno de Cetania para curarle la herida que éste se había hecho en su patita izquierda. No fue necesaria intervención de Lala para calmar a la enorme osa, quien confiaba lo suficiente en nosotras para saber que sólo buscábamos lo mejor para el cachorro.

– "¿Cómo hiciste eso, enana?" – Le interrogó la falconiforme a la irlandesa, agregando un líquido en la pata del osezno. – "Es decir, calmar a la mamá. ¿Acaso también puedes comunicarte por telepatía o algo así?"

– "Los dioses Abismales comparten una conexión con la vida eucariota, específicamente la del reino animal. Los dominios varían." – Dilucidó la dullahan. – "Por ejemplo, el Caos Reptante es bastante afín a los mamíferos salvajes, como grandes felinos, o lupinos, y puede domarlos con extrema facilidad. Sus descendientes también poseen ese don, pero no es tan influyente como el de su padre."

– "¿Dices que Doppel puede controlar animales?" – Cuestioné.

– "No es total, sólo tranquilizarles, convencerles de que no es una enemiga. Es un impulso primitivo que data desde la llegada de nuestra estirpe a esta dimensión. Empero, los detalles son demasiados para explayarnos." – Respondió la irlandesa, acariciando la cabeza del osito. – "Yo lo usaba con los animales de las granjas en que trabajaba; hacían la faena más sencilla. Mas nunca lo empleé con las criaturas que debían sacrificar, me parecía mezquino engañarles para luego darles muerte. Además, se necesita un punto en común para la conexión."

– "¿A qué te refieres con eso, enana?" – Preguntó la emplumada, inyectando al animalito. – "Descuida, pequeño; dolerá un poco, pero evitará una futura infección."

– "Se requiere de un punto en común, una necesidad primordial entre ambos partidos para que tal habilidad se manifieste." – Respondió la chica de piel azul. – "Yo pude lograrlo porque la osuna madre y yo compartimos el deseo de proteger a nuestras familias. Además, cuando estamos asustados o deseamos actuar agresivamente, nuestras feromonas nos delatan. Por eso les sugerí mantenerse alejadas al principio, pues aún pensaban en atacar a la osa."

– "Comprendo. Al ver de cerca a esta lindura atrapada ahí, sólo me importaba rescatarla." – Comenté, mimando a la cría. – "Danke, Spatzi. Fuiste la verdadera heroína de hoy."

– "Las tres lo hicimos, A chuisle, juntas." – Aseguró la segadora. – "Necesitamos de tu estrategia para llegar al niño, y de los conocimientos médicos de Cetania para prevenir que las heridas le causen malestar posterior. Compartamos el laurel de la victoria."

– "Ah, Smith debería contratarte, azulosa. Al contrario de esa condenada gnómida, tú sí sabes cómo subirnos el ánimo." – Rió la halcón, limpiando con algodón la herida. – "Y listo, chiquitín, ya terminamos. Te daría una paleta, pero me la comí en el camino."

– "¿Ya está todo?"

– "Sí, sólo eran unos raspones superficiales, ninguna fractura. Sólo necesita descansar y pronto volverá a retozar como siempre." – La castaña se incorporó. – "¿Y ahora qué hacemos, flaca?"

– "Primero, tapar ese agujero para prevenir más incidentes." – Indiqué. – "Luego escoltaremos a la familia Peluchosa de vuelta a su guarida, ¿vale? Vamos."

Las tres entonces nos dispusimos a rellenar el enorme hoyo con piedras, tierra y demás cosas que pudiéramos encontrar. Incluso la madre cooperó, usando sus enormes garras como palas de bulldozer. Mi alabarda también probó ser de utilidad como pala improvisada, acelerando el proceso. Una vez dejando una diminuta depresión de sólo treinta centímetros de profundidad, dimos por terminada la faena. De esa manera, y con la peliblanca actuando como nuestra encantadora de osos, acordamos llevar al par de úrsidos a su casa, con el osezno siendo transportado en mi tórax arácnido. Sonreí, habíamos sido partícipes en una curiosa historia que concluía con un final feliz.

– "¡Aaargh!"

¡Y entonces la maldita ardilla volvió a atacarme!

Salida de las profundidades del Tártaro, ese desgraciado roedor arbóreo me asaltó infamemente, lanzándose desde las alturas para aterrizar precisamente en mi sesera, arañando y chirriando, tratando de obtener venganza por haberle dañado la cola. Logré atrapar a la canalla, y aunque trató de morderme la mano, mi quitina me escudó de sus insidiosos incisivos, y la arrojé directo al suelo. La granuja me gruñó desafiante, con el pelo erizado, e intentó de nuevo huir para probar otro ataque aéreo.

Empero, sus planes fueron tajados de inmediato cuando una osuna y pesada garra cayó encima de ella. Cuando la osa levantó su extremidad, la ardilla se había convertido en una masa amorfa cuyo interior teñía de rojo la tierra café. Al menos murió sin dolor; aquel tremendo pisotón le arrancó la vida antes que supiera que ya estaba recorriendo el más allá. Agradeciéndole con una reverencia a nuestra enorme compañera por librarnos de esa pequeña peste, proseguimos el camino hasta llegar a su escondite: una cueva perfectamente oculta por la vegetación.

– "Y recuerda, nada de andar corriendo lejos de tu mamá, especialmente en barrancos. ¿De acuerdo, Bubu?" – Le dije al osito. Sabía que no me entendía, pero me gustaba jugar. – "Y si ves otra ardilla, la haces en escabeche. Recuerda, los roedores son comida, no amigos; además de pulgosos, así que no tengas piedad."

– "No le enseñes tonterías al niño, flaca." – La falconiforme me dio un golpecito en la sesera. – "Pero bueno, creo que nuestra misión ha terminado. Y ya que su territorio queda bastante alejado de la cabaña, no hay preocupación de que merodeen por ahí."

– "Bien, entonces nos marchamos ya, guapas." – Estiré mi cuerpo. – "Auf Wiedersehen, Bubu y Mamá Osa. Manténganse alejados de problemas, y escriban de vez en cuando, ¿vale?"

Ya planeábamos retirarnos cuando, estando en la salida, la madre úrsida tocó mi abdomen con su hocico para llamar mi atención.

– "Esperemos un poco, por favor." – Sugirió Lala. – "Creo que tiene algo qué mostrarnos."

Seguimos el consejo y la osa regresó al interior de su cueva. Luego de un par de segundos, ella regresó, para nuestra sorpresa, cargando en su mandíbula con el cuerpo exánime de un ciervo sika, una de las especies más comunes en el país desde que su depredador natural fue extinguido. La osuna progenitora colocó al cérvido frente a nosotras, empujándolo un poco con el hocico. Nos lo estaba ofreciendo en agradecimiento por el rescate.

En otra de esas ironías de la vida, un depredador le hacía una ofrenda a otro. Y obsequio más acertado entre cazadores no podría haber. Sonriéndole y asintiendo con la cabeza, tomamos su regalo y, ofreciéndole yo un saludo de golpe de pecho, nos encaminamos de vuelta al estanque por nuestras pertenencias, para luego regresar a la cabaña.

– "Hicimos nuestra buena obra del día y obtuvimos una excelente fuente de carne para el almuerzo." – Comenté, llevando el ciervo en mi tórax. – "¿No es hermosa la vida, lindas?"

– "Y todo sin salir heridas." – Dijo Cetania. – "Bueno, sin contar que el osito te clavó las garras, y el ataque de la ardilla kamikaze. Al menos no fueron tiburones con rayos láser."

– "Una prueba más de que todo sale mejor cuando nos ayudamos mutuamente, en lugar de buscar conflicto." – Opinó la dullahan. – "Aunque, por mucho que festeje la cárnica dádiva que aquella úrsida nos obsequió, me preocupa que le hayamos privado a ella del preciado alimento necesario para sobrevivir al invierno."

– "No te preocupes, Spatzi, que pude atisbar otro cadáver de venado dentro de la cueva." – Afirmé. – "Por muy agradecida que estuviera, una osa no regalaría comida si su vida o la de su hijo se pusieran en riesgo."

– "Por cierto, que éste está bastante fresco; aún puedo captar el olor distintivo del rumiante." – Aseguró la arpía. – "¿Has preparado ciervo antes, azulosa?"

– "Me temo que será mi primera vez. Mi experiencia se limita a animales de granja." – Admitió la dullahan. – "Cuento con ustedes para instruirme en preparación de presas de silvestre índole."

– "No te preocupes, Spatzi, que no es tan diferente de preparar una oveja." – Le dije. – "El estofado de jabalí de Weidmann era famoso en todo Sparassus. Y más delicioso que la carne de cerdo."

– "Ahh, cómo se me antojaría hacerme unas buenas hamburguesas de sika." – Comentó la rapaz, relamiéndose los labios. – "Aunque los cérvidos casi no poseen grasa en la carne, así que necesitamos aglutinarla con manteca o grasa para que no se deshaga. ¿Aún nos sobran los ingredientes?"

– "Afortunadamente nuestras reservas son abundantes." – Replicó la segadora. – "Me aseguré de estar prevenida para toda clase de singularidades culinarias."

– "Por cierto, ¿por qué llevabas esa bolsa de carne en tu bolsa, linda?" – Le cuestioné. – "¿También venías preparada para coaccionar animales salvajes?"

– "En parte, A chuisle. Distraer a los perros con carne era un método común usado por los ladrones, y aunque en mi aldea sólo hubo dos instancias de robo, aprendí a que el estómago es la vía más rápida de establecer bases diplomáticas favorables."

– "¿Y sabías que esa misma técnica funcionaría con un oso?" – Le interrogó la castaña.

– "Concedo que tomé una sumamente arriesgada decisión en ese momento." – Admitió la Abismal. – "Empero, confiaba en mi habilidad para volverme intangible niebla para salir ilesa en caso de provocar la ira de la úrsida. No iba a colocarme en peligro si un plan de emergencia."

– "Aplaudo tu valentía, Spatzi, pero por favor no vuelvas a hacer algo así." – La detuve para mirarla fijamente. – "De verdad, no quiero perderte. Sé más cuidadosa, amor."

– "Descuida, A chuisle; sólo fue un pequeño arrebato de orondo impulso." – Acarició mi barbilla. – "Únicamente quería demostrar mi pequeño as bajo la manga. Perdóname, prometo no preocuparte nuevamente."

Dándonos un beso, resumimos el viaje. Llegando al estanque, encontramos a un curioso tanuki, el perro mapache japonés, junto a una ardilla roja, inspeccionando el equipaje que dejamos. Tal vez fuera porque aún conservábamos el aroma de los osos, pero tan pronto nos vieron, salieron huyendo como alma que lleva el diablo. Por suerte no se llevaron nada. Una vez en la cabaña, nos lavamos las manos y comenzamos el proceso de abrir y desollar a nuestro delicioso cérvido. Con años de técnicas e instinto natural de cazadoras, especialmente la americana, el proceso se dio eficientemente. Ahí, mi teléfono sonó.

– "Aria Jaëgersturm, Guten Tag." – Respondí, alejándome un poco para recibir mejor señal. – "¿Quién habla?"

– "Hola, Cazadora. ¿Cómo está nuestra agente estrella?"

– "¡Rachnee, qué gusto! ¿Cómo estás? ¿Qué cuentan todos en la casa?"

– "Nada fuera de lo común, excepto que Papi puso un huevo ayer y mi Querido no estaba en casa." – Narró mi congénere. – "Afortunadamente las demás cooperaron para que fuera un proceso tranquilo, terminando sin incidentes. Suu se ofreció de colchón para que el huevito no sufriera daños. ¿Sabes? a pesar de las singulares circunstancias, me encantó vernos a todas unidas por el bien de nuestra querida pajarita."

– "Sé perfectamente de qué hablas, Rachnee." – Sonreí, mirando a mis amadas trabajar. – "¿Y qué hicieron con el ovoide?"

– "Miia se lo comió." – Respondió, despreocupadamente. – "No crudo, claro. Lo lavó y luego se hizo un omelette. Lamias; no pueden vivir sin sus preciadas yemas, pero luego se andan quejando del colesterol."

– "Hey, los de Cetania son deliciosos. No juzgues a la culebra por tener buen gusto." – Contesté. Ya le había contado lo aquel suceso. – "Digo, si comemos sin problemas los que salen del trasero de una gallina, no veo problema con los que salgan de la chuchita de una arpía."

– "Oye, tampoco me salgas con tu propaganda pro-ovifagia, alemana. Sólo era un comentario de paso."

– "Ay, estaba jugando, tejedora." – Reí. – "Hablando en serio, me alegro que se lleven tan bien. Aquí las cosas van igual de esplendorosas. La cabaña es el lugar perfecto para desconectarse del bullicio diario; un verdadero Edén en tierra."

– "Con ese entusiasmo quiero suponer que tu polígamo plan está saliendo a pedir de boca, rubia."

– "Rachnee, juro que estoy en el Jardín de las Hespérides." – Aseguré. – "A veces quisiera detener el tiempo y quedarme aquí para siempre, junto a las razones de mi felicidad."

– "Arachne mía, que hasta por la bocina brota tu algarabía." – Rió ella. – "Y pensar que eres la misma flacucha que casi quiso huir de la casa porque había tenido un roce con la dullahan. O por haber soltado unas cuantas cucarachas en un restaurante de quinta."

– "Hey, tú también eres la misma a quien le apenaba admitir que cantaba en el balcón de madrugada, mi querida soprano." – Retruqué. – "Y te seguiría diciendo tus verdades, pero sinceramente, estoy sumamente agradecida contigo. De verdad; la bufanda que ayudaste a tejer a Lala fue el objeto más valioso el día hoy. Incluso nos consiguió el almuerzo."

Y todavía sigue como si nada. Calidad arachne.

– "Bueno, mi seda no es cualquier tejido, después de todo." – Contestó ufanamente Arachnera. – "¿La usaste para estrangular a un oso salvaje?"

– "Algo así." – Reí por la jocosa coincidencia. – "Digamos que nos recordó las ventajas de trabajar en equipo. Danke schön, Rachnera, prometo recompensarte al volver."

– "Aria, saber que mi congénere ha encontrado el nirvana que tanto buscaba es suficiente condecoración para mí." – Afirmó la tejedora. – "Y con todo lo que has vivido, creo que ya era momento de que Arachne te bendijera con la dicha de la felicidad. Disfrútalo, porque lo mereces."

– "Fuiste mi mayor apoyo cuando llegué aquí. Te debo mucho y más, compañera." – Repliqué. – "Has sido como una hermana mayor para mí; la familia que tanto necesité al estar fuera de casa."

– "Vale, ya entendí. No me sepultes en una avalancha de lisonjas, ¿quieres, Cazadora?" – Contestó ella. Podía sentir su rubor detrás de la bocina. – "Aprecio los halagos y todo, pero únicamente hice lo que cualquier persona decente haría. Y mira que no soy un parangón de buenas costumbres."

– "Aún así, gracias por todo lo que has hecho, Rach." – Reiteré. – "Cambiando de tema, ¿cómo va el negocio que compartes con Su Acuática Majestad?"

– "Lore tiene talento para la publicidad; nuestros pedidos han aumentado el doble tan pronto nuestros anuncios se esparcieron por Internet." – Afirmó. – "Y aquí me tienes, tejiendo como esclava para satisfacer la demanda. Y ojalá fueran sólo encargos de tamaño humano; no tenía idea de cuantas especies grandes habitaban únicamente en Asaka. Estoy tomando un pequeño descanso ahora, pero enseguida volveré a la faena."

– "Al menos no pueden negar que la empresa es un éxito. Enhorabuena, compañera." – Asentí con la cabeza. – "Espera, ¿Lore?"

– "Así le digo a Mero. Ella me llama Rachy." – Reveló, riendo ligeramente. – "Es mejor que su innecesariamente cortés Rachnera-sama. Insisto en que haga lo mismo con las demás; pronto seremos familia completa, no hay necesidad de tantas formalidades. Pero viejas costumbres nunca mueren."

– "Un paso a la vez, Rachnee. Recuerda que la princesa no tiene piernas." – Bromeé. – "Oh, por cierto, ¿estás preparada para…?"

– "Yo debería hacerte esa pregunta, alemana. ¿Te lavaste bien los túbulos de Malpighi?"

– "Hasta con ácido muriático. Ni mis dientes estuvieron tan limpios."

– "Lo cual no es muy difícil, para empezar."

– "También te quiero, garrapata." – Le saqué la lengua. Me daba igual que no pudiera verme. – "Oye, hablando en serio, no te preocupes, que todo está yendo perfectamente. Ni siquiera tengo qué intervenir; sólo seguir el orden natural de las cosas."

– "Eso tendría validez si fuéramos normales para empezar. Pero puedo asegurarte que hoy…" – Se pausó. – "¿Eh? Oh, Arachne mía. Disculpa, Cazadora, parece que nuestra escamosa chef volvió a desatar las llamas del Hades en la cocina. Hablamos luego, ¿de acuerdo?"

– "Llenen a Suu de agua, es más efectiva que el extintor." – Contesté. – "Vale, Rachnee, platicamos después. Salúdame a todos y envíales mis mejores deseos."

– "Por supuesto. Oh, y Aria…"

– "¿Sí?"

– "Espero obtener muy buenas nuevas después de hoy."

– "Confía en Tique, Rachy." – Guiñé. – "La fortuna siempre le sonríe a los justos."

– "Ay, no te eches la sal, ¿quieres?"

Antes que pudiera reclamarle, la tejedora echó una carcajada al tiempo que cesaba la comunicación. Disintiendo con la cabeza, pero sonriendo, volví a guardar mi teléfono. Sería un día agitado para mi congénere y yo, ¿pero qué día nunca lo era? Dándome un golpe en el pecho y alzando mi puño al aire, enviando mi buena suerte a Arachnera, regresé a la cocina exterior con mis amadas. El tiempo, aunque frío, vaticinaba clima perfecto para nuestro almuerzo al aire libre; y el olor de la carne siendo asada auguraba que nuestros estómagos se unirían en un sápido carnaval culinario.

– "Veo que te saliste con la tuya, Süsse." – Mencioné a la arpía, dándole un beso. – "Hamburguesas de ciervo sika auténticas."

– "Y espera a probarlas, flaca. Hasta lamerás el plato del sabor." – Dijo la rapaz, echando más carne a la moledora manual. – "¿Puedes aglutinar esa carne de ahí, por favor? Hay que aprovechar mientras esté fría para que la grasa la mantenga unida."

– "Jawohl, meine Kaiserin." – Obedecí, tomando el plato indicado. – "¿Cómo vas tú, Spatzi?"

– "Los vegetales y el resto de los ingredientes para el boxty están listos para enriquecer nuestro osado experimento, A chuisle." – Informó. – "Me atrevo a afirmar que somos las primeras en el país en combinar la cocina de las Montañas Rocosas americanas con la gastronomía irlandesa. Ni siquiera a la audaz Aizawa se le ha ocurrido singular coligación."

– "No olvides las salchichas alemanas, azulosa. Y ésas fueron mi idea." – Añadió la castaña. – "Así está bien, flaca, échala a la moledora. Calienta este poco, enana; que comience la primera ronda."

La plancha echó humo y tocó la sinfonía del asador tan pronto la carne fue puesta sobre ésta. El olor era exquisito, y nuestros estómagos rugían como aquella osa, anticipando la comilona. La americana agregó rebanadas de queso amarillo sobre las hamburguesas, sazonándolas con algunos condimentos. La dullahan, por su parte, añadió los componentes que sirvieran para su plato anterior, más las salchichas alemanas asadas. Pronto las primeras muestras de boxty al estilo germano-americano con carne de cérvido nipón fueron servidas. Pausando momentáneamente nuestras tareas, nos sentamos a degustarlas.

– "Meine Göttin…" – Musité al primer bocado. – "La exultante ambrosía de los dioses es real. Se superaron a sí mismas, lindas."

– "Gura míle, A chuisle. Concuerdo con tal afirmación." – Asintió la segadora, deglutiendo un bocado. – "El sabor de esta carne agrega un exótico pero familiar toque al pan de patata."

– "Son como hot-cakes salados con un aire germánico forestal." – Comentó la falconiforme, saboreando con ahínco. – "Lo de los hongos y la cebolla fue excelente adición, canosa."

– "¿Saben qué necesita esto para estar completo?" – Hablé yo. – "Papas fritas con salsa barbecue."

– "¡Holy molly, you're damn right, Blondie!" – Expresó la emplumada, entusiasmada. – "Hagamos eso, Lala. ¿Tenemos por casualidad más ingredientes?"

– "Me temo que nuestras reservas de papas ya han sido usadas para el pan, Cetania." – Respondió la peliblanca, inclinando ligeramente la cabeza. – "Y no contamos con la dichosa salsa. En otra ocasión será, pero ten por seguro que la llevaremos a fruición."

– "Damn it." – Chasqueó los dedos la arpía. – "Bueno, hagámosla entonces en casa de Yuuko, durante la noche de películas. Y nosotras prepararemos la salsa; me gusta esto de hacer todo de manera casera."

– "Comprendo el sentimiento, compañera. El orgullo es mayor cuando consumimos algo que nosotras mismas logramos crear." – Concordó la Abismal. – "Dada la crudeza de mi labor como ejecutora en el matadero, admito que no disfrutaba mucho de obtener la carne directamente de los cuerpos de los animales; prefería comprarla ya cortada y procesada. Pero ahora, con esta experiencia tan positiva, me siento menos vulnerable a sufrir por mis temores de la niñez."

– "Cacería catártica. Sí que este día ha estado lleno de sorpresas." – Expresé, dándole un beso en la mejilla a la irlandesa. – "Je, me alegra que te hayamos ayudado, amor. Hoy es el tiempo perfecto para purgarse los demonios internos."

– "Me llenaste de cátsup, amor." – Rió la dullahan. Le limpié la mejilla. – "Sí, me estoy curando todos los males que me envenenaban el alma. Es curioso que haya logrado liberarme en un solo día en medio de la nada, que con meses bajo el adinerado techo de mi primera familia huésped."

– "El dinero no compra confianza, azulosa." – Arguyó la rapaz, tomando su sonante teléfono. – "Oh, es un mensaje de Yuuko. Les manda saludos."

– "¿Qué más dice, Süsse?" – Pregunté, comiendo otro bocado.

– "Lo de siempre: que me cuide mucho, que me acueste temprano, y que no olvide que soy su Duraznín. Usa más emoticonos que yo." – Sonrió, disintiendo con la cabeza. – "Hey, ¿qué tal si le enviamos una foto? Para que se ponga toda materna y luego la coloque en un retrato, o algo."

– "Se la enviaremos a todos, linda." – Me acomodé. – "Vengan, siéntense a mi lado."

Obedeciendo, ambas se colocaron junto a mí y, luego de limpiarme las manos para no manchar la pantalla, tomé el celular y preparé la toma. Me aseguré de seleccionar la máxima resolución y quitar todo filtro, así obtendrían una impresión tanto honesta como de calidad. Además, mis novias no requieren de electrónicos retoques para demostrar lo seráficamente hermosas que son.

– "Ups, lo tenía en modo video. Perdón." – Apreté de nuevo la pantalla. – "Ahora sí, guapas, ¡digan whisky!"

Y entonces, ambas me besaron al mismo tiempo.

– "Ahora ustedes me llenaron de cátsup." – Respondí, riendo. – "Denme otro, para limpiarlo."

Mejor estampa no pudimos distribuir a nuestros seres queridos, la prueba gráfica más pura de la felicidad que compartíamos, condensada en tan policromático paquete de virtuales pixeles. Con la fotografía enviada a familiares, e incluso a las chicas de MON, regresamos a seguir degustando el resto de nuestras viandas, y a seguir conversando en grata armonía. Como si el aforismo de que las buenas cosas suceden en grupos de tres deseara ser certificado, el teléfono de la irlandesa emitió su polifónica melodía.

– "Es Sanae. Nos envía saludos de parte de la familia, e informa que les agradó la fotografía." – Elucidó la segadora, dibujando una mueca de alegría en su rostro. – "También revela que su madre llegó de visitas y está extática por el hecho de que será abuela. Incluso le han decidido el nombre a la futura pequeña: Nyx, como la diosa helénica de la noche."

– "Me gusta. Muy ad-hoc para una lámpades." – Comenté. Ahí, la peliblanca mostró una imagen grupal. – "Ah, ¿hasta armaron fiesta?"

– "Observen el júbilo en sus rostros. La alegría no les cabe en el pecho." – Opinó la castaña, sonriendo. – "Me alegro; la niña crecerá en una familia amorosa y, sobre todo, unida. Al contrario de... bueno, ya saben."

– "Y nosotras ayudamos a que esa dicha se hiciera realidad, amor." – La pegué hacia mí. – "Así como luchamos para que más pequeños crezcan en el mismo ambiente pacífico y armonioso. Incluso si son animales, como nuestro amigo osito."

– "Sí, es verdad, flaquita." – Suspiró la americana. – "Disculpen, saben que el tema me es muy personal."

– "Todas compartimos tu sentir, Cetania, no te preocupes." – Le reconfortó Lala, acariciando su barbilla. – "Sanae no se ha olvidado de reiterar el eterno agradecimiento hacia nosotras por auxiliarles con tan noble causa. También me dice que podemos ocupar la cabaña cuanto tiempo deseemos, pues planean extender su estancia con su familia."

– "Comienzo a sentirme indigna de tanta bondad, Spatzi." – Expresé, indicándole que se sentara a mi lado. – "Pero acepto la oferta. ¿Qué dicen, guapas? ¿Nos quedamos un par de días más?"

– "Como si fuéramos a decir que no, flaca." – Respondió la halcón, reposando en mí. – "Quisiera no tener que irme nunca de este paraíso encontrado."

– "Es lo que siempre soñamos, ¿verdad? Belleza, privacidad y libertad absolutas." – Exhalé, admirando el paisaje. – "¿Les confieso algo? Me encantaría ahorrar hasta tener lo suficiente para comprárselo a Kenta."

– "¿Por qué no lo hacemos?" – Sugirió la irlandesa. – "Comprémosla. Hagamos de esta nemorosa morada nuestro territorio exclusivo."

– "No es mala idea, azulosa, ¿pero qué casa tendrían entonces Sanae y los demás?" – Cuestionó la falconiforme. – "Por ahora tienen la de su familia, pero esa es temporal. Tampoco queremos dejar sin techo a la bebita."

– "Podríamos ahorrar hasta hacer el pago total, así contarían con capital suficiente de hacerse de un hogar sin dificultades." – Dilucidó la segadora. – "Por supuesto, nos encargaríamos de encontrarle una potencial residencia previamente. Sanae ha sido quien más me ha apoyado en el trabajo, nunca me atrevería a desampararla."

– "¿Crees que Kenta nos venda el legado que construyó su padre?" – Interrogué. – "Lo usara antes o no, es parte de su familia. Posee un valor sentimental más allá de lo monetario."

– "Estoy consciente de ello, pero, en mi humilde opinión, creo que estaría honrado de que consideremos el patrimonio de su progenitor tan valioso como para volverlo nuestra morada." – Contestó la peliblanca, sonriendo. – "Y si no lográramos nuestro objetivo, entonces que sea un incentivo para disfrutar al máximo nuestra efímera estancia en este idílico santuario de tranquilidad."

– "Bueno, sí que resultaste bastante ambiciosa, azul." – Comentó la emplumada. – "Pero estoy de tu lado; esto es algo por lo que vale la pena luchar."

Dibujando una mueca de satisfacción en mis labios, besé tiernamente los de mis amadas. Nuestros pensamientos, nuestros deseos, todos se habían transformado en uno. Nuestra unión era innegable. Acordamos proponerle el plan a Kenta personalmente, esperando a que no lo viera como un abuso a su amabilidad. Pero como dice el apotegma que seguía mi instructora militar en Sparassus: si quieres y puedes, hazlo. Además, si se negaba, siempre podíamos enviarle a Mamá Osa para hacerle cambiar de opinión.

Creo que Smith y Alexandra me pegaron lo mafiosas.

Terminamos de comer y guardamos el resto de la carne en la hielera. Como no deseábamos atraer animales hambrientos, excavamos una zanja para enterrar lo que quedó del cadáver del ciervo. Por muy tétrico que suene, sería tradición cazadora el quedarnos con alguna parte del animal a manera de trofeo, como el cráneo, pero eso sería si nosotras lo hubiéramos capturado. Ya tendríamos oportunidad de hacernos con nuestras presas si lográbamos obtener la cabaña. Mientras ayudaba a las chicas a limpiar los platos, mi teléfono sonó.

– "Ya vuelvo, guapas. Afuera hay mejor recepción." – Les dije mientras salía al patio. – "Jaëgersturm. Guten tag. ¿Con quién tengo el gusto?"

– "Buonasera, Aria."

– "¡Ale! ¡Qué sorpresa!" – Exclamé, contenta. – "¿A qué se debe este milagro?"

– "Sólo quería conversar." – Contestó. – "¿Todo bien en su expedición a los indómitos dominios de Pan?"

– "De maravilla, hermana. Primer día y ya tenemos tremenda anécdota para relatar." – Le dije, asentándome en un tocón. – "Te contaré los detalles al regresar, pero para que te des una idea, acabamos de darnos un festín de la carne más fresca posible. Me chupé hasta los dedos."

– "Espero lo digas en el sentido más literal, porque si es un eufemismo para…"

– "No, eso aún no. Es muy temprano."

– "Ugh, sabía que lo dirías." – La escuché gruñir. – "En todo caso, espero no se hayan metido en problemas. Las cosas aquí están bastante calmadas como para que lo arruinen con algún incidente."

– "Vamos, grillita; sabes que tu vida es bastante aburrida sin nuestros percances." – Bromeé. – "Nos hubiera encantado que vinieras, Dyne. Es tan pacífico y catártico, casi como si fuera otra dimensión."

– "Deberías quedarte ahí, entonces. Los disgustos que nos ahorrarías."

– "Normalmente te retrucaría sardónicamente, saltamontes sarcástica, pero de hecho lo estamos considerando." – Afirmé. – "Las chicas y yo planeamos comprar la cabaña. Es una oportunidad demasiado buena para dejarla ir."

– "¿Tanto así? ¿No les parece una decisión demasiado apresurada?"

– "Por eso digo que debiste acompañarnos, Ale. Cambiarías de opinión después de verla. Dime, ¿no te llegó la foto que enviamos?"

– "Oh, no me di cuenta cuando llegó. Dame un segundo." – Se pausó. – "Ahora lo entiendo, te ves extasiada. ¿Tan efectivo fue el viaje?"

– "Eso y una pizca de magia sáfica, hermanita." – Bromeé. – "Incluso nos dimos un chapuzón en un estanque precioso. Nada de bichos molestos ni pescados mordelones, sólo nosotras y las translúcidas aguas. Planeamos quedarnos algunos días más, ¿quieres venir?"

– "Tique finalmente me libra de ustedes, ¿y quieres que lo eche a perder? No gracias." – Respondió. Pude oír una muy sutil risa. – "Además, dudo que haya suficiente espacio para tanta gente en un lugar diseñado para humanos."

– "En eso acertaste, Ale. Tuve que asearme afuera porque el baño parece diseñado para gnomos. Con razón Kenta es tan bajito." – Contesté, disintiendo con la cabeza. – "Aún así, seguro encontramos una manera de caber, aunque sea algo apretadas. Sería lo mejor; después de todo me gusta la cálida manera en que me abrazas al dormir."

– "No sé de qué me arrepiento más; de que tenía prácticamente tus tetas en la cara, o de que aún escucho tus horrísonos ronquidos." – Masculló la empusa. – "Me compadezco de esas dos. Pero al menos pueden estar seguras que hasta los osos se intimidarían con tan cacofónicos sonidos que salen de tu sucia garganta."

– "Si tan sólo supieras, Ale." – Contuve la risa. – "Como sea, ¿qué te hizo querer llamar a tu insoportable consanguínea?"

– "Es…" – Bajó el tono de voz. – "¿Estás sola?"

– "Sí, las chicas están lavando los platos. ¿Por qué?"

Hubo una breve pausa. Pude discernir el sonido de una puerta cerrándose. Debía estar en su habitación.

– "Hoy sería el cumpleaños número cuarenta y cinco de Giovanna." – Explicó Nikos, con tono melancólico. – "Recuerdo que ella solía pedir un par de pastelillos para celebrar, y siempre me dejaba el que mejor lucía. Y desde que obtuve el piano, yo le interpretaba las melodías que me pidiera. Eran de las pocas veces en que ella abandonaba su usual nihilismo para sonreír genuinamente."

– "Entiendo." – Musité. – "¿Estás triste por… tú sabes?"

– "En parte, pero me siento más bien feliz por los gratos recuerdos de esos efímeros momentos." – Aclaró. – "Por eso salí a caminar hoy, para distraerme un poco. Admito que me hizo bastante bien."

– "¿De verdad? Me alegro, hermana."

– "Decidí que no ganaba nada con deprimirme. Ella misma me reprendería por ser una llorona, después de todo lo que me enseñó." – Manifestó la pelinegra. – "Estuve recorriendo la zona del viejo centro comercial donde yo laboraba, el primer trabajo que obtuve al salir de Grecia. Aunque no entré ahí, sino que seguí de largo, hacia otros locales."

– "¿Te sentías incómoda de que te reconocieran en tu antiguo empleo, Ale?"

– "Es posible. No deseaba verme rodeada de gente alabándome por mis hazañas en Okayado." – Reveló. – "Sonaré malagradecida con la sociedad a la que se supone protejo, pero siento que sus palabras de aliento son meramente parte del contrato social de halagar los logros de una figura pública."

– "Ale, ¿te soy honesta? En el fondo, pienso lo mismo." – Confesé. – "Por eso no me molesta que nadie parezca reconocer lo que hicimos en la fábrica. Sólo considero genuinas las opiniones de dos clases de personas: mi familia, y aquellos que experimentaron ese terrible momento."

– "Como las rehenes que rescatamos, o veteranos como Smith y Roberto."

– "Precisamente. Conocen mejor que nadie lo que es vivir algo tan monstruoso, ya sea arriesgando la vida, o sabiendo que pueden perder a un ser amado." – Concordé. – "Sé que la gente sí está agradecida, y que nos valoran, pero, bueno, así pienso yo. Que esto se quede únicamente entre nosotras, Ale; sería un escándalo si se enteran."

– "Mi boca es una tumba." – Juró. – "¿Es éste el primer secreto de hermanas que compartimos?"

– "Me parece que sí. Las sorpresas de hoy no terminan, ¿cierto?"

Hubo otro momento de silencio, pero mi intuición me decía que mi consanguínea asentía con la cabeza. No necesitaba oírla confirmarlo, yo lo sabía instintivamente.

– "Entonces, ¿qué sucedió en tu paseo?" – Resumí.

– "Llegué hasta el Andariel's, deambulando por los pasillos sin objetivo fijo, únicamente sumergida en mi mundo interior, pero llevando un carrito de compras, para disimular." – Narró la italiana. – "Ahí, lo atisbé: un llamativo tiburón de peluche, haciendo honor a su nombre popular al ostentar una coloración similar a la del felino homónimo."

– "¿Un tiburón tigre?"

– "Precisamente. Era parte de una colección o algo así, no recuerdo, pero eso les asignaba nombres propios." – Explicó la mediterránea. – "El de ese selacio en particular era simple, pero lo único necesario para que me hiciera con él: Sameko-chan."

– "Es el destino, hermana." – Sonreí. – "¿Lo tienes ahí?"

– "Reposa en mi regazo ahora mismo."

– "¿Puedo verlo, bitte?"

– "Dame un segundo."

Pasado un momento, la bonita imagen de un escualo de felpa con atigrado diseño decoró la pantalla de mi celular.

– "Está precioso, Ale. Quizás me haga con uno para mis novias."

– "Con todo y sus pecados, Giovanna sigue siendo parte de mí." – Afirmó mi consanguínea. – "Y aunque yo misma fuera la autora de su partida, considero que recordarla es la mejor manera de honrar su memoria."

– "Ale, sé que has escuchado esto antes, pero estoy segura que ella estaría muy orgullosa de ti." – Declaré. – "Lograste obtener la libertad y respeto que buscabas, y ahora lo haces limpiando al mundo de la iniquidad que las mantuvo presas a ambas por tanto tiempo. Mientras tú vivas, Giovanna también lo hará."

– "Lo sé." – Logré escucharla exhalar tenuemente. – "Grazie, Aria."

– "Bitte sehr, Dyne." – Repliqué, sonriendo. – "¿Has hablado con papá?"

– "No, acabo de encender mi teléfono, pero creo que hay un mensaje de él. ¿Qué hay de ti?"

– "Platicamos en la mañana. Mamá lo tiene preso a la cama. No literalmente, o eso creo, pero me entiendes."

– "Quisiera no poder hacerlo." – Suspiró. – "¿Se encuentran bien? ¿Ningún percance por ser extranjeros en tierra étnicamente homogénea?"

– "Aparte de unas cuantas dificultades con la barrera del lenguaje, sin novedad en el frente." – Respondí, ocultando la razón real de todo ello. – "Pero papá piensa que estás molesta porque no has entablado charla con él. Deberías llamarle."

– "Sí, creo que tienes razón. Lo haré en este momento."

– "Le alegrarás el día." – Sonreí. – "Ale, después de esto, las chicas y yo nos reuniremos en casa de Cetania. Pasaremos la noche viendo películas, y nos gustaría que nos acompañaras."

– "No te detendrás con las invitaciones hasta que acepte alguna, ¿cierto?" – La escuché suspirar, riendo sutilmente. – "Bien, si con eso te contentas, accedo."

– "Hermana, lo hacemos porque nos agrada tu compañía." – Reiteré. – "Si en verdad no lo deseas, no tienes que aceptar."

– "Hablo en serio, quiero ir." – Aseguró la milanesa. – "Confieso que disfruté nuestra estancia en el onsen, aunque sean unas irreverentes. Detesto admitirlo, pero me siento más tranquila en su presencia. Confío en que será una velada amena."

– "Te divertirás, Ale, lo garantizo." – Manifesté. – "Por cierto, lo que discutimos la otra vez…"

– "Sí, no te preocupes por eso." – Bostezó. – "De acuerdo, es tarde y quisiera leer un poco. Envíale mis saludos a Peaches y Lala, ¿vale? Y agradéceles la invitación."

– "Con gusto. Le envías los nuestros a todas en el cuartel." – Me incorporé, estirándome. – "Cuídate, hermana. Te quiero mucho."

– "Sí, sí. Ci vediamo." – Ahí, bajó el tono de su voz. – "Yo… también te quiero…"

– "¿Eh? Perdón, la señal es muy inestable aquí. Repítelo, ¿sí, hermanita?"

– "¡Que eres una idiota, Potato!"

Y colgó.

Clásica Dyne, nunca cambia. Pero en verdad aprecié ese pequeño destello de intimidad sincera, de confianza que sólo las hermanas poseen. Poco a poco, la huraña mantis comenzaba a recobrar a la verdadera Nikos que yacía bajo esa capa de reticencia. Sonriendo, les envié la foto del tiburoncito a mis amadas y volví a su lado. Ya habían terminado de lavar y la luz del astro rey pasaba de vestir al firmamento con su fulgurante naranja al tenue ámbar vespertino. Los insectos ya comenzaban sus serenatas nocturnas, inundando el ambiente de variadas sinfonías naturales.

– "¿Tan pronto está oscureciendo? El tiempo sí que voló esta vez." – Comentó Cetania. – "Chicas, ¿tenemos suficiente combustible para el generador? Los mosquitos van a comernos vivas si no colocamos la lámpara anti-insectos."

– "Debería haber corriente permanente aquí." – Opiné. – "Dudo que construyeran un lugar de retiro con un acceso tan limitado a energía eléctrica."

– "Quizás necesitemos revisar minuciosamente, buscar indicios de que contamos con instalación propia." – Dijo Lala, mirando alrededor. – "Si no hay cables externos, deben hallarse bajo tierra."

– "Entonces habrá una tubería que guíe a la caja de interruptores." – Agregué. – "Debería estar en un lugar cerrado, protegido de la intemperie y animales."

– "¡Bingo!" – Exclamó la arpía, desde detrás del cobertizo. – "Y aquí está. ¿Por qué la habrán pintado del mismo color que la madera?"

– "Tal vez para dar la impresión de que carecía de electricidad, desanimando a los potenciales tunantes." – Arguyó la dullahan.

– "O se estaban robando la luz y no querían que los inspectores los atraparan." – Bromeé. – "Probemos si podemos prescindir del generador a base de combustible fósil."

Y para alivio nuestro, así fue. Desconectamos el generador y encendimos el interruptor. Fuimos entonces recibidas por la cálida iluminación artificial de la solitaria bombilla que iluminaba el cobertizo. Así, colocamos las lámparas anti-insectos, que calcinarían a todo bicho que osara perturbar nuestra paz. Con ello arreglado, llegó el momento de darnos una ducha para removernos el olor a sudor, carne de ciervo y oso.

– "Lindas." – Les hablé. – "Ya que tenemos luz, y no hay nadie alrededor, ¿qué tal si nos bañamos aquí afuera?"

– "Te dije que iba a proponerlo, canosa." – Le dijo la rapaz a la irlandesa, sonriendo triunfante – "Me debes una buena exfoliación de garras."

– "Debí prever que tu salaz ideología corrompería completamente a Mo chuisle, emplumada." – Suspiró la segadora, sonriendo discretamente. – "Aunque en esta solitud es innecesario anclarse al pudor. Deleitémonos de adecentarnos bajo la sempiterna belleza de la bóveda celeste."

– "¡Woo!" – Exclamó jubilosa la castaña. – "¡Fuera ropa!"

Sin dilación alguna liberamos a nuestros cuerpos de sus prisiones de tela, permitiendo nuevamente a nuestra fastuosa figura femenina impregnarse sin obstáculos del fresco aire nemoroso. A estas alturas, más que la sicalíptica emoción provocada por la ausencia de vestimenta, era la naturalidad del nudismo lo que hacía realmente placentera la experiencia; ya nos era completamente normal. Incluso Lala, que solía ser la más circunspecta, había prescindido de ruborizarse. Nuestras exhibicionistas tendencias poco a poco se transformaban en nuestro estado habitual.

Sí, es tan glorioso como suena.

Reuniendo más de esa diáfana agua del pozo, y sin molestarnos en calentarla, pues el clima actualmente era bastante agradable, comenzamos nuestra sesión de baño. Aunque compartir un momento de tan íntima índole con mis amadas me colocaba en la cúspide de la felicidad eterna, la que realmente disfrutaba era sin duda Cetania. La americana no solamente recibía el delicado trato de mis manos al tallarle su hermosa espalda, sino que también se regodeaba en las orondas ínfulas de la vanagloria al ser la ganadora en la apuesta hecha con la peliblanca, ya que literalmente la tenía a sus pies, limpiándole las escamas aviares.

– "Sabía que algún día te postrarías ante mi superioridad, enana." – Provocó la ufana halcón, cruzada de piernas. – "No olvides tallar bien la uña del dedo medio, que es mi principal arma para penetrar a la presa."

– "Regocíjate en los caliginosos humos de fatuo engreimiento mientras puedas, rapaz." – Le replicó la Abismal, limpiándole el área indicada. – "Pronto serás tú quien arquee su espalda ante la mayestática grandiosidad de mi supremacía innata."

– "Puedes besar mi americano trasero, canosa." – Retrucó la falconiforme. – "Oh, espera, ya lo hiciste. ¿Qué se siente posar tus labios sobre carne de primer-¡Auch!"

– "¿Insinúas que yo no soy de buena calidad, pajarucha?" – Le cuestioné, picándole el brazo.

– "Je, no, flaquita. Al contrario, te alabo." – Arguyó la arpía. – "Significa que eres tan divina que estás más allá de las escalas mortales."

– "Bueno, eso sí me gusta, guapa." – Le di un besito rápido. – "Aunque, en mi humilde opinión, ustedes son las verdaderas reinas en cuanto a superioridad de linaje se refiere; en este mundo, universo, y plano existencial."

– "Te doy la razón, flaca. Ahora me siento como toda una regente, siendo atendida por su fieles súbditos." – Dijo la castaña. – "Sólo hace falta que tenga a una lacaya dándome racimos de uva en la boca para ser una auténtica emperatriz romana. Y tú, azulosa, talla bien, o te arrojo a los leones."

– "Preferiría fenecer en bestiales fauces que continuar soportando la enjundia de tu presunción, plumífera." – Le contestó la irlandesa. – "Aunque por otro lado, encuentro sorpresiva la suavidad al tacto de tus escamas aviares. Mi precepto las calificaba de mayor dureza, como percibe su aparente rugosidad."

– "Gracias, enanita. Sí, nuestras escamas son bastante blanditas." – Replicó la estadounidense, acariciándose la pierna. – "Son como la piel del talón del pie. Requerimos que sean lo suficientemente elásticas para atrapar a nuestra presa, pero lo suficientemente gruesas para evitar cortarnos con las uñas."

– "Al menos sólo tienes las garras hasta el final de las piernas, y las escamas te protegen hasta el muslo, Süsse." – Injerí, enjabonando su espalda. – "Yo tenía que dormir con protectores en manos y pedipalpos para no cortarme de chiquita con mi propia quitina. Pero siempre encontraba forma de amanecer con una nueva rajada. Si éstas no fueran superficiales, tendría el cuerpo tapizado de cicatrices."

– "No es que necesiten más." – Mencionó la segadora. – "Espero sean más cuidadosas en sus futuras misiones; decorar su epidermis constantemente con hematomas y demás lesiones cutáneas no debería volverse costumbre."

– "Sí, mami." – Contestó sarcásticamente la halcón. – "Honestamente, canosa, con todo lo que vivimos deberías preocuparte de no tener que recogernos en la morgue."

– "Estoy consciente de ello. Únicamente les solicito ser más cautelosas la próxima vez." – Le respondió la peliblanca, tallándole el tarso. – "Seré yo exclusivamente quien deba darles personalmente el final, o juro que recorreré los senderos del Caos Eterno para castigar sus almas por desobedecerme."

– "Vamos, Spatzi, cálmate, que no moriremos." – Le dije, enjuagando el cabello de la pajarita. – "¿Piensas que abandonaríamos a tan bella mujer como tú? No sin colocar un anillo en tu dedo antes, linda."

– "No lo sé, flaca. Quizás sea lo mejor." – Opinó la falconiforme, cruzada de alas. – "Si así se comporta ahora, ¿qué clase de esposa será?"

– "La misma que tú, Süsse." – Afirmé. – "La mejor de todas."

La nativa de Montana y Wicklow cruzaron miradas y simplemente rieron, disintiendo con la cabeza. Ya sabían que mis respuestas siempre eran igualitarias, tratando de alabar a ambas. Proseguimos la sesión, y ya que la arpía se sentía bastante complacida con el trato real de nuestra parte, le cedió la corona a su compañera de piel añil, siendo la dullahan quien recibiría la detallada atención a su aseo personal. Yo tallaba su espalda mientras la rapaz se encargaba de sus pies. Hubo uno que otro comentario mordaz entre ellas dos, pero en sí, ambas se encontraban perfectamente a gusto de intercambiar papeles.

– "Lala, me da curiosidad, ¿tú piel nunca se quema?" – Preguntó Cetania, enjabonándole una pierna. – "Es decir, no veo ni siquiera un lunar en ésta. Es como el de una muñeca de plástico."

– "De hecho, sí, pero innato es el don de mi estirpe para que nuestra epidermis conserve la uniformidad." – Respondió la segadora. – "Tan pronto se comienza a oscurecer alguna región de nuestra piel, ésta se apresura a igualar el tono original. El Abismo nos hizo así, para demostrar que éramos criaturas perfectas ante los mortales. Desconozco las razones científicas para tan inusual fenómeno."

– "Me contaste que cuando eras niña, antes de que tus poderes se manifestaran, lucías totalmente humana." – Hablé. – "¿También en ese entonces poseías esa habilidad?"

– "Así es, A chuisle. Horas bajo el inclemente sol y mi piel seguía tan pálidamente clara." – Confirmó la irlandesa. – "Aquello no pasó desapercibido para los trabajadores de piel tostada en las granjas donde yo laboraba, e incluso Eve. Por suerte, pude mantener mi verdadera naturaleza sobrenatural en secreto."

– "Cuando me mudé a Hachijo-jima, el sol me dejó bronceada." – Le dijo la castaña. – "Debieron verme en ese entonces, estaba negrita. Mi piel recuperaba su blancura después de una semana pero, no sé, me gustaba estar algo oscura. Sentía que me hacía ver más sexy."

– "Me imagino, linda. Parecerías a esas sensuales nativas isleñas." – Comenté. – "¿Tomabas baños de sol para agarrar ese look tostado?"

– "Ahh, eran paradisiacos, flaca." – Suspiró la americana. – "Había lugares despejados en la selva donde podía impregnarme de los rayos del astro rey, y me la pasaba ahí acostada. A veces sin ropa, y otras en bikini, para dejar marcada la silueta del traje."

– "Mmm, qué provocativa debiste lucir, Süsse."

– "Bastante, pero dejé de hacerlo poco después." – Aseguró. – "Una vez la condenada Atseelia aprovechó que me quedé dormida y me colocó de esas letras con imán, de las que se pegan a los refrigeradores, en el trasero. Cuando desperté, tuve la palabra 'tonta' tatuada en las nalgas por una semana. Yo le tatué un buen coscorrón en la sesera."

– "Bueno, este lugar es perfecto para revivirlo, linda." – Afirmé. – "Cuando el calor se intensifique, podrás recostarte aquí para revivir tus buenos ayeres, sin peligro a que te marquen las pompis."

– "Iba a sugerir la playa, pero me agrada más tu idea, flaca. Aquí no hay gaviotas que se hagan encima de una. No sabes cómo odiaba a esas ratas marinas; no les importaba si soltaban sus fétidas bombas encima de una rapaz."

– "O pulpos que te rehúsen a soltarte." – Temblé al recordarlo. – "Hay ardillas kamikaze, pero son una peste menor."

– "No quisiera interrumpirlas, chicas, pero la celeridad debe tomar prioridad ahora." – Injirió Lala, señalando al cielo. – "El caprichoso Zeus ha arremolinado la tempestad en las brunas nubes y amenaza con descargar su tormentosa furia en poco tiempo."

– "Scheisse." – Mascullé. – "Bien, lindas, inicia la operación Bella Rusia: cara limpia, raja sucia."

Con ese chascarrillo para amenizar el ambiente, nos apresuramos a adecentarnos raudamente. Mis amadas me ayudaron a tallar mi enorme exoesqueleto, contando los minutos que faltaban para que la precipitación nos saludara con su gélido toque líquido. El frío se intensificaba, y los truenos marcaron la señal para que los sonidos del bosque detuvieran inmediatamente su sinfonía, advirtiendo imperiosamente del inminente aguacero. Por suerte, ya fuera que fuera un fugaz chubasco, o inclemente diluvio, la vivienda era bastante sólida y carecía de goteras.

– "Chicas." – Nos habló Lala mientras nos secábamos. – "¿Puedo hacer una osada proposición?"

– "Por supuesto, Spatzi." – Autoricé, con la toalla en mi cabello. – "¿De qué se trata?"

– "Bien, ya que nos hemos sentido tan a gusto aquí, y a lo largo del día…" – Juntó sus dedos, sonrojándose. – "¿Les parece si continuamos prescindiendo de atavíos permanentemente durante el resto de nuestra estancia?"

– "Spatzi… ¿De verdad lo estás proponiendo?"

– "B-bueno, no veo razón para mantener el recato entre nosotras." – Encogió los hombros, intensificando su rubor. – "Tú lo has dicho, A chuisle: únicamente somos nosotras, no afectamos a nadie. Y… bien, honestamente tengo curiosidad de intentarlo. ¿Aceptas?"

Hubiera dicho, ¡o mejor aún, gritado a los cuatro vientos!, que aceptaba con toda mi alma. La hubiera atraído hacia mí y besado hasta perder el aire, orgullosa de tanta sinceridad. Pero no pude en ese momento porque, inesperada e impactantemente, Cetania rodeó la cintura de la dullahan y, suavemente, plantó un ósculo en su mejilla. Tal vez fuera mi activa y lúbrica imaginación, pero me pareció que la distancia entre ambas bocas era demasiado corta. Entonces, para hacerlo todo aún más asombroso, la lengua de la arpía recorrió la ruborizada mejilla de la absorta nativa del Éire.

Antes que la estupefacta irlandesa pudiera procesar lo sucedido, o que mi quijada pudiera elegir entre tocar el suelo o esgrimir una sonrisa, la castaña le propinó una atrevida nalgada al glúteo izquierdo de la segadora, para rápidamente internarse a la casa, expulsando una sonora carcajada pícara que resonó en las paredes de la morada y los laberínticos senderos del bosque. Provocativamente, la americana extendió su toalla para secar su posterior, remarcando esos jugosos glúteos mientras movía juguetonamente sus caderas, para luego internarse en la penumbra que imperaba en los todavía no iluminados pasillos. Lágrimas de deslizaron por mis mejillas.

Lágrimas de apoteósica felicidad.

Es imposible predecir la vida. Tratar de adivinar lo que se esconde detrás de la niebla del incierto futuro es un ejercicio en la inopia. Nuestra existencia no es una historia escrita donde se sigue un patrón ordenado, estructurado meticulosamente para hacer pasar a los personajes por prefabricados ensayos, para posteriormente ofrecerles un desenlace, ya sea en cualquier espectro de las posibilidades que el autor imagine, buenas o malas. Pero aquí no. Todo sencillamente sucede en un instante. Nos sorprende con lo inesperado, lo imprevisible.

Lo vivo.

No hay protagonistas que tomen la batuta del estrellato; héroes que salven el día en eventos preparados para hacerlos brillar; deuteragonistas predestinados a enriquecer el universo de los actores principales; villanos que sirvan como dicotómicos contrastes de choques filosóficos; ni momento épico donde se declara la victoria. La vida simplemente existe y lanza los hipotéticos dados, mientras nosotros acatamos a su suerte. Pero por más aleatoria que ésta parezca, cierto es que nuestra voluntad es quien puede tornar las cartas a nuestro favor. Sólo hay que actuar, y la existencia nos recompensará con una próspera conclusión.

Como ahora lo hacía conmigo.

Sin cavilar más, sin detenerme a desperdiciar más tiempo en formular complicadas explicaciones para los cotidianos sucesos de los que era partícipe, decidí darle rienda a mi arrebolado corazón y permitir a la seráfica dicha de mi alma elevarse hasta el cenit de la alegría misma. Mis pulmones y garganta se sincronizaron para liberar un fragoroso clamor que era el más puro e infinito goce del amor, concentrado en una sonora manifestación que debió escucharse por todo Japón.

No me importaba si ese grito despertaba a algún animal de su hibernación, o si era el catalizador para que algún perdido explorador creara una fantasmagórica leyenda; únicamente deseaba hacerle saber al universo entero que, después de tantos altibajos, de tantas pruebas, heridas y cicatrices que la vida me había impuesto; finalmente lo había logrado. El cielo se había envuelto en una negra capa nebulosa, y los relámpagos eran la antítesis del idílico escenario que hubiera imaginado en mis más románticas fantasías para este suceso; pero nada de eso podría borrar la gloria tatuada en mi radiante semblante.

Era feliz; absolutamente feliz.

Desbordando una inconmensurable algarabía, ahora transformada en la más retumbante risa, tomé a Lala con uno de mis brazos y, luego de plantar en sus añiles labios el beso más profundo que pude haber concebido desde que poseo el privilegio de probar su dulce boca, me apresuré a tomar con el brazo libre a Cetania. La pajarita, riendo también con alegría, compartió un divino ósculo con su amada arachne; uno tan suntuosamente espléndido que el sonido de aquel trueno en la lejanía bien pudieron ser todos los fuegos artificiales existentes reventando al mismo tiempo, celebrando nuestra inmensa fortuna.

Giré alrededor de la gran sala con mis fastuosas mujeres, todavía en mis brazos, interpretando sincrónicamente nuestra sinfonía de felicidad que opacaba el torrencial que se desencadenaba en el exterior. Mis pedipalpos y piernas repiqueteaban en el suelo, acompasando ese regocijo vocal triple que se negaba a disminuir sus decibeles. Mi boca, entre jolgorios y tomas de aire, repartía besos a diestra y siniestra sobre mis amadas, quien gustosas regresaban el favor con denuedo. Ahí, sorteando mi físico arácnido, logré echarme de espaldas al suelo, sin dejar de cubrirlas de apasionados ósculos.

– "Danke. Danke schön." – Repetía al tiempo que las lágrimas hacían su peregrinaje por mi rostro. – "Muchas, muchísimas gracias. Prometo… prometo hacerlas las mujeres más felices que el mundo haya conocido. Yo…"

– "A chuisle, ya lo somos." – Declaró Lala, colocando un dedo en mi boca. – "Esto, el compartir tan idílico momento a tu lado, es el apotegma de la satisfacción pura."

– "No te aflijas tanto, flaca. Disfruta el momento." – Manifestó Cetania, besando mi mejilla. – "Así como disfrutamos de ti."

– "Eres la razón de nuestro existir, nunca lo olvides." – La dullahan besó la otra, ofreciendo su mano a la rapaz. – "Y somos nosotras quienes te agradecemos por abrirnos los ojos."

– "Tenías toda la razón, Aria; todo es mejor en alianza." – La castaña unió su mano con la de la segadora. – "Y en ocasiones, descubrimos que el amor no posee límites cuando es verdadero."

– "¿Cuándo? ¿Cómo fue?" – Pregunté, secando mis lágrimas. – "¿Cuándo se dio la chispa inicial?"

– "Difícil es hallar el génesis de tal odisea sentimental." – Aseguró la peliblanca, besando mi hombro. – "Pero podemos afirmar que nuestra convivencia en la fiesta dio fruición a los primeros pasos."

– "Aunque ya habíamos sembrado las semillas de la verdadera amistad desde antes, cuando reconocimos que ambas éramos dignas de tu amor." – Agregó la halcón, hundiendo su rostro en mi cuerpo. – "Sólo era cuestión de pasar más tiempo juntas para limar las asperezas. Eventualmente, todo se dio de manera natural."

– "Los días en el hospital fueron un gran avance en nuestra relación. Nuestras similitudes nos hacían reflejos fidedignos."

– "Y el onsen ayudó a aceptar lo que nos negábamos a admitir. Decidimos guardarte la sorpresa para ver esa hermosa sonrisa que esgrimes ahora, flaca."

– "¿Sabes por qué puedes estar segura de que es real, y no sólo para complacerte, A chuisle?" – Me preguntó la Abismal, reposando su rostro en mi ser. – "Porque no nos presionaste, ni obligaste; simplemente nos enseñaste el camino, y nosotras lo recorrimos por voluntad propia."

– "Aria; Lala y yo apenas estamos comenzando a aceptarnos en nuestros corazones." – Afirmó la falconiforme, llevando su mano y la de la irlandesa hacia mi pecho. – "Y nosotras deseamos que éstos latan junto al tuyo, para siempre."

– "No preguntes el cómo y cuándo, porque tú ya conoces la respuesta, A chuisle." – Aseguró la dullahan, besando mi cuello. – "Sólo preocúpate por lo que viviremos a partir de ahora, unidas."

– "La historia se repite, Aria." – Añadió la arpía, propinando ósculos a mi cuello también. – "Al igual que sucedió con Alemania, esta noche seremos una sola nación; una donde el amor impere en su totalidad."

– "Las amo, las amo tanto. Jamás me sentí tan contenta en mi vida." – Regresé los besos a sus bocas, aún sollozando. – "Perdón por llorar, lindas. Sólo estoy tan agradecida."

– "Está bien, A chuisle. Hoy acordamos dejar salir todo." – La segadora mimó mi cabello. – "Pero no hay qué agradecer; amar incondicionalmente es el axioma que nos caracteriza a las tres."

– "Ya, flaquita. Como dice el shampoo: no más lágrimas." – La nativa de Montana acarició mi barbilla. – "Anda, alégrate, que hoy estamos de fiesta."

– "Jawohl, meine Kaiserin. Mein Herz gehört Dir." – Junté mi frente con la de ella. Luego, hice lo mismo con la de Abismal. – "Ohne Dich kann ich nicht leben, meine Königin."

Mi corazón les pertenecía, y no podría vivir sin alguna de ellas. Habían escuchado las mismas frases infinidad de veces, y a pesar de ser oídas ad nauseam, el impacto de éstas no era mermado por la recursiva habitualidad. Después de todo, una no puede cansarse de amar.

– "Confieso que no esperaba que me sorprendieran así." – Admití. – "No sé, imaginé que sería yo quien les pondría el anillo a ambas, rogándoles por aceptar mi propuesta; y ustedes me darían el 'sí'."

– "Así es esto, flaca, sin tanta pomposidad. Guarda las impactantes revelaciones para las películas y novelas." – Dijo la castaña. – "O para tus padres. Ya viste que casi se nos va el alma cuando tu papá confesó lo de Pepper. Y no olvides lo dramática que se puso tu madre cuando se enteró de su aventura con la mamá de Dyne, que en paz descanse."

– "O la pelea a muerte entre ciertas personitas en el centro comercial." – Retruqué. Ahí, las acerqué hacia mí. – "Descuiden, lindas, me alegro que de todo eso haya quedado en el pasado por fin. Sólo tengo una pregunta: ¿esto no es por efecto de la luna llena, verdad?"

– "Yo me tomé, durante el almuerzo, la bebida inhibidora que nos dio la doctora Redguard antes de venir." – Respondió Cetania, pasando su dedo por mi brazo. – "Pero me conoces, flaquita; llevo lo caliente en el ADN, luna llena o no. Y tú eres la llama que mantiene mi horno encendido."

– "Los Abismales somos inmunes al plenilunio, A chuisle." – Contestó Lala, pasando el suyo alrededor de mi pecho. – "Mas no precisamos de la lúbrica influencia de Selene para decantarnos por los mayestáticos placeres de la carne."

– "Mmm, me encanta oír eso, ricuras. Todo es más apasionado si el amor es real." – Acaricié suavemente sus tersos traseros, mordiéndome los labios. – "¿Qué les parece si celebramos nuestra unión rindiendo rijoso culto a Safo, hasta que Helios aparezca de nuevo en el firmamento?"

– "Juju, sí que eres golosa, flaca. Pero no hay que comenzar por el plato principal." – La americana puso su índice en la punta de mi nariz. – "Mejor juguemos a algo primero, para entrar (aún más) en calor."

– "¿Qué tienes planeado?" – Le cuestionó la irlandesa.

– "Gimme a sec, luvs. I'll be right back."

La halcón se incorporó, internándose en la cocina. No encendió la luz, ya que su visión es mejor que otras arpías en las penumbras, y el foco exterior proveía suficiente iluminación. Un par de segundos después, regresó con una botella de agua en manos. Nos pidió que nos sentáramos, formando un círculo. Verdad o reto, un clásico de las pijamadas.

– "Me quedé con las ganas de seguir jugando desde la fiesta de Mio." – Dijo la falconiforme, colocando la botella en el centro. – "Somos pocas, pero al menos no tenemos que escondernos nada. Ya saben, chicas: mismas reglas, ningún límite. Y nada de negarse."

– "Cualquiera pensaría que nuestras opciones de realizar desafíos son exiguas debido al aguacero." – Opinó la segadora. – "Pero mi intuición me dice que muchos de éstos serán de escabrosa índole."

– "Esto se pondrá bueno." – Mi abdomen arácnido rebotaba ligeramente de la emoción. – "Gírala, Süsse."

– "Here we go." – Anunció la aludida. – "¡Let the fun begin!"

El transparente envase dio vueltas sobre su propio eje, realizando incontables revoluciones por minuto mientras pensábamos qué preguntar a proponer a las demás. La expectación brillaba en los ojos de todas. Finalmente, el extremo más delgado se detuvo en dirección de la emplumada. Con una segunda vuelta, se me marcó como la señalada para ordenarle. Cavilé por unos segundos; podía preguntar lo que deseara, podía dictaminarle alguna locura. Posibilidades infinitas, todo el tiempo del mundo.

– "Una sencilla, para satisfacer mi curiosidad." – Expresé. – "¿Quién fue la primera persona que se enteró que preferías jugar para el equipo ganador?"

– "Atseelia." – Replicó la rapaz, sin dilación. – "Fue la primera en notar que me interesaba en demasía por las mujeres de la tribu. Tampoco es que pudiera ocultarlo bien; ya les conté que yo mostraba mucho entusiasmo por los bailes que realizábamos al desnudo, ejercitándome y deleitándome la vista al mismo tiempo."

– "¿Te lo hizo saber?" – Interrogó la peliblanca. – "¿O fingió que no se dio cuenta?

– "Lo último. De por sí no hablábamos mucho, y después que lo supo, dejó prácticamente de dirigirme la palabra." – Contestó la castaña, mirando al techo. – "Palakya prontamente lo supo, y aunque no me confrontó directamente, noté que ella solía resaltar continuamente nuestro deber para con la especie y la tribu; además de las bondades de los hombres, y la importancia de reproducirnos."

– "Scheisse." – Disentí con la cabeza. – "Lamento haber revivido los malos recuerdos, Süsse."

– "Ay, no te preocupes, flaca. Que lo supieran fue el mayor alivio para mí." – Desestimó con el ala. – "Sí, me distancié más de mi única familia, pero al menos ya no debía aparentar algo que nunca fui. Me liberé de un gran peso, y eso es lo único que importa."

– "De acuerdo, linda." – Besé sus labios. – "Es lo que me agrada de ti, que eres fuerte."

– "Contemplando el lado positivo, te mantuviste firme a tus ideales y nunca te doblegaste a sus demandas." – Añadió la Abismal. – "Tales durezas ayudaron a formar el carácter necesario para tu labor actual."

– "Ya párenle, lisonjeras, que exageran." – Rió la estadounidense. – "Pero sé que soy un amorsh. Vale, flaca, te toca a ti girarla."

Segundo round, fue el turno de la falconiforme para comandar a la dullahan.

– "Bien, quiero despejarme de toda duda de una vez, enana." – Manifestó la halcón. Había un reluciente destello en sus ojos. – "Cuéntanos sobre la primera vez que te probaste a ti misma."

– "Oh, y-ya veo..." – El rubor regresó al rostro de la segadora. – "¿Realmente tengo qué?"

– "Reglas son reglas, chaparra." – La emplumada sonrió maliciosamente. – "No nos mantengas en suspenso; devélanos los jugosos detalles del auto-cunnilingus primordial, Abismal."

– "Vamos, Spatzi, estás en confianza." – Insistí, sonriéndole. – "Ya te tocará devolverle el favor."

– "Toma coraje aceptar el tácito contrato que acepté." – Suspiró la peliblanca. – "De acuerdo; sucedió en la primera semana que mis poderes se habían manifestado. Era de noche, alrededor de las diez. Había sido una jornada pesada en la granja, siendo la época de cosecha. Bastante productiva, por cierto. Logramos obtener un poco de ésta para la cena."

– "Perdona que te interrumpa, azul, ¿pero qué cultivaban en tu aldea?" – Injirió la rapaz.

– "De todo, pero aunque suene a demasiada casualidad, la mayoría eran patatas." – Respondió. – "Es la principal producción de Irlanda, después de todo. ¿Por qué la duda?"

– "Tus mejores platos las incluyen como ingrediente principal, junto a la carne." – Comentó la castaña. – "No sé, me pareció curioso que ambos elementos se relacionen con tus sedes de labor principales de niña: el matadero y la cosecha."

– "Hey, en una interesante observación, Süsse." – Opiné. – "Y esa familiaridad la volvió una experta en ambos. Sus viandas son auténticas maravillas."

– "Ahora soy yo quien les pide detengan sus reincidente zalamerías." – Se sonrojó la dullahan, sonriendo. – "Go raibh maith agaibh. Siempre me esmeraré por proveerles de dignas vituallas."

– "Vale, disculpa la intromisión, azulosa. Continúa, por favor." – Solicitó la halcón.

– "De acuerdo. Yo me había metido a la tina, mientras mi madre se había retirado a su patrulla nocturna." – Prosiguió relatando. – "El cielo estaba despejado y ella disfrutaba de paseos bajo la luna, así que no volvería hasta la madrugada. Más que adecentarme, aprovechaba esos momentos de soledad absoluta para inspeccionar a mi nueva yo. Con la tina vacía, desprendía mi cabeza y la colocaba de manera que tuviera una vista completa a mi figura."

– "Hablando de eso, ¿nunca te dio cosa el que tu carne descubierta tocara superficies sucias?" – Interrogó la arpía. – "Sé que eres prácticamente inmune a las infecciones, pero aún así no quiero imaginarme qué pasaría si de repente te entrara polvo o tierra en el esófago."

– "La misma cuestión me hizo Mo chuisle en nuestras conversaciones de cama." – Sonrió comprensivamente la segadora. – "Descuida, Cetania; te mostraré."

Ahí, incorporándose, la nativa de Wicklow se retiró la cabeza, exhibiendo su habitual vistazo a su anatomía interior. Me costó un poco acostumbrarme a no reaccionar a tal vista, pero con sesera o no, mi irlandesa seguía siendo hermosa. Entonces, una fina y bruna niebla comenzó a manifestarse en los extremos decapitados, moviéndose sinuosamente igual que un fuego fatuo, ocultando por completo las partes descubiertas.

– "La niebla es meramente un método de censura." – Elucidó Lala, cargándola en un brazo. – "Nuestra energía oscura crea una invisible capa entre las zonas expuestas, evitando la introducción accidental de sustancias externas. Pero es como una burbuja; si colocamos mucha presión, la barrera se rompe. También podemos retirarla a voluntad, para facilitar ingesta de alimentos directamente al tracto intestinal, por ejemplo."

– "Suena informativamente tétrico." – Comentó Cetania, observando con curiosidad. – "Espera, si puedes crear esa niebla, ¿por qué siempre nos muestras la versión gore?"

– "La muerte siempre será la gran sombra que recuerde a los mortales su efímero tiempo en la existencia." – Replicó, con un dejo de orgullo. – "Y si experimentas el ominoso horror de sempiternos eones invadir tu alma, entonces mi abismalmente terrorífico trabajo se ha completado satisfactoriamente."

– "Tienes la conchita caliente."

Con jactanciosa sonrisa, la americana se sentó en su trono de vanagloria al atestiguar que las palabras proferidas, referentes a la elevada temperatura corporal de la feminidad, eran el infalible as bajo la manga contra la dullahan; su kriptonita verbal. La irlandesa, roja como granate, dejó caer su cabeza de la impresión. Por suerte sólo fue un pequeño rebote inofensivo. Mientras yo le ayudaba a acomodársela de vuelta, la nativa de Montana estalló en una carcajada. Sin dejarse ganar por la emplumada, la segadora inició una corta persecución por la sala, dando vueltas alrededor de mí, intentando hacerse con la burlona halcón.

Divirtiéndose.

La americana culminó su huida atrincherándose en mi regazo, siendo rodeada instintivamente por mis brazos, devolviendo ella el gesto. Nos dimos un amoroso beso, recorriéndonos la figura, palpando ese calor que compartíamos. Contemplamos a la Abismal detener su paso para hincarse frente a nosotras. En los semblantes de nuestro triunvirato, sólo se atisbaban sonrisas y miradas llenas de cariño. Entonces, Lala, parsimoniosamente, tomó de nuevo su cabeza y nos la ofreció.

Una dullahan, con pleno control de su cuerpo, y sin necesidad de recurrir a ayuda de terceros, nos otorgaba el honor de sostener su punto más vulnerable. Aquello era el símbolo de mayor confianza que una mensajera celta del Inframundo podía realizar. Lo hizo conmigo, aquella fastuosa noche cuando finalmente manifesté mi amor imperecedero hacia ella. Y ahora, repetía el proceso con Cetania, cimentando su absoluta convicción en esta nueva etapa de nuestra relación.

Con delicadeza, la pajarita la tomó en sus manos prostéticas y, sin borrar la sonrisa, juntaron sus frentes. Luego de esa escena tan bonita, la arpía la alzó hasta la altura de mi cara. Tomando la sesera de mi amada de piel añil, le planté un glorioso ósculo en sus tersos labios, degustando el sabor de nuestras bocas, y recreando aquellas pícaras batallas entre lenguas. Jamás nos cansaríamos de los mismos juegos. Con otro beso, le entregué la cabeza a la rapaz nuevamente.

Y, gloria eterna a Arachne, se besaron.

No en la mejilla, ni en alguna zona aledaña a la circunferencia facial; sino en la boca. Con la pasión que sólo las almas gemelas poseen, las mujeres que más adoraba intercambiaron un mayestático ósculo. Sus lenguas se abrieron paso a través de sus labios y, en ese ring que era la cavidad bucal, se enfrascaron en fogosa lucha. Tantas fantasías, tantos sueños donde esta misma escena se reproducía una y otra vez, cada vez agregando nuevos detalles, pero manteniendo la esencia romántica intacta… y ahora podía atestiguarla, experimentarla, vivirla en carne propia.

Gozarla.

Saliendo de mi mesmerizado estado, con una mueca de dicha indeleble decorándome, las atraje hacia mí, transformando ese ósculo dual en un candente beso triple. Labios y lenguas se recorrían a placer unas a las otras; nuestros sabores se mezclaban para formar homogéneas combinaciones adictivas; gemidos de pasión y placer eran indistinguibles, pero continuaban formando epicúrea música para nuestros oídos. Fue breve, y nos separamos al poco tiempo; pero el imperioso sentimiento contenido era tal que la eternidad quedaría muy corta para abarcar toda su extensión. Nos miramos por unos segundos, sonriendo, y repetimos el proceso de nuevo.

¿Qué puedo decir? Así es el amor.

Más que satisfechas con ello, Cetania regresó a su lugar, tomando el cuerpo de Lala con ella. Éste reposaba tranquilamente sobre las piernas de la arpía, entrelazando sus manos. Por mi parte, me quedé con la cabeza de la segadora, descansando en mi regazo, acariciándole yo su platinado cabello blanco.

– "Esa noche decidí explorar con mayor detalle mi figura." – Reanudó la irlandesa. – "Para ese entonces yo ya era una adolescente, así que ésta se encontraba bien desarrollada. Después de un vistazo general, tomé mi testa y la acerqué hacia mis pechos. Siempre me intrigó la dicotomía entre mi añil dermis y mis rosados pezones. Me parecía que no cuadraban con el resto de mi tonalidad cutánea."

– "Te lo dije en el onsen, chaparra: me gustan tus rosados botoncitos." – Le habló la rapaz, acariciándole uno en el dedo. – "El azul combinaría mejor, pero lucirían como gomas de mascar. Es ese contraste lo que los hace tan llamativos y atractivos."

– "Y son más hermosos cuando se ponen gruesos y duros por la excitación." – Añadí, colocando mi índice en la boca gimiente de la Abismal. – "Me encanta hacerlos salir de su escondite cuando se hallan retraídos, como tímidas florecillas. Son tan tiernos que mi lengua no puede esperar a lamerlos, como dulces."

– "Mmm, a mí también me gusta eso, flaca." – Afirmó la castaña, mirando sus pechos. – "A veces me los estimulo sólo para observarlos florecer, como dices. Holy molly, que volvimos a interrumpirte, azulosa. Disculpa."

– "Uhm, está bien; sus alabanzas respecto a mi cuerpo son más que bienvenidas." – Respondió la peliblanca, sonrojada. – "Pero, ¡ahh!, es difícil concentrarse en mi relato con tus sugerentes caricias sobre mis carnosidades pectorales, Cetania."

– "Whoops, sorry." – La aludida le soltó el pezón. Entonces, volvió a jugar con éste. – "Bueno, un par de pellizquitos más y ya. Listo, puedes proseguir, enanita."

– "Está bien. Como decía, contemplé por largo tiempo mis pechos, inspeccionando cada pequeño poro y patrón dérmico." – Continuó la dullahan. – "Creo que en esos momentos ya comenzaba a aflorar mi preferencia por las intrincadas particularidades del cuerpo femenino. La curiosidad finalmente me llevó hasta mi entrepierna, una abertura reluciente y húmeda por el reciente baño. Al igual que mis mamas y areolas, el interior de ésta era de un llamativo rosa."

– "Un color tan dulce como su sabor, Spatzi. Eres hermosa." – Le susurré a sus oídos. – "¿Te sientes a gusto reposando cerca de la mía, amor?"

– "Sí, A chuisle; me gusta la calidez que emana." – Sonrió. – "Además, su aroma a feromonas puras es agradable."

– "La concha me huele mejor que la boca; no sé si es cumplido o no." – Reí. – "Mírennos, chicas, hablando tan casualmente sobre indecentes temas. Esto es lo que somos realmente en el fondo, ¿cierto?"

– "¿Unas irreverentes depravadas? Noticias viejas, flaquita." – Comentó la americana. – "Y no creo que seamos las únicas. Diablos, estoy segura que Yuuko y Mio hablan de lo mismo cuando están a solas; esos largos silencios antes de que empiecen a topar la cabecera de la cama contra las paredes no creo que sean sólo para darse mimos."

Aunque tampoco es que fuera el único tema que tratáramos. Sólo que, ahora que podíamos hacerlo sin tapujos, era un aspecto que disfrutábamos mucho de frecuentar. Sí, seguimos siendo unas calenturientas de atar, ¿y qué?

– "Habla mucho de lo bien que compaginamos al hallarnos a gusto para tratar estos tópicos con tanta libertad." – Agregó la segadora. – "Prosigo. Confieso que sentir mi rostro tan cerca de mi feminidad era estimulante. Tan pronto mi cálida respiración hizo contacto con la delicada piel de mi venusino monte, me estremecí por la sensación. Incitada, soplé ligeramente, y la sensación se hizo más intensa, permitiéndome escapar un corto gemido."

– "Süsse también disfruta de sentir el aire acariciarle su intimidad." – Comenté, llevando mi dedo índice a la boca de Lala. – "Lámelo, linda. Esa noche que estuvimos juntas, se chorreaba como manguera cuando le soplaba su ya de por sí mojada cuevita del amor."

– "Lubricamos mucho para facilitar el apareamiento y la puesta de huevos, flaca. Aunque creo que produzco más de lo normal." – Dijo la halcón, lamiendo el índice de la irlandesa. – "Ah, qué bonitos dedos tienes, enanita. Sigue, sigue, que se puso bueno."

– "Aunque suene inverosímil, jamás me había tocado a mí misma. Mi libido aún no poseía factor para manifestarse." – Narró la peliblanca, pasando la lengua por mi dedo. – "Mi corazón latió briosamente al descubrir la dicha de ese personal placer, y mis ojos permanecieron cautivados por la viva reacción de mi feminidad; temblando, abriéndose ligeramente. El botón de carne que yacía entre mis labios salió de su escondite, aumentando su grosor ligeramente; y mis interiores se humedecieron."

– "Los míos también." – Musité, girando la cabeza de mi amada. – "Spatzi, haz lo mismo. Sóplame."

– "Con gusto, A chuisle. Acércame."

– "Mmm, qué rico." – Gemí al palpar el aire pasar por mi entrepierna. – "Ahora bésala, por favor."

– "Claro, amor." – Plantó un ósculo a mi feminidad, incluso pasó la lengua. – "Adoro tu salvaje sabor."

– "Ahh, danke, Spatzi. Te quiero, linda." – Nuestros labios se encontraron. – "Prosigue."

– "La respiración se me entrecortó, el aroma me hipnotizaba, y en un arrebato de lúbrico deseo, mi órgano bucal se estiró hacia el interior de esa rosada cueva." – Relató la dullahan. – "Al principio, el sabor me desconcertó. No era dulce, pero tampoco desagradable. Realicé un segundo intento, esta vez más lento, parsimoniosamente empeñada en palpar la textura mis labios inferiores. Empero, la suerte no me permitió gozar más tiempo de aquella ambrosía, pues mi madre hizo inesperado acto de aparición."

– "Holy fuck. ¿Te atrapó en pleno acto?" – Preguntó la falconiforme.

– "No, afortunadamente ella mantenía la costumbre de tocar primero la puerta, además de que coloqué seguro." – Contestó la Abismal. – "Pude excusarme declarando que buscaba soledad para internarme en una meditación profunda, fingiendo estoicismo mientras mi cuerpo desesperadamente buscaba encontrar mi cabeza. No tenía dominado del todo el controlar ambas mitades aún, así que fue una experiencia realmente exasperante."

– "¿Qué crees que hubiera pasado si te atrapaba?"

– "Lo ignoro; quizás me hubiera hecho trabajar aún más duro como castigo. Jamás traté tales temas con mi matriarca." – Reveló la segadora. – "En todo caso, esa fue la última vez que realicé tal acto, o me interesé en retomar la autosatisfacción. Agradezco a Mo chuisle por devolverme la sonrisa al redescubrir mi ferviente sexualidad. Y a ambas, por permitirme manifestarla sin reservas."

– "Y a ti, por compartirla con nosotras." – Juntamos nuestras narices, estilo esquimal. – "Anda, te toca ahora, querida."

Colocándose de nuevo la cabeza, la nativa del Éire giró la botella, designándome a mí para complacer los deseos de mi reina de piel azul.

– "A chuisle, tal vez te parezca un trucado huroneo, pero sólo es para satisfacer mi curiosidad." – Manifestó. – "Responde: de no estar yo presente, y excluyendo a Rachnera, ¿quién te hubiera atraído, de las residentes de nuestro hogar?"

– "No vas a decapitar a nadie, ¿verdad, Spatzi?" – Tragué saliva. – "Ya aceptaste a la pajarita. No veo que aún te queden celos."

– "Te repito que no hay subterfugio en mi cuestión, sólo mi caprichoso fisgoneo." – Sonrió. – "Adelante, sin temor."

– "Bueno, igual ya puedo morir feliz." – Suspiré, riendo tenuemente. – "Bien, sin ti o Rachnee, sin duda hubiera posado mis ojos en Centorea."

– "Je, es casi histórico." – Comentó la halcón. – "Alemania siempre tratando de conquistar a la Gran Bretaña."

– "¿Cerea?" – Interrogó la irlandesa. – "¿Por qué la equina?"

– "Tú sabes, linda; la ojizarca posee dos grandes razones para fijarse en ella." – Alcé mis pechos. – "Pero más allá de su agraciado pectoral, supongo sería por la nobleza innata que irradia. Descendiente de guerrera estirpe, lealtad inquebrantable y, aunque pueda excederse con ello, también es muy servicial. Una auténtica mujer caballero de espada y escudo que lucha con denuedo. En cierto modo, me recuerda a ti, Spatzi."

– "Cualquiera tomaría eso como un intento por apelar a mi simpatía, pero sé que lo dices en serio, A chuisle." – Respondió la dullahan, asintiendo. – "Gura míle."

– "Ese fuego que emana de un corazón de batalla es lo que te atrajo de mí y Lala; ¿no, flaquita?" – Habló la rapaz. – "Nuestras voluntades indómitas. Te gustan aguerridas."

– "Eso, y porque la centáuride está guapa." – Encogí los hombros. – "Digo, si voy a enamorarme, que sea de alguien bonita, ¿no?"

– "En todo caso, pensé que elegirías a la descendiente de Neptuno." – Dijo la peliblanca. – "Tomando en cuenta que es la más amable y refinada de todas las inquilinas, incluyéndome. Sin contar la gran amistad que ha forjado con tu congénere tejedora."

– "No me gusta el pescado, linda." – Bromeé. – "Mero no tendría empachos en lo de un trío, pero seguramente todo escalaría hasta que ella me clave un cuchillo mientras duermo, para satisfacer su hambre de tragedias."

– "¿Has fantaseado con Cerea, flaca?" – Preguntó la castaña.

– "Sí, pero sólo fueron pensamientos efímeros." – Contesté. – "Además, ¿les revelo algo? Siempre pensé que ella haría mejor pareja con Rachnera."

– "¿Razón de tal deducción, A chuisle?" – Indagó la Abismal.

– "Es mera fantasía, pero ustedes me darán la razón de que los opuestos se atraen." – Repliqué. – "La bien portada guerrera equina, seducida por la pervertida arachne. Mientras ella lucha por no rendirse ante la sicalipsis de su quitinosa apresadora, descubre que tienen más en común con ella de lo que imagina. Y, no sé, siento que en el fondo Shianus desea liberarse de toda esa modestia, aunque sea por una vez en su vida."

– "Es una teoría alocada, pero igual es plausible." – Opinó la americana. – "Es decir, su madre rompió las reglas para procrearla con su padre humano; debe llevar algo de rebeldía en su sangre."

– "O sólo soy una tonta por andarla emparejando con la tejedora, como si fueran personajes de anime." – Reí. – "Descarten mis burradas, lindas, y prosigamos con el juego. Me toca."

La botella volvió a su circular danza sobre su eje, decidiendo que yo preguntaría algo a la falconiforme.

– "De acuerdo, Süsse. ¿Cuál es (o sería) tu posición favorita?"

– "Je, ésta, flaquita."

Ahí, la halcón se colocó en cuatro y, con la cabeza pegada al suelo, alzó su ponderado trasero, abriendo un poco las piernas. Como si eso no fuera suficiente, apartó sus glúteos con sus manos, dejándonos contemplar sus apetitosas zonas erógenas. Su glabra feminidad se mostraba húmeda, secretando sus jugos lubricantes que le recorrían los muslos. Movió tentadoramente su posterior y se dio unas cuantas nalgadas, sabiendo que adorábamos ese lado descarado de ella, la pecaminosamente hermosa Cetania.

– "No me molesta admitir que soy sumisa. Me encanta que me dominen." – Declaró la arpía. – "Creo que es porque sé que puedo confiar en la persona a mi lado; me hace sentir segura. Ese sentimiento lo que más añoraba cuando era pequeña."

– "Cetania, me parece que podemos finalmente prescindir de la lista; somos prácticamente idénticas." – Manifestó Lala. – "Compartimos incluso la misma pose predilecta, y la razón de ésta."

– "¿Eh? ¿De verdad, enana? Siempre pensé que eras las que preferían tener a la araña lamiéndole los pies. Ya sabes, complejo de chaparrita y eso."

– "Nos gusta intercambiar papeles, así disfrutamos de todo el panorama sin encasillarnos en un solo rol." – Agregué. – "Aunque no negaré que a mi Spatzi le encanta ser la mandamás la mayoría del tiempo. Y yo no puedo negarme a los deseos de mi reina de Wicklow."

– "Bueno, al menos cuento con tu experiencia para que me instruyas." – La estadounidense meneó de nuevo su trasero. – "Oh, flaquita~ Tu pajarita quiere que le comas la colita~"

– "¡La cuestión principal ya fue respondida, emplumada!" – La dullahan le pegó una sonora nalgada. – "¡Cesa el contoneo de glúteos y gira el envase, como buena esclava!"

– "¡Ay!" – Exclamó la nativa de Montana, incorporándose. – "¿Quién te entiende, canosa? Primero las besas, y luego las maltratas. A ti será quien ponga en cuatro, ya verás."

Tallándose el trasero, la rapaz hizo dar vueltas a la botella. Fue la castaña quien debía ordenarme. Una malévola sonrisa se dibujó en su rostro.

– "Dinos, flaca. ¿Alguna vez te has dado placer con algún objeto cotidiano?" – Cuestionó ella. – "No juguetes, sino cosas no diseñadas para ello."

– "Actualmente, sí, pero creo sólo han sido como tres veces." – Confesé, mostrando mis manos. – "Con estos dedotes no necesito de más. De hecho, una vez lo hice porque quería experimentar cómo era dejarse algo dentro por largo tiempo."

– "¿Eh? ¿De verdad, A chuisle?" – Preguntó la irlandesa. Me pareció ver un destello en sus ojos. – "Sacia nuestra curiosidad, por favor."

– "Sí. Los primeros dos fueron simples intentos, por curiosidad." – Revelé, ruborizándome ligeramente. – "El mango de un cepillo de dientes eléctrico fue el primero. Vibraba, y aunque era bueno para estimularme el clítoris, no encajaba muy bien en mi cuevita."

– "Me imagino que la textura del plástico se pega al interior." – Opinó la falconiforme.

– "Precisamente. Preferí no arriesgarme." – Asentí. – "El segundo fue un recipiente de plástico; tenía forma de banana, y encajaba bien. Empero, cuando escuché un crujido, señal de que se estaba rompiendo, cesé de inmediato."

– "Advertencia oportuna." – Dijo la segadora. – "¿Cuál fue el tercero?"

– "Ese fue el único que sí pude disfrutar bien. Era un imán, de esos de forma ovalada que parecen supositorios." – Narré. – "Como era más pequeño, sería un problema sacarlo de mi vagina."

– "¿Te lo insertaste por la entrada trasera, flaca?" – Teorizó la emplumada.

– "Correcto. Y honestamente, me encantó." – Me mordí los labios, nerviosamente. – "Les contaré un pequeño secreto: como las zanquilargas somos tan predilectas por la estimulación anal, el comercio de productos para tales fines es actualmente común en Sparassus. Logré hacerme con un poco de lubricante especial y un envoltorio de látex, muy parecido a un preservativo. Así podría metérmelo sin lastimarme."

– "Espera, A chuisle." – Injirió la peliblanca. – "Si dices que actualmente aquello no es un tabú, ¿no hubiera sido más fácil hacerte con un juguete específicamente diseñado para ello?"

– "Por supuesto, linda, pero sucede que es ilegal venderle artículos eróticos a niñas de catorce años." – Esclarecí. – "Los demás objetos son usados en nuestras clases de educación sexual, por lo que pude hacerme con ellos sin problemas, alegando fines académicos. Por supuesto, todo lo hice a espaldas de mi abuela, que me hubiera dado una buena tunda por cochina."

O me las quitaba para su propio beneficio; y aunque eso me diera pesadillas, hubiera sido lo mejor. Sigo pensando que la vieja Diva estaba tan amargada porque no podía desahogarse. Tanto tiempo con la estufa encendida la hizo incinerarse.

– "Como sea, ya con el imán perfectamente envuelto y lubricado, procedí a insertarlo con cuidado." – Sonreí, recordando la sensación. – "No dolió; nuestro ano puede ensancharse con facilidad, así que lo introduje sin problemas. Gemí al sentir cómo el objeto recorría mi interior, siendo empujado por mis músculos rectales. Ya había usado los dedos antes, pero ahora se sentía más rico. ¿Y quieren oír lo mejor? Me atreví a andar por la casa con eso metido."

– "Eterno Abismo…" – Musitó la dullahan, con respiración algo más agitada. – "¿No te descubrieron?"

– "He ahí el reto. Cualquiera podría detectar mi olor a feromonas, pero por suerte el olfato de mi abuela ya no era tan bueno." – Relaté, dándome la vuelta y alzando mi abdomen arácnido. – "Sin embargo, como pueden ver, mi hoyito al descubierto, que pulsaba por el estímulo, podría delatarme. No ayudaba que de vez en cuando se me escapara un gemidito de placer."

– "Sí que estás loca, flaca." – Opinó la arpía, riendo tenuemente. – "¿Cuánto tiempo duraste en tu intrépida aventura?"

– "No mucho; pude recorrer desde mi cuarto hasta la sala, en el primer piso. Mi abuela me pidió que limpiara el viejo reloj de péndulo, y lo hice, temerosa y excitada al mismo tiempo. Sí, sabía que me arriesgaba a lo peor, pero aún así seguí adelante. Lo disfrutaba demasiado como para detenerme."

– "La emoción de algo tan sicalípticamente prohibido…" – Bisbiseó la irlandesa. – "¿Qué más sucedió?"

– "Bueno, la magia se acabó pronto. La vieja Diva me pidió ir a comprar víveres." – Continué. – "Ahí ya no quise seguir; arriesgarme a ser descubierta en público era mi límite. Rápidamente me excusé para ir al baño y me apresuré a intentar sacarme el imán. Pero oh, destino mío, se negaba a salir."

– "Justamente lo peor que podría suceder." – La rapaz tembló. – "¿Muy adentro, flaca?"

– "No, demasiado largo. La geometría del imán lo hizo quedar atrapado." – Respondí. – "Me encontraba tan asustada que no podía concentrarme para coordinar mis músculos. Finalmente, con la presión de mi desesperada abuela tocando la puerta, pujé hasta que el objeto foráneo fue expulsado y me deshice de éste en la basura. A partir de ese día, decidí que usaría exclusivamente mis dedos para satisfacerme."

– "Viviste la adrenalina de principio a fin." – Bromeó la castaña. Titubeó unos segundos antes de hablar. – "¿Les confieso algo? A mí también me sucedió algo similar."

– "¿Cómo sucedió?" – Interrogó la Abismal.

Haciéndonos ademán de acercarnos, obedeciendo nosotras, la americana relató.

– "Comenzaba mi época de celo, tenía trece, y la concha me palpitaba todo el tiempo de lo caliente que estaba. Era de noche." – Dilucidó la halcón. – "Me la pasaba rodando por la cama, fantaseando que alguna de nuestras vecinas se revelaría como lesbiana y entre ambas nos calmaríamos las ansias. Atseelia descansaba en casa de unas amigas, y Palakya dormía como un tronco en su habitación. No tener manos siempre era una tortura, así que, harta de tallarme con el brazo, me escabullí a la cocina."

– "Entiendo lo que pasabas, linda." – Dije yo. – "Lo peor fue cuando estuve en el entrenamiento militar, donde debía soportar el plenilunio mientras las demás compañeras de barracas dormían. Recuerdo que debía taparme la cara con la almohada para disimular mis sesiones, y no podía hacerlo muy rápido, o no podía controlar mis gemidos."

– "Ahora imagina lo duro que es esconderlo de nuestros agudos sentidos rapaces, flaca. Creo que incluso Palakya lo sabía, pero jamás me confrontó por ello." – Expresó la falconiforme. – "En fin, ya en la cocina, sólo pude hallar un triste y verde pepino como candidato para fungir como mi primer dildo improvisado. Regresé a mi habitación y, sin mucha ceremonia, me metí todo el vegetal. Entró fácil, con todo lo que yo chorreaba. También usé la almohada para ahogar mis gemidos."

– "Espero hayas lavado previamente la cucurbitácea." – Externó la nativa del Éire. – "No querrías exponerte a alguna infección."

– "Descuida, que la calentura no me hizo olvidar la higiene. Como decía, era uno de esos pepinos con protuberancias, así que la sensación era gloriosa." – Siguió la arpía. – "Sin embargo, en mi desesperación por hallar rápido alivio a mis lúbricas necesidades, clavé uno de mis dígitos dentro del vegetal y, con un inesperado movimiento, terminé partiéndolo a la mitad. Una cayó al suelo, y la otra, debido al susto, se internó en mi intimidad."

– "Meine göttin, qué horror." – Manifesté. – "¿Palakya se despertó?"

– "No, ella ni en cuenta. Pero estaba asustada por dejar un condenado pepino dentro de mi vagina. Intenté pujar, como si de un huevo se tratara, pero no poseía el grosor suficiente para que mis músculos lo sostuvieran." – Prosiguió. – "Mi concupiscencia desapareció al instante, sólo me importaba expulsarlo de ahí. Logré calmarme un poco y cavilé la mejor manera de resolverlo. Ahí, recordé el enorme espejo que poseía y, usándolo para guiarme, pude atisbar al verde intruso. Con cuidado, logré asirlo a mi dígito, y finalmente librarme de él."

– "Es un alivio prescindir de tan incómodo forastero." – Suspiró la dullahan. – "¿Te afectó tan mala experiencia?"

– "Me hizo no intentar nada por meses. Daba igual que fuera celo o luna llena, tan sólo de recordarlo me hacía sentir mal." – Confesó la rapaz, abrazando sus piernas. – "No fue hasta que pasado el tiempo volví a tomar confianza en satisfacerme, pero fueron meses donde me odié tanto por ser como era. Ser lesbiana me hacía una paria en mi familia, y mi excesiva libido me castigaba al hallarme totalmente incapaz de saciarla por completo, o de casi dañarme por intentarlo. Estaba tan sola, y nadie me tendía el ala."

Cristalinas gotas se materializaron en la comisura de los áureos ojos de la castaña; lagrimas que, sin llegar a recorrer aún sus mejillas, cargaban con todo ese sufrimiento que aún afligía a mi amada arpía después de diecinueve años como prisionera de su propia tribu. Sin dilación, y conmovida hasta el centro de mi alma, la tomé entre mis brazos, ofreciéndole el hombro para que las cálidas gotitas oculares se deslizaran por mi espalda, y no su lozano rostro. Sus suaves plumas me envolvieron al tiempo que un par de brazos de añil tonalidad hicieron lo mismo con ella, uniéndonos silentemente. No hubo sollozos, ni pequeños hipos, sólo nuestra acompasada respiración; serena, tranquila.

Segura.

– "Aria, quiero me protejas por siempre." – Declaró Cetania, sin romper el abrazo. – "Lala, deseo que me cuides por la eternidad. Son las únicas en quienes confío absolutamente; prometan que jamás me abandonarán como el resto del mundo."

– "Seremos tu inquebrantable escudo, mi amor." – Le aseguré, acariciando su cabello. – "Tu torre del homenaje, donde estarás a salvo de todo mal que ose amenazarte."

– "La impenetrable muralla que te resguardará férreamente de la iniquidad." – Agregó la Abismal, besando su hombro. – "Un sólido bastión para proporcionarte el apoyo necesario para hacerle frente a la abyecta intolerancia."

– "Y nunca olvides que sigues siendo la misma cazadora profesional que le hizo frente a una leyenda nórdica, y está aquí, entre nosotras, para contarlo." – Le recordé, plantando un ósculo en su cabeza. – "No eres una arpía cualquiera, ni una rapaz común. Eres Cetania, la gran Cetania; el mundo es quien debe protegerse de ti."

– "Gracias por estar a mi lado." – Expresó la aludida, intensificando su abrazo. – "Estaremos juntas siempre, en todo, por todo. Por siempre."

– "Una unión que los eones venideros jamás podrán erosionar." – Aseveró la dullahan, reposando sobre su espalda. – "Trata de seguir el aforismo que hemos seguido fielmente el día de hoy, y libérate del veneno del ayer. Extiende esas coloridas alas y vuelta tan alto como desees."

– "Está bien. Sí, tienen razón; soy la gran Cetania." – La americana se separó, limpiándose las lágrimas. – "Perdonen mi plañir. Se supone les narraba una anécdota, y terminé chillando como nena chiquita."

– "Y cuando Alejandro Magno vio la extensión de sus dominios…" – Cité. – "Lloró, porque ya no había más mundos por conquistar."

– "Aria…" – Musitó la halcón. – "Yo también vi esa película."

– "Pero suena bien, ¿no?"

Un estallido de risas resonó por toda la cabaña, devolviéndole la algarabía al ambiente, y la jubilosa sonrisa al semblante de mi amada nativa de Montana. Con el humor restaurado, y un beso reconfortante, la falconiforme se acostó, reposando en mi regazo, recibiendo el servicial trato de mis manos sobre sus hombros, relajándola con un ligero masaje. Y encima de ella, estaba la segadora, quien descansaba pacíficamente su añil rostro sobre el bien formado vientre de la arpía, mientras ésta última acariciaba su platinada cabellera.

– "Esto se siente genial." – Sonrió la rapaz, disfrutando con los ojos cerrados. – "Olvidemos la botella y simplemente digamos lo que dicten nuestro corazones, ¿sí, guapas?"

– "Lo que tú y Spatzi deseen, mis reinas." – Consentí.

– "Bien, ¿qué tal si acabas con la ignominiosa sed que embarga a tu regente alada, súbdita?" – Ordenó la castaña. – "Hidrata mi seco órgano bucal con la panacea líquida contenida en el traslúcido envase que reposa en la circunferencia de tu ser."

– "Y pensar que cuando te conocí hubieras renegado de parecerte a Lala, pajarita." – Comenté mientras le facilitaba la botella de agua. – "Ahora hasta le permites colocarte encima de ti."

– "Es una buena frazada para el frío." – Bromeó la americana, bebiendo. – "Ah, gracias, flaca. ¿Quieres un poco, enana?"

– "¿Deduzco que ese será mi cariñoso sobrenombre a partir de ahora?" – Preguntó la aludida, agarrando el envase. – "Gura míle. Sinceramente, preferiría uno referente a mi añil complexión dérmica."

– "¿Y si te llamo Conchita Caliente?"

– "Retiro lo dicho." – Le replicó la ruborizada irlandesa, ofreciéndome agua. – "¿A chuisle?"

– "Danke, Spatzi." – Tomé un trago. – "Ahh, lo necesitaba. Y dime, ¿cuál será el mote que usarás con Süsse, guapa?"

– "La mitad restante de la frase gaélica tradicional de donde proviene el tuyo, A chuisle." – Afirmó. – "Cetania será A chroí, que significa 'corazón'. La frase entera es Mo chuisle, mo chroí; 'el pulso de mi corazón'."

– "A-crí." – Repitió fonéticamente la halcón. – "Sounds nice. Gracias, enanita. Hey, flaca, ¿podrías echarme ese poco de agua encima?"

– "¿Eh? ¿Quieres que te moje?" – Me extrañé. – "¿Pero no dañaría el piso?"

– "No hay problema. Es madera regular, no tatami." – Arguyó la falconiforme. – "Hazlo lento, deja que se escurra por mi cuerpo. Tu monarca lo ordena."

– "Jawohl, meine Kaiserin." – Acaté la orden.

– "Uy, qué fría. Sí, así, flaca." – Comentó la emplumada mientras el líquido se deslizaba por su figura. – "Enanita, te veo todavía sedienta. Hidrátate."

– "Un método poco eficiente de hacerlo." – Opinó la peliblanca, sonriendo. – "Pero nada despreciable de intentar."

La rosada lengua de la segadora trazó su húmeda huella sobre la blanca piel de la arpía, quien emitía más risitas que gemidos, aunque éstos tampoco se ausentaron. El vulnerable estómago de la nativa de Montana temblaba por la sensibilidad, expuesto ante la sedienta boca de la Abismal, que succionaba el diáfano líquido del tapiz dérmico de su alada pareja, creando sonidos sugestivos. Al mismo tiempo, tomé la iniciativa, y mis dedos se posaron sobre los apetitosos botoncitos de carne que la rapaz ostentaba en sus ponderados pechos, que cada aumentaban en grosor a cada segundo.

– "Oh yeah, I like that. I'm all yours, babies." – Bisbiseaba la castaña, relamiéndose los labios. – "My pussy's already drippin' wet."

– "Aún no, mi amor." – Le dije, inclinándome para besarla. – "Todavía no empieza lo bueno."

– "Te llevaremos a una dimensión donde no hay preocupaciones, dilemas, ni responsabilidades." – Aseguró la segadora, lamiendo cerca de sus pechos. – "Sólo placer, y más placer."

Los distantes truenos no enmascararon los gemidos proferidos por la estadounidense, quien se arqueó al sentir cómo sus costados eran asaltados por no una, sino dos lenguas. La piel de Cetania era suave; de dulce sabor y aroma; con aspecto fuerte pero sin perder ni una pizca de feminidad absoluta; exquisitez pura para la vista y el paladar. Llegando hasta sus carnosas montañas, retornamos por el mismo camino, bajando de nuevo a su expuesto abdomen y sus caderas, prosiguiendo hasta sus piernas, que habían permanecido ignoradas hasta ahora por nuestro salivoso tratamiento. La halcón se derretía de gozo.

– "¿Dónde las quieres ahora, Süsse?" – Le susurré provocativamente al oído. – "¿En tus botoncitos rosados, que han salido de su escondite? ¿Donde siempre te palpita? ¿O acaso en tu otro y tentador hoyito?"

– "Las… las tetas…" – Respondió, con la respiración agitada. – "Chúpenme… las tetas."

– "¿Cómo se dice?" – Provocó la irlandesa, musitando en la otra oreja.

– "Te amo…" – Le contestó. – "Conchita caliente…"

– "¡Nghh!" – Expresó la segadora, besándola en la boca y sosteniéndole la cara. – "¡Sigues tan testaruda, aún frente a la dueña de tu alma, incordio alado!"

– "Hay que enseñarle buenos modales a nuestra pequeña rebelde." – Le inserté el dedo en la boca. – "Chúpalo bien. Süsse. Ahora, date la vuelta y álzalas."

Sin pensarlo dos veces, la falconiforme se giró, adoptando nuevamente su pose sumisa favorita, ofreciéndonos sin obstáculos una vista panorámica de su sudado posterior, y su entrepierna prácticamente empapada en sus jugos vaginales, que relucían bajo la tenue luz de la sala. Igual que hambrientas leonas, nos abalanzamos sobre nuestra inerme presa, que gimió tan pronto palpó nuestras vivaces bocas tatuarle los glúteos a base de besos, lamidas y chupadas. La luna llena había pasado a segundo plano; la pasión en ese momento era absolutamente nuestra, producto del deseo que ahora ardía como mil supernovas.

– "¡Ahhh!" – Gimió la emplumada cuando soplé a su hermosa cueva. – "¡So fuckin' good, Blondie! ¡Do it again!"

– "No. Aún no." – La peliblanca jaló, sin aplicar fuerza, de la castaña cabellera de la arpía. – "¿Cómo se dice?"

– "Conch-¡Aaahhh!" – La rapaz se interrumpió del placer cuando la Abismal le dio una nalgada. – "¡Está bien, está bien! ¡Por favor, háganlo! ¡Háganlo de nuevo! ¡Se los ruego!"

– "Buena niña." – Lala le dio otra. Me miró, regalándome un beso rápido. – "¿A chuisle?"

– "Jawohl, meine Königin." – Asumí posición, abriendo los glúteos de la americana. – "Me pregunto, ¿serás capaz de formar un charco, Süsse?"

No era una cuestión seria, pero hasta la dullahan se asombró cuando más de ese dulce líquido se escurrió como cascada por los muslos de la halcón, mientra su rosada abertura palpitaba; viva, deseosa, tan ansiosa por recibir el calor físico del amor como nosotras. Excitadas, sin reserva alguna por mantener el innecesario pudor, la irlandesa y yo colocamos nuestras manos en la entrepierna de la otra, estimulándonos mutuamente al tiempo que proseguíamos soplando a la zona íntima de nuestra amada nativa de Montana.

– "Ya no… ya no aguanto, A chuisle…" – Declaró Lala, jadeando, apretando mi mano contra su raja. – "Hagámoslo… ¡Hagámoslo ahora!"

– "No…" – Sentenció entonces Cetania, inesperadamente habiéndose incorporado y atrayendo a la segadora hacia ella. – "Aún no."

Propinándole un profundo beso, la falconiforme y yo colocamos a la peliblanca en el suelo, otorgándole el mismo tratamiento que tuviéramos con la emplumada. Su azul estómago fue tapizado con nuestra saliva, y desde sus caderas hasta sus piernas, le dimos un festín a nuestras papilas gustativas con su exótico sabor; y a nuestros oídos, con sus fogosos gemidos. Ascendiendo de vuelta, nos topamos con las añiles montañas que conformaban la cordillera mamaria de la Abismal, con sus picos decorados por sus rosados y excitados pezones irlandeses.

– "¿Dónde quieres ser estimulada ahora, Spatzi?" – Cuestioné, mordiendo la oreja a de la nativa del Éire. – "¿En lo claro, lo oscuro, o lo más oscuro?"

– "Sub… Subyuguen las rosáceas guindas de mis glándulas mamarias…" – Susurró una hiperventilada dullahan. – "Libérenme de esta parsimoniosa tortura proporcionándome hedonista regocijo."

– "No, no, no…" – La rapaz negó juguetonamente con su índice. – "Desiste de verbosas facundias, y exprésate en el vulgar lenguaje de los mortales."

– "Me rehúso a ceder a tu-¡Aaahhh!" – Clamó la irlandesa cuando jugamos con sus pezones. – "¡Las tetas! ¡Chúpenme ya las tetas, se los ruego!"

– "Buena enanita." – Afirmó la castaña, creando círculos con su índice, alrededor de sus pechos. – "Pero vamos a saltarnos el entremés, e iremos por el plato principal. ¿Flaca?"

– "Ponte boca abajo, y álzalas, Spatzi." – Le susurré a la segadora.

Con celeridad, la peliblanca giró su cuerpo y, asumiendo la misma pose sumisa que la americana, nos entregó un erótico panorama de su seráfico y abundante trasero, cuyos glúteos vibraban suntuosamente a cada movimiento de su orgullosa dueña. Tanto la halcón como yo nos relamimos los labios mientras nuestras gargantas entonaban profundos y lujuriosos sonidos de deseo. El posterior de la Abismal era un festín carnívoro envuelto en añil cromática, y nuestra hambre estaba más allá de saciarse con meramente un bocado.

– "¡For fuck's sake, Blueberry! ¡Look at those motherfuckin' cheeks!" – Exclamó la falconiforme, agitándole las nalgas con las manos. – "¡Big-ass bubble butt cheeks! ¡So fuckin' hot!"

– "Ábrelas, Spatzi." – Dicté. – "Enséñanos esos dulces agujeritos que tanto me enloquecen."

Sin rechistar, Lala hizo a un lado sus glúteos para que observáramos sus cavidades. Sus labios inferiores se encontraban relucientes de la lubricante humedad que secretaban, trazando un traslúcido y cálido sendero por las piernas de la dullahan. Su azulado anito, una de las pocas partes de su cuerpo con mayor concentración de melanina, palpitaba ansioso y deseoso, de la misma manera que la feminidad de mi amada arpía pulsaba cuando la excitación la dominaba por completo. Diferentes hoyos, diferentes puntos G; mismos resultados al degustarlos.

Pero, ¿por qué conformarse con satisfacer sólo uno a la vez?

– "Hmm, ¿qué haces, flaquita?" – Se cuestionó la rapaz cuando la acomodé en cuatro, junto a la irlandesa. – "¿Vas a com-¡Aaaahhh!"

Cetania poseía una voz dulce, pero podía tornarse imperiosa gracias a su indómita personalidad y su tendencia a exclamar en voz alta las altas notas de su estridente música preferida. Empero, ahora la única sinfonía era la interpretada por su boca en forma de largos y guturales gemidos, intensificados por la experiencia de sentir mi lengua saborear los apetitosos rincones de su feminidad. Chupé esa ardiente rajita con denuedo, succionando sus jugos directamente de la fuente, bebiéndolos como si del elixir de la vida eterna se tratara. Y quizás lo era, porque me sentía más viva que jamás en mi existencia.

Y yo, siendo la firme defensora de la igualdad en amorosos temas, no permitiría que mi Spatzi quedara sin recibir el goce de su adorada araña. Mientras me daba un festín con la concha de la castaña, la irlandesa acompañaba a su emplumada amante en cuestión de eróticas vocalizaciones de placer tan pronto ella sintió mi dedo medio, el más largo de mis cinco dígitos, rozar la entrada de su vulva, recogiendo ese traslúcido y cálido líquido que ésta me obsequiaba a granel.

Ya bien lubricado, mi dedo suavemente se internó en la cavidad anal, el punto más sensible de mi hermosa segadora, provocándole mezclar sus sonoros gemidos con los de la americana. Después de un par de minutos, intercambié lugares, ahora con mi índice masturbando la vagina de la halcón, y mi lengua lamiendo el culito de la peliblanca. Estaba en la gloria: una cazadora de Montana, y una jueza celta del Inframundo, completamente a mi merced, rogando porque mi lengua o mis dedos les proveyeran el goce que sus cuerpos les exigían con ahínco. Y yo las complacía con creces.

Al final del día, sigo siendo una arachne; una dominadora.

Pero, siendo una sparassediana, una descendiente de portentosos conquistadores alemanes, era de esperarse. Igual que una regente germana, reclamé los territorios que me pertenecían, tomando a mis amadas mujeres en mis brazos y, acostándome de espaldas (una maniobra algo complicada debido a mi físico, pero sin que me incomodara una vez hecha), proseguí mi juego de dactilar onanismo, metiéndoles los dedos en ambas zonas erógenas al mismo tiempo. Ellas, sin querer limitarse a meramente seguir exclamando gemidos, por mucha que fuera la concupiscencia, abrieron su boca y succionaron briosamente mis grandes pechos.

Al mismo tiempo, sus manos se dirigieron a mi propia rajita, prontamente hallándome embriagada del placer de ser masturbada por mis novias. Jadeábamos, gritábamos, gemíamos a todo pulmón. El bosque entero ahora esparcía los ecos de la más salvaje y vehemente sesión orgiástica que todo Gunma hubiera conocido. La alusión que hiciera la falconiforme a mi patria étnica, referente a su reunificación al final de la Guerra Fría, se había cumplido: en ese momento, éramos una sola singularidad de pasión, lujuria, y amor absolutos.

Y entonces, sucedió.

– "¡AAAHHH!"

Innecesario sería aclarar quién fue la autora de tan potente gemido, pues alcanzamos sincrónicamente el punto más álgido de nuestra fogosa sicalipsis, el cenit del placer, el clímax de la desenfrenada bacanal. Nos venimos exactamente al mismo tiempo, el orgasmo invadiéndonos cada célula, átomo y partícula primordial en todo nuestro ser, condensándose y explotando como un cuásar fulgura en la sempiterna vastedad del espacio. Por un infinitésimo destello de tiempo, una casi invisible instancia temporal en la escala universal, toda la existencia se paralizó para transportarnos al paraíso perfecto; a la cúspide del nirvana donde, como había proferido la nativa del Éire, sólo existía única y solamente el absoluto placer.

Gloria eterna a Arachne.

Las tres, aún ensimismadas por la apoteósica sensación, nos desplomamos rendidas, intentando recobrar la respiración regular. Nuestros corazones, latiendo en perfecta sincronía, bombeaban sangre a un ritmo equiparable a un tambor de batalla, o mejor dicho, de victoria. Entre la saliva que salía de mi boca, y el rubor que decoraba a mi germano rostro, un par de lágrimas se escaparon de mis ojos. Estaba extática; había sucedido, finalmente había hecho el amor con las dos mujeres que amaba. Era la dicha más enorme que podía experimentar, más allá de mis fantasías de niña y adolescente; ahora conocía la verdadera felicidad.

Sólo quedaba un último acto para cerrar con broche de oro.

Con delicadeza, tratando de recuperar mis fuerzas, tomé a mis parejas en mis brazos al tiempo que me incorporaba. Ellas permanecían inermes, pero con una indeleble expresión de suma satisfacción en sus semblantes. Dándoles un beso a cada una, que no fue emulado de vuelta debido al trance post-orgasmo en el que seguían flotando, las acosté en el suelo, una cerca de la otra. Así, y realizando mi saludo nacional de golpe en el pecho, procedí a cubrir de ósculos la espalda de Cetania. Besos lentos, minuciosos, pensados para disfrutar cada segundo. No había prisa alguna, pues la dicha duraría todo el tiempo que estuviéramos aquí, en nuestro mundo privado.

De beso en beso, delineé un trazo horizontal en su cadera, si bien la desvié un poco para abarcar sus glúteos. Ignoraba si ya había recuperado la consciencia, pero la arpía alzó su bello posterior durante el proceso, gesto que agradecí con más ósculos a éste. Con la zona baja ya tapizada de mi saliva, proseguí el mismo procedimiento, subiendo por la espalda de la rapaz. Para este punto, ya estaban claras las razones de tan singular comportamiento.

Era el ritual para marcarla como mía.

Al terminar, había formado una cruz de saliva, emulando a la presea de férrico material más conocida de mi patria: la Cruz de Hierro. El ritual no era meramente un acto de vanidad para declararse la dueña de la persona deseada, sino un compromiso de por vida, la decisión que nos uniría al ser amado de aquí a la eternidad. Ergo, al reclamar a esa persona especial, se le condecoraba con tal medalla imaginaria por ser la elegida por nuestra fastuosa estirpe para ser la dueña de su corazón. Y la rapaz había ya hecho suficientes méritos para recibir más galardones que la más laureada de nuestras soldados veteranas.

Después de todo, ella era la Gran Cetania.

Formando un círculo de saliva en el lado izquierdo de su cadera, me preparé para clavar mis afilados colmillos en su tersa piel. Ahí, sentí el suave plumaje de la castaña acariciar mi cabeza. Alcé la vista, hallándome con su blanca sonrisa, colocando una expresión alegre que complementaba las lágrimas de la americana. Sonriendo de vuelta, asentí.

Le quité la mano postiza, ya que deseaba sentirla a ella. De esa manera sostuve su dígito mientras mis colmillos perforaban su dermis, creando dos pequeñas incisiones que cicatrizarían rápido, pero ya nunca se borrarían. El líquido carmesí que era transportado por sus venas hizo acto de aparición. Mi lengua se apresuró a lamer la diminuta herida, probando la sapidez de la sangre de mi amada, sellando el pacto que la designaba como mi pareja.

Y entonces, Lala se unió.

Inesperadamente, la segadora también participó en la hematófaga degustación, llenando sus papilas gustativas de la roja hemoglobina americana. Raudamente compartimos el momento, que simbolizaba la total unión de las tres. Pero yo no estaba satisfecha aún; era hoy o nunca. Tan pronto la sangre dejó de fluir, compartimos un beso triple y, audazmente, acosté a la Abismal en el suelo. Ahí, los besos comenzaron a ser repartidos por todo su estómago, ascendiendo gradualmente hasta sus pechos. Por supuesto, la falconiforme se unió al ataque besucón.

– "Mmm, sí, me encanta." – Musitaba la peliblanca mientras succionábamos sus senos. – "O bienaventurada soy al haber nacido con glándulas mamarias tan sensibles, o sus lenguas son más hábiles que Atenea lo era con su arco."

– "¿Por qué no ambos, linda?" – Le contesté, lamiendo con ahínco. – "Aunque admito que practicar contigo ha refinado mi libidinosa técnica."

– "No te culpo, flaca, estas tetas son divinas." – Opinó la halcón, estirándolas al chuparlas. – "Vamos a mimártelas a diario, segadora. Te las succionaremos hasta sacarte lechita, como vaca."

– "¡Ahhh, tu impúdica declaración me halaga, A chroí!" – Respondió la dullahan, arqueándose. – "¡Aunque tal cosa sólo sería posible si soy exitosamente fecundada! ¡Ah, así!"

– "¡Haremos el amor a diario hasta lograrlo entonces!" – Manifesté, metiendo mi dedo en su conchita. – "¡Lo haremos tantas veces que la maldita naturaleza se doblegará ante nuestra voluntad, y te embarazaremos!"

– "¡Mmm, sí, follemos diario! ¡Siempre!" – Exclamó la irlandesa, sonriendo arrobada. – "¡Nunca dejen de follarme! ¡Aaahhh! ¡Más rápido!"

Adorábamos oír tan honestamente sucia a la siempre reservada segadora, sacando la lengua y volteando los ojos del éxtasis. Mortal o inmortal, irlandeses, europeos o americanos; todos éramos lo mismo bajo las sábanas de la lujuria. Con nuestra masturbación a dos manos, la peliblanca invocó otro profundo orgasmo, empapándonos a nosotras y al piso con sus abundantes jugos vaginales. Lamiendo tan dulce ambrosía líquida, besamos a la nativa del Éire, prosiguiendo hasta llegar a su cuello.

– ¿Lo quieres, Lala?" – Le pregunté.

– "Sí."

– "¿Estás segura?"

– "Por completo."

– "Danke." – La besé. – "Te amo."

Y la mordí.

Con sumo cuidado, tratando de no perforar alguna vena o arteria primaria, aunque supiera que era inmortal, mis colmillos hicieron otro par de incisiones en el cuello de la Abismal. El líquido vital, tan rojo como el de cualquiera de nosotras, aunque si bien lucía ligeramente más oscuro, fue consumido por mi lengua y la de la arpía. Para un par de cazadoras, la sangre era un sabor habitual, pero la hemoglobina de un ser del Caos Eterno era una exótica oportunidad de, literalmente, probar a la muerte misma. Aunque, irónicamente, la dullahan nos diera más vida que otra cosa.

– "Bajo la ley del Grosses Sparassus Reich, y la divina palabra de Arachne; tú, Lala, eres oficialmente mi esposa." – Declaré, mirándola a los ojos y sosteniendo su mano. – "Todo lo que poseo, te pertenece, así como mi corazón y alma. Prometo cuidar de ti por siempre, y amarte hasta el final de los tiempos. Gracias por aceptarme."

Su respuesta fue unir sus labios con los míos, llorando de alegría. En la algarabía, la rapaz también la felicitó con un apasionado ósculo. Casadas, por fin casadas. Sí, aún faltaba el anillo y la clásica ceremonia para hacerlo válido ante la ley japonesa, e incluso al resto del mundo, pero los estatutos legales nos importaban poco. Nuestros corazones ya habían sido avalados por la indeleble tinta de la palabra del amor, la que más peso tiene en cualquier jerarquía.

Entonces, llegó el turno de la castaña. La irlandesa y yo hicimos peregrinar nuestras húmedas lenguas por la parte frontal de la emplumada, que ni lenta ni tardía nos incitaba a estimularla acariciando nuestras espaldas. Pero en lugar de decantarnos por sus magníficas montañas mamarias, nuestras bocas tomaron dirección al sur de la brújula, directo a ese palpitante tesoro que se escondía entre las piernas de la americana.

– "¡Aaahhh, fuck! ¡Holy motherfuckin' fuck!" – Profería la halcón a todo pulmón. – "¡Feels so fuckin' goood!"

La falconiforme siempre tuvo predilección por los improperios en su lengua natal, y confieso que su manera tan casual para pronunciarlos, complementado por su acento de Montana, le daban ese toque distinguido a lo que normalmente serían bárbaras vulgaridades. Pero dudaba que la percepción social sobre su florido léxico le importara en ese momento a la emplumada, cuya lengua parecía alcanzar nuevos récords de longitud con cada gemido que permitía escapar.

Para la arpía, optamos por poner a prueba nuestras ingeniosas posibilidades para darnos placer, gracias a la particular habilidad de Lala. Acostada yo en el piso, la rapaz enloquecía con mi brioso cunnilingus mientras la dullahan, o más bien su cabeza, hacía mancuerna conmigo, demostrando la velocidad de su lengua para satisfacer la fogosa vulva, o el juguetón hoyito trasero de la castaña. Del otro lado, la oriunda de la tierra de la libertad se daba un festín doble con nuestras candentes conchitas. Sólo debía alzar o bajar la boca para comerme la mía o la de la irlandesa. Era el sesenta y nueve menos ortodoxo, pero más brioso que hubiéramos concebido.

– "¡Oh, fuck! ¡Fuckfuckfuck!" – Repitió la halcón, con su cuerpo temblando. – "¡I'm cumming! ¡I'm cum-¡AAAHHH!"

Ni el estanque, ni el baño, o incluso la lluvia podrían habernos empapado tanto como la arpía, quien nos roció por completo con su dulce néctar al alcanzar el orgasmo. Nuestros oídos quedaron zumbando por ese, ciertamente insólito grito que la rapaz liberó mientras su cuerpo se convulsionaba por el clímax. Fue quizás lo más estrepitoso que haya escuchado. ¡Y eso que he sobrevivido a un concierto de Iron Maiden, explosiones por actos terroristas, y el rugido de una nidhögg! Pero, para mí, sus concupiscentes bramidos animales eran seráficas sinfonías compuestas por celestiales arpas de áureos tonos.

– "Cetania, mi amor…" – Le susurré al recobrar el sentido, acariciando su mejilla. – "¿Quisieras tú…?"

– "Aria…" – Colocó su dígito en mi boca, sonriendo. – "Sabes que sí. Muérdeme y hazme tu esposa de una buena vez, araña detallista."

Miré a Lala, ella me observó de vuelta, y nos reímos. Cómo adorábamos lo directa que era nuestra pajarita. Besándola y haciéndole mimitos en su nariz, lamimos su cuello, que ofreció gustosamente. Mis puntiagudos dientes se internaron en esa blanca cobertura cutánea, y probamos por segunda ocasión la sapidez de su carmesí líquido sanguíneo. Salvaje, exótica, y majestuosa; ese era el sabor de la nativa de Montana. Con eso, el ritual nupcial estaba listo; Cetania era mi cónyuge.

– "Juro proveerte de todo lo que necesites y desees. Prometo resguardar de ti y todo lo que amas." – Manifesté, abrazándola. – "Te amo, Cetania; mi esposa; mi reina; mi vida; mi amor."

– "Y yo a ti, Aria. Mi linda flaquita." – Juntamos nuestras frentes. – "Para siempre, ¿sí?"

– "Eternamente." – Agregó la dullahan, abrazándola por atrás. – "A chroí."

– "También te amo, enanita." – Se giró para regalarle un ósculo. – "Y a tu conchita caliente."

– "Y aún no has probado cómo es la entrada trasera, Süsse." – Le lamí la mejilla. – "En todo caso, gracias a ambas por aceptar. Sé que no soy perfecta, y que tengo tantos defectos como piernas poseo, pero me ilumina la existencia que deseen aceptar un contrato de esa magnitud con una indigna de su magnanimidad como yo."

– "Aria, no te dilaceres." – Lala colocó un dedo en mi boca. – "Te amamos, estamos orgullosas de ser las señoras Jaëgersturm, y sabemos que seremos completamente felices a tu lado."

– "¿Cuántas veces debemos repetirlo como periquitos, flaca?" – Cetania me acarició la barbilla. – "Sólo gózanos, igual que nosotros lo hacemos contigo, y olvídate del resto, ¿sí?"

– "Danke schön. ¿Qué haría sin ustedes, guapas?" – Besé a ambas. – "Pero les prometo que tendremos una boda hecha y derecha, con anillos, invitados, y un pastel tan alto como la torre de Tokio. Llevarán vestidos tan hermosos que las mujeres presentes cambiarán sus preferencias para pedirles la mano; y el mundo entero sabrá que esta torpe araña encontró la mayor dicha que pudo haber imaginado, a su lado."

– "Siempre tan soñadoramente romántica, flaca." – La rapaz mimó mi cabeza. – "Pero pensemos nupciales festejos después, ¿vale? Todavía queda mucha luna de miel y llena para celebrar el recién profesado matrimonio."

– "Incluso los cielos nos ofrecen su bendición." – Comentó la segadora, señalando hacia afuera. – "La tempestad se ha retirado."

Contemplamos el firmamento, ahora libre de las brunas nebulosidades que ocultaban la belleza presentada ante nuestros ojos. La negra bóveda celeste tintineaba su rutilante vestido nocturno, decorado con infinidad de argentas estrellas, como finos diamantes titilantes. Y como la majestuosa joya que ostenta la más espléndida corona de la realeza, Selene, la luna, se alzaba imponente sobre el panorama; su ligero color rojizo recordándonos las pasiones desatadas en las que poseemos la sangre bestial. Por supuesto, con o sin ella, todo lo sucedido hasta ahora no hubiera cambiado en lo más mínimo.

– "Country roads~" – Empecé a cantar, abrazando a mis esposas. – "Take me home~"

– "To the place~" – Se unió Cetania, pegándose a mí. – "I belong~"

– "Con mi arañita~" – Improvisó Lala, reposando en mi cuerpo. – "Y mi castaña~"

– "Take me home~" – Cerré mis ojos, sonriendo. – "Country roads~"

Esa noche, el bosque de Gunma disfrutó de una hermosa serenata interpretada el ulular del viento, el canto de los animales noctívagos, y el intenso amor que tres afortunadas mujeres compartían en medio de aquella pequeña región geográfica.

Aquel lugar al que llamábamos casa.


NOTAS DEL AUTOR: Hace exactamente dos años que inicié esta travesía. Setecientos treinta días recorriendo este extenso camino. Y el final aún no se distingue en el horizonte.

Sé lo que deben estar pensando ahora: "Tarmo, ¿acaso Aria ya logró todo lo que quería en la vida?"

Y yo responderé que sí, Jaëgersturm ha obtenido su premio, el cual era ser completamente feliz. Pero aunque esto parezca el episodio final, dándole la conclusión ideal a nuestra heroína, el mensaje de este capítulo fue precisamente el recordarnos que la vida no es una historia con prólogo, clímax y epílogo, sino un evento cuyo resultado jamás podemos predecir, o ver el inicio y final de éste.

Claro, la alemana ha alcanzado la unión triple que tanto añoraba, pero eso sólo marca el fin del noviazgo, y el inicio del matrimonio. Tenemos la idea falsa de que unirse con el ser amado es el último acto de una historia, que ya no hay más qué explorar. Y si algo demostró la cantidad de episodios posteriores a la declaración de Aria hacia Lala, es que siempre, siempre hay un buen relato qué plasmar.

Jaëgersturm ahora ya tiene a sus dos esposas, pero ahora debe hallarles un buen hogar y planear una ceremonia mientras aún queda pendiente su entrenamiento, mejorar su relación con su hermana, con su familia, etcétera. El viaje sólo nos ha llevado a una estación, y estamos en camino a la siguiente. Así que despreocúpense, que todavía hay araña para rato.

Cambiando de tema, en este episodio quise enfatizar el punto de regresar a las raíces, a volver a lo natural. Ergo, iniciamos con las típicas reyertas entre la Cetania y la dullahan, mostrando esa mordaz amistad que han ido desarrollando desde que se conocieron. Eran nuestras tres protagonistas en otra de sus conocidas aventuras.

Empezaron como exploradoras urbanas tratando de recrear el mismo ambiente citadino del que provenían. Y poco a poco, las chicas fueron liberándose cada vez más de sus problemas, de sus preocupaciones. Igual que sus ropas, se deshicieron de muchas ataduras, hasta terminar de la manera más unida y natural posible: sólo ellas y su piel desnuda, abrazadas bajo la luz de la luna llena, en medio de esa cabañita ubicada en el centro del bosque, rodeadas de la infinita fauna y flora local, y el amor que se profesan. Al final, descubrieron que siempre estuvieron en casa.

De la misma manera, era un capítulo para volver a los puntos intrínsecos de esta historia, concentrando los temas principales que la caracterizan: humor, amistad, familia, acción (las ardillas muerden, después de todo), heroísmo, y amor. En cuestión de familia, tuvimos a tres representantes primordiales: su padre (la familia directa), su hermana (que también pertenece a la hermandad que comparte con MON), y Rachnera (su familia huésped). Y respecto al amor… bueno, sí que hubo mucho. Y apenas comienzan.

En todo caso, sólo me queda agradecerles a todos por su constante apoyo y el seguir este relato tan soberbiamente demente. Muchas, muchísimas gracias a todos y cada uno de ustedes.

Nunca imaginé llegar tan lejos, pero ahora sé que puedo alcanzar la meta que desee si pongo mi empeño en ello. Aunque, hacer que pasen un rato agradable es objetivo suficiente para mí.

Les mando un saludo a mis compañeros JB-Defalt, Onix Star, Arconte, Paradoja el Inquisidor y Alther, mis compañeros del grupo Los Extraditables, por siempre estar ahí para animarme. Y por supuesto, a todos aquellos que siguen o agregaron a sus favoritos esta obra. Esta celebración también es suya, compañeros, ¡y aún quedan más!

Los invito amablemente a dejar su opinión en la sección correspondiente, y espero que este capítulo, y los que vienen, continúen deleitándolos. Sin más qué agregar, excepto más palabras de felicidad por haber alcanzado esta meta, me despido. ¡Hasta la próxima! ¡Obedezcan a la Gran Sirena! ¡Auf Wiedersehen!

Y lo más importante: ¡Gloria eterna a Arachne!