NOTAS DEL AUTOR: ¡Achtung, Tarmo Flake ist hier! ¡Feuer frei!

Iniciamos febrero, un mes especial para mí porque es el que comparto con nuestra Inmaculada Diosa por ser el mes que nos vio nacer, con sólo tres días de diferencia. Y como también es el mes del amorsh, los dejo a ustedes con una historia llena de cosas bonitas para enarbolar los románticos sentimientos que permearán estas fechas.

¡Disfruten!

Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena los invita a su restaurante, 'La Madre Hydra'! ¡Postre gratis con cada sacrificio!


NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE

CAPÍTULO 73


Lluvia.

Inicia el acto de la precipitación descargando su frío manto sobre una ya gélida mañana de invierno en el país del sol naciente. Los rayos del astro rey, debilitados por la acumulación de la condensada humedad atmosférica, finalmente desaparecen tras la impasible muralla negra de nubes de tormenta al tiempo que la caliginosa neblina sustituye la polícroma estampa tokiota con su albugíneo velo. No es que aquello cambie mucho el usualmente monocorde firmamento de la urbe nipona, contaminada de smog.

La cacofonía característica de la infatigable jungla de concreto es reemplazada por un solemne concierto interpretado por interminables y diminutos músicos acuosos, tributando un último réquiem antes de estrellarse contra las ramas de los desnudos árboles, la pétrea acera citadina, la férrea carrocería de los automóviles y la variopinta tela impermeable de los paraguas que realizan acto de aparición con inequivocable celeridad. Por suerte mi bruna sombrilla y hermético calzado me protegen del chubasco.

Sólo unos muy pocos que creyeron ganarle al tiempo resultaron atrapados bajo el inclemente diluvio, recurriendo inútilmente a sus bolsos, portafolios o manos como refugio. Evitando ser empujada por un sujeto con poca paciencia y demasiada agua en su traje de lino, bajé del vagón para proseguir mi misión actual: conseguir el libro que buscaba. Si bien el hallar una obra literaria en este siglo es tan fácil como oprimir un botón en la pantalla del teléfono, evitando así las zaínas jugarretas del veleidoso clima, no cuento con tarjeta alguna para realizar compras en línea. Además, un poco de humedad no me molesta.

– "¡Aaah!"

Fue ahí cuando la vi.

Una mujer de al menos un metro con sesenta luchaba por ganarle a las incesante huestes hídricas en una desesperanzada carrera sin consuelo en aquella selva de edificios perfectamente libres de techos. Tique, diosa de la fortuna, debió apiadarse de su desventurada situación y, como si Helios se coligara también a la divina obra, un pequeño rayo de sol se manifestó, abriéndose paso entre la negrura de las nubes y señalando un diminuto espacio frente a una florería donde el agua no podría seguir empapándola.

Empero, los dioses son tan magnánimos como truculentos, con un torcido sentido del humor. Aunque la chica logró poner un alto a su embate contra las fuerzas de la naturaleza, el amparo que proveía el diminuto toldo encima de ella la obligaba a permanecer tan inmóvil como los erguidos centinelas que resguardaban el palacio de Buckingham. Apiadándome de la apariencia tan inerme que despedía la pobre mujer, crucé la calle para encontrarme con ella.

Admito que reí un poco al contemplarla; su radiante cabello pelirrojo y su apariencia exótica la hacían destacar por sí sola entre el homogéneo gentío asiático, a pesar de que ella también era una nativa por derecho de nacimiento, y encontrarla tratando de reducir su ya pequeño tamaño para evitar la lluvia era genuinamente gracioso. Al notarme, sus intensos ojos azules exhibieron un tácito alivio y su cola, cuyas escamas brillaban impregnadas por el chubasco, comenzó a moverse ligeramente.

Carla Hakumei Silica, ¿quién otra sino ella?

– "Lo que más consideras fácilmente prevenible es lo primero que te toma por sorpresa." – Le dije mientras la cubría con mi paraguas. – "Regla número uno del manual de infortunios irónicos; nunca lo olvides, Carla."

– "Erré los cálculos. Creí que las nubes se dispersarían rápido." – Sonrió Mei. – "Obrigada, Alexandra. Me alegra ver una cara familiar en tan precaria situación."

– "¿Qué haces por aquí, en primer lugar? Las duchas de los cuarteles son una opción más efectiva para asearse."

– "Ya que la lavandería está fuera de servicio y la Patrona paga tan poco, supuse que la naturaleza sería más asequible." – Rió tenuemente la brasileña. – "Hablando en serio, estaba en camino a desayunar."

– "Te entiendo; la cafetería es tan incomible que estoy convencida que es parte de un plan secreto de Smith para hacer dieta." – Repliqué, asintiendo con la cabeza. – "¿Pero por qué venir hasta aquí? Una ciudad dormitorio como Asaka posee restaurantes de sobra. El Aizawa queda a pocos minutos en taxi."

– "Pero incluso el Aizawa no tiene la Torchwick's Hat-trick del restaurante Neopolitan's." – Señaló, alzando el dedo. – "Una pizza tan deliciosa que Italia volvió a ser nuestra aliada de la admiración. Y es precisamente ahí donde yo y mi pancita vacía nos dirigimos."

– "Debe ser una pizza muy buena como para arriesgarse a pescar un resfriado." – Opiné. – "¿Quieres algo de compañía para el camino?"

– "Te lo agradezco, Dyne, pero no es necesaria la molestia." – La gecko hizo una reverencia. – "Estoy cerca de mi meta y no deseo que te desvíes de la tuya."

– "Nuestro destino es el mismo, Silica." – Le aseguré, haciendo ademán con mi paraguas. – "Adelante, que tanto la lluvia como el rugir mi estómago aumentan de intensidad a cada segundo."

– "De acuerdo. Obrigada, Alexandra." – La pelirroja sonrió, caminando a mi lado. – "Por cierto, ¿a dónde ibas en primer lugar?"

– "A comprar un libro nuevo." – Repliqué, deteniéndonos en el cruce de peatones. – "Es un ejemplar bastante particular, así que supuse que tendría mayores oportunidades de hallarlo en la gran capital."

– "¿No hubiera sido más sencillo pedirlo en línea? Te ahorras un buen chapuzón."

– "Carezco de medios para transacciones electrónicas." – Reanudamos la marcha. – "Además, me crié a la manera de la vieja escuela, donde las cámaras, relojes y reproductores de música siguen siendo objetos propios, en lugar del inherente sincretismo tecnológico del siglo XXI."

– "Je, suenas como mi padre cuando desea agrandar su colección de vinilos." – Respondió la ojizarca, ajustando su bufanda. – "Puede pasarse horas en las tiendas buscando un título específico."

– "Tu padre suena a un hombre culto."

– "El diría lo mismo." – Rió tenuemente. – "Según sus propias palabras: la digitalización jamás podrá sustituir el sonido cálido y nostálgico de un tocadiscos perfectamente calibrado."

– "Corrección: tu padre es un hombre bastante culto." – Afirmé, asintiendo con la cabeza. – "Lo comprendo. Hay un romanticismo innato en buscar el objeto que deseas entre un mar de distintas posibilidades. Y soy una depredadora; las presas no se atrapan solas."

– "Bueno, espero estés lista para cazar a la legendaria Pizzatus sabrosis maximus, Ale." – Bromeó, haciendo pistolitas con sus dedos. – "Bastante elusiva, y el doble de irresistible. Suele ser confundida con las especies comunes de su estirpe, pero la experta cazadora cono-¡Aaay!"

Un imprudente conductor decidió que pasarse la luz roja del semáforo y las leyes de vialidad por el arco del triunfo no era suficiente para su récord criminal, así que también agregó el empaparnos al pasar por un charco a su lista de delitos a volante. Los veloces reflejos heredados por mi especie fueron la gracia divina que lograron hacerme reaccionar a tiempo y, emulando a los hoplitas griegos, alzar mi escudo para protegerme a mí y a la pelirroja del inminente ataque hídrico. Por supuesto, recurrí a mi humilde paraguas para que actuara como portentoso aspis helénico.

– "¡Fottiti coglione!"

Habría disfrutado relatar que mi avispado actuar nos mantuvo seguras del agua; mas mi pobre sombrilla no era el mítico escudo de Áyax y, aunque evité que nuestra ropa quedara arruinada por completo, la húmeda acera facilitó el desplazamiento del veloz líquido en dirección hacia nuestros pies, logrando impregnarnos casi en su totalidad por debajo de los tobillos. Ambas agradecimos mentalmente a la coincidencia de llevar botas y que tuviéramos un toldo sobre nosotras para resguardarnos, dejando únicamente a nuestros pantalones como las víctimas de tan infame suceso. Sabía que toparme con la bruta de Emily Wilde antes de salir de los cuarteles era igual que cruzarse con un gato negro, uno particularmente feo.

– "¿Te encuentras bien?" – Le pregunté a Hakumei, ayudándola a incorporarse.

– "Sim. Obrigada, Ale." – Contestó la nativa de Osaka, revisando su ropa. – "¿Y tú?"

– "Nada que un trapo y cepillo no arreglen." – Sacudí mis botas, mirando al vehículo alejarse. – "Ese sujeto merece una buena estancia en el hotel Barra Gris para que deje de creerse el maldito Vin Diesel."

– "Más bien hay que encerrar a quien le haya otorgado el permiso de conducir." – La reptil acomodó su cabello. – "Y creí que la Patrona manejaba como alma que lleva el diablo."

– "En todo caso, ¿cómo no vi a ese orangután acercarse desde antes?" – Disentí con la cabeza. – "Sé que estoy tuerta, pero aún así."

– "Está bien, Ale, pudo ser peor." – Encogió los hombros, sonriendo. – "Pude no tener a mi espartana para cubrirme."

– "Guardia pretoriana." – Aclaré. – "Soy italiana, ¿recuerdas?"

– "Espero seguir bajo su protección entonces, prefecta Nikos." – Ladeó su cabeza, colocando sus manos detrás de ella. – "No queremos que el reinado de la fastuosa emperatriz Silica termine prematuramente bajo un traicionero chorro de agua, ¿verdad?"

– "Ave Imperatrix." – Golpeé ligeramente mi pecho y alcé mi paraguas como una espada. – "Nil desperand-¡Waah!"

Mi vehemente juramento de lealtad fue interrumpido cuando, en mi afán de aumentar los histriónicos despliegues de nuestro juego, la punta de mi sombrilla empujó el material del toldo encima de nosotras provocando que el agua acumulada en éste me cayera encima. Por el lado positivo, sólo era una pequeña cantidad y no me mojó por completo; por el negativo, todo mi cabello y parte de mi abrigo recibieron la gélida zambullida directa. Lo peor es que para ese entonces el aguacero ya se había vuelto apenas una débil llovizna.

Permanecí inmóvil un par de segundos, con un insignificante chorrito de agua escurriéndose por mis mechones mojados al tiempo que el frío invernal tributaba un incómodo escalofrío a mi piel. Hubiera sido una injuriante experiencia de no ser porque repentinamente mi compañera, tomando mi paraguas, repitió conscientemente mi acción, empapándose ella también. Naturalmente confundida por tal decisión de la poiquiloterma, alcé mi ceja dubitativamente, mirándola fijamente con mi único ojo. Hakumei simplemente enseñó su lengua inocentemente y encogió los hombros.

Estallamos en una carcajada.

Arrojamos enteramente por la borda el esfuerzo que tomamos para evitar calarnos y posiblemente nos expusimos a contraer alguna enfermedad respiratoria, pero la situación ameritaba ser demasiado hilarante. Recurriendo a nuestras bufandas como toallas improvisadas, nos secamos el cabello y proseguimos nuestro camino, asegurándonos de alejarnos lo más posible de los charcos en la calle y sorpresivos conductores irresponsables. Mi sombrilla se mantenía alerta para cualquier emergencia.

– "¿Por qué lo hiciste?" – Cuestioné a Carla mientras cruzábamos la avenida.

– "¿Por qué no?" – Replicó como si nada. – "Se me hizo injusto que la vida te pagara así por tu sacrificio. Compartir el dolor lo hace más ameno."

– "No es injusto si fue mi culpa en primer lugar." – Señalé. – "Alcé demasiado alto el paraguas y pagué las consecuencias."

– "Injusto porque no pude terminar de oír su juramento, prefecta Nikos." – Retrucó, negando con el dedo. – "¿Cómo espera una confiar en su propia pretoriana si ésta aún no manifiesta su lealtad indeleble hacia su emperatriz?"

– "¿Tu quoque, Silica?" – Disentí con la cabeza, riendo tenuemente. – "No creí que fueras tan vacua para codiciar la vanagloria del poder absoluto."

– "Aut Caesar, aut nihil." – Declaró teátricamente con su mano, sonriendo ufanamente. – "O César, o nada."

– "Es verdad; en esta vida, o lo somos todo o no somos nadie." – Afirmé. Ahí la miré ladeando la cabeza. – "Y tú estás totalmente loca, Calígula."

– "Un poquito, nomás de la cola." – Rió junto a mí. – "Hablando en serio, no quería que sufrieras sola. Ya sabes, tenía que tomar un disparo por ti. Morir juntas como buenas compañeras."

– "Qué nobleza suicida la tuya." – La miré de soslayo. – "¿Lo harías de verdad?"

– "Creo que la vida de una agente de MON posee mucho más valor que la de una simple oficial." – Aseguró. Lo dijo sinceramente. – "Especialmente la de una tan admirable."

– "Te agradezco el halago, Carla, de verdad." – Le sonreí ligeramente antes de volver mi vista al frente. – "Pero no soy gran cosa como crees. Cualquiera puede ser una agente mejor que yo si se lo propone. Incluso tú."

– "No creo que cualquiera pueda enfrentarse a una nidhögg y estar aquí para contarlo, Alexandra."

– "Eres demasiado generosa con esta empusa, Silica."

– "Esa empusa es mi amiga, y es lo único que importa." – Sonrió como sólo ella sabe hacerlo, yo reciproqué. – "¿Qué hay de ti? ¿Arriesgarías la tuya por esta gecko?"

– "Es mi trabajo, Carla."

– "¿Y si no lo fuera?" – Me miró de reojo.

– "Hmm…" – Exhibí una expresión pensativa. – "¿Pagarás el desayuno de ambas?"

Mei respondió empujándome y tomando mi paraguas para continuar el trayecto por su cuenta mientras yo resoplaba por la risa. La pelirroja me ofreció un blanco demasiado tentador como para no provocarle. Acomodando mi parche ocular y acelerando el paso, logré alcanzar a la ojizarca e intenté colocarme a su lado, pero ella prosiguió su fachada de enojo con un raudo andar alejando la protección de la sombrilla, aunque la llovizna apenas si fuera una incomodidad menor. Yo seguí insistiendo sólo para no romper con el tácito juego de ser la mala del cuento; y porque ver a la brasileña casi chocar contra un poste por cerrar los ojos al simular ignorarme nunca fallaba en esgrimir una sonrisa en mi semblante.

Pero el teatro no se prolongó mucho; diciembre estaba en todo su auge y la incesante precipitación se había amalgamado con el gélido viento para ralentizar el paso de la mujer de escamas aguamarinas. Con las bajas temperaturas y sin poder deshacerse completamente de la humedad de su atavío, la poiquiloterma no tardó en exhibir un evidente temblequeo. Intentó fútilmente mantener su calor corporal enrollando su cola alrededor de ella como si fuera un cinturón, pero ni siquiera eso y su abrigo bastaban para apaciguar la creciente hipotermia. El castañeo de dientes no demoró, completando el cuadro.

Y aún así, debo reconocer su espíritu, no rompió la actuación.

Yo también, sin quebrar el implícito contrato de silencio, me acerqué a la temblorosa nativa de Osaka, tallándose torpemente los brazos, aunque encontró que no era proeza fácil mientras intentaba al mismo tiempo sostener el parasol. Recibiendo otro resoplo despectivo de parte de ella, adelantándose, sencillamente reí silentemente al tiempo que me deshacía de mi abrigo y le alcazaba nuevamente. Me permití una ufana victoria cuando la gecko detuvo su marcha al sentir cómo la cálida tela de la prenda, la misma que me regalara Rachnera anteriormente, la envolvió parsimoniosamente a manera de capa, invocándole abandonar la teátrica grima para encontrarse con mi mirada.

Pero no terminé ahí.

Aquellas gemas azules que tenía por ojos se abrieron aún más cuando, con una expresión serena en mi cara, comencé a retirarme mi bufanda y la envolví alrededor de su cuello, añadiéndola a la suya. La yuxtaposición entre el camuflaje italiano de la Segunda Guerra, el café de mi bufanda y el atuendo multicolor de la gecko quizás no fuera estéticamente el más atractivo, pero mi plan era crear suficiente hermetismo para devolverle el rosado a sus mejillas, objetivo que la ropa extra cumplió satisfactoriamente. Carla permaneció silente, pero sin ocultar esa sonrisita y rubor en su semblante que resaltaban la virtuosa lozanía de Silica.

Su mirada y su mueca afirmativa me confirmaron las tácitas gracias, reciprocándole yo el mismo gesto. Colocándose a mi izquierda al tiempo que me regresaba el paraguas a mis manos, retomamos el trayecto. No hablamos más, prefiriendo la sinfonía urbana de autos sobre concreto mojado, gotas chocando con vidrio y metal, y un coro de barullos y diálogos discontinuos de parte de los peatones que nos pasaban de largo, sumidos en sus asuntos para prestar atención a una empusa y una muy ataviada gecko caminando con idílica serenidad. Finalmente, alcanzamos nuestro destino.

– "Tenemos suerte, llegamos temprano." – Dijo Mei, atisbando que apenas retiraban el cartel de cerrado. – "Podemos elegir una buena mesa. ¡Vamos, Ale!"

El entusiasmo de la reptiliana por hincarle el diente a aquel manjar era más que evidente; tomando mi mano, y a pesar de que soy más alta que ella, la escamosa raudamente me arrastró hasta la entrada con tanta vehemencia que casi tropiezo por el suelo mojado. El local, de dos pisos y fachada exterior de madera, aunque parecía muy diferente al resto de los encontrados en cualquier parte de Tokio, poseía ese perfil que daba la sensación de ser ameno y económico; de la clase de restaurantes donde puedes ir con tu familia y comer tranquilamente.

El enorme anuncio ostentando el nombre Neopolitan's teñido con los colores de la bandera italiana se erguió sobre nosotras mientras discurríamos la puerta de cristal, haciendo sonar la campanita electrónica. Un hombre pelinegro de aspecto maduro y jovial, vistiendo un delantal verde con el nombre del sitio, nos recibió con una reverencia.

– "Bienvenidas sean a Neopolitan's, señoritas. Gracias por eleg-" – Al hombre se le iluminó la vista al reconocernos. – "¡Ah, Mei-chan, eres tú! ¡Y trajiste a una amiga! ¡Pasen, pasen, por favor, siéntanse en su casa!"

– "Obrigada, Tsuno-san." – Hakumei hizo una reverencia antes de presentarme. – "Esta es mi amiga, Alexandra. Fue muy amable en escoltarme hasta aquí."

– "Mucho gusto en conocerla, Alexandra-san. Espero disfrute su estancia." – Nuestro anfitrión inclinó educadamente la cabeza. – "Soy Tsubasa Nishikino, el propietario de este humilde local. Puede llamarme Tsuno."

– "El gusto es mutuo, Tsuno-san." – Reciproqué el gesto. – "Puede llamarme Dyne."

– "Por supuesto, Dyne-san." – Ahí miró a mi compañera. – "Y dime, Mei-chan, ¿cómo está la familia? ¿El viejo Yukio sigue coleccionando sus vetustos discos, o por fin ingresó al siglo XXI?"

– "Al contrario, ahora que conoció a un par de socios en la industria, los compra por toneladas." – Rió la pelirroja. – "Y mi tío Ryuu le recuerda que la oferta sobre su Hino Contessa sigue en pie, que pagará en efectivo."

– "Ah, lo siento, Mei-chan, pero él sabe que si le vendo mi Contessa mi esposa me colgará de las joyas familiares." – Rió él. – "Pero dile que le ofrezco gratis a mi suegra. ¡Le pagaré incluso! ¡Sólo quítenmela de encima!"

– "¿Tan pronto regresó Neo-san de visitar a su madre de Sicilia?"

– "Aún no, pero estará aquí en tres días, Mei-chan, tres condenados días. ¿Por qué la tuvo que traer?" – El dueño disintió con la cabeza. – "La bruja es peor que una sanguijuela: no hace nada, sólo se queja, pero te chupa la sangre a velocidad de hemorragia crónica. Me uniré a mi canario Pepito en el río Sanzu a este ritmo."

– "Oh, vamos, Tsuno-san, no hable así de su suegra." – Opinó la ojizarca, con manos en la cadera. – "Sé que Cinzia-san puede ser algo adusta a veces, pero no es tan mala."

– "Cierto, ¡es peor! ¡La condenada traga como orco, y es más fea que uno!" – Expresó el pelinegro, suspirando. – "Y es tan gorda que hace ver a ese ogro verde de las películas como un Adonis. Ah, ignoro cómo es que mi hermosa Neopolitan salió de las entrañas de esa ballena con patas."

– "Sólo será hasta Año Nuevo, Tsuno-san, no se preocupe." – La gecko le dio palmaditas en la espalda. – "¿Cómo está Maki-chan? ¿Sigue estudiando música?"

– "¡Ja, mi pobre hijita es un caos ahora! ¡Esa condenada amiga suya la convenció de que debería ser cantante!" – Exclamó Tsuno, alzando las manos. – "Primero quería ser veterinaria, después pensó que tocar el piano era mejor, ¡y ahora se cree toda una idol! ¡Y para colmo, mi esposa dice que quiere abrir su propia tienda de helados! ¿Por qué nadie quiere ayudar al viejo Tsubasa en su pizzería?"

– "Espere, ¿qué no Neo-san quería abrir una tienda de modas?"

– "¡Lo sé, pero conoció a unas pingüinas que le metieron esa ridícula idea en la cabeza!" – Nishikino entonces nos mostró su celular. – "¡Miren, hasta se tiñó el pelo de colores para simular un helado napolitano! ¡Y tan bonito que tiene su pelirrojo natural!"

– "Bueno, debe admitir que el patrón va perfecto con su nombre."

– "¡Perfecto o no, ya compró casi una tonelada de mantecados! ¡Se va a poner tan gorda como la morsa de su madre!" – Tsubasa se talló la sien. – "Mi esposa, mi hija, mi suegra… Te lo digo, Mei-chan, los italianos están locos, sin excepciones."

– "Uhm, Alexandra es italiana, Tsuno-san." – Silica apuntó hacia mí. – "Nació en Milán."

Resulta curioso que incluso antes de saber mi verdadero origen yo ya me considerara una descendiente de la famosa bota del Mediterráneo; usé el nombre de Giovanna Schiaparelli desde que tengo memoria, y por ende creí provenir de tierras itálicas. El destino siempre halla manera de conectar los puntos.

– "¿De verdad, Dyne-san?" – El dueño me miró con expresión sorprendida. – "Ya sabía que ese perfil era bastante europeo. ¿Y qué tan chiflada estás?"

– "Un poquito, nomás de los espolones." – Repliqué. – "Aunque me intriga el porqué terminó casándose con una italiana si cree que están tan dementes."

– "Porque mi mujer me pegó su locura." – Afirmó, sonriendo. – "¡Y yo estoy loquito por ella!"

Estallamos en una carcajada. El humor del señor Nishikino era amenamente contagioso y ninguno de sus comentarios era hecho con malicia. En cierta manera, me recordó a mi padre, quizás porque ambos solían expresarse con desmedida sinceridad. Me hubiera gustado incluir a Jaëgersturm también en aquella comparación, pero esa zanquilarga dice más estupideces que hilaridades.

– "Siendo sincero, chicas, es esa excentricidad lo que me atrajo de ella. No hay mujer así en Japón, de eso pueden estar seguras." – Elucidó nuestro anfitrión. – "Y cocina divino, aunque actúe como una reticente diva con las sartenes. Ahh, aún recuerdo lo que me aconsejó mi viejo antes de que yo abandonara el nido…"

– "¿Qué fue, Tsuno-san?" – Indagó Hakumei.

– "¡Condenado Tsubasa! ¿Por qué no fuiste abogado como tu hermano? ¡Lárgate de mi casa!" – Contestó, antes de echarse a reír. – "Pero hablando en serio, me dijo: Hijo, cásate con una mujer que sea comprensiva para que se quede a tu lado cuando estés en tu punto más bajo, y que sea sensata para que mantenga tus pies en el suelo cuando te sientas en el cielo. Así sabrás que es la indicada."

– "Bastante sabio de su señor padre, Tsuno-san." – Asentí. – "¿Y su señora esposa fue precisamente eso?"

– "No, ¡pero con que me aguante me basta!" – Y se echó a reír de nuevo. – "Ah, todo se lo debo a ella. No sólo me alimenta y me soporta, sino que me enseñó el arte de la gastronomía de su madre patria, y ahora heme aquí. Caerme encima de ella al tropezar en la escuela fue lo mejor que he hecho en mi vida."

– "Suena a trama de serie animada." – Comenté, riendo tenuemente. – "Pero mentiría si dijera que no he atestiguado incidentes similares. Felicidades, Tsuno-san."

– "Muchas gracias, Dyne-san." – Me reverenció. – "Ahora, disculpe mi huroneo, pero usted es agente de MON, ¿cierto? Mei-chan me ha hablado mucho de usted."

– "¿En serio?"

– "Oh, Tsuno-san…" – La gecko volteó la vista, ligeramente ruborizada.

– "Sí, recuerdo que después del incidente en Okayado con la nidorina, o no recuerdo cómo se llamaba, usted y sus aliadas fueron hospitalizadas, ¿cierto? Perdone si soy demasiado entrometido."

– "No hay problema, Tsuno-san. En efecto, yo y mis amigas terminamos con lesiones bastante evidentes." – Afirmé, señalando mi parche ocular. – "¿Por qué el interés?"

– "Oh, el interés era de Mei-chan, se lo aseguro." – Aseveró el señor Nishikino. – "Fui de los primeros en enterarme cuando sucedió aquella tragedia. Siempre mencionaba a las valientes guerreras que dieron el sacrificio máximo por este país."

– "No exagere, Tsuno-san, por favor…" – El sonrojo de la poiquiloterma iba en aumento. – "Tampoco fui tan rimbombante."

– "Quizás no, pero el sentimiento era el mismo, Mei-chan." – Acotó el dueño. – "En fin, ella venía casi a diario, y siempre me mantenía al día de su estado. Recuerdo que, cuando usted fue la primera en recobrarse, me pidió que le preparara mi mejor pizza para que, según ella, usted se recuperara más rápido."

– "¿Es eso cierto, Mei-chan?" – Pregunté mientras veía con expresión curiosa a mi compañera.

– "Sólo quería compartir la deífica experiencia de las mejores pizzas con ustedes, nada más." – Resolvió la gecko, jugando con un mechó de su cabello. – "Empero, esos fueron los días más ocupados de patrullaje, y el hospital no lo hubiera permitido en primer lugar. Lamento no poder haberles visitado en esa ocasión, Ale."

– "No te disculpes, que entendemos perfectamente." – Manifesté, desestimando con la mano. – "Y creo que pensar en subirnos el ánimo, aunque no se concretara, habla bastante de ti, Carla. Te lo agradecemos."

La nativa de Osaka simplemente sonrió, aún apenada por haber sido descubierta, pero contenta que su acto fuera reconocido.

– "Ah, así ha sido Mei-chan desde chiquita." – Comentó el señor Nishikino. – "Recuerdo cuando mi Maki se lastimó la pierna haciendo gimnasia, tu compañera le quiso hacer una pizza a su amiga. Le rogó a mi mujer que la dejara usar la cocina, usando esos ojitos de gatito llorones que tienen los niños y moviendo su colita."

– "Armas de destrucción masiva. ¿Y logró convencerla?" – Interrogué, intrigada.

– "Hubiéramos deseado que no. Por una semana el techo de la cocina ostentó queso pegado." – Rió él. – "Pero debes darle crédito a tu amiga escamosa: si bien la masa le quedó algo quemada y se comió todo el pepperoni, su pizza no estaba nada mal. Mi hija no se habrá recuperado rápido, pero sin duda se sintió mejor por ese obsequio."

– "Hasta dan ganas de enfermarse así." – Expresé, viéndola. – "Qué talentosa resultaste, Silica."

– "El crédito es de Neo-san, sin su ayuda seguramente le hubiera dado indigestión a Maki-chan." – Contestó una modesta Carla. – "Neo-san siempre fue muy buena conmigo. Entre ella, mi madre y mi tía, aprendí bastante."

– "Y hablando de eso, es hora de encender el horno, que no vinieron a escuchar mis diatribas de viejo loco." – Injirió Tsubasa, ajustando su delantal y chocando sus manos. – "¿Quieres el segundo piso, Mei-chan? Ya arreglamos el techo."

– "Me encantaría, Tsuno-san. Muito obrigada." – La aludida hizo una reverencia y volvió a tomarme de la mano. – "Por este lado, Ale; puedes dejar tu sombrilla aquí. ¿Podemos ocupar la mesa panorámica, Tsuno-san?"

– "Estarías más loca que mi esposa de no hacerlo." – Bromeó el dueño. – "Pónganse cómodas, chicas, que enseguida les llevo el menú."

Con eso, subimos por las pulidas escaleras de roble hasta la terraza, un elegante mirador decorado con níveos manteles, sillas de bruno ébano y algunas plantas en decorativas macetas colgadas. Estaba cubierta por un blanco techito que protegía de la lluvia sin que mermara la llamativa vista. Tomamos asiento en la parte que sobresalía directamente encima de la entrada y que, como afirmaba mi acompañante, ofrecía el mejor panorama. Aunque en sí el paisaje urbano era difícilmente considerado idílico, había algo satisfactorio en poder admirar la ciudad desde aquella modesta altura. Claro, estaba segura que sería mejor si la fría neblina no redujera la visibilidad del horizonte.

– "¿Vienes aquí seguido, Carla?" – Pregunté a Hakumei, acomodándome el cabello.

– "Todos los fines de semana en mi día libre, aunque a veces aprovecho para una escapadita rápida." – Replicó, palpando el servilletero de la mesa. – "En ocasiones sola, otras con mi familia, pero nunca con nadie más. Eres la primera amiga, después de la hija de Tsuno-san, que me acompaña aquí, ¿sabes?"

– "No negaré que me siento horada. Grazie." – Declaré. – "Imagino que la familia del señor Nishikino era de las pocas que sabía que tu padre se casó con una liminal antes de que entrara en vigor el Acta."

– "Correcto, Ale. De hecho, antes le decía tío Tsuno, pero lo dejé cuando lo hacía sentir viejo." – Replicó Silica, con un dejo de nostalgia. – "He venido aquí desde que era pequeña, y fui de las primeras en visitarlo formalmente como una clienta una vez se reveló la existencia de las extraespecies. De hecho, mi padre y mi tío eran compañeros de Tsuno-san en el colegio."

– "Eso explica mucho."

– "Más de lo que crees; los tres estaban enamorados de Neo-san, que también era estudiante." – Reveló.

– "¿De verdad?"

– "Palabra. Neo-san, como europea entre asiáticas, era la más atractiva del instituto." – Rió tenuemente. – "Sus esposas siempre les recuerdan a sus maridos las humillantes anécdotas de sus fracasos por conquistar a esa escurridiza pelirroja heterocromática de aterciopelado acento extranjero. Por lo menos nunca hubo resentimientos y continúan siendo buenos amigos hasta el día de hoy."

– "Y eventualmente eso permitió que tú nacieras."

– "Precisamente. Mi padre y mi tío siempre aseverarán que el ser rechazados por Neo-san fue lo mejor que pudo haberles sucedido en la vida." – Elucidó, tomando una servilleta. – "En el caso de papá, dedujo que hallaría a su exótica flor en otro país, conociendo a mi madre en Recife. Vinieron aquí, se asentaron, y heme aquí. Mi tío también, aunque él sí quería una auténtica belleza europea, como su motocicleta Ducati 900."

– "¿Y también la consiguió?"

– "Los hermanos comparten la suerte, afortunadamente." – Manifestó Mei, doblando el papel. – "Mi papá se hizo con la musa que siempre soñó: fiero rojo cabello, hermosos ojos como piedras preciosas, excelentes dotes gastronómicos, un corazón compresivo, un espíritu noble… Y un legendario trasero que lo mantuviera despierto todas las noches."

– "Todos los atributos que realmente importan." – Reí ligeramente, tomando una servilleta también.

– "¿Qué hay de ti, Ale?" – Indagó ella, finalizando un barquito de papel. – "¿Cuáles son los que buscas en tu Dulcinea?"

– "La confianza." – Declaré, mirándola mientras yo proseguía mi papiroflexia. – "Cualquier virtud física o moral son irrelevantes si no existe la seguridad de que puedes exponer tu corazón hacia la otra persona. El que tu madre decidiera dejar su país para formar su familia con su pareja en un país extranjero, sabiendo el riesgo que conllevaba mantener oculta su identidad liminal, es la evidencia empírica definitiva de que ambos poseen ese lazo tan primordial para una relación."

– "Esa es precisamente la razón que me dio mamá cuando le pregunté cómo se enamoró de papá." – Dilucidó Silica, contemplando el bote con una sonrisa. – "Más que nada, su esposo le ofreció la seguridad y cariño que su propia patria no le concedió. Y hasta el día de hoy siguen siendo esos tortolitos de hace dos décadas. Qué lindo es el amor verdadero, ¿cierto, Ale?"

– "Por supuesto." – Declaré, sonriendo maliciosamente. – "Eso y un par de buenas posaderas que ayuden a mantener la llama encendida. Me alegra que tú también las heredaras."

La gecko contestó tomando una servilleta más y haciéndola bolita para arrojármela a la cara al tiempo que yo le tributaba una carcajada. Admito que me hallé en una situación irónica, ya que mi atrevida respuesta es algo que sin duda mi consanguínea ofrecería en un escenario similar; excepto que ella lo haría porque esa patata tonta nunca piensa antes de hablar, y yo porque sabía que provocaría a la pelirroja. Ambas intercambiamos la misma pelota de papel por un par de momentos más antes que el viento nos la quitara de las manos.

Sin dejar que la exigüidad de munición la detuviera, la poiquiloterma, ahora colocándose el barquito como sombrero, se hizo con dos servilletas para crear un proyectil gigante. Ostentando una ufana expresión, la brasileña desató su pesada artillería, arrojándola como una bala de cañón turca hacia el último reducto bizantino. Afortunadamente, las murallas de Constantinopla permanecerían intactas, pues nuevamente los vientos de Eolo hicieron acto de aparición, desviando el pesado proyectil hacia un charquito de agua cercano.

Como acto final, y sin borrar mi jactanciosa mueca de provocación que contrastaba con el mohín de disgusto de la ojizarca, mostré el arma final que estuve preparando todo este tiempo: un avión de papel. Con total calma lancé el albugíneo aeroplano en dirección hacia mi blanco de escamas aguamarinas. La aeronave mantuvo su curso recto a pesar de la poca fiabilidad del material usado y, con la precisión de un piloto kamikaze en la batalla de Okinawa, el blanco cazabombardero se estrelló directamente contra el buque de la reptiliana, terminando ambos como una amorfa pieza en el agua que se acumulaba en los bordes de la terraza. Una victoria más para la agente de MOE.

Mei simplemente se vengó lanzándome otra bolita.

Nuestro inofensivo litigio cesó cuando escuchamos al señor Nishikino subir los escalones llevando consigo una bandeja con dos cartas del menú, salsa Worcestershire, y demás condimentos, mas una cesta pequeña con struffoli, un aperitivo italiano consistente en bolitas dulces de pasta freída y aderezada con endulzantes como miel y decoradas con polícromas chispitas.

– "Perdonen la demora, chicas, estuve en una adorable charla telefónica con mi Neopolitan." – Comentó el señor Tsubasa, dándonos las cartas de menú. – "Como me porté muy bien este año, Satán Claus no sólo me traerá a mi linda suegrita para pasar las fiestas decembrinas, sino que también tendré el seráfico placer de contar con la presencia de su igualmente adorable marido. Soy tan afortunado…"

– "Espere, ¿Roman-san también vendrá?" – Preguntó Carla. – "Creí que había fallecido hace tres meses."

– "¡Y yo también! ¡El condenado se recuperó de su embolia!" – Respondió Nishikino, dándose una frustrada palmada en la cabeza. – "¿Qué voy a hacer? Esos dos hipopótamos tienen agujeros negros en lugar de estómago. Son capaces de comerse todo en el restaurante en un solo día, incluyendo el edificio mismo. ¡Mei-chan, eres policía, ¿no puedes arrestarme al menos hasta Año Nuevo?!"

– "No tengo autoridad para detenerlo sin razones válidas, Tsuno-san." – Contestó la aludida, sonriendo nerviosamente ante tan demente propuesta. – "Y creo que está sobreactuando un poquito."

– "¡Ojalá exagerara! ¡Prefiero pudrirme en la prisión de Belle Reve que soportar a esos barriles sin fondo!" – Ahí, el señor Tsubasa me miró, suplicante. – "¡Dyne-san, ayude a este pobre viejo! ¿No conoce MON a algún mafioso que me auxilie con mis suegros? ¡Pagaré en efectivo! ¡Cumpliré la condena que sea!"

– "Más terroristas que mafiosos, pero me temo que todos están muertos o tras las rejas." – Repliqué con intranquilidad. Juro que el destino desea joderme. – "Pero si le sirve de consuelo, el clima nipón es mucho más gélido que el mediterráneo. Tal vez algún resfriado merme la insaciable glotonería de los progenitores de su esposa, Tsuno-san."

– "Hmm, tienes razón, no descartemos esa posibilidad de aquellos enemigos invisibles." – El pelinegro revolvió su bigote mientras susurraba, pensativo. – "Una almohada en medio de la noche guardaría el secreto. Podría alegar enfermedades respiratorias y nadie sospecharía…"

– "Ehem, ¿Tsuno-san?" – Tosió Hakumei. – "¿La orden?"

– "¿Eh? ¡Ah, claro, mil perdones!" – El hombre raudamente sacó bolígrafo y un bloc de notas. – "¿Qué desean ordenar, ragazze? Recomiendo la pizza 'Nerón': cinco diferentes tipos de chiles mas la famosa salsa picante de receta familiar; suficiente para que arda toda Roma."

– "Tentador, pero me temo que pediré la de siempre, Tsuno-san." – Respondió Silica, con tono certero. – "Torchwick's Hat-trick con extra pepperoni, tres pedazos. Y gaseosa Espino Negro para tomar, por favor."

– "Debería nombrarla como tú de tanto que la comes, Mei-chan." – Rió el dueño, anotando la orden. – "¿Qué pedirá tu novia empusa?"

– "¡T-Tsuno-san, no bromee eso!" – La gecko se tornó tan roja como su cabello. – "Ale es sólo una amiga."

– "Eso mismo le dije a mi madre cuando le presenté a mi Neopolitan." – Dijo el señor Tsubasa con sonrisa burlona. – "Se lo advierto, Dyne-san, cuando Mei-chan la invite a comer a casa de sus padres entonces sabrá que va en serio. Nunca falla."

– "¡Tsuno-san!"

Yo hallaba demasiado hilarante todo esto como para protestar. La blanca piel de la lagartija había alcanzado tonalidades realmente coloradas que podrían confundirse con las del pepperoni.

– "¡Vale, vale, ya me detengo, Mei-chan! Te daré un flan gratis como recompensa, ¿sí?" – Rió el señor Nishikino. Hakumei aceptó inflando las ruborizadas mejillas. – "De acuerdo, ¿qué pedirá usted, Dyne-san? Me encantaría la opinión de otra italiana nativa sobre la calidad de mis creaciones."

– "Actualmente me crié en Lesbos, Grecia. No supe que era milanesa hasta hace poco." – Revelé, observando el menú. – "¿Qué tiene con muchos pimientos y carne?"

– "Pide también la Hat-trick, Ale. Tiene lo que buscas y más." – Aconsejó la escamosa. – "Créeme, es una ambrosía divina."

– "Bueno, tu lealtad hacia tal plato me es suficiente garantía, Carla." – Asentí con la cabeza. – "De acuerdo, Tsuno-san, dos rebanadas de Hat-trick y una gaseosa sabor sangría, por favor."

– "Entendido y anotado, chicas. En unos minutos regreso con su orden." – Nuestro anfitrión le dio un golpecito a su libretilla y se encaminó hacia las escaleras. – "Pónganse cómodas y disfruten de los struffoli. Y sean discretas con los besuqueos, que es un restaurante familiar."

– "¡Tsuno-san!" – Reclamó la poiquiloterma.

Retiré el servilletero antes que Silica pudiera tomar represalias ante mi burlona risa, disfrutando de su expresión enojada por unos segundos más. Provocarla continuaba siendo demasiado tentador, y las oportunidades son para aprovecharlas. Afortunadamente los apetitosos dulces evaporaron cualquier exasperación y restauraron los ánimos a mi compañera brasileña.

– "Le doy crédito al señor Nishikino." – Comenté, probando bocado. – "Puedo asegurar que el sabor de estos struffoli es idéntico a los originales, quizás mejor."

– "¿Los has comido antes?" – Preguntó la reptiliana, tomando dos.

– "Son un postre bastante común en la cuenca del Mediterráneo; hay variaciones griegas, turcas y árabes." – Elucidé, contemplando uno. – "Me dan cierta nostalgia. Quizás pida una orden para llevar."

– "Nada como recordar a la patria, ¿cierto?" – Declaró la pelirroja, probando dos más. – "Mi madre prepara bastantes platillos brasileños, para sentirse en casa y recordarme mis raíces."

– "Tengo curiosidad, Carla, y deseo despejarme la duda." – Injerí. – "Naciste y te criaste en Japón, y tus costumbres son muy niponas, pero veo mucho énfasis en tu linaje brasileño. ¿Cómo debería referirme hacia ti? ¿Cómo brasileña o japonesa?"

– "Bueno, ya somos dos con la misma curiosidad." – Acotó. – "¿Cómo te identificas tú, Ale?"

– "Grecia siempre será mi hogar, pero rindo tributo al orgullo de mi madre al adoptar mis raíces itálicas." – Manifesté. – "¿Deduzco que compartimos el sentimiento?"

– "Tenho sim." – Replicó, sonriendo mientras arrojaba otra bolita a su boca. – "De la misma manera conservo el apellido de mi madre, aunque creo que eso aplica para prácticamente todos los liminales."

– "Ya lo creo. Mi madre sigue siendo Jaëgersturm a pesar de estar casada."

– "Espera, ¿tu madre?"

– "Cierto, no te he contado aún. Vera me reconoció como su hija." – Esgrimí una discreta sonrisa al hacerme con otro dulce. – "Lo hizo antes que él y mi padre regresaran a sus países el día de ayer. Bueno, no lo mencionó, pero me admitió oficialmente como su familia."

– "Eso es fantástico, Ale. Felicidades." – Sonrió con sinceridad.

– "Grazie, Carla." – Le reciproqué. – "Un hito insólito para una militante acérrima de Sparassus."

– "Más de lo que crees, Ale. Como policía, he atestiguado más de un incidente de hostilidad entre sus especies, especialmente Sparassedianas." – Acotó Hakumei. – "Por suerte, tales reyertas son muy escasas entre los jóvenes."

– "Sí, te entiendo. Mi hermana y Rachnera son prueba de que esa animadversión va a la baja." – Medité, contemplando cómo la lluvia amainaba. – "¿Cuál ha sido el percance que más recuerdas?"

– "¿Además del incidente de las avispas y el carrito para bebé en llamas en el parque?" – Remembró, con mirada cómplice. – "¿O de pisar el acelerador a fondo para llegar lo más raudamente posible al Aizawa cuando lo asaltaron? Y no creas que no olvido cuando la entrenadora Titania nos persiguió con un machete por haber dejado las llaves dentro del transporte blindado."

– "Dos de esos acontecimientos fueron culpa de Potato." – Señalé. – "Pero sí, admito que te hemos causado muchos contratiempos. No era nuestra intención."

–"No te disculpes que, incluso con una gnómida en plan asesino, los disfruté bastante." – Desestimó con la mano. – "Lo repetiré hasta el cansancio: nunca hay minuto aburrido con ustedes. El trabajo regular de oficial es imposiblemente letárgico comparado con alguna de sus ocurrencias."

– "Debes estar realmente harta de la serenidad si te parece que nuestras fruslerías son entretenidas." – Disentí con la cabeza, mordiendo otro caramelo.

– "Me gustan las experiencias nuevas y excitantes. No aplica a la pizza, porque ya nada puede superarla." – Rió, apoyando sus brazos en la mesa y reposando su barbilla entre éstos. – "Pero, si te soy sincera, uno de los momentos que más recuerdo es cuando recibí un hermoso peluche de guepardo con olor a fresitas de parte de una buena amiga."

– "Y debes estar realmente desesperada para considerarme como una amistad notoria."

– "Oh, vamos, Alexandra, odio que te menosprecies. No lo mereces." – Instó ella. – "Después de todo este tiempo que hemos pasado juntas, desde que nos conocimos hasta ahora, han sido momentos sumamente amenos. Puedo contar con una sola mano a las personas con quien desee convivir tan seguido, así que no reniegues cuando te considere una buena amiga, ¿vale?"

– "¿Realmente lo crees así, Carla?" – Emulé su pose. – "¿Te parezco agradable?"

– "Que el trasero se me haga pizza si miento." – Ella sonrió.

– "Sería mucha pizza." – La imité.

– "¿Te gustan grandes?"

– "Viene de familia."

– "¿Me comerías?"

– "¿Quieres que lo haga?"

– "¿Por qué no?"

Fue en ese momento que ambas advertimos lo que estábamos diciendo. Habiendo entrado en un lapsus, inconscientemente desconectamos la lógica de nuestras redes sinápticas, permitiéndole a nuestras insolentes lenguas articular desprevenidas locuciones de bochornosa índole. O eso es lo que se me ocurrió en aquel instante. Con un rubor absoluto invadiéndonos más allá del semblante, asumimos un instantáneo voto de silencio al tiempo que desviábamos la mirada hacia cualquier dirección excepto las nuestras.

Un particular escalofrío recorrió mi espina dorsal, pero no con la habitual y gélida sensación, sino con un nerviosismo casi familiar: el idéntico que sentí aquella vez que Silica me agradeció físicamente el regalarle ese muñeco de felpa. Y como en esa misma ocasión, mi bomba sanguínea trabajaba tan intensamente que juré que opacaba la cacofonía urbana imperante. Mi cuerpo se percibía inexplicablemente caliente, como si la precipitación hubiera sido reemplazada por un fulgurante baño de sol. Estaba completamente segura Carla experimentaba lo mismo que yo en aquel momento.

Lo sabía, de alguna manera, yo lo sabía.

Cada movimiento de las manecillas del hipotético reloj acrecentaba el mutismo y la tensión en el aire. Tomé una decisión: no podía dejar que aquella incomodidad nos hiciera desviar nuestros pensamientos hacia interpretaciones erróneas. Intenté recuperar la calma inhalando y, tratando (fútilmente, debo confesar) de mantener una expresión neutra, volteé lentamente hacia la dirección de la gecko. Empero, tan pronto atisbé esos añiles zafiros de sus globos oculares, la sangre en mis mejillas se intensificó, al igual que la suya, regresando de inmediato a nuestra posición inicial.

Había sido una pequeña broma inofensiva, un chascarrillo ínfimamente sugestivo y perfectamente aceptable entre un par de colegas, mismas inclinaciones o no. Aquella guasa no era muy diferente a las charlas de escabrosa índole que la doctora Redguard y Wilde sostenían en la cafetería; a los sugerentes chistes que la Smith, Doppel y Zombina compartían en su tiempo libre, o incluso a las fruslerías que Potato y Peaches parloteaban frecuentemente, a pesar de que éstas últimas fueran obvio flirteo…

Entonces, ¿por qué no podíamos descartar ese comentario como tal y seguir naturalmente con la plática?; ¿Por qué esa extraña sensación en mi cuerpo al escuchar tales palabras de la boca de la poiquiloterma?; ¿Acaso podía percibir algo de verdad en esa impertinente declaración?; ¿Y por qué el corazón sigue dándome un salto cada vez que pienso en ello?

Necesitábamos una distracción, algo, lo que sea.

– "'O sole, 'o sole mio, sta nfronte a te, sta nfronte a te~" – Escuchamos cantar al señor Nishikino desde las escalera, antes de ser irrumpido por la tos. – "'O so-¡Ay, mamá! Ah, que este frío no ayuda a mi garganta de lata."

Nunca estuve tan agradecida por un tenor tan desafinado.

– "Me tardé un poco más de lo esperado porque llegaron un par de clientes más." – Explicó Tsubasa, acomodando bebidas y platos. – "Viejos conocidos de Chiba, desean muda-¿Eh? ¿Sucede algo? ¿Por qué se ven así?"

– "N-nada, Tsuno-san. Es sólo el frío." – Se excusó la gecko. Su expresión se iluminó al olfatear el manjar. – "Ohh, hoy huele particularmente bien. ¿Acaso empleó queso provolone, Tsuno-san?"

– "Ah, ah, el chef no revela sus secretos, Mei-chan." – Replicó el dueño, negando con el dedo. – "Pero sí, he agregado algo más a la ya probada receta original. Supuse que podría hacer lo bueno aún mejor, y como eres la más fiel de mis clientas, me gustaría que tú y Dyne-san fueran las jueces de mi experimento."

– "Le agradecemos tener el honor, Tsuno-san." – Respondí, sonriéndole. El olor despertó mis ánimos.

– "No es nada, chicas. Confiaré en su juicio." – Hizo una reverencia. – "Me retiro ahora. Disfruten su comida, y no teman ser honestas, que es por el bien del restaurante y nuestro prestigio."

– "Por supuesto, Tsuno-san, no se preocupe." – Afirmó Mei. – "Pero puedo apostar a que será otro éxito, como los stromboli con tocino."

– "Gracias, Mei-chan, espero y tengas razón. ¡Buon appetito!"

Con esa despedida, el señor Nishikino regresó hacia la planta baja, dejándonos solas de nuevo. No habíamos olvidado lo de hace un momento, pero nuestra atención ahora se centraba en el humeante y caliente platillo a base de masa y queso que residían en nuestros platos. Con la tensión aminorada por tan afortunada interrupción, retomé valor para volver a encarar a Hakumei, alzando parsimoniosamente la vista. Empero, la gecko se había adelantado a mi pensamiento, encontrándome frente a frente con ese semblante jovial mirándome con una pequeña sonrisa, sin que el ligero rubor abandonara sus mejillas, parcialmente cubiertas por sus escamas faciales.

Quizás fuera el apetecible aroma de nuestra comida, o tal vez la temperatura que había transformado el helado aire en fresca brisa, pero en ese momento, toda la incomodidad se había desvanecido, disipándose hasta desaparecer por completo como el vapor que emanaba del queso derretido de la pizza. En su lugar sólo quedaba el rostro de Carla, con sus intensos ojos azules clavados en el mío, y su vibrante cabello pelirrojo meciéndose ligeramente al compás de las caricias del viento e iluminado por el resurgente Helios, formando una idílica estampa que me hizo olvidar todo a mi alrededor, aunque fuera por una infinitésima de segundo, para permanecer y enfocarme exclusivamente en tan singular imagen.

Hasta que nuestros estómagos sonaron.

Estallamos en una carcajada sincronizada; podremos eludir miradas, evitar palabras y soslayar pensamientos, para jamás podríamos silenciar la honestidad de nuestro hambriento sistema digestivo. Con ese tácito acuerdo de olvidarnos de nuestro desliz, tomamos las calientes rebanadas triangulares, cuyo tamaño justificaban el haber pedido tan pocas porciones, pues un par me bastarían para darme por satisfecha.

El queso derretido formó delgados tentáculos que se aferraban al plato de porcelana al levantarlo, e incluso algunas partes aún mostraban burbujas de ebullición, denotando que estaban tan frescas como si hubiéramos metido la mano directamente al horno. Los demás ingredientes consistían en una ciertamente tupida combinación de jamón, pimientos verdes, champiñones y tocino. Trocitos de carne de res y salchicha, mas una orilla rellena de queso fundido, complementaban el concurrido plano, sin contar que todo se hallaba bajo una indiscriminada capa de pepperoni.

Y puedo jurar que hay tres diferentes quesos empleados; ¿cuánto queso puede necesitar una persona?

Obviamente no los suficientes, según esto. Antes de probar aquel collage de excesos gastronómicos agregué la bruna salsa Worcestershire y un poco de picante, formando un variopinto collage que acrecentó el hambre imperante en mi interior. Soplando para reducir la temperatura, di la primera mordida ante los expectantes ojos de la reptil, cuya sonrisita confiada exhibían lo segura que estaba de que mi reacción sería positiva.

– "Pizza omnia regit." – Declaré, degustando la sapidez.

– "¿Deduzco que el resultado es favorable para la siguiente evolución de la Hat-trick?" – Cuestionó una oronda Silica.

– "Puedes apostar a que sí, y eso que he probado las hechas por verdaderos italianos antes." – Aseguré, raudamente dando otro mordisco. – "Creí que la cantidad de ingredientes saturaría el sabor, pero de alguna manera hallan un balance óptimo individualmente, en lugar de degradarlo."

– "Trabajo en equipo; cada pequeña parte contribuye a la causa." – Formuló la pelirroja. – "La Patrona diría que es igual que MON, ¿no te parece?"

– "Ingeniosa metáfora." – Afirmé, acumulando la tercera mordida. – "Yo soy el pimiento, por obvias razones; Peaches y Potato podrían ser el tocino y el jamón, porque son inseparables… y porque son dañinas para la salud de cualquiera. ¿Qué hay de ti?"

– "Pepperoni, porque soy igual de rojita." – Contestó, moviendo monamente dos mechoncitos de su cabello. – "Y porque me encanta; la pizza no sería divina sin estas saladas rodajas carmesí."

– "Curioso, porque de hecho es un invento americano." – Acoté.

– "Ya sé que el salami es el verdadero ingrediente italiano." – Encogió los hombros. – "Pero igualmente soy una gecko enana de William: una especie endémica de Tanzania, nacida en Osaka y de ascendencia brasileña. ¿Quién soy yo para cuestionar los orígenes de algo, especialmente si me hace feliz?"

– "Touché, Carla." – Cedí victoria a su avispada maniobra dialéctica. – "Y te concedo la razón acerca del sabor, aunque no se compara a tu entusiasmo. Te convertirás en pepperoni uno de estos días."

– "Soy la gran Mei-Mei-Roni del planeta Mozzarella." – Bromeó ella, colocando dos rodajas del embutido a la altura de sus ojos. – "Llévame con tu líder, terrícola."

Por poco y me atraganto debido a la risa. Era una ocurrencia simple, pero la espontaneidad y personalidad tan viva de Silica estaba en todo su auge, más que en nuestros encuentros anteriores; y, lo confieso, en un día tan gris y tan común como el resto, su chispa innata y la lírica carcajada de Hakumei eran una bienvenida algarabía. Ella tomó finalmente la primera dentellada a su rebanada, emitiendo un sonido aprobatorio de degustación y moviendo ligeramente su cola en el proceso.

– "Diablos, finalmente sucedió, Ale." – Dijo ella, mirándome. – "Me hice aún más adicta a la pizza."

– "Te casarás con una si sigues así." – Reí, acompañándola en la degustación. – "Creí que no habías tomado bocado porque esperabas a que fuera la primera en tomar el riesgo de probar el nuevo experimento."

– "Lo hice. Adrede." – Externó. – "Pero fue para probarte un punto."

– "¿Cuál?"

– "Se llama Hat-trick porque, igual que en los deportes, consiste en tres anotaciones seguidas." – Dijo ella, agregando más salsa a su rebanada. – "Primero te desmiente las dudas sobre ser la vianda más apoteósica en este mundo, luego, la devoras hasta chuparte los dedos y, para finalizar, regresas por más. Tres strikes y te deja fuera."

– "Medalla de oro al nombre más adecuado." – Opiné, comiendo tres rodajas de pepperoni pegadas. – "Con todo lo que sabes de este lugar no me sorprendería que tuvieran un platillo nombrado en tu honor."

– "Lo tuve, de hecho, en cierto modo." – Confesó la ojizarca, rascándose detrás del cuello. – "Una vez le propuse a Tsuno-san una nueva variedad de pizza con mis ingredientes predilectos: champiñones, carne, pimientos y, por supuesto, mucho, pero mucho pepperoni. Y entonces le dije que agregara guisantes. Fue tan exitosa como el Hindenburg."

– "Oh, la humanidad." – Comenté, tomando mi gaseosa. – "¿Y por qué precisamente chícharos?"

– "Tenía siete años y las arvejas me gustaban. Debo ser la única rara que sí comía sus vegetales de chiquita." – Encogió los hombros. – "En todo caso, quitando lo de los guisantes, ese fue el inicio de la Torchwicks's Hat-trick, aunque fue Neo-san quien refinó el concepto y la nombró por el apellido de su familia. Aún así, siento que contribuí, aunque sea un poquito, a su creación."

– "Valió la pena, comienzo a entender tu predilección por ella." – Mordí la aún caliente orilla de queso. – "No está mal, ¿aunque, sabes que creo que podría mejorarla?"

– "¿Cebolla morada?" – Injirió la gecko. – "Su agridulce sapidez mantendría el balance del sabor neutro del orégano y la acidez del queso parmesano."

– "Me rindo ante tus poderes mentales, Mei-Mei-Roni." – Alcé mis manos en señal de derrota. – "En serio, ¿acaso soy tan fácil de leer?"

– "He sido catadora de tan seráfica ambrosía italiana desde que tenía mis dientes de leche, Ale." – Elucidó la reptiliana, asumiendo pose refinada mientras continuaba deglutiendo. – "Desde la más barata y plástica abominación del supermercado, hasta el más opulento y caro manjar que pudiera costearme. De mi natal Osaka hasta Hokkaido, no hay variación ni combinación que no haya degustado ya. Y al final, me sigo quedando con el sabor casero del Neopolitan's. ¿Para qué cambiar cuando conoces lo mejor?"

Algo que conocí bien al acostumbrarme a los insípidos alimentos procesados durante mi época de austeridad, al recién llegar al país, tema que ya habíamos tocado con anterioridad. Una dieta a base de sopa instantánea me ayudó a entrenar el estómago lo suficiente para soportar el calvario gastrointestinal que era la cafetería en sus últimos días.

– "En tu caso es bastante justificable, Carla." – Tomé el segundo pedazo. – "¿Alguna vez te has atrevido a preparar una?"

– "Te sonará falso, pero no, ninguna que pudiera considerarse pizza real." – Manifestó. – "Experimenté con tortillas de harina, masa para okonomiyaki y hasta huevos, pero nunca una hecha en horno tradicional o el de la estufa. Mi madre sí, y le quedan ricas, pero eso es en contadas ocasiones."

– "Deberías intentarlo alguna vez, para sacártelo de tu sistema." – Sugerí. – "Quién sabe, el señor Nishikino podría dejar de preocuparse por hallar sucesora a su legado. ¿Quién no querría una pizza con toque brasileño?"

– "Oh, vamos, Alexandra, no exageres." – Desestimó con la mano, ruborizándose. – "Yo nunca podría igualar la destreza de Tsuno-san, o la de mamá."

– "Recuerdo a cierta lagartijita que aseguraba que jamás sería tan buena como una agente profesional." – Le guiñé para acentuar su sonrojo. Era adorable. – "Y luego acertó cuatro de cinco disparos a más de cuarenta metros con un humilde revólver New Nambu M60. Sorprendente para una rodajita de pepperoni tan modesta."

– "Como si fuera gran cosa, Ale. Cualquier oficial en la academia podría hacerlo." – Sus mejillas se tornaron granates. – "Tú puedes darle al blanco con la tuya hasta con los ojos cerrados."

– "El Nambu posee un rango efectivo de cincuenta metros y es capaz de una precisión de dos milímetros a veinticinco." – Dilucidé. – "Tú lograste una puntería casi perfecta a más de sesenta por ciento de la distancia estimada con un proyectil diseñado para conflictos no mayores a un asalto, y sin necesidad de miras especiales. Tal exactitud repetida en varias ocasiones no es suerte, Carla, sino talento."

– "Para, que exageras." – Enrolló un mechó de cabello con su dedo. – "¿De verdad crees que soy buena?"

– "No es lo que yo crea, sino lo que tú sabes, Silica." – Afirmé. – "Dime, ¿qué es lo que te digo siempre durante las prácticas?"

– "Voluntad siempre al frente."

– "Correcto. Eso aplica para toda situación en la vida: tú sabes lo que eres, lo que puedes lograr; entonces, hazlo sin cuestionar." – Aseveré, cruzada de brazos. – "Nunca dudes de ti, no debes subestimarte, ni lo mereces. Una persona que reconoce su talento siempre será valiosa para el mundo, ¿capisci?"

– "Entendo." – Asintió tímidamente. – "Obrigada, Alexandra. Espero no decepcionar."

– "No lo has hecho desde que te conozco." – Resumí mi comer. Entonces, le sonreí maliciosamente. – "Eso incluye el pagar completamente por nuestro desayuno, postre incluido."

Hakumei contestó retirándose mi bufanda y usándola como inofensivo látigo para reprenderme mientras me recordaba lo avara que era.

– "Vale, vale, sabes que bromeo." – Le dije, usando un espolón para cubrirme de sus ataques. – "Tu pizza se enfriará."

– "Está bien, me gusta un poco fría." – Replicó, acomodándose la bufanda y tomando asiento. – "Las lenguas de los geckos son más sensibles de lo común. Captamos mejor la temperatura y los sabores."

– "¿También poseen órgano de Jacobson, como las lamias?"

– "Únicamente como un atributo vestigial, no tiene función alguna." – Aseguró. – "Pero tenemos una lengua con capacidad prensil, y un poquito larga."

La pelirroja demostró sus palabras mostrando su rosada lengua y extendiéndola en su totalidad, llegándole ésta hasta la base del cuello. La hizo moverse para exhibir las capacidades motrices de su órgano, sin que la longitud mermara su destreza. Incluso la enrolló por la mitad, como si fuera una tortilla. Ahí, y para seguir presumiendo su habilidad, se acercó a la cesta con struffoli y la usó para tomar una bolita sin problemas. Sacudí vehementemente mi cabeza cuando mis pensamientos se dirigieron (involuntariamente, debo aclarar) a territorio impúdico al considerar las posibilidades para otros usos.

– "A veces siento que es como un dedo extra." – Habló ella, sacándome de mi trance. – "Bastante útil, ¿no te parece?"

– "¿Eh? Ah, claro, claro." – Respondí torpemente, tosiendo. – "Ehem, admito que estoy algo sorprendida; desconocía las dimensiones reales de tu órgano."

– "Nunca la muestro porque a veces espanta a la gente, o me la muerdo por accidente." – Confesó, haciendo carita inocente mientras sacaba la punta. – "Pero como decía, no puedo comer pizza muy caliente por mi sensibilidad. Lo aprendí bien de niña cuando, en mi entusiasmo, quise devorar una rebanada recién salida del horno. Ya imaginarás el resultado."

– "Me pasó de pequeña con un plato de sopa. Nunca olvidé la importancia de soplar primero."

– "Precisamente. Pero en mi caso, y en mi inocencia infantil, deduje que la lenta ingestión reduciría de alguna manera la elevada temperatura." – La brasileña me dio una demostración, dando continuos mordiscos minúsculos a su pizza como si fuera un roedor. – "Lo curioso es que actualmente era efectivo. Pasé un tiempo comiéndola de esta manera, ganándome el apodo de 'Ratoncita'. Me gustaba, de hecho; soy igual que una, chiquita y bonita."

– "Depende de tu definición de bonita."

– "¡Eres… tan… mala!" – Me reclamó, volviendo a asediarme con mi bufanda. – "¡Y se supone que eres policía!"

– "Llevo un parche, soy toda una mente maligna detrás del uniforme, Ratoncita." – Le provoqué, recibiendo más sedosos ataques. – "¿Sabes? Con esa lengua me recuerdas a ese dinosaurio de los videojuegos… ¿cuál era el nombre? Cierto, Yoshi. Eres Yoshi."

– "¡Ay, yo odio a ese cochino dinosaurio!" – Su acometida se intensificó ahora con dos bufandas. – "¡Toma, toma!"

– "El coqueteo en mi época era menos violento, ¿saben?"

Nos paralizamos como las metopas del Partenón de inmediato y, con una inusual sincronía, ambas volteamos para encontrarnos con el señor Nishikino contemplándonos con una expresión bastante satisfecha en su semblante que complementaba su sonrisa.

– "Esto me trae tantos recuerdos de mi época loca, Mei-chan." – Dijo él, mirando al cielo nostálgicamente. – "Tu padre con una guitarra, tu tío con maracas, y yo como tenor, llevándole una improvisada serenata a Neopolitan. Su madre nos aventó las macetas y soltó a sus perros rottweiler, claro, pero sigue siendo una bonita memoria, con todo y terminar con el trasero masticado."

– "Ya me contó esa historia varias veces, Tsuno-san." – Hakumei se acomodó en su asiento, evitando contacto visual. – "Y no se haga ideas raras, que le dije que Ale y yo sólo somos amigas."

– "¡Ja, esa nunca falla!" – Rió enérgicamente nuestro anfitrión. – "Otras que me conozco son: sólo somos compañeros de trabajo, apenas nos conocemos, ya tengo pareja, y somos primos lejanos. Esa última la usó mi hermano para que no sospecharan que él jugaba en el otro bando."

– "Podemos asegurar que nuestras declaraciones son veraces, Tsuno-san." – Insté, tratando de mantener la compostura. – "Ahora, me temo que aún no hemos finalizado nuestra merienda, ¿se le ofrecía algo?"

– "Oh, nada, sólo para traerles un pequeño regalo a mi clienta favorita y su solamente amiguita." – Replicó el señor Tsubasa, mostrando una cesta pequeña en sus manos. – "Cuccidati, tradicionales galletas sicilianas, glaseadas y rellenas de albaricoque. Cortesía de la casa por aprobar nuestra famosa Torchwick's Hat-trick."

– "Pero si aún no le hemos informado de nuestro veredicto." – Acotó Silica.

– "¿Es positivo?"

– "Bueno, sí, pero…"

– "Entonces merecen una recompensa por apoyar nuestra noble causa." – Injirió él, encogiendo los hombros. – "¿Desean otra bebida para acompañar?"

– "Así estamos bien, Tsuno-san, gracias." – Aseguré, tratando de reanudar mi degustación sólo para darme cuenta que mi pizza seguía en el plato. – "No debería dejar solo el mostrador por tanto tiempo. Han habido reportes de robos expresos en esta área."

– "Confío en que dos policías serán suficientes para mantenerlo a salvo." – Retrucó Nishikino, depositando la cesta en nuestra mesa. – "Adelante, chicas, disfrútenlo antes que mis suegros lo devoren todo al llegar. Las dejo solas, no deseo arruinar el ambiente romántico, aunque yo hubiera elegido el horario nocturno, cuando los artistas callejeros me piden permiso de cantar para las parejitas."

– "¡Tsuno-san!" – Reclamó la escamosa.

– "En fin, que ahora estoy feliz de haber ganado otra clienta fiel." – Se dio la vuelta. – "¡Buon appetito, ragazze! ¡Y no olviden avisarle a todos de nuestras ofertas!"

El dueño del restaurante volvió a descender las escaleras, finalmente dejándonos solas para exhalar antes de mirarnos y disipar el nerviosismo con una risa doble. Empero, aunque sabíamos que las palabras de Tsubasa sólo eran bromas, el rubor se mantuvo en nuestras mejillas por el resto del desayuno. El hablar sobre el delicioso sabor de la pizza y las galletas, entre otros anodinos temas, bastaron para desviar la atención de ello por un tiempo, aunque con toda la provocación eventualmente deberíamos abordar el argumento.

– "Lamento eso, Ale. Supongo es mi culpa." – Dijo la brasileña, comiendo el último trozo de pepperoni. – "Tsuno-san sabe que suelo enamorarme fácilmente. Supo lo de la kitsune y lo de Hotaru cuando me notó comiendo más lento de lo normal. Soy bastante fácil de leer."

– "¿Supo también lo de Kanna?"

– "No, aún no." – Ella sonrió tenuemente. – "Ese guepardo que me diste, mas nuestra plática, me animaron lo suficiente para no deprimirme como antes. Aún te lo agradezco."

–"Que te hayas recuperado de tu decepción amorosa es suficiente agradecimiento para mí, Carla." – Repliqué, terminando mi bebida.

– "Pero lo seguiré mencionando porque sigue siendo un gesto muy lindo de tu parte, así que gracias, Alexandra." – Reposó su barbilla sobre sus brazos. – "¿Sabes? Si continúas así, tal vez Tsuno-san tenga mucha razón."

– "No te unas al enemigo, Silica." – Desvié la mirada. – "Además, yo no sería buena pareja."

– "Yo estaba hablando de ser una clienta fiel, Ale-chan." – Guiñó la chica de Osaka, con una sonrisa burlona. – "No te hagas ideas erróneas."

¿Acaso… acaso Mei me estaba acorralando?

– "Ehem... En todo caso, nunca me dijiste dónde aprendiste a apuntar tan bien." – Tosí, acomodándome en mi asiento. – "Según la Jerarca, el entrenamiento en las academias policiacas regulares es demasiado restringido para desarrollar destreza similar."

– "Puedes culpar a Papá Noel por eso." – Rió tenuemente, tomando una galleta. – "Recibí un rifle de dardos a los seis años, cortesía del viejo Santa. Incluía tres patitos de colores para probar puntería, y me pasaba horas experimentado con distancias y ángulos. Finalmente, me lo quitaron cuando mi madre se puso un vestido con diseño de gansitos y usé su trasero como galería de tiro."

– "Tomando en cuenta el desarrollo de su retoño, no debió ser muy difícil atinarle." – Acoté con una sonrisa maliciosa. Hora de retomar control.

– "¡Ay, no seas así, Ale!" – Hizo ademán de arrojarme su botella vacía. Lotería.

– "Tómalo como un cumplido a tu figura, Carla." – Aseguré. Tampoco es que estuviera mintiendo. – "¿Dónde quedó la ratoncita chiquita y bonita

– "Los ratones también muerden, grillita." – Me sacó la lengua antes de sentarse. – "Pero sí, ya mostraba interés en lo que sería mi futura profesión. El año siguiente, después de prometer que no volvería a tratar las posaderas de mi progenitora como blanco, mi regalo fue un kit de policía con toda la parafernalia como esposas, placa, porra y hasta lentes oscuros."

– "¿Qué te hizo considerar el ser parte de la ley una vez creciste?"

– "Me gustaría apelar a la nobleza y decir que sentí que proteger la paz de la nación era mi sueño, pero, sinceramente, los motivos eran un poco más egoístas." – Confesó. – "Mi madre y mi tía siempre hablaban de lo barata que podía ser la vida en sus países. Mi progenitora se crió en una favela, así que conoció de primera mano lo que es despertar al son de riñas e irse a la cama con disparos como canciones de cuna. Nunca se sintió realmente segura hasta salir de ese infierno."

Pude entenderla más de lo que ella imaginaba.

– "Y debió ser aún más difícil al ser una liminal." – Agregué, Hakumei asintiendo.

– "La segunda razón es similar, pero la que no se sentía segura era yo." – Prosiguió, contemplando el todavía gris cielo. – "Con excepción de mi familia y personas como Tsuno-san, el resto del mundo me era desconocido y, ergo, hostil. El jamás revelar mi naturaleza liminal limitó en gran medida mis relaciones sociales. ¿Alguna vez te preguntaste por qué Tsuno-san es el único interesado en el arte de la gastronomía italiana?"

– "¿Porque su esposa no gusta de cocinar?"

– "Eso, y porque de hecho, Neo-san era maestra de primaria." – Elucidó. – "Ella fue mi tutora casera, ya que no podía asistir a la escuela. Mis únicas amigas eran su hija, Maki, y mi prima. ¿Ahora entiendes mejor el por qué mi círculo amistoso es tan reducido?"

– "No es fácil ser una liminal." – Acoté, asintiendo. – "Lo peor, eras nativa japonesa. Debiste sentirte en una absurda paradoja hasta la declaración del Acta."

– "Correcto. Así que, con esa inseguridad siempre presente en mi vida, quise representar todo lo contrario una vez me liberé del yugo del anonimato; probarme a mí misma y al mundo que ya no tenía miedo."

– "Una guardiana de la seguridad, proteger lo que alguna vez te intimidó." – Complementé. – "Quizás digas que tus motivos fueron egoístas, pero el poder prescindir de cualquier prejuicio que pudiera haber germinado en ti por tal desasosiego dice mucho de tu madurez y nobleza como persona."

– "¿Por qué lo dices?"

–"No te diste por vencida, no permitiste obcecarte con resentimiento ni fobias debido al rechazo social. En lugar de retraerte y ocultarte tras una máscara de indiferencia, le diste la cara al mundo y le demostraste de qué estabas hecha realmente." – Manifesté, firme. – "Esa fuerza de voluntad no nació repentinamente, Carla, tú la tuviste todo este tiempo, y te negaste a perderla a pesar de las circunstancias. Y eso, sinceramente, es admirable."

– "¿Realmente lo crees así, Alexandra?"

– "Que el trasero se me haga pizza si miento."

– "Ahora no sé qué opción me conviene más."

Nos detuvimos de nuevo.

Por segunda ocasión caíamos en la trampa del subconsciente que intentaba enjaularnos en ese súbito y tajante silencio que opacaba todo excepto el fuerte latir de nuestras bombas sanguíneas. Ignoraba qué era más rojo en ese momento: la salsa de tomate restante en el plato, el globo de aquel payaso en la alcantarilla, las chispitas granates de las galletas, o nuestros rostros. Empero, a pesar de que aquella situación luciera idéntica a la suscitada durante nuestro primer desliz, había un punto clave que la diferenciaba por completo.

Estábamos riendo.

En lugar de sumirnos en mutismo y esperanzarnos a que otra inesperada intervención de terceras personas nos ofreciera excusa válida para disipar la tensión, aceptamos que, eventualmente, toda conversación entre compañeras suele confluir en comentarios de similar índole. No sería la primera vez que sucedería, así que era ensamblarnos en carcajada compartida y evitar arruinar el excelente ambiente que continuábamos disfrutando. Y, citando las palabras de Silica: los dulces son más deliciosos con una sonrisa.

Sabias palabras, debo remarcar.

Luego de haber devorado en su totalidad nuestras gastronómicas reservas, incluyendo el flan prometido a mi compañera poiquiloterma, ambas nos dividimos el pago de la cuenta y nos despedimos del señor Nishikino. Para ese entonces, la lluvia había parado y el astro rey volvía a saludarnos en todo su esplendor, postrado solemnemente en su añil trono celestial. El polícromo arcoíris decorando el firmamento nos parecía un buen presagio para el día.

– "¿Y entonces?" – Preguntó la gecko. – "¿Tuvo o no razón Tsuno-san?"

– "Sin duda."

– "Nunca falla." – Sonrió ufanamente. – "¿A dónde vamos ahora?"

– "¿Vamos? No tenía contemplado el plural." – Cuestioné, acomodando mi bufada con expresión indiferente. – "Creí que nuestros caminos se separaban luego de haber concluido el desayuno."

– "Sólo deseaba retribuirte el favor al acompañarte a tu siguiente destino." – Encogió los hombros, fingiendo despreocupación. – "Pero si es tu deseo el recorrer tal camino sola, no objetaré."

– "Me parece bien." – Me encaminé en dirección derecha. – "Arrivederla, Silica. Buona giornata."

– "Boa suerte, Nikos." – La pelirroja hizo lo mismo en dirección opuesta. – "Até breve."

Proseguí el sendero elegido a parsimonioso paso, esperando el momento en que las suelas de mis botas fueran acompañadas por las de la ojizarca. Me propuse a coronarme la vencedora del implícito juego entre ambas, y, en mi oronda petulancia, deduje que sería la reptil quien cedería primero. Mis apuestas se duplicaron cuando la vieja sinfonía monótona de la condensación atmosférica precipitándose nuevamente hizo acto de aparición, en tradicional concordancia con las inesperadas lluvias invernales. Me otorgué una sonrisa jactanciosa; sólo era cuestión de tiempo para escucharla correr hacia mí.

Hasta que recordé que ella tenía mi paraguas.

Las facinerosas nubes iniciaron su réprobo bombardeo hídrico sobre mi ínfimo atavío al tiempo que me vituperaba a mí misma tan crucial descuido. Sin querer permitirle más tiempo al agua arruinarme la ropa, suspiré y aceleré el paso en busca de la brasileña en posesión de mi única barrera contra el aguacero. No fue hasta que me hallé a merced de la naturaleza que comencé a notar cómo ahí también la mayoría de los edificios adyacentes carecían de toldos o techos para resguardar a los peatones de un imprevisto diluvio. Cualquiera diría que era una manifestación del karma, pero los conceptos religiosos hindúes ni siquiera figuran en mi panteón griego.

Aún tenía orgullo, así que no intenté futilidades como taparme con mis manos. Empero, eso no evitaba sentirme como una tonta por ser la única sin paraguas entre el océano de gente por el que tuve que abrirme paso, todo mientras mi único ojo escaneaba el panorama en busca de la escamosa mujer. Finalmente, al doblar a lado de una florería, atisbé esa inconfundible combinación de cabello de fuego y zafiros oculares pacientemente aguardando mi llegada, despreocupadamente meciendo el bruno parasol al compás de su tarareo, dándose incluso el lujo de quedar bajo un pequeño chorro de agua mientras le daba vueltas a la sombrilla, como si deseara restregármelo en la cara.

Intercambiamos una mirada breve y, sin ocultar su burlona sonrisa, me suministró un escarmiento final al darse la vuelta y emprender la marcha evitando siquiera establecer diálogo conmigo. Disentí con la cabeza al tiempo que volvía a exhalar; Carla disfrutaba de tener el poder en tan irónica situación, gozando de desquitar mis anteriores bromas. Pero, confieso que no me quejaba; la gecko poseía actitud y, como buena policía, se aseguraría de hacerle pagar sus pecados a esta quitinosa infractora. Yo respetaba eso; una Mei sin carácter no podría haber llegado siquiera a guardia de supermercado.

– "Lo que más consideras fácilmente prevenible es lo primero que te toma por sorpresa." – Dijo ella al tiempo que me colocaba a su lado. – "Regla número uno del manual de infortunios irónicos; nunca lo olvides, Alexandra."

– "¿Te atreves a usar mis propios hechizos contra mí, Silica?"

– "Funcionan." – Respondió, satisfecha. – "Es lo único que importa."

– "Al menos no tuviste que esperar tanto para regodearte en la vengativa vanagloria."

– "No disfruto de esto, Ale." – Esbozó una siniestra sonrisa. – "Lo gozo como la mente maligna que soy."

– "Excelente, así podré detenerte por faltar al código ético de la policía y arriesgar la vida de una agente de MON al exponerla a los elementos."

– "¿Vas a esposarme? Qué perversa resultaste, grillita."

– "Y arrojaré la llave al drenaje para que se te quite lo bromista."

– "¿No sería eso un crimen?"

– "No hay crimen si no hay testigos."

– "¿Quién es la mala ahora?"

– "Tú." – Repliqué, mirándola de soslayo. – "Aún tienes algo que me pertenece."

– "Lo siento pero ahora es mío." – Respondió con fatuidad.

– "¿Qué te hace pensar que no lo reclamaré y me iré por otro rumbo?"

– "De querer hacerlo ya hubiera sucedido." – Retrucó. – "Te conozco, Nikos; no tendrías el corazón para dejar a esta lagartijita a merced del abyecto diluvio."

– "Dejé mi corazón en el mismo lugar donde guardo mi otro ojo."

– "¿No te molesta bromear con eso?"

– "¿Por qué debería? Soy mala, ¿recuerdas?"

– "Creí que la malvada era yo."

– "Oh, es verdad." – Y me hice con mi paraguas. – "Molte grazie."

– "¡Hey!"

Como sentencié, tome la dirección contraria y dejé atrás a la brasileña, quien raudamente me seguía de cerca. Yo ignoré sus repetidas llamadas de atención, mas no me mantuve muy lejos de ella. Al final, cuando su ritmo disminuyó, señal de que el clima ya comenzaba a afectarla, decidí terminar aquel juego y, nuevamente sin requerir de palabras, le doné mi bufanda por segunda ocasión. Así, dimos otro giro de ciento ochenta grados y emprendimos marcha por el sendero que yo tomé primero.

– "Eres realmente malvada, ¿lo sabías?" – Opinó Hakumei, frotando sus guantes. – "A veces pienso que andabas en malos pasos antes de unirte a MON."

– "Soy una abyecta criminal buscada en toda Mitilene y Atenas." – Contesté, sabiendo que ella no captaría la incipiente verdad en mis palabras. – "Y me gusta quemarle las colitas a las ratoncitas insolentes."

– "Comienzo a creer que no lo dices en broma."

– "Descuida, que dije ratones, no lagartijas." – La miré desde el rabillo del ojo. – "A esas les quito la pizza."

– "Verás que ésta lagartija es más peligrosa que una dragona de Komodo, mantis." – Me mostró el ojo y sacó su lengua. – "En todo caso, ¿a dónde se supone que vamos?"

– "A buscar mi libro, ¿recuerdas?" – Nos detuvimos frente al paso peatonal.

– "Lo sé, la librería Bracamonte queda por allá, por eso la elegí." – Señaló hacia atrás.

– "Revisé su página; está cerrada por infestación de termitas." – Indiqué frente a nosotras. – "Revisé el mapa antes de salir, y creo que poseemos más oportunidades de encontrar el título deseado en la que se encuentra por allá."

– "Ah, la que se encuentra en la calle Broca." – Mei me observó, alzando una ceja. – "Espera, no la habrás elegido sólo porque se llama Alexandria, ¿verdad?"

– "Tiene siete pisos y, según el catálogo de internet, cuentan con el título en existencia. Es una apuesta segura." – Contesté, resumiendo la marcha. – "Pero sí, confieso que el compartir el nombre con la biblioteca más famosa de la historia y el mío influenció en mi decisión."

– "Aparte de malvada también eres vanidosa." – Disintió con la cabeza. – "¿Y si se hubiera llamado como yo?"

– "Sería una pizzería."

– "Eso… es extremadamente acertado." – La reptil rió tenuemente. – "Por cierto, aún no me dices qué libro es tan valioso para traerte tan lejos."

– "El número más reciente de Erotic Monster." – Respondí, con malicia. – "El especial de geckos en topless que incluye lentes de tercera dimens-¡Ay!"

– "Las librerías serias no venden esas cochinadas, mantis." – Replicó la nativa de Osaka, pellizcándome el costado. – "Ya, enserio, dime de cuál se trata."

– "Enciclopedia Elemental Selacia, de M. Hooper." – Revelé. – "Quizás el libro más completo sobre tiburones que pueda encontrar, según las reseñas y las vistas previas que he encontrado. Difícil de ubicar y nada barato."

– "Je, realmente te gustan los tiburones, Ale."

– "Quizás me termine enamorando de una sirena selaci-¡Ay!" – Sentí otro pinchazo. – "¿Y ése por qué?"

– "Ibas a cruzar con la luz roja." – La brasileña señaló el semáforo del cruce peatonal.

– "Pero está en verde."

– "¿Ves qué rápido cambia?" – Me empujó hacia adelante. – "Anda, o se pondrá roja de nuevo."

– "¡Ay, ya voy, no te apresures!"

Carla ocultaba sus celos con la misma sutileza que disimulaba su amor por la pizza, pero confieso que disfrutaba verla inflar sus mejillas y lanzarme miradas acusadoras al reaccionar a mis comentarios. Luego de caminar alrededor de tres cuadras, y por suerte sin ningún automovilista demente que nos diera una ducha express, atisbamos el imponente edificio de la librería Alexandria, erguiéndose como un faro en medio de la neblina de la lluvia, e incluso decorado como el mítico hallado en la ciudad homónima, con una brillante luz LED fungiendo como la antorcha. No escatimaron gastos en rendir honores al origen ptolemaico de su nombre.

– "Este lugar es más grande de lo que imaginaba." – Comentó Hakumei, contemplando el mapa del sitio. – "Incluso hay un restaurante en el segundo piso."

– "Cultura y comida, ¿qué más puedes necesitar en la vida?" – Mencioné, a su lado. – "El restaurante también vende pizza. ¿Quieres probarla?"

– "Acabamos de desayunar, Ale, quizás en otra ocasión." – Respondió. – "Uhm, pero igual creo que un helado no haría mal."

– "Podemos hacerlo antes de irnos." – Afirmé. – "Espera, ¿no afecta el frío a la sensibilidad de tu lengua?"

– "Sólo pasa con objetos calientes."

– "Eso no tiene sentido."

– "Le dice la mantis humanoide a la gecko parlante." – Contraatacó.

– "Touché." – Admití derrota. – "¿Comenzamos en la sección de enciclopedias del tercer piso, o prefieres recorrer el lugar entero?"

– "Hoy es día libre, así que podemos tomarnos todo el tiempo que queramos." – Encogió los hombros. – "Y honestamente, quiero distraerme de la rutina. El olor del aceite y el humo del escape llega a cansar."

– "Te comprendo; el aroma de la pólvora y los acúfenos en mis oídos tienen un límite." – Asentí con la cabeza. – "Bien, manos a la obra, Silica. Quien lo encuentre primero ganará un helado de fresa adicional."

– "¿Puede ser sabor cereza?"

– "No."

– "¿No que yo era la emperatriz, pretoriana?"

– "Constantino el Grande conquista el Imperio Romano de Occidente; guardia pretoriana disuelta." – Respondí, alejándome. – "Me uniré a los bárbaros del Rin para planear mi venganza sobre mis antiguos amos."

– "¡Ay, en verdad que eres malvada!" – Reclamó, detrás de mí.

Los diversos estantes y departamentos del lugar fueron peregrinados con parsimonia. Estábamos conscientes que no hallaríamos el título en cuestión dentro de la sección general, donde las revistas y libros de interés casual reposan, pero nosotras estábamos más enfocadas en distraernos con la inmensa cantidad de volúmenes que en capturar nuestra presa principal. Era como admirar una galería de arte, excepto que podíamos examinar y palpar los cuadros, e incluso llevárnoslos a casa. No había tiempo límite, como en otras tiendas, así que la prisa era innecesaria.

– "¿Qué haces en la sección infantil, Silica?" – Interrogué a la ojizarca.

– "Reviviendo mi niñez." – Acotó ella, admirando un enorme tomo. – "Ah, creí que no volvería a ver éste."

– "¿Buenas Noches, Granja?" – Leí el título. – "Edición interactiva con figuritas desplegables. ¿Tu madre solía leértelo antes de dormir?"

– "Mis padres y mis tíos. Gustaban de alternar." – Elucidó, sonriendo nostálgicamente. – "¿Te soy honesta? Es para niños de tres a cinco, pero me gustaba tanto que me lo siguieron relatando hasta que tuve siete."

– "¿Tan absorbente es la trama?"

– "Es que me lo sabía prácticamente de memoria, así que a veces aprovechaban para contarme alguna anécdota de su pasado, así lograba dormirme." – Remembró.

– "Sí, puedo entender lo que es eso." – Sonreí tenuemente, recordando las raras ocasiones en que Giovanna y yo charlábamos hasta entrada la noche. – "¿Cuál es la razón de que cesaran la costumbre?"

– "Crecí." – Encogí los hombros. – "Eso y el insignificante hecho que una vez colocara por error el libro en una bolsa de basura mientras hacíamos limpieza. Espero al menos las ratas del basurero se divirtieran con él."

– "¿Por qué no lo compras?" – Sugerí. – "Para alegrar a tu niña interior."

– "Han sido once años, ya lo superé." – Disintió con la cabeza, sonriendo. – "Y prefiero que algún otro niño posea el privilegio de disfrutar tan linda historia. Lo bueno debe compartirse, ¿no te parece?"

– "Eres realmente noble, Carla." – Emulé su mueca de alegría. – "¿Te parece bien si te pido un favor?"

– "Claro, ¿cuál sería?"

– "Recítamelo." – Señalé el libro.

– "Oh, no bromees, Ale." – Desvió la mirada, ruborizándose.

– "No lo hago, en verdad deseo escucharlo."

– "Mi memoria es confusa." – Juntó sus dedos. – "Y me daría pena hacerlo en público."

– "¿Prefieres un lugar privado?" – Me permití una mueca sugestiva. – "En el baño nadie nos molestará."

– "¡Tampoco sugieras esas cosas!" – Su sonrojo subió dos tonos y se tapó la cara con la bufanda. – "Tonta."

– "No es necesaria la hostilidad." – Incliné mi cara frente a ella, con manos en la espalda. – "¿Quizás un apetitoso helado podría ayudar a cambiarte de opinión?"

– "¿De cereza?" – Dejó ver sus ojos detrás de la bufanda.

– "¿Por qué no?"

– "Uhm…" – Pestañeó rápidamente unos segundos. – "¿Podría… ser doble?"

– "Ave Imperatrix."

Roma volvió a alzarse, y también los ánimos de la pelirroja. Dejando a su viejo compañero de la niñez de vuelta en su lugar, Hakumei asumió su papel de emperatriz y guió el camino hasta las escaleras eléctricas que daban a la segunda planta. Ya ahí, la vastedad del complejo hacía pensar que el edificio era todo menos una simple librería, superando en tamaño a muchos restaurantes dedicados. Y los clientes tampoco escaseaban, haciendo del lugar una zona concurrida.

Afortunadamente, la lluvia había disminuido el afluente de comensales en ese momento, por lo que mi compañera se evitaría el bochorno de recrearme sus cuentos de cuna en público. Además, eso también se traducía en una espera corta para comprar los mantecados. Solicité uno doble de cereza para mi amiga y me hice con uno de fresa para mí; los precios eran draconianos pero valía la pena con tal de conocer más de Mei. Optamos por los asientos más alejados, casualmente cerca de las enormes ventanas, dejándonos admirar el panorama de la ciudad bajo el borrascoso manto del aguacero.

– "Con lo que cobran, me siento estafada." – Manifesté al darle las primeras lamidas a mi postre. – "Podría obtener más sabor de un cubo de hielo."

– "Pues el mío sabe bien." – Dijo la gecko, degustando. – "¿Segura que no pediste los de la fila derecha? Esos eran de dieta."

– "Simijo…" – Mascullé. – "Bueno, al menos no descuidaré mi línea."

– "Eso decía mamá con sus bebidas dietéticas, hasta que los pantalones le quedaron apretados." – Rió la ojizarca. – "Esos fueron los días en que mi padre y mi tío tomaron la batuta en la cocina, porque mamá, habiendo convencido a mi tía, se pusieron en un estricto régimen de ejercicio."

– "¿Funcionó?"

– "De hecho, sí, aunque fue un avance lento porque no podían ejercitarse en el exterior." – Hizo sonidos satisfactorios al probar otra cucharada. – "La rutina diaria, mientras el tocadiscos de papá reproducía constantemente Tarzan Boy de Baltimora, se volvió una vista común en la casa por dos meses. Llegué a odiar esa canción pero al final mi madre recuperó su peso original y mi tía nuca tuvo mejor figura."

– "Al menos fue efectivo."

– "Demasiado." – Injirió ella, riendo para sí. – "Nueve meses después nació mi primita."

Compartimos una carcajada. Mientras esa algarabía sonora era opacada ligeramente por las interminables gotas impactando el cristal de las ventanas, me sentí satisfecha de comprobar que la fuerza de voluntad de Carla era herencia de familia. Ella era un aún un lienzo en blanco de posibilidades, y deseaba que siguiera dando lo mejor de sí, tanto en su profesión como en la vida diaria. No lo sé, sentí que, siendo mi amiga, su triunfo era también el mío. Finalizamos nuestras nieves y permanecimos un momento en silencio, observando la lluvia aminorar paulatinamente.

– "La granja Amity es un lugar muy feliz donde viven el granjero Brody y su familia…" – Comenzó a narrar Silica. – "Todos los días, el granjero ara la tierra mientras su esposa ordeña a las vacas, su hijo alimenta a los caballos y su hija recoge los huevos de las gallinas. Pulgoso, el leal perro guardián, protege a las ovejas valientemente del malvado lobo."

– "Muy lindo." – Musité, cerrando mis ojos y sonriendo. – "Continúa por favor."

– "¡Buen trabajo a todos! Les dice el granjero a su familia, ¡Mañana nos esforzaremos más!" – Prosiguió. – "El señor Brody sabe que también debe felicitar a sus animalitos, que trabajan muy duro para todos, así que antes de irse a dormir él se despide de ellos."

Hakumei interrumpió su relato para permitirse una pequeña risa. Las mejillas coloreándose carmesí denotaban que seguía algo posiblemente embarazoso.

– "Aquí es donde yo interactuaba con mi narrador." – Dijo la pelirroja, jugando con la cucharita en sus manos. – "Y mi parte favorita, de hecho. Cada vez que mencionaban un animal, yo debía hacer su sonido."

– "¿Y eras buena imitándolos?"

– "Me gusta creer que sí." – Me miró y su rubor se agudizó. – "No hay forma de que me salga de ésta ahora, ¿verdad?"

– "Usted abrió las puertas del Coliseo, César." – Repliqué, descansando mi barbilla en mi mano. – "El público exige un buen espectáculo."

– "No es fácil ser emperatriz." – Suspiró la ojizarca. – "De acuerdo. Buenas noches, señora Vaca… Mu."

– "Esa vaca debía estar muy exhausta."

– "Ay, vamos, me da pena." – Se mordió los labios y jugó con sus dedos. – "Lo hago si prometes no reírte."

– "Cor aut mors." – Alcé mi mano en señal de juramento. – "Corazón o muerte."

– "Bien. Buenas noches, señora Vaca…" – Situó sus dedos a los costados de su cabeza, simulando cuernos. – "¡Muuu!"

– "Se nota que le gustó la ordeñada."

– "¡Ale!"

– "Vale, vale, no te interrumpo." – Intenté contener la risa.

– "Más te vale." – La gecko volvió a su pantomima. – "Buenas noches, señor Pato: ¡Quack quack!; buenas noches, señora Gallina: ¡Coco-co!"

Mientras ella se mantenía realizando su representación de fauna agropecuaria, yo sonreía ante la jovial imagen de la brasileña, avivada por haber reanimado sus memorias, absorbida en los nostálgicos recuerdos y disfrutando como cuando era pequeña al imitar a cada animal. Esa inocencia juvenil irradiada por Carla me iluminaba el interior de una manera inexplicable, logrando ofuscar todo a mi alrededor, excepto sus palabras, sus movimientos, su cálida personalidad.

La refulgente aurora que era ella.

– "Buenas noches, señor Cerdito: ¡Oink oink!" – Injirió Mei, inflando sus mejillas como un puerquito. – "Y buenas noches, señor Caballo: ¡Muuu!"

– "Espera, ¿por qué el caballo mugía?"

– "Es que estaba enamorado de la vaca y quería conquistarla hablando su lenguaje."

– "¿En serio?"

– "Oye, sólo tenía cinco años." – Encogió los hombros. – "Prefería inventarme historias entre los personajes que aceptar que no sabía cómo relinchar."

De haber estado en una biblioteca, nos hubieran corrido a patadas por el alboroto de nuestras carcajadas. Una respuesta esperada de alguien como Silica. Con eso finalizó su demostración, conmigo congratulándola por su magnífica interpretación e incluso por agregar una historia de amor interespecie en una trama tan sencilla, aceptando ella mis halagos con un par de 'gracias' enmascarados por la bufanda. Ya habiendo descansado lo suficiente, decidimos hacernos con mi libro de una buena vez.

Sin embargo, a pesar de que la sección correspondiente poseía desde diccionarios básicos hasta volúmenes especializados en temas bastante específicos de toda índole, incluyendo selacios, no pudimos hallar nuestro tomo en particular. Tampoco planeábamos pasar ahí todo el día, así que optamos por preguntar directamente a una de las asistentes encargadas de los inventarios.

– "Lo siento, señoritas, pero me temo que ese título se encuentra agotado en esta sucursal." – Contestó la mujer, revisando el catálogo en su ordenador. – "El último ejemplar fue comprado hace un mes y no han vuelto a resurtir."

– "Su catálogo en línea afirmaba al menos tres existencias disponibles." – Remarqué.

– "El inventario virtual se basa en suministros totales de nuestras sucursales, señorita." – Esclareció la asistente. – "Podría sugerir comprarlo en nuestra tienda en línea, para su conveniencia."

– "¿Es la única manera?"

– "Poseemos filiales también en Hokkaido, Miyazaki, Osaka, Kioto y Tokushima." – Afirmó. – "Quizás pueda probar hallarlas en alguna de ellas."

– "Entiendo. Gracias, señorita."

– "Lamento no haberlas podido ayudar." – Hizo una reverencia. – "Que tengan un excelente día."

Con una victoria habiéndose esfumado de nuestra lista, nos dirigimos a la salida. El chubasco había cesado y el sol se alzaba en el cielo, esta vez garantizando que la precipitación no volvería a sorprendernos por ese día. Salir de ahí con las manos vacías no mermó ni un ápice de mi voluntad, sino que la reforzó. Encontraría esa enciclopedia aún así tuviera que recorrer todo Japón para dar con ella.

– "Ale, conozco la librería de Osaka, queda a menos de un kilómetro de mi casa." – Me informó reptil. – "¿Qué tal si trato de conseguirlo y te lo entrego cuando regrese?"

– "Te lo agradezco, pero no es necesario tomarte tal molestia, Carla." – Respondí. – "Igual ésta no es la única librería en Tokio. Tampoco sugieras que me auxiliarías a obtenerlo por internet, sabes que deseo hacerlo a la antigua."

– "Orgullo de cazadora, ¿no?"

– "Lo llevo en la sangre." – Declaré, sonriéndole. – "Tanto de mi estirpe como de mi familia."

– "Je, aunque te guste decir lo contrario, realmente quieres a tu familia, ¿cierto, Ale?"

– "Es la única que tengo, por desgracia." – Encogí los hombros. – "Pero sí, supongo que la aprecio, incluso a esa araña pervertida con cerebro de pizza podrida."

– "Vamos, linda, no puedes hablar en serio."

Ay, no. Conozco esa voz.

– "Sé que puede sonar como un mero capricho mío, pero te aseguro que los beneficios superan los inconvenientes."

También esa.

– "Ya, flaca, no seas tacaña. La enanita tiene razón."

Strike tres; estoy frita.

– "Este matrimonio va a matarme."

Retiro lo dicho anteriormente: el karma existe, y el mío es Potato. ¡Jaëgersturm, siempre Jaëgersturm! Justo cuando el día comienza a mejorar, un metafórico gato negro arácnido aparece para recordarme que toda paz es pasajera. Y como toda mala suerte, ésta venía directo hacia mí junto a las que ahora son mis cuñadas. Mi primer instinto, dado que ellas aún no se habían percatado de nuestra presencia, fue dar la media vuelta y alejarme con Silica de ahí, pero acabábamos de cruzar un paso peatonal y el semáforo en rojo nos impedía la maniobra mientras que la calle restante se hallaba en reparación, dejándome sin salida.

¡Hécate, danos una señal!

– "Hey, ¿no es esa tu hermana, Ale?" – Dijo Mei, alzando la mano y caminando en su dirección. – "¡Oi, chicas! ¡Por aquí!"

¡No, esa no!

– "¿Eh? ¡Ah, miren a quiénes tenemos aquí!" – Sonrió Aria al vernos, acercándose. – "¡Ale, Mei! ¡Qué sorpresa!"

– "¡Opa!" – Saludó Hakumei frente a las tres, haciendo una reverencia. – "Bom dia, companheiras, quanto tempo. ¿Beleza?"

– "Dia dhaiobh." – La recibió Lala también reverenciando.

– "¿Howdy y'all?" – Se unió Cetania.

– "Guten morgen." – Terció Jaëgersturm. – "Estamos bien, gracias. ¿Y ustedes?"

– "Bien." – Repliqué secamente.

– "Tudo joia, obrigada." – Replicó Carla. – "Qué coincidencia la de encontrarlas."

– "El sentimiento es mutuo, Mei." – Sonrió la dullahan. – "¿Qué hacen las dos por aquí?"

– "Acompaño a Ale en la búsqueda de un libro." – Contestó la pelirroja. – "Acabamos de salir del Alexandria."

– "¿Un libro?" – Preguntó la arpía. – "Ah, ¿no era esa enciclopedia de tiburones que mencionaste ayer, Pepper?"

– "Precisamente." – Asentí con la cabeza. – "No lo encontramos aún, por desgracia. Planeábamos ir a otras tiendas."

– "¿Han probado la librería Bracamonte?" – Propuso la irlandesa. – "Ahí conseguí algunos títulos bastante escasos."

– "Cerrada por fumigación."

– "Y justamente en la que pasamos hace un par de cuadras se acaban de mudar al centro." – Comentó la rapaz. – "Pero recuerdo que la Hatate's Bookstand estaba por ese lado. Precios bastante asequibles también."

– "¿Quieren que las acompañemos?" – Sugirió la arachne. – "Ya me aprendí de memoria la de tanques que tengo y necesito material nuevo."

– "Hey, no es mala idea, flaca." – Dijo la halcón. – "Aún me falta conseguir mi antología de Condorito."

– "Estoy a dos tomos de completar mi colección de James Joyce." – Comentó la segadora. – "Tenemos el día libre, así que si ustedes aceptan nos uniremos gustosas."

– "Opino que sería divertido." – Aceptó la gecko, volteando a verme. – "¿Qué dices, Ale? Entre más, mejor."

– "No es que tenga opción." – Suspiré. – "Bien, no perdamos tiempo o nos agarrará otro chaparrón."

– "Vayamos por esta calle, estará algo estrecha pero menos concurrida." – Indicó la americana, emprendiendo la marcha. – "Solía venir por aquí cuando era repartidora. A dos cuadras hay un restaurante al estilo americano de los 50's."

– "El Jack Rabbit Slim's, lo conozco. Tienen una buena malteada de cinco dólares." – Declaró la brasileña. – "Pero si en verdad quieren una experiencia gastronómica del otro lado del mundo, les recomiendo la pizza del Neopolitan's y su famosa Torchwick's Hat-trick. Si después de la primera mordida no se sienten tan italianas como una siciliana agregando aceite de oliva a su comida, les devolvemos su antigua nacionalidad completamente gratis."

– "La pizza da energía. Come frutas y verduras." – Rió la alemana. – "¿Acaso es ahí donde fueron a desayunar, Mei?"

– "¿Eh? ¿Por qué lo dices, Aria?"

– "Conozco bien el patrón del camuflaje del abrigo de mi hermana." – Esclareció, señalando mi atavío. – "Y esa manchita roja cerca de su hombro no es parte del diseño."

Estirando la tela, pude ver la mancha de salsa de tomate impregnada en ésta, justo en el lado derecho, donde mi ojo faltante evitó prevenirme de su existencia.

– "Ah, demonios, no me di cuenta." – Imprequé, tratando fútilmente de quitarla con la mano. – "Me hubieras advertido, Silica."

– "Perdona, Ale, honestamente no me di cuenta." – Se disculpó la pelirroja, juntando sus manos. – "Ni siquiera la noté hasta ahora."

– "Está bien, Dyne, es una imperfección apenas perceptible para cualquiera." – Comentó la nativa del Éire, dándome palmaditas en la espalda. – "Mo chuisle pudo advertirla por sus conocimientos en atuendos bélicos."

– "Además de que la razón delatora más evidente es el aroma." – Acotó la estadounidense. – "Ambas huelen a masa, harina, queso y mucho pepperoni. Y con tu pequeño comercial, era fácil unir los hilos."

– "Culpables." – Respondió la gecko, sacando su lengüita. – "Pero hablo en serio, he comido ahí desde pequeña y garantizo que es la mejor pizza en existencia de todo Tokio, quizás el país entero. Ale puede avalar mis palabras al respecto."

– "Ratifico las declaraciones de Carla como ciertas." – Asentí con la cabeza. – "Aunque admito que es la única pizza que he consumido desde que llegué al país."

– "¿Carla?" – Cuestionó extrañada la rubia. – "Espera, ¿ese es tu nombre, Mei?"

– "Carla Hakumei Silica." – Aclaró la pelirroja, mostrando su pase independiente. – "En honor a mis abuelas maternas y paternas, respectivamente."

– "¿Por qué nunca lo mencionaste antes, Cherry-top?" – Interrogó la castaña.

– "Nunca preguntaron." – La ojizarca encogió los hombros. – "Y todos me dicen Mei. Ya me acostumbré."

– "Deberías usarlos completos más seguido, son bonitos." – Opinó la peliblanca. – "Una inusual combinación que lacónicamente representa la unión de dos mundos."

– "Muito obrigada, Lala." – Le sonrió la poiquiloterma. – "Je, confieso que, después mi abuela, Ale es la única que me llama por mi primer nombre."

– "Y después de Aria, tú eres la única que se refiere a Pepper por Ale." – Atisbé la sonrisa cómplice de la falconiforme. – "Se han vuelto amigas muy cercanas, ¿cierto?"

– "No intentes insinuar nada, Peaches." – Entrecerré mi ojo.

– "¿De qué hablas, A-le? ¿No te gusta que piensen que eres amiga de Cherry-top?"

– "Me refiero a…" – Desistí antes de caer en su trampa. – "E-en todo caso, ¿qué hacen ustedes por aquí?"

– "Paseando. Incluso con la lluvia es un bonito día para desperdiciarlo encerradas." – Dilucidó la Cazadora. – "Pero antes de eso fuimos a los cuarteles a darles a todas las buenas nuevas. Y ustedes dos eran las únicas que faltaban."

– "¿A qué se refieren, chicas?" – Preguntó la nativa de Osaka.

Compartiendo una triada de sonrisas cómplices, las mujeres de mi consanguínea se retiraron sus bufandas para exhibir (orgullosamente, debo remarcar) los dérmicos sellos que la arachne les dejara en sus cuellos, fraguando así su sempiterna unión conyugal. La impecable sincronía con la que la maniobra fue realizada denotaba que ya la tenían practicada suficientes veces. Silica ostentó una mirada sorpresiva inicialmente, para luego asumir pose circunspectamente pensativa.

– "Ya veo." – Asintió Carla, acariciando su barbilla. – "En el Andariel's podrán conseguir repelentes efectivos para mosquitos tan grandes."

– "Uhm, no, Mei, eso lo hice yo." – Injirió Jaëgersturm, alzando un dedo. – "Significa que…"

– "Ya lo sé, Aria." – La gecko guiñó, sacando la lengua. – "Sólo les estoy tomando el pelo."

Un quinteto de carcajadas fue esparcido por la fresca brisa que envolvía el ala oeste de Tokio en ese momento. Con la algarabía del excelente chascarrillo de la reptil y la noticia de su matrimonio, las chicas y mi compañera intercambiaron sinceras felicitaciones y efusivos abrazos, y retomamos nuestro rumbo hacia la mencionada librería. Con el sol brillando y una acera algo pequeña pero libre de obstáculos, Mei raudamente se vio envuelta en animada conversación con mis cuñadas, mientras mi hermana caminaba a mi lado, ambas detrás del animado trío parlanchín.

– "¿Un pato, en serio?" – Interrogó la brasileña, riendo. – "Pero si son tan monos moviendo la colita en el lago."

– "No cualquier pato, Cherry-top, sino uno sacado de lo más profundo del Tártaro." – Acotó Cetania. – "El desgraciado me jaloneó del cabello, le mordió una nalga a Pepper, casi se defeca encima de Aria, y hasta logró arrancarle la cabeza a esta chaparra."

– "Suena a película de terror."

– "Ni Jason sería tan terrorífico como ese ánade asesino."

– "Es menester recordar que todo aquello fue responsabilidad tuya, A chroí." – Le recordó Lala. – "Tú fuiste la instigadora principal al entablar injuriante intercambio verbal con el palmípedo."

– "Oye, esos graznidos no eran muy amables que digamos, enana." – Aseveró la arpía. – "Y además intentó desfigurar mi hermoso rostro a base de mordidas."

– "¿Qué diferencia hubiera hecho?"

– "¡También te amo, canosa!" – La rapaz le sacó la lengua. – "¿Y por qué no le diste un guadañazo a ese maldito pajarraco?"

– "Pude herir accidentalmente al resto de la familia de haberlo intentando." – Declaró, sonriendo maliciosamente. – "Empero, estuve bastante tentada en arriesgarme cuando lo tenías encima."

– "¡Eres todo un amor, Pitufina!" – Reclamó la castaña. – "¡Bien me lo decía mi conciencia: no te enamores de esa nalgona, pero no hice caso!"

Mientras Carla se desternillaba de la risa con las ocurrencias de esas dos, la nativa de Weidmann redujo su altura para poder hablarme sin interrumpir la conversación frente a nosotras.

– "Hermosa escena, ¿cierto, Ale?" – Me dijo ella. – "Es pregunta retórica, por supuesto; tu boca esgrime la misma sonrisa que la mía."

– "Crearán mucha alharaca, pero es entretenido." – Contesté, intentando sonar indiferente. – "¿Qué dijeron las demás en los cuarteles acerca de sus nupcias?"

– "Nada remarcable, pero las felicitaciones fueron honestas." – Replicó, mostrando una varita extensible. – "La doctora Redguard nos regaló esto, para tomarse selfies con el celular; mientras que Zoe, como manera de disipar posibles celos con mis esposas, nos obsequió una pistola Colt M1911."

– "¿Cómo diablos es un arma un tratado de paz?"

– "En sus propias palabras: Chicas, si Jaëgersturm llegara a faltar a su juramento, usen esto para aplicarle severo correctivo."

– "¿Aceptaron el tributo?"

– "Nope, la teniente sólo estaba bromeando. Ni siquiera sería legal."

– "Y mira que la jurisdicción de Smith no es la más íntegra para empezar." – Opiné. – "¿Aún te gusta esa zombie, Potato?"

– "Si te refieres a que si aún me parece atractiva, mi respuesta sigue siendo positiva." – Declaró. – "Ahora, si hablas de que si todavía tengo esas ilusas fantasías de agregarla a mi harem, te diré que todo eso quedó en el pasado. Mi infatuación con Zoe llegó a su fin, Ale."

– "Te sacaste la lotería con esas dos, no lo arruines."

– "Lo sé, no tienes que repetírmelo." – Colocó sus manos detrás de la cabeza. – "En todo caso, ¿Por qué la pregunta? ¿Acaso eras tú la que deseaba a la zombie? ¿Una sola pelirroja no te es suficiente?"

– "Carla y yo sólo somos amigas, Potato, deja de insinuar fruslerías."

– "Lo decía por la guardia en la caseta de la entrada, la que siempre te saluda al verte." – Su burlona sonrisa se hizo mayor. – "Pero gracias por confirmar lo obvio, hermanita."

– "Eres una idiota, Jaëgersturm." – Batallé para disimular mi evidente rubor. – "¿No hicieron nada más?"

– "Bueno, aprovechamos para preguntarle a la capitana sobre agregar el apellido Jaëgersturm a los documentos de mis esposas." – Relató. – "Pero ella respondió que deberá ser después de Año Nuevo porque todo el personal está de vacaciones. Con excepción de la recepcionista y las guardias, los cuarteles estarán prácticamente vacíos."

– "Perfecto, más razones para evitar la cafetería."

La sparassediana entonces se acercó aún más, asegurándose de que las demás no nos oyeran

– "Y también más oportunidades de disfrutar de buena compañía en esa pizzería, ¿cierto?" – Me susurró la alemana. – "No intentes ocultarlo, Ale, que tanto Süsse como yo podemos oler la felicidad emanando de ti como si de una locomotora de vapor se tratara."

– "Te dije que cesaras con tus idílicas maquinaciones, araña." – Mascullé. – "¿Por qué rayos insistes en la misma tontería?"

– "Porque, te guste o no, ese cambio tan positivo en tu actitud es notable." – Replicó. – "La forma en que caminas, tu pose erguida, el refulgente destello de júbilo en tu ojo. Incluso tus espolones ya no están en esa pose tan defensiva como antes. Si esa no es alegría para una amargada como tú, ignoro qué lo sea."

– "Sólo estoy más contenta por haber conocido a mi padre y haber hecho las paces con mamá, no persigas huellas inexistentes, Jaëgersturm."

– "Escúchate ahora, llamando 'mamá' a quien hace unos días te pareciera intolerable, y viceversa." – Remarcó la teutona. – "Hermana, compartimos la misma sangre, y te conozco el tiempo suficiente para reconocer cuando algo te cambia. Admite que tu corazón no resultó ser de piedra después de todo."

– "Argh. De acuerdo, lo admito." – Exhalé, girando los ojos. – "Carla es una gran persona, me agrada y su actitud tan jovial es realmente contagiosa, así que puede que mi humor se perciba un poco menos áspero en su presencia. ¿Contenta, patata fastidiosa?"

– "Me parece suficiente." – Esgrimió una sonrisa, tornándola burlona. – "Aunque yo nunca mencioné a la gecko, hermanita."

– "Realmente gozas al verme sufrir, ¿cierto, Potato?"

– "Gozo al verte disfrutar de la vida, Schwesterlein." – Manifestó al tiempo que acariciaba mi cabello. – "Quiero que, al igual que yo, encuentres a aquella persona que brindará la felicidad que tú mereces. Y, honestamente, no se necesita de sensible olfato o manchas de salsa para notar que tu escamosa compañera aceptaría tener ese privilegio."

– "¿Por qué te sientes tan segura de eso, araña?"

– "Llámalo intuición arácnida." – Sonrió mi consanguínea, antes de susurrarme al oído. – "Y porque ella aún viste tu bufanda. Las oportunidades son para quienes las aprovechan, hermanita."

Guiñándome y dándome un beso en la mejilla, la alemana apresuró el paso para unirse a la charla del resto, dejándome sola con mi embobada expresión y la vorágine de pensamientos que sus declaraciones despertaron. Aria era una mujer torpe, inmadura, concupiscente y tan idiota que aún no se había percatado que se había puesto la falda al revés; empero, cuando se lo proponía, su perspicacia era tan aguda como sus garras. No detuve mi marcha, pero mis piernas se encontraban en piloto automático mientras mi mente divagaba por otros horizontes. ¿Podría ella tener razón?

Sacudí mi cabeza con vehemencia.

No, claro que no. La germana posee una imaginación bastante activa, y con su cerebro de chorlito atrofiado por las melosas ínfulas del reciente matrimonio, es lógico que intente aplicar esa rosa visión hacia los demás, especialmente su hermana. Sí, Carla era mujer bastante atractiva y me agradaba su presencia, pero eso no significaba que mis sentimientos por ella evolucionaran a más que amistad.

Es decir, si enumeráramos sus cualidades, podríamos hallar muchas. Por ejemplo, la manera en que sus albugíneos dientes mostraban su impecable higiene oral al reír con esa sinfónica voz; el distinguido acento brasileño que ni el vivir en Japón por toda su vida pudo arrebatarle; el entusiasmo que irradiaba innatamente de su optimista espíritu; ese candor tan jovial que exudaba en cada una de sus acciones; la actitud tan afable que la hacía una compañera entrañable.

En cuanto a los atributos físicos, éstos tampoco se quedaban atrás.

Su venusina y curvilínea figura; sus ponderadas caderas coronadas por un par de deíficos, carnosos y abundantes glúteos cuyo hipnotizante rebote distraía fácilmente de sus perfectamente formadas piernas; sus redondos y agraciados pechos, posiblemente copa F, dando brincos como dos juguetones animalitos dentro de su ropa; ese rojo cabello color pasión que se mecía armoniosamente con la brisa; el intenso azul de sus ojos que podían penetrar hasta el alma; el rutilante brillo de sus escamas aguamarinas; la forma en que su cola se balanceaba en sincronía con su femenino contoneo al caminar; el detalle de tener un bruno lunar en la parte inferior izquierda de su labio, otorgándole un solemne aire de madurez a su joven apariencia.

Y eso era todo lo que podía pensar en ese momento. ¿Acaso eso significaba algo? ¡Por supuesto que n-!

Por… supuesto que…

– "¡Ale! ¡Oi, Ale!"

Quizás…

– "¡Alexandra!"

– "¡¿Qué, quién, por qué?!" – Reaccioné, saliendo de mi introspectivo estado, antes de darme cuenta que tenía a Silica frente a mí. – "¡Ah, Carla! ¿Q-qué sucede?"

– "Que ya llegamos a la librería." – Respondió, señalando al local. – "Estás toda roja, ¿te sientes bien?"

– "¿Eh? No, estoy bien, sólo hace un poco de calor, es todo." – Me excusé, a pesar de que el gélido aire me contradijera.

– "Creo que la pizza tenía demasiado picante." – Bromeó Cetania. – "Apresurémonos, chicas, que la luz no será verde por siempre."

Despejando mi cabeza de toda meditación previa, cruzamos el paso peatonal y entramos al Hatate's Bookstand. El lugar no era tan masivo como el Alexandria, pero tenía dos pisos y vastos estantes repletos. Mientras todas curioseaban las diferentes secciones, me separé discretamente del grupo principal para permitirme un pequeño respiro. Suspiré, sólo me estaba dejando llevar por las mismas utópicas fantasmagorías que la Cazadora había sugerido, así que debía dejar todo eso esfumarse. Con una exhalación final, sintiéndome renovada, volví con las demás, hallándolas enfocadas en un libro.

– "No creo que esa sea posible." – Oí comentar a Jaëgersturm. – "Al menos, no para nosotras. ¿Qué opinan, lindas?"

– "Considero que invertiríamos más en intentar la proeza que en recoger sus frutos." – Dijo Lala. – "Además, tu físico no fue pensado para tales acrobacias, A chuisle."

– "¿Y qué tal ésta? Se ve bastante sencilla." – Opinó Cetania, señalando una página con su dígito. – "Se recomienda para dos, pero no creo que una más sea problema."

– "Auch, no luce demasiado cómoda." – Manifestó Mei, temblando ligeramente. – "Quedaría mejor como número del Cirque du Solei."

– "¿Qué es tan interesante que parecen adolescentes viendo barrabasadas?" – Interrogué, acercándome.

– "Kama Sutra Lésbico para Liminales: Edición sin Censura." – Respondió la arachne, sin despegar su vista. – "Incluye lentes en tercera dimensión y rascahuele."

– "¡Con un demonio, degeneradas, que no vinimos a mirar cochinadas!"

– "Tranquilízate, Dyne, sólo es genuina curiosidad por las atrevidas posiciones íntimas." – Acotó la dullahan. – "Y algunas son realmente interesantes. Lamentamos si te parece demasiado temerario."

– "Lo entiendo, Lala, pero…"

– "Mira, Mei." – Habló la rapaz. – "Ésta la puedes practicar con Pepper."

– "¡Peaches!" – Prorrumpí.

– "Oye, sí." – Replicó la gecko. – "Pero sus espolones me lastimarían en esa pose."

– "¡Carla!" – Volví a exclamar.

– "Señorita, amablemente le pediré que guarde silencio." – Me amonestó una de las asistentes, apareciendo detrás de mí.

– "Pero…"

– "Insisto." – Ahí me di cuenta que era una fornida troll. ¿Para qué necesitan guardias en una librería?

– "Capisco." – Tragué saliva. ¡He derrotado dragonas más altas que ella!

– "Y ustedes, señoritas, les recuerdo que esto no es una biblioteca." – Se dirigió al resto, cruzando sus brazos. – "Si no están interesadas en adquirir el volumen, me temo que debo…"

– "¡Nos lo llevamos!" – Respondió entusiastamente la alemana, colocándolo frente a la mujer. – "¡Envuélvalo y no haga preguntas!"

– "Uhm, claro. Por aquí, por favor."

Potato y sus esposas acompañaron a la musculosa chica, dejándome a solas con la nativa de Osaka. Ella simplemente hizo una pose inocente y sacó su lengua juguetonamente, obteniendo un suspiro resignado de mi parte. No podía enojarme con ella, especialmente porque no soy nadie para dictarle qué hacer con su vida, aunque desearía que no se dejara influenciar por las tonterías del trío. Al menos el resto de nuestro recorrido fue bastante civilizado, con las chicas encontrando justamente lo que buscaban. Incluso la pelirroja se hizo con una novela clásica de Emily Bronte por recomendación de la peliblanca. Por supuesto, mi enciclopedia de tiburones continuó en el limbo de deseos por cumplir.

La excursión llegó a su conclusión y partimos de ahí. El astro rey se erguía en su cenit, elevando ligeramente la temperatura. Con bolsas en mano, decidimos descansar en un parque cercano, contemplando a las familias y transeúntes admirar la fuente central con forma de globo terráqueo mientras los pequeños realizaban rondas de juego a su alrededor.

– "Me temo que ya no conozco más librerías en esta área, Pepper." – Se disculpó la americana. – "Hay muchas más seguramente en los distritos de Shibuya y Akibahara."

– "Está bien, Peaches, sé que lo encontraré." – Contesté, deshaciéndome de mi abrigo, que comenzaba a sentirse incómodo. – "Y no me resignaré a ordenarlo en línea. Soy tan testaruda como un tiburón toro."

– "Hay que admirar tu denuedo, Dyne." – Opinó la irlandesa, ajustando sus botas. – "Igual que Mo chuisle, el orgullo les impide rendirse hasta obtener el triunfo."

– "Conquistar está en nuestra sangre, Spatzi." – Le guiñó la alemana. – "Y siempre acabamos saboreando la dulce victoria."

– "Aún nos queda la sucursal de Osaka, Ale. Sin contar toda la miríada de otras librerías que abundan allá." – Remembró la brasileña. – "Desde Tokio es un viaje de tres horas en tren, pero es más veloz que en automóvil."

– "¡Oh, casi lo pasamos por alto!" – Manifestó de repente la segadora. – "A chuisle, aún no zanjamos el asunto del transporte personal."

– "Ay, no, Spatzi, no de nuevo." – La rubia dejó caer sus hombros. – "Ya te dije que primero hay que arreglar lo de la cabaña y después veremos lo otro."

– "Oh, cielos, ¿dije algo malo?" – Indagó Hakumei, preocupada.

– "Tranquila, Mei, no es nada." – Le tranquilizó la Abismal. – "Previamente a contar con su agradable presencia, mis cónyuges y yo discutíamos la posibilidad de hacerme con un vehículo particular para facilitar mi desplazamiento a través de la urbe."

– "El tema salió a la luz durante nuestra pequeña excursión en el bosque." – Elucidó mi hermana, jugando con la boina que le regalara mi padre. – "Sea cual sea la distancia, la brevedad siempre será importante, y el transporte es fundamental para una vida tanto en las nemorosas regiones como la vida citadina. No podemos dejar que nuestra Lala no posea manera conveniente de trasladarse."

– "Yo puedo volar, y Aria es naturalmente veloz, pero Lala carece de todo eso." – Agregó la halcón, rodeando con su ala a su mujer de piel azul. – "Concluimos que una motocicleta sería perfecta para ella: es rápida, no necesita garaje dedicado para guardarla, ni estacionamientos amplios, sin contar que sería mucho más fácil de mantener que un automóvil."

– "No es un simple capricho, sino que me auxiliaría con tareas cotidianas e incluso mi empleo." – Aseguró la nativa del Éire. – "Ayudo a mi amiga Sanae a transportar los encargos del Aizawa, y compartir un asiento en su motocicleta es común. Pero ella está encinta y ya no podrá conducir o laborar dentro de unos meses, sin contar que considera la posibilidad de regresar con su familia a su natal Grecia."

– "Todas estamos de acuerdo en que le sería muy útil a Lala, pero desgraciadamente nuestra prioridad actual es hacernos con un techo propio." – Arguyó Aria, acariciando el cabello de la irlandesa. – "Nuestros padres ya se comprometieron en cubrir los gastos de nuestra futura boda y no queremos agregar una carga más a nuestras familias huéspedes. Es posible pagarla, y me encantaría darle lo que desea a mi mujer, pero no podemos ofrecernos el lujo de exprimir más nuestras limitadas reservas pecuniarias."

– "Está bien, A chuisle, no es imperativo de todas maneras." – La segadora le dio un beso a la teutona. – "Ya tendremos oportunidad en el futuro."

Yo no pronuncié palabra, entendía perfectamente la disyuntiva y no poseía comentario relevante alguno para agregar. Al menos me tranquilizaba el saber que las tres anteponían la prudencia y lógica ante el impulso. Un matrimonio responsable es uno exitoso.

– "Bueno, ¿saben, chicas? Tal vez suene presuntuoso de mí, pero no creo que deban darse por vencidas tan pronto." – Carla tomó la palabra, alzando tímidamente su mano. – "Mi tío Ryuu podría auxiliarnos."

– "Es el entusiasta de la mecánica que te enseñó desde pequeña, ¿no?" – Preguntó la falconiforme.

– "Correcto, Cetania, es todo un gurú de la mecánica, especialmente motocicletas." – Aseguró. – "Tiene un taller propio en Osaka y posee algunos contactos en la ciudad. Y no sólo nos auxiliaría con conseguir un vehículo a buen precio, sino que también nos asistiría con el tema de la licencia. Él me instruyó desde joven y gracias a su tutoría obtuve calificación perfecta en la prueba de manejo"

– "Algo que agradeceríamos enormemente, Mei." – Asintió la Abismal. – "Confieso tener nulos conocimientos respecto a conducir."

– "Suena a la solución que buscamos, Mei, ¿pero estás segura que no incomodaríamos a tu tío?" – Cuestionó mi consanguínea. – "Las fiestas decembrinas se acercan y seguro querrá pasar tiempo con su familia."

– "Créeme, Aria, estará más que encantado de apoyar. Adora todo lo que tenga que ver con motocicletas al grado que pasa más tiempo en su taller que en casa." – Acotó la pelirroja. – "Y tanto él como mi tía viven junto a mis padres, así que no hay problema. Si hay alguien indicado para la tarea, es mi tío Ryuu."

– "Wunderbar, está decidido." – La Cazadora le ofreció la mano. – "Danke schön, Mei. Apreciamos tu ayuda."

– "Tómenlo como mi agradecimiento por invitarme a la pijamada, compañera." – Reciprocó el gesto. – "Ahora él se encuentra fuera de la ciudad y no llegará sino hasta la noche, ¿les parece si postergamos el viaje para mañana?"

– "Nos parece bien, amiga. Gura míle." – Le agradeció también la irlandesa. – "Llevaremos algo para continuar demostrando nuestra gratitud."

– "Si consiguen pan de melón obtendrán bastantes puntos a su favor." – Rió la poiquiloterma. – "Quizás deba ser en la tarde, para que no faltes al trabajo, Lala."

– "No te preocupes, Cherry-top, que el Aizawa no laborará hasta Año Nuevo." – La oriunda de Montana se unió a los apretones de manos. – "Mio se va de vacaciones con Yuuko dentro de unos días. Así que prepárate, rojita, que tendremos la casa completamente para nosotras solas."

– "Ah, estoy segura que será genial, Cetania." – Sonrió maliciosamente la ojizarca. – "¿Hay que llevar ropa?"

– "Por supuesto, aunque no garantizo que la conserven al final." – Respondió, compartiendo una carcajada. Esa arpía no tiene remedio. – "Hablando en serio, será una velada entretenida. Gracias por aceptar venir y por lo que haces por nosotras, Mei."

– "¿Para qué somos las amigas?" – Le guiñó. Ahí, volteó a verme. – "También vendrás, ¿verdad, Ale? Aprovecharemos también para buscar tu libro."

– "Si te dejo sola con estas tres te llevarán por mal camino y tu familia nunca me lo perdonaría." – Respondí, ofreciéndole una sonrisa y mi mano. – "Cuenta conmigo, Carla."

– "Obrigada, Ale, le daré el aviso a la familia hoy." – La gecko estrechó la mía con ambas manos. – "Les recomiendo que no desayunen, mi madre y mi tía siempre tratan de lucirse ante las visitas y preparan todo un banquete real."

Justo en ese momento escuchamos una rendición muy moderna de una batucada brasileña siendo reproducida desde una bocina monoaural. La poiquiloterma se excusó un momento mientras respondía a su teléfono celular. Hubo un pequeño intercambio verbal con la que reveló ser su madre y la expresión de la ojizarca se iluminó de repente, como denotaba su sonrisa. Lanzando un beso antes de despedirse, la pelirroja guardó su móvil y nos dio la noticia.

– "Mi abuelita acaba de llegar de su viaje. Estaba con mis otros tíos, que viven en Okinawa." – Reveló. – "Lamento no poder seguir acompañándolas, chicas, pero llevo tiempo sin verla y me reclamarán si no la veo cuanto antes."

– "Nuestros seres queridos siempre deben ser nuestra prioridad." – Le reconforté, colocando mi mano en su hombro. – "Envíale nuestros saludos. Mañana tendremos el honor de conocerla a ella y al resto de la familia, ¿capisci, Carla?"

Hakumei contestó con una sonrisa y asintió con la cabeza. Luego de detallar el plan para mañana, todas nos despedimos de ella con un abrazo. Entre achuchones y palabras de partida, una podía notar el entusiasmo de Silica por haber agrandado su círculo social. Para una persona que se mantuvo generalmente sola toda su vida, a pesar de su alta afabilidad y facilidad para socializar, el poseer cuatro buenas amigas fuera del ámbito laboral debía serle más que tonificador. Después de todo, yo estaba en la misma situación, por decirlo.

Pero si de revitalizadores momentos se trataba, el premio se lo llevó el acto final de la reptiliana, que aprovechando el furor del honesto compañerismo que le ofrecía nuestro ambiente amistoso, finalizó nuestro abrazo plantando un fugaz pero notable beso en mi mejilla, antes de darse la vuelta y dirigirse a toda velocidad hacia la estación de tren más cercana al tiempo que su rostro tomaba una coloración más roja que el más vivo granate. Ignoraba si mi mutismo e inmovilidad se debían al sorpresivo ósculo, o si era por hallarme hipnotizada ante el femeninamente etéreo contoneo de su cola, tributando un vaivén al compás de sus anchas caderas mientras se alejaba.

O tal vez fuera producto de esa indescriptible pero nada desagradable sensación en mi pecho.

– "Ale." – Pude escuchar como un distante eco, a pesar de la cercanía. – "¡Hey, Ale! ¡Schwesterlein!"

– "¿Aria?" – Respondí sin salir de mi estupor por completo, con la vista fija en el horizonte. – "¿Qué sucede?"

– "Las chicas y yo iremos a comer. ¿Quieres acompañarnos?"

– "Te lo agradezco, Potato, pero deseo quedarme un rato por estos rumbos." – Volví a replicar, casi automáticamente. – "Nos veremos mañana."

– "De acuerdo. Cuídate, hermanita." – Sentí a la arachne abrazarme para luego susurrar a mi oído. – "La Galia yace frente a nosotras, Alexandra. Guía a Roma hacia otra victoria."

– "Roma Invicta." – Murmuré. – "Grazie, hermana. Cuídense."

Besó mi frente y se retiró, dándole paso a sus esposas. Agradecí silentemente los abrazos y los ósculos en la mejilla de sus cónyuges, pero mi mente continuaba embelesada por la tenacidad de la brasileña que hacía mucho había desaparecido entre la marea de gente que se aglomeraba en el océano urbano. Las chicas partieron por la dirección contraria y, una vez sola, me di un par de minutos antes de volver a asumir el mando de mis piernas. Mientras recorría el sendero de gris asfalto de la gran capital nipona, alcé la mirada al cielo.

Helios proseguía reclamando el trono en su añil palacio celestial, con su fiel batallón de níveas nubes protegiendo las llanas comarcas de su reino. Una bandada de polícromos pajarillos iba al encuentro de aquella congregación real, elevándose hasta convertirse en difusos puntos oscuros en la lejanía. El ulular del viento interpretaba una gélida sinfonía con un muy discreto rutilante toque, retintineando a través de las desnudas ramas de los árboles, carentes de hojas en su atuendo invernal. Fue esa fría canción decembrina la que me recordó otro pequeño detalle:

Carla todavía tenía mi bufanda.

Reí para mí misma; esa gecko no era una simple actriz más en el teatro existencial que representaba la obra de mi vida; poco a poco escalaba los peldaños para intentar posicionarse en un papel mayor, más digno de una mujer como ella. Pero, ¿acaso iba a permitírselo? ¿Iba a dejar el telón arriba mientras ella sagazmente se apoderaba del escenario? ¿Consentiría que Silica tomara algo más que mis prendas invernales? ¿Sería tan indulgente para concederle el extender su territorio sobre el mío? Contemplando la vastedad del cielo, alcé mi mano hacia éste, como si intentara atrapar al sol entre mis dedos.

– "Ave Imperatrix."


NOTAS DEL AUTOR: Amor, amor, que te pintas de cualquier color… Y si es escamoso, mucho mejor~

Bueno, hace mucho que deseaba explorar más al personaje de Mei, y dado que todo el mundo me viene pidiendo más de la gecko más querida de todas, decidí que era buen momento para llevar manos a la obra y comenzar a darle más protagonismo. Pude hacerlo antes, pero confieso que mi prioridad era desarrollar más los lazos entre la familia Jaëgersturm antes de centrarme en la brasileña y su compañera italiana.

Lo curioso es que Mei comenzó como un personaje desechable que no volvería a aparecer después de su introducción; empero, me di cuenta que ella podría ser un apoyo bastante útil para nuestro grupo principal, demostrándolo magistralmente en auxiliarles con las pericias y embrollos en los que nuestras protagonistas se vieron envueltas.

Desde ayudarles transportarlas a las oficinas centrales para que pudieran unirse a las filas de MON, hasta prevenir un incendio en el parque y lanzarse en carrera para llegar a tiempo a la escena de un crimen, la pelirroja demostró que no era una lagartija del montón y, afortunadamente, se ganó también la aprobación de los lectores. Dicho esto, veremos más de nuestra ojizarca amiga y su idilio con Dyne. Espero disfruten todo lo que tengo planeado con ellas dos.

Este capítulo también sirve para demostrar que, aunque Alexandra no es tan densa como su hermana alemana, comparte mucho con ésta, incluyendo ser testaruda en materias del corazón, aunque sea en un aspecto diferente. Pero no se le puede culpar a la pelinegra de ser tan tozuda; una piedra no se ablanda a la primera oleada, aunque podemos estar seguros que la poiquiloterma es todo un tsunami por desatarse.

En fin, ojalá le haya gustado esta entrega. Los invito cordialmente a dejar sus opiniones y sugerencias, que siempre serán bien recibidas. Un agradecimiento especial a mis compañeros de Los Extraditables, que continúan su incondicional apoyo, y a ustedes, por supuesto, por disfrutar de mi humilde historia.

¡Hasta la próxima! ¡Obedezcan a la Gran Sirena y coman pizza! ¡Auf Wiedersehen!