Capítulo 9 - El nuevo Buscador
Harry nunca había creído que pudiera existir un chico al que detestara más que a Dudley, pero eso era antes de haber conocido a Draco (Dragón presumido) Malfoy. Sin embargo, los de primer año de Gryffindor sólo compartían con los de Slytherin la clase de Pociones, así que no tenía que encontrarse mucho con él. O, al menos, así era hasta que apareció una noticia en la sala común de Gryffindor.
Cuando Harry y Hermione regresaron allí tras acabar la clase de Astronomía, vieron a Ron y a varios estudiantes más protestando, mientras miraban el tablón de anuncios.
- ¿Que pasa Ron? – preguntó el azabache, cuando se acercó a él.
- ¡Esto es indignante! – se quejó Ron, con cara de pocos amigos. - ¡Os lo digo en serio! -
- ¿Por qué? – inquirió Hermione.
- ¡Mirad esto! – bufó el pelirrojo, señalando el tablero.
Harry y Hermione leyeron una nota del tablero de anuncios.
Las lecciones de vuelo comenzarán mañana jueves, los estudiantes de Gryffindor asistirán y aprenderán junto con los estudiantes de Slytherin.
- Pff, ya. ¿Y qué más da si están los de Slytherin? – preguntó el azabache, encogiéndose de hombros. - Por lo menos no tendremos a Snape de profesor, así que no nos quitarán puntos por hacerlo bien. -
Hermione se puso tensa, cosa que Harry pudo notar casi de inmediato.
- ¿Estás bien Hermione? – preguntó el azabache. - Oye, no tienes por qué preocuparte por Malfoy y los lelos de sus amigos. Si se meten con nosotros les patearemos el culo y ya. –
- ¡Eso! – le apoyó Ron, con el puño al aire.
- No chicos, lo que pasa es que…- farfulló ella rápidamente.
- Hermione, ¿te sientes bien? - preguntó Ron, quien miraba como a Hermione le salían gotas de sudor. - Te noto algo pálida. -
- ¡Hasta mañana! – chilló Hermione, corriendo hacia las escaleras como si flotara y subiendo hasta la habitación de las chicas para luego cerrar la puerta de un portazo.
- ¿Tu sabes que le pasa? – pregunto Ron a Harry, frunciendo el entrecejo.
- No lo sé, pero me preocupa. - dijo Harry, llevándose la mano a la barbilla. - ¿Has visto su cara? Es como si hubiera visto a Freddy Krueger. -
- ¿Quién es ese? - preguntó Ron con curiosidad.
- Un tipo con el rostro desfigurado, un sombrero ajado, un jersey de rayas verdes y rojas, además de un guante de cuchillas elaborado por él mismo. - explicó Harry detalladamente. Ron palideció al oír hablar de él. - Tranquilo, es el personaje ficticio de una película de terror, no existe. - aclaró, rodando los ojos.
- Oh, menos mal…- suspiró Ron, pero luego preguntó: - ¿Qué es una película? - Harry solo se puso a reír a carcajadas como respuesta.
Aunque nunca había montado antes sobre una escoba, Harry se sentía con muchas ganas de aprender y de demostrar a los demás que él podía ser mucho mejor volando sobre la escoba que Malfoy. La verdad era que Malfoy hablaba mucho sobre volar. Se quejaba ruidosamente porque los de primer año nunca estaban en los equipos de Quidditch y contaba largas y jactanciosas historias, que siempre acababan con él escapando de helicópteros pilotados por muggles.
- Y yo estaría encantado de manejar la ametralladora…- pensó el azabache con malicia.
Pero no era el único: por la forma de hablar de Seamus Finnigan, parecía que había pasado toda la infancia volando por el campo con su escoba. Hasta Ron podía contar a quien quisiera oírlo que una vez casi había chocado contra un planeador con la vieja escoba de Charles. Todos los que procedían de familias de magos hablaban constantemente de Quidditch. Ron ya había tenido una gran discusión con Dean Thomas, que compartía el dormitorio con ellos, sobre fútbol. Ron no podía ver qué tenía de excitante un juego con una sola pelota, donde nadie podía volar. Harry había descubierto a Ron tratando de animar un cartel de Dean en que aparecía el equipo de fútbol de West Ham, para hacer que los jugadores se movieran.
Neville no había tenido una escoba en toda su vida, porque su abuela no se lo permitía. Harry pensó que ella había actuado correctamente, dado que Neville se las ingeniaba para tener un número extraordinario de accidentes, incluso con los dos pies en tierra.
Al día siguiente, en el desayuno del Gran Comedor, Harry pudo ver que Hermione estaba leyendo, temblorosamente, una copia de "Quidditch a través de los tiempos". El azabache ya no aguantaba más verla así, y quiso saber que le pasaba.
- ¡Hermione por favor, dime que te pasa! – dijo el azabache impaciente, preocupado por ver tan nerviosa a su amiga.
- Es que…es vergonzoso…- susurró ella con voz temblorosa.
- No pienso reírme de ti. - dijo Harry en tono amable. - Soy tu amigo, ¿recuerdas? –
Hermione dio un suspiro mientras se quitaba el libro de la cara. - Está bien…Harry…me-me da miedo volar…- respondió con la cara pálida y gotas de sudor en la frente.
Harry se sorprendió al oír aquello. - ¿Por qué? - preguntó sin entender. - Pero si aún no has volado, ni yo tampoco. -
- He intentado aprender a usar la escoba leyendo un centenar de libros, ¡pero no hay manera! ¡No hay manera! - gimoteó Hermione, desesperada, dejando a un lado su libro y cubriéndose la cara con sus brazos cruzados sobre la mesa.
- No puedes aprenderlo todo por medio de los libros Hermione…- suspiró Harry, rodando los ojos.
- Pe-pero…- escuchó decir a Hermione, que mantenía oculta su cara.
- Mira, yo estaré a tu lado, ¿de acuerdo? - susurró Harry sonriente, en tono suave y afable mientras le frotaba la espalda. - Ahora hazme un favor y come algo, necesitarás fuerzas para acudir a clase…-
Harry pensó que se merecía una nueva tarta de melaza como premio, porque Hermione levantó la mirada. Tenía los ojos enrojecidos, y Harry no pudo evitar pensar que ella se había pasado gran parte de la noche leyendo "Quidditch a través de los tiempos". Unos segundos después, ella asintió lentamente y se puso a comer un pastel de calabaza.
Justo en aquel instante, llegó el correo. Harry no había recibido una sola carta desde la nota de Hagrid, algo que Malfoy ya había notado, por supuesto. La lechuza de Malfoy siempre le llevaba de su casa paquetes con golosinas, que el muchacho abría con perversa satisfacción en la mesa de Slytherin.
Un lechuzón entregó a Neville un paquetito de parte de su abuela. Lo abrió excitado y les enseñó una bola de cristal, del tamaño de una gran canica, que parecía llena de humo blanco.
- ¡Es una Recordadora! - explicó. - La abuela sabe que olvido cosas y esto te dice si hay algo que te has olvidado de hacer. Mirad, uno la sujeta así, con fuerza, y si se vuelve roja... oh...- se puso pálido, porque la Recordadora súbitamente se tiñó de un brillo escarlata. - es que has olvidado algo...-
- Hm…tal vez se olvidó de su sapo Trevor. - pensó Harry, mientras tomaba zumo de calabaza y vigilaba de cerca a Hermione para que no se viera tentada por intentar leerse de nuevo su copia de "Quidditch a través de los tiempos". - Pobre Neville, es un buen chico, pero es bastante olvidadizo…-
Cuando Neville estaba tratando de recordar qué era lo que había olvidado, Draco Malfoy, que pasaba al lado de la mesa de Gryffindor, le quitó la Recordadora de las manos. Harry y Ron saltaron de sus asientos. En realidad, deseaban tener un motivo para pelearse con Malfoy, pero la profesora McGonagall, que detectaba problemas más rápido que ningún otro profesor del colegio, ya estaba allí.
- ¿Qué sucede? – inquirió ella con severidad.
- Malfoy me ha quitado mi Recordadora, profesora. – señaló Neville, con el dedo tembloroso.
Con aire ceñudo, Malfoy dejó rápidamente la Recordadora sobre la mesa. - Sólo la miraba, profesora... - dijo, y se alejó, seguido por Crabbe y Goyle.
- Si, ya, claro…- pensó el azabache, ansioso porque cayera una nueva oportunidad para pelearse con Malfoy.
Aquella tarde, a las tres y media, Harry, sus amigos y los otros Gryffindors bajaron corriendo los escalones delanteros, hacia el parque, para asistir a su primera clase de vuelo, en un día claro y ventoso. La hierba se agitaba bajo sus pies mientras marchaban por el terreno inclinado en dirección a un prado que estaba al otro lado del bosque prohibido, cuyos árboles se agitaban tenebrosamente en la distancia.
Los Slytherins ya estaban allí, y también las veinte escobas, cuidadosamente alineadas en el suelo. Harry había oído a Fred y a George Weasley quejarse de las escobas del colegio, diciendo que algunas comenzaban a vibrar si uno volaba muy alto, o que siempre volaban ligeramente torcidas hacia la izquierda.
- De ser así, tal vez en la escuela deberían plantearse actualizar un poco las escobas…- pensó Harry, mientras miraba las escobas con una mueca.
Entonces llegó la profesora, la señora Hooch. Era baja, de pelo canoso y ojos amarillos como los de un halcón.
- Bueno ¿a qué estáis esperando? – bramó ella. - Cada uno al lado de una escoba. ¡Vamos, rápido! –
Harry miró la escoba que le había tocado. Era vieja y algunas de las ramitas de paja sobresalían formando ángulos extraños. – Tan elegante como las viejas escobas de brujas que salían en las ilustraciones de los libros infantiles que leía en parvulario. – pensó, mientras los alumnos seguían las indicaciones de la señora Hooch.
- Extended la mano derecha sobre la escoba, - siguió indicando la señora Hooch. - y decid "¡Arriba!" -
- ¡ARRIBA! - gritaron todos.
La escoba de Harry saltó de inmediato en sus manos, pero fue uno de los pocos que lo consiguió. La de Hermione no hizo más que rodar por el suelo y la de Neville no se movió en absoluto.
- Hermione, las escobas tienen un comportamiento similar al de los caballos. - le explicó Harry a su amiga en tono afable. - Si notan que su jinete tiene miedo, estas no te obedecerán. -
Hermione miró a Harry con asombro y murmuró: - ¿Entonces que puedo hacer? -
- Relájate, - dijo Harry, esperando poder ayudarla. - respira hondo y déjate guiar por tu instinto. Quiero que mires fijamente tu escoba y le des la orden. -
Con mucha dificultad, Hermione trató de calmarse, y cuando dejó de temblar como gelatina volvió a gritar. - ¡Arriba! –
Y esta vez, la escoba saltó a su mano de inmediato. Hermione no parecía poder creerse lo que había logrado.
- ¡Lo logré! – saltó Hermione, radiante de felicidad. - Gracias Harry… - le agradeció rápidamente con una amplia sonrisa.
- Un placer. – respondió este, devolviéndole la sonrisa.
Luego, la señora Hooch les enseñó cómo montarse en la escoba, sin deslizarse hasta la punta, y recorrió la fila, corrigiéndoles la forma de sujetarla. Harry y Ron se alegraron muchísimo cuando la señora le dijo a Malfoy que lo había estado haciendo mal durante todos esos años.
- Le está bien empleado, - pensó el azabache, sonriendo con satisfacción. - por presumido de las narices. -
- Ahora, cuando haga sonar mi silbato, debéis dar una fuerte patada contra el suelo. Mantened las escobas firmes, elevaos un metro o dos y luego bajad inclinándoos suavemente. Preparados... tres... dos...-
Pero Neville, nervioso y temeroso de quedarse en tierra, dio la patada antes de que sonara el silbato.
- ¡Vuelve, muchacho! – gritó la señora Hooch, pero Neville subía en línea recta, como el corcho de una botella... Cuatro metros... seis metros...
Harry le vio la cara pálida y asustada, mirando hacia el terreno que se alejaba, lo vio jadear, deslizarse hacia un lado de la escoba y…¡BUM!
Neville quedó tirado en la hierba. Su escoba seguía subiendo, cada vez más alto, hasta que comenzó a torcer hacia el bosque prohibido y desapareció de la vista. La señora Hooch se inclinó sobre Neville, con el rostro tan blanco como el del chico.
- Oh no…- susurró Harry, mientras miraba con cara de preocupación el estado en el que estaba Neville.
- La muñeca fracturada…- murmuró la señora Hooch. - Vamos, muchacho, está bien...a levantarse. – se volvió hacia el resto de la clase una vez ayudo a Neville a ponerse en pie. - No debéis moveros mientras llevo a este chico a la enfermería. Dejad las escobas donde están o estaréis fuera de Hogwarts más rápido de lo que tardéis en decir Quidditch. -
Neville, con la cara surcada de lágrimas y agarrándose la muñeca, cojeaba al lado de la señora Hooch, que lo sostenía. Casi antes de que pudieran marcharse, Malfoy ya se estaba riendo a carcajadas.
- Genial, - se quejó Ron. - ya está ese idiota dando la lata otra vez…-
- ¡Hmph! Si, empezó el show de Malfoy. - bufó Harry, de brazos cruzados.
- ¿Habéis visto la cara de ese gran zoquete? - dijo Malfoy riendo como un estúpido. Los otros Slytherins le hicieron coro.
- ¡Cierra la boca, Malfoy! - bramó Parvati Patil en tono cortante.
- Oh, ¿estás enamorada de Longbottom? – se burló Pansy Parkinson, una chica de Slytherin de rostro duro. - Nunca pensé que te podían gustar los gorditos llorones, Parvati. –
Hermione soltó un bufido. Pansy le caía muy mal, a ella y a muchas otras niñas de Gryffindor.
- ¡Mirad! - dijo Malfoy, agachándose y recogiendo la recordadora de Neville. - Es esa cosa estúpida que le mandó la abuela a Longbottom. -
- Será mejor que me la entregues de inmediato, Malfoy…- dijo Harry con calma, pero con el rostro sombrío. Así era cada vez que dialogaba con su archirrival.
Todos dejaron de hablar para observarlos. Las peleas entre Harry y Malfoy se habían vuelto muy conocidas en Hogwarts, por lo menos, entre los estudiantes de primer curso.
Malfoy sonrió con malignidad. - Creo que voy a dejarla en algún sitio para que Longbottom la busque ¿Qué os parece... en la copa de un árbol? –
- Malfoy, no empecemos…- le advirtió Harry con severidad, pero Malfoy se había subido a su escoba y se alejó de los demás.
Escuchó rumores de que el rubio ya sabía volar en escoba, pero él no lo creía, hasta que lo vio. Desde las ramas más altas de un roble lo llamó: - ¡Ven a buscarla, Potter! –
- ¡Hmph! - soltó Harry. - Gusano engreído, ¡ahora verás! - pensó, mientras agarraba con fuerza su escoba.
- ¡No lo hagas, Harry! – gritó Hermione. - ¡Ya oíste a la señora Hooch! Además, ¡no sabes volar! -
Harry no le hizo caso, estaba demasiado enfadado como para resignarse. Se montó en su escoba, pegó una fuerte patada y subió. El aire agitaba su pelo y su túnica, silbando tras él y, en un relámpago de feroz alegría, se dio cuenta de que había descubierto algo que podía hacer sin que se lo enseñaran. Era fácil, era maravilloso. Empujó su escoba un poquito más, para volar más alto, y oyó los gritos y gemidos de las chicas que lo miraban desde abajo, y una exclamación admirada de Ron.
Malfoy se sorprendió al ver que Harry estaba en frente de él, sentado en su escoba con los brazos cruzados, bastante relajado.
- Bueno, bueno, bueno, me parece que aquí no podrás contar con ese par de gorilas para protegerte…- dijo Harry con una sonrisa orgullosa. - Esto es entre tú y yo, Malfoy…ahora, ¿qué tal si me entregas la recordadora? A menos que quieras terminar el día en la enfermería…-
Parecía que Malfoy también lo había pensado. - ¡Tch! ¡Entonces ve y atrápala Potter! –
Giró la bola de cristal hacia arriba y bajó a tierra con su escoba. Harry vio, como si fuera a cámara lenta, que la bola se elevaba en el aire y luego comenzaba a caer. Se inclinó hacia delante y apuntó el mango de la escoba hacia abajo. Al momento siguiente, estaba ganando velocidad en la caída, persiguiendo a la bola, con el viento silbando en sus orejas mezclándose con los gritos de los que miraban.
Extendió la mano y, a unos metros del suelo, la atrapó, justo a tiempo para enderezar su escoba y descender suavemente sobre la hierba, con la Recordadora a salvo.
Los alumnos de Gryffindor corrieron a por él entre ovaciones. Mientras Harry alzaba el "trofeo" con orgullo.
- ¡HARRY JAMES POTTER! - escuchó gritar a alguien.
Su corazón latió más rápido que nunca. Se volvió, y vio a la profesora McGonagall corriendo hacia ellos.
- Nunca... en todos mis años en Hogwarts...- La profesora McGonagall estaba casi muda de la impresión, y sus gafas centelleaban de furia. - ¿¡Cómo te has atrevido!? ¡Has podido romperte el cuello! -
- ¡No fue su culpa profesora! - Hermione trató de defender a Harry.
- ¡Silencio Granger! -
- Pero profesora, fue Malfoy...-
- ¡Ya es suficiente, Weasley! Harry Potter, ven conmigo. -
En aquel momento, Harry pudo ver el aire triunfal de Malfoy, Crabbe y Goyle, mientras andaba inseguro tras la profesora McGonagall, de vuelta al castillo. Al azabache se le pasaban muchas cosas en la cabeza, entre ella, la terrible idea de ser expulsado.
Subieron por los peldaños delanteros y después por la escalera de mármol. La profesora McGonagall seguía sin hablar, abría puertas y andaba por los pasillos, con Harry corriendo tristemente tras ella. Tal vez lo llevaba ante Dumbledore. Pensó en Hagrid, expulsado, pero con permiso para quedarse como guardabosque. Quizá podría ser el ayudante de Hagrid. Se le revolvió el estómago al imaginarse observando a Hermione, Ron y los otros convirtiéndose en magos, mientras él andaba por ahí, llevando la bolsa de Hagrid.
- Bueno, sería un plan hasta cumplir la mayoría de edad. – pensó detenidamente, negando con la cabeza. – Luego intentaría buscar una solución, quizás en solitario o con un mago que pueda enseñarme…No puedo quedarme sin aprender magia. -
La profesora McGonagall se detuvo ante un aula, la cual Harry se dio cuenta de que era la de Encantamientos. Ella abrió la puerta y asomó la cabeza.
- Discúlpeme, profesor Flitwick. - dijo. - ¿Puedo llevarme a Wood un momento? -
- ¿Wood? Pero…¿él no es el capitán de Quidditch? - se preguntaba Harry, cada vez más confuso.
Wood era un muchacho corpulento de quinto año, el cual jugaba como Guardián en el equipo de Quidditch de Gryffindor. Todos lo definían como un loco obseso por ganar la Copa de Quidditch de la escuela. Este salió de la clase de Flitwick con aire confundido.
- Seguidme los dos. - dijo la profesora McGonagall.
Avanzaron por el pasillo, y Wood miraba a Harry con curiosidad.
- Entrad aquí. – dijo la profesora McGonagall, señalando un aula en la que sólo estaba Peeves, ocupado en escribir groserías en la pizarra. - ¡Fuera, Peeves! - bramó con ira la profesora. Peeves tiró la tiza en un cubo y se marchó maldiciendo.
- ¡Que te zurzan, payaso! – bufó Harry mentalmente y mirando a Peeves, sintiéndose un poco más animado.
La profesora McGonagall cerró la puerta y se volvió para encararse con los chicos. - Harry, éste es Oliver Wood. - dijo.
- Lo sé profesora, - dijo Harry. - es el capitán del equipo de Quidditch. -
- Así es, - asintió la profesora. - Wood…te he encontrado un buscador. - le dijo a Wood, con aparente emoción.
La expresión de intriga de Wood se convirtió en deleite. Harry se quedó boquiabierto, completamente incrédulo ante lo que estaba pasando.
- ¿Está segura, profesora? – preguntó Wood.
- ¡Totalmente! – bramó la profesora vigorosamente. - ¡Este chico tiene un talento natural! ¡Nunca vi nada parecido! ¿Ésta ha sido tu primera vez con la escoba, Harry? –
Harry asintió con la cabeza, aún con los ojos bien abiertos.
- Atrapó esa cosa con la mano, ¡después de un vuelo de quince metros! - explicó la profesora McGonagall con un brillo en sus ojos. - ¡Ni un rasguño! Charlie Weasley no lo habría hecho mejor. -
- No puedo creerlo…eso significa…¡que jugaré al Quidditch! - pensó Harry alegremente. No podía creer en su suerte, pues pasó de la desesperación a la felicidad en apenas un instante.
Wood (por lo que Harry pudo ver) parecía pensar que todos sus sueños se habían hecho realidad. - ¿Alguna vez has visto un partido de Quidditch, Potter? -
- Aún no, pero sé cómo se juega. - respondió Harry. - Lo leí durante el verano, pero profesora, ¿esto quiere decir que yo seré el buscador del equipo? - preguntó, atónito.
- ¡Por supuesto! Hablaré de inmediato con el profesor Dumbledore para ver si podemos suspender la regla del primer año. – dijo la profesora McGonagall. - ¡Los cielos saben que necesitamos un equipo mejor que el del año pasado! Fuimos aplastados por Slytherin en el último partido…No pude mirar a la cara a Severus Snape en varias semanas...- añadió lo último un poco deprimida.
Wood paseaba alrededor de Harry y lo observaba con atención. – Hm…tiene el cuerpo indicado para ser buscador. Es delgado, pero con una excelente condición física…Vamos a tener que darle una escoba decente profesora, una Nimbus 2.000 o una Cleansweep 7. -
La profesora McGonagall observó con severidad a Harry, por encima de sus gafas. - ¡Quiero oír que te entrenas mucho, Potter! ¡O cambiaré de idea sobre tu castigo! –
Harry, como si fuera un soldado, se puso firme. - ¡Si profesora! ¡No le fallaré! - exclamó con determinación.
McGonagall sonrió. - Tu padre habría estado orgulloso de ti, el era un excelente jugador de Quidditch…- Harry sonrió mucho más al oír aquello.
- ¡Tiene que ser una broma! - exclamó Ron, más que sorprendido.
- ¡No me lo puedo creer! – añadió Hermione, asombrada.
Era la hora de la cena. Harry había terminado de contarles a Ron y Hermione todo lo sucedido cuando dejó el parque con la profesora McGonagall. A Hermione se le cayó sin querer su cáliz con zumo de calabaza y Ron tenía un trozo de carne y pastel de riñón en el tenedor, pero se olvidó de llevárselo a la boca.
- ¡Te han nombrado buscador del equipo! - dijo finalmente Hermione, muy feliz. Harry asintió, con una sonrisa de oreja a oreja.
- Pero los de primer año nunca... serías el jugador más joven en.…- farfulló Ron, devorando una pierna de pollo.
- Un siglo. - terminó Harry, metiéndose un trozo de pastel en la boca. - Wood me lo dijo. -
- Estoy muy orgullosa de ti Harry, - dijo Hermione poniendo su mano en el hombro de su amigo. - no conozco a nadie que se lo merezca más que tú. -
- Gra-gracias Hermione…- susurró Harry, sintiendo una extraña corriente electrizante en el hombro. - Tengo que empezar a entrenarme la semana que viene, - comentó. - pero no se lo digáis a nadie. Wood quiere mantenerlo en secreto. -
Los gemelos Weasley aparecieron en el comedor. Vieron a Harry y se acercaron rápidamente.
- Bien hecho, - dijo George en voz baja. - Wood nos lo contó, nosotros también estamos en el equipo. Somos golpeadores. -
- Te lo aseguro, vamos a ganar la copa de Quidditch este curso. - dijo Fred, como si contuviera las ganas de brincar y soltar confetis con su gemelo. - No la ganamos desde que Charlie se fue, pero el equipo de este año será muy bueno, tienes que hacerlo bien Harry. Wood casi saltaba cuando nos lo contó. -
- Bueno, tenemos que irnos. - dijo George. - Nuestro colega Lee Jordan cree que ha descubierto un nuevo pasadizo secreto, fuera del colegio. -
- Seguro que es el que hay detrás de la estatua de Gregory Smarmy, - añadió Fred. - que nosotros encontramos en nuestra primera semana. -
Fred y George acababan de desaparecer, cuando se presentaron unos visitantes mucho menos agradables.
Malfoy, flanqueado por Crabbe y Goyle. - ¿Comiendo la última cena, Potter? - preguntó, sonriendo con malicia. - ¿Cuándo coges el tren para volver con los muggles? -
Harry soltó una pequeña carcajada. - Vaya, vaya, Draco Malfoy es mucho más valiente ahora que ha vuelto a tierra firme y tiene a sus queridos gorilas cubriéndole las espaldas…- dijo en tono burlón y mirándolo con arrogancia. Pensó con interés que pasaría si Ron y él se pusieran a pelearse con Crabbe y Goyle a la vista de la Mesa Alta, la cual estaba llena de profesores. Al parecer, no eran completamente estúpidos, porque solo se limitaron crujir los nudillos y mirarlo con el ceño fruncido.
Ron parecía contener las ganas de rodar por los suelos entre risas.
- ¡Nos veremos cuando quieras Potter! – gruñó Malfoy. - Esta noche, si quieres. Un duelo de magos. Sólo varitas, nada de contacto. -
Harry se emocionó al pensarlo. Él leyó sobre los duelos de magos, y le excitaba tener uno.
- ¿Qué sucede? - preguntó Malfoy, arrastrando las palabras. - Nunca has oído hablar de duelos de magos, ¿verdad? -
- Por supuesto que sí, Malfoy…- respondió Harry, sonriendo con malicia. – Será un placer para mi hacerte pedacitos…- añadió, mostrando el puño.
- ¡Harry! - le llamó la atención Hermione.
- ¡Yo seré tu segundo, Harry! - bramó Ron, envalentonado.
- Excelente…- susurró el azabache siniestramente, antes de pasar a un tono más burlón. - ¿y cuál será el tuyo, serpiente? -
- Crabbe. – respondió Malfoy, con los labios temblorosos. - A medianoche, ¿de acuerdo? Nos encontraremos en el Salón de los trofeos. Nunca se cierra con llave. -
Cuando Malfoy se fue, Hermione se levantó de su asiento y empezó a regañar a sus amigos.
- ¿¡Pero en qué demonios estáis pensando!? - les gritó ella, en tono mandón. - ¡No podéis hacer eso! ¡Está prohibido! -
- ¿Recuerdas lo que dije acerca de saltarse las reglas si la situación así lo requería? Si mal no recuerdo…no fui yo quien propuso el duelo. – dijo Harry, de brazos cruzados. - Ahora mismo, está en juego mi honor. No puedo negarme a acudir a la batalla. –
- Pero…¿y si es una trampa? – preguntó Hermione con preocupación.
- Si ese bocazas quiere guerra, pues guerra tendrá. – repuso Harry.
- ¡Exacto! ¡Bien dicho Harry! – dijo Ron, apoyando a su amigo.
Hermione suspiro murmurando "hombres…" - De acuerdo, - dijo. - ¿cómo mínimo te sabes algún hechizo más para el duelo a parte de Flipendo? -
- Sí, tengo algunas sorpresas. - sonrió el azabache, "afilando" su varita. - Además, tengo a Ronald para que me cubra las espaldas en caso de que ese estúpido Slytherin quiera jugármela, ¿verdad que sí, socio? – preguntó a su amigo pelirrojo.
- Así es. - repuso Ron, con el puño al aire. - Malfoy recibirá su merecido, ya lo verás. –
- Está bien…- dijo Hermione en voz baja. - ¿os importa si os acompaño esta noche? –
- Es una buena idea. - dijo Harry. - Así podrás vigilarlo por si intenta unirse a Malfoy durante el duelo. -
El duelo, pensó Harry, solo podía considerarse como la joya de la corona la cual adornaría el final del que había sido, con diferencia, el mejor día que tuvo desde su llegada a Hogwarts. Estaba acostado, despierto, oyendo dormir a Seamus y a Dean (Neville no había regresado de la enfermería). Se había pasado toda la velada enseñándole a Ron algunos hechizos útiles para el duelo, porque su amigo no sabía ninguno. Tenían grandes probabilidades de que los atraparan Filch o la Señora Norris, y Harry sintió que estaba abusando de su suerte al transgredir otra regla del colegio en un mismo día. Por otra parte, el rostro burlón de Malfoy se le aparecía en la oscuridad, recordándole que de no acudir al duelo insultaría su honor como miembro de la casa Gryffindor, y no se lo podía permitir. Además, aquélla era la gran oportunidad de vencerlo frente a frente y dejarlo en humillación. No podía perder semejante oportunidad.
Poco antes de la hora acordada, Harry y Ron se reunieron con Hermione en la Sala común. Todavía brillaban algunas brasas en la chimenea que habían apagado, haciendo que todos los sillones parecieran sombras negras.
Harry le hizo un último recordatorio a Ron. - Recuerda, ataca al gordo usando el maleficio rechazo Flipendo, - dijo. - y si necesitas protegerte, utiliza Protego. -
- Flipendo…y Protego… vale, creo que puedo hacerlo. - dijo Ron, tratando de recordar los hechizos. Luego miró el reloj. - Once y media…- murmuró. - Mejor nos vamos ya. -
- Si vamos a ir, debemos ser cautelosos. – les advirtió Hermione, con voz seria. – A estas horas hay prefectos por los pasillos, además de Filch y la Señora Norris. No deben vernos o nos podrían quitar puntos. – añadió aquello con algo de terror.
Los tres comprobaron que nadie los había escuchado u observado, y se pusieron en marcha, atravesando el agujero que daba con el pasillo del séptimo piso.
- ¿Eh? – dijo Ron. - ¿Dónde está la dama gorda? –
Harry y Hermione se volvieron. La Dama gorda ya no estaba en la tela del retrato.
- Oh no…debe haberse ido a una de sus visitas nocturnas. – supuso Hermione, con los nervios de punta.
- Bueno, ya volverá para cuando regresemos. - bufó Harry. - Ahora vamos, solo falta que Malfoy piense que somos unos cobardes. -
- De eso nada. - gruñó Ron, decidido a fastidiar a Malfoy. - El cobarde es él, ahora verá. –
Casi al final del pasillo, se escucharon unos ruidos, como una respiración.
- ¿Será la Señora Norris? - resopló Ron, tratando de ver en la oscuridad.
No era la Señora Norris. Era Neville, que estaba enroscado en el suelo, medio dormido, pero se despertó súbitamente al oírlos.
- ¡Gracias a Dios que me habéis encontrado! – gimoteó de un salto. - ¡Hace horas que estoy aquí! -
Harry le pidió que se callara. – Habla más despacio, Neville. - dijo. - ¿Qué fue lo que te pasó? –
- No podía recordar el nuevo santo y seña para irme a la cama...- dijo Neville con tristeza.
Harry y Ron rodaron los ojos. Neville y sus problemas recordatorios…
- El santo y seña es "hocico de cerdo", - dijo Hermione. - pero ahora no te servirá de nada, porque la Dama Gorda se ha ido ve tú a saber dónde. -
- ¿Cómo está tu muñeca? - preguntó Harry.
- Bien, la señora Pomfrey me la arregló en un minuto. – respondió Neville rápidamente.
- Genial, mira Neville, tenemos que ir a otro sitio. - dijo Ron, mientras se iba con Harry y Hermione. - Nos veremos más tarde...-
- ¡No me dejéis! - gritó Neville, aterrorizado. - ¡No quiero quedarme aquí solo! El Barón Sanguinario ya ha pasado dos veces… -
- Está bien, pero debes permanecer en silencio, - dijo Harry. - no deben descubrirnos. -
Se deslizaron por pasillos iluminados por el claro de luna, que entraba por los altos ventanales. En cada esquina, Harry esperaba chocar con Filch o la Señora Norris, pero tuvieron suerte. Subieron rápidamente por una escalera hasta el tercer piso y entraron de puntillas en el salón de los trofeos. Malfoy y Crabbe todavía no habían llegado.
- ¿Dónde estarán ese par de idiotas? – bufó Harry. - ¿Encima nos van a hacer esperar? –
- ¿Para qué hemos venido aquí? – preguntó Neville, temblando.
Ron le explicó a Neville el motivo de su visita a la Sala de trofeos, dejándolo más que sorprendido. Hermione vigilaba por los alrededores, por si aparecían Malfoy y Crabbe.
Las vitrinas con trofeos brillaban cuando las iluminaba la luz de la luna. Copas, escudos, bandejas y estatuas, oro y plata reluciendo en la oscuridad. Fueron bordeando las paredes, vigilando las puertas en cada extremo del salón. Harry empuñó su varita, por si Malfoy y su guardaespaldas Crabbe le tendían alguna emboscada, mientras los minutos pasaban.
El azabache empezaba a perder la paciencia. - Vale…parece que para Draco (pura palabrería) Malfoy el honor no significa nada. Muy bien, ¡perfecto! – gruñó molesto.
- Se está retrasando, - susurró Ron, con tono de decepción. - tal vez se ha acobardado, como no…-
Harry empezó a pasearse por la sala a zancadas, apretando los puños, pensando que su archirrival lo había dejado tirado, a él y a su amigo. Entonces un ruido en la habitación de al lado los hizo saltar.
- ¡Hmph! - gruñó Harry, con la varita preparada. - Ya era hora, empezaba a aburrirme…-
Pero no era Malfoy. - Olfatea por ahí, mi tesoro, pueden estar escondidos en un rincón…- era Filch, hablando con la Señora Norris.
Sin perder más tiempo, Harry gesticuló salvajemente para que los demás lo siguieran lo más rápido posible. Se escurrieron silenciosamente hacia la puerta más alejada de la voz de Filch.
- ¡Por aquí! ¡Rápido! – señaló Harry entre susurros a los otros y, aterrados, comenzaron a atravesar una larga galería, llena de armaduras.
Podían oír los pasos de Filch, acercándose a ellos, súbitamente, Neville dejó escapar un chillido de miedo y empezó a correr, tropezó, se aferró a la muñeca de Ron y se golpearon contra una armadura. Los ruidos eran suficientes para despertar a todo el castillo.
- ¡CORRED! - exclamó Harry, y los cuatro se lanzaron por la galería, sin darse la vuelta para ver si Filch los seguía.
Pasaron por el quicio de la puerta y corrieron de un pasillo a otro, Harry delante, sin tener ni idea de dónde estaban o adónde iban. Se metieron a través de un tapiz y se encontraron en un pasadizo oculto, lo siguieron y llegaron cerca del aula de Encantamientos, que sabían que estaba a kilómetros del salón de trofeos.
- Uff…ha faltado poco… - dijo Ron, apoyándose contra la pared fría y secándose la frente. Neville estaba doblado en dos, respirando con dificultad.
- Lo sabía…- jadeó Hermione, apretándose el pecho. - lo sabía… -
Harry recobró un poco el aliento, para luego pegarle un puñetazo a la pared. – ¡Esa serpiente engreída! – masculló. - ¿¡Cómo se atreve ese cretino a faltar a su palabra!? ¿¡A dejarnos tirados de esta manera!? – dijo con rabia. - Hemos cumplido, acudimos a un duelo, a una batalla de honor, y el…se a reído de nosotros…- añadió lo último con el rostro sombrío.
- Malfoy te engañó, te has dado cuenta, ¿no? – dijo Hermione con cautela. - No pensaba venir a encontrarse contigo. Filch sabía que iba a haber gente en el salón de los trofeos. Malfoy debió de avisarle. – sacó su hipótesis.
- Es un cobarde de mier**. - gruñó Ron, tratando aún de recobrar el aliento. - Debí imaginar que no acudiría…-
El azabache golpeó de nuevo la pared. - ¡Voy a arrancarle la cabeza! - bramó. - ¡Esto no se va a quedar así, Draco Malfoy! Lo vas a lamentar…- añadió entre dientes, muy furioso.
- Deberíamos regresar a la torre Gryffindor, - sugirió un tembloroso Neville. - antes de meternos en más problemas…-
No sería tan sencillo. No habían dado más de una docena de pasos, cuando se movió un pestillo y alguien salió de un aula que estaba frente a ellos. Era Peeves, los vio y dejó escapar un grito de alegría.
- Cállate, Peeves, por favor...- le pidió Hermione, entre sudores de miedo. - Este no es un buen momento…-
Peeves cacareó. - ¿Vagabundeando a medianoche, novatos? No, no, no. Malitos, malitos, os agarrarán del cuellecito. -
- No, si no nos delatas, Peeves, por favor… - dijo Hermione con desesperación.
- Debo decírselo a Filch, debo hacerlo. - dijo Peeves, con voz de santurrón, pero sus ojos brillaban malévolamente. - Es por vuestro bien, ya lo sabéis. -
- ¡Quítate de en medio! - ordenó Ron, y le dio un golpe a Peeves. Aquello fue un gran error.
- ¡Ron! ¡No! – gritó Harry, pero era demasiado tarde.
- ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA! - gritó Peeves. - ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA, EN EL PASILLO DE LOS ENCANTAMIENTOS! -
- ¡Maldición! ¡Corred! ¡Vamos! – exclamo Harry para que los demás le siguieran.
Pasaron debajo de Peeves y corrieron como para salvar sus vidas, recto hasta el final del pasillo, donde chocaron contra una puerta... que estaba cerrada.
- ¡Oh no, no, no! ¡No se abre! - gimoteó Ron, mientras empujaban inútilmente la puerta. - ¡Esto es el final! -
Podían oír las pisadas: Filch corría lo más rápido que podía hacia el lugar de donde procedían los gritos de Peeves.
- ¡Oh, quítate Ron! - ordenó Hermione, haciendo a un lado a Ron. Cogió su varita, golpeó la cerradura y susurró: - ¡Alohomora! -
El pestillo hizo un clic y la puerta se abrió. Pasaron todos, la cerraron rápidamente y se quedaron escuchando.
- ¿Adónde han ido, Peeves? Rápido, ¡dímelo! - decía Filch.
- Di "por favor". -
- No me fastidies, Peeves, ¡dime adónde fueron! –
- No diré nada si me lo pides por favor —dijo Peeves, con su molesta voz.
- Muy bien... por favor. -
- ¡NADA! – gritó Peeves entre risas. - ¡Te dije que no te diría nada si me lo pedías por favor! -
Y oyeron a Peeves alejándose y a Filch maldiciendo enfurecido.
- Bien, se están alejando…- jadeó Harry, apoyando la cabeza en la puerta. - creo que nos vamos a librar de esta... – entonces miró a Hermione. – Buen movimiento, era el encantamiento de apertura, ¿no? –
- Si. – sonrió Hermione, mientras respiraba bruscamente. – Me alegro mucho de haberme acordado a tiempo. –
- Eh…chicos…- escuchó a Neville, pero lo ignoró.
- ¿En serio? – preguntó Harry, sin poder contenerse. - Creí que no te gustaba ese encantamiento. Como en el libro lo apodaban como "El amigo del ladrón". –
Hermione se ruborizó. – Bu-bueno, esto era una emergencia. – balbuceó. – Lo importante es que no nos quitarán puntos. –
- Chicos…-
- Oh, genial, me alegro de que sigamos en cabeza. – dijo Ron sarcásticamente, pegando un puñetazo contra la puerta.
- Chi-chi-chicos…- susurró Neville con voz ahogada.
El azabache miró a Neville. - Oh vamos Neville, no preocupes, ya pasó el…- entonces vio lo que pasaba. Durante un momento, pensó que estaba en una pesadilla: aquello era demasiado, después de todo lo que había sucedido.
No estaban en una habitación, como él había pensado. Era un pasillo. El pasillo prohibido del tercer piso. Y ya sabían por qué estaba prohibido. Estaban mirando directamente a los ojos de un perro monstruoso, un perro que llenaba todo el espacio entre el suelo y el techo. Tenía tres cabezas, seis ojos enloquecidos, tres narices que olfateaban en dirección a ellos y tres bocas chorreando saliva entre los amarillentos colmillos.
Estaba casi inmóvil, con los seis ojos fijos en ellos, y Harry supo que la única razón por la que no los había matado ya era porque la súbita aparición lo había cogido por sorpresa. Pero se recuperaba rápidamente: sus profundos gruñidos eran inconfundibles.
- ¡TODO EL MUNDO FUERA! - gritó Harry, y tan pronto como lo hizo, el grupo salió de la habitación, cerrándola de un portazo.
Capítulo 10 - ¡Un Trol en las mazmorras!
Retrocedieron y Harry cerró la puerta tras ellos. Corrieron, casi volaron por el pasillo. Filch debía de haber ido a buscarlos a otro lado, porque no lo vieron. Pero no les importaba: lo único que querían era alejarse del monstruo. No dejaron de correr hasta que alcanzaron el retrato de la Dama Gorda en el séptimo piso.
- ¿Dónde os habíais metido? - les preguntó, mirando sus rostros sudorosos.
- No importa... ¡Hocico de cerdo! ¡Hocico de cerdo! - jadeó Harry, y el retrato se movió para dejarlos pasar.
Se atropellaron para entrar en la sala común y se desplomaron en los sillones. Pasó un rato antes de que nadie hablara. Neville, por otra parte, se había desmayado.
- ¿¡Qué pretenden, teniendo una cosa así encerrada en el colegio!? - inquirió finalmente Ron.
Hermione había recuperado un poco el aliento. Estaba enfadada. - ¿No visteis lo que había debajo de él? –
- ¿El suelo? – sugirió Harry. - Me temo que no. Apenas tuve tiempo de fijarme, ¿que había? -
- Estaba encima de una trampilla. - respondió ella. - Es evidente que está vigilando algo…-
- Hm…¿que estará vigilando? – susurró el azabache.
- No lo sé…pero por hoy creo que ya hemos tenido suficiente. - dijo Hermione, fulminándolo con la mirada. - Si no os importa, me voy a la cama, antes de que nos maten, o peor, nos expulsen. - subió a su habitación, aun tratando de recuperar el aliento.
- ¿Sabes, Harry? Creo que Hermione necesita ordenar sus prioridades…- bufó Ron, frunciendo el entrecejo.
- Si, pero ella es así. - dijo Harry con una sonrisa, después de todo lo que había pasado se permitió sonreír.
Por otra parte, Hermione le había dado algo más para pensar. Con la ayuda de Ron, Harry subió a Neville hasta la habitación de los chicos y lo dejaron tirado en su cama, mientras que ellos se iban a dormir.
El perro vigilaba algo...¿Qué había dicho Hagrid? Gringotts era el lugar más seguro del mundo para cualquier cosa que uno quisiera ocultar... excepto tal vez Hogwarts.
Parecía que Harry había descubierto dónde estaba aquel paquetito arrugado de la cámara setecientos trece, el cual sacaron de Gringotts.
...
Malfoy no podía creer lo que veían sus ojos, cuando vio que Harry y Ron todavía estaban en Hogwarts al día siguiente. Cada vez que Harry lo miraba con la cara sombría, este se ponía más pálido de lo normal y salía corriendo. El azabache estaba tan furioso con él, que si lo tuviera delante sería capaz de arrancarle el cabezón de cuajo. En realidad, por la mañana Harry y Ron pensaron que el encuentro con el perro de tres cabezas había sido una excelente aventura, y ya estaban preparados para tener otra. En cuanto a Hermione, ella desaprobada aquella idea.
Mientras tanto, Harry les habló a Hermione y Ron del paquete que había sido llevado de Gringotts a Hogwarts, y pasaron largo rato preguntándose qué podía ser aquello para necesitar una protección así.
- ¡Debe tratarse de algo muy valioso! – exclamó Ron.
- O muy peligroso…- opinó Hermione.
- O tal vez ambas cosas, - añadió Harry. - la cuestión es que debe tratarse de ese paquete. -
Pero como lo único que sabían con seguridad del misterioso objeto era que tenía unos cinco centímetros de largo, no tenían muchas posibilidades de adivinarlo sin otras pistas.
Pasó una semana, y Harry seguía molesto con Malfoy (Bueno, en realidad, siempre estaba molesto con él). Mucho más que antes por su cobardía al no presentarse al duelo. Quería venganza, y sabía que tarde o temprano la acabaría consiguiendo.
Mientras las lechuzas volaban por el Gran Comedor, como de costumbre, la atención de todos se fijó de inmediato en un paquete largo y delgado, que llevaban seis lechuzas blancas. Harry estaba tan interesado como los demás en ver qué contenía, y se sorprendió mucho cuando las lechuzas bajaron y dejaron el paquete frente a él, tirando al suelo su tocino.
Harry abrió el sobre para leer primero la carta y fue una suerte, porque decía…
¡NO ABRAS EL PAQUETE EN LA MESA! Contiene tu nueva Nimbus 2.000, pero no quiero que todos sepan que te han comprado una escoba, porque también querrán una. Oliver Wood te esperará esta noche en el campo de Quidditch a las siete, para tu primera sesión de entrenamiento.
Profesora McGonagall
Harry tuvo dificultades para ocultar su alegría.
- ¿Que es Harry? – preguntó Hermione, observando el paquete con los ojos bien abiertos, al igual que Ron.
Harry estaba tan feliz que no podía hablar. Le dio la carta a Hermione para que la leyera con Ron.
- ¡Una Nimbus 2.000! - gimió Ron con envidia - Yo nunca he tocado ninguna. -
- ¡Extraordinario! - saltó Hermione, sonriendo de oreja a oreja. - Definitivamente McGonagall confía en ti, Harry. -
Salieron rápidamente del comedor para abrir el paquete en privado. Malfoy y sus gorilas pasaban por allí, pero al ver a Harry mirándolo con ira, apretando los dientes y con la varita ya en su mano, decidieron salir corriendo.
- ¡Eso! ¡Lárgate de aquí, cobarde! – le gritó Ron. Él también seguía molesto con Malfoy por su falta de respeto.
- Algún día lamentará habernos dejado tirados…- masculló Harry, mientras volvía a guardarse la varita.
Durante aquel día, Harry tuvo que esforzarse por atender a las clases. Afortunadamente, logró cumplir con su deber. Su mente volvía al dormitorio, donde su escoba nueva estaba debajo de la cama, o se iba al campo de Quidditch, donde aquella misma noche se pondría a prueba. Durante la cena comió sin darse cuenta de lo que tragaba, y luego se apresuró a subir con Ron, además de Hermione, aprovechando que estaban ellos solos en la torre, para sacar por fin, a la Nimbus 2.000 de su paquete.
- Oh…- suspiró Ron, cuando la escoba rodó sobre la colcha de la cama de Harry. Pulida y brillante, con el mango de caoba, tenía una larga cola de ramitas rectas y, escrito en letras doradas "Nimbus 2.000".
- Es muy bonita…- dijo Hermione, quien ya le estaba cogiendo el gusto a las escobas.
Cerca de las siete, Harry salió del castillo y se encaminó hacia el campo de Quidditch. Nunca había estado en aquel estadio deportivo. Había cientos de asientos elevados en tribunas alrededor del terreno de juego, para que los espectadores estuvieran a suficiente altura para ver lo que ocurría. En cada extremo del campo había tres postes dorados con aros en la punta. Le recordaron los palitos de plástico con los que los niños muggles hacían burbujas, sólo que éstos eran de quince metros de alto.
Demasiado deseoso de volver a volar antes de que llegara Wood, Harry montó en su escoba y dio una patada en el suelo. Qué sensación. Subió hasta los postes dorados y luego bajó con rapidez al terreno de juego. La Nimbus 2.000 iba donde él quería con sólo tocarla.
- ¡Eh, Potter, baja! –
Había llegado el capitán Oliver Wood, quien llevaba una caja grande de madera debajo del brazo. Harry aterrizó cerca de él.
- ¡Excelente! - dijo Wood, con los ojos brillantes. - Ya veo lo que quería decir McGonagall, realmente tienes un talento natural. –
- Ah, me imagino que en esa caja llevas las pelotas, ¿no es así? – observó Harry.
- Por supuesto, - sonrió Wood. - y tú me dijiste que ya sabes todo sobre el Quidditch. –
- Bueno, en realidad, solo la teoría. Aún no he tenido la oportunidad de ponerme a prueba de manera práctica. – confesó Harry. – Además, no me vendría mal recordar las reglas y ver como funciona el juego. –
- Muy bien. – dijo Wood, asintiendo. – Te resumiré lo que necesitas saber esta noche y luego te unirás al equipo para el entrenamiento, tres veces por semana. - abrió la caja. Dentro había cuatro pelotas de distinto tamaño. – Bueno, - dijo. - el Quidditch es fácil de entender; aunque no tan fácil de jugar. Hay siete jugadores en cada equipo. Tres se llaman cazadores. -
- Ajá, tres cazadores. – asintió Harry, mientras Wood sacaba una pelota rojo brillante, del tamaño de un balón de fútbol.
- Esta pelota es la Quaffle - dijo Wood. - Los cazadores se tiran la Quaffle y tratan de pasarla por uno de los aros de gol. Obtienen diez puntos cada vez que la Quaffle pasa por un aro. ¿Me sigues?
- Si. - dijo Harry. – Se parece al baloncesto, pero con escobas y seis canastas. –
- ¿Qué es el baloncesto? - preguntó Wood.
- Nah, olvídalo. - respondió rápidamente Harry.
- Hay otro jugador en cada lado, que se llama guardián. – dijo el capitán. - Yo soy guardián de Gryffindor. Tengo que volar alrededor de nuestros aros y detener los lanzamientos del otro equipo. -
- Tres cazadores y un guardián, bien…- murmuró Harry. - Esas de ahí son Bludgers, ¿no? -señaló las tres pelotas restantes.
- Si, ahora te lo enseñaré. - dijo Wood. - Toma esto. – le dio a Harry un pequeño palo, parecido a un bate de béisbol. - Voy a enseñarte para qué son: Esas dos son las Bludgers. - señaló dos pelotas idénticas, pero negras y un poco más pequeñas que la roja Quaffle. Harry notó que parecían querer escapar de las tiras que las sujetaban dentro de la caja. - Quédate atrás. - previno a Harry.
Se inclinó y soltó una de las Bludgers. De inmediato, la pelota negra se elevó en el aire y se lanzó contra la cara de Harry. Harry la rechazó con el bate, para impedir que le rompiera la nariz, y la mandó volando por el aire.
- ¡Wow! Impresionante Harry. – le alabó Wood, mientras contemplaba la trayectoria de la Bludger. – Serías un buen golpeador. – la Bludger pasó zumbando alrededor de ellos y luego se tiró contra Wood, que se las arregló para sujetarla contra el suelo. - ¿Ves? - jadeó, metiendo la pelota en la caja a la fuerza y asegurándola con las tiras. - Las Bludgers andan por ahí, tratando de derribar a los jugadores de las escobas. Por eso hay dos golpeadores en cada equipo (los gemelos Weasley son los nuestros). Su trabajo es proteger a su equipo de las Bludgers y desviarlas hacia el equipo contrario. ¿Lo has entendido? -
Harry asintió antes de preguntar: - ¿Han matado las Bludgers alguna vez a alguien? –
- Nunca en Hogwarts. – respondió Wood de inmediato. - Hemos tenido algunas mandíbulas rotas, pero nada peor hasta ahora. Bueno, el último miembro del equipo es el buscador. Ese eres tú. Y no tienes que preocuparte por la Quaffle o las Bludgers...- buscó en la caja y sacó la última pelota. Comparada con las otras, era pequeña, del tamaño de una nuez grande. Era de un dorado brillante y con pequeñas alas plateadas. - Esta dorada – continuó. - es la Snitch. Es la pelota más importante de todas. Cuesta mucho de atrapar por lo rápida y difícil de ver que es. El trabajo del buscador es atraparla. Tendrás que ir y venir entre cazadores, golpeadores, la Quaffle y las Bludgers, antes de que la coja el otro buscador, porque cada vez que un buscador la atrapa, su equipo gana ciento cincuenta puntos extra, así que prácticamente acaba siendo el ganador. Por eso molestan tanto a los buscadores. Un partido de Quidditch sólo termina cuando se atrapa la Snitch, así que puede durar muchísimo. Creo que el récord fue tres meses. Tenían que traer sustitutos para que los jugadores pudieran dormir...Bueno, eso es todo. ¿Alguna pregunta? –
Harry negó con la cabeza. Entendía muy bien lo que tenía que hacer, y pensó interesado en un posible partido con varios días seguidos de duración.
- Bueno, ahora no vamos a practicar con la Snitch. - dijo Wood, guardándola con cuidado en la caja. - Está demasiado oscuro y podríamos perderla (¡y con lo caras que son!). Vamos a probar con unas pocas de éstas. -
El capitán sacó una bolsa con pelotas de golf de su bolsillo y, unos pocos minutos más tarde, Wood y Harry estaban en el aire. Wood tiraba las pelotas de golf lo más fuertemente que podía en todas las direcciones, para que Harry las atrapara. Éste no perdió ni una y Wood estaba más que impresionado. Después de media hora se hizo de noche y no pudieron continuar.
- ¡La copa de Quidditch llevará nuestro nombre este año! - dijo Wood lleno de alegría mientras regresaban al castillo. - No me sorprendería que resultaras ser mejor jugador que Charles Weasley. Él podría jugar en el equipo de Inglaterra si no se hubiera ido a cazar dragones. -
- Oliver, Charlie no caza dragones, - le corrigió Harry a su capitán. - los cuida. –
- Oh, bueno, lo que sea. – dijo Wood, encogiendo de hombros. - ¡En marcha! –
Tal vez fue porque estaba ocupado tres noches a la semana con las prácticas de Quidditch, además de todo el trabajo del colegio, la razón por la que Harry se sorprendió al comprobar que ya llevaba dos meses en Hogwarts. El castillo era mucho más su casa de lo que nunca había sido Privet Drive. Sus clases, también, eran cada vez más interesantes. Todos los profesores estaban asombrados por los conocimientos y habilidades del joven mago, todos, a excepción de Snape, que parecía ser el único empeñado en hacer quedar mal a Harry, y este sospechaba que sencillamente, le tenía manía por cualquier motivo absurdo.
En la mañana de Halloween se despertaron con el delicioso aroma de calabaza asada flotando por todos los pasillos. Pero lo mejor fue que el profesor Flitwick anunció en su clase de Encantamientos que pensaba que ya estaban listos para empezar a hacer volar objetos, algo que todos se morían por hacer, desde que vieron cómo hacía volar el sapo de Neville. El profesor Flitwick puso a la clase por parejas para que practicaran. La pareja de Harry era Neville (lo cual lo dejó un poco decepcionado porque él se había acostumbrado a sentarse al lado de Hermione). En cuanto a Hermione, a ella le tocó sentarse con Ron.
- Y ahora no os olvidéis de ese bonito movimiento de muñeca que hemos estado practicando. - dijo con voz aguda el profesor, subido a sus libros, como de costumbre. - Agitar y golpear, recordad, agitar y golpear. Y pronunciar las palabras mágicas correctamente es muy importante también, no os olvidéis nunca del mago Baruffio, que dijo "ese" en lugar de "efe" y se encontró tirado en el suelo con un búfalo en el pecho. -
- Hm…interesante…- pensó Harry, con ganas de empezar. Siempre le gustaba la parte práctica de las lecciones. Al mismo tiempo que los estudiantes comenzaron a intentar levitar sus plumas, él se remangó las mangas, empuñó con suavidad la varita y dijo: - Wingardium Leviosa. - La pluma se elevó del pupitre y llegó hasta más de un metro por encima de sus cabezas.
- ¡OH! ¡EXTRAORDINARIO! ¡MARAVILLOSO! ¡ESPLENDIDO! - gritaba el profesor Flitwick emocionado mientras daba brincos de alegría desde sus libros. - ¡Mirad todos! ¡El señor Potter lo ha conseguido! -
Hermione, quien estaba ayudando a Ron a hacer el encantamiento correctamente, le sonrió desde su asiento, algo que no pasó desapercibido para Harry, quien se sonrojó al ver su feliz rostro. Poco después, el azabache pudo observar orgulloso como ella también consiguió hacer volar su pluma, agitando su varita como si fuera la directora de una orquesta. Mientras se mantenía perdido mirándola, a sus espaldas, Seamus Finnigan le prendió fuego a su pluma después de intentar elevarla repetidas veces sin éxito, y Ron, por medio minuto, consiguió levitar la suya un poco por encima de su cabeza, lo cual fue para él como un logro personal.
Al final de la clase, el profesor Flitwick le concedió a él, Hermione y Ron un total de veinticinco puntos, además de dejar como deberes para todos el seguir practicando el encantamiento Wingardium Leviosa.
- ¿Estas bien, Seamus? – preguntó Hermione, cuando lo vieron pasar a su lado, acompañado por Dean Thomas.
- No se preocupen, a Seamus le gusta incendiar cosas. – dijo Dean, aporrando la espalda de Seamus. – Tranquilo colega, ya nos saldrá mejor la próxima vez. – le consoló.
- ¿Por qué me consuelas? – preguntó Seamus, ceñudo. – No estoy triste, ¿vale? –
- Que va, está mosqueado. – les dijo Dean discretamente. – Yo conseguí elevar mi pluma unos veinte centímetros, creo…-
Como faltaban unas cuantas horas para la fiesta de Halloween, Hermione arrastró a Harry y a Ron hasta la sala común para practicar el encantamiento levitatorio.
…..
Después de tres horas practicando el encantamiento levitatorio con Harry y Ron, Hermione los siguió para ir juntos al Gran Comedor y acudir a la fiesta de Halloween. Justo cuando pasaron por el segundo piso, poco después de haber esquivado a Peeves (le hizo a Filch la broma de la nariz, y el conserje lo perseguía estúpidamente escalera arriba), Harry se detuvo.
- ¿Va todo bien, Harry? – preguntó Ron.
El azabache mantuvo la mirada fija en el pasillo del segundo piso. – Tengo que ir un momento al baño. – dijo. Había algo en su tono que a Hermione no le cuadraba. – Os veo enseguida. – y se marchó por el pasillo.
- ¿Qué tendrá? – se preguntaba Hermione, mirando como su mejor amigo se marchaba por la puerta del baño de los chicos.
- La llamada de la naturaleza, ¿tal vez? – sugirió Ron, sin darle mucha importancia. – Venga, no le des mas vueltas. Vendrá con nosotros enseguida, anda, vamos. – y empujó impacientemente a la castaña para que siguiera bajando por las escaleras.
Cuando entraron en el Gran Comedor, contemplaron boquiabiertos mil murciélagos que aleteaban sus alas desde las paredes y el techo, mientras que otro millar más pasaba entre las mesas, como nubes negras, haciendo temblar las velas de las calabazas. El festín apareció de pronto en los platos dorados, como había ocurrido en el banquete de principio de año.
Cuando se sentó, Hermione observó como todos estaban reunidos en el gran comedor, todos, a excepción de Harry. El tiempo comenzó a pasar, y aquel "enseguida" que mencionó el azabache se estaba estirando demasiado, preocupándola. Mientras tanto, Ron, que se sentó al frente de ella, parecía más tranquilo, comiendo con entusiasmo un enorme pastel de calabaza.
- No te preocupes, llegará en cualquier momento…- dijo Ron, sin dejar de probar bocado.
Hermione comenzaba a perder los nervios. De su bolsa sacó el libro "Hogwarts: Una historia" y golpeó a Ron en la cabeza tras levantarse de un salto.
- ¡Ay! – gimió Ron, tras recibir el golpe.
- ¿¡Quieres parar de comer ya!?- gritó Hermione, llamando la atención de los demás Gryffindors, quienes la miraban con temor. - ¡Tu mejor amigo no aparece! -
- ¿¡Pero yo que culpa tengo!? - se quejó Ron, frotándose la cabeza. - Es decir, no lo entiendo, ¿se habrá quedado sin papel higiénico? – preguntó, y varios se quejaron por escucharle decir aquello en la mesa. – O tal vez lo del baño fue una excusa para escaquearse. Honestamente, si es así, no sé a qué viene todo esto. -
- Hm…esto no me gusta, no me gusta nada…- susurró Hermione, guardando su libro y sentándose de nuevo. - ¿Qué le habrá pasado? – empezó a angustiarse.
De repente, el profesor Quirrell llegó rápidamente al comedor, con el turbante torcido y cara de terror. Todos lo contemplaron mientras se acercaba al profesor Dumbledore, se apoyaba sobre la mesa y jadeaba.
- Un trol... en las mazmorras... – jadeó. - Pensé que debía saberlo...- y se desplomó en el suelo.
Se produjo un tumulto. Los alumnos aullaron y saltaron aterrorizados de sus asientos, intentando llegar lo antes posible a las puertas del Gran Comedor. Para que se hiciera el silencio y volviera la calma, el profesor Dumbledore tuvo que hacer salir varios fuegos artificiales de su varita.
- ¡Sileeeeenciooooo! – bramó el director, haciendo que todos se detuvieran. - ¡No dejéis que os domine el pánico! – se aclaró la garganta antes de añadir: - Ahora, los Prefectos conducirán a los estudiantes de sus casas a sus respectivos dormitorios. Los Profesores y Premios Anuales me acompañarán a las mazmorras. -
Percy estaba en su elemento. - ¡Seguidme! – ordenó a los Gryffindors. - ¡Los de primer año, manteneos juntos! ¡No necesitáis temer al trol si seguís mis órdenes! Ahora, venid conmigo. Haced sitio, tienen que pasar los de primer año. ¡Perdón, soy un prefecto! -
- Que siiiii…- bufó Fred, quien estaba siendo apachurrado por los alumnos de tercer año.
- Lo que diga el señor prefecto. – añadió George en tono de aburrido.
Todos empezaron a apiñarse en grupos por casa, pero había tantos estudiantes congregados en el Gran Comedor que fue rematadamente difícil mantener el orden. Los Profesores y los Premios Anuales ya no estaban, y Hermione no podía evitar preguntarse como lograron salir antes que ellos. Poco antes de que los Gryffindors lograran salir, Percy tuvo una discusión con un prefecto de Slytherin, a quien acusó de permitir que los estudiantes de séptimo curso de su casa salieran antes que los más pequeños.
Los gemelos Fred y George Weasley, sorprendentemente, apoyaron a su hermano prefecto, lanzándole unas bombas fétidas a los prefectos de Slytherin, y logrando a cambio que Gryffindor perdiera veinte puntos por la tontería. Percy tuvo que poner orden antes de que la situación se le fuera de las manos. Regañó a sus hermanos gemelos por su estupidez y le quitó cinco puntos a cada uno, logrando que los Slytherins se marcharan, burlándose de ellos.
Los gemelos protestaron, diciéndole a su hermano mayor que ellos solo querían ayudar. Al final, los dos se perdieron de vista por las escaleras, muy indignados.
- Percy es un imbécil. – murmuró Ron, fulminando con la mirada a Percy. – Todos los puntos que conseguimos en Encantamientos al garete…-
- Bueno, ellos no tenían porque ser tan tontos como para caer en la tentativa de usar bombas fétidas contra dos prefectos, por muy Slytherins que sean. - dijo Hermione, entre enfadada e intranquila. - En todo caso, eso ahora mismo es irrelevante, lo que quiero saber es, ¿cómo ha podido entrar aquí un trol? -
- No tengo ni idea, se supone que los trols son idiotas. - comentó Ron. - Tal vez Peeves lo dejó entrar, como broma de Halloween. – sacó a relucir su hipótesis.
Pasaron entre varios grupos de alumnos que corrían en distintas direcciones. Mientras se abrían camino entre un tumulto de confundidos Hufflepuff, Hermione súbitamente se aferró al brazo de Ron.
- ¡Oh no! ¡Acabo de acordarme! - exclamó Hermione. - ¡Harry! –
- ¿Qué pasa con Harry? –
- ¡Él no sabe lo del trol! -
- ¿¡Que!? – bufó Ron. - Oh, maldita sea, está bien, pero que no nos vea Percy. Lo último que necesitamos es que nos quiten más puntos. –
Se agacharon y se mezclaron con los Hufflepuffs que iban hacia el otro lado, se deslizaron por un pasillo desierto y corrieron hacia el cuarto de baño de los chicos. Acababan de doblar una esquina cuando oyeron pasos rápidos a sus espaldas.
- ¡Percy! - susurró Ron, empujando a Hermione detrás de un gran buitre de piedra. Sin embargo, al mirar; no vieron a Percy, sino a Snape. Cruzó el pasillo y desapareció de la vista.
- ¿Qué es lo que está haciendo? - murmuró Hermione. - ¿Por qué no está en las mazmorras, con el resto de los profesores? -
- No tengo la menor idea. – dijo Ron.
Lo más silenciosamente posible, se arrastraron por el otro pasillo, detrás de los pasos apagados del profesor.
- Se dirige al tercer piso…- susurró Hermione.
….
Harry sabía que había hecho mal en escaquearse, pero también sabía que era la única manera de que sus amigos no lo arrastraran hasta el Gran Comedor. En vez de ir a la fiesta, buscó un pretexto para marcharse, metiéndose primero en el baño de chicos del segundo piso para luego, con discreción, colarse en la biblioteca de la escuela. Allí se sentó en un pupitre, sacando su libro de pociones para continuar con una redacción que Snape le dejó a él a y los demás pendiente.
¿Por qué no quería acudir a la fiesta de Halloween como los demás? ¿Por qué tuvo que escaquearse? La razón era para él como una punzada en su corazón. Cuando Hagrid le visitó un día en el Caldero Chorreante, le contó a Harry que sus padres fueron asesinados el 31 de octubre, casualmente, el día de Halloween. Tal vez para algunos era una tontería que se abstuviera de acudir a una de las mejores fiestas del año por el simple hecho de que sus padres tuvieron que morir aquel día, pero para Harry no era una exageración. Sentía que les faltaba el respeto a sus padres, festejando y riendo el día de su muerte. Para mantener la seriedad que el día merecía, decidió estudiar.
Justo cuando estaba a poco más de cinco centímetros de acabar su trabajo para pociones, empezó a escuchar un gruñido y las pisadas inseguras de unos pies gigantescos. Luego fueron unos ruidosos golpes, como si una mole aporreara una pared. Extrañado, Harry se dio cuenta de que en su pergamino había polvo, caído del techo. Algunos libros de las estanterías se desequilibraron hasta caerse al suelo inevitablemente.
- ¿Quién demonios está haciendo tanto escandalo? – murmuró Harry al aire.
De repente, la pared donde antes estaba la puerta que daba con el pasillo del segundo piso se vino abajo, revelando tras una enorme nube de polvo a un enorme individuo. Un trol enfurecido, apareció en la biblioteca, era bien feo. Tenía más de tres metros y medio de alto y tenía la piel de color gris piedra, un descomunal cuerpo deforme y una pequeña cabeza pelada. Tenía piernas cortas, gruesas como troncos de árbol, y pies achatados y deformes. El olor que despedía era increíblemente horrendo. Llevaba un gran bastón de madera que arrastraba por el suelo, porque sus brazos eran muy largos.
El monstruo agitó sus largas orejas, tomando decisiones con su minúsculo cerebro, y luego entró lentamente en la biblioteca.
- ¡Hmph! ¿Qué hace un estúpido trol en el colegio? – cuestionó Harry a nadie, porque no tenía sentido decirle nada a un trol. - ¡Bah! El día de hoy no estoy de buen humor grandullón, así que te sugiero que te largues de aquí…- le dijo al trol arrogantemente, haciendo gestos con la mano para que se fuera.
El trol gruñó, y con largas zancadas se fue a por Harry, a medida que el suelo temblaba con cada paso que daba.
- Oh, lo había olvidado. Fíjate, resulta que es imposible razonar con trols. – bufó Harry, empuñando su varita y preparándose para enfrentar al trol. – No me interesa que seas una mole. No dejaré que te cargues mi redacción para pociones. – añadió, guardándose en su túnica su libro de pociones y su pergamino
El gigantesco monstruo empezó a coger sillas y mesas para lanzárselas al azabache. No lo pilló de sorpresa, pues para Harry era como los viejos tiempos donde tenía que esquivar las pelotas de goma que le lanzaban en la clase de gimnasia cuando jugaban al balón prisionero. Esquivó los muebles con elegancia y habilidad.
- La brutalidad a secas no te bastará contra mí. - dijo Harry arrogantemente. - Me he enfrentado muchas veces al gordinflón de Dudley y a su pandilla y, además, ahora tengo la magia como aliado. -
Con unos movimientos de varita, Harry hizo flotar unas sillas tras pronunciar "Wingardium Leviosa" y se las lanzó al trol por medio del hechizo "Depulso", pero estas se hicieron trizas, dañando levemente al monstruo. Entonces el trol gruñó enfadado empezó a coger estanterías para lanzárselas al joven mago, obligando a Harry a detenerlas con el encantamiento levitatorio y devolvérselas hábilmente con un fuerte "Depulso".
- Esta bien, necesitaré algo más pesado si quiero dejarle fuera de combate. – pensó Harry, alzando la vista. Arriba, en el techo, había una estatua de lo que parecía una gárgola en forma de cerdo. Harry tiró de ella con "Wingardium Leviosa" y la dejó caer encima del trol. La Gárgola impactó en la cabeza del monstruo, dejándolo medio aturdido. - De acuerdo trol, es hora de acabar con esto…-
Con su varita, el joven mago hizo un dibujo invisible de una línea recta, para después combinarla con un movimiento giratorio. Entonces gritó: - ¡Expelliarmus! - y una potente ráfaga roja amarillenta salió de su varita, impactando de lleno contra el pecho del trol. Para finalizar, volvió a agitar su varita y exclamó: - ¡Flipendo! – y el maleficio rechazo impactó en la cabeza del trol.
El monstruo dejó de moverse, manteniendo su mirada perdida hacia el techo y dejando caer su gran bastón (provocando un boquete en el suelo), para luego balancearse y derrumbarse en el suelo, boca abajo, con un ruido que hizo temblar la habitación.
Al instante, varias estanterías cayeron estrepitosamente al suelo después de que el temblor de la caída del trol las tambaleara. Los libros salieron despedidos y quedaron esparcidos por los suelos, algunos destrozados y llenos de polvo, y otros, se salvaron de milagro. La biblioteca quedó hecha un completo caos, y Harry sintió el impulso de agradecerse a si mismo por poner su redacción y su libro de pociones a salvo justo a tiempo.
- Hm…creo que a la bibliotecaria de la escuela no le va a hacer ninguna gracia encontrarse con este panorama…- pensó el azabache, de brazos cruzados. Se acercó lentamente al trol para comprobar si seguía vivo. Este le escuchó respirar, confirmando así sus dudas. - Bien, descansa grandullón, pronto llegarán los profesores. – le susurró con una sonrisita. - No creo que dejen pasar desapercibido todo este desastre…-
Al cabo de unos segundos, escuchó unas pisadas apresuradas. Alzó la vista para mirar quien se acercaba, y Harry se alegró de ver a Ron y Hermione (con caras aterrorizadas), a través de la entrada que el trol había destrozado.
- ¡Harry! – chilló Hermione, esquivando apresuradamente los escombros y abrazando con fuerza al azabache, haciendo que se pusiera rojo como el tomate.
- Ho-hola. – farfulló Harry, sintiéndose muy cómodo con Hermione entre sus brazos.
- Harry…tú lo has…- susurraba Ron, mirando incrédulo al trol que Harry había dejado inconsciente.
- No sé de donde a salido esta mole, pero interrumpió mi tarde. - se quejó Harry, mirando con arrogancia a su gran "victima". - Por mi como si era Merlín. Si vienen a molestarme, peor para quien lo intente. -
Un súbito portazo al fondo del pasillo y fuertes pisadas hicieron que Ron y Hermione se sobresaltaran. Harry, al principio, no se había dado cuenta de todo el ruido que había hecho con su batalla, pero, por supuesto, abajo debían haber oído los golpes y los gruñidos del trol. Un momento después, la profesora McGonagall entraba apresuradamente en la biblioteca por el enorme agujero que hizo el trol, seguida por Snape y Quirrell, que cerraban la marcha. Quirrell dirigió una mirada al monstruo, se le escapó un gemido y se dejó caer en una silla inestable, apretándose el pecho.
Los profesores no tardaron en llegar, al ver que el trol estaba fuera de combate, estos estaban con los ojos abiertos como platos.
Snape se inclinó sobre el trol, la profesora McGonagall miraba a Hermione, a Ron y Harry. Nunca la habían visto tan enfadada, tenía los labios blancos. El azabache tenía la minúscula esperanza que de con su hazaña, Gryffindor se ganaría unos cuantos puntos, pero estaba claro que, por la mirada de la jefa de su casa iba a ser todo lo contrario.
- ¿¡En qué estabais pensando, por todos los cielos!? - dijo la profesora McGonagall, con una furia helada. - ¿¡Por qué no estabais en los dormitorios!? Tenéis suerte de que no os haya matado. -
Antes de que Ron y Hermione hablaran, Harry se les adelantó. - Profesora, mis amigos acaban de llegar. Si alguien aquí es responsable soy yo. - dijo con firmeza. Sus amigos le vieron sorprendidos. - No sé si me va a creer cuando le cuente lo que acaba de pasar, pero voy a haberlo. - declaró con calma. Los profesores intercambiaron miradas de misterio, antes de volver sus miradas hacia él. - Yo he estado en la biblioteca durante las últimas horas. Me salté la fiesta de Halloween para estudiar. – ligeramente vio que tanto Ron como Hermione lo miraban ansiosos, como si quisieran saber el motivo, pero él siguió con la explicación. - De repente, ese trol apareció destrozando la entrada y la pared. ¿Ustedes saben como entró en el castillo? Todo esto es muy raro. En fin, el caso es que ese trol me atacó, y yo, obviamente, tuve que arreglármelas para dejarlo fuera de combate. -
Snape dirigió a Harry una mirada aguda e inquisidora. Mientras que a la profesora McGonagall parecía que se le iban a salir los ojos en cualquier momento.
- ¿Es eso cierto? – preguntó la profesora. Miraba a Harry como si tratara de asimilar la situación.
- Harry era el único que estaba aquí profesora. – dijo Hermione, con bastante calma. - Ron y yo estábamos preocupados porque no había aparecido durante la cena de Halloween. Cuando supimos lo del trol, nos acordamos de que él no sabía nada de lo que estaba pasando. Fuimos a buscarle para alertarle, pero al llegar aquí el trol ya había sido derrotado. -
- ¿Me están diciendo que un estudiante de primer año ha sido capaz de derrotar a un trol de la montaña? – preguntó Snape de un susurro, alzando una ceja.
- ¡Es la verdad! ¡Harry a derrotado al trol! – repuso Ron a la defensiva. - De eso no cabe ninguna duda. Encontramos a Harry con la varita en la mano y a ese trol por los suelos -
La profesora McGonagall se acercó a Harry, con una mirada severa. – ¿Estás seguro de que así fue, Potter? –
- Así es profesora, - asintió Harry. - aunque lamento haber roto aquella gárgola. – señaló la gárgola que se parecía a un cerdo, la cual estaba partida en varios trozos. - La utilicé para intentar aturdir al trol, pero creo que solo logré debilitarlo. Después le lancé un Expelliarmus y un Flipendo para dejarlo fuera de combate. - explicó detalladamente.
Snape lo miró con furia, como negándose a aceptar la realidad. Harry le lanzó una mirada un tanto arrogante, y notó que sus labios temblaban. Sintió una pizca de satisfacción, viéndolo ahí, incapaz de decir nada en su contra. Discretamente bajó la mirada y observó que tenía una herida en la pierna. Se preguntaban que le había podido pasar, pero decidió no preguntar nada, pues no era el momento apropiado.
- Bueno, sigo pensando que tuviste suerte, Potter, - dijo la Profesora McGonagall, captando de nuevo la atención de Harry. - pero no muchos alumnos de primer año podrían derrumbar a esta montaña. - señaló al trol. - Jamás pensé que diría esto, pero voy a conceder cincuenta puntos a Gryffindor por tu hazaña. No se ve algo así todos los días. El profesor Dumbledore será informado de esto, podéis iros. - añadió con una amplia sonrisa en su rostro. Parecía fascinada con lo que Harry había logrado.
Salieron rápidamente y no hablaron hasta llegar cerca de la entrada a la sala común de Gryffindor. Era un alivio estar fuera del alcance del olor del trol
- ¡Has derrotado a un trol! ¡Has derrotado a un trol! - gritaba Ron, con una emoción desorbitante. - ¡Y tu solo! Me cuesta creer que solo te hayan dado cincuenta puntos. ¡Yo te habría dado cien! -
- A sido extraordinario Harry. - dijo Hermione, sonriéndole.
- Vaya, muchas gracias. - dijo Harry, frotándose la nuca con un rubor en las mejillas. – ¿Y… que me perdí? –
- Quieres decir, ¿a parte de la fiesta? – preguntó Ron con el rostro soñador.
Le explicó a Harry la enorme cantidad de golosinas que había en las mesas del Gran Comedor, y luego le contó como el profesor Quirrell irrumpió en la fiesta y desató el caos tras alertar a los profesores sobre el trol. Luego le comentó amargamente la perdida de puntos por parte de Fred y George.
- Oh vaya, ahora entiendo porque estabas tan alegre con los puntos. - dijo Harry, quien no sabía si sentirse contento porque los gemelos le lanzaran bombas fétidas a los Slytherins, o porque entre ellos y Percy perdieron un total de treinta puntos. - Bueno, creo que me habría gustado ver ese espectáculo. - añadió con una sonrisa.
- Ah, eso me recuerda. ¿Por qué no estabas en la fiesta? - preguntó Hermione, mirando de frente a Harry. - Yo no me creo que sea simplemente por motivos de estudio, o por la urgencia de ir al baño. - añadió.
El azabache no apartó su mirada de aquellos ojos marrones que tanto le gustaba. Sabía que les debía una explicación a sus amigos y no había forma de escabullirse de nuevo. – De acuerdo…¿Sabéis que día es hoy? – preguntó.
- ¿Cómo que "Que día es"? – repitió Ron, mirándolo ceñudo. – Es el día de Halloween, Harry. Todo el mundo lo sabe. Y la verdad, me sorprende que no vengas cuando las mesas están hasta arriba de chuches. -
Harry negó con la cabeza, suspirando. – No puedo celebrar nada hoy. – dijo, desviando la mirada. – No me parece correcto… –
Ron y Hermione intercambiaron miradas, como si no lo entendieran.
- ¿Por qué no te parece correcto celebrar el Halloween? – preguntó Hermione.
Harry la miro un momento, antes de alzar la vista hacia el techo. Era de un color blanco envejecido, parecía crema, acompañado por unas relucientes lamparas de araña. - Hoy…se cumplen diez años de su muerte…- susurró. – Diez años desde que arriesgaron sus vidas por salvar la mía. – bajó la vista. Sus amigos parecían entender a donde quería llegar, pero antes de que alguno de los dos hablara, él añadió: – Mis padres fueron asesinados por Voldemort durante la noche de Halloween…- dijo. - ¿Creéis que yo pueda reírme y comer dulces en un día como este? Lo correcto hubiera sido darles una visita a sus tumbas, y dejarles unas flores. -
- Oh, Harry…- lloró Hermione, abrazándolo. – Lo siento mucho…-
El azabache sintió como su corazón había comenzado a bombear con mas rapidez. ¿Por qué sentía eso? La única explicación la encontró en el abrazo de su mejor amiga. Le reconfortaba, le hacía sentirse más aliviado.
- Eso no nos lo dijiste. - dijo Ron, mirándolo aturdido. – De todos modos, ¿no crees que es una exageración que te saltes la fiesta de Halloween solo porque…? –
- No, no lo es. – repuso Harry. - ¿Veis porque os digo que los libros no lo saben todo sobre mí? Por cosas como esta… - añadió, deseando que su amigo comprendiera porque él no podía festejar el Halloween.
Tras compartir un momento de tristeza, Ron y Hermione le contaron a Harry que mientras le buscaban, vieron a Snape entrando en el pasillo del tercer piso.
- ¿Fue al tercer piso? – inquirió el azabache, sintiéndose mejor. – Hm…eso podría explicar la herida…-
- ¿Herida? – repitieron sus dos amigos al unísono.
- Si, pude ver que tenía la pierna herida. – confirmó Harry. - De ser cierto lo que me estáis contando, creo que trató de pasar por donde estaba el perro de tres cabezas durante la fiesta, tal vez con el fin de buscar lo que sea que tengan guardado allí. Y apuesto mi escoba a que fue él quien dejó entrar al monstruo, para distraernos a todos…- sacó su hipótesis.
Hermione tenía los ojos muy abiertos. - No, no puede ser. - dijo. – Mirad, sabemos que no es muy bueno, pero no iba a tratar de robar algo que Dumbledore está custodiando. -
- De verdad, Hermione, ¿tú crees que todos los profesores son santos o algo parecido? – inquirió Ron, enfadado. - Yo estoy con Harry. Creo que Snape es capaz de cualquier cosa. Pero ¿qué busca? ¿Qué es lo que guarda el perro? –
- Bueno, ¿me vais a decir la contraseña o no? – preguntó una voz.
Los tres no se dieron cuenta de que llevaban buen rato frente a la Dama Gorda.
- Hocico de cerdo. - dijeron, y entraron.
La sala común estaba llena de gente y ruidos. Fred y George se acercaron a ellos y les explicaron que los profesores habían permitido seguir con la fiesta desde las salas comunes. De paso, la noticia de que Harry había derribado al trol y ganado cincuenta puntos para Gryffindor estaba sobrevolando la sala. Todos se apiñaron junto a Harry, alabándolo e insistiéndole en que se uniera a la fiesta.
Harry fingió estar muerto del cansancio. Se despidió de sus amigos y subió por las escaleras hasta el dormitorio de los chicos de primer año. Se fue a la cama con aquellas preguntas sobre Snape y el tercer piso dando vueltas en su cabeza.
