NOTAS DEL AUTOR: ¡Achtung, Tarmo Flake ist hier! ¡Feuer frei!
Juro que los enemigos de nuestra Inmaculada Diosa Oceánica conspiraron para evitar que este episodio saliera a la luz, porque entre el súbito aumento de trabajo y la temporada de tormentas, tardé más de lo esperado. Mas pueden cesar las preocupaciones, que ahora les traigo un capítulo con lo que todos, absolutamente todos queríamos ver desde el inicio…
¡ESCENAS DE DESN…!
¿Eh? ¿No podemos decirlo tan explícitamente? Bueno, entonces les recomiendo que en lugar de palomitas y soda, agarren un montón de pañuelos y par de calzones limpios, porque hoy nos pondremos muy, pero muy suculentos.
¡Comenzamos!
Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena da ricos coletazos en luna llena!
NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE
CAPÍTULO 71
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Desperté.
Luego de badallar, y comprobar en el reloj en forma de gatito, asentado en el escritorio, que eran las once de la noche, lo primero que observé fue una pared circular de color azul oscuro alrededor mío. La uniformidad del plástico brillaba ligeramente bajo la tenue iluminación nocturna. Pero mis verdes globos oculares no se abrieron para admirar el óptimo estado en que se hallaba la piscina que fungía como mi cama individual. Adquiriendo mi forma humanoide, solidificando mi acuosa estructura molecular, pude observar a la fuente de esos inusuales sonidos que captaba más allá de la pequeña cortina de flexibles polímeros.
Papi.
La juvenil arpía yacía en su enorme cama, dando vueltas impacientemente sobre las albugíneas sábanas. Era invierno, y aunque la calefacción casera se mantenía a casi treinta y cuatro grados para evitar que Miia se congelara, la pequeña emplumada no hubiera precisado de aumentar la temperatura en ese momento. Su blanca piel brillaba bajo el resplandor de las estrellas que se filtraba por las ventanas, encontrándose empapada de sudor. Su respiración era agitada, casi jadeante, como si hubiera vuelto de una exhaustiva sesión de ejercicio. Mas no era atlética actividad lo que mantenía a mi compañera de añil plumaje en vela; la rojiza esfera en el firmamento ofrecía la respuesta.
Luna llena.
– "Ahh… ahh…"
Caprichoso desbarajuste hormonal que Selene desencadenaba sobre mi fiel compañera de azul cabellera; exacerbando sus necesidades reproductivas; ensalzando la concupiscencia característica de su estirpe en una manifestación natural para incentivar la perpetuación de la especie. Ataviada con únicamente un sencillo vestido negro de una sola pieza, holgado, diseñado para ofrecer máxima comodidad a la hora de descansar, la desnuda y glabra entrepierna de Papi exhibía una aumentada afluencia de lúbricas secreciones, además del enrojecimiento y la ligera hinchazón características de la despertada libido que embargaba a la arpía.
– "Ahh… ¡Aahh!"
Papi intentó usar sus brazos para apaciguar el calor que consumía al íntimo botoncito que residía entre los labios de su vulva, con resultados entendiblemente insatisfactorios. No era fácil carecer de manos. Mi núcleo primordial, donde residía mi memoria y corazón, se sintieron afligidos por contemplar a mi mejor amiga atrapada entre los instintos naturales, la influencia selenita, y la falta de dígitos adecuados. Yo no podía quedarme ahí, observando a la inerme chica batallar contra el rijoso impulso del plenilunio. No había duda alguna.
Ella me necesitaba.
Tomé una botella de agua que siempre mantenía cerca de mi piscina, en caso que requiriera hidratación de emergencia, consumiendo el líquido en su totalidad. De esa manera, mi acuoso físico se tornó más grande, similar al de una mujer joven, listo para la misión que debía cumplir. Ajustándome la probóscide de mi cabeza, cual casco de guerra, me dirigí hacia la pobre arpía en abrasador apuro. Yo, como su eterna cómplice, aliada y hermana, sabía que era mi deber encontrarle el alivio que su feminidad tanto imploraba.
– "¿Suu?" – Preguntó ella al verme subir a la cama, jadeando. – "Suu, ¿qué pasa? ¿Por qué luces tan grandota?"
– "Te encuentras sudada." – Comenté, colocándome a su lado. – "¿Estás bien?"
– "No…" – Disintió vehementemente con la cabeza. – "Tengo calor. Mucho."
– "¿Tomaste la medicina que nos dio nuestro Amo?"
– "Sí, pero aún no se me quita." – Señaló su entrepierna con el ala. – "Me palpita, Suu. Mi cosita está ardiendo."
– "También tu frente." – Respondí, colocando mi probóscide en su cabeza. – "Apenas son las once, y el efecto no se desvanecerá hasta la madrugada."
– "Es mucho tiempo." – Protestó, negando de nuevo. – "Siento que me quema. No puedo resistir más."
– "Papi." – Coloqué mi mano en su mejilla. – "¿Quieres que Suu te ayude?"
– "¿Eh? ¿Ayudarme? ¿Hablas del juego de las caricias?"
– "Sí." – Asentí. – "Te calmará y podrás dormir."
– "Pero, se supone que Esposo es quien…"
– "Descuida, no romperemos la promesa que le hicimos a nuestro Amo." – Argüí. Cambié al habla en tercera persona; es una costumbre que suele calmar a la joven. – "Suu sólo hará que el ardor se vaya."
– "Arde, arde bastante."
– "Entonces, ¿Suu puede?"
– "Sí, hazlo, Suu." – Afirmó fuertemente con la cabeza. – "Acaríciame, ¡acaríciame mucho!"
– "Por supuesto." – Sonreí. – "Gracias, Papi. Suu te quiere."
– "Yo también te quiero S-¡Guh!"
Nuestros labios se encontraron en ese instante.
O más bien, le planté un beso en los suyos. Fue repentino, pero no invasivo, ni forzado. Aquel sorpresivo ósculo fue bastante parsimonioso, lento, dispensado de tal forma que pudiera apreciar el dulce sabor de la joven arpía, cuyo rostro se tornó aún más ruborizado a pesar de ya hallarse rojo desde que el plenilunio le afectó. Mi glauca lengua jugueteó suavemente con sus labios, insistiendo en que le permitieran paso para hallarse con su congénere aviar. Finalmente, gracias al encendido estado de Papi, la emplumada me dio acceso libre al interior de su boca, donde pude enlazar nuestros órganos bucales en un animado baile de lúbricas tendencias.
– "Fwah…" – Expresó la chica de azul plumaje al separarnos. – "Espera. Necesito aire."
– "¿Le gustó a Papi?" – Mimé su cabeza con los tentáculos de mi gelatinoso cabello.
– "Sí." – Asintió. – "Esposo me besa, pero no con lengua. ¿Por qué tú sí?"
– "Porque Suu quiere bastante a Papi, y quiere demostrárselo." – Contesté, usando mi probóscide para hacerle cosquillas en su barbilla. – "¿Papi quiere también a Suu, como ella quiere a Papi?"
– "¡Por supuesto!" – Aseguró de inmediato, sonriente. – "¡Te quiero mucho, Suu!"
– "Suu es muy feliz por ello." – Regresé la sonrisa, rodeándole el cuello con mis brazos. – "¿Otro?"
Ella respondió, un poco tímida, con otra tácita afirmación de cabeza, y yo, gustosa, le regalé un beso más. En esta ocasión, lo hice más lento, más suave, íntimo. Nuestras lenguas se enfrascaron en una tranquila danza, saboreando la sapidez de su boca antropomórfica, y mi interior acuoso. Tal vez fuera una limo, y admito con vergüenza que en más de una ocasión haya puesto en peligro de asfixia a quien intentara abrazarme, todo accidentalmente, pero en esa ocasión me encontraba tan concentrada que la tensión superficial de mi gelatina corporal se mantuvo firme en todo momento, sin que ella se hundiera dentro de mí.
Al separarnos, buscando otra bocanada del precioso oxígeno, una delgada línea de saliva unía nuestras bocas. Mi compañera lucía tan inocente, pero tan alegre, que mi probóscide cefálica comenzó a bailar para expresar la dicha que era contemplar su seráfica sonrisa. Y ahí, como si nos halláramos dentro de alguna bucólica y romántica trova poética, el resplandor de la luna aumentó su fulgor y se filtró por el vidrio de la ventana, otorgándole a Papi una mayestática apariencia, casi idílica, bajo el carmesí manto del destello selenita.
Era preciosa.
Las arpías comunes poseen figuras demasiado juveniles y, casi axiomáticamente, una mentalidad cuasi-infantil. Papi no era la excepción, pues junto conmigo, era prácticamente la niña de la casa. No me molestaba ser tratada como una menor, y confieso que es entretenido gozar de los privilegios que los impúberes desperdician, siempre soñando con ser mayores. Pero en ese momento no éramos ni chiquillas ni jovencitas, sino mujeres hechas y derechas; un par de liminales que se apoyaban siempre, unidas por un lazo irrompible de eterna amistad y cariño. Contemplando la apoteósica imagen de la belleza frente a mí, mirándome con sus divinos ojos ambarinos, mi núcleo, mi corazón, latió con la fuerza de mil tambores.
La abracé.
– "Suu jura proteger por siempre a Papi." – Declaré, juntando nuestras frentes. – "Jamás la abandonará, estará ahí para ella, y la querrá por toda la eternidad, sin importar lo que pase."
– "Gracias, Suu. Yo también quiero estar contigo." – Musitó ella, haciendo el achuchón más fuerte. – "Me gusta cuando me abrazas. Eres muy suave."
– "Suu nunca dejará de abrazar a Papi." – Acoté, acariciando su espalda. – "Porque está enamorada de ella, y será su esposa."
– "Pero, todas nos vamos a casar con Esposo, ¿no?"
– "Así es. Todas compartiremos a nuestro Amo." – Dilucidé, separándome. – "Y eso significa que nosotras también estaremos casadas."
– "Entonces, ¿Papi también será la esposa de Suu?"
– "Correcto." – Sonreí, tomando sus dígitos con mis manos. – "¿Papi desea hacerlo? ¿Desea ser la esposa de Suu?"
– "¡Sí, sí quiero!" – Exclamó jubilosamente mientras me abrazaba con ahínco. – "¡Eres mía, Suu! ¡Te querré por siempre!"
– "Un sentimiento perfectamente compartido." – Mis tentáculos mimaron su cabeza, reposando sobre mi hombro.
– "Uhm… ¿Suu?"
– "¿Sí?"
– "Aún tengo calor." – Me recordó. – "¿Podrías seguirme ayudando?"
– "Las veces que Papi desee." – Asentí. – "Porque eso es amar."
Con un tercer beso, más breve, pero con la misma carga sentimental, continuamos la tarea de disfrutar íntimamente tan idílica noche. Una de mis habilidades como limo incluían el leer la mente, y sólo bastaba que hiciera conexión entre mi probóscide y la cabeza de alguien para absorber sus conocimientos. Gracias a ello, pude hacerme con una plenitud de variadas técnicas lascivas que residían en los ocultos rincones sinápticos de los habitantes de la morada, incluyendo las de mi Amo. Aquello sucedía incluso si no era mi intención. Agradecí especialmente a Rachnera y Aria, que inadvertidamente proveyeron la mayor cantidad de sáficos métodos eróticos, todos perfectos para usar con Papi.
Y, admito, agregué un poco de mi cosecha personal.
Delicadamente, probé el cuello de la arpía, lamiendo tiernamente su tersa piel, tan inmaculadamente joven; y su sudor, tan sicalípticamente dulce. Rodeándome con sus alas, la emplumada se acostó al tiempo que pequeños gemidos escapaban de su boca. La respiración volvía a agitársele, y el calor en la sala nos hizo olvidar por completo el fresco invernal que imperaba. Así, y habiéndola cubierto el cuello y rostro de gelatinosa saliva, los tentáculos de mi cabellera tomaron el holgado vestido de mi amiga, alzándole la falda, cooperando ella para retirársela por completo.
Su pequeña figura desnuda no poseía las imponentes glándulas mamarias de Centorea, la venusina cintura de Miia, o los bondadosos glúteos de Lala, pero la exigüidad de curvas no equivalía a ausencia de atributos. Su naturaleza voladora le proporcionó una envidiable esbeltez, sin que luciera demasiado delgada. Sus pechos, aunque pequeños, eran impolutamente bonitos, con un par de rosados pezoncitos decorando diminutas y firmes montañitas pectorales. Y sus torneadas piernas hacían juego con un redondo y lozano posterior, el segundo más atractivo de la casa, después de la dullahan.
– "¿Te gusta, Suu?" – Preguntó ella, extendiendo sus alas, ruborizada. – "¿Te agrada mi cuerpo?"
– "Muchísimo." – Musité. – "Es perfecto."
– ""Es tuyo." – Enunció, contenta. – "Juega con él todo lo que quieras."
La sonrisa de mi rostro no podía hacerse más grande.
En esta ocasión, olvidándonos de la timidez, y dejando que el lascivo abrazo de Selene nos envolviera por completo, Papi y yo nos fundimos en un ósculo más ardiente, sucio, lleno de lujuria. Nuestras lenguas se olvidaron de su delicada danza para enfrascarse en ardua y húmeda justa. Los impúdicos sonidos que nuestro succionar de lenguas creaban nos motivaban a seguir el libidinoso encuentro. Habíamos abandonado la habitual máscara infantil, revelando a las ardientes mujeres que yacían bajo el antifaz. Nos amábamos, estábamos deseosas, y la vida era demasiado corta para no aprovechar el momento.
– "Ahh, Suu…" – Jadeó la chica de añiles plumas. – "Sí, así, sigue chupando…"
Los carnosos botones de sus senos, las tiernas fresitas de su pecho, bailaban briosamente bajo el estímulo de mis tentáculos cefálicos, succionándolos y lamiéndolos con denuedo; todo mientras mi boca y lengua recorrían el resto de su blanca epidermis. Otra de las ventajas de mi estirpe, era que cada extensión de mi cuerpo, cada pared celular, podía adoptar la forma y función que deseara. Mi gelatina podía volverse tentáculos, brazos, bocas, o cualquier apéndice que necesitara; era una navaja suiza viviente. Y en ese momento podía hacer valer tan afortunada habilidad a toda mi capacidad.
Pero me contuve.
Anteriormente, mis instintos me hubieran obligado a manifestar una miríada de acuosos apéndices, cual pervertido octópodo, y asaltar a la inerme arpía. Pero hacía mucho que había abandonado tan invasivas costumbres; el incidente con Aria siendo el acabose de mis profanas transgresiones. Siempre podía culpar a mi necesidad patológica de hidratarme como el infausto catalizador de aquellas moralmente vergonzosas infracciones, pero admito que yo anteponía mi propio placer a los sentimientos de mis infortunadas víctimas.
Afortunadamente, aquella limo ultrajadora ya no existía.
El rostro extático de Papi, perdido en la gloria del placer, era toda la evidencia que necesitaba para defender el tácito contrato consensual en cuestiones íntimas. Oírla repetir mi nombre, exigiendo más de mis sicalípticos mimos, de mi cariño, era mucho mejor que escuchar sus quejidos de horror mientras yo egoístamente abusaba de ella. Me arrepiento de haber sido la villana en tan infames ocasiones. No volveré a ser quien haga derramar lágrimas a Papi, o a cualquiera de mi familia, de infelicidad.
– "¡Más, Suu, más!" – Exigía la arpía, jadeando. – "¡Me gusta, me gusta mucho!"
El amor verdadero es una apoteósica sinfonía.
Volvimos a besarnos, a maximizar la sensación de gelatina y plumas acariciándose mutuamente, y dos corazones latiendo en sincrónica armonía. Ver a la voladora tan suelta, tan libre para expresar su cariño, era la panacea a todos mis problemas. Sólo deseaba congelar el tiempo en ese momento, preservarlo en la sempiterna existencia para disfrutarlo una y otra vez. Tal vez no pudiéramos detener el paso de las manecillas del reloj, pero en ese momento fuimos capaces de cesar la marcha del mundo entero, para aislarnos en nuestra íntima burbuja de placer.
Mis labios trazaron de nuevo su camino desde la boca de mi pareja hasta su cuello, que ofrecía nula resistencia a mi hambriento ataque de ósculos y lamidas. Bajé hasta sus pechos para estimularlos por segunda ocasión, y luego me dirigí hacia su estómago. Su piel temblaba, y su boca reía entre gemidos. Cada poro, cada pared epidérmica de la arpía imploraba ser probado por mi osada lengua, conmigo cumpliendo sus deseos con denuedo. Finalmente, luego de mucho tentarla, llegué hasta la sagrada abadía entre sus piernas.
– "Qué bonito." – Musité.
Aunque ligeramente agrandada para facilitar la ovoposición, y empapada en los jugos vaginales de su dueña, la rajita lisa de Papi aún conservaba su inocente y virginal apariencia. Ya la había contemplado muchas veces, y había sido testigo de la elasticidad que posee cuando sus huevos mensuales son expulsados. Pero ahora la observaba embelesada, admirando su rosada belleza y el adictivo olor a feromonas puras que emanaba. Como ella misma afirmaba, la conchita se encontraba ligeramente hinchada, enrojecida, pulsando por el deseo de ser devorada. Se abría y cerraba, como si fuera una extensión de la boca de la arpía.
– "Suu…" – Habló entonces la joven, respirando agitadamente.
– "¿Sí?"
– "Cómeme…"
La probóscide en mi cabeza se puso tan dura como un diamante.
Con la autorización dada por mi compañera, no necesitaba contenerme, y raudamente me dirigí hacia esa preciada cuevita caliente. Sin dilación, abrí los labios para encontrarme con el sensible botoncito de la pajarita, completamente excitado, erecto, palpitando en anticipación. Usé uno de mis tentáculos para hacerle cosquillas, provocando que las mieles de la arpía se derramaran en las blancas sábanas al tiempo que sus gemidos se intensificaban. No resistiendo más, me hice con el platillo principal.
– "¡Fwaahh!"
La saliva se derramó por la boca de Papi, así como sus gemidos, cuando mi lengua se abrió paso por el rosado camino de sus labios inferiores, saboreando yo la dulce ambrosía que eran los exquisitos jugos de su apetitosa vulva; un manjar de sicalípticas proporciones más delicioso que cualquier maravilla gastronómica que haya probado antes. Y lo mejor de todo, era que ese libidinoso néctar era más efectivo que el agua para rehidratar mi cuerpo. La energía que me invadía en ese momento me recordó a la que experimenté durante aquel incidente en el bosque, cuando los desechos tóxicos me proporcionaron dimensiones titánicas para combatir a esa dríade que resultara ser amiga de la arpía.
Succionaba todo lo que podía, hasta la última gota de su diáfana miel femenina. Inadvertidamente, mi cuerpo se tornó más voluptuoso; mis senos incrementaron su tamaño y peso, mis glúteos y cadera se ensancharon, dándome una apariencia más madura. Y a la vez, crecía mi deseo. Necesitaba entrar en ella, necesitaba unirme completamente con Papi, volvernos una sola entidad de pasión y cariño. Empero, aunque la joven de añil plumaje me hubiera autorizado el acceso a su más preciado tesoro, yo no deseaba romper la promesa que le hicimos a nuestro Amo: debíamos conservar nuestra virginidad para el matrimonio.
Ahí, la amarilla punta de mi probóscide se encendió.
– "Papi." – Le susurré a mi amiga. – "¿Puede Suu jugar con esto?"
– "¿Eh? ¿Mi colita?" – Cuestionó al sentir mi tentáculo tocar su entrada trasera. – "Pero, ¿no está sucio ahí?"
– "Papi es muy limpia. No habrá problema." – Afirmé. – "Y Suu desea que ella se sienta bien."
– "Bueno…" – Se mordió los labios un momento. – "Está bien, Suu. P-pero sé gentil, ¿de acuerdo?"
Mi respuesta fue un suave ósculo, recordándole mi promesa de cuidarla por siempre, sellando tácitamente el acuerdo con sonrisas mutuas. Usando los tentáculos de mi cabello, cuidadosamente levanté su cuerpo y lo giré boca abajo, alzando su bello trasero y propinándole un beso a cada nalguita. Papi rió, contenta. Con eso, mis verdes ojos se centraron en el pequeño hoyito de la pajarita que, al igual que su feminidad, pulsaba por la excitación. Parsimoniosamente jugué con tan lindo agujerito usando tanto mi lengua como mis tentáculos para dilatarlo. Como prometí, mi trato fue delicado, amable, incluso lento. No había prisas, sólo placer.
– "¡Aahhh!" – Exclamó ella, arqueando su espalda. – "Un poquito más adentr-¡Oohhh!"
Aunque no estaba mal apresurar las cosas de vez en cuando.
La arpía casi adopta la forma de una herradura al sentir cómo mi probóscide, habiéndola yo movido a mi entrepierna, y actuando como si fuera un órgano masculino, se abría paso dentro de ella como un ariete romano. Yo tampoco negaré que temblé como gelatina a medio cuajar por tan deífica sensación. Mi apéndice de punta amarilla era la parte más sensible de mi cuerpo, donde todo mi sistema nervioso se concentraba. Ergo, al experimentar el estrecho ano de Papi, más sus suaves glúteos, apretujando mi miembro improvisado, la conmoción estaba más allá de una descripción que le hiciera correcta justicia.
Era simplemente magia; la magia del amor.
– "¿Papi está disfrutando?" – Pregunté, penetrándola con delicadeza. – "¿Está gozando, o desea que desista?"
– "Sigue, sigue por favor." – Aseguró, suspirando. – "Acelera un poquito."
– "Con gusto."
– "Aahhh, me gusta." – Gimió, moviéndose también. – "Suu, ¿puedes chupar mis pechitos también?"
– "Encantada." – Un par de tentáculos se encargaron de complacerla. – "¿Así?"
– "Mmm." – Afirmó con otro gemido. – "¿Puedo… puedo pedir otro favor?"
– "Todos los que Papi desee." – Declaré. – "Suu no se negará."
– "Por aquí igual." – Ella abrió la boca.
– "Oh. Pero, ¿no traería malos recuerdos?" – Interrogué. – "Es decir, con lo que Suu solía hacer…"
– "No te preocupes." – Disintió con la cabeza, sonriendo. – "Porque mientras sea contigo, siempre lo disfrutaré."
Mi cuerpo entero comenzó a latir, como un corazón gigante.
Motivada por la mirada llena de afecto de la arpía, manifesté un cuarto tentáculo, y lo interné en su cavidad bucal. Salvo por su conchita, todas sus zonas erógenas recibían mi fogoso trato. Mi probóscide aumentó su grosor, así como lo hicieron los gemidos de Papi. Acrecenté el ritmo de mis embestidas, haciendo chocar rítmicamente mi pelvis con su posterior. Mi lengua succionaba el sudor que decoraba la piel de la agitada emplumada, sin dejar de sodomizarla, chupar sus pezones, o follarle la boca. Ambas nos desprendimos de la última cadena que nos ataba a la realidad, ascendiendo al firmamento del goce infinito.
Entonces, sucedió.
Una descarga eléctrica nos recorrió de pies a cabeza y el mundo se tornó blanco por un segundo. Fue como todo el placer existente en el universo se hubiera condensado en ese efímero intervalo de fugaz tiempo, explotando dentro de nuestros seres como una supernova. El orgásmico gemido de Papi fue ahogado por el tentáculo que le tapaba la boca, mientras yo opté por desaparecer la mía para evitar que mi bramido animal despertara al resto de los inquilinos. Pero la seráfica sensación, el mayestático clímax, esa unión de cuerpo y alma, no podía ya borrarse de nuestros semblantes.
Agotadas por haber alcanzado el cenit de la lujuria, dejé caer mi cuerpo hacia atrás, y mi probóscide-miembro salió del ano de Papi, creando un sonido similar al de un corcho siendo retirado de la botella. Contemplé a la arpía yacer en su lugar, tiritando ligeramente, con la vista perdida y la lengua salida, aún sumida en el éxtasis. Su hoyito, dilatado y abierto, dejaba escapar un glauco y viscoso líquido. En medio del arrobamiento de la pasión, mi probóscide expulsó un poco de mi gelatina como si de esperma se tratara. Sin importar especies, todas reaccionamos de la misma manera en la cúspide del orgasmo.
Estaba exhausta, y había expulsado mucha energía, pero mi físico apenas se había vuelto al cuerpo adolescente. En verdad que el dulce néctar de Papi era el elixir de la vida. Me incorporé cuando vi a la chica volver en sus cinco sentidos, intentando recuperar el oxígeno y calmar a su agitada bomba sanguínea. Delicadamente, un par de tentáculos la rodearon y atrajeron hacia mí, donde la recibí con un honesto abrazo, que fue gratamente correspondido. Su cuerpo tan suave, era tan cálido como el afecto que desprendía con esa hermosa sonrisa y sus cristalinos ojos ámbar. Permanecimos acostadas, con ella encima de mí. En lugar de palabras, expresamos todo con un virtuoso ósculo.
El amor es un idioma universal.
– "¿Suu?" – Habló ella, acurrucada como una gatita.
– "¿Sí?" – Respondí, mimando su cabello.
– "¿Podemos dormir juntas a partir de ahora? Así, como estamos ahora."
– "Por supuesto, Papi." – Sonreí, enlazando mis manos con sus dígitos. – "Siempre."
– "Te quiero, Suu."
– "Suu también quiere a Papi."
– "¿Cuánto?"
– "Mucho."
El amor es una hermosa sonrisa y un tierno beso antes de dormir.
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– "¿Lo quieres?"
– "Sí."
– "¿Sí qué?"
– "Sí, lo quiero."
– "¿Cuánto?"
– "Mucho."
– "¿Cuándo?"
– "Ahora."
– "¿Segura?"
– "Sí."
– "Bien." – Sonreí ufanamente. – "Chúpalo."
No hay gozo más dulce que dominar a los mortales.
Desde ser engendrada por la oscura semilla del Vacío Eterno, hasta ser invocada durante aquel funesto ritual antropófago de las antiguas dinastías, mezclándome entre el olor de la sangre, la calcinante arena y los balsámicos inciensos, mi objetivo en este mundo ha sido extender la influencia de nuestra ominosa estirpe sobre los efímeros que, risiblemente para nosotros, se habían proclamado dueños del planeta. Imposible les sería formular que su existencia ha dependido de la indiferencia que sus verdaderos amos han mostrado para con ellos. Tampoco es que me preocupara.
Yo ya tenía a una fiel devota dispuesta a venerarme por los eones venideros.
– "Sé que suena irónico que lo mencione una Abismal, pero tus fetiches me siguen pareciendo intrigantes." – Mencioné, mientras ella succionaba. – "¿Por qué siempre solicitas que alargue sobradamente mi clítoris, en lugar de que simplemente me haga crecer un pene?"
– "Porque soy lesbiana." – Respondió la mujer, lamiendo la punta. – "No me gustan los penes."
– "Qué estricta. Sabes que mi estirpe puede asumir el género que desee." – Reiteré. – "Aunque poseyera forma de miembro masculino, no significaría que es precisamente uno."
– "¡Ah! Acabas de darme la razón." – Guiñó. – "Además, podemos decir que somos unas de las pocas que practican esta exótica variación del futanari."
– "Podría transformarlo en una polla cuando menos lo esperes."
– "Pero tú misma acabas de decirlo: aunque luzca como una, no lo es."
– "¿Entonces puedo hacerlo?"
– "Claro que no." – Le dio un beso. – "Ya te dije que no me gustan."
Ambas reímos. Ninguna intentaba abrir un ampuloso y trivial debate sobre los conceptos biológicos del dimorfismo sexual, la noción del género entre las descendientes del Caos Reptante o, peor, tratar de racionalizar los absurdos argumentos y misándricas falacias que tanto han envenenado la mente de la generación occidental actual; sólo era un sencillo juego entre dos amantes, una pequeña batalla de avispados comentarios y audaces contraataques para seguir probando nuestras perspicaces mentes.
Y la de Kuroko Kobayashi era tan hábil como su lengua.
– "Mmm. Tu técnica realmente ha mejorado en estos años, Kuroko." – Comenté, sintiéndola lamer mi vulva. – "Quiero pensar que te he entrenado eficazmente, pero sé que mucha de tu experiencia es previa a mí."
– "¿Estás molesta por ello, Nya?" – Preguntó la pelinegra, succionando mis jugos. – "¿Te es inaceptable que no hayas sido tú quien reclamara mi primera vez, y me instruyera en las sáficas artes amatorias?"
– "Hipócrita de mi parte sería el importunarme por tal detalle." – Repliqué, acariciando su cabello. – "Ya te he contado de lo adepta que era la reina Nitiqrty a los placeres lésbicos, especialmente en grupo. En ocasiones pienso que ella reencarnó en esa arachne fascista."
– "¿Fue gracias a la reina que te decidiste por adoptar la identidad femenina?"
– "No, eso fue antes de ser siquiera invocada por el faraón Sekhen. Sumisa, Kuroko." – Le ordené, besando su frente. – "Mi primera forma era mucho más venusina. Me dije que si iba a pasar la mayor parte del tiempo con una figura humanoide, al menos sería una considerada sumamente atractiva."
– "Vanidosa incluso sin haberte materializado, Nya." – Rió Kobayashi, colocándose boca abajo y alzando su trasero. – "Preferiría que mantuvieras ese físico inicial, pero tu forma actual es menos problemática y más fácil de tapar, aún cuando eres una exhibicionista de primera."
– "Cuento contigo para seguir con ese privilegio, coordinadora Smith." – Usé mi cabello para mimar su barbilla. – "Sé que no es fácil conceder amnistía legal para una alérgica a las prendas, aunque tampoco hay que descartar las facilidades que me han otorgado mi estatus liminal y mis laureados logros en la profesión."
– "Y de que siguieras mis órdenes de censurar tus partes críticas. Así ofreces el show sin romper la ley." – Rió ligeramente ella. – "Pero, ¿no es el seducir a los mortales el trabajo de seres tan inferiores como las descendientes de Lilith?"
– "Nosotros lo hacemos mejor." – Respondí, con vanagloria. – "Lograr cautivar tu inexistente corazón es prueba fehaciente de nuestra eficacia."
– "No negaré los hechos." – Volvió a reír, sus albugíneos dientes resaltando bajo la tenue luz. – "Pero tú sabes que la oscuridad sólo atrae más oscuridad. Bruno magnetismo que colma el vacío de almas carentes de románticas fantasmagorías sentimentales."
Luego de un segundo de silencio, quebré el afásico momento con una carcajada.
– "Eso fue terrible, ¿sabes?" – Opiné, disintiendo con la cabeza. – "¿De dónde lo sacaste? ¿Alguna de las horribles canciones de Wilde?"
– "Nya, acabo de agotar completamente las reservas de sake de la nevera, no estoy para articular correctamente pomposas declaraciones." – Me volteó a ver, denotando lo rojo de su ebrio rostro. – "Y si en verdad te preocuparas por mí, evitarías que hiciera tal bobería en primer lugar. Mi hígado no es eterno."
– "Lo siento, me es irresistible el contemplar tu verdadero ser, despertado por los influjos del etílico." – Provoqué. – "¿Quién creería que la responsable y respetada líder de MON es la misma que se metió la botella en el trasero hasta dejar sólo la boca de ésta fuera, y me pidió que bebiera directamente de ella?"
– "Esa fuiste tú, degenerada." – Retrucó. – "Yo me eché el sake dentro de la concha. Y tú aprobaste el sabor."
– "En todo caso, ya que eres tan servil con tu ama al lisonjearla, te concedo la satisfacción de elegir la apariencia que tomaré el día de hoy, antes del sacrificio." – Mi dedo se deslizó por su voluptuoso posterior. – "Entonces, ¿qué fantasía deseas saciar esta noche?; ¿Recorrer el epicúreo cuerpo de tu alférez ogresa?; ¿Probar la carne nueva de alguna de tus novatas?; ¿Revivir tu juventud con esa piernuda que solía gustarte, antes de formar MON?"
Ahí, le pegué una fuerte nalgada, marcando con rojiza precisión la palma de mi oscura mano en ese perfectamente formado glúteo. Escucharla gemir por tal estimulación era nuestro cántico ritual, el aquelarre sicalíptico que endulzaba el picante ambiente. La tomé del cabello y la jalé hacia mí, lamiendo su oreja, y jugando con los endurecidos botones carnosos que decoraban sus suntuosas montañas pectorales. Tantos años bajo la mira de la escoria del planeta y la acritud del combate no habían mermado su femenina belleza y suavidad.
– "¿O acaso…?" – Le susurré a su oído. – "¿Quieres que me convierta en Ella?"
– "No." – Replicó, exhalando un tenue gemido. – "Hoy no."
– "Entonces, ¿quizás esa sucia ex-mafiosa?" – Posé mi mano en su entrepierna. – "Te excitó el comentario sobre tu negra selva, ¿cierto?"
– "Quizás. Aprecio que admiren la naturalidad de mi cuerpo." – Contestó Kuroko, mordiéndose el labio inferior. – "Pero me temo que tampoco es la respuesta correcta, Nya."
– "Ugh, no quiero volver a ser Redguard." – Torcí la boca. – "No existe inefabilidad alguna en el Sempiterno Abismo que se compare al horror de emular a tan abyecta criatura."
– "Strike three. You're out, Doppel-chan." – Declaró, con esa sonrisa tan fresca. – "¿Qué sucede hoy? ¿A la gran descendiente del Dios sin Rostro también le afectó una simple bebida de arroz fermentado?"
– "Sólo por eso…" – Mi clítoris se bifurcó, manifestando una copia exacta. – "Recibirás partida doble."
– "Jaque mate." – La pelinegra hizo ademán de ajustarse sus gafas oscuras. Todo de acuerdo a su plan. – "Pero hablando en serio, hoy deseo que te transformes en lo que tú más deseas en el universo."
– "¿Destronar a Azathoth y declararme la gobernante suprema de los Dioses Externos?" – Le respondí. Ahí, entendí sus palabras. – "Oh…"
– "Somos tal para cual." – Guiñó. – "¿No lo crees?"
– "¿Quién es la vanidosa ahora, Kobayashi?" – Disentí con la cabeza. – "Pero admito que en esta ocasión está justificada."
Sin dilación, mi morena tez, la misma que he adopté desde mis ayeres en el Antiguo Egipto, se tornó caucásico-asiática, y mi larga cabellera nívea desplegó una oscura tonalidad. Mis facciones adquirieron un perfil híbrido entre el occidental y el oriental. Al mismo tiempo, mi cuerpo aumentaba sus medidas, volviéndose más atléticas, redondeadas y venusinas. Obtuve un par de ponderados pechos, unos glúteos firmes y prósperos, y dos suntuosas piernas que fácilmente despertaban envidia en el resto de sus congéneres mortales. Me había transformado en lo que yo, una orgullosa semilla del Abismo, encontraba lo suficientemente digna de considerarse perfecta.
– "Eones de atávicos conocimientos, y aún no soy capaz de dilucidar respuesta." – Comenté. – "¿Es esta la expresión más narcisista del sexo, o el epítome del onanismo?"
La respuesta de la pelinegra fue gemir mientras mi fálico órgano doble penetraba sus cálidas cavidades. Estoy segura que todo el mundo ha fantaseado alguna vez con follar con una copia idéntica de ellos mismos, y Kuroko no era la excepción, especialmente cuando yo no tenía empacho en cumplir sus soberbios deseos. Sexo con uno mismo, sobrepasando los límites de la masturbación; la fatua perfección del egocentrismo erótico. Tan orgullosa como una Abismal. Kobayashi tenía razón: éramos tal para cual.
– "Te amo, Nya."
Para una descendiente del Morador de la Oscuridad, tan melifluo manifiesto sólo alimentaría mi petulante vanagloria, reafirmando mi dominio sobre la efímera alma humana. Empero, las palabras de la mujer que ahora profería profundos gemidos de intenso placer, y cuyas vocalizaciones sólo iban en aumento, eran la expresión más honesta del inmenso afecto que tenía para con esta cambiaformas. Yo podía camuflarme a voluntad; ser una camaleónica experta en opacar la verdad; una hábil máscara de incógnitas vivientes… pero no podía ocultar que el amor que sentía con esta simple mortal, este diminuto parpadeo en mi sempiterna existencia, era tan real como el argento satélite natural, tornado rojizo por el plenilunio, que se asomaba por la ventana.
Cada embestida era una manifestación más de nuestra eterna unión; cada gemido era un sonoro testimonio de los innegables sentimientos; cada beso, un breve soliloquio del tácito juramento que nuestros corazones firmaron con indeleble y roja tinta. Las palabras tiernas y las descaradas vulgaridades, dicotómicos contrastes, se mezclaban en un homogéneo cóctel agridulce de sicalípticas sensaciones y epicúreas acciones, motivándonos a descender los peldaños de la escalera moral, hasta alcanzar el centro donde las barreras de las impasibles normas ya no podían gobernarnos, zambulléndonos en un océano de lujuria y deseo absolutos. No había preocupaciones, ni responsabilidades, ni cadenas.
Sólo placer, glorioso y libre.
En medio del éxtasis, mi mente materializó mis impulsos primitivos, aquellos que exigían proclamarme la dueña total del cuerpo de mi amada. Así, las hebras de mi cabellera se transformaron en una multitud enarboladas formas fálicas que se internaron en la boca de la pelinegra, mientras el resto estimulaban cada rincón del suave cuerpo de la pelinegra como ávidos y rijosos tentáculos. Mis clítoris aumentaron su grosor, acrecentando la sensación de sentirlos apresados por las paredes de los calientes y húmedos hoyos de Kobayashi. La máxima decadencia era nuestro álgido trono de magnificencia.
Tan fugaz como un suspiro, y tan enorme como el firmamento, las llamas de la pasión culminaron en un apoteósico clímax, fusionándonos en la misma flama ardiente de temblores corporales y profundos bramidos animales. El aire se encargó de llevar los ecos de aquel intenso orgasmo dual por los rincones de la morada de Kuroko, por suerte lo suficientemente aislada para que nuestro erótico despliegue permaneciera en el anonimato. El efímero silencio fue roto cuando nuestros cuerpos, sudorosos y exhaustos, se desplomaron sobre las níveas sábanas del colchón, al tiempo que nuestra agitada respiración intentaba serenarse. Recuperando mis energías, parsimoniosamente delineé una salivosa ruta de besos en la espalda de mi pareja.
– "Nya." – Habló finalmente ella, jadeando. – "¿Acaso… acaso te viniste adentro?"
– "Descuida, que es sólo líquido inofensivo. Semen sin esperma." – Le aseguré, reposando sobre ella. – "La sangre Abismal es demasiado peligrosa para arriesgarme a embarazarte."
– "No, me refiero a que lo hiciste, condenada. Los transformaste." – Elucidó. – "Te dije que no me gustaban."
– "Culpable." – Contesté, sonriéndole mientras cubría sus hombros con ósculos. – "Soy una hija del Caos después de todo. ¿Esperabas controlarme, ilusa mortal?"
– "Alevosa, mezquina y zaína." – Disintió con la cabeza, colocando su mano en la espalda. – "¿Por qué me enamoré de ti, enana impredecible?"
– "Porque en el fondo te encanta cuando te desafío y rompo las reglas. Soy la única que puede tornarte sumisa." – Entrelacé mis dedos con los suyos. – "Y sabes que jamás te juzgaré por tus más oscuros secretos. Entre degeneradas nos entendemos, y nos necesitamos."
– "¿Nya?" – Cuestionó, acariciando mis dígitos.
– "Dime." – Besé su cuello.
– "Me siento lista."
– "¿Ahora?" – Me pausé. – "La noche apenas comienza; no arruinemos el momento."
– "La noche es joven, como yo." – Aseguró. – "Entre más pronto me acostumbre, mejor."
– "¿Realmente quieres hacerlo?"
Ahí, ella se dio la vuelta, quedando cara a cara. Contemplé sus ojos color café, fijados en los míos. Poseía un par de pupilas tan oscuras como su cabellera y su alma, pero tan diáfanas como el más cristalino manantial. No necesitamos de más palabras; esas orbes que no parpadeaban dejaban en claro el denuedo de Kuroko. Exhalando, le confirmé acatar a sus deseos, asintiendo con la cabeza. La sonrisa que se dibujó en su hermoso rostro provocó que mi boca esgrimiera una también. Intercambiando un suave contacto bucal, reafirmando el irrompible lazo que nos unía, nos separamos. Kobayashi se sentó en la orilla de la cama, conmigo flotando frente a ella.
– "¿Cuánto fue la última vez?" – Preguntó la pelinegra.
– "Diecinueve segundos y cuarenta y cuatro centésimas." – Contesté mecánicamente. – "Tres años y no hemos siquiera superado el minuto. ¿Para qué torturarte?"
– "¿Cuántos conoces que resistan siquiera diez?" – Guiñó. – "Soy la condenada Kuroko Smith, después de todo."
– "Tanta soberbia va a matarte un día." – Me crucé de brazos. – "Última oportunidad."
– "Jamás oí de Abismal tan amable para prevenir a una precaria mortal de su inminente desgracia." – Rió ella. – "Adelante, que soy niña grande."
– "De acuerdo." – Suspiré. – "Tú eres la capitana."
Con un rápido beso de buena suerte, sellamos el pacto. Si de terquedad se trata, yo hubiera protestado para proseguir, pero Kuroko era aun más testaruda y no se hubiera movido hasta conseguir su objetivo. Al menos esa obstinada vehemencia le era útil para nunca rendirse en su afán de erradicar a la escoria criminal. De esa manera, y con su afable sonrisa resplandeciendo bajo el platinado manto del satélite selenita, di comienzo al ritual privado que hemos llevado desde que nuestros corazones laten en sincronía.
Una completa locura.
Mi habitual forma pequeña y plana, casi infantil, se esfumó en un cúmulo de bruna niebla. La oscura epidermis dio paso a un áspero recubrimiento grisáceo de aceitunadas tendencias tonales, y mi par de dorados ojos se multiplicaron por la extensión de mi cabello, que cada vez se transformaba en una amorfa masa de horripilantes tentáculos y abyectas hileras de pálidos colmillos que se manifestaban y desparecían a placer. Describir con detalle mi apariencia en ese momento, el instante en que me revertía a mi forma original, sería privar al lector de estas silentes letras de su propia cordura.
Pero Kuroko, la demente Kuroko, logró mantenerla.
O al menos eso intentaba. Su semblante se tornó estoico, pétreamente circunspecto antes de manifestar el paralizante pánico que congela las facciones faciales como una aviesa máscara mortuoria. Imposible sería culparla por tan natural reacción. Contemplar nuestro aspecto primordial, aunque fuera un infinitésimo atisbo, era suficiente para erradicar las redes sinápticas del infortunado testigo. Somos el terror puro; un aforismo de ignominia; el axioma de aversión más infausto que la humanidad pudiera concebir en sus mentes mortales; la antítesis de la sanidad mental.
Somos Abismales.
– "Catorce… Quince…" – Enumeraba yo con cronométrica precisión. – "Dieciséis. ¿No te parece suficiente?"
– "No he dado la orden de detenerte." – Contestó ella, límpidamente temblorosa. No era fácil ver y escuchar cientos de bocas hablar al mismo tiempo. – "Diecinueve… veinte…"
– "Veintiuno. Nuevo récord, paremos ahora."
– "S-sigue por favor, Nya." – Se hiperventiló. – "Puedo hacerlo."
– "¿Quieres terminar como el loco Alhazred después de descifrar los secretos del Necronomicón?"
– "¡Puedo hacerlo!" – Exclamó, temblando al grado que la cama también lo hacía. – "¡Continúa!"
– "Simijo…" – Mascullé resignada. – "Veintiséis… Veintisiete…"
– "Stell'bsna orr'e, stell'bsna orr'e…" – Comenzó a musitar ella, en idioma Abismal. – "Stell'bsn-¡AAHH!"
Sin previo aviso, la pelinegra se dejó caer hacia el costado derecho, enroscándose sobre su cuerpo y sosteniendo su cabeza mientras tiritaba como un animal al que acabaran de disparar. Había sido demasiado. Raudamente recobré mi apariencia regular y me apresuré a socorrer a Kuroko, cuyos dientes no paraban de castañetear.
– "¡¿Estás bien, Kobayashi?!" – La sacudí, como si necesitara más. – "¡Respóndeme!"
– "N… Ny…" – Bisbiseó, casi inaudible. – "Nya…"
– "¡¿Sí?! ¡Dime, por favor!"
– "Nya…"
– "¡Te escucho, sólo habla!"
– "Me…" – Hizo una larga pausa. – "Me estás ahorcando."
– "¡Ah, lo siento!" – La solté. Entonces, la zarandeé de los hombros. – "¡Con un demonio, mujer! ¡Te advertí que era peligroso! ¡Casi te pierdo, maldita chalada!"
– "Qué tierna eres al preocuparte así, Nya." – Acarició mi barbilla, interrumpiendo el gesto con otro temblor. – "Gah, carajo. ¿Cuánto… cuánto tiempo hice?"
– "Treinta y tres segundos exactos." – Contesté, acostándola en mi regazo. – "Tres más que Nitiqrty. ¿Ya estás contenta?"
– "Mi celoso ego está satisfecho." – Sonrió, cerrando los ojos, dejando su mano en mi pierna. – "Ninguna monarca desértica podrá superarme."
– "Te advertí de la soberbia, Kuroko." – Enlacé mis dedos con los suyos. – "Pero ese es tu plan, ¿cierto? Mantenerme preocupada para que nunca abandone tu lado."
– "No, sé que jamás me dejarías ya, Nya." – Afirmó. – "Lo hago simplemente porque estoy loca."
– "Sí, eso quedó más que claro." – Volví a exhalar. – "Y yo también, al soportarte."
Permanecimos varios minutos en silencio, sin requerir de alguna trivial charla para hacer ameno el tiempo. Lo temblores de la pelinegra finalmente menguaron hasta cesar por completo; el latido de su corazón siendo el único movimiento involuntario.
– "¿Cuándo visitarás a tu madre?" – Cuestioné, mimando su cabeza.
– "Este domingo." – Replicó, ronroneando como una gatita. – "Le dará gusto cuando le lleve caramelos sabor café. Sus favoritos."
– "Ella debería darte una buena tunda, por malcriada." – Opiné. – "¿Qué debo hacer para que dejes de pegarme estos sustos?"
– "Dejar de amarme."
– "Eres demasiado tramposa para ser una defensora de la ley, ¿sabías?" – Exhalé, sonriendo.
– "Las oportunidades están para quien desee aprovecharlas." – Respondió, acariciando mi pierna con su índice. – "Y la noche aún es joven, Nya."
– "¿Sigues ebria después de todo esto?"
– "Ebria de amor." – Se incorporó, regalándome un beso. – "¿Qué tal si adoptas tu voluptuosa forma egipcia? Quiero sentir esas morenas nalgotas rebotar contra mi cadera cuando les dé por atrás."
– "¿Por qué siempre me tocan obsesionadas con la sodomía?" – Interrogué. – "Nitiqrty, Cleo, tú. Todas han sido adeptas a la práctica."
– "Es una forma de dominio, y una mujer poderosa siempre querrá probar las mieles de la supremacía." – Me susurró al oído. – "Y en el fondo, te encanta cuando esta simple mortal te hace suya, ¿cierto? Sumisa, Nya."
Intercambiando nuestras lenguas un húmedo y erótico ósculo, accedí a sus deseos. Mientras ella se ajustaba el arnés a la cintura, ostentando un grueso dildo doble de color morado, yo me coloqué boca abajo, alzando el agraciado posterior de mi maduro físico; el mismo que fuera recorrido milenios atrás por la últimas regentes de las dinastías egipcias, con impetuoso denuedo.
Pero ni siquiera la magnificencia y opulencia de la mandamás de un imperio entero se comparaba con el portentoso espíritu y voluntad de la pelinegra, capaz de convertir a una niñita tímida y solitaria por el abandono paternal, en la emblemática coordinadora del Programa de Intercambio; la laureada líder de un grupo antiterrorista; y la única humana que me ha amado, aún sabiendo que debajo de mi disfraz antropomórfico yace una pesadilla viviente.
Seré una cambiaformas, una sempiterna criatura de la oscuridad, pero la transformación de Kuroko Kobayashi era ciertamente legendaria; lo suficiente para continuar cincelando una perenne sonrisa en mi Abismal rostro. Para continuar recordándome la razón de que abandonara mis pretensiones de esparcir caos, y dedicarme a, muy a mi manera, mantener el orden en el país del sol naciente. Y para remembrarme que esparcir la influencia de tu estirpe es mejor cuando tienes a alguien a tu lado. Ahí, mientras la enorme luna brillaba en el infinito firmamento, y la capitana de MON tomaba su lugar detrás de mí, manifesté todo mi sentir en tres simples palabras:
– "Te amo, Kuroko."
[- -]
– "Ahh, ándale, ahí mismo." – Suspiré. – "Eres buena en esto, Mausi."
– "Veinte años y sigues repitiendo lo mismo." – Rió ella. – "Pero agradezco tus halagos, Süsser. Te mereces el masaje después de todo; esa cena estuvo magnífica."
– "Jamás hubiera esperado hallar un restaurante alemán genuino en esta ciudad." – Comenté, sonriendo. – "Y me alegra que lo disfrutaras; mi cartera derramó una lágrima al ver los precios."
– "Oh, vamos, Helmutt; gastaste más en el viaje aquí." – Retrucó Vera. – "Además, tú fuiste que el que me invitó a comer fuera, en primer lugar. Ya sabes que todo nos sale gratis en el hotel."
– "Lo sé, pero sabes que deseaba llevarte al paseo que no pudimos tener en la vieja Alemania." – Respondí. – "Tampoco es que me queje. Ver a mi mujer tan contenta valió cada yen. Y volvería a hacerlo."
– "Sé que sí, querido. Siempre tan detallista." – Acarició mi barbilla. – "Y qué bueno que estés dispuesto a seguir gastando, que deseo volver a probar ese auténtico rostbrätel turingio."
– "Jamás había visto a alguien devorar el filete marinado de cerdo como tú, amor." – Dije, riendo tenuemente.
– "Soy una carnívora, Süsser. La depredadora máxima." – Me abrazó desde atrás. – "Y el hambre aún no se me quita, ¿sabes?"
– "Mmm, a mí también se me antoja un buen filete de araña germana atigrada para esta noche." – Tomé sus manos con las mías. – "Tengo la salsa perfecta para acompañar tan divino manjar."
– "Alto contenido en lácteos, ¿cierto, querido?" – Mordió suavemente mi oreja. – "Pero hablo en serio, me encantó el restaurante. Volvamos otro día."
– "Claro, amor. Pero la próxima vez pide únicamente una orden, ¿quieres, guapa? Debes cuidar tu figu-¡Ay!"
– "¿Me estás diciendo gorda, Jäger?" – Cuestionó ella, pinchándome el costado izquierdo. – "Porque te recuerdo que me mantengo bastante en forma, incluso después de tantos años y un parto."
– "¡Auch! No, Mausi, por supuesto que no." – Aseguré. – "Ya oíste lo que dijo esa tejedora antes: que tienes prácticamente sus mismas medidas. Eso es impresionante para una mujer de tu eda-¡Auch!"
– "¿Y encima me llamas vieja?" – Se incorporó, apuntando hacia la puerta. – "¡Suficiente! ¡Largo de aquí, Jäger!"
– "¿Qué? ¡Pero yo quería gozar!"
– "¡Qué gozar ni que ocho cuartos! ¡Fuera!" – Estampó un pedipalpo en el suelo. – "¡Y vístete, que tienes la salchicha toda retraída!"
– "Es que hace frío…"
– "¡Raus!" – Insistió, sus seis ojos clavados en mí. – "¡Schnell!"
– "Jawohl, meine Kaiserin…"
No es fácil ser el esposo de una Arachne.
Cabizbajo, salí del baño y me dirigí a abrir el ropero para ataviarme. Bonita manera de arruinar el masaje previo a una romántica noche. Y pensar que todo había salido a pedir de boca ese día. Nada podía ser más perfecto, creí. Para empezar, desperté al lado de la mujer que amo, contemplando su pacífico rostro dormido, ajeno a cualquier preocupación en el mundo. Luego, hablé con mis dos hijas, una en la mañana y otra en la tarde. Ambas me iluminaron el alma con el tácito cariño que sólo el fruto del amor con sus madres puede concebir.
Cuando mi mujer despertó, la pasión que por más de dos décadas había reposado en ella, se encontró con la mía, y nos dimos una fogosa sesión matutina de amor a la alemana. Después, compensando lo que nos fuera negado en nuestra juventud, dimos un paseo por la ciudad, finalizando con una magnífica cena en un distinguido restaurante. No era la primera vez que recorríamos la urbe nipona, pero ahora nos tomamos el tiempo de deleitarnos con las particularidades de la cultura japonesa. A pesar del globalismo, el país del sol naciente mantenía su identidad con ahínco, y aunque nos halláramos en el siglo XXI, las tradiciones seguían tan vivas como en la era en que fueron concebidas.
Sonreí al recordarlo.
Ese matrimonio entre el modernismo y el romanticismo ancestral era una perfecta analogía para un par de viejos amantes como nosotros; antiguas estampas de una época pretérita. Y aún ahora lo experimentábamos; nuestra habitación mantenía ese aire tan propiamente japonés, aunque la arquitectura de la fachada exterior luciera tan cosmopolita como cualquier hotel hallado en Europa. Curiosos aforismos de la vida. O quizás sólo estuviera divagando mientras distraía a mi mente, evitando pensar que mi lugar de reposo esa noche sería el sofá.
– "Al menos la vista es preciosa."
El mueble de rojo terciopelo se encontraba justamente frente a la enorme pared hecha de vidrio espejado, y, estando en el décimo piso de tan imponente edificio, podía contemplar la vastedad de la ciudad en su totalidad. Polícromos destellos dentro de variadas estructuras decoraban el nocturno paisaje terrestre, más fulgurantes que las estrellas en el cielo, ahogadas por la iluminación artificial. Los signos de neón y las bombillas se fusionaban en un cóctel multicolor que otorgaban resplandeciente vida a la ciudad costera. Una jungla de concreto y vidrio, pululada por bulliciosos vehículos que realizaban sus travesías como mecánicas luciérnagas en la lejanía.
Más sin importar las centellantes maravillas eléctricas que el hombre haya construido para alejar a las tinieblas, una vez Helios culminara su trayecto diario, ninguna miríada de incandescentes luces podrían opacar a la dueña indiscutible del firmamento: la luna llena. El gigantesco orbe selenita se había asentado regiamente en su cósmico trono, emperifollada en un carmesí velo que, como los rojos faroles de un distrito prohibido, marcaba el inicio de la sicalipsis, anunciando el aumento de la libido en las liminales criaturas poseedoras del instinto animal.
– "Por los desdichados."
Tomando una lata de cerveza del perfectamente abastecido minibar, me senté en el sofá para irónicamente pasar el trago amargo con otro. Siempre me relajaba oír la lengüeta metálica abrir la boquilla, liberando los gases internos, y creando ese seseante 'psst' característico. El frío líquido ambarino no era tan bueno como el producido en mi tierra, pero al menos no era esa horrible agua sabor a pis que nos daban durante la época soviética. Mientras el fermentado de cebada peregrinaba mi lengua y garganta, refrescándolas, escuché la puerta del baño abrirse, junto al inconfundible sonido de ocho quitinosas piernas. Sonriendo, la invité a unírseme.
– "Hey, Mausi, ¿quieres una cerv…?" – Me pausé. – "Mein gott..."
Tan pronto mis ojizarcos globos oculares se posaron en mi esposa, el pobre sofá se encontró decorado por una antiestética mancha con olor a alcohol, luego de que mi mano aplastara la lata, como una trituradora. Vera se hallaba ataviada en un extremadamente lúbrico conjunto de lencería color morado, sin duda el obsequio que Rachnera le entregara en nuestra última visita a su residencia. Me incorporé de inmediato, permaneciendo inmóvil mientras esa diosa de ocre quitina se acercaba con seductores movimientos. Innecesario es mencionar que mi amigo entre las piernas se puso más firme que yo durante la instrucción militar.
Aquella unidad de sicalípticas prendas se componía de un par guantes que llegaban hasta el codo, medias para sus bien formados pedipalpos, además de un clásico liguero en la cintura que resaltaba su esbelta figura. El paso de los años y el convertirse en madre suele demacrar la belleza de una mujer; sin embargo, la biología liminal de la mía sólo la hacía más atractiva. Pero lo mejor, y lo que hacía que mis más profundas fantasías quedaran empequeñecidas por la realidad ante mí, eran tanto el sostén como las bragas que la majestuosa arachne llevaba encima.
El intrincado patrón de encaje de por sí ya les daba un toque picante, pero el diseño no resaltaba únicamente por la onerosa mano de obra de la tejedora. La atracción principal estaba en que tales prendas poseían una abertura justamente en las zonas críticas que la ropa interior debía precisamente encargarse de ocultar. Tanto sus erectos pezones como su húmeda vulva se encontraban al totalmente descubierto, sin dejar nada a la imaginación. Una antítesis del propósito principal de la ropa.
Y eso era precisamente lo que más adoraba.
Era impúdico, pero mantenía una pizca de decencia. Erótico, pero aún digno. Una dicotómica paradoja de concupiscencia y pudor, un oxímoron que me provocaba un estallido de excitación. Había algo mesmerizante, magnético, hipnótico en ello. Difícil era explicarlo, pero la idea de que la diferencia entre arroparse parcialmente y la desnudez total residiera en una delicada capa de tela, era lascivamente atrayente. Increíble cómo la percepción de algo tan nimio era la clave de tal sensualidad.
Además, confieso que siempre he tenido un fetiche por las mujeres maduras, y aunque la diferencia de edad entre nosotros era casi imperceptible, el que Vera ahora fuera toda una suntuosa señora, y una sumamente hermosa, me era absolutamente irresistible. Ahora ese fetiche, hecho en carne y hueso, se encontraba frente a mí, vistiendo el conjunto más escandaloso, y únicamente para mi persona. Mi fantasía era realidad, podía palparla, sentirla. Toda la felicidad que un hombre pudiera pedir, y ésta me amaba lo suficiente para hacerme su marido.
Gloria eterna a Arachne.
– "¿Y bien?" – Preguntó ella, colocando sus manos en la cintura. – "¿Te gusta?"
– "Carajo, Vera…" – Musité, boquiabierto. – "Eres la cura a la disfunción eréctil."
– "Qué halagos tan ocurrentes, querido." – Rió coquetamente, pasando su dedo por mi pecho. – "¿Pero por qué lo dices? ¿Acaso tu pequeñín ya no podía entrar en acción?"
– "¿Bromeas? ¡Ya nunca necesitaré Viagra cuando esté viejo!" – Retruqué. – "Aunque ahora ya no la puedo amansar. ¿Sabes lo difícil que será vivir con el cañón parado todo el tiempo?"
– "No veo problema alguno, querido." – Se acercó a mi oído, su cálida respiración encendiéndome. – "¿Me deseas, Süsser?"
– "Siempre, Mausi. Eres mi reina."
– "Lo sé." – Mordió seductoramente mi oreja. – "¿Qué quieres hacer?"
– "Lo que mi reina ordene."
– "Entiendes rápido. Buen chico." – Acarició mi barbilla. – "Quítatelo todo, Süsser. Len-ta-men-te."
– "Jawohl, meine Kaiserin."
Como la monarca que era, mi mujer tomó otro sofá cercano, uno sin respaldo, y se asentó en su acolchado e imperioso trono, cruzando sus pedipalpos en pose regente. Y yo, sin dilación, empecé a desarroparme con parsimonia, comenzando con desabotonarme la camisa. Paulatinamente la tela daba paso a mi caucásica epidermis, revelándole a la expectante nativa de Weidmann mi modestamente conservado pecho que, aunque lampiño, exhibía una aceptable figura para un dedicado militar. La sutil mirada aprobatoria de la rubia me sedujo a moverme provocativamente mientras continuaba removiéndome el atavío, volviendo su pequeña sonrisa en una pícara mueca.
¿Quién dice que los tanquistas no podemos hacer un buen striptease?
La primera prenda fuera, y me acerqué a mi esposa, quien ni tardía ni perezosa pasó sus dedos por mi desnudo pecho, palpando la dura piel masculina de su laureado soldado. Siguiendo lo habitual de nuestros juegos de pareja, usó su lengua para degustar la sapidez de mi epidermis, formando una 'V' con su saliva. Como dictaban las implícitas reglas, no podía tocarla ni ordenarle; yo era su eterno esclavo bajo sus dictámenes. Dándole una rápida lamida a una de mis tetillas, y propinándome una nalgada, la soberana de ojos carmesí tácitamente ordenó con un sutil ademán que prosiguiera mi epicúrea exhibición.
Continuando mi actuación de stripper masculino, retiré la hebilla de mi cinturón mientras me movía sensualmente frente a mi mujer, quien no despegaba la vista de mi entrepierna. Le siguió mi pantalón vaquero, que si bien era una prenda poco usual para dormir, era un hábito que desarrollé desde niño, cuando trabajaba en la granja. Había que estar preparado siempre a cualquier hora, y Vera compartía también esa filosofía. Por supuesto, desde que nos reencontramos, habíamos prescindido de seguirla. Me alegraba que no rompiéramos la tradición de pasar la noche sin ropa alguna; ya me estaba acostumbrando a andar al natural.
Finalmente, quedé únicamente en mi ropa interior. El azul calzoncillo no se molestaba en cubrir a mi sólido cañón de artillería, que ahora mantenía toda la atención de la lujuriosa rubia, provocándole relamerse los labios. Animado por la positiva recepción de mi improvisado baile erótico, decidí elevar la temperatura colocando mis manos detrás de la cabeza y realizar rítmicos movimientos de mi pelvis frente a la germana, simulando una briosa penetración. Pronto, la mueca de satisfacción en su teutónico rostro abarcó de mejilla a mejilla, y pude atisbar cómo sus rosados pezones se endurecían a cada segundo.
Entonces, ella me detuvo.
Con poner su mano sobre mi estómago, cesé mi espectáculo. Por un segundo pensé que mi interpretación de conquistador alemán no le había sido tan agradable del todo, pero me tranquilicé al ver que su concupiscente expresión se había tatuado permanentemente en su semblante. Con el lúbrico ambiente restaurado, Vera pasó su lengua desde la base de mi estómago bajo, ascendiendo verticalmente hasta mi cuello, repitiendo el acto en reversa. Inmóvil, yo gemía al sentir ese húmedo órgano recorrer mi dermis, acrecentando la firmeza de mi miembro masculino. Ahí, ella puso un dedo en la punta de aquel férreo mástil.
Nos miramos. Sonreímos. Proseguimos.
Colocando sus dedos en el elástico, la arachne, con parsimonia, jaló hacia abajo mi ropa interior, pero no logró moverla mucho con aquel tronco erecto en el camino. Por supuesto, esa era la intención. Nada nos encantaba más que dilatar la acción para centrarnos en el calentón del juego previo. Más que un repetitivo mete-saca, era la sensación de la piel contra la piel; los labios contra los otros; las manos palpando cada redondez, músculo e íntima zona; el candente cariño de nuestra pareja, unida en cuerpo y alma. Lo repetí entonces y lo sostengo todavía: Vera y yo no tenemos sexo…
Hacemos el amor.
Exitosamente, la rubia logró que únicamente la punta de mi miembro fuera el paso final hacia la libertad. Con suavidad, jaló del elástico de mi calzoncillo con su índice y, como un resorte, mi pene erecto brincó de su pequeña prisión pélvica. Habiéndolo previsto, mi esposa se colocó de manera que el glande fuera detenido por su nariz, para que la punta de éste quedara justo a la altura de su boca. Esperaba a experimentar los dulces labios de mi mujer propinarle un ósculo, pero en lugar de eso, simplemente dejó que su cálida respiración se sincronizara con el palpitar de mi falo.
Hey, cada quién su fetiche, ¿vale?
– "¿Sabes, Süsser? Cuando te conocí, deduje que lo flacucho lo compensabas con poseer una salchicha enorme." – Comentó ella, acariciándolo con el dedo. – "Pero actualmente es bastante regular. ¿Cuánto mide? ¿Quince, dieciséis?"
– "Trece y medio, si te soy sincero. La mitad de la medida media alemana." – Admití. – "Pero ya sabes lo que dicen, amor: no importa ni lo largo ni lo grueso, sino el tiempo que dure tieso."
– "En eso te daré la razón, Süsser. Me alegra que no me resultaras precoz." – Ahí, mimó con delicadeza mis testículos. – "Además, mira estas bolas que te cargas. ¡Mmm! ¿Cómo puedes sentarte con estas pelotas de semental?"
– "Por eso tengo tantas hijas regadas por ahí, Mausi." – Bromeé. – "Siempre llevo el tanque repleto."
– "Tenemos que seguir vaciándolo entonces." – Declaró. – "Hasta dejarte los cojones como pasitas secas."
– "Ordéñeme hasta saciarse, meine Kaiserin." – Repliqué, gimiendo tenuemente.
– "¿Quieres que te la chupe entera, querido?" – Susurró, con seductora voz, plantando un beso en la punta. – "¿Deseas que tu sucia araña se trague tu pedazo de carne? ¿No se te antoja llenarle la garganta con tu leche caliente, y verla tragársela como una sucia zorra?"
– "Cómo me encanta cuando hablas tan impúdica, Mausi." – Puse mi mano detrás de su cabeza. – "Abre grande."
– "Helmutt…" – Me miró fijamente.
– "¿Sí, amor?"
– "Rompiste la regla principal." – Sonrió maliciosamente, retirando mi mano. – "Sabes lo que eso significa."
– "Oh…" – Entrecerré mis ojos. – "Qué tramposa resultaste. No serás una Tejedora, pero caí completamente en tu red, Jaëgersturm."
– "Una Cazadora siempre dirige a su presa hacia donde la Cazadora quiera, Süsser." – Me acarició la barbilla. – "Y en el fondo sabes que te gusta."
Antes que yo pudiera contestar, la sparassediana me rodeó con brazos y pedipalpos y plantó un apasionado beso en mis labios. Entre sentir su lengua jugar con la mía, y la deífica sensación de su cálido cuerpo maduro pegado al mío, con mi miembro viril apretando su estómago, cualquier protesta que tuviera fue silenciada inmediata y voluntariamente, dejándome dominar nuevamente por mi emperatriz de ojos carmesí. Era masa para moldear en sus dedos; un indeleble fanático de su imperioso régimen; arena a merced de la imparable marea que era la gloriosa Vera Jaëgersturm.
Y lo adoraba.
– "Ich liebe dich, Süsser." – Declaró ella, masturbándome lentamente. – "No muchos admiten disfrutar de esto, incluso con sus esposas."
– "Ich liebe dich, Mausi." – Aseguré, estimulando su caliente conchita. – "Sabes que eres la única a quien se lo permito. Ambos sobrevivimos a los estigmas como para tener los nuestros."
– "Totalmente libres, ¿cierto, Helmutt?"
– "Siempre, Vera." – Le propiné otro beso. – "Siempre."
Rompiendo el abrazo, sin dejar de sonreír, mi esposa me dio una nalgada, y silentemente ordenó que me dirigiera a la cama, obedeciendo yo sin rechistar. Mientras me acostaba en el enorme colchón king-size, la araña apagó todas las luces, dejando únicamente encendida la lámpara de tenues y ambarinos tonos que se hallaba encima de la cama. Junto al rojizo resplandor de Selene y la iluminación de la jungla urbana, el cuarto se mantenía con un idílico ambiente, con nosotros dos resaltando en medio de las lóbregas penumbras, como curiosas luciérnagas en marzo. Nada más en el mundo, excepto un par de enamorados; qué bella metáfora.
Escuché a mi mujer abrir uno de los cajones de la mesita de noche. Así, el alegre tarareo de Vera se unió al sonido de algo viscoso siendo aplicado a piel y quitina. Yo sonreí; adoraba ese juego. Luego de unos minutos, conmigo yaciendo extendido en la cama, la nativa de Weidmann se erguió sobre mí como una araña a punto de devorar a la inerme mosquita en su red. Que las albugíneas sábanas actualmente poseyeran el patrón de una telaraña, parte del servicio del hotel de ajustarse a los gustos de sus clientes liminales, hacía tal metáfora aún más acertada.
– "Recuerda, Süsser: nada de moverse."
– "Jawohl, meine Kaiserin."
Sí, la analogía era correcta. Como un insecto díptero envuelto en la seda, permanecí inmóvil mientras la mujer de quitinoso exoesqueleto iniciaba su amoroso tratamiento. Pronto, un cuerpo cálido y resbaladizo hizo contacto con mi piel; Vera se posó encima de mí y empezó a restregarse, esparciendo el aceite lubricante, del que ella estaba completamente empapada, y me cubrió el cuerpo con éste. Era una sensación increíble; las redondeces de mi mujer eran tan blandas que parecían bombones siendo apretados contra la sólida y dura pared de mi físico masculino.
Los enormes senos deslizándose húmedamente por mi entidad corpórea; los erectos pezones escarbando pequeños surcos en la gelatinosa capa de lubricante; los femeninos dedos explorando la totalidad de mi ser; los lúbricos gemidos que ambos hacíamos por la alucinante sensación. Recibía el masaje más apoteósico que haya tenido en la vida, pero igualmente el más tortuoso para mi viril miembro, que mi mujer evitaba tocar a propósito. Esa chorreante vulva en ocasiones pasaba tentadoramente demasiado cerca de mi falo, que palpitaba por hacer contacto directo con esa caliente cuevita. Mi respiración aumentaba de ritmo a cada segundo.
Repentinamente, una ardiente sensación invadió mis labios. Vera se había sentado encima de mi boca, procurando no tapar mi nariz. Mi primer instinto fue saciar mi hambre, insertando mi lengua en ese fogoso manjar; empero, de haber cedido a mi hedonista impulso, el juego se acabaría prematuramente. Con la convicción firme de resistir el asedio del contrincante, permanecí inmóvil como un monolito, sin decir siquiera pío. Y de la misma manera, mi torre del homenaje permanecía sólida en su sitio, alcanzando su longitud máxima entre más olía el sicalíptico aroma que emanaba de la feminidad de la mujer que amo, mezclado con la agradable esencia a melocotones del aceite.
– "Tanto calor debe dejarte sediento. No puedo permitir que te deshidrates." – Habló Vera, incorporándose. – "Abre la boca, Süsser."
Sin dilación, le obedecí, e incluso dejé mi lengua de fuera, esperando a refrescarme un poco la garganta. Ahí, la arachne se acercó a mi rostro y, con lentitud, dejó caer una abundante cantidad de saliva directamente a mi boca, la cual tragué sin rechistar. Una vez me 'hidraté', volví a abrir la boca, solicitando una segunda ronda. La confianza de que la pareja está dispuesta a experimentar y probar cualquier clase de fetiche, sin importar que tan depravado o vulgar sea, uniéndose sin problemas a la degeneración, es la prueba máxima del amor verdadero. Irónico; es en la apasionada decadencia moral dónde se solidifican los lazos del cariño auténtico.
Sonriendo, sabiendo que tenía el control completo sobre mí, la sparassediana se excusó un momento para sacar una botella de sidra del minibar, junto a una sola copa. Había vino y champaña también, pero Vera no bebía alcohol fuerte o siquiera café. Destapando la botella, pero dejando la copa en la mesita de noche, regresó conmigo. Ahí, tratando de controlar el flujo con su dedo, la arachne vació el líquido directo a su boca, pero sin beber ni una gota, hasta llenarla. Estirando su lengua, formó un puente para que el áureo brebaje continuara su trayecto por su cuerpo, creando una dorada línea que se escurrió desde su pecho hasta su entrepierna.
Exquisito elixir, directo de la fuente de la vida misma.
Aunque sabía que aquel líquido de manzana fermentada era el sabor predominante, la excitación por degustar ese delicioso néctar combinado con los jugos de la vagina de mi esposa lo convertía en la divina ambrosía de los dioses. Las sábanas se salvaron de ser manchadas, ya que la puntería de la rubia era sobresaliente, capaz de dirigir el chorro con precisión hacia mi boca. Ya fuera por su entrenamiento militar, o porque no era la primera vez que lo hacíamos, su destreza (y entusiasmo) para las impúdicas artes me llenaba de un indescriptible y singular orgullo.
No discurrimos mucho en aquella singular ingesta de bebidas de bajo contenido alcohólico, tanto para evitar ahogarme (ella podía respirar por sus filotráqueas abdominales), como para continuar con el siguiente acto. Compartiendo un tierno beso, la germana me indicó que, libre de moverme, me diera la vuelta, obedeciendo yo con gusto. Mi espalda y demás partes posteriores recibieron el mismo sensual masaje, esta vez complementado por la ardiente concha de mi mujer sumándose a las caricias, tallándola por todo mi cuerpo. Era el paraíso.
Y lo mejor aún estaba por llegar.
– "¡Ahhh! ¡Das ist gut, Mausi!"
Habiéndome alzado el trasero, Vera se decantó por la adoración de mis joyas familiares, propinándoles tiernos ósculos, y provocándome gemir profundamente. A pesar de toda la fiereza que una Cazadora de militar índole irradiara, mi esposa era bastante cuidadosa con mis testículos, mimándolos meticulosamente, acariciándolos delicadamente, incluso dedicándole dulces palabras entre besos. Esa minuciosa obsesión con mis pelotas era entendible: para una especie monogénero, el asegurar el bienestar de las semillas que permitirán expandir la población de la estirpe era una prioridad natural. Y aunque la arachne no pretendía embarazarse, sólo deseaba proteger lo que le pertenecía.
– "¡Carajo, cómo adoro tus bolas, Helmutt!" – Exclamó ella, pegando su nariz a éstas y aspirando. – "¡Mmm, y cómo me encanta su perfume! ¡Quiero que se me impregne ese olor a macho!"
Y también era una perfecta pervertida.
Pero eso era lo que adoraba de mi guerrera teutona. Los besos prontamente dieron paso a briosas succiones. Con ahínco, la rubia se metió mis testículos a la boca, chupándolos como si de una jugosa naranja se tratara. Desde mi posición, podía contemplar la lasciva expresión de la sparassediana, ansiosa por saborear la sapidez de mi hombría. Incluso cuando su dentadura se hallaba compuesta de afilados colmillos, o de que había prescindido de protector dental alguno, en ningún momento temí en que mis vulnerables reservas de esperma corrieran peligro; Vera siempre priorizaba el bienestar de su familia sobre todas las cosas.
– "Empero, si hay algo que adoro más que tragarme tus pelotas..." – Dijo la Cazadora, relamiéndose los labios. – "¡Es esto!"
Mi cuerpo entero tembló al sentir cómo la animada lengua de la germana inició a delinear la circunferencia de mi entrada trasera. Luego de unos momentos, empezó a presionar hasta que, finalmente, se le concedió acceso al interior de mi cavidad posterior. Las lenguas de las zanquilargas son algo más largas que las humanas, y bastante diestras, logrando así estimular oralmente de sobremanera a sus parejas. La de mi mujer era particularmente hábil, especialmente cuando me ofrecía una excelente felación, siempre tocando los lugares clave. Sin embargo, en ese momento yo gemía por su impresionante manejo de su fogoso órgano bucal, brindándome el éxtasis por cada milímetro explorado de mis interiores.
– "¿Lo quieres, Helmutt?" – Preguntó la germana, susurrándome al oído. – "¿Lo necesitas?"
– "Sí, mi amor." – Respondí, jadeando. – "Lo deseo."
– "¿Por qué?" – Mordió el lóbulo de mi oreja.
– "Porque te amo."
– "¿Y qué más?" – Su dedo delineó un trayecto en mi espalda.
– "Porque te pertenezco."
– "¿Y…?" – Sujetó mis pelotas con una mano.
– "Porque me encanta."
– "Buen chico." – Le propinó un beso a mi ano. – "¿No te molesta que no sea algo muy masculino para un macho como tú?"
– "¿Temes que me sienta menos hombre por algo así? ¿O que me consideren un marica?" – Reí, audiblemente. – "Pfft. Vamos, Mausi, que no estamos en secundaria. ¿Desde cuándo es gay hacer el amor con una mujer? ¿Especialmente con mi propia esposa?"
– "Lo sé, Süsser. Y te agradezco que seas tan abierto." – Besó mi espalda. Entendí esa broma discreta. – "Las Cazadoras solemos tener problemas para hallar varones que estén dispuestos a compartir nuestros fetiches. Algunas amigas mías me contaron que tuvieron que tratar con tres o cuatro candidatos antes de encontrar al padre definitivo de sus hijas. Y con nuestra apariencia, la balanza no está precisamente a nuestro favor."
– "Compadezco a quien rechace a mujeres tan encomiables." – Expresé con sinceridad. – "La próstata, nuestro punto G, se encuentra localizado directamente pasando el esfínter. El orgasmo es grandioso cuando la tocamos. La naturaleza misma nos hizo así, y nosotros preferimos despreciar el placer por nuestros irrisorios prejuicios sobre la estimulación anal. ¿Qué clase de orgullo masculino puede haber en alguien que no es honesto consigo mismo?"
Entonces, con confidencia me di la vuelta, puse mi mano en su mejilla y, tiernamente, planté un ósculo en la boca de mi esposa. Ella insertó su lengua, uniéndose con la mía en nuestra danza bucal favorita. Abrazándole, me acosté de espaldas, sin romper el beso. Terminándolo, nos miramos a los ojos, irradiando axiomáticamente ese intenso amor tan tácito. Esos tres pares de globos oculares color carmesí siempre lograban hipnotizarme, especialmente si iban acompañados de tan radiante sonrisa.
– "Soy el hijo de un veterano de guerra; me partí la espalda a diario labrando el campo, bajo el yugo comunista; demostré mi habilidad para conducir vehículos de combate, aunque aún tuviera la tierra en mis zapatos." – Enumeré, entrelazando nuestras manos. – "Conquisté a dos mujeres liminales, plantando mi semilla en su vientre; y mis retoños, el producto de nuestra unión, salvaron a una ciudad entera. Y aquí estoy, en brazos de la última descendiente de una Alemania pasada; una coronel a quien este flacucho ojizarco logró conquistar, como el Reich plantó su bandera en Francia."
Con un audaz movimiento, fue la rubia quien quedó ahora de espaldas, conmigo encima de ella. Continuábamos observándonos a los ojos, con los míos exhibiendo una enorme seguridad y denuedo. Tomé su mano, y pasé sus dedos por mi cuello, recordándole implícitamente lo que ella significaba para mí al hacerle palpar las marcas que dejaran sus colmillos.
– "Te amo, Vera Jaëgersturm." – Manifesté. – "Y no existe nada que no desee hacer a tu lado."
– "También te amo, Helmutt Jäger." – Declaró ella. – "Eres el hombre con el que siempre soñé."
– "¿Tan apuesto, valiente y varonil?"
– "Tan sumiso." – Retrucó la maliciosa arachne, acariciando mi entrada trasera con su dedo. – "¿Lo deseas, Süsser? ¿Quieres que tu mujer te domine?"
– "Todo lo que quieras, mi amor. Soy tuyo, totalmente tuyo." – Me relamí los labios. – "Y mi trasero también."
Con una lúbrica expresión de alegría, y un destello séxtuple en sus rojos ojos, la Cazadora me dio un ósculo tan profundo y húmedo, que yo no sabía si me ahogaría por la falta de aire, o el exceso de saliva. Al separarnos, recobrando yo mi preciado oxígeno, la salivosa línea que unía nuestras bocas era tan espesa que la rubia pudo envolverla en su índice, como si enrollara un algodón de azúcar en un palito. De esa manera, colocó el lubricado dedo en la entrada de mi ano, dándole vueltas, estimulándolo, hasta que entró en éste. Mientras ella lentamente lo metía y sacaba, mi erección y mis gemidos elevaron su volumen al mismo tiempo.
– "Dreh dich um, Süsser."
Acatando sus mandatos, me di la vuelta, regresando a mi sumisa posición, con la boca abajo y el posterior alzado. Todo esto sin que ella sacara su dígito. Parsimoniosamente, la germana lo retiró, cerciorándose de moverlo ligeramente en el proceso, lanzando descargas de placer a todo mi cuerpo. Plantando otro beso negro, la nativa de Weidmann me dio un par de palmaditas en los muslos, indicando implícitamente la siguiente orden de que esperara, aunque desconocía que seguiría ahora. Mi respiración se agitaba conforme los segundos pasaban, por la anticipación. Me preguntaba qué sicalíptico juego tendría en mente mi amada guerrera teutona.
Vera poseía una fuerte disciplina militar ante el plenilunio, por lo que prescindió de tomar alguna especie de inhibidor para contrarrestar los efectos de la luna llena. Tampoco es lo que necesitara; todos estos días no había habido noche en que no nos internáramos en las mieles de las carnales delicias conyugales. Pero ni siquiera el más férreo dogma marcial podría suprimir la vorágine de fogosa pasión que se cocinaba en el interior de la sparassediana en ese momento. Esa noche ella se liberaba de toda cadena, y me mostraba a la verdadera ninfómana con la que me había casado; la que amaba profundamente. Ahí, ella me silbó coquetamente. Mis añiles ojos se abrieron como platos al contemplarla.
– "Mausi…" – Hablé. – "¿De dónde…?"
– "Venía incluida con la lencería, querido." – Guiñó. – "Esa Tejedora conoce muy bien lo que el cliente quiere."
– "O simplemente comparten los mismos gustos, amor." – Opiné. Dibujé una sonrisa en mi rostro. – "¿Y bien? No hay qué desperdiciar el obsequio de una buena amiga."
– "Flojito y cooperando, Süsser."
Imagen más erótica no pude haberme concebido, a pesar de que su atuendo ya era lo suficientemente concupiscente por sí mismo. Vera se propuso en dejar en claro nuestra decantación por la retaguardia, y se había colocado un strap-on; un negro arnés ajustado a la cadera, con un dildo de morados tonos agregado a la entrepierna. Mi esposa, con lúbrica expresión pintándole el semblante, se relamía los labios al tiempo que cubría pene postizo con el aceite lubricante, emulando la misma onanista acción que yo llevaba a cabo con mi miembro. Ya lista, ella se colocó detrás de mí y me besó los glúteos.
– "Die Fahne hoch~" – Comenzó a cantar la araña, sosteniendo mi trasero. – "Die Reihen fest geschlossen~"
Interpretando el himno nacional Sparassus, curiosamente el mismo que Horst Wessel compusiera durante el ascenso del Tercer Reich, con algunas letras modificadas, la orgullosa rubia reclamó la posesión de mi cavidad anal, insertando el semi-traslúcido falo de silicona en ésta. Apreté los dientes al sentir el viscoso objeto abrirse paso por las paredes de mi recto. Y pensar que no lucía tan grande desde mi perspectiva. ¿Por qué Rachnera debía escoger uno tan particularmente grueso y largo? Al menos mi esposa era cuidadosa, penetrando delicadamente. Y admito que las protuberancias del dildo hacían la experiencia más placentera. Pronto, el disgusto inicial paulatinamente se metamorfoseó en goce.
– "Ahh, das fühlt sich so gut an, Mausi." – Gemí. – "Eres buena en esto, ¿sabes? Mi próstata está en las nubes. ¡Nngh!"
– "Soy una Jaëgersturm, Süsser. La superioridad es axiomáticamente sinónimo con nuestro apellido." – Respondió ella, con su parsimonioso vaivén. – "Y tú mueves bien estas nalgas. ¿Seguro que esa condenada empusa no te las entrenó antes que yo?"
– "A menos que Alexandra hubiera usado sus espolones, te juro que eres quien me inició en esto, querida." – Contesté, exhalando. – "Mmm, sí, así. ¿Pero te confieso algo? A ella también le gustaba por atrás."
– "Verdammt, Helmutt." – Se detuvo. – "Me dijiste que yo fui la única con quien practicaste anal."
– "Y lo eres, amor." – Aseguré. – "Jamás la sodomicé. Puedes creerme."
– "¿Lo juras?"
– "Con ambos dedos chiquitos." – Sonreí. – "O si no, que me den por el culo."
– "¡Oh, no seas payaso!" – Me dio una nalgada, riendo tenuemente, y resumiendo la penetración. – "¿Entonces, cómo supiste que esa saltamontes también disfrutaba por el ojete? ¿Se metió una mazorca entera?"
– "Oh, vamos, Mausi. Alexandra no era así." – Contesté. – "No, en realidad fue algo más simple. Siendo nuestra primera vez, e ignorando cuánto con cuánto tiempo contábamos, experimentamos todo lo que pudimos. Ella ya me había montado, y practicado el sesenta y nueve. Lo siguiente, era ponerla a ella en cuatro, como ahora me tienes a mí. Ni siquiera tuve qué indicárselo, ella misma lo hizo."
– "¿Tanto es tu encanto, o sólo quieres enarbolar las ínfulas de la vanagloria?"
– "Logré hacerme con la coronel Jaëgersturm. ¿No dice mucho acerca de mi éxito?" – Retruqué, con tono burlesco. – "Pero en serio, me sentí todo un caballero teutón conquistando a los lituanos cuando la pelinegra alzó su deífico trasero, ofreciéndome esas gloriosas nalgas italianas."
– "Sí, sí; sumisa, bella, y con una buena cola, blah-blah." – Desestimó con la mano. – "No ponderes las venusinas facciones de tu ex frente a tu esposa, y continúa con el relato, Jäger."
– "Vale. La estaba penetrando lentamente, porque me encantaba la vista, y porque las veces anteriores me había corrido demasiado rápido." – Confesé. – "Ahí, admirando cómo su concha me devoraba el miembro, atisbé su palpitante agujerito anal. Un oscuro hoyito que parecía guiñar cada vez que yo me adentraba en la empusa. Me mesmerizaba, y mi mente corría salvajemente, pensando en las mil y un maneras de disfrutar de ese lugar prohibido. Embriagado en el éxtasis de la lujuria, usé mi índice para estimularlo."
– "Qué rico…"
– "¿Eh? ¿Dijiste algo, Mausi?"
– "Nein." – Respondió ella, dándome una nalgada. – "Dreh dich um, Süsser."
Cediendo a sus deseos, y sin romper la unión, giré sobre mi espalda, quedado de frente a ella. Vera, delicadamente, sostuvo mis bolas en sus manos para evitar que sus embestidas las lastimaran, y prosiguió follándome, haciendo a mi erguido pene bailar como una antena mecida por el viento. Yo reanudé la narración.
– "Sabía que me estaba arriesgando a que Alexandra se diera la vuelta y me castrara ahí mismo; pero mi deseo era mayor a mi sentido de preservación." – Elucidé. – "Afortunadamente, su reacción fue sumamente positiva, emitiendo ella un profundo gemido. Me alegré, y luego temí que aquel bramido animal nos delatara. Afortunadamente nada sucedió, y el asalto doble a las cavidades de la mediterránea continuó, conmigo sacando y metiendo el dedo al tiempo que la penetraba. ¿Y sabes qué sucedió después?"
– "¿Se quejó de que olvidaste cortarte las uñas?"
– "No, linda. Ella se metió también el suyo." – Contesté. – "Nuestros gemidos combinados; la manera en que su vagina apretaba mi pene, como si no deseara soltarlo; el sudor y calor de nuestros cuerpos. Era sencillamente la escena más caliente que pude haber imaginado; fastuosamente glorioso. Me vine casi de inmediato, y descargué todo lo que sobraba de mi esperma. Si no la había fecundado antes, ahí debió darse el momento. Y entonces, lo repetimos."
– "¿Nunca intentaste sodomizarla? Seme honesto."
– "Mentiría si dijera que no, pero para cuando terminamos de darnos amor, el sueño finalmente nos venció." – Repliqué, suspirando. – "Y, bueno, ya sabes lo que sucedió al despertar..."
– "Oh, es verdad. Lo siento, Süsser." – Dijo Vera, con pésame sincero.
– "Descuida, linda; Alexandra no querría que la remembrara con tristeza." – Disentí con la cabeza. – "Tú eres mi esposa, y la única mujer en mi vida. Divirtámonos, ¿de acuerdo?"
– "Está bien." – Suspiró la zanquilarga. – "Quizás no me agraden las empusas, pero le agradezco que te acostumbrara a las liminales. De no ser por ella, quizás yo no estaría aquí, disfrutando de esta hermosa noche con el hombre de mi vida."
– "Y gracias a ella, me interesé en este epicúreo fetiche." – Le sonreí. – "De todas mis perversiones, nunca imaginé que disfrutaría tanto el ser follado por el trasero. Danke, Mausi, por mostrarme el camino a este mundo de placer."
–"Gracias a ti, querido." – Se inclinó para plantarme un beso. – "Por recorrerlo a mi lado."
– "Donde siempre quiero estar, mi vida. Eternamente." – Contesté, acariciando su mejilla. Volteé hacia la pared de ventanas. – "Qué precioso es el panorama hoy, ¿cierto?"
– "Laberíntica jungla de cristal; y nosotros somos las fieras más salvajes de ésta." – Dijo Vera. Ahí, me miró con pícara mueca. – "¿Quieres verla más de cerca?"
Sin esperar respuesta, la arachne sacó el dildo, me tomó en brazos y, regalándome otro ósculo, me dio la vuelta y volvió a insertármelo. Sin detener el mete-saca, me depositó en el suelo y apuntó hacia las ventanas. Dado que no es fácil moverse con un fálico objeto incrustado en la retaguardia, caminé como pude hasta que acabé pegado al cristal. Vera aceleró, embutiéndomelo por completo. Usé las manos para apoyarme en el vidrio; por suerte lo suficientemente resistente para evitar una inesperada ruptura que interrumpiera el momento.
El vidrio, enfriado en el exterior por los invernales vientos, contrastaba con el calor de nuestros cuerpos y la calefacción interior. En medio de esa térmica dicotomía, mis gemidos se mezclaban con la húmeda sinfonía de mi ano estirándose y contrayéndose a cada embestida de la arrobada rubia, extasiada en las ínfulas del dominio. Mi aliento se impregnaba en el diáfano apoyo; albugíneo sello de mi encendido estado; testigo visible de mis impúdicos suspiros. Mi cerebro estallaba en un millón de fuegos artificiales por la suntuosa embriaguez pasional cada vez que ese miembro postizo besaba las paredes de mi próstata.
– "¡Acelera, mi amor!" – Exclamé. – "¡No te detengas!"
Sí, confieso que me hallaba en una posición muy dócil, y que ella era la que actuaba más como la alfa de la relación. Pero de eso se trata el amor verdadero; de prescindir despreocupadamente de los papeles predeterminados por nuestra cultura, o género, y saborear las delicias sempiternas del placer. El respeto se mantenía intacto, sin que nadie se sintiera menos que el otro. Y la confianza, la fundación primordial de una relación sentimental, sólo se afianzaba más al compartir sin pena alguna los mismos gustos. Pareja más perfecta no podría existir.
Vera tomó mis tetillas con sus dedos, y jugó con éstas al tiempo que inclinaba su tórax humano para besarme el cuello y lamer mi espalda y hombros. Tal era su excitación que no me sorprendí cuando me vi flotando en el aire, absorta ella en su brioso vaivén. Afortunadamente sus brazos alrededor de mí y pedipalpos apoyados en la ventana eran soportes confiables. Ambos gemíamos como indómitos animales, gozando el papel de ama y esclavo en su totalidad, uniéndonos en un sicalíptico huracán de besos, caricias, y vulgares palabras mezcladas con reiteraciones de cariño.
Un matrimonio tan común como cualquiera.
– "¡Ah, querida!" – Hablé entonces. – "¡M-me vengo! ¡Me vengo!"
– "¡Aguanta un poco más!"
Sin cesar nuestro amoroso zarandeo, la zanquilarga se dirigió hacia la cama, apoyándome en ésta. Entonces, con celeridad se hizo con la copa que había dejado sobre la mesita de noche, y la acomodó justo debajo de mi erecto miembro. Aumentando el ritmo de su penetración, ella me ordenó que sostuviera el recipiente con mi mano, acatando yo el mandato. Con el placer elevándose hasta más allá de los confines de la racionalidad, mi mente se tornaba cada vez más difusa. Lo único que distinguía claramente era nuestra lúbrica música a base de gemidos, agitada respiración, y el rechinido de los resortes del colchón; éste último opacado por el sonoro choque de cuerpos.
Y entonces, sucedió.
Las metafóricas luces se vieron empequeñecidas por la apoteósica explosión que se suscitó en cada átomo, quark, y partícula elemental de mi ser. Una rutilante detonación que cegó por completo el universo de mi mente con su fulgor. Como un obús de artillería, el orgasmo me impactó directo las redes sinápticas, haciendo añicos las barreras que apresaban mi primitivo impulso animal, dejándome emitir un último bramido bestial antes de sumirme en el oscuro trance entre el mundo consciente y el etéreo. Ahí, una gélida sensación me hizo volver a abrir los ojos.
Me encontré todavía en la cama, aunque me hallaba sentado, reposando mi espalda sobre la cabecera. Y encima, sentada sobre mí, la siempre tan regiamente majestuosa Vera me contemplaba con una sonrisa satisfecha. En su mano, sostenía botella de plástico, llena de agua fría, apretándola contra mi mejilla izquierda. Asintiendo silentemente, me dictó tácitamente que la bebiera. Sin demora, refresqué mi garganta con el límpido líquido, recuperando un poco las muy necesarias energías que perdí en tan vehemente despliegue de lujuria.
Mientras yo me rehidrataba, la arachne tomó la copa de vidrio que tenía en su mano y, con el dedo de la otra, batió parsimoniosamente el contenido de ésta. El brebaje elegido para endulzar sus papilas gustativas no era otro que mi propio esperma, el cual llenaba casi la mitad del diáfano envase. Me había corrido como nunca. Agitando ligeramente la copa, observándola contraluz, e incluso aspirando el fuerte aroma, como una catadora de vino profesional, la pervertida rubia se llevó el seminal néctar a la boca.
La zanquilarga gozó de su albugíneo tesoro líquido, consumiéndola lentamente, dejando que sus papilas gustativas apreciaran el singular sabor de cada mililitro del lechoso elixir. Sin pausarse para respirar, mi mujer se bebió todo el esperma en su totalidad; y no conforme con eso, su lengua se encargó de absorber los restos que sobraran en la copa. Al finalizar de devolver la transparencia absoluta al lujoso envase de cristal, la sparassediana hizo un claro sonido de engullir, y volteó a verme, ofreciéndome una vista completa de su boca, certificando que se había tragado todo mi zumo masculino. Verla consumir mi semilla con tal entusiasmo era una imagen sumamente erótica, y mi erección fue instantánea.
Nos besamos.
Me interesaba un reverendo bledo que aún pudiera sentir la sapidez de mi propio esperma al entrelazar nuestras lenguas; que para muchos, aquella impúdica escena anterior les pareciera grotesca e inaceptable; o que juzgaran nuestros fetiches como ofensivamente degenerados… compartir nuestro amor era lo único importante, y al carajo el resto del mundo. El cariño de Vera seguía siendo tan intenso y sincero como el primer día que mis zarcos ojos y sus rojas ventanas del alma cruzaron miradas por primera vez. Cada ósculo, cada caricia, cada melosa palabra, poseía el mismo valor de los realizados hace veinte años.
– "Te amo, Helmutt." – Declaró ella al terminar el beso, sonriente.
– "Te amo, Vera." – Le contesté, con la misma mueca. – "¿Otro?"
– "Ya me adelanté, querido."
Si había algo que admiraba de Jaëgersturm, era que planeara perfectamente cada uno de sus movimientos; una auténtica estratega en cualquier campo de batalla. Estando ella sentada sobre mí entrepierna, mi pene ya se encontraba dentro de la arachne cuando abrí los ojos. Y estando ya éste tan duro como un diamante, después de disfrutar atisbar su cavidad bucal en estado de post-deglución seminal, lo natural era que yo colocara mis manos en su cadera y comenzara a mover la mía, lenta y rítmicamente. Por supuesto, se cercioró de ponerme un preservativo antes.
Expulsando un gemido ante la parsimoniosa penetración, mi esposa se deshizo de su ya minúsculo sostén, ofreciéndome degustarle sus imponentes pechos; mayestáticas razones para que su dueña se sintiera orgullosa de su esplendoroso físico. Sin dilación, usé mis dos manos para juntar tan ponderadas glándulas mamarias y meter ambos pezones a mi hambrienta boca. Succioné briosamente, deleitándome el sentido del gusto y el oído con el exquisito sabor de sus tetas y sus pervertidos gemidos, respectivamente. Y no necesito mencionar que mi pene se sentía en la apoteósica gloria dentro de la increíblemente húmeda y caliente cuevita de la araña.
– "¿Süsser?"
– "¿Sí, Mausi?"
– "Ese lunar que tienes en el perineo, el que tiene forma de luna menguante, ¿de quién lo heredaste?"
– "¿Te soy honesto? Mi madre también lo tenía, pero en su glúteo izquierdo." – Revelé. – "Y según ella, mi abuela igual poseía uno, en el mismo lugar. ¿Por qué la pregunta?"
– "Me resultó curioso que el mismo patrón se repitiera." – Dijo ella, apretando sus labios. – "Mmm. Es como el emblema que poseemos las arachnes. Aunque Aria no lo tiene."
– "Misterios de la genética, linda." – Gemí. – "Ahh, así, mi vida, muévete rico. Me encanta que sigas tan estrecha."
– "Y tú también, querido." – Retrucó, riendo. – "Hey, ¿Süsser?"
– "¿Sí, linda?"
– "Todos los hoyos." – Declaró. – "Toda la noche."
– "Jawohl, meine Kaiserin." – Le di una fuerte nalgada a sus glúteos humanoides. – "Hasta que necesites otras ocho patas para poder caminar."
– "Me agrada tu entusiasmo, querido." – Me regaló un beso en los labios. Ahí, se incorporó. – "Y qué coincidencia, yo también pensaba lo mismo."
Vera se dirigió nuevamente hacia sus pertenencias, y luego de rebuscar, tarareando tenuemente, me reveló otro dildo para su arnés. De color ocre atigrado, idéntico al exoesqueleto de mi mujer, el fálico objeto también poseía capacidades vibratorias. Pero más allá de la bonita estética, o de las novedosas funciones en pro del placer, mis ojos se concentraron en las dimensiones del consolador. Creo que Rachnera secretamente me odia o algo, porque éste mucho más grande que el anterior. ¿Y realmente era necesario colocar también el logo de su empresa en éste?
– "Toda la noche." – La arachne sonrió maliciosamente. – "Flojito y cooperando, Süsser."
En verdad que no es fácil ser el esposo de una Arachne.
[- -]
– "Grande." – Dije, abriendo los ojos. – "Necesito uno más grande."
No es fácil decidirse.
Haciendo un mohín con mi boca, y expresando mi descontento con un ligeramente audible gruñido, me levanté pesadamente de la cama. Oprimí el botón de iluminación del reloj en mi muñeca, comprobando que seguían siendo las doce con trece minutos. Era mi tercer intento para ingresar a los reinos de Morfeo, pero mi barco parecía rehusarse a zarpar en medio del mar nocturno. Mi búsqueda por hallar una tripulación satisfactoria tampoco había ofrecido los resultados esperados. Temblé al retirarme la sábana de encima.
– "Y lo peor…" – Musité para mí misma. – "Justo hoy tenía qué echarse a perder la calefacción."
El gélido clima nipón me hacía echar de menos las cálidas noches griegas. Colocándome las esponjadas pantuflas negras, aún arrepentida de haber comprado por error un par demasiado grande para mis pies, pero agradecida de no tener qué tocar el frío suelo, me dirigí a mi clóset para hallar a un nuevo candidato dispuesto a acompañarme en esta onírica travesía. Mientras revolvía mis pertenencias, disentí con la cabeza para mis adentros. Tengo veintitrés años; soy una antiterrorista profesional; pateo traseros criminales; eliminé a un jefe de la mafia; incluso derroté a una dragona gigante…
Y aún así, no podía dormir sin un peluche a mi lado.
Tal vez fuera una costumbre nacida debido a las buenas memorias sobre Olympia y Giovanna que los animales de felpa me traían, pero sin un esponjoso juguete entre mis brazos, conciliar el sueño se me dificultaba. Incluso en mis tiempos con la familia Bakos, cuando el olor de la sangre y el plomo eran el pan de cada día, siempre me iba a la cama con algún muñeco, apresándolo fuerte contra mi pecho, como si de alguna manera el suave relleno me devolviera la paz que tanto necesitaba de la carnicería diaria. Y aunque podría decirse que es meramente un efecto placebo, yo sostengo la efectividad de tal habito.
– "Éste no. Tampoco éste. Éste huele feo. Y éste es un calzón." – Expresaba, eligiendo. – "Demasiado pequeño. Necesito uno más para terminar la colección. Ni siquiera recuerdo haber comprado éste."
Por supuesto, no podía evitar ser una perfeccionista en algo tan simple como escoger un muñeco. Hacer las cosas correctamente fue uno de los pilares en los que mi supervivencia se basó durante mi niñez dentro del abyecto bajo mundo; y el aforismo aún se mantiene vigente ahora que mi labor es limpiar tal escoria. O tal vez soy una obsesionada patológica, lo ignoro. En todo caso, aunque mi colección en sí no era precisamente muy grande, hallar el peluche correcto para esa noche específica probaba ser una tarea más complicada de lo esperado. Ahí, mi único ojo atisbó un objeto de grises tonos.
– "Simijo…" – Suspiré. – "No puedo librarme de ti, ¿cierto, Potato?"
No era otro sino el tiburón mako que Aria me consiguiera en el acuario Tokuma. Ése que ella mezquinamente usara para coaccionarme, logrando que yo le prestara recursos de los crematísticos fondos destinados a cuidar al pequeño Haruhiko. Incluso le puso el mismo nombre que eventualmente adoptara su nueva ametralladora. Y a pesar de sus alevosas tretas, no me arrepiento de haber aceptado el soborno; es un bonito modelo, bastante realista, sin perder la ternura característica. Y, junto a los tiburones azul y tigre que venían con el paquete, crean una excelente trifecta.
– "Y huele a vainilla." – Declaré, inhalando el dulce aroma. – "Gracias, hermana."
Estoy segura que esa condenada zanquilarga me hubiera apretujado contra su flacucho cuerpo si me hubiera oído proferir esas palabras. Y aunque detestaba el contacto físico, y hubiera protestado con florido lenguaje, tampoco rechazaría el gesto. Odiaba admitirlo, pero llegué a apreciar a Jaëgersturm mucho antes de que se revelara nuestra consanguinidad. Al igual que Peaches, la rubia se ganó mi respeto trabajando duro, aunque siga siendo una torpe y degenerada pulga gigante. Además, entre la charla de esta tarde con ella, y la que tuve posteriormente con mi padre, mi humor evitó hundirse en la melancolía de los amargos pretéritos.
En pocas palabras: me sentía bien.
Con el selacio entre brazos, me acomodé en la cama, colocándome doble frazada para combatir las bajas temperaturas, e intenté una cuarta salida al reino de los sueños. Descartando lo de la falta de calefacción, había sido un día agradable, y era mejor concluirlo con buena nota. Empero, luego de casi diez minutos de silencio casi absoluto, volví a encontrarme con las penumbras de mi habitación. Parecía que Tique no me sonreiría esa noche. Tenía el peluche perfecto, la tranquilidad deseada, y no me hallaba molesta. Ni siquiera podría culpar a los hematófagos dípteros. ¿Entonces, por qué continuaba con esa inexplicable insatisfacción? ¿Qué más podría requerir en lo que debía ser una noche perfecta?
– "Quizás necesito eso."
Suspirando, me levanté de mi lecho y volví a vestir las pantuflas. Tomé una roja bata que colgaba en el ropero, y me la coloqué sobre mi holgada ropa. Con algo de dinero en mano, salí de la habitación y me dirigí al segundo piso, donde se hallaba la cafetería. Mi objetivo era hacerme con alguna caliente bebida de la máquina, esperando hallar algún elixir que ayudara a abordar la barca hacia el mundo onírico. Disfruté el corto recorrido por los lóbregos pasillos, totalmente vacíos. La afonía ambiental era mi parte preferida de la noche, donde únicamente las sombras y las plantas de ornato eran mis silentes acompañantes; perfectas antítesis del escándalo habitual.
– "Debería empezar a buscar mi propia casa."
No negaré que la charla con mi consanguínea despertó el interés de hallar un techo que pudiera referir como mío. Confieso que incluso llegué a sentir una ligera envidia de la arachne; le estaba yendo tan bien últimamente que casi parecía la trama de alguna novela romántica amateur. Y si bien el techo actual satisfacía mis necesidades actuales, incluyendo servicios básicos, tres alimentos y la natural protección de una estación policiaca, el independizarme de la merced de la volátil coordinadora Smith otorgaba mayor importancia al asunto de encontrarme una vivienda personal. Después de todo, una vez lejos de las garras de los Bakos, ¿no era mi sueño el ser libre?
Mientras cavilaba sobre los gastos implicados en la obtención de una residencia decente, arribé a la cafetería, iluminada únicamente por el resplandor los astros nocturnos. Ahí, mi verde globo ocular captó una particular imagen carmesí. No, no me refería a la imponente luna, ataviada en su concupiscente traje de rojizos tonos, y postrada regiamente en el firmamento. O a la iluminación de la máquina de bebidas, ostentando los colores de cierta empresa especializada en refrescos sabor cola. Tampoco a la mancha de salsa de tomate que yacía en el suelo, habiendo escapado al ojo de la encargada de la limpieza.
No; mi atención se centraba en una figura de menores dimensiones, afónicamente sentada en una de las sillas del pequeño balcón de la cafetería, contemplando la grandeza lunar. Su cabeza se encontraba decorada con un cabello tan rojo como un granate, y su cuerpo exhibía un placaje dérmico aguamarina, delatando su poiquiloterma naturaleza. Aunque ello en sí no era llamativo, el ropaje tan cuidadosamente elegido, y que le otorgaba un aire distinguido, sobresalía en medio de las innumerables sombras creadas por el satélite selenita. Pensé en tomar mi bebida, sin molestarla, pero la curiosidad, esa caprichosa instigadora, logró convencerme de acercarme.
– "¿Silica?" – Le hablé, colocándome a su lado.
– "¿Uh? Oh, buenas noches, Dyne." – Respondió Mei, sin muchos ánimos. – "Perdona, no te vi llegar. ¿Qué sucede?"
– "Vine por una bebida." – Aclaré, señalando la máquina. – "¿Qué haces aquí, tan tarde?"
– "Me dieron ganas de ver la luna." – Replicó, alzando pesadamente la cabeza hacia el satélite. – "Descuida, que tomé mi inhibidor para contrarrestar el efecto del plenilunio. ¿Tomaste el tuyo?"
– "Las hijas de Hécate somos inmunes a las lúbricas persuasiones de Selene." – Contesté. – "Aunque creo que no soy exenta del todo. Encuentro difícil el dormir esta noche."
– "Oh. Bueno, ya pasará." – Dijo la pelirroja, distraída. – "Lindo clima hoy, ¿cierto?"
– "Un poco frío, pero así son los caprichos de Bóreas, el viento del norte."
Con un sonido abstraído de confirmación, la conversación se sumió en mutismo. Sus azules ojos continuaron admirando la vastedad del satélite terrestre. No necesitaba ser una experta para notar el exiguo humor de la mujer reptil. Sus puntiagudas y escamosas orejas se encontraban en posición caída, y su cola, siempre viva, se hallaba letárgica, casi un peso muerto en la totalidad del mustio panorama que ofrecía la triste nativa de Osaka. Los problemas ajenos no eran de mi incumbencia, y pude retirarme en cualquier momento, dejando a la lagartija sumida con su soledad. Suficientes inconvenientes tenía yo como para lidiar con los de la mecánica.
Empero, de alguna manera, permanecí ahí, sin tratar de romper el silencio imperante. Quizás fuera por la alicaída apariencia de la usualmente jovial poiquiloterma; tal vez porque me vi reflejada en cierta manera en su aislamiento actual; o a lo mejor fuera la lúgubre impresión que dejaba la facilidad para saltar al vacío desde aquel balcón; pero presentía que, de alejarme, desencadenaría algún abyecto desenlace. Mis suaves pantuflas se plantaron firmes en el suelo, cual botas militares, esperando a que Silica, si es que lo dictaba su voluntad, decidiera explicarse. Además, mi presencia no parecía incomodarle. De acuerdo a mi reloj, pasaron alrededor de seis mudos minutos.
– "Kanna me cae bien."
Lotería.
– "Será meramente una conserje, pero es una nekomata agradable." – Prosiguió, sin despegar la vista del cielo. – "Ya que no hay muchos vehículos para que les dé mantenimiento, suelo pasar el tiempo charlando con las demás. Y ahí, platicando triviales fruslerías, es cuando sentí una conexión con la felina; la manera de expresarse; lo bella que lucía cuando reía; ese acento de Hokkaido… bueno, ya quedó claro, ¿cierto?"
– "Te gusta."
– "Es tan diáfano como una lágrima." – Expresó la gecko. Una metáfora bastante introspectiva. – "Y, bueno, pensé en que si mis sentimientos eran tan obvios, ¿por qué no hacérselo saber de una vez?"
– "¿Deduzco que esa es la razón de que te encuentres tan engalanada?"
– "Es la ropa que siempre me pongo para salir, nada remarcable." – Arguyó, encogiendo los hombros. – "Pero sí, me arreglé para finalmente confesarle a la félida que mi corazón latía por ella. Así que, sabiendo que el horario de Kanna no cambiaba, y ésta se hallaba limpiando el tercer piso, aproveché para simular un casual encuentro en su camino a su habitación, a solas."
– "Trazar un plan de batalla denota que ibas en serio." – Comenté. – "Perdona la interrupción."
– "Descuida, creo que ya sabes cómo concluye." – Negó tenuemente con la cabeza. – "Pero en parte, eso fue mi culpa. Después de intentar establecer plática, sin éxito, ella se excusó para volver a sus aposentos. Ahí, y maldigo mi estupidez, decidí que soltarle la sopa directamente era la mejor manera de captar su atención."
– "Ya puedo imaginar el resultado." – Afirmé. – "Lo siento."
– "Está bien, al menos fue uno pacífico, sin gritos ni rencores." – Suspiró. – "Pasó apenas hace una hora, y no debería sentirme mal. Es decir, ni siquiera salimos o había un lazo previo; cualquiera sobrevive a un rechazo, ¿cierto?"
– "Pero exponer el corazón, y no ser correspondida siempre duele." – Adicioné. – "¿Tu primera vez confesándote?"
– "La tercera. Y eso es lo más hiriente." – Bajó la mirada. – "La primera fue una amiga kitsune que conocí cuando me uní a la policía. Creí que la conocía, pero resultó ser hetero, y simplemente dijo que no. Nada grave, aunque lo amargo me pegó un poco. No es fácil soportar el primer rechazo."
– "Las heridas iniciales son las que más tardan en cicatrizar." – Comenté, descansando sobre el barandal del balcón. – "¿Afectó su amistad?"
– "Sin duda; había un aire de incomodidad al estar cerca, y apenas hablábamos." – Suspiró, incorporándose y recargándose en la balaustrada. – "Por suerte esa tensión no duró mucho. Ella fue transferida al Instituto Nacional de Investigación de Ciencias Policiacas, en la prefectura de Chiba, para estudios forenses. Nunca volví a saber de ella."
Otra pausa. No pregunté más detalles; el que Mei ni siquiera mencionara el nombre de la kitsune dejaba en claro que deseaba olvidarla. Quise hablar, pero el estruendoso de un camión de carga que pasó por los cuarteles me hizo desistir. Era lo mejor; si yo no tenía nada útil qué comentar, entonces prefería el mutismo.
– La segunda fue una chica tanuki, Hotaru. Nos conocimos en las piscinas Kanashimi, de mi natal Osaka." – Prosiguió. Una muy discreta sonrisa se dibujó en sus labios. – "Compartíamos el mismo gusto por la natación, adorábamos comprar la pizza en el mismo restaurante, y además ella era bi. Nos vimos alrededor de un mes, mientras mi corazón cocinaba más y más cariño por la mapache."
– "¿Mostró alguna vez interés en ti?" – Cuestioné.
– "No explícitamente, pero hubieron algunas insinuaciones." – Respondió. Su voz sonaba segura. – "Cuando le revelé mis sentimientos, sorpresivamente contestó que aceptaría… pero sólo si compartíamos a su novio, del cual nunca me habló antes. Naturalmente, le dije que no. Ella insistió, pero seguí rehusándome."
Ahí, la mueca de sus labios se tornó circunspecta.
– "Y entonces, de la nada, me insultó por ello, llamándome zorra lame-almejas y demás imprecaciones ofensivas. Incluso… incluso me abofeteó" – Dilucidó, colocando sus brazos alrededor de ella. – "Desconozco por qué reaccionó de tan impetuosa manera. Es decir, yo jamás le falté el respeto, y rehuí de su proposición de la manera más cortés posible. Simplemente no entiendo qué hice mal."
– "Dime, ¿alguna vez te mencionó dónde vivía?"
– "Cerca de Fukushima. Nunca me invitó, siempre estaba ocupada con el trabajo."
– "¿En qué laboraba?"
– "Me dijo que en una pastelería." – Replicó. – "La veía únicamente los fines de semana por ello. Debía trabajar mucho, porque siempre llegaba con ojeras."
– "¿Y dices que jamás habló de su novio?"
– "Nunca." – Negó con la cabeza. – "Ahora que lo pienso, tampoco hablaba de su hogar huésped, o a qué se dedicaba su hospedador. Sólo que ella cooperaba con la renta."
– "¿Te pidió dinero alguna vez?"
– "La segunda semana de conocernos." – Contestó. – "Primero me solicitó cuatrocientos yenes para ayudarle con un regalo para su madre, en Okinawa. A la siguiente semana, la cifra se duplicó, porque había tirado un pastel y debía pagarlo sin que su casero se enterara."
– "¿Siguió haciéndolo las semanas subsecuentes?"
– "Sí, era normal que siempre me implorara por ayuda económica." – Suspiró. – "La cifra máxima fueron mil quinientos, y yo no tenía problema en dárselos."
– "Me gustaría decir que la magnanimidad del amor no sale barata." – Enuncié. – "Pero sé que lo hacías porque tienes buen corazón."
– "Gracias, Dyne." – Sonrió ligeramente, antes de volver a su melancolía. – "De todas maneras, la razón de su furia me sigue siendo un misterio."
– "Fácil: todo lo que te dijo era mentira." – Aseveré.
– "¿Eh? ¿Por qué lo dices?"
– "Nunca habla de su vida, siempre dice estar ocupada, no duerme correctamente, y su situación financiera es precaria." – Enumeré. – "No era pastelera, ni tenía novio, ni madre que deseara obsequios. Puedes apostar esos mil quinientos yenes a que la tal Hotaru era una mujerzuela adicta. Y además de usarte como cajero automático, intentó reclutarte para su causa."
La gecko me miró, naturalmente, extrañada por tan grave declaración, como si hubiera pronunciado una mala broma. Pero mi serio semblante, carente de mi parche ocular, mostrando desnudamente los estragos de la batalla contra la dragona, le insistía implícitamente en que mis palabras no eran juego alguno.
– "¿Cómo puedes estar segura?" – Interrogó, toda su atención centrada en mí.
– "Podría recitarte el catálogo de evidencias, pero prefiero revelarte una anécdota." – Me incorporé. – "Aunque, primero, ¿qué tal una bebida para combatir este aire tan glacial?"
– "Uhm, no es necesario. Soporto bien el frío."
– "Insisto." – Me dirigí al interior. – "Además, es por lo que vine en primer lugar."
Con una sonrisa de resignación, la mujer de ascendencia brasileña asintió silentemente, devolviéndole yo el gesto. Inserté un billete en la máquina expendedora, aliviada de no tener qué batallar con la quisquillosa ranura, siempre asidua a rechazar las pecuniarias notas por cualquier pequeña imperfección en el papel moneda. Eligiendo por la pelirroja, seleccioné mi marca de bebidas sabor chocolate preferida. Prontamente dos latas del oscuro brebaje se deslizaron por el receptáculo, perfectamente calientes, como esperaba. Volviendo, le entregué la suya a la ojizarca.
– "Obrigada, Dyne." – Agradeció la reptil, tomando un trago. – "¡Mmm, muito bom! Nada mal, de hecho. No sabe como el chocolate artificial del supermercado. Tiene un ligero toque de canela."
– "Es la misma marca que vendían en la tienda que laboré." – Contesté, recargada en el barandal. – "Cuando tu capital es limitado, una aprende a experimentar todo logo, etiqueta y publicidad hasta hallar algo que recuerdes porque te agrada, no por pasar el resto del día tratando de borrar el sabor de tu boca."
– "Sí, puedo entenderlo. De verdad." – Respondió la escamosa, imitando mi pose. – "Mi madre creció en una favela, y se acostumbró a la terrible calidad de la comida instantánea y las bebidas en alta fructuosa procesada; y eso si era afortunada de conseguirlas. Suerte que nuestra especie es bastante resistente, o hubiera desarrollado más que diabetes con tan mala alimentación."
– "Y lo peor de todo, es que esas costumbres no desaparecen, incluso cuando tu situación monetaria se estabiliza." – Comenté. – "Cuando menos lo esperas, ya no soportas el sabor de un buen filete, porque creciste con la versión plástica para microondas."
– "Mi padre siempre bromea sobre cómo batalló más para enseñarle a cocinar a su esposa, que sacarla de Recife." – Rió ligeramente la osakeña. – "Aunque el crédito es de la tía Takako, quien la adiestró en las artes culinarias. Ahí, mamá descubrió que todo este tiempo tuvo talento para la cocina. Prepara un monayaki divino. Y ni hablar de los platillos brasileños."
– "Hablando de eso, ¿recuerdas la carne achicharrada que Cetania preparó en la fiesta de Mio?" – Remembré. – "¿Y que tú fuiste la víctima voluntaria para probarla?"
– "Haciendo a un lado la carbonizada corteza y sabor chamuscado, no estaba tan mal." – Volvió a reír. – "Aunque como dije en esa ocasión, si sobreviví a los horrores indigeribles del tío Hiraku, un filete quemado era ambrosía divina. Eso sí, no deseo repetir la experiencia. Y no le digas a Cetania, ¿vale?"
– "Mi boca es una tumba." – Declaré. Ahí, reaccioné. – "¡Ah, rayos! Olvidé que iba relatarte algo. Lamento eso."
– "Descuida, compañera." – Sonrió, alzando su envase. – "Con este sabor, cualquiera se distrae."
Dándole un último trago a mi brebaje a base de cacao, y apretando con una mano la lata vacía, me recargué de espaldas en la barda, alzando la vista hacia el bruno firmamento, ligeramente opacado por la contaminación lumínica de la urbe tokiota. Únicamente la soberana luna se mantenía inmune al neón y la incandescencia de las lámparas artificiales.
– "Sucedió alrededor de hace tres años, después de que la existencia liminal se le fuera develada a la humanidad." – Dilucidé. – "Me encontraba caminando a casa, en una fría noche, como ésta, cuando me encuentro a una fenrir hurgando desesperadamente entre la basura, cual perra callejera. Normalmente no me interesaría en lo que un vagabundo hiciera con los desechos públicos, pero su vestimenta era todo lo contrario a las de un pordiosero. Una nunca espera gente bien ataviada husmear entre desperdicios."
– "¿Fue en Lesbos?"
– "Atenas. Me había mudado ahí en la adolescencia." – Aclaré. – "Ver a una loba nórdica en la capital helénica sólo podía significar dos cosas: o era una extranjera, o era una fugitiva. Instigada por la curiosidad, llamé su atención, obteniéndola. Su rostro, aún con dos negras ojeras decorándoselo, evidenciaba su lozanía. No debía tener más de diecisiete."
– "Sonaré a disco rayado, pero mi madre estuvo familiarizada con tales escenas." – Injirió Mei. – "Oh, disculpa la interrupción."
– "Tranquila, la comparación es perfectamente válida." – Le tranquilicé. – "Y creo que no necesito explayarme para dejar en claro que, entre más la conocía, su comportamiento era prácticamente idéntico al de aquella tanuki, ¿cierto?"
– "Está bien, Dyne; no necesitas gastar saliva en aleccionarme. Comprendo lo que quieres decirme." – Disintió con la cabeza, suspirando. – "Caralho, no puedo creer que me vieron la cara. Y todavía pretendía enrolarme en tan nefasto negocio. ¿Cómo pude llamarme policía, cuando ni siquiera fui capaz de enterarme de lo obvio?"
– "La fenrir era mejor bromista que los tristes payasos sardónicos de la radio. Me sacó varias carcajadas." – Dije yo. – "Estoy segura que la tal Hotaru también era sumamente carismática, ¿cierto?"
– "Bastante. Tenía una risa embelesadora." – Asintió. – "Y siempre tenía el rumor más reciente de toda Osaka. Ahora me doy cuenta que todo este tiempo eran sus experiencias."
– "Como puedes darte cuenta, una personalidad lo suficientemente magnética es capaz de cegarnos ante la realidad." – Comenté. – "Aunado a las endorfinas liberadas por el enamoramiento, los defectos son opacados por la idílica neblina de la ilusión."
– "Quizás simplemente soy un imbécil." – Descansó su barbilla entre sus brazos, alicaída. – "E inmadura."
– "Eres joven." – Acoté. – "Quien pueda clamar que no metió la pata a tu edad, se mordería tan duro la lengua que los dientes se quebrarían por la fuerza."
– "No creo que hayas cometido tantos errores como yo, Dyne."
– "Te sorprenderías, Silica." – Contesté, circunspecta. – "Como no te imaginas."
Con mi grave mirada, y una discreta afirmación con su cabeza, firmamos un tácito acuerdo de no indagar más en mi manifiesto. Pero tampoco deseaba hacerle sentir mal por algo que yo misma empecé, así que intenté distraerla con un tema relacionado, pero seguro de tratar.
– "Copiándole una frase a Potato: el mundo es muy pequeño." – Hablé. – "¿Quieres que te confiese algo? Cuando supe a tiempo que la fenrir intentaba embaucarme, juré que no volvería a verla. Y entonces, la vida se encargó de un explosivo reencuentro."
– "No me digas que te buscó directamente y te armó un escándalo."
– "No, sus amigos se encargaron de ello." – Aseguré. – "Recuerda que yo estaba en la Guardia Costera Helénica. Operativo sorpresa contra una célula de tráfico y trata de blancas; más de cuarenta detenidos, incluyendo liminales."
– "Santo cielo. ¿Cómo fue?" – Preguntó, con genuino interés. – "Uhm, claro, si no es problema entrar en detalles."
– "Típico asalto del manual: rodear la zona y asediar a los criminales con fuerza bruta. Y vaya que tomamos esto último al pie de la letra." – Relaté. – "Éramos alrededor de treinta elementos, más nuestro capitán. Balacera inmediata; parecía una celebración con fuegos pirotécnicos. Hirieron a cinco, y casi perdimos a un sargento. Y si crees que eso es malo, debiste ver al adversario. El polvo blanco se cubrió de rojo esa noche."
– "Ustedes sí que eran intensos." – Opinó, exhalando. – "¿Te hirieron también?"
– "Negativo, yo era una mera fusilera en la retaguardia, rango inferior. Aún así, el plomo me pasó cerca varias veces." – Respondí, gesticulando con mis manos. – "Ahí, mientras el caos comenzaba a aplacarse, y el adversario prefería alzar las manos que jalar los gatillos, volví a verla. Pelaje negro como la noche, blanca piel llena de hematomas, y apenas vestida en su concupiscente atavío de trabajo. Nuestros ojos se encontraron. Los lobos le aúllan a la luna; ella permaneció estupefacta."
– "¿Qué hiciste entonces?"
– "Nada. Un miembro de mi equipo la detuvo, mientras ella forcejeaba gritando incoherencias, dopada hasta la médula." – Suspiré. – "Jamás supe su destino, y sinceramente no deseo enterarme."
– "Creo que nadie querría hacerlo."
– "¿Sabes qué es lo peor? Que ni siquiera era un operativo grande." – Expresé. – "Aquellos traficantes eran meramente una pequeña pieza del enorme rompecabezas que constituye la red criminal griega. Fue como quitarle un pelo a un gato."
– "Caralho. ¿Cómo evitas deprimirte después de vivir todo eso?"
– "Recordándote que cada batalla, por pequeña que parezca, es capaz de cambiar el curso de la historia. Un soldado no claudica tan fácilmente a la guerra." – Repliqué, esgrimiendo una pequeña sonrisa. – "Además, un buen chocolate siempre ayuda. ¿Otro?"
– "Te lo agradecería."
En esta ocasión, ambas tomamos asiento en una de las mesas vacías, hartas de que el aire gélido nos congelara la quitina y escamas. El sonido de nuestras gargantas degustando la caliente bebida volvió a resonar en los solitarios pasillos. Yo estaba preparada para responder a las cuestiones que mi narración debió despertar en Silica, pero la poiquiloterma optó por no externar aquellas dudas. Agradecí mentalmente que respetara mi derecho al silencio, a pesar de que no hubiera tenido problema en responderle.
Aunque aquello significara seguirle mintiendo.
Sí, conocí a la fenrir, que era una carismática prostituta como la tanuki. Y aquel ataque donde ella fue capturada se llevó tal y como lo describí. Más omití aclarar que en vez de un operativo conducido por las fuerzas de la ley, ese salvaje enfrentamiento no era más que un ajuste de cuentas entre el hampa y un traidor que se creyó demasiado intocable, pagando con su vida en una cruenta venganza de la familia delictiva más poderosa de Grecia. Tampoco esclarecí que la persona que detuvo a la loba no fue otra sino Giovanna, entregándola a nuestros superiores.
Dije la verdad cuando aseguré que no tenía deseos de enterarme del destino que le aguardaba a esa desdichada lupina, porque sabía que pasaría a formar parte del círculo de prostitución que poseían los Bakos, el más grande del país. Sólo era una violenta transferencia de infelices pedazos de carne; objetos vivientes para usar y desechar. Me gustaba pensar que yo no tenía mucho qué ver en ello, pues entonces sólo era una guardia de bajo nivel, antes de que me ascendieran a la sigilosa asesina que degollaba oculta entre las sombras.
Esa cánida jamás me importó; no entablé amistad, más allá de intercambiar uno que otro anodino diálogo mientras yo hacía guardia, esperando ella su turno de ser usada por alguno de nuestros hombres. Sólo fue un parpadeo fugaz en la lista de sucesos cotidianos de una matona cualquiera. Empero, en el fondo, odiaba tener que enmascarar la realidad a la pelirroja. Sin embargo, por la salud mental de ambas, era lo mejor. Suficientes decepciones ha sufrido ese día, como para apuñalarla con otra. Quizás algún día le dijera la verdad, pero no esa noche.
Prefería seguir disfrutando de mi dulce brebaje, en su agradable compañía.
– "Obrigada, Dyne. Creo que ya tengo bebida favorita." – Agradeció la gecko, sacándome de mis pensamientos. – "Perdona que te mantuviera despierta con mis intrascendentales problemas; sólo soy una lagartija demasiado ilusa en cuestiones del corazón."
– "Te reitero tu juventud y la vulnerabilidad de las endorfinas. No te mortifiques, Silica." – Respondí, dándole un trago a la lata. – "Diablos, mi propia hermana es más torpe que una cucaracha decapitada, y aún así es la líder de nuestro escuadrón. Nadie es perfecto, y es ahí donde nuestras habilidades nos rectifican todo error. Después de todo, ¿dónde hallaríamos a una mecánica tan excelsa como tú?"
– "Oh, vamos, que no soy tan buena." – Desestimó con la mano, sonrojándose. – "Puedo ser tan infantil en ocasiones. ¿Sabes? Luego de lo de Hotaru, me pinté el pelo de negro, y dejé de socializar. Únicamente salía para completar mi entrenamiento policiaco. Me volví tan huraña que podrían compararme con una estereotípica adolescente con aires de rebeldía."
– "¿Lo complementaste con absurda poesía de secundaria, atavíos góticos, y música comercial destinada a niños estúpidos que se quieren sentir únicos y diferentes?"
– "Tampoco llegué tan lejos, pero creo que poco no me faltaba para que comenzara a decir que me cortaría las venas. Por suerte sólo fue una fase temporal." – Rió. – "Je, recuerdo que el último día con el cabello teñido, sucedió el preludio de los atentados, y ahí conocí a Aria. Después de charlar con ella, le dije que podría sernos útil en la policía. ¿Quién pensaría que terminaría cumpliéndose?"
– "Mundo pequeño." – Asentí. – "En todo caso, no te desanimes por este tropiezo, ¿de acuerdo? Sigues siendo una policía entrenada; una trabajadora de la ANP; posees gran carisma; y una figura envidiable. Ya hallarás a tu chica de los sueños más pronto de lo que imaginas."
– "Basta con las lisonjas, Dyne, que casi me las creo." – Rió de nuevo, ruborizada. Observó su lata, moviéndola en círculos. – "¿Sabes qué es lo más irónico de todo esto? Que jamás tuve problemas por mi orientación. Mi familia siempre apoyó mis preferencias. Mi padre es bastante abierto en esos temas, y mi madre, de hecho, tuvo una relación con una mujer antes de conocer a papá."
– "¿De verdad?"
– "Sim, cuando era joven. Fueron sólo unos meses, y cesó cuando la chica tuvo que mudarse." – Declaró. – "Mamá no tiene empacho en decirlo, y a mi padre, como todo hombre, le encanta el imaginarse a su esposa con otra mujer. Lo sé, a mí también me sorprendió cuando lo supe."
– "Bueno, al menos suenan como un matrimonio bastante feliz." – Opiné.
– "Son unos melosos incorregibles. Parecen sacados de una novela romántica." – Sonrió, disintiendo con la cabeza. – "Cómo quisiera tener su suerte, o la de tu hermana. Mira que conquistar a dos chicas, y bastante atractivas."
– "Que no te escuche esa araña, o intentará agregarte a su harem."
– "Hmm, ¿por qué no? Digo, la líder de MOE es buen partido." – Bromeó, colocando su barbilla en su mano. – "¿Crees que tengo todo lo necesario para que me añada a la lista?"
– "¿Aún tienes esos mil quinientos a la mano?"
Ambas estallamos en sonoras carcajadas, los ecos de nuestra risa resonando por el resto del edificio. Cualquier pesadez que las anécdotas anteriores hubieran instigado, se esfumaron como fugaces fantasmas en un efímero momento de alegría, desapareciendo paulatinamente. No había mejor manera de olvidar la acritud de pasados eventos que mofarnos de éstos. Hubo otro corto momento de silencio, pero sin tensión alguna, sólo la calma y tranquilidad que habíamos buscado desde el inicio.
– "Honestamente, tengo mala suerte con los gatos." – Comentó la reptil. – "Cuando tenía once años, adopté uno callejero, Taisho. Bien bonito, de bruno pelaje, y hasta le coloqué un pañuelito rojo en el cuello. Me encantaba acostarme en el suelo, y que él reposara sobre mi espalda, ronroneando hasta dormirse."
– "Es una imagen bastante tierna." – Musité, descansando sobre mis brazos. – "¿Qué sucedió entonces?"
– "Solía dormirse en el taller del tío Ryuu, y a él le agradaba porque mantenía alejados a los roedores." – Narró. – "Hasta que un día, él se encontraba reparando el automóvil de un amigo. Cuando lo arrancó, para probarlo, no tenía idea que Taisho se encontraba descansando en una de las ruedas del vehículo."
– "¿No despertaría el gato al escuchar el motor?"
– "Es posible, pero el auto era un modelo clásico, con el guardafangos bastante pegado a la llanta." – Explicó la gecko. – "Estando tan apretado, no tuvo tiempo de salir. No nos dimos cuenta de su paradero hasta que las llantas pintaron la calle con un rojinegro manchón peludo."
– "Auch. Lo siento, Silica."
– "No tanto como mi tío." – Dijo, tomando un último sorbo de su bebida. – "Tardó varias semanas intentando regresar el coche a la vida, tratando de no dañarlo, y ahora le tocaba hallar llantas de refacción para un modelo antiguo. No volvimos a tener mascotas, y yo juré no volver a interesarme en los felinos."
– "Lo lamento." – Contesté, con sinceridad.
– "Está bien, me llevaron a la playa, y tuve una semana de helado como recompensa." – Encogió los hombros. Agitó su lata vacía. – "En todo caso, creo que ya te he quitado demasiado de tu tiempo. Hay que despertar temprano para la faena."
– "Sí, creo que ya deberíamos irnos a descansar." – Apreté el envase vacío. – "¿Te sientes mejor?"
– "Bastante. Creo que sólo necesitaba charlar un poco." – Aseguró. – "Seguiré tu consejo: no me desanimaré por ser rechazada de nuevo. Aunque creo que me rendiré con los mamíferos; simplemente estoy salada con ellos."
– "Tal vez necesites despejarte un poco la mente." – Injerí. – "Sigues siendo policía, ¿cierto?"
– "Correcto, aún soy una oficial."
– "¿Por qué no hablas con la Jerarca? Exponle que deseas volver a patrullar." – Sugerí. – "Seguirías siendo nuestra mecánica, pero no tendrías que pasar el tiempo encerrada aquí. Y podrás mantenerte lejos de Kanna, en lo que la tensión se disipa."
– "Hmm, no es mala idea, ¿sabes?" – Comentó la pelirroja. – "Es decir, auxiliaría mucho a MON el tener un par de ojos extra en las calles. Y honestamente, extraño recorrer la ciudad. Obrigada, Dyne; mañana mismo se lo pediré a la Patrona."
– "El crédito es tuyo. Todo pasamos por tres fases, antes de darnos por vencidos." – Acoté. – "Primero perdemos la inocencia, luego la esperanza, y finalmente la voluntad. Tú sólo prescindiste de la primera; el que sigas creyendo en lo que defiendes es lo que te permite seguir adelante."
– "Oh. Vaya, nunca lo había pensado así. Tiene sentido." – Expresó, afirmando con la cabeza. – "¿Qué hay de ti?"
– "Aún tengo la voluntad para continuar en la batalla. No puedo fallar a la promesa que le hice a una persona muy especial." – Declaré, seria. Ahí, una pequeña sonrisa se dibujó en mi semblante. – "Además, ahora tengo a una familia qué proteger."
La chica de escamas aguamarinas emuló mi mueca, concordando completamente con mi respuesta. Depositando los envases vacíos en la basura, nos dirigimos juntas hacia nuestras habitaciones. La melancolía de la confesión infructuosa de la poiquiloterma desaparecía poco a poco, con el usual humor afable regresando a su rostro. Era curioso que, al final de todo, la ojizarca únicamente necesitara un oído dispuesto a escucharla. A pesar de que en el proceso ambas remembramos malas memorias, externarlas eran necesarias para purgarnos del acrimonioso veneno. Una muy necesaria catarsis para su corazón, un respiro de alivio para mi alma.
Pero, ¿por qué no me siento satisfecha del todo aún?
– "¿Dyne?" – La brasileña volvió a sacarme de mis pensamientos.
– "Dime, Silica."
– "Silica."
– "Has estado hablando con Peaches, ¿cierto?" – Entrecerré mi ojo. – "Reconozco esos chistes tan malos."
– "Culpable." – Alzó la mano, con mueca cómplice. – "Pero ya, en serio, me alegra que charláramos esta noche. ¿Te soy sincera? Este incidente casi me hacía pedir mi transferencia a mi viejo puesto, en el koban."
– "Incluso si la Jerarca aceptara el perderte, hubiera sido una decisión demasiado precipitada." – Respondí. – "Y bastante inmadura."
– "Precisamente." – Sonrió. – "Por eso te agradezco por lo de hoy. Evitaste que metiera de nuevo la pata."
– "No es nada, realmente." – Encogí los hombros. – "Cualquiera de tus amigas podría haber hecho lo mismo."
– "Esa es otra ironía, ¿sabes?" – Rió ella, tenuemente. – "Todo el mundo me toma como alguien muy sociable, pero la verdad es que más allá de mi familia, no cuento con amistades auténticas. Todas las que he tenido hasta ahora, han sido meramente compañeras de trabajo."
– "Me tomas por sorpresa." – Repliqué. – "Te recuerdo bastante animada en la fiesta de Mio. Les caíste bien a todos los presentes."
– "Lo disfruté, en verdad. Eran gente realmente interesante." – Afirmó. – "Pero incluso en la algarabía del aniversario, me sentía algo alienada. Si te soy sincera, las únicas con las que me he sentido bastante a gusto, es con ustedes; con MOE."
– "No puedes estar tan mal." – Bromeé. – "Espera, ¿es en serio? ¿Por qué nosotras? ¿Por qué no MON?"
– "Me identifico más con ustedes. Siento que tenemos mucho en común, más allá de defender la ley." – Declaró. – "Las veteranas de MON son profesionales, y poseen más experiencia que una novata como yo. Es algo intimidante. Y, bueno, las demás tienen sus propios problemas como para tratar con una lagartija."
– "¿Te digo algo? Normalmente alegaría que estás a gusto con nosotras porque te sientes más segura entre mujeres con tus mismos gustos." – Externé. – "Pero conozco de lo que hablas. Además de nuestro lazo sanguíneo, y de que sobrevivimos juntas al infierno, mi amistad con Jaëgersturm y Cetania es legítima. Incluso siento que la otra pareja de la arachne, Lala, también podría ser una buena amiga; ambas conocemos el valor del trabajo duro. ¿Percibes lo mismo en nosotras?"
– "Si nuestra conversación de hace un momento es prueba contundente, puedo afirmarlo con seguridad." – Testificó ella. – "Creo que eso es la clave de todo; que puedo ser honesta, y confiar en ustedes."
– "Eso siempre será primordial para cualquier clase de relación." – Añadí. La miré fijamente. – "¿En verdad crees que puedes fiarte de mí, Silica?"
– "Nunca lo dudes, mantis." – Proclamó, segura. – "Cualquiera que no claudique después de una experiencia más que cercana con la muerte, es digna de confianza."
Mis labios esgrimieron una genuina sonrisa.
Incluso el hecho que ella aún no conociera mi verdadero pasado no afectó el buen humor que sus palabras, cargadas de una inconmensurable certidumbre, me contagiaron. Ahí, entre contemplar su rojo cabello, como fuego; sus azules ojos, como zafiros; y esa albugínea sonrisa, tan brillante como la luna en el firmamento, la imagen de la triste gecko lastimada del corazón que encontrara al principio, había desaparecido por completo. Ahora sólo quedaba la auténtica Mei, con la alegría tatuada en su brasileño semblante, como siempre debía ser. Antes que pudiera formular alguna otra metáfora que resaltara su innegable carisma, me excusé un momento para ingresar a mi habitación.
Raudamente, me dirigí a mi clóset y revolví mis pertenencias. Mi globo ocular atisbó mi objetivo, me hice con éste, y con celeridad regresé con la reptiliana. La escamosa me miró incrédula por un segundo al verme ofrecerle mi inesperado obsequio. Asintiendo yo con la cabeza, reafirmándole que sus ojos zarcos no la engañaban, la chica de sangre fría emuló mi contenta mueca y se hizo con el regalo. Con un suave y peludo cuerpo de amarillos tonos, decorados por múltiples manchitas negras, y un rostro redondamente tierno, resaltado por sus felinas facciones, era un presente bastante adecuado para la ocasión.
Un peluche de guepardo.
– "¡Qué bonito! Es tan lindo y pachoncito." – Comentó la pelirroja, apretándolo contra su pecho. – "Y huele a fresitas."
– "Lo obtuve por pura suerte en una de esas garras mecánicas." – Dilucidé. – "Se quedó pegado al calamar que deseaba atrapar."
– "Pero, ¿por qué me lo das?"
– "No soy mucho de animales terrestres." – Encogí los hombros. – "Creo que tú lo apreciarás más que yo. Además, no creo que este gatito decida dejarte m-"
Mis palabras fueron interrumpidas repentinamente por la, y nadie podría negarlo, sumamente agradable sensación de dos escamosos brazos rodeando mi italiana figura. La experiencia fue seguida de un suave cuerpo, reuniéndose con el mío. Permanecí afásica y anonadada por varios segundos antes de volver a la realidad y devolver lentamente el gesto, sin que la expresión de incredulidad abandonara mi semblante. En otra de esas pequeñas ironías que la existencia nos exhibía, una reptil de sangre fría era la criatura más cálida del universo.
Lo suficiente para que mi gélido corazón diera un fugaz brinco.
– "Lo creas o no, nadie había sido tan amable conmigo." – Declaró ella, pegada a mí. – "Muito obrigada por tudo, Dyne. De verdad, aprecio lo que haces por mí."
– "D-de nada." – Tartamudeé, saliendo paulatinamente de mi estupefacción. – "Es un placer, Mei."
– "Hakumei."
– "¿Eh?"
– "Es mi nombre completo." – Reveló. – "Carla Hakumei Silica."
– "Esa es una inusual combinación."
– "En honor a mis abuelas materna y paterna, respectivamente." – Esclareció. – "Hasta ahora, nadie se ha dado cuenta, aunque los documentos oficiales lo delaten claramente."
– "Un elemento más en la lista de sorpresas que nos deparó esta noche." – Expresé. – "Gracias por compartirlo conmigo, Carla."
– "Llámame Mei. Suena mejor en japonés." – Se separó, guiñándome. – "Y no es nada comparado con tu hermoso obsequio. No sé cómo retribuirlo."
– "No es necesario. Lo hice con gusto." – Reiteré. – "Y peluches me sobran."
– "Aún así, me siento tan halagada. Es tan precioso." – Acarició el muñeco. – "Oh, perdona, nuevamente te quito tu tiempo. Disculpa, ya me regreso a mi habitación. Un millón de graci… ¿Cuántas veces te he agradecido hoy?"
– "Más de las que he recibido en mi vida. No miento." – Reí. – "Uhm, ¿Mei?"
– "Dime, Dyne."
– "Dyne."
Ella sólo inclinó la cabeza, torciendo la boca. Sí, en verdad era un chiste terrible.
– "Hablando en serio, Cetania me invitó a pasar la noche en su casa; una pijamada." – Mencioné, rascando detrás de mi cabeza. – "Aria y Lala también asistirán. Veremos películas, y conviviremos; espero pacíficamente. Y, bueno, me preguntaba si gustabas asistir también."
– "Oh, ¡por supuesto!" – Exclamó, entusiasmada. – "Uhm, aunque ella no me avisó. ¿No será ningún inconveniente?"
– "Después de lo bien que hablaste de nosotras, ¿piensas que te rechazaríamos?" – Le remembré. – "Además, ya conoces a esas tres; entre más mujeres asistan, mejor."
– "Cierto. No es la primera vez que convivimos." – Admitió. – "Sí, quiero ir. ¿Cuándo sería?"
–"Aún no hay fecha definitiva, pero seguro será tan pronto ellas regresen de su excursión." – Respondí. – "Me alegra que aceptes, Mei. Espero te diviertas."
– "Desde cuidar a un pequeñín, hasta eliminar un enjambre de avispones, con ustedes nunca hay minuto aburrido." – Rió ella. – "Y aunque suena tonto, me ilusiona mi primera pijamada. Siempre quise tener una desde niña."
– "Confieso que tengo interés en experimentar también." – Comenté, estirándome. – "Vale, creo que ya debemos irnos a la cama. Buonanotte, Mei. Que descanses."
– "Boa noite, Dyne. Dulces sueños."
– "Llámame Alexandra." – Le guiñé con mi único ojo. – "Suena mejor con tu acento."
Con una risa compartida, ambas nos encaminamos hacia nuestras habitaciones. Entonces, inesperadamente, la gecko se dio la vuelta y, con celeridad, colocó sus manos en mis hombros, apoyándose para plantar un pequeño, fugaz, y audaz beso en mi mejilla izquierda. El cronómetro ralentizó su imparable marcha, y el ambiente fue drenado de su color y sonido en su totalidad. Las sombras se desvanecieron, a pesar de que la escasa iluminación también se ausentó, y el barullo citadino dio paso a un mutismo absoluto. El mundo se tornó monocromático, excepto por el rutilante y colorido destello de la mujer frente a mí.
Lo único que mis embelesados cinco sentidos eran capaces de captar en ese efímero momento, era la imagen de la ojizarca quien, con un rubor tan rojo como su cabello decorándole las mejillas, se internaba apresuradamente a sus aposentos. En aquella breve transición, no pude evitar prestar detallada atención al sinuoso contoneo de sus ponderadas caderas; el jovial rebote de su sumamente agraciado posterior; la libertad con la que sus favorecidos pechos brincaban dentro de su verde blusa, como si desearan escapar de esa prisión de tela; y, por supuesto, su reptiliana cola cubierta de aguamarinas escamas, moviéndose enérgicamente como su venusina figura, llena de alborozo.
Viva.
Mei había regresado a su usual optimismo; yo muté en una estoica estatua, inmóvil, afónica, y completamente estupefacta. Y, como si alguien hubiera chasqueado los dedos, reaccioné, volviendo al mundo consciente. Permanecí un par de segundos más en mi lugar antes de ingresar con celeridad a mi recámara, casi azotando la puerta al cerrarla. Mi pulso se aceleró precipitadamente, complementado por mi agitada respiración, y el sudor que de alguna manera se había manifestado en mi frente.
Un inexplicable calor se apoderó de mí entonces; un ligero bochorno que aumentaba a cada segundo, como las flamas de una estufa, lentamente pasando del tibio azul al incandescente rojo. Raudamente me dirigí al lavabo y, abriendo la llave al tope, me empapé la cara, sin importarme que mojara el resto de mi cuerpo, casi bañándome. Luego de casi acabar con las reservas acuíferas de la nación, mi agitación comenzó a ceder, excepto por la temperatura, que proseguía elevándose a parsimonioso ritmo.
Tomando medidas drásticas, me deshice completamente de mi ropa y abrí la ventana, permitiendo a la brisa invernal acariciar mi desnuda figura. Mi cuerpo experimentó el gélido abrazo del viento decembrino sobre mi expuesta epidermis, haciéndome temblar un poco. Pero aquello surtió efecto, y pronto esa creciente incandescencia interior empezó a estabilizarse, hasta convertirse en una cálida sensación. Suspiré; aquello se sentía bien, como un sol tropical sobre la piel.
– "Demasiado bien." – Musité, flexionando mis espolones. – "Quizás debería hacerlo más seguido."
Cerrando la ventana, pues los resfriados estaban a la orden del día, noté que aquella inquietud que anteriormente me impidiera un pacífico descanso, había desaparecido en su totalidad. No indagué más en las razones de aquel cambio, y preferí aprovecharlo para internarme en el mundo onírico. Acurrucando a mi felpudo tiburón mako entre mis brazos, y cubriéndome con la blanca sábana, cerré mi ojo, dándole pauta a Morfeo para que me otorgara acceso a sus vastos dominios. Bostecé plácidamente. Presentía que esa noche, mis sueños serían tan suaves como mis peluches.
– "Hablando de muñecos…" – Me dije para mí misma. – "Debería conseguirme una lagartija. Una grande."
[ ]
– "Maldición..." – Mascullé. – "No de nuevo..."
No es fácil ser una liminal durante la luna llena.
Me había preparado mentalmente para ese momento. Acordé acostarme temprano, antes que la influencia selenita me dominara. Incluso me tomé el habitual inhibidor de hormonas, asegurándome de no dejar ni una gota en el envase. Pero nada de eso funcionó. Tan pronto el argento satélite, ataviado en rojo, se asentó en el cósmico trono del firmamento, la tórrida sensación de su influencia se arremolinó en mi interior. Una vorágine de instintiva lujuria que amenazaba con derrocarme, como Teseo derrotó a mis ancestros durante el rapto de Hipodamía.
– "¿Acaso tú también estás del lado de los metafóricos lápitas?"
Contemplé la botella vacía en la mesa baja que uso para escribir, con una etiqueta que claramente indicaba la efectividad para suprimir las pasiones despertadas por la rijosa Selene. Falacias y embustes publicitarios, hubiera exclamado. Me atreví a tomar una ducha con agua helada, arriesgándome a que alguna enfermedad vírica se apoderara de mi sistema respiratorio; y lo complementé con el consumo de bebidas igualmente gélidas. Más nada parecía detener esa pecaminosa necesidad animal que hervía en mis adentros.
– "No es mi primer plenilunio." – Musité, jadeando. – "¿Por qué se siente tan intenso hoy?"
La hiperventilación había tomado posesión de mis pulmones, y mi bomba sanguínea se lanzó en una carrera para batir su propio récord de latidos por minutos. El cuerpo me ardía, aumentaba su temperatura precipitadamente, como un concupiscente volcán a punto de estallar. Pero la erupción, la gran explosión que liberaría todo ese incandescente magma hacia la atmósfera, jamás se presentaba; no sin ayuda de alguien. Eso era quizás lo más tortuoso de todo; el no poder calmar tan lúbrico deseo sin romper una promesa, sin traicionar mis propios ideales, mi propia dignidad.
– "Te tengo a ti." – Hablé, soportando el bochorno. – "¿Mantendrás el secreto?"
Un daikon.
Nombre nipón para el Raphanus sativus, los enormes rábanos blancos tan famosos en la gastronomía japonesa. Hace veinticuatro horas, el siquiera considerar la idea de escabullirme a la cocina y tomar un vegetal tan largo y grueso, para utilizarlo de una manera tan degradantemente sicalíptica, me hubiera hecho golpearme la cabeza con mis cuatro patas al instante. Mi consciencia misma me recriminaría por haber apenas conjurado tan obscena posibilidad en mis redes sinápticas. Pero aquí estaba la prueba de que la vida, o mejor dicho, la genética, suele jugarnos bromas cruelmente irónicas, y desafortunadamente frecuentes, como para descartar toda probabilidad prematuramente.
– "Mantén tu orgullo, Centorea." – Murmuré para mí misma, sonrojada en extremo. – "No hay porqué sofocarse. Es completamente natural."
¿Quién hubiera imaginado a la orgullosa heredera de la familia Shianus en tan precaria posición? ¿Desesperada por satisfacer tan libidinosas necesidades con un vegetal?" Por Quirón, ni siquiera es la primera vez que lo hacía. Por muy vergonzoso que me resulte aceptarlo, ya había repetido tan indecente situación en mi tierra natal, cuando la pubertad despertó mis bestiales hormonas, y requería de hallar una solución a la búsqueda de placer, antes de que tal rijosidad me nublara la mente y me obligara a cometer errores de los que me arrepentiría por el resto de mi vida.
Por suerte, he logrado mantener mi pureza, como una laureada y elegante dama debe hacerlo; reservándola exclusivamente para aquella persona especial. No es ufano el sentirse satisfecha con mi fortaleza y capacidad de autocontrol. Ignoro cuántas centáurides conocí que fueron incapaces de dominarse bajo el hipnotismo lunar, dejándose llevar en estados tan vulnerables, y entregando infaustamente su virginidad a los brutos e insufribles centauros machos que, infortunadamente, habitaban mi aldea. Sacudí mi cabeza ante tan abyectos recuerdos; yo estaba a salvo, y también mi honradez de fiel corcel. Mi más preciado tesoro le pertenece únicamente a él.
– "Mi Señor…" – Susurré, suspirando. – "Cómo quisiera que usted fuera quien me ayudara…"
Kimihito Kurusu, el hombre que logró hacerse con mi corazón, cual gallardo conquistador; la persona a quien yo le juré lealtad, como la digna mujer caballero que soy. Prometí que mi primera vez sería con él, y así como Penélope esperó por más de veinte años a Odiseo, yo mantendría mi doncellez reservada exclusivamente para mi adorado casero.
La palabra de una centáuride no puede romperse, y a pesar de que la inquisitiva luna continuaba arrojando su vil hechizo lúbrico, yo conservaría esa castidad, como una falange espartana protegía las Termopilas de las huestes persas. Pero, ¿cómo salir de esa concupiscente disyuntiva sin romper mi juramento? Fácil; recurriendo a la misma técnica con la que los persas derrotaron la imbatible pared helénica:
Atacando la retaguardia.
– "Y pensé que esos días habían terminado." – Bisbiseé, exhalando. – "Pero no hay más remedio."
Me alegraba de que Nyx, la deidad griega que representaba a la noche, fuera la única testigo de un acto tan pervertido. Lo que iba a suceder me parecía algo que únicamente debía realizarse bajo el lóbrego manto de las sempiternas sombras, fuera de los juzgadores ojos del público, y de los míos, pues realmente me parecía inaceptable para alguien de mi noble estirpe. Tomé mi monturero, es decir, donde guardaba la silla de montar que usaba en ocasiones Mi Señor, y lo coloqué en uno de los estantes de la pared, asegurándome de que quedara a la altura de mi cuerpo equino.
– "Perdona, madre."
Volteé el marco con el retrato de mi progenitora; ella no debía ver a su hija realizar algo tan impúdico, aunque fuera en fotografía. Con el aparejo listo, tomé la escoba que usaba para limpiar mi habitación, y la amarré al monturero usando una gruesa soga, la cual usaba en ocasiones para sostener recipientes en su lugar, si me tocaba fungir como corcel de carga. No era realmente algo muy digno para una centáuride, pero no iba a ponerme quisquillosa bajo ese estado. Me detuve un par de segundos, intentando mermar la creciente sensación en mis zonas íntimas. Debía apresurarme a terminar.
Dominado el problema, proseguí mis preparativos. Moví el palo de escoba, cerciorándome que se mantuviera firmemente unido al monturero. Entonces, tomé el rábano daikon, previamente cortado del tallo para hacerle un agujero, y lo inserté en la vara de madera. El hoyo del vegetal poseía el tamaño correcto para el palo, y se ajustó perfectamente a su soporte. Aquel improvisado pero extravagante dildo estaba listo. Antes de iniciar, me aseguré también de tomar un poco de aloe vera, para que actuara como lubricante. Mi rubor se intensificó hasta que mis orejas se tornaron también rojas; me sorprendía lo meticulosa que me comportaba en ese momento.
– "Pero incluso con algo tan escabrosamente pervertido." – Me dije. – "Una Shianus no puede dar menos que lo mejor."
Una centáuride mantiene su orgullo en toda circunstancia; y aunque fuera un deliberado intento el fundirme en las ínfulas de la vanagloria para distraerme de la obvia razón de todo ello, consideraba que mi oneroso empeño era parte de mi deber como la heredera de la familia más sobresaliente de mi raza. Después de todo, si no puedo cuidar de mí misma, ¿cómo puedo proteger a Mi Señor? Sacudiendo mi cabeza, eliminé los titubeos de mi voluntad y continué. Cubriendo en su totalidad al daikon con el glauco gel aromático, me di la vuelta e, inhalando y exhalando profundamente, como un samurái concentrándose, levanté mi vestido y alcé mi cola.
El calor que invadía mi cuerpo se intensificó tan pronto mis genitales entraron en contacto con el aire. No ayudaba a que el termostato se mantuviera a temperatura cálida, en parte por solicitud de nuestra poiquiloterma ofidia residente. Empero, ni el más crudo invierno antártico podría haber contrarrestado el inmenso ardor, tan intenso como una fulguración solar, que recorría por completo mi equina figura. Mis zonas íntimas palpitaban, rogando por dejarme de juegos y satisfacerlas. Lo necesitaba, era imperativo que comenzara de una vez. Exhalé un último suspiro y, asintiendo para mí misma, lo hice.
– "¡Fwahhh!"
Confieso que tuve qué tapar mi boca con la mano, luchando por nivelar el gemido que expulsé instintivamente al sentir el grueso rábano adentrarse en mi cavidad anal. La lujuria que me invadía había preparado mi cuerpo para la acción inmediata; ergo, el daikon, perfectamente empapado en el gelatinoso lubricante, se insertó sin problema alguno, sólo ralentizando su incursión por mi propia capacidad de autocontrol. Lo admito, se sentía glorioso, apoteósico, y quería disfrutarlo el mayor tiempo posible. El vegetal con apariencia sumamente fálica y el tamaño perfecto para mis dimensiones, cumplía su trabajo magistralmente, pero mi mente seguía aferrada al verdadero dueño de mis fantasías.
– "M-Mi Señor… no sea tan rudo…" – Jadeé. – "Ahh… qué grande…"
Me sumí en el mar de mis lúbricas ilusiones, dejándome llevar por la sicalipsis de imaginar a mi amado pelinegro otorgarme la dicha de experimentar por primera vez los seráficos placeres de la carne, juntos. Un anillo de boda residiría en su mano, unida a la mía, emperifollada también con una áurea prenda que nos certificaría ante el mundo como marido y mujer. Si bien las costumbres de mi especie no precisaban de joyería para legitimar nupcias, yo me decantaba más por la tradición occidental de intercambiar las argollas. Un perfecto símbolo de la sempiterna unión entre dos corazones, tan dorados como su felicidad.
Pero más que el deífico delirio del matrimonio, mi mente regresó a la ambrosía de la luna de miel, donde podríamos dar rienda suelta a nuestros más salvajes deseos, sin temor, sin penas, sin límites. Sólo placer, puro y glorioso. Quizás fuera un deseo simple, primitivo, y contradictorio proviniendo de mí; pero en el fondo, yo seguía siendo una mamífera, un animal salvaje con claros instintos. O tal vez mi juicio se encontraba cada vez más eclipsado por el rojizo astro selenita. Fuera cual fuera la verdadera razón de mi libidinoso comportamiento, no podía negar que lo estaba gozando.
– "¡Ah, no, Mi Señor!" – Gemí. – "¡No mis pechos! ¡Hnghhh!"
Los límites de mi consciencia empezaban a romperse. La frontera entre el control y el desenfreno se hacía cada vez más difusa, cercenando sagitalmente tal dicotomía con la espada del deseo, para transformarla en homogénea concupiscencia. Sin soportar más el metafórico fuego que me abrasaba la existencia, desabotoné mi camisa con celeridad, liberando mis imponentes senos de copa I, viéndolos casi saltar al escapar de su prisión de tela. Raudamente los tomé en mis manos, apretándolos con ahínco, ofreciéndoles un brioso masaje que encendía cada célula de mi ser, haciéndolas explotar como diminutas supernovas.
– "¡Sí, sí!" – Exclamaba. – "¡Me encanta, me encanta!"
A pesar de que hallarme en celo convertía cada pulgada de mi persona en un punto sumamente sensible, mis glándulas mamarias eran la sacrosanta abadía donde se concentraban todas las zonas erógenas críticas. Y mis pezones, erectos y firmes a más no poder, eran mi verdadero punto G. El menor estímulo en mis pechos era suficiente para volverme loca. Un pequeño roce, y la decorosa y solemne Centorea se transformaba en la viva imagen de la sicalipsis; del arrebatado hechizo de Eros; una erótica estampa bendecida por Afrodita.
El daikon penetrando mi dilatado ano; mi hinchada vagina chorreando sus calientes jugos; mis gordos pezones siendo retorcidos por mis audaces dedos. Me estaba perdiendo en lujuria pura. Mi lengua alcanzó su longitud límite, y mis ojos casi se volverían completamente blancos de tanto voltearlos, mientras la saliva se derramaba de mi boca, empapando mis pechos. Me encontraba en el paraíso. En cualquier momento, el orgasmo haría su mayestática aparición, transportándome a la cúspide del deleite; la fastuosa cima del goce absoluto; el Olimpo del clímax máximo; coronándolo con la lasciva sinfonía de los gemidos.
Y entonces, alguien llamó.
– "Cerea." – Habló, tocando ligeramente la puerta corrediza. – "Cerea, ¿estás despierta?"
Oír mi nombre me trajo de nuevo a la realidad. Como si hubieran encendido un interruptor, entré en consciencia de lo que estaba haciendo. Mi caucásica epidermis mutó a un rojo granate, y mi corazón casi sufre un arresto cardiaco. Raudamente abotoné mi camisa, batallando contra la desesperación y el volumen de mis senos, renuentes a regresar a su lugar, todo mientras el aloe empapaba la ropa, transparentándola. Finalmente pude acomodarlos, aunque un botón se desprendió en el ajetreo. Ya lo repararía luego.
El susto también me hizo desprenderme de mi impúdico dildo improvisado; pero era tal la profundidad en la que se encontraba, que aunque pude librarme del palo de escoba, el sólido rábano permaneció atorado, estancado a medio camino, con la parte gruesa sobresaliendo de mi recto. Tique me daba la espalda cuando más la necesitaba, y la persona tras las puertas continuaba insistiendo. Maldije mi impotencia para alcanzar al albugíneo invasor vegetal y retirarlo de mi ano en tan crítica situación, resignándome a ocultarlo tras mi bruna vestimenta.
– "¿Cerea?" – Llamó de nuevo. – "¿Acaso finalmente estiraste las cuatro patas, centáuride?"
– "¡U-un segundo!" – Respondí, finalmente. – "¡Ya voy!
No podía dilatar más el tiempo, y, haciendo un supremo esfuerzo por aparentar una calma total, encendí una pequeña vela de incienso para enmascarar el olor. Luego, asenté mi cuerpo de manera que ocultara el pequeño cojín que usé para evitar que mis jugos vaginales arruinaran el delicado piso de tatami. Arreglando mi cabello y manteniendo una expresión circunspecta, concedí el permiso a la persona invitada de que pasara a mis aposentos. La puerta se corrió a un lado, revelando a mi visitante.
– "Buenas noches, Rachnera." – Hice una reverencia, lo más cortés posible. – "¿En qué puedo ayudarte?"
– "Guten Abend, Cerea." – Saludó la arachne, cerrando la puerta. – "¿Por qué la demora?"
– "Me encontraba meditando un poco." – Señalé la vela encendida. – "La calma de la noche y el olor del incienso me ayudan a concentrarme."
– "¿Sobre qué meditas en luna llena? ¿Las propiedades afrodisiacas de las zanahorias?" – Rió la tejedora, asentándose. Ahí, mostró un paquete en manos. – "En todo caso, finalmente terminé lo que me encargaste. Toma."
– "Oh, bueno, uhm, gracias, Rachnera." – Lo agarré. – "Pero no debiste molestarte en traérmelo a estas horas."
– "¿Preferirías que lo hiciera en presencia de lo demás?" – Retrucó ella. – "Sabes que hasta tomar la mano de mi Querido te pone más roja que un tomate, Shianus. Alcanzarías tonos más allá del espectro visible con algo como esto."
– "No es a lo que me refería, pero…" – Noté que ya estaba dándole la razón al ruborizarme aún más. – "En todo caso, ¿por qué hasta ahora?"
– "¿Sabes lo atareado que es este trabajo? Incluso con Lore ocupándose de las finanzas, tenemos las manos, aletas y pedipalpos llenos." – Respondió, suspirando. – "La palabra se corrió bastante rápido, y los pedidos aumentaron en menos de una semana. Estoy trabajando casi tiempo completo, utilizando al máximo mis dones naturales como Tejedora, y aún así casi no me doy abasto."
– "Aunque debe alegrarles a ti y Meroune que su naciente empresa haya cobrado tan repentino éxito."
– "Mi lado capitalista está más que complacido, aunque tengo las manos y los apéndices hiladores exhaustos." – Estiró sus dedos. – "Por suerte, Tique me ha sonreído en el plenilunio. Ignoro por qué, pero parece que el inhibidor no hizo efecto completo, así que aproveché el impulso enérgico de la luna llena para finalizar el resto de los pedidos, especialmente el tuyo."
– "Sí, también noté que los efectos del inhibidor se manifestaron algo débiles hoy." – Concordé. – "Lamento haber agregado más trabajo a tu ya ocupada agenda."
– "Ah, por eso no te preocupes, ojizarca, que de hecho lo disfruté." – Desestimó con la mano. – "Adoro los retos, y fue excelente práctica para comprobar mis dotes naturales que enorgullecen a mi estirpe. Adelante, échale un vistazo, para ver si te gusta."
– "Oh, de acuerdo."
Quitando el rojo listón de la caja, alcé la tapa para encontrarme con un sostén de gran tamaño. Observé a los seis ojos carmesí de la araña y, con un silente ademán, me sugirió que lo revisara más de cerca. Tomé en mis manos el objeto, admirando el fino detalle del intrincado bordado que caracterizaba las creaciones de Arachnera. Elaborada con seda negra suave al tacto, la bruna prenda femenina se encontraba decorada por meticulosos detalles en dorado, en un patrón cuasi-barroco; algo excesivo para un simple brassiere, pero que innegablemente le otorgaba un toque elegante a lo que sería mera ropa interior.
– "¿Qué te parece?" – Preguntó la mujer de oscuro exoesqueleto.
– "Sobresaliente trabajo de bordado como siempre, Rachnera." – Afirmé, asintiendo con la cabeza. – "Pero, ¿no crees que es un poco grande?"
– "¿Tienes las tetas más enormes que la cabeza, y me haces esa pregunta, Shianus?" – Ella colocó sus manos en la cintura. – "Y todavía tuve qué hacerlo de mayores dimensiones para evitar que te lastime. Tomé tus medidas, centáuride; sólo la ogresa de MON y aquella minotauro francesa te superan."
– "Lo entiendo, no te molestes. De hecho, me siento aliviada." – Afirmé. – "Si te soy sincera, siempre me ha sido bochornoso encontrar prendas de mi talla. La mayoría son poco asequibles, y tan escasas. Y me da pena buscar en la sección de liminales gigantes para hallar algo decente."
– "¿Es por eso que prescindes de sujetador la mayoría del tiempo?" – Cuestionó Rachnee. – "Aunque no puedo culparte, Cerea. Cuando las glándulas mamarias de una son bendecidas por Afrodita, la ropa se convierte en un estorbo, ¿cierto?"
– "Si lo dices de esa manera, suena algo impúdico." – Volteé la mirada. – "Mas puede que haya algo de razón entre esas concupiscentes declaraciones."
– "Deberías relajarte, un poco, ¿sabes?" – Acotó la Tejedora, cruzándose de brazos, realzando su pecho. – "La naturaleza te regaló un par de gemelas por las que muchas mujeres, especialmente en Japón, venderían su alma a Mefistófeles con tal de poseer. Con o sin sostén, llévalas siempre con orgullo, centáuride. Representan tu fortaleza, vitalidad y feminidad; englobadas en dos suaves paquetes tamaño jumbo."
– "Realmente disfrutas de tan atrevidas manifestaciones, arachne." – Disentí con la cabeza.
– "Soy honesta, Cerea. Una virtud de la que muchos carecen, Fräulein." – Aseguró. Ahí, alzó la mirada, algo extrañada. – "¿Qué hace ese palo de escoba ahí?"
¡Por Quirón! ¡Me olvidé por completo de ese detalle!
– "¿Eh? ¡Oh! ¡Ú-únicamente es un blanco de práctica! ¡Sí, eso!" – Reaccioné, intentando no perder la calma. – "Ya que el inhibidor no rindió efectos esperados, decidí invertir mis energías sobrantes en el refinamiento de mi técnica. Así podré servir y proteger mejor a Mi Señor."
– "¿No te parece un poco tarde para practicar tales tácticas, ojizarca?" – Cuestionó. – "¿Y acaso la actividad brusca no dañaría el suelo de tatami que tanto cuidas?"
– "Mi familia está entre la más destacadas estirpes guerreras, arachne." – Repliqué, fingiendo tranquilidad. – "N-nunca es tarde para que una esté preparada para la adversidad."
– "Creí que estabas meditando." – Indicó, señalando la vela de incienso.
– "Una mente tranquila es primordial para un rendimiento óptimo en batalla." – Expresé, solemne. – "Templanza y voluntad; así es una Shianus."
– "¿Por qué tus pechos se transparentan a través de la ropa?"
– "¿Eh? ¡B-bueno, es que hace calor!" – Contesté, cubriendo (inútilmente) mi busto con mis manos. – "¡Y el efecto de la luna llena me hace sudar más de lo habitual!"
– "Es invierno."
– "¡Sabes que Miia siempre mantiene el termostato a treinta y cuatro grados!"
– "Únicamente en la sala y en el cuarto." – Comentó, impasible. – "Y el tuyo está apagado."
– "¡Lo apagué por el calor!"
– "¿Y por qué lo encendiste si el plenilunio elevaba tu temperatura?"
– "¡Lo hice antes de que me diera cuenta!"
– "¿Y por qué sólo sudaste en las tetas?"
– "¡P-porque soy una espadachina, y la actividad física se concentra en el pecho!"
– "¿Pero no estabas meditando?"
– "¡Sí, p-pero, pero…!"
Entonces, la arachne se echó a reír, su cuerpo temblando a cada carcajada que salía de su boca. Mientras tanto, yo me consumía en un bochorno más abrasador que las profundidades del Hades y el Tártaro juntos. Ser encerrada junto con los Titanes derrotados hubiera sido mejor que soportar tal vergüenza.
– "Vale, vale; disculpa por eso, Cerea. Sólo deseaba fastidiarte un poco." – Aseguró la tejedora, menguando su risa. – "No puedo resistir a esa piel europea tornándose roja como grana."
– "Es menester recordarte que no comparto tu chocante sentido del humor, descendiente de Arachne." – Contesté, volteando hacia el otro lado. – "¿No tienes otros asuntos qué atender?"
– "Bueno, pensaba en darme una ducha antes de irme a acostar. Comienza a hacer un poco de calor." – Respondió, provocándome de nuevo. – "Hablando en serio, aún me queda una noche ocupada. No mentí cuando dije que tenemos las manos llenas con los clientes. Lo peor es que aún no encontramos repartidores disponibles para auxiliarnos."
– "Eso es infortunado." – Opiné, aliviada de cambiar el tema. – "¿Qué piensan hacer?"
– "Nos quedan un par de días, así que mañana intentaremos con las arpías mensajeras que solían traer las cartas para Lala." – Dilucidó, suspirando. – "Será más caro, y eso supondrá más papeleo para Lore, pero como dice Aria: So ist das Leben."
– "Extrañas a Jaëgersturm, ¿cierto?" – Volteé a verla. – "Ese inusual uso del germano que has mostrado hoy no pasa desapercibido."
– "Más bien, digamos que me siento feliz por mi pequeña hermana Cazadora." – Guiñó los ojos, sonriendo. – "Pero dejaré que sea ella quien te dé las buenas nuevas. ¿Y bien? ¿Qué esperas para probártelo?"
– "Espera, ¡¿Q-q-qué?!" – Cuestioné, exasperada. – "¡¿A-ahora mismo?! ¡¿Por qué?!"
– "Necesito cerciorarme de que las medidas y la resistencia son las adecuadas." – Elucidó. – "Si la calidad falla en nuestro primer lote de pedidos, hundiremos nuestra empresa prematuramente; y será completamente mi culpa. Así que anda, póntelo."
– "P-pero, ¿aquí mismo?"
– "¿Qué tiene de malo? Somos mujeres." – Afirmó. – "Vamos, Cerea; tomamos baños junto a las demás, sin problema alguno. No te pongas de pudorosa ahora."
– "Lo sé, es sólo que..." – Rodeé mis pechos con mis brazos. – "El plenilunio… tú sabes…"
– "Oh, ¿sólo por eso?" – Disintió con la cabeza, sonriendo. – "Haberlo dicho antes, ojizarca."
Con eso, y sorpresivamente, la arachne se removió uno de sus guantes, dejando sus filosos dedos al descubierto. Empleándolo como una navaja, su índice se abrió paso por la albugínea tela de su top. Pronto, dos enormes y carnosas montañas de clara epidermis saltaron a la vista, rebotando de más antes de permanecer en su lugar. Los senos de Rachnera, aunque no poseían mi ponderada talla, seguían siendo imponentes, especialmente cuando sus rosados pezones, estimulados por los efectos del astro selenita, se erguían alertas, como antenas, sobre sus grandes areolas. La guinda perfecta para un lujurioso pastel de voluptuosidad pectoral.
Ahí me di cuenta que debí voltear la mirada antes.
– "¿Era eso realmente necesario?" – Le pregunté, ruborizada y contemplando a la ventana.
– "No más que tu recato, centáuride." – Contestó. – "Sólo intento recordarte que vivimos bajo el mismo techo, compartiendo al mismo hombre. Pronto él será nuestro esposo, y, por ende, nosotras también seremos legalmente esposas. Debemos abandonar las nociones que impidan una vida conyugal plena."
– "¿Cómo ayuda el nudismo a ello?"
– "Demostrando que bajo la ropa, todas somos iguales." – Respondió, con manos en la cintura. Sus senos rebotaron ante el movimiento. – "¿Qué hay de diferente en mí, ahora que he prescindido de mi atavío? ¿Acaso me he transformado en otra, hablando en un sentido no metafórico?"
La Tejedora se incorporó, caminando alrededor del cuarto. Desconozco la razón, pero su cuerpo, parcialmente iluminado por la argenta luz selénica, lucía inusualmente brillante, como si hubiera sido empapado en alguna especie de aceite, aunque no notara nada extraño en su piel. E, ignoro por qué también, mis ojos seguían cada movimiento que ella hacía. Maldije mentalmente al plenilunio; mi cabeza no podía concentrarse correctamente.
– "Puedes alegar que jamás dejo de ser la lasciva arachne fetichista del sadomasoquismo, y concordaré contigo, pero eso seguirá dándole la razón a mis palabras." – Alegó. – "Sigo siendo la misma Rachnera de siempre. Y tú, sostén o no, desnuda o vestida, dentro de tu armadura o fuera de ésta, no dejarás de ser la misma heredera de la familia Shianus; la hija de la proclamada Diosa de las Justas; la galante mujer caballero que protege con su vida al hombre que ama."
Dio un par de pasos, quedando frente a mí. Ahí, se inclinó para colocar sus manos en mis hombros, mientras yo permanecía inmóvil, casi mesmerizada por su mirada seria, con sus seis rojos y penetrantes globos oculares fijados en los míos.
– "Jamás dejarás de ser Centorea. Nuestra Centorea." – Declaró, solemnemente. Ahí, sonrió. – "Sé que puedo ser chocante en ocasiones, y que razones no te faltan para desconfiar de esta pervertida araña, pero jamás dejaré de agradecer que seamos compañeras. Honestamente, siempre te admiré, ¿sabes?"
– "¿Realmente?"
– "Repitiendo las palabras de mi congénere alemana: eres la más noble de la esta morada. Incluso la mismísima princesa Lorelei opina lo mismo." – Reveló. – "Y no hablo únicamente del linaje, sino de tu actitud. Eres realmente caritativa, amable, inteligente, valiente. Tu belleza y atractivo físicos son sólo la dulce cereza de tu abnegada personalidad. Esa que te hace tan única."
– "Tú… ¿tú en verdad piensas eso de mí, Rachnera?"
– "Acabo de desnudar también mi alma, ojizarca." – Guiñó con tres ojos. – "Esta casa fue el santuario que tanto necesitaba, no sólo para abandonar la tan temida soledad, sino para deshacerme del autodesprecio que los errores y los rechazos que sufrí anteriormente crearan en mí, desde que me uní al Programa. Finalmente puedo decir que, a pesar de que no lo merezco, he hallado una auténtica familia que me acepta por quién soy. Incluida tú."
– "No es la primera vez que me elogias. Y tampoco es la primera vez que confíe en que estás siendo honesta." – Enuncié, con una pequeña sonrisa. – "Tal vez hayamos comenzado con el pie izquierdo; quizás nuestras filosofías suelan diferir; y admito que mis celos impidieron que nuestra relación fuera más fácil; pero confieso que, en el fondo, sabía que podía encontrar en ti una buena amiga."
– "Lo sé. Dudo que seas de aquellas personas que gustan de guardar rencores, Cerea." – Reiteró la arachne, esgrimiendo la misma mueca contenta. – "¿Quieres que te sea más franca? Antes de aceptar el compartir a mi Querido, tú eras mi mayor rival. Ni siquiera Miia, siendo la primera y con más tiempo junto a él, era una prioridad mayor que tú."
– "Cesa, por favor, que no soy tan especial." – Desestimé con la mano, riendo tenuemente. – "Jamás imaginé que me consideraras tan importante."
– "Permítete un poco de inmodestia, Cerea." – Expresó la Tejedora. – "Incluso ahora, continúas demostrando lo cuantiosa que eres como persona. Es decir, mírate, estudiando medicina. Tu deseo de ayudar a otros es tan grande que dedicarás a resguardar el tesoro más valioso que existe: la vida misma. Únicamente Aria puede compararse con tu dedicación, pero tú no requieres de balas ni violencia para salvaguardarla."
– "Detente." – Bajé la mirada. – "No soy tan magnánima."
– "Claro que sí. Me atrevo a afirmar que comparto el mismo veredicto que el resto de la casa cuando digo que eres admirable." – Arachnera insistió. – "Sabemos que no es un camino sencillo, y que requiere de enorme esfuerzo y sacrificio para alcanzar la meta, pero sabemos que lo lograrás. Cuentas con nosotros para apoyarte, y a la sociedad misma, quien será la que agradezca tu arduo trabajo."
– "No, te estás engañando…" – Alcé la mirada. – "Me he estado engañado yo misma desde el principio…"
Mis ojos se exhibían acuosos, y mi trémula voz estaba en la frontera para decantarse en llanto. Aquellas palabras, esos ciertamente fastuosos elogios, me cayeron como dagas en el corazón. No por Rachnera, quien había manifestado honestamente sus pensamientos, con toda virtud; sino por mí misma. Pero aquello no era fácil de confesar.
– "No soy loable; tampoco mirífica, prodigiosa, o cualquier otro halagador epíteto que desees adjudicarme." – Negué vehementemente con la cabeza. – "Traté de creer mi propia mentira, intenté que se transformara en verdad; pero era como si Prometeo tratara de dar forma a la humanidad con agua, en lugar de barro."
– "Un momento, Shianus." – La mujer de bruno exoesqueleto alzó su mano en señal de alto. – "Desiste de tus hieráticas parábolas, y sólo dime lo que intentas expresar."
– "Disculpa por eso." – Tallé mis ojos.
– "Tranquila, Cerea." – Sostuvo mi mano con la suya. – "Relájate, y deja salir lo que te acongoja. Sé tan directa como desees."
– "Ya no… ya no quiero estudiar medicina." – Declaré, permitiendo a las lágrimas peregrinar mis mejillas. – "Todo lo que creía, era una ilusión. Fantasmagorías engañosas. Espejismos erigidos en inestables pilares que caen por el peso de su propia falsedad."
Arachnera no injirió, no pronunció palabra. Sencillamente permaneció allí, afianzando su mano al tiempo que yo intentaba reordenar mis pensamientos.
– "La medicina es fascinante. Y quienes la ejercen son héroes. Jamás negaré el gran respeto que les tengo a los hombres y mujeres que forman parte de una profesión tan laudable." – Esclarecí. – "Llegué con entusiasmo, esperando a formar parte de ese gran sueño y, sin necesitar de medieval coraza y armas, defender a quienes estimo de los enemigos invisibles que amenazan contra su salud. Si podía contribuir a esparcir alivio y esperanza a la sociedad, por muy pequeña que fuera, sería tan ilustre como el propio Hipócrates."
– "¿El estudio es muy difícil? ¿Te trataron mal en la facultad?"
– "Descuida, que de hecho entiendo muy bien la materia; y tanto los profesores como alumnos han sido muy amables. Incluso hice un par de amigas." – Dilucidé. – "El problema es que, aunque me gusta ejercer la medicina, mi alma se condena a perder su propia humanidad entre más profundizo en ello. Deseo amarla, pero es casi como si la realidad me obligarla a rehuirle."
– "¿Tuviste una mala experiencia con algún paciente?"
– "Visita al hospital Hopkins, estudio de campo. El tercero, de hecho." – Asentí lentamente. – "El profesor se encontraba dándonos una cátedra completa sobre las innovaciones del sistema de salud nipón, cuando atisbé de soslayo el interior de una sala con la puerta abierta. Dentro, una pequeña, de quizás no más de seis años, me llamaba afásicamente con su mano. Separándome de mi grupo, entré con ella."
– "¿Era la única en aquella sala?"
– "Sí. Verla tan sola en esa habitación tan enorme, despertó mi instinto materno." – Repliqué. – "Asenté mi cuerpo junto a ella, la saludé. Con una voz casi inaudible, diminuta como ella, me preguntó mi nombre. Después de las presentaciones formales, la pequeña Viktoria, hija de comerciantes austriacos, me reveló que adoraba los caballos, y siempre quiso montar uno. Me sentí halagada por su sinceridad, y platicamos un breve momento, hasta que me tocamos el tema de su enfermedad. Ahí fue cuando todo se vino abajo."
– "Puedo imaginar a qué te refieres." – Rachnera bajó la mirada, taciturna. – "¿Qué tan grave?"
– "Cáncer de pulmón, estadio II. Significa que el tumor se ha extendido." – Continué, conteniendo el llanto. – "Debí suponerlo con los aparatos a los que se encontraba conectada, o al hecho que se hallara casi calva, pero quizás yo misma traté de mentirme para no pensar en ello. Y entonces, ella, con su radiante inocencia infantil me preguntó: ¿puedes curarme?"
La presa que mantenía mis lágrimas a raya terminó por ceder a la presión, y un cristalino torrente recorrió la circunferencia de mi semblante. Rachnera, instintivamente, me envolvió en un abrazo, ofreciendo su hombro para que pudiera sollozar, aceptando la invitación plenamente. Pude contener quebrarme en escandaloso llanto e incordiar a los durmientes habitantes, pero sin dejar que el dolor que me embargaba permaneciera dentro de mí. Poco a poco, gota a gota, la lacrimosa catarsis surtía efecto, calmando mi hiperventilación.
– "Respondí que apenas era una estudiante, no doctora. En ese momento, una enfermera entró y me solicitó que me retirara. Me despedí de Viktoria y, con celeridad, salí de ahí, buscando a mi grupo." – Continué, hipando. – "Tan pronto lo encontré, le pedí al profesor un minuto a solas. En privado, le pregunté que podíamos hacer cuando encontramos una situación similar a la que viví, a manera de suposición, sin revelar que me acababa de suceder. Él, con una mueca circunspecta, respondió que, al final, no podemos salvar a todos, y que me concentrara en los que sí podemos rescatar."
– "Cuánta frialdad…"
– "Pero tenía razón. Intenté odiarlo, pero sus gélidas proclamaciones eran crudamente innegables." – Nuestro abrazo se intensificó. – "Insensibilizarse es la única manera de soportar el atestiguar el sufrimiento diario. Empezar a ver a nuestros pacientes como meramente la suma de sus dolencias, y no individuos, era vital para mantener la cordura en un ambiente tan depresivo. Lo peor es que me encuentro en toda esta disyuntiva de opiniones conflictivas y… perdona, me encuentro demasiado alterada como para formular bien las palabras."
– "Temes que continuar te hará fría. Y si declinas, te sentirás una cobarde." – Injirió la Tejedora. – "¿Cierto?"
– "Sí, precisamente." – Exhalé. – "¿Qué puedo hacer, Rachnera? Aún tengo el deseo de hacer algo por personas como Viktoria, cuya única esperanza recae en nuestras manos. Empero, irremediablemente deberé dejar de pensar en ellas como seres vivos, y más como objetos de estudio. No quiero seguir ese camino, pero tampoco quiero decepcionarlos a ustedes; no después de tanta fe que pusieron en mí, cuando tomé mi decisión."
– "Centorea, ¿quieres que te diga la completa verdad?" – La arachne se separó, sin dejar de contemplarme. – "Hazlo. Abandona la carrera lo más pronto posible. Será lo mejor."
– "Pero, ustedes… las esperanzas depositadas en mí… no quiero ser una perdedora."
– "¿Es cobarde una mujer que huye con su bebé en brazos, para ponerlo a salvo? ¿Es un gallina el hombre que decide optar por hablar, en vez de emplear violencia?" – Preguntó la arácnida. – "Cerea, no todos pueden enfrentar al dragón. No todos nacemos hechos soldados para luchar una guerra por nuestra cuenta. ¿Quién, en su sano juicio, se arrojaría a las fauces del lobo hambriento, voluntariamente?"
– "Personas extraordinarias."
– "Así es. Pero esas personas dirán lo mismo de ti, de mí, de todos." – Aseguró. – "¿Piensas que Aria te considera menos, sólo porque tú no has detenido personalmente un ataque terrorista? ¿O tú ves a Papi y Suu como seres inferiores porque no provienen de una casta tan renombrada como la familia Shianus? Todos libramos nuestras batallas diarias, en diferente magnitud. Aportamos nuestro granito de arena de diversas maneras, y todos lo hacemos por el mismo bien común."
Una de sus manos acarició mi mejilla izquierda, mientras la otra hacía lo mismo con mi cabello.
– "Aún no pierdes tu corazón; y todavía no prescindes de tu bondad para apreciar el de los demás." – Afirmó, con voz segura. – "Mantenlo intacto; cuídalo celosamente, porque en un mundo cada vez más indiferente al sufrimiento, tu nobleza es un faro de esperanza. Hay otros caminos para continuar ayudando, además de la medicina."
– "¿Cómo cuáles?"
– "El altruismo." – Contestó.
– "¿Hablas de donar?"
– "Correcto. A instituciones y asociaciones para continuar las investigaciones en la batalla contra los males que siguen aquejando al mundo." – Asintió. – "Todos deseamos erradicar enfermedades como el cáncer, pero cada doctor detrás de la quimioterapia, cada científico detrás de cada experimento, requiere de recursos, especialmente pecuniarios. Después de todo, un chef no puede crear maravillas culinarias sin el apoyo del campesino que cosecha los ingredientes."
– "Eso me parece bien. Un granito de arena que beneficiaría a todos." – Razoné. – "Pero, Rachnera, dime, ¿no crees que los demás se decepcionen de mí?"
– "¿Quién te culparía por querer conservar tu humanidad?" – Cuestionó, retóricamente. – "Preferiríamos cualquier otra cosa antes de perder a nuestra querida y virtuosa Cerea. Siempre serás parte de esta familia, y jamás cesaremos de apoyarte. Así que deja de preocuparte, que eso sí es innecesario, ¿vale?"
– "De acuerdo, está bien." – Suspiré. – "Pero, ¿ahora qué haré? ¿A qué me dedicaré?"
– "Bueno, te parecerá atrevido que lo proponga en este momento tan vulnerable, ¿pero qué tal si trabajas con nosotras?" – Sugirió la mujer de cabellos lila. – "Seguimos necesitando una repartidora, y qué mejor que una enérgica y hermosa centáuride para ello."
– "¿Yo? ¿De repartidora?"
– "Que el título no te engañe; no por ser una mensajera tu posición será menos digna." – Elucidó la Tejedora. – "Serás nuestra emisaria, la diplomática que brindará buena imagen a nuestra empresa. Te haré un traje soberbiamente elegante, para que complementen tu suntuosa presencia innata. Y por la íntima naturaleza de nuestros productos no debes preocuparte, pues mantendremos la discreción como la mayor prioridad a la hora de las entregas. Los clientes respetarán el tácito pacto."
– "¿Y piensas que yo bastaré para cubrir toda Asaka?"
– "No negaré que te llevará tiempo el cumplir tu tarea, pero por ahora todos nuestros pedidos son locales, y los horarios se repartirán entre varios días, para no extenuarte." – Arguyó Rachnera. – "Por supuesto, sólo será el inicio. Encontraremos más empleadas eventualmente. Piénsalo, es una buena oportunidad."
La arachne sonrió.
– "Tanto Lore como yo deduciremos una parte de las ganancias para donarlo a la Fundación Japonesa para la Investigación del Cáncer. Suma considerable, nada de tacañerías." – Aseguró. – "Y, de ser posible, apoyaremos en todo lo que podamos a la pequeña Viktoria, ¿qué te parece?"
– "¿En verdad estás dispuesta a apoyar a alguien que no conoces?"
– "Fui acogida y aceptada por ustedes a pesar de que intenté tomar a nuestro casero por la fuerza, y deliberadamente cooperé con un criminal que vendía mi seda para financiar sus turbios negocios." – Manifestó. – "He hecho todo en mi poder para expurgarme de mis errores, y retribuirles tan incomparable benevolencia, Cerea. Si soy capaz de colocar una sonrisa en el rostro de una niña convaleciente, podré agregar un triunfo más a mi catarsis personal, mi alma se sentirá en paz, y el mundo será un lugar mejor."
No hubo necesidad de más palabras. Rodeándola con mis brazos, Rachnera y yo permanecimos unidas por alrededor de un minuto. Las lágrimas que ahora se deslizaban por mi cara ya no reflejaban la ignominiosa incertidumbre y temor; sino un fulgurante brillo de esperanza, de paz… de unión familiar. Cuando rompimos el abrazo, ambas ostentábamos la misma expresión satisfecha.
– "¿Cómo puedo agradecerte por todo esto, Rachnera?" – Pregunté.
– "No es nada, ojizarca."
– "En serio, si hay algo que pueda hacer por ti, sólo pídemelo."
– "Bueno, ya que lo mencionas…" – Apuntó al sostén a mi lado. – "¿Qué tal si te lo pruebas de una vez?"
– "Supongo no tengo protesta ahora, ¿cierto?" – Disentí con la cabeza, sin borrar mi sonrisa. – "De acuerdo; si tú has hecho sacrificios, es lógico que yo también haga algunos."
– "Santa Arachne, no quiero imaginar lo que tendré qué hacer para convencerte de probar las bragas para centáurides."
– "Deberás resolver la hambruna mundial antes que acepte modelar tales prendas para ti."
– "Mucho mejor, entonces." – Se mordió los labios. – "Te prefiero al natural."
Torcí la boca y entrecerré mis ojos, sólo para soltarnos en una carcajada doble. Me hallaba demasiado contenta como para irritarme por sus habituales bromas. Desabotoné mi camisa, permitiendo a mis pechos andar libres nuevamente. Si bien mis mejillas se tornaron rojas, la vergüenza e incomodidad por mostrarme expuesta frente a Arachnera se mantuvo ausente; sabía que estaba en confianza. Empero, tal vez fuera mi imaginación, pero podría jurar que sus pezones se volvieron más grandes tan pronto los míos estuvieron a la vista. Sacudí mi cabeza al realizar que de nuevo me concentraba en su cuerpo. El plenilunio nos hace actuar tan impredeciblemente.
Era eso, ¿cierto?
– "El negro y dorado combinan perfecto con tu piel." – Opinó la araña. – "¿Qué tal se siente?"
– "De hecho, es bastante cómodo." – Respondí, palpando la tela. – "La seda es sumamente suave, y muy ligera. Casi no se siente; pareciera que no llevo nada puesto."
– "¿Ves los seguros que unen las copas? Son ajustables. Échales un vistazo."
– "Oh, es verdad. Ahora se siente más confortable." – Evidencié. Ahí, le sonreí. – "Muchas gracias, Rachnera. Es perfecto."
– "Cuando quieras. Tómalo como un incentivo más para trabajar en Grandeur Silk." – Me guiñó tres ojos. Tomó su top y comenzó a remendarlo. – "Bien, mi misión aquí ha terminado. Es tarde, y tengo un par de asuntos qué terminar antes de dormir. ¿Necesitas algo más?"
– "Descuida, Rachnera, eso sería todo. Ya puedes retirarte." – Hice una reverencia. – "Te agradezco nuevamente todo lo que has hecho hoy."
– "Me alegra, porque ahora tengo qué zurcir un atavío para ti." – Bostezó, estirándose y encaminándose a la salida. – "Bien, hora de desvelarse tejiendo. Nos vemos mañana, ojizarca."
– "¿Por qué resaltas tanto mis ojos azules?"
Dándose la vuelta, la Tejedora se inclinó hasta quedar cara a cara.
– "Porque los ojos azules me vuelven loca." – Afirmó, con voz seductora. – "Y los tuyos son tan refulgentes como un par de zafiros."
Fue en ese momento que noté lo extremadamente cerca que nuestros rostros se encontraban. Podía observar claramente cada detalle del inexplicablemente mesmerizante semblante de Rachnera; lo rojo de sus seis ojos carentes de pupilas; el tono lila de su bien cuidado cabello, lavado con aromático shampoo olor a fresas; la perfecta condición en que se hallaba su clara epidermis; o el ligero rubor que decoraba sus mejillas, apenas una fracción de la intensidad del mío, que ahora me cubría la cara entera. Y entonces, ella se acercó aún más. Su cálida respiración rozando mi piel, tan cerca, casi rozándonos, aceleró los latidos de mi bomba sanguínea.
Acaso… ¿acaso iba a hacerlo? ¿En verdad ella iba a…?
– "Tranquila…" – Me susurró. – "No es esa clase de beso."
Parsimoniosamente, sostuvo mi cabeza, y los femeninos labios de la arachne plantaron un delicado ósculo en mi frente. La confusión de mis expectativas erróneas, y la ternura con la que ella realizó tal acto, me hicieron permanecer estoicamente en mi lugar, paralizada, afónica, mientras mis redes sinápticas batallaban por ponerse de acuerdo con la vorágine de sentimientos arremolinándose en mi interior.
– "Gute Nacht, Cerea. Que descanses." – Pronunció ella, acariciando mi barbilla antes de incorporarse. – "No olvides que, al final, ambas somos iguales."
Antes de cruzar por la puerta corrediza y desparecer entre las sombras de la selénica noche, la Tejedora alzó ligeramente su abdomen, casi despreocupadamente. Permanecí estupefacta cuando atisbé un fálico objeto de rosada tonalidad, incrustado casi en su totalidad en la cavidad anal de la arachne, moviéndose ligeramente, vibrando con un ruido casi imperceptible. La realidad me pegó de golpe; casi olvidaba que yo me hallaba en las mismas condiciones. Sin mencionar nada, la araña cerró la puerta, dejándome sola con mis pensamientos.
Ella sabía; Rachnera lo sabía perfectamente.
Pude llevarme las manos a la cara. Pude arrinconarme en una esquina de mi habitación y soltarme a un silencioso llanto de autocompasión. Pude recriminarme mentalmente por haber cedido a mis instintos y permitirme caer tan bajo. Pude, quizás, salir corriendo y recriminarle por su lascivo comportamiento, en un desesperado intento por descargar mis frustraciones. Pude también odiarla, regresar a los viejos ayeres cuando mis zarcos globos oculares no perdían de vista ni uno de sus movimientos, esperando el momento en que pudiera detenerla en medio de alguna fechoría.
Pero no hice nada.
En vez de ello, me quité el sostén, que ya comenzaba a sentirse algo incómodo conforme el fuego inicial, la llama primordial que me llevó a dejar un rábano blanco insertado en mi ano, volvía a resurgir, cual ave fénix retorna a la vida. Mi respiración se tornó jadeante, y el sudor empezó a manifestarse en mi epidermis. Tenía calor, muchísimo. Cerrando los ojos, decidí olvidarme de casi todo, y llevé mis manos a mis voluptuosas montañas pectorales, concentrándome en una sola cosa.
– "Sucia araña degenerada; pervertida; lasciva; lúbrica; concupiscente; sicalíptica y depravada…" – Susurré, apretando mis pechos. – "Esto es tu culpa… tu culpa…"
[- -]
– "¿Y bien? ¿Cuál es el reporte, Rachy?" – Preguntó Meroune. – "¿Centorea-sama disfrutó su obsequio?"
– "Afirmativo. Ambos, puedo suponer." – Contesté, empujando su silla. – "Hay más qué debo contarte, pero lo discutiremos mañana. ¿Qué hay de Miia?"
– "Me alegra informar que su respuesta a su nuevo juego de lencería fue plenamente positiva." – Afirmó. – "Aunque lo fue más la recepción de mi sugerencia de usar su cola prensil para satisfacer sus necesidades básicas."
– "¿Disfrutaste el show?"
– "Lamentablemente no pude permanecer lo suficiente para atestiguarlo, aunque eso no significa que la oportunidad se haya perdido." – Ella volteó a verme, juntando sus manos palmeadas. – "Todo de acuerdo al plan."
– "No puedo creer que seas la mente maestra detrás de cambiar las bebidas inhibidoras por fórmulas menos potentes." – Opiné. – "Pero como dicen por ahí: las apariencias engañan."
– "Tampoco es que sea algo malo. No obligamos a nadie, sólo les ayudamos a sincerarse." – Respondió. – "Es por el bien de nuestra futura familia, después de todo."
– "Comienzo a creer que también has influenciado a la Cazadora, Lore."
– "Quizás. Ambas poseemos el mismo espíritu ambicioso." – Ahí, ella me hizo ademán de acercarme. – "Oh, y una cosa más, Rachy."
– "¿Sí, qué sucede?" – Me agaché.
– "A partir de ahora…" – Acarició mi barbilla, mirándome con esos bellos ojos azules, sonriendo. – "Llámame Gran Sirena..."
NOTAS DEL AUTOR: ¡Puf! ¡Pero qué episodio!
Sí, sé lo que están pensando: "¡Tarmo, yo entré al fandom de MonMusu para indagar más en los conceptos filosóficos y la obvia sátira social que Okayado propone en su distinguida obra; no para leer sobre cochinadas!"
Pero ya, hablando en serio, confieso que estas pequeñas historias eran one-shots que alguna vez pensé en escribir, y quizás publicar por separado. Empero, conforme el tiempo pasaba, me di cuenta que podían formar parte de la misma trama unida, y de ahí nació esto. Y, bueno, porque quería aprovechar el ambiente que dejó el episodio anterior. Un poco de ecchi (y básicamente hentai) es bueno de vez en cuando, ¿cierto?
Comenzamos con la narración de nuestra glauca limo favorita, quien se ha convertido en la compañera inseparable de Papi desde su primera aparición. No es secreto que, incluso en el canon, Suu demuestre un afecto especial con la arpía, y es fácil suponer que sus sentimientos van más allá de una profunda camarería. Su relato es el primero porque representa el amor joven, ese que se basa en experimentar entusiastamente cada opción disponible para recorrer los senderos del placer. Y también la ternura que ambas despiden.
El siguiente es una relación ya establecida, con dos protagonistas que tienen algo bastante en común: su amor al poder. Smith, como capitana de MON y coordinadora del Programa de Intercambio, es una líder nata, con una voluntad y espíritus que siempre la llevan a conseguir lo que desea, por más difícil que parezca. Doppel es una Abismal, una creación Lovecraftiana; y como toda su estirpe, el dominio es axiomático. Las dos siempre están tratando de superarse la una a la otra; todo sin dejar de emanar la intensa pasión que las unió.
Además, disfruto escribir sobre mujeres con carácter, lo que me lleva a la siguiente escena.
Helmutt y Vera son un matrimonio maduro, donde a pesar de los excéntricos fetiches y prácticas lascivas; o de que sea más que evidente que Jaëgersturm es quien manda en la cama, se puede palpar que lo primordial es el cariño innegable de un par de soldados veteranos, expertos en el campo de batalla del amor. La confianza entre ellos es absoluta, y su relación es completamente sólida debido a eso. Todo, sin perder la energía y picardía de los mismos jóvenes que fueran alguna vez, en aquellos ayeres, antes que cayera el muro de Berlín.
Con Mei y Dyne se marca una pequeña pausa, un momento para alejarnos de tanta sicalipsis, y concentrarnos en dos mujeres entablando una mayor amistad. Ambas, aunque son dicotómicamente opuestas, poseen mucho en común. Realmente no tengo qué explicar mucho con este relato, pues es quizás el más fácil de interpretar y deducir. Alexandra se sentía incómoda por el aislamiento que ha llevado por tantos años, y Hakumei estaba cansada de sentirse tan sola y rechazada. Ahora han descubierto que ambas son iguales.
Y hablando de eso.
La última parte fue la idea que dio nacimiento a este capítulo. Después de Rachnera y Lala, Cerea es uno de mis personajes favoritos de la serie, y siempre quise escribir una escena entre ella y la arachne. Esta escena es una amalgamación de las anteriores, con un explícito contenido sexual, y un momento que nos recuerda lo humanas que son nuestras protagonistas liminales, combinado en un momento de unión y amistad. Es casi una descripción lacónica de este fic en sí. Además, admitámoslo, ambas hacen una bonita pareja.
Todo de acuerdo al plan de nuestra Inmaculada Diosa Rosada…
En fin, agradezco a mis amigos JB-Defalt, Onix Star, Arconte, Paradoja el Inquisidor y Alther, de Los Extraditables, por siempre apoyarme en estos días, a pesar de mis constantes retrasos. Y, por supuesto, a todos mis fieles lectores que siguen pacientemente mis fruslerías desparramadas en virtual tinta. Los invito a dejar sus comentarios y reseñas, que siempre leeré y responderé con gusto.
¡Nos vemos hasta la próxima! ¡Obedezcan a la Gran Sirena! ¡Auf Wiedersehen!
