Capítulo 2: La madriguera de las comadrejas


—Me llamo Dominick —les dijo la mujer gansa que los había recibido en su carro.

—Es un hermoso nombre. Nosotros somos Mickey —Mickey se señaló a sí mismo y luego a su compañero —, y él es Donald.

—Un placer conocerlos ¿Algún motivo para viajar?

—Vamos al concierto de Powerline —respondió Mickey feliz por la ayuda recibida.

—¿En serio? —respondió Dominick, más que incrédula parecía divertirle la respuesta del ratón.

—Mi hermano es fan de Powerline —comentó Dominick —. Ella y sus amigos organizaron una fiesta para ver su próximo concierto.

—Suena como un buen plan, en especial si hay mucha comida —comentó Donald de manera despreocupada. Extrañaba su hamaca y la idea de hacer un largo viaje era cada vez menos tentadora.

—¿A dónde se dirige? —en esa ocasión era Mickey el que hablaba.

—Al aeropuerto, mi primo viene de visita y me tocó a mí recogerlo.

—Es bueno escucharlo, la familia debe permanecer unida.

—Aunque no siempre es sencillo —en la voz de Dominick podía percibirse ciertos matices de broma —, algunos primos son… complicados.

—Sé de lo que hablas —Donald pensó en Fethry, Gladstone, en Kildare y en los problemas que le habían causado, especialmente Gladstone quien en más de una ocasión había admitido disfrutar de molestarlo.

—Puedo conducir, si estás muy cansada —se ofreció Mickey al ver como Dominick comenzaba a cabecear y a bostezar.

—Supongo que es una buena idea —Dominick parecía tener sus dudas, pero después de unos minutos terminó aceptando la oferta de Mickey.

Dormirse fue algo que le tomó tan solo unos minutos. Donald no tardó en imitarla y Mickey se aseguró de recorrer un largo camino antes de seguir sus pasos. No solo era por el hecho de que habían perdido mucho tiempo tratando de conseguir un transporte sino por el deseo de ayudar a la mujer que les había ofrecido su carro cuando tanto lo necesitaban. Cuando sintió que seguir conduciendo sería una amenaza, se apresuró en buscar un lugar para estacionarse, tarea que requirió más tiempo del que le hubiera gustado.

Cuando Mickey despertó era más de mediodía. Domincik se encontraba conduciendo y Donald dormía a su lado. Mickey tuvo especial cuidado para no moverse demasiado pues de hacerlo podría despertar a Donald cuya cabeza se encontraba ubicada sobre su hombro. Verlo dormir tan tranquilo le hizo preguntarse cuánto tiempo llevaba en esa posición. Sabía lo perezoso que podía ser su amigo por lo que no creía que fuera poco.

—Cerca de aquí hay una cafetería en la que sirven un café muy bueno y barato ¿Quieren pasar?

—Si tú quieres, eres la dueña del carro —respondió Mickey, preguntándose si debería despertar a Donald. Se veía tan tranquila que no quería molestarlo.

—Tomaré eso como un sí.

Dominick se mantuvo conduciendo por varios minutos hasta llegar a la cafetería de la que hablaba. Esta no era especialmente grande, pero tampoco era pequeña. Contaba con un estacionamiento de tamaño regular en el que se encontraban varios carros, la mayoría vehículos familiares.

La cafetería contaba también con una pequeña sala al área libre, con varias mesas y sillas ubicadas de manera aleatoria por toda la zona. En el centro de cada mesa había un adorno floral, Mickey estaba bastante seguro de que era natural.

—Hemos llegado —anunció Dominick orgullosa —, a la mejor cafetería del país.

—Donald, Donald, despierta.

Al principio Mickey trató de despertar a Donald con cuidado. Hablándole en voz baja y sacudiéndolo con delicadeza. Después de unos pocos intentos decidió cambiar de estrategia. Una sonrisa se formó en el rostro del ratón al pensar en lo que estaba por hacer.

—Donald, Scrooge dice que tienes que pulir sus monedas.

—Dile que no estoy —respondió Donald de manera atropellada.

Debido a la forma en que se había despertado, terminó chocando con el asiento que estaba frente a él. Mickey no pudo contener la risa al escuchar como su amigo se quejaba de su mentira. No entendía nada de lo que decía, pero por la cara que tenía no le costaba imaginar que estaba diciendo algunas groserías y es que el vocabulario de su amigo era bastante fluido.

—Era la única forma de despertarte —le dijo Mickey a modo de justificación. Le extendió la mano al pato caído —. Debes estar hambriento.

Donald gruñó antes de aceptar la mano de Mickey y de ponerse de pie. Para el ratón resultaba evidente que su amigo seguía enojado, pero que el hambre que sentía era mayor que su mal humor.

Los tres se dirigieron a la cafetería. Un vistazo al menú bastó para que Mickey pudiera comprobar que Dominick no se equivocaba al decir que los precios en ese lugar eran bajos.

—Personalmente recomiendo los panqueques, te aseguro que no abras probado unos mejores antes.

—En ese caso, pediré panqueques con café.

—Yo igual, con miel de maple.

La camarera tomó los pedidos y se retiró después de asegurar que la comida estaría lista con prontitud. Mientras esperaban, Dominick le contó acerca de su primo y como este se había ido dos años antes a la universidad. Esa era la primera vez que los visitaba desde que se había mudado de estado.

—Suena como mi hermano Oswald, suele viajar durante largos periodos y muchas veces ni siquiera avisa.

La conversación fue interrumpida con la llegada de la mesera. La joven parecía tener problemas para equilibrar las tres pilas de panqueques y las bebidas.

—¿Qué te parecen?

—Están buenos —Mickey se sintió un poco culpable al decir esas palabras. Admitía que los panqueques que servían en esa cafetería eran buenos, pero no estaba de acuerdo con Dominick cuando afirmaba que eran los mejores panqueques del país. Los que hacía Donald seguían siendo sus favoritos.

Dominick, Mickey y Donald tomaron caminos diferentes en cuanto llegaron al aeropuerto. Después de despedirse y agradecer por la ayuda brindada, Donald y Mickey continuaron con su recorrido. Al igual que hicieron después de quedarse sin un vehículo propio, decidieron caminar hasta poder dar con alguien que accediera llevarlos hasta el concierto de Powerline.

—Tranquilo, Donald —fueron las palabras de Mickey después de haber recorrido el primer kilometro —, ya verás que pronto nos encontraremos con alguien que acepte llevarnos.

—Eso mismo dijiste 500 kilómetros atrás y nada ha cambiado.

—Sé positivo y las cosas comenzaran a cambiar —aseguró Mickey, completamente convencido de sus palabras.

Las cosas cambiaron, pero no de la manera que Mickey esperaba. Después de caminar por más de dos kilómetros, decidieron detenerse a descansar. Nadie había aceptado ayudarlos y el ratón estaba convencido de que en ese lugar con temática de comadrejas podrían encontrar a alguien que estuviera dispuesto a llevarlos a Los Ángeles.

—Eres demasiado optimista para tu propio bien —comentó Donald mientras veía a un padre bailar con su hijo en medio de la gente.

—Lo dices como si fuera algo malo —Mickey colocó uno de los gorros con forma de comadreja sobre la cabeza de su amigo. Lo primero que había pensado al ver ese peculiar gorro era que debía estar sobre la cabeza de su amigo.

Mickey sabía que Donald le había dicho algo, también que el pato era consciente de que no le había prestado atención, su gesto de enojo lo delataba. Mickey agradeció que no le preguntara por el motivo de su distracción, consideraba demasiado vergonzoso admitir que se había distraído observándolo con el gorro puesto. Lo había comprado específicamente para él y se sentía orgulloso de su decisión.

La comida en ese lugar era mala y apenas comestible. Mickey tenía la sospecha de que podría enfermarse por la cantidad de grasa que esta contenía. Pero no tenía otra alternativa. Ese era el único lugar donde podían comprar comida en varios kilómetros a la redonda y ambos se encontraban demasiado hambrientos como para esperar.

—Nunca dejaré que Huey, Dewey o Louie coman en un lugar así y espero que tío Scrooge piense en lo mismo.

—Dudo que lo haga, la comida casera es más barata.

—Si no pasara tanto tiempo en mi casa creería que sobrevive a base de sopas instantáneas y fideos. Es demasiado tacaño.

Mickey y Donald continuaron comiendo mientras veían a los más pequeños jugar con las personas vestidas de comadrejas. No todo era felicidad, algunos niños trataban de escapar de los trabajadores y lucían, aterrados o avergonzados. Contrario a Donald, Mickey no creía que ese lugar fuera tan terrible.

—¿Quieres bailar? —Mickey le extendió a Donald la mano a modo de invitación.

Pese a que Donald no parecía tener intenciones de bailar, Mickey no tomó esa reacción como una negativa. Estrechó su mano y lo arrastró hasta el lugar en donde otras personas bailaban. Varias personas se apresuraron a rodearlos, cantando y bailando con igual emoción. Para Mickey lo que pasaba era muy divertido, para Donald no tanto.

Después de varios minutos se detuvieron. Mickey y Donald se acercaron a muchas de las personas y les hicieron a todos la misma pregunta:

"¿Podría llevarnos a Los Ángeles?"

La respuesta siempre era la misma. Un "No" que en ocasiones trataba de ser educada o que era bastante cortante. En más de una ocasión Donald no se tomó nada bien ese tipo de respuestas y en todas esas ocasiones Mickey se encargó de calmarlo.

—Pronto tendremos mejores resultados —era la frase que Mickey solía repetir con más frecuencia.

Dejaron el lugar cuando notaron que se estaba quedando vacío y que los trabajadores estaban cerrando varios de los puestos. Aunque quedarse en ese sitio era una opción, ni Mickey ni Donald lo consideraron, ciertamente no era algo que les interesara. En un lugar de eso decidieron quedarse en un pequeño lote baldío no muy lejos de allí.

—Suerte que trajiste bolsas para dormir.

—Años tratando con Scrooge me han enseñado a estar preparado para lo que sea.

Mickey sonrío al escuchar las palabras de Donald. Había trabajado para Scrooge McDuck en unas cuantas ocasiones y sabía que tan demandante podía llegar a ser. Era el pato más rico del mundo y eso era por un motivo. No era que disfrutara del sufrimiento de su amigo, el motivo de su sonrisa era porque admiraba lo valiente que Donald podía ser.

—Deberíamos hacer esto más seguido. El cielo se ve hermoso —Mickey señaló el cielo, tratando de descubrir una constelación.

—Esa es la Osa Mayor.

—Eres admirable —las palabras de Mickey eran sinceras —, no pude aprenderme todas las constelaciones, de hecho, me aprendí muy pocas.

—No sigas, harás que me sonroje —pese a sus palabras, Mickey pudo percibir que Donald no estaba ofendido y que, incluso había disfrutado de ese halago.

—La vista es hermosa —continuó hablando Mickey, adoraba las estrellas, pero eso no era lo único que tenía en mente. A su lado había algo que llamaba poderosamente su atención.

Mickey hubiera querido que Goofy lo acompañara, el concierto de Powerline parecía la oportunidad perfecta para que pudieran compartir algo de tiempo, del mismo modo en que lo habían hecho en el pasado, pero no cambiaría nada de ese viaje si pudiera. Él sabía que Goofy necesitaba de ese viaje con su hijo y una parte de él, una que quería ser egoísta, disfrutaba de las cosas tal y como eran.

—Cierto, en la ciudad es difícil apreciar las estrellas —Donald bostezó —. Voy a dormir, descansa, Mick.

—Buenas noches, Don.