LEETEUK
Tan cerca, pero no puedo tocarte
Siwon, según la información con la que contaba, era un gran cantante, bailarín y actor en Corea del Sur. Bastante famoso, según su currículum... y sí, era muy guapo. Tenía ojos penetrantes, de esos que sientes que pueden ver a través de ti, y tersa piel. En cuanto lo vi parado en medio del salón supe que mi vida daría un vuelco por su culpa. Esperaba con ansias verlo bailar. Imaginaba cómo esos músculos que se adivinaban debajo de la camiseta de algodón se moverían al ritmo de la música. Comenzó excelente: las piernas firmes, la cabeza en alto y los brazos que parecían alas a punto de llevarlo en un vuelo, pero tenía que poner la maldita música de K-pop. ¿Por qué se aferraba a bailar eso? Era cierto que era una estrella de ese género en Corea, pero ¿hacerlo aquí? Dejé que la música corriera esperando que algo mejorara ya que sus movimientos eran realmente gráciles, sensuales y bien coreografiados. Ese hombre bailaba como jamás había visto a nadie hacerlo en mi vida.
Algo dentro de mí comenzó a despertar y me asusté. Sacudí la cabeza para enfocarme y, sin saber bien por qué, me puse de pie y paré la música. Su cara era un poema.
–¿Qué estás haciendo? –le pregunté, pero no supo qué contestarme, lo único que me dijo fue "¿Perdón?". Y eso era justamente lo único que necesitaba saber.
Le dije que se sentara y esperara la audición grupal, pero mientras regresaba a mi lugar detrás de la mesa, sentía cómo las piernas me temblaban y un hueco se instaló en mi estómago. En cuanto me senté noté que miraba fijamente y, sin saber por qué, le sonreí. Siwon no supo qué hacer, lo noté en la forma en que su quijada caía, dejando la boca ligeramente abierta. Mis ojos se fijaron en ese lugar y, segundos después, desvíe la mirada para indicar al siguiente bailarín que era su turno.
No detuve la música de nadie más, esa parte de la audición transcurrió sin ningún contratiempo y, como ya era pasado el mediodía, les di un descanso para comer, para que al regresar hiciéramos las audiciones en grupo.
Me encerré en mi oficina, como siempre. Brenda, mi asistente desde que comenzamos este negocio, me llevo un club sándwich y un refresco de cola.
–Deberías comer más sano, Leeteuk –me dijo con ese tono de mamá que no sé si me desesperaba o agradecía–. Voy a pedir a la cafetería que te haga una comida balanceada, más proteínas y menos carbohidratos, más verduras, igual no saldrías de aquí, pero comerías mejor.
–Esto está bien, Brenda, gracias –le respondí mientras abría el empaque del sándwich y tomaba un pedazo, dándole una mordida. Ella, conociéndome después de siete años, se marchó moviendo negativamente la cabeza, sabiendo que no iba a conseguir nada más.
Yo sentía mucho cariño por ella. Recuerdo el día en que publiqué el anuncio en el periódico solicitando una asistente… no llegaron muchas personas, de hecho, sólo llegaron tres, pero lo sentí como un triunfo. Había escogido a la segunda que entrevisté, pero cuando hablé con Brenda, que era la tercera, sentí química de inmediato entre los dos. Creo que ella también lo sintió porque sin hablar por más de diez minutos, ya estaba firmando contrato con la compañía para ser mi asistente ejecutiva. Es muy inteligente y extremadamente paciente, al menos conmigo, que soy el que menos lo merece, la adoro por eso. Me cuida mucho, a veces de más, pero sé que lo hace porque se preocupa de verdad por mi bienestar. A ella le confiaría mi vida, pero no lo que he vivido, nadie merece ser contaminado con una vida como la mía.
Por otro lado, no era que no quisiera comer mejor, en realidad lo hacía cada vez que podía, amo cocinar y soy bastante bueno, mi especialidad es, obviamente, la comida coreana, pero siempre que había un musical en puerta sentía que mi vida sólo giraba alrededor de ese proyecto y nada más importaba, incluso mi vida personal la que, dicho sea de paso, estaba al borde del colapso entre las pesadillas y la indiferencia de mi novio que roncaba cuando yo más lo necesitaba. Y el simple hecho de pensar en David hizo que se me revolviera el estómago. Miré los tres pedazos del sándwich con remordimiento y los alejé de mí. Me recargué en el respaldo de la silla y cerré los ojos.
El llanto del niño se escuchó de inmediato. Yo estaba parado en el centro del estudio de audiciones. Los espejos me devolvían una imagen distorsionada de mí, borrosa, deforme, como los espejos de la casa de la risa en Coney Island. Me giré varias veces buscando el lugar de donde provenía el llanto, algo me decía que si encontraba a ese niño y lograba que dejara de llorar, las pesadillas terminarían. Escuché con más atención y localicé un punto a mi izquierda, caminé hacia ahí y el llanto se hizo más y más fuerte. Sentí una emoción indescriptible tan sólo de pensar que finalmente podría poner fin a esta tortura.
Era un pasillo largo y pude ver una puerta al final, estaba seguro que el niño estaba detrás de ella. Quise correr, pero las piernas no me respondieron. De alguna forma sabía que se trataba de un sueño, así que me tranquilicé y caminé lo más aprisa posible. Llegar a la puerta pareció un camino eterno y, cuando finalmente estuve frente a ella, estiré la mano para tomar la manija y abrirla, entonces todo se vino abajo. La puerta explotó en mil pedazos que volaron a mi alrededor, sentí astillas cortando mi cara y cerré los ojos para protegerlos de cualquier daño; escuché los espejos del salón romperse y el techo se vino abajo. De pronto yo estaba parado entre todos los escombros, con la respiración agitada y un sudor frío recorriendo mi espalda; el cielo se había oscurecido tanto que parecía que una terrible tormenta se acercaba. Había estado tan cerca de terminar de una vez por todas con todo esto.
–Teukie, ayúdame.
Abrí los ojos de golpe y mi oficina se materializó frente a mí. Estaba empapado en sudor y parecía que me iba a dar un infarto. Intenté recordar dónde había escuchado esa voz que me pedía ayuda, no era la de un niño, como el llanto que siempre oía, sino la de un hombre joven, quizá de mi edad. Era similar a la de David, pero había algo que la diferenciaba, quizá fuera el acento, la forma de decir mi nombre, la desesperación al pedir ayuda.
Con las manos temblorosas toqué mi rostro, lo sentía caliente y mojado por el sudor, tenía miedo de cerrar los ojos nuevamente para enfocar mi mente, así que recordé una técnica que mi superior en el ejército me había enseñado: fijé la vista en un punto en la pared frente a mí y dejé que todo se oscureciera a mi alrededor; después de un rato, el esfuerzo hizo que mis ojos comenzaran a arder, pero ahora mi mente estaba serena. Parpadeé varias veces y respiré profundamente para completar el ejercicio de relajación.
Me puse de pie y fui a mi baño privado, me quité la camisa empapada y, con una toalla mojada me refresqué el torso y la cara, que no tenía daño alguno, a diferencia de mi sueño. Mientras sentía el frío del agua recorrí mi piel con la mirada: las cicatrices estaban ahí todavía. Había pensado someterme a cirugía para quitarlas, pero por miles razones que no tenían nada que ver, posponía las citas indefinidamente. Quizá en el fondo, no quería quitarlas porque me recordaban a lo vivido en el ejército y, aunque había odiado cada segundo de mi estancia ahí, era más fácil castigarme que romper con el pasado y vivir una vida nueva.
Alguien tocó la puerta, seguro era Brenda. Me recargué en el lavabo y respiré profundamente de nuevo antes de tomar una camisa limpia del clóset y salir a mi oficina. Mi asistente estaba de pie con un folder en la mano. No era la primera vez que me veía semidesnudo, pero creo que nunca se acostumbrará.
–Llegó un nuevo perfil –dijo con la vista hacia abajo mientras me extendía el folder–. Dijeron que tenías que verlo, aunque se hubiera cerrado el registro.
Tomé el folder sin ganas y lo abrí. La foto del chico no era buena, pero daba una idea de su rostro. No se podía considerar guapo, al menos no como los que estaban esperando en el salón, específicamente ese coreano que yo ya odiaba, pero no podía sacar de mi mente. Su nombre era Andrew y no tenía un currículum impresionante, sólo algunas obras musicales en la escuela y el teatro local en Carolina del Norte. Le regresé el folder a Brenda negando con la cabeza y comencé a abotonarme la camisa, dejándola fuera del pantalón.
–Diles que lo puedo ver, pero no para este musical, ya cerramos y no vamos a hacer ninguna excepción, que venga la semana próxima, el martes. Y que manden otra fotografía, esta es horrible.
Brenda asintió y salió de la oficina cerrando la puerta detrás de ella. Sin sentarme terminé el refresco, vi con nostalgia los trozos del sándwich pero ya no me atreví a tomarlos, el sueño me había dejado bastante descolocado y mi estómago apenas se estaba asentando.
En cuanto entré en el estudio vi tres grupos de diez personas ya formados. Mi mirada se fue de inmediato hacia el grupo donde habían colocado a Siwon y me di cuenta que se sentía incómodo, seguramente por lo que le había hecho ese día, más temprano. La verdad es que no me importó en lo más mínimo, si se sentía incómodo bien merecido lo tenía por traer toda esta cosa coreana a mi vida de nuevo. Sé que es una contradicción que ame tanto la comida coreana y odie todo lo demás, pero no puedo evitarlo, Corea no ha hecho otra cosa más que arruinar mi vida.
Tomé mi lugar detrás de la mesa y me aclaré la garganta, no tenía que decir nada, todos sabían que con ese simple gesto era momento de ponerse a trabajar.
–De acuerdo, como lo ensayamos –instruyó Clary, la coreógrafa que me robé de un musical en Broadway ofreciéndole más dinero de lo que en realidad podía pagar, pero a lo largo de los años ha probado que ese sacrificio ha valido la pena. Hizo la seña al primer grupo y comenzaron a bailar.
Evidentemente, Siwon estaba en el tercero. No había tenido que dar ninguna instrucción, pero lo habían entendido a la perfección. Así que cuando fue su turno, yo ya estaba aburrido de ver el mismo baile y escuchar la misma música, sí, me aburro rápidamente. La coreografía demandaba que se hicieran filas para intercalarse entre ellas durante el clímax de la canción, y el coreano era el último, lo que hacía que casi no se apreciara la forma en que levantaba los brazos como si fueran aspas de un molino porque había que hacer el siguiente paso de inmediato, sin embargo, se apreciaba bastante bien cuando bailaba entre las dos filas que se formaron a su lado.
En cuanto estuvo frente a mí sacudió la cabeza y dio la vuelta mostrando un perfecto trasero que provocó que mi corazón perdiera uno o dos latidos. Creo que dejé salir el aire o algo porque el director, que estaba sentado a mi lado, me preguntó si estaba bien. Sólo asentí, sin dejar de ver la ejecución del bailarín que definitivamente me había robado el aliento.
La reunión en mi oficina fue bastante acalorada, Clary la coreógrafa, y George, el director, estaban sentados frente a mi escritorio. Todas las fotos y datos de los bailarines estaban esparcidos frente a nosotros. Eliminamos a unos diez en la primera ronda y teníamos que elegir a quince, así que los afortunados estaban entre los veinte que cubrían todo mi escritorio.
–En caso de que nos falten hombres –dijo George, quien conocía perfectamente bien mi forma de trabajar–, podemos hacer que las mujeres tomen este rol.
–No van a faltar hombres –le respondió Clary que, como la perfecta mujer calculadora que era, ya había hecho las cuentas de cuántos hombres podíamos eliminar de los veinte que quedaban–, y no soporto que seas tan negativo, en caso de que falten, tenemos otros diez de dónde tomarlos.
George resopló. Era impresionante cómo esos dos eran capaces de llevarse la contraria y pelearse frente a quien fuera por cuestiones de musicales y ser la pareja más romántica que hubiera visto en mi vida. Su boda fue la más hermosa a la que he asistido, no fue nada extraordinario, se casaron en un salón en el centro de Nueva York, pero la decoración, el ambiente, la música, todo fue perfecto. Ella se veía radiante enfundada en un sencillo vestido blanco y él, bueno, él no podía dejar de sonreír.
–¿Tú qué dices, Leeteuk? –me preguntó George, sacándome de mis recuerdos–. ¿Sacamos hombres de los diez que eliminamos o vestimos mujeres como hombres?
–Sacamos hombres de los diez que eliminamos –generalmente mis respuestas estaban del lado de Clary porque ella tenía las mejores ideas. George era un director extraordinario pero pésimo en resolver problemas.
–Siempre estás de su lado –me dijo y se cruzó de brazos, esa era la actitud que tomaba cuando ya no quería hablar más del asunto.
–Porque ella sabe lo que hace, George. Tú sólo dirige.
–Pero no puedo dirigir a nadie con quien yo no haya estado de acuerdo en meter a este musical, Leeteuk.
–Como en los anteriores, tendrás que hacerlo.
George rodó los ojos y negó con la cabeza, pero yo sabía que, como siempre, haría lo mejor en todos los casos y con cualquier bailarín o actor, esa era su especialidad.
–Creo que Siwon debe ser el protagonista –las palabras de Clary fueron como un balde de agua fría en la espalda, la miré fijamente y ella sostuvo mi mirada–, ¿no crees?
–No, Siwon nunca va a protagonizar un musical mío –me puse de pie y salí de mi oficina, fui directo al escritorio de Brenda y tomé el folder que me había dado antes, se lo di a Clary–. Haz audición a este candidato y enséñamela, si lo hace bien, él será el protagonista –y con un ademán les indiqué que salieran de mi oficina.
