Año II - La Cámara de los Secretos
Capítulo 19 - El poder de ocultar la mente
En su vida, Harry se había imaginado que llegaría a vivir una situación tan inusual. Desde que regresó al número cuatro de Prive Drive, la vida de Harry Potter, uno de los magos más famosos del mundo mágico, quien había recibido por años un trato hostil y desagradable por parte de sus tíos (Vernon y Petunia) y su primo Dudley, había cambiado drásticamente.
Valiéndose del hecho de que los Dursley desconocían que Harry no podía usar la magia fuera de Hogwarts (a menos que contara con un mago adulto cerca de él), estos temblaban y entraban en pánico cada vez que Harry pasaba por su lado.
A finales del curso pasado, la familia recibió una carta por parte de Albus Dumbledore, el director de Hogwarts. Harry no tardó demasiado en enterarse (mas o menos) lo que les había dicho en esa carta, porque sus tíos estaban actuando justamente como él siempre había deseado, pasando a ser ignorado, tener paz y tranquilidad.
Sin embargo, en ocasiones le tocaba vivir un poco del viejo ambiente. Tío Vernon no quería que el vecindario fuera testigo de lo que él catalogaba como anormalidad, alrededor de su casa. Por eso estaba muy enfadado esos días: No quería que Hedwig, la lechuza y fiel compañera de Harry, diera vueltas al aire libre. Eso, para un muggle (persona sin magia), no era normal.
- ¡No quiero que ese pajarraco vuele por la zona! - se quejó tío Vernon, mirando a Harry con una cara que recordaba a una remolacha con bigotes. Estaba sentado en la mesa del comedor, con el muchacho sentado al frente suyo. - ¡Exijo que mantengas a ese bicho encerrado! ¡O me desharé de él! -
El azabache, con la intención de vengarse por todos los años que tuvo que soportar las tonterías de sus tíos, estaba siendo mas arrogante que de costumbre.
- Hedwig se aburre si se queda mucho tiempo sin volar. - dijo con calma, y mirando despectivamente a su tío. - Es un animal que necesita aire libre. Así que, si no te gusta, te aguantas y ya…-
La cara de tío Vernon pasó de lila a rojo en segundos, como si fuera a estallar. Tía Petunia permanecía temblorosa y horrorizada en su asiento, al igual que Dudley. Harry disfrutaba de aquel ambiente. Pasó de ser "la presa" a ser "el depredador".
- Adelante, ponte a grita como un imbécil. - se burló Harry. - Solo quedaras en ridículo. ¿Hasta cuando piensas actuar como si la magia fuera una anormalidad? ¿No ves que existe? Entonces, si existe…puedes verla y tocarla, significa que es normal. -
Pero fue ante la palabra "magia" que los Dursley se estremecieron. Dudley ahogó un grito y se cayó de la silla con un batacazo que sacudió la cocina entera; tía Petunia profirió un débil alarido y se tapó la boca con las manos, y el tío Vernon se puso de pie de un salto, con las venas de las sienes palpitándole.
- ¿¡QUÉ TE TENGO DICHO ACERCA DE PRONUNCIAR LA PALABRA CON "M" EN ESTA CASA!? - rugió el tío, rociando saliva por toda la mesa.
Harry mostró una sonrisa arrogante como respuesta. Las quejas de su tío ya no le intimidaban, ¿Por qué iban a hacerlo? Había derrotado a un Troll y enfrentado a Voldemort, el mago tenebroso mas poderoso, en su primer año. Un idiota sin cerebro no iba a darle miedo.
- ¡CÓMO TE ATREVES A ASUSTAR A DUDLEY! - ladró furioso tío Vernon, golpeando la mesa con el puño. - ¡TE LO ADVERTÍ! ¡BAJO ESTE TECHO NO TOLERARÉ NINGUNA MENCIÓN A TU ANORMALIDAD! –
Harry miró el rostro encarnado de su tío y la cara pálida de su tía, que trataba de levantar a Dudley del suelo. Incapaz de contenerse más, empezó a reírse.
- Yo creo que tenéis preocupaciones más importantes que…la magia…- dijo, resaltando satisfactoriamente la última palabra. - Por ejemplo, está el hecho de que Dudley tiene que llevar calzoncillos extragrandes, por culpa de vuestra alimentación irresponsable. -
Tío Vernon se abalanzó contra él, gritando como un histérico. El azabache ya conocía esa reacción: su tío iba a cogerle del cuello con la intención de estrangularlo. Por instinto, el joven mago blandió su varita, deteniendo a su tío sin necesidad de usar magia.
- Vernon, Vernon, por favor, contrólate. - se burló Harry. - No es bueno para tu salud enfadarte mucho. ¿Sabes qué? No te vendrían mal unos días libres en un balneario. - su tío se quedó estático, perdiendo el enfurecido color que tenía. - ¿Nunca has ido? Entonces no me extraña que seas un amargado. - le dio dos palmaditas en un cachete y sonrió. - Anda, ¿Por qué no vas a ver el futbol? Eso siempre te anima. Da gusto verte gritándole al árbitro. -
Parecía como si hubiera logrado hechizarle, pero sin formular o pensar hechizo alguno. Tío Vernon asintió levemente, con la cara aturdida, antes de marcharse al salón, sentarse en el sofá y encender la televisión.
- Te sugiero que no le des mas beicon a Dudley, tía Petunia. - comentó el azabache, a espaldas de ella. - Su trasero ya supera el tamaño de la silla, ¿acaso no te preocupa su salud? Yo en tu lugar, buscaría una dieta adecuada para él…- y tras sonreírle afablemente, se marchó majestuosamente escalera arriba, hacia su nueva habitación, para continuar haciendo todos los deberes de vacaciones que no requerían de practica mágica.
Al final, los Dursley no tuvieron más remedio que dejar a Hedwig dar vueltas por el barrio, además de recibir mensajes por parte de sus amigos, los cuales, al cabo de unos días, dejaron de aparecer.
- Que raro…- pensó Harry, extrañado al darse cuenta de que empezaba a no recibir noticias por parte de sus amigos. - No he recibido un solo mensaje de mis amigos desde hace dos semanas…-
En vez de dejarse guiar por el odio, Harry pensó en hacer algo útil por su desagradable primo. Lo "amenazó" con convertirlo literalmente en un cerdo si no se ponía a régimen y lo acompañaba a correr por el barrio, tres veces a la semana.
- Bueno, Dudley…- dijo el azabache, de brazos cruzados y con una sonrisa arrogante. - Piensa en esto como una oportunidad para sentirte mejor contigo mismo. Cuanto más gordo seas, más difícil te será moverte. Si te lo propones, puedes llegar a hacer grandes cosas en la vida, pero de lo contrario…- miró hacia la sala de estar, donde tío Vernon discutía ruidosamente con tía Petunia sobre su falta de autoridad antes Harry. - no serás más que otra carga para la sociedad…-
- Vale…- susurró Dudley, algo pálido. - Así que, si voy a correr contigo por ahí…¿no me convertirás en un cerdo? -
- Si, - asintió Harry, con calma. - aunque ya lo aparentas. - añadió con burla. - Tu haz lo que yo y con algo de empeño, en unos meses estarás irreconocible. Te sentirás más satisfecho contigo mismo. -
A Dudley se le dormían las piernas en la calle cuando acompañaba a Harry a dar vueltas por el parque, y Harry, como era tan "buena gente", le persuadió con una ramita de árbol, como si fuera una varita, le apuntó a Dudley en el trasero y le persiguió con ella para que acelerara el paso.
- Que malo soy, ¿verdad? - pensó el azabache, mientras se reía a gusto.
Tío Vernon y tía Petunia estaban, como siempre, exageradamente preocupados por su hijo. En apenas unas semanas, había perdido hasta doce quilos con los métodos de Harry, quien también se estaba poniendo en forma con los ejercicios que hacía, además de la correcta alineación con la que por fin contaba.
- ¡Tenemos que hacer algo, Petunia! - bramó tío Vernon, con sus bigotes tambaleándose como goma. - ¡Lo está matando! ¡Está desnutrido! -
- Si, pero…- farfulló tía Petunia, en voz baja. - y si nos hechiza…-
- ¡No puede hacer magia sin ese…palo! - gritó tío Vernon, enfadándose más.
- Disculpen…- se oyó un susurro amenazante.
Tío Vernon y tía Petunia palidecieron cuando oyeron aquella voz. Era la voz de Harry, quien observaba con una sonrisita a la pareja.
- Para vuestra información, los magos somos capaces de realizar hechizos sin varita. - les informó, sonriendo malévolamente. - La varita solo incrementa la potencia de los hechizos…-
Los dos palidecieron mucho. Sus mandíbulas temblaban, como si la temperatura hubiera bajado en picado. Ambos asintieron lenta y monótonamente, sudando de nervios.
Harry pasó a un tono más normal y dijo: - Además, deberíais darme las gracias. Dudley se ha esforzado por conseguir ponerse en forma, mírenle. - señaló hacia la ventana, donde Dudley (que ya tenía menos trasero) hacía unos ejercicios de estiramiento. - Ahora está más feliz que unas pascuas. Se lo pasa bien haciendo deporte. -
- Pu-puede que eso sea verdad, - murmuró tía Petunia, con voz entrecortada. - pero…-
- Y no solo eso, - prosiguió Harry, sonriendo pícaramente hacia la puerta. - puede que cuando vuelva al instituto llame la atención de las niñas de su clase…-
En ese momento, Dudley entró en la casa. Llevaba un chándal azul marino, zapatillas deportivas blancas de marca Adidas, y un gorro.
- ¡Miradme! - dijo Dudley alegremente. - ¡Cada vez voy más rápido! ¡Gracias Harry! -
- Venga, - dijo Harry, mostrándole un pulgar arriba a su primo. - ve a dar una vuelta más por el parque y te invito a una Coca-Cola. -
Dudley asintió, muy feliz, y se marchó por la puerta. Tío Vernon y tía Petunia se miraron. Tal vez no se habían dado cuenta hasta entonces, pero Dudley le había cogido el gusto a correr por la calle, además de que Harry le premiaba por su esfuerzo como era debido.
Harry, además, y según el médico, había el ritmo de crecimiento normal. Antes no lo tenía porque no se alimentaba bien.
- Por cierto, - dijo de pronto, haciendo saltar a sus tíos. - en una semana me macharé a Londres, tío Vernon. ¿Crees que puedas llevarme a Charing Cross? – preguntó amablemente.
Tío Vernon, mudo, asintió lentamente, mientras seguía mirando la entrada de la casa boquiabierto, por donde había salido Dudley.
Aunque su vida había mejorado gracias a la magia, Harry ansiaba volver al Caldero Chorreante. Para volver a rodearse de brujas y magos, pasear de nuevo por el Callejón Diagon, y ansioso también porque le entregaran la carta con el nuevo material escolar a comprar. Lamentablemente, y a diferencia del año anterior, lo recibiría a su debido tiempo, concretamente, el doce de agosto.
- Menudo palo, - pensó el azabache, mientras repasaba una vez más sus pergaminos para transformaciones, en su escritorio. - Bien podrían adelantarme los libros, así me los voy leyendo durante las vacaciones. -
Harry también se quedaba mirando las fotos de sus padres, ¿Cómo hubiera sido su vida si viviera con ellos? ¿Si estuvieran vivos? ¿Habría cambiado algo? Cada vez que miraba el álbum, aquellas preguntas sobresaltaban en su mente.
- Mucho…- pensó. - Tendría mi propia familia con la que vivir, celebraría mi cumpleaños con ellos, volvería con ellos por navidad y…además, conocería mucho mejor el mundo mágico. En fin, muchas cosas serían diferentes, pero…-
El azabache tenía claro una cosa: no todo en su vida ha sido tan malo. El año pasado, conoció a una encantadora e inteligente niña de cabellos castaños, de quien al final, se enamoró. Sin embargo, el no tener noticias ni de ella ni de su mejor amigo, le estaba llenado de preocupación. ¿Qué estaba pasado?
Sus dudas seguirían persiguiéndole hasta el día en que llegó a Charing Cross. Tío Vernon parecía muy feliz de dejar a Harry allí, con tal de no tenerle en casa durante un año.
- Adiós. – dijo sin más tío Vernon, antes de meterse en el coche, y dejar a Harry, solo, en la entrada al Caldero Chorreante.
- Vaya, cualquiera diría que estaba muy feliz de dejarme aquí. - pensó Harry, mientras se metía en el bar. - Bueno, mejor, tampoco tengo porque aguantarle a él. –
Cuando Harry entró, la gente del bar lo reconoció de inmediato. Brujas y magos, de todos los tamaños, con jarras de cerveza en la mano y aperitivos en la mesa, se pusieron de pie para recibirle entre aplausos y vítores, como si se tratase de una superestrella.
- ¡Es, Harry! -
- ¡Harry Potter! –
Alguno que otro no se pudo resistir a acercarse y estrecharle la mano.
- ¡Bienvenido señor Potter! – dijo Tom el tabernero, saltando de alegría. - ¡Bienvenido! -
- Gracias. - dijo Harry alegremente, mientras saludaba al tabernero. - Me alegro de volver por aquí, señor Tom. -
- Es un honor tenerle de vuelta, señor Potter. - dijo Tom. - ¿Le gustaría alojarse de nuevo? -
- Si es posible... -
- Por supuesto, por supuesto, aquí tiene. - Tom abrió un cajón, al lado de la barra donde atendía, y sacó una llave con una placa que llevaba grabada el número once, en dorado, colgando de ella. - La llave de la habitación número once. – dijo. - Como sabía que iba a regresar, me encargué personalmente de mejorar la habitación para usted. Espero que se sienta como en casa. -
- Gracias Tom. - sonrió Harry.
- No hay de qué. - asintió Tom, mostrándose atento. - Oh, y no se preocupe por el equipaje. Yo mismo lo subiré a su habitación. -
- Es muy amable por su parte, gracias. - dijo el azabache, y tras dedicar un ultimo saludo a las personas del bar, empezó a subir por las escaleras, en dirección a las habitaciones.
Cuando Harry entró dentro, pudo ver que la habitación estaba clarísimamente mejorada. La cama matrimonial era nueva, de madera bien pulida; el sofá de tres personas y el de una sola eran de un rojo chillón, que combinaba con la chimenea. La habitación también recibió una detallada mano de pintura, además de unos cuadros decorativos (de puros paisajes), estatuas pequeñas, un florero, y un escritorio con una vela para usar.
- Si, - pensó Harry alegremente. - está bien podría ser mi casa…-
Después de observar con satisfacción su renovada habitación, Harry volvió a bajar, para pagarle a Tom su hospedaje. Después, salió al Callejón Diagon, para darse una vuelta.
- Hm…creo que necesitaré retirar unos fondos. - pensó el azabache, mientras se dirigía hacia el banco de los magos, Gringotts. - Por si acaso. -
El Banco Gringotts, el banco de los magos. El único para magos en toda Gran Bretaña. Era un edificio grande, blanco y majestuoso. Se podía comparar con la famosa Casa Blanca de Estados Unidos, salvo que esta no era una residencia, sino un banco, y no era dirigido por humanos, sino por duendes.
- Buenas tardes, señor duende. - dijo Harry con mucha tranquilidad, cuando llegó hasta el mostrador, donde un duende atendía. - Vengo a retirar unos fondos. -
- ¿Su nombre, jovencito? - preguntó el duende.
- Harry James Potter. - respondió el joven mago. - Ya me conocen. Vine aquí el año pasado, acompañado de Hagrid. -
- Ah, si…lo recuerdo bien. - susurró el Duende, mirando a Harry con desconfianza. - Aquel hombre tan grande…Hm…bien, ¿dispone de su llave? - preguntó
- Aquí la tengo. - dijo Harry, enseñándole la pequeña y dorada llave de su cámara.
- Excelente…- dijo el duende. - ¡Griphook! - llamó. - Acompaña al señor Potter hasta su cámara. -
- Enseguida, - dijo Griphook, acercándose a donde se encontraba Harry. - Sígame, señor Potter…-
Harry recordó que Griphook fue el mismo duende que le condujo hasta su cámara por primera vez. Esperaba no tener que escuchar una nueva anécdota suya, que podía acabar con alguien encerrado por diez años dentro de una bóveda.
Pasaron de nuevo por el estrecho pasillo de piedra, iluminado con antorchas. Luego, Griphook silbó para que un pequeño carro los recogiera. El azabache volvió a pasárselo bomba en el tren subterráneo, cuando montó en él. Era como una montaña rusa dentro del banco, aunque a Hagrid le producía nauseas.
Cuando llegaron a la cámara de Harry, Griphook empuñó la llave y la abrió, desatando una vez más el humo verde. Monedas de oro, plata y bronce le esperaban dentro, tal vez ansiosos por volver a circular por el mercado mágico. Tras sacar lo esencial para unas cuantas compras, Harry salió del banco, empezando a caminar por el Callejón Diagon.
Para no tratarse de una temporada de compras escolares, el callejón estaba bastante lleno de gente aquel día.
Primero, Harry entró en Flourish y Blotts, para comprar algún libro que le fuera de utilidad. Se interesó por algunos relacionados con Defensa contra las Artes Oscuras, más avanzadas, Elaboración de opciones avanzadas, Logros en encantamientos y Transformaciones de nivel intermedio…
- Vaya, señor Potter. - le saludó el dependiente. - A usted le gusta mucho leer, ¿no es así? -
- Si. - respondió Harry con amabilidad. - Pero más me gusta estar al día en clases. -
- Excelente. - sonrió el dependiente. - Oh, por cierto, ¿le interesa algún ejemplar de "Viajes con los Vampiros"? ¡Es de Gilderoy Lockhart! - añadió excitado.
- ¿Quién es ese? - preguntó Harry, frunciendo el entrecejo.
- ¿¡No sabe quién es Gilderoy Lockhart!? - inquirió el dependiente, haciendo un drama. - ¡Es uno de los magos más famosos del mundo mágico! Escritor, aventurero, ¡lo tiene todo! -
- No me diga…- bufó Harry.
- Así es, a publicado su propia serie de libros. - comentó el dependiente, en tono soñador. - Tal vez uno de estos días se pase por aquí, quien sabe. Quizás con suerte más gente llegue a conocerlo. Ah…ya me lo imagino…relatándonos sus fascinantes historias…y sobre todo, esa sonrisa que tiene…-
A Harry se rió nerviosamente. - Eh…si, ya…esto…- farfulló. - Yo, me voy yendo…hasta luego. -
Y salió corriendo con sus libros. Cuando el joven mago iba pasando cerca de la entrada al callejón Knockturn, pudo escuchar una conversación muy interesante entre dos magos encapuchados, de aspecto cruel. Se ocultó entre unos grandes barriles y prestó atención.
- Necesitamos ocultar la mente. - dijo uno entre susurros. - Esos malditos Legeremánticos sabrán lo que estamos tramando…-
- Si, pero, ¿Cómo? - preguntó su compañero encapuchado.
- Necesitamos aprender Oclumancia. - explicó el otro. - Con esa rama oscura podremos protegernos de esos idiotas que siempre intentan leernos la cabeza…-
- Hm… ¿Oclumancia? - pensó el azabache, mientras se dirigía de regreso al Caldero Chorreante. - Tal vez Tom pueda darme alguna información sobre esto…-
Al entrar en el bar, Harry fue hasta su habitación para dejar sus cosas allí. Después de acomodarlas, y de darle a Hedwig su respectiva ración de delicia para lechuzas, bajó hasta el bar, para hablar con Tom.
- ¿Tom? - le llamó.
El tabernero había hechizado unos cuantos platos sucios para que se lavaran solos en el fregadero. Atendió a un mago sumamente excitado, el cual, estrechó enérgicamente la mano de Harry antes de irse a una mesa a tomar cerveza de mantequilla con unos amigos. A Harry le resultaba familiar: Era el mismo mago al que había estrechado la mano la primera vez, cuando aún desconocía el mundo mágico.
- Oh, hola señor Potter. - le saludó Tom a Harry. ¿que se le ofrece? ¿Tal vez una cerveza de mantequilla? -
- Hm…quizás luego. - sonrió Harry. - Necesito hablar con usted, a solas…-
Tom parpadeó los ojos, y el azabache tuvo la sensación de que la idea de hablar con él a solas le emocionaba.
- Muy bien…- dijo, sonriendo de par en par. - Me desocuparé un momento, y en cuanto tenga tiempo libre, iré a su habitación. -
- Excelente, le estaré esperando. – respondió el azabache.
Harry regresó a su habitación. Mientras esperaba a Tom, el joven mago fue leyéndose el libro de Defensa contra las Artes Oscuras avanzadas, con la intención de mejorar su magia defensiva y ofensiva. En su primer año, le tocó tener a Quirrell como profesor de la asignatura, pero sus enseñanzas fueron de lo más patéticas, y no estaba ni mucho menos a la altura de lo que Harry realmente esperaba aprender en dichas clases. Eso le recordaba que, en su nuevo año escolar, previsiblemente contaría con un nuevo profesor para dicha asignatura. Deseaba que Dumbledore escogiera a un buen candidato para el puesto, uno que como mínimo, enseñara cosas útiles.
Pasaron unas horas, hasta que finalmente, alguien llamó a la puerta.
- ¿Sí? – preguntó Harry.
- Soy Tom, señor Potter. – se escuchó la voz del tabernero, tras la puerta. - ¿No me pidió que viniera? -
- Oh si, adelante Tom. – dijo Harry, mientras cerraba el libro de defensa.
Tom entró en la habitación, y el joven mago le invitó a que tomara asiento. El tabernero trajo consigo dos jarras de cerveza de mantequilla.
- Pensé que le apetecería tomar algo. – dijo Tom, entregándole una jarra.
- Debo admitirlo, - dijo el azabache, tras recibir su jarra. - esta cerveza es buenísima. -
- ¡No es para menos! - sonrió Tom. - Bien señor Potter, ¿qué quería hablar conmigo? -
- En primer lugar, quiero darle las gracias por este magnífico detalle. - dijo el azabache, con una sonrisa y señalando toda la habitación. - Ha debido de valer su peso en oro dejar la habitación tal y como está ahora…-
Tom se ruborizó. - Oh, por favor, no es nada, de verdad. - se rió. - Son solo pequeños detalles, para mejorar en ambiente. De todos modos, me alegro de que sea de su agrado. -
Harry asintió sonriente. - Dicho esto, pasemos a un tema serio…- susurró. - Verá, no sé cómo decirle esto, pero necesito que me haga un gran favor…-
- Lo que sea por usted, señor Potter. – respondió Tom con decisión.
- Bien, necesito obtener un libro de Oclumancia. – dijo Harry. - ¿Sabe lo que es? –
No debía tratarse de cualquier cosa, o de lo contrario a Tom no se le habrían agrandado los ojos.
- Pe-pero señor Potter, - dijo con voz entrecortada. - eso es…-
- ¿La capacidad de ocultar la mente ante los Legeremánticos? – respondió Harry, como si lo supiera. Seguía sin saber exactamente lo que eran los Legeremánticos, pero entendía que ellos podían leer la mente.
- Así es…- susurró Tom con seriedad. - Hacía años que no oía nada referente a los oclumánticos y legeremánticos, se trata de una rama oscura de la magia…-
- Si, me lo temía. – asintió Harry. - Lamentablemente, tengo muy buenas razones para adoptar dicho conocimiento. Solo la Oclumancia, - aclaró. – lo único que me interesa es proteger mi mente. -
- Entiendo…- dijo Tom en tono misterioso. - Pero, ¿puedo saber por qué? –
- Solo si esto queda entre nosotros…-
- Por supuesto…-
- Bien. - dijo Harry. - Se lo diré sin rodeos. Durante el último año, Voldemort volvió a las andadas. -
Tom palideció. – Qui-quiere decir…que "el que no debe de ser nombrado", ¿ha-ha re-regresado? – preguntó aterrorizado.
- Por ahora no es más que una vieja sombra de lo que fue…- respondió el azabache con bastante tranquilidad. - Pero si…está vagando por ahí, tratando de hallar un método por el cual recuperar el poder. Es cuestión de tiempo de que tengamos noticias suyas…-
- Eso es terrible…- dijo Tom. - ¿y el Ministerio tiene idea de esto? -
- Oh, ¿usted cree que el Ministerio creería las palabras de un crío de once años? – preguntó Harry, con un ligero aire de burla. - Tom, sea realista, el Ministerio haría cualquier cosa con tal de que todo siga marchando como siempre. Si tuvieran los ojos bien abiertos, ya habrían comentado algo de esto en "El Profeta". -
- Si…- asintió Tom levemente. - Tiene sentido. La verdad es que siempre he pensado que "El Profeta" le tiene mucha lealtad al ministro. -
Harry se encogió de hombros antes de decir: - Voldemort tiene muchas armas. Una de ella puede ser la legeremancia…y yo…soy su víctima preferida. Aunque bien parece ser que todo el mundo lo sabe. - Tom asintió. - Por tanto, ¿es posible que usted me pueda conseguir un libro que me explique los pasos para aprender Oclumancia? –
Pasaron unos minutos, y mientras esperaba la respuesta de Tom, Harry tuvo tiempo de acabarse su cerveza de mantequilla.
- Si…- susurró Tom finalmente. - Haré todo lo posible por conseguirle uno. Aunque, creo que sería más sencillo si…ya sabe…consiguiéramos un empujoncito económico…-
Harry sonrió. - ¿De cuánto estamos hablando? – preguntó,
- Oh, una ridiculez, unos veinte galeones de na…-
- Hecho. - dijo el azabache, entregándole el dinero a Tom. - Ahora, consígame el libro y…mantenga esta charla en secreto. Es crucial que no lo sepa más gente. -
- Así será señor Potter…- dijo Tom, levantándose del sofá. - Y gracias, por su confianza. -
- Y yo a usted por su apoyo. - sonrió el azabache, entregándole la jarra vacía de cerveza.
Harry tuvo que esperar como una semana para que Tom le trajera el libro de Oclumancia. Durante ese tiempo, le informó a Dumbledore sobre su paradero, aunque no sabía si él había recibido el mensaje. En realidad, no sabía si Hedwig estaba cumpliendo o no con su trabajo. No había recibido ni una respuesta, ni de Dumbledore, ni de sus amigos.
Cuando Tom le trajo el libro, él ya se había terminado de leer "Elaboración de Pociones avanzadas".
- Aquí tiene, señor Potter. – dijo el tabernero, entregándole un libro de tapa negra. - Lo prometido es deuda. –
- Muy bien. – sonrió Harry. - Le agradezco mucho su colaboración, Tom. -
- Gracias por confiar en mí, señor Potter. – dijo Tom, muy contento. – Es un honor serle de ayuda. –
Y tras despedirse del tabernero, cerrando la puerta, Harry se fue hacia su escritorio. Tomó asiento, acomodó el libro sobre la mesa y lo abrió, empezando a leerse el libro de "Guía para la Oclumancia avanzada" de Maxwell Barnett.
La Oclumancia consistente en cerrar la mente contra la Legeremancia. Se puede impedir el acceso a los pensamientos y a los sentimientos. La persona que domina este arte se le denomina oclumante.
La forma más básica de empezar, implica en vaciar la mente de cualquier tipo de pensamiento, con el fin de evitar que un legeremántico perciba tus emociones y pensamientos. Se requiere una gran fuerza de voluntad, y un nivel alto de disciplina mental.
- Hm…fuerza de voluntad y disciplina mental…- pensó. - Bien, aquí lo tengo todo…en ese caso profundizaré todo lo que pueda…-
Y así, Harry se pasó el resto de sus vacaciones practicando Oclumancia: vaciando su mente y aprendiendo a controlar mejor sus emociones, las cuales, muchas veces lo dejaban al borde de sacar lo peor de su persona, cosa que él, desde luego, no quería que pasara con aquellos a los que quería.
Llegó el 31 de agosto, y Harry, había cumplido oficialmente doce años. Durante todo ese tiempo, el joven mago no solamente se dedicó leerse el libro de Oclumancia, sino también acabó de leer el libro de Defensa contra las Artes Oscuras avanzadas, haciendo practica de ambas materias a determinadas horas. Y por supuesto, eso le recordó que tenía que terminar con los deberes prácticos de vacaciones.
Residiendo en una taberna, rodeada diariamente por brujas y magos, Harry lo tenía muy fácil para practicar magia sin preocuparse por recibir alguna advertencia del ministerio de magia.
Para su cumpleaños, pensó en comerse un helado de chocolate y pasear de nuevo por el Callejón Diagon. El día fue fantástico, y lo más sorprendente, nadie le había pedido un solo autógrafo. Cuando regresó a su habitación, de noche, tras un emocionante día en donde se enteró que varios días más tarde Gilderoy Lockhart pasaría por Flourish & Blotts, se encontró con alguien que ya estaba en su cama.
Era una pequeña criatura. Tenía unas grandes orejas, parecidas a las de un murciélago, unos ojos verdes y saltones del tamaño de pelotas de tenis.
Aquel pequeño ser se levantó de la cama e hizo una reverencia tan profunda que tocó la alfombra con la punta de su larga y afilada nariz. Harry se dio cuenta de que iba vestido con lo que parecía un almohadón viejo con agujeros para sacar los brazos y las piernas.
- Hm…- dijo Harry. - ¿Hola? -
- Harry Potter. - dijo la criatura. - Hace mucho tiempo que Dobby quería conocerle, señor...Es un gran honor...- añadió, haciendo una reverencia.
- Gracias…- susurró el azabache. - ¿Quién es usted? -
- Dobby, señor, Dobby a secas. - respondió la criatura. - Dobby, el elfo doméstico. -
- Vale…un elfo doméstico. - asintió Harry, levemente. - Lo cierto es que es la primera vez que escucho hablar de su raza. ¿El motivo? Puede que esto le resulte extraño, pero aún tengo mucho por aprender del amplio mundo mágico…Debo decir que, en cualquier caso, es un placer conocerle, Dobby. En fin, ¿ha venido a visitarme (por no decir colarse en mi habitación) por algún motivo en especial? -
- Sí, señor…- respondió Dobby, encogido donde estaba. - Dobby ha venido a decirle, señor..., no es fácil, señor... Dobby se pregunta por dónde empezar...-
- Bueno…- dijo Harry, mientras se sentaba en el sofá al lado de la chimenea. - ¿Qué le parece si toma asiento mientras lo piensa con calma? - sugirió. - Adelante, no tengo prisa. -
Para consternación suya, el elfo rompió a llorar, y, además, ruidosamente.
- ¿¡Sen-sentarme!? - gimió Dobby. - Yo…yo…-
Harry palideció, imaginando que había ofendido al elfo. - ¡Lo siento! - saltó del sofá. - No ha sido mi intención ofenderle. - dijo, moviendo las manos nerviosamente.
- ¡Ofender a Dobby! - repuso el elfo con voz disgustada. - A Dobby ningún mago le había pedido nunca que se sentara...como si fuera un igual…-
- Parece que usted no ha conocido a muchos magos educados…- observó Harry, intentando animarle.
Dobby negó con la cabeza. - Solo…solo un par de personas a parte de usted…- A continuación, sin previo aviso, se levantó y se puso a darse golpes con la cabeza contra la ventana. - ¡Dobby malo! ¡Dobby malo! - gritaba sin parar.
- ¿¡Pero que hace!? - Harry tuvo que intervenir para que el elfo dejara de golpearse. - ¿Porque a echo eso? -
- Dobby tenía que castigarse, señor…- explicó el elfo, que se había quedado un poco bizco. - Dobby ha estado a punto de hablar mal de su familia, señor…-
- ¿Su familia? - repitió el azabache.
- La familia de magos a la que sirve Dobby, señor. - dijo Dobby. - Dobby es un elfo doméstico, destinado a servir en una casa y a una familia para siempre. -
- ¿Y saben ellos que está usted aquí? - inquirió Harry.
Dobby se estremeció. - No, no, señor, no...- murmuró. - Dobby tendría que castigarse muy severamente por haber venido a verle, señor. Tendría que pillarse las orejas en la puerta del horno, si llegaran a enterarse. –
- Pero ¿no advertirán que se ha pillado las orejas en la puerta del horno? – preguntó Harry.
- Dobby lo duda, señor. – repuso el elfo. - Dobby siempre se está castigando por algún motivo, señor. Lo dejan de mi cuenta, señor. A veces me recuerdan que tengo que someterme a algún castigo adicional. -
- Pero que demo…¿por qué no los abandona? – preguntó Harry, indignado ante el sufrimiento del elfo. - ¿¡Por qué no huye!? -
- Un elfo doméstico sólo puede ser libertado por su familia, señor. – dijo Dobby. - Y la familia nunca pondrá en libertad a Dobby...Dobby servirá a la familia hasta el día que muera, señor…-
Harry lo miró fijamente. Recordaba esos días en los que era el "criado" de los Dursley. Ellos le obligaban a hacer todas las tareas del hogar a cambio de nada. Lo condenaron a vivir como un esclavo. El tener que revivir aquellos amargos recuerdos, con solo ver la presencia de Dobby, lo llenaba de tristeza.
- Hace apenas un año atrás, me consideraba un desgraciado por tener que vivir con los Dursley...- susurró Harry, con tristeza. - Antes de descubrir que era un mago, mi vida era…un infierno. Esto me hace ver que incluso los Dursley parezcan humanos…Dígame, ¿nadie puede ayudarle? ¿Hay algo que yo pueda hacer por usted? –
Dobby se deshizo de nuevo en gemidos de gratitud. - Harry Potter pregunta si puede ayudar a Dobby...- lloró. - Dobby estaba al tanto de su grandeza, señor, pero no conocía su bondad...-
Harry sonrío tristemente. – Todo cuanto has oído hablar de mi es mentira, Dobby. – dijo. - Yo no hice más que sobrevivir a la maldición que me lanzó…bueno, "quien usted sabe" … La cuestión es que esta fama no me corresponde a mí, sino a mis padres, en especial, a mi madre…Ella se sacrificó para que el día de hoy, yo esté aquí…-
- Harry Potter es humilde y modesto…- dijo Dobby, mirándolo con admiración. Le brillaban sus ojos grandes y redondos. - Harry Potter no habla de su triunfo sobre "El que no debe de ser nombrado" ...- Harry asintió lentamente. - Dobby ha oído, que Harry Potter tuvo un segundo encuentro con el Señor Tenebroso, hace sólo unas semanas..., y que Harry Potter escapó nuevamente…-
Harry asintió nuevamente, y a Dobby se le llenaron los ojos de lágrimas.
- ¡Ay, señor! ¡Harry Potter es valiente y arrojado! – lloró el elfo. - ¡Ha afrontado ya muchos peligros! Pero Dobby ha venido a proteger a Harry Potter, a advertirle, aunque más tarde tenga que pillarse las orejas en la puerta del horno, de que Harry Potter no debe regresar a Hogwarts…-
De repente, Harry pensaba en interrumpir a Dobby y negarse a hacer tal cosa, pero en lugar de eso, decidió escuchar sus motivos.
- ¿Porque no debería regresar a Hogwarts? – preguntó el azabache. - Dobby, Hogwarts es mi hogar…-
- Harry Potter debe estar donde no peligre su seguridad. - dijo Dobby. - Es demasiado importante, demasiado bueno, para que lo perdamos. Si Harry Potter vuelve a Hogwarts, estará en peligro mortal…-
- ¿Peligro mortal? - preguntó Harry, frunciendo el ceño. - ¿Y ahora por qué? -
- Hay una conspiración, Harry Potter. - explicó Dobby. - Una conspiración para hacer que este año sucedan las cosas más terribles en el Colegio Hogwarts de Magia…Hace meses que Dobby lo sabe, señor. Harry Potter no debe exponerse al peligro, ¡es demasiado importante, señor! -
- Conque cosas terribles…- susurró el azabache, con la mano en la barbilla. - Pues vaya, que gran novedad. - añadió con sarcasmo. - ¿Quién las está tramando? -
Dobby hizo un extraño ruido ahogado y acto seguido se empezó a golpear la cabeza furiosamente contra la pared.
- ¡Basta! - gritó Harry, sujetando al elfo del brazo para detenerlo. - Si no puede decirlo, lo comprendo…entonces ¿por qué ha venido usted a avisarme? ¡Un momento! Esto no tiene nada que ver con "quien usted sabe", ¿verdad? Es suficiente con que asiente o niegue con la cabeza, yo lo entenderé. -
Dobby movió lentamente la cabeza de lado a lado. - No, no se trata de "aquel que no debe de ser nombrado", señor. - dijo, pero tenía los ojos muy abiertos y parecía que trataba de darle una pista.
- Hm…parece que algo si tiene que ver con él. - pensó el azabache, en referencia a su más grande enemigo. - Lo cual no me parecería extraño, es decir, el muy idiota sigue dando vueltas por ahí como un espectro tratando de regresar al poder. Pobre infeliz…- suspiró antes de responder a Dobby. - No entiendo cuál es su preocupación, señor Dobby. – dijo. - "Quien usted sabe" no tiene que hacer nada en Hogwarts. Después de todo, Dumbledore está allí. Me imagino que usted sabe quién es Albus Dumbledore, ¿no es así? -
- Albus Dumbledore es el mejor director que ha tenido Hogwarts. - repuso Dobby. - Dobby lo sabe, señor. Dobby ha oído que los poderes de Dumbledore rivalizan con los de "aquel que no debe de ser nombrado". Pero, señor, hay poderes que Dumbledore no.…, poderes que ningún mago honesto...-
Y antes de que Harry pudiera detenerlo, Dobby saltó de su asiento, cogió la lámpara de la mesa al lado de la chimenea, y empezó a golpearse con ella en la cabeza lanzando unos alaridos que destrozaban los tímpanos.
Con algo de esfuerzo, Harry lo detuvo. - Escuche, debo volver a Hogwarts. – dijo, comenzando a perder la paciencia. - Es mi mundo, mi hogar, allí están mis amigos y…- se puso cabizbajo.
Llevaba más de un mes sin recibir noticias de sus amigos. Ni de Hermione, ni de Ron, ni de Hagrid, ni siquiera la respuesta de Dumbledore. ¿Qué estaba pasando con la gente que le importaba?
- ¿Amigos que ni siquiera escriben a Harry Potter? - preguntó Dobby.
Harry vaciló antes de responder. - Me imagino que habrán estado...Eh…un momento…- se detuvo y frunció el entrecejo. Había gato encerrado. - ¿Cómo sabe usted que mis amigos no me han escrito? - inquirió.
Dobby cambió los pies de posición. - Harry Potter no debe enfadarse con Dobby…- farfulló el elfo. - Dobby pensó que era lo mejor...-
El rostro de Harry se ensombreció. - ¿Ha interceptado usted mis cartas, Dobby? - preguntó, y ya no se sentía tan amable.
- Dobby las tiene aquí, señor… - dijo el elfo, y escapando ágilmente del alcance de Harry, extrajo un grueso fajo de sobres del almohadón que llevaba puesto.
Harry pudo distinguir la esmerada caligrafía de Hermione, las letras de médico de Dumbledore, los irregulares trazos de Ron, y hasta un garabato que parecía salido de la mano de Hagrid.
- Harry Potter no debe enfadarse...- murmuró Dobby. - Dobby pensaba... que si Harry Potter creía que sus amigos lo habían olvidado...Harry Potter no querría volver al colegio, señor…-
Harry no le escuchó. Se abalanzó sobre las cartas, pero Dobby lo esquivó. Se volvió hacia él, mirándolo con enfado.
- Harry Potter las tendrá, señor. - saltó Dobby. - Si le da a Dobby su palabra de que no volverá a Hogwarts. ¡Señor, es un riesgo que no debe afrontar! ¡Dígame que no irá, señor! -
Harry pensó detenidamente su siguiente movimiento. Dobby no le dejaría en paz y no le regresaría sus cartas hasta asegurarse de que no iba a volver a Hogwarts. De modo, que en lugar de perseguir al elfo o maldecirle, optó por ser más astuto.
- ¡Tch! Muy bien Dobby, usted gana…- dijo Harry, con aparente molestia. - No iré a Hogwarts el día de hoy…Pero solo lo haré si me devuelve las cartas y se marcha de aquí, de inmediato…-
- ¿¡Oh, de verdad!? - preguntó Dobby esperanzado. - ¿Harry Potter no volverá a Hogwarts? –
- Si, no lo haré. - repuso Harry. - No tengo más remedio que resignarme por esta vez, supongo…-
- Muy bien, muy bien. - sonrió Dobby. - Aquí tiene Harry Potter, que las disfrute mucho. Dobby se tiene que marchar…-
Y con un chasquido de dedos, Dobby desapareció.
- ¡Hmph! No volveré a Hogwarts el día de hoy, ¡pero sí que lo haré el 1 de septiembre! - pensó Harry con una sonrisa, mientras se sentaba en su escritorio, y comenzaba a examinar las cartas. - A ver si me dejas acabar la frase la próxima vez. -
La primera, era de Hermione, la carta que más ansiaba poder leer. La abrió cuidadosamente y empezó a leerla.
Querido Harry
¿Cómo van tus vacaciones?
Yo todavía sigo liada con los deberes de vacaciones. También estoy repasando las lecciones y los diferentes libros de lo que dispongo. Es una pena no poder hacer nada más (como practicar hechizos) hasta que regresemos al Callejón Diagon.
Espero poder verte allí de nuevo, como la primera vez, que recuerdos...
Un beso
Hermione
Harry estaba tan feliz que se dejó caer de la silla y se tiró al suelo, con la carta de Hermione en el pecho.
- Yo también estoy ansioso por volver a verte…- pensó Harry, comenzando a soñar con tener a Hermione entre sus brazos una vez más. - ¿Me pregunto, como lo hace la gente para confesar lo que siente? Ah…el amor sigue siendo algo extraño para mi…Por lo menos en este sentido. -
La siguiente carta era de Albus Dumbledore, el director. No era más que una confirmación de que ya estaba al tanto de su situación en el Caldero Chorreante.
La de Ron tenía algo de chocolate en el papel, pero el texto estaba intacto.
¿Qué hay de nuevo Harry?
Oye, ¿cuándo vienes a verme? Con esta ya van doce cartas.
Mamá lleva semanas insistiéndome en que te invité. También le envié la invitación a Hermione, pero ella aún no me dio su respuesta. Eso le pasa por no tener una lechuza.
Mi hermana Ginny se ha pasado todo el verano hablando de ti. Tenemos a una fangirl entre nosotros, vaya.
¿Cómo lo estás pasando con los muggles? Apuesto a que los tienes bien a raya. Claro, ahora como saben que eres mago de seguro que se estarán preocupando más de que no los conviertas en sapos o algo así.
Espero que me respondas pronto. Si hace falta, ya venimos nosotros a buscarte.
Un abrazo de tu colega.
Ron
- Si tú supieras, Ronald…- pensó Harry con una sonrisa, y con ganas de aceptar la invitación de su mejor amigo. ¿Porque no? De todos modos, tenía muchas ganas de conocer a una familia mágica tan tradicional como los Weasley.
La ultima era de su gran amigo, Hagrid, quien le mandaba la carta con algo de tierra mentido en la nota.
Querido Harry.
¿Cómo te está yendo el verano?
Las tardes del té no son lo mismo sin ti y los demás. Bueno, la verdad es que a Hogwarts siempre le hace falta tener a sus estudiantes, dando vueltas por allí y por allá, recorriendo los terrenos, y haciendo cosas divertidas, como gastar bromas y tomar meriendas al aire libre.
Dumbledore está buscando candidatos para el puesto de profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, pero son bien escasos. Apenas hay gente que se ha presentado para el puesto. Ojalá que este año nos toque alguien decente.
Tengo muchas ganas de verte jugar de nuevo al Quidditch, y que vuelvas a dar una lección de vuelo a todos los que te ven jugar, incluyendo, por su puesto, a los novatos.
Espero con ansias tu regreso a Hogwarts. Ah, y por si me olvida, feliz cumpleaños, Harry. Tengo listo tu regalo, a ver si pasas por el Callejón Diagon para que te lo entregue cuando pase por allí, quien sabe.
Un fuerte abrazo de tu amigo.
Hagrid.
Harry tenía una amplia sonrisa, a él le gustaba platicar con Hagrid, contarle cosas de las clases, el Quidditch y demás, mientras tomaban el té en su acogedora cabaña.
El joven mago cogió su pluma, tinta, y empezó a redactar sus respuestas. En las cartas añadió que tuvo problemas con el correo vía lechuza, y que por eso sus cartas se retrasaron.
Pasaron tres días, en los que Harry siguió haciendo su rutina habitual, hasta que, en la tercera noche, recibió la visita de tres visitantes muy especiales.
Capítulo 20 - La casa de los Weasley
Alguien tocó la puerta de Harry, en plena madrugada.
- Pero que…- dijo en su mente. - ¿Quién es a estas horas? -
Harry se levantó, se puso su bata, sus pantuflas y cogió su varita de la mesita de noche. Tras ponerse en pie, se acercó sigilosamente hasta la puerta de la habitación, cogió la manija, y al abrir, apuntó con su varita a quien fuera que estuviera allí, encendiendo la punta tras pronuncias "Lumos".
Harry suspiró aliviado al ver de quienes se trataba. - ¿Ron? ¿Fred? ¿George? - fue señalando a sus visitantes. - ¿Qué hacéis aquí a estas horas? -
- ¿¡A que ha venido eso!? - bufó Ron, aun cubriéndose con los brazos.
- Bueno…- bostezó Harry, bajando la varita. - Si te refieres a que tres personas me levanten de la cama a la una de la madrugada, pues…-.
- Lo sentimos, Harry. - dijo George, frotándose lo ojos. - Había bastante tráfico y…-
- ¿Trafico? -
- Pues claro. - repuso Fred. - Hemos venido a buscarte en el coche. Que pensabas, ¿qué vendríamos en escoba? -
- Eso es lo más obvio, ¿no? - dijo Harry. - Creí que los magos no usaban vehículos muggles. -
- Claro que los usamos, Harry. - dijo Ron, haciendo un mohín. - Lo que pasa es que siempre tratamos de mantener costumbres tan tradicionales como los viajes en escoba. Pensamos que con el coche te recogeríamos mas rápido. -
- Y nos salió el tiro por la culata, ¿verdad? - comentó Fred. - ¿Cuántas horas de atasco nos comimos después del vuelo? -
- ¿El vuelo? - repitió el azabache. - ¿Pero no dicen que han venido en coche? -
- No lo sé, creo que unas dos horas. - dijo George. - Yo ya iba a sugerir que volviéramos, pero como ya estábamos a poco de entrar en Londres, no podíamos resignarnos. -
- En fin, Harry. - dijo Ron, mirándolo mientras hacía una mueca. - ¿Vas a venir con nosotros o te quedarás aquí hasta el 31 de agosto? -
Al ver las molestias que se tomaron los hermanos Weasley en venir a buscarle, Harry pensó que lo mejor era acompañarles. Después de todo, aún no había visitado la casa de un mago.
- Claro. - sonrió el azabache. - Será un placer conocer a vuestra familia al completo. -
- Genial, ve preparando tus cosas. - dijo Ron, mientras temblaba. - Yo de mientras iré al baño…- añadió con urgencia.
- ¿Sabes donde es? - preguntó Harry.
- ¡Si, no te preocupes! - dijo Ron rápidamente, marchándose por el pasillo hasta girar a la derecha.
- Ya nos alojamos aquí anteriormente. - comentó Fred.
- Si, por lo menos unas diez veces. - añadió George. - Es un buen sitio y…- entonces observó la redecoración de la habitación de Harry. - ¡Caray! ¿Qué le han hecho a esta habitación? -
- Tom la reformó. - explicó Harry. - Debió costar lo suyo, ya que el mobiliario no tiene pinta de ser barato. -
- Desde luego. - asintió Fred.
Harry no tardó ni quince minutos en tener todo su equipaje a punto. Entre él, Ron y los gemelos, acomodaron todas sus pertenencias en su baúl. Luego tuvieron que sacar a Ron a rastas porque quería quedarse dormido en la cama. Poco después, Harry tardó unos dos minutos más en cambiarse de ropa, aunque seguía cansado.
- Bien, todo está listo. – dijo el azabache, bostezando de nuevo. - Eh…os importaría…-
- ¿Que? ¿Bajar tus cosas? – preguntó George. - Claro, lo que haga falta por nuestro cliente número uno. ¿Fred? –
- En seguida, Georgie. – sonrió Fred.
Harry se rió. Recordaba cómo conoció a los gemelos. Aquellos simpáticos y a la vez traviesos muchachos de idéntica sonrisa que le ayudaron a subir su equipaje, en el andén nueve y tres cuartos, y que después en Hogwarts, resultaron ser los dueños de una tienda oculta tras un retrato en la Sala de Estudios de la Torre de Gryffindor.
Entre los dos gemelos, fueron bajando todas las cosas de Harry. Su baúl, la jaula de Hedwig, su escoba y, por poco, al propio Harry.
- Hedwig nos seguirá desde fuera. – dijo el azabache, abriendo la jaula y dejando a Hedwig emprender el vuelo libremente. - A él le gusta volar en libertad. –
- Bien, nos tienes que contar muchas cosas, ¿eh, Harry? – dijo Ron. - Sobre todo por el tema de las cartas. -
- Desde luego, Ronald. - repuso Harry. - Pero primero iré a ver a Tom. Debo cancelar el hospedaje. -
Harry no tuvo más remedio que despertar a Tom, quien se llevó una triste sorpresa al saber que se iba a marchar antes de tiempo, pero aliviado al saber que como siempre, volvería en unos días por la cuestión del material escolar.
- Bien, estoy listo chicos. – dijo Harry, cuando se reunió con Ron y los gemelos en la acera de la calle Charing Cross. Allí vio que había aparcado un Ford Anglia color azul marino. Cerraron el maletero tras guardar dentro su baúl.
- Pues venga, sube. – dijo Ron, sentándose en los asientos traseros.
- De acuerdo. – sonrió Harry. – Síguenos desde el aire, Hedwig. – le dijo a su lechuza, que aleteó sus alas con entusiasmo.
El azabache entró en el vehículo, sentándose al lado de Ron, y esperando a que Fred y George ocuparan los asientos de conductor y copiloto respectivamente.
Tras un ruidoso crujido, el motor del coche se puso en marcha, y empezó a moverse por la oscuridad de la calle.
- ¿Hay muggles mirado? - preguntó Fred.
- No, no hay muggles en las sombras. - observó George. - Creo que es buen momento para emprender el vuelo. -
- Mejor, - repuso Ron. - a este paso llegaremos a la hora del desayuno. -
Harry seguía sin entender a que se referían con lo del vuelo, pero pronto lo comprendió. Fred reajustó la marcha y pisó a fondo el acelerador. Como si un avión hubiera despegado, el coche se elevó por el aire, hasta alcanzar el cielo nocturno.
- ¡Wow! - saltó Harry, alucinado. - ¡Increíble! ¿¡Co-cómo es posible!? -
- Es cosa de mi padre. - dijo Ron, sonriendo. - Él lo encantó para que pudiera volar. -
- Interesante…- susurró el azabache. - Volar en coche…no había pensado en ello…-
- Entonces, Harry, ¿por qué...? - preguntó Ron, impaciente. - ¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Por qué no respondías mis cartas? -
Harry les explicó lo de Dobby, la advertencia que le había hecho y lo bien que se lo pasó "atormentando" a los Dursley. Ron y los gemelos se estuvieron riendo un buen rato, pero luego hubo un silencio prolongado.
- Muy sospechoso lo de ese elfo… - dijo finalmente Fred.
- Si, me huele mal… - corroboró George.
- ¿Así que ni siquiera te dijo quién estaba detrás de todo? – Preguntó Ron.
- Creo que no podía. - dijo Harry - Ya os he dicho que cada vez que estaba a punto de irse de la lengua, empezaba a darse golpes contra la pared… - añadió, rodando los ojos.
Vio que Fred y George se miraban.
- Vale, ya os estoy viendo. – bufó el azabache. - ¿Creéis que me estaba mintiendo? -
- Bueno. – repuso Fred. - Tengamos en cuenta que los elfos domésticos tienen mucho poder mágico, pero normalmente no lo pueden utilizar sin el permiso de sus amos. Me da la impresión de que enviaron al viejo Dobby para impedirte que regresaras a Hogwarts. Una especie de broma, ¿Hay alguien en el colegio que tenga algo contra ti? -
Harry y Ron se miraron, soltando una sonora carcajada.
- Como no, seguro que ha sido Draco Malfoy. – se burló Ron, agarrándose la barriga.
- Si. – sonrió Harry. - Ese cretino…Como siempre quiere deshacerse de mí. -
- ¿Draco Malfoy? - preguntó George, volviéndose. - ¿No es el hijo de Lucius Malfoy? -
- Supongo que sí, porque no es un apellido muy común…- respondió Harry. - ¿Por qué lo preguntas? -
- He oído a mi padre hablar mucho de él. - dijo George. - Fue un destacado partidario de "quien tu sabes". -
- Y cuando desapareció "quien tu sabes", Lucius Malfoy regresó negándolo todo. - dijo Fred, estirando el cuello para hablar con Harry. - Mentiras...Mi padre piensa que él pertenecía al círculo más próximo de "quien tú sabes". -
Harry ya había oído esos rumores sobre la familia de Malfoy, y no le sorprendía en absoluto. En comparación a los Malfoy, los Dursley parecían unos angelitos.
- Hm…¿creen que los Malfoy poseen algún elfo domestico? – preguntó Harry.
- Bueno, sea quien sea, tiene que tratarse de una familia de magos de larga tradición, y tienen que ser ricos. - observó Fred.
- Sí. - dijo George. - Mamá siempre está diciendo que querría tener un elfo doméstico que le planchase la ropa. Pero lo único que tenemos es un espíritu asqueroso y malvado en el ático, y el jardín lleno de gnomos. Los elfos domésticos están en grandes casas solariegas y en castillos y lugares así, y no en casas como la nuestra. -
- Ya veo…esto tiene pinta de ser cosa de Malfoy. - pensó Harry, de brazos cruzados. - El año pasado me la jugó con el duelo, además de tratar de acusarnos a mí y a los demás por lo de Norberto. No me extrañaría si se pasara otro año tratando de hacer todo lo posible por verme fuera de Hogwarts… ¡Ha! Cobarde…-
- De cualquier manera, me alegro de tenerte por fin aquí. - dijo Ron. - Me estaba preocupando de que no respondieras a mis cartas. Al principio le echaba la culpa a Errol...-
- ¿Errol? – preguntó el azabache frunciendo el entrecejo.
- Nuestra lechuza macho, pero está viejo. – comentó Ron. - No sería la primera vez que le da un colapso al hacer una entrega. Así que intenté pedirle a Percy que me prestara a Hermes...-
- Y ese es…-
- La lechuza que nuestros padres compraron a Percy cuando lo nombraron prefecto. - dijo Fred desde el asiento delantero.
- Pero Percy no me la quiso dejar. - añadió Ron, bufando. - Dijo que la necesitaba él…-
- Este verano, Percy se está comportando de forma muy rara. - dijo George, frunciendo el entrecejo. - Ha estado enviando montones de cartas y pasando muchísimo tiempo encerrado en su habitación... No puede uno estar todo el día sacando brillo a la insignia de prefecto. Eh, te estás desviando hacia el oeste, Fred. - añadió, señalando un indicador en el salpicadero, Fred giró el volante.
- ¿Vuestro padre sabe que os habéis llevado el coche? - preguntó Harry con curiosidad.
- Esto...no. - respondió Ron, como si se sintiera incómodo. – Cuando recibí tu respuesta me pasé el día pidiéndole que nos acompañara a buscarte, pero esta noche tenía que trabajar y no podía. Por eso le pedí ayuda a Fred y George, ya que le lo contrario no habríamos venido a buscarte. Espero que podamos dejar el coche en el garaje sin que nuestra madre se dé cuenta de que nos lo hemos llevado. -
- ¿Qué hace vuestro padre en el Ministerio de Magia? – preguntó Harry.
- Trabaja en el departamento más aburrido, - contestó Ron. - el Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles. -
- Oh, se dedica a regular el uso de la magia de los objetos muggles y tratar de mantener los elementos que han sido hechizados lejos de los muggles, ¿no es así? – preguntó el azabache con interés.
- Exacto. – repuso Ron. - Por ejemplo, el año pasado murió una bruja vieja, y vendieron su juego de té a un anticuario. Una mujer muggle lo compró, se lo llevó a su casa e intentó servir el té a sus amigos. Fue una pesadilla, nuestro padre tuvo que trabajar horas extras durante varias semanas. –
- ¿Qué pasó? –
- Pues que la tetera se volvió loca y arrojó un chorro de té hirviendo por toda la sala, y un hombre terminó en el hospital con las tenacillas para coger los terrones de azúcar aferradas a la nariz. – explicó Ron. - Nuestro padre estaba desesperado, en el departamento solamente están él y un viejo brujo llamado Perkins, y tuvieron que hacer encantamientos para borrarles la memoria y otros trucos para que no se acordaran de nada. –
- Hm…claaaaro. - observó Harry con diversión. - Por eso este coche…-
Fred se río. - Sí, le vuelve loco todo lo que tiene que ver con los muggles, tenemos el cobertizo lleno de chismes muggles. Los coge, los hechiza y los vuelve a poner en su sitio. Si viniera a inspeccionar a casa, tendría que arrestarse a sí mismo. A nosotros también nos fascina algunos de sus chismes no mágicos, pero a nuestra madre la saca de quicio. –
- Ahí está la carretera principal. - observó George, mirando hacia abajo a través del parabrisas. - Llegaremos dentro de diez minutos...Menos mal, porque se está haciendo de día. -
Un tenue resplandor sonrosado aparecía en el horizonte, al este. Fred dejó que el coche fuera perdiendo altura, y Harry vio a la escasa luz del amanecer el mosaico que formaban los campos y los grupos de árboles.
- Vivimos un poco apartados del pueblo. - explicó George. - En Ottery Saint Catchpole. -
El coche volador descendía más y más. Entre los árboles destellaba ya el borde de un sol rojo y brillante.
- ¡Aterrizamos! - exclamó Fred cuando, con una ligera sacudida, tomaron contacto con el suelo. Aterrizaron junto a un garaje en ruinas en un pequeño corral, y Harry vio por vez primera la casa de Ron.
Parecía como si en otro tiempo hubiera sido una gran pocilga de piedra, pero aquí y allá habían ido añadiendo tantas habitaciones que ahora la casa tenía varios pisos de altura y estaba tan torcida que parecía sostenerse en pie por arte de magia. Cuatro o cinco chimeneas coronaban el tejado, cerca de la entrada, clavado en el suelo, había un letrero torcido que decía "La Madriguera". En torno a la puerta principal había un revoltijo de botas de goma y un caldero muy oxidado. Varias gallinas gordas de color marrón picoteaban a sus anchas por el corral.
- No es gran cosa. – dijo Ron.
- Para mí, es una maravilla…- dijo Harry, muy contento de ver por primera vez la casa de un mago. – Indudablemente, esta casa debe de sostenerse con magia. – pensó. - Si alguna empresa constructora la viera probablemente avisarían a un equipo para reforzarla y evitar que se caiga a pedazos. -
- Ahora tenemos que subir las escaleras sin hacer el menor ruido…- advirtió Fred, una vez salieron del coche. -, y esperar a que mamá nos llame para el desayuno. -
- Entonces tú, Ron, bajarás las escaleras dando saltos y diciendo "¡Mamá, mira quién ha llegado esta noche!". – le explicó George a su hermano menor. - Ella se pondrá muy contenta, y nadie tendrá que saber que hemos cogido el coche. -
- Bien. - dijo Ron. - Vamos Harry, yo duermo en el...-
- ¿¡Pero dónde os habíais metido!? - exclamó de repente una voz.
Ron se puso de un color verdoso muy feo y clavó los ojos en la casa, los otros tres se dieron la vuelta. La señora Weasley iba por el corral espantando a las gallinas, y para tratarse de una mujer pequeña, rolliza y de rostro bondadoso, era sorprendente lo que podía parecerse a un tigre de enormes colmillos. Se paró delante de ellos, con las manos en las caderas, y paseó la mirada de uno a otro.
- Buenos días, mamá…- saludó George, poniendo lo que él consideraba que era una voz alegre y encantadora.
- ¿¡Tenéis idea de lo preocupada que he estado!? - preguntó la señora Weasley en un tono aterrador.
- Perdona, mamá, pero es que, mira, teníamos que…-
Aunque los tres hijos de la señora Weasley eran más altos que su madre, se amilanaron cuando descargó su ira sobre ellos.
- ¡Las camas vacías! ¡Ni una nota! - gritó. - El coche no estaba..., podíais haber tenido un accidente... Creía que me volvía loca, pero no os importa, ¿verdad?... Nunca, en toda mi vida... Ya veréis cuando llegue a casa vuestro padre, un disgusto como éste nunca me lo dieron Bill, ni Charlie, ni Percy...-
- Percy, el prefecto perfecto…- murmuró Fred.
- ¡PUES PODRÍAS SEGUIR SU EJEMPLO! - rugió la señora Weasley, dándole golpecitos en el pecho con el dedo. - ¡Podríais haberos matado o podría haberos visto alguien! Y vuestro padre podría haberse quedado sin trabajo por vuestra culpa...-
Les pareció que la reprimenda duraba horas. La señora Weasley enronqueció de tanto gritar y luego se plantó delante de Harry, que vaciló un poco asustado.
- Oh, Harry, me alegro de verte, cielo. - dijo con dulzura. - No te preocupes, esto no va contigo, ¡sino con este trío de imprudentes! - añadió, señalando a sus hijos.
- A ellos les hacía mucha ilusión tenerme aquí. - dijo Harry, esbozando una sonrisa. - Y a mí, me daba muchas ganas de conocerles. Gracias por invitarme a su casa. -
La señora Weasley tenía los ojos brillosos. - Oh, bueno…para nosotros es un placer tenerte aquí…- repuso. - ¿Qué te parece si pasas a la cocina para desayunar? -
- Con mucho gusto. - respondió Harry con amabilidad.
La señora Weasley se encaminó hacia la casa y Harry la siguió, después de dirigir una mirada azorada a Ron, que le respondió animándolo con un gesto de la cabeza.
El reloj de la pared de enfrente sólo tenía una manecilla y carecía de números. En el borde de la esfera había escritas cosas tales como "Hora del té", "Hora de dar de comer a las gallinas" y "Te estás retrasando".
- Ese ultimo le iría de perlas al tío Vernon. - pensó el azabache.
Sobre la repisa de la chimenea había unos libros en montones de tres, libros que tenían títulos como La elaboración de queso mediante la magia, El encantamiento en la repostería o Por arte de magia: cómo preparar un banquete en un minuto. Y, a menos que Harry hubiera escuchado mal, la vieja radio que había al lado del fregadero acababa de anunciar que a continuación emitirían el programa "La hora de las brujas, con la popular cantante hechicera Celestina Warbeck".
- No sabía que había brujas dedicadas a la música. - pensó Harry, rascándose la nuca.
La cocina era pequeña y todo en ella estaba bastante apretujado. En el medio había una mesa de madera que se veía muy restregada, con sillas alrededor. Harry se sentó con los ojos bien abiertos, mirando a todas partes.
- Es alucinante. - observó perplejo. - ¡Casi toda la casa está encantada! -
La señora Weasley preparaba el desayuno sin poner demasiada atención en lo que hacía, y en el rato que tardó en freír las salchichas echó unas cuantas miradas de desaprobación a sus hijos, pero Harry le insistió en que ellos solo estaban un poco impacientes y de que todo salió muy bien en el viaje. Aquello pareció tranquilizarla un poco.
- Arthur y yo también hemos estado muy preocupados por ti. - comentó, mientras le servía tres huevos fritos. - Anoche mismo estuvimos comentando que si Ron seguía sin tener noticias tuyas el viernes, iríamos a buscarte para traerte aquí. Pero entonces recibimos tu respuesta (Hay que ver como se a retrasado el mensaje de tu lechuza) y eso nos tranquilizó. Si Arthur no hubiera tenido que ir al trabajo ayer por la noche, tranquilamente hubiéramos ido a buscarte, pero claro, mis hijos aquí presentes ya se encargaron de traerte…Honestamente, cualquiera podría haberos visto atravesar medio país volando en ese coche e infringiendo la ley…
- Pero no infringimos la ley. - repuso Harry.
- Y yo no dudo de ti, cielo. - dijo la señora Weasley. - Lamentablemente, no puedo decir lo mismo de Fred y George…-
Entonces, como si fuera lo más natural, dio un golpecito con la varita mágica en el montón de platos sucios del fregadero, y éstos comenzaron a lavarse solos, produciendo un suave tintineo.
- ¡No hicimos nada malo! - se quejó Fred.
- ¡No hables mientras comes! - le interrumpió la señora Weasley.
- ¡Tampoco llamamos la atención de nadie, mamá! - bufó George.
- ¡Cállate tú también! - atajó la señora Weasley, pero cuando se puso a cortar unas rebanadas de pan para Harry y a untarlas con mantequilla, la expresión se le enterneció.
Harry se frotó las manos y gustosamente se lanzó al ataque.
En aquel momento apareció en la cocina una personita bajita y pelirroja, que llevaba puesto un largo camisón y que, dando un grito, se volvió corriendo.
- Eh…¿esa no era Ginny? - preguntó Harry, frunciendo el entrecejo.
- Si. - bufó Ron. - Como ya te comenté, se ha pasado todo el verano hablando de ti. La muy pesada…-
- Sí, debe de estar esperando que le firmes un autógrafo, Harry. - dijo Fred con una sonrisa, pero se dio cuenta de que su madre lo miraba y hundió la vista en el plato sin decir ni una palabra más.
No volvieron a hablar hasta que hubieron terminado todo lo que tenían en el plato, lo que les llevó poquísimo tiempo.
- Estoy que reviento…- dijo Fred, bostezando y dejando finalmente el cuchillo y el tenedor. - Creo que me iré a la cama y…-
- ¡De eso nada! - interrumpió enérgicamente la señora Weasley. - Si te has pasado toda la noche por ahí, ha sido culpa tuya. Así que ahora vete a Desgnomizar el jardín, que los gnomos se están volviendo a desmadrar. -
- Pero, mamá...-
- Y vosotros dos, id con él. - dijo ella, mirando a Ron y Fred. - Tú sí puedes irte a la cama, cielo. Tú no les pediste que te llevaran volando en ese maldito coche. - añadió, mirando a Harry.
- Es que…- dijo el azabache, jugueteando con los dedos. - Me gustaría ayudar a Ron y a los gemelos. Nunca he presenciado una desgnomización. -
- Eres muy amable, cielo. pero es un trabajo aburrido. - dijo la señora Weasley, cogiendo un pesado volumen de la repisa de la chimenea. - Pero veamos lo que Lockhart dice sobre el particular. -
- Mamá, ya sabemos desgnomizar un jardín. - se quejó George, rodando los ojos.
Harry echó una mirada a la cubierta del libro de la señora Weasley. Llevaba escritas en letras doradas de fantasía las palabras "Gilderoy Lockhart: Guía de las plagas en el hogar". Ocupaba casi toda la portada una fotografía de un mago muy guapo de pelo rubio ondulado y ojos azules y vivarachos. Como todas las fotografías en el mundo de la magia, ésta también se movía: el mago, que Harry supuso que era Gilderoy Lockhart, guiñó un ojo a todos con descaro. La señora Weasley le sonrió abiertamente.
- Vaya con el tal Lockhart, parece que su fama está aumentando últimamente…- pensó Harry, sobre Gilderoy Lockhart.
- Es muy bueno. - dijo la señora Weasley. - Conoce al dedillo todas las plagas del hogar, es un libro estupendo...-
- A mamá le gusta…- dijo Fred, en voz baja pero bastante audible.
- Hm…creo que al señor Weasley no le haría mucha gracia escuchar eso…- pensó Harry con una sonrisa.
- No digas tonterías, Fred...- dijo la señora Weasley, ruborizándose. - Muy bien, si crees que sabes más que Lockhart, ponte ya a ello, pero… ¡ay de ti si queda un solo gnomo en el jardín cuando yo salga! -
Entre quejas y bostezos, los Weasley salieron arrastrando los pies, seguidos por un curioso y emocionado Harry. El jardín era grande y al azabache le pareció que era exactamente como tenía que ser un jardín.
- Los muggles también tienen gnomos en sus jardines, ¿sabes? – comentó Harry a Ron, mientras atravesaban el césped.
- Sí, ya he visto esas cosas que ellos piensan que son gnomos. - dijo Ron, inclinándose sobre una mata de peonías. - Son como una especie de papás Noel gorditos con cañitas de pescar...-
Harry se río por el comentario de su mejor amigo. Se oyó el ruido de un forcejeo, la peonía se sacudió y Ron se levantó.
- Esto es un gnomo…- dijo, señalando su captura.
- ¡Suéltame! ¡Suéltame! - chillaba el gnomo.
- Pues vaya, desde luego no se parece a papá Noel. Más bien, parece una gran patata con brazos y patas. - pensó Harry, describiendo en pocas palabras al gnomo.
Ron cogió uno por los tobillos y lo puso cabeza abajo. - Esto es lo que tienes que hacer, lo levantas bien alto, le das unas vueltas, y los tiras fuera del jardín. No les duele, pero los tienes que dejar muy mareados para que no puedan volver a encontrar su madriguera. – explicó Ron.
Entonces soltó al gnomo y éste salió volando por el aire y cayó en el campo que había al otro lado del seto, a unos siete metros, con un ruido sordo.
- ¡De pena! - dijo Fred. - ¿Qué te apuestas a que lanzo el mío más allá de aquel tocón? -
Harry aprendió enseguida que no había que sentir compasión por los gnomos y decidió lanzar al otro lado del seto al primer gnomo que capturase.
El azabache optó por recurrir al "sistema practico": Aprovechando que tenían a la señora Weasley (una bruja adulta) cerca, le lanzó un potente maleficio rechazo Flipendo a un gnomo, lo cogió de los tobillos, giró varias veces y lo envío a volar lejos, muy lejos del jardín.
- Caramba, Harry...- dijo Ron, mirando como el gnomo que lanzó el azabache aterrizaba en un enorme bulto de paja seca. - Eso habrán sido casi veinte metros...-
Pronto el aire se llenó de gnomos volando. Harry se reía, pensando que desgnomizar era tan divertido que deberían crear un deporte de lanzamiento de gnomos.
- Vaya, - pensó sonriente. - que divertido es este trabajo. -
- Ya ves que no son muy listos. - dijo George, cogiendo cinco o seis gnomos a la vez. - En cuanto se enteran de que estamos desgnomizando, salen a curiosear, ¡ya deberían haber aprendido a quedarse escondidos en su sitio! -
Al poco rato vieron que los gnomos que habían aterrizado en el campo, que eran muchos, empezaban a alejarse andando en grupos, con los hombros caídos.
- Volverán, les gusta este sitio. - dijo Ron, mientras contemplaban cómo se internaban los gnomos en el seto del otro lado del campo. - Papá es demasiado blando con ellos, porque piensa que son divertidos...-
En aquel momento se oyó la puerta principal de la casa.
- ¡Ya ha llegado! - dijo George, muy contento.
- ¡Papá está en casa! - añadió Fred, dejando escapar unos cuantos confetis luminosos.
- Sigo sin saber de donde narices salen esos confetis. - pensó Harry. Los gemelos eran magos, y aún así tenían toda la pinta de ser inusuales.
Y fueron corrieron a su encuentro, el señor Weasley estaba sentado en una silla de la cocina, con las gafas quitadas y los ojos cerrados. Era un hombre delgado, bastante calvo, pero el escaso pelo que le quedaba era tan rojo como el de sus hijos, llevaba una larga túnica verde polvorienta y estropeada de viajar.
- ¡Vaya nochecita! - suspiró, aunque parecía muy contento. Cogió la tetera mientras los muchachos se sentaban a su alrededor - Nueve redadas. ¡Nueve! Y el viejo Mundungus Fletcher intentó hacerme un maleficio cuando le volví la espalda. -
El señor Weasley tomó un largo sorbo de té y suspiró.
- ¿Encontraste algo, papá? - preguntó Fred con interés.
- Sólo unas llaves que merman y una tetera que muerde. - dijo el señor Weasley. - Sin embargo, han ocurrido algunas cosas bastante feas que no afectaban a mi departamento. A Mortlake lo sacaron para interrogarle sobre unos hurones muy raros, pero eso incumbe al Comité de Encantamientos Experimentales, gracias a Dios…-
- ¿Para qué sirve que unas llaves encojan? - preguntó George.
- Para atormentar a los muggles, se les vende una llave que merma hasta hacerse diminuta para que no la puedan encontrar nunca cuando la necesitan... Naturalmente, es muy difícil dar con el culpable porque ningún muggle quiere admitir que sus llaves merman; siempre insisten en que las han perdido. ¡Merlín! No sé de lo que serían capaces para negar la existencia de la magia, aunque la tuvieran delante de los ojos...Pero no os creeríais las cosas que a nuestra gente le ha dado por encantar... -
- ¡COMO COCHES! ¿¡POR EJEMPLO!? -
La señora Weasley había aparecido blandiendo un atizador como si fuera una espada. El señor Weasley abrió los ojos de golpe y dirigió a su mujer una mirada de culpabilidad.
- ¿Co-coches, Molly, cielo? - farfulló el señor Weasley.
- Sí, Arthur, coches…- dijo la señora Weasley, con los ojos brillándole. - Imagínate que un mago se compra un viejo coche oxidado y le dice a su mujer que quiere llevárselo para ver cómo funciona, cuando en realidad lo está encantando para que vuele…-
El señor Weasley parpadeó antes de hablar. - Bueno, querida, creo que estarás de acuerdo conmigo en que no ha hecho nada en contra de la ley, aunque quizá debería haberle dicho la verdad a su mujer...- dijo, encogido en su asiento. - Verás, existe una laguna jurídica... siempre y cuando él no utilice el coche para volar. El hecho de que el coche pueda volar no constituye en sí...-
- ¡El señor Weasley ya se encargó personalmente de que existiera una laguna jurídica, cuando usted redactó esa ley! - gritó la señora Weasley. - ¡Sólo para poder seguir jugando con todos esos cachivaches muggles que tienes en el cobertizo! ¡Y, para que lo sepas, Harry ha llegado esta mañana en ese coche en el que tú no volaste! -
- ¿Harry? - dijo el señor Weasley mirando a su esposa sin comprender. - ¿Qué Harry? - al darse la vuelta, vio a Harry y se sobresaltó. - ¡Dios mío! ¿Es Harry Potter? Encantado de conocerte. Ron nos ha hablado mucho de ti...-
- Lo mismo digo señor Weasley. - dijo Harry, estrechándole la mano al señor Weasley.
- ¡Esta noche, tus hijos han ido volando en el coche hasta Londres y han vuelto! - gritó la señora Weasley. - ¿No tienes nada que comentar al respecto? -
- ¿Es verdad que hicisteis eso? - preguntó el señor Weasley, nervioso. - ¿Fue bien la cosa? Qui-quiero decir…- titubeó, al ver que su esposa echaba chispas por los ojos. - Que eso ha estado muy mal muchachos, muy pero que muy mal...-
- Vaya, la señora Weasley parece un volcán a punto de estallar. - pensó Harry, al ver la cara roja que tenía la señora Weasley. - Esto no tiene buena pinta…-
- Dejémosles que lo arreglen entre ellos. - le dijo Ron en voz baja. - Venga, quiero enseñarte mi habitación. -
Ron y Harry salieron sigilosamente de la cocina y, siguiendo un estrecho pasadizo, llegaron a una escalera torcida que subía atravesando la casa en zigzag. En el tercer rellano había una puerta entornada, antes de que se cerrara de un golpe, Harry pudo ver un instante un par de ojos castaños que le estaban espiando.
- Ginny. - dijo Ron. - No sabes lo raro que es que se muestre así de tímida. Normalmente nunca se esconde…-
- Hm…¿será que tiene miedo de mi presencia? - pensó Harry, algo preocupado. - Eso no es bueno…-
Subieron dos tramos más de escalera hasta llegar a una puerta con la pintura desconchada y una placa pequeña que decía "Habitación de Ronald".
A Harry le pareció que entraba en un horno, porque casi todo en la habitación era de color naranja intenso: la colcha, las paredes, incluso el techo. Luego se dio cuenta de que Ron había cubierto prácticamente cada centímetro del viejo papel pintado con pósteres de los Chudley Cannons.
- ¿Eres de los Chudley Cannons? - preguntó Harry. - Según he podido ver, van novenos en la tabla. -
- Así es. – respondió Ron. - ¿Y tú? ¿Ya tienes algún equipo? -
- No. - dijo el azabache, encogiéndose de hombros. - Aún no termino de decidirme. Ya veré, ya…-
Harry echó un vistazo por la diminuta ventana, tras pisar involuntariamente una baraja de cartas autobarajables que se hallaba esparcida por el suelo. Abajo, en el campo, podía ver un grupo de gnomos que volvían a entrar de uno en uno, a hurtadillas, en el jardín de los Weasley a través del seto. Luego se volvió hacia Ron, que lo miraba con impaciencia, esperando que Harry emitiera su opinión.
- Es un poco pequeña, - dijo Ron, un poco desanimado. - a diferencia de la habitación que tenías en el Caldero Chorreante. Además, justo aquí arriba está el espíritu del ático, que se pasa todo el tiempo golpeando las tuberías y gimiendo...-
Pero Harry tenía una amplia sonrisa en su cara. - Ron…está es… ¡La mejor casa que he visto nunca! - exclamó, muy contento.
Ron se ruborizó hasta las orejas.
