Capítulo 7 - ¡Bienvenidos a Hogwarts!

Se escuchó un golpe en la puerta del compartimiento, y entró un muchacho de cara redonda y cabellos negros. Parecía muy afligido.

- Disculpen, ¿Por casualidad no habréis visto un sapo? – preguntó desesperado. Cuando los tres negaron con la cabeza, el chico gimió. - ¡La he perdido! ¡Se me escapa todo el tiempo! –

- Menuda lata. - dijo Harry. - ¿Qué te parece si te ayudo a encontrarlo? –

- ¿Lo dices en serio? – preguntó el muchacho, sorprendido.

- Así podré estirar un poco las piernas, - sonrió el azabache, poniéndose en pie. - no me gusta estar sentado todo el tiempo. –

- Yo también ayudaré. – dijo Hermione con una sonrisa.

- Y yo, - añadió Ron, mientras comía unas grageas. - sino me aburro. -

- ¡Ge-genial! – saltó nerviosamente el muchacho de cara redonda. - Muchas gracias chicos. -

Los tres salieron del compartimiento para seguir al chico de cara redonda, entrando en un compartimento el cual parecía un bar dentro del tren, con sus taburetes, su barra y varias mesas con pequeños aperitivos para picar.

- Por cierto, ¿cómo te llamas? - preguntó Harry.

- Neville, Neville Longbottom. - respondió Neville con aparente nerviosismo.

- De acuerdo, tu sapo no debe de andar muy lejos. - dijo el azabache. - Con suerte no habrá saltado por una ventana…- añadió con una sonrisa divertida.

- ¡No digas eso! - gimoteó Neville. - ¡Sería terrible! -

- Tranquilo Neville, lo encontraremos. - le tranquilizó Hermione. - Por cierto, yo soy Hermione Granger. -

- Ron Weasley. - se presentó Ron, mientras comía una empanada de calabaza.

- Y yo Harry Potter. - sonrió Harry.

- ¿¡Ha-Harry Potter!? - Neville se sobresaltó al enterarse.

- Así que es verdad…- se escuchó la voz de un chico, arrastrando las palabras.

Los cuatro se detuvieron, y Harry reconoció de inmediato quien era. Era aquel chico pálido de la tienda de túnicas de Madame Malkin, y a diferencia de la tienda, en ese momento iba acompañado por otros dos chicos. El rubio miraba a Harry con mucho más interés que el que había demostrado en el Callejón Diagon, mientras que Harry se puso serio, pues no le agradaba aquel chico.

- Por todo el tren estaban diciendo que Harry Potter subió en el tren. - comentó el rubio. - Así que eres tú, ¿no? -

- Sí…- respondió Harry, con las manos en los bolsillos y mirando al chico rubio desafiante. Observó a los otros muchachos, ambos eran corpulentos y parecían muy vulgares. Situados a ambos lados del chico pálido, parecían guardaespaldas. - Si, definitivamente contrató guardaespaldas…- pensó burlón.

- Oh, éste es Crabbe y éste Goyle. - dijo el rubio, señalando a sus "guardaespaldas". - Y mi nombre es Malfoy…Draco Malfoy. - añadió, con aires de superioridad.

Ron dejó escapar una débil tos, que podía estar ocultando una risita. Draco (Dragón :V) Malfoy lo miró despectivamente.

- ¿Te parece que mi nombre es divertido? – preguntó el rubio con tono de aburrido y arrugando la nariz, mientras miraba a Ron. - No necesito preguntarte quién eres. Mi padre siempre dice que todos los Weasley son pelirrojos, con pecas y más hijos que los que pueden mantener. -

El azabache apretó los dientes. Malfoy era muy desagradable. Este volvió a mirar a Harry.

- Muy pronto descubrirás que algunas familias de magos son mucho mejores que otras, Potter. No querrás hacerte amigo de los de la clase indebida, ¿verdad? - preguntó Malfoy, acercándose a él. - Yo puedo ayudarte en eso…- extendió la mano, para estrechar la de Harry.

Pero el azabache no la aceptó. - Yo sé elegir bien a mis amistades. - dijo con frialdad y un rostro amenazador. - Ahora desaparece de mi vista, Malfoy…-

Malfoy no se ruborizó, pero un tono rosado apareció en sus pálidas mejillas. - ¡Yo tendría cuidado si fuera tú, Potter! – gritó con enfado. - ¡A menos que seas un poco más amable, vas a ir por el mismo camino que tus padres! Ellos tampoco sabían lo que era bueno para ellos…Tú sigue con gentuza como los Weasley, el gordo, y la hurraca, y terminarás como ellos. -

Las orejas de Ron enrojecieron, Neville parecía más nervioso que antes y Hermione se tocó su cabello, muy ofendida.

- ¿¡Que dijiste!? – gruñó Harry con furia. En ese momento, se dio cuenta de que uno de los "guardaespaldas" de Malfoy tenía un sapo.

- ¡Es Trevor! – gritó Neville, señalando a su sapo. - ¡De-devuélvemelo! – pidió aterrorizado, pero queriendo recuperar lo que era suyo.

- ¿Oh sí? ¡Pues ven a por él si tienes valor, gordo! – exclamó Malfoy en tono burlón.

Harry se ajustó los nudillos de los dedos. – De acuerdo…- susurró, con una sonrisa arrogante en el rostro. – entonces haremos esto por las malas…-

Ron lo miró entusiasmado - Oh…quieres decir que…de verdad quieres…- parecía que él entendía lo que iba a hacer Harry.

- En efecto, ¿te unes a la fiesta, Ron? – preguntó Harry, sonriendo con malicia.

- ¡Si, ese idiota se la ha cargado! - masculló Ron, poniéndose al lado del azabache, mientras chocaba sus puños.

Hermione se dio cuenta que Harry y Ron iban a atacar a Draco y su pandilla, porque se escandalizó. - ¡Harry! ¡Ron! ¡No hagan nada estúpido! – gritó.

- Esto es entre hombres, Hermione, - declaró Harry severamente. - tu solo vigila que no venga nadie mientras "negociamos" con Malfoy y sus gorilas. – añadió, dirigiéndose a los idiotas que tenía en frente.

Hermione rodó los ojos mientras decía "hombres…como no". Malfoy y sus "gorilas" se retorcían de la risa.

- ¡Miren eso! ¡Pi-pipote y el rey Weasley! – se burló el rubio. - ¿Me estáis tomando el pelo? –

- Tienes diez segundos para regresarle su sapo a Neville, - amenazó Harry, fulminando a Malfoy con la mirada. - o de lo contrario…-

- ¡Te dejaremos sin pelo, Malfoy! – añadió Ron con ira, dispuesto a darle una paliza a Malfoy y su pandilla. - ¡Y no necesitamos una varita para eso! -

- ¡Pues ven si te atreves, Weasley! – gritó en tono burlón el rubio.

- De acuerdo, se acabó la paciencia. – gruñó Harry, y como el viento, se plantó frente a Malfoy y le propinó un puñetazo en toda la cara, el cual lo tambaleó hacia atrás.

Ron hizo lo propio con Crabbe y Goyle, pero solo logró hacer que el primero soltara el sapo, ya que apenas se aturdió.

- ¡Malditos Gorilas! ¡Ahora vais a ver! – gritó Ron con coraje, lanzándose a por los dos "gorilas" como si fuera un tiburón hambriento y comenzando a pelearse con ellos, levantando polvo.

El sapo saltó hasta llegar a Neville. – ¡Bien, tengo a Trevor! – dijo el muchacho con voz nerviosa y claramente audible.

A pesar de tener la misión cumplida, Harry y Ron siguieron peleándose con Malfoy y sus corpulentos amigos, mientras que Hermione observaba la pelea con angustia. El rubio y el azabache seguían pegándose, a medida que el ultimo comenzaba a tomar las riendas de la pelea. Por su parte, Ron se las arregló para noquear a Goyle, y quedarse en un uno contra uno con Crabbe.

- ¡Parad, por favor! - suplicó Hermione a los chicos, pero estos la ignoraron. - ¡Ya Basta! -

- ¡Tú cierra el pico, hurraca! – masculló Malfoy entre dientes, mientras se peleaba con Harry.

Hermione abrió los ojos con violencia y se puso cabizbaja, mientras comenzaba a temblar. Su cara parecía sombría.

- ¿¡Has vuelto a insultarla!? – gritó Harry con furia, pegando al rubio en la cara. - ¡Retíralo, Malfoy! -

- ¡Oblígame, Potter! – gritó Malfoy desafiante, escupiendo tras recibir otro puñetazo por parte del azabache.

De repente, se escuchó el sonido de un fuerte manotazo, y Harry se sorprendió al ver quien había sido la persona que dejó marcada la huella de su mano en el rostro de Malfoy.

Fue Hermione. Le había pegado a Malfoy un fuerte manotazo en toda la cara, dejándosela marcada. El rubio se tambaleó y cayó al suelo, temblando de ira.

- ¿¡CÓMO TE ATREVES!? – rugió Malfoy, llevándose una mano a la cara marcada.

Inmediatamente, Harry y Ron (que se había librado de Crabbe) se pusieron delante de Hermione, dispuestos a protegerla.

- ¡Tch! ¡Esto no quedará así, Potter! – bramó Malfoy, descompuesto. - ¡Tú, Weasley y la hurraca acabareis tan mal como tus padres! -

- ¡Pírate Malfoy! - exclamó Ron, mostrándole la lengua.

Y a regañadientes, Malfoy le indicó a Crabbe que arrastrara a Goyle y los tres se marcharon del vagón. Tan repentinamente como se fueron, Harry y Ron se volvieron para ver a Hermione, aún atónitos por lo que hizo.

- Lo siento…- susurró Hermione, nerviosa, mientras se frotaba la mano con la que golpeó a Malfoy. - Se me fue la mano, es que, estaba tan enfada y…-

- ¿Porque te disculpas? – preguntó Ron, arqueando las cejas. - ¡Ha sido una pasada! – dijo emocionado.

- Si, ¿visteis su cara? Se ve que no puede con una chica. - añadió Harry mirando a su amiga con una amplia sonrisa. - Lo has hecho muy bien Hermione, me alegro de que tengas valor para enfrentar a quienes te insultan. -

Hermione sonrió a sus amigos. – Gracias, aunque en realidad nunca había reaccionado así ante alguien que me insulta o se mete conmigo…- negó con la cabeza. – No importa, hoy me siento con mucha vida. – y sus amigos sonrieron ampliamente.

- Gracias por su ayuda, chicos. - dijo Neville, mientras sostenía a su sapo. - Pero siento mucho haberos metido en este lío. -

- No te preocupes, de todos modos, acabaríamos cruzándonos con esos memos tarde o temprano. – repuso Harry arrogantemente.

- Harry tiene razón, - le apoyó Ron. - además, fue un verdadero placer darles su merecido. -

Una voz retumbó en el tren. - Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren, se lo llevarán por separado al colegio. –

- ¡Voy a cambiarme! – farfulló Neville, corriendo hasta la puerta que daba con el siguiente vagón. – Nos vemos en Hogwarts. – añadió, antes de perderse de vista.

- Deberíais ir a poneros las túnicas, - dijo Hermione, toqueteándose sus cabellos, los cuales quedaron muy desordenados. - mientras yo me arreglo un poco y limpio la mía...- añadió.

- Vaya chico, - dijo Ron, mirando su ropa. - damos pena así, ¿no crees? -

- Tienes razón, - respondió el azabache, limpiándose la camiseta. - supongo que habrá que arreglarse un poco antes de salir del tren. -

Harry y Ron regresaron al compartimiento en el que estaban antes para ponerse las túnicas de Hogwarts. Por su parte, Hermione fue a limpiarse un poco el polvo que tenía en la túnica y a arreglarse el pelo.

El tren aminoró la marcha, hasta que finalmente se detuvo. Todos se empujaban para salir al pequeño y oscuro andén. Harry se estremeció un poco bajo el frío aire de la noche, entonces apareció una lámpara moviéndose sobre las cabezas de los alumnos, y Harry escuchó una voz conocida.

- ¡Primer año! ¡Por aquí! – era Hagrid, quien agitaba su enorme brazo. - ¿¡Todo bien por ahí, Harry!? -

- ¡Hagrid! – saludó Harry a su gran amigo, con una amplia sonrisa.

Hagrid le sonrió ampliamente. – Yo también me alegro de verte, amigo. – le dijo, y luego alzó la mirada. - ¡Venid! seguidme...¿Hay más de primer año? Mirad bien dónde pisáis. ¡Los de primer año, seguidme! – gritaba sin parar, dirigiéndose al resto de alumnos.

Resbalando y a tientas, los nuevos estudiantes siguieron a Hagrid por lo que parecía un estrecho sendero. Estaba tan oscuro que Harry pensó que debía de haber árboles muy tupidos a ambos lados, nadie hablaba mucho, nadie, salvo él, Hermione y Ron.

- En un segundo, tendréis la primera visión de Hogwarts. - exclamó Hagrid por encima del hombro-

Justo al doblar una curva. Se produjo un fuerte "¡ooooooh!" por parte de los alumnos.

El sendero estrecho se abría súbitamente al borde de un gran lago negro. En la punta de una alta montaña, al otro lado, con sus ventanas brillando bajo el cielo estrellado, había un impresionante castillo con muchas torres y torrecillas.

- Ahí lo tenemos, amigos. - señaló el azabache, tan maravillado por el castillo como sus dos amigos. - Hogwarts…-

- Tengo que admitirlo, - dijo Hermione con una sonrisa. - no es lo mismo verlo de verdad que en un libro. -

- Ya te digo. – añadió Ron, asintiendo rápidamente.

- ¡No más de cuatro por bote! —gritó Hagrid, señalando a una flota de botecitos alineados en el agua, al lado de la orilla. Harry, Hermione y Ron subieron a uno. - ¿Todos habéis subido? ¡Venga! ¡ADELANTE! –

Y la pequeña flota de botes se movió al mismo tiempo, deslizándose por el lago, que era tan liso como el cristal. Todos estaban en silencio, contemplando el gran castillo que se elevaba sobre sus cabezas mientras se acercaban cada vez más al risco donde se erigía.

Al cabo de un rato, primeros botes alcanzaban el peñasco. Todos agacharon la cabeza y los botecitos los llevaron a través de una cortina de hiedra, que escondía una ancha abertura en la parte delantera del peñasco.

Fueron por un túnel oscuro que parecía conducirlos justo por debajo del castillo, hasta que llegaron a una especie de muelle subterráneo, donde treparon por entre las rocas y los guijarros.

Luego subieron por un pasadizo en la roca, detrás de la lámpara de Hagrid, saliendo finalmente a un césped suave y húmedo, a la sombra del castillo. Subieron por unos escalones de piedra y se reunieron ante la gran puerta de roble. Hagrid levantó un gigantesco puño y llamó tres veces a las puertas del castillo.

Las puertas se abrieron de inmediato. Una bruja alta, de cabello negro y túnica verde esmeralda, esperaba allí. Tenía un rostro muy severo, y el primer pensamiento de Harry fue que se trataba de alguien con quien era mejor no tener problemas.

- Aquí tiene a los de primer año, profesora McGonagall. - dijo Hagrid.

- De modo que ella es McGonagall…- pensó Harry, observando a la bruja que parecía una persona a la cual, había que respetar sí o sí.

- Muchas gracias, Hagrid. – dijo la profesora McGonagall. - Yo los llevaré desde aquí. -

Al entrar en el vestíbulo de entrada, se podía ver que era tan grande, que hubieran podido meter toda la casa de los Dursley en él. Las paredes de piedra estaban iluminadas con resplandecientes antorchas como las de Gringotts, el techo era tan alto que no se veía y una magnífica escalera de mármol, frente a ellos, conducía a los pisos superiores.

Siguieron a la profesora McGonagall a través de un camino señalado en el suelo de piedra. Harry podía oír el ruido de cientos de voces, que salían de un portal situado a la derecha, pero la profesora McGonagall llevó a los de primer año a una pequeña habitación vacía, fuera del vestíbulo. Se reunieron allí, más cerca unos de otros de lo que estaban acostumbrados, mirando con nerviosismo a su alrededor.

La profesora McGonagall empezó a hablar: - Bienvenidos a Hogwarts. El banquete de comienzo de año se celebrará dentro de poco, pero antes de que ocupéis vuestros lugares en el Gran Comedor, deberéis ser seleccionados para vuestras casas. –

Mientras la profesora McGonagall hablaba sobre la selección de casas y, por ende, sobre las casas, Harry se percató que Draco Malfoy le estaba fulminando con la mirada. El aún tenía la marca en el rostro del tremendo golpe que le dio Hermione.

- Te está bien empleado por bocazas…- pensó Harry, mirándolo con arrogancia.

- Volveré cuando lo tengamos todo listo para la ceremonia. - dijo la profesora McGonagall mientras salía de la habitación. - Por favor, esperad tranquilos. -

Muchos estudiantes allí presentes estaban muy nerviosos, en especial Neville, bueno, desde que Harry lo conoció, siempre lo veía nervioso y asustadizo. Entonces el joven Potter escuchó muchos gritos a sus espaldas.

- Mira Harry, son fantasmas. – señaló Hermione, parecía fascinada.

Unos veinte fantasmas acababan de pasar a través de la pared de atrás. De un color blanco perla y ligeramente transparentes, se deslizaban por la habitación, hablando unos con otros, casi sin mirar a los de primer año. Por lo visto, estaban discutiendo.

- Perdonar y olvidar. Yo digo que deberíamos darle una segunda oportunidad...- dijo el fantasma que parecía un monje gordo y pequeño.

- Mi querido Fraile, ¿no le hemos dado a Peeves todas las oportunidades que merece? Nos ha dado mala fama a todos y, usted lo sabe, ni siquiera es un fantasma de verdad...¿Y qué estáis haciendo todos vosotros aquí?-

El fantasma, con gorguera y medias, se había dado cuenta de pronto de la presencia de los de primer año. Nadie respondió.

- ¡Alumnos nuevos! - dijo el Fraile Gordo, sonriendo a todos. - Estáis esperando la selección, ¿no? -

Algunos asintieron.

- ¡Espero veros en Hufflepuff! Mi antigua casa, ya sabéis. -

- Conque ese es el Fraile Gordo…- pensó Harry. - Es cierto, cada casa tiene un fantasma en particular. Creo que el de Gryffindor se llama Sir Nicholas. -

La Profesora McGonagall reapareció y dijo: - La Ceremonia de Selección va a comenzar, vamos. -

Harry nunca habría imaginado un lugar tan extraño y espléndido. El gran comedor estaba iluminado por miles y miles de velas, que flotaban en el aire sobre cuatro grandes mesas, donde los demás estudiantes ya estaban sentados. En las mesas había platos, cubiertos y copas de oro. En una tarima, en la cabecera del comedor, había otra gran mesa, donde se sentaban los profesores. La profesora McGonagall condujo allí a los alumnos de primer año y los hizo detener y formar una fila delante de los otros alumnos, con los profesores a sus espaldas.

Los cientos de rostros que los miraban parecían pálidas linternas bajo la luz brillante de las velas. Situados entre los estudiantes, los fantasmas tenían un neblinoso brillo plateado. Para evitar todas las miradas, Harry levantó la vista y vio un techo de terciopelo negro, salpicado de estrellas.

Hermione, quien estaba delante de él le susurró: - Es un hechizo para que parezca como el cielo de fuera. Lo leí en…-

- ¿Hogwarts, Una historia? - preguntó Harry, sonriendo.

Ella lo miró emocionada. - ¿También lo leíste? -

Harry asintió con una amplia sonrisa, mientras que ella le devolvió la sonrisa. Bajó la vista y miro como la profesora McGonagall ponía en silencio un taburete de cuatro patas frente a los de primer año. Encima del taburete puso un sombrero puntiagudo de mago. El sombrero estaba remendado, raído y muy sucio. Tía Petunia no lo habría admitido en su casa. Entonces Harry pensó que se trataba del famoso el sombrero seleccionador. Era tal y como estaba descrito en el libro sobre la historia de Hogwarts. A continuación, el sombrero empezó a cantar.

- Oh, podrás pensar que no soy bonito, pero no juzgues por lo que ves. Me comeré a mí mismo si puedes encontrar, un sombrero más inteligente que yo. Puedes tener bombines negros, sombreros altos y elegantes. Pero yo soy el Sombrero Seleccionador de Hogwarts y puedo superar a todos. No hay nada escondido en tu cabeza que el Sombrero Seleccionador no pueda ver. Así que pruébame y te diré dónde debes estar. Puedes pertenecer a Gryffindor, donde habitan los valientes. Su osadía, temple y caballerosidad ponen aparte a los de Gryffindor. Puedes pertenecer a Hufflepuff, donde son justos y leales. Esos perseverantes Hufflepuff de verdad no temen el trabajo pesado. O tal vez a la antigua sabiduría de Ravenclaw, Si tienes una mente dispuesta, porque los de inteligencia y erudición siempre encontrarán allí a sus semejantes. O tal vez en Slytherin harás tus verdaderos amigos. Esa gente astuta utiliza cualquier medio para lograr sus fines. ¡Así que pruébame! ¡No tengas miedo! ¡Y no recibirás una bofetada! Estás en buenas manos (aunque yo no las tenga). Porque soy el Sombrero Pensante. -

Todo el comedor estalló en aplausos cuando el sombrero terminó su canción. Harry pudo ver que Ron estaba muy molesto por algo.

- ¿Entonces sólo hay que probarse el sombrero? Yo me cargo a Fred. - le susurró Ron a Harry mientras bufaba. Este se rió discretamente. - Él me dijo que era una especie de prueba, dolorosa, pero creo que era una broma. -

La profesora McGonagall se adelantaba con un gran rollo de pergamino. - Cuando yo os llame, deberéis poneros el sombrero y sentaros en el taburete para que os seleccionen. – desenrolló el pergamino y dijo en voz alta: - ¡Abbott, Hannah! –

Una niña de rostro rosado y trenzas rubias salió de la fila, se puso el sombrero, que la tapó hasta los ojos, y se sentó. Un momento de pausa.

- ¡HUFFLEPUFF! - gritó el sombrero.

La mesa de la derecha aplaudió mientras Hannah iba a sentarse con los de Hufflepuff. Harry vio al fantasma del Fraile Gordo saludando con alegría a la niña.

- ¡Bones, Susan! –

- ¡HUFFLEPUFF! – gritó otra vez el sombrero, y Susan se apresuró a sentarse al lado de Hannah.

- ¡Boot, Terry! –

- ¡RAVENCLAW! –

La segunda mesa a la izquierda aplaudió esta vez. Varios Ravenclaws se levantaron para estrechar la mano de Terry, mientras se reunía con ellos. Brocklehurst, Mandy también fue a Ravenclaw, pero Brown, Lavender resultó la primera nueva Gryffindor, en la mesa más alejada de la izquierda, que estalló en vivas. Harry pudo ver a los hermanos gemelos de Ron, silbando. Bulstrode, Millicent fue a Slytherin. Después de ver a los estudiantes de Slytherin, a Harry pero le pareció que era un grupo desagradable.

- ¡Finch-Fletchley, Justin! -

- ¡HUFFLEPUFF! –

Harry notó que, algunas veces, el sombrero gritaba el nombre de la casa de inmediato, pero otras, tardaba un poco más en decidirse.

- ¡Finnigan, Seamus! –

El muchacho de cabello arenoso, que estaba al lado de Harry en la fila, estuvo sentado un minuto entero, antes de que el sombrero lo declarara un Gryffindor.

- ¡Granger, Hermione! - le llamó la profesora, haciendo que la castaña pegara un saltito. Claramente estaba nerviosa.

- Adelante Hermione…- le susurró Harry a su amiga, dándole ánimos.

Hermione asintió muy rápido, y casi corrió hasta el taburete para ponerse el sombrero. Después de unos segundos, el sombrero dio su veredicto.

- ¡GRYFFINDOR! - gritó el sombrero, y Hermione dio otro salto, dejando el sombrero sobre el taburete y marchándose corriendo hasta la mesa de Gryffindor, donde los gemelos Weasley la recibieron con confetis.

- ¡Si! - celebró Harry muy contento en voz baja, al igual que Ron, aunque él estaba pálido.

Cuando Neville Longbottom, el chico del sapo fue llamado, se tropezó con el taburete. El sombrero tardó un largo rato en decidirse. Cuando finalmente gritó…

- ¡GRYFFINDOR! –

Neville salió corriendo, todavía con el sombrero puesto y tuvo que devolverlo, entre las risas de todos a MacDougal, Morag.

- Neville…- murmuró Harry, negando con la cabeza. ¿Por qué tenía tan mala suerte aquel chico?

Malfoy se adelantó al oír su nombre y de inmediato obtuvo su deseo: el sombrero apenas tocó su cabeza y gritó:

- ¡SLYTHERIN! –

- ¡Hmph! Ya decía yo que parecía una serpiente…- pensó Harry con desprecio, mientras miraba como Malfoy se reunía con sus amigotes Crabbe y Goyle, con aires de satisfacción.

Ya no quedaba mucha gente. Moon... Nott... Parkinson... Después unas gemelas, Patil y Patil...Más tarde Perks, Sally-Anne... y, finalmente…

- ¡Potter, Harry! –

Mientras Harry se adelantaba, los murmullos se extendieron súbitamente como fuegos artificiales.

- ¿Ha dicho Potter? – preguntó una chica.

- ¿Ese es Harry Potter? – seguido de otro chico.

Lo último que Harry vio, antes de que el sombrero le tapara los ojos, fue a Hermione, aparentemente nerviosa, mientras se llevaba las manos al pecho. Harry deseaba con todas sus fuerzas ir allí, y sentarse a su lado.

Al momento siguiente, se quedó mirando el oscuro interior del sombrero, y esperó…

- ¿¡Mi…lord!? – escuchó la voz del sombrero en su cabeza, como si este se hubiera llevado una gran sorpresa.

- ¿Perdón? - preguntó Harry con la mente, algo confuso. - ¿Cómo me has llamado? -

- ¡GRYFFINDOR! - gritó muy alto el sombrero seleccionador en apenas unos instantes.

Tan pronto como lo hizo, Harry se olvidó de lo anterior y, tras dejar el sombrero en el taburete, fue corriendo a la mesa de Gryffindor, rebosante de felicidad, siendo recibido con un fuerte abrazo por parte de Hermione, y la ovación de los miembros de su nueva casa.

- ¡Lo lograste Harry! ¡Lo lograste! – chillaba Hermione, casi entre lágrimas.

- ¡Lo sé! - rio Harry, sintiéndose muy a gusto con el abrazo de su amiga. - ¡Estoy aquí y aun no me lo creo! –

- ¿Harry? –

- ¿Eh? –

Un chico pelirrojo con una túnica de prefecto se acercó a Harry. – Soy Percy Weasley, es un placer tenerte en Gryffindor. –

- Ah, es verdad, eres el hermano prefecto de Ron, es un placer conocerte. – respondió el azabache en tono amable.

- Lo mismo te digo. – Percy le estrechó la mano a Harry vigorosamente.

- ¡TENEMOS A POTTER! ¡TENEMOS A POTTER! – gritaban como locos los gemelos Weasley, Fred y George, mientras saltaban y repartían muchos confetis. Harry casi se cayó de su asiento, mientras Hermione sonrió divertida.

Podía ver bien la Mesa Alta, en la punta, a Hagrid, que lo miró y levantó los pulgares. Harry le sonrió. Y allí, en el centro de la Mesa Alta, en una gran silla de oro, estaba sentado Albus Dumbledore. Harry lo reconoció de inmediato, por los retratos de sus libros y el cromo de las ranas de chocolate. -

- El cabello plateado de Dumbledore brilla tanto como esos fantasmas… – observó Harry, riendo un poco.

Harry también vio al profesor Quirrell, el nervioso joven del Caldero Chorreante. Estaba muy extravagante, con un gran turbante púrpura.

Y ya quedaban solamente tres alumnos para seleccionar. A Turpin, Lisa le tocó Ravenclaw, y después le llegó el turno a Ron. Tenía una palidez verdosa, tanto Harry como Hermione cruzaron los dedos debajo de la mesa, para desearle suerte a distancia. Un segundo más tarde, el sombrero gritó…

- ¡GRYFFINDOR! –

Harry y Hermione se levantaron del asiento para aplaudirle con fuerza, junto con los demás, mientras que Ron se desplomaba en la silla más próxima.

- ¡Enhorabuena Ron, bienvenido! – le felicitaba Harry mientras le estrechaba la mano enérgicamente.

- Gracias…¿puedo desmayarme ya? - preguntó Ron, mientras acostaba su cabeza sobre la mesa.

- Parece que lo ha pasado tremendamente mal allí. - supuso Hermione con una sonrisa nerviosa.

Después de que Zabini, Blaise fuera seleccionado para Slytherin, la profesora McGonagall enrolló el pergamino y se llevó el Sombrero Seleccionador.

Albus Dumbledore se había puesto de pie. Miraba con expresión radiante a los alumnos, con los brazos muy abiertos, como si nada pudiera gustarle más que verlos allí.

- ¡Bienvenidos a un año nuevo en Hogwarts! – dijo alegremente. - Antes de comenzar nuestro banquete, quiero deciros unas pocas palabras. Y aquí están: ¡Papanatas! ¡Llorones! ¡Baratijas! ¡Pellizco!... ¡Muchas gracias! –

El director se volvió a sentar, mientras que todos aplaudieron y vitorearon.

Harry se puso a reír. - ¡Vaya! ¡Ese señor es muy gracioso! – pensó sonriente.

- El profesor Dumbledore es el mejor mago del mundo, - dijo Hermione, mirando al director con una sonrisa nerviosa. - pero está un poquito loco, ¿no crees Harry? -

- Si, tal vez tengas razón. - dijo este con una sonrisa. - Pero no puedes negar que tiene unas ocurrencias fascinantes. -

Los platos que había frente a él de pronto estuvieron llenos de comida. Nunca había visto tantas cosas que le gustara comer sobre una mesa: carne asada, pollo asado, chuletas de cerdo y de ternera, salchichas, tocino y filetes, patatas cocidas, asadas y fritas, pudín, guisantes, zanahorias, salsa de carne, salsa de tomate y, por alguna extraña razón, bombones de menta.

- Hermione…¿Te-te ayudo a servirte unas patatas? – preguntó Harry un poco ruborizando.

Hermione asintió sonriente, agraciándole a Harry su caballerosidad, mientras que él se sentía satisfecho de poder hacer feliz a su amiga.

- Eso tiene muy buen aspecto. - dijo con tristeza el fantasma de la gola, observando a Harry mientras éste cortaba su filete.

- No puede…- empezó el azabache, pero entones recordó que efectivamente, los fantasmas no comían nada.

- No he comido desde hace unos cuatrocientos años. – dijo el fantasma. - No lo necesito, por supuesto, pero uno lo echa de menos. Creo que no me he presentado, ¿verdad? Sir Nicholas de Mimsy-Porpington a su servicio, fantasma Residente de la Torre de Gryffindor. -

- Ah, usted es Sir Nicholas. - dijo Harry con amabilidad, y el fantasma asintió muy contento. - Es un placer conocerle. -

- ¡Yo sé quién es usted! - dijo súbitamente Ron. - Mi hermano me lo contó. ¡Usted es Nick Casi Decapitado! -

- Yo preferiría que me llamaran Sir Nicholas de Mimsy...- comenzó a decir el fantasma con severidad, pero lo interrumpió Hermione.

- ¿Por qué le llaman casi decapitado? -

Sir Nicholas pareció muy molesto, como si su conversación no resultara como la había planeado.

- Por esto…- Se agarró la oreja izquierda y tiró. Teda su cabeza se separó de su cuello y cayó sobre su hombro, como si tuviera una bisagra. Era evidente que alguien había tratado de decapitarlo, pero que no lo había hecho bien.

Los allí presentes se estremecieron, mientras Hermione se decía a sí misma "Quien me manda a preguntar…".

- ¡Así que nuevos Gryffindors! Espero que este año nos ayudéis a ganar el campeonato para la casa. Gryffindor nunca ha estado tanto tiempo sin ganar. - comentó Sir Nicholas. - ¡Slytherin ha ganado la copa siete veces seguidas! El Barón Sanguinario se ha vuelto insoportable...Él es el fantasma de Slytherin. -

Harry miró hacia la mesa de Slytherin y vio un fantasma horrible sentado allí, con ojos fijos y sin expresión, un rostro demacrado y las ropas manchadas de sangre plateada. Estaba justo al lado de Malfoy que, como Harry vio con mucho gusto, no parecía muy contento con su presencia.

- ¿Cómo es que está todo lleno de sangre? - preguntó Seamus con gran interés.

- Nunca se lo he preguntado. - dijo con delicadeza Sir Nicholas.

Cuando hubieron comido todo lo que quisieron, los restos de comida desaparecieron de los platos, dejándolos tan limpios como antes. Un momento más tarde aparecieron los postres. Trozos de helados de todos los gustos que uno se pudiera imaginar; pasteles de manzana, tartas de melaza, relámpagos de chocolate, rosquillas de mermelada, bizcochos borrachos, fresas, jalea, arroz con leche...

Mientras Harry se servía una tarta, la conversación se centró en las familias. Hermione no fue muy abierta con ese tema, pero comentó ciertos detalles como que sus padres cuidaban de los dientes de las personas (no especificó la profesión, pero los niños de familias muggle entendieron a qué se refería), a lo que los niños con familias mágicas respondieron con caras extrañas. Harry directamente no quería hablar de sus amargos diez años con los Dursley, así que dejó que los demás hablaran de sus vidas.

- Yo soy mitad y mitad. - comentó Seamus. - Mi padre es muggle. Mamá no le dijo que era una bruja hasta que se casaron. Fue una sorpresa algo desagradable para él. - Los demás rieron.

- ¿Y tú, Neville? - preguntó Ron.

- Bueno, mi abuela me crió y ella es una bruja. – explicó Neville. – Mi familia creyó que yo era todo un muggle, durante años. Mi tío abuelo Algie trataba de sorprenderme descuidado y forzarme a que saliera algo de magia de mí. Una vez casi me ahoga, cuando quiso tirarme al agua en el puerto de Blackpool, pero no pasó nada hasta que cumplí ocho años. El tío abuelo Algie había ido a tomar el té y me tenía cogido de los tobillos y colgando de una ventana del piso de arriba, cuando mi tía abuela Enid le ofreció un merengue y él, accidentalmente, me soltó. Pero yo reboté, todo el camino, en el jardín y la calle. Todos se pusieron muy contentos. Mi abuela estaba tan feliz que lloraba. Y tendríais que haber visto sus caras cuando vine aquí. Creían que no sería tan mágico como para venir. El tío abuelo Algie estaba tan contento que me compró mi sapo. -

El azabache miró a Hermione, y la vio hablando con Percy sobre las clases.

- Espero que empiecen en seguida, hay mucho que aprender. - comentó. - Yo estoy particularmente interesada en Transformaciones, ya sabes, convertir algo en otra cosa, por supuesto parece ser que es muy difícil. Hay que empezar con cosas pequeñas, como cerillas en y todo eso…-

El azabache comenzaba a sentirse reconfortado y somnoliento. Miró otra vez hacia la Mesa Alta. Hagrid bebía copiosamente de su copa, la profesora McGonagall hablaba con el profesor Dumbledore, el profesor Quirrell, con su absurdo turbante, conversaba con un profesor de grasiento pelo negro, nariz ganchuda y piel cetrina.

Todo sucedió muy rápidamente, aquel profesor de nariz ganchuda miró por encima del turbante de Quirrell, directamente a los ojos de Harry... y un dolor agudo golpeó a Harry en la cicatriz de la frente.

- ¡Tch! – gimió Harry, llevándose una mano a la frente, donde estaba su cicatriz.

- ¿Estás bien Harry? – preguntó Hermione, mientras comía un poco de gelatina.

- Si, no es nada…no te preocupes…- respondió Harry, fingiendo estar bien. - Que raro, es la primera vez que me pasa esto…- pensó. El dolor desapareció tan súbitamente como había aparecido.

Era difícil olvidar la sensación que tuvo Harry cuando el profesor lo miró, una sensación que no le gustó en absoluto.

- Percy, ¿Quién está hablando con el profesor Quirrell? – preguntó el azabache.

- Oh, ¿ya conocías a Quirrell, entonces? – preguntó Percy, y luego dijo: - No es raro que parezca tan nervioso, ése es el profesor Snape. Su materia es Pociones, pero no le gusta...Todo el mundo sabe que quiere el puesto de Quirrell. Snape sabe muchísimo sobre las Artes Oscuras. -

- Interesante…- murmuró Harry llevándose una mano a la barbilla, mientras miraba con seriedad a Snape. Al ver que este no volvió a mirarlo, decidió dejarlo estar.

Por último, también desaparecieron los postres, y el profesor Dumbledore se puso nuevamente de pie. Todo el salón permaneció en silencio.

El director se aclaró la garganta antes de hablar. - Sólo unas pocas palabras más…ahora, que todos hemos comido y bebido, tengo unos pocos anuncios que haceros para el comienzo del año. Los de primer año debéis tener en cuenta que los bosques del área del castillo están prohibidos para todos los alumnos, y unos pocos de nuestros antiguos alumnos también deberán recordarlo. El señor Filch, el conserje, me ha pedido que os recuerde que no debéis hacer magia en los recreos ni en los pasillos. –

- ¿Qué? Oh vaya, eso es decepcionante…- bufó Harry mentalmente, aunque el director no menciono nada de no hacer magia en las habitaciones u en otros lugares, por tanto, no todo era tan malo.

- Las pruebas de Quidditch tendrán lugar en la segunda semana del curso. Los que estén interesados en jugar para los equipos de sus casas, deben ponerse en contacto con la señora Hooch. Por último, quiero deciros que este año el pasillo del tercer piso, del lado derecho, está fuera de los límites permitidos para todos los que no deseen una muerte muy dolorosa. -

- Hm…¿Que tendrán en ese lugar como para darnos semejante advertencia? – pensó Harry con intriga.

- ¡Y ahora, antes de que vayamos a acostarnos, cantemos la canción del colegio! - exclamó Dumbledore con un brillo en los ojos. Harry notó que las sonrisas de los otros profesores se habían vuelto algo forzadas. El director agitó su varita, como si tratara de atrapar una mosca, y una larga tira dorada apareció, se elevó sobre las mesas, se agitó como una serpiente y se transformó en palabras - ¡Que cada uno elija su melodía favorita! ¡Y allá vamos! -

Y todo el colegio vociferó…

Hogwarts, Hogwarts, Hogwarts, enséñanos algo, por favor. Aunque seamos viejos y calvos o jóvenes con rodillas sucias, nuestras mentes pueden ser llenadas con algunas materias interesantes. Porque ahora están vacías y llenas de aire, pulgas muertas y un poco de pelusa. Así que enséñanos cosas que valga la pena saber, haz que recordemos lo que olvidamos, hazlo lo mejor que puedas, nosotros haremos el resto, y aprenderemos hasta que nuestros cerebros se consuman.

Cada uno terminó la canción en tiempos diferentes. Al final, sólo los gemelos Weasley seguían cantando, con la melodía de una lenta marcha fúnebre.

- ¡Ah, la música! Una magia más allá de todo lo que hacemos aquí. - dijo Dumbledore con tono alegre y divertido. - Y ahora, es hora de ir a la cama. ¡Salid al trote! -

- ¡Este director es la caña! - pensó Harry alegremente con una sonrisa.

Capítulo 8 - El Maestro de Pociones

Los de primer año de Gryffindor siguieron a Percy a través de grupos bulliciosos, salieron del Gran Comedor y subieron por la escalera de mármol. Estas cambiaban de lugar a voluntad propia.

- ¿Te imaginas tener tantos retratos en casa Hermione? – preguntó el azabache, mirando de un lado para otro todos los cuadros que podía.

- Para nada, no sabría dónde ponerlos. - dijo Hermione. - Probablemente ocuparía cada rincón de las paredes, he incluso me sobrarían cuadros. -

De repente, el grupo se detuvo. Unos bastones flotaban en el aire, por encima de ellos, y cuando Percy se acercó comenzaron a caer contra él.

- ¿Eh? ¿Quién es ese loco? – preguntó Harry frunciendo el entrecejo.

- Oh no…- masculló Percy, fastidiado. - ¡Es Peeves el poltergeist! ¡Peeves, aparece! -

La respuesta fue un ruido fuerte y grosero, como si se desinflara un globo.

- Oye Peeves. – gruñó Percy, molesto. - ¿Quieres que vaya a buscar al Barón Sanguinario? -

Se produjo un chasquido y un hombrecito, con ojos oscuros y perversos y una boca ancha, apareció, flotando en el aire con las piernas cruzadas y empuñando los bastones.

- ¡Oooooh! ¡Los horribles novatos! ¡Qué divertido! – cacareó el poltergeist con tono malvado.

De pronto se abalanzó sobre ellos. Todos se agacharon y Harry cubrió a Hermione con sus brazos para protegerla instintivamente.

- ¡Vete Peeves! ¡Antes de que llame al Barón Sanguinario! - gritó enfadado Percy. - ¡Lo digo en serio! -

Peeves hizo sonar su lengua y desapareció, dejando caer los bastones sobre la cabeza de Neville. Lo oyeron alejarse con un zumbido, haciendo resonar las armaduras al pasar.

- Cuidado con Peeves. - advirtió Percy sobre el fastidioso poltergeist, mientras seguían avanzando. - El Barón Sanguinario es el único que puede controlarlo. Ni siquiera nos escucha a los prefectos. -

- ¿Solo ese dichoso fantasma puede controlarlo? - bufó Harry mentalmente. - Hm…averiguaré si existen más opciones. No quiero depender del fantasma de Slytherin…-

Al final del pasillo colgaba un retrato de una mujer muy gorda, con un vestido de seda rosa.

- ¿Santo y seña? - preguntó.

- Caput draconis. - dijo Percy, y el retrato se balanceó hacia delante y dejó ver un agujero redondo en la pared.

Todos se amontonaron para pasar (Neville necesitó ayuda) y se encontraron en la sala común de Gryffindor; una habitación redonda y acogedora, llena de cómodos sillones.

- Bien, dormitorios de los chicos arriba a la izquierda, - señaló Percy. - dormitorios de las chicas arriba a la derecha. Encontrareis que vuestras pertenecías están ya en sus habitaciones. Que paséis una buena noche. – Y tras dar las ultimas indicaciones, se marchó por una puerta cercana a la entrada de la sala común.

- Bueno, nos vemos mañana chicos. – bostezó Hermione, frotándose lo ojos.

- Que descanses bien, Hermione…- dijo Harry con una sonrisa.

- Si, ha sido un día muy largo, hasta mañana. – añadió Ron.

Tras dirigirles una sonrisa a los dos, Hermione se fue con las demás chicas a su habitación. Por otra parte, la mayoría de los chicos estaban subiendo ya a su habitación.

- Oh es verdad, ¿te gustaría conocer el pequeño secreto de Fred y George? – preguntó Ron al azabache, muy entusiasmado.

- Ah, es cierto, ese que casi se le escapa a Fred. - recordó Harry. - Hablando de ellos, ¿dónde están? –

- Apuesto a que ya deben de estar en la tienda…- murmuró Ron.

- ¿Tienda? - preguntó Harry, frunciendo el entrecejo.

- Si, a eso se dedican. - explicó Ron. - Ellos cada año montan una pequeña tienda oculta tras un retrato, pasando por el aula de estudios donde suele estudiar Percy. Ya sabes, por donde se fue antes. Si vamos a ir allí, tenemos que ser sigilosos. La última vez que Fred y George montaron un escándalo con él dentro, ¡les soltó un sermón de más de tres horas! –

- Oh…- dijo Harry en tono dramático. - Lo siento por ellos, pero suena interesante. –

- ¿A que sí? – sonrió Ron. - Venga, nos vamos a divertir. –

- ¿No nos dirán nada por no estar en la cama ahora mismo? – preguntó Harry, siguiendo a Ron.

- Y yo que sé. – dijo este, encogiéndose de hombros. - Creo que mientras no salgamos de la sala común, nadie nos dirá nada. -

Harry y Ron entraron en lo que parecía una pequeña biblioteca. Un espacio de estudio ideal, muy bien decorado. Las estanterías estaban repletas de libros, y en medio, sentado en una mesa alagada rodeada de libros, estaba Percy, escribiendo unos cuantos pergaminos con una pluma gris y algo vieja.

- Sígueme…por aquí…- le susurró Ron a Harry.

Poco a poco, fueron pasando de una estantería a otra. Con lo ruidoso que ya de por si era Percy con su pluma, no tuvieron muchos problemas para llegar al retrato. El retrato era de una mujer con traje azulado, de invierto, cabellos negros y pendientes que parecían rubíes.

- ¿Contraseña? – preguntó el retrato.

- ¿Que fue eso? – preguntó Percy. Harry y Ron se tensaron.

- Morro de cerdo…- murmuró Ron rápidamente.

El retrato se hizo a un lado y reveló un agujero. Los dos se apresuraron en entrar y cerrar la entrada, mientras observaban como Percy buscaba pomposamente al responsable de hacer ruido a través de las estanterías.

- ¿En serio es tan despistado cuando estudia? – se burló Harry mentalmente.

Al girarse, pudieron ver a los gemelos Fred y George Weasley, desembalando cajas, y colocando distintos objetos curiosos sobre cajas más grandes y grifos aparentemente estropeados o sin usar.

- ¡Enhorabuena Harry! – exclamó Fred muy contento.

- De modo que nuestro hermanito nos ha hecho el favor de traernos al primer cliente del año. ¡Excelente! - le felicitó George.

- ¡Ni más ni menos que súper Potter! – añadió Fred en tono burlón.

- ¡Solo llamadme Harry! - se quejó Harry avergonzado. Estaba cansado de que le dijeran de todo solo por la dichosa fama.

- Tranquilo Harry, debes saber que nos gusta tener sentido del humor. – puntualizó George.

- Bueno, sin más preámbulos, bienvenidos a nuestra humilde tienda. – dijo Fred, haciendo una extraña reverencia.

- Si, no solo vendemos nuestra especialidad (artículos de broma), sino que también vendemos una gran variedad de mercancía útil. - explicó George. - Todo a cambio de distintos precios, muy bien ajustados a los bolsillos de los estudiantes de Hogwarts. -

Harry miró la mercancía asombrado. Había de todo, desde bombas fétidas, globos luminosos no explosivos, bombas boñiga, y distintos artículos de broma…A objetos de distintas materias, muy útiles, como ingredientes para pociones (que según los gemelos eran casi imposibles de hallar en Hogwarts), libros de hechizos avanzados, he incluso material escolar no mágico (mayoritariamente pergaminos seminuevos).

- A veces me pregunto de donde sacáis todo esto, - comentó Ron, mientras observaba con interés un pack de ranas de chocolate. - si mamá lo supiera…-

- ¡Entonces se sentiría orgullosa de nosotros! – sonrió Fred con aires de superioridad.

- ¡Porque somos unos auténticos emprendedores! – añadió George. - ¿Verdad Freddy? –

- Tú lo has dicho mi queridísimo Georgie. – corroboró Fred lanzando unas chispas luminosas al aire. - Adelante, podéis ver lo que queráis, pero no toquéis nada. La mercancía nos debe durar todo el año en Hogwarts me temo…-

- Fred y George han montado esto desde el curso pasado. – le explicó Ron a Harry. - Lo hacen para juntar dinero y así abrir su propia tienda de artículos de broma en el Callejón Diagon cuando se gradúen. –

- Ah, me parece una buena causa. – dijo Harry sonriente. - En ese caso, será un honor para mí ser su primer cliente del año. -

- Adelante, señor Potter…- dijeron ambos gemelos en tono divertido.

- ¡Llamadme Harry! – gritó Harry, de nuevo rojo.

El azabache se pasó buen rato analizando los distintos materiales. Decidió comprar unas cuantas bombas fétidas y un par de globos luminosos, prometiendo a los gemelos que volvería a la tienda siempre que necesitara algún ingrediente para pociones u otras materias. Después de pagar, los gemelos les enseñaron a él y a Ron un pequeño pasadizo por donde podían salir de la tienda sin llamar la atención de Percy.

El pasadizo estaba polvoriento y lleno de arañas. Harry se preguntaba porque Ron se mantenía tan apegado a él, pero después de arrastrarse por debajo de un agujero, el cual pasaba también debajo de una estantería de libros, dejó de estar nervioso. La tensión volvió a ellos cuando por poco Percy los pilla. Por suerte, a Ron se le ocurrió distraer a su hermano prefecto con un globo luminoso no explosivo (este se elevó por el aire, se iluminó unos 20 segundos y luego empezó a volar por el techo soltando una pedorreta), logrando así ambos escapar por la puerta y salir corriendo hasta el dormitorio.

Al final de una escalera de caracol (era evidente que estaban en una de las torres) encontraron, por fin, sus camas. Cinco camas con cuatro postes cada una y cortinas de terciopelo rojo oscuro. Sus baúles ya estaban allí, además de sus compañeros de habitación, ya dormidos, los cuales eran Neville, Seamus y Dean Thomas. Los tres ya estaban dormidos.

Demasiado cansados para conversar, Harry y Ron se pusieron sus pijamas y se metieron en la cama.

- Menuda nochecita, ¿eh? - murmuró Ron a Harry, a través de las cortinas. - ¡Fuera, Scabbers! Te estás comiendo mis sábanas. -

Harry se levantó por la mañana, tras una fantástica noche de sueños y diversión. Bajó por las escaleras tras cambiarse de ropa y cepillarse los dientes, reuniéndose con sus nuevos amigos, Hermione y Ron.

Cuando salieron de la sala común y comenzaron a bajar por las escaleras, empezó a escuchar a varios estudiantes murmurando:

- Allí, mira. –

- ¿Dónde? –

- Al lado del pelirrojo y la chica castaña. –

- ¿Has visto su cara? –

- ¿Has visto su cicatriz? –

- ¿A que es muy guapo? –

El azabache enrojeció un poco ante ese último comentario. Miró discretamente a su derecha y se extrañó al ver como Hermione (que tenía las mejillas enrojecidas) fulminaba con la mirada a un grupo de niñas tontas que hablaban a espaldas de él. Por otra parte, se sentía muy respaldado teniendo a sus dos amigos acompañándolo a todas partes.

Los alumnos que esperaban fuera de las aulas se ponían de puntillas para mirarlo, o se daban la vuelta en los pasillos, observándolo con atención. Harry deseaba que no lo hicieran, porque intentaba concentrarse en ir a sus clases.

En Hogwarts había 142 escaleras, algunas amplias y despejadas, otras estrechas y destartaladas. Algunas llevaban a un lugar diferente los viernes. Otras tenían un escalón que desaparecía a mitad de camino y había que recordarlo para saltar. Después, había puertas que no se abrían, a menos que uno lo pidiera con amabilidad o les hiciera cosquillas en el lugar exacto, y puertas que, en realidad, no eran sino sólidas paredes que fingían ser puertas.

Leer "Hogwarts: Una historia" le resultó más útil de lo que pensaba, ya que no le costaba mucho encontrar el camino más adecuado para ir a las aulas, llegando siempre puntual, al igual que sus inseparables amigos.

Además, Harry encontró en el fantasma Sir Nicholas a un estupendo amigo y aliado. Este siempre indicaba a los alumnos novatos el camino más corto para encontrar ciertos lugares en Hogwarts, mientras que el travieso poltergeist, Peeves, se encargaba de poner puertas cerradas y escaleras con trampas en el camino de los que llegaban tarde a clase. También le tiraba papeleras a la cabeza, corría las alfombras debajo de los pies del que pasaba, les tiraba tizas o, invisible, se deslizaba por detrás, cogía la nariz de alguno y gritaba: - ¡TENGO TU NARIZ! -

- En serio, alguien tiene que darle una lección a ese payaso. – pensó Harry sobre el poltergeist.

También estaba (como el propio Harry lo apodó) el conserje gruñón, Argus Filch. Siempre mal humorado, este odiaba a los estudiantes, y siempre que hablaba lo hacía con amargura y desprecio. El solo se limitaba a hacer su trabajo y a castigar a los estudiantes que incumplían las normas. A veces daba miedo.

Filch tenía una gata llamada Señora Norris, una criatura flacucha y de color polvoriento, con ojos saltones como linternas, iguales a los de Filch. Esta ayudaba al conserje a patrullar los pasillos de noche.

Cuando Harry llegaba a sus clases, se encontraba con lo que ya esperaba, que no todo se limitaba a hacer magia con la varita.

Tenían que estudiar los cielos nocturnos con sus telescopios en las clases de Astronomía, cada miércoles a medianoche, y aprender los nombres de las diferentes estrellas y los movimientos de los planetas.

A Harry le gustaba observar las estrellas y distintas constelaciones al lado de Hermione.

- Ella brilla tanto como las estrellas que hay en el firmamento… ¿¡Pero en que estoy pensando!? – pensó Harry, moviendo bruscamente la cabeza al notar como se ruborizaba, mientras se concentraba de nuevo en la clase.

Tres veces por semana iban a los invernaderos de detrás del castillo a estudiar Herbología, con una bruja pequeña y regordeta llamada profesora Sprout, y aprendían a cuidar de todas las plantas extrañas y hongos y a descubrir para qué debían utilizarlas.

- La Herbología mágica cuenta con una amplia variedad de distintos tipos de planta, tienen mucha más vida que las plantas comunes, esto es muy interesante…- pensaba Harry, mientras jugueteaba con una planta de Díctamo.

Historia de la Magia era considerada por muchos como la asignatura más aburrida, la única clase dictada por un fantasma. Se decía que el profesor Binns ya era muy viejo cuando se quedó dormido frente a la chimenea del cuarto de profesores y se levantó a la mañana siguiente para dar clase, dejando atrás su cuerpo. Binns hablaba monótonamente, mientras escribía nombres y fechas, y hacia que Elmerico el Malvado y Ulrico el Chiflado se confundieran.

- Creo que muchos consideran esta clase aburrida porque la mayoría han vivido en el mundo mágico desde su nacimiento, me parece normal…- pensó Harry, soltando discretamente un bostezo. - Oh…creo que debo plantearme seriamente el tomar café antes de acudir a esta clase…- A pesar de que siempre prestaba atención, para él, las clases teóricas podían llegar a ser muy cansinas. Incluso para un cerebro tan brillante como el suyo.

El profesor Flitwick, el de la clase de Encantamientos, era un brujo diminuto que tenía que subirse a unos cuantos libros para ver por encima de su escritorio. Al comenzar la primera clase, sacó la lista y, cuando llegó al nombre de Harry, dio un chillido de excitación y desapareció de la vista.

- Oh, lo que me faltaba, un profesor fanboy. - pensó Harry, rodando los ojos y deseando centrarse en sus clases de Encantamientos. - Espero que no sea así y se ponga a darnos clases. -

La profesora McGonagall era siempre diferente. Harry había tenido razón al pensar que no era una profesora con quien se pudiera tener problemas. Estricta e inteligente, les habló en el primer momento en el que se sentaron, el día de su primera clase.

- Transformaciones es una de las magias más complejas y peligrosas que aprenderéis en Hogwarts. - explicó. - Cualquiera que pierda el tiempo en mi clase tendrá que irse y no podrá volver. Ya estáis prevenidos. -

- Estricta, inteligente…es la clásica profesora de toda la vida. - pensó Harry sonriente, sobre la jefa de su casa. - Es estupendo, ¡lo tiene todo para dedicarse a la enseñanza!

Entonces la profesora transformó un escritorio en un cerdo y luego le devolvió su forma original.

- ¡Si! ¡Eso es justo lo que quiero hacer con Dudley! - sonrió el azabache maliciosamente.

Todos estaban muy impresionados y no aguantaban las ganas de empezar, pero muy pronto se dieron cuenta de que pasaría mucho tiempo antes de que pudieran transformar muebles en animales.

Después de hacer una gran cantidad de anotaciones, les dio a cada uno una cerilla para que intentaran convertirla en una aguja. Al final de la clase, sólo Harry y Hermione habían hecho algún cambio en la cerilla. La profesora McGonagall mostró a todos cómo se había vuelto plateadas y puntiagudas, concediendo a sus dos estudiantes diez puntos a Gryffindor por cada uno y una excepcional sonrisa.

La clase que todos esperaban era Defensa Contra las Artes Oscuras, pero las lecciones de Quirrell resultaron ser casi una broma. Su aula tenía un fuerte olor a ajo, y todos decían que era para protegerse de un vampiro que había conocido en Rumania y del que tenía miedo de que volviera a buscarlo. Su turbante, les dijo, era un regalo de un príncipe africano como agradecimiento por haberlo liberado de un molesto zombi, pero ninguno creía demasiado en su historia. Por un lado, porque cuando Seamus Finnigan se mostró deseoso de saber cómo había derrotado al zombi, el profesor Quirrell se ruborizó y comenzó a hablar del tiempo, y por el otro, porque habían notado que el curioso olor salía del turbante, y los gemelos Weasley insistían en que estaba lleno de ajo, para proteger a Quirrell cuando el vampiro apareciera.

- Este sujeto está tan nervioso que le da miedo dar clases…- pensó Harry enfurruñando, mientras criticaba a su profesor desde su mente. – Vaya inútil, si tanto miedo tiene, ¿para qué aceptó el puesto? -

Llegó el viernes, y los tres amigos fueron a desayunar al Gran Comedor.

- ¿Qué tenemos hoy? - preguntó Ron a sus amigos, mientras devoraba unos pasteles de caldero.

- Pociones Dobles con los de Slytherin. - dijo Hermione.

- ¡Genial! – sonrió Harry, pero luego añadió bufando: - bueno, salvo por lo de Slytherin, supongo…-

- Nada mejor para empezar el día que ir a pociones con nuestros amiguitos de verde. – dijo Ron con sarcasmo.

- El profesor Snape imparte esas clases, y es el jefe de la Casa Slytherin. - comentó Hermione, con preocupación. - Por lo que me han dicho, siempre favorece a los de su casa…-

- Eso es verdad, - se quejó Ron. - ya sería bueno que McGonagall nos favoreciera a nosotros. -

- Pero si lo hace, Ron. - dijo Harry. - Además, tu estas fastidiado porque nos ha dejado una gran cantidad de deberes ayer, ¿a que sí? - añadió divertido, y sonrió más al ver la cara de su amigo.

Hermione no pudo evitar reírse. Ron bufó, pues estaba claro que esa era la razón por la que pensaba que la jefa de la casa Gryffindor no favorecía a sus alumnos.

Justo en aquel momento llegó el correo. Harry ya se había acostumbrado, pero la primera mañana se impresionó un poco cuando unas cien lechuzas entraron súbitamente en el Gran Comedor durante el desayuno, volando sobre las mesas hasta encontrar a sus dueños, para dejarles caer encima cartas y paquetes.

Hedwig no le había llevado nada hasta aquel día. Algunas veces volaba para mordisquearle una oreja y conseguir una tostada, antes de volver a dormir en la lechucería, con las otras lechuzas del colegio. Sin embargo, aquella mañana pasó volando entre la mermelada y la azucarera y dejó caer un sobre en el plato de Harry Este lo abrió de inmediato.

Querido Harry, sé que tienes las tardes del viernes libre, así que ¿te gustaría venir a tomar una taza de té conmigo, a eso de las tres? Quiero que me cuentes todo lo de tu primera semana. Envíame la respuesta con Hedwig.

Hagrid

Con una sonrisa, Harry cogió prestada la pluma de Ron y contestó en la parte de atrás de la nota.

"Sí, gracias, nos veremos más tarde."

Y la envió con Hedwig.

- ¿Quién te la ha enviado? – preguntó Hermione.

- Hagrid, - respondió Harry. - me ha invitado a tomar un té en su cabaña, el siempre tan amable, ¿os gustaría venir? - propuso. Hermione y Ron asintieron entusiasmados.

Fue una suerte que Hagrid hubiera invitado a Harry a tomar el té, porque la clase de Pociones resultó ser la peor cosa que le había ocurrido en Hogwarts, hasta entonces.

Al comenzar el banquete de la primera noche, Harry había pensado que no le caía bien al profesor Snape. Pero al final de la primera clase de Pociones supo que no se había equivocado. No era sólo que a Snape no le gustara Harry: lo detestaba.

Las clases de Pociones se daban abajo, en un calabozo. Hacía mucho más frío allí que arriba, en la parte principal del castillo, y habría sido igualmente tétrico sin todos aquellos animales conservados, flotando en frascos de vidrio, por todas las paredes.

Snape, como Flitwick, comenzó la clase pasando lista y también, se detuvo ante el nombre de Harry.

- El señor Potter…- susurró. - Nuestra nueva...celebridad…-

- No me diga…- dijo mentalmente el azabache, fulminando a Snape con la mirada.

Malfoy y sus "gorilas" rieron tapándose la boca. Snape terminó de pasar lista y miró a la clase. Sus ojos eran tan negros como los de Hagrid, pero no tenían nada de su calidez. Eran fríos y vacíos y hacían pensar en túneles oscuros.

- Vosotros estáis aquí para aprender la sutil ciencia y el preciso arte de la elaboración de pociones…- comenzó. Hablaba casi en un susurro, pero se le entendía todo. Como la profesora McGonagall, Snape tenía el don de mantener a la clase en silencio, sin ningún esfuerzo. – Desde hoy os advierto que no toleraré ni aireos de varitas mágicas ni bobos encantamientos en esta clase…- varios estudiantes se estremecieron ante lo que dijo. - No espero que lleguéis a entender la belleza de un caldero hirviendo suavemente, con sus vapores relucientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas…hechizando la mente…engañando los sentidos...- los susurros eran tan alentadores que parecían hechizar a la clase. - Os enseñaré a cómo embotellar la fama…elaborar la gloria, y hasta detener a la propia…muerte...-

- Ese discurso ha sido alucinante…y muy convincente debo decir…- pensó Harry, impresionado ante las palabras del profesor de pociones.

Justo cuando el profesor Snape empezó a agradarle, este añadió algo más con desagrado y tono burlón. - Claro, si sois algo más que los alcornoques a los que habitualmente tengo que enseñar…-

- ¡Oiga! ¡Eso ultimo sobraba! – se quejó Harry desde su lucida mente.

Más silencio siguió a aquel pequeño discurso, Harry se puso serio, Ron parecía paralizado por la tensión y Hermione parecía tener muchas ganas de demostrar que ella no era ninguna alcornoque.

- ¡Potter! - dijo de pronto Snape. - ¿Qué obtendré si añado polvo de raíces de asfódelo a una infusión de ajenjo? -

Como si ya se lo esperara, Harry sonrió y respondió con calma: - Un filtro de muertos en vida, la cual causa que el bebedor caiga en un profundo sueño, como de muerte. -

La clase se quedó boquiabierta, y Snape parecía molesto.

Él siguió preguntando. - ¿Qué es un bezoar? ¿Y dónde…lo puedes encontrar? –

- Es una piedra tomada del estómago de una cabra, que actúa como antídoto contra la mayoría de los venenos…- respondió el azabache, con un tono parecido al de Snape para "fastidiarle" un poco. - Lamentablemente…no es efectivo en todos los venenos, me temo…-

Snape gruñó de nuevo, mientras Hermione lo miraba muy sorprendida, al igual que Ron, el cual, seguía temblando de miedo ante la oscura y fría mirada del maestro de pociones.

- ¿Cuál es la diferencia…Potter, entre acónito y…luparia? – preguntó Snape, quien parecía ansioso por dejar a Harry en ridículo, pero este no se iba a dejar intimidar sin lucha previa.

- Ninguna diferencia. - dijo Harry, mirando al maestro arrogantemente. - Es la misma planta, pero con distintos nombres, la cual tiene propiedades mágicas. Según tengo entendido, sólo se puede encontrar en lugares salvajes, ah, y son muy toxicas. - explicó, pasando a un tono susurrador. - Se puede utilizar para elaborar poción matalobos y poción de ojos abiertos o de…despertares…-

Todos en la clase miraban con asombro a Harry, mientras que a Snape le sobresaltó una vena en la frente, parecía estar a punto de estallar.

- Alumnos…- gruñó Snape, casi entre dientes. - ¿Por qué…nadie toma apuntes? -

Tan pronto como dijo aquello los estudiantes sacaron sus pergaminos y empezaron a tomar apuntes a una velocidad de vértigo, como si estuvieran escapando de un troll. Snape regresó enfadado a su asiento y sacó otro pergamino.

- Se le restará un punto a la casa Gryffindor por su descaro, señor Potter…- gruñó.

- ¿¡Que!? – saltó Hermione, indignada. - Pero profesor, ¡Harry ha respondido a todas sus preguntas correctamente! -

- ¡Silencio Granger! - dijo Snape con maldad. - No me obligue a reducir otro punto a su casa…-

Hermione iba a protestar, pero Harry le pidió discretamente que se sentara.

- Hmph…un profesor difícil…- pensó Harry, como si el profesor de pociones le hubiera lanzado un guante blanco desafiándolo a un duelo. - ¡Bien! Este será un reto muy interesante. Ya veremos quién sale ganando, Snape…-

Las cosas no mejoraron para los Gryffindors a medida que continuaba la clase de Pociones. Snape los puso en parejas, para que mezclaran una poción sencilla para curar forúnculos. Se paseó con su larga capa negra, observando cómo pesaban ortiga seca y aplastaban colmillos de serpiente, criticando a todo el mundo salvo a Malfoy, que parecía gustarle.

Por su parte, Harry ya casi había acabado de preparar su poción. A continuación, retiró su caldero del fuego, y añadió púas de puerco espín.

- Bien…ahora a remover hacia la derecha durante cinco horas…- murmuró Harry, limpiándose el sudor de la frente, y rodando los ojos tras un suspiro. - ¿Estas bien Hermione? -

- Si…- susurró la castaña. Parecía tan estresada como él, su cabello castaño estaba más encrespado de lo normal.

- ¿¡Hay que removerlo durante cinco horas!? - se quejó Ron. - Me muero…-

- ¡Silencio Weasley! – Snape llamó la atención de Ron, haciendo que este palideciera y se centrara de nuevo en la poción.

El profesor de pociones pudo ver (aunque enfadado) que Harry y Hermione estaban siguiendo los pasos correctamente. Los dos se pusieron a remover su caldero hacia la derecha, y así tendría que ser durante las próximas horas. Snape gruñó tras ver que todo iba bien y se fue a otra mesa, fastidiado.

- ¡Hmph! Supongo que no puedes quejarte si hacemos bien las cosas…- pensó Harry burlón, mientras se centraba en su poción y se aseguraba de que Hermione no se sintiera incomoda por la actitud grosera del maestro de pociones.

Poco después, Harry vio que Neville iba a añadir las púas de erizo a su caldero sin quitarlo del fuego.

- ¡Neville! ¡Retira el caldero del fuego antes de añadir las púas de erizo! – le llamó la atención a su compañero para que siguiera las instrucciones correctamente.

El chico de cabeza redonda asintió rápidamente y sacó el caldero del fuego, añadiendo las púas como tenía que ser. Snape se molestó al darse cuenta y fue a por Harry.

- Cinco puntos menos para Gryffindor, señor Potter…- gruñó el profesor de pociones. - Nadie te ha dicho que puedes ayudar a los demás...-

Hermione iba a protestar otra vez, pero Harry la detuvo de inmediato, queriendo ignorar al profesor de pociones y centrarse exclusivamente en su trabajo.

Pasaron las horas restantes, y muchos alumnos fracasaron en su intento de hacer la poción curadora de forúnculos, a excepción de Harry, Hermione, Ron (con algo de fortuna) y Neville.

Sin embargo, el azabache se sentía como si le hubieran golpeado en la cabeza con un bate de béisbol. Mientras subían por las escaleras para salir de las mazmorras, sus ánimos estaban por los suelos. Había perdido siete puntos para Gryffindor en su primera semana...¿Por qué Snape lo odiaba tanto? ¿A caso el ser un buen alumno no funcionaba con él?

- ¡No es tu culpa, Harry! - insistió Hermione, haciendo todo lo posible por animarle - ¡Ese profesor la ha tomado contigo! ¡Lo has hecho todo bien! -

- Si, hasta has ayudado a Neville. - dijo Ron tajantemente. - Debes sentirte orgulloso amigo. -

- Pero por mi culpa Gryffindor ha perdido siete puntos, ¡siete en una sola clase! - se quejó Harry, aun tratando de asimilar lo sucedido. - Como esto vuelva a repetirse no ganaremos la copa de la casa, y lo peor, por mi culpa…-

- ¡De eso nada! - dijo Hermione acaloradamente. - ¡Tú sigue esforzándote como siempre y no te dejes vencer por los caprichos de Snape! -

Harry sonrió y dijo: - Gracias chicos, es estupendo contar con amigos como vosotros…-

- Para eso estamos, - repuso Ron. - ¿a qué si Hermione? –

Hermione asintió enérgicamente con una sonrisa. – Venga, vamos a ver a Hagrid. –

Los tres salieron del castillo cinco minutos antes de las tres y cruzaron los terrenos que lo rodeaban. Hagrid vivía en una pequeña casa de madera, en el borde del bosque prohibido. Una ballesta y un par de botas de goma estaban al lado de la puerta delantera.

Cuando Harry llamó a la puerta, oyeron unos frenéticos rasguños y varios ladridos. Luego se oyó la voz de Hagrid, diciendo: - ¡Atrás, Fang, atrás! –

La gran cara peluda de Hagrid apareció al abrirse la puerta. - Hola chicos, adelante, podéis pasar. – dijo. - Atrás, Fang. -

Los dejó entrar, tirando del collar de un imponente perro negro. Había una sola estancia, del techo colgaban jamones y faisanes, una cazuela de cobre hervía en el fuego y en un rincón había una cama enorme con una manta hecha de remiendos.

- Bienvenidos a mi humilde hogar. Sentaos, estáis en vuestra casa. - dijo Hagrid, soltando a Fang, que se lanzó contra Ron y comenzó a lamerle las orejas, mientras que Harry, ya más animado, y Hermione, se rieron. Como Hagrid, Fang era evidentemente mucho menos feroz de lo que parecía.

- Ellos dos son mis amigos, Hermione y Ron. - dijo Harry a Hagrid, que estaba volcando el agua hirviendo en una gran tetera y sirviendo pedazos de pastel.

- Me alegro mucho de conocerte Hermione, y a ti también Ron, - dijo Hagrid, sonriéndolos a los dos. - Vaya, quien lo diría, otro Weasley, ¿sabes? Me he pasado la mitad de mi vida ahuyentando a tus hermanos gemelos del bosque. -

Harry sonrió, pensando que saltarse las normas y adentrarse en un bosque etiquetado como "prohibido" era algo muy propio de Fred y George.

El pastel casi les rompió los dientes, pero los niños fingieron que les gustaba, mientras le contaban a Hagrid todo lo referente a sus primeras clases. Fang tenía la cabeza apoyada sobre la rodilla de Harry y babeaba sobre su túnica.

- Aunque no me gusten las babas, es un perrito muy cariñoso. – pensó el azabache, mientras le rascaba las orejas a Fang.

Harry, Ron y Hermione se quedaron fascinados al oír que Hagrid llamaba a Filch "ese viejo bobo".

- Y en lo que se refiere a esa gata, la Señora Norris, me gustaría presentársela un día a Fang. ¿Sabéis que cada vez que voy al colegio me sigue todo el tiempo? No me puedo librar de ella. Filch la envía a hacerlo. –

Hermione le contó a Hagrid lo sucedido en la clase de Snape. Hagrid le dijo que no se preocupara, que a Snape no le gustaba ninguno de sus alumnos, pero ella insistió en que un profesor no debería quitarle puntos a un estudiante solo por advertir a otro sobre un posible peligro.

- ¡Tonterías! ¿Por qué iba a hacerlo? -

- Te lo digo yo Hagrid, ese profesor es pura maldad. – dijo Hermione, aún indignada del trato de Snape hacia Harry. - ¡Nos ha descontado siete puntos! ¡Y eso que Harry contestó correctamente a todas sus preguntas! Además, hizo la poción sencilla para curar forúnculos muy bien hecha. Honestamente, es como si ese profesor odiara a Harry por algo. -

Harry no podía dejar de pensar en que Hagrid había mirado hacia otro lado cuando Hermione dijo aquello.

- Oh es verdad, Ron, ¿Y cómo está tu hermano Charlie? – le preguntó Hagrid a Ron. - Me gustaba mucho, era muy bueno con los animales. –

Hermione se cruzó de brazos molesta por el repentino cambio de tema, pero no dijo nada más. Mientras Ron le hablaba a Hagrid del trabajo de Charles con los dragones, Harry miró el recorte del periódico que estaba sobre la mesa. Era de "El Profeta".

RECIENTE ASALTO EN GRINGOTTS

Continúan las investigaciones del asalto que tuvo lugar en Gringotts el 31 de julio. Se cree que se debe al trabajo de oscuros magos y brujas desconocidos. Los duendes de Gringotts insisten en que no se han llevado nada. La cámara que se registró había sido vaciada aquel mismo día. "Pero no vamos a decirles qué había allí, así que mantengan las narices fuera de esto, si saben lo que les conviene", declaró esta tarde un duende portavoz de Gringotts.

Harry recordó que Ron le había contado en el tren que alguien había tratado de robar en Gringotts, pero su amigo no había mencionado la fecha.

- Que curioso, justo el día de mi cumpleaños… ¿Quién intento robar lo que fuera que hubiera dentro de la cámara? O más bien, ¿Qué intentaban robar? Es decir, tampoco es que hubiera nada más dentro, ¿no? -

Mientras Harry y sus amigos regresaban al castillo para cenar, con los bolsillos llenos del pétreo pastel que fueron demasiado amables para rechazar, Harry pensaba que ninguna de las clases le había hecho reflexionar tanto como aquella merienda con Hagrid. ¿Hagrid habría sacado el paquete antes de que el paquete fuera robado? ¿Dónde podía estar ahora? ¿Sabría algo sobre Snape que no quería decirle?

- Oh…un misterio entre manos, si…esto empieza a ser emocionante… - pensó el azabache, ansioso por descubrir mas detalles sobre el robo, además de la estúpida actitud de Snape.