Capítulo 43 - Dementores en tercero y un fatal recuerdo.

Finalmente se detuvo el tren en la estación de Hogsmeade, y se formó mucho barullo para salir del tren. Las lechuzas ululaban, los gatos maullaban y el sapo de Neville croaba debajo de su sombrero.

En el pequeño andén hacía un frío que pelaba; la lluvia era prácticamente una ducha de hielo.

- ¡Por aquí los de primer curso! - gritaba una voz familiar.

Harry, Ron y Hermione se volvieron y vieron la silueta gigante de Hagrid en el otro extremo del andén, indicando por señas a los nuevos estudiantes, que estaban algo asustados, se adelantaran para iniciar el tradicional recorrido por el lago.

- ¿¡Estáis bien los tres!? - gritó Hagrid, por encima de la multitud. Lo saludaron con la mano, pero no pudieron hablarle porque la multitud los empujaba a lo largo del andén.

Los tres siguieron al resto de los alumnos, salieron a un camino embarrado y desigual, donde les aguardaban al menos cien diligencias. Una vez más, igual que el año pasado, Harry pudo ver a los caballos esqueléticos, tirando de los carros.

En ese momento, llegó Luna, quien se unió al grupo, mientras que, a lo lejos, Harry logró distinguir la figura de Draco Malfoy, charlando con Ginny en otro carro.

- ¿Tú también los ves verdad? - le preguntó Luna a Harry de repente.

El azabache abrió mucho los ojos. - ¿Los puedes ver? - preguntó sorprendido. - ¿Qué son exactamente? -

- Son Thestrals. - explicó Luna. - La última vez que vi uno fue cuando visitaba las praderas con mi padre. Se supone que tan solo aquellos que han visto la muerte son capaces de verlos. -

- Ahora entiendo…- susurró Harry, mientras miraba perplejamente a los Thestrals que tiraban del carro. -Si, tiene sentido. Después de todo yo presencie la muerte de mi madre…- pensó, recordando un poco el trágico recuerdo, y también aquellos gritos del tren. - Dime, ¿cómo es que los puedes ver? - le preguntó a Luna. - ¿Viste morir a alguien? -

- A mi madre…- dijo Luna, con la mirada perdida. - Era una bruja de extraordinario talento que le gustaba experimentar. Un día, ella estaba experimentando un encantamiento, yo estaba en frente suyo, observándola, y de repente, el encantamiento fracasó y rebotó contra ella…Desde ese día, soy capaz de ver a los Thestrals…-

- Lamento oír eso …- susurró Harry.

- No pasa nada. - dijo Luna con su cara soñadora y afable. - Por lo menos, sigo teniendo a mi padre. -

- ¿¡Vais a subir u os vais a quedar aquí!? -

Sin apenas inmutarse, Ron, Hermione, Chloe y Neville ya habían subido en una diligencia. Recordando que la lluvia los azotaba con fuerza, Harry se subió de inmediato seguido por Luna. Una vez cerró la portezuela, los Thestrals se pusieron en marcha.

La diligencia olía un poco a moho y a paja. Harry se sentía mejor después de tomar el chocolate, pero los gritos que antes había escuchado aun llegaban a su mente, como un lejano eco. Ron y Hermione lo miraban todo el tiempo de reojo, como si tuvieran miedo de que perdiera de nuevo el conocimiento. Negando con la cabeza y pensando en aligerar un poco la idea de él desmayándose de nuevo, Harry decidió explicarles discretamente a Ron y Hermione que los que tiraban del carruaje eran un par de Thestrals.

- ¿Entonces los puedes ver? - preguntó Ron, frunciendo el entrecejo. - No deberías hacerle mucho caso a lunática. -

- ¡Ronald! - le reprochó Hermione en voz baja.

- Solo pueden verlos aquellos que han visto morir a alguien…- explicó Harry, cabizbajo, mientras miraba como Chloe y Luna estaba al otro lado, charlando entre ellas. - Tanto Luna como yo hemos visto morir a nuestras madres…-

- Ya veo…- susurró Hermione. - Viéndolo así, es triste que la única manera de ver un Thestral sea viendo morir a alguien. - giró la cabeza, mirando a los Thestrals que no podía ver. - Si te soy honesta, Harry, espero no tener que ver morir a nadie…-

- Yo tampoco, colega…- admitió Ron, con la misma cara que tenía tras el incidente con el Dementor del tren.

- Lo sé…- repuso Harry.

Mientras el coche avanzaba lentamente hacia las suntuosas verjas de hierro flanqueadas por columnas de piedra coronadas por estatuillas de cerdos alados, Harry vio a otros dos dementores encapuchados y descomunales, que montaban guardia a cada lado.

- Os prevengo malditos, un movimiento en falso y…- murmuró Harry, volviendo a sentirse rígido y pálido, con la varita en la mano. - Al final, creo que el encantamiento Patronus me acabará siendo de más ayuda de lo que yo mismo esperaba…- pensó, con dificultad.

Apuntó a ambos Dementores, hasta que atravesaron la verja. El carruaje cogió velocidad por el largo y empinado camino que llevaba al castillo, Hermione se asomaba por la ventanilla para ver acercarse las pequeñas torres. Finalmente, el carruaje se detuvo, Harry y sus amigos bajaron.

Una vez en el suelo, el azabache oyó la voz burlona de una chica.

- ¿Te has desmayado, Potter? ¿Es verdad lo que dice Longbottom? ¿Realmente te moriste de miedo? -

Era Pansy Parkinson. Ella solía llevarse bien con Draco Malfoy, pero durante el último año escolar se distanciaron, volviéndose con cada día que pasaba más irritante que el propio Malfoy. Junto a ella se encontraban Crabbe y Goyle, ejerciendo de guardaespaldas. Harry supo desde un inicio que aquellos muchachos corpulentos con cara de gorilas solo seguían a alguien porque no tenían nada mejor que hacer, y en aquel caso, escogieron seguir a la siguiente persona más insoportable.

Hermione, quien mantenía una rivalidad y una muy mala relación con Parkinson, se plantó en frente de ella, sin sentirse intimidada en lo absoluto. - ¡Lárgate de aquí, Parkinson! - masculló entre dientes, ignorando a Crabbe y Goyle.

- Apuesto a que corriste a los brazos de tu querido Potter llorando. - se burló Parkinson, con una mirada malévola. - ¿también te asustó el viejo Dementor, Granger? - preguntó en tono dramático, mientras que los "gorilas" se partían de risa.

A Hermione se le apareció una vena en la frente del enfado que tenía, y parecía contener las ganas de hechizar a Parkinson. En ese instante, llegó el profesor Lupin, quien acababa de bajarse de la diligencia que iba detrás de la de ellos.

- ¿Hay algún problema? - preguntó el profesor con voz amable.

- Oh, no, profesor...- farfulló la chica de Slytherin.

Tras dirigirle una desagradable mirada a Hermione, está se metió en el castillo, seguida por Crabbe y Goyle.

- Vaya tela…- bufó Harry mentalmente. - Ahora hay que lidiar con esa tonta y los dos imbéciles que tiene por guardaespaldas…-

Ron les indicó a Harry y Hermione que se dieran prisa. Los dos se unieron a él, Chloe, Ginny y Luna para seguir a la multitud apiñada en la parte superior. A través de las gigantescas puertas de roble, en el interior del vestíbulo, que estaba iluminado con antorchas y acogía una magnífica escalera de mármol que conducía a los pisos superiores.

A la derecha, abierta, estaba la puerta que daba al Gran Comedor. Harry siguió a la multitud, pero apenas vislumbró el techo encantado, que aquella noche estaba negro y nublado, cuando lo llamó una voz.

- ¡Potter, Granger, quiero hablar con vosotros! -

Harry y Hermione dieron media vuelta, sorprendidos. La profesora McGonagall, que daba clase de Transformaciones y era la jefa de la casa de Gryffindor, los llamaba por encima de las cabezas de la multitud.

Tenía una expresión severa y un moño en la nuca. Sus penetrantes ojos se enmarcaban en unas gafas cuadradas. Harry y Hermione se abrieron camino hasta ella con cierta dificultad.

Había algo en la profesora McGonagall que solía hacer que tanto Harry como Hermione sintieran que habían hecho algo malo.

- No tenéis que poner esa cara de asustados. - suspiró la profesora. - Sólo quiero hablar con vosotros en mi despacho. - entonces miró a Ron, Ginny, Chloe y Luna. - En cuanto a ustedes, ya pueden entrar en el Gran Comedor con los demás, andando. -

Ginny, Chloe y Luna no esperaron a un nuevo aviso y se marcharon rápidamente con la multitud. Ron se les quedó mirando mientras la profesora McGonagall se alejaba con Harry y Hermione de la bulliciosa multitud. La acompañaron a través del vestíbulo, subieron la escalera de mármol y recorrieron un pasillo. Ya en el despacho, una pequeña habitación que tenía una chimenea en la que ardía un fuego abundante y acogedor, hizo una señal a Harry y a Hermione para que se sentaran. También ella se sentó, detrás del escritorio.

- El profesor Lupin ha enviado una lechuza comunicando que te sentiste indispuesto en el tren, Potter. - dijo la profesora McGonagall, con severidad y preocupación.

Antes de que Harry pudiera responder, se oyó llamar suavemente a la puerta. La señora Pomfrey, la enfermera, entró con paso raudo. Harry se puso colorado, ya resultaba bastante embarazoso haberse desmayado o lo que le hubiera pasado, para que encima armaran aquel lío.

- Estoy bien, - repuso el azabache, rodando los ojos. - no necesito nada...-

- Ah, eres tú. - dijo la señora Pomfrey, sin escuchar lo que decían e inclinándose para mirarlo de cerca. - Supongo que has estado otra vez metiéndote en algo peligroso. -

- No me diga…- murmuró Harry sarcásticamente.

- Ha sido un Dementor, Poppy. - dijo la profesora McGonagall.

Cambiaron una mirada sombría y la señora Pomfrey chascó la lengua con reprobación.

- Poner dementores en un colegio…- murmuró echando para atrás la silla de Harry y apoyando una mano en su frente. - No será el primero que se desmaya, sí, está empapado en sudor. - ahora empezó a tomarle el pulso. - Son seres terribles, y el efecto que tienen en la gente que ya de por sí es delicada...-

Al oír eso, Hermione se tensó, pues se imaginaba lo que estaba por venir con Harry a su lado. Obviamente, él estalló.

- ¿¡Que dijo!? - gritó, sintiendo como la sangre se le subía a la cabeza. - ¿¡Cómo se atreve!? ¿¡Sabe lo que me jod* que la gente no me tome en serio!? ¿¡Lo sabe!? - protestó, muy ofendido y levantándose de golpe. Pasó de estar un poco pálido a estar enfadado y rojo en un instante. Hermione tuvo que calmarlo.

- ¡Harry! ¡Harry! - farfulló ella muy deprisa. - ¡Cálmate, todos sabemos que no eres delicado! -

- Está bien Poppy, parece que no es necesario que sigas. - dijo la profesora McGonagall, parpadeando los ojos y frunciendo el entrecejo. - Potter se encuentra…perfectamente. -

La señora Pomfrey, quien se había asustado un poco por la reacción del azabache, dejó de tomarle el pulso, después de ver que todo estaba en orden. Poco después, Harry se sintió un poco avergonzado por haberle gritado a la señora Pomfrey. Que le llamaran debilucho no era pretexto para faltar el respeto a una persona adulta.

- Lo siento…- dijo en voz baja y desviando la mirada. - no debería haberle gritado. -

- Bueno, a menos tendría que tomar chocolate…- dijo la señora Pomfrey, ignorando su disculpa.

- Ya he tomado un poco. - dijo Harry. - El profesor Lupin me lo dio. De hecho, repartió chocolate para todos. -

- ¿Sí? - dijo con aprobación la señora Pomfrey. - ¡Así que por fin tenemos un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que conoce los remedios! -

- ¿Estás seguro de que te sientes bien, Potter? - preguntó la profesora McGonagall.

- Sí…- dijo Harry, intentando no estallar otra vez. Tenía los puños tan apretados que en cualquier momento podría salirle sangre de ellos.

- Muy bien, haz el favor de esperar fuera mientras hablo un momento con la señorita Granger sobre su horario. - le indicó McGonagall. - Luego podremos bajar al banquete todos juntos. -

Harry asintió molesto, y salió del despacho pisando fuerte. - Que soy delicado…¡Delicado dicen! ¡Evidentemente, no me conocen para nada! - pensó mientras salía. Cerró la puerta intentando que no fuera un portazo, pues ganas no le faltaba. Por último, vio como Hermione y la profesora McGonagall empezando a hablar.

La señora Pomfrey también salió poco después, y se marchó hacia la enfermería murmurando algo para sí.

- Esto es indignante, ¡indignante! - se quejó Harry desde su mente, apretando los dientes y dispuesto a hechizar al primero que se le ocurriera reírse de él. - ¡YO! ¡Harry James Potter! ¿¡Soy delicado!? ¡Ha! ¡Ponedme a prueba dementores! ¡Al próximo que se atreva a subestímame lo...! -

Una cosa era que le insultaran con insultos comunes, y otra, que lo ofendieran con palabras que lo tachaba de débil. Eso sí que no lo toleraba, le sacaba de sus casillas, pues era un insulto contra su orgullo.

Unos minutos después, salió Hermione, radiante de felicidad, seguida por la profesora McGonagall, y los tres bajaron las escaleras de mármol, hacia el Gran Comedor. Estaba lleno de capirotes negros, las cuatro mesas largas estaban llenas de estudiantes. Sus caras brillaban a la luz de miles de velas, el profesor Flitwick, que era un brujo bajito y con el pelo blanco, salió con un viejo sombrero y un taburete de tres patas.

- ¡Oh no! - dijo Hermione en voz baja. - ¡Nos hemos perdido la selección! -

Harry se encogió de hombros, no estaba de humor. Él y Hermione se sentaron al lado de Ron, que les había guardado los asientos.

- ¿De qué iba la cosa? - le preguntó a Harry, pero se calló casi de inmediato y se centró en la ceremonia. Posiblemente, tras ver la cara de enfado que tenía.

Dumbledore se puso en pie para hablar. - ¡Bienvenidos! - dijo, con la luz de la vela reflejándose en su barba. - ¡Bienvenidos a un nuevo curso en Hogwarts! Tengo algunas cosas que deciros a todos, y como una es muy seria, la explicaré antes de que nuestro excelente banquete os deje aturdidos. - se aclaró la garganta y continuó: - Como todos sabéis, después del registro que ha tenido lugar en el expreso de Hogwarts, tenemos actualmente en nuestro colegio a algunos dementores de Azkaban, que están aquí por asuntos relacionados con el Ministerio de Magia. -

Harry se puso serio, y después de lo sucedido en el tren, despreciaba a los dementores. Le habían hecho quedar en ridículo.

- Están apostados en las entradas a los terrenos del colegio, - continuó Dumbledore. - por tanto, tengo que dejar muy claro que mientras estén aquí, nadie saldrá del colegio sin permiso. A los dementores no se les puede engañar con trucos o disfraces, ni siquiera con capas invisibles…- añadió como quien no quiere la cosa. Harry, Ron y Hermione se miraron. - No está en la naturaleza de un Dementor comprender ruegos o excusas. Por lo tanto, os advierto a todos y cada uno de vosotros, que no debéis darles ningún motivo para que os hagan daño. Confío en los prefectos y en los últimos ganadores de los Premios Anuales para que se aseguren de que ningún alumno intenta burlarse de los dementores. -

Percy, que se sentaba a unos asientos de distancia de Harry, volvió a sacar pecho y miró a su alrededor orgullosamente. Dumbledore hizo otra pausa, recorrió la sala con una mirada muy seria y nadie movió un dedo ni dijo nada.

- Por hablar de algo más alegre, - prosiguió. - este año estoy encantado de dar la bienvenida a nuestro colegio a dos nuevos profesores. En primer lugar, el profesor Lupin, que amablemente ha accedido a enseñar Defensa Contra las Artes Oscuras. -

Hubo algún aplauso aislado y carente de entusiasmo. Sólo los que habían estado con él en el tren aplaudieron con ganas, Harry entre ellos. El profesor Lupin parecía un adán en medio de los demás profesores, que iban vestidos con sus mejores togas.

- ¡Mira a Snape! - le susurró Ron a Harry en el oído.

El profesor Snape miraba al profesor Lupin desde el otro lado de la mesa de los profesores. Era sabido que Snape anhelaba aquel puesto, pero incluso a Harry le asombraba la expresión que tenía en aquel momento, crispando su rostro delgado y cetrino. Era más que enfado, era odio. Harry conocía muy bien aquella expresión, era la que Snape solía adoptar cada vez que lo veía a él en su primer año. Sin embargo, durante el último curso la relación entre ambos se volvió bastante respetuosa.

- Hacia tiempo que no veía al profesor Snape tan enfadado…- pensó Harry.

- En cuanto al otro último nombramiento…- prosiguió Dumbledore cuando se apagó el tibio aplauso para el profesor Lupin. - siento deciros que el profesor Kettleburn, nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, se retiró al final del pasado curso para poder aprovechar en la intimidad los miembros que le quedan. Sin embargo, estoy encantado de anunciar que su lugar lo ocupará nada menos que nuestro Rubeus Hagrid, que ha accedido a compaginar estas clases con sus obligaciones de guardabosques. -

Harry, Ron y Hermione se miraron atónitos, luego se unieron al aplauso, que fue especialmente caluroso en la mesa de Gryffindor. Harry se inclinó para ver a Hagrid, que estaba rojo como un tomate y se miraba las enormes manos, con la amplia sonrisa oculta por la barba negra.

- ¡Tendríamos que haberlo adivinado! - dijo Ron, dando un puñetazo en la mesa. - ¿Qué otro profesor habría sido capaz de mandarnos a compra un libro que muerde? -

Harry por fin sonrío. Estaba muy feliz por su gran amigo, que había pasado a ocupar un cargo a su altura. Después de todo, Hagrid era todo un especialista en criaturas mágicas.

El azabache y sus amigos fueron los últimos en dejar de aplaudir. Cuando el profesor Dumbledore volvió a hablar, pudieron ver que Hagrid se secaba los ojos con el mantel.

- Bien, creo que ya he dicho todo lo importante. - dijo Dumbledore. - ¡Que comience, el banquete! -

Las fuentes doradas y las copas que tenían delante se llenaron de pronto de comida y bebida. Harry, que de repente se dio cuenta de que tenía un hambre atroz, se sirvió de todo lo que estaba a su alcance, y empezó a comer, fue un banquete delicioso. El Gran Comedor se llenó de conversaciones, de risas y del tintineo de los cuchillos y tenedores.

Harry suspiró enfurruñado. Había perdido las ganas de enfadarse, pero se sentía frustrado por lo sucedido en el tren con el Dementor. Con enfado empezó a servirse la comida.

- Pero tampoco es que para que te enfades, amigo. - dijo Ron, poco después de disputarse medio pavo con Chloe.

- Lo sé, - bufó Harry con los ojos entrecerrados. - pero no me gusta nada que me tachen de débil cuando no lo soy…¡Hmph! Delicado…pfff -

- Harry, - dijo Hermione en tono severo. - déjalo ya. No me ha gustado que hicieras tu rabieta en frente de la profesora McGonagall. -

- Pero Hermione, - protestó Harry. - es que no hay quien se lo crea. ¿A mí me llaman delicado? ¿La señora Pomfrey? ¿A mí? Después de todo lo que he hecho…-

- Solo se preocupaban por tu estado de salud. - repuso Hermione. - Por muy fuerte que seas, si tu estado de salud no es bueno pues tiene que decirlo. No te estaban tachando de delicado, ella sabe de sobra que no lo eres. -

- Como sea. - dijo Harry amargamente, y volvió a centrarse en la comida.

A su derecha, Ron cogió la bandeja de patatas al horno para él solo, y Chloe mostró un rostro que a Harry le costaba interpretar como enfado, por lo gracioso que era.

- ¡No seas malo! - bufó ella. - Al menos dame unas pocas. -

Rodando los ojos, Ron le sirvió a Chloe la mitad de la bandeja. - Ahí tienes, - dijo. - de todos modos, no tengo mucho espacio en el plato. -

- Oh, - dijo Chloe. Harry vio como sus mejillas se volvían rosadas. - Gra-gracias Ron…-

- ¿Ron, estas bien? - preguntó Ginny. - Es la primera vez que dejas algo para los demás. -

- Cállate. - se quejó Ron. Cuando desvió la mirada, Harry notó que las mejillas de su amigo habían cambiado ligeramente de color.

- Nadie te impide ser un caballero de vez en cuando, Ron. - dijo Fred. Tanto él como George parecían contener las ganas de echarse a reír. - Pero, ¿no podías al menos haber dejado algo para los demás? -

- Es cierto. - dijo George. - Deberías ser un caballero también con los demás. -

- Bueno, claramente a dado un paso muy importante. - observo Ginny. - Aunque ya podría ser así de generoso con nosotros de vez en cuando. -

- Solo adelanté los hechos. - repuso Ron, con las orejas rojas. - Era darle la mitad de la bandeja o me dejaría sin patatas. -

- Si, ya estamos viendo lo generoso que eres. - dijo Hermione en claro tono de sarcasmo.

Finalmente, cuando los últimos bocados de tarta de calabaza desaparecieron de las bandejas doradas, Dumbledore anunció que era hora de que todos se fueran a dormir. Harry y sus amigos se acercaron a Hagrid para felicitarle por su nuevo trabajo.

- ¡Enhorabuena, Hagrid! - gritó Hermione muy alegre, cuando llegaron a la mesa de los profesores.

- ¡Todo ha sido gracias a vosotros! - dijo Hagrid mientras los miraba, secando su cara brillante en la servilleta. - No puedo creerlo...Un gran tipo, Dumbledore...Vino derecho a mi cabaña después de que el profesor Kettleburn dijera que ya no podía más, es lo que siempre había querido. -

Embargado de emoción, ocultó la cara en la servilleta y la profesora McGonagall les hizo irse. Harry, Ron y Hermione se reunieron con los demás estudiantes de la casa Gryffindor que subían en tropel la escalera de mármol y, ya muy cansados, siguieron por más corredores y subieron más escaleras, hasta que llegaron a la entrada secreta de la torre de Gryffindor.

Los interrogó un retrato grande de señora gorda, vestida de rosa. - ¿Contraseña? -

- ¡Dejadme pasar! - gritaba Percy, desde detrás de la multitud. - ¡Dejadme pasar! ¡La última contraseña es "Fortuna Maior"! –

- ¡Oh, no! - dijo con tristeza Neville Longbottom. Siempre tenía problemas para recordar las contraseñas.

- Neville…- suspiraron todos.

Después de cruzar el retrato y recorrer la sala común, chicos y chicas se separaron hacia las respectivas escaleras. Harry, Ron y Hermione siguieron hablando hasta que oyeron a Ginny decirle a Chloe: - ¿Qué te parece si le hacemos una visita a Fred y George? -

- ¿A la tienda? – preguntó ella. - ¡Oh, es verdad! Me estoy quedando sin bombas fétidas. - se rio. - ¡Vamos! De lo contrario no podremos gastarles bromas a los de Slytherin. - y las dos se perdieron de vista tras entrar en la sala de estudios.

- Vaya, - dijo Ron. - no sabía que le gustaba los artículos de broma…-

- ¿Ron? - Hermione frunció el entrecejo.

- No es nada. - repuso Ron, encogiéndose de hombros. - Quizás sea propio de los Malfoy gastar bromas (su hermano es un claro ejemplo de bromas pesadas). Estoy agotado, te veo arriba, Harry. - y rascándose la cabeza subió por las escaleras que daban con el dormitorio de los chicos.

- ¿Qué le pasa ahora? - se preguntó Hermione. - No ha ido a ver a sus hermanos, ni se ha interesado en artículos de broma. -

- Tal vez le sentó mal el pavo. - sugirió Harry, tratando de no darle mucha importancia. - O tal vez es como él dice, que está hecho polvo. - miró a Hermione y añadió: - Nos vemos mañana. -

Hermione sonrió. - Hasta mañana, Harry. - dijo, antes de subir por las escaleras que daban con la habitación de las chicas.

Harry subió la escalera de caracol sin otro pensamiento que la alegría de estar de vuelta en Hogwarts. Llegó al conocido dormitorio circular de los chicos, con sus cinco camas con dosel. A pesar de todo el ajetreo con el caso de Sirius Black y la presencia de los Dementores en los alrededores de Hogwarts, Harry volvía a sentirse como en casa.

Después de ponerse el pijama y de acostarse, se dio cuenta de que era el último en hacerlo. Ron, Dean, Seamus y Neville se durmieron cinco minutos atrás. Harry sonrió y cerró los ojos para dormir. Sin embargo, a la hora de profundizar en sus sueños, unos terribles recuerdos invadieron su mente.

La trágica noche en la que sus padres sacrificaron sus vidas por la suya, enturbiaba una vez más su mente. No era la primera vez que los oía, pero a Harry le daba la sensación de que aquella noche, sería muy diferente.

Harry podía ver que él se encontraba acostado en una cama, pero no era la misma que la del dormitorio de los chicos. Miró a su alrededor y se dio cuenta de quel estaba metido en una cuna para bebés.

- Que raro…- pensó Harry. - ¿Que estoy haciendo aquí? - en ese momento, escuchó unas voces amortiguadas que procedían de la puerta.

- Oh no…no es posible…- decía una voz que Harry reconocía perfectamente. - ¡Es él! ¡NOS A ENCONTRADO! ¡JAMES! ¡NOS A ENCONTRADO! -

- ¿¡QUE!? - gritó la voz de un hombre. Parecía bien alarmado. - ¡Maldición! ¡No puedo creerlo! ¡Lily! ¡Sube arriba y cuida de Harry! ¡Yo lo detendré! -

- ¡No lo hagas, James! - gritó la voz de Lily. - Él…él te matará…- dijo en tono desesperado.

- Pase lo que pase, no salgas…- repuso James con decisión. - Ahora sube arriba, ¡Corre! -

Se escuchó el sonido de alguien subiendo por unas escaleras a toda prisa. La puerta de la habitación donde estaba Harry se abrió de golpe. Alguien encendió la luz y cerró la puerta, poniendo el pistón.

- Ma…mamá…- susurró Harry lentamente.

Allí estaba ella, la joven Lily Potter, quien respiraba bruscamente. Poco después de que ella se acercara a la cuna de Harry, se oyeron unas voces que venían de abajo.

- ¿¡Qué haces aquí!? - dijo la voz de su padre, James, fríamente.

Se escuchó una risa macabra, que venía de otro individuo.

- James Potter...- dijo una siniestra voz, y Harry no dudó un solo segundo de quien se trataba. Lord Voldemort había llegado a su casa. - He oído hablar mucho de ti, y de tus amiguitos…Vine hasta aquí para encargarme de un pequeño problema, el cual no puedo dejar que se desarrolle por completo. No, no es conveniente en absoluto. Complicaría mis planes…-

- ¡NO DEJARÉ QUE TE HACERQUES A MI HIJO! - gritó James, enfurecido. - ¡ANTES MUERTO QUE DEJARTE SEGUIR! -

- No James…- dijo Lily con la voz débil. Empezó a llorar, abrazándose a ella misma con los brazos.

- Ah…el coraje, algo muy distinguido entre los Gryffindors, como tu... - dijo Voldemort, en tono despectivo. - Si…aún lo recuerdo, así solían ser: tan valientes, y tan necios…Esperaba hacer esto rápidamente, como sabrás, yo soy una persona muy ocupada. -

- ¡TU NO ERES UNA PERSONA! - gritó James. - ¡ERES UN MALDITO MONSTRUO! ¡VETE! ¡LARGATE DE AQUÍ! -

Voldemort se río plácidamente. - Hmph…Si, ya me hablaron de lo idiota que eres…- le dijo a James con frialdad. - Si tanto deseas morir por tu hijo, con gusto complaceré tu petición…¡Avada Kedavra! - se escuchó el sonido de un poderoso hechizo.

- ¡EXPELLIARMUS! - gritó James, usando el encantamiento desarmador.

- ¡Papá! - gritó Harry, aunque dudaba que alguien, a parte de él, lo oyera.

Se escuchó el sonido de una colisión, pero era muy poderosa, más que cualquiera que Harry hubiera oído anteriormente. Parecía que James hacía todo lo posible por resistir, pero Voldemort era demasiado poderoso como para que él pudiera hacerle frente.

Se escuchó como si una varita saliera volando. El Avada Kedavra debió impactar de lleno en el cuerpo de James. Lily se derrumbó y empezó a llorar.

- No…no…¡NO! - gritó Harry con rabia y desesperación. Sin darse cuenta, se había levantado, apoyándose en la barandilla de la cuna.

- Oh no…James…James…- sollozaba Lily. Con algo de lentitud al principio, se levantó del suelo, cogió al bebé Harry y lo abrazó. - Escúchame Harry, - dijo entre sollozos. - tu, no vas a morir…Papá te quiere…mamá te quiere…y nunca, nunca te dejaremos de querer…Eres mi vida, nuestra vida…y queremos que tú vivas Harry…Tú…vas a vivir…-

- Mamá…- A Harry se le encogió el corazón. Tenía ganas de llorar en el pecho de su madre.

Un inquietante ruido se oía tras la puerta. El mago oscuro más poderoso había entrado en la casa, y empezó a subir por las escaleras, con lentitud.

¡BOOM!

Tras destruir la puerta, Lord Voldemort entró en la última habitación de la planta superior de la casa. Allí, vio a Lily, abrazando protectoramente al bebé Harry.

- No…no por favor…- dijo Lily, con voz débil y entre lágrimas. - No lo hagas…-

- Vamos, vamos muchacha. - bufó Voldemort. - No hagas esto más difícil. Le prometí a alguien que no te mataría, pero…- miró a Lily con sus ojos rojos y amenazantes. - Si te vas a interponer en mi camino, no me dejarás elección. -

- A Harry no…a Harry no por favor…- sollozaba Lily, mientras que el Harry del presente sentía una punzada en su corazón. - Si quieres…má-mátame a mi…a mi…pero no a él…te lo suplico…-

- ¡NO TE ATREVAS! - rugió Harry con furia.

- Tengo que hacerlo…- dijo Voldemort, entonando más fuerte. - Debo acabar con él…Te lo voy a decir una vez más, o te apartas, o mueres ahora mismo…-

- No…por favor no…- sollozó una vez más Lily, suplicando por la vida de Harry.

- ¡ALEJATE DE ELLA! - gritó el azabache, pero inútilmente.

Voldemort perdió la paciencia. - ¡Apártate de una vez, estúpida sangre sucia! - exclamó, enfureciéndose. - ¡Esto no te concierne! ¡Esto es entre el chico y yo! -

- ¡No! - chilló Lily. - ¡No lo haré! -

A Harry le latía el corazón cada vez más rápido. Quería salvarla, quería pelear contra Voldemort, he incluso morir en el intento, pero no podía. No quería dejar morir a su madre, pero estaba hecho. Aunque quisiera poder hacer algo, no iba a poder…

- ¡TU LO QUISISTE! - gritó Voldemort, parecía el diablo. Apuntó con su varita a Lily. - ¡TE DÍ UNA OPORTUNIDAD PARA VIVIR, PERO NO LA QUISITE! ¡AHORA TE MANDARÉ AL INFIERNO! -

- No…no…Detente…- lloró Harry. - ¡Detente! -

Lily dejó a Harry en su cuna rápidamente, y antes de girarse para ver de frente a Voldemort, entre lágrimas, le dijo sus últimas palabras a su pequeño hijo: - Te quiero Harry…-

Tras oír aquellas palabras, en tono de despedida, Harry quedó completamente destrozado. No por las palabras, si no por lo que iba a suceder a continuación.

- No lo hagas…- sollozaba Harry. - ¡NO LO HAGAAAAS!

- ¡AVADA KEDAVRA! - una luz verdosa salió de la varita de Voldemort, y se escuchó el chillido de dolor por parte de Lily una vez la maldición impactó en su pecho.

- ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO! -

Sentía el sudor bajando por la cara. El cuerpo le temblaba y sus manos parecían moverse sin gobierno. Harry estaba asustado, nervioso, triste, impotente, frustrado y rabioso. Su cabeza parecía a punto de estallar, pero al final, solo terminó despertándose bruscamente.

- ¡Mamá! - gritó, levantándose de golpe entre jadeos.

Miró detenidamente a su alrededor, de un lado para otro. Estaba en el dormitorio de los chicos, los ruidosos ronquidos de Ron eran inconfundibles. Lo que con toda probabilidad evitó que su gritó despertara a sus compañeros. Tras ver que había vuelto al presente, a la realidad, Harry volvió a acostarse, solo para sollozar en su cama.

- Mamá…papá…- susurró débilmente, mientras las lágrimas mojaban su almohada.

La alegría que había sentido al volver a Hogwarts desapareció cuando cerró los ojos. Y es que Harry, desde que terminó su primer curso tenía claro una cosa: Los recuerdos de la fatídica noche en la que perdió a su familia eran cada vez más claros desde que volvió a verse las caras con Lord Voldemort. Aquel mago oscuro y despiadado que arruinó su vida.

- Te odio…- pensó Harry, sin encontrar la manera de volver a dormirse.

Capítulo 44 - El increíble horario de Hermione

En su vida, Harry había pasado una noche tan fría y oscura como la anterior. Las voces de su madre, dando su vida por él, y la de Voldemort, terminando con ella, a penas lo dejaron dormir.

Poco después de levantarse, meditó durante unos minutos en su cama, utilizando la Oclumancia para mantener sus emociones a raya y relajarse todo lo posible. No quería preocupar a sus amigos tan pronto. Después de todo, el tercer año no había hecho más que comenzar. Le llevó más tiempo del debido, pero logró hacerlo. Logró darse cuenta de que aquel recuerdo formaba parte de su pasado, y de que en el pasado debía quedarse, por mucho que no le gustara.

Después de cambiarse y de lavarse la cara, bajó por las escaleras, para encontrarse con Ron y Hermione, quienes estaban esperándole.

- Por fin. - dijo Ron, frunciendo el entrecejo. - Estoy que me muero de hambre, Harry. -

- No tenías por qué esperarme, Ronald. - dijo Harry, sonriendo lo mejor que podía. - De todos modos, si bajas ahora es probable que Chloe nos haya dejado ya sin desayuno. -

- ¡Caray! - saltó Ron. - Quizás sí que debí bajar temprano. -

- No creo que nos haya dejado sin nada, Ronald. – dijo Hermione tranquilamente. Miró a Harry y le preguntó: - ¿Seguro que te encuentras bien, Harry? -

- ¿A caso no lo estoy? - preguntó Harry, sin perder la calma.

- Mira, lo que pasó ayer en el tren debió afectarte. - dijo Hermione, y Harry soltó un bufido de impaciencia. - Si, y mi conclusión de porque te ha afectado es porque nunca habías tenido a un Dementor tan cerca y con poco margen para hacerle frente, ¿cierto? -

- El que me encontré en el Callejón Diagon no me dio muchos problemas. - admitió Harry. - Allí contaba con una amplia calle sin nadie a mi alrededor, ideal para el combate si se prolongaba. En cambio, en el tren…-

- Lo sé. - repuso Hermione. - Y ahora sé que esto no te va a gustar, pero por lo que me han contado Fred y George, la escuela entera sabe lo de tu…bueno…desmayo. -

- ¡Tch! - gruñó Harry. - Supongo que algún simpático alumno de Slytherin se ha encargado de extender la noticia. Demonios…-

- De simpática no tiene nada. - dijo Hermione, enfadándose. - Y si la veo riéndose de ti en el Gran Comedor…- añadió entre dientes.

- ¿Sabes quién es? - preguntó Harry.

- Bueno, no será muy difícil que lo descubras. - dijo Ron, y Harry cayó en la cuenta de que tal vez esa persona era Pansy Parkinson. - Venga, vamos abajo. De todos modos, tendrás que dar la cara en algún momento. -

- Yo no tengo ningún problema en dar la cara. - gruñó Harry, alzando el puño. - Vamos a ver. -

Cuando Harry, Ron y Hermione entraron en el Gran Comedor para desayunar, lo primero que vieron fue a Pansy Parkinson, que entretenía a un grupo de gente de Slytherin con una historia muy divertida, mientras que Malfoy estaba en otro lado con un nuevo grupo de estudiantes de Slytherin que no se parecían en nada al resto de idiotas.

Al pasar por su lado, Parkinson hizo una parodia del desmayo, coreado por una carcajada general.

- No…le hagas…caso…- masculló Hermione entre dientes. Parecía contener las ganas de darle una patada a Pansy. - Tú, ni el menor caso…no merece la pena...-

- ¡Eh, Potter! - gritó Pansy Parkinson. - ¡Potter! ¡Que vienen los dementores, Potter! ¡Uuuuuuuuuh! -

Harry gruñó, mientras que Hermione fulminaba a Parkinson con furia. Los tres vieron que Chloe y Ginny aún seguían en la mesa de Gryffindor, echando un vistazo a los horarios de segundo año. Harry se dejó caer sobre un asiento, junto a George.

- Los nuevos horarios de tercero. - anunció este, pasándolos. - ¿Qué te ocurre, Harry? -

- Pasé una noche horrible…- pensó primero antes de responder. - No es Parkinson la única que se está mofando de mi desmayo, sino medio colegio…- dijo. - Te lo aseguro George, tengo unas ganas horrorosas de…-

- ¡Ni en broma! - exclamó Hermione de inmediato, probablemente imaginándose muchas cosas. - Tu cálmate, no les hagas caso y punto. -

- Yo tampoco estaba muy contento…- reconoció George. - Son horribles esos Dementores...-

- Se le hiela a uno la sangre, ¿verdad? - dijo Fred.

- Ya, pero vosotros no os desmayasteis, - dijo Harry cabizbajo y molesto. - ¿a qué no? -

- No le des más vueltas, Harry. - dijo George. - Mi padre tuvo que ir una vez a Azkaban, ¿verdad, Ron? – el mencionado asintió, mientras se comía un pastel de caldero. - Dijo que era el lugar más horrible en el que había estado. Regresó débil y tembloroso...Los Dementores absorben la alegría del lugar donde están. La mayoría de los presos se vuelven locos allí…-

- Será mejor que te animes socio. - dijo Fred con una sonrisa. - El primer partido de la temporada de Quidditch es Gryffindor contra Slytherin, ¿os acordáis? –

A Harry le brillaron los ojos de repente. - ¡Si! - gritó, más animado. El Quidditch siempre le levantaba la moral. - ¡Les enseñaremos a esas serpientes quienes son sus superiores! - los Gryffindors lo aplaudieron, mientras que los alumnos de Slytherin lo miraron de mala manera.

Hermione sonrió, mientras se aprendía su nuevo horario. - Bien, hoy comenzamos asignaturas nuevas. - dijo alegremente.

- Hermione…- dijo Ron frunciendo el entrecejo y mirando detrás de ella. - Se han confundido con tu horario. Mira, te han apuntado para unas diez asignaturas al día. No hay tiempo suficiente. -

- Ya me las apañaré. - repuso Hermione, sin darle mucha importancia. - Lo he concertado todo con la profesora McGonagall. -

- Pero mira…- dijo Ron riendo. - ¿Ves la mañana de hoy? A las nueve Adivinación y Estudios Muggles y...- se acercó más al horario, sin podérselo creer. - ¡Mira! Aritmancia, todo a las nueve. Sé que eres muy buena estudiante, Hermione, pero no hay nadie capaz de hacer tanto. ¿Cómo vas a estar en tres clases a la vez? -

- No seas tonto. - dijo Hermione bruscamente. - Por supuesto que no voy a estar en tres clases a la vez. -

- A menos que…- dijo de repente una voz detrás de ella.

- Si. - dijo otra voz. - Tal vez haya aprendido a multiplicarse...Suena aterrador. -

- ¿Qué estáis haciendo? - inquirió Hermione, volviéndose y frunciendo el entrecejo.

Chloe y Ginny estaban a punto de marcharse a clase, y como Ron, no se podían creer que Hermione tuviera tanto que hacer sin ningún margen de tiempo.

- Es que…- dijo Chloe, con la cara aturdida y señalando el rarísimo horario de Hermione. - es una absoluta barbaridad. ¿En serio vas a poder con todo eso, Hermione? -

- No te preocupes por mí. - repuso Hermione con calma. - Lo tengo todo bien calculado. -

Tras parpadear los ojos, Chloe miró a Ginny y le preguntó: - Bill y Percy cursaron doce asignaturas, ¿no? -

- Si. - admitió Ginny. - Pero créeme, ellos no me han contado como lo hicieron para llegar a todas las clases. Bill dijo que era alto secreto. -

- Huy si, secretos entre cerebritos. - dijo George, con desaprobación. - Cada vez que se lo preguntábamos a Bill cambiaba de tema. -

- Eso no es nada. - dijo Fred, riéndose. - Percy fue aún más dramático. Cuando se lo preguntamos nos dijo que era "Secreto de estado". Bueno, sea lo que sea no debe ser muy divertido pasarse todo el año con pilares de deberes. Tras los TIMOs, Percy parecía que iba a desmayarse. -

- Venga Hermione, - insistió Ron, mirándola. - no debe haber secretos entre amigos. Podemos guardártelo y…-

- Pásame la mermelada. - le pidió Hermione.

- Pero...-

Harry decidió poner paz. - Déjalo, Ronald. - dijo. - Si Hermione dice que todo irá bien, entonces, ¿cuál es el problema?, ya deja de preocuparte. Es su horario, son sus asignaturas y, por tanto, su problema. - Ron parpadeó los ojos, y asintió sin más remedio.

- Ya está defendiendo a la damisela. - dijo George, sonriendo con diversión y aporreándole la espalda. - Buena jugada socio. -

- No fastidies George…- masculló Harry, sintiendo que se ruborizaba.

- A ver si con suerte se le escapa la respuesta, - dijo Fred. - y nos enteramos en que consiste ese "Secreto de estado". -

- ¿Queréis dejarme en paz? - preguntó Hermione, empezando a perder la paciencia.

- Venga chicos, - dijo Harry, agitando la mano. - pista. - y tanto los gemelos como Chloe y Ginny se marcharon.

- Bueno, - dijo Ron. - tú al final no escogiste Adivinación. Es una pena…-

- Lo siento mucho, Ronald, - dijo Harry. - pero la decisión ya está tomada. No pasa nada, nos seguiremos viendo en Cuidado de Criaturas mágicas y las clases de siempre. -

En ese momento entró Hagrid en el Gran Comedor. Llevaba puesto su abrigo largo de ratina y de una de sus enormes manos colgaba un turón muerto, que se balanceaba.

- ¿Va todo bien? - dijo con entusiasmo, deteniéndose camino de la mesa de los profesores. -¡Estáis en mi primera clase! ¡Inmediatamente después del almuerzo! Me he levantado a las cinco para prepararlo todo. Espero que esté bien...Yo, profesor...francamente...-

Les dirigió una amplia sonrisa y se fue hacia la mesa de los profesores, balanceando el turón.

- Me pregunto qué habrá preparado. - dijo Ron con curiosidad.

- Conociendo a Hagrid, - dijo Hermione, riéndose un poco. - ve tu a saber. -

El Gran Comedor se vaciaba a medida que la gente se marchaba a la primera clase. Ron comprobó el horario.

- Bueno, - dijo. - será mejor que nos pongamos en movimiento Hermione. Nos vemos luego Harry. -

Harry asintió, mirando cómo se iba. - Bueno, ¿Nos vemos en Aritmancia? - le preguntó a Hermione.

- Si, te veré allí…- dijo ella, antes de irse con Ron y los demás a Adivinación.

- Hm…apuesto a que se cansará de esa asignatura este mismo año…- pensó Harry con una sonrisa.

A Diferencia de Hermione, Harry había escogido tres de las cinco asignaturas optativas. La única clase en la que coincidiría con Ron era Cuidado de Criaturas mágicas, mientras que a Hermione la vería en todas sus clases, ya que ella exageró mucho al escoger todas las asignaturas optativas.

- Me preocupa, - pensó Harry. - pero es mejor así. Que se dé cuenta de que es demasiado para ella por sus propios medios…-

Harry sabía que Hermione estaba acudiendo de alguna forma a todas las clases, pero a diferencia de Ron, él no iba a pedirle a ella que explicara el método, ya que era inútil. ¡Cada vez que se lo preguntaba ella cambiaba de tema!

Decidido a ignorar la pregunta de cómo Hermione podía asistir a varias asignaturas al mismo tiempo, Harry acudió a su primera clase de Aritmancia. Al poco rato de que todos se sentaran en sus mesas, Hermione entró en la clase, con cara de pocos amigos.

- Bueno, - pensó Harry con diversión, mientras observaba a su mejor amiga sentándose a su lado, suspirando irritada. - me parece que, si hubiera apostado acabaría este año con un buen saco de ranas de chocolate como premio. -

- Hola…- bufó ella en voz baja.

- ¿Un día duro? - le preguntó Harry con el mismo tono. Hermione asintió, suspirando.

Aritmancia era más o menos como Harry se imaginaba, pero uno no se dedicaba meramente a las operaciones matemáticas comunes del mundo muggle. En la disciplina, el mago debía aprender las propiedades mágicas de los números. Al final, Harry se dio cuenta de que algo de adivinación si tenía.

- Es difícil, - pensó, mientras escuchaba a su profesora. - pero aprender esta disciplina me será tan útil como las runas antiguas. Ambos conocimientos me ayudarán a entender mejor el mundo mágico…-

La Aritmancia significaba "Adivinación del número" literalmente. Septima Vector era su profesora en esta difícil disciplina. Una mujer de cabellos castaños oscuros, de larga melena y mirada severa; llevaba ropas de color rojo y un sombrero puntiagudo. Era tan estricta como la profesora McGonagall, y al igual que ella, también le gustaba dejar montañas de deberes, tremendamente complicados.

- Nos toca hacer siete redacciones, y son bien chungas… ¡SI! - pensó el azabache, con ganas de empezar a hacer deberes de Aritmancia y llegar a ser un buen Aritmántico. Tenía pinta de ser un verdadero reto, más que los duelos.

Tras acabar la clase, tocaba dirigirse a la clase de Transformaciones. Allí estaba Ron, quien frunció el entrecejo cuando vio a Hermione al lado de Harry.

- Pero como…-

- Ronald, - dijo Harry, poniendo los ojos en blanco. - ¿que hemos hablando? -

- Vale…- bufó Ron. - Pero ojalá a final de año nos lo expliques Hermione. - ella asintió con impaciencia.

Los tres se sentaron al final del aula. Harry no pudo evitar sentirse como si fuera el centro de atención. El resto de la clase no dejaba de dirigirle miradas furtivas, como si estuviera a punto de caerse muerto.

- Pero…¿qué está pasando aquí? - se preguntaba él, frunciendo el entrecejo. - Oigan, ¿porque estáis todos poniéndome esas caras tan largas? - preguntó abiertamente.

- Verás, Harry…- empezó Ron. - lo que pasa es que…-

Pero antes de que se explicara, la profesora pidió atención. La profesora McGonagall empezó a hablar de los animagos. Harry ya los conocía de sobra, pues tenía a una en frente suyo. Tan solo él prestó atención, alucinando cuando ella se transformó ante los ojos de todos en una gata atigrada con marcas de gafas alrededor de los ojos, siendo el único que aplaudió.

- ¡Bravo! - exclamó, aplaudiendo alegremente. - ¡Eso fue impresionante, profesora! -

- ¿Qué os pasa hoy? - preguntó la profesora McGonagall, recuperando la normalidad con un pequeño estallido y mirándolos. - No es que tenga importancia, pero es la primera vez que mi transformación no consigue arrancar un aplauso de la clase. Tan solo Potter me ha aplaudido…- dijo, un poco decepcionada.

- Eso me gustaría saber, profesora. - dijo Harry. - Llegaron a clase muy desanimados está mañana…- añadió, fulminándolos a todos con la mirada y esperando una explicación.

Todos se volvieron hacia Harry, pero nadie dijo nada. Hermione levantó la mano.

- Por favor profesora…- dijo Hermione, desanimada. - acabamos de salir de nuestra primera clase de Adivinación y...hemos estado leyendo las hojas de té y…-

- ¡Ah, claro! - exclamó la profesora McGonagall, frunciendo el entrecejo de repente. - No tiene que decir nada más, señorita Granger. Decidme, ¿quién de vosotros morirá este año? -

Todos la miraron fijamente, hasta que Ron habló y dijo: - Harry. -

- ¿Eh? - dijo Harry, frunciendo el entrecejo.

- Ya veo…- dijo la profesora McGonagall, clavando en Harry sus ojos brillantes y redondos como canicas. - Pues tendrías que saber, Weasley, que Sybill Trelawney, desde que llegó a este colegio predice la muerte de un alumno cada año y ninguno ha muerto todavía. Ver augurios de muerte es su forma favorita de dar la bienvenida a una nueva promoción de alumnos. Si no fuera porque nunca hablo mal de mis colegas...-

- Si, por eso mismo no escogí Adivinación. - bufó Harry. - No estoy para augurios ni chorradas de esas. Sencillamente no es lo mío. -

La profesora McGonagall asintió con aprobación. - La adivinación es una de las ramas más imprecisas de la magia. - dijo. - No os ocultaré que la adivinación me hace perder la paciencia. Los verdaderos videntes son muy escasos, y la profesora Trelawney...-

- No es muy fiable, ¿verdad? - dijo Harry.

- No, rara vez acierta. - reconoció la profesora McGonagall, aclarándose la garganta. - A mí me parece que Potter tiene una salud de hierro, así que me disculparán que no le perdone hoy los deberes de mañana. - dirigió su mirada a Harry y añadió: - Te aseguro que si te mueres no necesitarás entregarlos. -

Harry y Hermione se miraron y se echaron a reír.

- Ni muerto dejaré de cumplir con mis deberes profesora, - dijo Harry entre risas. - téngalo por seguro…-

Sin embargo, no todo el mundo estaba convencido. Ron seguía preocupado.

- Pero, ¿y la taza de Neville? - susurró Lavender Brown.

Cuando terminó la clase de Transformaciones, se unieron a la multitud que se dirigía bulliciosamente al Gran Comedor, para el almuerzo.

- Animo, Ron. - dijo Hermione, empujando hacia él una bandeja de estofado. - Ya has oído a la profesora McGonagall. -

Ron se sirvió estofado con una cuchara y cogió su tenedor, pero no empezó a comer.

- Harry…- dijo en voz baja y grave. - Tú no has visto en ningún sitio un perro negro y grande, ¿verdad? -

- Pues sí. - respondió Harry, mientras empezaba a comer su estofado. - De hecho, cuidé de uno en vacaciones. El pobrecillo estaba abandonado y muerto de hambre. Lo bañé, le di de comer…pero a la mañana siguiente se escapó y no supe más de él…- dijo, con un poco de tristeza. - Me pregunto que habrá sido de él…-

Ron dejó caer el tenedor, quedándose boquiabierto y pálido.

- Oh Harry, eso ha sido tan tierno…- dijo Hermione con una amplia sonrisa. - Pero si, es una pena que se fuera. Tu hubieras sido un buen dueño para él. -

- Hermione…- farfulló Ron, tembloroso. - Si Harry ha visto un Grim…si ha tocado a un Grim…Eso es...eso es terrible…Mi tío Bilius vio uno y.. ¡murió veinticuatro horas más tarde! -

Harry rodó los ojos. - ¡Oh, venga ya! - bufo con impaciencia. - ¡Estoy harto de este juego del cosmos! No pienso tragarme esa chorrada de la adivinación. Deja de ser tan plasta, Ronald. -

- ¡No sabes lo que dices! - dijo Ron, empezando a enfadarse. - Los Grims ponen los pelos de punta a la mayoría de los magos. -

- Ahí tienes la prueba. - dijo Hermione en tono de superioridad. - Ven al Grim y se mueren de miedo. El Grim no es un augurio, ¡es la causa de la muerte! Y Harry todavía está con nosotros porque no es lo bastante tonto para ver uno y pensar "¡Me marcho al otro barrio!". - Y Harry asintió.

- Si tuviera a un Grim delante de mí no estaría tan mal pelear con él. - añadió. - Quiero decir, viene a por mi con la intención de matarme, ¿no? Que menos que darle pelea. -

Ron movió los labios sin pronunciar nada, para que Hermione comprendiera sin que Harry se enterase. Hermione abrió la mochila, sacó su libro de Aritmancia y lo apoyó abierto en la jarra de zumo.

- McGonagall tiene razón cuando dice que la adivinación es un arte muy impreciso. - comentó Harry.

- Así es. - repuso Hermione, mientras buscaba una página. - Si quieres saber mi opinión, creo que hay que hacer muchas conjeturas. -

- ¡No había nada de impreciso en el Grim que se dibujó en mi taza! - dijo Ron acalorado.

- No estabas tan seguro de eso cuando me dijiste que se trataba de una oveja. - repuso Hermione con serenidad.

- ¡La profesora Trelawney me dijo que mi mejor amigo podría morir! - dijo Ron, alterado - ¡Ah, y también dijo que no tenías un aura adecuada para la adivinación! Lo que pasa es que no te gusta no ser la primera de la clase…-

A Hermione le sobresaltó una vena en la frente. Aquel comentario le había sacado de sus casillas. - ¡Si ser buena en Adivinación significa que tengo que hacer como que veo augurios de muerte en los posos del té, no estoy segura de que vaya a seguir estudiando mucho tiempo esa asignatura! - dijo enfadada. - ¡Esa clase fue una porquería comparada con la de Aritmancia! - cogió la mochila y se fue sin despedirse.

Después de mirar a Ron y negar con la cabeza, Harry fue tras ella. La encontró sentada en la fuente que conectaba con el puente hacia los terrenos. Se había puesto a repasar Aritmancia, manteniendo su mal humor.

- Eh…- le susurró al oído. - ¿Porque te molestas? -

- ¿¡Que porque me molesto!? - inquirió ella, apartando bruscamente su libro para mirarle con enfado. - ¡Tú mismo has oído las incoherencias que a dicho! -

Harry se encogió de hombros. - Ya, pero si sabes que no tiene razón, ¿para qué molestarse con él? - dijo, guiñándole un ojo. - Así es nuestro Ronnie. -

- Bueno, si lo dices así…- murmuró Hermione, desviando la mirada y perdiendo el enfado que tenía.

- Exactamente…- dijo Harry, sentándose con ella. - Tú sabes que él siempre está fastidiado porque somos los primeros de la clase, pero debe entender que no todo se nos puede dar bien, ¿no crees? -

- Si, tienes razón…- suspiró Hermione.

- En cuando a la Adivinación, - dijo el azabache en tono desafiante. - que me pongan al Grim si quieren. Aquí el único capitán de mi destino soy yo. - añadió, alzando la nariz con arrogancia.

- Está bien capitán del destino, tus ganas. - dijo Hermione, riéndose.

- Venga, volvamos a dentro para acabar de comer, - dijo el azabache entre risas, cogiéndola de la mano. - y si Ron dice algo, tu déjame a mí. -

Cuando volvieron al Gran Comedor, Harry y Hermione vieron a Ron hablando con Chloe. A medida que se acercaban, se empezó a oír una pequeña discusión entre los dos.

- Bueno, míralo de este modo. - dijo Chloe, cuando Harry estaba por alcanzar la mesa. - Harry se ha enfrentado a "quien tú sabes" y acabó con un basilisco el año pasado. ¿Crees que un Grim será capaz de matarle? -

- No lo sé, - dijo Ron, rascándose la nuca. - pero está claro que este año corre más peligro que nunca. Si supieras quien está detrás de él entonces…-

- ¡Ronald! - le interrumpió Harry, negando con la cabeza. - Será mejor que nos pongamos en marcha. Si no nos apresuramos nos perderemos la primera clase con Hagrid. -

- Oh, es cierto. - dijo Ron, levantándose. - Esto…hasta luego. - le dijo a Chloe, y Harry tuvo la impresión de que sus mejillas habían enrojecido momentáneamente.

- Claro, - dijo ella. - hasta luego, chicos. Saludad a Hagrid de mi parte. -

El trío salió del castillo, mientras descendían por el césped hacia la cabaña de Hagrid, en el límite del bosque prohibido. Sólo cuando vio delante tres espaldas que le resultaban muy familiares, se dio cuenta de que debían de compartir aquellas clases con los de Slytherin. Sin embargo, Malfoy no estaba con Crabbe, Goyle y Pansy, sino con otro grupo de estudiantes de Slytherin que parecían más tranquilos que los revoltosos.

- Ahora se junta con buena gente, - pensó Harry con aprobación. - eso está muy bien…-

Hagrid aguardaba a sus alumnos en la puerta de la cabaña. Estaba impaciente por empezar; cubierto con su abrigo de ratina, y con Fang, el perro jabalinero, a sus pies.

- ¡Vamos, daos prisa! - gritó a medida que se aproximaban sus alumnos. - ¡Hoy tengo algo especial para vosotros! ¡Una gran lección! ¿Ya está todo el mundo? ¡Bien, seguidme! -

Hagrid anduvo por el límite de los árboles y cinco minutos después se hallaron ante un prado donde no había nada.

- ¡Acercaos todos a la cerca! - gritó el semigigante, antes de darles una indicación. - Aseguraos de que tenéis buena visión, lo primero que tenéis que hacer es abrir los libros, buscad la página 49. -

- Disculpe, ¿nos puede decir cómo podemos abrir los libros sin que nos muerdan? - preguntó Draco, con una sorprendente educación.

Hagrid parpadeó los ojos antes de decir con decepción: - ¿Nadie ha sido capaz de abrir el libro? - La clase entera negó con la cabeza, pero Harry habló.

- Yo intenté aturdirlo para poder leerlo, - suspiró él - pero ni así hubo manera, Hagrid…-

- Aturdiéndolos solos los dejas inservibles, Harry. - dijo Hagrid. - Para poder leerlo sin que muerda, tenéis que acariciarlo. - añadió, como si fuera lo más obvio del mundo. - Mirad...-

Cogió el ejemplar de Hermione y desprendió el celo mágico que lo sujetaba. El libro intentó morderle, pero Hagrid le pasó por el lomo su enorme dedo índice, y el libro se estremeció, se abrió y quedó tranquilo en su mano.

La clase entera se sorprendió.

- ¿¡Eso era todo!? - bufó Malfoy, rodando los ojos. - Oh, no fastidies…-

- Gracias por iluminarnos, Hagrid. - dijo Harry, agradecido.

Hagrid sonrió, y esperó a que todos encontraran la página que había indicado.

- ¿Ya tenéis el libro y la pagina? - preguntó Hagrid, la clase asintió. - Bien, iré un momento a buscar la criatura que vamos a estudiar hoy, esperad aquí. - dijo, con un brillo de ilusión en sus ojos. Se alejó de ellos, penetró en el bosque y se perdió de vista.

- Oh vaya, este lugar parece en decadencia…- dijo la voz desagradable de Parkinson. - No puedo creer que ese inútil no dé clases…-

- ¡Cállate, Parkinson! - exclamó Hermione molesta.

- Pansy, en serio, déjalo ya. - dijo Malfoy con tranquilidad. - Nos estás haciendo quedar en ridículo…-

- ¡Tu calla, traidor! - gritó Pansy. - ¡A mi tu no me dices lo que tengo que hacer! -

- Como quieras…- dijo Malfoy, encogiéndose de hombros.

Harry, a pesar de que habían pasado meses desde la última vez que se había peleado con Malfoy, seguía sin acostumbrarse a su nueva versión. Por su cara, podía pensar que Hermione pensaba igual que él, mientras que Ron sencillamente seguía empeñado en creer que todo era puro teatro. En conclusión, ninguno de los tres terminaba de acostumbrarse al nuevo Malfoy.

- ¡Mirad! - exclamó Lavender Brown, señalando a una parte del prado.

Trotando en dirección a ellos se acercaba una docena de criaturas, las más extrañas que Harry había visto en su vida. Tenían el cuerpo, las patas traseras y la cola de caballo, pero las patas delanteras, las alas y la cabeza de águila gigante. El pico era del color del acero y los ojos de un naranja brillante.

Las garras de las patas delanteras eran de quince centímetros cada una y parecían armas mortales. Cada bestia llevaba un collar de cuero grueso alrededor del cuello, atado a una larga cadena. Hagrid sostenía en sus grandes manos el extremo de todas las cadenas. Se acercaba corriendo por el prado, detrás de las criaturas.

- ¡Id para allá! - exclamó, sacudiendo las cadenas y forzando a las bestias a ir hacia la cerca, donde estaban los alumnos. Todos se echaron un poco hacia atrás cuando Hagrid llegó donde estaban ellos y ató los animales a la cerca.

- ¡Hipogrifos! - gritó Hagrid alegremente, haciendo a sus alumnos una señal con la mano. - ¿A que son hermosos? -

Harry pudo comprender que Hagrid los llamara hermosos. En cuanto uno se recuperaba del susto que producía ver algo que era mitad pájaro y mitad caballo, podía empezar a apreciar el brillo externo del animal, que cambiaba paulatinamente de la pluma al pelo. Todos tenían colores diferentes: gris fuerte, bronce, ruano rosáceo, castaño brillante y negro tinta.

- Venga…- dijo Hagrid frotándose las manos y sonriéndoles. - Si queréis acercaros un poco...-

Nadie parecía querer acercarse. Harry, Ron y Hermione, sin embargo, se aproximaron con cautela a la cerca. Harry estaba más que decidido, pero por las caras de Ron y Hermione podía pensar que ellos preferían avanzar con más cautela que él.

- Lo primero que tenéis que saber de los hipogrifos es que son orgullosos. - dijo Hagrid. - Se molestan con mucha facilidad. Nunca ofendáis a ninguno, porque podría ser lo último que hicierais. -

- Vaya, son más orgullosos que tú, Harry. - dijo Ron. El mencionado asintió, al igual que los demás, a excepción de Pansy y sus "gorilas", quienes cuchicheaban a sus espaldas y se reían.

- Tenéis que esperar siempre a que el hipogrifo haga el primer movimiento. - prosiguió Hagrid. - Es educado, ¿os dais cuenta? Vais hacia él, os inclináis y esperáis. Si él responde con una inclinación, querrá decir que os permite tocarlo. Si no hace la inclinación, entonces es mejor que os alejéis de él enseguida, porque puede hacer mucho daño con sus garras. Bien, ¿quién quiere ser el primero? -

Todos retrocedieron, incluso Ron y Hermione. Sin embargo, Harry seguía ahí, firmemente en pie y sonriendo al hipogrifo.

- Para mí será todo un honor, profesor…- le dijo Harry a Hagrid, haciendo sonreír a su gran amigo.

Detrás de él se oyó un jadeo. - ¡No Harry! - le susurraron Lavender y Parvati. - ¡Acuérdate de las tazas! -

- ¡Hmph! - bufó Harry, ignorándolas. - Yo controlo mi destino, no un puñado de tazas. -

- ¡Buen chico, Harry! - dijo Hagrid, muy animado. - Veamos cómo te llevas con Buckbeak. -

Soltó la cadena, separó al hipogrifo gris de sus compañeros y le desprendió el collar de cuero. Los alumnos, al otro lado de la cerca, contenían la respiración.

- Tranquilo ahora, Harry…- dijo Hagrid en voz baja. - Primero mírale a los ojos, procura no parpadear. Los hipogrifos no confían en ti si parpadeas demasiado...-

El azabache asintió e hizo caso, Buckbeak había vuelto la cabeza grande y afilada, miraba a Harry fijamente con un ojo terrible de color naranja.

- Eso es…- dijo Hagrid. - Eso es, Harry. Ahora inclina la cabeza...-

Harry inclinó la cabeza, demostrando respeto por el hipogrifo, levantó un poco la mirada. El hipogrifo seguía mirándolo fijamente y con altivez, no se movió.

- Puedo hacerlo…- se repetía Harry a sí mismo. - puedo hacerlo…-

- ¡Ah! - dijo Hagrid, preocupado. - Bien, vete hacia atrás, tranquilo, despacio...-

Pero entonces, ante la alegría de Harry, el hipogrifo dobló las arrugadas rodillas delanteras y se inclinó profundamente.

- ¡Bien hecho, Harry! - dijo Hagrid, eufórico. - ¡Bien, puedes tocarlo! Dale unas palmadas en el pico, vamos...-

Harry se acercó al hipogrifo lentamente y alargó el brazo. Le dio unas palmadas en el pico y el hipogrifo cerró los ojos para dar a entender que le gustaba.

- Hola amigo…- susurró Harry, con una sonrisa afable.

La clase rompió en aplausos. Todos excepto Parkinson, Crabbe y Goyle, que parecían muy decepcionados.

- Bien, Harry. - dijo Hagrid. - ¡Creo que el hipogrifo dejaría que lo montaras! –

- ¿¡Puedo!? - dijo Harry, emocionándose ante la idea.

- Pues claro que si muchacho. - dijo Hagrid. - Súbete ahí, detrás del nacimiento del ala. Y procura no arrancarle ninguna pluma, porque no le gustaría...-

Harry asintió. Sin miedo y con gran habilidad, puso el pie sobre el ala de Buckbeak, subiéndose en el lomo. Buckbeak se levantó.

- ¡Vamos! - gritó Hagrid, dándole una palmada al hipogrifo en los cuartos traseros.

A cada lado de Harry, se abrieron unas alas de más de tres metros de longitud, se agarró del cuello del hipogrifo antes de remontar el vuelo. No tenía ningún parecido con una escoba, era algo extraordinario.

- ¡YIUJUUUUUUUUUU! – gritó Harry desde el cielo.

Buckbeak sobrevoló el prado y descendió, se echó hacia atrás conforme el hipogrifo se inclinaba hacia abajo. Parecía que Harry ya dominaba al hipogrifo incluso antes de subirse a él.

Tras aterrizar, Harry bajó de un salto, y acarició una vez más a Buckbeak. Este parecía estar a gusto.

- ¡Muy bien, Harry! - gritó Hagrid emocionado, mientras lo vitoreaban todos menos Parkinson, Crabbe y Goyle. - ¡Bueno!, ¿quién más quiere probar? -

Envalentonados por el éxito de Harry, los demás saltaron al prado con cautela. Hagrid desató uno por uno los hipogrifos y, al cabo de poco rato, los alumnos hacían timoratas reverencias por todo el prado. Neville retrocedió corriendo en varias ocasiones porque su hipogrifo no parecía querer doblar las rodillas. Ron y Hermione practicaban con el de color castaño, mientras que Harry les instruía por su cuenta.

- Eso es, al igual que yo, los hipogrifos son orgullosos. - les recordó Harry. - Si mostráis respeto hacia ellos, a cambio os ganareis su respeto. De lo contrario…- susurró, con una sonrisa malévola.

- ¡Vale, vale, no nos pongas más nerviosos, Harry! - se quejó Ron, con los pelos de punta.

Parkinson y los gorilas no pudieron hacer sus trastadas tranquilamente, porque Malfoy y sus nuevos amigos ya se encargaban de vigilarlos de cerca. Intentaron provocar a tres hipogrifos, pero su jugarreta les salió mal y por poco acaban siendo a tacados por ellos. Sin embargo, Hagrid intervino a tiempo, calmando a los hipogrifos y echando de la clase a Pansy y compañía, amenazándolos con hablar con Dumbledore si volvían a liarla.

La clase de Hagrid fue un completo éxito, y eso llenó de enorme orgullo al semigigante. Para celebrarlo, invitó a sus tres amigos a tomar el té en la tarde.

- Bueno, bueno, profesor, que digo, ¡señor profesor! - le alabó Harry, gritando alegremente y dándole palmaditas en la espala. - ¡Hoy te has lucido! -

- Es todo gracias a vosotros. - dijo Hagrid entre lágrimas de felicidad. - ¡Soy el tipo más feliz del mundo! -

Y es que, cuando llegaron a la cabaña por la tarde, en vez de té, Hagrid trajo cerveza de mantequilla para todos.

- Ya estoy planeando las siguientes lecciones. - comentó Hagrid con un brillo en los ojos - Hay tantas criaturas fantásticas por enseñar…Oh vaya, estaba tan preocupado por causar buena impresión en mi primera clase con ustedes que ya me olvidé de lo que tenía planeado…-

- Vamos, relájate un poco Hagrid. - dijo Ron entre risas. - Ahora tienes que disfrutar del momento. -

Hermione estaba un poco colorada, a ella le gustaba la cerveza de mantequilla, pero no era tan obsesionada como Harry. Sin embargo, aquella tarde había bebido bastante, y entre lo cansada que estaba por dormir tan poco y el poco alcohol que contenía la bebida, empezó a marearse.

- Hagrid es el mejor…- dijo Hermione, hipando. - Yo si fuera tú te sugeriría…- pero se cayó dormida, en el regazo de Harry.

- ¿Hermione? - dijo Harry, sosteniéndola de los brazos para evitar que se cayera. - El día de hoy no tiene tanto aguante como nosotros…Aunque es extraño que esté así, o sea, tampoco que es que la cerveza de mantequilla contenga tanto alcohol, ¿no? -

- Parece que así es amigos. - dijo Hagrid alegremente, mientras miraba el reloj. - ¡Vaya, que tarde es! Será mejor que volváis al castillo, no es seguro que estéis fuera a estas horas. - dijo en tono severo, mientras se ponía en pie. - En marcha, os escoltaré hasta el castillo. - añadió, mientras cogía la ballesta. - ¿Podrás llevarla, Harry? -

- Si, - repuso Harry, cargando a Hermione entre sus brazos. - no hay problema. Ron, ¿puedes llevar las mochilas. -

- Si no queda otra. - bufó Ron, rodando los ojos.

Hagrid condujo a sus amigos hasta el castillo, a medida que la noche invadía el castillo.