Es cosa de Genética II.
Eren era hijo único, el único hijo de Grisha y Carla Jeanger, casi catalogados la pareja más feliz de todo el pueblo.
Se conocieron el día de "La Gran Tormenta" cerca de la madrugada.
Cuando comenzaron a sonar las alarmas de la acaudalada ciudad sin luz. Por la radio los reportajes del incendio e inundación frustraban el corazón de todas aquellas personas de bueno sentimientos, tal como lo era Grisha.
Desde su pent-house podría escuchar el llanto de niños llamando a sus nanas por la falta de luz, los incesantes chillidos de las ambulancias, camiones de bomberos y patrullas de policía, ya para ser las tres de la mañana, la situación era más que desalentadora. Viendo el cielo, Grisha creía que se comenzaría a grietar y caer en cualquier momento; pensó que era el fin del mundo. Se sentía algo mareado por los constantes sismos que cada vez era un poco más fuertes y el humo de la reserva natural que comenzaba a empapar la ciudad.
Le pareció irónico, con esa tormenta y un incendio.
Le temblaban un poco las manos, no sabía nada de su familia y comunicarse era casi imposible ya que, gracias a los truenos, la estática parecía cortar cualquier señal de telefonía. Hasta algunas veces el viejo radio a pilas dejaba de funcionar. La ansiedad por no saber nada de nada, lo estaba volviendo loco.
Pero, como alguna especie de raro milagro, la señal intermitente de la radio comenzó a pedir a gritos voluntarios para ayudar a los rescatistas en la zona de la inundación. Sin pensarlo dos veces, Grisha tomo su gabardina de gamuza y salió en plena tormenta.
Las calles eran un caos total, coches estrellados, semáforos sin funcionar, las vías inundadas y una obscuridad total, levemente rota por los relámpagos.
La idea del fin del mundo volvió a su cabeza.
Se congelo lleno de temor en el marco de su casa, vio las lleves del auto en su mano y noto lo imposible que era llegar si quiera a la tienda de la esquina. Pensó en una sombrilla, y al entrar por una, su mente rememoro las escasas ocasiones en las cuales, en plena tormenta, los viejos Toons de Cartoon Network casi mueren a causa de un trueno.
Pero eso no pasaba en la vida real. ¿Cierto? ¿Cierto? Con pleno incendio en la ciudad, Grisha dudo.
Nuevamente se posó frente al ventanal. Nunca había sido una persona valiente, pero como si esos truenos a lo lejos fuesen una señal de ayuda y temor, sintió como si el cielo entero le pidiera hacer algo, cualquier cosa.
Salió corriendo de su casa sin siquiera cerrar la puerta. Aunque claro, temblando hasta el dedo pulgar del pie.
Corriendo hacia la estación de radio, Grisha pudo notar la más pura desesperación, algunas personas intentaban ir a las zonas aledañas al incendio o inundación donde vivían sus familiares, muchos otros intentaban escapar de la ciudad. El ruido de los carros era insoportable, solo escuchaba pitidos, sirenas y una que otra ocasión un policía llamar a la calma mediante un megáfono.
Pero, justo en ese momento, un relámpago alumbro la ciudad y Grisha pudo apreciar el momento exacto donde un hombre viejo pasaba junto a él a una velocidad desorbitante. Junto a él, una joven muchacha.
Pasado el estallido del trueno, la luz del mismo auto de hace un momento incendiándose volvió a alumbrar la calle. Había chocada contra un poste de luz a solo pocos metros de su posición.
Grisha corrió hacia el coche, a pesar de la lluvia las llamas no bajaban y estaba seguro que pronto explotaría. Sin tiempo a meditarlo, abrió la puerta del copiloto donde saco a una hermosa mujer de unos veinte años de edad, con el cabello café más hermoso que hubiese visto en su vida. Estaba inconsciente.
Tuvo que correr buscando ayuda, no le quedó más que ver por la mujer que había salvado de la muerte. Los hospitales estaban llenos y el servicio era escaso, sobre todo por las maquinas carentes de energía. A raíz de eso, Grisha cuido de ella en su propio hogar, no salió más a la calle y se limitó a orar por la buena salud de todos.
Resulta que al día siguiente los medios lo catalogaron como héroe, lo mismo que la muchacha, llamada Carla, por supuesto. El padre de Carla, su único familiar, murió gracias a la poca atención médica, y aunque la chica era adinerada, como todos en esa ciudad, y no la faltaba absolutamente nada, la soledad atacaba su salud mental, hasta llevarla a un duro periodo de depresión. Fue Grisha quien estuvo con ella en casa momento hasta que, juntos, salieron de eso.
Grisha llego a cuidar a Carla como su hija, hermana menor, madre y, también, la mujer que ama.
Un año después se casaron, el mismo día de la Gran Tormenta. Otro año más y nacería lo que sería la más pura felicidad de la pareja. Eren.
Cuando Eren nació el sol brillaba con fuerza, el pueblo estaba en las fiestas de pentecostés. Y lo primero que vio el bebé Eren al nacer, fueron las grandes sonrisas de sus padres. Lástima que más adelante no pudiese recordar absolutamente nada de ello.
Al minuto lo olvido y lloro como ningún otro niño en ese hospital lo hubiera hecho antes. Lloro, pero no tenía hambre, ni frío, tampoco se sentía mal. El bebé Eren lloraba por un profundo dolor en su pecho, pero físicamente estaba perfecto.
Los médicos dejaron consignado que era posible que hubiese nacido con alguna clase de enfermedad mental que le mostrara horribles alucinaciones, gracias a los dos días seguidos con sus noches que lloro. Pensaron que moriría, de hambre o cansancio. Pero al tercer día se detuvo y el episodio nunca más en su vida se repitió.
Aun así, la perfecta pareja Jeanger no se cortó en llevar al pequeño a un especialista de la salud mental.
Lo que paso allí adentro solo lo sabe Eren. Y el difunto psiquiatra.
El niño Eren de siete no quiso decir nada, más su especialista no hablo nada más de que era un niño completamente sano. No fue necesario nada más para ellos.
Por otra parte, Eren siempre fue un niño "tranquilo". Amaba las cosas y personas a alrededor, y con él nació el deseo y los sueños. Tenía una fuerza interna que no lo dejaba rendirse tan fácil, Carla siempre dijo de él que era un chico testarudo. Poseía, también, un alto sentido de la justicia, defendía lo que creía correcto y obraba conforme a su propia conciencia.
El problema del joven Eren radicaba en que no tenía una idea clara de justicia y, como todo, esta iba cambiando conforme a las situaciones. No entendía el funcionamiento de la vida, como tampoco entendía el funcionamiento de los pensamientos y la psiquis humana. Lo ignoraba, en realidad.
Entonces las malas intenciones hacia él pasaban desapercibidas. Era más bien como si algo dentro de él se hubiese atrofiado, pues no huía del peligro obvio… ya que, básicamente, no lo creía tan obvio.
Creció rodeado de buenos sentimientos. Prefería salir a jugar que ayudar a su madre en casa, sus bicis no duraban más de un mes gracias a los golpes que le daba y el uso constante. Sus padre siempre fueron comprensivos, admiraban la tenacidad de su hijo y su amor por la vida, por querer experimentar sentimientos diferentes cada tanto, sabían que Eren llegaba a ser algo lento y bueno casi en exceso, pero lo vieron más como una bonita cualidad que como un error que deberían de corregir.
En resumidas cuentas, Eren era un idiota.
Pero con más idiotas como Eren, el mundo sería mejor.
El ojiverde siempre vistió ligero; su "armadura" siempre tenía que estar preparada para todo. Hoy para rescatar a Armin de los molestones, mañana para hacer los recados de Carla. Tal vez otro día para luchar contra un Dragon legendario. Y, posiblemente, para la tarea más aterradora y alocada de todas, pasar cerca de la casa de los Ackerman.
A pesar de los rumores, Eren no entiende porque nunca fue capaz de pasar cerca de la casa de los Ackerman o del laboratorio del Sádico Doctor. Admite que les tiene miedo, pero hay algo que late fuertemente en su pecho cuando solo piensa en el Señor Doctor Ackerman. Sobre todo ese miedo, siente una inmensa curiosidad.
Solo lo había visto una vez hasta sus 13 años, cuando llego a compartir clase con él.
Iba vestido con unos pantaloncillos cafés que apenas tapaban sus muslos, con unos tirantes rojos sobre una camisa de cuello blanca, implacable, sin mangas. Adornado con un único botón y un moño igualmente rojo. Unos viejos zapatos de amarrar.
Lejos de su atuendo, son rodillas eran demasiado blancas, casi le parecía ver un fantasma. Su baja estatura se veía extraña comparado a lo largo de sus manos y dedos. Un cuervo posaba en su cabeza, o eso le pareció notar. Su rostro era… muy fino. Como una caricatura.
No vio sus ojos, no esa vez.
A Eren de 6 años le fascino el Levi de 8. No solo por su estilo, era diferente, chistoso, muy divertido, casi mágico. Claramente, el vocablo del niño no era muy amplio, Eren quiso expresar que Levi era bizarro y algo peculiar. Que su obscuro cabello simulaba el punto más profundo de un agujero negro, que sus manos eran elegantes y estilizadas, que su impotencia a la hora de caminar lo haría catalogarlo fuera de este mundo. Le encantaba todo de ese sujeto, hasta el alarido ronco y molesto que salió contra su hermana.
Era increíble, admiraba hasta la forma como la propia ambientación cambiaba gracias a él, para él.
A la menor de los Ackerman le lucia genial ese vestido hasta el cuello y esas medias rayadas verde oscuro y negro, lo mismo que los zapatos planos. Papá Ackerman, por otro lado, era alto y delgado, pintaba una sonrisa casi de payaso, un perfecto traje negro con infinidad de detalles y un gorro idéntico al que usaba Michael Jackson. No tenía nada que decir de la extraña pipa que alejaba y acercaba a su boca cada cantidad de tiempo.
Cuando Levi pasaba la gente se corría un poco, le lanzaba un par de miradas de respeto y curiosidad para luego chismosear un rato. El ceño fruncido de Levi, mostraba un millar de sensaciones: fastidio, diversión, satisfacción, engaño y un gran sentido de superioridad y autosuficiencia.
Eren no supo que pensar.
Al poco tiempo fue su cumpleaños. Armin le regalo un Wii con todos los accesorios; Grisha y Carla remodelaron por completo su cuarto, cada vez uno más animado que la anterior. Llovieron dulces y pasteles, bebidas de todos los colores y sabores. Vecinos de toda la manzana asintieron y en poco la casa de los Jeanger parecía una juguetería.
Hasta que finalmente llegaron los deseos del cumpleañero. Como cada año, Eren tenía derecho a pedir un obsequio por casa año de vida. Todo iba normal, pidió que su madre hiciera tortillas con mermelada todos los miércoles durante un mes, que Grisha trabajara menos, etc. Hasta que el séptimo regalo del cumpleañero llego.
Eren pidió un poster de la película animada "El cadáver de la novia". Aunque sus padres se extrañaron, no le dieron trascendencia.
Poco tiempo después, fue su cita con el psiquiatra.
El hombre quien atendió a Eren algo gordo y pálido, caminaba extraño y sus patas eran demasiado cortas y delgadas para su panza. Cuando comenzaron la sesión, el niño Eren supo que ese hombre estaba loco.
-¿Cómo te llamas? –Pregunto rutinariamente. Su voz era algo chillona y su sonrisa pequeña daba algo de escalofríos.
-E-eren, señor. –Dijo algo cohibido.
El hombre le dio la espalda y comenzó a mirar a la ventana, hacia sol.
-¿Te gusta el sol, Eren? –Dijo, nuevamente, sin darle cara.
-Supongo, es divertido jugar en el sol. –Dijo con dulzura impregnaba.
A Eren solo le sorprendía que ese hombre llevara un caleldoscopio cuando no era médico.
Un par de minutos se hizo silencio. Eren estaba en una silla alta viendo la espalda del doctor. Meneando suavemente sus pies de adelante hacia atrás intercaladamente.
Pronto el silencio se vio interrumpido por las risas bajas del doctor. Que, sin previo aviso, volteo con fuerza dando la cara a Eren, riendo a carcajadas.
-¿Y la vida, Eren? ¿Qué crees de la vida, niño? ¿Te gusta? ¿La desprecias? ¿La amas? O ¿acaso alguna vez la viste? -Le dijo, casi gritando.
El niño paso saliva.
-¿La vida se puede ver, Señor Doctor? –Dijo tímido, ante lo cual no obtuvo respuesta. –No-no entiendo muy bien su pregunta… pero consideraría la vida ¿normal? Es como, todo, la casa, mi bici, mamá y papá y Armin. Creo que es normal.
El doctor inspecciono al niño un par de minutos más antes de relajar visiblemente su semblante y resoplar lentamente. Saco una gran paleta roja y blanca.
-Tienes razón, Eren. –Le dio la paleta. –La vida es normal. Como tú. Tus padres son algo paranoicos, ¿no crees? Estás perfecto.
La imagen de ese hombre pareció cambiar, Eren ya no lo vio tan godo y bajo como anteriormente. Tampoco tan pálido.
Se sorprendió un poco por el cambio brusco de actitud, pero no estaba seguro de la cantidad de trastornos que ese hombre poseyera. Recibió sin recelo la paleta del extraño especialista, quien sin más se limitó a observar su reloj de muñeca.
-Aún nos queda algo de tiempo, pequeño. ¿Te gustaría preguntar, saber algo o contarme algo? –Dijo amablemente, ante lo cual el joven Eren se mordió levemente el labio.
-Creo que es mentira lo que dice. –Confeso. –Hay algo mal conmigo. –Las manitos de Eren se juntaron mientras las entrelazaba y soltaba nerviosamente.
-Puedes decirme lo que te angustie. –Ofreció el Doctor. –Mi diagnostico ha terminado, no diré nada de esta conversación a tus padres.
Eren asintió.
-Creo que tengo algo mal porque, aunque todas las personas dicen que el Señor Sádico Doctor Ackerman es alguien malo, no me parece que sea así. –Eren confeso aquello de forma rápida, apretando las pupilas con fuerza, posiblemente esperando un regaño.
Hubo más silencio. El hombre no tenía la intención de regañarlo.
-¿Hablaste con él? Es… decir, ¿Hablaste y él te respondió? –Pregunto.
-No, señor. Solo lo vi en la calle.
El hombre saco de nuevo una paleta, la destapo y comenzó a comerla.
-Te contare una historia. –Se reclino levemente en su cómoda silla, viendo al techo- El doctor Ackerman y yo somos amigos desde cuatro años atrás. Hemos compartido un par de experiencias. Y tienes razón, el doctor Levi no es un mal niño. En realidad es muy inteligente, sabe mucho más que yo a mi edad.
-¡¿Conoce al Señor Sádico Doctor Ackerman?! –Pregunto emocionado.
-¿Podemos evitar lo de Sádico por ahora? –Eren rio mientras asentía. –Al igual que a ti, para ingresar a la escuela, El Doctor Ackerman vino a mi consultorio. Le hice las mismas preguntas de rutina, hasta utilice diversos test para observar su estado anímico.
-¿Y qué salió? –pregunto, emocionado.
El doctor hizo una pausa.
-Todo perfecto. Un niño de 5 años que comprendía el funcionamiento de la vida y el universo, hasta la psiquis de la persona más que cualquier libro de autores viejos que dedicaron su vida a ello. Debatimos un par de estos, todos los desacredito. Aun así, cuidaba sus palabras y expresiones, no note nada más allá fuera de lo normal, solo una incómoda sensación en el pecho. Con Mikasa y Don Kenny sucede algo similar. Pero no como el joven Ackerman, es un prodigio.
-Pero ustedes son amigos.
-A veces necesita cosas y como aún no tiene ingresos fuera de su padre, le presto lo que necesita. No quiere que su padre sepa que compra algunas cosas.
-¿No está mal eso? –Pidió Eren.
-No para el Doctor Ackerman… Aunque ¿sabes? Subí un poco de peso desde que lo conocí, hasta me encogí un poco. Puede que experimente conmigo. –En esta ocasión el doctor se reclino sobre la mesa, acercando su rostro a Eren, contándole un secreto.
-Señor Doctor, disculpe, pero eso no tiene sentido. –Reprocho Eren.
El hombre se rio un poco.
-Tienes razón. –Y después de una pausa, prosiguió.- Eres un niño en perfecto estado Eren. Dudo que Levi tenga intención de hablarte, no le sirves. ¿Para qué? No te veo con una función, no eres como Mikasa o la señorita Hanji.
El supuesto medico rio bajo.
La alarma sonó. El tiempo había terminado.
Eren se despidió amablemente y con un brinquito llego al piso, pero antes de irse el medico volvió a hablar.
-¿Sabes de la gran tormenta? –Eren se detuvo y asintió. –El número de las personas que murieron dan un nombre: Tu abuelo, Su nombre comienza por I, fue la primera persona en morir; Una enfermera del hospital cuyo nombre empieza por V; la señora Ackerman dando a luz, dicen que su nombre comenzaba por E.
Pero hubo alguien más, aunque toda la gente lo ignore, el día que el Doctor Ackerman nació también murió… Da la casualidad que el número de personas que murieron y la inicial de su nombre, es Levi. Aunque, es solo una casualidad.
Eren cerró la puerta sin saber que responder.
Durante varios días lo que dijo aquel extrañó doctor, no dejo de circular por su cabeza. Pero de igual forma, eso solo consiguió aumentar su interés por el mayor de los hermanos Ackerman, era la misma persona en la que pensaba cuando veía al techo y notaba el poster de "El Cadáver de la Novia."
Lo mismo que hacía cuando veía la mano de la "otra madre" de Coraline.
Este poster había sido fruto de su trabajo en la casa de Hannes, cortando césped, sacando la basura y recogiendo las hojas en otoño. Hasta en una ocasión tuvo que pintar la cerca… o bueno, solo ayudar a Hannes en todas estas labores, casi haciéndole el trabajo al hombre rubio, el doble de difícil. Pero la señora de Hannes amaba tener al pequeño Eren a su lado y a pesar de todo le dio el dinero exacto para conseguirlo, aparte de llenarlo diariamente de dulces y limonada.
Tuvo que pedirlo vía internet, y al notar su localización satelital, creyeron que hablaban con el mismísimo Ackerman, hasta que el niño aclaro el malentendido.
Dos días después llego y lo coloco en la pared al lado derecho de su cama. Eran muy similares a las manos de Levi, delgadas y blancas.
A pesar de todo, no tenía muy en claro que pensar con respecto a él.
Finalmente, llegado el momento que el destino aprecio correcto, Eren salvo a una niña de caerse en el pueblo al estilo de la reina de corazones. El resultado no pudo ser otro que salvar a la mismísima Merlina. Desde allí se hizo amigo de Mikasa y se acercó más a la familia Ackerman, en especial a Levi. Pero aunque muchas veces cuando los veía en el pueblo e iba a saludar a Mikasa, hacia exactamente lo mismo con los dos Ackerman mayores, siendo ignorado. Pocas veces Kenny sonrió y saludo hacia a él.
Pero Levi jamás.
Cuando se atrevía a mirar a sus ojos no veía más que un reflejo gris perdido en otro mundo.
Hacia un puchero, pro el Ackerman nunca los noto.
Una vez más, un miércoles como Mikasa, pensó en él. Ya habían empezado a estudiar juntos, y en los meses que llevaban Levi no se percataba de su existencia, Eren siquiera lo intentaba ya. Recordó lo que dijo el doctor. No pudo contener más la curiosidad y, ya a sus trece años, se atrevió a preguntar algo que sepulto años en su corazón.
-Mamá, ¿Cómo era el abuelo?
Carla lavaba calmadamente algunos trastes que dejo caer en la cocina, al escuchar la pregunta sus ojos se llenaron de lágrimas y sus manos temblaron casi con violencia. Algo apretaba su corazón con fuerza a la par que un montón de nostálgicas imágenes desfilaban en su mente.
-Estoy feliz que lo preguntes. –Dijo, atrapando a su hijo en sus brazos. –Era una persona maravillosa, veo mucho de él en ti. Comenzando por esas cejas pobladas. –Ella rio.
Es tarde, Carla la dedico a rememorar a su padre y a compartir con su hijo unos de los recuerdos más valiosos para ella.
Cuando llegaba la hora de la cena, Carla se dispuso a irse.
-Una pregunta más. ¿Cómo se llamaba el abuelo? –Le detuvo Eren.
Carla rio un poco.
-Claro, casi olvide decírtelo. Que tonta. Su nombre era Bartolomé.
-¿Bartolomé? –Cuestiono.
-Sí, Bartolomé.
Eren estaba algo desconcertado.
-Pero entonces no empieza co V, ¿su apellido tampoco?
-¿Qué? Claro que no. A menos que tuviera otro nombre y mamá y yo jamás supimos.-Rio nuevamente. -¿Por qué tanta curiosidad?
El preadolescente suspiro.
-Nada en particular.
Exactamente era lo que necesito escuchar. Levi puede que no fuera mala persona, aparte de su gran cerebro, su mala mirada y su lúgubre estilo, no era un muchacho que se catalogara como malo o extraño, era casi normal.
Casi y perdió por completo en interés en él.
Hasta que…
-Emm Disculpe Señor Levi. –No entendía que lo había impulsado a decir aquello.
Levi siempre había llevado esplendidas creaciones e inventos a clase, pero jamás algo como aquello. Con ese bicho a su lado hasta parecía que sus ojeras se ensanchaban.
Y por primera vez en su vida, Levi dirigió unas palabras hacia él. Varias, de hecho. Aunque todas mal intencionadas.
Cuando Eren levanta hacia él su rostro puede apreciar nuevamente su criatura. Es mucho más inteligente que las que ha traído antes, casi que razona similar a un niño pequeño. No tiene más que unas delgadas y finas manitos robóticas. Y por donde se viera es como un diminuto fantasma de trapo, pero con plumas. Levita, aunque no tiene alas, su cabeza, también traposa de plumas, posee unos ojos grandes y una boca como cocida. Sus cabellos son despeinados y puntiagudos.
Era hermoso, todos morían de ganas por tocarlo.
-¿Te gusta esta cosa? –Fue cuando Eren vio directo a sus ojos, y por primera vez en todo el tiempo que lo conocía, Levi estaba en la tierra, allí con él, viéndolo a él.
Conoció sus ojos y sintió que algo le recorrió por todo el estómago. Un montón de colores se agruparon en un solo orbe, azul y gris. Le gusto, más cuando pudo combinarlo con el resto de su cara perfectamente dibujada. Y esa voz ronca que dedicaba solo a él.
Casi chilla de emoción al ver ese leve sonrojo sobre el pómulo izquierdo del Señor Sádico Doctor Ackerman.
-Te la doy, entonces.
Aunque la cosa se sintió a su lado malhumorada y aunque la clase entera miraba extrañados al Ackerman, hasta la misma Merlina, el no despego sus ojos de él ni Eren aparto la mirada tampoco.
Hubo una eclosión. Y aunque su sonrojo llegara hasta sus orejas, ni para ello tenía tiempo de pensar.
La sonrisa de Levi le recordó a Sweeney Todd.
Pero no le molesta, le gusta. Y ruega que ese momento no acabe.
No por ahora, no en esta vida.
Vida, por favor.
Por favor…
Nota: Quiero agradecer a todos quienes dieron Follow, fav o dejaron un review en esta historia. Cada uno es un honor para mi :') . Solo espero que les siga gustando cada capitulo un poco más que el anterior.
