Capítulo 33 - El Diario de Tom Ryddle
Pasó una semana desde que Harry y Ron hablaron con Malfoy en la Sala Común de Slytherin, haciéndose pasar por Crabbe y Goyle. Desde aquel día, y con ningún dato más relevante que los cincuenta años que separaban su segundo curso de la última obertura de la Cámara, ellos y Hermione se habían limitado a pasar la navidad con toda la normalidad posible (si es que se le podía llamar así).
Fred y George repartían su tiempo entre la tienda secreta tras el retrato de la Sala de Estudios de la Torre; hacer extraños y fantásticos experimentos y en fastidiar a Percy (quien parecía seguir empeñado en localizar y detener al heredero de Slytherin). Ron no encontraba mejor distracción que unirse a sus hermanos gemelos en las distintas bromas que ellos planeaban.
Malfoy parecía más distante del resto de sus compañeros de Slytherin. Durante el desayuno del tercer día tras el interrogatorio, Crabbe y Goyle no parecían haberse enterado aún de los planes de su "líder", porque todavía lo seguían como un par de gorilas embobados.
Sin embargo, su compañera, Pansy Parkinson, se había vuelvo bastante irritante durante los días posteriores. Al parecer, estaba enfadada con Malfoy porque ya no se metía con Harry y compañía.
- ¡Mirad, ahí va esa sangre sucia! - se burló de Hermione un día. Estaba con Crabbe y Goyle (al parecer, ambos se habían aburrido de Malfoy y se fueron con ella). - ¿Ya has empacado tus cosas, Granger? Me imagino que no querrás compartir habitación en la enfermería con esa basura de Creevey y el fantasmita de tu casa…-
- ¡Colin no es una basura! - replicó Hermione acaloradamente. - ¿¡Te parece gracioso lo que está pasando!? -
Al parecer, a Parkinson si le parecía gracioso. Llevaba metiéndose con Hermione de manera estúpida desde el primer año, cuando se conocieron. Varias semanas atrás, Parkinson apoyaba a Malfoy en todas sus burlas, y Harry tenía la sensación de que a la Slytherin le gustaba algo más de él, que simplemente reírse tontamente.
- ¡Eh, cara cortada! - le gritó Parkinson a Harry, en tono meloso. - ¿Por qué no petrificas a Granger y te buscas a otra? Hay peces más puros en el mar…-
A Harry le hirvió la sangre ante semejante comentario, pero se resistió a hechizarla. Como persona noble, no se atrevía a hacerle daño a una chica, por muy odiosa que fuera.
- Vámonos. - le dijo Harry a Hermione, cogiéndola de la mano. - ¡Es evidente que esta celosa porque una nacida de muggles es mejor que ella en pociones! - añadió con satisfacción en voz alta, y por el rostro furioso de Parkinson, podía decirse que lo escuchó con claridad.
Además de prepararse para la reanudación del curso escolar, Harry y Hermione siguieron enseñándole a Chloe a utilizar correctamente los hechizos, que era mucho más divertido que el resumen sobre las cinco primeras aventuras de Gilderoy Lockhart.
- ¿Ya lo acabaste? - le pregunto Hermione a Chloe, tras esquivar un encantamiento aturdidor bastante flojo.
- Fue muy fácil y aburrido. - bufó Chloe. Seguía empeñada en ejecutar los hechizos correctamente. Había mejorado con el paso de los días. - Solo tenía que leer la última página y el propio libro te proporcionaba el resumen más que detallado. Un "copia y pega" de lo más ridículo, como sus clases. -
- Así que ya ni siquiera te importa que sea…"guapo",- dijo Hermione con diversión, y a Harry le entraron ganas de vomitar. - o lo que sea, ¿no? -
- Será todo lo guapo que quiera, pero eso no le quita lo idiota que es. - replicó Chloe, frotando su varita con un pañuelo rosado.
- ¿Tienes idea de que le ha pasado a Draco? - preguntó Hermione. - Está muy raro últimamente…-
- ¿Te refieres a que ha dejado de ser un idiota? - dijo Chloe, sonriendo de manera muy graciosa. - Lo sé, ¿a que es genial? -
- Eso explica porque Parkinson está tan insoportable. - bufó Hermione.
- Ginny tampoco se ha animado a venir hoy a la práctica. - observó Harry, queriendo cambiar de tema. - Y Ronald se ha vuelto a ir con Fred y George a jugarle una nueva broma a Crabbe y Goyle. ¿Seguro que invitaste a Ginny a las practicas? -
- Desde el primer día en que practicamos. - repuso Chloe. - Es tal y como sospechaba: Ginny tiene un librito en el que escribe obsesivamente. -
- ¿Un librito? - repitió Harry.
- El diario, Harry, ¡El diario! - dijo Chloe, inflando los cachetes graciosamente. - Hace un par de noches la descubrí escribiendo algo en su cama, a través de la cortina. Yo creo que ya sé lo que pasa: A Ginny le mola Lockhart. -
- Espera, ¿¡QUÉ!? - farfulló Hermione, abriendo la boca ampliamente.
- No puede haber otra razón. - dijo Chloe, con un brillo en los ojos. – Ella es la única que no se ha quejado de sus clases, incluso Luna dejó de echarle importancia. Prefiere centrarse más en encantamientos y pociones. Es buena en ambas materias. -
- Me imagino que sí. - asintió Harry. - Así que le gusta Lockhart…
- ¿N-no crees que te estás precipitando? - le preguntó Hermione a Chloe. - No tiene por qué ser él. Mira, quizás se trate de alguien de vuestro año, pero no quiere decirte nada. -
Entonces, Harry recordó la actitud de Ginny durante las vacaciones del verano pasado, en la Madriguera. Cuando ella se quedaba callada, nerviosa y salía corriendo cada vez que lo veía.
- Si le gusta alguien, no sé porque no me dice nada. - bufó Chloe. - Después de todo somos amigas, me gustaría poder ayudarla. Se pasa las noches enfrascada en ese dichoso libro, y cuando es de día ni siquiera se anima a probar bocado. -
Sin apenas preocuparse, salvo por las habituales travesuras de Peeves y los gemelos Weasley, las vacaciones de invierno llegaron a su fin. Los estudiantes que pasaron las fiestas con sus familias regresaron; las clases se reanudaron, y también, los entrenamientos y partidos de Quidditch. Había tanto por hacer que ni Harry, Ron o Hermione contaban con tiempo para preocuparse por el asunto de la Cámara de los Secretos.
A Ginny se la veía cada vez más tensa, y apenas hablaba. No parecía la típica timidez ante los sentimientos que podía sentir hacia alguien especial, como supuso Chloe anteriormente. Mas bien, parecía asustada de verdad, como si tuviera pesadillas un día tras otro. Durante el desayuno del día siguiente, cuando las clases iban a comenzar de nuevo, ni siquiera se apareció por el gran comedor.
Aquella preocupante situación había provocado algo inusual en la mesa de Gryffindor: Ron y Chloe no se estaban peleando por la comida, como ya era costumbre. En lugar de discutir, hablaban con seriedad sobre la situación de Ginny.
- Esta cada vez peor, chicos. - les dijo Chloe a Harry, Ron y Hermione. - Tal vez…tal vez deberías hablar con ella, Ron, porque ya no quiere hablar conmigo. -
Contrario a otras ocasiones, Ron parecía estar de acuerdo. Su semblante serio reflejaba la preocupación que llegó a él como un jarrón de agua fría. En circunstancias normales, él habría dicho algo como "ya se le pasará", pero aquel no era el caso.
- Tienes razón, hablaré con ella. -– dijo Ron en voz baja. - Lo cierto es que lleva semanas que está muy rara…- se puso en pie y se encaminó hacia la salida.
- Te seguimos, Ronald. - dijo Harry, acompañado por Hermione.
Y así, los tres se fueron a buscar a Ginny. ¿Qué le estaba pasando? ¿Tenía tanto miedo de expresar sus sentimientos a la persona que le gustaba, que le causaba terror intentarlo? ¿Un terror tremendo? A Harry le parecía extraña su actitud.
Después de mirar cerca de los invernaderos de Herbología, la entrada al estadio de Quidditch, y las cercanías a la cabaña de Hagrid, encontraron a Ginny cerca del lago negro. Estaba sentada, mirando perdidamente hacia el horizonte. Es posible que ella se percatara de la presencia de Harry y los demás, porque se removió inquietamente, como si tuviera prisa por esconder algo.
- ¡Eh, Ginny! - dijo Ron, caminando a zancadas hacia ella
- Ho-hola…- dijo Ginny, con una voz que a Harry le recordaba a Quirrell. - ¿Qué tal va todo? -
- Nosotros bien, pero se ve que tú no. - replicó Ron. - Te está pasando algo y lo sabemos…-
En ese momento, Ginny, que estaba pálida, había perdido algo más de color. Hermione se acercó a ella y empezó a hablarle con amabilidad.
- Chloe también está muy preocupada por ti. - le dijo. - Dice que te pasas muchas noches concentrada en un libro. - Ginny negó rápidamente con la cabeza. - Escucha, si tienes un problema no tienes que afrontarlo tu sola. ¿Es por un chico? ¿Es porque no te sientes con fuerzas para decirle lo que sientes? Si quieres puedo ayudarte. -
- ¿En serio sabrá de esos temas? - le dijo Ron a Harry en voz baja, pero él estaba demasiado ocupado, observando el comportamiento defensivo de Ginny.
- No…no es asunto tuyo. - le dijo Ginny a Hermione con frialdad, y desviando la mirada.
- ¡Ginny! - dijo Ron, empezando a enfadarse. - ¿¡Qué diablos te pasa!? ¿¡Te gusta alguien!? ¡Si es así dime quien es para dejarle una cara nueva! - gruñó, ajustándose los nudillos.
- ¡Ronald! - exclamó Hermione.
- ¿Qué es lo que escondes? - le preguntó Harry a Ginny, que hasta el momento se había mantenido al margen. - Cuando te encontramos, parecías tener prisa por ocultar algo en tu túnica…- observó agudamente.
Ginny lo miró con terror, y Harry no sabía si sentirse mal o victorioso porque estaba desbloqueando el misterio que ocultaba.
- ¿Qué es lo que escondes, Ginny? - le preguntó Ron a su hermana con brusquedad. - ¿Qué llevas en la túnica? -
- Nada. - respondió ella rápidamente.
- ¿En serio? Harry dice que has escondido…-
- ¡No llevo nada! - gritó Ginny, saliendo corriendo hacia él castillo.
Mientras se preguntaban que le podía pasar a Ginny, la campana de la escuela empezó a resonar por los terrenos. Faltaba poco para ir a clase de pociones. Sin tiempo a preocuparse más por Ginny, los tres salieron corriendo hacia el castillo.
Nadie volvió a ver a Ginny durante el resto del día. Ya por la noche, Harry, Ron y Hermione estaban subiendo de regreso a la Torre de Gryffindor. Pasaron la tarde en la biblioteca, haciendo los deberes que dejó el profesor Snape en la clase de Pociones. Con tanto trabajo encima a penas tocaron el tema de Ginny.
- Bien podríamos tirarnos con esto hasta sexto curso…- dijo Ron de malhumor.
- Vamos Ron, no es para tanto. - dijo Hermione. - Solo nos queda un informe sobre los ingredientes que hemos usado hasta ahora en las clases y explicar el procedimiento de elaboración de la poción crecepelo. -
- Para vosotros no es nada, - se quejó Ron. - ¡pero para mí sí! -
- ¡Shh! Silencio. - dijo Harry de repente. - Escuchen…- Hasta sus oídos llegó un arranque de cólera que provenía del piso superior. - Es Filch…- susurró, y subieron deprisa las escaleras y se detuvieron a escuchar donde no podía verlos.
- ¡Oh no! - dijo Hermione, alarmada. - ¿Será otro ataque? -
- Ojalá que no sea eso y simplemente esté enfadado. - dijo Ron, esperanzado.
Se quedaron inmóviles, con la cabeza inclinada hacia la voz de Filch, que parecía completamente histérico.
- Más trabajo para mí. - gruñó. - ¡Fregar toda la noche, como si no tuviera otra cosa que hacer! ¡No, ésta es la gota que colma el vaso, me voy a ver a Dumbledore! - Sus pasos se fueron distanciando, y oyeron un portazo a lo lejos, asomaron la cabeza por la esquina.
- Bien, - suspiró Ron en voz baja. - solo está gruñendo como de costumbre. -
Evidentemente, Filch había estado cubriendo su habitual puesto de vigía, se encontraban de nuevo en el punto en que habían atacado a la Señora Norris. Buscaron lo que había motivado los gritos de Filch. Un charco grande de agua cubría la mitad del corredor, y parecía que continuaba saliendo agua de debajo de la puerta de los aseos de Myrtle la Llorona. Ahora que los gritos de Filch habían cesado, podían oír los gemidos de Myrtle resonando a través de las paredes de los aseos.
- ¿Qué es lo que ha pasado aquí? - preguntó Hermione.
- Ya está llorando otra vez…- bufó Ron, molesto.
- Vamos a ver qué le pasa. - propuso Harry, se metieron en el charco chapoteando, llegaron a la puerta que exhibía el letrero de "No funciona" y, haciendo caso omiso de la advertencia, como de costumbre, entraron.
Myrtle la Llorona estaba llorando, si cabía, con más ganas y más sonoramente que nunca. Parecía estar metida en su retrete habitual, los aseos estaban a oscuras, porque las velas se habían apagado con la enorme cantidad de agua que había dejado el suelo y las paredes empapados.
- Myrtle, que… ¿qué ha pasado? - le pregunto Hermione, mirando perpleja el desastre.
- ¿Quién es? - preguntó Myrtle, con tristeza, como haciendo gorgoritos. - ¿Venís a arrojarme alguna otra cosa? -
- ¿Porque tendríamos que hacer eso? – preguntó Harry.
- ¡No sé! - gritó Myrtle, provocando al salir del retrete una nueva oleada de agua que cayó al suelo ya mojado. - Aquí estoy, intentando sobrellevar mis propios problemas, y todavía hay quien piensa que es divertido arrojarme un libro...-
- Pero si alguien te arroja algo, a ti no te puede doler. - dijo Ron, como si fuera algo de lo más normal y obvio. - Quiero decir, simplemente te traspasaría. -
Harry y Hermione rodaron los ojos. Ron acababa de meter la pata con su comentario carente de sentimiento.
Myrtle se sintió ofendida y chilló: - ¡Muy bonito! ¡Vamos a arrojarle libros a Myrtle, que no puede sentirlo! ¡Diez puntos al que se lo cuele por el estómago! - chilló, atravesándole con su puño a Ron. - ¡Cincuenta puntos al que le traspase la cabeza! -
- Ron, eres un insensible. - le regañó Hermione. - Será un fantasma, pero tiene sentimientos, ¿sabes? -
- ¿Viste al que te arrojó el libro? - le preguntó el azabache a Myrtle.
- No, no conseguí pillarle...- dijo ella, mirándolos. - Estaba sentada en el sifón, pensando en la muerte, y me dio en la cabeza. Está ahí, empapado…-
Harry, Hermione y Ron miraron debajo del lavabo, donde señalaba Myrtle. Había allí un libro pequeño y delgado. Tenía las tapas muy gastadas, de color negro, estaba tan humedecido como el resto de las cosas que había en los lavabos.
Harry se acercó para cogerlo, pero Ron y Hermione lo detuvieron con los brazos.
- ¡Espera! - gritó Hermione.
- ¿Qué pasa? - preguntó Harry, frunciendo el entrecejo.
- ¿Estás loco? - inquirió Ron. - Podría resultar peligroso amigo -
- ¿Y porque iba a ser peligroso? - preguntó Harry, riéndose. - Es solo un puñetero libro. -
- Te sorprendería saber que entre los libros que el Ministerio ha confiscado había uno que les quemó los ojos, me lo ha dicho mi padre. - dijo Ron, asustado, mirando el librito. - Y todos los que han leído "Sonetos del hechicero" han hablado en cuartetos y tercetos el resto de su vida. ¡Y una bruja vieja de Bath tenía un libro que no se podía parar nunca de leer! Uno tenía que andar por todas partes con el libro delante, intentando hacer las cosas con una sola mano. -
- Fíjate, incluso alguien tan cabezota como Ron sabe algo tan importante. - dijo Hermione, en tono severo.
- ¡Oye! - se quejó Ron.
Sin embargo, Harry sacó a relucir una vez más su arrogancia. - Hm…pero sin echamos un vistazo, ¿cómo vamos a averiguarlo? - dijo, y esquivando a ambos, cogió el libro, como si nada.
- ¡HARRY! - gritaron Ron y Hermione al mismo tiempo.
- ¿Que? ¿Veis? No pasa nada...- bufó el azabache. A continuación, abrió el libro. Vio al instante que se trataba de un diario, y la desvaída fecha de la cubierta le indicó que tenía cincuenta años de antigüedad. Lo abrió intrigado, en la primera página podía leerse, con tinta emborronada. - T.M. Ryddle…- leyó agudamente. - ¿Os suena de algo? -
- Hm…creo que vi ese nombre en algún lugar de la sala de trofeos. - dijo Hermione, poniéndose a pesar. Al cabo de unos segundos dijo: - ¡Ah, claro! Ahora me acuerdo: T.M. Ryddle ganó un premio hace cincuenta años por Servicios Especiales a la escuela. -
- ¿Qué tal si echamos un vistazo? - preguntó Ron con entusiasmo.
- Es muy tarde, Ron. - replicó Hermione. - Los prefectos ya deben de haber iniciado la ronda de vigilancia. Si no nos apresuramos, podrían pillarnos y quitarnos puntos tontamente. -
A Harry le habría gustado un poquito de riesgo y aventurarse a entrar una vez más en la Sala de Trofeos, de noche. Luego, cuando llegaron a la Sala Común, recordó que Filch estaba de un humor de perros, y que de pillarlos a los tres de seguro el castigo se aproximaría a lo mortal. Aprovechando que todos se fueron a dormir, y que estaban solo, los tres se quedaron en la Sala Común, estudiando en una mesa el diario de Ryddle.
Harry separó las páginas humedecidas. Estaban en blanco. No había en ellas el más leve resto de escritura, ni siquiera "cumpleaños de tía Mabel" o "dentista, a las tres y media".
- No llegó a escribir nada…- dijo, decepcionado.
- Me pregunto por qué querría alguien tirarlo al retrete. - dijo Ron con curiosidad.
Harry le entregó el diario a Hermione, y ella volvió a mirar las tapas del cuaderno. Mientras la observaba, vio impreso el nombre de un quiosco de la calle Vauxhall, en Londres.
- Debió de ser de familia muggle, ya que compró el diario en la calle Vauxhall... - dijo Hermione, especulando. - Una vez fui allí para buscar una serie de libros infantiles. Por aquel entonces cursaba segundo año de primaria. -
- ¿Qué es la primaria? - preguntó Ron.
- ¿Los magos no van a alguna escuela antes de Hogwarts? - le preguntó Harry.
- No. - respondió Ron. - Si hablas de la educación básica, lo normal es que te la enseñen en casa, como fue en mi caso. -
- ¿¡No hay ninguna escuela de educación básica en el mundo mágico!? - inquirió Hermione, alarmada. Al parecer, ella tampoco lo sabía.
- No conozco ninguna. - dijo Ron, encogiéndose de hombros. - Aunque no sé porque os alarmáis tanto. Pensé que ya lo sabíais. -
Como ya estaban cansados, decidieron dejar de hablar sobre el diario y subir a sus dormitorios. Se centraron en acudir a clase al día siguiente, y Harry, que decidió guardarse el diario en el bolsillo de su túnica, se mantuvo centrado en la Clase de Historia, y suplicando a que las tres tazas de café de la mañana obraran algún milagro para que se mantuviera despierto. Estuvieron tan atareados que nos les dio tiempo de ir a echar un vistazo en la Sala de Trofeos.
En la noche, a Hermione le entró una idea en la cabeza.
- ¡Podría tener poderes ocultos! - dijo con entusiasmo, cogiendo el diario y mirándolo de cerca.
- Si los tiene, los oculta muy bien. - repuso Ron. - A lo mejor es tímido. No sé por qué lo guardas, Harry. -
- Lo que me gustaría saber es por qué alguien intentó deshacerse de él. - dijo Harry, observando con interés el diario. - Y también me gustaría saber cómo consiguió Ryddle el Premio por Servicios Especiales. -
- Por cualquier cosa. - dijo Ron, encogiéndose de hombros. - A lo mejor acumuló treinta matrículas de honor en Brujería o salvó a un profesor de los tentáculos del abuelo del calamar gigante. Quizás asesinó a Myrtle, y todo el mundo lo consideró un gran servicio...-
- ¡Ronald! - chilló Hermione, escandalizada, antes de volcar su atención en el libro.
- Pero si te cae fatal. - dijo Ron, rodando los ojos.
Harry estaba convencido, por la cara de interés que ponía Hermione, de que ella estaba pensando lo mismo que él.
- ¿Qué pasa? - dijo Ron, mirando a uno y a otro.
- Bueno, la Cámara de los Secretos se abrió hace cincuenta años, ¿no? - explicó Harry. - Al menos, eso fue lo único útil que nos dijo Malfoy. -
- Sí...- admitió Ron.
- Y este diario tiene cincuenta años. - dijo Hermione, golpeándolo, emocionada, con el dedo.
- ¿Y? -
- Venga, Ron, despierta ya. - dijo Hermione bruscamente. - Sabemos que la persona que abrió la cámara la última vez fue expulsada hace cincuenta años. Sabemos que a T.M. Ryddle le dieron un premio hace cincuenta años por Servicios Especiales a la escuela. Bueno, ¿y si a Ryddle le dieron el premio por atrapar al heredero de Slytherin? En su diario seguramente estará todo explicado: dónde está la cámara, cómo se abre y qué clase de criatura vive en ella. La persona que haya cometido las agresiones en esta ocasión no querría que el diario anduviera por ahí, ¿no? -
- Es una teoría brillante, Hermione, - dijo Ron, frotándose la barbilla. - pero tiene un pequeño defecto: que no hay nada escrito en el diario. -
Pero Hermione sacó su varita mágica de la bolsa. - ¡Podría ser tinta invisible! - dijo con terquedad y dio tres golpecitos al cuaderno, diciendo: - ¡Aparecium! - Pero no ocurrió nada. Impertérrita, volvió a meter la mano en la bolsa y sacó lo que parecía una goma de borrar de color rojo. - Es un revelador, lo compré en el callejón Diagon - dijo ella. Frotó con fuerza donde ponía "1 de enero". Siguió sin pasar nada.
- Ya te lo decía yo, no hay nada que encontrar aquí. - bufó Ron, entrecerrando los ojos. - Es muy simple de entender: a Ryddle le regalaron un diario por Navidad, pero no se molestó en rellenarlo. -
Harry no podría haber explicado, ni siquiera a sí mismo, por qué no tiraba a la basura el diario de Ryddle. El caso es que, aunque sabía que el diario estaba en blanco, pasaba las páginas atrás y adelante, concentrado en ellas, como si contaran una historia que quisiera acabar de leer. Y, aunque estaba seguro de no haber oído antes el nombre de T.M. Ryddle, le parecía que ese nombre le decía algo, como si se tratara de un amigo olvidado de la más remota infancia. Pero era absurdo, no había tenido amigos antes de llegar a Hogwarts.
- Si. - bufó Harry mentalmente. - En años anteriores, Dudley y sus amigotes ya se encargaban de ahuyentar a los demás como si fueran una bandada de buitres…-
Sin embargo, Harry estaba determinado a averiguar algo más sobre Ryddle, así que, al día siguiente, en el recreo, se dirigió a la sala de trofeos para examinar el premio especial de Ryddle, acompañado por una Hermione rebosante de interés y un Ron aburrido porque seguían insistiendo con terquedad en que el diario era importante.
La placa de oro bruñido de Ryddle estaba guardada en un armario esquinero. No decía nada de por qué se lo habían concedido.
- Pues vaya. - bufó Ron. - Al parecer, aquí tampoco se explica cómo diablos ganó el premio. -
Sin embargo, encontraron el nombre de Ryddle en una vieja Medalla al Mérito Mágico y en una lista de antiguos alumnos que habían recibido el Premio Anual.
- Me recuerda a Percy. - dijo Ron, arrugando con disgusto la nariz. - Prefecto, Premio Anual..., supongo que sería el primero de la clase. -
- Lo dices como si fuera algo vergonzoso. - señaló Hermione, algo herida.
- No hay nada de malo en ser prefecto. - se quejó Harry. - Ahora, que si eres Percy…- leyó con atención los nombres de quienes habían llegado a ser alguna vez prefecto y Premio Anual.
Entre los nombres más destacados que Harry pudo encontrar estaban el profesor Dumbledore, la profesora McGonagall, el profesor Snape…y sorprendentemente, como Premio Anual, encontró el nombre de su padre.
- ¡E-es mi padre! - dijo el azabache, señalando el nombre de "James Potter". Ron y Hermione se acercaron para verlo.
- Que raro. - dijo Ron. - Si tu padre fue Premio Anual, ¿por qué no figura en la lista de prefectos? -
- Según "Hogwarts: Una historia", existen casos excepcionales en las que un alumno puede aspirar a ser Premio Anual sin pasar por la prefectura. - explicó Hermione. - Si tu padre llegó a serlo, debió de ser por una razón muy importante. No le conceden el Premio Anual a cualquiera. -
- Ya veo…- susurró Harry. - Oh, mira Ron, es tu hermano. - señaló el nombre de "William Weasley" (Bill), el hermano mayor de Ron.
- Si. - dijo Ron. - Ese es el premio que Percy tanto ansía…- añadió con disgusto.
El sol había vuelto a brillar débilmente sobre Hogwarts, dentro del castillo, la gente parecía más optimista. No había vuelto a haber ataques después del cometido contra Justin y Sir Nicholas, a la señora Pomfrey le encantó anunciar que las mandrágoras se estaban volviendo taciturnas y reservadas, lo que quería decir que rápidamente dejarían atrás la infancia.
Una tarde, Harry oyó que la señora Pomfrey decía a Filch amablemente: - Cuando se les haya ido el acné, estarán listas para volver a ser trasplantadas. Y entonces, las cortaremos y las coceremos inmediatamente. Dentro de poco tendrá a la Señora Norris con usted otra vez. -
- Hm…¿será que el heredero de Slytherin se ha acobardado? - pensó Harry, sin convencerse del todo. - No…no creo…Quizás esté maquinando un nuevo plan, pensando en su siguiente víctima. No podemos confiarnos…-
Ernie Macmillan, de Hufflepuff, no era tan optimista. Seguía convencido de que Harry era el culpable y que se había delatado en el club de duelo.
- Que ganas tengo de petrificarle…- pensó Harry maliciosamente. - y no necesito un monstruo precisamente. Me basta con un buen "Petrificus Totalus" y hacerlo rodar cuesta abajo por la colina más cercana. Así aprenderá…-
Peeves no era precisamente una ayuda, pues iba por los abarrotados corredores saltando y cantando, pero ahora además interpretando un baile al ritmo de la canción.
- ¡Oh, Potter, eres un zote, estás podrido...! -
- Peeves, se me está acabando la paciencia…- le dijo Harry, con el rostro sombrío. - Te lo advierto: no me obligues a hacer algo que no quiero hacer. -
- ¿Eh? ¿Hacer que, Pipi-Pote? - preguntó el poltergeist, en tono burlón.
Con enfado, Harry apretó los dientes, empuñó su varita, apuntó a Peeves y gritó: - ¡GLACIUS! -
Peeves quedó encerrado dentro de un gran cubo de hielo, y ahí se quedó, con la sonrisa congelada. Apenas podía moverse.
- Bueno, así dejarás de fastidiar, - bufó el azabache, antes de seguir su camino. - un par de horas al menos…-
Pasaron las semanas, y Ginny había recuperado un poco la sonrisa. Se la veía más animada porque dejó de saltarse la hora del desayuno, e incluso se animó a practicar magia con Harry, Hermione y Chloe. Los tres decidieron no presionarla y no preguntarle nada sobre su supuesto diario.
- Recuerda, es Wingardium Leviosa. - le dijo Harry a Ginny, haciendo un repaso del encantamiento levitatorio. Los cuatro estaban repasando de manera práctica algunos encantamientos de primer curso.
Ginny hizo correctamente el movimiento de varita y logró trasladar un tronco mohoso desde el Circulo de Piedra, hasta las cercanías al bosque.
- ¡Muy bien, Ginny! - le vitoreó Chloe, aplaudiendo infantilmente. - ¿A que estas mejor sin tu librito? -
- ¡Chloe! -chilló Ginny, sonrojándose.
- ¿Qué librito? - preguntó Harry. Entonces recordó que un mes atrás Chloe le habló sobre el diario personal de Ginny. Decidido a no meter la pata, fingió no saber nada al respecto.
- Nada importante, de verdad…- farfulló Ginny.
- Al parecer, ya no le hace falta. - comentó Chloe. - A estado ocupada hablando con la persona que tanto le interesa. -
- ¿Ah, sí? - dijo Hermione, arqueando las cejas. - Bueno, ¿Quién es el afortunado? -
Chloe negó con la cabeza. - No tengo ni idea. – dijo. Miró a Ginny y le preguntó: - ¿Nos lo piensas decir, o eso también es altamente confidencial? -
- Eh…¿Qué tal si volvemos al castillo? - sugirió Ginny, apresuradamente. - Es casi la hora de comer. -
- ¡La hora de comer! - saltó Chloe, llevándose las manos a la cabeza. Cogió la mano de Ginny y se la llevó corriendo por el puente mientras chillaba: - ¡Démonos prisa! ¡Antes de que tu hermano nos deje sin nada! -
- Eso fue muy rápido…- dijo Hermione, riéndose nerviosamente.
- Eh…¿Qué me he perdido? - se preguntaba Harry, haciendo un mohín. Ginny volvía a mostrar la misma timidez que tenía en las vacaciones de verano.
Gilderoy Lockhart estaba convencido de que era él quien había puesto freno a los ataques. Harry le oyó exponerlo así ante la profesora McGonagall mientras los de Gryffindor marchaban en hilera hacia la clase de Transfiguración.
- No creo que volvamos a tener problemas, Minerva. - dijo, guiñando un ojo y dándose golpecitos en la nariz con el dedo, con aire de experto. - Creo que esta vez la cámara ha quedado bien cerrada. Los culpables se han dado cuenta de que en cualquier momento yo podía pillarlos y han sido lo bastante sensatos para detenerse ahora, antes de que cayera sobre ellos...Lo que ahora necesita el colegio es una inyección de moral, ¡para barrer los recuerdos del trimestre anterior! No te digo nada más, pero creo que sé qué es exactamente lo que...- de nuevo se tocó la nariz en prueba de su buen olfato y se alejó con paso decidido.
- ¿No puede dejar de fastidiar incluso cuando vamos a una clase que no es la suya? - bufó mentalmente el azabache.
La idea que tenía Lockhart de una inyección de moral se hizo patente durante el desayuno del día 14 de febrero. Harry no había dormido mucho a causa del entrenamiento de Quidditch de la noche anterior y llegó al Gran Comedor corriendo, algo retrasado. No podía faltar: le había escrito una tarjeta de San Valentín a Hermione y quería dársela.
Pensó, por un momento, que se había equivocado de puerta. Las paredes estaban cubiertas de flores grandes de un rosa chillón. Y, aún peor, del techo de color azul pálido caían confetis en forma de corazones. Harry se fue a la mesa de Gryffindor, en la que estaban Ron, con aire asqueado, Hermione, guardándose rápidamente algo en la túnica. También se encontraban sentadas Ginny y Chloe. La primera observaba la mesa de los profesores con el entrecejo fruncido, y la segunda, tenía una bandeja de pasteles de caldero para ella sola.
-¿Pero…qué demonios es todo esto? - se preguntó Harry, sentándose y quitándose de encima el confeti.
Ron, que parecía estar demasiado enfadado para hablar, señaló la mesa de los profesores. Lockhart, que llevaba una túnica de un vivo color rosa que combinaba con la decoración, reclamaba silencio con las manos. Los profesores que tenía a ambos lados lo miraban estupefactos. Desde su asiento, Harry pudo ver a la profesora McGonagall con un tic en la mejilla. Snape tenía el mismo aspecto que si se hubiera bebido un gran vaso de Crecehuesos.
- ¡Feliz día de San Valentín! - gritó Lockhart. - ¡Y quiero también dar las gracias a las cuarenta y cinco personas que me han enviado tarjetas! Sí, me he tomado la libertad de preparar esta pequeña sorpresa para todos vosotros... ¡y no acaba aquí la cosa! -
Lockhart dio una palmada, y por la puerta del vestíbulo entraron una docena de enanos de aspecto hosco. Pero no enanos así, tal cual. Lockhart les había puesto alas doradas y además llevaban arpas.
Harry no pudo evitar reírse. Mientras que Hermione le regañaba por ser tan desconsiderado con los enanos. Escuchó a Luna Lovegood decir "¡Que lindos se ven los enanitos!" y Chloe estaba pidiendo auxilio porque se había atragantado con los pasteles de caldero. Ron, "caballerosamente", le dio un fuerte golpe en la espalda y consiguió desatorarla.
- ¡Mis amorosos cupidos portadores de tarjetas! - rio Lockhart. - ¡Durante todo el día de hoy recorrerán el colegio ofreciéndoos felicitaciones de San Valentín! ¡Y la diversión no acaba aquí! Estoy seguro de que mis colegas querrán compartir el espíritu de este día. ¿Por qué no pedís al profesor Snape que os enseñe a preparar un filtro amoroso? ¡Aunque el profesor Flitwick, el muy pícaro, sabe más sobre encantamientos de ese tipo que ningún otro mago que haya conocido! -
El profesor Flitwick se tapó la cara con las manos. Snape parecía dispuesto a envenenar a la primera persona que se atreviera a pedirle un filtro amoroso.
Harry miraba boquiabierto todo el panorama. - Y yo que pensaba que no podía haber algo peor, pero no, me equivoqué de pleno…- pensó divertido, al ver a los "cupidos" de Lockhart.
Después de la inusual celebración de San Valentín, los alumnos de segundo año fueron desfilando hacia el vestíbulo, para dirigirse a la siguiente clase. Mientras salían del Gran Comedor, Hermione detuvo a Harry.
- ¿Hm? ¿Qué sucede? - le preguntó Harry a Hermione.
- Quería desearte…un feliz día de San Valentín…- susurró ella, y sonrojada, le entregó una tarjeta con un corazón bien dibujado.
- ¿Es para mí? - farfulló Harry. Sintió como si su corazón tuviera ganas de bailar. Rápidamente, rebuscó en su túnica y sacó la tarjeta que había preparado para Hermione. Con un brillo en los ojos, se la entregó. - Toma, lo hice para ti…- dijo.
- Harry…- murmuró ella. Harry estaba contento al ver lo sonrojada y radiante que estaba al sujetar la tarjeta. Hermione no ponía esa cara ni siquiera ante un extraordinario en sus exámenes.
Por un momento los dos se quedaron estáticos, mirándose a los ojos, hasta que una avalancha de alumnos los empujó hacia el vestíbulo porque querían escapar del Gran Comedor.
Los enanos se pasaron el día interrumpiendo las clases para repartir tarjetas, ante la irritación de los profesores, y al final de la tarde, cuando los de Gryffindor subían hacia el aula de Encantamientos, uno de ellos alcanzó a Ron.
- ¡Eh tú! ¡Ronald Weasley! - gritó un enano de aspecto particularmente malhumorado, abriéndose camino a codazos para llegar a donde estaba Ron.
- ¡Oh no! ¡No puede ser! - gritó Ron, ruborizándose al pensar que le iba a ofrecer una felicitación de San Valentín delante de una fila de alumnos de primero, entre los cuales estaba Chloe, acompañada por Ginny, que ya no parecía tan pálida como antes. Saltando cómicamente, salió corriendo por todo el pasadizo, perseguido por el enano que quería entregarle la tarjeta, mientras que los demás se reían.
- Vaya, al parecer a alguien le gusta Ron. - dijo Hermione, sorprendida y riéndose.
- Hm…¿pero quién será? - se preguntaba Harry.
Ron no era precisamente alguien que pudiera llamar la atención de una chica, salvo por la altura. Se pasaba el día quejándose ruidosamente de los exámenes y los deberes; gastaba bromas pesadas con sus hermanos gemelos y era insensible (muchas veces grosero) con la mayoría de sus comentarios.
Harry giró la cabeza varias veces, tratando de utilizar su talento para intentar localizar a alguien lo suficientemente loco como para enviarle una felicitación de San Valentín a Ron. Solo consiguió ver a Chloe reírse ruidosamente, y luego a Ginny, saludándolo tímidamente con la mano. Harry también pudo detectar que ella tenía en su otra mano una tarjeta de San Valentín.
- Debe de ser de su admirador secreto. - pensó Harry, más aliviado. - Bueno, al menos ya no parece tan tensa como antes…-
Aquella noche, Harry fue el primero de su dormitorio en irse a dormir. En parte porque quería examinar de nuevo el diario de Ryddle, y sabía que Ron (a quien el enano consiguió cazar en los terrenos de la escuela, soltándole el poema en solitario) opinaba que eso era una pérdida de tiempo.
Pero antes de ponerse a investigar el diario, abrió una vez más la tarjeta que Hermione le había regalado por San Valentín. El mensaje que le había dejado lo llenada de gran esperanza, no solo por la imagen, si no por el mensaje.
Abierto de par en par, había un dibujo bien hecho a mano, animado, en el que Harry salía sosteniendo la Snitch en una pose victoriosa. Debajo del dibujo, Hermione había escrito:
Ni contra el viento, ni contra la lluvia, él abandona la lucha.
De cabello azabache y sonrisa arrogante, pero de gran corazón, como él, no hay nadie.
Mi mejor amigo, el que más me aguanta, no sabe cuánto me agrada.
La tarjeta lo mantenía tentado a olvidarse del diario, y a mantener su atención en ella. Harry nunca había recibido una tarjeta por San Valentín. No lo negaría, pues había recibido por lo menos cincuenta tarjetas por parte de admiradoras secretas, pero…ninguna le hacía sentir mejor que la que había recibido por parte de Hermione. ¿De verdad era así? ¿De verdad le agradaba a Hermione? Pero en la tarjeta ponía claramente "Mi mejor amigo". Aquel detalle no resultaba tan esperanzador si lo pensaba con calma.
Suspirando, guardó la tarjeta en el cajón de la mesa de noche, sacó el diario, se sentó en la cama y hojeó las páginas en blanco. Luego, sacó una nueva botellita de tinta del cajón de la mesita, mojó en ella su pluma y dejó caer una gota en la primera página del diario. La tinta brilló intensamente sobre el papel durante un segundo y luego, como si la hubieran absorbido desde el interior de la página, se desvaneció.
- ¡Oh! ¡Menudo descubrimiento! - pensó el azabache, emocionado. - Sabía que este diario no era ordinario…-
Harry mojó de nuevo la pluma y escribió: "Mi nombre es Harry Potter". Las palabras brillaron un instante en la página y desaparecieron también sin dejar huella.
Entonces ocurrió algo, rezumando de la página, en la misma tinta que había utilizado él, aparecieron unas palabras que Harry no había escrito:
"Hola, Harry Potter. Mi nombre es Tom Ryddle. ¿Cómo ha llegado a tus manos mi diario?"
Estas palabras también se desvanecieron, pero no antes de que Harry comenzara de nuevo a escribir:
"Alguien intentó tirarlo por el retrete."
Aguardó con impaciencia la respuesta de Ryddle.
"Menos mal que registré mis memorias en algo más duradero que la tinta. Siempre supe que habría gente que no querría que mi diario fuera leído."
"¿Qué quieres decir?", escribió Harry.
Ryddle respondió: "Quiero decir que este diario da fe de cosas horribles, cosas que fueron ocultadas, cosas que sucedieron en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería."
"Es donde estoy yo ahora", escribió Harry apresuradamente. "Estoy en Hogwarts, y también suceden cosas horribles. ¿Sabes algo sobre la Cámara de los Secretos?".
La réplica de Ryddle no se hizo esperar, pero la letra se volvió menos clara, como si tuviera prisa por consignar todo cuanto sabía.
"¡Por supuesto que sé algo sobre la Cámara de los Secretos! En mi época, nos decían que era sólo una leyenda, que no existía realmente. Pero no era cierto. Cuando yo estaba en quinto, la cámara se abrió y el monstruo atacó a varios estudiantes y mató a uno. Yo atrapé a la persona que había abierto la cámara, y lo expulsaron. Pero el director, el profesor Dippet, avergonzado de que hubiera sucedido tal cosa en Hogwarts, me prohibió decir la verdad. Inventaron la historia de que la muchacha había muerto en un espantoso accidente. A mí me entregaron por mi actuación un trofeo muy bonito y muy brillante, con unas palabras grabadas, y me recomendaron que mantuviera la boca cerrada. Pero yo sabía que podía volver a ocurrir. El monstruo sobrevivió, y el que pudo liberarlo no fue encarcelado."
Harry estaba sorprendido. El culpable no había sido encarcelado en Azkaban, como supuso Malfoy. Cogió tinto y volvió a escribir:
"Me temo que ha vuelto a suceder. Ha habido tres ataques y nadie parece saber quién está detrás. ¿Tú sabes quién fue en aquella ocasión?"
Ryddle le respondió: "Te lo puedo mostrar, si quieres. No necesitas leer mis palabras. Podrás ver dentro de mi memoria lo que ocurrió la noche en que lo capturé."
- ¿Me lo va a mostrar? - pensó el azabache. - ¿Cómo? Vaya, este diario es muy extraño. Pero ahora mismo no tengo nada mejor…-
"Deja que te lo enseñe.", le insistió el diario.
Harry meditó durante una fracción de segundo, y luego escribió:
"Muy bien, procede."
Las páginas del diario comenzaron a pasar, como si estuviera soplando un fuerte viento, y se detuvieron a mediados del mes de junio. Con la boca abierta, Harry vio que el pequeño cuadrado asignado al día 13 de junio se convertía en algo parecido a una minúscula pantalla de televisión. Las manos le temblaban ligeramente, levantó el cuaderno para acercar uno de sus ojos a la ventanita, y antes de que comprendiera lo que sucedía, se estaba inclinando hacia delante.
La ventana se ensanchaba, y sintió que su cuerpo dejaba la cama y era absorbido por la abertura de la página en un remolino de colores y sombras. Notó que pisaba tierra firme y se quedó temblando, mientras las formas borrosas que lo rodeaban se iban definiendo rápidamente, enseguida se dio cuenta de dónde estaba
Aquella sala circular con los retratos de gente dormida era el despacho de Dumbledore, pero no era Dumbledore quien estaba sentado detrás del escritorio. Un mago de aspecto delicado, con muchas arrugas y calvo, excepto por algunos pelos blancos, leía una carta a la luz de una vela.
- ¿Quién será este hombre? - pensó el azabache. - No lo he visto en mi vida…- carraspeó antes de intentar hablar. - Lamento la interrupción, no quería molestarle…- dijo. Pero el mago no levantó la vista, siguió leyendo, frunciendo el entrecejo levemente. Harry se acercó más al escritorio. - Hm…¿debería irme? - murmuró.
El mago siguió sin prestarle atención. Ni siquiera parecía que le hubiera oído. Pensando que tal vez estuviera sordo, Harry levantó la voz.
- De acuerdo, parece ser que está demasiado ocupado como para prestarme atención. - dijo Harry, un poco molesto, pero guardando la compostura. - Ni hablar, con su permiso, me retiro…-
Con un suspiro, el mago dobló la carta, se levantó, pasó por delante de Harry sin mirarlo y fue hasta la ventana a descorrer las cortinas. El cielo, al otro lado de la ventana, estaba de un color rojo rubí; parecía el atardecer. El mago volvió al escritorio, se sentó y, mirando a la puerta, se puso a juguetear con los pulgares.
- Rayos, no entiendo nada. - pensó el azabache, fastidiado - ¿Qué está pasando aquí? Este sujeto me ignora por completo, como si no estuviera. No me agrada nada esta sensación…-
Harry contempló el despacho. No estaba Fawkes, el fénix, ni los artilugios metálicos que hacían ruiditos. Aquello era Hogwarts tal como debía ser en los tiempos de Ryddle, y aquel mago desconocido tenía que ser el director de entonces, no Dumbledore, y él, Harry, era una especie de fantasma, completamente invisible para la gente de hacía cincuenta años.
Llamaron a la puerta.
- Entre. - dijo el viejo mago con una voz débil.
Un muchacho de unos dieciséis años entró quitándose el sombrero puntiagudo. En el pecho le brillaba una insignia plateada de prefecto. Era mucho más alto que Harry, pero tenía, como él, el pelo de un negro azabache.
- Ah, Ryddle. - dijo el director.
- Conque ese es Ryddle. - pensó Harry, mientras prestaba atención a la conversación. - Vaya, se parece un poco a mí…Aunque, obviamente, él es otra persona…-
- ¿Quería verme, profesor Dippet? - preguntó Ryddle, parecía azorado.
- Siéntese. - indicó Dippet. - Acabo de leer la carta que me envió. -
- ¡Ah! - exclamó Ryddle, y se sentó, cogiéndose las manos fuertemente.
- Muchacho…- dijo Dippet, con aire bondadoso. - Me temo que no puedo permitirle quedarse en el colegio durante el verano. Supongo que querrá ir a casa para pasar las vacaciones...-
- No. - respondió Ryddle enseguida. - Preferiría quedarme en Hogwarts a regresar a ese...a ese...-
- Según creo, pasa las vacaciones en un orfanato muggle, ¿verdad? - preguntó Dippet con curiosidad.
- Sí, señor…- respondió Ryddle, ruborizándose ligeramente.
- ¿Es usted de familia muggle? -
- A medias, señor…- respondió Ryddle. - De padre muggle y de madre bruja. -
- ¿Y tanto uno como otro están...? -
- Mi madre murió nada más nacer yo, señor. - dijo Ryddle. - En el orfanato me dijeron que había vivido sólo lo suficiente para ponerme nombre…Tom por mi padre, y Marvolo por mi abuelo. -
Harry no pudo evitar sentir lastima por el joven prefecto. En realidad, su vida era muy triste.
- Él tampoco llegó a conocer a su madre. - pensó con tristeza. - Parece ser que detesta el orfanato donde vive. Tal vez, tal vez él también esté recibiendo un trato hostil en ese lugar. Puedo entender eso…- de nuevo sus recuerdos de su vida pasada con los Dursley volvieron a él con el simple pensamiento.
Dippet chasqueó la lengua en señal de compasión. - La cuestión es, Tom...que se podría haber hecho con usted una excepción, pero en las actuales circunstancias...-
- ¿Se refiere a los ataques, señor? - preguntó Ryddle.
Harry prestó más atención, pues por fin oiría algo de suma importancia.
- Exactamente. - dijo el director. - Muchacho, tiene que darse cuenta de lo irresponsable que sería que yo le permitiera quedarse en el castillo al término del trimestre. Especialmente después de la tragedia...la muerte de esa pobre muchacha...Usted estará muchísimo más seguro en el orfanato. De hecho, el Ministerio de Magia se está planteando cerrar el colegio. No creo que vayamos a poder localizar al...descubrir el origen de todos estos sucesos tan desagradables...-
Ryddle abrió más los ojos. - Se-señor, si esa persona fuera capturada...Si todo terminara...-
- ¿Qué quiere decir? - preguntó Dippet, soltando un gallo, se incorporó en el asiento. - ¿Ryddle, sabe usted algo sobre esas agresiones? -
- No, señor…- respondió Ryddle con presteza. - Nada…-
Dippet volvió a hundirse en el asiento, ligeramente decepcionado. - Puede irse, Tom...-
Ryddle se levantó del asiento y salió de la habitación pisando fuerte. Harry fue tras él.
Bajaron por la escalera de caracol que se movía sola, y salieron al corredor, que ya iba quedando en penumbra, junto a la gárgola. Ryddle se detuvo y Harry hizo lo mismo, mirándolo. Le pareció que Ryddle estaba concentrado: se mordía los labios y tenía la frente fruncida. Luego, como si hubiera tomado una decisión repentina, salió precipitadamente, y Harry lo siguió en silencio.
No vieron a nadie hasta llegar al vestíbulo, cuando un mago de gran estatura, con el cabello largo y ondulado de color castaño rojizo y con barba, llamó a Ryddle desde la escalera de mármol.
- ¿Qué hace paseando por aquí tan tarde, Tom? -
- ¿Eh? Pero si es Dumbledore…- pensó Harry sorprendido, al ver a su estimado y anciano director con cincuenta años menos.
- Tenía que ver al director, señor. - respondió Ryddle.
- Bien, pues váyase enseguida a la cama. - le dijo Dumbledore, dirigiéndole a Ryddle la misma mirada penetrante que Harry conocía tan bien. - Es mejor no andar por los pasillos durante estos días, desde que...-
- Hm…a veces pienso que Dumbledore es legeremántico. - pensó Harry. A pesar de que confiaba en el criterio de Dumbledore, no le gustaba la idea de alguien husmeando en su mente. - Recuerdo que hace unos meses intentó leerme la mente, allí pude poner a prueba su capacidad. Creo que tuve suerte de que fuera suave conmigo. Estoy convencido de que, si él quiere, puede leer la mente de los demás como si nada…-
Dumbledore suspiró hondo, dio las buenas noches a Ryddle y se marchó con paso decidido. Ryddle esperó que se fuera y a continuación, con rapidez, tomó el camino de las escaleras de piedra que bajaban a las mazmorras, seguido por Harry.
Pero, para su decepción, Ryddle no lo condujo a un pasadizo oculto ni a un túnel secreto, sino a la misma mazmorra en que Snape les daba clase. Como las antorchas no estaban encendidas y Ryddle había cerrado casi completamente la puerta, lo único que Harry veía era a Ryddle, que, inmóvil tras la puerta, vigilaba el corredor que había al otro lado.
A Harry le pareció que permanecían allí al menos una hora. Seguía viendo únicamente la figura de Ryddle en la puerta, mirando por la rendija, aguardando inmóvil. Y cuando Harry dejó de sentirse expectante y tenso, y empezaron a entrarle ganas de volver al presente, oyó que se movía alga al otro lado de la puerta.
Alguien caminaba por el corredor sigilosamente. Quienquiera que fuese, pasó ante la mazmorra en la que estaban ocultos él y Ryddle. Éste, silencioso como una sombra, cruzó la puerta y lo siguió, con Harry detrás, que se ponía de puntillas, sin recordar que no le podían oír. Persiguieron los pasos del desconocido durante unos cinco minutos, cuando de improviso Ryddle se detuvo, inclinando la cabeza hacia el lugar del que provenían unos ruidos.
Harry oyó el chirrido de una puerta y luego a alguien que hablaba en un ronco susurro.
- Vamos..., te voy a sacar de aquí ahora..., a la caja...-
Algo le resultaba conocido en aquella voz. De repente, Ryddle dobló la esquina de un salto. Harry lo siguió y pudo ver la silueta de un muchacho alto como un gigante que estaba en cuclillas delante de una puerta abierta, junto a una caja muy grande.
- Hola, Rubeus…- dijo Ryddle con voz seria.
- ¿¡Ha-Hagrid!? - Harry no se lo podía creer. Su primer amigo (su primer mejor amigo) estaba allí, con trece años de edad, pero igual de gigantón.
Hagrid cerró la puerta de golpe y se levantó. - ¿Qué haces aquí, Tom? - inquirió.
Ryddle se le acercó. - Todo ha terminado…- susurró, avanzando con decisión. - Voy a tener que entregarte, Rubeus. Dicen que cerrarán Hogwarts si los ataques no cesan. -
- ¿Que vas a...? -
- No creo que quisieras matar a nadie, pero los monstruos no son buenas mascotas. Me imagino que lo dejaste salir para que le diera el aire y...-
- ¡No ha matado a nadie! - interrumpió Hagrid, retrocediendo contra la puerta cerrada. Harry oía unos curiosos chasquidos y crujidos procedentes del otro lado de la puerta.
- Vamos, Rubeus…- dijo Ryddle, acercándose aún más. - Los padres de la chica muerta llegarán mañana. Lo menos que puede hacer Hogwarts es asegurarse de que lo que mató a su hija sea sacrificado...-
- ¡No fue él! - gritó Hagrid, su voz resonaba en el oscuro corredor. - ¡No sería capaz! ¡Nunca! –
- Hazte a un lado…- dijo Ryddle, sacando su varita mágica.
- ¡No! -
- ¡Apártate, Rubeus! -
- ¡NO! -
Ryddle agitó su varita y gritó: - ¡Cistem Aperio! -
Su conjuro iluminó el corredor con un resplandor repentino. La puerta que había detrás del muchacho se abrió con tal fuerza que golpeó contra el muro que había enfrente. Por el hueco salió algo que hizo a Harry proferir un grito que nadie sino él pudo oír. Un cuerpo grande, peludo, casi a ras de suelo, y una maraña de patas negras, varios ojos resplandecientes y unas pinzas afiladas como navajas...
Ryddle levantó de nuevo la varita, pero fue demasiado tarde. El monstruo lo derribó al escabullirse, enfilando a toda velocidad por el corredor y perdiéndose de vista. Ryddle se incorporó, buscando la varita. Consiguió cogerla, pero Hagrid se lanzó sobre él, se la arrancó de las manos y lo tiró de espaldas contra el suelo, al tiempo que gritaba: - ¡NOOOOOOOO! -
Todo empezó a dar vueltas y la oscuridad se hizo completa. Harry sintió que caía y aterrizó de golpe con los brazos y las piernas extendidos sobre su cama en el dormitorio de Gryffindor, y con el diario de Ryddle abierto sobre el abdomen.
- No…Hagrid…- pensó Harry, respirando con brusquedad. - Él no pudo…-
Antes de que pudiera recuperar el aliento, se abrió la puerta del dormitorio y entró Ron.
- ¡Estás aquí! - dijo.
Harry se sentó. Estaba sudoroso y temblaba.
- ¿Qué pasa? - dijo Ron, preocupado.
- Ron…creo que…- dijo Harry, aturdido. - Hagrid abrió la Cámara de los Secretos hace cincuenta años…-
Capítulo 34 - Dumbledore es cesado
Harry, Ron y Hermione siempre habían sabido que Hagrid sentía una desgraciada afición por las criaturas grandes y monstruosas. Durante el curso anterior en Hogwarts había intentado criar un dragón en su pequeña cabaña de madera. Por no mencionar al perro gigante de tres cabezas al que había puesto por nombre "Fluffy".
El azabache estaba seguro de que si, de niño, Hagrid se enteró de que había un monstruo oculto en algún lugar del castillo, hizo lo imposible por echarle un vistazo. Seguro que le parecía inhumano haber tenido encerrado al monstruo tanto tiempo y debía de pensar que el pobre tenía derecho a estirar un poco sus numerosas piernas. Podía imaginarse perfectamente a Hagrid, con trece años, intentando ponerle un collar y una correa. Pero también estaba seguro de que él nunca había tenido intención de matar a nadie.
- Tal vez hubiera sido mejor no haber averiguado el funcionamiento del diario…- pensó Harry, cabizbajo.
Ron y Hermione le pedían constantemente que les contase una y otra vez todo lo que había visto, hasta que se cansaba de tanto hablar, de las largas conversaciones que seguían a su relato y que no conducían a ninguna parte.
- A lo mejor Ryddle se equivocó de culpable…- insistió Hermione. - A lo mejor el que atacaba a la gente era otro monstruo...-
- ¿Cuántos monstruos crees que puede albergar este castillo? - le preguntó Ron, aburrido.
- Ya sabíamos que a Hagrid lo habían expulsado, pero ahora conocemos la razón. - dijo Harry, con tristeza. - Supongo que entonces los ataques cesaron…Si no hubiera sido así, a Ryddle no le habrían dado ningún premio. -
Ron intentó verlo de otro modo. - ¿Por qué tuvo que delatar a Hagrid? -
- El monstruo había matado a una persona, Ron... - contestó Hermione.
- Ryddle habría tenido que volver al orfanato muggle si hubieran cerrado Hogwarts…- dijo Harry, de brazos cruzados y con seriedad. - No puedo culparle por querer quedarse aquí…. -
Ron se mordió un labio y luego vaciló al decir: - Tú te encontraste a Hagrid en el callejón Knockturn, ¿verdad, Harry? -
¿A que venía esa pregunta? Harry miró a su mejor amigo un instante antes de responder con presteza: - Dijo que había ido a comprar un repelente contra las babosas carnívoras. - se quedaron en silencio.
Tras una pausa prolongada, Hermione tuvo una idea elemental. - ¿Por qué no vamos y le preguntamos a Hagrid? - sugirió.
- Oh si, sería una visita deliciosa…- dijo Ron. - " Hola, Hagrid, dinos, ¿has estado últimamente dejando en libertad por el castillo a una cosa furiosa y peluda?"-
Harry y Hermione rodaron los ojos. Ron siempre demostraba "optimismo".
Al final, decidieron no decirle nada a Hagrid si no había otro ataque, y como los días se sucedieron sin siquiera un susurro de la voz que no salía de ningún sitio, albergaban la esperanza de no tener que hablar con él sobre el motivo de su expulsión.
Pasaron casi cuatro meses desde que petrificaron a Justin y a Sir Nicholas, parecía que todo el mundo creía que el agresor, quienquiera que fuese, se había retirado, afortunadamente. Peeves se había cansado por fin de su canción "¡Oh, Potter, eres un zote!". Chloe siguió practicando magia con Harry en algunos ratos libres, y sus resultados eran cada vez mejores.
Harry no se lo explicaba. No sabía exactamente el motivo por el que se decidió a enseñarle magia defensiva a Chloe. Quizás se debía a la satisfacción que sentía al verse mejor y más preparado que el presumido Lockhart; o tal vez que Ron y Hermione no pasaban con él todo el día (ambos tenían sus propios ratos en solitario); o quizás (y Harry no podía evitar pensarlo) era el entusiasmo y las ganas que la niña ponía a sus enseñanzas.
El azabache pensó que, en un futuro, si se lo propusiera, podría ser un buen profesor mágico.
- Pero si lo fuera me tocaría ser imparcial…- pensaba con detenimiento. - Pienso que me parecería al Snape parcial con su casa. -
Sin embargo, Ginny ya no practicaba tanto con los dos. A Harry le parecía raro, incluso Hermione se animaba más a ensayar duelo, cuando no estaba tan enfrascada con los deberes.
- ¿En que está metida esta vez? - preguntó Hermione, mientras intentaba desarmar a Chloe.
- Eso mismo me pregunto yo. - dijo ella, con una risilla y esquivando un "Expelliarmus". - Con su actitud tímida y avergonzada solo puedo llegar a una conclusión. Ginny está visitando a su novio. -
- ¿¡Quién es!? - inquirió Hermione, con un repentino interés. - ¿Qué año cursa? ¿Por qué no nos consulta nada? No seguirá enfadada conmigo porque la intenté ayudar hace unas semanas, ¿verdad? - preguntaba con desanimo.
- Pero si ya aceptó tus disculpas, Hermione. - dijo Harry.
- Ya lo sé. - suspiró Hermione, arqueando las cejas. - Pero si necesita ayuda con asuntos emocionales también puede contar conmigo, ¿sabes? ¿Por qué tengo la sensación de que la gente ignora que sé de estos temas? -
- ¿Porque muchos piensan que solo sabes responder a las preguntas de los profesores en clase? - sugirió Chloe. - No creo que piensen que sabes más cosas a parte de estudiar y sacar buenas notas. -
- Tiene su punto. - añadió Harry tímidamente. Hermione les fulminó a ambos con la mirada.
Ernie Macmillan, un día, en la clase de Herbología, le pidió cortésmente a Harry que le pasara un cubo de hongos saltarines, y en marzo algunas mandrágoras montaron una escandalosa fiesta en el Invernadero 3. Esto puso muy contenta a la profesora Sprout.
- En cuanto empiecen a querer cambiarse unas a las macetas de otras, sabremos que han alcanzado la madurez. - le dijo la profesora a Harry. - Entonces podremos revivir a esos pobrecillos de la enfermería. -
- Esperemos que todo vaya bien, pues…- dijo Harry.
Durante las vacaciones de Semana Santa, los de segundo tuvieron algo nuevo en que pensar. Había llegado el momento de elegir optativas para el curso siguiente, decisión que al menos Harry y Hermione se tomaron muy en serio.
- Podría afectar a todo nuestro futuro. - dijo Hermione a Harry y Ron, mientras repasaban minuciosamente la lista de las nuevas materias, señalándolas.
- Al final, ¿cuáles vas a escoger, Harry? - le preguntó Ron al azabache.
- Cuidado de Criaturas Mágicas, Runas Antiguas y Aritmancia…- respondió Harry, sonriente.
- ¿Eh? ¿Y porque no escoges Adivinación en vez de Aritmancia? -
- La Adivinación es una rama en la que lamentablemente dudo que yo pueda encajar. - se explicó Harry. - Digamos que no cuento con la habilidad necesaria como para rendir adecuadamente en una rama de la magia tan imprecisa. En cambio, la Aritmancia es mucho más precisa que la Adivinación a secas. - Ron no parecía entender ni jota.
Neville había recibido carta de todos los magos y brujas de su familia, y cada uno le aconsejaba materias distintas. Confundido y preocupado, se sentó a leer la lista de las materias, preguntando a todos si pensaban que Aritmancia era más difícil que Adivinación Antigua.
- Eso depende de ti, Neville. - le dijo Harry a Neville. - Pero si yo pudiera elegir por ti, escogería Aritmancia, siempre es bueno entender los números, no obstante, la decisión es tuya amigo mío…-
Dean Thomas, que, como Harry, se había criado con muggles, terminó cerrando los ojos y apuntando a la lista con la varita mágica, y escogió las materias que había tocado al azar. Hermione no siguió el consejo de nadie y las escogió todas.
- Definitivamente ni loco puedo ganarte, Hermione. - le dijo Harry con admiración. - Sencillamente eres extraordinaria…- las mejillas de ella se habían teñido de rosa.
- Pues yo pienso que está como una regadera. - dijo Ron. - A saber, cómo piensa organizar su horario con tantas materias…- Hermione le fulminó con la mirada.
- Yo creo que ella ya es bastante responsable como para tomar sus propias decisiones. - repuso Harry, mientras que Hermione le sonreía. - Confiemos en su juicio. -
- Si, un juicio que perdió hace un par de minutos, - replicó Ron. - cuando marcó todas las casillas de la lista…- a cambio, recibió un golpe en la nuca por parte de Hermione.
Ron finalmente escogió Cuidado de Criaturas Mágicas y Adivinación. Por lo menos, coincidiría en una clase optativa con Harry y Hermione.
A Gryffindor le tocaba jugar el siguiente partido de Quidditch contra Hufflepuff. Wood los machacaba con entrenamientos en equipo cada noche después de cenar, de forma que Harry no tenía tiempo para nada más que para el Quidditch y para hacer los deberes. Sin embargo, los entrenamientos iban mejor, y la noche anterior al partido del sábado se fue a la cama pensando que Gryffindor estaba cada vez más cerca de revalidar el título de Copa.
- ¡Si! - pensaba Harry, mientras reía como un idiota. - ¡Solo un poco más y volveré a restregarles la Copa a esas dichosas serpientes! -
Pero su alegría no duró mucho. Al final de las escaleras que conducían al dormitorio se encontró con Neville, que lo miraba desesperado.
- Harry, no sé quién lo hizo. Yo me lo encontré...-
- Vale, respira hondo. - le dijo Harry, tratando de calmarlo. - ¿Qué ha pasado? -
Mirando a Harry aterrorizado, Neville abrió la puerta. El contenido del baúl de Harry estaba esparcido por todas partes. Su capa estaba en el suelo, rasgada. Le habían levantado las sábanas y las mantas de la cama, y habían sacado el cajón de la mesita y el contenido estaba desparramado sobre el colchón. Harry fue hacia la cama, pisando algunas páginas sueltas de "Recorridos con los trols".
- No…puedo creerlo…- susurró Harry, impactado.
Poco después entraron Ron, Dean y Seamus.
- ¿Qué ha sucedido, Harry? - le preguntó Dean.
- No tengo ni idea…- respondió él.
Ron examinaba la túnica de Harry. Habían dado la vuelta a todos los bolsillos.
- Alguien ha estado buscando algo. - observó Ron. - ¿Qué te falta? -
Harry empezó a coger sus cosas y a dejarlas en el baúl. Hasta que hubo separado el último libro de Lockhart, no se dio cuenta de qué era lo que faltaba.
- Se han llevado el diario de Tom Ryddle…- le dijo a Ron en voz baja.
- ¿Qué? -
- Muy bien, haceros a un lado chicos…- indicó Harry, mientras sacaba su varita, apuntando al desastre. Con la varita, trazó en el aire una especie de "J" encorvada, recordando como había dejado su habitación antes de irse y dijo: - ¡Reparo! -
Ocurrió algo de lo más alucinante, para los que observaban. Los destrozos de la cama de Harry estaban siendo restaurados: las cortinas volvían a su lugar, los objetos sacados del baúl regresaban dentro; la lámpara que estaba rota por los suelos regresaba a la mesa de noche, como nueva…Al final, todo quedó como si nadie hubiera destrozado nada de nada.
- Asombroso…- corearon Ron y los demás.
- Creo que así está mucho mejor, - murmuró Harry. - y ahora…-
El azabache hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta del dormitorio, y Ron (que enseguida captó el mensaje) lo siguió. Bajaron corriendo hasta la sala común de Gryffindor, que estaba medio vacía, y encontraron a Hermione, sentada, sola, leyendo un libro titulado "La adivinación antigua al alcance de todos".
- En serio, no puedo creer que Hermione vaya a intentar aprender Adivinación…en fin. - pensó Harry, antes de contarle a la castaña lo sucedido.
A Hermione la noticia la dejó aterrorizada. - Pero...- empezó. - sólo puede haber sido alguien de Gryffindor. Nadie más conoce la contraseña. -
- En efecto…- confirmó Harry.
Despertaron al día siguiente con un sol intenso y una brisa ligera y refrescante.
- ¡Perfectas condiciones para jugar al Quidditch! - dijo Wood emocionado a los de la mesa de Gryffindor, llevando los platos con los huevos revueltos.
- ¡Y que lo digas, capitán! - dijo Harry con entusiasmo. Aun sin el diario de Ryddle, nada empañaba su buen humor cuando se trataba de Quidditch. Había estado observando la mesa abarrotada de Gryffindor, preguntándose si tendría delante de las narices al nuevo poseedor del diario de Ryddle.
Hermione lo intentaba convencer de que notificara el robo, pero a Harry no le gustaba la idea.
- Si lo hago, también tendría que explicar todo lo referente al diario a algún profesor. - razonó Harry. - ¿Cuánta gente sabe por qué expulsaron a Hagrid hace cincuenta años? Lo siento, pero no quiero ser yo él que saque ese tema de nuevo a la luz...-
Al abandonar el Gran Comedor con Ron y Hermione para ir a recoger su equipo de Quidditch, otro motivo de preocupación se añadió a la creciente lista de Harry. Acababa de poner los pies en la escalera de mármol cuando oyó de nuevo aquella voz:
- Matar esta vez... Déjame desgarrar...Despedazar...-
- ¿¡Otra vez!? No, no, no, no me conviene, ahora no. - pensó Harry, decidido a ignorar la dichosa voz tras las paredes. No quería preocupar a sus amigos de nuevo. - Cada vez que sigo a la dichosa voz pasa algo malo. Lo mejor que puedo hacer es centrarme en el partido. -
- ¿Estas bien, Harry? - le preguntó Hermione, mirándolo.
- ¿Eh? - balbuceó el azabache. Justo en ese momento, los alumnos empezaron a salir del Gran Comedor hablando alto, hacia la puerta principal. Iban al campo de Quidditch.
- Será mejor que te muevas. - dijo Ron. - Son casi las once, tenemos partido. -
- Si te sientes mejor, no insistiré más con el tema del diario. - dijo Hermione. - Vamos Harry, estoy segura de que conseguiréis de nuevo la Copa. -
Harry asintió con ganas. Subió a la carrera la torre de Gryffindor, cogió su Nimbus 2000 y se mezcló con la gente que se dirigía hacia el campo de juego. Pero su mente se había quedado en el castillo, donde sonaba la voz que no salía de ningún sitio, y mientras se ponía su túnica de juego en los vestuarios, su único consuelo era saber que todos estaban allí para ver el partido.
Los equipos saltaron al campo de juego en medio del clamor del público, Oliver Wood despegó para hacer un vuelo de calentamiento alrededor de los postes, y la señora Hooch sacó las bolas. Los de Hufflepuff, que jugaban de color amarillo canario, se habían reunido para repasar la táctica en el último minuto.
Harry acababa de montarse en la escoba cuando la profesora McGonagall llegó corriendo al campo, llevando consigo un megáfono de color púrpura.
- ¡El partido acaba de ser suspendido! - gritó, dirigiéndose al estadio abarrotado.
- ¿¡Como!? - saltó Harry, cayéndose por poco de la escoba - ¿¡Por qué han suspendido el partido!? - se preguntaba, pero en su interior creció el temor de que la voz tras las paredes tenía algo que ver.
Hubo gritos y silbidos de indignación. Wood, con aspecto desolado, aterrizó y fue corriendo a donde estaba la profesora McGonagall sin desmontar de la escoba.
- ¡Pero profesora! - gritó desesperado. - ¡Tenemos que jugar...la Copa...Gryffindor...! -
La profesora McGonagall no le hizo caso y continuó gritando por el megáfono: - ¡Todos los estudiantes tienen que volver a sus respectivas salas comunes, donde les informarán los jefes de sus casas! ¡Id lo más deprisa que podáis, por favor! -
Era la primera vez que Harry presenciaba la suspensión de un partido de Quidditch. Una muy buena razón debía haber detrás para que se llevara a cabo, porque el título de Copa seguía en juego y Gryffindor necesitaba ganar el partido para no dejarse alcanzar por Slytherin. Resignado, no tuvo más remedio que descender hasta el suelo y dirigirse de nuevo hacia los vestuarios. Luego, pasó por la entrada, mientras escuchaba a Fred, George y Lee Jordan pidiéndole explicaciones a la profesora McGonagall, que ella desde luego nos les dio. Avanzó un poco más y encontró a Ron y Hermione.
- ¡Aquí estás! - dijo Ron. - ¿Porque han suspendido el partido? -
- No tengo ni idea. - respondió el azabache, negando con la cabeza y acomodándose la Nimbus 2000.
- Debe de haber pasado algo importante. - razonó Hermione. - No suspenden partidos, así como así. -
- ¿Creéis que se trata de un nuevo ataque? - preguntó Ron, con terror. - Y yo que pensaba que ya se había acabado. -
- ¡Aun no lo sabemos, Ron! - dijo Hermione, estremeciéndose.
- ¡Harry! -
Alguien había llamado al azabache, cuando estaban cerca de entrar en el castillo. Chloe los había alcanzado. Llevaba una banderita de Gryffindor en una mano (incluso su muñera Barbie, la cual llevaba en la otra mano, tenía una camiseta con el emblema de Gryffindor) y los colores de la casa pintados en las mejillas.
- ¿Tienes idea de que está pasando? – le preguntó ella, con los cachetes inflados. - ¿Por qué han suspendido el partido? -
- Pues no lo sé. - suspiró Harry, mientras entraban en el Vestíbulo. - La profesora McGonagall no ha considerado apropiado entrar en detalles. Tendremos que esperar a oír lo que nos dirá en la Sala Común. -
- Oye, ¿y Ginny? - le preguntó Ron a Chloe, mientras fulminaba a la muñeca. -
- Estaba en el baño. - respondió Chloe, protegiendo a su muñeca con un abrazo. - Le insistí en que se diera prisa o se perdería el partido. Al final quedamos en que le guardaría el sitio en la grada, pero…Bueno, ya no hará falta. -
Subiendo por la gran escalinata, encontraron a Ginny. Por lo pálida que estaba, a Harry le pareció que algo le había sentado mal durante el desayuno ("Creo que los huevos revueltos no te sentaron nada bien", le dijo Chloe. "No te preocupes, después de la charla con McGonagall te llevaré a ver a la señora Pomfrey").
Tras un pequeño encontronazo con Peeves (Ni en momentos serios podía dejar de dar la lata), los estudiantes de la casa Gryffindor llegaron al séptimo piso, pasaron por el retrato de la Dama Gorda y se congregaron en la Sala Común. Al cabo de unos minutos, entró la profesora McGonagall, con un pergamino en la mano.
- A habido un nuevo ataque…. - susurró, antes de desenrollar el pergamino y leerlo: - Todos los alumnos estarán de vuelta en sus respectivas salas comunes a las seis en punto de la tarde. Ningún alumno podrá dejar los dormitorios después de esa hora. Un profesor os acompañará siempre al aula. Ningún alumno podrá entrar en los servicios sin ir acompañado por un profesor. Se posponen todos los partidos y entrenamientos de Quidditch. No habrá más actividades extraescolares…- todos la escucharon en silencio. Al final, enrolló el pergamino que había estado leyendo. - No necesito añadir que rara vez me he sentido tan consternada. Es probable que se cierre el colegio si no se captura al agresor. Si alguno de vosotros sabe de alguien que pueda tener una pista, le ruego que lo diga…-
La profesora salió por el agujero del retrato con cierta torpeza, e inmediatamente los alumnos de Gryffindor rompieron el silencio.
- Ha caído uno de Ravenclaw, uno de Hufflepuff, y uno de Gryffindor, sin contar al fantasma, que también lo es… - dijo Lee Jordan, el amigo de los gemelos Weasley, contando con los dedos. - ¿No se ha dado cuenta ningún profesor de que los de Slytherin parecen estar a salvo? ¿No es evidente que todo esto proviene de Slytherin? El heredero de Slytherin, el monstruo de Slytherin... ¿Por qué no expulsan a todos los de Slytherin? - preguntó con fiereza. Hubo alumnos que asintieron y se oyeron algunos aplausos aislados.
Percy estaba sentado en una silla, detrás de Lee, pero por una vez no parecía interesado en exponer sus puntos de vista, estaba pálido y parecía ausente.
- Percy está asustado…- dijo George a Harry en voz baja. - Esa chica de Ravenclaw a quien han atacado…Penélope Clearwater...es prefecta. Supongo que Percy creía que el monstruo no se atrevería a atacar a un prefecto. -
- No creo que sea el hecho de que es prefecta lo que ha afectado a Percy…- dijo Harry con seriedad. - Para mí que, en realidad, a él le preocupa esa chica…-
Harry se puso a pensar. Si no pillaban pronto al culpable, cerrarían Hogwarts, su hogar. No podía permitirlo. Tom Ryddle había delatado a Hagrid ante la perspectiva del orfanato muggle si se cerraba el colegio, Harry entendía perfectamente cómo se había sentido.
- Me parece que no vas a poder subir hasta la enfermería, Ginny. - le dijo Chloe a Ginny, estando las dos muy cerca de la entrada a los dormitorios de las chicas. - ¿Qué te parece si vamos a la cama? Se está haciendo tarde de todos modos. -
Mientras Chloe y Ginny se marchaban a su dormitorio, Harry atrajo a Ron y Hermione hacia una esquina, para hablar discretamente con ellos.
- Esto se nos está escapando de las manos. - dijo sin rodeos. - Tenemos que hablar con Hagrid. - los dos iba a decir algo, pero Harry les interrumpió. - Mirad, no creo que haya sido él, pero si soltó al monstruo la última vez, quizás pueda indicarnos la ubicación de la Cámara de los Secretos, y con suerte algo más…-
- Pero Harry, ya has oído a la profesora McGonagall. - dijo Hermione, en voz baja. - No podemos salir de la torre a menos que vayamos a clase…-
- Bueno…en ese caso, - dijo el azabache con una sonrisa leve. - creo que una vez más tendremos que recurrir a la capa de invisibilidad…-
Harry sólo había heredado una cosa de su padre: una capa larga y plateada para hacerse invisible. Era su única posibilidad para salir a hurtadillas del colegio y visitar a Hagrid sin que nadie se enterara. Esperaron pacientemente a que todos se durmieran, y casi a medianoche, los tres se reunieron en la Sala Común, para usar una vez más, la capa de invisibilidad.
El recorrido por los corredores oscuros del castillo no fue en absoluto agradable. Harry, que ya en ocasiones anteriores había caminado por allí de noche, no lo había visto nunca, después de la puesta del sol, tan lleno de gente.
- Menudo marrón. - pensó el azabache. - Es como si nos hubiéramos colado en un banco por la noche…-
Profesores, prefectos y fantasmas circulaban por los corredores en parejas, buscando cualquier detalle sospechoso. Como, a pesar de llevar la capa invisible, hacían el mismo ruido de siempre, hubo un instante especialmente tenso cuando Ron se dio un golpe en un dedo del pie, y estaban muy cerca del lugar en que Snape montaba guardia.
Afortunadamente, Snape estornudó en el momento preciso en que Ron gritó. Cuando finalmente alcanzaron la puerta principal de roble y la abrieron con cuidado, suspiraron aliviados.
- Por una vez hemos tenido suerte…- suspiró Hermione, un poco aliviada.
Era una noche clara y estrellada. Avanzaron con rapidez guiándose por la luz de las ventanas de la cabaña de Hagrid, y no se desprendieron de la capa hasta que hubieron llegado ante la puerta. Unos segundos después de llamar, Hagrid les abrió. Les apuntaba con una ballesta, y Fang, el perro jabalinero, ladraba furiosamente detrás de él.
- ¡Ah! - dijo, bajando el arma y mirándolos. - ¿Qué hacéis aquí los tres? -
- ¿Porque estás armado? - preguntó Harry, señalando la ballesta al entrar.
- Nada, nada...- susurró Hagrid. - Estaba esperando...No importa...sentaos, prepararé té. -
Parecía que apenas sabía lo que hacía. Casi apagó el fuego al derramar agua de la tetera metálica, y luego rompió la de cerámica de puros nervios al golpearla con la mano.
- Hm… ¿Estás bien, Hagrid? - preguntó el azabache.
- ¿Te has enterado del último ataque? - preguntó Hermione.
- Si, por supuesto, - dijo Hagrid con la voz entrecortada. - y pensar que no había otro desde hace meses…-
Miró por la ventana, nervioso. Les sirvió sendas jarritas llenas sólo de agua hirviendo, cuando les estaba poniendo en un plato un trozo de pastel de frutas, aporrearon la puerta. Se le cayó el pastel.
- ¡Rápido, bajo la capa! - susurró Hagrid a sus amigos.
Con los nervios por las nubes, los tres se echaron encima la capa para hacerse invisibles y se retiraron a un rincón oculto. Tras asegurarse de que no se les veía, Hagrid cogió la ballesta y fue otra vez a abrir la puerta.
- Buenas noches, Hagrid. - Era Dumbledore. Entró, muy serio, seguido por otro individuo de aspecto muy raro.
El desconocido era un hombre bajo y corpulento, con el pelo gris alborotado y expresión nerviosa. Llevaba una extraña combinación de ropas, traje de raya diplomática, corbata roja, capa negra larga y botas púrpura acabadas en punta. Sujetaba bajo el brazo un sombrero hongo verde lima.
- Ese no será…- susurró Harry en voz baja.
- ¡Es el jefe de mi padre! - susurró Ron con sorpresa. - ¡Cornelius Fudge, el ministro de Magia! -
- ¡Cállate Ron! - susurró Hermione, dándole un codazo.
Hagrid estaba pálido y sudoroso. Se dejó caer abatido en una de las sillas y miró a Dumbledore y luego a Cornelius Fudge.
- ¡Feo asunto, Hagrid! - dijo Fudge, telegráficamente. - Muy feo. He tenido que venir, tres ataques contra hijos de muggles, el Ministerio tiene que intervenir. -
- Yo nunca...- dijo Hagrid, mirando implorante a Dumbledore. - Usted sabe que yo nunca, profesor Dumbledore, señor...-
- Quiero que quede claro, Cornelius, - dijo Dumbledore, mirando a Fudge con el entrecejo fruncido. - que Hagrid, cuenta con mi plena confianza. -
- Mira, Albus…- dijo Fudge, incómodo. - Hagrid tiene antecedentes, el Ministerio tiene que hacer algo... El consejo escolar se ha puesto en contacto...-
- Aun así, Cornelius, - dijo Dumbledore. Los ojos azules le brillaban de una manera que Harry no había visto nunca. - insisto en que echar a Hagrid no va a solucionar nada. -
- Míralo desde mi punto de vista. - dijo Fudge, cogiendo el sombrero y haciéndolo girar entre las manos. - Me están presionando, tengo que acreditar que hacemos algo. Si se demuestra que no fue Hagrid, regresará y no habrá más que decir, pero tengo que llevármelo. Tengo que hacerlo, si no, no estaría cumpliendo con mi deber...-
Harry miró molesto al ministro. ¿Cómo fue que el año anterior el Ministerio no tomó cartas en el asunto con respecto a Voldemort?
- ¿Llevarme? - dijo Hagrid, temblando. - ¿Llevarme adónde?
- Sólo por poco tiempo…- dijo Fudge, evitando los ojos de Hagrid. - No se trata de un castigo, Hagrid, sino más bien de una precaución. Si atrapamos al culpable, a usted se le dejará salir con una disculpa en toda regla. -
- ¿No será a Azkaban? - preguntó Hagrid con voz ronca.
A Harry se le agrandaron los ojos ante la mención de la prisión de los magos. Desde luego, no quería ver a Hagrid en ese horrible lugar. Antes de que Fudge pudiera responder, llamaron con fuerza a la puerta. Abrió Dumbledore.
Entonces fue a Harry quien le tocó recibir un codazo en las costillas, porque había dejado escapar un grito ahogado bien audible. Lucius Malfoy entró en la cabaña de Hagrid con paso decidido, envuelto en una capa de viaje negra y con una gélida sonrisa de satisfacción. Fang se puso a aullar.
- ¡Ah, ya está aquí, Fudge! - dijo complacido al entrar. - Genial...-
- ¿Qué hace usted aquí? - le dijo Hagrid furioso. - ¡Fuera de mi casa! -
- Créame, buen hombre, que no me produce ningún placer entrar en su...- dijo Lucius Malfoy, contemplando la cabaña con desprecio. - ¿Ha esto llama casa? ¡Bah! He ido al colegio y me han dicho que el director estaba aquí…-
- ¿Y qué es exactamente, lo que quiere de mí, Lucius? - preguntó Dumbledore. Hablaba cortésmente, pero aún tenía los ojos azules llenos de furia.
- Es lamentable, Dumbledore…- dijo perezosamente el señor Malfoy, sacando un rollo de pergamino. - pero el consejo escolar ha pensado que es hora de que usted abandone. Aquí traigo una orden de cese, y aquí están las doce firmas. Me temo que este asunto se le ha escapado de las manos. ¿Cuántos ataques ha habido ya? Otros más esta tarde, ¿no es cierto? A este ritmo, no quedarán en Hogwarts alumnos de familia muggle, y todos sabemos el gran perjuicio que ello supondría para el colegio. -
- ¿Qué? ¡Vaya, Lucius! - dijo Fudge, alarmado. - Dumbledore cesado...No, no...lo último que querría, precisamente ahora...-
- El nombramiento y el cese del director son competencia del consejo escolar, Fudge…- dijo con suavidad el señor Malfoy. - Y como Dumbledore no ha logrado detener las agresiones...-
- Pero, Lucius, si Dumbledore no ha logrado detenerlas…- dijo Fudge, que tenía el labio superior empapado en sudor. - ¿Quién va a poder? -
- Ya se verá. - respondió el señor Malfoy con una desagradable sonrisa. - Pero como los doce hemos votado...-
Harry miraba con furia a Malfoy. También pudo ver como Ron y Hermione estaban disgustados con él. Hagrid se levantó de un salto, y su enredada cabellera negra rozó el techo.
- A cuántos ha tenido que amenazar y chantajear para que accedieran, ¿eh, Malfoy? - inquirió.
- Muchacho, muchacho, por Dios, este temperamento suyo le dará un disgusto un día de éstos…- dijo Malfoy. - Me permito aconsejarle que no grite de esta manera a los carceleros de Azkaban, no creo que se lo tomen a bien…-
- ¡Puede quitar a Dumbledore! - chilló Hagrid, y Fang, el perro jabalinero, se encogió y gimoteó en su cesta. - ¡Lléveselo, y los alumnos de las familias muggles no tendrán ni una oportunidad! ¡Recuerden mis palabras, habrá más asesinatos! -
- Cálmate, Hagrid. - le dijo bruscamente Dumbledore, luego se dirigió a Lucius Malfoy. - Si el consejo escolar quiere mi renuncia, Lucius, me iré…-
- No…- Harry no se lo podía creer.
- Pe-pero...- tartamudeó Fudge.
- ¡No! - gimió Hagrid.
Dumbledore no había apartado sus vivos ojos azules de los ojos fríos y grises de Malfoy.
- Sin embargo…- dijo Dumbledore, hablando muy claro y despacio, para que todos entendieran cada una de sus palabras. - Sólo abandonaré de verdad el colegio cuando no me quede nadie fiel. Y Hogwarts siempre ayudará al que lo pida…-
- Sabe que estamos aquí, ¿cierto profesor? - pensó Harry con tristeza, al ver que el director les había guiñado el ojo.
- Admirables sentimientos…- dijo Malfoy, haciendo una inclinación. - Todos echaremos de menos su personalísima forma de dirigir el centro, Albus, y sólo espero que su sucesor consiga evitar los...asesinatos…-
- Pero…nadie ha sido asesinado…- murmuró Hermione en voz baja.
Se dirigió con paso decidido a la puerta de la cabaña, la abrió, saludó a Dumbledore con una inclinación y le indicó que saliera. Fudge esperaba, sin dejar de manosear su sombrero, a que Hagrid pasara delante, pero Hagrid no se movió, sino que respiró hondo y dijo pausadamente…
- Si alguien quisiera desentrañar este embrollo, lo único que tendría que hacer es seguir a las arañas, ellas lo conducirían. Eso es todo lo que tengo que decir. - Fudge lo miró extrañado. - De acuerdo, ya voy…- añadió, poniéndose el abrigo de piel de topo. Cuando estaba a punto de seguir a Fudge por la puerta, se detuvo y dijo una última cosa. - Ah, y alguien tendrá que darle de comer a Fang mientras estoy fuera. -
La puerta se cerró de un golpe y Harry, Ron y Hermione pudieron al fin quitarse la capa invisible.
- Oh cielos, esto es terrible, terrible…- dijo Hermione con voz temblorosa. Se le podían distinguir algunas lágrimas. - Sin Dumbledore en Hogwarts, los ataques podrían aumentar aún más…-
- Si…incluso podría haber ataques a diario…- suspiró Ron con tristeza. - Hasta podrían cerrar el colegio esta misma noche…-
Harry abrazó a Hermione para reconfortarla, pero por encima de lo bien que se sentía al tenerla tan cerca, se mantuvo serio y aturdido.
- Me parece, que ahora depende de nosotros, chicos…- dijo, mientras miraba por la ventana como la figura de Hagrid se esfumaba en la noche.
