Capítulo 5. Ron
Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
De otra forma ni siquiera comiences.
Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
Esto puede significar perder novias,
esposas,
parientes,
trabajos y,
quizá tu cordura…
OoOoO
Miro a través de la ventana. Las nubes parecen algodones desde esta altura y es en este momento en el que entiendo la obsesión de Ron por caminar en ellas.
Ron…
De pronto recuerdo su sonrisa aquel día en el que pudimos caminar sobre ellas gracias a la realidad virtual. Se veía realmente feliz de poder cumplir su sueño.
Suspiro.
Ahora, a miles de kilómetros de altura resulta difícil creer que todo fue real. En ocasiones me parece que todo fue un sueño, que todo lo que viví fue cosa de mi imaginación, pero es entonces cuando pienso lo mucho que me gustaría que Willis fuera parte de un mal sueño, de una pesadilla de la que estoy a punto de despertar.
Eso, claro está, jamás sucederá.
He estado viajando por casi veinte horas y ansío llegar por fin a casa, aunque estoy totalmente consciente de todo lo que eso significará.
No estoy segura de estar lista para contarle a mis padres todo acerca de Willis, pero ¿quién estaría listo para decirle a sus padres que va a morir? Ni siquiera pude decírselo a la persona de la que me enamoré, así que es obvio que decírselo a las personas que más amo en el mundo será más difícil.
Vuelvo a suspirar.
De nuevo Ron ocupa mi mente. Su sonrisa, su mirada, su voz, sus alentadoras palabras para mí, esas que no sabían la verdad de la situación.
Después de hacer el amor me sostuvo entre sus brazos y me besó con ternura, soltó un suspiro y me sonrió ampliamente.
—Te amo —susurró en mi oído antes de depositar un suave beso en mi cuello.
—Yo también te amo —respondí con una sonrisa y devolviendo el abrazo que me daba.
Quería quedarme así, en sus brazos para siempre, sintiéndome segura. A su lado siempre parecía que todo iba a estar bien.
—Parece que el sueño termina mañana —dijo, acomodándose un poco.
—Sí —susurré—. Es hora de volver a la realidad.
Aunque eso duela.
—Creo que será bueno —dijo él.
—¿Por qué?
—Volveremos y cumpliré mi nuevo sueño. Volveré al teatro. Dirigiré la mejor obra de la historia.
Ron me miró con los ojos entusiasmados. Su felicidad era claramente visible.
—Harás lo que siempre quisiste —dije, con una sonrisa.
—Pero no dejaré el bar —murmuró, más para sí mismo—, creo que puedo encontrar inspiración ahí.
—¿En todas las historias de la gente?
—Y porque ahí fue donde te conocí.
Sonreí nuevamente y me acerqué para besarlo, era inevitable, su dulzura me ganaba.
Nos quedamos callados. Estando a su lado el silencio no se sentía incómodo, era parte de una comunicación entre nosotros en la cual los latidos de nuestros corazones y nuestras respiraciones eran más que suficiente para sentirnos bien.
—¿Qué obra crees que sea buena para presentarles a los niños del orfanato? —rompió el silencio media hora más tarde.
—No lo sé —respondí. Realmente no lo sabía, no quería pensar en ello porque sabía que no estaría presente para verlo—, ¿Shakespeare?
—Demasiado trivial, ¿no lo crees?
Reí ligeramente.
—Es una obra para niños, puedes presentar lo que quieras. Sea trivial o no ellos lo amarán —me quedé callada unos segundos, mientras vi en su expresión que estaba pensando en mi idea—. ¿Por qué no los invitas a ellos a actuar en la obra?
—Podría dedicarme a escribir y enseñar teatro a niños.
—Esa es una excelente idea.
—¿Estarás conmigo para hacerlo? —preguntó mirándome fijamente—. No tienes trabajo y necesitas uno.
Sonreí ante su comentario. Él seguía mirándome con esos ojos que parecían analizarme, siempre tratando de descubrir la verdad en los míos.
Yo solo atiné a asentir con la cabeza ligeramente y a besarlo nuevamente.
Nos quedamos abrazados por varios minutos, hasta que pude notar que la respiración de Ron era mucho más tranquila. Cuando lo miré, él dormía plácidamente.
Su rostro estaba tranquilo y se notaba muy feliz. Dediqué unos minutos a grabar cada centímetro de él. Su frente, sus cejas, sus ojos, sus pestañas, su nariz, sus mejillas llenas de pecas, sus labios hinchados por la larga sesión de besos que habíamos tenido. Quería grabar cada milímetro en mi mente, siempre con la esperanza de que no lo olvidaría.
El sueño se estaba terminando, debía irme como lo había planeado.
Con el mayor cuidado, me levanté de la cama y me vestí. Arreglé lo poco que tenía en mi maleta y volví a mirar a Ron. Seguía profundamente dormido, ajeno a todo lo que hacía.
Me acerqué a él y volví a besarlo, está vez con suavidad para evitar que despertara. Tomé mis cosas y caminé hacia la salida.
—Disculpe —interrumpe mis recuerdos la azafata—, ¿algo de beber?
La miro tratando de reconectar mi mente. Mi mano tiembla, mi cabeza comienza a doler. Necesito el medicamento. Willis necesita el medicamento.
—Vino… —logro articular—, tinto, por favor.
Ella entrega la bebida y yo vuelvo a mirar a la ventana.
Mi destino está cerca. En poco tiempo tendré que enfrentar a mis padres, decirles la verdad de todo y hablarles al fin de Willis.
OoOoO
Llegar a casa es la cosa más normal que he hecho en estas semanas, pero al mismo tiempo se siente como lo más extraño que puede suceder.
Solía venir aquí cuando era niña, el lugar siempre había pertenecido a mis abuelos y cuando mis padres y yo nos mudamos a Londres, todo recuerdo de este lugar fue desapareciendo, solo los visitábamos un par de veces al año y eso era todo. Volver ahora que mis abuelos no están y saber que mis padres son los que viven aquí es lo más extraño que puede pasarme.
Cuando estoy frente a casa, mil emociones se apoderan de mí. No sé qué pensar ni qué hacer. No sé qué haré cuando vea a mi madre en la puerta.
Cuando te dicen que tienes una enfermedad fatal, los médicos parecen adiestrados para no sentir nada, para parecer ajenos a lo que sucede, pareciera que son como robots programados para decir y terminar con su trabajo con ello. A veces creo que cuando te dan una noticia como esas, deberían entregarte un manual sobre
cómo comunicarles a tus familiares y amigos sobre ello. Algo que te enseñe la actitud que debes tomar. No me parece correcto solo llegar y decir "Hey, tengo noticias, hay un Willis en mi cabeza y terminará conmigo muy pronto".
No, definitivamente eso parece inapropiado.
Y ahora aquí estoy, esperando frente a la puerta de la casa de mis padres, la que solía ser de mis abuelos.
Mi corazón se acelera y cuando levanto la mano para llamar a la puerta, ésta tiembla.
Espero unos segundos, casi reteniendo mi respiración y haciéndola superficial.
Mi madre abre la puerta y me mira sorprendida.
Sin dudarlo me lanzo a sus brazos. Al fin me siento segura desde que dejé a Ron, mi madre me hace sentir bien.
—Hermione, mi Hermione —dice mientras aprieta su abrazo.
—Mamá —susurró en su oído, y sin planearlo, comienzo a llorar.
No sé si mi llanto es porque no la he visto en mucho tiempo o porque sé la noticia que debo darle más tarde.
Mi madre, claro está, supone que es por la primera razón y se une a mi llanto.
—Cariño, estás tan delgada —dice un momento después, cuando entramos a casa—. Debes decirle a tu jefe que tienes derecho a comer. Él debe tenerte sana para que puedas continuar siendo tan eficiente como hasta ahora.
Río ligeramente.
Oh, mamá, si supieras lo mal que estoy.
—¡Hugo! —llama a mi padre quien aparece segundos después.
—Hermione —dice mi padre, sorprendido, cuando aparece en el comedor en el que nos encontramos ahora.
Corro hacia él sin dudarlo. Es claro que también lo extrañaba más de lo que yo misma me había imaginado.
Mi padre me abraza confortablemente, deposita un beso en mi frente y me mira.
—Estas muy delgada, hija, ¿estás bien?
Y con su pregunta mi corazón se paraliza.
No, no estoy bien.
No quiero hablar, no quiero decirles sobre Willis ahora.
—Tengo hambre —digo, para desviar la atención—. ¿Qué les parece si vamos a comer algo y más tarde charlamos de algo importante?
Mis padres me miran con el ceño fruncido. Es obvio que mis palabras les han dejado pensando que algo malo sucede. Quizá es mejor así, tengo que esperar que se preparen mentalmente para una noticia. Sé que no esperan la noticia que estoy por darles, pero al menos estarán esperando que les diga algo de vital importancia.
OoOoO
Más tarde, por la noche, después de una divertida comida y una charla sobre la vida de mis padres desde que viven solos en Australia, decido que es momento de hablar.
Mi mano tiembla, mi cabeza parece amenazarme con detonar su dolor.
Estoy frente al espejo del baño, tomo las pastillas que me recetó mi médico y trato de tranquilizarme.
No estoy lista, pero no puedo esperar a estarlo.
Salgo del baño y camino hacia la sala de estar. Mi madre ha preparado té.
Sonrío y guardo esa imagen en mi mente. Se siente bien estar en casa.
—Bien —comienzo, después de un suspiro—, hay algo importante que tengo que decirles.
Mi madre sonríe. Mi padre parece intrigado.
—Renuncié a mi trabajo —decido comenzar por eso porque es fácil, explicar las razones será lo difícil.
—¿En serio? —pregunta mi padre.
—Eso es fantástico —dice mi madre con entusiasmo—. En ese trabajo te estaban matando.
No exactamente.
—¿Por qué renunciaste, Hermione? —mi padre aún luce intrigado—. Creí que era el trabajo de tus sueños y ascenderías pronto.
—Lo sé —respondo—. El punto es que no tenía opción —permanezco callada por unos interminables segundos. Tomo aire y decido terminar lo que acabo de empezar—. ¿Recuerdan cuando les hablé de los dolores de cabeza constantes que tenía hace tiempo?
Nunca me han gustado los rodeos, pero esto está costando mucho más de lo que imaginé.
—Sí —mi madre comienza a parecer preocupada—, dijiste que solo se trataba de migraña.
—Tengo un Willis en la cabeza —suelto cerrando los ojos.
—¿Un qué? —escucho que pregunta mi padre.
—Willis... así decidí llamar a mi tumor —no quiero abrir los ojos, no quiero ver sus rostros—. Tengo un tumor cerebral.
El silencio reina la habitación. No me atrevo a abrir los ojos aún, porque no quiero ver las expresiones de mis padres, no quiero tener esa clase de recuerdos en la mente.
—¿Cómo es eso posible? —pregunta mi madre, un minuto (eterno minuto) más tarde—. ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo dijo?
Abro los ojos, mi padre se ha sentado al lado de mi madre, quien ahora tiene los ojos acuosos. Mi padre tiene un brazo alrededor de mi madre y con la otra toma sus manos.
Ambos me miran atentos, esperando que responda esas preguntas.
—No lo sé —respondo con sinceridad. Las piernas me tiemblan, pero no quiero sentarme—. Es decir, no sé cómo pasó, la causa no está dicha, solo pasó. Eso fue lo que dijo mi médico.
Mis padres siguen callados y yo no sé qué más hacer, así que opto por seguir contando todo lo que pasó, desde que me enviaron con el neurólogo, hasta que me dijeron del crecimiento constante de Willis.
—¿Por qué no nos lo habías dicho? —pregunta mi padre. Mi madre está llorando silenciosamente a su lado.
—No quería preocuparlos —digo con un nudo en la garganta. Me rehúso a llorar. Me prometí no llorar más—. Quería que siguieran viviendo su vida. Y eventualmente me di cuenta que no podía dejarlos así, que los necesitaba, que ustedes son mi única familia y que debían saberlo. ¿Y quién le dice a su familia que tiene una enfermedad terminal por teléfono? ¡Nadie! ¡No era justo para ustedes hacerlo así! ¡Tenía que venir! ¡Tenía que decírselos en persona!
No puedo aguantar por mucho tiempo más, quiero llorar como la primera vez que lo hice desde que me enteré.
Respiro con dificultad.
Tomo aire y suspiro profundamente.
—Siento no habérselos dicho antes.
—Necesitas ver otro médico —susurra mi madre en medio del llanto—. Una sola opinión no parece suficiente.
—Dos médicos, dos fueron los que dijeron exactamente lo mismo, mamá.
—Verás otro médico. No puede ser que un tumor sea incurable. Es imposible.
—Mamá…
Mi padre me mira y me pide con ello que deje a mi madre. Ambos sabemos lo terca que puede resultar incluso en esta clase de situaciones.
Cuando menos lo espero, mi madre se levanta y va a su habitación, mi padre la mira desconcertado.
—Tienes un amigo médico, ¿cierto, Hugo?
—Sí, ¿por qué?
—Le llamaré, conseguiré al mejor neurocirujano y él será quien nos dirá la verdad.
Mi madre desaparece con el teléfono en la mano.
Vuelvo a suspirar y me siento en el sofá más cercano.
Me quedo sumida en mis pensamientos.
—Debiste llamarnos —dice mi padre de pronto, ahora está sentado a mi lado—, decirnos que no estabas bien.
—Lo lamento.
Lo miro atentamente.
—¿Qué hiciste todo este tiempo?
—Vivir. Disfrutar de todo lo que podía. Hacer todas y cada una de las cosas que tenía planeadas hacer cuando tuviera tiempo —suelto una pequeña carcajada sarcástica al finalizar mi frase, siempre me causa gracia pensar en lo relativo del tiempo—. Tengo una cuenta con mis ahorros. Tengo dinero suficiente para hacerme cargo de mí misma y lo que pase después de ello —mi padre me mira atentamente.
—No me importa el dinero y lo sabes. Se trata de ti, hija, no del dinero.
—Una lección que tardé mucho en aprender.
De pronto mi padre me abraza. Me aprieta con fuerza por un par de minutos. Su abrazo es cálido. Lo devuelvo con toda la fuerza que soy capaz. Cuando menos lo espero, está llorando sobre mi hombro.
—Tranquilo —digo con la voz entrecortada—, todo va a estar bien.
Le doy un par de palmadas en la espalda y siento cómo comienza a reír.
Se separa de mí y me mira. Sus ojos están rojos y sus mejillas mojadas. Es raro ver a mi padre llorando. Solo lo hacía cuando verdaderamente estaba triste.
—Yo hacía eso cuando eras niña —menciona con media sonrisa.
—Lo sé —respondo devolviendo la sonrisa y sintiendo como una lágrima se escapa de mí ojo.
OoOoO
Con el paso de los días solo veo a mis padres pasar por cada una de las etapas de Elisabeth Kübbler-Ross. Mi madre es quien se estanca más en la etapa de negación y no para de repetir que todo estará bien. Logró conseguir una cita con un neurocirujano reconocido, pero como es obvio, el médico tiene demasiados pacientes, así que tenemos que esperar por tres semanas hasta que logre ser atendida.
Yo me mantengo serena, siendo lo más fuerte que puedo con ellos. Tratando de hacerlos sentir que no tienen de qué preocuparse, aunque mi mano comienza a ser difícil de controlar. Tiembla con más constancia y con más intensidad, el temblor abarca ahora todo el antebrazo.
Aceptar a Willis fue difícil para mí, pero creo que para ellos será mucho más complicado. No han tenido el tiempo que yo para procesarlo.
—Toma esto —dice mi madre entregándome un jugo de un color poco apetitoso. Hace días que investiga remedios naturales en internet y me obliga a probarlos.
—Mamá… —miro el jugo con un gesto de asco—, ya te dije que dudo que esto funcione.
—Lo sé, pero deberías probar. No puedes saber si funciona o no si no lo pruebas.
La miro suplicante, solo para ver que mi madre me gana en ese juego.
—Dame el gusto, ¿sí? —pide acentuando su mirada tierna.
Es inevitable decirle que no. Sujeto el vaso, suelto todo el aire de mis pulmones y tomo el contenido lo más rápido que puedo, tratando de no respirar para evitar sentir el sabor, aunque eso al final resulta imposible y el amargo sabor se queda en mi boca por unos minutos.
Decidí darle esa clase de gustos a mi madre solo para que se sienta tranquila.
—¡Listo! —grita mi padre a mis espaldas.
Se acerca a mí, observa el vaso vacío en mi mano y hace un gesto comprensivo. Él también entiende a mi madre y procura hacer lo mismo que yo.
—¿Qué está listo? —pregunta mi madre, mientras yo tomo un vaso de la alacena, lo lleno con agua y lo termino de un golpe para hacer pasar el mal sabor del jugo extraño que acabo de beber.
Mi padre se apresura a mostrarnos unos papeles que llevaba consigo.
—Como no nos habías dicho la fecha exacta en la que vendrías —se dirige hacia a mí—, hice las reservaciones que nos pediste para, causalmente, la semana en la que iremos con el doctor que consiguió tu madre —la aludida niega con la cabeza al saber lo que mi padre estaba por anunciar.
—Hugo, no creo que sea buena idea ir.
—¿Por qué no?
—Porque tiene cita con el médico.
Los veo hablar mientras tomo un poco más de agua. A veces, solo a veces, siento que mis padres se dedican a ignorarme, acostumbrados a vivir completamente solos por años.
—Pero es lo que estoy por anunciar, Jane. Cambié las reservaciones y nos iremos mañana mismo. ¿Qué te parece Hermione?
—Es perfecto —respondo sonriendo.
—Sigo creyendo que no es buena idea —vuelve a decir mi madre—. Si algo te pasa, ¿a dónde vamos a ir?
—Bueno, no creo que no haya un hospital en el lugar al que vamos —le digo.
He tratado de darle gusto en casi todo lo que hace por mí y me pide, pero debe entender que no puede mantenerme recluida en casa cuando aún puedo moverme de mi sitio.
—Hugo…
Mi padre la mira con seriedad.
—Jane…
Mi madre me mira, buscando convencerme de nuevo.
—Dame el gusto, ¿sí? —le digo, tratando de esconder la gracia que me causa usar sus palabras en su contra.
Mi madre sabe que está perdida.
—De acuerdo.
Mi padre y yo chocamos palmas y brincamos con triunfo. En el pasado, cuando le ganábamos una batalla a mi madre, así era como celebrábamos.
OoOoO
Mientras arreglo mis cosas para la semana de vacaciones en la playa que tendré con mis padres, los recuerdos me atormentan.
No puedo evitar recordar la mirada de Ron cuando me decía una a una la lista de cosas que acordamos cumplir, así como las cosas indispensables para llevar en un viaje (una lista que encontramos en internet y que no fue del todo útil).
Mi estómago da un vuelco cuando encuentro en uno de los bolsos de la maleta un papel de una galleta de la suerte que nos dieron en un restaurante de comida china al que fuimos una vez.
Hay que correr, bailar, gritar, disfrutar y reír. No te tomes la vida tan en serio, al final nadie saldrá vivo de ella
Las palabras me golpearon la primera vez que las leí, pero en esta ocasión siento que me desgarran un poco más.
Río un poco cuando recuerdo que Ron dijo que eso no era mi suerte, que eso solo era una frase sacada de las redes sociales. Para mí en cambio, fue mucho más que eso, no era mi suerte, solo era la vida diciéndome la verdad, escupiéndomela en la cara.
Vuelve a mi mente su rostro y su sonrisa. La manera en la que me hizo sentir en todo el viaje. Y, sin querer, vuelvo a recordar cuando lo vi por última vez.
Después de besarlo mientras aún dormía y dirigirme a la salida para terminar con el sueño, algo me detuvo. Me quedé parada frente a la puerta, con la mano extendida hacia el picaporte pero sin tocarlo.
Willis repetía en mi mente que eso no era lo correcto, que no podía dejarlo ahí sin alguna explicación, especialmente sabiendo que él no tendría forma de comunicarse conmigo de nuevo. El aeropuerto estaba a unas horas y mi boleto solo necesitaba ser impreso para poder irme. No tardaría nada en estar entre las nubes, en donde la señal del celular se perdería para siempre dado que no funcionaría en Australia.
Y entonces di media vuelta, volví a mirarlo y la serenidad de su respiración evitó definitivamente mi huida.
No sé cuánto tiempo estuve parada, sin moverme y solo mirando a Ron dormir.
Me acerqué a una de las mesitas del cuarto del hotel, tomé una hoja de la libreta en la que habíamos escrito las cosas por hacer en esa aventura y comencé a escribir una pequeña, pero muy significativa carta para el hombre que estaba perdido en la tierra de Morfeo a mi espalda.
Intenté ser clara, contar en pocas palabras algo de la historia de Willis, cómo había aparecido en mi vida y cómo era que ahora me obligaba a alejarme. Explicaba lo mucho que Ron se había significado para mí, lo mucho que me había ayudado a sentirme segura y viva de nuevo. También tuve que explicar por qué creía que lo mejor era alejarme de él y dejarlo seguir con su vida. Con un poco de egoísmo, pedí que no me guardara rencor, que me guardara en su memoria como un recuerdo increíble que había valido la pena, que me recordara con una sonrisa. Y por último, le repetía que lo amaba.
Después de escribir la carta, tuve que hacer uso de toda mi fuerza para irme, parecía imposible, pero logré hacerlo.
Tomé un taxi y con lágrimas en los ojos viajé de vuelta a casa de mis padres.
OoOoO
Estoy recostada en este frío lugar, parece tener el aire acondicionado encendido y programado para mantener la habitación a 1°C. Todo es blanco, la camilla, las paredes, las sábanas, incluso la bata de hospital que tengo puesta.
Suspiro.
A veces me parece demasiado extraño que todas las salas de tomografía sean tan parecidas. Este lugar no es tan distinto, me recuerda demasiado a la primera vez que el médico me habló de Willis.
Estuve rodeada de mar, sol y arena durante casi una semana, así que el contraste con este lugar es significativo. Nuestro viaje estuvo sin contratiempos. Pude compartir un buen momento con mis padres, tuvimos charlas, risas y lágrimas de vez en cuando. Volver a casa y terminar en el consultorio del doctor terminó siendo un golpe demasiado duro con la realidad.
La enfermera me mira con una sonrisa mientras termina de conectar el suero en mi vena.
—Sentirás una pequeña molestia cuando el líquido comience a pasar —dice.
Es tan mecánico y tan repetitivo que solo asiento con una sonrisa en la cara.
Me siento en un deja vù.
Descubro que mi brazo, que misteriosamente está inmóvil hoy, no siente nada, desde el pinchazo de la aguja que no ha sentido ni un poquito. Dudo por un segundo que el líquido y la aguja estén dentro de él.
—Colocaré el medio de contraste. Arderá —advierte.
Nuevamente no siento nada. Ese hecho me preocupa.
—Comenzaremos con el estudio. Como sabe, necesito que permanezca quieta en todo momento, si tiene algún problema puede llamarnos.
Asiento con el corazón a trote.
¿Qué estás haciendo, Willis?
Respiro profundo. Por primera vez en todo el día tengo miedo, miedo de que Willis esté mucho peor de lo que pensé y esa sea la razón de mi poca sensibilidad en el brazo. Por la mañana, cuando noté que no temblaba pensé que era una buena señal, pero no me percaté de la sensibilidad hasta ahora.
El tomógrafo comienza a funcionar. Escucho el movimiento giratorio que hace el aro y cierro los ojos.
Willis, por favor, no.
Había estado demasiado tranquila en las últimas semanas. No había pensado demasiado en Willis, todo estaba bien. Ahora lo único que puedo pensar es que Willis solo me estaba permitiendo disfrutar de mis últimos buenos momentos de vida.
OoOoO
—Buenos días, señorita Granger —saluda el médico cuando entramos en el consultorio.
Es notablemente alto, delgado, no pasa de cincuenta años y tiene una sonrisa tranquilizadora. Me mira detenidamente mientras hace su camino hacia su asiento.
—Buenos días —respondo. Mis padres hacen lo mismo.
—Soy el doctor Andrew Kelly y seré su neurocirujano. Me han contado su caso —comienza el doctor—. Tengo el historial médico que me proporcionó su doctor en Londres. Estuve revisándolo y me gustaría escuchar su versión.
Este doctor es completamente distinto al doctor Malfoy. Él me mira mientras me habla, pone su atención completamente en mí. No mira su computadora ni por un segundo y parece bastante tranquilo a pesar de que antes del medio día ya ha atendido al menos a diez pacientes.
Lentamente, comienzo la historia de Willis. No sé cuántas veces la he contado ya, y, aunque siempre es más extensa para los médicos, resulta abrumadora y aburrida para mí en todo momento.
Cuando concluyo, el doctor Kelly me mira detenidamente. Está recargado en su amplia silla, con una pierna cruzada y toca con su mano su barbilla.
—¿El temblor es constante? —pregunta.
—Sí, aunque hoy por la mañana se detuvo sin previo aviso y ahora mi mano no tiene sensibilidad.
—Pero puedes moverla.
—Sin problemas —digo, moviéndola frente a él. No me han quitado el suero del brazo por si era necesario utilizarlo de nuevo, así que la pequeña manguerita que me une a él se mueve con mi mano.
—De acuerdo. ¿Alucinaciones?
—No.
—¿Colapsos?
—Solo por dolor.
Realiza un interrogatorio sencillo y aceptando cada palabra que doy por respuesta. Nunca duda de mí. Su exploración es igual que la del doctor Malfoy, me hace realizar toda clase de muecas y ejercicios.
Mis padres están callados, solo contemplando cada paso del doctor Kelly.
—Ahora revisaré la tomografía que le realizaron.
Me mantengo sentada en mi silla. Esperando ver la reacción del doctor.
Como la primera vez, veo la mirada del médico cambiar en cuanto Willis aparece en su pantalla.
—Inoperable e intratable —digo al observar su escepticismo ante la imagen—, eso dijo el doctor Malfoy. Un extraño tumor que crecerá progresivamente.
—¿Cómo ha logrado vivir con esto? —me mira con el ceño fruncido.
—Mi doctor lo llamó un milagro. Supongo que es así —encojo los hombros.
El médico suspira al notar mi aparente tranquilidad.
—Haremos más estudios.
Paso los siguientes días en el hospital, de un lado a otro, estudio tras estudio. El doctor Kelly me visita ocasionalmente para darme los resultados. Ahora ya no son tan normales como antes. Mi cuerpo comienza a sentir lo que es tener a Willis creciendo en mi cabeza.
Mi mano, por otro lado, comienza a perder fuerza, con el paso de las horas es más complicado ordenarle que se mueva. No digo nada, pero interiormente estoy muriendo de miedo. Es terrible pensar que se acerca el momento.
Tres difíciles días después, el médico entra a mi habitación y nos mira a todos. Mis padres parecen ansiosos de saber qué es lo que podemos hacer a estas alturas de mi enfermedad. Yo solo espero escuchar, de alguna manera, que no será tan malo.
—Quería hacer todos los estudios necesarios para determinar el correcto origen del tumor —comienza el doctor—. Como supongo que ya sabían, el tumor es primario.
No hay nada nuevo que el doctor Kelly pueda decir. Repite casi las mismas palabras del doctor Malfoy: su tumor es primario, es incurable, no hay nada más que hacer.
—No es posible que no haya nada que hacer. Debe haber algo —dice mi madre quien suena desesperada después de escuchar el veredicto del doctor.
—Lo siento —responde.
—¿De verdad no hay nada más que hacer? —pregunta mi padre.
El médico mira a mi padre, a mi madre y después a mí.
Sí hay algo, pero es tan esperanzador como esperar que se acabe la guerra en el mundo.
—En Suiza están haciendo un estudio clínico con pacientes con tumores parecidos al que tiene la señorita Granger —suelta el doctor después de un suspiro.
Miro al suelo. El doctor Malfoy me habló de ese estudio.
—Son tumores inoperables e intratables como el suyo. Están aceptando pacientes de todo el mundo e incluso están dispuestos a pagar el costo del viaje y la estadía en caso de que acepte ser parte de él.
—¿Qué tan eficaz es?
—Es sólo un estudio clínico. Hay personas que reaccionan muy bien, tienen mayor promedio de vida, pero hay a otras que simplemente no les funciona. No hay nada publicado aún. Solo es una opción.
—¿Me está diciendo que tengo una opción que probablemente no funcionará?
—Puede intentarlo. Si va ahora puede resultar más eficaz que si lo prueba después.
—¿Y tendré que irme a encerrar a un hospital a esperar que funcione y eventualmente muera?
—Sea racional, señorita Granger.
—¿Cree que me aceptarían en el estudio? —pregunto al doctor Kelly, sin darme cuenta que interrumpí su explicación a mis padres.
Él me mira desconcertado.
—Eh… Bueno, es difícil de decir. Usted cumple con las características, así que sería bueno contactarnos con el equipo.
Asiento con la cabeza.
El doctor Kelly hace su camino hacia la salida.
—Doctor —lo detiene mi madre—, si Hermione… quiero decir… ¿el tumor de mi hija siempre fue inoperable e intratable?
La idea ha rondado la cabeza de mi madre desde que les comuniqué sobre Willis. Sé que no podría estar en paz hasta preguntárselo personalmente al doctor. Si el médico dice que no, que Willis tenía cura, eso devastará a mi madre, pero si le dice que sí, entonces eso la devastará aún más.
Mi corazón se acelera en todos los segundos que el doctor tarda en dar su respuesta.
—Sí, siempre fue inoperable e intratable.
Suspiro.
—Gracias, doctor.
OoOoO
Entrar a un estudio clínico es más complicado de lo que parece.
El doctor Kelly tuvo que enviar todos los estudios que se me practicaron. Envió un informe completo a todo el equipo y estuvo trabajando muy duro para que ellos aceptaran que fuera parte de él.
—La trasladarán directamente desde aquí —informa el doctor—. La llevarán en un helicóptero al aeropuerto y después será llevada a Berna. Allá les dirán qué hacer.
Mi madre asiente con la cabeza y agradece al doctor, quien se retira de inmediato.
—Estamos casi listos para irnos —me dice mi madre, tratando de sonreír.
Hace casi dos meses que esperábamos esa noticia. A estas alturas la mitad de mi cuerpo dejó de moverse y es demasiado complicado lograr hablar con claridad.
—¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
—No.
—Iré a comprar unas cosas, ¿sí? No tardaré.
Mi madre deposita un beso en mi frente y sale de la habitación dejándome sola.
Con tranquilidad, tomo mi teléfono. Hace días que no lo toco, pero tuve que pedirle a mi padre que lo trajera después de una pequeña charla que tuve con el doctor Kelly el día de ayer.
—Te llevarán a Suiza y allá determinarán el tratamiento que te darán.
—¿Y no es algo tarde? —Respondí con dificultad—. La progresión de los síntomas ha sido peor en este último mes.
—Ellos lo determinarán —respondió el doctor—. Les he hablado de tu evolución y aun así te quieren allá. Tengo una pregunta más que hacerte, Hermione. Los médicos en Suiza han estado haciéndola y no creen que tu respuesta sea verdad.
El doctor se sentó a mi lado en el borde de la cama y me miró detenidamente.
—¿Estás segura que no tuviste alucinaciones? ¿Nunca?
¿Por qué no creerme?
—No.
—Escucha —se acomodó en el lugar y tomó mi mano—, el sitio en el que está el tumor puede originar alucinaciones, por eso son tan insistentes. Si no las tuviste, este de verdad se trata de un tumor que jamás volveré a ver en mi carrera.
—Si son alucinaciones, ¿cómo puedo saber si son reales o no?
—Tal vez hay algo que te puede decir la verdad.
Enfoqué mi mirada en él y después traté de pensar en algo.
Quizá hay algo…
—Si pienso en algo, se lo diré —respondí.
Con el celular en la mano y el corazón a trote, decido responder esa pregunta.
En todo el tiempo que tengo con mis padres, jamás me preocupé por ver el contenido de mi teléfono. Siempre estuve consciente de todas las fotografías que se habían tomado en el viaje que había hecho con Ron. Si las fotografías no estaban ahí, no había duda de que las alucinaciones habían sucedido sin que yo me percatara de ellas.
Cada movimiento para averiguar la verdad me pone nerviosa y cuando abro la galería suelto todo el aire que no sabía que había estado reteniendo.
Frente a mí están las fotos de cada lugar que visité, desde los niños en el orfanato hasta el viaje en globo. Hago un chequeo rápido, pasando todas las fotos de un golpe sin molestarme en verlas una a una. Pero en esa revisión me doy cuenta que hay algo raro en las fotos.
—¿Todo bien, cariño? —escucho preguntar a mi madre, quien ha entrado a la habitación, sobresaltándome.
Dejo el teléfono un momento y la miro tratando de sonreír.
—Sí —respondo—, quería enseñarte esto.
Le entrego el teléfono y ella comienza a mirar las fotos maravillada.
La veo sonreír con nostalgia.
—De verdad hiciste muchas cosas en ese viaje, ¿eh?
Asiento con la cabeza.
OoOoO
Una de las cosas más difíciles que me trajo Willis fue el insomnio. Dejar de dormir se convirtió en uno de los síntomas más difíciles de tratar y de aceptar. Tengo varios días sin dormir, aunque nunca se lo he comentado a nadie y ni siquiera sé por qué.
Hoy no ha sido diferente.
Envié a mi madre a descansar en casa, con mi padre. A pesar de que no fue fácil convencerla, algo me decía que debía hacerlo, ella merece un poco de descanso después de todos los días que ha tenido que vivir gracias a Willis y a mí. Además, estamos a un par de días de irnos a Suiza y sé que ella tiene muchas más cosas que hacer además de cuidar de mí.
Miro al techo y suelto un suspiro cerrando los ojos, de pronto siento que una mano toca la mía.
—Creí que no funcionaría —digo sonriendo.
—¿De verdad?
Esa voz hace que mi corazón acelere su ritmo.
Cuando abro los ojos, unos azules están mirándome, esa sonrisa que tanto me gustaba está frente a mí, su cabello pelirrojo está tan desarreglado como lo recordaba.
—En realidad pensé que jamás te enterarías —dice, sentándose en la orilla de la cama.
—Y al mismo tiempo estabas ansioso porque lo hiciera —respondo—. Todo el tiempo pensaba en revisar ese teléfono y me arrepentía.
—Lo sé.
Vuelvo a suspirar.
—¿Por qué lo hiciste?
—Ambos sabemos que no ibas a conseguir valor para cumplir todos los puntos de la lista si no había alguien que te acompañara.
—¿Y ahora debo llamarte Willis o Ron?
—Me gusta más Ron. Fue más divertido mientras era él.
Río ligeramente. Descubro que mis manos se mueven y sienten como si no tuvieran problema alguno.
Aprieto su mano.
—No entiendo cómo es que nadie creyó que estaba completamente loca.
—Nadie lo hizo —responde—. Siempre fuimos solo nosotros dos.
—¿Y la carta?
—Nadie se dará cuenta que fuiste tú. Además, su contenido era digno de una historia trágica que seguro será parte de una buena leyenda en el lugar.
Ambos reímos.
En un momento mi mente trae a mí el día en el karaoke, cuando canté con lo mejor de mí.
"Quiero soñar. Willis, déjame soñar".
Ahora comprendo que lo hizo.
Lo miro detenidamente y observo cada detalle en su aspecto. Es tan real.
—Gracias, Ron. Sin ti, jamás hubiera hecho nada. Viví. Al menos eso me permitiste.
—Lo lamento.
—No, está bien. Me hacía falta un empujón como ese. Creo que a veces nos hacen falta cosas como esa para entender que no hay que vivir encerrados en el trabajo y olvidándonos de todos.
—¿A pesar de que es hora de irse?
Lo miro detenidamente. Sonrío y suspiro por última vez.
—Sí, a pesar de eso.
Él se acerca lentamente a mí y envuelve mis labios en un cálido beso. El último beso que se lleva mi último aliento.
OoOoO
Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
De otra forma ni siquiera comiences.
Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
Esto puede significar perder novias,
esposas,
parientes,
trabajos y,
quizá tu cordura.
Ve hasta el final.
Esto puede significar no comer po días.
Esto puede significar congelarse en el banco de un parque.
Esto puede significar la cárcel.
Esto puede significar burlas, escarnios, soledad…
La soledad es un regalo.
Los demás son una prueba de tu insistencia, o
de cuánto quieres realmente hacerlo.
Y lo harás,
a pesar del rechazo y de las desventajas,
y será mejor que cualquier cosa que hayas imaginado.
Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
No hay otro sentimiento como ese.
Estarás a solas con los dioses
y las noches se encenderán con fuego.
Hazlo, hazlo, hazlo.
Hazlo.
Hasta el final,
hasta el final.
Llevarás la vida directo a la perfecta carcajada.
Es la única buena lucha que hay.
-Lanzar los dados
Charles Bukowski
