Capítulo 11 - Gryffindor vs Slytherin
Cuando empezó el mes de noviembre, el tiempo se volvió muy frío. Las montañas cercanas al colegio adquirieron un tono gris de hielo y el lago parecía de acero congelado. Cada mañana, el parque aparecía cubierto de escarcha. Por las ventanas de arriba veían a Hagrid descongelando las escobas en el campo de Quidditch, enfundado en un enorme abrigo de piel de topo, guantes de pelo de conejo y enormes botas de piel de castor.
Iba a comenzar la temporada de Quidditch. Aquel sábado, Harry jugaría su primer partido, después de semanas de entrenamiento: Gryffindor contra Slytherin. Si Gryffindor ganaba, pasarían a ser segundos en el campeonato de las casas.
- Pues menudo consuelo. - pensó el azabache, con una mueca.
Casi nadie había visto jugar a Harry, porque Wood había decidido que sería su arma secreta. Harry también debía mantenerlo en secreto, pero la noticia de que iba a jugar como buscador se había filtrado, y eso lo molestó ya que eclipsaba su hazaña contra el trol de la montaña que derrotó en la biblioteca.
Su experiencia como estudiante de Hogwarts era mucho más agradable para Harry si tenía a Hermione a su lado. A ella le gustaba hacer los deberes con él, y gracias a eso Harry no se sentía solo. De hecho, se sentía infinitamente feliz, y cada vez que podía la observaba con atención. A veces le preguntaba cosas sobre ciertos temas como Historia de la Magia, donde a Harry le costaba mantenerse despierto. Independientemente de que tema hablaran, lo que más le gustaba a Harry era mirarla. También estaba Ron, que cuando no se dedicaba a gastarle bromas a los estudiantes de Slytherin con sus hermanos gemelos, se sentaba con ellos y soltaba chistes relacionados con sapos y duendecillos mientras hacían los deberes.
Con los deberes acabados, Harry pensó que sería buena idea repasar su copia de "Quidditch a través de los tiempos", que era un libro muy interesante para los amantes del deporte mágico más famoso.
Harry aprendió que había setecientas formas de cometer una falta y de que todas se habían consignado durante los Mundiales de 1473; que los buscadores eran habitualmente los jugadores más pequeños y veloces, y que los accidentes más graves les sucedían a ellos; que, aunque la gente no moría jugando al Quidditch, se sabía de árbitros que habían desaparecido, para reaparecer meses después en el desierto del Sahara.
- A saber, - pensó el azabache. - que habrá pasado para que los árbitros desaparecieran durante los partidos. -
El día anterior al primer partido, Harry estaba en el exterior del castillo con sus mejores amigos, en el patio helado durante un recreo, y Hermione había hecho aparecer un brillante fuego azul que podían llevar con ellos en un frasco de mermelada. Estaban de espaldas al fuego para calentarse cuando Snape cruzó el patio. De inmediato, Harry se dio cuenta de que Snape cojeaba. Los tres se apiñaron para tapar el fuego, ya que no estaban seguros de que aquello estuviera permitido. Por desgracia, algo en sus rostros culpables hizo detener a Snape. Se dio la vuelta, arrastrando la pierna. No había visto el fuego, pero parecía buscar una razón para regañarlos.
- ¿Qué tienes ahí…Potter? - preguntó, mirándolo con desprecio.
Era el libro de "Quidditch a través de los tiempos". Harry soltó un bufido y se lo enseñó.
- Los libros de la biblioteca no pueden sacarse fuera del colegio, señor Potter…- susurró Snape, sonriendo con burla y quitándole el libro.
El azabache se enfadó. - Un momento, - dijo. - pero si este libre es…-
- Cinco puntos menos para Gryffindor. – añadió Snape.
- ¡Era mi maldito libro! - dijo Harry con furia, mientras Snape se alejaba cojeando.
- Seguro que se ha inventado esa regla tan absurda. - susurró Hermione con enfado. – Y al parecer estabas en lo cierto con lo de la herida. –
- ¿En serio? – preguntó Ron, malhumorado. – Pues espero que le duela mucho. – añadió con amargura.
En la sala común de Gryffindor había mucho ruido aquella noche. Harry, Ron y Hermione estaban sentados juntos, cerca de la ventana. Harry estaba repasando los deberes de Ron sobre Encantamientos. Hermione le regañaba por dejarle copia ("¿¡Como va a aprender!?" decía ella), pero a Ron solo le importaba tener bien su trabajo y ya.
El azabache aún seguía enfadado. Quería recuperar su libro sobre Quidditch de las garras de Snape para estar lo más mentalizado posible antes del partido.
- ¿Y a que diablos estoy esperando? – se preguntó a si mismo, enfurruñado. - ¿A caso le voy a tener miedo a ese pelo grasiento? De todos modos, hacer bien los trabajos no sirve con ese imbécil. - se puso de pie y les dijo a sus mejores amigos que iría a recuperar su libro.
- ¡Yo no lo haría! – saltaron los dos al mismo tiempo, pero Harry pensó que Snape no se iba a negar, sobre todo si había otros profesores presentes.
Bajó a la sala de profesores y llamó. No hubo respuesta. Llamó otra vez. Nada. ¿Tal vez Snape había dejado el libro allí? Valía la pena intentarlo. Empujó un poco la puerta, miró antes de entrar... y sus ojos captaron una escena horrible.
- Oh…dios…creo que voy a vomitar…- pensó el azabache, llevándose la mano derecha a la boca mientras palidecía.
Snape y Filch estaban allí, solos. Snape tenía la túnica levantada por encima de las rodillas. Una de sus piernas estaba magullada y llena de sangre. Filch le estaba alcanzando unas vendas.
- Esa cosa maldita...- masculló Snape. - ¿Cómo puede uno vigilar a tres cabezas al mismo tiempo? -
Harry intentó cerrar la puerta sin hacer ruido, pero...
- ¡POTTER! - rugió el maestro de pociones.
El rostro de Snape estaba crispado de furia y dejó caer su túnica rápidamente, para ocultar la pierna herida. Harry, a pesar de sentirse mareado, lo miró desafiante.
- Vine a por mi libro, – dijo con enfado. - profesor…-
- ¡FUERA! – rugió Snape. - ¡FUERA DE AQUÍ! – blandió su varita, y con un solo movimiento le cerró la puerta a Harry en las narices.
El azabache, mareado y enfadado, le pegó un puñetazo a la puerta. – Bien, por ahora dejaré lo del libro. – pensó con furia. – Pero volveré a por él, y ni esa puñetera herida te salvara…- y tras acomodarse la túnica se marchó a zancadas por las escaleras.
- ¿Lo has conseguido? - preguntó Ron, cuando se reunió con ellos. - ¿Qué ha pasado? -
- No, no lo recuperé. - dijo Harry acaloradamente, mientras se sentaba en el sillón al lado de la chimenea con la varita en la mano y gritaba: - ¡Incendio! - para encender de mala gana la chimenea.
- ¡Wow! - saltó Ron. - Hermione, ¿Dónde dices que estaba el apartado que explicaba como producir fuego? -
- "Hechizo para producir fuego", - dijo Hermione. - página 127 del libro reglamentario de hechizos. -
- Maldito Snape. - gruñó Harry, malhumorado. - Maldita herida. -
- ¿Qué pasa con su herida? - preguntó Hermione, sentándose a su lado.
- Nada, solo hice exactamente lo que me propuse…- empezó Harry, y les resumió brevemente lo que vio cuando abrió la puerta de la Sala de Profesores. – …el caso es que ahora nuestras sospechas son hechos. Por lo demás, tendré que intentar recuperar mi libro después del partido de mañana. -
La mañana siguiente amaneció muy brillante y fría. El Gran Comedor estaba inundado por el delicioso aroma de las salchichas fritas y las alegres charlas de todos, que esperaban un buen partido de Quidditch.
- Seguro que hoy aplastamos a esas odiosas serpientes, Harry. – sonrió Ron, mientras bebía de un cáliz con zumo de calabaza.
- ¿Contigo de buscador? Eso es seguro. – repuso de Hermione, quien comía un pastel de caldero.
- Bueno, es la primera vez que voy a jugar, sin embargo, estoy más que preparado. – dijo Harry, con una sonrisa orgullosa. - Hoy por fin podré poner a prueba los resultados de los entrenamientos. -
A las once de la mañana, todo el colegio parecía estar reunido alrededor del campo de Quidditch. Muchos alumnos tenían prismáticos. Los asientos podían elevarse, pero incluso así a veces era difícil ver lo que estaba sucediendo.
Ron y Hermione se reunieron con Seamus y Dean en la grada más alta. Para darle una sorpresa a Harry, habían transformado en pancarta una de las sábanas que Scabbers había estropeado. Decía: "Potter; presidente", y Dean, que dibujaba bien, había trazado un gran león de Gryffindor. Luego Hermione había realizado un pequeño hechizo y la pintura brillaba, cambiando de color.
Mientras tanto, en los vestuarios, Harry y el resto del equipo se estaban cambiando para ponerse las túnicas color escarlata de Quidditch, junto con el resto del uniforme. A Harry le encantaba su uniforme de Quidditch, mientras que detestaba el de Slytherin, quienes usaban el verde.
Wood se aclaró la garganta para pedir silencio. - ¡Bueno, chicos! – empezó.
- ¡Y chicas! - añadió la cazadora Angelina Johnson.
- ¡Si, y chicas también! – asintió Wood. - ¡Éste es…! –
- ¡El grande! - dijo Fred Weasley.
- ¡El que estábamos esperando! - añadió George.
- Nos sabemos de memoria el discurso de Oliver, - dijo Fred a Harry suspirando. - estábamos en el equipo el año pasado…-
- ¡Callaos los dos! – ordenó el capitán. - ¡Este es el mejor equipo que Gryffindor ha tenido en muchos años! ¡Y vamos a ganar! – les lanzó una mirada fulminante, como diciendo "O si no…".
- ¡SI! - exclamaron los "leones" de Gryffindor.
- ¡Excelente! – bramó Wood con el corazón en el pecho. - ¡Ya es la hora! ¡Buena suerte a todos! -
Harry siguió a Fred y George fuera del vestuario y pisó el terreno de juego entre vítores y aplausos.
La señora Hooch hacía de árbitro, ella estaba en el centro del campo, esperando a los dos equipos, con su escoba en la mano.
- ¡Bien, quiero un partido limpio y sin problemas, por parte de todos! - dijo cuando estuvieron reunidos a su alrededor.
Harry notó que parecía dirigirse especialmente al capitán de Slytherin, Marcus Flint, un muchacho de quinto año. El joven mago alzó la vista y vio el estandarte brillando sobre la muchedumbre, "¡Potter, presidente!".
- ¿Presidente? No gracias, no me gusta mucho la política…- pensó Harry divertido, mientras observaba la pancarta, aunque muy contento porque su casa le estaba brindando el máximo apoyo. Alzó el brazo para responder a los saludos de sus dos mejores amigos (Ron le alzó un pulgar arriba y Hermione le gritaba palabras de ánimo).
- ¡Montad en vuestras escobas, por favor! – ordenó la señora Hooch.
Los jugadores montaron en sus escobas. La señora Hooch dio un largo pitido con su silbato de plata. Quince escobas se elevaron, alto, muy alto en el aire. Y estaban muy lejos.
- ¡Y la Quaffle es atrapada de inmediato por Angelina Johnson de Gryffindor! ¡Qué excelente cazadora es esta joven! Y, a propósito…¡también es muy guapa! –
- ¡JORDAN! – bramó la profesora McGonagall.
- Lo siento, profesora...-
El amigo de los gemelos Weasley, Lee Jordan, era el comentarista del partido. Y como Harry bien pudo observar, la profesora McGonagall lo vigilaba muy de cerca.
- Y realmente golpea bien, ¡un buen pase a Alicia Spinnet! El gran descubrimiento de Oliver Wood, ya que el año pasado estaba en reserva... Otra vez Johnson y…. No, Slytherin ha cogido la quaffle, el capitán de Slytherin, Marcus Flint se apodera de la quaffle y allá va... Flint vuela como un águila... está a punto de... no, lo detiene una excelente jugada del guardián Wood de Gryffindor y Gryffindor tiene la quaffle... Aquí está la cazadora Katie Bell de Gryffindor; buen vuelo rodeando a Flint, vuelve a elevarse del terreno de juego y.. ¡Aaayyyy!, eso ha tenido que dolerle, un golpe de bludger en la nuca... La quaffle en poder de Slytherin... Adrian Pucey cogiendo velocidad hacia los postes de gol, pero lo bloquea otra bludger, enviada por Fred o George Weasley, no sé cuál de los dos... bonita jugada del golpeador de Gryffindor, y Johnson otra vez en posesión de la quaffle, el campo libre y allá va, realmente vuela, evita una bludger, los postes de gol están ahí... vamos, ahora Angelina... el guardián Bletchley se lanza... no llega... ¡GOL DE GRYFFINDOR! –
Los gritos de los de Gryffindor llenaron el aire frío, junto con los silbidos y quejidos de Slytherin.
- ¡Eh! Dejadme sitio. – gruñó un hombre muy alto y barbudo
- ¡Hagrid! –
Ron y Hermione se juntaron para dejarle espacio a Hagrid.
- Estaba mirando desde mi cabaña. - dijo Hagrid, enseñando el largo par de binoculares que le colgaban del cuello. - Pero no es lo mismo que estar con toda la gente. Todavía no hay señales de la Snitch, ¿no? -
- No, - dijo Ron, mientras se concentraba en el partido. - Harry todavía no tiene mucho que hacer. -
- Mantenerse fuera de los problemas ya es algo. - repuso Hagrid, cogiendo sus binoculares y fijándolos en la manchita que era Harry.
Por encima de ellos, Harry volaba hábilmente sobre el juego, esperando alguna señal de la Snitch. Eso era parte del plan que tenían con Wood.
- Mantente apartado hasta que veas la Snitch. - le había dicho Wood. - No queremos que ataques antes de que tengas que hacerlo. -
Harry bufó al recordarlo, mientras que, desde la grada, arrancaba los suspiros de algunas niñas de su edad. – Vaya, ni yo sabía que era tan atractivo. – pensó, ruborizándose. Echó un rápido vistazo a las gradas, y vio a Hermione fulminando con la mirada a varias de las niñas que suspiraban por él. - ¿Qué le pasa ahora? – frunció el entrecejo.
Cuando Angelina anotó un punto, Harry dio unas volteretas y volvió a vigilar la llegada de la Snitch. En un momento vio un resplandor dorado, pero era el reflejo del reloj de uno de los gemelos Weasley; en otro, una bludger decidió perseguirlo, como si fuera una bala de cañón, pero Harry la esquivó y Fred salió a atraparla.
- ¿¡Está todo bien, Harry!? - tuvo tiempo de gritarle, mientras lanzaba la bludger con furia hacia Marcus Flint.
- ¡Slytherin toma posesión! – comentaba Lee Jordan. - El cazador Pucey esquiva dos Bludgers, a los dos Weasley y a la cazadora Bell, y acelera... esperen un momento... ¿No es la Snitch? -
Un murmullo recorrió la multitud, mientras Adrian Pucey dejaba caer la quaffle, demasiado ocupado en mirar por encima del hombro el relámpago dorado, que había pasado al lado de su oreja izquierda.
Harry la vio. En un arrebato de excitación se lanzó hacia abajo, detrás del destello dorado. El buscador de Slytherin, Terence Higgs, también la había visto, nariz con nariz, se lanzaron hacia la Snitch...Todos los cazadores parecían haber olvidado lo que debían hacer y estaban suspendidos en el aire para mirar.
Harry era más veloz que Higgs, podía ver la pequeña pelota, agitando sus alas, volando hacia delante, aumentó su velocidad y…¡PUM!
Un rugido de furia resonó desde los Gryffindors de las tribunas. Marcus Flint había cerrado el paso de Harry, para desviarle la dirección de la escoba, afortunadamente, Harry a penas se movió de donde estaba.
- ¡Tch! Casi me haces caer, idiota. – gruñó el azabache, aferrándose a la escoba.
- ¡Falta! - gritaron los Gryffindors.
- ¡Será salvaje! – gritó Hermione muy enfadada, mientras agitaba el puño.
- ¡Eres un cerdo, Flint! – rugió Ron.
La señora Hooch le gritó enfadada a Flint, y luego ordenó tiro libre para Gryffindor. en el poste de gol. Pero con toda la confusión, la Snitch dorada, como era de esperar, había vuelto a desaparecer.
- ¡Hmph! ¡Muy propio de estos idiotas, bien, ahora verán! – pensó Harry con furia, mientras intentaba encontrar de nuevo la Snitch.
Abajo en las tribunas, Dean gritaba: - ¡Eh, árbitro! ¡Tarjeta roja! –
- Esto no es el fútbol, Dean. - le recordó Ron. - No se puede echar a los jugadores en el Quidditch... ¿Y qué es una tarjeta roja? -
Pero Hagrid estaba de parte de Dean. - Deberían cambiar las reglas. – dijo. - Flint ha podido derribar a Harry en el aire. -
A Lee Jordan le costaba ser imparcial. - Entonces...después de esta obvia y desagradable trampa...-
- ¡Jordan! - lo regañó la profesora McGonagall.
- Quiero decir, después de esta evidente y asquerosa falta...-
- ¡Jordan, no digas que no te aviso...!
- ¡Muy bien, muy bien! ¡Flint casi mata al buscador de Gryffindor, cosa que le podría suceder a cualquiera, estoy seguro, así que penalti para Gryffindor! La coge Spinnet, que tira, no sucede nada, y continúa el juego. Gryffindor todavía en posesión de la pelota -
Cuando Harry esquivó otra bludger, que pasó peligrosamente cerca de su cabeza, ocurrió. Su escoba dio una súbita y aterradora sacudida. Durante un segundo pensó que iba a caer. Se aferró con fuerza a la escoba con ambas manos y con las rodillas. Nunca había experimentado nada semejante.
Sucedió de nuevo, era como si la escoba intentara derribarlo, pero las Nimbus 2.000 no decidían súbitamente tirar a sus jinetes.
- ¿¡Que está pasado!? – se preguntabaHarry, mientras luchaba por recuperar el control sobre su escoba. - ¡Es como si mi escoba estuviera fuera de control! ¡Maldita sea! –
Harry trató de dirigirse hacia los postes de Gryffindor para decirle a Wood que pidiera una suspensión del partido, y entonces se dio cuenta de que su escoba estaba completamente fuera de control. No podía dar la vuelta. No podía dirigirla de ninguna manera. Iba en zigzag por el aire y, de vez en cuando, daba violentas sacudidas que casi lo hacían caer.
Lee seguía comentando el partido. - Slytherin en posesión... Flint con la Quaffle... la pasa a Spinnet, que la pasa a Bell... una Bludger le da con fuerza en la cara, espero que le rompa la nariz (era una broma, profesora), Slytherin anota un tanto, oh, no...-
Los de Slytherin vitoreaban. Nadie parecía haberse dado cuenta de la conducta extraña de la escoba de Harry Lo llevaba cada vez más alto, lejos del juego, sacudiéndose y retorciéndose.
- No sé qué está haciendo Harry, - murmuró Hagrid mientras miraba con sus binoculares. - Si no lo conociera bien, diría que ha perdido el control de su escoba... pero no puede…-
De pronto, la gente comenzó a señalar hacia Harry por encima de las gradas. Su escoba había comenzado a dar vueltas y él apenas podía sujetarse. Entonces la multitud jadeó. La escoba de Harry dio un salto feroz y el joven mago quedó colgando.
- ¿Le sucedió algo cuando Flint le cerró el paso? —susurró Seamus.
- ¡No puede ser! - dijo Hagrid, con voz temblorosa. - Nada puede interferir en una escoba, excepto la poderosa magia oscura...Ningún chico le puede hacer eso a una Nimbus 2.000. -
Ante esas palabras, Hermione cogió los binoculares de Hagrid, pero en lugar de enfocar a Harry comenzó a buscar frenéticamente entre la multitud.
- ¿Qué haces Hermione? - preguntó Ron, aún preocupado por la situación de su mejor amigo.
- ¡Lo sabía! - exclamó Hermione con furia. - Snape...¡Mira! -
Ron cogió los binoculares, Snape estaba en el centro de las tribunas frente a ellos. Tenía los ojos clavados en Harry y murmuraba algo sin detenerse.
- Está haciendo algo...- dijo Hermione enfadada. – ¡Un mal de ojo a la escoba! —
- ¿¡Qué podemos hacer!? – gimió Ron, mientras miraba a Snape.
- ¡Yo me encargaré, tu espera aquí! – bramó ella.
Antes de que Ron pudiera decir nada más, Hermione había desaparecido. Ron volvió a enfocar a Harry. La escoba vibraba tanto que era casi imposible que pudiera seguir colgado durante mucho más tiempo. Todos miraban aterrorizados, mientras los Weasley volaban hacía él, tratando de poner a salvo a Harry en una de las escobas. Pero aquello fue peor: cada vez que se le acercaban, la escoba saltaba más alto. Se dejaron caer y comenzaron a volar en círculos, con el evidente propósito de atraparlo si caía. Marcus Flint cogió la Quaffle y marcó cinco tantos sin que nadie lo advirtiera.
- Vamos, Hermione…- murmuró Ron, desesperado.
Hermione había cruzado las gradas hacia donde se encontraba Snape y en aquel momento corría por la fila de abajo. Ni se detuvo para disculparse cuando atropelló al profesor Quirrell y, cuando llegó donde estaba Snape, se agachó, sacó su varita y susurró unas pocas y bien elegidas palabras.
Unas llamas azules salieron de su varita y saltaron a la túnica de Snape. El profesor tardó unos treinta segundos en darse cuenta de que se incendiaba, un súbito aullido le indicó a la chica que había hecho su trabajo. Atrajo el fuego, lo guardó en un frasco dentro de su bolsillo y se alejó gateando por la tribuna, Snape nunca sabría lo que le había sucedido.
Harry miró que su escoba ya no se tambaleaba y, aprovechando sus grandes habilidades, subió a su escoba sin problemas y pudo seguir.
- ¿Qué habrá pasado? - se preguntaba Harry, mientras reanudaba el vuelo. - Bueno, ya tendré tiempo para averiguarlo. Ahora, ¡debo coger la Snitch! -
- ¡Neville, ya puedes mirar! - exclamó Ron alegremente. Neville había estado llorando dentro de la chaqueta de Hagrid aquellos últimos cinco minutos.
Harry iba a toda velocidad hacia el terreno de juego, no pasó mucho tiempo hasta que vio de nuevo a la Snitch. El joven mago se lució al subirse sobre su escoba como si fuera un monopatín sin ruedas. Justo cuando estaba por coger la Snitch tuvo la mala suerte de estornudar y de tragarse la Snitch. Sin mucho tiempo para maniobrar, saltó de la escoba, cayendo limpiamente al suelo y con algo de dificultad logró escupir la Snitch en sus manos, para luego alzarla triunfalmente y que todos la vieran.
- ¡La tengo! - gritó Harry con orgullo. - ¡Tengo la Snitch! - casi todo el estadio le dedicó una sonora ovación.
- ¡No es que la haya atrapado, es que casi se la traga! - todavía gritaba Flint veinte minutos más tarde, pero aquello no cambió nada.
Harry no había faltado a ninguna regla y Lee Jordan seguía proclamando alegremente el resultado, con la profesora McGonagall dedicándole una sonrisa burlona a Snape cada vez que se lo topaba. Gryffindor había ganado por ciento setenta puntos a sesenta.
Pero Harry no oía nada. Estaba pasando un buen rato tomando una taza de té fuerte en la cabaña de Hagrid, con Ron y Hermione.
- ¡Era Snape! - explicaba Ron con enfado. - ¡Hermione y yo lo vimos! ¡Estaba maldiciendo tu escoba! ¡Murmuraba y no te quitaba los ojos de encima! -
- Ah, ¿conque quería acabar conmigo? - soltó Harry con arrogancia. - Bueno, ya solo le faltaba hacer eso, jugármela en el Quidditch. -
- Tonterías. - dijo Hagrid, que no había oído una palabra de lo que había sucedido. - ¿Por qué iba a hacer algo así Snape?
Harry, Ron y Hermione se miraron, preguntándose qué le iban a decir. Harry optó por contarle la verdad.
- Descubrimos algo sobre él, - le explicó a Hagrid. - trató de pasar ante ese perro de tres cabezas del tercer piso, en la noche de Halloween. El perro lo mordió, nosotros pensamos que trataba de robar lo que sea que estén guardando allí. –
Hagrid dejó caer la tetera. - ¿Qué sabéis de Fluffy? - inquirió.
- ¿Fluffy? – repitieron los tres, alzando las cejas.
- Ajá... Es mío... Se lo compré a un griego que conocí en el bar el año pasado... y se lo presté a Dumbledore para guardar...-
- ¿Guardar el que? – inquirió Harry.
- ¡Bueno, no me preguntéis más! - dijo con rudeza Hagrid. - ¡Es alto secreto! -
- ¡Pero Snape trató de robarlo! – se quejó Ron.
- ¡Bobadas! – insistió Hagrid con testarudez. - ¡Snape es un profesor de Hogwarts, nunca haría algo así! -
- Entonces, ¿¡por qué trató de matar a Harry!? - gritó Hermione. Los acontecimientos de aquel día habían hecho que ella tuviera una opinión muy firme sobre Snape. Él era cruel, no como profesor, sino como persona. - ¡Conozco un maleficio cuando lo veo, Hagrid! ¡He leído todo sobre ellos! ¡Hay que mantener la vista fija y Snape ni pestañeaba, yo lo vi! –
- Si Hermione dice que es así, pues es así. – repuso Harry, apoyando la versión de su mejor amiga. - Yo no tengo nada más que añadir…-
- Os digo que estáis equivocados. - dijo ofuscado Hagrid. - No sé por qué la escoba de Harry reaccionó de esa manera…¡Pero Snape no iba a tratar de matar a un alumno! Ahora, escuchadme los tres, os estáis metiendo en cosas que no os conciernen y eso es peligroso. Olvidaos de ese perro y olvidad lo que está vigilando. En eso sólo tienen un papel el profesor Dumbledore y Nicolás Flamel...-
- Oh…- sonrió el azabache. - Entonces hay alguien llamado Nicolás Flamel que está involucrado en esto, ¿no? –
Hagrid pareció enfurecerse consigo mismo. Ron y Hermione, mientras tanto, parecían ansiosos por asediarle con mas preguntas, pero Harry pensó que ya era suficiente. Tenían algo tan jugoso como un nuevo nombre en el caso del paquetito oculto del tercer piso, que le pareció demasiado interesante como para estropearlo. Cambiaron rápidamente de tema y se acabaron el té fuerte antes de despedirse de Hagrid, y volver juntos al Castillo.
Cuando entraron en la Sala Común, les pilló por sorpresa lo que encontraron. Alumnos de todos los cursos, de primero a séptimo estaban celebrando una fiesta, con todo tipo de aperitivos encima de una gran mesa rectangular. Ron no perdió el tiempo y se abalanzó a por los aperitivos, mientras que Fred y George les invitaban a él y a Hermione a tomar zumo de calabaza.
La fiesta se prolongó hasta altas horas de la noche, cuando la profesora McGonagall irrumpió ruidosamente en la Sala Común y ordenó a todos que se fueran a dormir.
…..
Pasó una semana, y Harry empezaba a hartarse de las clases de Quirrell. En los tres meses que llevaban tan solo había mencionado una maldición conocida como maleficio de mocos (Mucus ad nauseam), o como a Ron le gustaba llamarlo, "Maldición de los Demonios". Dicho maleficio le daba al objetivo un resfriado fuerte, con estornudos y abundante secreción nasal. El hechizo va debilitando progresivamente a su víctima, hasta obligarle a guardar reposo en cama.
- En cualquier momento buscaré a Malfoy para usarlo de conejillo de indias. - pensó Harry maliciosamente.
Sin embargo, eso fue lo único útil que Harry aprendió para combatir las Artes Oscuras hasta el partido de Quidditch contra Slytherin. Quirrell era un cobarde y continuaba con sus aburridas clases sobre vampiros. Hacer preguntas sobre defensas útiles contra ellos o redacciones sobre su naturaleza eran algunos de los deberes que él dejaba para hacer.
Pero Harry no estaba conforme. Tras hacerle una visita a Fred y George en su tienda, adquirió varios libros de hechizos para el duelo y se puso a practicar. Repasó varios apartados sobre criaturas peligrosas con Hermione y mas adelante, la invitó a ella y a Ron a practicar duelo.
Siendo sobradamente consciente de lo prohibido que estaba hacer magia en los recreos y los pasillos, Harry pensó que era buena idea practicar magia en los terrenos (en ningún momento escuchó a Dumbledore decir que estaba prohibido hacer magia allí), alejándose todo lo posible de la visión de los profesores.
Había un buen sitio a la orilla del lago, un poco cerca de la entrada al estadio de Quidditch.
- Es probable que no aprendamos nada útil hasta alcanzar la pagina donde (lamentablemente por obligación) Quirrell nos tendrá que enseñar a usar el hechizo Lumos. - dijo Harry a Ron y Hermione.
- Tampoco hace falta que esperes a que Quirrell te lo explique. - dijo Ron. - De seguro tú ya sabes cómo usarlo. -
- De acuerdo, no te lo voy a negar. - sonrió Harry. - He estado practicando con Hermione. -
- El movimiento de varita es muy simple. - dijo Hermione, agitando la varita y realizando el hechizo. - No creo que haga falta una clase para aprender a usarlo. Conque sepamos el movimiento y pronunciar el hechizo correctamente será suficiente para conjurar un el hechizo Lumos. - añadió, antes de decir "Nox". La luz de la varita se apagó.
- Está bien. - bufó Ron. - Luego me pondré a practicarlo. ¿Vamos a aprender algún hechizo útil para los duelos hoy o no? -
- He pensado que os vendría bien hacer un repaso del maleficio rechazo y el encantamiento escudo antes de avanzar. - dijo Harry. - Por eso haremos unos cuantos duelos de práctica. Si alguien no consigue conjurar los hechizos como es debido, entonces pararemos y reforzaremos en practica lo que haga falta. -
- Pero si ya lo practicamos antes del duelo contra Malfoy. - se quejó Ron. - Si, ese en el que nos dejó tirados. -
- No me lo recuerdes. - gruñó Harry. - Además, aún te falta práctica, Ronald. ¡No te eches atrás y desenfunda! - añadió, sonriendo y blandiendo la varita mientras adoptaba una pose de duelo mágico.
- Vale. - dijo Ron, rodando los ojos y blandiendo su varita. - ¡Lánzame lo que quieras! ¡Verás como lo rechazo! -
- Veamos, ¡Flipendo! – probó Harry, lanzando el maleficio rechazo. Ron no tuvo ningún problema. – De acuerdo, veamos si…¡Expelliarmus! – exclamó de repente, y la varita de Ron salió volando de sus manos.
- ¡Wow! – gimoteó Ron, mientras recuperaba su varita. - ¿¡Como aprendiste a hacer eso!? –
- Hm…no sé, - dijo Harry. - ¿practicando tal vez? -
- Mi padre me dijo que el encantamiento desarmador es muy difícil de conjurar, - dijo Ron, mirando a Harry con cautela. - incluso para algunos magos adultos es complicado. -
- Yo pienso que eso les pasa por no esmerarse más con la práctica. - replicó Harry. - No hay excusa que valga Ronald. Vamos Hermione, que sé que tu también quieres aprender como se hace. -
- Si te soy sincera, creo que Defensa contra las Artes Oscuras no es mi fuerte. - dijo Hermione tímidamente, y luego blandió la varita. - Pero no me voy a quedar sin practicar, al fin y al cabo, es una clase imprescindible. ¡Vamos! -
Los tres se pasaron el resto de la tarde jugando a desarmarse entre ellos, y de vez en cuando lanzándose hechizos. Harry recordaba un poco aquellos años (no muy lejanos) donde jugaba al balón prisionero con sus compañeros del colegio muggle, y donde él siempre terminaba como el último en pie. Esquivar hechizos dependiendo mas de tu agilidad que del encantamiento escudo se asemejaba mucho a aquella actividad.
- Siempre se me a dado bien esquivar cosas. - pensó Harry con una sonrisa. - No por nada era el más rápido de mi clase. -
El entrenamiento al aire libre dio buenos resultados en los días posteriores (no solo a nivel académico, también en lo practico). Harry decidió quedar con sus amigos en los ratos libres para hacer practica de hechizos. Así podían entender mejor los encantamientos, maleficios y demás hechizos aprendidos en clase.
Capítulo 12 - Un deseo imposible
Se acercaba la Navidad. Una mañana de mediados de diciembre Hogwarts se descubrió cubierto por dos metros de nieve. El lago estaba sólidamente congelado y los gemelos Weasley fueron castigados por hechizar varias bolas de nieve para que siguieran a Quirrell y lo golpearan en la parte de atrás de su turbante. Las pocas lechuzas que habían podido llegar a través del cielo tormentoso para dejar el correo tuvieron que quedar al cuidado de Hagrid hasta recuperarse, antes de volar otra vez.
Todos estaban impacientes de que empezaran las vacaciones. Mientras que la sala común de Gryffindor y el Gran Comedor tenían las chimeneas encendidas, los pasillos, llenos de corrientes de aire, se habían vuelto helados, y un viento cruel golpeaba las ventanas de las aulas. Lo peor de todo eran las clases del profesor Snape, abajo en las mazmorras, en donde la respiración subía como niebla y los hacía mantenerse lo más cerca posible de sus calderos calientes.
Harry seguía manteniendo su reputación de estudiante prodigio, junto con Hermione, aprendiendo y realizando hechizos más rápidos de que otros. Sin embargo, Pociones seguía siendo un dolor de cabeza, teniendo a Snape de profesor. Por mucho que ambos se esforzaban, el jefe de la casa Slytherin no elogiaba su labor como merecían.
- Que lástima me da, - dijo con burla Draco Malfoy, en una de las clases de Pociones. - toda esa gente que tendrá que quedarse a pasar la Navidad en Hogwarts, porque no los quieren en sus casas. –
- Huy sí, me imagino que tus padres deben estar tan encantados contigo, que para evitar que sigas exigiéndoles chuches por correo están insistiendo en que regreses. - bufóHarry mentalmente, mientras seguía elaborando una poción herbicida. - Mira, si es así, mejor quédate en tu bendita casa el resto del año. Nos harías un gran favor a todos…-
Mientras hablaba, miraba en dirección a Harry. Crabbe y Goyle lanzaron risitas burlonas. Harry los miró arrogantemente y decidió ignorarles. Después del partido de Quidditch, Malfoy se había vuelto más desagradable que nunca. Disgustado por la derrota de Slytherin, había tratado de hacer que todos se rieran diciendo que una domadora de caballos podía reemplazar a Harry como buscador. Pero entonces se dio cuenta de que nadie lo encontraba gracioso, porque estaban muy impresionados por la forma en la que Harry había atrapado la Snitch (a pesar del inoportuno estornudo y de que casi se la tragara). Así que Malfoy (celoso y enfadado), había vuelto a fastidiar a Harry por no tener una familia apropiada.
Era verdad que Harry no iría a Privet Drive para las fiestas. La profesora McGonagall había pasado la semana antes, haciendo una lista de los alumnos que iban a quedarse allí para Navidad, y Harry puso su nombre de inmediato. Y no se sentía triste, ya que probablemente ésa sería la mejor Navidad de su vida. Ron y sus hermanos también se quedaban, porque el señor y la señora Weasley se marchaban a Rumania, a visitar a Charlie.
El problema lo encontró después. Hermione se iría a pasar las navidades con sus padres. A Harry le habría gustado pasar las navidades con ella también, pero pensó que no sería justo. La navidad era para pasarla en familia, y ella debía de estar allí, con sus padres…
- Es lo correcto. - pensó con tristeza.
Cuando abandonaron los calabozos, al finalizar la clase de Pociones, encontraron un gran abeto que ocupaba el extremo del pasillo. Dos enormes pies aparecían por debajo del árbol y un gran resoplido les indicó que Hagrid estaba detrás de él.
- Hola, Hagrid. ¿Necesitas ayuda? - preguntó Ron, metiendo la cabeza entre las ramas.
- No, va todo bien. – respondió Hagrid con una amplia sonrisa. - Gracias, Ron. –
Harry y Hermione sonrieron al ver el gesto de su amigo
- ¿Te importaría quitarte de en medio? - La voz fría y gangosa de Draco Malfoy llegó desde atrás. - ¿Estás tratando de ganar algún dinero extra, Weasley? Supongo que quieres ser guardabosques cuando salgas de Hogwarts...Esa choza de Hagrid debe de parecerte un palacio, comparada con la casa de tu familia. -
- ¡TU! – gritó Ron con ira, y justo cuando iba a lanzarse a por Malfoy, Harry lo detuvo.
Luego, Harry se volvió hacia su archirrival. - Vaya, vaya…Tienes mucho valor viniendo hasta aquí, Malfoy…- le dijo fríamente. - Después de lo que pasó la última vez…- añadió con la cara sombría, esbozando una sonrisa malvada - Bien, ahora que ya estás aquí, ¡es hora de ajustar cuentas! - bramó con enfado, mientras se ajustaba los nudillos.
- ¿¡Quieres pelea, Potter!? - gritó Malfoy, con la voz un poco temblorosa.
- Esa no es la cuestión, Malfoy. - dijo Harry arrogantemente. - ¿Vas a pelear conmigo esta vez? ¿O volverás a salir corriendo como el cobarde que eres? - preguntó, burlándose de él.
Malfoy gruñó. - ¡No te tengo miedo, Potter! – dijo acaloradamente. Se lanzó a por Harry, dispuesto a pelearse con él.
- Señor Malfoy…- dijo una voz fría y susurradora. Malfoy se detuvo en seco.
Alzando la mirada, todos se dieron cuenta de quién era. Snape estaba en lo alto de las escaleras.
- ¿Que está haciendo…señor Malfoy? – preguntó Snape con frialdad, mientras caminaba hacia él.
- Pues…- gimió Malfoy.
Harry se sintió un poco frustrado porque en realidad si quería pelearse con Malfoy. Y porque sabía que Snape no iba a quitarle puntos a su casa, y mucho menos a su alumno más mimado.
- ¡Iba a pegarle a Harry! – bramó Hagrid, sacando su gran cabeza peluda por encima del árbol.
- Pelear está contra las reglas de Hogwarts, señor Malfoy…- susurró Snape, con una mirada amenazadora. - Acompáñeme, usted y yo tendremos una pequeña charla sobre…modales…-
Snape cogió a Malfoy de la parte trasera de su túnica y se lo llevó a rastras, de regreso al castillo, seguido por el par de gorilas que tenía por guardaespaldas.
- Vaya…- dijo Hermione, mirando como Snape se llevaba a Malfoy, arrastrándolo por el suelo nevado como si fuera un saco de patatas. - por una vez, Snape hace algo bueno, ¿no? -
- ¡Tch! ¡Eso no cambia nada! – gruñó Ron acaloradamente. - Ni siquiera tiene el valor de quitarle puntos a su casa. Sigue siendo un maldito murciélago parcial. -
- Ah…es una pena. - bufó Harry. - Quería partirle la nariz a Malfoy. -
- ¡Harry! - le reprochó Hagrid. - ¡Eso no se hace! –
- ¡Hmph! Se lo merece. - protestó Harry, de brazos cruzados. - Lleva fastidiándonos desde que empezó el curso. Es lo peor que me he encontrado en Hogwarts, incluso más idiota que Peeves. -
- Bueno, ya no piensen más en Malfoy, como mínimo Snape le va a regañar. – repuso Hagrid, tratando de bajarles los humos. - Ahora, ¿qué tal si disfrutamos de la navidad, ¿eh? –
Así que los tres siguieron a Hagrid y su abeto hasta el Gran Comedor, donde la profesora McGonagall y el profesor Flitwick estaban ocupados en la decoración.
El salón estaba espectacular. Guirnaldas de muérdago y acebo colgaban de las paredes, y no menos de doce árboles de Navidad estaban distribuidos por el lugar, algunos brillando con pequeños carámbanos, otros con cientos de velas.
- ¿Cuántos días os quedan para las vacaciones? - preguntó Hagrid.
- Sólo uno. - respondió Hermione. - Y eso me recuerda...Harry, Ron, nos queda media hora para el almuerzo, deberíamos ir a la biblioteca. –
- Sí, claro, tienes razón. - dijo Ron, obligándose a apartar la vista del profesor Flitwick, que sacaba burbujas doradas de su varita, para ponerlas en las ramas del árbol nuevo.
- ¿La biblioteca? - preguntó Hagrid, acompañándolos hasta la puerta. - ¿Justo antes de las fiestas? Un poco triste, ¿no creéis? -
- Oh, no es un trabajo. - explicó Harry alegremente. - Desde que mencionaste a Nicolás Flamel, estamos tratando de averiguar quién es. -
- ¿Qué? - Hagrid parecía impresionado. - Escuchadme, ya os lo dije, no os metáis. No tiene nada que ver con vosotros lo que custodia ese perro. -
- Nosotros queremos saber quién es Nicolás Flamel, eso es todo. - dijo Hermione tranquilamente.
- Salvo que quieras ahorrarnos el trabajo. - añadió Harry. - Ya hemos buscado en miles de libros y no hemos podido encontrar nada. Si nos das una pista...Yo sé que leí su nombre en algún lado. -
- No voy a deciros nada. - dijo Hagrid con firmeza.
- Entonces tendremos que descubrirlo nosotros. - dijo Ron con una sonrisita. Dejaron a Hagrid malhumorado y fueron rápidamente a la biblioteca.
Habían estado buscando el nombre de Flamel desde que a Hagrid se le escapó, porque ¿de qué otra manera podían averiguar lo que quería robar Snape? El problema era la dificultad de buscar; sin saber qué podía haber hecho Flamel para figurar en un libro. No estaba en Grandes magos del siglo XX, ni en "Notables nombres de la magia de nuestro tiempo". Tampoco figuraba en "Importantes descubrimientos en la magia moderna" ni en "Un estudio del reciente desarrollo de la hechicería". Y además, por supuesto, estaba el tamaño de la biblioteca, miles y miles de libros, miles de estantes, cientos de estrechas filas...
Hermione sacó una lista de títulos y temas que había decidido investigar; mientras Ron se paseaba entre una fila de libros y los sacaba al azar. Harry se acercó a la Sección Prohibida. Se había preguntado si Flamel no estaría allí. Pero por desgracia, hacía falta un permiso especial, firmado por un profesor, para mirar alguno de los libros de aquella sección, y sabía que no iba a conseguirlo.
Allí estaban los libros con la poderosa Magia Oscura, que nunca se enseñaba en Hogwarts y que sólo leían los alumnos mayores, que estudiaban cursos avanzados de Defensa Contra las Artes Oscuras. Esos libros tentaban, y mucho su curiosidad. Harry se acercó a la Sección Prohibida, preguntándose si Flamel no estaría allí, lamentablemente, hacía falta un permiso especial, firmado por un profesor, para mirar alguno de los libros de aquella sección, cosa que era prácticamente imposible de lograr.
- ¿Qué estás buscando, muchacho? – preguntó la señora Pince, la bibliotecaria.
- Hm…¿nada? - respondió Harry, con un poco de nervios. - Vale, no ha sido mi mejor respuesta, ¿¡porque justo ahora no se me ocurre nada mejor!? -
La señora Pince empuñó un plumero ante su cara. - ¡Entonces, mejor que te vayas! ¡Vamos, fuera! -
- S-si señora…- farfulló Harry, mientras salía corriendo de la biblioteca junto con sus amigos. En Hogwarts, las señoras podían llegar a ser muy estrictas. - Maldita sea, que miedo. -
Él, Ron y Hermione se habían puesto de acuerdo en que era mejor no consultar a la señora Pince sobre Flamel, sobre todo esos días, en los que aún estaba de mal humor por lo que pasó con el trol en Halloween. Estaban convencidos de que ella podría decírselo, pero no podían arriesgarse a que Snape se enterara de lo que estaban buscando.
Después de horas de búsqueda, libros amontonados y unos cuantos bostezos de aburrimiento, el trío se dio por vencido y decidieron dejar la búsqueda para las fiestas. Lo que realmente necesitaban era una buena investigación, sin la señora Pince pegada a sus nucas.
Para desconectar un poco de la búsqueda, Ron comenzó a enseñarle a Harry a jugar al ajedrez mágico. Era igual que el de los muggles, salvo que las piezas estaban vivas, lo que lo hacía muy parecido a dirigir un ejército en una batalla. El juego de Ron era muy antiguo y estaba gastado. Como todo lo que tenía, había pertenecido a alguien de su familia, en este caso a su abuelo. Sin embargo, las piezas de ajedrez viejas no eran una desventaja. Ron las conocía tan bien que nunca tenía problemas en hacerles hacer lo que quería.
- ¡Jaque Mate! - exclamó Ron muy feliz, después de que la reina destruyera la pieza del rey rival.
- ¡Oh venga! ¡Esto no es posible! - se quejó Harry, dando un golpe contra en la mesa. Definitivamente no conseguía superar a Ron en el ajedrez mágico. - ¡Ya van cinco veces! -
En ese momento, vio a Hermione bajando con su equipaje, cosa que captó la atención de Harry.
- ¿Que estáis haciendo? – preguntó ella.
- Jugando al ajedrez mágico. – respondió Ron.
- Ah, es esa versión bárbara del ajedrez. - observó Hermione. - Bueno, vais a seguir buscando mientras no estoy, ¿verdad? Si encontráis algo, enviadme una lechuza. -
- Pero, ¿dónde más podemos buscar? - preguntó Ron con aburrimiento.
- ¿En la sección prohibida? - sugirió Hermione
- Pero está prohibido…- le recordó Ron.
- Pues tendréis que apañároslas. - declaró Hermione tajantemente.
- No te preocupes Hermione, seguiremos buscando. - repuso Harry.
- Está bien, buena suerte chicos. -
Hermione cogió su maleta y se marchó por el agujero. Harry observó toda la trayectoria hasta que se vio impulsado a ir tras ella.
- Ahora vuelvo. - dijo Harry rápidamente, antes de levantarse y correr tras ella.
Salió por el retrato y avanzó por el pasillo del séptimo piso, y justo antes de que Hermione diera con las escaleras, Harry la alcanzó.
- ¡Hermione! - jadeó el azabache.
Ella se volvió y miró sorprendida a Harry. - ¿Qué pasa Harry? – preguntó ella, pero él no perdió un solo segundo mas y la abrazó con fuerza.
- Que pases una feliz navidad Hermione…- susurró desde su hombro.
- Gra-gracias Harry, - respondió Hermione, y el corazón del azabache se aceleró cuando la vio sonrojada. - también te deseo una feliz navidad…-
Tras intercambiar unas miradas sonrientes, pero con ojos brillosos, Hermione bajó por las escaleras junto con su maleta, mientras que Harry seguía mirando por donde ella bajaba.
….
Cuando comenzaron las vacaciones, Ron y Harry tuvieron mucho tiempo para pensar en Flamel. Tenían el dormitorio para ellos y la sala común estaba mucho más vacía que de costumbre, así que podían elegir los mejores sillones frente al fuego. Se quedaban comiendo todo lo que podían pinchar en un tenedor de tostar (pan, buñuelos, melcochas) y planeaban formas de hacer que expulsaran a Malfoy, muy divertidas, pero imposibles de llevar a cabo.
En la víspera de Navidad, Harry se fue a la cama, deseoso de que llegara el día siguiente, pensando en toda la diversión y comida que lo aguardaban, pero sin esperar ningún regalo. Cuando al día siguiente se despertó temprano, lo primero que vio fue unos cuantos paquetes a los pies de su cama.
- ¡Feliz Navidad! - lo saludó medio dormido Ron, mientras Harry saltaba de la cama y se ponía la bata.
- Para ti también. - contestó Harry, maravillado cuando vio los regalos. - ¡Mira esto! ¡Nos han enviado regalos! -
- Qué esperabas, ¿nabos? - dijo Ron, volviéndose hacia sus propios paquetes, que eran más numerosos que los de Harry.
Harry cogió el paquete que estaba más arriba. Estaba envuelto en papel de embalar y tenía escrito "Para Harry de Hagrid". Contenía una flauta de madera, toscamente trabajada, era evidente que Hagrid la había hecho. Harry sopló y la flauta emitió un sonido parecido al canto de la lechuza.
- Que gran detalle, iré a darle las gracias más tarde. – pensó Harry sonriente. - Hm... ¿Quién me ha enviado éste? –
- Creo que sé de quién es ése. - dijo Ron, algo rojo y señalando un paquete deforme. – Seguro que es de mi madre. Le dije que creías que nadie te regalaría nada y… oh, no…- gruñó tras ver el contenido del regalo de Harry. - Te ha hecho un jersey Weasley. -
Harry abrió el paquete y encontró un jersey tejido a mano, grueso y color verde esmeralda, y una gran caja de pastel de chocolate casero.
- Cada año nos teje un jersey. - dijo Ron, desenvolviendo su paquete. - y el mío siempre es rojo oscuro. – añadió de un bufido.
- Es cálido y acogedor…- comentó Harry, probando el pastel, que era delicioso. - Dale las gracias de mi parte por favor…-
El siguiente regalo también tenía golosinas, una gran caja de ranas de chocolate, de parte de Hermione.
- Hermione…ella sabe que me encantan las ranas de chocolate…- pensó Harry, sonrojándose al leer la nota.
Querido Harry, espero que pases una muy feliz navidad. Te dejo estas ranas de chocolate, mira, así sigues adelante con la colección de cromos. Te deseo felices fiestas, espero volver a verte pronto.
Un beso, Hermione.
- Hermione…espero que mi regalo también le guste. - pensó Harry, llevándose la nota al pecho, mientras que Ron lo miraba ceñudo.
Harry le había regalado a Hermione una chaqueta tejana de color rosado por navidad. Además de una tarjeta deseándole las felices fiestas.
- Oh, mira, Hermione me ha regalado una caja de Grageas Bertie Bott. - dijo Ron alegremente, mientras empezaba a comer las grageas. - Luego la escribiré para darle las gracias. -
Harry también recibió un regalo de parte de Dan y Jean, los padres de Hermione. Era un kit de cuidados dentales. Tenía una pasta de dientes especial, un juego de cepillos e hilos dentales, además de enjuague vocal. El azabache cogió la nota para leerla.
Uno nunca tiene la boca lo bastante bien cuidada. Esperamos que esto te ayude a no tener que visitar la clínica dental tan a menudo por los dientes. Si, mejor que sea "de visita nomás". Que pases una feliz navidad Harry.
Con cariño, Dan y Jean.
- Ah…dentistas tenían que ser, - dijo Harry sonriente. - aun así, es un buen regalo, les escribiré a ellos también. -
- ¿Oye Harry, para que es todo eso? – preguntó Ron con curiosidad.
- Oh, es un kit de cuidados dentales, - explicó el azabache. - viene con una pequeña variedad de cepillos, además de hilo dental. –
-Ah…pues sí que les preocupa tener los dientes sanos. – respondió Ron, parpadeando los ojos.
Para sorpresa del azabache, también recibió un pequeño paquete por parte de los Dursley.
- Vaya, quien lo diría, a ver…- leyó la nota "Aquí tienes tu regalo de Navidad. De tío Vernon y tía Petunia.". Pegada a la nota estaba una moneda de cincuenta peniques.
- Mira por dónde. - dijo Harry, con la moneda en la mano. - Hacía tiempo que no me daban nada. -
Ron parecía fascinado con los cincuenta peniques. - Oh… ¡Qué raro! ¡Qué forma! ¿Esto es dinero? - preguntó, con los ojos abiertos como platos.
- Puedes quedarte con ella si quieres…- dijo Harry, riendo ante el placer de Ron.
Le quedaba el último, Harry lo cogió y notó que era muy ligero, lo desenvolvió.
Algo fluido y de color gris plateado se deslizó hacia el suelo y se quedó brillando. Ron bufó.
- Había oído hablar de esto. - dijo con voz ronca, dejando caer la caja de grageas de todos los sabores que le regaló Hermione. - Si es lo que pienso, es algo verdaderamente raro y valioso. -
- ¿Qué es esto? - se preguntaba Harry. Cogió el género brillante y plateado. El tocarlo producía una sensación extraña, como si fuera agua convertida en tejido.
- Es una capa invisible. - dijo Ron, con una expresión de temor reverencial. - Estoy seguro... Pruébatela. -
Harry se puso la capa sobre los hombros y Ron lanzó un grito de emoción.
- ¡Lo es! – saltó Ron. - ¡Mira abajo! –
Harry se miró los pies, pero ya no estaban, se dirigió al espejo. Efectivamente, su reflejo lo miraba, pero sólo su cabeza suspendida en el aire, porque su cuerpo era totalmente invisible. Se puso la capa sobre la cabeza y su imagen desapareció por completo.
- ¡Hay una nota! - dijo de pronto Ron. - ¡Ha caído una nota! -
Harry se quitó la capa y cogió la nota. La caligrafía, fina y llena de curvas, era desconocida para él.
Tu padre dejó esto en mi poder antes de morir. Ya es tiempo de que te sea devuelto. Utilízalo bien.
Una muy Feliz Navidad para ti.
No tenía firma. Harry contempló la nota. Ron admiraba la capa.
- Yo daría cualquier cosa por tener una…- dijo. - Lo que sea…¿Qué te sucede? -
- Nada. - respondió Harry. Se sentía muy extraño. ¿Quién le había enviado la capa? ¿Realmente había pertenecido a su padre?
Antes de que pudiera decir o pensar algo, la puerta del dormitorio se abrió de golpe, Fred y George Weasley entraron. Harry escondió rápidamente la capa, no se sentía con ganas de compartirla con nadie más.
- ¡Feliz Navidad! - exclamó Fred alegremente, mientras lanzaba confetis.
- ¡Eh, mira! - dijo George. - ¡A Harry también le han regalado un jersey Weasley! -
Fred y George llevaban jerséis azules, uno con una gran letra F y el otro con la G.
- El de Harry es mejor que el nuestro. - comentó Fred, cogiendo el jersey de Harry. - Es evidente que se esmera más cuando no es para la familia. -
- ¿Por qué no te has puesto el tuyo, Ron? - quiso saber George. - Vamos, pruébatelo, son bonitos y abrigan. -
- Detesto el rojo oscuro…- se quejó Ron, mientras se lo pasaba por la cabeza.
- No tenéis la inicial en los vuestros, - observó George entre risas. - supongo que ella piensa que no os vais a olvidar de vuestros nombres. Pero nosotros no somos estúpidos...Sabemos muy bien que nos llamamos Gred y Feorge. -
Harry y Ron se empezaron a reír rodando por los suelos. En ese momento, Percy el prefecto asomó la Percy Weasley asomó la cabeza a través de la puerta, con aire de desaprobación.
- ¿Qué es todo ese ruido? – inquirió. Era evidente que había ido desenvolviendo sus regalos por el camino, porque también tenía un jersey bajo el brazo, que Fred vio.
- Mira, ¡"P" de prefecto! – señaló Fred. - Pruébatelo Percy. Vamos, todos nos lo hemos puesto, hasta Harry tiene uno. -
- Yo... no.…quiero…- dijo Percy con firmeza, mientras los gemelos le metían el jersey por la cabeza, tirándole las gafas al suelo.
- Hoy no te sentarás con los prefectos, - dijo George. - la Navidad es para pasarla en familia. -
Y entre carcajadas, cogieron a Percy y se lo llevaron de la habitación, con los brazos sujetos por el jersey. Harry y Ron se rieron de la cara que tenía puesta el prefecto Weasley.
Harry no había celebrado en su vida una comida de Navidad como aquélla. Un centenar de pavos asados, montañas de patatas cocidas y asadas, soperas llenas de guisantes con mantequilla, recipientes de plata con una grasa riquísima y salsa de moras, y muchos huevos sorpresa esparcidos por todas las mesas. Estos fantásticos huevos no tenían nada que ver con los flojos artículos de los muggles, que Dudley habitualmente compraba, ni con juguetitos de plástico ni gorritos de papel. Harry tiró uno al suelo y no sólo hizo ¡pum!, sino que estalló como un cañonazo y los envolvió en una nube azul, mientras del interior salían una gorra de contraalmirante y varios ratones blancos, vivos. En la Mesa Alta, Dumbledore había reemplazado su sombrero cónico de mago por un bonete floreado, y se reía de un chiste del profesor Flitwick.
A los pavos les siguieron los pudines de Navidad, flameantes. Percy casi se rompió un diente al morder un sickle de plata que estaba en el trozo que le tocó. Harry observaba a Hagrid, que cada vez se ponía más rojo y bebía más vino, hasta que finalmente besó a la profesora McGonagall en la mejilla y, para sorpresa de Harry, ella se ruborizó y rió, con el sombrero medio torcido.
Cuando Harry finalmente se levantó de la mesa, estaba cargado de cosas de las sorpresas navideñas, y que incluían globos luminosos que no estallaban, un juego de Haga Crecer Sus Propias Verrugas y piezas nuevas de ajedrez. Los ratones blancos habían desaparecido, y Harry tuvo el horrible presentimiento de que iban a terminar siendo la cena de Navidad de la Señora Norris.
Harry y los Weasley pasaron una velada muy divertida, con una batalla de bolas de nieve en el parque. Más tarde, helados, húmedos y jadeantes, regresaron a la sala común de Gryffindor para sentarse al lado del fuego. Allí Harry estrenó su nuevo ajedrez y perdió espectacularmente con Ron. Pero sospechaba que no habría perdido de aquella manera si Percy no hubiera tratado de ayudarlo tanto.
- Lección aprendida, nunca recurras a Percy para el ajedrez mágico. - bufó Harry mentalmente, conteniendo las ganas de tirar el tablero de ajedrez por la ventana más cercana.
Después de un té con bocadillos de pavo, buñuelos, bizcocho borracho y pastel de Navidad, todos se sintieron tan hartos y soñolientos que no podían hacer otra cosa que irse a la cama; no obstante, permanecieron sentados y observaron a Percy, que perseguía a Fred y George por toda la torre Gryffindor porque le habían robado su insignia de prefecto.
Fue el mejor día de Navidad de Harry. Sin embargo, algo daba vueltas en un rincón de su mente. En cuanto se metió en la cama, pudo pensar libremente en ello: la capa invisible y quién se la había enviado.
Ron, ahíto de pavo y pastel y sin ningún misterio que lo preocupara, se quedó dormido en cuanto corrió las cortinas de su cama. Harry se inclinó a un lado de la cama y sacó la capa.
De su padre... Aquello había sido de su padre. Dejó que el género corriera por sus manos, más suave que la seda, ligero como el aire. "Utilízalo bien", decía la nota.
- Conque "utilízalo bien"… - pensó Harry, mientras sostenía la capa invisible. - Con esta capa, todo Hogwarts está abierto para mi…No tengo límite alguno. ¡Eso es! Con esta capa podré entrar en la sección prohibida y encontrar el libro que necesito. Uno que nos revele quien narices es Flamel. -
Tras ponerse la capa, Harry salió cautelosamente del dormitorio, bajó la escalera, cruzó la sala común y pasó por el agujero del retrato, rumbo a la biblioteca.
- ¿¡Quién está ahí!? - chilló la Dama Gorda. Harry no dijo nada, anduvo rápidamente por el pasillo.
- Tomo nota, seré invisible, pero eso no significa que la capa pueda ocultar la materia, por tanto, debo ser cauto…- pensó Harry, al darse cuenta de que solo era "invisible", por tanto, él no era un fantasma o el aire.
Al llegar, la biblioteca estaba oscura y fantasmal. Harry empuñó su varita para utilizar el hechizo Lumos, y así hacer brillar la punta de su varita con una luz.
La Sección Prohibida estaba justo en el fondo de la biblioteca. Pasando con cuidado sobre la soga que separaba aquellos libros de los demás.
Tenía que empezar por algún lado, miró en una estantería buscando un libro de aspecto interesante. Le llamó la atención un volumen grande, negro y plateado, lo sacó con dificultad, porque era muy pesado y, balanceándolo sobre sus rodillas, lo abrió.
Un grito desgarrador salió del dichoso libro.
- ¡Maldita sea! ¡Ahora entiendo porque está en esta sección del demonio! - pensó Harry, mientras cerraba el libro de golpe y lo regresaba a su sitio con algo de dificultad.
Lamentablemente, el grito fue de tal magnitud, que llamó la atención de Filch, el conserje, quien estaba como de costumbre patrullando por el castillo junto con la Señora Norris, sosteniendo una vieja lámpara polvorienta.
Harry sabía que, de quedarse ahí, le iba a costar trabajo dar esquinazo a Filch, por lo que se acomodó bien la capa y salió de la sección con sigilo.
Se detuvo de pronto frente a unas armaduras. Había estado tan ocupado en escapar de la biblioteca que no había prestado atención al camino. Tal vez era porque estaba oscuro, pero no reconoció el lugar donde estaba. Había armaduras cerca de la cocina, eso lo sabía, pero debía de estar cinco pisos más arriba.
El joven mago vio que Snape también había llegado a "la escena del crimen".
- Por favor, solo me falta que este imbécil me descubra y me entierre tras quitarle puntos a Gryffindor. - bufó Harry mentalmente. - Ni lo sueñes Snape. -
Retrocedió lo más silenciosamente que pudo. A la izquierda había una puerta entreabierta. Era su única posibilidad. Se deslizó, conteniendo la respiración y tratando de no hacer ruido. Para su alivio, entró en la habitación sin que lo notaran. Pasaron por delante de él y Harry se apoyó contra la pared, respirando profundamente, mientras escuchaba los pasos que se alejaban. Habían estado cerca, muy cerca.
Transcurrieron unos pocos segundos antes de que se fijara en la habitación que lo había ocultado. Parecía un aula en desuso, las sombras de sillas y pupitres amontonados contra las paredes, una papelera invertida y apoyada contra la pared de enfrente... Había algo que parecía no pertenecer allí, como si lo hubieran dejado para quitarlo de en medio.
- ¿De donde ha salido este espejo? – se preguntaba Harry, mientras se aproximaba al espejo.
Era un espejo magnífico, alto hasta el techo, con un marco dorado muy trabajado, apoyado en unos soportes que eran como garras. Tenía una inscripción grabada en la parte superior, "Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse".
Ya no oía ni a Filch ni a Snape, y Harry no tenía tanto miedo. Se acercó al espejo, deseando mirar para no encontrar su imagen reflejada. Se detuvo frente a él. Tuvo que llevarse las manos a la boca para no gritar. Giró en redondo. El corazón le latía más furiosamente que cuando el libro había gritado... Porque no sólo se había visto en el espejo, sino que había mucha gente detrás de él.
Pero la habitación estaba vacía. Respirando agitadamente, volvió a mirar el espejo. Allí estaba él, reflejado, blanco y con mirada de miedo y allí, reflejados detrás de él, había al menos otros diez. Harry miró por encima del hombro, pero no había nadie allí. ¿O también eran todos invisibles? ¿Estaba en una habitación llena de gente invisible y la trampa del espejo era que los reflejaba, invisibles o no?
Miró otra vez al espejo. Una mujer, justo detrás de su reflejo, le sonreía y agitaba la mano. Harry levantó una mano y sintió el aire que pasaba. Si ella estaba realmente allí, debía de poder tocarla, sus reflejos estaban tan cerca... Pero sólo sintió aire: ella y los otros existían sólo en el espejo.
Era una mujer muy guapa, tenía el cabello rojo oscuro y sus ojos...
- Son como los míos…- pensó Harry, acercándose un poco más al espejo.
Verde brillante, exactamente la misma forma, pero entonces notó que ella estaba llorando, sonriendo y llorando al mismo tiempo. El hombre alto, delgado y de pelo negro que estaba al lado de ella le pasó el brazo por los hombros. Llevaba gafas y el pelo muy desordenado. Y se le ponía tieso en la nuca, igual que a Harry.
Harry estaba tan cerca del espejo que su nariz casi tocaba su reflejo.
- Mamá…- susurró. - papá…-
Entonces lo miraron, sonriendo. Y lentamente, Harry fue observando los rostros de las otras personas, y vio otro par de ojos verdes como los suyos, otras narices como la suya, incluso un hombre pequeño que parecía tener las mismas rodillas nudosas de Harry. Estaba mirando a su familia por primera vez en su vida.
- Mi familia…es mi familia…- pensó el joven mago, ya de rodillas mientras notaba como unas lágrimas resbalaban por sus mejillas.
Los Potter sonrieron y agitaron las manos, y Harry permaneció mirándolos anhelante, con las manos apretadas contra el espejo, como si esperara poder pasar al otro lado y alcanzarlos. En su interior sentía un poderoso dolor, mitad alegría y mitad tristeza terrible.
No supo cuánto tiempo estuvo allí. Los reflejos no se desvanecían y Harry miraba y miraba, hasta que un ruido lejano lo hizo volver a la realidad. No podía quedarse allí, tenía que encontrar el camino hacia el dormitorio.
- Volveré…- susurró el azabache, apartando los ojos de los de su madre y saliendo apresuradamente de la habitación, para volver a la sala común de Gryffindor.
A la mañana siguiente, Harry le contó a Ron su experiencia con el espejo.
- Podías haberme despertado…- dijo malhumorado Ron.
- Puedes venir esta noche. - sonrió Harry. - Yo voy a volver, así podré enseñarte el espejo. -
- Me gustaría ver a tu madre y a tu padre. - dijo Ron con interés.
Harry sonrió más ante el interés de su amigo. - Y yo quiero ver a toda tu familia, todos los Weasley. - dijo. - Podrás enseñarme a tus otros hermanos y a todos. -
- Puedes verlos cuando quieras. - repuso Ron con una sonrisa. - Ven a mi casa este verano. De todos modos, a lo mejor sólo muestra gente muerta. Pero qué lástima que no encontraste a Flamel, ¿No quieres tocino o alguna otra cosa? ¿Por qué no comes nada? -
Harry no podía comer. Había visto a sus padres y los vería otra vez aquella noche. Casi se había olvidado de Flamel. Ya no le parecía tan importante. ¿A quién le importaba lo que custodiaba el perro de tres cabezas? ¿Y qué más daba si Snape lo robaba?
- Que le den al perro y al imbécil de Snape. – pensó el azabache, con la mirada perdida.
- ¿Estás bien? - preguntó Ron. - Te veo raro…-
Aquella noche, Harry fue con Ron también cubierto por la capa hacía la habitación donde estaba el espejo. Recordando cada pared y cada columna que podía ser de ayuda para ubicarla.
Una vez localizada la habitación, abrieron la puerta. Harry dejó caer la capa de sus hombros y corrió al espejo, allí estaban, su madre y su padre sonrieron felices al verlo.
- ¿Puedes verlos? - murmuró Harry.
- No puedo ver nada, - dijo Ron, extrañado. - a excepción de ti…-
- ¿Que? Pero mira bien, vamos, ponte donde estoy yo. –
Harry dio un paso a un lado, pero con Ron frente al espejo ya no podía ver a su familia, sólo a Ron con su pijama de colores, sin embargo, el pelirrojo parecía fascinado con su imagen.
- ¡Mírame! -
- Ah, creo que ya lo entiendo. - dijo Harry, pensativo. - Este espejo muestra familias distintas a cada persona. ¿Estás viendo a tu familia? - preguntó
- No…- respondió Ron. - Estoy solo... pero soy diferente... soy mayor... ¡y soy Premio Anual! -
- ¿Eh? – Harry frunció el entrecejo.
- Tengo... tengo un distintivo como el de Bill y estoy levantando la copa de la casa y la copa de Quidditch... ¡Y también soy capitán de Quidditch! - Ron apartó los ojos de aquella espléndida visión y miró excitado a Harry. - Harry, ¿Crees que este espejo nos muestra el futuro? -
- No, eso no es posible…- respondió Harry entristecido, preguntándose por qué podía mostrarle su familia a Ron. - mis padres están muertos…- sentenció. - Ellos…no van a volver…-
Abatido, le indicó a Ron que lo acompañara de regreso al dormitorio bajo la capa. Hicieron bien, ya que Filch volvía a merodear por los pasillos buscando pistas con la señora Norris.
Harry había adquirido una extraña adicción a mirarse en aquel espejo. Por un lado, se sentía feliz de ver a su familia, por otro triste porque no podía estar con ellos, y, por otro lado, empezaba a asustarse. Aquel espejo estaba haciendo que el entrara en un estado casi de locura, como si no pudiese despegarse de lo que le mostraba, a su familia.
Ron le pidió que no regresara, que cada vez le veía más extraño, como si el espejo estuviese embrujándolo y haciéndolo entrar en locura, pero Harry no le hacía ningún caso. Él solo quería ir a ver el espejo y que lo dejasen en paz.
En la tercera noche, Harry estaba de nuevo, sentado, mirando el espejo, sin apenas parpadear los ojos. Se aferraba a él como si mantuviera la esperanza de conseguir estar al lado de su verdadera familia, pero poco a poco comenzaba a resignarse.
- Los quiero…lo quiero tener a mi lado…pero no puedo sentir nada…ni su tacto…ni su presencia…- pensaba anhelante, mientras se ponía en pie. - Definitivamente ellos no existen ya en este mundo…-
Negó con la cabeza. ¿Qué diablos hacía perdiendo el tiempo mirando un espejo que solo le mostraba lo que precisamente le faltaba? Entonces, alzó la vista para ver de nuevo la inscripción grabada en la parte superior del espejo.
- "Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse"…- leyó. - Un momento…Eso no suena a otro idioma, más bien…- entonces Harry intentó hacer algo extraordinario, leer al revés lo que ponía en el espejo. - "Esto no es tu cara, sino de tu corazón el deseo"…Oh vaya, estaba al revés. Qué curioso, creo que…-
- Parece que finalmente te has dado cuenta, ¿verdad Harry? – preguntó una voz muy conocida.
Harry sintió como si se le helaran las entrañas. Al mirar atrás, pudo ver sentado en un pupitre, contra la pared, al mismísimo Albus Dumbledore. Harry debió de haber pasado justo por su lado, y estaba tan desesperado por llegar hasta el espejo que no había notado su presencia.
- Profesor Dumbledore…- susurró el azabache, sintiéndose inquieto. - Lo siento, creo que no lo vi…-
- Es curioso lo miope que se puede volver uno al ser invisible. - dijo Dumbledore, levantándose del pupitre para ponerse de pie junto con Harry. – Entonces tú, como cientos antes que tú, has descubierto las delicias del espejo de Oesed. –
- Así que ese es su nombre…-
- Si, - asintió Dumbledore. - espero que te hayas dado cuenta de lo que hace. –
- Pues, me mostró a mi familia y...-
- A tu amigo Ron lo reflejó como capitán. -
Harry lo miró sorprendido. – ¿Cómo sabe usted eso? –
- No necesito una capa para ser invisible. – respondió Dumbledore amablemente.
- ¿Entonces un mago puede hacerse invisible a voluntad propia? - pensó Harry, un poco más emocionado, mientras miraba los brillantes ojos del director. - ¡Tengo que aprender a hacer eso! –
- Y ahora ¿puedes pensar qué es lo que nos muestra el espejo de Oesed a todos nosotros? -
- Me hago una idea profesor…- dijo Harry, mirando brevemente el espejo. - Por lo que he podido comprobar, y tras esta última revelación, creo que el espejo muestra el más profundo y desesperado deseo del corazón de quien lo mira. En mi caso, yo puedo ver a toda mi familia, a mi lado…- explicó, luchando por ocultar sus lágrimas. - Si, ese es mi mayor deseo, pero ahora entiendo que es un deseo imposible…-
- Así es Harry, - sonrió Dumbledore tristemente. - por eso puedes ver a tu familia, contigo, rodeándote. –
- ¿Y qué hay de Ron? –
- Ronald Weasley, que siempre ha sido sobrepasado por sus hermanos, se ve solo y el mejor de todos ellos. – respondió el director.
- Oh, ¿es eso? ¿Porque se infravalora de esa manera? - preguntó Harry, un poco decepcionado de que su mejor amigo se infravalorara a sí mismo. - Yo creo que él puede llegar a hacer grandes cosas si se lo propone. –
- No podía estar más de acuerdo contigo, Harry. – afirmó Dumbledore. – Lo único que el señor Weasley necesita es más seguridad en sí mismo. Sin embargo, volviendo al tema del espejo, este no nos dará conocimiento o verdad. Muchos se han consumido ante él, fascinados por lo que han visto, o se han vuelto locos, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible. Este espejo será llevado a una nueva casa mañana Harry, y debo pedirte, que no te esfuerces en volver a buscarlo…No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir…-
- No se preocupe, no me molestaré en intentar encontrarlo de nuevo…- repuso el azabache, con desanimo. - Supongo que no existe ninguna magia capaz de resucitar a los muertos, ¿verdad? –
- En efecto, ningún hechizo es capaz de resucitar a los muertos. – dijo Dumbledore. - Me alegro de que seas consciente de ello…-
Harry asintió. – ¿Puedo hacerle una pregunta? –
- No veo ningún inconveniente, querido muchacho. - sonrió Dumbledore.
El joven mago sonrió ante la amabilidad del director. – ¿Me podría decir que ve en el espejo? Solo, si desea compartirlo…-
- ¿Yo? Bueno…me veo sosteniendo un par de gruesos calcetines. –
- ¿Hm? ¿Calcetines gruesos? – preguntó el azabache, parpadeando los ojos.
- Uno nunca tiene suficientes calcetines. - explicó Dumbledore con una sonrisa. - Ha pasado otra Navidad y no me han regalado ni un solo par. La gente sigue insistiendo en regalarme libros. -
- Oh vaya, es difícil acertar con el regalo idóneo para usted, ¿verdad? – preguntó Harry más animado.
- A veces sucede Harry, pero te agradezco tu interés. – dijo Dumbledore. - Ahora, ¿qué tal si te pones esa magnífica capa y regresas a tu dormitorio? ¿Hm? –
- Está bien, gracias profesor…- dijo Harry con amabilidad mientras se ponía la capa. - ¿Será verdad eso de los calcetines? – pensó. - Bueno, era una pregunta muy personal, no creo que sean calcetines lo que está viendo, pero…creo que ya sé que puedo regalarle el año que viene por navidad. Ojalá se ponga feliz, después de todo, ese hombre es muy buena persona…-
