NOTAS DEL AUTOR: ¡Achtung, Herr Tarmo Flake ist hier!
Sí, me tomé unas vacaciones tan largas que parecía muerto. Pero siendo el aniversario de la invasión de Normandía, y el cumpleaños de mi arácnida creación, decidí despertar del sueño criogénico para traerles el siguiente episodio en la mejor historia que he escrito hasta ahora… Sí, así de malo soy.
En fin, disfruten la lectura. ¡Primo victoria!
Monster Musume no Iru Nichijou es propiedad de Okayado. El universo es propiedad de la Gloriosa Emperatriz Absoluta, Meroune Lorelei. Esta historia fue hecha con el simple propósito de entretener y creada sin fines de lucro. ¡La Gran Sirena defendió Omaha Beach usando una resortera y tres piedras!
NO ES FÁCIL SER UNA ARACHNE
CAPÍTULO 74
– "¿Trajiste todo?"
– "Ja."
– "¿Te pusiste perfume?"
– "Ja."
– "¿Te lavaste los dientes?"
– "Ja. Dos veces."
– "¿Estás usando ropa interior?"
– "Por última vez: sí."
– "¿Está limpia?"
– "¿Quieres olerla por ti misma?"
– "¡Sólo responde!"
– "¡Argh, que sí!"
– "Bien."
– "Te tomas demasiado en serio lo que será una mera visita, Ale."
– "No se puede ser demasiado precavida contigo, Potato."
Hoy era el día.
Yo y mi familia nos encontrábamos en camino a Osaka para encontrarnos con Mei, quien amablemente nos había invitado a su morada para tratar el asunto de encontrar una motocicleta para mi cuñada irlandesa, valiéndonos de los conocimientos e influencia del tío de Silica para facilitar los indudablemente numerosos trámites. Habíamos salido temprano desde la estación Asaka alrededor de hace más de tres horas y estábamos a punto de reunir suficientes minutos para convertirlas en cuatro. Por suerte ya nos hallábamos en el tramo final del recorrido, en el tren hacia la estación Yodoyabashi.
Aburrida de contemplar los restos resecos de la cigarra estampada en el sucio vidrio de mi ventana, observé alrededor del semi-vacío vagón: un par de hombres en satinados trajes formales discutían de negocios mientras una pareja joven se mantenían enfrascados en una silenciosa conversación, muy seguramente concerniente a la nueva vida que se gestaba en el pronunciado vientre de la madre. Curioso: una nueva familia y asuntos económicos; era casi una lacónica metáfora del día que nos esperaba.
Me había ataviado con una camisa blanca de mangas largas que cubrían mis brazos pero no mis espolones, junto un cinturón café con una hebilla de placa cuadrada. Prescindí de mis habituales botas; la lluvia y el lodo del día anterior se coligaron en un pétreo percebe de suciedad que se negó a abandonar mi militar calzado, relegándome a vestir negros zapatos de tacón bajo. No importaba; eran cómodos, y además las botas no combinarían bien con mis brunos pantalones acampanados.
En el asiento frente a mí, Lala centraba su atención en el diario, prestando especial interés a los anuncios de transporte motorizados. Vestía aquel atavío a la usanza de las WAVES americanas que su mujer arácnida le comprara anteriormente. Cetania, con una indumentaria casual pero presentable, dormía plácidamente, apoyada en el hombro de su añil esposa. Le reclamaría que descuidar su horario habitual le traería repercusiones una vez reanudáramos nuestros entrenamientos, pero eso era responsabilidad de su cónyuge alemana, la cual estaba a mi lado.
– "¿Tenías que portar ese condenado uniforme fascista hoy, Potato?" – Interrogué, cruzada de brazos.
– "Dijiste que viniéramos con nuestros mejores atuendos, y el que me hizo Rachnera es simplemente divino" – Replicó mi hermana. – "Además traemos puestos nuestros abrigos."
– "Eso no significa que todos estén a gusto con tu apariencia de Nazi." – Acoté. – "Dudo que el tío de Carla esté muy dispuesto a orientarnos contigo luciendo como una militante del Tercer Reich."
– "Pfff, los japoneses no son tan dramáticos como en Occidente y les da igual." – Arguyó, desestimando con la mano. – "Y Brasil fue el destino de muchos prófugos nacionalsocialistas después de la guerra, incluyendo al infame Josef Mengele; ya están acostumbrados."
– "Olvidas que la esposa de su tío es europea. ¿Qué tal si resulta ser una polaca?"
– "Polonia pasó décadas bajo el yugo comunista después de la guerra." – Elucidó. – "Las nuevas generaciones deben odiar más a los rusos que a los alemanes."
– "¿Y si resulta ser húngara?"
– "Peor. Fueron nuestros aliados y los soviéticos los trataron como basura."
– "¿Francesa?"
– "No creo que su tío tenga tan mal gusto."
– "Esa es una defensa débil." – Insté.
– "Es la mejor que tengo." – Encogió los hombros. – "¿De qué te preocupas, Ale? Somos agentes de MON y seguramente Mei ya les habló sobre nosotras. ¿Crees que no nos hubiera advertido antes?"
– "Sólo quiero asegurarme que no lo arruines, araña." – Reiteré. – "No me levanté desde temprano y tomé este viaje para dar una terrible primera impresión."
– "Lo dices como si no me importara el hacer feliz a mi Spatzi, Alexandra." – Me contestó la Cazadora. – "Esto es importante para ella también."
– "Con mayor razón para comportarte debidamente."
– "Ush, la única aquí que está haciendo escándalo por algo inexistente eres tú, pimiento dramáti…" – Se detuvo. – "Espera, ¿estás usando el pendiente de tu madre?"
– "¿Y q-qué si es así?" – Intenté voltearme. – "Lo usé también cuando nos despedimos de papá, le dije que era mejor a tenerlo guardando polvo en un cajón olvidado. No tiene nada de extraño que me lo ponga ahora, Potato."
– "Hmmm…" – Se me acercó, entrecerrando sus ojos
– "¿Q-qué? ¿Acaso tengo algo en la cara?"
– "Ale, ¿acaso eso es… brillo labial?"
– "¡S-s-sólo es un poco! ¡Madrugar me resecó los labios y no quería lucir mal!"
– "Oh, ¿en serio?" – Su semblante dibujó una sonrisa reminiscente al gato de Cheshire. – "¿O será que simplemente quieres lucir guapa para tu querida gecko, hermanita?"
– "¡C-cesa tus farfullas, ridícula patata ten… tetin!... ¡Tú, idiota, ya cállate!"
– "¿No estarás también nerviosa por conocer directamente a tus futuros suegros, Ale?"
– "¡Ya t-te dije que no se trata de eso, garrapata retrasada! ¡Y aléjate, que te huele la boca!"
Intenté alzar unos de mis espolones para advertirle de mantener la distancia pero, antes que pudiera colocarlo en posición, mi figura fue rodeada por un par de brazos que me atrajeron hacia un cálido cuerpo, seguido de una mano acariciando silentemente mi cabello. No era muy afín a los achuchones de Jaëgersturm, pero deduje que agredirla frente a varios testigos no sería la mejor idea y opté por amenizar mis ánimos. Además, sabía que el tácito sentimiento de mi consanguínea era genuino, por muy fastidioso que fuera su manera de demostrarlo.
– "Realmente odio que hagas esto, ¿sabes?" – Le aseveré.
– "¿Quelelte?" – Respondió con esa tonta vocecita, sin romper el abrazo.
– "Hacerlo en público."
– "Oh, vamos, Ale, que suenas a adolescente que pretende mantener su imagen de niña rebelde." – Contestó ella, dándome palmaditas en la cabeza. – "Lo sé porque también fui así a los trece. Estoy orgullosa de mi hermanita, ¿qué hay de malo en ello?"
– "En primera porque no quiero tus piojos, garrapata esquelética." – La empujé hacia atrás, sacudiéndome la ropa. – "Y en segunda porque ignoro a qué demonios te refieres."
– "¿Sigues negándolo? Admiro tu denuedo, grillita." – Rió disintiendo con la cabeza, colocando sus manos detrás de su cuello. – "Sencillamente que tu frío corazón se está descongelando por la cálida brisa tropical de escamosa índole. ¿Cómo no estar feliz porque mi hermana descubrió el amor?"
– "Deberías ser escritora, porque esas absurdas historias que inventas en tu inexistente cerebro son en verdad imaginativas." – Acoté, cruzándome de brazos.
– "Gracias por el halago, pero eso no cambia los hechos, onee-chan." – Replicó enfatizando lo último. Realmente disfruta provocarme. – "Tú jamás has sido tan detallista con tu apariencia antes, ni siquiera en la fiesta de Mio o cuando nos despedimos de papá. Usar el collar es evidencia irrefutable de la importancia que le otorgas a este encuentro."
– "¿Cuántas veces debo mencionar que una prenda así es para vestir?" – Evité la mirada. – "Y lo que haga con mi apariencia es muy mi problema, si no te importa."
– "¿Oyes eso? Es el sonido de tu lengua siendo mordida, señorita 'critico tu vestimenta basada meramente en suposiciones personales'." – Inclinó la cabeza burlonamente. – "En serio, Alexandra, sabes que cuentas con el apoyo de todas, ¿por qué te resistes a aceptar lo obvio?"
– "De acuerdo, Jaëgersturm, tú ganas." – Le afirmé, mirándola a los ojos. – "¿Quieres que me sincere?"
– "Ya te estás tardando."
– "Muy bien." – Asentí. – "Acepto lo obvio: eres una idiota."
– "Ah, ¿entonces antes me considerabas una genio?"
– "Bruta irremediable." – Me permití una mueca sardónica. – "Te bajé un peldaño en la escala de estupidez. Felicidades, araña."
– "Excelente, voy progresando." – Giró los ojos. – "Entonces, ¿no haces todo esto por Silica?"
– "No."
– "¿No sientes maripositas en el estómago por ella?"
– "No."
– "¿Entonces puedo agregarla a mi harem?"
– "¡NO!"
Lo peor de un vagón medio vacío es que gritar logra captar toda la atención de inmediato, aprendiéndolo yo a la mala cuando los ojos de todos los pasajeros se posaron en mí, paralizada como estatua y extremadamente ruborizada para protestar que la arachne, regodeándose en la fatua vanagloria de hacerme caer en su inicua trampa, me mimara el cabello. Incluso pude atisbar que tanto Lala y Cetania, habiéndose despertado sin que lo notara, compartían la misma sonrisita cómplice de su alemana esposa.
Hubiera deseado que el tren se descarrilara de su eléctrico riel en ese instante, y esa sería la salida menos dolorosa. Agradecí a Tique que en ese momento arribamos a la estación, retirando la tensión que me embargaba, o me hubiera arrojado por las ventanas de la vergüenza. Los pasajeros se retiraron sin dilación, ahorrándome el bochorno de echarme una última ojeada antes de salir por las puertas corredizas. Sólo quedamos las cuatro.
– "¿Ya se fueron todos?" – Pregunté, recobrando el habla.
– "Ja." – Replicó Aria, dándome palmaditas en la cabeza. – "Tu secreto a voces está a salvo, hermanit-¡AAACK!"
– "¡Condenada garrapata pelafustana, es la última vez que me ves la cara!" – Imprequé mientras la ahorcaba. – "¡Te voy a arrancar los tubos de Malpighi con un gancho oxidado para que se te quite lo imbécil!"
– "¡Ack! ¡A-Ale-GAAH!"
– "¡Y esto es para que ver si se compone ese chicle mascado que tienes por cerebro!" – Comencé a asediarle la sesera con mis espolones. – "¡Aunque sé que eres un caso perdido, maldita pulga maloliente!"
– "Estás consciente que ella puede respirar por sus filotráqueas abdominales, ¿cierto?" – Habló entonces la dullahan, colocándose detrás de mí.
– "Descuida, que no te dejaré viuda tan pronto, Lala." – Repliqué, interrumpiendo mi tortura. – "Sólo le atrofiaré la tráquea a esta retrasada mental."
– "De todas maneras no puedes enojarte con la flaca por algo así, Pepper." – Comentó la arpía, a mi lado. – "Ya déjala, ¿sí?, que llegaremos tarde."
– "Dijo que deseaba a agregar a Carla al harem." – Me apresuré a señalar.
– "Oh…" – La rapaz lo meditó por un par de segundos. – "De acuerdo, pero trata de no dejarla inválida de por vida. Desgraciadamente aún la amo."
– "Iremos por un par de bebidas por mientras." – Agregó la irlandesa, siguiendo a la castaña. – "¿Deseas algo, Dyne?"
– "Un chocolate caliente, si no es molestia." – Respondí.
– "Tuigim." – Asintió la peliblanca. – "El tren partirá pronto, no demoren."
– "¡Ay, no sean así, lind-¡AACK!"
Tique me compensó nuevamente al permitirme castigar a la germana sin que nadie abordara el vagón. Luego de haberme desahogado con estrujar la garganta de mi consanguínea, manteniendo mi palabra de no dañarla sempiternamente (por muy tentador que fuera), ambas salimos de la estación para reencontrarnos con mis cuñadas. Por supuesto, me aseguré de ayudar a mi adorada hermanita a incorporarse jalándola del cabello y dándole una cariñosa patada en su flacucho abdomen arácnido; sólo porque sabía que ella me fastidiaría el resto del día con su insufrible sentido del humor.
Una vez en la superficie, los gélidos diez grados centígrados de temperatura nos dieron la bienvenida a la cosmopolita Osaka. El cielo se mantenía tan gris como la mañana anterior, excepto que el pronóstico climático aseguraba ausencia de precipitaciones; empero, me aseguré de cargar con un paraguas en caso de que la naturaleza decidiera burlarse de tales predicciones. De todas maneras todas estábamos demasiado concentradas admirando la grandeza de la urbe como para preocuparnos por hipotéticas jugarretas climáticas.
La estación Yodoyabashi se encontraba justo en el centro del distrito comercial de la célebre ciudad, con vistas que iban desde los imponentes rascacielos de las modernas oficinas de corporaciones bancarias, los operarios de ferrys que ofrecían sus conocidos tours por el río Tosabori, el palacio municipal, el museo de cerámicas orientales y las extensas once hectáreas que conformaban el Parque Nakanoshima. No es que no estuviéramos a la grandeza de una ciudad tan próspera, pues Tokio quedaba a unos pocos minutos de Asaka, pero había que reconocer que Japón continuaba siendo una tierra llena de serendipias para un cuarteto de extranjeras.
– "¿Fue en el parque donde nos encontraríamos con Mei, cierto?" – Preguntó mi hermana.
– "Correcto, justo frente de la estatua Midori no Sanka." – Respondí, señalando el monumento mencionado. – "Aún contamos con veinte minutos para su arribo."
– "¿Les parece bien si nos deleitamos momentáneamente recorriendo la vastedad de tan atractivo paraje?" – Sugirió Lala. – "Sería un excelente cambio a la monotonía del gris de aquel vagón."
– "Ni tienes que mencionarlo, azulosa, que estamos de turistas." – Dijo Cetania, subiéndose en el tórax de su esposa germana. – "Acomódate, enana, que el Expreso Flacucha nos dará una excursión por las bellezas osakeñas. ¿No quieres abordarlo también, Pepper?"
– "Preferiría viajar en la barca de Caronte que trepar en esa pulga olorosa." – Contesté sardónicamente.
– "Oye, Pepper, no insultes así a mi mujer." – Reclamó la arpía, con alas en la cintura.
– "Así es." – Asintió la arachne.
– "Aria podrá ser torpe, bruta, fea, olorosa, pero nunca una botarga decente."
– "Así e-¡Hey!"
– "¿Cuánto tiempo llevabas esperando a usar tan apócrifa variación de esa frase de televisión, emplumada?" – Le interrogó la dullahan.
– "Soñé con ella en el camino y vi la oportunidad." – Encogió los hombros la americana. – "¿Qué importa? Sigue siendo divertid-¡Ay!"
– "Bueno, como sé que no querrías impregnarte con el aroma de esta apestosa, supongo preferirás usar esas patitas de chachalaca para trasladarte." – Declaró la rubia, habiendo arrojado a la castaña a un lado con un movimiento inesperado. – "Ven, Spatzi, te llevaré cargada en mi brazos como la auténtica reina que eres."
– "¡No te pases de lista, flacucha!" – Le reprendió la nativa de Montana. – "¿Qué pasó con eso de la igualdad matrimonial?"
– "Tus malas bromas la ahuyentaron, plumífera." – La teutona le sacó la lengua. – "Anda, que igual debes hacer ejercicio o pasarás de halcón a gallina de engorda."
– "¡Síguele, garrapata, y yo te haré poner huevos por el otro hoyo!" – Imprecó la falconiforme, agitando su ala. – "¡Y tú, enana, tampoco te pongas de su lado! ¿No que me amabas?"
– "Te quiero, A chroí, sabes que sí." – Le replicó la segadora, subiéndose a los brazos de la araña. – "Pero ratifico la oronda vanidad de mi corazón al desear tan fastuoso trato exclusivo hacia mi persona. Adelante, A chuisle, que tu Abismal monarca desea contemplar más de cerca el paisaje."
– "Jawohl, meine Königin." – Asintió la sparassediana, cargándola. – "Abrázame más, linda, que hace frío."
– "Si la llevas así todo el mundo le verá los calzones." – Comentó la arpía, cruzando las alas.
– "Descuida, que así evito que su falda se corra." – Le replicó la aludida, colocando su mano en el trasero de la peliblanca. – "Bien, iremos por ahí, Spatzi, esas flores son tan bonitas como tú. Muévete tú también, pajarucha."
– "¡Lo sabía, sólo te importo cuando andas caliente!" – Vilipendió la rapaz, siguiendo reticentemente a sus mujeres. – "¡Tan pronto te doy las nalgas me botas como a un calzón usado, flacucha pervertida!"
– "¿No te mordiste la lengua, escandalosa?" – Respondió la alemana. – "Pero no negaré que tienes razón."
– "¡Y encima de todo cínica! ¡Pero esto no se queda así, dos pueden jugar a esto!" – Ahí, la americana se me subió a la espalda de un salto. – "¡Pepper, cárgame!"
– "¡Sáquese de aquí, que no soy taxi!" – Me la quité de encima, sacudiéndome la camisa. – "Simijo, me dejaste tu olor a pollo crudo, tetas gordas; ni con lejía se me va a quitar."
– "Slán go fóill, A chroí." – Se despidió la irlandesa mientras ella y Aria se alejaban.
– "¡Don't you dare to fuckin' ignore me, ya pipsqueaks!" – Prosiguió zahiriendo la castaña, sin que detuviéramos la marcha. – "¡Hey, get the fuck back here! ¡Don't leave me alone, for fuck's sake!"
Afortunadamente afluencia de personas en ese momento continuaba siendo pequeña y la halcón se delimitó a seguir imprecándonos en su lengua natal, así no muchos comprenderían su procaz vocabulario, el cual podía rivalizar con las vulgaridades que la instructora Titania espetaba regularmente. Me compadezco de mi peliblanca cuñada, no sólo tiene qué soportar las torpezas de mi consanguínea, sino también a una bulliciosa falconiforme, cuyos pulmones debían ser proporcionales al tamaño de sus pechos para poder hablar tanto sin cansarse.
Luego de algunos minutos escuchar inextinguibles variaciones de peyorativos anglosajones, al grado que la palabra 'fuck' se había convertido en mero ruido blanco, Jaëgersturm y Lala decidieron hacer las paces con la castaña y le ofrecieron subirse en el tórax de la germana, mejorando la oferta con palabras dulces cuando la estadounidense fingió negarse. Al final, la tregua se firmó con ósculos y la tranquilidad para nuestros oídos regresó.
Suspiré disintiendo con la cabeza; tales simulaciones eran innecesarias, pero ellas disfrutaban de recrearlas para preservar el tácito juego de poder inherente en todo matrimonio. Pelear, reconciliarse, besarse, repetir… qué ridiculez. Me complacía que mi corazón continuara siendo un impenetrable monolito de wolframio, las fruslerías del enamoramiento no eran para una mujer seria y responsable como yo. Jamás me verían como una idiota por el vacuo sentimiento del am…
– "Ah, miren qué sorpresa." – Habló de repente mi hermana, señalando al horizonte. – "Ahí viene Mei."
– "¡¿Eh?! ¡¿Tan pronto?! ¡Diablos, este maldito reloj ya no sirve!" – Mascullé al tiempo que arreglaba mi ropa. – "¿Está bien mi cabello? Potato, acomódate el tuyo, ¡y baja a Lala, que está mostrando todas las piernas! ¡Peaches, te dije que usaras sostén hoy! ¡Potato, no le aprietes el trasero a la dullahan en público!"
– "Oye, flaca, esa no es Cherry-top." – Corrigió entonces la rapaz. – "Es un globo atado a una alcantarilla."
– "Oh, es verdad." – Respondió la rubia. – "Como está igual de roj-¡Ay!"
– "¡Maldita cabeza de estropajo, no vuelvas a engañarme así!" – Imprequé al tiempo que le piqué el costado con mi espolón. – "¡Seis ojos y todos tan inútiles como tú! ¡Lo hiciste a propósito sólo para joderme, ¿cierto, retrasada?!"
– "Auch. Tampoco es para que te enojes, amargada." – La alemana hizo a un lado mi extremidad con sus patas. – "Relájate, ¿quieres? Tu novia escamosa no se fijará en ti si andas con ese humor de macaco rabioso."
– "Entonces deja de tomarme el pelo, cerebro de paja." – Bufé, disintiendo con la cabeza. – "Y deja de inventar tonterías, Carla y yo…"
– "Sólo somos amigas. Ya nos sabemos el cuento, pimiento enojón." – La germana giró los seis ojos, pasándome de largo. – "Diablos, y luego dicen que soy demasiado obvia. ¿Vienes o te quedas, grillosa?"
– "¡Bah, entre más lejos esté de ti, mucho mejor!" – Espeté, dándome la vuelta y emprendiendo marcha. – "Nos veremos en diez minut-¡Waah!"
Desconocía si los hipotéticos dados del destino habían dictado una sentencia de mala suerte para mí, porque por un par de centésimas de segundos mi corazón se paralizó al darme que, en mi afán por alejarme de Potato, tropecé con la orilla de una enorme fuente que no había advertido. La razón de que no terminara dándome un improvisado baño en las gélidas aguas de aquel surtidor urbano se debió al pronto actuar de mi consanguínea, quien empleó una de sus largas patas para sostenerme, enganchándola a mi cinturón. Quedé casi colgando por par de momento como una límpida muñeca de trapo con la cabeza rellena de aserrín.
Parsimoniosamente, la nativa de Weidmann me ayudó a incorporarme. Tanto ella como sus esposas permanecieron en silencio, dándome unos segundos para mí misma. Suspiré; la metafórica trinchera que construí cada vez lucía más como una tumba donde sería sepultada por mis propias impugnaciones. Antes que continuara amedrentándome por mi propia torpeza, el familiar sentimiento de un cálido cuerpo apoyándose a mi espalda mientras un par de brazos rodeaban mi figura volvía a manifestarse. Al mismo tiempo, piel añil y coloridas plumas se unieron al ahora grupal achuchón.
– "Darle la espalda a tus sentimientos es tomar la ruta equivocada, Ale." – Mencionó Aria, reposando su barbilla en mi cabeza. – "De hermana a hermana, intenta sincerarte; descubrirás que todo este tiempo de empecinaste a llevar una innecesaria venda en los ojos."
– "Las mayores batallas no son siempre las que involucran balas, Pepper." – Guiñó Cetania. – "Y sabemos que al final tomarás la opción correcta."
– "Siempre contarás con nuestro apoyo y comprensión, Dyne." – Agregó Lala, con sincera sonrisa. – "Somos familia, después de todo."
De esa manera, mi hermana me concedió un ósculo en la parte superior de mi cabello y mis cuñadas plantaron uno en mis mejillas. Luego de un par de segundos, suspiré y les tributé una ligera sonrisa a ella y mis cuñadas. Tácitamente agradecí el implícito acuerdo de mantener silencio respecto al gran secreto a voces, pues mis acciones defenestraban por completo mis impetuosas negativas. No pretendía darles la razón a las mudas insinuaciones respecto a Silica en sus comentarios, pero ellas eran mi familia, sabían perfectamente lo que yo experimentaba y no había necesidad de comunicarlo con palabras habladas. Saber que ellas estarían ahí para mí era lo único que necesitaba, y siempre les agradecería por ello.
Proseguimos el recorrido sin más percances, admirando el polícromo panorama de las áreas verdes cubiertas de flores y pintorescas decoraciones, complementando armónicamente la variopinta fauna que cohabitaba en ese pedazo de naturaleza rodeado de la industrializada urbe. Bajamos las escaleras de uno de los puentes para tomar asiento y admirar el rutilante añil del cielo reflejado en las aguas del río Tosabori, observando a los barcos que lo recorrían y una que otra gaviota perdida, que prefería alejarse del mar para pepenar la basura cercana que cazar su propia comida. Nada fuera de lo común, pero bastante relajante.
Quack, quack.
Excepto por eso.
Venturosamente no se trataba de aquel ánade psicópata que había vuelto de la tumba para completar su palmípeda venganza, sino de un inofensivo patito que seguía a su madre. Aunque estoy consciente que jamás en mi vida imaginé asustarme por el graznido de un miserable pato, ese condenado animal me enseñó que sólo se necesita de un ave con cero sentido de autopreservación e instintos agresivos al máximo para quedarse casi sin cabellera. Alejándonos del agua para no arriesgarnos a encontrarnos con alguno de sus hermanos gemelos, los veinte minutos se completaron y las cuatro nos reunimos en la estatua del Midori no Sanka, esperando a que la gecko nos encontrara.
– "Creo que veo algo, capitana Patitas. Dejadme ajustar el sextante." – Habló Cetania, sentada en los hombros de la alemana y simulando tener un telescopio. – "Ah, sí, preparad los arpones, viejas lobas de mar, que diviso una potencial presa. ¡Arr!"
– "Tu interpretación suena más a marinero de agua dulce que avezado corsario, A chroí." – Opinó la irlandesa. – "Y el capitán es el único que da las órdenes."
– "¡Chitón, mocita, o caminarás por la tabla! ¡Yarr!"
– "Basta con tu anodino parloteo, Peaches, y dinos si ves a Carla." – Insistí.
– "Ush, qué amargadas." – La castaña giró los ojos. – "Pues no, no veo a tu amada lagartija, grillo… ¡Oh, espera, sí, ahí está!"
– "Es otra vez el globo, Süsse." – Contestó la arachne. – "Hey, ese payaso no estaba ahí antes."
– "No, de verdad es Cherry-top." – La arpía señaló con su ala. – "¿La ven? Ahí, cerca del edificio gris..."
– "Todos son grises." – Respondí, taciturnamente.
– "El edificio gris con el anuncio de Kiki-Krispis." – La rapaz me mostró la lengua. – "Déjame terminar la próxima vez antes de interrumpirme, ¿quieres, Pepper? Y ése de allá es azul."
– "Cómo sea, no hay nada ahí. ¿Segura que no el reflejo del sol?"
– "Me parece que también la distingo." – Comentó entonces la segadora, entrecerrando sus áureos ojos. – "Efectivamente, puedo confirmar que se trata de Mei."
Enfoqué mi único ojo en la dirección indicada nuevamente, aunque daba igual que aún poseyera el otro, tratar de hallar a Silica en aquel mar de personas, anuncios y demás objetos invocaban la famosa metáfora de la aguja en el pajar. Fue en ese momento que, paulatinamente definiéndose en el difuminado horizonte, un particular punto de carmesí tonalidad hizo acto de aparición. La nativa de Montana alzó su ala en señal de saludo, logrando una respuesta de parte de la todavía alejada figura. Prontamente comprobamos que las afirmaciones de la falconiforme eran correctas al ver que Hakumei se apresuraba a nuestro encuentro.
No temó revelar que una discreta mueca de alegría hizo su hogar en mi semblante al ver ese par de zafiros oculares entronizados por la roja corona de su cabello y las aguamarinas escamas acercándose a velocidad de trote. La gecko vestía una amarilla blusa escotada, decorada con un curioso diseño de cangrejos, y la que dejaba al descubierto sus hombros y su agraciado busto, además un pantalón vaquero color blanco que contrastaba con sus negras botas militares. Para mi grata sorpresa, ella aún estaba en posesión de mi bufanda café, llevándola alrededor de su cuello.
Tampoco negaré que me privé de recrearme el sentido de la vista contemplando esa venusina figura, con todas sus bondadosas redondeces invocando un hipnotizante vaivén al compás de su cola a cada brioso paso que la poiquiloterma daba. Fue entonces que sentí un pequeño toque en mi brazo, encontrándome con la mano de mi hermana sosteniendo un paquete de esas láminas de menta usadas para refrescar el aliento. Con un tácito agradecimiento tomé una y degusté el sabor de la yerbabuena con fenilalanina. No es que mi higiene bucal fuera exigua pero una buena presentación siempre es importante.
– "¡Opa, Ale! ¡Bom dia!" – Me saludó animosamente la pelirroja, ofreciéndome la mano. – "¿Beleza?"
– "Salve, Carla." – La estreché, sonriéndole. – "Bene, grazie. ¿E tu?"
– "Bem, obrigada. Lamento el retraso, pero no alcancé el primer tren y esperé al siguiente."
– "Descuida, llegamos hace poco."
– "Hey, nosotras también estamos aquí, Cherry-top." – Habló entonces Cetania, con alas en la cintura. – "No hagas tan evidente tu favoritismo, rojita."
– "¡Ah, mil perdões!" – La reptiliana se apresuró a tributarles una reverencia. – "¡Sinto muito, companheiras! ¿Como istamos? ¿Tudo bem?"
– "Estamos perfectamente, danke, Mei." – Rió Aria, devolviendo el gesto. – "Sólo bromeamos, no te preocupes."
– "La dilación entre nuestra llegada y la tuya fue diminuta, puedes estar tranquila." – Fue el turno de la segadora. – "Estábamos disfrutando de un momento de relajación, ¿deseas pasar el tiempo en los verdes parajes antes de dirigirnos a tu morada, compañera?"
– "Por supuesto, Lala, obrigada." – Asintió la brasileña, estirándose. – "Igual me hace falta el descanso."
– "¿Vagón muy lleno?"
– "Elegí la hora pico en que todos van al trabajo." – Confirmó la ojizarca. – "Incluso con la cola enrollada alrededor de mí me sentía como sardina enlatada al verme atrapada entre una lamia equidna y una ogresa."
– "¿Entre sus pechos, traseros, o ambos?" – Indagó Jaëgersturm.
– "¡No empieces con tus babosadas, Potato!" – Le reprendí.
– "Entre sus hombros y cola. Me trituraron todita por casi veinte minutos." – Respondió Hakumei, tallándose el brazo. – "Aunque hubiera sido bueno si fuera la delantera; esa ogresa estaba bien pachoncita, hacía ver a Tionishia como una tabla de surf."
– "¡Carla!"
– "Por cierto, es sorprendente que pudieras divisarnos desde esa distancia, Cherry-top." – Mencionó la arpía. – "Hasta mi vista de halcón tuvo algo de dificultad en distinguirte entre el gentío."
– "Después de diecinueve años viviendo aquí una aprende a discernir entre tanto gris del smog." – Silica encogió sus hombros. – "Aún recuerdo cuando fui a las playas de Okinawa; jamás había visto colores tan vibrantes, eran como admirar un cuadro impresionista con la saturación al máximo."
– "Ah, y eso que no has visto las playas de Hawái después de aclara la lluvia, rojita." – Declaró la rapaz. – "Contemplar el horizonte decorado por el volcán Kilauea imponiéndose sobre esa verde selva y el añil océano es sencillamente idílico. Una verdadera apoteosis visual."
– "Antes de que conocieran a sus esposas, mi padre y mi tío solían viajar a Honolulu, y confirmaron todo lo que dices, Cetania." – Afirmó la poiquiloterma. – "Sueño con nadar en tan diáfanas olas con el sol acariciándome la piel, ¿saben? Después de viajar a mi patria natal, claro; deseo conocer mis raíces."
– "Qué coincidencia, nosotras también deseamos visitar ambos lugares después de celebrar nuestra boda, Mei." – Acotó la irlandesa.
– "¿Eh? ¿De verdad?"
– "Yep. Posteriormente planeamos un tour por los Estados Unidos y Europa, para reencontrarnos con nuestros orígenes." – Promulgó la castaña. – "Reunir el dinero suficiente será una tarea titánica, pero te prometemos que llegaremos a la meta, Cherry-top."
– "Y por supuesto, estás más que invitada, compañera." – Reiteró la nativa del Éire.
– "Y yo estaría más que encantada de aceptar, amiga." – Asintió la gecko. – "Uhm, ¿pero qué acaso no estaría interrumpiendo su luna de miel?"
– "No te preocupes por eso, Mei." – Le sonrió la alemana al tiempo que me observaba de reojo. – "Estoy segura que no seremos las únicas que celebrarán nupcias ese día... cuñadita."
La persona que haya clamado que la pluma es más poderosa que la espada jamás contempló el asolador poder de un espolón mantoideo dirigido a rauda velocidad hacia el estómago de una arácnida antropomórfica. Las inmediatas vituperaciones por parte de la furibunda (y adolorida) teutona bastaron para desviar la atención del abochornado rubor que acampaba en mi rostro.
Fue ahí que mi ojo logró captar el semblante de Carla decorado por el mismo sonrojo intenso, tratando fútilmente de enmascarar una nerviosa sonrisa al centrar sus añiles joyas oculares en el horizonte. Nuestros ojos se encontraron. Hicimos breve contacto visual antes de divergir la dirección de nuestra mirada, aunque la agudización de la roja tonalidad nos delataba como un faro en medio de la neblina. La sonrisa de Silica no se borró en ningún momento, debo confesar; me alegraba, significaba que lo estaba tomando con humor. Estaba segura que las demás se dieron cuenta de todo ello, pero no hicieron comentario alguno, nuevamente agradeciéndoles silenciosamente por guardar discreción.
Eso sí, me aseguré de darle otro espolonazo a la rubia por atreverse a esbozar esa condenada mueca burlona, aún cuando estoy consciente que mi constante asedio no mermará su afán de fastidiarme. Luego de haber disipado mi ira con la zona abdominal de la latosa de Jaëgersturm, resumimos el deambular por la zona, enfrascándonos en anodina pero agradable charla casual. Nos sentamos unos momentos frente a la biblioteca prefectoral, contemplando el estilo neobarroco de la centenaria estructura y permitiendo al escaso sol rescatarnos del imperante aire gélido.
– "Por cierto, Lala, ¿ya decidiste por qué clase de motocicleta te decantarás?" – Preguntó la gecko, tallando ligeramente sus manos para calentarlas.
– "Estuve debatiéndolo con mi amiga Sanae el día de ayer, y concluimos que una motoneta cilindrada en 50 sería más que suficiente para mis requerimientos." – Replicó la aludida, acariciando un mechón de su platinado cabello. – "No sólo es la opción más amable con nuestro presupuesto, sino que también la menos exigente con la prueba de manejo. También la velocidad me sería más tolerable; sólo necesito transportarme, no competir en el Grand Prix."
– "Concuerdo, 50cc son lo ideal para una ciudad pequeña como Asaka e incluso la generalmente tupida urbe tokiota, especialmente para una primeriza." – Asintió la pelirroja. – "No te será difícil obtener la licencia, ¿sabes? La prueba de manejo es pan comido, y a veces ni siquiera es requerimiento. Lo verdaderamente difícil es el examen escrito previo, una verdadera trampa mortal."
– "¿Realmente?"
– "Ah, créeme, azul, ni siquiera el formulario de inscripción a Yale es tan complicado como ese condenado examen." – Aseveró la ojizarca, meneando ligeramente la cabeza dubitativamente. – "Está diseñado para confundirte y hacerte fallar apenas inicies. De no ser porque el tío Ryuu me advirtió de aquello, ignoro si me hubiera ido tan bien a la primera."
– "No dudo que sea intrincado, pero tampoco podemos descartar el que estuvieras bien preparada para el reto, Carla." – Declaré en ese momento.
– "Oh, ¡muito obrigada, Ale!" – Sonrió Silica ante mi espontánea proclamación, pestañeando rápidamente por unos segundos. – "Eres muy amable."
– "Y poco discreta." – Me susurró mi hermana, alzándome las cejas. – "¡Auch!"
– "¿Decías?" – La pregunté al reprenderla con un sutil codazo en su costado.
– "En todo caso, Lala, sólo asegúrate de prestar atención al instructor, aprenderte todo el manual de reglas viales de pies a cabeza, y leer detenidamente antes de responder." – Resumió Hakumei. – "El ensayo dura una hora y el proceso de calificación dura alrededor de treinta a cuarenta minutos. Avíspate y todo saldrá a pedir de boca."
– "Je, por eso no te preocupes, Mei, que mi Spatzi tiene la mente más afilada que su guadaña." – Comentó Aria, abrazando a su sonrojada pareja irlandesa. – "Sé que saldrá ahí victoriosa y con una flagrante licencia nueva en mano."
– "Eso sí, le compraremos mucho pegamento para que no se le caiga la cabeza a esta enanita en medio del camino." – Bromeó Cetania, besando la mejilla de la peliblanca. – "Por cierto, Mei, ¿no tendrás por ahí las respuestas del examen? Somos amigas después de todo~"
– "¡Peaches!" – Vociferé.
– "No tendría caso, cambian las preguntas cada seis meses para evitar precisamente esas tretas." – Contestó la gecko. – "Y aunque las tuviera, no faltaría a mi juramento policiaco al facilitar tan deshonestas artimañas."
– "Como debe de ser." – Agregué, asintiendo con la cabeza y cruzándome de brazos.
– "Aaaunque…" – La reptil juntó sus dedos, fingiendo inocencia. – "Puede que un par de cupones para comer gratis en el Aizawa me convenzan de auxiliar a una estimada compañera en su afán de superar tan ardua encomienda vehicular..."
– "¡Carla!"
– "Hecho." – Aseguró la Abismal.
– "¡Lala!"
– "ABBA-BDCD-CDAA-ACDC, Falso, falso, verdadero, falso, verdadero, 750 kilogramos, 1972." – Recitó robóticamente la poiquiloterma. – "Por otros dos cupones te paso la segunda hoja."
– "¡Carla!"
– "¿Cuál es el precio de una licencia en el mercado negro?" – Injirió la americana.
– "¡Peaches!"
– "Tres pizzas familiares." – Contestó Silica. – "Con mucho pepperoni."
– "¡Carla!"
– "¡Burro!" – Exclamó de repente Jaëgersturm.
– "¡Cállate!" – La reprendí con un coscorrón en la sesera.
Las demás rompieron en sincronizada carcajada. Sabía que sólo nos estaban tomando el pelo, pero la concordancia de la broma, a pesar de la espontaneidad, no carecía de diabólica perfección, casi como si lo hubieran planeado de antemano. Me alegraba que las chicas tuvieran una química tan simétrica, pero las idioteces de Potato y los pésimos chistes de Peaches eran más que suficientes payasadas.
– "Hablando en serio, insisto en estudiar bien el manual de reglas vehiculares y estarás segura." – Resumió la brasileña. – "Por lo de conducir ni te preocupes; yo hice el test para una Honda CBR150 y aprobé a la primera. Ni siquiera la engañosa prueba del slalom me hizo tropezar."
– "Curiosa ironía donde la teoría es más espinosa que la práctica." – Comentó la nativa del Éire, suspirando ligeramente. – "Espero no decepcionar a todos. Y no desperdiciar los crematísticos recursos que mis esposas deberán prescindir debido a mi capricho."
– "Ya estamos pensando en dinero, somos un verdadero matrimonio." – Rió tenuemente la arachne, acariciando el cabello de la segadora. – "Te repito que no te fijes en el presupuesto y te des ese pequeño placer, Spatzi. Además, nunca está de más tener un medio de transporte extra en caso de emergencia. ¿Qué tal si un día nuestra pajarita se halla en sus últimas horas y la única panacea se halla en un olvidado rincón de Asaka?"
– "Afilaría mi guadaña para cumplir mi sagrado trabajo." – Retrucó la dullahan.
– "También te amo, canosa." – La falconiforme le sacó la lengua, jalándole la mejilla. – "Y más te vale aprobar, o no obtendrás ni una bicicleta con rueditas de entrenamiento."
– "Entrenamiento…" – Musité. – "Casi lo olvido, la suboficial Jättelund se fue de vacaciones a Okinawa."
– "¿Eh, de verdad?" – Cuestionó Jaëgersturm. – "¿Cuándo te enteraste?"
– "Ayer en la noche. La encontré con maletas en mano y despidiéndose de la Jerarca para luego verla abordar un taxi." – Dilucidé, calentando mis manos con mi aliento. – "La capitana me informó que la instructora visitará la ciudad de Naha. Ahí pasará el Año Nuevo."
– "Quién lo creería, ese gremlin amargado tiene vida más allá de hacernos la vida de cuadritos." – Opinó Jaëgersturm. – "Ojalá vaya a la playa y se la coma un tiburón. Y en bocados pequeños, para que sufra."
– "Flaca, eso es demasiado cruel hasta para ti." – Le increpó la halcón. – "Al pobre tiburoncito le dará indigestión."
– "Y de hecho los únicos selacios en Naha son herbívoros." – Acotó Carla. – "Nadar con los tiburones ballena es una de las atracciones principales del lugar, aunque con lo caro que cobran es preferible verlos en el acuario."
– "Mencionaste que tienes familiares viviendo en Okinawa, ¿cierto, Mei?" – Indagó la irlandesa. – "Tu abuela regresó ayer de allá."
– "Sim, estaba visitando al tío Hiraku y a la tía Takako." – Elucidó Hakumei, asintiendo. – "Mi abuela regresó con varias estatuillas de barro que consiguió en el distrito Tsuboya. Lo menciono porque yo tuve qué cargar con todas ellas mientras mi abue me hacía acomodarlas por toda la casa."
– "Je, igual que Mio cuando regresó de la Expo Neko." – Manifestó Cetania. – "Figuras varias, lámparas, relojes y hasta una sobrecama con forma de gato. Nos inundó la casa de felinos y Yuuko me traía de arriba para abajo colocándolos donde a ella le pareciera. Ya no quiero ver otra de esas bolas peludas el resto del año."
– "Bueno, ya somos dos, pajarita." – Declaró la nativa de Osaka. Sólo yo entendí a quién se refería. – "Pues como decía, mi abuela seguramente les estuvo haciendo la vida imposible a mis pobres tíos. Ella odia el bullicio citadino y prefiere quedarse todo el día bajo techo quejándose de las boberías que pasan en la tele."
– "¿No había nietos que la mantuvieran distraída de sus refunfuños cotidianos?" – Interrogó la segadora.
– "Mi primo ya está casado y vive en Shimane." – Explicó la gecko, soplando sus manos para calentarlas. – "Pero, con todo y sus achaques, mis tíos la quieren mucho. Y yo también, es un amor cuando anda de buenas. Entre ella y la tía Takako solían consentirme cuando era pequeña."
– "Si bien recuerdo, fue tu tía Takako quien instruyó a tu madre en la cocina, ¿cierto?" – Injerí yo.
– "Y en parte a mí. Con ella aprendí a hornear mis primeras galletas, quemadas, pero deliciosas." – Corroboró Silica, con una sonrisa algo nostálgica. – "Incluso tiene un restaurante en la famosa calle de Kokusai-Dori, ¿saben? Y por supuesto, sirven pizza. Excelente servicio, recomendado al cien por ciento, come frutas y pepperoni."
– "¿Mejor que el Aizawa?" – Preguntó la peliblanca, cubriéndose la mitad del rostro con su bufanda.
– "¿Aún obtengo esos pases gratis?" – Respondió la pelirroja, emulando la expresión de la Abismal.
Me detuve a instantes de protestar cuando las chicas detonaron vibrante carcajada. Mientras las albugíneas nubes de aliento congelado se manifestaban encima de sus amplias sonrisas, como avivadas locomotoras, yo suspiraba para mis adentros al tiempo que meneaba mi cabeza dubitativamente; excepto que en esta ocasión, una pequeña sonrisa se logró escapar de mi subconsciente. Sí, nuevamente caía redondita en otra de sus bromas, y para colmo por segunda ocasión en la misma; empero, les concedía que sabían ejecutarlas con metódica precisión.
Simijo, ¿acaso lo estaba disfrutando?
– "¿Y qué hay de tu tío, rojita?" – Habló la castaña, estirándose con sus alas detrás del banco. – "¿Ayuda a su esposa en el restaurante?"
– "Nope, él es arquitecto restaurador." – Reveló la aludida. – "De hecho él fue de los primeros en prestar ayuda para la segunda reconstrucción del castillo Shuri, y dado que el proyecto de restauración continúa, él también sigue ahí. Devolver el antiguo esplendor de tan ancestral pieza arquitectónica ha sido su principal oficio desde que tengo memoria."
– "Debe significar mucho para él." – Opiné.
– "Más de lo que crees, Ale: ahí fue donde conoció a su mujer, mientras ésta recorría el lugar durante un tour, y donde le propuso matrimonio." – Narró, observando al cielo. – "Después de casarse, tuvieron un ceremonia de té frente al Seiden, la fachada principal. Cada aniversario van ahí a celebrar y a conmemorar la memoria de la persona que hiciera todo eso posible."
– "¿Quién?" – Indagó la rapaz.
– "Mi abuelo Mitsuru, que en paz descanse." – Declaró la ojizarca. – "Él fue quien le recordó a su pequeño Hiraku y a sus hermanos el valor del Shuri, lo importante que era para la identidad tanto de Okinawa como del país, y el sacrificio que hizo para mantenerlo en pie durante la guerra."
– "Espera, ¿tu abuelo participó en la batalla de Okinawa?" – Fue el turno de Jaëgersturm.
– "Precisamente, Aria." – Asintió la brasileña. – "Francotirador en la 24ª División de Infantería del Ejército Imperial. Bastante hábil, lo ascendieron a teniente después de la batalla de Saipan."
– "¿De verdad? Toda la guarnición enviada a Saipan fue prácticamente aniquilada, incluyendo los civiles."
– "Créelo. Él estuvo entre los cuarenta y seis bajo el mando del capitán Sakae Ōba que se negaron a rendirse ante los americanos." – Aseguró la chica reptil. – "Usando un bote a remos, él y un compañero se encargaron de evacuar a los civiles restantes de la isla. Sólo pudieron hacer un viaje, hasta que fueron hallados por un acorazado nipón. Incluso lo condecoraron con una medalla de sexta clase de la Orden del Milano Dorado después de la guerra."
– "Merecía más." – Declaró la teutona. – "Pero continuar con vida era mejor presea que cualquier insignia."
– "Precisamente; según sus palabras, él deseaba ser parte de la carga banzai final en Saipan, pero el capitán lo disuadió, alegando que proteger a sus compatriotas era lo más importante para el país." – Dijo la gecko. – "Eso no mermó su entusiasmo de continuar luchando. Solía relatarme cómo defendió el Shuri armado con meramente un rifle Arisaka y un puñado de balas. Incluso bajo el imparable fuego de artillería, prosiguió luchando en los túneles subterráneos hasta su captura por los americanos el treinta de mayo del '45."
– "El USS-Mississippi asedió el lugar por tres días, casi destruyéndolo por completo debido a los incendios." – La Cazadora se mostraba genuinamente sorprendida. – "Me hubiera gustado conocerlo, en serio. Luchar en las operaciones más sangrientas del Teatro del Pacífico y salir de ahí en una pieza es algo de admirar."
– "Obrigada, Aria, aunque no diría que precisamente en una pieza: un obús lo dejó malherido un día antes de que el Shuri cayera." – Contestó Mei, moviendo la cabeza dubitativamente. – "Cuando los estadounidenses lo encontraron, el sostenía tercamente la bayoneta de su rifle, aún cuando la hoja se hallaba quebrada y la sangre le impedía ver correctamente."
– "Leal hasta el final." – Declaré, contemplando al cielo. – "Todo un soldado."
– "Obrigada, Ale. Es lo mismo que decía la abuela Hakumei." – Me sonrió. – "Con la guerra terminada, mi abuelo decidió enfocar sus energías sumar esfuerzos para reconstruir el país, trabajando en la fábrica automóviles de la compañía Honda gracias a la influencia de su mejor amigo, el mismo que lo ayudó en la evacuación de civiles: Hiraku Nishikino."
– "¿Nishikino? ¿Acaso era…?"
– "Je, precisamente: el padre de Tsuno-san." – Expuso Hakumei. – "Qué pequeño es el mundo, ¿cierto?"
– "Totalmente de acuerdo." – Respondimos el resto al unísono.
Permanecimos unos momentos en afásica coligación, observando un pequeño ferry lleno de turistas que cruzaba en río en ese momento. Contemplé de soslayo a Silica, con su mirada fija en el barco, seguramente imaginando cómo debieron arreglárselas su abuelo y su amigo para sobrevivir a las crudezas del mar en medio de un conflicto armado, todo mientras protegían al corazón mismo de la nación. Supe que tenía razón cuando una muy discreta mueca de felicidad, con un leve dejo de nostalgia, se esgrimió en su boca.
Sonreí también.
Aquella crónica había expuesto tácitamente un panorama completo de los motivos de Carla. Más allá de resolver de dónde había heredado su puntería y el innato espíritu de batalla, comprendí lo que representaba poseer un antepasado tan sobresaliente, la admiración que le tenía y, si no me equivocaba, los enormes zapatos que seguramente ella sentía que tenía qué llenar si deseaba honrar su memoria.
Pero si algo podía yo certificar, era que estaba siguiendo el camino correcto: el viejo Mitsuru resguardó a la patria en tiempos de guerra, y su nieta lo hacía en tiempos de paz; soldados, policías, todos eran parte del mismo cuerpo que escudaban la nación que los vio crecer. Incluso cuando su corazón era brasileño, su alma era tan japonesa como el mismísimo Monte Fuji.
Una mano se asentó en mi hombro entonces. Volteé a mi izquierda, encontrándome con los seis rubíes que conformaban los globos oculares de mi hermana. Asentí levemente a la arachne y el implícito mensaje detrás de su gesto, reciprocando ella la mueca, y regresamos la vista al ferry. Como hijas y nietas de soldados, entendíamos a la perfección los sentimientos de la poiquiloterma. Incluso Lala y Cetania podían sumarse al club: la segadora era el retoño de una inmortal y fría jueza del Inframundo, mientras que la arpía provenía de una sociedad guerrera de espartanas costumbres. La lucha habitaba en nosotras, éramos soldados también.
Todas, a nuestro modo, éramos prácticamente lo mismo.
– "Nunca le importó que yo fuera una liminal. La guerra jamás pudo arrancarle la humanidad de su persona." – Proclamó Mei. – "Recuerdo que cuando tenía cinco años me puso un gorrito de gatito y, junto con mi prima, me llevó de paseó en su viejo Honda Civic del '76. Recorrimos la ciudad y, por supuesto, nos llevó al Shuri. Esa fue la última vez que lo vería; murió unos meses después, cuando su corazón finalmente decidió llevarlo a la otra vida."
– "Lo sentimos, Mei." – Se disculpó la falconiforme.
– "Descuida, Cetania, que al menos se reunió con la abuelita Hakumei que había partido un mes antes." – La ojizarca nos sonrió, meneando levemente su cabeza. – "Además, las enseñanzas que nos dejó se quedaron para siempre con sus seres queridos. Él ya no está con nosotros, pero jamás se fue."
– "Una vida ejemplar brillará permanentemente en la eternidad." – Manifestó la dullahan.
– "Precisamente. Obrigada, Lala." – Avaló la gecko. – "Eso sí, su odio hacia los americanos nunca fue sofocado."
– "Razones no le faltan a nadie."
– "¡Hey!" – Se quejó la emplumada.
El frío aire invernal fue sazonado con un quinteto de carcajadas. Después de imbuirnos con una corta charla, acordando que algún día acompañaríamos a Silica al Shuri, nos encaminamos hacia su residencia. Empero, tuvimos que postergar un tiempo más el visitar nuestro destino, ya que la familia de la reptil le informó por teléfono que se encontraba de compras, dándonos al menos otros cuarenta minutos para matar el tiempo.
La chica de escamas aguamarinas asumió el papel de guía turística y nos relató curiosas anécdotas de crecer en la cosmopolita Osaka. Ahí, una estructura familiar captó mi atención: un albugíneo edificio de al menos ocho pisos emperifollado en la fachada del faro egipcio más famoso y decorado por una antorcha de luces LED; ninguna otra que una sucursal de la librería Alexandria.
– "Estoy segura que lo encontraremos aquí, Ale." – Afirmó Carla. – "Ya he venido aquí antes, es más grande que la de Tokio. De hecho la compañía es originaria de aquí; ésta es la sucursal principal."
– "Concuerdo con el optimismo, Carla. Vamos." – Dije mientras me volteaba hacia las demás. – "Y ustedes traten de no hacer alharaca, no quiero que otra troll nos mire feo de nuevo."
– "Por eso no te preocupes, Schwesterlein, que nuestras direcciones divergen en este punto." – Manifestó la zanquilarga. – "Seguiremos turisteando y de paso compraremos nuestro regalo para la familia de Mei."
– "Les repito que no es necesario, pero les agradezco la molestia, amigas." – La pelirroja hizo una reverencia.
– "Y te recordamos que es lo menos que podemos hacer para retribuirte, Cherry-top." – La castaña colocó su ala en su hombro. – "Ahora, ¿conoces alguna panadería cercana?"
– "La pastelería de Lucoa-san está en esa dirección, girando a la derecha al llegar a la esquina." – Respondió la brasileña. – "Pregunten por los pasteles de nubecita; pan de melón con leche dulce, los favoritos de mi padre y mi tío."
– "Gura míle, Mei, entonces nos veremos aquí en un rato." – Comentó la Abismal, subiéndose a los brazos de la arachne. – "Nos aseguraremos de llamarles cuando hayamos terminado nuestra pequeña excursión."
– "No queremos incomodarlas atrapándolas con las manos en la masa… o en la cintura." – Dijo la halcón guiñando mientras se montaba al tórax de su esposa. – "See ya, lovebirds~"
– "Ya, Süsse, no las molestes." – Injirió Jaëgersturm, alejándose. – "Vamos, que hay que comprarle sus panes y un pastelito a los futuros suegros. ¿Será muy atrevido si les llevamos un pastel de bodas?"
Mascullé al tiempo que Silica disimulaba su enrojecido semblante, mordiéndose los labios. Exhalé y disentí con la cabeza, esas tres iban a sacarme canas más verdes que mi quitina al final del día. Sacudiendo mi sesera para ignorar las fruslerías del Trío Fastidio, la gecko y yo nos internamos a la librería. Tan pronto las puertas corredizas nos permitieron el paso, nuestras fosas nasales recibieron la bienvenida del característico olor a papel y empaste junto con la fragancia de frutas tropicales que impregnaba la brisa del aire acondicionado. El tamaño del lugar avalaba las palabras de Carla, con suficientes estantes y títulos reunidos bajo el mismo techo que harían pensar que ya no se necesitan más librerías en toda la prefectura.
Pero nuestra gesta estaba más allá de admirar el poder adquisitivo de la compañía; leyendo el mapa en la oficina de recepción nos encaminamos hasta el tercer piso, donde residían las enciclopedias de temas especializados. Subiendo las escaleras, no pude evitar captar que la atención de mi escamosa compañera se había desviado hacia el restaurante residido en la segunda planta, específicamente el ostentoso cartel con polícromos foquitos anunciando daifukus en forma de focas blancas rellenas de fresa y chocolate. Pausé mi marcha en ese instante.
– "¡Eep!" – Exclamó la brasileña al chocar conmigo. – "¡Ay, perdão, Ale! No me fijé, estaba distraída."
– "Ah, eras tú." – Sonreí provocativamente. – "Por la suavidad, pensé que alguien me había lanzado un par de peluches a la espalda."
– "Oh, no seas así, Ale. Ni que estuvieran tan grandes." – La ruborizada ojizarca cruzó sus brazos sobre sus pechos. – "De todas maneras, ¿por qué te detuviste de repente?"
– "Para escuchar ese tierno gritito tuyo, por supuesto."
– "Ay, ya para, ¿quieres?" – Me dio un inofensivo empujoncito, inflando una mejilla. – "Hablo en serio, ¿qué sucede?"
El gruñido de su estómago me ahorró saliva y me otorgó otro vistazo a la azorada cara de la nativa de Osaka. Era realmente tierna cuando la capturaba tan vulnerable y sin escapatoria.
– "No estás acostumbrada a pasar tanto tiempo sin desayunar, ¿cierto?" – Interrogué.
– "Bueno, mi madre o mi tía ya tienen algo en la mesa cuando me levanto." – Confesó con expresión culpable. – "Y salí tan rápido que no he probado ni un poquito de pan… ¡Pero no te preocupes, estoy bien, en serio!"
– "¿De verdad? Esos daifukus lucen deliciosos. ¿Segura que no quieres un par?"
– "Me encuentro perfectamente." – Alegó, su estómago rugiendo en disensión. – "Perfectamente..."
– "Como desees." – Me dirigí hacia el restaurante. – "Pero yo sí."
Agradecí a Tique que la fila fuera inexistente en ese momento, así pude deleitarme con el silencioso puchero fresco de la poiquiloterma mientras la empleada me servía seis de esos esponjosos postres de fócido perfil, incluyendo un vaso pequeño de espumoso chocolate caliente. Ufana, tomé mis bocadillos y tomé asiento en la mesa que la escamosa había elegido, quedando frente a ella. Parsimoniosamente coloqué los dulces de manera que los ojos de chocolate de las focas apuntaran hacia la gecko, cuya fingida indiferencia cedía cada vez más ante las protestas de su aparato digestivo.
Regodeándome en la arrogancia de mi instinto predador fijé mi único ojo en los zafiros de mi presa y, sin romper el contacto visual, clavé uno de mis espolones en la espalda de la foca más pequeña del grupo, alzándola lentamente y, esbozando una maliciosa sonrisa, simular el forcejeo del animalito mientras paulatinamente la dirigía a mi boca. Hice bailar al mamífero hecho de arroz glutinoso y azúcar glas antes de que mis dientes repentinamente cercenaran la mitad de su cuerpo como una hoz sesgando la maleza.
Sin dilación la sangre de la criatura (hecha de mermelada) comenzó a correrse por su seccionada figura, cubriendo la nívea epidermis de rojo puro, como el cabello de la reptil frente a mí y quien no tenía un momento cómodo entre mi mirada concentrada en ella y la vista del apetitoso relleno de fresa, invitándola a probar bocado. Entretanto, yo me dediqué a masticar tranquilamente el postre, asegurándome de exagerar los sonidos de aprobación y embeleso al degustar el ponderable sabor de la miel que recubría el pastelillo, provocando en el proceso que el estómago de Hakumei sonoramente le implorara enarbolar la bandera blanca.
Devorándome el resto del daifuku, repetí el proceso con el siguiente, pero en esta ocasión opté por hacer que la foca diera pequeños saltitos hacia la nativa de Osaka hasta quedar cerca de su mano. Silica no reaccionó y pretendió ignorar al animalito que suavemente tocaba sus escamosos dedos con su hocico de arroz. La foquita no se daría por vencida fácilmente y regresó hacia el plato de donde había salido para empujarlo, con todo y el resto de sus compañeras, hacia la chica que disimuladamente no perdía de vista los movimientos de la criatura.
Con mi espolón restante y mis manos tomé a tres fócidos más y, gracias a mi habilidad motriz desarrollada por tocar el piano, cuidadosamente los hice alzar al quinto integrante sobre sus lomos. Moviéndolas con sincronía (y yo misma permitiendo a las ínfulas de la vanagloria envolverme por mi improvisada habilidad de titiritera), las focas tributaron a la quinta integrante de la manada a la gecko, haciendo pequeños sonidos para que ésta saciara su hambre. Aún así, y admiro su denuedo, la ojizarca no cedió a la tentación y mantuvo firme su voto de ignorar las súplicas de los pinnípedos de dulce. Para que la ofrenda no resultara desperdiciada, la devoré y continué al siguiente paso del plan:
Bombardear el castillo.
Haciendo paralelo con el ataque al Shuri, decidí lanzarme por un asedio directo con la artillería pesada y obligar a la resistencia a claudicar de una vez por todas. Volviendo a mis histriónicos despliegues de imitar sonidos de mamíferos acuáticos, las cuatro focas restantes empezaron a restregarse con la mano que casualmente la reptil había dejado cerca. Parsimoniosamente los daifukus subieron en fila por el brazo de la brasileña que luchaba fútilmente por evitar que sus risitas se escaparan por las cosquillas.
Finalmente las focas alcanzaron la cima y la líder del grupo se paseó tentadoramente por el cuello de Silica, dándole besitos a éste con su hocico. La risa suprimida de Carla era más que incentivo para proseguir. El peregrinaje del animalito terminó al llegar a la nariz de la chica, danzando debajo de ésta y permitiendo que el dulce aroma que emanaba hiciera el resto del trabajo. Su pancita rugió, dándome toda la confirmación que pudiera necesitar. Mei pronto iba a rendirse, y sólo requería de un último empujón para que mi bandera ondeara triunfante en la cima.
Hora de asaltar el interior.
Tomé al daifuku principal y, divirtiéndome de su reacción, le hice darle besitos a los labios de la pelirroja. Ella los había contraído, pero poco a poco el sabor que se impregnaba en éstos los hacía salir de su escondite. Debía ser una imagen bastante curiosa para cualquiera que nos viera en ese momento, pero nadie nos prestaba atención, o atrevió a interrumpirnos. De repente, la obstinación de la ojizarca no pudo más y, con un raudo movimiento, la pequeña foca fue engullida de un solo mordisco, incluso hubo un 'chomp' bastante audible.
Victoria.
Y para ambas; Carla satisfacía su hambre y yo obtenía más del gracioso comportamiento que la hacía tan única. Verla comer como un ratoncito que ha encontrado la última galleta nunca cesaba de dibujar una sonrisa en mi pétreo semblante. Además, no negaré del sumamente atractivo e hipnotizante espectáculo consistente en ver cómo esa larga lengua de gecko se deslizaba por sus labios para reunir el dulce néctar de la fresa combinada con el chocolate mientras su dueña profería gemidos de placer y su colita se movía animadamente de un lado a otro.
Cuando la brasileña intentó hacerse con un segundo bocado, el resto de la manada ya se había retirado, intentando escapar de la inminente titánide escamosa que habían despertado. Continuando con nuestra pequeña charada, dos de las focas se ocultaron detrás del plato y el vaso de chocolate, dejando a una infortunada a la intemperie. La nativa de Osaka se alzó ominosamente sobre el daifuku, relamiéndose los labios cual feroz tiranosaurio a punto de devorar a un inerme iguanodonte herido. Quizás sea un pedazo de arroz y caramelo, pero podría jurar que el animalillo tembló cuando Silica lo alzó sobre su boca y lo dejó caer directo a su esófago.
Había liberado a la bestia.
Los añiles ojos de la gentil lagartija mutaron en avispados faros de depredador, apetentes de su siguiente víctima. Las únicas fócidas sobrevivientes eran las de mi espolón derecho y mi mano izquierda, con la primera estando menos protegida por el pequeño plato. Simulando ir por el postre tras la bebida, la mano de la poiquiloterma realizo un audaz movimiento y logró arrebatar la foca de mi extremidad mantoidea. Regodeándose en las ínfulas de su vanagloria predadora, Silica tomó a la criatura por sus aletas traseras y la meneó por encima de su boca abierta y la soltó.
Empero, en lugar de dejarla caer hacia el sempiterno abismo estomacal, la diabólica dinosaurio de rojos cabellos tenía planes más siniestros para la aciaga foquita: decapitarla. Cerrando sus fauces con celeridad, la reptil atrapó el cuello de la criatura entre sus dientes. Con un audible 'gulp', Mei consumió la cabeza y suspendió el resto del cuerpo, complacida con ver cómo el rojo jugo interno de su presa goteaba de la figura acéfala, sacando la lengua para alimentarse del edulcorado líquido escarlata. Curioso, yo era actualmente una hematófaga, pero la reptil era quien parecía la verdadera mujer vampiro.
Y como tal, su sed de sangre aún no había sido saciada.
La última foca se encontraba en la encrucijada de su azucarada vida, rezando para que la nula protección del vaso de chocolate evitara lo inminente, pero ella misma sabía que era darle vueltas a un molinillo de inopia: la Meimeisaurio Rex no descansaría hasta extinguir a su estirpe a base de mordidas. Resignándose a lo ineludible, el animalillo aceptó su aciago destino y permaneció quieto esperando a que la devoradora le reuniera con sus demás compañeros. Campante por su dominio total, la brasileña infló su pecho, orgullosa, y dejó caer su mano sobre la indefensa criatura, de manera que sus dedos la empalaran como dagas.
Pero la foca no planeaba irse al otro mundo tan fácilmente. Con un repentino salto (es decir, un empujón de mi parte), el daifuku escapó de las garras de su depredadora. En lugar de enojarse por tan imprevisto cambio de planes, la nativa de Osaka pareció aceptar el reto y con su otra mano intentó el mismo método, resultando en otro escape exitoso del pastelillo. El patrón se repitió continuamente, y aunque parecía que la gecko no se haría con la presa, resultó que sus aparentemente infructuosos cometidos formaban parte de un plan para atrapar a la foca en un camino sin salida, juntando sus manos para crearle una prisión.
Presa y sin escapatoria, el postre contempló la cola de la poiquiloterma alzarse, cual escorpión, lista para que su punta lo atravesara. La pelirroja sonrió tétricamente, mostrando su blanca dentadura, que si bien no poseía afilados colmillos como la arachne o la halcón, lucía suficientemente intimidante gracias a la combinación de los características pupilas reptilianas de su dueña. Sin embargo Tique le sonrió a la fócida y gracias a la milagrosa ayuda de un espolón mantoideo que la sujetó de sus aletas traseras, fue capaz de huir por enésima ocasión de la muerte.
O eso creía.
En realidad sólo le robé la oportunidad a la lagartija, dirigiendo lentamente el daifuku por la mesa hacia mi persona. Empero, antes que el pastelillo estuviera a distancia para ser engullida por mis fauces, un dedo color aguamarina decidió pagarme con la misma moneda y se hizo con la criatura. La batalla por el control de la última foca de arroz había comenzado, con ningún bando dándose por vencido. Una mano robaba a la otra mientras un espolón se aventuraba a extraerle el premio, sólo para que una intrépida cola le arrebatara la gloria, regresando al primer punto.
Al final el duelo terminó en un aparente empate, con todas las extremidades tratando de sostener a las de su rival. La foca yacía tentadoramente entre ambas, y únicamente nuestras bocas eran las herramientas restantes para terminar la tarea. Permanecimos inertes por varios segundos, cara a cara, estudiando la expresión de la otra para predecir cuándo sería su próximo movimiento.
Si aquello hubiera sido una película de vaqueros, la banda sonora reproduciría el crescendo más tenso mientras el viento sopla con fuerza, arrastrando una planta rodadora y el chillido de un halcón rondando el sol marca el momento de atacar. Debía estar atenta a mi contrincante, sólo requería de un ligero descuido para que su cola o una de sus manos se hicieran con la presa.
– "¡Ñam!"
Por supuesto, no contaba con el arma secreta de Silica.
La lengua de la gecko era una maravilla de la naturaleza: con su enorme elasticidad fue capaz de arrojarla al menos cinco centímetros más lejos de lo que yo podía estirar la mía, y la adhesividad de su órgano capturó al daifuku con fuerza, retrayéndolo hasta que el dulce quedó presa de la hambrienta boca de la brasileña, donde comenzó a deglutirlo. Que Silica resultara la triunfadora de nuestro encuentro era el resultado que yo esperaba, así que sonreí a ver que usó todas sus herramientas para hacerse con la victoria y darse su tiempo para disfrutar de su éxito. Sólo había un pequeño detalle con el que no contaba…
Se estaba comiendo el pastelillo con mi dedo aún pegado a éste.
No es que Mei me lastimara en el proceso, pues mi quitina es armadura integrada, sino todo lo contrario: la brasileña era muy delicada, casi tierna, degustando con parsimonia aquel albugíneo manjar. Me mantuve en un inerme trance, incapaz de moverme por la repentina sensación de una muy húmeda lengua retirando el relleno de cacao y frutilla de mi dedo a base de suaves lamidas. Jamás en mis veintitrés años de existencia había experimentado la descomunal descarga que recorría cada una de las intrincadas carreteras de mis redes sinápticas en ese momento, saturándolas de una inexplicable pero apoteósica sacudida que me hizo olvidarme de todo a mi alrededor y concentrarme en la imagen de Carla mimando bucalmente mi índice.
Aquello no se debía a lo bien que sintiera la cálida saliva de la brasileña, a lo hábil que fuera su lengua para recorrer la circunferencia de mi dedo con suavidad, o a la infinidad de sicalípticas interpretaciones respecto a la capacidad de succión de la gecko que se dispararon en mi cabeza en ese preciso momento y las cuales se mantendrían activas en ésta por bastante tiempo.
No, lo que me mantenía mesmerizada como una mariposa ante el resplandor de una bombilla era la simple estampa de Hakumei en su estado más natural e hipnótico, un cuadro que la plasmaba tan despreocupada del mundo que le rodeaba y sencillamente concentrada en satisfacer sus individuales deseos al disfrutar de algo tan mundano como un bocadillo dulce; gozar de las pequeñas cosas de la vida sin complicaciones, sin ataduras, emancipándose de las nimiedades que todos tomábamos por importantes y sólo nos ocasionaban contrariedades innecesarias. Carla poseía lo que yo tanto luché por conseguir desde que tengo memoria, lo que Giovanna me recordó que nos cuesta obtener y mantener, y que juré jamás soltar una vez la obtuviera:
Libertad, libertad absoluta.
– "¡Ah, mil perdões, Ale!" – Reaccionó de repente la ojizarca. – "¡Sinto muttísim-¡Ay!"
Incluso verla golpearse con la mesa al intentar realizar una reverencia es arrobador.
– "Auch. Me desculpe, Ale, no sé qué me pasó." – Volvió a excusarse mientras se tallaba la frente. – "De verdad, no pienses mal de mí o…"
– "Está bien." – Le detuve colocando mi mano en señal de alto, sin dejar de sonreírle. – "No es nada."
– "No digas eso, en verdad lo siento." – Movió la cabeza dubitativamente. – "Como si ponerme a lamerte el dedo de esa manera tan vergonzosa fuera algo…"
– "¿Común?" – Injerí. – "Somos liminales, ¿qué hay de común en nosotras?"
– "Sabes a lo que me refiero, por favor, no creas que soy una desequilibrada o…"
– "Carla…" – Le reconforté. – "Tranquilízate, que no has hecho nada malo."
– "Pero…"
– "¿Ya olvidaste quién es mi hermana? ¿O mis cuñadas?" – Indagué. – "Créeme, podrías haber hundido mi cara en tu trasero y serías una santa comparada con las locuras de esas tres."
– "¿D-de verdad no estás enfadada? ¿No te pareció, bueno, indecente?"
– "Mentiría si dijera que es algo que me gustaría hacer en público, pero en circunstancias más privadas supongo no habría problema en dejarte emplear nuevamente mi índice como tenedor." – Sonreí maliciosamente. – "Aunque con esa lengua seguramente necesitarías la mano entera."
– "Ay, no seas así." – Su dermis facial se tornó igual de roja que su cabello. – "Tonta…"
– "Carla…" – Volví a insistir, un poco más seria. – "Prométeme que no vas a retraerte conmigo, o con las demás. Lo que menos deseo es que sientas que debes comportarte reservada."
– "No es que me porte recatada, es que… No, tienes razón, desculpe-me." – Suspiró, volteando la mirada; el rubor no desaparecía aún. – "Lo siento, Ale, es sólo que me pareces una gran persona y, bueno, no deseaba comportarme de manera que te decepcionara, ¿sabes?"
– "¿Sabes lo que realmente me desilusionaría?" – Cuestioné. – "No poder ver a la pelirroja que no teme mostrar su amor a la comida, la ojizarca que juega a ser un dinosaurio con focas de dulce, la brasileña que usa barquitos de papel como gorros bajo la lluvia, la gecko que actúa despreocupadamente como dicta su corazón, la liminal que no pierde ese candor de la juventud, la mujer que es un axioma de alegría honesta…"
Tomé su barbilla y la alcé para encararme, encerrándonos en un contacto visual permanente.
– "Y lo que más lamentaría…" – Testifiqué. – "No ver nuevamente a la verdadera Carla Hakumei Silica."
– "Ale…"
– "Promételo, Carla, promete que serás tú misma. No aceptaré a nadie que no sea la auténtica tú."
– "¿Estás dispuesta a aceptarme, Ale? ¿A la genuina Mei?"
– "Ya lo hago." – Proclamé. – "Y siempre lo haré."
– "Obrigada, Alexandra." – Asintió, sonriendo. – "Cuida bien de mí."
– "¿Si estás consciente que esa frase es la que le dice una esposa recién casada a su marido?"
– "Bueno, pues viendo cómo me tomas de la mano…"
– "¿Eh?"
Inconscientemente, en algún momento de nuestra conversación, mi mano izquierda se había hecho con la derecha de Silica y, para agregar más leña al fuego, la sostenía firmemente en una pose que evocaba a las clásicas representaciones bucólicas de antaño, donde el protagonista pedía la mano de la doncella de sus sueños entrelazando sus dedos con los de ella. Mi primera reacción fue romper la unión y ofrecer una reverencia a modo de disculpa, pero el karma es una cruel e irónica bromista, haciéndome repetir la acción de Mei al golpearme la frente con la mesa. Y al contrario de mi prudente actuar cuando le sucedió a ella, la nativa de Osaka se desternilló de la risa con esa carcajada tan animada que hizo el dolor del impacto más ameno.
Con el humor restablecido y convidándole de mi bebida a base de cacao, proseguimos al siguiente piso para iniciar la búsqueda del elusivo título que germinó aquella serie de eventos en primer lugar. Entre la miríada de libros había muchos que llamaban mi atención, pero no eran tan completos como el que yo exigía. Lo curioso era que la mayoría de las publicaciones iban dirigidas a un público más infantil, como evidenciaban las sinopsis simplificadas en la portada y la inclusión de rompecabezas y figuras coleccionables en el paquete.
– "Ahora sé cómo se sienten los aficionados a la paleontología." – Comenté, revisando el resto de los estantes. – "Tratas de encontrar un buen compendio de datos serios respecto a la vida prehistórica, y lo único que obtienes son ediciones para niños."
– "Los dinosaurios y los tiburones no sabían que serían tan populares con los pequeñines, Ale." – Respondió la brasileña. – "Por otro lado, gracias a la accesibilidad de la información a temprana edad significa que hay más posibilidades de futuros investigadores en el tema, ¿no te parece?"
– "No me quejo, sólo lo menciono." – Repliqué. – "Créeme, lo que no hubiera dado por tener esta plétora de opciones cuando era pequeña."
– "Yo las tuve, ¿sabes? Me gustaban esta clase de enciclopedias ilustradas y recuerdo pedírselas a mis papás."
– "¿Y no pediste Buenas noches, granja 2: La venganza del Sr. Brody?"
– "Muy graciosa. Hablo en serio." – Me dio un empujoncito. – "Mis favoritas eran las de animales. Ninguna preferencia en particular; ya fueran peces, insectos o aves, todos me encantaban."
– "¿Cuál era tu animal favorito?"
– "Las focas, especialmente si están rellenas de fresita."
– "Mientes, de lo contrario no contribuirías a su extinción." – Retruqué. – "¿Eran los geckos?"
– "Nah, ni que fuera tan egocéntrica para gustarme a mí misma."
– "Cierto, no eres esa clase de persona." – Repliqué. – "Además, ¿para qué conformarse con una simple lagartija cuando hay colosales dinosaurios?"
– "¿Acaso insinúas que un vejestorio prehistórico es mejor que mi gloriosa estirpe, grillita?"
– "Considero que incluso un tiranosaurio no sería tan cruel para jugar con su presa y chuparle la sangre luego de decapitarla."
– "¡Ah, pero ésta me la pagas!" – La pelirroja me pellizcó el brazo. Yo sólo reí. – "¡Ay, condenada quitina! ¡Bueno, la próxima vez te morderé el dedo, saltamontes!"
– "¿La próxima vez? ¿Tanto te gustó lamerme el índice?" – Le ofrecí una sonrisa provocativa. – "Parece que la verdadera Mei es más fetichista de lo que creía."
– "¡Pasarás de mantis a chapulín, bocona!"
Los ataques de la nativa de Osaka eran inofensivos para mis espolones, que se encargaban de detener sus manos sin esfuerzo, aunque tampoco es que la reptil fuera seria con éstos. Yo contraataqué con mis manos, pellizcando sus costados y provocándola más. Empero, las incursiones sorpresa de su cola eran algo que ni mis reflejos podían anticipar, dándome una cucharada de mi propia medicina en mis costados expuestos. Ambas reíamos como si fuéramos las mencionadas niñas de nuestra conversación anterior, divirtiéndonos en el mundano placer de una anodina pelea falsa. Puede que fuera inmaduro para dos miembros de la policía, pero, sinceramente, ¿a quién rayos le importaba?
Al final, realmente lo disfruto.
La ojizarca no se dio por vencida y, revelando su lado más atrevido, usó su cola para darme un ligero golpe en el trasero, distrayéndome lo suficiente para hacerme bajar la guardia y empujarme hacia atrás. Nuestra reyerta concluyó conmigo hincada para no perder el equilibrio y Hakumei parada frente a mí, con pose y expresión jactanciosas, apuntándome con su cola como si de un florete para esgrima se tratara. La luz artificial detrás de ella le otorgaba un resplandeciente halo alrededor de su cuerpo. Ahí, en esa dicotomía luminosa entre el fulgor del halógeno y la ufana figura de la poiquiloterma, comprendí que la propia Carla era la respuesta que había buscado todo este tiempo.
– "Cangrejos." – Declaré, observando su blusa. – "Te gustan los cangrejos."
– "Ay, eso fue trampa. Pero síp, me encantan esos bichitos." – Me ofreció la mano para levantarme. – "Especialmente con un buen aderezo."
– "¿Siempre comes todo lo que te gusta?" – Reí tenuemente mientras me alzaba. – "La verdadera tú es más tétrica de lo que imaginaba."
– "Oye, una vez que pruebes las cangre-hamburguesas que prepara mamá entenderás mi punto de vista." – La pelirroja me miró de reojo. – "No se te ocurra hacer un chiste sobre esa esponja de caricatura o tú serás la siguiente en el menú, Ale."
– "Descuida, que no veo televisión." – Aseguré, sacudiendo mi atavío. – "En todo caso, ya corrió demasiado el tiempo, apresurémonos con nuestra tarea."
– "Vale, las demás llegarán pronto. Yo busco por aquí y tú allá."
– "Capisco." – Consentí. – "Por cierto, te gusta nadar, ¿cierto, Carla?"
– "Yep, ¿por qué la pregunta?"
– "¿Cuánto tiempo puedes aguantar la respiración?"
– "Mi récord ha sido de cinco minutos, aunque eso lo logré estando inmóvil." – Replicó, revisando títulos. – "Generalmente sólo llego a tres, o dos, si me muevo mucho."
– "Comprendo." – Asentí. – "Grazie, Carla, ahora todo tiene sentido."
– "¿A qué te refieres?"
– "Ya entiendo cómo le haces para vivir en una piña debajo del mar."
La reacción de la gecko fue jalarme ambas mejillas y estirarme la boca, cuya sonrisa se acrecentaba proporcionalmente al enojo plasmado en el semblante de mi compañera. Cierto, las bobadas de la caja idiota jamás fueron de mi interés, pero la internet proporcionaba suficiente información para hacer tal clase de bromas, y provocar a la brasileña seguía siendo un blanco bastante tentador. Paramos cuando observamos a una mujer tetráquiro (que tenía cuatro brazos) entrar a la sala; no parecía ser una guardia, como la troll de la sucursal tokiota, pero tampoco deseábamos averiguarlo y reanudamos nuestra literaria pesquisa.
Luego de unos momentos de infructuosa búsqueda escuché el tenue tararear de Silica, volteándome yo para encontrarme con su sonrisilla inocente y escondiendo algo detrás de ella mientras mecía su cuerpo levemente. Sabía que había dado con nuestro objetivo pero al mismo tiempo no deseaba arruinarle la diversión de su pequeño juego, así que, con la misma actitud bromista, intenté echarle un vistazo a su misterioso secreto mientras que ella se movía para evitarlo. Era mero entretenimiento inmaduro, pero liberador para el alma; los pequeños placeres que Hakumei poco a poco me iba contagiando.
Después de repetir un par de veces la maniobra sin éxito, la magnánima nativa de Osaka recompensó mi denuedo presentándome la preciada publicación, mi único ojo brillando al reconocer al selacio impreso en la portada, tan añil como el océano en el que había sido fotografiado. Las letras en intenso rojo confirmaban que, en efecto, se trataba de Enciclopedia Elemental Selacia del reconocido M. Hooper, el mayor gurú de tiburones que pudiera existir. Si seguirle la corriente a la pelirroja era infantil, entonces la sensación que experimenté al tomar aquel título en mis manos me hizo sentirme como una niña que recibe el regalo que tanto soñaba en Navidad.
Me alegro, Mei es más bonita que el viejo barbón.
– "Carla, ¿segura que tus padres no son conejos?" – Comenté. – "Porque traes bastante suerte."
– "Y, ¿qué hay de nuevo, viejo?" – Simuló comer una zanahoria como el famoso lagomorfo de la Warner Bros. – "Aunque hablando en serio, se encontraba justo debajo de esta enciclopedia de arañas."
– "Tan precioso tesoro escondido tras abyecta monstruosidad, qué bueno que lo rescataste." – Opiné. – "Que no te oiga Potato, o fastidiaría diciendo que era una señal por nuestro lazo de consanguinidad, o lo que sea."
– "Je, ustedes dos se llevan como perros y gatos, con todo y gruñidos." – Rió levemente la ojizarca. – "Deberías tratarla mejor, Ale, Aria sólo está feliz de tener una hermanita como tú."
– "Me gustaría decir lo mismo de esa pulga latosa." – Disentí con la cabeza. – "Tienes suerte en ser hija única."
– "Por ahora, ya te dije que mis padres son tan descaradamente melosos como un par de recién casados, o adolescentes en plena pubertad." – Elucidó la poiquiloterma. – "Quizás no sean conejos, pero se comportan como tales."
– "Los míos tampoco se quedan atrás. Y le heredaron toda la calentura a la araña…" – Dilucidé. Entonces, le tributé una mirada maliciosa. – "Aunque ahora que lo pienso, creo que ya sé de quién sacaste esa técnica con tu lengüita."
– "Pues sí, ¿no?" – Admitió, encogiendo los hombros. – "Tengo los genes de mi madre después de todo."
Iba a replicar, pero permanecí en mi afásica posición tratando de descifrar si Mei había confesado algo de tal índole tan naturalmente, como parte de su promesa, o porque deseaba contraatacar mis incisivas insinuaciones con honestas revelaciones sorpresa. Fuera cual fuera la respuesta, nuestra pequeña pausa fue interrumpida por el vibrar de mi teléfono, una bienvenida distracción que atendí al instante; se trataba de Jaëgersturm avisando que ya estaban en camino de vuelta. Asintiendo entre ambas, nos dirigimos a la primera planta para pagar.
– "¿No quieres más focas para devorar, Meimeisaurio?" – Propuse mientras bajábamos las escaleras. – "Concedo que su relleno cremoso es adictivo."
– "Sería una buena manera de resarcir la valiosa ayuda de tu emperatriz en la búsqueda de tu enciclopedia, pretoriana." – Respondió, juguetonamente oronda. – "Que sean seis, me siento magnánima para compartir con el resto. Caesar locuta, causa finita."
– "Ave Imperatrix."
Ya fuera como depredadora cretácica o mandamás romana, Carla era bastante versátil en adoptar su papel. Compramos diez daifukus, por si su sabor provocaba un alza en el consumo de pastelillos por parte de mi familia, y porque aunque la alemana es una flacucha zanquilarga, traga como tarántula. Entre los dulces y el libro mi cartera aligeró considerablemente su peso, pero sentí que cada centavo había valido la pena. Pasados un par de minutos esperando, la escamosa volvió a hacer gala de su aguda vista al saludar a la nativa de Montana desde lejana distancia. Las chicas también estuvieron de compras, como evidenciabas las cajas y uno que otro accesorio personal.
– "Tenías razón, Mei, los pasteles de nube son exquisitos. Compramos varios para llevar a casa." – Dijo Lala, mostrando varias cajas de los mencionados panes. – "Esperamos también sean suficientes para tu familia, no escatimamos en gastos para aprovisionarnos correctamente."
– "Más que suficientes, Lala, durará para una semana." – Opinó Silica. – "Uhm, ¿pero no fue demasiado caro?"
– "De hecho estaban a mitad de precio por ser el festival de Huitzi-no-sé-qué, así que aprovechamos." – Replicó la zanquilarga, enseñando otra caja. – "Además, ¡miren lo que encontramos: daifukus en forma de ballenita! ¿No son una monada? Y tienen relleno de piña."
– "Mundo pequeño." – Comenté, mostrando nuestros pasteles. – "¿Creen que se lleven bien con estas pequeñas?"
– "Descuida, los cachalotes prefieren la carne de calamar a la de foca." – Respondió la rubia. – "Santa araña, ¿por qué tan caras?"
– "Los verdaderos tiburones no están en mi enciclopedia, sino detrás de la caja registradora." – Repliqué. – "Pero el sabor justifica el elevado importe."
– "Especialmente si es para ver sonreír a cierta pelirroja." – Me susurró la alemana. – "Hoy foquitas, mañana besitos, ¿cierto, Ale?"
– "No me hagas abrirte el cráneo con un hakapik, cerebro de chícharo." – Mascullé.
– "Hey, ¿qué nadie va a comentar sobre mi chaleco nuevo?" – La arpía se giró, apuntando con los pulgares al posterior de su prenda. – "Pretty badass, ¿don't ya'll think?"
– "Seis de junio, 1944, Airborne, Normandía, Francia." – Leyó la pelirroja las palabras bordadas. – "Conozco esa insignia de águila, eran paracaidistas, ¿cierto?"
– "La 101ª División Aerotransportada, los famosos Screaming Eagles." – Acotó Aria. – "Desde el Día D hasta Market Garden, las Ardenas y el fin de la guerra, los tipos resistieron todo lo que los alemanes les arrojaron. Quién sabe, quizás alguno de mis abuelos se enfrentó a ellos."
– "Y es fácil ver por qué Mo chuisle insistió en comprársela." – Comentó la irlandesa. – "Mas no negaré que le calza perfecto."
– "Por supuesto que me queda bien, soy la pajarita más bonita después de todo." – La rapaz continuó modelándola. – "Está un poco grande, pero era la única con el tamaño correcto para que pasen mis alas No es fácil ser una halcón."
– "Te entiendo, amiga, con estos pies de Godzilla que tengo, las botas militares son lo único que me acomoda." – Declaró la brasileña, apuntando a su calzado. – "¿Saben? Como no había tiendas para liminales cuando era pequeña, mi primer par fueron las de un militar americano que mi padre halló en un bazar. Desde eso me acostumbré a usarlas."
– "Te quedan bien." – Manifesté. – "Y son perfectas para estos tiempos invernales."
– "Además que te mantienen lista para cualquier emergencia." – Agregó la segadora, contemplando sus botas acorazadas.
– "Las ventajas de poseer cuerpos bípedos." – Dijo Jaëgersturm, alzando una de sus piernas. – "Pero al menos me ahorro bastante en zapatos."
– "Espero te laves esas patas flacas, Potato." – Injerí. – "Suficiente tenemos con tus piojos como para que ensucies más la casa de Mei."
– "Tranquila, Pepper, que nos pusimos nuestras medias." – La castaña mostró las medias transparentes que usaban para protegerse del polvo. – "No arruinaremos el primer encuentro con los padres de tu novia, ¿vale? Ush, pobre de Cherry-top, serás una esposa mandona."
– "¡Maldita sea, Peaches, no empieces con…!"
El conocido timbre telefónico de la batucada brasileña irrumpió en ese instante y la poiquiloterma dueña del celular lo atendió.
– "Oh, ¿de verdad? Sim, sim, até breve." – Replicó la reptil antes de colgar la llamada. – "Mi mamá, ya están de vuelta y nos esperan."
– "De acuerdo. En marcha, que los daifukus se endurecerán si no nos apresuramos." – Asentí. – "Después de ti, Carla."
– "Muito obrigada, Ale." – Me sonrió, iniciando la marcha. – "Vamos, chicas, no queda muy lejos."
– "Hey, Pepper, no olvides llevar del brazo a tu dama." – Provocó la falconiforme. – "Tus suegritos no aceptarán a una yerna sin modales."
– "Si mi padre toleró a una insolente ave de corral como yerna, entonces estaré bien." – Retruqué, sin detener el paso.
La conclusión de mi contraataque fue coronada por las carcajadas de la germana y la segadora que contrastaban con la expresión taciturna de la halcón, quien se limitó a inflar una mejilla y aceptar afónicamente la derrota; si quería guerra, debía estar preparada para esquivar su propia munición. Incluso Mei tuvo qué suprimir una risilla ante mi elocuente revés verbal, aunque, como buena diplomática, disipó la tensión abriendo charla sobre los platillos de su progenitora, complacida al escuchar los estómagos de las oyentes rugir en anticipación. Una caminata después, arribamos al domicilio de nuestra escamosa anfitriona.
Una simple construcción de dos pisos, no muy diferente a la residencia Kurusu, siguiendo el mismo patrón de cualquier vivienda nipona. Una enorme reja negra definía los límites de la propiedad, resguardando en su interior los rojos tejos del techo y las blancas paredes, todo decorado por una circunferencia vegetal de polícromas flores y pequeños árboles que protegían a la fachada del sol sin obstruir la vista. El único detalle que la diferenciaba del resto de las moradas era el enorme garaje a lado del edificio principal, tan ancho que podría ser un taller automotriz casero, ostentando un par de motocicletas en el exterior, además de una minivan y otro auto más pequeño; todos marca Honda, la empresa en la que laboró el señor Mitsuru.
– "Mei, ¿puedo hacer una pregunta?" – Habló mi hermana.
– "Adelante, Aria." – Concedió la mencionada.
– "Con todo lo que has mencionado sobre tus tíos viajando, sus negocios y todos estos vehículos…" – Enumeró la teutona. – "Dime, ¿acaso son ricos?"
– "Siempre me preguntan eso, ¿sabes?" – Rió tenuemente la brasileña. – "Bueno, mis abuelos estaban bien acomodados y le dieron lo mejor a sus hijos, pero la economía no siempre sonrió, y aunado a mantener a la familia, las reservas monetarias no son tan afluentes como antes. Por suerte ahora estamos bien y podría decir que si bien no somos pudientes, tampoco evitamos darnos uno que otro lujo si las circunstancias lo permiten."
– "Y tomando en cuenta que las familias establecidas antes del Acta no reciben ayuda gubernamental significaba que todo esto lo han logrado por sus medios." – Interpretó la peliblanca. – "Admirable."
– "Je, obrigada, Lala."
– "Aún así sigue siendo una mansión de lujo." – Opinó la nativa de Montana, emitiendo un silbido. – "Dime que también tienen piscina, Cherry-top."
– "Desgraciadamente no, compañera." – La reptil meneó la cabeza dubitativamente. – "No habría quedado espacio para la pista aérea y el campo de golf."
Todas nos echamos a reír. Antes de que cruzáramos la reja y Silica nos permitiera el ingreso, mi consanguínea volvió a facilitarme otra lámina de menta sabor yerbabuena, agradeciéndole silentemente. Me aseguré de arreglarme el cabello y ajustar mi atavío tan pronto la poiquiloterma giró la manija de la puerta. Sólo era una sencilla reunión, las personas con el mayor interés en ésta eran Jaëgersturm y sus mujeres, conmigo siendo meramente una invitada formal, pero aún así no podía evitar el acelerado latir de mi bomba sanguínea; o aquella sensación que me trajo memorias de la incertidumbre experimentada cuando presenté mi solicitud para unirme a MON, el primer paso hacia comenzar mi nuevo futuro.
¿Qué acaso esta reunión definiría también mi vida?
– "¡Com licença!" – Anunció Hakumei su llegada al cruzar la entrada. – "Disculpen la tardanza, ya llegamos."
– "¡Ah, Mei, opa, filha!"
No se necesitaba entender portugués para saber que la persona que acudió a recibirnos no era otra sino la progenitora de Hakumei: con su blanca piel decorada por aguamarinas escamas y su rojo cabello coronados por un par de azules zafiros oculares, madre e hija eran clones exactos en el más mínimo detalle, incluyendo el mismo lunar localizado cerca de su boca y la estatura no superior a los ciento sesenta centímetros. La única diferencia, además de la obvia edad, era que la matriarca poseía el pelo ligeramente más largo y ondulado, además de que irradiaba esa inconfundible aura de mujer madura que la denotaba como señora de la casa.
Eso, y… Simijo, no puedo creer lo que voy a decir…
Odiaba admitirlo, pero me era imposible ignorar las agraciadas curvas que la progenitora de Mei ostentaba y compararlas con las de su hija; sus pechos eran más grandes, tanto por la edad como por producir leche al volverse madre, sin contar que sus caderas eran hogar de una zona posterior bastante prominente, empequeñeciendo los ya de por sí eminentes traseros de Lala y de su propio retoño. Su figura era bastante atractiva para una persona de su edad, y ni los esperados rollitos al costado de su estómago demeritaban su beldad. Aunado a su aire maternal, la matriarca era un innegable axioma de venusina belleza, la clase de mujer que una desearía como esposa y progenitora de su descendencia.
Y lo más importante: Carla eventualmente se transformaría en ella. Observar a la señora Silica era un vistazo al futuro de la mismísima Hakumei, y al igual que un buen vino añejo, el paso del tiempo sólo la haría mucho más deseable. La cabeza me daba vueltas; si yo era una creación de Hécate, la estirpe de la poiquiloterma había sido esculpida personalmente por la propia Afrodita, un gallardo proyecto de embelesadora y grácil perfección que irradiaba la vanidosa y favorecida influencia divina. En simples términos y cortando la perífrasis: Mei era lo que ni mis más pecaminosas fantasías jamás hubieran podido reproducir.
Y era real, totalmente real.
– "Hey, Ale." – Escuché susurrar a mi consanguínea. – "¿Sabías que tienes mucha suerte?"
– "¿Porque la manzana no cayó lejos del árbol?" – Repliqué casi robóticamente, sin despegar mi vista de las geckos. – "¿O porque la genética liminal significa que Carla no comenzará a envejecer hasta pasados los setenta años?"
– "Ya ni te esfuerzas en ocultarlo…" – Giró los ojos. – "No, lo decía porque tienes suerte que ellas no puedan oler tus feromonas; pareces el Vesubio sepultando Pompeya."
– "Sí, Popeye comía espinacas…" – Contesté. Ahí fue cuando reaccioné. – "¿Eh? Potato, ¿qué demonios haces tan cerca de mí?"
– "Por el martillo de Hefesto, Ale, ¿tan embobada estás?" – La sparassediana disintió con la cabeza. – "Es pregunta retórica, claro, el hilo de saliva que te cuelga lo dice todo."
– "No sé de qué hablas." – Respondí, limpiando mi boca.
– "Ush, y pensar que yo actué igual que tú alguna vez." – Suspiró la arachne. Entonces, ella me empujó hasta el frente de nuestro grupo.
– "¿Q-qué haces, zopenca?"
– "Las oportunidades son para aprovecharlas." – Contestó. – "Es el Día D, Ale, primo victoria."
Antes que pudiera reaccionar atisbé los ojos de la brasileña mayor sobre mí. Raudamente retomé mi compostura y, con solemne respeto por la etiqueta nipona, ofrecí una sincera reverencia a la progenitora de nuestra anfitriona. Acto seguido, inicié contacto visual con ella, esmeralda encontrándose con zafiros, tributándole una mirada firme. Estaba consciente de que no había necesidad de actuar como si me hallara frente al superintendente Kuribayashi durante una inspección sorpresa, pero me era imposible mostrarme más relajada sabiendo que debía ofrecer una excelente buena impresión.
Y yo iba en serio.
– "Bom dia, prazer em conhecê-la." – Recité lo que me pasé memorizando la noche anterior. – "O meu nome é Dyne Alexandra Nikos. ¿Beleza?"
– "Prazer em conhecê-la, Dyne." – La mujer reciprocó el gesto. – "Tudo joia, obrigada. ¿E você?"
– "Tudo bem, obrigada." – Logré replicar antes de quedarme corta. – "Uhm… erm…"
¡Simijo, no ahora! ¡Maldito Duolingo, no sirve! ¡Hécate, envíame una señal!
– "Hey, Pepper, lo que sigue sigues es…" – Me susurró la rapaz algunas palabras al oído. – "¿Get it? Dale, que no te vea insegura."
– "Grazie, Cetania." – Agradecí. Con la confianza restaurada, asumí una pose y voz seguras. – "¡Eu gostaria de pedir a mão da sua filha em casamento!"
Un extremadamente incómodo silencio reinó tan pronto terminé de recitar aquellas palabras. La cálida sonrisa de la señora Silica se transformó de inmediato a una estupefacta expresión mientras que su hija cambió a color rojo absoluto al tiempo que su mandíbula parecería alcanzar el suelo de lo abierta que se encontraba. El único sonido en esa afásica burbuja de tensión era el ulular del frío viento invernal mecer las inermes ramas arbóreas, como si fuera el remate de alguna mala broma.
– "Uhm…" – Me atreví a romper la afonía ambiental. – "¿Acaso dije algo malo?"
– "Acabas de pedir la mano de Cherry-top." – Me murmuró la arpía con voz tétrica. – "Ya me la debías, saltamontes. Suck it."
Nunca antes había sentido tantas ganas de desplumar a la americana con todo y pellejo usando mis espolones, pero ni siquiera el cometer ornitocidio en tercer grado contra mi propia cuñada me satisfaría en ese momento, la bomba había sido lanzada y sólo esperaba a que la explosión no arrasara del todo conmigo. No estaba segura si el frío que experimentaba en la frente se debía a una gélida manifestación de sudor o la impasible mirada de la gecko mayor, decidiendo la forma de ejecutarme por atreverme a manchar la impoluta mano de su retoño con mi impía presencia.
Pero apenas era el comienzo.
Como si el Olimpo mismo me hubiera condenado a una sentencia más cruel que la de Prometeo encadenado, un hombre de nipona ascendencia hizo acto de aparición. Por la manera en que colocó un brazo alrededor de la señora Silica supe que se trataba de su marido. Lo peor, en su mano ostentaba un viejo fusil que seguramente era el que el abuelo de la gecko usó durante la guerra. Aquellas balas destrozaron cráneos americanos en el pasado, y ahora lo harían con seseras italianas.
Maldije mi existencia por enésima ocasión, no sólo debía hacer el ridículo frente a la madre de Carla, sino que ahora su progenitor se uniría a mi linchamiento y posterior quema en la hoguera, si no es que honraban a sus antepasados nipones decapitándome con una katana. Estaba frita, mis días estaban contados. Logré escapar de la muerte e incluso derroté a una dracónida legendaria sólo para hallar mi final a manos de un par de civiles; y aún no contaba con lo que haría el resto de la familia. ¡¿Por qué debemos morir tan jóvenes?!
– "Yukio…" – Habló la señora Silica, con circunspecta voz. – "Trae el cuchillo..."
Ay, mamá empusa…
NOTAS DEL AUTOR: Nada como conocer a los suegros, ¿cierto?
Actualmente este episodio se dividió en dos, lo que significa que es apenas el entremés para el plato principal. Y como tal, me reservo las explicaciones para la siguiente mitad. ¿Sobrevivirá Nikos a la primera prueba de su futura familia política? ¿El alma de Mitsuru poseerá al señor Yukio y recreará cuando la bayoneta de su rifle Arisaka atravesaba los cuerpos de los americanos? ¿Será el karma por comerse a las foquitas? ¿Podrán Woody y Tiro al Blanco cruzar el Gran Cañón a tiempo?
¡Esto y más en la emocionante continuación de No es Fácil ser una Arachne! ¡Auf Wiedersehen!
