Capítulo 2
Elisabeth Kübler-Ross
Elisabeth Kübler-Ross publicó en 1969 el libro On death and dying, en el cual expuso las reconocidas etapas del duelo.
Este modelo dice que existen 5 etapas en el duelo:
1.- Negación
2.- Ira
3.- Negociación
4.- Depresión
5.- Aceptación
Estas etapas las pasan personas que lidian con enfermedades o pérdidas trágicas. La idea de su modelo es un mejor tratamiento para quienes lo padecen. Pero yo no creo que precisamente sirva para ello.
OoOoO
1.- Negación. Se trata de un medio de defensa del paciente. Puede experimentarlo como una verdadera negación a lo que le ocurre o una aparente aceptación y creencia de que todo está bien.
Mi lista de "Cosas por hacer antes de morir" tiene un punto importante que no puedo abandonar jamás: llamar a mis padres cada que sea posible y decirles que los amo. Decidí incluir este punto debido a la poca comunicación que mantengo con ellos.
Mis padres viven en Australia desde hace 3 años, el mismo tiempo que yo tenía trabajando de asistente personal de la "reconocida empresa" en la que estaba. Mis padres decidieron mudarse al saber que yo era independiente y tenía un trabajo estable que me permitía mantenerme de manera decente. Acordamos que los visitaría cada que las vacaciones me lo permitieran, aunque en realidad no los veo desde que acordamos aquello. Mi jefe jamás me dio vacaciones y yo jamás las exigí. El trabajo parecía importante y solo me tomé un par de días cada año para descansar un poco. Nunca pareció verdaderamente importante darme un tiempo.
—Ya tendré tiempo después —me decía constantemente.
Ahora el tiempo es tan relativo que dudo de verdad tenerlo disponible.
Tomo mi teléfono celular y marco el número que está registrado como "Australia". Escucho el tono de llamada dos veces y entonces la voz de mi madre suena al otro lado.
—¿Hola?
—Hola, mamá.
—Hermione. ¡Hola, cariño!
Puedo escuchar la emoción en su voz. Yo no suelo llamarlos, ellos me llaman a mí y la mayor parte del tiempo estoy ocupada para mantener una llamada que dure más de cinco minutos.
—¿Cómo estás, mamá? —quiero mantener una conversación larga esta vez.
—Bien, cariño. ¿Tú?
—Bien, gracias —respondo, después de una breve pausa y una punzada en el corazón. No le he hablado de Willis, ni a ella ni a nadie, no quiero que se preocupe por mí por ahora, planeo hablarle de él en el momento preciso, que no es este—. ¿Qué haces?
—Preparo una cena. Hoy es el aniversario de bodas de tu padre y mío y quiero sorprenderlo.
Sonrío.
—Suena fantástico.
—Lo sé. Treinta años se dicen fácil y estoy muy contenta. ¿Fuiste al médico?
Ella estaba enterada de mis constantes migrañas y le hablé sobre la visita que tendría con el neurólogo.
—Sí, es solo migraña. Te dije que no había problemas.
Respiro. Sé que me dolerá cuando tenga que comunicarle a mi madre sobre la existencia de Willis, pero no quiero arruinar su fantástico día con mi padre.
—Me da gusto, hija. Estaba preocupada por ello.
—Lo sé, pero no te preocupes más. Me da mucho gusto lo tuyo con papá, por cierto. Aunque creo que debo dejarte, seguro estás muy ocupada.
—Sólo un poco —escucho su cantarina risa—. De acuerdo, cariño. Te llamamos luego.
—Bien... Te amo, mamá.
—Yo también te amo, hija.
Cuelgo.
Necesito aire. Ha sido difícil hablar con mamá sin decir nada de Willis.
Sostengo el teléfono con fuerza. Debo mantenerme serena y sobretodo evitar que las lágrimas, que amenazan con salir, aparezcan.
Me encuentro en medio de la que solía ser mi oficina. Mi ex jefe me ha pedido venir para entrenar a mi suplente.
Que él aceptara mi renuncia fue complicado, me ofreció vacaciones más largas y el doble del sueldo que tenía. Yo sabía que nada me retendría en ese asqueroso lugar, aunque debo admitir que la paga me tentó demasiado. Sin embargo, sé que no sirve de nada el dinero ahora, no hay razones para sufrir en mis últimos días para ganar el dinero que ni siquiera podré usar.
Mi ex jefe sale de su oficina y me mira.
—¿Aún no llega? —me pregunta, con la molestia impregnada en su rostro.
—No, aún no.
Después de todo, él había dicho la verdad, había estado buscando un suplente y éste había aparecido muy rápido, en dos días ya estaba esperando para ser entrenada.
—Son las 9:03, está retrasada.
Encojo los hombros. Ya no es mi responsabilidad.
Mi ex jefe entra a su oficina con un portazo.
Así era siempre. Para él, llegar temprano era estar antes de las nueve con cero minutos y cero segundos, cualquier segundo después era un retraso imperdonable, no importaba que se ponchara una llanta, hubiera tráfico, se cayera el cielo o tuvieras un Willis en la cabeza.
Me entretengo pensando en todo lo que debo enseñarle a mi reemplazo. Debe aprender hoy si no quiere morir en el intento.
—¿Aún no? Son 9:05.
Niego con la cabeza y él vuelve a encerrarse. Se ve más enojado.
Cinco minutos después, una chica aparece en la puerta.
—Hola, buenos días.
—Buen día. Debes aprender a llegar temprano si no quieres tener problemas —le digo levantándome de mi asiento.
La miro, se ve joven y bonita. No sabe lo que le espera.
—Lo siento, me retrasé un poco, había tráfico y eso —se justifica.
—Punto número uno para que conserves este trabajo: no hay excusas, tu entrada es 8:30 si no quieres tener problemas.
—Creí que mi hora de entrada era a las 9. Siempre hay tolerancia, ¿no?
Sonrío.
No en este trabajo.
—Bien, yo voy a entrenarte —digo, ignorando su comentario—. Más te vale aprender todo hoy, porque no volveré.
Ella asiente con la cabeza.
Antes de empezar el verdadero entrenamiento le digo algo que no planeo callar.
—Olvídate de tu vida social por completo y más te vale aprender que te estás casando con este trabajo, hablo en serio.
Paso el resto del día enseñándole todo lo que sé de ese trabajo hasta el más mínimo detalle. Incluso me doy tiempo de darle tips para sobrevivir. Ella no parece tomarse muy en serio todo lo que le digo.
Salgo del lugar cerca de doce horas después. Estoy exhausta. Por fortuna, Willis no ha causado muchos problemas hoy.
Enciendo mi auto y me dispongo a volver a casa. Avanzo un par de calles y unas llamativas luces me hacen mirar a la derecha.
Hay un bar que abre todos los días de la semana, siempre hay gente entrando y saliendo y el ambiente parece ser divertido. Solía verlo cada día después del trabajo, aunque nunca entré a él.
Ahora no lo dudo, me estaciono y bajo para ver de qué se trata. Me propuse no abstenerme de cualquier cosa que quiera hacer.
Vida solo hay una
...y la mía está por terminar.
La gran luz ilumina la entrada que tiene una sola letra: "W".
Entro y miro el rededor. Todo es igual a cualquier bar, con la diferencia de que hay un karaoke casi en la entrada, en donde canta una chica divertidamente.
Pienso en mi lista, uno de los puntos dice claramente "Cantar hasta perder la voz".
Río.
No estoy segura de querer cantar ahí, y mucho menos hacerlo hasta perder la voz.
Decido caminar hasta la barra y sentarme a observar a los improvisados cantantes.
—¿Qué te sirvo? —pregunta el barman en cuanto estoy ahí.
—Una cerveza —pido sin dudar.
Recuerdo que el doctor Malfoy me prohibió el alcohol, aparentemente por la acción que podría causar con el medicamento, cuando le pregunté sobre eso, él dijo "Podría morir", no pude evitar reírme de lo tonta que sonaba esa razón, yo ya iba a morir, ¿qué más daba el beber un poco?
La bebida aparece rápidamente frente a mí, comienzo a beberla. Quiero relajarme y no pensar en nada del trabajo que ya no tengo, ni en Willis, ni en nada. Me dedico a ver al chico que canta con toda su alma y su voz en el escenario. Parece ebrio, seguramente es por eso que se atreve a cantar.
Voy por la segunda cerveza, cuando una chica se sienta a mi lado. Su aspecto es deplorable. Está ebria, es obvio, y ha llorado, su maquillaje también lo hace obvio.
—Brindo por ti —dice señalándome con su vaso—. Porque seguramente tu vida es mucho mejor que la mía, porque seguro tienes a alguien que te ama y no te quedarás sola... como yo —hace un puchero y bebe.
Me río sin disimular.
Tengo a Willis, soy soltera, no tengo empleo, ¡voy a morir! ¿Quieres saber quién de verdad tiene una vida de mierda?
La chica pide otra bebida y se queda junto a mí. Llora un poco y vuelve a brindar por mí.
—Yo no creo que te quedarás sola —le digo—. ¿Cuántos años tienes? Eres joven. Lo que quiera que te haya pasado lo superarás y te reirás de este día, te lo aseguro.
La chica sonríe de manera extraña.
—Tengo veintidós, soy muy joven para quedarme sola para siempre, ¿verdad?
Parece devastada.
—¿Qué pasó? —pregunto, recordando la primera vez que me sentí como ella y solo quería ser escuchada.
—Me engañó con una amiga.
La analizo un poco y pienso que en muchas ocasiones nos ahogamos en un vaso con agua.
—Tu amiga no era tu amiga si te hizo eso y el chico no vale la pena si se atrevió a engañarte con una amiga tuya. ¿Te has preguntado qué harías si murieras mañana? ¿Te gustaría morir así, sufriendo por algo que no vale la pena?
Sé que no tengo experiencia en estas cosas como para dar un consejo, pero sé que necesita escuchar esas palabras, también sé que ya no puedo evitar hacer esa pregunta. Tengo la necesidad de preguntarla a todo el mundo. Me gustaría saber qué es lo que piensan los demás sobre morir tan pronto.
Miro a la chica, se ve pensativa con lo que acabo de decir.
—No —responde.
—Entonces levántate y vive —recomiendo. Quisiera que la solución a mis propios problemas fueran esas cuatro simples palabras.
Mis palabras parecen una orden para ella, pues se levanta decidida y suelta un grito parecido a "Soy la reina del mundo".
Río.
Supongo que preguntar eso no ayuda mucho cuando la persona está ebria.
Lo dejo pasar. Termino mi bebida y me voy del lugar, prometiéndome volver para al menos cantar un poco en ese karaoke.
Paso cinco días más acudiendo a ese bar. Aún no me he atrevido a subirme a ese escenario a cantar y me recrimino cada día por ello, no tengo tiempo de permitirme sentir vergüenza. He hablado con distintas personas cada día, sin olvidar mi amada pregunta sobre qué hacer si murieran al día siguiente. He escuchado diferentes respuestas que van desde la clásica de estar con su familia, hasta arreglar cosas de trabajo, casarse con el amor de su vida y quedarse en casa a esperar pacientemente que la muerte aparezca y los atrape. Uno de esos días un hombre ebrio dijo que esperaba pasar el resto de su vida conmigo, el hecho me hizo reír bastante.
Mi experiencia en ese bar ha sido divertida y planeo seguir yendo hasta que me harte... o al menos eso fue lo que pensé.
Al día siguiente, Willis no me deja ni siquiera abrir los ojos. Tengo una jaqueca terrible. No quiero moverme, no quiero respirar, no quiero pensar. Me taladra la cabeza y pareciera que mil cuchillos están apuñalándola. En estos momentos es cuando me gustaría tener a alguien en casa que pudiera traer la pastilla para el dolor, que ahora yace escondida en mi bolso, un poco lejos de mí.
Me resisto a gritar por miedo a que el dolor se intensifique y prácticamente me arrastro hasta el bolso y busco desesperadamente la pastilla. La luz molesta y el dolor aumenta si abro los ojos, así que la busco a ciegas. Mis manos tiemblan y eso dificulta aún más mi búsqueda. Cuando la pastilla aparece, hasta abrir la boca para tomarla es doloroso. La tomo y espero prácticamente acostada en el suelo.
Despierto con un ligero dolor en el cuello. Estuve tirada en el suelo hasta quedarme dormida. Al menos ahora me puedo mover y el dolor es mucho menor, aunque persistente.
Me voy a la cama y me quedo ahí el resto del día y la noche, no como ni hago nada más que dormir.
Tengo miedo de abrir los ojos al día siguiente. Me aseguré de dormir con la pastilla cerca de mí. Por suerte, hoy no parece necesario tomarla. Aun así, la tomo y me quedo recostada en la cama. Nunca había tenido un dolor tan intenso como el del día anterior y de verdad deseo que no vuelva a ocurrir. Es horrible.
Tomo la libreta en la que anoté mi lista de "Cosas que planeo hacer antes de morir" y tacho un punto más en ella "Dormir hasta que me duela la espalda". Literalmente hice eso el día de ayer, y aunque aún me duele la espalda, no quiero moverme, temo que hacerlo haga que la jaqueca regrese.
Reviso la lista y me decido a hacer algo más que puede mantenerme en la cama: "Releer mi colección de libros favorita".
Paso así el resto de la semana... y dos semanas más. No me muevo de la cama a menos que sea para buscar algo de comida entre mis reservas. Evito la ducha, duermo hasta altas horas de la mañana y la paso viendo series y películas con el pretexto de que eso también es parte de mi lista.
4.- Depresión. El paciente entiende que va a morir, llora frecuentemente, se vuelve silencioso y se desconecta de todo sentimiento.
Me niego a creer que esté deprimida, lo cierto es que la paso durmiendo y llorando en ocasiones por pensar que Willis no permite que salga de este lugar, vivo con miedo de tener dolor. Creí haber pasado de la negación con mi actitud de "Estoy bien", a la aceptación con mi lista y mi optimismo ante la vida. Creo que me equivoqué. No he pasado por la Ira ni la negociación. No es una ley que se deba pasar por todas las etapas, pero espero que eso no me ocurra.
No quiero estar deprimida, pero parece inevitable. No pienso en otra cosa que quedarme encerrada para siempre en este gran lugar que hago llamar casa, aunque nunca fue un hogar. Pero cuando voy en busca de comida, descubro que no hay nada más en mi alacena. Necesito abastecerme nuevamente, y hacerlo significa salir de mi área de confort.
Vuelvo a recostarme en la cama y espero morir de hambre. Parece una mejor idea, después de todo.
Dos horas después no soporto el hambre. Me obligo a levantarme y salir muy desarreglada para hacer una compra extensa. No quiero salir de nuevo de casa.
Cuando vuelvo, como todo lo que se me pone enfrente y después decido volver a la cama. Paso al lado de un espejo y me miro de reojo. Me detengo y doy un paso atrás. Me miro. Estoy fatal. Mi cabello es un desastre, mis ojos se ven cansados, mi piel está pálida.
—Si murieras mañana, ¿te gustaría morir así? —me pregunto en el espejo.
No.
Mi mente habla por mí y dice lo que yo quiero decir.
Intento darme ánimos, intento que el miedo no me gane, pero es imposible.
Mi teléfono comienza a sonar en mi mano, últimamente lo mantengo mi lado todo el tiempo, en caso de que sea necesario llamar una ambulancia.
—Hola —respondo aun mirándome al espejo.
—Hola, hija, ¿Cómo estás? —pregunta mi animado padre al otro lado de la línea.
Me sorprende escucharlo. Es muy temprano en donde ellos están.
Mal, devastada, siendo un desastre.
—Bien, gracias. ¿Ustedes?
—Muy bien, hija —dice mi padre—. Llamaba para decirte que tengo listos los datos que me pediste que investigara.
Cierro los ojos al recordar aquello. Le pedí hace tres semanas a mi padre que investigara costos y un buen hotel para pasar unas breves vacaciones en la playa. Nunca mencioné que se trata de mi plan para mis últimos días de vida.
—Que bien —respondo sin mucho ánimo—. Reserva. Iré en tres meses.
Ya no me siento tan segura de querer viajar, pero no quiero cancelar los planes tampoco.
—De acuerdo —responde—. ¿Estás segura que estás bien? Te escuchas algo triste.
Me entran ganas de llorar.
Reprimo un sollozo.
—¿Cariño?
—Estoy bien —digo, con un nudo en la garganta.
—Hija... —suspira—. Si hay algo mal, no te preocupes, puedo posponer todo.
—No, no, estoy bien, en serio —una lágrima rueda por mi mejilla.
—Tranquila, hija. Todo está bien. Todo va a estar bien, ya lo verás —por alguna razón sus palabras son reconfortantes.
—Sí.
—Te amo, hija.
—Y yo te amo a ti, papá.
—Te llamo después, ¿de acuerdo? Y no olvides que todo va a estar bien.
—Sí, gracias, papá.
Cuelgo y dejo que el llanto me invada.
Aún no he podido decirles a mis padres sobre Willis. No he tenido el valor y de alguna manera siento que los traiciono.
Vuelvo a la cama y me vuelvo a perder en el llanto.
Quisiera tener a alguien cerca que pudiera ayudarme. Perdí contacto con todos mis amigos, no tengo el número de nadie desde que cambié mi teléfono y compré el último y más caro modelo existente. Mi lista de contactos es deplorable, sólo tiene cuatro: el de mi ex jefe, el de casa de mis padres, el de mamá y el de papá. No cuento con redes sociales ni tengo ánimo de comenzar en alguna. No tengo familia además de mis padres.
Todo es deprimente.
Necesitas amigos.
Mi mente no deja de decir eso.
Me levanto de la cama y miro a la nada.
De verdad no tengo amigos y necesito de alguno. Quizá sea bueno levantarme de la cama y salir en la búsqueda.
Me ducho, me arreglo un poco y salgo. Segundos después, me arrepiento. Quiero volver a casa, pero una parte de mí está entusiasmada con la idea de salir. Le hago caso a esa parte y continúo mi camino.
Llego nuevamente al bar que había estado visitando anteriormente. Entro y voy directo a la barra.
—Tequila —digo, sin esperar.
Un vasito aparece frente a mí. Lo bebo hasta el fondo y siento que me quema la garganta. El escenario está vacío y parece que no hay nadie con ánimos de cantar, así que me acerco y pido la única canción que quiero cantar en esos momentos. El chico que pone las pistas busca la canción que he pedido y unos minutos después Dream de Imagine Dragons, mi banda favorita, comienza a sonar.
Canto como si la vida se me fuera en ello. La letra duele de alguna manera. Aunque no habla del todo de mi situación, me permite sacar el dolor que me ha acompañado en las últimas semanas.
Quiero soñar. Willis, déjame soñar.
Cuando termino, voy de nuevo a la barra y pido un tequila más que bebo igual de rápido que el primero.
Recargo mis codos en la barra y oculto mi rostro entre mis manos. Me aseguré de tomar la pastilla, no hay dolor, todo va a estar bien.
Respiro profundamente.
Escucho que mi vaso comienza a llenarse de nuevo. Volteo la mirada y el barman que siempre me atiende me mira atentamente.
—Cortesía de la casa —dice con una sonrisa.
Intento sonreír y asiento con la cabeza en agradecimiento.
No estoy segura de querer beber el líquido tan rápido como los anteriores, sin embargo, lo hago.
Alguien más está cantando ahora. Me dedico a verlo. El piso comienza a moverse un poco. El alcohol comienza a hacer efecto.
—¿Algo más? —pregunta el barman.
—¿Qué tal una botella de agua? —digo. No quiero ponerme}+{ñ.l, ebria.
Él vuelve a llenar mi vaso con tequila.
Vuelvo a reír. Él no deja de mirarme.
Esa mirada resulta intimidante. Es intensamente azul y parece que quiere analizarme por completo.
—¿Qué tienes, ángel? —dice, desconcertándome por completo.
—¿Ángel? —amplío mi sonrisa.
—Sonriendo te ves mejor.
Alguien le llama y se aleja de mí. Intento desviar mi atención hacia el escenario de nuevo, pero me siento observada y me obligo a no mirar hacia donde sé que está ese alocado barman. Sin mirar, vuelvo a terminar con el contenido del vasito.
—Creí que eras un ángel, por eso te llamé así —dice, sorprendiéndome con la rapidez con la que aparece de nuevo.
—No soy un ángel —respondo, riendo.
—¿No? —vuelve a mirarme intensamente—. No lo sé. Estuviste aquí durante una semana haciendo una pregunta que parece querer salvar a la raza humana. Si no eres un ángel, entonces, ¿qué eres?
Suelto una pequeña carcajada, sus razones suenas lógicas, aunque algo inusuales.
—Soy un humano que gusta de hacer esa pregunta en particular.
—¿Y tu ausencia estos días es porque...?
—Soy humana y a veces caemos en el abismo.
No planeaba decir eso, pero sale espontáneamente.
—Bien, ángel, entonces hoy no planeas hacer reflexionar a nadie con tu pregunta.
—No.
Ahora lo miro yo a él. Ojos azules, cabello pelirrojo, pecas en las mejillas y en la nariz, labios curvados en una sonrisa que parece no querer desaparecer.
—Ron Weasley —dice, extendiendo la mano hacia mí.
Dudo por un segundo.
—Hermione Granger —estrecho su mano que está un poco fría.
—Mucho gusto, ángel.
Me hace sonreír cada vez que me llama ángel.
—Si no planeas hacer reflexionar a nadie hoy, supongo que solo vienes a beber —declara y sirve un tequila más.
—¿Por qué me sirves tanto tequila? —parece que lo hace por inercia y el efecto ya comienza a ser peor.
—Te he observado —dice, encogiendo los hombros—. Siempre bebes una sola cosa cada día y siempre algo diferente.
Me intimida su declaración. De verdad ha estado observándome. Sabe sobre mi pregunta, el tiempo que fui y no fui y además conoce mi manera de beber.
—¿Entonces me acosas?
—No, solo observo.
Vuelvo a dirigir mi mirada al escenario e intento que eso me distraiga, pero es imposible. Algo en mí quiere seguir hablando con el pelirrojo.
—¿Sabes? —vuelve a hablar, media hora después, llamando mi atención—. A mí también me hiciste reflexionar con tu constante pregunta.
—¿Ah sí? —no me resisto a contestar. De verdad quiero hablar con él —¿Ya pensaste qué te gustaría hacer si murieras mañana?
—Estaría el resto de mi vida con mis padres y mis hermanos... después de arreglar un improvisado testamento en el que dejaría todo a mis padres. Solo eso.
—Suena correcto.
—¿Hay una respuesta correcta?
—No, supongo que no. Pero es lo que yo haría.
Él me sonríe y yo devuelvo esa sonrisa. He sonreído más este día que en todo lo que va del mes. Por primera vez en la noche, estoy feliz de haber salido de casa.
Bebo el último vasito de tequila y me preparo para irme. Sé que de alguna manera he mejorado.
—¡Hey, ángel! —grita el pelirrojo cuando me levanto del asiento. Volteo y lo miro—. Hay otra cosa que me gustaría hacer si muriera mañana.
—¿Sí?
—¿Te gustaría salir conmigo?
Su pregunta causa un repentino escalofrío muy agradable.
—¿Conoces el restaurante de comida italiana que está a dos calles de aquí? —pregunto. Él asiente con la cabeza—. Te veo ahí, a las dos. No llegues tarde.
Me desconozco. No parezco yo, en realidad. Jamás se me hubiera ocurrido hacer eso nunca, pero ahí estaba, quedando de ver a un extraño en lo que parecía una cita. Seguro es causa del alcohol.
Él vuelve a asentir.
Camino a la salida con una sonrisa.
No me pasó por la mente jamás que después de lo terrible que iba ese día y las últimas dos semanas, yo iba a terminar con una sonrisa en el rostro. Salir del encierro fue una muy buena decisión.
OoOoO
Camino tranquilamente por las calles. No estoy del todo segura de ir a la cita con el pelirrojo del bar. Me pregunto si él aparecerá o me dejará ahí con la excusa de que yo estaba ebria y él ni siquiera recuerda la invitación. Espero que no. Espero verlo ahí. La sensación de bienestar que siento cuando hablo con él es agradable y no quiero que desaparezca tan pronto.
Cuando llego a mi destino, lo veo. Está recargado en un viejo auto azul, mirando a la nada. Sus manos están en los bolsillos de la chamarra de piel que está usando. Algo en mí solo quiere guardar esa imagen para siempre.
—Hola, Ron —saludo cuando llego a su lado.
Él me mira y sonríe.
—Hola, ángel.
No esperaba que me llamara de otra forma, de hecho comienza a gustarme que me llame "Ángel".
—¿Entramos?
—En realidad esperaba que comiéramos en la calle —bromea y me hace reír.
Una vez en la mesa del restaurante nos entregan las cartas. No me molesto en verla. Antes de la crisis depresiva en la que Willis me metió, decidí pedir lo que me sugiriera el chef o el mesero, así que cuando el mesero aparece pido la sugerencia del chef.
—Ni siquiera viste cuál es —dice Ron, sorprendido.
—Si es su sugerencia, supongo que es porque es buena —respondo.
Ron me mira atentamente y cierra la carta que tiene en sus manos.
—Que sean dos —le dice al mesero, sin quitar su vista de mí.
El mesero se aleja sin decir nada. Ron continúa mirándome.
—Bien, ángel...
—Ya te dije que no soy un ángel.
—Prueba que no eres un ángel. Dame razones para creerte.
—¿Qué te hace pensar que soy un ángel?
—Jamás te había visto por aquí, a menos que seas nueva en el vecindario.
Río, no puedo evitarlo.
—Vivo aquí desde hace tres años y no es una ley que tengas que verme para decir que vivo o no aquí —refuto con diversión.
—Trabajo en el mejor bar de la zona, al menos tuviste que aparecer ahí en alguna otra ocasión —dice, tratando de tener la razón por completo.
Bien, en eso tiene razón, pero la cosa es que yo no salía a otro lado que no fuera el trabajo y ocasionalmente a llenar la alacena en un viaje rápido y sin paradas a otros lugares.
—Tenía mucho trabajo.
—¿En dónde trabajas?
—Trabajaba —le informo—. ¿Conoces A.C. Inc.? —él asiente—. Yo trabajaba ahí, de asistente personal del gerente.
—Vivo a dos calles de esa empresa y jamás te vi —declara—. No me estás convenciendo, ángel
Bajo la cabeza y vuelvo a reír.
Era esclava de ese lugar.
—Llegaba a las 8 de la mañana y me iba a las 12 de la noche. No creo que hubiera posibilidad de que me vieras.
—¿En dónde naciste?
—En Australia, pero mis padres me trajeron a Londres cuando tenía un año de edad.
—¿Y después te mudaste aquí?
—Sí.
—No suenas convincente, ángel.
—No soy un ángel —vuelvo a aclarar, esta vez con diversión—. Y deja de interrogarme, me siento intimidada, ¿estás investigándome?
—Sí, claro —me sorprende con su respuesta—. Investigo si eres o no un ángel.
—¡No soy un ángel!
—Bien. Entonces tenías un trabajo al cual renunciaste hace...
—Un mes.
—...y en el que estuviste por...
—Tres años.
—...y haces preguntas reflexivas sobre la vida —sus ojos azules vuelven a analizarme—. Si no eres un ángel, ¿qué pasó?
Lo miro.
Willis pasó.
No quiero hablarle de Willis. Por suerte el mesero aparece con nuestra comida y permanecemos en silencio por un rato.
—Entonces... —digo después de un rato en el que solo nos dedicamos a comer—, ¿no se supone que pasarías el resto del día con tus padres y hermanos?
Ron, quien está muy entretenido con la comida, me mira por un segundo.
—¿Voy a morir? —pregunta, un poco asustado.
—No lo sé —digo, sin entender su pregunta.
—Deberías, eres un...
—¡No soy un ángel! Y no lo sé —respondo, un poco desesperada.
Ahora me mira con seriedad.
—Después de pasar la tarde contigo, pasaría el resto del día con mis padres y hermanos.
—¿Cuántos hermanos tienes? —ahora soy yo la que quiere interrogarlo.
—Cuatro hermanos y una hermana —hace una breve pausa—. Éramos seis hermanos y una hermana... perdimos a Fred hace diez años.
De pronto me siento mal por preguntar. Es claro que nunca esperas que te den una noticia como esa en una conversación convencional.
—Oh —alcanzo a decir sin saber qué más hacer—. Lo siento mucho.
—Está bien, no te preocupes.
Seguimos con la comida sin decir mucho. Una que otra palabra ocasional y silencio de nuevo. Ya no estoy tan segura de que esto haya sido una buena idea.
Un rato después salimos de restaurante y comenzamos a caminar sin rumbo aparente en un silencio extrañamente cómodo para mí.
—¿Vas a decirme el por qué esta pregunta que haces? —pregunta Ron, terminando con el silencio y haciéndome mirarlo de reojo.
—¿Por qué esa insistencia en saberlo? —pregunto, mirando al frente.
—Cuando Fred murió, yo también me hacía esa clase de preguntas —responde mirándome de nuevo—. ¿Qué te pasó?
Suelto un suspiro.
Aun no quiero hablar de Willis con nadie. De hecho he decidido desde hace varias semanas que no quiero que nadie se entere de él. Solo mis padres lo sabrán en el momento justo.
—Tengo un amigo —comienzo a decir—. Él... va a morir pronto.
Sé que estoy mintiendo, pero tampoco quiero dejar la pregunta en el aire con Ron.
—¿Tiene una enfermedad grave?
—Un tumor —odio esa palabra—. Me pidió que viviera la vida como me gustaría vivirla de verdad. Me hizo la sabia pregunta "¿Qué harías si murieras mañana? ¿Morirías feliz?" —finjo citarlo—. Y no quiero. Así que hice una lista de las cosas que quisiera hacer antes de morir y Willis me retó a que la cumpliera antes de que él muriera —concluyo, satisfecha con la historia que me inventé.
—Yo nunca he hecho una lista —comenta Ron, pensativo.
—Es fácil —digo, entusiasmada. Ahora tengo con quien hablar del tema sin que sea fatalista y sin que sepa las verdaderas razones—. Descubrí la manera de hacerlo. Solo tienes que comenzar por "Siempre he querido..."
Sonrío y Ron me devuelve la sonrisa. Parece divertido.
—Siempre he querido caminar en las nubes —dice, ampliando su sonrisa.
—Deberías decir algo que sea más realizable.
—Siempre he querido manejar un auto de carreras —responde entonces, encogiendo los hombros.
—Eso es realizable —señalo—. Siempre he querido abrazar un árbol.
—Siempre he querido viajar sin rumbo alguno.
—Siempre he querido escribir un libro.
Mientras caminamos seguimos diciendo la larga lista de las cosas que siempre hemos querido hacer. Anoto mentalmente cada cosa que dice y me parece una buena idea. Un rato más tarde, estamos frente al lugar en el que vivo.
—Por si tenías alguna duda, aquí vivo —comento, deteniéndome en la puerta y señalándola.
—Bien —dice simplemente—. Entonces supongo que te veré después.
Esa es una promesa que de verdad quiero que se cumpla. Hacía mucho tiempo que no pasaba una tarde tan entretenida como la de hoy.
—Te veré después, Ron —sonrío amistosamente.
El pelirrojo agita la mano y da media vuelta para comenzar su rumbo camino a su propia casa, supongo. Mantengo la mirada fija en él por unos segundos. Suspiro y doy media vuelta. Por alguna estúpida razón esperaba algo más.
Doy un paso hacia la puerta y busco las llaves en mi bolso.
—¡Hey, ángel! —gritan a mi espalda. Cuando doy la vuelta, Ron está casi frente a mí de nuevo. Está agitado, parece que corrió de vuelta los escasos metros que había avanzado ya—. Hay una cosa más que me gustaría hacer antes de morir y que he querido hacer desde hace unas horas.
No hay más preámbulos. Me toma del cuello y me acerca a sus labios en un beso realmente cálido. Mueve los labios con delicadeza y pronto su lengua se dedica a explorar mi boca de manera tierna y demandante a la vez. Lo tomo del cuello y permito que el beso continúe y sea más profundo. Esto era lo que había estado esperando y me alegra que al menos él tuviera el valor para hacerlo. Mi corazón está latiendo con fuerza.
Ron se separa en dos besos cortos y sonríe.
—Si muriera mañana, moriría feliz —dice, antes de dar media vuelta y caminar sin mirar atrás hacia su destino.
Me quedo parada en el lugar por un momento, procesando lo que acaba de pasar. Mi corazón no ha logrado normalizar su ritmo. Sonrío. No estoy segura, pero me parece que si muriera mañana, también moriría feliz.
OoOoO
Estoy recostada en este frío lugar, parece tener el aire acondicionado encendido y programado para mantener la habitación a 1°C. Todo es blanco, la camilla, las paredes, las sábanas, incluso la bata de hospital que tengo puesta.
—Colocaré el medio de contraste. Quizá esto arda un poco —dice la enfermera—. Te colocaremos aquí dentro. Necesito que permanezcas quieta todo el tiempo hasta que te indiquemos que puedes moverte. Respira con normalidad y mantente tranquila.
Asiento con la cabeza. Conozco esta rutina. Nuevamente estoy en una nave espacial.
3.- Negociación. En esta etapa el paciente alberga la esperanza de que pueda retrasar o posponer la muerte.
Cuando todo termina, me visto y voy a la sala de espera del hospital. El médico me llamará pronto y me dará noticias sobre Willis. Esta es una de las citas a las que más tenía miedo llegar.
Retuerzo mis manos y respiro con dificultad. Estoy nerviosa.
Por favor, Willis, por favor, quédate cómo estás. No crezcas. Así podemos vivir juntos. Entendí lo que quieres decirme. Entendí que debo vivir la vida como si fuera el último día. Willis, encontramos a alguien que podría valer la pena. Él me agrada. No lo arruines, Willis, por favor.
Escucho mi nombre y camino hacia el consultorio. El doctor Malfoy me mira un segundo y me pide tomar asiento.
—Buenas tardes, señorita Granger —saluda, sin dejar de mirar su computadora y escribiendo en ella.
Su mirada se mantiene fija en la pantalla. Intento descifrarlo, pero es imposible. Su ceño se frunce y me mira.
—¿Alguna molestia o síntoma que quiera comentar? —pregunta, sin dejar de mirarme.
—Nada —respondo—. Tuve un muy fuerte dolor de cabeza hace dos semanas, prácticamente me dejó noqueada por unas horas, pero no ha vuelto a ocurrir.
De nuevo vuelve a pedirme que pase a la mesa de exploración. Nuevamente realizo todos los ejercicios raros que me pide. Vuelve a su asiento y anota todo en su computadora. Después me mira de manera extraña. Coloca su cara en sus nudillos y sus codos en el escritorio.
—No le voy a mentir, señorita Granger—comienza. Sé que son malas noticias—. Su tumor ha crecido.
Un escalofrío me recorre.
—Willis —digo, aturdiendo al doctor—. Se llama Willis... no me gusta que le llamen "tumor".
Parece que reprime una risa, aunque no funciona.
Sí, sé que es ridículo, pero así se llama.
—Willis ha crecido —repite, esta vez usando el nombre que le digo, lo cual agradezco—. Aún me sorprende su ausencia de síntomas, especialmente considerando la manera tan rápida en la que está creciendo.
—¿Qué tan rápido?
—Creció al menos un veinte a treinta por ciento con relación al tamaño que tenía el mes pasado. Es un crecimiento muy rápido.
Suspiro.
Te odio, Willis. Nos estás matando a los dos.
—Y eso reduce mi tiempo de vida a qué, ¿la mitad? — digo. Me siento molesta repentinamente por alguna razón.
—Es muy ambiguo.
—¡Su trabajo es saber el pronóstico de mi enfermedad! —grito, sin controlarme.
—Su tumor no se comporta de manera normal. No puedo dar un pronóstico con un tumor así. Usted ni siquiera debería estar hablando ni caminando como si nada —responde, tranquilo.
Su declaración me hace guardar silencio. Recuerdo mis investigaciones el día que me enteré de la existencia de Willis. Ahora sé dónde está y todo lo que me va a pasar.
—Bien. Supongo que debo volver en un mes para seguimiento —mi descubrimiento me hace calmarme de inmediato.
—Sí.
—De acuerdo. Gracias, doctor Malfoy.
Salgo del consultorio con tranquilidad. Hago la cita y voy a casa.
Cuando llego no sé si quiero llorar, reír o gritar.
2.- Ira. El paciente tiene la sensación de que la vida no está siendo justa con él.
Escondo mi cara entre las manos y suelto un enorme suspiro.
Comienzo a tirar los pocos cuadros que tengo colgados y a golpear los escasos muebles que aún me quedan y no he logrado vender. Grito, golpeo, pateo. Quiero terminar con mi energía de esta manera.
—¡TE ODIO, WILLIS, TE ODIO! ¿¡POR QUÉ TUVISTE QUE LLEGAR A MI VIDA!? ¡¿POR QUÉ?!
Comienzo a sentir la cara mojada. Estoy llorando.
—Justo estábamos comenzando a vivir. Tenía planes, ¡tenía planes y llegaste a arruinarlos!
Estoy arrodillada en medio de donde solía estar la sala. No puedo controlar las lágrimas, salen como si se tratara de una llave de agua con fuga. Sollozo y golpeo lo que tengo cerca.
—¡Y justo apareces cuando lo conozco a él!
Escondo la cara entre mis manos y lloro. No planeo detenerme hasta que me seque o se termine el dolor, lo que pase primero.
5.- Aceptación. En esta etapa el paciente entiende que la muerte está acercándose.
Voy a morir.
No sé cuándo, no sé cómo y tampoco sé por qué, solo sé que voy a morir.
No quiero morir después de haber tenido una vida miserable, llena de dolor y llanto, quiero morir sabiendo que viví la vida que quería, teniendo todas las experiencias que planeaba tener algún día.
El tiempo se agota y ni siquiera sé de cuánto dispongo, así que debo ser rápida. Debo terminar todas las cosas de la lista. Y voy a terminarlas.
OoOoO
Hay cinco etapas en el duelo. Nadie te dice cómo vivirlas o si las vivirás todas. Lo único que debes hacer es superarlas para así tener una muerte digna.
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¡Hola!
Bueno, algo más tarde de lo que pensé, he vuelto.
Espero que hayan disfrutado del capítulo, muchas cosas ocurrieron y tendrán mucha importancia para lo que sigue. Quizá fue algo complicado de entender, pero traté de ser clara. Además quisiera aclarar que cada etapa es solo una perspectiva de lo que piensa Hermione y no algo que sea una real ley.
En fin, muchas gracias por leerme.
Un enorme saludo. Nos leemos en los comentarios y/o en el siguiente capítulo.
LoveDreamer
241016
Saludo especial a Gema. Gracias por tu comentario.
