Le gustaba verle volar.

Se había dado cuenta hacía poco, pero no lo importaba. Verle volar era todo un espectáculo. La escoba rompía el viento con una gracia etérea, su cuerpo se alineaba en perfección a la forma aerodinámica de vuelo y sus gráciles movimientos dejaban sin palabra a cualquiera que le mirara con la intensidad con lo que Albus lo hacía.

No frecuentaba los entrenamientos de Quidditch, pero no dudó ni por un segundo aceptar la invitación de Scorpius de venir a verle.

Ven a verme entrenar, Al… Luego me cambió y damos un paseo.

Vale —fue lo único que Albus fue capaz de decir ante su propuesta.

Se había traído algunos deberes por acabar. Era sábado por la tarde y el equipo de Quidditch de Slytherin entrenaba en el campo. Albus hacía algunos ejercicios —sin prestar mucha atención a lo que escribía en el cuaderno— dando mucho más protagonismo a Scorpius Malfoy y su manera de montar en escoba. Sutil, delicado, ligero. Le hubiera gustado darse cuenta antes de todas esas cosas, pero nunca había estado muy pendiente de los partidos. Siempre se había distraído con cualquier cosa mientras los jugadores surcaban el cielo de punta a punta del campo de Quidditch. Pero ahora las cosas habían cambiado y es que Scorpius y él se habían vuelto inseparables. Ya no reducían su contacto a la biblioteca, sino que lo exteriorizaban y expandían por toda la escuela. Se había estado rumoreando durante toda le semana entre los alumnos más chismosos.

¿Lo has oído? Albus Potter y Malfoy son amigos…

El rumor se había vuelto viral. Todo el mundo hablaba de ellos y no tardaron en verificar las habladurías. Eran amigos, caminaban juntos por los pasillos, se acompañaban a clase, comían uno al lado del otro, se reían juntos, pasaban largos rato de estudio en la biblioteca, hablaban hasta altas horas de la noche en la Sala Común.

—¡Malfoy, a la derecha! —gritaba el capitán del equipo.

Albus levantó la vista y vio como Scorpius volaba hasta el lateral derecho y atrapaba la Quaffle sin miramientos. Giró con la escoba hacía los aros y la lanzó con vigor haciendo que la pelota atravesara uno de ellos. Un juego limpio y veloz.

Entonces Malfoy miró hacía las gradas y Albus no supo distinguir bien a donde miraba. No supo si sus ojos se clavaban en él o en cualquier otra persona que hubiera a su alrededor. Decenas de chicas que se concentraban para ver los entrenamientos comentaban la última jugada de Scorpius y alababan sus musculosos brazos, perdían el aliento por su fuerte espalda y se volvían locas por su cabello rubio volando al viento. Patético, pensaba Albus con aversión.

—¿Desde cuando te gusta el Quidditch, Albus? —Rose había aparecido de repente y se había puesto frente a él, tapándole la visión del campo en el cual Albus estaba tan concentrado. El tono de voz de su prima tenía un punto picarón.

—Hola, Rose —saludó Albus—. Yo también me alegro de verte…

La chica se sentó a su lado y dirigió su mirada hacía los cielos del campo.

—Creo que nunca te había visto en un entrenamiento de Quidditch.

—Será porqué nunca he estado en uno antes —respondió Albus.

—¿Y que te trae por aquí?

—Podría preguntarte lo mismo, querida prima —decía Albus con una sonrisa—. ¿Qué trae a la buscadora de Gryffindor por el entrenamiento de Slytherin?

—Me gusta ver entrenar al equipo con el que me tengo que enfrentar en el próximo partido…

—¿Cuándo es?

—En febrero… —Rose le dedicó una mirada inquisitoria—. No me cambies de tema… ¿Qué demonios haces aquí, Al?

Albus suspiró con resignación.

—Scorpius me pidió que viniera a verle jugar…

Rose sonrió.

—¿Enserio? ¡Que tierno!

—¡No! No sé de que se trata, Rose… Pero definitivamente no es tierno —concluyó.

—Ya…

—Te odio —dijo conteniendo una sonrisa.

Los dos se quedaron mirando el entrenamiento mientras charlaban. Al parecer, su amistad con Malfoy se había vuelto la comidilla de la escuela. Rose contó los últimos avances sobre los rumores que habían despertado y el ataque de histeria que tiene James cada vez que oye el dichoso rumor. Se reían a carcajadas solo de pensarlo, hacer enfurecer a su hermano podría convertirse en su pasatiempo favorito. Se concentró tanto en su conversación con Rose que no se dio cuenta de que el entrenamiento había acabado y que los jugadores se marcharon hacía los vestuarios.

—Te lo digo yo, tu hermano tiene un problema y de los grandes—decía Rose—. No sé como puedes aguantar estar tanto tiempo con él.

Albus ruedó los ojos.

—Yo tampoco lo sé.

—¿Interrumpo? —Scorpius apareció desde las gradas superiores, haciéndose oír con sus inconfundible voz.

En girarse, Albus le miró de arriba a abajo. Tenía el pelo húmedo recién lavado y la cara enrojecida del esfuerzo durante el entrenamiento. Llevaba la ropa del fin de semana, unos tejanos y un jersey de lana grisáceo. Sonrió con la misma intensidad de siempre y su sola presencia deslumbró los ojos de Albus.

—Hola, Malfoy —dice Rose.

Albus no distinguió si en su rostro había una sonrisa o una mueca y decidió dejarlo pasar.

—Weasley —dijo Scorpius a modo saludo mientras se acercaba a Albus.

Al chico le gustaría que su prima y su nuevo amigo pudiera congeniar de la misma manera que lo hacen ellos. Y esta seguro de que si dejaran todos esos prejuicios a un lado, podrían llevarse bien. Pero el maldito complejo de superioridad por el que se caracterizan todas las personas que envuelven a Albus, impide que puedan mantener cualquier contacto entre ellos.

—¿Vienes con nosotros, Weasley?

—No, no.. Solo estaba de paso —dijo con una media sonrisa—. He venido a saludar a Albus y ya me iba.

—Vale… Pues, ¿nos vamos? —preguntó Scorpius mirando a Albus.

El chico recogió sus cosas, metiendo los cuadernos en la mochila y colgándosela al hombro. Se despidió de Rose con un suave beso en la mejilla e intercambiaron una mirada cómplice que dijo más que cualquier conversación verbal que pudieran tener.

Albus y Scorpius salieron del campo poco después de que Rose se marchara. Caminaron hacía los claros verdes uno al lado del otro. El clima invernal acechaba aquella tarde de mediados de diciembre, el viento hacía bailar la bufanda de Albus con el frío aire que surcaba la ladera de los exteriores del castillo. Charlaban animados, impidiendo que el frío se calara en sus huesos a gracias sus carcajadas. Vibrantes y sonoras carcajadas que inundaban el ambiente de una cálida sensación, cordial y afectuosa.

—¿Con ganas de volver a casa, Potter?

Albus le miró y alzó las cejas.

—¿Es una pregunta con trampa? —ironizó Albus.

—No —Scorpius sonrió incómodo.

Albus dejó ir un suspiro.

—Quiero volver a casa, pero no sé si estoy preparado para enfrentarme a ellos…

—¿Por qué has de enfrentarte a ellos?

—Puede que no encaje.

El cielo gris y la gélida brisa proclamaba advertencias de lluvia. Los dos chicos caminaron hacía el castillo, aminorando el frío con suaves risas y cálidas sonrisas. Scorpius se dio cuenta de que a Albus no le gustaba hablar de su familia, así que dejó el tema a un lado. No parecía satisfecho con la idea de llevar un apellido como el que llevaba, y Scorpius no podía evitar entenderle con absoluta certeza.

—Confieso… Lo odio —dijo Scorpius—… ¡Lo odio completamente!

—¿El qué?

—El pastel de chocolate.

Albus soltó una suave carcajada.

—¿A que viene eso?

—Todo el mundo adora el pastel chocolate, todo el mundo adora el chocolate —decía Scorpius con alevosía—. ¡Yo lo odio! Se te queda entre los dientes y hace que tenga dolor de estómago el resto del día… Es lo peor.

Albus le dio un suave golpecito en el hombro que le hizo tambalearse. Caminaban en dirección al castillo.

—A veces estamos en desacuerdo con las cosas que a los demás le gustan… —dijo Scorpius como conclusión—. No por eso somos peores o dejamos de encajar —le guiñó un ojo—. En Hogwarts el chocolate está terriblemente sobrevalorado, pero a nadie le importa realmente si no comes pastel de chocolate durante el postre…

—¿Es la primera metáfora que haces con el chocolate o tienes más bajo la manga? —bromeó Albus.

Scorpius sonrió satisfecho.

Caminaron hasta el castillo. Scorpius bajó a la habitación a dejar la escoba y la ropa de Quidditch. Albus le acompañó y estuvieron sentados en la Sala Común durante un rato. Dejaron que el día pasara, estaban seguros de que estando en su mutua compañía disfrutaban mucho más que con cualquier otra persona. Sentados sobre los sofás de cuero negro jugaban al ajedrez mágico de Scorpius. Una simple frase como ¿Echamos una partida? Fue lo único que necesitaron para acomodarse y sentarse a pasar la mayor parte de la tarde. Los alumnos iban y venían a su alrededor. No se dieron cuenta de que habían jugado más de una partida y que el día se había consumido con una rapidez inigualable.

—Creo que ya está bien por hoy… —Albus estiró los brazos y bostezó sin pudor—. Tendríamos que ir subiendo al Comedor para la cena, ¿no crees?

Durante la cena estuvieron la mayor parte del tiempo juntos. Se habían cambiado de sitio con unos Slytherin más o menos simpáticos, que no les importó moverse hacía la derecha con tal de que Albus tuviera un lugar frente a Scorpius y sus amigos. Albus no había tenido muchos problemas por dejar de lado a sus respectivos compañeros en la mesa de Slytherin. No tenía ningún amigo que mereciera correr ese riesgo. Se había encontrado con él en el momento preciso, habían coincidido cuando más lo necesitaba. Albus no tenía amigos de su casa, no tenía ningún tipo de relación más allá de la que compartía con los miembros de su familia que estudiaban en Hogwarts. Y Scorpius simbolizaba la aceptación propia y la autonomía que Albus necesitaba para demostrarse que él puede ser alguien totalmente al margen de su apellido, de su hermano y de todo lo que conlleva ser el hijo del gran Harry Potter.

—Oye… —Scorpius se llevó un trozo de carne a la boca—. No me has contado porqué llegaste a las dos de la mañana, solo y terriblemente borracho.

Albus se sonrojó, recordando a medias la conversación que mantuvo con Scorpius.

—Estuve por ahí…

—¿Por ahí, eh? —Scorpius alzó las cejas—. ¿Estuviste con tu hermano y sus dos mascotas, verdad?
Albus asintió.

—Con James y Daren…

—¿Qué le pasa a ese Harrelson? ¿Tiene algún problema contigo o algo? Siempre parece tan enfadado cuando te mira, como irritado.

Albus escupió el agua que estaba bebiendo mientras Scorpius hablaba. Salpicó a su plato y todo lo que estaba cerca de él. Scorpius no pudo evitar reírse por la expresión que se dibujaba en el rostro de su amigo.

—Daren… —más risas— Daren es… es complicado.

—¿Complicado en el sentido, es un idiota, cabezón, arrogante que vigila mis pasos porqué James Potter, su dueño y señor, le ordena que controle allá donde voy? ¿O en el sentido de… Tenemos unas relación amorosa que llevamos en secreto y es complicado porqué el no me entiende? —Scorpius reía mientras pensaba en su astuta broma, pero la broma se había vuelto más real de lo que le hubiera gustado. Albus se puso pálido y Scorpius lo notó enseguida.

Albus enrojeció un poco más —si es que eso era posible—. Sus mejillas le hacían jugar una mala pasada cuando se encontraba en situaciones embarazosas. Debió heredar ese gen de los Weasley, porqué si no no entiende de donde sale tanto sonrojo. El es sereno y calmado, no le gusta meterse en líos y estar castigado. Prefiere comportarse bien y pasar desapercibido, eso es lo que ha estado haciendo siempre y lo único que sabe hacer bien. No se altera con facilidad y prefiere dejar las aventuras y las experiencias fuertes a su hermano y a su prima. Pero aveces —solo aveces— cuando el sentimiento es tan fuerte que le asfixia, cuando la emoción es tan incontenible que arde, le gustaría poder gritar, desearía saltar, correr, brincar y chillar a los cuatro vientos todo lo que guarda. En esos momentos sus mejillas se vuelven rojas y duele, duele muy dentro, donde nada más duele. Ese secreto, ese tesoro guardado que tanto ansía liberar y dejarlo ir. ¡Dios como le gustaría que dejará de ser un secreto! Un secreto oscuro, dañino y tóxico que lo único que le causa es dolor y más dolor.

Scorpius le miró y leyó su mente.

—Es complicado —repitió Albus, aturdido y sin saber bien que decir—. Muy complicado.

—Ya…

Acabaron el primer y el segundo en silencio. En alguna ocasión, Scorpius comentaba algo con sus amigos sentados a su lado, pero Albus prefirió no participar y mantener la mirada fija en el plato. No levantó la vista hasta que llegó el postre y un gran pastel de chocolate apareció ante ellos.

—¿Un trozo de pastel? —Scorpius partía un trozo mientras hablaba con una sonrisa y un tono amable— ¿Sabes qué, Albus Potter? —Albus levantó la vista y le miró—. Me gusta tanto este pastel como encajar y tener los mismos gustos que todo el mundo… Y puedo asegurarte que… ¡Odio el pastel de chocolate!

Albus sabía que si sonreía un poco más se le desencajarían los labios. Su sonrisa era sincera, amble y tan necesaria como la que él despertó en Scorpius. Ambos sonreían sintiendo una intensa incertidumbre por entender que era lo que ardía en sus pechos. Ninguno lo supo, pero prefirieron dejarlo pasar y disfrutar de aquel cálido instante, noble e inocente. Un instante lleno de magia.