Capítulo 5 - La varita escoge al mago.
Durante las últimas cuatro semanas, Harry pasó los días leyendo todos los libros que pudo. Al no contar aún con una varita, pensó que lo mejor era preparar bien la mente antes de poner en práctica el uso de los hechizos.
Harry se interesó principalmente en cuatro campos: Defensa contra las Artes Oscuras: Con los conocimientos de esa materia no solo aprendería a protegerse a sí mismo, sino a todos sus seres queridos, y su sentido del deber siempre le exigía al joven mago, sacrificio. Pociones: La elaboración de pociones le parecía una materia entretenida y fascinante, siendo lo más parecido a la química. Podría elaborar todo tipo de filtros y pociones útiles para muchas cosas, como sanar heridas. Encantamientos: Aprender una gran variedad de hechizos y encantamientos para hacer muchísimas cosas chulas, entre ellas, crear efectos mágicos alucinantes, mover objetos, hacerlos explotar, hacerlos flotar, o reparar, entre otras cosas. Transformaciones: Tenía que ser divertido convertir objetos o personas en animales u otros bichos. A Harry le gustaba la idea convertir a su primo Dudley en un cerdo de verdad, aunque ya lo aparentaba.
A parte de leerse todos los libros adicionales, Harry trató de recordar lo que aprendía de los libros que había estado repasando, los cuales eran para el año escolar. De ese modo, sabría cómo responder a sus profesores y no decepcionarlos.
- No debe de ser muy difícil, - pensó Harry de manera divertida mientras leía "Una Historia de la magia" de Bathilda Bagshot. - me imagino que será algo parecido a lo que suelo hacer en mis clases muggles. ¡Oh vaya! Ahora sí que empiezo a hablar como los magos, muy bien Harry. -
Durante el día, Harry se marcó una serie de actividades por hacer: Levantarse, bajar abajo para desayunar una taza de chocolate con croissant (al joven mago le gustaba ese menú mañanero), salir del Caldero Chorreante para correr de un lado a otro del Callejón Diagon, pasando por todos los sitios posibles…A excepción del Callejón Knockturn.
Hagrid le habló de ese lugar unas semanas atrás. El Callejón Knockturn era una zona comercial del Callejón Diagon, la cual estaba llena de tiendas dedicadas a las Artes Oscuras, incluyendo Borgin y Burkes, que se especializaba en objetos con propiedades mágicas curiosas y fuertes. Por lo general, gente poco común y peligrosa caminaba por allí. Hagrid le recomendó rigurosamente no adentrarse, ya que la gente pensaría que no tramaba nada bueno. Por otra parte, también le habló de cómo se llega a Hogwarts. Para ir, los estudiantes subían a un tren conocido como "Expreso de Hogwarts", el cual se tomaba en el andén nueve y tres cuartos.
Ese andén se encontraba entre las estaciones 9 y 10 de King's Cross. Al inicio del curso escolar y al final, los estudiantes pasaban a través de una pared entre el muro con los números 9 y 10 de la estación de trenes, la cual solo podía ser usada por los magos y brujas.
Hagrid le contó que los magos dejaron encantamientos especiales en determinados sitios para que estos fueran apartados de la vista de los "no mágicos" y, por tanto, no pudieran fisgonear en el mundo mágico. Además, de intentar algo, de seguro el ministerio se encargaría de poner las cosas en su sitio.
- Los del ministerio se parecen a ese grupo misterioso dedicado a perseguir actividades paranormales. - pensó el azabache, divertido. - Deben de actuar igual que los protagonistas del comic de "Men in Black" …-
En "Hogwarts: Una historia" encontró mucha información que le sería de utilidad al llegar al colegio de magia y hechicería. Aprendió que, al llegar, los estudiantes eran elegidos para una de las cuatro casas de Hogwarts por medio del Sombrero seleccionador, un sombrero mágico que se encargaba de escoger una casa para el estudiante que se lo ponía. Una vez elegidos, esa casa sería su casa hasta terminar sus años como estudiante, un total de siete.
Las casas eran Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin.
De todas ellas, la que más le llamó la atención a Harry fue Gryffindor, pues sus principales rasgos eran el valor y la caballerosidad.
Hagrid le dijo que esa era la casa en la que estuvieron Dumbledore, McGonagall y sus padres. Entonces Harry comprendió que de esa casa salían los grandes magos, los mejores, aquellos que daban sus vidas por proteger a los demás, aquellos con voluntad para hacer frente a cualquier miedo, tal y como quería hacerlo él.
Sin embargo, las otras casas también tenían algunos rasgos que el azabache consideró que eran buenas.
En Hufflepuff, sus rasgos eran la lealtad, la dedicación y el trabajo duro. Esos valores también eran muy importantes para Harry, sin embargo, Hagrid le dijo una vez que los de esa casa eran en su mayoría inútiles. Él, por su parte, consideró que se trataba solo de su opinión, y esperaba poder comprobarlo por sí mismo.
Ravenclaw tenía como rasgos la inteligencia y el ingenio. Harry era inteligente, pero esa no era precisamente su mayor virtud. En cuanto al ingenio, tenía bastante, tanto para salir de situaciones difíciles como para meterse en ellas, aun así, ambos rasgos eran muy importantes.
Y por último, estaba Slytherin. La casa que, en opinión de muchos magos y brujas, tenía la peor reputación. Sus rasgos, sin embargo, le parecían interesantes: Ambición, astucia, determinación, también ingenio y auto-preservación. Esos valores también tenían mucho sentido para Harry. Lo malo era que de esa casa habían salido la mayoría de magos oscuros conocidos y desconocidos, entre ellos, Lord Voldemort.
Saber aquello hizo que Harry se pensara seriamente si quería acabar en la misma casa de aquel mago a quien comenzaba a considerar como su mayor enemigo y ser más odiado. Definitivamente, su elección favorita era Gryffindor, y deseaba con todas sus fuerzas ser elegido para dicha casa.
Harry no podía hacer otra cosa más que considerar que la vida que estaba llevando en el Caldero Chorreante era la mejor que había tenido nunca. Sobre todo, porque no tenía que aguantar a sus terribles tíos y al idiota de su primo. No tenía que dormir en una alacena, pues estaba durmiendo en una cama matrimonial, toda para él solo; No tenía que venir nadie a levantarlo forzadamente, pues él mismo escogía cuando levantarse; No tenía que cocinar pues en el bar servían excelentes platos y aperitivos; No tenía que limpiar u ordenar su habitación, pues de ese trabajo ya se encargaba el servicio de limpieza…y lo más importante, no tenía que obedecer órdenes de nadie, pues en esos momentos el mismo se gobernaba.
Sin darse cuenta, llegó el 31 de Julio, y con él, su cumpleaños. Pero Harry ni se percató se percató de ello pues, ese día siempre pasaba desapercibido para él, ya que los Dursley nunca celebraron su cumpleaños, y mucho menos se acordaron de darle regalos, tampoco los había por navidad.
Mientras repasaba una vez más el libro de pociones, tranquilamente sentado en el sofá de una sola persona, alguien llamó a la puerta.
- Adelante. - dijo Harry, mientras cerraba el libro.
Quien abrió la puerta y entró no era otro que Hagrid. Llevaba consigo una cajita rosada, atada con un lazo azulado, y una jaula con una lechuza de plumas blancas dentro.
- ¡Hagrid! - exclamó el azabache, emocionado, antes de abrazar a su enorme amigo.
- Hola Harry, - sonrió Hagrid. - no podía faltar el día de tu cumpleaños. -
- ¿Eh? ¿Te acordaste? - preguntó Harry, sin entender.
- Pues claro que si amigo mío, - dijo Hagrid alegremente. - aquí tienes. - abrió la caja para revelar un delicioso pastel de fresa.
- E…esto es…¿una tarta de cumpleaños? -
Harry nunca tuvo una tarta de cumpleaños, pues nunca lo había celebrado. El simple hecho de que alguien se acordara ya de por sí, era algo nuevo para él.
Hagrid asintió, mientras que Harry comenzaba a tener los ojos llorosos. - De verdad, ¿es…para mí? - preguntó de nuevo el muchacho.
- Por supuesto que es para ti, es tu cumpleaños Harry. - repuso Hagrid. - Oh, y justo eso me recuerda…¡Feliz Cumpleaños, Harry! - exclamó sonriente, mientras le daba un fuerte abrazo a Harry.
El chico sentía como si sus costillas corrieran peligro de romperse por la fuerza del abrazo, pero no tenía nada que reprochar, sino agradecer el detalle de su gran amigo.
- Muchas…gracias Hagrid…de verdad…- jadeó el joven mago, mientras intentaba recobrar el aliento.
- Oh, y eso no es todo. - le aseguró Hagrid. - Este…es tu regalo de cumpleaños. -
- ¿¡Que!? - La lechuza era para Harry, y él, incapaz de creérselo, volvió a preguntar: - ¿Es en serio? ¿Es para mí? -
La tarta ya era una sorpresa, pero el hecho de recibir un regalo no tenía precedentes.
- Es tu regalo de cumpleaños Harry, - dijo Hagrid, sin dejar de sonreír. - me hacía ilusión poder regalarte uno, por lo que te pedí que esperaras a este día…-
- Muchísimas gracias…- susurró Harry. Se sintió como el niño más feliz de la Tierra, por fin, después de tantos años, tenía un regalo.
- ¿Quieres ponerle nombre a la pequeñita? - preguntó Hagrid.
Pensando un poco en los libros que había leído, Harry formuló un nombre para su nueva lechuza. - La llamaré Hedwig, - dijo. - ¿qué te parece? -
- Es un nombre muy bonito, Harry. - asintió el semigigante.
- ¿A que sí? - se alegró Harry. - Se me ocurrió después de leer "Una Historia de la magia". -
- Ya veo. Te has ido leyendo todos los libros, ¿no? -
Harry asintió, muy satisfecho por su dedicación.
- Eso es estupendo, me recuerdas a Lily, tu madre. - comentó Hagrid. - Ella era una chica muy estudiosa e inteligente. Una vez James me contó que ella se leyó todos los libros que compró, además de otros adicionales antes de entrar en Hogwarts. Gracias a eso, apenas tenía problemas con alguna materia. -
Harry sonrió aún más. El descubrir que su madre hizo lo mismo le llenó de satisfacción.
- Me alegro de honrar a mi madre, - dijo. - y…dime, ¿ya puedo ir a por mí varita? - preguntó ilusionado.
- Claro, todo cuanto necesitas ya lo puedes comprar, - dijo Hagrid. - pero antes, ¿qué te parece si celebramos este día como es debido? –
- ¡Por supuesto! -
Y los dos empezaron a devorar la tarta, antes de ponerse en marcha. Cuando acabaron y dejaron las sobras metidas en el cubo de la señora de la limpieza, ambos bajaron al bar. Entonces Hagrid presentó a Harry a uno de los profesores de Hogwarts, que estaba allí tomando algo en la barra.
Era un joven pálido, parecía muy nervioso. Tenía un tic en el ojo.
- Harry, te presento al profesor Quirrell, él te dará clases en Hogwarts. – dijo Hagrid.
- P-P-Potter, n-no pue-e-do decirte l-lo contento que-e estoy de co-conocerte. - tartamudeó el profesor Quirrell, apretando la mano de Harry.
- ¿Qué clase de magia enseña usted en Hogwarts, profesor Quirrell? – preguntó el azabache educadamente.
- D-Defensa Contra las Artes O-Oscuras, - respondió el profesor. - n-no es al-algo que t-tú n-necesites, ¿verdad, P-Potter? - soltó una risa nerviosa.
- No se crea, - dijo el azabache con una sonrisa. - la verdad es que me hace mucha ilusión asistir a sus clases. -
- M-me al-legro de q-que te gusten. – tartamudeó Quirrell. - S-supongo que estás reuniendo el e-equipo, s-supongo. Yo tengo que b-buscar otro l-libro de va-vampiros. - parecía aterrorizado ante la simple mención.
- Bueno, ya tendréis tiempo de interactuar más en Hogwarts, - interrumpió Hagrid. - aún debemos ir a por lo que nos falta, nos vemos después profesor. –
-S-si, ha-hasta luego Ha-Hagrid, - se despidió Quirrell. - nos vo-voleremos a ver, P-P-Potter. –
- De acuerdo profesor, hasta la próxima. – sonrió Harry, despidiéndose con la mano mientras se iba con Hagrid.
Los dos caminaron juntos por el Callejón Diagon, entrando en las ultimas tiendas para conseguir el material restante. Al pasar cerca de la droguería, vio de espaldas a una mujer pelirroja y regordeta diciendo: - "Hígado de dragón a diecisiete sickles la onza, están locos..." -
- ¿Está siempre tan nervioso? – preguntó Harry a Hagrid, en referencia al profesor Quirrell.
- Oh, sí, pobre hombre. – respondió el semigigante, con una sonrisa triste. - Una mente brillante. Estaba bien mientras estudiaba esos libros de vampiros, pero entonces cogió un año de vacaciones para tener experiencias directas y...Bueno, dicen que encontró vampiros en la Selva Negra y que tuvo un desagradable problema con una hechicera. El caso es que desde entonces no es el mismo, se asusta de los alumnos e incluso tiene miedo de su propia asignatura...-
- Pff, ya veo, - bufó Harry. - bueno, en ese caso intentaré no asustarle demasiado. -
- Oh no te preocupes, - repuso Hagrid, mientras entraban en la tienda de calderos. - estamos hablando de ti. Estoy seguro de que Quirrell estará encantado contigo. -
Harry compró un sólido caldero de peltre, además de una bonita balanza para pesar los ingredientes de las pociones y un telescopio plegable de cobre. Luego visitaron la droguería, tan fascinante como para hacer olvidar el horrible hedor, una mezcla de huevos pasados y repollo podrido.
Mientras Hagrid preguntaba al hombre que estaba detrás del mostrador por un surtido de ingredientes básicos para pociones, Harry examinaba cuernos de unicornio plateados, a veintiún galeones cada uno, y minúsculos ojos negros y brillantes de escarabajos.
Al Salir de la droguería, los dos se dirigieron a la tienda de varitas, por fin. Era la última tienda del Callejón, y se podía leer sobre la puerta "Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.".
Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha donde Hagrid se sentó a esperar. Harry se sentía algo extraño, como si hubieran entrado en una biblioteca muy estricta.
- Buenas tardes - dijo una voz amable.
Harry dio un salto, al igual que Hagrid, también debió de sobresaltarse porque se oyó un crujido y se levantó rápidamente de la silla. Un anciano estaba ante ellos, de ojos grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local.
- Hola señor. - saludó Harry amablemente.
- Sabía que le vería por aquí pronto, señor Potter…- susurró el anciano. - Tienes los ojos de tu madre. Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su primera varita: Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encantamientos. -
- Ya veo, - pensó Harry sonriente. - mi madre era experta en encantamientos... -
El señor Ollivander se acercó al azabache. - Tu padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones. Bueno, he dicho que tu padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago. Y aquí es donde...lamento decir que yo vendí la varita que hizo esto…- Dijo, señalando la cicatriz en forma de rayo de Harry. - Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivocadas...Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer en el mundo...-
- No se culpe a si mismo señor, - dijo Harry, tratando de hacer sentir mejor al vendedor de varitas. - usted no sabía nada de lo que iba a pasar, como muchos otros…-
- Gracias, señor Potter…- dijo el señor Ollivander, agradecido, mientras alzaba la mirada hacia Hagrid. - ¡Oh! ¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegro de verlo otra vez... Roble, cuarenta centímetros y medio, flexible... ¿Era así? -
- Así era, sí, señor. - dijo Hagrid.
- Buena varita. - dijo el señor Ollivander, súbitamente severo. - Pero supongo que la partieron en dos cuando lo expulsaron…-
Harry conocía solo una pequeña parte de la historia de cómo expulsaron a Hagrid, ya que no entró en muchos detalles. Todo que sabe es que le quitaron la varita cuando él cursaba su tercer año en Hogwarts.
- Eh..., sí, eso hicieron, sí…- respondió Hagrid, arrastrando los pies. - Sin embargo, todavía tengo los pedazos. - añadió con vivacidad.
- Pero no los utiliza, ¿verdad? - preguntó el señor Ollivander, severamente.
- Oh, no, señor. - dijo Hagrid rápidamente. Harry observó sujetaba con fuerza su paraguas rosado.
- Hm…- el señor Ollivander miró inquisitoriamente a Hagrid. - Bueno, ahora, Harry, déjame ver… - sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas plateadas. - ¿Con qué brazo coges la varita? – preguntó
- Soy diestro, señor. – respondió Harry.
Midió a Harry del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza.
- Cada varita tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, Harry. – dijo el señor Ollivander, mientras medía. - Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago. -
- ¿Por qué lo dice? – preguntó Harry con curiosidad.
- Las varitas escogen al mago a quien servirán con lealtad. – explicó el señor Ollivander. – Se crea entre ellos lo que conocemos como un vínculo mágico, entre el mago y la varita, haciendo que ambos actúen como uno. -
- Entonces, ¿mi varita y yo actuaremos como uno? – quiso saber el azabache.
- Así es, señor Potter. – repuso el señor Ollivander. – Por eso ahora veremos que varita puede ofrecerle la mayor lealtad y utilidad, para hacer magia…-
De pronto, Harry se dio cuenta de que la cinta métrica, que en aquel momento le medía entre las fosas nasales, lo hacía sola. El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas.
- Esto ya está. - dijo, y la cinta métrica se enrolló en el suelo. – Bien Harry, prueba ésta: Madera de haya y nervios de corazón de dragón; Veintitrés centímetros, bonita y flexible. Cógela y agítala. -
Harry cogió la varita y la agitó a su alrededor, pero el señor Ollivander se la quitó casi de inmediato.
- Arce y pluma de fénix. Diecisiete centímetros y cuarto, muy elástica. Prueba...- Harry probó, pero tan pronto como levantó el brazo el señor Ollivander se la quitó. - No, no... Ésta: Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio, elástica. Vamos, vamos, inténtalo. -
- Hm…¿Elegir varita es tan complicado? Solo deme una y ya por dios…- se quejó Harry mentalmente, empezando a perder la paciencia, mientras lo intentaba de nuevo.
No tenía ni idea de lo que estaba buscando el señor Ollivander. Las varitas ya probadas, que estaban sobre la silla, aumentaban por momentos, pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento parecía estar.
A pesar de ser algo difícil escoger varita, Harry empezaba a pasárselo bien. - Vaya, se ve que al señor Ollivander le encanta su trabajo. – pensó sonriente.
- Qué cliente tan difícil, ¿no? – preguntó el señor Ollivander, sonriendo. - No te preocupes, encontraremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado. Me pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual. Acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible…-
Harry tocó la varita, a continuación, sintió un súbito calor en los dedos, levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estallaron en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. Hagrid lo vitoreó y aplaudió con entusiasmo.
El señor Ollivander también estaba feliz. - ¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente qué curioso...- puso la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel de embalar.
- Perdón…pero, ¿qué es tan curioso? – preguntó Harry.
El señor Ollivander fijó en Harry su mirada pálida. - Recuerdo cada varita que he vendido, señor Potter. Cada una de ellas…y resulta que la cola de fénix de donde salió la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más. Realmente es muy curioso que estuvieras destinado a esta varita, cuando fue su hermana…la que te hizo esa cicatriz. –
Harry tragó saliva, agrandándosele los ojos ante la revelación, sin poder hablar.
- Sí…veintiocho centímetros…Realmente curioso cómo suceden estas cosas, sin embargo, la varita escoge al mago al que será leal, recuérdalo... – le recordó Ollivander. - Creo que debemos esperar grandes cosas de ti, Harry Potter... después de todo, "El que no debe ser nombrar", hizo grandes cosas...¡Terribles! Sí…pero grandiosas… -
Harry lo miró con seriedad, no estaba seguro de que el señor Ollivander le gustara mucho. Pagó siete galeones de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.
- Si alguna vez necesita ayuda con las varitas no dude en visitarme de nuevo señor Potter. - dijo el señor Ollivander. Se detuvo y le susurró al oído. – Y si lo desea, cuento con algunos circuitos para practicar hechizos dentro de mi tienda. Por si le apetece practicar magia. -
- Gracias señor Ollivander, - respondió Harry con una sonrisa leve. La idea de practicar magia antes de llegar a Hogwarts le entusiasmaba mucho. – lo tendré en mente. Nos vemos. -
Y tras la charla con Ollivander, Harry y Hagrid regresaron al Caldero Chorreante. Ambos pidieron de menú unas hamburguesas. El joven mago trató de saber más acerca de porque Hagrid no tenía varita.
- Vamos Hagrid, ¿porque no quieres contarme lo que pasó con tu varita? -
Hagrid carraspeó con nerviosismo. - Harry, eso es un asunto muy personal, así que debo pedirte…-
- Está bien, pero ojalá algún día me lo cuentes. – dijo Harry, suspirando.
Entendiendo en parte que el asunto de la varita de su gran amigo debía ser algo tan importante como para no querer contarlo tan a la ligera, optó por dejarle en paz, después de todo, era su amigo y además se tomó la molestia de regalarle un maravilloso día de cumpleaños.
Tras una pequeña charla en el Caldero Chorreante, Hagrid se dirigió al Callejón Knockturn, sorprendiendo a Harry. Rápidamente, su gran amigo le explicó que allí era el único sitio donde podía conseguir un repelente para babosas carnívoras, pues estas estaban cargándose las berzas de la escuela.
Por su parte, Harry se fue a pasear por el Callejón Diagon, mientras veía a muchos chicos con objetos relacionados con Hogwarts. El joven mago se sentía como en casa, rodeando de mucha gente que, como él, podían hacer magia. Tuvo su momento al presumir de contar con varita, jugueteando con ella mientras otros chicos lo miraban entre extrañados y recelosos.
Después de pasar por varias tiendas, donde pudo ver a otros chicos y chicas comprando material escolar para ir a Hogwarts, se detuvo de nuevo en la tienda de calderos. Había un objeto, además de la famosa Nimbus 2.000, que a Harry le llamaba mucho la atención. Se trataba de un caldero de oro que estaba de exposición en la ventanilla de la tienda. Las pociones le llegaron a gustar durante sus días en la habitación número once del Caldero Chorreante, al igual que la Defensa contra las Artes Oscuras.
Mientras contemplaba el precioso caldero, con los ojos abiertos como platos y deseoso de que algún día pudiera costearse "semejante belleza de caldero", recibió un empujón que logró hacerlo caer al suelo, al mismo tiempo que oía un gemido y varios objetos cayendo.
- ¿¡Pero que demo…!? - se quejó mentalmente Harry. Se había caído de culo, y estaba ansioso por saber quién había sido el gracioso que lo tumbó.
- ¡Oh, cielos! ¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! - escuchó la voz de una niña, la cual, hablaba muy rápidamente.
Tras sacudir la cabeza, Harry alzó la vista. Vio que frente a él estaba una niña, mirándolo con la cara asustadiza. Ella era de piel clara, ojos marrones, mucho pelo color castaño y tenía los dientes delanteros largos, pero bien cuidados.
- Vaya, que dientes tan graciosos…- pensó Harry riendo levemente, mientras le mostraba una sonrisa afable a la niña.
- ¿E-estas bien? - preguntó ella con preocupación. Se había puesto de rodillas a su lado.
Harry se puso en pie tranquilamente, sacudiéndose un poco el polvo. - Si, no te preocupes, estoy bien. - respondió con calma, mientras la chica también se levantaba. - ¿Qué te ha pasado? - preguntó.
- Te ruego que me disculpes, no tenía intención de golpear a nadie, es solo que…- farfulló la niña con rapidez, mientras jugueteaba nerviosamente con sus dedos. - creo que iba demasiado cargada…-
Y así era. Harry pudo ver que la niña de cabellos castaños había adquirido una cantidad considerablemente alta de libros de la tienda "Flourish y Blotts", tanto los de la lista de la escuela como algunos adicionales. Él azabache sonrió al ver que ella también compró "Hogwarts: Una Historia".
- Permíteme ayudarte... - susurró Harry amablemente, mientras empezaba a recoger los libros del suelo, dejando a la niña boquiabierta. - Tal vez te vendría bien un poco de ayuda, ¿no crees? -
- ¿Qui-quieres ayudarme? - preguntó la niña, con las mejillas rosadas. - Es que, no se…-
- No te preocupes. - dijo Harry. - De todos modos, no tengo nada mejor que hacer hoy. -
- Vale, muchas gracias…- murmuró ella, desviando la mirada.
Poco a poco, Harry fue apilando los libros hasta tener otra una columna. No se explicaba como la niña pudo cargar con tantos libros a la vez. Tras recogerlos todos y cargarlos con cuidado, empezaron a caminar por el Callejón Diagon.
- Por cierto, ¿cómo te llamas? - preguntó el azabache, mientras hacía un esfuerzo para cargar con los libros y así impresionar a la niña.
- Hermione Granger. - respondió ella rápidamente. - ¿y tú? -
Harry pensó detenidamente antes de responder. No sabía cómo reaccionaría Hermione si le contaba quien era, pero tras un suspiro, decidió decírselo: - Soy Harry, Harry Potter. -
Hermione dio un pequeño salto y se detuvo. - ¿E-eres él? ¿Eres Harry Potter? - sus ojos se abrieron ampliamente ante la sorpresa. - ¡He oído hablar de ti! Todas las personas que estaban en el Caldero Chorreante te mencionaban. ¿Es cierto que ahora mismo estas alojado allí? -
- Si, así es. - asintió Harry. - A decir verdad, allí permaneceré alojado hasta que empiecen las clases en Hogwarts. -
- Ya veo…- murmuró la castaña, mostrándose tímida. - te aseguro que no lo sabía. -
- Tú también irás, ¿no es así? - preguntó el azabache. La niña asintió, pero con la vista fija en las diferentes ventanillas por dónde pasaban. - ¿Y de dónde vienes? -
- De Londres, - respondió Hermione muy deprisa. - a unas cuantas manzanas de aquí. La verdad es que mis padres se llevaron una sorpresa enorme cuando me llegó la carta de Hogwarts…Pero después se sintieron orgullosos de mí, y eso que no son magos. -
- Ah, ya entiendo. - sonrió Harry. - Tus padres son muggles, ¿no? -
- ¿Muggles? - repitió la castaña, por fin mirándolo.
- Me refiero a que son personas que no pueden hacer magia. - se explicó el azabache.
- Pues sí, ¿tiene algo de malo? - preguntó Hermione, frunciendo el entrecejo.
- En absoluto, - repuso Harry, mientras sonreía. - era solo mera curiosidad... Oh, es verdad, ¿vienes con ellos o has venido tu sola? -
- Por supuesto que vine con ellos, ahora mismo mis padres están en el banco Gringotts, cambiando libras por galeones. - explicó Hermione. - Como compré todos estos libros nos quedamos sin dinero mágico. Les dije que nos encontraríamos de nuevo en la tienda de túnicas…- entonces le costó apartar la vista de la tienda de animales, donde un revoltoso gato grande de color canela era perseguido por la dueña de la tienda. - Vaya, me está gustando este lugar, hay tantas cosas asombrosas rodeándolo todo…-
- Sí, yo me sentí igual la primera vez que entré aquí…- comentó Harry, nostálgico.
- Esto…¿y qué hay de ti? – preguntó Hermione. - ¿Ya has comprado todo tu material? –
- Así es, - dijo el azabache con orgullo. - y como tú, yo también compré varios libros adicionales para entender mejor el mundo mágico. -
De repente, Hermione volvió a detenerse. - Aguarda un segundo, - dijo. ¿no se supone que eres Harry Potter? -
- Pues sí. - respondió este sin entender.
- Entonces, ¿Cómo es que necesitas de libros adicionales para entender un mundo con el cual ya debes de estar familiarizado? - preguntó ella muy deprisa. - Oí a los del bar mencionar que tu vienes de una familia mágica como son los Potter… -
Harry se puso cabizbajo. No sabía cómo responderle a la niña, pero había algo en ella que le motivaba a ser abierto y responder con calma. - ¿Quieres sentarte un momento aquí? - le preguntó a ella, señalando un par de taburetes al lado de una tienda de helados.
- Oh, ¿quieres descansar un poco? - preguntó Hermione. - Me parece bien, después de todo me estas ayudando…-
Ambos se sentaron allí, una vez Harry dejó todos los libros de Hermione encima de una caja plegada, para que estos no se ensuciaran. Meditando como empezar a relatar su historia, el azabache comenzó a hablar.
- No he entrado en el mundo mágico desde que era un bebé…- dijo.
Hermione parecía sorprendida. - Oh, - dijo. - entonces, ¿tu familia vivía como la mía? ¿entre personas sin magia? -
- No, no es eso. - farfulló Harry. - Lo que quiero decir es que…no recuerdo cómo eran. Viví con ellos durante mi primer año de vida hasta que…-
- ¿Me estás diciendo que no vives con tus padres? -
- He vivido durante diez años con mis horribles tíos, los Dursley. - explicó Harry. - No tuve elección, pues al parecer son los únicos parientes vivos que me quedan…-
- ¿Vi-vivos? - inquirió Hermione, llevándose las manos a la boca. - ¿Qué les pasó a tus padres? -
Harry dio un gran suspiro antes de responder: - Un día, un poderoso mago oscuro fue a por mí con la intención de matarme…- explicó con el rostro sombrío. - Mis padres murieron, tratando de protegerme…-
- Oh, Harry, lo siento mucho…- lloró la castaña. - Si tan solo lo hubiera sabido no te habría preguntado…-
El azabache estaba sorprendido. No esperaba una reacción así de la persona a la que acababa de conocer. - No te preocupes, - la tranquilizó. - de hecho, me reconforta el poder compartir algo tan importante contigo. -
- ¿Conmigo? - preguntó Hermione, limpiándose las lágrimas. - ¿Por qué? Si nos acabamos de conocer…-
- No estoy seguro, pero…-
Harry nunca tuvo la oportunidad de compartir sus vivencias con niños de su edad, y el estar sentado al lado de aquella niña le transmitía una agradable sensación de seguridad, como si pudiera hablar con ella sin restricciones.
- Es agradable hablar contigo. - susurró Harry.
- ¿En serio? - aquello pareció sorprender exageradamente a Hermione.
- Si, de verdad. - repuso el azabache. - ¿A qué viene tanta sorpresa? -
- Bueno, es que…- las mejillas de Hermione estaban rosadas. Se puso nerviosa y empezó de nuevo a frotarse el brazo izquierdo. - Normalmente los chicos salen corriendo cuando me pongo a hablar…-
El azabache no esperaba esa respuesta. - ¿Es porque hablas muy deprisa? - ella se puso roja, pero asintió. - No tienes por qué tener miedo a entablar una conversación. -
La niña pareció ofendida. - ¿Cómo crees? - bufó. - ¿En serio piensas que me da miedo hablar con gente desconocida? -
- Por tu forma de hablar pareces insegura, y no te culpo por ello si es el caso. - aclaró el azabache. - Podría decirse que me sentí igual cuando llegué el primer día al Caldero Chorreante. ¿Te lo imaginas? Entrar en ese bar, rodeado de magos y brujas y tu sin pajolera idea de porque te miran, te saludan y pronuncian tu nombre…como si fueras la gran cosa mientras te señalan la cicatriz…-
- ¿La cicatriz? -
- Si…- suspiró Harry. - Al parecer en este mundo todos piensan lo mismo de mí: Creen que yo derroté a Voldemort (ya sabes, el mago oscuro del que te hablé), y por eso soy tan famoso, bueno, por eso y…esta cicatriz. - señaló la cicatriz de su frente. - Es todo el daño que me hizo ese día…Sin embargo, la gente ignora que mis padres arriesgaron sus vidas tratando de salvarme…No me gusta esta fama, y desde que conozco esa historia ya no me entusiasma mucho tener esta dichosa cicatriz. -
- Entiendo. - dijo Hermione, mostrándose más tranquila. - ¿Y qué hay de tus tíos? Cuando los mencionaste dijiste que son horribles. -
Harry hizo una mueca, pues hablar de los Dursley no era el mejor tema para hablar con una niña. Pensando muy bien lo que iba a explicar, procedió a contarle brevemente un poco de su vida con ellos durante los últimos años, pero sin entrar mucho en detalles. Era lo menos que podía hacer ante alguien que acababa de conocer. Mientras charlaban, Harry se sintió como hipnotizado por esos hermosos ojos de color marrón de cuya persona prestaba atención a su relato. Le agradaba esa mirad, así como la tranquilidad que inspiraba hablar con ella.
Los dos se quedaron mirándose, el uno al otro, hasta que Hermione habló: - Debes de ser una persona muy fuerte, Harry. - dijo. - Siento mucho que hayas pasado por todo eso... -
- Bueno, a caballo regalado, eso quedó en el pasado. - repuso Harry, sonriendo. - Ahora solo me preocupa mi futuro…- contempló a las personas que caminaban por el callejón, las cuales cargaban o compraban artículos mágicos. - La magia me ha dado una maravillosa oportunidad de empezar de nuevo, de conocer a muchas personas, de vivir…y hoy, he tenido el gran privilegio de conocerte…-
La niña se ruborizó de nuevo. Después de ponerse en pie y de recoger los libros, Harry acompañó a Hermione hasta la tienda de Madame Malkin, para comprar su túnica escolar, además del resto de su uniforme.
- ¿Y cómo es Madame Malkin? - preguntó Hermione con curiosidad.
- Pues…-
Harry iba a responder, pero justo cuando entraron por la puerta de la tienda de túnicas llegó Madame Malkin, casi como si se apareciese repentinamente ante ellos.
- ¡Buenos días! - saludó ella jovialmente, mientras se frotaba las manos. - ¡Oh, pero si es el señor Potter! ¿Te has olvidado de algo, guapo? -
El azabache se puso un poco rojo. - No Madame Malkin, - dijo con rapidez. - solo vine a acompañar a Hermione hasta aquí, al menos hasta que vengan sus padres a buscarla. Ella necesita su túnica y su uniforme de Hogwarts. -
- Oh, ya veo… - entonces le guiñó el ojo. - tan pronto y usted ya tiene una amiga, eso es maravilloso, señor Potter. - su mirada se dirigió hacia Hermione. - Muy bien señorita, si me hace el favor de acompañarme…-
- ¿Eh? Oh, si, por supuesto. - dijo Hermione rápidamente. - Harry, ¿te importaría vigilarme mis cosas por favor? - le preguntó al muchacho.
- No te preocupes, no dejaré que nadie se los lleve, - le aseguró Harry. - son prioritarios para tu enseñanza. -
Hermione sonrió asintiendo. - Muchas gracias Harry…-
Madame Malkin se llevó a Hermione a la zona de ropa femenina. Mientras tanto, Harry se quedó allí, analizando algunos atuendos cuando de repente se topó con un chico de rostro pálido y puntiagudo, el cual estaba de pie sobre un escabel mientras una bruja le ponía alfileres en la larga túnica negra.
- Hola, - dijo el muchacho. - ¿también Hogwarts? -
Harry asintió sin más.
- Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas. Luego voy a arrastrarlos a mirar escobas de carrera. - comentó el chico, arrastrado las palabras con voz de aburrido. - No sé por qué los de primer año no pueden tener una propia. Hm…creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera. -
- Que sujeto tan molesto. - pensó Harry, mirando al chico rubio. - Parece un crío tan mimado como la foca de Dudley…-
- ¿Tú tienes escoba propia? - preguntó el rubio.
- No. - respondió Harry.
- ¿Juegas al menos al Quidditch? - siguió el chico.
- Aún no he tenido la oportunidad, - admitió Harry. - pero reconozco que entra dentro de mis intereses…-
- Yo sí, - declaró el rubio en tono presumido. - papá dice que sería un crimen que no me eligieran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuerdo. ¿Ya sabes en qué casa vas a estar? -
- Si, voy a estar en Gryffindor. - respondió Harry con una sonrisa orgullosa.
El chido, de repente, frunció el entrecejo. - ¿Qué? ¿Gryffindor? ¿y eso por qué? - por su tono, parecía decepcionado.
- Mi familia pertenecía a Gryffindor, - dijo Harry con tranquilidad. - así que espero estar allí. -
- ¿Tu familia? - repitió el rubio. - Es cierto, ¿dónde están? -
- Muertos…- respondió Harry con el rostro sombrío.
- Oh, lo siento…- susurró el chico rubio, con una especie de falso arrepentimiento. - Pero eran de nuestra clase, ¿no? -
Harry frunció el entrecejo. - ¿Clase? - repitió. - Si te refieres a que…si eran un mago y una bruja, si, así es…-
- Realmente creo que no deberían dejar entrar a los otros ¿no te parece? No son como nosotros. - comentó el rubio, volviendo a arrastrar las palabras. - No los educaron para conocer nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, ya te imaginarás. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos, como las nuestras. -
Harry se molestó. Ese chico empezaba a ser irritante. - Pues yo creo que todo aquel que pueda hacer magia tiene derecho a saber cómo darle uso. - repuso, de brazos cruzados.
El chico rubio soltó una risa seca, como si tosiera. - ¿En serio crees que debe ser así? Es una lástima…-
- La lastima es que tú seas un aferrado a las creencias antiguas y te cierres a ellas, - replicó el azabache. - en vez de expandir horizontes…-
La bruja que le tomó las medidas al chico le entregó su uniforme en una caja, y este de mientras pagó.
- ¡Hmph! Muy bien traidor a la sangre, ya tendremos tiempo de discutir esto en Hogwarts, supongo…- dijo el chico rubio, antes de salir de la tienda a zancadas y dando un portazo.
- ¡Tch! Imbécil…- murmuró Harry entre dientes. - ¿De verdad voy a tener que lidiar con ese tarado en Hogwarts? Genial…-
El azabache creía que todas las personas capaces de usar la magia tenían derecho de aprender a darle uso, como era el caso de Hermione, o de el mismo, ya que Harry era mestizo. Lo supo porque un día Hagrid le contó que su padre era sangre puramente mágica, mientras que su madre era hija de muggles. El chico rubio tenía toda la pinta de pertenecer a la clase de familias que tenían como creencia que la magia debía limitarse a las familias de magos, con gente plenamente mágica, sin muggles de por medio. Esa actitud hacía que a Harry le hirviera la sangre, sobre todo después de escuchar como el otro día, cerca del caldero Chorreante, hubo un mago que insultó a otro, llamándolo "sangre sucia".
Harry le preguntó a Hagrid cuál era su significado. El semigigante, el cual se pone tensó cuando se trataba de palabras horrendas, le explicó a Harry que era un término despectivo que usaban los magos al referirse a los magos que provienen de padres muggles. Los de origen plenamente mágico los llaman así porque se referían a sí mismos como "sangre pura" o "sangre limpia". Llamar "sangre sucia" a un mago era un término muy despectivo y ofensivo para los nacidos de muggles, ya que se consideraba un insulto muy grave hacia ellos.
En ese momento, Hermione regresó y eso alegró mucho a Harry.
- ¿A pasado algo? - preguntó ella.
- Nada relevante. - garantizó Harry. - ¿Ya tienes el uniforme y la túnica? -
Hermione asintió. - Ahora solo debo esperar a mamá y a papá. - dijo. - ¿Por qué se tardarán tanto? -
Al cabo de un par de minutos, las puertas de la tienda se abrieron de nuevo, y una pareja apareció allí. Por sus ropas, Harry pensó que debían ser muggles. Había un señor de cabellos castaños, como los de Hermione, pero tenía ojos de color oscuro, iba vestido con un abrigo de cuero color marrón, una camisa blanca con corbata negra de rallas en diagonal, y zapatos negros.
Por otra parte, la mujer tenía cabellos negros y ojos marrones, como los de la niña. Iba vestida con una chaqueta americana de color azul, pantalones marrones y zapatillas blancas.
- ¡Herm! Aquí estas. - dijo el hombre alegremente. - ¿Ya tienes el uniforme? -
- Si papá, lo tengo todo listo. - respondió Hermione, confirmando que aquel hombre era su padre.
- Bien, iré a pagarle al dueño, ¿quién está a cargo de la tienda? - preguntó el padre de Hermione, alzando la cabeza para ver si ubicaba a Madame Malkin.
- Si busca a Madame Malkin (que es la dueña), creo que la vi entrando en el almacén. - señaló Harry. - Lo mejor será que la esperé cerca de caja. -
- Oh, ¿y tú quién eres? - preguntó la señora de cabello negro, que tenía toda la pinta de ser la madre de Hermione.
- Ah, es cierto. Mamá, papá, os presento a un amigo, Harry Potter. - dijo Hermione, presentando a Harry a sus padres.
- ¿Harry Potter? - repitió el señor Granger. - ¿No es el chico del que habla todo el mundo en el bar? -
Harry asintió, pero algo fastidiado. No le gustaba su fama en absoluto. - Así es señor. - dijo con calma.
- Me ha ayudado con mis cosas. - comentó Hermione, mientras sonreía. - Me tropecé con él sin querer mientras iba por la tienda de calderos, os puede sorprender, pero fue muy amable de ayudarme con todo. -
La señora Granger le dedicó a Harry una sonrisa afable. - Oh, muchas gracias Harry. – dijo agradecida.
- No hay de que señora Granger. - respondió Harry.
- Supongo que nos falta presentarnos a nosotros. - dijo la señora Granger. - Me llamo Jean, es para que lo sepas. -
- Y yo soy Dan. - dijo el señor Granger, palmeando el cabello del azabache. - Mas te vale no olvidarlo, muchachito. -
- Descuiden, es bien difícil que se me olviden las cosas. - sonrió Harry.
- Eso espero, jovencito. - sonrió Dan. - Me alegro mucho de que nuestra Hermi tenga por fin un amigo. -
- Entonces es cierto…- susurró Harry, mirando a Hermione. - ¿Soy tu primer amigo? -
- Si, y me da mucho gusto que así sea…- respondió Hermione, con las mejillas rosadas. - eres un chico muy bueno Harry…de v-verdad…-
- Yo también me alegro de que tú seas mi primera amiga, - sonrió Harry, rascándose la nuca y riendo como un tonto. - bueno, es cierto que yo ya tengo un amigo, pero es la primera vez que tengo una amiga, es fascinante. -
Poco después llegó Madame Malkin y los Granger pudieron pagar la túnica y el uniforme de su hija. Luego pasaron por la tienda de calderos porque Hermione aún necesitaba comprar unos frascos para pociones y por último, fueron a la droguería, para adquirir varios ingredientes para pociones. Tras acabar con las compras pendientes, fueron al Caldero Chorreante a tomar algo, pues ellos tenían todavía algo de tiempo antes de tener que coger el tren que les llevaría de vuelta a su casa.
- ¿Y a que se dedican tus padres, Harry? - preguntó Dan, mientras sostenía una jarra de cerveza de mantequilla.
- Papá, no creo que sea un tema agradable. - le advirtió Hermione.
- ¿Que ocurre cielo? - preguntó Jean, mirándola preocupada, y luego a Harry.
- No pasa nada, de verdad. - les tranquilizó el azabache. - Mis padres no trabajan porque murieron hace diez años. - explicó.
- Cielos, eso es terrible. -dijo Jean, apenada. - ¿Qué les pasó? -
El azabache, tal y como hizo con Hermione, procedió a contarles brevemente su historia. Mientras contaba un poco de sus vivencias, y miraba las caras tristes de los Granger, seguía pensando que era algo muy raro el hecho de encontrarse charlando sobre su vida con alguien más, después de tanto tiempo sin compartir experiencias con nadie. Después de un emotivo momento, Harry decidió cambiar de tema.
- ¿Y ustedes a que se dedican? - preguntó, tratando de relajar el ambiente.
- Somos dentistas, - comentó Dan, sonriendo. - tenemos nuestra propia clínica dental en el centro de Londres. La verdad es que este mes de agosto nos esperan muchos clientes, ya que todos quieren ponerse al día con la salud dental antes del comienzo del año escolar. -
- Hm…es comprensible. - asintió Harry.
Hermione soltó un bufido, mientras bajaba la mirada.
- ¿Ocurre algo malo, Hermione? - preguntó el azabache.
- Oh Hermi, no tienes que tomártelo a mal. - sonrió Jean, frotándole la mejilla derecha a su hija.
- ¿Qué le ocurre? -
- Es por sus dientes delanteros. - dijo Dan. - Son un poco grandes. -
- ¿En serio? - preguntó Harry con una sonrisa afable. - A mí me parecen muy bonitos, y bien cuidados debo decir. -
El joven mago vio como Hermione se ruborizó mucho, pareciéndose a una fresa de cabellos castaños.
- Es muy amable por tu parte Harry, - dijo Jean con alegría. - en realidad, llevamos tiempo queriendo ponerle unos aparatos dentales a Herm, pero…-
- No le agradan en absoluto, - se rio Dan. - no hay forma de convencerla. -
- ¡Es que son muy incomodos! - se quejó Hermione, llevándose las manos a las mejillas. - Ya intenté llevarlos hace dos meses y me dolieron los incisivos a horrores. -
- ¿Y cuál es el problema con tus dientes? - insistió Harry, tratando de animarla. - A mí me parecen que los tienes muy bien cuidados. -
Hermione volvió a ruborizarse. - Es que…en mi antiguo colegio mis compañeros solían reírse de mí por mis dientes…- dijo con la voz entrecortada, como si estuviera a punto de llorar.
Harry frunció en entrecejo. - ¿Qué? Vaya tontería. - bufó. - No puedo creer que hablen así de ti. Quiero decir, eres bonita, dulce y…-
Al darse cuenta de lo que acaba de decir, Harry se ruborizó mucho. ¿A que venía ese comentario? Era cierto que Hermione era guapa, incluso con sus cabellos castaños cubriendo su cabeza. Aun así, ¿Por qué dijo todo aquello con tanta facilidad? Sintió como si su corazón bombeara a mayor velocidad, y más al ver que ella lo miraba boquiabierta. Estaba tan roja como él.
- Lo siento…- se disculpó tímidamente. - Pero tengo la sensación de que esos no se han dado cuenta de que eres una niña, y me sabe mal…-
- Lo sé, muchos me miraban como si fuera un bicho raro. - repuso Hermione, hablando muy deprisa. - Ni siquiera sacando buenas notas yo he sido capaz de hacer amigos… -
El azabache sonrió, perdiendo la vergüenza. - Yo creo que te tenían envidia, además, si se acercaban a ti, de seguro era para pedirte respuestas a problemas, ¿no es así? - preguntó divertido.
Hermione abrió mucho los ojos. - ¿Co-como sabes tú eso? -
- A mí me pasaba algunas veces. - Harry se encogió de hombros. - No es por presumir, pero yo también soy bueno en los estudios…-
La cara de la niña era como la de un globo rojo, y Harry no podía ocultar su satisfacción al pensar que había causado gran impresión, no solo en ella, sino también en los Granger, quienes escucharon con sonrisas similares la conversación.
Después de una larga charla, el azabache se despidió de Hermione y sus padres, pues tenían que coger el tren de regreso a su casa.
Harry estaba muy, pero que muy feliz. Volvió a su habitación tras conocer una chica como él, aunque por lo que pudo notar, ella hablaba en ocasiones con tono de mandona, pero eso solo hizo que al muchacho le gustara más. Estaba ansioso por volver a verla en un mes, cuando ambos tuvieran que coger el expreso de Hogwarts, para ir a la escuela de magia y hechicería.
Capítulo 6 - Viajando en el expreso de Hogwarts
Harry pasó todo el mes de agosto poniéndose a prueba en los principios fundamentales del mago. Practicando hechizos útiles con su nueva varita en los circuitos internos de la tienda del señor Ollivander (aprendió a utilizar el maleficio rechazo "Flipendo", útil en duelos de magos) y repasando pociones, además de Herbología, ya que lo vio esencial para entender mejor el campo de pociones.
- Las plantas también se usan como ingredientes para pociones, - pensó el azabache con seriedad. - así que más me vale prestar atención. -
Durante esos días, además de enviar la confirmación de su asistencia a Hogwarts por medio de su nueva lechuza Hedwig, Harry seguía pensando en aquella chica de cabellos castaños, a quien conoció precisamente, el día de su cumpleaños.
No sabía a ciencia cierta lo que era aquella agradable sensación que sentía cuando pensaba en ella. ¿Sería porque se llevan bien? ¿Porque se habían convertido en amigos? ¿O sentía algo más hacia ella? Era todo tan confuso, tan raro, pero claro, solo la había conocido un poco ese día. Necesitaba conocerla mejor, saber más de ella, para poner en orden sus sentimientos. La vida que llevó por años le enseñó a no hacer nada precipitado y a andarse con mucho ojo.
- Claro que no siempre sigo esa enseñanza. – pensó Harry, llevándose la mano derecha a la cabeza.
Pasaron los días, y Hagrid fue a visitarle de vez en cuando, contándole muchas cosas acerca de Hogwarts. Cuanta más noticias escuchaba de su parte, más ganas tenía Harry de ir al colegio de magia y hechicería.
En una de sus visitas, Hagrid le entregó a Harry su billete para ir a Hogwarts. Él tendría que coger el tren el primer día de septiembre, antes de las once en punto de la mañana, por tanto, tenía que ser puntual.
De paso, Harry le preguntó a Hagrid si los Dursley sabían que estaba alojado en el Caldero Chorreante. Hagrid le respondió que Dumbledore escribió a los Dursley para decirles que estaba alojado en un hotel, y que allí se quedaría durante el resto del verano. Y que, en respuesta, ellos estaban reventando cohetes explosivos muggles de fiesta, celebrando la marcha de Harry por todo lo alto.
A Harry saber aquello le importó un pimiento. – Si tuviera fuegos artificiales a mano, ahora mismo estaría celebrándolo yo también. – pensó con indiferencia.
Sin tan siquiera darse cuenta, el 1 de septiembre llegó, y Harry, como ya iba siendo habitual, se levantó puntual. Comenzó a recoger sus pertenencias para guardarlas en orden dentro de su baúl. Antes de marcharse, fue al Callejón Diagon para comprar un mapa de Londres muggle, ya que él no pensaba en perder el tiempo cambiando sus galeones por libras solo para comprar un mapa.
Después regresó al bar, y con la ayuda de Tom consiguió bajar a Hedwig (quien estaba dentro de su jaula) y su baúl. Luego canceló su hospedaje en el Caldero Chorreante, ante los ojos tristes de Tom. Este le dijo que le echaría de menos, y que, si hacía falta, que no dudará en regresar cuando quisiese.
Harry pensó lo mismo. Pensó que el Caldero Chorreante era todo un hogar, pues contaba con novedades a diario y lo hacía un sitio bastante interesante e interactivo.
Con algo de dificultad y entre jadeos, llegó a la estación de King's Cross. Tan pronto como pudo, cogió un carrito y puso todas sus cosas allí.
- Que alivió…- pensó Harry, mientras recobraba un poco el aliento. - Esto está muy pesado…-
Harry no tardó demasiado en encontrar el andén nueve y tres cuartos. Era tal y como se lo describió Hagrid: La entrada al andén se encontraba entre el nueve y el diez, donde había un muro. Antes de atravesarla bruscamente, Harry intentó ver si su mano traspasaba.
Tras confirmar su teoría una vez vio cómo su mano atravesó la entrada, cogió su carrito, miro a su alrededor para asegurarse de que no lo estuviera viendo demasiada gente, y con algo de velocidad atravesó el muro. Era una sensación increíble, como si esa pared estuviera echa de aire.
Al volver la luz, vio el tren, y al verlo por fin en tamaño real se quedó maravillado. - Vaya…- dijo boquiabierto.
Era una locomotora de vapor, de color escarlata, esperaba en el andén con algo de gente. Un rótulo decía "Expreso de Hogwarts, 11 h". Harry miró hacia atrás y vio una arcada de hierro donde debía estar la taquilla, con las palabras "Andén Nueve y Tres Cuartos".
Harry sonrió satisfactoriamente. Lo había conseguido, y él solo. Se sintió un poco triste porque nadie lo acompañaba para despedirlo, como era el caso de los demás niños, cuyas familias entraron en el andén para despedir a sus hijos e hijas.
- ¿Harry? – escuchó una voz familiar.
Harry se sobresaltó, pues reconocía aquella dulce voz de mandona. Al girarse, pudo verla después de tantos días. Era su amiga, Hermione Granger. Llevaba ya puesta la túnica de Hogwarts, y consigo también llevaba sus pertenecías en un carrito.
- ¡Hermione! – exclamó Harry, dejando a un lado su carrito para darle un abrazo amistoso a Hermione, quien lo recibió algo sonrojada.
- Vaya, me alegro de verte…- dijo Hermione, aún ruborizada.
- Yo también, pero…- el azabache tuvo dificultades para no reírse. - ¿Porque llevas puesta la túnica? – preguntó, señalándola.
- ¿Por qué llevo puesta la túnica? – preguntó ella sin entender. - Pensé que debíamos llevarla puesta ya mismo -
- Que va, - se rio el azabache. - se supone que debemos ponernos las túnicas en el tren, antes de llegar a la estación en Hogwarts. -
- ¿¡Que!? - chilló Hermione, llevándose las manos a sus enrojecidas mejillas. - Oh no…no me extraña que afuera me vieran con caras extrañas…-
- Cualquiera que no sepa de magia lo haría. – razonó Harry, con la intención de calmar a su amiga. - Bueno, ¿qué te parece si subimos y buscamos sitio? – preguntó, señalando al tren con su pulgar.
- Buena idea. – dijo Hermione, pero entonces señalo a las espaldas de Harry. - ¿Y tú carrito, Harry? –
- ¿Eh? – el azabache se volvió, y observó que su carrito se movía solo hacia delante. - ¡Porras! ¡Esto me pasa por soltarlo! –
Faltó poco para que el carrito donde Harry llevaba sus cosas chocara con el tren, pues iba directo hacia las vías. Con dificultad logró rescatarlo a tiempo y acompañar a Hermione hasta los vagones traseros, pues los delanteros estaban siendo invadidos por varios estudiantes.
- ¿Y tus padres? – preguntó Harry, jadeando.
- Al no ser magos, ellos no pueden pasar. - respondió Hermione. – No les llegó el permiso a tiempo, así que se despidieron de mi antes de dejarme entrar. -
- Oh, es verdad. - dijo Harry. - Había olvidado ese dato. -
Cuando alcanzaron el último vagón, ambos tuvieron algunos problemas para subir su equipaje a bordo, pero afortunadamente, dos chicos gemelos y pelirrojos les echaron una mano.
Los dos se abrieron paso hasta que encontraron un compartimiento vacío, cerca del final del tren. Primero, Harry puso a Hedwig y luego comenzó a empujar el baúl hacia la puerta del vagón. Trató de subirlo por los escalones, pero sólo lo pudo levantar un poco antes de que se cayera golpeándole un pie.
- ¡Harry! – saltó Hermione. - ¿Estas bien? –
El azabache hizo una mueca. – Bah, solo un pequeño golpe, no te preocupes. – dijo en plan orgulloso.
- ¿Alguien necesita que le echemos una mano? -
Harry alzó la mirada, y vio a dos muchachos idénticos, tanto por el cabello pelirrojo como la cara y la estatura. Los dos se diferenciaban únicamente por las camisetas rojas. Uno llevaba una letra "F" y el otro una "G". Los dos mostraban idénticas sonrisas, como un dúo de pillines.
- No nos vendría nada mal algo de ayuda, la verdad. – sonrió Harry con nerviosismo.
- Siempre es un placer ayudar a las parejitas felices. – dijo un gemelo, guiñándoles el ojo.
- No…no somos pareja. – farfulló Hermione, muy sonrojada. – Somos amigos, aun así, gracias por…la ayuda…-
- En cualquier caso, es un placer ayudar a las futuras promesas académicas. – comentó un gemelo.
- Dirás "futuros clientes", George. – sonrió el otro.
- ¿Clientes? – repitieron Harry y Hermione.
- Eh…no importa. – atajó el gemelo con la letra "G". - ¿Vamos, Fred? -
- Vamos George. -
Con la ayuda de los gemelos, los baúles de Harry y Hermione finalmente quedaron en un rincón del compartimiento.
- Gracias por la ayuda, chicos. - dijo Harry, quitándose de los ojos el pelo húmedo por el sudor.
- ¿Qué es eso? - dijo de pronto uno de los gemelos, señalando la brillante cicatriz de Harry.
- Vaya. - dijo el otro gemelo. - ¿Eres tú...? –
- ¡Es él! - dijo el primero. - Eres tú, ¿no? - se dirigió a Harry.
- ¿Quién? - preguntó Harry, empezando a sentirse incómodo.
- ¡Harry Potter! – corearon los gemelos.
- Oh, él…- farfulló Harry. - Quiero decir, sí, soy yo. - entonces rodó los ojos.
Los dos muchachos lo miraron boquiabiertos y Harry sintió que se ruborizaba. Entonces, para su alivio, una voz llegó a través de la puerta abierta del compartimiento.
- ¿Fred? ¿George? ¿Estáis ahí? –
- ¡Ya vamos, mamá! – corearon los gemelos de nuevo.
Con una última mirada a Harry, los gemelos saltaron del vagón.
- Caray, ¿así reacciona cada mago y bruja que se encuentra contigo? – preguntó Hermione, una vez se sentaron.
- Imagínate como me fue en el Caldero Chorreante. - suspiró el azabache.
Harry tenía muchas ganas de contarle a Hermione como le fueron las vacaciones, así como quería saber que había hecho ella durante ese tiempo. Sin embargo, las voces de la mujer que llamó antes a los gemelos captaron su atención.
- ¿Qué haces Harry? - preguntó Hermione, mirando como Harry se sentaba al lado de la ventanilla.
Desde allí, medio oculto, podía observar a la familia de pelirrojos en el andén y oír lo que decían. Era una mujer pelirroja y regordeta (la cual a Harry le pareció haber visto con anterioridad), además de una niña con el mismo color de cabello, los gemelos y un niño tan alto como ellos. La madre acababa de sacar un pañuelo.
- Hay va, mira eso. – dijo el azabache, sonriendo con diversión.
- A ver…-
Hermione se puso al lado de Harry, y ambos se pusieron a escuchar discretamente. El joven mago no pudo evitar sentirse extraño al tener a Hermione tan cerca de él.
- Ron, tienes algo en la nariz. -
El menor de los varones trató de esquivarla, pero la madre lo sujetó y comenzó a frotarle la punta de la nariz. Este era alto, flacucho y pecoso, con manos y pies grandes, además de una larga nariz.
- ¡Mamá, déjame! - exclamó el chico llamado Ron, apartándose.
- ¿Ah, el pequeñito Ronnie tiene algo en su naricita? - se burló uno de los gemelos.
- Cállate. - gruñó Ron. - ¡Ay! - gimió.
Harry vio que algo impactó en la cabeza de Ron. Asomándose un poco más pudo ver que el objeto que le golpeó era la famosa muñeca Barbie del mundo muggle. Mientras la madre recogía la muñeca y se preguntaba de quien era, una pequeña niña de alargado cabello rubio, ojos azules y piel pálida se acercó corriendo a donde estaban los pelirrojos.
- ¡Perdón! ¡Perdón! - gimoteó la niña, agitando los brazos muy infantilmente. - Me enfadé con mi hermano y sin querer tiré mi muñeca. Lo siento mucho. - se disculpó rápidamente con Ron.
- ¡Oh, no me digas! - gritó Ron de mal humor, mientras se frotaba la cabeza. - ¡Por poco me dejas un chichón! -
- ¡Ronald, no le grites, fue sin querer! - le regañó su madre, mientras le devolvía la muñeca a la niña. - Toma cielo, pero procura ser mas cuidadosa con tus cosas. -
- ¡Gracias! - le agradeció la niña, saltando con una sonrisa bien graciosa. - ¡Y siento mucho lo de tu cabeza! - añadió, mientras se iba corriendo con la muñeca entre sus manos.
- Seguro que fue a posta…- masculló Ron, fulminando a la niña rubia con la mirada.
- Ronald, es suficiente. - dijo la madre con severidad. - Por cierto, ¿dónde está Percy? -
- Tranquila, por ahí viene el señor prefecto. - señaló el gemelo con la letra "F" en tono de aburrido.
Un muchacho pelirrojo, mayor que los otros, se acercaba a ellos. Ya se había puesto la ondulante túnica negra de Hogwarts, y Harry notó que tenía una insignia plateada en el pecho, con la letra "P".
- No me puedo quedar mucho, mamá, - dijo. - Estoy delante, los prefectos tenemos dos compartimientos...-
- No me digas…¿tú eres un prefecto, Percy? - preguntó uno de los gemelos, con aire de gran sorpresa. - Tendrías que habérnoslo dicho hombre, no teníamos idea. –
- Espera, creo que recuerdo que nos dijo algo…- dijo el otro gemelo.
- Una vez...
- O dos...-
- Una hora…-
- Un día…-
- ¿En serio? -
- No…-
- Que va…-
- ¡Todo el verano! -
- Oh, cállense. - se quejó Percy, el prefecto.
- Y, de todos modos, ¿por qué Percy tiene túnica nueva? - preguntó el gemelo con la letra "G".
- Porque él es un prefecto. - señaló afectuosamente la madre. - Muy bien, cariño, que tengas un buen año. Envíame una lechuza cuando llegues allá. - besó a Percy en la mejilla y el muchacho se fue. Luego se volvió hacia los gemelos. - Ahora, vosotros dos...Este año os tenéis que portar bien. Si recibo una lechuza más diciéndome que habéis hecho...estallar un inodoro o...-
- ¿¡Hacer estallar un inodoro!? - repitió el gemelo con la letra "F" alegremente. - Nosotros nunca hemos hecho nada de eso. -
- Pero es una gran idea, - sonrió el otro gemelo. - gracias mamá. -
- No tiene gracia. – replicó la madre severamente. - Y cuidad de Ron. –
- No te preocupes, el pequeño Ronnie estará seguro con nosotros. – aseguró el gemelo con la letra "G", mientras sonreía maliciosamente.
- Cállate. – gruñó Ron de nuevo. Su nariz todavía estaba rosada, en donde su madre le había frotado.
- Eh, mamá, ¿adivinas a quién acabamos de ver en el tren? -
- Oh, no fastidies. – se quejó Harry mentalmente, mientras se agachaba rápidamente para que no lo descubrieran. Hermione hizo lo mismo.
- ¿Quién? – preguntó la madre. – Oh, es el tal Lee Jordan. Ese amigo vuestro con cabellos tiesos. -
- No, que va, el ya subió al tren. – se rió uno de los gemelos.
- Bueno, ¿entonces quién es? -
- ¡Harry Potter! – corearon los gemelos con alegría, y soltando unos confetis festivos.
- Dejad de hacer eso. – replicó la madre.
Harry oyó la voz de la niña pelirroja.
- Mamá, ¿puedo subir al tren para verlo? ¡Oh, mamá, por favor...! –
- No Ginny. - dijo la madre con calma. - Además, el pobre chico no es algo para que lo mires como en el zoológico de los muggles. ¿Es él realmente, Fred? ¿Cómo lo sabes? -
- Se lo pregunté, y vi su cicatriz. - dijo Fred. - Está realmente allí...como iluminada. -
- Pobrecillo...me imagino que ahora mismo está solo. -
- ¡Que va! - se burló Fred, haciendo un gesto con la mano.
- ¡Está acompañado por una hermosa dama! - añadió el gemelo que se llamaba George.
Harry miró discretamente a Hermione, y no pudo evitar sonrojarse al ver que ella también lo estaba.
- ¿Crees que él recuerda cómo era "Quien tú sabes? - preguntó Fred.
La madre, súbitamente, se puso muy seria. - Te prohíbo que le preguntes, Fred. No, no te atrevas. Como si necesitara que le recuerden algo así en su primer día de colegio. –
- Está bien, quédate tranquila. - bufó Fred, rodando los ojos.
Se oyó un silbido.
- Daos prisa. - dijo la madre, y los tres chicos subieron al tren. Se asomaron por la ventanilla para que los besara y la hermanita menor comenzó a llorar.
- Oh, no llores, Ginny, vamos a enviarte muchas lechuzas. - sonrió Fred.
- Y un inodoro de Hogwarts. - añadió George, alegremente.
- ¡George! -
- Era una broma, mamá. -
El tren comenzó a moverse. Harry vio a la madre de los muchachos agitando la mano y a la hermanita, mitad llorando, mitad riendo, corriendo para seguir al tren, hasta que éste comenzó a acelerar.
- Vaya, así es una familia de magos, ¿eh? - comentó Hermione, con una sonrisa triste. - Es una pena que mis padres no pudieran entrar para despedirse de mí…- entonces miró a Harry rápidamente. - Lo siento, tú debes de pasarlo peor, sin que nadie…-
- Estas tu…- susurró Harry, sonriendo afablemente. - Gracias por haber venido para acompañarme, Hermione. -
Ella se ruborizó. - Hm…no es nada, de verdad. - sonrió con las mejillas rosadas. - Me alegro de estar aquí contigo. - tras decir aquello se puso totalmente roja. - ¿Y…qué has hecho durante el resto del verano, Harry? - murmuró.
- Oh, he ido repasando los libros de la escuela. - explicó Harry, entusiasmado. - Conseguí aprendérmelos todos de memoria, pero no tuve mucho tiempo para practicar muchos hechizos. Los pocos hechizos que sé puedo realizarlos gracias a los circuitos de prácticas que tiene el señor Ollivander en sus almacenes. Si tan solo no estuviera permitido hacer magia fuera de la escuela…Si alguna vez lo hiciera podrían expulsarme de Hogwarts. -
- ¡Pero acabas de decir que has practicado magia! - exclamó la castaña, repentinamente exaltada.
Harry le pidió que bajara la voz, y ella asintió. Procedió a explicarle lo que Hagrid le contó en su momento sobre el cómo practicar los hechizos, siempre y cuando el estudiante contara con la supervisión de un mago adulto o si tenía a uno cerca.
Hermione se sorprendió. - ¿En serio? - dijo. - Eso es asombroso, muy buen dato. Aunque es una lástima. No sé cómo lo voy a hacer para practicar hechizos si resulta que mis padres no son magos. -
- Entonces haz como yo y alójate en el Caldero Chorreante. - le sugirió Harry. - Tal vez te pueda ayudar con los deberes, y de paso podríamos practicar hechizos juntos en los circuitos del señor Ollivander. -
- Me parece una buena idea. - sonrió Hermione, y el azabache no pudo evitar ruborizarse de nuevo.
El tren comenzó a moverse. Las casas pasaban a toda velocidad por la ventanilla. Harry sintió una ola de excitación, y Hermione parecía sentir lo mismo. Ambos se quedaron mirándose a los ojos, sin decir una palabra, hasta que Harry habló.
- ¿Y tú Hermione? - preguntó. - ¿Cómo te ha ido el mes de agosto? -
- Bastante bien, me he aprendido todo lo que contenían mis libros. – respondió Hermione, saliendo del trance. - ¡Así que estoy más que preparada para empezar el curso! – declaró con determinación, entusiasmo y con el puño al aire, a lo que Harry rio divertido.
- Eso es estupendo, con suerte, seremos los primeros de la clase. – dijo este muy animado.
- ¡Eso es seguro! - repuso ella. - Oh, es verdad, ahora lo sé todo sobre ti. –
- ¿Eh? -
- Es por los otros libros extra que conseguí para prepararme más – explicó la castaña. - y tú figuras en "Historia de la magia moderna", "Defensa contra las Artes Oscuras" y "Grandes eventos mágicos del siglo XX". -
- Interesante…pero dudo que un puñado de libros describan como soy. – dijo Harry cabizbajo, a quien le dolía recordar el motivo de su fama. - Como mucho narrarán la historia de cómo mis padres se sacrificaron por mi…-
- Oh Harry, no te sientas mal por favor…- le pidió ella, sujetando su mano con suavidad.
- No Hermione, lo tengo todo pensado. - dijo Harry, mirándola con seriedad. - No quiero que la gente me recuerde como el "niño que vivió". Cuando salga de Hogwarts, quiero que la gente me recuerde por otras cosas. Por eso, me esforzaré al máximo para ser yo quien elabore su propia fama. -
Hermione miró al azabache con los ojos brillosos que, en opinión del muchacho, eran como un par de caramelos.
- Eres un chico increíble Harry, - sonrió Hermione. - estoy convencida de que harás grandes cosas. Y quién sabe, ¡tal vez algún día seas uno de los magos más grandes de todos los tiempos! -
- Eso nadie lo sabe, - dijo Harry, sonriendo con orgullo. - así que dejaremos que el tiempo nos dé la respuesta. -
Hermione asintió. En ese momento, la puerta del compartimento se abrió, y entró el chico pelirrojo con la nariz larga que vieron antes despidiéndose de su madre, junto con sus hermanos gemelos. Era Ron.
- Disculpen la molestia, ¿les importa si me siento aquí? - preguntó Ron con timidez. - Es que los demás compartimentos están llenos…-
Harry y Hermione intercambiaron miradas, los dos se miraron con una sonrisa antes de que el azabache respondiera.
- Adelante. - dijo, con una sonrisa. Después de todo, el chico preguntó de manera amable si podía entrar.
- Gracias…- dijo Ron, y tras soltar un suspiro se sentó en el asiento de al frente. - Por cierto, me llamo Ron, Ron Weasley. -
- Mucho gusto Ron, yo soy Harry Potter, - se presentó Harry. - y ella es mi amiga, Hermione Granger. -
- Hola Ron. – saludó Hermione.
- Hola, me da mucho gusto conocerles...- de repente, los ojos del pelirrojo se abrieron bruscamente. - ¿¡E-eres Harry Potter!? – exclamó.
- Si…- bufó Harry con un suspiro, mientras rodaba sus ojos. Pensó que, si llegaba a revelar a más de una persona su identidad en Hogwarts, se tiraría la vida sufriendo esa reacción por parte de los demás. Él solo pensarlo le daba dolor de cabeza.
- Dime, ¿es cierto que tienes la…cicatriz? – preguntó Ron.
- Hm…- de un suspiro, Harry se la enseñó, total, ¿qué culpa tenía el chico?
- Alucinante…- susurró Ron, asombrado. - Bueno, en realidad, no debe serlo, es decir, eso te lo hizo "quien tú sabes", ¿no? -
- Así es, fue Voldemort…- respondió Harry con seriedad
- ¡NO DIGAS SU NOMBRE! - saltó Ron, asustado.
Harry bufó. Esa actitud hacia el nombre de su enemigo le parecía patética.
- Es solo un nombre…- dijo, frunciendo el entrecejo. - no le tengo miedo. -
Ron se quedó boquiabierto, pero poco después la cerró, solo para volver a hablar. – Bueno, no me extraña en realidad, es decir…tú lo venciste y…-
- No Ron…no fui yo, - repuso el azabache, desviando la mirada. - fueron mis padres…Yo solo sobreviví a la maldición y nada más. -
- Verás Ron, a Harry no le gusta la fama que tiene. - explicó Hermione mientras Harry asentía lentamente con aprobación. - Su objetivo es crear su propia fama a base de hazañas, las cuales quiere hacer por sí mismo. -
- O sea, ¿no le gusta ser famoso por derrotar al mago tenebroso más grande de todos los tiempos? - inquirió Ron con sorpresa. Harry asintió, al igual que Hermione. - Ya veo…lo siento mucho, de verdad, no lo sabía. - añadió aquello como si se tratara de una broma.
- Es obvio que todo el que me no me conoce de verdad no lo sabe, - dijo Harry, mostrando una pequeña sonrisa. - tampoco te preocupes demasiado. –
- Por cierto, tienes sucia la nariz, - observó Hermione, señalando la nariz de Ron. - deberías limpiártela. -
- Oh, a veces me pasa. – respondió este, mientras intentaba limpiarse la nariz.
- ¡Eh, Ron! – los gemelos reaparecieron.
- Mira, nosotros nos vamos a la mitad del tren, porque Lee Jordan tiene una tarántula gigante y vamos a verla. – comentó uno de ellos.
- ¿Una tarántula? Mira que cada quien tiene criaturas más peculiares…- pensó Harry asombrado.
- De acuerdo…- murmuró Ron, algo tembloroso.
- Harry - dijo el otro gemelo, - ¿te hemos dicho quiénes somos?
- Fred y George Weasley. – dijo el primer gemelo.
- Y él es Ron, nuestro hermano. – señaló el otro.
- Un placer conocerles. – sonrió el azabache.
- ¿Y quién es tu novia? – preguntó Fred, soltando una risilla mientras señalaba a Hermione.
- ¡No es mi novia/o! – saltaron Harry y Hermione, solo para intercambiar miradas ruborizadas.
- Ella es mi amiga…- aclaró el azabache, con las mejillas enrojecidas. - Se llama Hermione Granger. -
- Vale, un placer conocer a la damisela. - dijo George, dedicándole a la castaña una noble reverencia y haciendo que se pusiera más roja.
- Bueno chavales, si os interesa, pásense luego por nuestra tien…- comentó Fred, pero su gemelo le interrumpió.
- ¡Fred! Eso es alto secreto. - le reprochó este a su hermano gemelo. - No se lo podemos decir a cualquiera. –
- ¡Ups! Es cierto Georgie. - asintió Fred. - Pues nada, hasta luego chavales. -
Los gemelos salieron y cerraron la puerta.
- Ellos son mis hermanos, Fred y George, - explicó el pelirrojo. - son muy graciosos y siempre paran gastando bromas divertidas en Hogwarts. –
- Eso suena divertido. – respondió Harry sonriente.
- Pero de seguro que rompen muchas reglas, - dijo Hermione con algo de desaprobación. - eso a mí no me hace mucha gracia. –
- Bueno, ellos siempre dicen que las reglas están para romperlas. - dijo Ron.
- Yo añadiría, que eso depende de la situación. – añadió Harry, rascándose la barbilla.
Hubo un pequeño silencio antes de que Ron hablara de nuevo.
- Así que eso es lo que "Quien tú sabes" te hizo...- susurró. - ¿Puedes recordar algo de cómo pasó? - preguntó, señalando la cicatriz de Harry.
- No puedo recordarlo…salvo…una luz verde muy intensa, pero nada más…- dijo Harry con voz entrecortada.
Hermione le cogió la mano para que se sintiera mejor, y este se ruborizó. Harry decidió cambiar de tema para dar un mejor ambiente a la conversación.
- ¿Y que nos cuentas de ti? ¿Qué hay de tu familia? –
- Oh, yo vengo de una familia de magos, como casi todos. –
- Vaya...entonces, ya debes de saber mucho sobre magia. – supuso Hermione.
- Más o menos. Es cierto que mi familia es de las más antiguas del mundo mágico, pero yo sé lo justo y necesario. - explicó Ron. - En realidad, no pude practicar mucho en casa porque hace poco que obtuve mi varita. -
- Estoy segura de que aprenderemos muchas más cosas en Hogwarts, y de seguro mejorarás notablemente como mago. – respondió Hermione sonriente.
- La verdad es que no soy muy entusiasta con los estudios. - dijo Ron con una sonrisa. - En cambio, puedo notar que vosotros si lo sois. - añadió, haciendo que tanto Harry como Hermione se ruborizaran.
- Tampoco es para tanto, solo trataremos de aprender todo lo posible y cumplir con los profesores, ¿verdad que sí, Harry? - preguntó Hermione a su amigo azabache. Este asintió sonrojado.
- Oí que te habías ido a vivir con muggles ¿Cómo son? – preguntó Ron con curiosidad.
- Horribles...- gruñó Harry. - Bueno, no todos ellos. Mi tía, mi tío y mi primo sí lo son. Me hubiera gustado tener dos hermanos magos, como tú. -
- En realidad, tengo cinco. - dijo Ron algo deprimido.
- Oh, sois una gran familia. - dijo Hermione.
- Soy el sexto en nuestra familia que va a asistir a Hogwarts. - dijo Ron, desanimado. - Se podría decir que tengo el listón muy alto. Bill y Charlie ya han terminado. Bill era Premio Anual y Charlie era capitán de Quidditch (por si eso fuera poco, los dos fueron prefectos). Ahora Percy es prefecto. Fred y George son muy revoltosos, pero a pesar de eso sacan muy buenas notas y todos los consideran muy divertidos. Todos esperan que me vaya tan bien como a los otros, pero si lo hago tampoco será gran cosa, porque ellos ya lo hicieron primero…-
- Vamos Ron, no seas tan pesimista. - dijo Harry, dándole ánimos. - Estoy seguro de que si te lo propones puedes hacer grandes cosas, y así tus padres se sentirán orgullosos de ti. -
- Gracias Harry, aunque no estoy muy seguro de lograrlo…- susurró Ron, quien seguía un poco desanimado. - Además, nunca tienes nada nuevo con cinco hermanos. Me dieron la túnica vieja de Bill, la varita vieja de Charles y la vieja rata de Percy…- buscó en su chaqueta y sacó una gorda rata gris, que estaba dormida. Harry la miró como si nada, mientras que Hermione se encogió un poco en su asiento. - Se llama Scabbers y no sirve para nada, casi nunca se despierta. A Percy, papá le regaló una lechuza porque lo hicieron prefecto, pero no podían comp...Quiero decir, ¡por eso me dieron a Scabbers! - añadió lo último un tanto nervioso.
Harry se dio cuenta de algo, y es que tal vez la familia del muchacho pelirrojo no andaba bien de fondos, y que, debido a eso, fueron improvisando. Se sentía un poco mal por él, y pensar que hacía apenas unas semanas estaba solo, y sin dinero, y que de repente descubrió que, si tenía dinero, gracias a sus padres.
- Ron…sé muy bien cómo te sientes…- repuso el azabache. - Permíteme contarte algo. -
Ron, al igual que Hermione, prestaron mucha atención a Harry. A pesar de que ella ya conocía a Harry de hace unos cuantos días, aún no sabía mucho sobre su vida, y eso, según el azabache, era algo que en los libros del mundo mágico no podría encontrar.
Harry les contó a sus nuevos amigos que había tenido que llevar la ropa vieja de Dudley y que nunca le hacían regalos de cumpleaños. Eso pareció animar a Ron.
- Y hasta que Hagrid me lo contó, yo no tenía idea de que era mago, ni sabía nada de mis padres o Voldemort...-
Ron bufó.
- ¿Qué? - dijo Harry.
- Has pronunciado el nombre de "quien tú sabes" otra vez…- dijo Ron, tan conmocionado como impresionado.
- No tengo miedo de decir ese nombre, es solo un estúpido nombre y ya…- bufó Harry, exasperado. - Empiezo a pensar que todo ese asunto del nombre de Voldemort no es más que una exageración. -
- ¡Pero todos le tienen miedo a ese nombre! - dijo el pelirrojo, asustado. - ¡El hizo cosas terribles! ¡Terribles! -
- Yo…por supuesto lo sé, Ron…-
Hermione miró a Harry y dijo: - Creo que en parte entiendo por qué Harry no le tiene mucho miedo a Vol…quiero decir, a él. -
- ¿Eh? -
- Lo he notado Harry, - observó ella. - cada vez que hablas de "quien tú sabes" lo dices con rencor. Creo que eso se debe a que lo odias, y mucho. Por eso no puedes tenerle miedo. -
Harry miró a su amiga sorprendido. En efecto, esa era la razón. - Así es…- repuso él, sin ganas de seguir hablando del tema.
- Entonces, ¿no…le tienes miedo? - preguntó Ron.
- No puedo temer a un ser al que odio tanto…- dijo Harry con el rostro sombrío. - El hizo de mi vida un infierno. Me arrebató a mi familia…y eso es algo que jamás le perdonaré…-
Ron se quedó mudo. Seguramente no esperaba escuchar a Harry hablar tan seriamente.
Mientras conversaban (sobre otros temas que no tenían nada que ver con Voldemort) el tren había pasado por campos llenos de vacas y ovejas. Se quedaron mirando un rato, en silencio, el paisaje. A eso de las doce y media se produjo un alboroto en el pasillo, y una mujer de cara sonriente, con hoyuelos, se asomó.
- ¿Queréis algo del carrito, guapos? -
Harry, que no había desayunado, se levantó de un salto, pero las orejas de Ron se pusieron otra vez coloradas y murmuró que había llevado bocadillos. El azabache salió al pasillo de todos modos.
Cuando vivía con los Dursley nunca había tenido dinero para comprarse golosinas y, puesto que tenía los bolsillos repletos de monedas de oro, plata y bronce, estaba listo para comprarse todas las barras de chocolate que pudiera llevar. Harry quería comprar un poco de cada tipo, pues aún no tuvo la oportunidad de probar todas las delicias del mundo mágico.
Compró un par de cajas de Grageas Bertie Bott de Todos los Sabores, algo de chicle, unas cuantas ranas de chocolate, empanada de calabaza, pasteles de caldero, varitas de regaliz y otra cantidad de cosas extrañas que Harry había visto en las distintas tiendas, pero que aún no había podido probar.
Pagó a la mujer once sickles de plata y siete knuts de bronce. Tanto Ron como Hermione lo miraban con caras de asombro, mientras Harry depositaba sus compras sobre un asiento vacío.
- ¿No has desayudando, Harry? - preguntó Hermione, después de cerrar la boca.
- Para nada, como no quería llegar tarde al andén ni me molesté en desayunar. - dijo Harry, dando un mordisco a una empanada de calabaza. - ¿No quieres una rana de chocolate? –
- ¿En serio? -
- Claro, sírvete. – dijo Harry, dándole una rana de chocolate a Hermione.
- Gra-gracias…- farfulló ella, ruborizándose tras recibir la chuche.
- De nada, aunque parece que no eres muy afán a los dulces. – observó el azabache.
- De vez en cuando como golosinas, pero no siempre. – comentó la castaña. - Aun así, no te puedo decir que no a ti, Harry. –
- Genial. – sonrió Harry. - Oye Ron, ¿no quieres pillar algo? –
- ¿Me…invitas? – preguntó Ron en tono de sorpresa.
- Pues claro. - se rio Harry. - No te cortes. Después de todo, ni yo voy a ser capaz de acabarme todo por mí mismo. -
Harry, que nunca había tenido nada que compartir o, en realidad, nadie con quien compartir nada, estaba feliz de por fin ser capaz de invitar chuches a otros niños. Era una agradable sensación, estar sentado allí con Hermione y Ron, comiendo pasteles y dulces despreocupadamente.
Ron dejo olvidado los bocadillos. Con tantos dulces, ni falta que le hacían. Los tres amigos se quedaron entretenidos con los cromos de brujas y magos famosos que venían en las cajitas de ranas de chocolate. Estas parecían ranas de verdad, ya que se movían, pero eran de chocolate, y, además, solo podían saltar una vez.
- ¡SI! ¡Me tocó Agripa! - exclamó Ron, saltando de su asiento. - ¡Soy el tipo más feliz del mundo! –
- ¿Cuantos tienes, Ron? – preguntó Harry.
- ¿Con este? - sonrió Ron. - Ya solo me falta Ptolomeo. -
Harry y Hermione lo miraron sorpresivos, pero luego recordaron que Ron era de una familia de magos, y obviamente él habrá tenido más tiempo para coleccionar los cromos, mientras que los dos acababan de empezar la colección.
- ¿Y tú Hermione? – le preguntó el azabache a Hermione.
- Pues…- cuando ella miró su cromo, se sorprendió mucho. - Oh…no puede ser…-
- ¿Qué pasa? -
- ¡ES MERLÍN! - exclamó Hermione, mientras mostraba su "trofeo" con orgullo. Era ni más ni menos que el mago más grande de todos los tiempos.
- ¡Atiza! ¡Merlín es el primero de la colección! Enhorabuena. – felicitó Ron a Hermione, sonriente.
- ¿Qué te parece si entre tú y yo coleccionamos todos los cromos, Hermione? – propuso Harry.
- Claro, puede ser entretenido, - asintió Hermione, guardando su cromo en su túnica. - tal vez así podamos conocer a muchas más brujas y magos famosos. ¿Y a ti quien te tocó, Harry? –
- A ver…Oh, es Dumbledore. –
- Genial, yo tengo más de seis. – dijo Ron, mientras comía su rana de chocolate.
Harry solo vio a Dumbledore en una de las imágenes de "Hogwarts: Una historia", estaba ansioso por conocerlo, sobre todo después de lo bien que Hagrid le había hablado de él.
El azabache volteó el cromo para ver que ponía.
Albus Dumbledore, actualmente director de Hogwarts. Considerado por casi todo el mundo Como el más grande mago del tiempo presente, Dumbledore es particularmente famoso por derrotar al mago tenebroso Grindelwald en 1945, por el descubrimiento de las doce aplicaciones de la sangre de dragón, y por su trabajo en alquimia con su compañero Nicolás Flamel. El profesor Dumbledore es aficionado a la música de cámara y a los bolos.
Cuando Harry volteó de nuevo el cromo, se percató que Dumbledore ya no estaba allí. El recordó que las imágenes, fotos o cuadros tenían vida propia en el mundo mágico.
- Oh vaya, ¿tan pronto se va? Bueno, supongo que se aburrirá estando ahí todo el día. – pensó Harry, antes de guardarse el cromo en su bolsillo.
- ¿Sabes, Ron? En el mundo muggle las imágenes no se mueven. – le comentó Hermione a Ron tras ver que el cromo de Merlín si se movía, rascándose su larga barba.
- ¿¡Que!? ¿¡En serio!? Asombroso…- dijo este, muy impresionado.
Harry y Hermione intercambiaron risas al ver el asombro de Ron. Definitivamente él era un mago de familia mágica. Mientras que a los magos les entraba curiosidad por conocer la vida de los muggles, a los muggles les entraba curiosidad saber sobre los magos. Eran dos mundos, con distintas formas de vida, pero cada uno tenía sus más y sus menos.
Muy pronto, Harry tuvo no sólo a Dumbledore y Morgana, sino también a Ramón Llull, al rey Salomón, Circe, Paracelso y Merlín. Hasta que finalmente apartó la vista de la druida Cliodna, que se rascaba la nariz, para abrir una bolsa de grageas de todos los sabores.
- Bueno…espero que no me toque una con sabor a vómito, - dijo Harry, mientras escogía con cuidado las grageas. - tuve el desagrado de pillar una en el Caldero Chorreante. -
Hermione hizo una mueca de desagrado. Era obvio que a nadie le gustaría probar aquel sabor.
- Ya te digo, esa es la peor de las grajeas, - dijo Ron, arrugando la nariz. - bueno, esa y la de sabor a pimienta, la detesto. -
Harry probó una con cuidado, pues con las grageas uno nunca sabe. – Hm…que raro, este sabe a cerilla, no está mal. –
- ¿Cómo sabes que sabe a cerilla? - preguntó la castaña, frunciendo el entrecejo. - Yo ni una vez he probado una con ese sabor. -
- Si conozco el sabor es por algo, ¿no crees? -
- Oh Harry, como se nota que eres un niño. – dijo Hermione sonriendo graciosamente.
- ¿No vas a probar una, Hermione? – preguntó Ron.
- Está bien, supongo que no pasará gran cosa, total, son solo sabores. – suspiró Hermione, cogiendo una grajea de la bolsa de Harry. - Hm…este sabe a col. – dijo.
- Bien, no es un mal sabor, a mí me encantan la col. – dijo el azabache.
- Yo no soy muy afán de las verduras la verdad…- bufó Ron.
Pasaron un buen rato comiendo las grageas de todos los sabores. Harry encontró sabores de tostadas, coco, judías cocidas, fresa, curry, hierbas, café, sardinas y fue lo bastante valiente para morder la punta de una gris, que Ron no quiso tocar y resultó ser pimienta.
- ¡Toma ya! - bufó el azabache mentalmente.
En aquel momento, el paisaje que se veía por la ventanilla se hacía más agreste. Habían desaparecido los campos cultivados y aparecían bosques, ríos serpenteantes y colinas de color verde oscuro.
- Por cierto, ¿a qué casa pensáis ir? – preguntó Hermione, mientras miraba el paisaje a través de la ventana.
- Yo de seguro acabaré en Gryffindor, - dijo Ron. - toda mi familia es de allí. –
- ¡Atiza! Igual que yo, de hecho, mis padres fueron de Gryffindor y…- allí acabó el entusiasmo de Harry. Cuando hablaba de sus padres se entristecía un poco. – ¿Y tú Hermione? – preguntó, tratando de animarse.
- Yo también espero estar en Gryffindor, parece la mejor de todas. – dijo Hermione. - Oí que Dumbledore estuvo allí, pero supongo que Ravenclaw no será tan mala si me acaba tocando. –
- Es verdad, Ravenclaw también es una buena opción. - dijo Harry asintiendo con aprobación.
- Bueno, mientras no nos pongan en Slytherin…- añadió Ron, suspirando con algo de miedo.
Harry se puso serio ante la mención de la casa de su mayor enemigo. - Si…la casa de Voldemort…- susurró entre dientes, haciendo que tanto Ron como Hermione se estremecieran de miedo.
Hermione cambió de tema rápidamente, probablemente para que Harry no mencionara de nuevo a Voldemort.
- Oye Ron, ¿y a que se dedican tus hermanos mayores? - preguntó ella.
A Harry le pareció una buena preguntaba, pues pensó que sería interesante saber qué hacía un mago una vez terminaba sus años escolares.
- Charlie está en Rumania, estudiando dragones, - respondió Ron. - y Bill está en África, ocupándose de asuntos para Gringotts. Por cierto, ¿te enteraste de lo que pasó en Gringotts? Salió en "El Profeta", pero no creo que las casas de los muggles lo reciban. -
- ¿Qué pasó? - preguntó Harry, entrando en la conversación.
- Trataron de robar en una cámara de alta seguridad. -
Harry y Hermione se sorprendieron.
- ¿De verdad? ¿Qué les ha sucedido? - preguntó Hermione.
- Nada, por eso son noticias tan importantes. - explicó Ron. - No los han atrapado, mi padre dice que tiene que haber un poderoso mago tenebroso para entrar en Gringotts, pero lo que es raro es que parece que no se llevaron nada. Por supuesto, todos se asustan cuando sucede algo así, ante la posibilidad de que "quien tú sabes" esté detrás de ello… -
Harry repasó las noticias en su cabeza. Había comenzado a sentir una punzada de rabia cada vez que mencionaban a Voldemort, llamándolo "Quien tú sabes". Seguía pensando que no llamarlo por su nombre era una bobada, una cobardía, pues era mucho más agradable poder decir "Voldemort" en vez de "quien tus sabes" sin preocuparse por nada.
