Los personajes de Naruto no me pertenecen, si no a Masashi-Sama. La historia es una adaptación. Al final estará el nombre de la autora y de la historia.
Aclaración: Hinata tiene 18 años y Naruto 28. Acalaro por si acaso jeje. Muy bien! Vamos a por el capítulo!!
Hinata Hyūga
El tiempo se acababa
Hinata tendría que irse de Inglaterra. Probablemente todos pensarían que había huido otra vez. Ella suponía que comenzarían a llamarla cobarde, y aunque esa calumnia le dolería, estaba decidida a continuar con sus planes.
Hinata simplemente no tenía otra elección. Ya le había enviado dos cartas al marqués de St. Namikaze pidiéndole su ayuda, pero el hombre con el que estaba legalmente casada no se había molestado en responderle. No se atrevió a volver a ponerse en contacto con él. Simplemente, ya no quedaba más tiempo. El futuro de la tía Kurenai estaba en juego, y Hinata era la única que podía salvarla.
Si los miembros de la sociedad creían que estaba huyendo del contrato matrimonial que lo creyeran.
Nunca nada salía como Hinata imaginaba. La primavera anterior, cuando su madre le pidió que fuera hasta la isla de Kurenai para ver si ella estaba bien, Hinata accedió de inmediato.
Su madre no recibió ninguna carta de su hermana durante más de cuatro meses, y la preocupación por su estado de salud comenzó a enfermarla. En verdad, Hinata estaba tan preocupada por la salud de su madre como por su tía. Algo andaba mal. Su tía no tenía la costumbre de olvidarse de escribir. No, el paquete de cartas mensuales era tan seguro e inevitable como la lluvia de los picnic anuales de Winchester.
Hinata y su madre acordaron que ninguna de las dos revelaría la verdadera razón que había detrás de su repentina partida.
Dirían que Hinata iba a visitar a su hermana mayor Hanabi, que vivía en las colonias de América, con su esposo y su hijo.
Hinata pensó en decirle la verdad a su padre, pero luego descartó esa idea. Aunque él era el más razonable de los hermanos, aun así era un Hyūga. Kurenai no le agradaba más que a sus hermanos, aunque por respeto a su esposa no era tan duro en sus opiniones.
Los hombres de la familia Hyūga le habían dado la espalda a Kurenai cuando se casó con alguien de más bajo rango.
El casamiento se había llevado a cabo hacía catorce años, pero los Hyūga no olvidaban fácilmente. Ponían gran énfasis en la expresión «ojo por ojo». La revancha era tan sagrada para ellos como los mandamientos para los obispos, aun cuando la falta fuera tan leve como un mes de dificultades públicas. No sólo nunca olvidarían su humillación, sino que tampoco perdonarían jamás.
Hinata tendría que haberlo comprendido. De otro modo nunca le habría permitido que Kurenai la hubiera ido a visitar.
Realmente creía que el tiempo había suavizado las actitudes de sus tíos. La triste verdad era todo lo contrario. No fue un feliz encuentro entre las hermanas. La madre de Hinata ni siquiera pudo hablar con Kurenai. En realidad, nadie lo hizo, y Kurenai simplemente desapareció una hora después de que ella y Hinata hubieran bajado del barco.
Hinata estaba casi enloquecida por la preocupación.
Finalmente, había llegado el momento de poner en marcha su plan, y tenía los nervios destrozados. Su miedo se había convertido en algo casi tangible, que apuraba su determinación. Ella estaba acostumbrada a dejar que otros la cuidaran, pero el zapato estaba en pie equivocado, como le gustaba decir a Kurenai, y Hinata necesitaba encargarse del asunto. La vida de Kurenai dependía de su éxito.
La horrenda simulación que Hinata había tenido que soportar durante dos semanas se había convertido en una pesadilla.
Cada vez que oía el repiquetear de las campanas de la puerta estaba segura de que eran las autoridades que venían a informar que habían encontrado el cuerpo de Kurenai.
Finalmente, cuando creyó que ya no podría tolerar la preocupación ni un minuto más, su fiel sirviente Nicholas descubrió dónde habían escondido sus tíos a la tía Kurenai. La amable mujer había sido encerrada en el ático de la casa de la ciudad de su tío Hizashi hasta que se hicieran todos los arreglos con la Corte para la tutela. Luego la enviarían al asilo más cercano y dividirían su cuantiosa herencia entre los hombres de la familia.
«Malditas sanguijuelas», murmuró Hinata. Le temblaba la mano cuando cerró su maleta. Pensó que era enojo y no miedo lo que le hacía temblar así. Cada vez que pensaba en el terror que debía estar soportando su tía se enfurecía aun más.
Respiró profundamente para tranquilizarse mientras llevaba su maleta hasta la ventana abierta. La arrojó y le indicó al sirviente: «Es la última, Nicholas. Apúrate antes de que la familia regrese. Buena suerte, amigo.»
El sirviente recogió la última maleta y corrió hasta el carruaje que estaba esperando. Hinata cerró la ventana, apagó la vela y se acostó.
Ya era casi la medianoche cuando sus padres y su hermana Shion regresaron de su salida, Cuando Hinata oyó los pasos en el pasillo se puso boca abajo, cerró los ojos y fingió que estaba dormida. Un momento después escuchó el chirrido de la puerta que se abría y supo que su padre estaba controlando que su hija estuviera donde se suponía que debía estar.
A Hinata le pareció que había pasado una eternidad hasta que escuchó que la puerta se volvía a cerrar.
Hinata esperó otros veinte minutos para que la casa se aquietara. Luego se levantó y sacó de debajo de la cama sus pertenencias. Tenía que pasar inadvertida en su viaje. Como no tenía nada negro se puso su vestido de paseo azul oscuro.
El escote era un poco pronunciado, pero no tenía tiempo para preocuparse de ese problema. Además, su capa ocultaría ese defecto. Estaba demasiado nerviosa como para trenzarse el cabello, así que se lo ató en la nuca con un moño para que no le molestara.
Después de colocar la carta que le había escrito a su madre sobre el tocador, envolvió su sombrilla, sus guantes blancos y su bolso en la capa. Arrojó todo por la ventana y se subió al borde.
La rama de la que quería tomarse estaba a sesenta centímetros, pero un metro debajo de ella. Hinata rezó una rápida plegarla mientras se acercaba más al borde. Se quedó allí sentada largo rato hasta que se animó a saltar.
Naruto no podía creer lo que estaba viendo. Iba a trepar por el gigantesco árbol cuando se abrió la ventana y comenzaron a caer varios artículos de mujer. La sombrilla le golpeó un hombro. Esquivó las otras cosas y se ocultó más en las sombras. La luna le brindó suficiente luz como para ver a Hinata cuando se acercó al borde de la ventana. Estaba a punto de gritarle, seguro de que se rompería el cuello, cuando ella saltó. Él se adelantó para tratar de alcanzarla.
Hinata se sostuvo de un rama gruesa, rezó otra plegaria para evitar gritar. Luego esperó hasta dejar de mecerse hacia atrás y adelante con tanta violencia y se deslizó lentamente hacia el tronco.
—Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios —repitió la letanía mientras bajaba por el tronco.
El vestido se le enganchó en otra rama, y cuando por fin llegó al suelo ya se le había subido hasta la cabeza.
Se acomodó el vestido y suspiró aliviada.
—Ya está —murmuró—. No fue tan terrible después de todo.
Dios mío, pensó, estaba comenzando a mentirse a sí misma.
Se arrodilló en el suelo, recogió sus pertenencias, y perdió unos minutos preciosos colocándose los guantes blancos.
Tardó un poco más en sacudir el polvo de la capa. Después de colocársela sobre los hombros, desató las cuerdas del bolso, colocó las tiras de raso alrededor de su muñeca, la sombrilla debajo del brazo, y finalmente se dirigió hacia el frente de la casa.
Se detuvo abruptamente segura de haber oído un ruido detrás de ella. Sin embargo, cuando se volvió no vio más que árboles y sombras. Pensó que su imaginación la estaba engañando. Probablemente era sólo el ruido de los latidos de su corazón.
—¿Dónde está Nicholas? —murmuró un poco más tarde.
Se suponía que el sirviente tendría que estar esperándola en las sombras, cerca de la escalinata de entrada. Nicholas le había prometido escoltarla hasta la casa de la ciudad de su tío Hizashi Hyūga. Algo debió demorarle, pensó Hinata.
Pasaron otros diez minutos antes de que Hinata aceptara el hecho de que Nicholas no regresaría a buscarla. No se atrevía a esperar más. Era muy arriesgado que averiguaran que había salido. Desde que su padre había regresado a Londres, hacía dos semanas, había adquirido el hábito de ver si ella estaba durante la noche. Habría un gran escándalo cuando averiguara que había huido otra vez. Hinata temblaba de sólo pensar en las consecuencias.
Estaba completamente sola. Esta convicción le volvió a acelerar los latidos del corazón. Irguió los hombros y se dirigió hacia su destino.
La casa de tío Hizashi quedaba a tres calles. No tardaría mucho en caminar hasta allí. Además, era media noche y seguramente las calles estarían desiertas. Los villanos también necesitaban descansar, ¿verdad? Era lo que esperaba.
Llegaría bien, pensó mientras se apuraba por la calle. Si alguien trataba de asaltarla, usaría su sombrilla como arma para defenderse. Estaba decidida a llegar hasta donde fuera necesario para evitar que su tía Kurenai tuviera que pasar otra noche bajo la sádica supervisión de su tío Hizashi.
Hinata corrió como un relámpago a lo largo de toda la primera calle. Un pinchazo en el costado la obligó a caminar más despacio.
Se tranquilizó un poco al ver que estaba segura. Al parecer, esa noche no había nadie más en las calles. Hinata sonrió ante esa bendición.
Naruto la siguió. Deseaba satisfacer su curiosidad antes de tomar a su novia y colocarla sobre su hombro para dirigirse al muelle. En un rincón de su mente tenía el irritante pensamiento de que quizás estaba tratando de huir de él otra vez. Lo descartó como algo tonto, ya que ella no podía conocer su plan de raptarla.
¿Adónde iba?, se preguntaba mientras trataba de seguirla.
Ella tenía iniciativa. Esto le pareció sorprendente ya que era una Hyūga. Sin embargo, ya le había dado una muestra de verdadera valentía.
La oyó gritar de miedo cuando se arrojó del borde de la ventana. Luego quedó atrapada en las ramas y rezó en voz baja mientras bajaba, lo cual le hizo sonreír. Cuando estaba en aquella indecorosa posición le vio las largas y bien formadas piernas, y tuvo que contenerse para no reírse.
Era evidente que Hinata aún no había advertido la presencia de Naruto. Él no podía creer su inocencia. Si se hubiera molestado en mirar atrás, le habría visto.
Ella nunca se molestó en mirar hacia atrás. Su novia giró en la primera esquina, pasó rápidamente por un callejón oscuro, y luego volvió a aminorar su paso.
No había pasado inadvertida. Dos hombres corpulentos, con sus armas preparadas, se deslizaron de su hogar temporal como serpientes. Naruto iba detrás de ellos. Se aseguró de que le oyeran cuando se aproximaba, luego esperó hasta que se volvieron para mirarle antes de golpearles las cabezas.
Naruto los volvió a arrojar al callejón, mientras continuaba observando a Hinata. Pensó que la forma en que su novia caminaba por la calle debía ser proscrita. El balanceo de sus caderas era demasiado tentador. Entonces vio otro movimiento entre las sombras. Corrió para salvar a Hinata una vez más. Ella giró en la segunda esquina cuando Naruto golpeó con el puño en la mandíbula a su segundo posible atacante.
Tuvo que volver a intervenir para salvarla antes de que ella llegara a su destino. Naruto supuso que iba a visitar a su tío Hizashi Hyūga cuando ella se detuvo en la entrada de su residencia y observó las ventanas oscuras durante largo rato.
Naruto pensaba que Hizashi era el más despreciable de todos los familiares de Hinata y no encontraba una sola razón lógica por la cual ella querría ver a miedoanoche al pusilánime bastardo.
Ella no estaba allí de visita.
Naruto llegó a esa conclusión cuando se dirigió hacia un costado de la casa. La siguió, y luego se quedó apoyado contra la puerta lateral para mantener alejados a otros intrusos. Cruzó los brazos sobre el pecho y aflojó su postura mientras la observaba luchar para abrirse camino entre los arbustos y así poder entrar en la casa por una ventana.
Era el robo más inepto que jamás había observado.
Hinata tardó diez minutos en abrir la ventana. Sin embargo, ese simple logro fue una corta victoria. Estaba a punto de subirse al borde de la ventana cuando se le rompió el dobladillo del vestido. Naruto la escuchó chillar disgustada y luego observó que se volvía para mirar el vestido. La ventana se volvió a cerrar mientras Hinata lamentaba el daño.
Naruto pensó que si ella hubiera tenido aguja e hilo a mano se habría sentado cerca de los arbustos a coser el vestido.
Finalmente, regresó a su objetivo. Ella pensó que era muy astuta cuando utilizó la sombrilla para abrir la ventana. Ajustó las tiras de su bolso a su muñeca antes de saltar para llegar hasta el borde de la ventana. Tuvo que hacerlo tres veces antes de lograrlo.
Entrar por una ventana era más difícil que salir. Cuando por fin logró entrar no lo hizo con mucha gracia. Naruto oyó un golpe fuerte y pensó que su novia había caído sobre su cabeza o su trasero. Esperó uno o dos minutos y luego subió silenciosamente detrás de ella.
Naruto se adaptó a la oscuridad rápidamente. Sin embargo, Hinata no lo hizo tan pronto. Oyó un ruido que parecía vidrio roto, seguido por una interjección muy poco femenina.
Ella era muy ruidosa. Naruto se dirigió al salón de entrada y vio que Hinata subía por la escalera hacia el primer piso.
Entonces Naruto vio a un hombre alto y delgado como un mimbre y pensó que era uno de los sirvientes. El hombre tenía un aspecto ridículo. Tenía una camisa de dormir blanca larga hasta las rodillas, un candelabro tallado en una mano y un gran trozo de pan en la otra. El sirviente levantó el candelabro sobre su cabeza y comenzó a subir detrás de Hinata.
Naruto le tocó la parte trasera del cuello, extendió la mano para tomar el candelabro de manera que no hiciera ruido cuando cayera al suelo, y luego arrastró al sirviente hasta una alcoba oscura que se encontraba junto a la escalera.
Permaneció junto a la figura encogida durante un largo minuto mientras escuchaba todos los ruidos que provenían de arriba.
Hinata nunca sería una buena ladrona.
Escuchó los ruidos de las puertas que se cerraban y supo que su novia era quien las golpeaba. Iba a despertar a un muerto si no se tranquilizaba un poco. ¿Y qué era lo que buscaba?
Un grito agudo desgarró el aire. Naruto suspiró con fastidio. Se dirigió hacia la escalera para volver a salvar a la tonta mujer, pero se detuvo cuando ella apareció en el descansillo.
No estaba sola. Naruto retrocedió hacia la alcoba y esperó.
Comprendió la razón de todas sus molestias. Hinata sostenía por los hombros encorvados a otra mujer y la estaba ayudando a bajar por la escalera. No podía ver el rostro de la otra mujer, pero por su andar lento y vacilante podía afirmar que estaba muy débil o dolorida.
—Por favor, no grites, Kurenai —susurró Hinata—. Todo va a salir bien ahora. Yo te voy a cuidar.
Cuando las dos llegaron al salón de entrada, Hinata se sacó la capa y se la colocó a la mujer sobre los hombros, luego se inclinó para besarla en la frente.
—Yo sabía que vendrías por mí, Hinata. Nunca lo dudé. Sabía que encontrarías una forma de ayudarme.
La voz de Kurenai se quebró de emoción. Se secó los ojos con la mano. Naruto observó los moretones oscuros en las muñecas. Reconoció las marcas. Obviamente, la anciana había sido atada.
Hinata extendió las manos para arreglar los broches del cabello de su tía.
—Por supuesto que sabías que vendría por ti —susurró Hinata—. Te quiero, tía Kurenai. No permitiré que te suceda nada. Ya está —agregó con un tono más alegre—, ya tienes el cabello arreglado otra vez.
Kurenai le tomó la mano a Hinata.
—¿Qué haría yo sin ti, niña?
—Esa es una preocupación tonta —respondió Hinata, con un tono de voz tranquilo, pues sabía que su tía estaba a punto de perder el control. En realidad, Hinata estaba en las mismas condiciones.
Cuando vio los moretones en el rostro y los brazos de su tía sintió deseos de llorar.
—Regresaste a Inglaterra porque yo te lo pedí —le recordó Hinata—. Pensé que tendrías un feliz encuentro con tu hermana, pero me equivoqué. Esta atrocidad es culpa mía, Kurenai. Además, debes saber que siempre vas a contar conmigo.
—Eres una niña adorable —le contestó Kurenai.
A Hinata le temblaba la mano cuando trató de abrir la puerta.
—¿Cómo me encontraste? —le preguntó Kurenai desde atrás.
—Ahora no importa —le respondió Hinata, y abrió la puerta—. Ya tendremos todo el tiempo del mundo para charlar después de que subamos al barco. Te llevaré de regreso a casa, Kurenai.
—Oh, aún no me puedo ir de Londres.
Hinata se volvió para mirar a su tía.
—¿A qué te refieres con que aún no te puedes ir de Londres? Todo está arreglado, Kurenai. Compré el pasaje con mis últimas reservas. Por favor, no me digas que no con tu cabeza. No es el momento de ponerte difícil. Tenemos que irnos esta noche. Es muy peligroso que te quedes aquí.
— Hizashi me quitó mi sortija de matrimonio —le explicó Kurenai. Volvió a negar con la cabeza. El rodete plateado que tenía sobre la cabeza se inclinó de inmediato hacia un lado—. No me iré de Inglaterra sin ella. Mi Johnny, Dios guarde su alma, me ordenó que no me la quitara cuando nos casamos hace catorce años. No puedo irme a casa sin mi sortija, Hinata. Es muy valiosa para mí.
—Sí, debemos encontrarla —respondió Hinata al ver que su tía comenzaba a sollozar otra vez. También estaba preocupada por la respiración dificultosa de la mujer—. ¿Tienes idea de dónde podría haberla escondido el tío Hizashi?
—Ésa es la verdadera blasfemia —respondió Kurenai. Se apoyó sobre la barandilla de la escalera para aliviar el dolor de su pecho, y luego contestó:— Hizashi no se molestó en esconderla. La lleva en el meñique. La luce como un trofeo. Si podemos determinar dónde está bebiendo tu tío esta noche podremos recuperarla.
Hinata asintió con la cabeza. Comenzó a dolerle el estómago al pensar en lo que tendría que hacer.
—Yo sé dónde está. Nicholas le ha estado siguiendo. ¿Puedes caminar hasta la esquina? No me atreví a ordenar que el carruaje esperara en la puerta por temor a que el tío Hizashi regresara más temprano a casa.
—Por supuesto que puedo caminar, Hinata —respondió Kurenai. Se alejó de la barandilla. Su andar era rígido mientras se dirigía lentamente hacia la puerta—. Cielo santo, si tu madre pudiera verme ahora, se moriría de vergüenza. Voy a ir a dar un paseo a medianoche en camisón y con una capa prestada.
Hinata sonrió.
—No se lo vamos a contar a mi madre¿verdad?, —emitió un sonido entrecortado al ver que su tía hacía un gesto de dolor—. Te duele terriblemente, ¿verdad?
—Tonterías —contestó Kurenai—. Ya me siento mejor. Vamos —le ordenó con un tono más enérgico—, no debemos demorarnos aquí, niña —se tomó de la barandilla y comenzó a bajar—. Se necesitará más de un Hyūga para terminar conmigo.
Hinata comenzó a cerrar la puerta, pero luego cambió de idea.
—Creo que debería dejar la puerta bien abierta para que alguien entrara en las posesiones del tío Hizashi. Aunque no es muy probable— agregó—. Al parecer esta noche no hay villanos en las calles. Cuando venía caminando hacia aquí no vi a ninguno.
—Dios mío, Hinata, ¿Viniste caminando? —le preguntó la tía Kurenai realmente horrorizada.
—Sí —le contestó Hinata, con un poco de jactancia en la voz—. Mantuve la guardia alta, por supuesto, así que puedes dejar de fruncir el entrecejo. Tampoco tuve que usar mi sombrilla para defenderme de nadie con malas intenciones. Oh, cielo santo, dejé mi hermosa sombrilla en la ventana.
—Déjala —le ordenó su tía al ver que Hinata volvía a subir por la escalera de entrada—. Si nos quedamos más tiempo aquí estaremos arriesgando nuestra suerte. Ahora, dame tu brazo, querida. Me sostendré de ti mientras doy este pequeño paseo. ¿Realmente viniste caminando hasta aquí, Hinata?
Hinata se rió.
—A decir verdad, creo que corrí la mayor parte del camino. Estaba muy asustada, Kurenai, pero hice el trayecto sin contratiempos. Sabes, creo que todos los comentarios sobre la inseguridad de nuestras calles son una exageración.
Las dos damas tomadas del brazo se alejaron por la oscura calle angosta. La risa de Hinata las seguía. El carruaje las estaba esperando en la esquina. Hinata estaba ayudando a su tía para que subiera al vehículo cuando apareció un asaltante. Naruto intervino colocándose simplemente a la luz de luna. El hombre le miró y se volvió a ocultar en las sombras.
Naruto pensó que la anciana le había visto, pues miró sobre su hombro cuando él se adelantó, pero decidió que su vista debía estar nublada por la edad, ya que se volvió sin decirle nada a su sobrina.
Hinata no había advertido su presencia, pues mantenía una acalorada discusión con el conductor sobre el precio del viaje, hasta que finalmente accedió a pagar la exorbitante suma y subió al vehículo. El carruaje ya había partido cuando Naruto se tomó de la barandilla y subió en la parte trasera. El vehículo se meció por el aumento de peso antes de tomar velocidad otra vez.
Ciertamente, a Hinata le estaba resultando fácil su rapto.
Naruto la había escuchado decirle a su tía que se irían de Londres en barco. Por lo tanto supuso que su destino sería el muelle. Entonces el carruaje giró en una de las calles laterales cercana a la ribera y se detuvo abruptamente frente a una de las tabernas más conocidas de la ciudad.
Ella iba tras de la maldita sortija de matrimonio, pensó Naruto irritado. Naruto saltó del carruaje Y se colocó en la luz pues quería que los hombres que estaban frente a la taberna le vieran bien. Separó las piernas como para pelear, colocó la mano derecha sobre el látigo que tenía atado en el cinturón, y frunció el entrecejo.
El grupo advirtió su presencia. Tres de los más pequeños regresaron a la taberna. Los otros cuatro se apoyaron sobre la pared de piedra y miraron hacia el suelo.
El conductor bajó, recibió órdenes y entró rápidamente en la taberna. Regresó un minuto después, murmurando que tendría que recibir más dinero por todos los problemas que tenía que soportar, y regresó a su asiento.
Pasaron unos minutos más y la puerta de la taberna se volvió a abrir. Salió un hombre con rostro huraño y un gran abdomen. Llevaba ropa arrugada, sucia y muy usada. El extraño se quitó el cabello grasiento de la frente en un lamentable intento por arreglarse mientras se acercaba con jactancia al carruaje.
—Mi amo, Hizashi Hyūga, está demasiado borracho para salir —anunció—. Venimos a esta parte de la ciudad cuando queremos que nadie lo sepa —agregó—. Vine en su lugar, señora. Su cochero dijo que una mujer necesitaba algo, y creo que soy el hombre que necesita.
El desagradable sujeto se rascó la ingle mientras esperaba la respuesta a su ofrecimiento.
El olor hediondo del hombre entró por la ventanilla. Hinata casi da una arcada. Se colocó el pañuelo perfumado en la nariz, se volvió hacia su tía y le susurró:
—¿Conoces a este hombre?
—Por supuesto que sí —le contestó su tía—. Su nombre es Ko, Hinata, y es el que ayudó a tu tío.
—¿Le golpeó?
—Sí, querida, lo hizo —respondió Kurenai—. En realidad, varias veces.
El sirviente en cuestión no podía ver el interior oscuro del carruaje. Se inclinó hacia delante para ver mejor a su presa.
Naruto se acercó hasta un costado del carruaje. Su intención era destrozar al hombre por haberse atrevido a mirar lascivamente a su novia. Se detuvo al ver que un puño con guante blanco volaba a través de la ventanilla y golpeaba ruidosamente la bulbosa nariz del hombre.
Ko no estaba preparado para el ataque. Emitió un grito de dolor, se tambaleó hacia atrás y se cayó de rodillas.
Mientras decía una maldición tras otra, trató de ponerse diligentemente de pie.
Hinata aprovechó su ventaja. Abrió con violencia la puerta del carruaje y golpeó al villano en la parte media de su cuerpo. El sirviente dio casi un salto mortal antes de caer en la cuneta sobre su trasero.
Los hombres que estaban apoyados contra la pared gritaron en señal de aprecio por el espectáculo que estaban observando. Hinata ignoró a su público mientras bajaba del carruaje. Se volvió para entregarle el bolso a su tía, se quitó los guantes y también se los entregó por la ventanilla, y finalmente, se dirigió al hombre que estaba desparramado en el suelo.
Estaba demasiado enfurecida como para preocuparse. Se colocó sobre su víctima como si fuera un angel vengador. Le temblaba la voz de furia cuando le dijo:
—Si alguna vez vuelve a maltratar a una dama, Ko, juro por Dios que tendrá una muerte lenta y agonizante.
—Nunca maltraté a una dama —se quejó Ko. Estaba tratando de recuperar el aliento para abalanzarse sobre ella—. ¿Cómo sabe mi nombre?
Kurenai se asomó por la ventanilla.
—Eres un gran mentiroso, Ko —le gritó—. Te vas a quemar en el infierno por tus pecados.
Ko abrió grandes los ojos.
—¿Cómo ha salido...?
Hinata interrumpió la pregunta dándole un puntapié. Él la volvió a mirar con una expresión insolente.
—¿Crees que tienes agallas para lastimarme?— le preguntó con un gesto despectivo. Miró a los hombres que estaban apoyados contra la pared. En realidad, el sirviente estaba más humillado que herido por el ataque de Hinata. Las risitas eran más hirientes que la bofetada—. La única razón por la que no respondo es porque mi amo querrá darte una buena paliza antes de entregarte a mí.
—¿Tienes idea de en qué problema estás metido, Ko? —le preguntó Hinata—. Mi esposo se va a enterar de esta atrocidad, y él sí se desquitará. Todo el mundo teme al marqués de St. Namikaze, incluso los cerdos ignorantes como tú, Ko. Cuando le cuente lo que hiciste te hará lo mismo. El marqués hace lo que le pido –se detuvo para chasquear los dedos—. Oh, veo que he logrado acaparar toda tu atención con esa promesa –agregó asintiendo con la cabeza al ver que Ko había cambiado su expresión. El hombre parecía aterrorizado. Ya no intentaba ponerse de pie sino que se arrastraba hacia atrás sobre su trasero.
Hinata estaba excesivamente complacida consigo misma. No se había dado cuenta de que Ko había visto al gigante que estaba a escasos tres metros detrás de ella. Pensó que había atemorizado al sirviente mencionando a un St. Namikaze.
—Un hombre que golpea a una dama es un cobarde —le anunció— Mi esposo mata a los cobardes como si fueran mosquitos. Y si tienes alguna duda, recuerda que es un St. Namikaze.
— Hinata, querida —la llamó Kurenai—¿ Quieres que te acompañe adentro?
Hinata no dejó de mirar a Ko cuando le respondió a su tía.
—No, Kurenai. No estás vestida para esta ocasión. No tardaré.
—Entonces apúrate —le gritó Kurenai—. Te enfriarás, querida.
Kurenai continuó asomada por la ventanilla, aunque su mirada estaba dirigida hacia Naruto. El la saludó asintiendo enérgicamente con la cabeza y volvió a observar a su novia.
Kurenai advirtió rápidamente cómo el hombre corpulento mantenía a los sabuesos alejados. Su tamaño era intimidatorio. No tardó en darse cuenta de que estaba protegiendo a Hinata. Kurenai pensó en advertir a su sobrina, pero luego descartó la idea. Hinata tenía suficientes cosas por las que preocuparse. Esperaría para mencionarle a su salvador hasta que Hinata terminara con su importante misión.
Naruto mantenía su atención en Hinata. Ciertamente, su novia estaba llena de sorpresas. Le costaba aceptarlo. Había visto lo cobardes que eran los Hyūga. Los hombres de la familia siempre hacían sus trabajos sucios en la oscuridad o cuando un hombre les daba la espalda. Sin embargo, Hinata no estaba actuando como una Hyūga. Actuaba con valentía para defender a la anciana. Y estaba furiosa.
Naruto pensó que no se sorprendería si sacaba una pistola y le disparaba a su víctima entre los ojos. Estaba terriblemente enojada.
Hinata pasó junto al sirviente, se detuvo para mirarle bien, y luego entró rápidamente en la taberna.
Naruto se acercó de inmediato a Ko. Le tomó del cuello, le levantó en el aire y luego le arrojó contra la pared de piedra.
El público se dispersó como si fueran ratones para evitar que los golpeara. Ko se golpeó contra la pared y cayó al suelo desmayado.
—¿Buen hombre? —le llamó Kurenai—. Creo que mejor debería entrar. Mi Hinata necesitará otra vez su ayuda.
Naruto se volvió para mirar con el entrecejo fruncido a la mujer que se atrevía a darle una orden. Entonces los silbidos y las risas provenientes del interior de la taberna acapararon su atención.
Con un gruñido de frustración por lo que consideraba una inconveniencia desenrolló su látigo y se dirigió hacia la puerta.
Hinata localizó a su tío, que estaba encorvado sobre su cerveza en una mesa redonda, en el centro del establecimiento. Se abrió camino entre la multitud de parroquianos para llegar hasta él. Pensó que utilizaría la vergüenza y la razón para recuperar la sortija de la tía Kurenai. Sin embargo, cuando vio el anillo de plata en su dedo su mente quedó vacía de todo argumento razonable.
Había una copa llena de cerveza negra sobre la mesa. Antes de poder contenerse, Hinata tomó la copa y se la vació en la cabeza de su tío.
Él estaba demasiado borracho como para reaccionar rápidamente. Gritó, eructó y luego trató de ponerse en pie.
Hinata le había quitado la sortija del dedo antes de que pudiera detenerla.
Tardó bastante en poder enfocarla. Hinata se colocó la sortija en el dedo mientras esperaba.
—Dios mío... ¿Hinata? ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Sucede algo malo? —el tío Hizashi balbuceó las preguntas con jactancia. El esfuerzo le costó la poca fuerza que le quedaba. Se volvió a sentar y la miró con los ojos inyectados de sangre. Hizashi se dio cuenta de que la copa estaba vacía—. ¿Dónde está mi cerveza? —le gritó al tabernero.
Hinata estaba completamente disgustada con su tío. Aunque creía que luego no iba a recordar ni una palabra de su sermón, estaba decidida a decirle lo que pensaba de su conducta pecaminosa.
—¿Sucede algo malo? —repitió su pregunta con tono de burla—. Eres despreciable, tío Hizashi. Si mi padre hubiera sabido lo que tú y sus otros hermanos le estabais haciendo a la tía Kurenai, estoy segura de que habría llamado a las autoridades y os hubiera enviado a la horca.
—¿Qué dices? —le preguntó Hizashi. Se frotó la frente mientras trataba de concentrarse en la conversación—. ¿Kurenai? ¿Me estás gritando por esa mujer inservible?
Antes de que Hinata pudiera responder a esa vergonzosa observación, él continuó:
—Tu padre estaba enterado del plan desde un principio. Kurenai es demasiado vieja para cuidar de sí misma. Nosotros sabemos qué es lo mejor para ella. No trates de hacer una escena conmigo, niña, pues no te diré dónde está.
—¡Ustedes no saben qué es mejor para ella! —gritó Hinata-—. Lo que tú quieres es su herencia, y ésa es la verdadera razón. Todo el mundo en Londres conoce tus deudas de juego, tío. Encontraste una forma fácil de pagarlas, ¿verdad? Iban a encerrar a Kurenai en un asilo, ¿no es así?
Hizashi miraba alternativamente su copa de cerveza vacía y la expresión violenta de su sobrina. Finalmente, comprendió que ella le había volcado la cerveza en la cabeza. Se tocó el cuello de la camisa para asegurarse y cuando sintió la humedad pegajosa se puso lívido. Necesitaba otra cerveza desesperada mente.
—Vamos a alejar a la bruja, y no puedes hacer nada al respecto. Ahora vete a casa antes de que te golpee el trasero.
Hinata oyó una risita detrás de ella, se volvió miró a un parroquiano.
—Beba su refresco, señor, y no se meta en esto —sólo volvió a mirar a su tío después de que el extraño bajó su mirada hacia su copa—. Estás mintiendo sobre mi padre. Él nunca participaría en una crueldad así. Y en cuanto a golpearme, hazlo y tendrás que sufrir la ira de mi esposo. Se lo contaré —le amenazó asintiendo con la cabeza.
Hinata esperaba que su amenaza vacía sobre los métodos de represalia de su esposo tuvieran el mismo éxito con su pariente que habían tenido con el sirviente Ko.
Era una esperanza vana. Hizashi no se intimidó para nada.
—Estás tan loca como Kurenai si crees que un St. Namikaze saldría en tu defensa. Mira, Hinata, podría golpearte y nadie se daría por enterado, y mucho menos tu esposo.
Hinata se mantuvo firme. Estaba decidida a obtener la promesa de su tío de dejar en paz a Kurenai antes de retirarse de la hedionda taberna. Temía que él o alguno de sus hermanos enviara a alguien a seguir a su tía y a traerla de regreso a Inglaterra. La herencia de Kurenai del patrimonio de su padre era lo suficientemente importante como para que valiera la pena la molestia.
Estaba tan exasperada con su tío que no advirtió que algunos de los parroquianos se estaban acercando lentamente hacia ella. Naruto sí lo advirtió.
Uno de los hombres que parecía el líder del grupo se relamió los labios anticipándose al bocado que creía que pronto devoraría.
Hinata comprendió repentinamente la futilidad de su plan.
—Sabes, tío Hizashi, estaba tratando de pensar en algo para que me prometieras que dejarías en paz a Kurenai, pero ahora comprendo que es una tontería. Sólo un hombre de honor cumpliría con su promesa. Tú eres un puerco como para cumplir con tu palabra.
Su tío extendió la mano para abofetearla. Hinata le esquivó fácilmente. Dejó de retroceder cuando chocó contra algo bastante sólido, se volvió y vio que estaba rodeada por varios hombres de aspecto desagradable. De inmediato advirtió que todos necesitaban un buen baño.
Todos estaban tan deslumbrados por la bella dama que no advirtieron la presencia de Naruto. Estaban demasiado ansiosos como para ser precavidos. Un momento después comprenderían su error. Naruto se apoyó contra la puerta cerrada y esperó la primera provocación.
Se produjo con la velocidad de un rayo. Cuando el primer infiel tomó del brazo a Hinata, Naruto rugió enfurecido. El sonido fue profundo, gutural, ensordecedor. Y también efectivo. En la taberna todo el inundo se quedó helado... todos excepto Hinata. Ella saltó y giró en dirección al sonido.
Habría gritado si no se le hubiera cerrado la garganta. Realmente le costaba respirar. Cuando vio al enorme hombre apoyado en la puerta se le aflojaron las rodillas y tuvo que sostenerse de la mesa para no caerse. El corazón le golpeaba dentro del pecho y tenía la sensación de que moriría de miedo.
¿Qué era él? No, qué no, se corrigió, sino quién. Él era un hombre... sí, un hombre... pero el más grande, el de aspecto más peligroso, el más... oh Dios, la estaba mirando fijamente.
La llamó con un dedo.
Ella negó con la cabeza.
Él asintió con la cabeza.
Todo el lugar comenzó a dar vueltas. Hinata tendría que volver a confiar en su ingenio. Trató desesperadamente de encontrar algo en el gigante que no fuera tan aterrador.
Entonces advirtió que alguien la estaba tomando del brazo.
Sin dejar de mirarle sacó la mano de su brazo dándole una palmada
El gigante parecía haberse bañado. Eso ya era bastante. Su cabello también parecía limpio. Era de color rubio, bronceado en su rostro y sus brazos. Dios santo, pensó, sus brazos y sus hombros eran tan... musculosos. También sus muslos. El pantalón ajustado le marcaba el arma que llevaba. Pero era un pantalón limpio. Generalinente, los villanos llevan pantalones arrugados y malolientes, ¿verdad?
Por lo tanto, razonó ilógicamente, él no podía ser un villano.
Esa conclusión la hizo sentirse mejor. Ya podía respirar. Muy bien, pensó, él no es un villano; es sólo un jefe guerrero, decidió después de realizar una completa inspección, quizás un guerrero vikingo por el largo de su cabello. Sí, era simplemente un bárbaro que de alguna manera se había trasladado en el tiempo.
El guerrero de ojos celestes le volvió a indicar que se acercara a él. Ella miró hacia atrás para asegurarse de que no estaba llamando a otra persona. No había nadie allí.
Se refería a ella. Pestañeó, pero él no desapareció. Sacudió la cabeza como para borrar esa visión del infierno.
El la volvió a llamar con un dedo.
—Ven aquí.
Su voz era profunda, imperativa, arrogante. Que Dios la ayudara... comenzó a caminar hacia él
Entonces se abrió el infierno. El sonido del látigo en el aire, el grito de dolor del tonto que trató de tocarla cuando ella pasó junto a él, retumbaron en los oídos de Hinata. No miró el revuelo. Su mirada estaba dirigida hacia el hombre que estaba destruyendo metódicamente la taberna.
Lo hacía parecer tan fácil. Un simple movimiento de su muñeca, que no parecía costarle el menor esfuerzo, dejaba una impresión perdurable en su público.
Hinata también advirtió que, cuanto más se acercaba a él, Naruto fruncía más el entrecejo.
Obviamente, el guerrero no estaba de buen humor. Decidió que le complacería hasta que pudiera recuperar su compostura. Luego correría hacia afuera, subiría al carruaje con Kurenai y escaparía hacia el muelle.
Era un buen plan, pensó. Pero el problema era quitar primero al vikíngo de la puerta.
Advirtió que se había detenido a mirarle cuando le volvió a indicar que se moviera. Sintió que una mano le tomaba el hombro, la miró y oyó el chasquido del látigo.
Hinata sintió que volaba. Corrió hacia él, decidida a llegar allí antes de que le fallara el corazón.
Se detuvo delante de él, inclinó la cabeza hacia atrás, y miró esos penetrantes ojos celestes hasta que él por fin la miró. Hinata extendió impulsivamente la mano y le tocó el brazo para asegurarse de que no era un producto de su imaginación.
El era verdadero. Su piel parecía de acero, pero un acero tibio. La mirada de esos hermosos ojos la salvaron de la locura. El color era hipnotizador, intenso.
Era extraño, pero cuanto más le miraba más segura se sentía.
Sonrió aliviada. Él reaccionó levantando una ceja.
—Sabía que no eras un villano, vikingo.
Repentinamente Hinata se sintió sin peso, como si fuera flotando a través de un túnel oscuro hacia el bronceado vikingo.
Naruto la sostuvo antes de que golpeara contra el suelo. Su novia estaba completamente desmayada cuando la colocó sobre su hombro. Examinó la taberna para ver si había quedado algo. Había cuerpos sobre todo el suelo de madera.
Eso no era suficiente, pensó. Sintió la necesidad de marcar al tío cobarde que estaba escondido debajo de la mesa. Podía oír los sollozos entrecortados del hombre.
Naruto pateó la mesa para ver a su presa.
—¿Sabes quién soy, Hyūga?
Hizashi estaba en una posición fetal. Cuando negó con la cabeza, frotó el mentón contra las tablas de madera.
—Mírame, desgraciado.
Su voz sonó como un trueno. Hizashi le miró.
—Soy el marqués de St. Namikaze. Si alguna vez te vuelves a acercar a mi esposa o a esa anciana, te mataré. ¿Nos entendemos?
—¿Tú eres... él?
A Hizashi se le había subido la bilis a la garganta y casi no podía hablar. Naruto le empujó con la punta de la bota y luego salió de la taberna.
El tabernero espió desde su escondite detrás de la parrilla y observó la devastación que le rodeaba. Esa noche oscura ya no vendería más cerveza, va que casi ninguno de sus clientes estaba en condiciones de beber. Cubrían el suelo como cáscaras de nueces. Era una escena que no olvidaría. Quería recordar cada detalle para poder contarle a sus amigos lo que había sucedido. También sabía cómo contaría el final. El caballero Hyūga llorando como un niño haría reír a sus futuros clientes.
Un ruido de arcadas distrajo al tabernero de sus meditaciones. El poderoso Hyūga estaba vomitando sobre el suelo.
El grito enojado del tabernero se fundió con la exclamación entrecortada de miedo de Kurenai. Cuando vio a su sobrina sobre el hombro del extraño se tomó el pecho con la mano.
—¿Hinata está herida? —exclamó. Se imaginaba lo peor.
Naruto negó con la cabeza. Abrió la puerta del carruaje y luego se detuvo para responderle a la anciana con una sonrisa.
—Se desmayó.
Kurenai se sintió tan aliviada con la noticia que no advirtió que el hombre estaba complacido por la condición de su sobrina.
Se corrió para dejar un espacio para Hinata. Sin embargo, Naruto colocó a su novia en el asiento opuesto. Kurenai le echó un vistazo a Hinata para ver si todavía respiraba, y luego se volvió para mirar a su salvador. Observó cómo recogía su látigo y lo colgaba en su cinturón.
Kurenai no esperaba que subiera al vehículo con ellas. Cuando él lo hizo ella se corrió a un rincón del asiento.
— Hinata se puede sentar a mi lado —le ofreció Kurenai.
Naruto no se molestó en contestarle. Sin embargo, ocupó todo el lugar del asiento de enfrente. Luego colocó a Hinata sobre su regazo. Kurenai advirtió que era muy gentil cuando tocaba a su sobrina. Detuvo la mano en la mejilla de Hinata cuando le apoyó la cabeza sobre su pecho. Hinata emitió un pequeño suspiro.
Kurenai no sabía qué pensar del hombre. El carruaje ya estaba en pleno movimiento cuando trató de entablar una conversación.
—Joven, mi nombre es Kurenai Bettleman. La dama que acaba de salvar es mi sobrina. Su nombre es Hinata Hyūga.
—No —le respondió con tono duro—. Su nombre es lady St. Namikaze.
Después de hacer esa enfática afirmación desvió su mirada hacia la ventanilla. Kurenai continuó mirándole fijamente. El hombre tenía un perfil definido y agradable.
—¿Por qué nos está ayudando? —le preguntó—. No me convencerá diciéndome que es empleado de la familia Hyūga —agregó asintiendo con la cabeza—. ¿Le contrató alguno de los hombres de St. Namikaze?
Naruto no le respondió. Kurenai suspiró antes de volver a atender a su sobrina. Estaba deseando que Hinata se recuperara de su desmayo para aclarar la confusión.
—Dependo de esa niña que tiene en los brazos, señor. No soporto pensar que le pueda suceder algo malo
—Ella no es una niña —la contradijo.
Kurenai sonrió.
—No, pero yo aún considero que lo es —admitió Kurenai—. Hinata es un alma tan confiada, tan inocente. Se parece a la familia de su madre.
—Usted no es una Hyūga, ¿verdad?
Kurenai estaba tan complacida de que finalmente conversara con ella que volvió a sonreír.
—No —le respondió—. Soy tía de Hinata por parte de su madre. Yo era Turner antes de casarme con mi Johnny y adoptar su apellido.
Kurenai volvió a mirar a Hinata.
—Creo que nunca antes se desmayó. Bueno, pero las dos últimas semanas fueron de mucha tensión para ella. Tiene ojeras, obviamente no ha dormido bien. La preocupación por mí —agregó con un poco de ronquera—. Aun así, debe de haber visto algo muy atemorizante para que se desmayara. ¿Qué supone que...?
Kurenai dejó de especular cuando vio la mueca que hacía Naruto. El hombre era muy peculiar pues sonreía por las cosas más extrañas.
Luego le explicó:
—Ella me vio a mí.
Hinata comenzó a moverse. Aún se sentía mareada, desconcertada, pero maravillosamente cómoda. Frotó la nariz contra la tibieza del pecho de Naruto, inhaló la fragancia limpia y masculina, y suspiró satisfecha.
—Creo que está reaccionando —susurró Kurenai—. Gracias a Dios.
Hinata giró la cabeza lentamente para mirar a su tía.
—¿Reaccionando? —le preguntó bostezando de manera muy poco femenina.
—Te desmayaste, querida.
—No —respondió Hinata consternada—. Nunca me desmayo. Yo... — detuvo su explicación al advertir que estaba sentada en el regazo de alguien. No, en el regazo de alguien no, en el regazo de él.
Se puso pálida. Recordó todo.
Kurenai se acercó para darle una palmada en la mano.
—Todo está bien, Hinata. Este amable caballero te salvó.
—¿El que tenía el látigo? —susurró Hinata, rogando estar equivocada.
Kurenai asintió con la cabeza.
—Sí, querida, el del látigo. Debes darle las gracias, y por el amor de Dios, Hinata, no te vuelvas a desmayar. No traje las sales aromáticas.
Hinata asintió con la cabeza.
—No me volveré a desmayar -—le respondió y para poder cumplir su promesa decidió que sería mejor no volver a mirarle.
Trató de salir de su regazo sin que él lo notara, pero en cuanto comenzó a moverse él la tomó más fuerte de la cintura.
Ella se inclinó un poco hacia delante.
—¿Quién es él? —le preguntó a Kurenai.
Su tía se encogió de hombros.
—Aún no me lo ha dicho —le explicó—. Quizá, querida... si le dices lo agradecida que estás... bueno, nos diga su nombre.
Hinata sabía que era descortés hablar sobre un hombre como si no estuviera allí. Se volvió lentamente para mirarle la cara, aunque le miró deliberadamente el mentón.
—Gracias, señor, por haber entrado en la taberna para defenderme. Siempre estaré en deuda con usted.
Él le levantó el mentón con el pulgar. Su mirada era inescrutable.
—Me debes más que gratitud, Hinata.
Hinata abrió grandes los ojos.
—¿Sabe quién soy?
—Yo se lo dije, querida —acotó Kurenai.
—No tengo más monedas —le dijo Hinata—. He gastado todo lo que tenía para comprar los pasajes para nuestro viaje. ¿Nos está llevando al puerto?
El asintió con la cabeza.
—Tengo una cadena de oro, señor. ¿Eso sería suficiente?
—No.
Su respuesta abrupta la irritó. Le miró disgustada por ser tan descortés.
—Pero no tengo más que ofrecerle —le anunció.
El carruaje se detuvo. Naruto abrió la puerta. Se movió con una velocidad increíble para ser un hombre tan grande.
Estaba fuera del carruaje ayudando a bajar a Kurenai antes de que Hinata se hubiera arreglado el vestido. El hombre la había arrojado a un rincón del carruaje.
De pronto la volvió a tomar de la cintura. Hinata sólo tuvo tiempo de tomar sus guantes antes de que la sacara del carruaje como una bolsa de alimentos. Él se atrevió a tomarla de los hombros y apretarla junto a él. Ella protestó de inmediato.
—Señor, soy una mujer casada. Quite su brazo. No es decente.
Obviamente, sufría algún defecto auditivo, ya que ni siquiera la miró cuando le dio esa orden. Estaba a punto de intentarlo otra vez cuando él emitió un silbido penetrante. Hasta ese momento la zona iluminada por la luz de la luna había estado completamente desierta. En un abrir y cerrar de ojos estaba completamente rodeada de hombres.
La tripulación de Naruto miró fijamente a Hinata. Actuaban como si nunca antes hubieran visto una mujer bonita. El miró a su novia para ver cómo reaccionaba ante sus miradas de adoración. Ella no estaba prestando atención a los hombres. Estaba ocupada mirándole a él. Naruto casi sonrió.
La apretó un poco para que abandonara su muestra de insolencia, y luego se dirigió a la anciana.
—¿Tiene algún equipaje?
—¿Tenemos, Hinata? —preguntó Kurenai.
Hinata trató de alejarse de su ancla antes de responder.
—Le dije que soy una mujer casada. Ahora suélteme
Él no se movió. Ella desistió.
—Sí, Kurenai, tenemos equipaje. Tomé algunas cosas prestadas de mamá para ti. Estoy segura de que no se molestará. Nicholas guardó las maletas en el depósito de Marshall. ¿Podemos ir a buscarlas?
Trató de dar un paso hacia delante, pero se encontró atrapada otra vez por el gigante.
Naruto vio a Kiler B detrás de la tripulación y le indicó que se acercara. Un hombre alto, de piel oscura, se acercó y se detuvo frente a Hinata. Ella abrió los ojos al ver al otro gigante.
Le miró detenidamente durante un momento y luego llegó a la conclusión de que hubiera sido atractivo si no hubiera sido por el extraño pendiente de oro que llevaba en la oreja.
Debió de haber sentido que Hinata le miraba fijamente pues repentinamente se cruzó de brazos y la miró con el entrecejo fruncido.
Ella también frunció el entrecejo.
Una chispa apareció en sus ojos oscuros y le regaló una amplia sonrisa. Ella no supo cómo interpretar ese extraño comportamiento.
—Que dos hombres se ocupen del equipaje, Kiler B —le ordenó Naruto—. Abordaremos el Seahawk cuando amanezca.
Hinata advirtió que el vikingo se había incluido en sus planes.
—Mi tía y yo estaremos perfectámente seguras ahora —le dijo—. Estos hombres parecen bastante agradables, señor. Ya hemos abusado demasiado de su valioso tiempo.
Naruto continuó ignorándola. Llamó a otro hombre. Cuando se adelantó un hombre musculoso aunque más bajo, Naruto le indicó:
—Ocúpate de la anciana, Asuma.
Kurenai emitió un sonido entrecortado. Hinata pensó que era porque las iban a separar. Sin embargo, antes de que pudiera discutir con su protector, Kurenai irguió los hombros y se acercó lentamente al hombre enorme.
—No soy una anciana, señor, y olvidaré ese insulto. Tengo cincuenta y un años, joven, y me siento muy ágil.
Naruto levantó un poco una ceja, pero contuvo su sonrisa.
Una brisa derribaría a la anciana por lo frágil que parecía, sin embargo, tenía el tono de voz de un comandante.
—Debería disculparse con mi tía —le indicó Hinata.
Ella se volvió hacia su tía antes de que él pudiera reaccionar ante esa afirmación.
—Estoy segura de que él no quiso herir tus sentimientos, Kurenai. Sólo es rudo.
Naruto sacudió la cabeza. La conversación era ridícula para él.
—Muévete, Asuma —le ordenó.
Kurenai se volvió hacia el hombre que estaba cerca de ella.
—¿Y dónde cree que me va a llevar?
Como respuesta, Asuma levantó en brazos a Kurenai.
—Bájeme, bribón.
—Está bien —respondió Asuma—. Pareces enferma. No me pesas más que una pluma.
Kurenai estaba a punto de protestar otra vez, pero su siguiente pregunta la hizo cambiar de idea.
—¿Dónde te hiciste esos moretones? Dime el nombre del maldito infiel y con gusto le cortaré el cuello por ti.
Kurenai le sonrió al hombre que la estaba sosteniendo. Advirtió que tenía casi su misma edad y que parecía un hombre decente. Hacía años que no se sonrojaba, pero sintió que en ese momento lo estaba haciendo por el calor que sentía en las mejillas.
—Gracias, señor —balbuceó mientras se acostaba el rodete en la cabeza—. Es un ofrecimiento muy amable de su parte.
Hinata estaba sorprendida por el comportamiento de su tía.
¡Estaba pestañeando y actuando como una joven coqueta en su primera fiesta! Los observó hasta que se perdieron de vista, y luego advirtió que los demás hombres también se habían desvanecido. Estaba sola con su salvador.
—¿Mi tía Kurenai estará segura con ese hombre? —le preguntó.
Su respuesta no fue más que un gruñido de obvia irritación.
—¿Un gruñido significa sí o no? —le preguntó Hinata.
—Sí —le contestó con un suspiro cuando ella le golpeó en las costillas.
—Por favor, suélteme.
Él hizo lo que le pidió. Hinata estaba tan sorprendida que casi pierde el equilibrio. Quizá si mantenía un tono de voz agradable él escucharía otras peticiones. Ciertamente, valía la pena intentarlo.
—¿Estaré segura con usted?
Él se tomó su tiempo para responderle. Hinata se volvió y se colocó frente a él. Las puntas de sus dedos tocaban las puntas de sus botas.
—Por favor, contésteme —susurró con un tono dulce y suplicante.
Él no parecía impresionado con su intento de mantener una amable conversación. Por otra parte, su exasperación era evidente.
—Sí, Hinata. Siempre estarás a salvo conmigo.
—¡Pero no quiero estar a salvo con usted! —gritó. En cuanto las palabras salieron de su boca comprendió lo tonta que había sido esa afirmación y trató de corregirla rápidamente—. Lo que quiero decir es que quiero sentirme segura siempre. Todo el mundo quiere sentirse seguro. Hasta los villanos...
Dejó de divagar al ver que él hacía una sonrisa.
—Quiero estar a salvo sin usted. No estará planeando viajar con Kurenai y conmigo, ¿verdad? ¿Por qué me mira así?
Naruto le respondió la primera pregunta e ignoró la segunda.
—Sí, voy a viajar con ustedes.
—¿Por qué?
—Quiero hacerlo —le comunicó lentamente. Decidió esperar un poco más para darle los detalles. Hinata se volvió a sonrojar.
Naruto no sabía si era por miedo o enojo.
Su novia aún tenía pecas en la nariz. Se sintió complacido por esto. Le hizo recordar el pequeño demonio que había tenido en los brazos. Sin embargo, ya no era una niñita. Había crecido, pero aún era un pequeño demonio.
Le dio un golpecito en el pecho para que volviera a atenderla.
—Lo lamento, señor, pero no puede viajar con Kurenai y conmigo —le anunció—. Tendrá que buscar otro barco. No sería seguro para usted estar en el mismo barco conmigo
Esa extraña afirmación ganó toda su atención.
—¿Oh? ¿Y por qué?
—Porque a mi esposo no le gustaría —le explicó. Asintió con la cabeza al advertir su incredulidad, y luego continuó—. ¿Ha oído hablar del marqués de St. Namikaze? Oh por supuesto que sí. Todo el mundo sabe del marqués. Él es mi esposo, vikingo,y le dará un ataque si averigua que viajo con un... protector. No, temo que no resultará. ¿Por qué se sonríe?
—¿Por qué me llamas vikingo? —le preguntó Naruto.
Ella se encogió de hombros.
—Porque se parece a uno.
—¿Debería llamarte arpía?
—¿Por qué?
—Porque te estás comportando como una.
Sintió deseos de gritar.
—¿Quién es usted? ¿Qué quiere conmigo?
—Aún estás en deuda conmigo, Hinata.
—Oh, Dios, ¿va a volver sobre lo mismo?
Se enfureció al ver que Naruto asentía lentamente con la cabeza. Él estaba disfrutando plenamente de la situación.
Cuando Hinata lo advirtió su indignación se evaporó, ya que comprendió que nunca le haría entrar en razón. El hombre estaba loco. Sería mejor que se alejara lo antes posible de este bárbaro, pensó. Sin embargo, primero tenía que encontrar una forma de apaciguarle.
—Está bien —le contestó—. Estoy en deuda. Estamos completamente de acuerdo. Ahora, por favor, dígame qué cree que le debo e intentaré pagarle.
Se acercó para poder sostenerla si volvía a desmayarse después de que le respondiera.
—Mi nombre es Naruto, Hinata.
—¿Y? —le preguntó, intrigada por saber por qué repentinamente había decidido decirle su nombre.
Ella era lenta para comprender.
Naruto suspiró cansado.
—Y tú, lady St. Namikaze, me debes una noche de boda.
Continuará...Ésta Hinata me da mucha gracia jaja.
